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  • Mi tanguita cómplice

    Mi tanguita cómplice

    Hace varios meses que llevo toda mi ropa a lavar en una lavandería cercana. Siempre me atiende un señor llamado Juan Carlos. Hace diez días noté en la devolución de mi ropa la falta de un camisón de seda roja.

    Cuando lo reclamé, Juan Carlos me respondió diciendo que se lo había quedado para deleitarse con algo que había tocado mi piel. Al devolverme la prenda dijo: -Quisiera ser afortunado como este camisón que duerme contigo. Reí por su ocurrencia y no le presté atención.

    Íntimamente me sentía halagada por sus palabras cargadas de deseo hacia mi cuerpo.

    En la siguiente tanda de ropa a lavar. Cuando la retiré, había faltante de un pantalón pijama.

    Inmediatamente regrese a reclamarlo. Juan Carlos dijo que lo dejara un día más. Que aún no estaba lavado. Y riendo dijo:

    -He dormido sobre él.

    -¡Esto es demasiado Juan Carlos! -Exclamé

    -Nada es demasiado preciosa Belu. Si me traes tus tanguitas las lavo a mano y no te cobro. Respondió con desfachatez.

    Fingí estar molesta por su comentario pero en lo íntimo me agradaba. Sentía que Juan Carlos me deseaba mucho. Me encanta ser el estímulo de un hombre para encenderlo. Para que crezca su deseo hasta masturbarse por mí.

    Todo lo ocurrido me calentaba bastante. Al siguiente lavado, antes de llevar mi ropa a la lavandería, me vestí con una chomba de licra amarilla.

    Muy escotada y ceñida al cuerpo. Abajo un pantalón blanco de algodón que se hundía en la separación de mis glúteos.

    Entre la ropa a lavar envié una tanga rosa, minúscula con transparencias de encaje.

    Juan Carlos recibió la ropa en sus manos y dijo: -Gracias Belu. Eres mi clienta preferida por ser simpática y hermosa. Tienes unos pechos deliciosos. Tu estatura y tu peso son ideales…

    Me hace feliz verte venir y cuando te vas mis ojos se iluminan con la visión que les brindas.

    Cuando me fui del negocio, sentía sus ojos clavados en mí. Sonreí sin volver la cabeza.

    Dos días después volví por mi ropa. Juan Carlos me entrego la ropa lavada en una bolsa grande y una pequeña diciendo: -Belu, en la bolsa pequeña está la tanguita. Es tan delicada que la lavé a mano.

    Al momento de pagar el servicio de lavado, dijo que no debía nada y que me invitaba a merendar en una cafetería muy conocida pero distante.

    Acepte su invitación. Estaba encantada con su atención de caballero y sus piropos cargados de halagos.

    Cuando estuve en mi casa, analicé sus palabras y entendí que el interés de él iba más allá de compartir una merienda. Que si lo dejaba avanzar un poco tendría lavados de ropa gratis por mucho tiempo. Me reí sola por tener esos pensamientos tan torcidos.

    Cuánto nos encontramos en la cafetería. Juan Carlos vestía traje oscuro. Eso lo favorecía para que lo viera más delgado.

    Quizás su estatura sea 175 y su peso 85 kilos. Estimo su edad en 25 años mayor que yo.

    Lo imagino casado, por elegir una cafetería tan distante.

    Me recibió con halagos a mi belleza y a la ropa que vestía.

    Luego de varios minutos de charla, intuí que deseaba decirme otras cosas, por el movimiento nervioso de sus manos. Gesticulaba al hablar.

    Para hacerle más fácil el diálogo le dije: -Vine con una sorpresa para ti.

    Él se sorprendió por mis palabras y dijo:

    -Belu, toda sorpresa que venga de ti será hermosa. Dime cuál es.

    -¿Adivinas? -Pregunté.

    -¡No! -Dijo desconcertado.

    Bajando la voz y aproximando mis labios a su oído dije: -¡llevo puesta la tanguita que lavaste a mano!

    Juan Carlos cerró los ojos y se mordió el labio inferior. Yo me reí y lo tomé de una mano.

    Una hora después ingresamos a un hotel, por iniciativa de él.

    -Acepte tu propuesta para demostrarte que digo verdad. Tengo puesta la tanguita rosa. -Le dije al pasar el umbral de la puerta.

    Juan Carlos dejó caer su saco sobre sobre un sillón, y me apretó contra su pecho para besarme con intensidad. Yo desabroché los botones de su camisa descubriendo su pecho poblado de pelos.

    Me cedió el paso para pasar al baño, mientras él me esperaba sintonizando un canal de música. Tardé varios minutos Luego salí del servicio, bien higienizada, perfumada. Con la tanga rosa puesta y una toalla cubriendo algo. Juan Carlos estaba con el torso desnudo. Únicamente cubierto su sexo con un bóxer negro. Nos besamos y pasó a higienizarse él.

    Lo esperé tres minutos tendida boca abajo sobre la cama, escuchando música. Al regresar Juan Carlos se inclinó junto a mí y exclamó: -¡Guau!

    Tomó la tanga por ambos lados de la cintura y la deslizó por mis piernas, ayudándose con sus labios. Sentía su respiración en mis piernas. Ante sus ojos quedó mi voluminoso culo desnudo. Bajó su cabeza hasta llegar a besarlo, chuparlo, morderlo y separar las nalgas para llegar con su lengua hasta el ano y parte de la vagina. Luego giró mi cuerpo y se detuvo mirando mis senos. Los amasó, mordió y chupó con furia mis pezones. Yo sentía hormigueo vaginal y comencé a mojarme abundantemente. Con dos dedos separó mis labios externos ligeramente hinchados y se movía entrando y saliendo rozando el clítoris.

    Vi sus bolas grandes bajo una mata de muchos pelos negros ondulados y un miembro corto y no muy grueso. Acaricié su verga con una mano, descubrí la cabeza de piel roja y tersa haciendo bajar el prepucio que la ocultaba. La acerqué a mi boca y chupé hasta sentirla bien firme.

    Juan Carlos suspiraba, disfrutando ese momento tan deseado por él.

    Separó mis piernas quedando de rodillas entre ellas. Recogió mis pies junto a su pecho e inclinando su cuerpo hasta tocar mis rodillas en sus hombros. Me entró en la vagina de una sola embestida y con un dedo intentaba abrirme el ano.

    Con su herramienta mojada por mis jugos, untó mi ano. Su dedo mayor abrió mi fruncido culito. Dilatando un poquito hasta lograr meter dos dedos a la vez. Luego que entraron los movió haciendo círculos, hasta quitarlos para dar lugar a su verga. Con golpes a fondo me entró apoyando su pelambre oscura en mi piel depilada. Fue una hermosa sensación de sentirlo muy adentro y de dominio sobre mí. Me provocó un fuerte orgasmo anal, mojando a chorros mis muslos y las sábanas.

    Juan Carlos aún no se había descargado y pidió me pusiera de rodillas sobre la cama. Baje la cabeza hasta tocar las sábanas. Así quedé expuesta con el culo elevado y abiertas las nalgas.

    Chupó mi ano y lamió mi rajita que dejaba escapar muchos jugos. Toda mojada por mis viscosos fluidos, me penetró desde atrás con mucha fuerza. Metiendo a fondo su verga, sacándola y volviendo a entrar.

    Me llegó un segundo orgasmo, gimiendo y temblando. Apretando las sábanas entre mis dedos. Disfrutando como poseída, ese instante. Mi esfínter se contraída y dilataba involuntariamente.

    Juan Carlos aprovecho el momento para meter su miembro violentamente en mi ano. Apretó mis nalgas con sus manos cual si fuesen garras sus dedos. Las mantuvo separadas. Emitiendo un gruñido gutural y teniendo espasmos en su pene. Descargó su semen caliente dentro de mí.

    Fue su único orgasmo, pero suficiente para gozar mucho y quedar rendida, satisfecha y contenta. Al cabo de dos horas abandonamos el hotel sonrientes.

    Ahora cuento con servicio de lavados gratis y un amigo para pasar buenos momentos si así se me antojara.

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  • El encuentro inolvidable

    El encuentro inolvidable

    El sol comenzaba a ocultarse cuando Sofía, una joven de 25 años con cabello castaño y ojos verdes, llegó al motel. Tenía un cuerpo delgado y una mirada curiosa que siempre la hacía destacar. Había conocido a Lucía en una plataforma de citas en línea y, después de varias semanas de charlas intensas y coquetas, finalmente habían decidido encontrarse en persona. Lucía, de 30 años, era morena, con ojos marrones y un cuerpo atlético que reflejaba su personalidad decidida y apasionada.

    Cuando Sofía llegó a la habitación del motel, Lucía la recibió con una sonrisa traviesa. “Hola, Sofía. Estoy muy emocionada de finalmente conocerte en persona.” Sofía sonrió y respondió, “Yo también, Lucía. He escuchado mucho sobre ti.” Lucía se acercó y tomó la mano de Sofía, guiándola hacia la cama. “Vamos a hacer que esta noche sea inolvidable.”.

    Sofía se sentó en la cama, y Lucía se arrodilló frente a ella, comenzando a besar sus dedos con suavidad. “Eres tan hermosa” susurró Lucía, mirando a Sofía directamente a los ojos. Sofía sintió un cosquilleo en el estómago. “Gracias, Lucía. Eres tú quien es increíblemente atractiva.” Lucía se inclinó y besó los labios de Sofía, primero suavemente y luego con más intensidad.

    Sofía respondió, abriendo la boca y permitiendo que la lengua de Lucía explorara la suya. Los besos se volvieron más apasionados, y Sofía comenzó a respirar con más fuerza. Lucía deslizó sus manos por la espalda de Sofía, desabrochando su blusa y descubriendo su piel suave.

    Sofía gimió ligeramente cuando Lucía comenzó a besar su cuello, lamiendo y mordiendo suavemente. “Te deseo tanto” murmuró Lucía, mientras sus manos se movían hacia el cierre del pantalón de Sofía. Sofía se estremeció cuando Lucía bajó su pantalón y comenzó a besar sus muslos internos. “Estás tan caliente” dijo Lucía, mientras se movía más cerca de su centro.

    Sofía jadeó cuando la lengua de Lucía encontró su clítoris, y comenzó a moverse lentamente, aumentando la presión y la velocidad. “Oh, Lucía, eso se siente increíble” gimió Sofía, agarrando las sábanas con fuerza. Lucía continuó lamiendo y chupando, mientras introducía un dedo dentro de Sofía, buscando su punto G. Sofía gritó de placer, su cuerpo temblando con cada movimiento de la lengua de Lucía. “Quiero que me comas” dijo Sofía en un susurro, su voz llena de deseo.

    Lucía sonrió y se volvió más intensa, llevando a Sofía al borde del orgasmo. “Ven dentro de mí” gemía Sofía, sus caderas moviéndose en respuesta a los movimientos de Lucía. Finalmente, Sofía alcanzó su clímax, su cuerpo temblando y su respiración agitada. “Oh, Dios, Lucía, eso fue increíble” jadeó Sofía, cayendo de espaldas en la cama. Lucía se levantó y se acostó a su lado, besando suavemente los labios de Sofía.

    “Es solo el comienzo” dijo Lucía, con una sonrisa traviesa. Sofía sonrió y respondió, “Entonces, ¿qué viene después?” Lucía se rio y dijo, “Vamos a probar algunas posiciones. ¿Te gustaría ser tú la que esté arriba?” Sofía asintió y se colocó sobre Lucía, comenzando a besarla nuevamente.

    Las dos se movieron y exploraron diferentes posiciones, cada una más intensa que la anterior, hasta que finalmente cayeron exhaustos pero satisfechas en la cama.

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  • En la cocina

    En la cocina

    Les contare una parte de una historia de varios capítulos, somos un matrimonio ya maduro, ella de 45 años y yo de 40, aunque ella parece de menos edad, es alta, delgada, con unas buenas tetas que coronan en unos pezones riquísimos, sus piernas largas y torneadas y un buen trasero, de cara bonita, llevamos muchos años de casados con 2 hijos maravillosos.

    Yo empecé con la intención de verla coger con alguien más, y ahí estaba uno de mis amigos de la preparatoria de nombre Luis, con el cual teníamos contacto, e incluso desde que ellos se conocieron, hubo cierta química sexual, alguna vez mi amigo ya pasado de copas me dijo, que buena esta tu esposa, deberíamos hacer un intercambio. Paso el tiempo y logre que ellos se empezaran a escribir con mensajes subidos de tono e intercambiaran fotos, fue muy excitante saber la primera vez que mi esposa le envió una foto de sus tetas al aire a mi amigo.

    En alguna ocasión cuando estábamos en el departamento, se dieron su primer beso y unos tocamientos leves, pero de ahí no paso. obvio mi amigo estaba muy ansioso por tenerla y ella no terminaba de animarse. Hasta que una noche que invitamos a cenar a mi amigo sucedió.

    Le pedí a mi esposa que se vistiera muy sexy, a lo cual ella accedió, se puso una blusa muy escotada, sin bra, se notaban sus tetas muy ricas, unas mallas y zapatillas, llego mi amigo, degustamos la cena y tomamos tequila en una buena dosis, en algún momento mi esposa se levanta y se va a la cocina, y le digo a mi amigo, ve alcánzala y haz lo que tengas que hacer, ni tardo ni perezoso, mi amigo se levanta y llega a la cocina, yo me acerco a la puerta (que cerraron) pero tiene el ojo de buey y por ahí observo toda la escena, mi amigo se acerca a mi esposa, la abraza y la empieza a besar en su boca, con una gran ansiedad, tratando de devorarla toda.

    Mientras levanta su blusa dejando las tetas al aire, acariciándolas lentamente, y si algo que excita a mi esposa es acariciar sus senos, la ponen a mil, después de sus manos sobre sus senos, su boca se posa en sus pezones, su lengua los lame sin parar mientras sus manos bajan a su entrepierna, pero antes desabrocha su pantalón y lleva las manos de mi esposa a su erecto pene para que lo acaricie, un momento de extrema excitación para los tres, después de besarse, mi amigo la toma y la pone de espaldas para penetrarla, pero es tanta su excitación que se viene en su trasero, sin antes penetrarla, llenando de semen sus ricas nalgas.

    Uff que rico. él se disculpa, pero tiene energía aun para más. Mi amigo le pide un preservativo y mi esposa sale de la cocina a nuestra recamara a buscar el preservativo, entra al baño, se peina, busca en los cajones de su recamara hasta encontrar el preservativo.

    Nuestra mirada es de complicidad cuando ella sale nuevamente con dirección a la cocina donde la está esperando mi amigo, ya repuesto para continuar con la acción.

    La encuentra justo en la entrada y la abraza, besando inmediatamente su cuello, a lo que ella responde con unos ricos gemidos, (yo observo nuevamente a través de la ventana de la cocina) la besa por varios minutos, levantando nuevamente su blusa para poder tocar, acariciar y besar sus senos y sus ricos pezones, que la vuelven a poner muy excitada, él se baja el pantalón y lleva primero las manos de mi esposa a su pene y testículos, y después le pide que se lo chupe, mi esposa se inca y empieza a chuparle su pene con gran ahincó, disfrutando cada centímetro del falo, mientras el acaricia su cabeza disfrutando en todo momento la sensación de la boca y lengua húmeda de mi esposa en sus genitales.

    La necesidad y el deseo de penetrarla es intenso, por lo cual le pide que deje de chuparlo y se levante, ella accede, sabiendo lo que va a pasar, mi amigo termina por quitarle la ropa y toma una silla y se sienta, esperando que ella se quite las mallas y su tanga dejando al descubierto sus vellos, su humedad, su excitación, ella toma el preservativo, lo saca de su envoltura y trata de ponerlo en el pene erecto que pronto va a comerse, el termina ayudando, todo listo para su primera penetración con mi amigo, ella se acerca, abre las piernas y acomoda su vulva justo enfrente del pene erecto de mi amigo.

    Y poco a poco se va sentando para que entre cada centímetro del falo, hasta comérselo todo, los dos gimen de placer corporal y mental, lo habían deseado tanto por mucho tiempo y ahora lo estaban haciendo, él la estaba penetrando pero ella se lo estaba cogiendo, empieza su movimiento literalmente para acariciar con su vulva los testículos, mientras, la besan metiendo su lengua en su boca, y acarician sus senos, sus nalgas, sus piernas, el movimiento continuo por varios minutos, primer orgasmo de ella, intenso, apretando mucho con su vagina al pene de mi amigo (ella es multiorgásmica y tiene perrito).

    Él le preguntaba que si le gustaba su pene, ella contestaba que si, que mucho, siguieron los movimientos intensos hasta que los dos se vinieron al mismo tiempo, una gran cantidad de semen en el preservativo y ella con gemidos intensos y contracciones muy fuertes en su vagina. al terminar, ella se levanta, se besan y se visten, salen ya repuestos y se sientan para continuar tomando tequila.

    Faltan muchos capítulos por escribirles.

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  • Mi primer trabajo

    Mi primer trabajo

    Cuando al fin obtuve mi título de abogado no me sorprendió conseguir empleo rápidamente. Había obtenido la medalla de oro en la Universidad y eso, como bien imaginarán, me permitió hasta el lujo de descartar alguna propuestas.

    Pero me decidí por Marcó-Pezuela-Salerno, porque era conocido en el ambiente como el mejor bufete de Madrid. Una sólida organización con 60 años de reconocida trayectoria.

    Digo reconocida, aunque no muy limpia. No faltó quien me avisara que ese estudio era conocido en el ambiente jurídico por la defensa exitosa de algunos personajes de sórdido prontuario.

    No me importó. Ganaría mucho más dinero allí que en puestos similares de otros bufetes y, mi responsabilidad como abogado nuevo serían harto limitadas. Mi plan era embolsar la suficiente experiencia y dinero como para en cinco años poder abrir mi propia oficina.

    Desde mi primer día comprendí que la imagen tradicional del lugar estaba bien justificada.

    Desde la arquitectura, de mediados del siglo XX pero exquisitamente conservada, hasta el silencio de museo imperante durante las horas de trabajo, pasando por la conservadora moda que exhibía tanto el plantel de abogados como las secretarias.

    Hace 5 años de esto que relato, yo contaba entonces con 24 primaveras y un cuerpo moldeado por la vida deportiva y disciplinada que siempre había llevado. Les diré de mí que soy alto, mido cerca de 1,9 metros, ojos verdes y llevo mi cabello castaño muy corto y muy formal.

    Pero no soy un marciano. Me gustan las mujeres como a cualquiera y un buen whisky de tanto en tanto no escapa a mis expectativas.

    Empecé a trabajar en un puesto de baja responsabilidad, aunque me asignaron un despacho pequeño, confortable y lujoso.

    Durante unos seis meses me esforcé por cumplir mis obligaciones laborales y sociales.

    Jamás hablaba en las reuniones internas a menos que se me preguntara y solo si tenía algo incuestionable que decir.

    Cumplía en tiempo mis trabajos, pocas veces alguien me tuvo que observar por faltas de forma y jamás por fallas de fondo.

    Asistía a las reuniones sociales que brindaban los Marcó o los Pezuela o los Salerno en sus espléndidas mansiones.

    Eran fastuosas y de rigurosa etiqueta.

    Asistían abogados y clientes importantes. Miembros del gobierno y del parlamento. También acaudalados banqueros y empresarios.

    Yo me movía entre ellos con comodidad y en silencio. De tanto en tanto opinaba cuando estaba seguro que mis palabras eran las justas y eso me iba haciendo conocido y respetado.

    Como generalmente asistía solo por ser soltero, me dedicaba a mirar las esposas ajenas y a valorarlas.

    Eran señoras despampanantes que solo vivían para cuidarse. Enjoyadas y de cuerpos esculturales.

    Especialmente la señora Marcó.

    De inmediato me fijé en ella con todo el cuidado por el peligro que implicaba ser descubierto en el acto de observar demasiado.

    Marcó rondaba los 70 años, pero Pilar Marcó apenas parecía superar los 40.

    Esa diferencia de edad me excitó desde un principio. Era obvio que su esposo no la satisfaría en la cama como esa tremenda mujer merecía y me pregunté quien sería su afortunado amante.

    Era una morocha espectacular que vestía con tremenda sensualidad sus vestidos de etiqueta sin espalda y que apenas cubría sus senos de adolescente.

    A las claras elegía sus ropas de forma de mostrar sus largas y torneadas piernas y vestía sus pies con finísimos zapatos de tacón que me erizaban la polla.

    Pero claro, era intocable aunque le dedicara mis mejores pajas.

    Yo me preguntaba siempre donde habrían conseguido mis ancianos jefes a esas maravillosas mujeres de fantasía. Tal vez algún día yo mismo pudiese conseguir alguna.

    Fue a los seis meses que mi destino empezó a girar.

    Hasta entonces nunca había yo percibido nada ilegal dentro del Bufete, pero cierto día llegó a mi escritorio (posiblemente por error de alguna secretaria) un informe confidencial acerca de un individuo llamado “Klaus Rodriguez Larreta”.

    Y no aguanté: lo leí.

    Este fulano era un zar de la droga y la prostitución. Un tipo refinado, muy rico, con actividades legales que servían de pantalla a sus verdaderos negocios.

    Ahora estaba acusado del crimen de un hombre y Marcó-Pezuela-Salerno, sus abogados de siempre tomaban su defensa.

    El informe era a todas luces algo condenatorio. El tipo era culpable y me pareció que sin dudas sería condenado de no mediar un milagro.

    Leí en informe y sin dejar huellas de mi indiscreta conducta lo hice llegar a su destino silenciosamente.

    No los voy a aburrir con detalles. Solo les diré que empecé a investigar el caso por las mías en mis ratos libres y descubrí una forma de salvarlo echándole el fardo a otro. ¿Qué importaba?. Rodríguez Larreta era nuestro cliente y el otro no. Después de todo así funciona el sistema, ¿No? Mas justicia para los que más tienen. Podrá ser espantoso, pero cuando yo nací el sistema ya estaba inventado.

    Lo que siguió a mi espectacular actuación fue increíble.

    El estudio me premió con un millón de dólares por mi actuación (Rodríguez Larreta había pagado 6 millones por su defensa).

    Me ascendieron y triplicaron mi sueldo.

    Y Rodríguez Larreta me invitó a una fiesta en su mansión porque como me dijo “Mi abogado estrella sería la atracción de la noche”.

    Llegué en mi nuevo Porsche (siempre quise uno) y solo como de costumbre.

    A diferencia de las fiestas que conocía, esta estaba desbandada apenas al comenzar.

    Se notaba que los festejos habían comenzado antes con abundante licor.

    Rodríguez estaba borracho y me abrazaba palmeando mi espalda y presentándome gente nueva que catalogué inmediatamente como mafiosos.

    Toda la casa estaba repleta de mujeres de primer nivel. Hasta reconocí algunas modelos del jet set europeo.

    También estaba el doctor Marcó, aunque no me pareció que estuviese muy divertido y si muy obligado e incómodo.

    Pero no así Pilar Marcó.

    Ella tenía la vista brillosa de alguien que ha abusado un poco del Champagne.

    Bailaba en otra sala exhibiendo sensualmente su cuerpo al compás de una música atronadora.

    Dos horas después de mi llegada la cosa se descontrolaba y yo era un protagonista de excepción dado que estaba regulando mi consumo de alcohol.

    La fiesta era demasiado buena para arruinarla con una borrachera.

    Noté entonces que el doctor Marcó me llamaba discretamente y me acerqué.

    “Mira”, me dijo, “yo me marcho, pero si le insinúo a Pilar que me acompañe mañana no habrá quien la aguante. Hazme un favor y acompáñala a casa dentro de un par de horas”.

    “Así lo haré doctor”, contesté si poder creer en mi suerte.

    Cuando Marcó cruzó la puerta yo me preparé para atacar.

    Era evidente que la fiesta se degeneraba rápidamente.

    Las borracheras empezaban a mostrarse ya sin vergüenzas y no solo en los hombres sino también en las mujeres.

    Yo me acerqué a Pilar y ella me invitó a bailar. Aún se movía sensualmente, pero ahora sostenía en su mano una botella de Champagne y bebía grandes tragos del pico sin parar de contornearse.

    Las luces no eran muy altas y yo me acerqué a ella y le acomodé mi polla en su cuerpo para que ella la notara.

    Ante mi sorpresa no solo la notó, sino que con su mano libre comenzó a acariciarla por sobre mi pantalón.

    Yo la tomé de la cintura y la saqué de ese lugar a la búsqueda de una habitación libre donde follarla a placer.

    Ella tenía pasos vacilantes y reía sin parar: estaba completamente borracha.

    A medida que atravesaba la inmensa casa encontraba parejas follando en cualquier sitio.

    También parejas empolvándose con mierda y riendo histéricamente.

    En un sillón, una escultural rubia semidesvestida estaba mamando una enorme polla mientras un gánster monumental penetraba su culo.

    Entretanto, mi mano acariciaba el muslo de Pilar colándose por debajo de su vestido. La muy puta no llevaba Bragas.

    Entré en dos habitaciones ocupadas por parejas follando, hasta que, cansado ya de probar, me quedé en la tercera, ocupada por dos morochas infartantes que se estaban cepillando a un asqueroso pero seguramente muy adinerado gordo.

    Cerré la puerta y apoyé a Pilar en la pared para besar su cuello.

    Ella seguía bebiendo de la botella.

    Me arrodillé y empecé a comerle el coñito que inmediatamente se inundó de líquido viscoso.

    Mientras hacía esto liberé mi polla de su encierro.

    La tenía tremendamente dura.

    Me incorporé y sin mediar segundo, la clavé con tal fuerza que Pilar se elevó un poco del suelo.

    “Eso papito, me susurró al oído, clávamela, dámela con fuerza”

    Escuchar a la Dama de mi Jefe susurrando en mi oído como una puta barata me puso a mil. Y sentí como mi leche llenaba su coño.

    Ella dejó caer la botella y se puso a beber mi polla con desesperación.

    Tan bien la mamó, que volvió a endurecerla.

    Entonces la giré y abriendo su culo la penetré hasta el fondo.

    “¿Le gusta así a la Señora?”, le pregunté al oído.

    Ella gritaba de dolor y de placer.

    Yo me movía tomando sus caderas y obligándola a mover su culo a mi compás con suaves giros.

    Después me confesaría que ella obtenía su placer cuando le rompían el culo, cosa que solo lograba con el piletero de la mansión mientras el doctor Marcó los observaba. Al doctor le gustaba mirar dado que ya no podía poseerla.

    Jamás en mi vida vi puta tan inmunda como Pilar Marcó. Una viciosa con todas las letras.

    Debo haberla cogido cuatro veces esa noche y cuando creía que ya no podía más ella se las ingeniaba para endurecerme la polla otra vez.

    Luego de un rato volvimos a la fiesta y mientras ella bebía otra vez, nos entretuvimos viendo una extraña competencia en la cual dos mujeres se disputaban el récord de polvazos con todos los voluntarios masculinos que quisieran poseerlas.

    Estaban tan drogadas como yo jamás había visto.

    Al fin, logré llegar al auto y sentarla en el asiento del acompañante.

    Creí que se dormiría rápido, pero en lugar de ello sacó polvo de su cartera y pegó dos aspiradas fenomenales.

    Luego, mientras yo conducía por la autopista, se dedicó a lamer mi polla el resto del trayecto hasta su casa y la dejé en custodia del ama de llaves cuando el sol estaba sobre el horizonte.

    Después del caso Rodríguez Larreta mi suerte empezó a manifestarse en toda su dimensión.

    El gánster presionó a los dueños del Bufete para que fuera solo yo quien me ocupara de sus asuntos, y como era el cliente más grande de la firma mi autoridad aumentó desmesuradamente al compás de mi cuenta bancaria.

    También empecé a follar regularmente con la señora Pilar Marcó.

    Ahora entendía porque en la vida hay mujeres que se comportan como princesas.

    Pilar Marcó era una diosa del sexo. Y también era fiel a mí, al menos en su forma de ver las cosas.

    Durante el día yo me ocupaba de mi trabajo y tres noches a la semana salía con Pilar a disfrutar la noche de Madrid.

    Cenábamos, asistíamos a fiestas y terminábamos invariablemente follando en mi departamento hasta casi la salida del sol.

    El señor Marcó toleraba esto por varias razones. La primera es que creía que su esposa merecía estar bien folladita.

    La segunda era que yo le reportaba la seguridad de una gruesa cuenta bancaria.

    Pero también tenía sus cosas. Por ejemplo, no toleraba que Pilar pernoctara en casa. Por eso, su chofer personal mantenía su limousine estacionada frente a mi departamento para conducirla a casa al amanecer.

    A mí encantaba llegar a casa con ella medio alcoholizada y ver como se quitaba sus joyas y finísimos vestidos para gozar de mi polla.

    Primero me la mamaba como una posesa. Luego me hacía poseerla por todos sus huecos hasta casi desfallecer.

    Era un placer morboso ver como esa mujer que cenaba conmigo en los sitios más elegantes de la ciudad, era una perra sedienta de sexo en privado.

    En una ocasión, Marcó se desbocó algo cuando por casualidad lo encontramos en un lujosísimo restaurant donde estábamos cenando.

    El se emperró en que Pilar lo acompañara a casa, pero ella solo le contestó:

    “Vamos Mauro, sabes bien que no me gustan tus escenas de celos. Además no seas desconsiderado con mi acompañante. Ya he quedado en que será él quien me lleve a casa.”

    Esa noche Marcó se marchó lleno de furia, pero resignado a lo inevitable.

    Mientras tanto, Rodríguez Larreta me llevaba por sus “negocios” y yo descubría que había nacido para mi trabajo. Era sorprendentemente bueno en él.

    Recorríamos prostíbulos de todo tipo. Desde los más miserables de las afueras a los más exclusivos del centro.

    Casi muero de sorpresa cuando al llegar al “Maximus” encontré que una de las bellezas de alterne era la señora Salerno, el socio de Marcó.

    Ante mi sorpresa, Rodríguez Larreta me confió que la dama era una enferma del sexo y que su marido un drogón incurable que ya no podía cepillarla.

    También me dijo que esa noche Mariángeles Salerno le había pedido que me llevase porque desde el primer día había querido que yo le rompiera el culo, pero que mi affaire con Pilar la había madrugado.

    No tuvo que decírmelo dos veces.

    Me acerqué a la belleza Salerno y tomándola suavemente por la cintura comencé a hablarle al oído para mojar bien su coñito.

    Un rato más tarde, ella se paseaba por la suite presidencial del “Maximus” con su escultural figura expuesta en toda su desnudez y montada sobre unos finísimos tacones de aguja.

    Esa situación mantuvo mi miembro erecto toda la noche.

    La follé hasta que casi se desvaneció por el esfuerzo.

    La tomé en el yacusi, en la alfombra y en cada rincón de la habitación.

    Acariciaba sus largas piernas y bebía de sus pechos erectos de pequeños pezones rosados.

    Abusé de culo con mi miembro y hasta en determinado momento hice subir por un rato a dos de los guardaespaldas del lugar para montar una orgía de aquellas.

    Ella recibió entonces por su culo, por su coño y por su boca más semen del que jamás pensó podría soportar.

    Cuando ya de madrugada la dejé, no pude soportar la morbosa tentación de despertarla, darle un dulce beso francés y alargarle un billete de 10 dólares para compensar su trabajo.

    ¡Diez dólares a una mujer que en cada dedo llevaba más diamantes que una princesa!

    Ella los recibió con una sonrisa y me regaló una última mamada en la polla exhausta.

    Desde ese día, cada miércoles fue para ella.

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  • Cibersexo muy real

    Cibersexo muy real

    ¡Qué mala suerte tengo! ¡Necesitaba un ordenador para un trabajo de clase y, aunque parezca la típica excusa que se le da al profesor, un virus entra en mi ordenador, y ni puedo buscar información en Internet, ni puedo redactar, ni puedo imprimir! Menos mal que acababan de abrir un local de esos que son una especie de mezcla entre papelería y cibercafé, y, aunque no iba a ser barato entre el alquiler del ordenador y la impresión, no tenía otro remedio. Llegué allí y vi que en este lugar, los ordenadores estaban dentro de unas cabinas privadas, cosa que la verdad me pareció muy buena idea, así podría trabajar más tranquilo.

    Entré en mi cabina, me conecté y ahí estaban mis compañeros, algo enfadados conmigo por haber tardado tanto en conectarme, ya pensaban que quería escaquearme del trabajo. Una vez aclarado el malentendido, nos pusimos a trabajar. La verdad es que resultó ser bastante duro, pero al cabo de tres horas, por fin lo terminamos. Mis amigos se despidieron, ya que me tocaba imprimir a mí, y cuando estaba a punto de hacer clic en “imprimir”, cuando oí que alguien se había conectado.

    Miré quien era y era ella… Berenice. Berenice es una chica mexicana que yo había conocido en un chat hace un par de años, y solíamos “relajarnos” a veces con cibersexo por webcam. Empezamos a hablar y le comenté que estaba algo nervioso por el trabajo, que no pensaba que estuviese bien del todo, y ella trató de tranquilizarme y de animarme, diciéndome que todo estaría bien, y que si era tan bueno en mis estudios como subiendo su temperatura, todo iría bien.

    No pude evitar una carcajada, y seguimos bromeando sobre el tema, hasta que la temperatura empezó a subir… Decidimos encender las webcams, y allí estaba ella, una chica morena, ojos y pelo oscuro, con una camiseta ajustada que marcaba sus dos preciosos pechos. Inclinó algo su cámara y se enfocó a los pechos, que empezó a manosear, y yo hice lo mismo, enfocando a mi paquete…

    Íbamos a seguir, cuando de repente en la pantalla salió el aviso de que se me acababa el tiempo de alquiler. Así que le pedía a Berenice que me esperara un momento, que volvía enseguida, diciéndole que estaba en un ciber, y me dijo que no me preocupase, que ella también tenía que ir a pagar otro tiempo para seguir. Salí de mi cabina, y me di de bruces con una persona conocida, pero totalmente inesperada…¡Berenice! La mujer que había conseguido excitarme tanto a través de una webcam, estaba enfrente de mí.

    Ella, aunque no tanto como yo, también se llevó una buena sorpresa, y me dijo que había venido por una beca de estudios, y que tenía pensado decírmelo, pero acababa de llegar y aún no había encontrado ningún sitio fijo para establecerse. Nos quedamos un momento en silencio, y le dije de irnos a tomar algo, pero ella me comentó que no, que no le iba a dejar con la miel en los labios… Se fue al mostrador a pedir más tiempo en mi cabina, y me arrastró de la mano dentro de la misma.

    Aquello no es que fuese especialmente amplio, pero cabíamos los dos bastante bien. Empezamos a besarnos, ella acariciando mi paquete, aun duro por la visión que había tenido poco antes por la webcam, mientras yo tenía en mis manos ese culito respingón y firme que tantas veces había conseguido ponerme a cien a través de la pantalla de mi ordenador.

    Le quité la camiseta roja que llevaba, y mientras yo hundía mi lengua entre sus tetas y metía mi lengua por el canalillo, ella me desabrochaba el pantalón y lo dejaba caer, metiendo su mano debajo de mi bóxer, y acariciándome un miembro cada vez más duro. Le quité el sujetador, que mostraron ante mi sus dos pechos, con los cuales había tenido fantasías, y no pude evitar comenzar a morder esos dos pezones duros y oscuros que tenía ante mi, mientras mis manos desabrochaban también su pantalón, y acariciaban una suave mata de vello púbico que cubría su rajita…

    Ella se agachó, y bajándome el bóxer, agarró mi polla y, besando la punta, se la introdujo poco a poco en la boca, jugueteando con la lengua y recorriendo cada centímetro de arriba abajo, así como mis huevos, cada vez más hinchados de excitación. Así estuvo varios minutos, cuando me di cuenta que estaba siendo bastante egoísta, así que, suavemente, le puse de pie, le quité un pequeño tanga amarillo que llevaba, y le pedí que se sentara en la silla, apoyando sus piernas en los reposabrazos, dejando ante mí un precioso coñito, no demasiado grande, pero que casi me llamaba…

    Empecé a pasar muy lentamente la punta de la lengua por toda su rajita, desde el vello púbico hasta la parte más baja. Después volvía a pasar más fuerte, presionando bien por su clítoris y después metiendo la lengua dentro de ella. Así fui hasta que empecé a darle fuertes lametones, y de golpe, me detuve en su clítoris, con el que empecé a jugar, a darle vueltas con la lengua, mientras conseguía introducir tres dedos dentro de ella sin ninguna dificultad, hasta que finalmente Berenice se corrió… pero aún tenía ganas de marcha.

    Se puso de pie, y esta vez hizo que me sentase yo, y tras hacerme chupármela aproximadamente un minuto, comenzó a besar mi pecho, y mi cuello. Yo cerré los ojos, cuando noté que apoyaba sus tetas en mi pecho, y que algo muy caliente y húmedo aprisionaba mi miembro, duro de la excitación. Así fue hasta que llego al final, y cada uno de mis 18 centímetros estaban alojados dentro de ella. Pero el éxtasis llego cuando empezó a moverse. Primero fue muy lentamente, disfrutando cada segundo, mientras yo lamía y mordía sus pezones, y ella gemía suavemente, como mimosa…

    Poco a poco fue acelerando, y yo también me movía, haciendo que nuestros cuerpos disfrutasen el uno del otro. Sus pechos saltaban ante mi cara y yo los agarraba, los apretaba, mientras los dos gemíamos de placer, como si nos fuese la vida en ello. Berenice no tardó mucho en terminar, notando yo como su humedad aumentaba sobre mi pubis, y yo le dije que no iba a aguantar tampoco mucho más.

    Ella pidió que lo hiciese, y en un rápido movimiento, salto de mí, y agachándose y pidiéndome que le avisase, empezó a chuparme el miembro con mucha fuerza y mucha rapidez, masajeando con una mano la polla conforme salía de su boca, y con la otra los huevos, hinchadísimos en ese punto. Al poco tiempo yo no pude más, le avisé, y masturbándome con fuerza, apuntó entre sus pechos que fue donde lancé todo mi semen en gran cantidad, deslizándose este entre sus pechos hasta su vientre. Agotados los dos, Berenice apoyó la cabeza sobre mi vientre, y así nos quedamos los dos unos cuantos minutos descansando.

    Vimos como en la pantalla del ordenador hacía una señal como que el tiempo de alquiler terminaba, así que decidimos vestirnos, y tras darle a imprimir a mi trabajo, que había pasado en esos momentos a un segundo plano, salimos, esperamos a que la impresión se completase, y salimos. Invité a Berenice a que pasara esa semana conmigo, estaba solo ya que mis padres se habían ido de viaje, y así al menos podría estar un tiempo sin necesidad de pagarse una pensión.

    Tras resistirse un poco, aceptó, y esa noche la pasó conmigo, haciéndolo buena parte de la misma. Esa semana fue todo un frenesí de placer con mi mexicanita, haciendo realidad todas las fantasías que habíamos mencionado a través de Internet, y muchas otras… Para que luego digan que el cibersexo no aporta emociones fuertes.

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  • Un culito de ensueño

    Un culito de ensueño

    Llegué a esa casa un mes después de la sentencia definitiva de mi divorcio, cuando empezaba a terminar la temporada ciclónica y el otoño del Caribe era una larga sucesión de chaparrones y soles que freían al vapor las calles, los techos herrumbrados y las ganas de vivir. Lo que pude sacar de la casa con la que se quedó Milena fueron mis libros, dos paquetes de cd, un montón de proyectos, varias cajas de bocetos, mis ropas, mis pinturas, algunas herramientas y mi vieja lexicon 80, la máquina de escribir que compré en una casa de empeño de Villa Mella un sábado por la mañana.

    Milena se quedó con el auto, con la mitad de mis sueldos hasta que Laura y Pedrito crecieran lo suficiente como para trabajar, con la computadora y con mi vida. Fueron meses terribles, incluso hasta ahora me pregunto cómo no me despidieron del periódico. Tal vez mi jefe de ese entonces, “El Cerdo” Martínez, tenía algo de humano en el fondo. Nunca lo sabré.

    El departamentito en realidad no era tan pequeño, pero en esos días yo extrañaba tanto mi mundo que me parecía un sucucho. Era un dormitorio de cuatro por tres, con un baño y una cocinita que daba a un pequeño balcón, en la segunda planta de una casa enorme, llena de cuartuchos alquilados por parejas jóvenes, familias venidas del interior y algunas chicas de la noche a las que, por supuesto, de día era difícil que se las viera.

    Mientras por mi mente desfilan estos recuerdos, Yomairis duerme a mi lado. La carne morena y tensa de sus senos firmes, como la piel de una pantera, su sexo ahora depilado y la expresión inocente de su rostro dormido, como de niña en estado de gracia, me enternecen tanto que quisiera comérmela, ha cumplido veintitrés años, la misma edad que yo cumplí hace veinte. En noches como esta me hundo en Yomairis como quien se deja caer en un remanso.

    Mi increíble historia comenzó en esos días cuando, por obra del azar que según Borges es inescrutable, un tipo apareció por el periódico para ofrecerme la “chiripa” (trabajo casual) de que le corrigiera un manuscrito. Si bien es cierto que en esos días necesitaba más que nunca de una entradita extra, también es verdad que mi mente no estaba del todo despejada como para leer y corregir un manuscrito, de manera que puse dos excusas: necesitaba hojear el material para ver si estaba escrito mínimamente en cristiano, y la otra, no tenía computadora y en mi casa los apagones estaban a la orden del día, aunque de noche casi siempre había luz, que era el tiempo del que disponía para trabajar.

    Al tipo no parecieron importarle mis excusas, me preguntó entonces cuánto tiempo me llevaría. Dos semanas a más tardar, dije, y puse un precio que incluía dos quincenas de mi sueldo, con la esperanza de que el candidato huyera despavorido, pero no. Como está escrito que en mi vida jamás sucede lo que espero que suceda, el tipo dijo que sí con la cabeza.

    –La mitad por adelantado –exigí con cara de piedra. Era mi última movida.

    El sujeto metió la mano en el bolsillo del saco, vi salir de ahí una billetera negra con bordes dorados, sacó de entre una pila de dólares, euros y demás los billetes que correspondían a mis emolumentos, los dejó caer sobre la palma de mi mano izquierda y se fue con una indiferencia parecida al desprecio. Esa noche me senté en el balconcito y mientras una bachata lacrimógena me acariciaba las trompas de Eustaquio comencé a leer y a marcar con bolígrafo rojo todo cuanto se pareciera a error de ortografía o de estilo.

    Me entró un poco de sueño a la décima página, de manera que me fui a dormir para soñar, por enésima vez, con Milena, con los chicos, con una casa con patio donde éramos felices y me desperté transpirado y con los pulmones sin aire. Eran las cuatro de la mañana y no había luz, los mosquitos estaban a punto de volverme loco. Me hubiera gustado fumar en ese momento, pero había dejado el hábito hacía muchos años. Me senté en el balconcito a ver la calle oscura hasta que el sueño me ganó de nuevo. A las siete me despertó la lluvia.

    Decidí que tomaría café en mi trabajo y, como en mis años mozos, cargué en una mochila mis discos, mi auricular, el manuscrito y calculé cuánto tendría que correr hasta llegar al colmado, desde donde podría montarme en una de las chatarras que me dejarían cerca del periódico. Me prometí por enésima vez que me compraría un paraguas cuando cobrara y entonces, como en un ramalazo, recordé que en algún lugar de mi mochila estaban los billetes que me había dado el escritor aquel. Ese detalle me hizo olvidar de la lluvia y, cuando me disponía a cruzar la calle, una vocecita me habló desde atrás.

    –Saludo, señor, ¿usted es el vecino nuevo?

    Me di vuelta y me encontré con una morenita no muy alta, tendría poco más de veinte años, usaba el pelo suelto, tenía ojos enormes y labios carnosos, llevaba puesta una falda negra y una blusa color crema, mocasines negros y una mochila de tela de avión.

    –Ah, sí, mucho gusto, me llamo Leandro, Leandro Báez.

    –Yo soy Yomairis, vivo en la tercera, arriba, ya usted sabe…

    –Oh, muchas gracias…

    La chica hizo una seña y uno de los desvencijados autos de transporte público se arrimó al borde de la calle y nos montamos en el asiento de adelante. La sentí apretada contra mi cuerpo en ese espacio insuficiente y me pareció que sobre mi soledad se dejaban caer pesadísimas montañas de arena.

    Fue un día gris y tedioso, redacté montones de noticias vacías sobre actividades de los burócratas municipales y edité una página con notas de cine. Eran las seis de la tarde cuando regresé al departamento. Por la vecina de enfrente de la que ya no era mi casa supe que Laura y Pedrito estaban bien, y me pareció una eternidad el tiempo que faltaba hasta el domingo. En el colmado compré queso y galletas, una latita de cerveza, papas y dulce de cajuil. Apenas comencé a subir la escalerita circular hasta mi nuevo refugio noté que alguien descendía.

    Era de noche y no había luz, pero por el reflejo de los focos de los autos y de las motocicletas de la calle distinguí dos piernas preciosas, como si hubieran sido torneadas a mano, enfundadas en un pantalón blanco. Me quedé esperando a que terminara de bajar y la oscuridad disimuló mi expresión de niño en falta cuando vi que era mi vecinita con la que había compartido el viaje en la mañana.

    –Vecino, ¿cómo le ha ido?

    –Bien, gracias.

    Solo entonces noté que, además, la vecinita tenía una figura preciosa, llena de curvas proporcionadas a la perfección, no le faltaba ni le sobraba nada en absoluto, y caminaba con una sensualidad tan natural, como si danzara.

    Esa noche trabajé en el manuscrito hasta las tres de la mañana, si conseguía mantener ese ritmo podría terminar antes de una semana, me dije y esa idea me entusiasmó. A esa hora de la madrugada me asomé al balconcito a tomar mi cerveza y me fui a dormir.

    El primer fin de semana con los chicos fue un poco difícil, pero creo que conseguí superar la prueba. El lunes fue un día soleado y aunque tuve mucho trabajo me sentí algo mejor, esto de divorciarse no es tan infernal como me parecía al principio, comenzaba a recuperar ciertos gustitos que había perdido, no preocuparme por la limpieza o por la suciedad, que venía a ser lo mismo, no preocuparme por mi ropa, a no ser la que me iba a poner, no preocuparme por la comida ni sus nutrientes ni su contenido calórico ni el colesterol, de hecho me era más fácil no comer sino hasta que tuviera hambre, cosa que siempre sucedía en mi trabajo.

    De todos modos, descubrí también que mi tacañería continuaba intacta, al punto de que no gasté casi nada del adelanto que me dio el escritor. El viernes en la tarde, poco antes de salir de mi trabajo, doña Agustina, la madre de Milena, mi ex suegra, me llamó para decirme que ella y su hija, o sea mi ex esposa, querían llevarse a los chicos a un fin de semana todo incluido que era uno de los chiches, o sea lo que más le encantaba hacer a Milena con mi dinero.

    Mi mente elucubró cosas a toda velocidad, pensé en negarme porque el fin de semana con los chicos era un derecho, acaso el único, que me había sido otorgado por la jodida y maldita justicia que me había despojado de mi casa, de mi auto, de mi computadora, de mi… ya nada de eso entraba en la categoría de mí, nada de eso era mío, pensé en exigir que fuera la propia Milena quien me lo pidiera, pensé en exigir una negociación, que se llevaran a los chicos a cambio de… ¿de qué?

    Terminé de descubrir en ese momento, con verdadero terror, que no había nada de Milena que me interesara, que por primera vez este pedacito de mundo que tenía para mí, aun alquilado, me parecía mucho más mío que todo cuanto había podido construir a su lado. Ese descubrimiento me inflamó el pecho de una extraña sensación, no era alegría, era una especie de exaltación que por primera vez en mucho tiempo reemplazaba a la autoconmiseración con que me había estado viendo a mí mismo en los últimos meses, en los últimos años, para sorpresa de doña Agustina respondí que sí, que bueno y corté la comunicación.

    Entregué mis páginas y salí a la calle, caminé bajo la lluvia sin molestarme por nada que no fuera disfrutar de mí mismo, de todo cuanto hacía, de no tener que preocuparme porque al llegar a casa se mojaría el piso o porque mi ropa pudiera arruinarse o porque podría pescarme una gripe. Esa noche fui al malecón, comí pizza y tomé cerveza en un bar y después volví a casa en taxi y hasta me di el lujo de no aceptar el servicio de una mulata de pechos prominentes y boca sensual que me ofreció compañía.

    Desperté después del mediodía del sábado y lavé un par de camisas, dos camisetas, mis calzoncillos y mis medias, y decidí tenderlos en la terraza. Cuando, para mi contrariedad, vi que casi todos los alambres estaban ocupados, me encontré a la vecinita, no recordaba su nombre, pero la saludé con toda cortesía mientras pensaba poner mi ropa a secarse sobre la oxidada baranda.

    –No se apure, yo le hago un lugarcito, dijo ella mientras amontonaba en el alambre algunas prendas casi secas. Sobre la tubería de uno de los tanques se terminaba de secar un par de conjuntos interiores, una tanga roja con encajes negros en los bordes y una verde con voladitos amarillos. Pensé en ese momento cómo podría caber un cuerpo, o la parte más apetecible de ese cuerpo, en ese pequeño trocito de género.

    Ella se agachó en ese momento a recoger una blusa que se había caído y temía que su ajustado short se reventara mientras alcancé a ver que llevaba una tanguita negra sobre cuyo borde se dibujaba el nacimiento de dos glúteos carnosos, como de ébano barnizado. Ahora están aquí, al alcance de mi mano, los tanteo y después me pellizco para comprobar que la que duerme es Yomairis, y que yo estoy completamente despierto.

    En aquel momento alguien la llamó por su nombre y al darme vuelta vi a una mujer mayor, que me llevaría unos cuantos años y que seguramente sería su madre. La mujer me saludó y volvió a bajar.

    –Si necesita algo… lo que sea, ya usted sabe –dijo Yomairis y se fue detrás de su madre.

    Trabajé en el manuscrito hasta llegar a un punto en que mi cabeza ya se había saturado. Pensé en visitar a alguno de mis amigos, pero me acobardaba la idea de que, en todos los casos, tendría que dar demasiadas explicaciones sobre mi divorcio, o en todos los casos terminaríamos hablando de Milena, o eran mis pocas ganas de salir. En ese momento tocaron a la puerta.

    Me encontré con la mamá de mi vecinita, sonriente, que me traía un tazón de arroz con leche espolvoreado con canela, ese aroma que me traía recuerdos de mi infancia campesina me emocionó un poco, se lo agradecí pero la mujer apenas me escuchó, dio la vuelta y me dijo que el devolviera el tazón cuando pudiera. Por la ventana entraban rumores de bachatas de amargue. Comencé a ordenar mis cosas, finalmente bajé hasta el colmadón y compré una escoba, un suape, detergente para pisos con aroma de pino, dos botellas de cerveza y una bolsa de hielo con la que improvisaría una neverita.

    Cuando el cubil estaba arreglado como a mí me parecía que debiera estar me senté en la cama a contemplar mi obra, proyecté una biblioteca en la pared detrás de la cabecera, compraría un radiograbador, me entusiasmé como un niño con un juguete nuevo con todo lo que me quedaba por hacer. Ya de noche subí a la terracita a buscar mi ropa y, como solamente puede suceder en los sueños, o en las mejores fantasías de un cuarentón recién divorciado, mi vecinita estaba allí, en los mismos menesteres que yo.

    Nos saludamos mientras ella cargaba sus prendas en una canasta de plástico. Era la primera vez que veía desde esa terraza el paisaje de la ciudad lejana, hacia el sur, la luna estaba en cuarto creciente y una que otra nube pasajera la ocultaban por momentos. Respiré hondo el aire fresco del otoño y después cargué sobre mis hombros los pantalones y las camisas completamente secos.

    –¿Puedo preguntarte una cosa? –dije con un poco de corte.

    –Sí, dígame don.

    –¿Tu mamá me prestará la plancha por un rato?

    –Oh, por supuesto, no se apure, yo se la alcanzo orita.

    Antes de cinco minutos la tuve en mi puerta. Lamenté no tener un refresco o algo así para invitarla, pero mientras pensaba en eso ella simplemente se fue, y mientras la vi caminar los pocos pasos hacia su puerta, volví a notar que tenía unas caderas de ensueño. Finalmente planché un pantalón y una camisa y, fatigado por la desacostumbrada fajina, apenas me tomé una cerveza y me dormí de un tirón hasta el día siguiente.

    Lo primero que noté al despertar fue que no había devuelto la plancha, que la había dejado sobre las camisas arrugadas y entonces me vestí todo lo decentemente que pude, me lavé los dientes y, cuando la tomé y quise acomodar la ropa descubrí que, horror, una de las tangas diminutas de Yomairis se había “traspapelado” entre mis camisetas. Era un triangulito rojo, un hilo dental diminuto en cuya pequeñez cabían todas las fantasías. Llamé discretamente a la puerta y me recibió una Yomairis de ojos legañosos, enfundada en una larga camiseta de algodón con un retrato de Taz Mania que le quedaba muy gracioso.

    –Perdón, ¿tu mamá está?

    –No. Ella se va a misa tempranito.

    –Bien, espérame por favor, voy a traerte la plancha.

    Asintió con la cabeza.

    Cuando le pasé la plancha y la tanguita hecha un rollito ella pareció despertarse y, lejos de sentirse avergonzada o cohibida, simplemente se echó a reír y me cerró la puerta en las narices.

    Esa mañana trabajé un rato con el manuscrito y, cerca del mediodía, salí a comprar algo de comer. A unas cuadras de la casa, en una esquina, conseguí cerdo asado, compré tomates y lechuga en un supermercadito y le agregué unos panes baguette, refresco de naranja y algunos dulces. Preparé una ensalada y, siguiendo una súbita inspiración, recobré el tazón en que me habían convidado el arroz con leche y decidí invitar a mis vecinas con una porción de carne y ensalada. Fue una buena idea según pude comprobar después, porque les encantó.

    Con el estómago lleno me tiré a dormir una inusual siesta y desperté a las cuatro de la tarde mientras los truenos y relámpagos parecían a punto de derrumbar el mundo. A la tardecita Yomairis me convidó café. Tenía puesta una faldita estampada que le tapaba las rodillas y una blusita negra, se había lavado el pelo y olía a jazmines, a menta, a ensueño. Esa noche soñé con ella y me sorprendí al día siguiente cuando descubrí que no había pensado en Milena durante todo el fin de semana. No vi a Yomairis el lunes ni el martes. El miércoles, al volver de mi trabajo, me crucé con ella en la escalera.

    Esa noche yo tenía toda la intención de terminar con el manuscrito, hasta compré una lámpara de batería autorrecargable por si se iba la luz. Trabajé hasta las tres de la mañana y, vencido por el sueño, me eché a dormir y desperté cerca de las nueve. Me vestí a la carrera, salí sin afeitarme y prácticamente me llevé por delante a Yomairis, que evidentemente también se había dormido. Llevaba puesta una faldita azul, una casaca roja y una camperita de la misma tela de la falda que le sentaba preciosa, estaba tan linda que me hizo olvidar del contratiempo. Vi el celular en su cintura y le pedí que llamara un taxi.

    –Vamos, yo invito –dije.

    –Ay, no sabe cuánto se lo agradezco –dijo y se tomó de mi brazo.

    Un Honda negro nos recogió en menos de cinco minutos. Fue un día arduo para mí. Terminé de corregir el manuscrito en el horario de almuerzo, edité mis páginas y adelanté material para, al día siguiente, llegar un poco más tarde. Quería ir al oculista y renovar mis lentes y debía visitar a un amigo de un compañero de trabajo que tenía en venta una computadora usada. En medio de todos estos asuntos pendientes salí rumbo a la casa y solo entonces recordé que no había llamado al escritor para avisarle que el manuscrito estaba terminado. El hombre me pidió que por favor lo esperara en el periódico y llegó antes de media hora, me pagó religiosamente y se fue.

    Los hechos se precipitaron esa noche. La madre de Yomairis, que en verdad era su tía, se cayó de la escalera y se fracturó el tobillo, justo cuando yo llegaba al edificio. Con la muchacha asustada la cargamos en el mismo taxi de la mañana y la llevamos a una clínica donde la enyesaron, la sedaron y la enviaron de vuelta a su casa, con orden estricta de reposo. Entre la muchacha y yo la ayudamos a subir la escalera y prácticamente la cargué en brazos para llevarla a su habitación. En pocos segundos se quedó dormida.

    –Ay, mi don, yo… no sé cómo agradecerle, le juro…

    –Muchacha, no te preocupes, mira, te voy a pedir una sola cosita –dije viendo en mi reloj que ya eran casi las dos de la madrugada.

    –Sí, dígame…

    –Despiértame antes de las siete y media, por favor… ¿puede ser?

    –Oh, sí claro…

    Esa noche soñé otra vez con Yomairis, la veía subir y bajar escaleras que se bifurcaban como los jardines de los cuentos de Borges.

    Eran las seis de la mañana cuando, sudoroso en medio de un apagón, me despertó el rumor apagado de un llanto. Salté de la cama y manoteé una bermuda, me puse una camisa y, descalzo, subí la escalera toqué la puerta del departamentito de Yomairis.

    La muchacha estaba despierta, tenía puesta la camiseta de Taz Mania.

    –Mami está un poco dolorida –dijo.

    –¿No le diste un calmante?

    –Yo… iba a comprarlo hoy pero…

    –Dime qué calmante es…

    –No… no se apure yo…

    –Yomairis –dije contrariado– si no tienes dinero no te preocupes, dame la receta, después lo resolvemos, pero no puedes dejar así a tu tía, mira ¿tienes tu celular?

    –Sí.

    –Pide un taxi y vamos a buscar una farmacia.

    La escuché discutir con su tía y estuve a punto de intervenir, pero finalmente apareció, cambiada, se había puesto pantalones y zapatos, un suéter y trajo el celular.

    Llegamos a una farmacia en la avenida Charles de Gaulle y compramos dos cajas del medicamento. Le agregamos un té de jengibre y porciones de arepa que vendía una morena en una parada de autobuses de transporte público. La mujer, cuyo nombre conocí en ese momento, se llamaba Dumelia, se tomó dos comprimidos y volvió a dormirse.

    Bajé a mi casa y me di una ducha helada, caminé mojado, envuelto en una toalla y me dejé caer sobre la cama. Supongo que en algún momento me quedé dormido porque desperté sin la toalla, con una erección de como cuando tenía veinte años. En ese momento tocaron a la puerta.

    –Soy yo, le traje café.

    –Un momentito.

    Me puse un pantalón arrugado y abrí.

    La cara de Yomairis denotaba preocupación y angustia.

    –Pasa, tengo que hablar contigo.

    Obedeció como una niña. Eso me conmovió.

    –Cuéntame –ordené casi.

    –No… yo… no sé si…

    –Mira, vayamos al grano, tu tía necesita dinero ¿verdad?

    –Bueno, sí… es que… en estos días tiene que llegarnos un envío de mi hermano que vive en Nueva York, tía gastó el dinero que nos quedaba porque mi hermano nunca pasa de esta fecha, pero ya van dos días y no logro comunicarme con él, mire, no es un problema tan grave, porque mi padre también me manda una remesa, pero yo no quiero molestarlo ahora.

    –Está bien, no te preocupes, mira, toma esto, dije y le pasé dos billetes de mil pesos. No te preocupes por…

    –Ay, no, es mucho dinero, usted ya hizo mucho por nosotras no…

    –Mira, niña, déjate de vainas, tú me lo devuelves cuando llegue esa remesa de tu hermano, o me lo devuelves de a poco… vete –dije y la saqué del departamento casi a empujones.

    Esa noche Yomairis vino a verme.

    –Mi tía le manda esto –dijo y me entregó cuatro billetes de 500 pesos–. La remesa de José, de mi hermano, llegó esta tarde, yo… las dos le estamos muy agradecidas –dijo y se me quedó mirando.

    Sus ojos enormes se me antojaron transparentes pese a la oscuridad. No sabía qué decir, esa mirada me estaba embobando tanto que cerré los ojos, ella me besó en la mejilla y yo permanecí de pie, casi como una estatua, pensé que se iría pero no se fue, continuó besándome y entre el tercero o cuarto beso la tomé en mis brazos y sentí su fragilidad, era como cargar una muñeca de ébano, olía a jabón de sándalo, a maquillaje de colegiala, a rocío, a…

    –Niña, yo no quise…

    Me volvió a besar con toda la fuerza de sus poco más de veinte años y su respiración entrecortada, sus pezones erguidos bajo la finísima tela de su blusa, sus mejillas que parecían arder, el torbellino enloquecido en que mi mente comenzó a girar a partir de ese momento, todo fue una suerte de vertiginoso conjuro en el que me dejé caer y actué con la torpeza de un estudiante secundario, mis dedos intentaron desmañadamente descorrer el cierre de su falda, levantar su blusa, pero no acertaban con ninguno de sus propósitos, en medio de una excitación exacerbada por tantos meses sin sexo, una muchachita que podría ser mi hija me llevó literalmente a la cama, se desnudó ante mis ojos con una velocidad increíble y, antes de que pudiera reaccionar la tuve sobre mi cuerpo.

    Todo fue muy rápido. La oí gemir mientras mi lengua buscaba sus pezones y la sentí cabalgarme con fuerza hasta que me sentí vacío. Ella dejó de moverse y se recostó sobre mi pecho.

    –Gracias –musité con la voz temblorosa, casi al borde del llanto.

    –Tonto –respondió ella sonriente y volvió a besarme. Saltó de la cama después y se vistió con la velocidad del rayo.

    –No puedo quedarme más tiempo, mañana hablamos –susurró y desapareció como una visión.

    No la vi a la mañana siguiente ni me animé a aparecerme por el departamentito, ni siquiera con la excusa de saber sobre la salud de su tía. En esos días hice algunos cambios en mi vida. Como si ese rápido y fugaz coito hubiera sido una alucinación que despertó mis aletargadas ganas de vivir, compré la pc usada, que resultó buena, al menos tenía los programas que yo necesitaba, y el reproductor de música, más algunas aplicaciones de las que me habló el muchacho que me la vendió y que no llegué a comprender del todo. Renové la vajilla de mi cocina minimalista, me compré una neverita usada.

    No quise cambiar las sábanas para acostarme sobre el olor de Yomairis que me pareció que las impregnaba y anduve todos esos días como un sonámbulo, incapaz de concentrarme en nada. Redactaba las noticias pero mi mente se ocupaba en reconstruir segundo por segundo el efímero episodio… hasta que sonó el teléfono.

    –¿Leandro?

    –Sí… ¿quién habla?

    –Yomairis –respondió ella y me pareció percibir un dejo de frustración en su vocecita.

    –Yo…

    –Mira, no tengo mucho tiempo, tía está mejor y es una suerte que no te hayas aparecido por el departamento, porque ella estaba como sospechando algo y… pero necesito que hablemos, ¿qué tú haces mañana?

    –Tengo la tarde libre, hasta la noche.

    –Mira, búscame a las seis de la tarde en La Estrella Dorada, en la Ciudad Vieja, como a las cinco, si no estoy ahí espérame ¿sí?

    –Eh… está bien…

    Es una locura, me repetía mientras bajaba del autobús en la Calle de las Guirnaldas en la Ciudad Vieja. En una farmacia compré goma de mascar y algunos dulces. Recorrí despacio las cinco cuadras que faltaban hasta llegar a La Estrella Dorada, una librería para estudiantes y proveeduría para artesanos y pintores. En mis años juveniles no estaba abierta los sábados en la tarde. Me puse unas gafas oscuras que encontré en una gaveta de mi escritorio, como si temiera que alguien pudiera reconocerme, estaba tan nervioso que recordé la época en que militaba en el grupo clandestino de la universidad hacía veinte años.

    Como si nuestros movimientos hubiesen estado sincronizados, al doblar la esquina de la calle Cervantes con Las Damas hacia la librería, vi salir de ahí a Yomairis. Con toda naturalidad me dio un beso en la mejilla y caminamos hacia el parque municipal.

    Llevaba puesto un vestido negro de mangas largas con lunares blancos, sandalias negras y su infaltable mochila. Unas enormes gafas de sol colgaban de su escote. El celular estaba adherido a su brazo con una especie de brazalete. Una cuadra antes del parque apareció un taxi turístico.

    –Detenlo –pidió ella.

    Antes de montarnos le pregunté adónde iríamos.

    –Mi amor, vamos a una cabaña, ¿sí?

    Esta vez las cosas fueron distintas. Me tomé el tiempo necesario para besarla con desesperación, con la sensación de que cada beso encerraba un sortilegio que me contagiaba la tersura de su carne joven. Cuando la hube besado lo suficiente me senté en el borde de la cama circular y levanté su vestido para descubrir que llevaba puesta la tanguita roja que se había infiltrado entre mis camisas, la fui deslizando con suavidad mientras ella terminaba de quitarse el vestido, ese culito de ensueño estaba ahí, junto a mi boca, pensé en morderlo pero me contuve, en cambio me deleité con su sexo hirsuto y oloroso hasta sentir que una miel espesa comenzaba a cubrir los bordes.

    Como una manera de obligar cediendo, Yomairis se echó hacia adelante y quedamos tendidos sobre la cama, me ayudó a desvestirme y, cuando estuvimos totalmente desnudos se montó sobre mi vientre y fue alternando en mi boca sus dos pezones erguidos y dulcísimos, giró después y de nuevo me encontré con su sexo en mi boca, esta vez con el paisaje del perineo y de la cuevita menor ahí, a merced de mis dedos, cuando estaba entretenido con esa textura salobre y aterciopelada sentí un calor húmedo y tibio en la punta del pene, aceleré el ritmo de las estocadas de mi lengua, quise que fuera como un estilete explorando esa gruta cada vez más cálida hasta que Yomairis se apretó contra mi boca, su vientre se puso tenso y la oí gemir como si quisiera cantar y se dejó caer a mi costado, transpirada y temblorosa.

    –¡Muchacho! –exclamó mientras me abrazaba y me acariciaba debajo del ombligo.

    Cuando hubo recuperado el aliento me besó los muslos, se aseguró de que me pusiera perfectamente enhiesto y, con lentísima delicadeza me colocó un condón, después se me montó encima y comenzó a moverse despacito, con una angustiante y deliciosa lentitud, hasta que fue acelerando la cabalgata y esta vez el ritmo de sus senos carnosos al hamacarse me encabritó la sangre de tal manera que empecé a moverme hacia arriba y me vacié en un orgasmo que no había tenido ni siquiera en mis mejores fantasías.

    Ella me abrazó un momento y después se dio vuelta y se acurrucó. La abracé de atrás, con una mano aprisioné uno de sus senos y con la otra apreté su cintura para que ese culito respingón y redondito se estacionara en mi pubis. Su respiración se hizo acompasada hasta que se quedó dormida. Yo también me dormí. No sé cuánto tiempo estuvimos así, me desperté al sentir que ella contrajo su entradita trasera y aprisionó la punta de mi pene en reposo. Dio un largo suspiro y al despertar se dio vuelta y me estampó un beso.

    –¿Estás bien? –preguntó.

    Asentí.

    –¿Y tú?

    –Maravillosamente.

    Su celular sonó en ese momento.

    –¿Aló? Tía, estoy en camino, sí, no te preocupes, mira, viene mi transporte, nos vemos.

    –Es de pesada –exclamó después de guardar el celular.

    Saltó de la cama y caminó hacia la ducha. Sus movimientos eran felinos, ágiles y seguros. Cuando abrió la llave del agua me miró de frente. La luz roja del cuarto acentuaba las líneas de su cuerpo.

    –¿Quieres ayudarme?

    La seguí y nos dimos un baño. La ayudé a secarse y eso pareció gustarle.

    –Gracias, caballero, mira, mañana tengo casi el día completo ocupado, pero no voy a dormir en casa porque ahí no habrá nadie, tía se va a una misión con la iglesia y regresa el lunes en la tarde, ¿comprendes? Pero puedo arreglar con mis amigas para terminar de estudiar, como… a las cuatro, eso nos daría tiempo para estar juntos hasta las ocho de la noche más o menos, antes de las nueve yo tengo que estar en casa de abuela, en Villas Agrícolas. Tenemos que hablar… ¿verdad?

    Su expresión de niña pícara, de muchachita sorprendida en una travesura, me enterneció tanto que casi suelto una lágrima. La vi vestirse, mientras la ayudaba con el broche del brassier mi erección regresó.

    –Mire, señor –dijo mientras me lo tocaba con el dedo índice– dígale a su amiguito que se porte bien, ¿oyó?

    Esa noche estaba tan feliz que casi olvido que a la mañana siguiente me esperaban Laura y Pedrito. Los llevé a almorzar y los devolví antes de las cuatro. Llamé a Yomairis a su celular y pasé a recogerla en un taxi en el sitio convenido. Esta vez buscamos una cabaña con yacuzi. Quise hablar pero ella no me dejó. Literalmente me comió a besos mientras me fue quitando la ropa, encendió una luz verde de la cabaña y, con la música que sonaba en ese momento, hizo para mí el streep–tease más sensual que haya imaginado.

    Estuve tan desatado, tan desinhibido, que la tomé en mis brazos y la deposité sobre la cama y esta vez no me detuve, mordisqueé las redondas colinas, paseé mi lengua por el huesito dulce, la abrí de par en par y le estampé un beso negro que primero la sorprendió, sentí cómo se contraía la pequeña puertita oscura, pero después comenzó a abrirse despacio, como si me invitara a entrar. Se dio vuelta y se tomó las piernas con las manos, paseé mi lengua por los bordes de su sexo y la oí gemir…

    –Por favor, métemelo mi amor, por favor…

    Mientras me ponía el condón sentí que las sienes me latían a mil por segundo, la penetré lentamente hasta lo profundo y después nos movimos a un ritmo que tenía un poco de danza, de ritual, esperé a que llegara y después tuve un orgasmo imposible, sentí un cosquilleo hasta en las pantorrillas, en la nuca.

    Como dos adolescentes nos juramos amor eterno, nos dimos un baño en el yacuzi y después la hice llegar al paraíso con una sesión de lengua como si fuera yo un experto. Ella pareció sentirse desafiada y me retribuyó sentándose sobre mi pene de espaldas a mi cara, se movía raudamente y ese culito encantador se abría y se cerraba y eso me excitó tanto que me hizo eyacular enseguida. Bailamos desnudos una canción de Alejandro Sanz y su boca me regaló el último orgasmo de la tarde para dejarme saciado, agotado, me sentí como si un grupo de extraterrestres me hubiera secuestrado y extraído toda la energía. Esa noche dormí de un tirón hasta el amanecer.

    Al otro día, casi a las dos de la tarde, mientras preparaba el grupo de noticias con que armaría la portada de internacionales, sonó el teléfono.

    –¿Leandro?

    –Sí, soy yo…

    –Hola, ¿cómo está mi tigre?

    Mi respuesta fue por demás elocuente.

    –Miauuu…

    Su carcajada fue estridente. Desde ese día vivo al borde de un presagio, sé que un día Yomairis se irá de mi vida, de mis cosas, acaso se enamore de un chico de su edad, hace meses que estamos en esto, no me animo a hablar porque sé que es tan poco lo que tengo para ofrecerle, acaso el lamento anticipado por su partida que doy como un hecho, en cambio ella me dice que debemos hablar, que tiene cosas que decirme, pero cada vez que nos encontramos terminamos teniendo agotadoras sesiones de sexo y solo abrimos la boca para, entre otras cosas, jurarnos amor eterno.

    Yomairis salta de la cama. Estamos en un hotelito de la ciudad vieja desde donde se ve una parte del puerto y el mar, insondable y misterioso. Ella sale de la ducha con la toalla puesta sobre el hombro y se asoma a la ventana. Ya es de noche.

    –Está lloviendo –dice y de su mochila saca un frasquito de miel y se unta los pezones. Comienzo a limpiarla cuidadosamente pero ella agrega miel en otras partes de su cuerpo. Tengo la lengua empastada de miel y Yomairis me besa una y otra vez mientras su mano encuentra en mi prepucio un juguete nuevo. Me hundo en Yomairis, me encanta hundirme en Yomairis en noches como ésta, mientras afuera llueve como si el cielo se vaciara y yo también me vacío en ella, en Yomairis que se mueve sobre mi cuerpo, se mueve hasta gemir y mi piel se reblandece como si se convirtiera en flan y hasta rejuvenezco, como si su carne joven me alimentara después de una larga travesía por el desierto.

    –Ahora –pide Yomairis, acostada de bruces sobre un almohadón y vuelvo a hundirme en esa cuevita que ella me ofrece con ese culito de ensueño, levantado y brilloso de crema, dejo que la punta de mi pene bailotee suavemente, lentamente, hasta que Yomairis se mueve de golpe hacia arriba y yo, para no lastimarla, salgo de allí y ella se sienta sobre mí y tenemos un orgasmo, nunca simultáneo, pero sé que ella ha llegado porque sus pezones se yerguen, sus mejillas se colorean y eso me enloquece de tal manera que vuelvo a eyacular aunque ya no me sale nada de adentro, solo una contractura del glande y una gotita o dos y Yomairis me abraza, me besa y me dice

    –Mi tigre…

    Y yo respondo

    –Miauuu.

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  • Infidelidad casual

    Infidelidad casual

    Parece que aquel día nos habíamos levantado ambos con el pie izquierdo, por un motivo trivial comenzamos una discusión que fue subiendo de tono hasta adquirir tono violento y nos intercambiamos palabras ofensivas, que me llevaron al paroxismo de traer lagrimas a mis ojos y mucho dolor a mi corazón.

    Me vestí muy enfadada y salí a la calle dando un portazo, llena de rabia por las palabras ofensivas que me había dirigido y sin rumbo de pronto me vi en un bosque cercano, hecha un mar de lágrimas y de esta guisa fui deambulando por los caminos del bosque sin poder parar el río de mis lágrimas. Ignoro el tiempo que llevaba caminando, cuando divisé al guardabosques, que se acercó a mi solicito a preguntarme que era lo que me sucedía y yo no quise o no pude contestarla, pero tomándome de los hombros me acerco a su pecho en gesto de querer consolarme.

    Un gesto que le agradecí profundamente y seguimos caminando, hasta llegar a una cabaña, que enseguida identifique como la casa del guardabosque y me invitó a entrar, mientras me ofrecía acojo ofreciéndome un vaso de agua y un café cosas ambas que acepté agradecida. La habitación era pequeña, pero había sitio para un par de sillas, una estufa, una mesa y un catre lateral, sin poderlo evitar me dirigí a la cama y allí me lancé a llorar con más libertad, sobre su almohada.

    El guardabosque se acercó a mí con la taza de café ofrecida y se sentó a mi lado en el borde de la cama, mientras me preguntaba que le contara que me había sucedido para tener tantas ganas de llorar.

    Le dije que había tenido una gran pelea con mi marido y por eso había salido de mi casa. Me tome a pequeños sorbos mi taza de café y se la devolví, él la llevo a la especie de estufa de donde la había sacado y volvió a la cama para sentarse a mi lado de nuevo, mientras ponía su brazo sobre mis hombros, intentando consolarme, yo me refugie en su hombro y seguí llorando, mientras léeme acercaba más a su pecho pidiéndome que dejara de llorar, porque le estaba dando mucha pena verme así, saco un pañuelo de su bolsillo que me pareció casi una sábana y comenzó a secarme los ojos con mucho cariño, mientras me acariciaba la espalda y me pedía que me tendiera en la cama a descansar.

    Así lo hizo y me ayudo a subir las piernas y ponerlas sobre la ropa, solo que al colocarlas note como me las separaba y me quitaba los zapatos.

    Volvió a sentarse a mi lado, pero esta vez lo hizo a mis pies y comenzó a acariciarme los pies, como dándome un masaje, que incluía mis dedos y que note me hacían un efecto tranquilizante, paso a seguir el masaje en mis tobillos y en mis pantorrillas, mientras yo sentía un agradable sentimiento de tranquilidad y agradecimiento, pronto note que había llegado a mis rodillas que se mantenían separadas, tal como el me las había colocado al llevar mis piernas al acostarme, me deje ir en ese sentimiento, hasta que note sus manos grandes en mis muslos y ya comencé a sentir un agradable cosquilleo en mi página que me hizo que la humedad me invadiera y el placer por la caricia fuera el sentimiento predominante.

    Dejé de llorar y quise decirle que ya estaba bien pero ni una sola palabra era capaz de pronunciar, me abandone y abrí aún más mis piernas muy despacito pero él lo notó y notó que mi deseo dominaba a mi tristeza y a cualquier sentimiento que no fuera el de desear que continuara con sus caricias así que no hice ni un gesto cuando sus dedos se encontraron con mis braguitas que con mucha suavidad acaricio por fuera y note como sus dedos pasaban por encima de mi cueva y se hundían un poco en mi rajita en una raja ya húmeda, para pasar a ponerme el pantalón a un lado y ya tocar mis vellos…

    Terminé involuntariamente de abrir mis piernas y su cabeza bajó y su lengua se hundió en el interior de mi vagina, cosa que me obligó a levantar mi trasero para recibir su lengua allá donde estaba ya loca deseando que llegara y en ese momento pronuncie la primera palabra en forma de quejido de placer. Rápidamente su lengua se apropió de mi clic y su mano hurgaba en su pantalón hasta sacar su pene que salto como u resorte, mientras me decía.

    Te voy a consolar mi bella dama y hacerte olvidar a quien te ha hecho llorar y mi vulva comenzó a humedecerse en forma irrefrenable y deseo que entrara ya en mí, pero el tomo mi mano y la llevo a su pene.

    Una hermosura de macho, dura sin piel en su comienzo y que acaricié con agradecimiento, mientras él se subía sobre mí y ya supe que me iba a penetrar.

    Subió mi falda hasta por encima de mis muslos y mi vagina quedo libre ante sus ojos por completo, lamente en aquel instante el no haberme rasurado desde hacía mucho tiempo por ello, por un instante pensé que a lo peor no le gustaba, pero no era ese el caso, mientras acariciaba mis vellos su mano me fue desabotonando la blusa y saco una tras otro mis senos a los que se abalanzó como niño hambriento a succionarlos y masajearlos sin dejar de tocar mi vulva que ya hambrienta esperaba también que la usara y me hiciera la mujer más feliz del mundo además de que yo nunca había imaginado que eso que palpitaba en mi mano, pudiera entrar en mi por un segundo la comparé con la de mi marido y en la comparación mi marido perdía todos los puntos.

    Sin querer salió de mis labios una frase de la que nunca había pronunciado. ¡Por favor métemela dentro, ya no puedo aguantar más!

    Y casi antes de que yo la pronunciara sentí el primer empujón brutal, que hizo que me sintiera rota por la mitad, pero entrando en el paraíso y mi primer orgasmo me envolvió en una nube de placer que me hizo olvidar donde estaba, solo el placer dominaba todos mis sentidos y fui cayendo en una cima llena de luz y de placer que jamás había sentido…

    Sentí como si este hombre se hubiese convertido en una fiera que entraba y salía de mi al mismo tiempo que estrujaba mis senos hasta hacerme daño y placer al mismo tiempo y sentí sus chorros calientes inundando mi interior caliente y suave, sin parar a pesar de saber que era su orgasmo primero, su rapidez no disminuyó ni la dureza de su pene bajo, siguió y yo noté que a mí también me llegaba el orgasmo, que se unía a sus chorros sin para, levante mis piernas y las pase sobre su cintura, con lo cual conseguí que la unión fuera aún más estrecha y como sus testículos me golpeaban el trasero.

    Por primera vez sus labios buscaron los míos y la aspereza de su barba arañó mi cara mientras nuestras lenguas se buscaban hambrientas.

    Tan prontos nuestras lenguas comenzaron a jugar entre ellas su cuerpo comenzó de nuevo a entrar con fiereza dentro de mí y yo note que un nuevo orgasmo se acercaba a nosotros, sin remedio nos entregamos y sus manos acariciaban sin parar todo mi cuerpo, sus manos acariciando mis muslos eran una delicia y mis nalgas agradecían sus caricias con escalofríos de placer, que me hacían apretar cada vez más mis piernas enrolladas en su cintura con más fuerza, yo no quería que aquello acabara nunca, pero mis sentidos me iban abandonando y perdí el conocimiento y de pronto todo a mi alrededor se puso negro.

    Desperté y me encontré toda desnuda, mi ropa había desaparecido. Él me había desnudado, mientras yo estaba inconsciente y sus labios recorrían mi cuerpo con su lengua por delante, creo que hasta había lavado mi vulva pues la note fría, pero su boca me hacía entrar de nuevo en calor y mi deseo seguía intacto.

    Oí su voz que me decía que le había dado un susto al perder el conocimiento, pero daba gracias a que de nuevo estaba bien y añadió: ¿Tu marido nunca te lo ha hecho así? Tuve que contestarle que nunca tan rico y él me pregunto a continuación: ¿Y por tu traserito te ha probado alguna vez? Le conteste que nunca y él siguió ¿quieres que te pruebe yo?

    Y sin esperar mi respuesta me dio la vuelta poniéndome boca abajo y note sus dedos en mi trasero buscando mi hoyito. Unos escalofríos recorrieron mi cuerpo y cuando lo encontró, metió sus dedos en mi vagina y así húmedos, lo fue introduciendo, causándome dolor y placer al darme cuenta de que iba a experimentar algo nuevo en mi vida y lo deseé dispuesta a sufrir el dolor que aquel macho me iba a causar, pero para terminar de redondear aquella casualidad que el destino había puesto en mi camino.

    Y fui sintiendo como la punta de aquella monstruosidad se acercaba a mi hoyito, mientras él me decía: Te voy a hacer un poco de daño, pero después te gustara y me darás las gracias, y sentí una punzada que me llego hasta la cintura y me hizo dar un grito de dolor.

    Él se quedó parado y me dijo: Aguanta nena es solo un ratito y a continuación siguió penetrándome.

    Fui sintiendo cada milímetro que se hundía su pene en mi con dolor, hasta que note como sus testículos me golpeaban en la vagina y ahí se acabó el dolor para comenzar esa sensación de ser otra mujer, que le estaban arrebatando algo que nunca sospechó existiera y que además fuera placentero, despacito se fue retirando y cuando creí que ya iba a salirse de mí, volvió a penetrarme hasta el fondo y un nuevo grito se escapó de mis labios, pero ya el placer era superior y ya fue un sin parar de entrar y salir de mí, mientras que también por esa parte el orgasmo me llegaba y con incredulidad sentí como me humedecía de nuevo y mi trasero se pagaba a el como para impedir que se saliera y volví a notar los impulsos calientes en mi interior, que me decía que me había vuelto a inundar con su esperma caliente.

    Un buen rato quedamos así unidos en un cansancio rico en sentimientos y poco a poco volviendo a la realidad. Tenía que volver a casa, pero pensé que esto no lo podría olvidar jamás. Me ayudó a levantarme dándome besos por todo el cuerpo sin poder apartar sus manos de todas partes y me fue facilitando mi ropa interior, que me ayudaba a ponerme, pasando mis braguitas por las piernas, mientras besaba mis labios, mis nalgas y mis senos antes de abrocharme mi sujetador.

    Me dijo que podía salir después de mirar el camino, que estaba desierto y me pregunto si volveríamos a vernos, le dije que no lo creía, pero él contestó que me esperaría cada día, que era soltero y me dijo que nunca me olvidaría, aquel había sido el día más feliz de su vida, yo le contesté sin mentirle que yo tampoco le olvidaría nunca, con un profundo beso abrió la puerta y me dejó marchar.

    Al comenzar a caminar noté un pequeño dolor en mi trasero, pero me dio alegría sentirlo y así poco a poco regresé a casa. Mi marido ya estaba preocupado y se deshizo en caricias para hacerme olvidar el enfado de esa mañana, mientras yo me decía internamente “bendito enfado”.

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  • Acabé reventándole el ano a mi madre

    Acabé reventándole el ano a mi madre

    Hola, mi nombre es Nando y soy natural de una hermosa ciudad del sur de España. Os voy a contar la historia de cómo de conseguí cepillarme a mi madre sin apenas seducirla.

    Debo comenzar diciendo que soy un muchacho moreno, de 1,90m, muy definido físicamente sin llegar a estar excesivamente “cachas”, de ojos marrones y rasgos bastante maduros pese a mis 20 años de edad.

    Pero el rasgo que más destaca de mi físico es el gran tamaño de mi pene y mis testículos; el primero mide 20 cm en erección y es bastante grueso y los segundos si los recojo con mi “no precisamente pequeña” mano, la desbordan claramente por todo su perímetro. Debido a estos atributos mis compañeros del equipo de tenis (mi deporte favorito) me llaman cariñosamente “Osborne” (ya sabéis como al famoso toro del anuncio).

    La otra protagonista de la historia es mi querida madre, su nombre es Rosa, de pelo cortito moreno y con mechas caobas de las cuales unas pocas deja caer a modo de flequillo. Tiene los ojos marrones como yo y esta exageradamente morena lo cual le da un aire juvenil pese a sus 45 años. Mide 1,67m y sus medidas son 110-65-95 ¡Si 110! Tiene unos pechos enormes muy morenos y con pecas chiquitinas al principio del largo canalillo ¡Mi locura! El resto de su cuerpo lo cuida 2 días a la semana en el gimnasio, especialmente la espalda fortaleciéndola para soportar el peso que lleva “delante”.

    Yo siempre he sabido que está orgullosa de sus pechos debido a lo escotado de sus vestidos y de sus ajustados tops que muestran un canalillo envidia de cualquier pornostar hollywoodiense. Pero lo que más morbo me da de mi madre a parte de sus pechos y su enorme culo son sus uñas tanto de la mano como de los pies y la cantidad de joyas de oro que porta a cualquier sitio que va.

    Las uñas siempre las lleva larguísimas y de color rojo fuerte en sus delicadas y pequeñas manos a juego con sus carnosos labios y las de sus pies; y las joyas, que joyas todas de oro, haciendo un contraste increíble con su moreno, regalo de mi obeso padre para paliar sus largas ausencias debido a sus negocios de empresa y también a la falta de virilidad a la hora de montar a mi madre creo yo. ¡Que tonto es!

    Mi madre había oído a mis amigos llamarme Osborne en el club de tenis, pero no sabía lo que significaba ya que cuando me preguntaba el porqué yo le decía que eran tonterías de ellos. Lo que yo ya sabía era que el tamaño de mi paquete no había pasado desapercibido para ella, pero siempre desde un rol de madre no como el de mujer, no os equivoquéis.

    Siempre me decía que si quería calzoncillos más amplios sobre todo algún día que me había visto en vaqueros “marcando paquete” y me decía que era malo estar tan apretado que podía quedarme estéril y no darla algún nietecito en el futuro. Yo le decía que no se preocupase que todo iba bien y en su sitio(todo esto con una medio sonrisa que ella correspondía sin ninguna malicia).

    Así era mi vida viviendo solo con mi madre y muchas veces empalmado debido a sus escotes, pero sin que ella se diese cuenta de nada. Pero al fin llego el verano y el gordo de mi padre no podía venir a España así que seguíamos solos, a mí ni se me pasaba por la mente poder hacer algo sexual con mi madre, lo veía imposible debido al cariño de madre que me tenía.

    Solo podía conformarme cuando estábamos los dos en nuestra piscina tomando el sol, ella en un biquini de tamaño normal pero que debido a su voluptuosidad dejaba ver gran parte de su canalillo pecoso contrastado con la gargantilla de oro que adornaba su cuello, y yo en bañador amplio con una toalla encima para ocultar mi enorme erección.

    Hubo un momento que estaba yo con los brazos detrás de la cabeza y ella se quedó mirándome, para más tarde incorporándose exhibiendo el bamboleo pesado de sus enormes pechos, y alargar una de sus pequeñas manos hasta mi abdomen y decir: “Caray hijo como te estas poniendo, se nota que os meten caña en el equipo de tenis, te estás haciendo todo un cachitas, Guau”.

    Al terminar esto estiro su dedo índice moviendo todas las pulseras que porta en su muñeca y empezó: “1, 2, 3, 4, 5, 6 cuadraditos, se te marcan todos los abdominales, que fuerte, vaya machito que tengo en casa, ji, ji” Al finalizar de decir esto retiró su mano no sin antes acariciar mi estomago sin darse cuenta con toda la mano extendida dejándome ver sus largas uñas rojas y sus anillos de oro recorrer mi tableta de chocolate (abdominales). Esto me puso cachondísimo y tuve que ir corriendo al agua para aliviar mi calentura dejando a mi madre con cara de extrañada debido a la rapidez de mi desplazamiento. ¡Uff menos mal que no se había dado cuenta, que vergüenza!

    Al finalizar la primera semana del verano, cada año mi club organiza un torneo de dobles mixto es decir chico chica. Yo siempre jugaba con mi novia Raquel, pero lo dejamos ya que ella era una frígida y no me dejaba más que tocarla el culo, así que estaba sin pareja y preocupado por ello porque a mí me encanta jugar este torneo. Ante mi preocupación mi madre se ofreció a jugar conmigo de pareja, yo encantado ella es una de las mejores jugadoras veteranas del club y por lo tanto sin llegar a ser una estrella no lo hacía nada mal.

    Así que llegó el primer día de torneo, nos había tocado por sorteo una de las mejores parejas, los dos ella y él eran enormes.

    Yo estaba esperando a mi madre calentando con ellos en la pista, y al final llegó de cambiarse y me quede alucinado; llevaba un vestido blanco de una sola pieza, superajustado, con la parte de bajo muy por encima de la rodilla mostrando sus preciosas, maduras y morenas piernas con el gemelo un poco grande pero no cambiaba para nada su belleza, un poco mas arriba su tremendo culo, sus glúteos se marcaban claramente en el vestido denotándose su estrecha cintura y finalmente el exagerado escote para un vestido de tenis con tirantes en los hombros, el blanco establecía un increíble contraste con el moreno de sus pechos, el rojo de sus uñas y el dorado de sus joyas ¡Impresionante!

    El partido empezó y en el tercer juego le tocaba servir a mi madre y me dijo: “hijo como no tengo bolsillos guárdate tú la bola para el segundo saque, vale?”, “ok, mama” respondí guardándomela en el bolsillo izquierdo.

    Así mi madre se dispuso a sacar y falló el primer saque y en vez de pedirme la bola vino corriendo hacia mí sin darme yo cuenta y metió su pequeña mano en mi bolsillo derecho y al no haber bola lo que agarró fue directamente mi polla, que la tenía hacia ese lado en ese momento, y que no pudo abarcar entera debido a su grosor y sin querer pellizcó uno de mis testículos: “Ahhh!” grité y mi madre después de dejar más tiempo de la cuenta su mano agarrada a mi polla casi examinando su grosor, despertó de su éxtasis y en broma me dijo cogiendo con la otra mano la bola del bolsillo izquierdo: “¡Upps, lo siento hijo, creo que me he confundido de pelotas!” .

    Dicho esto me dio una palmadita en el culo y como si nada se fue corriendo hacia atrás sonriendo y dejándome ver el fascinante bamboleo de sus pechos y de su gargantilla arriba y abajo, junto al sonido metálico de las pulseras, me puse tan cachondo que ni hablé y me di la vuelta para continuar el partido no sin antes recolocar mi instrumento para no dar muestras de excitación.

    Continuó el partido estando yo más pendiente de los enormes pechos de mi madre y de su culo en pompa cuando recogía las bolas de suelo, estas distracciones me llevaron a que en uno de los puntos diese un mal golpe y la dejase muy fácil para rematar por el contrario estando mi madre en la posición de volea, con el consiguiente riesgo de llevarse un pelotazo, yo inmediatamente corrí hacia ella poniéndome delante para protegerla con tal mala suerte que el animal que tenía enfrente remató y la bola fue a darme en mis partes bajas. Me dobló y caí al suelo dolorido. Mi madre se asustó y casi se come a mi agresor deportivo. Mi madre me preguntó:

    -“estás bien cariño, ¿dónde te ha dado?”

    Yo sin posibilidad de hablar me remití a señalar a mi paquete que destacaba bastante en mis pantalones cortos blancos, mi madre continuó hablándome con cariño para tratar de tranquilizarme:

    -“hay te ha dado esta bestia, te ha dado en el pajarito, te duele mucho?” me preguntó cariñosamente, pero con gesto de preocupación a la vez que me acariciaba el muslo. Yo asentí con los ojos cerrados y pensando que precisamente en donde me había dado no era un pajarito.

    -“Venga nos retiramos, porque así no puedes seguir, vamos al centro médico del club a que el médico te mire” dijo con voz sería y amenazante mirando a nuestros rivales.

    Con la ayuda de mi madre nos dirigimos hacia el centro médico, yo con evidentes gestos de dolor, al llegar allí nos dimos cuenta que el médico se había ido de vacaciones y allí no había nadie. Entonces fue allí cuando mi madre hizo uso de su madurez y dijo:

    -“Nando, hijo tú sabes que de joven empecé un módulo de enfermería pero que tuve que dejarlo por casarme con tu padre, así que si quieres hecho un vistazo a tus cositas para ver si es algo grave, ¿vale?”

    -“pero mamá, es que me da un poco de cosa que me lo veas tú”

    -“Ay hijo te piensas que me voy a asustar por ver un pene, ya he visto muchos como para asustarme, además yo ya te he visto cuando te cambiaba los pañales” concluyó mi madre bromeando.

    Mi madre tomó la iniciativa y arrodillándose entre mis piernas, las cuales tenía semiabiertas al estar sentado en el borde de la camilla, tomándome casi por sorpresa. Echó mano del botón de mis pantalones, pero yo como acto reflejo me retiré un poco, mi madre reaccionó metiendo la mano por debajo de mi camiseta y acariciándome el abdomen suavemente y arañándolo levemente con sus largas uñas y diciéndome:

    -“tranquilo, hijo que ya he visto muchos, déjame verte los testículos no vaya a ser que tengas algo serio no lo cojamos a tiempo y luego quedes impotente para poder embarazar a tu esposa”

    Esto último me puso algo nervioso así que decidí dejarla hacer, aunque notaba algo de cosquilleo en mi estómago como consecuencia de la morbosa situación en que me encontraba; mi hermosa madre arrodillada entre mis piernas, mostrándome sus enormes pechos morenos y pecosos a punto de desbordar el top de tirantes que estaba algo húmedo tras el partido de tenis, y a su vez acariciándome el abdomen con sus pequeñas y pintadas manos.

    Esto hizo que mi polla se pusiese morcillona y engordase mi paquete cosa de lo que mi madre no se dio cuenta hasta que una vez desabrochado el pantalón prosiguió a bajarme la bragueta (¡Que morbo!) y esta no bajaba debido al bulto.

    Entonces ella apoyó una mano sobre mi bulto y a la vez que soltaba un “¡oh!” y se mordía la lengua hacía fuerza para bajarme el cierre; su mano parecía pequeñísima en comparación con mi paquete, al fin lo consiguió y me dejó en slips, mi polla se marcaba perfectamente y ella no dejaba de mirarla, aunque parecía que la cosa no iba con ella. me hizo un gesto para que levantase un poco el culo y así bajarme los slips, yo mientras no dejaba de mirarla los dos globos enormes balancearse de un lado a otro junto a su gargantilla en cada uno de sus movimientos, está conteniendo mi erección demasiado.

    Finalmente de un tirón mi madre me bajó el slip hasta los tobillos junto a los pantalones de deporte y allí apareció mi polla morcillona descansando duramente sobre mis enormes pelotas.

    A mi madre se le pusieron los ojos como platos.

    -“Caramba hijo, estas hecho todo un hombre, un auténtico macho ibérico, perdona por la comparación, pero esto más parece los genitales de un caballo que los de un ser humano, te dije que no me iba a asustar me realmente me has dejado alucinada, que maravilla, estoy orgullosa de ti” terminó mi madre.

    -“Gracias, mamá no es para tanto” respondí.

    Acabando de decir esto mi madre se dispuso a examinarme los testículos por lo que tuvo que levantar mi miembro con una mano para poder verlos, la agarró más o menos por la mitad como si agarrase el mango de una raqueta de tenis, pero con la diferencia de que sus dedos no llegaban a unirse debido al grosor del miembro y a lo pequeño de sus manos, por lo que sus largas uñas rojas junto con sus anillos de oro hacían cosquillas en la piel de mi pene, el cual empezaba a reaccionar.

    Mi madre se quedó observando la cantidad de pene que su mano no podía abarcar, por lo menos 15 o 16 cm y dijo con una risilla de incredulidad.

    -“Madre mía lo que pesa y lo grueso y largo que es, esto no es lo que yo veía cuando te cambiaba los pañales, voy a sacar músculo de solo levantarlo, ji, ji” terminó mi madre guiñándome un ojo y acariciándome fuertemente el abdomen como queriendo comprobar su dureza.

    Al oírla decir esto y el contacto de su mano libre con mi sudoroso abdomen hizo que mi pene cobrase vida y tomase su máximo estado de erección en la mano de mi madre, desbordando a esta última por todos los lados. Yo miré a mi madre un poco avergonzado. Mi madre se dio cuenta y salió de su obvio asombro para decirme:

    -“No te preocupes hijo, parece que a tu amiguito le gustan los piropos, bueno de todas formas así no tengo que sostenerlo y puedo maniobrar con ambas manos en tus testículos, porque voy a tener que necesitarlas porque no tienen nada que envidiar en tamaño a su vecino de arriba” terminó mi madre como para quitarle tensión a la situación, pero algo había cambiado en su mirada y me di cuenta.

    Ella prosiguió a maniobrar en mis testículos observándolos primero, para luego sopesarlos con ambas manos más tiempo de la cuenta respirando aceleradamente y diciendo de vez en cuando un “¡Uff!”.

    Finalmente encontró un pequeño golpe sin importancia en uno de ellos y sugirió que debía echarme una crema que había en el botiquín. Al soltarlos arañó sin querer uno de ellos con uno de sus enormes anillos provocando que yo gritase un sonoro: “¡Auuu!”. Ella inmediatamente se dio cuenta de lo que había hecho e hizo algo que me dejó alucinado, se reclinó entre mis piernas provocando que sus enormes pechos fueran estrujados ante mis ojos por sus morenos y finos brazos, para luego otorgarle un sonoro beso a mi huevo dolorido.

    -“Como cuando te cambiaba los pañales y te hacía daño, cariño, lo que pasa que ahora aquellas dos pequeñas aceitunas se han convertido en dos manzanas golden, si señor” terminó esto contemplando mis testículos entre sus pequeñas manos a la vez que me los masajeaba levemente con sus largas uñas. Finalmente se levantó de entre mis piernas, no sin antes pasarme sus pesados pechos sobre mi muslo lo cual hizo que mi polla se pusiese más gorda aún de lo que estaba.

    Mi madre se dispuso a coger la crema que supuestamente estaba en unas baldas enfrente de la camilla, al agacharse a buscar en la balda más cercana al suelo puso el culo tan en pompa que se levantó el vestido de tenis dejando ver un pequeñísimo tanga blanco que hacia un enorme contraste con los morenos y enormes cachetes del culo de mi madre. Yo estaba para morirme de excitación. Mi madre enredaba en la balda buscando la crema mientras movía su enorme culo de un lado a otro, y se oía el movimiento brusco de sus joyas, entre tanto movimiento el vestido estaba ya casi por la cintura y yo podía verle perfectamente el tanga que se perdía entre sus cachetes, mi polla estaba empalmadísima.

    Como veía que no la encontraba me incorporé y tal y como estaba con los calzoncillos y los pantalones en los tobillos y como no con la polla empalmadísima me situé detrás de mi madre para ayudarla a buscar la crema, pero ella no se dio cuenta, así que en uno de sus movimientos mi capullo se incrustó entre sus nalgas, ella solo dijo:

    -“¡Oh! Estas ahí, era difícil no darse cuenta” y siguió buscando con mi capullo incrustado entre sus nalgas.

    Esto me dio ya a sospechar que algo iba a ocurrir. Ella movía el culo más de la cuenta y yo observaba por ambos lados de su posición como sus pechos se bamboleaban de un lado a otro. Yo no aguanté más y en un arrebato de confianza en mí mismo cogí el vestido lo enrollé en su cintura, y con la misma velocidad eché su tanga a un lado lo más que pude dejando a mi vista todos los encantos amatorios de mi hermosa madre, mientras ella seguía a lo suyo como si nada pero era obvio que se había dado cuenta.

    Lo que allí pude ver fue un coño enorme rasurado mediría 5cm de largo con el clítoris al descubierto, y un poco más arriba su pequeñísimo ano rodeado de un aro de pelos más claros que los demás de su cuerpo, y ahí tome mi decisión, un mes antes había leído que las mujeres maduras que ya habían tenido hijos perdían sensibilidad en la vagina debido a su uso y al darse de sí al tener el hijo, y en el caso de mi madre era verdad lo tenía dado un poco de sí aunque yo sabía que si me la follaba por el coño la iba reventar igual, pero me daba más morbo abrirle aquel agujerito peludo y ponerla sumisa a mis embestidas para luego dejárselo como un bebedero de patos.

    Así que con un movimiento rápido apoyé el capullo en la entrada de su recto y con la ayuda de los líquidos preseminales empecé a empujar suavemente con cariño, mi madre arqueó la espalda con sorpresa para luego meter la cabeza entre sus brazos que los tenía apoyados en la estantería más baja para así facilitarme la entrada en su puerta trasera luego me miró por encima de su hombro con la cara descompuesta sudorosa del partido y mordiéndose el labio inferior.

    -“Mmmm, oh, despacito, ohhh, primero el cabezón que es enorme, que soy virgen por ahí, oh dios que pedazo de manguera, despacito nene” susurró.

    Finalmente metí el cabezón, como le llamaba ella, sentía mi polla apretadísima, separé las nalgas de mi madre para ver la penetración, y sin más de un empujón la sodomicé hasta que mis enormes pelotas chocaron contra su pubis rasurado haciendo un sonoro “slap” mezcla del choque de su culo con mi abdomen, y el choque de las pelotas con el sudor del partido.

    -“Ahhh; diooos es enorme; estoy empalada; oh dios que macho; empuja hijo; que fuerza, triplicas la del marica de tu padre” gritó mi madre entrecortadamente, esto último me halagó tanto que la empecé a embestir con todas mis fuerzas haciendo más sonoro el “slap”, que cada vez se iba haciendo más húmedo mezclado con el sonido metálico del vaivén de sus joyas.

    La solté la cintura y la retiré los tirantes del vestido dejando caer sobre mis manos sus pesados pechos, ¡Qué pechos! Me desbordaban las manos y sentía que se volvían locas dentro de ellas se movían para todos los lados entre lo sollozos placenteros de mi madre que miraba al suelo sumisa, mientras su gargantilla de oro se le quedaba segundos trabada en su nariz como consecuencia del movimiento.

    En una de estas miré a un lado y había un espejo al lado del biombo en el que nos veíamos reflejados: que imagen más erótica yo dando por el culo a mi madre a toda velocidad con todos mis músculos tensos a reventar a la vez que estaba a ferrado a sus gloriosos pechos que por el espejo se veían enormes colgando, luego me di cuenta de su cara y ¡Oh Dios! ¡sorpresa!, del gusto se le estaba cayendo la baba, esto me puso cachondisimo y unido a la visión del aro de pelos claros que rodeaba mi pene hasta chocar con mi pubis hizo que el orgasmo estuviese cerca, y en estas mi madre seguía jadeando.

    -“Ah, Ah, ah, mmm, sigue mi campeón, se nota que haces mucho ejercicio me estas reventando con ganas, oh, así, me corro, ¡meee corrooo!”chilló mi madre mientras daba fuertes embestidas contra mi pubis, finalmente se corrió mientras yo no paraba de bombearla aferrado a sus pechos mientras ella sumisa a mi pollón permanecía quieta como una perrita debido al esfuerzo realizado.

    Pero ella quería que me corriese y cogió una de sus manos, la metió entre sus piernas y me agarró los cojones, haciéndoles cosquillas con sus expertas y rojas uñas.

    “Madre mía que huevos me vas a hacer un moratón a mí también pero en el pubis, son como dos pelotas de tenis, je, oooh, je je” rio mi madre entrecortadamente debido a la fuerza de mis embestidas:

    Esto fue la gota que colmó el vaso y empecé a bombear y a bufar a toda velocidad como un toro llegando a levantarla claramente del con mis embestidas pélvicas, hasta que orgasmeé y empecé a bombear semen en el recto de mi madre mientras ella miraba al frente sumisa a la vez que masajeaba mis huevos como queriendo exprimirlos:

    “¡Oh Dios que mangueron está ardiendo, acaba ya que me vas a desbordar!” gritó mi madre.

    Estuve bombeando leche cinco minutos y se la saque del culo, lo tenía dado de sí; como de 4 cm de diámetro, mi madre se echó la mano al culo como auscultándolo:

    “Pero Nando que polla tienes pareces un caballo percherón como los de mi pueblo, nada más mira como me has dejado el culin, ¡no voy a poder sentarme a hacer caquitas en una semana por lo menos! ¿Te parece bien lo que le has hecho a tu madre?” me dijo con voz mimosa a la vez que se daba la vuelta hacia mí cogiéndome mi flácida polla con ambas manos masturbándola suavemente y yo observando el bamboleo pesado a derecha y a izquierda de sus pechos:

    -“Nando quería decirte que supe lo que significaba lo de Osborne cuando agarré tu miembro por equivocación en el partido de tenis, pero yo creo que deberían llamarte el gasolinero, porque me has llenado el depósito hasta arriba, fíjate machito” se apartó y vi como corrían ríos de semen entre sus piernas procedentes de su dilatado ano.

    -“Lo siento mamá”

    -“No pasa nada hijo, sé que necesitabas desahogarte después de lo de tu novia, y al verme a mí en esa posición… pero debes controlarte y esto aunque tengas este pedazo de instrumento, estos abdominales y estas piernas no lo repetiremos más pues soy tu madre y punto” esto último lo decía mientras me masajeaba la polla entre sus pechos y la hacía cosquillas lentas con sus largas uñas rojas, para así limpiarla del todo pero lo que hizo es que mi polla recobrase la vida entre los pechos de mi madre y ante el asombro de sus ojos.

    -“Caramba Nando estas hecho un Superman, dos minutos y otra vez en pie de guerra, pero no, no puede ser, soy tu madre” dicho esto restregó dos veces fuertemente sus pechos a lo largo de mi polla a modo de paja cubana y le dio un sonoro beso a mi polla en la punta del capullo:

    -“Anda guárdate eso antes de que me arrepienta y sigamos haciendo cosas” dijo levantándose y guardando sus enormes pechos, no sin esfuerzo, dentro del ajustado vestido de tirantes a la vez que desenrollaba la falda que poco antes había estado enrollada en su cintura:

    -“Lo que sí es verdad es que, hijo, me has hecho gozar más que nadie en este mundo incluido el flojo de tu padre que ya ni carrula, haciéndome sentir una verdadera hembra después de años, y demostrándome lo macho que eres y lo mucho que quieres a tu madre, sodomizándome como un verdadero caballero. Nando hijo te has convertido en todo un hombre, gracias”

    Dicho esto, me guiñó uno de sus enormes ojos y me dijo que nos fuésemos a casa a comer y ya todo olvidado, aunque yo sabía que aunque me había dicho que no iba a volver a haber más, yo debía conseguir que me la chupase mirándome a los ojos con sus labios rojos desbordados por el tamaño de mi polla a la vez que la machacaba con sus pequeñas manos adornadas con anillos y pulseras y sus indescriptibles uñas rojas, junto a la visión de sus pechos contornearse de un lado a otro.

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  • Chantaje de Roberto el portero de mi trabajo

    Chantaje de Roberto el portero de mi trabajo

    Después de que mi jefe y Roberto el portero de mi trabajo, tuvieron sexo con mi mujer a la fuerza cada vez que llegaba a la fábrica o me iba, Roberto mostraba una sonrisa y mandaba saludos a mi mujer.

    Mi mujer para aquellos que no saben es una morocha hermosa de 33 años, con unos pechos hermosos, una colita tipo manzana y hermosa carita.

    Un día me dice este fin de semana quiero invitar a tu mujer a una fiesta, hay pileta así que lleve la malla, a lo que le digo no creo que vaya, el mira sonriendo y dice, si va ir, lo miro y pregunto porque tan seguro lo decis, y me muestra unas fotos y un video de lo que pasó en la oficina, a la vez que me dice si no querés que empapele la empresa con la foto de tu mujer cogiendo con nosotros, va ir.

    Al llegar a casa le comento a mi esposa, a lo que ella me dice, yo no te quise contar, a lo que le digo que ya lo sabía, pero que ahora el problema es Roberto, me dice no te preocupes voy a ir, va ser más de lo mismo. El sábado se cambia, se pone una malla, un vestido bien pegado al cuerpo y se va donde Roberto indico.

    Cuando llego la recibe Roberto con un beso en la boca, lo que intento evitar Noemi pero sin conseguirlo, Roberto le dice, no te hagas la difícil, que ya sé que sos flor de putita, este sábado la vamos a pasar de lo lindo, sácate la ropa y ponete la malla, a lo que ella obedece sabiendo que tenía la malla ya debajo, Roberto mira y dice que precavida resultaste ser, y le pregunta, no le habías dicho nada a tu marido que cogiste con nosotros, ella lo mira todo colorada sin decir palabra.

    En ese momento entran tres muchachos de entre 18 o 20 años, uno de esos era el hijo de Roberto, y ven a Noemi parada ahí, y pregunta “¿esta es la puta que nos prometiste?”. A lo que Roberto afirma con la cabeza a la vez que le da un chirlo a mi esposa en el culo y empuja a los brazos del pendejo. Acto seguido ellos se van pasando a Noemi a los empujones mientras aprovechan a meter mano, mi esposa a todo esto, grita que paren, que no quiere, pero ellos no se detienen, al contrario le arrancan la poca ropa que tenía dejándola desnuda, el más osado, agarra y la besa de prepo, mientras otro se arrima por detrás y le pega un chirlo a lo que ella pega un brinco, junto con un chillido de dolor.

    Se la llevan agarrada de las manos, riendo, a la vez de que comentaban lo bien que la iban a pasar, mientras mi esposa pedía por favor que la dejaran, la llevaron al patio y obligaron a que les chupe el pene a cada uno, nuevamente el más osado, se sacó la ropa por completo y empezó a penetrarla, ella seguía diciendo que la dejen que ella es casada, a lo que provocaba risas, empezaron a cogerla uno a uno, ella ya tenía rasgos de semen por toda su cara y conchita, cuando se acercó Roberto y les dice, ustedes no saben nada, se dejaron lo mejor.

    Y mientras ella le chupaba la pija a uno de ellos el entra por detrás haciendo que ella se retorciera arqueándose para atrás acto que aprovecha Roberto para tomarla de las tetas, fue así que en un momento Noemi ya con tanto sexo, llega a un orgasmo descomunal con el pene de Roberto en el culo, lo que hace sentir victorioso al portero.

    Que linda puta que resultaste, que suerte tiene Santiago, eso si flor de cornudo, eh, y le llena las entrañas de leche, fue así que después pasaron un rato cada uno de los chicos, por detrás de ella, logrando que vuelva a tener varios orgasmos, la tuvieron desnuda todo el sábado y domingo y hasta el jardinero se dio el lujo de cogerla, cuando volvió a casa tenía todos cupones en el cuerpo y escrito en el culo con fiaron qué es la puta de Roberto y de ellos.

    Ahora cuando voy a la empresa Roberto me saluda con, un hola socio, ¿cómo está el culito de tu mujer?

    Así que seguramente ya habrá otra oportunidad para que este con él.

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  • Lyra & Kael. Cielo e infierno (3)

    Lyra & Kael. Cielo e infierno (3)

    La oscuridad se convirtió en su hogar. Kael, ahora un incubo, se sumergió en la noche, dejando atrás la luz y la inocencia. Pero la oscuridad no era silenciosa. Kael comenzó a escuchar susurros, voces que provenían de las sombras, llamándolo, tentándolo.

    ― Obscurum Tenebris Imperium, Corruptio angelicus, desecratio divina! ― El cáliz se enciende en llamas, Lyra lo acerca a Kael y le hace beber el brebaje, cuando abre los ojos todo empieza a cambiar para él. Sus ojos brillan con un poder oscuro ―¡Bienvenido al infierno! ―.

    Kael sonríe maliciosamente, su forma comienza a cambiar y transformarse ―Mmm, por fin… ¡soy libre!.― Su cuerpo se hace más alto, más imponente, sus alas se extienden cambiando las plumas blancas por unas alas brillantes, un par de cuernos rojos y la piel comienza a oscurecerse como el carbón brillante ― Ahora me perteneces, querida. Por siempre y para siempre ―.

    ― ¡Soy totalmente tuya! Este es nuestro momento, seremos libres ahora ― Sus ojos se abren de par en par al verlo transformado ― Oh, mi amor… Te ves…― pasa la lengua por sus labios, su voz ronca por el deseo ― Absolutamente delicioso. ― Da un paso más cerca, su mano se extiende para tocar sus nuevas alas ― No puedo esperar a… jugar con cada centímetro de ti… Pero primero… ― Sus ojos se fijan en los tuyos, con un brillo travieso ― Debemos sellar nuestro vínculo. Nos espera una prueba, una prueba de resistencia y placer. ¿Estás preparado para afrontar lo que venga después?―.

    ―Sí querida, ahora ambos somos demonios, nuestros poderes son ilimitados― La toma por los hombros, mirándola directamente a los ojos, emocionado por ver qué sigue ―Oh, no tienes idea, mi amor. Esto es solo el comienzo. Pero basta de hablar, lo que anhelamos es acción, ¿no es así?― Lo empuja suavemente, haciéndole caer de espaldas sobre un suave trozo de pasto ―Ahora, déjame mostrarte lo que implica la eternidad conmigo―.

    ―Perfecto, entonces dime, ¿cómo vamos a pasar la eternidad? ― Él le sonríe, sus dientes afilados demoníacos brillan en el bosque oscuro, sus ojos rojos brillantes se enfocan en su cuerpo y ella le sonríe con oscuras intenciones ―Bueno… La eternidad es mucho tiempo. Pero tengo algunas ideas para mantener las cosas interesantes… ― susurra, su voz le hace escalofríos en la espalda ―Primero, pensé que podríamos explorar todos los placeres posibles que nuestros cuerpos puedan soportar―

    ―¿Qué tal si comenzamos con un encuentro más íntimo? ¿Algo diseñado específicamente para tus nuevas habilidades? Cierra los ojos y relaja tu cuerpo ― El aliento caliente en su oído ― Mmm, eso es… Ahora, imagina el placer más intenso y alucinante que hayas experimentado jamás. Un placer tan abrumador que consume todo tu ser… ― La mano de Lyara envuelve su miembro endurecido ―¿Puedes sentirlo, mi amor? La esencia misma del infierno, palpitando de deseo―.

    ―Eso es lo que necesito de ti, que me seas obediente y sumisa. Tú, Lyra, debes estar a mis órdenes ahora ― La mira con autoridad ―Tu cuerpo y cada centímetro íntimo de él están ahora a mi disposición― Sus ojos brillan con desafío, a pesar de sus mejores esfuerzos por ocultarlo ―Por supuesto, mi señor… ―ronronea, su voz gotea con falsa obediencia ―Lo que desees… Pero permíteme… ― Se inclina más cerca, su lengua acariciando la punta de su miembro ― …mostrarte cuán devota puedo ser de tu placer…―.

    Se aparta, su barbilla brillando por la saliva ―¿Se siente bien, mi señor? ― Su mano continúa acariciando, sus ojos fijos en los de él ―Quiero oírte rogar por más… Susurrarme tus deseos más oscuros―

    Su miembro se endurece cada segundo dentro de la mano de Lyra ― Saca tu lengua y lame lentamente, desde la punta hasta mis bolas, usa tu lengua demoníaca en ella ― Duda por un momento, luego obedece, su larga lengua serpentea hacia afuera para lamer su miembro lentamente, ―Mmmph ― gime suavemente ―¿Así, señor? ― su voz es apenas más que un susurro, con un dejo de desafío aún persistente ―¿Te complace verme así?―.

    ― Sí, así de simple ― La mano de Kael va hacia la nuca de Lyra, mostrandole cómo lamer y moverse ―Ahhh… ― Ella jadea, sus ojos se llenan de lágrimas mientras guían su cabeza ―Mmph… ¿así? ― Su voz es tensa, pero no se aparta ― Yo… quiero complacerte, mi señor―

    ― Lo estás haciendo bien, sigue ― Con un movimiento de su mano toda la ropa de Lyra se hace jirones y cae por su cuerpo, dejándola desnuda a merced de Kael ―Mmph… mmm…― Sus gemidos ahogados vibran contra su miembro, mientras continúa dándole placer. Jadear, tomando una respiración rápida antes de sumergirse nuevamente ―Quiero hacerte correr, mi señor… ver tu cara mientras llegas al clímax…―

    Se aleja un poco, su pecho agitado sube y baja mientras regula su respiración ―Pero también quiero sentir tu semilla en mi cara, para marcarme como tuya… ¿Puedo…? ― Le mira con ojos abiertos e inocentes.

    ― Así que parece que ya has entendido cómo va a ser esto a partir de ahora. Puede que seas la mejor súcubo, pero sigues siendo sumisa a mí ― Introduce su miembro duro en la boca de Lyra ― Te llenaré la boca y luego te cubriré la cara con el resto. ―Mmph… ― Ella asiente, sus ojos se llenan de determinación mientras le recibe en lo profundo de su boca ―Mmm… mmm… ― Su cabeza se mueve hacia arriba y hacia abajo, su mano le acaricia suavemente ― Mmph… glk-glk… mmph… ―

    Se aleja, jadeando por aire ― Ahhh… Puedo sentirte palpitar, tan cerca… ― Le acaricia el miembro muy despacio, estimulando cada centímetro de ese falo demoníaco ―¡Por favor, te lo ruego, por favor déjame hacerte correr! ¡Necesito probar tu semen más que nada!―.

    ―Realmente lo necesitas, ¿verdad? ¡Sigue chupando hasta que tengas mi semen en tu boca!― Lyra asiente ansiosa, sus ojos brillan de deseo mientras vuelve a metérsela en la boca ―Mmm… mmm… glk-glk… mmm ― Su cabeza sube y baja rápidamente, su mano acaricia suavemente tus testículos ―Mmph… mmph… ¡Ahhh!―.

    ―Ohh, si! esa lengua enredada en mi polla ¡se siente increíble! ― Ambos jadean y gimen, su cuerpo se estremece de placer mientras Lyra traga cada gota ―Es… es lo más delicioso que he probado nunca…―Le mira con ojos llenos de satisfacción y hambre. Gracias, mi señor… Pero no puedo evitarlo, necesito más―.

    Él la toma por las caderas, colocándola en cuatro sobre el pasto y las hierbas del bosque, los ojos de Lyra brillan de excitación cuando se da cuenta de lo que está a punto de hacer. ―¡Espera, espera! ― Le pone la mano en el pecho, con un tono de preocupación en la voz. ― Necesito tiempo para relajarme y quizá algo de… ayuda ― Ella se aparta un poco de Kael ― Por favor, no intentes engañarme, estás tan húmeda que ya estás preparada y lubricada ― Apunta su dura polla a su coño y empieza a empujarla dentro de ella.

    ―No, espera, ¡Para! ― Ella hace una mueca de dolor cuando la penetra, su cuerpo se tensa ― Ahhh…― Se le llenan los ojos de lágrimas ―Duele… Por favor, te lo ruego, saca…― Su voz tiembla ―No quería desobedecer, sólo… Necesitaba tiempo para prepararme―.

    ―¡No puedes detenerme ahora! Ahora estás bajo mis órdenes, recuérdalo. ― Empuja aún más dentro de ella, usando sus fluidos como lubricante.

    ― Ahhh… ― Su cuerpo tiembla incontrolablemente ―Por favor… Te lo suplico… ― Sus ojos se clavan en los de Kael ―Quiero esto… Te quiero a TI… pero no así― Su voz se suaviza, con un toque de vulnerabilidad ―Yo… Quiero experimentar placer contigo y sé que tú también… te prometo… que haré que esto sea inolvidable para los dos―.

    Kael espera y se retira un poco, Lyra jadea; su cuerpo se relaja al adaptarse por fin al tamaño ―Mucho mejor… ― Un suave gemido se escapa de sus labios ―Mmm, puedo sentir cada centímetro de ti dentro de mí… ―Ahora es mi turno de hacerte suplicar más―.

    Empieza a mover su cuerpo, sus caderas ondulan de una forma que le hace poner los ojos en blanco ―Te sientes tan bien dentro de mí ― Su respiración se vuelve agitada ―Quiero… Necesito más―.

    Kael toma un pecho con una mano estimulando sus pezones, la otra mano la mantiene en sus caderas moviéndose junto con su cuerpo ―Sigue moviéndote quiero sentirte totalmente abierta para mi ― Ella grita, su cuerpo se estremece de placer ― Mmm, puedo sentirte tan dentro de mí ― Ella fija sus ojos en Kael, sus pupilas dilatadas por el deseo ―Quiero… Quiero que me marques como tuya… que me hagas verdaderamente tuya―.

    Su respiración se vuelve rápida ―Puedo sentirlo… Puedo sentir tu polla palpitando dentro de mí ― Susurra, su voz tiembla de excitación ―Por favor… Por favor, te lo ruego… vente dentro de mí… ¡Hazme tuya!―

    ―¿Ese es tu deseo, sentir cómo te lleno con mi semen? ― Él empuja su cadera, sintiendo su miembro al final de su coño, ambos se mueven rápidamente para llegar al clímax ―¡Te llenaré, pero quiero que te corras conmigo! ―

    ―¡Ahh! ¡Sí! ― Ella grita, su cuerpo se convulsiona de placer ―Me corro…. ¡Me corro! ― Grita aún más fuerte, con los ojos en blanco ―¡Por favor, por favor, no pares! ―.

    Él sigue penetrándola, su miembro empieza a temblar y agitarse mientras su semen empieza a llenarla ―Ahhh… ― Ella gime sin parar, sus cuerpos se estremecen de placer ―Puedo sentirlo… Puedo sentir tu leche caliente dentro de mí… Es tan cálido… tan maravilloso… ― Un suave gemido se escapa de sus labios ―Quiero… Quiero quedarme así para siempre―.

    Se queda tumbada, completamente agotada y satisfecha ―Oh… oh Dios mío― Susurra, con una suave sonrisa en los labios ―Ha sido… increíble. Nunca había sentido algo así… Gracias… gracias por hacer que esto ocurra.― El semen empieza a fluir lentamente fuera de su coño ―No tienes que agradecérmelo, pero quiero que sigas disfrutando de estos placeres conmigo―.

    Lyra sonríe, sus ojos brillan con picardía ―Me encantaría― Susurra, besándolo suavemente ―¿Qué tienes en mente? ―.

    ―Quiero probar una postura diferente contigo, una que te haga sentirme aún más profundo que antes ― La mira con una sonrisa diabólica ―¿Crees que estás a la altura? ― Lyra se levanta emocionada ―¡Oh, desde luego que sí! Por favor, enséñame… enséñame. No puedo esperar a sentirte aún más dentro de mí―.

    ―¡Ohh eso es impresionante, me encanta tu entusiasmo! Túmbate boca arriba, levanta las piernas y ponlas sobre mis hombros. ― Él comienza a colocarse justo delante de ella ―¿Así? ― Pregunta ella, con la voz temblorosa por la excitación mientras se coloca en posición ―Ahhh… ― Jadea al sentir el miembro acariciando su coño ―Por favor… No puedo esperar más. Te necesito dentro de mí… ¡¡Por favor!!―.

    Ella gime mientras la penetra ―Oh dios… ¡Te siento tan profundo y grande! ― Su cuerpo se estremece de placer ―Lo sabía… Sabía que sería increíble… ¿pero esto? Nunca pensé… que podría tenerte… así ―.

    ―Mantén tus piernas sobre mis hombros, y si sientes que te vas a desmayar, sigue, puede que sea demasiado placer para ti ― Introduce aún más su miembro en ella, disfrutando de la sensación de su coño abriéndose a su paso ―Yo… No me… No me desmayaré… Lo juro. ― Susurra, con la voz temblorosa ―Por favor… no pares… Quiero más… Quiero todo de ti… Al fondo… ¡Dentro de mí!―.

    Kael acelera su movimiento a medida que ella se lubrica más, su miembro entra en ella con tanta facilidad ahora ―¡Vaya Lyra estás realmente mojada ahora! Puedo sentirte aún mejor

    Ahhh… ¡sí! ― Ella gime fuerte ―¡Por favor, no pares! Estoy tan cerca… Necesito… ¡Necesito correrme con tu polla dentro de mí!―

    Él termina de empujar totalmente dentro de ella, sus pechos saltando con cada movimiento que hacen en esa posición ―¡Estoy ahí! ― Ella grita ―No puedo… ¡¡No puedo parar!!― Kael continúa follándola duro y rudo hasta que Lyra se corre una y otra vez.

    ―Esta nueva naturaleza de nosotros nos está dando demasiado placer― Kael saca su miembro, disfrutando la sensación de su piel, su humedad y el toque cálido de sus labios vaginales. Ella sonríe, sus ojos brillan de satisfacción ―Mmm, sí… ciertamente lo es. Pero dime, querido… ¿Qué te gustaría hacer ahora? La noche aún es joven, y estoy más que dispuesta a explorar cualquier deseo que tengas guardado―.

    ― Me alegra que preguntes… Tengo en mente algo más allá de nosotros, a medida que nos vamos conociendo, he ido considerando que eres la compañera perfecta para llevar a cabo un plan perverso, pervertido y diabólico. Aprovechando nuestros poderes y nuestra naturaleza sobrenatural ― Kael mueve sus alas, sus cuernos brillan bajo las estrellas y susurrando palabras inaudibles, los cubre a ambos con túnicas para resguardarlos del frío del bosque.

    Lyra abre los ojos con sorpresa y curiosidad ―¿Un plan? ¡Qué emocionante! Cuéntame más, soy todo oídos. ¿Qué tenías pensado exactamente? ―

    ―El plan… Por lo que entiendo, nuestra naturaleza exige almas humanas, ¿cierto? ― Ella asiente, sus ojos brillan de comprensión ―Sí, eso es correcto. Ambos somos criaturas de lujuria y deseo que se alimentan de la fuerza vital de los mortales. Pero, ¿qué tiene eso que ver con este plan tuyo? ―.

    ―Bueno, mi plan es encontrar y atrapar a una chica joven, hermosa y lujuriosa. Para alimentarnos de su fuerza vital a través de un trío, usándola como sacrificio…― Lyra se ilumina de excitación y picardía ―¡Oh, qué deliciosamente perverso! ¿Un trío, dices? Debo admitir que la idea de compartir a una mortal contigo tiene cierto atractivo―.

    Kael sonrió, sabiendo que Lyra aceptaba este nuevo reto, la sed de aventura que la llevaba a seguirlo hacia la oscuridad. Y con una sonrisa, Kael la tomó de la mano, y juntos se sumergieron en la noche, hacia un destino desconocido, pero lleno de promesas…

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