Blog

  • Buscando mi placer

    Buscando mi placer

    Se levantó muy caliente y con ganas de sexo. Yo desperté distinta a otros días, un poco calentita, mojadita y super excitada.

    Por mi cabeza solo pasaba la idea de sentir con todo mi cuerpo. Ya era tarde para ir a trabajar así que apurada fui a bañarme, las imágenes y recuerdos calientes seguían en mi mente, así que como un instinto más comencé a jugar con mis lolas mientras me bañaba, una cosa llevo a la otra y mi mano comenzó a bajar para jugar con mi ya mojadísima y caliente conchita. Mis dedos jugaron hasta darme el placer que tanto buscaba, ya tarde salí a trabajar, pero la verdad es que en vez de tranquilizarme, esa ducha me dejo más caliente todavía.

    No podía pensar en otra cosa que no sea mi propio placer. Llegué al trabajo y el tiempo no pasaba más. Ya al salir, tarde, necesitaba más, esta como nunca, manejando sin pensar en otra cosa, algo hizo que tome otro camino, y por casualidad termine en el barrio de él, no sé si por casualidad o mi inconsciente me traiciono, sabía que era la hora en que vuelve del trabajo. Yendo despacio por la avenida lo veo bajar del colectivo, me acerco con el auto, bajo la ventanilla y con una sonrisa le pregunto si quiere que lo alcance a su casa.

    No tardo en decirme que si y se subió al auto, salimos y comenzamos a hablar, de cualquier cosa, pero en mi mente solo pasaba una cosa. El viaje no era muy largo, no pasaba de tres cuadras así que cuando llegamos a la esquina de su casa no detuve el auto, simplemente seguí, el me preguntaba a donde íbamos, yo no decía nada, solamente sonreía, me dirigí decidida al hotel mas cercano, entramos y desde el auto arreglé con el conserje y me dio la llave de la habitación, él no decía nada.

    Paramos en la cochera y me acorde que en el baúl tenía una soguita, le dije que me esperara en el auto que tenía que buscar algo, traje la soga y le pedí que cierre los ojos, con una pañuelo grande le tape los ojos y con la soga le ate las manos, bien fuerte, para que no se desate. Abrí su puerta y lo llevé a la habitación, él no decía nada, solo caminaba detrás mío, mientras yo lo traía de la soga. Subimos y lo senté en la cama apoyado en el respaldo, puse música y empecé a bailar arriba de la cama, me llamo la atención que no decía nada, solo sonreía.

    Le saqué la venda y empecé a bailar acariciándome todo el cuerpo, empecé a sentir ese calor interno y me dio muchas ganas de tocarme, me desabroche la camisa frente a él y me la saque de un tirón para su sorpresa, me acariciaba los tetas sobre el corpiño y me lo desabroche mientras con una mano me lo tenía para que no se me caiga.

    Recién en ese momento empezó a hablar, me dijo “quiero verlas” a lo que le dije que no con la cabeza. Ya podía ver como en su pantalón se notaba el efecto de mi baile, le di la espalda y me saqué el corpiño del todo, el siguió pidiéndome, pero le advertí que si no paraba de hablar el show terminaba.

    Se calló en el momento, me quede solo con el jean puesto, ya que desde un principio me había sacado las sandalias, así de espaldas arrodillada apoyando la cola en mis talones comencé a tocarme mas precisamente, moría de ganas de tirarme encima pero me controlaba, empecé a acariciarme las tetas y por naturaleza empecé a gemir y lanzar pequeños suspiros, me arrodille levantando la cola para desabrocharme el jean y metí mi mano dentro buscando mi conchita que para entonces ya hervía, me acosté boca abajo dando la espalda, y levante levemente la cola para poder trabajar tranquila dentro de mi bombachita, la verdad alcance un orgasmo de solo pensar lo tanto que me estaba deseando.

    Me quite el pantalón quedándome solo en bombacha y tapándome las tetas con una brazo me di vuelta, nunca me sentí tan deseada como en ese momento, el seguía atado, su erección podía verse por encima del pantalón, yo me sentí más que poderosa, yo tenía lo que tanto él quería y todavía no iba a dárselo.

    Noto que en una mesa había una botella de Chandon, voy a buscarla moviendo bien la cola mientras caminaba, sabía que me estaba mirando la traigo y la sacudo un poco, la abro y cuando comienza a salir me lo tiro sobre las tetas, acercándoselas a la cara para que pueda chuparlas, nunca jamás me chuparon mis lolas de esa manera, parecía desesperado, como si jamás lo hubiera hecho, me seguí tirando lo que quedaba para que tome un poco de chandon, todavía tenía media botella, así que podía seguir jugando.

    Le pedí que abra la boca y le di una puntita de mi bombacha para que la muerda, y le dije, “si me la sacas tenés un premio”, me la arranco de un tirón con los dientes, yo estaba que volaba. Volqué lo que quedaba en la botella en mi panza y comenzó a deslizarse hacia mi conchita, él se abalanzo y comenzó a chuparme tomando todo el champán, continuando con mi juguitos, no sé cuánto tiempo estuvo pero me hizo acabar varias veces, y solo con su boca, porque seguía atado.

    Estaba loca de placer y moría por sentir su verga que todavía estaba guardada en el pantalón, se la saque casi como una desesperada moría por sentirla en mi boca y no me hice esperar, la chupe como nunca antes, saboreando cada rincón, sintiendo cada calor.

    Le saqué los pantalones y le levante la remera por encima de la cabeza para sentir su cuerpo, me dedique a chuparle los testículos, mientras mis manitas seguían recorriendo su verga, note que estaba por acabar, así que me la puse en la boca y empecé a chupársela de nuevo, acabo parte dentro de mi boca y parte en mi cara, me encanto sentir su sabor en mi lengua y esparcí lo que estaba en mi cara por todas mis tetas, realmente era mucha leche. Termine rendida, mojada en transpiración, chandon y leche.

    Me pidió que lo desatara, pensé que él estaba cansado, y como pude, casi sin fuerza lo desate. Se abalanzo sobre mí, me dio vuelta dejándome boca abajo y empezó a pasarme la lengua por el cuello, yo no tenía fuerzas ni para formular una palabra, bajo por mi espalda con su lengua hasta mi cola donde se detuvo, abrió mis cachetes con sus manos y hundió su cabeza llegando con su lengua a lo más íntimo de mí.

    Al principio no me gustaron sus besos, pero a medida que tenía mi cola más mojada, más me gustaban, así de despalda lo tome de la nuca, para que no saliera y disfrute con mi cola, buscando que su lengua entre mas y mas. En un momento veo que se separa de mí, pone un almohadón en mi panza y acomoda su verga, en la entrada de mi conchita, que estaba a mil.

    De un empujón me la metió toda, me sentía en el cielo y acabe en muy poco tiempo, siguió dándome dos hermosos orgasmos mas, me la saca y todavía la tenía super dura.

    Yo estaba rendida, empieza a ponerme en la colita una especie de gel y a meterme un dedito suavemente, estaba incomoda, pero me empezaba a gustar, yo de espalda no veía nada, cuando estaba bien untada con la crema apoyo su verga en mi cola y empujo suavemente, entrando solo un poco, la dejo unos segundos así y yo misma sentía la necesidad de tenerla adentro y empecé a empujar hasta que entro la mitad o mas. Sentía dolor, pero no me importaba, solo quería tenerla adentro. El empujo mas hasta que entro toda, empezó a bombearme despacio y el dolor se convirtió en placer.

    Acelerando de a poco sentía que me dividía en dos pedazos con sus manos jugaba con mi conchita y me sentía mejor todavía, acabo dentro mío, sentí como su leche caliente inundaba todo mi interior, pero esta vez era distinta a otras, me sentía muy rara y cansada. Creo que en ese momento me dormí, desperté cuando me alzaba en brazos llevándome al hidro donde me acostó, el agua estaba con la temperatura justa y las burbujas masajeaban cada rincón de mi cuerpo.

    Con una esponja me enjabono toda, desde afuera del hidro, me sentía una princesa, a la que le daban todos los cuidados, me dejo un rato relajándome y me saco del agua, me seco dulcemente y me vistió. Fuimos al auto y manejo a mi casa, estaciono en la entrada de mi casa, espero que entrara y se fue caminando. Dormí como nunca, pensando en cuando lo repetiría.

    Loading

  • Infidelidad en la oficina con la hijastra de mi jefe

    Infidelidad en la oficina con la hijastra de mi jefe

    Sus manos recorrían mi cuerpo mientras mi mente se evadía en busca de recuerdos más felices. Y el nombre de Lucía vino a mi cabeza. No era posible. ¿Cómo iba a pensar en ella?; estaba haciendo el amor con mi novia de toda la vida, con la que me iba a casar en unos pocos meses, y sin embargo… Ese maldito nombre martilleó en mi cerebro cuando exploté en la boca de mi pareja.

    Nunca antes le había sido infiel. La quería más que a nada en este mundo; me había ayudado mucho a superar mis miedos, y a darme cuenta que la vida no es tan oscura como yo pensaba. Llevábamos juntos tantos años que casi había perdido la cuenta; bueno, ¿a quién pretendo engañar?, salíamos desde que ambos contábamos con apenas 20 años, y ahora vamos por los 33; mucho tiempo juntos y nos queremos incluso más que antes si es posible.

    Y de la noche a la mañana mi mundo cambió, llegó el caos, el terremoto. Cuando la vi entrar en la oficina… ¡qué mujer! Nos quedamos todos mirándola, caminaba como si no llegase a pisar el suelo y su pelo negro flotaba tras ella. Jamás había visto un pelo como el suyo. Negro como el azabache, incluso más oscuro si cabe, que hacía que su rostro pareciese más pálido de lo que ya era, y unos ojos verdes llenos de hielo. Era casi fantasmagórica, pero demasiado bella para dejar a cualquier hombre indiferente.

    Creo que todos los miembros de la oficina se irguieron a su paso, ya saben a lo que me refiero, pero era una reacción natural a lo que nos tendríamos que acostumbrar, pues iba a ser nuestra nueva compañera de trabajo. El resto de mujeres no quería que ella tuviera este destino, pero al ser la hijastra del jefe le había dado un puesto importante en la empresa.

    Pensar que yo había tenido que pasar por una entrevista como todo el mundo… y esa maldita zorra… Sentí celos nada más verla; celos, sí, yo era el hijo verdadero del jefe, y ella… sólo la hija de la puta con la que se acostaba cuando estaba casado todavía con mi madre, ni siquiera llevaba su sangre, y le había dado el mejor puesto de la compañía.

    Llegué incluso a imaginar que esa tía se tiraba también a mi padre, y la sola imagen de ellos dos juntos me hizo estremecer.

    Tuve la mala fortuna de que la asignaran a mi equipo de trabajo como coordinadora. Encima tendría que aguantarla todo el tiempo. Fui a hablar con mi padre de inmediato, la única respuesta que obtuve de sus labios fue: “Es más buena que tú en todo. Aprenderás mucho”.

    ¡Viejo cabrón! Según él yo nunca había hecho nada que mereciera la pena, nunca había estado a su altura, y ahora me metía a la hija de su amante como jefa. Si no hubiese sido por el recuerdo de mi novia le hubiera matado allí mismo, se lo merecía.

    Mi novia, mi salvadora, la única cuyo recuerdo hacía que me calmase. Pensar que se lo iba a agradecer de aquella manera.

    Con el paso de las semanas descubrí que Lucía no era como yo pensaba. Realmente era muy buena en el trabajo, pero tenía algo en su presencia que hacía que cada vez que se acercaba sintiéramos frío, era como si no tuviera corazón, y lo hubiese sustituido por un pedazo de hielo, pero aun así… No podía evitar excitarme cuando la tenía cerca.

    Nos tocó por fin un trabajo de los buenos, en el que tendríamos que pasar muchas horas en la oficina. Me sentía cansado y nervioso en su presencia, absorbía la energía de todos y ella nunca parecía agotada. Es más; los días que nos quedábamos hasta tarde parecía que se llenaba de vida.

    Algo salió mal; ahora no recuerdo que fue, sólo sé que mi padre nos llamó a todos al despacho y nos dijo que alguien había metido la pata en el proyecto, que éramos unos inútiles y que Lucía y yo tendríamos que pasar el fin de semana en la oficina trabajando para poder presentarlo a tiempo.

    Tuve que llamar a mi novia para anular planes, pues ese fin de semana nos íbamos a ir fuera, se lo había prometido hacía mucho tiempo. Me sentí fatal al tener que cancelarlo, ella se lo merecía. Incluso los días que yo llegaba tarde a casa por culpa del trabajo ella me esperaba despierta con una sonrisa para charlar un rato y darme ánimos. Y pensar que tenía que pasar un fin de semana entero con esa bruja… joder, era superior a mis fuerzas.

    No sé cómo pasó; recuerdo una conversación sin lógica entre Lucía y yo, la caída de un vaso de su mano y que se cortó un dedo con los cristales cuando los fue a recoger; me acerqué a ella para ayudarla y curarle la herida, le puse un tirita, y pensé que aunque pareciese algo irreal era humana pues sangraba. Menudas tonterías se pueden pasar por la mente de uno cuando quiere negar lo evidente.

    Sin darme cuenta la estaba sujetando de las manos y besándola apasionadamente, y ella me estaba devolviendo ese beso. Sus labios eran suaves y muy jugosos; su largo pelo negro parecía revolotear alrededor de nuestras cabezas. Le solté sus manos y me empezó a acariciar todo el cuerpo, con desesperación, como si no hubiese mucho tiempo.

    Sentí sus manos deslizarse por mi pecho para desabrocharme la camisa, botón a botón, y con cada botón yo iba bajando poco a poco la cremallera de su vestido.

    Quedamos los dos desnudos, o, mejor dicho: yo en calzoncillos con mi pene completamente erecto, y ella desnuda del todo; me sorprendió darme cuenta que no llevaba ropa interior. Me la había imaginado muchas veces así, pero quitaba esa idea de mi cabeza al recordar a mi novia.

    Me empecé a sentir algo culpable por lo que estábamos haciendo y sentí como si me estuviese leyendo el pensamiento. “Una vez solamente, por favor”. “No se va a enterar nunca”. “Lo deseas tanto como yo”. Y me dejé llevar. Jamás había sentido algo tan excitante. Su lengua me recorrió por completo. Había perdido el control de la situación y me dio igual. Quería que ella me hiciese todo lo que quisiera. Pensé que así no tendría tanto remordimiento después.

    Solté un gemido cuando sentí su lengua en mi ano; nadie antes había jugado en esa zona… y me estaba encantando, mi verga parecía que iba a explotar; sentí como iba introduciendo sus dedos en él y yo no podía dejar de gemir. Ella paró de pronto y se lanzó hacia mi polla; la engulló como si hiciese mucho tiempo que no sentía una tan cerca. Estuve a punto de acabar en su boca. Menuda lengua tenía. Tan pronto me daba suaves mordisquitos como me lamía como si fuese una piruleta, chupaba mis huevos, los masajeaba, los metía en su boca y los escupía. Conseguía meter toda mi polla hasta el fondo de su garganta.

    La tengo de un tamaño considerable, 19 centímetros de los que me siento orgullo. Sabía que estaba a punto de acabar en su boca pero no me lo consintió. Me la mordió y grité de dolor. Un simple “aún no cielo, quiero sentirme llena de ti” me bastó para que todo el odio que sentía hacia aquella mujer volviera a surgir. La tiré al suelo dándole la vuelta y la puse a cuatro patas. “Ahora vas a ser mía, zorra”. Y se la clavé, Muy fuerte, muy dentro, mientras le daba azotes en su culo. La muy puta disfrutaba. Me decía que así disfrutaba mi padre con su madre, que era igual que él.

    Creía que la iba a partir en dos con mis fuertes embestidas, pero me daba igual, quería que sufriera. Se la saqué de su coño empapado y se la metí de golpe en su culo, el cual ya estaba rojo de las cachetadas que le estaba dando. Gritó de dolor, y entonces pasó. Se la saqué, sin correrme, la di la vuelta, la acaricié, y la besé con amor. Pasé del odio al amor en una fracción de segundo. No podía dejar de besarla y acariciarla, quería que me perdonara por haberme portado tan bruscamente, y ella me devolvía los besos con el mismo amor que yo.

    Pasamos de la lujuria al amor, nos acariciamos despacio, como si el tiempo se hubiese detenido para nosotros. Y la hice el amor, como jamás antes lo había hecho; ni siquiera con mi pareja. La olvidé en ese momento, ya me daba igual todo.

    Aquella joven de 24 años recién salida de la universidad, de pelo azabache y ojos verdes, tan blanca como el papel, hijastra de mi padre, de nombre Lucía me había conquistado, quería estar con ella el resto de mi vida.

    Con un gemido llegamos juntos al orgasmo, llené su interior con mi esencia y nos prometimos amor eterno.

    Pero esa clase de amor no existe; a la semana ella desapareció del trabajo sin dejar rastro, ni se despidió de mi padre; simplemente dejó una nota: “Es mejor así”.

    Volví de mis recuerdos con mi polla todavía dentro de la boca de mi novia; subió hacía mí y me dijo: “Te quiero, Carlos”; sin darme cuenta respondí: “Te amo, Lucía”.

    Y una lágrima de dolor salió de sus ojos.

    Loading

  • La picazón oportuna

    La picazón oportuna

    Hacía unos días que venía teniendo una picazón molesta en algunas partes de mi cuerpo. A simple vista parecía que eran pequeños granitos los que habían aparecido, pero luego de verlos bien y por la cantidad que habían salido me incliné a pensar que se trataba de alguna enfermedad eruptiva, de esas que son muy molestas y que tardan mucho en irse.

    Por eso, algo temeroso y dudando, decidí sacarme de una buena vez la duda que tenía. Fui al servicio de dermatología del hospital que voy siempre. Al llegar, me hice anunciar, y me quedé esperando hasta que mi turno llegara. Sólo éramos tres los que esperábamos: una pareja joven y yo.

    En un momento determinado, desde uno de los consultorios salió una doctora, de aproximadamente cuarenta años, estatura mediana, pelo castaño enrulado, de silueta delgada y muy poco simpática. Si bien yo estaba algo distraído pude percibir de alguna manera que me dio un rápido vistazo y pude escuchar: “Dejá que se lo tomo yo”. Se ve que en ese día la solidaridad de esta doctora para aliviar el trabajo de sus colegas era mayor de lo común.

    Dijo mi nombre y ambos fuimos al consultorio correspondiente. Al entrar ella ya estaba sentada, lista y al saludarla esbozó una sonrisa sugestiva. Su manera de mirar me intranquilizaba, no sé por qué. Yo lo único que quería era que esa maldita picazón no perturbara más a mi cuerpo. Le conté mi problema, a lo cual ella me pidió que le mostrara las zonas afectadas. En primer lugar, me quité el pullover azul oscuro, luego me desabroché la camisa del mismo tono, la abrí y le señalé dónde me picaba.

    Al volver mi vista sobre los ojos de la doctora vi —para mi sorpresa— que ella había estado contemplando toda mi anatomía. Se sobresaltó y rápidamente miró más atentamente la zona específica.

    Después le comenté que cerca de la entrepierna también me picaba. Le pregunté si era necesario que le mostrara aquella zona, a lo cual ella asintió como si fuera algo obvio. Desabroché mis jeans, me los bajé hasta que quedaran a la altura de la rodilla con algo de timidez. La notaba cada vez más excitada; podía ver que sus labios estaban más húmedos que cuando los había mirado antes. “Vení, acercate más a la luz”.

    Yo me encontraba en medio de aquel consultorio, semi-desnudo, solo con ella, que me tocaba suavemente, recorría las yemas de sus finos dedos por mi entrepierna, haciendo que mi pija fuera endureciéndose paulatinamente. Yo seguía en ropa interior, con mi torso desnudo, casi inmovilizado de pies por los jeans bajos mientras que las manos de la doctora tardaban en abandonar mi cuerpo. Parecían no querer irse.

    Yo esperaba que me dijera algo, aguardaba que me comentara el diagnóstico, quería saber qué tenía, y sólo recibía como respuesta un silencio que a esa altura me resultaba incómodo. Ella siguió tocándome y tocándome, y justo en el momento en que le iba a decir que se detuviera, la doctora curiosa me bajó mi ropa interior quedando mi inhiesto miembro al descubierto. “¿Y acá también te pica?” —me preguntó con picardía.

    Tomó mi erecta pija poniéndosela en su boca sin pausa. Comenzó a mimarla con tacto profesional, ahora con más dedicación que antes. La forma que tenía de hacerlo me excitó mucho más que las otras tantas veces en que alguna mujer hubiera estado jugando con mi sagrada porción de carne.

    El grado de excitación era superlativa. Lentamente succionó mi miembro hasta la mitad para empezar a chuparla. A esta altura mi pija estaba erecta a más no poder, lo que hizo que ella la disfrutara en toda su larga extensión. Por momentos sus ojos buscaban los míos y yo me calentaba cada vez más. Además, por otro lado, un nerviosismo adicional sobrevolaba el ambiente por el temor que teníamos ambos por si alguien entraba a interrumpirnos.

    Parecía gustarle mucho mi sabrosa pija, tanto que por momentos su mano que la sostenía me apretaba más de la debido, cosa que por un lado me lastimaba y por otro lado me calentaba mucho más.

    Le pedí que parara y que se levantara. Me acomodé un poco para tomar mi turno. Así como estaba, desabroché rápidamente los botones de su blanco uniforme, luego le saqué aún más a prisa su molesto buzo hasta que terminar de sacarle su corpiño negro. Mi lengua se lanzó a la búsqueda de sus excitados pechos, cuyos pezones firmes denunciaban su excitación. Acompañando a mis mimos linguales, las manos de la Dra. acariciaban mi cabeza muy lentamente. Le bajé la bombacha de un tirón, logrando calentarla mucho, mucho más.

    Calcé mi gran miembro en su húmeda cavidad. ¡Ay! ¡Cómo disfrutaba la doctora! A cada embestida estallaba en ahogados gemidos y yo me excitaba más y más. De alguna manera podía admirar y sentir los orgasmos que tenía por la manera en que se movía, y la saliva que segregaba y por cómo me clavaba sus punzantes uñas en mi piel.

    A todo esto, el sudor había invadido mi cuerpo, por todas partes y cuando pasaba por las zonas en las que tenía picazón, me irritaba mucho, pero con la excitación general que tenía esta irritación en vez de inquietarme añadía más calentura a la escena.

    Estaba a punto de acabar, entonces retiré mi tórrida pija de su vagina para acabar en su rostro. Había quedado empapada del sagrado líquido blanco, caliente y delicioso.

    Nos vestimos, me hizo la receta y dijo que me vería en veinte días, palabras acompañadas de un gesto cómplice. Extrañamente, al salir de allí, curiosamente mi picazón parecía no afectarme…

    Loading

  • Socios

    Socios

    Aquel día sería especial para mí, firmaría en casa de Juan, un chalet en la sierra de Madrid, mi entrada como socio en el negocio. Me había costado varios años de trabajo conseguirlo, era mi meta y por fin se hacía realidad.

    La sociedad iba muy bien económicamente y el trabajo me gustaba, aunque era muy duro y en ocasiones mi mujer y yo teníamos que soportar situaciones difíciles, yo llegaba tarde a casa o estaba de viaje, pero el dinero y los pequeños lujos que nos permitíamos lo recompensaba. Juan y Luis, los dueños, me propusieron hacerme socio, aunque eso sí, me dijeron que tenía que pagar un precio “especial”, que me dijeron se haría efectivo esa misma noche, durante la firma.

    Al llegar a su casa vimos dos lujosos coches en la entrada, Susana, mi mujer, me sonrió. Los dos comentamos que dentro de poco tendríamos un coche así. Susana estaba impecable, su pelo moreno y rizado, sus ojazos, sus labios sensuales, llevaba un vestido para la ocasión que permitía ver toda su espalda y que escondía duras penas sus tetas por delante, sin sujetador, claro, el vestido lo requería. Y debajo… bueno yo sabía que debajo sólo llevaba un minúsculo tanga negro, unas medias de encaje rematadas por unos zapatos negros de tacón, alto, muy alto, estaba deliciosa.

    Al llegar nos abrió la puerta Juan, tenía 45 años, muy bien físicamente, hacía mucho deporte. Entramos al salón y nos saludaron Irina, Sonia y Luis. Todos íbamos de etiqueta, la ocasión lo requería. Sonia era la mujer de Luis, iba de pelirroja y a sus 40 años estaba muy buena. Irina, era la mujer de Juan, era de algún país del este, no recuerdo cuál, y se conocieron en un pase de modelos, ella era mucho más joven que su marido y bueno, siendo modelo, era preciosa, rubita, delgada, pero con un par de buenas.

    Después de las presentaciones y un breve aperitivo nos sentamos a cenar, una cena deliciosa, que el servicio de Juan había preparado para la ocasión. Después de cenar pasamos a otro salón donde Luis sirvió unas copas después de despedir al servicio.

    Entonces Juan tomó la iniciativa:

    —Tomás, ha llegado el momento de que entres a formar parte de nuestra sociedad, que seas uno de nuestros socios y que disfrutes de los beneficios que esta nueva posición te proporcionará…

    Susana y yo nos miramos con una sonrisa a cómplice, por fin había llegado el momento.

    —… Pero claro, —siguió Juan— también tendrás tus obligaciones y la primera de ellas tendrás que cumplirla esta noche.

    Le sonreí y le dije:

    —Por supuesto, dime qué debo hacer…

    —Esta noche debes entender que tanto tú como Susana debéis entregaros a la sociedad. Que la sociedad es lo más importante para todos, como hacemos Luis y yo con nuestras respectivas mujeres…

    Juan hizo una seña a Sonia para que se acercara, Sonia era la mujer de Luis. Esta se acercó a él y Juan le dio un beso en los labios y con una de sus manos la empezó a acariciar la espalda, bajando su mano hasta su culo, en el cual se entretuvo un buen rato mientras nos miraba a Susana y a mí.

    —Ahora Tomas —seguía hablando Juan— debes entregarnos a tu mujer…

    —¿Qué? —contesté yo…

    —Sí —siguió Tomas— esa es nuestra condición para entrar en la Sociedad, debéis entrar a formar parte en cuerpo y alma, sin esconder nada para nosotros y compartiéndolo todo con nosotros, igual que hacemos Luis y yo, ¿ves?

    Giré la cabeza y vi cómo Luis estaba tocando las tetas de Irina por encima del vestido, Irina era la mujer de Juan, y ella seguía de pie a su lado, sonriendo. Luego le desabrochó la blusa y empezó a besar sus enormes tetas por encima del sujetador.

    Miré a Susana, estaba embobada, creo que el vino de la cena le estaba afectando porque en otras circunstancias se hubiera levantado y se hubiera marchado. Yo estaba alucinado, me estaban pidiendo que les entregara a mi mujer para sus caprichos sexuales a cambio de ser socio, lo que siempre había querido, una oportunidad única para vivir con desahogo el resto de nuestras vidas. Pero aquello era una humillación, un chantaje, por un momento volví a la realidad y me dirigí a Juan dispuesto a decirle cuatro cosas.

    —¿Y bien? —dijo Juan al verme acercarme a la vez que desplazaba los tirantes del vestido de Sonia hacia sus hombros y los dejaba caer, el peso del vestido hizo el resto. El vestido cayó al suelo y Sonia quedó a escasamente un metro de mi sólo con su sujetador y braguitas de encaje de negro.

    —Esto —seguía hablando Juan— sería parte de tu remuneración. ¿Te gusta?

    Y según decía esto le quitó el sujetador a Sonia dejando libres sus tetas, dejó caer el sujetador al lado del vestido y amasó con sus manos las tetas de Sonia.

    Me quedé helado, aquello no tenía sentido. Disfrutar de aquellas dos mujeres era una tentación irresistible, pero a cambio tenía que permitir que aquellos dos hombres, mis jefes, disfrutaran de ella y además, delante de mí.

    No sabía qué decir ni que hacer, tenía dos tetas delante de mí pidiéndome que me las comiera, miré al otro lado y vi a Luis con la mujer de Juan en situación parecida, con la blusa desabotonada y abierta y las tetas por encima del sujetador, veía cómo Luis apretaba y pellizcaba los pezones de Irina, y ésta me miraba con una sonrisa lujuriosa.

    Susana seguía sentada mirando a Luis e Irina, con la boca abierta. Yo no sabía qué hacer, pero me decidí, me lo iba a jugar todo, al fin y al cabo Susana no decía nada y yo quería ser socio a toda costa y encima podía disfrutar de aquellas dos preciosidades.

    Me dirigí al sitio de Susana y la cogí de la mano, me dirigí con ella hacia donde estaba Juan y le dije:

    —De acuerdo, pero…

    —No hay “peros” —dijo Juan— con todas las consecuencias, ¿aceptas?

    —Acepto —contesté.

    Susana no dijo nada, aquella situación de morbo y excitación pareció embrujarla. Simplemente se dejó llevar hasta donde estaba Juan y cuando extendí mi brazo para entregarla a Juan sólo me miró un momento a los ojos, y se giró. Me sentí muy mal cuando hice aquello pero la sensación desapareció cuando Sonia se acercó a mí cogió una de mis manos y la llevó a sus tetas, la puso encima de una de ellas y me pidió que la tocara.

    Yo estaba todavía pendiente de lo que sucedía con Susana, Juan la cogió por la cintura y la hizo girar, contempló despacio todo su cuerpo de arriba a abajo y llamó a Luis.

    —Luis acércate, vamos a estrenar a esta putita.

    Luego se dirigió a mí y me dijo:

    —Mira cómo va a disfrutar tu mujer…

    Susana, seguía sin decir nada, sin duda si alguien la hubiera llamado “putita” en otras circunstancias le hubiera dado un guantazo, pero aquella noche no, simplemente se dejaba hacer.

    Juan estaba de pie enfrente de ella sujetándola por la cintura, Luis se acercó por detrás y la empezó a besar en el cuello, yo sabía que aquello excitaba mucho a mi mujer, los besos y las caricias en el cuello la volvían loca. Mientras la besaba el cuello Luis desabrochó el nudo que ataba el vestido de Susana a su cuello y lo dejó caer, cayó hasta el suelo y casi semidesnuda delante de ellos. Juan subió sus manos hasta sus pechos y los empezó a acariciar, mientras Luis seguía besando su cuello mientras acariciaba su culito con ambas manos.

    Mientras yo seguía con una mano en una de las tetas de Sonia e Irina se había acercado a nosotros, sentí como Sonia cogía mi otra mano y la ponía encima de su otra teta y me ayudaba a masajearlas:

    —Olvídate de ella —me decía Sonia— y disfruta del momento, ella lo va a pasar genial, igual que tú.

    Irina mientras tanto había empezado a desabrocharme la camisa, pero no podía Apartar los ojos de Susana Juan ahora estaba comiéndole los pezones y Luis se había agachado para quitarle el tanga, vi cómo lo deslizó por sus muslos, bajándolo hasta los pies, le levantó los pies sucesivamente hasta que se lo quitó por completo y después lo olió. Olió el perfume más íntimo de mi mujer, que hasta ese momento era solo mía.

    Tuve que cambiar la atención porque Irina ya me había quitado los pantalones y estaba tocándome la polla, ya la tenía erecta, me desnudó por completo y me apoyaron de pie con mi espalda contra la pared. Irina se agachó y empezó a chuparme la polla, Sonia también se agachó y la acompañó en la mamada, por unos instantes perdí la noción de dónde estaba.

    Tenía dos mujeres chupándome la polla mientras dos hombres estaban comiéndose a mi mujer. Sonia e Irina estaban haciendo un excelente trabajo, me estaban poniendo a cien con sus bocas y yo estaba a punto de correrme, aquello no era normal para mí, demasiada excitación.

    Levanté la vista y vi a Susana tumbada encima de una mesa, abierta de piernas, con la cabeza de Juan entre sus piernas, sin duda comiéndole su coñito mientras Luis se dedicaba por entero a sus tetas, tenía una de ellas metida en su boca y la otra agarrada con una mano.

    Aquella visión fue demasiado para mí y empecé a correrme en la boca de Irina, sin duda ella estaba acostumbrada porque no hizo nada por apartarse, al contrario, se metió más mi polla en su boca y empezó a pajearme con una mano, mientras con la otra, me tocaba los huevos. Sonia estaba a su lado viendo cómo Irina hacía aquel excepcional trabajo.

    Descargué todo lo que tenía dentro de mí en su boca y cuando acabé vi lo que me temía, habían puesto a Susana al borde de la mesa, Juan estaba de pie en el borde mientras Luis tenía su polla a la altura de la cabeza de Susana que esta giraba para recibir aquel miembro erecto en su boca. Primero Luis metió su polla en la boca de mi mujer, aunque realmente fue ella la que se tragó aquel miembro y después Juan empezó a follarse a mi mujer, mientras Irina se dedicaba a limpiarme con esmero la polla y Sonia estaba lamiendo los restos de semen que Irina no había podido tragar y que le caían por la barbilla y las tetas.

    Juan empezó a embestir a Susana de forma frenética por detrás, a cada embestida podía ver cómo las tetas de Susana botaban adelante y atrás y cómo tenía que hacer enormes esfuerzos para impedir que la polla de Luis se le saliera de la boca, yo pese a haberme corrido seguía empalmado, cosa no habitual en mí, que tardo bastante en recuperarme, pero desde luego nunca había estado en una situación así de excitante y mi polla erecta era testimonio de ello.

    No sabía qué me excitaba más, si ver a mi mujer siendo follada por otro hombre mientras ella la chupaba la polla otro o ver a dos mujeres comiéndome la polla. Decidí centrarme en las dos mujeres, aunque no me dieron mucha opción, se levantaron y me cogieron cada una de una mano, fuimos andando con mi polla todavía erecta hasta un sofá, donde Irina y Sonia se quitaron simultáneamente las bragas, el coñito de Irina estaba depilado casi en su totalidad, dejando sólo un pequeño triangulo rubio mientras que el de Sonia era moreno y sin depilar era un contraste delicioso.

    Irina, se sentó en el sofá y se abrió de piernas, Sonia no se hizo rogar y se puso de rodillas entre sus piernas poniendo su cabeza a la altura de su coño, a la vez que sacaba su lengua y empezaba a comerse aquel delicioso coñito.

    En ese momento unos gemidos que me resultaban familiares me hicieron girarme y vi cómo Juan estaba dándole muy fuerte a Susana, parecía que la iba a romper, Susana se había sacado la polla de Luis de la boca y la agarraba con una mano, mientras que con la otra se pellizcaba los pezones, sin duda se estaba corriendo la muy zorra. Mi mujercita en manos de dos hombres estaba consiguiendo un orgasmo escandaloso, conmigo desde luego no era tan fogosa.

    Entonces oí decir a Juan que llegaba su turno, aceleró todavía más sus embestidas y empezó a gritar, se estaba corriendo dentro del coño de mi mujer, me quedé mirando, atontado pensando lo que estaba sucediendo, pero una mano que se agarró a mi polla me hizo volver a mi situación, era Sonia que levantando su boca del coño de Irina me dijo:

    —Ayúdame a darle placer…

    No pude negarme, bajé mi boca hasta el coño de Irina y empecé a comérmelo, estaba ya todo húmedo debido al excelente trabajo de Sonia, que se sentó al lado de Irina, levantó su pierna izquierda y la pasó por encima de la de Irina, quedando completamente abierta de piernas. Levanté la vista y cómo la mano de Irina empezaba a jugar con el coño de Sonia. Tenía delante de mí dos coñitos, uno moreno sin depilar y otro rubio depilado, era un sueño hecho realidad.

    Continué dándole placer a Irina, devolviéndole los maravillosos momentos que me había hecho pasar y sentí cómo sus manos se agarraban a mi cabeza y no me dejaba casi respirar, se estaba corriendo, sentí sus contracciones en los músculos de sus muslos, cómo me apretaba, cómo me agarraba del pelo y apretaba a la vez mi cabeza contra su coño hasta que empezó a relajarse y otra mano me agarró la cabeza y me dirigió directamente contra el velludo coño de Sonia, empecé a comérselo mientras un dedo de Irina jugaba con su clítoris, en ese momento volví a escuchar los gemidos de Susana, levanté la cabeza un segundo y vi que había cambiado de posición.

    Ahora estaba de pie doblada hacia delante contra la mesa, en la cual se había tumbado Juan, y le estaba comiendo la polla con la boca mientras que con sus brazos apoyados en la mesa intentaba sujetarse de las embestidas que Luis le estaba dando por detrás. Bueno, realmente no estaba comiéndose la polla de Juan, porque éste le estaba sujetando la cabeza y estaba bombeando su polla dentro de la boca de mi mujer, se la estaba follando literalmente por la boca, que dado el tamaño de la polla de Juan y viendo cómo desaparecía dentro de la boquita de mi esposa le debía estar llegando hasta la garganta, aunque aun así sus ahogados gemidos de placer se oían.

    Mientras tanto Sonia me recordó que tenía un coño que comerme y volví al ataque, cuando levanté la vista vi a Irina encaramada encima poniéndole el coño a la altura de Sonia que se dedicaba a comérselo mientras que le metía un dedo por el culo.

    Así estuvimos un buen rato hasta que noté cómo Sonia se corría en mi boca, era delicioso saborear sus jugos, cuando acabó me levanté y miré otra vez hacia donde estaba Susana, me acerqué para ver mejor lo que ocurría y me volvió a sorprender lo zorra que era mi mujer y lo callado que se lo tenía. Estaba relamiendo y chupando la corrida de Juan en su boca y tenía las comisuras de los labios llenos de semen, aparte de que en su barbilla quedaban también restos de la corrida de Juan, cuando me acerqué Luis empezó a correrse, también dentro de ella y Susana le acompañó, era una imagen indescriptible ver a tu mujer correrse con la polla de otro hombre y restos de semen en su boca.

    Decidí que lo mejor era que mi polla también conociera otro coño y me fui a por Irina, la puse a cuatro patas sobre el sofá y se la introduje entera de un fuerte golpe, la muy zorra gimió cuando se le metí y me pedía más y más, que le diera más fuerte.

    Mientras Sonia de rodillas en el suelo, jugaba con nosotros, tocaba las tetas de Irina con una mano y con la otra o bien metía un dedo en el culo a Irina o me tocaba los huevos a mí, después de unos minutos en esa posición Sonia se puso también a cuatro patas al lado de Irina y me pidió que me la follara a ella, estuve cambiando de coñito unas cuantas veces hasta que Irina y Sonia se corrieron un par de veces cada una, yo decidí correrme en el coño rubio de Irina y así lo hice, quedamos los tres sentados en el sofá jugando con mis dedos en los coños húmedos de Sonia e Irina.

    Mientras Luis y Juan seguían acariciando el cuerpo de Susana que estaba agotada y llena de semen.

    Así fue como entre a formar parte de aquella sociedad que despertó en nosotros una fuente inagotable de sensaciones inéditas hasta entonces para nosotros.

    Loading

  • Por saltarme el stop

    Por saltarme el stop

    ¡Mierda! El coche de la guardia civil me estaba haciendo señas para detenerme. Seguro que era por el stop en el que nunca me detengo porque la visibilidad es total. Tranquila, me dije mentalmente varias veces. Por el espejo retrovisor veía como se acercaba. Menudos andares de chulo tenía el agente remarcados por unas gafas de sol Rayban de espejo.

    Bajé la ventanilla. Me saludó sin quitarse las gafas. Deberían darles unas nociones de educación y psicología para no poner más nerviosas a chicas como yo. En efecto, me paraba por no haberme detenido en el stop. Intenté explicarle que en ese cruce la visibilidad es perfecta y deberían poner un ceda el paso, pero se limitó a pedirme la documentación. Vi en el reflejo de sus gafas de sol que mi vestido estaba demasiado subido. Había montado con prisas porque llegaba tarde y ni me había fijado en ese detalle, pero casi se veía mi ropa interior.

    Mi bolso estaba en el asiento trasero. Me iba a ver todo al cogerlo. ¿Sería cierto eso que cuentan por ahí? Un pensamiento perverso me cruzó por la cabeza. Me eché hacia atrás para coger el bolso y noté como el vestido se subía un poco más. Busqué la cartera y le di mi carné de conducir.

    En lugar de dejar el bolso en mi regazo para taparme lo puse en el asiento del copiloto. El guardia civil se puso al lado del espejo en un movimiento que buscaba ver mejor. Le pregunté si necesitaba los papeles del coche. Me estiré para cogerlos de la guantera, separando las piernas permitiendo así que viera todavía más. Empezó a cubrir unos papeles. Menudo cabrón, se recrea la vista, pero va a multarme igual.

    ―Agente, ¿no podría hacer la vista gorda por esta vez? Prometo detenerme siempre a partir de ahora.

    ―Señorita, las normas son para cumplirlas siempre, no solo cuando la pillan a una.

    ―Tiene razón, pero usted sabe que soy una buena chica y no una delincuente armada.

    ―Para eso tendría que cachearla para comprobar que no va armada.

    Acompañó su respuesta con una sonrisa y siguió cubriendo el maldito papel. “Tendría que cachearla”. Había dicho eso. ¿Sería una sugerencia para evitar la multa? ¿Me estaba pidiendo que lo dejara sobarme para no multarme? Esos pensamientos y más surgían en mi cerebro a una velocidad vertiginosa. ¿Por qué no?

    ―Y si me cachea y comprueba que no voy armada, ¿me dejará marchar sin multa?

    ―En ese caso claro, pero tendría que cachearla yo, estoy solo de patrulla.

    Abrí la puerta del coche y me bajé. Me puso contra el coche, con los brazos apoyados en el capó. Me estaba poniendo cachonda. Separé las piernas a la orden que me dio. Se agachó y empezó a tocarme las piernas desde el tobillo. Mi vestido empezaba mucho más arriba pero no protesté. Estaba claro en que consistía el intercambio. Con suavidad fue subiendo por mis piernas. Tengo que comprobar debajo del vestido me dijo. No le respondí. Sus manos se colaron por debajo, pero al ser ceñido mi vestido se subió más, quedando a la vista mi trasero.

    Llevaba tanga ese día. Apartó la tira que se perdía entre mis nalgas y pasó su mano entre mis piernas, acariciando mi coño. Siguió subiendo por los costados y me agarró las tetas. Las estrujó, las acarició y se pegó contra mi culo. Noté su polla empalmada. Ojalá no pase nadie conocido, pensé. Sentí que me desabrochaba la cremallera del vestido por la espalda y luego el sujetador. Sus manos buscaron mis tetas por debajo del sujetador. Pellizcó mis pezones y se apretó más contra mí. Una de sus manos desapareció y la noté de nuevo en mi culo junto a algo muy caliente y muy duro. Se había sacado la polla fuera. No contaba con eso, pero seguía excitada.

    Se frotaba contra mí. La puso entre mis piernas, rozándome el coño con ella. Y me penetró. De una embestida. No pude evitar gemir. No sé si aquello era una violación o no. Suponía que no porque me estaba gustando demasiado. Empezó a follarme y yo acompañaba sus movimientos. Pero de repente se salió y noté algo espeso y caliente resbalar por mis nalgas. Ni un solo gemido salió de su boca. Me di la vuelta y estaba colorado como un tomate. Se limpió su polla con el papel de la multa y se fue dejándome con el calentón de la humillación.

    Loading

  • Pelirroja… peligrosa (1ª parte)

    Pelirroja… peligrosa (1ª parte)

    Estaba a tope de trabajo esa semana. Me había encargado un montón de equipos profesionales para edición de vídeo, y además no paraban de entrar colgados y frikis a la tienda a comprar joysticks, gamepads y juegos de ordenador.

    Soy C…, trabajo en una tienda de ordenadores del centro de mi ciudad, una ciudad mediana en España. Llevo la tira de años aquí, y poco a poco me he convertido en “el chico para todo”: atiendo la tienda, monto los equipos, los llevo en la furgoneta a las empresas, hago el mantenimiento, llevo el apartado comercial y de relaciones públicas… un marrón, vaya.

    Pero no me quejo. Cobro bastante bien, un buen fijo más comisiones e incentivos, y tengo en un buen piso cerca del centro. me gusta mi trabajo, y siempre tiene compensaciones.

    Creo que ya les he contado que tengo veintisiete años, soy delgado, no muy alto, con el pelo castaño corto y los ojos marrón oscuro, casi negros. Aunque no me cuido mucho físicamente, suelo hacer escalada libre, los fines de semana.

    El caso es que aquellos días, en los que yo andaba sin parar de acá para allá con encargos, facturas y cajas de ordenadores, no tenía la cabeza para muchas fiestas. Pero… a media mañana, mientras preparaba unos albaranes de entrega, escuché la campana de la puerta y levanté la vista.

    Era una chica pelirroja, de unos veintipocos años. Parecía extranjera, porque tenía la piel muy blanca y cubierta de pecas, y el pelo muy rojo, rizado, peinado hacia atrás en una larga cola de caballo, con unos ojos oscuros y brillantes. No era muy alta, pero tenía un buen tipo, pechos pequeños, buenas caderas, un cuerpo bonito, ni delgado ni gordo, que combinaba perfectamente con su carita inocente, casi infantil, su sonrisa dulce y su vocecilla tímida.

    –Buenos días… –me dijo, ruborizándose un poco.

    Yo me levanté de mi portátil, y me acerqué sonriendo al mostrador.

    –Hola, buenos días. ¿En qué puedo ayudarla? –Yo la miré, vestida con un vestido azul y una chaqueta. Me daba bastante morbo, además, porque las pelirrojas me gustan bastante…

    –Mira… yo quería un ordenador.

    –Por supuesto. Siéntese y lo hablamos más tranquilamente, le hacemos un presupuesto y usted lo estudia tranquilamente en casa, ¿de acuerdo? –En ese momento decidí que iba a tirármela en cuanto se pusiera a tiro. Pero no antes de venderle un ordenador.

    ¿Que no es un principio muy espectacular? Hombre, ¿qué esperaban? Al fin y al cabo, me dedico a vender ordenadores, no a follar como un loco a cualquier cosa que se mueve. Además, tampoco crean que las mujeres se me tiran encima como cuentan otros. Yo tengo que esforzarme un poco. Lo digo para que no se piensen que terminamos echando un polvo salvaje encima del mostrador dentro de diez líneas. Paciencia. En fin, continúo.

    Nos tiramos media hora hablando de ordenadores, que si memoria, que si disco duro, que si monitores, todo ese rollo. Procuré aturullarla un poco con términos profesionales, intentando confundirla un poco. Después de varias interrupciones (malditos freaks de la informática), ella me permitió que la tuteara y que la llamara Silvia.

    –Bueno, Silvia, entonces, ¿qué opinas?

    Ella miró todo el rosario de papeles que había sacado y finalmente me dijo, un poco dubitativa.

    –Es que… no sé si me enterado de mucho…

    Eso es lo que yo estaba esperando.

    –Mira, si quieres pasas por aquí hacia las cuatro de la tarde, tomamos un café antes de que abra la tienda y te lo explico más despacio.

    Ella me miró como calibrándome, pero yo puse la cara más inocente que pude. Finalmente aceptó.

    –De acuerdo. Entonces me paso por aquí sobre las cuatro.

    Así nos despedimos. Estaba muy caliente, y me pasé toda la comida pensando en ella. Vino a las cuatro, y me la camelé todo lo que pude, pero no era una presa fácil. Con toda la información que le hacía falta, nos despedimos con un par de besos en la mejilla y se marchó.

    Pasé un par de días sin pensar demasiado en ella (al fin y al cabo, estaba hasta arriba de trabajo), justo cuando apareció otra vez por la tienda.

    –Hola –me saludó con una sonrisilla, con las mejillas un poco coloradas. Traía en la mano uno de los papeles que le di con la oferta de un PC.

    –¡Hola…! –fingí que no recordaba bien su nombre–… ¿Silvia?

    Ella asintió.

    –Mira, C… –observé que recordaba mi nombre. Buena señal.– lo he pensado bien y creo que este es el ordenador que me conviene.

    Lo hablamos un rato más, y como ya era casi hora de cerrar, la cité para tomar algo en el bar de al lado y comentarle los detalles. Ella aceptó muy graciosa, y mientras salía de la tienda la miré de arriba abajo. La verdad es que estaba buenilla, porque hoy venía más arregladita, con un pantalón vaquero, una camiseta roja y una chaqueta vaquera. Me gustaba cómo movía el culo, abundante pero prieto, y su melena pelirroja.

    Cuando salí estaba tomando un refresco, y yo la acompañé con una cocacola. Charlamos, al principio de ordenadores, pero al final pasamos más de dos horas contándonos cosas, de su familia, de sus amigos, de tal y cual.

    Me enteré de que tenía veinticinco años, de que acababa de empezar su segunda carrera universitaria aquí, aunque era de otra ciudad más pequeña a unos doscientos kilómetros, y de que, como no le gustaba ni compartir casa ni los pisos, acababa de mudarse a un adosado que había alquilado aquí, con la ayuda de sus padres que andaban bastante bien de dinero. Vamos, que vivía sola y que como tenía que estudiar, había decidido comprar un nuevo PC.

    No quiso cenar conmigo porque había quedado con unas compañeras. Yo para entonces estaba muy caliente, porque la camiseta le marcaba los pezones y además me daba mucho morbo su voz aflautada y su aire candoroso. Realmente estaba buena la chiquilla.

    Prácticamente cerramos la venta, dijo que pasaría al día siguiente, sábado. Yo no trabajo los sábados (se encarga mi compañero, un chaval que está estudiando Ingeniería Informática), pero qué caramba, creo que merecía la pena. Llamé a mi compañero, y le cambié el turno. El sábado era mío.

    El sábado es un día relativamente tranquilo en la tienda. Despaché unos cuantos encargos, y entonces llegó Silvia. Charlamos un poco, y formalizamos la venta del equipo. Yo ya lo había preparado, así que le dije que podía llevárselo ya mismo e instalarlo.

    –No, no puedo llevármelo –me comentó.– He venido en autobús… además, no tengo ni idea de cómo instalarlo ni nada.

    “¡Oh, dios mío, sí!”, pensé.

    –No te preocupes –le dije, en el tono más amable e inocente que pude–. Si quieres, yo paso esta tarde por tu casa con el ordenador y te lo dejo preparado.

    A ella se le iluminaron los ojos.

    –¿De veras? ¿No es molestia?

    “¿Molestia? ¡Ja!”

    –No mujer, no me cuesta nada. No tengo nada que hacer. Y además, para eso me pagas, ¿no?

    Ella se rio un poco, y terminamos bromeando y quedando para las seis de la tarde. Yo pasaría con el ordenador, se lo montaría y lo dejaría funcionando. Ya lo creo que sí.

    Las seis de la tarde tardaron una eternidad en llegar, pero finalmente… llamé a su puerta.

    Ella me recibió vestida con un top color rojo y negro y un vaquero roto por la rodillas, y me hizo pasar amablemente. Yo traía un par de cajas, que dejé en el salón. El adosado era muy chulo, y estaba lleno de cajas por todos los lados, con etiquetas. Se notaba que llevaba tiempo vacío. Di un par de viajes al coche para recoger todos los bultos, mientras ella me echaba una mano.

    Me invitó a un refresco, que tomé a la vez que montaba el equipo, con ella a mi lado, charlando y haciendo bromas. Olía muy bien, como a colonia de crío. Con ese top me estaba poniendo a mil por hora. Tenía una erección como una bestia, pero procuraba disimularla a duras penas.

    Terminé de montar el equipo, y le expliqué a grandes rasgos cómo manejar el ordenador. Después de unos minutos, nos sentamos en el sofá a charlar tranquilamente. Un rato más tarde, me contó que estaba muy cansada, y le hice un masaje en la espalda, le acaricié el cuello, y finalmente, giró la cabeza, me miró a los ojos con la boca ligeramente entreabierta, y me besó.

    Ella me besaba al principio con timidez, con recato, de manera yo diría que inexperta, así que tomé la iniciativa y le metí la lengua hasta la garganta, le mordí suavemente los labios, entrelacé su legua con la mía, casi le recorrí cada rincón de su boca. La notaba excitada, y me pegué a ella. Notaba sus tetas contra mi pecho, sus pezones duros, y le empecé a acariciar la espalda así, según estábamos, sentados en el sofá.

    Unos minutitos de intensa labor y cuando separamos nuestras bocas, ella estaba colorada como un tomate, con los labios rojos y muy brillantes, y con la mirada desenfocada me acariciaba torpemente el torso, la espalda, el pecho, la nuca. Fue entonces cuando empecé a darle besos en el cuello, a mordisquearle la oreja, y con la mano izquierda subí desde su rodilla hacia su muslo, hacia su cadera, por su costado… hasta magrearle una teta. La tenía no muy grande, durita, de adolescente, y yo la masajeaba mientras ella daba suspiritos y me agarraba la espalda.

    Empecé a bajar desde su cuello por su pecho, le besé las tetas por encima del top, y le besé su vientre desnudo hasta el ombligo. Con cuidado empecé a desabotonarle el pantalón y a besarle las bragas también rojas y negras, casi su de venus, hasta que terminé con los botones. Ella se levantó un poco y tiré con firmeza hasta bajarle los vaqueros, que ella se quitó de los pies sacudiéndoselos y dejándolos tirados en el suelo. Le acaricié los mulos, los lamí, los besé, y besé también su coño por encima de sus bragas. Las notaba un poco húmedas, y ella seguía gimiendo un poco y respirando agitadamente.

    Le bajé las bragas sin demasiada delicadeza, ansioso, y descubrí su coño cubierto de vello pelirrojo, abundante. Me abalancé sobre mi presa, hambriento, y chupé y lamí como un perrito, mientras ella gemía. Mordía sus vellos de color zanahoria, los estiraba, sumergía mi nariz en ellos y hozaba en ellos como un jabalí, cosquilleándola.

    –Aaaah, sí… así… ooooh…

    Le lamí los labios delicadamente, e introduje mi lengua en su agujerito, cerradito y estrecho, muy rosado, delicioso. Con los dedos abrí su vulva y busqué el clítoris con la lengua, tanteando, sorbiendo, relamiendo, hasta que encontré el botoncito y ella apretó las piernas casi gritando.

    –¡Ooooh!…

    Ella me acariciaba el pelo, y yo, abrazando sus piernas con los brazos, cogía su clítoris con los dientes, lo estiraba, lo acariciaba con los labios, movía la punta de mi lengua a toda velocidad haciéndolo vibrar. Bajaba otra vez hacia su coñito, endureciendo mi lengua al máximo, metiéndola suavemente, saboreando sus jugos ligeramente amargos. Lamía sin parar, de arriba abajo, recorriendo todo su coño con la lengua, raspándolo, humedeciéndolo. Ella se movía y gemía, apretaba mi cabeza contra su entrepierna con las manos.

    –Mmmm… sigue… oooh… síí… ahhh… mmmm…

    Volví a atacar a su clítoris, duro, pequeñito, sin pausa, moviéndolo rápidamente y chupándolo como si fuera un pezón, mordisqueándolo con mis dientes, tirando de él, haciéndolo girar con la lengua.

    –Uuuum… sííí… ooooh…

    Dejé su clítoris y bajé lentamente hacia su anito, rosado y limpio, sin vello, arrugadito, y pasé mi lengua por alrededor de su agujero, besándolo, introduciendo apenas la puntita de la lengua en su interior; lo notaba muy prieto, así que simplemente lo rozaba con mi lengua, lo chupaba, le hacía cosquillas, mientras que metía la punta de mi dedo meñique en su coñito y masajeaba su clítoris con el índice…

    –¡¡¡Oooh sí!!!

    En ese momento se estremeció, como si le hubieran dado un calambrazo, tensó las piernas, lanzó un largo “¡aaaah!”, y empezó a echar jugo como si fuera una fuente.

    –Aaah… me voy… me voy… uuuum…

    Se corrió en mi cara, literalmente. Se quedó jadeando, agotada.

    –Uuuf… qué bueno… oh…

    Tenía los ojos cerrados y la cara muy roja, un poquito de saliva le resbalaba por la comisura de sus labios.

    Yo no perdí el tiempo, y me quité la ropa. Cogí un condón de mi cartera, me lo coloqué rápidamente, y sin darle tiempo a replicar me coloqué sobre ella, con una erección como un toro, enfilando hacia su agujerito. Le quité el top, con ella dejándose hacer, y miré sus tetitas, redondas y preciosas, aunque ahora mismo tenía otra cosa en la cabeza.

    En cuanto apoyé el capullo en su coño, abrió los ojos y me besó el cuello, susurrándome.

    –Despacio, mi amor, despacio…

    Empujé muy suavemente, dejando que entrara primero la punta, sin prisas.

    –Ooooh… –suspiró Silvia, cerrando los ojos.

    Estaba muy estrechita. No era virgen, pero estoy seguro de que no se la habían tirado ni media docena de veces. Tenía el coñito muy contraído, y apretaba mi polla con una sensación maravillosa.

    –Aaah… despacito… cuidado…

    Se la metí un poquito más, aprovechando la lubricación del condón.

    –Hmm… aaah…

    Aún no se la había metido entera, pero se la saqué y se la metí otra vez, un poquito más deprisa, hasta la mitad.

    –Aaaah… así, así… cuidado…

    Me apretó la espalda, casi clavándome las uñas. Me paré un momento, esperando que ella se ajustara al grosor de mi miembro. Tras un momento, empujé un poco más, con suavidad, mientras ella gemía.

    –Mmmm…

    Finalmente se la clavé enterita, hasta el fondo… ¡y qué delicia! Tenía un coño como de terciopelo, suave, caliente, que se ajustaba a mi polla como un guante, desde el capullo hasta la base, provocando un hormigueo de gozo a lo largo de mi miembro. ¡Qué coñito más rico, joder!

    Empecé a sacarla y meterla muy despacio.

    –Aaah… mmm… así… no pares… despacito… así… ohhh… –ella gemía y hablaba con los ojos cerrados, y de vez en cuando me daba besitos en el cuello. Yo respiraba con fuerza, y le acariciaba el pelo.

    Una vez ajustado el ritmo, bajé la cabeza a sus tetas. Eran pequeñas, pero duritas, carnosas y finas, muy blancas, con unos pezones grandes muy rosas, con una aureola enorme pero que casi no se notaba de lo rosa que era, y unos pezones duros y pequeños, que mordí y chupé sin parar, metiéndome un buen trozo de carne de su teta en mi boca.

    –¡Aaaah! –gemía ella, mientras yo seguía dale que te pego en su coñito.

    Cuando me cansé de sus tetas, la emprendí otra vez con su boca, con su lengua, besándola muchas veces, haciendo que mi lengua recorriera todos sus rincones, haciéndole cosquillas en el paladar.

    Me detuve un momento, la cogí de la cintura, y me arrodillé en el suelo sacando un poco su culo del sofá. Cogí sus piernas bajo mis brazos y empecé a bombear con fuerza. ¡Qué bueno! Las paredes de su coño me masajeaban la polla enterita, proporcionándome un gusto increíble.

    –Aaaah… sí… oooh… sigue…

    La sacaba y la metía, mientras volvía a chupar sus tetas como si quisiera sacarle la leche. Ella ponía las manos en mi pecho, me acariciaba y apretaba a intervalos.

    –Más despacio… oooh… suaveee…

    No la hice caso, bombeando sin parar ni un segundo.

    Ella suspiraba cuando le enterraba mi polla hasta el fondo, y cruzó las piernas detrás de mi espalda mientras le daba duro a su chochito pelirrojo, que me estaba dando mucho, mucho placer.

    Llevaba por lo menos veinte minutos bombeando, y noté que me iba a correr, así que bajé un poco el ritmo y la empujé de nuevo sobre el sofá y me tendí encima de ella, metiendo mi polla hasta su matriz. Ella también se iba a correr, lo noté porque me clavaba sus dedos en la espalda y me agarraba el culo con mucha fuerza con las piernas. Ella se calló un segundo, levantó la cabeza, cerró los ojos, abrió mucho la boca, pero sin emitir ningún sonido:

    Yo sentía su coño como un horno, caliente, húmedo. Entonces gritó:

    –¡¡¡Aaaar!!!…

    Fue casi un rugido, y empezó a sacudirse casi como si estuviera epiléptica. En ese momento noté como se me hinchaba la polla, y como una sensación de placer inmenso me invadía mientras eyaculaba con tanta fuerza que casi me dolían los huevos.

    Ella dejó caer la cabeza en el sofá, gimiendo suavemente.

    –Oh… aaah… oooh…

    Yo seguí empujando un poco, resoplando, hasta que noté que mi polla perdía dureza. Entonces salí de ella, con la polla todavía medio empinada, me saqué el condón y lo tiré en el baño.

    Cuando volví, ella seguía respirando muy fuerte, abierta de piernas, cerrados los ojos, con el coño rojo, la cara toda llena de sudor y muy colorada. Abrió los ojos cuando me oyó entrar.

    –Joder… –murmuró, sin aliento.

    Trató de incorporarse, pero se contentó con cerrar las piernas, haciendo gestos de dolor.

    –Uy… me escuece un poco el… pero qué bueno joder…

    Yo me senté en suelo, a su lado, y empecé a acariciar su pelo rojo, todo revuelto. Ella me abrazó el cuello y empezó a jugar con los dedos en los pelos de mi pecho.

    –Ha estado muy bien, Silvia, ya lo creo… –Nunca he fumado, pero puedo entender a la gente que dice que no hay como un cigarrito después de un polvo… me sentía totalmente exhausto, pero jodidamente bien.

    –En cuanto me pueda levantar, me voy a dar una ducha.

    Dicho y hecho, después de un minuto más o menos, se levantó trabajosamente, y aunque caminaba un poco escocida, se dirigió al baño. Mientras se iba le miré el culo, cómo se movía, carnoso, durito, apetitoso a más no poder. Noté como mi polla pedía más guerra, pero ahora mismo el resto de mi cuerpo había firmado un tratado de paz.

    Cuando terminó de ducharse vino envuelta en un albornoz rosa, con el pelo mojado que le llegaba hasta media espalda, con una sonrisa radiante y con la cara arrebolada, satisfecha. Me besó en los labios y se sentó a mi lado.

    Yo había aprovechado para ponerme otra vez el pantalón, aunque guardé el slip en el bolsillo de la chaqueta. También había recogido un poco el salón, y amontonado su ropa en un sillón. Ella me sonrió cuando se fijó.

    –Eres un amor, C… –Se pasó la mano por el pelo.– Esto ha sido… en fin… genial.

    Me levanté y la besé con cierta ternura.

    –Ya lo creo, Silvia. Bueno, tengo que marcharme.

    Ella me miró un poco extrañada.

    –¿Cómo? ¿Ahora? ¿No quieres, no sé, comer algo? ¿Quieres que salgamos?

    Lo que me apetecía de verdad era echarle otro polvo de los buenos, pero supongo que habrá más ocasiones.

    Me vestí tranquilamente, recogí la chaqueta y la cartera, y la besé.

    –Hasta luego. –Le dije, mientras me iba hacia la puerta.

    Ella no dijo nada, pero cuando estaba a punto de salir, me gritó desde el salón.

    –¡C…!

    Yo me paré y me di la vuelta. Ella se apoyó en el quicio de la puerta del salón, mirándome traviesa, mientras dejaba que su albornoz se aflojara un poco y me mostrara sus tetitas y sus muslos.

    –Oye, C… el jueves hay una fiesta en un pub irlandés. Vamos a ir todos los de clase. ¿Te apuntas?

    La miré y sonreí.

    –Claro, Silvia. No se me ocurriría faltar.

    Continuará.

    Loading

  • Mis instintos más primitivos empezaron a despertar

    Mis instintos más primitivos empezaron a despertar

    Siempre había sido poco afortunado en todo lo que tuviera que ver con el azar en su aspecto más lúdico; la lotería, quinielas y demás apuestas jamás habían sido mi fuerte, pero, cuando menos lo esperaba y más necesitaba un tiempo de descanso, recibí la noticia de parte de mi compañero y a la vez amigo de que había sido agraciado con un fin de semana de asueto en un balneario con todos los gastos pagados.

    En principio, ese regalo estaba destinado para dos personas, más preferí no decir nada y marcharme solo a dicho destino. Sinceramente, no quería compañía, necesitaba estar solo durante un tiempo y no depender ni ser dependido de nadie ni nada.

    A los pocos días y habiéndome preparado convenientemente para el viaje en cuestión, subí al autobús y ocupé mi plaza. Por suerte se encontraba más cerca de la ventanilla que del pasillo.

    Me coloqué los auriculares, puse en marcha mi reproductor de MP3 y acomodé mi cabeza en el asiento, esperando que aquel moderno autocar se pusiera en marcha.

    A mi lado, una señora de unos 50 años dejó sus enseres en el compartimento correspondiente y sentándose vio como me hacía el dormido puesto que no quería ser molestado.

    Mi afán de aparentar estar dormido hizo que cayera en un profundo sueño, siendo interrumpido cuando mi MP3 se quedó sin batería, coincidiendo este momento con la llegada del autobús al lugar de destino.

    Con los ojos entreabiertos, adiviné a asir mi mochila y entrar en el pasillo encaminándome hacia la puerta de salida del vehículo.

    Un grito en voz femenina, mezcla de susto y vergüenza, hizo que definitivamente me despertase mirando hacia atrás para comprobar que había sucedido.

    Pelo semirizado y de color no del todo oscuro, ojos marrones claros, nariz fina y algo respingona y una boca que durante unos segundos fue tapada por una de sus manos en claro signo de timidez. Una camiseta de tirantes ajustada con el logotipo de una marca de ropa muy conocida tapaba unos tersos y firmes pechos, así como un abdomen liso mas no aparentemente marcado. Pantalones vaqueros claros ajustados mostraban una estrecha cintura y unas caderas en perfecta conjunción con unas nalgas que destacaban por parecer estar moldeadas por una mano artista.

    A su lado, una mujer de melena rubia natural reía con una acompasada y suave carcajada haciendo semiburla con unos ojos pícaros de color verde muy claro, una nariz algo más grande que la de su compañera de viaje y un cuerpo con el pecho más voluminoso y un trasero también más generoso que era tapado por un vestido veraniego de color azul semiajustado en su parte de arriba y corto en su falda.

    Ambas chicas sonreían después de que la primera antes descrita hubiera tropezado con una de sus mochilas casi cayendo sobre uno de los asientos.

    Tras mirar y comprobar que no había ocurrido nada y ambas se encontraban bien, decidí no mostrar demasiado interés y hacer lo posible por no parecer sorprendido al ver a aquellas dos bellezas que no superarían los 25 años.

    Aún con los auriculares puestos más sin escuchar ningún tipo de música, intencionadamente deceleré mi marcha para poder coincidir con las dos mujercitas que venían charlando sobre lo bonito que al menos exteriormente parecía aquel balneario. Con algo de picaresca saqué mi cámara de fotos y dándome la vuelta comenté con voz amable a la pareja de chicas…

    Yo: Disculpad, ¿Seríais tan amables de hacerme una foto?

    La chica de pelo rizado me miró a los ojos y asintió cogiendo mi cámara para fotografiarme en el pequeño paraje que rodeaba la entrada del recinto.

    Había conseguido dos cosas; una fotografía realmente bonita y saber el nombre de ambas tras un pequeño diálogo que tuvieron al sacar su videocámara para inmortalizar aquel paisaje.

    La chica de pelo rizado, Amaya, Maite la joven rubia.

    Amaya: Perdona, ¿Podrías ahora tu grabarnos haciendo un poco el tonto aquí en el “bosque”?

    Yo: Ja,ja,ja… claro, se da aquí para grabar ¿no?…

    Maite: Si, este es el “play” y para el zoom aquí y aquí… – dijo mientras me mostraba los botones.

    Tras las presentaciones de rigor y hacer la pequeña grabación en aquel paraje, ellas ya por su lado y yo por el mío nos dirigimos a nuestras habitaciones.

    El viaje no había sido muy largo, pero si lo suficiente como para despertar mi apetito, por lo que tras ordenar rústicamente mis cosas y darme una rápida ducha, bajé al restaurante a comer.

    Después del almuerzo, subí a mi habitación de nuevo para hacer la digestión antes de ir a disfrutar de un baño de aguas termales que aproveché como si fuera un niño con zapatos nuevos, a lo que siguieron unos masajes relajantes y una sesión de spa que me dejaron como en una nube.

    Haciendo esfuerzos para no quedarme dormido fui a cenar sin saber lo que aquel lugar ofrecería como entretenimiento.

    Terminando el bistec y pensando en preguntar en recepción que espectáculo o evento ofrecerían esa noche un “hola” venido de una voz recientemente conocida hizo que mirase hacia mi derecha.

    M: ¿Qué tal está la cena?

    Yo: Pues a mí me ha parecido un lujo… os ofrecería, pero… ya me lo he comido.

    A: desde luego… ¡Qué egoísta!… Ja,ja,ja…

    Puse una cara de irónica tristeza acompañada por unos falsos gimoteos que hicieron que ambas rompieran a reír.

    A: Mírale que carita de niño bueno, como nos intenta engañar… je,je…

    Yo: No, en serio, si queréis os invito…

    Con un toque en el brazo de Amaya, claro signo de comienzo de pequeña confianza siguió mi pregunta de si sabían que habría esa noche en la Sala de Fiestas.

    M: Nada, una orquesta de esas de pueblillo para que bailen las viejecillas a ver si pillan… ja, ja, ja…

    Yo: Ja, ja, ja… pues que mal rollo, pero bueno, a falta de pan… ¿vais a venir?

    A: Claro, mejor eso que nada ¿no?…

    Yo: Bueno, pues nos veremos ahí (haciéndome un poco el interesante). Hasta luego majas…

    Ambas: Ciao majo.

    Pues había quedado con ellas, así, sin comerlo no beberlo.

    Al terminar la ducha puse énfasis en desodorarme, acicalarme y suavizarme bien porque nunca se sabe lo que puede pasar. Con esta idea y tras vestirme elegantemente de sport, me dirigí a la Sala de Fiestas.

    Allí estaban, entre toda esa gente bailando pasodobles y serenatas que la orquesta interpretaba.

    Pedí en la barra un refresco y fui a saludarlas.

    Yo: ¿Me permitís este baile?

    Ambas: Ja, ja, ja…

    A: Vaya coñazo tío, vamos a tener que beber mucho para poder pasarlo bien.

    M: Yo de momento voy pidiendo unas copas.

    Allí, en una pista de baile plagada de gente de mediana edad, nosotros, los más jóvenes aparentemente, intentábamos pasarlo lo mejor posible a nuestro rollo, riendo, bebiendo y tonteando.

    Yo no bebí ni una sola gota de alcohol, además de que no suelo hacerlo, quería estar despejado por lo que pudiera pasar, que nunca se sabe… pero aquella noche no pintaba muy bien en ese aspecto…

    Ellas lo pasaban bien, bailaban, incluso en momentos dudaba si eran o no pareja.

    Tampoco quise forzar la situación, aún quedaban 2 días de estar allí y no quería que el buen ambiente que había, al menos de principio, se rompiera por mi culpa o por ir acaso.

    Aproximadamente a las 4 de la madrugada la orquesta tocó la última canción de su repertorio y la “fiesta” terminó.

    Las chicas estaban algo contentillas y se quitaron los zapatos en claro signo de cansancio.

    Yo: Bueno chiquillas, pues el “guateque” ha terminado, el menda se va a dormir…

    (Siguiendo con mi plan de hacerme el interesante…)

    A: ¿Tu habitación tiene cama de agua?

    Yo: No, al menos no me he dado cuenta…

    M: ¿Y qué número de habitación tienes?

    Yo: 218.

    M: ¡Ah!, nosotras estamos más arriba.

    Yo: Bueno pues lo dicho muchachas, que mañana más y mejor.

    A: Mmmm… 218…

    Subí en el ascensor y nada más llegar a mi habitación, me tiré directamente en la cama sin siquiera desvestirme.

    Cuando estaba a punto de quedarme dormido, alguien golpeó la puerta. Yo no estaba seguro de si lo estaba soñando o realmente alguien tocaba la madera.

    Me incorporé frotándome los ojos y al llegar a la puerta pregunté quien llamaba. “Servicio de habitaciones” contestaron. Con cara de extrañeza abrí y me sorprendí al ver a Maite y Amaya con una botella de champagne y 3 copas.

    A: Que hemos decidido tomar la última aquí si no te importa… por cierto… ¡Vaya pelos!…

    Yo: Me estaba quedando sopa, si quieres me engomino otra vez.

    A: Ja, ja, ja… no, deja, que estas muy guapetón asi.

    Yo: Bueno pasad, acomodaos, esta es vuestra casa…

    M: vaya cama tío, ¿eres socio de aquí o algo?… (acomodándose ambas en ella).

    Yo: ¡Qué va!, yo no soy tan sibarita…

    M: Mírale que bien habla… ¿todo lo haces tan bien?…

    Yo: Ja, ja, ja… (subiendo los hombros en ademán dubitativo).

    Descorcharon el champagne y llenaron las 3 copas de sus burbujas. Sinceramente yo no sabía que hacer ni como comportarme. Suelo saber estar en cada momento, pero he de reconocer que allí todo eran dudas. Decidí que, si algo tenía que ocurrir, fueran ellas quienes llevasen la iniciativa.

    A: ¿Y tu novia?

    Yo: No tengo.

    M: ¿Novio?

    Yo: No, gracias…. ¿Vosotras?…

    Ambas: Tampoco.

    Yo: He de reconocer que tuve mis dudas de que fuerais pareja… ya sabéis…

    M: Hombre, se puede decir que hay roce, y ya sabes, la confianza a veces… pues…

    En ese mismo momento Amaya se abalanzó sobre Maite y la endiñó un beso en la boca que hizo que mis instintos más primitivos empezaran a despertar.

    A: Nos gusta divertirnos, nada más que eso, no hay compromisos, ni rollos raros… ¿a ti no te gusta divertirte?

    Yo: Si. Si, claro…

    El hecho de ver a dos preciosidades tumbadas en mi cama besándose y acariciándose hacía que la sangre me bajase de la cabeza a otro lugar de mi cuerpo, lo que no me permitía reaccionar rápidamente a ese tipo de preguntas.

    M: Pues habrá que divertirse… ¿no? –Comentó mientras me indicaba que me acercase a ellas.

    Quise dar la impresión de que no era la primera vez que me encontraba en esa tesitura, pero por dentro estaba literalmente perdido.

    A: Maite, en esta habitación hace un poco de calor… ¿no?

    M: Si, creo que me sobra la ropa, el ambiente está muy caliente…

    Comenzaron a desnudarse la una a la otra dejando al descubierto sus dos cuerpos no muy bronceados, pero sumamente apetecibles. Ambas con nimias tangas que apenas tapaban algo y con sujetadores que presionaban unos pechos deseosos de quedar libres para provocar aún más el deseo que ya se había apoderado de mí.

    M: Ven guapo, no te quedes ahí parado mirando…

    Me agarraron, y cuando me quise dar cuenta mi ropa ya estaba en el suelo de la habitación y mis manos se encontraban en sus nalgas, una palma para cada par de glúteos.

    A: ¿Qué te parecen nuestros culitos?… Mira como se mueven…

    Estaban las dos de rodillas, bajando y quitándome la ropa interior, besándose a escasos centímetros de mi sexo.

    Una vez que mis boxers ya no rozaban mi piel, se miraron pícaramente y después me miraron a mi sonriendo como avisándome de lo que iban a hacer…

    A: ¿Quién empieza? (con voz melosa).

    M: Pruébala tu y dime que tal está.

    Amaya sin dejar de mirar mis ojos. Agarró mi semirrecto miembro llevándoselo a la boca con la lengua mojada rozando mi glande y su mano retrayendo mi piel.

    Mientras, Maite acariciaba el pelo de su amiga y mordía su propio labio inferior en claro signo de ardiente deseo.

    A: Está deliciosa… además está creciendo que da gusto.

    M: ¿Me la dejas?…

    A: Toda tuya.

    Cambiaron los papeles. Ahora era Maite quien lamía rápidamente mi falo y lo metía y sacaba de su boca mientras su saliva caía por la comisura de sus labios y su barbilla llegando a sus pechos.

    Amaya se colocó de tal manera que su boca chupaba los mojados y duros pezones de Maite y tocaba su totalmente rasurado coñito.

    Yo estaba literalmente en la gloria. Ya no podía estar más caliente y ellas no creo que se quedaran rezagadas en ese aspecto.

    Yo: Ufff… yo también quiero comer.

    Dicho y hecho. Me tumbaron en la cama y mientras Amaya lamía mi pene y testículos de una manera magistral, Maite de pie encima de mí, agachaba su culito que yo sostenía con mis manos y puso su delicioso y pequeño coñito en mi boca. Mi lengua paseaba por todo ese manjar, entrando en su vagina y relamiendo su clítoris con pequeños espasmos de placer que hacían que sus nalgas temblaran y aquella cuevecita se mojara más y más.

    Amaya lo estaba viendo todo en primer plano y al parecer no pudo aguantar más y agarrando mi más que dura polla se fue agachando al igual que hizo su viciosa amiga y se sentó hasta que llenó su chochito empapado de mí.

    Me estaban follando de una manera sublime. Maite corriéndose en mi boca y Amaya haciendo lo propio botando encima de mí y golpeando sus nalgas contra mis muslos e ingles.

    Cambiaron las tornas. Esta vez y sin yo apenas moverme fue Maite quien de espaldas a mí se sentó en mi miembro separando sus nalgas y Amaya, en postura de 69 colocó sus rodillas al lado de mis hombros y sus 2 agujeros a la entera disposición de mi lengua. Pero… eso no era todo. Mientras yo abría con mis manos el culo de Amaya y lamía su ano y clítoris gustosamente, ella a la vez de ayudar a Maite a botar encima de mí, lamía su ano y de cuando en vez, sacaba mi pene de su compañera y lo mamaba saboreando el delicioso jugo que bajaba por mi falo.

    A: ¡Qué rica sabes!… Estas mojadísima nena…

    M: ¡Que pollón tiene!… ¿Te has fijado?… Me he corrido 2 veces… y las que me quedan.

    Yo no lo podía creer. Siempre había imaginado esto en mis múltiples fantasías, pero ahora me estaba pasando.

    Quise llevar un rato las riendas y que mejor forma que invitando a ambas a ponerse a 4 patas juntando y cerrando sus piernas y acercando los 2 culitos dejándolos a mi antojo.

    Me puse detrás de Maite y metí mi polla dentro de ella de golpe, provocando que su cabeza se echase hacia atrás de gusto. A la vez, Amaya permanecía expectante y esperando que hiciera lo mismo con ella. Así fue, saqué mi miembro de Maite y lo introduje a placer en Amaya provocándola un escalofrío que hizo que su vagina se contrajera y apretase mi glande en una sensación increíble.

    Estuve un rato intercalando penetraciones en las dos chicas que parecían no cansarse nunca.

    El momento clave llegó cuando mientras embestía a Amaya con todas mis fuerzas ellas se besaron y coincidieron en decirme:

    M: ¿quieres follar nuestro culito?

    A: Si, llénanos bien con esa polla…

    Yo ya estaba en una situación donde me encontraba más que a punto de vaciarme, pero no podía dejarlas sin hacer caso a su petición, por lo que con ambas manos mojé ambos anos e introduje 2 dedos en cada uno de dichos agujeritos.

    Me encaminé al trasero de Amaya…

    M: Espera que te ayudo…

    Madre mía, agarró mi polla y tras chuparla y llenarla de su saliva, la introdujo en el ano ya dilatado de Amaya. ¡Qué sensación!, aquel hueco estaba mas que prieto y la fricción era mas que intensa.

    Maite se masturbaba mientras Amaya tenía un orgasmo intensísimo a través de su ano que yo sentí y que produjo el que yo sintiese que estaba a punto de correrme.

    No quise sin embargo dejar el ano de Maite sin ser penetrado, por lo que le introduje mi miembro a punto de estallar en su culo, a la vez Amaya lamía su clítoris haciendo que se corriera de una manera excepcional y con unos gemidos algo escandalosos.

    Ese era el momento, ya no podía más…

    Yo: Me voy a correr…

    A: Si, si, danos tu leche… vamos… dánosla…

    Me puse en pie y ellas juntaron sus caritas y sus bocas comenzando a masturbarme. Una a cada lado, desde el escroto hasta la punta del glande, y una vez allí se besaron con mi polla en medio de sus lenguas.

    Así me corrí, llenándolas la boca y cara de mi caliente semen. Ellas se lo intercambiaban al besarse y lamerse…

    Después de aquella mas que generosa eyaculación, los 3 sudando nos dimos una amistosa ducha y dormimos desnudos y abrazados en la cama, con sus cabezas apoyadas en mi pecho.

    Loading

  • El día que abusé de mi hijo (parte 3 – final)

    El día que abusé de mi hijo (parte 3 – final)

    Esa noche de viernes, comenzó luego de una cena muy liviana con algo que nos había dejado preparado, la chica que trabaja en mi casa.

    Como les comenté nos acostamos ambos en mi cama, que es inmensa, pero que desde que enviudé nadie lo había hecho allí, nos tiramos por encima una sábana para que el aire que teníamos prendido en el dormitorio, no nos diera directamente en nuestros cuerpos, pero hacer esto y comenzar a buscarnos el uno al otro fue simultaneo, abrazándonos, acariciándonos, y teniendo nuestros cuerpos juntos, como queriendo fundirnos en cada abrazo y en cada beso…

    Dani me dice: “¡Mami cuantas cosas maravillosas nos han pasado hoy!, espero que quieras continuar…”, a lo que le respondo:

    “Dani te he deseado toda mi vida, y hoy, ha querido el destino que esto ocurriera, estoy como cuando recién me casé, deseando en lo más profundo de mi ser que esto continúe, eternamente, y tan es así que estoy tan caliente que no veía la hora que pudiéramos estar así acostados, desnudos, y tan motivados ambos, pues lo que más deseo en este momento es cogerte…”.

    Dani se destapa totalmente y se muestra con su hermosa pija totalmente erecta, y yo me abalanzo sobre ella, llevándola a mi boca y chupándola, la mojo totalmente con mi saliva y en lugar de continuar, me subo encima de él , tomándola con mi mano, comienzo a pajearme con ella en la zona del clítoris y entres los labios de mi conchita, que clama por tenerla dentro una vez más…

    Dani jadea y está rojo, la erección es completa y no tiene otra opción que dejarme hacer, de pronto la pongo en el medio de la entrada de mi raja y me voy dejando caer paulatinamente, siento que con la punta de su pija ha llegado a mi útero, y ese golpe de corriente que recibo al recibirla así profundamente hace que comience a cabalgarlo, una y otra vez acompasadamente, llevando en aumento una sensación de orgasmo que es inevitable, lo gozo y lo vivo sentándome en él y sintiendo allá adentro todo el placer del mundo, estoy cogida hasta el tronco y eso es lo que quería

    Miles de fuegos artificiales explotan dentro de mí, siento en lo más profundo el estruendo de ese orgasmo que jamás había sentido, y su pija tiesa, dura llenándome todas las cavidades… aún sin llegar a acabar, estoy loca, sigo subiendo y bajando una y otra vez, voy buscando el momento culminante, y espero ya una cascada de orgasmos, que siento que vendrán y ahí comienza mi desenfreno y grito, “rompeme mi amor… rompeme toda que necesito que llenes mi concha de semen”, “quiero que me acabes una y otra vez porque esta noche será nuestra…” y un ah ,ah, ah, acompasado y loco, demencial hace que le pida mas mientras el chupa como queriendo sacarme leche del pezón que puso en su boca.

    Traspiramos copiosamente pese al aire acondicionado encendido, y de pronto veo como su cara comienza a desencajarse y siento contra el cuello del útero un chorro de semen que me quema y me inunda al mismo tiempo, pero no ceso de cabalgarlo y luego siento dentro de mí otro chorro de semen y unos segundos después otro tan espeso y cálido como los anteriores…

    Yo caigo extenuada encima de él mientras comienza a acariciarme, masajearme, mimarme con su grandes manos recorriendo mis nalgas, mis tetas, mi cuello, mis nalgas, mientras siento que por los labios de mi concha comienzan a salir hilos de semen que esa hermosa pija depositó allí, y que como aún está metida hasta el tronco ahí, ese semen tiende a salir , estoy inundada, y aunque ahora ya no escupe semen sigue tan tiesa como al principio y sigue cogiéndome, sus manos ahora van hacia mi concha y comienza a distribuir el semen que sale de ella, especialmente por mi culo, y yo lo dejo hacer…

    De pronto siento que con un dejo mojado, en ese semen maravilloso, comienza a introducirlo en mi esfínter, y al sentirlo siento como un fuerte estremecimiento de placer y ganas que siga avanzando… y busco ponerme de la forma más cómoda para que así lo haga, sin dejar que saque su pija de mi concha…

    Gozo el momento y vuelvo a calentarme, comienzo a moverme cadenciosamente ahora con su pija en mi concha y un dedo en mi culo que ha logrado introducirlo totalmente dentro de mi… ¡un dedo, solo un dedo que me provoca tanto placer!

    Siento que ese dedo a través del culo palpa la pija que está en mi concha, y me quedo semi inclinada hacia él sintiendo que me vengo nuevamente en un tremendo y efervescente orgasmo… mientras el comienza a eyacular nuevamente como si recién me comenzara a coger, yo comienzo a traspirar copiosamente y el estallido de un gran orgasmo jamás sentido, un orgasmo que sube rápidamente y se estaciona en mí sintiendo una seguidilla de mini orgasmos incontables e interminables…

    Lo beso, lo muerdo lo chupo sus labios, me tomo frenéticamente de su cuello y grito, “mas, mas, maaas, mas adentro maaas, no pares mi amor, no pares que me muero, déjamela adentro para siempre no me la saques por favor Daniii” y siento que se me termina el aire, y un pequeño jadeo, me va dejando salir de la inercia de tanto sexo deseado y recién logrado…

    Que fantástica cogida nos hemos dado ambos, me bajo para no seguir pesándole encima y él me da vuelta, me pone encima suyo y quedamos haciendo el más maravilloso de los sesenta y nueve, mi boca limpiando y tragando cada gota de su semen y mis jugos que me recuerdan un licuado de bananas, junto con mi lengua que va desde la punta de la pija hasta sus testículos, y el con su cara totalmente embadurnada de ese río de leche que había en mi concha, siento que el me succiona y limpia maravillosamente, deteniéndose en chuparme reiteradamente mi clítoris que aún palpita caliente… produciéndome el más hermoso hormigueo que va desde mi concha al culo… y el éxtasis continúa, ¡Cuánto placer junto!

    No quiero que termine más esta noche y aún tenemos tanto para brindarnos… necesitamos seguir cogiendo, imposible detenernos ya…

    Loading

  • La tanga de mi nueva amiga

    La tanga de mi nueva amiga

    Hace unos meses un amigo mío me invitó junto con más amigos a una fiesta que darían unos primos de él, yo decidí ir.

    La fiesta transcurrió normalmente, mucho baile, bebidas, y algunas otras cosas que puedes encontrar comúnmente en una fiesta loca, mientras transcurría la noche noté que la prima de mi amigo era una de las chicas más buenas de la fiesta y eso hacía que fuese muy fácil identificarla todo el tiempo, yo la miraba cada que podía mientras bailaba y movía su delicioso culo al ritmo de la música.

    Rápidamente les describiré como es la prima de mi amigo. Fernanda es una chica de 21 años, 1.60 m aproximadamente, cabello negro, morena de piel, delgada a excepción de sus piernas que son un poco más grandes y eso hace que sean muy estéticas y junto con esas piernas bien formadas, un culo delicioso que antojaría a cualquiera.

    La fiesta comenzó a apagarse como a eso de las 3 am, muchos ya estaban cansados y todos comenzaron a irse, algunos a seguir la fiesta en otro lugar y otros a descansar.

    Fernanda se fue a dormir a su cuarto, y los demás se fueron de la casa, dejándome solo ahí con ella. Honestamente yo también estaba cansado y solo quería dormir un poco, entonces me quede en la sala, me puse cómodo y descanse.

    Por momentos la idea de que Fernanda estaba dentro de su cuarto a pocos metros de mi hacía que fantaseara que si ella quería coger, lo único que tenía que hacer era salir por mí, decirme que pasara y abrir las piernas jaja, después de imaginar eso me quede dormido.

    Como a las 7 de la mañana un ruido de pronto me despertó repentinamente, era Fernanda saliendo de su cuarto, yo estando un poco dormido aún pude verla que daba algunas vueltas por la casa, iba a la cocina a su cuarto y la saludé con los ojos entre cerrados.

    Lo interesante de la historia comienza ahora, porque vi que entro al baño, para entonces yo ya estaba un poco más despierto y dentro de pocos minutos escuché música dentro del baño, parecía que la estaban poniendo con un celular, es aquí cuando pienso “¿se va a dar un baño?”

    Mi mente desarrolló ideas muy rápido, recordé lo que había estado haciendo en el cuarto de mi hermana (que ya conté la historia en un relato anterior) por un momento creí que si se daba un baño podría tener la oportunidad de entrar a husmear a su cuarto por unos minutos, y de pronto escuché la llave del agua abrirse, en efecto estaba comenzando a darse un baño, ahí me pregunté a mí mismo y me conteste, ¿Te atreves?, Claro que sí.

    Me quite los zapatos para que al caminar no hiciera yo nada de ruido, con mucho cuidado abrí la puerta de su cuarto ya que no quería que rechinara y ella se diera cuenta desde la ducha.

    Ya estando dentro de su cuarto pude ver la cama donde ella había dormido esa noche y donde mis fantasías pudieron volverse realidad, hice lo mismo que en el cuarto de mi hermana, buscar el cesto de ropa sucia, y esta fue la confirmación de que ahora tenía un fetiche con la ropa interior usada, fácilmente encontré sus bragas usadas, algunas estaban casi limpias, buscando un poco más logre encontrar algunas con fluidos de ella, eso me excitó, no pude evitar el olerlos profundamente y para mi sorpresa tenían un aroma hermosa, era difícil para mí comprender como es que la ropa que trae entre las piernas podía oler tan delicioso y sobre eso tenía sus fluidos.

    Después de eso fui a sus cajones de ropa donde tenía algunos bra, todos normales, a diferencia del cuarto de mi hermana, el de Fer no tenía gran cosa entonces decidí volver a su ropa usada, olí algunas prendas más, creo que me froté algunas en mi miembro y decidí quedarme con un recuerdo, entonces me llevé una de sus bragas con sus fluidos vaginales en ella.

    Salí del cuarto, volví a colocarme donde estaba “durmiendo” y espere a que saliera de bañarse, después salió, entro a su cuarto, se vistió y yo “desperté”, pude hablar con ella un poco más en la mañana y conocerla un poco mejor, en la actualidad me llevo bien con ella y de vez en cuando entro a su perfil de Instagram para masturbarme con sus fotos mientras huelo sus bragas he incluso las froto en mi miembro para masturbarme.

    Ahora cuando me encuentro con ella, lo primero que pienso al saludarla es en lo rico que le huele la vagina.

    Espero hayan disfrutado de esta atrevida anécdota y pronto escribiré algunas más.

    Gracias por leer.

    Loading

  • La reina

    La reina

    “La reina” (cuarta parte de “Cógelo”).

    ¿Serge? No por haberlo supuesto era menos impactante para Lidia tener la confirmación de la presencia del imponente negro. Aquella posible situación era elevar la lujuria a un nuevo nivel, y la cómplice sonrisa de Jorge al anunciárselo desató en ella una sensación de abandono que la recorrió de arriba abajo. De abandono, sí. De abandono de cualquier recato, de cualquier pizca de pudor, de tener la sensación de estar dominada por el deseo, por la lujuria…

    El tiempo que quedaba hasta la hora acordada transcurrió como en un sueño, y al contrario de lo que sería normal ante cualquier cita, no se preocupó en exceso en su aspecto. Su mente estaba absorta en procesar la situación que con toda seguridad se iba a dar; incluso a Jorge también parecía afectarle. Recorría el apartamento absorto con una sonrisa perenne en su cara, sólo interrumpida cada pocos minutos al comprobar la hora en su reloj de pulsera.

    Ambos se ducharon, primero Jorge, y al concluir dejó a Lidia que hiciera lo propio. Notó su clítoris hipersensible, tal y como venía estando últimamente, y al introducirse los dedos en su sexo para esta vez sí extraer cualquier resto de fluidos y semen de su interior, no pudo evitar rozarlo en repetidas ocasiones. De nuevo se excitó, si es que había dejado de estarlo en algún momento en los últimos días. ¿Cuántos orgasmos había tenido? Sola, con Jorge, con David, con los dos…no podía recordarlos todos… De pronto se sorprendió introduciéndose dos dedos profundamente mientras con el chorro de la ducha apuntaba hacia el prominente botón.

    Una vez más, las imágenes que tanto la excitaban volvían a reproducirse en su cabeza cuan película alocada y caótica. Aceleró el movimiento de sus dedos y se hubiera encaminado hacia un nuevo orgasmo de no haber sido interrumpida por Jorge, el cual la apremiaba tras la puerta ante la proximidad de la hora acordada para la cita. Lidia venció su deseo y terminó de ducharse no sin sentirse algo frustrada, pero el premio que sin duda la esperaba compensaba cualquier sacrificio previo.

    Con una toalla enrollada alrededor de su cuerpo, dejó libre el baño de nuevo para que Jorge terminara de prepararse, y se dirigió a su dormitorio para elegir la ropa a lucir. No se preocupó mucho, era la única chica y esperaba no tener que conquistar a ninguno de los chicos por su aspecto. Además, ante la posibilidad de acudir a un concierto tras la cena decidió que nada mejor que unos jeans ajustados que le marcaran, esos sí, las caderas y el culo. Sonrió ante la perspectiva de tener a tres hombres a su disposición contemplando su trasero y no pudo por menos que sentirse satisfecha.

    Jamás, ni en sus mejores tiempos de instituto, se había sentido la reina, como se sentía ahora. Sus pensamientos se vieron de nuevo desvanecidos ante el tono del teléfono de David. Se quedó quieta atenta a los monosílabos que su marido contestaba a quien lo había llamado, y esperó algo inquieta la información que Jorge le facilitaría al colgar.

    -“¡Lidia, cambio de planes!”, proclamó Jorge desde el baño, acercándose aun a medio arreglarse a encontrarse con su mujer con el móvil en la mano. -“David me comenta si no nos importa dejar el asunto del concierto, pues tiene el tobillo algo cargado y no quiere estar mucho tiempo de pie. Dice que después de cenar, si nos apetece, podemos tomar algo en plan tranquilo por ahí. Le he dicho que de acuerdo. ¿Te parece bien?”

    -“Por mí no hay problema” –respondió Lidia, reordenando su cabeza ante los nuevos planes. Se sonrió de nuevo al pensar que tumbado en la cama no tendría problemas con su lesión, y es ahí donde realmente lo quería tener. Se acercó a su mesilla para escoger una pulsera negra que solía ponerse más por superstición que por otra cosa, y al rebuscar en el cajón se topó con uno de sus juguetes sexuales que no solía utilizar con Jorge: un huevo vibrador con mando a distancia. Una perversa idea se introdujo en su mente… -“¿Por qué no?-se dijo, y lo cogió entre sus manos.

    Dejó el mando a distancia en su bolso y devolvió los jeans al armario. Rebuscó entre las perchas y se decidió por un vestido negro de amplio vuelo, muy cómodo, de verano. Se lo puso y se miró al espejo de cuerpo entero que dominaba el dormitorio. Quizás no era el más indicado para una cena, para una cita romántica, pero obviamente ésta no lo era. Necesitaba encontrarse cómoda ante su nuevo plan.

    Se levantó el vuelo de la falda, se bajó ligeramente las bragas y se introdujo el huevo vibrador en la lubricada vagina con total facilidad. Se sintió algo molesta al principio, pero sólo pensar lo excitante de la situación le hizo olvidarse del intruso que la llenaba. Se recolocó las bragas y el vestido, se volvió a contemplar ante el espejo y de nuevo una maliciosa sonrisa se dibujó en su rostro. –“Si ellos supieran” –pensó…

    Mientras Jorge dejaba finalmente libre el baño, se calzó con unos zapatos de tacón medio y entró de nuevo al baño a darse los últimos retoques de maquillaje y peinado. Decidió que no necesitaba colorete alguno, pues sus mejillas ya lucían bastante sonrojadas de la mera excitación. Sombra de ojos, toque ligero en los pómulos y labios, se atusó el pelo y se sintió lista para todo lo que viniera después, y así se lo anunció a Jorge, que la esperaba impaciente en la puerta del apartamento.

    -“¡Venga, cariño, que están abajo mal aparcados esperándonos!”, la volvió a apremiar Jorge.

    -“Ya estoy lista, cuando quieras. De todas formas, ¿dónde iríais sin mí?”-sonrió maliciosamente Lidia aceptando la cortesía de su marido que le mantenía la puerta de la calle abierta.

    -“¡Tienes razón, seríamos como zánganos sin su reina, jajaja!” –bromeó Jorge guiñándole un ojo y riendo sonoramente, procediendo a echar la llave del apartamento.

    Mientras, Lidia se acercaba al ascensor celebrando lo apropiado del comentario de su marido, coincidiendo con el estatus real que ella mismo se había otorgado minutos antes. Llamó al ascensor, y en cuanto éste llegó, dejó que Jorge le abriera de nuevo la puerta. Entró, y sin esperar que el resorte automático la cerrara, rodeó el cuello de su marido con sus brazos, y sin importarle cómo quedara su brillo labial, le regaló un húmedo beso lleno de deseo. Jorge respondió con pasión, también embriagado ante las posibilidades que la noche, inequívocamente, ofrecía a la pareja, y sobre todo, excitado y agradecido a su mujer por su cambio de actitud en apenas 48 horas. ¡La cita prometía!

    Salieron del recinto cerrado de la urbanización y ahí, en un imponente Audi deportivo de color negro les esperaban David y Serge, éste último al volante. Ambos salieron del vehículo simultáneamente y recibieron a la pareja con una sonrisa. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Lidia de arriba abajo al contemplar la imponente figura de Serge, que parecía aun más alto vistiendo totalmente de blanco, con una camisa desabrochada en sus botones superiores dejando adivinar su depilado y musculado torso y rebasando en kilómetros la altura del deportivo de su propiedad.

    Los dos monitores se acercaron a la mujer, David en primer lugar, alabando su aspecto mientras le daba un par de besos en las mejillas; Serge a continuación, agachándose para acercar su rostro al de Lidia saludándola con un “hola” en el momento más próximo a su oído, cuya tono era tan grave que no parecía humano, acompañado por su mano que dibujó momentáneamente la figura de la cintura y la cadera de la mujer. Posteriormente, ambos estrecharon la mano de Jorge y se dispusieron a entrar de nuevo en el deportivo, permitiendo primero que el matrimonio se acomodara en los asientos traseros al tratarse de un “dos puertas”.

    Lidia se introdujo en primer lugar, sintiéndose observada por los tres machos mientras se encorvaba y tenía la certeza de que su trasero quedaba marcado por el vuelo del vestido. Se sentó dejando a la vista sus piernas por encima de las rodillas, dejando espacio para que Jorge se situara a su lado.

    A continuación, los monitores se acomodaron en los asientos delanteros, y el vehículo comenzó su marcha mientras David informaba al matrimonio dónde iban a acudir a cenar. Lidia aproximó su cuerpo al de su marido provocando el roce entre ambas piernas, momento en el que Jorge apoyó su mano sobre el muslo de su mujer mientras acercó su boca devolviéndole un beso similar al que ella le había propinado en el ascensor.

    En ese instante, disimuladamente, Lidia introdujo su mano en el bolso y extrajo el mando a distancia del huevo vibrador, colocándoselo en la mano a Jorge, que sorprendido se retiró unos centímetros del rostro de su mujer para contemplar de qué objeto se trataba. Lo reconoció inmediatamente, y tras la enorme sorpresa inicial, un brillo lujurioso destelló en su mirada: Lidia había tomado la iniciativa de forma definitiva, y ella era la que mandaba a partir de entonces.

    De camino al restaurante, David se justificó por modificar los planes iniciales argumentando que había forzado su tobillo más de lo debido, y que éste se había resentido, disculpándose por ello, girándose cada cierto tiempo intentando reforzar sus argumentos centrando su mirada en la figura de Lidia. Mientras Serge bromeaba sobre el estado de David, Jorge, sabiéndose ignorado de la atención de los otros machos, palpó el mando del huevo en su bolsillo, y aprovechando la música de Red Hot Chili Pepper que sonaba de fondo en el lujoso equipo de audio del vehículo, decidió comprobar que el juguete funcionaba correctamente.

    Localizó el interruptor con su mano izquierda y lo encendió. Inmediatamente, Lidia dio un respingo sobre el asiento al notar la ligera vibración del huevo en el interior de su vagina. Si ya estaba muy excitada sintiéndose el centro de atención de tres hombres, el estímulo adicional del huevo provocó que comenzara a lubricar casi inmediatamente. La noche se presentaba emocionante… ¡y húmeda! Jorge la miró inquisitivamente y sonrió mientras aumentaba la intensidad de la vibración.

    Lidia dirigió entonces sus ojos hacia su marido obviando las explicaciones de David, propinándole un gesto de complicidad y lascivia a la vez, acariciando el muslo de su marido con fuerza. Jorge entonces detuvo la vibración del huevo y se giró sobre su mujer tomándola de la cintura y besándola con toda la pasión, con toda la lujuria que sentía en ese momento. Lidia lo recibió entre sus brazos correspondiendo al beso con su boca entreabierta y con su lengua buscando la de Jorge con anhelo.

    Todo ello no pasó desapercibido para David, que se giró de nuevo observando cómo la mano derecha de Jorge se introducía disimuladamente bajo el vestido de Lidia mientras ambos se abrazaban y besaban. Se volvió hacia Serge haciéndole un gesto con la cabeza a lo que éste reaccionó ajustando el retrovisor para poder ver mejor lo que sucedía en los asientos traseros. Esbozó una sonrisa de satisfacción que compartió con David guiñándole un ojo.

    En pocos minutos arribaron al aparcamiento del restaurante, y tras salir los cuatro del vehículo, se encaminaron hasta el establecimiento, encabezados por David, que galantemente abrió la puerta para que Lidia entrara en primer lugar. Esperó a que entraran los demás para tomar de nuevo la iniciativa y confirmar la mesa reservada. El maitre los acompañó hasta un rincón de una sala no muy iluminada, con una decoración ligera pero de aspecto íntimo y acogedor. Retiró ligeramente la silla donde eligió situarse Lidia para que ésta se acomodara, colocándose David a su derecha, Serge a su izquierda y Jorge frente a ella.

    Nuevamente se sintió la dueña de la situación, el ama alrededor de la que revoloteaban sus siervos deseando satisfacer sus antojos, “y esto acaba de empezar”, se dijo a sí misma perversamente. Tras ser atendidos por el maitre y elegir vino y manjares, Lidia se sintió de nuevo sorprendida por la vibración del huevo, lanzando inmediatamente una nueva mirada a Jorge que respondió con otra sonrisa cómplice. La humedad en su sexo no había hecho otra cosa que aumentar desde que salieron del apartamento, y aunque complacida por el cálido bienestar que sentía en su entrepierna, tampoco se encontraba excesivamente cómoda al comprobar que sus flujos habían empapado sus bragas.

    Tras conversar animadamente con sus partenaires sobre temas banales en principio (el tobillo de David, las clases de tenis, la vida de Serge en EEUU) degustando los entrantes y los segundos platos regados con abundante vino.

    Lidia comprobó que necesitaba cambiarse tras la continua “tortura” a la que había sido sometida por su marido con el huevo vibratorio, ya que en repetidas ocasiones la había conducido a distraerse de las conversaciones que se mantenían sobre la mesa, e incluso a tener dificultades para mantener la compostura y ahogar algún que otro gemido de placer que el juguete le provocaba, así que en el interludio antes del postre, Lidia se disculpó y se encaminó a los servicios, y tras cerrar por dentro el cerrojo de un habitáculo, pudo comprobar entre satisfecha y ruborizada cómo sus bragas estaban totalmente empapadas.

    Se las quitó sustituyéndolas por otras limpias que llevaba previsoramente en su bolso, no sin antes recolocarse el pícaro huevo que justo en ese momento volvía a encenderse manejado por Jorge, pareciendo con ello apremiarla a que regresara a la mesa con sus tres machos. Guardó sus húmedas bragas en el bolso, se atusó el cabello ligeramente, acondicionó su vestido y se dirigió de vuelta a la mesa. Los postres ya se encontraban servidos y Serge procedía a llenar la copa de la mujer con el resto de una botella de vino. Lidia sonrió a los tres y mientras bebía de su copa se quedó estupefacta cuando Jorge depósito sobre la mesa el mando del huevo vibratorio a la vista de todos los comensales…

    Serge y David alternaban sus miradas entre Jorge y el objeto que éste acababa de colocar en la mesa sin comprender exactamente qué era y qué significaba, y los segundos parecían minutos sin que el marido de Lidia desvelara la incógnita. Por fin Jorge tomó el objeto entre sus manos y pulsó el interruptor marcado con “on/off”, y en ese preciso instante Lidia se echó hacia atrás, buscando el respaldo de la silla y cerrando los ojos mientras un pequeño suspiro salió de su garganta.

    Inmediatamente David dedujo de qué se trataba y se apoderó del mando incrementando la intensidad de la vibración. Entonces Lidia abrió los ojos y alternando una lasciva mirada a ambos monitores, acertó a susurrar: -“y ahora, ¿qué vais a hacer conmigo?”.

    David pidió la cuenta al camarero justo en el instante en el que Serge apoyó su mano derecha sobre el muslo izquierdo de Lidia, algo que ella llevaba deseando desde el momento en el que se sentó a su lado. Poco a poco su mano fue ascendiendo por el muslo de Lidia, e introduciéndose hacia el interior de la pierna mientras David jugaba con el mando sin perder de vista las reacciones de Lidia, que de nuevo se había recostado contra el respaldo de la silla. Jorge, a su vez, contemplaba cómo su mujer se retorcía de placer, más por lo morboso de la situación que por el propio masaje que la vibración le proporcionaba.

    La enorme mano de Serge abarcaba casi todo el muslo de Lidia, e incluso su dedo meñique rozaba ligeramente las bragas de la mujer, que seguía sometida a los caprichos de David a la hora de manejar el huevo, todo ello hasta que el maitre llegó con la cuenta, momento en el que el monitor desconectó la vibración y devolvió el control a Jorge para hacerse cargo del pago.

    Serge no esperó más y se levantó de la mesa, retirando la silla y ayudando a Lidia a incorporarse, la cual parecía no poder sostenerse por sí misma. El enorme profesor de tenis la sujetó entre sus poderosos brazos agarrándola por la cintura con fuerza y ambos salieron del local cuan amantes en una cita romántica, seguidos de Jorge y posteriormente de David, embelesados por la situación que acababan de vivir.

    Una vez en el coche, Serge extrajo las llaves de su bolsillo, y tras abrir la puerta del coche se las lanzó a David bramando –“conduce tú”-mientras guiaba con delicadeza a Lidia a los asientos traseros del deportivo, entrando él a continuación. Jorge se sentó junto a David, que puso el coche en marcha en dirección a su apartamento.

    De nuevo Serge situó su mano sobre el muslo de Lidia, arrastrando el vestido hacia arriba dejando casi la totalidad de la pierna de la mujer a la vista. Ella, por su parte, abrió su bolso, y tomando las bragas que se había quitado en el servicio del restaurante, se las entregó a su marido. Jorge las tomó entre sus manos y comprobó cómo aún estaban húmedas, y tras hacerlas un ovillo, aspiró su aroma a sexo con fruición, para a continuación compartirlo con David, consiguiendo con ello que el conductor pisara más a fondo el acelerador para reducir la duración del trayecto.

    Lidia se sentía dueña de la situación: tenía a los tres hombres a su merced y la noche sólo acababa de empezar. Poco quedaba de aquella esposa sexualmente algo reprimida y mojigata de apenas 48 horas antes, tiempo en el que los acontecimientos se habían precipitado de tal forma que había pasado a convertirse en una auténtica diosa del sexo que tenía tres machos, tres penes, a su disposición. En ese preciso instante, dos hombres se delectaban con el aroma de sus bragas mientras un tercero la acariciaba camino de su sexo.

    Lidia le dejó hacer, abriendo ligeramente sus piernas y adelantando su culo en el asiento para facilitar el acceso a la mano de Serge, que por fin, en un periodo de tiempo que se le antojó eterno, alcanzó su prenda íntima. Serge le acarició el sexo por encima de la lencería y pudo comprobar que de nuevo las había humedecido, y sin más dilación, tiró de ellas con la colaboración de Lidia, que simultáneamente alzó su trasero facilitando su extracción. El coloso las acompañó hasta llegar a los tobillos, levantando alternativamente ambas piernas para retirarlas en su totalidad, y una vez conseguido, se las entregó igualmente a Jorge, que no perdía de vista las maniobras de la pareja.

    Una vez liberada de las bragas, Lidia volvió a abrir sus piernas, esta vez con más amplitud, permitiendo que la enorme mano de Serge accediera a su sexo con total libertad. Éste hizo un completo repaso sobre los húmedos labios de la mujer, extendiendo los flujos por toda su entrepierna, provocándole un estremecimiento tal en que con sólo eso casi llega al orgasmo, para a continuación centrarse en introducir un par de dedos en la vagina de Lidia hasta tomar contacto con el cordel del huevo vibratorio, que obviamente continuaba alojado en su interior.

    Lidia abrió aún más sus piernas, situando una de ellas sobre las de Serge, exponiendo su sexo totalmente a la vista de todo aquél que quisiera mirar. Su blanca piel era concienzudamente explorada por los gruesos dedos de su hercúleo amante, que tras tirar con suavidad y lentitud de la pequeña cuerda, extrajo el juguete con gesto triunfante, y tras lamerlo con una prominente y roja lengua, se lo entregó de nuevo a Jorge, que parecía un mero tenedor de prendas y objetos que previamente hubieran estado en contacto con el sexo de su mujer.

    Tras un trayecto que a David se le antojó eterno, por fin llegaron al garaje de su apartamento. Aparcó el vehículo y salió del mismo para facilitar que los pasajeros de los asientos traseros hicieran lo propio. La escena era de lo más sugerente: Lidia sólo asomaba sus blancas manos alrededor de la cabeza de Serge, el cual la cubría en su totalidad mientras la abrazaba situado sobre ella, enzarzados en un apasionado beso. Interrumpidos en tan apasionado momento, Serge se retiró y salió del Audi situándose junto a Jorge, pudiendo los tres contemplar a Lidia con sus piernas totalmente abiertas, con su vestido remangado hasta la cintura y con su brillante sexo refulgiendo en la oscuridad del garaje.

    Serge le ofreció su gigantesca mano y Lidia aceptó la ayuda una vez se colocó el vestido, saliendo del vehículo quedando en pie rodeada de los tres machos. Entonces Jorge tomó la iniciativa y la rodeó con su brazo por la cintura encaminándose abrazados hacia la salida. Lidia apoyó ligeramente la cabeza sobre el hombro de su marido y ambos esperaron así a que primero sus acompañantes, y luego el ascensor, llegaran junto a ellos.

    David abrió la puerta entrando la pareja en primer lugar, para después hacerlo los dos monitores, y entonces pareció estallar la tormenta de lujuria. Lidia besó y abrazó con pasión a Jorge, mientras David la agarró por detrás reclamando todo lo que en el viaje se le había negado. Lidia, sintiendo el contacto de David, abandonó el abrazo con su marido girándose y tomando a David con pasión. Éste la besó con furia mientras la atraía hacia sí, a lo que ella respondió con la misma intensidad sintiéndose observada por los otros dos hombres, que parecían esperar su turno.

    El ascensor se detuvo en el piso del apartamento de David, y éste tuvo que dejar el abrazo con Lidia para permitir el acceso del cuarteto a su estudio haciendo uso de sus llaves. Una vez abrió la puerta y encendió la luz del recibidor, Lidia y Jorge entraron agarrados de nuevo precediendo a Serge, que procedió a cerrarla tras de sí. David inquirió a este último a que preparara unas bebidas mientras él acondicionaba el salón con unas luces apropiadas y un ambiente musical íntimo para la velada que se intuía larga e intensa cuando se vio sorprendido por la solicitud de Lidia:

    -“David, cariño, necesitaría darme una ducha”-dijo.

    -“Claro, ahí tienes el baño”-respondió el monitor.

    -“Gracias” –respondió, y sorprendiendo a todos, añadió: -“Jorge, ¿te duchas conmigo?”.

    Loading