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  • Mi hermano y un desconocido me convierten en su puta

    Mi hermano y un desconocido me convierten en su puta

    Mi hermano y un desconocido me convierten en su puta
    Mi hermano y un desconocido me convierten en su puta
    Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.

    Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.

    Escúchalo narrado por su autora

    Relato

    Hace unas noches salí con mi hermano a tomar unas copas. Era un martes cualquiera, la noche más calurosa del mes de agosto. Terminamos de cenar con mis padres y Álex propuso la idea. Estaba aburrido y yo también.

    Tomamos el coche y fuimos a una terraza-bar de moda este verano. Cuando íbamos a entrar, mi hermano se encontró con unos compañeros universitarios y se paró a charlar con ellos. Pensé que se enredarían contando batallitas y no me apetecía escucharlas. Le dije que me adelantaba, que me buscara en la barra.

    El local estaba envuelto en una neblina de luces de neón, un lugar perdido en las afueras de la ciudad, donde el tiempo parecía detenerse entre tragos de cerveza tibia y risas roncas. Caminé con el paso firme de quien sabe que no pertenece del todo, pero que tampoco se siente fuera de lugar. Mi cabello oscuro caía en ondas sobre los hombros, y el vestido negro que llevaba, ajustado, pero no demasiado, dejaba entrever la curva de mis caderas con cada movimiento.

    El lugar estaba lleno, pero no abarrotado. Las mesas ocupadas por grupos de amigos, algunos jugando al billar en la esquina, otros inclinados sobre sus vasos como si el alcohol pudiera darles respuestas. Me acerqué a la barra, pedí un gin-tonic y me senté en un taburete alto, dejando que el murmullo del local me envolviera. Fue entonces cuando le vi.

    Estaba al otro lado de la barra, esperando a ser atendido. Con cabello castaño revuelto y una barba de dos días, tenía esa clase de sonrisa fácil que invitaba a mirarlo más de una vez. Llevaba una camiseta gris que se tensaba ligeramente sobre los hombros, y sus manos, grandes y ásperas, jugaban con un encendedor que no parecía encender.

    No pasó mucho tiempo antes de que nuestras miradas se cruzaran por primera vez. Luego aparté la mirada, fingiendo interés en mi bebida, pero el cosquilleo en la nuca me dijo que seguía observándome.

    —Disculpa, ¿este taburete está ocupado? —dijo una voz grave, con un toque juguetón. Era él, ahora de pie junto a mí, con una botella de cerveza en la mano y esa sonrisa que parecía prometer problemas.

    Le miré de reojo, dejando que el silencio se alargara un instante antes de responder.

    —Solo si tú lo quieres —respondí.

    Él rio, un sonido cálido que llenó el espacio entre nosotros, y se sentó sin más preámbulos.

    —Soy Lucas y no muerdo, aunque lo parezca —dijo con un brillo en los ojos que no pasó desapercibido.

    —No estoy tan segura de eso —respondí.

    Lucas se inclinó un poco más cerca, lo suficiente para que yo captara el leve aroma a madera y cerveza en su aliento.

    —¿Y tú cómo te llamas, desconocida del gin-tonic?

    —Laura —respondí, sosteniendo su mirada. No había razón para jugar a la tímida, no esa noche.

    La conversación fluyó con una facilidad que me sorprendió. Lucas era el tipo de persona que hacía que todo pareciera ligero, con comentarios rápidos y un humor que rozaba lo sarcástico. Pronto, vi cómo mi hermano venía hacia nosotros. Le hice gestos disimulados con la mano para que no se acercara. Él entendió y se colocó en el extremo de la barra, precisamente donde había estado Lucas.

    —¿Qué te trae a un lugar como este? —preguntó Lucas, sus ojos oscuros clavados en mí. Había algo en su tono, una curiosidad genuina mezclada con un desafío tácito.

    Di un sorbo a mi bebida antes de responder.

    —Quería escapar del aburrimiento y ver gente. Este lugar parecía ideal.

    —No lo es —dijo Lucas, apoyando un codo en la barra—. Pero podemos arreglar eso. Tengo coche y ninguna prisa por volver.

    La propuesta colgaba en el aire, tentadora y peligrosa. No era la primera vez que alguien me proponía algo así, pero sí la primera vez que sentía esa mezcla de adrenalina y deseo tirando de mí. Había algo en él, en la forma en que me miraba, con una intensidad que aceleraba el pulso, que me hacía querer decir que sí.

    No obstante, dos cuestiones acudieron a mi mente, ahogándome en un mar de dudas. La primera era si podía fiarme de un desconocido, por mucho que lo deseaba. La segunda, si debía dejar plantado a mi hermano. Desde que mantenía relaciones incestuosas con él, no había estado con otro. Luego, cuando conocí al que ahora es mi novio, la noche que participé con él y mi hermano en un trío, venía manteniendo relaciones con los dos un día tras otro. Esta noche mi novio estaba fuera de la ciudad en un viaje de negocios. Iba por el tercer día sin él, follando solo con mi hermano, y esto me tenía subida por las paredes.

    —Entiendo que quieres algo más que charlar —dije entre susurros.

    Lucas soltó una carcajada, luego esbozó una sonrisa que apenas curvó sus labios.

    —Entiendo que tú también lo quieres —respondió él.

    Sonreí maliciosamente y miré a mi hermano.

    —¿Ves aquel tipo que hay al otro lado de la barra? —pregunté y señalé tímidamente con el dedo. Lucas asintió con la cabeza—. Él me ha propuesto lo mismo hace un rato. Me gusta, pero le he rechazado porque está solo, hoy tengo ganas de jaleo y no me ha parecido suficiente.

    Lucas soltó varias carcajadas, antes de responder.

    —He venido con unos amigos. Alguno de ellos te gustaría, pero imagino que prefieres a ese tipo.

    —A los dos —respondí tajantemente.

    Lucas aceptó de buena gana la propuesta. Luego fui a comunicársela a mi hermano. Al principio se mostró reticente, pero terminó cediendo ante mi insistencia. Quedamos en hacernos pasar por desconocidos antes de presentarle a Lucas.

    Minutos después, tras comprar una cajita de preservativos en una máquina expendedora, salíamos del lugar, el aire fresco de la noche golpeándonos la piel, mientras cruzábamos el estacionamiento hacia un viejo Mustang negro que parecía haber conocido tiempos mejores. Lucas se puso al volante, mi hermano en el asiento trasero y yo en el delantero. Pronto el motor rugió a la vida, llevándonos lejos de las luces del bar y hacia la oscuridad de las carreteras secundarias.

    El interior del coche olía a cuero viejo y a algo vagamente dulce, como si alguien hubiera fumado un cigarrillo aromatizado horas antes. Conecté mi teléfono al equipo de sonido y elegí una lista de reproducción. La ciudad quedó atrás, reemplazada por campos abiertos y el resplandor ocasional de alguna casa lejana. El silencio entre nosotros no era incómodo, sino cargado, como si cada uno estuviera midiendo al otro, esperando el próximo movimiento. Había algo liberador en estar allí, en ese coche con mi hermano y un desconocido que no lo era del todo.

    Después de un rato, Lucas giró hacia un camino de tierra que se adentraba en una pequeña arboleda. Los faros cortaban la oscuridad, iluminando troncos desnudos y hojas secas que crujían bajo las llantas. Finalmente, detuvo el coche en un claro donde la luna se filtraba entre las ramas, bañándolo todo en un brillo plateado. Apagó el motor, y el silencio nos envolvió, roto solo por el crujir del metal enfriándose.

    —Esto es lo bastante lejos de miradas curiosas. —dijo Lucas, girándose hacia mí con esa sonrisa suya.

    Yo asentí, sintiendo el peso de sus miradas sobre mí. El aire dentro del coche se volvió más denso, más cálido, como si el espacio entre los tres se hubiera reducido sin que nadie se moviera.

    —¿Y ahora qué? —pregunté, mi voz más baja de lo que pretendía.

    Lucas y mi hermano intercambiaron una mirada, una conversación muda que yo no pude descifrar. Luego, Lucas se acercó, su mano rozando mi brazo con una ligereza que era más pregunta que afirmación.

    —¿Qué te gustaría que pase?

    Giré la cabeza hacia Lucas, dejando que mis labios se curvaran en una sonrisa que era mitad desafío, mitad invitación.

    —¿Preguntas qué me gustaría? —repetí, mi voz suave pero cargada de intención—. Depende de lo que estéis dispuestos a ofrecer.

    Lucas soltó una risa baja, un sonido que reverberó en mi pecho y que hizo que el ambiente se sintiera aún más íntimo.

    Álex finalmente habló, su voz cortando el aire como una navaja afilada.

    —Ella no parece de las que se apresuran —dijo, y había un matiz en su tono, algo entre admiración y provocación.

    —¿Y tú qué sabes de mí? —respondí, arqueando una ceja. No era una pregunta defensiva, sino un juego, una forma de probar sus dotes de actor.

    —Solo lo que veo —dijo Álex, sosteniendo su mirada sin parpadear—. Y veo a alguien que no está aquí por casualidad, veo a una zorrita que busca jaleo.

    Su comentario me sorprendió gratamente, pero no respondí de inmediato. En lugar de eso, me recosté en el asiento, dejando que el cuero crujiera bajo mi peso, y crucé las piernas con un movimiento lento que sabía que atraería la mirada de Lucas. Estaba disfrutando esto: el control, la tensión, la forma en que los dos parecían orbitar a mi alrededor. Había algo embriagador en ser el centro de su atención, en sentir que el rumbo de la noche dependía de mí. Podía sentir el pulso latiendo en mis muñecas, en la garganta, un ritmo que se aceleraba con cada segundo que pasaba.

    Lucas rompió el hielo, deslizando su mano por mi muslo, un movimiento casual que no lo era en absoluto.

    —Este coche tiene historia —dijo Lucas, sin romper la atmósfera—. Lo encontré en un desguace hace un par de años. Estaba hecho un desastre, pero yo mismo lo arreglé. Cada tornillo, cada pieza.

    —Eres un manitas, pero, ¿qué otras cosas sabes hacer con ellas? —pregunté consciente de que la conversación era solo una excusa para prolongar el momento.

    Lucas no respondió, siguió el recorrido de su mano por mi muslo hasta la ingle, separé las piernas instintivamente, apartó la braguita a un lado, y palpó con los dedos hasta encontrar el clítoris.

    —Eso no son tornillos, aunque sí una pieza de mí —dije entre gemidos—. Veo que tu mano también es experta con mi carrocería.

    Giré el torso ligeramente, enfrentándome a ambos ahora: Lucas a mi lado, con esa sonrisa que prometía caos, y mi hermano detrás, sobándome los pechos con esa intensidad que parecía envolverme como una sombra. El contacto fue suave, pero suficiente para enviar una corriente de calor a través de mí.

    —El espacio no es muy amplio que digamos —dije mirando el asiento trasero—. Fuera no me parece buena idea. El suelo no tiene pinta de ser muy cómodo.

    Lucas miró a mi hermano por el retrovisor, una comunicación silenciosa entre machos que yo empezaba a reconocer. Luego volvió sus ojos hacia mí, más oscuros ahora bajo la luz de la luna.

    —Podemos hacerlo uno primero y luego el otro —propuso Lucas, y había algo en su tono, una mezcla de certeza y deseo, que me hizo estremecer, tanto como sus dedos en el interior de mi entrepierna.

    Gemí varias veces, al tiempo que me retorcía de gusto en el asiento. Respondí entre susurros y jadeos.

    —Me parece bien, pero prefiero turnos cortos, quiero que dure cuanto más mejor, sin obviar los condones, sin ellos no hay nada que hacer.

    Ambos aceptaron las condiciones, aunque me daba rabia que mi hermano lo utilizara, pero había que guardar las apariencias.

    Lentamente me quité la braguita, contorneando las caderas en el asiento, luego el vestido y finalmente el sujetador.

    —Si ya estaba buena vestida, no veas lo rica que está desnuda, Álex —dijo Lucas devorándome con los ojos en la penumbra.

    Incliné la cabeza hacia un lado, dejando que mi cabello cayera como una cortina sobre un hombro. Luego repté entre los asientos igual que una serpiente y esperé sentada en el asiento trasero a que Álex se desnudara. Yo misma le puse un preservativo tras dedicarle una breve mamada. No estaba para juegos previos.

    —Clávasela hasta los cojones. Esta zorra debe tener buenas tragaderas —alentó Lucas a mi hermano cuando se disponía a penetrarme el coño, tumbada como pude en el asiento, con las piernas en alto y bien separadas.

    Así lo hizo mi hermano, lentamente arrodillado entre mis muslos.

    —Sí que tiene buen fondo. Se la he clavado entera y presiento que admitiría más —dijo Álex siguiendo el juego al otro-. La voy a follar hasta que grite como una marrana la muy puta —añadió, excediéndose un tanto, mientras me follaba intensamente.

    —Yo se lo voy a llenar del todo —presumió Lucas—. El ojete también, porque fijo que también lo admite por ahí, ¿verdad, zorra?

    —Es lo que más me gusta —musité entre gemidos dichosos, sintiendo la tensión de mis músculos, sin romper el contacto visual con él. Era un gesto calculado, una invitación tácita, como si estuviera probando los límites.

    Entorné los ojos; podía sentir la intensidad de mi hermano, su respiración acelerándose, más motivado de lo habitual, y temí que se corriera llevado por la situación.

    Le pedí que se apartara, apenas un instante después, y dirigí la mirada a Lucas. Él no esperó una señal más clara: ya estaba desnudo, ordenó a mi hermano que ocupara el asiento donde estuve yo minutos antes, y ocupó su lugar tras enfundarse el preservativo.

    Apenas me penetró y comenzó a entrar y salir, me sorprendió la rabia con que me follaba, con una intensidad que contrastaba con la de mi hermano. Había algo crudo en su manera de hacerlo, algo que hablaba de contención liberada, y me perdí en este pensamiento, en la dualidad de los dos, en cómo cada uno me hacía sentir cosas distintas, pero complementarias.

    El coche se convirtió en un mundo propio, un espacio donde las reglas habituales no aplicaban. Las manos de Álex exploraban mis pechos mientras Lucas me destrozaba el coño. Así no tardé en correrme como una puta, gimiendo de gusto, gritando gracias repetidamente con cada estocada de Lucas, suplicando entre sollozos que me llevara al éxtasis. La música seguía sonando en el fondo, un eco distante que marcaba el ritmo de mis latidos, el sonido de respiraciones, entrecortadas y sincronizadas.

    —Me temo que esta zorra tiene aguante para rato —dijo Lucas recobrando el ritmo de la respiración—. Estoy sudando como un pollo. Ahora no lo veo claro, es demasiado esfuerzo aquí dentro.

    —No he querido comentarlo por no cortarte el rollo, amigo Lucas —dijo mi hermano con cierta familiaridad—. Creo que sería mejor seguir afuera.

    Lucas aplaudió la propuesta y yo también: encerrada con uno y otro encima de mí, las fuerzas me abandonarían antes de lo razonablemente deseable. Además, el aire dentro del Mustang se había vuelto espeso, cargado de una mezcla de tensión y deseo que parecía envolvernos a los tres como una niebla invisible.

    Lucas abrió la puerta, me tendió la mano, tiró de mí para ayudarme a salir y simplemente pidió que le siguiera. Había una autoridad suave en su voz que no cuestioné.

    Fuera, por el contrario, el bosque parecía contener el aliento, como si el mundo entero se hubiera detenido para darnos ese momento. Me dejé llevar, y acepté hacerlo de pie, introduciendo la mitad de mi cuerpo por el hueco de la ventanilla abierta, sabiendo que esa noche no sería algo que olvidara fácilmente.

    Lucas se situó detrás de mí, tanteó la zona anal con la verga y la fue clavando muy despacio. Entonces, como si tuviera vida propia, mi cabeza se giró hacia él y le miré a los ojos, dos cuencas sombrías y fantasmales, la expresión de su rostro una mezcla de diversión y algo más profundo, algo que no decía en voz alta, pero que estaba escrito en la forma en que sus labios se curvaban.

    —¿Estás segura de que lo soportarás? —preguntó, su voz baja, casi un murmullo, como si no quisiera que lo escuchase.

    Confirmé y fui rotunda. No había duda en mí, solo una certeza, mi tono tenía un filo juguetón que hizo que Lucas comenzara a encularme. Cada movimiento era como una chispa que alimentaba un fuego lento, pero inevitable.

    Con medio cuerpo desnudo fuera del coche, el aire fresco de la noche me golpeaba la piel, un contraste delicioso con el calor producido por las acometidas anales. No tardé demasiado, y el suelo bajo mis pies crujió con hojas secas, mientras Lucas me llevaba nuevamente al éxtasis con un segundo orgasmo.

    Mi hermano estaba apoyado contra el capó, observándonos con esa sonrisa que nunca parece desvanecerse del todo cuando recibo una buena sodomía.

    Mientras Lucas cedía el turno a mi hermano y le animaba a partirme el culo, salí por completo del coche y respiré profundamente. El suelo estaba bañado en rayos de luz plateada, y los árboles alrededor guardaban una formación perfecta, como guardianes silenciosos de lo que estaba pasando. Entonces me sentí más segura y busqué mayor comodidad.

    —No me hagas esperar, Álex —dije al tiempo que me recostaba en el capó, con los pies en el suelo ligeramente separados y los pechos besando el frío metal.

    —No hagas esperar a la dama —dijo Lucas—. Esta tía es más zorra de lo que había imaginado. Nunca he conocido a una tan dispuesta y desesperada porque le den por el culo.

    —Yo he pensado lo mismo desde que salimos del bar -Afirmó mi hermano—. Tiene el culo perfecto para admirarlo y joderlo —añadió acariciándome las nalgas al tiempo que me enculaba en dos fases.

    Mientras Álex me sodomizaba con cierta calma, como si recrearse frente a su compañero de aventuras sexuales fuera una hazaña, me sentí como una figura en un cuadro, atrapada bajo sus miradas, pero no vulnerable, sino poderosa. Con este ánimo comencé a mover el culo adelante y atrás, procurando penetraciones más profundas y ágiles, jadeando, emitiendo gemidos, alaridos de placer que inundaban el entorno como ecos, sonidos que rompían la quietud del bosque.

    Lucas no decía nada, sus ojos clavados en mi culo, en la polla de mi hermano que entraba y salía una y otra vez. Era una mirada que no ocultaba nada, que decía más de lo que las palabras podrían, y sentí un calor recorrerme la espalda, instalándose en las mejillas.

    En un momento dado, caí en la cuenta de algo que había pasado por alto. Ninguno de los dos puso el menor empeño en que le comiera la polla mientras el otro me follaba. Me separé del capó, pedí a Lucas que se sentara delante de mí, apoyé las manos una a cada lado de él y la fui tragando hasta que desapareció dentro de mi boca. Luego simplemente comencé a mamarla aprovechando los empujones de mi hermano al sodomizarme.

    —Creo que no puedo más —dijo Álex entre bramidos—. El culo de esta puta te ordeña sin que puedas remediarlo.

    —Atragántala con la leche, amigo mío —animó Lucas—. Quiero ver como traga mientras le doy la enculada final.

    Álex ocupó el lugar de Lucas, y este comenzó a darme por el culo mientras yo mamaba la verga de mi hermano.

    —Limpia la polla de Álex cuando se corra y no dejes ni una gota, zorra —dijo Lucas mientras me enculaba, apoyando su pecho en mi espalda. Notaba su aliento en la nuca, cálido y pausado, y luego sus labios rozaron la piel sensible justo debajo de mi oreja, un contacto tan leve que aceleró mis quejidos de dicha. Era una sensación abrumadora, estar atrapada entre los dos: Lucas detrás, con su energía vibrante y sus manos estrujándome las nalgas, y Álex delante, con su calma intensa y sus movimientos precisos entre mis labios.

    —¿Esto es lo que querías cuando decidiste venir con nosotros? —preguntó Álex, justo en el momento en que me inundaba la boca de semen. Su voz era ronca ahora, sus ojos fijos en los míos.

    —¿Es esto lo que vosotros queríais? —pregunté mientras me relamía.

    Álex no respondió con palabras, solo gemidos. En cambio, Lucas salió del culo, me giró bruscamente para enfrentarlo, esta vez con rostro enfurecido, como si quisiera borrar la sonrisa de mi rostro, y ordenó que me arrodillara delante de él. Obedecí al instante, abrí la boca cuanto pude y recibí en ella la verga de Lucas tras quitarse el condón.

    —Cómeme la polla, jodida guarra —repetía mientras me follaba la boca, las manos sujetándome la nuca, las mías aferradas a sus muslos.

    El mundo se redujo a esta parte del bosque. Era un flujo constante de sensaciones, de gestos que decían más que las palabras. Ni siquiera me importaban sus calificativos, al contrario, los asimilaba como parte del juego y reconozco que me gustaban incluso.

    Cuando Lucas se vino, derramando varios chorros que me golpearon la garganta, el sonido de sus gemidos se mezcló con el susurro del viento entre los árboles. El aire olía a tierra húmeda y a pino, al aroma más cálido y terroso que emanaba de Lucas. Era una combinación embriagadora, tan real y tangible como el pulso que latía en mi corazón.

    Lucas se apartó para ver cómo me relamía, sus ojos brillantes bajo la luz de la luna.

    —Eres una putilla peligrosa, ¿lo sabías? —dijo Lucas, y había una risa en su voz, pero también algo serio, algo que sugería que no estaba del todo bromeando.

    —¿Peligrosa? —repetí arqueando una ceja mientras repasaba la comisura de los labios con la lengua—. Habéis sido vosotros. Vosotros habéis venido a mí, no al contrario. Solo quería tomarme un Gin-tonic y mira como he terminado: bebiendo leche, con el coño y el culo bien calientes.

    Álex rio entonces, un sonido raro y profundo que vibró contra mi piel mientras sus labios rozaban mi hombro.

    —No creo que te hayamos metido en nada que no quisieras —dijo, y su mano se deslizó por mi espalda, deteniéndose donde termina.

    No respondí con palabras. En cambio, me giré hacia mi hermano, capturando sus labios en un beso que era puro fuego, una respuesta a su desafío tácito. Él respondió con la misma intensidad, sus manos subiendo ahora por mi espalda, atrayéndome más cerca.

    El bosque alrededor parecía desvanecerse, reducido a un telón de fondo borroso. El aire fresco se mezclaba con el calor de las respiraciones, y el sonido de nuestros movimientos —el crujir de ramas y hojas, el roce de la tela al vestirnos, los suspiros entrecortados— llenaba el silencio de la noche.

    El cielo sobre nosotros estaba despejado, salpicado de estrellas que brillaban con una claridad que solo se veía lejos de las luces de la ciudad. Nadie dijo nada por un rato, y el silencio era cómodo, lleno de una intimidad que no necesitaba palabras. Cerré los ojos, sabiendo que esta noche, este instante, era algo que llevaría conmigo mucho después de que el Mustang volviera a rugir hacia la carretera.

    La moraleja del cuento es que me acordé varias veces de mi novio, y en ningún momento pensé que le estuviera poniendo los cuernos. Nuestra relación es abierta y aquella misma noche, aunque era tarde, le llamé por teléfono para narrarle lo acontecido. Su reacción fue la esperada, gratitud por no guardarlo para mí y felicidad porque lo disfruté hasta extremos insospechados.

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  • Esclavo de mis dueñas Olga y Bea (1)

    Esclavo de mis dueñas Olga y Bea (1)

    Conocí a Bea, en una residencia de mayores dónde yo trabajaba hace 4 años.

    Yo tengo 29 años y Bea 26. Me llamo Carlos. Los dos vivimos en la provincia de Madrid.

    Bea vive en Getafe, con una amiga suya que se llama Olga y que tiene también 26 años, como ella.

    Yo vivo sólo en Illescas, un pueblo de la provincia de Toledo, cercano a Madrid.

    Todo comenzó un día que el gerente nos hizo coincidir un fin de semana, en cafetería.

    Yo había trabajado algunas veces de camarero, cuando tenía 19, 20, 21 años…

    Sabía hacer los cafés, llevar la bandeja, conocía un poco el oficio…

    Bea sin embargo no tenía experiencia.

    Ese fin de semana, afortunadamente no hubo excesivo trabajo y todo más o menos salió bien.

    Bea trató de ayudarme un poco, pero yo que tenía más conocimientos en el tema de servir cafés, fui quien más trabajó en esos días.

    A mí Bea me gustaba, es bastante atractiva, morena, pelo largo, bonita sonrisa, alta, delgada, buen tipo.

    Yo la verdad es que no le dejaba hacer mucho, prefería hacerlo yo y que ella se sintiese relajada y tranquila.

    Quitando varios momentos puntuales, no tuvimos mucho trabajo y pasamos muchas horas del día charlando.

    A Bea le agradó que yo no le pidiese mucha ayuda. Me confesó que odiaba la cafetería… pues no era la primera vez que le tocó cafetería, aunque sí era la primera vez que coincidió conmigo allí.

    El caso es que a partir de ese fin de semana que trabajamos juntos, nos veíamos más, nos hicimos más amigos y con el transcurrir de los días, al salir juntos una tarde de la residencia, yo me ofrecí a llevarla a su casa. Bea aceptó y la dejé dónde ella me dijo.

    Esa misma operación se repitió varias veces… Y uno de los días que yo le acerqué a su casa, le dije que le invitaba a un café…

    Y Bea me dijo que no podía… que vivía con Olga, pues eran pareja, me confesó que era lesbiana y que Olga la tenía siempre muy controlada y no quería entretenerse mucho, pues Olga rápido le montaba una trifulca.

    Yo me quedé extrañado de que Olga la controlase, pues Bea tiene mucho carácter… Y se lo dije.

    Y Bea me contestó: Es que no conoces a Olga, cuando se pone borde, no hay quién la soporte.

    El tiempo siguió trascurriendo, Bea me fue conociendo mejor. Vio que yo soy bastante sumiso, que ella me iba dominando bastante bien de forma light, pero bien… Y un día me dijo que me iba a presentar a Olga.

    Por lo visto ella ya le había hablado a Olga de mí. Y le había dicho que yo era muy manejable, muy sumiso y Olga decidió querer conocerme.

    Una tarde que salimos juntos Bea y yo, la llevé a su casa y Bea me invitó a sabir para presentarme a su pareja Olga.

    Me la presentó, la verdad es que Olga es muy linda, muy femenina, muy actual y moderna… Y pronto me di cuenta que era quien llevaba las riendas en su relación con Bea, pues se le notaba bastante dominante desde el primer momento.

    Empezamos a hablar de todo un poco… y cuando le dije a Olga que vivía sólo en Illescas, ella me dijo:

    -¿Y cómo haces para limpiar, trabajar y atender tu casa?

    Yo le dije que organizándome principalmente. No saliendo por ahí… Y dedicándole tiempo a la casa.

    El caso es que le caí bien a Olga, y quedamos para ir un día a mi casa Bea, ella y yo.

    Tuvo que pasar un tiempo, pero ese día llegó.

    Era un sábado, habíamos quedado en que les iba hacer un arroz valenciano.

    El tema es que yo tenía que ir a recogerlas y después llevarlas, pues ellas no tenían coche.

    Ese sábado fui a por ellas a eso de las 12 y media. La verdad es que no tuve que esperarlas, ya estaban las dos preparadas.

    Nos fuimos a Illescas, enseguida llegamos… Y les invité a tomar algo, allí en una taberna que yo conozco.

    Ellas se tomaron un vino, yo una cerveza y pronto subimos a mi casa.

    Yo lo había limpiado un poco más a fondo que de costumbre. A las dos, a Bea y a Olga les encantó.

    Tres habitaciones, dos baños, la cocina y un trastero abajo del piso.

    En el salón abrí una mesa, para poder comer los tres a gusto. Me puse con el arroz, mientras ellas veían la tele y degustaban un aperitivo que les puse con queso, jamón y vino.

    Luego les serví el arroz, tanto a Bea cómo Olga les encantó. Y Olga me confesó que es a ellas no les gusta nada la cocina, pues manchan mucho, luego hay que recoger todo y les es un trabajo muy ingrato.

    Yo les confesé que a mí sí que me gusta la cocina, pero que no me compensa muchas veces cocinar para mí sólo…

    Seguimos hablando…Y Olga me preguntó: ¿Y tú, cómo es que no tienes pareja?

    Yo le dije que había salido con una chica 4 años, desde los 21 hasta los 25. Ella me dejó, lo pasé fatal y desde entonces me centré en mí mismo.

    Le confesé que soy bastante sumiso ante la mujer y que no me vale cualquier chica por muy linda y bella que sea… Que lo que necesito es un tipo de mujer con carácter, autoritaria, que me sepa dominar…

    Olga me dijo: Coño, yo soy así… y le dijo a su chica: ¿ Verdad Bea?

    Bea asintió.

    Continuamos hablando, y Olga me confesó que a ella le encanta mandar. Que a Bea la quiere mucho y que no la puede dominar cómo ella quisiera… Pero antes de conocer a Bea salió con una chica tres años menor que ella y la hizo su esclava particular…

    Esa chica vivía con sus padres, en la calle Lagasca, era muy pija, me comentó Olga. Se había enamorado de mí y me regalaba perfumes, bolsos, zapatos… Me trataba cómo a una reina. Yo la dominaba a placer…

    Una Semana Santa, sus padres se fueron a Granada y ella se quedó en Madrid. Fueron 4 días impresionantes…

    Ese mismo miércoles que sus padres se fueron a Granada, Vero (Verónica) me llamó, me dijo que fuera a su casa, yo fui…

    Tuve un montón de orgasmos viendo a Vero arrodillada a mis pies lamiendo mi coño, besando y lamiendo mis pies, totalmente sumisa, entregada.

    Me corrí una y otra y otra vez en su boca… Disfruté como nunca esos tres días seguidos con Verónica en su casa.

    Cuanto peor la trataba, la muy zorra más y más se desvivía por mí. Yo tampoco es que sea una sádica. Pero sí le di varias bofetadas, le pellizqué los pezones, la tuve sin poder correrse un montón de tiempo y la muy puta se moría por complacerme.

    Nunca he vuelto a tener una relación así.

    Ese mismo sábado, cuando ya por la noche les dejé en su casa… Olga me dijo que quería que les diera un masaje en los pies a ella y a Bea.

    Yo acepté encantado… Y justo ahí empezó mi sumisión con ellas.

    Bea, al principio fue más benevolente conmigo. No me dominaba como lo hacía Olga.

    Ese primer día, no ocurrió nada especial, les masajeé los pies a Bea y a Olga, se los besé, se los lamí, pero no pasó nada más…

    Con el tiempo fuimos quedando, y Olga sí empezó a dominarme de forma más contundente.

    Empezó a querer que fuera muy a menudo a su casa, pues así les limpiaba el baño, les cocinaba, les limpiaba el polvo, les hacia la cama…

    La verdad es que trabajaba más en casa de ellas, que en la residencia.

    Cada dos por tres… Me aparecía el mensaje de Olga en el WhatsApp para ir a su casa, y allí ella bien se ocupaba de tenerme ocupado con varias cosas.

    Yo, nada más entrar en su casa, tenía que arrodillarme y besar sus pies. Con Bea no lo hacía.

    Pero con Olga tenía esa obligación. A Olga le trataba de usted y tenía que arrodillarme siempre en su presencia.

    Un día yo les estaba preparando una pizza en la cocina y vi pasar a Olga hacia el cuarto de baño… Yo seguí con lo mío… Y al salir Olga del baño, entró en la cocina y me dijo: Esclavo ¿Cómo va esa pizza?

    -Ahora mismo se la sirvo mi ama. Contesté yo.

    Olga me da un tremendo bofetón y me dice: ¿Por qué no te has arrodillado? ¿No sabes que ante tu ama tu obligación es siempre arrodillarte?

    -Yo caí de rodillas suplicando su perdón. Olga se envalentono viendo mi sumisión… Me mandó descalzar su zapatilla y entregársela. Obedecí…

    Y Olga con la zapatilla en mano me abofeteó la cara repetidas veces, ordenándome arrodillarme siempre ante ella, sin excusa.

    Tuve la suerte ese día, que Bea que escuchó los primeros zapatillazos en mi cara, enseguida vino desde el salón y de alguna manera convenció a su amiga, para no castigarme mucho…

    Le preguntó: ¿Que te ha hecho Carlitos?

    Y Olga le contestó, qué no me había arrodillado ante ella.

    Bea quitando hierro al asunto le dijo: Es que aún no está acostumbrado a servirte de esclavo. Perdónale estos primeros días…

    Y Olga le contestó: Ahora es cuando hay que ser dura con él. Un árbol, cómo no lo endereces al principio… no lo enderezas nunca. Él sabe que soy su ama, su dueña y que ante mí tiene que arrodillarse y rendirme pleitesía.

    Ese día me fui a mi casa con la cara calentita. Pero sólo era el comienzo de una esclavitud muy personalizada en Olga.

    Es verdad que Bea también me dominaba, incluso me castigaba algunas veces, pero nunca cómo lo hacía Olga.

    Cuando llegó el mes de julio del 2022, yo había cogido las vacaciones. Bea y Olga las cogían en septiembre…

    Olga me mandó estar con ellas la primera semana. Ya tenían confianza conmigo, obviamente sabían dónde trabajaba, como soy…

    Y Olga me dijo que esa primera semana me quería en su casa de día y de noche.

    Yo acepté y cómo mi cumpleaños es el 2 de julio, Olga quiso hacerme un regalo… Y me compró para mi cumpleaños una jaula para mi pene.

    Me obligó a ponérmelo ese mismo día, y obviamente ella se quedó con la llave.

    Yo sinceramente me sentí muy incómodo… Lo pasé bastante mal sobre todo los primeros días…

    Para mí fue espantoso.

    Sabía que existía eso… pero jamás pensé que lo iba a utilizar en mi propio pene y para nada me imaginaba que me iba a molestar tanto.

    Ellas se iban a trabajar y yo tenía que quedarme en el piso, barriendo, fregando, lavando, quitando el polvo, limpiando todo su calzado, arreglando su habitación, limpiando a fondo los baños…

    La verdad es que tenía un montón de trabajo.

    Con Bea, todo iba bien. Aunque ella también me ordenaba cosas y me exigía… No era ni mucho menos como su amiga Olga, a quién yo empezaba a temer… Pues no era igual ir de vez en cuando a su casa y aceptar su dominio…

    Qué estar las 24 horas del día sometido a su inmenso poder.

    Aunque Olga no estuviera en casa, yo tenía que cocinar para ellas, yo tenía que poner la lavadora, colgar a secar sus ropas, fregar y limpiar su cuarto de baño, tener todo su calzado impecable y reluciente… etc… Y todo el día con la molestia de esa jaula que era súper humillante para mí.

    También existía otro hándicap… y era que a las tres y media, solía llegar a casa Olga y Bea, muchas veces no regresaba hasta las 6 y media de la tarde. No siempre era así, pues dependía del horario que tuviera… pero si ocurrió varias veces…

    Incluso en varias ocasiones Olga me ordenó ir a recogerla con el coche.

    Desde que llegaba Olga, hasta que regresaba Bea, yo me sentía intranquilo, indefenso, pues Olga a veces me dominaba muy tajantemente.

    Siempre trataba de humillarme a costa de la jaula que me regaló… Me decía que me la iba a quitar si me portaba bien, yo hacía todo para que me la quitara, pero luego no me liberaba de ella.

    Desde que Olga entraba a su casa, yo tenía que estar súper atento, pues a la mínima ocasión Olga me abofeteaba o me castigaba a placer… Y yo sin el apoyo de Bea, lo pasaba fatal.

    Me gustaba ser esclavo de ellas, era algo que me había ilusionado siempre, poder estar sometido a los pies de una mujer. Ahora incluso eran dos mujeres a quienes me tenía que someter…

    Pero yo no soy masoquista. No aguanto mucho el dolor físico, no me gusta. Tampoco me gusta estar con esa jaula que me priva de poderme correr… y es molesta mucha veces. Odio que me dé zapatillazos en la cara con su zapatilla Olga. Sé que es mi ama, mi dueña, que tiene todo el derecho a hacerlo, pues entre dentro de nuestro acuerdo de esclavitud. Pero esa semana se me hizo eterna.

    Si es verdad que al cuarto día Olga por fin me abrió la jaula de mi pene y pude volver a ser persona.

    Pero antes tuve que soportar cantidad de vejaciones, humillaciones y malos tratos, sobre todo por parte de Olga.

    Ya no es que me tuviera horas enteras de rodillas besando y lamiendo sus pies, mientras veía una película o una serie que a ella le gustara.

    Ya no es que me humillara, cómo hacía normalmente al venir de su trabajo y entrar en su casa… Ahí, inmediatamente yo me tenía que arrodillar, besar sus pies, descalzar sus zapatos o sus deportivas, calzarle sus zapatillas caseras… Y lo primero que hacía Olga, era pasar revista a la casa, para ver si había hecho bien, lo que ella me había ordenado.

    Yo mientras ella inspeccionaba la casa, tenía que ir a su lado de rodillas, besando sus pies constantemente… Cada vez que se paraba, ya fuera en el baño o en el comedor o en su habitación… Yo tenía que inclinarme hasta sus pies y besarlos continuamente hasta que ella volviese a caminar.

    Cuando le apetecía, paraba y por la más mínima tontería me abofeteaba o me castigaba según su capricho.

    Recuerdo una vez que entró en el cuarto de baño, yo como siempre la seguí a cuatro patas, como un perro, como ella me exigía… Se paró de repente frente al espejo del baño, yo rápidamente comencé a besar sus pies… ella retiró su pie de mi boca y me dijo: Mira… mira como está mi cepillo de dientes…

    Yo no lo había tocado. Estaba dentro de un vaso, como siempre…

    Yo por más que lo miraba, no encontraba nada anormal.

    Entonces Olga, movió con su dedo el palillo de dientes una milésima… Prácticamente ni lo tocó. Y me dijo: Así es cómo tiene que estar…

    Yo me quedé anonadado, pues vi que casi ni lo tocó.

    Pero más anonadado me quedé, cuando me dijo: Ves, hoy no quería castigarte y ahora me obligas a tener que hacerlo.

    Yo arrodillado a su lado le dije: Pero mi ama, si yo no he tocado su cepillo de dientes, eso estaba así y yo no me he atrevido a tocarlo…

    De repente ella me da dos bofetadas y me dice: Cállate perro, me da igual lo que hayas tocado o no. Me apetece castigarte y eso basta.

    Ve a por tú cuaderno de castigos….

    Yo fui a por mí cuaderno y me mandó escribir: “Tengo que aprender a obedecer y respetar a mi ama, dueña y divina señora Olga”

    -Esa frase me la copias esta noche 200 veces. No quiero que te acuestes hoy, sin haberme copiado la frase 200 veces… Por supuesto de rodillas.

    Yo le dije, pero mi ama, si yo no he hecho nada…

    Y Olga me dijo:

    -Ahora por protestar, quiero que me la copies 300 veces… ¿Te queda claro?

    -Sí mi ama, perdón mi dueña, cómo usted mande y ordene…

    -Así me gusta perro, que seas obediente con tu dueña. Y hoy estás castigado sin cena también. Si te portas bien, quizás te deje comer alguna de mis sobras… ya veremos…

    Ese mismo día, cuando vino Bea, después de saludarse las dos y contarse sus cosas, escuché desde la cocina cómo Olga le decía a Bea, que no me tuvo que castigar, por desobediente y por qué le falté al respeto… Bea le dijo: ¿Que Carlitos te ha faltado al respeto?

    -Así como te lo cuento, le dijo Olga. Y añadió…- Le dije como quería que estuviera siempre mi cepillo de dientes, y me empezó a poner excusas, que él no lo había tocado, que si patatín, que si patatán… Y al final me he visto obligada a castigarlo y me va a copiar esta noche una frase 300 veces.

    Bea dándole un beso a Olga, le contestó: Has hecho muy bien, así aprenderá a saber quien manda en esta casa…

    Seguidamente Bea entró en la cocina dónde yo estaba y dónde había visto todo… Y Bea me dijo:

    -Así que hoy Olga, te ha tenido que castigar…

    -Sí, lo siento mucho le contesté yo. Lógicamente no quería que Olga se volviese a enfadar…

    Y quise dar por zanjado el tema.

    Pero Bea me dijo: Ve y pídele perdón de rodillas, que yo te vea…

    Yo me fui para el salón dónde estaba Bea sentada en el sofá, me arrodillé ante ella y le rogué y le supliqué que por favor me perdonara.

    Olga me dio una bofetada y me dijo: Cállate indeseable, eres un puto perro y no ya sabes que no te voy a perdonar.

    Me vas a copiar el castigo 300 veces de rodillas y quiero que me escribas aparte una carta dónde me pidas humildemente perdón. No voy a tolerar que me desobedezcas… Tienes que aprender a respetarme, a saber que aquí lo único que vale es lo que nosotras te digamos… Lo que tanto Bea cómo yo te ordenemos…

    Yo lo pasé fatal esa noche, pues tardé casi cuatro horas en copiar el castigo, pues cuando no me dolía el brazo de escribir, me dolían las rodillas, pues no estaba acostumbrado a estar tanto tiempo arrodillado.

    Este es el comienzo de una esclavitud que a día de hoy aún perdura…

    Continuará.

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  • Mi primera vez probando leche

    Mi primera vez probando leche

    Mi nombre es Héctor y tengo 21 años, esto sucedió hace 3 meses y no me lo he podido dejar de imaginar que pase de nuevo y probar más.

    Era temprano y tenía ganas de probar por primera vez semen, (ya la he chupado solo una vez, pero fue rápido y no terminó ninguno) esta vez quería que terminaran en mi boca y así fue.

    Así que me descargué una app de citas y me hice una cuenta, me llegaron varios mensajes, pero hubo uno que si me gustó su verga cómo se veía en las fotos, quedamos en que vendría a mi estacionamiento y yo se la chuparía en su carro, después de 15 minutos llego a mi estacionamiento y yo estaba nervioso, cuando entré a su carro él ya tenía el pantalón abajo y su verga medio erecta, yo creo el noto que estaba nervioso y me preguntó que si lo estaba, a lo que yo contesté que si, le pondré de nombre Daniel (no sé cómo se llamaba).

    Daniel: ¿es tu primera vez chupando?

    Yo: si (solo una vez lo he hecho, pero no la cuento ya que nadie se vino y fue rápido)

    Daniel: no seas tímido y ven

    Me agarró la cabeza y me dirigió a su verga medio erecta que yo me metí poco a poco en mi boca, la verdad medio erecta tenía buen tamaño pero cuando la empecé a chupar empezó a crecer en mi boca y creo eso fue lo que me excito de más.

    Daniel solo empujaba mi cabeza con su mano para que me la metiera toda y yo solo me atragantaba con su verga, de vez en cuando la sacaba y le daba besos en su punta mientras la jalaba con mi saliva, para ese momento su verga ya estaba muy dura y como 17 cm y gruesa, después de estarla chupando 5 minutos algo dentro de mí se apoderó y se la empecé a chupar desesperadamente, pasaba mi lengua por toda su verga y la metía hasta el fondo.

    Daniel de vez en cuando la sacaba y me pegaba con su verga en mi cara y yo me la volvía a meter hasta el fondo, estaba disfrutando demasiado chupar cada cm de su verga que el tiempo se me fue volando, después de 15 minutos chupándosela me dice:

    Daniel: ¿quieres que me venga en tu boca?

    Una electricidad recorrió mi cuerpo y no sé si por lo excitado ni saqué su verga de mi boca solo asentí con mi cabeza mientras seguí chupándosela hasta que sentí su verga palpitar en mi boca y empezó a correrse en mi boca, sus gemidos y su semen inundando mi boca encendió algo en mí que me electrocutó todo mi cuerpo, yo todavía caliente con su leche en mi boca le seguí dando besos a la cabeza de su verga y me la volvía a meter de nuevo hasta que me los tragué por qué ya se tenía que ir el al trabajo, le agradecí y me bajé del carro.

    Me consideraba bicurioso, pero después de haber chupado su verga de 17 cm y probar su semen me considero bi 100% con ganas de probar más vergas y que se vengan en mi cara o boca jejeje.

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  • Separación

    Separación

    Porque nos separa todo un mar, ancho y voraginoso, ¿Dónde te encuentro?

    Cuando no estás y te quiero conmigo, y quiero tus labios carnosos y deseo comer tu boca mientras agarro tu cabeza entre mis manos.

    ¿Dónde te encuentro, princesa de mis sueños?

    Vicaria realización de mi pasión desesperada, me visto de otros cuerpos y otros placeres, y te visto de cuerpos ajenos, que no son el tuyo, que es el que reclamo.

    Te encuentro en mi entrega física a distancia, desgarradora; a veces locura incontrolable, onanista, que se vierte clamando por tus dedos, tus pechos, tu sexo, tu espalda, tu voz… ¡Oh, tu voz!

    Tu cuerpo desnudo, tu vello púbico, mis labios, ¡Oh, el deseado terciopelo de tu intimidad!

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  • Fui el payaso de mi esposa y su amante (1)

    Fui el payaso de mi esposa y su amante (1)

    Sucede que de un día para otro a mi esposa se le dio por ordenarme que le hiciera sexo oral muy seguido, yo veía que eso la volvía loca y llegaba al orgasmo muy rápidamente, dejo de querer penetración y solo comía su conchita, lo que me parecía extraño pero inflaba mi ego de hombre ya que pensaba que era un experto para su placer.

    Mi esposa de 39 años, lleva muchos años de casado conmigo, casi desde que salimos del colegio juntos, una pareja de toda una vida. Ella después de tiempo de dedicar a los hijos (tenemos dos niñas), ahora estudia psicología en la universidad y veía como disfrutaba esa etapa nueva y yo era feliz también.

    Cómo era normal y de esperarse mi linda esposa (la quiero mucho) hizo amigos y amigas bastante menores que ella, y cosas rara la influencia de los chicos cambio su forma de hablar jajaja incluso paraba más metido en el celular.

    Así pues conocí a algunos compañeros de estudio, cuando un día recibí en casa a un joven quien aparentaba tener 18 años, y dos amigas un poco mayores, pero igual jóvenes, francamente el chico era delgado, alto, de cabello corto rapado y de ojos grandes y mirada penetrante, igual no lo veía como ninguna amenaza, era joven para nosotros, o eso pensaba yo. Sin embargo, cuando los dejaba espacio libre para que hicieran sus trabajos, me escondía y miraba, la verdad que manera de jugarse tocándose, no me gustaba eso ya que mi esposa que es tan tetona y súper super culona recibía abrazo por la cintura e intentos de coqueteos, ella solo reía y le seguía el juego junto con sus demás amigas.

    Los días pasaban y como anticipé mi hermosa y tierna esposa se volvía más atrevida en el sexo, me decía que estudiando psicología había aprendido a ser más suelta y libre sin temor al qué dirán, para mí eso era perfecto, me hacía lamerle la concha y se sentaba en mi cara cada vez que llegaba cachonda de estudiar, su culo y concha olían fuerte pero yo lo atribuía al tiempo que había estado en calle.

    Así pues después de meses un día sin mala intención ni celos agarro su celular y que carajos descubro en el WhatsApp.

    Efrain bb (así estaba como contacto el joven que recibí en casa): mi mamoncita ¿y ayer le diste leche a tu esposo?

    Mi esposa: siii jajaja no sabes cuánto comió, que morbo hacerlo nuestro puto cornudo sin que sepa.

    Efrain bb: el cornudo casi diario se traga mi leche.

    Mi esposita: eso le pasa por pito chico, contigo descubrí lo que es experimentar con un dotado y además loco de remate, mi loquito.

    Efrain bb: foto enviada

    ¿Que? no puedo creerlo, todo es inaudito, mirando la foto me doy cuenta que el chico era un monstruo, mis 12 cm no eran comparables con esa vergota súper gorda desproporcionada a su cuerpo tan delgado.

    Mi esposita: mi niño dotado

    Efrain bb: foto enviada

    Aparecía la carita de mi esposa con toda la cara embarrada de grumos de semen y la siguiente foto de mi esposita oliéndole el culo a este pervertido, finalmente una tercera foto en la que se veía una súper verga llena de venas entrado en su culo blanco que tanto adoraba yo.

    Mi esposita: Efra no sabes cómo me excitas, no sabes las ganas que tengo en el fondo que el cornudo se entere de lo nuestro y de lo que le hacemos.

    Efrain bb: créeme que si se entera no tendrá los huevos de dejarte.

    Me sentía tan confundido y humillado que todo lo que leía no sabía cómo tomarlo, en realidad no sabía si eso último que dejó este enfermo tenga razón, yo no quiero dejar a mi esposa.

    Cierro rápidamente el celular y veo a mi esposa salir de la ducha sonriendo, me da un beso, efectivamente ese beso sabe a culo y semen, tengo mucha rabia contenida, pero amo mucho a mi esposa.

    Mi esposita: te quiero mucho sabes, a veces me gustaría que hiciéramos cosas distintas…

    Yo: distintas, no crees que en el sexo llevamos meses haciendo cosas nuevas.

    Mis esposita: siii, eres el mejor no sabes cómo ha cambiado todo ahora que te atreves a hacerlo, ya que sabes que con la penetración de tu pene nunca llegaba al orgasmo, y esto es distinto.

    Maldita puta, pensaba, tú te comes una vergota de tu amiguito y cuando llegas a casa me humillas dándome las sobras de tu sexo previo de todo el día.

    Mi esposita: sabes que mi amor, ya se me va a ocurrir que nuevo podemos hacer, pero tenlo por seguro que podemos hacer cosas nuevas en el sexo…

    Continuará…

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  • Trío en Colombia

    Trío en Colombia

    Hace un par de meses viajé a Colombia, con la finalidad de conseguir un empleo y vivir allá; por lo que contacté a Arleth; una chica que me estaría acompañando en este proceso.

    Al día siguiente de mi llegada, conocí a la chica, quién ya me tenía lista una cita con un empresario llamado André; así que por la tarde estaríamos yendo a su oficina para hablar sobre el empleo.

    Por cosas de tiempo, no pudo recibirnos, así que nos citó más tarde en un bar cerca de su oficina, para conocernos y platicar; y así fue…

    Cuando llegamos al bar, ya nos estaba esperando; André se levantó para saludarme y me di cuenta que era un hombre alto, moreno, sumamente elegante y eso lo hacía ver atractivo.

    Así que entre la plática, empezamos a beber y beber, hasta que el tiempo se nos fue y el bar estaba por cerrar, así que André nos invitó a su departamento para seguir conviviendo y aceptamos.

    Durante todo ese tiempo, me di cuenta como Arleth le hacía comentarios indirectos a André, de que le gustaba; sin embargo él los ignoraba y al contrario, en cada momento me decía que le parecía bella, que le encantaba mi piel, y que le era atractivo mi olor a perfume; eso me gustaba pero no decía nada por miedo a que eso le molestara a la chica.

    Entonces fuimos a su departamento, y seguimos bebiendo, hasta que llegó un punto en donde decidí entrar al baño; y fue al momento de salir que me di cuenta que ambos se estaban besando, así que opté por quedarme cerca sin que me vieran para escucharlos; me excitaba hacerlo; y así estuve un rato, hasta que me asomé y vi como ella estaba desnuda sobre él, besándolo: y con el alcohol y lo excitada que estaba me atreví y me acerqué a ellos; empecé a quitarme la blusa para ver si querían que me uniera o simplemente irme y dejarlos solos.

    Fue ahí cuando de repente. Él me dijo que me quedara y Arleth volteó y me tomó de la mano y me jaló despacio hacia él para besarlo; fue entonces que se levantaron y André nos llevó a su cuarto; y mientras él me besaba, ella me quitaba el resto de la ropa hasta dejarme desnuda.

    Después André se sentó sobre la cama y Arleth estaba sentada a un lado y yo del otro; mientras él nos metía sus manos a nuestras vaginas y besaba a una y después a la otra sin sacar sus dedos; yo estaba tan mojada; que de repente bajé mi mano para tocar su verga y fue cuando sentí que estaba enorme; de momento pensé que estaba imaginando mal, así que decidí quitarme y arrodillarme para tomar su verga y chuparla; ahí me di cuenta que de verdad era grande, y gruesa; así que empecé a chuparla, mientras él seguía tocando a la chica y besándola.

    Yo no podía chuparle la verga completa, mi boca no alcanzaba más que a la mitad, pero lo disfrutaba porque escuchaba lo excitado que estaba y su verga estaba muy dura y mojada; y así estuve un rato hasta que no aguanté y me subí encima de él; intenté tomar su verga y meterla pero me dijo que no… Me pidió que me acostara para que no me doliera tanto; y al momento no entendí pero accedí; así que poco a poco empezó a penetrarme y si… tenía razón; me dolía cada vez que la metía pero a la vez eran ligeros orgasmos; fue entonces que cuando la metió completa; sentía que no podía respirar, el aire me faltaba, tenía la sensación de su verga en mi vientre, y solo escuchaba sus gemidos y los míos a la par; estaba excitada como nunca.

    Mientras tanto la chica se acostó a un lado mío, lo acariciaba y me decía que disfrutara la verga, que la excitaba verme sudar y gemir y en ciertos momento él la besaba mientras me cogía; después de un rato él se quitó y se puso encima de ella, para cogerla; y yo me quedé a un lado; en eso, él me pidió que no me quitara y que subiera mi brazo a su espalda para olerlo; mientras se la cogía, él disfrutaba del olor de mi piel; y eso me hacía mojarme cada vez más.

    Después él se quitó y se levantó; se sentó sobre la cama y por un lado la abrazaba a ella, y por el otro a mí, estuvimos tocándolo, besándolo y él a nosotras.

    Me fascinaba la idea de satisfacerlo, escuchaba como entre las dos lo hacíamos disfrutar, y como su verga en todo momento estaba dura y mojada; hasta que me volvió a recostar y me penetró de nuevo; yo estaba tan caliente que casi en cuanto me empezó a coger de nuevo, exploté de placer con un orgasmo y él no paraba, hasta que no pude más; y de pronto dijo que él estaba por venirse y me imaginé que lo haría dentro de mí; pero no; al contrario, se quitó de encima de mí y se recostó; hasta que se vino llenándose de lechita encima; ahí le pidió a la chica que se sentara sobre él y que regara con su nalgas todo sobre él; para mi eso fue raro pero se notaba que lo disfrutaba.

    Después de eso, fui a la regadera y cuando salí la chica estaba afuera, me dijo que era su primer trío, y que le había gustado que ambas le diéramos placer sin tocarnos entre si; eso le excitaba y a mi también.

    Así que fui de nuevo a la sala para vestirme y André salió de la habitación, me besó de nuevo, y después me abrazó, para oler mi cuello, mis brazos y mis manos; me decía que le excitaba mucho mi olor y que me buscaría para hacerlo de nuevo, pero solos y le dije que si…

    Después de que Arleth se vistiera optamos por irnos; y fue ahí donde sentí mi cuerpo un tanto extraño pero no te tomé importancia; fue hasta el día siguiente cuando me levanté; sentí que no podía caminar, me dolía; creo que su verga fue demasiado grande para mi vagina y él lo sabía.

    Admito que pensé en su momento pensé en pedirle que me penetrara anal; pero no pasó; igual creo que no lo hubiera podido soportar.

    Y pues la propuesta de trabajo no se hizo, pero volvimos a salir en 2 ocasiones más, y nuevamente cogimos; ahora en su coche; y antes de tomar mi vuelo de regreso, cogimos en el baño de una cafetería en el aeropuerto; pero eso lo relataré después…

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  • El placer de comerse un coño

    El placer de comerse un coño

    Seguramente quienes hayan leído mis anteriores relatos, recordarán que mis inicios en lo relativo al sexo, fueron con una señora mayor, que, con una ternura casi maternal, me llevó de su mano a conocer las maravillas que ofrece la unión íntima entre un varón y una mujer.

    A través de sus enseñanzas, pues la señora era una verdadera maestra en el tema, pude aprender cómo manejarme con una dama y hacerle sentir los mayores placeres del sexo. Entre ellos el cunnilingus, práctica de la cual me hice un verdadero fanático.

    De aquellas experiencias, luego perfeccionadas con el correr del tiempo, adquirí un método, por así llamarlo, que mis ocasionales compañeras han disfrutado y mucho, según mi lo hicieron notar en cada oportunidad. Aquí no trato de dar lecciones sino contar mis experiencias al respecto, con la secreta expectativa de que a algún lector le pueda interesar.

    El cunnilingus, o comida de coño, como mejor me gusta llamar a esta práctica, es a mi modo de ver, algo que no debería faltar en un encuentro sexual. Tengo entendido, porque así me lo han confesado algunas de las féminas a las cuales se lo he practicado, que, para ellas, además de ser un acto muy placentero del cual gozan una enormidad, lo sienten como un tributo que el varón le hace a su mujer dándole placer en su sitio más íntimo. Demás está decir que una comida de coño bien realizada es muy valorada y facilita que la comunión sexual sea perfecta.

    Para que ello ocurra, según mi opinión, se deben dar los siguientes requisitos:

    • Aseo total. Cuando hago referencia a aseo total, es tal cual lo indico. Higiene de todo el cuerpo, no solo a las partes íntimas y de los dos participantes. Un feo olor que pueda percibirse de alguna parte del cuerpo malogrará la conexión necesaria y probablemente dará por cancelado el encuentro.
    • Tiempo. Se trata de tomarse todo el tiempo necesario e indispensable para que resulte un éxito. No se debe realizar a las apuradas, una verdadera comida de coño necesita tiempo. Los apuros son contraproducentes, porque se trata de ir logrando un crecimiento paulatino en el placer que el varón brinda a su pareja, y esto necesita tiempo de maduración.
    • Suavidad. No se admiten maniobras bruscas que alteren el ritmo y la concentración que ambos deben prestarle a esta práctica. Los exabruptos físicos pueden distraer la atención de alguno de los participantes, todo ser armonioso.
    • Utilizar todos los sentidos. Precisamente para ocasiones como estas es que la madre naturaleza nos los ha proporcionado. Es así sin dudas. Para empezar, la Vista, para apreciar la belleza del chumino que estás por comer, su tamaño, color y el entorno. El Olfato para registrar los aromas afrodisíacos que seguramente emanarán de él y que brindará placer a tu nariz. El Oído, para escuchar de la dama alguna queja si has cometido alguna torpeza, o bien, para oír los gemidos y suspiros que tu pareja te brindará si estás haciendo lo correcto. El Tacto, para que tus manos, la boca y la lengua se llenen con el placer de palpar zonas íntimas que se te ofrecen. Y el Gusto para saborear con mucho placer los jugos que tu pareja derramará sobre tu boca

    Con todos estos requisitos previos, de cumplirlos a raja tabla, habrás ganado parte de la situación.

    Por lo a mí respecta y según mis experiencias, prefiero que cuando practico un cunnilingus, la mujer esté acostada y preferentemente en una cama los más amplia posible para iniciar un recorrido por todo su cuerpo. Comienzo a dar suaves besos en su cuello, los oídos (muchas mujeres tienen ahí un sitio muy erógeno), por supuesto también en sus labios y mejillas. Me deslizo hacia sus pechos sabiendo que la dama aprecia las caricias en esa zona y con mi boca succiono cada pezón y si se da la ocasión, también suaves mordiscos en ellos. Con las manos magreo suavemente sus senos. Si todo marcha bien, aquí empezarás a notar que tu pareja comienza a calentar motores. Te lo hará saber con palabras o gestos, o bien con gemidos.

    Siguiente paso, me sitúo en su zona pelviana. Si ella tiene vello en esta parte de su cuerpo, con mis dedos juego con ellos, acariciándolos o haciendo rulos con ellos. Con vello o depilada, comienza la culminación del recorrido. Corresponde lamer y besar toda la zona sin llegar a tocar el origen de la parte vaginal. Con ambas manos apoyadas en la zona de las rodillas, abro sus piernas muy despacio para comenzar a besar y lamer lentamente y milímetro a milímetro, la parte interior de sus muslos desde la rodilla hasta la base de la vagina.

    Llegado a ese punto del recorrido, luego de mirar la belleza natural de ese coño que se ofrece a mi vista, lo beso repetidamente sin separar sus labios vaginales. Comienzo a degustar el sabor de los jugos que debidamente motivada derrama mi pareja. El siguiente movimiento es descubrir la vulva y empezar con la lengua, un festival de lamidas.

    En mi caso particular y que agradezco, la naturaleza me dotó de una lengua ancha, tipo pala, que cubre todo el espacio. Voy y vengo, de arriba hacia abajo, de derecha a izquierda, una y mil veces. Siempre con suavidad y lentamente para que el goce femenino sea ininterrumpido, permanente y continuo. La pareja totalmente enardecida pedirá más y más, y seguramente poseída por un frenesí incontrolable, con sus manos empujará mi cabeza hacia su chocho y cerrará sus piernas para que no cese con la caricia.

    Si todo se hace siguiendo el método, nuestra amante ocasional no podrá soportar tanto placer y se derramará en un orgasmo violento, profundo e interminable. En algunos casos habrá gritos de distinto tono. Son reacciones normales esperables y serán el mensaje de que han gozado mucho. Si ello sucede es porque se ha realizado una buena tarea. Seguramente serás premiado con un beso profundo.

    Una buena comida de coño proporciona infinito placer en la mujer porque su vagina y vulva interior es su órgano sexual por excelencia que ella espera siempre que sea tratado con cariño. También el varón debe gozar, no solo por el hecho de haber sabido satisfacer sexualmente a su pareja, sino porque dar placer también produce placer. Normalmente será recompensado con una felatio, y será el inicio de un encuentro donde seguramente vendrán luego otras prácticas sexuales según los gustos.

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  • Mi marido me ayudaba

    Mi marido me ayudaba

    Todo cambió en mi casa, yo me vestía como siempre lo había deseado y mi esposo me alentaba a ello, incluso el mismo iba conmigo a comprar ropa de lo más reveladora y cambié por completo mi guardarropa, con vestiditos y minifaldas que no dejaban mucho a la imaginación, lencería muy sugestiva, zapatillas y sandalias descubiertas, perfumes y maquillajes, todo ello con la complacencia de mi marido, que me insistía en mostrar mis bien torneadas piernas, lo nalgona que estoy, mis senos duros y erguidos y desde luego mi lindo rostro muy coquetamente.

    Así mismamente tres veces a la semana yo le daba las nalgas a mi actuales amantes con el consentimiento de él, desde luego él sabía de Julio por lo que yo le había confesado y de Juan Arturo por lo que había visto en mi casa cuando lo llevé y me cogió allí, convirtiéndose en un espectador oculto, pero ignoraba la cogida que me habían dado Luis y Juan Emilio a los cuales vería nuevamente en alguna otra ocasión.

    Las siguientes visitas de mis “novios” como él les decía a mis amantes, fueron también presenciadas por él, en especial la cogida que me dio Julio, el chofer de la constructora. Como mi marido ya sabía de él, me insistió en que le llamara para que me visitara y fingiendo una salida más por motivo de trabajo, salió de casa para dejarme a solas con Julio; desde luego su viaje fue fingido y miró claramente como ese bruto me hizo suya y cómo me cogía a su antojo. Había observado ya como dos tipos se cogían a su esposa, sin embargo, deseaba ver más todavía y desde luego yo estaba con todas las ganas de complacerlo.

    Por esa época yo no trabajaba, y como me casé a los 18 años, había tenido que abandonar mis estudios, pero con el apoyo de mi esposo reinicié para terminar mi carrera, así que iba a la escuela y empezaron a salirme algunos pretendientes, pero ninguno de ellos me hacía temblar las nalgas que era el síntoma que me indicaba que un tipo me gustaba.

    Cierta tarde en que salía del colegio escuché que me llamaban por mi nombre y al voltear grata fue mi sorpresa al ver a Edgar, uno de mis antiguos novios de la secundaria. Lo saludé y charlamos animadamente, desde luego ambos habíamos cambiado muchísimo, él se veía muy guapo y con un cuerpo fornido y yo, aunque ya casada me veía muy juvenil y mi estilo era entre ingenua y coqueta logrando que me viera como una colegiala.

    Desde luego no podía ocultar a la mirada de los demás, en especial de los hombres, las formas cachondas de mi cuerpo, razón por la cual constantemente me chuleaban, tanto en la calle como en la escuela. Así que al verme Edgar quedo muy complacido, como ya había salido de clases, me invitó a tomar un café que desde luego yo acepté. Platicamos mucho, él tenía ya 23 años y yo 22, así que estábamos en la misma edad prácticamente. Sus visitas desde entonces se hicieron frecuentes a la escuela y claro que el motivo era yo…

    En una de esas ocasiones me invitó a tomar una cerveza en el automóvil de su padre, lo acepté y nos fuimos a un lugar algo apartado y discreto. Estuvimos allí en el interior del coche y vino lo que yo tanto esperaba; me empezó a besar…

    Al principio me hice que me resistía y le dije que eso no era correcto ya que estaba casada, pero me seguía besando tanto que acabó por “convencerme” y permití que fuera algo más allá. Así, en ese lugar, con la caída de la tarde, me liberó los senos del sostén y empezó a mamármelos… Yo lo dejé hacer, su mano se dirigió a mi rajita y lo dejé entrar, sus dedos se dieron gusto entrando y saliendo en mi mojada panocha, pero cuando me pidió irnos a un lugar más íntimo, me hice la señora modosita y le dije que no, pero le deje entrever que tal vez en otra ocasión me atrevería… Claro que la oportunidad se presentó muy pronto.

    Como ni Julio ni Juan Arturo me habían llamado, ya hacía más de quince días que yo no salía, así que le comenté a mi marido acerca de Edgar y mintiéndole le dije que me había invitado a salir la noche del viernes, desde luego le encantó la idea de que me hiciera suya, pues prácticamente su libido se incrementaba al saberme bien cogida por otros, así que en ese fin de semana mi exnovio me haría suya también.

    Esa misma noche le hablé a Edgar y le pedí me invitara a salir el viernes, pues mi marido estaría fuera el fin de semana. Captó muy bien la intención de mi mensaje y quedamos de acuerdo para salir. El viernes por la tarde mi esposo estuvo de lo más cachondo, me estuvo fajando muy rico, me cogió un poco como para calentarme, pero ni él ni yo terminamos, así que yo estaba que pedí a gritos una buena verga. Yo le decía que de tanto andar de cama en cama, hasta preñada podía resultar, cosa que lo encendía y se le ponía la verga hasta amoratada de tanta excitación, y me decía que donde comían dos, podían comer tres; dándome a entender que no había problema si me dejaban panzona.

    Y fue él mismo quien eligió mi ropa para la cita; después de ducharme me hizo vestir de forma muy sensual, me puse un liguero negro y medias del mismo color, un juego de brasier y tanga negro con encaje morado cubrieron mis atributos, un vestidito muy corto de color morado suave y mis sandalias constituyeron todo mi ajuar; estaba lista para entregarme a mi nuevo novio.

    Al terminar los últimos toques de maquillaje y perfume quedé lista, muy linda y sexy; esperé a que mi esposo me llevara a donde quedé de verme con exnovio, ya que el plan era que mi marido fuera un cliente más del bar, y así observaría lo que Edgar y yo haríamos allí mismo; ¡mi propio esposo me llevaría a entregarme a otro hombre como ya había sucedido antes con Juan Arturo!…

    Llegamos al bar, mi marido entró antes y se ubicó en una mesa desde donde podía observar perfectamente todo, yo entré después. No tengo qué decir de cómo me vieron los tipos allí, sentí delicioso sus miradas, pero más me calentó la forma en que Edgar me recibió. Se levantó y fue hacía mí sin saber que mi marido nos observaba, intentó besarme en la mejilla pero yo bien puta le di mis labios, creo que con eso él se dio cuenta de mis intenciones de ir con él a la cama; sin embargo no sé apresuró.

    Pedimos algo de tomar y su mano entró en acción sobando muy rico mis piernas cubiertas por las medias; y al cabo de tres copas ya su atrevimiento no tenía límite, me besaba apasionadamente metiendo su lengua en mi boca con descaro, valiéndole madres la gente que nos rodeaba; y mientras sus dedos ya me frotaban mi bizcochito mojándome de una manera muy rica, en especial porque mi esposo nos veía desde su lugar, yo palpaba la gruesa reta que me iba a comer.

    Bajé una de mis manos y le sobé la verga por encima de su pantalón, se la sentí dura y de muy buen tamaño, esto provoco mis anisas de probarla en vivo; así que le susurré al oído a mi acompañante:

    —Edgar mi vida, acompáñame… —nos pusimos de pie y nos fuimos al sanitario.

    Primero entré yo y él me espero, al menos eso creí, pero era tanta su calentura que se dedicó a revisar el baño de caballeros, y al salir yo del mío, me tomó de la mano y me metió casi arrastrándome al baño de hombres. Allí mismo en uno de los excusados me hizo quitarme los calzones, me colocó frente a él y se sacó la verga bien parada y muy rica, y aunque no era fuera de lo común si se le veía bastante gorda y cabezona. Tomándome de un muslo me abrió y levantando mi pierna me hundió su fierro de un empujón, yo solo gemí, era muy comprometedor coger allí pero eso no nos importó.

    Me tomó de las nalgas y empezó a bombearme, allí mismo, de pie; mientras el falo entraba y salía muy rápido de mis entrañas, tanto que me hizo venir en un instante, y él al poco tiempo, se derramó en mi interior. Fue uno de los palos más calientes que he experimentado. Me sacó la verga y su leche me escurrió por las piernas, así que traté con mi tanga de limpiarme mi enlechado bollo, y desde luego ya no me la puse así que salimos del baño; yo sin calzones y recién cogida y él contento; yo más caliente que antes y Edgar esperando darme más de su verga.

    Al entrar al bar le hice una seña a mi esposo, y sin que se percatara Edgar, regresé a los sanitarios mientras mi amante se dirigía a la mesa. Mi esposo me alcanzo y le dije:

    —Mi vida lo hicimos en el baño y estuvo formidable… —él me sonrió y me dijo.

    —¡Que puta eres, Daniela!…

    —¡Así me querías, ¿no?!…

    —Pues ahora ya sabes que hacer, ¡llévalo a casa!… —ya no había más que decir, así que me regresé a la mesa donde estaba mi exnovio.

    Mi esposo ya no entró al bar, se fue directo a la casa para estar en su escondite y ver como mi nuevo amante se cogía a su vieja. Edgar y yo nos fuimos poco después, y aunque él al principio no quería, por temor a que mi marido nos fuera encontrar cogiendo, pero sobándole la tranca en el auto lo convencí de inmediato. Tomándole de la mano lo llevé a mi recámara, al llegar me restregué a su cuerpo frotándome como una gata en celo, lo besé y sacando su verga del pantalón me hinqué ante él, se la empecé a mamar con fuerza, esto le agradó y me dejó mamársela a mi antojo…

    —¿Así te la maman la putas con la que andas?… —dije elevando la voz para que mi marido se enterar —de lo que su mujercita estaba haciendo; — o te la mamo mejor yo…

    —Tú, chiquita… Tienes una boca y una lengüita deliciosa

    —Pues cada vez que quieras una hembra súper caliente y generosa contigo, búscame papito… Ya te he dicho que mi esposo casi ni me toca y necesito siempre de un macho bien vergudo como tú, que me haga lo que quiera…

    —¡Nena, me vas hacer derramar!…

    —¡Pues vente, échamela en la boca!…

    —No mi reina, quiero probar cada rinconcito de tu delicioso cuerpo

    Casi sin aliento me puse de pie me quité el vestido y me miró preso de lujuria y deseo, su verga parada me indicó que le gustaba lo que vio, y recostándome me le abrí de piernas:

    —¡Ven mi rey, métemela!… La quiero sentir muy dentro de mi panochita, ¡mira como la tengo de empapada!… —y le mostré con mis dedos mi vulva y me abrí los pétalos de mi vagina con mis dedos para mostrarle mis labios palpitantes…

    Ya nada fue necesario, Edgar se desnudó rápidamente y subiéndose a la cama me la metió, y empezó a cogerme deliciosamente mientras mi marido nos espiaba y veía como me la encajaba hasta el tronco. Yo empecé a moverme, como él estaba encima de mí, lo moví y le di vuelta, quedando yo encima de él; me acomodé y empecé a cogérmelo yo, muy rico. Primero me movía suavecito para que sintiera el calor de mi vagina y muy pronto aumenté el ritmo de mis movimientos, buscando frotarme el clítoris al moverme y eso me provoco casi de inmediato mi orgasmo…

    Me escurrí con su verga adentro, me hizo venir, pero yo no paraba, pues me dejaba subir y caer sobre su reata, comiéndola toda con mi panocha chupándola con mis contracciones. Me la saqué y le ofrecí mi buen par de nalgas. Edgar me tomó de perrito y me encantó, me la metía fuerte y delicioso, así me tuvo un buen tiempo, haciéndome sollozar de gusto. Me tomaba de las nalgas, me las acariciaba y me jalaba de la cadera dándome unas metidas y sacadas maravillosas. De repente me metió un dedo en el culo, fue delicioso, yo deseaba que me enculara también, pero no quería que eso lo viera mi esposo, así que moviéndome le dije:

    —Ven papito, vamos al baño y cógeme como en el bar…

    Me fui al baño, contoneando mi culo para enloquecerlo, si eso fuera posible, pues se derretía por encularme. Escogí el baño porque desde allí mi esposo no podía ver según supuse, quería que hasta me sacara los pedos con su enorme verga. Allí mismo y gracias al amplio baño de mi recámara y a la alfombra junto al lavabo, me acomodé; me senté en el lavamanos y me abrí, él se me acercó y me la metió de un empujón delicioso.

    Me bombeó y le pedí al oído, mientras lo abrazaba y besaba que me pusiera de perrito; me hinqué sobre la alfombra del baño y esta vez me abrí de nalgas con ambas manos mostrándole mi culito, él entendió lo que yo quería y sin tardanza me acomodó su gruesa verga en mi ano, me la empujó y aunque me dolió, yo misma lo insté:

    —Clávame por el culo mi rey, mi marido nunca me la ha metido allí…

    Edgar escupió en su mano y me untó su saliva en mis nalguitas apretadas y ensalivando también su verga se acomodó de nuevo, esta vez fue más decidido y de un empujón me caló con la gruesa cabeza de su verga; me distendió el esfínter muy rico y casi sin darme tiempo me la empujó de nuevo, una y otra vez me la metió hasta que la sentí llegar al fondo, entonces empezó el mete y saca que me volvía loca; ¡me tenía bien clavada por el culo y me disfrutaba al tiempo que yo temblaba y sudaba de la culeada que me estaba dando!…

    Tuve que morderme los labios para no gritar como una golfa cuando me entraba de golpe, ¡definitivamente fue maravilloso!, uno de los hombres que saben cómo gozar un buen par de nalgas. Mi culo se adaptó a su tamaño y el dolor desapareció dejándome solo placer; muy mimosa yo le susurraba que me cogiera más duro, y él lo hacía con ímpetu tremendo de alcanzar mis intestinos…

    Hasta que no aguantó ya la estrechez de mi culito y me inundó con su leche caliente y abundante sin dejar de meter y sacar su leño. Ahora bien enlechada su verga se deslizaba francamente hondo y su semen me lubricaba. Me estremecí y mi amante seguía bombeando mi culo, creo que esto provocó que su erección se mantuviera y me diera más verga en el culo, claro que yo pensaba en mi marido, así que le pedí que me cogiera de nuevo.

    Mis pliegues anales se enrojecieron de la fricción. Me acomodó de tal forma que puso su chile entre el túnel de mis senos duros, cuando la tuvo súper parada, me la metió en mi hinchada puchita, y así me tuvo mientras sus manos me apretaban las nalgas muy fuerte, tanto que pensé que me dejaría moretones y sus boca me chupaba las tetas con furia. Yo lo acariciaba por la espalda provocando que me cogiera mucho mejor… ¡Qué delicia de chico, cómo aguantaba!… Me tenía súper ensartada en su rico garrote, al tiempo que me seguía apretando las nalgas y me besaba con muchísima pasión…

    Me le entregué en otro orgasmo y él seguía bombeándome, estábamos sudorosos y resoplábamos y gemía diciéndome lo rica que estaba, me encantaba la forma de coger de este muchacho que antes había sido mi novio y ahora era mi amante, así me siguió bombeando incansable. Lo besaba y lo acariciaba como la más puta de las amantes, mis piernas lo atrapaban por la cadera para no dejarlo desmontarse de mí, hasta que me escurrí de nuevo. Le di mis contracciones vaginales y mis grititos entrecortados le hacían saber que me estaba viniendo una vez más, creo que esto esperaba ya que el decírselo intensifico sus metidas y se vino así conmigo, llenándome más de su leche viscosa y caliente…

    Jadeante se dejó caer sobre mí, estábamos los dos empapados en sudor… Se quedó un rico momento, se salió y su leche me escurrió muy rico, sentí lo caliente llegar hasta mi culo, él me quiso decir algo pero no se lo permití, lo invité a vestirse y que se fuera de casa para que mi marido no nos descubriera… Se despidió de mí y regresé a la recámara, mi esposo había salido de su escondite, sin decirme nada me tumbó en la cama y se puso a chuparme la panocha, succionando la leche de mi amante y mis jugos al mismo tiempo que su lengua me entraba delicioso. Así me estuvo mamando la vagina batida con leche de mi amante, con su boca me comía y me hacía gritar de gusto:

    —¡Cógeme ya cabrón!… ¡Méteme la verga con fuerza, cógete a tu puta!… ¡Estoy afiebrada, encájamela toda, por favor!…

    Cuando me mamó el culo, se dio cuenta que lo tenía encharcado de leche, se dio cuenta que me la habían metido por atrás y eso lo enloqueció. Me abría mis nalgotas y me metía los dedos tratando de extraer el semen anidado en mi recto, extasiándose con los pliegues de mi ano completamente enrojecidos y abocardados, pues a pesar de mis intentos de cerrarlo, quedaba mi ano como boca destentada formando una excitante «o»…

    Cuando se cansó de lengüetearme, y antes mis ruegos de que me usara de la forma más vil y salvaje, se enderezó, me abrió más de piernas y me la metió de un golpe; su verga se deslizó deliciosa en mi cuevita, sin embargo yo me sentía muy estrecha.

    —Se ve que tu amigo calza grande —me dijo al ver que su pene se deslizaba con facilidad por mi túnel sexual.

    —Tiene la verga bastante larga y gruesa, me costó un pexx recibirla por completo —dije.

    —Pero te encantan los vergudos, cabrona.

    Me siguió diciendo lo rico que se sentía mi panocha, así recién cogida y muy caliente, me dijo que tenía un horno vicioso, me batía la leche de mi amante hasta que ya no aguantando más, se vino también. Chorros de su semen me inundaron una vez más, yo estaba extasiada de su cogida así que también me vine; casi fue como quedar vacía, pues mientras Edgar me cogía, me hizo venir varias veces y ahora con mi esposo me sentía desfallecer. Me sentía plena y lo seguiría sintiendo durante mucho tiempo pues nuestro acuerdo empezaba a darnos las mayores satisfacciones. Para mí como la puta que soy y en mi esposo al saber que a su mujercita le entraban las vergas de varios hombres…

    Abrazados nos fuimos quedando dormidos, no sin antes decirme cuanto me quería y lo mucho que le gustaba verme de puta, y desde luego que lo era y trataría de serlo más, mucho más, ya que mi esposo me ayudaba a ser la mejor de las putas…

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  • Sexo en la Biblioteca

    Sexo en la Biblioteca

    Esto sucedió hace 2 años aquí en mi empleo. Debo decirles que trabajo como bibliotecario en una escuela privada, puesto en el cual ya llevo un poco más de 3 años.

    Sucede que en mi anterior empleo conocí por internet a una chica del municipio de Coacalco, Estado de México, ella tiene 22 años, se llama María, debo decirles también que no posee un cuerpo escultural, tiene unos senos pequeños, pero muy duritos, unas nalgas grandes pero esas sí un poco flácidas, pero apetecibles.

    Era un día miércoles, como a las 13:45 h, cuando llegó a mi lugar de trabajo, me saludó como normalmente lo hacen las personas que apenas se conocen. Con un beso en la mejilla, yo a esa hora del día, ya no tenía tanto trabajo en la biblioteca, puesto que la mayoría de los alumnos sale de clases a las 12 o 12:30 del día.

    Bueno, pues llegó María a mi empleo, estuvimos platicando aproximadamente unos 10 minutos, los cuales me bastaron para percatarme que traía unas ganas locas de sexo, se le notaba en sus ojos, pues no dejaba de verme el paquete que tengo entre las piernas.

    Me pregunto que si no venía nadie a esta hora aquí a la biblioteca, le dije obviamente que no, me pidió que cerrara la puerta de acceso, a la sala, y que apagara las luces, de inmediato me supuse él porque de esta petición, fui rápidamente a cerrar la puerta con llave, cuando regreso al acervo ella estaba sentada en una silla, con la blusa abierta, y solo enseñaba el pequeño sostén, dentro del sus pequeños senos, de los cuales ya resaltaban sus pezoncitos erguidos debido a su excitación, entre y me pidió que apagara las luces. Mientras ella se estaba paseando su mano derecha en su vagina sobre el pantalón que traía puesto.

    Me di media vuelta para apagar la luz, cuando de pronto sentí como me empezaba a acariciar mi verga, sobre mi pantalón, me decía que desde que llegó notaba la gran verga que tenía, y que de inmediato pensó esa verga me la tengo que comer.

    Me voltee de frente a ella, empezamos a besarnos, nuestras lenguas se entrelazaban, mis manos se apoderaron de aquellos diminutos senos, ella empezaba a desabrocharme el cinturón con una desesperación que no sabría como describírselas, le ayude soltando la hebilla, y desabotonando mi pantalón, lo demás, la bajada del zipper, y también de mi trusa, fueron cosa de ella.

    Estaba yo bajando a morder sus senos cuando me dijo, siéntate en esta silla yo te haré sentir la gloria. Obedecí como cualquier niño, ella empezó a besarme mi cuello, bajando por mi pecho, mi estómago, mientras que con sus manos me acariciaba la verga, cuando llegó a ella, me dijo:

    —Mira nada más papi ¿todo esto me lo voy a comer? —no terminaba de decir la pregunta, cuando engulló la cabeza de mi verga, lengüeteó desde el capullo, todo el falo, hasta mis testículos, beso cada parte de mi tranca.

    Se había sentado ella en una silla junto a mí, cuando ella se estaba metiendo mi tranca a su boca, yo le tocaba su clítoris, con mis dedos, estaba muy mojada, y por lo que llegue a notar estaba también muy estrecha, y les digo porque le metí 3 dedos y sentía, como me los apretaba mucho, aunque tuviera una pierna sobre la mesa más cercana.

    Estábamos dándonos mutuo placer, cuando me pide:

    —Quiero esa tranca en mi concha, quiero sentirla hasta el fondo, dámela papi, dámelo maldito pitudo…

    La levanté, le terminé de bajar sus pantalones y su tanga, hasta los tobillos, la empine sobre una mesa, y dirigí mi pene, hacia su cueva, que estaba muy mojaba por los orgasmos que había tenido cuando le metía mis dedos.

    Fue resbalando muy despacio, me decía, “ya métemela cabrón, me urge tenerla dentro”, se la metí de un golpe hasta la empuñadura, empecé con el clásico mete – saca, ella solo gemía diciendo, “más, más, cógeme que a partir de ahora soy tu puta, esta panocha será tuya mi amo, si quieres dame por el culo, también solo tuyo, el pendejo de mi novio no me llena”; “sigue así no pares cabrón”, mientras la bombeaba por la vagina, con mis manos le abría las nalgas, y un dedo entraba y salía de su culo, está muy apretada, sabía que nadie había entrado jamás por ahí, empecé con uno y luego dos, ya cuando lo sentía más estimulado le metí un tercer dedo, a lo que ella solo dijo “así dame por el culo, cógeme por ahí quiero sentir tu leche en mi culo lávamelo con tus mecos”.

    Saqué mi verga de su panocha, y como ya venía lubricada por los jugos de María, fue muy fácil entrar a ese hoyo tan apretado, le puse la cabeza en la entrada del culo, me pidió que se lo metiera de un jalón, pensé “al cliente lo que pida” y así fue se la metí de un golpe, solo se escuchó un grito de dolor, (que si mis jefes lo hubieran escuchado ahorita sería yo un desempleado más de esta país, y todo por caliente), que después se fue convirtiendo en placer, la bombee como 20 minutos por el culo, hasta que sentí que me venía, le dije que ya me iba a venir, y ella me dijo “dámelos en el culo, yo te limpiaré esa hermosa tranca papi”.

    Me vacié dentro de su ano, cuando saqué mi verga, traía restos de sangre, mierda y mecos, ella cuando la vio, no le importo me dio una mamada espectacular, hasta dejarla limpia y nuevamente erguida, me pidió que me sentara en una silla, entre los libros, cuando lo hice ella sola se ensartó en mi tranca, y empezó un sube y baja, hasta que nuevamente terminamos, los dos al mismo tiempo, lo hice dentro de ella, cuando se sacó mi verga, bajo a limpiármela.

    Ya cuando nos vestimos, me dijo que de ahí en adelante sería mi puta personal, que nadie más la iba a coger, que no fuera yo, no le importaba que fuera yo casado, que ella respetaba, pero que vendría por su ración semanal de verga.

    Y así fue como empecé una doble vida sexual, con mi esposa, que no sabe nada de estos encuentros que tengo semanalmente aquí en mi trabajo, y con ella que de perdida lo hacemos de 4 a 5 veces por semana.

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  • Trío con la amante de mi marido

    Trío con la amante de mi marido

    Hace poco descubrí que mi marido se acostaba con una de sus compañeras de trabajo. Al principio me afectó bastante, pues la persona a la que amaba me había estado engañando. Pero después de llorar y llorar llegué a la conclusión de que no hay mal que por bien no venga y decidí sacar partido de la infidelidad de mi marido.

    A partir de entonces, cada vez que me llamaba para decirme que tenía trabajo atrasado, que tardaría en volver, yo imaginaba a Elena, su supuesta amante, follándose el apetitoso rabo de mi marido y acababa masturbándome como una loca. Cuando él volvía a casa estaba tan cachonda que no me importaba que hubiera metido la polla en el coño de otra mujer. Sin darle tiempo ni para que se quitara la chaqueta le desabrochaba los pantalones, le tiraba en la cama y me metía en la boca su precioso taladro, que todavía conservaba el sabor de semen y los flujos vaginales de su amante.

    Algunas veces me follaba la boca con los restos de su polvo todavía goteándole en el capullo.

    Poco a poco me fui entusiasmando con la idea de intimar también con Elena y aproveché que pronto sería su treinta cumpleaños para proponer que saliéramos los tres a cenar. Era la primera vez que íbamos juntos. Después de cenar fuimos a una discoteca y nos tomamos algunas copas y después fuimos a nuestra casa. David bebió demasiado y al llegar a casa se disculpó y se fue a la cama con un fuerte dolor de cabeza. Elena y yo nos tomamos una copa mientras hablábamos en el salón.

    Ambas estábamos a gusto y el alcohol me dio la osadía necesaria para decirle las cosas claramente:

    —Sé que te has estado tirando a mi marido —le dije sin darle opción a negarlo.— Saboreo tus jugos en su polla cada vez que vuelve tarde a casa. No te preocupes porque ya no estoy enfadada. Pero he pensado que David y yo podríamos compartirte en la cama. —E inmediatamente le besé suavemente en los labios.

    Elena es alta, morena, voluptuosa y con un bonito cuerpo. Además, es una mujer inteligente. Sus ojos verdes me miraron fijamente mientras hablaba:

    —Me imaginaba que lo sabías. Casi todas las mujeres se dan cuenta si su marido les es infiel. Ellos se creen muy inteligentes. —Después de decir esto, se inclinó y me besó en la boca. El escenario estaba dispuesto.

    Fuimos al dormitorio. Yo llevaba medias y liguero sin bragas de forma premeditada. Admito que estaba muy nerviosa porque nunca había estado con otra mujer. Elena me confesó que también era su primera experiencia lésbica. Empezó a desnudarse de manera provocativa y cuando estaba totalmente desnuda se tumbó junto a David en nuestra cama de agua. Me quité el vestido y me uní a ellos.

    Elena y yo empezamos a menear y a acariciar la polla de mi marido a la vez mientras yo le tocaba las tetas a Elena. Luego me coloqué encima de David para meter mano a Elena por todas partes. Con mucha delicadeza la hice tumbarse en la cama y empecé a chuparle las tetas. Mis inquietos dedos se deslizaron hacia su encantador chochito. Primero le toqué la parte externa, que se notaba caliente y luego le inserté un dedo hasta el fondo. Estaba completamente empapada. La evidente excitación de Elena me dio alas para proseguir mi plan, para dar el gran paso.

    Me incliné para chupar sus húmedos labios vaginales y a continuación me aventuré a rozarle la almeja con la lengua. Le lamí y succioné el clítoris hasta hacerla temblar. Ella no paraba de embestir mi hambrienta boca con las caderas y descubrí que sus jugos vaginales eran sencillamente deliciosos. No me hartaba de exhalar su excitante aroma. Mientras Elena y yo nos lo montábamos mi marido estaba tumbado meneándosela y disfrutando del espectáculo, aunque era evidente que no disfrutaba ni la mitad que yo. Seguí lamiendo la almeja de Elena sin parar, de todas las maneras que se me ocurrían, de arriba abajo, en círculos… ella gemía como una loca.

    Hambrienta de sexo, separé las piernas de Elena, coloqué mi coñito contra el suyo y empezamos a frotarnos como en mis mejores fantasías. Notar clítoris contra clítoris es una experiencia que difícilmente olvidaré.

    Con su flujo todavía fresco en mi boca, dejé que mi lengua entrara en su boca para que probara los líquidos del amor. Al mismo tiempo frotaba mi clítoris contra el suyo con tanto vigor que la hice gritar de placer. Yo estaba en el paraíso. Seguí frotando mi vulva contra la de Elena hasta que perdí la cuenta de las veces que llegó al orgasmo. Finalmente me corrí yo también y procuré que nuestros coños se mantuvieran pegados para que se mezclaran nuestros jugos.

    Miré a mi satisfecho marido y comprobé que tenía el vientre cubierto de esperma. No cabe duda de que le había gustado el espectáculo porque era la mayor explosión de leche que había visto salir de su polla. Me mojé las manos en ella y David respondió dándome la vuelta y metiéndome su espléndida verga en el chumino. Ahora se estaban mezclando los fluidos sexuales de los tres y ese pensamiento me puso otra vez a cien.

    Elena acariciaba el culo de David mientras él embestía mi chochito. Después de correrme le pedí que le pegara un buen polvo a Elena. Aceptó mi propuesta. La abrí de piernas y coloqué su nabo a la entrada de la raja. Le pedí a David que la penetrara para ver en primer plano como le hundía hasta el fondo sus veinte centímetros de cipote. Yo estaba casi pegada a la entrepierne de Elena, ya que no quería perderme ni un detalle de la penetración. Observar con qué suavidad se colaba la herramienta de David en el nido de placer de su amante fue más excitante de lo que había imaginado y no pude resistir la tentación de chupar la polla de mi marido mientras entraba y salía de la vagina de Elena. Eso me permitía saborear un exquisito combinado de jugos, entre los que todavía había restos de los míos.

    Elena debió correrse al menos diez veces y cuando se relajó mi marido se ofreció para comernos la almeja simultáneamente. Seguras de que sería un goce para los tres, accedimos. Mientras él nos colmaba de atenciones con la lengua yo le acariciaba las pelotas, grandes y suaves. La polla no tardó en ponerse dura y preguntó si podía follar otra vez a Elena. Yo misma le separé las piernas para facilitarle el camino.

    Al cabo de cinco minutos de bombeo a toda marcha sacó su verga empapada de corrida y me hizo tumbar. Luego me clavó su porra de un solo golpe. Elena me estaba magreando las tetas cuando noté el disparo de esperma caliente dentro del coño.

    Agotados y satisfechos nos quedamos dormidos. No tardó en amanecer y recibimos el día con una nueva tanda de polvos y mamadas. Desde entonces mi marido y yo hemos mantenido relaciones esporádicas con otras personas.

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