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  • Despertó la antigua Paulina

    Despertó la antigua Paulina

    Mi esposa Paulina y yo nos casamos digamos ya a una edad avanzada, no éramos unos jovencitos, y teníamos bastante experiencia sexual cada quien. Yo sabía que ella incluso había sido infiel con sus novios anteriores, y que hasta llegó a tener relaciones con alguno de sus jefes. Ahora tenemos yo 43 años y ella 36, y siendo sinceros creo que ella cambió mucho en ese aspecto después de casarnos y tener hijos, se volvió muy conservadora y más reservada.

    Los dos somos delgados y tratamos de mantener una buena figura. Yo soy de piel clara, cabello oscuro, mido 1.85 m, voy al gimnasio y tengo los músculos algo definidos. Ella es morenita, delgada por naturaleza y aunque antes iba al gimnasio lo dejo porque los hijos no le dan tiempo, sin embargo sigue teniendo una muy buena figura con unas nalgas definidas y unos pechos de buen tamaño. Sobre todo, en general es atractiva y llama mucho la atención. Más de una vez han intentado conquistarla enfrente de mi, pero ella les pone el alto.

    Nuestra vida sexual fue muy buena al principio del noviazgo; jugábamos con aceites, dildos y fantasías, pero después del matrimonio y los hijos se ha visto disminuida esa intensidad. Los dos lo sabíamos y siempre nos decíamos que volveríamos a ser como antes cuando los bebés crecieran un poco. Hemos platicado de nuestras fantasías, ella me dijo que le gustaría que alguna vez pretendiéramos ser dos desconocidos en un bar y ligar entre nosotros, como lo hacen Phil y Claire en la serie de Una Familia Moderna; yo me atreví a ir un paso más y le dije que igual me gustaría verla ligando con otros, solo como juego. Y claro las clásicas fantasías, los tríos, tener sexo al aire libre, o en lugares arriesgados, etc.

    Todo quedaba en eso, fantasías que no sabíamos realmente si nos atreveríamos a realizar.

    Por fin en una ocasión tuvimos la oportunidad de dejar a los niños con mi suegra y tomar unas pequeñas vacaciones los dos solos para festejar nuestro aniversario. Era la oportunidad de quedarnos en un hotel nudista, pero en esta ocasión mi esposa no se sentía segura y prefirió no hacerlo, así que decidimos quedarnos en un all-inclusive para adultos, más no nudista.

    Pintaba para ser unas vacaciones normales, si con algo de sexo, pero nada fuera de lo común. De cualquier manera me emocionaba ya que tenía tiempo que no hacíamos algo así, pero lo que sucedió en ese viaje no lo esperaba.

    Un día en la alberca del hotel el ambiente se puso bueno, empezamos a tomar desde temprano, y la música hacía que se sintiera como una fiesta. Ahí conocimos a una pareja, Luis de 54 y Raquel de 37. Si, había una gran diferencia de edad entre ellos, pero se llevaban de maravilla, además que los dos eran muy bien parecidos, el se mantenía en forma, se notaba que hacía pesas o algún otro ejercicio, y ella ni se diga, era chaparrita, tal vez media unos 1.55, con un cuerpo curvilíneo, delgada pero sus caderas y nalgas bien marcadas y unos pechos pequeños, pero no demasiado.

    Mi esposa es una chispa cuando toma alcohol, invariablemente se convierte en el alma de la fiesta. Se pone a bailar y platicar haciendo reír a todos. Yo también soy sociable, pero no tan escandaloso jaja, ¡me encanta su energía! De inmediato hizo click con Raquel, que tenía la misma vibra que ella, le encantaba la fiesta.

    Ya con unas copas encima, mi esposa le pregunta a Raquel por qué se casó con un hombre tan mayor, a lo que ella le responde que siempre ha tenido debilidad por los hombres mayores. Mi esposa se sincera con ella y le dice que a ella también le gustan los hombres mayores y guapos, así como su esposo, pero pues se conformó con uno guapo solo 6 años mayor, o sea yo. Eso provocó las risas de todos pero también dejó en descubierto para todos que mi esposa sentía atracción por Luis. Entre broma y broma, Raquel le contesta a mi esposa “pues cuando quieras amiga” y todos rieron.

    Para esas horas la noche había caído y cerrarían la alberca, así que decidimos seguir la fiesta en la habitación de Luis y Raquel. Pedimos servicio a la habitación y seguimos disfrutando por un buen rato más. Todos seguíamos vistiendo nuestros trajes de baño aunque ya no estábamos en la alberca. El clima caribeño se prestaba para traer poca ropa. Y yo podía ver como conforme el alcohol fluía a mi esposa se le iban los ojos con Luis. Pusimos música y bailamos, el ambiente iba subiendo de tono, y el baile cada vez más sensual.

    A Luis parecía gustarle bailar con mi esposa y a ella con el. Intercambiábamos parejas de baile al azar, y en una de esas vi como Paulina le pegaba las nalgas en la verga de Luis, haciendo un movimiento con las piernas que las hacía temblar y rebotar. Hasta Luis se sorprendió de lo atrevida, y no desaprovechó la oportunidad de tomarla de la cintura y restregarla aún más contra su pelvis.

    Lo delgado de los trajes de baño hizo que el contacto entre ellos fuera más intenso, lo pude ver en la cara de Paulina cuando sintió su verga dura, primero fue una cara de sorpresa y placer, pero de inmediato despertó la “Paulina señora casada” y se alejó de él un poco apenada diciendo que iba por un trago. Pude ver su cara nerviosa mientras se alejaba, creo que de alguna manera le daba pena conmigo, pero también note que en su traje de baño había una pequeña mancha de humedad cerca de su monte de Venus. Esta cabrona estaba mojada de caliente, ¡mi esposa!

    Me invadieron los celos, pero al mismo tiempo la curiosidad, deje a mi pareja de baile y seguí a Paulina al minibar a servirme también un trago. Mi corazón latía a mil por hora porque sabía que estábamos entrando en terreno peligroso, en una fantasía que en realidad no estaba seguro de querer realizar. La abracé por atrás, un poco para marcar territorio, y un poco por caliente, me pegué a ella y le pregunté al oído,

    Yo: ¿Todo bien?

    Paulina: Si, pero ya me quiero ir, me estoy poniendo borracha.

    En ese momento sentí que la oportunidad se me iba de las manos, a pesar de que no sabía si realmente quería hacerlo.

    Yo: No pasa nada aquí nadie nos conoce, pero si quieres nos tomamos esta y nos vamos.

    Paulina: OK

    Terminamos de preparar nuestros tragos y en lo que regresábamos a la sala le dije algo con la intención de darle seguridad, aunque no sabía si iba entender lo que yo quería decir:

    Yo: Ey, yo no tengo bronca de seguir eh. Yo estoy bien, ¿tú?

    Ella no dijo nada, solo sonrío y me dio un beso con mordisco en el labio inferior. Creo que lo entendió.

    Al volver con ellos los encontramos un poco más relajados, hablando entre ellos, bailando, besándose y con un poco de toqueteo. Nos acoplamos de nuevo al baile, Paulina puso a propósito una canción de reggaetón y volvió a bailar en medio de todos haciendo sus pasos sexosos típicos del reggaetón. Raquel se acercó a mí como queriendo continuar donde nos quedamos, me dice:

    Raquel: ¡Tu esposa está loca!

    Yo: Pues tú no te quedas atrás – le digo jugando

    Raquel: Te gustan las locas ¿Verdad?

    Me jalo del elástico de mi shorts hacia ella haciendo que se estirara y al mismo tiempo que echaba un vistazo a lo que había debajo de él, quedamos pegados justo cuando empezaba una canción de bachata. En ese momento ya era claro lo que estaba sucediendo. Me invadió el miedo y rápidamente voltee a ver a mi esposa solo para darme cuenta que ella iba un paso adelante de mi. Ella y Luis se estaban besando. Sentí como un escalofrío recorrió mi cuerpo, una sensación de celos, miedo, nervios, excitación, incredulidad, todo junto. Mi risa nerviosa era demasiado obvia,

    Paulina: ¿Estás bien?

    Yo: Si, un poquito nervioso.

    Ella se acercó y me dio un beso largo. Ahí estábamos los cuatro, parados, besándonos con desconocidos. Me di cuenta que finalmente era mi fantasía volviéndose realidad, y me relajé, mi respiración empezó a agitarse y podía escuchar la de Paulina también. Me estaba poniendo cachondo.

    En eso, nos damos un respiro, todos sonreímos, mi mirada puesta en Paulina para ver su reacción, y después en Luis, podía ver que estaba excitado, se le notaba en el paquete. Yo también me puse un poco duro pero creo que los nervios todavía me ganaban. Raquel reacciona y rompe el momento incómodo diciendo:

    Raquel: ¿Amiga entonces si te gustan los hombres mayores!? Jajaja

    Al tiempo que le da una buena nalgada a Paulina. Ella solo se limitó a reír nerviosamente. Me miró a los ojos y puede ver en su cara que ya no quería irse, vi la cara de perversa que veía cuando teníamos sexo en nuestros inicios. Yo sabia que muy dentro de ella era incluso más cachonda que yo pero lo había estado reprimiendo.

    Paulina me veía con un gesto descaradamente cachonda con su mano en el paquete de Luis, manoseándolo por fuera de su shorts. Yo aún no me lo creía, aunque me gustaba y estaba excitado, temía que había despertado un monstruo jaja, ya no había vuelta atrás. Empecé a masajear las nalgas de Raquel, deje de ver a mi esposa y me concentré en mi pareja. Nos besamos intensamente, creo que fue el momento en que ya todos estábamos en la misma sintonía, cuando ya nos estábamos entregando el uno al otro. Yo besaba y tocaba a Raquel, mientras escuchaba los besos y los gemidos de mi esposa.

    Era difícil concentrarme en una sola cosa, casi puedo decir que me concentraba más en escuchar a mi esposa que en Raquel, pero igual intentaba hacerla disfrutar también. Y funcionaba. Mi verga estaba tan dura que era casi necesario quitarme el shorts, Raquel lo bajó hasta mis tobillos descubriendo mi gran erección. Mi verga de 18 cm estaba al máximo, pero lo que más me gustó era que mi campo de visión estaba libre, mientras Raquel me hacía una deliciosa mamada, pude contemplar como mi esposa aplicaba con Luis la misma técnica que a menudo usa conmigo. Lo puso de espaldas a ella, bajo sus shorts y empezó a besar sus nalgas mientras con su mano masturba a su verga.

    Paulina ama el olor a hombre, y le encanta meter su nariz hasta el último rincón, besaba sus nalgas y pasaba su lengua por su culo peludo; podía ver la cara de sorpresa y satisfacción de Luis, y claro la enorme erección que tenía con líquido viscoso chorreando de su glande, me atrevo a decir que incluso era un poco más grande que la mía, o al menos más ancha, con unos huevos de buen tamaño. Me gustó verle la verga excitada por mi esposa, pero no quería que Paulina me descubriera viéndolo a él así que volví a lo mío.

    Tome a Raquel del cabello y empecé a cogerle la boca, forzándola un poco a ir más adentro. Su culo se veía perfecto y parado desde arriba, y su espalda tan sexy. Raquel con sus manos acariciaba mis huevos y mis nalgas, podía sentir sus dedos coqueteando con mi culo, yo me deje llevar. Ahi me di cuenta que Raquel era una mujer dominante. Voltee de nuevo a ver a mi esposa y ya estaban en el sillón, Luis acostado boca arriba y Paulina haciendo lo que más le gusta, dándole la mamada de su vida, chupándole cada rincón.

    Raquel y yo nos fuimos a la cama, que aunque era la misma habitación, era una suite en la que había una separación que bloqueaba la vista parcialmente desde la cama. Nos acostamos y volvimos a besarnos, en ese momento me recorrió un calor y una sensación de celos excitantes al saber que mi esposa ya no estaba en mi vista. Raquel lo notaba, pero fue paciente conmigo, podía intuir que era la primera vez que Paulina y yo hacíamos esto. Seguimos besándonos y poco a poco recorrí su cuerpo con mi boca y mis manos hasta llegar a su vulva. Era carnosa, con unos labios prominentes que se estiraban al chuparlos, me encantaba su sabor y olor, quería mojar toda mi cara con sus fluidos.

    De pronto sentí como ella también se prendió de mi verga y empezó a chuparla con mucha destreza, tocaba con sus manos todas mis partes, introducía sus dedos ligeramente en mi ano y masajeaba mi prostata desde fuera. Yo también recorría todo su sexo con mi lengua, chupaba si vulva y su ano y con mis dedos jugueteaba con ambos agujeros. Por unos momentos me olvidé que mi esposa estaba en el otro lado de la habitación con otro hombre, pero un gemido fuerte me hizo recordarlo.

    Sabía que en ese momento Luis había empezado a penetrarla, solo podía imaginarla montada en el recibiendo esa gruesa verga en su vagina, a ella le encanta coger en el sillón montada sobre mi, y así la imaginaba ahora con el. No podíamos quedarnos atrás, así que Raquel, siendo dominante me empezó a casi ordenar que la cogiera, ¡cogeme ya! Me decía al tiempo colocaba un condon en mi verga y se acostaba boca arriba sobre la cama abriendo sus piernas para mi. Me abalancé sobre ella besándola y masajeando sus pechos, colocando sus piernas sobre mis hombros, ella me tomó de las nalgas y me presionó contra ella para introducir toda mi verga de golpe.

    Su gemido debió haberse escuchado hasta otras habitaciones, con sus manos en mis nalgas la follaba con gran intensidad, sus gemidos dominaban la habitación, sus manos masajeaban mis nalgas hasta que sentí que su dedo se introdujo en mi culo. Eso es algo que nunca había experimentado con una mujer y no pude evitar soltar un gemido, y varios más. No podía negar que me encantaba que jugaran con mi culo, y mi esposa jamás lo había hecho así.

    Los gemidos y gritos de placer de escuchaban desde ambos lados de la habitación, no podría resistir más no ver lo que le estaban haciendo a mi esposa así que le pedí a Raquel movernos cerca de la pared que dividía parcialmente la habitación, en la cual se apoyó con las manos y quedamos los dos de pie viendo directamente hacia donde estaba Luis y mi esposa. Penetraba a Raquel desde atrás con su hermoso culo en primer plano, pero detrás de los huecos en la pared alcanzaba a ver a Luis y mi esposa tal cual los había imaginado. Luis sentado en el sillón mientras mi esposa lo cabalgaba de espaldas, recibiendo todo el largo de su verga.

    Escuchaba como las nalgas de mi esposa rebotaban sobre la pelvis de Luis y aplaudían de manera intensa. Era una mezcla de sentimientos indescriptible, comencé a nalguear a Raquel, quien a pesar de ser dominante pareció gustarle, mientras le daba fuertes embestidas con mi verga, casi hasta hacerla perder el equilibrio. No se cuanto tiempo duramos así, hasta que no pude más y explote dentro de Raquel, quien al darse cuenta rápidamente se volteó y se hincó frente a mí, retirando el condon y recibiendo en su cara y boca los últimos chorros de semen que me salieron.

    No mucho después escuché a Luis decir ¡ya! Cuando mi esposa se levanta rápidamente y de igual manera retira su condon (que alivio). El todavía no se venía por lo que ella introdujo su verga en su boca unas cuantas veces hasta que solo vi como chorros de semen salían por las comisuras de sus labios.

    Raquel sonreía hincada en el suelo con su boca escurriendo de semen, sin que mi esposa nos viera me hinque y la bese, probando mi propia leche, después nos levantamos y caminamos hacia donde estaba Luis y Paulina que todavía estaba exprimiendo las últimas gotas de semen de la verga de Luis, que sorprendentemente todavía estaba bastante erecta.

    Cuando Paulina me vio entrar de inmediato se sacó la verga de Luis de la boca, tal vez con algo de pena, y corrió a abrazarme. Intenté besarla pero me dijo ¡no! Enseñándome su lengua llena de mecos. Insistí acercándome de nuevo a su boca a lo cual ya no se opuso y compartió conmigo los fluidos de Luis. El sabor a sexo en su boca fue algo que se me quedó grabado hasta el día de hoy. Mientras tanto Raquel aprovechó la todavía verga erecta de Luis y se sentó en ella, aunque no duró mucho antes de volverse flácida dentro de ella.

    Mi esposa se disculpó y pidió pasar al baño. Nos quedamos Luis, Raquel y yo en el sillón, y Raquel se acercó a mí, todavía sentada sobre Luis, y me besó. Con mis manos toqué su cuerpo y al tocar sus nalgas no pude evitar rozar los huevos de Luis. Por mi cabeza pasaron mil pensamientos, pero no era el momento. Había sido ya una noche demasiado intensa.

    Cuando Paulina salió del baño Raquel y Luis se encontraban fajando en el sillón y yo junto a ellos solo tocando mi verga medio flácida, aún recuperándose. Se acercó y se sentó en mis piernas dándome un largo beso y abrazos. Estuvimos así por unos minutos hasta que poco a poco la intensidad bajó. Los cuatro yacíamos en el sillón como regresando a la realidad, con una sonrisa en la cara, tal vez también con algo de cruda moral. Platicamos de lo rico que la habíamos pasado, pero teníamos que irnos. Había sido suficiente por una noche.

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  • Exceso de velocidad

    Exceso de velocidad

    Era una tarde calurosa en una carretera secundaria, de esas que serpentean entre colinas áridas y olvidadas, donde el asfalto parece derretirse bajo el sol implacable.

    Javier conducía su viejo sedán plateado, pisando el acelerador un poco más de lo debido.

    Siempre había sido un tipo respetuoso con la autoridad —desde niño, su lema era “si lo dice la autoridad, estará bien”.

    Pero ese día, el estrés del trabajo lo empujaba a devorar kilómetros. No quería problemas con la justicia; era sumiso en eso, prefería ceder antes que enfrentarse a un problemas.

    De repente, el aullido de una sirena cortó el silencio. Javier miró por el retrovisor y vio las luces parpadeantes de un coche patrulla. Maldijo en voz baja y bajando la velocidad se echó a un lado aprovechando un área de descanso.

    El corazón le latía con fuerza.

    Del vehículo policial bajaron dos agentes: un hombre alto y fornido, con el uniforme ajustado sobre un cuerpo que delataba años de rutina, y una mujer de curvas firmes, cabello recogido en un moño severo y ojos que brillaban con una autoridad natural.

    Él era Marcos, un policía veterano cansado de su vida doméstica; en casa, con su esposa, el sexo era un ritual mecánico los miércoles por la noche. Cabalgar era placentero, pero la rutina, poco a poco, había acabado con el misterio. Se notaba que a su mujer no le apetecía casi nunca, se notaba demasiado.

    Ella era Elena, una agente implacable. De joven, había tenido un terror irracional a las inyecciones; recordaba vívidamente cómo, a los doce años, se había escondido bajo la cama para evitar al practicante. La habían sacado a rastras, le habían bajado los pantalones y pinchado en la nalga derecha. Lloró desconsolada, pero en ese momento de vulnerabilidad se prometió ser valiente. Se hizo policía, y una de las mejores: dura, justa, con un instinto que la hacía destacar en el cuerpo.

    —Documentación, por favor —dijo Marcos con voz monótona, extendiendo la mano mientras Elena se posicionaba al lado, observándolo todo con esa mirada penetrante.

    Javier sacó su licencia y los papeles del coche, temblando ligeramente.

    Luego abrió la ventanilla para entregarlos.

    Mejor salga del coche por favor. – intervino Elena tras coger los papeles.

    —Iba con exceso de velocidad, señor. Multa de 200 euros —anunció Marcos, garabateando en su libreta. Su tono era rutinario, como si estuviera pensando en la cena fría que lo esperaba en casa.

    Javier palideció. —Lo siento, agentes. No tengo efectivo ahora… ¿Puedo pagar después? No quiero problemas, si lo dice la autoridad, estará bien.

    Elena arqueó una ceja, intercambiando una mirada con Marcos. Él suspiró, cansado de la monotonía, pero ella vio una oportunidad para romper la rutina del día. Su pasado la había hecho fuerte, y disfrutaba de ese poder sutil.

    —Bueno, tal vez haya otra forma de saldar esto —dijo con una voz suave, casi ronroneante, que contrastaba con su uniforme.

    -Podrías pagar… con tu trasero.

    Javier parpadeó, confuso, mirando a ambos agentes de manera alternativa.

    Marcos soltó una risa baja, cruzándose de brazos. —Elena, siempre con tus ideas creativas.

    El conductor malinterpretó la situación y por un momento pensó en que aquel tipo fortachón lo iba a poner mirando a cuenca.

    La mujer, siempre atenta, soltó una carcajada y miró a su compañero.

    Eh, ah, entiendo… de mí no se tiene que preocupar – sonrió el agente.

    El conductor suspiró con alivio durante un instante.

    -¿vamos? – le dijo la mujer.

    Javier prestó atención a la mujer y no pudo evitar ruborizarse. No tenía muy claro de qué iba todo aquello.

    -vamos… ¿a dónde?

    Ella lo ignoró y guio a Javier hacia la parte trasera del coche patrulla, abriendo la puerta y tomando asiento en el centro. —Entra. Vamos a calentarte el culo como se merece un infractor.

    Él obedeció en silencio, demasiado nervioso para saber de qué iba todo aquello. El interior del vehículo olía a cuero caliente, a café recién tomado y, sobre todo, al perfume de ella: una mezcla fresca y ligeramente especiada que le llenó la nariz nada más sentarse. Era un aroma que mandaba, como ella.

    —Bájate los pantalones y túmbate sobre mi regazo —ordenó Elena con voz baja, casi íntima—. Vamos a hacer esto como es debido.

    Javier tragó saliva y cerró la puerta del auto con un clic. A continuación, levantándose con cuidado para no golpearse la cabeza con el techo, se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones hasta los tobillos y, con las mejillas ardiendo, se colocó boca abajo sobre las piernas de la agente. El uniforme de ella era áspero contra su piel desnuda, pero el calor que desprendía su cuerpo era mucho más intenso. Elena llevaba el pelo recogido en un moño perfecto; el cuello de la camisa blanca dejaba ver apenas un centímetro de piel bronceada, y la corbata negra le daba un aire de autoridad irresistible.

    Con dos dedos enganchó la cintura de sus calzoncillos azul marino y los bajó despacio, sin prisa, hasta dejarlos a medio muslo. El aire acondicionado rozó su trasero al descubierto: redondo, algo pálido, cubierto por una ligera pelusilla oscura que Elena recorrió con la yema del índice, como quien inspecciona una superficie antes de trabajar.

    —Qué culete más mono tienes —susurró, divertida—. Y un poco velludo… me gusta.

    Javier sintió cómo la sangre le subía a la cara y, al mismo tiempo, cómo su miembro se apretaba contra el muslo firme de ella. El perfume lo envolvía por completo; cada vez que respiraba, la fragancia de Elena le recordaba quién tenía el control.

    La primera palmada llegó sin aviso: seca, sonora, perfecta. El impacto levantó una pequeña nube de calor que se extendió por toda la nalga. Javier soltó un gemido ahogado.

    —Shhh —lo calmó ella, acariciando la zona recién castigada con la palma abierta—. Respira hondo y relájate. Esta es tu multa, y la vas a pagar enterita.

    Una tras otra, las palmadas cayeron con ritmo lento y deliberado: primero la nalga derecha, luego la izquierda, alternando hasta que la piel se volvió de un rosa intenso y el calor se hizo casi insoportable. Entre golpe y golpe, Elena deslizaba los dedos por la pelusilla, como si la estuviera peinando, y de vez en cuando apretaba suavemente la carne ardiente para recordarle que aún no había terminado.

    Javier temblaba encima de ella, excitado y avergonzado a partes iguales. Notaba cómo su erección rozaba el uniforme, cómo el perfume se le metía en la cabeza y le nublaba cualquier pensamiento que no fuera “sí, agente, lo que usted diga”.

    Cuando consideró que ya era suficiente, Elena dio un último azote más fuerte, casi cariñoso, y dejó la mano quieta sobre la piel palpitante.

    —Listo —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cálido junto a su oído—. Ya estás perdonado… por hoy.

    Le subió los calzoncillos azul marino con lentitud, rozando a propósito la zona sensible, y luego lo ayudó a incorporarse. Javier se quedó sentado un segundo, aturdido, sintiendo el ardor extendiéndose hasta la punta de los dedos.

    Elena sonrió, abrió la puerta y le guiñó un ojo.

    —Y recuerda: cojín en el asiento del coche. Conducir con el pandero así de rojo escuece una barbaridad.

    Él asintió, todavía mareado por su perfume, por el ambiente y por todo lo demás. Subió a su sedán, arrancó y se perdió en el horizonte mientras el sol se hundía.

    Aquella noche, y muchas noches después, volvería a soñar con ese regazo firme, con ese aroma que mandaba y con el sabor imaginado de unos labios que, en sueños, finalmente le permitían besar a la agente de la autoridad.

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  • Mi mujer se coge otra vez a mi vecino y al jardinero

    Mi mujer se coge otra vez a mi vecino y al jardinero

    Está todo grabado en tres celulares. Luli, mi mujer, se estira lánguida en una de las tumbonas de la casa de mi vecino Justino. Luce una bikini combinada, el sostén blanco, que trasluce sus pezones erectos, de un rosado intenso, casi tirando a marrón. Está muy excitada. La trusa de su bikini es azul, de forma triangular, que contiene perfectamente su hermoso traste respingón, de glúteos redondos y firmes, muy bien moldeados.

    Ella dirige su mirada a un lado, mordiendo su labio inferior. Una mano masculina aparece en el video acariciando su brazo y bajando hacia sus pechos, la imagen se amplía y se ve que son el brazo, el torso y el cuerpo ligeramente musculado del Justi, su mirada es pícara, su sonrisa es lasciva. La mano de mi vecino y amigo se desliza dentro del sostén de mi mujer y le soba un pecho.

    Lilu suspira y aprisiona la mano del Justi para acompañar las caricias a sus pechos, mientras dirige la otra mano al interior de su bikini para hurgar en su vagina que supongo húmeda de sus fluidos. Su suspiro es un jadeo, se relame, cierra los ojos, muerde el labio inferior de su boca, está gozando.

    Lilu deja de tocarse, se acerca al Justi, lo toma del cuello y lo besa en la boca, suavemente, con dulzura, lo mira a los ojos, tiene la boca entreabierta, le dice algo (Te deseo, estoy muy caliente con vos, te quiero coger, quiero que me cojas, supe luego que le dijo) y se comen la boca con frenesí. El Justi hunde su cara en los pechos de mi mujer y ella le aferra la pija que pugna por salirse del slip. Luli echa la cabeza hacia atrás, los ojos entreabiertos, la respiración entrecortada, debe estar a punto de caramelo.

    Sin dejar de chuponearse, mi amigo se monta sobre ella, que lo recibe con las piernas abiertas pero sin quitarse la bikini. Siguen vestidos. el Justi luce un slip naranja fluo brillante, tipo vedetina, muy cavado, sin ser tanga, que le resalta su bien formado trasero y no contiene casi el paquete, se menea sobre ella con lujuria, como si se la estuviese cogiendo. Sin desnudarse, la embiste con el bulto enfundado en su slip naranja una y otra vez, se regodea viéndola gozar.

    Mi mujer cruza las piernas sobre la espalda del Justi para atraerlo más hacia su cuerpo. Mi amigo se apodera del cuello de ella, parece que se lo quiere tragar, la chuponea toda, está gozando como loca y se nota cómo tiene múltiples orgasmos que dan la impresión que no terminan nunca. Está ahíta de placer, como una oveja montada por un carnero, una y otra vez, sucesivamente.

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  • Mi joven esposa (5): Cornudo humillado

    Mi joven esposa (5): Cornudo humillado

    La experiencia con el señor Diego había sido satisfactoria de diferentes maneras, había cumplido aquella fantasía que me había estado llamando desde relaciones anteriores, los temores que tenía sobre lo que ella sentiría o haría al estar con otro se disiparon, las inseguridades planteadas por las experiencias de otras parejas fueron superadas con facilidad, la comunicación entre nosotros siempre ha sido uno de nuestros fuertes como pareja, conversamos sobre lo acontecido en diferentes ocasiones, siempre tomándolo como un juego que llevaba algo diferente a la cama, pero no ante poniéndose al amor y al placer base de un matrimonio sano.

    Convencidos que lo de aquella noche había sido algo positivo en nuestra vida sexual, sin consecuencias para la relación sentimental, a partir de ese momento consideramos que lo podíamos repetir de vez en cuando, como si de un gusto culposo se tratara, tras el acuerdo y la experiencia, en nuestra vida privada y sobre todo en nuestra vida sexual, nos bautizamos como un matrimonio cuckold.

    Por lo demás todo seguía igual, cada uno en su empleo, ocupándose de sus asuntos, creciendo de manera individual y como matrimonio, trabajando y creciendo juntos, así pasaron 6 meses. Fuera de casa Yes tenía un fuego diferente, la veía más atractiva, con mayor seguridad, atraía miradas y eso a mí me encantaba, su coquetería ya no era solo con don José, lo aplicaba en la calle, los lugares donde íbamos y hasta en su trabajo, por lo que los nombres en la fantasía pasaron de mencionar al señor Diego a turnarse entre uno u otro, esto debido a la lógica disminución de la curva del placer, lo que volvió a poner en la mesa la necesidad de vivir otra experiencia cuckold.

    De la misma manera que la primera vez, comenzamos a indagar en las redes sociales, pese a lo tortuoso de buscar y conversar con personas en ellas, era la mejor opción por el anonimato que brindaban, aún no nos convencíamos de llevar el juego a algún bar o en la calle con desconocidos, mucho menos de hacerlo con alguien conocido, definitivamente las redes eran la mejor opción. Esta segunda ocasión fue más rápido encontrar cómplice, el señor Alonso de 46 años, cumpliendo con el perfil que ya habíamos acordado, mayor a nosotros por casi el doble de nuestra edad, de tez morena, corpulento y canoso, lo necesario para hacer contraste con mi joven esposa, de piel blanca, cabello negro enchinado, de trasero y tetas firmes.

    En esta ocasión nos citamos en una plaza comercial, ideal para que hubiera gente cerca, pero que también nos permitía perdernos entre la multitud, así no tendría nada de raro nuestro encuentro y de ser necesario poder salir sin problemas.

    Llegamos al punto acordado en la zona de comida, buscamos con la mirada, como intentando reconocerlo por lo que nos había descrito a través de los mensajes, además de lo dicho anteriormente, Alonso se dedicaba a dar asesoría legal, padre de 3, dos mujeres y un varón, divorciado hace seis años, pero cumplidor de sus deberes, sus hijas ya eran mayores de edad y su hijo estaba en los 17, con algunas experiencias en el llamado “ambiente”, pero con personas jóvenes muy pocas, no era tan común que una pareja joven fuera cuckold, regularmente estas se centran en los tríos y el intercambio de parejas.

    Alonso iría vestido con pantalón y camisa de vestir, y una chamarra de color negro, nosotros no le dijimos como iríamos, en parte como una sorpresa y un juego par saber si nos reconocía, por otra parte, si no nos agradaba no sabría quienes somos entre tantas otras personas en la plaza.

    Tras dar unas vueltas y descartar algunas personas, dimos con un señor que se asemejaba a la descripción, no era especialmente atractivo, pero eso era lo que buscábamos, un hombre común, ese que podría ser nuestro vecino, sentado en una banca atendía una llamada, lo miramos y nos miró, nos hizo una seña como pidiendo que esperáramos, Yes me volteo a ver como preguntándome, “¿cómo ves su actitud?”, le hice un gesto contestándole “que podemos hacer”, nos quedamos de pie y así lo esperamos.

    Su llamada se prolongo y nos tuvo cerca de 10 minutos esperando, pero en ese tiempo aprovecho para mirar a mi esposa, en esta ocasión nos dimos el tiempo para jugar en casa y prepararlo todo, pues dicen que para estas ocasiones la pareja debe de realizar todo un ritual, le elegí un vestido beige de esos tapados por debajo, pero con el escote abierto, debajo llevaba un babydoll negro sencillo pero que con su figura resaltaba perfectamente, por encima llevaba un abrigo gris que la tapaba muy bien hasta las piernas y tacones negros, todo esto con un peinado y maquillaje que se había tomado todo el tiempo del mundo para dejarlo bien, Yes era simplemente perfecta.

    Don Alonso colgó su teléfono y por fin nos saludó, con su mano apretó la mía con firmeza, a Yes la beso en al mejilla, tras una presentación normal nos confirmamos mutuamente como el hombre y la pareja que se habían mensajeado por las redes, nos invito una copa en uno de los restaurantes, lo que aceptamos con gusto, fue muy breve pero lo suficiente para conocerlo mejor, su voz y manera de expresarse nos brindó la seguridad que buscábamos, en efecto, era un hombre auténtico, nada especial, pero con ese algo que le hacía interesante.

    Tras la copa y la pequeña conversación, don Alonso nos insistió por otra ronda más, sin embargo, no la necesitábamos, nos había generado la confianza necesaria y era evidente que a Yes le había agradado, eso era suficiente para pasar a otro lugar, además, como pareja cuckold, sabemos lo que buscamos y no hace falta tanta cordialidad, le pedimos salir y dirigirnos a un lugar más íntimo con el fin de llevar la conversación a temas más discretos.

    Nos llevó hasta su auto, nos subimos en el asiento de atrás y emprendió el camino, pudimos conversar sobre su experiencia como single, aunque el lector no lo crea, estas suelen tener más tropiezos y no siempre terminan en buenos términos para la pareja o el single, la conversación nos proporcionaba información nueva que era bienvenida, por nuestra parte, quizás por la pena, le comentamos que ya teníamos algunas experiencias (en realidad solo había sido la ocasión de Diego), pero que nos había parecido una persona muy seria y discreto y no dudamos en darle una oportunidad para conocernos.

    Ya con mayor confianza y decididos a lo que iba a pasar, paramos en un minisuper, nos bajamos los tres, entrando el señor Alonso por delante y nosotros dos detrás de él, Alonso fue directamente a los refrigeradores, nosotros aprovechamos y paseamos por los pasillos buscando estar solos para conversar.

    K: ¿y qué tal?

    Y: me parece bien

    K: no es muy atractivo

    Y: no, pero se sabe expresar y tiene experiencia

    K: al principio no pareció agradarte

    Y: pues claro que no, nos dejó esperando de pie, eso me molesto un poco

    K: pero no perdió la oportunidad para verte bien

    Y: eso me molesto más, como si lo hiciera a propósito

    K: ¿tú crees?

    Y: si, pensé, ¡vaya patán!

    En ese momento Alonso nos habló con la mirada, quería saber que deseábamos tomar, me acerqué hasta donde estaba y elegí bebidas para nosotros dos, él ya había elegido las suyas, por su parte Yes ya había ido hacia la puerta, Alonso pago y nos retiramos del lugar. De vuelta en su auto, nos pidió el nombre de un motel al que nos gustara ir, le pedimos que él lo decidiera, la realidad es que nosotros como pareja teníamos poca experiencia en eso, desde joven yo alquilaba un departamento solo, así que siempre era el lugar elegido para terminar las veladas, el señor Alonso eligió uno de su agrado, muy conocido por el rumbo.

    Entramos y pago la habitación, nos sentimos algo nerviosos, no solo no habíamos entrado a un motel como pareja, sino que entrabamos al lado de un hombre mayor, sentíamos pena con los empleados, pero estos, seguro ya estaban acostumbrados a eso y a más, nos dieron el número de habitación, llevó el auto hasta ahí, un empleado se acercó para cobrar y tras el pago, finalmente nos dejaron solos, se cerró la cochera de la habitación, descendimos del auto y entramos al fin a la habitación. El lugar era bastante espacioso, muy bien arreglado, pero nada fuera de lo normal, tenía dos camas pues había sido una habitación doble y unos cuantos muebles para comer algo, la clásica pantalla con pocos canales y la mayoría de adultos, por lo que solo pusimos algo de música.

    Destapamos la primera bebida y continuamos hablando, ahora se trataba del trabajo, de la familia, su divorcio, nuestra relación, etc., estábamos muy cómodos hablando como si fuéramos amigos, tras una tercera copa, Yes se dirigió al baño, ahí se acercó el señor Alonso a hablar conmigo.

    A: y bien, dime, ¿le agrado a Yes?

    K: pues sí, para estar aquí es porque así ha sido

    A: ¿crees que hoy pueda pasar algo más?

    K: no lo sé, eso lo elige ella

    A: espero que así sea, la verdad es que tienes una hermosa mujer

    K: agradezco el cumplido, lo sé muy bien

    A: además son muy jóvenes, eso es raro de encontrar en el ambiente, al menos para mí lo ha sido

    K: supongo que no todas las parejas empiezan jóvenes

    A: la verdad es que no, la mayoría lo hacen para romper con la monotonía

    K: y nosotros solo por calientes jaja

    A: eso está muy bien, no se queden con las ganas de nada, disfruten ahora que son jóvenes

    1. créame, lo estamos haciendo

    A: además, debo decirte, Yes me recuerda a una amiga de mi hija la de en medio, iba de vez en cuando a la casa y se quedaba a dormir, siempre me costó reprimir mi deseo por ella

    K: pues vaya oportunidad, entonces creo que debe aprovechar ahora que tiene a mi esposa a su disposición

    Yes salió del sanitario y se volvió a sentar en la silla, destapado otra bebida y continuó con la conversación que había dejado antes, pasaron otros minutos así y no vi que el señor Alonso tomará la iniciativa, por lo que decidí ir al sanitario un momento, intentando darles algo de tiempo a solas y ver que pasaba. Desde el sanitario escuche que la conversación seguía igual, de pronto, sus voces fueron disminuyendo, también se oyeron pasos por la habitación los cuales se detuvieron, otro momento de susurros y luego, silencio.

    Salí del sanitario y justo cuando iba a dar vuelta en el pequeño pasillo, escuche ruidos de besos, se habían acercado a la pared que colindaba con el sanitario, ahí había un espejo de cuerpo completo, desde el lugar donde había quedado de pie les observaba, se estaban comiendo a besos, las manos de Alonso recorrían su cuerpo, se notaba lo que me había dicho antes, tenía ansias por una mujer joven y hoy, mi esposa estaba a su plena disposición.

    El señor Alonso la tomó del brazo y le dio la vuelta, la puso en frente del espejo, mostrando su trasero había él, se colocó cuerpo a cuerpo en esa posición, restregando su paquete en el trasero de mi mujer, comenzó un movimiento de vaivén apoyado por el ritmo de la música, Yes comenzaba a gimotear y de repente “plas”, Alonso le dio un azote en las nalgas con su mano áspera, esto hizo que parara más el trasero, otras y otra más, Yes se había pegado a él con mayor intensidad, alonso la sujetó del cabello y se acercó a su oído, le susurraba cosas inaudibles desde mi perspectiva, pero que habían logrado encender aún más a Yes.

    Yo camine hacia la mesa con tranquilidad, no deseaba interrumpirlos, aun así me observaron y se pusieron nerviosos por un momento, me observaron y vieron que me senté sin decirles nada, se miraron entre ellos y soltaron una risa en conjunto, así como la tenia de espaldas, la comenzó a desnudar, bajo su vestido y la dejo solo en el babydoll.

    Alonso babeaba al descubrir lo que había debajo, bajo hasta sus nalgas y les dio un sonoro beso, se reincorporo y Yes volteo su cuerpo para tenerlo de frente, lo miro como preguntándolo “que le parecía”, Alonso la tomo de la cintura y se la llevó hasta la cama más cercana, la recostó de espaldas y le abrió las piernas, le dio un sexo oral que hizo gemir a mi chica, estaba super excitada y no tardo en correrse, separo a Alonso de si y se sentó a la orilla de la cama, busco de inmediato su miembro, lo acaricio por encima del pantalón y desabrocho para tenerlo directamente en su mano, así lo masturbo un poco, pero la desesperación de Alonsos se hacía presente.

    Fuera pantalón y camisa, Alonso solo quedó en una camiseta de tirantes, de esas que se usan debajo de la camisa, calcetas y zapatos, poco atractivo, pero no querían perder más tiempo, Alonso de inmediato volteo a Yes y la puso en cuatro, se colocó el condón y así como estaba la comenzó a penetrar, no le fue difícil, su tamaño era normal, 12 cm si acaso, pero eso sí, bastante grueso, además, Yes ya estaba lubricada por el juego previo.

    Era todo un espectáculo, el cuerpo tosco del señor Alonso contrastaba con el pequeño cuerpo de mi esposa, empujaba todo su peso contra ella, por lo que Yes debía arquear su espalda en cada embestida, encima, el ruido de la cama era inevitable, siendo un motel tan popular, la realidad era que sus camas eran algo viejas, los colchones de resortes seguramente, lo que hacia que en la habitación se hiciera presente el rechinido clásico de las camas de antes.

    Debido a las diferencias de estaturas, Alonso acercó a Yes a la orilla y se puso de pie en el piso para así tenerla más a su alcance, la volvió a penetrar, pero la edad siempre es evidente, no le alcanzó el físico por lo que tuvo que llevarla hacia un potro que se incluía en la habitación. La subió encima de él, apuntó su verga en la entrada de su vagina y se la introdujo, tras unos momentos de estar así, aceleraron sus movimientos, llegando al orgasmo, se levantaron y Yes fue hacia la cama a recostarse, mientras Alonso tomaba otra cerveza y volvía a tomar aire.

    Con total normalidad, hablamos de lo ocurrido, les había gustado a los dos, eso era más que evidente por el espectáculo ofrecido, Alonso se disponía a tomar una ducha, pero le pedí primero dejarme pasara de nuevo al sanitario, sin problema me cedió el lugar, fui a orinar y me quedé un momento más para despejar los pensamientos, tenía una gran erección, pero como comente antes, había decidido no masturbarme para no perder los estribos y que los celos no me traicionaran, me despreocupe, aprovecharía el momento en que Alonso se bañara para tener relaciones con Yes, así como había sido en el encuentro con Diego.

    Con ese pensamiento salí del sanitario y me dirigí hacia donde ellos, no escuchaba ninguna conversación, pero conforme me acerque a la vuelta del pasillo escuche la respiración agitada de Yes, la escena que me encontré difería con lo que había imaginado hace unos momentos, el señor Alonso tenía a Yes encima del potro, con la cara hacia abajo y el trasero levantado, mientras él introducía sus dedos en su vagina, resbalaban con facilidad metiendo uno primero y luego dos, se detenía y le azotaba el trasero con sus manos, traía un condón puesto y el pene erecto de nuevo, lo colocó a la altura de su vagina y lo introdujo.

    No mantuvo los movimientos constantes de antes, lo sacaba y lo introducía, hacia que lo sintiera todo dentro de su vagina, teniéndolo fuera le dio palmadas con él en la entrada de su vagina, aceleró el ritmo de sus golpecitos con la punta de su miembro y de repente, salió líquido del interior de la vagina de mi esposa.

    El señor Alonso había provocado un squirt muy abundante, yo sabía que mi esposa era multiorgásmica y alguna vez había logrado un squirt, pero no había salido tanto líquido como ahora salía de su vagina, de nuevo introducía sus dedos y seguía el mismo juego, unas palmadas y de nuevo líquido, se notaba como escurría por sus piernas, me dirigí a sentarme en la orilla de la cama con la intención de observar de cerca, pero cuando pase a un lado de ellos casi resbalo, no me había fijado en el piso en el que estaban, pero en este había un charco considerable, no percibo que fuera mucho tiempo el que me retire, pero había sido el suficiente para provocar todo eso en mi esposa.

    Me senté en la cama, Yes no me noto, estaba con la cara pegada en el potro, su rostro se veía sonrojado y su mirada estaba perdida, Alonso me miró, pero su cara era más seria, sin mediar palabra levantó la cara de Yes e hizo que pusiera sus manos en el potro para sostenerse, se colocó detrás de ella y la penetro, ahora sí con movimientos constantes, ella gemía o más bien, chillaba.

    A: ¿te gusta?

    Y: siiii

    A: que te gusta

    Y: tu veeergaaa

    A: ¡dime que eres!

    Y: soy una putaaa

    A: eres una zorra infiel

    Y: ¡sí, soy una zorrita infiel!

    A: ¿y tu marido?

    Y: … no se

    A: ¿qué es tu maridito?

    Y: es… ¡un cornudo!, ¡ahhhh!

    A: te gusta serle infiel a tu cornudo

    Y: ¡sí, me encanta ponerle los cuernos a mi marido, ayyyy!

    Alonso le levantó la cara para que pudiera verme, cuando me vio se puso más roja de lo que ya estaba, me volteo la cara para no verme a los ojos, pero don Alonso continuó con su juego.

    A: ¿la escuchaste cornudo?

    K: … sí señor

    A: ¿escuchaste como ahora es mi puta?

    K: sí señor

    A: vamos zorrita, dile a tu marido ¿Quién es mi puta?

    Ella no podía con la vergüenza, se quedó callada con la cara hacia abajo, mientras Alonso seguía con las embestidas., le dio un azote en las nalgas y volvió a ordenarle.

    A: vamos zorra, que no te de pena, a tu marido le gustaría oírlo o ¿no es así?

    K: … si

    A: ¡vamos, pídeselo tú mismo!

    K: dilo mi amor, ¿qué eres?

    Y: …soy … una putaaa

    K: ¿la puta de quién?

    Y: de don Alonso

    K: ¿y yo?

    Y: … ¡un cornudooo!

    A: ¡ah me vengo zorraaa!

    El señor Alonso no aguanto más, sacó su verga del interior de Yes y se corrió en sus nalgas, ella se quedó boca abajo, tomando aire e imagino que avergonzada por lo ocurrido. Tras unos minutos así, se levantó y se sentó en la orilla de una de las camas, mientras Alonso y yo ya conversábamos de nuevo.

    A: espero no haberme excedido, a algunas parejas les gusta que los trate así

    K: no se preocupe, la verdad es que ha sido diferente pero no creo que fuera molesto

    A: es que tienes una esposa muy bella y la manera en que se ha ocurrido me ha sobreexcitado

    K: lo imagino, ha sido todo un espectáculo

    A: si, vaya que moja mucho, imagino que ya lo sabías

    K: si claro, lo sé

    Mentí para que no se creyera mucho y porque sentí que negarlo sería algo humillante para mí, Yes ya más calmada se reintegró.

    A: espero que lo hayas disfrutado tanto como yo

    Y: si, ha sido bastante bueno

    A: le pedía disculpas a tu marido, espero no se hayan ofendido con mis palabras

    Y: al contrario, que me hablara así me encendió aún más

    A: pues que mejor, para eso es que lo hago, para que disfruten

    Y: si, lo he disfrutado mucho y creo que mi esposo igual

    K: si, ha tenido algo de placentero

    Sin mucho más que hacer, nos llevó de nuevo hasta el lugar de encuentro y nos despedimos, ya en casa, nos volvimos a devorar mientras recapitulamos lo ocurrido horas antes, la situación había sido diferente a lo planteado originalmente, pero la verdad es que la improvisación de don Alonso nos había parecido placentera, habíamos descubierto un gusto nuevo, que fueran dominantes con nosotros.

    El sexo fue tan intenso como la vez anterior, afianzábamos la idea de que definitivamente este estilo de vida era para nosotros, todo ese mundo de placer establecido en mutuo consentimiento y para goce de ambos, los cuernos en presencia mía, el sexo con desconocidos, la confidencialidad que ese anonimato brindaba, teníamos nuestra formula y lo seguiríamos haciendo así, o al menos, eso es lo que imaginaba.

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  • Mi esposa, la masajista (1)

    Mi esposa, la masajista (1)

    La reunión de amigos estaba en pleno auge, risas, copas y charlas cruzadas llenaban la sala. Lorena, mi mujer, destacaba sin esfuerzo: rubia, alta, de curvas generosas, caderas anchas y unas tetas enormes que atraía miradas aunque ella intentara disimularlo con su sonrisa despreocupada. Su seguridad y esa mezcla de dulzura y sensualidad hacían que todo el mundo se sintiera atraído por ella.

    Esa noche, Edith estaba especialmente emocionada por presentar a su novio, Eduardo. Yo lo conocía del barrio: un tipo de mucha plata, mujeriego, siempre con historias que dejaban claro que tenía tanto carisma como recursos. Mientras los demás charlaban de trivialidades, Eduardo se quejaba con un gesto de molestia:

    —Ando con unos dolores terribles. En el corralón de materiales, cada vez que levanto algo siento que me voy a romper.

    No pude evitar que mi mente volcara la situación hacia nuestra realidad: con la economía en crisis, yo sin trabajo y haciendo changas para sobrevivir, y Lorena trabajando como masajista solo para mujeres, por una cuestión de seguridad, cada oportunidad de ingreso contaba.

    Un pensamiento cruzó mi cabeza y, sin que ella lo esperara, me animé:

    —Che, si querés, un día te podés venir a casa y Lore te hace unos masajes. Te vas a sentir como nuevo. ¡Es buenísima!

    Eduardo me miró sorprendido, y por un instante que se sintió eterno, sus ojos se posaron en el escote de Lorena. Su busto grande y firme era imposible de ignorar, y el brillo en la mirada de mi mujer delataba que ella se daba cuenta de la fijación del tipo. Un calor recorrió mi espalda mientras sentía una mezcla de celos y excitación: exactamente el tipo de morbo que me atraía, ver cómo alguien más la deseaba mientras yo estaba ahí, testigo.

    —¿En serio? —preguntó Edith, mirándola.— Pensé que solo le hacías masajes a mujeres, pero buenísimo si le haces a Edu, ¡se vive quejando de los dolores!

    —Sí… —respondió ella, intentando sonar casual, sin entender mucho lo que pasaba. —Solo porque es tu novio, no le hago a cualquiera— Insistió.

    Después de que Eduardo aceptara venir a nuestra casa en la semana, la noche transcurrió normalmente, hasta que volvimos a casa. Nos sentamos en el sillón, y Lorena se acomodó a mi lado con esa mezcla de picardía y deseo que siempre lograba ponerme alerta.

    —¿Y cómo surgió lo de Eduardo? —me preguntó, con una sonrisa traviesa—. Pensé que te molestaría que masajee a un hombre, ¿no te vas a poner celoso?— mientras me acariciaba la pierna.

    Sonreí, intentando mantener la calma, aunque sentía el calor subiéndome por todo el cuerpo. Lorena se inclinó un poco más cerca, rozando mi brazo con su generoso escote, y bajó el tono de voz:

    —Contame amor… ¿te excita un poco que masajee a otro hombre?

    Su pregunta, directa y juguetona, me encendió. La miré de arriba a abajo: su camisola escotada dejaba entrever sus hermosas tetas, el jean ajustado realzaba sus caderas anchas, y debajo, se veía apenas la tira de la bombacha blanca. No llevaba corpiño, y cada movimiento suyo me volvía loco.

    Sin dudarlo, me acerqué y empecé a subirle la camisola, dejando sus tetas al descubierto mientras ella me miraba con esa mezcla de picardía y lujuria que me calentaba mal. La charla se volvió susurros entrecortados, gemidos suaves y risas mientras nuestras manos exploraban y nuestras bocas se encontraban. Poco a poco, fuimos despojándonos de la ropa, ella me desabrocho el pantalón y lo bajo junto con el bóxer hasta las rodillas. Yo por mi parte, acariciaba sus hermosas tetas, disfrutándonos.

    —¡que durito te pusiste, veo que la idea te calienta!— mientras su lengua jugaba con mis labios.

    —¡vos me calentás, con esas tetas!

    —mmmmm —gimió ella.

    —¿decís que a Edu le gustaran?— replico.

    Ese comentario me volo la cabeza, nunca habíamos fantaseado con algo asi, no juntos.

    Lorena se acomodó sobre mí, apretando su pelvis contra mi verga. Sus enormes tetas rozaban contra mi torso, y yo no podía dejar de recorrer sus caderas y espalda con mis manos, sintiendo cómo mi excitación crecía.

    —amor… —susurró, rozando su rostro contra el mío—. Me volvés loca, y así durito como estas, mas todavía…

    —mmm, me estás matando —jadeé, mientras apretaba sus curvas con fuerza—. No sabes las ganas de cogerte que tengo…

    Ella arqueó la espalda provocativa, susurrando entre gemidos:

    —Mm… ¿sí?… — mientras se ponía de pie, y comenzaba a quitarse el jean, quedando en bombacha con la blusa desprolija producto de mis toqueteos… —¿te gusta como estoy?— improvisando unos movimientos hipnotizantes

    —estas hermosa amor— mi mano habia ido hacia mi verga instintivamente para masturbarme mientras apreciaba el exuberante cuerpo de mi mujer.

    —mmm me encanta verte así de caliente— mientras apretaba sus tetas, me hacia desear…

    —vení que no aguanto dale, sentate acá— le dije…

    Lorena se acerco, paso una pierna por el costado, luego la otra, se corrió la bombacha, y suavemente ubico mi verga en la puertita de su concha…

    —Mmm… me encanta lo duro que estas pendejo, estas re caliente, y solo porque voy a masajear a otro tipo, que pajero que sos

    —si, viste, me re calienta pensar eso… —mientras comenzábamos a movernos a un ritmo mas rápido, su cuerpo saltaba sobre mi…

    —Mm… seguí así… más fuerte… dale, llename… —gritó Lore, pocas veces la habia visto asi de caliente —. Quiero sentir tu lechita… dale, acabame pendejo…

    —mmmm — no pude contenerme ante semejante pedido…

    —mmm siiii, dale que yo tambien me acabo amor… — dijo mientras me sofocaba con sus pechos y aceleraba las embestidas…

    Evidentemente la situación nos volvía locos a ambos.

    Nuestra respiración agitada llenaba la habitación. Nos quedamos así un buen rato, luego en la cama volvimos a coger desenfrenados…

    El día había llegado y Lorena estaba visiblemente nerviosa. Para que pudiera trabajar tranquila y concentrarse en su masaje, le dije que iba a salir a hacer unos trabajos de plomería en la casa de un vecino, un problema que necesitaba atención urgente en su baño. Ella asintió sin dudarlo, confiada, mientras yo sabía la verdad: no iba a ningún lado, me quedaría en casa, escondido, para ver cada detalle de lo que sucediera. El quincho estaba preparado cuidadosamente: cerrado, vidriado, lleno de plantas y elementos que generaban un clima de calma, casi zen. Lorena lo había arreglado para crear un espacio de tranquilidad total, con luz suave y música apenas audible de fondo.

    Cuando Eduardo llegó, Lorena lo recibió con su habitual dulzura. Llevaba unas calzas negras y una remera blanca, simple, discreta, pero en su cuerpo todo resultaba sugestivo. La tensión en el ambiente era palpable, y yo sentí un cosquilleo en el estómago mientras la observaba preparar todo. Eduardo estaba con un joggin muy fino y una remera liviana, ropa cómoda, acorde a la ocasión. Lorena lo guio al fondo del quincho, tuvieron una breve charla casual, lo invito a recostarse sobre la camilla. Él se ubico boca abajo, entregándose a la sensación, y yo me acomodé discretamente en la ventanita para espiar. Comenzó a masajearlo.

    Los suspiros de placenteros de Eduardo no demoraron en salir.

    —que bien se siente esto, sos buenísima Lore— le dijo entre suspiros.

    —gracias, me alegra que te gusten— respondió ella timidamente.

    Los masajes se extendieron desde la alto de su cuerpo hasta la planta de los pies. Ahora era el momento de darse vuelta.

    —ponete boca arriba—le dijo ella suavemente, sin saber lo que se venia.

    Cuando Eduardo se giro, Lore se tensó de inmediato. Su respiración se aceleró y sus manos temblaban ligeramente. No podía ignorarlo: la erección de Eduardo era enorme, imposible de disimular bajo su joggin, y la sola visión la dejó visiblemente incómoda.

    Eduardo, notando su incomodidad, sonrió con esa confianza arrogante que siempre tenía. Con voz baja, casi susurrando, le hizo un comentario que parecía casual…

    —perdon, es que lo estoy disfrutanto mucho, y viste como es esto…

    —no no, esta bien —dijo con voz temblorosa.

    Intento retomar los masaje pero la incomodidad era evidente.

    —perdón, pero no puedo continuar —dijo alejándose.

    —¿por? No muerde —dijo a modo de burla, como minimizando la incomodidad de ella.

    —me parece que no da, es muy incomodo trabajar asi, sos el novio de mi amiga, yo tengo pareja— dijo ella.

    El rostro de Eduardo cambio por completo —disculpa, no quiero incomodarte, sos muy buena en esto, y me gustaria continuar con el masaje, ¿que te parece si te propongo algo?

    Lorena parpadeó, sorprendida, y retrocedió apenas un paso, sus manos sobre su abdomen como si buscaran protección.

    —¿que? — dijo ella, casi con miedo.

    —¿que te parece si te doy unos pesos extra para que relajes esa zona de ahi? Algo asi como un “final feliz”. ¿Te van 100 lucas? — dijo totalmente desvergonzado

    Ella se quedó en silencio, procesando lo que acababa de escuchar, y yo desde la ventanita contuve la respiración. Cada músculo de su cuerpo reflejaba la tensión: no estaba segura de cómo reaccionar, pero era evidente que la propuesta había desbordado su control. Era mucha plata y nos venia muy bien.

    Eduardo permaneció allí, serio pero confiado, dejando que el momento se estirara, midiendo su efecto. La atmósfera del quincho cambió completamente: de calma y concentración, pasó a una tensión cargada de incomodidad y deseo contenido.

    Lorena finalmente recuperó un poco la compostura, pero era evidente que estaba completamente impactada. Su mente corría a mil por hora, evaluando la situación mientras su respiración se aceleraba y yo la miraba, sintiendo un calor intenso recorrerme todo el cuerpo.

    La oferta de Eduardo era provocativa y directa: cien mil pesos por un “final feliz”. Su mirada se cruzó con la suya, midiendo la situación, evaluando riesgos y posibilidades. Por un instante, parecía que iba a rechazarlo, pero finalmente, con un suspiro apenas audible, aceptó, imponiendo su propia condición: aquello debía quedarse entre ellos, nadie más podía enterarse. Eduardo asintió, con una sonrisa satisfecha.

    Lorena se tomó un momento para recomponerse, respirando hondo, caminando un par de pasos hacia la mesa donde había preparado sus utensilios de trabajo. Se movía con timidez y cuidado, ajustando su ropa, preparando la situación de manera profesional. Tomo un spray con aceite lubricante y se ubico a su lado.

    —te podras sacar la remera? supongo que tendras algo debajo— dijo el.

    Algo molesta, acepto, había 100 lucas extras en juego, no podia perderlos.

    — ufff — susurro Eduardo al verla.

    Lore se acomodo a su lado. Le quito tímidamente el pantalon y el boxer, dejándolo solo con la remera puesta. No estaba del todo dura, y ya tenia un tamaño considerable. Ella se impacto, aunque intento disimular. Ante los primeros chorros del spray la verga reacciono y se endureció del todo. Tendría fácil unos 21, 22 cm, ancha. Con mis modestos 15 cm no tenia nada que hacer ante semejante demostración. Lore miraba atonita.

    Acerco sus manos…

    No pudo evitar estremecerse al sentir la dureza de Eduardo bajo sus dedos. Comenzo a acariciarlo suavemente, intentando que parezca un masaje profesional, pero no era mas que una paja. Con cada movimiento que Lore hacia, él arqueaba su cuerpo contra la camilla, respirando profundamente. Ella se inclinó un poco más, lo rodeo con ambas manos, notando cómo cada vena saltaba bajo la piel mientras él respiraba con fuerza.

    —mmmm… que bien se siente esto… no pares —suspiro, mientras sus manos se apoyaban sobre la camilla, apretando el plástico fuertemente.

    Lorena empezó a alternar la presión, apretando firme la base y acariciando suavemente la punta con la palma, disfrutando disimuladamente de cada reacción. La erección de Eduardo era era tremenda, y cada gemido suyo hacía que el cuerpo de Lore reaccionara. Sus pechos erectos comenzaban a marcarse suavemente en el top, y su entrepierna empezaba a traicionarla.

    Desde la ventanita yo lo veía todo. Cada empuje de su cadera, cada movimiento de sus manos, cada jadeo de ambos me subía la temperatura al máximo. Ver cómo Lorena lo manejaba, cómo su cuerpo reaccionaba, cómo Eduardo estaba completamente entregado a ella… me volvía loco de excitación.

    —Sí… así… mmmm… —gimió Eduardo, mientras su cuerpo se arqueaba y su respiración se aceleraba. Lorena ajustaba la presión, subiendo y bajando con ritmo firme, disfrutando de la sensación de tenerlo completamente a su merced, sintiendo cómo cada reacción de él la excitaba aún más.

    Cada suspiro y gemido de Eduardo se mezclaba con el calor de Lorena. Sus dedos se movían con precisión, y no tardó en notar cómo su pija se hinchaba más, cada vez más tenso, presionando contra su mano, buscando más contacto. Ella se mordía el labio mientras lo masturbaba con fuerza, alternando movimientos rápidos y lentos, jugando con la punta, con la base, con cada parte.

    —mmmm… dale… sí… más… —gimió Eduardo— no doy mas… — mientras una de sus manos se ubicaba en la cintura de Lore.

    —no… —dijo con miedo.

    —perdon es que estoy re caliente, dejame tocarte un poco. Te doy 50 lucas mas.

    La oferta era muy tentadora. Esta vez no lo penso tanto.

    —ok, un poco, pero no te tardes mucho en acabar, mi marido podría volver. — Mientras sus manos volvían a la verga.

    Ese comentario creo que lo calentó aun mas. Ni lento ni perezoso, la mano izquierda de Eduardo fue sobre el top de mi mujer, quitándoselo para luego comenzar a masajear sus tetas.

    —mmmm que hermosas tetas tenes — resoplo mientras se tenzaba.

    Lore se mordió el labio y continuo masturbandolo, lo hacia con fiereza, lo apretaba fuerte, le gustaba ver como se hinchaba la cabeza, el trato profesional había quedado lejos.

    —mmm seguí, si… ¿Decime algo, te gusta mi pija? alguna vez tuviste alguna así en las manos?

    Lore continuaba callada…

    —dale, seguime el jueguito así acabo mas rápido… — mientras se relamia apretando los pechos de Lore… —¡uffff que tetas hermosas que tenes! ¿te gusta mi verga? ¡Dale! —insistió

    —si, es grande— dijo tímidamente

    Los dedos de Eduardo jugaban con los pezones de mi mujer, mientras ella aceleraba el ritmo de la paja…

    —dale, si, seguí hija de puta, dale que ya viene…— mientras sus piernas se tenzaban, y sus huevos estabana a punto de explotar…

    Lore se dejaba manosear mientras lo masturbaba cada vez mas rapido…

    —ahhh, seee, ahhhh

    La leche broto como un volcán, las manos de mi mujer se llenaron de leche espesa, mientras Eduardo se retorcía de placen en la camilla…

    —ufff por diosss — mientras la pija le latía, era hipnótico…

    Nunca habíamos visto algo semejante, una acabada increíble.

    Lore de a poco se fue alejando mientras acomodaba su top, en busca una carilinas para que se limpiara.

    Nerviosa — toma, limpiate y cambiate rápido que puede venir— su rostro estaba coloradisimo, estaba agitada.

    En cambio Eduardo se encontraba totalmente relajado.

    Se limpio, se incorporo y fue por su celular. —pasame tu alias así te transfiero la guita, me encanto esto, ¿Cuándo podemos repetir?

    Lore se sorprendió, el dio unos pasos y se ubico frente a ella. La tomo de la cintura, le apoyo levemente el bulto.

    —decime cuando repetimos, te puedo dar mas plata y si te animas a mas— mientras le tiraba la boca como para un beso.

    Ella dio un paso atrás—no se, despues te escribo, ahora andate por favor antes de que venga mi marido.

    —ok ok, no insisto— mientras se alejaba hacia la puerta del quincho, como para irse.

    —gracias— le dijo ella antes de que se fuera.

    El la miro, y le guiño un ojo… Ni bien puso un pie fuera de la casa, Lore fue a cerrar y se fue directamente al baño a darse una ducha, nunca imagino que yo había visto todo…

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  • Asesoría candente

    Asesoría candente

    Ese día me citaste en la universidad para darle la última revisión a mi tesis de posgrado, cuando llegué te avisé que estaba ahí y me pediste que te alcanzara en la biblioteca ya que estabas realizando un trabajo en la computadora, al ingresar a la biblioteca no te vi, de repente saliste de uno de los cubículos privados y me pediste que fuera a donde te encontrabas.

    Por el lugar donde nos encontrábamos el saludo fue frío y distante, solo un choque de puños como dos grandes amigos, posteriormente platicamos un poco, al sentir tu cercanía mis pechos se endurecieron, sentía cosquillas en los pezones cada que me acercaba a escribir en el teclado, una de mis rodillas rosaba tu pierna, poco a poco el ambiente fue cambiado, sentí que tu respiración se agitaba, así seguimos un momento sin decir nada, solo el lenguaje corporal se manifestaba.

    De pronto al quitar la mano ¿qué otra cosa corregía?, pusiste mi mano sobre el cierre de tu pantalón, sentí tu pene erecto, grande, duro, wow. Mi primer impulso fue apretarlo, así estuvimos un momento en donde la adrenalina invadió nuestros cuerpos, yo seguía apretando y soltando tu pene a diferente ritmo, mientras tanto vigilabas que nadie se acercara.

    Dejamos de editar el documento, nos enfocamos en complacernos uno al otro, tú separaste mis piernas, las acariciaste suavemente, dabas pequeños apretoncitos, poco a poco fuiste subiendo la mano, llegaste a mi entrepierna, comenzaste a tocar sobre el pantalón, frotabas tu dedo con mi clítoris, comencé a moverme suavemente, sentía mi vulva humeda, mi vagina contraerse suavemente, pasaste tu mano para atrás tocaste mis nalgas, las acariciaste, las apretaste, lo que me fascino, al tiempo que lo hacias tu brazo apretaba mi pecho, lo que incrementó el placer, quería gemir, gritar de placer, pero no podía hacerlo, en voz baja me recordaste el lugar donde estábamos.

    Paramos por un momento, ambos estábamos excitados, desvíe la mirada a la ventana, sentía mi respiración agitada, de pronto te bajaste el cierre del pantalón, sacaste esa deliciosa, enorme y firme verga, la mire por un momento, volteamos a todos lados y sin pensarlo tomaste mi cabeza y la dirigiste a tu entrepierna en voz baja me pediste que la mamara, que la mordiera, escucharte me excito mucho.

    Metí tu verga de inmediato a mi boca, seguí tus indicaciones, la adrenalina invadió mi cuerpo, sentía humedecerse mi vulva, mi vagina se contraía, sentía que en cualquier momento expulsaría agüita, me contuve, seguí mamándotela, a diferentes velocidades, estaba a punto de estallar, empezaste a contonearte, me indicaste que pronto terminarás, aumente la velocidad, estaba salivando mucho, wow, siii, sentí como expulsaste la deliciosa lechita, hice un gran esfuerzo para no ahogarme, por un momento olvidamos que nos encontrábamos en la biblioteca de la universidad donde te conocí, hace ya casi 20 años, cuando era tu alumna, en ese entonces jamás pensé que esto pudiera suceder.

    Antes de despedirnos nos aseamos, guardamos la laptop y salimos a la cafetería a tomar un refresco, ambos seguíamos extasiados, asombrados de lo que hicimos, después un choque de puños fue el término del encuentro.

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  • Mi profesor y yo (Me graba en el motel)

    Mi profesor y yo (Me graba en el motel)

    Descubrí que era un completo depravado ninfómano y resultó de lo más delicioso.

    El prometido encuentro con mi profesor no se hizo esperar mucho, pues ocurrió en esa misma semana, un sábado por la tarde. Justo una noche antes él me envió un mensaje de texto que me dejó cachonda y aumentó mis ganas de ese encuentro, ya era costumbre en estos últimos días enviarnos mensajes, audios y fotos cachondas.

    Aquel texto se sintió tan bien… Versaba de la siguiente forma:

    «Mañana la vamos a pasar muy rico muñeca, te quiero ver con el vestido de licra que tenías el lunes, se te marcaba bien rico ese culito, solo de verte se me ponía dura la verga, mañana te daré unas ensartadas bien duras como castigo por no llevar ese vestido en mi clase.

    Me tienes tan cachondo con esos mensajes y tus fotos, ya quiero escuchar esos gemidos tan ricos cuando tengas la verga adentro. Tengo que aguantar no follarte en la clase cuando te vistes tan putita para mí. Te veré mañana a la 1 pm, a una calle de tu casa.

    Quiero hacer algo muy rico contigo.»

    Para ese momento no sabía su juego pero su mensaje me puso más ansiosa de verlo. Decidí enviarle una respuesta contundente y eso fue una fotografía bien rica, me desnudé y me puse en cuatro con el culo frente al espejo posé a modo de que también pudieran verse un poco mis tetas, tome la foto cubriendo parte de mi rostro y se la envié, quedó tan encantado que me respondió en un audio de voz diciéndome “Eres una delicia Ana, te daré una reventada como la mereces perrita”, me encantaba oírlo decir esas cosas.

    Al día siguiente me vestí tal como dijo, pero decidí no llevaría más que una diminuta tanga bajo el vestido, e iría sin sostén para que se marcarán mis pezoncitos, me puse mis zapatos de tacón alto, algo grueso, até mi cabello en una media coleta y me maquillé, labios rojos y ojos delineados, salí de mi casa sin mayor inconveniente, camine una calle y ya se encontraba allí, esperándome dentro de su elegante auto, podía verlo no perderme de vista desde el parabrisas, me sonreía y subí de inmediato al auto.

    —Que preciosa muñeca —dijo aún con esa sonrisa y la picardía de su mirada.

    —También se ve bastante guapo, la ropa casual le sienta muy bien profesor —elogié, aunque tenia mas fetiche al verlo de traje.

    —Aquí dime Rodrigo —sonrió enfocando su mirada en mis tetas las cuales claramente se notaba el pezón.

    —Rodrigo… —susurré mordiendo mi labio…

    Después la platica fue totalmente casual, todo el camino hacia el Love Motel, incluso discutimos algunos problemas de la universidad, me cuestionó sobre mis otras materias y demás, jamás imaginé tener pláticas así estando con el, ese contraste entre el profesor caballeroso y el pervertido, cuando llegamos al lugar bajo primero para abrirme la puerta y me escoltó del brazo a la recepción del motel, ya tenía una reservación echa y después de recoger la llave subimos al elevador, pude notar que cargaba una especie de maletín, pero no le tomé importancia.

    Llegamos a la habitación, al abrirme la puerta me dio una nalgada, entre y que buena habitación, piso alfombrado, una cama enorme con la pared trasera y lateral total de espejo, un potro el cual estaba más cerca del espejo, la enorme pantalla, un sofá y luces led de colores cambiantes, gire y pase mis manos por su cuello, no se hizo esperar el devorarnos a besos, el toqueteo y los susurros de promesas obscenas, ya era ese profesor pervertido que me encantaba.

    Sin embargo detuvo el beso y me miró fijamente a los ojos y saco una cámara de vídeo pequeña, yo no sabía que decir, me puse nerviosa y por supuesto insegura de tal cosa.

    —Sera divertido —me apretó contra el y movía la cámara al lado de mi cara— Nos vamos a divertir.

    —Pero alguien lo podría ver… yo no.. —me puso su índice en los labios.

    —Te veras bien rica —me apretó el culo— Se una buena perrita.

    No estaba segura pero este hombre me tenía bien cachonda desde aquel día en la universidad, dio por echo mi aceptación y colocó la cámara en el tripeé, supongo que de allí tenia buen ángulo, ya que importaba, por mi mente solo pasaba querer follar.

    Regresó a mi, me apretó contra una pared, me cargó y enredé mis piernas en su cadera, empujaba su pelvis contra mi y el rose me hacía mojarme, lo escuché sonreír cuando sintió que solo tenia una tanga, me llevo a la cama quedándose sobre de mi, sus besos recorrían mi cuello, apretaba mis tetas con devoción por encima del vestido, yo pasaba mis manos por su nuca, por su espalda y soltaba gemidos pronunciando su nombre, el me mordía los labios y me moví para quedar sobre de el, me levanté un poco moviendo la cadera para sentir su bulto frotar mi coño, poco a poco baje mi vestido hasta que liberé mis tetas frente a esos ojos lujuriosos.

    —Que rica estás —deslizaba sus manos desde mi cintura hasta mis tetas y las masajeaba— déjame ver ese culito…

    A su petición me acomodé en cuatro al otro extremo de la cama, quedando frente al espejo, apenas y se podía ver parte de mi culo, el se removió en la cama hasta quedar de rodillas tras de mi, poco a poco fue subiendo mi vestido revelando mas mi culo ante su mirada ansiosa, acariciaba mis nalgas en movimientos circulares para darme una nalgada.

    —Me encanta como tiembla este culito —me volvió a dar más nalgadas fuertes con ambas manos y yo soltaba gemidos— ¿Que es lo que quiere mi perrita? —me pregunto frotándome su duro bulto.

    —Quiero verga papi —respondí en una aguda voz suplicante— Quiero que me cojas bien duro…

    Sin decir nada más se bajó de la cama sacándose la verga, me jaló hacia él y sacudió su erección de arriba abajo diciendo “primero mi perrita la va a mamar como me gusta”, por supuesto que me lancé a esa verga con todas las ganas, aún estando en cuatro me puse a mamársela como un hambriento ternero, se podían escuchar mis chupadas y las arcadas cuando me la empujaba por la garganta, me daba nalgadas y yo trataba de levantar más el culo, porque sabía perfectamente que el no lo perdía de vista en el reflejo del espejo, por momentos lanzaba rápidas y dudosas miradas a la cámara no tenía idea se si estaba ya en función.

    —Que boquita, que boquita de puta tienes —soltó un alto y ronco gemido— ¡Trágatela! —y la empujó con todo por mi garganta.

    Me tomaba del cabello y empujaba repetidas veces, como si me follara la garganta, gemía delicioso y a mi se me mojaba cada vez más el coño, me empecé a dar dedito yo sola y al ver eso Rodrigo me ordenó meterme los dedos, él disfrutaba de verme hacerlo, cuando me dejó descansar y me saco la verga de la garganta, me la froto por todo el rostro y me hizo sentarme en la cama para poner su erección entre mis tetas, me las folló como tanto deseaba, termino a horcajadas sobre mi, follándome las tetas yo abría la boca y sacaba la lengua para rosar su glande.

    De repente me dio una bofetada y se movió quedando entre mis piernas, termino de quitarme el vestido, solo quedando en tanga y tacones, empezó a besarme bajando por mi cuello, chupando mis tetas, lamía y jalaba mis pezones, se me erizaba la piel y me arrancaba gemidos llenos de placer, olvidé por completo esa estresante cámara justo al lado de la cama, cuando caí en cuenta que bajaría a comerme el coño lo detuve.

    —Ya métemela —le rogué ardiendo en ese lujurioso deseo —Ya dame verga Papi Por favor —seguía rogando como una puta, moría por sentirlo adentro.

    —Ruega putita, me encanta que rueguen…—pero parecía no querer cambiar su objetivo, “el castigo”.

    Escuché su risa y siguió bajando para comerme el coño, yo arqueaba mi cuerpo y abría mis piernas sintiendo ese fuego crecer cada que me pasaba la lengua y la metía entre mis pliegues, me estaba castigando de la manera más deliciosa, metía sus dedos y los movía como si batiera algo dentro de mi, me tenía gimiendo y jalando las sábanas de la cama, pidiendo a gritos que me la metiera ya, de pronto se detuvo y lleve la mirada a él estaba desnudándose sin despegar la vista de mi, levanté las piernas y las abrí en una V, me toque le coñito abriéndolo con mis dedos.

    —Te voy a reventar ese coño —sacudía su erección acercándose y frotándola en mi empapada entrada, la hacía chocar y el sonido me erizó la piel— Estás chorreando mamacita.

    —Porque ya quiero tu verga papi —abrí la boca gimiendo y haciendo mi tanga a un lado.

    —Yo se que la quieres, a eso ha venido mi deliciosa y puta alumna…

    Sonreí, me encantó oír eso de su viva voz, pero esa sonrisa cambió, pues me la ensartó de golpe y a pelo, mi cuerpo se arqueo de inmediato soltando un fuerte grito lleno de placer aunque pareció de película de terror, me tomó de las piernas y me empezó a ensartar tan duro que el choque de nuestro sexo era violento, ruidoso, viscoso, era simplemente delicioso a mis oídos, gritaba su nombre y me apretaba las tetas, lo sentía entrar hasta el fondo, me llenaba bien rico, el gemía como un animal apareándose, llevó su diestra a mi cuello y apretó sin dejar de follarme duro.

    —Trágatela toda perra —jadeaba de manera ronca y arremetía duro contra mi coño.

    —Si… más —apenas podía hablar, su presión era fuerte, no tanto para no dejarme respirar pero si lo suficiente para que se dificultará hablar.

    —Responde perra —quito su mano y me dio una bofetada, yo sonreí, eso me estaba encantando.

    —La quiero toda papi —le dije fuerte gimiendo apretándome las tetas.

    —Estas ardiendo por dentro, —soltó un gemido y apretó su mano en mi cuello una vez más y más fuerte— Aquí si te puedo disfrutar como quiero…

    Seguía el mete saca, gemía bien rico sin perder de vista mi cara y mis tetas, repitiéndome que era una puta y yo le respondía, “Si papi soy tu puta”, eso parecía encantarle, y yo le estaba tomando el gusto delicioso. Me la sacó y me puso en cuatro sobre la cama, separé bien las piernas y levanté el culo, me la volvió a ensartar sin espera, mi reflejo en el espejo daba un toque aún mejor al momento, tenía una visión de nosotros tan cachonda, al mirar al frente podía ver a Rodrigo bombeándome rico tomándome de la cintura y al mirar a la izquierda era aún mejor, mis tetas balanceándose, mi culo rebotando en la pelvis de mi profesor y como se perdía su verga dentro de mi, esta última es la que la cámara estaba captando también.

    Apretó mi cadera con sus enormes manos y atrayéndome hacia el para ensartar me duro.

    —¿Qué eres? —dijo y me dio una fuerte nalgada.

    —Soy tu puta —le respondí a gritos mirándolo de frente por el espejo, abría mi boca gimiendo llena de placer.

    —Grita Ana, Grita como la puta que eres —me jalo el cabello y me ensartaba tan duro que dolía, así que mis gritos fueron genuinos.

    Seguía follándome como un demonio de lujuria, poseía mi cuerpo por completo, cada poro expedía placer, cada ensartada la sentía más rica que la anterior, y no paraba de gemirle, me hacía arquearme más, besaba mi espalda, mi cuello y oía su respiración tan cerca que me volvía loca, sentía mis juguitos resbalar por mis piernas, mi coñito se contraía apretando su gorda verga dentro de mi.

    —Gimes como me gusta mamacita —jadeaba en mi oído— y me aprietas bien rico la verga…

    —Coges bien rico, quiero más, quiero que me uses —solté entre gemidos, en un tono de voz suplicante, sumisa, totalmente perdida en ese placer que me hacía perder toda la dignidad.

    Me relamían las oleadas de placer intenso, llevándome a orgasmos deliciosos, ese placer prohibido hirviendo en mi clítoris, mojándome demasiado, ver mi expresión en el espejo era realmente obsceno y oírlo decir: —Mira que carita de puta tienes—, —pide lo que te gusta zorra—, Yo jalaba las sábanas y arqueaba mi cuerpo, levantando más el culo, sentía mis tetas moverse bien rico, soltaba gemidos diciendo su nombre, rogando por más verga, gozando sus duras metidas, los orgasmos atacándome con violencia, realmente está era una experiencia nueva para mí, todo este morbo exquisito.

    De pronto salió de mi, me sentí vacía de inmediato, me dio golpecitos con su erección en mis nalgas y sonrió relamiendo su labio inferior, me hizo señas para bajar de la cama señalando el potro, movió la cámara, —ponte como me gusta—, me ordenó, e inmediatamente me puse en cuatro, pero con las piernas juntas, dejando mis manos en la parte alta del potro, gire mi cabeza para mirarlo y moví un poco mi culo, sonriendo e incitándolo a que me follara ya.

    —Me encanta ver ese culito —susurró con la verga en la mano y con la otra acariciando mi culo— inclínate un poquito más, porque te voy a castigar…

    Estaba por preguntar, pero vi como tomaba su cinturón, lo apuñó y empezaba a darme con él en las nalgas, era un golpe fuerte pero me excitaba, en su rostro podía ver el gozo tras cada golpe, tras cada uno de mis gritos, pero era delicioso, el coño me palpitaba intensamente, deseaba más, pedía más. —Si perrita te voy a dar mas— retumbó su gruesa voz, sentí su dureza frotarse en mi hambriento coño y seguido de ello me ensartó la verga de un solo movimiento salvaje y profundo, solté un alarido, él un ronco gemido de placer, empezó a moverse como un demente, mis gemidos se entrecortaban por el choque.

    —Rodrigo —grite fuerte y aferraba mis manos al potro— Por favor —ni siquiera sabía si pedir que parará o siguiera.

    —Por favor que putita —me jaló del cabello y seguía empalándome duro— Anoche me dejaste bien duro con esa foto y hoy te la voy a cobrar… ¿Esto querías no? ¿Por esto tan puta a diario en la escuela? Mmmh? Ahora obedece a tu amo perra….

    El tenía razón, había sido una total ofrecida, aún más después de aquel revolcón en su oficina, los mensajes de texto, los mensajes de voz, las fotos, los piques que le daba a diario con mis atuendos, esto buscaba y estaba siendo mejor de lo que imaginé.

    —Si… amo, eso quiero… que me revientes el coño —gemí duro con los ojos casi en blanco, sintiendo ese intenso placer explotando— ¡Si aaah! —gritaba víctima de ese violento orgasmo, haciéndome expulsar mis jugos en un chorro que empapó mis piernas.

    —Así pinche putita, para que aprendas a tratar a tu amo… —siguió dándome fuerte aunque mi cuerpo temblaba— Vamos a jugar bien rico…

    Tomo la cámara y empezó a grabar desde su perspectiva, me la sacó y automáticamente empuje mi culo hacia el, este soltó una risita y me la frotó.

    —Así mi perra, ¿quieres verga? — me la dejo ir y empezó a moverse igual de salvaje que antes.

    —Si papi dame… —le respondí fuerte para que logrará grabarse— Cójame duro profesor.

    —Así me gusta, una alumna obediente… y puta —me jalaba fuerte por el cabello—

    —Dame más papi —rogué víctima de un orgasmo más, pues sentí un inmenso éxtasis al ser gravada de esa manera tan grotesca, ser nombrada de forma tan vulgar.

    No dejaba de tirar de mi cabello hacia atrás, me cogía bien rico, su movimiento rítmico, fuerte, mis gemidos mezclándose con los suyos y el choque del sexo, lo veía grabar como me entraba la verga y después enfocaba al espejo, después dejó la cámara en dónde estaba antes, en tanto me fui a la cama a ponerme en cuatro bien empinada, regreso a tomarme con ambas manos la cadera, follándome como me gusta, estaba al límite, sus jadeos eran más continuos, el mete saca sin descanso, empecé a moverme, empujando mi culo hacia el.

    —Dame lechita papi —gemía como a él le gusta, rogaba igual.

    —Puta madre…

    Soltó y se dejó ir, echo la cabeza atrás y disfrutamos de un delicioso orgasmo juntos, el echo de que me estaba dejando todo ese rico semen adentro le dio un plus intenso a mi orgasmo, mis piernas temblaron y mis jadeos eran continuos intensos, fue delicioso en toda la extensión de la palabra, Rodrigo tras de mi casi bufaba al respirar y jadear, sentía ligeros movimientos y salió poco a poco de mi, no sin antes hacer la última toma de mi coñito chorreando de su lechita.

    Nos quedamos recostados en la cama, recosté mi cabeza en su brazo y entrelacé mis piernas a las de él, no me sorprendió ver qué puso una porno en la pantalla, con su mano libre me tocaba las tetas, sabía que esto no había terminado, me confesó su adicción al sexo, y la poca disposición de su esposa a satisfacerlo, yo sentí cierta culpa, no sabía que era casado, pero gobernó mi lujuria, debo admitir que en segundos me dejó de importar algo así. Me folle a mi propio tío, que más me daba un hombre casado.

    —Que lastima por eso —susurré deslizando mi mano hasta llegar a su miembro, empezando a masturbarlo— porque está delicioso…

    —¿A si? ¿Y por qué no te la sigues comiendo? —su mirada fue lujuria pura…

    En lugar de responder me acomodé entre sus piernas y empecé a darle una buena mamada, por supuesto que empezó a grabar de nuevo, él siseaba de gusto y gemía de placer, pronto ya la tenía bien erecta y dura, me la dejaba ir por la garganta hasta que me retiraba jadeando y salivando en exceso, me monté y me ensarté solita, soltando un grito lleno de gusto, reí y empecé a cabalgar, él me daba nalgadas, apretaba mis tetas, estaba gozando completamente como yo.

    —Así me gusta, es todo lo que pido… —jadeaba empujando desde abajo y dando palmadas a mis tetas— Una buena putita.

    —Aquí la tienes papi… —seguía rebotando sin control sobre de el, dejó la cámara en la mesita de noche y me tomo de la cintura, acariciaba mi cuerpo.

    Solo deseaba mas este sexo, no me importaba nada en absoluto, sentirme el objeto sexual de este hombre, este placer y su vulgaridad. Me apoyaba en su pecho y cabalgaba más rápido, mis gemidos opacaban a los que salían de la pantalla, me apretó el culo para dejarme inmóvil y empezó a follarme empujando hacia arriba, sin perder su morboso juego de la cámara, me llevó al potro y se metió entre mis piernas, follándome duro, se dejaba caer con fuerza, me apretaba el cuello me daba bofetadas y me repetía que era una puta, me llevó al orgasmo dos veces continuas, estábamos empapados en sudor, terminamos en el piso alfombrado, follando como animales en celo.

    Me tenía bien empinada en cuatro dándome bien rico frente al espejo, me lleno el coño de leche una vez más, se retiró de mi jadeando, tirándose en el sofá, con los brazos extendidos y su miembro colgando entre sus piernas abiertas.

    Me acerqué y me jaló para que me montará sobre él, teníamos la respiración tan agitada.

    —Ven aquí mi deliciosa perrita —me apretó por la cintura, sentía su torso sudado apretado al mío.

    —Pero que rico —jadee mordiendo su labio inferior.

    —Rico este culo —me dio un apretón— Tengo muchos jueguitos ricos para disfrutarlo. —reí extasiada por la idea.

    —Donde quiera mi profesor…

    Tomamos una ducha juntos, pero no pasó nada más que hambrientos besos y toqueteos.

    Me llevó a casa, dejándome ahora justamente en la esquina trasera de mi casa, baje feliz, satisfecha, esperanzada de un nuevo encuentro con él, porque me había mostrado un sexo que me encantó, uno morboso, vulgar, duro, donde me sentí tan usada, sumisa y deseada.

    Esa tarde noche subí las escaleras hacia mi cuarto, con una enorme sonrisa en el rostro, bien cogida y sin tanga, porque mi profesor se la había quedado.

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  • Intercambio en la ciudad

    Intercambio en la ciudad

    El sol ya estaba a pleno sobre la ciudad con un susurro cálido, ese tipo de luz que prometía calor y cuerpos con mucha piel. Mirta ajustó el escote de su vestido, ceñido justo donde la curva de sus caderas se volvía una invitación, mientras Pedro, a su lado, pasaba los dedos por el cuello de su camisa, como si intentara aflojar la tensión que ya le apretaba el pecho. La casa de la otra pareja se alzaba frente a ellos, una construcción moderna con ventanas amplias que dejaban entrever risas ahogadas en música baja. No era su primera vez, pero el nervio del primer contacto siempre estaba ahí, como un cosquilleo eléctrico bajo la piel.

    La puerta se abrió antes de que llamaran. Elena, la anfitriona, los recibió con una sonrisa que era pura promesa, sus labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba con el rubio de su melena suelta. Llevaba un vestido de seda verde esmeralda que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, el escote tan profundo que dejaba poco a la imaginación. Detrás de ella, Carlos, su esposo, se recostaba contra el marco de la puerta con una copa de vino en la mano, la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, donde el vello oscuro asomaba como una sombra tentadora. Sus ojos, oscuros y brillantes, recorrieron a Mirta de arriba abajo antes de detenerse en sus labios.

    —No se queden ahí parados —hablo Elena, extendiendo una mano hacia ellos—. El vino ya está respirando, y nosotros también.

    Pedro no necesitó más invitación. Avanzó y tomó la mano de Elena, llevándosela a los labios para depositar un beso lento en sus nudillos, mientras sus dedos se enlazaban con los de ella como si ya se conocieran de antes. Mirta, por su parte, sintió el calor de Carlos antes de que este la tocara. Su mano se posó en la cintura de ella, firme y posesiva, mientras la otra acunaba su rostro para inclinarla hacia un beso que no fue ni tímido ni apresurado. Sus labios se encontraron con una suavidad engañosa, en un pequeño e intenso beso.

    —Dios, esto va a ser interesante—murmuró Pedro contra la boca de Elena, su voz suave, mientras sus manos ya exploraban la espalda de ella, bajando hasta rozar el borde de su vestido.

    Dentro de la casa, el aire olía a especias y a algo más natural: perfume caro, el musgo dulce del deseo recién despertado. La sala estaba iluminada por velas dispersas sobre mesas bajas, sus llamas danzando como lenguas ávidas. Carlos guio a Mirta hacia el sofá de cuero negro, donde un par de copas de cristal esperaban llenas de un champagne tan frio que las copas estaban escarchadas. Ella se sentó, cruzando las piernas con deliberada lentitud, sabiendo que el movimiento hacía que el vestido se abriera un poco más, dejando ver el encaje negro de su tanga. Carlos no apartó la vista de ese destello de tela mientras se acomodaba a su lado, tan cerca que Mirta podía sentir el calor de su muslo contra el suyo.

    —¿Y bien? —preguntó Elena, sirviendo más champagne con una sonrisa pícara—. ¿Vamos a pretender que esto es solo un almuerzo entre amigos?

    Pedro soltó una risa baja, sus dedos ya juguetearon con el dobladillo del vestido de Elena, subiendo centímetro a centímetro mientras ella no hacía nada por detenerlo.

    —No hay nada de amigable en la forma en que me estás mirando, cariño—respondió él, su voz cargada de un doble sentido que no intentó disimular.

    Mirta tomó un sorbo de champagne, dejando que el líquido resbalara por su garganta antes de lamerse los labios, consciente de que Carlos seguía cada movimiento. Cuando bajó la copa, sus dedos rozaron los de él, que estaban apoyados en el sofá, y en lugar de retirarse, entrelazó los suyos con los suyos, acariciando con el pulgar el dorso de su mano. Carlos giró la cabeza hacia ella, sus ojos oscuros brillando con algo que no era solo lujuria, sino también complicidad.

    —Creo que deberíamos pasar a la mesa —susurró él, acercando su boca al oído de Mirta—. Antes de que decidamos saltarnos el primer plato.

    La cena fue un juego de miradas y toques furtivos. El mantel blanco se convirtió en un campo de batalla donde los pies descalzos se buscaban bajo la mesa, donde los muslos se rozaban “accidentalmente” cada vez que alguien se inclinaba para alcanzar la sal. Pedro, sentado frente a Elena, no disimulaba el bulto que crecía en sus pantalones cada vez que ella se agachaba para servirle más champagne, sus pechos casi escapando del escote. Mirta, por su parte, había dejado que una de sus manos descansara sobre el muslo de Carlos, sus uñas pintadas de rosa pastel trazando círculos lentos sobre la tela de sus pantalones, acercándose peligrosamente a la entrepierna.

    —¿No tienes hambre, mi amor? —preguntó Pedro, su voz un ronroneo, mientras con la punta del pie acariciaba el tobillo de Elena bajo la mesa.

    Ella lo miró con los ojos entrecerrados, los labios separados en una sonrisa lasciva.

    —Depende de lo que me estés ofreciendo.

    Carlos soltó una risotada, pero el sonido se cortó cuando Mirta, sin apartar la vista de él, deslizó su mano completamente sobre su paquete, sintiendo cómo el miembro de él respondía al contacto, endureciéndose bajo sus dedos. El aliento de Carlos se aceleró, y por un segundo, Mirta pensó que iba a empujarla contra la mesa y tomarla allí mismo. Pero en lugar de eso, él tomó su muñeca con suavidad y llevó su mano a sus labios, besando cada nudillo antes de morderle el dedo índice con una presión que hizo que un latido caliente le recorriera el vientre.

    —Creo que es hora del postre —anunció—. Podemos subir arriba ahora si lo desean.

    No hubo necesidad de repetirlo. Elena levantó a Pedro de la mano guiándole el camino, sus bocas ya unidas en un beso mientras subían las escaleras. Mirta se quedó un segundo más, disfrutando la forma en que Carlos la observaba con hambre, como si estuviera memorizando cada curva de su cuerpo antes de devorarla. Cuando finalmente se levantó, él la tomó de la cintura y la empujó contra la pared del pasillo, su cuerpo aprisionándola mientras sus labios caían sobre los de ella en un beso que no era una pregunta, sino una declaración. Sus lenguas chocaron, sus dientes se rozaron, y Mirta gimió cuando sintió las manos de él deslizándose bajo su vestido, agarrando sus nalgas con una fuerza que le hizo arquearse contra él.

    —Mirta, estás empapada—susurro Carlos contra su boca, sus dedos encontrando el encaje de su tanga y tirando de él con impaciencia—. Quiero probarte antes de que lleguemos a la cama subamos ya.

    Al llegar al primer piso Mirta no tuvo tiempo de responder. Él se arrodilló frente a ella, levantándole el vestido hasta la cintura, y antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, sintió su aliento caliente contra el encaje negro que cubría su vagina. Un dedo apartó la tela a un lado, y entonces su lengua la lamió de abajo hacia arriba, lenta, deliberada, como si estuviera saboreando el vino más caro. Mirta jadeó, sus manos volando hacia el pelo de él, enredándose en los mechones oscuros mientras Carlos trabajaba su clítoris con la punta de la lengua, dibujando círculos que la hacían temblar.

    —¡Ah, mierda! —gimió ella, sus caderas moviéndose solas, buscando más presión, más contacto—. No pares, por favor…

    Pero Carlos sí paró. Se levantó de un salto, dejándola jadeante y con las piernas temblorosas, y la tomó de la mano para arrastrarla hacia la habitación. Dentro, el espectáculo que los esperaba hizo que a Mirta se le secara la boca. Pedro estaba sentado en el borde de la cama, desnudo de cintura para abajo, su pija erguida y palpitante mientras Elena, aún vestida pero con los pechos al aire, se arrodillaba frente a él, sus labios rodeando la cabeza del miembro con una expresión de pura lujuria. El sonido húmedo de sus labios chupando llenaba la habitación, mezclado con los gemidos ahogados de Pedro, cuyas manos estaban enredadas en el pelo de ella, guiando sus movimientos.

    —Nosotros también queremos jugar —anunció Carlos, mientras comenzaba a desabotonarse la camisa con movimientos bruscos y apurados.

    Mirta no necesitaba más incentivo. Se quitó el vestido en un movimiento fluido, dejando al descubierto su cuerpo solo cubierto por el tanga negra y un sujetador de encaje que apenas contenía sus pechos. Los ojos de Pedro se clavaron en ella, oscureciéndose de deseo cuando vio cómo sus pezones se endurecían bajo la tela. Elena, al notar la distracción, dejo de comerle la pija a Pedro y se giró hacia Mirta, sus labios brillantes de saliva.

    —Ven aquí—ordenó, extendiendo una mano hacia ella—. Quiero ver cómo te comes la verga de mi esposo mientras mi marido te llena esa conchita apretada.

    El plan sonaba tan caliente, tan perfecto, que Mirta no pudo evitar sonreír. Se acercó a la cama, subiendo con gracia antes de arrodillarse frente a Carlos, quien ya estaba completamente desnudo, su pija gruesa y venosa apuntando hacia ella como un desafío. Sin dudar, Mirta la tomó en su mano, sintiendo el peso, el calor, la forma en que palpitaba bajo sus dedos. Cuando inclinó la cabeza y pasó su lengua por la punta, probando su sabor, Carlos gimio, sus manos yendo a su cabeza para guiarla.

    —Así, Mirta —jadeó él—. Chúpamela como si fuera la última vez.

    Mientras Mirta comenzaba a trabajar su boca sobre él, hundiéndolo hasta la garganta con un gemido de placer, sintió cómo unas manos la tomaban por las caderas. Era Pedro, que se había colocado detrás de ella, y sin previo aviso, apartó el tanga a un lado y hundió dos dedos en su vagina empapado. Mirta gimio alrededor de la pija de Carlos, el sonido vibrando contra su piel, mientras Pedro la penetraba con los dedos, curvándolos para rozar ese punto interno que la hacía ver estrellas.

    —¡Dios, estás re mojada! —dijo Pedro, su aliento caliente contra su oreja—. ¿Te gusta que te vean así, putita? ¿Con la boca llena de pija mientras otro te mete los dedos?

    Mirta no podía responder, no con la pija de Carlos llenándole la boca, no con los dedos de Pedro moviéndose dentro de ella con un ritmo implacable. Pero su cuerpo respondió por ella: sus caderas se movían al compás de los embistes de Pedro, su boca se cerraba más alrededor de Carlos, sus gemidos ahogados resonando en la habitación. Elena, que había estado observando con ojos brillantes, no pudo resistirse más. Se acercó a Pedro, desabrochándole los pantalones con manos temblorosas antes de terminar de liberar completamente su pija, ya dura y caliente.

    —Mi turno —susurró, y antes de que Pedro pudiera reaccionar, ella se lo tragó entero, sus labios rozando la base mientras sus manos masajeaban sus bolas.

    El sonido de dos bocas chupando pijas llenó la habitación, mezclado con los jadeos de los hombres y los gemidos de las mujeres. Pero Carlos no quería quedarse solo en la boca de Mirta. Con un delicado movimiento, la empujó hacia atrás, haciendo que se separara de él con un hilo de saliva conectando sus labios a la punta de su miembro. Sin decir una palabra, la giró hasta que quedó de espaldas a él, apoyada en sus manos y rodillas, su culito en alto y su vagina goteando necesidad.

    —te voy a coger Mirta— y antes de que Mirta pudiera prepararse, sintió la cabeza de su pija presionando contra la entrada de su conchita.

    No hubo suavidad en su embestida. Carlos la penetró de un solo movimiento, hundiéndose hasta las pelotas en su vagina apretada, haciendo que Mirta gimiera, sus uñas arañando las sábanas. El dolor inicial se fundió con el placer en un segundo, y pronto ella estaba empujando hacia atrás, buscando más, necesitando más. A su lado, Pedro había tomado a Elena por la cintura, levantándola hasta que ella envolvió sus piernas alrededor de él, la penetro contra la pared, sus cuerpos chocando con un ritmo salvaje.

    —¡Más fuerte! —gritó Elena, sus uñas hundiéndose en los hombros de Pedro—. ¡Rómpeme, hijo de puta!

    Mirta no podía pensar, no podía hacer nada más que sentir. Cada embestida de Carlos la empujaba hacia adelante, haciendo que sus pechos rozaran contra las sábanas, su clítoris frotándose contra la pija de Carlos en cada movimiento. Sus gemidos se mezclaban con los de Elena, con los gemidos de los hombres, con el sonido húmedo de cuerpos chocando, piel contra piel. La habitación olía a sexo, a sudor, a ese perfume dulce y ácido del deseo sin frenos.

    —¡Voy a acabar! —anunció Pedro, su voz áspera, sus embistes volviéndose erráticos—. ¡Ya… acabooo… Elena!

    Eso fue todo lo que Mirta necesitó. El grito de Pedro, la forma en que Elena se arqueaba contra él, el ritmo implacable de Carlos dentro de ella… Todo se combinó en una ola de placer que la arrasó. Su orgasmo la golpeó con una fuerza que la dejó sin aliento, su vagina apretándose alrededor de la pija de Carlos mientras un chorro de sus propios fluidos calientes la inundaba, empapando las sábanas bajo ella.

    —¡Sí, Mirta! ¡Así, así! —rugió Carlos, y entonces ella lo sintió: el calor de su semen llenándola, marcándola, mientras sus caderas se sacudían contra ella en los últimos espasmos de su clímax.

    Al otro lado, Pedro gimió, enterrándose hasta el fondo en Elena mientras su cuerpo se tensaba, Elena gimió mas fuerte, sus uñas dibujando surcos en su espalda mientras su propio orgasmo la sacudían, sus muslos temblando alrededor de la cintura de Pedro.

    Durante un largo momento, solo hubo jadeos y cuerpos temblorosos. Luego, poco a poco, la tensión se disipó, reemplazada por risas cansadas y sonrisas satisfechas. Carlos se desplomó a un lado de Mirta, su mano acariciando su cadera con posesión, mientras Pedro y Elena se derrumbaban juntos, sus labios encontrándose en un beso lento y perezoso.

    —Bueno —dijo Elena, finalmente, con una sonrisa que era pura maldad—. Esto fue solo el entremés. ¿Listos para el plato principal?

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  • Infiel y embarazada de otro hombre

    Infiel y embarazada de otro hombre

    Todo comenzó cuando, en la temporada de vacaciones, decidimos ir a pasarla a la hacienda de mis abuelos. Carlos, mi esposo, aún tenía unos pendientes de su trabajo, así que nos alcanzaría después. Yo me adelantaría con Matías, mi hijo.

    Una vez que llegué a la pequeña hacienda de mis abuelos, mis papás me recibieron con una gran sonrisa. Carlos llegaría en unos días, así que, por ahora, solo quería descansar y disfrutar del lugar.

    A los pocos días, Matías comenzó a aburrirse. Con diez años, casi toda su vida giraba en torno a la tablet, los videojuegos y los videos… y, en la hacienda, no había señal. Solo se desaburría un poco con la televisión.

    Mi papá sugirió que Matías aprendiera a montar para distraerse un poco, así que Marcos, uno de sus trabajadores, le enseñaría. Como es muy inquieto, yo tendría que estar pendiente de él mientras aprendía.

    Mi nombre es Susana, pero todos me dicen Susan, mido como uno 1:60 soy bajita, pelo negro, mis senos son mediados se podría decir, mis nalgas son algo grandes…ya que me encanta hacer ejercicio. Al día siguiente, estábamos esperando a Marcos en las caballerizas. Por cómo hablaba mi papá de él, me imaginaba a un señor mayor, pero resultó todo lo contrario: un tipo de unos cuarenta años, muy alto, con barba y un poco de panza. Sin decir nada, me miró de pies a cabeza, y no pude evitar sentirme un poco observada. Ese día llevaba un vestido; no era corto, pero sí ajustado, y, más que sentirme incómoda, me dio bastante vergüenza.

    —Tú eres el muchachito que quiere aprender a montar —dijo Marcos, rompiendo el silencio que había durado unos segundos.

    —Se llama Matías —le respondí, un poco seria—, y yo soy su mamá; mi nombre es Susana.

    Mientras daban vueltas con Matías en el redondel, yo los observaba desde afuera. Por momentos, notaba que Marcos me lanzaba algunas miradas, y la situación empezaba a resultarme bastante incómoda.

    —¡Ahí le encargo mucho a Matías! —le grité y me marché hacia la casa.

    Por la tarde, Matías se veía mucho más contento; realmente, le estaba gustando aprender a montar, y me contaba que Marcos le había caído súper bien.

    Al día siguiente, opté por unos jeans holgados y una camisa, un look algo vaquero, pensando en no llamar demasiado la atención con Marcos. Así pasaron unos días; ya había pasado una semana desde nuestra llegada, y Carlos aún no daba señales de cuándo llegaría. Para tener algo de señal, tenía que ir a un pueblo que quedaba a unos cuarenta minutos del rancho.

    Papá le pidió a Marcos que me acompañara, para que no fuera sola. La verdad es que no me inspiraba confianza: la manera en que me miraba y me hablaba me incomodaba. Aunque no tenía muchas ganas de que viniera, terminé aceptando, y nos dirigimos al pueblo.

    La mitad del camino estuvo en silencio… hasta que él rompió el hielo, haciéndome preguntas: “¿Le gusta mucho por aquí, señora? ¿Hace cuánto que no venía por acá?” Cosas así. Yo me limitaba a responder lo más brevemente posible.

    Al llegar al pueblo, llamé a Carlos. Me decía que se demoraría unos días más en llegar, porque él y su jefe tenían que cerrar un negocio con unos inversionistas extranjeros.

    —Habíamos quedado que, como mucho, estarías aquí para el cumpleaños de mi papá —le dije. Discutimos un poco, y me respondió que no podría llegar para ese día.

    —Está bien, ven cuando puedas —fue lo último que le dije, y colgué.

    De regreso al rancho, él nuevamente trataba de hacerme plática. La noto algo preocupada.

    —¿Está bien, señora? —preguntaba.

    Le contestaba de manera seria. Al ver que seguía igual, comenzó a contarme chistes y cosas graciosas, logrando cambiar un poco mi estado de ánimo y sacándome alguna que otra risa.

    Marcos había cambiado mi perspectiva sobre cómo lo veía… resultando ser un tipo simpático y divertido. Al paso de los días, ya platicábamos un poco más, compartiendo historias de nuestra vida y riéndonos de cosas sencillas. Incluso notaba que, sin querer, buscaba su compañía cuando tenía que bajar al redondel con Matías o cuando íbamos por el rancho. Con el tiempo, la incomodidad inicial fue desapareciendo, y comencé a verlo de otra manera. Aquel sujeto, poco a poco, se ganaba mi confianza, aunque todavía conservaba cierta cautela.

    Por fin llegó el cumpleaños de mi papá, y nos pusimos a decorar un poco, ya que la fiesta sería en la tarde y teníamos tiempo para hacer las cosas. Cuando terminamos, cada quien se fue a arreglar. Yo estaba indecisa: no sabía si ponerme un vestido holgado y largo o un vestido ajustado, y, al final, terminé diciéndome por el ajustado, ya que esos siempre habían sido los míos.

    El vestido era color café, estilo corte de sirena, que se ajustaba a mi cuerpo desde el busto hasta las rodillas, con una pequeña abertura a media pierna. Opté por un conjunto de ropa interior del mismo color para evitar que se transparentara, aunque sí se marcaba un poco.

    Alrededor de las 3, empezaron a llegar los invitados. Cuando nos unimos a la fiesta, sentía que algunos hombres no dejaban de mirarme. Aquel vestido era muy ajustado y marcaba muy bien mis nalgas. No estoy muy acostumbrada a beber, pero aquella situación lo ameritaba para quitarme un poco los nervios. Para calmarme, mi hermana me pasó unos tragos de tequila. Pasadas un par de horas, la fiesta ya estaba en su punto y la gente empezaba a bailar. Varios hombres me invitaban, pero yo los rechazaba, diciendo que estaba casada. Marcos se acercó e intentó invitarme a bailar, pero, al igual que a los demás, le dije que no podía. Gabriela, ya algo borracha, me susurró al oído que lo acompañara, que a él ya lo conocía y que no pasaría nada.

    —Al fin, Carlos ni se va a enterar de esto —me dijo.—Bueno, solo serán un par de canciones —le dije al comenzar a bailar. Marcos me sujetaba de la cintura con fuerza; se notaba que también estaba algo borracho. Mis nervios aumentaron al sentir sus manos sobre mi cuerpo, y, cada vez que podía, pegaba más su cuerpo al mío. En ocasiones sentía como me rozaba con su pene, comenzando a experimentar un calor extraño en mi cuerpo, sentía que se me erizaba la piel, provocando la erección de mis pezones…aquella situación me estaba empezando a excitar, mi respiración se aceleraba cada vez más, ya estando un poco ebria mi cuerpo me traicionaba…así que trataría de mantener la calma.

    Unos minutos después, terminando la última canción, le dije a Marcos que ya estaba muy cansada, así que nos fuimos a sentar y tomamos un par de tragos más.

    —Bueno, ya me iré a dormir, estoy algo mareada y no estoy acostumbrada a beber —le dije. Él, muy amable, se ofreció a acompañarme a mi cuarto. Durante el camino, Marcos me sujetaba de la cintura por instantes bajaba mucho su mano hacia mis nalgas.

    Estando por entrar a mi cuarto, Marcos me jaló de la mano llevándome así el, __sin decir una sola palabra comenzó a besarme…—Espera, Marcos… —dije, Soy una mujer casada… esto no está bien. —¡Para, por favor! —dije, pero él no escuchaba ni una sola palabra de lo que le decía. Aquel hombre no se movía, recargado en la pared, me acercaba hacia él con sus manos en mi cintura. Mi cuerpo comenzaba a sucumbir ante su presencia. Ya una de sus manos tenía mi vestido a mitad de mis nalgas sentía como mi vagina comenzaba a mojarse, —espérate, Marcos alguien nos puede ver…

    Me tomó de la mano y me llevó a su cuarto.

    —Aquí nadie nos va a molestar —dijo.

    Mi corazón latía como si fuera a salirse de mi pecho; no podía creer lo que estaba a punto de suceder. Me recostó sobre la cama, subiendo mi vestido hasta mi cintura, Bajando mis bragas de encaje hasta mis rodillas… metiendo su cabeza entre mis piernas, comenzó a pasar su lengua sobre mi vagina, la cual ya estaba toda mojada… me estaba dando el mejor sexo oral de mi vida, mi corazón se aceleraba mi cuerpo comenzaba a contraerse y temblar estaba a punto de tener mi primer orgasmo… Jadeando y suspirando y provocándome sonidos de placer…

    “Ahhh… mmm… ohhh… sí…No pares Marcos ahh… mmm… ayy que rico ohh… aaaah… mmm… ohhh… oh sí… mmm… ahh…”

    —espera, Marcos siento que me voy a venir….

    —hazlo Susan quiero, quiero comerte toda mi amor.

    Ya no resistí más, y terminé corriéndome en toda

    Su boca, bebiendo todos mis fluidos.

    Retirando mi vestido completamente, quedando solo en bra, desnudo y con su pene en la entrada de mi vagina, Marcos me miraba como solicitando mi aprobación…

    —ya solo hazlo Marcos, quiero sentirte dentro de mi… —aquella verga se habría paso lentamente en mi vagina, sacándome unos gemidos de dolor y placer, comenzaba a meterle y a sacarla, haciéndolo cada vez más rápido, con sus manos me jalaba más así el, “Ahhh… mmm… ohhh… sí… ahh… mmm… que rico Marcos… aah”.

    Sin dejar de penetrarme, me levando llevándose mi piernas a su cintura, aferre mis manos a su cuello, subiendo y bajando sentí como entraba toda su verga, mi respiración se cortaba solo gemia y suspiraba, al ser más bajita que el, Marcos me cogia con más fuerzas, besando mi cuello.

    Estando solo un par de minutos así, me recostó sobre la cama, boca abajo, sus manos apretaban mis nalgas, dándoles pequeños mordiscos con su boca…bajando con su lengua desde mi ano hasta mi vagina sentía como electricidad sobre mi cuerpo el cual se contraía cada vez más, aquel placer era indescriptible…ya que al experimentar algo así por primera vez era único.

    Posando cada una de sus manos a los lados de mi cintura, su enorme pene entraba de nuevo, mordiendo la almohada para que no se escucharan mis gritos solo pequeños jadeos salían de mis labios.

    “Mmmm… aahhh… aayy… mmm… ohh”

    El único sonido que retumbaba en la habitación eran los embates de Marcos contra mi…

    Plas… plas… plas… —se escucha mientras sus huevos chocaban contra mis nalgas

    No pares, Marcos dame más, “eso se siente tan bien”

    Con mis manos jalaba mis nalgas, el cuerpo de Marcos comenzaba a tensarse. Dejándome ir toda su verga hasta el fondo… Marcos córrete, no te vayas a venir adentro.,. de pronto, comenzó a eyacular dentro.

    Aaaah… Suspire

    Sentía todo su semen caliente al interior de mi vagina, el cual provoco mi segundo orgasmo.

    Su pene permaneció unos segundos más dentro de mi, acabándose de correrse, la saco y me la paso por mi culo, limpiando los residuos de su semen en medio de mis nalgas, ambos quedando exhaustos ante tal situación.

    —Te dije que te vinieras a fuera, Marcos…

    —Lo siento, Susan. No pude contenerme a venirme adentro de ti

    —Eres un idiota— a ver si no quedo toda preñada.

    Me vestí a toda prisa y caminé hacia mi cuarto, procurando no hacer ruido. En silencio, me metí a bañar, La culpa empezaba a pesar sobre mí; mi mente no dejaba de recordarme lo que había hecho, pero mi cuerpo… mi cuerpo aún temblaba, recordando cada sensación. Era una lucha entre el remordimiento y el deseo, y, entre todo eso, mi mayor miedo era uno solo: quedar embarazada.

    A la mañana siguiente, mamá me preguntó dónde había estado anoche. Su mirada lo decía todo.

    —Y no me mientas —agregó con voz firme—, sé que en tu cuarto no estabas, fui a buscarte y no te encontré.

    —Estabas con Marcos, ¿verdad? —dijo mamá, mirándome… te vi anoche cuando te ibas con él.

    Mi silencio me delató, aunque intenté negarlo una y otra vez.

    —No mientas —continuó—, los escuché en su cuarto.

    —Por favor, mamá… no le cuentes a nadie —le supliqué. Te lo juro, fue algo que no debió pasar… solo fue una vez.

    —Está bien, no le diré a nadie —dijo mamá, pero más te vale que no vayas a salir embarazada de otro hombre.

    —No, mamá, claro que no —respondí rápido intentando calmarla.

    Tuve que mentirle, decirle que nos habíamos cuidado… solo para evitar que se hiciera más grande el alboroto.

    Desde ese día corté toda conexión con Marcos. Unos días después, Carlos llegó. Notaba cómo Marcos se molestaba al verme con el; su mirada lo decía todo. Y aunque yo intentaba mantener la calma, había momentos en los que mi cuerpo me traicionaba… en los que deseaba correr hacia él y volver a ser suya de nuevo.

    Días después, nos regresamos a la ciudad. Semanas más tarde, empecé a sentir extrañas sensaciones en mi cuerpo: me dolían los senos, y se me cansaban las piernas y la espalda. Me daban ganas de comer cualquier cosa y, de pronto, sin saber por qué, comenzaba a vomitar. Acudí al ginecólogo para comprobar lo que ya casi sospechaba…

    ¡Estaba embarazada!

    No sabía cómo decirle a Carlos la noticia. Una noche, después de una cena romántica, cogimos en la noche y días después le di la noticia de que sería papá de nuevo. Al enterarse, se puso muy feliz, sin imaginar que aquel bebé que crecía dentro de mí era la consecuencia de un engaño y que no era suyo, sino de Marcos. Cada vez que Carlos me hacía el amor me imaginaba a Marcos siendo penetrada por el, para así lograr tener los mejores orgasmos de mi vida…

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  • Un viejo verde y yo sola en la piscina (8 – final)

    Un viejo verde y yo sola en la piscina (8 – final)

    Y así el siguió confesándose conmigo, comentando que no pudo quitarse de la cabeza la imagen de ese viejo depravado putero agarrándome las tetas y que, cuando lo hace siente humillación y excitación a partes iguales. Bueno, mucha más excitación.

    Finalmente, cuando veo que su entrepierna ha crecido lo suficiente, me levanto y tomándole de la mano, lo llevo a la puerta.

    —¿Qué haces Silvia?

    Yo respondo poniendo mi dedo indice en sus labios haciéndole callar. Salgo al descansillo y llamo a la puerta de enfrente. Mi vecino abre desnudo de cintura para arriba, mostrando su pecho sudoroso y su barriga peluda. Me mira de arriba a abajo y sonríe.

    —¿y ahora qué pasa vecinos?

    —¿Tiene un segundo? Después de lo ocurrido ayer estamos preocupados por una cosa.

    —Claro que sí, decidme. —Pregunta intrigado.

    —Aquí es complicado, puede pasar a casa ¿por favor? —Le pido.

    Él accede sonriendo y entra.

    —¿Y bien?

    —Pues que, dado que nos amenazaste con denunciarnos con lo de la terraza, suponemos que te has dado cuenta también de otra cosa.

    Voy hacia el salón y él me sigue. Señalo la ventana.

    —Seguro que se ha dado cuenta también de que el aire acondicionado no lo colocamos según las normas de la comunidad, sino que está desplazado como medio metro a la derecha y, además, el desagüe apunta hacia afuera.

    Mi vecino no responde y me mira expectante.

    —Así que queríamos asegurarnos de que no nos denunciará tampoco por eso…

    Y tras decir esto, me saco la camiseta y me quedo en tetas.

    —Jajaja. Claro vecina. —Dice lanzando sus manos directamente contra ellas y agarrándolas.

    De nuevo me pone de espaldas a él y de frente a Pablo.

    —Pero estás tetas ya las conozco de ayer, bonita. Si quieres que no os denuncie, necesitaré algo nuevo, ¿no crees Pablo?

    Mi marido se queda callado mientras él suelta mis tetas y agarrando la cintura del short lo desliza junto con las bragas muslos abajo, despacio, pero sin pausa, hasta que ambas prendas llegan al suelo. Su postura para hacerlo hace que tenga su cara frente a mi culo.

    —Pero si estás hecha toda una jamona. —Dice palmeando fuerte mi trasero.

    Se incorpora y, aún de espaldas a mí me dice:

    —Date la vuelta, vecina. Veamos ese potorro.

    Yo estoy a mil, hago lo que me dice, rememorando esa primera vez, cuando él mismo desgarró mis bragas mientras bailaba para él.

    Lo mira y me hace dar media vuelta de nuevo. Entonces una mano suya va a mi pecho y la otra a mi sexo mientras no para de decirme guarrerías al oído delante de mi marido.

    Yo comienzo a gemir. Sus caricias en mi cuerpo me encienden demasiado. Gimo, jadeo. Me retuerzo.

    —Vaya, vecino, parece que tu mujercita disfruta mucho con el pago para que no ponga denuncias, ¿no crees?

    Miro la entrepierna de Pablo que esta abultadísima, pero no puedo mirar más porque mi vecino comienza a chuparme la cara delante de mi marido. Es demasiado para mí. Eso mientras sus manos me trabajan… tengo un orgasmo bestial en sus manos. Apenas me deja descansar un minuto cuando me da la vuelta y comienza a chupar mis pezones. De nuevo su mano baja a mi sexo recién derramado y vuelve a estimularme.

    Yo no puedo más. De nuevo en sus manos y frente a Pablo… me mata. Sigue chupando, mientras una mano ataca mi sexo, acariciando burdamente mi clítoris, y la otra recorre mi pierna, desde la pantorrilla hasta el culo… Creo que no duré cinco minutos hasta el siguiente orgasmo.

    Quedo sin fuerzas. Y me siento agarrada y llevada sin voluntad hasta la mesa del salón, donde apoya mi pecho. Me abre las piernas y dice.

    —Y ahora, Pablo, me voy a follar a tu mujer. Con esto, tampoco diré nada de vuestro aire acondicionado, jajaja.

    Y siento su verga deslizarse sobre mis entrañas. Yo grito. Él bombea. Yo gimo, él jadea. Muevo mis caderas para acomodarme a su ritmo. Es demasiado. Miro a Pablo que nos mira incrédulo, pero sigue empalmado.

    Más bombeo. Mi vecino me agarra el culo para follarme. Sigue taladrando. No aguanto más. Tercer orgasmo en pocos minutos. Demasiado también para él, porque acompaña mi viaje regando mi interior con su semilla. Sale de mí, se limpia la verga con mis nalgas y, sin decir nada, se marcha de casa.

    Me quedo derrotada en la mesa. Pablo sin moverse, mirándome desnuda, rendida y agotada. Después se quita los pantalones y acercándose a mí, coloca su verga en mi entrada.

    —Ese putero te ha follado como a una puta, Silvia.

    —Veo que no va a ser el único, ¿no?

    Efectivamente, él me la mete de una tacada y me empieza a follar salvajemente.

    -¿Qué voy a hacer ahora, Silvia?¿Cómo coño le voy a mirar a la cara cuando me cruce con él?

    Yo no contesto y él, está tan empalmado que apenas dos minutos después une su leche a la de mi amante. Deja caer su cuerpo sobre mi espalda.

    —¿Eh Silvia?¿Qué voy a hacer?

    —Sí, cielo, supongo que es complicado aguantar la mirada de un tío que se ha follado a tu mujer en tus narices. Pero no te preocupes, ya veremos qué hacer. Yo tampoco podré mirarlo a la cara.

    Lo llevo a la ducha donde, además de limpiar los restos de la juerga, le hago una mamada que finaliza conmigo apoyada en la pared de la ducha y rellenada otra vez con su leche.

    Cenamos y dormimos como bebés.

    No es hasta dos días después que nos encontramos los tres. En el portal. Mi vecino nos da jovialmente los buenos días. Nosotros devolvemos el saludo en voz baja y mirando al suelo. Él se comporta de forma razonablemente normal, sin dejar de reír.

    Una vez en el ascensor, sin embargo, me da un cachete en el culo.

    —Como te quedan los pantalones cortitos, Silvia, jajaja.

    Pablo y yo continuamos con la mirada baja. Yo contesto con un “gracias” y él, vista nuestra reacción agarra de nuevo mi trasero.

    —Muy bien, Silvia, te quedan muy bien.

    Yo, con el rabillo del ojo veo que mi vecino no para de mirar a Pablo, para cerciorarse de que sabe que me está metiendo mano y que, aun así, mantiene los ojos en el piso mientras manosea mi culo. Al llegar a la planta, se despide con otro cachete.

    —Hasta otra vecinos.

    Al llegar a casa comentamos lo sucedido y parecemos estar de acuerdo en que parece estúpido que, después de haberme follado en casa, ahora le quitara la mano del culo o que Pablo montara una escenita. Entonces doy un paso más.

    —¿Y si en vez del culo…?

    —Lo sé, Silvia. Yo me pregunto lo mismo… No sé, me veo incapaz de enfrentarme a él Imagino que tú aún menos… Supongo que no podremos hacer nada…

    Por supuesto, todo esto se lo cuento por whatsapp a mi vecino, para que esté al corriente. No forzamos nada para vernos, pero la siguiente vez en el ascensor, directamente se pone detrás de mí y agarra mis pechos.

    —Los echo de menos, vecina… ¿no tenéis algo más para que os pueda denunciar? Jajaja.

    No respondemos. Pablo sigue mirando al suelo. Termina el viaje en ascensor y sale riéndose. Entramos en casa nosotros humillados y excitados. Ha quedado claro. Cada vez que me mete mano, nosotros permitimos y callamos.

    Pasa un mes sin encuentros cuando una noche, Pablo y yo, tenemos una charla que, cada cierto tiempo abordamos.

    —Creo que es el momento de intentarlo.

    —¿Ir a por un crío?

    —Sí.

    —Pero según están las cosas con el vecino, no creo que sea buena idea dejar de tomar la píldora.

    —Hace tiempo que no lo vemos y, en cualquier caso, podemos pararlo todo en cuanto queramos.

    —¿Estás seguro? Porque hasta ahora no lo ha parecido.

    —Ya, pero no había en juego nada más que unos cuernos… ahora sería un crío.

    Lo pienso un rato y respondo.

    —No sé. Es difícil…, pero sí. Habrá que ir a por el niño ya.

    Por supuesto, al día siguiente llego un poquito antes de trabajar y llamo a casa de mi vecino para contarle nuestros planes. Me siento sucia al hacerlo, pero sé que no tengo otra opción. También le cuento días después que he ido al ginecólogo para dejar la píldora de forma controlada, así como el momento en el que ya podía engendrar. Entonces acordamos los siguientes pasos.

    Al día siguiente volvemos a encontrarnos los tres en el portal. Entramos juntos en el ascensor.

    —Hombre vecinos. Hacía tiempo que no os veía.

    Nosotros correspondemos el saludo, siempre mirando al suelo.

    —La verdad es que me gustaría veros un día… ¿por qué no pasáis por casa y nos tomamos unas cervezas?

    —No puedo beber… —Digo yo, según había acordado el día anterior.

    —¿Y eso vecina? ¿Estás enferma?

    Yo me quedo callada.

    —Aaaah, coño, jajaja. Que estás preñada, jajaja. ¿No será mío no? jajaja.

    —No, no estoy embarazada aún…

    —Aaaaah. entiendo, entiendo, jajaja. Pues vecinos, yo os puedo ayudar en eso, jajaja. Si lo que quieres es preñarte, mejor tener dos pollas que una, jajaja. Sobre todo si es la del maricón éste, jajaja. Pablo, machote. Anda, trámela luego a casa para que la insemine, que te echo una mano. Como buenos amigos, jajaja. Tráemela una vez por semana hasta que engorde, jajaja.

    Salimos del ascensor y entramos en casa. Pablo cabizbajo. Yo fingiendo humillación. En cuanto nos miramos a la cara sé que Pablo ha sido derrotado. Ya sabemos lo que toca. Sin decirnos nada yo me voy a la ducha a prepararme. Cuando salgo aparece Pablo.

    —¿Vas a ir?

    —Sólo si tu me llevas y me dejas con él…

    Diez minutos después ya estoy duchada, peinada, maquillada y vestida para la ocasión, con un picardías transparente. Salimos al descansillo y llamamos a la puerta.

    —Jajaja. Hola vecinos. Así me gusta, pasad.—Nos invita a entrar con una botella de ginebra en la mano y un poco borracho.

    Entramos en casa. Yo semidesnuda, Pablo tan excitado como humillado. No decimos nada.

    —Pablo, me alegra que hayas venido. Así te aseguras de que la penetro como se debe, jajaja. Silvia, ve por una cerveza para tu marido.

    Cuando vuelvo mi vecino está mirando a Pablo y riendo. Mi marido mira el suelo. Coge la cerveza que le ofrezco, la abre y le da un sorbo.

    —Silvia, me has pillado de sopetón, y, aunque has venido vestida de puta preparada para ser follada, yo no estoy entonado… Coño Pablo despelótala para mí anda.

    Pablo sabe que mi vecino no sólo quiere verme desnuda. Quiere que sea él quien lo haga. Obediente, agarra el camisón y lo saca por mis brazos levantados, dejándome totalmente desnuda y expuesta.

    —Acércamela anda, jajaja.

    Pablo me empuja suavemente por la espalda hasta acercarme a él.

    —Arrodíllala, vecino, que me la tiene que poner dura.

    Ya sabemos lo que viene a continuación. Pablo me presiona los hombros y me pone de rodillas mientras mi vecino bebe de la botella y se la saca a la vez con la mano libre.

    El miembro queda frente a mí. Y yo lo beso, lo acaricio y me lo meto en la boca.

    Silencio devastador. Sólo roto por los sonidos húmedos de mi boca al trabajar su verga. Mi vecino bebe y bebe mientras se la chupo. Cuando llevo un rato, me agarra del pelo y me hace levantarme. Me pone sobre la mesa del salón y, dando un trago, me la clava y comienza a bombearme. Tras un minuto de embestidas, sonando chof, chof y sin parar de penetrar, oigo cómo da otro trago a la ginebra. Y sigue chof, chof, chof.

    —Mira que me parecías gilipollas, Pablo, pero traerme así a tu mujer… hay que reconocer que tienes tus momentos, jajaja.

    Me da un cachete en el culo bien fuerte. Chof, chof, chof.

    —Aunque claro, tener mis genes bien lo merece, jajaja. Toma vecina, que ya llega.

    Y con dos embestidas mas y sin soltar la botella de ginebra se vacía en mi interior.

    Termina y se echa sobre mi espalda para lamer mi cuello. El olor a ginebra es insoportable. Está borracho.

    —¿Que se dice vecina? Jajaja.

    —Gracias, vecino. Gracias por inseminarme.

    Sale de mí. Yo voy con Pablo, que me coge y me lleva a casa. Al entrar se le llenan los ojos de lágrimas y rabia. Me lleva directamente a la ducha y enfoca mi sexo con la alcachofa, intentando limpiar lo que hay ahí. Se nota su arrepentimiento y su vergüenza al no haber sido capaz de negarle mi cuerpo. Me limpia el coño varios minutos y después, cuando cree que es suficiente, me lleva a la cama y me penetra allí hasta correrse en mi interior.

    Nos quedamos dormidos.

    Al día siguiente vuelvo a llegar a casa antes de lo normal y voy directamente a ver a mi vecino. Le cuento lo que pasó después y él rompe a reír.

    Se sienta en el sofá y me coloca sobre sus rodillas. Desabrocha la blusa y, mientras una mano se introduce dentro de mi sostén, la otra ataca mis muslos haciendo que las medias rocen con las durezas de sus manos.

    —¿Sabías que la Pepi y yo no tenemos hijos? ¿Sabes por qué? Pues porque parece que mis amiguitos diminutos son tan borrachos como yo y no encuentran el camino. Los médicos al final dejaron claro que era yo el culpable. De modo que no te voy a preñar, jajaja. Aunque eso no se lo diremos a Pablito, jajaja.

    Yo sonrío.

    -Usted es un cabrón.

    —Más de lo que crees.

    A estas alturas tenía el sujetador completamente deformado por la intromisión así que me lo quité.

    —En cuanto a tu marido… llámale al móvil. Tengo que hablar con él

    Obedezco. Marco el número y se lo paso. El lo sujeta con la mano que acariciaba mis muslos dejando que la otra continúe amasando mi pecho.

    —No, vecino, soy yo, no la guarrilla de tu mujer. No, no pasa nada. Lo único que ha venido a casa a confesarme lo ocurrido. Joder, yo esforzándome en inseminarla y tú… tú… tú tirando a la basura el trabajo… ya, ya… ni perdón ni hostias. Pero no puedo confiar en ti. Hoy es viernes, ¿no? Pues me la quedo el fin de semana y así evito que me vuelvas a joder el trabajo. El domingo por la noche ven a buscarla… bueno, si quieres. Si prefieres me la quedo también esa noche. Ahora se marcha a casa, que tiene que comer y eso. Luego me la preparas, me la vistes de zorra y me la traes ¿Entendido?

    Cuelga y me mira sonriendo.

    —Jajaja. Te tendré un par de días para mí y así recordaremos buenos tiempos. Además, mira, esto está hecho una pocilga. Me vendrá bien que la dejes de nuevo limpita.

    Vuelvo a casa y recibo a Pablo con cautela. Primero me riñe por haberme chivado, pero veo que en realidad no está enfadado, sino abatido.

    —No tenemos por qué obedecer Pablo. No tienes por qué llevarme con ese viejo borracho putero todo el fin de semana.

    Veo que Pablo está superado. Su excitación sigue ahí, pero se está hundiendo. Me doy cuenta de que el juego se está convirtiendo en algo demasiado peligroso y que puede destrozar su vida y yo no quiero. Decido olvidarme de los flujos que genera la expectativa de volver a estar al servicio de mi vecino varios días y le convenzo para no hacerle caso, aunque no soy capaz de decirle que era estéril.

    Poco a poco nos vamos convenciendo. Hemos tomado una decisión y la vamos a defender. Pablo, aún inseguro, propone que no debemos ni salir de casa para evitar encontrarnos con él. Yo no estoy de acuerdo. Si habíamos tomado la decisión, debíamos defenderla. Yo sé que tiene fotos y vídeos míos que puede usarlos para obligarnos, pero lo conozco lo suficiente como para saber que no iba a usar esa jugada conmigo. A fin de cuentas, de mí ya había obtenido todo lo que quería.

    Me pongo un chándal viejo para la entrevista final. Con esa ropa, notaría que que todo había cambiado. Y nos dirigimos a su puerta.

    Llamamos. Esperamos. No abe. Así varias veces. Nada. Volvemos a casa. Una hora después repetimos. Idéntico resultado. A la tercera vez que vamos nos preocupamos y llamamos al 112. Vienen los bomberos y una ambulancia y, tras forzar la cerradura se encuentran lo peor. Un cuerpo sin vida en el sofá, dos botellas de ginebra vacías por la casa, varias latas de cerveza y un blíster de viagra fuera medio vacío. Al final los excesos pudieron con mi vecino .Aunque no me dio pena… que le quitaran lo bailao.

    Fue importante, incluso tal vez salvó nuestro matrimonio, haber decidido finalizar con todo antes de lo sucedido. Así, pudimos estar seguros de que no fue la suerte (o desdicha) sino nuestra disposición, la que cambió el rumbo. Por un tiempo estuve muy preocupada por las fotos y vídeos que, el futuro heredero de la casa podía encontrar y el uso que les daría. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando recibimos la llamada de un notario. Sin descendencia, ni familia, en su testamento constaba que todos sus bienes iban a parar a mí. Una cuenta corriente sorprendentemente cuantiosa, el piso y todo lo que había en su interior.

    El resto de vecinos siempre pensó que, tras su muerte, habíamos comprado tu piso para juntarlo con el nuestro. Aunque la realidad era bien distinta. Tomamos el control de nuestras vidas y, un año después, llegó el primero de nuestros niños.

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