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  • Grata sorpresa (4)

    Grata sorpresa (4)

    Unos días más tarde había quedado con Laura de vernos nuevamente en la cafetería donde solíamos quedar, ella me comento que se retrasaría un poco en llegar, al llegar yo a la cafetería, estaban todas las mesas llenas, por lo me dispuse a sentarme en la barra, estando allí, entró la dependienta de la tienda de ropa de al lado, poniéndose a mi lado, supongo que en aquel instante no se había dado cuenta quien era el que estaba a su lado, por lo que me atreví a saludarla, girándose ella hacia mí, y descubriendo al lado de quien se había sentado, pues de inmediato note que se había puesto un tanto nerviosa, “estate tranquila mujer, y disfruta del refresco, que mi intención no es comerte”.

    A lo que ella me dijo con una sonrisa sarcástica que tranquila ya estaba, lo único que no se esperaba verme de nuevo, y que desde luego que no la comería, la chica tenía sobre unos 30 años, llevaba el pelo con media melena y morena, debía medir sobre 1,60, se le intuían unos pechos bastante generosos, y no estaba nada mal, esa es la verdad, me presente, ella me dijo que se llamaba Sara y nos dimos dos besos.

    Empezamos a entablar una conversación, me preguntó qué cuantos años me llevaba con ella, si era mi novia, etc. “Sara voy a explicártelo, Laura es estudiante, está aquí cursando un máster y a la vez es mi sumisa mientras este aquí en Barcelona (no quería dejar a Laura como una chica guapa y tonta) y hace todo lo que yo le pida” a lo que ella exclamó:

    “¡Tu Sumisa! Estáis más locos de lo que pensaba, creía que solo habíais tenido un calentón el otro día y entrasteis a desahogaros en mi tienda”

    Yo: “Sara, escúchame, el otro día yo por lo menos en tu tienda no me desahogue, pero no voy a negarte que ella sí lo hizo y muy a gusto por cierto, y tampoco te negaré que yo también disfrute de ello, tanto viéndola como sintiéndola, y además viéndote la cara de circunstancias que nos pusiste al oír como se corría y como nos mirabas al salir, puedo preguntarte ¿si te dio morbo todo eso?”

    Sara: “Morbo, lo que estabais salidos los dos, que morbo me iba a dar eso a mí…”

    Yo: “perdona pues si te ofendimos, no era esa nuestra intención, y tampoco lo es que ahora mismo estés tan nerviosa por lo que ya pasó hace días”

    Sara: “No estoy nerviosa por eso Alex”

    Yo: “Entonces porque lo estás, ¿no será por estar hablando conmigo de todo esto no?”

    En ese momento entró Laura por la puerta, acercándose a mí, saludándome y dándome un beso, y como acababan de dejar libre una mesa, mande a Laura a que la pillara y se esperara en ella hasta que yo fuera.

    Yo: insistí “porque estas nerviosa entonces”

    Sara: “por nada, debo marcharme Alex”

    Yo: “¿No será que la conversación que estamos llevando, que te está gustando, y por ello estas asustada? ¿no has hecho nunca ninguna locura parecida? ¿qué harías si ahora mismo deslizara mi mano…?”

    Sara: sin dejarme terminar lo que estaba diciéndole “estás loco ¿lo sabes?, y además tengo un novio al que quiero muchísimo y no se merecería lo que tú me propones”

    Yo: “sabes Sara, acabas de decirme que no te disgustaría y además estoy casi seguro que si te tocara sequito no lo encontraría”

    Sara estaba ya muy nerviosa, y empezó a recoger su bolso para levantarse, cuando la cogí por la barbilla para que me mirara a los ojos y con la otra mano se la puse en la entrepierna por encima de los tejanos, frotándola un poco, cerrando ella los ojos, quite mi mano de su entrepierna, le di un beso, y le susurre al oído “tú también te dejarías masturbar y te correrías en mi mano si yo quisiera, eres tan perra como Laura“ seguidamente la dejé allí y me fui dirección a la mesa donde me esperaba Laura, esta había estado mirándonos todo el rato, estaba celosa, lo note al instante, cuando me senté a su lado, rápidamente se abalanzó sobre mí para besarme, pero dejó sus ojos abiertos mirando a Sara en tono desafiante, hasta que esta se fue.

    Laura: “¿era la mujer de la tienda verdad? ¿le gusta esa chica amo?

    Yo: “que me guste o no debe serte indiferente, solo tengo una perra, y esa eres tú, por lo que si quisiera algo más con ella, te lo haría saber no te preocupes. ¿Has acabado con lo que estabas tomando?”

    Salimos de la cafetería en dirección al apartamento que había alquilado, por fin iba a someter a mi sumisa como era debido, en la misma puerta antes de abrir, la hice desnudar en el propio rellano, cogiendo yo sus ropas y bolso, le mande ponerse de rodillas y entrar a 4 patas al apartamento, una vez dentro, le tape los ojos, hice que se incorporara quedándose de rodillas y le até las manos en su espalda.

    Coloque una almohada en el suelo para que pudiera apoyar su cabeza, y le separé las piernas, con mi mano le acaricie, y comprobé que estaba bastante lubricada, le coloque una pinza de colgar ropa en un pezón, a lo que soltó un grito, dándole yo como respuesta un azote en su precioso culo y diciéndole que no quería oírla, pues si gritaba me vería obligado a taparle la boca, le coloque una nueva pinza en el otro pezón, se tensó al sentirla en el, pero esta vez no chilló y se lo compense con una caricia en su sexo, mientras la estimulaba con los dedos de una mano, con la otra se los estaba metiendo en su coño, primero dos, luego tres.

    Laura no tardó en pedirme permiso para correrse, a lo que me negué, le di varios azotes en su culo para bajarle la excitación, y aproveche para invadir su culito con un dedo, tenía el ano empapado de su propio flujo, pero su culito estaba muy prieto, nunca había entrado nada por allí, y era la primera vez que ella sentía algo en esa parte de su cuerpo, y la sobresaltó al sentirlo, pero no dijo nada, empecé a follarla nuevamente por el coño con mis dedos, mientras poco a poco se le estaba dilatando también su ano, pues le estaba metiendo también ya dos de mis dedos dentro.

    Cuando note que ya resbalaban bien, y no que no le hacía daño, saque de mi bolsa varios plugs anales de diferentes tamaños que había comprado, empezando a follarla con el más pequeño, Laura no paraba de gemir, le estaba gustando todo lo que le estaba haciendo, me obligaba a hacer pequeñas paradas para azotarla y poder frenar así su excitación, aunque ahora mismo hasta los azotes la excitaban aún mas, cambie el plug pequeño por el mediano, y lo fui metiendo lentamente hasta dentro, una vez allí se lo saque una vez y se lo volví a meter de golpe dejándolo insertado ya en su culo.

    La cogí del pelo e hice que se pusiera de rodillas, le metí mi polla en la boca y empecé a follarla con ella, mientras le estaba estirado de las pinzas que llevaba puestas en los pezones, notaba que estaba ya a punto de correrse, además tal como la tenía en ese momento no podía pedírmelo, pero notaba como se estaba empezando a tensar, por lo que le saque la polla de la boca, la cogí por el pelo y le dije “zorra ni se te ocurra correrte, te estoy usando solo para mi placer, cuando me haya cansado entonces te daré tu premio solo si lo mereces, pero mientras tanto aguanta y que no deba repetírtelo”.

    En ese instante empezó asomar alguna lágrima por su mejilla, pero nuevamente y esta vez cogiéndola por la cabeza empecé a follarla de nuevo, cuando yo estaba a punto de correrme le saque la polla de la boca y me corrí en su puta y dulce cara, mientras con mi polla le estaba esparciendo toda mi leche por ella, Laura mantenía la boca abierta por si se la metía de nuevo, cosa que hice para que me limpiara de semen mi miembro.

    Luego por el pelo cogida, hice que se incorporara y la lleve hasta una silla que tenía preparada, en esta le había colocado anteriormente un consolador de unos 25 cm, el cual aguantaba fijado a la silla con unas correas, hice que se pusiera de cuclillas y emboque el pollón en su coño, presionándola de los hombros hice que sentará, ahora mismo la tenía con un plug en su culo y con un pollón en su coño, la até con las piernas separadas a patas de la silla, le quite una de las pinzas de un pezón estirando de ella, con lo que nuevamente pegó un pequeño chillido.

    Luego le estire de la otra, y le coloque esas pinzas en sus labios vaginales, al final le coloque tres en cada labio, cuando supongo que ya pensaba que estaban todas colocadas le coloque una última, está pellizcándole el clítoris, al mismo tiempo que se la colocaba le metí mi lengua en su boca, para así ahogar su posible chillido, y por último había comprado una especie de ventosas para los pezones vibratorios, se los coloque uno en cada pezón poniéndolos a máxima vibración, esto ya le empezaba a gustar más.

    Nuevamente, le di un beso y luego le dije “ahora voy a cenar pues tengo hambre, ni se te ocurra aprovechar para correrte mientras esté yo fuera, pues lo sabré al instante si lo haces” le coloque unos auriculares con música bastante alta e hice como si me fuera, pero en vez de eso me tumbe en la cama a observarla.

    Después de un par de minutos Laura comenzó haciendo fuerza a levantar su culito y dejándose caer nuevamente, le costaba bastante pues estaba con las manos atadas en la espalda y a la vez sus piernas atadas a la silla, pero aun sabiendo sus límites empezó a follarse con el vibrador que tenía en el coño y a la vez el plug que le había insertado en su ano, cada vez le gustaba más, cuando notaba que estaba a punto de correrse se quedaba inmóvil jadeando por la excitación y el esfuerzo que estaba realizando, nuevamente comenzaba a darse placer hasta estar casi a punto de correrse cuando volvía a reposar nuevamente.

    Durante unos 30 minutos al menos la tuve en esta situación, ella pensando que yo había salido no podía reprimirse y solo pensaba en darse placer, aunque estaba orgulloso de su comportamiento porque la chica estaba reprimiéndose, cuando sentía que su corrida estaba próxima, en una de estas veces me puse a su lado masturbándome, y cuando calcule que estaba nuevamente a punto le destapé los ojos dejando que me descubriera allí a su lado.

    Al verme del susto que se llevó se quedó inmóvil, aunque seguía jadeando, le aparte el auricular de uno de sus oídos y le dije “vaya pedazo de puta que estás hecha, no puedo dejarte sola ni un momento, que enseguida empiezas a follarte tu misma perra, ¿quieres correrte zorra?” A lo que rápidamente me dijo que no aguantaba más, que había sido buena y no se había corrido aún, mientras yo me estaba pajeando y corriéndome encima de sus tetas, cuando acabe me puse en cuclillas y le dije “ya puedes correrte perra”.

    Empezó a moverse nuevamente y cuando noté que estaba empezando a correrse le empecé a quitar las pinzas con estirones, su orgasmo fue brutal, sus gemidos iniciales se convirtieron en una mezcla de gritos, gemidos, y espasmos, sus ojos se volvieron blancos durante unos instantes, en un momento casi pensé que había perdido el conocimiento, pero al cabo de unos segundos empezó a reaccionar nuevamente.

    Laura: ”gracias amo, jamás imagine poder obtener un placer igual, este ha sido mucho más intenso de los experimentados hasta ahora, quiero más señor…”

    Empecé a soltarla de las ataduras con la silla, y la mandé levantarse, cosa que le costó un poco hacerlo, pues llevaba allí en esa postura con las piernas abiertas, y el falo en su interior casi ya una hora, además aún estaba con sus manos atadas a la espalda.

    Le mande ponerse de rodillas en la cama y con la cabeza apoyada sobre ésta, la empecé a follar con el plug que aún estaba en culo insertado, tenía las piernas, el culo, y su coño como si se hubiera meado, allí donde la mirabas estaba empapada a lo que le pregunte “seguro que te has meado cerda”

    Laura: entre gemidos “No mi señor, no es pis, es de mi orgasmo de antes, ahhh”

    Retire por completo el plug sustituyéndolo con mi verga, le solté las manos de la espalda y le mande masturbarse con una mano mientras que con la otra quería que se apretara los pezones, mientras la cogí de la cintura para poderla encular mejor, de nuevo volvió a pedirme permiso, esta vez se la negué, esta vez quería ser yo el que llenara su culo antes con mi leche, así que empecé a follarla más rápido y a darle azotes en las nalgas hasta que le llene las entrañas con mi leche.

    Retiré mi polla de su culo viendo salir mis líquidos de su culo y seguí dándole azotes, cuando le pregunte si aun deseaba correrse, como casi ya no podía casi hablar pues estaba muy cansada me indico con la cabeza que así era, y le dije que tenía mi autorización para correrse, cosa que hizo casi de inmediato, pues Laura hacía ya rato que se está deshaciendo por dentro.

    La deje descansar un rato después de toda la sesión, su respiración se fue espaciando poco a poco hasta que se quedó dormida en la misma posición en que había tenido su último orgasmo, mientras me senté a los pies de la cama a observarla.

    Continuará.

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  • La visita

    La visita

    Si hay algún día de la semana que cuesta despertarse ese es el domingo. Si además la noche del sábado anterior has estado pinchando música para una boda y después tomándote unas copas en una discoteca plagada de gente. Si a todo eso le sumas que no te encuentras en tus mejores días en lo que a estado de ánimo se refiere y que es verano y el calor se hace insoportable, el cóctel es explosivo. Metámoslo todo en una batidora, agitemos bien y llamémoslo resaca.

    Abrí los ojos lentamente a la vez que notaba como mi seca boca me pedía un trago de líquido elemento. Incorporándome despacio y con algún que otro pinchazo en mi resacosa cabeza conseguí adivinar la hora. Suponía que eran alrededor de las 3 de la tarde porque mi estomago empezaba a necesitar algo sólido. Con reticencia y analizando lo ocurrido la noche anterior preparé una ensalada y tras asearme degusté aquel combinado de vegetales que, sinceramente, aun me sabia a whisky.

    Después de limpiar el plato empleado y habiéndome servido un café bien cargado decidí hacer la digestión tumbado en el sofá de mi salón mirando una película que habían repuesto 5 o 6 veces. Era de esperar que el sueño volviese a apoderarse de mí, y así fue durante unos 25 minutos, momento en el cual mi teléfono móvil sonó. Miré la pantalla con un ojo abierto y el otro cerrado. Elena.

    -Hola -dije con voz de ultratumba.

    -Uy!, te he despertado -contestó Elena entre risas.

    -Ná, siempre es agradable despertarse con tu voz -repliqué yo mientras me encendía un pitillo.

    -Oye Javi, he pensado que podíamos quedar y así me grabas el cd de OBK -dispuso con vocecita de niña inocente…

    -mmmm… venga, dame 1 hora y te pasas por mi casa , ¿vale? -contesté.

    -¡Guay!, pues en 1 hora estoy allí -afirmó Elena despidiéndose y colgando el teléfono.

    60 minutos, tiempo suficiente para ducharme, afeitarme, recoger un poco la casa y ponerme menos feo para la visita.

    Elena es una dulce mujercita que conocí a través de Internet y que rápido congeniamos en muchos aspectos, ya que parece que entre los dos hay una química especial que nos permite poder tratar cualquier tema de la manera mas natural posible. Si, se puede decir que conectamos…

    Ding-dong… Estaba perfumando mi cuello cuando sonó el timbre de mi casa. Ultima mirada al espejo del hall y abrí la puerta dando la luz.

    Pelo liso, ojos marrones destellantes, boquita sonriente, delgado cuerpo cubierto por una camiseta ajustada de tirantes y una minifalda característica de su estilo de vestir. Estaba, digámoslo así… seductora.

    Tras los dos besos típicos y después de ofrecerla algo para tomar nos dirigimos a mi habitación. Las preguntas de rigor acerca del fin de semana y algún comentario gracioso dieron paso a alguna mirada insinuante y a cierto silencio incomodo que la música que salía del pc palió por suerte.

    Elena cogió su bolso y sacó de el un cd virgen con tan mala suerte que cayó al suelo. Aun dudo si el cd cayó o si fue ella quien pícaramente lo empujó, ya que al levantarse y agacharse a cogerlo, me dejó admirar por debajo de su nimia falda la poca tela de un bonito tanga que cubría su entrepierna.

    Con mis ojos clavados en su perfecto trasero, un escalofrío recorrió mi espalda con el pensamiento de poder disfrutar de tan lindo cuerpo.

    Comencé a ponerme un poco nervioso, pero supe sobreponerme y mirando ya la pantalla de mi ordenador lancé la pregunta:

    -el tanga que llevas… ¿de qué marca es?

    Y ella sonriendo y poniendo una voz sumamente sensual me contestó:

    -compruébalo tú…

    Me incorporé y sin dejar de mirarla a los ojos me dispuse a besar sus labios apasionadamente. Mis manos recorrían su espalda y mis dientes mordían de una manera suave su labio inferior dejando paso a que nuestras lenguas jugasen. Posé mis manos en su todavía tapado trasero y apreté sus nalgas con delicada fuerza contra mí. Su pecho se aprisionaba contra el mío y sus manos comenzaban a despojarme de mi camisa. Besando y lamiendo su cuellecito, levanté su minifalda para poder palpar con lujo de detalle su culito.

    Moviéndonos despacio me dispuse a desnudarla de cintura para arriba dejando a mi boca el dulce trabajo de saborear tan tersos y rígidos pechos. Sus pezones empezaban a endurecerse al igual que mi sexo que rozaba cada vez más intensamente con su ropa interior. La cogí en brazos tumbándola en la cama y tras desnudarla por completo abrí sus suaves y finas piernas para comenzar a lamer aquel coñito perfectamente rasurado y estrecho que poco a poco empezaba a mojarse.

    Mi lengua y mis labios no daban abasto. Lamiendo su rosado y sabroso clítoris noté como comenzaba a acelerarse su respiración y a tener los primeros pequeños espasmos de placer. Sabía que eso la estaba gustando y procuré mejorar esa sensación metiendo uno de mis deditos en su ya empapada rajita.

    Ella, agradeciéndome la labor prestada, me desnudó y con ambas manos comenzó a jugar con mi pene semi erecto y también completamente rasurado. A la vez que sus manos subían y bajaban por mi miembro, su lengua se paseaba por mi pubis, ingles y escroto de una manera magistral. Lo agarró con una mano y lo metió en su boquita lamiendo con la lengua mi glande que notaba cada uno de sus movimientos. Aquello estaba al rojo vivo, ambos queríamos más. Abrí uno de mis cajones y saqué un preservativo que ella me ayudó a poner.

    Tumbada con las piernas abiertas acerqué mi polla a la estrecha entrada de su deliciosa vagina y entré despacio, pero hasta dentro en ella, notando un calor y una fricción espectacular. Su cara se tornó a placer y mis músculos se tensaron. Empecé a embestirla despacio pero cada vez el ritmo iba subiendo… Mientras entraba y salía de ella, mis manos apretaban sus pechos. Qué maravilla era verla después a 4 patitas, con las piernas cerradas y su culito preparado para ser poseído por mí.

    Lo chupé, lo lamí, lo saboreé y lubricándolo bien comencé a entrar en ella por ese agujerito. Una autentica delicia. Ella disfrutaba y yo más sabiendo que lo estaba gozando. Movimientos intensos hacia delante y hacia atrás, mi pubis chocando contra sus nalgas y mis testículos contra su clítoris hicieron que mi sexo dentro de su culito estallase de placer y que Elena, junto a mí, también tuviera un orgasmo intenso y deseado.

    Ambos empapados en sudor y relajados por tan especial momento de sumo placer terminamos abrazados en la ducha.

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  • Pelirroja… peligrosa (2ª parte)

    Pelirroja… peligrosa (2ª parte)

    Mientras conducía hacia mi casa, el sábado por la noche, recordaba a Silvia.

    Había cumplido el objetivo principal, que era pasármela por la piedra, pero ella parecía que se había encaprichado conmigo y… bueno, tener a una chica así no es cosa de despreciar.

    Una vez en casa me preparé una cena rápida, me duché y quedé con mis amigos para dar una vuelta. Lo cierto es que em cogí una borrachera indecente, porque tenía bastante que celebrar: había echado un polvo tremendo con una pelirroja de lo más apetecible y había quedado con ella para el jueves… lo que casi aseguraba otro buen revolcón dentro de unos días.

    El domingo fue horroroso. Me levanté a las tres de la tarde con una resaca de campeonato, y lo que me despertó fue nada menos que el teléfono. ¡Vaya por Dios!

    Era Silvia.

    -Hola, ¿C… ?

    -Sí, soy yo. -No creo que tuviera una voz muy acaramelada, pero el día anterior me había trasegado una botella de Johnny Walker… ¿quién es el estúpido que dijo que el whisky no deja resaca?

    -Soy Silvia.

    -Ah, hola. Dime, ¿ha pasado algo?

    -Oh, no, no nada. Era simplemente para decirte que el jueves, finalmente, hemos quedado a las ocho en el … Es que voy a casa de mis padres hasta el miércoles, tengo algunas cosillas que hacer, y no sé si el jueves podría pasarme por la tienda.

    -Mmmm… sí, de acuerdo. -¿Para eso me llama? ¡Joder con la tía esta!

    -Entonces a las ocho, el jueves.

    -Sí, sí, de acuerdo.

    -No te olvides. Por cierto, lo de ayer estuvo muy bien.

    Hombre, por muy bien que estuviera, no creo que haga falta llamarme cada día para decírmelo, pero en fin…

    -Ya, bueno, sí.

    -Un beso, C…, hasta el jueves.

    -Adiós, un beso.

    Colgué y me fui a comer tranquilamente. No le di más vueltas.

    La semana pasó bastante rápido, porque tuve bastante curro. Me acordé de hablar con I… , mi compañero, para que me hiciera la mañana del viernes. Y burla burlando, llegó el jueves a las ocho.

    Me vestí lo más informal que pude (normalmente visto de traje, por culpa del trabajo, aunque sólo llevo corbata cuando visito a las empresas), con unos vaqueros y un jersey. Además, metí un par de condones en la cartera, ya se sabe, para lo que pudiera pasar.

    A las ocho menos seis minutos aparqué mi coche condenadamente lejos de pub irlandés, así que tuve que caminar casi diez minutos para llegar.

    Eso de que se encuentre aparcamiento delante del sitio al que uno va sólo sucede en las películas.

    Entré en el … Es el típico bar irlandés, de madera, con adornos y carteles de Guinness, barriles, máquina de dardos… La única diferencia es que estaba adornado con guirnaldas de calabazas… y carteles de Halloween. Era una jodida fiesta de Halloween… virgen santa. En fin, quien algo quiere…

    El pub era grande, pero estaba lleno hasta los topes de chavales de dieciocho o veinte años, con las manos llenas de jarras de cerveza negra y los oídos a rebosar de música de radiofórmula a todo trapo. A pesar de la aglomeración, encontré a Silvia casi enseguida. Estaba junto con tres amigas. Me vio y se le encendió la cara.

    -¡C… ! -gritó, por encima de la música, se me acercó, me echó los brazos al cuello y me besó como si me quisiera llegar hasta el estómago.

    Yo la besé también, sorprendido por tamaña efusividad, aunque me imagino que el alcohol que pude probar en su boca explicaba bastante su pasión. Cuando se separó de mí, me presentó a sus amigas.

    -¡Chicas, este es C…!

    -¡Hola! -saludé, sonriendo amablemente.

    -Mira, esta es Sonia -Le di dos besos a una chica alta y muy delgada, con una larga trenza rubia y no muy agraciada.

    -Esta es Marga -Otros dos besos, esta vez a una chiquilla pequeñita, frágil, muy finita, guapa de cara, pero con cuerpo de niña, morenita y con unos ojos enormes y azules, que parecían llenos de lágrimas.

    -Y esta Nuri -Dos besos más, a una niña que no estaba nada mal. Era rubia, un poco morena de piel, con una cara guapa, muy graciosa, con dos hoyuelos adorables en las mejillas, ojos marrón claro y sonrisa amplia de labios finos y rojos. De cuerpo no parecía estar nada mal, buenos pechos, buen culo, además era un poquito más baja que yo (que ya he dicho que mido 1’72, más o menos).

    Las chicas no tenían mucha conversación, sobre todo Nuri, que era más bien sosa y, así entre nosotros, no demasiado lista. Sonia era simpática, pero hablaba muy poco. Marga, en cambio, era un torrente de personalidad, quizá para compensar la fragilidad de su aspecto. Tenía una voz grave, que no le pegaba nada con su pinta, y una risa contagiosa.

    Silvia hablaba bastante, y parecía ser la auténtica líder del grupo. Quizá porque las otras tres tenían dieciocho años, y ella unos cuantos más, pero las chicas parecían beber sus palabras.

    Parloteaban sin cesar, sobre todo de los profesores (todas eran compañeras), de la clase, de los chicos de clase, de la universidad,… en fin, que me aburría bastante, aunque procuraba que no se me notara e intentaba intervenir con alguna observación o con algún comentario. Después de tres cuartos de hora o así, Silvia se fue al baño, y Nuri le acompañó. Me quedé solo con Marga y Sonia.

    -Oye, C…, tú eres informático, ¿verdad? -me preguntó Marga.

    -Hombre… no te quiero mentir. Trabajo en una tienda de informática, pero estudié Publicidad. Soy comercial, pero he hecho un par de cursillo de mantenimiento y montaje de ordenadores.

    -No, lo digo porque Silvia nos ha dicho que le has vendido un ordenador, que se lo fuiste a instalar a casa y que quedó muy contenta. -Y con voz inocente, añadió: -Igual yo también aprovecho para cambiar de ordenador.

    Casi escupo la cerveza. ¡Me quedé de piedra! ¿Silvia les había contado a estas tres lo del sábado… y Marga me había propuesto repetirlo con ella?

    -Bueno… -dije yo, cortadísimo -eso es cuestión de hablarlo…

    -Sí -intervino Sonia-, yo también es posible que cambie mi PC, está un poco viejo.

    ¡Joder! ¡Otra más! No me lo podía creer. Marga siguió hablando.

    -Es que Silvia nos dijo que le habías hecho un gran trabajo a un precio muy especial.

    ¡La virgen! Acababa de conocer a esta tía y prácticamente me estaba bajando los pantalones. ¿O no? ¿Es posible que Silvia simplemente les contara que soy vendedor de ordenadores y quisieran un PC a buen precio? Me sentía bastante incómodo, y confuso.

    -Yo… vaya… pásate un día por la tienda -aproveché para sacar una tarjeta de mi cartera y se la di -y te informas de las ofertas y los equipos.

    -Ah, vale, de acuerdo. -Marga lo dijo con un tono inocente, así que descarté que estuviera tirándome los tejos. Me maldije por dentro por ser un salido.

    -Dame otra a mí, si no te importa -me dijo Sonia. Antes de que sacara la cartera, Marga la cortó.

    -No hombre no, iremos juntas.

    Mmmm… vaya… estas chicas sólo querían ordenadores. Ahora que me había hecho ilusiones. La verdad es que Marga tenía su puntito, así tan delgadita y con tanto desparpajo. Sonia, en cambio, estaba como una tabla y era feúcha.

    Silvia y Nuri volvieron del baño, riéndose.

    -¡Hola chicas! -dijo Marga. -Aquí C…, que nos está vendiendo un ordenador a cada una. Hasta me ha dado su tarjeta y todo.

    Marga lo dijo totalmente inocente, pero ¡la leche! A Silvia parecía que le había dado un puñetazo. De repente se puso seria y enrojeció violentamente, me miró con una cara rarísima y se volvió al camarero, pidiéndole una cerveza.

    Miré a Marga que sonreía a Sonia. Nuri también parecía un poco fastidiada. No tenía ni idea de lo que pasaba, así que me acerqué a Silvia.

    -Oye, Silvia -le pasé un brazo por los hombros, pero ella se lo sacudió.

    -¡Déjame! -me contestó, sin ni siquiera mirarme.

    -¿Qué te pasa? -esta vez intenté cogerla de la cintura, pero me apartó el brazo con la mano.

    -¡Nada! ¡Déjame, joder!

    No hay que ser un experto en psicología femenina para saber que cuando ellas contestan “nada” significa a) que pasa algo gordo y b) que la culpa es tuya. Por tanto, decidí atacar por otro flanco. Lo dejaría pasar un rato hasta que ella se calmara un poco de la neura que le había dado conmigo, y así pensaría un poco sobre qué coño había dicho o hecho.

    -Bueno, cuando quieras decírmelo, me avisas. -Con esa frase, me volví hacia las otras tres, que estaban hablando en voz baja. Cuando me dirigí hacia ellas, empezaron a hablar otra vez de las clases y todo eso, así que me dediqué a pensar y a tratar de sumar dos y dos.

    Sólo había una explicación… Silvia les había contado lo del sábado… ¡y realmente Marga y Sonia me estaban calentando los cascos! ¡Y yo les había seguido la corriente!

    Me dirigí hacia Silvia, que todavía estaba en la barra. Me acerqué a ella, pero ella me vio y me dio la espalda.

    -Oye, Silvia, por favor, escúchame. Oye, lo de los ordenadores es simplemente eso… bueno, PCs. Yo no podía saber que… bueno…

    Ella me miró, con cara bastante ofendida.

    -Ya, seguro.

    -Oye, de verdad. Te lo juro. ¿Cómo iba a yo a saber que tú les habías dicho lo del sábado? Lo siento, de verdad.

    -No, no lo sientas. Ya veo como te lo montas.

    -Ey, ey, tía, para el carro. Yo no me lo monto de ninguna forma. Han sido tus amigas las que me han dicho lo del ordenador.

    -Sí, y has tardado medio segundo en darle tu tarjeta, y en ofrecerte para lo que sea, ¿no?

    -Vuelta otra vez. ¡Pero si yo creía que querían un ordenador!

    -Yo también quería un ordenador, no te jode… que sí, hombre… eres un cabrón, joder. Y delante mío, además.

    Yo estaba empezando a enfadarme.

    -¿Pero tú te estás oyendo, tía? Resulta que me viene una de tus amigas, y me dice, eh, me dice a mí, no yo a ella, “quiero un ordenador”… tú recuerdas que yo me dedico a vender ordenadores, ¿no? Resulta que yo tenía que saber que cuando en tu grupo de amigas se le dice a un vendedor de ordenadores que queréis un ordenador, ¡resulta que lo que queréis es echar un polvo!

    Ella me miró realmente irritada.

    -¿Un polvo? ¿Eso es lo que soy? ¿Un polvo? ¿Me estás diciendo eso?

    A esto se le llama un giro inesperado de la conversación… y de los acontecimientos. ¿Esto es una especie de prueba? Uf, tengo que andar con pies de plomo.

    -Joder, Silvia, yo no he dicho eso. -Llega el momento de sacar la miel a pasear -Tú eres especial -le un rizo rojo de la cara y veo que ella no se aparta. Casi me da vergüenza ser tan falso, pero bueno, qué se le va a hacer.

    Finalmente, consigo mi objetivo. Convenzo a Silvia que ha sido un malentendido, y consigo que vuelque su enfado con Marga y Sonia. Al final terminan no hablándose… vaya papeleta. Pero todo parece terminar bien. Marga y Sonia se largan, y Nuri nos presenta a otro grupo de amigas… lo pasamos bien, pero Silvia no se me despega. Bebemos, bailamos, jugamos a los dardos con más pena que gloria…

    Vamos de bares, bebiendo unos cuantos cubatas y cantando, un grupito de unos diez. Cuando dan las tres de la mañana, me ofrezco a llevar a Nuri y a Silvia a casa en mi coche. Nuri acepta, y nos despedimos de la gente. Caminamos los tres hasta mi coche, y observo que Silvia se apoya en mi hombro y me coge del brazo. Nuri va como una cuba, y camina muy rápido, arrebujada en su abrigo violeta.

    Cuando llegamos al coche, Silvia se monta a mi lado y Nuri se tumba en el asiento de atrás. Tengo miedo de que vomite, por lo que conduzco despacio hasta su portal. Una vez allí, la llevamos hasta la puerta, donde se despide con un beso a cada uno.

    Silvia y yo nos vamos hacia su casa.

    Llegamos al adosado. La acompaño hasta la puerta. Ella mete la llave y abre, pero se queda con la puerta entreabierta parada en el umbral. Se gira hacia mí.

    -Oye, C…, estoy supercansada, de verd…

    No la dejo terminar porque le meto la lengua hasta las entrañas. Ella suelta su bolso y se abraza, y nos besamos como locos. Yo le pongo la mano en la entrepierna, y ella me agarra el culo como si me fuese a escapar. Noto el calor que se desprende de su coño incluso por encima del pantalón. Casi la empujo para dentro, cerrando la puerta de una patada, y a oscuras le cojo ese culo con las dos manos, lo amaso, lo masajeo, lo magreo bien a gusto mientras muevo la lengua dentro de su boca. Ella se deja hacer, incluso me agarra el paquete, que tengo a punto de reventar el pantalón.

    En un santiamén nos quitamos las chaquetas, los jerseys, los pantalones y la ropa interior. Me pongo un condón en diez segundos y ella se monta a horcajadas sobre mí.

    Ella misma se ensarta en mi nabo despacio, cerrando los ojos y arrugando la cara con gesto de dolor, pero gimiendo.

    -Ummm… sí… ooom.

    Está tan cerradita… como me gusta este coñito apretado que tiene, tan mojadito, tan caliente que casi quema. La apoyo la espalda contra la pared y empiezo a clavársela, rítmicamente, escuchando sus gemidos y sintiendo la estrechez y calor de su coñito, ajustado y casi babeante, que me exprime la polla haciéndome gemir de placer en voz baja.

    -Ahhh… sí, sí, sí… sigue, sigue… con cuidado, sí… mmmm… empuja… oooh…

    Le como las tetas, le muerdo los pezones y chupo como un lactante de esos botoncitos pequeños y duros, dulces, y paso mi lengua por sus tetas, mientras que con las manos sujeto su culo, lleno de carne, y separo bien sus labios para que mi polla entre hasta el fondo. Así, de pie, embisto con fuerza, un, dos, un, dos, mientras sus tetas bailan al compás, y sus nalgas se estremecen en mis manos. Acerco mi mano derecha a su boca, sujetándola contra la pared, y ella me chupa los dedos con deleite, gimiendo.

    -Mmmmm…

    Con el dedo humedecido vuelvo a posar la mano en su nalga, y mientras se la meto bien adentro, jugueteo con mi dedo en su agujerito trasero, arrugadito y bien cerrado, lo acaricio, hago un poco de presión, trato de meter el dedo.

    -¿qué… haces…?

    Ella me susurra entre jadeos, pero la callo sacando por completo la polla y volviéndosela a clavar de golpe, con lo que ella se estremece.

    -¡aaah!… más suave…

    De nuevo meto y saco, y sigo empujando mi dedo en su anito, pero éste rechaza al intruso apretándose más. Mojo mi mano en los jugos que chorrean de mi polla, y ataco otra vez con el meñique, empujando suave pero con firmeza.

    -Aaaahh… sí… ¡ohhh!… más… más…

    Empujo, empujo, y al final la puntita del meñique entra en su ano, que se aprieta mucho.

    -¡Ay!… -se queja ella cuando nota su culito invadido por mi dedo. -¿Qué haces?

    Otra vez aumento el ritmo del metesaca, sacando casi entera la polla y volviéndosela a meter con velocidad, disfrutando como hacía tiempo que no hacía de su chochito de adolescente… ¡qué delicia de coño, joder!

    -Oooh… sí…sí… oh que bien…

    No sé qué está más caliente y ajustado, si su coñito tierno o su culito virgen. La punta de mi meñique juguetea dentro de ella, y Silvia me muerde la oreja mientras se estremece. Sigo metiéndosela con un ritmo lento pero constante, desde la cabeza a la base, gozando de la caricia de la entrada de su coño, que se abraza a mi polla como una goma… un día tenemos que hacerlo sin condón, porque tiene un agujerito riquísimo.

    -Ffff… mmm… que gusto…

    Empujo un poco más el meñique dentro de su anito, pero el placer deja paso al dolor, y sus manos se me clavan en la espalda. Apoya la cabeza en la pared y aprieta los ojos, que tiene muy cerrados.

    -¡Au!… uuuu… duele…

    No le hago mucho caso y me concentro en lamer sus tetas, sus pezones, y recrearme en el sabor salado de su sudor y de su piel blanca cubierta de pecas. Noto que me viene el orgasmo, porque no paro de frotar mi polla contra las paredes suaves de su chochito, y me hormiguean los huevos. Ella se queja, más fuerte, así que saco el dedo de su culito, que casi noto cerrarse muy fuerte tras la salida del invasor, con un estremecimiento de Silvia.

    -Mmmm… oooh…

    Entonces me concentro en meter, sacar, meter, sacar… y en las sensaciones de inmenso placer que me proporciona ese chochito pelirrojo, con un hormigueo intenso y electrizante que me recorre la polla… qué buena está.

    No suelo hablar cuando estoy follando. Pero es que esta tía me está poniendo a mil, así que pego mi boca a su oreja y le susurro, totalmente invadido por el gustazo que me está dando su chochito.

    -¿Te gusta? ¿Te gusta cómo te follo? -Le doy un par de enviones más fuertes mientras hablo.

    -¡Sí… sí! -grita ella, con los ojos cerrados y el pelo cayéndole sobre la cara, con las tetitas bamboleándose con mis embestidas.

    -¿Te gusta mi polla bien dura? ¿Quieres más polla? -yo ya casi estoy gritando, y no paro de empujarla como si quisiera tirar la pared abajo. Ella solo grita.

    -¡¡¡Sí… oh sí…!!! -Ella se me abraza más fuerte, y yo la taladro sin ningún miramiento, metiendo mi polla hasta su matriz, saboreando su coño, que se abraza a mi polla como un guante, apretándola, ordeñándola, frotándola y dándome un gustazo indescriptible.

    Así seguimos por unos quince minutos, yo diciéndole cosas al oído y metiéndosela todo lo dentro que puedo, hasta el fondo, con mi vientre y mis huevos golpeando sus labios y su culo, y ella gimiendo, jadeando, gritando cosas ininteligibles, mordiéndome el cuello, los labios, los hombros, arañando mi espalda, tirándome del pelo. Está soltando bastante jugos, que noto que salpican mis muslos. Entonces se para, se calla, y me muerde el hombro con fuerza mientras ahoga un grito.

    -¡Mmmgrhpm!

    Tiembla como una hoja, me aprieta con mucha fuerza las piernas con las suyas, y con sus manos me agarra el culo y me empuja más adentro de sí. Noto que su vagina se contrae más, incluso, y me aprieta la polla como si quisiera sacar zumo de ella. Yo casi saco un rugido del pecho, un gemido ronco, y noto un placer impresionante en todo mi nabo. En ese momento disparo una, dos, tres veces, sin parar de deslizar mi miembro dentro de ella, que tiene la cabeza apoyada en mi hombro y jadea. Me corro como un toro, sin parar, y mi polla tiembla y palpita dentro de su cárcel de látex.

    Me invade un placer intensísimo, y cuando paro de meter y sacar mi nabo me apoyo contra su hombro, jadeando, aspirando su olor de hembra caliente, mojándome con su sudor. Ella me abraza muy fuerte cuando dejo que mi polla descanse en su interior, y apenas contiene un estremecimiento cuando la saco, aún dura, y la dejo de pie mientras me quito el condón. Ella se deja resbalar lentamente por la pared hasta el suelo, donde se sienta.

    -Oooh…. joder… la hostia… -ella ni siquiera se aparta sus rizos rojos de la cara, que gotean sudor.

    Respira muy rápido y apenas puede articular palabra. Yo también estoy sin aliento, y noto que me tiemblan las piernas cuando me voy hacia el baño… ¡la hostia, qué polvo! Una vez en el baño, tiro el condón y aprieto el botón de la cisterna. Me miro al espejo, con la cara roja, los labios hinchados y muy rojos de sus mordiscos, el cuello con tres o cuatro chupetones, los hombros marcados de sus dientes… y todo mi pelo perlado de sudor, el pelo empapado, las mejillas como un tomate, respirando como un perro con la lengua fuera… y cuando me miro la polla, un poco escocida y casi en carne viva, veo como de la punta aún rezuma un poco de semen. ¡Dios mío… vaya pedazo de polvo!

    Cuando vuelvo al pasillo después de mojarme la cara y recuperar el aliento, ella está de rodillas, todavía sudada y agitada, recogiendo la ropa temblorosamente. Le doy un largo beso, y la ayudo a adecentar un poco el pasillo. Después nos vamos a la cocina, donde bebemos un gran trago de leche fría cada uno, desnudos y completamente empapados de sudor.

    Cuando ella se da la vuelta para dejar el vaso en el fregadero, veo su culo y noto que mi polla se endurece otra vez. Es un culito grande pero firme, carnoso, muy blanco, y tiene un aspecto tentador, incitante… sólo de imaginar su hoyito cerrado y virgen me pongo como una moto. Me acerco a ella y me pego a su espalda, dejando que mi polla se endurezca contra sus nalgas.

    -Mmmm C… ¿otra vez? -susurra melosa, dejándose querer. Agarro sus tetas por detras y las estrujo con cuidado. Bajo una de mis manos por su vientre hasta su coñito, juego con su vello púbico, y busco su clítoris con mi dedo corazón. Cuando lo encuentro con froto con delicadeza.

    -Aaah… -ella tiembla y se excita. Tengo la polla dura como un ladrillo apoyada en el surco de sus nalgas, moviéndose espasmódicamente, por cuenta propia, abrazada por esas dos montañas de carne deliciosa. Me acerco a su oreja y le susurro:

    -Vamos a la cama… vamos a probar otra cosa…

    Ella sonríe y asiente, mientras sigo masajeando su pequeño botoncito del placer y ella menea el culo haciendo que mi polla crezca aún más entre sus nalgas. Casi la escucho ronronear.

    -Vete yendo, yo voy ahora mismo -le digo, y le doy una palmadita en el trasero a la vez que me separo. Ella mira mi polla, golosa, y después a los ojos.

    -Vale… no tardes… -Se aleja y su culito se mueve con un bamboleo exquisito, embriagador… ¡qué culo! Cuando se marcha, abro la nevera, en busca de algo muy concreto.

    No hay mantequilla, hay margarina. Pero para lo que la quiero, sirve igual.

    Ella está tumbada en la cama, y me mira con curiosidad cuando entro con un paquete en la mano. No se lo dejo ver del todo, y enseguida ella se olvida cuando me arrodillo frente a ella, con la polla bien tiesa. Se incorpora inmediatamente y la mira, con deseo, con gula.

    -Joder… está roja… -“¿Roja? ¡Está escocida como si la hubiese metido en un tarro de arena!”, pienso yo. Entonces me mira con cara inocente, y con un hilo de voz, me confiesa: -Nunca he chupado ninguna, C…

    -Tranquila -le digo-, déjate llevar.

    Ella me mira a los ojos, seria, y enseguida chasquea la lengua y se lanza sobre mi polla. Se mete un poco de la cabeza a la boca y juega con la lengua en la punta, haciéndome cosquillas.

    Me río un poco, y ella se la saca y se ríe también. Entonces empieza a lamerla despacio, con cuidado, como si fuese un helado, pero sin tocarla. Me da un gusto increíble, aunque se la nota un poco brusca y temerosa, y noto que la polla me arde, como si la hubieran frotado con salsa picante. Finalmente me siento con la piernas muy abiertas y ella se arrodilla frente a mí, agachándose, y agarra mi nabo con una mano mientras trata de metérselo entero a la boca.

    ¡Uy! No controla muy bien, y me rasca con los dientes. ¡Lo que me faltaba! Pego un respingo y me quejo suavemente, y ella se detiene, sacándosela de la boca.

    -¿No lo hago bien?

    -Sí, -le contesto, acariciando su cara y su pelo -pero ten cuidado con los dientes. Abre un poco más la boca, y si no puedes, pues no pasa nada, tranquila.

    Ella se esfuerza un poco, y se mete casi la mitad en la boca. Le hace un bulto gracioso en los carrillos. Gimo aprobadoramente, y ella empieza a metérsela y sacársela de la boca muy despacio, empapándola bien con su saliva.

    ¡Joder! ¡Qué gusto! Todavía le falta mucho para poder comerse una polla como dios manda, pero se le nota voluntad. Cuando la tiene en su boca, siento un cosquilleo de gusto en el capullo, que está además muy sensible después de la follada de antes, y cuando la saca, un frescor agradable gracias a su saliva. Siento sus labios como se cierran y aprietan la cabeza de mi miembro. Estoy en el séptimo cielo.

    Silvia se para después de un ratito, y vuelve a lamer todo mi nabo, desde la base hasta el capullo, con la punta de su lengua y después a lametones, limpiándolo, humedeciéndolo, dejándolo brillante. Y otra vez se mete casi la mitad en la boca, y esta vez acompaña la chupada de un movimiento de balanceo de su mano por todo mi polla, lo que me provoca un gemido y un placer… un placer tremendo. Trata de meterse algo más de nabo en la boca, pero se atraganta, se la saca y empieza a toser.

    -Uuf… me ahogo… me da náuseas… joder…

    -Sshh… calma -le digo mientras le acaricio el pelo.

    Vuelve a empezar, pero sólo hasta la mitad. Es igual, me está haciendo una mamada cojonuda. Se me pone otra vez como un yunque, y noto un cosquilleo de placer en toda mi columna vertebral. Parece que le empieza a coger el tranquillo, porque la chupa de puta madre, con la lengua, apretando con los labios al salir, besándola casi, golosa, como si fuera un dulce, apretando un poco la mano y pajeándome despacio. La dejo hacer por diez minutos, hasta que noto que me corro otra vez.

    -Silvia… Silvia… me corro… -la aviso con la voz temblorosa… ¡qué gustazo de mamada!

    Ella deja de chupar y sigue pajeándome suavemente.

    -¿Así? -me pregunta en voz baja y me mira con los ojos muy abiertos y los labios húmedos de saliva, muy rojos.

    Yo ya no puedo ni hablar. Asiento con un gemido. Me pega la polla al estómago y sigue frotando hasta que, medio minuto después, unos chorros espesos de semen salen con fuerza y caen sobre mi estómago, mientras yo casi aúllo del placer.

    Silvia mira con curiosidad el semen, y se queda mirando mi polla encogerse lentamente y arrugarse hasta descansar, colgante, sobre mis huevos. Entonces se levanta, va al baño y me limpia con una esponja, delicadamente. Yo la miro desnuda, con sus tetas colgantes, su cuerpo blanquísimo que me pone a mil, y acaricio su culo suave, como de melocotón, apretando un poquito, mientras ella me mira, me sonríe y posa sus labios un momento sobre los míos.

    Cuando termina de limpiarme, me seca y vuelve al baño. Me tumbo sobre la cama. Estoy agotado. Dos orgasmos en hora y media agotan a cualquiera. Supongo que mis planes tendrán que esperar hasta mañana. Menos mal que tengo la mañana libre.

    Silvia llega y se tumba a mi lado. Se acurruca desnuda junto a mí, y nos abrazamos. Beso su pelo revuelto y ella ronronea, feliz.

    -¿Lo he hecho bien? -me pregunta, mientras besuquea mis pezones.

    -Muy bien, Silvia, muy bien -contesto, con los ojos entrecerrados. Ella me acaricia mi polla, ahora fláccida, agotada, y ésta apenas responde a sus caricias. Finalmente, Silvia claudica, se agacha y me besa la entrepierna, para después volver a acurrucarse apretada contra mí. Después de unos minutos de escucharla respirar, me duermo.

    Continuará.

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  • Mi esposa y nuestro amigo holandés

    Mi esposa y nuestro amigo holandés

    Son casi las cinco de la tarde y estoy sentado frente al ordenador tratando de traducir a palabras las sensaciones que se agolpan en mi mente. Trato de mantener la vista en la pantalla y de abstraerme de lo que está ocurriendo en la misma habitación. Oigo el diálogo insulso de una película que llega a través del televisor. Detrás de mí y sentados en el sofá están mi esposa Silvana y Paul, nuestro amigo holandés que de vez en cuando pasa por nuestra ciudad, se aloja en nuestra casa y se tira a mi mujer.

    Paul tiene treinta y dos años, es alto –paso de un metro ochenta–, delgado, atlético y con una cara agradable de la que destacan la firmeza de su mirada y la delgadez del rostro, que termina en una barbilla casi puntiaguda, como salido de un lienzo del Greco. Cabello castaño claro, corto y peinado con raya.

    Es de trato educado y de carácter honesto, generoso y divertido, con ese discreto toque de aventurero que poseen, y a su vez cultivan, todos los hombres que han hecho del mar su vida.

    Nuestra relación con Paul comenzó tres veranos atrás, en el transcurso de unas vacaciones que pasamos navegando con unos amigos por aguas de Ibiza y Formentera. Un día al amanecer vimos un barco fondeado cerca del nuestro y pronto entablamos conversación con la pareja de a bordo, que resultaron ser holandeses y cuya vida en común no parecía pasar por el mejor momento. De hecho, la chica no terminó las vacaciones y un día supimos que había regresado a su país.

    A partir de entonces y hasta el final del verano Paul devino uno más de nuestro grupo. Era joven, alegre, se enrollaba; y sobre todo, era marino… Además, pronto fue el cotilleo de las chicas, mi esposa Silvana incluida. Esta no se cortaba de contarme como todas suspiraban por nuestro recién adoptado y hasta llegó a explicarme su marca de calzoncillos; amén de las ganas que tenían todas ellas de pasárselo por la piedra.

    Lo que nunca podrán saber las demás es que la única mujer del grupo que se llevó al amigo al catre fue mi Silvana, para mayor orgullo mío y placer de ella. Fue en el transcurso de la última singladura del verano a bordo del barco de Paul, en el transcurso de tres días en los que los tres lo compartimos todo…

    Las vacaciones terminaron definitivamente y Paul regresó a Ámsterdam dejando su barco amarrado en un puerto deportivo la Costa Brava catalana. Pero la amistad y la comunicación se mantuvieron y a mediados de otoño nos anunció por correo electrónico que trabajaba para una compañía que tenía creciente negocio con nuestra ciudad, por lo que debía venir aquí por razones de trabajo. Desde entonces viaja cada tres o cuatro meses a Barcelona por cuestión de negocios y se aloja casi siempre en nuestra casa.

    Digo casi siempre porque tiene aquí una medio novia con la que pasa alguna que otra noche, pero dice que en nuestra casa se siente tan cómodo como en la suya propia. Y lo dice con jactancia, consciente de la superioridad que sobre mí le otorgan su edad y su físico de adonis alto y musculoso.

    Suele llegar sin avisar previamente, siempre entre las dos y las tres de la tarde; de modo que cada vez que suena el timbre del portal a estas horas, Silvana y yo nos miramos, pensando (o deseando) que pudiera ser él.

    Se sienta a la mesa mientras mi esposa le prepara algo de comer y yo me afano en abrir la botella de vino que siempre está preparada para él. Después de comer ambos deshacen la bolsa de viaje y me encanta ver a Silvana hacerle la cama (o decirle que como la última vez sólo estuvo una noche, no le ha cambiado las sábanas) y tomar con cariño su ropa para ordenarla en los cajones de la cómoda. Estamos todos de muy buen humor y en plan de fiesta, por lo que nadie se corta; así que de vez en cuando uno u otro abrazamos a Silvana. Se morrean como enamorados y él le pasa la mano cariñosamente por la cabeza.

    Lo habitual es que después se vaya y no vuelva hasta el día siguiente, tras haber pasado la noche de marcha y follando con su novia. Llega cansado y se tumba en la cama para echar una siesta, que suele durar toda la tarde. Al despertar se ducha, siendo inevitable que ella entre en algún momento en el cuarto de baño, para llevarle una toalla o algún útil de aseo.

    Salimos a cenar y tomamos unas copas antes de regresar a casa, donde hacemos unos porros y bebemos whisky o champagne entre francas risas. Apenas habla conmigo de su novia, dándome a entender que está fuera de nuestro rollo y que él no tiene ninguna intención de hacer de ella una puta como hago yo con mi mujer.

    Normalmente Silvana y Paul pasan la noche juntos en la habitación de invitados y sólo de vez en cuando me permiten entrar a verles, aunque siempre dejan la puerta entreabierta para que puedan grabarse con fuego en mi cerebro los gemidos de placer y los alaridos gozosos de mi esposa, que siempre está deseosa de sentir la penetración de aquel pene adúltero que se yergue airadamente demandando la posesión de la hembra que lo ha puesto en tal estado.

    En algún momento me despido, poniendo por excusa que me ha entrado sueño y me voy a la cama. Les deseo una buena noche y que lo pasen bien.

    Me voy a la habitación dejando la puerta abierta y cojo un libro, aunque con la excitación no consigo leer una sola página. En todo caso, dejo siempre la luz de la mesilla encendida, para que sepan que estoy despierto.

    No suele pasar mucho rato antes de que oiga pasos, dirigiéndose a la habitación de invitados, acompañados de cuchicheos y risitas apagadas. Se acuestan y de inmediato puedo escuchar los suaves crujidos del lecho. Se están abrazando. No es de extrañar que al cabo de un rato mi mujer venga a la habitación sonriente y en bragas, me dé un besito en la frente y coja el tubito de vaselina de mi mesilla. La palpo un poquito y ella se va, contoneándose provocativa.

    Pocos minutos después empieza la sesión de jadeos, gemidos y algún alarido sofocado (es el momento en que la está penetrando por su entradita posterior, cosa a la que no es muy adicta y por ello siente algún escozor; además, el pollón de Paul es monumental).

    Siempre busco alguna excusa para salir, por ejemplo, que me he quedado sin tabaco. Me pongo la bata, pues no me parece correcto exhibir la verga erecta, y me planto en la puerta de su habitación. Observo la gloriosa escena de mi amada tumbada de espaldas y lamiendo los cojones de su amante, que tiene sentado a horcajadas sobre su pecho; estira los brazos y con las manos acaricia las tetillas de su macho. Toso para que se aperciban de mi presencia y les pido perdón por la interrupción, pero necesito un cigarrillo. Con un gesto de cabeza y sin detener su placentera actividad, él me señala el paquete de tabaco.

    Regreso inmediatamente a mi cama. Lo que he visto me ha provocado tal erupción que a duras penas consigo liar un porro a causa del temblor que me domina. Escucho sin cesar como gimen, me doy perfecta cuenta cuando Silvana se corre como una loca. Oigo los alaridos de aquel cabrón al soltar toda su leche en la boca o en el culo de mi mujer…

    Me masturbo dulcemente mientras los deliciosos crujidos que hacen emitir al lecho penetran en mi cerebro. Sufro la necesidad de estallar sin atreverme a ello, porque espero…

    Cuando amaina la tempestad de placer vuelve el silencio casi total, roto de repente tras breves momentos, cuando nuestro invitado se incorpora para dirigirse al baño… para acceder al cual hay que pasar por nuestra habitación. Sigo con la luz encendida y aparece su silueta ante mí. Me mira con los ojos vidriosos de lujuria y un rictus de desprecio, dice alguna palabras en su lengua, que no entiendo, pero imagino y se sopesa los cojones victoriosos húmedos todavía de la lengua de mi mujer. Me guiña un ojo y extiende el brazo con el pulgar hacia arriba: “todo OK” dice y sigue su camino.

    Bella y radiante, espléndida en su desnudez mancillada, entra en la habitación mi sonriente Silvana con la felicidad escrita en su rostro. Nos abrazamos con locura y todos mis sentidos absorben el fuerte aroma masculino que exhala. Aspiro profundamente aquella mezcla de sudores y me voy deslizando sobre su cuerpo, lamo y chupo cada pulgada y me deleito cuando con la lengua encuentro humedades recientes o restos ya secos de humores frutos del deseo.

    Se entrega a mí, me ofrece en voz baja cumplido relato de todos los instantes de su encuentro amoroso, medio incorporada sobre la cama y acariciándome suavemente.

    Estoy en el paraíso… Me ofrece la boca sucia que acaba de acoger el enorme miembro del sátiro. La tomo en la mía y busco con ansiedad el sabor de todo aquello que ha pasado por ella. Baja hasta mis cojones y los mama con deseo. Finalmente, mi adorada ramera me ofrece su abierto e inflamado culo: se lo limpio con la boca antes de penetrarlo con mi ya desesperada polla gozo de la facilidad con que la sodomizo. A las pocas emboladas estallo en el mejor de los orgasmos y mezclo mi esperma con el del amante de mi esposa, antes de caer rendido y en paz.

    Todas estas imágenes han pasado velozmente por mi álbum de recuerdos mientras detrás de mí han cesado las risas y no se oye más que el tenue sonido del televisor. Miro hacia atrás y allí están mis tórtolos comiéndose a besos, veo la mano de Silvana posada sobre la entrepierna de Paul y sé que le está acariciando los cojones… Pronto se levantarán y cogidos de la mano pasarán frente a mí camino del dormitorio. Silvana se detendrá un momento para decirme que me quiere y me besará antes de seguir su camino…

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  • Mi mujer me engaña

    Mi mujer me engaña

    Cuando mi padre me dijo, “eh vigila bien a Mariela creo que te engaña”, viniendo de la boca de mi padre no hizo más que preocuparme, él nunca miente. En Argentina, como en casi todo el mundo, tener amante está mal visto para mujeres y hombres casados. Sin embargo, yo no lo veía del todo mal, hasta que descubrí que no sólo yo, sino también mi esposa pensaba de igual manera, y para colmo para mi ego, presencié como disfrutaba con él.

    ¿Cómo fue que presencié la fiesta de mi mujer cogiendo con el amante? ¿Cómo sé que no era un polvo circunstancial, de esos que se dan por calenturas que surgen imprevistas, porque están en la naturaleza de las hembras humanas, que no están sujetas como las restantes de los otros mamíferos, a un estado fisiológico cíclico para aceptar un macho? Nunca, pero nunca, entres en tu casa, abriendo con tu llave, en horario o día que, por el motivo que sea, se supone que estás lejos de la misma. Mejor avisas con prudente anticipación.

    En mi caso ya lo tenía todo preparado le comenté a mi mujer que del trabajo tenían que llevarme al interior por un par de días, para realizar un curso. Salí el jueves a primera hora con pasaje para volver el viernes en el último vuelo. Llevándome por los consejos de mi padre instalé en la casa algunas cámaras ocultas para así poder tener pruebas contundentes y enfrentar un juicio de divorcio netamente favorable a mí por supuesto. Llame al trabajo de ella como a las 4 horas de haber partido yo de casa, y me dijeron que Mariela pidió el día libre. No hizo falta pensarlo mucho, ella no perdía el tiempo de seguro aprovechara el día para encontrarse con su amante.

    Decidí dirigirme a mi casa para corroborar todas mis sospechas, en el camino pensé en las veces que ella salía de compras y volvía con el pelo húmedo no me llamo la atención en esos momentos, ahora todo tiene sentido, las visitas a la casa de sus amigas, las noches del gimnasio todo lo pasado creaba dudas en mí. Bajé del taxis frente a mi casa apenas pasadas las 12 horas las piernas me temblaban y un sabor amargo en mi boca me hacía dudar de mis actos, pero todo ya estaba preparado no podía echarme atrás.

    Abrí y volví a cerrar, cuidando de hacer el menor ruido, la puerta de calle. El living estaba en penumbras, pero no en silencio: percibí con toda claridad gemidos, exclamaciones y palabras entrecortadas provenientes del dormitorio. Sigilosamente me fui acercando a la puerta del mismo, abierta de par en par, al amparo de la oscuridad del pasillo de acceso.

    El ambiente estaba totalmente iluminado por el ventanal, que da al jardín interno, con la persianas abiertas. Asomado a la puerta, vi lo que estaba ocurriendo, mis ojos no daban crédito de lo que veía. Mis sospechas estaban puestas en un tipo joven, aunque sea más apuesto que yo, pero no fue así creo que los nervios y el corazón a punto de estallar me provocaron nauseas, con nitidez vi a Mariela con las piernas abiertas al máximo y, hundida la cabeza entre ellas, un tipo demasiado viejo como para imaginárselo, obviamente trabajándole la cotorra con la lengua.

    -¡Uy!… ¡Ahhh!… ¡que buenooo!… ¡ahhh!… ¡me encanta…! ¡siii!… ¡mi amooor! –aprobaba Mariela, con ambas manos en la calva cabeza de su amante como asegurándose que no se apartara de su entrepiernas. La aprobación de mi esposa agredía brutalmente mis oídos, era otro, no yo, el que la generaba. Sigilosamente retrocedí, salí de la casa y entré por la cochera que comunicaba con el jardín posterior de la casa.

    Cubriéndome entre los rosales y arbustos me ubiqué de modo tal de poder ver claramente, por el ventanal, que sucedía en el dormitorio. Mi visibilidad era prácticamente sin obstáculos. Las posiciones se habían invertido, el tipo estaba de espaldas y Mariela, al costado con la cola opuesta a mi puesto de observación, se introducía y sacaba de la boca una verga de medianas dimensiones, con las venas perfectamente marcadas, mientras con la mano derecha, masajeaba los huevos de su amigo.

    Recién allí pude ver de quien se trataba era Julio su jefe. Este le acariciaba la cola. Reprimí el impulso de lanzarme a interrumpir el banquete. Pensé para mis adentros en los días que Mariela tenía que quedarse en su trabajo, como horas extras, de seguro el viejo asqueroso se la cogía en la oficina, con razón ella consiguió un ascenso tan repentino.

    Me deje llevar por mis pensamientos y no preste atención en como la muy puta disfrutaba de aquel pene, que no era más grande que el mío, no podía entender por qué lo hacía, por qué lo chupaba como si fuera el pingo más rico del mundo.

    Mientras tragaba, lamía y chupaba tuve la impresión que me miraban burlonamente, que sabían que sufría oculto en tras los arbustos como un cobarde.

    Transcurridos unos minutos, Mariela soltó la boca de la presa y subió encima de su compañero, con la cola hacia mí. Me imagino que se habrán besado largamente, al cabo ella, siempre agachada, se introdujo el tótem y comenzó a coger a su hombre que le agarraba con ambas manos, le acariciaba el culo ahora las tetas sin hacer ningún movimiento con la parte baja de su cuerpo. ¡Para que, si todo lo hacía su compañera! Por lo vidrios entreabiertos, me llegaban los gemidos, y comentarios breves pero laudatorios de mi esposa. Impresionaba el recorrido ascendente para “sacar” la poronga, para luego enterrársela en la almeja con el acompañamiento de un gemido o exclamación de placer.

    Luego vinieron las variaciones. Era obvio que se conocían bien y sabían lo que debían hacer para darse mutuo placer. Mariela se incorporó sin interrumpir el vaivén, que ahora era cabalgata. Cuando le pareció que era suficiente esa variante, giró el cuerpo 180 grados y siguió con la cabalgata. Tenía lo ojos cerrados y la boca entreabierta. Era el retrato vivo del placer. De pronto se acostó de espaldas sobre el cuerpo de su amigo, que ahora si, tuvo que mover el esqueleto, bombeando de abajo hacia arriba, mientras con una mano acariciaba las tetas y la otra masajeaba el clítoris, la concha, llena de poronga, de Mariela que emitía todo un catálogo de sonidos de disfrute. El orgasmo fue apoteótico, de parte de ella un concierto de suspiros, gemidos y gritos de placer.

    -Julio sos un maestro haciendo el amor… hoy estas con toda la polenta… me haces disfrutar como nunca antes, desde que salimos…

    -Vos también tenés todas las pilas hoy… ¿será porque estas cogiendo, por izquierda, en tu cama?… me vas a matar… -devolvió el elogio el viejo.

    -Puede ser… no me vas a negar que es mucho mejor que el telo… lástima que, una ocasión como la de hoy, es difícil que se nos vuelva a dar… mi marido fuera de la ciudad… agregó mi esposa.

    -Será… pero me da cosa… pena por tu marido… le cojo la esposa… en su casa… en su cama… le uso el baño… y la “pistola” y las bolas me la seco con sus toallas…

    Mi esposa lo interrumpe:

    -¿perdón? ¿qué es eso de que “me cojo…”?… ¿no será que, cuando me da la gana, me doy un gusto con vos y vos venís al pie?… ¿quién coge a quien?, ¿eh?  y dejá “tranquilo” a mi marido… ¿estamos?

    Mariela se ubicó de espaldas al lado del amante con la verga, aun erecta, brillosa por los jugos vaginales y la agarro con sus propias manos y ubico la cabeza del pene en el agujero de su ano, no podía creer lo que estaba viendo, el con un leve movimiento introdujo casi la mitad de su tranca en su culo que ella siempre me negó, y juro que fueron como cinco los intentos que hice por cogerle su precioso culo, ahora se lo estaba entregando a un extraño.

    Con la verga de él ya entera dentro pude darme cuenta que no era la primera vez que a mi mujer se la cogían por el culo, era ella la que se movía, tragaba el pedazo con movimientos descontrolados, en su rostro pude ver como lo disfrutaba.

    Nunca la había visto tan puta tan entregada, pude distinguir en sus gemidos que estaba teniendo un nuevo orgasmo.

    Ella se movía más que él, y la que más gemía, sobaba sus testículos con sus nalgas.

    Mientras decía cosas como “¿te gusta papito…?”, “¿te gusta que me la meta por el culo..?”

    Pude ver como su culo estrangulaba aquella verga, el viejo no aguantaría por mucho tiempo aquel ritmo infernal que Mariela le estaba propinando.

    -Me vengooo… puta, me estás haciendo acabar en tu precioso culo ahhh… ahhh… puta te gusta…

    Me hizo pensar en un cañón humeante (chorreante en este caso) después del disparo; el tiro debe haber inundado de leche sus entrañas, que yo iluso, hasta esa noche, pensé que era virgen.

    Me retiré en silencio, aplastado, por la revelación: mi mujer tiene un amante y para colmo, con su verga más pequeña que la mía, la atiende mejor que yo. Me fui, con mi carga, a un bar del centro. Con el “embale” que señoreaba en el cuarto de mi casa era previsible que el dúo siguiera dándose el resto de la noche. El día siguiente volví a casa después que ella se fuera a trabajar. Lleve dos amigos que conocí en el local donde me emborrache, y decidí que las fotos no las utilizaría para ganarle el divorcio, sino para chantajearla, a cambio de sexo salvaje.

    Ella siempre se mostró muy reacia y centrada al mantener relaciones conmigo, ahora tengo otros planes para ella, cuando llegara de su trabajo le tengo reservada una verdadera sorpresa, mis dos amigos están enteramente dispuestos a darle por todos los agujeros después de todo eso parece ser lo que Mariela está necesitando.

    Pero eso ya es otra historia, con un final que ya todos suponen.

    Ella es una hermosa y simpática mujer que fácilmente, despierta la codicia masculina. Lo que no entraba en mis cálculos es que se le despertara el apetito sexual tan acentuado, que había presenciado, en su trenzada con el viejo. No sé en base a que la suponía refractaria a las calenturas por otros “machos” y a dejarse llevar por ellas; solamente en su cabeza esta la respuesta, ahora en lo único que pienso es en la venganza, se acerca la hora que ella llegue, y podré probar su culo ya estrenado.

    Pienso que como marido aún de ella estoy en mis derechos.

    Bueno esa es mi historia triste para el orgullo de los hombres, pero la realidad cuesta aceptarla, soy un carnero consciente. Dejo que el destino juzgue quien está más errado ella o yo. Ustedes sacaran sus propias conclusiones.

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  • Su marido no la satisface ¿podrá hacerlo su hermano?

    Su marido no la satisface ¿podrá hacerlo su hermano?

    Algo me pasaba, quizás deben ser los cambios por estar llegando a la menopausia, o quizás muchos problemas en mi trabajo, no sé, pero la verdad es que todo me molestaba, constantes peleas con mis marido, mi madre, incluso ni yo me soportaba.

    Una tarde, luego de una estúpida pelea con mi marido, donde lo único que quería era salir de la casa, pesque el teléfono y llame a Irma, mi cuñada, que me acompañara a tomarme algo por ahí y desligarme un poco de los problemas.

    Irma notó inmediatamente que algo me pasaba, y mientras bebíamos unas copas en un bar, las dos solas, le mencione mi problema, que estaba de un humor insoportable y que estaba aburrida de todo, de los problemas de mi trabajo, los problemas de mi casa, de mis hijos etc. Sabía bien que yo era el problema, pero la verdad ni siquiera estaba interesada en solucionarlos.

    Mi cuñada, había sido muy amiga mía desde la infancia. Salimos muchas veces con tipos y cosas raras, hasta que ella terminó casándose con mi hermano hace varios años. Ella me conocía muy bien y al poco rato de estar conversando y haciéndome preguntas, hizo una que fue completamente relevante.

    ―Vanesa… ¿Cómo estas con tu marido?

    ―Mal… obvio que mal

    ―Me refiero a la parte intima, a sus relaciones

    ―Mal también, hace rato que no lo hacemos

    ―¿Por qué?

    ―Por lo mismo… las peleas, que yo no estoy de ánimo, los niños etc.

    ―¿Y antes?

    ―Yo creo que… mal también… hace mucho que las cosas con Jorge no funcionan

    ―¿No te satisface?

    ―La verdad querida amiga… hace mucho tiempo que no… nuestros encuentros con el paso de los años se fueron haciendo cada vez más distantes

    ―¿Y a qué se debe eso?

    ―Yo lo culpo más a él… muchas veces yo lo buscaba y él no quería. Pienso que fue bajando su autoestima. Lo que pasa es que nuestros encuentros eran muy rápidos… el no duraba mucho o no lo suficiente. Muchas veces yo quedaba con ganas y Jorge no es de hacerlo 2 veces en una noche.

    ―Te entiendo

    ―Es complicado… triste. Yo amo a Jorge, eso lo tengo claro, solo en sueños he pensado en engañarlo y buscarme otro hombre que me dé… que me haga trizas… eso quiero… un hombre que me de toda la noche, que me deje seca…

    ―Que quiere que le diga cuñadita… me da pena por ti, pienso que todo lo que te está pasando es por eso.

    ―Yo también creo lo mismo… ¿y a ti como te va con mi hermano?

    ―No… es totalmente distinto

    ―¿Sí? ¿es bueno para la cama?

    ―Tu hermano .. ¡Uf! es una bestia, yo creo que mi caso es al revés… soy yo la que me arranco de el

    ―¿Sí?

    ―Si… nuestros encuentros son demasiado largos y fogosos, al final quedo exhausta y él quiere más y más… me deja muerta

    ―¿Tanto así?

    ―Es un animal, me hace acabar varias veces en un encuentro y el sigue duro como una roca… a veces pienso que soy muy fome para él… a veces me da miedo que se busque otra más ardiente

    Las dos mujeres siguieron conversando y mientras Irma no se daba cuenta como Vanesa le sacaba mas y mas información respecto a sus encuentros con su marido, Vanesa sentía un calor entre sus piernas imaginando con lujo y detalle los encuentros de su hermano con su amiga.

    Volvió a su casa, pensativa. Inconscientemente se imaginaba estar haciendo el amor con su hermano. Trataba de sacarse esas locas ideas de su cabeza, pero no, al ver la cara de gozo como su cuñada relataba sus encuentros íntimos con su hermano, había producido un ardiente deseo. Deseo de ser penetrada como ella quería…

    Aún estaba enojada con su marido, pero decidió dejar de lado su orgullo y reconciliarse con él, en busca de satisfacer su deseos. Jorge no tuvo problema en hacer el amor con su mujer esa noche y por mas que ella intento acabar junto a su marido, este terminó primero que ella, dejándola mas molesta y caliente que antes.

    Le costó mucho dormir pensando en su problema. Al otro día, al verse desnuda en el espejo del baño, admiro su cuerpo, se encontró una deseable hembra, pensando que con su figura, podría tener a cualquier hombre que ella quisiera. Sus dietas y gimnasio habían logrado mantener su juvenil cuerpo de adolescente. Bajo la ducha, admiro su pechos, enjabonándolos minuciosamente, sintiendo el agua caer sobre ellos, endurecerse sus pezones bajo sus caricias, y el calor entre sus piernas y sin poder aguantarse, termino masturbándose como hacía mucho tiempo no lo hacía.

    Toda la semana continuó así, sintiéndose con unas ganas locas de follar. Incluso entro con mucha vergüenza a un sex-shop y solicito a la vendedora que le vendiese un consolador para, según ella, regalarlo a una amiga que se casaba, como broma de despedida de soltera. Apenas llego a la casa, se encerró en el baño y mientras su hijo jugaba en el computador, llevo ese juguete al baño. Se desnudo completamente y se masturbo con las piernas puestas sobre la taza de baño, dejando su sexo al aire, introduciéndose toda esa goma dentro de su cuerpo. Sin embargo al estar así, nuevamente la imagen de su hermano venía a su mente.

    Trataba de cambiarlas por compañeros de oficinas o amigos de su marido, pero no, era la imagen de su hermano la que mas la excitaba, hasta que sin poder resistir mas, comenzó a imaginar que follaba con él, como ese juguete se transformaba en la verga de su hermano y tan solo con entregarse a ese morboso pensamiento, alcanzo un monstruoso orgasmo como hace años no sentía

    Estos clandestinos encuentros con su juguete se repitieron cada vez mas seguidos, siempre con la imagen de su hermano en su mente, pero con el tiempo, este instrumento no conseguía aplacar su fuego interno y ella continuaba igual.

    Pasó casi un mes y encontrarse con Carlos, su hermano no hacía otra cosa mas que excitarla aún más. Carlos siempre había sido muy cariñoso con ella, la abrazaba delante de todos, pero esta vez ella sentía ese contacto de una forma distinta, era el fruto prohibido que encendía inmediatamente la llama de su pasión, tan solo con estar en la misma habitación que él o solamente con escuchar que alguien lo mencionara.

    Una tarde, recibe la llamada de su cuñada, que quería pedirle un gran favor. Le comento que ella salía de vacaciones con una amiga y que Carlos, recién ingresado a su nuevo empleo, no podía acompañarla, por lo que le encargaba si se podía hacer cargo de la mascota de la casa, que era su adoración. Que ella no confiaba que Carlos se preocuparía de darle alimento o cambiarle el agua. Mientras respondía que sí, a la solicitud de su cuñada, sintió nuevamente ese calor en su entre pierna. Se imaginaba a ella y a su hermano solo en su casa, haciendo el amor tal cual como se lo hacía a su cuñada.

    La idea rondo en su mente todo el día. Se imaginaba como podía lograr que su hermano accediese a tener sexo con ella, planificando mil situaciones o conversaciones que pudieran derivar a tan anhelado encuentro.

    Al fin el día llego. Irma antes salir de casa la llamo recordándole su encargo. Vanesa sabía que había llegado el momento y no perdería ni un solo día en tratar de hacer su sueño realidad. Esa misma tarde, conociendo el horario de Carlos, tomo su auto, luego de arreglarse muy sensualmente, con una escotada blusa y un corto vestido, incluso hizo algo que nunca había hecho que fue depilarse la entre pierna. Según su cuñada era una de las cosas favoritas de su hermano y emprendió el camino a la casa de su fruto prohibido. Este recién había llegado del trabajo y riéndose de las ocurrencias de su esposa invito a pasar a su hermana.

    Carlos la encontró distinta, mas bonita mas sensual. Dijo envidiar a su cuñado de tener una esposa tan linda como su hermana, a lo que ella inmediatamente respondió que al parecer él no se daba cuenta.

    Luego de atender entre los dos a la mascota, Carlos la invito a sentarse a su hermana en el living a beber una cerveza mientras conversaban de cosas de hermanos, cosas triviales, sin embargo Vanesa se había desabrochado otro botón mas de sus escote y trataba de enseñarle a Carlos todas sus piernas.

    Carlos continuaba con la conversación sin darse cuenta de que estaba tratando de ser seducido por su propia hermana. Sin embargo, al percatarse que su hermana estaba echa toda una leona, nuevamente le hizo el comentario de lo hermosa que estaba esa tarde y lo afortunado de su marido. Vanesa comentó a su hermano que las cosas no andaban muy bien entre ellos. Carlos se preocupó y comenzaron a tener la misma conversación que había tenido meses antes con su esposa.

    ―Uff hermanita, es complicado lo tuyo

    ―Si, pero que le voy hacer

    ―¿Pero cómo puede ser tan tonto mi cuñado de no darse cuenta el tremendo pedazo de mujer que tiene a su lado?

    ―Yo creo que se da cuenta, pero, no sé, es algo físico, algo de resistencia.

    Vanesa seguía explicándole con lujo de detalles como eran los encuentros entre ellos y como ella era una mujer muy ardiente en la cama, basándose en los gustos de su hermano, que su misma esposa le había comentado. Como le fascinaba tener sexo oral, como no ponía ningún problema a todas las cosas que su cuñada se resistía de hacer con el. Poco a poco, mientras Vanesa hablaba, Carlos ponía más atención a las lamentaciones de su hermana, que sería la pareja ideal para el en la cama, mientras Vanesa continuaba sus comentarios, fijándose que algo estaba creciendo en el pantalón de su hermano.

    Cada vez mas sensual, Vanesa le explicaba las cosas que le gustaría sentir, como andaba todo el día excitada, como necesitaba sentirse deseada, penetrada, follada salvajemente, a lo que su hermano sin palabras, pero si con el bulto de su pantalón, asentía a cada una de sus quejas comenzando a desear a su hermana.

    ―Hermanita… contéstame algo sinceramente

    ―Pregunta

    ―¿has engañado a mi cuñado?

    ―No, la verdad no, pero si lo he pensado muchas veces, mas en el último tiempo

    ―Quizás, aunque este malo que yo te lo diga, puede ser una alternativa

    ―Lo sé, pero me da miedo, miedo de meterme con alguien que pueda hablar después

    ―Eso si, tienes que tener cuidado, los hombres no pueden guardar sus conquistas

    ―¿Que voy hacer Carlos?

    ―Uff, complicado lo tuyo, no sé, si no fueras mi hermana te seguro que hace media hora que estaríamos en el cuarto

    ―¿De verdad?

    ―Te lo puedo dar firmado si quieres

    ―¿Me encuentras hermosa Carlos?

    ―No, te encuentro preciosa, que daría yo por tener una mujer como tu… pienso que no hay hombre que no te desee

    ―¿De verdad?

    ―Si, por supuesto

    ―¿Y tú?

    ―Yo… si no fueras mi hermana…

    ―¿Harías el amor conmigo?

    ―Si no fueras mi hermana… por supuesto que si…

    ―¿Y siendo tu hermana?

    ―Ja ja

    ―Lo digo en serio Carlos

    ―¿De qué hablas?

    ―Carlos… te puedo confesar algo… me muero de ganas por estar contigo

    ―¡¡Qué!!

    ―Así como lo oyes…

    ―Debes estar bromeando

    ―Mírame…

    Vanesa se pone de pie y lentamente va desabrochando cada botón de su blusa. Carlos no podía creer lo que estaba sucediendo. Su hermosa hermana estaba de pie, en medio de su living, antes sus ojos, desnudándose lentamente para el

    ―Por favor Vanesa

    ―No Carlos… mírame y dime que no me deseas

    ―No es eso… es…

    ―Tú sabes que esto quedara entre los dos

    ―Pero…

    ―O no me deseas… ¿no te gustan mis tetas?…

    ―Vanesa… por favor… que no soy de hierro…

    ―Ven acá…

    Vanesa hace poner de pie a Carlos, quien tratando de no mirarla y resistirse a la tentación obedece. Siente el cuerpo semi desnudo de su hermana abrazándolo, besándolo en el cuello.

    Carlos no pudo resistir más, y se entregó a sus deseos más impuros, abrazándola fuertemente la beso fogosamente, apretándole el culo contra su cuerpo haciéndole sentir toda su excitación. Vanesa al fin tenía su fruto prohibido y sin perder tiempo, saco la camisa de su hermano y le bajó los pantalones.

    Pudo sentir inmediatamente entre sus pierna el roce de ese tan deseado pedazo de carne que tantas veces imagino en sus masturbaciones y bajando rápidamente lo encontró ante sus ojos, hermoso, grande, duro y sin poderse contener más lo llevo a su boca chupándolo extasiada. Escuchaba los gemidos de Carlos sucumbiendo a la fogosa mamada entregada por su hermana. Sentía su sexo hirviendo, deseosa de tener ese pedazo de carne dentro de ella.

    Sin dejar de besarse ni tocarse, fueron avanzando por el pasillo, dejando todas sus prendas regadas por el piso. Llegaron al cuarto y cayeron a la cama: Vanesa le dio la espalda a su hermano y sintió como este se abalanzaba contra ella, magreándole las tetas, sintiendo ese enorme pedazo de carne chocar contra sus nalgas escuchando entre gemidos decir a su hermano… “eres exquisita”.

    Ya no aguantaba más, quería sentir en su concha esa hermosa herramienta de su hermano y casi suplicando le pidió que la penetrara. Carlos ya estaba apuntando su misil a la abertura de su hermana y de un solo golpe, se la introdujo en su totalidad. Vanesa estaba en el paraíso, sentía la enorme y dura verga de su hermano entrando y saliendo de su jugosa concha, sintiéndose completamente llena, extasiada, follada como ella quería, sintiendo un ardor increíble en su sexo, al roce del pedazo de carne de su hermano que la hacía delirar.

    Solo basto un par de minutos para sentir como un volcán, su orgasmo llego estruendosamente, gritando de placer pidiéndole a su hermano que por favor no se detuviera.

    Mas Carlos no se detenía, continuaba penetrándola salvajemente sintiendo como su verga se mojaba con los jugos emanados del sexo de su hermana, apretándola fuertemente, haciéndola sentir toda una hembra.

    Se acostó de espaldas y subió a su hermana sobre su pecho, recorriendo son sus manos todo su cuerpo, magreándole las tetas, bajando hasta su sexo, masturbando su depilado sexo, mientras la continuaba penetrando. Vanesa disfrutaba cada caricia, cada embestida de su hermano, era eso lo que necesitaba, sentirse follada por todo un hombre. No paraba de gozar, Carlos era realmente bueno en la cama, sin dejar de lado ni uno de sus puntos excitables, los besos en su cuello, los gemidos de este en su oído. Como le apretaba las tetas con fuerza, como acariciaba y jugaba con sus duros pezones, llevándola a un nuevo y gran orgasmo.

    El tiempo parecía haberse detenido y su hermano no dejaba de follarla. Estaba entregada completamente al placer, disfrutando lo que sin duda era el mejor sexo de toda su vida. No tubo ni un reparo al escuchar entre gemidos a Carlos pedirle que se colocara en cuatro, adoptando esa posición, levantando el culo, para sentir como esa enorme verga nuevamente se introducía su mojado sexo, llegando a lugares donde nunca antes nadie había llegado.

    Incluso sintió algo de dolor al tener semejante cosa dentro suyo, pero era ínfimo comparado con el enorme placer que estaba sintiendo.

    La verga de Carlos en ni un momento se ablandaba, al contrario, en esa posición la sentía más grande aún. Cada embestida de su hermano sacaba un largo y profundo gemido desde lo mas profundo de su ser, gemidos que se podían escuchar fuertemente por toda la habitación, cosa que al parecer excitaba mas a Carlos que con mas fuerza aun la penetraba.

    Vanesa ya había perdido la cuenta del tiempo que había estado en esta posición ni cuantos orgasmo la había hecho alcanzar su hermano. Solo estaba ahí, con el culo levantado sintiendo la verga de su hermano penetrarla una y otra vez, hasta que escucho que su hermano le avisaba que estaba a punto de descargarse.

    Siente que su hermano se queda inmóvil y ella misma echaba el culo hacia atrás enterrándose todo el miembro de su hermano, luego siente que este da un gran gemido y tomándola de las caderas, la empuja contra su cuerpo y la penetra con más fuerza aún. Siente como el potente chorro de semen inunda cada rincón de su sexo, como la leche caliente de su hermano llega a escurrir por el contorno de sus piernas, haciéndola alcanzar un último orgasmo y espectacular orgasmo.

    Ya Vanesa no puede más y cae de boca contra la almohada, pero aun sentía como su hermano apoyado en sus brazos, continuaba penetrándola, ahora despacio, muy despacio, sintiendo el hinchado sexo de su hermana que lo apretaba para sacarle hasta la última gota.

    Ambos quedan desnudos en la cama, sin articular palabra, solo respirando fuertemente tratando de recuperar el aire y tratando de asumir lo que había pasado.

    Abrazados ambos hermanos en la cama, hablando de lo hermoso que había sido, con Carlos acariciando suavemente los pechos de su hermana, y ella sin poder de dejar de acariciar el sexo y la entre pierna de el, que aun después de haber acabado y haber pasado casi 15 minutos, mantenía cierta dureza y un buen tamaño. Vanesa se da cuenta de la hora y le dice a su hermano que debe marcharse. Este no quiere que se vaya, pero ella dice que tiene que hacerlo. Carlos besa nuevamente a su hermana y terminan haciéndolo nuevamente, esta vez un poco mas corto, pero con la misma pasión.

    Ella se viste y despidiéndose de su hermano, tal cual fuesen una pareja de amantes, se marcha a su casa, comprometiéndose con el de repetir lo mismo al otro día. Toma su auto y conduce a su casa. Sentía un pequeño dolor en su sexo, pero su mente estaba dichosa, al fin había conseguido lo que necesitaba, saciar con todo un hombre sus deseos y no hallaba la hora de volver a juntarse con su fruto prohibido.

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  • Haciéndolo con mi propio primo

    Haciéndolo con mi propio primo

    Me llamo Paulina y lo que voy a relataros ocurrió cuando tenía alrededor de 18 o 19 años. Tengo un primo de mi misma edad que siempre venía a la playa con mi familia y conmigo. Dormíamos en dormitorios contiguos y a veces nos quedábamos hablando hasta altas horas de la madrugada en la habitación de alguno de los dos, pero nunca había pasado nada entre nosotros. Él era mi mejor amigo y yo igual para él.

    Un día estábamos en mi casa, acabábamos de volver de la playa y estábamos rendidos de cansancio. Mi primo se dejó caer en su cama nada más llegar. Debía estar rendido después de pasarse nadando toda la tarde.

    -Estás hecho polvo, primo -le dije al pasar por la puerta de su cuarto- ¿Te apetece que te haga un masaje?

    -No sabes cuánto te lo agradecería -me contestó.

    Me senté en la cama y empecé a masajearle la espalda, los hombros… La natación había hecho de mi primo un chico musculoso y excitante. Su piel bronceada por el sol le confería aún más atractivo a su ya de por sí cuidado cuerpo.

    -Sigue por los abdominales -me pidió dándose la vuelta- Los tengo un poco agarrotados.

    Empecé a masajearle el estómago, duro como una tabla por las innumerables horas de gimnasio con que mi primo solía mantenerse en forma todo el año. Seguí bajando inconscientemente y me di cuenta de que tenía la polla dura bajo el bañador. Aquello me excitó muchísimo. Se me pasó por la mente la idea de tocársela, pero no podía, era mi primo. A pesar de eso, no pude evitar que aquella experiencia poseyera mi mente durante el resto del verano. Desde aquel día, cada noche tuve fantasías sexuales con mi primo. Decidí que antes de que acabase el verano las haría realidad.

    El final del verano se acercaba y una noche decidí que sería la definitiva. No tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero algo tenía que hacer. Nos fuimos a la cama como todas las noches, pasadas las 12. Me desperté a eso de las 4 de la madrugada y tras mucho pensar, me levanté y entré cuidadosamente en la habitación de mi primo. Caminé en silencio hacia su cama y me acosté en ella con cuidado para que no se diese cuenta. Decidí que era el momento de la verdad.

    Bajé mis manos hasta sus calzoncillos, pues nunca había utilizado pijama para dormir, y metí la mano. Enseguida encontré su polla que, curiosamente, estaba tiesa y dura como una piedra. Posiblemente, mi primo estaba teniendo un sueño de lo más excitante. La rodeé con mis dedos y él se despertó sobresaltado. Al verme allí, a su lado, con su polla en mi mano, sonrió y acercó sus labios a los míos. Mientras nos besábamos apasionadamente, uniendo nuestras lenguas en un lazo sin fin, empecé a masturbarle.

    -¿Te gusta? -susurré.

    -Me encanta -respondió.

    -Me gustaría que tú también me lo hicieses -le pedí.

    Sin mediar palabra, dirigió su mano a mi entrepierna, entrando por debajo de mis braguitas. Empezó a acariciarme el suave vello de mi coño y luego introdujo un dedo en mi húmedo agujero. Aquello me puso a cien. Quería más y decidí decírselo.

    -¿Quieres que lo hagamos? -le pregunté.

    -Sí, no hay nada que desee más en este momento -me respondió- ¿Y tú?

    -Yo también quiero que lo hagamos, pero… -me detuve- Aún soy virgen…

    -¿Y eso te preocupa? -me contestó sonriendo- Yo también lo soy y no se me ocurre nadie mejor para dejar de serlo que tú.

    Estábamos a punto. Se puso encima de mí y, tomando su polla con la mano, la conduje hasta mi estrecha cueva. Empecé a notar cómo iba entrando, despacito, con cuidado para no hacerme daño. Mi primo gemía con suavidad, yo aguanté la respiración hasta que por fin sentí que me había entrado del todo. No pude evitar soltar un fuerte gemido que hubiera despertado a mis padres si mi primo no me hubiese tapado rápidamente la boca. Empezamos a movernos rítmicamente, gimiendo despacito, entre besos y caricias.

    -Voy a correrme -me susurró.

    Yo también estaba a punto de hacerlo, pero conseguí mantener la cabeza fría el tiempo suficiente como para hacer algo de lo que siempre me habían hablado mis amigas y por lo que sentía una inmensa curiosidad. Saqué su polla de mi coño y le hice ponerse a horcajadas sobre mi estómago. Me puse su duro y caliente miembro entre mis tetas y empecé a hacerle una cubana, como decían mis amigas.

    Estaba loca de placer, la polla de mi primo cada vez estaba más hinchada y dura, hasta que, por fin, se corrió con fuerza alcanzando mi boca con su semen. Yo aún no me había corrido y mi primo lo adivinó, así que descendió por mi cuerpo con su polla aún rezumante de dulce y blanca leche y empezó a chuparme el coño.

    Era la primera vez que alguien me hacía eso y sentía una sensación de lo más extraña, aunque eso no evitaba que me sintiese excitadísima. Siguió chupando y lamiendo el tiempo suficiente para que yo explotase en un potente y estremecedor orgasmo que me hizo temblar de la cabeza a los pies. Nos besamos suavemente, me levanté y me fui a mi cama.

    Después de esa noche lo hicimos todas las noches hasta el final del verano. Tenía la esperanza de que el año siguiente sería igual, pero mi primo encontró novia y se casó en julio del año siguiente. El día de su boda, cuando me acerqué a darle la enhorabuena, me dio dos besos y me sonrió de una forma que solo él y yo entendimos. Aún me queda el recuerdo de aquel verano y con ese recuerdo me masturbo siempre que me siento triste.

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  • Mi hija, su novio, mi mujer y yo (2ª parte)

    Mi hija, su novio, mi mujer y yo (2ª parte)

    Después de echar un buen polvo, mi esposa sacó como tema de conversación, inevitablemente, la escena que había presenciado momentos antes y que tan cachonda la había puesto. Me pidió detalles sobre la sensación que había sentido al penetrar a nuestra hija, sobre el tacto de sus pechos, sobre lo que sentí cuando me la chupaba, etc. Insinuó que le faltó poco para entrar allí y unirse a la fiesta, cosa lógica, sin embargo, me sorprendí cuando añadió: “Uy, que delicia comerse ese coñito y esas tetas”. Me descolocó un poco escuchar esas insinuaciones por parte de Ana, jamás habíamos fantaseado antes con practicar sexo con nuestra hija y ahora estaba descubriendo que a mi esposa también le daba morbo.

    Al día siguiente, cuando me levanté, no había nadie en casa. Miré el reloj, eran cerca de las dos. Decidí dar una vuelta por la playa, seguramente allí estarían ellos, y efectivamente, no tuve que andar mucho cuando ví, junto a la orilla, dos maravillosos cuerpos femeninos que me hacían señas con los brazos. A varios metros, debajo de la sombrilla, estaba Marcelo, así que me quedé con él mientras ellas se bañaban. Una duda empezó a rondar por mi mente, no sabía si durante el tiempo que había estado ausente ellos habían comentado algo. Confieso que estaba un poco confuso, porque, aunque por una parte deseaba que mi hija supiese que yo me la había follado, por otra parte, me avergonzaba.

    Manteníamos una típica conversación sobre deportes, cuando de repente, noté que una mano de Marcelo se acercó excesivamente a mi entrepierna, rozándome el capullo con sus dedos y posándola en la arena, casi pegada a mis cojones. Acto seguido, empezó a hacer comentarios sobre mi mujer y mi hija, sobre la belleza de sus cuerpos, sobre lo simpáticas que eran. Después, movió de nuevo la mano que había puesto en la arena y la llevó sin reparo hasta mi paquete, abarcándolo por completo, y me dijo:

    -“Supongo que te gustaría repetir lo de anoche, me consta que disfrutaste muchísimo, no solo porque fui testigo, sino porque me ha comentado Ana que de la calentura que llevabas, tuviste fuerzas para luego echarle un polvo bestial”.

    Al escuchar esto, me quedé pensativo por unos momentos. Por lo que me había dicho, quedaba claro que él y mi mujer habían hablado del tema. La duda que me quedaba era saber si mi hija Cecilia estaba al tanto. No me dio tiempo a preguntárselo, ya que en esos momentos ellas salían del agua y se acercaban hacia nosotros. Ana me dio un beso y se tumbó a mi derecha. Cecilia se acercó a saludarme y luego sacó de su mochila un tarro de crema protectora, pidiéndole a Marcelo que por favor le extendiese un poco de dicha crema por el cuerpo.

    Mi hija se tumbó boca abajo sobre la toalla y Marcelo comenzó a extenderle lentamente la crema por sus piernas, subiendo hacia arriba poco a poco. Cuando llegó a sus muslos, se mantuvo ahí durante bastante tiempo, masajeándolos, sin olvidar la parte interior de éstos, acercándose muchísimo a sus ingles. Cecilia tenía los ojos semicerrados, manteniendo en su rostro una inequívoca sensación de placer. Marcelo llegó a su espalda, vertió una gran cantidad de crema y la extendió cuidadosamente por la suave piel de mi hija, dándole un masaje perfecto que casi consigue dejarla dormida.

    Cuando giró su cuerpo y se puso mirando hacia arriba para que Marcelo siguiera echándole crema, casi me da un patatús. Sus preciosas tetas estaban libres. No me percaté en qué momento se había desatado el bikini, lo que sí os puedo asegurar es que se me debió quedar una cara de bobo enorme cuando ví esos melones apuntar con sus pezones hacia el cielo, sin el más mínimo gesto de ocultación por parte de ella. En esos momentos, me pareció ver en el rostro de Marcelo una malévola sonrisa.

    De pronto, mi mujer, a la cual yo creía dormida, me alcanzó con sus manos por la cintura y posó una de ellas en mi paquete. Me giré y la besé. Acto seguido, acercó su boca a mi oreja y me susurró:

    -“Te gusta mirarlos… ¿verdad? Pues debes saber que a mí también, aunque más que mirar, me gustaría poder disfrutar realmente junto a ti de esos cuerpos jóvenes, macizos, hermosos… Llenos de energía. Desearía poder mezclarnos entre ellos… Y disfrutar juntos del sexo más desinhibido y obsceno”.

    Si ya estaba excitado, imaginaros como me puse después de escuchar estas palabras. Cogí a mi esposa por los hombros y comencé a besarla apasionadamente. Ella volvió a sobarme el paquete, pero esta vez incluso se atrevió a meter la mano dentro de mi bañador. Luego comenzó a hacerme una suave y disimulada paja. Yo, por mi parte, le agarré una teta y empecé a frotarle el pezón con mis dedos. Todo esto lo hacíamos con la máxima discreción posible para no llamar la atención, ya que en esos momentos la playa estaba bastante concurrida.

    En un momento dado, mi esposa me hizo señas para que mirara hacia donde estaban Marcelo y nuestra hija. Ahora estaban los dos sentados sobre la arena, uno junto al otro, muy pegados y con una toalla sobre sus piernas que les tapaba hasta un poco más arriba de las caderas. Observé en sus rostros unas expresiones algo “sospechosas”. Era obvio que algo ocurría debajo de la toalla.

    Ana comenzó a pajearme con más fuerza y rapidez. Con sus cada vez más bruscos movimientos, se me empezó a salir la polla fuera del bañador, pero a ninguno nos importó. Yo, por mi parte, le magreaba los pechos y le acariciaba el coño por encima del bikini.

    Entre tanta calentura, y en un acto casi incontrolable, le desabroché la parte superior del bikini y sus dos preciosas tetazas quedaron libres y desafiantes. Pude fijarme en como este detalle no pasó desapercibido para Marcelo. El muy cabrón tenía la mirada clavada en sus tetas. Pero no solo disfrutaba de la visión de las maravillosas tetas de Ana… También disfrutaba del fenomenal paja que mi hija Cecilia le estaba haciendo.

    Pero, sin duda, el colmo de mi excitación llegó cuando me percaté de que mi hija miraba las tetas de su madre casi con el mismo entusiasmo que Marcelo, por no decir que con más. Quise ofrecerles un buen espectáculo y empecé a magrearle las tetas a mi mujer como un loco. Pellizcaba sus pezones, abarcaba las tetas por completo con mis manos y las espachurraba, agarraba una por debajo con una mano y con los dedos de la otra la acariciaba… Etc.

    A Marcelo y a mi hija se les veía excitadísimos. De hecho, él estaba a punto de correrse. En el rostro de Cecilia podía adivinarse el enorme placer que le proporcionaban los dos dedos que Marcelo le introducía cada vez más rápido en su chocho, unido a la visión de las tetas de su madre siendo acariciadas por su padre. Curiosamente, con tanto meneo, la toalla se desplazó unos centímetros… Los suficientes como para que durante unos momentos quedara a la vista la gran polla de Marcelo siendo pajeada por la bonita mano de mi hija.

    Mi inevitable y colosal eyaculación estaba próxima. Avisé a mi mujer con antelación y ambos nos tumbamos, poniéndonos muy cerca el uno del otro, adoptando una postura que permitiera que el momento de mi explosión fuera lo más discreta posible. No puedo asegurar que nadie nos viera, lo que si os prometo es que la cantidad de leche que expulsé fue increíble. Toda fue a parar al vientre de mi mujer, y poco a poco fue resbalando hacia la arena.

    Tras un intenso beso, nos dirigimos hacia el agua, donde permanecimos bañándonos más de diez minutos. Al regresar, Marcelo y Cecilia estaban recogiendo sus cosas y se disponían a marcharse. Nos dijeron que les había entrado hambre y que iban a comprar unos sándwiches… Aunque para mí esto era bastante dudoso, y probablemente irían a echar un buen polvazo en un sitio más cómodo, que era justamente lo que teníamos pensado hacer mi mujer y yo al llegar a casa.

    Y efectivamente, nada más llegar, nos metimos en la ducha y Ana empezó a mamármela de rodillas sobre la bañera. Pero no terminamos ahí la faena. Preferíamos un lugar cómodo donde poder emprender una buena sesión de jodienda, así que fuimos sin demora hacia la cama. Allí prosiguió chupándomela y a los pocos minutos estábamos enzarzados en un cachondo 69. En fin, que follamos de casi todas las posturas posibles y quedamos rendidos en la cama hasta casi la hora de cenar.

    Hacía una noche fabulosa. Nos arreglamos un poco para ir a cenar a un restaurante cercano, donde servían un pescado excelente, y que tenía una amplia terraza con vistas a la playa. Nuestra hija llegó justo cuando nos disponíamos a abrir la puerta para irnos. Al parecer, Marcelo tenía un compromiso con un amigo, y como no quería quedarse sola, decidió venir con nosotros. Así que esperamos a que ella se cambiara de ropa y nos marchamos.

    Madre e hija estaban guapísimas. Mi mujer lucía un vestido de una sola pieza, color amarillo, con un amplio escote, que le llegaba hasta las rodillas aproximadamente. Mi hija tenía puesto un conjunto de dos piezas, formado por un juvenil top ajustadísimo de color blanco, sin sujetador, y una falda larga de tipo “hippie”, que a veces, y debido a su fino grosor, permitía divisar el tanguita negro que llevaba puesto. La verdad es que, aunque ninguna de ellas iba especialmente provocativa, sí que estaban guapísimas, e irradiaban sensualidad y feminidad por los cuatro costados.

    Fue una velada tranquila, amena, en la que hablamos de diversos temas. Después del postre, y tras tomar varias copas, mi mujer sacó como tema de conversación a Marcelo. Le preguntó a Cecilia, entre otras cosas, que si la relación iba en serio o simplemente se trataba de un rollo pasajero que acabaría en cuanto abandonáramos paracas. Al parecer, la cosa iba, según nuestra hija, muy en serio. La verdad es que, simplemente viendo la cara y mirada que ponía cuando hablaba de él, se notaba que estaba muy enamorada. Esto, sinceramente, nos alegraba mucho a mi mujer y a mí. Pocas veces la habíamos oído hablar con tanto entusiasmo acerca de un chico.

    Salimos del restaurante, y como a ninguno de los tres nos apetecía meternos en casa, Cecilia propuso ir a una sala de fiestas muy famosa en la ciudad, donde había estado con Marcelo una de las noches anteriores. Habitualmente tocaban en directo bandas de salsa, merengue y jazz latino, había muy buen ambiente, gente de todas las edades aunque mayormente sobre los 35 o 40 años, y que disponía de una gran pista de baile que, generalmente, estaba hasta los topes, porque hasta los más tímidos se volvían locos allí agitando sus cuerpos, bailando y meneándose sin complejos, dejándose llevar por los alegres y sensuales ritmos.

    Tras sentarnos en un cómodo sofá y pedir las consumiciones, mi mujer y mi hija decidieron marcarse un bailoteo. Yo preferí quedarme allí bebiéndome tranquilamente mi cuba libre, escuchando la música y observando a la gente. No tardé en fijar mi mirada en Ana y Cecilia, que con el baile, movían sus cuerpos de las maneras más sexys y sugerentes.

    Varias veces, algunos hombres que se encontraban bailando en la pista se unían a ellas y más de uno las cogió de la cintura o se acercó por atrás hasta casi pegarse a sus cuerpos (el tipo de baile lo exigía). Hubo un gordo, de unos 50 o 55 años, que durante algunos segundos mantuvo su paquete pegado al trasero de mi esposa a la vez que la agarraba de la cintura y ambos se movían al ritmo de la canción. Mi mujer estaba disfrutando de lo lindo. Bailaba sin parar, su rostro reflejaba lo bien que se lo estaba pasando y no dudaba en mover el culo hacia delante y atrás cuando algún hombre, como he dicho antes, se le acercaba y se pegaba tras ella.

    Con mi hija pasaba tres cuartos de lo mismo, aunque a los diez o quince minutos la perdí de vista, y seguí atento a mi radiante esposa, cuyas tetas, con el baile, se movían de manera alocada. Cuando vi que abandonaba la pista y venía hacia mí, me levanté y al llegar, me agarró de la cintura y unimos nuestras lenguas en un apasionado morreo. Después nos sentamos y mi mujer rápidamente le pidió otra copa al camarero, pues venía sudando y bastante acalorada con tanto baile.

    Le comenté que había estado fabulosa, que había llamado la atención de casi todos los hombres y de más de una mujer, y que había disfrutado muchísimo mirándola. Seguí alabándola hasta que me cogió fuertemente del cuello y me metió la lengua en la boca a la vez que posó una de sus manos en mí ya abultado paquete. Yo, paulatinamente, empecé a meterle mano. Noté, a través de su vestido, la dureza de sus pezones (no llevaba sujetador), y no pude evitar comprobar el estado de su chocho introduciendo mi mano por el interior de sus bragas. Lo tenía caliente y mojadísimo. De mutuo acuerdo, decidimos abandonar el local. Necesitábamos echar un polvo, o en caso contrario, íbamos a reventar.

    Pero claro, no nos podíamos largar de allí sin decirle nada a nuestra hija. Según mi esposa, la había visto ir hacia el servicio hacía ya un buen rato. La verdad es que comenzamos a preocuparnos. Afortunadamente, apareció de pronto acompañada de Marcelo y de otro muchacho al que nunca habíamos visto. Ella venía en medio de los dos, rodeándolos con sus brazos por la cintura. Marcelo rápidamente nos saludó, me dió la mano y dos besos a Ana. Acto seguido, nos presentó a su amigo.

    Se trataba de un chico alemán de 27 años, cuyo nombre no recuerdo, así que lo llamaré, simplemente, “el alemán”. Tenía un físico 100 % de gimnasio. Era rubio, con el pelo muy corto (casi rapado), ojos azules, guaperas, con cara de tipo duro. En fin, el típico cachas, pero eso sí, muy educado y agradable, todo hay que decirlo. Al parecer, Marcelo y él se conocían desde hacía muchísimo tiempo. Se podía ver a simple vista que eran grandes amigos. Insistieron en que nos quedáramos a tomar otra copa con ellos, y por cortesía, aceptamos.

    A mi mujer y a mí nos encanta estar entre gente joven. Cecilia estaba sentada entre ellos dos en un sofá de tres plazas y Ana y yo estábamos en otro. En un momento dado, mi mujer ocupó el sitio de nuestra hija y ésta se sentó a mi lado. Todo vino porque mi mujer le comentó a Cecilia (en plan de coña), sobre lo rápido que se había buscado sus amistades en paracas y, además, el buen gusto que tenía. Mi mujer, además, comenzó a piropear sin reparo a los chicos, y le preguntó, entre risas, a nuestra hija, que qué se sentía al palpar esos músculos que tanto Marcelo como el alemán (sobre todo el alemán) marcaban en sus cuerpos. Fue entonces cuando Cecilia invitó a su madre a ocupar su sitio para que lo pudiera comprobar por ella misma.

    Total, que Ana se sentó en medio de aquellos adonis y, tímidamente, pasó primero la mano suavemente por uno de los brazos del alemán. Cecilia, al ver que su madre lo hacía con demasiada timidez, la animó a que sobara el brazo del muchacho sin ningún reparo. Lo hizo, muy lentamente, pero a conciencia, poniendo mucho interés en ello. Yo disfrutaba viéndola tocar esos cuerpos jóvenes y vigorosos, y no podía evitar que un cosquilleo me recorriera la entrepierna.

    Y al lado tenía al bombón de mi hija, que debido sobre todo a la gran cantidad de alcohol que había ingerido, estaba más cariñosa que nunca. Me cogía del cuello, de los hombros, me daba besitos, y a veces (no sé si intencionadamente) posaba su mano sobre mi paquete manteniéndola allí durante breves segundos.

    Por unos momentos, estuve más atento a mi hija que a mi esposa, a la que por cierto Marcelo había echado un brazo por detrás de la espalda mientras que el alemán hacía diferentes poses con sus brazos, presumiendo de músculos. A ella se le salían los ojos de las órbitas y además, no se cortaba un pelo a la hora de tocar. Llegó un momento en el que se puso a masajearle la espalda con una mano mientras que con la otra le seguía tocando los músculos de los brazos, a la vez que Marcelo le susurraba no sé qué cosas al oído (acerca del alemán, creo, ya que lo señalaba con el dedo).

    Nos pusimos a hablar de nuevo entre los cinco, con la peculiaridad de que nos quedamos sentados tal como estábamos, es decir, mi esposa siguió junto a ellos y mi hija permaneció a mi lado. Curiosamente, Marcelo no solo siguió con su brazo tras la espalda de Ana, sino que además lo fue bajando paulatinamente hasta que lo posó en sus caderas. También he de comentar, que cuando por ejemplo alguien decía algo muy gracioso, aprovechando el alboroto generado por las risas, Marcelo se pegaba aún más a mi mujer y le sobaba el culo. Me dí cuenta perfectamente y me puse más cachondo de lo que estaba.

    El alemán volvió a pedir otra ronda más de copas. A mí, realmente, no me apetecía beber más, porque aunque no estaba borracho, poco me faltaba, pues estaba muy mareado. Y las chicas, no digamos. Sorprendentemente, ellas seguían bebiendo sin poner pega alguna. Al cabo de unos minutos, mi mujer se volvió a sentar a mi lado y mi hija se sentó entre ellos. Ana y yo comenzamos a besarnos y a meternos mano. A esas alturas, totalmente desinhibidos y cachondos, mi mujer me bajó la cremallera del pantalón y metió su mano, agarrándome la polla e iniciando una suave y placentera masturbación.

    Yo no quise ser menos. Alcancé su ardiente coño con la mano y le introduje dos dedos, que se deslizaron con total facilidad debido a lo lubricado que lo tenía. Empecé a pajearla. No sabíamos si ellos nos miraban, pero pensarlo me ponía a cien. La curiosidad me pudo, así que abrí mis ojos mientras seguía morreándola para poder comprobarlo. Me quedé anonadado. No nos miraban. Mi hija y Marcelo se besaban y se metían mano (por encima de sus ropas), mientras el alemán, cuya mano estaba detrás de ella, le sobaba el culo.

    Al poco tiempo, mi mujer también se fijó en esto, y al igual que yo, se puso a tope. Empezó a masturbarme con mayor frenesí, me metía la lengua hasta casi la campanilla (a veces creía que me ahogaba), y frotaba sobre mi pecho una de sus tetas. Yo, sin pensarlo dos veces, le introduje la mano por dentro del vestido para trincarle la otra y así comprobar la extrema dureza de sus pezones. Mi mano derecha, con la cual la pajeaba, estaba empapada de jugos, pues su coño cada vez estaba más encharcado. Con los dedos que me quedaban libres, empecé a masajearle el ano, suavemente al principio, para al cabo de unos instantes, introducir el dedo al completo, masturbándola por ambos agujeros a la vez.

    Cuando volvimos a mirar hacia el sillón donde estaban ellos, la visión fue tan escandalosamente excitante que estuvimos a punto de marcharnos corriendo hacia los servicios o hacia nuestra casa, para así poder calmar, mediante un buen polvo, la enorme calentura que recorrió nuestros cuerpos. Resulta que el alemán se encontraba con su pollón fuera y mi hija lo masturbaba con todo el descaro del mundo, mientras su novio Marcelo la besaba en la boca y le acariciaba una teta por dentro del top.

    Sin esperar ni un segundo, Ana sacó mi erecta polla del pantalón y agarrándomela firmemente, empezó a pajearme, a la vez que se sacaba una de sus tetas por encima del vestido y me la acercaba a la boca para que se la chupara. Por supuesto que lo hice, procurando, eso sí, ser lo más disimulado posible, para no llamar mucho la atención.

    Aunque había mucha gente en aquel local, creo que, excepto dos o tres personas que sí que nos vieron con certeza, conseguimos pasar bastante desapercibidos, pues además de que la gente iba a lo suyo, todos los focos y luces que había eran de colores, ninguno de luz blanca, por lo que había que fijarse muy a conciencia para darse cuenta de lo que hacíamos.

    Estaba a punto de decirle a mi mujer que nos fuéramos para casa, cuando me fijé en que mi hija se encontraba mirando fijamente lo que hacíamos. Marcelo y el alemán también nos estaban mirando. Durante algunos momentos, me mantuve observando alternativamente los rostros de mi mujer y de mi hija. A veces, se miraban entre ellas, se relamían con cara de vicio y se guiñaban el ojo. Dos o tres minutos más tarde, no solo masturbaba la polla del alemán, sino que también la de Marcelo. No sé como no me dio un infarto al verla con esos pollones, uno en cada mano. Si la negra polla de Marcelo era gorda, la del alemán no se quedaba corta, pues aunque de longitud era algo menor, de grosor eran prácticamente iguales.

    Sin poder aguantar más (mis cojones iban a reventar), le dije a mi esposa que por favor nos fuéramos para casa. No me hizo mucho caso al principio, y siguió pajeándome y moviendo ligeramente las caderas (para ayudar en la masturbación que yo le hacía). Estaba embobada mirando las pollas de nuestros amigos, con cara de deseo y de vicio, y nuestra hija, a la vez, la miraba a ella como queriéndole decir: “uff mami… Si pudieras disfrutar de estas pollas… Te ibas a enterar”. Por fin, Ana escuchó mis palabras, cogió su bolso, se puso bien el vestido y le dijo a Cecilia, con la voz temblorosa por el nerviosismo y la excitación:

    -“Bueno hija, tu padre y yo nos vamos a casa… Ya has visto como estamos, no podemos aguantar más. Que lo paséis bien y andad con cuidado”.

    Abandonamos el local rápidamente y nos dirigimos a casa, ardiendo de deseo, metiéndonos mano continuamente pero intentando caminar lo más rápido posible. Cuando quedaban apenas unos 15 metros para llegar, y mientras hurgaba en uno de mis bolsillos buscando las llaves de la puerta, mi mujer se sacó las tetas por encima del vestido y caminó así hasta que entramos en casa. Cierto era que no había nadie en la calle y que a esas horas, raro era que hubiera algún posible mirón en alguna ventana, pero para mí verla así, andando con las tetas al aire por la calle, como una auténtica puta-calentorra-exhibicionista, me puso… Bueno, ya podéis suponer, más caliente, si cabe, de lo que estaba.

    Entramos en casa, y sin poder esperar a entrar en nuestro dormitorio, Ana se agachó y me la comió en medio del salón, mientras yo soltaba las llaves encima de la mesa y me quitaba la camiseta. Hice el amago de moverme, dándole a entender que nos fuéramos a la cama, pero ella parecía no darse cuenta, y seguía moviendo rítmicamente la cabeza, engullendo mi durísima polla como una fulana hambrienta de sexo.

    Al cabo de varios minutos, Ana me agarró firmemente de las caderas, se levantó, me besó en la boca y me empujó de manera que caí sentado en el sofá que había justo detrás de mí. Acto seguido, se sentó sobre mí y comenzó a cabalgarme. Le agarraba sus magníficos globos mientras contemplaba su cara, casi desencajada de gusto y calentura. Jadeaba fuertemente, se pasaba ella misma las manos por los pezones y me pedía, entre gemido y gemido, que la follara sin parar.

    No es extraño que, (y teniendo en cuanta la calentura que yo llevaba arrastrando desde el inicio de la noche), soltara mi leche al poco rato. No me dio tiempo casi ni a avisarla, y aunque yo pretendía correrme en su boca, solo me dio tiempo a sacarla y a correrme sobre su barriga y sus ingles. Me corrí abundantemente, y ella se esparció la leche por el cuerpo a la vez que con la otra mano se abría el coñito y me miraba, dándome a entender que la noche acababa de empezar.

    Nos tumbamos en el sofá e hicimos un espléndido 69. Recorrí con mi lengua cada rincón del coño y culo de mi mujer. El sabor de su flujo mezclado con mi semen era algo que me encantaba. Así estuvimos un rato hasta que le dije que no se moviera, que se quedara en esa posición, a cuatro patas, para que yo se la clavara desde atrás. Y así fue, se la metí en el coño, a la vez que le metía un dedo por el culo y con la otra mano le acariciaba los pezones.

    Total, que estábamos gozando de lo lindo cuando, de pronto, se escucharon varias voces y la puerta de la calle (que teníamos justo delante de nuestros ojos), comenzó a abrirse. Es obvio que esta posibilidad había sido barajada por nosotros, puesto que al habernos quedado en el salón nos exponíamos a esto. Debo reconocer que la situación nos produjo un morbo tremendo, pues no cesamos en nuestra faena, seguimos follando, sin decir nada, ante la atónita mirada no solo de nuestra hija, sino también de Marcelo y del alemán, que sin esperar mucho empezaron a tocarle el culo y las tetas a Cecilia a la vez que los tres nos miraban con cara de vicio.

    Mi mujer giró la cabeza y me dirigió una mirada cómplice. Mantuvimos el ritmo de la follada, aunque ahora algo más despacio, pues no queríamos perder detalle de como Marcelo y el alemán desvestían por completo a nuestra hija y la preparaban para ser follada. Sentaron a Cecilia en el mismo sofá donde estábamos nosotros, delante de las narices de mi mujer, y mientras uno le comía el coño desde el suelo, el otro, de pie, le metía la polla en la boca.

    Cecilia lamía la polla del alemán y ella misma abría a tope las piernas para facilitarle la labor a Marcelo. Éste estuvo unos minutos más chupándole el coño, y después se incorporó y se dedicó a lamerle las tetas y a acariciarle todo el cuerpo, a la vez que señalaba hacia nosotros, indicándole que mirara como follábamos.

    Aumenté el ritmo y la fuerza con la que me follaba a mi esposa, de manera que su cuerpo, cuando se movía hacia adelante, casi se rozaba con el de nuestra hija, es decir, la cabeza de Ana quedaba a escasos centímetros de las tetas de Cecilia. Contemplar esto, producía en mí tal excitación que tenía que hacer enormes esfuerzos por no correrme. La verdad es que deseaba con toda mi alma que alguno de los chicos, ya fuera Marcelo o el alemán, hicieran algo para que madre e hija se enrollaran y pasaran de una vez a la acción sin ningún tipo de inhibición, ya que, realmente, se veía que ellas lo estaban deseando.

    La cuestión es que, tras varias embestidas más, en las que me concentré al máximo para hincársela a Ana lo más profundo y rápido posible, acabé eyaculando en su interior, manteniendo la polla dentro (mientras ella balanceaba su culazo, lo que multiplicaba mi placer), hasta que solté la última gota de leche, en una abundante corrida que me pareció durar una eternidad.

    Cuando le saqué la polla del coño, caí sentado en el sofá, y me dispuse a masturbarle su culo mientras miraba a nuestra hija, que seguía sentada delante de Ana, con la negra polla de Marcelo en la boca y con el coño siendo chupado por la ágil lengua del alemán, que a su vez, con su mano izquierda… ¡¡se encontraba magreando una de las tetas de mi mujer!! No sé desde qué momento concreto estaba haciendo esto, ya que, debido a mi posición, no me percaté antes de ello, pero la verdad es que la polla se me empalmó de golpe al contemplar la cachonda escena, viendo como el chico masajeaba los pechos de Ana sin sacar la lengua del chochito de Cecilia.

    Para poder disfrutar de la escena desde el mejor ángulo, me cambié de sitio, me senté en una silla que había enfrente y lentamente me puse a masturbarme. En esos momentos, la polla de Marcelo pasaba alternativamente de la boca de mi hija a la de su madre, y ambas chupaban con glotonería y se ayudaban la una a la otra en tal sexy labor. Cuando una lamía, la otra se dedicaba al agujero del culo, a los huevos o se pajeaban el coñito mientras sujetaban la cabeza de la que estuviera mamando en esos momentos.

    Al poco rato, Marcelo ocupó el lugar donde estaba sentada Cecilia, ésta se sentó sobre él y comenzó a cabalgarlo, pero no de cara a él, sino cara a mí. Mientras pegaba saltos sobre su robusta polla, Marcelo le agarraba las tetas desde atrás, la besaba en el cuello y le decía cosas al oído. Mi hija me miraba sin ningún rubor, sin ninguna vergüenza, la muy putita no apartaba la vista de mi cipote, se acariciaba ella misma el chochito a la vez que entraba y salía la polla del negro, y de vez en cuando dirigía su mirada a su madre, que en esos momentos estaba haciendo un 69 con el alemán.

    Me levanté y me puse delante de Cecilia, estuve unos segundos observándola de cerca, viendo como botaban sus tetas y contemplando como de su dulce coñito salía y entraba una pollaza negra gorda y larga. Acerqué mi mano izquierda a su cuerpo y comencé a acariciarle los pechos, lentamente, con ternura. Marcelo la tenía agarrada de la cintura y cada vez se la follaba con más fuerza, haciendo que de su boca empezaran a brotar gemidos incontrolados y gritos de placer.

    Giré la cabeza y me deleité durante algunos momentos de la excitante visión de mi mujer encima del alemán devorándole la polla, mientras él hacía lo mismo con su coño. Entonces, de repente, mi hija acercó su boca a mi polla y empezó a chupármela de una manera colosal, ni siquiera tenía que esforzarse mucho en mover la cabeza, ya que bastaba con el agitado movimiento que hacía su cuerpo al estar constantemente botando sobre Marcelo.

    Por otra parte, el alemán y mi mujer se disponían a iniciar una buena follada, pues ella estaba adoptando la misma posición que nuestra hija, se disponía a introducirse ella misma el vergajo de aquel corpulento chaval, sentada sobre él y con la cabeza inclinada hacia atrás dándole un vicioso morreo. Y fue ella quien, literalmente, se lo folló a él, ya que éste apenas tenía ocasión de hacer amago de moverse, puesto que mi mujer saltaba y botaba tan enloquecidamente, que hasta tuvo que frenar sus movimientos ya que le hacía daño en los cojones, al chocar éstos tan violentamente contra su culo. Me gustaba ver la cara de gusto que ponía el alemán, con los ojos semicerrados, sudando y sujetando a Ana por los cachetes del culo.

    Mi hija, mientras tanto, seguía chupándomela y recibía en su chocho las cada vez más violentas embestidas de Marcelo. Mientras pegaba saltos sobre él, me tenía agarrado por las caderas y solo soltaba las manos para introducirme algún dedo en el culo o acariciarme los cojones. Momentos después, Marcelo le indicó que se levantara y le dijo que se pusiera a cuatro patas en el suelo, con la cabeza apoyada en el sofá, a la altura de la polla del alemán y del coño de su madre.

    Marcelo se puso debajo de ella y se la clavó por el coño, y yo, por indicación de él, se la metí por el culo. No me lo podía creer, aquello superaba cualquier fantasía, estábamos mi hija, un negro y yo unidos en un fabuloso sándwich… Era increíble, pero, afortunadamente, cierto. Cecilia lamía con devoción el coño de su madre y los cojones del alemán. Además, a veces, por iniciativa propia, le sacaba la polla del coño y se ponía a chupársela durante algunos momentos. Después, con una mano abría los labios del coño de su madre y con la otra introducía de nuevo la gorda polla para que siguiera follándosela.

    No pude resistir más, mis huevos estaban llenos de leche y no podía seguir haciendo fuerzas para evitar correrme, así que, sacándole la polla del culo y acercándome a la cara de Cecilia, salió de la punta de mi capullo un abundante chorro de leche que llenó por completo la cara de mi hija, así como parte del chocho y muslos de mi mujer. Lancé dos o tres disparos más con los que intenté cubrir por completo sus labios de semen. Marcelo le depositó su carga dentro del coño, sin sacársela hasta que no quedaba ni una gota de esperma en sus cojones. Acto seguido, él y mi hija comenzaron a besarse apasionadamente, llenando la boca de Marcelo de mi leche, cosa que a él no parecía desagradarle mucho.

    Pocos segundos después, el alemán sacaba la polla del coño de mi esposa, ésta lo pajeó y el chaval empezó a eyacular. Ana, hábilmente, se encargó de apuntar hacia la cara de nuestra hija, que estaba preparada con la lengua fuera como una perrita para recoger la leche. Los últimos chorreones se los echó por sus propias ingles y por el coño, mientras besaba en la boca al alemán y acababa de exprimirle la polla.

    La verdad es que, a esas alturas, yo estaba agotado. Después de tantas copas y del agotamiento producido por la tremenda sesión de sexo que había tenido lugar, necesitaba a toda costa pillar la cama y descansar. A ellos, sin embargo, aún les quedaba cuerda para rato. Me fumé un cigarro allí con ellos y luego me acosté. Pero aquí no acaba esta historia, ni mucho menos. Aquel verano en paracas deparó muchas más experiencias de esta índole e incluso más excitantes aún.

    Fin

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  • Cayendo en la red (4)

    Cayendo en la red (4)

    -¿H-Hola? -Balbuceó Amanda.

    El hombre se dio la vuelta y la miró de arriba a abajo, pero no dijo nada.

    -Eh… Venía… venía a hacerme…

    -Un par de piercing. -La cortó la dependienta, que acababa de entrar a la sala.- En los pezones.

    El hombre seguía callado, sin decir nada. Se dio completamente la vuelta y se acercó a Amanda. Era un hombre fuerte y musculoso, estaba sin camiseta y tenía el torso repleto de tatuajes. Rodeó a Amanda mirándola detenidamente y se paró frente a ella, mirándola a los ojos. Amanda, avergonzada, apartó la mirada, lo que provocó que una ligera sonrisa apareciese en los labios del hombre.

    -Quítate la ropa. -Dijo el hombre

    -¿Q-Que? -Amanda no se lo esperaba

    -Que te quites la ropa ¡No querrás que te haga los piercings a través de ella!

    Insegura, Amanda comenzó a bajarse el top y, momentos después, a desabrocharse el sujetador.

    Sus tetas quedaron colgando ante los dos observadores.

    -Buen material… -Comentó el hombre, acariciando sin miramientos las tetas de Amanda.

    Un escalofrío recorrió a la mujer ante el contacto. Su mente se pobló de imágenes de ella siendo follada por ese hombre, de rodillas tragándose su polla o a cuatro patas siendo sodomizada por él. Se ruborizó al instante al darse cuenta de sus pensamientos (…Sólo eres un objeto, tu misión es dar placer…)

    -¿Voy preparando todo, Jake? -Preguntó la dependienta.

    -Claro, por aquí está todo preparado, ¿Verdad, pequeña? -Mientras decía eso, comenzó a acariciar los pezones de Amanda con sus pulgares. Éstos reaccionaron al instante poniéndose como una piedra. Un suave gemido salió de la boca de Amanda, como dando la razón al hombre.

    Jake soltó los pezones de Amanda y, arrastrándola por un brazo, la colocó en la silla.

    El sillón donde la habían colocado la resultó bastante raro. Tenía soporte tanto para los brazos como para las piernas, y parecía que estaban artículados. Jake se encargó de colocarla perfectamente sobre todos los soportes y cuando acabó, la dependienta comenzó a abrochar unas correas para sujetar sus brazos y piernas.

    -¿¡Que están haciendo!? -Exclamó Amanda, asustada. Comenzó a revolverse con fuerza para intentar liberarse, pero Jake se le echó encima para sujetarla.

    -¡Tranquilízate! ¡Lo que estamos haciendo es normal! ¡Es para que no te muevas mientras trabajamos y no te hagas daño! -Gritó Jake.

    Amanda dudó, pero no dejó de retorcerse.

    -Vamos, ¡Sé una buena chica y pórtate bien! -El hombre seguía luchando por mantenerla en su sitio.

    Entonces Amanda quedó paralizada de inmediato… Ella era una buena chica… ¿Por qué se intentaba liberar? Debía obedecer… Dejó de forcejear y permitió que continuasen amarrándola a la silla.

    -Vaya… ¿Ya te has calmado? -Preguntó Jake.

    -Eso está mejor… Pórtate bien y verás como todo es mucho más fácil… -Susurro la dependienta al oído de la mujer, ya dócil.

    Una vez con todo asegurado, comenzaron a preparar los instrumentos. Amanda veía como preparaban el material, veía las agujas que en unos minutos estarían perforando sus pezones así como los aritos que los adornarían. La dependienta estaba desinfectando una especie de pistola, con la que atravesarían su carne.

    Tenía sensaciones encontradas, por un lado estaba asustada pero por otro deseaba hacerlo… El estar en esa situación, medio desnuda e inmóvil antes esas dos personas la calentaba. Su atención estaba pasando de fijarse en los instrumentos a fijarse en ellos, en como la exuberante dependienta se movía por la sala, intentando ver su escote o aprovechar su posición para echar un vistazo bajo su falda. Jake tampoco se libraba, observaba ese torso desnudo y fibroso y echaba furtivas miradas a su paquete, que se marcaba bajo el pantalón.

    Absorta estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta que ya habían acabado con los preparativos y se encontraban los dos a su lado, mirándola…

    Se ruborizo enseguida al ver la sonrisa en la cara de Jake, estaba segura de que había visto como le estaba mirando la polla.

    -¿Estás preparada? -Preguntó el hombre.

    -Adelante -Dijo Amanda, con una seguridad que no sentía.

    Jake se puso sobre ella, inclinándose para alcanzar sus pechos y dejando su paquete a centímetros escasos de su cara. Amanda estaba convencida de que lo estaba haciendo adrede, que la había visto mirando y era una especie de juego.

    El frio la recorrió de arriba a abajo cuando, con un algodón impregnado de alcohol, comenzaron a desinfectarle los pezones. La dependienta, separando sus piernas gracias a los soportes articulados de la silla, se situó entre ellas con la excusa de acceder mejor. Amanda recordó que no llevaba bragas… ¿Se habría fijado ella? Dios… Estaba chorreando…

    ¡Clac!

    Amanda se asustó más por el ruido que por el dolor, ni siquiera notó el pinchazo, fue más como si le apretasen fuertemente el pezón durante un segundo. Intentó mirar pero el cuerpo y el paquete de Jake se lo impedían.

    ¡Clac!

    El segundo piercing había sido realizado. Esta vez no se asustó, pues ya se lo esperaba.

    -Jake, ¿Puedes venir un momento? -Dijo la dependienta.

    Jake se quitó de encima de Amanda y la permitió ver el resultado de su obra. Amanda tenía los pezones rojos y algo hinchados, con un arito plateado adornando cada uno de ellos. No se podía creer que lo hubiese hecho de verdad (…Tu opinión no importa…) Susana estaría orgullosa de ella.

    -Vaya vaya, así que tenemos a una pequeña zorrita aquí y no lo sabíamos, ¿Eh? -Comentó Jake

    Amanda volvió en sí, sólo para ver como la dependienta y Jake estaban situados entre sus piernas, viendo con toda claridad su coño empapado. Intentó cerrar sus piernas pero Jake se lo impidió.

    -¿Ahora te da vergüenza? -Jake levantó y fijó los soportes de la silla, dejando las piernas en una posición parecida a la que tendría una parturienta.

    Amanda estaba empezando a asustarse, pero no podía negar que esa situación la estaba poniendo cachonda. Llevaba todo el día al borde del orgasmo y, además, el hecho de estar sometida e indefensa la calentaba mucho (…Solo eres un objeto…)

    Jake camino hasta volver a situarse al lado de la cara de Amanda.

    -¿Crees que no me había dado cuenta de cómo me mirabas hace un rato? -Dijo, acariciándose el paquete.

    Jake comenzó a desabrocharse los pantalones y a bajárselos lentamente. Amanda no podía apartar la mirada, estaba deseando ver lo que escondía ese hombre entre las piernas. Cuando se hubo bajado los pantalones del todo, la mujer se quedó asombrada, ¡Era enorme! Y todavía no estaba dura del todo…

    -¿Te gusta?

    Jake se agarró la polla y comenzó a agitar frente la cara de Amanda. Ésta entreabrió la boca inconscientemente, mirando fijamente el falo que se movía ante ella. Jake, viendo la disposición de la mujer, comenzó a juguetear con ella, le daba golpecitos en la cara con la polla, se la acercaba a los labios sólo para ver como Amanda intentaba atraparla con la boca… ¡Estaba desesperada por comérsela! (…Sólo existes para dar placer…)

    Cuando el hombre se lo permitió, Amanda se amorró a la polla como si le fuera la vida en ello, para no volver a dejarla escapar pero, para su desgracia, ella estaba atada y Jake tenía todo el control. La dejaba chuparla un poco, jugar con su capullo y de golpe, se la sacaba. Le hacía gracia como Amanda la buscaba, se la restregaba por la cara, llenándosela de sus propias babas y a la mujer le daba igual, sólo quería polla. Poco a poco, Jake dejó de jugar para dejar que Amanda le chupase la polla bien.

    La dependienta, observaba ese juego bastante divertida. Sabía que Amanda les iba a dar juego y no se iba a resistir a nada porque Susana se lo había dicho, pero no era lo mismo saberlo que ver como lo hacía. Cuando Jake dejó de jugar y dejó que se la mamase, pensó que era su turno de entretenerse. Se arrodilló entre las piernas obscenamente abiertas de Amanda y observó con ansia el coñito que tenía frente a ella. La verdad es que desde que Susana les avisó que les iba a traer una zorrita para que se divirtiesen había estado cachonda, pero en cuanto vio a Amanda las ganas que tenía de follarsela aumentaron, ¡Era un bombón! Pero quería tomárselo con calma, disfrutar del momento…

    Amanda notó el aliento de la dependienta en su coño y supo lo que iba a pasar, pero en el momento en el que su lengua recorrió su coño por primera vez el placer acumulado fue tan grande que no pudo evitar correrse al momento. Los gemidos de la mujer acallados por la polla que tenía introducida hasta la garganta se oyeron hasta en la sala de espera en la que se encontraba Susana, que no pudo más que sonreír imaginándose lo que estaba ocurriendo allí dentro.

    La dependienta quedó asombrada de lo rápido que se había corrido, pero eso no hizo que se detuviera, todo lo contrario, comenzó a lamer con más vehemencia, recorriendo de arriba a abajo los pliegues húmedos de su coño. Se entretenía jugando con su clítoris, notando como el cuerpo inmovilizado de la mujer se retorcía según los movimientos que hacía. Comenzó a acariciar el coño con un par de dedos, acariciando e introduciéndolos poco a poco, primero uno, luego otro, luego volvía a introducir la lengua…

    Cuando metió los dos dedos, comenzó a masturbar a Amanda. La mujer estaba chorreando y la dependienta comenzó a limpiar los jugos que habían escurrido hacia su apretado ojete, haciendo círculos alrededor de él, notando como Amanda disfrutaba de cada lametazo. Comenzó a introducir la lengua hasta donde podía, notando como los músculos del ano cedían a la presión de su lengua, permitiéndole avanzar cada vez un poquito más.

    Jake estaba disfrutando con la increíble mamada que estaba recibiendo, esa mujer era una zorra de cuidado, le chupaba la polla como si fuese el caramelo más sabroso del mundo. Además, sin apenas tocarla ya se había corrido una vez y eso en vez de hacer que se relajase y bajase el ritmo, parece que la animó a continuar con más ahínco.

    Amanda se tragaba su polla hasta el fondo una y otra vez, lentamente, la sacaba hasta el capullo, lo lamía un par de veces mirándole a los ojos y volvía a introducirse el enorme falo hasta dentro. Jake estaba a punto de correrse, pero no quería hacerlo hasta probar el coño de esa preciosidad. Sacó la polla de golpe y, al hacerlo, Amanda intentó seguirla hasta donde llegaba para poder volver a devorarla.

    -Cambio, me toca a mí el coño. Aprovéchala porque hace maravillas con la lengua.

    La dependienta dejó el coño y el culo de Amanda, lo que dejó a la mujer con una especie de sensación de abstinencia, deseando que la llenaran de nuevo, que la usasen y la follasen hasta reventarla.

    Jake se situó entre las piernas de Amanda y, sin miramiento ninguno se la introdujo de una fuerte estocada, arrancando un gemido de la mujer. La dependienta, en cambio, se tomó algo más de tiempo para prepararse. Primero, se despojó de su ropa interior y luego, ayudándose de un par de banquetas, se subió a la silla donde estaba Amanda, situándose a horcajadas sobre su cara mirando en dirección a Jake. Separándose las nalgas, descendió su estupendo culo sobre la cara de la mujer, sentándose sobre ella.

    Amanda tenía el coño de la dependienta directamente sobre su boca y la nariz sobre su ano. Al principio pensó que la iba a asfixiar, pues había dejado caer todo su peso sobre su cara, estaba literalmente sentada sobre ella, pero después de unos segundos aflojó la presión, permitiéndola respirar.

    Esta rutina se repitió varias veces, la dependienta se sentaba en su cara, meciéndose adelante y atrás, masturbándose con ella y, a los pocos segundos la dejaba respirar unas bocanadas de aire. Amanda nunca había probado algo así, pero sentirse tan sometida, tan a merced de la mujer la estaba volviendo loca, (…Solo un objeto…) “Sólo soy un objeto” pensó, “Una perra para dar placer” (…Una buena perra…) y eso, sumado a las embestidas que Jake le estaba proporcionando hicieron que llegara al orgasmo de nuevo.

    Cuando la dependienta se separaba de ella, aparte de respirar, Amanda aprovechaba para deleitarse con la visión que le proporcionaba. Intentaba lamerla incluso cuando le dejaba el tiempo para respirar, recorriendo su culo y su coño con la lengua, fijándose en el reluciente piercing que la dependienta llevaba en su clítoris, “¿Dolerá?” (…Tu opinión no importa… Sólo debes obedecer…)

    Ensimismada estaba en sus pensamientos cuando notó como la polla de Jake había cambiado de objetivo. El negro la había sacado de su coño y tenía la punta colocada ante su entrada trasera. Se asustó un poco, puesto que la polla del negro era enorme pero, tenía todavía más ganas de notar como ese enorme trozo de carne la penetraba el culo. Jake no se hizo esperar, con más calma que cuando se la había metido en el coño y ayudándose de que su polla estaba empapada de sus flujos, comenzó a ejercer presión para vencer la resistencia que ofrecía su objetivo. Cuando entro el capullo, Amanda dejó escapar un gemido de placer y una vez entrada la cabeza, el resto entró con facilidad en el cada vez mejor entrenado culo de la mujer.

    Una vez la polla estuvo toda dentro, Jake inició un mete-saca a buen ritmo provocando en pocos minutos el segundo orgasmo de Amanda.

    Susana estaba oyendo los ruidos desde fuera y estaba realmente caliente… No pudo evitarlo, se levantó y entró en la sala en la que se estaba montando el trío.

    El espectáculo que se encontró la dejó con una sensación de satisfacción y orgullo. Amanda se estaba dejando usar como una perra y, lejos de quejarse, lo estaba disfrutando como la que más. Susana se dio la vuelta, se dirigió al mostrador y, buscando donde la dependienta le había indicado un rato antes de empezar, extrajo un arnés con un consolador rosa enorme… Había hecho bien en traer a Amanda a ese tatuador… Ya les conocía desde hacía tiempo y sabía que no la iban a decepcionar…

    Susana se quitó la ropa y se ajustó el arnés. Entró de nuevo en la sala mientras sujetaba el falo de plástico, pensando lo primero que iba a hacer con el… No estaba dispuesta a perderse la fiesta que se había montado gracias a ella…

    La dependienta estaba en la gloria, le encantaba la sensación de tener sometida de aquella forma a una mujer de alto standing. Según le dijo Susana, era su jefa, una importante directiva del periódico… ¿Cómo había logrado que se sometiese así? Ni lo sabía ni le importaba, ahora lo único que merecía su atención era el divertido juego de sentarse sobre su cara. Ya se había corrido una vez sobre la cara de Amanda y eso parece que la había animado a seguir.

    Una mano empujó levemente a la dependienta por la espalda, invitándola a inclinarse hacia delante. Cuando se giró, vio a Susana preparada para unirse a ellos y, después de sonreírla y guiñarle un ojo, se recostó sobre el cuerpo de Amanda y con sus manos se separó las nalgas, indicándole a la pelirroja lo que quería que hiciera.

    Susana no se hizo esperar, introdujo la polla en el ojete ya lubricado por Amanda y comenzó a follárselo. Amanda tenía sobre su cara dos coños, y una perspectiva de primera de la sonorización de la dependienta. Casi no podía respirar pero le daba igual, estaba en éxtasis, se había vuelto a correr y cada vez quería más.

    Jake estaba asombrado, tenía tres hembras espectaculares montando un espectáculo lésbico increíble, y para poner la puntilla él estaba sodomizando a una de ellas. A este ritmo no iba a tardar mucho en correrse… Y efectivamente no tardó.

    -¡La merienda está servida!. -Indicó Jake, unos minutos después, abandonando el culo de Amanda.

    Susana hizo lo propio con el culo de la dependienta, dejando el agujero totalmente abierto y la dependienta desmontó rápidamente a Amanda. Las dos se situaron de rodillas a ambos lados de la mujer y Jake, bajando e inclinando la silla, se situó sobre ella con cuidado de no rozar sus recién adornados pezones, con la polla como un mástil entre las tres mujeres.

    Las tres se afanaron en acabar de llevar al hombre al orgasmo alternando lametones entre la polla y los huevos, pero cuando éste llegó, todo el premio fue para Amanda, que recibió la corrida entera en la cara, acabando llena de leche.

    Mientras Jake se corría Amanda tuvo un último orgasmo, ¿Cómo era posible? Si no la estaban tocando… (…El placer de tu hombre es tu placer…)

    -Muy bien perrita, eres una zorra estupenda. -Dijo Jake. -De las mejores que han pasado por aquí…

    Susana, se incorporó, y mirando a Amanda a la cara dijo

    -Estoy orgullosa de ti… En sólo unos pocos días te has convertido en una buena chica… Has aprendido a obedecer y a dar placer como una perra de primera… Felicidades. -Al acabar de decir esto, Susana se acercó a la cara de Amanda y, tras pegar un lametón en su mejilla llevándose consigo gran parte del semen que cubría su cara, le pegó un morreo a la mujer para compartir con ella el sabroso regalo de Jake.

    La dependienta no tardó en hacer lo mismo y, entre las dos, limpiaron la cara de Amanda a lametazos.

    Aplicaron una crema cicatrizante en los pezones de la chica y liberaron sus ataduras. Amanda estaba encantada pero triste porque ya se había acabado el juego…

    -Debes aplicarte esta crema tres veces al día y, al menos durante una semana, no deberías tocarte mucho los pezones pues no habrá cicatrizado todavía. A partir del domingo que viene ya podrás hacer lo que quieras, o cambiarte el piercing por otro.

    Amanda se recompuso la ropa, notando todavía como Jake le había dejado el culo abierto.

    -La siguiente vez que venga, será para ponerme un piercing en el coño. Como tú. -Dijo Amanda de repente a la dependienta.

    Susana sonrió, pensando en lo zorra que había vuelto a esa mujer. Le había costado menos tiempo del que esperaba.

    -Cuando quieras… Nosotros esperaremos tu visita… -Le contestó la dependienta.

    Susana y Amanda salieron de la tienda y se volvieron a montar en el coche. La pelirroja se quedó mirando a su jefa dentro del coche, sin decir nada.

    -¿Qué te pasa? -Preguntó Susana.

    -Nada nada, simplemente… -Amanda dejó la palabra en el aire.

    -Simplemente… ¿Qué?

    -Estaba pensando en que hace una semana no me habría atrevido a hacer esto… No sé qué me ha pasado… Pero algo ha cambiado en mí… Ahora… Pienso que la Amanda de hace un tiempo… ¡Era una mojigata! Pero no sé por qué… Yo creo que soy la misma, pero que hay algo distinto…

    -Eres la misma Amanda. No le des más vueltas… Sólo que ahora te has dado cuenta que no estabas viviendo la vida como realmente querías…

    -Si pero…

    -¿Pero?…

    -No, nada… Déjalo…

    Susana sonreía mientras arrancaba el coche de camino a la casa de su jefa… Amanda se daba cuenta de que le pasaba algo, que algo había cambiado, pero lo aceptaba como propio… Y es como debía ser…

    Al llegar al apartamento de Amanda, Susana se despidió con más premura de la que deseaba la mujer, y lo hizo volviendo a dejar en su poder las bragas con consoladores y recordándole su pequeño juego de mañana.

    -Recuerda… Mañana te deberás empezar a preocupar un poco más por tu trabajo… Esta semana lo has estado descuidando un poco…

    -Claro… No te preocupes. -Contestó Amanda.

    Susana se despidió y se fue.

    Amanda se dio un baño relajante, para liberar las tensiones del día… ¡Y vaya día!

    Se puso algo más cómodo y cenó algo frugal. Encendió el ordenador y éste le devolvió la última página que había visitado. La página de contactos. La musiquilla que ya le era familiar comenzó a resonar en toda la aplicación mientras Amanda la tarareaba.

    Pensó en buscar algún hombre para quedar, se veía preparada para buscarse ella las citas, pero con los pezones así… No quería estar en la situación de tener que volver a negarse a hacer algo… No, eso jamás. Nunca le volvería a negar nada a “su hombre” (…Eres una perra…La única opción es obedecer…)

    Comenzó a visitar las páginas porno que ya se habían convertido en rutina, masturbándose de nuevo hasta que se quedó dormida frente a la pantalla. La pegadiza musiquilla estuvo resonando en su cabeza toda la noche, hasta que el despertador la avisó de que era hora de un nuevo lunes.

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  • ¿Vienes a la playa?

    ¿Vienes a la playa?

    ―¿Vienes a la playa?

    ―¿A qué playa?

    ―Yo iba a ir a la de Barra, ¿te apuntas?

    ―Vale

    Quedó en pasar por mi casa en media hora para recogerme. Hacía mucho que Antonio no me llamaba para quedar, pero ese día no tenía plan y era mejor que quedarse en casa. No me imaginaba que Antonio fuera a playas nudistas, pero tiempo tendríamos en el coche y en la playa de ponernos al día de nuestras vidas.

    Me estaba esperando fuera del coche. Seguía igual que la última vez pero más delgado y fibroso. Le sentaban muy bien los kilos de menos que tenía. Los bermudas y su camiseta de tirantes le quedaban geniales. Mira que bien pensé mientras nos abrazábamos y dábamos dos besos. Un viejo amigo que había mejorado con los años.

    Nos subimos al coche. Yo iba con mi vestido playero, ligero y cortito, pero como siempre iba con el bikini por debajo no me importaba que se viese de más. En el trayecto hasta la playa nos fuimos poniendo al día. Antonio había estado un tiempo en el extranjero y ahora llevaba 3 meses en Vigo en una empresa de software. Se acordó de mí porque me vio un día en la calle desde el bus urbano. Nosotros nos conocíamos desde el instituto y teníamos una amistad Guadiana. De salir todos los días juntos a pasar meses y años sin ni siquiera escribirnos un correo. Lo cierto es que siempre nos veíamos con otras personas y pocas las veces que quedábamos solos a pesar de caernos muy bien.

    ―Oye, no te molesta que vayamos a una playa nudista, ¿no? Es que me aficioné hace un par de años y ahora no soporto el bañador cuando me baño

    ―Para nada, yo hace años que voy a ellas

    Aparcamos el coche y bajamos por el pinar que da acceso a una de las playas más hermosas de Galicia. Nos pusimos cerca de una de los extremos, dónde hay menos gente, y extendimos las toallas. Yo me quité mi vestido y Antonio su camiseta. Me senté en la toalla como siempre hago para quitarme el bikini, pero el siguió de pie. Cogí la crema solar de mi bolsa antes de desatarme la parte de arriba del bikini. Intentaba no mirar para él.

    Estábamos en ese momento incómodo de dos personas que se van a ver desnudas por primera vez. Noté que se sentaba en la toalla y que ya estaba desnudo. En ese momento me quité la parte de arriba del bikini dejando mis tetas al aire. A los 38 años ya están un poco caídas, pero son de buen tamaño y a mí me parecen bonitas.

    Nos echamos crema y nos tumbamos. La verdad es que las gafas de sol son maravillosas para estas cosas porque sirven para disimular las miradas y para no sentirte tan observada. Seguimos charlando y nos fuimos a bañar. Al ponernos de pie pude apreciar por primera vez bien su cuerpo. Se le notaba el ejercicio y no sé si la dieta, pero aproveché ese momento para preguntarle. Me contó que solo hacía ejercicio. Le felicité porque le estaba quedando un cuerpo muy bonito.

    Después del baño nos tumbamos y nos quedamos medio adormecidos. Lo miraba de reojo, sobre todo cuando se ponía boca arriba. Me estaba gustando su cuerpo cada vez más. Aun le quedaba gotas del baño que brillaban en su torso moreno sin un solo pelo. Hasta eché algún vistazo a su polla. Era de las que están siempre descapulladas, con el glande siempre a la vista.

    Empezaba a notar algo de picor en la piel. Era momento de echarse más protector solar pero no me apetecía nada moverme. Miré a Antonio que estaba en ese momento sentado fumando un pitillo. Con voz un poco mimosa le pregunté si le importaba ponerme la crema, que estaba muy a gusto y no me quería mover. Antonio cogió la crema y me la aplicó por toda la espalda. Estaba sentado a mi lado y podía ver sus piernas y su polla. Me gustaban sus manos y más me gustaban cuando rozaban mis tetas al aplicarme crema en los costados.

    Vi que su polla se ponía medio gorda y eso me gustó más. Pasó a las piernas sin detenerse en el culo. ¡Qué caballeroso! Pensé con un poco de pena hasta que noté que, al ponerme en la cara interna de los muslos, me rozaba el coño. Mi reacción incontrolada fue separar un poco más las piernas algo de lo que pareció no darse cuenta hasta que sus manos empezaban a subir por el inicio de mis nalgas.

    ―¿El culo también? -me preguntó

    ―No es muy correcto, pero estoy muy a gustito -le respondí

    ―A mí no me importa -me dijo

    ―Pues dale -le contesté

    Sus manos llenas de crema se posaron en cada nalga y empezaron a masajearlas más que otra cosa. Las separaba y pasaba un dedo por toda la raja justo hasta donde empezaba mi coño que se iba humedeciendo. Solo duró un minuto, pero fue maravilloso. Le di las gracias y él se tumbó boca abajo en su toalla. Pude ver por un segundo su pene en todo su esplendor y me encantó. Le dije que me dejara un rato más y le ponía crema a él y me dio su ok. Me dijo que tenía una piel muy suave. Aquello parecía que iba por un camino insospechado, pero me gustaba la dirección que tomaba. Tenía ganas de disfrutar de su cuerpo.

    Me puse de rodillas en su toalla, tocando su cuerpo con ellas, y le eché crema en toda la espalda. Se la extendí despacio pasando por toda su espalda, nuca, brazos y acariciando la parte superior de su culo. Al notar que me detenía, me dijo que el culo también si no me importaba. Le contesté que para nada. Vi que separaba un poco las piernas y pude ver su polla medio erecta saliendo por debajo de sus huevos. Le di un masaje en el culo, como el suyo, y empecé a descender con mis manos por sus muslos. Separó un poco más las piernas y yo me puse más abajo. Ahora podía ver casi toda su entrepierna.

    Después del masaje en el culo su empalme era bastante evidente y no me corté a la hora de acariciar su polla con mis dedos cuando pasaban por allí. Miré si alguien se estaba fijando en nosotros, pero solo había un chico solitario que parecía dormido. Hacia el otro lado de la playa no había nadie. Hice 4 o 5 pasadas por su polla. Que ganas me estaban entrando de cogerla con la mano. Me contuve y seguí hasta sus pies.

    ―Mmmm, que gustito, ya no me muevo en un buen rato

    Estaba excitada. Entre sus toqueteos y los míos me había puesto cachonda. Esperaba que se diera la vuelta, pero su comentario indicaba lo contrario. Armándome de atrevimiento le dije que cerrara las piernas o se iba a quemar la polla si no se echaba crema. El me miró y me sonrió y le pregunté si quería que se la echara yo para que no se moviera como con ironía

    ―No es mala idea -me dijo él

    Lanzada, le contesté que no me importaba y que separara más las piernas. Lo hizo y con crema en la mano le agarré la polla y se la extendí por toda ella lo que era igual que masturbarlo. Con la otra mano le aplicaba crema en los huevos. Su polla respondió al tratamiento empalmándose completamente y le pregunté si era para que no quedara piel sin crema. Se rio con mi ocurrencia, pero noté un gemido en su voz.

    ―Creo que puse demasiada crema -le dije- y no sé si debería seguir porque…

    ―Por mí no te preocupes -me contestó ya insinuando descaradamente que lo masturbara

    ―Yo no me preocupo, pero esto solo va a aumentar la cantidad de crema

    ―¿Y si nos vamos a las dunas? -me preguntó sin mirarme

    ―Vale, pero mejor nos damos un baño antes -respondí sin pensar

    Él se incorporó y se sentó en la toalla. Su polla sobresalía entre sus piernas. Me dio un beso en los labios.

    ―Mejor ve yendo tú, yo voy en un minuto

    El agua fría del mar refresco un poco mi calentura. Enseguida llegó Antonio, casi corriendo e intentando que no se notara mucho que estaba medio empalmado. Nos dimos un baño rápido. Mi idea del baño era para que nuestra piel no supiera a crema, pero parecía que había sido una mala idea. No se acercaba a mí. Lo noté un poco tenso. Salimos del agua. Su paso era lento. Tenía una expresión diferente en el rostro. Le pregunté qué pasaba.

    ―Nada -me dijo

    ―Seguro?

    ―Bueno, es que estoy saliendo con alguien desde hace un tiempo. No es nada serio todavía pero la chica me gusta mucho y me ha entrado un poco de culpabilidad en el cuerpo

    Me quedé completamente chafada. Estaba muy caliente pero no quería parecer desesperada por un contacto sexual. Llegamos a las toallas, nos sentamos y me ofreció un cigarrillo. Llevaba meses sin fumar pero en ese momento me sentaría bien. Empezó a pedirme disculpas, a decirme que él no solía comportarse de esa manera. Dejé que soltara todo lo que llevaba dentro y pasamos el resto de la tarde tomando el sol, bañándonos y conversando.

    El sol empezaba ya a ocultarse y la playa se iba quedando vacía. No quedaba nadie a nuestro alrededor. Me propuso tomar una caña en el chiringuito. Me puse mi vestidito sin el bikini. Aunque intuía que ya no pasaría nada seguía excitada. Guardé el bikini en mi bolsa asegurándome que lo viera. Mi vestido estaba claramente diseñador para llevarlo con un bikini debajo. Medio transparente, tenía un escote no muy atrevido pero sí con mucha holgura, con lo que era muy fácil verme las tetas. Unos botones hasta la cintura lo hacen más sensual todavía. Además era muy cortito.

    Nos sentamos. El camarero se acercó a para preguntarnos que íbamos a tomar. Vi que sus ojos se perdían en mi escote. Estaba apoyada en la mesa, con los brazos separados, permitiendo que mi vestido se separara lo suficiente de mi cuerpo para que tuviera una visión nítida de la mitad de mis pechos. Pedimos dos cañas y Antonio no perdió tiempo en comentar la jugada. Me hice un poco la despistada hasta que me confesó su afición a esos jueguecitos. Me contó que, cuando vivía en Francia, los practicaba mucho con una chica con la que salió varios meses.

    Mis ojos y mi expresión debieron expresar a la perfección que me encantaban también esos jueguecitos porque me lo preguntó abiertamente. Mi excitación de la tarde regresó de golpe justo cuando el camarero volvía con nuestras cervezas. Después de dejar ver al camarero de nuevo parte de mis pechos, vi una sonrisa en su cara y cierta excitación en sus ojos. No estaba todo perdido todavía.

    ―¿Qué pasa? ¿Te apetece jugar? -le pregunté con picardía

    ―Puede ser divertido y excitante -me contestó guiñándome un ojo

    ―Pues dime cómo quieres que juguemos

    Se quedó pensativo mientras sus ojos recorrían mi vestido analizando las posibilidades que ofrecía. Su mirada hizo que sintiera un cosquilleo en el estómago.

    ―¿Por qué no desabrochas un par de botones y vas a pedirle una bolsa de patatas fritas? Desde dentro él está más alto que tu

    Quería jugar fuerte. Me desabroché los dos botones que me dijo. Ahora mis pechos quedaban casi a la vista sin necesidad de nada más. Reflexioné en ese momento sobre lo raros que son los hombres a veces. Seguro que ese camarero estaba cansado de ver chicas desnudas trabajando en un chiringuito de una playa nudista. Sin embargo parecía que ver algo que se quiere que no se vea al ponerse un vestido le da más valor.

    Fui hacia el chiringuito. El camarero estaba de pie, mirándome con la discreción mínima para no ser muy descarado pero notaba sus ojos en mis tetas que se movían sin control. Le pedí las patatas fritas y tardé mucho en encontrar en mi monedero el importe exacto. Al levantar de nuevo la vista, lo pillé desprevenido y se puso colorado. Puse las monedas sobre el mostrador y lanzada le dije:

    ―No te cortes, puedes mirar que no me importa

    El no dijo nada, solo me lanzó una sonrisa. Yo regresé con mi amigo y le conté cómo había ido. Su polla debió ponerse muy dura porque tuvo que acomodarse los bermudas. Seguimos hablando y contándonos cosas de ese estilo que habíamos hecho y me di cuenta que los dos nos estábamos poniendo muy cachondos. Le pregunté si nos íbamos y empezamos a caminar por las dunas hacia el coche.

    Yo no me había abrochado el vestido y cuando me comentó el mismo pensamiento que había tenido yo hacía un rato, sobre cómo cambiaba el enfoque entre ver a una chica desnuda o verle las tetas por un vestido atrevido, no pude reprimirme más y lo besé. Lo pillé por sorpresa, pero no tardó en separar sus labios para que jugaran nuestras lenguas. Nos besamos mucho tiempo seguido, con nuestros cuerpos pegados pero las manos quietas.

    ―Lo siento -le dije- pero son ya dos calentones en una tarde y no pude aguantar más

    ―No pasa nada, yo siento lo mismo que tú y me muero de ganas por quitarte el vestido

    Al escuchar eso, sin ni siquiera mirar a nuestro alrededor, bajé los tirantes de mi vestido dejando mis tetas al descubierto y volví a besarlo mientras ponía mis manos en su nuca y lo empujaba para que me lamiera los pechos. No fue capaz o no quiso presentar resistencia y me abrazó con sus manos mientras me llenaba de besos, lamidas y pequeños mordiscos. Mi vestido resbaló por mis piernas y el descendía besando cada centímetro de mi piel hasta notar su aliento en mi coñito. Separé mis piernas y dejé que me lamiera, que disfrutara del sabor de mis jugos que empapaban mi entrepierna.

    Su lengua separaba mis labios vaginales, iba desde el clítoris hasta la entrada de mi vagina y volvía. Mantenía el equilibrio agarrándome a su cabeza que él parecía interpretar como que no quería que parase. No se detuvo, sino que incluso empezó a usar también sus dedos para darme más placer todavía y mis gemidos eran ya demasiado escandalosos para aquellas dunas dónde nunca sabías cuándo te podías cruzar con alguien.

    Me corrí. El orgasmo llegó demasiado pronto pero no fui capaz de controlarlo. Oleadas de placer se extendían por todo mi cuerpo y las convulsiones que experimentaba le hicieron imposible seguir. Me dejé caer encima de mi vestido y me abracé a sus piernas, exhausta de placer. Tardé un rato en poder levantar la mirada y más en conseguir ponerme de pie. Sus labios brillaban impregnados aun en la humedad de mi excitación que acababa de saborear.

    Ahora sí miré a mí alrededor. Seguíamos solos, rodeados de pinos y dunas. Quise besarlo pero no me dejó.

    ―¿Te sientes culpable de nuevo? -le pregunté todavía desnuda

    ―Sí- respondió bajando la mirada al suelo

    No iba a forzar más la situación. Mi calentura había quedado bien saciada en un orgasmo increíble y me apetecía que me follara pero ya no era una necesidad, solo un deseo. Me puse el vestido de nuevo y, cuando iba a abrochar los dos botones que habían provocado ese instante tan maravilloso para mí, me pidió que no lo hiciera. Accedí contenta a su deseo y me desabroché discretamente un tercer botón cuando reanudamos la marcha hacia el coche.

    Llegamos al aparcamiento sin cruzar una palabra aunque noté como su vista se iba a veces hacia mis tetas. Al entrar en la parcela en la que habíamos dejado el coche salió una pareja. La mirada que el tío me lanzó animó de nuevo la entrepierna de mi amigo pero ni dijo ni hizo nada.

    Montamos en el coche y me pasé el cinturón por debajo del pecho para seguir dándole buenas vistas. Volvió a hablarme y volvimos a sentirnos cómodos los dos. Cruzando el puente de Rande adelantamos una furgoneta. Su conductor echó la típica mirada de vehículo adelantado y tocó el claxon, supongo que agradecido a lo que acababa de ver. Antonio se preguntó por qué le pitaba y se lo conté.

    ―Buf, no aguanto más, tócame la polla -me pidió

    La verdad es que no me hice de rogar y empecé a acariciar su paquete y su muslo. Nada más rozarlo su empalme era bestial. Pobre Antonio, pensé. Seguro que lleva dos horas reprimiéndose. Solo podía tocarle por encima de los bermudas, pero parecía que era suficiente. Gemía y conducía. Al entrar en Vigo y para en el primer semáforo, se abalanzó sobre mí para besarme. Sin preguntar me llevó a su piso.

    Metió el coche en el garaje y nada más bajar del coche se abalanzó sobre mí, metiendo sus manos por mi escote abierto, agarrando mis tetas con una pasión y excitación desbordante, su lengua se entrelazaba con la mía. Me fue empujando hasta el ascensor sin dejarme ni siquiera coger el bolso del coche. Sin mirar, me empujó dentro, pulsó el botón de su piso y se arrodilló para hundir de nuevo su cabeza en mi coño húmedo otra vez.

    Entramos en su piso. Nada más cerrar la puerta me quitó el vestido, me cogió en brazos y me llevó hasta su cama. Me dejó caer mientras se desnudaba a una velocidad increíble, dejándome ver su polla completamente empalmada. Separando mis piernas la puso en la entrada de mi coño y me penetró. Fue lo único suave. A partir de ahí fue aumentando el ritmo, follándome como si fuera el último polvo que echara en su vida. Notaba como sus huevos me golpeaban. Me la clavaba entera.

    Mi coño no dejaba de lubricar más y más hasta que empezó a escucharse el chof, chof de las folladas húmedas. Sus ojos estaban cerrados y su rostro colorado por el esfuerzo. Gemía en silencio. Yo me sentía en la gloria siendo follada de esa forma tan salvaje y apasionada.

    De repente paró y me preguntó si tomaba la píldora. Le dije que no. Menuda inconsciencia la mía. Él no dijo nada, solo le limitó a sacar su polla de mi coño y a masturbarse con fuerza. Se sentó sobre mí a la altura de mi ombligo. Ahora sí que me miraba. Con su mano libre me amasaba mi teta izquierda y mi mirada justo enfocaba su glande cuando su primer chorro salía disparado hasta mi boca. El segundo aterrizaba en mi cuello. El tercero y el cuarto en mis tetas. El quinto, sexto y séptimo ya salieron sin fuerza.

    Pero seguía saliendo semen por su glande. No dejaba de dar arriba y abajo con su mano. Nunca había visto una corrida tan abundante y larga. Literalmente hizo un charco en mi barriga y se dejó caer a mi lado. Su respiración era muy agitada.

    El chorro que me había alcanzado en la boca empezaba a deslizarse. Notaba que muchos empezaban a deslizarse por otras partes de mi cuerpo. Quería besarlo pero no sabía si le daría asco su propio semen o si, ahora que había descargado su tensión sexual, volvería a sentirse mal por haber engañado a su novia. Esperé a que su respiración volviera a un ritmo normal. Cuando lo hizo, se tumbó de costado y observó mi cuerpo lleno de su semen.

    ―Cómo te he puesto -me dijo

    ―Nunca me habían echado tanto encima- le contesté halagando su producción de esperma, orgullosa de haber provocado su reacción y aliviada porque se acordara él al final del riesgo de embarazo- y menos mal que no quisiste correrte en mi boca porque creo que me hubiera ahogado, jajaja

    ―¿lo hubieras hecho?

    ―Si me lo hubieras pedido, seguramente

    ―Tomaré nota -añadió mientras se levantaba

    Volvió enseguida con una toalla con la que me limpió de una forma muy dulce. Cuando acabó, me dio la espalda un momento para dejar la toalla en una silla y me abracé a él. Me gustaba. No quería asumirlo pero era lo que sentía. Lo besé en la nuca y pasé mis dedos entre su cabello rubio. Lo abracé también con mis piernas y besaba despacio sus hombros mientras acariciaba su torso fibrosamente marcado. Se dejaba abrazar. Se dejaba acariciar. Y dejó que su polla volviese a ponerse dura.

    Me puse encima de él y me la introduje despacio de nuevo en mi coño que todavía estaba húmedo. Lo follé despacio, dejando que la moviera dentro de mí mientras morreábamos. Sus manos me sujetaban por las nalgas, levantándome y dejándome caer haciendo que su polla entrase y saliese de mi coño. Cada movimiento de su lengua en mi boca hacía más y más placentera cada penetración. Ya no tenía la prisa de antes. Me encantaba dejarme caer y sentir como se clavaba en lo más profundo de mi coño.

    Sin preaviso, me vino el orgasmo. Dos veces seguidas. No me lo podía creer. Esos orgasmos solo los disfrutaba con tíos que me gustaban de verdad, por no decir que estaba enamorada de ellos. Lo miré a los ojos. Me gustas mucho. No pude evitar expresar lo que estaba sintiendo. Su respuesta fue un beso y reanudar sus movimientos. Me dejé llevar moviéndome en círculos, sintiendo su polla en todas las partes de mi coño, sus manos en mis caderas guiándome, su boca en mi oreja lamiendo mi lóbulo y oyendo sus gemidos cada vez más intensos hasta que me contó que iba a correrse y que tenía que salirse.

    Yo no quería, quería que siguiera dentro de mí todo el tiempo que pudiera aguantar pero se salió. Me arrodillé entre sus piernas cogiendo su polla con la mano y masturbándolo despacio. Miraba muy de cerca su polla, observando como mi mano subía y bajaba por ella. Lamí sus huevos. Lo miré. No perdía detalle de lo que estaba haciendo. Me la metí en la boca y me hice una coleta. Volví a masturbarlo y a mirarlo. Sonreía. Una gota asomó anunciando algo más gordo. La lamí. ¿Quieres acabar en mi boca? Susurré. Quiero que te lo tragues todo. Me contestó con otro susurro. Volví a metérmela en la boca y se la chupé por primera vez.

    Una vez eliminado el sabor de mi coño con mi saliva, me supo a gloria. Empecé a chupársela más rápido, a gemir de placer y a tragarme su corrida de nuevo muy abundante, aunque mucho menos que la anterior. Me lo tragué todo, no paré hasta que él me lo pidió. Le enseñé mi boca para que vieran que no había desperdiciado ni una gota. Me besó agradecido.

    Nos quedamos dormidos abrazados. Cuando me desperté ya era de noche. Estaba sola en la cama con la única luz que entraba de la calle. Solo se oía el ruido del tráfico. Me levanté, abrí la puerta de la habitación y vi la luz encendida del salón. Caminé por el pasillo, descalza y desnuda sin hacer ruido. Lo que vi me dejó helada. Mi amado Antonio se estaba follando a una chica en completo silencio. Ninguno podía verme. Una lágrima empezó a resbalar por mi mejilla. No me podía creer lo que estaba viendo. Yo había sentido una conexión especial toda la tarde y estaba convencida que él también, a pesar de sus reparos iniciales.

    Reparos que dejé de entender al darme cuenta que aquella chica no podía ser su novia. Su novia dijo que se llamaba María y aquella era Raquel, una chica de la pandilla, quizás la más deseada entre ellos por el tipazo que tenía. No comprendía nada. ¿Cuándo había llegado? ¿Sabía que yo estaba en la cama después de haber follado con él? Eran las 12, no hacía ni 3 horas. En otro momento, me hubiera puesto cachonda viendo aquello pero solo sentía ganas de llorar. Vi mi vestido tirado aun en el suelo y las llaves del coche en la puerta.

    Atravesé el salón sin hacer ruido, cogí el vestido y las llaves y abrí y cerré la puerta del piso con todo el cuidado del que fui capaz. Llamé al ascensor y me di cuenta que estaba desnuda en el rellano de un edificio que no era el mío. Me dio tiempo a ponerme el vestido por la cabeza cuando se abrieron las puertas. Iba ocupado. Un chaval de unos 20 años cuyos ojos se abrieron como platos. Mi vestido aun seguía con los tres botones desabrochados. Me vi reflejada en el espejo del ascensor. Despeinada, sin maquillar, descalza, con las tetas casi a la vista. ¿Bajas o subes? Fue lo único que se me ocurrió decir. Lo que tú quieras, balbuceó sin apartar sus ojos de mi súper escote.

    Probé con lo que parecía ser la llave para bajar al garaje y funcionó. Sentía la mirada del chaval clavada pero no me encontraba incómoda por lo que no me puse bien el vestido. Al llegar al garaje me encontré con una puerta cerrada que al llegar no lo estaba y no había más llaves en aquel llavero. El chaval me preguntó si quería que le abriese la puerta y le dije que sí, que tenía que coger mi bolso para volver a casa. ¿Descalza? Me preguntó mirando a una parte de mi cuerpo que por primera vez no eran mis tetas. Le dijo que no, que iba en coche. Me abrió la puerta y le di las gracias. Me monté en el coche de Antonio y volví con él a mi casa. Al meterme en cama le envié el siguiente SMS:

    “Tengo tu coche, cuando acabes de follarte a Raquel puedes recogerlo”.

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