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  • No puedo follar con mi novio si no participa mi hermano

    No puedo follar con mi novio si no participa mi hermano

    No puedo follar con mi novio si no participa mi hermano
    No puedo follar con mi novio si no participa mi hermano
    Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.

    Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.

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    Relato

    Hay una idea que me reconcome el cerebro desde hace unos días.

    Hasta que cumplí 22 años el pasado 5 de agosto, había tenido dos novios. El primero solo cuenta a nivel estadístico. No supuso nada digno de destacar, salvo que me introdujo en el mundo del sexo con otro ser humano que no fuera yo misma. Al segundo lo quería, a secas, nada de amor incondicional, pero me hizo daño que me engañara con otra, motivo de nuestra ruptura.

    Debido a esta ruptura y a lo mal que lidiaba con ella, mi hermano Álex, a pesar de tener tan solo dos años más que yo, intervino para ayudarme a cerrar este capítulo de mi vida. Puede que le viera entonces con otros ojos, más como el novio ideal que como sangre de mi sangre. El amor incondicional ya lo tenía ganado. La plena confianza también. Incluso lo consideraba más que un mejor amigo. Yo significaba lo mismo para él. Esto nos llevó irremediablemente a una relación incestuosa. En la práctica, nos comportamos como una de tantas parejas de enamorados. En todo podríamos pasar el filtro social de la moralidad. También el familiar. La única excepción es el sexo. Si alguien descubriera que mantenemos relaciones incestuosas a diario, ahora que está tan de moda eso de cancelar a todos y por todo, estaríamos más que crucificados. Pero si lo descubrieran nuestros padres, nuestro fin sería el repudio y el destierro familiar.

    El día de mi 22 cumpleaños cambió todo.

    La noche anterior, como regalo de aniversario, mi hermano organizó un trío con un desconocido para mí, tal y como le había pedido días antes. Sergio, que era el tercero en discordia, me pareció encantador, incluso me gustaba físicamente, pero repito que era un completo desconocido para mí.

    La primera vez que fue a metérmela en el coño, pretendía hacerlo con preservativo. Yo quería que lo hiciera sin él, pero afirmó que siempre lo usaba salvo con la novia de turno, que entonces no estaba comprometido, y solo me follaría a pelo si aceptaba ser su novia. Un tipo inteligente, atractivo y con un cuerpo de escándalo, es un chollo para cualquier chica, mucho más si se gana bien la vida. La única pega que se le podría poner es que me saca siete años.

    No me gustan los condones porque no disfruto lo mismo. Cierto que puede resultar imprudente, pero también lo es cruzar una calle, incluso por un paso de peatones. La posibilidad de atropello es mínima, pero no por esto dejamos de cruzar. Estaríamos siempre en el mismo sitio. Este planteamiento no surgió en ese momento, ya lo tenía asimilado de antes, y acepté ser su novia, con la boca pequeña, solo para salir del paso.

    Lo curioso es que Sergio descubrió que Álex y yo somos hermanos. Dijo que nuestro parecido físico es evidente, aspecto en el que casi nadie se fija. Este hecho no le importó lo más mínimo, lo que representaba un punto a su favor.

    Esta noche dormí con él, allí mismo, en su propia casa. Mi hermano lo hizo en el cuarto de invitados. Desperté junto a Sergio y le observé durante un buen rato mientras dormía. Entonces le vi con otros ojos. Lejos de la seguridad en sí mismo y cierto egocentrismo mostrados hasta entonces, ahora me parecía tierno y vulnerable. Pensé que merecía la pena intentar una relación con él. Algo así como seguir el juego y ver adónde nos llevaba.

    Entonces me vi investida de ciertos derechos, entre ellos disponer de su cuerpo, especialmente su atributo de placer. Ni corta ni perezosa, lo tomé con la mano y lo masajeé lentamente. Luego lo engullí en la boca y le dediqué una leve mamada. Sergio despertó cuando aquello comenzaba a ponerse tieso y duro. La sorpresa fue grata para él, una cosa llevó a otra y pretendía que folláramos como animales. Eso mismo quería yo, pero con la participación de mi hermano.

    Esto no sería lógico a ojos de un espectador imparcial. Lo normal es no engañar al novio o pareja, aunque el inicio de la relación se remonte a escasos minutos. Entonces pensaba que era mi hermano al que pretendía engañar. Algo así como ponerle cuernos filiales. Estas no son las razones que le di a Sergio. La excusa fue que estaba tan hambrienta de sexo, que no me bastaría solo con él. Por no poner en duda su hombría a la hora de satisfacerme, añadí que con los dos había descubierto la doble penetración, y ya no podía pasar sin ella.

    Sergio aceptó, fui a buscar a mi hermano y el resultado fue más de una hora jodiendo como conejos.

    Paso por alto los detalles porque esto no era más que la punta del iceberg, el principio de aquello que me nubla el juicio.

    Por la noche, durante la fiesta que organicé en casa con mis amigos y amigas más cercanos, no fueron pocas las ocasiones en que presumí de mi nuevo y flamante novio. Ellos le veían como una especie de macho alfa, un tipo inteligente, dicharachero, extrovertido y tan seguro de sí mismo que resultaba un imán para las mujeres. Ellas eran el imán con cargas opuestas. Le veían como un objeto de deseo con el que a todas les gustaría pecar.

    Fue mi buena amiga Vivian la que pecó primero.

    -Espero que no te molestes -comenzó diciendo-, pero Sergio está para entregarle todo lo que pida. Si no fuera tu chico, dejaría que hiciera conmigo todo lo que quisiera.

    Si no conociera bien a mi amiga, pensaría que se pasaba de la raya, pero ella es descarada y no tiene filtros. Extrañamente, no sentí un mínimo de celos. Medité unos segundos y llegué a la conclusión de que era lógico no tenerlos. No tenía sentido después de compartirle dos veces con mi hermano en menos de 24 horas.

    -Inténtalo si tanto te motiva -respondí a Vivian-. Por mí no hay problema alguno si él accede. Digamos que somos una pareja liberal -añadí como si tal cosa.

    El rostro alegre y perverso de mi amiga fue digno de recordar. Me miró fijamente a los ojos durante unos tensos segundos. Buscaba en ellos una señal que le indicase que la tomaba el pelo. No la encontró y sí un gesto de conformidad, antes de darme media vuelta y volver con el resto de invitados, como si restara importancia al asunto.

    Sergio vino a mí pasado un rato, perplejo porque Vivian le había entrado a saco, asegurando que contaba con mi beneplácito. Afirmé que estaba en lo cierto y añadí mis razones.

    -Tú y yo empezamos esto de aquella manera anoche. Hemos repetido esta misma mañana. Si me has compartido con otro, aunque sea mi propio hermano, significa que eres de mente abierta. Esto me conviene porque no quiero un novio celoso o posesivo. Yo pretendo seguir esta regla y tener la libertad que te otorgo. Entiendo que no es habitual empezar una relación con imposiciones o reglas, tómalo como quieras, pero necesito una relación opuesta a la que tuve no hace mucho.

    Sergio sonrió ilusionado como un chiquillo, me besó los labios y afirmó que era la mujer de su vida, la mejor que pudo haber encontrado. Es irónico, pero respondió como lo haría todo hombre al que concedes carta blanca.

    Estando ambos conformes en este asunto, Sergio confirmó que le gustaría echar un polvo con mi amiga, y que lo haría en ese preciso momento. Le di un beso en los labios y deseé que lo disfrutara. No obstante, el morbo que entrañaba la situación se apoderó de mí y le propuse una idea perversa.

    -No vayas a pensar que son celos o que me retracto de lo dicho, pero será un infierno para mí sabiendo que le das a otra lo que yo misma deseo. Tampoco pretendo que lo hagas con las dos. Nadie sabe de nuestro acuerdo, y me dejaría en mal lugar si ella se va de la lengua.

    Sergio se encogió de hombros, perplejo porque no entendía el sentido de mis palabras. Mucho menos de mis intenciones.

    -Podemos hacer lo siguiente -dije bajando el tono de voz-. Tú le dices a esa mala pécora que tienes gustos peculiares, entre ellos follarla con los ojos vendados. Entonces la llevas a mi dormitorio, y yo subo poco después con mi hermano al suyo. La idea es que ambos nos folléis a las dos. Ella ni se enterará si os intercambiáis discretamente varias veces.

    -No entiendo esa manía de meter a tu hermano en todas las ecuaciones -respondió Sergio con el gesto torcido.

    Yo misma comenzaba a inquietarme más de la cuenta con eso mismo, con la obsesión de contar con mi hermano en todo lo que tuviera tintes sexuales. Entonces se me encendió una lucecita en el cerebro y comprendí. No era el supuesto miedo a engañarle, ponerle los cuernos como si fuéramos una pareja convencional. La razón me decía que era el único en quien podía confiar al cien por cien, el único que me daba entrega total e incondicional. Hasta conocer a Sergio, no había tenido motivos para compartir a mi hermano con otro.

    Este razonamiento era solo para mí. A Sergio le di otro, algo retorcido, pero ilustrativo.

    -Recuerda esa escena de película en la que un personaje tiene cita para cenar con dos mujeres, al mismo tiempo y sin que ellas lo sepan. Pasa un rato con una y pone excusas ridículas para ausentarse, ir con la otra y viceversa, así una y otra vez. Vivian ni se enteraría si le dais el cambiazo uno por otro, y para esto es necesario que seáis dos.

    Sergio hizo como si pensara. Luego parecía enfadado. Acto seguido indeciso. La secuencia teatralizada me hizo gracia. Era como si necesitara un impulso.

    -No lo pienses más y ve a buscar a Vivian. -Le di un azote en el culo a modo de impulso-. Yo busco a mi hermano y subimos un par de minutos después.

    Solo me quedaba un detalle por cuadrar: que el resto de invitados no se percatara de lo que iba a suceder.

    Para ello, expliqué a otra buena amiga que Vivian no se encontraba bien y que la subiríamos a mi dormitorio, argumentando que Sergio tenía ciertos conocimientos médicos, y mi hermano nos acompañaba por si era necesaria su ayuda. Rematé rogando que velara porque nadie subiera al piso superior y molestara. En este tipo de fiestas, ya se sabe que alguna que otra parejita suele buscar un lugar íntimo para desfogarse. Esto no me convenía.

    Cuando terminé esta breve conversación, Vivian y Sergio ya habían subido y mi hermano poco más tarde. Fueron apenas dos minutos, suficientes para ver a Vivian y Sergio en mi dormitorio cuando pasé de puntillas por el pasillo. Ella estaba sentada en el borde de la cama, completamente desnuda y con los ojos vendados, mamando la polla de Sergio en pie delante de ella. Los observé apenas un instante, frotándome el clítoris por debajo de la minifalda, excitada hasta que me abordaron las ganas de tener una pija para mí.

    Entré en el dormitorio de mi hermano y allí estaba Álex, con los pantalones bajados y la verga apuntando hacia la puerta. Me arrodillé delante de él, la tomé con ambas manos y jugué a rodear la cabeza con la punta de la lengua. Estaba tan dura y tiesa que podía notar en ella sus palpitaciones. El pobre estaba al borde de la taquicardia. Se la acaricié al tiempo que mi lengua y labios hacían maravillas en el capullo, sonrosado, brillante como la coronilla de un calvo.

    En un momento dado, cuando ninguno de los dos aguantaba más, me pongo en pie, nos desnudamos y me tumbo en la cama con las piernas flexionadas y muy abiertas, tanto como pude. Mi hermano, viendo el panorama, se arrodilla entre ellas, coloca el glande en la entrada y comienza a penetrarme hasta que las pelotas rozan mis carnes. Gimo de gusto conteniendo los decibelios. Es poco probable que Vivian me oiga estando en lo que debe estar, pero por si acaso.

    Mi hermano comienza a follarme con ganas. Yo me aferró con las uñas a sus nalgas y tiro de ellas hacia mí con cada penetración, procurando que estas sean cada vez lo más profundas y satisfactorias posibles. Apenas tardo cinco minutos en correrme, mordiéndome el labio inferior para contener los gemidos.

    -Ahora ve con la otra guarrilla -le digo a mi hermano-. Ya tengo ganas de tener a Sergio dentro de mí, pero ponte un condón. Seguro que Sergio lo usa y no es cuestión de que ella pueda notar el cambio.

    Álex asintió con la cabeza, nos levantamos y fuimos juntos de puntillas, cogidos de la mano. Encontramos a Vivian a cuatro sobre la cama, recibiendo una buena follada por parte de Sergio. Le hicimos gestos con las manos para que se librara de ella y mi hermano ocupara su lugar.

    Sergio, recurriendo a sus dotes de improvisación, fingió una tos repentina, bajó de la cama y Álex ocupaba su lugar pocos segundos después. Ella, ajena al cambiazo, le recibió gimoteando y suplicando que la partiera en dos. No me interesaba aquello, sino lo mío, tomé a Sergio de la mano y tiré de él hasta mi dormitorio.

    Apenas entramos, corro hasta la cama, me pongo a cuatro sobre ella y le pido que se quite el condón.

    -Quiero que me des por el culo -le digo girando la cabeza hacia él, poniendo ojitos tiernos-. No es una imposición, pero me gustaría que no se lo hagas a ella. A ella solo por el coño.

    Efectivamente, Sergio no lo tomó como una imposición, sino más bien como un capricho, una muestra de total y exclusiva entrega. Con esta idea se arrodilla detrás de mí, coloca el glande y gimo como una golfa a medida que me va enculando hasta clavarme media verga. El placer recibido es extremo a medida que la sodomía va ganando enteros. Mis esfuerzos por reprimir las muestras sonoras de placer son titánicos. En lo que al sexo se refiere, reconozco que soy muy escandalosa, por ello, el hecho de contenerme era una novedad para mí. Descubrí que liberar esa tensión de otro modo resultaba super excitante. Mis movimientos se tornaron más desesperados gracias a ello, y esto desembocó en un orgasmo como no recordaba, ayudada con mi propia mano en el clítoris, restregándolo como si no hubiera mañana al tiempo que Sergio me enculaba de cine.

    -Me has vuelto loca de placer, pero recuerda que tengo la exclusiva -le susurré al oído antes de arrodillarme y practicarle una breve felación.

    Luego le puse en la mano un preservativo que tomé del cajón de la mesita de noche, y le despedí con una palmada en el trasero, advirtiendo que se intercambiara de forma discreta con mi hermano y me lo mandara.

    Esta misma secuencia se repitió un par de veces más, hasta que surgió una nueva locura en mi cerebro perverso. Recurrí al tema sentimental cuando me di por satisfecha, después de que Sergio me regalara el tercer orgasmo.

    -Ahora que nuestra relación tan solo está en pañales -le susurré entre mordisquitos en el lóbulo de la oreja-, sería bueno que vayamos cimentándola. Sobre todo, para que yo vea que soy algo más que un capricho. -Sergio suspiró profundamente. Yo no sabía si lo hizo por desidia o hartazgo, pero proseguí con mi argumento-. Sería bueno que dejes esa inquina que pareces tener con mi hermano.

    -Yo no le tengo eso que llamas inquina -respondió Sergio, le sellé los labios con dos dedos y le di la réplica.

    -Llámalo como quieras, el caso es que no te importó compartirme con él cuando para ti era una completa desconocida. Lo mejor de todo es que fue bueno para los tres, y vi buena complicidad entre vosotros. Ahora quiero ver eso mismo, pero en otras circunstancias.

    Sergio me besó apasionadamente. Yo intuía que tratando de apaciguar lo que entendía como reproches.

    -Suelta lo que te ronda la cabecita -dijo acariciándome el pelo-. Haré lo que pidas como muestra de buena voluntad. Considéralo una aportación a los cimientos que has mencionado.

    -Quiero ver cómo le dais por el culo a Vivian entre los dos -expuse y volví a sellar sus labios para que no me interrumpiera-. Olvida lo que te dije antes respecto a no encularla. Obviamente, ha de ser por turnos. Lo mejor es que la prives también del oído. De todas formas, imagino que habéis evitado hablar a Vivian mientras la jodéis. No sé, puedes ponerle los auriculares con cierta música. Sorpréndeme con tu sentido de la improvisación.

    Lejos de hacer gestos o comentarios de desaprobación, Sergio aplaudió la idea. Le pareció arriesgada, pero digna entre sus hazañas amatorias. Le di los auriculares de mi hermano. Son tan grandes, que parece tener tres cabezas cuando se los veo puestos. Luego los conecté por bluetooth al ordenador y puse una lista de reproducción de los Ramones, uno de mis últimos descubrimientos.

    El relevo con mi hermano fue sencillo. Cuando llegamos al dormitorio, ella estaba a cuatro en el borde de la cama y Álex la enculaba a base de bien. Con gestos le indicamos que se apartara.

    -¿Has probado alguna vez el sexo audio-tántrico? -preguntó Sergio a Vivian-.

    Ella respondió que no. Yo tuve que contener las carcajadas. Mi hermano no entendía ni papa.

    -Consiste en privarte también del sentido del oído -continuó Sergio el disparate que había fraguado-. La idea es aislarse del entorno y concentrarse solo en las sensaciones.

    Vivian aceptó la propuesta como si fuera palabra de Dios. Yo dominé nuevamente las carcajadas y expliqué el asunto a mi hermano. Asintió con la cabeza en señal de conformidad, conteniendo la risa también.

    Con Vivian inmersa en el País de las Maravillas, Sergio se puso un preservativo y la penetró. Acto seguido la sodomizó con ganas, como si le debiera dinero. Vivian trataba de ahogar los gritos de placer. No le convenía alarmar al resto de invitados y que la pillaran en situación tan comprometida.

    Tras varios minutos, mi hermano tomó el relevo y se empleó con la misma energía. Salvando ciertas distancias, la escena me recordó la tarde en que dio por el culo a otra de mis amigas en circunstancias parecidas.

    La afortunada Vivian disfrutó de dos pollas sin saberlo durante al menos veinte minutos. Ya iba siendo hora de terminar. Cogí a mi hermano de la mano y le arrastré al otro dormitorio. Allí le tumbé en la cama, me arrodillé a su lado y le comí la polla hasta ordeñarla y tragar la leche.

    Nos vestimos y pasamos por delante del otro dormitorio. Vivian estaba sentada en el suelo, apoyada con la espalda en el borde de la cama. Sergio delante de ella, meneándose la polla al tiempo que le derramaba el esperma en la boca. Sonreí feliz porque Sergio también lo hacía, y tiré de mi hermano para reunirnos con el resto de invitados.

    Todos estaban intranquilos: la noticia de la supuesta indisposición de Vivian había corrido como la pólvora de boca en boca. La lógica intranquilidad se tornó algarabía cuando les anunciamos que estaba recuperada y con el ánimo intacto. En este preciso momento, una sonriente Vivian bajó las escaleras, cogida del brazo de Sergio y visiblemente satisfecha. Solo mi hermano y yo sabíamos el motivo de tanta felicidad.

    Rato más tarde, cuando casi todos estaban en el jardín, la mayoría dándose un chapuzón en la piscina, Vivian me cogió del brazo y me llevó a un rincón.

    -Eres la zorra más suertuda del planeta -dijo con un hilo de admiración en la voz-. No veas como jode tu chico. Se ve que tiene mundo porque es infatigable. Si lo pasas con él la mitad de bien que lo he pasado yo, puedes considerarte afortunada. Ya quisiera yo un Sergio en mi vida para que me dé matarile a todas horas. En este sentido, me lo podrías prestar de vez en cuando.

    Viendo que Vivian iba en plan kamikaze, la eché el freno para que no se estrellara.

    -No sigas hablando, Vivian. No sigas hablando porque sube el pan. Una cosa es que yo sea un tanto liberal, otra muy distinta que me tomes por gilipollas. Confórmate con una vez y basta. Olvidaré esta conversación porque somos amigas, pero que no te vea nunca más ni tan siquiera coqueteando con Sergio.

    Vivian captó el mensaje, se disculpó y prometió acatar lo que bien era una amenaza.

    La moraleja del cuento es que los comentarios de Vivian me hicieron reflexionar. Mi apego sentimental a Sergio era cero en ese momento, pero esto no suponía que fuera a regalarlo alegremente. Mucho menos a lobas como Vivian. 24 excitantes horas con él, habían sido suficientes para darme cuenta de que tenía potencial como novio. Era un diamante en bruto por tallar, y los diamantes hay que tenerlos a buen recaudo.

    Pero la idea que me reconcome es otra en forma de pregunta. ¿Debo ir soltando las riendas del apego que tengo respecto de mi hermano? Sergio tiene razón en parte, pero no me planteo la cuestión por él. Nunca le pondré a la altura de Álex. La duda es si tal apego a mi hermano me repercutirá en otros aspectos de la vida. Tengo claro que la relación incestuosa tiene que acabar tarde o temprano. Puede que la solución inmediata es que lo hablemos. Puede que nos convenga bajar una marcha de tanto en tanto. No lo sé. Ni siquiera tengo la menor idea de cómo enfocar el asunto con él.

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  • Infidelidad con un poco de morbo

    Infidelidad con un poco de morbo

    Ese día me desperté un poco contrariada por tener que ir a un cliente que quedaba tan lejos de la oficina, tenía alrededor de dos horas de viaje hasta allá. Llegué a la reunión para conocer a mis nuevos clientes y en una esquina, calladito y observando todo estaba Julián. No era terriblemente buenmozo, pero algo en él me llamaba poderosamente la atención y me atraía profundamente.

    Tendría unos 29 años (pero aparentaba varios años menos), una mirada hermosa y serena, una sonrisa sumamente atractiva y una tranquilidad inalterable. No era muy alto, tez blanca, ojos color miel con largas pestañas, una piel bellísima y el pelo castaño bien cortito. Se llevó a cabo la reunión y decidí no prestarle más atención a la primera impresión de Julián, ya que era un cliente y la relación con él debía ser estrictamente profesional.

    Cuando estaba saliendo Julián se me acercó y me dijo que era él con quien había estado intercambiando mails en estos días, recordé que sus mails me habían parecido muy respetuosos y formales, cuando los leí no imaginé que quien los había escrito fuera tan joven e interesante. Lo saludé y me fui, quedamos en reunirnos la semana siguiente para comenzar los trabajos de campo con él y otra persona de la empresa. Cuando iba a trabajar a la oficina de ellos me pasaba todo el día en la empresa, para aprovechar mejor el tiempo dado el largo tiempo de viaje hasta allá, así que comíamos juntos, tomábamos café y charlábamos mientras seguíamos trabajando.

    En una de esas charlas, él me contó que estaba casado hacia 4 años, le conté que yo estaba casada también hace un tiempo similar, también me contó que estaba por terminar la facultad. Me sentía muy a gusto trabajando con él y solíamos reírnos de cualquier cosa durante todo el día, las otras personas de la oficina pensarían que estábamos locos. No podía evitar soltar alguna mirada furtiva a sus hermosos ojos y su cuerpo cuando estaba distraído y de vez en cuando se me escapaba algún halago hacia su persona.

    Algunas veces lo ayudaba a estudiar para sus exámenes y siempre le mandaba mensajitos y mails para averiguar cómo le había ido, nuestra relación ya era más de amigos que de cliente-consultor. A medida que seguía pasando el tiempo me sentía más y más atraída hacia él. No era solamente su físico, él era tan buena persona, amable, trabajador, honesto, respetuoso y sincero que su esposa tenía mucha suerte de haberlo encontrado.

    Cada nuevo detalle que iba descubriendo de él hacía que me interesara aún más. Me encontré buscando excusas para rozar suavemente su hombro, sus brazos o simplemente para estar más cerca de él, sentía la necesidad del contacto con su piel. Los días que trabajábamos juntos me vestía especialmente para él, para que me mire, para que le guste, pero nada. Julián era amable con todo el mundo, así que era muy difícil distinguir si me daba algún trato especial o no.

    De un día para el otro, me percaté de que comenzó a tratarme un poco diferente a las demás personas. Me cuidaba mucho, sabía que era muy friolenta y apagaba el aire cuando veía que yo sentía frío o me traía algún abrigo, se preocupaba porque pudiera comer a tiempo, me traía cada tanto un tecito caliente y me preguntaba cada vez más cosas personales sobre mi vida.

    Sin buscarlo empezamos a vernos fuera del trabajo, cuando salíamos de la empresa íbamos a tomar algo juntos por los alrededores para hacer tiempo, íbamos al cine, sino lo acompañaba a la facultad o donde tuviera que ir ya que me encantaba estar con él. Hacíamos juntos las cosas que nuestras parejas no querían hacer con nosotros, o a lo que no nos acompañaban, también aprovechábamos los días que nuestros compañeros salían con sus amigos para vernos y no estar solos.

    Cada vez teníamos más confianza y podíamos hablar de cualquier cosa, quejarnos de nuestras respectivas parejas o simplemente compartir nuestras tristezas y alegrías. Julián era la primera persona que yo llamaba cuando me pasaba algo importante, y él hacía lo mismo, nos queríamos mucho. Una noche en que nuestras parejas habían salido me invitó a su casa, así cocinábamos y cenábamos juntos unas nuevas recetas que había aprendido.

    Llegué a su casa, y Julián estaba con una camisa negra semiabierta y un pantalón clarito de vestir, le dije sin dudar que estaba muy sexy y empezó a reír (pero yo lo decía en serio), yo tenía puesta una pollera corta y una blusa. Nos pusimos delantales de cocina y empezamos a preparar la comida, no podíamos parar de reírnos mientras cortábamos las verduras, la cocina era chiquita y entre los dos hacíamos bastante lío pero lo disfrutábamos mucho, me sentía en las nubes cuando se colocaba detrás de mí apoyándose contra mi cuerpo y tomaba mis manos para ayudarme a cortar con ese cuchillo gigante.

    Preparamos una crema de calabaza, arroz al curry con hongos y para terminar una mousse de frutillas. Mientras él terminaba con los últimos toques de la comida y decoraba los platos, fui a colocar un sahumerio de sándalo, unas velas para alumbrar la mesa y un centro de flores. Cuando finalmente apareció con los platos de crema de calabaza se seguía riendo de todo el lío que habíamos hecho y la hermosa mesa que preparamos para cenar siendo que siempre comíamos a las apuradas. La crema estaba riquísima, bien condimentada, con un leve sabor dulce y picante.

    Comimos despacio mientras seguíamos charlando, así llegó el arroz al curry que también estaba riquísimo y picantito y finalmente la mousse de frutillas que era gloriosa, Julián me dio a probar la primer cucharada en la boca porque estaba orgulloso de como había salido su postre. Cuando terminamos de comer tomamos un tecito para hacer sobremesa y nos fuimos a lavar los platos.

    Me ofrecí a lavarlos ya que Julián había hecho mucho más en la cocina que yo, empecé a hacerlo y Julián estaba colocado detrás de mí (continuaba apoyándome) y me los iba alcanzando mientras hacía bromas porque yo lavaba muy rápido. Me di vuelta para decirle algo y me encontré contra la mesada tan cerca de su cuerpo y de sus labios que me quedé sin aliento, sin pensarlo acercamos aún más nuestras bocas y nos besamos.

    El beso fue intenso, desesperado, hacía mucho tiempo que nuestros cuerpos nos pedían a gritos ese tipo de contacto y nuestras mentes no lo permitían. Su lengua ávida penetraba cada vez más profundo en mi boca y sus manos comenzaron a tocar mis pechos colándose impetuosamente bajo mi blusa, nunca imaginé que albergara tanta pasión en su interior bajo esa apariencia tan calma y serena. Besó apasionadamente mi cuello del lado más sensible (¡sabía que eso me volvía loca! no debí habérselo contado) mientras yo respiraba entrecortadamente y disfrutaba del roce de su sexo duro e hinchado contra el mío.

    Deslizó sus manos bajo mi falda, acarició mi vagina depilada por sobre la tanga, luego la corrió e introdujo uno de sus dedos, susurrándome al oído “Estas toda mojada putita, te voy a coger toda”, sus palabras me hicieron perder el control y me dejé llevar por la situación. Mi vagina se terminó de empapar y le pedí a gritos que me la metiera de una vez. Abrió su pantalón, bajó su bóxer, me subió a la mesada de la cocina y me la introdujo entera mientras seguía apelando a mi morbo con sus palabras y estimulaba mi clítoris con sus dedos.

    Yo redoblé la apuesta y contesté a sus palabras con frases que salían de lo más profundo de mi ser: “soy tu puta” “como me gusta tu verga” “metémela hasta el fondo”. No pude aguantar mucho porque estaba terriblemente excitada, y terminé en un orgasmo de escándalo que hizo temblar todo mi cuerpo. Me di cuenta que él también estaba muy cerca de acabar y solté la frase justa “llename toda la concha de leche”, Julián apresuró sus movimientos y culminó con un profundo gemido.

    Nos quedamos unos minutos abrazados en la misma posición, hasta que le pedí si podía pasar al baño. Sentía un poco de vergüenza por la situación y no sabía que decirle cuando volviera y lo mirara a la cara, pero la verdad que no me arrepentía de nada, ese hombre era un animal salvaje, nunca imaginé que podría excitarme tanto y hacerme perder ese autocontrol del que siempre presumo.

    Me higienicé un poco, me acomodé la ropa y regresé a la cocina. Él ya había ido al otro baño y se había acomodado la ropa, nos miramos por unos segundos sin saber qué decir y comenzamos a reírnos. Decidí romper el hielo y decir algo:

    A: Te lo tenías bien guardadito ¿eh? Nunca imaginé que fueras tan apasionado…

    J: Disculpame, yo no soy así… pero vos me volvés loco y…

    A: Ya está, no tenés nada de que disculparte, esta cena fue divertidísima (sonriendo pícaramente). Me voy a ir porque en cualquier momento va a llegar tu esposa y la verdad que hoy no querría encontrármela…

    Me pegué a su cuerpo y le di un beso apasionado para despedirme, sentirlo junto a mí y disfrutar esos labios me hizo recordar lo que había pasado hace un rato y volví a excitarme. Quería dejar en claro que por más que cada uno tenga sus propios compromisos no quería que fuera la última vez, necesitaba volver a sentirlo.

    A: ¿Cuando tenés el próximo día de estudios?

    J: ¿Eh?

    A: Así vengo y te ayudo a estudiar, no te la vas a llevar de arriba tan fácil.

    J: (Recién comprendiendo) El viernes próximo, pero no creo que pueda esperar hasta ese día para que me ayudes… faltan como 8 días… necesitaría ayuda mañana en el trabajo…

    Volví a ver en sus ojos esa misma mirada de deseo que le había visto hace un rato, eso me indicó que él tampoco quería que esto termine y lo había disfrutado tanto como yo. Me fui a mi casa, mi esposo todavía no había llegado, me di un largo baño y acaricié mi sexo pensando en Julián, me estremecí tan sólo de imaginar sus labios en mi entrepierna.

    Al día siguiente nos tocaba trabajar juntos y como buena putita no me puse corpiño y me puse una pollera para poder “ayudarlo” más fácilmente. Cuando llegué y lo ví me di cuenta que nuestra relación había cambiado sustancialmente, lo seguía queriendo muchísimo, pero lo deseaba tanto que no podía esperar a sentirlo dentro de mí, me descubría mirando furtivamente su paquete y recordando esa verga que me había hecho ver la gloria el día anterior.

    Al mediodía cuando todos fueron a comer, Julián me tomó de la mano y me llevó raudamente a la salita de sistemas. Nos empezamos a besar desesperadamente como la noche anterior, Julián acariciaba mis pechos por sobre la remera y yo me tomaba de sus glúteos para sentir toda la magnitud de su verga contra mi sexo. Deslizó su mano bajo mi falda, quitó mi tanguita y la guardó en su bolsillo.

    Mientras acariciaba los labios de mi vagina, se acercó a mi oído y me susurró “Te voy a chupar toda la concha”, otra vez me había hecho lo mismo, encima él sabía lo mucho que me gustaba el sexo oral. Me excité tanto que me empapé toda y pensé que iba a acabar en ese momento. Me subió al escritorio, se sentó en una de las sillas y me abrió las piernas para ocuparse de mi sexo. Cuando sentí la humedad de su boca en mi vagina pensé que iba a explotar de placer, Julián devoraba ávidamente mis labios y lamía mi clítoris con delicadeza, yo tenía que morderme la boca para que no escucharan mis gemidos en toda la planta.

    Ya no daba más y quería sentirlo dentro de mí así que le acaricié la cabeza para indicarle que ya era suficiente. Julián corrió la silla, liberó su pija del pantalón, me puso de espaldas a él apoyando mis manos contra el escritorio y me susurró “¿Querés mi pija puta? Pedime que te la meta”. Le susurré que me la meta toda y me la enterró de una sola embestida mientras amasaba mis tetas.

    Entre el morbo por las cosas que me decía al oído y la adrenalina de la situación ya que podría entrar alguien a la salita en cualquier momento, después de algunas embestidas no pude más y me corrí en un intenso orgasmo, Julián no duró mucho tiempo más. Una vez que terminamos se quedó unos instantes dentro de mí y le pedí mi tanguita, pero se negó y me dijo que era un recuerdo y que no me la iba a dar, que lo excitaba pensar que iba a estar todo el día con la conchita al aire chorreando su semen.

    Como me excitaban esos arranques de macho dominante que tenía, si no hubiera estado por terminar el horario de almuerzo lo hubiera vuelto a coger sin miramientos. Fui al baño de la empresa a higienizarme y arreglarme la ropa.

    Cuando volvimos a la oficina algunos de sus compañeros ya habían regresado del almuerzo y nos preguntaron dónde habíamos ido a comer, y el muy descarado respondió que encontramos un lugar donde se come demasiado bien. Encima nadie sospecharía algo así de él, con esa actitud amable, serena y respetuosa que tenía siempre nadie podría imaginarse que acababa de tener sexo prohibido en la salita de sistemas.

    Siguieron pasando los días y el sexo entre los dos era como una droga, ambos necesitábamos sentirnos con frecuencia y armábamos toda una serie de artimañas para poder encontrar un momento para amarnos. Nos sentíamos confiados y liberados estando juntos, sabíamos que el otro podía entender y concretar todas nuestras fantasías más celosamente guardadas de las cuales nuestras parejas ni siquiera sospechaban. Pero no era sólo sexo, disfrutábamos muchísimo estar juntos.

    Un día nos dimos cuenta que pronto se acercaban las vacaciones y nos preocupamos bastante por tener que pasar 15 días separados, así que se nos ocurrió un plan: saldríamos a bailar las 2 parejas para conocernos y luego nos iríamos de vacaciones juntos. Yo sé que suena descabellado y es muy difícil que funcione en la práctica, pero en ese momento nos pareció una solución perfectamente viable para no dejar de estar juntos.

    Organizamos la salida, nuestras respectivas parejas protestaron un poco por tener que salir con una pareja de desconocidos, pero les dijimos que éramos amigos de la facultad desde hace muchos años. Esa noche me arreglé muchísimo, estaba despampanante y era sólo para él, para estar hermosa ante sus bellísimos ojos. Me puse un vestido negro bien ajustado al cuerpo, con un buen escote y bastante corto, no me puse tanga porque sabía que a él lo volvía loco saber que estaba sin ropa interior.

    Llegamos al lugar con mi marido y ellos ya estaban en la puerta esperándonos, nos saludamos cordialmente y pude notar como Julián me devoraba entera con los ojos. Su mujer era bonita y muy amable, en un primer momento sentí un poco de culpa por lo que estábamos haciendo y me replanteé nuestra estrategia, pero mis sentimientos hacia él me instaron a seguir adelante.

    Entramos a la disco y nos pusimos a bailar, era muy extraño y angustiante verlo con su mujer, pero yo siempre supe que él era casado y sabía en lo que me estaba metiendo. Después de un rato que pareció eterno pudimos cambiar de pareja y bailar juntos, tratábamos de no acercarnos demasiado para que no sospecharan nada.

    Como al descuido se me acercó al oído y me susurró: “Estás preciosa, me está matando no poder tocarte toda y cogerte hasta que me pidas por favor que pare”. Sonreí como si me hubiera dicho algo divertido para que no se dieran cuenta y le contesté “Estoy toda mojada, caliente y sin tanga todo por tu culpa, algo vas a tener que hacer al respecto”. Julián intentó esbozar una sonrisa para seguir el juego, pero me miró con los ojos llenos de deseo y se mordió los labios. Volvimos a cambiar de pareja, yo no podía dejar de pensar en lo que me había dicho Julián así que fui a la barra a buscar un trago para refrescarme un poco.

    Estaba en la barra tomando mi trago cuando recibí un WhatsApp de Julián diciendo que vaya al baño y cuando llegue lo llame por celular. Obedecí sin dudar, terminé el trago y fui directo al baño. Desde ahí lo llamé y me di cuenta que el hacía como que era una llamada de trabajo para poder escaparse. Vino rápidamente al baño a buscarme, nos encerramos en uno de los toilettes grandes para discapacitados, me apoyó contra la pared y empezamos a besarnos y tocarnos con desesperación. Sacó mis pechos del vestido y empezó a lamerlos golosamente, metió sus manos bajo mi ropa para confirmar que no tuviera tanga y suspiró ahogadamente.

    Yo desabotoné sus pantalones y tomé su erguido miembro en mis manos, comenzamos a masturbarnos mutuamente. Julián me volvía loca, cuando estábamos juntos no respondía de mí. En un determinado momento me subió el vestido y me dijo “Preparate puta que te voy a partir toda”, puse mis piernas alrededor de su cintura y me penetró. Mientras me embestía salvajemente me susurraba al oído “Viste que putita que sos, como te gusta que te meta la pija mientras tu marido y mi mujer están ahí afuera esperándonos” y cosas por el estilo, el morbo del lugar y la situación nos llevaron al orgasmo muy rápidamente.

    Cuando terminamos nos besamos apasionadamente, tuve que acomodarme todo el vestido y retocar mi maquillaje y peinado porque estaba hecha un desastre, volví primero comentando que me sentía mal y que algo que comí probablemente me había hecho daño. Un buen rato después volvió el con el teléfono en la mano y comentó que había habido problemas con una implementación que se hacía el fin de semana, pero por suerte pudieron solucionarlo. Nos sentamos en una mesita a tomar unos tragos y después de charlar un rato decidimos sacar a colación el tema de las vacaciones.

    Yo comenté que este año teníamos planificado el caribe, él comento que ellos también pero el precio era un poco alto y que había promociones especiales 2×1 en caso de viajar dos parejas en la misma fecha, con lo cual el viaje quedaría a mitad de precio (esto no era cierto, pero la diferencia la íbamos a poner nosotros). A nuestras respectivas parejas les pareció una opción interesante y quedamos en hablarlo en la semana, la estrategia ya estaba en marcha.

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  • Masaje masculino (1)

    Masaje masculino (1)

    En una red social empezó a aparecerme como sugerencia de amistad un perfil de una persona, hombre, que realiza masajes masculinos. El perfil era de lo más normal: masajes deportivos, descontracturantes, relajantes… Me llamó la atención levemente, pero no envié ninguna solicitud.

    Con el paso del tiempo, el estrés de la rutina, la monotonía del día a día, un día se me ocurrió contactar a esta persona (con mucha frecuencia me aparecía la sugerencia) y probar un masaje para salir un poco de la rutina.

    La persona me respondió muy amablemente, explicándome brevemente sobre el tema, por lo que le pregunté cuánto costaba; me pareció razonable. Entonces decidí regalarme con un masaje, pero por cuestiones de tiempo y trabajo se fue postergando, hasta que un día finalmente pude encontrar, o mejor dicho hacerme un tiempo y coordinamos una sesión.

    Aclaro que soy heterosexual, aunque tengo mis fantasías bisexuales. El hecho de ir a una sesión de masaje con un hombre me daba algo de morbo, pero era mínimo, casi imperceptible.

    Al llegar me invitó a pasar a un cuarto, donde había una camilla para masajes, un banco de madera, y un mueble. El ambiente estaba perfumado por un sahumerio encendido.

    Me indicó que me quite la ropa, la cual dejé sobre el banco; pero al verme en calzoncillos me dijo que “toda la ropa”, así que me desnudé completamente. El masajista vestía un pantalón corto y una remera.

    Luego me pidió que me acueste en la camilla, boca abajo. Lo hice, extendiendo los brazos a los costados, con las palmas de las manos abiertas hacia arriba.

    Puso música relajante y luego sentí sus manos en mis hombros, se había puesto aceite, y empezó con el masaje. Hombros, espalda… cuidando siempre de tener el aceite suficiente.

    Realmente se sentía muy relajante; cerré los ojos, me relajé y dejé que fluya.

    Luego pasó a masajearme los pies, subiendo por las piernas. Primero una, luego la otra. Subía con los masajes hasta casi las nalgas, por la parte exterior; luego por la parte interior.

    Al masajear la parte interior, subiendo hasta casi las nalgas, sentía cómo disimuladamente rozaba con los dedos mis testículos. Lo hacía disimuladamente, breves toques, como al pasar; la sensación no era para nada desagradable, al contrario: estaba empezando a excitarme.

    En un momento cambió de posición, para masajearme desde la cintura hacia abajo, abarcando todas las nalgas. Se había puesto a mi lado; yo tenía los brazos extendidos al costado, con las palmas abiertas hacia arriba, y de pronto siento que rozaba su entrepierna por la palma de mi mano. No sé en qué momento se quitó el pantalón, quedando en calzoncillo, y podía sentir como se frotaba por mi mano. No sé por qué, pero me dio gracia, y decidí acariciarle con los dedos los testículos por sobre el calzoncillo cuando se frotaba por mi mano.

    Mientras pasaba esto, él continuaba masajeándome las nalgas, acercando cada vez más los dedos a mi culo. Como una reacción, involuntaria, separé un poco mis piernas, facilitando que sus dedos se deslicen más por el interior de mis nalgas. Sentir sus manos aceitadas deslizándose por mi cuerpo, sus dedos cada vez acercándose más a mi ano, me estaba excitando mucho. Cuando por fin pude sentir su dedo aceitado pasar suave y lentamente por mi ano; no pude contener un suspiro, casi un gemido. Él lo advirtió. Yo separé un poco más las piernas. Su dedo acariciaba mi ano. Se sentía delicioso.

    Sentir su dedo frotando mi ano me tenía a mil. Pero también sentía sus testículos, calzoncillo de por medio, frotar por mi mano; se inclinó un poco, para hacerme sentir su verga en la palma de mi mano. Se advertía no gran tamaño, estaba morcillón, y la tela del calzoncillo, a la altura de la cabeza del pene, estaba pegajosa de jugo preseminal.

    Llegado un momento retiró la mano de entre mis nalgas, pero un instante después volví a sentir su dedo acariciar mi ano, esta vez con bastante aceite… En una de las caricias siento como empieza a presionar, y su dedo empieza a introducirse en mi culo, suavemente. Muy suavemente. No puedo evitar un gemido. Retira un poco el dedo, sin sacarlo completamente, para volver a introducirlo más. Otro gemido. Y el movimiento empezó a repetirse acompasadamente, así como también mis gemidos.

    Se sentía maravilloso, no quería que termine nunca. Tenía su dedo completamente dentro de mi culo, me estaba follando muy rico.

    Pero de pronto paró. Quitó su dedo de mi culo.

    Se aceitó las manos, y volvió al masaje, esta vez bajando desde mis nalgas hasta mis testículos, que me los masajeó con sus manos llenas de aceite.

    Yo estaba que volaba…

    Pero se detuvo. Me dio una nalgada, y me pidió que me de vuelta, quedando boca arriba.

    A pesar de la excitación, mi pene estaba morcillón, largando mucho jugo preseminal.

    Se aceitó las manos, y empezó a masajearme el abdomen, subiendo hasta mi pecho; ahí se entretuvo acariciando mis pezones con sus dedos. Eso me excitó aún más, mis pezones se endurecieron, y mi pene se puso muy duro.

    Dejó mis pechos, se puso más aceite, y pasó a masajearme los testículos. A veces suave, a veces ejerciendo un poco de presión.

    Mi excitación aumentaba, mi cabeza volaba. Abrí los ojos, pude ver que me miraba fijamente, con cara de lujuria; seguramente mi cara era similar. Acerqué mis manos a mis pechos y empecé a acariciarme los pezones, mi pecho había quedado aceitado.

    Mi pene estaba durísimo, algunas gotas de jugo brotaban de la cabeza.

    El masajista me masajeaba los testículos con una mano, la otra acercó a la base de mi pene, rodeándolo con los dedos pulgar e índice, cerrándolos y haciendo presión. Desde la cabeza de mi pene se escurrían mis jugos…

    Me miró, se inclinó, e introdujo la cabeza de mi pene en su boca. Sentir lo que me hacía con la lengua era indescriptible.

    Al quitar la boca, mi pene estaba bañado de mis jugos y su saliva. Quería que siga, la sensación era demasiado buena como para interrumpirla, pero la interrumpió…

    Mientras me chupaba la cabeza del pene, no había dejado de masajearme los testículos. Al sacar la boca, también interrumpió los masajes; pero se puso más aceite y deslizó su dedo hasta mi ano. A medida que me metía un dedo en el culo, se metía mi pene en la boca, esta vez más que la cabeza. Con los dedos de la otra mano mantenía presionada la base de mi pene.

    El movimiento de su dedo estaba sincronizado con el de su boca. Lento, luego más rápido, y más rápido…

    Sentía que estaba por explotar, pero no podía, y tampoco quería.

    Cuando ya no daba más, quitó rápidamente la boca de mi pene, liberó la presión de la base de mi pene y puso la palma de esa mano sobre la cabeza, mientras con la otra mano seguía follándome el culo.

    Empecé a eyacular de tal manera que me pareció interminable. Los chorros llegaban a la palma de su mano, para caer sobre mi cuerpo.

    Mientras eyaculaba, empezó a bajar el ritmo de su dedo dentro de mi culo, pero sin detenerlo hasta que dejé de largar semen. Cuando por fin terminé, retiró el dedo.

    La sensación era maravillosa, nunca me había sentido así.

    Mi abdomen y entrepierna estaban bañados de semen, jugos, y saliva.

    El masajista me limpió cuidadosamente, y evidentemente la sesión había terminado.

    Cuando me retiré estaba más que relajado, todo el estrés se había liberado, me sentía como nuevo.

    Me propuse volver en algún momento para otra sesión…

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  • Micaela y sus sobrinos (7)

    Micaela y sus sobrinos (7)

    Anteriormente:

    Micaela creyó estar sola en su casa y tras un tiempo de lágrimas, culpa y bronca se pone a tomar sol con la tanga roja manchada con el semen de sus sobrinos, se saca una foto y la sube a las redes sociales.

    Recibe muchas reacciones, pero ninguna de sus sobrinos. Entonces solo se decide a seguir tomando sol, abstraída con auriculares tiene recuerdos de los cuerpos de sus jóvenes sobrinos.

    Todo lo vivido la noche anterior la lleva a tocarse en sus profundidades a tal punto de que culmina con un espectacular orgasmo al tiempo que abre sus ojos y ve al costado de la entrada de la casa a sus sobrinos mirando.

    Allí se acerca como una gata en celo, con sus fluidos cayendo por sus muslos, mezclados con el sudor de un cuerpo que estuvo al sol caliente del verano de Buenos Aires.

    Llega contoneándose hasta sus sobrinos, y les hace abrir la boca, pone sus dedos húmedos de sus fluidos al tiempo que les dice que:

    “esto lo causaron ustedes, así que se lo van a comer”

    El calor es insoportable.

    Micaela da media vuelta y camina mostrando su hermoso culo que solo tiene de adorno un poco de tela roja de la tanga que se mete entre sus nalgas.

    Se zambulle a la pileta como una sirena y espera que sus sobrinos la sigan.

    Ellos se sacan la remera y el calzado, caminan con los shorts a paso apresurado

    Se tiran de cabeza a la pileta y se encuentran refrescándose los tres muy cerca.

    Ellos la miran a ella como a una presa. Micaela sabe bien que la que caza es ella.

    Se encuentran frente a frente. Micaela pone una mano en cada pecho de sus sobrinos.

    Aprovecha que el agua es un velo para cualquiera que estuviera viendo desde afuera y sumerge sus manos al bajar por los pectorales de sus sobrinos.

    Por debajo del agua araña los abdominales formados y duros de Marcos y Agustín.

    Ella los mira a los ojos de manera lasciva, ellos inmaduros se ven invadidos por los nervios y alternan entre mirarla a ella, a sus tetas al fondo y a los costados como si temieran que alguien estuviera siendo espectador.

    Sus manos llegan hasta sus shorts y tira inmediatamente hacia abajo. Se ayuda con sus pies y toma las prendas de sus sobrinos dejándolos desnudos en el agua.

    Con malicia se sumerge y los rodea buceando inspeccionando los enormes miembros de Marcos y Agustín.

    Como una sirena los rodea nadando rozando sus muslos, sus glúteos y acaricia los testículos de cada joven.

    Sale solo para tomar aire y vuelve a zambullirse, pasa entre medio de ellos y va hacía la escalera.

    Allí sale de manera sensual sacando cola para que sus sobrinos se deleiten con cada movimiento.

    Vuelve a la reposera y mira a sus sobrinos que están allí sin saber qué hacer.

    Le dice a Marcos que salga y que Agustín espere en la pileta.

    Marcos sale lanzado nadando y llega hasta la escalera.

    Desnudo sube y Micaela mira en detalle sus partes bajas. Está totalmente excitado, su juventud lo acompaña y al hacer su aparición en la superficie muestra el poderío de sus 24 cm y el ancho de sus 6 o 7 cm.

    Está totalmente depilado, sus enormes huevos se bambolean y chorrean el agua que se desliza por el cuerpo.

    Micaela ve esa bestia bambolearse y como sale de la pileta hacia ella.

    Marcos llega hasta la reposera. Micaela le da la orden a Agustín de que salga de la pileta.

    Como si estuviera en una competencia, Agustín se lanza en un frenético nado hacia la salida. A diferencia de su hermano sube de un salto hacia el exterior.

    Al igual que su hermano está con un mástil que sobrepasa los 20 cm totalmente en rigidez.

    Se ponen uno a cada lado y ella toma con sus delicadas manos cada miembro.

    Comienza a masturbarlos, y siente el calor de esos poderosos penes jóvenes.

    Ahora los puede ver completos, puede apreciarlos.

    Están chorreando agua de la pileta en sus cuerpos, pero el calor abrazador los seca inmediatamente y ahora comienzan a transpirar.

    Micaela trabaja lentamente, los cuarenta grados de temperatura no es nada con el calor que emanan los cuerpos jóvenes que tiene a cada lado.

    Pierde la noción del tiempo, no tiene apuro, quiere disfrutar de lo que tiene en sus manos. Llega hasta la base de los troncos y va hasta el glande, un recorrido larguísimo.

    Nada que ver con los 14 cm de su esposo, nada que ver con el grosor de 5 cm de su esposo. Su mano lo cubre fácilmente y últimamente la performance dejaba que desear.

    Aquí le costaba cubrir el grosor, sentía el relieve de unas venas enormes, y los glandes eran lo suficientemente grandes como para que pensara en como abriría a la mujer que fuera afortunada de recibirlo.

    Las tetas grandes de Micaela se bambolean siguiendo el ritmo, sus pezones erectos muestran que está excitada.

    Agustín intenta llevar su mano a uno de sus pechos y ella con una mirada recia le da a entender de que ella es quien tiene el control y la que permite quien toca y quien no.

    Los glandes están húmedos del líquido preseminal y al ver esas gotas no se resiste.

    Micaela abre sus labios maduros y va hacia el glande de Marcos, recolecta el líquido y va a buscar el de Agustín.

    Comienza a succionar uno y otro y sus manos siguen estimulando.

    Su lengua trata de enredar los penes de sus sobrinos y juega con ellos. Sus sobrinos empiezan a gemir.

    Ella alterna miradas hacia sus caras, y vuelve a tratar de ver el largo de lo que se está comiendo.

    Mira las expresiones de placer de ellos y también se hipnotiza con el bamboleo de los huevos de sus sobrinos.

    Trata de llevar sus manos de tal forma que el bamboleo de sus testículos choque con su mano.

    Se tienta y va directamente a agarrar los huevos de Agustín. Son más grandes que los de Marcos, cuelgan más largos, son como cencerros.

    La saliva de Micaela chorrea por los falos, es tal la excitación que produce mucha saliva. Está chupando y tratando de comer lo más que puede.

    Mientras mira a Marcos y está chupando siente la contracción previa a la eyaculación.

    Marcos lanza gemidos que se escuchan seguro en las casas linderas.

    Expulsa mucha leche dentro de la boca de su tía.

    A Micaela le sale por la comisura de los labios y sigue chupando mientras siente el latido de ese poderoso miembro.

    Sin dejar de masturbar a Agustín saca su boca de la pija de Marcos dejándolo limpio y brillante.

    Va hacia el miembro de Agustín y sostenida del pene de Marcos juega con su lengua como ella sabe.

    Agustín no tarda en responder y expulsa también mucha leche.

    Micaela saca su boca antes de que acabe y se pone a distancia para recibir con furia las eyaculaciones de su sobrino menor.

    Golpean los chorros en su cara, y caen también gotas en sus pechos.

    Con su mano exprime ambos miembros y saca las últimas gotas con su lengua.

    Se recuesta en la reposera, llena de semen en la boca, la cara, el pecho, totalmente transpirada.

    Les dice a sus sobrinos que vayan a refrescarse a la pileta.

    Pronto tendrán que seguir con los caprichos de su tía.

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  • Economista y prosti: Un excepcional nuevo hombre en mi vida

    Economista y prosti: Un excepcional nuevo hombre en mi vida

    ¡Hola! ¿Cómo están?

    ¡Se concretó! Hace varios meses, desde poco después de emputecerme, en realidad, habíamos hablado que tarde o temprano se daría el hecho de que alguien relacionado a Tommy me cogería.

    Y se dio, y fue bueno y gratificante pues pudimos hacerlo coincidir con un gran salto en su carrera.

    Desde siempre, he concurrido a las reuniones sociales que se hacen dos o tres veces al año en la compañía donde trabaja mi esposo. Reuniones a las cuales siempre concurro vestida seriamente, aunque tratando de estar linda y elegante.

    Lógicamente a esas reuniones concurren muchas personas, en general personal de la compañía, Sres. con sus esposas o novias y Sras. con sus esposos. No lo niego. Pese a vestirme sería, los vestidos de fiesta siempre sugieren o muestran algo, y en cada fiesta siempre tengo algunos “admiradores silenciosos” que se limitan a mirarme (cosa que de inmediato apreciamos las mujeres) o que se acercan a conversar un rato de lo que sea. Por cierto, jamás nadie me ha hecho insinuación alguna.

    Uno de los que mira y se acerca siempre a conversar, es el dueño de la compañía, propietario del 100% de las acciones y presidente del Directorio.

    Pese a que concurre con su esposa, siempre se las arregla para conversar a solas conmigo, Tommy nos da espacio, y por otro lado, nos conocemos con su esposa, y nada especial ha ocurrido.

    Pero… en octubre del año pasado, 2024, falleció un Director de la empresa, son tres directores, Presidente (el dueño absoluto), Director de Ventas y Finanzas, y Director de Operaciones (logística, fabricación, planificación industrial).

    El fallecido fue este último. Y había en principio dos o tres candidatos a tomar su cargo. Uno de ellos Tommy, que gustaba del cargo, obviamente, pero no “hizo campaña” ni buscó apoyos en forma evidente.

    Finalmente, el Presidente se decidió y en febrero nombró a Tommy. ¡Ahora es Director! Aunque en realidad los dos Directores subordinados saben que solamente son “asesores de lujo” del dueño.

    De todos modos, es un ascenso importante para mi amor, prestigio, más dinero, y la posibilidad de bono a fin de año, según resultados. Y no es de despreciar la cercanía a la persona con mando absoluto.

    Mientras tanto, asumió su cargo y prepara a fondo a su sucesor, pues aunque ya pertenecía a la compañía, siempre hay cosas que deben transmitirse a alguien nuevo en el cargo.

    Todo esto llevó a que Tommy esté mucho más cerca del dueño, reuniones casi diarias, visitas a otras compañías etc. También más actividad social desde que el cargo quedó vacante, y más ahora, con el nombramiento ya efectuado, muchas veces con esposas.

    Y siempre, con Sam, llamémoslo así al dueño, dedicándome tiempo y miradas. Hace dos semanas, vueltos de Paris, después de una gestión en un ministerio, decidieron, decidió Sam, almorzar en el centro y sugirió a Tom que me invitara para seguir conociéndonos. Llamada de Tom y aceptación mía, que pedí dos horas libres en la Asesoría, para disgusto de mi jefe.

    Llegué justo cuando ellos dos se sentaban a la mesa, vestida de oficina, pero con mi camisa digamos que con un botón desprendido más de los comunes.

    En el trabajo uso soutien, pero de todos modos se vislumbraba más que de costumbre, y con el calor a pleno, debí quitarme la chaqueta.

    Todo fue muy normal, pero las miradas fueron particularmente intensas. Así como la conversación, en gran parte dirigida a mí y con sonrisas.

    Con Tommy ya vimos que no había dudas, ¡le gusto! Regresando a la compañía, Sam le comentó a Tommy que es muy afortunado de tener una esposa tan simpática y sociable, a lo cual Tommy respondió que sí, y que además él me considera muy bella. La respuesta de Sam: “¡claro que sí!”.

    Nos preguntamos esa noche en casa, si sería momento y persona adecuados para incorporar alguien del círculo de Tommy a mi círculo íntimo. Desde luego, no se nos ocurrió que pudiera gratificarme sino con sexo, el dinero está descartado con alguien así. Tampoco pensábamos darle todos los detalles (papá, mi suegro, por lo menos al comienzo) y al principio tampoco hablarle de mis “clientes”.

    Y decidimos que sí, que lentamente trataríamos de atraerlo. ¡Claro que lo de “lentamente”, puede ser relativo!

    El primer paso fue decirle cuan bien lo había pasado yo almorzando con ambos cuando los dos habían ido juntos al Centro.

    Fue suficiente para que una semana después repitiéramos almuerzo, y yo, alertada por Tommy antes de salir de casa, elegí una blusa, abotonada a la espalda, pero bastante ajustada que resaltaba muy bien una de mis fortalezas, mi zona frontal. Si piensan que atraje la atención de Sam, aciertan plenamente, ja ja.

    Luego vino una invitación a cenar a casa, los tres matrimonios, el de Sam y su señora, el del otro Director, que estuvo de acuerdo en nombrar a Tommy, y nosotros; como agradecimiento por el nombramiento de Tommy. “Nada formal”.

    Fue una hermosa velada, con cena fría, y yo me vestí de Sra. joven, ja ja, para no escandalizar a las otras damas, pero sí llamar un poco la atención. Tacazos, pantalón negro brillante bastante ajustado, que marcaba muy bien mi trasero y a veces hasta mi raja; y como complemento, un top negro con pedrería, que también marcaba sin exagerar la belleza de “mis gemelas”.

    Cuando una de las Sras. me comentó “¡Ayyy Sofía , que lindo tener tu edad y poder vestirte como la joven que eres!” Me sentí muy complacida. Aclaro que ellas están en sus cincuenta y algo.

    Por supuesto Sam y Sra. tomaron la iniciativa que ahora deberíamos llamarnos por los nombres de pila, sin formalidades, al menos en privado, e intercambiamos números de teléfono.

    Tomando café en la sala de casa, traté de ubicarme de tal manera que Sam quedara enfrente a mí y pudiera apreciar como a veces se metía el pantalón en mi conchita, pues había omitido totalmente el uso de tanga, aunque sí usé soutien.

    Al terminar la reunión, al momento de despedirnos, traté y logré al momento de dar el tradicional beso en la mejilla, que con Sam fuera un centímetro más cerca de los labios de lo normal y que la duración fuera de un par de segundos más. Imperceptible para todos, evidente para quien estuviera interesado.

    Normalmente, al día siguiente, las damas visitantes hubieran llamado para agradecer la invitación, y así lo hicieron muy gentilmente; pero también llamó Sam, para agradecer la invitación, y expresarme que lo habían pasado muy bien y felicitarme por mi elegancia, llamada que no era de esperar… evidentemente, había funcionado nuestra idea.

    Había que buscar una ocasión, y se dio cuando Sam pidió a Tommy que estudiara ciertos temas para luego discutirlos detenidamente ellos solos.

    Tommy sugirió, en acuerdo conmigo que reordené mi agenda (no se debe descuidar los clientes), que quizás dada la carga de trabajo en días de semana, podrían reunirse en nuestra casa en el campo sobre el Río el sábado de mañana. “Y si la conversación se nos alarga, almorzamos un asadito”. Al terminar, Sam, usted (lo dijo en singular) se puede volver a Montevideo y nosotros nos quedamos allá hasta el domingo. El mensaje estaba implícito, era reunión de trabajo y Sam iría solo, y nosotros en casa, estaríamos los dos. Y así lo planificaron (y planificamos).

    Viernes de noche, cumplí con Ricardo, un par de horas cogiendo y recordando lo bien que lo pasamos en París y luego directo con Tommy al campo.

    Trataré de dar menos detalles, pues esto como siempre va muy largo, pero siento que debo poner a mis lectores bien en contexto para que entiendan cómo me comporto.

    El sábado de mañana temprano ya estábamos levantados, y avisamos a Don Roque que ese día tendríamos una visita especial, que nos dejara solos y ya hablaríamos el domingo.

    Sobre las 8.30 de la mañana ya llegó Sam. Lo recibimos de la mejor manera posible, Tommy con un mate y pan de campo, y yo vista la temperatura de 27c.

    A esa hora, con un vestido solero blanco, muy liviano y corto arriba de la rodilla, con escote cuadrado, generoso, y sin nada debajo. Quejándome del calor como corresponde.

    Conversamos un ratito, Sam con los ojos clavados en mis muslos, bastante a la vista, y en mi escote, debajo del cual, mis bubis se movían libremente.

    Luego, los dejé trabajar en la sala, aunque me las ingeniaba para pasar de un lado a otro cada media hora más o menos.

    Sobre las 11.30 am anunciaron que prácticamente habían terminado. Recorrieron la casa y algo del exterior, y cuando retornaron Sam anunció que “habiendo terminado, debería irse”. Le rogamos que no, que ya el asado yo lo había puesto en marcha y ellos podrían terminarlo, y que yo había preparado las ensaladas mientras ellos trabajaban.

    Dijo que bueno, que se quedaba y llamó a su casa para que no lo esperaran pues seguiría trabajando de tarde.

    Una pequeña picada sirvió de aperitivo, acompañada con fresca limonada, y me ocupé de en todo momento inclinarme y mostrar generosamente el escote o los muslos.

    Almorzamos, con muy buen humor, yo me ocupé de sostenerle la mirada a Sam un par de veces que me miró fijo, y siempre festejé sus bromas.

    Por supuesto, pasamos a tomar café luego de la comida y el postre, y como casi siempre ese fue el momento clave

    Al servir el café, me incliné de tal manera que Sam tiene que haber visto mis tetas casi completas. Y me senté al costado de él, bien cerca, para que me viera el escote de costado, y casi enteramente los muslos, pues el vestido “se me subió un poco” al sentarme.

    Unos minutos de conversación, y manifesté que me retiraba a descansar un rato y los dejaba conversando de sus cosas de trabajo.

    Según me cuenta Tommy, hablaron un poco más de trabajo, ya derivando a lo que Sam espera de Tommy, a lo que Tommy piensa de su nuevo cargo, y entonces Tom derivó hacia un agradecimiento a Sam por su nombramiento.

    Y acto seguido, según el plan, Tom dijo a Sam que él y yo habíamos hablado sobre hacerle un regalo, algo que creemos que le gustará y que podrá disfrutar siempre que quiera.

    —Por supuesto que no deben regalarme nada, dijo Sam, he hecho lo que me parece mejor para mi empresa.

    —Sí, pero tenías otras alternativas, y Sofía está segura de que lo que te regalaremos es de tu gusto, sabes que las mujeres detectan ciertas cosas, aunque no sean evidentes para nosotros.

    —Muy cierto, estoy de acuerdo, se dan cuenta de todo.

    —Traeré tu regalo.

    Tommy se levantó y fue a buscarme a nuestra suite. Yo estaba ya duchada, completamente desnuda salvo stilettos blancos con taco metálico dorado. Mi cabellera, sujeta en un rodete bien tirante, sostenía tres metros de delgadísimo tul blanco que caía por mi espalda y llegaba al piso, formando una especie de cola de vestido de novia ( ese fetiche de novia me encanta).Por lo demás, nada de nada, solamente mi cuerpo totalmente expuesto, y algunas gotas de agua que rocié en mis pelitos del landing strip, para que brillaran a la luz del sol que entraba por las grandes ventanas. Me había mirado al espejo, y la verdad, ¡me gusté!

    Tommy me llevó del brazo a la sala donde estaba Sam, y al llegar frente a él dijo:

    —Este es tu regalo, estoy seguro de que te gustará.

    La cara de asombro de Sam era un poema…

    —No lo creo, atinó a decir.

    Tomé la palabra y le dije:

    —Sam, te estamos infinitamente agradecidos, y yo sé perfectamente que te gusto, una se da cuenta de eso, por favor tómame, acepta tu regalo, regalo que como Tom te dijo, podrás disfrutar siempre que lo desees.

    —Seguramente es una broma…

    —¿Qué clase de broma sería? Estamos solos, nadie filma, hicimos lo posible para que te quedaras…tienes que creernos, lo hacemos con placer, placer que queremos que compartas. Yo siempre he sentido que te gusto, cada vez más. No te pedimos nada a cambio, solamente placer mutuo.

    —¿Pero y tu Tommy? ¿La dejas hacerlo?

    —Ambos lo disfrutamos, ella ha descubierto que no soy el único hombre en el mundo, y disfrutará de tu compañía, disfrutará que la poseas, hoy no me sumaré, y otras veces, bueno, ustedes me dirán qué hacer.

    —No negaré que siempre me ha atraído Sofía, pero siempre la he respetado.

    —No te pido que me faltes el respeto, solamente me ofrezco para compartir placer y que también pueda algún día disfrutar Tommy con nosotros.

    —Jamás pensaría que esto pudiera ocurrir.

    —Pues está ocurriendo dijo Tommy.

    —Entonces, si lo permiten, esta casa de campo será sede de muchas reuniones de trabajo…

    Lentamente giré, Sam podía apreciar todo mi trasero apenas velado por el tul; y me fui hacia el dormitorio luciendo el movimiento de mi culo.

    Sam detrás no decía nada, impresionado por la sorpresa. ¡Y finalmente Tom, cerrando la fila!

    Ya en el dormitorio, me giré y vi que pese a estar vestido, Sam marcaba una evidente erección, y también mi querido marido.

    Tommy, desesperado por alargar el momento propuso: “Jefe, me encantaría desvestirla totalmente para usted y después dejarlos”.

    —¡Por supuesto señor Director!

    Es evidente que estos dos se van a llevar muy bien, pensé yo.

    Mi esposo me puso de espaldas a Sam, que me veía velada con el tul igual que mientras caminamos al dormitorio.

    Me desprendió primero el broche que sujetaba el tul a mi rodete, y lo dejó ser, ahora Tommy me vió sin barreras y dijo “¡Que cuerpo! ¡Que culo divino!

    Fue el momento que Tom soltó mi rodete, sacudí mi cabeza y mi pelo cayó en cascada sobre mi espalda. “Ufff“ escapó de los labios de quien me recibiría.

    Mi amor me giró, quedé de frente a mi nuevo macho (es el número 29, para alguien que me preguntó cuántas vergas me han penetrado). Los pelitos de mi concha brillando al sol por el agua que les dejé al ducharme, los pezones duros por mi excitación, mis largas piernas favorecidas por los tacos de 12 cm.

    —Los dejo…

    —Gracias amor.

    —Creo que te agradeceré siempre Director, ya te llamaremos.

    Sin tocarme, simplemente mirándome, Sam se desnudó totalmente, para su edad, una maravilla de verga quedó a la vista, no de las que apuntan hacia arriba, sino bien perpendicular al cuerpo, circuncidada, rosada, dura sin lugar a dudas, y su cuerpo denotaba algunos días de gym a la semana.

    —¡Cinco años mirándote en las reuniones, y cada vez más caliente! No pensaba que se me fuera a dar tenerte así.

    Se acercó y me acarició las tetas, que casi me estallan, yo no aguantaba más.

    Siguió sobándomelas, luego pasó a sobarme el culo, apenas me rozó el esfínter y las caricias fueron a mi concha. Reconozco que fue mi iniciativa, me prendí a besarlo con furor.

    No demoramos nada en enlazar nuestras lenguas, por suerte es buen besador, y besándonos caímos a la cama, estábamos besándonos, de costado, uno frente a otro. Instintivamente pasé mi pierna libre sobre las de él, regalándole la entrada a mi gruta de placer.

    Lo captó al momento, un par de movimientos y su glande rozaba ya los labios de mi concha. No sé por qué, pero estaba desesperada, hecha fuego. “Ponémela” le susurré. Buscó bien mi entrada posicionó la pija y de un solo movimiento, lento y sin detenerse, me la metió hasta que sentí su pubis contra mis pelitos.

    Nuestras salivas se mezclaban, sus manos estrujaban mis tetas que yo sentía arder como fuego, creo que mis pezones eran de piedra. Y en dos minutos de lento vaivén, el momento que yo tanto deseaba sin saberlo. Sentí en mi vagina sus chorros de leche, desesperado, acabó al poco tiempo de metérmela. No me importó, la sensación fue gloriosa. Y comencé (no debí hacerlo) a decirle al oído cuán puta soy desde hace un año y como gozo cuando me cogen y cuando me pagan. Le conté en susurros cuánto goza Tommy al participar o al verme.

    Cuando se le ablandó, se salió de mí, también su leche y mis jugos, que recogí con los dedos y llevé a mi boca.

    Tirados lado a lado le chupé un poco la verga, mientras su leche terminaba de escurrir de mi concha, me limpié y le di mi concha a chupar, lo hizo gozoso. Nos besamos, nos acariciamos, y me dediqué, ensalivando mi mano, a masturbar su verga a medio camino de la erección. Estaba encantado.

    Le pregunté si no le molestaban mis “confesiones” y me respondió que para nada le molestaban. Que mi belleza estaba por encima de todo y con tenerme se conformaba, sobre todo porque había sido iniciativa mía (nuestra en realidad). No le molesta que algunos me paguen, y cuando se enteró que Ricardo a quien no le cobro, me regala y nos invitó a París, dijo “es un hombre de bien, un caballero”.

    Poco a poco su pija ya estaba dura. Decidí que guardaría algunas de mis artes para el futuro y simplemente se la volví a lamer, ¡con lo cual volvió a ser una verga rocosa!

    Me tiré sobre su cuerpo y le dije: —Quiero montarte. Por respuesta, tirada sobre él me acarició largo rato el culo y las tetas hasta que me enderecé y me coloqué en posición sobre su pija.

    Con la facilidad que dan el deseo y la calentura desenfrenada, tomé su verga y la llevé a mi concha, donde entró con toda facilidad.

    Comencé a subir y bajar lentamente sobre su miembro, subiendo a veces hasta casi sacarlo de mi concha y dejándome caer hasta llegar a la raíz, mientras el plaf plaf característico, marcaba cuán mojada estaba yo..

    Y entonces, lo imprevisto.

    Comenzó a sonar el putifono que estaba en una de las mesitas que tenemos a cada lado de la cama.

    —¡Que molesto! Dije. —Mejor atiendes, o seguirá llamando.

    Detuve mi subir y bajar, dispuesta a hacer la llamada lo más breve posible, y ¡oh sorpresa! Cuando reconocí la voz de papá decidí jugarme el todo por el todo, que Sam se enterara, y si quería irse, pues mala suerte…

    —Hola. —¿Papá? —Sí, es mal momento, me están cogiendo y acariciando las tetas, quiero seguir. Los ojos de Sam se salían de las órbitas. —Sí, lo estoy montando y ahora me chupa los pezones. —Claro, el lunes de mañana puedo sí, ¡Ahhh sí sí me encantaaa! Y tiré el teléfono sobre la cama… excitado por la conversación, Sam había vuelto a acabar dentro de mí, tomándome de sorpresa, y fue de lo mejor que me pasó en mucho tiempo, que mi partenaire se acabara sin que me moviera, solo oyendo mi conversación con papá.

    Decidí que debía ser sincera.

    —Era mi papá, le dije mientras aún con la pija adentro me recostaba sobre él, olvidé que había quedado de llamarme para…bueno, ya te imaginas…

    —¿Pero es de verdad? ¿Es lo que pienso? ¿Él sabe de tu putez?

    —Sí, y mejor que tú lo sepas, así me aceptas o no, él sabe de mi putez, y lo disfrutamos todos, también con mi suegro. Ahora, depende de ti, no tengo más secretos.

    —Cogen entonces.

    —Sí, y nos encanta, y somos conscientes de que muchos se horrorizarían, y si es tu caso, lo entenderemos y puedes rechazarme. Se lo dije al oído y mordisqueando su oreja.

    Mojó de saliva su dedo índice derecho y lo dirigió a mi culo, jugaba allí, lo mojaba y cada vez lo metía más.

    —Puta, re puta, putísima, te voy a coger todas las semanas, y me vas a salir carísima, pero eres la más puta que he conocido, y la más linda y la más señora y eres la señora de Tom, y él nos va a ver… y más… ya verán.

    Eufórica, le aclaré: —No soy cara, nada te he pedido…

    —No, no has pedido, pero de mi dependerán muchas cosas. Y seré muy generoso si sigues igual o más puta. Siempre quise una mujer así.

    —Nunca tendremos límites para ti. Soy tuya. Mi amor es Tom, pero puedes disponer de mí para el sexo, me encanta.

    Llegó Tommy. —Dice tu papá que los está oyendo, por suerte fuera de su casa, solo. No cortaste la llamada y me llamó desde un bar. Disculpen la interrupción. Tomó el putifono de la cama y me lo dio.

    Me incorporé y me puse en cuatro.

    —Un momento papá.

    Amor, creo que Sam me va a culear ahora. Siempre me preparas tu. ¿Lo harías y nos dejas solos?

    —Sí papi, el nuevo acepta, ya sabe todo, ahora me va a hacer la colita. —Sí obvio, me prepara Tom. —Te amo, si, el lunes. —Nos vemos y te cuento, temprano por favor. Y ahí si me cercioré de cortar la llamada.

    Desde que estaba en cuatro, no solamente te Sam me metía el dedo, sino que me lamía la concha que goteaba leche, flujo y saliva sobre la sábana.

    Gel en mano, Tom me abrió las nalgas y me untó bien el esfínter, desplazando a Sam, luego con dos dedos me introdujo gel al orificio, me dilató bien y dijo, —Es suya Jefe. Y se marchó.

    —Gracias Tom, Llegó a decir mi nuevo macho.

    —No me acabes dentro, no me gusta ahí, le dije.

    —Le tengo ganas a tus tetas.

    —¡En las tetas me encanta!

    Y sentí como la cabeza de la poronga buscaba mi culito ya dilatado. Se puso bien en posición y empujó, empujó de continuo, sin detenerse, sin preguntar, hasta que sus bolas golpearon los labios de mi concha.

    Me encanta cuando no es demasiado grande y me la meten así, de una vez, sin preguntar, con autoridad… tipo “es mi verga y te la meto como quiero”.

    Y lo mejor estaba por llegar. Ya había acabado dos veces, así que le costaba acabar nuevamente y estuvo 15 minutos dale que dale en mi culo, yo absorta, en las nubes; hasta que la sacó y dijo “date vuelta” lo hice, se masturbó con dos o tres enviones de mano y me regó las tetas.

    No fue como las veces anteriores, pero igual alcanzó a gotear las bien.

    ¡No tuve que hacer nada! Él mismo tomaba con sus dedos el semen de mis tetas y me lo ponía en la boca, ¡y yo contenta!

    Se dejó caer sobre mí, su verga a media dureza buscaba mi concha y mal que bien logró meterme la cabeza y así quedamos.

    La conversación fue larga mientras nos acariciábamos y mis tetas recibían su lengua y mis pezones sus pellizcos. Los besos fueron sucios y nos pasábamos saliva y semen uno al otro, las lenguas enloquecidas. Mientras su pija, ya casi blanda, de alguna manera mantenía su cabeza dentro de mí .

    Le conté todo lo que quedaba por contar, que era poco, lo importante ya lo sabía y lo aceptaba.

    Le conté de mi casi seguro nuevo emprendimiento, una oficina para atender clientes como economista… con un anexo para atender como puta.

    Ahí supe con quien estaba tratando: “me hago cargo del amoblamiento completo”… “Pero”… “Pero nada, ¡ya está dicho!“.

    Seguíamos acariciándonos, besándonos. Y eran las 6 p.m. Rápidamente a bañarnos, nos limpiamos uno al otro.

    Me puse un hermoso baby doll negro, y tacos, obvio.

    Y apareció Tom.

    —Señor Director, su esposa lo ama, me lo ha dicho, pero es una diosa en el sexo, y debe ud. Saber que voy a cogerla todos las semanas, con tu participación si es posible. Y debo irme, pero ella te contará que le he prometido un regalo.

    Ahhh… ¡todo esto no tiene nada que ver con el trabajo! Además, les propongo que todos los jueves tengamos almuerzo de trabajo los tres solos. ¡Esta mujer es un encanto!

    —Gracias Sam. Hablo por mí y por ella… es tuya cuando quieras.

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  • ¡Vamos a jugar! (1)

    ¡Vamos a jugar! (1)

    La Chayo llegó a la cita un poco tarde, como es su costumbre, generalmente venía linda y arreglada por petición de su amigo Andrés, que le pedía no venir en fachas ni con tenis, ya que le gustaba verla guapa con sus escotes, a veces ella usaba un dije redondo que le hacía lucirlas más, en palabras propias de la Chayo, sus tetas eran lo más bonito que podrías ver. A Andrés le gustaban más sus pantorrillas, pero esta vez la solicitud fue extraña: “que viniera en pants”. A ella le pareció un poco diferente, pero nada fuera de lo común. Ya habían tenido experiencias de subir cerros o tomar chelas en las islas de CU.

    Su amistad era un poco fuera de lo común, había transitado por dos décadas, veinte años con algunos períodos de mayor contacto y otros de aislamiento, como en la pandemia. Andrés había transitado una separación cuando joven con su consecuente depresión. Rosario, la Chayo, había dejado un estresante y exigente trabajo en un noticiero donde lo había dado todo y hasta de más. La vida los había puesto a prueba, pero ya habían dado las grandes batallas de su vida.

    Una fase de mucha intensidad que la habían transitado cómo habían podido. Andrés cuando joven era guapo y delgado, había sido un príncipe, un aventurero y un loco a la vez. Rosario tenía muchísimas más aventuras que Andrés, en el noticiero su carita de niña que contrastaba con sus tetas que le había abierto muchas puertas, pero siempre en la discreción.

    La Chayo había cambiado mucho después de dejar el noticiero y con la maternidad que, por cierto, le hizo tener tetas más grandes, pero “sin ninguna estría” aclaraba ella orgullosa. Sus tetas eran amplias, suaves y coronadas con un pezón muy sensible, las tenía muy lindas. Sus manos eran pequeñas, pero sus piernas y pantorrillas eran densas y muy bien torneadas. Ella los conquistaba escuchándolos, sonreía y esperaba la jugada, su movimiento y la propuesta.

    Andrés atraía mujeres que eran muy intensas, en crisis, cambiantes y extrañas. Mujeres exóticas, bellas y raras. “¡Un imán para las locas!”, le había dicho alguna vez Chayo. Su energía variaba según su estado de ánimo. A veces estaba aislado como un místico o podía ser mundano como un oficinista en quincena.

    El matrimonio con una mujer más joven y el que le hubieran leído la cartilla de que cualquier infidelidad no le sería admitida lo calmó. La escritura de su vida y la terapia le habían canalizado las ganas de andar con viejas locas a algo nuevo: cazar nuevas emociones, buscar nuevas aventuras, algunas muy alternativas.

    La cita esta vez fue en un restaurante de carnes muy fino. El ritual cada vez que se encontraban era el abrazo y un beso en la mejilla como de costumbre. Trajeron la carta y tuvieron que ponerse los lentes para ver de cerca y luego quitarlos para ver de lejos. El mesero se asomó a ver las tetas de la Chayo. Les tomaron la orden para comer. Recordaron viejos tiempos en el postre y café.

    Los viejos tiempos eran las aventuras que corrieron. La ocasión en que entraron de contrabando a alguna cama. Las veces que tuvieron toda la oportunidad de acostarse con alguien, pero por azares del destino no se pudo, porque llegó la abuelita de Andrés o porque la cita de Chayo lo tenía muy grande y temía que no le cupiera en su hoyito, cosas así, sexosas y divertidas.

    Al terminar de comer y concluido el postre, que fueron helados, Andrés colocó un paquete en la mesa “¡Vamos a jugar con tu regalo!”, le dijo. La Chayo, acostumbrada a las aventuras de Andrés sólo abrió los ojos y con discreción miró el interior del paquete y lo volvió a cerrar, “pero aquí no será”, le dijo, “vamos al auto”. En eso llegó el mesero con la cuenta.

    Chayo se había puesto roja, lo cual no era muy común. “¡Estás loco! ¿Esto es una “ballenita”? ¿Si es lo que creo?”, dijo entre enojada y sorprendida. “Ya lo verás” le contestó Andrés, salieron y una vez dentro del auto, en el estacionamiento y sin curiosos alrededor, le enseñó el contenido. Era novedoso sin duda, mucha tecnología y con excelentes comentarios. Chayo sabía de estas cosas por sus amigas, pero el tenerlas en las manos le dio una sensación entre curiosidad y resistencia. Las ideas de Andrés podían ser extremas.

    El regalo sin duda era muy bueno, la textura era muy agradable, pero algo dentro de ella le hacía resistirse. “Mejor la próxima vez”, le dijo y Andrés le dijo: “Ok, experiméntalo y ya jugaremos”, le dijo “no hay prisa” y le guiño el ojo “¿Por qué querías que viniera en pants? ¿Cómo es eso de jugar?” le preguntó. Andrés sólo sonrió y la llevó a su casa, en medio de otra plática llena de anécdotas divertidas, como la loca con la que jugó cartas de prendas y terminaron cogiendo sobre las cartas en la cama.

    Una semana después la Chayo llegó al restaurante también un poco tarde, pero esta vez se notaba algo molesta. Ordenaron la comida y ya cuando no había alguien cerca Rosario le soltó lo que traía: “¿Por qué me tratas como a una de tus putas? ¡Yo no estoy loca como ellas!”. Andrés sólo sonrió, efectivamente sabía tratar con viejas locas. “¿Te gustó el reloj que también venía en el paquete?”.

    Rosario sonrió y asintió con la cabeza, se pudo ver el cambio de humor, pero también el conflicto entre la molestia y el gusto. Andrés se tomó su tiempo para contestar “Sólo era para jugar, es divertido” le dijo. La comida continuó sin más diferencias. Andrés habló de sus experiencias de sus primeros besos con sus primas y la tensión se diluyó. Pagaron la cuenta y salieron.

    En el estacionamiento antes de entrar al auto Rosario se detuvo. “¡Vamos a jugar!” le dijo a Andrés, “¿Qué hago?”. Andrés abrió con el control automático el auto. “Sube, pero siéntate en la parte de atrás. Los cristales están polarizados. No se ve nada, ponte cómoda”. Rosario sacó de una bolsa el pants “¿Para qué es el pants’”, le pregunto, “Para qué puedas maniobrar la ‘ballenita’”, “¡Ah, ok!”. Rosario se puso la sudadera hasta el cuello y se quitó la blusa, se vieron unas tetas amplias y generosas, después se quitó el pantalón y se subió el pants.

    Andrés le pidió desbloqueado su celular a Rosario, descargó una aplicación y se lo regresó. Le pregunto por varias canciones sexys que le gustaran, las descargó y programó. Arrancó el auto, salieron del estacionamiento, tomaron la carretera urbana del norte, se puso unos lentes negros y le pasó un lubricante. Rosario sacó la “ballenita”, se bajó el pants y la acomodó. Andrés hizo sonar la música y la “ballenita” empezó a funcionar. La sensación de sentir como le succionaba el clítoris y vibraba su vagina fue fabulosa, en ese modo Rosario no lo había experimentado. Podía ver a Andrés en la pantalla de su celular sonriendo.

    Con el auto en movimiento, el atardecer, la música y las sensaciones de sentir aquello en la vagina le hicieron recordar los viejos tiempos de momentos audaces, de situaciones excitantes. Se bajo el pants para que la piel del trasero tocará el cuero del asiento; se desabrochó el brasier y se tocó sus tetas en círculos, con pequeños pellizcos y luego con la yema de los dedos, le estorbaba la sudadera y con la pinza del cabello la sujeto en el cuello para que no estorbara. Las pausas en la canción y los cambios de ritmo le fascinaron.

    Estiró sus piernas y su pantorrilla izquierda quedó entre los asientos delanteros mientras la otra se colocó haciendo presión en el respaldo del copiloto. Andrés conducía sin prisa por el carril de baja velocidad, pudo verle esas deliciosas pantorrillas. Le llegó una orgasmo muy intenso con lo mejor de la canción, pero después le llegaron otros más y le hicieron gemir y voltear la cara de lado en el cuero del respaldo. Sus amigas tenían razón, era mucho mejor con la emoción.

    Una vez que llegaron a su destino se detuvieron a comer helado, de vainilla para Andrés y de fresa para Rosario. Andrés le preguntó por la hora y Rosario se la indicó. Después Andrés le enseñó una fotografía instantánea del mismo reloj, pero no estaba sobre la muñeca. Rosario abrió muy grandes los ojos y le preguntó: “¿Es lo que creo que es? ¿Se puede abrochar ahí un reloj?”. Andrés sólo sonrió, le quitó la instantánea y la guardó en su saco. Rosario le dijo: “¡qué asco!” por ponerse el reloj “ahí”, aunque luego trató de calcular el tamaño. Le pidió verla nuevamente, pero Andrés le dijo que sólo la vería nuevamente si estaba dispuesta a jugar y le preguntó por el número de zapatos.

    La tarde daba lo mejor de sí. Andrés y Rosario comieron su helado y empezaron a reír. Rosario miró su reloj y comió del helado de Andrés y después pidió que les trajeran una ronda más junto con café.

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  • El tío de mi novio

    El tío de mi novio

    Comienzo este relato presentándome: me llamo Paula, tengo 23 años y soy una chica pelirroja con curvas que siempre han llamado la atención. No soy delgada, pero tampoco me considero gorda; diría que tengo un cuerpo voluptuoso y bien proporcionado, con pechos generosos que suelen ser el centro de las miradas. Mi cabello rojo, que heredé de mi madre, es mi sello personal, y aunque a veces puede ser un imán de comentarios, he aprendido a llevarlo con orgullo.

    Ahora paso a contarles que estoy en pareja con Lucas, quien también tiene 23 años, y llevamos juntos tres años. Desde que estamos juntos, su familia siempre me ha invitado a las fiestas que organizan, ya sea para cumpleaños, Navidad o Año Nuevo. Y yo, por supuesto, siempre voy.

    Lo que quiero decir con esto es que, a lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de conocer a toda su familia y he logrado establecer una buena relación con todos ellos. Entre ellos está su tío, un hombre simpático, agradable y, sobre todo, bastante mujeriego.

    Él se muere de amor por mí, y no es para menos. Soy una chica a la que le encanta mostrar su cuerpo, y en estas fiestas siempre lo hago con estilo. Me visto con vestidos ajustados y cortos que resaltan mis curvas, y no tengo problema en lucir lo que la naturaleza me dio, especialmente mis pechos, que son grandes, firmes y, según muchos, simplemente hermosos. Es parte de mi personalidad y de cómo me siento más segura y poderosa.

    Entonces, lo que sucede es que en cada una de estas fiestas, él siempre se me acerca. Me dice cosas bonitas, halagos que me hacen sonreír, pero también se permite comentarios bastante subidos de tono. Sé que a muchas mujeres esto no les gustaría, pero a mí no me desagrada en absoluto. Al contrario, me encanta. Primero, porque me gusta que me alaben, que me hagan sentir deseada y admirada. Y segundo, porque sus palabras tienen un efecto en mí: me calientan, y muchísimo.

    Hasta ese momento, nunca habíamos tenido la oportunidad de estar solos, de compartir un momento de privacidad. Pero eso cambió durante la Navidad pasada. Sucedió que, alrededor de las dos de la mañana, estaba en casa de Lucas celebrando la Navidad cuando una amiga me escribió para invitarme a una fiesta. Les dije que debía irme, y fue entonces cuando el tío de Lucas se ofreció a llevarme. Me insistió en que no gastara dinero en un servicio de transporte y que él me acompañaría. Al principio, dudé, pero al final acepté.

    Entonces, caminamos varias calles hasta llegar a su casa. Una vez allí, me hizo pasar adentro, donde tenía el coche estacionado en un garaje o espacio cerrado, no afuera como uno podría esperar. Me hizo subir al coche, encendió el motor y, después de unos cinco segundos de pensarlo, lo apagó. Fue un gesto que me llamó la atención, como si estuviera dudando o reconsiderando algo en ese momento.

    Yo le pregunté por qué había hecho eso, y su respuesta me dejó sin palabras. Cerró la puerta de su lado, me miró fijamente y, con esa sonrisa traviesa que siempre lo caracteriza, me dijo riendo: “Te llevo, pero antes tenés que mostrarme las tetas”.

    ¡Qué tipo que sos!” dije, con una sonrisa igual de picarona que la suya. Su frase, “te llevo, pero antes tenés que mostrame las tetas”, me cayó simpática y hasta me hizo reír por lo directo que fue. Sin pensarlo dos veces, me bajé mi vestido rojo y le mostré mis tetas, grandes y firmes, con mis pezones erectos y prominentes. Las tomé con mis manos, acariciándolas suavemente mientras se las mostraba, y le pregunté con una mezcla de provocación y curiosidad: “¿Te gustan?”.

    Él, completamente embelesado, quedó hipnotizado por mis pechos. Sus ojos no se despegaban de ellos, y mientras se tocaba el bulto en sus pantalones, pronunció un tembloroso “sí”, como si las palabras le costaran salir. Era evidente que estaba completamente cautivado.

    Bueno, “ya está”, le dije después de estar unos 10 segundos mostrándoles mis tetas. “Ahora llévame”, añadí, intentando sonar firme. Pero él no estaba satisfecho. Con una mirada llena de deseo, me respondió: “Mostrame un poco más, no llegué a disfrutarlas lo suficiente”.

    Entonces, con un gesto decidido, volví a bajarme el vestido y le mostré mis pechos, grandes y firmes, en toda su plenitud. Sus ojos se abrieron como platos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Antes de que yo tuviera la oportunidad de cubrirme de nuevo, él, con una voz temblorosa pero llena de deseo, preguntó: “¿Me dejás tocarlas?”.

    Yo le dije: “Bueno, está bien”, con un tono que dejaba claro que no me quedaba otra opción, pero también con un dejo de complicidad, como si en el fondo lo estuviera disfrutando. En cuanto le di el permiso, sus dos manos se abalanzaron hacia mis pechos, generosos y bien formados. En cuestión de segundos, ya los estaba apretando con fuerza, sintiendo la suavidad de mi piel, mientras sus dedos jugueteaban con mis pezones, pellizcándolos con una mezcla de delicadeza y voracidad.

    Pero eso no fue suficiente para él. Necesitaba más, quería más. Después de varios segundos tocándome las tetas con avidez, me miró directamente a los ojos y, con una voz cargada de deseo, me preguntó: “¿Me dejás chuparlas?”. Yo, ya con el cuerpo caliente y la respiración entrecortada, no pude evitar decirle que sí. Sin perder un segundo, se agachó y llevó su boca a uno de mis pezones, succionándolo con una mezcla de hambre y desenfreno.

    Era como un bebé grande, desesperado por alimentarse. Pasaba de un pezón al otro, succionando con ansia, como si no pudiera saciarse. Sus manos no dejaban de apretar mis tetas, hundiendo sus dedos en la carne suave y firme, mientras sus labios y lengua trabajaban incansablemente, como si buscaran sacar hasta la última gota de leche. Cada movimiento suyo era una mezcla de deseo y necesidad, como si hubiera estado esperando ese momento durante mucho tiempo.

    Tanto yo como él, y especialmente él, entramos en un estado de excitación que era casi palpable. Él quería que yo se la chupara, así que, sin perder tiempo, se desajustó el pantalón y me mostró su miembro. Era grande, grueso y venoso, justo como me gustan a mí. Me miró con una intensidad que no dejaba lugar a dudas y, en lugar de preguntar, simplemente me ordenó: “Chupámela”. Sin dudarlo, me acomodé el pelo, me incliné hacia él y me preparé para complacerlo.

    Abrí la boca, saqué la lengua y comencé a lamer y chupar su pene como si fuera un helado, recorriendo cada centímetro del tronco con una mezcla de delicadeza y voracidad. Luego, me concentré en la punta, jugueteando con ella, raspándola suavemente con mi lengua, sintiendo cómo se tensaba bajo mis labios. Finalmente, sin dudarlo, me lo tragué entero, sintiendo cómo llenaba mi boca y cómo él respondía con gemidos de placer.

    Él se relajó por completo, apoyando su cabeza contra el respaldo del asiento y dejando que yo tomara el control. Con su pene firmemente dentro de mi boca, comencé a moverme hacia arriba y hacia abajo, haciendo que entrara y saliera de mis labios con un ritmo constante. Entre cada movimiento, no dejaba de lamer y succionar los costados de su miembro, explorando cada centímetro con mi lengua, mientras sentía cómo su cuerpo respondía con gemidos y sus manos se aferraban al asiento.

    En un momento dado, él me frenó y me separó de su pene. Yo, un poco confundida, le pregunté: “¿Por qué hiciste eso?”, mientras pensaba para mí: “¿Ya no quiere que se la chupe?”. Él, con la respiración entrecortada, me explicó que estaba a punto de acabar y que no quería hacerlo todavía. Luego, con una voz firme pero llena de deseo, me ordenó que se la chupara de forma más calmada, como si quisiera prolongar el placer al máximo.

    Minutos después, él me preguntó si quería pasar adentro de su casa. Yo, con una sonrisa cómplice, le respondí: “Solo un ratito, pero luego me llevás a la fiesta”. Él, emocionado, asintió rápidamente con varios “sí, sí, sí”, como si no pudiera esperar. Sin perder más tiempo, nos bajamos del coche y entramos a su casa, con la tensión y el deseo palpables en el aire.

    Al ingresar a su casa, él me tomó de la mano con firmeza y me guió directamente hacia su habitación. No hubo preámbulos; la tensión sexual entre nosotros era tan intensa que casi podía tocarse. Una vez dentro, se desnudó por completo, dejando al descubierto su cuerpo, que, aunque no era musculoso, se conservaba bien para sus 40 años. Su miembro, ya erecto y listo, era una clara muestra de su deseo. Con una mirada intensa y una voz cargada de determinación, me dijo: “Ahora te voy a coger bien duro”. Sus palabras me encendieron aún más, y sin pensarlo dos veces, me desnudé también, dejando que mis curvas quedaran expuestas ante él.

    Nos subimos a la cama, y durante los siguientes 45 minutos, nos entregamos por completo. Él cumplió con lo que había prometido: me cogió bien duro, como si quisiera demostrar que, a sus 40 años, todavía tenía energía de sobra. Probamos todo tipo de posiciones: desde él dominándome por detrás, agarrando mis caderas con fuerza mientras me penetraba con un ritmo implacable, hasta yo montándolo con frenesí, sintiendo cómo se entregaba a cada uno de mis movimientos. Cada posición tenía su propia magia, pero todas compartían la misma intensidad y conexión.

    Sin embargo, la mejor fue cuando lo monté encima de él. Mientras me movía con un ritmo constante y provocativo, él no podía resistirse a mis tetas. Las chupaba, las mordía y las apretaba con una mezcla de deseo y adoración, como si fueran su obsesión. Cada gemido que salía de su boca me hacía sentir más poderosa, más deseada, y cada vez que me apretaba contra él, sentía cómo su cuerpo respondía con la misma intensidad que el mío. Fue una experiencia que nos dejó a ambos sin aliento, pero con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

    El clímax llegó de la manera más intensa posible. Él, incapaz de contenerse por más tiempo, me ordenó que me arrodillara sobre la cama. Yo obedecí, colocándome en esa posición mientras él se paró frente a mí. Con un gemido gutural, eyaculó en mis tetas de la forma más salvaje que he experimentado. Sus gritos de placer resonaron en la habitación, como si hubiera liberado toda la tensión acumulada. Yo, por mi parte, me dejé llevar por la euforia del momento, disfrutando cada segundo de aquella conexión tan cruda y apasionada.

    Después de aquello, nos quedamos recostados en la cama, recuperando el aliento. Él me miró con una sonrisa satisfecha y me dijo: “Nunca olvidaré esto”. Yo solo asentí, sabiendo que aquella noche había sido algo especial, algo que ambos recordaríamos por mucho tiempo. Luego, después de vestirnos y asegurarnos de que todo estuviera en orden, él cumplió su promesa. Me llevó a la fiesta en su coche, como había acordado desde el principio. Aunque mi mente aún estaba en la habitación, en esos 45 minutos de pasión desenfrenada, supe que la noche aún no había terminado.

    Y mientras conducía, no pude evitar notar esa mirada suya, esa sonrisa cómplice que decía más que mil palabras. Sabía que, aunque la fiesta estaba por comenzar, lo que acababa de pasar entre nosotros sería imposible de olvidar.

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  • Fue solo un susto…

    Fue solo un susto…

    Es raro pensar que todo lo pasó en septiembre de 2022. Un mes que empezó como cualquier otro, con la rutina de siempre, las mismas salidas con amigas y el trabajo que me tenía bastante atada.

    Pero algo cambió. Algo se rompió en el aire y, de repente, me encontré en medio de una historia que no planeaba contar, pero creo que está bueno para generar conciencia. Acá va…

    Aye siempre fue mi brújula torcida.

    No es una hermana mayor cualquiera, sino esa especie de figura materna que me enseñó a moverme entre el caos con la frente alta.

    Nació once años antes que yo, soltera empedernida, fanática del rock nacional, los tatuajes y la marihuana. Siempre fue fuego y trinchera. Siempre fue todo lo que yo intenté no ser… hasta que entendí que resistirme a su influencia era como querer frenar una tormenta con un paraguas roto.

    Una noche de viernes, me arrastró a un bar que olía muy raro, a cerveza derramada y humo denso.

    —Dale, no seas amarga, hoy toca Darío —me dijo.

    —¿Y ese quién es? —respondí medio con desgano.

    —Un amigo, es mi tatuador.

    El bar era un agujero en la tierra. Oscuro, con luces rojas titilando. Gente descuidada, olor a cigarro impregnado en las paredes, cuerpos apretados y ese murmullo constante de vasos chocando. El escenario era una plataforma improvisada, pero cuando él apareció, todo se volvió nítido.

    Darío era una tormenta de voz ronca. Tenía el pelo largo pegado al cuello, una remera negra y la guitarra colgado. No sonreía. Apenas levantaba la vista entre los acordes.

    Después del show, el ambiente se espesó más. El aire tenía textura. Todo era lento, sucio, denso. Aye lo abrazó con ese desenfado que siempre me incomodó un poco.

    —Ella es Mey —le dijo, empujándome con el codo.

    —¿Tu hermana? —preguntó él, sin sacarme los ojos de encima.

    —La misma —contesté yo.

    Se me acercó lo justo. No invadía, pero me rodeaba. Como si su presencia me comiera los bordes.

    El bar giraba lento. Las luces rojas parpadeaban sobre su cara, dándole un aire de pecado impune.

    —¿Qué mirás? —preguntó.

    —Nada.

    —Mentira. Estás con la mirada en mí.

    No supe qué contestar. No me tocaba. No me apuraba. No me forzaba. Pero estaba metido en mi cabeza.

    Me incliné un poco hacia él de forma inconsciente.

    —¿Qué te pasa? —le dije, como queriendo sonar desafiante.

    —Nada. Pero a tu cuerpo sí.

    —¿Y qué te dice?

    —Que quiere ser besado lento.

    Casi se me cae el vaso. Lo miré fijo. No sé qué expresión tenía yo, pero él sonrió. Quise decirle algo, pero en ese momento, una canción nueva empezó a sonar. La gente empezó a bailar. Y él, antes de irse, me dijo una última frase que me desconcertó.

    —Te vas a acordar de esta noche cada vez que te metas los dedos entre las piernas.

    Darío se había ido a otro rincón del bar, entre risas, tragos y cigarrillos. Yo todavía sentía su voz rebotando en mí. Necesitaba aire, una distracción o algo que me saque ese calor pegajoso del cuerpo.

    Me acerqué a Aye, que estaba encendiendo un faso.

    —Che… ¿Ese Darío siempre es así? —le dije, intentando sonar casual, como si no me estuviera comiendo la cabeza desde que me habló al oído.

    Ayelén me miró de reojo, largó el humo con una sonrisa torcida y dijo: —¿Así cómo?

    —Así… seductor, medio misterioso.

    Se rio fuerte.

    —Es su especialidad. Según él, tiene un máster en minas. Pero ojo… es un caso perdido. Es de los que te comen una vez y después se evapora.

    —¿Y vos? ¿Nunca pasó nada entre ustedes?

    —¡Ay no! ¿Qué decís? Es amigo. Me tatuó un par de veces, salimos a ver bandas, fumamos… pero ni ahí. Aparte, es más imbécil que la mierda.

    ¿Por qué carajo me afectaba tanto lo que decía? ¿Por qué esa advertencia me pinchaba justo donde no quería sentir?

    Me alejé un poco. No quería seguir escuchando.

    Salí afuera con el celu en la mano. Necesitaba grabar un audio, decirle a alguna amiga que me sentía rara… pero no grabé nada porque lo vi.

    Darío salió detrás mío. Se apoyó contra la pared con ese cuerpo largo y desprolijo. Me miró con esa calma que incomoda.

    —¿Viniste a refrescarte o a escapar de mí?

    Le sostuve la mirada. Quise hacerme la fría, pero sabía que mi cara me delataba.

    —Hasta que viniste vos estaba bien.

    —Dudo que estés bien. Tenés la cara de una mina que necesita que le muerdan el cuello.

    Me crucé de brazos. Él no se acercaba. Solo hablaba bajito, con ese tono grave que tenía.

    —¿Sabés qué? —dijo, como si pensara en voz alta— Vamos al baño. Cinco minutos. La pasamos piola y después seguís tomando tranquila.

    El cuerpo me tembló. No por miedo. Por el shock.

    —¿Y Aye? ¿No te parece desubicado? Es mi hermana, boludo.

    Él se encogió de hombros, como si no fuera tan grave.

    —Aye sería una buena tía para mis hijos.

    Ahí se me congeló el deseo de golpe. ¿Qué carajo acababa de decir?

    —Estás enfermo —le dije seca, con la voz baja pero firme—. Desubicado de mierda.

    Me di media vuelta y entré al bar caminando rápido, con la panza revuelta y la cabeza hecha un quilombo, y me acerqué a Aye.

    —Me quiero ir.

    Ella me miró, sorprendida.

    —¿Qué te pasó?

    —Nada. Me hinché. Estoy cansada. Me quiero ir.

    —Yo no me voy todavía —dijo, agarrando otra birra—. Tomá, pedite un Uber. Te doy plata.

    Me alcanzó unos billetes doblados y volvió a reírse con sus amigos. Yo los miré como si estuvieran en otro planeta. Quería escapar. Quería sacarme el olor a porro de la piel.

    Me fui hacia la salida, esquivando cuerpos, tragos derramados, charlas. Ya tenía el celular en la mano para pedir el auto cuando una mano me tocó el hombro.

    Me di vuelta, con el corazón latiendo como un bombo.

    —¿Te vas así nomás?

    Y ahí se me cerró la garganta, porque era él. Me quedé parada ahí, con el celular en la mano y el cuerpo tenso, respirando con algo que no era ni rabia ni deseo, sino pura contradicción.

    Darío me miraba como si hubiera esperado ese momento, como si todo estuviera calculado. Pero yo no tenía ganas de seguir analizando. Solo quería que me dejara en paz o que me tomara de una vez por todas.

    —Perdón, ¿eh? —dijo él, suavizando su voz como si hubiera leído la incomodidad en mi cara—. Capaz que soy un boludo… Solo quería caerte bien, pero parece que te caigo mal.

    Me quedé callada un segundo, con la mirada fija en el asfalto, como si ahí pudiera encontrar una respuesta.

    Lo cierto es que no lo detestaba, no. Algo en él me atraía, me absorbía. Pero lo que me decía Aye seguía dándome vueltas en la cabeza. El tipo tenía pinta de ser de esas personas que solo buscan un rato y ya.

    —No me caés mal —le contesté, sin mirarlo. Ya había algo en mi tono que no sonaba tan firme como debería—. Lo que pasa es que estoy cansada.

    Él levantó una ceja, se acercó un paso, sin invadirme, pero muy cerca. Como siempre, sin forzarme. Solo sugiriendo.

    —¿Qué tiene de malo disfrutar un poco de todo? —dijo, casi en susurro—. La juventud, Mey. No te estreses tanto. Un poco de sexo no le hace mal a nadie. Y vos… —se detuvo un momento, evaluándome— parece que necesitas un poco.

    No pude evitar que algo dentro de mí se estremeciera. ¿Un poco? ¿Qué mierda quería decir con eso?.

    Estaba a punto de decir algo, de responderle, cuando él dio un paso más, se acercó sin apuro y me agarró suavemente de los brazos.

    —Te prometo que la vas a pasar genial —dijo con voz baja.

    Intentó acercarse para besarme. Su cara se acercaba lenta, tan lenta que me dio tiempo a pensar. A reaccionar. Y con la cabeza abombada por la cerveza y la adrenalina, levanté la mano y lo aparté.

    —No —le dije, con firmeza, aunque mi voz tembló un poco—. No quiero.

    Hubo un silencio entre nosotros, uno que ni él ni yo sabíamos cómo llenar. Él me miró como si no entendiera bien, pero no se molestó. En lugar de alejarse, siguió insistiendo, con una sonrisa suave, casi burlona.

    —¿No? ¿Por qué? —dijo, con tono divertido, pero con un dejo de paciencia, como si disfrutara de mi resistencia.

    Mi respiración se aceleró, pero no dije nada. Quería ceder, pero algo en mí aún frenaba.

    —Te voy a dar lo que quieras —me dijo.

    —Está bien… pero… no le digas nada a mi hermana. No quiero que lo sepa.

    —Te lo prometo —dijo, con un tono más bajo, más serio—. Ahora, vení.

    Cuando entramos al baño de hombres, lo primero que me golpeó fue el ruido. El sonido de besos, de quejidos, de cuerpos golpeando la pared, y un olor extraño que no pude identificar.

    Al principio, me quedé parada en seco, mirando alrededor, como si intentara encajar lo que estaba viendo. Parecía un lugar en el que las reglas no existían.

    Había varias parejas, algunas más disimuladas, otras más explícitas, y no pude evitar sentirme un poco asqueada. El aire estaba pesado, saturado de sexo, y de alguna forma, eso me chocó.

    Yo venía de otro ambiente y esto era distinto. Estaba en otro universo. Pero lo entendía. Este lugar era un refugio para lo prohibido, lo que uno no se anima a hacer en público.

    Darío no parecía inmutarse. De hecho, su actitud cambió. Se acercó a una de las cabinas y, sin dudarlo, abrió la puerta con fuerza. Vi a una pareja desnuda, sorprendida, saliendo a los tropezones mientras él les gritaba, casi con desprecio:

    —¡Este es mío, forros! —les gritó empujándolos fuera de la cabina mientras los insultaba con tono desafiante—. Váyanse al carajo.

    Me quedé observando en silencio, con el pulso acelerado. Había algo en esa actitud de Darío que me incomodó, sí, pero al mismo tiempo me hacía ver que no estaba con cualquiera.

    Su forma de actuar me intimidó, y a la vez, me hizo sentir viva, como si todo lo que estaba sucediendo fuera parte de un juego peligroso. Y me gustaba. Me gustaba mucho.

    Nos metimos en la cabina y, en cuanto la puerta se cerró, me llevó hacia él, casi sin darme tiempo a procesar. Me besó con desesperación, como si me hubiera estado esperando durante horas.

    El roce de sus labios sobre los míos me sacudió. El sabor de la cerveza, la fuerza de su lengua, y esa necesidad palpable en cada beso, hicieron que mi respiración se volviera más errática.

    Al principio me quedé quieta, pensando en lo que acababa de ver, en la forma en que él había hecho desaparecer a esa pareja con un par de gritos. Me sentí extraña, aunque no podía negar el calor de su cuerpo.

    Él comenzó a tocarme con más insistencia, recorriéndome el cuello, los hombros, mientras su cuerpo se acercaba más al mío, presionándome contra la pared de la cabina.

    Sus manos se movían con una seguridad brutal, como si ya me conociera. Y yo me entregaba, aunque no podía evitar una parte de mí que seguía dudando. ¿Qué mierda estaba haciendo? ¿Cómo había llegado hasta acá?

    Intenté detenerlo, pero mis palabras se quedaban atrapadas en mi garganta. La resistencia se me fue escapando en cada caricia.

    —Esperá… —le susurré, con el aliento entrecortado—. Esto está… raro.

    —Te va a gustar, Mey—me respondió con su voz rasposa, mientras me besaba de nuevo, apretándome más fuerte contra él.

    Antes de que pudiera hacer nada, él dejó de besarme y, mirándome directo a los ojos, me dijo:

    —La vas a pasar muy bien.

    No sé en qué momento me dejé arrastrar tan fácil, pero ahí estaba, encerrada con él en esa cabina de baño mugrosa, con la espalda apoyada contra la puerta.

    —¿Te das cuenta lo que hacés? —me dijo, apoyando una mano en mis tetas.

    —Callate —le solté, medio riéndome, medio temblando—. Haceme algo o me voy.

    No se apuró. El forro me apretó la cintura con una mano y me giró contra la pared, sin violencia, pero firme. Me lamió el cuello despacio, con esa lengua tibia que me hizo jadear apenas, mordiéndome los labios para no largar el sonido completo.

    —Estás divina —me dijo al oído, bajándome el pantalón con una lentitud cruel—. Y eso me encanta.

    —¿Ah, sí? —le dije y me reí bajito.

    Me empujó despacio para que me arrodillara. El piso era frío, asqueroso, pero no me importó nada. Tenía en la cabeza una sola cosa: bajarle el pantalón y sentirlo en la boca.

    Cuando lo hice, me mordí el labio apenas lo vi. Su pene estaba duro y caliente. Me encantó cómo respiró cuando se lo agarré y empecé a chuparlo con ganas. Me llenaba la boca con su verga y las babas me bajaban por el mentón.

    —Qué puta sos —me dijo entre dientes, pasándome una mano por el pelo, tirándome hacia él—. Mirá cómo te gusta.

    No le respondí. Solo lo miré desde abajo sintiendo cómo se tensaba, cómo se le escapaban los jadeos. Me sentí sucia, pero deseada.

    Luego, con la verga chorreando, me agarró de los brazos y me puso de pie otra vez. Me dio vuelta y me abrió las piernas. Ahí supe que venía lo bueno. Lo que estaba esperando desde que me metí con él.

    —Ahora sí, puta linda —me dijo en el oído—. Te voy a coger toda.

    Me empujó contra la pared con violencia y me abrió con una sola embestida profunda. Solté un gemido ronco y ahogado.

    Sentí cómo me llenaba entera. El sonido de nuestros cuerpos chocando era sucio, obsceno, húmedo. Sentía que golpeaba cada vez más rápido, más fuerte.

    Me agarró de las caderas y me embistió más profundo todavía, con movimientos cortos, duros, sin tregua.

    Después me cambió de posición de un tirón. Me giró, se colocó en el inodoro y me hizo sentar encima suyo. Me bajé sola, desesperada, sintiéndolo entrar otra vez.

    Me aferré a sus hombros, le marqué mis uñas. Mi pelo estaba despeinado, el corazón me explotaba en el pecho y las tetas sobre la remera le rozaban el torso sudado constantemente.

    Mis músculos se contraían solos, sentía la tensión acumularse en mi cuerpo. Él gruñía, me agarraba más fuerte, y yo saltaba como si no hubiera mañana.

    Sentí cómo me apretaba fuerte los pezones. Yo ya no podía sostenerme bien, las piernas me temblaban, el cuerpo me latía entero, pero todavía no… todavía no estaba satisfecha.

    De golpe, largó un gruñido ahogado, su respiración rota. Me abrazó tan fuerte que casi me quedo sin aire y lo escuché gemir, como si se le estuviera yendo el alma por la boca. “La puta madre…”, murmuró contra mi cuello, mientras lo sentía acabar adentro, caliente y profundo.

    Tardé unos segundos en entender. Se vino. Adentro. Así. Sin decir nada. Sin preguntar. Sin avisar.

    Me quedé quieta, helada, con el cuerpo en pausa mientras él jadeaba. La cabeza me explotaba de rabia. Me levanté con fuerza, con los brazos temblorosos pero cargados de bronca.

    —¿Qué hacés? ¿Estás enfermo o qué mierda te pasa? —grité mientras me subía la tanga a los tirones.

    Él se subió el pantalón como si nada, se acomodó el cinturón, se peinó un poco con la mano y recién ahí me miró.

    —Tomate la pastilla del día después —dijo, sin una pizca de emoción, y salió del baño dejándome ahí, con el cuerpo húmedo y el desconcierto latiéndome en el pecho.

    Me quedé un rato en silencio, sin saber si gritar, llorar o patear la puerta. Sentía todo adentro, tibio, viscoso… como una invasión.

    Busqué papel desesperada, algo para limpiarme, pero no había nada. Nada. El cuerpo me ardía, me daba asco.

    Me saqué las medias y usé una para limpiarme entre las piernas y las tiré en el basurero. El corazón me latía como si hubiera corrido diez cuadras. Me miré al espejo, casi descompuesta, con el pelo revuelto y las mejillas rojas.

    Respiré hondo y salí del baño, con la mirada baja, rezando que mi hermana no estuviera cerca… que nadie me mirara… que nadie supiera lo que acababa de pasar.

    Salí del bar con las piernas temblando y el cuerpo todavía caliente, pero transpirando frío.

    Me subí al Uber con el corazón latiendo raro, como si no terminara de acomodarse en el pecho. Me apoyé contra la ventanilla y apretaba los dientes de la bronca.

    ¡¿En qué mierda estaba pensando?!

    Quería olvidarme de todo por un rato y terminé cogiéndome a un tipo que acabó dentro mío como si yo fuera cualquier cosa. Como si tuviera algún derecho.

    ¿Por qué no lo frené? ¿Por qué no lo empujé antes? ¿Qué carajo me pasó? Me recriminaba todo al mismo tiempo, pero ya era tarde.

    Aunque intentara buscarle explicaciones, lo hecho estaba. Tenía el DIU, ese bendito DIU que Aye me insistió en ponerme hace unos meses. Si no, ahora estaría caminando por las paredes.

    Cerré los ojos un segundo. Sentía la garganta seca, el estómago revuelto, y una mezcla rara de asco, adrenalina y deseo mal digerido. Me odiaba un poco. Me odiaba mucho.

    Cuando llegué a casa me desvestí rápido, sin mirar el espejo. Me metí directo al baño, abrí la canilla de la ducha como si necesitara purgarme. El agua corría por la espalda como si pudiera borrar la sensación. Me lavé con rabia. Como si pudiera sacarme su rastro.

    Me puse una remera vieja, de esas gigantes, y me tiré en la cama sin secarme bien. Me abrazaba la humedad y el olor a jabón, pero la cabeza seguía haciendo ruido.

    Y justo ahí, la puerta se abrió.

    —¿Te dejaste garchar por Daro? —la voz de Aye cortó el silencio como una cuchilla.

    Me senté de golpe. No dije nada. La miré apenas, como si eso pudiera disfrazar lo evidente.

    —Sos una pelotuda, Mey. Te dije que no. Te dije que no. ¿Qué parte no entendiste? —me miró desde la puerta, seria, pero con esa mezcla de enojo y cariño que solo ella manejaba.

    —Perdón… —susurré, como una nena.

    —Le contó a todo el mundo. A todo el puto mundo. Se me caía la cara de vergüenza, boluda. ¿Sabés lo que fue? ¿Cómo te vas a meter con ese pelotudo?

    Yo quería desaparecer. Que me traguen las sábanas, meterme adentro del colchón. Todo lo que había pasado en ese baño ahora parecía una película barata que ni siquiera quería recordar.

    —No sé… me ganó la cabeza… —intenté balbucear algo.

    —No, te ganó la concha. Y no te estoy juzgando, eh… pero si yo te digo algo, es por algo. Tenés que aprender a hacerme caso.

    Me acerqué y le agarré la mano. Me apretó los dedos con fuerza.

    —Ya está. No pasa nada. Pero pensá un poco, boluda. Te lo pido por favor.

    Asentí en silencio. Ella me abrazó un ratito, después se metió en su cuarto.

    Yo me quedé ahí, otra vez en la cama, con el pelo húmedo, mirando el techo. Y me dormí.

    Con el tiempo, me fui calmando. Aunque me costó. Los días siguientes tuve ataques de ansiedad, con un nudo en el pecho y el cuerpo todavía en alerta. Esa mezcla espantosa de culpa, miedo y vergüenza que no te deja pensar con claridad.

    A los pocos días, me hice ver. Fui a una ginecóloga, me hice todos los análisis habidos y por haber. La profesional me revisó y me pidió estudios.

    Esperé los resultados con el corazón en la garganta, como si cada día fuera una sentencia. Me leía el cuerpo como si pudiera detectar algo raro. Un cambio, una señal, algo que me dijera si me había cagado la vida en esa cabina de baño mugrienta.

    Pero no. Todo bien. Todo limpio. Todo en orden. Sin sorpresas. Sin consecuencias mayores.

    Me acuerdo que cuando salí del último control, con los papeles en la mano, me senté en el banco de una plaza, prendí un pucho y me reí sola. Una carcajada seca, de puro alivio. Zafé.

    Fue la primera —y espero que la última— vez que me comí un susto así. Porque una cosa es el desenfreno, el juego, la piel. Otra muy distinta poner en juego tu vida, o parte de ella, por eso.

    A veces me acuerdo de Darío y me da bronca. Qué manera tan pelotuda de perderme. Pero también fue la forma más brutal de entender que, por más caliente que esté, mi deseo no puede andar suelto como un perro sin correa.

    Hay límites que no debería haber cruzado.

    Y sin embargo… qué cerca del fuego estuve esa noche.

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  • Rehabilitación sexual

    Rehabilitación sexual

    La dejé de ver cuatro años. Regresé al país y la llamé. Su voz tembló emocionada y aceptó la cita en Reforma. Nos dejamos de hablar por mucho tiempo, pero la vida da muchas vueltas y, por otra parte, la etapa de la pandemia hizo que estuviéramos aislados; ese antes y después parecía un pequeño detalle, pero las cosas y las personas pueden cambiar mucho en muy poco tiempo.

    Cuando nos volvimos a ver la magia parecía intacta. Me encantó verla toda linda con su vestido de cóctel en Reforma, también el compartir y comer helado mientras me acercaba a ella y a su boca. Sus ojos pequeños, sus “Ojitos”, parecían brillar y tener esa chispa de cuando se les observa de cerca. Nos besamos como adolescentes antes de subir al auto. En el transcurso le coloqué la mano en la rodilla y le dije que quería hacerla mía.

    Eran cuatro años de no tener su cuerpo. Ese cuerpo esbelto con esos senos completos que apenas me cabían en la mano, aunque también me gustaban los de antes del cáncer, pequeños, suaves y con un pezón parado, ahora de tan grandes se le estiran los pezones ante la presión del volumen de la copa C.

    Mi mano le tocó el sexo, ella sólo abría un poco más los ojos, como si dijera: “¿es en serio?” y yo asentí. Antes de que abordara su tren para llegar al norte, fuera de la ciudad, se lo volví a pedir, pero ella me dijo que sería mejor la próxima vez que nos viéramos. Yo sentía la humedad y palpitación de su vagina. Acepté la promesa porque los orgasmos de la “Ojitos” eran sensacionales, además de que a veces se detenía antes de tenerlos porque le gustaba esa sensación de excitación antes de venirse.

    Los encuentros con la Ojitos siempre tenían algo especial, como el color púrpura de su ropa interior, su sexo salvaje llenos de vellos púbicos que contrastaba con su piel blanca del pubis, sus orgasmos intensos, su rubor después del sexo y su mirada intensa y brillante al penetrarla y verla de cerca, también era memorable su movimiento de cadera y de nalgas al empujarme el pájaro para estimularme y lograr otra erección. Quizá lo más encantador era su silencio sin explicaciones.

    El día llegó, nos vimos en el hotel clandestino, de antigua nobleza, ahora viejo, a una lado del panteón y del museo. Frente a la muerte, gloriosa o no, había el gozo del hotel de paso para las urgencias de la carne y del deseo.

    Nos besamos con ganas, luego la volteé para vernos en el espejo, me coloqué a su espalda para tocar su cuerpo frente al espejo y para besarla en la comisura de sus labios. Ella, con su mirada traviesa, sacó su lengua para alcanzar la mía. Siempre al vernos frente al espejo me gustaba tocar sus senos y su sexo por debajo de sus ropa interior. La humedad entre sus vellos era gloriosa y podía verla cerrar los ojos de placer y gemir suave.

    Llegamos a la cama y se colocó sobre mí, besarla siempre era delicioso, así como alternarlo con el besar y chupar sus pezones porque lo hacía mejor. Su cabello de lado y sus ojos fijos y pequeños en mí que degustaba sus pezones es una escena inolvidable.

    Al penetrarla me dijo que le dolía, que no cabía, que no dilataba, lo cual era muy extraño porque siempre nuestros encuentros eran de sexo salvaje y estaba acostumbrada a lo ancho de mi pene. Me pidió paciencia porque hacía dos años que no lo hacía con su esposo, desde que se distanciaron no había tenido sexo. En pocas palabras se le había cerrado el hoyo. Faltaba lubricación. La piel se le había adelgazado y las pocas penetraciones le provocaron rozaduras le hacían intolerable la fricción. Lo que estaba de fondo también era la menopausia adelantada desde que le extrajeron las trompas y la matriz.

    Se me bajó la erección, pero tuve que acariciarla y abrazarla, pronuncié palabras desconocidas para mí: “no te preocupes, no es lo más importante, estaremos bien”.

    Los días posteriores me escribió que sería comprensible si decidía alejarme de ella, que seguramente el esperado reencuentro no fue lo que esperaba, me agradecía por mi paciencia y las molestias.

    Le insistí que sólo era cuestión de tiempo para volver a practicar, pasaron algunos meses y en otoño nos reencontramos. Esta vez fui mejor preparado, llevaba lubricante hasta de sabores y otras tecnologías que siempre han tenido muy buen resultado.

    El segundo encuentro estuvo lleno de muchas caricias previas, de frotamientos y grandes besos por todas partes. El lubricante entró en acción y la penetración no fue tan complicada, pero lo fue. Era como estar con una virgen que se quejaba de que le dolía, que fuera despacio, que estaba muy ancho. Ahí entró la tecnología sexual.

    El rey de la satisfacción por un lado tenía un vibrador y por la otra parte un succionador de clítoris. Siempre las volvía locas, pero lo que en otras personas causaba furor, en ella fue molestia: “es muy ancho, más despacio”. Lo cual no era cierto porque era una medida estándar. Mi pene medía un centímetro más de ancho y antes nunca le molestó. Por otra parte, antes la velocidad era lo que le gustaba, así como hacerlo de manera salvaje, fuerte e intenso. Las cosas ahora habían cambiado, el penetrar era lento, poco profundo, si bien las ganas y la excitación estaban presentes, las “coxas” eran diferentes.

    El tercer encuentro fue más allá en la planeación y la preparación que el anterior. El tiempo y el lugar fueron acordados. Me preparé para varios escenarios y situaciones y esta vez hice uso de más tecnologías y opciones.

    El encuentro fue en el hotel de siempre, pero puse música y llevé una lámpara de ambiente. Los besos fueron más abundantes e intensos: su lengua y labios fueron degustados junto a uvas. El desvestirnos también fue lento. Las escenas en el espejo fueron con varias etapas: con ropa, desabotonando su ropa, quitándosela, amasándole las tetas, tocándole el sexo con el dedo medio. Le mordí el cuello y le besé detrás de las orejas.

    La cargué y la dejé sobre la cama y saque sus “regalos”: el primero era un estimulador de punto g y de clítoris con nueve velocidades que le encantó porque podía regular la velocidad e intensidad con el control remoto, lo metí y sintió todas las velocidades, le gustó; el segundo fue un ingenioso estimulador del punto g a distancia, se podía jugar en línea con videollamada, para que ella desde su casa lo disfrutara mientras yo podía estar en la mía y vernos, se lo metí y sintió la vibración dentro de su vagina; finalmente, por una lado un succionador de clítoris, un pingüino que tenía “sombrerito” como adorno, y por el otro un vibrador pequeño, con ese gimió y estiró su cuello llena de placer.

    Ya para ese momento, con la estimulación y los juguetes recibidos, me puse lubricante en el glande y sobre ella le pedí que guiara mi pene para frotarle la vagina y el clítoris. Sus manos guiaron, frotaron y condujeron a su gusto y ritmo la penetración. Al inicio fue muy lento pero la frecuencia aumentó, agregaba lubricante, y sentí que ya nuestros cuerpos se empezaban a unir con sonido del chocar de la carne, accione el succionador y lo coloque en su clítoris.

    Los gemidos al inicio eran apagados, pero después ya eran melódicos, suspiraba con ganas. La penetración era lenta, pero rítmica, gozosa, podía ver como abría los labios para gemir y veía sus ojos pequeños brillar. Ya con la penetración profunda me sujetaba por la nuca para hacer más efectiva y con las manos entrelazaba mi cabello. La animé a subirse y con algo de miedo lo intento.

    Esa mujer sobre mí brillaba. El rubor en su cara, sus enormes senos se movían y tenía sus pezones duros apuntando a mi boca, luego se levantaba y bajaba mientras su cabello lacio y fino caía sobre mi cara. La besaba a ella y a sus areolas. Sentía contraerse las paredes de su vagina. Se salía para volver a sentir la penetración. Frotaba su ano contra mi pene para que se pusiera más duro y grande y luego lo metía a su vagina. Nos veíamos a los ojos con cada penetración profunda.

    Había la intimidad del sexo, de coitear, de hacer el amor. Nos quedamos muy contentos. Ella se veía muy satisfecha e ilusionada. La rehabilitación había funcionado. Intercambiamos mensajes entusiastas durante una semana y desde entonces ya no he sabido más de ella. No contesta, no responde mensajes. Sólo ve mis “reels” de Instagram y yo sus actualizaciones de WhatsApp que son de paseos solitarios por la playa, por montañas brumosas y pastos muy verdes.

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  • Mi novia y mi padrastro (1)

    Mi novia y mi padrastro (1)

    Mi nombre es Javier y esta anécdota es de cuando tenía 19 años. Yo estaba cursando la universidad, estaba comenzando los primeros semestres, cuando en una salida a la plaza conocí a Mariana. La primera vez que la vi me enamoré, tenía el cabello corto y café, medía aproximadamente 1.60 de altura, era delgada, las piernas se veían bonitas pero flaquitas, tenía muy poco trasero pero lo que me impresionó de ella fue el tamaño de sus pechos, solía vestir con suéteres de esos que son de cuello de tortuga, sin escote ni nada, pero aun así se notaba que tenía un buen par de tetas ahí dentro.

    Ella trabajaba en uno de esos locales de belleza femenina, donde te muestran secadoras o planchas o cosas de ese estilo, no sabía cómo hablarle, no soy bueno con las mujeres y soy la verdad un chico promedio, no soy feo, pero tampoco soy de los que voltean a ver. Pensé en diferentes estrategias, como fingir que buscaba algo para una amiga o preguntar por algún artículo para el cabello. Me decidí por lo último. La conversación fue más o menos así:

    J: ¡Hola! Buenas tardes, disculpa, ¿de casualidad venderán espray para el cabello?

    M: ¡Hola!, ¡Claro!, vendemos en dos presentaciones, fijado normal y extra fijo.

    J: Me gustaría el extra fijo por favor.

    No podía evitar bajar mi mirada a sus pechos de vez en cuando.

    M: Claro, en un momento te lo traigo.

    Una vez fue a buscar, me comenzó a invadir la adrenalina, me decidí a pedirle su teléfono terminando la compra.

    M: ¡Aquí está!

    J: Gracias, este me parece perfecto.

    M: Vale, te cobraría 50 pesos por favor

    J: Si, aquí tiene.

    M: Muy bien, perfecto, pues aquí tienes, ¡que tengas un bonito día!

    J: ¡Gracias! ¡Tú también!, Por cierto, ¿habrá posibilidad de que me regales tu número de teléfono?

    En ese momento sentí que me sonrojé, ella solo sonrió y contestó:

    M: No se supone que haga esto en mi trabajo, ¡pero claro!, te lo paso jaja.

    Anotó su celular en uno de los tickets de basura que tenía ahí amontonados, y me lo dio.

    J: ¡Gracias!

    En ese momento fui camino a mi casa, estaba emocionado, no había hecho algo así nunca en mi vida. No sabía en qué momento le mandaría mensaje, pero decidí esperar al día siguiente para no verme muy exagerado. No me detendré en detalles triviales, le mandé mensaje y afortunadamente me contestó, resultó que teníamos muchos gustos en común, nunca había platicado así con alguien. Hablamos sobre libros, películas, música, etc. Así pues, las cosas evolucionaron y terminamos siendo novios, no podía verla todos los días ya que yo estudiaba y ella trabajaba, por lo que reservábamos los fines de semana para vernos.

    Hago aquí un paréntesis para mencionar la relación con mi padrastro. Se llama Gustavo y me llevaba muy bien con él, lo conocí a la edad de 6 años y vivió con nosotros mucho tiempo, hasta que mi madre descubrió que le era infiel y se divorciaron. No dejé de verlo, lo veía todos los fines de semana, exceptuando cuando tenía mucha tarea o tenía otros planes. Mi padrastro sí que era atractivo, y hacía ejercicio, por lo que tenía el cuerpo en buena forma, las mujeres si lo volteaban a ver, era alto y se vestía con playeras tipo de las que usan en el gimnasio para resaltar sus atributos.

    Iba a su casa los sábados y muchas veces me quedaba a dormir. Pasábamos muy buenos ratos juntos, jugábamos y veíamos películas. Sin embargo, yo conocía algo de él que nadie más conocía, y es que era un mujeriego en todo el sentido de la palabra. Tenía de esas aplicaciones para buscar pareja. Y cuando él dormía luego espiaba en su celular, tanto WhatsApp como Messenger, y veía conversaciones subidas de tono con chicas desde los 18 hasta los 40 años (él tenía 42). La verdad me daba mucho morbo, ya que en casi todas las conversaciones se pasaban fotos, por lo que ahí veía el miembro de mi padrastro, que la verdad era más del doble del mío.

    Cada que tenía oportunidad me metía a esas conversaciones, donde jovencitas le pasaban fotos de su culo o de sus tetas, a veces veía que tenían videollamadas, pero pues esas no se pueden ver. Sinceramente me masturbaba leyendo esas conversaciones, era muy excitante leerlas. No sé si lo han sentido, pero a mí se me calentaba la cabeza a las 3 de la mañana al verlas y era mucho mejor que ver porno, ya que esto era real.

    Regresando a las pláticas con Mariana, la verdad es que avanzó todo muy bien, nos dimos nuestro primer beso en un parque, y yo la verdad quería avanzar más, pero no sabía cómo, no me quería ver muy pervertido. Lo fui escalando poco a poco, empezando a apretar su trasero en lo que nos besábamos, recorrer su pierna, y ese tipo de cuestiones, pero yo la verdad estaba loco por poder ver sus tetas desnudas.

    Aproveché la oportunidad una vez que estábamos platicando y me dijo que iría a bañarse, le mande el típico “a ver” jaja, para ver si funcionaba, y efectivamente funcionó. Tardó en responder y pensé que se había enojado, me comencé a sentir mal conmigo mismo, pero a los 20 minutos me mando mensaje pidiéndome perdón porque ya se había metido, entonces recibí una selfie de ella tapándose las tetas mojadas con una mano. Dios mío, se me puso dura rapidísimo, comencé a masturbarme viendo esa foto, le dije que se veía muy hermosa y terminé eyaculando, viendo la foto.

    Desde esa vez tuvimos más confianza en el chat, nos pedíamos fotos el uno al otro, ella a veces me mandaba en la bañera o acostada y yo igual o en la taza del baño, me daba muchísimo morbo saber que estaba sucediendo algo así conmigo, ya no solo veía mujeres desnudas en páginas porno, ahora yo tenía a alguien que me enseñaba y yo le enseñaba. Después de eso al vernos todo subió de nivel, desde abrazarla en el metro de tal manera que podía meter mi mano en su pantalón y dedearla, hasta ir al bosque y que me la chupara, casi siempre terminaba en su mano o en su pierna, yo quería que se lo tragara, pero me daba miedo preguntar si podía.

    Mi morbo no hacía más que subir, teníamos mucho sexting diciendo todo lo que queríamos hacernos, llegamos a tener videollamadas masturbándonos también, ella mostrándome sus tetas y escupiéndoles y yo mojando mi pene para que lo viera. Pero yo quería tener sexo con ella, por lo que un día se lo mencioné.

    Fue una vez que estábamos solos en su casa y nos masturbamos mutuamente, le dije que ya quería dar el siguiente paso, pero ella me dijo que debía esperar, que quería que fuera especial. Yo acepté, esperé hasta que ella lo propusiera y al final lo hizo, que quería hacerlo en uno de esos hoteles para eso, con jacuzzi y ese tipo de cuestiones. Yo investigué y encontré uno muy bonito, se lo enseñé y acordamos ir a ese el siguiente fin de semana.

    Los dos nos encontrábamos muy nerviosos, yo sinceramente no sabía que haría, pensé que podría imitar lo que he visto en videos porno, por lo que fui con esa idea, compré condones y me dejé de masturbar durante una semana porque quería que si yo eyaculaba sería en gran cantidad. Reservé el dinero de mi beca para poder pagar el hotel y además comprar comida ese día, ya que la vería desde las 12 de la tarde hasta la noche.

    Ese día ella iba vestida con una falda y una blusa roja, se veían los tirantes de su sostén e iba bastante escotada, se veía el principio de sus tetas con mucha claridad y al caminar rebotaban un poco, eso me excitó mucho, llevaba también unas botas negras y sus piernas se veían bonitas, su piel es como morenita. Yo iba normal, con una playera y pantalón de mezclilla. Nos fuimos en metro y no parábamos de besarnos y tocarnos un poco, la emoción se sentía de las dos partes.

    Llegando al hotel pedí la habitación, una con jacuzzi, y en lo que subimos las escaleras yo iba apretando su pequeño trasero y dándole una que otra nalgada. Cuando llegamos a la habitación y cerramos la puerta, nos despojamos de nuestras cosas y las pusimos en un mueble que había ahí, ya solo teníamos la ropa encima. Había una cama matrimonial, un baño con regadera y tina, y además el jacuzzi, estaba muy bien iluminado, se veía todo muy bonito.

    Nos sentamos en la cama, ella se quitó sus botas, yo me quité mis zapatos para estar a la par, no sabía cómo comenzar, por lo que decidí besarla, traté te hacerlo lo más sensual que pude, usando mucho la lengua, después de unos minutos apreté su pecho, empecé a amasarlo, ya tenía muy duro el pene. Me quité mi camisa y ella se quitó la blusa, nos seguimos besando y sentí la suavidad de su teta, estábamos muy excitados. Las cosas avanzaron y ya estábamos los dos desnudos, yo estaba chupando sus pezones, con la mano derecha masturbándola.

    La acosté en la cama y lo que hice fue apretar mi pene contra su estómago, mientras apretaba sus tetas, necesitaba presionarme contra ella, nos seguíamos besando, a mí me salía mucho líquido preseminal, ella también estaba muy mojada, me puse de rodillas para que me lo chupara y lo hizo, sentí que estaba en el cielo, aunque sus dientes chocaban con mi tronco. Sacó mi pene de su boca y comenzó a masturbarme mientras me veía a los ojos con una mirada que jamás había visto en ella, era una mirada de deseo, de seducción, sentí que podía eyacular en ese instante, por lo que le ofrecí hacerle un oral a ella.

    Se acostó boca arriba y yo separé sus piernas, besé primero sus pies, luego sus piernas, por dentro de los muslos, subiendo hasta alrededor de su vagina, no quería aún meter mi lengua, quería que esperara, mientras sobaba sus pechos y sus piernas. Por fin comencé a lamer su vagina, por alrededor y por dentro, dándole besos, hundía mi cara completamente ahí, subí sus piernas para que las tuviera dobladas en el aire, para empujarlas y lamer del clítoris hasta abajo, vi cómo le temblaban un poco las piernas, entonces comencé a subir mis besos por su estómago y froté mi pene en su vagina.

    Estaba desesperado por meterla, pero mientras más frotaba más me daba cuenta de que se estaba bajando mi erección, no comprendí porqué y me desesperé, trataba de empujar, pero se doblaba y ya estaba muy chiquita, no lo logré. Ella me preguntó por qué ya no estaba parado, pero no le supe responder, ella comenzó a sentirse mal, pensó que no me gustaba, lo negué y nos abrazamos, lloró un poco, pero al final se tranquilizó, volvimos a intentarlo, esta vez sí permaneció parada, pero al intentar entrar ella experimentó mucho dolor. Intenté un poco más pero no lo logramos, le dolía mucho.

    Nos quedamos acostados un rato, tristes por la decepción de nuestra primera vez, sin embargo, yo comencé a masturbarla para volver a prender la situación, pero ya no fue lo mismo, ella me la chupó ya sin tantas ganas, y cuando me iba ya a venir le pregunté dónde lo quería, y me dijo que en la pierna. Terminé entonces, y fue de hecho bastante poco, me sorprendió, puesto que no había eyaculado en una semana, pero lo atribuí a la decepción que sentía. Ella se limpió y nos acostamos desnudos a descansar.

    Estábamos abrazados de cucharita, yo apretándole una teta, cuando mi celular comenzó a sonar, sentí miedo puesto que ella era celosa, y podría ser una amiga de la escuela preguntando por alguna tarea o algo así. Cuando me levanté y tomé el celular, vi que era mi padrastro, puse el altavoz y volví a acostarme con ella, ella se puso en mi brazo.

    G: ¡Hola Javi!, ¿cómo andas?

    Tenía una voz bastante gruesa, de esos señores que ya están grandes. Mi novia lo notó y abrió los ojos sorprendida.

    J: ¿Bien pa, y tú?

    G: Bien, bien, aquí trabajando, solo quería hablarte para preguntarte porque ya no has venido acá, ¿pasa algo?

    J: Ah no, no, es que lo que pasa es que recientemente conseguí novia, y solo la puedo ver los fines de semana, perdón por no avisarte.

    G: ¡Ahhh! una novia, mi Javi no anda tan perdido, jaja. ¡Pues a ver cuándo la presentas!

    Aquí mi novia sonrió, eso me molestó un poco.

    J: Pues a ver cuándo vamos y nos vemos una película.

    G: ¡Claro hijo!, cuando quieran los recibiré con gusto.

    J: ¡Sale pa, ahí nos vemos!

    G: ¡Bye hijo, te quiero!

    J: Y yo a ti pa.

    Al colgar, se vio la foto de WhatsApp de mi padrastro, mi novia la vio y mencionó sonriendo que se veía muy joven, eso también me molestó, me dieron muchos celos, pero no le dije nada, solo actué algo más reservado. Después de un rato hablando tonterías nos vestimos y la llevé a su casa, yo fui a la mía y llegué a masturbarme recordando lo que había pasado, aunque no fue la gran cosa, nunca había hecho algo así.

    Pasaron los días y ninguno de los dos tocó el tema, hasta el jueves, que mi novia me dijo que sí le daban ganas de conocer a Gustavo, nuevamente me entraron celos, pero le dije que estaría bien. Platiqué con él y accedió muy rápido, se lo comenté a mi novia y se puso feliz por eso. No me gustaba su alegría, de ninguno de los dos, pero lo dejé pasar.

    El sábado que fuimos a ver a Gustavo, ella me platicó en el camino que lo stalkeó y vio que sube muchas fotos sin playera. En ese momento si mostré mi enojo y le pregunté que por qué lo había stalkeado, y respondió que solamente quería conocerlo de antemano, y me abrazó para que no me sintiera mal, pero yo ya estaba imaginando muchas cosas en la cabeza.

    Ella iba vestida con una blusa demasiado escotada, creo que nunca le había visto un escote tan grande, y además llevaba minifalda, con unas zapatillas, no usaba calcetas, desde la vestimenta yo me enojé con ella, pero no le dije nada.

    Llegamos por fin a su casa, toqué el timbre y abrió Gustavo, el muy descarado no traía playera y estaba en short, se veía un bulto en él. Por supuesto que mi novia también lo vio, primero su abdomen marcado y se mordió el labio, luego su bulto y me apretó la mano, sentí mucho asco y enojo en ese momento.

    G: Ay chicos, disculpen, no pensé que llegarían tan temprano.

    M: ¡Hola!, no se preocupe jaja, está bien.

    ¿Cómo que bien? Le vio el bulto y se emocionó.

    J: Hola pa, deberías ir a ponerte algo.

    G: Si, si, ya mismo vuelvo.

    Fue a cambiarse de ropa, yo estaba que no cabía en mí del enojo, solté la mano de Mariana, no quería ni verla. Ella se sorprendió y se enojó igual. Pasamos a la sala y nos sentamos, ella vio alrededor, había muchas estatuas pequeñas de arte, tipo el David y esas cosas. La habitación de Gustavo estaba en el piso de arriba. Cuando bajó, lo hizo con una de esas playeras de gym que mencioné y el mismo short, pero ya no se veía tanto porque la playera era muy grande. Nos ofreció disculpas nuevamente y se sentó a platicar con nosotros.

    Observé que en toda la plática mi novia no quitaba la vista de Gustavo, y de vez en cuando veía sus brazos y piernas. Nunca lo ha hecho conmigo, casi nunca me ve a los ojos. Además, se reía de todo lo que decía de una forma bastante exagerada. Su escote permitía ver que las tetas rebotaban ligeramente cada vez que se reía, por si fuera poco, a cada ratito se acomodaba el zapato sin agachar la cabeza, pero su el cuerpo, dejando ver a mi padrastro sus tetas colgando, él por supuesto aprovechaba todas esas oportunidades.

    Cuando era la hora de comer, decidimos comprar pizza para no hacer nada laborioso. Mientras comíamos la plática seguía igual, pero hizo algo que me hizo enojar como nunca me había enojado con ella. ¿Tiró un poco de cátsup a propósito en una de sus tetas, y en lugar de limpiarse inmediatamente dijo “Ay Gustavo, se me cayó un poco de cátsup en el pecho, ¿no tendrá una servilleta?”, esto mientras se señalaba la teta. Gustavo se dio un buen taco de ojo con esa imagen, y le pasó la servilleta. Yo me decidí a privarme en mis pensamientos y rogar porque el tiempo pasara más rápido para irnos.

    Decidieron poner una película, yo me acosté en el sillón y Mariana en mí, Gustavo lo hizo en el sillón de enfrente, mi novia sacó su trasero hacia él y viendo la tele, eso no me hubiera molestado en cualquier otra ocasión, ya que como dije tenía muy poco trasero, pero el hacerlo así en la casa de mi padrastro no lo aceptaba.

    Al avanzar la película mi novia comenzó a tocar mi pene discretamente y me comenzó a besar, Gustavo no tenía manera de alcanzar a ver, a mí se me paró. Siguió así y paso algo que no pude creer, eyaculé, ella también se sorprendió por ver una gotita blanca salir de mi pantalón. La tomó con el dedo y se la llevó a la boca, jamás había hecho algo así. Yo sentí mucho miedo, de que mi novia enserio se sintiera atraída por Gustavo, hasta me dieron ganas de vomitar de la ansiedad, pero no pasó nada más.

    Al acabar la película, Gustavo nos ofreció quedarnos a dormir. Yo le dije que no era posible, que no había avisado a sus papás de Mariana, ella rápidamente dijo que podía marcarles para avisar, Gustavo lo vio muy conveniente. Ella marcó y en efecto le dieron permiso, siempre y cuando les compartiera su ubicación, lo que hizo a la brevedad. Yo les dije que Mariana no tenía ropa para dormir, Gustavo dijo que no había problema, que le presta ropa suya. Me sentí desfallecer, eso estaba llegando algo lejos. Aunque cualquier persona lo vería normal, yo tenía pensamientos inadecuados en la cabeza, pero ella aceptó sin dilación.

    Al subir a la recámara, yo decidí hablar seriamente con ella y de todo lo que vi, ella se enojó y dijo que no podía creer que la tomara por una de esas mujeres, total que avanzando en la discusión ella ganó y terminé pidiéndole perdón. Nos contentamos y decidimos cambiarnos para dormir. Ella se desnudó completamente y se puso la ropa de Gustavo, no me gustó para nada eso, ya que ella siempre duerme con ropa interior, pero preferí ya no hacer que se enoje.

    Nos acostamos en la cama, platicando bajito porque mi padrastro también se había acostado, en la habitación de al lado. Cuando ya callamos, no se escuchaba nada en la habitación, más que los cláxones de los carros afuera. Mientras más nos adaptábamos al silencio y a la oscuridad, se comenzaron a escuchar ruidos extraños, Mariana me miró y los dos aguzamos el oído. Se escucharon leves gemidos de hombre y un como aplauso muy ligero, cuando nos dimos cuenta no cabía duda. Gustavo se estaba masturbando.

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