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  • Mi sobrino y yo (parte 2): Creo que mi sobrino desea a su madre

    Mi sobrino y yo (parte 2): Creo que mi sobrino desea a su madre

    Los que hayan leído mi primer relato saben que mi sobrino fue la primera persona con la que practiqué tanto el incesto como como el sexo con jovencitos, después los dos conjuntamente vimos como su madre, mi cuñada se lo hacía con mi hijo, nos seguíamos viendo de vez en cuando, hasta que un día mi cuñada me mostró su preocupación, estaba convencida de que su hijo la miraba de una manera que no era la propia de una madre y un hijo, y sospechaba que alguna vez la espiaba cuando ella follaba con mi hermano.

    Debía conversar con él por dos motivos de un lado saber si estas miradas, ¿De verdad miraba a su madre con ganas? Y en segundo lugar ¿Espiaba a sus padres mientras follaban? Conversé con é por el móvil y quedamos en vernos un día que no hubiera nadie en casa.

    Era el mes de octubre cuando me presenté en su casa, él me había llamado para contarme que sus padres no estarían en casa y que por tanto sería solo para nosotros, me vestí sin ropa interior con una blusa azul oscuro que dejaba al descubierto un amplio canalillo, y una falda de color blanco muy ajustada.

    Llamé y mi abrió mi sobrino, solo llevaba unas bermudas a media y el pecho descubierto, me dijo hola, tía, y me mando pasar, nada más cerrar la puerta me rodeó con sus brazos y bajándolos acaricio mi culo, mientras me decía:

    —Que buena estas, tía nos dimos un beso muy caliente y para mi sorpresa en vez de llevarme a su habitación me condujo a la de sus padres.

    —¿Qué quería decir con esto? Cuando se lo pregunté se excusó:

    —La cama es más grande que la mía, tía.

    Pero su nerviosismo me hizo pensar que quizá la idea de mi cuñada no fuera del todo descabellada. Pero decidí que de momento lo que nos convenía a los dos era tener un poco de sexo, y me arrodillé ante él, le bajé las bermudas, y me encontré con que no llevaba nada debajo su polla, que ya estaba muy dura quedó al descubierto, ya había comprobado la primera vez que follamos que la tenía de un buen tamaño.

    Me arrodillé delante de él, le agarré la polla con una mano y comencé a acariciársela, eso hizo que se pusiera aún más dura y después me la metí en la boca, dispuesta a comerme ese enorme y sabroso trozo de chorizo, y comencé a mover mi boca como si fuera un coño que se está tragando una buena polla.

    En esta postura estuvimos un buen rato, sus gemidos me hacían sentir que había descubierto el sitio donde más podía hacerle gozar, mientras sus gemidos subían de intensidad, estuvimos así un rato, después mi sobrino me apartó la cabeza de su miembro dijo:

    —No tía, de momento prefiero no correrme, quiero gozar mucho contigo.

    Me alcé y en ese momento mi sobrino me volvió a besar, llevó una de sus manos a una de mis tetas y me la acaricio, después me fue desabrochando la blusa, hasta dejarla desabrochada del todo, después me quitó la camisa que cayó al suelo y me dijo:

    —Tía, tienes las mejores tetas que he visto en mi vida.

    Y siguió acariciándomelas, y me volvió a besar, después llevó su mano a la cremallera de mi vestido y me la desabrochó, esta calló al suelo dejándome completamente desnuda, llevó sus manos a mi trasero y me dijo:

    —Tienes un culo fantástico.

    —Gracias, mi amor, dije yo

    Para mi sorpresa él me empujo sobre la cama, me quedé tumbada sobre ella, él abrió mis piernas y metiendo su lengua en el interior de mi coño comenzó a hacerme una deliciosa lamida de coño, desde luego, desde nuestro primer encuentro había mejorado muchísimo, ¿Viendo follar a sus padres?, más adelante había que buscar la respuesta, pero en ese momento una nueva petición de mi sobrino vino a alterar mis pensamientos, y es que el me pidió:

    —Tía ¿Puedo meter mi polla entre tus tetas?

    —Claro que si mi amor, le respondí.

    Él se tumbó encima de la cama y ahora fui yo la que se puso encima de él acoplando su polla entre mis tetas y comencé a moverla como si se tratara de un coño, parece que para él esto fue muy agradable sus gemidos se fueron incrementando mientras decía:

    —Muchas gracias, tía, sigue así.

    Y seguimos hasta que él dijo:

    —Tía voy a correrme.

    Pero a la que fui a sacar su polla de entre mis tetas él me detuvo y me dijo:

    —No tía, porfa, quiero correrme entre tus tetas.

    Y soltó toda su leche sobre ellas, llenándome mi canalillo con su semen.

    —Eso es fantástico, tía me dijo.

    —Muchas gracias, mi amor, dije yo, ¿Pero te puedo contar un secreto?, Cuando tus padres eran novios un día les pillé haciendo lo que nosotros ahora y también tu madre tenía la polla de tu padre entre sus tetas.

    El pareció un poco avergonzado, lo que confirmaba las suposiciones de mi cuñada de que su hijo les espiaba a ella y a su marido cuando follaban, mi sobrino trató de justificarse con que había sido para prender nuevas cosas y hacerlas conmigo, pero mis sospechas de que deseara hacerlo con su madre aumentaron.

    Pero no era cuestión de desperdiciar un buen polvo por unos putos celos así que comencé a acariciarle la polla que se puso rápidamente en forma de nuevo, mi sobrino se calentó y me preguntó:

    —¿Tiita echamos otro polvo?

    —Por supuesto mi amor, fue mi respuesta

    —Gracias, tía, me dijo.

    Y comenzó a besarme de nuevo por la boca y en las tetas, lo cual me puso muy caliente, le pedí que se tumbara sobre la cama, me puse encima de él, su polla estaba nuevamente en plena forma, le pregunté donde estaban los condones y me indicó uno de los bolsillos de sus bermudas, que estaban tiradas en el suelo, fruto de la pasión fui hacia ellas y coge uno de los condones, y se lo puse y después poniéndome encima de él le monté.

    Él se puso a acariciarme las tetas, y hacia con ansia, yo le pregunté:

    —¿Te gustan más mis tetas que las de tu madre?

    —Las de mi madre son preciosas, tía, pero las tuyas lo son aún más me contestó.

    ¿Esto quería decir que se fijaba en las tetas de su madre? En la postura en que estábamos yo marcaba el ritmo y sabía el que a él más le gustaba, procuraba darle el máximo placer, pero a la vez quería que no se corriera hasta que no hubiera más remedio, sabía que él estaba disfrutando a tope, mientras me decía:

    —Tía te adoro.

    —Y, yo a ti, mi rey le respondí.

    El mientras, seguía acariciando mis tetas lo hacía con mucha ternura, era un chico adorable, finalmente vi que no podía evitar que me corriera, así que le cabalgué hasta que soltó toda su leche en el interior de mi coño, aunque dentro de su condón, antes de quitárselo le dije:

    —Sabes, me gustaría tener tu semen en una de mis prendas para sentirlo cuando este caliente.

    —Puedes hacerlo tía, me respondió

    —¿Y qué hago?, le pregunté, ¿Voy por la calle con ellas llenas de leche?

    —Tía mi madre tiene algunos tangas preciosos que no se pone nunca y que no echaría de menos.

    Acepté su propuesta, fui a recoger mi tanga y lo acerqué a su polla, al quitarle el condón una buena cantidad de semen fue a parar a mi prenda interior. Después utilicé esta misma prenda para limpiar por completo su polla, que al sentir el contacto de mi tanga se puso otra vez en forma, desde luego mi sobrino se recuperaba muy bien de sus corridas, tras ello mi sobrino se levantó y fue hasta uno de los cajones.

    —¿Te puedo elegir yo el tanga?, me preguntó.

    —Por supuesto mi niño, le respondí.

    —Él se fue hasta la cómoda de la habitación y abrió uno de los cajones de él extrajo un precioso tanga de tipo leopardo, que apenas taparía el coño de mi cuñada y el mío tampoco, jajaja.

    —Mama, nunca se lo pone, dijo mi sobrino.

    ¿Y cómo lo sabía él? Contra más hablaba con mi sobrino más claro tenía que deseaba hacérselo con su madre, los temores de mi cuñada se estaban confirmando, aunque quizá debía de planteárselo desde otro punto de vista y disfrutar de la ocasión, traté de disimular mis pensamientos y le contesté:

    —Me encanta mi amor, desde luego le usaré, aunque espero que tu madre no se dé cuenta y te culpe.

    —Claro que no, dijo el he observado que los que hay en este cajón nunca se los pone.

    Le besé en su boca, maravillas de la juventud, su polla estaba otra vez pidiendo guerra, el comenzó a sobarme las tetas y a chupármelas mientras lo hacía se le escapó:

    —Son deliciosas mami.

    Quizá mi sobrino estaba follando conmigo pensando en su madre, pero el asunto era que follaba conmigo, le acaricie la polla, que se puso aún más dura, él se dejaba hacer, hasta que en un momento dado me dijo:

    —Tíita ¿Follamos de nuevo?, pero esta vez quisiera ser yo quien se pusiera encima.

    Me encantaba que mi sobrino y mis demás yogurines ejercieran de machitos así que le dije:

    —Claro cariño, un hombre debe de gozar en todas las posturas.

    Me tumbé en la cama con las piernas bien abiertas, él me pidió que le dejara poner su polla entre mis tetas, yo acepté y comencé a moverlas, estaba descubriendo que a los tíos eso les encanta, y mi sobrino parecía sentirse en la gloria mientras se lo hacía, hasta que dijo:

    —Tía, ya está bastante dura, es hora de que vaya a su agujero natural.

    Yo no deje de acariciársela mientras el buscaba los condones, tras colocárselo, se tumbó encima de mí y dijo:

    —Voy a metértela tía.

    E introdujo su polla dentro de mi coño que le recibió con gran alegría, y comenzó a moverse a un ritmo que me encantaba, pronto me puse a gemir, él me dijo:

    —¿Estas disfrutando mami?

    Decidí seguirle el juego y le dije:

    —Si mi niño, a mami le gusta tener la polla de su bebe en su interior, sigue haciéndome gozar.

    El comenzó a moverse dentro de mi coño de una manera agitada, entrando y saliendo mientras me decía mami, con tal de follar me daba igual que dijera, quería sentir su polla dentro de mí. Y él se movía con verdadera furia, haciéndome disfrutar a tope. Pero a la que pensé que era una pena que mi sobrino no disfrutara de su madre, igual que hacia mi hijo conmigo, y tuve claro que íbamos a llevarlos a hacerlo.

    En ese momento sentí que se corría, parecía que mi sobrino tenía una verdadera fábrica de leche en su interior, aunque terminara dentro de un condón, y decidí hacer algo arriesgado, le dije a mi sobrino que quería que permaneciera con los ojos cerrados hasta que le limpiara la polla, el tomándoselo como un juego aceptó, me excusé diciéndole que tenía que ir al baño, y el esperó, pero a la que volvía del allí, me arrimé al luchar donde estaban los tangas de mi cuñada, cogí uno de ellos, y fui donde estaba mi sobrino y le dije:

    —Te voy a limpiar la polla, otra vez con mi tanga.

    Pero en realidad era otro de los tangas de mi cuñada, le limpie la polla, y luego guardé tanto mi tanga con el de mi cuñada, lleno de semen en mi bolso, entonces lleve lengua hasta la polla de mi sobrino y volví a chupársela, la verdad es que tiene una polla digna de un dios, esta al sentir mi boca comenzó a crecer, como si lo que estaba ocurriendo esa tarde no hiciera ninguna mella en él. Él estaba disfrutando, pero me pidió:

    —Tía me dejas que te la meta por el culo.

    —Cariño, soy todo tuya y no puedo negarte nada, le respondí

    Y me puse a cuatro patas, él me dijo:

    —Tía tienes un culo fantástico.

    —¿Mejor que el de tu madre?

    —Mejor el tuyo es el mejor del mundo, además no creo que ella le deja a mi padre meter su polla en él.

    Decididamente parecía que mi sobrino espiaba a sus padres mientras lo hacían, pensaba hablarlo con mi hijo sobre que podíamos hacer al respecto, pero eso sería más adelante en esos momentos el asunto es que los dos gozáramos de una buena enculada de su polla sobre mi trasero, el rozó con su polla mi culo, hasta que se le puso bien dura, después se puso un condón y de golpe me la metió en el culo, de las otras veces que lo habíamos hecho había aprendido que eso no me dolía, y que me daba mucho placer y el ritmo para hacerlo, mientras lo hacía de su boca salieron unas palabras:

    —Me encanta tu culo mami

    —¿Te gustaría que yo fuera tu madre le pregunté?

    Él pareció reaccionar, demostrándome que había sido una reacción inconsciente.

    —Tía tu estas mejor, ojalá fueras ella

    —¿Pero si ella te dejara que te la follaras y te ofreciera su culo como yo, te gustaría?, le pregunté

    —Me gustas más tú me respondió.

    Mientras su polla seguía trabajando mi culo, creo que gracias a mis enseñanzas mi sobrino se había vuelto un maestro del enculamiento, hizo que me vinieran varios orgasmos hasta que finalmente me dijo:

    —Tía, no puedo más.

    Y se corrió en el interior de mi culo, lo que salió de su polla era un verdadero río de leche que se desparramó por mi culo y por mis muslos, le besé y le dije:

    —Eres un tesoro, volverías loca a cualquier mujer, y de forma insinuante añadí, incluso tu madre si te viera desnudo, o follara contigo, se olvidaría de que es tu madre y solo pensaría en gozar.

    No podíamos quedarnos más, mi hermano y mi cuñada podían volver en cualquier momento, y aunque hubiera encontrado morboso que me hubieran pillado follando con su hijo, no me sentía preparada para ello, al menos aún, así que me fui a duchar y después a vestirme, mi adorado sobrino me acompañó ante la puerta, y antes de abrir me besó en la boca, después nos despedimos, los dos sabíamos que íbamos a repetir.

    Mientras me alejaba mi mente empezaba a maquinar lo que podríamos hacer para que mi adorado sobrino gozase de su madre, cuando antes de follar con mi hijo le conté todo lo sucedido los dos estuvimos de acuerdo en diseñar un plan para que mi sobrino y su madre gozaran como nosotros.

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  • Mi hijastra se hizo puta para mí (parte 1)

    Mi hijastra se hizo puta para mí (parte 1)

    Conocí a Esther, mi pareja, en una convención en Mar del Plata. Ella era cordobesa y yo porteño, por lo cual había pocas chances de encontrarnos, pero sucedió. La conexión fue inmediata y los tres días del evento lo pasamos en mi pieza de hotel, salvo las reuniones imposibles de evitar. Vino a Buenos aires y se quedó en mi casa quince días, tres meses después de conocernos. En el verano pasamos unas vacaciones juntos de una semana en San Luis. Los dos estábamos con ganas de más. Ella tenía la oportunidad de pedir el traslado a la sede de Escobar y yo estaba con ganas de mudarme de mi casa en Maswichtz, Escobar me quedaba perfecto.

    Todo eso dio como resultado que un año después de conocernos nos fuéramos a vivir juntos a Loma Verde. Hicimos una fiesta de “juntada” con amigos de los dos en un restaurante de El Cazador y allí conocí por primera vez a Giselle, la hija de Esther. Una rubia beldad de 18 años, extrovertida y alegre que había estado terminando sus estudios en Princeton donde vivía el padre. Era muy linda pero, sobre todo, desbordaba sensualidad. Todos los varones de la reunión se le pegaron como moscas. Esther me pidió que la rescate y, de paso, la conozca. Eso hice, llevándomela al parque para hablar tranquilos.

    -“No tuve la ocasión de conocerte ni vos a mí, por eso ahora aprovecho a preguntarte, aunque sea un poco tarde. ¿Qué opinión tenés de la unión entre tu mamá y yo y de venirte a vivir con nosotros?”.

    -“Sobre lo primero, es un asunto de mi vieja. Después de todo es ella la que se va a acostar con vos y aguantarte. Sobre lo segundo, tenemos que ver que pasa. Espero que nos llevemos bien, me pareces muy piola, mucho más de lo que esperaba. Pero no te preocupes por algo que ni sabes que va a pasar. Lo único que puedo decirte es que me parece que vos y yo nos vamos a llevar bárbaro. Como te lleves con mi vieja, es otro asunto”.

    Me pareció re piola, canchera, desinhibida y tal como dijo, nos llevamos bien de entrada. La vida en común nos permitió ir forjando una relación de más confianza y empatía, se hizo muy compinche conmigo, me consultaba todo (mucho más que a la madre). A veces parecía tener una excesiva confianza, me contaba sus cuestiones más íntimas sin tapujos ni reparos.

    Como parte de su forma extrovertida y suelta, se paseaba en ropa interior o con remeras sin nada abajo dejando ver sus esculturales formas. Es más, una vez entré en el baño y ella estaba desnuda, secándose después de la ducha y no intento ni el mínimo movimiento de taparse. La reté por no trabar la puerta y ella solo soltó una carcajada mientras me iba. Incluso me pareció que cuando venía con algún pibe hacía ostentación de sus mimos delante de mí, pero lo atribuí a su forma de ser. ¿O trataba de calentarme?

    No lo sé, ni tuve tiempo de averiguarlo. El trabajo se puso más exigente obligándome a viajar seguido y la convivencia con la madre se puso cada vez más tensa e insoportable. Al año y medio tuvimos una violenta discusión (por suerte Gise no estaba) y terminamos resolviendo separarnos. Ella volvió a Córdoba, pero cuando le informó a su hija, Giselle le dijo que no se iba ni loca. Había empezado Diseño y Comunicación en la UBA de Pilar y no pensaba abandonar los estudios. Los gritos de ese debate sonaron por la casa durante tres días, pero Esther no tenía manera de obligarla a nada.

    -“Andá vos”, le dijo a la madre, “Yo me quedo con Roberto hasta que me acomode en algún lugar de por acá”.

    Pese a las protestas, no hubo nada que la cambiara. Como además recibía una mensualidad de 500 dólares del viejo, tenía la capacidad de valerse por si misma y no depender de la vieja. Y así fue como nos quedamos los dos viviendo juntos. Yo estaba re bajón por el fracaso de mi relación a la que había puestos muchas esperanzas y la verdad que Gise tuvo que aguantar mis pálidas, mi depre e hizo lo que pudo para ayudarme. Y en realidad me sirvió mucho para que no me bajonee más, ponía vitalidad y alegría donde estaba.

    Pasaron dos meses hasta que una tarde de sábado en que ella se había levantado tarde (se fue a bailar el viernes y llegó de madrugada), la encontré haciendo una siesta en una reposera al lado de la pileta cuando llegué. Yo venía de trabajar, transpirado y cansado. Me duché, me puse un short, preparé unos mates, me di un chapuzón y me acomodé en una reposera cerca de ella, mateando mientras terminaba un cuento que estaba escribiendo (escribir era una de las cosas que me calmaba del duelo), suponiendo que Gise estaba dormida.

    -“¿No hay un alma caritativa que me pase crema por la espalda?”, preguntó haciendo un mohín (le encantaba bebotearme).

    -“Pensé que estabas dormida. Ya te paso”.

    Me acomodé una mesa al lado de su reposera, me senté a su lado y empecé a pasarle crema con la izquierda mientras me cebaba mates y los tomaba con la derecha. Ella llevó sus manos a la espalda y desató la malla para dejar toda su espalda descubierta. Terminé de embadurnarle la espalda y se quejó porque no le pasaba en las piernas y brazos por lo que también se los unté de crema.

    -”Y vas a dejar que mi cola se ponga roja por el sol?”.

    Le pasé rápidamente crema allí y cuando no quedó sector de su cuerpo a mi alcance sin crema, me dediqué al mate y ya me volvía a mi cuento cuando ella se dio vuelta y protestó.

    -“Y en la parte de adelante, mi hermoso y galante caballero ¿no me va a pasar crema?”.

    Al darme vuelta mientras le decía que ella misma podía pasarse crema, vi que estaba sin la parte de arriba de la malla, con sus preciosas tetas al aire, sonriéndome.

    -“No es lo mismo si la pasas vos, Betito”.

    -“¿Te volviste loca?”, le dije mientras le tiraba la toalla que tenía a mano y me llevaba las cosas del mate a mi reposera. “Tapate”.

    Se levantó, sentándose en la reposera, tomando los senos en sus manos como ofreciéndomelos y me pregunto si no me gustaban.

    -“No sé que te agarró Gise ¿te volviste loca? ¡¡soy la pareja de tu mamá!!, además de llevarte más de 30 años”.

    -“Eras la pareja Beto, ya no sos más y no veo chance alguna que vos y mi vieja vuelvan a estar juntos. Ella no está más, no solo se fue sino que está saliendo con uno de sus viejos novios cordobeses y vos estás llorando al pedo. Ella ni está acá ni quiere volver con vos. Pero yo si estoy acá y si quiero estar con vos. Me gustas y quiero que me mimes. Quiero ser tu “nena”, quiero que seas mi papi y disfrutar con vos ¿por qué estaría mal? A vos te gusta Vladimir Nabokov, me dijiste ¿no?, bueno, yo quiero ser tu Lolita”.

    -“No digas pavadas Gise”, le dije yéndome a sentar e intentando volver a mi escritura.

    Ella se paró vino hasta mi reposera, se paró a mi espalda, se agachó para que su cabellera rubia me envolviera, me dio un beso en la nuca y me abrazó por detrás, apoyando sus tetas en mi espalda mientras me decía que soñaba conmigo hacía tiempo y me deseaba mucho.

    -“Te tengo ganas hace rato Beto. No sos mi papá ni sos nada más que un hermoso tipo que me gustaría mucho tener en mi cama. Soy grande, libre y elijo mis machos y te elegí a vos. ¿cuál es el drama? ¿no te gusto?”, dijo mientras sus manos me acariciaban y sentía sus pezones duros contra mí.

    Yo intenté (lo juro) decirle todo lo que se me ocurría sobre lo mal que estaba lo que proponía, pero tengo que reconocer que esas tetas en mi espalda me volaban los ratones. Ella corrió la mesa, me acostó en la reposera y se acostó sobre mí, besándome todo mientras mis últimas energías de resistencia eran cada vez más débiles. Cuando su mano se apoyó en mi pija ya dura y me puso un pezón en la boca, todo lo que en mí se oponía se desvaneció y chupé ese hermoso botoncito mientras ella metía su mano dentro del short para agarrarme con la mano mi palpitante miembro.

    Intenté levantarme, pero ella me empujó para que me quede acostado y fue a liberar mi pija y lamerla, besarla, acariciarla y chuparla con una suavidad y una delicadeza hermosa mientras me miraba con una carita de puta golosa que me derretía.

    -“¿Queres que sea tu nenita? Yo quiero todo con vos, todo. Haceme el amor de todas las formas que quieras.”.

    Me sacó el short, se paró y se quitó la malla, se sentó a horcajadas mío y comenzó a acariciarme la pija con su húmeda conchita mientras tomaba mis manos para llevar una a sus tetas y la otra a su cola.

    -“Esta nenita es toda para vos, papi. ¿Me vas a coger toda?”

    No terminó de decir eso que tomó mi pija en su mano y la llevó a su vulva para introducirla toda bajando despacito hasta apoyarse en mis muslos. Se inclinó hacia mí y empezó una danza suave y rítmica mientras cerraba los ojos y yo la acariciaba. Así estuvimos un buen rato. Yo disfrutaba no solo su hermosa y húmeda vagina apretadita y cálida, sino la preciosa pendeja que tenía sobre mí, le pellizcaba los pezones (lo cual le encantaba), le masajeaba las tetas o la agarraba de las nalgas para acompañarle el ritmo. Ella parecía perdida en su mundo y en su cara se reflejaba el deseo y el placer.

    -“Que pija grandota y linda que tenés papi. Me encanta que me dejes jugar tanto tiempo así. Soy lerda para acabar y la mayoría de las veces terminan antes y me quedo sin nada”.

    -“Podes disfrutar sin problema. Si estoy por acabar te digo, paramos hasta calmarme y después seguimos”.

    -“Quiero ponerme en cuatro para que me agarres por atrás. ¿querés?”.

    -“¿Y tener tu hermosa cola para contemplar?, ¡¡por supuesto!!”, la tomé de un brazo, la llevé al sofá del living, la hice ponerse de rodillas apoyando sus brazos en el respaldo y empecé a cogerla así, tomándola de la cola para guiarle el ritmo. Era verdad que era lerda, porque estuvimos bastante antes que se arqueara y acabara en medio de gemidos.

    -“Me gustó mucho papi, ¿me vas a seguir cogiendo?”.

    -“Si no te molesta, si”.

    -”¡¡¡Nooo!!! Claro que no me molesta. O mejor dicho me molestaría mucho si dejas de hacerlo. Cogeme todo el tiempo que quieras. Me gusta mucho como lo haces.”.

    Salí de su vagina, me senté en el sofá y la puse a horcajadas mio mirándome y así volví a penetrarla. En esa posición le di el primer beso, la abracé, le acaricié la cola, le di algunos chirlitos, le chupé las tetas. Todo mientras ella bailaba sobre mi pija a su antojo, siempre con los ojos cerrados. Pasó un largo tiempo hasta su segundo orgasmo, después del cual se abrazó y apoyó su cabeza en mi hombro.

    -“Te tenía ganas sin conocerte y ahora te tengo más ganas. Hacía rato que no acababa así. ¿Queres que haga algo en especial”?

    -“No Gise, solo con estar ya es un encanto. Sos una hermosísima pendeja y además haces el amor de una manera sensual y linda. Me gustas mucho y voy a cogerte de las formas que tenga ganas a menos que haya algo para lo cual tenga que pedirte permiso”.

    -“Para nada caballero, esta nenita es toda para usted”.

    La hice levantar, saqué mi pija de su conchita y la puse en la entrada de su culito y le dije que se agarre de mis hombros y baje despacito, a su ritmo. Ella fue moviéndose en círculos presionando apenas contra mi pija que yo tenía firme con mi mano, hasta que suave y delicadamente entró toda en su colita. Una vez allí se quedó quieta y me pidió que esperara un rato.

    -“Todo lo que necesites Gise, quiero que disfrutes tanto como yo te disfruto a vos. Tenes un culito precioso y quiero que sea un placer para los dos compartirlo.”

    Al poco rato ella misma empezó a moverse suavemente primero y mas intensamente después.

    -“Cogeme fuerte papi, muy fuerte. Me gusta mucho el sexo anal y te quiero sentir loquito dentro de mi”.

    La tomé por la cola y empecé a llevarla en un subí baja cada vez más frenético mientras mi pija al palo entraba y salía de ese agujerito cálido, apretadito y cada vez más caliente. Ella jadeaba con los ojos cerrados y empezó a hablar cada vez más rápido y fuerte.

    -“Que pija linda que tenés guacho, me encanta que me cojas así, como a una puta. Quiero ser tu putita, cogeme toda, llename de pija esa colita, que me encanta. Soy tu nenita puta papi, toda para vos. Cogela toda a tu nena”

    Cuando le di dos chirlos se estremeció y acabó con un largo quejido para quedarse quieta, con mi pija bien adentro en su culito mientras sus manos apretaban con fuerza mis brazos. Después se apoyó contra mi y me dio un beso en el cuello y un “gracias” susurrado en mi oído. Tardó un rato en volver a incorporarse y preguntarme si yo había acabado. Ante mi negativa me dijo que hiciera lo que quisiera para acabar.

    -“Usame de puta, quiero sentirte acabar dentro mío, o en mis tetas, o en mi boca o donde quieras”.

    La volví a poner en cuatro contra el respaldo y así le penetré la cola con movimientos suaves y largos para salir casi del todo y volver a meterla hasta el fondo. Ella se acomodaba para ayudarme en esos movimientos. Ahora me tocó a mi decirle que era una putita divina, que su culito me volvía loco de placer y que tenerla así, viendo su cola y su cuerpo mientras la cogía era una delicia.

    Ella daba vueltas la cabeza para mirarme y me contestaba que era mi puta y le gustaba ser mi puta y que quería que fuera su macho y la cogiera toda … y así acabé como hacía tiempo no me acordaba de acabar, soltando un montón de semen en su cola, apretando sus nalgas mientras metía mi pija con fuerza hasta el fondo. Estuve un rato moviéndome y terminando de sentir ese intenso orgasmo.

    Fuimos a la cama y nos acostamos en cucharita. Recién a la una de la mañana nos despertó el hambre. O mejor dicho la despertó a ella y ella me despertó a mi chupándome la pija. Me dijo que si no tuviera tanto hambre me cogería, pero que lo dejábamos para después. Me dio un beso y me dijo que descansara que ella me hacía la comida. La vi parada poniéndose la bata y no podía creer que ese caramelito hermoso tuviera tantas ganas de coger conmigo.

    Continuará.

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  • Mis travesuras

    Mis travesuras

    Comencé a hacer esto dos años después de mi matrimonio ya que desde el principio me aburrí de la vida rutinaria.

    Ya que me encanta comprar ropa tengo muchísima de sobra. Un día estaba aburrida, recién comenzaba mi día y decidí ir a un centro comercial para ver las ofertas de verano. Me puse un vestido floral de una pieza debido al calor y sandalias con suela de corcho de correas azules.

    Admito que desde la mañana amanecí un poco cachonda y todo el día estuve soñando despierta. Cada que veía una persona atractiva me la imaginaba tomándome a la fuerza, quitando mi vestido exponiendo mi cuerpo semidesnudo y después ultrajándolo sin que yo pudiera hacer algo al respecto. No importaba si fuera hombre o mujer, yo me lo imaginaba.

    Decidí pasar toda la tarde paseando; en esos días era muy solitaria, no tenía muchos amigos y los pocos que tenía trabajaban todo el día.

    Me dio algo de hambre y fui a comer, pero he de decir que en realidad tomé más agua de lo que comí. Después de comer me puse a leer un libro que había comprado antes pero después de diez minutos me dieron ganas de ir al baño. Busqué el sanitario más cercano. Mientras me lavaba las manos me recordé una de las imágenes que había tenido antes. Pero esta vez imaginaba que un joven que había visto en el área de comida entraba al baño, se acercaba detrás de mí y me comenzaba a acariciar mis senos, alzaba bruscamente mi vestido, bajaba mis pantaletas hasta mis rodillas y frotaba su pene erecto y caliente entre mis nalgas.

    Sacudí la cabeza, pero ya estaba tan cachonda que no podía evitar tocarme, cerré la puerta del baño con seguro y me dispuse a complacerme. Primero me aseguré que no hubiera nadie más dentro del baño. Primero me recargué en el lavabo, metí mis manos debajo de mi vestido y froté mi vagina sobre mis pantaletas, las cuales eran blancas de algodón con un coqueto moño azul como único decorado.

    Me mojé rápidamente, ahora no sólo pensaba en ese joven frotando su miembro, también imaginaba a una chica guapa que había visto en una tienda de ropa. La imaginaba con el pecho descubierto, sus jóvenes y firmes senos tocaban los míos mientras ella me besaba como si no hubiera un mañana.

    Mientras imaginaba eso mis pantaletas se mojaban cada vez más, sentía el fresco contacto de mis jugos que humedecía la tela, mi vagina cada vez se ponía más sensible también. No podía más, hice a un lado mis pantaletas sin quitármelas y comencé a meter mis dedos índice y medio, lo hacía lentamente imaginando que era el joven quien metía su pene en mi vagina. Metí mis dedos lo más profundo que pude, los movía dentro de mí, mientras que con el pulgar estimulaba mi clítoris con movimientos lentos, mientras lo hacía imaginaba que era la chica que me lamía tiernamente.

    Ahora estaba completamente excitada, me frotaba contra el lavabo, movía mis piernas lo cual me hacía subir y bajar, movía los dedos más rápido. Me fui a sentar a un retrete, lo hice con cuidado para evitar accidentes, bajé un poco mi vestido exponiendo mis senos, mis pezones estaban duros y erectos, con mi mano libre comencé a masajear mi pezón izquierdo, mientras que con la otra mano frotaba mis labios menores, los abría y cerraba, mis jugos ya habían empapado mis pantaletas.

    Estaba por venirme, podía sentir ese hermoso cosquilleo y esa sensación como de orinar mientras frotaba mi vagina de arriba abajo y frotaba mi clítoris también con la otra mano. Poco después al fin el orgasmo esperado llegó, abrí las piernas y las elevé un poco en el aire, apretaba los dedos de mis pies en la suela de mis sandalias, como evitando que cayeran, mis gemidos hicieron eco en el baño vacío.

    Lavé mis manos y me puse un poco de perfume para disimular el olor de mi travesura. Pero de inmediato me asaltó una idea, tal vez debido a que aún estaba cachonda.

    Me quité las pantaletas empapadas y las hice bolita, las llevaba en mi manó que cerré en un puño. Así, con mi sexo expuesto, aunque sea debajo de mi vestido podía sentir la más mínima brisa gracias a que mis jugos aun humedecían mi vagina.

    Decidí dejar mis pantaletas escondidas en un rincón para que algún afortunado las encontrara e imaginara quién pudo dejarlas ahí.

    Salí y caminé un rato, seguía con mis pantaletas hechas bolita en mi puño y después de disimular un poco noté una pequeña banca que estaba cerca de un borde lo cual la hacía perfecta para dejar mis pantaletas escondidas entre la banca y la pequeña pared. Me senté y simulé estar cansada, agité mi mano libre con la cual tenía mi libro. Después con un movimiento calculado lo dejé caer entre la abertura y al alcanzarlo con mi otra mano dejé mis pantaletas y recogí el libro.

    Puede que no haya sido mucho, pero esa experiencia me hizo tener un nuevo hobby y ¿quién sabe?, tal vez alguien de aquí ha sido el afortunado de encontrar mi regalito y lo ha atesorado desde entonces.

    Espero les haya gustado. Les mando muchos saludos.

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  • De excursión

    De excursión

    Había ido de excursión con un amigo, a caminar por el monte, pero a la vuelta perdimos el autobús y tuvimos que hacer autostop. Nos paró un chico de 20 años o así. Parecía inocente. Yo iba vestida con unos pantalones cortos, muy ajustados y con una blusa campera. Me senté en el asiento trasero en el medio para que pudiera verme por el retrovisor. Mi amigo, viendo mis intenciones al desabrochar dos botones de la blusa, me dijo que debería echarme una crema hidratante para evitar la deshidratación porque hizo demasiado sol.

    Entonces me pasó el bote y empecé a untarme las piernas que las tenía bien abiertas y me acariciaba la parte interna de los muslos. Alejandro, mi amigo, dijo que quería dormir y si le cambiaba de asiento. Hecho el cambio, cerró los ojos y yo seguí con mis caricias en mis muslos mientras el chico no me quitaba ojo de encima. Conducía más despacio de lo normal, no sé si por seguridad o para que durara más el trayecto.

    Cuando acabé con las piernas, desabroché el pantalón para untarme la barriga mientras le decía:

    -es que estuvimos haciendo nudismo en una poza

    -no te preocupes por mí -me contestó, observando yo ya un buen bulto en el pantalón de él

    -no te importa si me quito la blusa entonces -le pregunté

    -claro que no

    -tienes mucha prisa, te lo digo porque podíamos parar y me untabas la espalda

    -vale

    Paró el coche en la cuneta. Yo me quité la blusa, le di el bote de crema y me giré hacia la ventanilla. Como tenía todavía el pantalón desabrochado, supongo que podría ver parte de mi tanga. Vertió crema sobre mis hombros y empezó a extenderla con una suavidad fantástica que me estaba excitando muchísimo.

    -te voy a manchar los tirantes del bikini con la crema -dijo el que parecía inocente

    Me baje los tirantes por los brazos, pero me volvió a decir lo mismo al llegar a la mitad de la espalda. Entonces, le dije que lo desabrochara.

    Él lo desabrochó y yo quité los tirantes de los brazos y sujetaba el bikini solo sobre mi pecho. Siguió untando la espalda con una suavidad alucinante que me producía una relajación fantástica y que provocó que fuera dejando caer el bikini. Ya había llegado a la parte más baja de la espalda cuando mi bikini dejó de taparme los pechos y pude ver por el reflejo del cristal como intentaba verme las tetas.

    La naturaleza me ha dotado con unos buenos senos y aun de espaldas, seguro que veía una buena parte.

    -ya está -me dijo

    -ha sido fantástico -mientras me reclinaba de nuevo sobre el asiento y me tapaba las tetas con el brazo, pero sin ocultarlas de todo a su vista. Él no apartaba su vista- me has dejado relajadísima, si puedo compensarte de algún modo, dímelo

    – no quiero parecer aprovechado -dijo apartando la vista- pero podrías retirar el brazo

    Lo miré y le dije:

    -pero si no miras no vas a ver nada -le contesté mientras dejaba caerlo

    El giró enseguida la cabeza y se quedó mirando fijamente mientras se acariciaba el paquete.

    -¿quieres masturbarte?, a mí no me importa

    Entonces se desabrochó el pantalón y saco su verga, dura e hinchada y de buen tamaño y empezó a pajearse mientras no quitaba la vista de mis tetas. Yo empecé a acariciarlas y le dije si quería tocarlas. No se hizo esperar su respuesta su mano pellizcó mis pezones duros como rocas. Sus gemidos se hicieron más ostentosos.

    -puedo correrme sobre ellas -me pidió, olvidada ya toda timidez

    -claro, si luego me la extiendes

    Salimos del coche, me arrodillé y él puso su polla entre mis tetas y al poco se corrió, inundadme de esperma. Al acabar su verga quedó a la altura de mi boca y no perdí la oportunidad de limpiársela. El semen más rico es el del final y se la chupé hasta dejarla seca, pero antes de acabar ya estaba lista de nuevo. Puso mis manos sobre mi cabeza, indicando que quería que siguiera por lo que le hice una mamada en toda regla mientras notaba como mi almeja se iba humedeciendo cada vez más.

    -follame -le pedí ya toda salida

    Me apoyó sobre el coche, me quitó el short, apartó la tanga y me la metió de un golpe. Estaba bien mojada y entró sin problemas y me embestía con una fuerza descomunal que hizo que me corriese enseguida mientras el seguía cada vez con más fuerza.

    -voy a correrme -gritó

    Giré la cabeza y miré hacia dentro del coche donde mi colega se estaba pajeando contemplando el espectáculo cuando sentí la leche de su segundo orgasmo bajar por mi trasero.

    Él se metió enseguida en el coche. Yo fui detrás, pero me senté en el asiento trasero para pajear a mi amigo mientras nos acercaba hasta casa. Por supuesto, a él también se la limpié con unas buenas lamidas.

    El chico nos dejó casi sin decir palabras. Hay tíos que carecen de toda madurez para estas cosas.

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  • El fontanero vino a desatascar las cañerías y desatascó las mías

    El fontanero vino a desatascar las cañerías y desatascó las mías

    -¿Diga?

    -Hola, buenos días, pregunto por la señora Braun, Maya Braun… Vaya, ha sonado como James Bond, ¿no?

    Mi interlocutor carraspeó, nervioso. ¡Qué chascarrillo tan manido! Al menos he pasado de la mofa infantil por la estúpida abeja de las narices a James Bond. Es una mejora considerable. Que conste que no estoy traumatizada ni nada, sólo que yo de niña era más de Candy Candy. Y bueno, quien estaba al otro lado del teléfono móvil tenía una voz bonita, profunda y masculina. Perdonado.

    -Yo soy Maya Braun. Y soy señorita. -Arrrg, seré marujona. ¿Por qué he dicho eso? -pensé.

    -Qué tal. Mire, le llamo del servicio técnico de su seguro del hogar. Tenemos un aviso por un arreglo en la fontanería de su cocina.

    -Así es. Llamé la semana pasada.

    -Sí, bueno… es que estuve llamándola ayer para concertar hora y no pude dar con usted.

    -¿Ah, sí? Pues ni idea, la verdad.

    Mentira cochina. Oí la llamada, pero en ese preciso momento tenía la polla de Jaime, mi vecino policía del ático, metida en la boca. Le estaba haciendo una mamada que el tío aún no se lo cree. Tres meses me costó tirármelo. Como para coger el teléfono. El caso es que había tenido un aviso por la zona y ya estaba libre. Llamaba por si podía pasarse por casa en unos 15 minutos. Precisamente esa mañana, mira tú que oportuno. Debía enviar sin falta unos textos a mi editorial y los tenía manga por hombro. Acepté a regañadientes. En fin, todo fuese por terminar ya con la dichosa reforma.

    Escudriñé mi aspecto en el espejo del pasillo. Para ser las 10 de la mañana, y habiendo dormido a cabezadas por el intenso calor que hacía en julio, yo me veía bastante aceptable. Pelo recogido en una coleta. Nada de ojeras. Estoy guapa. Bendita la hora en que compré ese sérum de noche. Conjunto de short y camiseta de tirantes, con su fina batita a juego. Ejecutiva sexy recién levantada. Correcto. Chanclas de la marca de Giselle Bundchen. Soy medio suiza, mi padre es de Zurich, mido 1.78, y con los taconazos tengo un aspecto de pibón-grúa que intimida un poco. Y, hombre, estaba en casa, no quería parecer una stripper. Me senté en un taburete de la cocina, té en mano, a esperarlo.

    Al oír cerrarse la puerta de mi casa saqué la cabeza al pasillo para recibirlo y, cuando vi al operario acercarse a mí quedé como conmocionada. ¡Joder, con el fontanero! Era un auténtico tiazo. No más de 28 años, bastante alto, cosa que agradezco mucho en un hombre, muy fornido, con el pelo corto negro, patillas y barba de varios días.

    Era muy guapo, de facciones tremendamente masculinas. Vestía unos pantalones de camuflaje, tipo pirata, y una camiseta negra sin mangas. Cargaba con dos pesadas cajas de herramientas, por lo que sus musculosos brazos y su cuello de toro estaban en tensión, dándole tal aire de gladiador que sentí un leve ardor en las mejillas. ¡Me ruboricé al contemplarlo!. Afortunadamente, los hombres no notan esos pequeños detalles.

    -Bueno, ya estoy aquí. Cuénteme, ¿qué es lo que hay que arreglar?.-dijo él, soltando las cajas en la puerta de la cocina.

    Y ahí quedó plantado, a un palmo de mi cuerpo, sonriendo y mirándome con esos taladrantes ojos verdes. Soy muy experta ya, así que simulé ser inmune a su atractivo.

    -Pues, como ves, he cambiado los muebles de la cocina y los tubos de desagüe del fregadero no se adecuan a la nueva disposición del mueble. Tendrás que ponerlos en el sitio correcto y dejar el fregadero montado y listo hoy. ¿Podrás?

    Él echó una ojeada rápida a lo que a mi entender era un caos total. Esbozó una amplia sonrisa, mostrando una perfecta dentadura, y me miró con cierta dulzura. Yo no. Yo sólo podía mirar esos labios gruesos, jugosos, que refrescaba con su lengua, en un acto reflejo.

    -Claro, ningún problema. Manos a la obra. -contestó, resuelto.

    Dicho y hecho. El macizo fontanero agarró algunas herramientas y se metió con destreza, boca arriba, debajo del mueble. Hurgaba por las tuberías, murmurando cosas técnicas. Con medio cuerpo cubierto, sin posibilidad de que me viese, me apoyé en el quicio de la puerta para deleitarme con las vistas. Al estirarse para poder encajar bajo el fregadero su camiseta se subió hasta el pecho y, llevando los pantalones casi por debajo de las caderas, dejó descubierto un buen trozo del delicioso pastel.

    Torso perfecto, compacto, ligeramente bronceado, con vello, pero rebajado con máquina rapadora. Muy sexy. Abdomen cincelado a conciencia por multitud de series y repeticiones. Oblicuos bien marcados, preciosos. Deseé pasar mi lengua por ellos, arriba y abajo, decidiendo si subo o si bajo. Se insinuaba la frontera del vello púbico. Imaginé mi mano buceando entre sus piernas. Y ese paquetazo, que prometía una “gran recompensa”. Casi por instinto, acaricié suavemente mi pecho, rozando los pezones con la yema de los dedos.

    Una descarga recorrió mi espalda. Sentí como una ola de calor me inundaba por dentro. Recorrí el interior de mis muslos con las manos. Qué rico. Tuve que agarrarme a la puerta. Empezaba a notarme húmeda. Le hice algunas preguntas insustanciales, el tiempo, su trabajo, esas cosas. Hablaba relajado, ahí abajo, entretenido en su labor, mientras yo me tocaba, viciosa y furtiva. Esa voz, cálida y profunda, lamía mi piel a oleadas. La quería jugando con mis labios, deslizándose por dentro de mi short. Apenas podía replicar a sus comentarios. Creo que dijo llamarse Marcos.

    En un momento dado, el tal Marcos solicitó mi ayuda. Debía sujetarle un panel trasero del mueble, mientras él atornillaba la nosequé. ¡Hombre, por favor, dónde se ha visto!, una chica fina como yo metida debajo del fregadero. Allá que fui. Me escurrí por el suelo, como un ninja, y llegué hasta él. Se disculpó por tener que hacerme trabajar. -“ No hay nada que perdonar, hombre. Pero, mejor ponga la cabeza así. Suba esta pierna. Sujete aquí… no, aquí. Así, perfecto “-. Sonreía pícaro.

    Yo estaba a mil por hora. Cuerpo contra cuerpo. Mi cara a dos milímetros de su pecho. Olía a hombre. Parece una obviedad; pero el olor natural de un tío puede marcar las diferencias. Y esa excitante fragancia se apoderaba de mí, nublaba mis sentidos.

    -¡Joder, qué bien huele usted! -Dijo, de repente.

    -Gracias, pues debo ser yo misma. No llevo perfume, ni nada. -Lo solté así. A mí con flirteos.

    -Ya, me he dado cuenta. Pues me está poniendo muy nervioso. -Y de nuevo ese carraspeo.

    ¿ Ven lo que quise decir? Nadie puede resistirse a la implacable tiranía de las feromonas. Y en este caso la conexión química era excelente. Sin necesidad de wifi. Puro instinto animal. Marcos giró su cuerpo hacia mí. Se le atravesaba un tornillo y debía recolocarse. Entonces, me dí cuenta. Estaba empalmado. Una enorme polla erecta latía ahí dentro, furiosa por salir a la superficie. Yo me mojé completamente. Mi ardiente coño se abría como una rosa fresca. Y los pezones, duros ya como piedras, me rozaban la camiseta. El aire se hizo fuego. Me sofocaba.

    Se acabó. Mi cuerpo ya había dictado sentencia. Me escurrí hacia abajo, salí del fregadero y quedé a la altura de su entrepierna. Le palpé los huevos por encima del pantalón, y masajeé su polla con suaves movimientos circulares. Él dio un respingo, sorprendido. Busqué con la mirada su aprobación. Me miró, sonrió y reclinó la cabeza, soltando un gruñido de placer.

    -¡Dios, cómo lo estaba deseando! -Masculló, dándome así su beneplácito.

    Al fin, pude liberar a la bestia de su prisión. Se me hizo la boca agua. La contemplé, golosa, por unos instantes. Veinte centímetros de placer, todos para mí. Era gruesa, me costaba abarcarla con la mano. Perfecta. Lamí el tronco con la punta de la lengua, desde la base hasta el capullo. Mis labios lo abarcaron, recorriéndolo con deleite, mientras le acariciaba los huevos, gordos, prietos y bien depilados, cargados hasta el desbordamiento. Me metí el capullo en la boca. Hinchado, sonrosado, caliente. Lo chupé bien, dándole a mi lengua un ritmo frenético. Y empecé a tragarme ese pollón, poco a poco, hasta que mis labios tocaron fondo. Marcos aulló de placer.

    Notaba su polla en lo más profundo de la garganta. Aumenté la velocidad. Mamaba con avidez, hambrienta de esa carne palpitante. Me ayudaba de la mano, lubricada por saliva y sudor, masturbándolo con firmeza mientras le chupaba los huevos, y me los metía en la boca, saboreándolos. Yo me masturbaba también, me sobaba las tetas, ya hinchadas y duras, pellizcaba mis pezones. No daba abasto. Estaba enloquecida. Me sentía poderosa y lasciva. Putísima. Mi amante se retorcía de gusto. Gemía sin cesar, con esa voz que tanto me excitaba.

    -¡Qué boca tienes! Dios, cómo la comes… Eres la mejor.

    Ya te digo. Me encanta comer pollas. Y años de experiencia me avalan. Varios actores porno de reconocido prestigio han alabado mi carnosa y jugosa boca mamando sus potentes miembros. Bueno, a lo que estaba. Mi fontanero salió de su incómodo emplazamiento. Esto se estaba poniendo serio y no era plan de permanecer en esa postura por más tiempo. En un pispás se quitó toda la ropa y quedó frente a mí, desnudo, como un Adonis moderno, con su rabazo tieso apuntándome. Yo ya era puro fuego. Se acercó a mí, me agarró firme de la cintura y me susurró al oído: “Me has puesto todo loco. Te voy a partir en dos“.

    Me temblaron las piernas. Nos comimos la boca, salvajemente, durante largo rato. Nuestras lenguas jugaban sin freno. Me acariciaba la espalda, mordisqueaba mi cuello, me sobaba el culo. Y yo hacía lo propio. Notaba su polla dura en el vientre durante el delirante refrote. Me moría por albergarla dentro. Como si fuera una pluma, me levantó por las caderas y me posó delicadamente sobre la lavadora. Reposé mi espalda en la pared, arqueé las piernas y me dejé hacer. Me acariciaba las tetas con esas rudas manos que me hacían ver las estrellas. Le encantaban.

    Chupaba mis pezones como si no hubiera más alimento en la Tierra. Lamió todo mi cuerpo, desde las orejas hasta los muslos. De vez en cuando subía hasta mí y nos besábamos con fruición. Dios, qué placer. Creía que me iba a dar algo. Para rematarlo, colocó mis piernas sobre sus hombros y se dispuso a comerme el coño. Abrió los labios con las yemas de los dedos y comenzó a besarlos lentamente, a lamerlos, a pellizcarlos con los labios. Oh, Señor, me estaba matando de gusto. La punta de su lengua era un molinillo desenfrenado, que recorría todos los rincones de mi sexo: en círculos, cambiando de sentido, a profundos lametones. ”Por favor, no pares. ¡Oh, sí, así!”.

    Mi coño se hizo agua. Un suave soplido sobre él me convulsionó entera. Vaya con el fontanero, él también sabía hacerlo con la boca. Se lo hice saber. Creo que eso lo espoleó aún más. Tomó mi clítoris entre sus labios. Lo saboreó como si de un delicioso caramelo se tratara. Grité, gozosa. Sentí como me metía dos dedos, lubricados por mis propios jugos, mientras seguía estimulando el clítoris con la lengua. Dentro, fuera, dentro, fuera. ¡Me muero, no quiero que acabe!

    El Cielo existe y está aquí mismo. Él buscó mi mirada. Mis ojos lo decían todo. Le ponía a mil verme gozar. Yo ya no pude más. Una explosión de placer arrasó todo mi ser, y me corrí sin remedio. Marcos se acercó y nos besamos intensamente. Su boca sabía a mí. Y su piel sudorosa se fundía con la mía. Estaba preparada. Esto no había hecho más que empezar.

    -¡Fóllame! -Pedí, lujuriosa, lamiendo sus dedos impregnados con mi esencia.

    -¡Te voy a dar polla hasta reventar! -Exclamó.

    Y así fue. Me tomó por las caderas, acomodó mi pierna sobre su torso y, apretándome contra sí, me penetró con la misma facilidad que un cuchillo se hunde en el queso fresco. Primero la punta, despacito, abriéndose paso en mi acogedora carne. Y poco a poco, su polla entró hasta el fondo, hasta que la sentí toda dentro de mí. Ambos gemimos al unísono. Su grosor me llenaba entera. Cada centímetro me colmaba. Comenzó a follarme con rítmicas embestidas. Acariciaba y lamía mi pierna entre gemidos y exclamaciones.

    Bombeaba cada vez más rápido, y su mano recorría todo mi cuerpo, plasmando su ardor en cada rincón de mi piel. Con ella aferrada a mi teta, acercaba su cara a la mía, sonreía y, haciéndome con la lengua gestos lascivos y cómplices, me preguntaba: “¿Te gusta así, te gusta mi rabo ?. Ya lo creo. Yo le pedía más, que me la diera toda. Y mi joven semental me la daba toda. Un frenético mete-saca que me hacía gritar de placer a cada acometida. Queriendo cambiar de postura, Marcos me pidió que me abrazara a su cuello. Con su polla dentro de mí me levantó en volandas y me llevó hasta el taburete de la cocina.

    Allí se sentó y siguió follándome, conmigo a horcajadas. Uno frente al otro. Sus manos aferradas a mis caderas, dando ritmo a la sesión. Ambos empapados en sudor y sexo. Me sentía completamente empalada. Cachonda como nunca. Y su cara se hundía en mi pecho, lamía mis pezones, mordía mi boca con pasión. Su mano se perdió entre mis nalgas. Sentía sus dedos jugando con mi culo, acariciando sus huevos y agarrando su rabo chorreante mientras yo me movía frenéticamente arriba y abajo.

    Jamás he visto a un tío más caliente. Me decía guarradas increíbles. Su cuerpo de gladiador era un torrente salado que me invadía y me llevaba al clímax. Quise llevar a mi insaciable macho al siguiente nivel. Así pues, mientras lo cabalgaba con fiereza le susurré al oído:

    -Rómpeme el culo. Quiero sentirla también por ahí. Fóllame, por favor.

    Marcos asintió y me comió la boca como firma del acuerdo. Me desempalé con cuidado. Oh, señor, mi coño ardía, estaba tan abierto como un bar 24 horas. Doblé la espalda y me apoyé por los codos en la butaca, poniendo mi culo en pompa, en señal de ofrenda a mi fogoso amante.

    -¡Dios, qué buena estás, señorita Braun! Te follaría sin parar una semana entera. Exclamó.

    Y sentí sus manos recorriéndome entera. Dio un par de toques con su polla dura en mi culo y mi vagina. Como un toro reclamando a su hembra. Eso me hizo estremecer. Su saliva me lubricó hasta dejar mi trasero bien preparado. ¡Oh, Dios, sí, qué bueno! Su tranca entró y yo grité, con una mezcla de dolor y placer. Pero estaba tan cachonda y él lo hacía tan bien que era puro placer. Una vez bien adentro y seguro de no hacerme daño, Marcos me folló el culo con fuerza desatada. Ambos gemíamos sin parar. Él alababa mi culazo y lo bien que lo movía. “Así, sí, no pares, fóllame, oh, qué bueno, tu polla me rompe entera…”.

    Me encanta hablarles a mis amantes mientras me follan. Les pone a mil por hora. Tengo un espejo en la pared de la cocina, da mayor amplitud óptica a la estancia. Nos veíamos reflejados en él. Qué morbo. Era como ver una película porno; pero conmigo como protagonista. Me masturbaba mientras contemplaba en el espejo como Marcos taladraba mi trasero. Su cuerpo empapado, los músculos en tensión, esa polla perfecta entrando y saliendo de mí me estaban llevando de nuevo al orgasmo.

    -¡Me voy a correr ya. No puedo más! Exclamó Marcos.

    -Yo también. Dame tu leche. La quiero toda.

    -¿Dónde quieres la corrida?

    -Córrete en mi cara, en mi pecho. Riégame bien. -Pedí, al borde del orgasmo.

    Me agaché para recibir su leche. Mi mano seguía dándome placer, en espera de corrernos juntos. Marcos se la meneó y yo pasé mi lengua por el capullo. Ambos gritamos “¡me corro!“ al unísono. Dos fuertes chorros de leche caliente regaron mi pecho y mi cara. Oh, Dios, qué rica. Yo me corrí también. Me temblaron las piernas. Perdí la noción de mi cuerpo, del tiempo y el espacio. Marcos aullaba en su orgasmo, soltando deliciosa crema sin parar. Ni Cleopatra se bañó en mejor leche.

    Quedamos extenuados. Yo aferrada a sus jónicas piernas, y él recuperando el aliento mientras acariciaba mi pelo. De repente, Marcos levantó mi cara, me miró, sonrió maravillado, y lamió mis labios impregnados de su corrida, besándonos con pasión. Es el gesto más lúbrico y morboso que un hombre ha hecho después de follar conmigo. Y me gustó.

    Tres horas más tarde mi cocina estaba en perfecto estado de revista. Y yo también. Estaba divina, como nueva. Ha pasado cierto tiempo desde ese encuentro. Pero una no es de piedra. De vez en cuando rompo algo en casa. Y Marcos aparece por mi pasillo, siempre dispuesto a arreglar mi hermosa fontanería.

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  • Diana, mi alumna traviesa (1ª part.)

    Diana, mi alumna traviesa (1ª part.)

    Yo era un profesor de Filosofía de 39 años, según decían mis conocidos educado, serio, respetable y responsable, según decían mis conocidos. Todo eso se fue al traste ese día señalado, en el que no puedo hacer otra cosa que guardarme el secreto.

    Llegaba a clase después de pasar una noche regular, me comía mucho la cabeza por cosas del trabajo, mucho estrés que a veces pagaba con mi familia, mi mujer y mis dos hijos, a los que molestaba con mi carácter. Y la verdad que tampoco me podía quejar, tenía un puesto de trabajo seguro y serio, y bien pagado como profesor de 2º de Bachillerato (adolescentes de 18 o 19 años, aunque siempre había algún repetidor que subía la media de edad), en un colegio mixto de “pijos/as”; o sea, gente que vivía bien, a la que no le faltaba de comer.

    Todo transcurría con normalidad, hasta llegar a la última hora, en la que me tocaba el grupo de Ciencias Sociales. En general, eran buenos chicos y chicas, salvo las típicas excepciones.

    En primera fila y de frente estaba Diana. Era muy guapa, la verdad que había muchas chicas guapas en la clase, pero ella iba especialmente espectacular. Siempre me había parecido la más explosiva, y después se vio que también era la más… zorra. Tenía el pelo teñido de negro, un escotazo en el que se le veían los pechos prácticamente (no sé si eran operados, diría que no porque era muy joven, aunque como ya he dicho antes no les faltaba dinero, y eran perfectos los pechos) una minúscula minifalda, los labios pintados y las uñas largas y negras, salvo el principio de la uña, para que se viera su perfecta manicura supongo.

    Hasta ahí todo normal, es normal que una chica joven se cuide y quiera ir guapa, ya estaba acostumbrado a dar clase a chicas jóvenes y guapas. Pero hubo algo que empezó a mosquearme. Mientras explicaba, me guiñó el ojo, se tocó suavemente el pecho y sacó la lengua. Yo estaba de frente y tenía que verla, no podía hacer otra cosa. Intenté seguir con mi clase, aunque me notaba algo nervioso.

    De pronto, ella levantó la mano y me hizo una pregunta estúpida para que la mirara. Entonces aprovechó para seguir provocando, cruzar las piernas y subir su minúscula minifalda y no me podía creer lo que había visto. ¡¡¡No llevaba bragas y le había visto toda la vagina!!! Me puse cardiaco, la polla se me empalmó y estaba deseando que acabara la clase para ir al baño y hacerme una paja.

    Aun así, intenté tranquilizarme, era un hombre maduro y tenía que saber llevar la situación. Seguía con mis explicaciones, pero muy nervioso, tartamudeaba y se notaba que los demás compañeros veían que algo pasaba. Además, ella no paraba de levantar la mano y reírse, lo que no ayudaba ni mucho menos. La clase llegaba a su fin, con mucho sufrimiento. Era la peor clase de mi vida. El timbre sonó, yo esperé a que salieran todos sentado ya que mi pene estaba totalmente erecto y no quería que se notara. Se fueron todos, pero ella se quedó.

    En parte me alegré, porque aunque estaba casado, lo que tenía acumulado esa hora era increíble, y yo era un hombre y si ese bombón se me ponía a tiro no podía hacer otra cosa que follármelo… necesitaba un escape.

    Ella se subió encima de la mesa, yo seguía sentado y cogió mi mano. En principio la quité, pero me la volvió a coger. Puso mi mano en su muslo mmmm, joder, que piel, fue subiendo, subiendo hasta llegar a su sexo. Se notaba algo húmedo. Entonces me cogió dos dedos y los introdujo en la vagina, e inconscientemente empecé a masturbarla, primero despacito, y luego cada vez más rápido. Ella gemía muchísimo, no sé si por placer o para ponerme aún más cachondo. El pene me apretaba en los vaqueros e incluso me dolía.

    Ella se levantó, se subió la falda y puso su sexo en mi boca. Ahí reaccioné, la agarré fuerte de las piernas, la tumbé en la mesa y acerqué su vagina a mi boca. Empecé a comérselo ansiosamente, metiendo la lengua hasta el fondo, estaba rojo y húmedo; y mientras lo hacía usaba el dedo gordo para frotar su clítoris. ¡No me lo podía creer, estaba comiéndole el coño a mi alumna en la clase!

    Y lo peor es que me gustaba, su ternura, su piel, su juventud me tenían loco. Ella me agarraba la cabeza con sus manos y, aunque no veía su cara porque sus enormes tetas la tapaban, sabía que estaba disfrutando. Tenía los pezones empitonados y no paraba de gemir. Así me tiré un largo rato hasta que empezó a convulsionar y explotó de placer en mi cara. ¡¡Cerré los ojos un segundo reflexionando sobre lo que había pasado y escuché cerrarse la puerta!! ¡¡¡Esa zorra se había ido y me había dejado con la polla completamente empalmada!!!

    Después de lo que le había hecho acabé igualmente en el baño… ¡¡como si no le hubiera hecho nada y solo la hubiera visto!!

    Me fui a casa contrariado, esa noche pensé mucho en lo que había pasado, pero esto no podía quedar así. ¡¡Tenía que vengarme!! ¡Por supuesto que tenía que vengarme!!

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  • Del odio a la envidia (4)

    Del odio a la envidia (4)

    Había acabado de leer cuando me sobresaltó el sonido del reloj que adornaba la pared del salón, sin darme cuenta el tiempo había volado y el último autobús había pasado hace un buen rato; no me quedó más remedio que llamar a mi novio para que viniera a buscarme, aunque debió ser de las pocas veces que me había alegrado de un olvido así.

    Sin perder tiempo cogí el móvil y le escribí un mensaje lo más caliente que se me ocurrió, al que adjunté una foto de mi pezón desnudo, así seguro que se daría más prisa en llegar y preparado para algo más que recogerme. No tenía intención de esperarle sin hacer nada, me quité los vaqueros para estar más cómoda y volví a la lectura del diario mientras me masturbaba.

    Querido diario:

    Como esperaba, el juez me adjudicó la casa de la playa; viendo la cara de idiota de mi exmarido al escuchar la sentencia, sentí una alegría desmesurada, al fin y al cabo, él se lo había ganado. Sandra había venido conmigo, por una parte, a saludar a su amigo y por otra habíamos decidido ir a la playa a celebrarlo y de paso buscar una nueva decoración para la casa, pues no quería que nada me recordara mi vida anterior.

    La verdad es que tuvimos suerte, no solo porque lucía un sol espléndido sino porque había poco tráfico y el viaje fue rápido; en poco tiempo ya estábamos sentadas sobre la toalla preparadas para disfrutar del día. El calor era algo agobiante y obligaba a echar crema solar para no quemarse; por supuesto se ofreció a echármela, se sentó detrás, untó sus manos y las apoyó sobre mi espalda, sus movimientos eran suaves, recreándose; permanecí en silencio disfrutando de aquel relajante masaje, incluso cuando disimuladamente intentaba tocar con la punta de sus yemas mis pechos, tenía decidido que ese día le permitiría cualquier cosa.

    El resto de la mañana la pasamos tomando el sol y riéndonos con los comentarios que hacíamos de los pocos hombres que pasaban por delante, imaginando la forma y tamaño de sus miembros, tal y como hacíamos cuando éramos jóvenes, era bastante divertido escucharla.

    A mediodía recogimos para irnos a comer, teníamos preparada la comida y solo era poner la mesa, algo ligero, una ensalada y una buena botella de vino. Quizás la celebración había sido algo excesiva por mi parte porque me bajé más de la mitad de la botella y empecé a sentirme mareada; con su permiso me eché en el sofá mientras ella se quedaba recogiendo y limpiando la mesa. Al poco caí rendida en los brazos de Morfeo en un sueño profundo.

    Recuerdo en mi mente la imagen de aquel hombre en casa de Sandra con su cuerpo atlético sobre mí. Mis pechos estaban duros con la presión de sus manos, mi excitación crecía por dentro como un volcán. Empecé a sollozar de placer al sentir su lengua húmeda en mi coño que me mojaba por completo, lamía de arriba a abajo de una manera que gozaba al máximo con sus movimientos. El deseo me invadió, bajé la vista buscando ver de nuevo esa enorme verga, quería sentirla de nuevo en mi boca, poco a poco fui recuperando la conciencia sin dejar de gemir. Al abrir los ojos ligeramente, no era aquel hombre sino Sandra la que estaba comiendo mi sexo por completo.

    La excitación del momento me hizo dudar de lo que veía pero lejos de asustarme me dejé llevar, después de estos días se había ganado el derecho a poseerme. Inmediatamente cerré lo ojos para que pensara que seguía metida en un sueño. Cuando se centró en mi clítoris no quería que parara, movía rápidamente su lengua presionándolo con sus labios, podía sentir su boca abierta saboreando mis flujos, hasta que finalmente logró que me corriera hasta tal punto que me costaba seguir disimulando. Al acabar Sandra se marchó a la habitación sigilosamente mientras yo volví caer dormida.

    A media tarde desperté, Sandra estaba viendo la televisión y me miró con el temor de ser descubierta, la saludé alegremente y me puse a preparar unos aperitivos como si no hubiera pasado nada, aquello borró su tensión y enseguida empezamos a preparar los planes para esta noche mientras terminábamos de ver una película. Durante la misma no dejé de pensar en lo sucedido, la primera experiencia con una mujer me había resultado maravillosa, aunque no esperaba que fuera de esa manera; me preguntaba si yo sería capaz de hacer lo mismo, si sería igual de placentero, tenía la idea de salir de la duda.

    Decidí sorprenderla al igual que había hecho ella, el lugar elegido era mi preferido: la ducha. La habitación era muy grande y por petición mía habíamos decidido poner una ducha enrome, donde el agua caía por un agujero del techo en el medio, era ideal para cualquier práctica sexual que se hiciera.

    Entré completamente desnuda en el baño de forma silenciosa mientras se duchaba, aproveché que se estaba terminando de lavarse el pelo y tenía los ojos cerrados para colocarme detrás y abrazarla, en un principio se asustó creyendo que un desconocido la atacaba, al verme se tranquilizó entre las risas de ambas hasta que se hizo un silencio roto por el sonido del agua caliente cayendo por nuestros cuerpos.

    Su mirada fija de nuevo en mis ojos me ponía nerviosa, realmente no tenía claro lo que estaba haciendo, pero no iba a echarme atrás, se inclinó y me besó, posós sus labios sobre los míos suavemente, llevó su mano a mis labios vaginales, le detuve inmediatamente la mano y la aparté, se quedó paralizada creyendo que algo iba mal, pero era mi momento, no iba a permitir que ella llevara la iniciativa:

    -Creo que ahora me toca a mí, ¿no?.- Le dije con una sonrisa.

    Sandra se sonrojó y bajó la mirada por vergüenza; levanté su cara y me incliné sobre sus labios en un beso más apasionado que el anterior, dejando intencionadamente que nuestros pezones chocaran aumentando el placer. Lentamente bajé por su cuello, su respiración se aceleró, mi lengua húmeda en su piel hacía crecer en ella el deseo; llegué a sus grandes pechos, sus pezones ya sobresalían duros antes de que llegara a ellos, como un bebé los presioné con mis labios, era algo delicioso.

    Debía continuar y ahora me llenaba una sensación de curiosidad, me senté sobre el suelo delante de ella, pude ver que en esta ocasión Sandra se había rasurado completamente el vello púbico. Podía notar su ansiedad, había esperado mucho tiempo lo que yo iba a hacer, abrió levemente las piernas incitándome a lanzarme, pero gozaba viendo su nerviosismo así que me tumbé, desde arriba me miró sin comprender lo que sucedía, volví a sonreír a la vez que mis manos tiraron de sus muslos hacia abajo.

    Podía ver como lentamente su sexo se acercaba, ella terminó arrodillada sobre mi cabeza y en ese instante cerré los ojos y abrí mi boca. Pronto sentí sus labios vaginales, su piel tenía una mezcla del agua y sus flujos, escuché su gemido cuando saqué mi lengua y empecé a lamer de arriba abajo su coño. Me presionaba tanto que sin yo buscarlo mi lengua se hundía en su vagina, el proporcionarle placer me estaba pareciendo de lo más tan excitante.

    De repente su movimiento me detuvo, en poco tiempo se giró, me quedé inmóvil esperando sin detenerla, me abrió las piernas y se inclinó sobre mi entrepierna. Con una cascada de agua sobre nosotras comenzamos a realizar un estupendo 69, ambas nos centramos en nuestros clítoris, duros e hinchados por el placer, nuestros gemidos se veían ahogados por el frenesí de nuestras humedecidas lenguas, sin poder remediarlo acabos jadeando como perras mientras nuestros cuerpos vibraban en unos intensos orgasmos que nos dejaron extasiadas.

    La ducha había sido el lugar de mi bautizo con Sandra y después de la sensacional experiencia estaba segura de que no sería la última vez, pero por ahora no quise darle esperanzas.

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  • Eras mi asistenta cubana, pero ahora…

    Eras mi asistenta cubana, pero ahora…

    Creo que todo comenzó porque un día me dejé el navegador de Internet abierto y en las pestañas aparecían páginas de cuckolds que son de una temática muy precisa, de maridos cornudos y consentidores.

    Y tú debiste verlos. No lo sé, porque no me dijiste nada, pero un día que te regañé porque habías terminado muy pronto las tareas, me diste una hostia que me dejó helado. Y luego otra. Y otra. No recuerdo cuántas fueron, pero no protesté ni dije nada. Sólo me arrodillé, levanté la cabeza y tú seguiste pegándome bofetadas mientras me cogías de los huevos y la polla. Estaba dura, muy dura. Y sonreíste. “Lo sabía”, me dijiste.

    Ya no sé nada más. Desde entonces soy yo el que limpia la casa, te paga el doble por ello y además te sirvo de esclavo todo el tiempo. Me has convertido en un sumiso y ahora dices que vas a hacerme cornudo. Por eso te has sentado sobre mi pecho, con la cara pegada a tu coño y te has puesto a chatear con tu amante, con tu novio, con el hombre del que dices que estás enamorada.

    No sé nada más. Sólo sé que nos hemos casado, que has conseguido la nacionalidad española y que tu novio se ha convertido en tu amante pues vive en mi piso y duerme contigo en mi cama, mientras yo lo hago en la habitación de los huéspedes.

    No he follado jamás contigo porque yo no soy el hombre de la casa, sino una puta sumisa feminizada que lleva bragas y un delantal de doncella francesa. A tu novio lo he contratado en mi empresa con el sueldo más alto y no hace nada. Sólo se dedica a follar contigo y a mantenerme a mí en forma, según dices, pues en el trabajo suelo chuparle la polla cuando tú decides que lo haga. Entra en mi despacho, sin llamar, y mete su enorme verga en mi boca para que se la chupe.

    Y lo hago. Me arrodillo y se la chupo como un cornudo mamón que, pese a todo, te ama con toda su alma. No podría vivir sin ti, aunque me humilles constantemente y me azotes el culo antes y después de ponerme los cuernos. Así eres feliz. Y yo soy feliz al verte feliz. Soy un marido cornudo consentidor, según dices, aunque el que oficia de marido es tu negro cubano, tu novio, el hombre que amas.

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  • Cielo, estás en tu casa

    Cielo, estás en tu casa

    Marta acababa de terminar sus estudios en la universidad, y estaba dispuesta a buscar trabajo en la capital, donde Alicia, una buena amiga de su madre, se había ofrecido amablemente a acogerla durante el tiempo que tardase en encontrar su propio apartamento. Alicia recordaba a Marta como una niña inocente y cándida, algo que contrastaba con la mujer a la que recibió al abrir la puerta de su casa, un lujoso piso en el centro de la ciudad. Alicia era una ejecutiva de éxito, aunque seguía soltera, si bien era bien sabido que aprovechaba cada momento, saliendo casi todas las noches y asistiendo a fiestas como una jovencita más.

    Marta se despertó con la luz del sol entrando por la gran ventana que daba a una calle principal, y decidió curiosear en el piso de Alicia. Llevaba un ligero camisón casi transparente, y mirando fotos de la mujer se dio cuenta de que había tenido una juventud imponente, había sido siempre muy guapa, y era evidente que tenía una vida envidiable. Marta se asomó a su vestidor y casi se cae de espaldas. Había miles de zapatos y vestidos preciosos, le encantaría poder probárselos todos, además eran casi de la misma talla, aunque ella tenía menos pecho.

    Marta reprimió su tentación y se fue a desayunar, encontrándose una nota de su amable anfitriona:

    -“Cielo, estás en tu casa, utiliza todo lo que necesites”.

    Marta se tomó un buen desayuno y después se tumbó en el sofá, donde pensó que tal vez podría probarse ropa de la mujer sin que esta lo notase demasiado. Le apetecía vestirse como una cuarentona bien conservada como ella, con esa ropa tan elegante que siempre llevaba. Así que se metió en su cuarto y encontró sobre la cómoda la ropa que se había puesto el día anterior.

    Era una minifalda gris y una blusa blanca muy fina. También había unos zapatos de tacón negros, que no pudo resistirse a probarse. Entonces sintió el deseo de desnudarse completamente, quitándose el camisón, e instintivamente se fue al servicio, donde rebuscó en el cesto de la ropa de lavar. Allí encontró un juego de braga y sujetador rojos, una preciosidad, y unos pantys blancos de los que acostumbraba a ponerse Alicia.

    Impaciente como una niña con zapatos nuevos, Marta se fue hacia el salón, y sentándose en el largo sofá blanco, se puso las braguitas de Alicia, luego metió sus pechos en el sujetador y entonces sintió un deseo muy íntimo. Se bajó las bragas y se las llevó a la boca, aspirando el aroma y sintiendo cómo se le erizaban los pezones. A continuación se subió los pantys y se vistió con la ropa de su amiga. Se sentía un poco extraña, culpable tal vez, pero estuvo segura de que ella no lo notaría. Al fin y al cabo, sólo quería vestirse como ella durante unos instantes.

    Se movía con facilidad sobre esos tacones, y entonces se dio un paseo por la casa, sintiéndose seductora como nunca, imaginando las miradas de los hombres hacia Alicia al vestir esa minifalda…

    Entró al servicio y se cepilló el pelo, para después pintarse los labios con un lápiz de Alicia. Se volvió a tumbar en el sofá, donde no pudo reprimir deseos de tocarse los pechos, a través de ese sujetador rojo tan sexy. Con los pezones ya muy excitados, bajó la mano hacia su entrepierna y se empezó a recorrer el pubis a través de la minifalda, lo cual la sumió en un estado de excitación increíble.

    Pensaba en la dueña de la casa seduciendo a algún afortunado en ese mismo sofá, posiblemente después de una botella de vino, contoneándose con ese mismo modelito. Exageró el momento sacando el culito en pompa, algo que seguro que hubiese puesto al invitado a mil por hora, por si no fuese suficiente la transparencia de la blusa.

    Marta se imaginó siendo Alicia, y poniendo caliente a uno de sus ligues, con esa postura tan explícita. Por si fuese poco, se dio unas palmadas en el culo, cada vez más fuertes, imaginando que fuese el hombre quien lo hiciese. Para calmarse un poco, se levantó de nuevo y se fue hacia el dormitorio de su amiga. Aún estaba la cama deshecha, y se metió entre las sábanas, sin siquiera quitarse los zapatos de tacón. El tacto de las sábanas sobre sus piernas cubiertas de lycra era increíble, y se recreó durante un rato en el lugar donde seguramente Alicia había echado tantos polvos…

    Tumbada boca arriba, Marta alargó la mano, chocando contra un cajón. Dudó un instante, y entonces lo abrió. Estaba repleto de bragas, ligueros, sujetadores, era el paraíso. Rebuscó y entonces tocó algo duro. Había encontrado un vibrador dorado, una auténtica delicia. Ella había tenido uno, pero era un pequeño pene de látex que tuvo durante muy poco tiempo. Éste le encantó, y se fue de nuevo al salón con la intención de jugar un poco con él. Al cabo de unos minutos, Marta ya se había quitado la blusa, y estaba en el sofá, tumbada y frotando el vibrador contra el rombo de los pantys, estaba muy caliente, y tuvo que frotarse las tetas con la otra mano, mientras empezaba a ahogar gemidos de placer…

    Entonces Marta sintió que el juego se le iba de las manos, y sofocada por el estremecimiento que le producía el roce del pene sobre sus bragas, no pudo más, y sin tiempo para desnudarse, abrió un agujero en los pantys, y apartando la braguita, deslizó el vibrador dentro de su vulva ansiosa, y entre flujos que ya inundaban las bragas, sintió como su vagina tragaba todo el cilindro dorado. Marta sintió llegar el orgasmo y entonces activó el mecanismo de vibración, que provocó que la joven se corriese inmediatamente, mientras apretaba los dientes y se pellizcaba los pezones…

    En ese mismo momento, Alicia, sentada sobre el WC de los servicios de señoras, esforzándose por permanecer en silencio, mientras su mano derecha frotaba desesperada su entrepierna, sujetaba con la otra mano su teléfono móvil, mientras observaba atentamente la imagen que le enviaba la cámara oculta que había colocado en su salón de su casa por motivos de seguridad. Al mismo tiempo que Marta se retorcía en su sofá con el vibrador dorado dentro de su vagina, ella sentía un fuerte orgasmo a la vez que decía entre dientes:

    -“Qué cabrona, tía, me has hecho correrme…”.

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  • De tal astilla, tal palo

    De tal astilla, tal palo

    Llevaba dos semanas esperando el día de hoy. Su hija iba a comenzar la universidad y se había ido dos semanas a otra provincia para hacer un curso de preparación. Hoy regresaba.

    Estaba deseando verla, se sentía muy sola. Desde que su marido había muerto hace unos años se habían quedado solas y se habían apoyado la una a la otra. Ésta era la primera vez en mucho tiempo que Estela se quedaba sola, y no le gustaba estar sola.

    Cogió el coche y fue a recoger a su hija a la estación de autobuses. Cuando la vio se sintió aliviada, por fin estarían otra vez las dos en casa.

    –¡Cariño! ¡Por fin has llegado! ¡Que ganas tenía de verte! –Saludo a su hija.

    –¡Hola mamá! ¡Estaba deseando verte! Te he echado de menos. –Contestó Miriam, su hija.

    –¿Qué tal lo has pasado? ¿Has conocido a mucha gente?

    –Si, además he conocido a una chica que irá a mi misma facultad, así que no iré sola, por lo menos ya conozco a alguien.

    –Estupendo cariño, bueno, vamos al coche que te he preparado tu comida favorita.

    Durante el viaje de vuelta, Miriam estuvo contando a su madre todo lo que había hecho en el curso, la gente a la que había conocido y, sobre todo, le habló de Shana, la chica que iría a la universidad con ella.

    Miriam estaba contenta y animada y eso hacía que Estela también lo estuviese, le encantaba ver a su hija feliz y llevaba un tiempo asustada por lo que se encontraría en la facultad. Haber conocido a alguien le había sentado bien.

    Durante los siguientes días, Miriam quedó varias veces con Shana para salir a dar una vuelta, a tomar algo o a ir al cine.

    Como hablaba tanto de ella, Estela le propuso a su hija que la invitase un día a cenar y así la conocería ella también. ¡Miriam estaba encantada!

    El siguiente fin de semana, Shana vino a casa con Miriam. Era una preciosa joven negra, con una cara sonriente y una figura estupenda. Un pelo largo y ensortijado le caía grácilmente por delante de los hombros, acabando sobre el inicio de sus pechos. Su piel tan oscura, contrastaba con la clarita piel y el pelo rubio de su hija.

    –Hola. –Dijo Estela.– Me alegra conocerte, Miriam no para de hablar de ti.

    –Yo también estaba deseando conocerla, Miriam está muy unida a usted. Su hija es maravillosa, me alegro mucho de haberla conocido.

    –Bueno Shana, tampoco es para tanto jajaja. –Replicó Miriam, azorada.

    –Bueno, espero que te guste la cena que he preparado. –Dijo la madre, dirigiéndolas al comedor.

    La cena fue muy agradable. Shana era una chica muy simpática y Estela estaba contenta por ello.

    Les estuvo contando parte de su vida. No tenía padres y vivía con su hermano, un par de años mayor que ella, en un pequeño piso de alquiler. Su hermano trabajaba mucho para que ella pudiese pagarse la universidad y pudiese tener las oportunidades que él no tuvo.

    –Tu hermano tiene que ser un gran chico Shana. –Dijo Estela.– Estarás orgullosa de él.

    –Es la persona más importante de mi vida, no sé qué habría hecho sin él.

    Después de cenar, estuvieron viendo una película. La madre quiso dejarlas solas así que se fue a dormir a su cuarto, contenta por la compañía que había encontrado su hija.

    Las cosas siguieron igual durante un tiempo. Ya habían comenzado la universidad y les tocó en la misma clase. Shana iba alguna vez a cenar a casa y todos los fines de semana quedaban para salir.

    Un día, Miriam se dirigió a su madre.

    –Mami, Shana ha tenido un pequeño problema en casa…

    –¿Que ha pasado? –Preguntó la mamá, asustada.

    –Se les ha reventado una tubería… tienen la casa inundada. Te quería preguntar si se puede quedar este fin de semana entero en casa, hasta que lo arregle el fontanero.

    –Claro que sí, no se va a quedar en la calle.

    –Y… ¿Su hermano también?

    Estela dudó. No le conocía de nada y le daba un poco de reparo, pero siendo el hermano de Shana…

    –De acuerdo, el hermano también. ¡Pero sólo por este fin de semana!

    –¡Gracias mamá! ¡Eres la mejor! –Dijo Miriam, lanzándose a abrazar a su madre.

    Cuando se fue, Estela se quedó pensando si era buena idea meter en casa a ese joven sin conocerle. A lo mejor intentaba algo con Miriam… Aunque, si quisiese algo, lo podrían hacer en cualquier momento… Casi mejor tenerlos cerca…

    Entre esos pensamientos se perdía la mente de Estela.

    La semana pasó volando y el viernes llegó enseguida. Cuando llegaron los dos hermanos a casa les abrió Miriam.

    –¡Hola! –Saludó, feliz.

    –¡Hola! –Saludo Shana, pasando a la casa con confianza.– Os hemos traído esto como agradecimiento. –Dijo, mostrándoles dos cajitas cuadradas, con un par de collares dentro. Los collares eran algo ajustados al cuello, con un pequeño adorno de plata.

    –No tenías que haberte molestado, Shana, es un placer.

    –No es nada, que menos que un pequeño detalle. ¡Ah! Casi se me olvida, éste es mi hermano, Jamaal.

    Un escalofrío recorrió el cuerpo de Estela, creía que iba a venir un chiquillo, ¡Pero era todo un hombre! No pudo evitar fijarse en su cuerpo y recorrerlo con la mirada. Era todo fibra.

    –¿Mamá? –Miriam la sacó de su ensimismamiento.

    –¡Ah! ¡Hola! Pasad por favor, la cena está casi lista, espero que estéis cómodos este fin de semana.

    Rápidamente huyó hasta la cocina a seguir con la comida. No sabía qué le había pasado… Vale que llevaba mucho tiempo sin estar con un hombre… Desde que murió su marido… Pero no podía reaccionar así, ¡Era un chiquillo!

    Durante la cena, no paró de echar miraditas a Jamaal. No pudo evitar observar como él miraba a Miriam… Y los celos la inundaban… Tenía cierta envidia de su hija por atraer la atención del chico, pero por dentro también se sentía culpable. Con esos pensamientos, la cena y el resto de la noche fue un auténtico infierno. Todo el rato pendiente de Jamaal y de Miriam, de sus miradas, de sus gestos. En cuanto pudo, se disculpó y se fue a dormir.

    En la cama, la calentura la corroía. Desde que murió su marido no había tenido sexo con nadie, ni siquiera se había masturbado… Y la presencia de ese joven la perturbaba. Notaba sus pezones duros como piedras contra su camisón, así como la humedad que tenía en la entrepierna.

    Inconscientemente, sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo, acariciándose lentamente. Se acarició los pechos, notando los pezones erizados entre sus dedos, pellizcándolos, estremeciéndose con el contacto. La otra mano comenzó a bajar a través de su tripa hasta acariciarse el coño por encima de la ropa, se notaba húmeda y el ligero contacto de sus dedos hizo que se estremeciera. Apartó el camisón y metió la mano dentro de sus bragas, estaba chorreando… Sus dedos se deslizaron dentro de su coño con facilidad.

    No recordaba cuanto tiempo hacía que no estaba tan caliente. A su mente comenzaron a llegar los recuerdos de lo que era tener sexo con su marido, sólo había estado con él… De golpe, apartó las manos, sintiéndose culpable, cómo si le estuviese traicionando. Se dio la vuelta en la cama y entre estos pensamientos cayó en un húmedo sueño.

    A mitad de la noche, unos ruidos la despertaron. Se incorporó en la cama y se quedó escuchando paralizada, no era posible que Miriam… No, no se imaginaba eso de ella… ¡No podía hacerlo con su madre al otro lado de la habitación!

    Se levantó, preparada para lo que iba a ver, aunque sin saber muy bien qué le iba a decir. La puerta de Miriam estaba abierta. Se acercó lentamente y, cuando vio por el resquicio de la puerta lo que estaba sucediendo se quedó en estado de shock.

    Miriam estaba teniendo sexo sí, ¡Pero no con Jamaal!

    La imagen era impactante. Miriam estaba tumbada sobre la cama, con las manos agarradas al cabecero de la cama y ¡Shana estaba sentada sobre su cara!

    La joven negra estaba de cara a su pareja, sujetándole la cabeza con una mano, guiando a su compañera en su labor. Los gemidos que profería Shana dejaban ver que su hija lo estaba haciendo bastante bien…

    No era la primera vez que Estela veía sexo lésbico, alguna vez con su marido habían visto alguna película porno… ¡Pero no había esperado que su hija fuera lesbiana!

    Las chicas seguían ajenas a la observadora que había aparecido en el quicio de la puerta y seguían con su diversión. Shana descabalgó la cara de Miriam y, echándose encima de ella, comenzó a besarla con avidez, como si quisiese devorarla. Mientras la besaba, su mano comenzó a acariciar el cuello de la joven, bajando lentamente por su pecho, entreteniéndose en sus pechos, jugando con sus pezones, pellizcándolos y dando pequeños tirones que arrancaban gemidos de la joven.

    Las manos de Miriam, a su vez, comenzaron a recorrer la espalda de Shana, bajando rápidamente a sus nalgas. La dio un azote que resonó en la habitación y después comenzó a amasar el culo de su compañera, separándole las nalgas y atrayéndola hacía su cuerpo, parecía querer fundirse con ella.

    Desde la puerta, Estela tenía una visión estupenda de los jueguecitos de las jóvenes. Pudo ver claramente el ojete apretado de Shana cuando Miriam le separó las nalgas, así como su coño, que se veía claramente empapado. La madura mamá estaba paralizada, no sabía si entrar y parar lo que estaban haciendo, o irse y hacer como que no había visto nada. En vez de eso se mantuvo de pie, inmóvil, detrás de la puerta, observando. Una extraña sensación de alivio ocupaba la mente de Estela al pensar que Miriam y Jamaal no tenían nada entre ellos.

    El joven estaría durmiendo en el sofá, totalmente ajeno a la escena que se estaba desarrollando en la planta de arriba. La imaginación de Estela comenzó a volar, imaginándose a ella con Jamaal mientras sus manos continuaban lo que habían comenzado en la habitación antes de dormir.

    Mientras sus manos bajaban sus bragas y comenzaban a introducirse en el húmedo coño de Estela, las chicas no perdían el tiempo. Ahora estaban a cuatro patas las dos, Miriam delante de Shana, mientras su amiga le hacía un cunnilingus. Esta vez era Miriam la que no disimulaba sus gemidos de placer, que eran acompañados de un vaivén de sus caderas, indicándole a Shana que quería que llegase más adentro.

    La joven negra, viendo el deseo de Miriam, se levantó de la cama y extrajo de su bolsa un enorme consolador negro. Al ver la escena, Estela tuvo su primer orgasmo. Tuvo que echarse a un lado y taparse la boca con una mano para no delatarse.

    Al llevarse la mano a la boca, le llegó el aroma dulzón de su sexo, que impregnaba sus dedos. En un acto irracional comenzó a chuparlos, sintiendo por primera vez en su vida el sabor de su orgasmo.

    Tras unos segundos de relax, no pudo evitar volverse a levantar y seguir mirando los juegos de las chicas. En este momento, Shana introducía el enorme consolador negro en el coño de la chica, follándola violentamente.

    Miriam estaba desatada, sus gemidos se debían escuchar en toda la casa. Eso perecía animar a Shana, que acompañó las embestidas del consolador con largos lametones en el ano de su hija.

    Estela seguía masturbándose, ¿Qué la estaba pasando? ¡Estaba enferma! Pero no podía parar. La escena que contemplaba la estaba volviendo loca…

    –¿Te gusta?

    Se quedó paralizada. Ni siquiera era capaz de darse la vuelta.

    –He hecho una pregunta.

    Poco a poco comenzó a girarse y vio a Jamaal detrás de ella. Sólo llevaba unos bóxer ajustados, lo que la permitió contemplar el espectacular cuerpo del joven.

    –Parece que te gusta espiar a los demás. ¿Verdad? –Estela no contestó, tenía la boca abierta de la impresión y no podía moverse.

    –Y parece que no sólo espiar. –Apuntó, mirando las bragas de la madurita mamá por los tobillos.

    Ni siquiera lo vio venir. La mano de Jamaal se movió rápidamente hasta su coño, introduciendo un par de dedos de golpe. Un gritito se escapó de la boca de Estela.

    –Vaya, vaya… Si que te gusta si… –Jamaal comenzó a mover sus dedos. Estela era incapaz de reaccionar de ninguna manera, estaba superada por la situación. –Pues si tanto te gusta, vamos a ver si me gusta a mí también.

    Jamaal agarró con fuerza a la mujer y la volvió a poner a mirar a través del quicio de la puerta, mientras él se situaba detrás y comenzaba a masturbarla lentamente.

    –¿Te gusta ver como se follan a tu hija? –La decía Jamaal al oído.

    Las posiciones habían cambiado. Shana se había puesto un arnés y Miriam estaba a cuatro patas en el borde de la cama, mientras la joven negra la follaba con fuerza de pie en el suelo mientras la cogía del pelo, obligando a la joven a mantener la cabeza alzada. Las tetas de Miriam colgaban y oscilaban con cada embestida, su boca estaba continuamente abierta en un mudo gemido de placer.

    Estela por su parte, estaba disfrutando de la masturbación que le estaba dando su joven invitado. Una mano comenzó a deslizar los tirantes de su camisón, para dejarla completamente desnuda. Con todo el terreno despejado, Jamaal comenzó a juguetear con los pezones de Estela, que no tardaron en ponerse duros como piedras.

    La erección del joven era evidente, y Estela la notaba presionando contra su culo. Comenzó a restregarse contra ella de manera inconsciente, acompañando sus movimientos de sonoros gemidos. Jamaal, dando la vuelta a Estela, la obligó a agacharse y, bajándose los calzoncillos, liberó el enorme pene delante de la asombrada mamá.

    Ésta no dudó ni un segundo, en cuanto la tuvo delante comenzó a devorarla con ansia. Estaba descontrolada. No le importaba no conocer apenas a ese joven, y tampoco que su hija estuviese siendo follada a escasos metros de ella por una jovencita.

    Jamaal estaba disfrutando de la profunda mamada que le proporcionaba Estela. Comenzó guiando su cabeza para marcar el ritmo, pero después de ver que la mamá era perfectamente capaz, la dejó seguir a su ritmo.

    –¿Te gusta mi polla, putita? –Preguntó Jamaal.

    –Mmmm. –Gimió Estela.

    –¿Quieres que te folle con ella?

    Estela asintió, con la polla de Jamaal aún en la boca.

    –Pues pídemelo.

    –Por favor, fóllame… Méteme esta enorme polla en el coño. –Susurró Estela, consumida por el deseo.

    –Apóyate contra la puerta.

    Estela obedeció. Inclinándose hacia delante y sacando su trasero hacia fuera para facilitar la embestida. No se creía lo que estaba haciendo, ella que había aguantado sin sexo desde que su marido la dejó… Pero necesitaba esa polla más que nada en el mundo…

    Jamaal apoyó la punta en el coño de Estela, notando lo empapado que estaba y de un golpe lo metió hasta dentro.

    Estela contuvo un grito y miró dentro de la habitación por si se habían dado cuenta. Ninguna de las dos jóvenes se había percatado.

    La madre y la hija estaban siendo folladas al unísono por los dos negros hermanos. Las pollas entraban y salían del coño de las dos rubias con fuerza y energía, todo estaba siendo excitante hasta que Jamaal, sin avisar, empujó la puerta y la abrió de golpe, dando ésta un sonoro golpe en la pared. Las jóvenes se volvieron de golpe y Miriam se apresuró a taparse con la sábana.

    –¡Mamá! –Gritó asombrada.

    Shana en cambio, ni siquiera se inmutó.

    Estela estaba inmovilizada del shock.

    –Mira a quien he cogido espiándoos. –Dijo Jamaal. –Estaba realmente cachonda…

    Shana se levantó de la cama y avanzó hacia Estela.

    –Así que te gusta espiar a tu invitados… ¿Te parece una forma correcta de actuar?

    Estela, que seguía siendo follada por la polla de Jamaal, no supo que contestar.

    –¡Te he hecho una pregunta! –Gritó Shana, agarrando a Estela de un pezón y retorciéndolo.

    –¡Ahhh! ¡M–Miriam! –Exclamó, pidiendo ayuda a su hija.

    –Tu hija no tiene nada que decir sobre esto. Te hemos pillado espiando y ahora vas a pagarlo. –Dijo Shana

    Jamaal sacó la polla dejando un vacío en el coño de Estela, a la vez que la agarraba del pelo, arrastrándola al centro de la habitación y obligándola a arrodillarse.

    –Nos has cortado una estupenda sesión de sexo. Ahora tendrás que compensarme. –Continuó Shana, acariciando el falo con el que se estaba follando a Miriam.

    –¿No te enteras zorra? ¡Chúpalo! –Le gritó Jamaal, empujando su cabeza hacia el falo de plástico. A Estela no le quedó más remedio que metérselo en la boca, mirando con vergüenza a su hija al darse cuenta de que estaba saboreando su sexo.

    Miriam no se había movido de la cama. Contemplaba inmóvil como los dos hermanos forzaban a su madre.

    La polla de plástico ocupaba el lugar que hace escasos minutos llenaba el pollón de Jamaal.

    –Ven aquí pequeña. Demuéstrame si es verdad lo que dicen que de tal palo tal astilla –Dijo el chico, agarrándose la polla. Miriam obedeció.

    Las dos chicas estaban de rodillas, una al lado de la otra, tragándose cada una su polla correspondiente. Estela estaba asombrada de la facilidad con la que Miriam había obedecido, pero la situación estaba volviendo a superarla. Estaba evadiéndose de todo y volviendo a sentirse caliente.

    –Parece que eres tan hábil como tu hija en el arte de chupar una polla. Veamos que tal te comes un buen coño ahora. –Dijo Shana, quitándose el arnés y abriéndose de piernas.

    Estela dudó, hasta que unas manos guiaron su cabeza hacia el húmedo coño que tenía delante. Comenzó a lamer lentamente, mientras esas manos la guiaban en su labor. Introducía la lengua y la movía en rápidos movimientos, escuchando los gemidos de placer de Shana. Entonces, algo comenzó a abrirse paso en su coño. Jamaal iba a follarla, pero entonces… ¿Quién estaba guiando su cabeza?

    Aparto la boca y giró para ver como Miriam era la que estaba ayudándola a comerse un coño por primera vez en su vida.

    –¡Hija!

    –No te preocupes mamá. Es mejor así… Déjate llevar y disfrutarás más…

    Las palabras de su hija la dejaron helada, hasta que la enorme polla de Jamaal volvió a llenarla por dentro. Unas cuantas embestidas después y volvía a estar comiéndose el coño de Shana.

    Estela estaba siendo usada por el coño y por la boca y mientras tanto, su hija, comenzó a acariciarla suavemente, como animándola a seguir y premiándola por su buen comportamiento.

    El primer orgasmo llegó de repente. La mamá se retorcía de placer en el suelo, frente a sus dos folladores y a su hija sin intentar ocultar el gozo que estaba sintiendo.

    –Parece que a nuestra anfitriona le hacía falta echar un buen polvo ¿No? –Dijo Jamaal, entre risas.

    –Si, un buen polvo y buenos modales también. ¿Dónde está el obsequio que te trajimos? ¡Que mala educación! –Exclamó Shana.

    Estela entonces se fijó que Miriam llevaba puesto el collar.

    –Miriam, trae el regalo de tu madre. Que mientras nosotros seguiremos jugando un rato con ella.

    La joven salió de la habitación y fue a buscar el collar a la habitación de su madre. Cuando lo encontró, regreso rápidamente a su cuarto.

    Al entrar vio como no habían perdido el tiempo. Su madre estaba de nuevo chupando la polla de Jamaal mientras Shana jugaba con un consolador en su coño.

    –¿Sabes lo que significa esto? –Dijo Shana cogiendo el collar que le tendía Miriam. Entonces Estela se fijó bien en el adorno de plata. Era una pica de la baraja francesa, con una Q grabada en su interior. Estela negó con la cabeza, sin dejar de mamar la polla de Jamaal.

    –Lo suponía. –Continuó Shana. –Es un símbolo que representa a la Reina de Espadas. La mujer blanca que lo lleva, pregona su rol como esclava de la gente de color, porque reconoce que nosotros somos superiores en todo. ¿Ahora comprendes porque tu hija ya lo llevaba puesto? Ella ha aceptado su lugar, y es hora de que lo aceptes tú también.

    Shana le puso el collar a Estela, que estaba demasiado ocupada para negarse, y arrastrando de él la obligó a tenderse el pecho sobre la cama con las piernas fuera de ella.

    –Si quieres ser una autentica Reina de espadas debes obedecer todas nuestras órdenes, porque sólo existes para darnos placer… –Agarrando a Miriam, la acercó hasta el culo de su madre. –… Y eso puede reportarte placer a ti también…

    Sin ninguna orden, Miriam comenzó a lamer el húmedo coño de su madre, que intentó debatirse hasta que Shana se sentó sobre su espalda, impidiendo que se moviera.

    Jamaal se acercó por detrás a Miriam y de un sólo golpe introdujo su polla en el culo de la chica. Ésta no se quejó, pero redobló los esfuerzos por hacer que su madre tuviese otro orgasmo.

    Estela no tenía fuerzas para resistirse. Decidió dejarse llevar ante las oleadas de placer que su hija le proporcionaba. El ritmo que le imponía Jamaal a la enculada de la chica, se reflejaba en la velocidad a la que movía su lengua y eso la estaba volviendo loca.

    Cuando su hija paró de repente, dejó escapar un grito de protesta.

    –Jajaja ¡Hemos encontrado una buena putita! –Rio Jamaal. –No te preocupes, que no vas a estar desocupada mucho tiempo. –Y al decir eso comenzó a meter su polla en el rosado ojete de la mujer.

    La penetración fue más lenta que la de su hija, pues ésta ya tenía el culo acostumbrado a recibir la polla de aquél semental, pero aun así, Estela pensó que la estaban partiendo en dos.

    En cuanto la polla entera del chico estaba dentro, comenzó un mete-saca continuo que comenzó a tornar el dolor que sentía por un placer inimaginable, que la recorría entera. Los gemidos escapaban de su boca sin que pudiese controlarlos y con sólo un par de minutos de enculada un nuevo orgasmo la abordó.

    Sus gritos debieron oírse en toda la casa mientras aquél negro seguía bombeando con fuerza. Cuando estaba a punto de correrse, sacó la polla del culo de Estela, dejando un enorme agujero oscuro y, agarrándola del pelo la hizo ponerse de rodillas frente a su polla.

    –Ahora vas a ver lo que es una buena corrida negra, zorra. –Dijo el negro mientras se pajeaba con fuerza apuntando a su cara.

    Estela era presa de una locura que la poseía y que la incitó a abrir la boca para recibir la leche de su macho, pero la riada de leche que salía de la polla que tenía delante era demasiado para ella. Parte calló en su boca, pero el resto fue a derramarse sobre su cara y sus pechos.

    Al momento, Miriam, se acercó a 4 patas a su madre y comenzó a limpiar con la lengua los restos que llenaban el cuerpo de su madre, su lengua se encargó de limpiar sus pechos, su cara y cuando llegó a su boca, se fundió con ella en un húmedo beso.

    Este último acto de lujuria rompió todas las defensas que quedaban en la mente de Estela y la hizo darse cuenta de cómo quería que transcurriese el resto de su vida.

    A partir de ese fin de semana, las vidas de madre e hija dieron un vuelco total. Se convirtieron en zorritas sumisas de la gente de raza negra, cosa que se hizo permanente cuando el símbolo del collar pasó de ser un adorno a ser un tatuaje grabado en las nalgas de las mujeres.

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