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  • El rico esposo de mi madre

    El rico esposo de mi madre

    Mi madre se había divorciado hace menos de 2 años y no tardó en casarse de nuevo con otro hombre, desde que me lo presento sentí un palpitar en mi coño.

    Era alto, musculoso (pero no demasiado), con barba de candado y se veía que cogía durísimo. Traté de llevar la relación lo más distante posible y él igual, siempre fue muy indiferente conmigo, pero todo cambió la noche que vi a mi madre entrar con un hombre y una mujer a la casa, la curiosidad me comía, así que en silencio espié y mi sorpresa fue grande cuando supe que ella se enrollaba con hombres y mujeres, engañando a mi padrastro, esto me dio una luz verde. Si ella podía estar con más personas, mi padrastro también ¿no?

    Estaba harta de fingir que no soñaba con poder probar su rica verga, mamársela hasta que me ahogara y me comiera toda su lechita, quería que me la metiera tan duro y rápido, quería verlo comerme mi coñito y venirme en su cara, no podía reprimir más ese deseo.

    Así que a los días siguientes cuando llegaba del trabajo, yo casualmente aparecía en la sala, sin sostén y playeras diminutas o faldas que me hacían un culo espectacular, él siempre me veía serio, con su mirada penetrante qué se perdía en mis pezones o en mi culito.

    Una noche mi madre salió como de costumbre a cogerse a alguien más y mi padrastro llegaría a casa en cualquier momento, así que tome la oportunidad para poder cumplir mis fantasías.

    Al abrir la puerta principal, lo primero que daba era la sala de estar, así que me senté tranquila a esperar a que llegara. Traía puesto una falda diminuta con una tanguita blanca qué apenas y tapaba mi ya mojadito coño y arriba preferí estar sin sostén, así que mis tetas estaban libres y mis pezones parados.

    Cuando escuché el coche en la entrada, sin descaro me abrí de piernas, moví tantito mi tanguita y me empecé a masturbar. Cuando la puerta principal se abrió, no deje de masturbarme aun cuando mi padrastro entraba con una rubia riquísima. Inmediatamente camino hacia mí y me jalo del brazo hasta el cuarto de lavado, mientras la rubia salía de nuevo de la casa.

    —¿Me podrías explicar qué coño te pasa? —Seguía jalándome muy fuerte del brazo y eso me excito aún más.

    —¿Vas a ir a cogerte a esa puta? —Le dije mirándolo a los ojos, me apretó un poco más y mi mirada lo recorrió, hasta ver el bulto qué se la había formado en el pantalón.— Mejor cógeme a mí, yo puedo ser tú putita. —Me acerque a él y le lamí la boca. Me soltó del brazo y con una mano me tomó de la cara.

    —¿Eso quieres? —Solo solté un gemido como respuesta y después de eso me volteo bruscamente, haciendo que mis tetas quedaran encima de la lavadora y mi culito parado. Se puso un cuclillas y empezó a masajear mi trasero.

    —¿Eso quieres, putita? —Me bajo la tanguita de jalón y de Inmediato sentí su rica lengua en mi culito. Empezó a chuparme tan rico mientras me nalgueaba.

    No podía dejar de gemir, hasta que sentí sus brazos fuertes cargándome. Me puso arriba de la lavadora y me pidió abrir las piernas para él, así lo hice y en seguida me estaba comiendo el coño, lo hacía tan rico…

    —Espera, creo que… —Me quede callada porque sentí que me iba a venir, su lengua tibia lamia mi coño rápido y sentía su barba, lo que me calentaba aún más y me vine cuando sentí que me metió de jalón 3 dedos, le bañe la boca con mis jugos y él no dejo nada, eso me excito aún más.

    —Ven. —Me jalo del pelo y me arrodillo ante él, se bajó con pantalón y los bóxers con una mano y sentí la gloria al ver su verga venuda y parada, me la metí a la boca y empecé a mamársela mientras el me empujaba más.— Trágate mi verga, putita, así.

    Me sentía en el cielo, justo así quería que fuera esto, duro y aumento más cuando con su mano libre me metió una cachetada qué me calentó aun más, le escupía en la verga y luego volvía a mamársela como si estuviera muriendo de hambre.

    Antes de que se viniera me levanto y me recargo de nuevo en la lavadora, abrió mis nalgas y me escupió en el ano, metió un dedo y gemí durísimo, luego metió otro y de golpe me metió la verga en el coño y otro dedo al ano y empezó a darme durísimo, me agarre de lo que pude, cada vez me daba más y más duro mientras me nalgueaba fuerte. Luego me volteo y me sentó en la lavadora me metió la verga y me empezó a comer las tetas, me las chupaba, me mordía los pezones y me palmeaba las tetas con sus grandes manos.

    Yo por mi parte movía las caderas hacia adelante, quería que me diera más duro.

    —Más papi —al parecer eso lo excito más porque me empezó a dar durísimo y también a cachetearme.— Méteme los dedos en el culo. —Le pedí y de inmediato me volteo me abrió el culo y me penetro, al principio me dolió, pero en cuanto paso el dolor me empezó a dar rápido y a nalguearme. Me sentía como una puta y eso me gustaba, estarme cogiendo a mi padrastro en el cuarto de lavado me mojaba aún más y mientras me daba por el culo yo solita me empecé a masturbar.

    Ni siquiera me contuve a gritar, gemir y pedir qué me diera más fuerte.

    Sentía toda su deliciosa verga en mi culo y sus huevos chocaban con mi coño, que rico sentía. Pare más el culo para sentirla más adentro, quería que me diera tan duro qué no pudiera caminar al día siguiente.

    —¿Te vienes en mi culito papi? —Escuché su gemido y al segundo sentí como se descargaba dentro de mí y al sacarla como chorreaba entre mis muslos. Me incorporé y quedé frente a él. Lo bese y me correspondió mientras me cargaba con una mano y otra la metió por mis nalgas hasta mi coño qué aun chorreaba de excitación, me metió los dedos hasta que hizo que me viniera otra vez mientras lo besaba y me excito más cuando lamio sus dedos saboreándome y luego me los dio para que yo también los saboreara. Después me bajo, me dio una nalgada y dijo que había sido una putita muy buena y que pronto tendría que castigarme de nuevo por haber dejado a la rubia qué se iba a coger afuera.

    Y esa fue una de tantas veces, porque incluso cogí y con él y con la rubia culona qué traía a casa cada que mamá salía, pero esa ya es otra historia…

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  • Bajo la cama: Confesiones de un testigo oculto

    Bajo la cama: Confesiones de un testigo oculto

    Lo que les voy a relatar a continuación me ocurrió precisamente porque soy una persona sencilla, tranquila y, sobre todo, porque no soy celoso.

    Para comenzar, me llamo Matías, tengo 23 años y estoy en una relación con Agustina, quien tiene 22 años. Ella es una chica delgada, de cabello largo y oscuro, con una estatura que supera ligeramente el 1,60 metros (yo mido 1,66). Agustina tiene senos pequeños y una figura atractiva, con una cola que sin duda llama la atención.

    Hace aproximadamente un año, decidimos irnos a vivir juntos a un departamento. Yo tengo un buen empleo, mientras que Agustina está estudiando en la universidad. En este edificio, teníamos como vecino a un hombre de unos 37 años, quien vivía solo. Era un tipo atractivo, de estatura media, con un rostro bien definido y una sonrisa que transmitía confianza. Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado, y una mirada intensa que resultaba intrigante. Su físico era atlético, como si se cuidara, y siempre vestía con un estilo casual pero elegante. Aunque era mayor que nosotros, su carisma y su actitud relajada lo hacían parecer más joven de lo que era.

    La cuestión es que, con el tiempo, entablamos cierta relación de amistad con este hombre. Con el paso de las semanas y los meses, esta relación fue fortaleciéndose hasta el punto en que él se convirtió en uno más de nosotros. Éramos como un trío, compartiendo momentos y experiencias que nos unían cada vez más.

    ¿Qué quiero decir con esto? Bueno, básicamente, él se enamoró de mi novia y, aunque podría parecer extraño, decidió confesármelo. ¿Por qué a mí? Porque nuestra amistad había trascendido lo superficial; yo era más que un simple amigo para él. Le transmitía una sensación de tranquilidad y confianza, como si supiera que no me lo tomaría a mal. Y, efectivamente, así fue. No me molestó ni me generó resentimiento. Al contrario, lo entendí como algo natural, incluso curioso, y decidí manejarlo con calma y apertura.

    Entonces, él comenzó a confesarme que encontraba a mi novia muy bonita y que, en el fondo, sentía que ella también podría tener algún tipo de atracción o sentimientos hacia él. Me explicó que quería comprobarlo, pero para eso necesitaba estar a solas con ella en algún momento. Me lo pidió con sinceridad, casi como si buscara mi aprobación o mi bendición. Y yo, con toda la tranquilidad y seguridad que me caracterizan, le dije que sí. Le di mi permiso para que intentara descubrir si lo que sentía era correspondido. No lo hice por indiferencia, sino porque confiaba en él, en ella y en la relación que teníamos. Además, me pareció una situación interesante, incluso intrigante, y quise ver cómo se desarrollaría.

    Una noche, él ideó un plan para estar a solas con Agustina. Le pidió que lo ayudara a preparar una cena, argumentando que tenía una cita con otra mujer y quería que todo saliera perfecto. Sin embargo, eso era mentira; solo era una excusa para pasar tiempo con ella. Agustina, sin sospechar nada, accedió y lo acompañó a su departamento. Media hora después, ella regresó a nuestro apartamento, pero algo en su actitud había cambiado.

    Se notaba distinta, como si algo hubiera pasado entre ellos. Su mirada era más baja, sus movimientos más lentos, y había una especie de tensión en el aire, como si cargara con un secreto que no estaba dispuesta a compartir en ese momento. Era evidente que la experiencia la había afectado de alguna manera, aunque no sabía exactamente cómo ni por qué.

    Al notar que Agustina había regresado con una actitud diferente, sentí curiosidad por saber qué había pasado. Me metí en la habitación que comparto con ella, tomé mi celular y comencé a mensajearme con mi vecino. Él me contó que, durante el tiempo que estuvieron juntos, Agustina parecía estar un poco celosa. Le preguntaba constantemente sobre la mujer con la que supuestamente iba a tener una cita, como si le importara más de lo que debería. Esto le hizo pensar que ella también sentía algo por él, algo que iba más allá de la simple amistad. Fue entonces cuando decidió actuar en consecuencia, guiado por esa intuición.

    Me relató que, en un momento dado, mientras Agustina cocinaba algo en la cocina, él se acercó sigilosamente por detrás y la agarró suavemente de la cintura. Luego, sin darle tiempo a reaccionar, comenzó a darle besos en la mejilla y en el cuello, susurrándole al oído lo buena que estaba. Fue un gesto audaz, pero según él, ella no se resistió. Al contrario, parecía responder de manera tímida pero receptiva, como si algo en ella también estuviera despertando.

    Pero eso no fue todo. Él, aprovechando que mi novia llevaba una remera ajustada y no usaba sostén —algo común en ella debido a que tiene senos pequeños—, decidió ir un paso más allá. Mientras la besaba por el cuello, con una mezcla de audacia y cautela, deslizó sus manos por debajo de la remera. Sus dedos encontraron su piel suave y, sin vacilar, comenzó a acariciarle los senos, explorándolos con delicadeza al principio, pero luego con más firmeza, llegando incluso a pellizcarle los pezones.

    En ese momento, algo inesperado sucedió: Agustina, en lugar de detenerlo, llevó sus propias manos por debajo de la remera y agarró las de él. No para apartarlo, sino como si estuviera guiándolo o permitiéndole continuar. Fue un gesto que dejó en claro que, aunque quizás sorprendida al principio, ella estaba aceptando lo que estaba ocurriendo. Su respiración se agitó levemente, y aunque no dijo nada, sus acciones hablaban por sí solas. Era como si, en ese instante, ambos estuvieran explorando algo nuevo, algo que iba más allá de los límites que habíamos establecido antes.

    Luego, él la giró suavemente hacia él, colocando sus manos firmemente sobre la curva de su cola, como si quisiera sentirla completamente cerca. Durante unos segundos que parecieron eternos, se miraron fijamente a los ojos, como si estuvieran midiendo el peso de lo que estaba a punto de suceder. Había una tensión palpable en el aire, una mezcla de deseo y curiosidad que los envolvía. Finalmente, sin mediar palabras, sus labios se encontraron en un beso apasionado, intenso y cargado de emociones. No fue un beso tímido o exploratorio, sino uno que dejaba claro que ambos estaban entregándose a ese momento, como si hubieran cruzado un límite juntos y ya no hubiera vuelta atrás.

    Todo lo que ocurrió, cada detalle que él me contó, fue suficiente para excitarme al punto de que mi pene se pusiera completamente erecto. Fue una reacción física inmediata, pero también emocional. Sentí algo nuevo, algo que nunca antes había experimentado, y me sorprendió lo mucho que me gustó. Era como si una mezcla de curiosidad, morbo y placer se hubiera apoderado de mí.

    A medida que leía cada palabra, una especie de electricidad gratificante comenzó a recorrer todo mi cuerpo, desde la nuca hasta la punta de los dedos. Era una sensación intensa, casi fascinante, como si las palabras mismas tuvieran el poder de despertar en mí algo que no sabía que existía. No solo me excitaba físicamente, sino que también me hacía sentir vivo, conectado con una parte de mí que hasta entonces había permanecido oculta. Era como si, a través de esa historia, estuviera descubriendo un nuevo lado de mi sexualidad, uno que me resultaba tan intrigante como placentero.

    En los días siguientes, ellos siguieron viéndose, y él me contaba todo lo que hacían. Cada detalle, cada gesto, cada momento de complicidad entre ellos, me lo describía con una precisión que me resultaba irresistible. Aunque sus relatos me excitaban muchísimo, llegó un punto en que necesitaba comprobarlo por mí mismo. No porque dudara de su palabra, sino porque quería sentir esa misma emoción, esa misma intensidad, de primera mano.

    Quería ser testigo de lo que ocurría entre ellos, no solo a través de sus palabras, sino con mis propios ojos. Era como si necesitara confirmar que todo aquello era real, que no era solo una fantasía contada, sino algo tangible que podía experimentar y sentir en carne propia.

    Fue entonces que, un día, decidí llevar las cosas un paso más allá. Le dije a él que se la llevara a comprar algo, y que cuando regresaran, intentara cogérsela en nuestra cama. Le expliqué que yo estaría debajo de la cama, escondido, escuchando todo lo que ocurriera. Quería ser testigo de su intimidad, sentir la tensión y la pasión de ese momento desde un lugar oculto, pero cercano.

    Para asegurarme de que todo saliera según lo planeado, antes de que regresaran, le envié un mensaje a Agustina diciéndole que había tenido que ir al trabajo por una emergencia. Era una excusa perfecta para justificar mi ausencia y, al mismo tiempo, para que ellos se sintieran más libres de actuar sin preocupaciones. Sabía que, si todo salía como esperaba, sería una experiencia única, algo que me permitiría vivir esa fantasía de una manera que nunca antes había imaginado.

    Recuerdo que, cuando escuché la puerta de nuestro departamento abrirse, una emoción intensa e indescriptible recorrió todo mi cuerpo, como una corriente eléctrica que me hizo estremecer de pies a cabeza. Era una mezcla de nerviosismo, anticipación y excitación, como si supiera que estaba a punto de presenciar algo que cambiaría por completo mi percepción de las cosas.

    Luego, escuché sus voces. Hablaban en tono bajo, casi susurrando, como si compartieran un secreto. Los pasos se acercaban lentamente hacia la habitación, hacia mi posición escondida bajo la cama. Cada paso resonaba en mi mente, aumentando la tensión y la expectativa. Sentía cómo mi corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse del pecho, y mi respiración se volvió más rápida y superficial. Estaba completamente inmerso en ese momento, esperando con una mezcla de ansiedad y placer lo que estaba por ocurrir.

    Ellos ingresaron a la habitación y, desde mi escondite debajo de la cama, pude ver sus pies moverse hacia el lado izquierdo, justo donde yo estaba. Primero, comenzaron a besarse. Los sonidos de sus labios encontrándose, los suspiros entrecortados y los murmullos apagados llenaron la habitación, creando una atmósfera cargada de deseo.

    Luego, poco a poco, empezaron a quitarse la ropa. Vi cómo las prendas caían al suelo cerca de mí, aunque no me detuve a distinguir qué era cada una. Lo importante era la sensación de que estaban derribando barreras, acercándose más el uno al otro. La combinación de lo que veía y lo que escuchaba —los besos, la ropa cayendo, sus pies moviéndose con nerviosismo— me hacía sentir como si estuviera en el centro de algo intenso y prohibido, algo que me excitaba y me mantenía completamente atento.

    De repente, vi cómo ella se arrodilló frente a él, apoyando sus rodillas en el suelo. Desde mi posición, no podía ver exactamente lo que ocurría, pero noté que sus manos se agarraban a sus piernas, como si estuviera buscando estabilidad o acercándose más a él. Fue entonces cuando escuché el sonido inconfundible: un “glup glup glup” rítmico y húmedo, el mismo que hacen las mujeres cuando chupan.

    Ese sonido me dejó claro lo que estaba pasando: ella le estaba chupando el pene. La imagen mental que mi mente creó a partir de esos sonidos era tan vívida que casi podía verla, inclinada sobre él, entregada por completo a ese acto íntimo. Cada “glup” resonaba en la habitación, acompañado de sus suspiros entrecortados y los gemidos bajos de él, que delataban lo mucho que lo estaba disfrutando. Aunque no podía verlos directamente, los sonidos y la tensión en el aire me hacían sentir como si estuviera justo ahí, viviendo cada segundo de esa experiencia.

    En un instante, su voz rompió el silencio de la habitación. Era él, el hombre que estaba disfrutando de una felación por parte de mi dulce y hermosa novia. Su tono era bajo pero cargado de placer, y sus palabras resonaron con claridad: “¡Qué rico que me la chupas!”.

    Esa frase, tan directa y llena de satisfacción, dejó en claro lo mucho que estaba disfrutando del momento. No era solo el tono de su voz, sino también la manera en que las palabras salieron de su boca, como si no pudiera contener la emoción que sentía. Para mí, escuchar eso fue una mezcla de excitación y curiosidad. Saber que mi novia, esa chica dulce y hermosa que conocía tan bien, estaba provocando esa reacción en otro hombre, despertaba en mí una sensación intensa y contradictoria. Por un lado, me excitaba; por otro, me hacía reflexionar sobre lo que significaba todo aquello.

    El sonido de su voz, combinado con los gemidos bajos de Agustina y el ritmo constante de lo que estaba ocurriendo, creaba una atmósfera cargada de deseo y complicidad. Era como si, en ese momento, todos estuviéramos conectados de alguna manera, cada uno experimentando el placer a su propia manera.

    La felación que mi novia le estaba dando continuó, y en un momento, comencé a escuchar sonidos que indicaban que ella se estaba atragantando levemente. Eran pequeños ahogos entrecortados, mezclados con gemidos y el ritmo constante de lo que estaba ocurriendo. La curiosidad me pudo, así que me asomé con cuidado por debajo de la cama para ver qué estaba pasando.

    Lo que vi me dejó sin aliento: él tenía sus dos manos firmemente apoyadas sobre la cabeza de ella, como si la estuviera guiando o controlando el ritmo. Agustina, por su parte, tenía todo su pene metido en la boca, entregada por completo a ese acto. Él, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, parecía estar mirando al techo, completamente absorto en el placer que estaba sintiendo. Su expresión era una mezcla de éxtasis y concentración, como si cada movimiento de ella lo llevara más y más lejos.

    Ver esa escena desde mi escondite fue abrumador. Por un lado, sentí una excitación intensa al presenciar algo tan íntimo y prohibido; por otro, me invadió una sensación de asombro al ver a mi novia, tan dulce y hermosa, entregada de esa manera a otro hombre. Era como si, en ese momento, estuviera viendo una parte de ella que nunca antes había conocido, algo que despertaba en mí una mezcla de emociones contradictorias pero fascinantes.

    Finalmente, ellos se subieron a la cama, y desde mi posición escondido debajo de ella, solo podía escuchar el sonido de sus besos apasionados. Los labios se encontraban con urgencia, y los suspiros entrecortados de ambos llenaban la habitación. Poco después, los gemidos de Agustina comenzaron a escucharse, suaves al principio, pero cada vez más intensos. Sin embargo, noté algo peculiar: la cama no se movía. Eso me hizo pensar que él debía estar haciéndole algo que no requería movimiento, algo que la hacía gemir de placer sin necesidad de más.

    Fue entonces cuando lo supe: él le estaba chupando la concha. Mi suposición se confirmó cuando, de repente, sus gemidos se hicieron más profundos y guturales, y empecé a escuchar el sonido húmedo y rítmico de su lengua explorándola. Era un sonido inconfundible, acompañado de los suspiros cada vez más intensos de ella, que delataban lo mucho que lo estaba disfrutando.

    Escuchar todo eso desde mi escondite fue una experiencia que me dejó en un estado de tensión y fascinación. Por un lado, sentí una excitación intensa al imaginar la escena; por otro, me invadió una curiosidad insaciable por saber hasta dónde llegarían. Era como si, en ese momento, estuviera siendo testigo de algo que desafiaba todo lo que conocía sobre mi novia, algo que me hacía replantearme lo que significaba el deseo y la intimidad.

    Luego, la cama, esa misma que comparto con Agustina, comenzó a moverse con un ritmo constante y enérgico, avanzando y retrocediendo hasta golpear el respaldo contra la pared. Cada golpe resonaba en la habitación, acompañado de un sonido metálico o de madera que se repetía una y otra vez, marcando el ritmo de lo que estaba ocurriendo.

    En ese momento, los gemidos de Agustina se intensificaron. Eran sonidos profundos y guturales, como “ahhh, ahh, ahhh”, que salían de su boca con una fuerza que delataba el placer que estaba sintiendo. No había duda: él la estaba penetrando. Cada gemido parecía sincronizarse con el movimiento de la cama, creando una especie de música cargada de deseo y entrega.

    Mi novia estaba disfrutando cada segundo de lo que estaba ocurriendo, y no dudó en hacérselo saber con sus palabras. Con una voz que parecía diferente, más sensual y entregada, repitió las mismas palabras que él había usado antes: “¡Qué rico!”. Su tono era más suave pero igual de intenso, como si estuviera completamente inmersa en el placer que él le estaba provocando. Era como si esa voz no perteneciera a la Agustina que yo conocía, sino a una versión más audaz y desinhibida de ella.

    Él, sin perder el ritmo, le preguntó con una mezcla de curiosidad y satisfacción: “¿Te gusta?”. Y ella, sin vacilar, le respondió con un “sí” claro y sincero, casi como si estuviera afirmando algo que iba más allá de lo físico. Esa respuesta, tan directa y cargada de emoción, dejó en claro lo mucho que estaba disfrutando del momento.

    Luego, él le pidió que se pusiera en cuatro patas sobre la cama, y ella, sin dudarlo, obedeció. Inmediatamente, el sonido de la cama moviéndose se intensificó, volviéndose más rápido y enérgico, como si el ritmo hubiera cambiado por completo. Cada golpe contra el respaldo de la cama resonaba con más fuerza, acompañado de los gemidos de Agustina, que ahora eran más profundos y urgentes.

    Minutos después, con una voz que sonaba diferente, más audaz y llena de deseo, ella le dijo: “Más fuerte, papi”. Esas palabras, cargadas de una intensidad que nunca antes le había escuchado, hicieron que él acelerara aún más, siguiendo sus instrucciones al pie de la letra. Entre jadeos, él le preguntó: “¿Así está bien?”, y ella, con la voz entrecortada y casi sin aliento, le respondió: “Sí”.

    La faena sexual entre ellos continuó un rato más, llena de gemidos, movimientos enérgicos y un ritmo que parecía no detenerse. Sin embargo, todo llegó a su clímax cuando él le pidió que se bajara de la cama, diciéndole que iba a acabar. Ella, obediente y entregada, se arrodilló nuevamente frente a él, en una posición que parecía natural después de todo lo que habían compartido.

    Él, con desesperación, comenzó a masturbarse frente a ella, mirándola fijamente mientras lo hacía. Su respiración era agitada, y sus gemidos, cada vez más fuertes, delataban lo cerca que estaba del orgasmo. En un momento de tensión, le preguntó: “¿Dónde quieres que te lo dé?”. Ella, con una voz suave pero decidida, respondió: “En las tetas”.

    Fue entonces cuando él, con unos gemidos profundos y guturales, llegó al clímax y eyaculó sobre sus senos. El sonido de su respiración agitada y las últimas palabras entrecortadas de ambos marcaron el final de ese momento íntimo.

    Ver esa escena final desde mi escondite fue una experiencia que me dejó con una mezcla de emociones intensas. Por un lado, sentí una excitación abrumadora al presenciar algo tan íntimo y prohibido; por otro, me invadió una sensación de asombro al ver a mi novia, tan dulce y hermosa, recibiendo de esa manera a otro hombre.

    Era como si, en ese momento, estuviera viendo una faceta de ella que nunca antes había conocido, algo que despertaba en mí una curiosidad insaciable y una fascinación que no podía ignorar. La imagen de él acabando sobre sus senos, mientras ella permanecía arrodillada, se quedó grabada en mi mente, creando una mezcla de placer y conflicto que no sabía cómo procesar.

    Después de todo lo ocurrido, ellos se limpiaron y se vistieron de nuevo, como si estuvieran volviendo a la normalidad después de un momento tan intenso. La habitación, que minutos antes había estado llena de sonidos y movimientos apasionados, ahora estaba en silencio, solo interrumpido por sus murmullos y suspiros relajados.

    Luego, tal como lo habíamos acordado, él la llevó a ”su” departamento, el de él, para que yo pudiera salir de debajo de la cama sin ser visto. Escuché cómo la puerta se cerraba tras ellos, y supe que era mi momento. Con cuidado, me deslicé de debajo de la cama, sintiendo cómo mis músculos se relajaban después de tanto tiempo en esa posición incómoda. Me aseguré de que todo estuviera en su lugar, como si nunca hubiera estado allí, y salí del departamento en silencio.

    Al caminar por el pasillo del edificio, sentí una mezcla de emociones que no podía ignorar. Por un lado, estaba la excitación y la curiosidad que había experimentado al presenciar todo aquello; por otro, una sensación de asombro al darme cuenta de que mi novia había compartido algo tan íntimo con otro hombre. Era como si, en ese momento, estuviera procesando algo que iba más allá de lo físico, algo que desafiaba todo lo que creía saber sobre nuestra relación y sobre ella.

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  • Minerva es el erotismo tabú puesto al desnudo (1)

    Minerva es el erotismo tabú puesto al desnudo (1)

    Nicolau Prats De la pava, que tenía 22 años por esa época, estaba sentado frente a una ventana de la primera planta de la biblioteca de la Universidad de Huesca. Cursaba el cuarto año de Grado en Veterinaria, y estaba estudiando para el examen final de la asignatura Cirugía de Animales de Compañía. Jugando con un lápiz entre sus dedos, miraba distraído por la ventana que daba a las canchas de baloncesto. La moneda dorada que colgaba del cielo calentaba el día más de lo habitual para ser principios de junio.

    De repente, vio aparecer en la cancha más cercana a la biblioteca, acompañada de tres chicos que reconoció como de último año de ingeniería mecánica, a la chica de sus sueños, y la de casi todo el alumnado, Minerva Magnusson.

    Era una chica de 21 años que estudiaba tercero de Administración y Dirección de Empresas, ADE. Las facciones del rostro parecían esculpidas por los dioses. Dioses que le habían puesto en la cuenca de los ojos un par de esmeraldas redondeadas, de color vivo y cristalino, que Nicolau jamás había visto ni en persona, ni en revistas, ni en televisión. En la universidad se decían mitos sobre ella: que algunos chicos o chicas débiles de carácter se habían hipnotizado con su mirada, o que al hablar con ella se habían vuelto tartamudos, o que al verla venir se les había olvidado caminar, o que al verla pasar se les había torcido el cuello.

    Esa mañana, Minerva Magnusson vestía una camisa blanca, pulcramente metida entre su minifalda, la cual estaba hecha de volantes que formaban dunas de color pajizo.

    Un chico que era de raza negra le tomó la mano por encima de la cabeza y le hizo hacer media pirueta, enseñándole la parte trasera del atuendo al resto de chicos. Ella se dejó hacer mientras la blancura de sus mejillas cambiaba a rojizo y los chicos hacían gestos de aprobación mirándole el culo sin disimulo.

    Esos jóvenes eran conocidos por ser problemáticos; de esos que se embriagan, se drogan y terminan armando peleas en fiestas y pubs. Una vez pasaron la noche en la estación de policía por estar fumando marihuana en la vía pública y otra por agredir a un chico en una fiesta.

    Uno era flaco, desgarbado y de hombros encogidos, de nombre Alejandro. David era un chico gordito y bonachón, que no pegaba bola andando con los buscapleitos. Al chico de raza negra, Nicolau no le sabía el nombre, pero sí que jugaba en el equipo de baloncesto de la universidad; se le veía fuerte y le sacaba dos palmos de altura a Minerva. Con unos llamativos dedos largos, sostenía con facilidad su pelota de baloncesto con una sola mano. Por obvias razones, eran conocidos como la pandilla de “El negro, el flaco y el gordo”.

    No se oía lo que hablaban, pero reían y hacían reír a Minerva. Al hacerlo, unos encantadores hoyuelos se hacían en sus mejillas.

    Una corriente de viento se acercó y jugó con su cabello, largo y del color del azabache, colocándole graciosamente un mechón en el rostro. El chico negro alargó la mano y se lo quitó. Ella elevó la mirada hacia él y le sonrió.

    Luego, el mismo viento se puso a remolinear alrededor de sus largas piernas, haciendo que la minifalda aleteara, como a punto de tomar vuelo sobre las canchas de baloncesto, dejando ver en efímeros parpadeos la desnudez de la pelvis de la chica, que vestía un pequeño tanga de color blanco. Entre risas y con desdén, ella intentaba domar la minifalda con su única mano libre, pues la otra estaba ocupada con su mochila. Tras unos segundos al fin, el travieso viento dejó que Minerva aterrizara. Nicolau se imaginó cómo se vería desnuda esa joven… y el pene se le fue inyectando de sangre hasta ponerse duro.

    Un rato después, el negro le enseñó a Minerva el contenido de su mochila. Ella miró dentro, y negó con el dedo índice. Entonces, los chicos le dijeron algo mientras le señalaban hacia el bosque que hay detrás de las canchas de la universidad, y ella negó de nuevo. Después de unos minutos de insistencia, Minerva asintió y juntos caminaron hacia la valla en la parte trasera de las canchas. Salieron de la universidad por una pequeña rotura que la valla tenía y se internaron en el bosque.

    A Nicolau Prats le pareció extraño, y hasta peligroso, que la chica más popular de la universidad se fuera al bosque con unos gamberros. La curiosidad y la preocupación le vencieron y decidió seguirles.

    Luego de unos quince minutos deslizándose a través de espesos senderos, Nicolau escuchó algunas risas que provenían de un claro que se abría en medio del bosque, en una zona por donde pasaba el río Flumen. Cuando tuvo al grupo de jóvenes a la vista, Nicolau se ubicó tras un arbusto de boj común que, junto con la negrura del bosque atrás de él, le ocultaba de los rostros que ocupaban el paraje.

    El paraje estaba a los pies de una débil cascada que, a modo de velo, cubría a una pared de rocas, produciendo un agradable murmullo. A los pies de la cascada se formaba una apacible y cristalina balsa de agua, como una piscina natural. El frondoso follaje de los altos abetos y hayas que rodeaban el paraje, pintados de colores verdes, amarillos y rojizos, arropaban al lugar, dotándolo de una sensación de intimidad que invitaba a pecar con impunidad.

    Los jóvenes dejaron sus mochilas sobre una roca de superficie plana, que parecía un mesón, por lo que servía de merendero. Minerva se sentó elegantemente, con sus piernas cruzadas, en un largo tronco de árbol talado que sirvió de banco. El chico negro se sentó al lado izquierdo de ella y los otros chicos en el suelo rocoso frente a ellos. Pusieron música urbana en el Spotify del móvil del negro. Ellos querían a Yhaico y ella a Karol G. Luego el negro sacó de su mochila los ingredientes para hacer botellón con una botella de vodka y una de Fanta naranja de dos litros. En un par de vasos desechables sirvió la mezcla.

    Mientras las copas flotaban de mano en mano, los hombres comentaban sobre temas banales, bla, bla, bla; pero cuando era Minerva la que hablaba, todo lo demás perdía sentido para esos jóvenes.

    Los labios de la chica eran mullidos, como un malvavisco, especialmente el inferior; y tenían el color y el brillo de una piruleta de cereza acabada de salir de la boca de una niña. Un moderado ceceo al hablar hacía que frecuentemente asomara entre los dientes la punta de su provocativa lengua. Su voz era de un tono grave, pero susurrado, como un postre que sabe a la contundencia del café y a la vez a suave dulce de leche; así era la boca y la voz de Minerva Magnusson, una composición perturbadora que invitaba a la intimidad.

    Los jóvenes procuraban que Minerva bebiera y bebiera, de tal manera que, tras una decena de canciones, la chica estaba en una actitud relajada y distendida. Su comportamiento y posturas cuidadosas fueron desapareciendo. Los dos botones superiores de su blusa aparecieron sueltos, dejando a la vista el centro de sus redondeadas tetas, una de las cuales tenía un lunar. Los movimientos de sus piernas se volvieron descuidados, con lo cual, la minifalda tenía tendencia a trepar hacia la raíz de sus muslos, haciendo que de cuando en cuando se le viera la ropa interior; sin embargo, con la de copas que llevaba encima, o no se daba cuenta, o ya no le importaba.

    Todos intentaban flirtear con ella, pero con el pasar de las canciones fue quedando claro que por quien Minerva se sentía atraída era por el basquetbolista. Este aprovechó la gradual desinhibición de la chica para avanzar en sus acercamientos: palabras al oído que la hacían reír encantadoramente, caricias en la mejilla, abrazos por la cintura, luego besitos tímidos en la boca, y una mano hacia atrás, testándole el culo con disimulo, y ella se dejaba hacer.

    Los otros chicos también se envalentonaron y la colmaban de halagos que iban subiendo de tono a medida que el alcohol les desinhibía la lengua: «Que para ti todos los hombres deben ser feos», que «con ese cuerpazo yo no pasaría hambre», que «estás para echarte un polvo», que «no debe haber un chico en la universidad que no quiera follarte». Ella reía tímidamente ante la franqueza de los comentarios y procuraba cambiar de tema sin mucho éxito.

    —¿E-es verdad que t-tienes la-la lengua muy larga? —dijo el gordito, quien habitualmente no era tartamudo, pero había caído bajo el famoso embrujo de los ojos de Minerva.

    —¡Vaya! Os enteráis de todo —dijo Minerva divertida, tras lo cual, sacó su lengua y la estiró hasta por debajo del mentón.

    Los chicos miraron con la boca abierta.

    —¡Madre mía!, pero sí parece la lengua de Vemon.

    Ella rio divertida y luego llevó su lengua hacia arriba hasta que la punta lamió el párpado inferior de un ojo.

    —¡Joder, tía! Menuda lengua. Debes estar en las fantasías de todas las lesbianas de la universidad.

    —Ya me imagino lo que podrías hacer con esa lengua.

    —Un superbeso negro, seguro.

    Minerva hizo un mohín de asco.

    —¡Parad, chicos! ¡Definitivamente, sois los chicos más cerdos con los que he quedado!

    Todos rieron.

    —¿Cómo es que puedes estirar tanto la lengua?

    —No lo sé. También puedo estirar mucho mis articulaciones —dijo flexionando su muñeca hasta que la punta del pulgar se unió con el antebrazo.

    Todos se miraron con asombro y Minerva se encogió de hombros como una niña traviesa.

    —¿P-podemos ver el p-piercing de tu ombligo? —dijo el gordito, quien parecía el más curioso de comprobar las leyendas urbanas que se contaban sobre Minerva. Los demás secundaron su idea.

    Ella se puso de pie. Sus piernas, torpes por el alcohol, trastrabillaron un poco. soltó los botones inferiores de su blusa y anudó los faldones por la parte alta del abdomen, dejando así descubierta su cintura angosta, adornada en su ombligo por un piercing que tenía un cristal de Murano del mismo verdor de sus ojos.

    —¿Os gusta? —les preguntó ella con una risilla divertida y dejando los brazos abiertos como si fuera a meditar.

    Todos alagaron lo sexi que se le veía.

    —¿Tienes más? —preguntó el flaco.

    —No. Aunque me gustaría uno en la lengua.

    Minerva volvió a sentarse a la derecha del negro. Este aferró sus largos dedos al muslo izquierdo de la chica.

    —¿Y en el coño? ¿Te harías un piercing en el coño? —le preguntó el negro mientras le acariciaba el redondeado muslo de arriba a abajo.

    —¡Huy! Ja, ja, ja, me gustaría, pero creo que en el chochito debe de doler un mogollón.

    —¡Bah! Yo tengo uno en la polla y casi no me dolió —dijo el flaco.

    —¿Qué? No te creo. Te estás quedando conmigo —dijo ella riendo con incredulidad.

    —Es puto cierto, ¿te lo enseño?

    —¡Ja, ja, ja, sueñas, chaval! —le contestó ella.

    —Sí. Anda. Enséñasela —ordenó el negro.

    El flaco se puso de pie, e ignorando la negativa de Minerva, se soltó los botones de su vaquero y se sacó el pene.

    —Os pasáis tres pueblos conmigo, ¡eh! —atino a reprochar Minerva mientras con la mano temblorosa y el arco de las cejas elevado le daba un trago a la copa sin quitar la mirada del pene que había a un metro de su cara.

    En efecto, tenía una gruesa argolla que entraba por la punta de la uretra y salía por la zona del frenillo. Pero es probable que lo que más sorprendiera a la chica fuera que el pene estaba erecto. Era un pene que llamaba más la atención por largo, que por grueso, como su dueño.

    —¡V-vaya! Qué… qué grande es.

    —¿Te parece? —dijo el flaco tirando de su pelvis hacia delante para exhibirle el pene con más esplendor.

    Minerva rio con ironía.

    —¡La argolla!, Alejandro, me refiero a la argolla. ¡Anda!, ya puedes guardar ese gusano.

    Todos rieron.

    —Entonces. ¿Te animas? —le preguntó mientras se guardaba la polla y se sentaba de nuevo.

    —Mmm… algún día, pero en un labio vaginal. En el clítoris debe doler que flipas.

    —¿Y qué tal son tus labios vaginales? —le preguntó el negro.

    —¡Oye! Qué directos sois en vuestras preguntas.

    —Es que tenemos curiosidad. A mí me gustan los coños con los labios carnosos. Que los pueda chupar hasta que me lleguen a la garganta. —Algo debía estar pasando bajo la falda de la chica, pues sus muslos apretujaron repentinamente la mano del basquetbolista, que en algún momento había reptado bajo su falda.

    —Eres un cerdo asqueroso —le dijo Minerva negando con la cabeza. Su voz ya sonaba un poco diluida por el alcohol. —¡Sí!, pero dime, ¿cómo es el tuyo? —Le dijo el negro mirándola a sus ojos brillantes; ella le sostuvo la mirada; el negro se lanzó a por su boca y empezó a devorársela, ella le correspondió y sus rodillas liberaron a la mano que apretujaban.

    Sin discreción ante los otros universitarios, el negro empezó un toqueteo entre las piernas de Minerva, que terminó por hacer trepar su falda hasta las caderas, dejando a la vista de los demás los laterales de sus glúteos, y haciendo que sus pálidas mejillas se le encendieran y de su boca emanaran gemidos blandos y dulces.

    Muy a su pesar, la amplia mano del basquetbolista no permitió que Nicolau corroborara lo que imaginaba: que, bajo los pliegues de esa falda, los inusualmente largos dedos del basquetbolista se enterraban en la vagina más apetecida de la universidad. Imaginándolo, el pene se le puso a reventar.

    Tras un rato, un atisbo de cordura debió volver a la mente de la joven, pues de repente le sacó la mano al negro de su entrepierna, se puso de pie y, mientras recomponía su falda, dijo que se había cansado de escuchar a Bad Bunny.

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  • El casamiento

    El casamiento

    ¡Hola! Me llamo Mey y soy nueva en esto. Para estrenarme, me gustaría comentarles lo que me pasó la última vez que me cogieron, ya que todavía siento el calor sofocante de esa noche.

    Era el casamiento de una amiga y la quinta en la que se celebraba ardía bajo el sol de febrero, el aire se mezclaba entre olor a pasto recién cortado, flores silvestres y el aroma de los cuerpos transpirados que bailaban sin parar al ritmo de la cumbia, el cuarteto y el reggaetón.

    Yo estaba ahí, con un vestido negro ajustado, unas sandalias del mismo color y aros de perlas en las orejas. Llevaba los anteojos de sol puestos y una coleta en la muñeca, por si decidía atarme el pelo en algún momento.

    Me crucé con él casi sin querer, cerca de la barra donde había tragos. Alto, morocho, con una camisa beige, una pulsera que contrastaba con su piel y un reloj elegante en la muñeca izquierda. Tenía una forma cínica de sonreír, como si supiera que todas lo miraban. Y sí, todas lo miraban.

    —¿Vos sos Mey, no? —dijo mientras servía un fernet con coca.

    —Depende quién pregunte —le contesté sin mirarlo del todo.

    —Franco. Amigo del novio.

    —Ah… el famoso Franco. Me hablaron de vos.

    —¿Y qué te dijeron? ¿Que soy un hijo de puta?

    —No, peor… —solté, dándole un trago a mi gin tonic.

    Se rio y nos quedamos ahí, hablando boludeces, tirándonos indirectas. Él con ese tono sobrador. Cada vez que me acercaba para hablarle, sentía su perfume mezclado con el calor del cuerpo. Y cada vez que lo miraba, notaba cómo me recorría con la vista, sin disimulo.

    Después vino el baile. Entre risas, tragos y pasos improvisados, terminamos rozándonos más de lo debido. Su mano en mi cintura, mi boca demasiado cerca de su cuello. El ambiente estaba muy cargado.

    Ya cerca de las ocho de la noche, la fiesta seguía vibrando en otro sector de la quinta. Nosotros, sin decir nada, fuimos hacia su auto, estacionado bajo un árbol que más temprano había dado sombra. El lugar era oscuro, apartado, como si el resto del mundo se hubiese disuelto.

    Nos metimos en la parte de atrás. Ni bien cerró la puerta, sus labios fueron directo a los míos. Nos besamos como si nos estuviéramos comiendo. Diez minutos de manos desesperadas, sus dedos bajando por mi muslo, mi boca jadeando entre caricias cada vez más descaradas.

    —Sos hermosa Gise… —dijo de repente, agitado.

    Me congelé. Lo miré fijo, con desconcierto.

    —¿Gise?

    Se frenó, apenas un segundo.

    —Nada, me confundí… es… una mina con la que salía. Nada importante.

    —¿Una mina con la que salías o salís ahora?

    —No exagerés Mey, ¿qué importa?

    Me quise bajar del auto y él intentó retenerme aplicando algo de fuerza, pero me fui directo a la pista y me puse a bailar con el primer tipo que se me cruzó. Movía las caderas con una sensualidad que no sabía que tenía. Lo besé pero no era lo mismo. Solo quería que Franco viera. Y claro que lo hizo.

    Más tarde, en una charla casual con los novios, pregunté por él con la excusa más estúpida. Y ahí me cayó el baldazo de agua fría.

    —¿Franco? Sí, está de novio con Gise, una chica divina… pobre, justo no pudo venir hoy.

    Sentí que me tragaba la tierra. Me fui directo al baño privado que usaban los más cercanos a la novia. Me encerré ahí, intentando bajarme la temperatura del cuerpo y de la bronca. Pero no pasó ni un minuto que la puerta se abrió de golpe. Franco entró y me acorraló contra la pared.

    —Ya te vengaste, ¿no? —me dijo al oído—. Ahora vamos a mi casa.

    —¿Estás en pedo? Ya sé que tenés novia.

    —Los únicos labios que deseo ahora son los tuyos —sus dedos se metieron entre mis piernas con una brutalidad certera.

    —Franco… —dije entre dientes, intentando disimular mi respiración— no…

    Pero mi cuerpo ya le respondía. Me besó fuerte, con deseo. Me perdí en ese momento lleno de tensión. Me decía cosas al oído, me apretaba las tetas, me besaba el cuello.

    —Vení a casa —susurró con la voz cargada. Finalmente accedí.

    Nos fuimos. El viaje en el auto fue un juego de provocaciones. Su mano en mi muslo, me decía cosas sucias, me prometía un infierno.

    Apenas entramos, sentí el contraste. La casa era desordenada, varonil, con un leve aroma a marihuana. Las luces eran tenues, apenas unas lámparas bajas que dejaban sombras difusas en las paredes.

    Franco cerró la puerta, se acercó lento, me agarró de la cintura y me besó con desesperación.

    —Estás tremenda… —susurró entre jadeos, mientras me empujaba contra la pared.

    Sus manos subieron directo a mis tetas, me apretó fuerte, casi con bronca. Yo gemí. Me subió el vestido hasta las caderas y empezó a acariciarme entre las piernas, mientras yo me deshacía en gemidos bajos.

    —¿Esto es lo que querías, putita? —me susurró al oído mientras me mordía el lóbulo y jugaba con mis aros.

    —Sí —le dije con la voz temblando—. Ay sí, la puta madre, sí.

    Me desnudó despacio, como si disfrutara cada segundo. Me hizo arrodillar frente a él, mientras se bajaba el pantalón y me presentaba su pene duro y caliente. Lo miré a los ojos mientras empezaba a lamerlo, lento, provocador. Me agarró del pelo con una mano y me marcaba el ritmo con movimientos suaves. Me hablaba mientras lo hacía, con esa voz ronca y sucia que me volvía loca.

    —Así me gusta… tragá, trola. Mirame. Eso, así.

    Luego, me levantó bruscamente y me empujó sobre la cama, me abrió las piernas y empezó a lamer mi clítoris de forma feroz. Yo me arqueaba, me agitaba, me mordía los labios para no gritar. Me metía los dedos mientras su lengua me volvía empapaba.

    La intensidad me sacó lágrimas. Me mordía, me chupaba, me hacía gritar. Luego me hizo parar y me empujó contra la pared. Me penetró de atrás con fuerza, con una violencia medida.

    —Decime que sos mía, decímelo ya.

    —Soy tuya… Franco… —jadeé.

    Los golpes de su pelvis contra mi culo eran cada vez más intensos, más animales.

    Se sacó la camisa. Su torso brillaba de sudor, sus músculos estaban tensos. Yo sentía cada embestida como si me partiera en dos. Él seguía bombeando con fuerza, diciendo cosas sucias.

    En un momento, le agarré los brazos y lo empujé sobre la cama. Me subí arriba y empecé a lamerle el pecho, los hombros, el cuello. Hundí mis uñas en su piel y nos fundimos en un beso largo y húmedo.

    Me empujó contra la cama y volvió a tomar el control. Me abrió las piernas, me sostuvo de los muslos y se arrodilló frente a mí. Sus dedos volvieron a buscar mi concha y me frotaba mientras me miraba con una sonrisa.

    —Estás re mojada, puta de mierda —dijo, y me pellizcó el clítoris con suavidad, apenas para hacerme saltar.

    —Callate, hijo de puta —le dije entre jadeos.

    Se inclinó sobre mí y empezó a lamerme los pechos. Me lamía los pezones, me los succionaba con fuerza, me los mordía mientras sus dedos seguían acariciándome abajo. Yo gemía descontrolada, me retorcía entre las sábanas.

    —Tenés unas tetas hermosas —me susurró al oído—. Me vuelven loco. Podría estar así horas.

    Le respondí masajeando su cabeza. Bajó otra vez, su boca volvió a fundirse con mi vagina y yo me arqueé. Me corría por dentro un fuego que no podía explicar.

    Después se levantó y me hizo poner de pie. Yo apoyé las manos ahí, sintiendo el frío del revoque en los dedos. Me tomó por la cintura y empezó a rozarme con su verga muy lento, sabiendo que eso me volvía más loca todavía.

    —¿Querés que te la meta puta asquerosa —me dijo con la voz caliente en la nuca.

    —Por favor —le respondí agitada.

    Me penetró con una fuerza que me hizo gemir desde el alma. Me agarró del pelo, me susurraba palabras sucias mientras me embestía sin pausa. Los sonidos de nuestros cuerpos chocando llenaban la habitación.

    —Sos una puta hermosa… —me decía al oído mientras yo balbuceaba de placer.

    Cambiamos de posición de nuevo. Me acostó con las piernas abiertas. Se metió entre medio de mis muslos y volvió a culearme con fuerza mientras yo lo tomaba del rostro.

    —No pares… —le rogué con voz ronca—. No pares, la concha puta de tu madre…

    Cuando pensaba que no podía soportar más, sonó mi celular. Me quedé quieta un segundo. Él también. Me giré y miré el nombre en la pantalla. Era Fer. Mi amiga.

    Franco me miró fijo, sin frenar el ritmo.

    —Atendé —me dijo.

    El corazón me latía con fuerza. Pero deslicé el dedo y contesté.

    —¿Hola?

    —Mey… ¿dónde estás? Te busqué por todos lados —dijo su voz, preocupada.

    Yo mordí el labio para no gemir. Franco aprovechó que estaba boca abajo y me metió una embestida profunda, fuerte, que me hizo temblar.

    —Estoy… estoy bien, amiga. Me… me fui un rato… necesitaba aire.

    —¿Aire? ¿Estás con alguien?

    Franco me la metía con más intensidad. Me mordí los labios. No podía evitarlo. Estaba jadeando, gimiendo bajo.

    —¿Estás bien? Te noto rara… ¿necesitas algo?

    —No, no… estoy bien… en serio. Ahora te escribo —le dije apurada, y corté.

    En ese momento, suspiré profundamente.

    —Sos una enferma —me susurró Franco y volvió a penetrarme.

    Me tenía contra el colchón, me sostuvo con fuerza, como si quisiera fundirme con la cama. Las gotas de sudor le caían por el pecho y me mojaban la espalda.

    Me embistió duro de nuevo y me arqueé, me agarré de las sábanas con los puños cerrados. Cada pijazo era un golpe directo al centro del cuerpo. Me estaba haciendo suya con violencia, con una precisión que me dejaba sin aire.

    —Sos mía… ¿entendés? Solo mía esta noche —jadeaba.

    Yo lo sentía entrar y salir con esa intensidad. Su pelvis chocaba contra mi culo con un sonido húmedo, sucio, que me excitaba más. Me mordía los labios para no gritar tan fuerte, pero era inútil. Estaba al límite.

    Me agarró de la nuca con fuerza, me hablaba, me decía cosas sucias mientras me bombeaba sin pausa.

    —Te hacías la difícil y sos terrible concha fácil.

    —Sí… sí, Franco… —jadeaba, perdida—. Me iba a hacer acabar.

    —Trola de mierda, cuando me dijeron que eras una mina fácil, no pensé que tanto… me volvés loco, puta.

    De repente me la sacó, me levantó y me empujó al piso sin decir palabra. Sentí la cerámica fría impactar en mis glúteos, me tomó de la mandíbula y me hizo arrodillar.

    —Abrí la boca —ordenó, ya fuera de sí.

    Obedecí. Lo miré fijo, con la cara sudada y los labios entreabiertos. Me pajeaba en la cara, sus gemidos estaban cada vez más desbordados.

    —Tomá puta… tomá putita —repetía, perdiendo el control—. Ay, Mey… te voy a llenar de leche…

    Y lo hizo.

    El primer chorro me estalló en la cara. Caliente, denso, me mojó los labios, la mejilla, la nariz. El segundo chorro me cayó en mis tetas, bajando lento. Sus gemidos eran roncos, su cuerpo estaba tenso y su mandíbula apretada.

    Me pasé los dedos por la boca, lamiéndome lento. Estaba llena de semen, rendida, transpirada. En ese instante, era suya. Solo suya.

    Pero entonces… cambió. Se alejó.

    Me miró apenas, sin hablar. Encendió un porro y se tiró a la cama como si yo no estuviera ahí. Me quedé en el piso, desnuda, sintiendo cómo el calor del clímax se transformaba en un frío extraño. Pasaron minutos eternos. Me incorporé lentamente, aún confundida. Él seguía ahí, fumando en silencio, sin mirarme siquiera.

    Después se levantó sin decir palabra, se metió al baño y cerró la puerta. Escuché el agua caer, el sonido de la ducha, los pasos. Yo seguía desnuda, cubierta de leche, con el cuerpo agitado por el sexo salvaje, pero ya sin la calidez del deseo.

    Cuando volvió, se vestía con total indiferencia. Se puso un pantalón, se ató las zapatillas y me tiró una musculosa. Creo que era de Gise.

    —Andá a bañarte —dijo sin emoción.

    Se me hizo raro. Me metí al baño, me duché rápido, con el agua mezclándose con las lágrimas que empezaban a salir sin permiso.

    Cuando salí, ya tenía mi vestido y mis cosas en una bolsa. Él ni me miró. Salimos y se fue. Así, sin más.

    Me dejó sola en la vereda de su casa, vestida con la ropa de su novia, con el pelo húmedo, muy agotada y el alma hecha mierda.

    Ahí supe que yo para él había sido solo una noche más, una víctima de su cacería.

    Me temblaban las manos cuando llamé a mi hermana. Me atendió rápido.

    —Mey, ¿dónde estás? ¿Estás bien?

    —No —le dije, llorando—. Te tengo que contar algo.

    Y mientras le hablaba, mientras le confesaba todo, el sabor amargo del final me empezó a entristecer. Porque sí, me cogió como nadie. Pero también me usó como nunca.

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  • Una luna de miel para el olvido (2)

    Una luna de miel para el olvido (2)

    Ese día decidí salir con mis nuevas amigas a un día de spa para relajarme. Pasamos casi toda la tarde disfrutando de masajes, saunas y tratamientos rejuvenecedores. Luego, nos fuimos a tomar unos tragos al hotel. Durante todo el día, no vi a Álvaro por ningún lado, lo cual me pareció extraño, pero no le di mayor importancia. Sin embargo, al regresar a mi habitación, entendí por qué no lo había visto: estaba en el pasillo, comiéndose la boca con otra chica.

    Al ver esa escena, decidí no mirar y pasé rápidamente a mi cuarto. Una vez dentro, me tomé una ducha bien fría, intentando calmar mis pensamientos, pero era imposible. La imagen de Álvaro con esa chica, sumada a la frustración de no tener a mi marido cerca, me tenía al borde. Salí del baño y vi un mensaje de mi esposo: no llegaría esa noche, sino tal vez al día siguiente por la noche, pero ya venía en cualquier momento.

    Eso fue un alivio, pero también una tortura. No podía contener más las ganas de estar con Álvaro. Para calmarme un poco, decidí masturbarme, escuchando los gemidos que venían de la habitación de al lado. Álvaro tenía una habilidad increíble para hacer que cada mujer que llevaba viviera una experiencia única. Esa noche, mientras me tocaba, no pude evitar imaginar que era yo la que estaba con él.

    Al día siguiente, decidí esperar a mi marido en el hotel, lista para recibirlo con todo. Me puse una tanga de encaje negro con tirantes que llegaban hasta mis muslos, un corpiño de encaje negro y, encima, una bata de baño de encaje negra. Para cuando llegara, planeaba sorprenderlo quitándome la bata blanca que llevaba puesta por encima, revelando la lencería sexy que escondía debajo. Tenía todo preparado para él, pero…

    Recibí otro mensaje. Esta vez decía que no llegaría ese día, sino que estaría seguro a la mañana siguiente. La frustración y las ganas me consumían por completo. Ya no podía aguantar más. Necesitaba salir a tomar aire. Así que me vestí con la bata blanca y salí de mi habitación, solo para encontrarme cara a cara con Álvaro.

    —¿Te encuentras bien? —Dijo Álvaro acercándose

    —Sí, solo que mi marido no regresa hasta mañana y tenía una sorpresa preparada. Además, lo extraño mucho.

    —Oh, Alma, tranquila. No estés triste —me dijo mientras me abrazaba, su cuerpo cálido y firme contra el mío.

    —Es que tenía un regalo para él y muchas ganas de dárselo —le respondí, sintiendo su miembro rozar mi cuerpo a través de la tela de su pantalón. El roce me provocó un escalofrío de deseo.

    —¿Puedo saber qué regalo es? —preguntó, separándose un poco, sus ojos oscuros fijos en los míos.

    —Mmm, está en mi habitación. ¿Quieres verlo? —le dije, tomando su mano y guiándolo hacia mi dormitorio. La calidez de su piel contra la mía me hizo sentir un cosquilleo en el estómago.

    —Después de usted, señorita —respondió con una sonrisa pícara, sus ojos brillando con anticipación.

    Lo llevé a mi habitación, el aire cargado de tensión sexual. La puerta se cerró tras nosotros con un clic suave, creando un espacio íntimo y privado. Ya no podía contener las ganas, así que me dejé llevar, dispuesta a complacerme y complacerlo:

    —¿Dónde está el regalo? —preguntó Álvaro, su voz ronca y cargada de deseo.

    —Aquí mismo, mira —respondí, dejando caer mi bata blanca, revelando el conjunto de lencería de encaje negro que llevaba puesto. La luz tenue de la habitación resaltaba las curvas de mi cuerpo, invitándolo a tocar.

    —Vaya, qué hermoso regalo. No vas a dejar que se desperdicie, ¿verdad? —dijo, acercándose más a mí, sus ojos devorando cada centímetro de mi piel.

    —Por supuesto que no. Si quieres, puedes darle una probadita. ¿Te atreves? —le pregunté, mi voz un susurro cargado de promesa.

    —Peeroo… ¿Y lo de casada?

    —¿Mejor? —le pregunté, quitándome el anillo y dejándolo sobre la mesita de noche. El sonido metálico del anillo al caer resonó en el silencio de la habitación, marcando el inicio de nuestro encuentro.

    Nos fundimos en un beso apasionado, nuestras lenguas danzando en un juego sensual. Sus manos exploraron mi cuerpo con deseo, acariciando mis curvas y encendiendo cada terminación nerviosa. Nos despojamos de nuestras prendas con urgencia, la impaciencia creciendo con cada centímetro de piel expuesta. Álvaro estaba completamente desnudo, y al ver su erección, no pude evitar exclamar:

    —Es todo tuyo, mami —me susurró al oído, besando mi cuello con ternura y pasión.

    —¡Oh, sí, papi! Es enorme —respondí, mi voz cargada de deseo.

    Álvaro me levantó las piernas y me depositó suavemente sobre la cama. Luego, se inclinó y comenzó a besar y lamer mi vulva con una intensidad que nunca antes había experimentado. La sensación era electrizante, cada toque de su lengua me hacía arquear la espalda.

    —¡Aaah sí, papi, qué rico! —grité, aferrando su cabeza entre mis manos, deseando que nunca se detuviera—. ¡Sí, papi, sí! ¡ah, ah, ah! ¡mmmm! ¡oooh, se siente tan bien!

    De repente, introdujo toda su lengua dentro de mí, explorando cada rincón con destreza.

    —¡Aagh! ¡Oh sí! ¡Tu lengua se siente tan bien dentro de mí! ¡Mmmm! —gemí, mis caderas moviéndose involuntariamente al ritmo de sus lametazos.

    Continuó así durante un rato, llevándome al borde del abismo. Luego, separó mis piernas y, justo cuando creí que me penetraría, levantó la cabeza y me besó con pasión. El beso se intensificó, nuestras lenguas danzando en un torbellino de deseo. Sus manos acariciaron mis senos, apretándolos y amasándolos con delicadeza.

    —Oh, mami, hueles tan bonito —susurró contra mi piel—. Quiero lamerte todo el cuerpo.

    —Ah, soy toda tuya —respondí, mi voz un hilo de deseo.

    La forma en que apretaba mis senos me hacía arder de deseo. Cada toque era una chispa que encendía un fuego en mi interior.

    —Ven aquí, bebé —dijo con voz ronca—. Voy a darte el momento de tu vida.

    —¡Oh, esto se siente increíble! ¡Ah, ah! ¡Sigue chupando mis tetas! —exclamé, mis pezones erectos rozando su lengua.

    —Mmmm, tus tetas son tan ricas que podría estar chupándolas toda la noche —murmuró, su boca succionando mis pezones con fuerza.

    Continuó estimulando mis senos durante un rato, hasta que finalmente me pidió que me pusiera encima de él.

    —Parece que tu cuerpo está listo para lo que viene a continuación, bebé —dijo con una sonrisa pícara.

    Luego, tomó su miembro entre sus dedos y lo acercó a mi entrada, rozando mi clítoris con la punta.

    —Aquí viene, bebé. Tómalo profundo —susurró.

    —¡Solo dámelo ya! ¡Deja de jugar! —exigí, mi cuerpo temblando de anticipación.

    Cuando me penetró, sentí algo que nunca antes había experimentado… bueno, no con mi marido…

    —¡Oh, sí! ¡Esto se siente tan bien! —grité, mis caderas moviéndose instintivamente.

    —Realmente sabes cómo moverte, chica —jadeó Álvaro—. Sigue así, me tienes tan duro.

    —¡Oh, bebé! Tu enorme pene me está estirando toda la concha, pero se siente increíble —gemí—. ¡Ah, ah!

    —¡Ohh, esto es tan bueno! ¡Quiero mucho más de esto!

    —Me tienes goteando como loco —gruñó Álvaro.

    —¡Aaah sí!

    De repente, me cambió de posición y me abrazó, succionando mis senos con avidez. Yo estaba completamente empapada, mi cuerpo vibrando con cada estocada.

    —Puedo ver eso, bebé —murmuró Álvaro, su voz ronca de deseo—. Te secaré al final de la noche.

    —¡Sí, sí! ¡No pares! ¡Ah, ah!

    En ese momento, cambiamos de posición nuevamente y él se colocó encima de mí, su peso aplastándome contra el colchón.

    —¡Ohh, sigue empujando, papi! ¡Sí! —exclamé, mis uñas arañando su espalda.

    —¡Ah, sí, bebé! Tienes la piel más suave que jamás haya tocado —jadeó Álvaro, sus ojos oscuros fijos en los míos.

    —¡Oh, bebé! Ya me he venido dos veces y todavía estás duro como una roca —le dije, asombrada.

    —Acostúmbrate, nena —gruñó Álvaro—. Toda la noche vas a ser mi marioneta sexual.

    —¡Oh, sí, sí! ¡Ah, ah, ah!

    —¡Qué culo más bonito tienes, nena! —murmuró Álvaro, apretando mis nalgas con fuerza y besándome con pasión.

    —Date la vuelta, nena —ordenó con voz ronca—. Quiero ver ese culo enorme de cerca.

    En ese momento, me puse en cuatro y, apenas me giré, agarró mis nalgas y comenzó a penetrarme con fuerza.

    —¡Aaah, sí! Me encanta tu culo, nena —gruñó Álvaro.

    —¡Aaah, sí! ¡Sigue, papi, sí! —grité, mis caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas.

    —Esta es la mejor noche de mi vida —jadeé.

    —¡Jaja! ¡Mmmm! ¡Ah, ah, sí, nena!

    —¡Oh, mierda! ¡Sí, bebé, sí!

    —¡Oooh, bebé! Vas a hacer que me venga… ¡Ah, mmm!

    —¡Más, por favor! No pares, papi —supliqué.

    —¡Ah, ah! Me voy a correr otra vez… ¡Ah, ah, ah!

    —Te dije que te iba a dar algo para recordar por el resto de tu vida —gruñó Álvaro—. Volverás por más, perra, ten seguridad de eso.

    —¡Sí! ¡Quiero más de esto! ¡que me cojas toda la noche! ¡Sí! ¡Ah, ah!

    —¡Mmm, sí, mami, sí! ¡Oh, mierda!

    No dejaba de agarrar mis nalgas y masajearlas con fuerza, como nunca antes lo habían hecho.

    —Me encanta tu culo tan gordo y grueso —murmuró Álvaro.

    —¿Te gusta? Es todo tuyo, papi —le dije, arqueando la espalda para ofrecerle mejor acceso.

    Me folló sin piedad durante toda la noche, hasta que finalmente se vino dentro de mí, llenándome por completo.

    —¡Oooh! ¡Realmente me estás llenando! ¡Qué rico!

    —¡Oh, bebé! Eres magnífica —jadeó Álvaro—. Espero verte otra vez.

    —Mmm, no lo sé, bebé… ¡Ah, ah!

    —Tranquila, que nadie se va a enterar de esto —me aseguró.

    Al terminar, nos quedamos besándonos y esa noche dormí con él. Pero, por suerte, me levanté temprano y lo desperté.

    —Álvaro, ya va a llegar mi marido —le dije, empujándolo suavemente.

    —Ya voy, ya voy —murmuró, levantándose y poniéndose su bata.

    —No te olvides de mí, eres increíble, hermosa —me dijo Álvaro.

    —Nunca —le respondí, dándole un beso.

    —¿No da tiempo para un último? —preguntó, mostrándome su erección.

    Me mordí los labios y le acaricié el miembro un poco, pero le dije:

    —No, no, te comería toda la mañana, pero en cualquier momento llega mi marido, así que vete, porfa.

    —Okey, te entiendo, Alma —dijo Álvaro—. Ya sabes dónde buscarme. Fuiste la mejor —me dio un último beso y se fue.

    Cuando Álvaro salió de mi habitación, me aseguré de que nadie lo viera. Cerré la puerta, abrí las ventanas y rocié un poco de perfume para disipar el aroma a sexo que impregnaba el aire. Luego, arreglé la cama apresuradamente. Apenas unos minutos después, sonó el timbre y mi marido entró. Lo abracé con fuerza y nos besamos largamente, pero pronto decidimos bajar a almorzar y pasar el día juntos.

    De vez en cuando, me cruzaba con Álvaro, y nuestras miradas se encontraban, cargadas de la nostalgia de esa noche de pasión. Cada vez que hacía el amor con mi marido y escuchaba a Álvaro con otra mujer, un escalofrío de deseo me recorría el cuerpo.

    Y así concluyeron mis primeras aventuras de infidelidad. Después, me dediqué a mi esposo, tuve dos hijos y logré controlar mi lujuria… por ahora. La perra que llevo dentro ha vuelto a despertar, pero esa es una historia para otra ocasión.

    Espero que hayas disfrutado de este relato y que te haya hecho sentir el calor de la pasión. ¡No dudes en dejarme tus comentarios!

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  • Uno por dos

    Uno por dos

    Aquí vuestra autora Selene, aquí os dejo un relato fantasioso salido de mi humilde y perversa imaginación para vosotros y vosotras lectores y lectoras.

    ¡Espero que os guste!

    Soy un chaval bastante normal diría yo, de tez morena, ojos morenos, cabello oscuro y corto, no soy muy fuerte pero tampoco muy flaco, estoy en un término medio. ¿Mi altura? como la media diría yo, 1,76 cm. ¿Qué cuánto me mide? 23 cm, na es coña, 18 cm. ¿Es importante ese dato? Puede ser ya que la experiencia que contaré es digna de ser leída.

    Pasó un sábado noche a la una de la madrugada, estaba jugando a la play hasta que vi el teléfono sonar sobre la mesa, me fijé y vi que era mi novia, la cual se llama Raquel, llamándome. Razonablemente contesté.

    -¿Raquel? ¿Pasa algo?

    Me extrañó mucho que me llamase a esas horas y más sabiendo que iba a ir de fiesta con su mejor amiga, Carla.

    -Caaarlooos

    -¿Carla?

    -Caaarlooos, contesta caaa…

    -¿Carla que te pasa?

    Su voz sonaba muy vacilona y de fondo se escuchaban risas de mi novia.

    -¿Por qué me llamas desde el móvil de Raquel?

    -Carlos, ven a mi casa que tu chica te necesita.

    -¿Por qué? ¿Va todo bien?

    -Cariño no te enfades -Dijo Raquel de fondo sin apenas vocalizar.

    -¿Me podéis contar qué está pasando?

    -Carlos -Me contestó Carla-. Escucha, yo y Raquel estamos… fumadísimas ¿vale?

    -¿Qué habéis fumado?

    -Hierva jajaja

    -Ni gracia.

    -Tu chica te necesita Carlitos, ven que casi le da un amarillo a la querida Raquel.

    -Os voy a matar.

    Apagué la play, me cambié de ropa y fui con la moto directamente a la casa de Carla. Al llegar a su puerta llamé por el móvil a Carla en tres ocasiones.

    -Contesta coño.

    Probé a llamar al móvil de Raquel.

    -¿Si? -Contestó Carla de nuevo-.

    -He llegado.

    -¿Donde?

    -A tu casa.

    -Ahora bajo.

    Tras un rato esperando en la fría noche me abrió Carla. Ella era una chica con un estilo muy gótico a la hora de vestir, era de tez pálida, pelo negro semitintado de rojo por las mechas y corto, ojos negros y siempre con un delineado, labios carnosos y muy bajita, otro aspecto a destacar de ella eran sus grandes muslos.

    Al abrir, ella estaba en pijama y con el pelo muy desecho, sus pechos eran de tamaño normal, pero por sus pezones perforados me di cuenta de que no llevaba el sujetador puesto, haciendo que parecieran más grandes de lo normal y además dejaban a la vista un escote que mostraba un tatuaje en sus pechos. Su cuerpo estaba lleno de tatuajes sin sentido alguno: uno de un monigote, otro de Tom y Jerry, corazones, cuchillos, uno de una chica desnuda… y así muchos.

    -Hueles fatal -Dije al percibir el olor a porro-.

    -¿Dónde quedaron los modales?

    Entré con ella y nos dirigimos directamente a su habitación, donde estaba Raquel, una chica de tez blanca, cabello castaño largo y ojos también castaños. Su cuerpo era esbelto, tenía las tetas pequeñas pero un culo envidiable, cosa que más me encantaba de Raquel. Ella estaba tumbada, llevaba puesto un tirante y unos shorts y a juzgar por los ojos rojos parecía bastante ida.

    -Raquel, ¿estás bien?

    -¿Carlos? -Me contestó mientras me toqueteaba con las manos.

    -Si soy yo, ¿has fumado mucho?

    -Cielo por favor no te enfades.

    -No me voy a enfadar, ¿pero estás bien?

    Estuvimos charlando un rato ella y yo, Carla se fue a por un poco de agua para Raquel, cuando llegó Carla estuvimos otro rato esperando a que se calmase, no había fumado mucho pero le subió rápido, Raquel no era adicta pero sí le gustaba fumarse algún porro en ocasiones especiales, como aquella noche.

    -¿Te encuentras mejor? -Preguntó Carla-.

    -Si la verdad es que si, gracias.

    -Menos mal, empezaba a preocuparme.

    -Oye Carlos, Raquel y yo estuvimos hablando de algo… queríamos decírtelo.

    -¿Sobre qué?

    -Raquel, mejor díselo tu

    -A ver, a Carla y a mí… la verdad es que lo hemos hablado mucho y queríamos hacer un trío contigo…

    -Estáis fumadas las dos.

    -No no no -Se acercó Raquel-. Lo decimos en serio, queremos follar contigo.

    Raquel me besó y me miró seriamente.

    -Queremos hacerlo.

    No supe cómo reaccionar, la verdad la idea me sorprendía pero no sabía cómo procesar todo eso. Yo me llevaba muy bien con Carla ya que muchas de las veces que había quedado con mi novia, Carla se venía y pasaba el rato con nosotros. También muchas veces recurrí a ella para preguntar sobre cosas que a Raquel le gustasen ya sea para regalarla algo por nuestro aniversario, su cumple o alguna ocasión especial. Era una chica bastante decente y a la vez muy facilona, pero en situaciones serias era una persona ejemplar.

    -Espera, ¿vas en serio?

    -Vamos en serio Carlos -Dijo Carla mientras se quitaba la camisa, dejando sus grandes tetas a la vista, debajo de las cuales había otro tatuaje que las rodeaba-.

    -¿No te gustan sus tetas cariño? -Raquel se acercó a Carla a lamerle una de sus tetas-. Míralas que grandes y jugosas.

    Raquel y Carla comenzaron a besarse delante de mí, Carla le quitó el tirante que llevaba y dejó sus pechos a la vista para luego proseguir con sus besos.

    -Vamos Carlos, quítate la ropa -Me dijo Carla mientras Raquel le comía las tetas-. Te va a gustar.

    Las dos se acercaron a mí, me pusieron de pie, me bajaron los pantalones, me quitaron la sudadera y la camisa dejándome solo en boxers.

    -Parece grande.

    -Ahora probarás la polla de mi novio.

    Las dos estaban de rodillas frente a mi miembro, bajaron mi bóxer y dejaron a la vista mi pene erecto, apuntando hacia delante y palpitante. Carla fue la primera en metérselo en la boca, mientras me la chupaba yo intercambiaba miradas con las dos, a veces miraba a Carla quien me miraba de reojo mientras se metía toda mi polla en la boca y otras veces miraba a Raquel quien estaba sonriendo y parecía muy excitada.

    -¿Te gusta la polla de mi chico?

    Carla dejó escapar un gemidos afirmando la pregunta. La verdad es que lo chupaba muy bien, babeaba mucho y me excitaba ver su cara de puta gótica chupándomela. Raquel empujó su cabeza contra mi miembro dejando mi polla en lo profundo de su garganta, que bien se sentía tenerla adentro de su boca, al sacarla tomó aire y se rio. Las dos se besaron de nuevo, cambiando el líquido de mi pene en sus bocas.

    Raquel se puso en frente, me masturbó y comenzó a chupármela a un ritmo acelerado, como a ella le gustaba hacer. En algunas ocasiones se la sacaba, me masturbaba y me chupaba los huevos para luego volver a seguir con el oral. Carla se puso de pie y me besó, fue un beso apasionado, largo y húmedo, yo pasé mis manos sobre su culo agarrándolo y moviéndolo mientras con la otra mano empujaba la cabeza de Raquel hacia mi pene.

    Tras el oral las dos se desnudaron por completo, Carla se puso a cuatro en el borde de la cama, Raquel se tumbó delante de ella con las piernas abiertas dejando su coño en frente de ella. Yo acerqué mi pene al coño de Carla, puse mi glande junto a su coño y fui penetrándola lentamente, su coño estaba caliente y muy húmedo, Carla soltó un gemido agudo rogándome que la metiese entera. Ya dentro de ella comencé a follarla lentamente, sintiendo su caliente vagina y viendo su culo con un tatuaje que decía “I love sex” delante de mí.

    A la vez que yo me la estaba follando, Carla le estaba comiendo el coño a Raquel, quien me estaba mirando con cara de zorra excitada. Fui aumentando el ritmo hasta moderarlo al que a ella le gustaba, la estaba empotrando violentamente para que gimiese más alto, los gemidos de las dos resonaban por toda la habitación. Carla gritaba de placer en el coño de mi novia y ella me decía que la follase más fuerte y que no parara. Tras un rato así, hicieron un cambio, Raquel se puso en cuatro y Carla se puso frente a ella y comenzamos de nuevo con el juego.

    Comencé a follarme a Raquel de la forma y con el ritmo que a ella le gustaba, rápido y con azotes. Los gemidos de Raquel eran más altos que los de Carla y su coño era más apretadito también. El gigante culo de Raquel vibraba cada vez que chocaba y era inevitable quedarme hipnotizado. Carla me miraba con expresión de puta en celo mientras se agarraba de las tetas y disfrutaba del oral que le estaba haciendo mi novia.

    Después de follármelas terminé agotado, me tumbé en la cama, las dos estaban delante de mi besándose y manoseándose los coños, Raquel le metió los dedos a Carla y comenzó a masturbarla mientras las dos me miraban y sonreían entre gemidos. Después de ello se acercaron y comenzamos a besarnos los tres a la vez, intercambiando saliva y suspiros calientes. Después de nuestro beso, Raquel se puso encima de mi miembro y Carla se sentó encima de mi cara rodeándome con sus gruesos muslos y encarándose a Raquel. Raquel comenzó a cabalgarme, y yo a comerle el coño a Carla.

    Fui pasando mi lengua entre sus labios, por su clítoris e incluso su ano, le estaba gustando ya que no paraba de gemir, el sabor y la suavidad de su coño mojado eran increíbles, su vulva estaba caliente y era gordita y rosadita, pero estaba más rojiza de lo normal por la follada de antes. Mis vistas no eran muchas, pero eran increíbles, veía el gran culo de Carla aplastándome la cara, sentía a Raquel cabalgándome el pene y estaba seguro que las dos se estaban besando mientras gemían.

    Raquel se quitó para que Carla se pusiese en su lugar y me cabalgase, la tenía en frente de mí, mirándome mientras se metía poco a poco mi miembro a la vez que su expresión iba cambiando a una cada vez más placentera. Una vez que estaba entera dentro de ella, comenzó a cabalgar apoyando sus manos en mis pechos. En su vientre, cerca del coño, tenía otro tatuaje que ponía “Insert here” con una flecha apuntando a su vagina. No pude evitar agarrarle las tetas y sentir como botaban, eran preciosas y se me hacían más atractivas con los pezones con piercings.

    Raquel la manoseaba el cuerpo y la besaba, me miraba lujuriosamente y se masturbaba el coño viendo cómo me follaba a su mejor amiga. Carla era digna de admirar, su cara sudorosa y su expresión facial de disfrute era irresistible y sus grandes tetas con los pezones perforados eran hipnotozantes, todo su cuerpo era increíble, verla cabalgando y escucharla gemir me estaba encantando.

    Hizo una pausa para besarme con un largo y cálido beso y prosiguió con la cabalgata, se puso a gemir por todo lo alto, como si quisiera que todo el vecindario supiera que se la estaban follando y por fin llegó al orgasmo que la dejó temblando. Su cara estaba muy sudada, su coño estaba rojizo y mojado y el delineado estaba desecho, Raquel la besó con mucha pasión, Carla la respondió con la misma intensidad.

    Raquel se tumbó con las piernas abiertas, Carla se puso al lado de ella para toquetearla los pechos y besarla, yo me puse en frente y fui metiendo la polla poco a poco a Raquel para luego empotrarla ferozmente. Sus tetitas botaban y todo su cuerpo era empujado por mis embestidas, con cada penetración ella soltaba un grito de placer, Carla por su parte la masturbaba por encima del coño y la besaba en la boca, las tetas, el cuello…

    Me excitaba verlas tan juntas, con sus caras de putas satisfechas, besándose y gimiendo como locas. Tras muchas embestidas feroces contra su coñito que sonaban por todo el dormitorio, Raquel también llegó al orgasmo. Las dos rieron y se volvieron a besar pegando sus dos cuerpos y soltando profundos gemidos.

    -Quiero que te corras en mis tetas.

    Me puse de pie, las dos se arrodillaron enfrente de mí, Carla agarró sus tetas y comenzó a masturbarme la polla con ellas mientras me miraba deseosa de mi semen. Raquel me chupaba y lamía los huevos. La sensación en conjunto era increíble, inigualable, me corrí en sus tetas mojando su pecho tatuado y parte de su cara. Raquel le lamió los pechos y la besó compartiendo mi semen en su húmedos labios.

    Tenía la polla enrojecida, nunca había experimentado nada parecido, me senté cansado en el borde de la cama, mirando como las dos se besaban y manoseaban sus espléndidos cuerpos de putas. Las dos me miraron y vinieron a besarse conmigo, primero fue con una y luego con otra y así continuamente.

    -¿Vamos a ducharnos? -Dijo Carla con una sonrisa-.

    -Si creo que nos hace falta una buena ducha.

    -Buen plan -Dije agotado-.

    Ya en la ducha nos ayudamos entre los tres para lavarnos y limpiarnos.

    -¿Qué tal te ha parecido cariño? -Dijo Raquel-.

    -La verdad no tengo palabras.

    -Podríamos repetir. -Dijo Carla mientras se lavaba el pelo-.

    -Cuando quieras, contigo siempre compartiré mi novio.

    Se volvieron a besar y manosearse las tetas y sus culos mientras se reían. No supe con qué tipo de chicas había acabado, pero no me quejaba, siempre es bueno tener de más ¿no?

    Espero que os haya gustado el relato.

    ¡Besos!

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  • Los cuatro en la cama

    Los cuatro en la cama

    María y Javi se ayudaban a meter una bolsita de viaje en el compartimento del avión mientras una bella azafata iba por los asientos ofreciendo bebidas y aperitivos a los demás pasajeros del vuelo con destino Punta Cana. Por fin las ansiadas vacaciones. Tres semanas perdidos en un paraíso de buen clima, playas, fiestas y afrodisiacos, aunque esto último no era muy necesario para ellos.

    Se conocieron a través de internet, cosa nada rara en estos tiempos. El, atractivo, corpulento, muy simpático, abierto, fogoso y buen amante. Ella, cuerpo estilizado, curvilíneas formas, un volcán amando, pero de apariencia serena.

    Ese era el primer viaje que hacían juntos después de una relación de poco más de medio año.

    -Nena -dijo Javi agarrándola de la mano- ¿Estas cómoda?

    -Si cielo -contestó María a la vez que se ponía el cinturón y miraba por la ventanilla.

    Él se disponía a abrir un paquete de cacahuetes cuando se le resbaló y cayó al pasillo del avión. Al inclinarse a cogerla, vio unas piernas de mujer muy bien cuidadas, morenas, marcadas… que se acercaban a su posición. Consiguió levantar la vista incorporándose a su asiento y observó a una pareja colocando sus cosas en los asientos de delante.

    Ella, de aspecto risueño, cuerpo curtido y bonitas curvas. El, alto, de complexión atlética y aspecto amable.

    Poco después y tras charlar un poco durante el vuelo, se presentaron como Ana y Andrés, un matrimonio bien avenido que, casualidad, también viajaban a Punta Cana, y que, además, iban a hospedarse en el mismo hotel de lujo que Javi y María.

    Rápidamente hicieron buenas migas. Bromas, risas y anécdotas sirvieron de entretenimiento hasta que el avión aterrizó.

    Como los cuatro se alojarían en el mismo recinto, se dispusieron a tomar el mismo taxi expectantes de lo que aquel lugar de ensueño les ofrecería.

    Ninguna de las dos parejas tenía una ruta a seguir en esos días de vacaciones, así que, como si de una pandilla de amigotes se tratase, pasaron los primeros días juntos, comidas, cenas, bailes, playa.

    Rápidamente María y Ana tomaron mucha confianza, al igual que Andrés y Javi, que pasaban bastante rato hablando entre ellos y riendo a carcajadas. Cada vez había más confianza, pero siempre, y escondidos en el lado más salvaje de cada uno, surgían determinadas fantasías que todos guardaban dentro de sí.

    Una buena mañana, Javi y Andrés bajaron a jugar un partido de tenis a las pistas del hotel. Cansados y sudorosos fueron a ducharse. En los vestuarios empezaron a hablar entre bromas de lo que suelen hablar los hombres heterosexuales y jóvenes: sexo. Contando experiencias, juergas, pequeños secretos… se hizo la hora de comer.

    Fueron al restaurante y descubrieron a María y a Ana en el pasillo hablando de sus cosas. -¿Qué habéis hecho esta mañana? -preguntó Andrés.- Comprar trapitos -respondió María entre sonrisas pícaras con Ana. Javi y Andrés se miraron y al unisonó dijeron: -mujeres… -y andando los cuatro al comedor se dispusieron a sentarse. María en frente de Andrés y al lado de Javi y este frente a Ana.

    Ya en los postres y tras charlar mientras comían decidieron quedar esa noche para ir a tomar unas copas y bailar en alguna discoteca.

    Eso ocurría por encima, pero por debajo de la mesa un lio de pies que se entrelazaban sin miramientos hizo que por un momento nadie hablase.

    -Vamos al baño Ana- dijo María mientras se incorporaba de su silla dejando ver su hermoso escote. Javi miró a Andrés y vio que este tenía sus ojos clavados en el trasero de ambas. -Vaya par, ¿eh? -comentó entre risas, a lo que Andrés contestó:-no me puedo poner de pie tío- a carcajada limpia.

    Mucha confianza había ya entre los cuatro, pero esa noche era la prueba de fuego.

    Una vez listas y dispuestas ambas parejas, se encaminaron hacia una sala de fiestas con un nombre premonitorio “Jaleo”…

    Andrés y Javi se quedaron hablando y tomando copas en la barra mientras veían como sus parejas bailaban juntas y espantaban moscones a diestro y siniestro. María y Ana, con el puntillo de los mojitos jugaban en la pista con sus cuerpos, moviéndolos a caderazo limpio, sonriéndose, rozándose entre ellas… Los dos hombres las miraban ensimismados y entre ellos comentaban: -Tu mujer tiene un cuerpazo, tío, que culito. -Y ¿qué me dices de las tetas de tu chica? -Estaba claro, la confianza estaba llegando a su punto máximo.

    Ya los 4 en la pista y con un pequeño subidón por el alcohol bailaban unos con otros, riendo, agarrando, moviéndose, cambiaban de pareja y jugaban entre ellos… miradas, movimientos, caricias…

    La discoteca cerraba y marchaban al hotel cuando Andrés comentó: -¿Seguimos la fiesta en nuestra habitación?-. María y Javi se miraron, se dieron un beso y asintieron con la cabeza, a la vez que María guiñaba el ojo a su marido.

    Sin hacer mucho ruido entraron en la habitación del matrimonio. Ana sacó una botella de champagne y Andrés ponía música relajante diciendo:-Pongámonos cómodos-. Y así fue. María y Javi se desnudaban el uno al otro quedándose ambos en ropa interior; el con unos slips ajustados y ella con un tanga muy finito y un sujetador de triángulos que marcaba sin miramientos su 110 de pecho. Andrés y Ana jugaban con sus lenguas y 2 copas de champagne quedándose el con un bóxer apretado y ella con un conjunto negro de lo más provocativo.

    Los 4 ya semidesnudos se juntaron en la gran cama que reinaba el habitáculo. Empezaron a jugar todos entre sí. Javi desabrochaba el sostén de Ana delicadamente mientras Andrés hacía lo propio con el de María. Una vez ellas con sus senos desnudos se empezaron a tocar haciendo que, por el tacto, sus pezones se endurecieran. Javi sorbia de su copa mientras María con una de sus manos rozaba el bulto de este que se comenzaba a hacer más grande. Ana dándose la vuelta quito los boxes de Andrés y empezó a jugar con sus testículos a la vez que Javi la acariciaba sus nalgas duras y morenitas.

    Tras quedarse los 4 desnudos el toqueteo era incesante. María ofrecía sus grandes pechos a Andrés y Ana abría sus piernas para que Javi degustase con delicadeza lo que se escondía entre esos muslos. Se miraban, se tocaban, disfrutaban de todo aquello, había mucha confianza, confidencialidad, todos estaban a gusto de aquella manera.

    Javi se puso en pie a los pies de la cama y dejo que ambas mujeres puestas a 4 patas lamiesen y chupasen alternativamente su ya erecto miembro a la vez que detrás de ellas, Andrés comiera con mucho gusto las 2 rajitas que se juntaban húmedas a su antojo. Luego fue el mismo quien expuso su también tieso falo a aquellas 2 hambrientas boquitas que se alternaban para mamarlo con Javi usando sus 2 manos acariciando aquellos 2 coñitos y metiendo delicadamente sus dedos en ellos haciendo que pequeños temblores recorrieran esos maravillosos cuerpos de mujer.

    Empezaba a hacer mucho calor en aquella habitación. El sudor caía entre las tetas de Ana que se apresuró a coger aquellas 2 pollas para, con un ritmo acompasado, moverlas de arriba a abajo. María observadora acariciaba sus senos y mordía su labio inferior abriéndose de piernas. Javi, viéndola, se dio la vuelta hacia ella y puso su pene entre aquellas 2 montañas para que María las moviera sujetándolas fuerte.

    Andrés ya estaba tumbado y Ana subida encima suyo cabalgando al galope. Javi tumbó a María boca arriba y subiendo sus piernas en los hombros la penetró despacio pero profundamente. Ya se oían gemidos, grititos, golpes de cadera… Andrés y Javi se miraron sudorosos y Ana y María lo adivinaron y se pusieron a 4 patitas cada una en frente de sus respectivas parejas dándoles la espalda esperando a ser penetradas. Ellos hicieron lo propio, pero al minuto de estar embistiéndolas a lo perrito cambiaron de posición, siendo ahora Javi quien penetraba a Ana y Andrés a María. -¡Qué maravilla!- gritaban ellas mientras se miraban y giraban sus cabecitas… tuvieron así su primer orgasmo.

    María tenía pinta de querer que los 2 miembros entraran dentro de ella. Ana, mientras seguía siendo penetrada por Javi sacó su lengua y mojó el ano de María que a su vez mamaba de Andrés. Este se tumbó y María subiéndose encima de él esperaba a que Javi le llenase su otro agujerito. Así fue, con su pene lubricado por el juguito de Ana, penetró su culito moviéndose despacio, a la vez que María con sus 2 agujeritos ocupados, tuvo no 1 sino 2 orgasmos casi seguidos que por poco la dejan sin sentido por tanto placer.

    Ana tuvo envidia de aquello y se ofreció para ser embestida de aquella guisa. Esta vez fue Javi quien se tumbó con Ana encima y Andrés fue quien la sodomizó provocándola unos orgasmos, unos espasmos y un par de orgasmos nunca vistos.

    Los varones estaban a punto de reventar de gusto y semisentados dejaban que ellas lamieran sus mástiles con todas sus ganas. El primero en correrse fue Andrés, que sabiamente aviso de su inminente orgasmo para que las dos le ayudaran con sus boquitas. Estalló, eyaculó de tal manera que llenó ambas bocas de leche calentita.

    Javi pidió tetas. Las dos aun degustando semen se apresuraron a dárselas, a ponerlas juntas para él. Y para que con ayuda de las manos de ellas y con un escalofrió recorriendo su espina dorsal les pusiera sus preciosos senos llenos de cremita.

    Así acabaron la fiesta, los cuatro en la cama, sudaditos y descansando después de aquella noche de juerga entre buenos amigos.

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  • Infidelidad en los probadores

    Infidelidad en los probadores

    ―Espera, no te los pongas… tengo pensado algo mejor.

    ―¿Pero es que te has vuelto loco?

    ―Dios, cómo me pones con ese tanga…

    No sé cómo había sucedido todo. Pasé de estar mirando unos vaqueros en una tienda, y de pronto, no sé muy bien cómo, me vi metida en el probador con Ángel. Debía haber estado esperando a que me metiera en los probadores para abalanzarse sobre mí, o algo por el estilo. Sólo había tenido tiempo de quitarme mis antiguos vaqueros.

    ―¿pero qué haces?, ¿no te das cuenta de que esto es una locura?

    ―Adri, calla.

    ―Para Ángel, no puedo. No ahora, no aquí…

    ―Olvídate de todo un rato, ¿vale?

    ―Quítame las manos de ahí, por favor…

    Estaba claro que conocía mis puntos débiles como nadie… ni siquiera Santi conseguía encenderme con tanta rapidez. Me abrazaba por detrás, y me sobaba las tetas por debajo de mi camisa de tirantes, aún por encima de mi sujetador. Era Agosto, y en el probador el calor era asfixiante.

    ―Adri, tienes un culo de muerte… y tus piernas, Dios, son perfectas…

    ―No por favor, Ángel, no tengo tiempo. Mi novio me espera dentro de 10 minutos en el Marcelita, por favor, no sigas…

    Para ese entonces, ya Ángel tenía su mano izquierda sobre mi tanga, y mi resistencia cada vez era más inútil y más irreal… Dios, me estaba encendiendo como una loca, trataba de pensar, pero no me lo ponía fácil.

    ―dame tu mano Adri…

    ―No…

    ―Shh… no tengas miedo. Toca, mira que duro me has puesto.

    ―Madre mía Ángel, déjame… ufff

    ―Así Adri… sabes cómo sobarle bien la polla a un tío, ¿eh?

    ―Sí, sabes que sí, pero por favor, tienes que irte. Deja que me pruebe estos vaqueros y que me vaya.

    ―De eso nada… me prometiste que serías mi puta, ¿recuerdas?

    ―Uff… para…

    ―Recuerdas sí o no?

    ―Sí, claro que sí.

    ―Pues bien, quiero que seas mi puta. Y lo quiero aquí y ahora.

    Mi boca seguía diciendo que parara, pero mi mano seguía masturbándole la polla sobre el pantalón, y yo cada vez me sentía más húmeda. Allí nos podía pillar cualquiera, además, ya estaba tardando mucho allí dentro. Me quedaba aún un mínimo de voluntad cuando Ángel introdujo su mano dentro del tanga y empezó a jugar con mi clítoris, a bajar y a subir los dedos por mis labios mayores, notando todo mi calor, toda mi humedad, pero sin meter un solo dedo…

    ―¿has visto lo húmeda que estás, Adri?

    ―Eres un cabrón…

    ―Lo sé. Me encanta sentirte así de húmeda. ¿Quieres que te meta los dedos Adri?

    ―Esto es una locura…

    ―¿Quieres que te los meta sí o no, puta?

    ―Dios, sí, claro que sí…

    ―Pues pídemelo. Quiero que ahora seas tú la que me lo pidas.

    ―Méteme los dedos en el coño, Ángel, por favor…

    ―Ves como eres una puta?

    ―Sí, lo sé, pero por Dios, métemelos ya.

    Justo cuando terminé de decir eso, Ángel introdujo, levemente, la punta de su dedo corazón. Parece que le divertía notar como me estremecía, como mi espalda se arqueaba buscando que me los metiera enteros. Jugaba conmigo, disfrutaba haciéndome sufrir. Le encanta notar cómo me entregaba. El placer que me estaba haciendo sentir era increíble. Sus dedos, ahora totalmente dentro de mí, entraban y salían a una velocidad impresionante, estaba a punto de correrme, y él no paraba. Ahora ya me había subido la camisa y el sujetador y jugaba con mis tetas a su antojo. Era obvio que sabía que eran mi punto débil.

    ―¿te gusta, puta?

    ―Sí, vas a hacer que me corra, ahhh, sí…

    ―Córrete puta!

    ―Sí, ahhh, Dios, me corro, me corrooo

    Nunca imaginé que mi coño pudiera lubricar tanto. Me sujetaba a su cuello para no caerme al suelo. Me temblaban las piernas, la cabeza me ardía, respiraba con dificultad. Sabía cómo dar placer, eso estaba claro. Me quité la poca ropa que me quedaba. Ya desnuda y sin un ápice de vergüenza ni remordimientos por nada, comencé a desabrocharle los botones de su pantalón. El bulto que se notaba era increíble, y yo estaba como loca por notar de nuevo su polla en mi boca. Pese a que no era la primera vez que le veía la polla, su tamaño volvió a dejarme sin aliento.

    ―¿Qué? ¿te gusta lo que ves?

    ―Sí, sabes que sí.

    ―Pues quiero que me comas la polla como una zorra, que me la chupes toda. Quiero verte disfrutar con mi polla en tu boca…

    ―Mmmm, Dios, adoro tu polla Ángel, mmm

    ―Así, sigue puta. Me encanta como lo haces. La chupas perfecto Adri, uff…

    Estaba excitadísima de nuevo. Nunca creí que fuera posible poder llegar al orgasmo sin que me toquen, sólo por estar chupándole la polla a un tío, pero Dios, estaba a punto de correrme, por oir sus gemidos, por ver su cuerpo, por cómo me trataba. Era su puta, él lo sabía y yo también. Ahora entiendo cómo fue que le juré que siempre lo sería… estaba segura que siempre lo sería.

    ―Ufff… levántate, no quiero q esto acabe sin follarte como te mereces…

    Me agarró por las axilas y me comió la boca. Aquel beso me encendió más aún si cabe. Era un beso húmedo, grosero, su lengua se movía en mi boca como si le perteneciera. No era sutil, ni romántico. Era salvaje, pero me puso muy, muy cachonda.

    Después de comerme la boca me miró a los ojos. Era imposible sostener la mirada de ese hombre, te atravesaba, te hacía temblar y conseguía que hicieras todo lo que él te pedía.

    ―¡date la vuelta, zorra!

    No pude decirle que no. De hecho, no podía articular palabra. Sabía que me la iba a clavar hasta el fondo, sin piedad, sin romanticismos, a lo bestia. Lo sabía y ni podía ni quería detenerle.

    ―ahora vas a recordar lo que era que un hombre te folle

    ―me vuelves loca hijo de puta…

    ―te gusta que juegue con mi polla en la entrada de tu coño?

    ―Sí, ahhh, pero preferiría que me la clavaras ya, mmm

    ―Uyyy, ¿la putita está ansiosa? ¿Quieres que te la clave?

    ―Sí, por dios, sí…

    ―Y quieres que te la meta poco a poco o de golpe?

    ―¡Métemela de golpe mamón, párteme en dos!

    ―¿Así?

    ―Ohhh, sí, cabrón, Dios, me vas a matar, ahhhh, mmmm, hijo de puta, ¡que polla tienes!

    Mientras me follaba salvajemente allí, en el probador, de pie, me susurraba al oído todo lo que yo ya sabía…

    ―Eres mi puta Adri, sabes que te follaré siempre que quiera, ¿verdad?

    ―Sí, ahhh, sí, me estás matando…

    ―Te gusta que te la claven hasta el fondo?

    ―Ohhh, dios, sí… no pares. Vas a hacer que me corra, mmm, no pares…

    ―Sí, córrete puta, como sólo te corres conmigo… eres mía…

    ―Sí, sí, no pares, por favor, Ángel, sigue así, fuerte, fuerte, que me corro, que me corrooo

    ―Ahhh, sí, puta, me encanta notar como tu cuerpo se parte en dos… me encanta jugar con tus tetas. Tu cuerpo me ―pierde puta…

    ―Ahhh, diosss…

    ―Shhh, nos van a oír…

    Decía esto mientras sacaba su enorme polla de mí. Al instante sentí su vacío en mí. No quería que se fuera nunca. Lo quería dentro de mí, así, fuerte, total. Entregarme a él, que supiese que era su puta, que haría todo lo que me pidiese.

    En ese momento Ángel se sentó en la butaca. Con los pantalones en los tobillos, me hizo un gesto claro. Yo no le hice esperar y en un momento ya estaba sentada encima de él. Le agarré su impresionante polla, totalmente húmeda por mis fluidos, y comencé a jugar con ella en mi coño… subía y bajaba por mi rajita, estimulándome el clítoris, haciéndome perder el sentido… cuando sentí que era el momento, me la introduje. Sobra decir que entró como si nada. Era increíble ver cómo desaparecía aquel aparato en mi coño, a priori demasiado estrecho para aquel grosor. Verlo ahí debajo, mirándome totalmente salido, mientras me agarraba y me comía las tetas era demasiado para mí.

    ―Ufff Adri… me vuelves loco… cómo me follas…

    ―Ahhh, ¿te gusta así? ¿Eh? Mmmm.

    ―Sí, sigue cabalgándome así Adri. Ohh dios, vas a hacer que me corra

    ―Sí, eso es lo que quiero. ¡Quiero que te corras dentro de mí, que me llenes Ángel! Oooh por dios, eres el mejor…

    ―¡Sí Adri, sí, me corro!

    ―Ahhh, cabrón, sí, derrámate en mí Ángel. Mmmm, dios, no pares, no pares, ¡métemela toda cabrón!¡ Adoro tu polla hijo de putaaa!

    ―Aaaah, sí, síiii, me corroooo, putaaa, me corrooo

    ―Oooh, dios, síiii, síiii, me matas, me matas, ahhh, mmm diooos

    No sabía ni qué hora era, pero seguro que ya era tarde para mi cita. Cuando vi el móvil tenía 3 llamadas y un mensaje de Santi: ¿”dónde estás?”. El pobre. Realmente siento esto. Lo que le hago, lo que no sabe. Siento no poder controlarme, siento no ser fuerte. Y luego me digo que esto es una bobería, que realmente lo quiero, y que lo de Ángel cuando quiera se me pasa… pero sé que no es así, y se me nubla todo.

    “Lo siento cariño, el ensayo se ha alargado un poco. Espérame en la cafetería, que llego en un minuto”.

    Eso le contesté mientras Ángel me miraba con cara de satisfacción, como un cazador que ha vuelto a cobrarse una pieza importante. No me había puesto ni los pantalones. Ángel ya estaba vestido. Se fue, no sin antes comerme la boca con un beso de animal enjaulado que volvió a humedecerme.

    Al final ni me probé los pantalones. Salí del probador avergonzadísima porque sabía que las dependientas y todo el que se hubiera pasado por allí nos habría oído.

    En la puerta del Marcelita, Santi me esperaba, y al verme puso una sonrisa que me desarmó. Al llegar me abracé a su cuello. Le dije que estaba sudando por el calor y la dureza del ensayo. Le dije que el director de la obra era un loco y que nos hacía trabajar un montón. Él sólo sonrió.

    Entramos en la cafetería y pillamos una mesa. Miraba a Santi pensando en todo lo que le quería, en que mataría por esos ojos, por esos labios, cuando justo en ese momento noté que alguien, un par de mesas más lejos me sonreía. Santi decía algo de una tarta de chocolate, o de jugar al ajedrez, no recuerdo.

    Yo sólo podía pensar que no había sido una gran idea decirle a Ángel dónde había quedado con mi novio.

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  • Mujer liberal

    Mujer liberal

    Hola, me llamo Catiana y soy ibicenca, ahora tengo 32 años y soy más modosita, aunque he tenido muchas y amplias experiencias sexuales un amigo del chat me comento esta página y me ha convencido para que relate algunas experiencias, espero hacerlo bien y que os guste, un beso.

    Soy morena clara, tengo los ojos castaños, pelo largo, mido 1.66 y peso unos 55 kg, de tipo no estoy mal, aunque tengo el pecho mediano, los pezones rosados y pequeños.

    Tenía un novio que estaba obsesionado con que hiciéramos un trío, a mí me atraía la idea, pero no quería complacerlo en cierta forma solo porque soy un poco mala y que él tampoco lo tenía demasiado claro.

    Un día en una fiesta de unos amigos de otros amigos, ya sabéis esas en que te invitan vas y no conoces a nadie ya que la gente que te ha invitado no ha ido, pues nada, ya que estábamos allí nos quedamos, la música era buena, así como la comida y la bebida.

    Yo llevaba un vestido azul celeste de escote redondo que remarcaba mi pecho, así como mi cuerpo porque era ajustado, empezamos a bailar y a tomar algunas copas ya un poco cansados salimos a la terraza y al rato llamaron al móvil a mi novio, tenía que ir al trabajo porque no encontraban unos papeles.

    Me dejó en la fiesta ya que solo tenía que tardar media hora. Al rato salió a la terraza un chico moreno, pelo corto, como un 1.70-1.75 de buena apariencia y entablamos conversación etc.

    Me dijo que él sustituiría a mi acompañante mientras no estaba y entramos a, bailar un poco, tenía unos ojos preciosos poco a poco fue cogiendo confianza y yo me fui dejando empezó pasando tontamente su mano por mi culo para pasar a tocarme los pechos ya descaradamente, aproveché para darme la vuelta y así pararle los pies un poco, pero él me cogió por cintura y me pegó a su cuerpo, noté su polla totalmente empalmada bajo tu pantalón de tela, me puse muy cachonda.

    Tras restregarse un rato contra mí y yo de disfrutar del roce de su polla, se separó, me cogió de la mano, me llevó hacia uno de los baños de la casa que estaba ocupado, al esperar en la puerta, empezamos a besarnos tenía una lengua larga y jugosa y pensé en lo mucho que disfrutaría si me comía el coño, sus dedos jugaban con mi clítoris por encima de mi tanga…

    La puerta se abrió y salió una chica que nos miró de arriba a abajo y se fue, entramos y cerramos la puerta, me bajó los tirantes del vestido y el sujetador, comenzó a lamerme los pezones, disfrutaba mucho, iba a seguir bajando para seguir con su tarea de chupar, pero le detuve y le dije “ahora me toca a mí”.

    Le bajé los pantalones y él aprovechó para quitarse la camisa, llevaba unos boxes blancos sosos, pero monos, y tenía una polla de unos 16 cm de unos dos o tres dedos de gruesa, tras masajearla un poco con la mano empecé a introducirla en mi boca y succionar con fuerza, eso lo puso a mil, “¡para joder! que me vas a hacer correr, deja que te lo coma”.

    Me subí el vestido y él me bajó el tanga, tengo el coño depilado, no totalmente, pero si como para que mi vello se ajuste al tanga, comenzó a lamerme el coño, con esa lengua que tenía ummm enseguida noté como estaba totalmente húmeda y disfrutando como una loca, le tenía agarrada la cabeza para que no pudiera separarse de mí, para que no parara…

    Empezaba a estremecerme y me introdujo dos dedos en mi coño y los empezó a mover rítmicamente hasta que al momento tuve un fuerte orgasmo, él paró y yo le dije “vamos, fóllame estoy deseando una polla”, “lo sé y yo follarte” me dijo. Se sentó en la tapa del wáter y yo sobre él, al notar su polla penetrándome pensé que me iba a correr, pero aguanté y empecé a subir y bajar notando su polla, mi corrida anterior me chorreaba por las piernas y el no paraba de chuparme y pellizcarme mis pezones.

    Me dijo que fuese más despacio, le hice caso, aprovechó para acariciarme el clítoris con sus dedos mientras me metía la polla, eso me excitó aún más e hizo que deseara tener un orgasmo, con lo cual no pude más y volvía a acelerar, él al notarlo quitó la mano para que pudiera subir y bajar mejor y así también me entraba hasta el fondo su polla.

    Noté que me venía el orgasmo y él también porque me cogió el culo y me frotaba mi ano con su dedo mientras me lo follaba, no pude más y tuve un orgasmo buenísimo. Me levanté, él se cogió la polla con la mano y me dijo “espera que yo también me corro”, me agaché y empecé a lamer de nuevo su polla, esta vez también tenía gusto a coño, pero no es algo que me moleste, se ve que eso le dio morbo porque al momento ya se estaba corriendo echando toda su leche calentita en mi boca, tragué algo y otra parte me salió por la comisura de los labios.

    Nos limpiamos y vestimos, al salir todavía no había llegado mi novio. Él me comentó “¿te volveré a ver?”, yo le dije no y salí de la fiesta a esperar a mi novio abajo, el cual llegó a los diez o quince minutos. Al llegar me dijo “¿te has aburrido, que has hecho?”, y yo le contesté sonriendo, “he bailado, bebido y follado un poco cariño”, mi novio con cara perpleja me dijo, “joder Cati que puta eres”.

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  • Papá, dame toda tu pija (2): Preparando a papá

    Papá, dame toda tu pija (2): Preparando a papá

    Me despierto y veo, entre nebulosas que se van disipando, que en el reloj de la mesa de luz son las 11 de la mañana. Confundida y entredormida me doy cuenta que estoy totalmente desnuda en la cama de papá. Al moverme, una molestia casi dolorosa en mi sexo me recuerda que estoy allí porque esa noche he tenido el orgasmo más importante de mi vida.

    Imposible olvidar que anoche mi papito fue el adorable verdugo en la ejecución del holocausto de mi virginidad.

    Me tranquiliza el recordar que, por ser domingo, Dora (la muchacha) no vendrá a limpiar y ordenar la casa. Esto me permite quedarme haciendo fiaca y disfrutar de lo que aún esta fresco en mi todavía afiebrada mente.

    Con mucha modorra, y una sensación de plenitud muy extraña, estiro mis músculos casi hasta el tope y siento el placer de mi desnudez entre las sábanas tibias que me acarician. No puedo evitar que mi mente vuele a la tibia y después quemante piel de papá en el momento más sublime de nuestro acto sexual de anoche. Siento un deseo irrefrenable de tenerlo de nuevo ante el solo hecho de pensar en lo que pasó anoche.

    Aprovecho ese momento de dulces sensaciones para recapitular un poco lo ocurrido y, sobre todo, para analizar el camino a seguir…

    Nunca fui propensa a dejar las cosas libradas al azar, pero en este momento es sumamente necesario que arme un plan, perfectamente programado, para dejar la menor cantidad de cosas sin asegurarme de su futuro desarrollo.

    Papá ha pasado a ser la persona mas importante de mi vida. Pero es absolutamente imprescindible que yo no influya en su esquema de vida futura. Se que si soy hábil e inteligente podré tener el mando de la situación.

    Estoy segura que está en el estudio mirando papeles porque siento música muy suave que a él le gusta escuchar.

    Me levanto y al pararme al lado de la cama me asombro con el desastre que hemos hecho en su lecho matrimonial. Rápidamente saco las sábanas, manchadas de flujo y algo de sangre ya seca, y vuelvo a arreglar la cama con sabanas limpias.

    Una ducha rápida me termina de despertar. Ya en mi habitación solo cubro mi cuerpo desnudo con un vestido muy simple de tela liviana. Bajo hasta el estudio a saludar a papá tratando de hacerlo de la forma mas natural posible.

    –Hola Gustavo… ¿qué estás haciendo?… ¿desayunaste ya? –lo saludo dándole, desde atrás de su silla, un beso en la mejilla.

    –No, Mariana… solo tomé un jugo de naranja. ¿Queres que desayunemos? ¿o preferís que almorcemos temprano?… ¿Qué te gustaría hacer?

    –No sé… ¿qué programa tenías vos para hoy?… ¿qué pensabas hacer?… si vos tenés algo proyectado con tus amigos no te hagas problema por mí. Llamaré alguna amiga…

    –No, nena. Te digo que si querés que vayamos al club como a veces los domingos vamos con mamá… como quieras… podemos almorzar allí…

    –Dale… me re-copa la idea… me tomo un yogurt y vamos.

    –Bueno… ¿pero vas a ir con ese vestido?… se te nota mucho que no tenés sostén, nena… después no te quejes como otras veces con que no te sacan los ojos de encima… ¿estamos?

    –Si, papi. Prometo no quejarme más. Pero… ¿a vos no te gusta cómo me queda este vestido?… –le pregunto poniendo cara de mimosa.

    –Si, nena. Me gusta mucho.. pero me parece que es un poco… sugerente… no sé…

    –Voy por el yogurt… y nos vamos.

    Mientras camino hacia la cocina pienso que el arranque salió de maravillas. Hemos podido retomar el dialogo sin caras difíciles. También me doy cuenta que ha cambiado radicalmente mi forma de mirarlo… de sentirlo. Me siento tan eufórica que casi no recuerdo cuando fue la última vez que me sentí de esta forma tan especial.

    Me siento en la mesa de la cocina con mi yogurt y veo que él se acerca atravesando el comedor. ¡Está hermoso!… con una camiseta deportiva gastada de las que usaba cuando era más joven y jugaba al rugby… unos bermudas super viejos y sus queridos mocasines de usar en casa… su pelo, levemente entrecano cae descuidadamente por su frente… sus anteojos de leer casi en la punta de su nariz y esa mirada de niño inocente que, ahora se porque, vuelve locas a todas las veteranas amigas de la familia.

    –Hummm… me dio ganas de yogurt… ¿hay otro en la heladera?

    –Si, papi… ¡sos antojado, che!… jajaja

    –Es que tengo el estómago vacío… –me comenta mientras se sienta frente a mi con otro pote a comer– ¿Vamos al club entonces?… me tengo que dar una ducha y ponerme algo mas apropiado…

    –¡No seas antiguo, Gustavo! esa onda madurito informal de los 70 te queda hermosa. Las veteranas en el club se van a mojar las calzas… jajaja

    –¡Nena!… termina con ese nuevo libreto… ya te escuché ayer… ¿de dónde sacas esas tonteras?

    –¡Vamos… no te hagas el disimulado, Gustavo! Yo he estado algo distraída para no darme cuenta el arrastre que tiene mi papi con las señoras y según me dicen para las nenas de la oficina también ¡de pronto me he dado cuenta que para todas las mujeres que nos rodean… mi papito es un fruto prohibido, pero muy deseado!

    –¡Pero Mariana! ¿de dónde sacaste esas patrañas?… No será tu madre la promotora de ese infundio… ¿no?

    –Nooo… lo he averiguado de las propias interesadas… que según parece son muchísimas… jajaja…

    –No fabules, Mariana… yo no soy lo que vos decís… ni parecido…

    –A ¿no? Bueno, te digo… si seguís así y no te cuidas o controlas un poco a tus admiradoras… cualquier día van a abusar de vos… y yo no pienso ayudar para salvarte… jajaja

    Con mucho cuidado de no parecer provocativa me estiro para alcanzar una servilleta de la mesada y mi cortísimo vestido se sube hasta la mitad de mis pantorrillas. Estoy segura que desde donde esta él puede ver perfectamente mi sexo desnudo debajo del vestido. No levanto la vista pero me doy cuenta que el silencio de papá se debe a que esta abstraído mirando entre mis piernas desnudas.

    Después de dejarlo un rato con sus ojos metidos casi dentro de mi sexo me levanto de la banqueta y tirando el envase en la bolsa de residuos salgo hacia el living segura de que le he quitado hasta el habla con lo que ha visto.

    Salimos para el club. En el camino nos damos cuenta que no hemos prestado suficiente atención al tiempo. El sol de la mañana ha sido una trampa. Gruesos nubarrones oscurecen el día y apenas ha pasado el mediodía.

    Decidimos almorzar en el club y si la cosa no estaba interesante, o se pone aburrida, volveremos a casa para armar otro programa. Llegamos al club en el momento en que se larga un chaparrón impresionante. La cortina de agua que cae nos hace sopa con solo bajar de la camioneta y correr hasta el edificio del club.

    Adentro esta super lleno de gente que ha caído en la misma trampa con el solcito de la mañana.

    Con Gustavo vamos hasta los cofres a ver si hay alguna ropa de mamá que pueda servirme para sacarme el vestido que se ha empapado y se pega a mi cuerpo mostrándome prácticamente desnuda. Para él encuentra una remera de reserva que tiene para cuando se cambia después del tenis y yo encuentro un pareo que mamá usa en la piscina. Una vieja bikini mía, que había quedado descartada hace tiempo cuando se me rompió la parte de abajo sirve para solucionar mi problema.

    Cuando en el vestuario me pongo el corpiño de mi vieja bikini puedo medir cuanto se ha desarrollado mi cuerpo en el último año. El corpiño son dos triangulitos de tela que solo cubren la tercera parte de mis tetas. Las marcas blancas, donde nunca ha llegado el sol, bastante mas grandes que lo que cubren los trapitos, hace mas provocativos mis exuberantes pechos. El pareo no es muy transparente así que mi desnudez de abajo no se nota.

    Al salir del vestuario por el pasillo que da al comedor del club, paso por la oficina del profesor de gimnasia. Lo saludo desde el umbral de la puerta. Su boca desencajada y sus ojos casi fuera de la órbitas me dan la pauta que mi aspecto es mas que llamativo.

    Mariano es un tipo apetecible. Maduro, musculoso, muy suave y cariñoso, muy buena pinta, casado con una mujer de estupenda figura (ella es profe de natación en el club) y una mirada de poder y decisión que a las chicas nos hace poner calentísimas cuando asistimos a sus clases.

    Es un tipo muy cuidadoso y para nada atrevido. Pero su mirada lo delata. Solo se de una amiga de mamá que logro vencer su abstinencia de relación personal. Y, según me comentó mamá, quedo enloquecida y zarpada para siempre.

    A mí me ha prodigado las miradas más encendidas. Es notorio que, de mi grupo de amigas, además de ser la mas desarrollada y de cuerpo mas llamativo, soy la que goza de las preferencias del profe. Solo que mi virginidad, que anoche perdí en forma memorable, siempre me había mantenido en un límite de riesgo que él jamás pasaría por temor a los problemas que eso podría traerle con una mocosa de 18 años. Mas de una vez, una entorsis de tobillo que periódicamente me tiene a mal traer, me había permitido disfrutar de sus masajes en clase de gimnasia.

    Cada vez que me masajeaba por algún tirón sufrido en el club, su mirada a mis piernas y a los labios de mi sexo, marcados notoriamente por mis calzas de gimnasia, me servían luego en casa para mis fantasías masturbatorias nocturnas. Las chicas dicen que a mi se me ponen los ojos vidriosos cuando lo miro durante el masaje de tobillo.

    Nunca hemos pasado de ese límite. Pero ahora yo estoy en otra situación, me siento mujer. Además, siento la necesidad de cobrar algunas facturas pendientes que solo he hecho realidad en mis fantasías mas afiebradas.

    –¡Mariana!… ¡que alegría verte!… ¿qué haces hoy por el club con lo que llueve?. Ninguna de las otras chicas vino hoy.

    –Es que estoy sola en casa con papá y vinimos a almorzar y nos vamos. Y vos… ¿cómo andas, Mariano?

    –Bien, Cristina aprovecho el mal tiempo para ir con mis hijos a la casa de la abuela y yo para poner estos papeles en orden.

    –¿Solo papeles en orden?… me parece que esa copa que tenés al lado no es agua… jajaja…

    –Es vermut batido… ¿querés?… ¿te bancas tomar un trago de mi copa? ojo que está casi puro.

    –Por supuesto… ¿o acaso no tomamos del pico del mismo bidón de agua cuando nos destrozas haciendo gimnasia?… jajaja… además, Mariano, me han dicho que el vermut es bueno para el tobillo.. jajaja

    –¿Como anda tu tobillo?

    –Sigo bastante dolorida… es que el jueves me lo doble muy feo… y tus masajes fueron muy breves… eran más importantes las otras chicas que yo.. –le dije haciéndome, notoriamente, la mimosa.

    –A ver… mostrame como esta… ¿esta hinchado?

    Entrando a la oficina tomo la precaución de cerrar la puerta que comunica al pasillo. Me siento en la silla con posabrazos que está a la derecha de su escritorio y tomando de su mano la copa de vermut empino un buen trago. Esta delicioso, casi puro… pero helado y riquísimo.

    Descalzo mi pie de la chinela y lo levanto hasta ponerlo sobre sus rodillas para que vea mi tobillo.

    Se que el pareo casi no cubre mi desnudez así que miro deliberadamente hacia la copa que tengo en la mano, para darle libertad para que mire entre mis piernas. Entusiasmada por el morbo que me produce separo un poco, a propósito, un poco mas las piernas.

    Mientras tomo otros tragos siento las manos sobre mi tobillo que comienzan a amasar muy suavemente mi piel. Eso me produce un cosquilleo en mi sexo como si me lo estuviera tocando. Cierro los ojos, como demostrando que me calma un dolor inexistente y dejo caer mi cabeza hacia atrás con un notorio suspiro de satisfacción.

    Mientras el masajea mi tobillo, yo descuidadamente paso la mano por mis rodillas desnudas y las subo de a poco, acariciando lentamente mis muslos por su parte interna.

    Siento que Mariano se revuelve en su silla. Mis ojos cerrados no me permiten verlo, pero siento sus movimientos. Sus manos en mi tobillo están mas movedizas.

    Giro un poco mi cuerpo y levanto mi pierna derecha sobre el posabrazos del sillón. La fin tela se desliza por mis piernas dejándolas casi totalmente descubiertas. Ahora estoy segura que él puede ver mi sexo desnudo debajo del pareo, que está totalmente abierto. Siento que sus manos ya no masajean solo mi tobillos, casi llegan hasta la rodilla.

    Con los ojos aún cerrados tiro la cabeza hacia atrás, dejándola casi colgada de mi cuello.. Me siento eléctrica… deseosa… caliente…. y comienzo a jadear muy despacio.

    Movidas por un impulso interno, mis manos pasan suavemente por sobre la fina tela del minúsculo corpiño de la bikini. Siento que los pezones sobresalen asombrosamente a través de la tela. Razono que tengo que ir al comedor antes que papá salga a buscarme… pero esto es terriblemente embriagador… un minuto más y basta.

    Mariano baja el pie del masaje hasta el suelo… no sé lo que está por hacer… no quiero abrir los ojos… el no saber lo que está pasando me erotiza terriblemente. Me agita pensar que se puede estar acercando a mi cuerpo casi desnudo, deseoso y terriblemente caliente.

    Siento que una mano me toma de la nuca. Abro los ojos y veo que Gustavo esta con sus labios a escasos centímetros de mi boca.

    ¡Es un sueño…! Su mirada cargada de lujuria… de deseo… de temor a mi reacción… de chico que está haciendo una travesura…

    Saco mi lengua y paso la punta humedeciendo sus labios. Siento que otra mano se posa sobre mi seno apenas cubierto por el corpiño de la bikini.

    Mi mano baja a los inflamados labios de mi sexo. Están calientes y húmedos. Recordar que anoche una verga entro por allí con violencia me pone al borde del orgasmo. Meto mis dedos entre ellos para frotar suavemente mi clítoris

    Mis tetas amasadas por sus deseosas manos se ponen duras… desato el bretel en mi nuca y las descubro… ahora sus suaves y cariñosas manos frotan delicadamente mis inflamados pezones… me siento morir…

    Su boca esta tan cerca de la mía que nuestras respiraciones, agitadas y calientes, se cruzan. Me mira con esos ojos que me aflojan hasta los dientes…

    Me tiene en un estado de calentura tal que ya no se si podre contenerlo. Tampoco sé muy bien si no deseo que me coja en este mismo instante.

    Saco los dedos empapados en el flujo de mi vulva y los meto dentro de su boca. Parece que hiciéramos todo como en una película en cámara lenta. El chupa con lentitud mis dedos. Los saco y meto con fuerza mi lengua dentro de su boca. El sentir el sabor de mis flujos me hace llegar a un dulce orgasmo ayudada por mis dedos que ya volvieron a su destino original.

    Su boca en mi cuello me produce un sinfín de sensaciones que se combinan con los últimos sacudones del final del orgasmo.

    Me siento en un estado de plenitud total, de placer infinito, de entrega dulce y apasionada. Mis pensamientos no existen… solo el placer de sentir vibrar mi cuerpo, de mezclar esa intranquilidad hermosa que provoca el fuego en mi interior con el intenso sabor del peligro de que aparezca alguien.

    Mis tetas están en poder de la erotizante boca de Mariano. Las toma con sus manos. Las mira, las acaricia, pasa su lengua alrededor de mis afiebrados pezones humedeciéndolos, los chupa con pasión, tira delicadamente de ellos tomándolos suavemente con sus dientes.

    Separo mis piernas para que él, que se ha casi arrodillado en el piso, se dedique a comer mis pechos con una intensidad que me está volviendo loca. Desprendo mi pareo y lo saco abriéndole el camino para lo que estoy deseando cada vez con mayor desesperación.

    Sus manos, que bajan por la espalda y la cintura me producen un cosquilleo que me da escalofríos. Su boca, que baja por la panza en dirección a mi sexo me va anticipando lo que viene, lo que me pone mas desesperada y ansiosa.

    El fuego en mi interior va adquiriendo la intensidad de un bosque en llamas… me siento encendida… mis jadeos mas que aliviar mi agitación parece que avivan mas el caldero en que se han transformado mis entrañas.

    Su lengua toca mi clítoris y se desata la locura. Mis manos lo toman de la nuca y su boca se pierde dentro de los labios de mi sexo. Me está comiendo literalmente mi sexo.

    Mis caderas comienzan un vaivén salvaje. Mi orgasmo se desencadena cuando él me toma con sus dos manos por la cola y mete mas adentro de mi vulva su boca. Algo me sacude de manera tal que es imposible contenerme… miro hacia abajo y veo su boca brillosa de mis flujos como bebe con deleite los que sale de mi sexo.

    Los sacudones de mi orgasmo me han hecho acurrucar sobre su cabeza. El mira hacia arriba y le comienzo a lamer los labios hasta terminar en un beso apasionado y sin final.

    Marioano pretende seguir adelante pero el riesgo me asusta demasiado y le pido que dejemos esto para mas adelante. Para mostrarme su estado se baja su buzo de gimnasia y el slip dejando en libertad su sexo parado y duro que apunta hacia arriba y adelante.

    Me da mucha pena dejarlo en ese estado por lo que tomo con mi mano su verga y la agito masturbándolo. El acaricia de nuevo mis tetas y en un par de minutos llega a un orgasmo terrible que escupe su semen sobre mi cuerpo desnudo y su escritorio.

    Apurada y preocupada, por el tiempo transcurrido, me visto y vuelvo al vestuario para recomponer un poco mi aspecto. Puedo arreglar todo menos mis mejillas que están rojas y encendidas y mi calentura interior que está totalmente desatada.

    Cuando llego al comedor veo a papá compartiendo una mesa para almorzar con varios matrimonios amigos. Me han guardado un lugar a su lado. Me tranquiliza el ver que con la charla no se ha dado cuenta de mi demora.

    Al acercarme a la mesa se hace, de golpe, un silencio notorio y cuatro de los cinco varones me miran con los ojos casi salidos fuera de las órbitas. Papá, que está de espaldas, se da cuenta que algo pasa y se da vuelta para mirar… casi se cae desmayado.

    –¡Mariana!… ¡no te queda demasiado chica esa malla nena!

    –Es la del principio de la temporada pasada, Gustavo… ¿no te acordás?

    Las mujeres salen en mi defensa alegando que yo soy una chica muy joven… que con 18 años todo se puede usar… todas esas cosas. Pero sus maridos me miran como para comerme. Me excita mas de lo que ya estoy, el ver como me miran.

    A mi lado está sentada Angie, la mas joven de todas las casadas que son amigas de mis padres. Al lado, su marido… un bombón. Me siento a gusto porque con ella nos hemos hecho muy amigas, tiene solo cuatro años más que yo (22). Además, somos muy confidentes.

    En largas charlas al lado de la piscina del club me ha hecho confidencias muy privadas. Me ha contado, por ejemplo, que ella está muy bien atendida por Jorge (su marido, el bomboncito) Me ha confesado que en este, su primer año de casada, su marido se ha destapado. Su fogoso y atrevido novio se ha transformado en casi un sátiro insaciable.

    Pero es indudable que Angie tiene alma para la aventura. Todavía no ha caído en infidelidad, pero camina sobre el filo de la navaja. No tengo mucha experiencia, pero me doy cuenta que, aunque esta muy bien atendida, por momentos esta más caliente y zarpada que yo.

    Pienso que este último detalle puede servir para mi plan. Debo lograr que papá este «comprometido» conmigo. Si muevo levemente esa navaja, por donde camina Angie… ella caerá irremediablemente y me servirá.

    Comenzamos a almorzar. Las miradas de los varones en mis tetas son impresionantes. Violeta y Gerardo el matrimonio que dos noches atrás protagonizaron una orgía en casa, ante mis atónitos ojos, con papá y mamá, están sentados enfrente mío. Violeta mira embobada a papá… esta como abstraída… es que no es para menos… hoy Gustavo esta para comérselo. Gerardo esta encandilado con mis tetas.

    Miro sus ojos, que no miran precisamente los míos. Recuerdo su perdida mirada en el momento de llenar de semen las entrañas de mi mamá y como un rayo mi mente recuerda su tremenda verga embravecida… un sudor frío recorre mi espalda y una llamarada baja desde mi estómago hasta mi sexo.

    Aprieto las piernas imaginándome penetrada por esa tremenda verga y mis pezones se ponen locos, marcado su presencia, a pesar de lo apretados que están.

    Angie me dice, en voz baja casi en secreto, que me aconseja que comience a tomar pastillas anticonceptivas porque si no, aun sin dejar de ser virgen, las miradas de Gerardo me van a preñar con toda seguridad.

    Siguiendo casi en secreto le digo que se quede tranquila. Que hace solo dos días que se me fue la regla y que, de todas maneras, lo de virgen ya ha quedado en la historia y que, en todo caso, para estar preñada, desde anoche ya tengo mucho semen en mis entrañas.

    La cara de asombro de Angie no tiene descripción. Quiere que le cuente. No se puede tener quieta. Me pregunta mil cosas en voz muy baja hasta que el resto de la mesa comienza a bromear por nuestros secretos y tiene que contenerse.

    Me saca de la mesa pidiéndome que la acompañe al toilette. Ya por el camino me interroga pero yo le contesto con una sonrisa. Llegamos al baño y decido hacerla participe de mi plan para comprometer a Gustavo en su futura relación conmigo.

    –Contame hija de putaaa… ¡con quien te encamastes anocheeee!… Mariana que hermoso… ¿qué tal salio?… ¿Como te fue?… Mmmm… me hace calentar el solo pensar…

    –Tranquila, jajaja… Mira, Angie… todo salió de maravillas… es que me inicie con un tipo grande… de la edad de papá más o menos…. un sueño… todavía no salgo del encantamiento…

    –Si es de la edad… y parecido a Gustavo… te envidio, jajaja. Ayyy… nena… que hermoso… me haces acordar a mi primera vez. Bueno… arreglemos para juntarnos mañana y me contas con lujo de detalles… ¿sí?

    –Ah es verdad, mañana es feriado. Estaría buenísimo que vinieran con Jorge a casa. Mientras él charla con Gustavo nosotras nos damos el gran festín de información…

    –Ay… no puedo, nena. Jorge se va esta tardecita a Montevideo… ¿Queres venirte vos a casa a cenar esta noche?… vamos a estar solas…

    –Mejor venite vos a casa… así no lo dejamos solo a Gustavo. ¿Querés?…

    –Podría ser… además, de paso me pego unos buenos «buches de ojo» con tu papi y me sirve de alimento para mis fantasías de los próximos meses…

    –Tanto te gusta mi viejo?… ¿Qué le ves?… ¿no está medio anticuado?, jajaja.

    –¡Marianita!… ya no sé cuántas veces te lo he dicho… Gustavo es una fuente inagotable de alimentación de fantasías eróticas, jajaja. Que dulce que es tu viejo, nena. Hoy esta como nunca. Así, medio vestido como al descuido… con una mirada entre triste y desamparada… mmm… me lo comería a besos… jajaja. Las minas que estamos en la mesa estamos pendientes de él … y él parece solo estar pendiente de su hija, jajaja… ¿es muy vigilante?… ¿o es siempre así?

    –Es siempre así. Es un dulce… sin ser empalagoso… como lo son, desgraciadamente, la mayoría de los machos…

    –Bueno… arregla todo vos… yo no propongo nada porque Jorge es receloso y no quiero tener quilombos… vamos… mmmm… estoy ansiosa porque me cuentes como fue lo de anoche!!!!…

    Volvemos a la mesa y están todos pendientes de un cuento verde que cuenta Coco, el cuentista del grupo.

    Me siento un momento y después aviso a papá que ya vuelvo y me levanto para ir hasta el teléfono público del bar. Llamo a Cristina, mi compañera de colegio y le pido que me pase a buscar por casa a las 6 de la tarde con la excusa de ver unos temas que necesita le explique. Cristina, que es repiola, capta al vuelo que yo necesito que me saque de casa, así que quedamos de acuerdo en un par de minutos.

    Ya en la mesa de nuevo los varones hablaban del viaje de Jorge a Uruguay y yo, haciéndome la que no se nada, le pregunto a Angie cuando vuelven. Me dice, delante de todos, que ella no viaja porque se aburre en los viajes de negocios.

    Yo comento con papá que el tiempo no va a mejorar y que podemos invitar a Angie a pasar la tarde y cenar en casa porque yo quiero mostrarle algunos trapos nuevos que me he comprado. Quedamos de acuerdo en que será así.

    Después de la sobremesa salimos, bajo una torrencial lluvia, de regreso a casa. Angie llevará a Jorge hasta el aeropuerto y se vendrá para casa de inmediato.

    Cuando llegamos me quedo en la cocina preparando un café y Gustavo prende el televisor del living comenzando con su deporte favorito: el zaping.

    Tomando café nos enfrascamos en una película del cable y se nos pasa el tiempo volando.

    La bocina de la camioneta de Angie me avisa que ha llegado y voy a abrir la puerta. Cuando entra me doy cuenta que no solo llevo a su marido al aeropuerto, sino que paso por su casa (a escasas veinte cuadras de la nuestra) y se ha sacado el jardinero que tenia en el club para cambiarlo por algo más atractivo. Viene preparada para estar de visita en la casa de un macho que le gusta de alma.

    De entrada nos vamos a mi habitación. Apenas entramos me acosa con sus preguntas.

    –Mariana… contame, porfa ¿que te hizo decidirte?… ¿con quien fue?… ¿cómo te fue?…

    Deliberadamente le cuento lo ocurrido en el living de mi casa hace dos noches, entre papá, mamá, Violeta y Gerardo, como desencadenante de mi decisión.

    Su asombro no tiene límites por lo que aprovecho para no contarle detalles y le prometo que después le voy a ampliar. Le explico que lo que vi me dejo en un estado de calentura tal que decidí hacerme mujer.

    Le miento que anoche, volada de la calentura, fui a la casa de mi amiga Cristina sabiendo que ella había salido y su madre está de viaje. Le sigo mintiendo que estaba solo su padre, que me gusta horrores, y que con el perdí mi virginidad.

    Le cuento con lujo de detalles mi desvirgamiento solo cambiándole la titularidad de mi desflorador.

    Angie esta encendida. Prende un cigarrillo detrás de otro. Cuando termino le digo que me espere y voy a la cocina por unas cervezas. Al volver, entro en mi habitación y ella esta tirada de espaldas en la cama con su corta minifalda plegada en la cintura. Se frota lentamente su pubis, por sobre la tela de una tanga roja que está metida dentro de sus labios vaginales.

    Sin darle mayor transcendencia le alcanzo su cerveza y me siento a su lado para contarle los prometido. La orgía entre papá, mamá, Violeta y Gerardo.

    En realidad quiero contárselo porque espero calentarla al máximo posible. Trataré de prepararla para que, dentro de un rato cuando se quede sola con papá, este bien zarpada y tome las iniciativas que yo quiero que tome.

    Durante el transcurso del relato, en el que soy deliberadamente minuciosa hasta la exageración, Angie no puede dar crédito a lo que escucha… ni tampoco contener la calentura que le provoca lo que le estoy contando. Su mano ya no frota su pubis sino que ha corrido de costado la tanga y sus dedos juegan dentro de su vulva.

    Dos veces mas voy a buscar cerveza. En el tercer viaje vuelvo con la queja de papá de que está muy solo (mentira conveniente de mi parte). Antes de ir hacia el living le pido a Angie que me haga el aguante con papá. Le explico que a mi me pasaran a buscar para tener un nuevo encuentro con el padre de mi amiga. Quedamos de acuerdo en que entretendrá a papa por un par de horas hasta que yo vuelva a cenar.

    De acuerdo entre las dos vamos al living a charlar con Gustavo. Angie mira a papá como a un fruto prohibido. Lo come con la mirada. Para desgracia de Angie mi papá, para estar más cómodo, se ha sacado la remera y los zapatos. Tiene solo el pantalón bermuda y el pelo revuelto por su costumbre de pasarse la mano por el pelo cuando mira TV. ¡Es un sueño… el muy guacho! ¡La echaría a Angie y me lo comería a besos! Pero… mis planes son mas importantes.

    Entusiasmados con una discusión sobre los ejercicios modeladores sin aparatos, de los cuales papá es un ferviente defensor y practicante, nos interrumpe el timbre. Cristina saluda a todos y me apura porque debemos llegar a casa de otra amiga cuanto antes. Me cambio de ropa, poniéndome un enterito liviano, las llaves de la puerta de entrada y las de la puerta de servicio para entrar de incógnito, de acuerdo a mi planes.

    Subo a la motito de Cristina y sin dar muchas explicaciones le pido que me deje en un bar que está a ocho cuadras de casa donde tengo una cita que después le contaré.

    Ni bien me deja tomo un taxi y vuelvo a casa. Con mucho cuidado entro por el jardín hasta la entrada de servicio y sigilosamente me meto de nuevo en la casa.

    Angie y papá siguen en el living charlando sin dar mucha atención al televisor. Papá explica los distintos efectos que los ejercicios sin aparatos producen en el organismo. Para dar mayor detalle pone un cassette de video donde se explican detalladamente cada ejercicio y sus distintos pasos de ejecución.

    Entre los dos se ponen frente al TV a imitar los ejercicios del instructor. Desde la puerta de la cocina donde estoy veo que Angie esta al borde del precipicio. Es un gata en celo buscando desesperadamente el momento para que su acoso actual se transforme en ataque directo.

    Cuando papá la toca para indicarle una posición de los brazos o de las piernas ella cierra los ojos y suspira profundo.

    A los pocos minutos de estar imitando el video, sin decir nada mas que tiene mucho calor se saca su simple y liviano vestidito veraniego para quedar solo con la tanga. Gustavo se queda impactado. El pelo negro de Angie que, suelto y algo pegado a su piel por la transpiración, le llega casi a cubrir sus impactantes tetas… le da una imagen de salvaje que hasta a mí, me impresiona.

    Han quedado frente a frente con papá separados por apenas un metro. Por casi un minuto se miran. No veo la cara de Gustavo pero la de Angie es un incitación a la lujuria. Su pecho sube y baja manejado por la agitación que tiene. Sus pezones erectos sobresalen entre el pelo que los cubre. Parece como si ninguno de los dos estuviera dispuesto a dar el próximo paso. Angie, sin sacar la vista del cuerpo de papá, comienza a bajar lentamente la tanga hasta que queda a sus pies. Se acerca lentamente y comienza a pasar sus manos por los hombros desnudos de Gustavo.

    Baja por los brazos hasta llegar a las manos. Las toma con las suyas y las lleva hasta sus tetas. La distancia se ha acortado a la mitad. Cuando Gustavo toma los pezones entre sus dedos ella toma con las manos su cara y se zambulle en un descomunal intercambio de labios y lenguas que por su violencia produce sonidos que escucho claramente.

    Ella baja hasta las tetillas de él y las chupa con deleite, mordisqueándolas levemente. Sigue bajando y con ambas manos se lleva hacia abajo el bermuda y el slip. El sexo de Gustavo, algo excitado ya, queda a su disposición frente a su cara.

    De rodillas en la alfombra ella toma la verga de papá y, acariciándola, la mira con detenimiento y ojos deseosos. Saca su glande afuera y pasa con mucha ternura la lengua por toda su superficie. Antes de meterla en su boca levanta la vista y lo mira con una sonrisa de lujuria. Papá acaricia suavemente sus mejillas y tomándola de ambos lados de su cabeza penetra decididamente su boca con su gruesa verga.

    Angie comienza a chupar y saborear la pija de papá con desesperación. Es tal el entusiasmo que pone que el ruido de la succión se escucha claramente desde donde yo estoy. Me siento caliente y encendida como si fuera yo la que estuviera con esa verga en la boca. Un sensación de descontrol comienza a invadirme. Debo controlar mis impulsos… es muy importante que yo aparezca en el momento preciso.

    Papá esta con una erección perfecta. Con un mar de celos internos me parece que es mas importante que la que tenía anoche para conmigo. No importa… ya mejoraremos eso cuando no estén jugando estúpidos preconceptos.

    Angie chupa con tanta desesperación que lo va acorralando contra el sillón hasta que Gustavo cae, lentamente, sentado. Ahora si veo perfectamente como entra y sale esa hermosura de la boca de Angie. Papá se revuelve en el sillón hasta que va cayendo y queda en la alfombra acostado boca arriba.

    Angie, que ha estado con su mano derecha perdida en su propio sexo, se desliza hacia el costado hasta quedar en posición de 69 con papá debajo. No puedo ver que le hace, pero los pocos segundos ella tiene que sacar la verga de su boca y presa de una desesperación incontenible tiene un orgasmo terrible entre gritos, jadeos y palabras de agradecimiento por el orgasmo que le está provocando. Esto me pone verde de los celos… pero sé que debo soportarlo.

    Angie avanza con su pelvis por sobre el torso de papá. Tomándose con ambas manos de los tobillos de Gustavo levanta su cadera y, ayudada por él, que pone la verga apuntando hacia arriba, va sentándose lentamente hasta tragar con su sexo toda la masa de carne.

    Moviéndose sobre el cuerpo de papá como cabalgándolo y amasando sus propias tetas como para hacerlas reventar ella lo está cogiendo con una fuerza endiablada. De vez en cuando se toma de los tobillos de él, levantando su sexo saca la verga casi hasta la punta y luego deja caer de golpe para ensartarse con violencia. El ruido que esta penetración produce me taladran los oídos.

    El cuerpo de Angie, tan grande y corpulento como el mío, parece una hoja agitada por el viento por la forma en que tiembla y se agita totalmente empapado de transpiración. Los gritos de gozo y las desenfrenadas sacudidas está intensificando me dan la pauta que esta desarrollando otro tremendo orgasmo.

    Salgo de mi lugar de observación y, rápidamente, me voy a la puerta de entrada a la casa. Con sumo cuidado abro y me dirijo directamente al living. En ese momento, aprovechando el respiro del reciente orgasmo de Angie, Gustavo la ha hecho parar y, haciéndole apoyar las manos en el respaldar del sillón y la pierna derecha sobre el posabrazos acaba de ensartarla, desde atrás, hasta los pelos.

    La cara de lujuria descontrolada de papá es indescriptible. Angie es un saco de carne que se sacude por los empujones de Gustavo y pide a los gritos que acabe para sentir su leche en sus entrañas.

    Pasan algunos segundos desde que yo aparezco en la dirección de sus miradas hasta que reaccionan y se dan cuenta lo que acaba de ocurrir. Yo, con la mas elaborada de mis caras de horror e indignación (para papá) y de disculpa e inocencia (para mi amiga), pido disculpas alegando que la amiga que fuimos a buscar no estaba y salgo apresuradamente para mi dormitorio sin demostrar gran preocupación por lo que acabo de presenciar.

    Indudablemente, el resultado de mi elaboración está saliendo perfecto. Apenas un minuto después aparece en mi habitación Angie con una cara que denotaba su turbación.

    –Mariana… yo no sé… nena… por favor… decime..

    –Angie, porfa… no seas boluda… nena… ¡Mira si voy a estar enojada! ¿No me vas a decir que estas preocupada?… La estúpida fui yo que ni se me ocurrió que vos podrías… ¡perdoname Angie!… tanto tiempo esperando la oportunidad y vengo yo… tu amiga… y te arruino en el mejor momento…

    –Uf… ¡que susto que me pegue… no sabía si lo habías tomado a mal… ¿Sabes que pasa Mariana?… me había recontra jurado a mi misma que, si algún día le metía los cuernos a Jorge, tenía que ser solamente con Gustavo… no se si me vas a entender… porque es tu papá… quizás por eso no una idea de lo que él desata dentro de mis tripas… ¿Me quedo tranquila, entonces?… ¿No te jode que haya pasado esto?

    –Nooo… por favor… lo único que me jode es haberte cortado en lo mejor…

    –Jajaja… ¡Estas loca… en lo mejor! Lo mejor estuvo antes que vos llegaras. Lo jodido es que él se quedó en la mitad de la recta final… ¡pobre… tan dulce y adorable que es!… No le hagas mucha historia nena… mira que fui yo la zarpada que me lo cogí, casi violándolo…

    –Nooo… quedate tranqui… no le voy a decir nada. Además… jamás le cuentes lo que yo te conté de esa noche con mamá y sus amigos… no quiero que él sepa que los vi… ¿entendés? Si es por la calentura con que se quedó… que se la aguante, jajaja… mañana tendrá que agarrar a su secretaria y desquitarse…

    –¡Como la envidio!… jajaja… pero bueno… yo, el gusto me lo di … y bien cogida que terminé… Pero… secreto entre nosotras, nena… ¿estamos?

    –Siii, obvio. Siento que acaba de salir de la ducha… Anda… date un baño vos que yo voy a preparar la cena… ¡Vamos!… disfruta el gusto que te acabas de dar y dejate de pelotudeses… si uno de estos días querés completar lo que yo interrumpí… en una de esas te doy una mano…

    –Nenaaa… ¡sos un amor!… me doy una ducha y voy…

    Sali de mi habitación en dirección a la cocina. Gustavo salía de su habitación, recién bañado y con un pijamas de pantalón corto que le queda… de ensueño. Su cara de gato sorprendido infraganti comiéndose el canario me causó muchísima gracia, pero la disimule con esfuerzo.

    Mirándome con cara de culpa comenzó a decir…

    –Mariana, es necesario que hablemos, nena… yo no tengo…

    –No es necesario, papá –lo interrumpí drásticamente– Voy a preparar la cena… cenemos los tres como si nada ha ocurrido… después que Angie se vaya a su casa… aclararemos perfectamente todo, por supuesto.

    Me fui hacia la cocina dejándolo parado en el pasillo… su posición a mis espaldas y su perplejidad y preocupación no le permitían ver mi cara de satisfacción y de triunfo… mezclada con la lujuria de saber lo que, irremediablemente, ocurriría esa noche… después de cenar.

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