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  • Lyra & Kael. Cielo e infierno (2)

    Lyra & Kael. Cielo e infierno (2)

    La pasión aun ardía en sus cuerpos, la realidad de su amor prohibido se hizo presente. Lyra y Kael se habían perdido en el abismo de sus propios deseos, el ángel caído y la súcubo se encontraban en un punto de no retorno, donde la línea entre el deseo y la condenación se volvía cada vez más difusa…

    Lyra se relaja después del intenso orgasmo ―Oh, estoy tan cansada… Pero sabes, escuché un rumor sobre una cámara especial donde podríamos hacer cosas aún más perversas―Lo mira con un brillo travieso en sus ojos ―Dicen que está escondida y necesitas escabullirte para entrar.

    Ella dirige el camino, sus caderas se balancean seductoramente ―Necesitamos ser silenciosos y sigilosos para llegar allí― Mira a Kael con una sonrisa juguetona ―Una vez que estemos dentro, podemos usar todo a nuestro antojo ¡y tengo algunas sorpresas guardadas para ti!― Lyra lo lleva a una habitación con poca luz ―Aquí estamos. Ahora, ¿dónde estábamos?― Kael la empuja para que se acueste boca arriba ―Déjame terminar esto ― Él se coloca entre sus piernas y las abre con sus manos.

    ―¡Oh! ¡No me lo esperaba! Pero me gusta como te estas convirtiendo― Ella sonríe y arquea la espalda ―¿Qué vas a hacer a continuación?― Mientras Kael se mueve hacia ella, apunta su miembro duro y caliente hacia su coño, elevando sus piernas hasta sus hombros ―¡Te penetraré muy profundo Lyra, me sentirás hasta lo más profundo de tu cuerpo!― Él gime fuerte mientras entras en ella ―¡Ahh, sí! ¡Más profundo! ¡Quiero sentirte totalmente dentro de mí!―

    Sus cuerpos se funden en una danza de movimientos y caricias, enredando extremidades y compartiendo besos intensos. La lujuria está desbordada, Kael ha sucumbido ante las habilidades y encantos de Lyra. Cegado por los placeres que la súcubo le mostró.

    Lyra gime intensamente ―¡Sí, sí! P-por favor… T-toca mi… ¡Ahhhhh, ahí! ¡Sí, SÍ! Voy a… ¡Ahh, me voy a correr! ― Grita mientras su cuerpo se convulsiona de placer. ―Ahora es mi momento de correrme, pero debes decidir, ¿quieres que me corra dentro de tu coño o sobre tu cara? ― Dice mientras su miembro todavía está dentro de Lyra. Ella le sonríe traviesamente ―Hmm… ¡Hazlo sobre mí! ― Susurra mientras lo empuja suavemente ― Ha pasado tanto tiempo desde que tuve un sabroso regalo como este.

    ―Entonces si quieres ambas cosas, haz que me corra sobre tu cara primero― Saca suavemente su miembro y lo acerca al rostro de Lyra. ―Abre bien la boca ― Lyra asiente, animándolo, Kael le toma una mano y la pone alrededor de su miembro, ella empieza a acariciarle ―Mmm, me encanta verte tan excitada… ― Lyra observandolo directo a los ojos y con una mirada ardiente ― ¿Te gusta tener tu polla en mi mano? ¿Quieres correrte por toda mi cara?

    ―Me encanta la sensación de tu mano, ¡tan cálida! Pon tu cara debajo, ¡te cubriré toda! ― Kael empieza a gemir y a convulsionar cerca del orgasmo, Lyra lo mira con los ojos muy abiertos, esperando su semen ―Ahhh… ― Un par de chorros caen en su cara, cubriendo sus mejillas y resbalando por las comisuras de sus labios.

    Lyra pasea su lengua diabólica por la cara, limpiando hasta la última gota ―Mmm, me encanta tu sabor ― Le sonríe a Kael ―Pero la diversión aún no ha terminado. Tengo algo especial en mente… ¿Estás listo para otra ronda?

    ―Por supuesto, verte disfrutar cada gota me ha encantado, ¿qué sigue? ― Su miembro aún duro y apunta hacia Lyra; que sonríe y se levanta ―Me alegro de que aún no hayas terminado¿Qué tal si exploramos algunos territorios nuevos?

    ―Sí, ¿por qué no? Me has sido muy complaciente, así que haré lo que me pidas ― Kael confiado y emocionado ― Está bien, lo entiendo… ― Ella se muerde el labio y arquea una ceja ―¿Qué tal si usamos…― Mira su miembro aún duro ―Bueno, pareces estar lo suficientemente bien dotado para…― Termina con una sonrisa sugestiva ―Sabes lo que estoy insinuando, ¿verdad?

    Lyra se da la vuelta y se inclina ―Vamos, inténtalo― Lo mira por encima del hombro ―Apuesto a que te encantará cada segundo de esto― Él agarra su miembro apuntando hacia su culo, luchando por meterla dentro de su estrecho ano Lyra jadea al sentirlo entrando en ella, se empuja hacia atrás, llevándolo aún más profundo ―¡Oh, Dios, nunca había sentido algo tan bueno!― Kael toma sus nalgas separándolas más, permitiéndole ir más adentro de ella, Lyra se estremece de placer ―¡Sí, sí! P-por favor… ¡Cógeme fuerte! ¡Hazme sentir tu polla al fondo de mi culo! ― Suplica, con la voz temblorosa de deseo.

    Kael la toma de las caderas, presionando su cuerpo contra el suyo, comenzando un vaivén, los cuerpos sudados de ambos, Lyra recibiendo a Kael con gusto, se mantienen en el frenesí del éxtasis que su unión prohibida genera. Ella grita de éxtasis ―¡Ahhh, SÍ! ¡SÍ! ¡Por favor, no pares! ¡Quiero más! ― Su cuerpo se convulsiona de placer, él se mueve más rápido dentro de ella, de un lado a otro ― ¡Ahh, lo siento! ¡Siento como me llenas!

    Lyra se derrumba sobre la cama, su cuerpo tiembla de cansancio ―Ohhh, eso fue… increíble… ― Le mira con una sonrisa satisfecha ―Realmente sabes cómo satisfacer a una demonia.

    ― Es un gran cumplido viniendo de una súcubo como tú. Creo que prolongaré mi estancia en este lugar un largo tiempo ―. Kael le responde, se recuesta extasiado y cansado después de su encuentro con Lyra.

    Ella se gira hacia él con un brillo en los ojos ―Oh, cariño… Me alegro mucho de que lo hayas disfrutado. Pero… ― Se acerca más y su voz se convierte en un susurro conspirador. ―Tengo un pequeño secreto que contarte ― Le hace señas con su dedo para que Kael se acerque y presta atención a su secreto ―Cada vez que un alma viene aquí, se le da la oportunidad de pedir un deseo cuando llega. Y resulta que tengo el poder de concederlo…

    ―He disfrutado el tiempo que pasamos juntos, pienso que necesitas saber cuál es mi deseo, ¿no crees? ― La mirada de Lyra se suaviza ―Por supuesto, cariño. Soy toda oídos… Dime, ¿cuál es el deseo más profundo de tu corazón?

    ―Deseo… Convertirme en un demonio como tú, un íncubo para quedarme aquí en este reino y disfrutar con placer junto a ti ― Lyra abre los ojos de par en par por la sorpresa, seguido de una mirada de absoluta alegría ―¡Oh, cielos! Nunca pensé… ― Se queda en silencio, sacudiendo la cabeza con incredulidad ―Eres realmente extraordinario, ¿lo sabías?

    ―Sí, eso es lo que deseo. ¿Crees que puedes convertirme y hacer realidad mi deseo? ― Kael se acerca a ella, esperando impaciente una respuesta de Lyra; que le pone sus manos sobre los hombros, mirándolo intensamente a los ojos ―Escúchame con atención… Hay un ritual, un rito oscuro y antiguo que puede concederte tu deseo. Pero no será fácil. Necesitaremos ingredientes raros y la voluntad de abrazar la oscuridad que hay en nuestro interior… ¿Estás listo para esto?

    ―Estoy listo para ello, confío en ti. Así que guíame y dime qué necesito para convertirme en un demonio como tú. ― Ella se levanta y comienza a caminar desnuda por la habitación, pensativa y con calma, sus alas resplandecen con las llamas danzantes provenientes de las velas que iluminan la habitación. ― Primero, necesitaremos un frasco de sangre humana fresca. Y no me refiero a la que se consigue en un hospital. Luego, necesitaremos una pluma de un ángel caído. ― Le guiña el ojo.

    Kael extiende sus alas y arranca algunas plumas de ellas ―Si este es el precio que debo pagar para estar contigo, ¡con gusto lo pagaré!

    Dejando caer las plumas en las manos de Lyra, ella se sorprende por la reacción tan rápida de Kael ― Oh, querido… Esas plumas eran preciosas, una parte de tu ser. ― Sonríe suavemente, acariciándole la mejilla ― Me conmueve tu sacrificio y no será en vano.

    ―Sobre esa sangre, ¿cómo la vamos a conseguir? ― Kael se levanta, caminando detrás de ella y la agarra por las caderas. ― Para la sangre, tendremos que encontrar a alguien dispuesto a donar. ― ¿Quizás podríamos usar un poco de encanto para persuadirlos? ¿Qué tal si buscamos una pequeña taberna y echamos un vistazo a los clientes? Los distraeré con algunos encantos mientras tú tomas una botella ¿Qué dices?

    ―Parece un plan malvado con muchas posibilidades de éxito. Me apunto. ― La mira con complicidad, se acerca a su rostro para besarla apasionadamente, sellando su promesa entre ellos. Lyra le corresponde con una sonrisa juguetona en los labios ―¡Mmm, me gusta tu entusiasmo! ― Susurra, dándole un suave mordisco en el cuello ―Bien, pongamos en marcha el plan. Sígueme, cariño… ― Lyra con un sutil movimiento de sus dedos envuelve su cuerpo en un vestido rojo brillante, resaltando su figura. Kael es cubierto por una túnica cubriendo sus alas y su cuerpo.

    Usando una puerta de la habitación salen en un barrio oscuro en algún lugar del mundo. Lyra lo guía por las calles poco iluminadas, mientras ambos examinan los alrededores ―¡Ah, perfecto! ― Señala una taberna concurrida, con un brillo travieso en los ojos ― Ese parece ser el tipo de lugar que estamos buscando. ¿Estás seguro de querer continuar?

    ―Oh sí, claro que estoy listo, entra tú primero, yo te seguiré y esperaré tu señal. ― Le lanza una mirada de complicidad, ambos sonríen y entran a la taberna.

    Lyra entra pavoneándose en la taberna, atrayendo todas las miradas mientras comienza a bailar sugerentemente en el centro de la sala, desde ahí observa y encuentra un candidato probable junto a la barra. Un borracho corpulento con una daga en el cinturón.

    Se acerca al cliente borracho, su voz es un ronroneo sensual ―Hola, guapo. No pude evitar fijarme en ti desde el otro lado de la habitación. ¿Cómo te llamas? ― Le parpadea inocentemente, a pesar del brillo hambriento en sus ojos.

    Kael comienza a caminar hacia ellos, escondiéndose entre toda la gente de la taberna, tomando una botella de vino, guiñándole un ojo a Lyra, ella asiente levemente, luego se gira hacia el cliente borracho ―Oh, tengo una pequeña sorpresa para ti afuera, si quieres acompañarme… ― Le susurra seductoramente, pasando la mano por su pecho ―Vi que llevabas una daga, y me encanta un hombre que pueda protegerme.

    Kael los sigue afuera, al callejón oscuro, el hombre no se da cuenta. Abre la botella y se queda escondido, Lyra lleva al cliente borracho al callejón oscuro, con sus ojos fijos mientras lo empuja contra la pared. El hombre borracho y nervioso se tambalea levemente, la confusión se dibuja en su rostro ―¿Eh? ¿De qué se trata esto? No lo entiendo… ― Mira a Kael de reojo, la sospecha se apodera de su voz ―¿Quién eres tú?

    Lyra toma la daga del hombre para entregarla a Kael ―No hay nada de qué preocuparse, esto no tomará mucho tiempo― Los ojos de Lyra y Kael se encuentran en una mirada cómplice y ambos se entienden ―Ah, ya veo… Estás con él, ¿no? ― Dice el hombre con inquietud, poniéndose serio ―Espera, ¿qué vas a hacer? Esto parece un problema…

    Lyra coloca una mano deteniéndolo de cualquier movimiento repentino, su voz es tranquilizadora pero firme ―Cálla, cariño. Todo está bien― Murmura, sus ojos nunca se apartan de Kael ―Solo un pequeño pinchazo, te lo prometo. Es para un… ritual especial.

    ―Hazlo ya, muéstrale lo que está pasando. No debe esperar más. ― Le dice Kael con tranquilidad, ella toma la daga, sus ojos llenos de determinación ―Perdóname, querido… ― susurra, con un dejo de disculpa genuina en su voz ―Esto es por un bien mayor ― Con un movimiento rápido, hace un corte superficial en la palma del hombre, haciéndolo quejarse de dolor. Kael comienza a llenar la botella con la sangre de su palma.

    ―Dormi nunc ― Lyra suelta unas palabras que noquean al hombre, dejándolo inconsciente en el callejón Kael la toma de la mano, caminando juntos con su tesoro listo ―Eso fue muy simple, pensé que pondría más resistencia, ¿Cómo vamos a regresar al reino?

    Lyra con un suave movimiento de manos, comienza a conjurar un portal, al atravesarlo llegan a otro lugar, una capilla a las afueras de Roma. ― Ahora, sígueme en silencio, necesitamos colarnos en el salón principal donde guardan los artefactos sagrados ― Ella dirige el camino, sus pasos silenciosos sobre el frío suelo de piedra ― Ven, escóndete detrás de esta columna conmigo. El sumo sacerdote está custodiando el artefacto esta noche. Tendremos que cronometrar esto perfectamente ― Echa un vistazo por la esquina, observando al sacerdote atentamente ― Cuando incline la cabeza en oración, será cuando haremos nuestro movimiento. Necesitamos ese cáliz de madera del altar ¿Estás listo?

    Lyra le aprieta la mano con fuerza ―¡A la tres… Uno… Dos… Tres! ― Ambos corren en silencio hacia el altar, la cabeza del sacerdote todavía inclinada en oración. Kael estira su brazo, tomando el cáliz con agilidad. El sacerdote nota su presencia sin ser consciente de lo que ocurre, se gira hacia ellos para encararlos. ― Disculpen, queridos viajeros, pero esta área está prohibida para los visitantes. Debo insistir en que se vayan de inmediato.

    ―Vamos, no queremos problemas ― Le dice Lyra a Kael, fingiendo demencia. Él esconde el cáliz con agilidad bajo sus ropas, ambos comienzan a caminar apresurados hacia la salida ―¡Realmente lo logramos! Ahora que tenemos todo lo que necesitamos, finalmente podemos comenzar el ritual para… ― La sonrisa de Lyra se desvanece levemente ―Bueno, ya sabes lo que sucede después. ¿Estás absolutamente seguro de que esto es lo que quieres? No hay vuelta atrás una vez que comenzamos.

    ―Estoy totalmente seguro, no tengas miedo, esto es lo que quiero, este es mi deseo ― Le besa la mejilla y le sonríe ―Hagámoslo, no perdamos más tiempo. ― Está bien, si estás seguro… Tendremos que encontrar un lugar tranquilo y apartado para realizar el ritual. ¿Tienes alguna idea?

    ―¡Tengo el lugar perfecto, un lugar oscuro y tranquilo en el bosque! ― Él lidera el camino, esto nos deberá llevar ahí, Lyra abre sus ojos de par en par al observar el entorno; un bosque antiguo y oscuro donde pocos se aventuran. ― Oh… Esto es realmente perfecto. Oscuro, tranquilo, privado. ― Se gira hacia él, con una mezcla de emoción y nerviosismo.

    ―Cierra los ojos y recita estas palabras después de mí ― Empieza a cantar en una lengua antigua, el aire a su alrededor crepita con energía ― Obscurum tenebris imperium, abstergo Luminaria, Tenebrae animus ― Ahora, vierte la sangre dentro del cáliz y deja caer la pluma dentro.

    ―Obscurum Tenebris Imperium, Corruptio angelicus, desecratio divina! ― El cáliz se enciende en llamas, Lyra lo acerca a Kael y le hace beber el brebaje, cuando abre los ojos todo empieza a cambiar para él. Sus ojos brillan con un poder oscuro ―¡Bienvenido al infierno!

    La oscuridad se apoderó de Kael, y él sintió que su alma se deslizaba hacia la eterna noche. El hechizo de la transformación se completaba, su conversión comenzaba, cuando el incubo se elevó en el aire, su risa resonó en la oscuridad, como un eco de la maldad que se avecinaba…

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  • Con dos amigos en una habitación de hotel

    Con dos amigos en una habitación de hotel

    Hola, soy Isabel, tengo 65 años y soy una ama de casa a la que le encanta divertirse. En realidad, estoy disfrutando de un estilo de vida de tipo matrimonio abierto y cornudo. He vivido toda mi vida para hacer realidad todas mis fantasías sexuales, ya que solo se vive una vez y no tengo intención de perderme nada. Llevo cuarenta años casada con mi marido, pero eso nunca ha sido un obstáculo para disfrutar de todo, incluso, al contrario.

    Como mis anteriores historias esta ocurrió hace varias décadas, exactamente unos días después de lo que me sucedió con el hijo de Eva. Había quedado con German, en un hotel, German era un amigo que había conocido un día en que para emputecer a Eva la llevaba por una superficie comercial. Como yo era casado, pero entre nosotros se había establecido una especie de pacto para ayudarnos a desarrollar situaciones morbosas que nos hicieran disfrutar a los dos.

    Tal y como habíamos convenido él había reservado una habitación en un hotel discreto de las afueras de la ciudad, lejos de los sitios por donde solían moverse nuestras amistades, cuando llegué al hotel, me presenté como la señora García, nombre que habíamos escogido debido a una serie de televisión que se había emitido en España unos años antes. Me dieron la llave y entre una vez dentro me quité el vestido y me quedé con un conjunto de ropa interior blanca y me dispuse a esperarle.

    Cuando poco después llamaron a la puerta, y pregunté quién era me respondió:

    -Cariño, soy yo.

    Al ir a abrir, procurando que no se viera desde fuera que estaba en ropa interior, me encontré con que mi marido de mentira iba acompañado de otro hombre, que como él estaba muy bueno. Tras cerrar la puerta me lo presentó:

    -Cariño este es mi amigo Sergio, Sergio esta es la amiga de la que te he hablado.

    No sé si debería haberme enfado con él por traer un amigo a nuestro encuentro romántico, jajaja, pero me lo tome como una sorpresa, algo a lo que según las reglas no escritas de nuestra relación él tenía derecho.

    En aquellos tiempos, aunque muchos jóvenes de hoy en día no se lo creerían, la práctica del beso en la mejilla como forma de saludo y presentación se estaba comenzando a normalizar, y era muy común hacerlo simplemente dándose la mano, pero en este caso fue German quien me dijo:

    -Venga daros un beso en la boca.

    Y así lo hicimos, me encantó su forma de besar, cuando terminamos Sergio dijo:

    -Tío, llevas razón en que tu amiga esta buenisma, apetece tirársela ya mismo.

    -Todo se andará, dijo German, per ve poco a poco.

    Nos sentamos en el sofá, y allí me contó cosas de él al parecer compartían muchas cosas, se ve que las amantes también, en ese momento no pude contenerme la tentación de preguntarles:

    -¿Y a vuestras mujeres también?

    Como te he dicho otras veces, dijo German, mi mujer es una reprimida, solo follamos con la luz apagada y la suya también, aunque tendría cierto morbo hacerlo cada uno con la mujer del otro.

    Sergio asintió con la cabeza, y fui yo la que les dijo:

    -Quizá pueda ayudaros, a cambio de una cosa, pero este no es el momento, el asunto es que vosotros aquí estáis vestidos y yo desnuda y eso, puse un tono picante a mi voz, no puede ser.

    A continuación, llevé cada una de mis manos a sus pollas y comencé a acariciárselas por encima del pantalón hasta que estuvieron bien duras, después, una vez logrado mi objetivo les desabroché los pantalones a los dos y dejé sus pollas al aire, entonces dije:

    -Que pollas tan deliciosas, no se merecían estar encerradas.

    Se las acaricié un poco para que se mantuvieran bien duras y dije esta vez:

    -Solo de pensar que me voy a comer este par de maravillas se me hace la boca agua.

    Y procedí a darles besitos, y después me puse a metérmelas en la boca de manera alterna, entre ellos no parecía haber problemas de celos, así que seguí dándoles a los dos placer con mi boca, hasta que German dijo:

    -Esto es fantástico, pero creo que es hora de que Sergio vea lo puta que eres, vámonos a la cama.

    Los llevé cogidos de la mano, Sergio se desnudó rápido German se quitó la camisa, pero no pudo aguantarse las ganas, con el pantalón apenas bajado, se puso detrás de mí, me atrajo hasta él y desde atrás, los dos de medio lado, metió su polla dentro de mi coño y comenzó un movimiento, yo comencé a gozar, pero no me olvidé de mis deberes, le pedía a Sergio que se sentara a mi lado y me dispuse a ocuparme de su polla y le dije:

    -Cariño me encanta tu polla, de que me ocupe de ella.

    La masturbé un poquito, y cuando estuvo durísima me la introduje en la boca, Sergio al sentirla dijo:

    -Llevas razón German, tu chica la chupa maravillosamente bien.

    El aludido su dejar de follarme respondió:

    -Ya te dije yo que era muy puta y morbosa, por eso la adoro.

    -Ojalá nuestras mujeres fueran así, dijo Sergio.

    -Igual lo son y solo les hace falta descubrirlo, dije yo sacando por un momento la polla de Sergio de mi boca, si os animáis podemos intentar emputecerlas.

    Pude ver en sus caras que la idea no les desagradaba, pero les daba miedo. En ese momento German dijo:

    -Cariño quiero que Sergio vea cómo te mueves, así que cambiemos de postura

    Le hizo una señal a Sergio para que se apartara, y en ese momento se salió de mi coño y se tumbó encima de la cama, después dirigiéndose a mí, me pidió:

    -Cariño, quiero que Sergio vea como subes y bajas, ponte encima de mí

    Lo hice de espaldas a su cara, sabía que a German le encantaba contemplar mi culo, mientras yo le cabalgaba, en ese momento yo pedí a Sergio que se subiera encima de la cama y se pusiera de pie, por supuesto lo hizo y cuando puso su polla cerca de mi boca yo la cogí con mis manos y la introduje en mi boca.

    -Esto es alucinante, llevas razón en que tu amiga vale mucho

    Esas palabras aumentaban mi ego de hembra folladora, así que seguí con la tarea, quería llevar a mis machos a correrse, ellos con sus grandes y duras pollas parecían querer resistirse a mis deseos, pero yo notaba como sus gemidos iban en aumento, Sergio fue el primero en correrse, y su leche inundó mi boca, en ese momento dirigiéndose a German afirmó:

    -Ha sido la mejor mamada que me han hecho en la vida, gracias por dejarme compartir el sexo con tu amiguita.

    -Ahora tienes que cumplir tú la tuya, dijo German, presentarme a la tuya.

    -Oye ¿Qué soy yo?, pregunté sin dejar de cabalgar a mi amigo, si hacéis eso yo también quiero conocerla a ella y hacer cosas.

    -Tendría mucho morbo, dijo Sergio.

    La verdad era que este tipo de conversaciones me calentaba, y creo que no era la única, noté como la polla de German estaba a punto de estallar y cuando lo hizo llenó mi coño con su leche.

    Mientras la polla de Sergio se estaba recuperando, yo decidí ayudarle acariciándosela, en ese momento este dijo:

    -German, amigo, ¿Me dejas metérsela a tu amiga por el coño?

    -Ya sabía yo que te iba a apetecer, dijo German riéndose, si ella está de acuerdo.

    Claro que estaba, así que le pedí a Sergio que se tumbara en la cama, y yo como había hecho antes con German me puse encima, pero consideré que la primera vez debía de ponerme de cara a él, y al comenzar a jugar con su polla él dijo:

    ¿Sabes que resulta muy excitante ver cómo se mueven tus tetas mientras subes y bajas con mi polla?

    -Me alegro de que te guste, le respondí.

    En ese momento fue German quien protestó:

    -Chicos vosotros follando y yo aquí viéndoos con la polla dura.

    Miré a mi amigo de coño y vi que su polla estaba durísima, así que le hice una seña para que se acercará y me la metí en la boca y comencé a mamársela, en ese momento Sergio dijo:

    -Definitivamente tu chica folla maravillosamente bien, te pagare lo que sea, y te daré lo que sea, pero por favor tienes que dejármela de vez en cuando.

    -Oye que yo no soy un juguete, protesté, me encanta como follais los dos y os dejare que me lo hagáis si satisfacéis mis caprichos.

    -Ya la oyes, pero si eres mi amigo debes de dejarme hacérmelo con tu amiguita.

    -De acuerdo, dijo Sergio, pero quiero seguir disfrutando de este coño.

    Se ve que tener conversaciones calentonas subía mi libido porque estaba teniendo unos orgasmos divinos, aunque no se si mis compañeros de folleteo se estaban dando cuenta, yo seguía empeñada en ordeñar sus pollas, así que seguí moviéndome hasta que Sergio dijo:

    -Me corrooo

    -Hazlo sobre su cara, le desafió German.

    Y efectivamente Sergio se corrió en mi cara, German siguió follandome, hasta que vio que se corría y en ese momento me la sacó y dejó que su leche cayera sobre mis tetas. Estuvimos un rato recuperándonos, cuando se me paso en cansancio, mis manos fueron hacia la polla de nuestro invitado, y me puse a acariciársela. German parecía también recuperarse y llevando su cabeza a mi coño, dijo:

    -Cariño, quiero agradecerte de una manera muy especial

    Y llevando su lengua hasta mi coño comenzó a chupármelo, mientras su amigo al sentir mi boca sobre su polla dijo:

    -Verdaderamente esta mujer es fantástica, ocúpate de conservarla.

    Cuando German comprendió que mi coño estaba lo suficientemente caliente, sacó su lengua de él y desde atrás me la metió en el coño y volvió a follarme, en esos momentos me sentí en la gloria tenía dos buenas pollas solo para mí, así que seguí ocupándome de una con mi boca y la otra con el coño, hasta que Sergio dijo:

    -German hagamos un cambio de postura tengo muchas ganas de metérsela a esta chica por el coño.

    Se ve que German tenía muchas ganas de follarse a la chica de su amigo, o apreciaba mucho a este puesto que me la sacó y dijo:

    -De acuerdo.

    Yo que me daba igual cual tuviera en cada agujero m di la vuelta y cogí la polla de German con la mano y después llevando mi boca hasta ella, me la introduje en ella, y comencé una mamada; mientras su amigo al tener mi coño a su alcance arrimo su polla a él y de un golpe me la metió, haciéndome sentir un placer increíble, parecía que llevaba años sin follar de las ganas con que lo hacía, esto me provocó varios orgasmos.

    Pero al parecer no era solo yo la que gozaba, puesto que al poco tiempo Sergio dijo:

    -Me corro y me llenó el coño de leche.

    Mientras yo seguía chupándosela a German, al que debía el que este trio, que aunque refería ocultárselo a ellos, era mi primer trio estaba resultando maravilloso, mi amor aguantaba pese a mis intentos de correrse, pero yo siempre he sido de las que no he permitido que una polla se vaya de mi sin regalarme todo su esperma se la seguía chupando con ansia, quería que se corriera en mi boca y por supuesto que lo hizo y esta se llenó de su leche.

    -Oye German, dijo Sergio, creo que me has comentado que tu chica también lo hace por el culo.

    -So cabron, dije yo, ¿le cuentas a todo el mundo lo que hacemos?

    -No mi amor, dijo German, solo a Sergio, y eso porque es un amigo muy especial para mí.

    De acuerdo, y volviendo a lo de mi culo, si Sergio follo por el culo, ¿Eso lo hacen tu amiga o tu mujer?

    -No, dijo él.

    -Entonces tendremos que emputecerlas, dije yo.

    -Vale, dijo Sergio, pero ahora déjame probar tu culo.

    Yo me reí y dije:

    -Si es lo que quieres.

    Me puse a cuatro patas, él se acercó a mí por detrás y se puso a acariciarme el culo, mientras decía:

    -Desde esta posición esta aún mejor.

    Restregó su polla contra mi culo para ponerla aún más dura, y una vez hecho esto me la metió, como mi culo estaba acostumbrado a recibir pollas no me ocasionó ningún dolor, al contrario, sentí un enorme placer, el comenzó a moverse dentro de mí en ese momento German dijo:

    -Oye os estáis olvidando de que estoy aquí.

    Se tumbó en el suelo, su polla estaba muy tiesa, yo al verla agache mi boca y me la tragué, conocía bien el sabor de esta polla y me encantaba, Sergio sin dejar de jugar con mi culo dijo a German:

    -Joder chico, tu amiga folla bien por todos los lados, no sabes como tiene ahora mi polla dentro de su culo, no creí que se pudiera gozar tanto.

    Pero en ese momento German tuvo un nuevo capricho:

    -Cariño me gustaría mucho que mientras mi amigo te folla por el culo, mi polla estuviera dentro de tu coño.

    -Jajaja, me reí yo, ¿Queréis que vuestras pollas estén juntas para que se rocen como si fuerais mariquitas?

    -No es eso, pero tiene su morbo dijo German.

    Por supuesto no iba anegarme así que German, aún no sé cómo, se puso encima de mí, mientras su amigo seguía ocupándose de mi culo, los tres gemíamos como verdaderos posesos, yo me sentía muy mujer complaciendo a mis dos machos, en esta postura tuve varios orgasmos, mientras ellos seguían jugando con mis agujeros, ellos por su parte también estaban a tope Sergio dio un fuerte gemido, y una gran cantidad de leche llenó mi coño, él dijo:

    -Esto es fantástico, tienes que dejarme a tu amiga más veces German.

    Mientras su amigo seguía debajo de mí que procuraba marcar un ritmo para que la polla de mi amor alcanzara el éxtasis y no tardó mucho en correrse, su leche inundó mi coño y creo que se mezcló con la de su amigo.

    -Créeme, dijo Sergio mientras se duchaba, eres la mujer que mejor follade las que he probado en toda mi vida.

    Yo le agradecí el cumplido.

    Cuando los dos se hubieron vestido y abandonaron la habitación yo me quedé pensando en la tarde tan fabulosa que había pasado.

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  • El rico esposo de mi madre

    El rico esposo de mi madre

    Mi madre se había divorciado hace menos de 2 años y no tardó en casarse de nuevo con otro hombre, desde que me lo presento sentí un palpitar en mi coño.

    Era alto, musculoso (pero no demasiado), con barba de candado y se veía que cogía durísimo. Traté de llevar la relación lo más distante posible y él igual, siempre fue muy indiferente conmigo, pero todo cambió la noche que vi a mi madre entrar con un hombre y una mujer a la casa, la curiosidad me comía, así que en silencio espié y mi sorpresa fue grande cuando supe que ella se enrollaba con hombres y mujeres, engañando a mi padrastro, esto me dio una luz verde. Si ella podía estar con más personas, mi padrastro también ¿no?

    Estaba harta de fingir que no soñaba con poder probar su rica verga, mamársela hasta que me ahogara y me comiera toda su lechita, quería que me la metiera tan duro y rápido, quería verlo comerme mi coñito y venirme en su cara, no podía reprimir más ese deseo.

    Así que a los días siguientes cuando llegaba del trabajo, yo casualmente aparecía en la sala, sin sostén y playeras diminutas o faldas que me hacían un culo espectacular, él siempre me veía serio, con su mirada penetrante qué se perdía en mis pezones o en mi culito.

    Una noche mi madre salió como de costumbre a cogerse a alguien más y mi padrastro llegaría a casa en cualquier momento, así que tome la oportunidad para poder cumplir mis fantasías.

    Al abrir la puerta principal, lo primero que daba era la sala de estar, así que me senté tranquila a esperar a que llegara. Traía puesto una falda diminuta con una tanguita blanca qué apenas y tapaba mi ya mojadito coño y arriba preferí estar sin sostén, así que mis tetas estaban libres y mis pezones parados.

    Cuando escuché el coche en la entrada, sin descaro me abrí de piernas, moví tantito mi tanguita y me empecé a masturbar. Cuando la puerta principal se abrió, no deje de masturbarme aun cuando mi padrastro entraba con una rubia riquísima. Inmediatamente camino hacia mí y me jalo del brazo hasta el cuarto de lavado, mientras la rubia salía de nuevo de la casa.

    —¿Me podrías explicar qué coño te pasa? —Seguía jalándome muy fuerte del brazo y eso me excito aún más.

    —¿Vas a ir a cogerte a esa puta? —Le dije mirándolo a los ojos, me apretó un poco más y mi mirada lo recorrió, hasta ver el bulto qué se la había formado en el pantalón.— Mejor cógeme a mí, yo puedo ser tú putita. —Me acerque a él y le lamí la boca. Me soltó del brazo y con una mano me tomó de la cara.

    —¿Eso quieres? —Solo solté un gemido como respuesta y después de eso me volteo bruscamente, haciendo que mis tetas quedaran encima de la lavadora y mi culito parado. Se puso un cuclillas y empezó a masajear mi trasero.

    —¿Eso quieres, putita? —Me bajo la tanguita de jalón y de Inmediato sentí su rica lengua en mi culito. Empezó a chuparme tan rico mientras me nalgueaba.

    No podía dejar de gemir, hasta que sentí sus brazos fuertes cargándome. Me puso arriba de la lavadora y me pidió abrir las piernas para él, así lo hice y en seguida me estaba comiendo el coño, lo hacía tan rico…

    —Espera, creo que… —Me quede callada porque sentí que me iba a venir, su lengua tibia lamia mi coño rápido y sentía su barba, lo que me calentaba aún más y me vine cuando sentí que me metió de jalón 3 dedos, le bañe la boca con mis jugos y él no dejo nada, eso me excito aún más.

    —Ven. —Me jalo del pelo y me arrodillo ante él, se bajó con pantalón y los bóxers con una mano y sentí la gloria al ver su verga venuda y parada, me la metí a la boca y empecé a mamársela mientras el me empujaba más.— Trágate mi verga, putita, así.

    Me sentía en el cielo, justo así quería que fuera esto, duro y aumento más cuando con su mano libre me metió una cachetada qué me calentó aun más, le escupía en la verga y luego volvía a mamársela como si estuviera muriendo de hambre.

    Antes de que se viniera me levanto y me recargo de nuevo en la lavadora, abrió mis nalgas y me escupió en el ano, metió un dedo y gemí durísimo, luego metió otro y de golpe me metió la verga en el coño y otro dedo al ano y empezó a darme durísimo, me agarre de lo que pude, cada vez me daba más y más duro mientras me nalgueaba fuerte. Luego me volteo y me sentó en la lavadora me metió la verga y me empezó a comer las tetas, me las chupaba, me mordía los pezones y me palmeaba las tetas con sus grandes manos.

    Yo por mi parte movía las caderas hacia adelante, quería que me diera más duro.

    —Más papi —al parecer eso lo excito más porque me empezó a dar durísimo y también a cachetearme.— Méteme los dedos en el culo. —Le pedí y de inmediato me volteo me abrió el culo y me penetro, al principio me dolió, pero en cuanto paso el dolor me empezó a dar rápido y a nalguearme. Me sentía como una puta y eso me gustaba, estarme cogiendo a mi padrastro en el cuarto de lavado me mojaba aún más y mientras me daba por el culo yo solita me empecé a masturbar.

    Ni siquiera me contuve a gritar, gemir y pedir qué me diera más fuerte.

    Sentía toda su deliciosa verga en mi culo y sus huevos chocaban con mi coño, que rico sentía. Pare más el culo para sentirla más adentro, quería que me diera tan duro qué no pudiera caminar al día siguiente.

    —¿Te vienes en mi culito papi? —Escuché su gemido y al segundo sentí como se descargaba dentro de mí y al sacarla como chorreaba entre mis muslos. Me incorporé y quedé frente a él. Lo bese y me correspondió mientras me cargaba con una mano y otra la metió por mis nalgas hasta mi coño qué aun chorreaba de excitación, me metió los dedos hasta que hizo que me viniera otra vez mientras lo besaba y me excito más cuando lamio sus dedos saboreándome y luego me los dio para que yo también los saboreara. Después me bajo, me dio una nalgada y dijo que había sido una putita muy buena y que pronto tendría que castigarme de nuevo por haber dejado a la rubia qué se iba a coger afuera.

    Y esa fue una de tantas veces, porque incluso cogí y con él y con la rubia culona qué traía a casa cada que mamá salía, pero esa ya es otra historia…

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  • Bajo la cama: Confesiones de un testigo oculto

    Bajo la cama: Confesiones de un testigo oculto

    Lo que les voy a relatar a continuación me ocurrió precisamente porque soy una persona sencilla, tranquila y, sobre todo, porque no soy celoso.

    Para comenzar, me llamo Matías, tengo 23 años y estoy en una relación con Agustina, quien tiene 22 años. Ella es una chica delgada, de cabello largo y oscuro, con una estatura que supera ligeramente el 1,60 metros (yo mido 1,66). Agustina tiene senos pequeños y una figura atractiva, con una cola que sin duda llama la atención.

    Hace aproximadamente un año, decidimos irnos a vivir juntos a un departamento. Yo tengo un buen empleo, mientras que Agustina está estudiando en la universidad. En este edificio, teníamos como vecino a un hombre de unos 37 años, quien vivía solo. Era un tipo atractivo, de estatura media, con un rostro bien definido y una sonrisa que transmitía confianza. Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado, y una mirada intensa que resultaba intrigante. Su físico era atlético, como si se cuidara, y siempre vestía con un estilo casual pero elegante. Aunque era mayor que nosotros, su carisma y su actitud relajada lo hacían parecer más joven de lo que era.

    La cuestión es que, con el tiempo, entablamos cierta relación de amistad con este hombre. Con el paso de las semanas y los meses, esta relación fue fortaleciéndose hasta el punto en que él se convirtió en uno más de nosotros. Éramos como un trío, compartiendo momentos y experiencias que nos unían cada vez más.

    ¿Qué quiero decir con esto? Bueno, básicamente, él se enamoró de mi novia y, aunque podría parecer extraño, decidió confesármelo. ¿Por qué a mí? Porque nuestra amistad había trascendido lo superficial; yo era más que un simple amigo para él. Le transmitía una sensación de tranquilidad y confianza, como si supiera que no me lo tomaría a mal. Y, efectivamente, así fue. No me molestó ni me generó resentimiento. Al contrario, lo entendí como algo natural, incluso curioso, y decidí manejarlo con calma y apertura.

    Entonces, él comenzó a confesarme que encontraba a mi novia muy bonita y que, en el fondo, sentía que ella también podría tener algún tipo de atracción o sentimientos hacia él. Me explicó que quería comprobarlo, pero para eso necesitaba estar a solas con ella en algún momento. Me lo pidió con sinceridad, casi como si buscara mi aprobación o mi bendición. Y yo, con toda la tranquilidad y seguridad que me caracterizan, le dije que sí. Le di mi permiso para que intentara descubrir si lo que sentía era correspondido. No lo hice por indiferencia, sino porque confiaba en él, en ella y en la relación que teníamos. Además, me pareció una situación interesante, incluso intrigante, y quise ver cómo se desarrollaría.

    Una noche, él ideó un plan para estar a solas con Agustina. Le pidió que lo ayudara a preparar una cena, argumentando que tenía una cita con otra mujer y quería que todo saliera perfecto. Sin embargo, eso era mentira; solo era una excusa para pasar tiempo con ella. Agustina, sin sospechar nada, accedió y lo acompañó a su departamento. Media hora después, ella regresó a nuestro apartamento, pero algo en su actitud había cambiado.

    Se notaba distinta, como si algo hubiera pasado entre ellos. Su mirada era más baja, sus movimientos más lentos, y había una especie de tensión en el aire, como si cargara con un secreto que no estaba dispuesta a compartir en ese momento. Era evidente que la experiencia la había afectado de alguna manera, aunque no sabía exactamente cómo ni por qué.

    Al notar que Agustina había regresado con una actitud diferente, sentí curiosidad por saber qué había pasado. Me metí en la habitación que comparto con ella, tomé mi celular y comencé a mensajearme con mi vecino. Él me contó que, durante el tiempo que estuvieron juntos, Agustina parecía estar un poco celosa. Le preguntaba constantemente sobre la mujer con la que supuestamente iba a tener una cita, como si le importara más de lo que debería. Esto le hizo pensar que ella también sentía algo por él, algo que iba más allá de la simple amistad. Fue entonces cuando decidió actuar en consecuencia, guiado por esa intuición.

    Me relató que, en un momento dado, mientras Agustina cocinaba algo en la cocina, él se acercó sigilosamente por detrás y la agarró suavemente de la cintura. Luego, sin darle tiempo a reaccionar, comenzó a darle besos en la mejilla y en el cuello, susurrándole al oído lo buena que estaba. Fue un gesto audaz, pero según él, ella no se resistió. Al contrario, parecía responder de manera tímida pero receptiva, como si algo en ella también estuviera despertando.

    Pero eso no fue todo. Él, aprovechando que mi novia llevaba una remera ajustada y no usaba sostén —algo común en ella debido a que tiene senos pequeños—, decidió ir un paso más allá. Mientras la besaba por el cuello, con una mezcla de audacia y cautela, deslizó sus manos por debajo de la remera. Sus dedos encontraron su piel suave y, sin vacilar, comenzó a acariciarle los senos, explorándolos con delicadeza al principio, pero luego con más firmeza, llegando incluso a pellizcarle los pezones.

    En ese momento, algo inesperado sucedió: Agustina, en lugar de detenerlo, llevó sus propias manos por debajo de la remera y agarró las de él. No para apartarlo, sino como si estuviera guiándolo o permitiéndole continuar. Fue un gesto que dejó en claro que, aunque quizás sorprendida al principio, ella estaba aceptando lo que estaba ocurriendo. Su respiración se agitó levemente, y aunque no dijo nada, sus acciones hablaban por sí solas. Era como si, en ese instante, ambos estuvieran explorando algo nuevo, algo que iba más allá de los límites que habíamos establecido antes.

    Luego, él la giró suavemente hacia él, colocando sus manos firmemente sobre la curva de su cola, como si quisiera sentirla completamente cerca. Durante unos segundos que parecieron eternos, se miraron fijamente a los ojos, como si estuvieran midiendo el peso de lo que estaba a punto de suceder. Había una tensión palpable en el aire, una mezcla de deseo y curiosidad que los envolvía. Finalmente, sin mediar palabras, sus labios se encontraron en un beso apasionado, intenso y cargado de emociones. No fue un beso tímido o exploratorio, sino uno que dejaba claro que ambos estaban entregándose a ese momento, como si hubieran cruzado un límite juntos y ya no hubiera vuelta atrás.

    Todo lo que ocurrió, cada detalle que él me contó, fue suficiente para excitarme al punto de que mi pene se pusiera completamente erecto. Fue una reacción física inmediata, pero también emocional. Sentí algo nuevo, algo que nunca antes había experimentado, y me sorprendió lo mucho que me gustó. Era como si una mezcla de curiosidad, morbo y placer se hubiera apoderado de mí.

    A medida que leía cada palabra, una especie de electricidad gratificante comenzó a recorrer todo mi cuerpo, desde la nuca hasta la punta de los dedos. Era una sensación intensa, casi fascinante, como si las palabras mismas tuvieran el poder de despertar en mí algo que no sabía que existía. No solo me excitaba físicamente, sino que también me hacía sentir vivo, conectado con una parte de mí que hasta entonces había permanecido oculta. Era como si, a través de esa historia, estuviera descubriendo un nuevo lado de mi sexualidad, uno que me resultaba tan intrigante como placentero.

    En los días siguientes, ellos siguieron viéndose, y él me contaba todo lo que hacían. Cada detalle, cada gesto, cada momento de complicidad entre ellos, me lo describía con una precisión que me resultaba irresistible. Aunque sus relatos me excitaban muchísimo, llegó un punto en que necesitaba comprobarlo por mí mismo. No porque dudara de su palabra, sino porque quería sentir esa misma emoción, esa misma intensidad, de primera mano.

    Quería ser testigo de lo que ocurría entre ellos, no solo a través de sus palabras, sino con mis propios ojos. Era como si necesitara confirmar que todo aquello era real, que no era solo una fantasía contada, sino algo tangible que podía experimentar y sentir en carne propia.

    Fue entonces que, un día, decidí llevar las cosas un paso más allá. Le dije a él que se la llevara a comprar algo, y que cuando regresaran, intentara cogérsela en nuestra cama. Le expliqué que yo estaría debajo de la cama, escondido, escuchando todo lo que ocurriera. Quería ser testigo de su intimidad, sentir la tensión y la pasión de ese momento desde un lugar oculto, pero cercano.

    Para asegurarme de que todo saliera según lo planeado, antes de que regresaran, le envié un mensaje a Agustina diciéndole que había tenido que ir al trabajo por una emergencia. Era una excusa perfecta para justificar mi ausencia y, al mismo tiempo, para que ellos se sintieran más libres de actuar sin preocupaciones. Sabía que, si todo salía como esperaba, sería una experiencia única, algo que me permitiría vivir esa fantasía de una manera que nunca antes había imaginado.

    Recuerdo que, cuando escuché la puerta de nuestro departamento abrirse, una emoción intensa e indescriptible recorrió todo mi cuerpo, como una corriente eléctrica que me hizo estremecer de pies a cabeza. Era una mezcla de nerviosismo, anticipación y excitación, como si supiera que estaba a punto de presenciar algo que cambiaría por completo mi percepción de las cosas.

    Luego, escuché sus voces. Hablaban en tono bajo, casi susurrando, como si compartieran un secreto. Los pasos se acercaban lentamente hacia la habitación, hacia mi posición escondida bajo la cama. Cada paso resonaba en mi mente, aumentando la tensión y la expectativa. Sentía cómo mi corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse del pecho, y mi respiración se volvió más rápida y superficial. Estaba completamente inmerso en ese momento, esperando con una mezcla de ansiedad y placer lo que estaba por ocurrir.

    Ellos ingresaron a la habitación y, desde mi escondite debajo de la cama, pude ver sus pies moverse hacia el lado izquierdo, justo donde yo estaba. Primero, comenzaron a besarse. Los sonidos de sus labios encontrándose, los suspiros entrecortados y los murmullos apagados llenaron la habitación, creando una atmósfera cargada de deseo.

    Luego, poco a poco, empezaron a quitarse la ropa. Vi cómo las prendas caían al suelo cerca de mí, aunque no me detuve a distinguir qué era cada una. Lo importante era la sensación de que estaban derribando barreras, acercándose más el uno al otro. La combinación de lo que veía y lo que escuchaba —los besos, la ropa cayendo, sus pies moviéndose con nerviosismo— me hacía sentir como si estuviera en el centro de algo intenso y prohibido, algo que me excitaba y me mantenía completamente atento.

    De repente, vi cómo ella se arrodilló frente a él, apoyando sus rodillas en el suelo. Desde mi posición, no podía ver exactamente lo que ocurría, pero noté que sus manos se agarraban a sus piernas, como si estuviera buscando estabilidad o acercándose más a él. Fue entonces cuando escuché el sonido inconfundible: un “glup glup glup” rítmico y húmedo, el mismo que hacen las mujeres cuando chupan.

    Ese sonido me dejó claro lo que estaba pasando: ella le estaba chupando el pene. La imagen mental que mi mente creó a partir de esos sonidos era tan vívida que casi podía verla, inclinada sobre él, entregada por completo a ese acto íntimo. Cada “glup” resonaba en la habitación, acompañado de sus suspiros entrecortados y los gemidos bajos de él, que delataban lo mucho que lo estaba disfrutando. Aunque no podía verlos directamente, los sonidos y la tensión en el aire me hacían sentir como si estuviera justo ahí, viviendo cada segundo de esa experiencia.

    En un instante, su voz rompió el silencio de la habitación. Era él, el hombre que estaba disfrutando de una felación por parte de mi dulce y hermosa novia. Su tono era bajo pero cargado de placer, y sus palabras resonaron con claridad: “¡Qué rico que me la chupas!”.

    Esa frase, tan directa y llena de satisfacción, dejó en claro lo mucho que estaba disfrutando del momento. No era solo el tono de su voz, sino también la manera en que las palabras salieron de su boca, como si no pudiera contener la emoción que sentía. Para mí, escuchar eso fue una mezcla de excitación y curiosidad. Saber que mi novia, esa chica dulce y hermosa que conocía tan bien, estaba provocando esa reacción en otro hombre, despertaba en mí una sensación intensa y contradictoria. Por un lado, me excitaba; por otro, me hacía reflexionar sobre lo que significaba todo aquello.

    El sonido de su voz, combinado con los gemidos bajos de Agustina y el ritmo constante de lo que estaba ocurriendo, creaba una atmósfera cargada de deseo y complicidad. Era como si, en ese momento, todos estuviéramos conectados de alguna manera, cada uno experimentando el placer a su propia manera.

    La felación que mi novia le estaba dando continuó, y en un momento, comencé a escuchar sonidos que indicaban que ella se estaba atragantando levemente. Eran pequeños ahogos entrecortados, mezclados con gemidos y el ritmo constante de lo que estaba ocurriendo. La curiosidad me pudo, así que me asomé con cuidado por debajo de la cama para ver qué estaba pasando.

    Lo que vi me dejó sin aliento: él tenía sus dos manos firmemente apoyadas sobre la cabeza de ella, como si la estuviera guiando o controlando el ritmo. Agustina, por su parte, tenía todo su pene metido en la boca, entregada por completo a ese acto. Él, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, parecía estar mirando al techo, completamente absorto en el placer que estaba sintiendo. Su expresión era una mezcla de éxtasis y concentración, como si cada movimiento de ella lo llevara más y más lejos.

    Ver esa escena desde mi escondite fue abrumador. Por un lado, sentí una excitación intensa al presenciar algo tan íntimo y prohibido; por otro, me invadió una sensación de asombro al ver a mi novia, tan dulce y hermosa, entregada de esa manera a otro hombre. Era como si, en ese momento, estuviera viendo una parte de ella que nunca antes había conocido, algo que despertaba en mí una mezcla de emociones contradictorias pero fascinantes.

    Finalmente, ellos se subieron a la cama, y desde mi posición escondido debajo de ella, solo podía escuchar el sonido de sus besos apasionados. Los labios se encontraban con urgencia, y los suspiros entrecortados de ambos llenaban la habitación. Poco después, los gemidos de Agustina comenzaron a escucharse, suaves al principio, pero cada vez más intensos. Sin embargo, noté algo peculiar: la cama no se movía. Eso me hizo pensar que él debía estar haciéndole algo que no requería movimiento, algo que la hacía gemir de placer sin necesidad de más.

    Fue entonces cuando lo supe: él le estaba chupando la concha. Mi suposición se confirmó cuando, de repente, sus gemidos se hicieron más profundos y guturales, y empecé a escuchar el sonido húmedo y rítmico de su lengua explorándola. Era un sonido inconfundible, acompañado de los suspiros cada vez más intensos de ella, que delataban lo mucho que lo estaba disfrutando.

    Escuchar todo eso desde mi escondite fue una experiencia que me dejó en un estado de tensión y fascinación. Por un lado, sentí una excitación intensa al imaginar la escena; por otro, me invadió una curiosidad insaciable por saber hasta dónde llegarían. Era como si, en ese momento, estuviera siendo testigo de algo que desafiaba todo lo que conocía sobre mi novia, algo que me hacía replantearme lo que significaba el deseo y la intimidad.

    Luego, la cama, esa misma que comparto con Agustina, comenzó a moverse con un ritmo constante y enérgico, avanzando y retrocediendo hasta golpear el respaldo contra la pared. Cada golpe resonaba en la habitación, acompañado de un sonido metálico o de madera que se repetía una y otra vez, marcando el ritmo de lo que estaba ocurriendo.

    En ese momento, los gemidos de Agustina se intensificaron. Eran sonidos profundos y guturales, como “ahhh, ahh, ahhh”, que salían de su boca con una fuerza que delataba el placer que estaba sintiendo. No había duda: él la estaba penetrando. Cada gemido parecía sincronizarse con el movimiento de la cama, creando una especie de música cargada de deseo y entrega.

    Mi novia estaba disfrutando cada segundo de lo que estaba ocurriendo, y no dudó en hacérselo saber con sus palabras. Con una voz que parecía diferente, más sensual y entregada, repitió las mismas palabras que él había usado antes: “¡Qué rico!”. Su tono era más suave pero igual de intenso, como si estuviera completamente inmersa en el placer que él le estaba provocando. Era como si esa voz no perteneciera a la Agustina que yo conocía, sino a una versión más audaz y desinhibida de ella.

    Él, sin perder el ritmo, le preguntó con una mezcla de curiosidad y satisfacción: “¿Te gusta?”. Y ella, sin vacilar, le respondió con un “sí” claro y sincero, casi como si estuviera afirmando algo que iba más allá de lo físico. Esa respuesta, tan directa y cargada de emoción, dejó en claro lo mucho que estaba disfrutando del momento.

    Luego, él le pidió que se pusiera en cuatro patas sobre la cama, y ella, sin dudarlo, obedeció. Inmediatamente, el sonido de la cama moviéndose se intensificó, volviéndose más rápido y enérgico, como si el ritmo hubiera cambiado por completo. Cada golpe contra el respaldo de la cama resonaba con más fuerza, acompañado de los gemidos de Agustina, que ahora eran más profundos y urgentes.

    Minutos después, con una voz que sonaba diferente, más audaz y llena de deseo, ella le dijo: “Más fuerte, papi”. Esas palabras, cargadas de una intensidad que nunca antes le había escuchado, hicieron que él acelerara aún más, siguiendo sus instrucciones al pie de la letra. Entre jadeos, él le preguntó: “¿Así está bien?”, y ella, con la voz entrecortada y casi sin aliento, le respondió: “Sí”.

    La faena sexual entre ellos continuó un rato más, llena de gemidos, movimientos enérgicos y un ritmo que parecía no detenerse. Sin embargo, todo llegó a su clímax cuando él le pidió que se bajara de la cama, diciéndole que iba a acabar. Ella, obediente y entregada, se arrodilló nuevamente frente a él, en una posición que parecía natural después de todo lo que habían compartido.

    Él, con desesperación, comenzó a masturbarse frente a ella, mirándola fijamente mientras lo hacía. Su respiración era agitada, y sus gemidos, cada vez más fuertes, delataban lo cerca que estaba del orgasmo. En un momento de tensión, le preguntó: “¿Dónde quieres que te lo dé?”. Ella, con una voz suave pero decidida, respondió: “En las tetas”.

    Fue entonces cuando él, con unos gemidos profundos y guturales, llegó al clímax y eyaculó sobre sus senos. El sonido de su respiración agitada y las últimas palabras entrecortadas de ambos marcaron el final de ese momento íntimo.

    Ver esa escena final desde mi escondite fue una experiencia que me dejó con una mezcla de emociones intensas. Por un lado, sentí una excitación abrumadora al presenciar algo tan íntimo y prohibido; por otro, me invadió una sensación de asombro al ver a mi novia, tan dulce y hermosa, recibiendo de esa manera a otro hombre.

    Era como si, en ese momento, estuviera viendo una faceta de ella que nunca antes había conocido, algo que despertaba en mí una curiosidad insaciable y una fascinación que no podía ignorar. La imagen de él acabando sobre sus senos, mientras ella permanecía arrodillada, se quedó grabada en mi mente, creando una mezcla de placer y conflicto que no sabía cómo procesar.

    Después de todo lo ocurrido, ellos se limpiaron y se vistieron de nuevo, como si estuvieran volviendo a la normalidad después de un momento tan intenso. La habitación, que minutos antes había estado llena de sonidos y movimientos apasionados, ahora estaba en silencio, solo interrumpido por sus murmullos y suspiros relajados.

    Luego, tal como lo habíamos acordado, él la llevó a ”su” departamento, el de él, para que yo pudiera salir de debajo de la cama sin ser visto. Escuché cómo la puerta se cerraba tras ellos, y supe que era mi momento. Con cuidado, me deslicé de debajo de la cama, sintiendo cómo mis músculos se relajaban después de tanto tiempo en esa posición incómoda. Me aseguré de que todo estuviera en su lugar, como si nunca hubiera estado allí, y salí del departamento en silencio.

    Al caminar por el pasillo del edificio, sentí una mezcla de emociones que no podía ignorar. Por un lado, estaba la excitación y la curiosidad que había experimentado al presenciar todo aquello; por otro, una sensación de asombro al darme cuenta de que mi novia había compartido algo tan íntimo con otro hombre. Era como si, en ese momento, estuviera procesando algo que iba más allá de lo físico, algo que desafiaba todo lo que creía saber sobre nuestra relación y sobre ella.

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  • Minerva es el erotismo tabú puesto al desnudo (1)

    Minerva es el erotismo tabú puesto al desnudo (1)

    Nicolau Prats De la pava, que tenía 22 años por esa época, estaba sentado frente a una ventana de la primera planta de la biblioteca de la Universidad de Huesca. Cursaba el cuarto año de Grado en Veterinaria, y estaba estudiando para el examen final de la asignatura Cirugía de Animales de Compañía. Jugando con un lápiz entre sus dedos, miraba distraído por la ventana que daba a las canchas de baloncesto. La moneda dorada que colgaba del cielo calentaba el día más de lo habitual para ser principios de junio.

    De repente, vio aparecer en la cancha más cercana a la biblioteca, acompañada de tres chicos que reconoció como de último año de ingeniería mecánica, a la chica de sus sueños, y la de casi todo el alumnado, Minerva Magnusson.

    Era una chica de 21 años que estudiaba tercero de Administración y Dirección de Empresas, ADE. Las facciones del rostro parecían esculpidas por los dioses. Dioses que le habían puesto en la cuenca de los ojos un par de esmeraldas redondeadas, de color vivo y cristalino, que Nicolau jamás había visto ni en persona, ni en revistas, ni en televisión. En la universidad se decían mitos sobre ella: que algunos chicos o chicas débiles de carácter se habían hipnotizado con su mirada, o que al hablar con ella se habían vuelto tartamudos, o que al verla venir se les había olvidado caminar, o que al verla pasar se les había torcido el cuello.

    Esa mañana, Minerva Magnusson vestía una camisa blanca, pulcramente metida entre su minifalda, la cual estaba hecha de volantes que formaban dunas de color pajizo.

    Un chico que era de raza negra le tomó la mano por encima de la cabeza y le hizo hacer media pirueta, enseñándole la parte trasera del atuendo al resto de chicos. Ella se dejó hacer mientras la blancura de sus mejillas cambiaba a rojizo y los chicos hacían gestos de aprobación mirándole el culo sin disimulo.

    Esos jóvenes eran conocidos por ser problemáticos; de esos que se embriagan, se drogan y terminan armando peleas en fiestas y pubs. Una vez pasaron la noche en la estación de policía por estar fumando marihuana en la vía pública y otra por agredir a un chico en una fiesta.

    Uno era flaco, desgarbado y de hombros encogidos, de nombre Alejandro. David era un chico gordito y bonachón, que no pegaba bola andando con los buscapleitos. Al chico de raza negra, Nicolau no le sabía el nombre, pero sí que jugaba en el equipo de baloncesto de la universidad; se le veía fuerte y le sacaba dos palmos de altura a Minerva. Con unos llamativos dedos largos, sostenía con facilidad su pelota de baloncesto con una sola mano. Por obvias razones, eran conocidos como la pandilla de “El negro, el flaco y el gordo”.

    No se oía lo que hablaban, pero reían y hacían reír a Minerva. Al hacerlo, unos encantadores hoyuelos se hacían en sus mejillas.

    Una corriente de viento se acercó y jugó con su cabello, largo y del color del azabache, colocándole graciosamente un mechón en el rostro. El chico negro alargó la mano y se lo quitó. Ella elevó la mirada hacia él y le sonrió.

    Luego, el mismo viento se puso a remolinear alrededor de sus largas piernas, haciendo que la minifalda aleteara, como a punto de tomar vuelo sobre las canchas de baloncesto, dejando ver en efímeros parpadeos la desnudez de la pelvis de la chica, que vestía un pequeño tanga de color blanco. Entre risas y con desdén, ella intentaba domar la minifalda con su única mano libre, pues la otra estaba ocupada con su mochila. Tras unos segundos al fin, el travieso viento dejó que Minerva aterrizara. Nicolau se imaginó cómo se vería desnuda esa joven… y el pene se le fue inyectando de sangre hasta ponerse duro.

    Un rato después, el negro le enseñó a Minerva el contenido de su mochila. Ella miró dentro, y negó con el dedo índice. Entonces, los chicos le dijeron algo mientras le señalaban hacia el bosque que hay detrás de las canchas de la universidad, y ella negó de nuevo. Después de unos minutos de insistencia, Minerva asintió y juntos caminaron hacia la valla en la parte trasera de las canchas. Salieron de la universidad por una pequeña rotura que la valla tenía y se internaron en el bosque.

    A Nicolau Prats le pareció extraño, y hasta peligroso, que la chica más popular de la universidad se fuera al bosque con unos gamberros. La curiosidad y la preocupación le vencieron y decidió seguirles.

    Luego de unos quince minutos deslizándose a través de espesos senderos, Nicolau escuchó algunas risas que provenían de un claro que se abría en medio del bosque, en una zona por donde pasaba el río Flumen. Cuando tuvo al grupo de jóvenes a la vista, Nicolau se ubicó tras un arbusto de boj común que, junto con la negrura del bosque atrás de él, le ocultaba de los rostros que ocupaban el paraje.

    El paraje estaba a los pies de una débil cascada que, a modo de velo, cubría a una pared de rocas, produciendo un agradable murmullo. A los pies de la cascada se formaba una apacible y cristalina balsa de agua, como una piscina natural. El frondoso follaje de los altos abetos y hayas que rodeaban el paraje, pintados de colores verdes, amarillos y rojizos, arropaban al lugar, dotándolo de una sensación de intimidad que invitaba a pecar con impunidad.

    Los jóvenes dejaron sus mochilas sobre una roca de superficie plana, que parecía un mesón, por lo que servía de merendero. Minerva se sentó elegantemente, con sus piernas cruzadas, en un largo tronco de árbol talado que sirvió de banco. El chico negro se sentó al lado izquierdo de ella y los otros chicos en el suelo rocoso frente a ellos. Pusieron música urbana en el Spotify del móvil del negro. Ellos querían a Yhaico y ella a Karol G. Luego el negro sacó de su mochila los ingredientes para hacer botellón con una botella de vodka y una de Fanta naranja de dos litros. En un par de vasos desechables sirvió la mezcla.

    Mientras las copas flotaban de mano en mano, los hombres comentaban sobre temas banales, bla, bla, bla; pero cuando era Minerva la que hablaba, todo lo demás perdía sentido para esos jóvenes.

    Los labios de la chica eran mullidos, como un malvavisco, especialmente el inferior; y tenían el color y el brillo de una piruleta de cereza acabada de salir de la boca de una niña. Un moderado ceceo al hablar hacía que frecuentemente asomara entre los dientes la punta de su provocativa lengua. Su voz era de un tono grave, pero susurrado, como un postre que sabe a la contundencia del café y a la vez a suave dulce de leche; así era la boca y la voz de Minerva Magnusson, una composición perturbadora que invitaba a la intimidad.

    Los jóvenes procuraban que Minerva bebiera y bebiera, de tal manera que, tras una decena de canciones, la chica estaba en una actitud relajada y distendida. Su comportamiento y posturas cuidadosas fueron desapareciendo. Los dos botones superiores de su blusa aparecieron sueltos, dejando a la vista el centro de sus redondeadas tetas, una de las cuales tenía un lunar. Los movimientos de sus piernas se volvieron descuidados, con lo cual, la minifalda tenía tendencia a trepar hacia la raíz de sus muslos, haciendo que de cuando en cuando se le viera la ropa interior; sin embargo, con la de copas que llevaba encima, o no se daba cuenta, o ya no le importaba.

    Todos intentaban flirtear con ella, pero con el pasar de las canciones fue quedando claro que por quien Minerva se sentía atraída era por el basquetbolista. Este aprovechó la gradual desinhibición de la chica para avanzar en sus acercamientos: palabras al oído que la hacían reír encantadoramente, caricias en la mejilla, abrazos por la cintura, luego besitos tímidos en la boca, y una mano hacia atrás, testándole el culo con disimulo, y ella se dejaba hacer.

    Los otros chicos también se envalentonaron y la colmaban de halagos que iban subiendo de tono a medida que el alcohol les desinhibía la lengua: «Que para ti todos los hombres deben ser feos», que «con ese cuerpazo yo no pasaría hambre», que «estás para echarte un polvo», que «no debe haber un chico en la universidad que no quiera follarte». Ella reía tímidamente ante la franqueza de los comentarios y procuraba cambiar de tema sin mucho éxito.

    —¿E-es verdad que t-tienes la-la lengua muy larga? —dijo el gordito, quien habitualmente no era tartamudo, pero había caído bajo el famoso embrujo de los ojos de Minerva.

    —¡Vaya! Os enteráis de todo —dijo Minerva divertida, tras lo cual, sacó su lengua y la estiró hasta por debajo del mentón.

    Los chicos miraron con la boca abierta.

    —¡Madre mía!, pero sí parece la lengua de Vemon.

    Ella rio divertida y luego llevó su lengua hacia arriba hasta que la punta lamió el párpado inferior de un ojo.

    —¡Joder, tía! Menuda lengua. Debes estar en las fantasías de todas las lesbianas de la universidad.

    —Ya me imagino lo que podrías hacer con esa lengua.

    —Un superbeso negro, seguro.

    Minerva hizo un mohín de asco.

    —¡Parad, chicos! ¡Definitivamente, sois los chicos más cerdos con los que he quedado!

    Todos rieron.

    —¿Cómo es que puedes estirar tanto la lengua?

    —No lo sé. También puedo estirar mucho mis articulaciones —dijo flexionando su muñeca hasta que la punta del pulgar se unió con el antebrazo.

    Todos se miraron con asombro y Minerva se encogió de hombros como una niña traviesa.

    —¿P-podemos ver el p-piercing de tu ombligo? —dijo el gordito, quien parecía el más curioso de comprobar las leyendas urbanas que se contaban sobre Minerva. Los demás secundaron su idea.

    Ella se puso de pie. Sus piernas, torpes por el alcohol, trastrabillaron un poco. soltó los botones inferiores de su blusa y anudó los faldones por la parte alta del abdomen, dejando así descubierta su cintura angosta, adornada en su ombligo por un piercing que tenía un cristal de Murano del mismo verdor de sus ojos.

    —¿Os gusta? —les preguntó ella con una risilla divertida y dejando los brazos abiertos como si fuera a meditar.

    Todos alagaron lo sexi que se le veía.

    —¿Tienes más? —preguntó el flaco.

    —No. Aunque me gustaría uno en la lengua.

    Minerva volvió a sentarse a la derecha del negro. Este aferró sus largos dedos al muslo izquierdo de la chica.

    —¿Y en el coño? ¿Te harías un piercing en el coño? —le preguntó el negro mientras le acariciaba el redondeado muslo de arriba a abajo.

    —¡Huy! Ja, ja, ja, me gustaría, pero creo que en el chochito debe de doler un mogollón.

    —¡Bah! Yo tengo uno en la polla y casi no me dolió —dijo el flaco.

    —¿Qué? No te creo. Te estás quedando conmigo —dijo ella riendo con incredulidad.

    —Es puto cierto, ¿te lo enseño?

    —¡Ja, ja, ja, sueñas, chaval! —le contestó ella.

    —Sí. Anda. Enséñasela —ordenó el negro.

    El flaco se puso de pie, e ignorando la negativa de Minerva, se soltó los botones de su vaquero y se sacó el pene.

    —Os pasáis tres pueblos conmigo, ¡eh! —atino a reprochar Minerva mientras con la mano temblorosa y el arco de las cejas elevado le daba un trago a la copa sin quitar la mirada del pene que había a un metro de su cara.

    En efecto, tenía una gruesa argolla que entraba por la punta de la uretra y salía por la zona del frenillo. Pero es probable que lo que más sorprendiera a la chica fuera que el pene estaba erecto. Era un pene que llamaba más la atención por largo, que por grueso, como su dueño.

    —¡V-vaya! Qué… qué grande es.

    —¿Te parece? —dijo el flaco tirando de su pelvis hacia delante para exhibirle el pene con más esplendor.

    Minerva rio con ironía.

    —¡La argolla!, Alejandro, me refiero a la argolla. ¡Anda!, ya puedes guardar ese gusano.

    Todos rieron.

    —Entonces. ¿Te animas? —le preguntó mientras se guardaba la polla y se sentaba de nuevo.

    —Mmm… algún día, pero en un labio vaginal. En el clítoris debe doler que flipas.

    —¿Y qué tal son tus labios vaginales? —le preguntó el negro.

    —¡Oye! Qué directos sois en vuestras preguntas.

    —Es que tenemos curiosidad. A mí me gustan los coños con los labios carnosos. Que los pueda chupar hasta que me lleguen a la garganta. —Algo debía estar pasando bajo la falda de la chica, pues sus muslos apretujaron repentinamente la mano del basquetbolista, que en algún momento había reptado bajo su falda.

    —Eres un cerdo asqueroso —le dijo Minerva negando con la cabeza. Su voz ya sonaba un poco diluida por el alcohol. —¡Sí!, pero dime, ¿cómo es el tuyo? —Le dijo el negro mirándola a sus ojos brillantes; ella le sostuvo la mirada; el negro se lanzó a por su boca y empezó a devorársela, ella le correspondió y sus rodillas liberaron a la mano que apretujaban.

    Sin discreción ante los otros universitarios, el negro empezó un toqueteo entre las piernas de Minerva, que terminó por hacer trepar su falda hasta las caderas, dejando a la vista de los demás los laterales de sus glúteos, y haciendo que sus pálidas mejillas se le encendieran y de su boca emanaran gemidos blandos y dulces.

    Muy a su pesar, la amplia mano del basquetbolista no permitió que Nicolau corroborara lo que imaginaba: que, bajo los pliegues de esa falda, los inusualmente largos dedos del basquetbolista se enterraban en la vagina más apetecida de la universidad. Imaginándolo, el pene se le puso a reventar.

    Tras un rato, un atisbo de cordura debió volver a la mente de la joven, pues de repente le sacó la mano al negro de su entrepierna, se puso de pie y, mientras recomponía su falda, dijo que se había cansado de escuchar a Bad Bunny.

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  • El casamiento

    El casamiento

    ¡Hola! Me llamo Mey y soy nueva en esto. Para estrenarme, me gustaría comentarles lo que me pasó la última vez que me cogieron, ya que todavía siento el calor sofocante de esa noche.

    Era el casamiento de una amiga y la quinta en la que se celebraba ardía bajo el sol de febrero, el aire se mezclaba entre olor a pasto recién cortado, flores silvestres y el aroma de los cuerpos transpirados que bailaban sin parar al ritmo de la cumbia, el cuarteto y el reggaetón.

    Yo estaba ahí, con un vestido negro ajustado, unas sandalias del mismo color y aros de perlas en las orejas. Llevaba los anteojos de sol puestos y una coleta en la muñeca, por si decidía atarme el pelo en algún momento.

    Me crucé con él casi sin querer, cerca de la barra donde había tragos. Alto, morocho, con una camisa beige, una pulsera que contrastaba con su piel y un reloj elegante en la muñeca izquierda. Tenía una forma cínica de sonreír, como si supiera que todas lo miraban. Y sí, todas lo miraban.

    —¿Vos sos Mey, no? —dijo mientras servía un fernet con coca.

    —Depende quién pregunte —le contesté sin mirarlo del todo.

    —Franco. Amigo del novio.

    —Ah… el famoso Franco. Me hablaron de vos.

    —¿Y qué te dijeron? ¿Que soy un hijo de puta?

    —No, peor… —solté, dándole un trago a mi gin tonic.

    Se rio y nos quedamos ahí, hablando boludeces, tirándonos indirectas. Él con ese tono sobrador. Cada vez que me acercaba para hablarle, sentía su perfume mezclado con el calor del cuerpo. Y cada vez que lo miraba, notaba cómo me recorría con la vista, sin disimulo.

    Después vino el baile. Entre risas, tragos y pasos improvisados, terminamos rozándonos más de lo debido. Su mano en mi cintura, mi boca demasiado cerca de su cuello. El ambiente estaba muy cargado.

    Ya cerca de las ocho de la noche, la fiesta seguía vibrando en otro sector de la quinta. Nosotros, sin decir nada, fuimos hacia su auto, estacionado bajo un árbol que más temprano había dado sombra. El lugar era oscuro, apartado, como si el resto del mundo se hubiese disuelto.

    Nos metimos en la parte de atrás. Ni bien cerró la puerta, sus labios fueron directo a los míos. Nos besamos como si nos estuviéramos comiendo. Diez minutos de manos desesperadas, sus dedos bajando por mi muslo, mi boca jadeando entre caricias cada vez más descaradas.

    —Sos hermosa Gise… —dijo de repente, agitado.

    Me congelé. Lo miré fijo, con desconcierto.

    —¿Gise?

    Se frenó, apenas un segundo.

    —Nada, me confundí… es… una mina con la que salía. Nada importante.

    —¿Una mina con la que salías o salís ahora?

    —No exagerés Mey, ¿qué importa?

    Me quise bajar del auto y él intentó retenerme aplicando algo de fuerza, pero me fui directo a la pista y me puse a bailar con el primer tipo que se me cruzó. Movía las caderas con una sensualidad que no sabía que tenía. Lo besé pero no era lo mismo. Solo quería que Franco viera. Y claro que lo hizo.

    Más tarde, en una charla casual con los novios, pregunté por él con la excusa más estúpida. Y ahí me cayó el baldazo de agua fría.

    —¿Franco? Sí, está de novio con Gise, una chica divina… pobre, justo no pudo venir hoy.

    Sentí que me tragaba la tierra. Me fui directo al baño privado que usaban los más cercanos a la novia. Me encerré ahí, intentando bajarme la temperatura del cuerpo y de la bronca. Pero no pasó ni un minuto que la puerta se abrió de golpe. Franco entró y me acorraló contra la pared.

    —Ya te vengaste, ¿no? —me dijo al oído—. Ahora vamos a mi casa.

    —¿Estás en pedo? Ya sé que tenés novia.

    —Los únicos labios que deseo ahora son los tuyos —sus dedos se metieron entre mis piernas con una brutalidad certera.

    —Franco… —dije entre dientes, intentando disimular mi respiración— no…

    Pero mi cuerpo ya le respondía. Me besó fuerte, con deseo. Me perdí en ese momento lleno de tensión. Me decía cosas al oído, me apretaba las tetas, me besaba el cuello.

    —Vení a casa —susurró con la voz cargada. Finalmente accedí.

    Nos fuimos. El viaje en el auto fue un juego de provocaciones. Su mano en mi muslo, me decía cosas sucias, me prometía un infierno.

    Apenas entramos, sentí el contraste. La casa era desordenada, varonil, con un leve aroma a marihuana. Las luces eran tenues, apenas unas lámparas bajas que dejaban sombras difusas en las paredes.

    Franco cerró la puerta, se acercó lento, me agarró de la cintura y me besó con desesperación.

    —Estás tremenda… —susurró entre jadeos, mientras me empujaba contra la pared.

    Sus manos subieron directo a mis tetas, me apretó fuerte, casi con bronca. Yo gemí. Me subió el vestido hasta las caderas y empezó a acariciarme entre las piernas, mientras yo me deshacía en gemidos bajos.

    —¿Esto es lo que querías, putita? —me susurró al oído mientras me mordía el lóbulo y jugaba con mis aros.

    —Sí —le dije con la voz temblando—. Ay sí, la puta madre, sí.

    Me desnudó despacio, como si disfrutara cada segundo. Me hizo arrodillar frente a él, mientras se bajaba el pantalón y me presentaba su pene duro y caliente. Lo miré a los ojos mientras empezaba a lamerlo, lento, provocador. Me agarró del pelo con una mano y me marcaba el ritmo con movimientos suaves. Me hablaba mientras lo hacía, con esa voz ronca y sucia que me volvía loca.

    —Así me gusta… tragá, trola. Mirame. Eso, así.

    Luego, me levantó bruscamente y me empujó sobre la cama, me abrió las piernas y empezó a lamer mi clítoris de forma feroz. Yo me arqueaba, me agitaba, me mordía los labios para no gritar. Me metía los dedos mientras su lengua me volvía empapaba.

    La intensidad me sacó lágrimas. Me mordía, me chupaba, me hacía gritar. Luego me hizo parar y me empujó contra la pared. Me penetró de atrás con fuerza, con una violencia medida.

    —Decime que sos mía, decímelo ya.

    —Soy tuya… Franco… —jadeé.

    Los golpes de su pelvis contra mi culo eran cada vez más intensos, más animales.

    Se sacó la camisa. Su torso brillaba de sudor, sus músculos estaban tensos. Yo sentía cada embestida como si me partiera en dos. Él seguía bombeando con fuerza, diciendo cosas sucias.

    En un momento, le agarré los brazos y lo empujé sobre la cama. Me subí arriba y empecé a lamerle el pecho, los hombros, el cuello. Hundí mis uñas en su piel y nos fundimos en un beso largo y húmedo.

    Me empujó contra la cama y volvió a tomar el control. Me abrió las piernas, me sostuvo de los muslos y se arrodilló frente a mí. Sus dedos volvieron a buscar mi concha y me frotaba mientras me miraba con una sonrisa.

    —Estás re mojada, puta de mierda —dijo, y me pellizcó el clítoris con suavidad, apenas para hacerme saltar.

    —Callate, hijo de puta —le dije entre jadeos.

    Se inclinó sobre mí y empezó a lamerme los pechos. Me lamía los pezones, me los succionaba con fuerza, me los mordía mientras sus dedos seguían acariciándome abajo. Yo gemía descontrolada, me retorcía entre las sábanas.

    —Tenés unas tetas hermosas —me susurró al oído—. Me vuelven loco. Podría estar así horas.

    Le respondí masajeando su cabeza. Bajó otra vez, su boca volvió a fundirse con mi vagina y yo me arqueé. Me corría por dentro un fuego que no podía explicar.

    Después se levantó y me hizo poner de pie. Yo apoyé las manos ahí, sintiendo el frío del revoque en los dedos. Me tomó por la cintura y empezó a rozarme con su verga muy lento, sabiendo que eso me volvía más loca todavía.

    —¿Querés que te la meta puta asquerosa —me dijo con la voz caliente en la nuca.

    —Por favor —le respondí agitada.

    Me penetró con una fuerza que me hizo gemir desde el alma. Me agarró del pelo, me susurraba palabras sucias mientras me embestía sin pausa. Los sonidos de nuestros cuerpos chocando llenaban la habitación.

    —Sos una puta hermosa… —me decía al oído mientras yo balbuceaba de placer.

    Cambiamos de posición de nuevo. Me acostó con las piernas abiertas. Se metió entre medio de mis muslos y volvió a culearme con fuerza mientras yo lo tomaba del rostro.

    —No pares… —le rogué con voz ronca—. No pares, la concha puta de tu madre…

    Cuando pensaba que no podía soportar más, sonó mi celular. Me quedé quieta un segundo. Él también. Me giré y miré el nombre en la pantalla. Era Fer. Mi amiga.

    Franco me miró fijo, sin frenar el ritmo.

    —Atendé —me dijo.

    El corazón me latía con fuerza. Pero deslicé el dedo y contesté.

    —¿Hola?

    —Mey… ¿dónde estás? Te busqué por todos lados —dijo su voz, preocupada.

    Yo mordí el labio para no gemir. Franco aprovechó que estaba boca abajo y me metió una embestida profunda, fuerte, que me hizo temblar.

    —Estoy… estoy bien, amiga. Me… me fui un rato… necesitaba aire.

    —¿Aire? ¿Estás con alguien?

    Franco me la metía con más intensidad. Me mordí los labios. No podía evitarlo. Estaba jadeando, gimiendo bajo.

    —¿Estás bien? Te noto rara… ¿necesitas algo?

    —No, no… estoy bien… en serio. Ahora te escribo —le dije apurada, y corté.

    En ese momento, suspiré profundamente.

    —Sos una enferma —me susurró Franco y volvió a penetrarme.

    Me tenía contra el colchón, me sostuvo con fuerza, como si quisiera fundirme con la cama. Las gotas de sudor le caían por el pecho y me mojaban la espalda.

    Me embistió duro de nuevo y me arqueé, me agarré de las sábanas con los puños cerrados. Cada pijazo era un golpe directo al centro del cuerpo. Me estaba haciendo suya con violencia, con una precisión que me dejaba sin aire.

    —Sos mía… ¿entendés? Solo mía esta noche —jadeaba.

    Yo lo sentía entrar y salir con esa intensidad. Su pelvis chocaba contra mi culo con un sonido húmedo, sucio, que me excitaba más. Me mordía los labios para no gritar tan fuerte, pero era inútil. Estaba al límite.

    Me agarró de la nuca con fuerza, me hablaba, me decía cosas sucias mientras me bombeaba sin pausa.

    —Te hacías la difícil y sos terrible concha fácil.

    —Sí… sí, Franco… —jadeaba, perdida—. Me iba a hacer acabar.

    —Trola de mierda, cuando me dijeron que eras una mina fácil, no pensé que tanto… me volvés loco, puta.

    De repente me la sacó, me levantó y me empujó al piso sin decir palabra. Sentí la cerámica fría impactar en mis glúteos, me tomó de la mandíbula y me hizo arrodillar.

    —Abrí la boca —ordenó, ya fuera de sí.

    Obedecí. Lo miré fijo, con la cara sudada y los labios entreabiertos. Me pajeaba en la cara, sus gemidos estaban cada vez más desbordados.

    —Tomá puta… tomá putita —repetía, perdiendo el control—. Ay, Mey… te voy a llenar de leche…

    Y lo hizo.

    El primer chorro me estalló en la cara. Caliente, denso, me mojó los labios, la mejilla, la nariz. El segundo chorro me cayó en mis tetas, bajando lento. Sus gemidos eran roncos, su cuerpo estaba tenso y su mandíbula apretada.

    Me pasé los dedos por la boca, lamiéndome lento. Estaba llena de semen, rendida, transpirada. En ese instante, era suya. Solo suya.

    Pero entonces… cambió. Se alejó.

    Me miró apenas, sin hablar. Encendió un porro y se tiró a la cama como si yo no estuviera ahí. Me quedé en el piso, desnuda, sintiendo cómo el calor del clímax se transformaba en un frío extraño. Pasaron minutos eternos. Me incorporé lentamente, aún confundida. Él seguía ahí, fumando en silencio, sin mirarme siquiera.

    Después se levantó sin decir palabra, se metió al baño y cerró la puerta. Escuché el agua caer, el sonido de la ducha, los pasos. Yo seguía desnuda, cubierta de leche, con el cuerpo agitado por el sexo salvaje, pero ya sin la calidez del deseo.

    Cuando volvió, se vestía con total indiferencia. Se puso un pantalón, se ató las zapatillas y me tiró una musculosa. Creo que era de Gise.

    —Andá a bañarte —dijo sin emoción.

    Se me hizo raro. Me metí al baño, me duché rápido, con el agua mezclándose con las lágrimas que empezaban a salir sin permiso.

    Cuando salí, ya tenía mi vestido y mis cosas en una bolsa. Él ni me miró. Salimos y se fue. Así, sin más.

    Me dejó sola en la vereda de su casa, vestida con la ropa de su novia, con el pelo húmedo, muy agotada y el alma hecha mierda.

    Ahí supe que yo para él había sido solo una noche más, una víctima de su cacería.

    Me temblaban las manos cuando llamé a mi hermana. Me atendió rápido.

    —Mey, ¿dónde estás? ¿Estás bien?

    —No —le dije, llorando—. Te tengo que contar algo.

    Y mientras le hablaba, mientras le confesaba todo, el sabor amargo del final me empezó a entristecer. Porque sí, me cogió como nadie. Pero también me usó como nunca.

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  • Una luna de miel para el olvido (2)

    Una luna de miel para el olvido (2)

    Ese día decidí salir con mis nuevas amigas a un día de spa para relajarme. Pasamos casi toda la tarde disfrutando de masajes, saunas y tratamientos rejuvenecedores. Luego, nos fuimos a tomar unos tragos al hotel. Durante todo el día, no vi a Álvaro por ningún lado, lo cual me pareció extraño, pero no le di mayor importancia. Sin embargo, al regresar a mi habitación, entendí por qué no lo había visto: estaba en el pasillo, comiéndose la boca con otra chica.

    Al ver esa escena, decidí no mirar y pasé rápidamente a mi cuarto. Una vez dentro, me tomé una ducha bien fría, intentando calmar mis pensamientos, pero era imposible. La imagen de Álvaro con esa chica, sumada a la frustración de no tener a mi marido cerca, me tenía al borde. Salí del baño y vi un mensaje de mi esposo: no llegaría esa noche, sino tal vez al día siguiente por la noche, pero ya venía en cualquier momento.

    Eso fue un alivio, pero también una tortura. No podía contener más las ganas de estar con Álvaro. Para calmarme un poco, decidí masturbarme, escuchando los gemidos que venían de la habitación de al lado. Álvaro tenía una habilidad increíble para hacer que cada mujer que llevaba viviera una experiencia única. Esa noche, mientras me tocaba, no pude evitar imaginar que era yo la que estaba con él.

    Al día siguiente, decidí esperar a mi marido en el hotel, lista para recibirlo con todo. Me puse una tanga de encaje negro con tirantes que llegaban hasta mis muslos, un corpiño de encaje negro y, encima, una bata de baño de encaje negra. Para cuando llegara, planeaba sorprenderlo quitándome la bata blanca que llevaba puesta por encima, revelando la lencería sexy que escondía debajo. Tenía todo preparado para él, pero…

    Recibí otro mensaje. Esta vez decía que no llegaría ese día, sino que estaría seguro a la mañana siguiente. La frustración y las ganas me consumían por completo. Ya no podía aguantar más. Necesitaba salir a tomar aire. Así que me vestí con la bata blanca y salí de mi habitación, solo para encontrarme cara a cara con Álvaro.

    —¿Te encuentras bien? —Dijo Álvaro acercándose

    —Sí, solo que mi marido no regresa hasta mañana y tenía una sorpresa preparada. Además, lo extraño mucho.

    —Oh, Alma, tranquila. No estés triste —me dijo mientras me abrazaba, su cuerpo cálido y firme contra el mío.

    —Es que tenía un regalo para él y muchas ganas de dárselo —le respondí, sintiendo su miembro rozar mi cuerpo a través de la tela de su pantalón. El roce me provocó un escalofrío de deseo.

    —¿Puedo saber qué regalo es? —preguntó, separándose un poco, sus ojos oscuros fijos en los míos.

    —Mmm, está en mi habitación. ¿Quieres verlo? —le dije, tomando su mano y guiándolo hacia mi dormitorio. La calidez de su piel contra la mía me hizo sentir un cosquilleo en el estómago.

    —Después de usted, señorita —respondió con una sonrisa pícara, sus ojos brillando con anticipación.

    Lo llevé a mi habitación, el aire cargado de tensión sexual. La puerta se cerró tras nosotros con un clic suave, creando un espacio íntimo y privado. Ya no podía contener las ganas, así que me dejé llevar, dispuesta a complacerme y complacerlo:

    —¿Dónde está el regalo? —preguntó Álvaro, su voz ronca y cargada de deseo.

    —Aquí mismo, mira —respondí, dejando caer mi bata blanca, revelando el conjunto de lencería de encaje negro que llevaba puesto. La luz tenue de la habitación resaltaba las curvas de mi cuerpo, invitándolo a tocar.

    —Vaya, qué hermoso regalo. No vas a dejar que se desperdicie, ¿verdad? —dijo, acercándose más a mí, sus ojos devorando cada centímetro de mi piel.

    —Por supuesto que no. Si quieres, puedes darle una probadita. ¿Te atreves? —le pregunté, mi voz un susurro cargado de promesa.

    —Peeroo… ¿Y lo de casada?

    —¿Mejor? —le pregunté, quitándome el anillo y dejándolo sobre la mesita de noche. El sonido metálico del anillo al caer resonó en el silencio de la habitación, marcando el inicio de nuestro encuentro.

    Nos fundimos en un beso apasionado, nuestras lenguas danzando en un juego sensual. Sus manos exploraron mi cuerpo con deseo, acariciando mis curvas y encendiendo cada terminación nerviosa. Nos despojamos de nuestras prendas con urgencia, la impaciencia creciendo con cada centímetro de piel expuesta. Álvaro estaba completamente desnudo, y al ver su erección, no pude evitar exclamar:

    —Es todo tuyo, mami —me susurró al oído, besando mi cuello con ternura y pasión.

    —¡Oh, sí, papi! Es enorme —respondí, mi voz cargada de deseo.

    Álvaro me levantó las piernas y me depositó suavemente sobre la cama. Luego, se inclinó y comenzó a besar y lamer mi vulva con una intensidad que nunca antes había experimentado. La sensación era electrizante, cada toque de su lengua me hacía arquear la espalda.

    —¡Aaah sí, papi, qué rico! —grité, aferrando su cabeza entre mis manos, deseando que nunca se detuviera—. ¡Sí, papi, sí! ¡ah, ah, ah! ¡mmmm! ¡oooh, se siente tan bien!

    De repente, introdujo toda su lengua dentro de mí, explorando cada rincón con destreza.

    —¡Aagh! ¡Oh sí! ¡Tu lengua se siente tan bien dentro de mí! ¡Mmmm! —gemí, mis caderas moviéndose involuntariamente al ritmo de sus lametazos.

    Continuó así durante un rato, llevándome al borde del abismo. Luego, separó mis piernas y, justo cuando creí que me penetraría, levantó la cabeza y me besó con pasión. El beso se intensificó, nuestras lenguas danzando en un torbellino de deseo. Sus manos acariciaron mis senos, apretándolos y amasándolos con delicadeza.

    —Oh, mami, hueles tan bonito —susurró contra mi piel—. Quiero lamerte todo el cuerpo.

    —Ah, soy toda tuya —respondí, mi voz un hilo de deseo.

    La forma en que apretaba mis senos me hacía arder de deseo. Cada toque era una chispa que encendía un fuego en mi interior.

    —Ven aquí, bebé —dijo con voz ronca—. Voy a darte el momento de tu vida.

    —¡Oh, esto se siente increíble! ¡Ah, ah! ¡Sigue chupando mis tetas! —exclamé, mis pezones erectos rozando su lengua.

    —Mmmm, tus tetas son tan ricas que podría estar chupándolas toda la noche —murmuró, su boca succionando mis pezones con fuerza.

    Continuó estimulando mis senos durante un rato, hasta que finalmente me pidió que me pusiera encima de él.

    —Parece que tu cuerpo está listo para lo que viene a continuación, bebé —dijo con una sonrisa pícara.

    Luego, tomó su miembro entre sus dedos y lo acercó a mi entrada, rozando mi clítoris con la punta.

    —Aquí viene, bebé. Tómalo profundo —susurró.

    —¡Solo dámelo ya! ¡Deja de jugar! —exigí, mi cuerpo temblando de anticipación.

    Cuando me penetró, sentí algo que nunca antes había experimentado… bueno, no con mi marido…

    —¡Oh, sí! ¡Esto se siente tan bien! —grité, mis caderas moviéndose instintivamente.

    —Realmente sabes cómo moverte, chica —jadeó Álvaro—. Sigue así, me tienes tan duro.

    —¡Oh, bebé! Tu enorme pene me está estirando toda la concha, pero se siente increíble —gemí—. ¡Ah, ah!

    —¡Ohh, esto es tan bueno! ¡Quiero mucho más de esto!

    —Me tienes goteando como loco —gruñó Álvaro.

    —¡Aaah sí!

    De repente, me cambió de posición y me abrazó, succionando mis senos con avidez. Yo estaba completamente empapada, mi cuerpo vibrando con cada estocada.

    —Puedo ver eso, bebé —murmuró Álvaro, su voz ronca de deseo—. Te secaré al final de la noche.

    —¡Sí, sí! ¡No pares! ¡Ah, ah!

    En ese momento, cambiamos de posición nuevamente y él se colocó encima de mí, su peso aplastándome contra el colchón.

    —¡Ohh, sigue empujando, papi! ¡Sí! —exclamé, mis uñas arañando su espalda.

    —¡Ah, sí, bebé! Tienes la piel más suave que jamás haya tocado —jadeó Álvaro, sus ojos oscuros fijos en los míos.

    —¡Oh, bebé! Ya me he venido dos veces y todavía estás duro como una roca —le dije, asombrada.

    —Acostúmbrate, nena —gruñó Álvaro—. Toda la noche vas a ser mi marioneta sexual.

    —¡Oh, sí, sí! ¡Ah, ah, ah!

    —¡Qué culo más bonito tienes, nena! —murmuró Álvaro, apretando mis nalgas con fuerza y besándome con pasión.

    —Date la vuelta, nena —ordenó con voz ronca—. Quiero ver ese culo enorme de cerca.

    En ese momento, me puse en cuatro y, apenas me giré, agarró mis nalgas y comenzó a penetrarme con fuerza.

    —¡Aaah, sí! Me encanta tu culo, nena —gruñó Álvaro.

    —¡Aaah, sí! ¡Sigue, papi, sí! —grité, mis caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas.

    —Esta es la mejor noche de mi vida —jadeé.

    —¡Jaja! ¡Mmmm! ¡Ah, ah, sí, nena!

    —¡Oh, mierda! ¡Sí, bebé, sí!

    —¡Oooh, bebé! Vas a hacer que me venga… ¡Ah, mmm!

    —¡Más, por favor! No pares, papi —supliqué.

    —¡Ah, ah! Me voy a correr otra vez… ¡Ah, ah, ah!

    —Te dije que te iba a dar algo para recordar por el resto de tu vida —gruñó Álvaro—. Volverás por más, perra, ten seguridad de eso.

    —¡Sí! ¡Quiero más de esto! ¡que me cojas toda la noche! ¡Sí! ¡Ah, ah!

    —¡Mmm, sí, mami, sí! ¡Oh, mierda!

    No dejaba de agarrar mis nalgas y masajearlas con fuerza, como nunca antes lo habían hecho.

    —Me encanta tu culo tan gordo y grueso —murmuró Álvaro.

    —¿Te gusta? Es todo tuyo, papi —le dije, arqueando la espalda para ofrecerle mejor acceso.

    Me folló sin piedad durante toda la noche, hasta que finalmente se vino dentro de mí, llenándome por completo.

    —¡Oooh! ¡Realmente me estás llenando! ¡Qué rico!

    —¡Oh, bebé! Eres magnífica —jadeó Álvaro—. Espero verte otra vez.

    —Mmm, no lo sé, bebé… ¡Ah, ah!

    —Tranquila, que nadie se va a enterar de esto —me aseguró.

    Al terminar, nos quedamos besándonos y esa noche dormí con él. Pero, por suerte, me levanté temprano y lo desperté.

    —Álvaro, ya va a llegar mi marido —le dije, empujándolo suavemente.

    —Ya voy, ya voy —murmuró, levantándose y poniéndose su bata.

    —No te olvides de mí, eres increíble, hermosa —me dijo Álvaro.

    —Nunca —le respondí, dándole un beso.

    —¿No da tiempo para un último? —preguntó, mostrándome su erección.

    Me mordí los labios y le acaricié el miembro un poco, pero le dije:

    —No, no, te comería toda la mañana, pero en cualquier momento llega mi marido, así que vete, porfa.

    —Okey, te entiendo, Alma —dijo Álvaro—. Ya sabes dónde buscarme. Fuiste la mejor —me dio un último beso y se fue.

    Cuando Álvaro salió de mi habitación, me aseguré de que nadie lo viera. Cerré la puerta, abrí las ventanas y rocié un poco de perfume para disipar el aroma a sexo que impregnaba el aire. Luego, arreglé la cama apresuradamente. Apenas unos minutos después, sonó el timbre y mi marido entró. Lo abracé con fuerza y nos besamos largamente, pero pronto decidimos bajar a almorzar y pasar el día juntos.

    De vez en cuando, me cruzaba con Álvaro, y nuestras miradas se encontraban, cargadas de la nostalgia de esa noche de pasión. Cada vez que hacía el amor con mi marido y escuchaba a Álvaro con otra mujer, un escalofrío de deseo me recorría el cuerpo.

    Y así concluyeron mis primeras aventuras de infidelidad. Después, me dediqué a mi esposo, tuve dos hijos y logré controlar mi lujuria… por ahora. La perra que llevo dentro ha vuelto a despertar, pero esa es una historia para otra ocasión.

    Espero que hayas disfrutado de este relato y que te haya hecho sentir el calor de la pasión. ¡No dudes en dejarme tus comentarios!

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  • Uno por dos

    Uno por dos

    Aquí vuestra autora Selene, aquí os dejo un relato fantasioso salido de mi humilde y perversa imaginación para vosotros y vosotras lectores y lectoras.

    ¡Espero que os guste!

    Soy un chaval bastante normal diría yo, de tez morena, ojos morenos, cabello oscuro y corto, no soy muy fuerte pero tampoco muy flaco, estoy en un término medio. ¿Mi altura? como la media diría yo, 1,76 cm. ¿Qué cuánto me mide? 23 cm, na es coña, 18 cm. ¿Es importante ese dato? Puede ser ya que la experiencia que contaré es digna de ser leída.

    Pasó un sábado noche a la una de la madrugada, estaba jugando a la play hasta que vi el teléfono sonar sobre la mesa, me fijé y vi que era mi novia, la cual se llama Raquel, llamándome. Razonablemente contesté.

    -¿Raquel? ¿Pasa algo?

    Me extrañó mucho que me llamase a esas horas y más sabiendo que iba a ir de fiesta con su mejor amiga, Carla.

    -Caaarlooos

    -¿Carla?

    -Caaarlooos, contesta caaa…

    -¿Carla que te pasa?

    Su voz sonaba muy vacilona y de fondo se escuchaban risas de mi novia.

    -¿Por qué me llamas desde el móvil de Raquel?

    -Carlos, ven a mi casa que tu chica te necesita.

    -¿Por qué? ¿Va todo bien?

    -Cariño no te enfades -Dijo Raquel de fondo sin apenas vocalizar.

    -¿Me podéis contar qué está pasando?

    -Carlos -Me contestó Carla-. Escucha, yo y Raquel estamos… fumadísimas ¿vale?

    -¿Qué habéis fumado?

    -Hierva jajaja

    -Ni gracia.

    -Tu chica te necesita Carlitos, ven que casi le da un amarillo a la querida Raquel.

    -Os voy a matar.

    Apagué la play, me cambié de ropa y fui con la moto directamente a la casa de Carla. Al llegar a su puerta llamé por el móvil a Carla en tres ocasiones.

    -Contesta coño.

    Probé a llamar al móvil de Raquel.

    -¿Si? -Contestó Carla de nuevo-.

    -He llegado.

    -¿Donde?

    -A tu casa.

    -Ahora bajo.

    Tras un rato esperando en la fría noche me abrió Carla. Ella era una chica con un estilo muy gótico a la hora de vestir, era de tez pálida, pelo negro semitintado de rojo por las mechas y corto, ojos negros y siempre con un delineado, labios carnosos y muy bajita, otro aspecto a destacar de ella eran sus grandes muslos.

    Al abrir, ella estaba en pijama y con el pelo muy desecho, sus pechos eran de tamaño normal, pero por sus pezones perforados me di cuenta de que no llevaba el sujetador puesto, haciendo que parecieran más grandes de lo normal y además dejaban a la vista un escote que mostraba un tatuaje en sus pechos. Su cuerpo estaba lleno de tatuajes sin sentido alguno: uno de un monigote, otro de Tom y Jerry, corazones, cuchillos, uno de una chica desnuda… y así muchos.

    -Hueles fatal -Dije al percibir el olor a porro-.

    -¿Dónde quedaron los modales?

    Entré con ella y nos dirigimos directamente a su habitación, donde estaba Raquel, una chica de tez blanca, cabello castaño largo y ojos también castaños. Su cuerpo era esbelto, tenía las tetas pequeñas pero un culo envidiable, cosa que más me encantaba de Raquel. Ella estaba tumbada, llevaba puesto un tirante y unos shorts y a juzgar por los ojos rojos parecía bastante ida.

    -Raquel, ¿estás bien?

    -¿Carlos? -Me contestó mientras me toqueteaba con las manos.

    -Si soy yo, ¿has fumado mucho?

    -Cielo por favor no te enfades.

    -No me voy a enfadar, ¿pero estás bien?

    Estuvimos charlando un rato ella y yo, Carla se fue a por un poco de agua para Raquel, cuando llegó Carla estuvimos otro rato esperando a que se calmase, no había fumado mucho pero le subió rápido, Raquel no era adicta pero sí le gustaba fumarse algún porro en ocasiones especiales, como aquella noche.

    -¿Te encuentras mejor? -Preguntó Carla-.

    -Si la verdad es que si, gracias.

    -Menos mal, empezaba a preocuparme.

    -Oye Carlos, Raquel y yo estuvimos hablando de algo… queríamos decírtelo.

    -¿Sobre qué?

    -Raquel, mejor díselo tu

    -A ver, a Carla y a mí… la verdad es que lo hemos hablado mucho y queríamos hacer un trío contigo…

    -Estáis fumadas las dos.

    -No no no -Se acercó Raquel-. Lo decimos en serio, queremos follar contigo.

    Raquel me besó y me miró seriamente.

    -Queremos hacerlo.

    No supe cómo reaccionar, la verdad la idea me sorprendía pero no sabía cómo procesar todo eso. Yo me llevaba muy bien con Carla ya que muchas de las veces que había quedado con mi novia, Carla se venía y pasaba el rato con nosotros. También muchas veces recurrí a ella para preguntar sobre cosas que a Raquel le gustasen ya sea para regalarla algo por nuestro aniversario, su cumple o alguna ocasión especial. Era una chica bastante decente y a la vez muy facilona, pero en situaciones serias era una persona ejemplar.

    -Espera, ¿vas en serio?

    -Vamos en serio Carlos -Dijo Carla mientras se quitaba la camisa, dejando sus grandes tetas a la vista, debajo de las cuales había otro tatuaje que las rodeaba-.

    -¿No te gustan sus tetas cariño? -Raquel se acercó a Carla a lamerle una de sus tetas-. Míralas que grandes y jugosas.

    Raquel y Carla comenzaron a besarse delante de mí, Carla le quitó el tirante que llevaba y dejó sus pechos a la vista para luego proseguir con sus besos.

    -Vamos Carlos, quítate la ropa -Me dijo Carla mientras Raquel le comía las tetas-. Te va a gustar.

    Las dos se acercaron a mí, me pusieron de pie, me bajaron los pantalones, me quitaron la sudadera y la camisa dejándome solo en boxers.

    -Parece grande.

    -Ahora probarás la polla de mi novio.

    Las dos estaban de rodillas frente a mi miembro, bajaron mi bóxer y dejaron a la vista mi pene erecto, apuntando hacia delante y palpitante. Carla fue la primera en metérselo en la boca, mientras me la chupaba yo intercambiaba miradas con las dos, a veces miraba a Carla quien me miraba de reojo mientras se metía toda mi polla en la boca y otras veces miraba a Raquel quien estaba sonriendo y parecía muy excitada.

    -¿Te gusta la polla de mi chico?

    Carla dejó escapar un gemidos afirmando la pregunta. La verdad es que lo chupaba muy bien, babeaba mucho y me excitaba ver su cara de puta gótica chupándomela. Raquel empujó su cabeza contra mi miembro dejando mi polla en lo profundo de su garganta, que bien se sentía tenerla adentro de su boca, al sacarla tomó aire y se rio. Las dos se besaron de nuevo, cambiando el líquido de mi pene en sus bocas.

    Raquel se puso en frente, me masturbó y comenzó a chupármela a un ritmo acelerado, como a ella le gustaba hacer. En algunas ocasiones se la sacaba, me masturbaba y me chupaba los huevos para luego volver a seguir con el oral. Carla se puso de pie y me besó, fue un beso apasionado, largo y húmedo, yo pasé mis manos sobre su culo agarrándolo y moviéndolo mientras con la otra mano empujaba la cabeza de Raquel hacia mi pene.

    Tras el oral las dos se desnudaron por completo, Carla se puso a cuatro en el borde de la cama, Raquel se tumbó delante de ella con las piernas abiertas dejando su coño en frente de ella. Yo acerqué mi pene al coño de Carla, puse mi glande junto a su coño y fui penetrándola lentamente, su coño estaba caliente y muy húmedo, Carla soltó un gemido agudo rogándome que la metiese entera. Ya dentro de ella comencé a follarla lentamente, sintiendo su caliente vagina y viendo su culo con un tatuaje que decía “I love sex” delante de mí.

    A la vez que yo me la estaba follando, Carla le estaba comiendo el coño a Raquel, quien me estaba mirando con cara de zorra excitada. Fui aumentando el ritmo hasta moderarlo al que a ella le gustaba, la estaba empotrando violentamente para que gimiese más alto, los gemidos de las dos resonaban por toda la habitación. Carla gritaba de placer en el coño de mi novia y ella me decía que la follase más fuerte y que no parara. Tras un rato así, hicieron un cambio, Raquel se puso en cuatro y Carla se puso frente a ella y comenzamos de nuevo con el juego.

    Comencé a follarme a Raquel de la forma y con el ritmo que a ella le gustaba, rápido y con azotes. Los gemidos de Raquel eran más altos que los de Carla y su coño era más apretadito también. El gigante culo de Raquel vibraba cada vez que chocaba y era inevitable quedarme hipnotizado. Carla me miraba con expresión de puta en celo mientras se agarraba de las tetas y disfrutaba del oral que le estaba haciendo mi novia.

    Después de follármelas terminé agotado, me tumbé en la cama, las dos estaban delante de mi besándose y manoseándose los coños, Raquel le metió los dedos a Carla y comenzó a masturbarla mientras las dos me miraban y sonreían entre gemidos. Después de ello se acercaron y comenzamos a besarnos los tres a la vez, intercambiando saliva y suspiros calientes. Después de nuestro beso, Raquel se puso encima de mi miembro y Carla se sentó encima de mi cara rodeándome con sus gruesos muslos y encarándose a Raquel. Raquel comenzó a cabalgarme, y yo a comerle el coño a Carla.

    Fui pasando mi lengua entre sus labios, por su clítoris e incluso su ano, le estaba gustando ya que no paraba de gemir, el sabor y la suavidad de su coño mojado eran increíbles, su vulva estaba caliente y era gordita y rosadita, pero estaba más rojiza de lo normal por la follada de antes. Mis vistas no eran muchas, pero eran increíbles, veía el gran culo de Carla aplastándome la cara, sentía a Raquel cabalgándome el pene y estaba seguro que las dos se estaban besando mientras gemían.

    Raquel se quitó para que Carla se pusiese en su lugar y me cabalgase, la tenía en frente de mí, mirándome mientras se metía poco a poco mi miembro a la vez que su expresión iba cambiando a una cada vez más placentera. Una vez que estaba entera dentro de ella, comenzó a cabalgar apoyando sus manos en mis pechos. En su vientre, cerca del coño, tenía otro tatuaje que ponía “Insert here” con una flecha apuntando a su vagina. No pude evitar agarrarle las tetas y sentir como botaban, eran preciosas y se me hacían más atractivas con los pezones con piercings.

    Raquel la manoseaba el cuerpo y la besaba, me miraba lujuriosamente y se masturbaba el coño viendo cómo me follaba a su mejor amiga. Carla era digna de admirar, su cara sudorosa y su expresión facial de disfrute era irresistible y sus grandes tetas con los pezones perforados eran hipnotozantes, todo su cuerpo era increíble, verla cabalgando y escucharla gemir me estaba encantando.

    Hizo una pausa para besarme con un largo y cálido beso y prosiguió con la cabalgata, se puso a gemir por todo lo alto, como si quisiera que todo el vecindario supiera que se la estaban follando y por fin llegó al orgasmo que la dejó temblando. Su cara estaba muy sudada, su coño estaba rojizo y mojado y el delineado estaba desecho, Raquel la besó con mucha pasión, Carla la respondió con la misma intensidad.

    Raquel se tumbó con las piernas abiertas, Carla se puso al lado de ella para toquetearla los pechos y besarla, yo me puse en frente y fui metiendo la polla poco a poco a Raquel para luego empotrarla ferozmente. Sus tetitas botaban y todo su cuerpo era empujado por mis embestidas, con cada penetración ella soltaba un grito de placer, Carla por su parte la masturbaba por encima del coño y la besaba en la boca, las tetas, el cuello…

    Me excitaba verlas tan juntas, con sus caras de putas satisfechas, besándose y gimiendo como locas. Tras muchas embestidas feroces contra su coñito que sonaban por todo el dormitorio, Raquel también llegó al orgasmo. Las dos rieron y se volvieron a besar pegando sus dos cuerpos y soltando profundos gemidos.

    -Quiero que te corras en mis tetas.

    Me puse de pie, las dos se arrodillaron enfrente de mí, Carla agarró sus tetas y comenzó a masturbarme la polla con ellas mientras me miraba deseosa de mi semen. Raquel me chupaba y lamía los huevos. La sensación en conjunto era increíble, inigualable, me corrí en sus tetas mojando su pecho tatuado y parte de su cara. Raquel le lamió los pechos y la besó compartiendo mi semen en su húmedos labios.

    Tenía la polla enrojecida, nunca había experimentado nada parecido, me senté cansado en el borde de la cama, mirando como las dos se besaban y manoseaban sus espléndidos cuerpos de putas. Las dos me miraron y vinieron a besarse conmigo, primero fue con una y luego con otra y así continuamente.

    -¿Vamos a ducharnos? -Dijo Carla con una sonrisa-.

    -Si creo que nos hace falta una buena ducha.

    -Buen plan -Dije agotado-.

    Ya en la ducha nos ayudamos entre los tres para lavarnos y limpiarnos.

    -¿Qué tal te ha parecido cariño? -Dijo Raquel-.

    -La verdad no tengo palabras.

    -Podríamos repetir. -Dijo Carla mientras se lavaba el pelo-.

    -Cuando quieras, contigo siempre compartiré mi novio.

    Se volvieron a besar y manosearse las tetas y sus culos mientras se reían. No supe con qué tipo de chicas había acabado, pero no me quejaba, siempre es bueno tener de más ¿no?

    Espero que os haya gustado el relato.

    ¡Besos!

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  • Los cuatro en la cama

    Los cuatro en la cama

    María y Javi se ayudaban a meter una bolsita de viaje en el compartimento del avión mientras una bella azafata iba por los asientos ofreciendo bebidas y aperitivos a los demás pasajeros del vuelo con destino Punta Cana. Por fin las ansiadas vacaciones. Tres semanas perdidos en un paraíso de buen clima, playas, fiestas y afrodisiacos, aunque esto último no era muy necesario para ellos.

    Se conocieron a través de internet, cosa nada rara en estos tiempos. El, atractivo, corpulento, muy simpático, abierto, fogoso y buen amante. Ella, cuerpo estilizado, curvilíneas formas, un volcán amando, pero de apariencia serena.

    Ese era el primer viaje que hacían juntos después de una relación de poco más de medio año.

    -Nena -dijo Javi agarrándola de la mano- ¿Estas cómoda?

    -Si cielo -contestó María a la vez que se ponía el cinturón y miraba por la ventanilla.

    Él se disponía a abrir un paquete de cacahuetes cuando se le resbaló y cayó al pasillo del avión. Al inclinarse a cogerla, vio unas piernas de mujer muy bien cuidadas, morenas, marcadas… que se acercaban a su posición. Consiguió levantar la vista incorporándose a su asiento y observó a una pareja colocando sus cosas en los asientos de delante.

    Ella, de aspecto risueño, cuerpo curtido y bonitas curvas. El, alto, de complexión atlética y aspecto amable.

    Poco después y tras charlar un poco durante el vuelo, se presentaron como Ana y Andrés, un matrimonio bien avenido que, casualidad, también viajaban a Punta Cana, y que, además, iban a hospedarse en el mismo hotel de lujo que Javi y María.

    Rápidamente hicieron buenas migas. Bromas, risas y anécdotas sirvieron de entretenimiento hasta que el avión aterrizó.

    Como los cuatro se alojarían en el mismo recinto, se dispusieron a tomar el mismo taxi expectantes de lo que aquel lugar de ensueño les ofrecería.

    Ninguna de las dos parejas tenía una ruta a seguir en esos días de vacaciones, así que, como si de una pandilla de amigotes se tratase, pasaron los primeros días juntos, comidas, cenas, bailes, playa.

    Rápidamente María y Ana tomaron mucha confianza, al igual que Andrés y Javi, que pasaban bastante rato hablando entre ellos y riendo a carcajadas. Cada vez había más confianza, pero siempre, y escondidos en el lado más salvaje de cada uno, surgían determinadas fantasías que todos guardaban dentro de sí.

    Una buena mañana, Javi y Andrés bajaron a jugar un partido de tenis a las pistas del hotel. Cansados y sudorosos fueron a ducharse. En los vestuarios empezaron a hablar entre bromas de lo que suelen hablar los hombres heterosexuales y jóvenes: sexo. Contando experiencias, juergas, pequeños secretos… se hizo la hora de comer.

    Fueron al restaurante y descubrieron a María y a Ana en el pasillo hablando de sus cosas. -¿Qué habéis hecho esta mañana? -preguntó Andrés.- Comprar trapitos -respondió María entre sonrisas pícaras con Ana. Javi y Andrés se miraron y al unisonó dijeron: -mujeres… -y andando los cuatro al comedor se dispusieron a sentarse. María en frente de Andrés y al lado de Javi y este frente a Ana.

    Ya en los postres y tras charlar mientras comían decidieron quedar esa noche para ir a tomar unas copas y bailar en alguna discoteca.

    Eso ocurría por encima, pero por debajo de la mesa un lio de pies que se entrelazaban sin miramientos hizo que por un momento nadie hablase.

    -Vamos al baño Ana- dijo María mientras se incorporaba de su silla dejando ver su hermoso escote. Javi miró a Andrés y vio que este tenía sus ojos clavados en el trasero de ambas. -Vaya par, ¿eh? -comentó entre risas, a lo que Andrés contestó:-no me puedo poner de pie tío- a carcajada limpia.

    Mucha confianza había ya entre los cuatro, pero esa noche era la prueba de fuego.

    Una vez listas y dispuestas ambas parejas, se encaminaron hacia una sala de fiestas con un nombre premonitorio “Jaleo”…

    Andrés y Javi se quedaron hablando y tomando copas en la barra mientras veían como sus parejas bailaban juntas y espantaban moscones a diestro y siniestro. María y Ana, con el puntillo de los mojitos jugaban en la pista con sus cuerpos, moviéndolos a caderazo limpio, sonriéndose, rozándose entre ellas… Los dos hombres las miraban ensimismados y entre ellos comentaban: -Tu mujer tiene un cuerpazo, tío, que culito. -Y ¿qué me dices de las tetas de tu chica? -Estaba claro, la confianza estaba llegando a su punto máximo.

    Ya los 4 en la pista y con un pequeño subidón por el alcohol bailaban unos con otros, riendo, agarrando, moviéndose, cambiaban de pareja y jugaban entre ellos… miradas, movimientos, caricias…

    La discoteca cerraba y marchaban al hotel cuando Andrés comentó: -¿Seguimos la fiesta en nuestra habitación?-. María y Javi se miraron, se dieron un beso y asintieron con la cabeza, a la vez que María guiñaba el ojo a su marido.

    Sin hacer mucho ruido entraron en la habitación del matrimonio. Ana sacó una botella de champagne y Andrés ponía música relajante diciendo:-Pongámonos cómodos-. Y así fue. María y Javi se desnudaban el uno al otro quedándose ambos en ropa interior; el con unos slips ajustados y ella con un tanga muy finito y un sujetador de triángulos que marcaba sin miramientos su 110 de pecho. Andrés y Ana jugaban con sus lenguas y 2 copas de champagne quedándose el con un bóxer apretado y ella con un conjunto negro de lo más provocativo.

    Los 4 ya semidesnudos se juntaron en la gran cama que reinaba el habitáculo. Empezaron a jugar todos entre sí. Javi desabrochaba el sostén de Ana delicadamente mientras Andrés hacía lo propio con el de María. Una vez ellas con sus senos desnudos se empezaron a tocar haciendo que, por el tacto, sus pezones se endurecieran. Javi sorbia de su copa mientras María con una de sus manos rozaba el bulto de este que se comenzaba a hacer más grande. Ana dándose la vuelta quito los boxes de Andrés y empezó a jugar con sus testículos a la vez que Javi la acariciaba sus nalgas duras y morenitas.

    Tras quedarse los 4 desnudos el toqueteo era incesante. María ofrecía sus grandes pechos a Andrés y Ana abría sus piernas para que Javi degustase con delicadeza lo que se escondía entre esos muslos. Se miraban, se tocaban, disfrutaban de todo aquello, había mucha confianza, confidencialidad, todos estaban a gusto de aquella manera.

    Javi se puso en pie a los pies de la cama y dejo que ambas mujeres puestas a 4 patas lamiesen y chupasen alternativamente su ya erecto miembro a la vez que detrás de ellas, Andrés comiera con mucho gusto las 2 rajitas que se juntaban húmedas a su antojo. Luego fue el mismo quien expuso su también tieso falo a aquellas 2 hambrientas boquitas que se alternaban para mamarlo con Javi usando sus 2 manos acariciando aquellos 2 coñitos y metiendo delicadamente sus dedos en ellos haciendo que pequeños temblores recorrieran esos maravillosos cuerpos de mujer.

    Empezaba a hacer mucho calor en aquella habitación. El sudor caía entre las tetas de Ana que se apresuró a coger aquellas 2 pollas para, con un ritmo acompasado, moverlas de arriba a abajo. María observadora acariciaba sus senos y mordía su labio inferior abriéndose de piernas. Javi, viéndola, se dio la vuelta hacia ella y puso su pene entre aquellas 2 montañas para que María las moviera sujetándolas fuerte.

    Andrés ya estaba tumbado y Ana subida encima suyo cabalgando al galope. Javi tumbó a María boca arriba y subiendo sus piernas en los hombros la penetró despacio pero profundamente. Ya se oían gemidos, grititos, golpes de cadera… Andrés y Javi se miraron sudorosos y Ana y María lo adivinaron y se pusieron a 4 patitas cada una en frente de sus respectivas parejas dándoles la espalda esperando a ser penetradas. Ellos hicieron lo propio, pero al minuto de estar embistiéndolas a lo perrito cambiaron de posición, siendo ahora Javi quien penetraba a Ana y Andrés a María. -¡Qué maravilla!- gritaban ellas mientras se miraban y giraban sus cabecitas… tuvieron así su primer orgasmo.

    María tenía pinta de querer que los 2 miembros entraran dentro de ella. Ana, mientras seguía siendo penetrada por Javi sacó su lengua y mojó el ano de María que a su vez mamaba de Andrés. Este se tumbó y María subiéndose encima de él esperaba a que Javi le llenase su otro agujerito. Así fue, con su pene lubricado por el juguito de Ana, penetró su culito moviéndose despacio, a la vez que María con sus 2 agujeritos ocupados, tuvo no 1 sino 2 orgasmos casi seguidos que por poco la dejan sin sentido por tanto placer.

    Ana tuvo envidia de aquello y se ofreció para ser embestida de aquella guisa. Esta vez fue Javi quien se tumbó con Ana encima y Andrés fue quien la sodomizó provocándola unos orgasmos, unos espasmos y un par de orgasmos nunca vistos.

    Los varones estaban a punto de reventar de gusto y semisentados dejaban que ellas lamieran sus mástiles con todas sus ganas. El primero en correrse fue Andrés, que sabiamente aviso de su inminente orgasmo para que las dos le ayudaran con sus boquitas. Estalló, eyaculó de tal manera que llenó ambas bocas de leche calentita.

    Javi pidió tetas. Las dos aun degustando semen se apresuraron a dárselas, a ponerlas juntas para él. Y para que con ayuda de las manos de ellas y con un escalofrió recorriendo su espina dorsal les pusiera sus preciosos senos llenos de cremita.

    Así acabaron la fiesta, los cuatro en la cama, sudaditos y descansando después de aquella noche de juerga entre buenos amigos.

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  • Infidelidad en los probadores

    Infidelidad en los probadores

    ―Espera, no te los pongas… tengo pensado algo mejor.

    ―¿Pero es que te has vuelto loco?

    ―Dios, cómo me pones con ese tanga…

    No sé cómo había sucedido todo. Pasé de estar mirando unos vaqueros en una tienda, y de pronto, no sé muy bien cómo, me vi metida en el probador con Ángel. Debía haber estado esperando a que me metiera en los probadores para abalanzarse sobre mí, o algo por el estilo. Sólo había tenido tiempo de quitarme mis antiguos vaqueros.

    ―¿pero qué haces?, ¿no te das cuenta de que esto es una locura?

    ―Adri, calla.

    ―Para Ángel, no puedo. No ahora, no aquí…

    ―Olvídate de todo un rato, ¿vale?

    ―Quítame las manos de ahí, por favor…

    Estaba claro que conocía mis puntos débiles como nadie… ni siquiera Santi conseguía encenderme con tanta rapidez. Me abrazaba por detrás, y me sobaba las tetas por debajo de mi camisa de tirantes, aún por encima de mi sujetador. Era Agosto, y en el probador el calor era asfixiante.

    ―Adri, tienes un culo de muerte… y tus piernas, Dios, son perfectas…

    ―No por favor, Ángel, no tengo tiempo. Mi novio me espera dentro de 10 minutos en el Marcelita, por favor, no sigas…

    Para ese entonces, ya Ángel tenía su mano izquierda sobre mi tanga, y mi resistencia cada vez era más inútil y más irreal… Dios, me estaba encendiendo como una loca, trataba de pensar, pero no me lo ponía fácil.

    ―dame tu mano Adri…

    ―No…

    ―Shh… no tengas miedo. Toca, mira que duro me has puesto.

    ―Madre mía Ángel, déjame… ufff

    ―Así Adri… sabes cómo sobarle bien la polla a un tío, ¿eh?

    ―Sí, sabes que sí, pero por favor, tienes que irte. Deja que me pruebe estos vaqueros y que me vaya.

    ―De eso nada… me prometiste que serías mi puta, ¿recuerdas?

    ―Uff… para…

    ―Recuerdas sí o no?

    ―Sí, claro que sí.

    ―Pues bien, quiero que seas mi puta. Y lo quiero aquí y ahora.

    Mi boca seguía diciendo que parara, pero mi mano seguía masturbándole la polla sobre el pantalón, y yo cada vez me sentía más húmeda. Allí nos podía pillar cualquiera, además, ya estaba tardando mucho allí dentro. Me quedaba aún un mínimo de voluntad cuando Ángel introdujo su mano dentro del tanga y empezó a jugar con mi clítoris, a bajar y a subir los dedos por mis labios mayores, notando todo mi calor, toda mi humedad, pero sin meter un solo dedo…

    ―¿has visto lo húmeda que estás, Adri?

    ―Eres un cabrón…

    ―Lo sé. Me encanta sentirte así de húmeda. ¿Quieres que te meta los dedos Adri?

    ―Esto es una locura…

    ―¿Quieres que te los meta sí o no, puta?

    ―Dios, sí, claro que sí…

    ―Pues pídemelo. Quiero que ahora seas tú la que me lo pidas.

    ―Méteme los dedos en el coño, Ángel, por favor…

    ―Ves como eres una puta?

    ―Sí, lo sé, pero por Dios, métemelos ya.

    Justo cuando terminé de decir eso, Ángel introdujo, levemente, la punta de su dedo corazón. Parece que le divertía notar como me estremecía, como mi espalda se arqueaba buscando que me los metiera enteros. Jugaba conmigo, disfrutaba haciéndome sufrir. Le encanta notar cómo me entregaba. El placer que me estaba haciendo sentir era increíble. Sus dedos, ahora totalmente dentro de mí, entraban y salían a una velocidad impresionante, estaba a punto de correrme, y él no paraba. Ahora ya me había subido la camisa y el sujetador y jugaba con mis tetas a su antojo. Era obvio que sabía que eran mi punto débil.

    ―¿te gusta, puta?

    ―Sí, vas a hacer que me corra, ahhh, sí…

    ―Córrete puta!

    ―Sí, ahhh, Dios, me corro, me corrooo

    Nunca imaginé que mi coño pudiera lubricar tanto. Me sujetaba a su cuello para no caerme al suelo. Me temblaban las piernas, la cabeza me ardía, respiraba con dificultad. Sabía cómo dar placer, eso estaba claro. Me quité la poca ropa que me quedaba. Ya desnuda y sin un ápice de vergüenza ni remordimientos por nada, comencé a desabrocharle los botones de su pantalón. El bulto que se notaba era increíble, y yo estaba como loca por notar de nuevo su polla en mi boca. Pese a que no era la primera vez que le veía la polla, su tamaño volvió a dejarme sin aliento.

    ―¿Qué? ¿te gusta lo que ves?

    ―Sí, sabes que sí.

    ―Pues quiero que me comas la polla como una zorra, que me la chupes toda. Quiero verte disfrutar con mi polla en tu boca…

    ―Mmmm, Dios, adoro tu polla Ángel, mmm

    ―Así, sigue puta. Me encanta como lo haces. La chupas perfecto Adri, uff…

    Estaba excitadísima de nuevo. Nunca creí que fuera posible poder llegar al orgasmo sin que me toquen, sólo por estar chupándole la polla a un tío, pero Dios, estaba a punto de correrme, por oir sus gemidos, por ver su cuerpo, por cómo me trataba. Era su puta, él lo sabía y yo también. Ahora entiendo cómo fue que le juré que siempre lo sería… estaba segura que siempre lo sería.

    ―Ufff… levántate, no quiero q esto acabe sin follarte como te mereces…

    Me agarró por las axilas y me comió la boca. Aquel beso me encendió más aún si cabe. Era un beso húmedo, grosero, su lengua se movía en mi boca como si le perteneciera. No era sutil, ni romántico. Era salvaje, pero me puso muy, muy cachonda.

    Después de comerme la boca me miró a los ojos. Era imposible sostener la mirada de ese hombre, te atravesaba, te hacía temblar y conseguía que hicieras todo lo que él te pedía.

    ―¡date la vuelta, zorra!

    No pude decirle que no. De hecho, no podía articular palabra. Sabía que me la iba a clavar hasta el fondo, sin piedad, sin romanticismos, a lo bestia. Lo sabía y ni podía ni quería detenerle.

    ―ahora vas a recordar lo que era que un hombre te folle

    ―me vuelves loca hijo de puta…

    ―te gusta que juegue con mi polla en la entrada de tu coño?

    ―Sí, ahhh, pero preferiría que me la clavaras ya, mmm

    ―Uyyy, ¿la putita está ansiosa? ¿Quieres que te la clave?

    ―Sí, por dios, sí…

    ―Y quieres que te la meta poco a poco o de golpe?

    ―¡Métemela de golpe mamón, párteme en dos!

    ―¿Así?

    ―Ohhh, sí, cabrón, Dios, me vas a matar, ahhhh, mmmm, hijo de puta, ¡que polla tienes!

    Mientras me follaba salvajemente allí, en el probador, de pie, me susurraba al oído todo lo que yo ya sabía…

    ―Eres mi puta Adri, sabes que te follaré siempre que quiera, ¿verdad?

    ―Sí, ahhh, sí, me estás matando…

    ―Te gusta que te la claven hasta el fondo?

    ―Ohhh, dios, sí… no pares. Vas a hacer que me corra, mmm, no pares…

    ―Sí, córrete puta, como sólo te corres conmigo… eres mía…

    ―Sí, sí, no pares, por favor, Ángel, sigue así, fuerte, fuerte, que me corro, que me corrooo

    ―Ahhh, sí, puta, me encanta notar como tu cuerpo se parte en dos… me encanta jugar con tus tetas. Tu cuerpo me ―pierde puta…

    ―Ahhh, diosss…

    ―Shhh, nos van a oír…

    Decía esto mientras sacaba su enorme polla de mí. Al instante sentí su vacío en mí. No quería que se fuera nunca. Lo quería dentro de mí, así, fuerte, total. Entregarme a él, que supiese que era su puta, que haría todo lo que me pidiese.

    En ese momento Ángel se sentó en la butaca. Con los pantalones en los tobillos, me hizo un gesto claro. Yo no le hice esperar y en un momento ya estaba sentada encima de él. Le agarré su impresionante polla, totalmente húmeda por mis fluidos, y comencé a jugar con ella en mi coño… subía y bajaba por mi rajita, estimulándome el clítoris, haciéndome perder el sentido… cuando sentí que era el momento, me la introduje. Sobra decir que entró como si nada. Era increíble ver cómo desaparecía aquel aparato en mi coño, a priori demasiado estrecho para aquel grosor. Verlo ahí debajo, mirándome totalmente salido, mientras me agarraba y me comía las tetas era demasiado para mí.

    ―Ufff Adri… me vuelves loco… cómo me follas…

    ―Ahhh, ¿te gusta así? ¿Eh? Mmmm.

    ―Sí, sigue cabalgándome así Adri. Ohh dios, vas a hacer que me corra

    ―Sí, eso es lo que quiero. ¡Quiero que te corras dentro de mí, que me llenes Ángel! Oooh por dios, eres el mejor…

    ―¡Sí Adri, sí, me corro!

    ―Ahhh, cabrón, sí, derrámate en mí Ángel. Mmmm, dios, no pares, no pares, ¡métemela toda cabrón!¡ Adoro tu polla hijo de putaaa!

    ―Aaaah, sí, síiii, me corroooo, putaaa, me corrooo

    ―Oooh, dios, síiii, síiii, me matas, me matas, ahhh, mmm diooos

    No sabía ni qué hora era, pero seguro que ya era tarde para mi cita. Cuando vi el móvil tenía 3 llamadas y un mensaje de Santi: ¿”dónde estás?”. El pobre. Realmente siento esto. Lo que le hago, lo que no sabe. Siento no poder controlarme, siento no ser fuerte. Y luego me digo que esto es una bobería, que realmente lo quiero, y que lo de Ángel cuando quiera se me pasa… pero sé que no es así, y se me nubla todo.

    “Lo siento cariño, el ensayo se ha alargado un poco. Espérame en la cafetería, que llego en un minuto”.

    Eso le contesté mientras Ángel me miraba con cara de satisfacción, como un cazador que ha vuelto a cobrarse una pieza importante. No me había puesto ni los pantalones. Ángel ya estaba vestido. Se fue, no sin antes comerme la boca con un beso de animal enjaulado que volvió a humedecerme.

    Al final ni me probé los pantalones. Salí del probador avergonzadísima porque sabía que las dependientas y todo el que se hubiera pasado por allí nos habría oído.

    En la puerta del Marcelita, Santi me esperaba, y al verme puso una sonrisa que me desarmó. Al llegar me abracé a su cuello. Le dije que estaba sudando por el calor y la dureza del ensayo. Le dije que el director de la obra era un loco y que nos hacía trabajar un montón. Él sólo sonrió.

    Entramos en la cafetería y pillamos una mesa. Miraba a Santi pensando en todo lo que le quería, en que mataría por esos ojos, por esos labios, cuando justo en ese momento noté que alguien, un par de mesas más lejos me sonreía. Santi decía algo de una tarta de chocolate, o de jugar al ajedrez, no recuerdo.

    Yo sólo podía pensar que no había sido una gran idea decirle a Ángel dónde había quedado con mi novio.

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