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  • Una reforma de la casa puede cambiarlo todo

    Una reforma de la casa puede cambiarlo todo

    Capítulo 1:

    Hola, me llamo Mari Loli y si les cuento esto es porque si no le comento a alguien todo lo que me paso este fin de semana seguro que exploto. Y como por razones obvias no se lo puedo contar a mis amistades se lo cuento a ustedes que no me conocen y así me quedo tranquila. De antemano iba a ser un fin de semana ideal, pues aprovechando que papi y mamuchi se iban a ir al cortijo de los señores Gutiérrez (por llamarlos de algún modo) yo les había dado permiso a los criados. Pues pensaba montar un guateque para mis amigos y no quería tener testigos indiscretos.

    A mis papis no les extraño nada que no quisiera ir con ellos, pues siempre me habían parecido sus nuevos amigos muy bastos y zafios. Sobre todo me daba un coraje tremendo cuando papuchi insistía en hablar como su amigo, con un lenguaje de lo más chabacano y vulgar.

    Pero todo se estropeo el viernes a última hora cuando papi me llamo al chalet para decirme que aprovechando que iba a estar esos días ahí había encargado al capataz de una de sus constructoras que mandara algunos obreros para hacerme las reformas en el dormitorio que tantas veces le había pedido. Me dio mucha rabia que estropeara los planes que tenía hechos, pero me consolé pensando que por fin iba a poder poner el cuarto como yo quería.

    Estoy tan acostumbrada a que la criada habrá la puerta que la mañana del sábado los obreros tuvieron que llamar al timbre un buen rato antes de que me despertara y me diera cuenta de que solo yo podía abrirles la entrada. Cuando caí en ello me dirigí apresurada al hall, sin percatarme de que solo llevaba puesto encima mi vaporoso camisoncito rosa. Por eso, cuando al fin les abrí la puerta no se quien se llevó mayor sorpresa si ellos o yo.

    La mía lo fue por ver la pinta tan pobre y desaliñada que traían los tres. El que pulsaba el timbre sin descanso era un sujeto de treinta y tantos, moreno y muy grandote, que daba hasta repelús verlo. Si lo encuentro a solas en un callejón me muero del susto. A su lado venia un negro, pero negro de los de verdad, casi tanto como el betún. Era muy flaco y alto. Tenía el pelo rizado y una perenne sonrisa de oreja a oreja. Y detrás de ellos, llevando la mayoría de los bultos, un chico de pelito largo y carita de hambre, bastante guapito por cierto, intentando atisbarme por entre los otros dos.

    Después de un embarazoso silencio por fin caí en la cuenta de porque me miraban tanto y con tanto interés. Pues mi liviano camisoncito de gasa apenas si velaba mis rotundas formas, ya que trasparentaba descaradamente mis abultados pechos, especialmente mis oscuros pezones. Y lo peor de todo es que a la luz del día se veía incluso la poblada espesura de mi intimidad.

    Supongo que con otra chica quizás hubieran disimulado un poco mas su interés, pero es que yo soy algo especial. No es por presumir, pero todos me dicen que soy muy linda, con mi pelito caoba cortado a lo paje y mis ojos color miel resaltando en la blancura de mi cara. Pero la mayoría de los chicos no se fijan en eso, solo tienen ojos para mi cuerpo. Por suerte, o por desgracia, la madre naturaleza ha sido de lo mas generosa con mis medidas.

    No les exagero nada, gasto una talla 110 de copa ancha de sujetador. Lo cual, a mis 19 años, solo me trae problemas. No solo me cuesta horrores encontrar alguna ropita que me sirva, sino que además tengo que lidiar con multitud de admiradores, mas o menos descarados, a diario.

    Supongo que por eso sigo sin novio, por el recelo que le tengo a los hombres. Y eso que cuando meneo mi rotundo trasero por la calle, solo los ciegos se abstienen de mirarme. Pero cuando me miran con tanto deseo y descaro como me miraban aquellos tres obreros solo se reaccionar de una forma… avergonzándome.

    Así que les pedí que me esperasen un momento en el recibidor mientras fui lo mas rápido posible a mi dormitorio a cambiarme. Como tenía prisa decidí ponerme el conjuntito nuevo de estar por casa que me había comprado la víspera. Este era una cucada verde monísima. Me puse el holgado pantaloncito corto sin nada debajo, por no perder mas tiempo, ya que al ser de suave algodón no me hacían falta las braguitas. La parte de arriba era una camisetita a juego también muy ancha y con un generoso escote. En teoría esta debía quedar rasada con el pantaloncito, pero en realidad mis enormes pechos hacían que la prenda quedara un palmo por encima, dejando mi ombliguito al aire.

    Aun tenía la camisetita en la mano cuando vi, a través del espejo de la cómoda, como el hombre grandote me miraba con todo descaro a través de la puerta que yo, con las prisas, había dejado semiabierta. No pude dejar de preguntarme, mientras me ponía la camisetita a toda velocidad, en cuanto tiempo llevaría ese repelente sujeto espiándome, y en todo lo que habría visto de mi cuerpo sin mi permiso.

    Aun así, cuando salí de mi cuarto, me sentí incapaz de recriminarle nada, pues me amedrentaba tanto su corpulencia como el desparpajo con que me sonreía cínicamente. Además, ahora que tenía al joven mas cerca, me encandilo su aspecto desaliñado, mezcla de bohemio y de perrito muerto de hambre. Y, puestos a confesarme, les diré que el negro me daba incluso algo de miedo.

    El grosero era el jefe de los tres, así que me tuve que armar de valor y le empecé a decir como quería que hicieran la obra de mi cuarto. Este, en cuanto empecé a hablar, se pegó como si fuera una lapa detrás mío, restregando su rígido paquete contra mi trasero cada vez que dejaba de andar. Mi timidez me impedía reaccionar como hubiera querido, por lo que, en vista de mi pasividad, empezó a palmearme el culo con toda confianza.

    Eso si, el tipo, a pesar de palmearme las nalgas cada dos por tres, no dejaba de decirme “señorita”, aunque me sonaba con un cierto retintín. Yo, muy a mi pesar, me limitaba a ruborizarme ante la audacia de su continuo acoso, dándole pie a que continuara sobándome. En un momento dado, aprovechando que estaba distraída, se me acerco sigilosamente por detrás, atrapándome un pecho con su manaza al tiempo que me preguntaba sobre donde colocar uno de los muebles que sacaba. Solo acerté a tartamudear la nueva ubicación, sin terminar de creerme lo que me acababa de hacer.

    Pero tuve tiempo de hacerme a la idea, pues a lo largo de la mañana fueron varias las ocasiones en que se apodero de mi delantera, estrujándome los senos cada vez con mas soltura y confianza. Yo, acobardada, casi llegue a acostumbrarme a sus rudos toqueteos. Por eso en un par de ocasiones, a pesar de oírle llegar por detrás, permanecí quieta como si fuera una estatua, esperando el temido momento en que su mano se aferraría a mi pecho sin atreverme a reaccionar.

    Con ello solo lograba que sus sobeteos se hicieran mas intensos y prolongados, llegando al extremo de jugar con mi rígido pezón durante varios minutos mientras me llamaba “señorita” y me preguntaba por alguna reforma en concreto. No era el único que se estaba divirtiendo a mi costa, pues mientras el jefe me consultaba y mostraba ciertos detalles de las cosas que iba modificando me hacía agacharme y colocarme en incomodas posturas que mostraban hasta lo mas oculto de mi anatomía a través de mis holgados escotes y perneras.

    Capítulo 2:

    A media mañana, cuando iban a sacar del cuarto la estantería sobre la que guardaba mi colección de muñecas antiguas de porcelana, temí por ellas. No acababa de fiarme de ellos, por lo que les pedí que me dejaran bajarlas a mi, para que los patanes no rompieran ninguna pieza. El grosero accedió encantado, acercándome una silla para que pudiera apoyarme en ella, mientras me indicaba en que parte de la repisa inferior debía colocar el otro pie para no caerme. En cuanto estuve en la posición adecuada se arremolinaron los tres debajo mía. Yo, en mi ingenuidad, pensé que era para ayudarme, pero nada mas lejos de su intención.

    El grosero rápidamente se sitúo detrás mía, poniendo sus amplias manazas en mis nalgas para, según sus cínicas palabras, evitar que pudiera caerme. Ante mi pasividad sus dedos empezaron a explorar mi carne, estrujando y magreando mi pandero del modo mas descarado y ruin. Pero era un zorro generoso y, aprovechando la adecuada separación de mis piernas y la holgura de las perneras de mi pantaloncito, aparto la prenda lo justo para que sus dos compañeros pudieran ver cómodamente mi intimidad a tan solo un par de palmos de distancia.

    Yo no lo sabía, pero cada vez que me movía un poco para alcanzar una nueva figura, les mostraba tanto el bostezo indecoroso de mi rosada rajita como gran parte de mi espeso bosquecillo íntimo. Y el grosero, mientras, con la otra mano, amasaba mis prietas nalgas.

    El colmo fue que al acabar, mientras me ayudaba a bajar de la silla, deslizo esa mano por debajo de mi pantaloncito. Dejando que sus dedos resbalaran por mi sensible canalillo hasta que toparon con mi aún mas sensible entrada posterior. No pararon ahí, sino que continuaron hasta llegar a rozar mi flor virginal, provocando con ello tanto mi respingo como mi huida precipitada, aderezada por su coro de risas blasfemas. Por ello procure rehuirles durante las horas siguientes hasta que, al final, me llamaron los muy ladinos, para que les resolviera un problema.

    Me dijeron que mi cama no pasaba a través de la puerta, y que no sabían como podían desmontarla para sacarla. ¡Mentira cochina! Yo, inocentona, aun recordaba donde estaban los pernos de sujeción debajo del somier y les dije que eran muy fáciles de soltar. Tanto hincapié hice que el grosero me pidió que lo hiciera yo, como ya tenían planeado de antemano.

    No supe negarme, y me tumbé sobre la alfombrilla, con una ridícula llave de esas en la mano, mientras me empujaban por las rodillas y me metían debajo de la cama. Yo, enfrascada en acabar cuanto antes con una labor tan ignominiosa e impropia de mi, no me di cuenta de que mientras me sujetaban me habían separado las piernas casi por completo.

    No podía saber de ningún modo que el grosero había apartado de nuevo mi pantaloncito a un lado, y que tenía a los tres obreros viendo, y hasta oliendo, mi flor mas preciada. Pues sus tres cabezas se turnaban a escasos centímetros de mi intimidad. Mis rosados pétalos separados enviaban su mágico olor a sus narizotas mientras sus ojos bizqueaban ante la belleza de la maravilla que tenían delante. Además, el suave tejido había cedido lo suficiente como para mostrarles la mayor parte de mi espeso triángulo de vello oscuro.

    Estaban tan absortos contemplándome que tuve que insistir varias veces en que ya había acabado antes de que reaccionaran y me ayudaran a salir. Y entonces vino la segunda parte, los muy golfos no contentos con lo que ya habían visto trabaron de alguna forma la parte inferior de mi camisetita con los muelles. Por eso, cuando por fin tiraron de mi, esta se me enredo en el cuello, dejando al aire mis enormes globos.

    Me quería morir. Ahí estaba yo, metida debajo de mi cama, con los brazos en alto por culpa de mi camiseta y con los pechos totalmente expuestos a la mirada de los tres odiosos obreros. Estaba tan sumamente cohibida por mi exposición e indefensión que solo podía musitar “por favor… por favor… soltadme” una y otra vez. Mientras ellos me decían palabras de calma y fingían trastear en mi camisa.

    Yo sabía que lo estaban haciendo a propósito, pues no en vano sentía su cálido aliento en la cima de mis pechos, señal de que sus cabezas estaban a escasos centímetros de lo que ningún mortal había podido ver antes. Para colmo de males mis sensibles pezones reaccionaron ante la situación, endureciéndose y agrandándose tanto como de costumbre, provocando así nuevos murmullos de admiración ante su belleza y grosor. No se cuanto tiempo permanecí en tan humillante postura, pero seguro que fue demasiado. Cuando al fin me soltaron no sabía donde esconderme, y no sabía como comportarme ante sus explícitas e intensas miradas.

    Capítulo 3:

    Por eso les rehuí durante un buen rato, hasta que llegó la hora de comer y me llamaron para que compartiera con ellos lo que estaban saqueando de la nevera. Como estaba sin desayunar y tenía bastante hambre accedí a comer con ellos, a pesar de que sus modos en la mesa dejaban muchísimo que desear. Los obreros no usaban agua, sino que bebían el vino como si este lo fuera. Y yo, tonta de mi, dejaba que llenaran mi vaso una y otra vez, como hacían ellos con los suyos.

    El resultado ya se lo pueden imaginar, pronto estaba diciendo tonterías y riéndome de las cosas que decían ellos. Les aseguro que todavía no sé como lo hicieron, pero el caso es que me sorprendí a mi misma confesándoles, entre risitas, lo mucho que me atraía el más joven. Y ese fue el principio de mi fin.

    El grosero, aprovechando la oportunidad que les brindaba en bandeja, me animo a que le diera un beso ahí mismo, delante de todos. Cuando quise darme cuenta estábamos abrazados, y sus labios empezaban a saborear los míos. Me dejé llevar por el placer y respondí a sus besos con bastante timidez, recibiendo mas que dando, aunque también mi lengua se enroscaba con la suya cuando se tropezaban en nuestras bocas.

    Yo, colgada de su cuello, deje que sus manos se adueñaran de mis pechos, suspirando como una boba mientras sus dedos exploraban mis enormes tetas hasta alcanzar las sensibles cimas. Una de ellas se quedo allí, extasiada, pellizcando y retorciendo el grueso y sensible fresón que casi le llenaba por completo la mano. La otra fue bajando lentamente, deslizándose por mi ombliguito, hasta introducirse al fin por debajo de mi pantaloncito, y sepultarse en mi ardiente intimidad.

    Mis espasmos de placer iban en aumento mientras sus dedos, mucho mas dulces de lo que podía suponer, se iban abriendo paso en mi cálida y estrecha virginidad. No me di cuenta de que eran otras manos las que me estaban desnudando hasta que empezaron también a magrearme. Estas eran mucho mas ansiosas y estrujaban mis tetas y mi culo con demasiada rudeza, restando bastante placer a la deliciosa masturbación que me estaba haciendo el jovencito.

    Yo, sentada desnuda en su regazo, tenía mi cabecita apoyada en su firme hombro, mientras le besaba sin descanso. El, que tenía una de las manos permanentemente ocupada con mi agradecido pezón, pugnaba por meter dos de sus dedos en mi intimidad. Alternándolos de tal modo que me estaba llevando al borde del orgasmo. No me importaba pues que el negro se hubiera adueñado al mismo tiempo de mi otro pecho, chupando y succionando mi pezón como si le fuera la vida en ello, mientras sus manazas amasaban y apretaban mi descomunal cántaro embelesadas.

    El grosero, después de haber catado mis pechos durante un rato, se dedico a mordisquear y lamer mi trasero, estrujándolo a manos llenas. Su lengua se deslizaba una y otra vez por entre mis medias lunas, hasta localizar la sensible entrada de mi esfínter. Donde estuvo un buen rato.

    Mis gemidos y jadeos delataban la inminencia de mi orgasmo por lo que el grosero se arrodillo frente a mí y uso su boca para ayudar a su joven amigo. Nada mas sentir su húmeda lengua buceando en mi cuevecita arranco el primero de mis orgasmos, siendo este tan fuerte que mis fluidos bañaron su cara. Al grosero no solo no le importo el baño, sino que siguió succionando con avidez en la almejita, hasta encontrar la gruesa pepita de mi clítoris; que, por la excitación, asomaba descarada.

    El muy bestia la chupo de un modo tan brutal que consiguió llevarme al instante a las puertas de un nuevo orgasmo. Y en el preciso instante en que este empezaba a invadirme dulcemente el pedazo de animal me introdujo uno de sus enormes dedazos en el agujerito del culo. El orgasmo fue larguísimo, dándome la impresión de que iba a explotar por dentro. Al final quede floja y desmadejada como un muñeco de trapo. Entre los tres me llevaron en brazos hasta el comedor, donde me tumbaron sobre la mullida alfombra, sin dejar de besarme y manosearme todo el rato.

    Cuando por fin abrí los ojos ya estaban todos desnudos y el grosero estaba situándose entre mis piernas con la intención de penetrarme con su largo y grueso cipote. Le llore, rogué y suplique para que no lo hiciera, pues no quería perder mi virginidad de un modo tan burdo. No llegue a conmoverle, pero acepto respetarme si yo le hacia una buena mamada al muchachito.

    Capítulo 4:

    Nunca había hecho una cosa así, pero acepte como mal menor. El chico se sentó en el sofá y separando sus piernas me dejo a la vista su largo y afilado estilete. Me arrodille ante él y, haciendo de tripas corazón, empecé a lamer como pude su punta roja y brillante. Pronto me acostumbre lo suficiente a su sabor como para meterme el extremo en la boca. Por ser tan larga no podía albergar mucho trozo en la boca, pero el movimiento de mi lengua debía de ser eficaz, porque el chico empezó a jadear de placer.

    Los otros dos no permanecían ociosos y el negro pronto se había tumbado debajo de mí para apoderarse de mis pechos de nuevo. Les hacía de todo, y lo más raro es que empezaba a gustarme su obsesivo interés y el modo en que los maltrataba cariñosamente con su lengua, dientes y manos. Y el grosero, detrás de mí, no paraba de lamer mi trasero, chupando mi dulce almejita de vez en cuando. Sobre todo, cuando metía alguno de sus dedos en mi culito, supongo que para calmar el posible dolor. Pero el caso es que ya me había acostumbrado a esa rara sensación y no me molestaba demasiado sentir como algo se movía en mi interior.

    No sé porque pero lo cierto es que empezó a gustarme eso de chupar algo tan cálido y vivo, pues hasta su sabor empezaba a resultarme agradable. Me hacía gracia ver como mis chupeteos y lamidas lograban que el muchachito se fuera convirtiendo poco a poco en un muñeco en mi poder. Estaba tan concentrada en estas nuevas y curiosas sensaciones que no me di cuenta de que algo enorme estaba intentando entrar en mi culito hasta que la dilatación empezó a ser dolorosa. Y entonces ya fue tarde.

    El grosero solo tuvo que hacer un esfuerzo mas para que la gruesa punta de su miembro se acomodara completamente en mi estrecho interior. Solo pude gemir débilmente mis protestas mientras el jovencito apretaba mi cabeza contra su pene y el grosero introducía su candente hierro hasta el mismísimo fondo. Luego, aferrado a mis caderas, empezó un lento vaivén, que pensé que me iba a partir en dos. Sin embargo fue mano de santo, porque poco a poco fue mitigando mi dolor con sus empujes, haciendo que este se fuera convirtiendo en placer. Placer que me venía en oleadas cada vez que arremetía rudamente contra mi interior.

    El grosero, al escuchar mis mugiditos de placer, fue aumentando su ritmo, haciendo que las embestidas fueran cada vez mas rápidas y violentas. Esto provocaba que el largo pene del mas joven se introdujera cada vez mas al fondo de mi boca, llegando casi hasta la garganta. Y que los dientes del negro se clavaran dolorosamente en mis senos, para que no se le escaparan mis pétreos pezones con el continuo bambolear. Los interminables jadeos de placer que provoco mi fuertísimo orgasmo fue el detonante que hizo que ambos eyacularan casi a la vez. Aun no sé como lo hice pero conseguí tragarme casi todo lo que mano de aquella manguera eterna antes de que asfixiara con su esperma.

    No había terminado de salir el grosero de mi interior cuando el negro exigió su parte del pastel. Yo, al ver su descomunal aparato, tan grueso, tan largo y tan negro, palidecí, segura de que si intentaba meterme eso dentro me mataría. El grosero, al ver mi cara descompuesta, me tranquilizo, y me dijo que solo tenía que chupársela como al joven. No era lo mismo, pero trate de que no se notara el asco que me daba y me aplique con renovado interés, para acabar cuanto antes.

    Así, mientras el joven y el grosero seguían sobándome, trate de meter toda esa barra de caoba en mi boca. Era imposible, por lo que me tuve que conformar con absorber la punta y lamer el resto del gigantesco miembro. Como eso no bastaba el grosero me dijo como debía usar mis grandes tetas para que el chisme se deslizara entre ellas, dándole así mayor placer. No sé si fue mi dedicación, o el manosear mi cuerpo, pero el caso es que los otros dos enseguida volvieron a estar empalmados.

    El grosero siguió ejerciendo de maestro de ceremonias y sitúo al chico en la posición adecuada para que me penetrara por detrás. Así lo hizo, y he de reconocer que esta vez, no sé si por estar ya dilatada o por ser mas pequeña, pero el caso es que goce mucho mas desde el principio. Solo me molestaba que el grosero me palmeara el trasero, cada vez con mas ganas, mientras alentaba al chico a que incrementara la profundidad de sus embestidas.

    El joven no aguanto mucho tiempo el frenético ritmo que imponía su compañero, por lo que eyaculo en cuanto yo empecé a correrme en otro interminable orgasmo. Este me dejo tan agotada que no tuve mas remedio que apartar mi cabeza de la gruesa y pétrea barra de caoba que me estaba asfixiando y apoyar la cabeza en el sofá, mientras jadeaba medio muerta.

    Lo malo es que el negro, demasiado excitado ya para contenerse, salto del sofá como un resorte, y se sitúo detrás mía antes de que acertara siquiera a reaccionar. Cuando quise hacerlo ya no pude. Sus dos amigos, haciendo caso omiso de mis inútiles y débiles protestas me sujetaron con fuerza en la misma posición arrodillada en la que estaba. Así, el negro, aprovechando la cantidad de líquido que rezumaba ya mi sufrido agujerito, pudo apoyar la punta de su gigantesco rabo en la entrada.

    Jamás había sufrido tanto en mi vida, cada centímetro de esa descomunal barra arrancaba destellos de dolor de mi interior. Solo la habilidad con la que el grosero empezó a hurgar con sus dedazos en mi intimidad mitigo una minúscula parte de mi agonía. Pero no tuvieron piedad, y hasta que sus peludos testículos no rozaron mis nalgas no quedaron satisfechos. Luego el vaivén, estrujando mis tetas con sus manazas para no resbalar.

    Esta vez tardo mucho mas en llegar el placer, a pesar de que el grosero ya había localizado mi clítoris y me lo acariciaba con su destreza habitual. Eso si, a cambio, cuando llego el placer, lo hizo en oleadas interminables, que me hacían gritar de placer y jadear como una posesa. El negro acelero la furia de sus envites, llegando a creer que me sacaría su chisme por la boca. Estrujaba con tanta ansia mis pechos que muchas veces no llegaban ni mis manos ni mis rodillas al suelo, quedando suspendida por el inmenso aparato que me empalaba sin piedad.

    Su orgasmo fue brutal, con una corrida tan salvaje que hasta me chorreo por los muslos mientras gritaba como un energúmeno. Y la mía aun fue mayor, pues por primera vez en mi vida el orgasmo fue múltiple, empalmándose un clímax detrás de otro hasta que pensé que toda yo iba a reventar de placer. Luego me arroparon sobre el sofá y me dejaron descansar varias horas.

    Cuando por fin se marcharon aquella tarde apenas podía mantenerme en pie. Y cuando el grosero me dijo al salir, pellizcándome la barbilla, que procurara dormir a gusto, que al día siguiente aun sería mejor, mis piernas temblaron, sosteniéndome a duras penas.

    Esa noche, cuando papi llamo para interesarse por el estado de la obra y me dijo, imitando el tono chabacano de su amigo “¿Qué, cariño? ¿te han dado mucho por culo los obreros?”. No pude por menos que ruborizarme y musitarle quedamente “Muchísimo más de lo que podrías imaginarte”.

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  • El viaje a Barcelona (1)

    El viaje a Barcelona (1)

    Me voy de viaje, voy en el Ave dirección a Barcelona, tengo que ir una semana por trabajo, estoy sola, es el último tren de la noche, no me agrada mucho el viaje, pero me ha tocado ir, sé que te ha sentado bastante mal que me fuera, ni siquiera me has llamado ni me has cogido el teléfono para despedirnos, voy leyendo un libro, la película que ponen es de esas románticas y ahora no estoy de humor para verla, el vagón esta desierto no hay nadie, los pocos pasajeros han ido a la cafetería.

    Ahora no veo, alguien me ha tapado los ojos con las manos, esa fragancia que huelo me es conocida, pero no puede ser, siento un susurro al oído, “te creías que te iba a dejar sola…”, una sonrisa ilumina mi cara, me quitas las manos de los ojos, “¿cómo?” te pregunto, “he pedido una semana de vacaciones y compre un billete en el mismo Ave, era una sorpresa, aunque he tardado un poco en localizarte, viajamos cada uno en una punta del tren”, “estoy tan contenta de que vengas conmigo, aunque tenga que trabajar, el viaje será más estimulante” “y yo te esperare en hotel, para calentarte la cama, jajá”, te digo que te sientes a mi lado que no hay nadie.

    Nos acurrucamos el uno junto al otro, “como siempre leyendo”, “un poco me aburría y la peli es un rollo”, “bueno pues ahora, estoy aquí…”, metes una mano bajo mi falda, acaricias suavemente mi pierna, me estremezco, me susurras al oído “siempre he querido hacerlo en un tren, es una fantasía que tengo desde hace mucho tiempo”, tu aliento en mi oído, junto con tus caricias me están poniendo a mil, te digo que la hagamos realidad.

    Aunque no hay nadie decidimos irnos al cuarto de baño, en ese vagón es grande, la puerta se desliza apretando un botón, apretamos el botón de cierre, para que no se pueda abrir desde fuera, es tan amplio que cabemos los dos y sobra espacio para movernos.

    Nos besamos muy profundamente, tu lengua juguetea con la mía, la vas pasando entre mis dientes y me mordisqueas los labios, meto mis manos debajo de tu camiseta, pasando mis uñas con suavidad si arañar por tu espalda y tu pecho. Ahora son tus manos las que pasan por debajo de mi camiseta, van subiendo hasta mis pechos, masajeándolos y pellizcándolos. El movimiento del tren hace que nos desplacemos contra la pared, nos reímos.

    Aprovechando que ahora estamos contra la pared, me doy la vuelta, me quitas la camiseta, me soplas por el cuello, se me eriza la piel, frotas tu nariz por mi hombro, mientras tus manos me acarician la espalda, masajeándola, me desabrochas el sujetador, con los dientes vas bajado las tiras del sujetador mientras tus manos están en mis pechos, el sujetador cae al suelo, me seas la cara los ojos, los labios, estas muy pegado a mí noto tu erección en mi culo, es una sensación que adoro.

    Me doy la vuelta, seguimos besándonos mientras mis manos te desabrochan el cinturón y bajan la cremallera de tu pantalón, voy en busca de tu miembro, bajo tus bóxer y alcanzo mi objetivo, con mi mano agarro tu polla comienzo a moverla de arriba abajo, apretando firmemente, gimes en mi oído, me agacho, empiezo a besar y lamer tu polla, primero la punta de tu glande, continuo por el tronco hasta llegar a tu testículos, lo cuales me meto en la boca succionándolos, con la lengua les doy pequeños golpecitos y movimientos circulares, apoyas tu manos contra la pared para no caerte, mientras yo continuo lamiendo tu polla, llego a tu glande, me lo meto en la boca y comienzo a subir y bajar, mi mano acompaña los movimientos apretando firmemente, noto el sabor de tu liquido pre seminal, continuo tu polla está muy dura.

    Me pides que pare, me levanto, nos besamos, me cubres de besos por todo el cuello, bajando hasta mis pechos, te metes el derecho en la boca, comienzas a mamarlo como si fueras un niño pequeño, el otro siente envidia y cambias de pecho, mis pezones están duros como pequeños guijarros.

    Pasa una mano por encima de mis braguitas, las notas empapadas, yo gimo de placer, uno de tus dedos realiza el recorrido desde mi clítoris a mi culo, gimo de placer, me las bajas, ahora vuelves hacer lo mismo pero sin el estorbo de las braguitas, me agarras de la cintura, me subes y me apoyas en el lavabo, me abre las piernas y metes tu cabeza entre ellas, con tu nariz juegas con mi sexo, el cual está muy, muy húmedo, intento no gemir en voz alta, me cuesta mucho, comienzas a lamer mi coño, me mordisqueas mi clítoris que está muy hinchado, con tu lengua realizas pequeñas penetraciones en mi vagina, continuas sorbiendo todos mis jugos, creo que voy a correrme, el placer es exquisito.

    Estoy a punto, pero paras y me bajas, te sientas en el pequeño wáter, con tu polla mi erecta, me siento encima, coloco tu polla en la entrada de mi vagina, me embistes a la vez que yo bajo introduciéndome tu polla muy adentro, como estoy tan mojada, se desliza muy fácilmente, nuestros movimientos se van acompasando, tu boca aprisiona uno de mis pezones, los muerdes, no me causa dolor, solamente placer.

    Cambiamos de postura con las manos apoyadas en la pared, me agacho poniendo mi culo en pompa tú me la metes desde atrás, comienzas a moverte rápidamente, más rápidamente, el movimiento del tren hace que sea más intenso, me das un par de azotes antes de agarrarme firmemente los pechos, que placer, siento tu polla cada vez más adentro, me llenas hasta lo más profundo de mi ser.

    Ahora me tumbo sobre el suelo, tu pones mis piernas sobre tus hombros, me subes un poco las caderas y me penetras, ahora tus movimientos son más duros, más fuertes e intensos, te acaricio tus abdominales, me agarro a tu espalda, te araño con mis uñas, tú sigues fuerte, muy fuerte, me muerdo los labios, te miro a los ojos tus pupilas están dilatadas y su color es negro debido a la pasión y la intensidad, noto las primeras oleadas del placer, me estoy corriendo, me dices al oído “ a si me gusta, ahora voy yo”, me penetras hasta el fondo y te quedas quieto, veo tu cuello en tensión, me agarras el tobillo y me lo mordisqueas, como me gusta cuando te corres de esa forma, hace que sea más intenso…..

    Vamos normalizando nuestra respiración, nos vestimos, pero tú te quedas con mis braguitas, me dices “quiero ver cómo te baja mi semen por tus piernas”, salimos sigue sin haber nadie, por megafonía anuncian que ya estamos llegando a Barcelona, el viaje se me ha hecho muy corto, sonrío pensado el motivo, te vas a tu sitio para buscar tus maletas, hemos quedado en el andén para irnos juntos al hotel.

    Continuará.

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  • Profesora particular (6): Unos días de vacaciones (parte 9)

    Profesora particular (6): Unos días de vacaciones (parte 9)

    Este relato es la continuación de “Profesora particular (6): Unos días de vacaciones (parte 8)”.

    Voy a la fiesta de Dami, la amiga de Raúl, con mi alumno particular Fernando, con su hermano Leo y su novia Bea, y con los primos de ellos, Jorge y Ángel. Allí comemos, bebemos, charlamos y, sobre todo, bailamos. Aunque es una fiesta de matrimonios y parejas, nos lo pasamos bien. Leo está todo el rato al lado de Bea y yo bailo con los chicos. Raúl me saludó al entrar y me presentó a su mujer. La verdad es que me llevo un chasco, porque pensaba que él estaría más que nada conmigo. Casi no me dice nada en toda la noche. Quizá se avergüenza de lo que hicimos el otro día.

    Sus amigos, que tan cariñosos y atentos conmigo estuvieron, tampoco se separan de sus parejas. Solo algunas miradas tímidas sin que se note mucho. La verdad es que no es lo que esperaba de la fiesta. Sinceramente, pensaba que yo sería la princesa y que todos me colmarían de atenciones. Pero bueno, ya te digo, me lo paso bien con Fernando y sus primos. Lo cierto es que me siento muy querida por ellos tres y muy cuidada. Nos reímos y bailamos todo el rato. Y está claro que les gusto.

    Ya muy tarde les digo a los chicos por marcharnos y ellos acceden. Leo y Bea ya se han ido hace un rato y seguro que están pasándoselo bien en la cama. Me despido de Raúl con un par de besos, así como de su mujer y de algunos de los invitados.

    Nos vamos paseando hasta nuestra casa, que está cerca. Creo que Fernando y Ángel han bebido algo demasiado, mientras que a Jorge se le ve bien. Aunque son más de las cuatro, no quiero todavía estar sola en mi habitación y les pregunto a los muchachos:

    -Oye, ¿qué os parece si venís a mi cuarto y seguimos hablando y riendo y eso?

    -¡Sí, perfecto, venimos un rato y seguimos la fiesta, ja, ja, ja! -me sorprende Fernando al ser el primero en contestar y acceder.

    -¡Qué bien, Esther!

    -¡Sí, sí!

    -¿Pero os vais a portar bien conmigo, no, chicos?

    -¡Claro que sí, Esther! –responde Fernando.

    -¡Nos portaremos muy bien, Esther!

    -No hagamos ruido, que no vayamos a despertar a los demás. Quizá alguien no vería bien que estuvierais en mi habitación.

    -Bueno, no pasa nada, no haremos nada malo. –dice inocente Fernando.

    -Ya, ya.

    Tomamos una botella de licor fresco de la nevera y nos vamos a la habitación. Charlamos, bebemos y reímos un rato hasta que les digo:

    -¿Veis bien que ya nos acostemos? Es muy tarde y yo ya estoy muy cansada, chicos.

    -Sí, es cierto, ja, ja, ja, nos ha pasado el tiempo volando. –contesta Ángel.

    -Vale, Esther, pues ya nos vamos. –dice Fernando.

    -Bueno, si lo deseáis, podéis quedaros a dormir aquí. A mí no me importa. Al contrario, me gustaría.

    -¿Sí? ¿Podemos dormir aquí contigo? –pregunta Ángel.

    -¡Por supuesto! Hay confianza, ¿no? -le contesto.

    -Sí, sí, por supuesto.

    -¿Qué te parece, Fernando, os quedáis a dormir aquí?

    -Vale, por mí sí –dice muy tímido pero contento.

    -Pues va. Pero solo dormir, ¿eh? –les digo muy pícaramente.

    -Sí, claro, Esther –responde Fernando, muy sonrojado.

    -Hace calor, ¿verdad? No hará falta el pijama –les explico.

    Aunque no quiero asustar a Fernando, me quito la camiseta y la faldita y quedo solo en ropa interior, un body blanco de encaje muy fino. Jorge y Ángel se quedan solo en calzoncillos y Fernando, aunque duda un poco, también. Se le ve un buen paquete y aseguraría que está cachondo. Al ver que le miro los calzoncillos, disimuladamente se tapa con la mano.

    -¡Venga, va, a dormir! –me acuesto en mi cama –Va, Fernando, ven aquí a mi lado, que tú eres mi alumno. Mi mejor alumno, bueno, o sea, el único que tengo, ja, ja, ¡ja! –todos ríen.

    -¿No tendrás demasiado calor?

    -No te preocupes por eso, si tengo demasiado calor, me quitaré el body y ya está, ¡ja, ja, ja! Es broma, Fernando.

    -¡Ya, ya, je, je! –se acuesta a mi lado.

    -Vosotros también podéis dormir en la cama, es bastante ancha.

    No se hacen de rogar y corren a la cama. Así que estoy entre Fernando y Ángel y con Jorge al lado de su hermano. Lo cierto es que estamos bastante apretados, pero veo que a ellos no les importa. Y a mí menos. Enseguida se duermen. Es tarde y el alcohol hace el resto. Estoy acostada de lado, de espaldas a Ángel y de cara a Fernando. Le acaricio una mano. Él se despierta y la aparta instintivamente, pero al segundo intento, la deja en la mía. Cierro los ojos y acerco mi boca a su mejilla y le beso suavemente. Me sorprende cuando al cabo de unos segundos me ofrece sus labios y se los beso.

    Disimuladamente, miro sus calzoncillos y es evidente su erección. Cuando acerco mi mano a su barriga y estoy a punto de bajar a sus calzoncillos, él me la aparta. Con un gesto me dice que no, y con la mirada señala a sus primos. Estoy a punto de decirle que da igual que ellos estén aquí, pero entiendo que eso le violentaría. Me rindo, le doy un besito en los labios y le susurro un “buenas noches”. Al cabo de unos segundos, él ya vuelve a dormir, plácidamente. Reposo mi cabeza en su pecho. Me siento protegida con él a mi lado. Este chico me gusta. Me duermo feliz.

    Pasan solo unos segundos antes de que note dos manos en mis nalgas y besos en la nuca. Susurro:

    -Angelito, no.

    -¡Qué bien hueles, Esther!

    -¡Pero si estoy muy sudada de tanto bailar!

    -Hueles muy bien. Me he excitado mucho en la fiesta, bailando contigo y eso. Y ahora, así, en ropa interior… es que estás irresistible. Y más con tu culo pegado a mi cuerpo. –sin dejar de manoseármelo.

    -Déjalo, hoy no, por favor –señalo a Fernando.

    Pero él sigue besándome y no hago nada por detenerle. Es más, sus manos, con una habilidad que me sorprende, desabrocha la parte de debajo de mi body y me arremanga la parte de atrás hasta la cintura. Tengo el culo y el sexo expuesto ante él. Noto que me mojo cantidad.

    -¡Por fin te la voy a meter por el culo! –dice a mi oído y ya noto su verga húmeda en mis nalgas.

    -Angelito, no, que ellos se iban a despertar. Quizá otro día, si te portas bien… o sea…

    -No, no, ahora, ¡ahora!

    -Pero… es que los vas a despertar… cuidado… espera… a ver…

    Sin dejar a mirar a Fernando y asegurarme de que no se despierta, expongo más mi culo a Ángel y él me separa las nalgas.

    -¡Qué culo más bonito que tienes!

    -Va, métemela. Poco a poco.

    -¡Sí, sí, oh, ay!

    -No, no… puedo, ¡oh!

    El chico se corre en mis nalgas sin llegar ni a meter la punta.

    -¡Qué vergüenza!

    -No, para nada. Es normal. Ya aprenderás, eres muy joven.

    Le agarro la pija y se la escurro bien. Extiendo su lefa en mis nalgas como si fuera crema hidratante. Huelo mis manos y le digo que me gusta el olor de su leche y que gracias.

    -Esther, me sabe mal. Habría querido que te corrieras.

    -En eso hay solución.

    Tomo sus manos y las acerco a mi sexo. Él empieza a acariciar mis labios y yo hago que sus dedos lleguen a mi clítoris. Me introduce algunos en la vagina. Y otros en el culo. Hago por no gemir. Me sorprendo al ver que Jorge se ha despertado y se arrodilla para llegar con sus manos a mis pechos. Me desabrocha la parte de arriba del body y descubre mis tetas. No tarda en magrearlas y chuparlas. Aunque Fernando duerme entre él y yo, Jorge consigue juntar sus dedos a los de su hermano. Yo separo mis piernas para abrirme más para ellos.

    No sé si tengo cinco, diez o veinte dedos en mi vagina, aunque veinte no puede ser porque también tengo no sé cuántos en el culo. Pero lo que sí sé es que me corro como una loca, varias veces. Al cabo de unos minutos en que tiemblo de tanto placer, Jorge se saca el miembro y lanza su esperma a mis tetas. Yo le escurro bien en ellas me la extiendo como una loción corporal. Me pongo bien el body y ahora sí que ya nos quedamos dormidos.

    Por suerte, soy la primera en despertarme y puedo ponerme el body sin que me vean desnuda. Me voy a duchar y cuando vuelvo, la habitación ya está vacía. Debo reconocer que eso me disgusta un poco, pero así es mejor porque los demás no se enterarán de que hemos pasado la noche juntos los cuatro.

    Pero se ve que todo el mundo les ha visto salir de mi cuarto. Como es normal, mamá está disgustada:

    -Esther, ¿pero a quién se le ocurre?

    -Mamá, volvimos tarde de la fiesta y… o sea… sólo hemos estado durmiendo. No hemos hecho nada malo.

    -Pues claro que no. ¡Solo faltaría! ¡Si son solo unos niños!

    -Son jóvenes, mujer –Manuel también se mete en la conversación y me guiña un ojo –Seguro que solo tirarse en la cama se habrán quedado dormidos y hasta esta mañana. ¿Verdad, Esther?

    -Sí, sí, claro. Es que habíamos bebido bastante y… o sea…

    Entiendo que mamá se preocupe por el que dirán, pero me molesta que me haya reñido delante de todos.

    Aunque son muy bonitos, no me apetece ponerme los bikinis recatados que compre antes de venir. Pero tampoco no puedo ponerme los de niña porque no sé ni donde están, los tendrá alguno de mis amantes. Y además no están limpios. Así que decido pedir a Bea uno de sus bañadores que tanto lució hace unos días. Ella se siente halagada ante mi petición.

    -¡Con un cuerpo como el tuyo, te van a quedar de muerte, Esther!

    -Bueno… tu cuerpo no tiene nada que envidiar al mío.

    -Gracias, Esther. Pero ya me gustaría tener tus pechos y tus caderas.

    -Bueno, no sé… o sea… me encanta tu silueta tan estilizada.

    -Ya, pero… mira… la verdad es que siempre he estado acomplejada de tener poco pecho… pocas curvas en general.

    -No te creo, Bea. ¡Pero si eres un pivón!

    -¡No será tanto! A veces dudo de si a Leo no le gustaría que… bueno… que tuviera más tetas, vaya.

    -A ver, como yo lo veo, Bea, se os ve muy bien, muy enamorados, muy acaramelados.

    -Ya, sí, eso sí. Oye ¿qué te parece si yo me pongo uno de tus bikinis?

    -Sí, claro, perfecto. Mira, estos están por estrenar. Pero los de… o sea… esos pequeñitos no porque no están limpios.

    -No, no, la verdad es que no me atrevería a ponerme esos tan pequeñitos. Es que parecen de niña. Y, Esther, debo decirte, en confianza, que se te veía todo. ¡Es que todo, todo!

    -¿Cómo? ¿Y por qué no me dijiste nada? Nadie me dijo nada. Yo no sabía… o sea…

    -Es que incluso Leo me lo comentó. Me dijo que no entendía cómo usabas esos bikinis de niña.

    -¿A sí? ¿Eso dijo? ¡Qué vergüenza!

    No sé si Bea se creyó que yo sabía que los bikinis minúsculos no me tapaban nada. Y qué cabrón es Leo criticándome a mis espaldas y luego aprovechándose de mí. La charla con Bea me hace pensar que quizá sí que Leo busca en mí lo que no encuentra en su novia. Ahora entiendo su pasión por mis pechos y por mi culo. Bueno, y por lo que me ha contado, con su novia no puede hacer cosas que conmigo sí. Pero no le perdono que me critique.

    En mi cuarto, me pruebo el minibañador de Bea, el que por detrás es como si estuvieras completamente desnuda, excepto un hilillo entre las nalgas, y por delante, dos centímetros de tela arriba y tres centímetros abajo. Suerte que estoy completamente depilada. A Bea le quedaba de muerte y a mí… no sé, quizá es demasiado descarado. Como yo tengo más curvas, es que me tapa aún menos que a ella. A ver, si me lo pongo con mucho cuidado, consigo que no se me vea nada, pero por poco que me mueva… Es el último día y tengo ganas de causar sensación.

    Y sí, cuando al llegar me quito el vestidito, noto cientos de ojos pegados a mí. Así que decido dar espectáculo con posturitas sexis, caminar sensual, risitas, etc. Al principio procuro que no se me vea nada, pero enseguida disfruto enseñando ahora un poquito una aureola, después un poco el culo, al rato un pezón… incluso ligeramente la vulva… En el agua tengo a chicos y mayores a mi alrededor, no perdiéndose detalle de mi cuerpo. En la arena, jugamos a palas y luego a petanca. Cuando me inclino para recoger las bolas, lo hago con toda la intención para que se me vean bien los pechos y, para los mirones que estén por atrás, el culo.

    Leo aprovecha que Bea vuelve a estar medio dormida para invitarme a dar un paseo y me guiña un ojo. Le digo que no, que ya que no le gustan los modelitos que uso en la playa, que vaya con su novia.

    -Pero Esther, si me encantas, ya lo sabes.

    -No es lo que me dijo Bea.

    -¿Qué querías que le contestara cuando me iba diciendo que si se te veía esto que si lo otro?

    -Pues no sé… pero me ha dolido.

    -Esther, venga, vamos a pasear y lo ¡hablamos, va. Como ayer.

    -No, no ¡ve con tu novia!

    Al cabo de un rato, Fernando se acerca a mi toalla y me dice, en voz baja:

    -Esther, perdona, lo siento. Lo que pasó anoche… yo.., es que había bebido mucho y…

    -Fernando, pero si no pasa nada.

    -Tú tienes novio y yo te besé y…

    -No le des mayor importancia. Estábamos allí… en la cama…

    -No te respeté, te pido disculpas.

    -Que no es nada importante. Además, me encantó que nos besáramos.

    -¿A sí? Pero tu novio…

    -Por unos besos tampoco… o sea… -y le doy un piquito.

    -¡Esther!

    -Ya está, ¿ves? No pasa nada. Oye, voy a pasear un poco. ¿Quieres acompañarme?

    -Es que… les dije a Leo y a los otros que ahora iba con ellos a jugar a pelota en el agua.

    -¡Vale, pues que vaya bien!

    Camino muy sexy cerca del agua. Miro a ver si veo al señor Joaquín por la zona donde estaba ayer. Me habría gustado saludarle y también que me tomara algunas fotos, pero no le veo. Después de caminar un rato, doy media vuelta y veo que Raúl se acerca corriendo.

    -¡Esther, hola, guapa!

    -Hola, Raúl. ¿Qué tal?

    -Bien, bien. Oye, ayer me supo mal no haber podido atenderte mejor.

    -Me lo pasé bien en la fiesta, no te preocupes.

    -Ya. Sí, ya vi que bailaste todo el rato y eso.

    -¡Fue divertido!

    -No sabía que estaría mi mujer. Volvió el día antes y… claro…

    -Es normal, no pasa nada. Gracias por invitarme.

    -Oye, con este bañador estás…

    -En realidad, casi no lo debes ver, ¡porque con la poca tela que tiene! Vale, Raúl. Adiós.

    -No, no, espera. Aunque estoy aquí en la playa con mi mujer y mis hijos, he buscado una excusa para venirte a saludar.

    -Vale, muy bien.

    -Hoy es tu último día aquí y… bueno… no querría que te fueras así.

    -¿Así cómo? Mira, yo debo volver a la toalla y tú…

    -Es arriesgado… pero verte tan irresistible con este bañador me ha decidido venir a saludarte.

    -Vale ya está.

    -Ven, vamos a dar un paseo…

    -¿A dónde? Raúl, pero… -me acerca una mano a mi cintura desnuda y me acompaña por la arena, alejándome del agua.

    -Te invito… será un momento… además tengo una sorpresa para ti… creo que te va a gustar.

    -¿Una sorpresa?

    Nos acercamos a una casita blanca, quizá de pescadores, que vivió mejores tiempos. Me sorprendo cuando Raúl abre la puerta con unas llaves y más cuando veo que por dentro, la casita está como nueva.

    -¿Qué? ¿Te gusta?

    -Sí, pero… o sea…

    -Esta casita es mía, bueno, mía y de mis mejores amigos. Nos va muy bien así cerca de la playa, para venir a tomar algo y eso. Aquí podemos estar tranquilos tú y yo.

    -¿Y tu esposa? No puede ser que venga y…

    -No, tranquila, ella no sabe de la existencia de la casita. En realidad, ninguna pareja de mis amigos lo sabe.

    -¡Pues vaya sorpresa que me das!

    -Bueno, esto no es la sorpresa.

    Raúl me sirve una copa, brindamos y bebemos. Él no resiste más la tentación y aparta unos centímetros la pequeña tela que cubre mis pechos y empieza a mamármelos. Aparta ligeramente la parte de abajo del bañador e introduce un dedo en mi vagina. Lo saca y lo huele y lo chupa con cara de gusto. Yo le digo que si le agrada, que me meta más. Me penetra con casi toda la mano. Le pregunto si quiere también saborear mi culo y me mete un dedo y lo huele y lo chupa con placer. Deja de mamar para besarme en la boca. Jo me pongo en cuclillas y le saco el miembro y se lo chupo. Él me agarra la cabeza y me folla la boca. Cuando veo que está muy excitado le digo:

    -Espera, no te corras. Hoy no tengo el culo escocido y me encantaría que… o sea… ya sabes…

    -¿Sí? ¿Te gustaría que te de porculo?

    -Si tú lo deseas… ¿te gusta meterla por el culo, no?

    -Bueno, la verdad, yo casi nunca… Solo una vez a mi mujer, hace años, pero ella no…. Y otras novias que tuve tampoco… ni con chicas con las que ligo…

    -Debo decirte que yo soy virgen por ahí, bueno, casi virgen. Hasta hace poco yo nunca antes…

    -La verdad es que me he pajeado muchas veces estos días soñando que te daba porculo.

    -Pues va, tu sueño se hará realidad.

    Le doy la espalda, me arrodilló en la alfombra y pongo los codos en el sofá y levanto el culo para Raúl. Él se agarra el pene y lo encara a mi ano. En ese momento se oye un ruido en la puerta. Alguien abre con llave.

    -Pero Raúl ¿no me dijiste que tu mujer…?

    -Tranquila, Esther. No es mi mujer. Es la sorpresa.

    -¿Cómo la sorpresa? –intento taparme con el hilillo del bañado, lo que resulta imposible –¡Oh, Diego!

    -Hola, Esther. Ya veo que interrumpo algo. –mira fijamente mi culo desnudo en pompa.

    -¡Qué vergüenza! Yo… no…

    -Esther, tranquila. Esta es una parte de la sorpresa. Avisé a Diego y él, claro…

    -Pero si molesto, yo me voy.

    -No, bueno, es solo que… ha sido una sorpresa… -sigo intentando tapar mi culo en vano.

    -Diego, la chica más guapa de la playa, va a dejar que se la meta por el culo.

    -Es que hoy ya no me duele y… lo tengo muy caliente –digo avergonzada.

    -Yo venía para ver si me la mamaba, pero poderte dar porculo ya sería increíble.

    -Ponte a la cola, ¡ja, ja, ja! –rie Raúl.

    -Bueno, no sé, quizá… ven, te la chupo un poco y… después de Raúl … o sea… ¡Hum, que rica está tu polla, Diego! Oh, pero… ¿Qué? –se oye abrir la puerta –¿Más sorpresas?

    -Sí, Esther. Todos los amigos que estos días han estado viéndote en la playa y el otro día bailando saben que estás aquí –van entrando hombres de distintas edades. –No te importa ¿verdad?

    -Ay… bueno… no sé… o sea…

    -Es que tu cara de ángel, tu cuerpo… ¡eres un sueño!

    -¡Gracias! Pero… no sé, yo nunca … con tantos hombres…

    -Mira, cuando tú lo desees lo dejamos…

    -Ya… sí… pero me sabría mal que… si les gusto tanto… va… empieza tú a follarme el culo y… quizá los demás… después…

    -Pero me has dicho que eres casi virgen por el ano…

    -Así es… pero intentaré que todos … o sea… venid a que os la chupe mientras Raúl me da porculo. ¿Sois siete?

    -Bueno, todavía faltan algunos amigos.

    -¿Aún más sorpresa? –me avergüenza que eso me ilusione y excite.

    Raúl ya me folla el ano y yo chupo y masturbo tantas vergas como puedo. Me siento protagonista de una película porno. Me corro varas veces antes de que Raúl eyacule en mis entrañas y me la meta luego en la boca para que se la limpie bien. Diego es el siguiente en encularme y, aunque tenga el culo empapado y abierto, le cuesta un poco porque su pene es grande. Pero consigue endiñármelo hasta el fondo. Me encanta.

    La puerta de la casita se va abriendo de vez en cuando y van apareciendo desconocidos que se alegran de verme en pompa. Se van turnando en mi culo y en mi boca. Se hace tarde y llamo a mamá y le digo que he ido a comer con unos amigos. Me pregunta si estoy bien, que mi voz es como de cansada y que hablo raro porque estoy comiendo y es verdad, ya que tengo dos vergas en mi boca. No sé cuántos ya me han llenado el culo, pero la cola no se termina y por un momento me viene a la cabeza que quizá me cabrían un par simultáneamente y eso me excita cantidad y me corro, pero no me atrevo a proponerlo por lo que iban a pensar y porque seguro que me haría mucho daño.

    Llamo a mi novio porque no le he dicho nada en toda la mañana y no puedo evitar algún gemido cuando precisamente en ese momento, con una verga en el ano y no sé cuántos dedos ni de cuántas manos en la vagina, eyaculo cantidad. Mi culo rebosa de lefa y mi vagina rezuma de mis líquidos. Para mí que más de uno repite porque la cola no se termina nunca. Por suerte, son chicos educados y me tratan con cariño, sin insultos ni nada de eso, mientras me maman, me huelen, me lamen, me besan, me acarician y me enculan. Me siento muy cerda, pero eso aún me da más morbo.

    Oscurece cuando me despido y me pongo bien el microbañador empapado de Bea.

    Me tiemblan las piernas cuando voy por la calle y me da vergüenza ir así casi desnuda. Mamá y papá me miran muy mal y lo comprendo. La expresión de los chicos y mayores muestra que sospechan, con razón, que he estado con alguien. Pero no se pueden imaginar que ha sido con tantos. Debo reconocer que este último es el mejor día de mis vacaciones en la playa y uno de los mejores de mi vida.

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  • Pensé que era frígida

    Pensé que era frígida

    Alexa era una joven delgada de cabello negro, ojos casi rojizos y sonrisa coqueta que se enmarcaba con las pecas de sus mejillas. Era lesbiana. Pero había momentos en los cuales creía que era asexual. Ella se sentía frígida. Jamás había experimentado un orgasmo. Ni masturbándose. Era un problema que acababa con sus relaciones. Para ella era normal no tener una culminación, le gustaba excitarse y ya. En cambio, a cada una de sus ex en sus momentos, le dijeron las mismas cosas, solo que en diferentes palabras, palabras que se resumían en lo mismo: No me amas tanto como para venirte conmigo.

    Y no es que Alexa fuera una puritana. Ella había intentado todo: Penetración con arnés, sexo anal, estimulación del clítoris, sexo oral, sadomasoquismo, pero nada funcionaba. Fue entonces, que año y meses después de sequía apareció Astrid: Una chica alemana que se había mudado enfrente de su departamento. En cuanto la miró, algo vibró dentro de ella. Era alta, de complexión robusta, pero con cintura, piernas fuertes, senos grandes y un trasero que hacía voltear a todos.

    Astrid, también miró a Alexa. La miró un día que hacía tanto calor, que ambas salieron a su respectiva terraza. Ella le ofreció una cerveza. La blusa de Alexa estaba transpirada y se notaban algunas pecas de su pecho, lo que la hizo pensar cuantas pecas más tendría por el cuerpo. Una imagen le llegó a la mente, imaginándose recorriendo cada poro de su piel. Esa tarde, hacía demasiado calor. -¿Por qué no vienes a mi piscina?- le dijo Astrid. -¿Tienes piscina? Siempre pensé que ese departamento tenía más cuartos- -No, yo lo escogí para tardes calurosas como esta. Sabía que este país tiene un clima horrible- -Entonces, con todo gusto acepto tu invitación-

    El calor hizo que ambas estuvieran demasiado tiempo nadando. Alexa, llevaba un traje de baño completo. Astrid en cambio, llevaba un bikini que no dejaba nada a la imaginación. Alexa entró al cuarto para cambiarse y Astrid la siguió, quitándose el bikini sin pudor. No pudo contenerse más, y desnuda, se acercó a los labios de aquella mujer. Alexa inhaló el perfume de su piel, antes de sentir sus labios. Sus besos eran dulces, pero pasionales al final. Le metió lengua con timidez y Astrid la recibió en su boca, jugando con ella succionándola suavemente, mientras sus manos le quitaban el traje de baño.

    Se tumbaron al piso con desesperación. La alemana le recorrió los senos, contando mentalmente las pecas que iba probando mientras que Alexa le recorría las nalgas y las apretaba. Astrid bajó a su entrepierna y le pescó el clítoris con los dientes, sin morder.

    Su lengua enorme le paseaba en círculos, jugando con los labios menores y haciéndole el alfabeto, cosa que jamás le habían hecho. Alexa comenzó a mojarse a tal grado que sentía dilatarse de todas sus cavidades. Los labios gruesos de Astrid eran mágicos. Y se estaba impacientando por sentir sus dedos largos y gruesos –Mete tus dedos, por favor- Sin pensarlo, subió a besarla apasionadamente a la vez que le metía dos dedos, Alexa gimió con fuerza y comenzó a sentir mucho calor. Un calor que no entendía. Esas falanges le estaban recorriendo el famoso punto G que nadie había logrado encontrar, ahora estaba enorme.

    Cambiaron de posición sin despegarse. Estaban sentadas. Alexa se comía sus pezones sabor a caramelo mientras Astrid seguía introduciendo los dedos y mordiéndole los hombros. Fue entonces, que Alexa quiso parar porque sentía que iba a orinarse – Creo que estás tocando la vejiga, para por favor, no quiero hacerme encima- -No me importa- dijo mordiéndole la oreja y susurrando – orínate aquí, orina en mí, no me importa, no voy a parar ahora- con esas palabras Alexa se dejó llevar, sintiendo como la energía de todo su cuerpo se centraba en su vagina, como una explosión, algo caliente bajó hasta su entrada.

    Pensó que se había orinado, pero Astrid sonrió. –Haces squirt. ¿No sabías?- -No… la verdad nunca me había venido… Eres, eres la primera…- Alexa se ocultó en el cuello de la alemana. –Quizás no lo habían hecho bien o quizás es porque me estabas esperando- la besó lentamente, y se quedaron recostadas en el cuarto de sábanas.

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  • La hermosa amiga de mi sobrina (parte 2)

    La hermosa amiga de mi sobrina (parte 2)

    Una amiga de la Facu

    Carito empezó Filosofía y, además de coger, le encantaba hablar conmigo de lógica y filosofía, de historia y marxismo. Un día la fui a buscar a la Facu para llevarla a una fiesta (a pedido de mi sobrina, que pensaba que solo era un tío piola y amable que iba a buscar a su amiga) y tuve el placer de encontrarme con su grupo de amigas. Ahí me enteré que me había hecho propaganda como un tipo piola que sabía mucho y terminé prendido a una charla sobre patriarcado. Las amigas quedaron fascinadas por todo los que les decía del tema.

    Dos semanas después me preguntó si no me molestaba que invite a tres de sus amigas que querían hablar conmigo del tema. Así fue como terminé dando una charla para las cuatro sobre patriarcado, el origen de los pecados, la sumisión femenina y la monogamia. Eso derivó en otra charla sobre los modos de la sexualidad a través de los tiempos y una tercera sobre las dinastías del norte de la India dedicadas al placer sexual, sobre el Kama Sutra, el Ananga ranga y el sexo tántrico.

    A ella y sus tres amigas le encantaron las charlas, sobre todo a Pamela, una morocha de apariencia introvertida y tímida con grandes anteojos. Detrás de esa fachada, me pareció ver a una tigresa reprimida que absorbía con pasión el relato de una forma diferente de ver y encarar la sexualidad. Carito también reaccionó a las charlas y quiso probar conmigo todo sobre sexo tántrico. Aprendió a ralentizar el acto sexual, a dejar que el placer la invada, a saborear todo el sexo, desde masajear los pies al sexo anal y a que nuestras relaciones duren más y sean más placenteras.

    -“Erni, me enseñaste a disfrutar mucho más del sexo y entenderlo distinto. ¿Por qué los tipos no cogen como vos?”, me dijo Caro después de una tarde de sexo.

    -“Porque están influidos por los mandatos del patriarcado. Pija grande y dura, penetrar a la mujer para someterla y punto. Como dije en las charlas con las chicas, el sexo que aprenden y muestran las porno y las películas más serias, está centrado en la penetración y se pierden todo el resto, incluida la armonía y el equilibrio con la sexualidad femenina, que es distinta a la de los varones. Incluso al incorporar fantasías hay que hacerlo compartiendo juntos todo, gozándolo a la par. Una cosa es “jugar” a la sumisión o a que sos mi putita. Otra es que te someta o que de verdad crea que sos mi puta”.

    -“Si, desgraciadamente. Yo les cuento a las chicas de nosotros y en algunas cosas creen que les miento. No creen que este tipo de sexo exista”.

    -“¿Le hablas de nosotros?”.

    -“Solo a Pamela y a Gloria. Gloria intenta aplicar lo que le digo con el marido, que parece que es un tipo piola. Pamela pobre no tiene con quien. Le cuesta abrirse a las relaciones, pero se fascina preguntándome detalles. Y, después de tus charlas, creo que te subió al pedestal de sus deseos. Ja, ja, ja. Me da la impresión de que te tiene ganas”.

    -“No te burles, quizá alguna mala experiencia o los mandatos de su educación no le permiten abrirse”.

    Y el tema no volvió a mencionarse hasta que llegó el cumple de Caro y quedamos en hacer una fiesta en mi departamento con Gloria, el marido y Pamela (los únicos enterados de lo nuestro). Cociné una bondiola a la cerveza negra, papas Hasselback y un flan casero de postre. Las amigas trajeron la torta y las bebidas, pasamos una linda tarde de sábado que se prolongó hasta después de la medianoche con el marido de Gloria preparando tragos (era un capo en eso). Ya casi de madrugada, Gloria y el marido se fueron en un taxi (no estaban para manejar) y Pamela se durmió en el sofá, bastante borrachita, la arropamos y nos fuimos a dormir.

    A la mañana siguiente golpearon la puerta del dormitorio y apareció Pamela con una bandeja trayendo un desayuno completo para los tres que dimos cuenta ahí mismo en la cama. Pamela estaba con la pollera cortita con la que había venido y una remera sin nada debajo lo que permitía que sus pezones se marquen y se muestren paraditos. Era imposible no ver como me comía con los ojos. Yo esperaba que Caro no se enoje. Cuando se fue a llevar la bandeja con los restos del desayuno, Caro me miró y dijo:

    -“Erni, o la invitamos a coger con nosotros o no tiene que venir más, le va a hacer mal desearte tanto”.

    -“¿Y vos que preferís de las dos opciones?”, le pregunté extrañado de la naturalidad con que lo dijo. “¡¡No, no!!”, la interrumpí antes que conteste. “Andate con ella a la cocina y decidílo vos. O le decís que se vaya o venís con ella”.

    -“¿En serio?”.

    -“Carito, sabes que me gusta el sexo y no entiendo la monogamia ni que alguien me pertenezca. Vos me gustas mucho y te quiero siempre en mi cama. Pamela es una linda piba. La pregunta es: vos ¿qué queréis? Porque esta situación la armaste vos, no yo. Bueno, ahora decidí como sigue. Pero, si la incorporas, explicale bien como funciona lo nuestro”.

    Me miró sería un rato, se levantó y salió del cuarto. Tardó media hora en volver llevando a Pamela de la mano. La morochita iba retraída, ruborizada y con la cabeza gacha, pero no se resistía. Las dos llegaron al pie de la cama y Caro se sacó la remera, la bombacha y se acostó en la cama. Sacó las sábanas para dejarnos destapados y a la vista de Pamela y fue derecho a lamer mi pija. Yo levanté un brazo y le ofrecí la mano a Pamela. Tardó un rato en aceptar y se sentó a mi lado mirando a Caro como me mamaba. Suavemente le saqué los lentes y la remera.

    -“Sos muy bonita Pame”, le dije mientras la acariciaba “¿Puedo besarte los pechos?”, le pregunté.

    Ella asintió y me dediqué a lamerle las tetas, besarle los pezones y acariciarla. De a poco iba aflojándose, la recliné para abrazarla y la besé. Me dio un fuerte abrazo y siguió besándome mientras la acariciaba toda.

    -“¿No querés reemplazarla a Caro?, le pregunté. Ella dudó, pero Caro se levantó y tomándole la cabeza la llevó a que me chupe mientras se sentaba a mi lado. Nos quedamos los dos viéndola lamerme con los ojos cerrados como extasiada.

    -“Pamela, miranos, queremos que estés acá, con nosotros. Nos gusta verte disfrutar, Lameme, pero con los ojos abiertos y mientras te miramos. Estamos los tres juntos en esto”.

    Le costó un poco, pero al rato estaba disfrutando de lamerme y besarme la pija, mirándonos a cada rato. Mientras Caro se paró y me puso su conchita contra mi cara para que la bese y la acaricie con mi lengua y mis dedos. Jugué así un rato con mi nena, pero después le dije que me permita dedicarme a Pame. Repetí con ella los mismos mimos y la misma rutina que había tenido la primera vez con Caro, mientras ésta le decía que se deje mimar y que se dedique a disfrutar.

    -“Relajate Pame y saborea que rico que es cuando te miman bien”.

    Si bien al principio se mantuvo la tensión y la reticencia a soltarse, con el paso de las caricias y mucho más después del primer orgasmo, Pame se fue incorporando con todo y ya en su segundo orgasmo se aferró a la mano que le dio Caro y gimió, jadeó y soltó gritos ahogados, tensando todo su cuerpo. Cuando se aflojó, Caro se acostó a su lado y la abrazó.

    -“¿Te gustó?”, le preguntó a la amiga.

    -“Muchísimo. No puedo creer todo lo que me hizo gozar sin penetrarme. Es muy lindo”.

    -“Eso lo resolvemos ahora”, le dije yo subiéndome sobre Pame, abriendo sus piernas y llevando mi pene hasta penetrar en su vagina mientras ella me agarraba de los brazos y miraba a Caro y a mí, con su cara mostrando la calentura que tenía. Cuando empecé a cogerla más fuerte, le iba dando besos a ella y a Caro, que seguía acostada a su lado. La morocha empezó a gemir, cerró los ojos, me apretó fuertemente los brazos con sus manos, empezó a levantar el pubis para que la penetre más profundamente y acabó con un ¡¡¡Diooos!!! ronco y ahogado. Caro y yo la acariciamos y le insistimos que disfrute el orgasmo. Ella solo sonreía.

    -“Bueno, ahora voy a atender a mi nena, sino se va a poner celosa”, salí de arriba de Pame y la llevé a Caro al sillón para ponerla en cuatro apoyada en el respaldo y cogerla así. Caro le dijo a Pame:

    -“Vení, no te pierdas de vernos. A mí me encantó ver como Erni te cogía ¿no querés disfrutar de vernos?”.

    La morochita se levantó y vino al lado nuestro, le di un beso, le chupé un pezón y le dije que se sentara en el sillón al lado de Caro y así lo hizo y las dos amigas se miraron, mientras una disfrutaba la cogida, la otra disfrutaba el espectáculo. Después la hice parar a mi lado, tomé una mano de Pame y la llevé para que acaricie la espalda de Caro mientras yo le acariciaba a ella la cola y la conchita y cada tanto le daba un beso. Cuando Caro se calentó y pidió más intensidad, la abracé a Pame y la tuve pegada a mi mientras bombeaba a su amiga. Ésta se arqueaba y gemía hasta que tuvo un largo orgasmo, Pame la acariciaba con las dos manos y yo le masajeaba las nalgas.

    Después me senté en el sillón, la puse a Pame sentada sobre mí mirándome y así la penetré y a Caro a nuestro lado, acariciándonos a los dos. Me dio un beso y le dije que la bese a Pame. Se miraron con dudas. Tomé una mano de Pame y la llevé para que tome una teta de mi nena y me dejó hacer. Después besé a una y a otra y tomé sus cabezas para unirlas. Se dieron un piquito suave, pero la mano de Caro fue solita a acariciar las tetas de la morocha y poco después los besos y caricias eran entre los tres sin distinción. Las abracé contra mí.

    -“Me gustan mucho mis dos nenas y me gusta que compartan el sexo. Carito, ponete atrás de Pame y acariciala mientras la estoy cogiendo”.

    Mi nena me hizo caso y desde atrás la abrazó a la amiga, le acarició los pechos y le dio besos en la nuca mientras yo la tomaba de la cola y la hacía subir y bajar sobre mi pija, hasta que cerró los ojos, se arqueó hacia atrás, se abrazó a los brazos de Caro y acabó así.

    Continuará.

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  • Diana, mi alumna traviesa (2ª part.)

    Diana, mi alumna traviesa (2ª part.)

    Después de aquel día con mi alumna Diana, ya dije que estuve contrariado esa noche pensando mucho lo que había pasado. Sucedió un viernes, así que tuve todo el fin de semana para pensar, pero lo más fuerte es que no estaba arrepentido, no podía dejar de pensar en ella e incluso haciéndolo con mi mujer, con la que llevaba casado ya 8 años me imaginaba que se lo estaba haciendo a ella.

    Me había dejado huella y tenía dentro una contradicción: por una parte, no sabía qué pasaría al verla en la clase, tenía como un pequeño miedo al pensar como reaccionaríamos uno u otro; y por otra parte deseaba verla, quería tener otra ocasión con ella e imaginaba el placer que sería el tenerla dentro de mí. La verdad que ninguna alumna nunca se había insinuado en clase, y tampoco esperaba que fuera ella, una chica aplicada que sacaba buenas notas, aunque también he de decir que era bastante zorra y que tenía ya una fama en el instituto.

    Pasé un fin de semana tranquilo pese a todo, con la familia y amigos. Los domingos solíamos comer siempre con unos amigos de toda la vida y esa vez también, evidentemente. El domingo por la tarde preparaba mi clase del día siguiente y tenía ese gusanillo de qué pasaría, qué reacción habría.

    Menos mal que nadie nos había visto, así no habría ningún tipo de rumor, ya que pensaba seguir con mi esposa, claro. El lunes se levantó soleado e incluso fui en manga corta al trabajo, ya que en el instituto había calefacción y había momentos en que el calor era insoportable. Tengo que decir alguna cosa que no había dicho en el anterior relato, y es que pese a que era ya un hombre maduro estaba bastante bien físicamente, medía 1’75, pesaba alrededor de 75 kilos, estaba bastante fibrado ya que de siempre me ha gustado el deporte, en especial el fútbol, que practiqué durante muchos años y que aún practicaba algunas tardes con mis amigos en mi tiempo libre.

    Llegué al instituto como siempre, primero a mi despacho y me dispuse a dejar mis cosas, saludé a mis compañeros con total normalidad, me tomé mi café para espabilarme un poco como era normal y empecé a dar mis clases. Con el grupo de Diana tendría a tercera hora, pero ella no asistió a clase. Me sorprendió mucho porque ella casi nunca faltaba, pero bueno, pensé que le habría pasado algo. Lo raro es que la vi en los pasillos durante el recreo y me quedé bastante extrañado. Los dos nos hicimos un poco los locos ya que había mucha gente, pero si pude ver como me hizo una sonrisa. Como siempre, iba en falda, con escote y provocando, encima con ese tiempo que dije antes más todavía.

    Pero bueno, no le quise dar importancia ya que mucha gente faltaba a algunas horas, a otras no, en fin, que el día acabó y volví a casa. Ese lunes había pasado sin pena ni gloria, y bueno, tampoco estaba disconforme. El caso es que al día siguiente pasó lo mismo, tenía clase con su grupo a segunda hora esta vez y ella tampoco asistió. Como el día anterior también la vi en los pasillos y de nuevo me sonrió. Acabó el día y me fui a casa de nuevo.

    Así ocurrió hasta el viernes, no vino ni a una clase y no sé porqué, pensaba muchas cosas, quizás le diera vergüenza por lo que pasó, no sé. Entre clase y clase había escuchado algunos rumores de alumnos de que Diana había cortado con un novio con el que llevaba dos años y que quizás por eso le picaba bastante el coño, ya que ya se había tirado ese año a varios en el instituto.

    Al acabar las clases el viernes cogí mi coche y me iba ya para casa, ese día estaba solo hasta por la tarde, ya que mi mujer estaba en una reunión de trabajo a y mis hijos los iban a recoger mis suegros, ya que a mí no me iba a dar tiempo, y ya se quedarían con ellos hasta por la noche supongo. Cogí mi coche, arranqué, me disponía a ir a casa hasta que se me cruzó de pronto ¡¡Diana!! Yo me quedé flipado, frené ya que casi la pillo y me quedé mudo. Bajé la ventana y le dije:

    –¿A qué cojones juegas, zorra? Haces que te lo coma para nada, estás toda la semana sin venir a clase y ahora apareces así, que casi te pillo.

    –¿Tú qué crees, profe? –Me contestó.

    –No sé, dímelo tú. –Le dije

    –A calentarte, profe. No sé si lo estaré consiguiendo

    Antes de contestarle, miré como iba vestida. De nuevo una faldita muy corta, una camiseta estrecha con un escote y unos tacones muy sexys. A ello hay que añadirle que iba bastante pintada, la cara y ojos, y las uñas pintadas de blanco esta vez, y bastante larguitas.

    Ella me dijo:

    –Bueno, profe, ¿no vas a dejar que me monte en tu coche?

    Como ya he dicho antes, hasta por la tarde estaba solo en casa y era una buena ocasión para vengarme por lo de la otra vez y aprovechar. Pensaba en mi familia, pero lo de la otra vez ya se puede considerar infidelidad y ya que se había empezado había que hacerlo en condiciones.

    Le dije que sí, que se montara en el coche. Le pregunté:

    –¿Qué quieres que hagamos?

    –Pues llévame a tu casa. En la mía están mis papis y no creo que les guste verme con mi profesor de Filosofía, ¿no? –Me dijo.

    Así que de nuevo arranqué y tomé el camino de dirección a casa. Estaba a unos 25 minutos, ya que había bastante tráfico sobre esas horas, alrededor de las 14:30 de la tarde. La verdad que me gustó encontrármela, quería follarme a ese bombón y esta vez no la iba a dejar escapar así, y menos en mi casa. Le pregunté que como había ido la semana y me dijo que normal, que las demás clases bien y que las mías, a las que no había ido, las recuperaría ahora conmigo. Y me gustó mucho esa contestación la verdad.

    De repente y sin darme cuenta de que me había quitado la cremallera, vi a Diana agacharse y, subiéndome los calzoncillos, meter suavemente mi polla en su boca. Le dije:

    –¿Qué haces, zorrita?

    –Pues chupar, ¿no te gusta? –Me contestó.

    –Claro que me gusta, joder.

    Todavía no estaba empalmado, así que empezó a jugar con mi puntita y su lengua suavemente. Primero lamió la puntita y notaba como mi polla iba creciendo poco a poco en su boca, hasta tenerla erecta completamente. Empezó a lamer el tronco y después se la metió entera en la boca, haciéndome una buena mamada.

    –Mmmm, que bien lo haces, se nota que estás acostumbrada. –Le dije.

    –Si, me gusta tu polla.

    –Lo estabas deseando, ¿verdad? –Le dije

    –Claro que sí, me daba mucho morbo notar el tacto del pene de mi profesor en la boca.

    Cada vez iba más excitado, tanto que me costaba conducir, e incluso casi me como a un coche que estaba justo delante porque había frenado tarde. En los semáforos le metía mano todo lo que podía, sobre todo en el coño y las tetas para irla poniendo cachonda. Esta vez sí que llevaba bragas. Ella tenía la camiseta estrecha y notaba sus pezones empinados y gruesos.

    Después de ese tiempo conduciendo llegamos a casa, dejé el coche en el garaje y sin atarme la cremallera me bajé del coche para entrar rápido en casa. Me gustó como entramos, ella delante y cogiendo mi polla con la mano como una señora coge a su perrito de la correa.

    Así llegamos a casa, una casa bastante grande, con un jardín, dos plantas y una piscina, todo muy coqueto. Fuimos a mi cuarto, a la segunda planta. Ella se sentó en la cama, y yo de pie y un poco agachado empecé a apretar sus tetas y a comérselas, tenía sus pezones súper empitonados. Seguía saboreando sus tetas.

    –Mmmm, que ricas. –Dije.

    –¿Sí? ¿Te gustan? Pues sigue, aprovecha, que esto no pasa todos los días.

    –Mmmm, que buenas ¿Están operadas, zorra? –Le pregunté.

    –Pfff mama, cabrón. Si están operadas, de unos dinerillos que saqué. Ohhh.

    Bajé mi mano a la vagina y empecé a acariciarla sin quitarle las bragas.

    –Pfff, que cachonda estoy. –Dijo.

    Entonces metí dos delitos dentro suavemente, masturbando poquito a poquito, mientras con la palma de la mano le frotaba el clítoris.

    –¿Te gusta, zorra? –Pregunté.

    –Ohhh, no pares, no pares, como me gusta, cerdo. –Contestó.

    Así seguí un rato, jugando con su vagina, ella ya estaba totalmente tumbada en la cama a mi merced, y yo estaba ya completamente empalmado. Tenía el coño depilado, rojo y ya empezaba a estar cada vez más húmedo. Y yo necesitaba follar ya mismo.

    –Te quiero follar, zorra. ¿Quieres mi polla? –Pregunté.

    –Ufff, siii, dame tu polla, ¡¡dámela!! –Dijo.

    Me saqué la polla, puse sus piernas sobre mis hombros y empecé a metérsela suavemente.

    –Ohhh, ahí tienes, puta. –Dije.

    –Mmmmm, siii dame sin miedo, ¡¡dame!! –Gemía sin parar.

    Cada vez le daba con más fuerza, los dos chillábamos como locos, mientras me la follaba tocaba sus senos, que grandes y que tiernos, joder, no podía parar de acariciarlos. Así seguimos un largo rato, hasta que ella me dijo:

    –Métemela por el culo, profe.

    –¿Sí? ¿Estás segura? –Le contesté.

    –¡¡Claro que sí, hazlo!!

    Entonces la puse a cuatro patas, antes de nada, le lamí el agujerito del culo para que lubricara bien, ya que no quería hacerle daño. La metí despacito, no toda.

    –Ufff, ¿te duele? –le pregunté.

    –Mmmm, un poquito, pero no mucho, sigue.

    Lo hice despacito bastantes veces hasta que metí un empujón y quedó toda dentro.

    –¿Qué tal, puta? ¿Bien? –pregunté.

    –Mmmm siii, venga, sigue, está bien lubricado, además no es la primera vez que me lo hacen. –Contestó.

    Le daba fuerte, muy fuerte, metía y sacaba mi polla sin parar, y ella también se movía muy bien. El éxtasis estaba cerca, estaba muy empalmado, mientras le daba por el culo le seguía frotando el clítoris para que ella disfrutara por partida doble. Veía que quedaba muy poco para corrernos y se lo dije:

    –Ohhh ¡¡voy a correrme!! –Dije.

    –Pfff, oh, ohhh, siii, ¡¡hazlo en mi boca!! –Contestó extasiada.

    Lo vi justo después del otro día que ella explotó en mi cara, así que la saqué del culito y la puse en su boca. Cogí su cabeza para mantenerla recta y empecé a follármela por la boca.

    –Ohhh que bien, joder. –Decía yo.

    Ella evidentemente no podía hablar, se limitaba a ser follada por la boca. No aguanté mucho, apenas unos 30 segundos.

    –Ohhh, me corro, ¡¡me corrooo!!

    Y cerré los ojos, agaché la cabeza para atrás y exploté dentro de su boca, desde el principio noté que había echado muchísimo semen, se oían los sonidos de su garganta al tragar e incluso veía las gotas de semen caer de su boca al suelo y a sus pechos. Fue una experiencia maravillosa.

    Después de eso nos dimos una ducha juntos y la llevé a casa. La venganza quedaba resuelta y ella tenía un sobresaliente asegurado.

    Bueno, pues esta es la segunda parte. Espero que os haya gustado. Saludos.

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  • Compartiendo a mi esposa con mi hermano (final)

    Compartiendo a mi esposa con mi hermano (final)

    Mientras ella me contaba como se la follo mi hermano y la lleno de leche todos sus agujeros yo me masturbaba muy suave para disfrutar lo que mi esposa me relataba, ella también se tocaba, ya excitados nos comenzamos a besar, ¡que rico le sabia su boca!, luego me baje a chuparle sus tetas pegajosas por el semen de mi hermano se las devoraba como loco saboreándoselas y limpiándoselas.

    Fui bajando a su coño también para saborearlo y también lamer su culo rico, después de un buen rato ella tomo la posición de perrito y yo sé la meto en el culo se le sentía aguado y baboso por la leche de mi hermano dentro del culo de mi esposa fui batiéndole su leche con mi verga mientras le tocaba las tetas y su coño húmedo y pegajoso, ella gemía como gatica y daba sus órganos.

    Luego del mete y saca me descargue dentro del culo de mi hermosa esposa mezclando y leche con la de mi hermano le dejo mi verga adentro hasta que termino de gotear y unos minutos más, le saco mi verga despacio y le meto un dedo en el culo, la cojo por el frente sin sacarle el dedo del culo y le meto mi verga en su coño lindo y peludo bien mojado comenzando con el mete y saca reviviéndole la leche de mi hermano con mi verga.

    Mientras le penetraba el coño nos besábamos y lamia sus tetas y jugaba con mi mano libre en sus tetas, ya que con la otra le tenía un dedo metido en el culo, mi esposa gemía con cada metida, después me vine dentro del coño de mi amada y querida esposa, mezclando mi semen con el de mi hermano, le deje mi verga adentro y el dedo en el culo nos tobamos en la cama besándonos y sonriendo de placer; después le saque el dedo del culo y se lo di a chupar, pero yo me bese con ella con mi dedo en medio.

    Ya abrazados en la cama le digo amor que rica perrita eres, sigue cogiendo con mi hermano, y esperare con ansias todos los días al llegar del trabajo para mezclar las leches. Después de ese día todo fue un sinfín de sexo mi hermano se la follaba cada que yo no estaba y yo me la follaba luego así sucia de leche de mi hermano, también hablamos de hacer lo posible para que otros también se la follen y le dejen su leche y ella también me decía que cogiera con otras chicas y les diera mi leche para lego poder limpiarme la verga untada de coño y culo de las otras chicas. Yo le decía si es rico, pero todo despacio y a su tiempo.

    Después de 2 meses un día que mi linda y amada esposa estaba menstruando, llegamos a la conclusión de que yo les debía de descubrir follando para ver la reacción de mi hermano y unírmeles en un trio. Era ya en la tarde tipo 5 pm después de almorzar mi esposa ir a cagar y hacer ejercicio, ella estaba en los días del periodo, entro despacio a mi casa sin que ellos se den cuenta, me quito toda la ropa hasta quedar totalmente desnudo y escuchaba los gemidos de mi esposa y como la cogía mi hermano.

    Llego al cuarto y veo que él la tenía en cuatro y metiéndosela por el culo y jugando con sus tetas y coño, mientras él le decía que rica zorra tiene mi hermano como esposa, para follarla a diario y llenarla de leche; cuando el termino de decirle eso se vino dentro del culo de mi esposa dando un gemido, en ese instante entro al cuarto desnudo y les dijo así los quería ver, mi hermano volteo y se asustó al verme y dice:

    Pedro: Hermano que haces aquí tan temprano

    Fabio: Hoy salí más rápido de la oficina y quise venir a ver a mi esposa

    Pedro: Hermano no es lo que parece, perdón soy hombre y me ganaron las ganas y esposa se me ofreció

    Fabio: Hermanito yo no te estoy pidiendo explicaciones, yo solo veo a mi esposa y su cuñado compartiendo y afinando más su relación familiar; y si hablas de quete estas follando a mi hermosa esposa yo no veo nada de malo eres hombre y Marcela está muy sabrosa para que no resistieras, además necesitas desestresarte del trabajo y que mejor que viniéndote en un rico culo y coño y mi esposa esta para ayudarte

    Pedro: En serio dices eso hermano no estas molesto

    Fabio: Molesto porque voy a estar mi amada esposa está muy hermosa y buena y si la quiero compartir con mi hermano o con otro está muy bien desde que ella quiera

    Pedro: Me sorprendes hermano entonces te gusta compartir a tu esposa

    Fabio: Si hermano

    Marcela: O que bueno que ya tengo dos machos a qui en casa para que me quiten las calenturas de mi cuerpo ansioso de leche

    Fabio: Amor mío si te está tratando bien tu cuñado

    Marcela: Si mi vida tu hermano me da rica leche en mis agujeritos, boca y cuerpo

    Pedro: Hermano tu ya sabias que me cogía a tu esposa

    Fabio: Si hermano desde el primer día que te la cogiste y la dejaste llena de leche, todos los días me la follo con tu leche adentro

    Pedro: En serio

    Marcela: Si cuñado mi querido esposo me coje con tu rica leche adentro y me bate y mezcla la leche tuya con la de él desde el primer día todos los días

    Pedro: Yo creía que era un secreto y tu te dabas una ducha luego de terminar de follar conmigo

    Fabio: Hermano entre mi esposa y yo no hay secretos

    Marcela: Es muy cierto cuñado no tengo secretos con mi esposo y yo no me daba una ducha luego de follar contigo, fingía darme la ducha para que tu creyeras que era un secreto, pero no era así me quedaba sucia para mi esposo como a él le gusta

    Fabio: Hermano es bueno que te cojas a mi esposa tu eres el primero con quien la comparto y a ella a mí nos encanta eso

    Marcela: Si cuñado además estamos esperando tener una buena amiga para que mi esposa también se la folle, la idea es tener una vida sexual muy activa para que mi esposo, tú y yo cojamos con varios, como se dice ser swinger o cornudos todos que ustedes cojan con otras chicas y yo con otros hombres

    Pedro: Eso a mí me parece muy bien, yo hasta debería conseguirme una esposa así abierta de mente y liberal como tú, para también se la folle mi hermano

    Marcela: Cuñado no solo soy abierta de mente, también hay otros agujeros estoy abierta mi culito y panocha

    Pedro: Pero eres abierta tus agujeros, pero a la vez muy estrecha porque a pesar de que te dan mucha verga todos los días en tus hoyos sigues estrecha

    Marcela: Cuñado espero puedas conseguir a tu esposa para que forme parte de nuestra pasional familia

    Fabio. Claro que si hermanito, aparte desde el primer día que llegaste mi esposa y yo queríamos que se la cogiera, por eso ella siempre actuaba coqueta contigo y te provocaba, también sé que cuando dejábamos su ropa interior tirada tu jugabas con ella. Hasta que llego el día en que caíste y eso me pone feliz, yo ya le había contado a mi esposa que tu un día me habías dicho entre tragos que me había casado con una mujer muy buena y rica; y que querías romperle ese culo y dejarle toda su leche a dentro. Hermano y llego ese día y ya le has roto el culo y el coño varias veces y me gusta que la disfrutes.

    Pedro: Gracias a los dos por ser tan buenos conmigo

    Fabio: Hermano de nada, pero esto si será un secreto para el resto de nuestra familia, nadie más aparte de nosotros debe saberlo

    Pedro: Claro que nadie más lo sabrá

    Marcela: Amor los veo a los dos desnudos y sigo diciendo ustedes tienen vergas gemelas por son muy iguales; son igual de grandes, gruesas y peludas e igual sabor (jijiji risita picara)

    Fabio: Bueno menos charla y más acción

    Apenas terminé de decir eso le di una lamida al culo de mi rica esposa y le metí mi verga de un solo empujo en su culo estrecho entrando resbalada por la leche que le había dejado mi hermano en su culo, empecé el mete y saca, Marcela agarra la verga de mi hermano salida de su culo y la comienza a mamar un rato mientras yo la embestía por el apretado culo batiendo con mi verga la leche de mi hermano; todo era una mezcla de gemidos solo se respiraba sexo en la habitación, caricias en sus tetas y coño de parte de mi hermano y mías.

    Ella le seguía mamando la verga y yo empujando en su delicioso culo, ella tenía varios orgasmos, lego mi hermano se vino en su boca cayo un poco de leche en su cara y tetas, ella trago un poco de la que quedo en su boca y dejo algo dentro de ella y así la bese apasionadamente, mi hermano veía la escena del beso mientras yo la taladraba el culo, se incorporó y se unió al beso mientras tocaba su coño, mi esposa estaba muy caliente ya que como había dicho antes estaba en sus días del periodo y en esos días es más caliente y le gusta follar más.

    Luego yo me vine dentro de su culo mezclando mi leche con la de mi hermano, le deje la verga un instante adentro, ya luego la saque y cuando salió mi verga de su culo mi hermano le lamio el culo

    Ya luego Marcela agarro mi verga y se la metió en la boca comenzando a mamarla y mi hermano volvió a meterle la verga en el culo estrecho de mi esposa de un solo empujo ya estaba muy lubricado por tanta leche que tenía dentro de su ojete anal, seguían los gemidos caricas y toques en su rico cuerpo, era un sinfín de goce un trio placentero en una tonada de placer sexual liberal y desenfrenado.

    Mi hermano batía las leches dentro del culo de ella y mi verga en su boca hasta que me vine en ella también cayo leche en cara y tetas, trago un poco al igual que lo hizo con la de mi hermano y él la beso y luego yo me uní al beso, los cuerpos estaban sudados y rebosaban sexo su cara hermosa y ricas tetas con untadas de leche de los dos.

    Luego mi hermano se vino nuevamente dentro del culo de mi esposa saco su verga y los dos le mamamos el culo a ellas y empezamos a comerle el culo y su delicioso coño peludo húmedo mojado a punta de lengua, después mi hermano y yo nos miramos nos paramos y le metemos las dos vergas juntas en su estrecho coño, ella solo pego un gemido de placer, metíamos y sacábamos la follamos en una penetración doble donde solo había mezcla de fluidos seminales, periodo y fluidos vaginales todo un goce.

    Entre los dos nos follamos a mi esposa toda el resto de la tarde y noches no hicimos cena, solo la cogíamos y los tres disfrutábamos; mi hermano y yo nos venimos dentro del coño de mi esposa al mismo tiempo en una descarga mezclando nuestro semen dentro de ella, le sacamos las vegas del coño babosas y con periodo, mi esposa paso a mamarlas inmediatamente hasta dejarlas limpias, ya luego ella nos pide que nos masturbemos en frente de ella y nos corramos sobre su cuerpo, pero nos pidió que el me masturbara a mí y yo a él, los dos la complacimos y su petición me hizo la paja y yo le hice la paja a él hasta que nos descargamos sobre el cuerpo de mi bella y amada esposa.

    Después nos tiramos al lado de ella uno a la derecha y el otro a la izquierda, ese día dormimos desnudos los tres juntos y como era viernes ya al sábado y domingo no había que trabajar y al despertar los tres al día sábado los tres nos comenzamos a tocar ella agarro nuestras vergas y nosotros a tocarle su coño, tetas y besarla.

    Luego de un rato de excitación nos levantamos así desnudos, preparamos el desayunos comimos para coger energías reposamos un ratico y luego nos pusimos a follar nuevamente, la pasamos desnudos y cogimos todo el fin de semana solo parábamos para comer algo, reponer algo de energías, ir al cagar y seguir follando, no nos bañamos y vestimos hasta el lunes que ya había que ir a trabajar.

    Desde ese día al llegar ya los encontraba cogiendo y yo me les unía y mi hermano se pasó a dormir con nosotros en la misma cama y la pasamos siempre desnudos o ropa interior cada que se puede y follamos todos los días en trio.

    Ya luego de 6 meses de estar follando los 3 juntos decidimos que era momento de embarazar a mi esposa primero la embarace yo su querido esposo y luego mi hermano en eso fuimos muy seguros de ser yo el primero y luego él; los cuales fueron dos varones uno ya va para sus 9 años y el otro el hijo de mi hermano para 7.

    También mi hermano logro casarse con una linda mujer de la misma edad que mi esposa de mente abierta y liberal, donde con ella también la embarazamos los 2 y tuvimos dos hijas primero la embarazo mi hermano su esposo y luego yo una nena tiene 6 y la otra 4.

    También es muy rico ver a nuestras esposas tener sexo lésbico con el cual nos deleitan a nosotros dos, ver como se besan, se chupan las tetas, juntan sus deliciosos y hermosos coños peludos, se dan lengua en sus culos y se comen sus panochas sabrosas y jugosas, es muy hermoso ver esa escena entre ellas dos.

    También ya compartimos a nuestras esposas con otros hombres el primero fue don Gustavo el gerente donde trabaja mi esposa, pero él no sabe nada de lo demás, el solo cree que se folla a mi esposa su secretaría una que otra vez al mes y listo nada más, tampoco nadie de la familia sabe que mi hermano tiene un hijo con mi esposa y yo una hija con su esposa, solo nuestros hijos y nosotros sabemos nuestro secreto. Y nuestras esposas las compartimos con otros, también nosotros cogemos con otras chicas.

    100% real, aunque muchos no lo crean.

    by Fabio

    Disculpen la demora de la última parte tuve unos problemas técnicos y de salud que me impidieron compartir esta última parte a tiempo.

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  • Cógelo

    Cógelo

    Jorge se situó tras su mujer, que ya estaba recostada sobre su lado izquierdo. Con la mano derecha le abrió ligeramente las piernas, lo suficiente para colocar el erecto pene entre los muslos de ella, en contacto directo con sus labios vaginales. Inmediatamente comenzó un movimiento similar al de la penetración para que ambos sexos se rozaran, mezclándose los jugos de ella con el líquido preseminal de él.

    Lidia cerró los ojos mientras sus caderas iniciaron un baile que permitía adivinar su creciente excitación, alimentada por las caricias que su marido le estaba brindando con la mano derecha, directamente dirigida hacia el clítoris.

    Acercó los labios al cuello de Lidia, regalándole un cálido beso con un ligero mordisco sin detener sus movimientos pélvicos. Ella se giró para devolvérselo, esta vez boca con boca, lengua con lengua.

    El pene de Jorge resbalaba con total facilidad sobre el sexo de su mujer, recorriéndolo con toda su longitud y centrando el glande sobre el clítoris de ella, libre desde que desplazó la mano hasta el pecho derecho de Lidia. Ella, sin poder resistirlo más, abrió ligeramente sus piernas, y con un pequeño golpe de caderas, introdujo el miembro en su vagina con total facilidad. Jorge mantuvo sus movimientos aunque dándoles un plus de profundidad desde ese momento, mientras agarraba entre sus dedos el duro pezón que denotaba también la irrefrenable excitación de su pareja.

    Tras unos minutos de vaivén, caricias y besos, Lidia giró su cabeza hacia Jorge, y susurrando con la voz entrecortada, pronunció tan sólo una palabra:

    –“cógelo”.

    Él ya sabía a lo que se refería, y emulándola, se giró hacia la mesilla de su lado de la cama, de donde tomó un consolador, compañero habitual de sus juegos nocturnos. El tamaño era considerable, mayor aun que el del pene de Jorge, simulando además perfectamente las formas, el color y el tacto de uno real. Jorge se lo cedió a Lidia, a la que le faltó tiempo para llevárselo a la boca.

    Sabía lo que a su marido le excitaba mirarla mientras jugaba con él, lamiendo con su lengua cada pliegue, cada detalle, bajando hasta los testículos y ascendiendo hasta el glande. Jorge le había comentado en más de una ocasión, medio en serio, medio en broma, que si se tratara de un pene real, el propietario de la herramienta se habría corrido con mucha rapidez, víctima del excelente trabajo de Lidia.

    Ella cerraba los ojos imaginándose lo excitante que supondría disponer de dos varones en exclusiva, aunque nunca se lo había dicho abiertamente a su marido, pues su educación y su pudor se lo impedían. Tras brindar un exhaustivo trabajo al invitado virtual, extrajo el pene de su boca y lo dirigió hacia la vagina, la cual, desde el nacimiento de sus hijos, había alcanzado una flexibilidad tal que le permitía unas hazañas dignas de la mejor actriz porno.

    Jorge le facilitó el trabajo acompasando sus movimientos con los de la mano de su mujer que empuñaba el dildo, hasta que finalmente ambos apéndices entraron simultáneamente en el sexo de Lidia. Poco a poco, Lidia introdujo el enorme pene hasta que los testículos chocaron contra su pubis, a la vez que con su mano derecha empujaba el culo de su marido invitándolo a que hiciera lo mismo con su pene. Una vez más, ella alcanzó una sensación de plenitud, se sentía totalmente llena, completa, abandonada al placer, tan fuera de control, tan excitada que a pesar de su habitual discreción, los jadeos dejaron paso a gemidos de placer y sus caderas comenzaron a moverse con verdadera violencia.

    Jorge acercó la boca al oído de su mujer, y sin dejar de penetrarla, le habló entrecortadamente:

    –“sabes que… necesitas dos… pollas para ti… lo sabes; dos hombres… dentro de ti…”

    Estas palabras fueron el detonante para que Lidia estallara en un sonoro orgasmo, mientras en su cabeza bullían multitud de imágenes entremezcladas, destacando entre todas las de ella misma siendo penetrada por dos hombres al mismo tiempo…

    Jorge regresaba del baño tras darse una ducha y volvió a tumbarse junto a su mujer. Mientras le acariciaba con suavidad el monte de Venus, le habló:

    – “Te excita pensar en que te estamos follando dos hombres, no digas que no…”

    – “No le des más vueltas, eso no va a pasar nunca.” –contestó ella, con una mueca de desagrado.

    – “Pues no sé por qué no” –respondió él– “A mí me encanta verte disfrutar”.

    – “Es simplemente una fantasía tuya y nada más” –mintió–, “y en eso se quedará. No voy a meter a otro hombre en nuestra cama te pongas como te pongas.”

    – “Pues cada vez que tienes las dos dentro te vuelves loca, y cuando te digo que necesitas dos hombres, siempre te corres a lo bestia”–insistió Jorge riendo. “Imagínatelo con un tío cachas y guapo, como Brad Pitt, con unos buenos abdominales de esos que parecen pintados… ¿A qué entonces no podrías negarte?”.

    – “Pero como un tío así no se fijaría en mí, se acabó la historia” –sentenció, dando la conversación por finalizada mientras se giraba dando la espalda a su marido.

    – “¡¡Ajajá!! –exclamó triunfante Jorge–. “En ese caso sí que aceptarías, ¿eh?”

    – “Es tarde, Jorge, tengo sueño” –contestó cortante, aunque en el fondo sabía que su marido tenía razón; y de hecho sería bastante menos exigente a la hora de elegir al “partenaire”, pero no podía admitirlo, pues temía lo que podría llegar a suceder en ese caso.

    Lidia sobrepasaba por poco los 40, aunque aparentaba menos edad. Más bien bajita y perfectamente proporcionada, sus pechos no desentonaban con el resto de su persona. Su culo, algo respingón, le encantaba a su marido, que lo halagaba sin mesura sobre todo cuando le hacía el amor boca abajo: “es tan acogedor…” –le solía decir, y eso a ella le llenaba de satisfacción. Pero como todas las mujeres, y a pesar de los elogios y del amor de su marido, Lidia era insegura, y esa inseguridad era la que alimentaba su excesivo pudor a la hora de intentar alguna nueva experiencia en lo que a sexo se refiere.

    Jorge llevaba tiempo insinuando la posibilidad de incorporar un invitado alguna vez a sus juegos amorosos, y aunque Lidia se había negado tajantemente, poco a poco su resistencia disminuía a medida que Jorge insistía. No obstante, él nunca había obtenido de ella algo diferente a un “no”…

    Jorge estaba totalmente enamorado de su mujer, pero no podía evitar el excitarse pensando en verla gozar con dos hombres a su disposición. Algunos años mayor que Lidia, con el paso de los años su aspecto había mejorado, pues practicaba deporte habitualmente y cuidaba su alimentación. No cometía excesos (casi nunca…), y aunque le seguían sobrando algunos kilos, su aspecto era “pasable”, como a él mismo le gustaba decir. No podía lucir un cuerpo musculoso ni mucho menos, pero su mujer lo quería y eso era suficiente para él.

    Llevaban casi 20 años de matrimonio, con 2 hijos que no habían dejado apenas rastro en la figura de Lidia, de lo cual se vanagloriaba Jorge, orgulloso del esbelto aspecto de su mujer, la cual seguía siendo atractiva y apetecible.

    Su vida sexual era satisfactoria para ambos, pues aunque no se pudiera decir que eran unos atletas sexuales, sí solían practicar diferentes posturas y explorar “distintas posibilidades”. Para ello recurrían habitualmente a todo tipo de “juguetes” que introducían algo de “picante” y evitaban en lo posible la monotonía en su relación. A pesar de esto, Jorge no dejaba de fantasear con realizar un trío con su mujer y un invitado o invitada. Puestos a elegir prefería lo primero, pues su prioridad era que Lidia fuera el centro de atención en lugar de serlo él mismo, aunque no estaba muy seguro de cómo se comportaría su pareja ante la presencia de otra mujer en la cama…

    En alguna ocasión había interpelado a Lidia sobre su preferencia en el caso de un hipotético «ménage à trois», y a pesar de poner siempre el “no” por delante, consiguió sonsacarle su inclinación ante una persona de su mismo sexo. Jorge estaba seguro de que la respuesta no era sincera, y que si decía eso era porque sabía que era una opción menos probable de hacerse realidad y además, mucho más “light”, demostrando de nuevo el pudor que en este asunto la dominaba.

    El verano transcurría sin muchas novedades, esperando que llegaran fechas elegidas por la familia para tomar sus más que merecidas y deseadas vacaciones, aunque en esta ocasión tenían un componente distinto, ya que por primera vez iban a desplazarse sin sus hijos. Los padres de ella les habían pedido quedarse algunos días con los niños pues no los veían con demasiada frecuencia, y en esta ocasión habían tenido que acceder a dicha petición.

    Repetirían destino: un apartamento en una urbanización del sur de España que disponía de piscina, pistas de tenis y la playa a un paso, un lugar perfecto para descansar, desconectar y cargar las pilas, aunque la falta de los niños presentaba un escenario diferente.

    Y por fin llegó el día “D”. Aunque iban a echar de menos a sus hijos, por otro lado pensaban que iban a poder disfrutar de una libertad de la que hacía mucho tiempo que no gozaban. Jorge pretendía sacar de noche a su mujer a algunas terrazas que ofrecían música en directo, algo que a ambos les encantaba; además, podría mejorar su tenis acudiendo a las clases que se impartían en la propia urbanización.

    Por otro lado, Lidia disfrutaba enormemente de la piscina y de sus templadas aguas, de los ratos que pasaría con un buen libro tumbada sobre una hamaca a la sombra de algún sauce rodeada del frescor del césped, y también de alguna que otra cerveza helada y un aperitivo en la compañía de su marido.

    –“¡Lidia, me voy a comprar el periódico y luego a clase de tenis!” –gritó Jorge desde la puerta de la calle.

    –“¡Vale, estaré en la piscina!” –contestó ella desde el baño mientras se ajustaba uno de sus nuevos bañadores ante el espejo. Llevaban varios días de vacaciones en los que ya se habían adaptado a la nueva rutina. Jorge se había inscrito un año más a las clases de tenis que se impartían en el complejo, y ella bajaba a la piscina hasta que su marido regresaba. Comían en algún restaurante tras tomar un aperitivo, después siesta, paseo por la playa en la tarde y cena y concierto por la noche aderezado por unas cuantas copas, no muchas, pues regresaban a su estancia donde hacían el amor apasionadamente.

    Una vez dio la aprobación a su aspecto, Lidia cogió su bolso, el libro que estaba leyendo, un refresco del frigorífico y salió hacia los jardines que rodeaban la piscina buscando una sombra acogedora. Se tumbó en una hamaca cerca de una de las duchas, y tras colocar la toalla, se tumbó cómodamente. Abrió el bote y procedió a continuar con la lectura cuando el ruido de la ducha le llamó la atención. Un hombre que acababa de salir de la piscina se duchaba con energía, y Lidia, tras echarle un vistazo de arriba a abajo, se sorprendió a sí misma admirando sus trabajados pectorales y abdominales.

    –“Vaya pedazo de hombre” –pensó.–“Qué músculos, y encima es atractivo…”

    Y siguió observando cómo una vez terminó, tomó una toalla y una bolsa de tenis y salió de la piscina camino de las canchas.

    Se sonrió mientras se imaginaba diciéndole a su marido: –“quiero a éste”.

    –“Jorge, devuélveme con globos defensivos mis smatchs”– gritó David desde el otro lado de la pista mientras golpeaba la bola con fuerza. Jorge devolvió la misma siguiendo las instrucciones de su monitor, y cuando éste iba a golpearla de nuevo, retrocedió un par de pasos con tan mala suerte que pisó otra bola descarriada torciéndose el tobillo, cayendo a la tierra batida con estrépito. Un grito de dolor advirtió a Jorge de que no se trataba de un mero incidente, así que corrió rápidamente a atender a David. Lo ayudó a incorporarse y ambos comprobaron que apenas podía apoyar su pie izquierdo.

    Se dirigieron fuera de la pista hacía unos bancos, y tras hacer que David se sentara le examinó el pie con detenimiento.

    –“Parece que es sólo una fuerte torcedura, Hay que poner hielo lo antes posible” –afirmó Jorge.

    –“Pues en el botiquín no hay hielo, me temo” –contestó David con evidentes signos de dolor.

    –“Vamos a mi apartamento. Está muy cerca y tengo gel en el congelador. Te lo pones un rato y verás como esta tarde estarás casi bien ¡Venga, arriba con cuidado!” –ordenó Jorge ayudando a David a incorporarse.

    Recorrieron en pocos minutos el trayecto con David apoyándose en el hombro de Jorge, y al llegar, le sugirió que se tumbara en el sofá–cama con el pie en alto.

    –“Espera, que me quito esto porque si no lo voy a manchar todo con la tierra batida” –comentó David, haciendo alusión a su camiseta y pantalón teñidos de color arcilla.

    –“Vale. Toma el gel, póntelo en el pie mientras voy a recoger el equipo. Ahora vengo.” –respondió Jorge a la vez que salía por la puerta, dejando a David tumbado sobre el sofá vestido tan solo con sus “boxers”.

    Lidia se levantó de la hamaca fastidiada. Una estúpida avispa merodeaba cerca de ella cuando estaba bebiendo un trago del refresco, asustándola y cayendo parte del mismo sobre su bañador. Decidió subir a cambiarse rápidamente sin recoger nada más, así que se dirigió hacia el apartamento. Abrió la puerta con la llave mientras ya se iba soltando los tirantes del bañador para ganar tiempo: había dejado todas sus cosas en la piscina y quería regresar lo antes posible.

    Dejó caer la prenda quedando totalmente desnuda y se encaminó al dormitorio en busca de otro bañador pasando por el saloncito. Se quedó absolutamente petrificada cuando vio al hombre de la ducha tumbado en su sofá. No pudo siquiera reaccionar tapando su desnudez; sus ojos no podían apartarse de los abdominales del intruso, aunque si pudo percatarse del desmesurado bulto que crecía preso por la tela de los boxers…

    Y es que David, a su vez, también se quedó muy sorprendido, pues al oír la puerta pensó que Jorge ya había regresado, y lo que vio fue a una mujer absolutamente desnuda frente a él. No pronunció palabra alguna; su única reacción fue la considerable erección que experimentó el pene con el que la naturaleza le había dotado. Y así pareció que el tiempo se detuvo hasta que ambos se sobresaltaron al escuchar a Jorge hablar tras ellos: –“vaya, veo que ya os conocéis…” La aparición de su marido hizo reaccionar a Lidia, que tras una mirada de pánico corrió hacia el baño cerrando la puerta tras de sí.

    – “¡Pero es que me da mucha vergüenza, me ha visto totalmente desnuda!” –contestó Lidia.

    – “¿Pero tú te has fijado bien?, Bueno, qué tontería, ya me di cuenta de que sí…” –afirmó Jorge tras su pregunta– “David es un castigador, las tiene a todas locas, habrá visto a miles de mujeres desnudas. No sé qué problema tienes con que nos haya invitado a ir al concierto de esta noche. El hombre está agradecido por haberlo atendido tras su caída; nos sentamos un rato, tomamos una copa y nos volvemos si tú quieres.” –intentó convencerla Jorge.

    – “Jorge, de verdad, ve tú si quieres. Yo prefiero quedarme en casa esperándote, es muy violento para mí…¡¡Por favor, no me hagas ir!!” –casi suplicó Lidia.

    – “De acuerdo” –aceptó Jorge– “Te disculparé, aunque creo que sabrá por qué no has querido ir. Intentaré no llegar demasiado tarde, ya sabes…” –sonrió a su mujer guiñándole un ojo con complicidad.

    – “Gracias, cariño”– respondió Lidia con una sonrisa; se acercó a su marido para darle un cálido abrazo susurrándole –“Te estaré esperando…”

    Lidia se dispuso a acomodarse en el sofá del saloncito, y decidió servirse una copa de vino y encender el portátil de su marido para navegar un rato. Mientras accedía a su página de “Facebook”, volvió a su memoria la embarazosa situación acontecida en la mañana, y sin darse cuenta se ruborizó. Sentía una extraña sensación en la que se mezclaban por igual la vergüenza y la excitación, pues no podía por menos que recordar el esculpido cuerpo de David y la reacción de este ante su desnudez. Se sirvió otra copa de vino, y se dejó vencer por la calidez que experimentó en su rostro y en su sexo; minimizó su “Facebook”, abrió “Google” y tecleó “relatos de sexo”.

    Ante ella aparecieron numerosos resultados. Decidió “pinchar” la primera página, y tras investigar durante unos minutos acabó en uno cuyo comienzo le pareció interesante…

    Entre los recuerdos del día, el vino y la lectura del relato, Lidia entró en un estado de excitación tal que decidió mandarle un mensaje de móvil a su marido: “Cógelo…” Una vez pulsó “enviar”, se desnudó y se metió en la cama con el portátil leyendo otro relato esperando que Jorge regresara pronto, pues de lo contrario, algo tendría que hacer.

    Jorge estaba sentado en una mesa disfrutando de su tercera cerveza en compañía de David, muy recuperado de la lesión gracias a la ayuda de su alumno. Ambos escuchaban entusiasmados una banda de versiones que sonaba realmente bien, cuando la vibración de su teléfono le advirtió de la entrada de un mensaje. Lo sacó del bolsillo del pantalón mientras David lo observaba intrigado, más aún al percibir el gesto de sorpresa de su acompañante.

    –“Espero que no sean malas noticias” –comentó.

    –“No, no; no es eso, es de mi mujer…” –respondió Jorge.

    –“¿Qué pasa, que no se fía de mí?– ironizó David entre risas.

    Jorge se quedó en silencio releyendo una y otra vez más el escueto mensaje… “Cógelo…”. Su mente empezó a bullir descontroladamente, alzó su mirada hacia su acompañante, se inclinó sobre la mesa y habló con voz queda: –“David, quiero comentarte una cosa…”

    No había transcurrido mucho tiempo cuando Lidia sintió cómo se abría la puerta de la calle. Cerró el portátil y se tapó con la sábana hasta el cuello con la vista fija en la entrada del dormitorio. A los pocos segundos apareció su marido en el umbral desabrochándose los botones de sus jeans mientras miraba con ojos de deseo a su esposa que yacía sobre la cama, y que segundos después levantaba la sábana dejando al descubierto su total desnudez.

    A partir de ese momento, ambos desataron sus anhelos reprimidos durante todo el día, sumergiéndose en una coreografía de caricias, besos y pasión, adoptando diferentes posturas y dándose placer mutuamente con la mayor generosidad, demostrándose todo el amor que sentían el uno al otro. Finalmente, Lidia se recostó sobre su costado izquierdo, y Jorge, situándose tras ella, comenzó a abrirse paso hasta el sexo de su mujer, el cual estaba totalmente lubricado y receptivo. Introdujo su pene con facilidad, mientras que con su boca chupaba y lamía el pezón derecho de Lidia. Ella, a su vez, movía las caderas, golpeando sus glúteos contra la pelvis de su marido.

    Entonces Lidia pronunció la palabra mágica:

    –“Cógelo…”–, reclamando con ella sentirse totalmente plena, inundada, invadida, extasiada.

    –“El pene de David debe ser tan grande como éste”– afirmó Jorge acercando el juguete hacia al sexo de su mujer. –¿No crees? –interpeló. Lidia, con los ojos cerrados, comenzó a gemir por toda respuesta, pero Jorge insistía: –“¿No te gustaría que fuera el de David?” –volvió a preguntar. Lidia se giró hacia su marido, besándolo con pasión mientras lo abrazaba con su brazo izquierdo pero sin pronunciar palabra alguna.

    Jorge cedió el gran pene a su mujer y ella empezó a introducírselo lenta pero firmemente acompasando los movimientos de la mano y la pelvis mientras escuchaba cómo él le seguía hablando:

    –“Esta mañana te quedaste prendada mirándolo, no digas que no” –la acorraló. –¿Te lo follarías? Vamos, ¡dilo!”

    Lidia había perdido totalmente el control, en su cabeza se agolpaban imágenes de David besándola, de sus abdominales, de su pene, de ella sobre él, de él sobre ella, de ella entre los dos… No pudo contenerse más, y estalló:

    –“¡¡¡Sííí!!!” –confesó con un grito entrecortado – “¡¡quiero que me folléis los dos!!” – gimió con los ojos cerrados.

    Se abandonó al placer mientras su pecho se agitaba sofocadamente, y como en un segundo plano, le pareció escuchar la voz de su marido:

    –“Mira…”.

    Entreabrió los ojos y se encontró de pie frente a ella la figura de David vestido tan sólo con unos boxers iguales a los que llevaba esa misma mañana. Lidia, como flotando en un sueño irreal, se incorporó lo suficiente como para alcanzar el elástico de la prenda y bajarlo lentamente descubriendo el generoso falo del monitor, que saltó respingón agradeciendo su liberación. David ayudó con sus manos a extraer totalmente el calzoncillo, plantándose desafiante ante la mujer con el sexo enhiesto y palpitante.

    Ella, rompiendo todos los tabúes, venciendo su pudor, abandonándose al placer, alargó su mano, tomó el pene de David y se lo acercó a su boca, comenzando a practicarle una felación con la maestría que su marido siempre le alababa…

    Y precisamente eso era lo que más la excitaba; Jorge estaba tras ella, siendo testigo privilegiado del minucioso trabajo oral que Lidia le estaba realizando al invitado, esta vez de carne y hueso. Recorría la longitud del pene con su lengua, volvía al glande, se detenía en el frenillo al que dedicaba especial atención… Intentaba introducirse el pene en la boca, pero apenas le cabía debido a las dimensiones del mismo, así que lo alzaba para tener libre acceso hacia los testículos, totalmente depilados, con los que jugaba alternativamente.

    De vez en cuando soltaba el pene y con sus manos extendidas acariciaba los pectorales y los abdominales de David, como queriendo cerciorarse de que eran reales, de que seguían ahí.

    Mientras tanto Jorge hacía verdaderos esfuerzos para contener su orgasmo; ver a Lidia entregada a la polla a otro hombre con esa pasión teniendo otras dos vergas en su sexo le parecía tan excitante como irreal, y ser espectador de cómo su mujer extraía el dildo, extendiendo los brazos hacia el monitor en señal de invitación para entrar en ella fue el “summum” del morbo.

    Efectivamente, Lidia cesó en la mamada a la vez que se recostaba de nuevo sobre Jorge abriendo algo más la piernas mostrando cómo el pene de su marido seguía dentro de ella. David apoyó ambas rodillas sobre la cama, siendo atraído por Lidia con avidez. Le tomó de nuevo el enorme pene con ambas manos y lo dirigió hacia su vagina. Una vez situado junto a sus labios mayores, soltó una de las manos, agarró la cabeza de David y lo besó con lascivia, susurrándole al oído:

    –“no te muevas, déjame a mí”.

    Inmediatamente, sujetando la gran verga con la otra mano, comenzó un sensual movimiento pélvico que poco a poco consiguió lo que parecía imposible: tener ambas pollas simultáneamente dentro de su sexo. Soltó su mano una vez conseguido su objetivo y la dirigió al firme culo de David dándole luz verde para que tomara la iniciativa.

    Y así, Jorge tras su mujer, y David sobre ella, comenzaron un sincronizado baile de caderas y sexos aderezado con gemidos, sudor y pasión, que acabó con Lidia absolutamente fuera de sí, encadenando incontables orgasmos hasta que Jorge salió de ella al no poder aguantar por más tiempo, dando lugar a que David lo imitara, colocándose de rodillas junto a la hembra, agitando sus miembros para correrse sobre los pechos de ella simultáneamente…

    Cuando hubieron terminado, los dos hombres se tumbaron uno a cada lado de Lidia mientras ella agarraba la polla de David con la mano izquierda y la de Jorge con la derecha. Giró primero su cabeza hacia el invitado regalándole un prolongado y cálido beso, para a continuación hacer lo propio con su marido. Le sonrió pícaramente y sin soltar las vergas de sus amantes le dijo:

    –“tenías razón, necesito dos…”.

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  • Al final el día terminó calentito

    Al final el día terminó calentito

    La verdad es que no era un día óptimo para ir a la playa pues hacia poco sol y algo de viento, a pesar que al salir de casa así lo parecía, pero aun así decidimos ir. Nos gusta mucho ir a una playa nudista de nuestra provincia que se caracteriza por la cantidad de dunas y recovecos que tiene, lo cual permite cierta intimidad pues sin estar escondidos tapa un poco el panorama.

    Normalmente vamos a tomar el sol desnudos, pero claro a veces pasa algo, no siempre. La verdad es que al llegar la playa estaba desierta así que nos pusimos a lo nuestro, tomar el sol desnudos. Durante la estancia como hacia un poco de viento mi mujer se arrimó a mí y claro con el contacto de sus grandes pechos, 120, el bicho se puso morcillón. Al verlo mi mujer comenzó a acariciarlo por encima y este se puso ya en mástil. Claro no se podía desperdiciar por lo que ella comenzó a meneármelo. Al poco de estar en ello paso un señor, como a 10 metros. Tendría unos 50 años pues las canas blancas lo delataban. Él también estaba desnudo.

    Es de los que ella llama legales, porque no nos gusta la gente que va vestida a las playas nudistas, vamos los mirones. Paso de largo pero girando la cabeza para ver el tema. Mi mujer que le encanta provocar por lo que siguió en el asunto, giro la cabeza para ver el tipo, y entonces comenzó a chupármela. El tipo al minuto volvió a pasar cerca, esta vez a unos 5 metros, se paro unos segundos a mirar y luego siguió de largo.

    En eso me dice mi mujer, “Vaya tenemos admiradores” y yo le dije, “bueno mirar es gratis y yo estoy en la gloria con esta mamadita, si quiere mirar que mire, pero tu sigue cielo”. Eso la encendió más pues el ritmo de la mamada aumento. El tipo volvió a pasar y se quedó sentado a 3 metros, mirando. Por suerte la playa estaba desierta y podíamos dedicarnos a lo nuestro.

    La temperatura aumentaba cada vez mas por lo que yo me puse a chuparle las tetas mientras con otra mano me dedicaba a acariciarle el coño. En eso que el tipo se mueve y se queda distante pero por la parte delantera de nosotros con lo que podía ver con lujo de detalles. Yo para calentar mas la situación comencé a abrirle el coño con los dedos, por lo que el tipo podía ver perfectamente el coño de mi mujer y como le metía los dedos. El tipo muy correctamente se limitó a quedarse sentado mirando.

    El calentón de mi mujer la llevó a montarse encima. Abrió sus piernas y se metió la polla en el coño para empezar a cabalgarme. Para esos momentos el tipo ya se acariciaba la polla mientras nos miraba follar. Seguro que podía ver el culazo de mi mujer y mi polla entrando y saliendo perfectamente desde donde estaba sentado masturbándose.

    Mi mujer giro la cabeza y le dijo “si quiere mirar y pajearte no hay problema, pero si ves venir alguien avisa, por favor”. El tipo dijo “no os preocupéis, vosotros seguir a lo vuestro que yo vigilo”.

    De repente el ruido de una moto lejana nos hizo alertarnos, temimos que fuera la policía pues a veces pasa la patrulla con la mito vigilando. Claro se rompo la magia. El tipo nos llama y nos dice “un poco mas adelante hay una duna profunda que tiene cañas por los lados, quizás allí estaréis mas tranquilos sin preocuparse tanto por si pasa alguien”.

    Así pues cogimos las toallas y la bolsa y nos dirigimos al lugar que estaba como a unos 30 metros. Allí encontramos el lugar, una hoyo alargado que estaba totalmente cubierto por cañas excepto una pequeña entrada que le daba el acceso. Tiramos las toallas dentro me tumbé y ella comenzó de nuevo a chupármela. El tipo llegó y se sentó a la entrada del lugar, era nuestro vigilante particular. El vigilaba y como pago podía mirar y masturbarse. En eso que mi mujer se puso a cuatro de cara al tipo y yo comencé a darle desde atrás.

    Cada vez que gemía miraba al tipo con cara morbosa mientras se relama los labios. Luego nos cambiamos, yo me puse tumbado boca arriba y ella se puso de cara al tipo, me cogió la polla, se abrió el coño y se fue metiendo la polla de cara al tipo mientras le decía “¿Te gusta como se abre mi coño y entra la polla?” El tipo que podía ver todo de frente pues estaba sentado a un metro del espectáculo asintió con la cabeza.

    Mi mujer comenzó a moverse enseñando su coño abierto y penetrado por mi polla al tipo. Al poco se giró y cambio la postura para que ahora pudiera ver su culazo montando mi polla. Así anduvimos un rato hasta que me mira a los ojos y me dice “córrete en mi boca quiero que él lo vea”. Me levanté se la puse en la boca y ella la mamó hasta que comenzó a salir leche de mi polla directa a su boca. Salió tanta que se le derramó por la comisura de los labios. Entonces mirando al tipo comenzó chuparlos restos que desbordaban para tragárselo todo entre lametones. El tipo estaba rojo de la excitación, así lo indicaba el color de su cara.

    Entonces me dice mi mujer “pobre se quedó recalentado el señor” y yo le dije “pues si quieres puedes hacerle una paja”. Yo sabía que follárselo no se lo follaría pues ene so somos muy cautos y no nos juntamos con cualquier persona. Así pues mi mujer se gira, lo mira y le dice” si quieres yo te termino la faena para que te quedes aliviado”. Él sonrió y entonces mi mujer se acercó, le tomo la polla con la mano y comenzó se la comenzó a menear. El tipo solo tardo unos segundos en correrse. Se ve que le gustó tanto que se calló de espaldas y todo.

    Entonces ya finalizando la aventura nos limpiamos y con tan solo un “gracias y adiós” nos fuimos dejando al tipo extenuado allí.

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  • Mater amantísima (1)

    Mater amantísima (1)

    Habitación 304 con mi madre.

    Hola, soy Alberto, tengo 31 años, vivo en Madrid y acabo de metérsela a mi madre. Supongo que dicho así les parecerá una monstruosidad, pero si les cuento la secuencia de acontecimientos que me llevaron a que hace unos días follara con mi madre, posiblemente lo comprendan y hasta cabe que lo disfruten.

    Verán ustedes, mi familia la componen mis padres, mi hermana Nuria, tres años menor que yo, y un servidor de ustedes. Éramos una familia de clase bien acomodada, y hasta hace tres años vivíamos en la ciudad de Granada, en el sur de España. A pesar de que económicamente en casa nunca ha faltado de nada, les aseguro que mi familia encajaba perfectamente en la denominación de “familia desestructurada”.

    Los padres de mi madre, mis abuelos, son de San Sebastián, en el norte de España, poseen una fábrica de estructuras metálicas, tienen varios hijos y a mi madre le dieron una educación propia de otros tiempos: piano, bellas artes, filología, pero nada de nada de ser madre y de sacar adelante una familia. Mi padre en cambio procedía de clase baja, pero desde muy joven se dedicó a la construcción y no tardó demasiado en hacerse millonario, en casarse con una señorita distinguida y en echarse una amante tras otra.

    Mi madre era una mujer de esas que saben, pero que no quieren saber, de modo que se dedicó a sus labores, es decir: compras, viajes, tenis, amantes ocasionales y para sus hijos, para mi hermana y para mi, buenas niñeras, buenos colegios, pero ternura y jugar, ni verlo ni olerlo. Ni mi padre ni mi madre poseían valores morales en los que sus hijos se sintieran identificados y sirvieran de referente.

    Yo crecí con rabia y contrariamente a lo que se suponía, desarrollé profundas convicciones basadas en el catolicismo. Fui un excelente estudiante y cuando acabé mi carrera de economista me fui a los Estados Unidos para hacer un Master y al regresar a España me marché directamente a instalarme en Madrid, lejos de mis padres y de mi hermana, que aglutinaba todo lo malo de mi padre y de mi madre.

    Mi traslado a Madrid fue el desencadenante para que mis padres por fin se separaran. Mi padre se fue a vivir con una de sus amantes, mi madre regresó a casa de sus padres en San Sebastián y mi hermana, que en ese momento tenía 25 años y aún no había acabado su carrera, se compró un apartamento y se fue a vivir sola.

    En estos tres años yo monté en Madrid, junto a un compañero de carrera, una sociedad basada en estudiar empresas en crisis, analizar su viabilidad, involucrar a los trabajadores en el plan de reflotación, inyectar dinero fresco y hacernos con el control de la empresa. Quizás les parezca algo tópico, algo de película, algo rebuscado, pero nada más lejos de la realidad, mi socio y yo formamos un equipo de ganadores, tenemos don de empresa y sobre todo somos muy trabajadores.

    En la actualidad ya poseemos cuatro empresas que suman más de 2.000 trabajadores y francamente el negocio nos va de cine. En estos últimos años yo no he querido saber absolutamente nada ni de mis padres ni de mi hermana. Como les dije crecí con rabia y con valores morales y me desentendí cuanto pude de mi familia, pero hace unos días recibí una llamada de mi hermana, que actualmente cuenta 28 años, para pedirme que asistiera a su boda.

    La verdad es que acepté en el acto, para serles franco me apetecía saber de ellos. Sabía que mi madre estuvo un tiempo con depresión, sabía que a mi padre últimamente los negocios no le iban tan bien y sabía que mi hermana tenía un novio médico. En fin, asistiría a la boda y ya se vería cómo iban las cosas por Granada, aunque debo decirles que últimamente también yo había cambiado sustancialmente, primero porque aprendí mucho de mis trabajadores y segundo porque decidí abandonar una orden religiosa en la que militaba desde la adolescencia, la rabia de vivir a estas alturas ya la tenía muy desdibujada.

    Mi hermana me había dicho que si quería podía recoger a mi madre en el Aeropuerto de Madrid, que venía de San Sebastián y tenía que hacer escala en Madrid, y viajar juntos a Granada, pero le dije que no, que viajaría en mi propio coche y que nos encontraríamos en la ciudad. La boda era el sábado a la una del mediodía, pero me citó en un hotel, en las afueras de Granada el viernes por la tarde. Llegué al hotel como a eso de las cinco de la tarde, era de los primero en llegar, pero allí estaba mi hermana y su novio en recepción esperándome. La besé fríamente, pero ella me abrazó cálidamente, me presentó a su novio, me dio las gracias por asistir y me pidió perdón.

    -¿De qué te tengo que perdonar? Le pregunté intrigado. Ella no dijo nada, me volvió a abrazar aún más cálidamente y me susurró a oído:

    -Te hicimos tanto daño.

    Yo no dije nada, me limité a seguir sus instrucciones. Resultaba que el hotel era propiedad de la familia del novio, tenía casi 100 habitaciones, pero los invitados a la boda eran muy numerosos. Me dijo que estaban muy justos de habitaciones y que si no me importaba compartir mi habitación con nuestra madre. Yo me ofrecí a instalarme en otro hotel, pero mi hermana me insistió en que compartiese mi habitación con Cayetana, nuestra madre. No puse más reparos y subí directo a instalarme en la habitación.

    Apenas había terminado de cambiarme de ropa cuando mi hermana reclamaba mi presencia en la recepción del hotel. Quería que yo la acompañase junto a su novio para ir recibiendo a los invitados. Como pueden suponer acepté y bajé sorprendido por lo cambiada que encontraba a mi hermana Nuria.

    Los invitados fueron apareciendo y enseguida apareció nuestro padre con su amante de turno. No me dijo nada, no pudo articular palabra alguna, sólo se abrazó a mí, y mi hermana al verle tan emocionado le separó y le pidió a su compañera que subieran a la habitación y que se tranquilizara un rato. Apenas media hora más tarde, como a eso de las siete de la tarde llegaba mi madre al hotel.

    Mi madre tiene actualmente 54 años, y si tuviera que definirla con una sola palabra, sin lugar a dudas la palabra seria: atractiva. Contrariamente a mi padre, mi madre llegaba risueña y feliz. Se abrazó primero a mí y después a mi hermana. A ella la veía con asiduidad, a mí hacía tres años que no me veía. Mi hermana me pidió que la ayudase a instalarse en su habitación, cogí su maleta y subí con ella en el ascensor en busca de la número 304, una suite amplia y de lujo del hotel.

    Nada más quedarnos a solas en el ascensor mi madre se abrazó a mi cuello, me besó en los labios, me miró a los ojos y con tono grave me dijo: lo siento hijo, he sido tan mala madre para ti.

    Yo, hasta ese preciso momento, había mantenido intacta mi postura: estirada, distante y poco participativa, pero mi madre me desarmó, fue la primera vez en mi vida, que yo recuerde al menos, que recibía una caricia de mi madre.

    Me abracé a ella y la colmé de atenciones en la habitación. Apenas habían pasado unos minutos cuando mi hermana estaba golpeando la puerta de la habitación. La abrí y nada más entrar ya estábamos los tres abrazados y riendo juntos. Las lágrimas habían desaparecido y ya todo eran sonrisas. Mi hermana nos volvió a dejar solos en la habitación y mi madre se fue a dar una ducha para bajar a la recepción.

    Yo creo que fue la emoción del momento o el inesperado reencuentro con una madre que nunca disfruté, pero me sentía especialmente contento con mi madre… o quizás confuso, y, sin pensarlo, entré en el cuarto de baño y le dije a mi madre que yo la secaría con la toalla. Ella salió encantada por el ofrecimiento y yo envolví su cuerpo desnudo con la toalla y froté ligeramente su cuerpo empapado por la ducha.

    Ahí es cuando descubrí a Cayetana, una mujer sensual, cálida, llena de redondeces; su cuerpo mojado desprendía un fascinante olor, yo entreabrí la toalla y aspire con ansias el perfume que emanaba de su cuerpo, deje caer la toalla al suelo y fueron mis brazos, mis manos, mi cuerpo los que acariciaban sus hombros, sus cabellos, sus nalgas.

    La estancia se llenó de vaho y el espejo del baño me devolvía una imagen opaca de una mujer acariciada por las manos nerviosas de un hombre. Algunas gotas de agua serpenteaban por la luna y la imagen que reproducía era nítida pero incompleta, pero poco a poco el espejo se fue secando de abajo hacia arriba y ahora ya se podía apreciar en toda su majestuosidad aquel cuerpo esplendoroso. Estaba tan entregado en acariciar a mi madre y colmarla de atenciones que no fui capaz de advertir a tiempo lo que estaba sucediendo con mi pene.

    Se había puesto duro, bueno se había puesto a reventar y lo tenía encajado entre los muslos de mi madre. Había tenido una erección descomunal, quizás como nunca antes la había tenido. Quedé fascinado, hechizado y desde luego aturdido por la azarosa situación con mi madre, aunque ella reaccionó con total naturalidad, me miró a los ojos, esbozó una sonrisa de picardía y me dijo:

    -Hijo, que tienes voto de castidad, a ver si lo vas a romper por mi culpa- Yo recompuse como pude la compostura y le dije que no, que hacía unos meses que había roto el voto de castidad.

    -Cuesta un imperio mantenerlo y he llegado a la conclusión de que el mundo no será mejor por abstenerme de tener relaciones sexuales ni peor por follar cuando se den las circunstancias. Lo de las relaciones sexuales es un hecho trascendental en la evolución de la humanidad, pero El Vaticano está obsesionado y ve pecado donde sólo hay deseo de perdurar y de evolucionar, los he mandado a paseo- Ella se alegró de la noticia y me animó a que recuperara el tiempo perdido, justo, justo lo mismo que yo venía planeando desde hacía unos meses.

    Mi madre terminó de arreglarse y cuando estuvo lista me invitó a que bajásemos a la recepción, donde nos esperaba mi hermana. Obviamente estábamos en la misma habitación y yo no perdí detalle al ver vestirse a mi madre, elegante, glamorosa, seductora, aunque tampoco se me despistó un pequeño detalle y se lo dije:

    -No llevas bragas- Ella me miró pícaramente, me guiñó un ojo y no dijo nada. Salimos de la habitación del brazo y estoicamente esperamos a que llegase el ascensor. A mí esta situación nuevamente me estaba poniendo revolucionado. Yo del brazo de una mujer de bandera y ella sin bragas, bueno, era mi madre, pero joder, joder como me estaba poniendo mi madre.

    Llegó el ascensor, nos metimos dentro y sencillamente me abalancé sobre ella. La besé en la boca, le metí atropelladamente mi lengua en su boca y nada más encontrarme con su suave y ensalivada lengua comenzó un auténtico recital en su boca. Nuestras lenguas se entrelazaban, se buscaban ansiosas, se encontraban y se estrujaban, se separaban recorriendo aventureras las oquedades de la boca y nuevamente se buscaban para fundirse entrelazadas en un beso interminable, bueno, quizás no tan interminable, porque el clic del ascensor nos anunciaba que el viaje había terminado.

    Dicen que un momento puede valer toda una vida, créanme, para mi este escaso minuto dentro del ascensor con mi madre me recompensó sobradamente de las mil y una carencias de mi infancia, me sentía pagado, me sentía hechizado… me sentía en una nube.

    Y por sentirme, me sentía empalmado al salir del ascensor. Traía una erección de cuidado. Mi madre se dio cuenta y se colocó delante de mí para tratar de disimular lo indisimulable y empezó mi calvario. Presentaciones, saludos, abrazos. Joder ¿ustedes han experimentado en carnes propias lo difícil que es abrazar a un desconocido empalmado?, ¿O acaso han experimentado lo embarazoso que resulta abrazar a una distinguida dama de la mejor sociedad sin poder evitar restregarle su empalmadísimo pene entre sus muslos?, pues eso, que así, en esa penosa situación discurrió el acto de presentación de las familias de los contrayentes.

    Los novios eran el foco de atención, yo la pieza más codiciada de la reunión, pero desde luego la estrella indiscutible era mi madre. Me sentía como El Graduado y la Señora Robinsón, todos querían saludarme y proponerme un negocio fabuloso, pero mi madre era un derroche de glamour, me miraba, se me insinuaba, se reía, se hacía la despistada, pero no dejaba de seducirme. Nos sentamos a la cena y mi madre me quedaba muy lejos.

    Yo en una mesa entre pollitas ñoñas y señoritos andaluces, de mucha fachada y pocos cimientos, mi madre entre respetabilísimos prohombres de la sociedad andaluza y enjoyadas damas que saben pero que callan, como mi madre en sus peores años, como mi padre en sus peores años, pero no ahora, a ambos les miraba de reojo y ambos me parecían personas dignas.

    Y la velada dio para poco más, de modo que después de horas de charlas entre unos y entre otros, mi madre me vino al rescate y me propuso irnos a la cama porque según decía -Mañana será un día largo-. Mañana no sé, pero esta noche sí que me parecía a mí que iba a ser larga.

    Cuando entré con Cayetana, mi madre, en el ascensor de regreso a la habitación 304 llevaba una calentura de cuidado. Me obsesionaba desde que salí de la habitación el hecho de que mi madre no llevase bragas, de modo que comprenderán mi torpeza y falta de tacto al meterla directamente mano a su entrepierna. La encontré receptiva, ligeramente mojada, y razonablemente caliente, pero Cayetana se mantenía serena y seductora. Se dejó meter mano, se dejó sobar el culo, se dejó sobar las tetas, pero mantuvo la distancia, justo, justo hasta entrar en la habitación y quedarnos solos, madre e hijo frente a frente.

    Ahí se tornaron los papeles. Yo la cogí en mis brazos y la deposité con suavidad, con ternura en la cama. La desvestí con delicadeza, ella me desgarro la camisa a jirones, yo busqué sus labios para besarlos, ella los míos para morderlos de rabia, de pasión, de fogosidad, yo quería recuperar las caricias perdidas, ella sencillamente quería purgar a lo bestia los años de desencuentros. Lo nuestro no fue follar, fue desquitarnos. Me subí encima de mi madre y casi sin darme cuenta se la metí. Ella no daba crédito a lo que estaba pasando, pero se entregaba apasionadamente.

    Yo apenas sabía lo que era follar pero aprendía rápido, no había sido consciente hasta ahora de que follar fuese tan jodidamente satisfactorio, porque de saberlo habría mandado a mi congregación a los infiernos hace años. Cabalgué toda la noche encima de la diosa Cayetana, caímos exhaustos y rendidos por el sueño, pero no se la saqué, cayó la erección, pero no mis ansias de poseerla, de modo que se la tuve metida toda la noche.

    Al día siguiente, el día de la boda, en efecto fue un día largo. Yo estaba rendido, pero cumplía excepcionalmente mi papel. Entendí la suerte de varas en las corridas de toros, yo estaba picado de tal suerte que lo bordé, pero como a eso de la media tarde empezó a fraguarse en mi cabeza una idea que me atormentaba desde hacía meses. Nunca había practicado sexo oral y la sola idea de poder hacerlo algún día fue el desencadenante de desembarcarme de la orden religiosa. Esta noche, si me atrevía, podría hacerlo con mi madre.

    La idea fue tomando cuerpo y una de las veces que bailé con Cayetana le susurre al oído una confesión inconfesable: “nunca he practicado sexo oral”. Ella era una mujer valiente y creo que mi confesión la hizo verme como un hijo desamparado que solicitaba la protección de su madre, o quizás no, quizás sencillamente a la señora Robinsón le halagaba en su madurez sentirse joven y deseada por un apuesto y atractivo hombre joven, de modo que su respuesta fue la que esperaba, quizás la que deseaba: “esta noche yo te enseñaré”.

    Y esa noche, nada más traspasar el umbral de la puerta de la suite 304 del hotel de la familia de mi cuñado, cogí a mi madre, la apoyé tras la puerta de madera de caoba cuidadosamente barnizada, deje caer al suelo su vestido de seda natural de color azul celeste, me arrodillé delante de ella, le arranqué sus bragas a mordiscos y excitado por la emoción y tembloroso por la situación, alargué mi convulsa lengua y la paseé suavemente por la comisura de los labios externos del chocho de mi madre. Fui, fuimos presa de la fascinación del momento.

    Poco a poco mi lengua profundizaba hasta encontrarse con su estimulado clítoris. El encuentro fue apoteósico, yo babeaba, lo lamía, me relamía, ella se retorcía, suspiraba, gemía. Mi lengua poco a poco cobraba fuerza y donde empezó con suaves e imperceptibles caricias ahora era una auténtica y potente batidora que sacudía todo el sistema nervioso de mi madre. Ella, enfurecida, alargó sus brazos y cogió entre sus manos mi cabeza y la hundió cuanto pudo entre sus piernas.

    Tal parecía que buscase inútilmente la forma de volver a introducirme dentro de ella, pero lo que encontró fue un demencial orgasmo que la hizo lanzar un gemido de placer que, posiblemente, dejara confuso y perplejo a más de un invitado a la boda de mi hermana.

    Al regreso le ofrecí llevarla en mi coche hasta Madrid para allí tomar su avión de regreso a San Sebastián, y aceptó. Ya en Madrid, le ofrecí que se quedara un día en mi casa y podría tomar el avión de regreso más descansada, y aceptó. Ya de noche, en mi cama y follándola le ofrecí que se quedara a vivir conmigo en mi casa, como mi madre, como mi compañera, como mi amante, como mi cómplice…

    … y aceptó.

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