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  • La vecina (1)

    La vecina (1)

    Era el 2014 pasaba trabajando no me percataba de quién era la mujer de mi medio amigo los cuáles vivían frente a la casa de mi mamá.

    Un día al salir de compras miré una morena de 1.62 en leggins de algodón qué usaba con un diminuto hilo que resaltaba en el sol, caderona y con pompas regulares poco delgada se recuperaba pues de su maternidad de su segundo hijo.

    Cierto día tocó la puerta por que necesitaban un tape para pegar unos globos su primer hija estaba cumpliendo años y desde ahí empezamos una amistad, siempre que me veía en la calle me saludaba con un hola o qué le vaya bien, sin importar su marido.

    Intercambiamos números telefónicos y comenzamos a textear, notaba que las cosas no estaban bien con su pareja, peleaban y el solo se dedicaba a beber y beber.

    Un fin de semana el marido me invitó a departir unas cervezas con él en su casa y pues ella también estaba bebiendo, se terminaron las que él tenía y yo saqué dinero para que fuese a comprar más. En eso ella me dijo “entre a la casa y siéntese” cerró la puerta, me acomodé en una silla y ella se sentó en mis piernas de frente y me dijo “¿no era esto lo que quería?”.

    Yo nervioso porque su marido nos encontrara ella me besó sin pensarlo en la boca, luego seguimos como si nada, bebiendo hasta quedarme ebrio dormido en un sofá, a los días siguientes acordamos encontrarnos un domingo de noche en su casa ya que ella pasaba sola ese día.

    Ella me lo propuso suponiendo que yo no tendría valor de llegar a su casa, pero a la semana se llegó ese domingo y por la tarde le dije en un texto por teléfono: no se le vaya a olvidar qué tenemos un trato y ella me puso: ¿de verdad va a venir? A lo cual le respondí pues claro solo me dice la hora.

    Yo trabajaba domingo tarde noche, pero pensaba cómo hacer para que los demás vecinos no me vieran ni mi mamá se enterara pues había una lámpara pública que alumbraba toda la cuadra…

    Continuará.

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  • Regresa mi esposo y…

    Regresa mi esposo y…

    Cuando mi esposo volvió de su viaje de casería lo espere semi desnuda, con un whisky como le gusta a él, esa noche tuvimos mucho sexo.

    Sé que a él le gusta los juegos vestirnos o encontrarnos por ahí y fingir que no nos conocemos, así que esa semana lo tuve toda la semana así jugando y todo el tiempo lleno de deseo por mí, iba a su trabajo y me quitaba la tanga y dejaba en sus manos, le enviaba fotos desnuda, le hacía video llamada y me masturbaba, lo dejaba que me contara sus aventuras sexuales de adolescente, le contaba fantasías etc., todo para convencerlo de que tuviéramos sexo con mis amigos, ellos y yo nos vimos el sábado en la mañana y tuvimos otra sesión de sexo, solo que está vez el me pidió ser más sumisa aún y a mí me encantó.

    El lunes en el trabajo Julio fue y me invitó a mí y mi esposo a su cumpleaños era el martes una cena temprano y unos tragos, fuimos al llegar a su casa todo normal había familia de ellos y algunos amigos, mi esposo enseguida tuvo buena onda con Julio y Jesi, vi como la miraba a ella y noté que le gustó, dije bien.

    En determinado momento mi esposo y Jesi se pasaron los números y ella armó un grupo para hablar los cuatro, sentí tanta calentura, la noche termina normal, pero apenas subí al auto mi esposo me pidió que se la chupe, lo hice sin pensarlo acabó en mi boca y al llegar a casa me dio la mejor revolcada hasta ese momento.

    Al otro día en el trabajo recibo un mensaje del grupo era Jesi, decía que se había quedado con su auto cerca de la oficina de mi esposo, él se ofreció a ir a ayudar, yo sabía que significaba, fue y ella grabó todo, él llega saluda, intenta solucionar lo del auto no puede y se ofrece llevarla, ella dice que mejor esperen la grúa, entran al auto y charlan hasta que ella simplemente lo besa el responde y ella le muestra que no tiene tanga, él dice varias veces que eso está mal mientras ella se pone sobre él, ella le dice directamente que quiere tener sexo conmigo, él y su esposo, él dice que yo nunca voy a querer.

    Ella sonríe y dice déjame a mí y me llama mientras está sobre el me pregunta si yo quiero estar con ellos tres, le digo que, si él quiere yo también, ella se baja de arriba de él y le decía que se vaya, el confundido se va.

    Luego cuando nos vimos hablamos y él quiso ir a la casa de ellos el sábado…

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  • La zorra de mi mujer follada por su sobrino (2)

    La zorra de mi mujer follada por su sobrino (2)

    Tras el majestuoso show porno de mi mujer y su sobrino, Nuria se marchó al baño para “adecentarse” y posteriormente a la cocina para ponerse manos a la obra y comenzar a realizar la comida.

    Mientras tanto Javier y yo nos tomamos unas cervezas y nos fumamos varios cigarrillos en el salón comentando los pormenores de lo acontecido y mostrándose él encantado por cómo su tía lo había hecho gozar de placer diciéndome “¡Jodeeer! qué buena está mi tía, vaya coño, culo y tetas que tiene y cómo come la polla de bien. ¡Es increíble!”, preguntándole yo “Te ha gustado por lo que veo, ¿no…?”, a lo que me respondió “¡No es que me haya gustado sino que me ha encantado!”, diciéndole yo “Pues eso no es nada, no te puedes ni imaginar cómo folla”, respondiéndome él “También espero poderlo comprobar”.

    Conforme iba transcurriendo nuestra conversación pude observar cómo la verga de Javier se levantaba y se ponía dura como una piedra mientras él se la acariciaba de arriba a abajo. Con ella ya bien erecta me dijo “Voy a la cocina a coger otra cerveza y a ver a mi tía”. Yo me imaginé lo que podía ocurrir, pero aguardé sentado en el sillón el devenir de los acontecimientos.

    No habían transcurrido ni 3 minutos cuando escuché el sonido de besos en la cocina, no pude reprimirme y me dirigí hasta la puerta pudiendo observar cómo Javier y mi mujer se morreaban apasionadamente mientras él le masajeaba las tetas con ambas manos por detrás y ella, casi de espaldas, tan solo con la cabeza girada, hacía lo propio con su tieso y duro pollón.

    Cogí una silla del salón y tomé asiento junto a la puerta para disponerme a presenciar otro grandioso espectáculo sexual de mi zorra con su sobrino mientras me tomaba otra cerveza y me fumaba un cigarrillo. Totalmente expectante y al ver la escena que ambos me brindaban, mi polla comenzó a experimentar una nueva erección y comencé a sentirme muy caliente y cachondo.

    Mi mujer y su sobrino no dejaban de morrearse con una pasión extrema mientras él le refregaba la polla entre las cachas de su hermoso culo y el comienzo de su coño. Javi le decía mientras le comía el cuello a besos “¡Jodeeer! tita, qué buena estás. Me pones la polla a mil por hora. ¡Deseo follarte con todas mis fuerzas!”, mientras que mi mujer le respondió entre jadeos “¡Tú a mí también me pones muy caliente y cachonda, cariño mío! Me encanta tu enorme polla, mi rey. ¡Quiero gozar con ella y ser tu zorra puta, mi amor!”.

    Totalmente entregados y con inmensos deseos de gozar, Nuria apartó todo lo que había sobre la encimera de la cocina y se recostó en ella con las piernas bien abiertas y mostrando su hermoso coño peludo en todo su esplendor le dijo a su sobrino “Javi, cariño mío, cómeme la almeja y dale gusto y placer a la tita, que está deseando gozar y correrse”. Sin mediar palabra él obedeció a mi mujer y con pasión desmedida comenzó a comerle el coño de forma majestuosa arrancando inmensos gritos y jadeos de Nuria por el enorme placer que estaba recibiendo y logrando tras varios minutos que ella se corriese en su boca varias veces.

    Seguidamente mi mujer se incorporó y se puso de rodillas ante su sobrino comenzando otra espléndida mamada a su tiesa y dura polla que hizo que Javier vibrase del gustazo que recibía.

    Era tremendamente morboso ver a mi puta zorra, con su liguero, sus medias y sus botas, mamando con deleite la verga de su sobrino, lo que hizo que yo me excitase sobremanera y me comenzase a realizar una grandiosa paja.

    Tras varios minutos me levanté de la silla y me fui hacia ellos pidiéndole a mi mujer que parase de mamársela a Javier y abriese la boca para echarle toda mi leche caliente, totalmente excitado comencé a correrme entre grandes gemidos de placer y a soltar una gran cantidad de lefa que saboreó y tragó mi puta con gran deseo mientras que su sobrino le decía “¡Así, tita, así; muy bien! Trágate toda la leche de tu marido cornudo gran puta, puta más que puta, y sigue mamándomela a mí que también te voy a dar la mía, pero dentro de tu riquísimo coño caliente, ¡zorra cachonda!”.

    Tras mi abundante corrida, que Nuria degustó con deleite, ella volvió a tomar entre sus manos el inmenso rabo de Javier y prosiguió chupándoselo con una maestría insuperable -chupar pollas, hacer grandiosas pajas y tragarse la leche que emana de todas las geniales vergas que se cruzan en su camino, que son muchas, son tres de sus maravillosas especialidades-, lo que hizo que su sobrino volviese a levantar la cabeza al techo para, con los ojos cerrados, continuar gozando de inmenso placer.

    Yo, por mi parte, volví a tomar asiento para continuar presenciando el espectáculo sexual que brindaban a mis ojos mi grandiosa zorra y su sobrino. Tras correrme me sentí más aliviado pero continuaba muy excitado y con la polla totalmente dura y tiesa por lo que seguí acariciándomela sin parar de arriba a abajo para mantenerla así.

    Por su parte, mi mujer siguió mamándole el rabo a su sobrino durante varios minutos hasta que llegó el momento que él tanto deseaba. Nuria se puso en pie y se apoyó en la encimera de la cocina levantando su pierna izquierda y diciéndole a Javier “¡Ha llegado el momento que tanto esperabas! Fóllate a la tita. Fóllame con esa pedazo de verga que tienes y métemela hasta lo más profundo del coño, cariño mío. Estoy deseando sentirla dentro de mí. ¡Dame placer, mi rey, mucho gusto y placer, que me tienes muy caliente y muy cachonda!”.

    Javier, complaciendo a su tía, se puso detrás y comenzó a introducir suavemente su tiesa polla en el peludo coño de mi mujer, que comenzó a gemir y a chillar de gusto desde el primer instante en que la sintió dentro. El joven ensartó a Nuria y comenzó a darle duras acometidas sujetándola por las caderas que volvían loca a su tía, quien con la cabeza girada hacia mí entornaba los ojos entreabiertos sin dejar de gritar y jadear de forma muy morbosa y excitante.

    Mientras se la follaba sin descanso, Javier le decía a mi mujer “¡Toma gran puta, aquí tienes mi rabo! ¿Te gusta mi polla? ¿Te gusta la polla de tu sobrino, zorra? ¿Te gusta cómo te folla tu niño? ¡Estás buenísima, hija de la gran puta! No imaginas las pajas que me he hecho pensando en ti y las corridas que me he pegado mirando fotos tuyas en el móvil. ¡Ha sido mucha la leche que he derramado gracias a ti y muy grande el placer mientras me pajeaba!”, a lo que mi mujer, entre fuertes suspiros y jadeos de puro gustazo, le respondió “¡Sí, mi vida, sííí! Me encanta tu polla, mi rey. La quiero siempre toda para mí y quiero que vengas a casa a follarme todos los días, hijo. También me encanta que te hagas pajas y te corras pensando en mí, ¡en la puta y zorra de tu tía!”.

    Palabras que calentaron aún más a Javier, que aceleró el ritmo de sus embestidas mientras mi mujer le decía totalmente entregada “¡Fóllame, hijo mío, fóllame y no pares! Dale fuerte a tu tita puta y zorra. Me encanta, mi vida, me vuelve loca tu polla y tu forma de joderme. Me encantaría que la puta de tu madre viese cómo me follas, ¡cómo me haces gozar de placer y el gusto que me da tu riquísima verga, mi vida!”, añadiendo fuera de sí “¡Amor mío, tenemos que quedar los cuatro, hacer un trío con tu madre y conmigo y que nos folles a las dos juntas y que tito también le meta su rica verga a mamá para que se corra como merece una buena golfa y puta como ella!”.

    Estas palabras hicieron que Javier acelerase el ritmo de su follada a mi mujer y provocase que tuviese un nuevo y fantástico orgasmo entre gritos y gemidos para también, minutos después, avisar él a su tía de su inminente gran corrida, comenzando a llenarle el coño de leche mientras exclamaba “¡Qué bueno, titaaa! Qué ricooo. Qué pedazo de polvo te acabo de echar y cómo me ha gustado. Me corro, me corrooo. Toma mi leche caliente en tu rica almeja, titaaa. Tomaaa, grandísima puta, zorra mía!”.

    Con su polla aun totalmente dura y tiesa dentro del coño de mi mujer y chorreando las últimas gotas de leche de su corrida, Javier se echó sobre su tía cogiéndole sus riquísimas tetas por detrás y comenzaron a morrearse morbosamente mientras que seguía embistiendo a Nuria suavemente hasta darle la última gota de lefa en su almeja. Acto seguido, mi mujer volvió a agacharse y se encargó de realizarle una buena mamada a su sobrino hasta dejar su rabo y su capullo totalmente relucientes.

    Por mi parte yo me levanté y me fui hacia ellos pidiéndole a Nuria que también mamase mi polla hasta volver a correrme, lo que hizo magistralmente hasta que, en menos de cinco minutos, mi leche bañó su cara y su preciosa boca, tragándola toda y volviendo a quedarme inmensamente relajado.

    Tras la maravillosa follada con su sobrino, mi mujer volvió al cuarto de baño para ducharse en unos instantes antes de hacer la comida mientras que Javier y yo volvimos al salón totalmente desnudos para tomarnos unas cervezas y fumarnos unos cigarrillos durante la espera. A los 5 minutos Nuria se dirigió a nuestra habitación y en un abrir y cerrar de ojos volvió a aparecer en el salón para nuestra gratísima sorpresa con un nuevo y precioso juego de lencería de color carne, portando tan solo liguero y medias así como unos extraordinarios zapatos de tacón.

    Ni que decir tiene que al verla, tanto Javier como yo experimentamos una nueva erección de nuestras vergas, que volvieron a ponerse duras y tiesas deseosas de recibir inmenso placer por parte de mi mujer, aunque en esta ocasión nos pidió paciencia para que pudiese realizar la comida con la promesa de que continuaríamos con nuestra sesión de sexo al concluir la misma.

    Tras una exquisita pero no copiosa comida para reponer fuerzas, mi mujer se dirigió a nuestra habitación mientras que entre Javier y yo recogimos la mesa y fregamos la vajilla para que todo quedase niquelado, preparando un café al mismo tiempo para la sobremesa. Ya de vuelta al salón, Nuria continuaba en nuestra habitación sin hacer acto de presencia en el mismo por lo que esperamos por ella para tomar el café. A los diez minutos más o menos apareció mi zorra cachonda y caliente totalmente radiante y preciosa, con su largo pelo suelto y retoques fabulosos de maquillaje que la convertían en más golfa y puta de lo que realmente es.

    Verla así de guapa, vistiendo tan solo medias sexys preciosas de ancha blonda y encaje con liguero, portando los maravillosos tacones y mostrándonos sus encantos libres de ropa, nos puso muy calientes a Javier y a mí, que al alimón experimentamos una grandiosa erección de nuestras pollas, que se pusieron totalmente duras y tiesas para disfrute de mi mujer.

    Con Nuria ya en el salón, junto a nosotros, procedí a servir el café para los tres, sentándonos Javier y yo a ambos lados del tresillo y dejando a mi mujer en el medio de los dos. Mientras comenzábamos a degustar el café encendimos unos cigarrillos y nos pusimos a comentar todo lo acontecido antes de la comida, mostrándose Nuria maravillada por la polla de su sobrino y por la follada con él, que calificó como ‘polvazo extraordinario’, mientras que Javier no salía de su asombro por lo buenísima que está su tía y por haber conseguido follársela como era su ferviente deseo desde hacía tiempo.

    Yo, por mi parte, no pude hacer otra cosa que aceptar mi rol de cornudo consentido y mostrar mi satisfacción por el grado de excitación al que ambos me habían llevado merced a su relación sexual, que califico como magnífica y muy caliente. En el transcurso de nuestra conversación mi mujer mostró nuevamente a su sobrino la disposición para hacer un trío con su hermana -madre de Javier- y con él mismo ya que, según puso de manifiesto, la ponía muy caliente la idea de ver a Javier follándose a su madre con su inmensa tranca y de que también se la folle a ella en presencia de su progenitora y de que yo me folle a mi cuñada en presencia de ambos, algo a lo que los dos accedimos.

    La conversación iba subiendo de tono poco a poco y Javier mostró claramente que no podía aguantar más -tenía su verga, al igual que yo, totalmente dura y tiesa- por lo que abrazó a su tía por el cuello y comenzó a morrearla con pasión inusitada, morreo al que mi mujer correspondió de la misma manera mientras comenzaba a acariciar su rabo de arriba a abajo con la mano izquierda. Yo, por mi parte, comencé a masajear las tetas de Nuria y a besar y chupar sus pezones, lo que la estremeció sobremanera por lo que se abrió de piernas para que con mi mano comenzase a acariciarle el coño y a masturbarla con mis dedos.

    Ella me respondió cogiendo mi polla con su mano derecha para acariciarla suavemente de arriba a abajo diciéndonos a ambos “¡Hijos de la gran puta vaya placer y gustazo que me dais, seis insaciables y tenéis unas pollas maravillosas que quiero solo para mí!”, respondiendo su sobrino “¡Tita, tú sí que eres bien puta y bien golfa! Me encantas y estás buenísima. ¡Ten por seguro que vendré por aquí a diario para verte y echarte un buen polvo como tú te mereces, para gozar contigo y para que tú lo hagas con mi polla!”.

    Mi mujer, al escuchar las palabras de su sobrino, se iba calentando en grado máximo mientras nos pajeaba a ambos suavemente por lo que nos pidió que nos pusiésemos de pie frente a ella para brindar a nuestras vergas una mamada gloriosa en toda regla.

    Cuando nuestras pollas ya estaban a su gusto, Nuria se levantó del tresillo y agarrándonos por ellas, duras como piedras, nos condujo hacia nuestra habitación pidiéndonos que nos tendiésemos en la cama para proseguir con su riquísima mamada a nuestros rabos erguidos y tiesos.

    Tras varios minutos haciéndolo y brindándonos inmenso placer, nos incorporamos los dos y nos pusimos de rodillas junto a mi mujer en el centro de la cama, flanqueándola por ambos lados, comenzando ambos a magrearla y besarla por todo el cuerpo mientras que le proferíamos expresiones como “¡Gran puta, qué buena estás, qué golfa eres!” u otras como “¡Follas de vicio, zorra! ¡Me encantasss! ¿Cómo no vas a ponerle la polla dura a todos los tíos que se cruzan contigo?”, mientras que ella disfrutaba con lo que le decíamos y acariciaba nuestras vergas de arriba a abajo con suavidad para mantenerlas bien duras.

    Seguidamente mi sobrino le dijo a Nuria “Tita, ponte a cuatro patas porque voy a follarte por el culo, lo deseo muchísimo y no voy a marcharme sin hacerlo”, a lo que ella accedió de inmediato mientras que yo me situé de rodillas ante mi mujer para que, al mismo tiempo que Javier la follaba por el culo ella me realizase una buena mamada a mí. El joven preparó y lubricó bien el culo de su tía y suavemente comenzó a penetrarla mientras que ella se estremecía de gusto, por mi parte yo gozaba de inmenso placer con la mamada de mi mujer a mi durísimo rabo.

    Javier fue aumentando la fuerza de sus embestidas a mi mujer mientras le decía fuera de sí “¡Qué rico, tita! Qué culazo tan inmenso tienes, ¡cómo me pone de caliente follártelo! ¿Te gusta cómo te follo el culo, gran puta? Te gusta, ¿tita?”, Nuria asentía entre alaridos de puro placer y le decía “¡Me encanta, mi niño, me encanta y me vuelve loca! Sigue, sigue follándomelo así y no pares, cabronazo. Sigue dándome tu polla rica por el culo, ¡amor mío!”, acelerando ella el ritmo de su mamada a mi verga por lo que en previsión de poder correrme pedí a Javier que parase de follar el culo de su tía para tenderme yo en la cama y poder follar a mi mujer por el coño y que así sintiese nuestras dos pollas dentro al mismo tiempo.

    Nos situamos de esa manera y ni que decir tiene que mi mujer comenzó a gemir y gritar como una puta perra al ser follada por dos rabos que le encantaban. La seguimos embistiendo con fuerza de esa manera durante varios minutos mientras ella se corrió varias veces pidiéndonos después que invirtiésemos las posiciones y que fuese Javier quien la follase por el coño y yo hiciese lo propio por el culo.

    Tal y como ella nos había pedido comenzamos a embestirla con el propósito por nuestra parte de corrernos y darle nuestra leche a mi mujer al mismo tiempo lo que a ella puso más caliente y cachonda aún solo de pensarlo. Seguimos haciendo gozar así a mi puta zorra mientras nos decía totalmente entregada “¡Qué gusto, qué placer, por Diooos! ¡Seguid follándome así! ¡Folladme, folladme, folladme hijos de puta! ¡Quiero polla, quiero polla! Vuestras pollas son mías, son mías. Dadme vuestra leche ya, quiero vuestra leche en mi coño y en mi culo. ¡Leche, lecheee!”.

    Estos gritos y gemidos nos pusieron muy calientes a los dos y le pedí a mi mujer que nos avisase cuando fuese a correrse. Continuamos follándola sin parar durante varios minutos cuando nos avisó de su inminente corrida, Javier y yo nos miramos y, al mismo tiempo que mi mujer se corría de puro vicio y placer, comenzamos también a corrernos soltándole una gran cantidad de lefa de nuestras pollas y llenándole el coño y el culo de rica leche caliente.

    Extasiada por el placer nos pidió que nos pusiésemos de rodilla frente a ella en la cama y para concluir nos brindó al alimón una maravillosa mamada para limpiar y quedar relucientes nuestras vergas mientras las acariciaba con suavidad y cariño.

    Ya era media tarde y Javier tenía que marcharse, quedando en repetir la experiencia y despidiéndose de su tía con un fantástico morreo y un magreo a sus tetas, coño y culo que le volvió a propiciar una nueva erección bajo el pantalón del chándal, marchándose sin más. Por nuestra parte, mi mujer y yo preparamos otro café para tomarlo ya tranquilos aunque, como es de imaginar, el calentón prosiguió y nos pasamos follando el resto de la tarde-noche para gustazo y placer de ambos.

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  • De monja a putita

    De monja a putita

    Laura era parte de la barra de nuestro club, en La Plata, un grupo de gente de varias actividades deportivas que nos juntábamos en la pileta a escuchar música, jugar a las cartas o charlar. Una piba de unos 30 años o más, apocada, callada, retraída, pero que tenía algo que me atraía. Le sospechaba que atrás de toda esa timidez, se escondía otra mujer.

    Pero, debo aclarar, que no me maté por descubrirlo y fue así como pasamos cuatro años de veranos de pileta y juegos sin que ni se me cruzara decirle algo o invitarla a salir. Y eso que, cuando quedaba en malla para zambullirnos, mostraba un cuerpito más que deseable. Nada de grandes pechos (que no me atraen) pero si flaquita, bien torneada y con una colita para comérsela. Pero su mutismo y cortedad no me impulsaban a nada.

    Una noche que estaba en un boliche del centro tomando unos tragos, la vi sentada en una mesa, sola, tomando un trago.

    -“¿Qué tal Laura? ¿estás sola?”.

    -“No, pero todos salieron a despedir a Silvia”, me dijo con un dejo de bronca. “Andá si querés”.

    Miré hacia afuera y ahí estaba Silvia con todos rondándola como era costumbre. Todos los hombres se le pegaban como moscas a la miel. A mí su cuerpo exuberante, su forma de trato y su manera de ser no me atraían en lo absoluto, pero no podía dejar de reconocer que era una potra en un buen envase, ya que gastaba pilchas de alto nivel.

    -“Prefiero quedarme con vos“, le dije con total franqueza.

    -“Dale, no me tengas lástima, si todos andan atrás de ella”.

    -“Pero, si yo tengo que elegir, me quedo con vos”, le dije mientras me miraba asombrada.

    Y nos quedamos charlando hasta que los mozos nos vinieron a echar. Se nos había pasado la hora sin darnos cuenta. Le ofrecí llevarla hasta la casa, cuando llegamos paré el coche y le dije que lo había pasado genial. Ella me dijo que también e hizo ademán de bajarse.

    -“Esperá Laura, ¿te vas así?”.

    -“¿Así como?”, preguntó sorprendida.

    -“Sin besarme”, le dije mientras traía su cabeza y le daba un suave beso. Ella me miraba con los ojos abiertos, sorprendida. “Quiero volver a verte ¿querés?”.

    -“Si Rafael, claro que quiero. ¿No me estás jodiendo, no?”.

    -Para nada. ¿Te paso a buscar el sábado a las diez?”.

    Y así empezamos a salir juntos los fines de semana y a mensajearnos en la semana. Era muy agradable estar con ella. Inteligente, agradable, divertida. Pero… ni bien arrimaba algo hacia el lado del sexo, se cerraba como ostra o se ponía dura, como cuando intentaba, por ejemplo, acariciarle un pecho. Parecía tenerle terror al sexo, era una monja sin convento ni hábitos, pero con todo el horror al pecado. Estuve varias veces a punto de mandarla al diablo, pero había algo en ella que me atraía, me gustaba y aún más, me calentaba.

    Un día vino a comer a casa y todo fue bárbaro hasta que terminamos el postre y empezamos a besarnos. Yo le acaricié la pierna y pasé mis manos cerca de su entrepierna y ella me dijo algo como “está bien, ya sé lo que querés”, se levantó de golpe, se desvistió como si alguien la obligara, se acostó y ya desnuda en la cama me dijo que estaba lista. Me quedé sin saber que hacer.

    -“Laura, vestite, no entiendo que hacés”.

    -“Vos querés tener sexo conmigo, tenelo. Ya sé que es parte del trato y lo acepto. Me gusta salir con vos y si esto es necesario, tomame por favor”.

    -“No te voy a tomar, ni a coger ni tenes obligación de nada. Además ni se me para así, es como cogerse una puta o una muñeca inflable y yo entiendo el sexo como algo compartido y disfrutado por ambos. Vestite por favor y hablemos”.

    Me llevó más de dos horas de charla terminar de entender lo que pasaba y lograr que ella me diga sus temores, sus trabas y sus traumas. Me dijo que después de su separación era lo más parecido a una monja, hacía diez años que no tenía relaciones y que el sexo le producía repulsión. Hija única de un matrimonio entre un hombre muy mayor y una mujer joven ¿forzado por la familia? ¿obligado por un embarazo no deseado?

    Ella no contó nada que mostrara cariño entre ellos. El padre muy católico, chupa cirios, la crio como una muñeca cuidada y resguardada de los peligros del exterior (hombres soeces y lascivos) y exaltando las virtudes cristianas de la castidad y el recato. Además de ser terriblemente posesivo.

    Se casó (en gran parte llevada por los preceptos de haber pecado) con el primero con el cual su calentura la llevó a la cama y resultó un golpeador y un violento. Para colmo, las únicas dos experiencias después de separarse fueron de tipos que lo único que querían era un agujero para ponerla. Todo en el sexo le costaba y aún más, le causaba rechazo. Tuvo dos hijos de muy joven (vivían con el padre en Buenos Aires, donde iban a la Facultad) y ahora era adjunta en un buffet de abogados.

    -“Laura no pienso ni tocarte si no lo vas a disfrutar. ¿No te gusta abrazarme, besarme, acariciarme?”.

    -“Si, obvio”.

    -“Bueno, voy a mostrarte algo para que entiendas lo que me pasa, besame y acariciame para mostrarme que es cierto”.

    Me saqué todo menos el bóxer, me acosté en la cama, me puse una máscara ciega y me tomé del respaldo. Le dije que no iba a sacar mis manos de ahí y que era libre de acariciarme o besarme como quisiera. Me dio unos besos e hizo algunas caricias por un rato, pero me dijo que así no le gustaba, sin que yo participara. “Bien”, le dije, “así me pasa a mi en el sexo con vos. Si vos no estás, no sirve. No quiero tu cuerpo, te quiero a vos”. Empezaron a brotarle lágrimas y se acostó abrazándome y me pidió que la abrazara, lo cual hice.

    -“Perdoname, me cuesta mucho. Mis experiencias fueron malas y lo único que conocí de los hombres eras sus ganas de usar mi cuerpo y, a veces, para intentar una relación, lo permitía solo para salir más lastimada. Pero veo que vos sos distinto. Perdoname, ¿podemos ir muy despacio?, ¿podemos hacer la prueba de que me acaricies toda y me beses, pero sin tocar mi sexo?”.

    -” Si, pero dejame incluir tus pechos, porfi. No te vas a arrepentir”.

    La fui desnudando lentamente hasta dejarla en bombacha, besándola y acariciando todo su cuerpo. Tuve cuidado de acomodarme sin tocarla, me puse de costado enfrentándola y le dije que, cuando quisiera, me abrazara. Despacio, suavemente, con movimientos torpes y casi temerosos, fue pasando los brazos y pegándose a mi hasta que estuvo fundida a mi cuerpo. Apenas le acaricié la espalda y le di un tierno beso. No podía aceptar su conflicto, no era mi forma de pensar y me costaba entenderla, pero entendí que para ella era un momento sumamente difícil. Nos quedamos así un largo rato, hablando en susurros.

    Le dije que se ponga boca abajo y, le pedí que por favor cerrara los ojos y me dejara mimarla. Me puse sobre ella y usando una crema con alcanfor le hice masajes desde el cuello hasta los pies durante media hora, cuidándome bien de cualquier masaje en sus zonas erógenas. Poco a poco su cuerpo se fue aflojando de la tensión inicial y empezó a disfrutar. Después empecé nuevamente por su espalda hasta los pies, con caricias mezcladas con besos. Volví a subir hasta sus nalgas y pasé mi dedo sobre la raya, rozando apenas su ano y su vagina. Tembló toda cuando lo hice.

    Seguí acariciando su espalda, la besé toda y besé su cuello. Luego, con delicadeza, la hice girar. La besé en la boca y fui bajando y besándola. Ella seguía con sus ojos cerrados. Me quedé un rato largo en sus pechos, succionando y lamiendo sus pezones. Ella me dejaba hacer y respondía con jadeos y gemidos. Le acaricié todo el cuerpo, yendo desde lamerle las orejas y el cuello hasta masajearle pantorrillas y muslos.

    Su cuerpo cada vez más se iba acomodando al paso de mis manos y expresaba su placer en suspiros y gemidos ahogados. Estaba dándole besos en sus muslos cuando me dijo apenas con un hilo de voz que la acariciara toda. Le saqué la bombachita y se removió inquieta, pero ni abrió los ojos ni dijo nada. Bajé hasta su pubis que apenas rocé y le acaricié las piernas y los pies. Volví a subir y delicadamente le abrí las piernas para meter mi cabeza y llegar con mi lengua hasta su clítoris, el cual lamí suavemente.

    Me llevó un largo rato que mis lamidas y las caricias en la conchita la fueran aflojando del todo y, cuando la sentí bien húmeda, tanteé la entrada a su vagina delicadamente. De a poco se fue abriendo y pude empezar a meter mis dedos y masajearla por dentro. Ella seguía en silencio, salvo sus gemidos y jadeos.

    Pero, pese a su rechazo y su miedo, la calentura la fue ganando y en poco tiempo se movía, se contorsionaba y gemía mientras sus manos se apoyaban en mi cabeza y me empujaba contra ella. Un momento después, sentí una respiración ronca, después unos gemidos y un espasmo que contrajo todo su cuerpo, mientras la presión de sus manos se intensificó, hundiéndome contra su sexo. Cuando sentí que se aflojaba, subí a besarla, sintiendo que me respondía con pasión.

    -”Nunca pensé que se podría gozar tanto solo de tocarse”, me dijo asombrada por la experiencia que había disfrutado. “Nunca tuve un sexo así con tanto cariño y ternura, ni pensé que fuera posible”.

    -“Esto es para mí hacer el amor. No sé qué experiencia tenés en el sexo que te trauma tanto. Pero esto para mi es el sexo y es el que quiero que disfrutes conmigo”.

    -“Me cuesta, pero me gusta. ¿me vas a tener paciencia?”.

    -“Si. Pero necesito que estés conmigo, que me abraces, que participes. Quiero solo darte placer y jamás te haría algo que te haga doler o te moleste. ¿vas a dejar que te sumerja en el sexo con cariño y ternura? Vos tenés que abrirme la puerta para que te de ese placer y te haga gozar como hice recién”.

    -“Si, no sé si podré abrirme, pero sí, quiero”.

    Tardé otros varios minutos de caricias, besos y varios intentos para lograr llevar su mano hasta mi miembro y que lo envolviera con sus dedos. La dejé unos minutos más acariciando mi pija mientras le pasaba la mano por su espalda y su cola y le decía al oído lo linda que era y como me gustaba su mano acariciándome. De a poco empezó a masturbarme suavecito y a pasar su mano por todo el miembro, desde el glande hasta los testículos, sus besos fueron más intensos y profundos. Mojé mis dedos con saliva y fui a acariciarle la conchita, esta vez ni se retrajo ni se alejó, al revés, cerró los ojos y disfrutó de mis caricias.

    -“¿Te animás ahora a acariciarme vos?”.

    -“Creo que sí”.

    -”Yo me voy a acostar y todo queda en tus manos… y en tu boca”, le dije riéndome.

    -“Tonto”

    Pero esta vez sí me acarició (torpemente) y fue a tomarme la pija, besarla y empezar a chuparla como una principiante. Pero no dije nada, me volvían locos sus intentos de chupaditas y lamidas, me la quería comer a besos. Tardó bastante en introducirla en su boca y fue tanteando hasta que se sintió segura y empezó a mamarla con ganas. Yo la miraba y disfrutaba de verla soltarse mientras acariciaba su cabeza, su espalda y su cola. Al rato, me miró sonriendo (por primera vez) y me preguntó si me gustaba.

    -“No recuerdo ver a ninguna mujer lamiendo mi pija que me diera tanta ternura y cariño. Te comería a besos”

    Se sonrió y siguió lamiendo y chupándome mientras me miraba, Sus ojos brillaban de disfrute y ganas. La tomé de los brazos y la llevé para abrazarla y besarla, la acosté boca abajo y me subí sobre ella. Puse mi pija sobre su conchita y empecé a acariciarla con el glande mientras la besaba y le hablaba de lo mucho que me gustaba.

    Sentía como su vulva se iba llenando de jugos y su cuerpo se aflojaba para recibirme. Suave, delicadamente y casi sin presionar, mi pija se fue introduciendo en su vagina mientras ella me miraba con los ojos abiertos y expectantes hasta que estuvo toda dentro de ella. Me quedé quieto y le di un beso que respondió con pasión. No me moví hasta que ella empezó a hacerlo y la acompañé en su ritmo.

    -“¿Estás bien? ¿te gusta?”.

    -“Mucho, mucho. Seguí así suave por favor”, me dijo abrazándome.

    Lo de la suavidad le duró unos minutos, de a poco se fue calentando, gemía, me abrazaba con fuerzas, sus brazos y manos iban desde tomarme de la cintura para llevarme a un ritmo más intenso hasta clavarse en mis brazos. Debajo de mí se desató un volcán con forma de mujer que me abrazó y me atrajo hacia ella mientras elevaba su pelvis para que la penetración sea total. Gemía, se arqueaba, jadeaba y me rodeaba con su piernas como si tuviera temor que vaya a irme.

    Todo su cuerpo se volvió una miel caliente y excitada que se pegaba a mí, me clavaba las uñas y emitía quejidos mientras cerraba los ojos y se retorcía entre mis brazos hasta que estalló entre gritos, jadeos y llantos. Tanto que me asusté, pero al verle la cara solo vi felicidad, goce, placer, éxtasis. Me abrazó y se quedó pegada a mí por un largo rato hasta aflojarse mientras jadeaba para recuperar el aliento.

    -“Hola hermosa. ¿estás bien?”

    -“Increíblemente bien. Hay toda una parte en la cual ni sé que pasó. Me fui, me perdí. ¿vos estás bien?”.

    -“Muy bien y encantado de tenerte en mis brazos. Sos divina”.

    -“¿En serio? Me siento torpe”

    -“Para nada, me encantó sentir que te dejabas llevar por la calentura. Sos una hembra preciosa y una delicia en la cama. Tanto que quiero seguir haciéndote el amor, si no te jode”.

    -“No creo poder hacer nada, pero si, quiero que vos también disfrutes. Y, además (dijo con cierta vergüenza) quiero más”.

    Empecé a moverme despacito hasta que recobré totalmente la erección, me monté un poco más sobre ella para que la penetración sea más profunda. Ella abrió grandes los ojos a la vez que su cuerpo se fundía con el mío. Estuve un rato largo saliendo y entrando lentamente de su vagina hasta que sentí que su cuerpo reaccionaba y me acompañaba en los movimientos. Entonces empecé a hacer más fuerte y rápido el vaivén mientras ella me abrazaba y se acomodaba para facilitarme las penetraciones, me besaba en el cuello y me pedía que no pare, hasta que volvió a estallar en un orgasmo intenso que le arqueó el cuerpo y la volvió a hacer gemir y jadear.

    -“Me vas a matar, no doy más”, dijo cuando pudo respirar normalmente.

    -“Tenes que poder porque yo aún no acabé”, le pedí.

    Se sonrió, me puso de costado para salir y arrodillarse a mi lado y fue a masturbarme y besarme con una delicadeza, ternura y suavidad que en poco rato me llevó a acabar mientras ella miraba saltar mi semen y le daba besitos a mi pija.

    -“Nunca vi acabar a un hombre, me encantó. Creo que hay muchas cosas que no conozco”

    Se sentó sobre mí, me miró seria y me dijo que era la primera vez en su vida que disfrutaba del sexo y que no pensaba que pudiese ser tan lindo. Yo le di un suave chirlo y le dije que pensaba cogerla mucho y de todas las formas que pudiese haber porque era una hembra preciosa. Se sonrió y me dio, por primera vez, un beso con toda el alma que me hizo saber que, ahora si, estaba enteramente conmigo.

    En ese momento supe que era lo que tanto me atraía de ella incluso en sus momentos de monja: era una mujer impresionantemente sensual. Retraída y reprimida por todo lo que pasó, pero seguía latiendo por dentro una hembra vital y felina que empezaba a soltarse. Pero en ese momento, yo no podía ni de lejos sospechar en que se iba a convertir mi monjita.

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  • La leyenda de dioses y mortales

    La leyenda de dioses y mortales

    Existe una leyenda que dice que los dioses descienden a la Tierra para saborear placeres que no están disponibles para los inmortales, pero que son inherentes a los habitantes de este planeta. ¿Por qué? Probablemente porque los humanos, a diferencia de los dioses, tienen carne, son esclavos de sus pasiones, y todo eso les está prohibido. Por eso, los dioses se encarnan temporalmente en personas para experimentar toda la profundidad de las pasiones, el temblor de la carne y el calor del cuerpo.

    Y así sucedió una vez. Ares y Afrodita encarnaron en simples mortales, destinados a encontrarse, entregarse el uno al otro y luego separarse para siempre.

    En un encuentro planificado había mucha gente, hablaban oradores, actuaban artistas. En el aire flotaba una atmósfera de benevolencia y festividad. Era un evento de trabajo que se parecía más a unas vacaciones para adultos. Un hotel lujoso a orillas del mar, temporada baja, unos cien participantes, no más. Y solo dos de ellos tenían un objetivo completamente diferente al de los demás. Tal vez llevaban meses, o tal vez toda una vida, preparándose para eso. Estos dos acordaron de antemano interpretar el papel de desconocidos, haciendo que las sensaciones fueran más intensas.

    En el cóctel de bienvenida, ella llevaba un vestido negro ajustado que resaltaba su figura impresionante, especialmente su pecho y sus glúteos. Los tacones altos mantenían sus piernas en tensión. Caminaba ligera al sonido de la música, parecía una pluma de un cisne negro revoloteando por el viento. Su cabello, del color de la noche, y el suave tono de lápiz labial de cereza madura complementaban su imagen. Era ella: Afrodita.

    Él estaba de pie lejos de la multitud, con pantalones blancos y una camisa del mismo color, fingiendo prestar atención a la actuación de los artistas hawaianos. Se fundía con el entorno y pasaba desapercibido para la gente. Pero no para ella. Ella sabía dónde estaba él en cada momento, con quién hablaba, qué comía y qué bebía. Él tampoco la perdía de vista. Era él: Ares. La observaba con admiración y evaluación, moviéndose por la sala para verla de cuerpo completo.

    Mientras tanto, su expresión facial permanecía completamente impenetrable. Pensaba: ¿qué ropa interior llevará debajo del vestido? La línea del sujetador estaba claramente marcada. Pero las bragas, si es que las llevaba, debían ser tan livianas que casi no se notaban. O quizás no llevaba ninguna.

    El espectáculo ya llevaba unas tres horas, el público terminaba el vino, las conversaciones se volvían más ruidosas. Él eligió el momento en que ella se quedó sola por un minuto junto a la mesa coctelera, se acercó sigilosamente por detrás y susurró: “Habitación 1018. La puerta está abierta”. Ella, como si fuera casualidad, se inclinó ligeramente hacia atrás y sus glúteos chocaron contra su duro miembro. Esto la hizo cerrar los ojos por un segundo. En ese momento, él desapareció.

    Ella caminó con seguridad por el pasillo vacío, se detuvo frente a la habitación mencionada, empujó la puerta y entró.

    Para entonces, él ya se había quitado los zapatos, la camisa estaba desabrochada, el torso desnudo. Ella con tacones, mientras que él descalzo, daba la sensación que tenían la misma altura. Ahora sus ojos y labios estaban frente a frente. Él la atrajo por la cintura y la besó. Primero rozando apenas sus labios, unos toques apenas perceptibles, luego profundo y prolongado. Después de respirarse mutuamente, ella se apoyó contra la pared, ahora frente a él estaba su pecho, su hermoso y firme pecho, oculto bajo el vestido.

    Él la miraba con admiración, devorándola con la mirada desde los pies hasta sus ojos bien abiertos. Vacilaba y esperaba, sus manos colgaban en el aire. Entonces ella se giró, dándole la espalda, y apoyó su mejilla y manos en la pared. Al hacerlo, se arqueó tan elegantemente manteniendo un equilibrio perfecto. Y solo entonces él sabiendo las zonas erógenas de Afrodita, toco sus rodillas, sus corvas y, suave pero firme y lentamente deslizó sus grandes manos hasta los glúteos de ella. Su vestido negro comenzó a subir, revelando sus piernas esbeltas.

    Ahora, sosteniéndola por detrás, besó su espalda a través de la abertura del vestido. Obedeciendo al instinto, ella separó ligeramente las piernas, y la mano de Ares, siguiendo ese eterno instinto, ya rozaba la cueva de Afrodita. La delgada tira de las bragas, desplazada hacia un lado, solo simulaba protección. Ella ya estaba completamente mojada. Lo que sucedió después es fácil de imaginar. Sus cuerpos se convirtieron en uno. Y ni el vestido negro ni los pantalones y la camisa blanca les estorbaban.

    Probablemente esto duró poco tiempo. Lo que antes se llamaba ropa, ahora yacía desaliñado en el suelo.

    Ares y Afrodita fueron juntos a la amplia ducha, como si quisieran apagar el fuego dentro de sus cuerpos. Ahora estaban completamente desnudos y se admiraban mutuamente a través de los chorros de agua. Pero esto duró hasta que se encontraron con la mirada. Ella lo rodeó con sus piernas, y él la sostuvo por los glúteos y la espalda. Después de unos minutos de sexo, la llevó a la cama, mojada e insaciable.

    Ella se apoyó en los codos, y ante él se reveló toda la belleza de su cuerpo moreno.

    —Bésame como prometiste —dijo ella.

    Estas fueron las primeras palabras que pronunciaron.

    En la esquina de la habitación, una lámpara emitía una luz suave y tenue. Él besó cada centímetro de su deseo, desde el ombligo hasta su vulva, sosteniendo sus piernas esbeltas en sus manos. Sus labios estaban abiertos como una flor, y aquel pequeño clítoris se llenó de sangre. Lo movió con la lengua, ella gimió y cerró los ojos. Lo hizo a diferentes ritmos, como si estuviera jugando con ella, acercándola y alejándola del clímax.

    Finalmente, al sentir cómo temblaban sus piernas, introdujo dos dedos en ella, justo allí donde ella más lo necesitaba. Lo que les sucede a las diosas en esos momentos, probablemente sea mejor que los mortales no lo sepan. Verlo una vez, no se olvida fácilmente.

    Esa noche, Ares la hizo suya, y no solo una vez. El vino y el agua se acabaron sorprendentemente rápido. Y cómo Afrodita lo recompensó por la mañana, tal vez lo sabremos algún día, si los dioses lo consideran necesario.

    ¿Eran personas ordinarias? No lo creo. ¿O eran simplemente un hombre y una mujer? Al parecer sí.

    Para el momento en que se conocieron, cada uno tenía media vida a sus espaldas. Lo que más amaban en el mundo eran a sus propios hijos, un sentimiento que nadie podía quitarles. Pero también se amaban a sí mismos profundamente. Estaban constantemente en un proceso de perfeccionamiento de sus capacidades intelectuales y físicas, aunque las posibilidades de que sus caminos se cruzaran eran de una en cien millones (1 / 100,000,000).

    Pero los dioses los eligieron a ellos. Estaban destinados a hacer todo el “trabajo sucio” para que el encuentro de Ares y Afrodita tuviera lugar. ¡Ingenuos! Pensaban que ellos controlaban sus propios destinos. Todo encajaba demasiado bien para ser verdad. Todo lo que les sucedió durante tres meses quedó registrado en unas pocas páginas del relato de ella, que más bien se asemejaba a un diario (te invito a leerlo). Ella podía quedarse mirando el mar, hasta el horizonte, donde se fundía con el cielo. Y él podía contemplar sin fin la llanura cubierta de nieve que se extendía a lo lejos.

    Fueron cautelosos en su comunicación, pero la conspiración no los salvó. Lo más probable es que exista otra dimensión, de la que ellos sospechaban, pero no pudieron protegerse. El mundo cambiaba ante sus ojos, y ellos también se vieron envueltos en esos cambios. En los ojos de ambos apareció una especie de tristeza, a pesar de la sonrisa encantadora de ella.

    Alguien mucho más importante que ellos decidía quién terminaría en el lado oscuro de la Luna y quién en el visible. Pero eso ya es tema para una novela de detectives o de espías.

    Esta es una historia que aún no ha terminado, y quién sabe, tal vez los dioses les devuelvan a los humanos las sensaciones por las que vale la pena vivir.

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  • Mi primera infidelidad antes de casarme (parte 2)

    Mi primera infidelidad antes de casarme (parte 2)

    Después de aquel encuentro, sentí una calentura que no podía controlar. Apenas subí al auto, me toqué por encima de la ropa interior y noté que estaba completamente mojada. No lo podía creer. Estaba tan excitada que, al llegar a casa, dejé las compras en la mesa y fui directo al cuarto, donde mi marido estaba descansando. Sin darle tiempo siquiera a decirme hola, me subí encima de él.

    —Hacéme tuya, bebé —le susurré al oído, mientras mis manos recorrían su cuerpo.

    —¿Qué te pasa, amor? ¿Estás bien? —preguntó, sorprendido por mi actitud.

    No respondí con palabras, sino con besos en su cuello y caricias que dejaban claro lo que quería. Aunque habíamos decidido esperar hasta la noche de bodas, mi calentura pudo más que cualquier promesa.

    —¿Estás segura, amor? —preguntó, con una voz entrecortada por el deseo.

    —Sí, hacéme tuya como nunca —respondí, mientras me quitaba el sujetador y él se sacaba la remera.

    Tuvimos sexo durante unos veinte minutos. No era un tiempo corto, pero la verdad es que él se vino dos veces, y yo todavía no había llegado al clímax. Cuando finalmente se detuvo, me miró con una sonrisa de satisfacción.

    —Guau, sos increíble —dijo, jadeando.

    —Vos también, bebé, pero sigamos —respondí, intentando que se levantara de nuevo.

    —Esperá, amor, estoy cansado —murmuró, y antes de que pudiera decir algo más, se quedó dormido.

    No lo podía creer. Entre la calentura y la frustración, me quedé despierta hasta las tres de la mañana, revolviéndome en la cama. Fue entonces cuando mi teléfono vibró. Era un mensaje suyo.

    —No te olvides que mañana nos vemos. Ah, y no te olvides de llevar a tus amigas.

    Respondí casi de inmediato.

    —Sí, sí, mañana nos vemos.

    —¿Qué haces despierta tan tarde? —preguntó.

    —Lo mismo pregunto —respondí, jugando con sus palabras.

    —Recién llegué de un viaje de trabajo.

    —Ah, sí, me acuerdo que me contaste.

    —Sí, pero vos, ¿por qué estás despierta?

    —Me quedé viendo una película —mentí, sin querer entrar en detalles.

    —Sí, sí, seguro. Ajá. Seguro estabas con tu marido haciendo cosas…

    —Jajajá, ¿qué «cosas» te referís? —pregunté, riendo.

    —Dale, jajajá, sabés a lo que me refiero.

    —Jajajá, buenas noches —respondí, cortando la conversación.

    No quería contarle que había tenido sexo por primera vez con mi marido y que había sido un desastre. Pero al día siguiente, me desperté sintiéndome extrañamente feliz, como si algo en mí hubiera cambiado. Había soñado con él otra vez, y la humedad en la cama hizo que mi marido pensara que había sido por nuestra noche de “pasión”.

    —Qué bien la pasamos, ¿no? La cama resistió mucho, jajajá —dijo, riendo.

    —Sí, demasiada pasión —respondí, con un tono sarcástico que él no captó.

    Cuando llegó la noche, le dije que saldría con mis amigas. Él no tuvo problemas, ya que era sábado y su equipo de fútbol jugaba, así que invitó a unos amigos a ver el partido en casa.

    Mientras me preparaba para salir, decidí no llamar demasiado la atención. Me puse una ropa interior sencilla, un pantalón de cuero ajustado, un top negro y una campera de cuero corta. Al llegar, mis amigas y yo tomamos un taxi y nos fuimos.

    Al llegar al lugar, él y sus amigos ya nos estaban esperando. Nos saludamos todos, y de inmediato nos invitaron unos tragos. La música sonaba fuerte, y no tardamos en empezar a bailar. Pasamos horas divirtiéndonos con el grupo, pero poco a poco, sus amigos y mis amigas comenzaron a irse, cada uno por su lado. Ellas, obviamente, estaban contentas; ya habían tenido sexo con ellos antes y se sentían en total confianza. Yo, en cambio, estaba indecisa. Mi cuerpo me pedía que me entregara por completo a él, pero mi cabeza intentaba mantenerme a distancia, pensando una y otra vez en mi futuro esposo.

    En un momento, volvió a sonar una canción lenta. Nos acercamos de nuevo, y esta vez el baile fue más íntimo. Se notaba que él estaba excitado; cada vez se pegaba más a mí, hasta que nuestros cuerpos quedaron completamente unidos. Sentí su erección, dura y firme, presionando contra mí. Aunque sabía que estaba mal, no podía evitar disfrutarlo.

    —Me ponés muy caliente, ¿sabías? —murmuró al oído, con una voz que me erizó la piel.

    —¿En serio? —pregunté, tratando de sonar indiferente, aunque mi voz tembló.

    —Sí. Si no estuvieras en pareja, te llevaría a mi casa y te haría mía —dijo, con una intensidad que me dejó sin aliento.

    —Ay, ¿qué decís? —respondí, sintiendo cómo el rubor me subía por las mejillas.

    —Estás súper hermosa. Tenés unas tetas y un culo enormes. ¿Quién no querría hacerte el amor? —añadió, mientras me daba una vuelta, mirándome de arriba abajo con una mirada que me hizo sentir desnuda. Sus manos bajaron hasta casi tocar mi culo, y la tensión entre nosotros era palpable.

    —Basta, no me confundas más —dije, aunque mi voz sonó más débil de lo que hubiera querido.

    Estaba a punto de ceder, de entregarme a él por completo, cuando mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi novio, diciéndome que estaba por ir a buscarme. Eso me devolvió a la realidad. Lo aparté de mí con suavidad y le dije que tenía que irme. Cuando estaba por salir, me di vuelta y lo vi embobado, mirándome el culo. Eso solo me puso más caliente, pero lamentablemente, tenía que irme. Si no fuera por el mensaje de mi novio, probablemente habría terminado en su cama esa misma noche.

    Apenas llegó mi marido, entré rápido al auto y, sin mediar palabras, le comí la boca.

    —Llevame a casa rápido. Quiero cogerte toda la noche —le dije, con una voz cargada de deseo.

    Él me hizo caso, y esa noche tuvimos sexo durante horas. Duró más que la vez anterior, y aunque solo se vino una vez, yo seguía insatisfecha. Mi cuerpo pedía más, pero no sabía cómo decírselo sin herir sus sentimientos.

    Al día siguiente, recibí un mensaje suyo.

    —Hola, disculpá por lo de anoche. Me dejé llevar, y bueno…

    —No te disculpés. Yo también me dejé llevar, pero bueno… lo importante es que la pasamos bien —respondí, tratando de sonar casual.

    —Eso es lo que importa, que la pasamos bien —dijo, con una sonrisa en forma de emoji.

    —Sí, sí. Bueno, me voy, tengo que hacer ejercicio —respondí, intentando cortar la conversación.

    —Esperá un segundo —escribió, antes de que pudiera cerrar la app.

    —Te paso la dirección de mi casa, por si algún día estás libre y yo también. No sé… quizás podamos hablar en un ambiente más tranquilo que un boliche.

    —Bueno, chau —respondí, sin comprometerme a nada.

    Le respondí de manera un tanto tajante, pero en realidad, lo que quería decirle era que deseaba estar en su cama en ese mismo instante. Sin embargo, intenté calmar esos pensamientos. Me puse la lencería que había comprado para la luna de miel y me miré al espejo. Empecé a preguntarme qué necesitaba para apagar esta calentura que llevaba dentro. Justo en ese momento, recibí un mensaje de mi novio.

    —Faltan tres días para ser felices para siempre —decía el mensaje.

    Eso me hizo recordar lo mucho que lo amaba, pero, como si el destino se burlara de mí, recibí otro mensaje, esta vez de él.

    —Aquí te dejo mi dirección. Si querés venir ahora y tomar un café, estoy solo en casa…

    Me quedé pensando unos segundos. Finalmente, decidí ir. Después de todo, no tenía nada que perder. Tal vez esto me ayudaría a sacarme la duda de si él era lo que necesitaba o si era igual a mi marido.

    Me cambié rápidamente. Me puse un body de encaje que dejaba ver mis pechos, y encima, un pantalón vaquero ajustado y unas botas que me llegaban hasta las rodillas. Era un look atrevido, pero en ese momento no me importaba. Estaba dispuesta a todo.

    Al llegar a su casa, me sorprendió lo lujosa que era. Tocé el timbre, y cuando abrió la puerta, se quedó boquiabierto al verme.

    —¡Pero qué hermosa estás! Pasá, pasá, por favor —dijo, mientras yo entraba y él cerraba la puerta detrás de mí. Sus ojos no se despegaban de mi culo.

    La situación fue un poco incómoda al principio. Nos sentamos en el sofá, cada uno en un extremo, sin hablar mucho. Él no podía dejar de mirar mis pechos, y yo, por mi parte, sentía que las dudas crecían en mí a medida que pasaban los minutos. De repente, decidí mandarle un mensaje a mi novio.

    —Bebé, enseguida capaz que vaya a casa. Estoy un poco aburrida y te extraño demasiado —escribí.

    —Dale, amor. Avisame nomás y te espero, amor de mi vida —respondió él casi de inmediato.

    —Faltan horas para estar juntos para siempre —añadió en otro mensaje.

    —Dale, mi vida. Te amo demasiado —respondí, sintiendo cómo el remordimiento empezaba a invadirme.

    Después de esa serie de mensajes, quise irme. No sabía por qué había ido en primer lugar. La calentura se había disipado, y por primera vez en días, pude pensar con claridad. Me levanté del sofá y le dije:

    —Sabés qué, me equivoqué en venir. Fue una pérdida de tiempo. Me voy.

    Él, sin embargo, no estaba dispuesto a dejarme ir tan fácilmente. Con un movimiento rápido, tomó mi brazo y me acercó a él. De repente, mi culo estaba pegado a su pene, y la calentura volvió a apoderarse de mí. Sin poder evitarlo, empecé a mover mi cadera de manera sensual, sintiendo cómo la tensión entre nosotros crecía.

    Él me dio la vuelta y, sin mediar palabras, nuestros labios se encontraron. Durante diez minutos, no hubo más que besos apasionados, mientras nuestras manos exploraban y desvestían lentamente. Él me bajó el body, dejando mis pechos al descubierto, y su boca se posó sobre ellos, chupando y mordiendo con una habilidad que me hizo gemir.

    —Ah, ah, sí… hacéme tuya. Cogeme, por favor —susurré entre gemidos, sintiendo cómo el deseo me consumía.

    —Vení, vamos a un lugar más cómodo —dijo, tomándome de la mano.

    Me llevó a su habitación, que estaba en el segundo piso. Mientras subíamos las escaleras, él, astutamente, hizo que yo subiera primero, dándole una vista perfecta de mi culo.

    —Qué hermoso culo tenés. Te quiero comer entera, bebé —murmuró, mientras sus manos acariciaban y apretaban mis nalgas.

    —Soy toda tuya, papi —respondí, sintiendo cómo la excitación crecía en mí.

    Al llegar al final de las escaleras, me levantó con sus brazos musculosos y me llevó en vilo hasta su habitación, sin dejar de besarme. Al llegar a la cama, me soltó con delicadeza y, mientras continuaba chupando mis pechos, me quitó las botas, el pantalón vaquero y el body. Una vez desnudos, se puso encima de mí y comenzó a penetrarme.

    —Ah, ah, sí… hacéme tuya —gemí, sintiendo cómo su cuerpo se movía en sincronía con el mío.

    —Alma, sos perfecta. ¿Te gusta, mi amor? ¿Te gusta? —preguntó, mientras su ritmo se volvía más intenso.

    —Sí, ay, por favor… qué grande que la tenés —respondí, sintiendo cómo el placer se acumulaba en mi interior.

    —Hacéme que me corra —supliqué, mientras mis uñas se clavaban en su espalda.

    Estuvimos así por un rato, hasta que no pude aguantar más y llegué al clímax, temblando bajo su cuerpo. Pero él no había terminado. De repente, me hizo cambiar de posición, poniéndome encima de él. No podía creer que todavía no se hubiera venido.

    —Dios, Alan, qué rico… sí, papi —gemí, moviéndome sobre él con desesperación.

    —Dale, bebé, me vas a hacer venir —dijo, con una voz entrecortada por el placer.

    —Sí, bebé —respondí, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba de nuevo.

    —Ponete en cuatro. Quiero cogerte todo ese culo —ordenó, con una voz que no admitía discusión.

    Me puse en cuatro, y en ese momento sentí cómo me penetraba con toda su fuerza. Me sentía como una verdadera perra, entregada por completo al placer. Perdí la cuenta de cuántas veces me hizo llegar al clímax, pero estuvimos así durante horas, hasta que finalmente él también se vino. Nos quedamos tirados en la cama, exhaustos pero satisfechos. Yo le acariciaba su pene, mientras él no dejaba de masajear mi culo. Fue entonces cuando agarró el celular y se dio cuenta de que habían pasado dos horas.

    —¡No puede ser! Ya pasaron dos horas. Tengo varios mensajes de mi novio —dije, mirando el celular con preocupación.

    —Jajaja, la pasamos re rico, amor. Gracias —respondió él, con una sonrisa de satisfacción.

    —Gracias a vos, bebé. Qué rica pija tenés —dije, mientras me vestía apresuradamente.

    —Otro día se tiene que repetir —propuso, con una mirada llena de deseo.

    —Mmm, ojalá, pero lo veo complicado —respondí, sintiendo cómo la realidad volvía a mí.

    Mientras agarraba mis cosas y me cambiaba, él todavía no se había vestido. Solo llevaba puesto el bóxer, y no pudo resistirse a tentarme una última vez.

    —Dale, Alma, no me podés dejar así —dijo, mientras sacaba su enorme pene del bóxer y me lo mostraba.

    —Basta, ya le dije a mi novio que estoy yendo —respondí, aunque no podía evitar mirarlo con deseo, sintiendo cómo las ganas de ser penetrada otra vez crecían en mí.

    Finalmente, me despedí de él con un beso apasionado, mientras sus manos no dejaban de acariciar mi culo.

    —Chau, bebé —dije, mientras agarraba su pene por última vez.

    —No lo calentés, que después me quedo con las ganas —respondió, riendo.

    —Chau, gracias —dije, sintiendo cómo la tentación me llamaba a quedarme.

    Al salir, me di vuelta y lo vi tocándose el pene, sin poder apartar la mirada de mi culo. Tenía ganas de quedarme, pero por alguna razón, agarré las llaves de mi auto y salí rumbo a casa.

    Esa fue la situación que desencadenó lo perra que fui. En ese momento, me sentí aliviada. Llegué a casa feliz, y unos días después, me casé con mi marido. La calentura se había ido, pero no por mucho tiempo… En el próximo relato, te contaré lo que sucedió después.

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  • Libertad de una madre y su hijo

    Libertad de una madre y su hijo

    La historia que les voy a contar parece increíble. Pero así es la vida.

    Mi madre y yo aguantábamos a un padre insoportable. Nunca llegó a ponernos la mano encima, pero era un auténtico tirano.

    Mi madre y yo nos mirábamos a los ojos con complicidad.

    Cuando salió finalmente el tema del divorcio, yo la apoyé siempre.

    Las secuelas de la actitud de mi padre fue mi timidez y mi soledad y también la de mi madre. Ella sabía que a mí me costaba salir con chicas. Y yo sabía que mi madre no disfrutaba con mi padre.

    Después de un tiempo largo, siguiendo los trámites de esta separación, esta finalmente se consumó.

    Y ahora les cuento lo que pasó ese mismo día.

    Llegamos los dos a casa. Por fin éramos libres y estábamos solos. Mi madre es una señora normal de 52 años.

    Al entrar en mi cuarto ella estaba en un rincón, sentada en el suelo, con la cabeza ladeada, mirándome. Estaba desnuda y se masturbaba.

    Al principio no sabía qué hacer. Salí del cuarto y volví a entrar. Volví a salir. Entré de nuevo y me desnudé. Me senté en otro rincón. También me masturbaba.

    —¿Estás salido? —me preguntó.

    —Si.

    —Yo también.

    Quedamos callados. Mi madre interrumpió el silencio.

    —Me imagino que me tocas las tetas. Que coges mis pezones con la yema de tus dedos.

    No sabía que contestar hasta que me lancé.

    —Y yo que te beso en la boca —le contesté.

    —Que me besas los pechos y me los comes con tus dientes y lengua.

    —Y yo que te agarro las tetas.

    —Metes tu pene entre mis senos.

    —Y paso la lengua por tus tetas.

    —Me doy la vuelta y me lames el orificio del ano.

    —Luego tú me lames por todo el pecho.

    —Y tú me haces el amor. Entras en mi vagina.

    —Y luego te lamo el coño.

    —Y pasas tu lengua por mi clítoris.

    —Y tú me la chupas.

    —Y me vuelves a lamer el orificio del ano.

    —Te como el coño.

    —Y me la metes por el culo.

    —Y te cojo y te follo. Te sientas encima de mí, dándome la espalda.

    No aguanté más y me corrí. Sentí que me quemaba. Era semen ardiente lo que salía.

    Me vestí y salí de la habitación. Dejé a mi madre, allí sola, con su cabeza agachada.

    No he tenido ningún contacto sexual con ella. Ni he vuelto a hacerme una paja con ella delante.

    Los dos lo necesitábamos.

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  • Papá, dame toda tu pija

    Papá, dame toda tu pija

    Sabía que no tenía que ir a esa fiesta.

    Algo muy dentro mío me decía que esa fiesta sería para mí, más que una alegría, un terrible dolor de cabeza.

    Es que nunca me gustaron las reuniones de personas mayores donde una chica como yo, adolescente de 18 años, no tiene ninguna posibilidad de entretenerse con chicos de su edad.

    Estaba anocheciendo cuando llegó mamá de su consultorio -es médica clínica- apurada porque tenía que ducharse y cambiarse para ir a una recepción a la que estábamos invitados. Peleamos un rato porque yo no quería ir, pero la decisión estaba tomada de acuerdo con papá, y eso en mi casa… es palabra de ley.

    Cuando me di una ducha, la esponja, suave y acariciante por el jabón… mi adorada compañera de miles de orgasmos solitarios… me invitaba tentadoramente a la lujuria. Era tal mi mufa que ni para eso estaba de ánimo.

    Cuando llegó papá nos encontró peleando nuevamente con mamá, las dos en ropa interior en su pieza, porque me quería poner un vestido de ella.

    Por la similitud de nuestros cuerpos los vestidos de mamá me quedan perfectos, a pesar de que ella tiene 40 años. Mi altura, 1,78, solo sobrepasa en un centímetro la suya, pero en los 94-62-90 somos un calco exacto.

    –¡Graciela… por favor!… ¡siempre el mismo problema cada vez que tu hija se quiere poner un vestido tuyo! -intervino papá para detener la discusión- y vos Mariana… ¿no tenés suficiente ropa?… además… nena… cuando circules por la casa con esa minúscula ropa interior… trata de usar una bata… ¿me explico?

    –¡Ufa… bueno! -contesté con bronca- es que… me obligan a ir a una reunión de gente mayor… no puedo ir vestida como si fuera a una fiesta con las chicas… ¿o acaso quieren que vaya en jeans o con una minifalda de las que me gusta usar?

    –¡Nooo… nena… porfa!… Graciela, tu hija tiene razón… es la recepción al nuevo agregado comercial italiano… tiene que ir bien vestida… vamos déjense de chiquilinadas.

    –Está bien… dale… elegí el que quieras… no los que están en bolsas de plástico que están preparados para el congreso médico al que debo ir mañana.

    Mirando en su perchero vi uno que sé que a mamá le da odio verme puesto (yo lo puedo usar sin sostén y ella no, jajaja). Es un vestido azul de tela muy suave y vaporosa, bastante corto casi minifalda que al frente va tomado del cuello y casi no tiene espalda. El escote es tan pronunciado que ella casi no lo usa porque le resulta incómodo el brasier que debe usar, con armadura. Su color azul profundo queda muy bien con mi largo cabello rubio que llega hasta media espalda. Además, a mamá le da odio ver lo bien que me queda… así que es mi preferido…. jajaja.

    Le robé unas sandalias nuevas, altísimas y supereróticas, que cuando me las vio puestas puso el grito en el cielo… pero salí corriendo a refugiarme con papá que estaba en el living, ya cambiado y listo, esperándonos.

    –¿Qué pasa, ahora? -pregunto papá fastidiado al ver que mami bajaba hecha una furia por las escaleras.

    –Es que esta mocosa no se da cuenta, Gustavo… ¡después se queja que los veteranos la miran con morbo!… ¡Mira la pinta que tiene!

    –Es ropa tuya, mamá… -le dije en tono de broma pero me tuve que esconder detrás de papá porque el horno no estaba para bollos.

    Llegamos a la fiesta. Como era de esperar… un bodrio total. Como siempre un grupo de varones que se creen que porque son empresarios exitosos todas las mujeres se tienen que rendir a sus pies. Las mujeres… bueno en esta ocasión estaban bastante pasables. Pero me miran con precaución, son muy hábiles para detectar cuando sus maridos se ponen loquitos por algo. ¡Y a mí me encanta hacerlos poner loquitos!

    Los varones que ya me conocían se acercaron a saludarme, lo mejorcito que había en la reunión era el tano que agasajaban. Un veterano que desde que entré no me sacaba los ojos de encima. Al saludarme busco la vuelta para que yo me quedara charlando en su grupo. Bajo la mirada atenta de papá y la vigilancia policial de mamá me quede muy cómoda por cierto, en el grupo del italiano. Además, el saber el idioma bastante bien hizo que al rato estuviéramos los dos hablando animadamente y los demás se anotaran en conversaciones diferentes.

    Mario, era un italiano de Venecia con 43 años -la edad de papá- que cuando se dio cuenta que por el idioma podía hablar solo conmigo se lanzó a una conquista poco sutil y muy atrevida. Frenó en seco cuando se enteró de mis 18 años y, sobre todo cuando, con una sonrisa muy suave y tenue le dije que era aún virgen como suponía lo sería su hija, aún en Italia, que tenía solo un año más que yo.

    De todas maneras, Mario no dejo de atenderme como a una reina. Bailamos bastante, pero se me presento un problema. Su mano tibia en mi espalda desnuda y el roce constante de la suave tela del vestido puso mis pezones en un estado tal que se notaba a simple vista como sobresalían de la línea de caída del vestido. Cuando mi acompañante comenzó a dar señales de locura y no sacaba los ojos de mis pechos, pedí disculpas y fui hasta el toilette a tratar de solucionar el problema.

    De paso por una mesa vacía alcance a manotear un cigarrillo y un encendedor abandonados… moría de ganas de fumar. La cercanía de mis padres era mortal para esos trámites.

    Pase por el toilette y después me metí en una de las habitaciones de la planta alta en busca de un trozo de cinta adhesiva que me permitiera cubrir mis pezones para poder volver al salón principal. En eso andaba cuando sentí voces que se acercaban por el pasillo. En una actitud impensada -por haber estado fumando, supongo- me escondí dentro del placard de la habitación.

    Entraron a la habitación, sumamente excitadas y risueñas, la dueña de casa -una escritora cincuentona muy bien conservada- y una amiga, mas joven, que creo es la mujer del gerente de embarques de la empresa de exportaciones de papá.

    –¡Por Dios…! No sé qué hacer con ese tipo, Marta… ese hijo de puta esta que es un sueño esta noche… no me saca los ojos de encima… y cada vez que me mira… me mojo como una colegiala… mira como estoy… -decía excitadísima la mas joven levantándose el vestido largo de tela hindú y mostrando su tanga húmeda.

    –Es que no es para menos, Vivi… no por nada se dice que es un cogedor espectacular… me decía Margarita que su esposo le contó que en la empresa están todas las secretarias relocas por él… Vivi… estas hecha un fuego… -le dijo mirando el sexo de su amiga y pasando suavemente la mano por sobre la tanga que mostraba.

    Vivi se acercó a Marta y mirándola lujuriosamente a los ojos tomó con sus dos manos su brazo forzando la mano a frotar con mas fuerza su sexo. Sus respiraciones comenzaron a agitarse y un desenfrenado beso las unió mientras sus manos intentaban desesperadamente quitarse la ropa mutuamente.

    Dentro del placard mi corazón latía a mil por hora. Pero no latía de miedo… un cosquilleo incontenible invadía mi sexo y tuve que llevar mis manos para calmarlo. Fue peor.

    Las dos, después de echar llave a la puerta y desnudarse se habían tirado en la cama y se estaban comiendo mutuamente sus sexos con desesperación. La primera en llegar al orgasmo fue Vivi . Sus quejidos y sonidos guturales me empujaron a acabarme dentro del placard. Después Marta tomó del cajón de la mesita de luz un vibrador y compartiéndolo con Vivi llegó a su orgasmo sin problemas.

    Mientras se vestían y acomodaban un poco su presentación seguían con la charla interrumpida por la sesión de sexo reciente.

    –Vamos… apurémos… que quiero verlo un poco más antes que se vaya… ¡Dios mío… que daría por tenerlo entre mis piernas…! -decía Vivi mientras arreglaba su pelo.

    –Ya lo tendrás, solo es cuestión de esperar, ya te dije que es un tipo que no ataca, se deja, solo hay que saber cazarlo, pero cuando lo agarras y se motiva no te olvidas nunca más en tu puta vida de que te cogió ese macho. Mira sino su mujer… ¿vistes alguna vez una tipa con semejante cara de mujer re bien cogida? -decía Marta mientras encaraba la puerta.

    –No… tenés razón… las chicas dicen que Graciela esta así porque Gustavo no le saca la pija de adentro en ningún momento.

    Las dos salieron y yo quedé petrificada dentro del placard. ¡Estaban hablando de mi papá!

    Quede como atontada. Por los efectos del orgasmo que me habían provocado estas dos calentonas. Por la calentura que aún me quedaba encima, pero mas que nada porque jamás me hubiera imaginado a mi papá como semejante objeto de deseo femenino.

    Salí del lugar de mi escondite y traté de recomponerme un poco frente al espejo. Mi pelo muy largo es fácil de acomodar, pero mis tetas ya tenían una prominencia y dureza tal que me di por vencida y bajé dispuesta a hacer frente a las miradas costara lo que costara.

    Al rato de estar abajo me fui tranquilizando. Bailaba suelto para que no se notaran tanto mis pezones. Pero eso me frotaba más aún. Un desastre, bah.

    Desde donde estaba bailando comencé a mirar un poco más en detalle, y de incógnito, a mi querido papi. Efectivamente, siguiendo la dirección de sus miradas -miradas que nunca le había visto antes- me di cuenta que había tres minas en el lugar que estaban entregadas con él. Tan entregadas que parecía que si les hacían una seña se empezarían a poner en bolas allí delante de todos.

    Lo que mas me llamó la atención es que una de las tres eran Violeta, la esposa de Gerardo. Este era el matrimonio amigo mas íntimo que tienen mis padres. Salen siempre juntos, vacacionamos juntos, Gerardo y papá hacen tenis juntos, Violeta y mamá van juntas al gimnasio… me tenían confundida las miradas que descubrí. Sobre todo habiendo descubierto recién que mi padre era, casi, un sátiro sexual.

    Las reiteradas copas de champagne que me traían todos los que querían bailar conmigo… la calentura de mis tetas al rojo vivo y mi orgasmo reciente, me sacaron del estado de razonamiento lógico, que ya no volví a recuperar en el resto de la noche.

    Entre nebulosas recuerdo que papá me rescató de la pista de baile porque ya nos íbamos. Sentada en el asiento trasero de nuestra camioneta sentí que papá y mamá se ponían de acuerdo, ventanilla por medio, con otro auto para tomar una copa en casa para despedir a mamá que viajaba al congreso. Luego entré en una nube hermosa hasta llegar a casa.

    Tratando de parecer lo mas controlada posible saludé a papá y mamá, que aguardaban en la puerta el ingreso de la pareja amiga, y subí las escaleras directo a mi habitación donde caí en la cama como muerta.

    Sentía, como entre sueños, las conversaciones en la sala de abajo. La música no muy fuerte y algunas risas. Como estaba aún vestida me levante de la cama para sacarme el vestido. Mi tanga estaba hecha sopa. Al sacármela, levante la vista, al verme en el espejo totalmente desnuda y con esas altísimas sandalias super eróticas… en la nube alcohólica que me dominaba se me ocurrió pensar como reaccionaria mi papá si me viera así… y me asuste… mucho… porque el pensar en mi papi mirándome… me dio una cosquilla intensísima por todo el cuerpo.

    Me asomé a la puerta de mi dormitorio y vi que abajo estaban mis padres con Violeta y Gerardo. Estaban muy divertidos tomando champagne. Destapaban la segunda botella.

    –Cinco días en Brasil… que culo tenés, Graciela… ¿Como hago yo para conseguir un congreso que me saque de encima a este pesado (miraba a su marido) durante cinco días?… jajaja… además… Gustavo.. ¿te cree que te vas a portar bien?… jajaja… -decía Violeta arrastrando un poco las palabras por el efecto del alcohol. Se notaba que era la mas ebria de los cuatro.

    –Por supuesto que me voy a portar muy bien… como que me pienso ir muy bien provista para no tentarme. -decía mamá mirando provocativamente a papá.

    Todos reían. Me pareció ver que la mano de mamá estaba sobre la entrepierna de papá. Me sacudió entera el ver que, efectivamente, le estaba sobando el miembro, por sobre el pantalón, en presencia de sus amigos.

    Mi madre se acercó melosamente a la boca de mi padre. Desde arriba veía nítidamente como pasaba su lengua por los labios de papá mientras había metido la mano dentro de su pantalón. Me agitaba ver el movimiento de esa mano debajo de la tela. Cuando salió enarbolando la verga dura de mi padre. No pude contenerme y metí las manos en mi sexo.

    Violeta había imitado a mamá, pero directamente se metió el sexo de Gerardo en la boca por lo que, entusiasmada como estaba con lo que hacía mamá, no lo pude ver bien.

    De un tirón mamá puso de pie a papá y le sacó la camisa y los pantalones poniéndolo desnudo en un santiamén. Violeta, de rodillas en la alfombra, entre las piernas de su esposo, chupaba con tal alevosía que el ruido de la succión se sentía desde arriba.

    El temblor de mi cuerpo y mis piernas me hacía difícil mantenerme parada, desnuda como estaba me senté en la alfombra del pasillo para ver mejor lo que ocurría en la sala de abajo.

    Nunca había visto totalmente desnudo a papá. Verlo de costado y de arriba, cuando mamá lo volvió a sentar en el sillón grande, con su verga parada esperando entrar en combate… me mató. Recorrían mi cuerpo extrañas sensaciones… de excitación… de angustia… de deseo… de ternura…

    Mamá sacó su vestido y casi arrancó su soutien y su tanga… con las medias y el portaligas aún puestas se sentó en el regazo de papá tomándose del respaldar del sillón y por detrás de su nuca para atraerlo a sus labios.

    Intuía como papá estaba acomodando su verga debajo de mamá y mis dedos frotaban mi clítoris con desesperación. Mamá comenzó a quejarse y a jadear…

    Mamá acababa sobre la verga de mi padre y a mí el orgasmo simultáneo me mojaba los dedos que tenía en los labios de mi sexo. Mi vagina parecía una hoguera.

    Violeta se incorporó y sacándose el vestido procedió a desnudar totalmente a Gerardo. ¡Mi Dios! ¡que pedazo de verga tenía ese hombre!

    Mientras Violeta, en cuatro patas sobre la alfombra metió su boca entre las nalgas de mi madre, que seguía moviéndose lánguidamente sobre mi padre, Gerardo tomo su verga con una mano y de un solo envión la metió, por detrás, en la vagina de su mujer.

    El ruido del sexo múltiple que se estaba desarrollando abajo me hizo entrar en un delirio que no lograba controlar. Me dolía el clítoris del maltrato que le estaban propinando mis dedos.

    Violeta se incorporó, se corrió detrás de Gerardo y empujando a su marido hacia adelante guio sus manos para que tomaran las tetas mamá desde atrás.

    –Vamos… mi amor… asegurate que a Graciela no le queden ganas de portarse mal en Brasil… yo ya lubriqué el camino y el mensajero… siii… asii… ves… -ordenaba Violeta a su marido mientras separaba las nalgas de mamá para facilitar la doble penetración.

    Mamá, que estaba enlazada en un beso salvaje con papá se desprendió de su boca y estirando su cuello hacia adelante expulso con fuerza un quejido fuerte y profundo, casi como un eructo. Comenzó a jadear y su voz se puso ronca y cavernosa.

    Gerardo y papá serruchaban con una suavidad y sincronización que, a pesar de que estaba ciega de lujuria por un orgasmo que no terminaba nunca, me di cuenta que no era la primera vez que agarraban a mamá entre los dos.

    Mamá tuvo dos orgasmos más y termino pidiendo tregua. Cuando Gerardo desenvaino su terrible tranca del culo de mamá ella se tiro de lado en la parte del sillón que quedaba vacía. Violeta se acercó a mi padre y metiendo su legua supongo que hasta la garganta se sentó en su verga con violencia… Gerardo volvió a su posición y la ensartó por el culo de un solo envión. Los gritos de placer de Violeta me demostraron porque miraba a papá de forma en que lo hacía en la fiesta.

    Aturdida por mi deteriorado estado después de los múltiples orgasmos y con los gritos de Violeta, Gerardo y papá enfrascados en un orgasmo salvaje me tire en la cama y quede profundamente dormida.

    Cuando desperté, a la mañana siguiente, mi cuerpo y mi cabeza eran despojos de lo que alguna vez fue una jovencita deportista y gimnasta de primera línea. No me acordaba ni que día era.

    Escuché los preparativos de mamá y recordé su viaje a Brasil. El nerviosismo de los movimientos en la pieza de al lado me indicaban que hoy era sábado, el día de la partida. Desde dentro de las sábanas sentía un fuerte olor que invadía mi nariz. Mis dedos estaban impregnados en el mismo olor. Indudablemente era olor a sexo.

    Lentamente me dirigí al baño y metí mi entumecido cuerpo debajo de la lluvia tibia. Mi sexo, al pasar mis manos con jabón, se sentía muy irritado.

    Mamá vino hasta el baño a buscar su cepillo de dientes.

    –Buen día, Mariana. Estaba por ir a llamarte. Estoy casi a punto de salir. Estoy esperando que pase tu padre a buscarme para llevarme al aeropuerto. Te encargo hija que te hagas cargo de todo lo que atañe a la casa. El lunes, cuando venga Dora le decís que se ocupe de la ropa y la limpieza. Papá dice que se hará cargo del tema comida. Supongo que será todo de la rotisería de la esquina, jajaja. Pero… confío en vos nena. La casa está a tu cargo. Sos ahora la ama de casa.

    –Bueno, mamá. ¿Puedo acompañarlos a llevarte al aeropuerto? Solo dos minutos. Me seco y me pongo algo así nomás. ¿Puedo?

    –Si, pero no te demores. Sabes que a tu padre no le gusta esperar.

    Sali del baño y como una saeta me puse una solera muy amplia y una chinelas de playa… alisé mi pelo con el cepillo, mis lentes para sol y listo. Cuando bajaba las escaleras, papá tocaba bocina para que mamá saliera con su equipaje. La ayude con los dos bolsos mientras ella llevaba la valija y sus bolso de mano. Por una semana mamá tendría vacaciones.

    Papá se extrañó al verme. Es que los sábados, cuando el viernes a la noche salgo con mis amigas, duermo hasta pasado el mediodía. Las once de la mañana es madrugada para mí, jajaja.

    En el aeropuerto, después de esperar a que el vuelo de mamá partiera, volvimos a la camioneta para regresar. Papá pregunto que comeríamos, eran casi las dos de la tarde. Terminamos comiendo en un restaurante muy lindo cerca del aeropuerto.

    Era muy notorio que varias mesas ocupadas por varones me miraban con insistencia. Se lo comente a papá risueñamente.

    –Son unos babosos. -me contesto algo ofuscado.

    –¿O será que piensan… mira la mocosa que se atracó el veterano? -le pregunte pícaramente con una sonrisa.

    –Puede ser… -me dijo sonriente.- trata de decir fuerte “papá” así se les van las ideas truculentas de la cabeza, jajaja

    En ese momento se acercó el mozo consultando que plato íbamos a encargar. Con una sonrisa entre burlona y cómplice le dije mirándolo a los ojos.

    –Para mí carne de pollo grillada ¿y… vos, Gustavo?… pedí algo afrodisíaco para vos…

    Los ojos del mozo y la mirada sorprendida de mi papá hacían juego. En broma, desde ese momento, comencé a llamarlo por su nombre de pila. Es más… me sentía eufórica… me erotizaba llamarlo por su nombre.

    Lo acompañe al club donde jugo sus reglamentarios dos partidos de tenis con Gerardo y sus amigos. Después compartí con ellos la abundante cerveza conque siempre calman su sed después de esos eventos.

    La cerveza se me subió un poco a la cabeza. Además, sentirme rodeada de varones apuestos, maduros y mimosos para conmigo… mientras el viento de la tarde pasaba por debajo de la amplia solera refrescando mis dolidos labios vaginales desnudos… me resultaba hermosamente placentero. En realidad, me sentía un poco desprotegida y vulnerable sin ropa interior, pero el aplomo y la seguridad que me transmitía mi papá… mejor dicho, Gustavo, me hacía sentir segura y hasta excitada.

    Mientras Gustavo charlaba con sus amigos… (antes en la camioneta y durante el almuerzo, también) lo miraba con detenimiento y comenzaba a descubrir ciertas actitudes, gestos y costumbres de mi padre que antes jamás había notado. Algunas me resultaban de una carga erótica tal que entendía lo que había escuchado desde el placard de la habitación de Marta la noche anterior.

    Era un machazo en todo el sentido de la palabra. Recio, duro y varonil pero tierno y dulce como un caramelo cuando se dirigía a las mujeres… desde la camarera del club hasta la cajera del peaje de la autopista.

    Además, cuando de vez en cuando me miraba dulcemente, mi mente saltaba como un rayo al sillón de la sala y mis ojos se iban a sus manos. Soñando despierta las veía acomodando su corta, pero muy gruesa verga entre mis piernas. Imaginarme en el lugar de mamá me producía un hormigueo insoportable en mis entrañas que apenas lograba disimular.

    Cuando volvíamos a casa una tormenta muy fuerte se desató sobre la ciudad de Buenos Aires. Llegamos y pedimos a la rotisería la comida para cenar. Cenamos a la luz de las velas porque por la tormenta se cortó la luz.

    –Papá… el día que decida tener sexo con un chico por primera vez… a quien me conviene consultar… ¿a mamá? ¿o a vos? -le pregunte de sopetón sorprendiéndolo al punto tal que se quedó petrificado con el bocado a medio masticar.

    –Pero… por.. por.. ¿por qué se te ocurre semejante pregunta? -estaba boquiabierto, realmente sorprendido.

    –Es que mamá y vos son muy cariñosos, mimosos y tiernos conmigo. Pero hay momentos en que uno necesita consultar algunas cosas… como entre amigos, digamos… pienso que el consejo de mamá sería mas técnico… desde su condición de médica, digo… en cambio vos… me aconsejarías desde tu experiencia… desde tus kilómetros recorridos, digamos… sino… para que tiene una un padre tan deseado y codiciado por las mujeres… ¡que joder!… jajaja.

    –¡Mariana! ¡de donde sacaste vos semejante cosa! -me preguntó poniéndose colorado como un tomate.

    –Gustavo… ahora es en serio… siempre tuve la sensación de que mamá es mas autoritaria conmigo… te diría que en algunas cosas… hasta compite conmigo. En cambio, a vos… te veo… te siento… siempre te sentí… mucho mas compinche conmigo… ¿o no?

    –Mariana… yo soy tu padre… nunca voy a ser tu cómplice…

    –Na, na, na, na… no me cambies el sentido de las cosas. Yo ya soy una mujer. No tendré experiencia… pero en cualquier momento voy a empezar… y sabrás, porque soy tu hija y me conoces, que soy virgen aún pero no porque ustedes me controlan… sino porque soy lo suficientemente madura para saber lo que me conviene…

    –Si, por supuesto Mariana… esto lo hemos hablado muchas veces con tu madre…

    –¡Mira si supieran el terrible volcán que llevo adentro!… no dormirían, jajaja… bueno… lo importante es que cuento con los dos… cada uno en su rol…

    No quedó muy conforme con la charla… en la semipenumbra que dejaban las velas yo lo miraba con dulzura. Me pareció que se sentía algo incomodo.

    Me levante y parándome a su lado abrace su cabeza apretándolo contra mi pecho. Con mucha delicadeza, al levantar él la cara hacia la mía le di un beso muy húmedo, casi con la lengua, en la punta de su nariz. Me sonrió y paso su brazo por detrás mío para devolverme el abrazo. Al estar parada a su lado, e inclinada hacia él, su brazo paso directamente por debajo de mi corta solera y abrazo mis piernas desnudas. Inocentemente levanto su mano para darme una nalgada y lo hizo sobre mi cola desnuda.

    –Nenaaa… con tu madre usan cada vez más diminuta la ropa interior… ¡parece que estuvieran desnudas!

    –No papi… yo… ahora… estoy desnuda…

    –¡¿Queee?!

    Poniendo cara de nena que ha sido pescada en una travesura… enderece mi cuerpo y levante lentamente la falda delantera de mi solera… así, quedaron al descubierto los cuidados labios de mi sexo que, por el estado de excitación que sentía en ese momento y por la cercanía con su cara estoy segura que los vio totalmente mojados y sintió el olor a hembra en celo que desprendían.

    Sin mediar palabra volví a besarlo voluptuosa y dulcemente en la comisura de sus labios y deseándole buenas noches tomé una vela y me fui a mi habitación.

    Mi habitación era permanentemente alumbrada por los relámpagos de una fuertísima tormenta eléctrica que se desataba afuera. No me podía dormir del estado de excitación que tenía encima. Estaba totalmente loca… de pasión… de lujuria… de desenfreno…

    Como a la hora de estar en la mas absoluta oscuridad cayó muy cerca de casa un rayo que sacudió toda la casa con terrible estruendo.

    Como muchas veces he hecho, desde que era muy chiquita, rápidamente fui a calmar mi miedo a la cama de mis padres. Esta vez había tres cosas que no eran habituales. Primero… mamá no estaba en la cama. Segundo…yo, debajo del corto camisolín, estaba totalmente desnuda. Tercero… me sentía terriblemente caliente.

    –Papi… haceme lugar… que tengo mucho miedo… -le dije en la más absoluta oscuridad mientras levantaba la ropa de cama y me metía por su lado obligándolo a correrse hacia el medio de la cama matrimonial.

    –Bueno Mariana… pero solo un ratito y volvés a tu cama, ¿estamos?

    Pase mi mano sobre su pecho desnudo y apoye mi cabeza en su hombro. El olor de su cuerpo… sus vibraciones… el vello de su pecho que acariciaba mi brazo… me hizo entrar en un paraíso nunca soñado.

    Instantes después otro rayo sacudió la noche con estrépito. El sacudón que pegué junto a papá hizo que él, girando un poco su cuerpo hasta ponerlo de costado frente a mí, tomara con su mano mi cabeza y me besara dulcemente en la frente.

    –No tengas miedo, nena… papá esta acá… trata de dormir… -me decía en el oído mientras su mano pasaba reiterada y suavemente por mi cabeza hasta casi la nuca.

    Invadida por escalofríos y ráfagas de fuego interno me acurruque en su pecho y abrazándolo pegue aún más mi cuerpo al suyo.

    Un rayo más fuerte que el anterior me permitió abrazar con más fuerza su cuerpo semidesnudo. Mi corazón latía con una fuerza inusitada… parecía que se saldría por mi boca.

    Mi liviana ropa de dormir se había subido por sobre mi cintura hasta amontonarse debajo de mis tetas. El pantalón corto de su pijama, única prenda que cubría su desnudez, era la única barrera que quedaba entre mi sexo, palpitante y encendido, y el suyo aún en calma.

    Estaba tan pegada a él que sentía, apoyado en mi pelvis, un bulto sin ninguna rigidez, pero de un tamaño considerable.

    Su brazo derecho, al ponerse de costado para acariciarme la cabeza con el izquierdo, había quedado junto con mi brazo izquierdo apretado entre los dos cuerpos y la cama. Lentamente tome su mano con la mía y nuestros dedos se entrelazaron. Casi instintivamente acerque esa unión a mi sexo. Los labios de mi vulva sintieron el contacto con el dorso de su mano.

    Al sentir la humedad de mis labios vaginales Gustavo hizo un intento de sacar la mano. Con fuerza apreté los dedos para evitarlo y acerque aún mas mi sexo para que el contacto fuera fuerte y pleno.

    –Mariana… es conveniente que te mudes a tu… -comenzó a decir papá. Se interrumpió de inmediato para evitar un problema mayor.

    Cuando empezó a hablar, en la total oscuridad de la tormentosa noche, puse mis labios a escasos milímetros de su boca. Mi ya agitada respiración, producto de la excitación que me transmitía el frotar con desesperación el dorso de su mano por mi clítoris, le dio la clara señal de que si seguía hablando… yo lo besaría en la boca sin remedio.

    Cerró, como sellándolos, sus labios e intentó darse vuelta para darme la espalda. En una rápida y esforzada maniobra lo obligue a volver lo poco que había logrado y levantando mi pierna derecha la pase por sobre su cintura para evitar que volviera a intentarlo. Era una lucha sorda… en silencio absoluto, solo quebrado por mis jadeos ya no contenidos y por los truenos de la tormenta que arreciaba afuera.

    Al tener la pierna levantada mi sexo se abrió y el dorso de su mano ahora tenía un contacto directo y pleno con mi vulva. Mi clítoris desencadeno un orgasmo que, por primera vez en mi vida en contacto de piel con un hombre, me sacudía en espasmos que me hacían sentir que estaba tocando el cielo con las manos.

    Gustavo aprovecho para, refunfuñando un reto contenido, abandonar la posición y detener lo que estaba ocurriendo. Haciendo uso de mis habilidades gimnásticas cuando intento darse vuelta lo acompañe enganchada con mi pierna y mi brazo y evite que terminara de darse vuelta. Quedo acostado de espaldas con mi cuerpo montado sobre el suyo. Al pegar mi sexo a su cuerpo sentí que él ya no era el mismo de un rato antes. Plegado contra su pelvis, y apretado con mi sexo, una dureza me hacía enloquecer de lujuria.

    En la oscuridad, él trató de tomar con sus dos manos mi torso para sacarme de encima suyo. Sus manos fueron a parar, por debajo del camisolín, directamente a mis tetas. En ese momento volvió la luz y el velador, que había quedado prendido, iluminó la escena produciendo una especie de cámara detenida, por la sorpresa.

    La escena era sumamente erotizante y de un morbo que me volvió loca. Gustavo como encandilado con los ojos bien abiertos miraba con desorientación mi cara y mi cuerpo. Mi largo cabello rubio, enmarañado y salvaje, caía sobre su cara. Mis ojos, húmedos de lujuria y desesperación, miraban su boca como el fruto prohibido que estaba a punto de comer.

    Mi pelvis, con vida propia y descontrolada, frotaba por sobre la empapada tela de su pijamas, esa estaca corta y gruesísima que me llevaba aceleradamente a un nuevo orgasmo. Sus manos en mis pechos, que en un primer momento empujaban hacia arriba para sacarme, ahora habían quedado quietas y mis pezones, duros y supersensibilizados, comenzaron a sentir una sutil y leve caricia que iba en aumento.

    La mirada extraviada de Gustavo y su cabeza haciendo el movimiento de la negación no eran suficientes para detener en huracán de sexo que se acaba de desatar.

    –No lo hagas más difícil, Gustavo… te necesito… sos la persona que más quiero y en quien más confío… no me falles… yo no te voy a fallar.

    –Pero… Mariana… es que… -no lo deje terminar. Mi lengua se introdujo en su boca como una bala. Intento rechazarme, pero mis manos tomaron su cara y la presión de mi sexo sobre el suyo aumentó… finalmente sentí su lengua penetrar en mi boca y el sabor de su boca condimentar el tremendo orgasmo que estaba volcando desde dentro de mi volcánico cuerpo.

    Cuando me pude recomponer de semejante temblor descontrolado sentí que Gustavo ya no oponía resistencia a mi posición sobre él. Levante mi cuerpo y me senté sobre su pelvis… la sensación de sentir su sexo durísimo contra el mío aún hoy es indescriptible. Mirándolo con morbo y lujuria saque por sobre mi cabeza el camisolín que me molestaba. Me erotizó aún más el ver con la avidez que miraba mis soberbias tetas que se bamboleaban por el vaivén de mis caderas que yo no lograba controlar.

    Tomé una de mis tetas con mi mano y agachándome se la ofrecí a escasos milímetros de su boca. Miraba mi erecto pezón y su inflamada aureola como un bebé hambriento. Comencé a rozar sus labios con mi afiebrado pezón y sus manos en mi espalda lo ayudaron a meterse de golpe todo lo que entraba de mi teta en su boca.

    Chupaba alternadamente mis pezones con un ansia y maestría que logró que el fuego que consumía mis entrañas entre mis piernas se trasladara como un reguero de pólvora a mi pecho. Dos golpes instintivos de su cintura presionaron aún más mi clítoris y escuchando mis propios gritos y jadeos acabe nuevamente en un orgasmo que ya no sabía de donde salía.

    Mis movimientos de coito sobre su verga ya totalmente parada habían corrido hacia abajo el elástico del pantalón de su pijama. Ahora los labios de mi vulva estaban frotando directamente sobre su verga desnuda… mis reiterados orgasmos habían transformado toda esa zona en un mar de flujo en el que resbalaban hasta mis piernas por sobre los laterales de su cadera.

    Tomando con mis manos su cabeza la saque de entre mis tetas y mirándolo a la cara, loca de deseos y de pasión, le dije:

    –Quiero ser tuya… quiero sentirme tuya… penetrame por favor, papito querido.

    Gustavo enderezó su cuerpo sentándose en la cama. Yo quedé sentada sobre sus pantorrillas con las piernas muy abiertas y flexionadas a ambos lados de su cuerpo. El miró hacia abajo y yo seguí la dirección de su mirada. Abajo, entre nuestros cuerpos, nuestros sexos habían quedado enfrentados. Los labios de mi vulva, brillantes y empapados, estaban asombrosamente abiertos por la posición de mis piernas; entre ellos asomaba mi clítoris duro y enrojecido.

    A escasos milímetros el miembro duro y palpitante de mi papito. No eran más de 16 o 17 centímetros de largo, pero en la punta florecían en un tremendo sombrero color morado, de piel muy suave, que engrosaban notoriamente los seis centímetros de diámetro de todo su trayecto. Empapado en mis flujos y surcado por venas que se marcaban claramente en su superficie… se veía imponente.

    Un cosquilleo en mi vagina me indujo a tomarme con una mano de la nuca de papá. Con la otra mano tomé ese tronco y comencé a frotarlo entre los labios de mi vulva. La posición de la luz del velador daba de lleno en esa zona. Ver los labios de mi vulva separase para dar paso entre ellos a semejante pedazo me producía un morbo terrible. Cuando el recorrido llegaba arriba el glande apretaba mi clítoris para después, al bajar, meterlo hacia adentro. Al seguir su camino hacia abajo lo soltaba, y este volvía a su rígida posición original. Ver esto como si fuera en cámara lenta y sentir en mi cuerpo las corrientes eléctricas que desataba, me iban empujando al momento decisivo.

    Casi juntos levantamos la vista y nos miramos a los ojos. Me imagino que la forma en como nos miramos hubiera alcanzado para, esperando unos minutos, llegar a otro orgasmo.

    Dejé la cabeza de su verga calzada entre los labios de mi vulva. Me tomé de su nuca entrelazando por detrás los dedos de mis manos. Miraba con lujuria incontenible a mi papá cuando sentí que, lentamente, sus manos, húmedas y temblorosas, comenzaban a tomarme de mis nalgas.

    Una suave presión sobre mi cola me hizo comenzar a resbalar sobre sus empapadas pantorrillas. Sentí en mi sexo el estiramiento paulatino de los labios vaginales. Un orgasmo muy extraño… como sintiendo ganas de orinar… me hacía vibrar la vagina.

    Miramos nuevamente hacia abajo. Los labios se habían abierto hasta el máximo, pero la parte más ancha del glande no lograba entrar.

    Papá, con sus manos en mi cola, imprimía una presión constante a pesar de que la penetración se había detenido. Aflojó levemente la presión y por entre la tersa piel de su glande y mis labios vaginales salió una bocanada de flujos del rarísimo orgasmo que sentía en mi vagina. Al volver con la presión la cabezota resbaló lentamente hasta perderse dentro de mi vulva.

    –Ay… mi vida… que sensación… más hermosa… es sentir… que entrás

    Miraba con morbo y deseos todo lo que describo y, a su vez, sentía como resbalaba dentro mío esa cosa que parecía que estaba partiendo en dos mi hasta hoy infantil conchita.

    –Ah… que hermoso es tenerte dentro de mí… no… no… no la saques… ¿por qué?… ay si de nuevo… me enloqueces… cuando la haces salir y entrar no… no la saques… no me hagas desear asii… siiii… de nuevo… ahora entra más fácil… como me gustaaa… papi… quiero que… me hagas mujer… no sigas… sacando la cabeza y metiéndola… por favor.

    Gustavo se manejaba con una calma total. Había tomado como un jueguito entrar su glande y sacarla… cada vez que entraba sentía deseos de seguir hasta arrasar con todo al paso de semejante tronco… cada vez que salía mis flujos lubricaban todo de nuevo para el siguiente deslizamiento.

    De pronto, su boca retomó de nuevo el juego erótico con mis durísimos y sensibilizados pezones. Mi estado de excitación llego a su clímax. ¡No soportaba más…!

    Sentía que la cabeza del falo de papá estaba empujando el himen con mucho cuidado… ¡ya era el momento!

    Levantó la vista y me di cuenta que con la mirada me estaba preguntando si estaba lista.

    –Siii… por favor… que no aguanto mas… dame toda tu pija, papito .. haceme mujer…

    Mis jadeos ya no tenían control… no podía moverme por mis propios medios porque estaba calzada en esta tranca que se preparaba para perforarme y mis piernas carecían de fuerza… ¡estaba entregada!

    Gustavo tomó delicadamente con ambas manos mi cola. Levantándola levemente la comenzó a correr hacia arriba y adelante… la presión del trépano en mis entrañas se hizo insostenible… Entonces, muy lentamente, dejó caer su cuerpo hacia atrás dejándome ensartada y derecha sobre su tremenda verga.

    Sentí un agudo dolor en mis entrañas… mientras mil fogonazos de flash inundaban mi mente… mi vagina resbaló hacia abajo tragándose por completo el barreno hasta su base.

    No se si fueron unos segundos o minutos u horas… cuando reaccioné estaba sentada sobre la pelvis de mi papá, tenía su verga palpitante metida hasta sus huevos -que acariciaban delicadamente mi cola- y sus manos amasaban mis tetas apretando delicadamente mis pezones.

    El estar absolutamente quietos no me producía dolor alguno. Sí sentía un terrible ardor dentro de mi vagina. Mire hacia abajo y entre los ensortijados pelos de ambos que se mezclaban húmedos y pegajosos, algo de sangre mezclada con mis flujos era el mudo testigo de la sublime inmolación de mi himen.

    Sentía unos deseos irrefrenables de moverme. Pasado el fuerte dolor inicial, y a pesar del ardor, comencé a sentir lo que tantas veces había soñado despierta en mis masturbaciones… ¡tenía una verga dentro de mi vagina! y tenía la más importante y sublime de todas.

    Baje mi cuerpo hasta apoyarlo en el pecho de papá. Lo hice lentamente y mirándolo fijamente a los ojos… cuando mi boca llego a su boca nos fundimos en un beso salvaje… que me abrió las puertas al paraíso…

    Mientras me besaba con desesperación papá me tomó de la cola y comenzó a hacerme resbalar, en la mezcla de flujos y transpiración que empapaban nuestro cuerpos, su sexo entraba y salía de mi cueva frotando intensamente las paredes de mi vagina. Mi clítoris se frotaba con fuerza en la pelvis enmarañada de papá.

    Pasé los brazos, a ambos lados de su cabeza, por debajo de la almohada, y tomándome del respaldar de la cama comencé a imprimir violencia a esa cogida que me estaba llevando, irremediablemente al clímax total.

    Perdí totalmente el control y la noción de todo. Chillaba, pataleaba… me retorcía sobre el cuerpo agitado y convulsivo de mi padre… mordía sus hombros, su cuello, sus brazos… me enderezaba hasta la vertical para sentir su verga tocando el fondo de mi vagina… tomaba sus manos y las frotaba en los flujos que cubrían nuestros cuerpos para después frotarlas por mi tetas…

    De pronto sentí que no iba a poder aguantar mucho más sin que se me desprendiera este orgasmo gigante que estaba gestando. Me puse en cuclillas sobre la verga de mi papito y flexionando las piernas comencé a recorrer todo el largo con mi afiebrada vagina.

    –Papi… no voy… a poder… aguantar… quiero… que… me des…

    –No podemos… tesoro… es peligroso

    –Nooo… hace solo dos días… podes… quiero… la quiero… todita… por favor… la quierooo… no hay…. riesgo… lo sé… es que… me estoy… no aguantooo…

    Gustavo me tomó de la cola con sus manos empapadas en flujos. De pronto sentí que un dedo suyo entraba en mi cola. ¡Fue el detonador del volcán!

    Me acurruque hacia adelante en su pecho y moviendo mis caderas en todos los sentidos posibles hacía que el barreno me terminara de desfondar para que el sublime orgasmo que estaba sintiendo, no tuviera fin.

    El dedo de papá presionó con más fuerza y una sensación extraña dentro de mi vagina me dio la pauta de que me estaba volcando a chorros su semen dentro mío.

    Prendida como una sanguijuela… chupando su boca con desesperación… sintiendo que su verga seguía volcando semen dentro de mis entrañas… terminé de experimentar lo que, estoy segura, será por el resto de mis días… el orgasmo más importante de mi vida.

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  • Mi vida como sumisa. Probando la restricción de los sentidos

    Mi vida como sumisa. Probando la restricción de los sentidos

    Siguiendo con los ciclos de relatos de mi vida como sumisa, en esta ocasión les contaré cómo mi amo me hizo sufrir, jugando con mi coño durante mi estadía en la casa vacacional, a pesar de estar cerca a mi familia durante todo el día.

    Lo que relataré a continuación sucedió en el verano de 2024, me encontraba en la casa de playa donde suelo vacacionar con mi familia; habían pasado solo un mes de haber iniciado la relación con mi amo y se suponía que, dadas las restricciones de privacidad que tenía en ese lugar, el contacto y las órdenes a ejecutar serían escasas, no podía estar más equivocada al respeto, de alguna manera, él encontraba la forma de mantenerme excitada y humillada.

    Eran pocos los momentos que estaba sola y por la cantidad de personas que estábamos en casa, mi dormitorio era en el salón o en una pequeña habitación improvisada muy cerca de la entrada principal, sin puerta ni divisiones que me dieran privacidad.

    Al despertar tomé el móvil, como de costumbre, para saludar a mi amo; tan pronto abrí el chat ya tenía mi primera orden del día. Debía usar leggins cortos de color gris, sin bragas, mientras no estuviera en bikini, aunque lo de las bragas es una redundancia porque no tengo permitido usar ropa interior salvo durante mi periodo menstrual, los lunes (únicamente mientras esté en la universidad) y miércoles; el uso de sostén está restringido únicamente a las veces que mi amo así me lo permita.

    Volviendo al tema, pensé que llevar los leggins de esta manera sería algo inofensivo, no vi gran dificultad en hacerlo, pero bastaron solo unos pasos para entender que no sería así; las costuras invadiendo mi coño y ese roce justo en el clítoris me estaban volviendo loca, haciéndome chorrear a cada paso como una puta necesitada y teniendo que aguantar, no sé cómo, los gemidos de placer que de vez en cuando intentaban salir.

    La noche había caído, ya mi familia estaba durmiendo y yo me disponía a hacer lo mismo pensando, erráticamente, que mi tortura había finalizado, poco tiempo pasó para volver a mi realidad; me encontraba desnuda en aquella habitación abierta, humillada y expuesta, a espera de las órdenes de mi amo que no tardaron en llegar.

    Mi siguiente orden era tomar un trozo de cinta y tapar completamente mi coño, quedé perpleja ante aquella situación ya que nunca me habían pedido algo así, me dispuse a buscar y encontré cinta de carrocero que use para dar cumplimiento a la orden de mi amo. Una vez le informé, lo siguiente que debía hacer era masturbarme hasta llegar al borde del orgasmo; sería tarea fácil, pensé, después de todo me encontraba excitada y sumamente mojada como resultado de mi día en leggins.

    Empecé a tocarme y, como debí suponer, no sentía absolutamente nada; mientras tanto, mi amo se burlaba de mi situación y disfrutaba de mi humillación, ordenándome continuar con mi tarea. Al cabo de un rato y ante mis insistentes ruegos de desesperación, él me envío algunos relatos eróticos y videos pornográficos para intentar aumentar mi excitación aunque, evidentemente, él sabía que su perra quedaría caliente, frustrada y humillada.

    Finalmente, mi tarea finalizó tal y como mi amo esperaba, al no lograr el objetivo terminé llorando de frustración y desesperación mientras intentaba desesperadamente hacer que mi cuerpo sintiera, aunque fuera un poco, del placer y la calentura que a mi mente le sobraba. Estuve llorando un rato hasta que mi amo se apiadó de mí y me ordenó detenerme para finalizar con aquel sufrimiento e ir a dormir.

    Debía permanecer con la cinta y utilizar sólo un camisón largo que me cubriría en caso de que alguien saliera y me viera; además, debía usar sólo una almohada, no podría usar mi segunda almohada, que normalmente uso en medio de mis piernas. Me dispuse a dormir, pero fue casi imposible conciliar el sueño debido a la excitación y la necesidad de tocarme.

    Saludos, Lucy.

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  • La sumisión de Naty (1)

    La sumisión de Naty (1)

    Naty, una sissy sumisa, es dominada por un grupo de chicas trans lideradas por Natasha. Es humillada en público, obligada a lamer pies, chupar pollas y exhibirse como una mascota. Su sumisión la lleva a disfrutar de la degradación en un club nocturno.

    El viernes por la tarde, Naty sissy, con su figura alta y esbelta, piernas largas y un trasero prominente, caminaba tímidamente por las calles de la ciudad. Su pene pequeño, escondido bajo su ropa ajustada, era un recordatorio constante de su sumisión y su deseo de ser dominada. Llevaba un vestido corto y ajustado, que resaltaba sus curvas, y unos tacones altos que acentuaban su altura. Su mirada era baja, evitando el contacto visual con los demás, como si temiera ser descubierta en su secreta fantasía de ser tratada como una mariquita.

    En un callejón oscuro, un grupo de chicas trans la esperaban, con sonrisas maliciosas en sus labios. Natasha, la líder del grupo, era una mujer trans de 25 años, hermosa y voluptuosa, con una figura alta y un culo grande que hipnotizaba a cualquiera. Su piel morena resplandecía bajo la luz tenue, y sus pechos medianos se movían con cada paso que daba. A su lado estaban sus amigas, todas igualmente despampanantes y seguras de sí mismas, con sus pollas duras y listas para la acción.

    “Mira, chicas, aquí está nuestra nueva mascota”, dijo Natasha, señalando a Naty con una sonrisa burlona. “Naty, la mariquita de polla pequeña, ¿verdad, cariño?”

    Naty se sonrojó, sintiendo la vergüenza recorrer su cuerpo. Sabía que no podía escapar, y su sumisión natural la llevó a arrodillarse ante ellas, como si fuera un perro a los pies de sus dueñas.

    “Sí, Natasha”, murmuró, con la voz temblorosa. “Soy tu mascota, haz conmigo lo que quieras”.

    Las chicas trans se rieron, disfrutando de la sumisión de Naty. Natasha se acercó a ella, agachándose para quedar a su altura. Con una mano, le levantó la barbilla, obligándola a mirarla a los ojos.

    “Eres nuestra propiedad ahora, Naty”, dijo Natasha, con una voz dulce pero firme. “Y como buena mascota, debes obedecer todas nuestras órdenes. ¿Entiendes, mariquita?”

    “Sí, Natasha”, respondió Naty, con la voz quebrada. “Obedeceré todas sus órdenes”.

    Natasha sonrió, satisfecha con la respuesta. Se levantó y se dirigió a sus amigas, quienes ya habían sacado sus pollas duras y listas para la acción.

    “Chicas, es hora de que nuestra mascota nos demuestre su lealtad”, dijo Natasha, con una sonrisa maliciosa. “Naty, ven aquí y lame los pies de tus dueñas”.

    Naty no lo pensó dos veces. Se arrastró hacia ellas, como un perro obediente, y comenzó a lamer los pies de cada una de las chicas trans. Sus lenguas expertas masajeaban los pies de sus dueñas, mientras ellas se reían y se burlaban de ella.

    “Mira, chicas, nuestra mascota es tan obediente”, dijo una de las chicas, mientras Naty lamía sus pies. “Es una verdadera mariquita, ¿no creen?”

    Las otras chicas estuvieron de acuerdo, riendo y burlándose de Naty. Ella, sin embargo, estaba en su elemento, sintiendo la degradación y la humillación recorrer su cuerpo. Le encantaba ser tratada como una mascota, como un objeto sexual para el placer de sus dueñas.

    Después de lamer los pies de todas las chicas, Natasha ordenó a Naty que se pusiera de rodillas ante ellas.

    “Ahora, Naty, es hora de que nos demuestres tu habilidad para chupar pollas”, dijo Natasha, con una sonrisa lasciva. “Chupa las pollas de tus dueñas, mariquita, y hazlas sentir bien”.

    Naty no lo pensó dos veces. Abrió la boca y comenzó a chupar las pollas de las chicas trans, una por una. Sus labios se movían con habilidad, mientras su lengua masajeaba las pollas duras y calientes. Las chicas gemían de placer, disfrutando de la boca experta de su mascota.

    “Oh, Naty, eres tan buena chupando pollas”, dijo una de las chicas, mientras Naty le chupaba la polla. “Eres una verdadera putita, ¿no es así, mariquita?”

    “Sí, soy una putita”, respondió Naty, con la voz ahogada por la polla en su boca. “Soy la putita de mis dueñas”.

    Las chicas se rieron, disfrutando de la sumisión de Naty. Natasha, sin embargo, tenía otros planes para su mascota.

    “Chicas, es hora de que llevemos a nuestra mascota a pasear”, dijo Natasha, con una sonrisa maliciosa. “Vamos a mostrarla en público, como la mariquita que es”.

    Le colocaron un collar y una correa a Naty, y la sacaron a pasear por las calles de la ciudad. La gente las miraba, sorprendida por la escena: un grupo de chicas trans, con una mascota sumisa y obediente, que las seguía como un perro.

    “Mira, chicas, ahí está ese grupo de hombres”, dijo Natasha, señalando a un grupo de chicos que estaban sentados en una terraza. “Llevemos a nuestra mascota a que les demuestre su lealtad”.

    Se acercaron al grupo de hombres, y Natasha ordenó a Naty que se arrodillara ante ellos.

    “Chicos, aquí está nuestra mascota, Naty”, dijo Natasha, con una sonrisa burlona. “Es una mariquita de polla pequeña, y está aquí para chuparles las pollas”.

    Los hombres se rieron, sorprendidos por la escena. Naty, sin embargo, no lo pensó dos veces. Se acercó a ellos y comenzó a chuparles las pollas, una por una. Sus labios se movían con habilidad, mientras su lengua masajeaba las pollas duras y calientes.

    “Oh, Naty, eres tan buena chupando pollas”, dijo uno de los hombres, mientras Naty le chupaba la polla. “Eres una verdadera putita, ¿no es así, mariquita?”

    “Sí, soy una putita”, respondió Naty, con la voz ahogada por la polla en su boca. “Soy la putita de mis dueñas y de cualquiera que quiera usarme”.

    Los hombres se rieron, disfrutando de la sumisión de Naty. Natasha y sus amigas también se reían, orgullosas de su mascota y de su capacidad para degradarse y humillarse en público.

    Después de chupar las pollas de los hombres, Natasha ordenó a Naty que se levantara y las siguiera.

    “Vamos, Naty, todavía tenemos mucho que hacer”, dijo Natasha, con una sonrisa maliciosa. “Te vamos a llevar a un lugar especial, donde podrás demostrar tu sumisión y tu lealtad a tus dueñas”.

    Caminaron por las calles de la ciudad, con Naty siguiendo como una mascota obediente. Llegaron a un club nocturno, donde la música sonaba a todo volumen y la gente bailaba y se divertía.

    “Chicas, aquí está nuestro lugar”, dijo Natasha, con una sonrisa lasciva. “Vamos a mostrar a nuestra mascota a todos, y a hacerla sentir como la mariquita que es”.

    Entraron al club, y todas las miradas se dirigieron hacia ellas. Naty, con su collar y su correa, era el centro de atención, y las chicas trans la mostraban con orgullo, como si fuera un trofeo.

    Natasha ordenó a Naty que se subiera al escenario, y ella obedeció sin dudarlo. Se paró en el centro del escenario, con las luces iluminando su cuerpo, y las chicas trans la rodearon, como si fuera su propiedad.

    “Atención, todos”, dijo Natasha, con una voz fuerte y clara. “Aquí está nuestra mascota, Naty, la mariquita de polla pequeña. Está aquí para entretenernos y para demostrar su sumisión y su lealtad a sus dueñas”.

    La multitud vitoreó, emocionada por la escena. Naty, sin embargo, estaba nerviosa, pero también excitada. Sabía que estaba a punto de ser degradada y humillada frente a todos, y eso la hacía sentir viva.

    Natasha ordenó a Naty que se quitara la ropa, y ella obedeció sin dudarlo. Se quitó el vestido y los tacones, quedando completamente desnuda frente a la multitud. Su pene pequeño colgaba entre sus piernas, y su culo grande y redondo resaltaba bajo las luces.

    “Mira, chicas, nuestra mascota está lista para nosotros”, dijo Natasha, con una sonrisa lasciva. “Vamos a usarla como queramos, y a hacerla sentir como la mariquita que es”.

    Las chicas trans se acercaron a Naty, y comenzaron a tocar su cuerpo, a palpar sus pechos y su culo, y a reírse de su pene pequeño. Naty, sin embargo, estaba en su elemento, sintiendo la degradación y la humillación recorrer su cuerpo.

    Hasta aquí el primer capítulo de esta saga, continuará la historia de sumisión y perversión de esta sissy.

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