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  • Masaje relajante con experiencia inesperada

    Masaje relajante con experiencia inesperada

    Qué tal, lectores. En esta ocasión quisiera relatarles una experiencia nueva para mí, que viví en una clínica de masajes con un joven masajista que me llevó a conocer algo nuevo para mí: el placer inesperado de un masaje.

    Hace un par de años yo sufría bastante de dolores de espalda por la mala posición a la hora de trabajar (soy personal del sector salud) por lo que mi novia (ahora mi esposa) me recomendó que acudiera al spa de un conocido suyo el cual le daba servicio de masajes muy profesional. Yo muy feliz de atender su recomendación hice cita. El día se llegó y acudí a dicho spa, siendo recibido por un hombre de más o menos mi edad (35) o un poco mayor que yo, quien muy amable se presentó, me invitó a beber un poco de té y me pidió que me pusiera cómodo en un vestidor para posteriormente pasar a una camilla ya sólo vistiendo mis bóxers.

    Después de una pequeña conversación donde le hice saber sobre mis dolores, me pidió que me relajara mientras se ponía manos a la obra, por lo que yo me limité a asentir y colocarme boca abajo en la camilla, preparándome para disfrutar del masaje.

    Hasta el momento todo normal, la persona, de nombre Carlos, comenzó a masajear mi espalda, mis hombros con intensidad moderada preguntando cada cierto tiempo si todo iba bien, a lo cual yo muy relajado respondía que todo iba de maravilla. Conforme Carlos trabajaba sobre mis contracturas, yo me olvidaba del dolor y me dedicaba a disfrutar la sensación de relajación y alivio que me proporcionaba con sus manos, hasta ahí todo era un masaje cualquiera, yo seguía respondiendo de forma corta cuando me preguntaba cómo me sentía.

    Pasados unos 20 minutos, me comentó que pasaría a trabajar a mis muslos, pantorrillas y pies, a lo cual asentí. Carlos sabía lo que hacía, con movimientos circulares recorría de arriba a abajo toda la superficie de mis piernas y yo me preguntaba si a mi novia le iba así de bien cuando acudía a sus masajes. En esos pensamientos estaba yo, cuando me empezó a rondar una imagen muy morbosa de mi chica en esa posición recibiendo ese masaje, me preguntaba si ella lo disfrutaba de aquella manera o por ser un hombre quien le daba el masaje le pudiera despertar algún pensamiento diferente, algo más libidinoso, algo más sexual.

    Aquellos pensamientos y mi imaginación comenzaron a jugarme en contra (o a favor), porque comencé a tener una ligera erección y agradecí estar boca abajo porque en ese momento me hubiera dado bastante pena que Carlos viera aquel bulto y pensara que lo provocaban sus movimientos sobre mis piernas, en fin, solté una pequeña risita y me dediqué a disfrutar mi masaje.

    Todo normal, hasta que Carlos comenzó a masajear la parte interna de mis muslos y por ahí en algún movimiento yo sentía sus manos acercarse a zonas más sensibles que casi me daban cosquillas, me moví un poco y él, al notarlo, me preguntó: “¿todo bien ahí? ¿te he lastimado?”. Yo respondí: “claro que no, Carlos, todo super bien, continua”.

    Yo comencé a preguntarme qué tan seguido les pasa a los masajistas que por accidente toquen alguna zona más privada de sus clientes, bueno, yo me imaginaba que era algo normal y que no había mala intención de por medio y nuevamente me cruzó por la mente mi novia acudiendo a esos masajes, ¿cómo reaccionaría ella? pensamiento que me volvió a generar una sensación muy morbosa, me comencé a excitar poco a poco pensando eso, ¡estaba teniendo una erección aún más intensa!

    En eso estaba cuando sucedió lo que yo me preguntaba, hubo un roce rápido por encima de la toalla en la zona de mi entrepierna. Como yo estaba boca abajo, el roce fue en la zona de los testículos, pero desde atrás, cosa que me hizo sentir algo extraño en toda el área, “podría estar seguro de que se sintió bien”, pensé. Carlos se disculpó y yo inmediatamente le comenté que no había problema, que era seguro algo que solía pasar, pero que no se preocupara. En primera intención le comenté eso sólo para que no se preocupara y nada más, pero no sé cómo lo tomó él, en fin, me dijo que levantaría un poco mi toalla para descubrir los glúteos y poder dar un masaje en la zona.

    Asentí deseando que por ninguna zona se notara que yo tenía una erección, aunque estuviera boca abajo y mi pene estuviera ligeramente inclinado a la izquierda, por lo que yo imaginaba que no se notaba. Yo me estaba preocupando de con tanto pensamiento que cruzaba mi cabeza el masaje se tornara en placentero, pero en una forma más erótica de lo normal, solté otra risita. Carlos comenzó a aplicar movimientos circulares y yo comencé a balancearme con esa presión que aplicaba sobre mí. En algún momento volvió a la zona entre mis piernas y poco a poco yo sentía que sus dedos ligeramente rozaban mis testículos con más frecuencia. Él me susurró: “si algo te molesta me dices para detenerme”.

    No sé, pero ya eso estaba siendo bastante exótico para mí, pero nunca le pedí parar. La verdad es que estaba sintiendo muy bien todo aquello, estaba muy excitado. Los roces se convirtieron en un masaje directo a mis testículos y yo poco a poco iba abriendo mis piernas para facilitarle el trabajo, era una sensación increíblemente excitante, mi pene ya estaba totalmente erecto y me volvía incómodo el estar boca abajo. Estoy seguro de que lo notó y me pidió que levantar un poco la pelvis, acto seguido tomó mi pene y lo bajó, quedando apuntando totalmente hacia abajo. ¡Comenzó a masajearlo y para mí fue un mar de placer, eso se sentía increíble!

    Ya en ese punto yo me encontraba totalmente perdido en excitación, no detendría nada de lo que pudiera pasar. Carlos se movió de modo que sentí que recargó algo sobre mi mano, era su miembro totalmente erecto por debajo de su pijama quirúrgica mientras seguía masajeando mi pene y testículos al grado de casi hacer que me venga. Yo toqué aquel miembro por encima de su ropa y un momento después estaba sintiendo un calor más directo sobre mi mano, se lo había sacado del pantalón.

    Se levantó un poco de modo que sentí sus testículos palpitando sobre mi mano y ya totalmente dejándome llevar, los comencé a acariciar alternando con el pene de vez en cuando. Un momento después, Carlos vertió aceite de masaje sobre mi mano y la tarea se facilitó, frotándose sobre mi mano mientras yo palpaba aquel pene erecto y aquellos testículos de gran tamaño.

    No habíamos dicho ni una palabra durante todo aquello. Entonces él me pidió que me pusiera boca arriba, lo hice. Ahora tenía acceso total a masajear mi miembro y lo hizo con maestría. Volvió a moverse de lugar y ahora me puso su miembro al lado de mi cara, yo no abría los ojos pero sabía que estaba ahí y sabía qué era lo que seguía: abrí la boca y comencé suavemente a lamer su glande, su tronco, sus testículos depilados. Era algo demasiado placentero y morboso, durante todo éste tiempo yo me preguntaba si así eran los masajes con mi novia y no me molestaría para nada que ella se relajara de la misma manera que lo estaba haciendo yo.

    De repente en un movimiento rápido se subió a la camilla encima de mí, quedando en posición de 69, metiéndose rápidamente mi pene en su boca, acariciando con su lengua de arriba a abajo en ocasiones, también acariciando mis testículos y alternando entre ellos y mi pene con su lengua, labios, con su mano. Me volví loco, era demasiado placer. Hice lo propio con mi boca y mis manos por unos minutos hasta que Carlos se levantó, bajó de la camilla y comenzó a masturbarse frenéticamente, lanzando un gran gemido seguido de unos potentes chorros de semen que fueron a dar en mi pecho, mi cuello, hasta en mi cara.

    Después tomó mis testículos con sus dedos y con la otra mano comenzó a masturbarme. No tardé en sentir una oleada de placer super intenso, increíble y me vine a chorros sobre sus manos.

    Nos quedamos unos segundos quietos y él rompió el silencio diciendo: ” creo que ya no estarás tan contracturado”, riendo juntos un momento.

    Salió del cubículo, me vestí y nos despedimos. Quedé de acudir junto a mi novia la siguiente, me prometió un masaje muy especial para ambos.

    Me fui a casa con un pensamiento en la mente: cómo abordaría el tema con mi novia y cuándo podríamos agendar nuestra cita.

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  • A mi mujer le gusta otro

    A mi mujer le gusta otro

    Mi nombre es Enrique y mi esposa es Ana, ambos tenemos 38 años y vivimos en Caracas, Venezuela. Es el caso estamos casados desde hace 12 años, aunque tenemos relaciones sexuales desde hace 18 años. Tenemos un hijo de 10 años. Como toda relación de pareja hemos pasado por múltiples cosas, tanto buenas como malas. Hemos tenido muy buen sexo, aunque nuestra relación de pareja no ha sido la mejor.

    Durante todo este tiempo he tenido muchas relaciones con otras chicas, incluso descuidando a mi esposa que se ha dedicado trabajar y cuidar a nuestro hijo, sin tomarse un tiempo para mejorar su apariencia. Aunque nunca ha sido una miss, debo confesar que Ana, a pesar de ser bajita, tenía un lindo cuerpo, en la actualidad mide 1,55 de altura, pesa alrededor de 60 kilos, buenas tetas (operadas hace algún tiempo), un culo redondo y provocativo y una enorme cuca (concha) que no le cabe entre las piernas.

    Durante todo este tiempo hemos tenido la oportunidad de experimentar casi todas las cosas permitidas en el terreno sexual, sexo en la cama, en la ducha, en la cocina, en el balcón, en la playa, en el río, en el carro, en el ascensor, en la oficina, en el hospital, mamadas, derrames de leche en la cara, en la boca (esta no le gusta), distintas posiciones, embarazada, en fin, todo lo que se puede hacer durante 18 años.

    Recientemente me dio su trasero y, por fin, tuvimos sexo anal, un poco dificultoso, pero para ser la primera vez no estuvo tal mal. Lo cierto es que desde hace rato caímos en la monotonía del trabajo, las tareas, el supermercado, las obligaciones etc., alejándonos cada vez más uno del otro. Yo por mi parte me he dedicado a visitar a mis amigas, algunas masajistas, algunas prostitutas, con las cuales he satisfecho mis deseos, ya que han pasado hasta 3 meses sin que nosotros hayamos tenido ningún tipo de roce sexual.

    Supongo que Ana ha tenido la oportunidad de experimentar sus propias vivencias, ya que no soy un hombre celoso, siempre le he permitido sus salidas (realmente muy pocas) sin preguntarle dónde va o de donde viene, claro está, la idea es que ella tampoco me pregunte a mi sobre mis actividades. Aunque desde hace algún rato he notado a Ana un poco extraña, sobre todo al momento de repicar su teléfono celular, habla con tono muy bajo y se pone algo nerviosa.

    Recientemente a raíz de una fuerte discusión que tuvimos, yo me fui de la casa, pero por cosas del destino tuve que regresar como a las 10 semanas. Esa tarde estuvimos conversando acerca del niño, de la escuela, etc. Para hacer la conversación más amena decidí comprar algunas cervezas, ya que hacía mucho calor.

    Ella me dijo que si quería la acompañara a la casa y que allá conversaríamos mejor, durante el trayecto Ana estuvo de muy buen ánimo y conversadora. Al llegar a la casa, compré otras cervezas y allá comenzó a beber más rápido, al rato me dijo que se iba a poner mas cómoda. Salió del cuarto con un short y franela de algodón, sin ropa interior. Ella sabía que eso siempre me ha excitado. Me pidió que le sobara los pies porque le dolían y estaba muy cansada. Gustosamente accedí, le dije que se acostara boca abajo en la cama y comencé a darle un masaje, tal y como lo había aprendido durante mis visitas a las masajistas.

    Comencé por los pies untándole una loción aceitosa, mentolada, que me facilitó. Pase suavemente mis manos por las plantas de sus pies, mis dedos entre sus dedos y lentamente fui subiendo por su pantorrilla, con movimientos suaves, pero firmes, mientras los hacía, veía como se retorcía y levantaba su culo, pero sin emitir ningún sonido, supongo que para que yo no me diera cuenta de lo que estaba sintiendo.

    Al llegar a sus muslos, hice movimientos muy suaves en forma circular y le comencé a bajar el short. Vi ese hermoso culo redondo y mi pija se levantó inmediatamente. Seguí masajeando su espalda, provocando cada vez más movimientos espasmódicos, subí al cuello, toqué sus orejas y seguí hacia sus brazos. Me le acerqué y le pregunté al oído si quería que siguiera y me respondió muy agitada que sí. Se volteo y nuevamente baje a sus pies, esta vez el masaje fue más rápido y sensual. Al llegar a su entrepierna logré ve un hilo brillante de líquido que salía de su vagina.

    Pase mis dedos por su raja y se deslizaron, provocando un primer gemido. Saqué mi mano y seguí masajeándole la cintura, las tetas, los pezones. Ana se retorcía, con sus ojos cerrados, me acerqué s sus labios le di un beso. Eso hizo que levantara sus brazos y atrajera a su pecho. En ese momento me dijo que quería que la cogiera, que necesita tener mi pija dentro de ella, que estaba cansada de masturbarse viendo películas pornográficas.

    Como yo tenía el control de la situación decidí hacerlo a mi manera, a jugar con sus ganas, a torturar sus deseos, me le acercaba, le pasaba mi lengua por su cuerpo, me retiraba, no dejaba que me tocara para hacer que se pusiera a mil y que aumentaran sus ganas de mí.

    Pasaron algunos minutos y de repente lanzó un grito de desesperación ¡Coño chúpame la concha! En ese momento entendí que había logrado mi cometido.

    Bajé a su enorme cuca, que se había depilado (ella sabe que eso me vuelve loco) y comencé a pasar mi lengua por su vagina carnosa, por su clítoris, chupando sus jugos, me pidió que le metiera un dedo y la complací, luego dos, sigue así ¡que ricooo!, méteme otro dedo, sigue así, como vi que le gustaba, busque el tarro de lubricante que tenía en el closet me lo unte en toda la mano ¿Qué vas a hacer loco?, me preguntó, ¡Nada que tu no quieras!

    Le introduje uno, dos, tres, cuatro, cinco dedos y traté de meterle el puño, pero como tengo mi mano muy grande no pudo pasar. Pensé que la estaba lastimando y la muy zorra me dijo que le gustaba. Me dijo quiero ser tu puta personal, sé que has estado con otras mujeres, pero no me importa, quiero que satisfagas todos tus deseo conmigo. En ese momento, estaba muy excitada, y decidió preguntarme que si me la había cogido a mi vecina, a mi compañera de trabajo, que si había ido donde la putas. Quería que le respondiera, quería saber como lo hacía con ellas. Al principio me corté, pero rápidamente le seguí el juego.

    Le dije como lo hacía con la putas, como me había cogido a la vecina. Eso la calentó muchísimo, alcanzando un orgasmo, en ese momento aproveche que estaba fuera de sí y le pregunté que si me había montado lo cuernos con otro tipo y me evadió la pregunta, pero sentí como se retorcía, me preguntó que para que quería saber, que era mejor que no preguntara. Pero yo insistí diciéndole que yo ya le había confesado lo que había hecho durante su ausencia y que era justo que me respondiera la verdad.

    Me dijo “está bien, pero conste que yo no quería decirte nada”. En ese momento lanzó un grito de placer. Mi mente se nubló, mi cuerpo se estremeció con un frío que me recorrió, quedé inmóvil, pero inmediatamente me recuperé y le pedí que me diera detalles. Me dijo que, durante mi ausencia, había conocido a un tipo que la invitaba a salir, pero que ella se negaba, pero tanto insistió hasta que ella aceptó.

    El tipo le agradaba y un día fueron a tomarse un trago y el tipo la besó, ella respondió al beso. En ese momento se quedó callada y me dijo “y eso fue todo”. Yo seguí insistiendo diciéndole que eso no me parecía todo. Y comencé a tocarla nuevamente, agarré sus tetas y se las chupé, como ese comentario había despertado algo extraño dentro de mí, quería saber más.

    Baje a su clítoris a chuparlo mientras le pedía que me dijera toda la verdad. Al sentirse otra vez excitada decidió decirme que el tipo le gustaba y que ciertamente le había tocado las tetas y que ella sabía que él quería cogerla. Le pregunté que había sentido y me dijo que muchas ganas de tirar, que se había puesto muy húmeda y que había permitido que él le metiera la mano en su concha.

    Eso me trastornó, me excitó demasiado, y me subí inmediatamente sobre ella le metí bruscamente mi verga y le pedí que me describiera lo que había sentido, ella no salía de su asombro y accedió a contármelo, en ese momento vacié toda mi leche dentro de su concha, con el mejor orgasmo que había tenido en toda mi vida.

    Al día siguiente, volví a buscarla, la llevé de nuevo a la cama y le volví a preguntar lo mismo, estaba trastornado, me excitaba mucho pensar y saber que mi mujer se había dejado tocar por otro hombre.

    Le pregunte si habían tenido sexo oral o que si se la había cogido y me respondió que no. A partir de esa experiencia cada vez que hacemos el amor hablamos acerca de nuestras fantasías.

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  • Mi cuñada, mi mujer y un morboso placer (2)

    Mi cuñada, mi mujer y un morboso placer (2)

    Cuando volvimos al depto. después de cenar en un resto de Miraflores me preparé una copa de ron y me senté en el balcón frente a la noche, sintiendo el murmullo del mar, mientras mi mujer y su hermana seguían desarmando la valija de Carina y entre murmullos percibí aquellas risitas cómplices. Ya tarde, el silencio se hizo en la medianoche, Sandra se acercó al balcón me abrazó por detrás y murmurándome al oído me susurró —gracias por el placer de estos días— yo volví a sentir el goce de sus tetas apoyadas sobre mis hombros cuando suavemente me mordió la oreja; cerré los ojos mientras sentía mi calentura poniéndose tan dura bajo mi pantalón…

    Me quedé hasta que logré que no se revelara esa erección cuando mi mujer Carina, se acercó y me besó en los labios, —me voy a la cama, no tardes—, sentí que era ello una invitación a su deseo.

    Me fui desvistiendo en el living quedándome en bóxer, rogando que desde el oscuro corredor mi cuñada Sandra lograra verme y se excitara tanto, como me había dejado hacía un rato en el balcón, pero no la percibí.

    Cuando entré en el cuarto Carina estaba con un culotte blanco, el que resaltaba su piel dorado caribe, ni bien la vi, no dejó de ver mi erección que marcaba mi bóxer. Me acerqué como siempre, admirando su figura elegante, sus ojos verdes, sus piernas, su fina cadera y su pubis delicadamente depilado para sabor de cuantos antojos; fue cuando percibí que entre las pecas de sus tetas erguidas y cerca de sus pezones se marcaban un par de moretones, testigos de ricos mordiscos que revelaron la infidelidad.

    Pasé un dedo sobre uno de ellos —El rastro de tus pecados— apenas le dije; abrió grande sus ojos clavándome la mirada cuando me comió la boca con un chupón, apoyando toda su piel desnuda sobre mis deseos, provocando que abrazados cayéramos sobre la cama…

    —Me vas a contar todo putita, ¿cómo te cogiste a ese potro? Le dije mientras mordía sus pezones sobre esas mismas marcas.

    Jadeamos entre agresivos besos, besaba toda su piel buscando más rastros de su adulterio, —si hijo de puta, te metí bien los cuernos y me dejé llevar cada día por ese macho— yo seguí bajando con mis besos hasta correr su culotte para que mi legua llegará a su clítoris, mi mujer rasgaba las sábanas anunciando sus orgasmos que húmedos llegaban a mi boca; y allí también, cerca de sus labios junto a ese clítoris encendido, otro mordisco era la marca del amante de mi mujer, enterré mi lengua sintiendo como sus jugos chorreaban junto a mi saliva.

    Hasta que gritó un orgasmo tremendo, sosteniendo mi cabeza apretada entre sus piernas y más enterré mi boca abrazando entre mis labios su concha infiel como si fuera una almeja, imaginando como ese tipo Darío, su macho, había acabado tantas veces dentro de ella.

    Cuando Carina sintió que rocé sus piernas con una erección tan dura como una roca, me rogó jadeando, —enterrame esa pija—, ella giró y quebrando sus caderas apoyó su cara entre las almohadas, su concha estaba toda depilada y nacarada de flujos, fui punteando con mi glande esos labios que se partían, pero no la penetraba provocando que la deseara aún más, cuando tuve la pija bien mojada le escupí el culito y comencé a tratar de volver a hacerle la colita como le gusta, —por favor hoy no me hagas la colita, Darío me la partió toda la semana, todavía me duele.

    Me enterré dentro de su concha y comencé a bombearla con toda la calentura que me provocaba saber que mi mujer tenía el culo ardido por otra pija. No quise acabar, cuando ella cayó sobre las sábanas con otro orgasmo que la dejó dormida, yo acompañé ese descenso sin sacarle la pija y apoyándome sobre ella.

    Cuando giré mi cara me sorprendió mi cuñada apoyada en el marco de la puerta, estaba desnuda apenas cubierta con una mínima tanga, llevando puesta una camisa mía desabrochada y anudada a la cintura, sus tetas, las que me había comido la noche anterior tenían esos pezones rozados y erectos; Sandra me guiñó un ojo y con un gesto de silencio me indicó ir a su cuarto, me desprendí de mi mujer y salté a sus brazos, nos comimos la boca ahí mismo como provocando a Carina, pero ella no nos sintió.

    —Clavame a mí esa pija, cuñado. —Me susurro entre besos.

    La levanté entre mis brazos y mi pija dura como una roca y erecta se fue clavando en su conchita, volvía a ser un placer deseado, Sandra se estaba mojando cada vez que se iba enterrando suavemente, así como nuestras salivas se volvían a conjugar en nuestras bocas. Montada en mis brazos, clavada con mi pija y sin despegar nuestros labios caímos en su cama, seguimos largo rato cogiendo, revolcándonos cuando a punto de acabar me pidió; —haceme la colita como a mi hermana.

    Me arrodillé detrás de ella y comencé a lubricar su esfínter, le pedí que quebrara la cintura y dejara caer su carita en la almohada, le enterré mi lengua en su colita hasta dejar que chorreara toda mi saliva por su ano, me gustó el sabor y no paré de comérselo hasta que acabó y más se mojaba también su conchita, fue cuando pasándole mis dedos, dilatando esos labios fui subiendo hasta que Sandra comenzó a gemir sintiendo que girando mis dedos comencé a dilatarla mientras mi legua se conjugaba con el sabor de su esfínter.

    —¿Te duele o te gusta cuñada?

    —Un poco, pero creo que lo puedo soportar, dijo jadeando a boca abierta. —Apoyé mi pija y fui dilatando aún más ese culito como no había podido durante toda la semana que estuvimos cogiendo.

    —Por favor, clávamela, que no aguanto más. —Me enterré en mi cuñada hasta que ella misma empezó a bombearse contra mis pelotas. —me arde, pero que placer, jamás me hicieron sentir esta sensación.

    —Ayyy, la siento toda adentro, por favor Fran… —La agarré de las caderas y le enterré la pija bombeándola.

    —¿Te duele?, le pregunté.

    —Si, me duele, pero no la saques, seguí que quiero acabar así. Ahhh, ya está pasando, ya está pasando, movete mi amor, cogeme, cogeme más cuñado, —Siguió murmurando.

    —Como me gusta que jadees, cuñadita, me calienta mucho que ahora seas mi hembra.

    Cuando sentí que estaba por acabar me detuve y tomándola desde las tetas la levante hasta apoyar mi pecho contra su espalda y girándole la cara nos comimos la boca a mordiscones.

    —Te voy a acabar en la colita, le dije.

    — Nooo, quiero la lechita en mi garganta, —Me dijo, clavándome esos ojos también verdes en mi mirada.

    Nos paramos al lado de la cama, yo me masturbaba con ganas y Sandra recogiéndose su pelo rubio, se fue arrodillando hasta que sus labios envolvieron mi pija, comenzó a pajearme con su boca y sus manos, yo elevaba mis jadeos al cielo, era increíble el placer, ver como mi cuñada me estaba mamando mientras dejaba caer su saliva sobre sus pecosas tetas.

    —No pares nena que acabo, le dije acariciándole la cabellera y sosteniéndola. Cuando desde la puerta mi mujer le ordenó, —No pares hermanita, mamalo bien, pero dejame algo de esa lechita para mi también…

    Yo la miré a Carina, ella me guiñó un ojo y comenzó a masturbarse pellizcándose también los pezones; yo no pude resistir más y una catatara de semen sentí que eyaculaba en la boca de mi cuñada, que no se desprendía abriendo más los ojos y mirando de reojo a su hermana, comenzó a tragarse mi leche.

    Yo pegué ese grito de placer, Sandra saboreó con sus gemidos su orgasmo y mi mujer desde la puerta de la habitación diciendo —Ahora quiero yo también mi sachet de leche. Mientras Sandra se metió en la ducha, Carina y yo nos metimos en nuestra ducha y seguimos franeleando, mientras nos confesábamos los adulterios y los cuernos de esos días.

    —Mientras trataba de volver a tener una erección, me calentaba preguntándole; ¿Cuántas veces te acabo en la conchita tu amiguito?

    —Me cogió todas las noches cuando volvíamos al hotel, y nunca dejé que una gota de su leche saliera de mi concha, me llenó todas estas noches… —Me murmuraba mientras no despegaba sus labios de mi boca.

    —¿Y vos… ¿cuántas veces acabaste en la concha de mi hermanita?

    —Tantas veces como las pastillas anticonceptivas que le dejaste… ¡¡¡putita!!!

    Salimos de la ducha, nos revolcamos con otro polvo bien misionero y nos dormimos. A la mañana siguiente mi Cuñada estaba preparando el desayuno, llevaba puesta mi camisa blanca desprendida y anudada a la cintura, un culotte negro y sin corpiño…

    —Hola cuñado… me dijo, colgándose de mi cuello y dándome un piquito en los labios.

    —Hola cuñadita… acariciando su colita sobre el raso de su culotte; ¿disfrutaste la noche?

    —Todavía me arde la colita, ¡pero me encanta el placer que me dejaste!

    Cuando se despertó mi mujer, nos vio todavía abrazados y casi a punto de volver a besarnos; la miró a su hermana y le dijo: —Hermanita, queremos que vivas con nosotros.

    Sandra me miró, me besó con pasión abriendo su boca devorando mis labios me susurró: —Gracias cuñado, no te vas a arrepentir. Yo le devolví ese beso sosteniéndola desde su cola para que así lo viera mi mujer y murmurándole también: —Te amo cuñada y le comí la boca delante de Carina.

    Una semana después nos fuimos los tres de vacaciones a Dominicana, dormimos juntos bajo el sol del Caribe y cuando volvimos también terminamos invitando al macho de mi mujer.

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  • La playa nudista

    La playa nudista

    Antes de comenzar, y al ser este mi primer relato, me gustaría presentarme. Me llamo Verónica y tengo 34 años. Siempre he sido una mujer muy sexual, de ahí mis experiencias, y quizá en este momento me haya apetecido ponerlas en conocimiento de quien desee leerlas. Físicamente mido 1.52 y peso 46 kilos. Siempre he sido bajita y delgada y he mantenido buena forma física. Llevo el pelo en media melena y de color castaño, aunque durante muchos años me teñía de rubia. De joven siempre tuve complejo de plana, así que a los 22 años me operé el pecho y desde entonces luzco una talla 95C con orgullo.

    Desde siempre me han gustado los tatuajes, así que con el paso de los años me he ido haciendo uno tras otro hasta llegar al estado actual. Supongo que es un vicio con el que seguiré en el futuro. También me gustan los piercings y luzco varios en mi cuerpo. Creo que no se me olvida nada más, así que comenzaré con el relato.

    La historia que voy a contaros sucedió cuando yo tenía 26 años. Por aquel entonces yo tenía novio, se llamaba David y llevábamos juntos seis años. David tenía cuatro años más que yo. Cuando le conocí me pareció fascinante. Por sus conocimientos, por su forma de ser y ver las cosas. Creo que en líneas generales hacíamos muy buena pareja. David, entre otras cosas, me inició en el nudismo. Fue quien me lo propuso y con quien empecé a ir a lugares donde se practicaba.

    Al principio con algo de pudor, para que mentir, y poco a poco siendo mucho más natural. Ni que decir tiene que en ocasiones acabábamos follando en el agua o escondidos en algún lugar donde nadie nos pudiese ver. Entre las hormonas de la edad y estar desnudos ya os podéis imaginar.

    Por motivos laborales, ese verano no pudimos irnos de vacaciones, pero nos guardamos una semana en octubre para irnos de hotel a Mallorca. Una vez en la isla, David encontró una cala nudista y decidimos ir a pasar allí el día. Al poco de llegar, yo estaba tumbada boca abajo en la toalla con David a mi lado leyendo cuando escuché una voz que parecía dirigirse a nosotros. Giré mi cabeza incorporándome levemente para ver quien nos hablaba a nosotros cuando lo primero que mis ojos se encontraron fue una enorme polla que colgaba entre las piernas de un chico que en cuclillas me miraba.

    Solo puedo decir que en ese momento flipé. Aquello que allí colgaba no parecía humano. Se notaba que estaba en reposo, pero que a su vez era pesada. Tenía un tamaño descomunal. Mas grande que la de mi novio dura y, sobre todo, muchísimo más gruesa. Sinceramente, me quedé como hipnotizada ante aquella maravilla que tenía frente a mí. Sin dejar de mirarla y con la cabeza acelerada pensando mil cosas a la vez escuche decir al chico “¿No sois de aquí verdad?” Aun aturdida mirando aquella enorme polla a través de mis gafas de sol, conseguí responder al chico.

    Le comenté que sí, que estábamos de vacaciones y que era nuestra primera vez allí. Me fui incorporando lentamente mientras comenzábamos a hablar. Lo cierto es que en esos primeros instantes no me di cuenta, pero el chico solo hablaba conmigo. Para el David no existía. Me preguntaba por mí, a que me dedicaba, si llevaba mucho haciendo nudismo… Yo le iba respondiendo mientras me interesaba por el, preguntándole lo mismo que el me preguntaba a mí. Yo me había sentado en la toalla con las piernas cruzadas, la verdad sea dicha intentando no demostrar que poco a poco me iba excitando, aunque mis pezones duros quizá fuesen algo que me delatase.

    Por otro lado, sentarme a lo indio permitía ocultar la humedad de mi sexo. El chico dijo llamarse Martín y sé que alguna vez me pilló mordiéndome el labio, gracias a dios mis gafas de sol ocultaban las miradas y repasos que yo le daba a su polla. Entonces Martin me preguntó si podía acercar sus cosas para estar allí con nosotros y por supuesto le dije que no había problema.

    Nada más irse, David me increpó diciéndome que por qué le había dicho que se viniese a donde estábamos. Yo seguía mirando a Martin como se iba sin dejar de poder ver aquel enorme miembro moviéndose al compás de sus pasos. Le dije a mi novio que había que ser educados y abiertos con la gente agradable y él me dijo que no le gustaba en absoluto como era ese tío. Yo le dije que no se pusiese celoso que simplemente intentaba ser maja y le di un beso comiéndole la boca, y por primera vez en nuestra relación me imaginé otra boca en lugar de la de mi novio. Al poco llegó Martin y se puso a mi lado.

    Me pidió que le echase crema en la espalda y de mil amores lo hice. La verdad es que estaba fibrado y daba gusto tocar aquella espalda. Luego le apliqué más crema a su culo y entre sus piernas de forma que pude rozar algo (no sé muy bien si fueron sus huevos o la polla). David estaba que echaba humo, pero no decía nada. Tras aplicarme crema de la mejor manera que pude, se incorporó y se sentó frente a mí interesándose por cosas de mi vida mientras que yo le iba preguntando cosas sobre él. Lo típico, que si estás soltero, que si vienes mucho… la verdad es que me hacía olvidarme que mi novio estaba allí.

    Y todo esto aderezado con miradas a aquel enorme pollón que me estaba volviendo loca (en aquel momento no lo sabía, pero después pude comprobar que en reposo tenía 17 cm con un grosor que me parecía sorprendente).

    Poco a poco la conversación se fue a temas más personales y en un momento dado, Martin me preguntó si mis pechos eran naturales, a lo que yo le dije que no, que me había operado hacía unos años. Que siempre habías sido plana y que quería tener un pecho grande, a lo que él me dijo que se veían preciosas y que si, que lo grande siempre era mejor… lo cierto es que no pude reprimirme y le dije… por supuesto, el tamaño importa y mucho, tras lo cual le miré aquella maravilla de polla y le mordió el labio. Los dos nos reímos un buen rato.

    En ese momento David se levantó y me dijo que se iba al agua, que si me iba con él. Yo miré a Martin y él dijo que no le apetecía, así que le dije a mi novio que me quedaba en la toalla. Yo estaba como en otra dimensión vi a mi novio irse hablando para si en voz baja.

    Mientras mi novio se daba un baño, Martín y yo seguimos charlando y poco a poco con la confianza empezamos con los típicos roces de cuando dices algo. En un brazo… en una pierna… mi sexo bullía de humedad y de calor… cada vez que notaba un roce suyo me daban escalofríos. El me preguntó si alguna vez lo había hecho en una playa, yo le confesé que sí, pero que siempre alejada de la vista de la gente. La conversación iba subiendo de tono cuando de pronto llegó David de su baño con cara de pocos amigos.

    Se tumbó a nuestro lado y Martin me dijo que si nos íbamos al agua. La cara de David era de matar con la mirada. Yo le dije que sí y nos fuimos a bañar. El mar estaba increíble. Martin empezó con los clásicos juegos de salpicar y de dar pequeños empujones, luego que si aguadillas… ya sabéis, buscar la forma de tener más roce. En una de esas yo me desequilibre y él me agarró quedando detrás de mí. Cuando sentí aquello contra mi culo creí que me moría. Nos quedamos un segundo en esa posición. Me dio la sensación que aquello cobraba vida. Mi sexo estaba a mil y yo frenética.

    Nos separamos unos momentos, pero seguimos con el juego cada vez más adentro del agua. Entonces Martin me señaló a una pareja que abrazada estaba follando dentro del agua. Era lo que me faltaba. Además, aprovechó para ponerse detrás de mí de nuevo, muy pegado a mi culo. No era posible que aquello fuese real… nunca había pensado que ese tamaño fuese posible. Las piernas me temblaban y mi cabeza daba vueltas. Entonces me aparté u salí del agua lentamente. Al llegar a la toalla David estaba enfadadísimo, pero como Martin venía conmigo no se atrevió a decir nada.

    Entonces al sentarme miré de nuevo a Martin y vi como su polla se había puesto morcillona. ¡¡¡Joooderrr!!! Aquello era enorme y aún no había crecido. Las pocas fuerzas que quedaban en mi cabeza se desvanecieron y una vez Martin se sentó en la toalla me abalancé sobre él sentándome en su regazo notando aquel deseo contra mi piel.

    David estalló de cólera. Se levantó de la toalla y empezó a gritarme que creía Que estaba haciendo. Que eso era pasarse empezó a llamarme de todo. A mí y a Martín mientras recogía sus cosas. Yo mientras tanto devoraba la boca de Martín como si fuese un animal hambriento. Mi coño empapado se apoyaba sobre aquella enorme polla que notaba como crecía y se endurecía. Martin me comía la boca con pasión mientras sus manos le abrazaban contra él. Dejo un segundo mi boca para bajar a mi pecho lamiendo y succionando mis pezones. El manantial que manaba de mi coño era imposible de frenar.

    De fondo seguía escuchando a David llamándome de todo. Martin me levantó y me puso a cuatro patas colocándose detrás de mí. Durante un segundo pude ver sus 27 cm de polla durísima (los medí en otro momento) que me dejaron loca. Lo siguiente fue notar su enorme capullo en mi entrada. ¡Joder! me moría de ganas de sentirle. De pronto de un golpe brutal me clavó su polla hasta notar como hacia tope en mi fondo. Fue como optar una descarga eléctrica en mi interior… mi coño reaccionó con un squirt brutal que salpicó el abdomen de aquel animal.

    Se quedó en mi interior mientras yo convulsionaba y me retorcía de placer. Mis piernas temblaban y que quedaron sin fuerzas cayéndome sobre la toalla empapada mientras que me retorcía entre espasmos en el mayor orgasmo que había tenido hasta la fecha. Mis gemidos eran gritos. Mi respiración, con solo una embestida, era frenética. Fue como una descarga brutal de placer en mi interior. David comenzó a irse mientras varios curiosos se fueron acercando.

    Mientras Martín seguía quieto en mi fondo y cuando notó que dejaba de temblar, con mi cuerpo tirado en la toalla, empezó a sacarla y meterla lentamente. Cada vez que notaba su capullo llegando a mi fondo una descarga me recorría. Eran como micro orgasmos brutales. Yo como pude eché una mano hacia atrás. Quería notarle. Sentirle. Su abdomen empapado de mis fluidos… bajé la mano y noté su polla… cuando se clavaba en mi fondo aún sobraba fuera de mi coño el tamaño de mi mano… diosss. Me tenía el coño abiertísimo y la tensión de los músculos de mi vagina era increíble.

    Poco a poco empezó a subir el ritmo. Gimiendo entre el placer y un dolor muy placentero levanté la cabeza y pude ver a cinco hombres que se habían acercado a pajearse mirándonos. En una de sus brutales embestidas me volví a correr como una loca. Era increíble el placer que me estaba dando aquel tío. Cuando mis espasmos cesaron me dio la vuelta y me tumbó boca arriba. Entonces pude ver como me metía aquel pedazo de polla y lo que se quedaba fuera (con el tiempo os contaré como acabe por conseguir que entrase todo).

    Los tíos que nos miraban eran más. Aunque algunos se habían corrido. Martin me follaba duro, aunque luego descubriría que eso no era dureza. ¡¡¡Dios mío!!! Me corría una y otra vez en el placer más absoluto. Comencé a sentir mareos tras más de hora y media siendo follada con aquella enorme polla, en todas las posiciones posibles y de pronto, cuando creí que no podía más, noté como a mi semental se le aceleraba aún más la respiración y los jadeos y de un duro golpe se clavó más adentro en mi que nunca y noté como empezaba a correrse. ¡¡¡Diosss!!!

    Mi coño tenso notaba cada uno de los chorros que salían de aquel enorme mástil… ¡joder! uno tras otro que parecían no tener fin. Y entonces me vino otro squirt brutal que le hizo perder el conocimiento del placer tan absoluto que conseguí.

    Cabe decir que nunca antes había tenido squirts follando con una polla (con masturbación sí) y que jamás había tenido dos en el mismo acto sexual. Cuando volví en mi estaba descansando sobre mi empapada toalla tapada con la toalla de Martín. No había nadie a nuestro alrededor. Tenía molestias y mis piernas fallaban. Martin me miró y me dijo, espero que te haya gustado… yo sonreí.

    Como no podía caminar, Martin me llevó a su coche y de ahí al hotel. David había desparecido. No volvió a hablarme en la vida. Estuve tres días en cama sin poder moverme con molestias y dolores. Cuando conseguí levantarme y no sentir tanta molestia llamé a Martin para verle de nuevo y agradecerle que me hubiese llevado al hotel, pero esa es otra historia.

    Si os ha gustado iré subiendo más experiencias mías poco a poco. La foto del perfil es mía, por si os lo preguntabais.

    Esperando que os haya gustado os envío besitos.

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  • Cuando follé con mi suegra (1 de 3)

    Cuando follé con mi suegra (1 de 3)

    Hola, me llamo Carlos y mi vivo en una pequeña población al sur de Andalucía con mi mujer. Casi todos los fines de semana solemos desplazarnos a la ciudad donde viven mis suegros y pasar con ellos los días de descanso, ya que la relación con estos siempre ha sido estupenda.

    Especialmente con mi suegra con la que tengo mucha afinidad. Tengo que reconocer que ya desde novio de su hija siempre me ha atraído enormemente por y eso que nunca me ha dado motivos, pero jamás quise darle más importancia de la debida puesto que estaba enamorado de mi actual mujer. Diré que soy tremendamente feliz con ella y jamás le he sido infiel hasta que… bueno…

    Es mejor que se los cuente detenidamente. Mi suegro es el típico hombre que dedica toda su vida a trabajar y no es muy cariñoso que digamos con su pareja. Mi suegra, que rondará ya los 50 años, es una mujer callada y algo acomplejada por tener unos kilos de más. Una tontería puesto que no es una mujer obesa ni mucho menos, pero si tiene sobrepeso, un sobrepeso que puedo asegurar que ya quisieran muchas. Es morena, de 1,60 aproximadamente y con un trasero enorme de los que resaltan al terminar la espalda, es decir, como aquí solemos decir, respingón. Sus tetas no son ni pequeñas ni grandes y sus piernas son largas y fuertes, de anchos tobillos y muslos gruesos.

    Vamos una delicia de mujer. Siempre me han atraído las mujeres maduras, sobre todo las que tienen esos “kilitos” de más pero nunca me había atrevido a ir más allá.

    El caso es que uno de esos fines de semana llegamos como siempre con nuestras maletas, pero debí hacerme daño en el cuello y tenía ligeras molestias. Ella se ofreció a la tarde del sábado a darme un buen masaje prometiéndome arreglármelo en un santiamén. Me llevó al baño de su dormitorio y me sentó en el wáter con la mala fortuna para ella de no acordarse de retirar unas grandes bragas beige que estaban encima del cesto de ropa. Se excusó rápidamente quitándolas de mi vista diciendo que disculpara, pero aquella escena me hipnotizó.

    Estuve muy nervioso durante el masaje y ella no sé si llegó a percibirlo, aunque hablaba con normalidad mientras sus manos trabajaban. La mejoría fue instantánea y así acabó el fin de semana. No paré de pensar en sus hermosas bragas durante toda la semana y al llegar el siguiente fin de semana ocurrió lo inesperado.

    En el almuerzo los padres de mi mujer nos contaron que habían estado en el médico y que le habían dicho a ella que tenía las piernas cansadas, recomendándole hacer más ejercicio y dieta. Como siempre mi suegro se jactó de haberlo dicho siempre y que debía de comer menos cuando todos sabemos que es más un problema de metabolismo más que de cantidad de comida. El caso es que ese fin de semana era diferente a los demás, ya que mi mujer debía el domingo de coger el tren porque el lunes tenía una entrevista de trabajo muy importante.

    Mi suegro se ofreció a llevarla temprano así que sobre las doce de la noche ya se habían retirado a dormir cada uno. Yo, sin embargo, me quedé como tantas otras veces en el sofá viendo programas de cotilleos en la tele con mi suegra hasta altas horas de la noche. Ella estaba echada con su batín (como hacía siempre) en el sofá, con sus pies descalzos y recostada en un cojín. Yo en el sillón de al lado perdía la vista de vez en cuando intentando ver más allá de su entrepierna.

    La vi molesta y le pregunté que qué le pasaba. Me contestó que le dolían mucho las piernas aun estando en alto. Sin pensarlo dos veces le dije que le devolvería el masaje de la otra semana, pero en sus doloridas piernas. Ella rio y declinó la invitación a la que yo insistí medio en broma dándome de grandes dotes masajísticas. Traje aceite del baño de invitados y me senté convencido a su lado a lo que ella tuvo que resignarse a acceder debido a mi decisión. Le dije que se tumbara cómoda y bocabajo y así lo hizo.

    A pesar del batín, por primera vez podía contemplar muy cerca sus enormes nalgas. Empecé por sus gemelos, frotando con fuerza y pareció gustarle. Con la tele de fondo y en completo silencio fui subiendo hasta detrás de sus rodillas. No sabía si llegar a los muslos, que por otra parte me estaban volviendo loco, pero ello suponía subir algo su bata. Al final me decidí y empecé a acariciarlos suavemente. Eran grandes, fuertes y bien formados y me provocaron un enorme cosquilleo interior. Subía y bajaba con el nerviosismo de que me dijera pronto algo, pero parecía estar semidormida o relajada.

    No pude más y le levanté su bata hasta la cintura ofreciéndome a la vista sus enormes bragas que en esta ocasión eran blancas. Temblé de emoción, pero no dijo nada, solo suspiraba.

    Cogí aceite y llegué a conseguir uno de mis sueños, acariciar su enorme culo. Nalga a nalga, las apretaba, amasaba y movía como si fueran flanes y no decía nada. Llegué a meter las manos dentro de sus bragas para tener contacto directo y no rechistó. Mi excitación estaba en tal punto que acerqué mi cara a su enorme culo para oler tan delicioso manjar llegando a apreciar el especial olor que solo una mujer puede tener en su secreto mejor guardado.

    No dudé en acercarme más y más con mis manos a su sexo hasta que por fin… lo acaricié. No dio ni un respingo. Solo un ligero suspirar. Aquello me animó a retirar parte de sus bragas para trabajar mejor su clítoris. Mi mano se encontró aquella abertura cálida, vellosa y sorprendentemente húmeda.

    Mi rostro olía una y otra vez aquel perfume embriagador mientras frotaba cada vez más rápido su enorme raja. Pronto pude ver como su trasero subía ligeramente para facilitarme el acceso y empezaba a moverse acompasadamente. A los pocos minutos aquel delicioso culo se agitó convulsivamente y calló. Tras un silencio aterrador y apreciando que hacía como que estaba dormida, me retiré a mi cuarto entre sobreexcitado y alucinado de lo que acababa de hacer. Tras una noche de desvelos logré dormirme. De madrugada mi mujer me besó y cerró la puerta.

    Se marchaba a la estación de tren. Medio en sueños y no se en cuantos minutos de diferencia, la puerta volvió a abrirse y alguien se coló en mi cama. Me abrazó la espalda y posó torpemente su mano en mi paquete. Rápidamente noté que esa mano no era la de mi mujer ya que es más pequeña pero el caso es que al pensarlo mi erección fue instantánea e irremediable. Me volví para decir algo, pero ella me puso una mano en los labios para que no interrumpiera ese momento mágico. Nos besamos nerviosamente y se quitó el batín de la noche anterior dejándome ver por primera vez su hermosa redondez.

    Me desnudé con su ayuda y sin darme tiempo se abalanzó hacia mi pene y lo atrapó con su boca. Empezó a chuparlo con desesperación volviéndome loco de placer. Mis manos intentaban llegar a sus redondas tetas, pero me era complicado. Al poco Se incorporó sentándose sobre mí y poseyéndome. Su trasero empezó a moverse circularmente mientras me mostraba sus tetas en todo su esplendor. A pesar de la edad, se encontraban en perfecto estado, ligeramente caídas y algo más grandes de lo que imaginaba, pero con unos pezones abotonados que me invitaban a ser mordidos sin compasión.

    Me leyó mi pensamiento y sus manos guiaron a las mías y acaricié, chupé y mordí no sé cuántas veces aquellos senos calientes. Su prominente barriga descansaba sobre la mía mientras ella se concentraba en sus movimientos y mis manos se posaron en aquella masa ardiente y sensual. ¡Era increíble, mi suegra me estaba follando por primera vez! Le agarré el culo al sentir que iba a eyacular y le avisé. Ella me pidió que lo hiciera que le echara todo mi semen en su interior y así lo hice.

    Fue alucinante. Se tumbó boca arriba agotada por el esfuerzo, desparramada entre las sábanas. Mi lujuria no había hecho más que empezar y sin tiempo a coger aire me eché sobre ella para besarle el cuello, tetas, ombligo y por fin. Llegué a su poblado coño al que empecé a lamer chupando todos sus jugos anteriores. Ella empezó a respirar entrecortadamente llegando a una explosión de la que noté como más y más fluidos salían de aquel olvidado (pienso yo) tesoro.

    Por entonces mi erección estaba de nuevo en marcha y le di la vuelta sin miramientos. Bruscamente la puse a cuatro patas y me deleité de ver aquel enorme culo solo para mí. Sus muslos se ofrecían ansiosos mientras su espalda se encorvaba para el acto. Me pidió que la follara fuerte así lo hice.

    La cogí de su gruesa cintura y apreté mi pene en su interior. La entrada fue con facilidad ya que su lubricación era máxima. Era alucinante. Mis huevos chocaban una y otra vez contra su trasero haciendo un sonido peculiar. Mis envestidas pasaban de más rápidas a más lentas mientras recorría con mis manos su cuerpo. Aquel flan se movía en cada empujón y sus tetas descompasadas giraban alocadamente. De repente paré y me retiré. Le faltaba el aire, pero yo estaba eufórico. Me dirigí con mi lengua a su agujero y empecé a lamerlo, introduciéndola poco a poco en su interior.

    No parecía molesta, pero a diferencia de mi mujer notaba que en aquel hueco no había habido experiencias sexuales. Le metí un dedo y se agitó. Me dijo que nunca le había hecho mi suegro nada por ahí y que lo había visto en alguna película pero que no estaba segura de querer hacerlo. Yo la tranquilicé diciéndole que si le dolía pararía de inmediato y seguí con mi trabajo. Pronto entraron dos dedos y cuando estaba suficientemente lubricado dirigí mi pene a su interior.

    Empujé suavemente mientras gemía. No supe si era dolor o placer, pero me concentré en seguir empujando hasta que mi cabeza entró y empezó a moverse. Ella estaba quieta, a cuatro patas y medio temblando, pero mis impulsos pronto se convirtieron en envestidas bruscas.

    Ella empezó a gemir fuerte y a mover su culo. De repente gritó: “¡Sigue, sí… así… fuerte… ay… siii…!”. Dios aquello me puso malísimo. Retiré mi pene y pude disfrutar de mi obra: aquel pequeño agujerito perdido en su enorme culo ahora era un boquete grande y delicioso. Se la enchufé de nuevo sin prejuicios y me agarré a su culo como un poseso. La envestí como un animal no sé durante cuánto rato, ella se corrió dos veces ya que noté como se acariciaba a sí misma mientras la follaba y yo terminé corriéndome allí dentro y dejándome caer vencido por el cansancio. Luego nos besamos y duchamos. Prometimos no decirlo jamás ni volver a hacerlo jamás. Pero, esa ya es otra historia.

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  • Mi mamá

    Mi mamá

    Mamá no sospechaba nada. Papá y yo, seguimos amándonos por las mañanas mientras ella dormía. Mi recámara fue ahora el espacio para nuestro amor desbordado. Mi padre se mostró, como lo sentí la imborrable y feliz mañana que el Dios Cupido nos ayuntó, tierno, amoroso, potente, gozando y haciéndome gozar hasta el infinito. Yo, en cada encuentro, encontraba nuevas formas de satisfacerlo e inéditas formas de él para darme satisfacción. Papá no volvió a mencionar la participación de mamá, tampoco volvió a referirse a una presunta traición.

    Sin embargo, estoy segura, sí lo pensaba, y se entristecía. Sin embargo, yo estaba segura: iba a lograr la aceptación consciente de mamá en el amor en construcción colectiva; él, lo escuché muchas noches, era poseedor de los encantos de mamá, se la cogía con la ternura y la excitación con que me cogía a mí. Y no en mí, confusión o miedo, no, no era eso.

    Era que, el día venturoso de mi desfloración exquisita, decidí: mamá debería de tener la misma, o similar, experiencia a la de mi padre conmigo. Pensando así, esperaba el momento oportuno para seducirla. Sí, seducirla, era mi decisión. No pensaba que seduje a papá, no, para nada. Con papá fue Cupido quien intervino, al margen de mi voluntad y de la suya.

    En esa ocasión fue el calor del ambiente, el olor de su cuerpo, la intranquilidad de mi cuerpo, y la lozanía de mi espíritu que solo deseaba dar y recibir amor, y amor que fue expresado tanto en lo anímico como con el sexo, sin mayores consideraciones filiales. Y fue maravilloso, espléndido, inigualable. No cambiaría por nada de este mundo esa divina experiencia, esa amorosa y mutua aproximación profunda y placentera, esa entrega de amor sincero, hermoso, perdurable, imperecedero.

    Por la noche del último domingo de nuestra estancia en el paraíso tropical, papá dijo que iría al pueblo, al día siguiente temprano, en la mañana, a comprar víveres. Dormí tranquila sin pensar en nada, exhausta de tantas cogidas que durante esos días habíamos dado papá y yo.

    Aprovechábamos cualquier momento, con mi madre ausente, para que él me acariciara, y yo respondía profundamente llevándome, y llevándolo siempre al goce feliz, a la cúspide del placer sexual sin dejar fuera ninguna de las caricias nacidas el primer día y otra más inventadas sobre la marcha del placer. Cientos de sublimes orgasmo me conmovieron, y me hicieron convulsionar no pocas veces de tanto placer; lo mismo a él.

    Al despertar, extrañé el ruido de papá en la cocina. Entendí que ya se había ido. Estaba desnuda, sentí frío. Me cubrí con la sábana. Sentí uno de mis pezones, y sonreí al pensar que el pobre hoy no tendría las chupadas matutinas de la boca de mi padre. Mis manos acariciaban mis chichis con fruición, cuando escuché ruidos precisamente en la cocina, lugar donde no debería de haber ruidos. Recordé que mamá se levantaba tarde, por eso me levanté yo.

    Escuché con más cuidado, y los ruidos se repitieron. Intrigada, me puse una batita transparente de tela muy delgada usada para cubrirme del sol cuando íbamos a la playa, y bajé de puntillas. Con sorpresa, vi que era mamá. Estaba parada frente a la estufa y movía su mano derecha como si estuviera moviendo algún guiso. Sonreí al recordar la mañana en que papá estaba en la misma actitud, y en la misma actividad que ahora tenía mamá.

    Mi corazón latió presuroso, mis pezones se endurecieron. Mi alma me dijo: debes estar lista para el amor. Era diferente a la ocasión cuando fue mi padre el ocupante de la cocina. Aquella vez, no pensé nada. Mi mente estuvo ausente cuando me acerqué a papá, y gozó hasta que nuestros sexos se agotaron en el placer. Hoy, era diferente. Y era diferente; me acercaba con el claro propósito de acariciar y seducir a mi madre. No obstante, mis reflexiones, hoy tenía dudas. Y no era solo que fuera mi madre, además implicaba el hecho de que era mujer; es decir: la homosexualidad se sumaba al incesto.

    Hoy, la intención era clara: seducir a mi progenitora; antes, con mi padre, fue la cercanía de los cuerpos y el amor de las almas que hasta ese momento se encontraron en situación propicia para el sexo amoroso; lo demás se dio porque la naturaleza así los dispuso. Creo que el amor se daría siempre así, de no impedirlo las tonterías que reprimen a la naturaleza por moralinas absurdas e inaceptables.

    Me acerqué paso a paso, sonriendo, temblorosa, agitada, excitación creciente. Casi sin proponérmelo, mi mano izquierda fue a posarse en la cintura de mamá, cintura con la piel desnuda.

    Mamá vestía una blusita suelta, y muy corta, que se ponía para dormir; abajo llevaba unos pantaloncitos de dormir de tela delgada, y nada más. “Buenos días hija”, dijo mamá al sentirme a su lado. “Buenos días, madre. ¿Qué haces?, ¿por qué levantada tan temprano?”, y mi mano acarició levemente la piel en la que reposaba. “Preparo la carne con chile que tanto le gusta a tu padre”, dijo, y volteó sonriente a verme. Yo recliné mi cabeza en su hombro, y ella pasó la cuchara del guiso a la mano izquierda; la derecha vino a sujetar mi cintura.

    Mi respiración se agitaba momento a momento, mi respiración era cada vez más caliente y frecuente; la situación se estaba presentando similar al inicio de la bella relación con mi padre; mis pezones estaban tan duros que podrías ser rotos con el más mínimo golpe; y escurría, escurría como en los más álgidos momentos de excitación sexual. Madre sintió el calor de mi aliento, volteó, me vio, “¿Estas enferma?”, me dijo. “No mamá, estoy más sana que nunca, ¿por qué?”, “Tu respiración está agitada, además de caliente, como si tuvieras calentura”, dijo, mostrando un dejo de preocupación en la voz.

    Me reí alegre, y dije: “Nada de eso madre. Lo que pasa es que… no sé, pero al acercarme a ti, sentí el olor de tu cuerpo recién levantado de la cama y… bueno, quiero absorber más de ese olor. Tal vez por eso respiro con mayor frecuencia y, por lo mismo, mi respiración ha de estar un poco más tibia”, dije tratando de no alarmarla con mi acercamiento. “Eso ha de ser”, dijo.

    Sentí que la mente de mamá, sobre todo su cuerpo, le indicaba que algo más había para que mi respiración fuera así en ese momento. Incluso, hice esfuerzos por moderar mis claras manifestaciones, inútilmente. La mano de mamá apretaba mi cintura, cosa que más me agitaba. Pero yo deseaba más.

    No debía acelerar los acontecimientos, pensé, la cercanía de los cuerpos estaba consumada, mamá reaccionaba con naturalidad, y su respiración también se agitaba, probablemente sin que ella lo sintiera así, y menos que tuviera una explicación para eso. Mi mano, en la piel desnuda, hizo los mismos movimientos que hacía la de mamá en mi cintura, tratando de ascender; sentí las costillas del esbelto tórax de mamá, y mi raja se inundó definitivamente.

    Mamá, sonriente, volteó, me vio, suspiró, frunció el entrecejo, volvió a suspirar, y depositó un cálido, tierno, fugaz beso en mi frente. “Me gusta que estemos juntas, así, una al lado de la otra… y más, que te recargues en mí. ¡Hacía tanto tiempo que no te tenía tan cerca!”, yo tragué saliva, ella continuó. “Cuando eras más pequeña, con mucha frecuencia te gustaba venir a acurrucarte en mi regazo, a poner tu cabecita en mis muslos, a pedirme acariciara tu cara y tu pelo, pero… ¡creciste!, y te has alejado. ¿Ya no te gustan mis cariños?”, dijo con ese dejo de tristeza que descubrí desde las primeras palabras. “¡Ay, mamacita!, ¿cómo puedes pensar que no me gustan tus caricias?, enternecida.

    Sin pensar ya en nada, besé a mamá en la mejilla, con un beso prolongado y húmedo. Y continué:

    “Al contrario, madre, quisiera que tus caricias fueran muchas, y también, más… amorosas”. Y volví a besarla, esta vez, mi lengua salió, aunque solo la puntita, como para dejar constancia de estar allí, deseosa de acariciar. Madre besó de nuevo mi frente sin dejar de mover su mano derecha en mi cintura, y la izquierda moviendo la cuchara del guiso.

    Mi mano en su cintura la apretó, y luego subió hasta sentir la raíz de los bellos senos de mamá. Sentí el estremecimiento de mamá, luego la escuché, decía: “¿Sientes que mis caricias no son amorosas?”, preguntó con mucha más tristeza en su voz. “No, madre, no es eso. Lo que quiero decir es… bueno, podemos acariciarnos más pródigamente, con más placer… creo Claro, con el cariño que siempre has puesto en tus caricias dirigidas a mí”.

    La sentí confusa. Se estremeció. Los instintos le decían insistentes que se estaba planteando algo inusual. Volví a besarla, estaba vez abriendo mucho los labios, sin llegar a depositar saliva en su mejilla. La respiración de mamá se agitaba, su mano en mi cintura se estremecía, apretaba mi piel, un tanto involuntariamente, pensé. Y la mano del guiso se detuvo. “No te entiendo, cariño.

    No te entiendo. ¿No te han dado nunca placer… mi caricias?, digo, las que siempre te he dado… Por mi parte siempre he tenido inmenso placer al darte caricias con todo mi amor. ¿No lo sientes así?. Mi boca, ansiosa, la besó de nuevo en la mejilla.

    Este beso la hizo voltear con mirada aún más interrogante, en tanto su piel se ponía chinita y su mano en mi cintura pellizcaba mi carne. “No nos estamos entendiendo. Mira, madre, yo quiero decir… – no sabía si mostrarme cínica, o continuar guardando la ambigüedad – podríamos tener mayor placer, mayor demostración de nuestro amor, si nos prodigáramos en las caricias, si no las limitáramos, si pudiéramos besarnos… con libertad, con mayor profusión, en más sitios, en fin, madre, quiero decir… podríamos tenernos más afecto, más amor y también mayor placer al dar y recibir caricias y besos por doquier”. Yo escurría como venero derramándose.

    Mi madre no apartaba la vista de mis ojos. Su frente estaba perlada de sudor y su respiración se entrecortaba; su agitación era más que evidente. Apagó la estufa. Me encaró de frente. Frunció la boca. Soltó mi cuerpo y llevó una de sus manos a su rostro como enjugándolo. Suspiró notoriamente; yo, me estremecía.

    Percibía con claridad la enorme confusión de mamá, también vi los pezones tras la delgada tela, erguidos, soberbios, de un color café oscuro exquisito. Supe en ese momento que estábamos en la crisis; es decir, mamá titubeaba, aunque ya tenía más claridad en cuanto a mis eróticos planteamientos. Yo temblaba como gelatina; comprendí: mamá podría rechazar el intento de acercamiento amoroso, la no tan sutil intención seductora puesta en práctica por mí. Sentí el sufrimiento de mamá. Pensaba mi reclamo de escaso cariño y escasas caricias en el pasado, eso supe.

    Pero también aprecié que, para mamá, estaba más o menos clara cuál era en realidad, mi demanda. El titubeo de mamá me hizo actuar. En fracciones de segundo, decidí jugarme el todo por el todo. Es decir: si el rechazo se iba a dar, lo mismo sería en este momento que en el siguiente a la acción decidida. Rodeé su cuello con mis manos, la atraje notando una cierta resistencia, y luego la besé en la boca, con mi boca abierta y mi lengua lamiendo sus labios que permanecieron cerrados, sorprendidos.

    Froté mi boca contra la de ella. Respiré agitada. Suspiré y dije: “A estos besos me refiero, mamá. Besos que no por ser míos para ti, tienen menor contenido afectivo, amoroso, pasional…, erótico. Y las caricias… bueno, esas también te las puedo demostrar… si tú quieres, claro”, dije tratando de dar naturalidad a mi voz, y no solo, también alegría, cariño, hacerlas sonar amorosas como era en realidad su intención.

    Mamá se agitaba. Estrujaba las manos, el sudor se hizo abundante, sus mejillas estaban arreboladas, sus pezones sumamente erguidos, y en sus ojos creí ver una lágrima que amenazaba con manifestarse abiertamente. “¡Hija, por Dios….!”, dijo en un intento de paralizar las acciones. Pero no se movió, tampoco apartó su mirada de mis ojos. Su tórax subía y bajaba indicando lo agitado de su respiración, y esta se tornaba anhelante. Entonces, volví a besarla. Esta vez decidida a vencer sus resistencias, o perecer en el intento. Con la punta de mi lengua metida entre sus labios, hice presión para abrir esa boca negada al beso franco, abierto, erotizante.

    Mis manos la apretaban contra mi boca. Mis ojos estaban cerrados, sabía que ella los tenía abiertos con expresión casi aterrorizada. No obstante esas claras manifestaciones de resistencia, mi lengua sentía que los labios negados titubeaban. Percibí una leve apertura, y presioné con mayor cariño, con más amor. Sin verlos, sentí los ojos de mamá cerrarse, y sí escuché claramente el suspiro casi desgarrador; las manos de mamá salieron de su inmovilidad para tomarme de la cintura.

    La apertura apenas como señal de los labios de mamá, permaneció así, sin dejar que se abrieran más. Luego, el rostro de mamá se alejó con brusquedad. Me veía entre atónita y aterrorizada. Una de las manos en sus labios, sin intentar limpiarlos del beso profano.

    “¿Qué haces, hija?, ¡por Dios, no sigas!, pero su voz la traicionaba. Su razón moral la impelía a protestar, aún en contra de otro convencimiento, de otro deseo más real, solo como reacción automática a los preceptos, sin ser racional y sentida. Yo sonreí.

    Con mi mano derecha hice una tierna caricia en el rostro de mi madre, y dije: ¿Rechazas mis besos?, ¿no te demuestran cariño, amor, deseo de estar más cercana a ti?, ¿es mi boca algo asqueroso?, ¿no has sentido los besos amorosos aderezados de saliva untada con la lengua ajena antes que éste mío?, ¡estoy segura, conoces mucho del placer que dan los besos de amor… y deseo!, y mis besos, madre, quieren demostrarte eso, mi amor, mi deseo, mi inmensa dicha de poder allegarte placer y… ser correspondida por un amor y un deseo iguales. ¿Te doy asco?”, cesé; y me avergoncé del contenido chantajista de mi discurso.

    Mamá sufría enormidades; sus contradicciones internas eran poderosas, casi insalvables, además con los sentimientos prensados por el chantaje que mi amor y erotismo pusieron en juego. Las lágrimas apenas entrevistas, se derramaron. Entre sollozos imponentes, con voz entrecortada por la emoción, mamá dijo:

    “¿Cómo puedes decir semejantes cosas, hija?. ¿cómo puedes decir que me das asco, si eres la niña de mis ojos, la razón de mi vida, mi más preciado tesoro? Y sí, claro, conozco los besos… a los que tú te refieres…, de los que me has dado una muestra… ¡increíble!. ¡Ay, hija mía!, ¿no me entiendes?, porque, te seré franca, yo… apenas si empiezo a entenderte, en estas tan insospechadas e inesperadas manifestaciones de… cariño, según dices. ¿No sientes que está mal… digo, querer así, desear ese tipo de besos, de caricias inusuales que dices deseas?, me siento…, cuando menos, muy confundida.

    Sé que tus deseos y tus besos… son sanos, son cariñosos, me demuestran mucho amor, pero… ¿por qué no te conformas con los besos… habituales entre madre e hija?, esto es lo que no entiendo y es lo que me tiene al borde del desquiciamiento. Perdona, no sé qué hacer, cómo actuar… qué decir de esto tan… increíble. Por favor, hija… ¡dime lo que piensas, y cómo lo piensas, y por qué lo piensas así, dímelo por favor, quiero entender… y entenderte para acercarme, para satisfacer tus… deseos, pero necesito… ¡entender!”, sollozaba a pausas, con las lágrimas escurriendo de sus bellos ojos. Sus pezones se habían escondido.

    “Madre mía, no sufras. Si es tanto tu rechazo a una manifestación de amor más allá de las tonterías que siempre se han dicho respecto al amor entre las gentes sabias, me abstendré de hacer cualquier otra manifestación como las que nos han llevado a este momento de sufrimiento en lugar del placer que debemos tener cuando nos queremos, y cuando deberíamos besarnos y acariciarnos mutuamente sin tontas cortapisas.

    Tranquilízate, madre. Si esa es tu decisión, hasta aquí llego. Esto no quiere decir que dejo de amarte; sigo queriéndote muchísimo, y mi deseo de caricias y besos continuará latente, sin manifestarse, muy dentro de mí… Ya mi amor, ya”, dije verdaderamente conmovida por la reacción de mamá. Ella enjugó las lágrimas, suspiró, sorbió los mocos que llenaban su nariz, suspendió los sollozos, y dijo con voz más segura, menos titubeante:

    “No contestaste. No era mi intención alejarte y suspendieras tus inesperadas e insólitas manifestaciones amorosas hacia mí. Sólo quería, y quiero, me des una explicación a lo dicho y hecho por ti. Entiende, soy vieja, educada en un pueblo mojigato, incluso nos obligaron, a tu padre y a mí, a casarnos a muy temprana edad, y es… digo, es natural… me sea no solo sorprendente y asombroso, sino casi terrorífico… sentir y hacer cosas que desde siempre he considerado como aberrantes, degeneradas, perversas, degradantes y depravadas, prohibidas para todos y… condenadas por todos. Porque…, debo confesar, mi cuerpo y parte de mi espíritu, sientes el amor que me manifiestas con ese beso tan sorprendente y tan sentido por mi como algo muy especial y… la verdad, excitante.

    Por favor, hija, dime las ideas que te mueven a… bueno, a no tener en cuenta lo que para mí, es obligado considerar. ¿Cómo puedo olvidar que eres mi hija, y yo tu madre?, ¿cómo puedo descartar que tu seas tan mujer como yo?, ¿cómo puedo aceptar algo que es condenado por todos, por la sociedad entera? ¿Me puedes hacer este favor, el favor de decirme tus ideas, la forma como tú descartas todo esto que yo, hija de mi alma y de mis entrañas, no puedo hacer… sin tu explicación?”

    Yo estaba conmovida, con mi amor exaltado, mis deseos incrementados, con mi alegría retornando. “No creo que haga falta mucha explicación. Simplemente debes pensar en lo ya dicho, y dar respuesta a las interrogantes que te hice. Mas debes tratar que sea tu propia voz, que sean tu cuerpo, tu alma, tu espíritu y tu inteligencia los que hablen, y no otras voces, voces que incluso no sabemos de quién son, por qué dicen lo que dicen y para qué enfatizan… ¡la prohibición de amarse! Cierras tus oídos a esas voces fantasmales, y deja hablar a tu corazón, a tu cuerpo, a tus amores y deseos.

    Nada más, pero también nada menos. Eso, creo, te puede resolver tus dudas, y pueden hacerte comprender… ¡lo que tú, con tu sabiduría quieras, sinceramente, comprender!”, dije con mucha tranquilidad a sabiendas de la dependencia, como estaba planteado, de mi madre, obstruyera el camino de las voces condenatorias, para abrir el paso a las voces propias.

    Mi madre me escuchó con atención, rostro serio, no enojado, tampoco sufriente. Su boca mantenía el rictus del miedo, sus manos se habían tranquilizado. Me veía con ojos brillantes y pupilas dilatadas, haciendo un verdadero y gran esfuerzo por desechar las voces que la aterrorizaban. Las manos fueron al pelo, lo alisaron con suavidad intentando que los mechones que se iban al rostro, regresaran a la parte posterior de la cabeza. Yo sonreía sintiendo inmenso amor, una dicha enorme de tener esta explicación y acercamiento con mi madre. Casi me había olvidado de mis deseos eróticos.

    El tiempo parecía detenido, el silencio era espectacular, el olor del guiso se había extinguido; a mi nariz solo llegaba el tenue aroma del cuerpo de mi madre, olor que mantenía mis deseos cálidos, lúbricos. Madre cerró los ojos, haciendo verdaderos esfuerzos por reflexionar en los cuestionamientos que estaban hechos, en las dudas que la atormentaban al tener conciencia de los deseos eróticos de su hija, al sentir que, por un lado, ansiaba amarme, y por otro había impedimentos fuertemente establecidos en su mente.

    Comprendí. Mi ayuda era necesaria para que mamá se liberara, y ya no tanto para llegar a la seducción, seducción que no dejaba de estar en mi deseo. Entonces me acerqué hasta poder abrazarla, lo hice con suavidad, como intentando envolverla con mis brazos pero sin que esa envoltura fuera percibida, cuando menos no se sintiera como una reanudación de las caricias tan temidas. Madre me sintió, permaneció estática, sin realizar ningún movimiento, si acaso un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo. Mi boca fue a las cercanías de su oído y, con todo el cariño y el amor de que soy capaz, empecé a murmurar:

    “Comprende madre, el amor nunca ha sido malo, siempre ha sido la más clara y sublime manifestación de unos humanos para con otros humanos. Yo sé, tienes claro que las manifestaciones del amor son muy conocidas y esas hermosas manifestaciones nos proporcionan placer. Placer que las voces contrarias al amor tratan de negar, o impedir se den. – mi voz seguía siendo muy suave, apenas audible, preñada de afecto, de amor – piensa, madre, en todo el amor que le tienes a papá, y en cómo le haces patente ese amor. Piensa también, en todo el amor que él te tiene y en aquellas demostraciones de ese amor que él te hace, y en cómo y con qué te hace esas demostraciones de amor, de cariño, de afecto.

    Estoy segura, si él se negara a realizar esas demostraciones, esas expresiones de amor, tú se las pedirías, las exigirías en un momento dado. Y también piensa en las cosas que haces y has hecho para hacerlo sentir tu amor, y él disfrute tu amor, para que él tenga placer con tu amor dicho en los besos y las caricias que le haces hasta que el grita su placer, sintiendo al máximo tu amor.

    La respiración de mamá era más frecuente, sus narinas aleteaban; sentía caliente su aliento; su cuerpo estaba tranquilo. – Piensa madre, no hay diferencia entre papá y yo. Somos dos seres humanos que tienen esa misma necesidad de amor, de afecto, de caricias, de saber el amor tuyo con las caricias que nos haces y el placer que esas caricias nos proporcionan.

    Placer que, además de ser emocional y espiritual, debe ser físico, claramente sentido como placer del cuerpo, como complemento de lo intangible del amor emocional. Y también hacértelo saber con esas mismas expresiones del amor, porque, madre, el amor no tiene otras expresiones que las palabras y los hechos y, siempre, si los hechos no corroboran las palabras, tenemos que dudar de la verdad dicha con esas palabras. Y el revés: si sientes los hechos, si los compruebas con los diferentes testimonios de las caricias y los besos, no importan las palabras para sentir el amor.

    Como ves, madre, son más importantes los hechos a las palabras para todo, pero lo son más para demostrar el amor de una persona por otra. – Mis brazos ya la rodeaban y mis manos iban lenta y suavemente de la nuca a la cintura de mamá. Las extremidades de ella continuaban inertes pendiendo a sus costados – Piensa madre, no puede ser cierto que un beso mío sea, por fuerza, diferente a un beso de papá. No es posible pensar en una caricia mía pudiera despertar en ti otras sensaciones diferentes a las que despiertan en ti las de papá. Por supuesto, eso sucede cuando se niega la calidad de igualdad de un humano con otro; porque yo soy tan humana como papá, y como tú.

    Que sea tu hija es solo un concepto que no agrega ni quita nada a mi cuerpo, a mi espíritu, a mis afectos, a mis apetencias de placer, a mis necesidades de dar y recibir mucho amor y placer de quienes amo, desde niña, entrañablemente, tan entrañablemente como ser producto de tus entrañas y la simiente de mi padre. ¿A quién podría amar más que a ti y a papá?, a nadie, y lo sabes. En todo caso se agregaría otro humano para quien las demostraciones de mi amor no tienen por qué ser diferente a las expresiones con las que les manifiesto a ti y a mi padre, mi amor. – Me acerqué más, hasta tener contacto con el cuerpo de mamá.

    Sentía su aliento caliente en mi cuello y su respiración estaba más agitada, sus ojos continuaban cerrados y su boca ya no tenía el rictus de dolor y sufrimiento, por el contrario, se veía tranquilo, tal vez hasta contento.

    –Los besos de hace un momento, ¿no fueron besos llenos de amor?, ¿cuál es la diferencia entre besarte en la mejilla o besarte en la boca?, no tiene por qué haber diferencia en cuanto a que ambos besos son expresiones de mi amor. ¿Por qué uno de ellos es permitido y el otro prohibido si revisten la misma calidad de manifestaciones de amor?, ¿por qué papá si puede, y debe según eso mismo, besarte en la boca, penetrar tu boca con su lengua y darte placer además de amor con ese beso, y yo no puedo hacer lo mismo?

    ¿No es tontamente impertinente negarte, negarnos ambas el placer de amarnos tú, él y yo de las misma manera y con las mismas expresiones y caricias de amor?, ¿sientes, crees que mi cuerpo es diferente al de papá en el sentido humano de la comparación, y no en el de género?, nuestros cuerpos son iguales, ¿no es verdad, y sí verdad que nuestros afectos y emociones son idénticas?, ¿verdad que para decirme tu amor sin palabras tienes que recurrir a caricias?, ¿por qué esas caricias tendrían que ser diferentes a las caricias que dedicas a papá?

    Los brazos de mamá se movieron, yo sentía sus estremecimientos, sus ya evidentes jadeos, jadeos que podrían continuar siendo la expresión de sus miedos, pero mi intuición me decía, esos jadeos eran ya, la expresión de su excitación. Besé casi con un gesto, la oreja de madre, y sentí como sus brazos apresuraban el paso hasta hacer que me envolvieran; luego sentí las manos de mamá replicando la caricia que mis manos hacían en su espalda.

    Su rostro se juntó al mío y la cadencia de su respiración adquirió un ritmo acelerado. Vinieron suspiros muy sentidos, muy expresivos, profundos. Su mejilla unida a la mía, se frotaba contra la mía. Enseguida escuché: ella decía con la misma tonalidad y suavidad de mi voz:

    “Tienes razón hijita, lo que dices es cierto, es la verdad. He sido una estúpida que ha vivido pendiente del cumplimiento de las normas; bueno, no de todas, por fortuna. Mira que rechazar las bellas manifestaciones de tu amor, ¡caramba!, no tengo perdón de Dios. Tienes razón cuando dices que nuestros cuerpos son iguales y que solo es un concepto el que seas mi hija. Recuerdo que cuando eras pequeña, sí tenías un cuerpo diferente por inmaduro, y te besaba con mucho… ardor, con mucho deseo de que sintieras ricos mis besos, además eran besos que se extendían por todo tu cuerpo.

    Para mi desgracia, y qué bueno que tú lo has superado, cuando tu cuerpo maduró y podría sentir esas caricias mías como la más clara y patente demostración de mi amor, suspendí, tontamente, esos besos tan sentidos que antes te daba.

    Y no digamos las caricias, ese ir con mis manos por tu cuerpo me proporcionaba inmenso placer, placer que, otra vez tienes razón, no era solamente un placer emocional, para nada, era placer completamente identificado con lo corpóreo, con las mismas sensaciones que las caricias de tu padre despertaban en mí y que, seguramente, las mías despiertan en él. Pero no, no se podía continuar porque, ¡Dios mío, qué tontería, porque eras mi hija!. Una vez más tú expresas la verdad. ¿tu cuerpo era otro cuerpo solo porque había crecido?, ¡claro que no!, era el mismo cuerpo, solo que más bello, más lindo, despertaba más la necesidad y el deseo de acariciarlo, de besarlo intensa, pródigamente.

    Pero había que suspender esas sublimes manifestaciones del amor porque eras mi hija, además, ¡caramba!, además eras… ¡mujer! – yo besaba tenuemente sus mejillas, su cuello, lamía su oreja, arrojaba mi aliento ardiente a su oído. Sentía la agitación en ascenso y sus manos, rodeándome, me apretaban con cariño y placer – Sí hija, sí, te amo más allá de cualquier consideración de estúpida moral. Te amo y deseo febrilmente hacértelo sentir con toda mi alma y con todo… ¡mi cuerpo!, te quiero hija, te quiero… ¡y ahora te deseo!, como deseo las caricias de tu padre, los besos de tu padre, el placer de tu padre.

    Entonces se separó un tanto de mí, tomó mi cara con sus dos manos, me sonrió arrobada y alegre, viéndome a los ojos con sus ojos brillando de amor, de afecto, de deseo. “Te amo”, dijo, para luego besarme con su boca abierta y su lengua penetrando a mi boca.

    El beso se prolongó. Cuando nuestras bocas se separaron, ella dijo: ¡Te quiero mi niña, te quiero!, además… te deseo, deseo tus caricias… como caricias de una humana para otra humana, ¿no es así como tú las quieres? Por respuesta la besé con la pasión y el amor puestos en ese beso. Ya no había reticencia, no había sino manifestaciones de amor en el beso y las lamidas que la lengua de mamá empezó a darme por mi cara y mi cuello. Y sus manos fueron a mis nalgas desnudas, las acariciaron con suavidad, con un hermoso y sentido impulso erótico. La batita ya hacia rato estaba en el piso.

    Mis manos hicieron esa misma caricia en las nalgas de mamá y ella jadeo excitada, caliente, deseosa de dar y recibir caricias. “déjame verte”, dijo mamá separándose para poder admirar mi cuerpo que ella ya sintió desnudo.

    “Eres hermosa, demasiado bella. Y yo que me abstenía de admirarte. Tonta de mi, más que tonta. Deja que te vea, deja tener el placer de ver tu magnífico cuerpo”. Jadeaba totalmente excitada. Yo sonreía y realizaba movimientos para dar realce a mi belleza. “Yo también quiero admirarte, madre”, y le quité la ropa con suavidad, con toda la ternura que pude darle a mis acciones para desnudarla. “Eres mucho más bella que yo, madrecita linda” y fui a besarla con pasión, con mucho amor, en tanto mis manos se solazaban acariciando la piel a la que podían llegar. Y nuestros frentes desnudos se frotaron uno contra el otro.

    Sus chichis eran una maravilla, una escultura viviente, sus pezones prietos y erguidos eran todo un regodeo de la belleza, sus nalgas se antojaban para lamerlas y admirarlas teniendo el inmenso placer de la vista.

    Pero sus pelos del pubis eran en verdad lo más hermoso y sobresaliente de la hermosura de mamá, lindos pelos se arremolinaban sobre lo que debería ser una hermosa vagina, vagina que yo ansiaba conocer, lamer, mamar, sentir con mis dedos y con mi lengua, con mis labios, con toda mi boca y con una de mis chichis, o con las dos. Pero yo deseaba tener los senos preciosos, esculturales de mamá en mis manos, en mi boca.

    Mis manos tomaron uno de los senos y lo acariciaron con ternura, con inmenso placer para ella y para mí. Y las manos de mamá se fueron a mis hermosas chichis y las acariciaron deteniéndose mucho, mucho tiempo acariciando mis pezones erguidos y duros como nunca. Y mamá me jaló de los pezones para poder metérselos a la boca casi simultáneamente.

    Esa caricia la sentí más excitante y placentera que las que papá me hacía y vaya que papá me mamaba los senos de una manera exquisita. Yo no quise quedarme sin el placer de mi boca mamando los pechos de mi madre y, sin permitir que la boca de mamá se fuera de mis chichis, tomé uno de sus pezones con mis labios y sentí la gloria, gloria que no podía sentir con mi padre y que ahora era un intenso placer mamar los bellos pechos y los duros pezones de mamá.

    Así duramos buen rato amándonos mutuamente las chichis, al tiempo que nuestras manos adquirían movilidad y caminaban por nuestros cuerpos. Las mías fueron las primeras en llegar al hermoso bosque de pelos de mamá. Suspiré y gemí de placer cuando mis manos sintieron la maravilla de esos pelos, y más cuando mis dedos se metieron en la raja anegada. Luego mi mano acarició toda la concha de mamá sintiendo un placer exquisito y hasta ese momento conocido, percibido en toda su intensidad. Madre llevó las manos de mis nalgas a mi pucha.

    Suspiré, jadeé, sollocé de placer, cuando la mano de mamá imitaba a las mías aplastando con cariño y suavidad toda mi pucha, y más cuando los dedos, sabios dedos, se metieron en mi hendidura y empezaron a acariciar los labios grandes, los pequeños, para estacionarse con inmensa sabiduría en mi clítoris. En cuanto sentí el dedo en mi cabecita oculta, tuve mi primer maravilloso y potente orgasmo.

    Grité como siempre gritaba mis orgasmos. Y mamá sollozó de placer y tuvo su propio orgasmo casi sin la participación de mis dedos. Jadeábamos y nuestras bocas y manos se tornaban más agresivas, más deseosas de dar caricias, de llegar a todos los rincones de nuestros cuerpo. Y eso hice, tratando de acallar mis jadeos por la continuación del orgasmo maravilloso que recorría todo mi cuerpo y daba inmenso placer a mi alma. Y volví a besar la boca de mamá. Beso que fue respondido con todo el amor y la lujuria de que era portadora mi madre.

    Luego mis manos se fueron a las nalgas monumentales de mamá, las tomaron desde abajo para subirla, para cargarla y hacerla llegar a la cubierta de la mesa. Allí la deposité con todo cariño, dejándola de espaldas sobre la mesa. Ella entendió, y abrió sus muslos al máximo al tiempo que retraía sus talones para que su pucha quedara fantásticamente expuesta, abierta, escurriendo jugos que yo ansiaba beber.

    Sin dilación, mi boca corrió a hundirse en la laguna que era ya la pucha de mamá. Sorbí los jugos y lamí los pelos negros, hermosos, excitantes de la pucha materna. Luego mis labios aprisionaron los labios verticales de la vulva expuesta y luego los chupé casi con desesperación. Y madre tuvo otro potente orgasmo que hizo salir demasiado líquidos de su vagina, líquidos que yo continué bebiendo sin saciarme. Y cuando la punta de mi lengua encontró el clítoris enhiesto y lo lamió, mi madre casi convulsiona de placer y sus maravillosos orgasmos.

    Pero yo quería sentir ya, la lengua de mamá metida en mi pucha. Y recordé los fantásticos sesenta y nueves que mi padre y yo hacíamos cuando nos mamábamos mutuamente. Y eso hice. Me trepé a la mesa, recliné a mamá sobre su espalda, abrí los muslos por sobre su cabeza y bajé las nalgas para que la boca de mamá llegara con facilidad a mi pucha deseosa de las caricias de la que yo estaba segura era una sabia lengua para dar placer.

    Mis dedos quisieron sentir la laguna de la rendija de mamá, y se metieron, pero se fueron hasta donde pudieron llegar dentro de la vagina. Y uno de mis dedos chocó con el culo de mamá y mi deseo fue penetrarla como penetraba en el culo de papá. Y eso hice, deseando que mamá fuera recíproca y me hiciera las mismas penetraciones que yo le hacía. Cuando sentí que dos de sus dedos se metían a mi vagina, estallé en un nuevo y poderoso orgasmo que me hizo llorar de tanto placer, placer que se prolongó e hizo más potente, cuando uno de los dedos de mamá, mojado en mi pucha, se metió sin consideración ni pérdida de tiempo a mi culo que tanto deseaba una penetración así.

    Cuando los dedos de las dos metidos en las puchas y los culos de las dos, se empezaron a mover casi sincrónicamente, los estallidos manifestados en fuertes y estentóreos gritos de placer fantástico llenaron el ambiente y retumbaron por todos los corredores de la selva y acompañaron en su ir y venir a las olas del mar. Nuestro placer, nuestros orgasmos no cesaban. Nuestra bocas y nuestras lenguas continuaban extasiadas mamando a la otra y los dedos entraban y salían casi con desesperación de los agujeros que invadían.

    No se cuanto tiempo y cuantas explosione después, mi madre gritó desesperada pidiéndome que dejara de mamarla, que le permitiera un respiro, que iba a morir si mi lengua continuaba dándole tanto placer. Yo estaba al borde de pedir lo mismo. Grité un sí madre como no, y me levanté solo para ir a abrazarla, para besarla, para lamer mis jugos y su saliva y para que ella hiciera los mismo, lamidas que dieron como resultado un nuevo, potente y simultaneo orgasmo que no cesó hasta mucho tiempo después de que nuestras bocas, soldadas en un beso interminable, solo emitían jadeos disminuidos de intensidad. Dormitamos tierna y suavemente abrazadas.

    Al despertar, lamí los restos de mis jugos de la boca de mamá. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba apaciblemente, con una gran sonrisa en sus labios. “¿Gozaste, mamá?, sé que es una pregunta idiota, pero quisiera que me lo dijeras”.

    “¡Ay, hija de mi alma y de mis entrañas! ¡Nunca había tenido tanto placer como el que me has dado esta mañana!, tus besos en mi boca, en mis chichis, en mis pelos, en mis nalgas, sobre todo en mi pucha, ¡han sido una maravilla placentera!. He tenido todo el placer al que se puede aspirar, yo creo que el máximo placer que es posible sentir. Ha sido un placer inigualable, incomparable.

    Ni siquiera el placer que las caricias de tu padre me dan, han sido, nunca, tan bellas, potentes, portentosas, como las que he sentido con esas amorosas manifestaciones de tu amor. Además, sentir tus chichis tan duras, bellas, erguidas, y esos pezoncitos tan hermosos en mi boca, no se puede comparar con nada, con ningún placer que se pudiera inventar.

    Pero más, adentrarme con mi lengua entre tus pelos, sentir tus labios de abajo con mis labios de arriba, y luego sentir las ninfas celestiales, y después ese clítoris tan duro y grande que tienes, me llevaron a experimentar, repito, un placer divino, incomparable. Y más sintiendo que simultáneamente me mamabas igual que yo te mamaba. ¡Ay, hija!, el placer amoroso que me has dado, es superior al placer que siempre he tenido con los besos y las caricias de tu padre. Incluso puedo decir que ni siquiera las metidas de verga que tu padre me da, me proporcionan tanto placer como tu lengua, tus labios o tus dedos me lo proporcionan.

    Y mira que tu padre tiene una verga en verdad buena para coger, grande y dura, gruesa y que me llena la vagina hasta que no puedo tener más de ella adentro. A propósito, ¿ya has sentido una verga en tu vagina? – yo reí alegre, dichosa, sintiendo un enorme placer por el elogio que de la verga de mi padre, hacía mi madre.

    “Claro que sí madre, la he sentido muy metida, bueno, solo los huevos se han quedado afuera. Y tienes razón madre, papá tiene una verga maravillosa. Ella irguió la cabeza más que sorprendida, casi escandalizada, para luego estallar en carcajadas. – No lo puedo creer, no puedo concebir que… ya conozcas la verga de papá. ¿Es verdad?, ¿o es solo otra de tus argucias para calentarme de nuevo? – Es la pura verdad, madre. La verga de papá es la primera verga que perfora mi pucha y… me enorgullezco de eso.

    Papá fue el que me quitó la horrorosa virginidad, otro más de los signos de opresión que casi nos están matando. ¿Te enoja… me haya cogido a papá?, dije un tanto preocupada. – Pero hija de mi alma, puchita de tu madre, ¿cómo puedes pensar que, después de amarnos como se deben de amar todos los humanos, pudiera enojarme que ames a tu padre como me amas a mí?, estoy segura que lo amas con el alma y, por lo que puedo sentir, con todo tu cuerpo, tus chichis y tu pucha, con todas tus nalgas como se decía en mis tiempos.

    Estoy segura, y quiero ver que lo besas con esos besos tan hermosos y amorosos que tu boca sabe dar. Y también, seguramente, le mamas la verga cómo a él le gusta y cómo a mí me da más placer mamarla. ¿No te la ha metido por el culo? – preguntó un tanto curiosa y ya excitada. No mamá, no me la ha metido. Y es que apenas sin tenemos unos cuantos días amándonos como se debe amar. Ni siquiera habíamos pensado en eso… pero ahora, ¡caramba, madre!, que hermosa fantasía has planteado. ¿A ti, ya te la metió por el culo? – ¡Ay, hijita, no, no me la ha metido!

    En varias ocasiones lo hemos intentado, pero la verga de tu padre es demasiado gruesa y larga y… me duele, me ha dolido mucho cuando lo hemos intentado. Claro que me pone bien caliente pensar que ese portento de verga me desflore el culo, ¡carajo!, el dolor es insoportable. Y él, tu maravilloso y amoroso padre, se ha negado a lastimarme.

    Dice que el amor y la cogida es para dar placer, gusto, gozo, y no dolor. Y tiene razón. Consté que en ocasiones me nalguea de una exquisita manera que a mi me desquicia y me hace estallar en grandiosos orgasmos cuando me estoy viniendo y el me da nalgadas sonoras, fuertes, que me causan poco dolor y sí mucho placer. ¿A ti no te ha dado nalgadas?, bueno, pues la siguiente vez que te lo cojas, pídele nalgadas, verás que yo tengo razón y tendrás grandes y potentes orgasmos.

    Pues yo sigo pensando en que quiero que me la meta por el culo. ¿No sentiste mis dedos dentro de tu culo?, porque yo sí sentí los tuyos yendo y viniendo dentro de mi culito. Sentí hermoso, mucho placer, placer que aumentaba el placer de sentí tu mamada en mi pucha y tus otros dedos dentro de mi vagina. Y claro que le pediré unas sonoras y fuertes nalgadas cuando me esté cogiendo desde atrás y yo en cuatro patas recibiendo su inmensa verga en mi pucha.

    Y, pensando, creo que podríamos… dijéramos entrenar a nuestros culos para que reciban esa verga del amor de papá muy dentro de nuestro culo; creo que… (me reí alegremente imaginado lo que pensaba podría ser ese entrenamientos de los culos de mamá y el mío) si cuando te estoy mamando ricamente tu pucha meto mis dedos y los hago que hagan un círculo dentro de tu culo, este poco a poco se irá dilatando y bien podría irse ampliando hasta que pueda admitir esa verga que tanto queremos y que tanto nos hace gozar. ¿No crees que es factible que tu culo se dilate hasta soportar todo ese grueso leño de papá? -.¡ay hija de mi alma!, que cosas dices.

    Mira, ya estoy caliente… ¡mama mi pucha, hija, quiero que me mames! – y jaló sin consideración mi cabeza para meterla entre sus muslos. Yo también estaba caliente, aunque no tanto como mamá. En cuanto sentí el olor super excitante de la pucha de pelos negros de mamá, me puse tan caliente como ella. Y así volvimos al fabuloso 69 que nos permite mamarnos mutuamente con todo el placer que eso agrega a las propias mamadas.

    Y entonces empecé a meter un dedo que primero lamí, luego lo metí a la pucha de mamá, y después lo metí al culo cerrado y duro de mi madre. Y sentí que ella hacía lo mismo, además de mamarme con esa exquisita sabiduría de mamadora, metía su dedo en mi culito y dos más en mi pucha.

    Conforme mi dedo circulaba el culo de mamá, se iba aflojando el esfínter y mi dedo tenía menor resistencia y mayor placer, placer que se me transmitía hasta mi coño, hasta mi clítoris que la lengua de mamá lamía como gran experta en la mamada. Cuando estallamos en tremendos orgasmos, estos se continuaron con el movimiento de los dedos de ella y el mío, dentro de nuestros respectivos culos, culos que ya pudieron admitir dos dedos y que, cuando nuestros orgasmos interminables llegaban a inundar totalmente nuestro ser, fueron tres los dedos que enterramos en cada uno de los culos, culos que gozaban ya sin la necesidad de sentir las caricias de las lenguas.

    Entonces comprendí todo el potencial del culo para hacernos gozar teniendo una verga dentro de él. Fue mamá la que de nuevo no pudo más y pidió, a gritos destemplados, que sacara mis dedos, y no porque me duela o me estés haciendo daño, sino porque ya no puedo seguir gozando más, dijo entre sollozos de placer y gritos de gozo. Entonces chupé los dedos que se habían metido en mi culo, caricia que hizo estallar nuevamente a mamá porque, dijo, sentí esa caricia como una manifestación casi extrema del amor que me tienes.

    Y ella a su vez lamió mis dedos que habían dilatado su culo y que le habían dado inmenso placer, y yo tuve las misma sensación de amor cuando sentía la lengua de mamá lamiendo los restos salidos de su culo. Dejé los muslos de mamá, para ir a anidarme entre las bellas chichis, chupando lenta y tiernamente uno de los preciosos y querendones pezones.

    Cuando nuestras respiraciones recobraron la calma y el ritmo pausado, mamá pegó un brinco que casi la hace caer de la mesa. “Tu padre está por llegar”, dijo llena de angustia. Yo la besé con ternura, me reí, toqué con cariño sus pezones que tanto admiraba, que tanto me gustaban y que tanto placer me daba ver, oler, chupar y mamar. “Tranquila madre, no hay porqué angustiarse. Total, si llega mientras seguimos descansando nuestro tremendo y amoroso placer, pues simplemente que se sume y también se suba a la mesa.

    No sé si cabemos los tres, si no, pues que él vea la forma de acomodarse, porque yo, madre, no quiero que este sublime momento en que hemos conocido todo el amor y todo el placer que nos podemos dar, se termine, cese, nada de eso; quiero, deseo ardientemente que el momento se prolongue lo más posible. Lástima que el tiempo no pueda ser detenido, porque si eso fuera posible, hace muchos minutos que ya lo hubiera detenido”. “Tienes, de nueva cuenta, toda la razón. Ven, bésame hasta que me hagas gozar con tu lengua en mi boca, conste, solo tu boca y tu lengua en mi boca con mi lengua como anfitriona. Y nos besamos.

    Dormitábamos gozando nuestras lenguas en continuo movimiento dentro de la otra boca, cuando llegó papá.

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  • Sexo misterioso

    Sexo misterioso

    Cuando joven tuve la necesidad de vivir en una ciudad de, Michoacán, que entonces era una provincia carente de muchos servicios, pero que la sencillez de su forma de vida, era compensada con la tranquilidad de las ciudades pequeñas.

    Viví cerca de un parque conocido como el bosque, área arbolada donde la gente iba de paseo, pero que después de las 6 de la tarde se volvía un lugar oscuro y atemorizante.

    Padecía de insomnio y resolví correr entre los andadores del bosque, eran cerca de las 12 de la noche y cuando regresaba a casa, vi una persona parada en una puerta, camine confiado, y al acercarme una voz femenina me dio las buenas noches, yo conteste extrañado de ver una mujer a esas horas por fuera de su casa, así que conteste y ella de inmediato me pregunto que a donde iba, animado, me puse a charlar con la dama, morena, delgada, poco mas alta que yo y con grandes ojos negros, pelo lacio del mismo color, pómulos altos y labios delgados, el superior mas delgado que el inferior.

    Me dijo “pasa estoy sola y está haciendo frío”, claro que pase, y seguimos con la plática, me dijo que su vida era un sufrir constante, sus hermanos habían abusado de ella y termino casada con un hombre mucho mayor que la tenía encerrada, solo salía en las noches cuando él no estaba.

    Cogió mi mano y yo apreté la suya, me acerco a besarle los labios y no tuve resistencia, nos dejamos llevar por el sexo, desenfrenado, su rapo salió por encima de su cabeza, y quedaron al aire unos senos pequeñitos, pero con gran aureola y pezón, que de inmediato bese y mordique con placer, su vello púbico crecía en forma salvaje, sin orden, pero suave como pelo de bebe, no espere mas y me despoje de mi ropa, un olor extraño diferente brotaba de su cuerpo, no era feo, pero si muy intenso, quise mamarle la pucha, pero no lo permitió, me condujo a una cama después de pasar una puerta y sin prender la luz, seguimos con caricias seguidas de quejidos.

    Fuerte pujido deja escapar cuando la penetre en su vagina, pues lo hice sin tacto, de un solo golpe como solo los reprimidos por muchos días podemos hacerlo, su calidez me envolvió y la humedad me dejo saber que estaba gozando también, finalmente le eché los mecos y me apuro a que me fuera pues ya era tarde, calculo que eran la 5 de la mañana, te espero mañana, solo empuja la puerta, fue su invitación.

    En mi trabajo no me podía concentrar, solo esperaba que llegara la noche, para salir en busca del placer prohibido, nunca había cogido con una casada y menos en su casa.

    La puerta se abrió cuando la empuje, una tenue luz al fondo de la casa me marco el camino, era de una vela que estaba en una repisa, entonces repare que era una casa muy vieja con techo de vigas y paredes de adobe, en una cama al centro de la habitación, boca abajo y desnuda esperaba, se dio la vuelta y sin decir más separo sus piernas mostrándome la vagina candente que tenía para mí, yo antes de entrar a la casa, ya llevaba lista la erección, otra noche de sexo y lujuria, abrazos de pasión y palabras amorosas, suspiros y gritos ahogadas.

    Nunca pasaba por la casa de día, pues tratábamos de tener en secreto esas noches de lujuria así que no sabía más de ella, ni tampoco me preguntaba más, solamente me pedía que fuera a la noche siguiente.

    Una ocasión pasamos por la calle de la casa que albergaba mi secreto, en el carro de un compañero de trabajo y trate de averiguar cuál sería la casa, todas eran iguales, una puerta, una o dos ventanas, con algunas maceras y cortinas que impedían mirar al interior, algunas cerradas otras abiertas. Me propuse ir al día siguiente, después de dejar una seña, con un trozo de yeso que encontré en una construcción cercana.

    Su panocha húmeda dio alojo a mi lengua, que recorrió desde lo largo hasta lo ancho de aquel órgano femenino, el clítoris como grano de placer, estaba duro y mojado, más mojado aun por mi salivación, fue un orgasmo especial, se retorcía, gritaba con la garganta, apretaba los dientes y me jalaba del pelo y las orejas al grado del dolor, finalmente me soltó y dejo que me complaciera, ella solamente dejo caer el cuerpo y se relajó mientras yo disfrute de sus entrañas.

    No fue difícil encontrar la casa, la seña era clara, pero no podía ser, no tenía techo, la puerta y las ventanas se caían de lo podrido de la madera, la hierba podía verse entre las rendijas, esa no era la casa de la noche anterior, extrañado, mire alrededor y me enfile hacia una tienda cercana, después de todo en las tiendas de barrio todos se conocen, pregunte por la casa y la doña me miro con asombro.

    Esa casa, me dijo era de un señor Chávez, que se casó allá por los años cuarenta con una mujer muy menor, casi una niña, y que cegado por el coraje de verla teniendo sexo con uno de los hermanos de ella, perdió la razón y la mató, alcanzo a huir el hermano de la joven y no lo volvieron a ver, pero al señor Chávez lo detuvo la policía y actualmente está en la cárcel, salió en los periódicos, me mostró una con las fotos de la pareja era ella no había duda, creo que lo tenía para eso para mostrarlo a quien quisiera verlo.

    Me alejé no podía ser cierto, yo estuve con ella, sentí su cuerpo joven y vivo, la penetré y me acarició, dejé mi esperma dentro de su cuerpo, era para volverse loco de miedo.

    No volví, dejé de salir de noche y me enfermé durante un tiempo, fuerte comezón afectaba mis órganos sexuales, sin que varios médicos del D.F. Me curaran, esto duro unos 6 meses, las molestias desaparecieron después sin explicación.

    No sé qué pasó, no tengo pensamientos para explicarlo, pero narro esto porque regresé a esa ciudad, que ahora es un distrito federal en pequeño, con más movimiento comercial y social y, en el hotel, el olor de ella se sintió otra vez y sentí su presencia junto a mí diciéndome: “te estoy esperando solo empuja la puerta”.

    Al otro día el encargado de la administración me dijo que el encargado nocturno le reportó que una dama salió de noche de mi cuarto, le preguntó que si necesitaba algo, sin que le respondieran y se fue a la calle.

    Esta relato está basado en una historia real que fue contada al que escribe hace algunos años.

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  • Mi gran amor: Mi hermana

    Mi gran amor: Mi hermana

    Sin duda alguna, lo prohibido es lo que más nos gusta a todos, o bueno, por lo menos a muchos de nosotros.

    El querer algo que nos es imposible o por lo menos, muy difícil de obtener, le da ese grado de excitación extra a una situación que por si sola, ya es tremendamente excitante.

    A mis 20 años de edad, había cultivado los últimos años de mi vida, una pasión verdaderamente enfermiza por mi hermana mayor. Ella era bella de verdad. A sus 22 años, estaba convertida en un verdadero cromo de mujer.

    Alta, con una personalidad avasalladora, facciones muy finas, senos medianos, una cintura breve, caderas totalmente proporcionadas a su espigado cuerpo y sin duda, las mejores piernas que he visto en mi vida, largas, torneadas con tobillos y pies perfectamente moldeados y desde luego, en conjunto, la mujer mas sexy que podía existir. Si sus medidas no eran perfectas, créanme que estaban muy, pero muy cercanas a serlo.

    Ella era una obsesión para mí. Mi vida sexual era muy difícil, ya que ninguna mujer, por bella que fuera, me daba la satisfacción al hacerle el amor, que me brindaba el solo masturbarme hasta el cansancio pensando o viendo a escondidas a mi hermana.

    No pueden imaginarse el suplicio que significaba para mí, verla con ropas minúsculas al estar en casa. Blusas cortas sin brassier, que dejaban ver sus extraordinarios senos coronados con pezones obscuros y duros, y con pequeños pantaloncillos que dejaban admirar sus preciosas extremidades inferiores o algunas veces, permitiendo observar que portaba un pequeño calzoncito que se perdía entre sus monumentales nalgas.

    Obviamente, yo le conocía el cuerpo a las mil maravillas. La había espiado infinidad de veces al bañarse, al cambiarse de ropa, al estar plácidamente dormida, pero nunca, me atreví ni siquiera a rozarla o tocarla por el respeto que le guardaba por ser mi hermana, conformándome con colocar una pequeña cámara de vigilancia en la entrada del aire acondicionado de su recámara para observarla mientras dormía.

    Ella, a pesar de que por su belleza, era tremendamente asediada por hombres de todas las edades, no tenía una pareja estable, ya que dedicaba su tiempo totalmente al estudio, lo que me permitía gozarla visualmente por largos períodos de tiempo.

    Una noche, al llegar a casa, después de haber estado con mi novia en turno, me dirigí a mi habitación ya que por la hora, todos en casa estaban ya durmiendo. O al menos eso creí yo. Al pasar por la puerta de la recámara de mi hermana, me pareció oír ruidos extraños en el interior. Me había parecido oír un ahogado gemido.

    Rápidamente, pero sin ruido, entré a mi habitación, que por estar continua a la de ella y en un acto de verdadero deseo enfermizo, desde hacía dos años, había grabado a través de la camarita de video sus salidas del baño totalmente desnudas o el excitante ritual de vestirse, lo que me permitía masturbarme casi diario con su imagen.

    Al encender el aparato reproductor, lo que mis ojos vieron por poco hace que yo me viniera de inmediato. Mi preciosa hermana, se encontraba totalmente desnuda, tumbada bocarriba en su cama, con sus preciosas piernas abiertas y apoyadas en las puntas de sus preciosos pies. Un artefacto de tamaño mediano entraba y salía de su vagina con ritmo acompasado, mientras su otra mano pellizcaba una y otra vez sus erectos pezones.

    Su pecho abundantemente sudado, sus reprimidos gemidos, la velocidad con que metía y sacaba el juguete de sus entrañas , el ritmo acompasado de sus caderas, así como la posición de piernas y pies, me hizo llegar a la conclusión de que su rutina masturbatoria tenía ya un buen rato de duración y que estaba gozando hasta el cansancio..

    Mi erección era tremenda. Sin pensarlo, saqué mi parado miembro de entre mis ropas empezando a masturbarme placenteramente, sin darme cuenta por mi estado de excitación, que estaba yo grabando esa deliciosa imagen que hizo me viniera salvajemente.

    Todavía tardó un buen rato en terminar de disfrutarse, viniéndose una y otra vez. Al quedarse dormida totalmente agotada y relajada, fue cuando me di cuenta, que en un videocasete tenía yo una verdadera joya de la pornografía.

    No dormí el resto de la noche. Me masturbé de nuevo gozando la película que involuntariamente había grabado, y pensando lo delicioso que hubiera sido entrar a esa habitación en ese momento.

    A la mañana siguiente, yo desayunaba tranquilo cuando apareció ella en la cocina, vistiendo una ligera pijama de dos piezas, que aunque de mangas y pantalón largo, por lo delgado de la tela, dejaba adivinar que no tenía absolutamente nada debajo de la ropa.

    Viéndola moverse mientras preparaba sus alimentos, recordé lo que esa finura había hecho unas horas atrás y mi excitación empezó a tomar forma de nuevo.

    Después de tantos años de deseo reprimido, tenía yo alguna forma real de poder dominarla.

    Ella, con su comportamiento habitual, se sentó a desayunar frente a mí, platicando de trivialidades cotidianas. Estábamos solos. Todos ya habían salido de casa, lo que de pronto sin pensar lo solté:

    –Es delicioso masturbarse, ¿verdad?

    El alimento se atoró en su garganta y abriendo los ojos con verdadera sorpresa preguntó:

    –¿Que dices? No entiendo a qué te refieres.

    –Mira -le dije- claro que sabes. ¿Es necesario que te relate a fondo lo que hacías ayer por la noche?

    –¡Yo no hice nada! -me gritó verdaderamente molesta al tiempo que se levantaba y se encaminaba de nuevo a su habitación.

    Yo también me fui a la mía, convencido de que mi plan había fracasado, cuando oí que tocaban a mi puerta.

    –¿Por qué me dices eso? -me preguntó al abrir la puerta.

    –Pasa -fue todo lo que contesté, sintiéndome de nuevo dueño de la situación, e invitándola a sentarse.

    Sin contestar sus preguntas, coloqué la cinta que había grabado la noche anterior, sin dejar de mirarla a los ojos.

    Su reacción fue una mezcla de sorpresa y pena. Me recriminaba una y otra vez por haber violado su privacidad, pero no apartaba la vista de la cinta.

    –Mira -le dije sintiéndome triunfante y con una erección descomunal.-Desde hace años yo también me he masturbado pensando en ti una y otra vez. Creo que no tienes de que preocuparte si te portas bien conmigo. Pero si no, esa película navegará libremente por Internet. ¿Qué te parece?

    –Estás loco -comentó verdaderamente enfurecida.- Eres mi hermano -completó, al tiempo que levantándose se dispuso a salir.

    –No te obligaré a nada -le dije- pero te recomiendo que estés pendiente de las páginas de e-mail, ya que empezaré por enviarla a mis amigos, que también se masturban pensando en ti.

    Esto último la detuvo en seco. Mi excitación fue suprema cuando con ojos llorosos me preguntó que tenía que hacer.

    No le contesté. Me acerqué a ella, y apoyando su espalda contra el marco de la puerta, puse mis labios sobre su boca, mientras frotaba mi abultado miembro a su pelvis.

    Si bien es cierto que ella me dejó hacer, su apretada boca y su ceño fruncido eran señal inequívoca de que no le agradaba para nada la situación.

    Mi lengua consiguió que separara un poco los labios, lo que me permitió introducirla en su boca, y enroscar su lengua con la mía.

    Ya una de mis manos, se había posado en su entrepierna por encima del largo pantalón de pijama, comprobando lo que pensaba antes. No tenía nada debajo.

    A pesar de que su mano agarraba fuertemente mi muñeca, tratando de retirar la mano invasora, el apasionado beso empezó a dar sus frutos, cediendo poco a poco a mis manejos.

    Sin dejar de acariciarla, la fui llevando hacia mi cama tendiéndola completamente bocarriba y desnudándome rápidamente, me tendí junto a ella.

    Tomando una de sus delicadas manos, la obligué a que agarrara mi enorme pené, que ya para entonces goteaba secreción blanquecina copiosamente.

    –Que enorme la tienes -me dijo con voz de asombro y excitación.

    –Así me pones únicamente tu -le contesté.

    Esta declaración yo creo que le agradó sobremanera porque todo el pudor que demostraba hasta ese momento desapareció de repente.

    Quitándose la camisa de pijama, se incorporó para poder llegar con su boca a mi miembro chupándolo golosamente. Creo que alcancé la gloria en ese momento. Era una maravilla ver a esa preciosidad de mujer, tan deseada, mamando golosamente una verga, pero que además era la mía.

    No pude más y un chorro abundante salió hacia su boca, haciendo que la leche escurriera por la comisura de sus labios, por no poder tragársela toda.

    Saqué mi chorreante pene de su boca, y tendiéndola de nuevo en la cama, le quité los pantalones dejando al descubierto una rajada perfectamente cuidada y con vello púdico cuidado pero abundante.

    Separé sus preciosas piernas, y perdí mi lengua en el interior de su vagina, encontrándola verdaderamente mojada por sus jugos.

    Encontrar el erecto clítoris fue cosa sencilla, por lo que dediqué mis esfuerzos a lamerlo, chuparlo, mordisquearlo, lo que hizo que ella se excitara al máximo, gimiendo como loca, moviendo sus caderas al ritmo de mi lengua hasta alcanzar un orgasmo impresionante.

    Ya para entonces, mi pene había alcanzado de nuevo su estado eréctil por lo que aprovechando que ella estaba todavía teniendo los últimos espasmos de su fuerte orgasmo, mi miembro inflamado al máximo, se perdió con gran facilidad en sus entrañas.

    Ella me recibió enroscando sus preciosas piernas a mi cintura, acompasándonos en un movimiento verdaderamente exquisito. Parecía que habíamos cogido muchas veces antes.

    Entrar y salir de su vientre, lamer hasta el cansancio los erectos y duros pezones, morder sus labios y su cuello, así como sobar con ambas manos piernas y nalgas, hicieron que se viniera una y otra vez, mientras la cambie de posición varias veces.

    Créanme que esos años de espera valieron totalmente la pena. Puse sus piernas en mis hombros, la puse de a perrito, con las piernas hacia un costado, dobladas hacia ella, en fin, me la cogí una y otra vez, hasta derramarme abundantemente dentro de ella que no tenía fuerza ni para moverse. Sólo gemía y gemía, viniéndose a cada cambio de pose.

    Nos dormimos abrazados profundamente, hasta que desperté sobresaltado pensando que alguien podía vernos si llegaba, pero ya ella no estaba, y mi cuarto estaba cerrado.

    Al buscarla descubrí que solo quedaba de ella su olor en mi cama y en mi miembro, ya que astutamente había sacado no sólo la pijama, que era lo único que llevaba puesto, sino la cinta comprometedora que había sido vehículo para saciar mis instintos.

    Lo que se enteraría después, es que a propósito, había yo grabado el encuentro, lo que me permitió gozarla una y otra vez posteriormente a pesar de su inicial molestia y posteriormente sus súplicas..

    Lo platicado, ocurrió hace 18 años. Hoy yo tengo 38 y ella 40. Ella se casó, tiene 3 hijos y yo sigo soltero totalmente enamorado de mi propia hermana, la cual sigue siendo mi amante y la sigo haciendo mía cada vez que quiero.

    Cabe mencionar, que después de tantos años de esta incestuosa relación, si bien es cierto que mi hermana sigue estando en desacuerdo, ya no tengo que obligarla.

    En otra ocasión tal vez les cuente, su noche de bodas que minutos antes de partir hacia su luna de miel y en plena fiesta, me la cogí rabiosamente. Por cierto, esta fue la primera vez que la penetré analmente.

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  • Mi hermana y yo somos descubiertos

    Mi hermana y yo somos descubiertos

    Provengo de una familia donde somos mi madre, mis cinco hermanas y yo. Mi hermana Carla está casada con un militar de alto rango y vive en la capital, tiene un hijo de 5 años y sigue estando cada día más bonita que nunca. Su esposo no sospecha nada de lo que pasó entre nosotros, muy por el contrario, me la llevo súper bien con él, y a cada rato me invita a compartir con ellos en su casa, y cuando existe la oportunidad de que nos deje solos, enseguida Carla y yo aprovechamos el tiempo para estar juntos haciendo el amor como locos desenfrenados, sin privarnos absolutamente de nada. Pero esta vez fue todo muy diferente a la de siempre.

    Mi hermana Carla llegó a mi ciudad luego de que su esposo se fuera en una misión por más 15 días y no quería dejarla sola por nada. Le sugirió que viajara con su pequeño hijo a donde vivimos mi madre y yo.

    La alegría fue inmensa cuando oí su voz por mi celular diciéndome, “hermanito voy para allá, llegó esta misma tarde y pienso devorarte todito”. Tenía como tres meses que no la veía y eso me alegró todo el día. Así fue, ella llegó en avión y fui a recogerla por el aeropuerto.

    Cuando llegó nos dimos un beso y fuimos hasta la casa. Mi mamá nos esperaba con alegría y nos dijo, “mi linda hija ha vuelto a su hogar y estos días serán inolvidables”. Les relato que vivo con mi madre con quien mantengo relaciones abiertamente, pero sin que nadie sospeche nada en la vecindad; además de una prima que tampoco sabe nada aún. Yo le había dicho a mi madre que a Carla le iba hacer el sexo de todas las maneras y posiciones posibles, que esta vez iba a ser diferente, y vaya que fue diferente.

    Mi hermana quien tiene unas tetas enormes y culo de modelo de TV, apenas llegamos a la casa le dije que se fuera a mi cuarto que había dos camas y porque los otros estaban ocupados, cosa que hizo y mi sobrino se fue a dormir con mi madre porque él así lo decidió, cosa que hizo que todo fuera más fácil.

    Por la noche decidimos ir a la discoteca para bailar un buen rato, todo bajo la anuencia de su marido que la había llamado en varias oportunidades.

    Esa noche bebimos hicimos varias mezclas de alcohol, porque tomamos primero cervezas, whisky, y culminamos con ginebra lo que hizo que ambos nos pusiéramos a mil. En la disco me encontré con varios amigos que conocían a mi hermana, pero que por supuesto no sabían nada porque hemos mantenido todo en absoluto secreto.

    A las dos de la mañana estábamos un poco ebrios y mi hermana mareada. Decidimos irnos a otro lugar y fuimos a parar a la playa que está en mi ciudad en la parte oriental del país. Hay un lugar donde las parejas se reúnen abiertamente para hacer miles de locuras. Allí por las noches sólo se ve sexo en la arena, dentro del agua de la playa, o en los carros y carpas, bajo la hermosa brisa marina.

    Mi hermana y yo nos bajamos a contemplar el mar y bajo una inmensa luna llena empezamos a besarnos profundamente.

    Carla estaba súper excitada a tal punto que se inclinó y me sacó el miembro apresuradamente porque quería darme una buena mamada como sólo ella lo sabe hacer, mejor que mi madre y mis otras hermanas.

    Mi pija ardiente salió del pantalón y comenzó por acariciarlo y masajearlo con sus manos. Tenía un buen rato y decidí acostarla sobre la parte de atrás del carro para cogerla. Apenas le toque su vulva está lo único que sentía era un humedad increíble, no aguanté más y la penetré como una fiera que hizo que gritara duro.

    Me movía con fuerza dentro de ella y los dos estábamos tan excitados, que no nos dimos cuenta que dos amigos que estaban en la Disco donde habíamos estado anteriormente, se habían acercado porque conocían mi carro y pensaron que mi hermana y yo platicábamos. La sorpresa fue tan grande que al darnos cuenta dejamos lo que estábamos haciendo para tratar de vestirnos, pero ya era tarde, ellos habían visto todo. Ya no se podía esconder más ese gran secreto.

    Nos bajamos del carro todo apenados y decidimos hablar con ellos. Mis amigos estaban impresionados por el espectáculo y yo le pedía que por favor no dijeran nada.

    Uno de ellos, Luis Alfonso, dijo lo que ustedes hacen es arrecho, no pensé nunca en eso, pero sin duda alguna es excitante. El otro, el más vago de los dos, José Antonio, quien me había contado algunas experiencias sexuales con dos de sus primas, se atrevió a decir “esto no se puede dejar pasar, esto vale real”. Yo como soy un hombre que cargo algo de efectivo, me ofrecí a darles dinero por sus silencios; pero José Antonio refutó diciendo, no es dinero lo que realmente quiero, sino a tu hermana, sino yo hablo. Estábamos en sus manos bajo su vil chantaje.

    Mi hermana lloraba y la vez decía que íbamos hacer al respecto. Yo le propuse que cualquier decisión que ella tuviera yo la iba apoyar. Ella entonces pensó un rato y dijo con una voz temblorosa, déjame hacerlo con ellos también, no hay más remedio.

    Yo le dije que no, pero ella dijo que no había marcha atrás.

    A José Antonio y Luis Alfonso, les di la noticia y alegres se desvistieron a millón porque querían comerse al manjar que era mi hermana.

    Vi cuando José Antonio agarró a mi hermana por su cabeza y la inclinó a su miembro para que se lo chupara, mi hermana sin chistar se lo metió en su boca y empezó a mamárselo, tal como les escribí antes, como sólo ella sabe hacerlo. José Antonio jadeaba de placer, mientras que Luis Alfonso se ocupaba de meterle sus dedos por su cuca.

    Mi hermana yacía allí bajo esos caníbales desesperados de sexo. Al rato vi cuando Luis Alfonso puso a mi hermana en cuatro patas, y sin mediar una palabra le hundió todo su respetable miembro en la cuca a mi hermana, quien dio un pequeño gemido de placer tal vez. Simultáneamente José Antonio la tenía ensartada por la boca gritando desaforadamente. Yo viendo todo tenía mi miembro erecto a punto de estallar. Luis Alfonso le daba duro y rápido, mi hermana ahora gemía con más fuerzas que antes.

    A los pocos minutos oí Luis Alfonso diciéndole a Carla, prepárate que estoy acabando… Ah, que rico, ahhh… esas eran sus palabras cuando acabó dentro de la cuca de mi hermana. Se lo sacó y allí cambió con José Antonio, quien sin perder un segundo se lo metió por su cuca. Este si es verdad que hizo gritar a mi hermana por sus movimientos. Yo no aguanté más y le pedí a Luis Alfonso que me diera un chance, cosa que hizo y se lo metí a mi hermana en la boca.

    José Antonio y al mismo tiempo le metía los dedos en el culo a Carla, se sacó el miembro de la cuca y de manera lenta se lo fue enterrando en el culo. Mi hermana estaba loca de placer. Yo me puse un condón y desde debajo de ella se lo metí por su cuca. Primera vez que mi hermana tenía tres miembros a su disposición. José Antonio por el culo, Luis Alfonso por la boca y yo por su cuca. Era algo increíble, pero cierto.

    Carla gritaba pidiendo más, ya no era la sumisa miedosa del principio. Intercambié con José Antonio y se lo metí por el culo también, y al rato terminó por metérselo Luis Alfonso por su agujero negro.

    Descansamos un buen rato y antes del amanecer repetimos la misma escena, pero esta vez fui yo quien inició todo.

    Era fantástico ver a mi hermana ensartada por sus tres huecos al mismo tiempo. Ella nunca había tenido una experiencia similar. Antes de irnos les pedí a José Antonio y a Luis Alfonso, que esto nadie debía saberlo y que era un compromiso, cosa que aceptaron pero que siguieron sacándole provecho con mi hermana los 15 días que estuvo en la ciudad donde resido.

    Todos los días la buscaban o José Antonio o sino Luis Alfonso, a veces los dos juntos para repetir la escena, y mi hermana aceptaba. Yo también en las noches aprovechaba para darle duro y comerme sus enormes tetas. Un día antes de marcharse fuimos a la casa de José Antonio y mientras que él le daba por la cuca yo se lo enterraba por su culo o viceversa.

    Mi hermana llegó a su casa y la recibió su marido, y al llegar me llamó al teléfono para decirme que me extrañaría y que ahora todo era distinto en su vida, que estaba con los pensamientos vivos, y que no sabía que iba a pasar con su nueva vida.

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  • ¡Qué cuñada!

    ¡Qué cuñada!

    Los hombres y las mujeres somos dos partes complementarias y como tales, no existe más que la división de la sociedad para separarnos, sin embargo, la naturaleza nos hizo el uno para el otro y como terrenales, debemos dar cumplimiento a esa suprema orden celestial.

    Julieta es una de esas hembras que causan deterioros mentales y sexuales, es el tipo de mujer al que todos deseamos comernos centímetro a centímetro y curva tras curva. Julieta es esa mujer que desafortunadamente está muy cerca de mí… es mi cuñada y qué cuñada ¡eh!

    Resulta que esta historia nace del gusto por las mujeres y de la sensualidad de las mujeres:

    Julieta tiene ahora 23 años y como tal, ha recibido con agrado los cambios hormonales de la naturaleza ya que su cuerpo, se ha tornado sumamente curvilíneo y de carnes firmes y sensuales. Sus ojos ya no son los de aquella niña temerosa, sino los de una mujer que clama ser acosada. Su boca ya no es más que la de una mujer que se relame los labios, gritando ser besados.

    Cada día que la veía notaba cambios importantes en ella, y últimamente le he notado ese deseo escondido, el cual derrama al vestirse más femenina, más mujer, más sensual… incluso más atrevida. Sus movimientos son más cachondones y su mirada más solicitante.

    Se perfectamente que ella ya se dio cuenta de que mi mirada hacia ella, ya no es de cuñado a cuñada, sino de hombre a mujer, y aunque se ha visto temerosa, su naturaleza le ha hecho responder como debe responder, con evasivas, pero gritando que continué viéndola con comentarios de rechazo, pero pensando, sigue… sigue, con actitudes de negativa, pero con un caminar más sensual, con muestras de no me veas, pero vistiéndose más y más rico y atrevida.

    Esa es mi cuñada, la que dice que no quiere, pero la que desea que todo continué.

    Todo sucedió cuando fuimos todos a una excursión, de esas familiares a la playa, donde las vacaciones se disfrutan a todo lo que da la necesidad biológica.

    Ya en el hotel instalados, mi esposa y yo quedamos hospedados precisamente enfrente de los papás de mi esposa, y ahí con ellos se quedó Julieta. Todo transcurría normalmente, es decir, todos en familia, todos en la playa, en la alberca, tomando cervezas y tequila, y yo admirando a mi cuñadita que se lucía riquísimo con sus bikinis, y etc. etc.

    Las noches aunque eran más de nosotros los jóvenes, los papás de mi esposa, querían estar con nosotros y eso empezaba a incomodar, ya que deseábamos beber hasta enloquecer, y bailar hasta cansarnos, y trasnocharnos hasta caer dormidos a altas horas.

    Finalmente, una noche los papás de mi esposa cayeron fatigados y esa noche… esa noche, sería mágica para todos, pero en especial para Julieta y yo.

    Quedamos de ir a una disco del hotel al punto de las 11 de la noche, y para ello, mi esposa y yo, nos arreglamos como lo ameritaba la situación, y llamo Julieta que ella ya estaba lista, y que nos esperaba en el lobby del hotel. Sus papás, al poco rato fueron a la habitación, y sólo nos dieron instrucciones: – Cuiden a Julieta, no la dejen sola… etc. etc.

    Mi esposa gusta de vestirse muy sexy, ya que como les he dicho, Julieta carga un cuerpazo riquísimo, y como tal mi esposa tiene los mismos atributos que ella. Pues al bajar, Julieta ya estaba esperándonos y mis ojos quedaron prendidos de ella y ella lo notó.

    Estaba vestida con una minifalda de una pieza completa color rojo, de un reducido tamaño que la hacía verse… ¡uf! Sin medias y unas zapatillas tan altas que era increíble que alcanzará el equilibrio y sobre todo por el tacón estilo aguja. Su espalda totalmente descubierta y su escote delantero, tan pronunciado que se lucía la comisura de sus senos.

    En realidad, no supe cómo me notó, pero lo cierto es que noté algo de incomodidad de su parte, ya que de inmediato se colocó al otro lado de mi esposa, y tratando de siempre quedar tras de nuestro paso, como queriendo que no la viera más. Así nos dirigimos a la discoteca, y por la hora el ambiente empezaba a calentarse más y más.

    Las bebidas iniciaron y el tiempo pasaba. Una botella y tres vasos con hielo, fue nuestro pedido inicial y ahora siendo las dos de la madrugada, la botella casi se acababa y ya Julieta y yo nos dedicábamos a bailar y tomar sin recato alguno. Yo la admiraba sin temor y ella ya no le daba importancia a que la viera, es más, creo que hasta se lucía a propósito para darme un gusto. Tratando de no incomodar a mi esposa, bailábamos y tomábamos como si nada pasara, pero mis ojos estaban con Julieta y ella lo sabía.

    A esas horas, el estado ya era tan inconveniente, que mi esposa ya estaba con la lengua trabada y Julieta ya se mostraba más abierta, no sólo conmigo sino con los demás. En más de una ocasión la sacaron a bailar y ella aceptó gustosa y los celos me empezaron a llegar, ya que le notaba gusto cuando la bailaban, y cuando se quedaba a platicar con esos desconocidos, y más aún cuando se intercambiaban números telefónicos. En más de una ocasión, hasta despedida de beso en mejilla, prendieron mi enojo, pero no podía hacer no decir nada.

    Lo que generó la erupción de mi volcán, fue el hecho de que Julieta, fue al baño y ese deleite por verla, no me permitía darme cuenta de mis actitudes, y mi cuñada se daba cuenta de ello, ya que cuando iba rumbo al baño, volteó y me atrapó comiéndomela con la vista. Me sonrió, pero se fue directo al baño. No sé cuánto tiempo pasó, pero lo cierto es que se me hizo demasiado tiempo, y no podía despegarme para ir a ver porque la tardanza, ya que tampoco podía ser obvio con mi esposa.

    Los celos quemaban mi actitud, y no sabía cómo actuar. No pude más y le dije a mi esposa que Julieta ya había tardado y que la fuera a buscar. Así lo hizo sin recato, pero su condición no le permitía actuar muy bien, por lo que me paré y la acompañé, con el pretexto de cuidarla. Llegamos al baño, y ahí le encargué a la camarera, que le apoyara, para que entrara bien al baño a buscar a otra gente.

    Así lo hizo, y cuando entraron, otro joven que estaba ahí me dijo: -busca a alguien. -Contesté afirmativamente, y le dije que era a una chica de un vestidito rojo…, no acabé de decirle cuando me indicó, que la había visto irse hacia la barra, con un chico.

    No pude aguantar y fui hacia la barra, y tampoco la vi, por lo que me regresé y tratando de preguntarle al joven sobre ella, sólo me dijo “la vi que iba hacia allá, pero no a la barra, sino por esa puerta, que está al lado de la barra”. Sentí que el calor me subió a la cabeza, y no sabía qué hacer, meterme a ese lugar o esperar a mi esposa. El tiempo se hizo eterno, ya que mi esposa no salía del baño.

    Al salir (casi quince minutos más tarde), le indiqué que fuéramos a la mesa que al parecer ya sabía dónde estaba -sin alarmarla-. Ella obedeció y cuando la puse en el banquillo, le indiqué me esperara ahí. Con intranquilidad, pero pensativo, me dirigí al lugar donde me dijeron se había metido. Al acercarme, noté que era prácticamente imposible entrar, ya que existía una puerta intermedia que debía abrirse desde adentro, y mi incomodidad era total.

    El mesero al verme ahí cerca, me preguntó qué deseaba a lo que sin saber qué decir, sólo pregunté:

    –no ha visto a una chica de una minifalda roja que estaba por aquí.

    El mesero viéndome, preguntó:

    –¿Es algo de usted?

    –Sí, mi cuñada.

    El mesero, pensó mucho tiempo, y acercándose a mí me dijo:

    –Si la vimos por aquí… pero estaba con el dueño de la disco… Y ya no les vimos después.

    Me volvía loco nada más de pensar que estuviera cogiendo con otro que no fuera yo, y que su culo fuera penetrado antes de que lo pudiera hacer yo. No me imaginaba a mi cuñada dando una soberana mamada a otra verga que no fuera la mía, y sobre todo, no me imaginaba pidiendo a gritos la follaran toda la noche, antes de que me lo dijera a mí… a mí que soy su cuñado.

    Daba vueltas y vueltas, desesperándome más y más, sin obtener una respuesta clara a mis actitudes. En ese momento veo que sale un hombre de la puerta donde me dijeron que la había visto entrar, y no supe qué hacer nuevamente. Era un hombre joven, alto, como de 1.90 de estatura, cejas pobladas, con cuerpo atlético, y su cabello embarrado a su cabeza con una coleta larga que casi le llegaba a media espalda. Su camisa abierta hasta medio pecho dejaba ver una cadena gruesa de oro y en sus muñecas, unas pulseras sumamente ostentosas de oro, anillos y un puro Cohíba encendido.

    Imagine todo lo peor, a mi Julieta comiéndole su verga y engulléndose todo su semen hasta no dejar nada. Imaginaba ese culito que deseaba para mí, enculado por ese hombre, y sus tetas, manoseadas hasta el cansancio por esas manazas. No me imaginaba a mi Julieta, gritando de placer y gruñendo más y más en cada embestida de ese hombre. Mi mente se volvía loca y no aclaraba nada.

    Vi tan tranquilo a ese hombre que no podía concebir nada más. Imaginaba todo lo peor y me sentí derrotado… mi cuñada había sido follada por un cabrón que ni la conocía… no puede ser.

    Entonces sucedió algo… salió de esa puerta una mujer en una minifalda enloquecedoramente pequeña, de color rojo, pero no era Julieta. Sentí un terremoto encima de mí, a la vez de un gusto merecido. Sin embargo, dónde estaba Julieta… mi mente comenzó a revolverse más todavía y empecé a inquietarme otra vez.

    Sin más, volteé para buscarle, y no la veía. Me acerqué a mi esposa, y ahora ella estaba con otro hombre platicando, en realidad no sentí celos porque mi mente estaba ocupada por Julieta y yo no medía consecuencias. Sólo me acerqué y pregunté si no la habían visto, y al recibir una negativa le dije a mi esposa que volvía enseguida. Me retiré del lugar, y salí a dar una vuelta fuera de la disco. No vi a nadie ni nada. Volví a meterme, y dentro daba vueltas tratando de encontrarla. Una energía especial, me hizo voltear mis ojos hacia donde estaba mi esposa, y lo que vi me impactó sobremanera… estaba besándose con ese individuo desconocido… Mi mente se volvió loca y mis reacciones no daban crédito a lo que veía. Estaba por irme contra ellos, cuando otra cosa pasó: Julieta salía de esa famosa puerta del bar, donde antes había visto salir a ese hombre y a esa mujer vestida tan similar a mi cuñada. Pero lo peor fue cuando detrás de ella, venía un cabrón moreno, nada atractivo, y de estatura más bajo que ella, gordo y sin cabello. No lo podía creer… qué estaba pasando.

    No supe qué hacer… por un lado mi esposa fajando con un desconocido y por otro lado mi cuñada saliendo de otro sitio con un insignificante hombre… ¿qué hago? Me preguntaba a mí mismo. El impulso me llevó a irme directamente con Julieta para reclamarle, y al acercarme a ella, su sonrisa pícara y coqueta, doblaron mis pies, y en lugar de regañarle, le pedí que me dijera qué hacía con ese hombre.

    –Mira cuñado… no sé qué o cómo decírtelo… sólo te puedo decir que estuve con él

    Mi imaginación, me llevó a ver sus labios carnosos y delicadamente maquillados, y no podía imaginar que esa ricura de boca estuviera mamando esa verga del hombre que acababa de salir.

    No podía imaginar a ella gozando con ese hombre insignificante y lo peor… no me imaginaba a Julieta gozando intensamente con ese individuo…

    –¿Qué te pasa cuñado, por qué esa cara? -me interrumpió mi cuñada al momento que sólo logré contestar.

    –Y ¿por qué con él? -Sonrió para sí, y sólo logró decirme- no te preocupes cuñado, … no pudo hacer nada…

    Mi rostro se iluminó , pero volví a preguntar:

    –No pudo hacer nada… Pero ¿y tú?

    A lo que coquetamente me contestó.

    –Bueno… hice mi parte.

    Todo eso me volvía loco, pero para entonces mi bulto en medio del pantalón estaba al máximo.

    De mi esposa no sabía nada y en ese momento Julieta absorbía todo de mí. Vamos a bailar me dijo mi cuñada, y como robot, me dejé llevar cuando sus manos tomaron las mías y sus dedos se enrollaron a los míos. En el baile, esa música cachonda y sus brazos rodeando los míos, su aliento cerca del mío y su piel rozando la mía, me pusieron a mil, y mi bulto en medio del pantalón, se agitaba como serpiente queriendo salirse.

    Un paso de muy cerca de mí, hizo que su cadera rozara mi miembro y en otro su mano volvió a rozarme. UHF, sólo vi sus ojos, y sin decirme nada, vio en medio de mis piernas y volteó hacia otro lado.

    No supe qué decir, y en un momento la volví a apretar contra mí, quedando su vientre pegado al mío, y mi cosota, en medio de sus piernas. No supe qué decir y ella tampoco, pero nos sentimos ambos, y ese fue un deleite encabronado para los dos.

    Mis manos recorrieron su desnuda espalda, y sus manos simulaban araños tiernos en mis brazos. Su aliento se agitó, y al preguntarle cómo conoció a ese hombre, acercó su boca a mi oído y al empezar a decirme, percibí su aliento con olor a semen…

    –Estaba saliendo del baño, y me lo encontré, y es que él es el maestro de mi escuela… me saludó y ya tenía unas copas encima… yo también… y un mesero nos vio y nos dijo que podíamos platicar más a gusto en una salita que tienen en la disco… y yo no suponía nada más hasta que nos metimos a esas salitas, y ahí dentro empezamos a platicar, y sin más, sentí unas ganas de besarlo, pero entre besos y abrazos, sentí su cosa firme y no pude contenerme de abrirle el pantalón y devorarme ese miembro. No supe de mí hasta que sentí que me ahogaba por su leche en mi boca y fue entonces cuando me di cuenta lo que había hecho. Nos arreglamos y salimos y fue cuando te vi.

    En ese momento, recordé cuando la vi, y recordé a mi esposa. Volteé a buscarla y ya no estaba en su lugar, pero sí cuatro copas… la de ella, la de Julieta, la mía y… ¿la otra?

    Intenté razonar, pero sentí en ese momento una fricción de la cuquita de mi cuñada a mi verga y sentía que me venía. Julieta sólo me dijo:

    –¿Quieres ver dónde fuimos?

    Y yo viendo la oportunidad de mi vida, me dejé llevar por ella. Salimos de la pista y nos dirigimos a la barra, donde Julieta llamó a un mesero y con familiaridad le dijo:

    –Oye Hugo, ¿puedes dejarnos pasar a tu sala?

    El muchacho me vio y sonriendo sólo dijo. “Claro”.

    Nos abrió la puerta y entramos por la parte de atrás, y al abrir la otra puerta, sentí un escalofrió de deseo enorme… Julieta sería mía como siempre lo había soñado. Bajamos un piso hacia abajo, y ahí había varios privados, donde estaba un sofá, una mesa de centro, unos floreros y bien alfombrado. De pedir de boca.

    Entramos a uno, y empezamos a platicar a lo que yo, sin querer perder el tiempo y viéndole las piernas más decidido. Sólo le comenté “y ¿qué le hiciste más?”. Eso fue todo para que ella me dijera “¿Quiere mi cuñadito saber qué hice?”. Yo le dije que me dijera qué había hecho, y ella sólo me contestó: “¿Quieres saber o quieres sentir?”.

    Eso fue todo y de inmediato, nos enrollamos en un beso tan caliente que no me daba cuenta que estábamos desnudándonos completamente. Mis manos más que acariciar ese delicioso cuerpo, la arañaban y mis besos eran más bien mordidas, pero Julieta gemía dulcemente, pidiéndome más y más.

    –Así cuñadito, hazme tuya… ahora es cuando… ahora soy tuya… sólo tuya… oh… más… así… quiero que esto no lo sepa nadie… nadie oíste cabrón… guau… qué verga tienes… métemela toda… hasta el fondo… así… ahhh.

    Mis manos recorrían ese delicioso cuerpo, sus manos envolvían mi verga como si fuera su tesoro. Me dio una mamada tan rica que estuve a punto de venirme en su boca, pero aguanté, ya que necesitaba cogérmela bien. En eso escuché un grito de placer enloquecedor en una sala continua, y me impactó cuando escuché: “Assííí… ohhh… métanmela todos a la vez…”. Esa voz me dejó paralizado… era la voz de mi esposa. Se la estaban follando al lado mío en tanto yo me cogía a mi cuñada.

    Otra vez escuché su voz, pero más suplicante… “aquí esta su puta cabrones, me van a coger como lo que soy o me salgo a buscar otros más hombres ¡ehhh!”

    No supe qué decir, ya que estaba cogiéndome a mi cuñada y su mirada perdida me indicaba que estaba gozando como pocas veces. Sin embargo, el escuchar que mi puta esposa estaba al lado cogiendo con desconocidos, me crispaba, pero ese dolor y celo, se transformaba en placer y rabia, por lo que embestía más y más a Julieta hasta que logré hacerla venir dos veces más… y yo no podía venirme ya que la rabia me tenía obstruido , pero Julieta lo estaba disfrutando más y más.

    De pronto se volteó mi cuñada y me indicó:

    –Ahora sí cuñado… siempre deseaste este culito verdad… pártemelo con tu verga… pártemelo en dos como se lo están partiendo a tu esposa aquí al lado… ándale cabrón, cógeme que esta será la única vez que te permita hacerme esto… jamás vas a volver a meterme tu verga… jamás.

    Eso que me dijo, me aceleró y empecé a darle durísimo por el culo, hasta que empezó a gritar que la estaba partiendo en dos, pero que le siguiera. Al lado mi esposa gritaba lo mismo y estaba erotizado por completo. Estaba enculándome a mi cuñada, pero mi esposa estaba siendo enculada por varios hombres al lado. Julieta sólo alcanzó a decirme…

    –Cuñado… dame más… dame más… que esta será la única vez que me cojas, por eso… ahhh… por eso… aprovéchate… como mi hermana se está aprovechando ahora… cógeme más… más… porque jamás te permitiré hacerlo.

    Le di durísimo hasta que después de media hora logré venirme en su culito y en su boca en tanto que de mi esposa no hice mucho caso… ya que sentí un gran deseo y gracias a ella, logré follarme riquísimo a mi cuñadita y nunca se enteró que yo supe de su aventura.

    A nuestro regreso, Julieta se quedó en nuestra casa y antes de despedirse, me sonrió nuevamente y dijo…

    –Lo que fue fue. Y lo que no fue no fue… Y no se volverá a repetir.

    Y efectivamente lo ha cumplido… a pesar de que siempre llega en minifaldas y ropa entallada… ¡Qué cuñada!

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