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  • Casado con Raquel (2)

    Casado con Raquel (2)

    Raquel continuó educándome y al segundo mes me había desentendido por completo de darle placer pues me había dejado bien claro que no es lo que quería. Cada vez me corría más y más rápido y eso la hacía a ella más y más feliz. Me había convertido en un amante cada vez más perezoso, subconscientemente era algo que me preocupaba, pero no fue algo que combatiera.

    Había pasado una semana sin follarla y cuando Raquel se abrió de piernas toda ofrecida no lo dudé un instante. A los treinta segundos ya me había corrido, la saqué y me disponía a darme la vuelta para dormir cuando me preguntó:

    —¿No vas a hacerme correr?

    —Pero pensaba que…

    —No pienses… Ya sabes lo que quiero: Que me comas.

    Dio comienzo una nueva fase: Al principio la follaba para inmediatamente comerla pero ahora hacer el amor sería solamente con mi boca, besándola en los labios, chupando sus pezones, acariciándola mientras la comía y cambiando de postura cada pocos minutos hasta que alcanzaba el orgasmo.

    Por supuesto también tenía erecciones, pero Raquel declinaba que la penetrara. Se ofrecía para masturbarme. Lubricaba mi polla con aceite corporal y me masturbaba.

    —Tienes una polla preciosa…

    —Gracias Raquel.

    Las primeras dos veces me masturbó hasta correrme, pero después de pronto se quejaba que se le cansaba la mano y que siguiera haciéndolo yo.

    —Me gusta ver cómo te masturbas…

    Era verdad, le gustaba. Y a mí me gustaba montarle un numerito y tomarme mi tiempo hasta llegar a correrme. Raquel participaba activamente y su cansada mano para masturbarme de pronto encontraba la energía para acariciarme el escroto o que sus dedos juguetearan con mi ano.

    Raquel me limpiaba la polla del aceite corporal y mi vello púbico de toda la corrida al finalizar. Y entonces estaba dispuesta de nuevo para que la comiera. Una noche Raquel me confió que:

    —Tu polla realmente no me motiva nada… No me malinterpretes, aquellos orgasmos eran buenos pero tu lengua siempre me ha hecho sentir mucho mejor.

    —¿Y qué me dices de las pollas de otros hombres?

    —Es diferente… Esos orgasmos son de verdad excepcionales, pero a ellos no los quiero para comerme, sólo a ti.

    La confesión de Raquel fue como una potente explosión para mi ego, pero me aseguró que era feliz con la evolución.

    Hice un tímido intento de cambiar la situación, pero unas pocas palabras de Raquel implorándome que la llenara con mi semen y no tratara de aguantar más fueron suficientes para quebrar mi voluntad.

    —Ahora cómeme…

    Paulatinamente, Raquel empezó a comentar mi apetito por el semen y las sesiones de masturbación que siguieron tomaron otro cariz.

    Ya no limpiaba mi semen del pubis y se lo tragaba, sino que me lo devolvía con un beso. Al mes siguiente ya ni beso, sino que lo recogía con sus dedos y me hacia limpiárselos con mi lengua.

    —Sabe bien, ¿a que sí?… Ya sabes lo mucho que me excita esto, ¿verdad?… Voy a hacer que desees sólo comerme… Así… Estoy tan mojada… No puedo esperar más a sentir tu lengua.

    Sabía que estábamos embarcados en un proceso, Raquel era la guía y yo el todo voluntarioso discípulo. Inicialmente tenía una idea nítida de a dónde encaminaba Raquel nuestra relación.

    Hacía muchos meses que habíamos ido al club de parejas, pero Raquel me dijo que estaba dispuesta a que volviéramos. Sólo que esta vez no puso el pretexto de que estuviéramos con otra pareja.

    —Necesito muchas pollas, igual que la última vez… Para que me llenen de semen y así me comas… Tú también que sea así, ¿verdad?

    Igual que un perro bien entrenado, mi boca se hacía agua al pensarlo.

    Volvimos al club de parejas, pero esta vez Raquel no sólo me hizo buscarle hombres, también insistió en que estuviera viéndola. No fui muy selectivo en los hombres que escogí, pero Raquel me dijo entre polvo y polvo:

    —Pollas grandes… Quiero tíos con pollas grandes…

    Igual que un chico de los recados aplicado, sólo escogí los que Raquel quería.

    Ser testigo de su desbordante pasión mientras la follaban y saber que mi polla nunca la había hecho experimentar ese tipo de placer era humillante y me llevaba a preguntarme si acaso Raquel había fingido sus orgasmos conmigo cuando la penetraba.

    Al final de la velada me sentía completamente incompetente como amante, y Raquel lo sabía. Su solución fue bien sencilla. Se abrió de piernas y me aseguró que mi lengua era lo que siempre había deseado.

    Entre una lamida y otra le pregunté si había fingido su placer cuando habíamos follado.

    —Piensas demasiado… ¿Y qué si lo hice?… Es tu boca lo que siempre he necesitado… Y te gusta comerme, ¿verdad?… Especialmente después de que haya estado con otros hombres y esté llena de su semen. No te preocupes por tu polla dándome placer. Tienes la mejor lengua… Así… Chúpame… A fondo… Méteme tu lengua bien dentro… ¿Puedes saborearlos?… Se que estás tan excitado como me estás haciéndolo sentir a mí. Apuesto a que quieres correrte… Vamos, no trates de aguantar… Quiero que te corras… Y cuando nos hayamos corrido quiero verte chupándosela a alguien… Hazlo por mí… Porque quieres satisfacerme, ¿verdad?

    No pude aguantar más. Me corrí limpiando con mi lengua el semen de los ocho hombres que se habían corrido en Raquel. Y no habían pasado treinta segundos cuando ella también se corrió.

    Me encontraba exhausto, avergonzado y humillado. Y Raquel estaba pletórica, orgullosa de mí y feliz.

    —Espera aquí, voy a buscar a alguien…

    Raquel volvió unos minutos después y enseguida me encontré de rodillas ante un fornido camionero chupándosela. No paré hasta dejarlo seco por completo y sólo entonces Raquel y yo nos vestimos y regresamos a casa.

    Dimos un nuevo giro en nuestro proceso: Ahora Raquel iniciaba nuestras sesiones amatorias con las palabras:

    —Hazme el amor… Por todo mi cuerpo con tu boca y tus manos.

    Mientras lo hacía Raquel me preguntaba si me excitaba al ver un hombre tras otro follándola, llenándola con su semen, viendo su cuerpo resplandecer de excitación orgasmo tras orgasmo. No le mentí. Le dije, entre frenéticos besos y lamidas, que sí.

    —Demuéstramelo…

    Le enseñé mi erección. Mi polla estaba lista para explotar.

    —No, quiero que me lo demuestres de verdad…

    No sabía a qué se refería.

    —Córrete para mí…

    Empecé a masturbarme de nuevo.

    —No, no te toques… Deja que tus pensamientos te lleven a alcanzarlo… Ten en tu cabeza la imagen que más te excite y deja que ocurra…

    Cerré los ojos y, mientras mi lengua se enterraba en su vagina, por mi cabeza volvieron a pasar las imágenes de los hombres follándola, uno tras otro. Igual que un esclavo obedeciendo los deseos de su Ama recordé como iba a por más pollas para Raquel.

    Mi polla estaba que explotaba y con mi cara presionada contra su sexo, mi lengua hundida en lo más profundo de su vagina y el recuerdo del sabor del semen teniendo que limpiarlo todo hasta volver a saborear sólo la esencia de Raquel la sensación fue de tal magnitud que en ese momento me corrí en las sábanas sin haberme tocado.

    Gruñí al eyacular y no pude seguir lamiendo debido a los espasmos de mi polla.

    —Te has corrido… Me haces tan feliz… Sigue comiéndome… Tu lengua es lo mejor…

    Descansamos abrazados cuando Raquel se corrió también, pero era ella quien me sostenía a mí mientras yo besaba su pezón.

    —Me tratas tan bien que me siento una reina contigo. Nadie puede reemplazarte por mucho que lo intenten… Ni un hombre, ni cien hombres, ¿y sabes por qué?

    —No Raquel… —Musité retirando mi boca de su pezón.

    —Porque me has dejado conocer tu yo más íntimo, porque no tienes secretos para mí… ¿No te sientes liberado?…

    Con anterioridad siempre era Raquel quien tenía la necesidad de que la abrazara, pero ahora era yo quien encontraba confort en sus brazos.

    A Raquel le gustaba especialmente que volviera a tener una erección mientras me hablaba de nuestra forma de vida y, en particular, la forma en que hacíamos el amor.

    —Es única…

    Raquel me dejaba ponerme sobre ella e intentar volver a hacer el amor como antes, largas sesiones amatorias, pero era tan difícil para mí ejercer de nuevo el autocontrol necesario para lograrlo.

    —No te corras… Todavía no… Estoy casi a punto…

    Por supuesto no llegaba a conseguirlo, pero Raquel no se enfadaba por ello pues terminaba comiéndola. Las pocas veces en que sí conseguía aguantar hasta que ella orgasmara se mostraba igual de feliz.

    —Qué bueno eres conmigo… Aguantando hasta el final… Estoy orgullosa de tí… Ahora, cómeme toda…

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  • La niñera

    La niñera

    Ser niñera nunca había estado en mis planes, pero pagaba las cuentas y me dejaba tiempo para estudiar.

    Cuidar a un nene de dos años no era difícil, lo complicado era tratar con los padres, en especial con Luis, un psicólogo de 47 años que siempre había sido correcto conmigo, hasta que dejó de serlo.

    Había trabajado con su familia por más de un año. Me recomendaron porque mi hermana del medio conocía a su esposa.

    Al principio, todo era normal: horarios, pagos en fecha, una relación cordial. Pero había algo en la manera en que Luis me miraba que siempre me hacía ruido.

    Una noche de mayo del 2022, su esposa tuvo que viajar de urgencia y él llegó tarde del hospital. Me llamaron de imprevisto y tuve que faltar a la facultad para cubrir el turno. No me molestó tanto al principio, pero a medida que pasaban las horas, sentía el fastidio de haberme perdido una clase importante.

    El nene ya estaba dormido, la casa en silencio, y yo sentada en el sillón con el celular en la mano, chequeando mensajes atrasados. Casi seis horas con la criatura me tenían al borde de la locura.

    Luis me había avisado que llegaba tarde, que lo disculpara, que me pagaba la hora extra. “Sí, sí, obvio”, había respondido, sin ganas de nada.

    Cuando la puerta se abrió, lo primero que sentí fue su perfume. Ese olor amaderado que se le impregnaba a la ropa, a la piel. Cerré los ojos un segundo y suspiré, sin darme cuenta.

    Después lo vi. Camisa color hueso, corbata floja, jean oscuro, los hombros anchos, el reloj brillando con la luz del living. Se aflojó un poco el nudo de la corbata y sonrió de costado.

    —Gracias por bancarme hoy —dijo, dejando las llaves en la mesa—. Sé que fue un quilombo.

    —No pasa nada —respondí sin levantarme—. Al menos el bebé durmió temprano.

    Luis caminó hasta la barra de la cocina y sirvió vino en una copa. Me miró por encima del borde mientras tomaba un trago.

    —¿Querés uno?

    —No, tengo que irme.

    —Dale, uno solo.

    Me tensé. No me gustaba cuando los tipos insistían con cosas que ya había negado. Él notó mi incomodidad y sonrió de nuevo.

    —Te estuve pensando hoy.

    —Ajá —dije, sin levantar la vista del celular.

    —Pensando en vos. Tocándome.

    Me quedé helada. Lo miré de golpe.

    —¿Qué dijiste?

    —Eso —contestó, tranquilo—. Que hoy me hice una paja pensando en vos.

    Mi primer impulso fue matarlo. O putearlo y pegarle. Opté por lo último. Me paré de golpe y le di un cachetazo en el brazo.

    —¡Pelotudo!

    Ni se movió.

    —Tranquila —dijo, con una calma irritante—. Que estés re buena no es que sea un secreto.

    —¿Vos te das cuenta de las guasadas que me estás diciendo?

    —Sí.

    —¡Estás casado, la concha de tu madre!

    —Y vos estás hermosa.

    —¡Andate a la mierda!

    Me di vuelta, agarré mi mochila y encaré para la puerta, con el corazón latiéndome en la garganta. No podía estar pasando esto. No con él. No en esta casa. Pero cuando pasé a su lado, él me agarró la muñeca y me frenó.

    —No te hagas la boluda —murmuró.

    Me quedé inmóvil. Lo miré, con la respiración entrecortada.

    —Te dije que hoy me toqué pensando en vos. Pero no te dije cómo.

    Se me acercó más. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su voz ronca vibrando en mi oído.

    —Me hice una paja con una foto tuya.

    Tragué saliva.

    —Tenés que estar jodiendo.

    —No. La tengo en el celular. ¿Querés verla?

    Yo ardía.

    —¿De dónde mierda sacaste una foto mía?

    —Estabas distraída.

    Se me congeló la sangre.

    —Hijo de puta…

    Me empujó contra la pared con suavidad.

    —No te enojes, che —susurró, rozándome el cuello con la nariz—. Estabas en el sillón con una remerita blanca, sin corpiño.

    Supe exactamente de qué momento hablaba. Y también supe que yo tenía que estar empujándolo, insultándolo, saliendo de ahí. Pero estaba clavada en el piso, con la piel erizada y el estómago apretado.

    —¿Y si te denuncio?

    Luis rio.

    —No vas a hacerlo.

    —¿Cómo podés estar tan seguro?

    —Porque te encanta lo que te dije.

    Apreté los labios con bronca. Quise responderle, pero me cortó la respiración cuando me apoyó su erección en la pierna.

    —Quiero cogerte, Mey. Y quiero pagarte por eso.

    Lo miré, furiosa.

    —Sos un degenerado.

    —Y vos una pendeja hermosa.

    No le di el gusto de contestarle. Pero tampoco me moví cuando sus manos bajaron hasta mi cintura.

    —Decime que me pare —susurró, deslizando los dedos por el borde de mi pantalón—. Y lo hago.

    No lo dije.

    Luis sonrió. Me mordió el lóbulo y se metió en mi pantalón sin pedir permiso.

    —Así me gusta —gruñó—. Encima ya estás mojadita.

    Me arqueé cuando metió los dedos adentro. Su mano era grande y áspera. Me agarró del pelo y me forzó a besarlo.

    —Vas a dejar que te coja, ¿sí o no?

    Cerré los ojos y suspiré.

    —Voy a tomar eso como un sí. Ahora, arrodillate.

    Mi corazón latía fuerte. Me soltó y bajé al piso, con la vista fija en el bulto bajo su jean.

    —Sacala —ordenó.

    Lo hice. Su verga estaba dura, caliente, gruesa. Me tomó de la cabeza y me guio sin suavidad.

    —Abrí bien la boca.

    Obedecí. Mi lengua recorrió cada centímetro, su líquido preseminal se mezcló con mi saliva. Luis gimió, tirando la cabeza hacia atrás.

    —Así, putita.

    No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando me levantó, sentí que quería más.

    —Ahora sí —gruñó, dándome la vuelta—. Te voy a romper toda.

    Me empujó contra el sillón, me bajó el pantalón y la tanga de un tirón y me abrió las piernas con violencia.

    —Quedate quietita.

    Su lengua me recorrió con agilidad. Me agarré de los almohadones, reprimiendo un gemido.

    —Sí, así…

    Luis gruñó contra mi concha y hundió la lengua más.

    No hubo más palabras cuando me penetró con fuerza, solo el golpe húmedo de su piel contra la mía. Me aferré al tapizado sintiendo cómo me cogía sin piedad.

    Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a mirarlo de costado. Su expresión era pura lujuria.

    —Decime te gusta —gruñó, embistiéndome con más fuerza.

    El aire se me cortó en la garganta.

    —Me encanta… —jadeé—. Dame más…

    Sus manos grandes agarraban mis caderas con fuerza, clavándome más contra su cuerpo en cada embestida. Sentía el roce áspero de su jean en la parte trasera de mis muslos.

    Me empujó más contra el sillón, haciendo que mi espalda se arqueara, obligándome a ofrecerme más. Un escalofrío me recorrió al notar cómo se inclinaba sobre mí, su pecho caliente pegado a mi espalda, su boca junto a mi oído.

    —Decime lo que sos —ordenó, con voz gruesa.

    —Ah…

    —Dale, trola.

    Me mordí el labio, sintiendo la presión de sus dedos en mi cadera y el latido de su verga enterrada en mí.

    —Soy tu putita…

    Luis asintió con placer y me cogió con más rudeza, haciéndome sentir y disfrutar de cada centímetro de su pija.

    De repente, Luis gimió fuerte y acabó sobre mi espalda, jadeando. Sentí el calor de su semen esparciéndose sobre mi piel, mientras yo, con la respiración entrecortada, cerraba los ojos y soltaba un suspiro profundo.

    —Qué rico… —jadeé.

    Luis se quedó un momento así, con la mano aun apretando mi cintura, y con la otra, masajeó su pija lentamente, mirándome desde arriba con una sonrisa satisfecha.

    Seguido a eso, se acomodó el pantalón, me dio una nalgada fuerte y sonrió.

    —El aumento lo tenés asegurado.

    Me reí, todavía con la cara contra el sillón.

    —Forro.

    —Sos tremenda puta, Mey… —dijo con la voz ronca, todavía recobrando el aliento.

    Yo sonreí, sin fuerzas para responderle y con la piel transpirada. Después de un rato, Luis se dejó caer en el sillón.

    Me acerqué y, sin decir nada, me recosté en su pecho. Él dejó caer la cabeza hacia atrás y me rodeó con un brazo. Me besó la frente y puso su otra mano sobre mis gomas, masajeándolas con caricias lentas y apretones rudos.

    Luis fue el primero en moverse. Suspiró y se levantó del sillón, caminando hacia el baño sin decir nada. Abrió la ducha y yo, todavía desnuda, agarré unas servilletas y limpié mi espalda, eliminando los rastros de su semen antes de ponerme la ropa.

    Cuando él salió del baño, ya vestido, yo estaba chequeando el celular. Había pedido un Uber. Me levanté, me acomodé la remera y él me siguió hasta la puerta.

    —Nos vemos… —murmuré, con una sonrisa de lado.

    Luis asintió y me tendió la mano.

    La escena era absurda. Me había cogido como un animal, y ahora nos estábamos despidiendo como si hubiéramos cerrado un trato de trabajo.

    Apreté su mano fuerte, bajé las escaleras y salí.

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  • Por fin consigo hacerte mía a pesar de tu novio

    Por fin consigo hacerte mía a pesar de tu novio

    —Caray, ¡qué rápido eres!

    —¿A qué quieres que espere?

    Sabía que iba rápido. Que iba a saco. Pero no me importaba. Sentía en mí la soberbia del que sabe que no va a ser rechazado.

    Habíamos dado un largo paseo hasta llegar a aquel parque escondido. Nos sentamos en aquel banco tan poco iluminado, después de que ella rechazara otro banco porque le llegaba de pleno la luz de la farola. A mí me daba igual. Sabía que desde que nos sentáramos iba a ser mía. No me importaba el sitio.

    —¡Me encanta como besas!

    —Ya.

    —Sabes que me siento mal haciendo esto, ¿verdad?

    —¿Por?

    —Sabes muy bien por qué. Tengo novio, y sabes que lo amo. Pero te aprovechas de que está lejos y de que me pones muy cachonda.

    —¿Y eso es malo?

    —Sí, porque me hace sentir mal.

    —Pues no me beses. Es tan fácil como eso —dije retirando mis labios un poco hacia atrás. Ella no tardó en agarrarme de la camisa y colocar mis labios sobre los suyos.

    —Es que me vuelves loca.

    —Piénsalo, no hacemos nada malo. Tú quieres a tu novio. Y necesitas sexo, lo sabes. De mí no te vas a enamorar, porque lo único que hay entre los dos es atracción. Así que déjate de darle vueltas a la cabeza y déjate llevar.

    No me hizo falta mucho más para que Bea se dejara llevar. Poco después ya no se oía una voz en aquel banco. Las dudas habían quedado sepultadas por nuestros besos y nuestras manos. Fernando ya sólo era un recuerdo nebuloso en la cabeza de Bea.

    Instintivamente mis manos fueron a parar a sus pequeñas tetas. Sabía que aquello le volvía loca, y yo estaba comenzando a sentirme muy cachondo. Que le sobara las tetas con aquel descaro estaba empezando a encender a Bea que empezó a emitir unos pequeños gemidos como apagados…

    —¡Me vuelves loca, cabrón!

    —Eres una puta Bea. ¿Qué crees que dría Fer si te viese aquí, tirada en este banco y siendo manoseada por un casi desconocido?

    —No le gustaría, eso seguro.

    —Eres mi puta Bea. Lo sabes. Y me pones muy cachondo.

    —Ufff

    Después de haberle comido la oreja, aproveché para soltarle el pequeño lazo que sostenía su pequeño traje blanco a su cuello.

    —¿Qué haces? ¡aquí no!

    —Shhh. No te he pedido opinión…

    —Pero aquí nos van a ver. Por favor, espera.

    Pero a esas alturas yo ya estaba mordisqueándole los pezones. Me encantaba jugar con aquellas tetas. Eran pequeñas pero perfectas. Y su piel era muy suave.

    —Mmm, por favor para. ¡dios… sí!

    —Tus tetas me vuelven loco, Bea.

    —Sigue comiéndotelas, Santi… mmmm.

    Mientras mi boca se afanaba en devorar cada poro de las tetas de Bea, mi mano se deslizó hacia su coño. Estaba caliente. Mucho. Y la humedad no dejaba dudas. Sus gemidos eran cada vez más intensos. En ese momento Bea aprovechó para manosearme el paquete por encima de los vaqueros.

    —¡Que dura la tienes!

    —¡Cómetela!

    —¡Ni hablar!

    —¿No? —pregunté mientras comenzaba a desabrochar los botones.

    —No sigas…

    —¿Por?

    —No sigas… dios, la tienes enorme hijo de puta. Mírala. Es preciosa.

    —Seguro que la de Fer no es ni tan grande ni tan gorda.

    —¡Ya lo creo!

    —No hay más que verte la cara de salida que has puesto para adivinar que es la polla más grande que has visto nunca… ¡Pues quiero que te la comas!

    Dije eso apoyando mi mano en su cuello y obligándola a bajar su cabeza hasta mi polla. No mostró un mínimo de resistencia.

    —Ufff, dios, ¡cómo la chupas! Ese Fer es un tipo con suerte por tenerte para él. Sigue, sigue, no pares. Me encanta sentir tu lengua en mi polla, me encanta mirarte y verla desaparecer en tu boca… mírate, ¡no te cabe entera!

    Aquello me estaba volviendo loco. Estaba a punto de estallar. Me moría de ganas de correrme en la boca de Bea, pero no se me iba a escapar sin que me la follara.

    —Voy a follarte aquí mismo Bea. Quítate el tanga.

    —Eso si que no, Santi. ¡Es una locura!

    —A estas alturas me da igual. Quítatelo, o te lo quito yo.

    Estaba tardando demasiado. Aproveché sus dudas para sobarle el coño sin tapujos. Si que se diera cuenta conseguí agarrar una tirita de su minúsculo tanga. Del tirón que di casi se lo rompo. La verdad es que estaba casi ciego. Tiré su tanga al suelo. Tenía dos dedos dentro de su coño. Su calor me quemaba y me empapaba. Sus gemidos me decían que estaba a punto de correrse.

    —Te la voy a clavar hasta el fondo, ¡puta!

    —¡Dios, métemela ya, me voy a correr!

    De un rápido movimiento me la coloqué sobre mí. Jugué un rato con mi polla en su clítoris. Quería hacerla sufrir. Notaba como cada vez su cuerpo se tensaba más, como sus gemidos eran cada vez más agudos. Sentía que su orgasmo estaba cerca y no quería hacerla esperar. Casi por sorpresa se la metí de golpe. De lo húmeda que estaba se resbaló hasta lo más profundo. Allí el calor era insoportablemente placentero.

    —Ahhh, sí, sí. ¡Así!

    —Dios Bea, no sabes cuánto tiempo he deseado esto. ¡Me encanta follarte!

    —Me matas cabrón, me matas.

    —Ahh zorra, follas como los ángeles.

    —¡Dame duro joder, soy tu puta! ¡Párteme en dos!

    Estaba a punto de correrme. Podía sentir todos mis nervios activados. Mis sentidos apagados, sólo estaba centrado en el placer que estaba sintiendo. Desde aquel parque, obviamente, podían vernos… y oírnos, pero ya no atendíamos a razones. Me estaba follando a una chica que me volvía loco. Tan normalita, tan recatada… y era una auténtica puta. Nada fácil de contentar.

    —Me corro Santi, me corrooo

    —¡Sí, Bea, sí!

    —Ahhh, uffff, daleee, daleee, me voy, me voooy

    —¡Diooos!

    —¡Mmmmm!

    En aquel momento nos corrimos como salvajes. Parecíamos animales enjaulados, desesperados. Yo seguía clavándosela hasta el fondo, notando como mi orgasmo inundaba el interior de Bea… sus gemidos en mi oído hacían que no terminase del todo mi orgasmo.

    Nos quedamos abrazados, así, un largo tiempo. Ella con el traje suelto del cuello y recogido hasta la cintura, sus preciosos pechos al aire y yo con mis pantalones por los tobillos. Difícilmente podríamos haber dado una explicación en aquella situación. Afortunadamente nadie pasaba por allí y pudimos vestirnos sin mayores problemas.

    Le comí la boca a Bea como agradecimiento por el polvazo que me había echado. Siempre sospeché que el sexo entre ambos sería increíble, pero esa noche pude comprobarlo.

    Cuando Bea vio el tanga sobre el césped me miró inquisitiva, pero la verdad es que no recordaba ni como había ido a parar allí. Pero la perspectiva de que Bea fuera a tomar café conmigo sin tanga se me antojó muy interesante…

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  • Fantasías desde la habitación

    Fantasías desde la habitación

    Entramos al motel poco después de las nueve de la noche. Había algo especial en elegir uno lejos de la ciudad; nos sentíamos liberados del peso de lo cotidiano, con espacio suficiente para ser atrevidos. Apenas cerramos la puerta, Abril me miró con una sonrisa traviesa, sabiendo que hoy haríamos algo que llevábamos meses conversando en susurros y en mensajes calientes que intercambiábamos durante el día.

    Era nuestra primera vez atreviéndonos a vivir nuestra fantasía exhibicionista, y ambos sentíamos la excitación corriendo por nuestra piel como electricidad pura.

    —¿Estás lista para jugar? —le pregunté mientras me acercaba a ella por detrás, rozando suavemente su cuerpo atlético con mis manos.

    —Siempre lo estoy —respondió ella, girándose para besarme profundamente, deslizando lentamente la punta de su lengua en mi boca mientras me mordía suavemente los labios, provocando aún más el deseo que me consumía desde horas atrás.

    Abrí lentamente la mochila que llevaba, sacando un pequeño cuaderno en el que habíamos anotado una serie de retos atrevidos. Mi corazón latía rápido mientras lo abría para leer el primero:

    Reto 1: Desnúdate lentamente frente a la ventana abierta, dejándome ver cómo alguien podría observarte desde afuera.

    Abril se acercó a la ventana y retiró la cortina sin ninguna timidez. Aunque sabíamos que nadie podría vernos fácilmente, la idea de que alguien pudiera descubrirnos aumentaba nuestro morbo. Ella sonrió traviesamente y comenzó a quitarse la blusa, lentamente, con movimientos deliberadamente sensuales, revelando sus pequeñas tetas firmes, con esos pezones rosados que tanto me excitaban.

    —¿Te gusta imaginar que alguien me vea? —susurró provocativa.

    —Muchísimo —le respondí mientras observaba cómo bajaba lentamente sus jeans, dejando expuestas sus caderas delgadas y definidas. La visión de su ropa interior mínima, semi transparente, apenas cubriendo su vagina depilada perfectamente, me aceleró aún más.

    Ella mantuvo la posición, mirando a través del cristal, disfrutando el riesgo y esa vulnerabilidad fingida que la excitaba profundamente. Sus dedos recorrieron suavemente el borde de su ropa interior, provocando que mi excitación creciera al máximo.

    Respiré profundo, retomando el cuaderno para pasar al siguiente reto.

    Reto 2: Camina desnuda por el pasillo exterior del cuarto durante algunos segundos, sabiendo que podrían descubrirte.

    Ella me miró con una expresión mezcla de susto y placer.

    —Eres malo —dijo riendo suavemente mientras terminaba de quitarse lentamente la ropa interior frente a mí. Ahora desnuda, se acercó a la puerta lentamente, girando la llave con nerviosismo.

    —Hazlo rápido, amor. Solo unos segundos —susurré, intentando calmar sus nervios con mi voz excitada.

    Abril abrió ligeramente la puerta, asomándose al exterior, completamente desnuda y expuesta, dejando que el frío de la noche acariciara sus pezones erectos. Salió despacio, apenas avanzando un par de pasos, totalmente vulnerable. Su cuerpo blanco brillaba en la tenue iluminación del exterior. Su respiración era agitada, llena de adrenalina pura.

    —Esto es demasiado excitante —susurró al volver corriendo hacia mí, cerrando la puerta rápidamente y recostándose contra ella, respirando profundamente, casi jadeante.

    La miré directamente a los ojos mientras me acercaba lentamente a besarla con pasión. Ambos sentíamos la excitación del juego, y yo particularmente sentía cómo mi erección presionaba dolorosamente contra mi pantalón.

    —¿Vamos por otro más? —le pregunté, desafiándola con complicidad.

    Ella asintió, excitada, observando atentamente mientras volvía al cuaderno.

    Reto 3: Mastúrbate frente al espejo del baño con la puerta abierta mientras te grabo, imaginando que alguien más verá el video.

    Ella sonrió excitada, llevándome de la mano hasta el baño. Frente al espejo, Abril observó su propio reflejo por unos segundos antes de comenzar a acariciar lentamente sus tetas, pellizcando suavemente sus pezones duros mientras gemía apenas audible.

    Encendí la cámara del celular y comencé a grabar. Ella, consciente de la grabación, abrió ligeramente las piernas, dejando expuesta su vagina húmeda frente al espejo. Su mano derecha bajó lentamente por su abdomen, deslizándose suavemente hasta alcanzar su clítoris, comenzando a frotarlo lentamente en círculos precisos, mientras gemía profundamente, disfrutando claramente del acto de exhibicionismo, sabiendo que alguien, en algún momento, vería ese video.

    —Así, amor, tócate como si lo hicieras para alguien más —susurré, sintiendo cómo mi excitación alcanzaba niveles extremos.

    Ella intensificó el movimiento de sus dedos sobre su clítoris húmedo, incrementando el ritmo poco a poco, excitándose más con la idea de ser observada. Se masturbaba sin pudor frente al espejo, totalmente consciente y disfrutando cada instante de su exhibición frente a mí y la cámara.

    Al detener sus movimientos, jadeando intensamente, tomé aire con fuerza y abrí nuevamente el cuaderno con un último reto aún más atrevido que los anteriores.

    Reto 4: Ve desnuda hasta la recepción del motel y pide hielos, dejando que quien esté ahí te vea así, expuesta por completo.

    Ella se cubrió la boca, sorprendida pero claramente excitada por la idea.

    —¿De verdad quieres que haga eso? —preguntó mirándome, aunque ambos sabíamos que estaba deseando hacerlo.

    —Por supuesto. Y yo estaré mirándote desde lejos —le respondí.

    Ella respiró profundamente, abrió la puerta con firmeza y salió, completamente desnuda, caminando lentamente hacia la recepción. La observé desde la puerta entreabierta mientras se alejaba con pasos elegantes y seguros, su figura atlética resplandeciendo desnuda bajo la luz tenue.

    Desde la distancia observé claramente al chico encargado de la recepción. Era joven, tal vez de unos veintidós o veintitrés años, y al verla acercarse completamente desnuda, sus ojos se abrieron con incredulidad y deseo explícito.

    Abril, perfectamente consciente del efecto que estaba provocando, se acercó con calma hasta el mostrador, mirándolo a los ojos directamente, seduciéndolo solo con su presencia desnuda.

    —¿Podrías darme un poco de hielo, por favor? —le pidió con voz suave y ligeramente nerviosa.

    El chico balbuceó torpemente, incapaz de apartar la vista de sus pequeños y firmes tetas, de sus pezones erectos por el frío, de su vagina claramente visible y expuesta ante él.

    —S-sí, claro… —respondió torpemente, agitado y excitado.

    Le entregó torpemente una pequeña cubeta con hielos, incapaz de ocultar la evidente erección bajo su pantalón.

    —Gracias —dijo Abril con una sonrisa pícara, volviéndose lentamente para regresar conmigo.

    Ella regresó sonrojada y excitada al cuarto, corriendo hacia mis brazos.

    —Fue increíble —susurró jadeante, claramente excitada.

    Después de aquel reto atrevido en la recepción, volvimos a la habitación del motel sintiendo una energía sexual imparable. La adrenalina todavía recorría nuestros cuerpos, provocando que cada roce de nuestra piel fuera más intenso y más excitante que nunca. Abril estaba completamente encendida, deseosa de más.

    —Llegó el momento —le dije sacando el celular—. ¿Lista para mostrarte al mundo?

    Abril asintió, yendo a buscar rápidamente una pequeña maleta en la que había guardado una sorpresa especial. Extrajo de ella un conjunto provocador de lencería negra, semitransparente y con encajes finos. Era pequeña, apenas cubría lo necesario, resaltando sensualmente sus pequeñas tetas firmes y el contorno perfecto de sus caderas atléticas. Al verla vestida así, sentí cómo mi erección latía de deseo puro.

    —Estoy más que lista —susurró excitada, recostándose provocativa sobre la cama—. Comencemos con algo suave, y vemos cómo reaccionan.

    Sin perder tiempo, comencé a tomar fotografías. Primero algunas discretas pero provocadoras, enfocando sus pezones duros, que se marcaban claramente a través del fino encaje. Luego, más atrevido, enfoqué entre sus piernas, revelando ligeramente su sexo tras la diminuta tela transparente. Abril sonreía excitada, consciente de lo irresistible que lucía.

    Cuando tuvimos las primeras imágenes listas, abrí una web y entré a un apartado especializado en exhibicionismo amateur. Subí lentamente las fotografías bajo el título: “Mi novia se atreve por primera vez. ¿Qué opinan?”

    En apenas minutos llegaron las primeras reacciones. Abril estaba pegada a mí, expectante, respirando agitada mientras leía en voz alta:

    —”Wow, qué hermosa eres, tu cuerpo es increíble. ¿Te animas a quitarte algo más?”—comentó alguien inmediatamente.

    Abril rio nerviosa y excitada, mirándome mientras lentamente deslizaba los tirantes del sujetador por sus hombros, dejando casi al descubierto sus pequeños pechos.

    Tomé rápidamente otra foto, mostrándola más expuesta, y la subimos. Enseguida llegaron más comentarios, cada vez más atrevidos:

    —”Me encanta tu lencería, pero quiero verte desnuda completamente… ¿te atreves?”

    —”Esos pezones parecen deliciosos, quítate ya ese sujetador.”

    —”Estás increíblemente sexy. ¿Te animas a enseñar tu panocha?”

    Cada mensaje aumentaba su deseo. Abril, con una sonrisa pícara, decidió responder ella misma a algunos:

    —”Gracias por sus comentarios… ¿de verdad quieren que me quite más cosas?” —escribió ella provocadora.

    La respuesta fue inmediata y explosiva:

    —”Sí, por favor, desnúdate lentamente para nosotros. Muéstranos cómo te excitas al hacerlo.”

    —”Deseo ver claramente tu vagina, ver si estás tan mojada como imagino.”

    —”Me encantaría imaginar que te tocas mientras lees esto.”

    La excitación de Abril era evidente. Me miró fijamente, mordiendo suavemente su labio inferior, y lentamente retiró el sujetador por completo, dejando expuestos sus pezones rosados y erectos. Tomé varias fotos explícitas, y volvimos a compartirlas en esa web.

    La reacción fue inmediata, directa y salvaje:

    —”Dios mío, tus pechos son perfectos. ¿Ahora nos mostrarías tu vagina húmeda?”

    —”Muéstranos más, quiero verte completamente desnuda y abierta para nosotros.”

    —”Si te atreves a mostrar más, prometo masturbarme pensando solo en ti.”

    Abril leyó esa última frase en voz alta, excitándose aún más, deslizando lentamente sus dedos sobre su tanga húmeda, disfrutando de ser observada indirectamente por extraños que pedían desesperadamente verla totalmente expuesta.

    —”Me gusta saber que se masturban viéndome. Estoy muy mojada leyendo sus comentarios” —respondió ella directamente.

    Las peticiones fueron todavía más intensas y explícitas:

    —”Muéstranos tu clítoris, ábrete bien y enséñanos cómo te gusta tocarte.”

    —”Quítate ya la tanga, necesito verte desnuda completamente.”

    —”Quiero imaginarte gimiendo, tocándote mientras leo cómo disfrutas.”

    Abril ya no aguantaba más. Frente a la cámara retiró lentamente su tanga, revelando completamente su vagina húmeda, brillante, abierta frente al lente. Tomé rápidamente fotografías explícitas, mostrando claramente su excitación evidente.

    Al compartirlas, los comentarios explotaron nuevamente:

    —”¡Eres perfecta! Se nota que disfrutas mucho exhibiéndote, ¿te gustaría hacerlo en vivo?”

    —”Necesito verte masturbarte en video, por favor, déjanos verte más.”

    —”Mi polla está durísima viéndote así, ¿harías una videollamada conmigo ahora mismo?”

    Abril sonrió, completamente excitada, acariciándose ya lentamente frente a mí, incapaz de ocultar cuánto la encendía esta situación. Uno de los usuarios, “MikeHot22″, insistió directamente:

    —”Hagamos una videollamada ya, quiero verte tocarte en vivo. Prometo que no lo olvidarás nunca.”

    Abril se giró hacia mí, masturbándose despacio mientras me miraba fijamente, jadeante:

    —¿Y si aceptamos su propuesta? Necesito que alguien más me vea así, tocándome —susurró provocadora.

    —Hazlo —respondí, totalmente excitado—. Dile que aceptas ahora mismo.

    Ella tomó nuevamente el celular y respondió al usuario sin ninguna duda:

    —”Acepto la videollamada. Quiero que me veas masturbarme en vivo.”

    La excitación era palpable en el ambiente. Sabíamos perfectamente que lo siguiente sería cruzar una frontera aún más atrevida y perversa.

    —¿Lista para ir más lejos aún? —le pregunté, con la excitación al máximo.

    —Más que lista —respondió Abril, ya entregada completamente al placer perverso de saberse observada y deseada por otro.

    La habitación del motel se sentía cargada con una tensión sexual explosiva. Abril estaba recostada desnuda sobre la cama, con el teléfono entre sus manos temblorosas, esperando la videollamada del usuario que había elegido: MikeHot22. Mi corazón latía con fuerza al imaginar lo que vendría.

    —¿Lista, amor? —le pregunté, acariciando suavemente su pierna, sintiendo la excitación que vibraba en cada centímetro de su piel.

    Ella asintió, respirando profundamente, y entonces la pantalla iluminó el cuarto. La videollamada entrante mostró brevemente el rostro atractivo y confiado de Mike. Tenía aproximadamente unos veinticinco años, facciones marcadas y una sonrisa que delataba claramente su excitación.

    —Hola preciosa —saludó él, sonriendo intensamente al ver el cuerpo desnudo de Abril a través de la cámara.

    —Hola —respondió ella con una mezcla de nerviosismo y morbo en su voz. Decidida a cruzar límites, lentamente levantó el teléfono para mostrar su rostro, revelando completamente su identidad por primera vez. La mirada de Mike se iluminó aún más al verla completa.

    —Eres hermosa —dijo él con una sonrisa de lujuria evidente—. Quiero verte bien, quiero disfrutar cada detalle.

    Abril colocó el celular estratégicamente sobre una mesita frente a ella, asegurándose de que toda su figura desnuda y su rostro quedaran perfectamente visibles para él. Comenzó a deslizar lentamente sus manos sobre sus pequeños senos, acariciando suavemente sus pezones erectos mientras Mike se mordía los labios de placer frente a la cámara.

    —¿Te gusta verme así?—preguntó ella provocadora, acariciándose más intensamente.

    —Muchísimo —respondió él con voz ronca y excitada—. Quiero que escupas sobre tus tetas, quiero verlas húmedas y brillantes solo para mí.

    Abril sonrió perversa, manteniendo la mirada fija en la cámara, y lentamente dejó caer saliva desde su boca, humedeciendo claramente sus pezones rosados y firmes. Sus senos pequeños brillaban ahora húmedos, aún más provocativos bajo la luz tenue del motel.

    —Perfecto… ahora acarícialos lento y sucio, aprieta tus pezones para mí —pidió Mike, completamente excitado, mientras la cámara mostraba claramente cómo él se masturbaba intensamente, disfrutando del espectáculo.

    Abril obedeció de inmediato, usando sus dedos para frotar sus pezones humedecidos con saliva, apretándolos y tirando suavemente de ellos, gimiendo despacio, disfrutando plenamente de ser observada y dirigida por aquel extraño frente a ella.

    —Abre bien tus piernas, necesito ver tu vagina —ordenó Mike con autoridad excitante.

    Abril separó lentamente sus piernas atléticas, mostrando con total descaro y claridad su vagina abierta, mojada, brillante por la excitación acumulada durante toda la noche. Sus dedos se deslizaron lentamente sobre su clítoris hinchado y sensible, acariciándolo despacio, mostrando claramente su deseo y excitación a través de la cámara.

    —Dios mío, qué mojada estás —jadeó Mike con la voz entrecortada—. Quiero que metas dos dedos dentro de ti, profundamente, y que te folles tú misma imaginando que estoy ahí, penetrándote fuerte.

    Abril no dudó ni un segundo. Introdujo dos dedos lentamente en su vagina, dejando escapar un gemido profundo mientras comenzaba a moverse suavemente, penetrándose frente a él. Su rostro expresaba el placer intenso que sentía al exhibirse de esa forma tan explícita frente a un desconocido.

    —Así… qué rico gimes. Ahora saca tus dedos y chupa tu sabor frente a mí—pidió él con voz claramente excitada.

    Abril obedeció, sacó lentamente sus dedos empapados de sí misma y los llevó provocativamente hasta su boca, chupándolos despacio, saboreando su propia excitación, mostrándose totalmente desinhibida y entregada al morbo extremo del momento.

    —¿Te gusta cómo sabe tu vagina? —preguntó él jadeando profundamente.

    —Me encanta —respondió ella con voz temblorosa de placer.

    Mike aumentó la velocidad con la que se masturbaba, visiblemente a punto de llegar al orgasmo mientras observaba cada detalle de Abril expuesta frente a él.

    —Ahora necesito verte correr… mastúrbate rápido, tócate duro como si te estuviera penetrando profundamente, quiero escucharte gemir fuerte para mí —ordenó él sin disimular su excitación.

    Abril obedeció inmediatamente, frotándose intensamente el clítoris mientras gemía sin pudor, acelerando el movimiento de sus dedos hasta que su respiración se volvió irregular, salvaje y desesperada.

    —Sí, así… córrete, hermosa, córrete fuerte para mí —insistió Mike, al borde de eyacular.

    Abril explotó en un orgasmo intenso, dejando escapar gritos fuertes de placer absoluto, mientras su cuerpo atlético se tensaba y temblaba frente a la cámara. Simultáneamente, Mike jadeó ruidosamente, eyaculando abundantemente sobre sí mismo, gimiendo de placer extremo ante la visión de Abril masturbándose para él.

    Tras unos segundos, ambos quedaron jadeando frente a la pantalla, con miradas satisfechas y perversas.

    —Ha sido increíble… —dijo Mike finalmente, recuperando la respiración—. Espero que esto se repita pronto.

    Abril sonrió agotada y satisfecha:

    —Seguro lo haremos —susurró, antes de terminar la llamada.

    Luego, se giró hacia mí con ojos brillantes de excitación y placer absoluto, claramente satisfecha por haber cruzado esa frontera.

    —¿Qué te pareció? —preguntó suavemente, con una sonrisa traviesa, aún húmeda y exhausta.

    —La cosa más excitante que he visto en mi vida —respondí sin dudar, mientras me acercaba a besarla profundamente, sabiendo perfectamente que esa había sido solo la primera vez de muchas.

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  • Deseos cruzados (3)

    Deseos cruzados (3)

    Camino hacia la habitación de Moni con la cerveza en la mano, sintiendo el frescor de la botella contra mis dedos sudados. Ella y Cami ya están adentro cuando cruzo la puerta, y el espacio me envuelve con esa mezcla de caos y personalidad que es tan Moni. La habitación es un reflejo de ella: una cama grande con sábanas blancas revueltas y cojines de colores fuertes desperdigados, un escritorio lleno de libros de derecho y frascos de perfume, y un espejo de cuerpo entero rodeado de luces que parece sacado de una película.

    Las paredes tienen fotos pegadas con cinta —nosotras en la playa, ella con su familia, recortes de revistas— y un armario abierto que deja ver un desorden de ropa que grita preparativos. El aire huele a su perfume cítrico y a algo más suave, como el maquillaje de Cami. Moni me ve entrar y me lanza una sonrisa traviesa desde su cama, mientras Cami revisa algo en una bolsa sobre el escritorio. De fondo, un reggaetón sube desde el teléfono de Moni, melodía lenta y sexosa que llena el aire con promesas de la noche. Ninguna baila, pero la música es pegajosa: Moni tararea bajito y Cami mueve la cabeza y las caderas casi sin darse cuenta mientras hurga en la bolsa de maquillaje.

    Moni se levanta de un salto y revuelve en el armario, sacando un top negro escotado y una falda corta de cuerina.

    —Esto es para ti —me dice, tirándomelos sobre la cama—. Con esto quedarás perfecta.

    Me río y dejo la cerveza en el escritorio, quitándome la blusa frente al espejo mientras el reggaetón late suave. Moni me la arrebata y me pasa la botella otra vez.

    —Un sorbo para soltarte —me dice con un guiño. Me examina de arriba abajo, y noto que algo no le convence—. Fuera bra —me suelta sin rodeos.

    —¿Tú crees? —pregunto, un poco escéptica.

    —Totalmente —responde con seguridad—. No habrá chico que no quiera estar contigo. Vas a verte perfecta, confía en mí.

    Confío ciegamente en el ojo de Moni para la moda, pero quiero saber qué opina Cami.

    —¿Tú qué dices? —le pregunto, y mi pregunta la toma por sorpresa.

    —Humm, tal vez tenga razón Moni —dice, y detecto un brillo pícaro en su timidez que me intriga. Me gusta descubrir ese lado suyo, tan bien escondido.

    —Entonces no hay discusión —digo, y en un movimiento rápido me saco el brasier, quedando en tetas frente al espejo.

    —¡Wow! —exclama Cami—. Son hermosas.

    Se ruboriza al verme semidesnuda, y yo sonrío. La verdad es que, sin ser gigantescas al punto de incomodar, tengo un buen par de tetas que siempre reciben elogios, tanto de chicos como de chicas. Sé que son objeto de fantasías y alguna que otra paja. Firmes y redondas, mi piel blanca hace que mis pezones rosados resalten aún más.

    —Tranqui, Cami —dice Moni, acercándose por detrás—. Todas ponemos esa cara cuando vemos esos pedazos de tetas desnudas.

    Me ayuda a quitarme la falda, que cae al suelo con un susurro, dejándome solo con un pequeño hilo blanco frente a mis dos amigas. Moni me suelta una nalgada fuerte —el sonido se pierde en la música — y me dice:

    —Perra —en un tono juguetón.

    El rostro de Cami se enciende otra vez. Creo que nunca ha tenido tanta confianza con amigas, y me alegra que viva esto conmigo.

    —Ahora sí, tápate ese culo —me ordena Moni, pasándome la falda de cuerina.

    La tomo y me la pongo despacio, mirándome en el espejo. El resultado me gusta: realza mi culo, que no es tan grande ni atrae tantas miradas como el de Moni, pero es redondo, pequeño y firme, con un aire sensual que me encanta. Ya con la falda puesta, le pido ayuda con el top.

    —Échame una mano, Moni —le digo—. Creo que mis tetas no van a entrar ahí.

    Son un poco más grandes que las de ella, y siento que el top va a ser un desafío. Cami observa divertida mientras forcejeamos. No nos cuesta tanto como pensé, pero mis pechos quedan apretados, demasiado expuestos para mi gusto. No me lastima, pero voy a ir exhibiendo más de lo habitual. Moni termina de ajustarlo con manos juguetonas y, cuando está listo, me aprieta las tetas con cariño.

    —Perfecto —dice, admirando su obra.

    Cami se acerca tímidamente, pincel en mano, con su bolsa de maquillaje abierta.

    —Te puedo retocar el rosa —me dice, mirándome los ojos tras sus lentes—. Con un delineado más atrevido, vas a arrasar.

    Me dejo llevar mientras ella pasa el pincel por mis párpados con cuidado, el roce suave cargado por el ritmo que suena de fondo.

    —No sé si voy a poder caminar con esto —bromeo, mirando la falda corta en el espejo.

    Cami se sonroja al vernos reír.

    —Igual te ves increíble —murmura, casi para sí misma.

    Tras unos últimos retoques, suelta mi pelo de la coleta alta y lo alborota un poco. Me miro en el espejo: el contorno de mis nalgas se ve apretado y redondo con la falda, y mis pechos, comprimidos en el top, se ven imponentes. Como el outfit de Moni, la falda entallada en la cadera la hace parecer más corta, y el top pequeño deja un espacio de mi abdomen al descubierto. Me encanta el efecto.

    —¿Qué tal? —les pregunto.

    —Pues, estás deliciosa —dice Moni.

    Volteo a Cami y suelta:

    —Pues que sos una rubia deliciosa —imita el tono de Moni, y las tres rompemos a reír como tontas.

    Cami me aplica un labial rosa con sabor a fresa que me encanta y, ahora sí, estoy lista.

    —Sigues tú —le dice Moni a Cami, que se pone frente al espejo como quien camina al paredón, a merced de lo que queramos hacerle.

    Cami es hermosa y derrocha ternura por donde se la mire, de esas chicas cuya carita inocente, enmarcada por sus lentes resaltan su dulzura y eso también puede provocar un grado de perversión, porque es difícil pero tentador imaginarlas en un ambiente sexual. Es delgada, sus pechos son pequeños y su culo no es plano, pero no como el mío —pequeño, redondo y respingón, producto del gimnasio— y mucho menos como el de Moni, que ya sin ejercicio era grande y su mayor atributo. Lo que más destaca de Cami es su rostro: precioso, con una timidez que curiosamente la hace ver aún más linda.

    Lleva un par de mechones sueltos que caen sobre su cara, un detalle que me encanta y me hace preguntarme si a mí se me vería tan bien como a ella. Mientras la evaluó, noto que Moni hace lo mismo. Nos miramos al mismo tiempo, y esa complicidad nos saca una risa a ambas. Estoy segura de que sabemos lo que la otra piensa. Cami nos observa a través del espejo, expectante y nerviosa.

    —¿Qué piensas? —me suelta Moni, rompiendo el trance.

    —Hmmm, fuera ropa —respondo decidida, y Moni asiente; sé que estaba pensando lo mismo.

    Cami nos mira a cada una, con una mezcla de susto y miedo en los ojos. Corre hacia el escritorio de Moni, y justo cuando pienso que va a escapar de nosotras y nuestras ideas exhibicionistas, agarra la cerveza que dejé ahí —a la que apenas le di dos sorbos— y se la lleva a la boca en un arrebato de valentía que me sorprende. Bebe, bebe y sigue bebiendo, decidida a acabarla de un trago. Cuando termina, un hilo de líquido escapa por la comisura de sus labios. Ríe y se limpia con el dorso de la mano, un detalle pequeño, pero jodidamente sexy. Noto que Moni se muerde el labio inferior, atrapada por el gesto.

    —Lo siento —me dice Cami, juntando las manos frente a su cara en señal de disculpa—. Es para agarrar valor.

    Me sonríe, y sus mejillas se tiñen de rojo tras sus lentes.

    —Ni lo notes, nena —le digo, guiñándole un ojo—. Alcohol y hombres nos van a sobrar a las tres esta noche.

    Lo digo en serio: Moni y yo lucimos espectaculares, y estoy segura de que, cuando terminemos con Cami, esa nena de rostro dulce será el delirio de todos los tipos en el club. Me acerco al escritorio y me apoyo en él, acomodándome para ver su transformación. Ella vuelve frente al espejo y, sin que le digamos nada, se saca los tenis en un arrebato de coraje. Desabrocha el jean flojo que lleva puesto y lo baja despacio hasta que cae al suelo.

    Lo patea lejos con un pie y queda en una tanga negra, baja en el frente, apenas cubriendo su vagina. Toma los hilos finos de los lados y los sube un poco, levantando sus nalgas con el pequeño triángulo que los une atrás. No imaginé que Cami llevaría esa ropa interior; esperaba algo más básico, pero la sorpresa me gusta.

    —La parte de arriba —ordena Moni en un tono autoritario, casi de dominatrix de novela erótica.

    Cami obedece. Se quita con cuidado la chaqueta de mezclilla y la tira sobre la cama. Quedando en tanga y una blusa larga sin mangas, con un ligero escote. Duda un instante, pero se saca la blusa, revelando un sostén rosa que cubre sus pechos. Vacila un poco más, luego lleva las manos a la espalda, desabrocha el sostén y lo deja caer al suelo con un gesto de pura inocencia, sacando primero un brazo y luego el otro. Ahí está, la más tímida de las tres, semidesnuda frente a nosotras. Sus mejillas empiezan a enrojecer mientras la observo desde el escritorio y Moni no le quita los ojos de encima, como un depredador acechando a su presa.

    Es blanca, casi tan blanca como yo, con un abdomen plano que no parece venir del ejercicio, sino de la genética. Sus piernas son delgadas, y su culito, levantado por la tanga, tiene un toque erótico sutil. Sus pechos son pequeños, respingones, redonditos y coronados por pezones rojos con aureolas un poco más grandes que las mías.

    —Perdón —nos dice a ambas, cubriendo su vagina con las manos juntas—. No soy como ustedes.

    Moni se levanta de la silla al otro lado de la habitación y camina hacia ella con paso decidido. Le corre un mechón que cae sobre su rostro y lo coloca detrás de su oreja.

    —Nunca vuelvas a decir eso frente a mí —le dice en un tono seco, sosteniéndola por la nuca con una mano.

    Se acerca y la besa. Sí, mi mejor amiga es bisexual. Sus labios se encuentran, y Cami, sorprendida, se deja llevar y responde al beso, colocando torpemente las manos en la cadera de Moni. La mano de Moni baja por el cuello de Cami mientras la otra traza una línea suave por su espalda hasta llegar a sus nalgas. Las acaricia, las aprieta y la jala hacia sí, pegándola a su cuerpo.

    Sus lenguas se buscan; la de Moni entra primero, y veo cómo Cami la sigue, sus brazos subiendo al cuello de Moni. Su expresión pasa de sorpresa a placer. La mano de Moni se detiene en el pecho izquierdo de Cami, lo acaricia con suavidad y luego pellizca juguetona su pezón, arrancándole un gemido pequeño que la desinhibe. Ahora es Cami quien busca con más ansia, mientras Moni no suelta sus nalgas ni su pezón.

    La escena es perfecta: erótica, tierna y muy sexual. Estoy segura de que cualquier hombre pagaría por verla, y yo la tengo gratis. No me considero bisexual, pero esto no me desagrada; lo encuentro interesante. Noto cómo sube mi temperatura y mi entrepierna se humedece un poco. Justo cuando pienso que van a separarse, Moni la besa con más intensidad.

    Sus manos aprietan ahora las nalgas de Cami con fuerza, como si hubiera esperado este momento demasiado tiempo y quisiera disfrutarlo al máximo. Se separa lentamente, atrapando el labio inferior de Cami con los dientes y mordiéndolo con la presión justa para mezclar deseo y un leve dolor. Se miran, agitadas y con un hambre que dice que, si no tuviéramos planes y yo no estuviera aquí, Moni se la cogería en este instante.

    —No dudes de lo perfecta que eres —le dice Moni, matizando lo amenazante con ternura.

    Cami asiente con sumisión.

    —Está bien —responde, y me mira apenada tras sus lentes.

    Nunca imaginó que esto pasaría con público. Le guiño un ojo para tranquilizarla, y ella me devuelve una sonrisa tierna, alegre y pícara, de esas que le quedan tan bien.

    —Ya sé lo que te vas a poner hoy —le digo, haciéndole una seña con la cabeza a Moni para que me siga al armario.

    —¿Dónde está aquel vestido rojo tan lindo que nunca te quedó por culpa de estas dos? —le digo mientras agarro sus nalgas y las muevo arriba y abajo.

    Escucho la risa de Cami detrás, sentada en la cama, apoyada en sus brazos e inclinada hacia atrás. Sus pechos pequeños, con los pezones aún duros y excitados por el beso inesperado, se marcan bajo la luz. Su abdomen plano sube y baja, todavía agitado, y siento envidia pura de cómo puede tenerlo así sin hacer ni medio abdominal. Todas tenemos atributos distintos, pienso, mientras miro las nalgas grandes de Moni moviéndose de lado a lado, con su cabeza hundida en el armario. Su falda blanca, ajustada y con esa abertura en la pierna que dibuja el contorno perfecto de cada nalga, dejando ver la separación entre ellas.

    Mientras yo tengo mis pechos y ojos verdes y Cami su carita dulce y el abdomen impecable. Ella se mantiene con una sonrisita tonta en la cara. No sé si es por la cerveza que se tomó de un trago o por el beso y la manoseada que acaba de recibir.

    —¡Lo tengo! —dice Moni en tono triunfal, sacando el vestido.

    Está tan lindo como lo recordaba: nuevo, con la etiqueta puesta, porque los adinerados hacen eso, comprar ropa que nunca usan. Le arranca la etiqueta y la tira cerca de mí. Veo el precio y me espanto pensando en todo lo que compraría con ese dinero. Moni corre hacia Cami, la levanta de la cama y le ordena:

    —Sube los brazos.

    Le pone el vestido, que le queda como hecho a medida, ajustado en la cola, el abdomen y los pechos, pero sin incomodarla al caminar. Le llega por encima de la rodilla, y con unos pendientes dorados pequeños que Moni le pasa, se ve sencillamente perfecta. Moni le tiende sus lentes —Cami usa unos de marco fino que resaltan su rostro dulce— y los coloca con cuidado. Estamos listas las tres justo cuando un ruido afuera me dice que Brandon, el amigo de Christian, ya llegó.

    —¿Se me marcan mucho los pezones? —me susurra Cami al oído, para que Moni no la escuche.

    Agradezco el gesto; no quiero que esto derive en otra sesión de besos y manoseadas que nos deje atrapadas aquí.

    —Luces genial —le respondo en voz baja—. Tus pezones están perfectos, y no habrá chico ni chica que no quiera estar contigo.

    Le doy un beso suave en la mejilla, y ella sonríe, ruborizándose un poco. Nos tomamos fotos frente al espejo: unas sacando la cola, otras haciendo duck face con los labios estirados, y unas más sexys juntando nuestras bocas como si fuéramos a darnos un beso de tres. Sé que esa última va a romperla en redes, y la idea me da risa y curiosidad. Nos bañamos en perfume —el cítrico de Moni y un toque dulce de Cami—, y ella retoca nuestros maquillajes con mano experta. Estamos listas para salir, después de que Christian vino dos veces a apurarnos desde la puerta.

    Salimos de la habitación riendo, el perfume y el eco del reggaetón resonando en nuestros pasos. El cítrico de Moni y el toque dulce de Cami se mezclan en el aire, un velo invisible que promete una noche salvaje. Christian y Brandon están en el salón, cervezas en mano, charlando despreocupados sobre fútbol y autos —esas pláticas aburridas de chicos que apenas registro— hasta que nos ven y se quedan helados. Christian suelta un silbido bajo y deja su botella sobre la isla de la cocina con un golpe seco, sus ojos clavados en mí, recorriendo el top negro que aprieta mis tetas hasta que casi se derraman y la falda de cuerina que abraza mi culo como una segunda piel.

    —Vamos, Alli, ¿esto es legal? —dice, acercándose con una sonrisa ladeada.

    Sus pasos son lentos, seguros, y el brillo en su mirada dice que las cervezas —debe ir por la tercera o cuarta, a juzgar por las botellas vacías en la cocina— lo tienen suelto, con esa chispa que lo hace más atrevido. Se detiene tan cerca que siento el calor de su cuerpo y el leve aroma a lúpulo de su aliento, un contraste fresco contra el calor que aún me sube por el vino.

    —Dijiste que el blanco me quedaba bien y ahora voy de negro, así que ponte de acuerdo —le digo juguetona, inclinándome un poco para que mi voz le llegue clara.

    Él ríe, y sus dedos rozan mi brazo, un toque que enciende un cosquilleo en mi piel. Brandon se acerca entonces, más reservado que su amigo, con una cautela que delata que apenas lleva una cerveza en el cuerpo. Sus ojos saltan entre nosotras, y noto que es su primera vez viéndome, aunque Cami ya lo cruzó una vez antes. Moni no pierde tiempo: camina hacia él con ese paso que dice que sabe lo que tiene, lo abraza y pega su cuerpo al suyo, el top negro apretando sus pechos contra su pecho.

    Busca su cara, y él le sigue el juego, sus labios chocan en un beso rápido pero cargado, lenguas que se rozan por un instante, dejando un brillo húmedo en la boca de Moni cuando se separa. Vuelvo a ver a Cami, y sus ojos tras los lentes están fijos en la escena, interesados más que molestos. Me agrada esta chica, los matices de su personalidad dulce que se abren como pétalos con cada trago y cada roce.

    Moni y Brandon se apartan, y ella nos presenta con un gesto teatral.

    —Ella es Cami, ya la conoces de la vez anterior —dice, señalándola.

    Brandon la mira de arriba abajo, deteniéndose un segundo en los pezones que se marcan bajo el vestido rojo, sutiles pero imposibles de ignorar.

    —Pareces una modelo de pasarela —le dice, su voz baja, casi temblorosa.

    Cami agradece con una sonrisa tímida, sus mejillas encendidas tras sus lentes, y da un paso hacia él. Se alza en puntitas y le planta un beso en la mejilla, un gesto valiente que me hace pensar: Esa es mi chica, tomando el toro por los cuernos.

    —Ehh, ehh, no me la toques mucho que ella es mía —interviene Moni, su tono entre broma y advertencia.

    Cami suelta una risita y se ruboriza más, mientras yo pienso que si estos chicos supieran lo que pasó en esa habitación hace unos minutos —el beso, las manos de Moni en las nalgas de Cami— ya estarían corriendo a masturbarse.

    —Y ella es Allison, mi mejor amiga —me presenta Moni, dándome un empujoncito hacia adelante.

    La mirada de Brandon se clava en mis ojos verdes, y se acerca con calma. Pone una mano en mi brazo, su tacto firme pero cálido, y me da un beso en la mejilla, tan cerca que siento el roce de su barba incipiente.

    —Mucho gusto —me dice, su voz grave y suave.

    Lleva una camisa negra de manga larga y un jeans ajustado que deja ver unas piernas gruesas, un culo bien formado y, sí, un paquete que se marca lo justo para notarlo.

    —Hola —le digo, inclinándome un poco para alcanzar su altura mientras se separa de mí, y ahora es su turno para echarme un ojito porque noto como con disimulo sus ojos intentan ver un poco más allá de mi top.

    Sonrío para mí misma; el vino me tiene lo bastante suelta como para disfrutarlo. Nos dispersamos un momento para recoger nuestras cosas antes de bajar al auto de Brandon, que será el conductor designado esta noche. Moni corre a su cuarto por su teléfono, apaga el reggaetón y vuelve rápido a la cocina. Abre otra botella de vino con un giro experto y llena una copa que empieza a beber con ganas, el líquido rojo brillando en sus labios. Christian sigue sus pasos, agarra otra cerveza del refrigerador y la destapa con un chasquido, dándole un trago largo mientras me lanza una mirada que promete más.

    Brandon espera en la puerta, paciente, con las llaves en la mano. Cami, sentada en uno de los muebles, revisa su teléfono, pero pronto lo guarda y toma una nueva cerveza que encuentra cerca. Le da un sorbo largo, sus labios dejando una marca húmeda en el borde.

    Yo me detengo frente a un espejo de cuerpo entero en una esquina del salón, fijándome en mi atuendo. Sí, definitivamente me gustó; estas chicas hicieron magia conmigo. Alboroto un poco más mi cabello, dejándolo suelto y salvaje, y saco mi teléfono. Me tomo una foto sacando la lengua, la punta rozando mis labios, y otra con cara de chica seria, los ojos verdes brillando bajo el delineado atrevido de Cami. Las guardo en mi galería para subirlas más tarde, cuando la noche me dé algo más que presumir.

    —Estás perfecta —susurra la voz de Christian muy cerca de mi oído.

    El roce de su aliento en mi oreja me estremece, no por él, sino por la cercanía, y su boca apenas roza mi lóbulo, un toque que me eriza la piel. Él lo nota y suelta una risa baja, ronca, mientras su aliento cálido me envuelve.

    —Ven, tomémonos una foto —le digo, levantando el teléfono hacia el espejo.

    Se pega a mí, su pecho rozando mi espalda. Saco la lengua, él me imita con una mueca torcida, y disparo la foto.

    —Me encanta cuando haces eso —me dice otra vez cerca del oído, su voz un murmullo que me recorre como un escalofrío.

    Creo que notó que soy débil a eso y piensa usarlo a su favor. Antes de que pueda responder, me toma desde atrás por los brazos y me jala hacia él. Ahí está de nuevo: su pene apoyado en mis nalgas, duro esta vez, apretándose contra la cuerina mientras su mano fría —la que sostenía la cerveza— se posa en mi vientre. Me estremezco, y él lo siente, riendo bajito contra mi nuca.

    —Así, como si fueras mía —susurra, apretándome más contra su cuerpo.

    Ruedo los ojos hacia arriba, pero no me aparto. Sus brazos me aprisionan, fuertes y seguros, y el calor de su erección contra mi culo me gusta más de lo que quiero admitir. Tomo un par de fotos rápidas, el flash capturando el brillo de sus ojos oscuros en el espejo, y nos giramos para salir. Noto que Cami me mira desde el mueble, una expresión divertida en su rostro mientras da un sorbo largo a su cerveza. Me guiña un ojo, pícara, y yo me acerco a ella. Le acaricio la carita, sus mejillas aún calientes por el alcohol y el beso de antes, y le quito la botella con suavidad.

    —Suficiente alcohol para ti por un buen rato, señorita —le digo.

    Hace un puchero adorable tras sus lentes, pero insisto en no devolvérsela. Sigo sintiendo la necesidad de cuidarla; sé lo que les puede pasar a chicas como ella en los lugares a los que vamos. Se levanta tambaleándose, y me toma del brazo para estabilizarse. Nos dirigimos hacia la puerta, Moni y Brandon encabezando el grupo, sus cuerpos rozándose mientras caminan. Justo entonces, la puerta se abre, y entra la madre de Mónica, su silueta recortada contra la luz del pasillo como un relámpago que corta la noche.

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  • Cuarteto entre amigas

    Cuarteto entre amigas

    Me llamo María, recién cumplí 18 años y mis amigas y yo lo vamos a celebrar yéndonos a una casa rural de un pueblo de la costa este de España. El viaje estaba planeado por todas y queríamos pasar un tiempo a solas, apartadas de nuestros padres, y más después de estudiar tanto a lo largo de nuestros cursos.

    Quienes íbamos éramos:

    Raquel, 20 años, es una chica con cabello oscuro largo, cuerpo curvilíneo ya que posee unas caderas impresionantes y unos muslos gruesos, muy envidiables.

    Elena, de 19, una rubia muy tímida y de cuerpo esbelto pero muy guapa de cara.

    Candela, con 20 años y unas tetas que cualquiera que las vea se le caen lo ojos, las cuales a veces son cubiertas por su pelo castaño. Otra de sus facetas más llamativas son sus ojos claros.

    Yo soy una chica de pelo oscuro, y de cuerpo atlético (me encanta ir al gimnasio), mis pechos no son tan grandes como los de Candela pero son de un tamaño normal, lo que más puede destacar de mi es mi culo grande y redondo el cual con un azote puede agitarse con mera facilidad, creedme, está probado.

    Las cuatro fuimos en el coche de Candela, quien muchas veces se comportaba casi como si fuese nuestra madre, hicimos dos paradas para comer e ir al baño, nos contamos chismes que nos íbamos enterando o hablando sobre los viejos tiempos, como si fuéramos marujas en un balcón, pero esta vez en un vehículo y con el calor infernal del verano.

    Llegamos sin problemas, justo cuando estaba haciéndose de noche, aparcamos, metemos las maletas a la casa y nada más llegar Elena y yo pusimos a preparar la comida que compramos antes de llegar a nuestra nueva casa, la cual por cierto, es de una de las tías de Elena que solo usaba para veranear. Ya cenadas y aseadas decidimos irnos a dormir ya que el viaje había sido agotador.

    El siguiente día por la tarde decidimos ir a la playa donde pasamos el rato tanto en la arena como en el mar. Mientras estábamos debajo de nuestra sombrilla a Raquel se le ocurrió una brillante idea:

    R: ¿Y si esta noche nos emborrachamos un poco?

    Yo: No es mala idea la verdad.

    C: Sois unas borrachas -Dijo entre risas-.

    R: Venga que hace meses que no tenemos una noche de chicas decente -Insistió ella-.

    E: Yo lo veo bien la verdad.

    Nos quedamos mirando a Candela para ver qué opinaba esta vez.

    C: Venga vale pero no quiero vómitos ni que os paséis haciendo tonterías, que la casa no es nuestra.

    Tras tenerlo decidido nos fuimos de la playa a un súper que había cerca de donde estábamos residiendo, entre algunas risas y vaciles decidimos comprar dos botellas de alcohol, uno de Vodka y otro de Puerto de Indias, además compramos cuatro botellas de refrescos, dos de Coca-Cola, uno de Fanta de limón y el último de Fanta con naranja, aclarar que eran botellas de marca blanca ya que nuestro presupuesto no era muy amplio. También decidimos comprar dos pizzas de tamaño mediano para saciar el hambre.

    Tras haber pagado todo y llegar el piso dejamos todo sobre la mesilla del salón, el cual podríamos describir de la siguiente manera: una habitación relativamente abierta ya que tanto el salón, comedor y la cocina se encuentran dentro del mismo habitáculo rectangular, la cocina estaba separada por una encimera en isla del resto de la habitación. El salón estaba compuesto de un gran sofá blanco en forma de “L” en cuyo centro había una larga mesilla de madera clara y cristal. También había una televisión grande y que se encontraba encima de otra mesa cuyos lados estaban ocupados por dos grandes estantes.

    Por último, el comedor estaba al fondo del todo, siendo este una gran mesa con 6 sillas en total, más allá de este mueble se encontraba el ventanal que daba al balcón, ya que nuestra casa se componía de dos pisos, siendo el piso inferior un garaje interior y el piso superior donde se encontraban el resto de las habitaciones.

    Al llegar dejamos el alcohol en la mesilla del salón y las botellas en la nevera, metimos las dos pizzas al horno y cada una se fue a la habitación que compartíamos en pareja para cambiarnos y ponernos el pijama. Yo compartía habitación con Candela, teníamos la suerte de que disponíamos de un baño privado por lo que pudimos cambiarnos a la vez, Raquel se cambió en su habitación compartida con Elena, y Elena se cambió en el baño que estaba conectado con el salón. Las pizzas ya estaban listas, nos comimos varios trozos de las dos mientras veíamos Netflix dejando 6 trozos en total, los cuales metimos en la nevera para el siguiente día.

    Llegó el momento, íbamos a hacer reto o trago, nuestra versión alcohólica de verdad o reto en la cual quien no hiciese el reto estaba obligada a dar un trago al cubata. Nos preparamos nuestros vasos.

    El juego empezó bien, hicimos varios retos y varias de nosotras bebimos, estuvimos una hora completa hasta que algunas empezamos a notar el efecto del alcohol: yo estaba un poco pedo y se me escapaba la risa muy fácilmente, Candela estaba casi igual que yo aunque ella no se reía tanto como yo, Elena era quien peor estaba, se podía pasar 5 minutos riéndose sin razón alguna y su forma de hablar era muy descoordinada y Raquel era quien mejor estaba de las cuatro, esto debido a que los retos que proponíamos los hacía, siempre ha sido una chica atrevida.

    Hasta este momento no he revelado un detalle importante, Candela y Raquel eran lesbianas y Elena bisexual, mientras que yo aún no había explorado completamente mi sexualidad, hasta mis 18 nunca tuve sexo con nadie, solo líos momentáneos con chicos sin embargo las chicas también me atraían, y esa noche fue en la que descubrí mis preferencias. Los retos fueron tornándose cada vez más sexuales, pasamos de “lame los pies de todas nosotras” a “Candela, haz un striptease”, “Elena, siéntate encima de Raquel” y la pregunta, pronunciada por Raquel, que quizás, para mí, empezó todo: “María, lame el escote de Candela”.

    Yo en ese momento ni me lo pensé, acerqué mi cara y lamí sus pechos en dirección a su cuello, dejando un rastro de saliva por su teta derecha, todas nos reímos, sobre todo Candela y yo.

    En venganza dije “Raquel, dale un pico a Elena”, ella se levantó y le plantó un piquito a Elena. “Candela, siéntate encima de María, pero cara a cara” dijo Elena. Mi amiga, quien estaba sentada a mi lado, me rodeó con sus piernas y se sentó encima de mis muslos, pegando nuestras caderas y teniéndonos cara a cara, bueno, pechos y cara, ya que Candela era más alta que yo y al tenerla encima tenía sus tetas en dirección a mi cara. Tener a Candela encima de mi me ponía nerviosa, pero no de forma negativa, sino porque su presencia se imponía sobre mi de forma sexual, estaba nerviosa pero también algo excitada, tenerla pegada tan a mí y en esas circunstancias…

    “María, quítate la camiseta” me dijo Candela con una sonrisa, estuve nada más que unos segundos pensando y me quité la camiseta sin rechistar, dejando mis tetas en sujetador al aire. Raquel se levantó de su sitio, se acercó y dijo: “Candela, quítate el tirante”. Candela se ríe y se lo quita sin pausas, dejando sus grandes pechos expuestos y a centímetros de mi cara, lo único que los ocultaba era un sujetador de copa G, debajo de su teta derecha pude ver un tatuaje de la frase de una canción y por su costado izquierdo dos mariposas.

    Elena también se acercó y se puso a un lado de nosotras diciendo: “Candela, quítale el sujetador a María”, separé mi espalda del respaldo quedando más pegada a su magnífico cuerpazo, Candela me desabrochó el sujetador y me lo fue quitando lentamente dejando mis dos pechos a la vista de mis amigas “Pero que tetas” dijo Raquel mirándome los pezones, yo me quedé caliente y roja como un tomate “Hija, estás buenísima yo no sé cómo es que sigues virgen” me dijo Elena.

    Yo me sentí un poco expuesta pero con esos comentarios fui tomando confianza, me tocaba decir un reto pero debido a los nervios no se me ocurría nada, entonces el turno se lo pasaron a Candela: “María, quítame el sujetador”. Estaba boquiabierta, me quedé mirándola fijamente mientras las otras dos estaban en silencio expectantes de lo que iba a pasar.

    M: ¿Segura?

    C: Sí, quítame el sujetador.

    Agarró mis dos manos, las dirigió a su espalda, con mis dedos desabroché su sostén y fui quitándoselo dejando totalmente a la vista sus dos grandes pechos, no podía dejar de mirarlos, eran como si sus pezones me estuviesen devolviendo la mirada, de los grandes que eran con cada mínimo movimiento que hacía Candela estos se movían, también se caían en direcciones opuestas, eran preciosos, sobre todo porque la huella que había dejado el bikini tras tomar el Sol le daba un toque más sexy. “Tócale las tetas” dijo Elena mirándome, fui con mis dos manos y achuché ambos pechos, eran muy suaves y voluminosos, las agité y apreté, me estaba quedando hipnotizada.

    “María, pon tu cara entre sus tetas por diez segundos”, obedecí, Candela puso sus manos sobre mi cabello empujando mi cara contra su pecho, cerré los ojos y sentía sus pechos a cada lado de mi cabeza, podía oler su cuerpo perfumado con vainilla, la suavidad de su piel e incluso el palpitar de su corazón. Al terminar, me separó y dijo Candela: “María, bésame”, “Sí” respondí yo, se encorvó, puso sus mando en mis mejillas y nos pusimos a besarnos, fue lento, húmedo y muy excitante, compartimos saliva y respiración, su cara contra la mía, sus pómulos contra mi nariz, su pintalabios mezclándose con el mío, no quería que ese beso acabase.

    Candela empezó a frotar su cuerpo contra mí y a soltar ligeros gemidos. Bajé mis besos a su cuello, ella bajó sus manos y me agarró las tetas, yo en respuesta agarré su culo y volví a besarla.

    Me di cuenta de reojo que Raquel estaba grabando con su móvil, pero me dio igual, Elena estaba impactada con lo que estaba pasando.

    Tras un largo, excitante y pasional beso Candela se separó y me dijo “¿Quieres seguir?”. Yo, con mis pezones endurecidos y la cara roja asentí con la cabeza mientras me mordía el labio inferior, “Pues desnúdate”. No me lo pensé, me quité las chanclas y los shorts que tenía puestos dejándome en tanga. “No puede ser” dijo Raquel mientras con una mano sujetaba el móvil y con la otra tapaba su expresión de sorpresa. Al final me quité el tanga dejándolo a un lado de donde estaba sentada, Candela apartó la mesilla, se arrodilló en el suelo delante de mi, me abrió las piernas y acercó su cara a mi vulva.

    C: Que bonito tienes el coño María.

    E: Ay no puede ser tía -Dijo Elena tapándose la boca con ambas manos-

    C: María, ¿quieres que te coma el coño? -Dijo Candela mirándome con sus ojos.

    M: Si por favor.

    Con la punta de su lengua comenzó a explorar mis labios, primero por fuera y luego por dentro, dejando sus babas tras su paso. Besó mi vulva, la lamió, saboreó y comenzó a juguetear con mi clítoris. Raquel acercó la cámara de su móvil a mi coño grabándolo todo como si fuese una peli porno lésbica.

    Mi respiración fue agitándose cada vez más conforme Candela iba aumentando el ritmo de su oral, su lengua se movía muy rápido y empecé a gemir dejando la vergüenza a un lado mientras con una mano empujaba su cabeza contra mi coño y con la otra me apretaba las tetas. Mi torso subía y bajaba al ritmo de mi acelerada respiración y mis piernas se cerraban solas apretando así la cara de Candela con mis gruesos muslos.

    R: ¿Te está gustando? -Preguntó Raquel mientras me acercaba el móvil a la cara-.

    M: Me está encantando, me está encantando ayyy.

    R: Ya no eres virgen cariño.

    Raquel se acercó a mi cara y comenzó a besarme lentamente mientras yo temblaba de la excitación. Intenté seguir los movimientos de sus labios, el ritmo de sus besos, acaricié su costado levantando ligeramente su camiseta. Ella dejó de grabar, se apartó y se fue quitando la ropa mientras manteníamos contacto con las miradas, ya totalmente desnuda se abalanzó hacia mí para volver a besarme pasionalmente. Raquel y yo estábamos sudando, pasé mi mano por todo su cuerpo, por sus tetas, su espalda, su cara, su coño, su culo. Raquel se separó un poco y miró a Elena quien tenía la mirada perdida ante todo lo que estaba pasando.

    R: Ven Elena, hagamos que su primera vez sea única.

    Elena se desnudó completamente, se acercó a mí y empezó a besarme también, Raquel me estaba succionando una de mis tetas y Elena me estaba agarrando de la otra apretando mi pezón. Luego las dos empezaron a besarse enfrente de mí, compartiendo saliva y metiéndose lengua mientras en el fondo veía a Candela aún comiéndome el coño y mirándome de reojo. Me acerqué a las chicas y nos dimos un beso de tres, entrelazamos nuestras lenguas y juntamos nuestros labios chocándonos entre nosotras con nuestras narices.

    Candela dejó de comerme el coño y se unió al beso que reforzó nuestra amistad. Empezamos a besarnos entre nosotras por separado y turnándonos unas con otras, nuestros besos eran lentos, húmedos, cariñosos, entre risas nos mirábamos y rozábamos nuestras pieles con confianza.

    La primera con la que me besé fue Raquel, quien fue muy intensa; luego Candela, que me besó con mucho cariño y compartió miradas y risitas pícaras; luego Elena con quien tomé mucha iniciativa ya que era casi tan inocente como yo; otra vez Candela, Raquel me giró la cara y me besó de nuevo tras ella terminar me fui con Elena y así continuamente, intercambiando saliva, rozando nuestras pieles, mezclando nuestras femeninas voces con gemidos y risas tímidas y compartiendo miradas…

    Tras acabar nuestro beso casi ritualístico decidimos ir al dormitorio donde descansábamos Candela y yo ya que la cama era más grande. Elena se tumbó la primera, Raquel la besó, bajó a su coño para comérselo. Candela y yo estábamos de pie muy juntas besándonos sin parar, sus pezones hacían contacto con los míos, ella me metía su rodilla entre mis piernas para hacer roce con mi vulva dejando su pierna derecha mojada con mis fluidos, me agarraba del culo y me azotaba suavemente.

    Tomamos una pausa para ver a Raquel comerle el coñito a Elena con muchas ganas, ella lo estaba disfrutando, gemía suavemente y temblaba mientras empujaba con sus manos la cabeza de Raquel contra sus labios.

    M: Venga, ahora me toca comérmelo a mi -Le dije a Candela-.

    Me besó de nuevo, se tumbó al lado de Elena, me arrodillé al borde de la cama, puse mi cabeza entre sus muslos para ver mejor el postre que me iba a comer. Era una vulva muy bonita, carnosa y algo rosadita, era perfecta. Pegué mi boca con sus labios y comencé a mover mi lengua contra su vulva haciendo movimientos sobre todo cerca de su clítoris. Mis vistas eran ella, me veía rodeada por sus piernas y mirando en dirección a su hermoso cuerpo tumbado en la cama con sus tetas cayéndose a los lados de su figura. Ella gemía con la misma intensidad que lo hacía Elena, tras un rato gimiendo ellas dos se besaron y siguieron gritando de placer.

    Puse mis manos sobre sus muslos para que me apretase más y aumenté la intensidad de mi oral haciendo que ella se agitase mucho más intensamente. Raquel se acercó a mí, me besó y me hizo señas para que le comiese el coño a Elena intercambiándonos de pareja, la hice caso: puse mi cabeza entre sus piernas y pegué mi boca a su coño para comérselo con la misma intensidad que con Candela con la única diferencia de que Elena hacía presión con sus manos empujándome contra su coño.

    De tanto comer coño se me estaba quedando la cara mojadísima y se me resbalaba la boca entre sus labios con mucha facilidad, por lo que me puse de pie, metí mis dedos dentro de Elena y comencé a masturbarla con un movimiento rápido de dedos. Ella empezó a agitarse más que antes, se besó de nuevo con Candela y comenzó a gemir más alto que nunca llegando ella a un orgasmo que la hizo temblar las piernas y soltar un pequeño chorro que me mojó la mano entera.

    Dejé que Elena descansara, me subí a la cama para besar a Candela mientras estaba siendo masturbada por Raquel.

    M: Buena chica, buena chica -Le dije a Candela mientras me miraba con ojos vidriosos y una expresión de placer-.

    Raquel terminó con Candela, quien estaba satisfecha, temblorosa y muy excitada. Nos miramos todas riéndonos, estábamos muy sudadas, la luz se reflejaba en nuestras pieles y el pelo lo teníamos horrible y húmedo. Raquel se acercó a mi para besarme lentamente, pasar su lengua por mis labios y compartir los fluidos que habíamos saboreado. Me susurró al oído “vamos a hacer la tijera…”, cruzó sus húmedas piernas con las mías haciendo roce entre nuestros muslos, juntó su coño con el mío y empezó a frotarse conmigo mientras me miraba: su mirada era… decisiva, pasional y muy seductora.

    Comencé a moverme yo también contra ella, era muy torpe pero me adapté a sus movimientos y pude seguirla el ritmo, mis tetas botaban sin parar, nuestros labios resbalaban sin problema alguno por nuestros fluidos mezclados con sudor, gemí alto, temblé y casi lloro del placer. Candela se acercó a mi durante el acto, me besó, lamió mi mejilla, me comió las tetas y volvió a besarme. Elena se puso al lado de Candela para besarla.

    Ambas, sentadas muy juntas, comenzaron a masturbarse dedeándose mutuamente mientras nos miraban hacer la tijera. Yo aumenté el ritmo y Raquel hizo los mismos, nuestro suave roce se convirtió en un frotamiento violento y muy sonoro, mis gemidos ahora eran gritos de placer, yo estaba llegando al orgasmo hasta que sin predecirlo solté una gran squirt a ráfagas que mojó casi todo el cuerpo de Raquel.

    Me caí rendida y temblorosa dejándome tumbar con las piernas abiertas, Raquel no tardó ni un segundo en abalanzarse sobre mí y besarme como una loca, casi como si me estuviese comiendo la boca, pero en sentido literal. Luego puso sus dedos dentro de mí y empezó a masturbarme, yo en respuesta la abracé fuerte clavando mis uñas en su espalda y comencé a gemir alto cerca de su oído mientras casi todo su pelo sudado caía sobre mi cara mojada. Solté otro squirt que dejó una línea de chorro sobre la cama y mojó parte del suelo de la habitación.

    Mis ojos estaban en blanco, mi cuerpo tenía espasmos. Raquel, aún encima de mí, me abrazó dejando todo su peso caer sobre mí en señal de que ella también estaba cansada. Pasamos un buen rato así, abrazadas, con los ojos cerrados, compartiendo el calor y el sudor de nuestros cuerpos.

    Ella se apartó tumbándose al lado, yo me puse de cuclillas a un lado suyo, pasé mis manos por todo su cuerpo: la cara, el cuello, sus tetitas, el vientre… hasta llegar a su coño. Candela se puso al otro lado de Raquel para besarse con las dos por turnos mientras que Elena se tumbó con su cabeza debajo de mi coño para hacerme un oral. Comencé a masturbar el coño de Raquel con mi mano derecha mientras que con la otra la pasaba por todo su cuerpo acariciándolo y pasando por todas sus curvas. Tanto Raquel, Candela y yo compartíamos miradas pícaras y largos besos que nos calentaban.

    Elena pasaba su lengua por todo mi coño hasta llegando a mojarme el ano, donde ella hacía movimientos circulares que me hacían cosquillas. Aumenté la intensidad de mis dedos, Raquel respondió con más gemidos y un movimiento corporal más intenso, nos mirábamos, su cara era de placer, asentía mordiéndose los labios, yo quería que ella tuviese un orgasmo.

    Tras un dedeo intenso que fue subiendo de intensidad progresivamente, Raquel tuvo un orgasmo muy tembloroso que la dejó casi afónica por el grito que soltó. Saqué mis dedos mojados y se los metí en la boca de Candela para que los saborease, ella sin descaro, practicó una pequeña mamada a mis dos dedos centrales mientras se reía y me miraba.

    Elena seguía comiéndome el coño, aplasté su cara contra mi vulva y comencé a frotarme con su cara. Candela se volvió hacia atrás para comerle el coño a Elena y Raquel se levantó para besarme suavemente el cuello. Los gemidos de Elena me excitaban también el coño, su oral aumentó de ritmo y yo sentía que un orgasmo se acercaba, abracé a Raquel, comencé a soltar gemidos cada vez más sonoros hasta que solté un chorro que mojó la cara de Elena casi ahogándola. Estaba cansada, solté varios suspiros, cerré los ojos y seguí abrazada a Raquel pero con menos intensidad.

    Hasta ese momento y tras casi tres horas de sexo intenso las cuatro estábamos cansadísimas, por lo que nos tumbamos a en la cama, muy juntas, teniendo yo a mi derecha a Candela y a mi izquierda a Raquel quien a su otro lado tenía a Elena. Candela y yo estuvimos besándonos tranquilamente, compartiendo saliva y suspiros hasta que poco a poco el sueño me fue ganando.

    Me desperté la primera de las cuatro, lo primero que vi fue una espalda con marcas de arañazos y un poco sangrada que estaba cubierta parcialmente por una melena negra. Me di la vuelta a mi derecha, teniendo de frente a Candela con su cara muy cerca de la mía y sus tetas caidas hacia el colchón. Me levanté sentándome en la cama, estaban las tres dormidas, unas junto a otras en pareja, bajé la mirada al culo de Raquel y recordé todo lo que habíamos hecho la noche anterior, miré la cristalera del balcón que estaba semi abierta y por la cual entraba la brisa mañanera. Me tumbé de nuevo, estuve un rato reflexionando sobre lo que ocurrió ayer.

    Entre mi silencio y la sedosa brisa rozando mis pezones mis tripas rugieron. Me levanté, fui a la cocina, abrí la nevera y fui calentando un par de trozos de pizza que quedaban de ayer (si, un desayuno muy poco saludable pero es lo que había más a mano). Mientras los trozos se calentaban estuve mirando el salón y rememorando algunos momentos de ayer, vi el móvil de Raquel y me acordé del video que hizo. El microondas pitó, saqué el plato con los trozos y esperé a que estos se enfriasen un poco. Oí pisadas desnudas salir de la puerta de nuestra habitación, giré mi mirada y vi a Raquel acercándose hecha un desastre pero con una sonrisa en la cara.

    R: ¿Qué tal está mi niña?

    Me puse de pie y nos besamos como si fuésemos novias de toda la vida.

    M: Tu móvil está ahí.

    R: Ostias.

    Al cogerlo se acercó a mí, lo desbloqueó y lo primero que abrió fue el video de anoche, lo reprodujo y vimos como Candela me comía el coño mientras yo gemía con los ojos cerrados, sudorosa y el con mis tetas agitándose por el temblor de mi cuerpo y tras ello el beso que nos dimos Raquel y yo, pausándose el video tras unos 7 minutos. Raquel y yo nos miramos y reímos, compartí uno de los trozos con ella y nos lo fuimos comiendo mientras hablábamos sobre todo lo que ocurrió ayer, acabando así esta inolvidable experiencia.

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  • Tina al servicio de mi suegro

    Tina al servicio de mi suegro

    Unos días después de mi encuentro con Oscar recibí la orden de conectarme al sistema de video que mi suegro había instalado en mi casa, cuando me conecté apareció la cocina de la casa de Tina, en ese momento llegaron, esta y nuestro, de las dos, cuñado Oscar, del que ya he hablado en mi relato anterior. Tina le dijo:

    -¿Te apetece un café, cuñado?, y con voz insinuante añadió, ¿O prefieres otra cosa?

    Oscar miraba a Tina con ganas y ante la pregunta respondió, con voz insinuante:

    -Creo que prefiero otra cosa.

    Fue hacia donde estaba Tina, aparentemente el vestido que llevaba esta no era insinuante, era largo y poco ajustado, pero lo cierto es que se remarcaba el culo de ella, que lo tiene fantástico, Cuando llegó hasta ella, sus labios se juntaron y se besaron de una manera no acorde con su condición de cuñados. Él bajo su mano y le acaricio el culo mientras decía:

    -Menudo trasero tienes, cuñada.

    Cogió el vestido de su cuñada y lo fue subiendo poco a poco, hasta que llegó el momento en que el culo de Tina quedo a la vista, él se lo acaricio mientras decía:

    -Decididamente tienes un culo para comérselo, cuñada.

    -Tu sí que estas para comerte, cuñado, respondió ella.

    Él cambio de lugar para acariciar y sin dejar que el vestido bajara, solo unas diminutas bragas tapaban el coño de Tina, se lanzó a por sus pechos, mientras decía:

    -Son pequeñitos, pero muy ricos.

    Oscar subió a Tina sobre la encimera de la cocina y la sentó en ella, primero le acaricio los pechos por encima del vestido, después la bajó las hombreras de este y los pechos de Tina, que no llevaba sujetador, se quedaron al aire, se les acaricio primero y luego se los comenzó a besar. Y así estuvo un rato hasta que Tina dijo:

    -Tú me estas tocando todo y yo aún no te he tocado nada, dijo Tina.

    Y llevó una de sus manos hacia el cuerpo de su cuñado, primero le subió la camiseta, y dijo:

    -Como te cuidas cuñadito, se nota que vas al gimnasio.

    Después bajo su mano hacia el pantalón, se lo desabrochó e hizo que la polla de Oscar saliera de su escondite y añadió:

    -Menudo pollón tienes, Genesis debe de estar muy satisfecha.

    Y comenzó a acariciársela, así estuvo un rato hasta que Oscar la pidió:

    -Cuñada tengo ganas de comerte el coño, quítate las bragas.

    Ella lo hizo y Oscar agachándose un poco introdujo su lengua en el interior del coño de su cuñada, que nada más recibirla comenzó a gemir de manera muy intensa, mientras decía:

    -Que bien lo comes cuñado, que envidia me da Genesis.

    La lengua de él jugaba con el coño de ella, como había experimentado yo pocos días antes, Oscar sabía comer el coño muy bien, su lengua exploraba cada centímetro del sexo de su cuñada llevando a esta a la gloria como reflejaba la intensidad de sus gemidos hasta que se corrió.

    Tras este orgasmo Tina se bajó de la encimera y se arrodilló ante la polla de su cuñado y metiéndosela en la boca comenzó a hacerle una mamada, estuvieron así un rato, hasta que él dijo:

    -Quiero follarte ya, y quiero hacerlo en la cocina.

    Ella se levantó y terminó de quitarse el vestido, después se apoyó en la encimera de la cocina y levantando una de sus piernas, su coño quedo abierto, y ella dijo:

    -Estoy a tu disposición cuñado.

    Él de un golpe, desde atrás, introdujo su polla en el interior del coño de su cuñada, que comenzó a gemir de una manera muy intensa, mientras le preguntaba:

    -¿Follas así con tu mujer?

    Él le dijo que no que la vida sexual entre ellos era muy monótona, y que llevaba tiempo queriendo follar con una mujer como estaba follando con ella en ese momento, y siguió follándola con mucha pasión, los gemidos de los dos se mezclaban, verlo era alucinante y no pude dejar de llevar mis dedos hasta mi coño. De pronto ella le pidió:

    -Cógeme en brazos.

    Él no se hizo de rogar y sin sacársela la cogió entre sus brazos y siguió follándosela, hacía falta mucha forma física para hacerlo como lo hacían ellos y se notaba que lo estaban pasando muy bien, pero claro era una postura muy cansada, y Tina le propuso que la colocará otra vez encima de la encimera, él lo hizo, y en ese momento ella le propuso que se sentara a su lado, los dos apoyados en la pared, ella se abrió bien de piernas, y él, en una postura que me pareció muy acrobática, le volvió a meter su polla dentro de su coño y siguieron follando, hasta que ella dijo:

    -Quiero cabalgarte.

    Se levantó de la encimera y en una postura que me impresionó se colocó encima de él e hizo que la polla de su cuñado volviera a encontrar refugio dentro de su coño. Y comenzó a moverse de arriba abajo, de una manera deliciosa, daba gusto ver su culo mientras lo hacía, hasta que ella dijo:

    -Mi amor hacerlo aquí en la cocina es muy salvaje y excitante, pero creo que los dos estamos un poco cansados, quizá en el sofá del salón lo podamos hacer de una manera igual de excitante, pero más reposada.

    Se levanto y cogiéndole de la mano, le condujo hasta el salón, una vez que llegaron allí ella le pidió que se sentara, y arrodillándose ante él dio comienzo a una nueva mamada para volver a poner en forma su polla que con el traslado se había bajado un poco.

    Los efectos de la misma se empezaron a notar pronto y la polla de nuestro cuñado recuperó todo su vigor, en ese momento ella dijo:

    -Bueno cuñado, volvamos a la tarea.

    Y poniéndose encima de él volvió a cabalgarle, pero esta vez parecía sentirse más cómoda, mientras los gemidos de él demostraban su comodidad con la nueva situación, de esta manera continuaron follando los gemidos de los dos eran cada vez más intensos, se notaba que ella estaba teniendo a algunos orgasmos, hasta que Oscar dijo:

    -Me viene.

    Al oírlo su cuñada se salió y se volvió a arrodillar ante él, y se metió su polla en la boca, su cuñado, apretó la cabeza de ella con fuerza, en esos momentos por la expresión de su cara se notaba que estaba eyaculando, ella aguantó la riada, sin soltar su polla, cuando Oscar terminó, ella se la sacó de la boca y dijo:

    -Menudo rio me has soltado en la boca, he tenido miedo de atragantarme, tienes una polla divina.

    Y volvió a besarla, mientras con la lengua la limpiaba cualquier resto de semen, pero cuando terminó la operación de limpieza, ella no estaba dispuesta a renunciar a su tesoro, jajaja, y siguió chupándosela, hasta que él dijo:

    -Cuñadita, eres una folladora excepcional, tu marido, aunque sea un cornudo, tiene la suerte de tener una mujer como tú, pero ahora tengo un capricho muy especial, quiero metértela por el culo.

    Jajaja, se rio ella, y añadió, caramba, cuñado no te imaginaba de esos gustos, pero desde luego para mí es un placer complacerte, así que como lo perra, o lo zorra, que soy, aquí tienes mi culo.

    Y tras decir esto se puso a cuatro patas y añadió:

    -Soy toda tuya.

    Él se puso detrás de ella, y llevando su polla hasta el culo de su cuñada, Oscar la penetró por su agujero trasero, Tina comenzó a gemir de nuevo, pero esta vez con más fuerza, se le notaba que estaba disfrutando de la penetración, y continuaron follando, se notaba que Tina estaba teniendo varios orgasmos, hasta que él se corrió y dejó su culo lleno de leche.

    En ese momento la imagen se fue, pero yo estaba tan caliente que no pude dejar de poner mi mano en mi coño.

    Unos días después el aviso de nuevas imágenes volvió a llegar y yo me fui a verlas, y allí en la piscina del chalé de mis suegros estaba Tina, con un pequeño bikini tomando en sol, en ese momento llegó un hombre, era Tomas, otro de los contactos comerciales de mi suegro, se saludaron, él era un hombre cincuentón y tener a mi cuñada con poca ropa delante de él sin duda le estaba excitando y mucho. Tina le dijo:

    -Tomas tú sabes que eres un socio muy importante para nosotros, y queremos que te sientas muy a gusto, así que, dijo esto poniendo un tono muy sensual, cualquier cosa que te apetezca, solo tienes que pedirla por esa boquita,

    Él parecía nervioso, entonces Tina dijo:

    -Creo que sé lo que te apetece y te lo voy a dar.

    Y antes de que él se diera cuenta de lo que sucedía se arrodilló ante él y abriendo la boca introdujo la polla de su invitado en su interior, Tomás se puso a gemir mientras decía:

    -Que bien la chupas, ni mi secretaria lo hace tan bien.

    Tina paró un momento y se rio y después continuó con la ceremonia de bienvenida, hasta que dijo:

    -¿Tu secretaria te la chupa o te hace algo más?

    -Me hace de todo, dijo él.

    -Pues yo también, dijo Tina.

    Tina se levantó y se quitó primero la parte superior del bikini, y luego la parte inferior, quedándose completamente desnuda, después se tumbó sobre una de las hamacas que había cerca de la piscina, y se abrió bien de piernas, y sonriendo, con una voz muy insinuante, le dijo:

    -Soy toda tuya.

    Tomas, ante la oferta que acababa de recibir no se lo pensó y dejando que su bañador cayera también se quedó desnudo, la actitud de Tina le había sorprendido y excitado, su polla estaba durísima, se acercó donde estaba tumbada Tina, e introdujo su polla dentro del coño de mi cuñada.

    Esta comenzó a gemir, mientras decía:

    -Que suerte tiene tu secretaria, que disfruta de este pollón y la pagan, jajaja.

    Tomas seguía follando el coño de Tina, los gemidos de la chica parecían estimularle, y siguió moviéndose dentro del coño de una chica que por edad podía ser su hija, estuvieron un rato en esta postura, hasta que ella dijo:

    -Mi amor debes de estar cansado, déjame a mi montarte.

    Él se la sacó ella se levantó de la hamaca, y él se sentó en su puesto, Tina se puso encima e introdujo la polla de Tomas en el interior de su coño, entonces comenzó a cabalgarle mientras el se ocupaba de sus tetas, unas veces acariciándolas con sus manos y otras chupándoselas. Se notaba en la cara de Tina como se estaba corriendo, cosa que ocurrió varias veces, y hasta que Tomas dijo:

    -No puedo más.

    Al oírlo Tina se salió l se levantó y posteriormente se arrodilló, y por último le pidió que se pusiera de pie, cuando lo hizo ella le acarició la polla hasta que un chorro de leche salió de ella y se fue a estampar en la cara de mi cuñada.

    Estuvieron descansando unos minutos, los dos tumbados compartiendo una de las hamacas, hasta que Tomas volvió a acariciarle las tetas de Tina, diciéndole:

    -Me encantan tus tetas.

    -Son pequeñitas, dijo Tina.

    -Si, pero preciosas, dijo él, y siguió acariciándoselas

    -¿Tienes ganas de seguir follando?, preguntó ella

    Él hizo una señal con su cabeza, y Tina llevó sus manos hasta la polla de su acompañante comenzando a hacerle una paja, después metiéndose la polla de Tomas en la boca, comenzó a chupárselas, se notó como enseguida la polla de Tomás se volvió a poner dura, yo contemplando la escena no pude evitar, como me había sucedido otras veces, llevar mis dedos hasta el interior de mi coño y masturbarme.

    Ellos ajenos a esto continuaban igual, Tomas después, procurando que su polla no saliera de la boca de Tina, llevó una de sus manos hasta el coño de ella y primero lo acaricio por fuera y luego introdujo uno de sus dedos en él, ella acusó el golpe y dijo:

    -Sabes como dar gusto a una mujer, tu secretaria tiene mucha suerte.

    Luego siguió chupándosela hasta que Tomas dijo:

    -Creo que mi polla ya está en forma, creo que ya es hora de que haga otra visita a tu coño.

    Y tumbando a Tina sobre la hamaca, se colocó encima de ella e introdujo, nuevamente, su polla dentro del coño de mi cuñada, cuando esta sintió el miembro de Tomas dentro de su sexo se puso a gemir. Él al sentir los gemidos de mi cuñada redobló el ataque, mientras ella decía:

    -Joder que bien lo haces, follas muy bien.

    Él sin dejar de moverse dentro de su coño la dijo:

    -No creo que Jacobo sepa la clase de nuera tan puta que tiene, si no te utilizaría para hacer negocios.

    Y seguía follándose a Tina, que se volvió a correr, mientras el seguía moviendo su polla dentro de ella, pero una idea pareció surgir de su mente y dijo:

    -Me encantaría metértela por el culo.

    -¿También eso se lo haces a tu secretaria?, preguntó Tina muy insinuante.

    -Por supuesto, dijo Tomas.

    -Pues yo no voy a ser menos, dijo Tina, doblándose sobre la hamaca y poniendo su culo en pompa.

    Tomas al verla no lo dudo, y de un golpe metió su polla dentro del culo de mi cuñada.

    Esta no pareció sentir ningún dolor, se notaba que estaba acostumbrada a recibir pollas por ahí, como la de Oscar hacía unos días, jajaja, y Tomás al notar que ella disfrutaba se excitó aún más y aceleró el ritmo, pero el culo de Tina parecía estar preparado para todo y aguanto su ritmo, al rato ella le preguntó:

    -Cariño que te parece si me dejas arriba a mí.

    Él accedió y sacándosela se sentó en la hamaca, ella se sentó encima de él e introdujo la polla de Tomas en el interior de su culo, nunca pensé que esta postura fuera posible, pero ella lo hizo y comenzó a cabalgar la polla de Tomas con su culo, como antes había hecho con su coño. Y yo viéndolos no pude hacer otra cosa más que mover mis dedos dentro de mi coño con verdadera rabia.

    Ella seguía moviéndose mientras él decía:

    -Tienes un culo fantástico para follársele

    -Gracias, mi amor, será tuyo siempre que te apetezca, si te mantienes fiel a las empresas de mi familia, por supuesto, dijo ella sonriendo.

    Y siguieron follando por el culo de ella, que nuevamente volvió a correrse, había perdido la cuenta de las veces que Tina se había corrido esa tarde, hasta que Tomas dijo:

    -Estoy a venirme, mi amor.

    Lo hizo y el culo de Tina se llenó de su leche, en esos momentos el sistema dejo de emitir imágenes.

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  • 21 años más

    21 años más

    Había conocido a Ale, la madura en una aplicación de citas.

    Desde el inicio me dijo: “Tengo 55 y me gustan jóvenes, ¿tienes problema?“

    Y yo le dije que tenía 34 y me encantaba coger maduras.

    Tuvimos una cita, donde en un café descaradamente nos estábamos tragando a besos, hablando de sexo y yo le mostraba fotos de mi verga, mientras ella me decía que estaba muy mojada y me sobaba la verga llena de baba por encima del pantalón.

    Le insistí que fuéramos a mi departamento a 5 minutos de ahí y no quiso, que lo dejáramos para otra ocasión con más tiempo.

    Pasó un mes y no se pudo concretar.

    Ale tenía 55, melena corta, chaparrita delgada, con poco culo y tetas pequeñas, una boca deliciosa y una actitud muy sexosa.

    Era una mujer petite. Yo de 180, cuerpo atlético y una verga de 20 cm tan gruesa como mi antebrazo.

    Una tarde me dijo que fuera, salí de la oficina y me fui directo hasta su casa en un municipio a una hora (por el tráfico de la CDMX).

    Tan pronto llegué le di unos besos.

    Su casa era muy grande y tenía una terraza con vista a la ciudad.

    Subimos y ahí me saqué la verga durísima y la puse a mamármela mientras yo veía las estrellas.

    Después la puse de pie, le bajé los jeans y poniéndome atrás de ella, así parados, le metía la punta mientras masajeaba sus tetitas por encima de la blusa.

    Me pidió que siguiéramos en la cama.

    Así que fuimos a su cuarto y ahí si nos desnudamos completamente.

    Le pedí que me pusiera el chocho en la cara e hiciéramos un 69.

    Tenía la vagina con algo de vello, y yo disfrutaba mucho comérsela, pasamos mi lengua de su pucha a su culo y le comía todo mientras ella se ahogaba con mi verga. Hacía el intento por comérsela toda, pero mi verga era prácticamente como un brazo suyo.

    Provoqué que se viniera en mi boca y le pedí que se montara en mi verga, aunque le era muy difícil. Su tamaño tan pequeño le impedía montarse completa en mi verga sin tener dolor.

    Me puse encima de ella y entrando apenas la mitad me vine dentro de ella.

    Bajamos a su cocina a tomar vino y comer algunas cosas que preparó para picar. Yo estaba en bóxers y ella en bata.

    Estuvimos hablando, nos acabamos la botella de vino, sentados en unas sillas altas de barra de cocina.

    Me acerqué a ella, me bajé el bóxer y de pie, mientras ella estaba sentada, abrí sus piernas, la comencé a besar y a meterle la verga. Lubricada por su excitación y mi semen entró fácil, pero de nuevo solo la mitad. Cada que intentaba meterla más comenzaba a quejarse del dolor.

    Así estuvimos ella arriba de la silla alta y yo de pie, penetrándola hasta que se vino y yo de nuevo eyaculé dentro de ella.

    Limpió mi verga con su boca y terminamos.

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  • A mi ex suegra le gusta mi verga (2)

    A mi ex suegra le gusta mi verga (2)

    Después de ponerle la mano en mi pene, ella la quito y me dijo: “no estoy segura de hacer esto”, me senté al lado de ella y le dije: “estamos en el momento de disfrutar el momento, date la oportunidad de hacer algo que querías hacer hace mucho, nadie se va a enterar, ya estamos aquí tal vez no haya otro momento”; me miro y se veía insegura de hacerlo, yo solo me acerque le di un beso en la mejilla, la acaricie en la otra mejilla, seguí dándole besos cerca de su oído, bajando un poco al cuello, se retorcía completa y apretaba los puños de sus manos, baje un poco mi mano, hasta casi llegar a su teta, pare de darle besos, la vi de frente y le dije “disfrútalo”.

    Toque su teta y la aprete, mientras me acerque a sus labios y los rose con mis labios, sentía sus latidos y su respiración muy agitados, la empecé a besar y me correspondió el beso, probar sus labios por primera vez se sintió tan rico, la mujer probablemente más prohibida e inalcanzable desde mi posición, la mamá de mi ex, la abuela de mi hijo, sentía tanta excitación, fue el primer beso, pero de ahí se desencadeno una manera de besarnos como locos, unas ganas inmensas que nos guardábamos que estaban saliendo en los besos, no se reprimió ya nada en ese momento, me besaba con descontrol total, metíamos lengua, prácticamente nos estábamos comiendo la boca uno al otro.

    Mientras pasaba esto, no dejaba de acaricias sus pequeñas tetas; se retorcía de placer, no se animaba a tocarme la verga ella sola, solo pasaba su mano por mi pierna, yo empecé a besar su cuello, casi a lamerlo del placer, estábamos como animales, bajaba con los besos a sus hombros descubriendo un poco su blusa, ella solo cerraba los ojos y disfrutaba y su respiración era agitada, completamente extasiada y ni si quiera habíamos comenzado el sexo.

    Ya quería probar sus tetas con mi boca, le quite la blusa, dejando su brassiere al descubierto, me abalance a besarle el pecho, por un lado del bra, sin besar aun sus pezones ni vérselos, soltaba los primeros pequeños gemidos, mientras le pasaba las manos por toda la espalda, desabroche su bra y voltee a verla a los ojos, la bese en los labios y le quite el bra, voltee de nuevo a sus tetas y ahí estaban, por fin estaba desnudándola a la infiel de mi ex suegra, pezones bien duros, más ricos de lo que los imaginaba tantas veces.

    No lo pensé dos veces y directo a mamar de esas tetas, lamia una y otra sin control, esos ricos pezones maduros, mordía hasta cierto punto sin exagerar, Karla solo se retorcía y gemía de placer, tal vez llevaba tiempo sin sentirse tan excitada al tener sexo, apretaba las piernas y aflojaba unos segundos, me prendía sentirla tan caliente, me levanto la cara, me beso de nuevo como loca y me levanto la playera, me la quite y empezó a desabrochar mi cinturón, ya quería sacarme el pene, la deje que ella lo hiciera, desabrocho también mi pantalón, lo bajo hasta mis muslos, dejando mi bóxer aún puesto.

    Yo con la verga erecta, lo contemplo por unos segundos; siento yo que fue una manera de verlo y pensar que aquello que empezó viendo mis estados con la verga erecta, por fin se lo iba a terminar comiendo, me termine de quitar por completo el pantalón, me tomo el bóxer con ambas manos por los costados y lo bajo suavemente sin separar su mirada de mi pene, bajo lento y sentí que quería lanzarse directo a metérselo en la boca, pero se contuvo por cierta vergüenza aún, le tome su mano, la empecé a besar introduciendo mi lengua en su boca como un loco, mientras baje su mano a mi pene.

    Lo sintió por primera vez con su mano, piel con piel y sus besos empezaban a ser más excitados, froto su mano en toda mi verga y en mis testículos, bajaba y subía repetidas veces tocándomela, me empezó a besar el cuello y sin soltarme el pene bajo a besos en mi pecho y en mi abdomen, quería llegar a mamármela, justo entre el abdomen y mi pene se detuvo, lo contemplo mientras lo masajeaba, pero no se lo llevo a la boca, se levantó de nuevo y me beso.

    Yo estaba que ya no aguantaba verle la vagina, así que la agarre y la tire a la cama, me vio con cara que le gusto esa intensidad, aún con el pantalón puesto ella, me puse encima y empecé a besar sus pechos y le decía: “me encantas Karla, quiero que ya seas mía” baje un poco al abdomen y claramente sentía su vergüenza pues al tener 3 hijos y a su edad, le generaba mucha inseguridad esa parte de su cuerpo y obviamente un oral de ella a mi o yo a ella, era algo que se necesita un poco más de confianza, por eso lo evitaba y me levantaba la cara casi por llegar a su vientre y cuando estaba por bajarle el pantalón y su calzón.

    Pero yo sabía que era esta oportunidad para hacer todo lo que se me antojaba dado que si después de lo de ese día se arrepentía de lo que hicimos no habría segunda oportunidad de saborear su vagina. “Karla, necesito que estés relajada y sueltes tu mente un poco, te quiero hacer sentir lo mejor posible pero quiero que no sientas vergüenza, eres hermosa y todo tu cuerpo me encanta, relájate y disfruta” le solté la labia esperando que funcionara y así fue, volví a bajar a besos por sus pechos, su estómago y llegue al vientre, ya se percibía ese olor a vagina mojada, toque por encima de su pantalón su vulva y se sentía calientito.

    Se retorció y me acaricio el pelo, ya no para evitarlo si no haciendo la invitación a ya bajar su ropa, seguí besando todo el vientre y empecé a bajar su pantalón, su calzón claramente indicaba que ella lo deseaba también, combino calzón de encaje y bra, la imagen al bajar su pantalón y ver su vagina húmeda apenas tapada por ese calzón es algo que jamás olvidaré, saque por completo su pantalón, tome una de sus piernas y la eleve hasta mi, yo parado acaricie su muslo y sus pantorrillas, ella con los ojos cerrados estaba disfrutando del momento, empecé a besar su pie, lamerlo cada parte y sus dedos, sentía con mi mano como se le erizaba la piel en cada roce de mi lengua con su pie.

    Subí su otra pierna y repetí la operación, saboree sus pies completos y fui besando sus pantorrillas, mientras me iba agachando para acercarme a su vagina nuevamente, al llegar a los muslos riquísimos de Karla, ella no podía resistir que le besara la parte interior de sus muslos, se movía toda y soltaba gemidos, estaba extasiada y aún no llegaba a besar su vulva, entre más me acercaba besando sus piernas, eran mas fuertes los gemidos y sus movimientos, me puse justo frente a su vagina, toque por encima del calzón y estaba empapado de sus fluidos, en cuanto toque, soltó un muy excitante “ya lámeme” en voz baja y entre gemidos.

    Acerque mi nariz lo más que pude e inhale profundo su olor, indescriptible, hasta se me hace agua la boca nada mas de recordar, tome su calzón y lo baje poco a poco, su linda vagina madura, sin rasurar como buena señora, empapada y con sus labios interiores perfectos, me estaba pidiendo su vagina a gritos que la lamiera ya, bese su entre su vulva y su muslo, más la estaba haciendo esperar, para que más deseara mi lengua entre sus piernas, se tocaba los pechos y sus piernas me apretaban la cabeza, puse mi lengua apenas perceptible en su clítoris, soltó un grito como si estuviera en su clímax.

    En cuanto lo soltó, me fui a lamer con convicción ahora si su clítoris, pasé mi lengua una y otra vez y estaba incontrolable, eran gemidos reprimidos y cada movimiento de mi lengua era una fuerte contracción en todo su cuerpo. Ese acido sabor de sus fluidos, me hacía querer más y más y bajaba hasta la entrada de su vagina y lamía desde ahí hasta la punta de su clítoris, pensaba mientras tanto: “mi ex suegro, yo creo que nunca le ha lamido la cola así por eso esta tan excitada” eso me hacía esforzarme más por hacerla llegar al orgasmo con mi boca y me ponía muy erecto, contrajo todo el cuerpo, arqueo la espalda, me apretó con sus piernas la cabeza, me tomo del cabello y gimió muy fuerte.

    Un sabor un poco más acido de lo que estaba siendo sentí en mi lengua, la infiel de mi ex suegra, había tenido un orgasmo en mi boca, era un sueño hecho realidad, sus jugos habían llenado toda mi boca y gemía gracias a mí, yo no podía con la excitación, quería cogerla ya.

    Fue pasando su clímax, sus piernas dejaban de temblar ya y me levanto la cara hasta su cara, me beso desesperada con lengua y todo; “te gusto preciosa?” con su cabeza me respondió que si sin dejar de besarme; “quiero que seas mía completamente ya” le dije; dejo de besarme y me contestó: “ya quiero que me hagas tuya…” tomo con una mano mi pene, lo acaricio y siguió: “pero antes quiero probarte yo también a ti”.

    Mi pene explotaba la mamá de mi ex, quería hacerme una mamada, ansiaba por meterse el mi verga a su boca.

    Se arrodillo frente a mí, acomodo su cabello para que no le estorbara y tomo con ambas manos mi pene, lo acariciaba y lo veía, me miro y me sonrió, desde mi perspectiva parado, con la verga erecta, vi a mi ex con unos años más, sonriéndome antes de chuparme el pene, como lo hizo tantas veces, era la misma sonrisa que su hija hacía, sus ojos y sus manos acariciando con delicadeza mi verga, no podía creerlo, de solo sentir sus manos era demasiado placer, lleve esto muy lejos y no creí que llegaría a pasar, de ponerle indirectas en WhatsApp y poco a poco irle mostrando el pene en mis estados, hasta el punto de tenerla a un momento de sentir su lengua en mi verga.

    Levante la cara, mire al techo, puse mis manos sobre mi cabeza y sentí sus labios húmedos como iban cubriendo la cabeza de mi verga, lo metió hasta la mitad mientras su lengua hacia movimientos en mi glande, suspiré fuerte y voltee a verla, la tome del pelo y empuje mi cuerpo hacia su boca, empezó a mamar, pasaba sus labios del glande a la mitad de mi pene, con una mano jugaba con mis testículos, me miraba de vez en cuando, con esa mirada de las mujeres cuando están chupándotela y te ven con unos ojos inocentes que no crees lo que están haciendo, poco a poco, subía el ritmo.

    Ella con sus labios introducía cada vez más mi verga en su boca y yo empujaba más mi cuerpo contra ella, sinceramente no fue la mejor mamada que me hayan hecho, creo yo que no es algo que practicara con su esposo, ni el oral a él, ni el oral a ella, así que mucha practica no había según yo, igual el hecho de sentir su saliva bañando todo mi pene, era suficiente para sentirme excitado.

    La tome más fuerte de su cabello, empecé a meter mi pene más profundo y ella hacía sonidos de que estaba llegando a su garganta; “lame puta, lámelo todo”, susurre apenas para liberarme yo de lo que sentía, sin querer que ella escuchara, pero sacó el pene de la boca y me dijo: “repítelo”, baje la mirada a ella, me sonrió e insistió: “repite lo que dijiste”; tome mi verga con una mano sin soltarla del cabello con la otra y la acerque hasta su boca: “lámelo puta…” saco la lengua lamio el glande y respondió con una voz inocente: “así?”.

    Lo introduje con algo de fuerza en su boca casi por completo y le dije: “así, lámelo completo puta infiel”, parece que le gustaba sentirse una puta y como no, después de tantos años de solo compartir la cama con un solo hombre, estaba liberando todos sus deseos contenidos, le estaba encantando ser infiel con su ex yerno, con el ex novio de su hija, ya era mi puta Karla.

    Hasta aquí, si no se hará muy pesado de leer, si de por si siento que es mucho, continuo enseguida, ya no los haré esperar como la última vez.

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  • Mi esposo necesita ayuda

    Mi esposo necesita ayuda

    Quedan enfrentados por la única silla que no fue retirada del juego. El papá mide un metro con noventa centímetros y con inclinarse ocupa la mitad del espacio, y la amenaza con el cuerpo caminando en círculos. Ella, vestido de novia desplegado, brazos con guantes al codo puestos en la cintura formando un ángulo, se mueve y gira, lista para arrojarse cuando pare la música.

    Parecen haberse olvidado de los invitados, de la mamá, de sus amigas, de su esposa y del marido de ella, de los amigos. Quedaron solos en medio de la fiesta. Él parece incómodo, apretado en el smoking alquilado, los músculos queriendo salir fuera. Ella se siente cómoda con los cierres y broches que la ajustaban al vestido y dibujan su cuerpo en un relieve sensual.

    Cesa la musca, el papá se sienta, pero en un arrebato la arrastra con él, la sienta en sus faldas, la abraza con fuerza.

    -Te amo corazón -dice en el oído de su hija, la levanta, gira y la deposita con suavidad encima del tapizado oscuro de la silla. Ella se estira, lo besa cerca de los labios, Nadie lo ve, todos están nerviosos, excitados, alegres.

    Llega la hora de bailar. Sus amigas la agarran -no, no -interrumpen las tías -la tradición -dicen: -tiene que bailar con el primer hombre de su vida.

    Su papá la envuelve y lleva sus pasos. Es un poco torpe pero cubre todo su cuerpo, sabe dónde apretar, tenerla agarrada, arrastrarla. Eso siente. Sabe que exagera, que se engaña, que esta alzada desde que se puso la lencería de bodas, pero la sensación está ahí, las manos que vio arreglar lavarropas, hundirse en el motor del auto y en cualquier cosa que se rompiera, la sostienen y bailan con su cuerpo como si la reclamaran.

    -Porque dirán el primer hombre… -pregunta y se siente muy puta, que se insinúa, que coquetea. Pero su papá mira con los ojos turbios de lágrimas

    -Corazón… siempre fuiste mi nena… vos, la favorita… no se lo digas a tu madre… -dice y aspira por la nariz como si pudiera tragarse las lagrimas

    -Quiero que sepas que aunque te cases con ese boludo siempre vas a ser mía… -insiste.

    -Siempre pa -se apura en contestar. Tiene miedo que los pezones hagan un agujero en la tela del vestido, endurecidos en piedra y agradece en silencio el consejo de su mejor amiga que insistió para que usara un vestido largo. Siente los muslos pegajosos, traspirados.

    Después la fiesta los devora. Bailan y comen. Vuelven a bailar. Hay fotos, hay torta, hay una ceremonia para cada invitado que se retira de saludos y deseos que tengan el matrimonio más feliz de la tierra.

    Llega la mañana, el día, la implacable luz solar. Sebastián su marido esta borracho, alegre, sus amigos no dejan de sacudirlo y empujarse o subirse unos encima de los otros a modo de festejo.

    Sus amigas le regalaron una noche en una habitación de lujo, antes de partir d viaje de luna de miel.

    -Picaros -festejan los amigos la partida de los novios

    -Ay el amor -suspira la familia.

    -Nena… cuidadito con lo que hacen… -sonríen sus amigas cómplices.

    Las cortinas, los jabones pequeños formando una fila a lo largo del borde de la bañera, un sillón veneciano en rojo y la cama, cubierta con chocolates y pétalos, todo en la habitación pretende sugerir la pasión y el deseo.

    Sebastián se arroja vestido aplastando la figura de un elefante formado con toallas y grita: -a dormiiir.

    -ayúdame con el vestido amor -dice Micaela.

    Como si fuera una mariposa, Micaela sale del vestido aunque en lugar de alas, su piel blanca está cubierta de lencería oscura, un conjunto que le regalaron sus amigas, simboliza la entrega le explicaron, cada cinta que cruza su estómago o se ajusta a las piernas, cada elástico que sostiene sus tetas o ajusta la cintura son los pasos que el marido tiene que recorrer para acceder a su esposa desnuda. Ella se entrega como un presente dijeron. Sebastián su esposo parece de esos nenes que se duermen y abren los regalos al otro día porque después de quitarse el pantalón y los zapatos se pone de costado y se acomoda para dormir.

    Quiere ponerse a llorar. Es lo primero. Los sentimientos la atropellan y la arrastran. Su cuerpo es la jaula de una gata en celo -una yegua alzada-pronuncia bajito excitándose. En un impulso agarra el teléfono y de pie frente a su marido que ronca suavemente, escribe:

    -estas despierto pa -El silencio del mensaje la desespera. Apenas pasaron segundos. Fue una mala idea -piensa- estoy enferma-. El mensaje se tiñe de azul.

    -Siempre corazón, estoy en la puerta de tu cuarto vigilando por si aparece un dragón -dice y agrega varios emojis como un tonto.

    -Entra entonces pa -contesta recostándose en la cama consciente de estar casi desnuda y que ese casi, ese pequeño pretexto de tela transparente, lo hace ver peor, más deseable que si lo estuviera del todo.

    -Que pasó Micaela…

    -veni por favor… -El papá no contesta o quizá, su respuesta sean unos golpes a la puerta seis minutos después.

    Con la mirada entiende todo. Es un hombre acostumbrado a desarmar cosas, mirar y entender que necesita arreglo Relaciona las botellas sin abrir, el esposo durmiendo, y las lágrimas que su pequeña estrella contra su camina mientras la sostiene abrazada.

    -Tranquila corazón ya llegué tranquila -dice tratando a su hija como si todavía fuera una nena. Pero la mujer que tiene entre sus brazos usa una pequeña tanga que por delante transparenta el pubis y los labios debajo. Que la parte que cubre los pezones esta tensa y puntiaguda porque creció, le salieron tetas.

    -Llévame a la cama… por favor -susurra apagando las lágrimas y el papa, la levanta en brazos como si fueran ellos los recién casados y elige, un sillón amplio que está en la otra punta de la habitación para recostarla.

    -Espera que traigo para taparte -dice y por eso Micaela vuelve a llorar, desconsolada. El papá se arrodilla y la agarra del tobillo. Son dedos, pero es un grillete también. Cierran el círculo.

    -Ojalá quede la marca, una quemadura -piensa y endurece todo el cuerpo. Unas gotas de pis mojan la tanga.

    -Te espero pa -contesta dominando sus deseos de acariciarse.

    Cuando el papá la envuelve en un cubrecama blanco que encontró en uno de los tanto muebles que hay en la habitación y la abraza contra el asegurando que no va irse hasta que se duerme algo en su cuerpo cambia. La tristeza se transforma en algo tibio, algo que parece venir del pasado, que la tranquiliza.

    Con un gesto desprende la parte de arriba del conjunto y sus tetas, aparecen de pronto llenando toda la habitación. Se las está mostrando. Sus tetas. No hay una excusa, necesidad, un motivo. Las tetas blancas cuelgan y los pezones parecen captar todas las miradas de su papa

    -Corazón… tapate -dice sin dejar de mirarla y con su mano acaricia el pelo como si con un gesto tierno pudiera frenar el deseo.

    Ella misma agarra la mano y la lleva a sus tetas. Siente que espero toda la vida por esto. La toca como si la conociera por el olor. Hay algo bestial. Sus manos sostienen y aprietan sus tetas, y para ambos los recuerdos de todas sus remeras escotadas, que se ponía para mostrarle, fingiendo barrer o agachándose para servirle el desayuno, las puertas que dejaba abiertas para que la sorprendiera cambiándose.

    Sebastián, el esposo, grita en sueños y la escena se quiebra. Gana la culpa. Tenes que dormir corazón -dice- pero ella pide -por favor no te vayas -y el promete quedarse hasta que eso pase. Ella se acuesta, el papá la cubre para así dejar de ver el cuerpo sensual de su hija y para alejar esas ideas ensaya caricias tiernas en las mejillas y el pelo.

    Micaela atrapa la mano y durante un rato la mantiene entre las suyas, amorosa, agradecida. Después la lleva debajo de la tela que la cubre, la arrastra por sus tetas para llevarla entre sus piernas y atraparla.

    El gesto parece casual, tierno, Micaela enrolla las piernas apretando la mano con los muslos y se abraza al resto del brazo de su papa. Son tantos los sentimientos que no alcanzan a pensarlos. Desfilan y cruzan por su mente como antorchas. Los dedos raspan sus muslos y la tibieza de su cuerpo envuelve la mano áspera. Quiere creer que es su cuerpo el que empuja, el que busca, se hamaca. Cuando los dedos acarician la rayita que se forma en la tanga acaba, tiembla, cierra las piernas y atrapa más fuerte la mano de papá y eso provoca que aumente la fuerza con la que se mueve encima de los cinco dedos apretados contra su pubis.

    Es como si fuera un cuento. Acaba, babosa, acaba, la ropa se confunde a la piel y el sueño a la realidad, acaba, cierra los ojos y acaba, cabalga y acaba, muestra las tetas y acaba, la cola empuja buscando la mano y acaba. Acaba y se duerme. No sabe cuándo pero cuando despierta su papá todavía está ahí.

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