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  • Consolándome con mis compañeros de estudios (2)

    Consolándome con mis compañeros de estudios (2)

    Al día siguiente me levanté tardísimo, la muchacha que me ayuda me preparó el baño y me di una buena ducha con agua fría, que me refrescó por completo.

    Estaba muy irritada de mi zona genital, además traía un moretón en mi nalga izquierda producto de una mordida que cuando me la dieron, ni la sentí. Mis pezones estaban súper sensibles, producto de las mamadas que me habían dado, ambas tetas estaban coloradas luciendo uno que otro moretón, así como mi culo, que lucía, aparte de la mordida, sendos cardenales en ambas nalgas…

    Cuando me hice mi aseo vaginal, me di cuenta que tenía una infección, aparte del tremendo dolor en mi culo de la sodomización que me habían practicado… Durante la fenomenal orgía con mis compañeros, me habían metido sus vergas por atrás y por delante, trasladando los gérmenes del culo, hacía mi vagina, causándome la horrible picazón y las continuas molestias que las chicas que me leen saben a lo que me refiero. Pero gracias al Metronidazol y a los lavados con Benzal que me practiqué continuamente, quedé como nueva…

    Juanita, la muchacha que me ayuda, me dijo que mi madre me había estado llamando, pero no me despertó por indicaciones de mi comprensivo marido, quien le pidió que me dejara dormir todo el tiempo posible. Así que me comuniqué con ella, dándome la agradable noticia de que mi tía Jimena, había llegado a visitarla. Ella es de Monclova, y debido a las inundaciones de Piedras Negras, mi madre había estado preocupada; que aunque donde vive mi tía no pasó gran cosa, en todo el Estado de Coahuila se habían resentido los fuertes aguaceros. Mi madre le pidió que se dejara ver, hacía muchísimo que no la veíamos.

    Le llamé a mi esposo y le platiqué la buena nueva, pidiéndole que por la noche pasara por mí a casa de mi madre. Me puse un jeans desgastado y una playerita de Las Águilas, pasé al restaurante del Sanbors y compré dos kilos de galletas cubilete, un kilo para cada una, y me fui a verla. Pasamos una tarde sensacional, mi tía había llevado sus álbumes y nos reímos muchísimo viendo cantidad de fotos.

    Mi tía, que en su juventud le dio vuelo a la hilacha, se dio cuenta de la molestia que tenía en mi trasero, obviamente que al sentarme o con cualquier giro de cadera, demostraba la tremenda cogida que me habían dado. Cuando llegó mi esposo, aprovechó el momento en que él conversaba con mi mami…

    —Hija, ¿no me digas que tuviste sexo anal?…

    —¡Ay tía, qué pena!…

    —No tienes por qué apenarte, es algo delicioso, solo te recomiendo que cuando lo hagas, uses lubricante a base de agua, son muy populares en las boticas y no te irritan… Hay incluso algunos que contienen Xilocaína para anestesiar la zona, solo es cosa que te informas, no que así, pareces pato al caminar…

    —Si tía, créeme que fue un momento de debilidad y me dejé llevar, nunca lo había practicado…

    —Pues para que le encuentres gusto, es mejor que uses lo que te recomiendo… —pobre mi tía, si hubiera sabido la tremenda verguiza que me dieron mis compañeros…

    Esa noche mi esposo quería sexo, pero le expliqué mi malestar; obviamente que me increpó sobre el uso de los condones, que si tan amolados están mis compañeros para no traer consigo una caja de preservativos. Lo entendí porque estaba con la verga bien parada, pero tuvo que aguantarse, ya que su linda mujercita no podía… El día lunes no fui a clases, aún sentía molestias al caminar. En la noche me llamó una compañerita que no estuvo en la fiesta (no recuerdo ahora su nombre), pero me dijo que se habían preguntado todos que en donde estaba el lucero que todo lo iluminaba…

    —Eso le molestó mucho a Lupe…

    —¿Qué dijo?… —inquirí ansiosa.

    —Que no eras más que una zorra, que ni siquiera a puta llegabas y que ella estaba muy por encima de ti…

    —¿Y qué más?… —volví a insistir…

    —Me dio mucho coraje que dijera eso, pues no te conoce y no tiene porqué opinar así de ti… Ya no la quise seguir escuchando y mejor me salí del aula.

    —Déjala, esta celosa…

    —Tú estás mil veces mejor que esa estúpida… —recalcó mi compañera.

    El martes, al llegar a la escuela yo iba muy nerviosa y avergonzada, aunque suene extraño, no sabía cuál sería la reacción de mis compañeros. Entré al salón y me senté, allí estaba Martín que me saludó muy despreocupado, al poco rato llegaron otros compañeros y también Víctor y Adrián; solo me miraron y me sonrieron en complicidad, pero no dijeron nada, ni siquiera me dirigieron la palabra.

    Con eso descansé y seguí como la estudiante casada y recatada que todos creían que yo era, bueno todos excepto los tres chicos que me habían cogido y que sabían lo putona que soy.

    Al terminar las clases de ese día como era la costumbre me fui a la cafetería, allí me alcanzaron Víctor y Martín.

    —Oye Dany, ¿no tuviste problemas con tu marido?… —mintiéndoles les dije que se había enojado porque llegué tarde pero que de eso no había pasado a mayores, y que desde luego estaba yo con ganas de repetir la experiencia con ellos, y al hacerlo le froté una de mis piernas a Martín que estaba próximo a mi…

    —Pues prepárate para lo que sigue mamacita, ahora te vamos a dar un tratamiento especial…

    —Vamos a echarte “pira”… —dijo Víctor.

    —Oye, ¿pero qué es eso?… No sé de qué se trata —les dije intrigada.

    —No te preocupes, ya verás que te va a encantar y querrás repetir…

    —Entonces, ¿estamos ya de acuerdo para el viernes?… —me preguntó Martín guiñando un ojo.

    —Claro que si, y además podré ser para ustedes todo lo que quieran, pues mi marido no estará esa noche —dije lamiendo mis labios en franca coquetería.

    —¡Pues que mejor!, así te daremos más que anoche y verás que la vas a pasar de poca madre.

    Poco después, me despedí de ellos y me fui a casa, pensando en el siguiente viernes.

    Mi tía se despidió el miércoles, pues debido a sus compromisos, no podía quedarse por más tiempo. Me sentí triste, asegurándole que en cuando pudieras, la iríamos a visitar. Durante esos días no tuve sexo, ya no sentía ninguna molestia, pero quise seguir con el tratamiento, que también mi esposo siguió. Andaba como perra en celo, pues cualquier miradita de mis profesores y compañeros, me encendía. Hice un sondeo para saber que tanto sabían de lo que había pasado en la francachela, pero, o lo ignoraban, o se hacían que no sabían… Por supuesto que la tal Lupe, no hizo más aspavientos, de lo contrario, la hubiera puesto en su lugar; pues si a mí me gusta tanto la verga y me encanta dar las nalgas, ese es mi pedo.

    El viernes esperado con ansias por mí, llegó al fin. Ese día llegué a la escuela como mi costumbre, sandalias altas de tiras, una faldita corta, una blusa entallada de amplio escote que al usarla sin brasier resaltaba más mis tetonas y se me veían los pezones, mi rajita cubierta por la transparencia de mi tanga solamente en la parte del frente ya que la posterior era solo una delgada tira de tela que se me perdía entre mis nalgotas rozándome constantemente el culo como para andar caliente todo ese día tan especial, y por su puesto mi aroma favorita, Paloma Picasso; de inmediato busqué a los chicos.

    Déjenme decirles que durante el resto de la semana después del lunes que me habían cogido no habíamos intercambiado plática, solamente nos veíamos y sonreíamos en plena complicidad, pero ese día yo quería verlos antes de estar juntos en la noche. No tardé mucho en encontrarlos así que me senté junto a ellos y charlamos; estaban solo dos y me saludaron alegremente y como estábamos solo ellos y yo, ni que decir tengo que fueron bastante atrevidos:

    —Hola nena, ¡qué rica vienes hoy!, ¿ya estas lista para la noche?… —me preguntó Víctor, torteándome.

    —¡Cada día te pones más buenota, Daniela! —le secundó Adrián.

    —Ya déjense de tantos piropos, donde esta Martín, ¿no ha llegado?… —les contesté.

    —No ha llegado aún, de seguro el cabrón estuvo chupando y ha de estar bien crudo, pero eso es bueno para ti, pues cuando ese güey esta crudo anda que parece burro en primavera; ja, ja, ja… —comentó Víctor.

    Me quedé pensando en eso y sin quererlo se me mojó de inmediato mi bollito y a mi mente vino la idea de comprobar si eso era cierto, en especial por la rica tranca que tiene Mar y por el hecho de que no me habían cogido desde el viernes pasado, ni siquiera mi marido; así que se me ocurrió que sería riquísimo aliviar el fuego de Martín esa misma mañana, pero la voz de Víctor me sacó de mis cachondos pensamientos:

    —Oye Dany, pero hoy queremos que vayas bien putona, que te arregles para nosotros muy especial, ¿qué te parece?… —le contesté que si, que eso me agradaba y despidiéndome de ellos todavía verifiqué la hora de nuestro encuentro:

    —Entonces, ¿nos vemos a las siete en la casa de Martín?… —los dos me corroboraron nuestra cita y me despedí de ellos.

    Busqué a mis compañeras y estuve un rato con ellas esperando poder ver a Martín y animarlo a ir conmigo a casa para empezar con él ese viernes que yo sospechaba muy caliente. Sin embargo, pasó la mañana y Martín no llegaba, un pocos desilusionada me dirigí a la salida y para mi suerte él iba entrando a la escuela, mirando que nadie se percatara que le hablaba me fui a saludarlo.

    —Hola…

    —¡Hola cosita!… ¿Qué cuenta la puta más rica de la escuela?… —me dijo con cinismo.

    —Pensé que no vendrías… ¿Ya viste a los muchachos? —le pregunté rápidamente.

    —Te hice una pregunta, cabrona… ¿Cómo está mi puta?… —me dijo atrayéndome del mentón.

    —Bien papi… Pero, ¿ya viste a Víctor y Adrián?…

    —No, apenas voy llegando…

    —¡Ah, qué bueno!… Es que… ¿Puedes venir conmigo a mi casa?… —le solté de pronto.

    —¿Y qué onda con esos cabrones?… —me interrogó sin saber mis planes.

    —Los veríamos después, es que, es una vieja fantasía que me gustaría realizar solo contigo… —él me vio de pies a cabeza y aceptó gustoso:

    —Claro mi reina, ya quieres empezar la fiesta, ¿verdad nena?… —me contestó sonriente y dándome una palmada en las nalgas…

    —Es que… Bueno, quiero estar sola contigo ahora…

    —Con todo gusto mamita, así te dejo bien ampliada para la noche…

    —Pero no quiero que nadie se dé cuenta que nos salimos, me esperas en la tienda y paso allí por ti, voy por mi coche, ¿si?…

    —Está bien, allá te espero pero no tardes mucho…

    Con paso rápido y muy ansiosa, fui por mi auto y salí de la escuela; él me esperaba y subió al coche dirigiéndonos a mi casa. Como era viernes, le había dado permiso a la muchacha para que se fuera a su pueblo, pues con mis molestias no lo había hecho y como todo estaba planeado, me convenía que ella no estuviera en casa para estar a mis anchas…

    No tardamos mucho en llegar y dejé el coche afuera, ya que si mi esposo llegaba esa era la seña para que supiera que estaba cogiendo con alguien.

    —Oye mamacita, no está tu marido, ¿verdad?…

    —No mi rey, salió esta mañana de viaje y regresa hasta mañana —le comenté mintiéndole pues mi esposo solo se había ido al trabajo.

    Tan solo al entrar a casa, Martín me abrazó y me empezó a besar, mientras sus manos me acariciaron las nalgas duras y temblorosas bajo mi faldita, ya sin preámbulos me hinqué ante él y bajándole el zíper le saqué su verga ya bien parada y babosa, y me puse a mamársela como tanto me gusta hacérselo a los machos que me han cogido.

    Martín disfrutó de mis mamadas gimiendo, al grado que me cacheteó con su enorme macana, dejándome la cara embadurnada de su jugo lubricante… Cuando terminé de mamársela, se la dejé bien ensalivada; abriéndole el pantalón se lo bajé y empujándolo al sofá lo hice sentar, para luego quitarme la falda y la tanga montándome a él para sentir su verga en mi raja que destilaba mis mieles.

    Primero me metió solo su gorda cabeza, pero atrapándome por las nalgas me jaló y de un solo fregadazo, me la metió hasta el fondo, yo gemí por lo grande de su miembro, pero aguanté como las machas y me quedé quieta adaptándome a su grosor y tamaño; mientras, él me sacaba la blusa dejando mis senos desnudos al alcance de su boca, succionando mis pezones y acariciando mis nalgas.

    Así como me tenía empecé a moverme suave y lento, moviendo mi cadera hacia arriba y abajo para sentirlo invadirme con su deliciosa estaca; empecé a gemir muy suavecito para mostrarle lo mucho que estaba disfrutando, mientras él seguía mamando mis duras tetas y acariciaba todo mi cuerpo, desde mis nalgas hasta mis piernas y mi espalda.

    Era deliciosa la manera de cogerme de este chico, me disfrutaba y me hacía gozar, aprovechando la posición en la que estaba, yo encima de él, me podía mover a mi antojo, y quitándole la camisa lo dejé desnudo solo con sus pantalones caídos en sus tobillos pues no le había dado tiempo ni de quitárselos. Así empalada disfruté jugando al sube y baja y dándome de sentones en esa rica verga entrando y saliendo de mi estrecho coño y frotando mi clítoris en los movimientos que me gusta hacer cuando estoy arriba de mi amante. Hasta que no aguanté más y me entregué a un extraordinario orgasmo, haciéndole sentir las fuertes contracciones de mi panochita cuando estoy viniéndome.

    Martín me dejo terminar mirando mi rostro cachondo, oyendo mis gemidos de placer y dándole mi lengua en sus labios mientras disfrutaba derramando más mis jugos, que bañaban su verga en mi interior. Deslizándome de su miembro me lo saqué y poniéndome de pie ante él, le mostré mi bollo escurrido de mis jugos:

    —Ven papacito, vamos a mi recámara, allá me cojeras más rico y como a ti te gusta…

    Al decirle esto me di vuelta y agachándome un poco me abrí las nalgas y le mostré mi anito contraído, ante esta invitación de mi parte, Martín se puso de pie, me dio una fuerte nalgada, se quitó el pantalón y así desnudos los dos nos dirigimos a mi habitación conyugal. Al caminar yo frente a él movía más mis nalgotas para hacerle sentir mis deseos de ser enculada. Al entrar a mi recámara, me acosté separando mis muslos y le mostré mi raja mojada; él se abalanzo de inmediato y sentí su lengua caliente hurgando los pliegues de mi chocho, me hizo gemir y siguió con su tratamiento, chupando y sorbiendo los jugos que destilaba mi panocha.

    Cuando me sentí como perra en celo, lo hice girar quedando mi bollo encima de su rostro y aproveché para mamar su garrote en un rico 69; le succioné la cabezota deliciosamente y lo sentí estremecer. Mis largas uñas arañaron sus testículos muy duros y contraídos, lamí todo su tallo y también sus huevos cubiertos por una áspera pelambrera al igual que su pubis; mientras él me comía la pucha como un perro hambriento, mientras sus manos me abrían y apretaban las nalgas y un dedo travieso me acariciaba el ano fruncido y lograba entrarme estimulando mi esfínter que se contraía de anticipado placer.

    —Cógeme mi vida, quiero sentir esa verga hasta lo más profundo de mi cueva… ¡Soy tuya papito, hazme de nuevo tu puta!…

    —¡Mira lo que te vas a comer, hija de la chingada!… —dijo bamboleando su nabo que aún escurría mis babas.

    Me escapé de él y me acosté de espaldas ofrendándole mi vagina abierta; él se levantó, se colocó entre mis abiertos muslos y guiando su tranca con una de sus manos me la clavó de nuevo, pero ahora con suavidad, con ternura incluso, para hacerme sentir cada centímetro de su gorda verga, haciéndome gemir de placer. Mis piernas lo rodearon por la cadera y lo atraje para sentirlo en su totalidad en mi interior, me empecé a mover muy rico, provocándole que me la metiera toda…

    Ambos disfrutábamos tremendamente, Martín me la sacaba y metía mientras yo movía mis caderas y contraía mi panocha haciéndole sentir mis apretones en su chile. Me hacía aullar de gusto, gemía y me quejaba haciéndole ver lo mucho que me hacía gozar, mientras su verga no paraba de profundizarme una y otra vez.

    Mi joven amante me acariciaba todo el cuerpo, me apretaba las nalgas así como me tenía, me besaba el cuello, los senos y la boca, mientras yo lo atenazaba por la espalda enterrando mis uñas en sus hombros y en su dorso; me tenía sudorosa y completamente abierta, yo disfrutaba y me entregaba a ese chico que tan deliciosamente me estaba trabando:

    —¡Soy tu puta Martín, la más puta que has conocido!… ¡Dímelo mi vida, dime que soy tu puta!… ¡Véndeme, prostitúyeme, eres mi padrote, mi vida y yo tu putona!

    No bien terminé de decirle eso, y el orgasmo fue brutal, prácticamente me oriné en mi cama… Martín aprovechó para bombearme más duro y más rápido prolongando mi placer con sus palabras:

    —¡Sabes que eres mi puta, hija de la chingada, siempre lo serás y hoy te venderé como la pinche puta que eres!… ¡Hoy seré tu padrote perra y pagarán por ti, hija de la verga!… —al tiempo que me insultaba su leche empezó a desbordarse en mi panocha a borbotones.

    Empujaba más a fondo y a cada empellón su fierro me llagaba tan hondo que me hizo gritar y seguía clavándome su macana, que para mi sorpresa no perdió la erección. Me acomodó y colocándose mis piernas en sus hombros me penetró otra vez y más fuerte, me hacía bufar como una yegua y a cada arremetida, me retorcía de placer. Mi recámara conyugal una vez más se llenó de mis gemidos de infidelidad, pensé en mi cornudo marido y deseé con toda mi alma que pudiera ver como este chico me hacía disfrutar. Lo risible de la vida, mi marido trabajando y yo recibiendo una cogida tremenda…

    Yo gemía y le pedía más y él me satisfizo y me seguía embistiendo con dureza. De pronto me sacó la ñonga escurriendo su leche batida, me volteó poniéndome con mis nalgas hacia él, (es mi posición favorita de perrito), y agachándose primero me chupó la pepa exacerbando mi placer, hasta que le suplique:

    —Métemela papacito, métemela ya hasta el fondo…

    —Te voy a volver a sacar los pedos, hija de tu perra madre…

    —Hazlo papi, lo deseo…

    Su verga se paseó en los labios de mi vagina y me penetró, hondo, profundo y empezó a bombearme con salvajismo haciéndome gozar indescriptiblemente; yo no aguanté más y me vine de nuevo, me sentí desvanecer y mi rostro y mis brazos descansaron en el colchón, quedando solamente mi trasero en alto, mientras Martín me seguía penetrando por la vagina a su antojo, jadeando y empujando más y más. Él no daba muestras de venirse, así que le supliqué que me perforar también el culo:

    —¡Papi cógeme por atrás, por favor!… ¡Méteme la verga en el culo, te lo suplico, rómpemelo como tú sabes, hazme tu puta por el culo también!…

    Me sacó la verga de la panocha y dirigiéndola a mi ano me embistió, duro y brutal como ya me lo había hecho el viernes anterior…

    —¿Te gusta por atrás, verdad perra?… Te gustó cuando te lo rompí, ¿verdad cabrona?…

    —Si mi vida me encantó y quiero ser tu puta por el culo… Ábremelo más y véndelo también, vende mi culo a quien tú quieras, pues soy una puta.

    Total que me hizo gritar, pensé que estaba preparada para aguantarlo pero fue nuevamente tremenda la sensación de ser abierta por el esfínter… Aguanté sudorosa y anhelante de ser enculada, ahora más hondo pues me comía casi toda la verga que entraba y salía de mi maltrecho culito, mientras el golpeteo de su pubis contra mis nalgas, y mis gemidos inundaban la habitación. De hecho, hasta se dio a la deliciosa tarea de entrar y salir como quiso, aumentando sus embestidas que me hacían arder el culo que se me contraía insistentemente como no queriendo ser destrozada por ese enorme trozo de verga que me destrozaba el recto.

    A pesar de ser estrecha, Martín logró hormarme y el dolor me pasó poco después, hasta hacerme disfrutar también… Una de sus manos se coló por entre mis muslos y estimulo mi coño y mi clítoris sin dejar de bombear mi ano ya abierto en toda mi elasticidad. Cada embestida hacia pegar con mis nalgas, me la clavaba por completo aumentando mi placer, hasta que por fin me desparrame a cántaros, mi cuerpo no aguantó y en mi siguiente orgasmo mis piernas me fallaron, están tan abierta que me resbalé y quedé prácticamente apachurrada por él, que no dejaba de penetrarme…

    Siguió una y otra vez entrando en mi dolorido trasero, me golpeaba las nalgas aplastándome contra el colchón mientras su verga entraba y salía con más fuerza que al principio. Yo era una masa sudorosa solamente, con mi culo acribillado, pero gozaba de este violento tratamiento que me administraba; y cuando más hondo y más gritos de mi parte; hasta que su verga se tensó y sentí el torrente de mocos inundar mi ano dolorido… ¡Qué sensación más extraña se adueñaba de mí al ser enculada!, era como arder y explotar entre el dolor y el placer de mi culo abierto…

    Al terminar me la sacó de un tirón, parecía adivinar que la humillación era lo que más me gustaba, yo estaba encantada con ese chico, por fortuna salió muy poco embarrado de mi mierda; y ese olor a semen y excremento inundó la habitación. Me volteó y se dio a lamer mi coño hasta que me lo dejó prácticamente limpio de mis jugos, así hasta quedar recostados, recuperándonos del intenso placer…

    Ya más calmados, me pregunto:

    —Dany, dime la verdad… ¿En serio quieres ser una puta y que te venda con otros?… —lo pensé un poco, pero era una de mis mayores fantasías, así que solo moviendo la cabeza le dije que si.— ¿Y con cuántos quieres que te venda?…

    —No sé… Con los que tú quieras… Martín, esto es una fantasía, no malinterpretes, deseo ser una puta de verdad y que me paguen por cogerme… Me lo he imaginado muchas veces y lo deseo…

    —¿Quieres que esta misma noche te la metan?… Si quieres te puedo llevar con alguien a quien le encantarías y que te pague por metértela, además, estas tan buena que te dará buena lana…

    Lo pensé un poco y le dije que si, esa misma noche quería ser puta por dinero, siempre lo había deseado y si ahora se me presentaba la oportunidad no la iba a desaprovechar; así que acepté la proposición de mi amante pero con la condición que fuera con alguien muy discreto. Martín estuvo de acuerdo y levantándose me preguntó por el baño para lavarse, se lo señalé y yo me quedé aún acostada, pensé en lo que me esperaba y sin querer me estremecí…

    Ser ofrecida como una golfa, como una cualquiera, sería una diversión extra, no sabía si contarle a mi esposo, pero yo estaba más que decidida. Salió mi amante y entré yo, al salir estaba ya vestido, y yo aún desnuda. Me puse solo una batita transparente y lo acompañé a la puerta, desde luego, miramos primero que ninguna persona estuviera en la calle, salí y despidiéndose de mí con un beso me pidió que no faltara y que me vistiera muy provocativa para que de verdad me vieran como una mujerzuela, yo solo le dije que así lo haría y lo despedí.

    De hecho, yo ya tenía pensado vestirme muy provocativa, incluso había comprado un vestido especial para esa noche en que me vería con Adrián, Víctor y Martín, pero…

    Entré a casa, me fui al baño y me lavé las nalgas, me salió semen del interior de mi recto, me di una ducha rápida y me vestí pues mi marido vendría a comer y debía preparar la comida.

    Me puse un vestidito delgado, muy cortito y sin ropa interior me puse a realizar mis quehaceres de ama de casa, estaba feliz y excitada de lo que haría esa noche y creo que sería algo delicioso, más por la fantasía que por lo que me esperaba en realidad; muy contenta puse música y me puse a canturrear la canción al tiempo que iniciaba mis quehaceres para esperar a mi maridito y darle de comer, ya que como imaginaba no querría cogerme hasta que en la noche yo regresara bien bombeada por mi supuesto amigo que ese día supuestamente para mi marido saldría conmigo…

    El pobre de mi esposo no sabía en ese momento lo que su mujercita tenía planeado… desde luego que después que se enteró le encantó cuando yo misma se lo platiqué.

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  • Aventura con mi concuño

    Aventura con mi concuño

    Durante los años que estuvimos en Monterrey, fueron pocas las veces que Efra su amigo iba y teníamos encuentros y aunque Armando me insistía que quería verme coger con alguien más no se dio nada con nadie, solo cuando Efra nos visitaba.

    Cuando teníamos relaciones y Armando me preguntaba si no quería que alguien más me cogiera y yo le decía que no, que con Efra y él tenía.

    Pero, después de algún tiempo, Armando salió nuevamente a su tierra natal para concretar un trabajo, estuve sola por un par de meses, yo veía como mi concuño cada vez que podía me observaba y me coqueteaba pues a solas me decía que estaba muy bonita, que no parecía que tuviera tres hijos, pues tenía ya 32 años y mi cuerpo seguía bien formado, Marco, su cuñado había pedido permiso a Armando de usar la computadora para hacer sus presupuestos de herrería por lo que iba seguido a casa, en ocasiones después de que me iba ahí se quedaba, por lo que podía ver lo que había en esa computadora y seguramente vio fotografías que Armando guardaba.

    Armando y yo cachondeábamos por teléfono, yo le decía que ya tenía ganas y él me decía en modo de cachondeo que si no me había cogido nadie del trabajo o clientes de la farmacia donde trabajaba, pues él sabía que me pretendían los hombres de ahí, y yo le dije, el que se me insinúa es Marco tiene varios días viniendo a usar la computadora y no pierde ocasión para decirme cosas, él se empezó a calentar y me dijo, ¿te gustaría coger con él? Yo le contesté que no, que estaba loco y así quedo.

    Sin embargo una mañana cuando Marco toco la puerta yo iba saliendo de bañar, me fije por la ventana, al ver que era el, abrí la puerta, lo salude y me fui al cuarto pues aún traía la toalla enredada en cuerpo, me sentí algo tímida pero me acorde de lo que me había propuesto Armando y me calenté, me puse solo un short algo flojo y una playera sin sostén, era media mañana y yo entraba a la farmacia de tarde, por lo que aún tenía tiempo de cocinar la comida para cuando llegaran los niños de la escuela.

    Mientras el usaba la computadora, platicábamos cuando de repente él se levantó y me empezó a abrazar por la espalda, yo puse algo de resistencia, pero el besando mi cuello me decía que estaba muy linda y que le gustaba mucho, logro ponerme cachonda, al empezar a tocar mis tetas algo que me calienta mucho y me comenzó a meter mano sobre el short, se dio cuenta que no traía calzones y empezó a tocar mi vagina que estaba recién depilada, vio que ya estaba muy húmeda pues ya tenía un mes sin hacer nada, me empezó a besar me cargo mientras me decía, «chaparrita estas bien buena»

    Me llevo hasta los sillones me sentó y diciéndome cosas algo grotescas se sacó la verga y me puso a que se la mamara, le empecé a chupar los huevos y lo calentó mucho, me obligo a tragarla toda empujándome de mi cabeza mientras me decía que estaba bien buena y que le encantaba mi culo, me decía que era una puta, que Armando tenía suerte de tenerme, me empino y diciendo, que hermoso se te ve el culo empinada, por lo que me metió su verga en mi vagina y me empezó a bombear muy fuerte al grado de sentir un poco de dolor con sus embestidas, no dejaba de decirme que le encantaban mis nalgas.

    Después de eso saco su verga de mi vagina toda mojada, lleno mi culo de su saliva y me fue empujando su verga, no batallo mucho en meterla pues, no sé si por esas cosas vulgares que me decía yo ya estaba muy caliente y gimiendo como perrita, cuando me entro toda me empezó a bombear su verga por mi culo yo gimiendo le decía eres un cabrón y él me dijo «y tu mi puta» cuando sintió que ya se venía se sacó y me sentó diciéndome te vas a tragar mis mecos putita, yo solo lo veía a los ojos recibiendo sus chorros en mi boca, termino y viéndolo a los ojos sometida a él, limpiaba su semen de mi cara y boca, me levante y me fui al baño, después se despidió, me beso y me dijo mañana regreso hermosa putita.

    Esto paso durante una semana por lo que los siguientes días esperaba a Marco vestida más sexy y lo deje tomarme algunas fotos.

    Cada mañana iba a mi casa y me cogía diciéndome que era su puta. cuando cachondeaba con Armando por celular me pregunto si Marco seguía insinuándose, le dije que sí, pero que estaba loco, ya cuando nos mudamos en una ocasión de sexo le confesé a Armando que Marco me había cogido, aun que había sido durante una semana yo le dije que solo dos veces, y le mostré a Armando unas fotos que él me tomo, después de esto y ver que Armando se excitaba y me cogía riquísimo cuando sabía que alguien más me había cogido fue como comencé a agarrar gusto por entregarme a otros hombres además de Armando y Efra.

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  • Chongo arrogante: No quería coger y me llenó la cola de semen

    Chongo arrogante: No quería coger y me llenó la cola de semen

    Marzo del 2024. Subí la historia sin pensar mucho. Una lata de cerveza sobre la mesa, mis uñas negras brillando contra el metal, la piel morena medio quemada por el sol de la tarde.

    Nada del otro mundo, pero a los cinco minutos me llegó una respuesta.

    —¿Esa birra viene con vos de regalo? Porque si es así, me compro veinte.

    Me reí sola, medio sorprendida. ¿Quién carajo era este Simón? Entré a su perfil, y ya con ver su foto de perfil me dieron ganas de conocerlo.

    Tenía esa pinta de hombre seguro pero medio arrogante, una barba perfecta y la mirada de un tipo que te arruina en la cama.

    Charlamos por un par de días y quedamos en vernos el viernes después de clase. La conversación había arrancado tranqui, pero se fue calentando sin que nos demos cuenta.

    —¿Salís tarde ese día? —me preguntó después de contarme que tenía un asado pero se canceló.

    —A las once salgo. Re cansada.

    —Cansada, ¿pero con ganas de unas birras? y de alguien que de unos besitos.

    —Birra sí. Lo otro, mmm… no sé.

    —Mentís horrible, Mey. Decís “no voy a coger” pero se nota que pedis pija a gritos.

    —Sos un salame.

    —Un salame que te va a buscar a la salida si me das la dirección.

    Me reí, obvio, pero no se la hice tan fácil.

    —Nos vemos el viernes. Pero no vamos a coger, te aviso desde ya.

    —No te preocupes. Tengo los forros listos para cuando cambies de idea.

    —Sos un atrevido.

    —¿Recién te das cuenta?

    Mientras leía sus mensajes, con esa mezcla de caradura y ternura, sentí que el cuerpo se me iba calentando solo.

    Entre respuestas me pasaba la mano por la tanguita, rozándome despacito. Me toqué mientras hablábamos, me metí los dedos bien adentro, imaginándome que era él.

    Cuando me dijo lo de los forros, aceleré los movimientos y mordí la almohada para no gemir.

    Ese viernes me puse unos vaqueros que me quedaban pintados, la remera verde que resaltaba mis tetas y abajo, el secreto: tanga y corpiño de encaje rojo.

    Nos encontramos en un bar del centro. Nos sentamos afuera, en una mesa con música alta y gente gritando alrededor.

    Apenas me saludó con un beso en la mejilla, me corrió un escalofrío por la espalda. Era alto, olía a madera y a humo de cigarrillo, algo que me hizo mojar un poco.

    Hablamos de todo. De su hija, de mi trabajo, de los quilombos de la vida. Pero todo teñido de una tensión subterránea que nos quemaba.

    Yo me tocaba el pelo, mordía mis labios, le rozaba la pierna con mi sandalia. Él me miraba fijo, con esa sonrisa de tipo que sabe que te gusta y solo está esperando el momento.

    Cuando me preguntó si quería ir a su casa, le dije que sí, pero con mi mejor cara de orto:

    —Pero no me voy a quedar, eh. Voy solo para usar el baño.

    Caminamos un poco y cuando entramos a su departamento, me empujó contra la pared y me comió la boca con un hambre que me enloqueció.

    Le abrí la camisa mientras él me sacaba la remera. Me mordía el cuello, me lamía los hombros, y me apretaba el culo con sus manos grandes.

    Me dejó en corpiño y vaqueros, y ahí empezó a frotarme entre la concha por encima de la tela. Yo ya estaba empapada. Me bajó el pantalón y cuando vio la tanga roja, soltó un gruñido:

    —¿Vos sos consciente de lo buena que estás, no? Sos una puta hermosa.

    Gemí despacito y susurré:

    —Haceme mierda.

    Se arrodilló y me chupó la concha por encima de la tanga. Después me la sacó y me devoró. Me agarraba de las caderas, me abría con los dedos, me metía la lengua como si buscara algo perdido dentro mío. Grité, jadeé, le tiré del pelo.

    Cuando se paró, ya estaba tan caliente que me ardían las piernas, pero igual fuimos besándonos hasta su cama.

    Él se sentó, yo me arrodillé y le abrí el pantalón. Su pija estaba re dura. Me la metí en la boca despacio, saboreándola.

    Cuando lo noté relajado, bajé más. Le lamí los huevos y después me fui más abajo. Le pasé la lengua por el orto, lento, profundo. Él se tensó, jadeó y me agarró de los pelos:

    —La concha de tu madre… seguí, no pares…

    Cuando se hartó, me levantó y me puso contra la cama. Me la metió despacio, y a los dos segundos ya me estaba cogiendo con furia. Me nalgueaba y me decía cosas sucias al oído:

    —Sos mi putita… mirá cómo te entra toda… estás hecha para mí.

    Yo solo podía gemir, agarrarme de las sábanas. Me llenaba toda, cada embestida me hacía vibrar. Me hizo llegar al orgasmo lagrimeando y gritando como si me estuviera matando.

    Me la sacó y me llenó las nalgas de semen. Era espeso y tibio. Quedé rendida, jadeando, con la cara hundida en la cama.

    Me limpié un poco con las manos y me tiró a la cama. Se tiró sobre mí y me chupó las tetas con desesperación. Las mordía, las lamía, no podía parar. Me agarraba los pezones con los dientes, me tenía del cuello, me babeó toda.

    —Mey, la próxima vez te ato y no te dejo ir nunca más.

    Yo me reí.

    —Callate y seguí.

    Y siguió. Me dejó las tetas al rojo vivo, para después dormir juntitos.

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  • El reencuentro menos esperado (1)

    El reencuentro menos esperado (1)

    Mi vida desde que volví de mi luna de miel es como la de un programa de televisión: una casa estupenda, un marido con un buen trabajo, y a mí se me fueron abriendo oportunidades en el mundo laboral. Mi padre me iba preparando para dirigir pronto la empresa de viajes de la familia… todo lo que una pueda desear.

    En ese momento, junto a mi marido, decidimos dar algo de cambio a nuestras vidas y creamos una fundación benéfica. Yo he tenido una gran experiencia y, sobre todo, me encanta organizarlo todo. Pero más que nada, conocer gente nueva.

    En uno de los eventos que hicimos, me topé con un excompañero de la secundaria al que yo odiaba. Durante una reunión con él, mi perspectiva cambió y me di cuenta de que es un tipo con ganas de ligar. Después de unas copas, ya no fui capaz de rechazar sus insinuaciones…

    Esto ocurre después de cinco años casada con mi esposo. Tuvimos nuestro primer hijo, el cual ya tenía dos añitos. Después de esa luna de miel, mi relación fue en alza: el amor y el trabajo nunca faltaron en la familia, y poco a poco íbamos creciendo más juntos.

    Un día, estando en familia con mi esposo y mis padres, surgió la idea de abrir una fundación benéfica aquí en mi ciudad, ya que teníamos un poco de tiempo extra y, además, veíamos la necesidad de ayudar a la gente. ¿Qué mejor forma que una fundación? Así todos podrían aportar su granito de arena.

    Al principio nos costó trabajo, pero poco a poco más gente se fue sumando y todo comenzó a salir como lo planeamos. Para el evento de vacaciones —con shows musicales y juegos— la comunidad respondió mejor de lo esperado. Solo faltaba resolver un detalle: la música.

    Fue entonces cuando mi marido soltó la bomba.

    —Necesitamos ayuda con el sonido —dije, revisando la lista de pendientes—. Los vecinos colaboran con los juegos y la logística, pero no conozco a nadie que pueda encargarse de la música. ¿Tú tienes alguna idea?

    Él se rascó la nuca, evitando mi mirada.

    —Mmm… sí, pero no te va a gustar.

    —¿Qué? ¿Por qué? —arqueé una ceja.

    —Es… tu excompañero Lucas. El que mencionaste que te hacía la vida imposible en la escuela.

    —¿¡Qué!? —casi grité, cruzando los brazos—. ¡No! Él era insoportable. Será un desastre trabajar con él.

    Mi esposo me rodeó la cintura, dejando un beso suave en mi mejilla.

    —Cariño, solo manejará la música. Quizá ni lo veamos en el evento. Además, es DJ profesional, tiene todo el equipo y conoce la música actual.

    —Mmm… está bien —cedí, frunciendo los labios—. Pero que ni se le ocurra acercarse.

    Él rio, jugueteando con un mechón de mi pelo.

    —Deberían hablar. Se nota muy cambiado.

    —Ya veremos —murmuré.

    —¿Por qué no le escribes tú? Así coordinan los detalles.

    —¿¡Yo!? Ni loca —bufé—. Hazlo tú.

    —Amor, estoy hasta el cuello con la empresa —susurró cerca de mi oído—. Será buena oportunidad para hacer las paces.

    —No sé… solo de recordar su cara me da repelús.

    —No exageres —sonrió, pasándome un contacto en mi teléfono—. Aquí tienes su número. Luego me cuentas qué te dijo.

    —Mmm… está bien —suspiré, resignada.

    Lucas había sido el matón de la secundaria —el tipo que se burlaba de mi pelo rizado, que “accidentalmente” empujaba mis libros al suelo, y cuyo grupo de amigos me hacía sentir invisible. Para colmo, con ese acné marcado y sonrisa de superioridad, era fácil odiarlo. Mi enemigo número uno.

    Pero ahora, diez años después, mi marido insistía en que “había cambiado”.

    Esa noche, con fastidio, le escribí:

    —Hola Lucas. Soy Alma Carrizo, de la secundaria. Mi marido dijo que podrías ayudarnos con la música del evento benéfico. ¿Te interesa?

    No esperé respuesta. Apagué el teléfono y me enterré en las sábanas, como si eso borrara el pasado.

    Al despertar, un mensaje brillaba en la pantalla:

    —¡Hola Alma! ¿Cómo olvidarte? ¡Obvio que los ayudo! Es una causa re linda, y si puedo aportar, mejor. ¿Qué necesitan?

    Su tono desenfadado me irritó. Respondí lo mínimo:

    —Ok.

    Quería cortar cualquier conversación. Pero él insistió:

    —¿Cuándo nos juntamos para coordinar? Podría sumar más ideas…

    —No hace falta —tecleé rápido—. Te mando la info por acá.

    —Ah… bueno. Pensé que podríamos vernos con tu marido —respondió, y casi imaginé su decepción.

    —Si surge algo, te aviso —cerré el tema.

    —Dale, Alma. Cualquier cosa, escribime —finalizó él.

    Había sido grosera. Pero ¿qué esperaba? ¿Que olvidara cómo me trató?

    Esa noche, mientras veíamos TV, le mostré los mensajes.

    —Amor… ¿no crees que fuiste un poco dura? —dijo, levantando una ceja.

    —¡No! Es Lucas. El mismo que me hizo la vida imposible —crucé los brazos.

    —Era un pibe de quince años —suspiró él—. La gente cambia. Además, ni le dijiste gracias.

    —¿En serio estás de su lado? —bufé.

    Mi marido me rodeó la cintura, jugueteando con mi pelo:

    —Solo digo que podrías darle una chance. ¿Qué tal si lo llamás a tu oficina? Ambiente neutral… y si se porta mal, grito y aparezco.

    —No lo sé… —murmuré, pero su sonrisa me ablandó.

    —Mandale mensaje. Yo acuesto al nene —dijo, besándome la frente.

    —Está bien… Te amo.

    —Yo más —respondió, alejándose con ese andar tranquilo que siempre me calmaba.

    Mis dedos titubearon sobre la pantalla del celular antes de enviar el mensaje. No estaba completamente segura, pero decidí darle esa oportunidad:

    —Hola Lucas, ¿qué tal estás? —escribí, mordiendo ligeramente mi labio inferior—. Me olvidé de agradecerte por la ayuda con el evento. ¿Qué te parece si pasás por las oficinas de la empresa para coordinar?

    La respuesta llegó casi instantáneamente:

    —Hola Alma —pude casi escuchar esa voz que recordaba demasiado bien—. No hacía falta agradecer, pero dale. Mañana por la tarde paso por ahí, ¿te parece?

    Sentí un pequeño escalofrío al leer su mensaje. Respondí:

    —Dale, buenísimo —mis uñas rozaron la pantalla al escribir—. Cuando vengas, entrá al último piso. Mi oficina está al lado del ascensor.

    —Dale Alma, nos vemos —contestó él, con una simpleza que me sorprendió.

    —Chau, y de nuevo… muchas gracias —añadí, sintiendo que la formalidad era quizá excesiva.

    Su última respuesta me hizo esbozar una sonrisa involuntaria:

    —No hace falta jajaja. Que descanses.

    —Baaay —terminé la conversación, dejando el teléfono sobre el escritorio con un suave golpe.

    La verdad es que no había dicho nada fuera de lo normal, lo cual era extraño viniendo de él. Por mensaje al menos, parecía haberse comportado. Mañana vería si realmente había cambiado o si solo era una fachada.

    Al día siguiente

    Justo cuando cruzaba el umbral de mi oficina, el teléfono vibró en mi bolso. El mensaje de Lucas decía que llegaría 15 minutos tarde. Respondí con un simple “No hay problema”, aunque en realidad me molestó bastante. La impuntualidad era algo que nunca toleraba bien, pero bueno… ¿qué más podía esperar de él?

    Veinte minutos después de la hora acordada, el intercomunicador de mi oficina zumbó:

    —Señora Carrizo, su visita está aquí —anunció la recepcionista con voz profesional.

    —Que pase, por favor —respondí, notando cómo mis palmas comenzaban a sudar ligeramente.

    Mi corazón aceleró su ritmo de forma casi dolorosa. Y entonces lo escuché: tres golpes suaves pero firmes en la puerta, seguidos de esa voz que ya no era la del adolescente que recordaba:

    —Alma… ¿puedo pasar? —dijo, al mismo tiempo que la manija giraba y la puerta comenzaba a abrirse.

    La puerta se abrió completamente y contuve la respiración cuando Lucas entró en mi oficina. No podía creer la transformación. Aquel muchacho problemático de complexión delgada y rostro marcado por el acné ahora era…

    —Hola Alma, ¿cómo estás? —su voz grave resonó en la habitación mientras se acercaba—. Perdón por la tardanza, tenía que dejar unas cosas en el gimnasio al otro lado de la ciudad.

    Su aroma -una mezcla de colonia amaderada y sudor fresco- me envolvió cuando inclinó su cabeza para dejarme un beso en la mejilla. Sus labios rozaron peligrosamente cerca de mi boca, más de lo que el protocolo social permitía.

    —Hola, no pasa nada —respondí, sintiendo cómo mi voz sonaba un poco más aguda de lo normal—. Lo importante es que ya estás aquí.

    Mis ojos recorrieron su figura sin poder evitarlo. La camisa azul ceñida revelaba unos hombros anchos y brazos musculosos. El pantalón de vestir ajustado dejaba poco a la imaginación. ¿Cuándo se había convertido en este… hombre?

    —¿Y qué me cuentas? —preguntó él, acomodándose en la silla frente a mi escritorio—. Hace años que no nos vemos. Sigues estando muy lenta.

    Noté cómo su mirada descendió lentamente por mi cuello, se detuvo en mi escote, y luego volvió a encontrarse con mis ojos. Una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios.

    —Ay, Lucas, muchas gracias —reí nerviosamente, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas—. Vos también estás… muy cambiado.

    —Sí —asintió, pasando una mano por su pecho—. Después de la secundaria decidí hacer un cambio rotundo. Me comporté muy mal en ese tiempo —su expresión se volvió seria—. Era un niño que no medía sus acciones. Por eso quería hablar contigo, para pedirte disculpas.

    —La verdad es que sí —respondí, jugando con mi lapicera para disimular los nervios—. Te comportabas horrible. Te llegué a odiar mucho, sabes.

    —Espero poder cambiar esa impresión —dijo con una media sonrisa que hizo que mi estómago diera un vuelco.

    —Mi marido me dijo que te diera una oportunidad —comenté, sintiendo la necesidad de mencionarlo—. Dice que todos merecen una segunda chance.

    —Tu marido es muy amable —respondió Lucas, aunque su mirada no dejaba mi cuerpo—. Agradécele de mi parte.

    —Espero no arrepentirme —dije en un tono que pretendía ser juguetón pero que sonó más como un susurro.

    —Créeme que no te vas a arrepentir —aseguró, y esta vez no hizo ningún esfuerzo por disimular que estaba mirando mis pechos.

    Nos sumergimos en la planificación del evento para la fundación, aunque mi concentración flaqueaba cada vez que se ajustaba el cuello de su camisa o se inclinaba hacia adelante, haciendo que la tela se estirara sobre sus músculos.

    —Bueno, quedamos así —dije finalmente, intentando recuperar la compostura profesional—. Nos ayudas con la música y el sistema de sonido.

    —Sí, no te preocupes —respondió, levantándose de la silla—. Déjamelo a mí.

    Cuando llegó el momento de despedirnos, extendí mi mano para un apretón formal, pero él la ignoró por completo.

    —Dale, cualquier cosa me avisas —dijo mientras se inclinaba para darme otro beso en la mejilla.

    Esta vez, sus labios rozaron claramente la comisura de mi boca. Su mano derecha se posó con firmeza en mi cadera, tirando de mí hacia él con más fuerza de la necesaria. Pude sentir cada uno de sus dedos a través de la tela de mi vestido.

    —Chau —logré decir, aunque mi voz casi se quebró.

    Cuando la puerta se cerró detrás de él, me dejé caer en mi silla, las piernas temblorosas. La impresión de sus dedos todavía ardía en mi cadera. Estaba completamente sorprendida… y excitada. Este hombre no tenía nada que ver con el Lucas que recordaba. Y ese último apretón, ese beso casi-beso, había revolucionado todo mi cuerpo de una manera que no experimentaba desde… no, mejor no pensarlo.

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  • Eva y el chico de 18 años

    Eva y el chico de 18 años

    Como mis anteriores relatos, este sucedió hace varias décadas, si alguien sigue mis relatos sabrá que había conseguido dominar a Eva una mujer de un cierto nivel social, era una beata de tomo y lomo, pero yo estaba consiguiendo, poco a poco transformarla en una zorra total.

    Esa tarde yo la había citado en un bar, procuré llegar unos minutos antes, ya sé que alguien dominante debe hacerse esperar, pero yo quería llegar antes para controlar el terreno, lo cierto es que yo estaba en una mesa tomando una cerveza cuando ella llegó, la vi desde la ventana, venía en un taxi, como buena pija, y vestida de beata, una forma de vestir que odio, ella entro en el bar y yo la dije:

    -¿Qué haces vestida así zorra?, Sabes que no hay cosa que más asco me dé que ver a las zorras hipócritas tan tapadas, cámbiate ahora mismo en el servicio.

    Ella muy obediente se fue al servicio, en una bolsa tenía ropa, supuse que, para cambiarse, volvió al poco rato, con una minifalda muy corta, y una blusa muy escotada, tal y como yo la había ordenado, un montón de miradas masculinas, y alguna que otra femenina, jajaja, se centraron en ella, cuando llegó a mi lado y se sentó me dijo:

    -Todos me miran, me da vergüenza.

    -Las zorras se ponen así para que les mire todo el mundo, le respondí.

    Me agaché para mirar una cosa y al levantarme la volví a echar otra bronca.

    -¿So puta quien te ha dicho que puedes ponerte bragas?

    -Es que si no las llevó se me ve el coño, me replicó,

    Si hubiéramos estado solas le hubiera caído un tortazo, pero estábamos en un sitio público, así que simplemente la repliqué, de eso se trata puta.

    Ella avergonzada volvió a levantarse camino del servicio, al volver, me volví a agachar y pude comprobar que el error había sido rectificado. Entonces la anime a pedir ella otra cerveza y tras tomarla, dejé que fuera ella la que pagara nos fuimos al verdadero destino de nuestro encuentro, era un bar de gente joven allí, un grupo de chicos del primer año de universidad, por tanto, debían de tener 18 años o poco más, ordené a Eva:

    -Quiero que te ligues a alguno de estos chicos.

    Ella puso una cara de desaprobación que apenas ocultaba su gran excitación y se mezcló con los chicos mientras yo veía desde un rincón, noté, como comenzó a conversar con varios y como uno de ellos le ponía las manos sobre las rodillas, en ese momento ella vino hacia donde yo estaba y me dijo:

    -Creo que lo he logrado.

    -Muy bien zorra, dije yo, vas a estar con él un rato aquí y después te lo vas a llevar a follar a esta dirección, le di un papel con la dirección de mi casa, y una copia de las llaves, y te lo vas a llevar a mi habitación, le explique cuál de ellas era, y quiero que le dejes bien seco.

    Eva volvió donde estaba el chico y yo emprendí el camino de casa y me dispuse a tenerlo todo preparado, mi zorrita se iba a follar a un chico joven y yo iba a contemplarlo todo, jajaja.

    Me preparé un hueco en el armario de mi habitación, estaba empotrado en la pared que era muy amplio y podía estar muy cómoda sentada dentro pudiendo observar todo lo que ocurría en la cama que compartía con mi marido el cornudo, pero que en esta ocasión iba a ser utilizada por otras personas.

    No tuve que esperar mucho, oí como sonaba la puerta y Eva conversaba con su ligue, y le decía:

    -Ponte, cómodo cariño el asunto es que lo pasemos muy bien.

    El chico se sentó sobre la cama y cuando Eva se acercó a él, primero la puso sus manos sobre el culo y luego apoyó su cabeza sobre las tetas de ella, Eva lo tuvo un rato así y después le pidió:

    -Corazón ponte de pie.

    Cuando el chico lo hizo ella se arrodilló ante él y bajándole los pantalones y el short dejó al descubierto su polla que era de un buen tamaño, Eva hablando de una forma que nunca esperarían en la iglesia de la que era parroquiana le dijo:

    -Mmmm esa polla tan rica me la voy a comer ahora.

    Y cogiendo el miembro del chico con su mano lo acaricio un poco y se lo introdujo en la boca dando comienzo a una mamada el chico comenzó a gemir se le notaba que estaba en la gloria, Eva le tuvo así un rato, y después hizo algo que me sorprendió, se sacó la polla del chico de la boca y bajándose las hombreras de su blusa dejó sus tetas al aire, en ese momento volvió a coger la polla del chico con la mano, la puso entre sus tetas y apretó estas con las manos, mientras preguntaba a su acompañante:

    -Mi amor ¿Te gusta?

    La expresión en la cara del chico lo decía todo, se le notaba que estaba disfrutando muchísimo, luego volvió a chupársela hasta que considero que la polla del chico ya estaba lo suficientemente preparada y entonces le dijo:

    -Mi amor, follame.

    Se levantó del suelo y se desnudó rápidamente, el chico la imitó, Eva se tumbó en la cama, bien abierta de piernas y haciendo que su coño quedase justo en el borde, el chico pareció entender los deseos de su maestra y se mantuvo de pie y fue aproximándose despacio hasta el coño de ella, y poniéndose un condón que traía en el pantalón dirigió su miembro hacia la entrada del coño de Eva y de un golpe la penetró, ella al sentirlo se puso a gemir de una manera que demostraba que estaba gozando muchísimo, y el chico al darse cuenta comenzó a mover su polla para dar el máximo placer a su madurita, que no paraba de decir:

    -Lo haces divinamente cariño, me estas volviendo loca de placer.

    El chico continuo con su movimiento, yo viéndolos sentía que Eva sabía que yo estaba allí vigilándola y que como buena alumna debía de buscar la aprobación de su maestra, el chico parecía tener mucho vigor y seguía follandola con muchas ganas mientras los gemidos de su compañera sin duda le animaban a continuar penetrándola, hasta que Eva le dijo:

    -Cariño, ¿Te apetece ponerte en otra postura más cómoda? Déjame a mi cabalgarte.

    Al oír la propuesta de su amada el chico se tumbó en la cama, y dejó que Eva se pusiera encima de él, pero de espaldas, de hecho, en ese momento ella se encontraba mirando hacia donde yo estaba.

    Y en esta postura, dando la espalda al chico se puso encima de él e introdujo su polla dentro de su coño, y comenzó a moverse Eva sabía que yo la veía y me daba la impresión de que muchos de sus movimientos eran para que yo la contemplase mejor, el chico debía de estar en la gloria como se deducía de la expresión de la cara.

    Yo me sentía orgullosa de mi obra, había sacado de una beata la puta que todas las mujeres llevamos encima, mi coño me picaba, pero no quería ser descubierta, así que me contuve.

    Mientras mi putita seguía cabalgando a su amorcito, los dos estaban disfrutando como locos, en la cara de Eva se notaba que estaba disfrutando a tope, finalmente en medio de un fuerte gemido el chico se corrió, Eva se bajó, y el chico la dijo:

    -Tía follas divinamente, no me imagine que una vieja pudiera ser tan puta como tú.

    -Gracias, mi amor, le dijo Eva.

    Mientras procedió a quitarle el condón a su amante y con su lengua le fue limpiando todo el semen que se había quedado pegado a su polla, el chico estaba disfrutando con esto, y más cuando Eva le dijo:

    -¿Te apetece echar otro?

    El hizo un gesto afirmativo, pero Eva añadió:

    -Claro que primero tendremos que ocuparnos de despertar a esta cosita,

    Eva se puso sobre el chico de manera que sus tetas quedaran entre la polla del chico y las apretó, de esta manera la polla del chico quedó apretada entre ellas como si se tratara de un coño, ella comenzó a moverlas mientras le decía:

    -Dime cariño ¿Las chicas de tu facultad, con las que, seguro que sales, te hacen esto?

    -Para nada, dijo el chico entre gemidos de placer, con ellas solo hay polvos rápidos, pero esto es alucinante.

    -Es lo que pasa ellas tienen cuerpos más bonitos, pero nosotras las viejas putas sabemos follar mucho mejor.

    Mientras tenían esta conversación Eva seguía estimulando con sus tetas la polla del chico, que dado la juventud y vigor de su dueño no tardó en ponerse otra vez durísima y en ese momento el chico dijo:

    -Ahora quiero ponerme encima yo.

    -Si es tu deseo mi amor.

    Y Eva se tumbó en la cama con las piernas bien abiertas, el chico volvió a hacer uso de los condones y tras colocarse otro, se puso encima de Eva, y dirigió su polla hacia el coño de mi zorrita, para después penetrarla.

    -Me encanta tu coño, la dijo, esta tan calentito.

    -Porque tú lo pones caliente, mi amor, respondió Eva entre gemidos.

    Él la marcó un ritmo que a ella parecía volverla loca, en ese momento los dos parecían dos animales en celo, disfrutando a tope de su actividad amatoria, Eva dijo:

    -Te adoro mi rey.

    El chico seguía follandosela hasta que se corrió, cuando lo hizo Eva le dijo:

    -Mi amor follas muy bien, que suerte tiene tu novia.

    El chico le dio las gracias y la explicó que no tenía novia, aunque si algunas amigas con las que lo hacía. En ese momento Eva cogió una toallita de papel y con la otra mano le quitó el condón al chico, una inmensa cantidad de leche que el condón contenía, salió de él y fue a parar a la toallita.

    Eva limpió la polla de su acompañante con mucha dulzura, hasta dejarla completamente limpia, después llevó su boca hasta ella y comenzó a darle besitos mientras le decía:

    -Tienes un miembro maravilloso, le adoro.

    Sacando su lengua le lamio los testículos, y después siguió lamiendo todo el cilindro de su polla, por supuesto ante este estimulo y dado el vigor de su propietario la polla reaccionó nuevamente y se puso durísima, en ese momento Eva dijo:

    -Parece que este pajarito quiere más comida.

    Mi coño contemplando la escena estaba que se podía freír un huevo en él, ajenos a esto Eva pidió al chico que se tumbara encima de la cama y se sentó a su lado, con sus manos comenzó a acariciar la polla del chico que se puso más dura aún, mientras le decía:

    -Mi amor tienes un pollon divino, y encima lo sabes utilizar muy bien.

    Lo siguió acariciando, se notaba que quería ponerle a tope, después se lo volvió a meter entre las tetas.

    -Tía haces unas cubanas deliciosas, le dijo el chico

    La expresión de su cara demostraba como estaba disfrutando, mientras la cara de felicidad de Eva también era muestra de cómo disfrutaba de su condición de puta. Cuando se cansó de hacerle la cubana, se puso sobre su polla abrió la boca y se lanzó a hacerle una mamada, El chico estaba disfrutando a tope como demostraba la expresión de su cara, hasta que el chico dijo:

    -Joder tía, me estas volviendo loco, quiero devolverte un poco de lo que me estas dando déjame comerte el coño.

    -¿No te importa?, preguntó Eva como si fuera un sacrificio para el chico

    -No es que no me importe, dijo él, es que me muero de ganas por hacerlo.

    El chico se tumbó sobre la cama y Eva se puso encima de él, cosa que aprovechó el chico para introducir su lengua en el coño de su compañera, no sé qué tal comedor sería, pero Eva al sentir su lengua se puso a gemir, mientras decía:

    -Mi amor, te adoro.

    Después de decir esto se tumbó en posición invertida al chico y, una vez más, se metió su polla en la boca y se puso a comérsela, por la forma en que lo hacía parecía hambrienta, y en realidad lo estaba, hambrienta de una buena polla, de esta manera los ruidos de los dos lamiéndose sus respectivos sexos se intercambiaban, yo estaba que no podía más, mientras los gemidos de ambos eran cada vez más fuertes.

    Eva no pudo resistir mucho tiempo la comida del coño del chico y se corrió, pero quería que su amorcito también se corriera, así que siguió chupándosela, el chico dijo, una ven más:

    -Tía, la chupas de maravilla

    Ella no le contestó, le estaba contestando con su boca que seguía dando placer a la polla del chico. Hasta que él no pudo más y de nuevo se corrió, Eva se tragó toda la leche como si fuera un manjar, e inmediatamente después, el chico la preguntó:

    -¿También lo haces por el culo?

    -Mi amor, contestó ella, yo por ti haría lo que fuera, si quieres mi culo lo tendrás.

    A continuación, se tumbó en la cama boca abajo, dobló sus piernas, para que su culo quedara en pompa, mientras apoyaba su cabeza sobre la almohada, el chico al verla se acercó a su culo y se lo acarició, mientras le decía:

    -Tienes un culo fantástico, espero estar a su altura.

    Restregó su polla contra el trasero de Eva, hasta que se le puso bien dura, cuando lo estuvo, se puso detrás de Eva y cogiéndose la polla con la mano la encamino hacia el agujero trasero de Eva, y de un golpe se la metió, ella al sentirla dentro dio un grito que hizo que el chico tuviera dudas sobre si seguir o no, pero fue ella la que le pidió:

    -Mi amor, continua, me ha dolido un poco pero solo ha sido un momento.

    Al escuchar las palabras de Eva el chico comenzó a mover su polla dentro del trasero de su madurita. Mientras le decía:

    -Tía tienes un culo muy acogedor, da muchísimo gusto tener la polla en su interior, ojalá todas las tías fueran como tú, eres divina.

    La respuesta de Eva llegaba en forma de gemidos, que eran cada vez más intensos, no cabía duda de que la muy zorra estaba otra vez corriéndose, y el chico se dio cuenta y aumentó su ritmo, Eva comenzó a decir:

    -Mi amor eres fantástica.

    Y continuaba su ataque al culo de Eva, en medio de embestidas cada vez más fuertes que a ella parecían volverla loca. Y continuo así, hasta que soltó un gemido fortísimo, jajaja, se había corrido dentro del culo de Eva, tras ello los dos permanecieron unos instantes paralizados, era como si lo que acababan de hacer les hubiera dejado paralizados, el chico fue el primero en reaccionar, se salió del culo de Eva y la dijo:

    -Esto ha sido maravilloso, tenemos que repetirlo otras veces, cuando quieras, ven un viernes por la tarde al bar a buscarme.

    Después la beso intensamente, a continuación, se le notaba que no estaba en condiciones de aguantar más asaltos, se vistió, Eva desnuda, le acompañó hasta la puerta, tenía que parecer que aquella era su casa.

    Cuando sentí que la puerta se cerraba yo salí de mi escondite, estaba tan caliente y con ganas de premiar a mi sumisa.

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  • Virginia O.

    Virginia O.

    Capítulo 1: Hernán

    Me llamo Hernán y tengo 36 años, soltero, sin hijos y con una vida solitaria. Desde que era adolescente he sido consciente de que tengo un pene muy pequeño y a lo largo de mi vida me ha costado llegar a concretar con alguna chica y eso me provocó algo de frustración.

    Entiendo que mi tamaño pueda llamar la atención porque soy un chico alto (mido 1,85 aproximadamente), me gusta mucho hacer deporte y trato de llevar una vida sana, pero tengo un pene bastante pequeño en contraste con mi cuerpo. En momentos de erección puede llegar a 10 centímetros, pero cuando está flácido (en estado de reposo) a veces se achica hasta casi desaparecer. Puede medir unos 3 o 4 centímetros y se ve realmente minúsculo.

    Vivo en Buenos Aires y trabajo en una oficina, allí tengo unas compañeras hermosas y entre ellas está mi amor platónico, ella es Virginia O.

    Virginia es la mujer de mis sueños: tiene una piel tan blanca y pura, un rostro impoluto con ojos saltones y expresivos cuyo color hace juego con su cabello marrón chocolate tan sedoso largo hasta un tanto por debajo de los hombros que le queda tan bien y más aún cuando algunas mechas caen sobre su frente; además de su metro ochenta de altura, esa cintura de avispa tan pequeña, una panza plana como una tabla y cuando la veo de atrás enloquezco, y un orto maravilloso que tiene la flaca de 39 años (orto es un lunfardo argentino para describir a la parte posterior de una mujer, un sinónimo de culo por así decirlo, pero se lo usa para describir a un culo lindo, un culo que nos gusta, un culo perfecto diría).

    Me resigné a que Virginia jamás se va a fijar en mí, ella es de otro mundo, además tiene una vida hecha, un lindo departamento, un auto cero kilómetro, dos perros caniches que son como sus hijos y un novio de 33 años que imagino la tiene bien atendida.

    Un día sonó mi celular y para mi sorpresa fui incluido en un grupo de WhatsApp creado por ella, se trataba de un grupo reducido ya que los “no queridos” del trabajo quedaron fuera.

    Virginia creó un grupo que llevaba como nombre “Costa el finde”, ya que hace años los allí incluidos veníamos planeando un viaje a la Costa Atlántica y nunca lo pudimos hacer realidad.

    La idea era aprovechar un fin de semana largo y en esos días libres poder viajar, así que nos pareció una excelente idea y aunque todos no pudieron ir los que pudimos nos pusimos de acuerdo.

    Un requisito puesto por Virginia fue solo nosotros, nada de novios, novias, parejas ni terceras personas, un viaje de amigos.

    Y así fue, viajamos en ómnibus, éramos 3 chicos y 3 chicas y Virginia se ocupó de conseguir dónde alojarnos, y como su familia tiene un buen pasar económico resultó ser que tenían una casa de fin de semana así que nos aliviamos ese gasto extra.

    Era la primera vez que hacíamos algo juntos y la estábamos pasando genial. Un día, no sé muy bien cómo ni por qué, apareció en el grupo la idea de ir a una playa nudista. Ninguno de nosotros habíamos ido nunca y aunque estábamos de acuerdo en que nos daba vergüenza, aunque también había algo en la idea que nos atraía un poco, como que nos picaba la curiosidad y en mi caso sentía un poco de morbo.

    Nos animamos a ir a una que nos dieron de referencia y asistimos con mucho entusiasmo por tratarse de algo nuevo para todos. Particularmente me sorprendió el ambiente, ya que era bastante menos sexual de lo que imaginaba en mi cabeza. Eso ayudó a tener menor vergüenza a la hora de sacarnos la ropa ya que los cuerpos que se veían allí no eran precisamente de modelos.

    Me puse por demás nervioso en ese momento de desnudarme delante de mis compañeros. Con los chicos me sentía más tranquilo, pero tenía miedo de cómo reaccionarían las chicas. Yo seguía teniendo bastante vergüenza de mi cuerpo pero tampoco quería ser el único que no se quitara la ropa por completo. Recuerdo que fue Liz la que dio el primer paso quitándose toda la parte de arriba quedando tetas al aire. Liz era la chica más abierta del grupo, muy extrovertida y guarra. Menuda de cuerpo, baja de estatura, toda compacta, pero de buenas curvas. Tenía unas tetas pequeñas pero bonitas y con algo de celulitis en piernas y glúteos, pero eso poco importaba.

    Magui fue la siguiente en dejar sus pechos al aire. Era más tetona que Liz y nosotros los hombres notamos los beneficios de tanto sacrificio en el gimnasio. Una cola durita y paradita y sus piernas bien marcadas por el entrenamiento. Eso sí, quedó cubierta en la parte inferior por su bikini, una muy ochentosa color turquesa y de tiro bajo que al rato se la sacó lentamente tanto que Diego, Andrés y yo nos quedamos embobados mirándola y yo particularmente me tenté con su hermoso culo y por ese tatuaje que tenía estampado en la cadera.

    La última en hacer lo propio fue Virginia, más grande en edad y en cuerpo que las otras dos. Ella es más alta que Liz y Magui y también de las tres la más linda.

    Virginia no dudó en bajarse el short de gabardina color blanco que traía y se sacó la remera y para sorpresa no traía ropa interior. Fue un sueño verla sin nada y por primera vez apreciamos su cuerpo así al natural.

    Y por tener semejante figura Virginia era súper segura con su cuerpo y no tuvo problema en desnudarse delante de todos tanto que nos dejó helados. Aunque fantaseamos con ella creo que ninguno imaginó lo tan hermosa que era desnuda, y a juzgar por la reacción de las chicas, también debía ser la primera vez que la veían como Dios la trajo al mundo, y los comentarios positivos y halagadores no tardaron en llegar.

    A mí me dejó paralizado el momento en que se inclinó para bajarse el apretado short blanco y no pude evitar quedarme pasmado un momento observando ese espectáculo y la miraba con indisimulable lascivia.

    Una vez pasado este momento de desnudez de Liz, Magui y Vir, que por cierto no debió durar más de 30 segundos, pero en mi cabeza fue un mundo, se hacía evidente que ahora nos tocaba a los hombres desnudarnos.

    El primer valiente fue Diego, que se quitó la malla sin muchas vueltas dejando a la vista un pene bastante grande para estar flácido, diría que de unos 12 o 13 centímetros tranquilamente. Magui rompió el silencio incómodo con un “Ah bueno… Miralo vos a Diego” que hizo que todos estallemos de risa por la espontaneidad de su reacción.

    Andrés fue el siguiente en quitarse la ropa, demoró un poco mi compañero y confidente ya que estaba con el pene parado. Andrés al igual que yo le tiene unas ganas enormes a Virginia y tenerla desnuda frente a sus ojos a la mujer de sus fantasías le provocó tamaña e indisimulable erección.

    Andrés se puso rojo de la vergüenza ya que las tres no paraban de reírse y de mirarlo justo ahí. Yo no quise posponer más el momento e hice lo propio, quitándome la malla sin darle mayor importancia. Las chicas esta vez no hicieron ningún comentario como habían hecho con los otros chicos, quizá por respeto o por miedo a hacerme sentir mal. Una pija parada, la otra dormida y la tercera de llamativo tamaño. Mi pene comparado con los otros era el más pequeño. No hubo comentarios al respecto y eso me alivió, y Virginia un tanto para romper el hielo y desviar la atención les dijo a Liz y Magui lo ideal que estaba para tirarse a tomar sol y que no le queden marcas.

    Las chicas empezaron a ponerse bronceador dispuestas a aprovechar esa desnudez para lograr un color perfecto. Nosotros decidimos ir directo al agua a darnos un baño y jugar con una pelota. El mar estaba bastante calmo y el agua, aunque estaba un poco fría, la disfrutamos igual. La verdad es que esa playa había sido todo mucho más tranquila que las que habíamos visitado los días anteriores.

    Estuvimos un buen rato en el agua y mientras nos relajamos fue inevitable hablar de nuestras compañeras que nos habían sorprendido gratamente. Todos estábamos calientes con el cuerpazo de Virgnia.

    Cuando decidimos salir del agua nos fuimos directo hacia las chicas. Eso sí: mi pene había achicado más de lo previsto. El agua del mar me jugó en contra. Me fijé en Diego y Andrés disimuladamente y me sorprendió lo que vi. La de Andrés también había mermado su tamaño respecto a lo que había visto antes, ya se le bajó la erección y ahora se veía un pene de tamaño normal. Ahora la de Diego se mantenía exactamente igual que antes de entrar al agua.

    Cuando llegamos a las toallas las chicas no pudieron contener las risas y rompieron a hacer bromas

    –Ay, al parecer está muy fría el agua ¿no? se me están quitando las ganas de meterme –Dijo Magui entre risas.

    –¿Y si nos vamos de pesca? Hernán tiene un gusanito para usar de carnada Añadió Liz roja de tanto reírse.

    Virginia que hasta ese momento se había abstenido de decir nada sobre mi pene levantó la vista para hacer un comentario con la mejor intención del mundo.

    A mí me gusta, no veo nada malo en tener un pito chico… además no importa el tamaño sino saber usarlo. Y lo hizo con la mejor intención, pero solo consiguió las risas de todos.

    –¿Ahh no importa el tamaño? Pero tu novio tiene tremenda anaconda entre las piernas vos misma nos contaste –Le respondió Magui con ironía.

    –¡Basta Magdalena, que importa eso! –le dijo más roja de vergüenza que yo que era el centro de los chistes.

    Vir no dejaba de mirarla, pero no era para burlarse más bien era como que le dio ternura, curiosidad y hasta admiración y levantaba la vista para mirarme a los ojos de a ratos.

    Yo miré a mi amor imposible y le guiñé un ojo agradeciendo que hubiera intentado sacar algo positivo de mí, aunque no hubiera salido como ella imaginaba. Todos nos pusimos a tomar mate en la arena y bajo el sol, pero el tema era recurrente y las chicas no paraban de comentar y llorar de la risa.

    –Hernán te juro que nunca había visto ninguna como la tuya… Me da cosita… ¿o será que a mí me gustan enormes? –volvió a sacar tema Liz y se la miró a Diego.

    –Yo tampoco había visto ninguna así, pero es bonita y supongo que cuando llega el momento de la acción debe cambiar ¿o no Hernán? –Añadió Virginia.

    –Bueno si, cuando está parada cambia –le respondí titubeando.

    –Espero que sí amigo porque como eso no crezca mucho quien quiera coger con vos va a tener “tamaño problema”–Dijo Diego y otra vez todos volvieron a reír, salvo Virgnia que estaba algo incómoda.

    –Bueno basta déjenlo en paz… No puedo creer que sean así de inmaduros –les dijo al resto algo furiosa, juntó sus pertenencias, se puso la ropa y me sorprendió con un –Vamos Hernán.

    No tardé un minuto y me fui detrás de ella, con la vista en ese culazo sin ropa interior moviéndose dentro de la gabardina blanca, la alcancé y me puse a su lado, pero Virginia no omitió palabra.

    Capítulo 2: Virginia O.

    Tengo 39 años, soy una de esas personas que están obsesionadas por su trabajo y que viven las 24 horas del día pendientes del celular y como imaginarán estoy a mil todo el día. Mi lugar en el mundo es mi departamento y amo estar con los amores de mi vida que son Rocco y Perseo, mis dos perros. Estoy de novia hace mucho con Germán, pero no convivimos, es una relación cama afuera y tal vez así es mejor.

    Y a pesar de tenerlo a mi novio de vez en cuando me apetece algo de diversión, el tema es que los hombres cada vez están más estúpidos o son casados o son histéricos o se quieren enrollar con algo que nada que ver. En mi caso soy así, si se da algo es amor de una noche y punto. Cero compromisos.

    Días atrás organicé un viaje a la Costa Atlántica con mis compañeros de trabajo, un grupo hermoso de gente con la mejor de las vibras con los que convivo más horas del día que con mis perros.

    El punto es que en ese viaje me enganché con uno de mis compañeros que tenía un pito de 8 centímetros. Sí… en serio, 8 cm. ¡Hasta mi ahijado la debe tener más grande! Aunque debo reconocer que lo pasé bien, porque como siempre lo dije lo importante es saberla usar y además el chico en cuestión era un experto usando la lengua y me dio la cogida de mi vida.

    La mayoría de los hombres están obsesionados con el tamaño de su pene, como si nosotras le diéramos tanta importancia (párrafo aparte hago una aclaración, a nosotras si nos dan a elegir la preferimos grande, no seamos hipócritas, es más, a mi novio Germán le dicen “Tronco” y al principio pensé que era por lo malo que es jugando al fútbol pero cuando lo hicimos por primera vez me dejó con los ojitos en blanco y mojé toda la sábana, y a pesar de que es un nene inmaduro de 33 años no lo puedo dejar).

    Hay tipos que por tenerla pequeña ni se atreven a proponer un buen revolcón. Ese fue el caso de Hernán.

    En el momento de un polvo hay otras cosas que también se valoran, como por ejemplo que no se le baje, que tenga aguante y en mi caso particular me importa que sepa usar los dedos y se valga de ellos y fundamental es el uso de la lengua. Si me la sabe chupar listo… orgasmo garantizado.

    Con Hernán tengo una relación laboral hermosa, es un genio de la informática, una especie de hacker que me lo resuelve todo. Es un chico por demás dulce y me hace sentir especial con cada detalle, siempre me regala caramelos de menta y chocolate que sabe que son mis preferidos y algún otro dulce me pone en el escritorio cuando estoy un poco loca y crease o no son halagos que me pueden.

    Al principio pensé que era muy tímido o un poco esquivo con las mujeres porque a diferencia de Diego R. y Andrés A. que son unos desubicados con nosotras él siempre mantiene una intachable conducta.

    Hasta que ese día en la playa nudista comprendí que estaba acomplejado por algo: cuando se sacó la malla descubrí cual era el problema: tenía un pito muy pero muy pequeño desentonando con el resto de su cuerpo, quiero decir que Hernán es una mole, medirá un metro ochenta y algo de altura y un tanto siempre me gustó, pero de todas las pijas que vi en mis 39 años sin dudas esta fue la más microscópica.

    Y será porque en esos días estaba ovulando o por estar haciendo algo diferente con mis compañeros de trabajo, pero el tema es que tenía unas ganas locas de coger… Con cualquiera, pero lo necesitaba. Y si bien Dieguito tenía todos los números cuando se lo vi a mi chico la curiosidad pudo más. Y fue algo muy instintivo, más allá de esa voz interior reprimida que me decía Ojo Vir… las cosas pueden salir mal… no lo hagas. Igual lo hice.

    Me enojé y mucho cuando todos no paraban de burlarse del pene de Hernán, tomé mis cosas y me lo llevé conmigo. Tomamos un taxi y sin decir ninguna palabra nos volvimos a la casa.

    Cuando llegamos ya adentro me puse tonta y lloré de la bronca, le pedí perdón por haberlo llevado a ese lugar donde sé que no la pasó nada bien, y más porque fue idea mía la de ir. A lo que Hernán me abrazó y secó mis lágrimas de un modo tan dulce y no me pude resistir. Di el primer paso y lo besé.

    Y de los besos pasamos a algo más y sus manos descubrieron mi cuerpo por primera vez. Yo por mi parte metí mi mano dentro de su malla y no quería otra cosa más que tocarla. Hernán la tenía parada y tal vez mediría unos ocho centímetros en plena erección.

    Mi mano curiosa descubrió que lo que le faltaba de longitud le sobraba de grosor, es decir, no era larga pero sí ancha. El corazón de Hernán latía a mil, como si estuviese por tener relaciones sexuales por primera vez, lo pude sentir así tan palpable, a lo que con muchos besos lo relajé y le pedí que se saque todo.

    Hernán se puso colorado de la vergüenza cuando se quedó desnudo frente a mí y para darle más confianza le pedí que me desnude él y pobrecito era por demás inexperto, cosa que me calentó más… Es como que conmigo estaba por debutar.

    Estaba tan nervioso que no reaccionaba. –Y bueno Vir… tenés que hacerlo todo vos, me dijo mi diablita interior y le puse las tetas en la cara mientras le preguntaba si mi par de melones le gustaban.

    Cerré los ojos y mis aureolas rosadas rozaban su boca y mis pezones se iban endureciendo. Al menor descuido ya los tenía hiper duros, señal de que estaba muy caliente y ya no había marcha atrás.

    –Me vuelve loca que me chupen las tetas ¿sabes?…. Mmm si dale hacelo sin miedo Hernán.

    Y las palabras mágicas funcionaron… Hernán reaccionó y por el empeño que ponía en succionar parecía que no había mamado de bebé, me puse tan hot con su lengua que lo agarré de su mano y se la llevé justo ahí, a mi concha que estaba completamente empapada. Logré que entrara en confianza y ahí sí que se soltó. Ya no sentía la vergüenza de antes y su pito se paró del todo y la sentí tan dura como una estaca pero también mojada, la chasquee con los dedos y lo primero que pensé es que había acabado precozmente, pero por suerte se trataba solo de líquidos preseminales.

    Lo único que recuerdo que le dije fue –Dale, no puedo más me subí encima de la mesa, me abrí de piernas y dejé que haga de mí lo que quiera. Metió su cabeza entre mis muslos y me dio la chupada de concha más inolvidable. Me la comió de una forma como si me estuviera besando en la boca y yo no hacía otra cosa más que disfrutarlo.

    Con la lengua me la recorría entera, de norte a sur y de este a oeste introduciéndose en su interior y mis jugos me traicionaron, brotaban como si fuese una fuente natural y no me podía contener, ahora la que sentía un poco de vergüenza era yo pero es algo que me sucede cuando estoy realmente excitada.

    –¡Mmm Ahí! –le supliqué marcando la zona en donde lo necesitaba. Y como si tuviera entre sus manos una delicada flor tomó suavemente mi clítoris entre los dedos y lo lamió con la punta de la lengua con suma maestría, como si lo conociese de toda la vida. Nunca en la vida alguien me tuvo tan caliente como lo hizo Hernán, estaba tan loca y feliz que agarré su pene y empecé a masturbarlo con desesperación, y hasta creo que con mis uñas en algún momento en partes le dejé algunos arañazos sin querer.

    Me senté sobre él dándole la espalda y explotando de deseo me los introduje por completo a esos ocho centímetros de pija. Entró más que fácil y pude sentir eso de “Chiquita pero Juguetona”, era tal cual. Ni bien lo sentí en mi interior me hizo perder la cordura. Con semejante previa más esto Hernán me estaba matando de placer, la sentía entrar y salir y en cada ida y venida me rozaba el clítoris que estaba más firme y duro que nunca, yo me lo tocaba y él por detrás se animó a descubrir mi ano que me lo humedecía con mis propios jugos.

    Sinceramente me lo estaba haciendo tan tremendo como hacía tiempo que no disfrutaba de tal modo.

    Por suerte la casa estaba vacía y las casas linderas deshabilitadas porque empecé a gemir. No pude contenerme y tuve un orgasmo tan apasionado que me hizo temblar y poner los ojitos en blanco como si estuviese poseída por esa pija que no medía más de ocho centímetros de longitud pero que logró en menos tiempo lo que aquella enorme de mi novio demoraba más.

    Cambié de posición y me volví a poner sobre Hernán, pero cara a cara. Con mis movimientos de caderas me sentí tan libre y feliz como cuando era más joven y andaba a caballo en el campo de mis padres y el viento me daba en la cara.

    Y otra vez lo inevitable: al introducir su miembro me rozaba y yo al subir y bajar con movimientos rítmicos estaba más que loca clavando mis muslos en sus caderas deseando que no se termine nunca. Él estaba gimiendo de placer, mordiéndose los labios y aguantando, se notaba. No quería acabar aún, porque los dos tan conectados deseábamos que ese momento tan intenso no termine .

    Hernán hacía todos los esfuerzos para prolongar al máximo esa cogida y lo estaba logrando, yo no sé cuánto tiempo estuvimos en esa misma posición, pero me hizo acabar dos veces más estando arriba suyo.

    Como lo estábamos pasando tan bien no se me hizo eterno, al contrario, daba la sensación que el tiempo se había detenido, lógicamente todo tiene un principio y fin y en un momento se desbordó dentro del preservativo. Lo llenó con su leche y a mí de felicidad.

    Rendidos por el cansancio creo que nos tiramos al sofá, mucho no lo recuerdo. La cosa es que tiempo después alguien golpeó la puerta y nos despertó. Eran los chicos que volvían de la playa y mucho no tuvimos que explicarles porque se dieron cuenta por el desorden que Hernán y yo estuvimos “juntos” por así decirlo.

    Con los chicos hicimos las paces y Hernán se ganó el respeto de esos cuatro inmaduros burlones. En tanto ellos en la playa no perdieron el tiempo y formaron dos parejas: Liz y Diego y Magui con Andrés.

    Y como era nuestra última noche en la Costa decidimos no salir y cada quien con su pareja en sus habitaciones cogimos como nunca. Los gemidos eran como una orquesta sinfónica y modestia aparte yo fui la más expresiva de todas jaja.

    Al otro día volvimos en ómnibus a nuestra rutinaria vida. Todos en pareja, abrazos y muchos besos en el micro de doble piso como si fuésemos estudiantes en un viaje de egresados. Hicimos un juramento los seis de no decirles nada a nadie y así fue. Ya en Buenos Aires al día siguiente cada uno en la suya, y nunca les pregunté a Liz y a Magui si continuaron sus “encuentros” con los chicos, pero yo sigo tan tentada con Hernán y las ganas me pueden y admiro su firmeza y madurez porque estando muy cerca todo el día mantiene la conducta.

    Y soy yo quien no se puede resistir y con un mensaje de texto con la típica “¿En tu casa o en la mía hoy?”, le doy a entender que estoy súper caliente y cuando nadie nos ve nos vamos con mi amante menos pensado. Jamás imaginé que terminaría así con Hernán, el chico más tímido de la oficina, quien ahora es mi chico.

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  • El príncipe y el plebeyo: Reino de mentiras

    El príncipe y el plebeyo: Reino de mentiras

    El reino de Valdor era un tapiz de campos dorados y torres que rozaban el cielo, un lugar donde la tradición pesaba como el mármol. El príncipe Adrián, heredero de la corona, era un hombre de gran belleza y galanura: cabello negro que caía en ondas sobre sus hombros, ojos azules que cortaban como espadas, y una figura esculpida por años de cacerías y entrenamientos.

    Su padre, el rey Edmundo, un hombre de rostro severo y barba gris, gobernaba con mano firme, esperando que su hijo asegurara la dinastía casándose con una dama de alta cuna. Pero el corazón de Adrián no latía por las doncellas que el consejo le presentaba en desfiles de seda y joyas. Latía por Lauro, un plebeyo de piel tostada por el sol, manos ásperas y ojos castaños que guardaban dulzura.

    Se encontraron una tarde de otoño, cuando Adrián, perdido en el bosque tras una cacería, vio a Lauro recogiendo leña. El joven tropezó, y el príncipe, con un reflejo rápido, lo sostuvo por el brazo. Sus dedos se rozaron, y el aire se cargó de una tensión silenciosa. “Te ayudo”, dijo Adrián, su voz grave cortando el viento. Lauro alzó la vista, y en ese instante surgió un sentimiento mutuo entre ellos. Esa noche, incapaz de sacarlo de su mente, Adrián regresó a la cabaña. Sin excusas, solo un impulso que lo arrastraba como un río.

    Llamó a la puerta, y cuando Lauro abrió, sus miradas se cruzaron de nuevo. “Tenía que volver a verte”, murmuró el príncipe, y eso fue suficiente. Junto al fuego, Adrián lo atrajo hacia sí, sus labios encontrándose en un beso que comenzó tímido y acabó voraz. Desató la camisa de Lauro con dedos impacientes, revelando un pecho liso que subía y bajaba con cada respiración. Lo tumbó sobre una manta áspera, y el aire se llenó del crujir de la madera y sus jadeos. Las manos de Adrián trazaron caminos de fuego sobre la piel de Lauro, descendiendo por sus caderas hasta arrancarle un gemido.

    Cuando lo tomó, fue con una mezcla de fuerza y ternura, sus cuerpos moviéndose en un ritmo que los llevaba al borde del delirio. Lauro susurró su nombre, y Adrián, perdido en el calor de su entrega, supo que estaba atrapado.

    Pero el destino tenía otros planes. Una mañana, los heraldos recorrieron el reino anunciando un gran baile real: el rey Edmundo y el consejo habían decidido que Adrián debía elegir esposa entre las damas de alta cuna, un paso esencial para su coronación como rey. Para Lauro, fue un golpe que le cortó el aliento: sabía que el amor de un plebeyo sin título ni derecho, no podía competir con las hijas de nobles ni con las leyes del trono. Para Adrián, era una sentencia que lo arrancaba de sus noches secretas, su deber lo obligaría a renunciar a Lauro.

    Se despidieron al alba, bajo un roble, con un beso húmedo de lágrimas. “Ve, cumple tu destino”, susurró Lauro, aunque cada palabra lo desgarraba. Adrián apretó su mano, incapaz de prometer lo imposible.

    La noche del baile, mientras el palacio resplandecía con antorchas y risas, Lauro se hundió en su soledad junto a la chimenea, el rostro empapado. Entonces, el aire vibró, y una figura etérea emergió: una hada madrina de cabello plateado y ojos sabios. “No llores, hombrecito”, dijo, extendiendo un collar de perlas blancas que brillaban con un fulgor suave, como gotas de luna atrapadas en una cadena delicada. “Póntelo, y serás lo que necesites”. Lauro, con manos temblorosas, lo cerró en su cuello. Un calor lo invadió, y su cuerpo se transformó: sus hombros se redondearon, sus pechos se alzaron, y entre sus muslos nació un secreto rosado y suave.

    El hada chasqueó los dedos, y sus harapos se convirtieron en un vestido de seda azul, tan brillante que parecía tejido con el cielo nocturno, las perlas blancas resplandeciendo en perfecta armonía contra el tejido. “Ve, y toma lo que amas”, susurró señalándole un portal mágico por donde podía ver la entrada a palacio. Lauro entró por donde se le indicó y su hada se desvaneció junto al portal.

    El salón real era un torbellino de terciopelo y perfumes cuando Lauro entró, transformado por la magia del collar. Los nobles se detuvieron en seco, sus copas a medio camino; las damas apretaron los labios, envidia brillando en sus ojos. El vestido de seda azul fluía como agua sobre sus nuevas curvas, abrazando su cintura y cayendo en pliegues que susurraban con cada paso. El collar de perlas blancas relucía en su garganta, un círculo luminoso que capturaba las luces de las arañas de cristal y destellaba contra el azul profundo de su atuendo.

    Su rostro, suavizado por la magia, tenía una perfección casi sobrenatural: pómulos altos, labios carnosos y unos ojos castaños que brillaban con una mezcla de timidez y determinación. Adrián, sentado junto al trono de su padre, el rey Edmundo, sintió que el aire se le escapaba del pecho. No entendía el por qué sus ojos se clavaron en ella, en esa figura que parecía salida de un sueño.

    Cuando la música comenzó, un vals lento y envolvente, Adrián bajó los escalones y extendió su mano. Lauro la tomó, y el roce de sus dedos fue una chispa que recorrió sus cuerpos. Bailaron, sus cuerpos tan cerca que el calor entre ellos era una promesa muda. El príncipe inhaló el aroma de Lauro —una mezcla de bosque y algo nuevo, floral y embriagador—, y sus manos, una en su cintura y otra entrelazando la suya, temblaron ligeramente.

    Los nobles observaban en silencio, cautivados por su gracia, mientras el rey Edmundo, tamborileando los dedos en el brazo de su trono, fruncía el ceño, intrigado pero receloso. Lauro, con el corazón golpeando contra sus costillas, se inclinó en un giro y susurró al oído de Adrián: “Soy yo, tu Lauro”. El príncipe se detuvo, sus ojos buscando los de ella, incrédulos. Sin una palabra, la llevó al jardín, donde las sombras de los cipreses los ocultaron del bullicio. Allí, bajo la luz plateada de la luna, Lauro se quitó el collar.

    Su cuerpo cambió en un instante: los pechos se desvanecieron, los hombros se ensancharon, y volvió a ser el hombre que Adrián amaba. El príncipe lo miró, sus ojos brillando con asombro y un deseo renovado. “Eres mío, así o de cualquier modo”, juró, y lo atrajo hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso feroz, las manos de Adrián enredándose en el cabello de Lauro, mientras el vestido azul yacía olvidado en la hierba.

    Esa noche, Adrián tomó una decisión. Al alba, regresó al palacio con Lauro a su lado, el collar de perlas blancas de nuevo en su lugar, transformándola en la mujer que había deslumbrado a todos. Ante el rey Edmundo, la reina madre y el consejo, anunció que ella sería su esposa, la futura reina que lo acompañaría al trono. El salón estalló en murmullos. “¿Quién es esta desconocida?”, preguntó la reina madre, su voz afilada. “No conocemos su linaje ni su casa”. El rey Edmundo, con los ojos entrecerrados, añadió: “El baile fue para elegir una dama de sangre noble, Adrián. El reino espera una alianza, no un capricho”.

    El príncipe, con la mandíbula tensa, sostuvo la mirada de su padre. “Es una extranjera que ha perdido a su familia por la guerra, todo lo que tiene es lo que lleva puesto, pero ahora me tiene también a mí”, dijo, su tono firme, aunque la mentira pesara. “Su belleza y su alma son más nobles que cualquier título. La elijo porque la amo, y porque Valdor merece una reina que inspire”. Lauro, a su lado, permanecía erguida, el vestido azul resaltando su figura, las perlas blancas brillando como un halo. Su presencia era un argumento silencioso: parecía más regia que muchas de las hijas de nobles, su gracia natural eclipsando su desconocido origen.

    El consejo protestó, susurrando sobre tradiciones y linajes, pero el rey Edmundo alzó una mano para silenciarlos. Miró a Lauro, luego a su hijo, y suspiró pesadamente. “Tu elección es inusual, y no me agrada su desconocida procedencia”, gruñó. “Pero si insistes, y si su belleza puede mantener la paz entre los nobles, que así sea. Cásate con ella, y que tu coronación siga”. La reina madre apretó los labios, claramente disgustada, pero no contradijo al rey. Adrián inclinó la cabeza en agradecimiento, aunque sabía que la aceptación era a regañadientes, sostenida solo por su voluntad y el encanto irresistible de Lauro.

    La boda fue un espectáculo de esplendor, con el rey Edmundo presidiendo desde su trono, su expresión una mezcla de orgullo y resignación. Los nobles de Valdor asistieron con sonrisas tensas, susurrando sobre la misteriosa “princesa” que había cautivado al heredero sin un solo blasón que la respaldara. Pero Lauro, radiante en un vestido blanco bordado con hilos de plata, el collar de perlas blancas resplandeciendo en su garganta, eclipsaba las dudas. Su belleza, potenciada por la magia, era un arma que doblegaba corazones y acallaba críticas.

    Adrián, a su lado, la miraba con un orgullo que rayaba en la adoración, y cuando intercambiaron votos bajo la mirada severa del rey, el reino entero pareció contener el aliento. Esa noche, en la alcoba real, el collar cayó al suelo con un tintineo suave, y volvieron a ser dos hombres enredados en su pasión. Adrián lo tomó con una intensidad que rayaba en lo salvaje, sus manos aferrando las caderas de Lauro mientras lo tumbaba sobre las sábanas de seda.

    El aire se llenaba de sus respiraciones entrecortadas, del roce de sus pieles, del crujir de la cama bajo sus movimientos. Lauro se arqueaba bajo él, sus dedos clavándose en los hombros del príncipe, sus gemidos ahogados por el lujo que los rodeaba.

    Pero los meses trajeron rumores. La “princesa” no concebía, y las miradas del consejo se volvieron más afiladas, los susurros más insistentes. El rey Edmundo, en una audiencia privada, advirtió a Adrián: “Un heredero es tu deber, hijo. Sin descendencia, tu corona estará en duda”. La presión pesaba como una losa, y Lauro, consciente del riesgo que su secreto corría, propuso lo impensable. Una noche, con el collar de perlas blancas puesto, se presentó ante Adrián como mujer. Dejó caer su túnica de lino, y el príncipe se quedó sin aliento.

    Su cuerpo era una visión: pechos llenos que subían con cada respiración, caderas suaves que invitaban al tacto, y un sexo rosado, apenas cubierto por un velo de vello claro. Adrián se acercó, sus manos temblando mientras recorrían su piel, desde el cuello hasta la curva de su cintura. “Eres hermosa”, susurró, y la tumbó sobre la cama. Sus labios trazaron un camino lento por su garganta, saboreando su calidez. Lauro, temblando bajo su toque, dejó escapar un suspiro que se convirtió en gemido cuando las manos de Adrián descendieron más abajo, explorando su nueva forma con una mezcla de curiosidad y hambre.

    Cuando la penetró, fue un acto lento y deliberado, sus cuerpos encontrando un ritmo que los llevaba al borde del éxtasis. Lauro se aferró a él, sus piernas enredándose en las suyas, y el placer los envolvió como una tormenta, sus gritos resonando en la penumbra.

    Meses después, por la magia del collar de perlas, el embarazo de Lauro fue anunciado, y el reino estalló en campanas y banquetes. El collar permaneció en su lugar, su magia sostenía el hijo que crecía en su vientre. Adrián, fascinado por su cuerpo cambiante, no se cansaba de poseerla. Una noche, bajo la luz de las velas, sus manos acariciaron la curva prominente de su vientre, sus labios buscando su piel cálida. La tomó con una ternura feroz, sus cuerpos moviéndose en un vaivén que era tanto amor como lujuria, el calor de su piel mezclándose con el aroma dulce de la cera derretida.

    Cuando nació su hijo, un varón de ojos azules como los de su padre, el rey Edmundo sonrió por primera vez en meses, y Valdor celebró al nuevo heredero. Pero al quitarse el collar, Lauro no volvió a ser hombre. La magia, sellada por el milagro del parto, lo dejaría como mujer para siempre. Frente al espejo, tocó su rostro femenino, y sus lágrimas cayeron en silencio. Adrián la abrazó por detrás, sus labios rozando su cuello. “Te amo así, siempre”, susurró, y aunque Lauro asintió, una sombra de pérdida quedó en su corazón.

    Al principio, Adrián seguía buscándola con fervor. La novedad de su cuerpo femenino —tan distinto al Lauro que había conocido en la cabaña— lo había encendido como un fuego inesperado. Cada noche, sus manos recorrían sus curvas con una mezcla de asombro y deseo, y la poseía con una pasión que parecía renovada. Pero con el tiempo esa chispa comenzó a desvanecerse. Lo que había sido una fascinación ardiente se apagó como una vela gastada; la suavidad de su cuerpo, la delicadeza de su sexo, dejaron de excitarlo.

    Su mirada empezó a vagar, añorando la firmeza y el calor rudo de un cuerpo masculino, como si el hechizo de la novedad se hubiera roto, devolviéndolo al hombre que siempre había sido: uno que no encontraba placer en las formas femeninas. Amaba a Lauro con cada fibra de su ser, pero su deseo físico por ella se desdibujó, dejando un vacío que no podía nombrar.

    Fue entonces cuando buscó a Sir Gael, un caballero de barba oscura y manos fuertes, cuya presencia en la corte siempre había sido discreta pero magnética. Gael era un hombre de gustos amplios, un espíritu indomable que encontraba placer tanto en la fuerza de un hombre como en la suavidad de una mujer, en someter y ser sometido. Una noche, en un establo bajo la luz temblorosa de una lámpara, Adrián lo llevó a un rincón oscuro. “Quédate quieto”, murmuró el príncipe, su voz cargada de autoridad, y Gael obedeció con una sonrisa torcida.

    Adrián lo tomó con una intensidad feroz, sus manos aferrando las caderas del caballero mientras lo penetraba, su cuerpo reclamando cada gemido que escapaba de los labios de Gael. El placer de esa rudeza, de la resistencia y el calor masculino, era lo que había echado de menos, y en cada embestida encontraba un eco del Lauro que ya no podía tener. Pero no fue solo lujuria: con cada encuentro, Gael miraba a Adrián con una ternura que no podía ocultar, y el príncipe, aunque lo negaba ante sí mismo, sentía que su corazón se abría a él, un afecto que crecía como una enredadera silenciosa.

    Lauro, atrapada en su forma femenina, también buscaba consuelo. Una noche, bajo un roble en el jardín, Gael la encontró llorando, su vestido empapado por la brisa húmeda. “Sea cual sea el motivo de tus lágrimas, cuenta conmigo para ayudarte a sonreír de nuevo”, le dijo, su voz grave como un bálsamo. La atrajo hacia sí, y entre ellos surgió una chispa inesperada. Él la tomó contra el árbol, sus manos firmes levantando su falda, sus dedos explorando su piel con una ternura que se volvía posesión. Lauro se perdió en el éxtasis de ser deseada de nuevo, sus gemidos mezclándose con el susurro de las hojas.

    Para Gael, ella era simplemente la princesa, una mujer de belleza deslumbrante cuya historia desconocía; nunca supo del collar, ni de la magia que la había moldeado, y su deseo por ella nacía de lo que veía: una figura frágil pero apasionada que despertaba su instinto protector y su hambre. Lauro, a su vez, comenzó a buscar su risa ronca, la calidez de su mirada, el modo en que sus manos parecían saber exactamente dónde tocarla. Un cariño profundo nació en ella, un eco del amor que aún sentía por Adrián.

    Los encuentros clandestinos continuaron, y los tres, sin saberlo al principio, tejieron un lazo. Adrián amaba la rudeza de Gael, pero también su lealtad callada, la forma en que lo miraba como si fuera más que un príncipe. Lauro amaba su pasión, pero también su escucha, la seguridad que le ofrecía en un cuerpo que aún sentía ajeno. Y Gael, atrapado entre ambos, se enamoró de la intensidad del príncipe y la vulnerabilidad de la princesa, su corazón dividido y completo a la vez.

    Todo estalló una noche, cuando Adrián entró en la alcoba real y encontró a Gael y Lauro enredados en un frenesí de gemidos. Ella, con las piernas abiertas, recibía a Gael, que la tomaba con una mezcla de fuerza y devoción. El príncipe se detuvo, su respiración agitada, pero en lugar de ira, sintió alivio y un deseo ardiente. “No quiero perderos a ninguno”, confesó, su voz quebrándose. Se sentaron en la cama, las sábanas revueltas, y hablaron hasta el amanecer, desnudando sus miedos y deseos. Pactaron amarse sin reglas, sin culpas.

    Desde entonces, la alcoba real fue testigo de un torbellino de pasión. Adrián tomaba a Gael con fuerza, sus manos aferrando sus caderas mientras lo penetraba profundamente, el caballero gimiendo su nombre en una rendición que encendía al príncipe como nada más podía. Lauro, entre ellos, recibía los besos de Adrián, sus labios encontrándose en un roce breve pero cargado de afecto, mientras Gael la acariciaba con devoción.

    En otras ocasiones, Gael poseía a Lauro, sus embestidas profundas y rítmicas resonando en la penumbra, y Adrián, sentado a un lado, se dejaba llevar por la visión: sus ojos seguían el movimiento de los cuerpos, el contraste entre la rudeza de Gael y la suavidad de Lauro, mientras su mano se movía sobre sí mismo, el placer creciendo con cada gemido que escapaba de ellos. Luego se unía, tomando a Gael de nuevo con una ferocidad que hacía temblar la cama, sus manos reclamando al caballero mientras los tres se perdían en un enredo de extremidades y susurros compartidos. Sus cuerpos brillaban con sudor bajo la luz de la luna que se colaba por las cortinas.

    Así vivieron, un trío que encontró la felicidad en su reino de secretos.

    Fin.

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  • Bandidos

    Bandidos

    Querido diario:

    Tengo mucho sin escribir en ti, sin contarte una historia de esas que nos apasionan.

    Hoy no te defraudaré, pues escribiré en tus páginas una historia fugaz, pero caliente, breve, pero placentera, una historia de sexo y pasión entre un par de compañeros de trabajo.

    Ella, más joven.

    Él, maduro.

    Ella, nunca pensó fijarse en alguien que le lleva tantos años.

    Él, nunca pensó traicionar a su esposa con nadie…

    ¿Alguna vez lo has pensado? Enredarte con alguien de tu trabajo, sé que sí. Sé cómo deseas a esa compañera, sé cómo miras a ese hombre que te atrae por su forma de ser

    Es hora.

    Bienvenido al ritual, es hora de ponerte cómodo, quitarte la ropa que estorbe, servir una copa de la bebida favorita o traer la botella entera. Prepárate a disfrutar esta historia llena de morbo y pasión. Si te apetece: Tócate junto a los protagonistas y vive con ellos la experiencia

    Ante todos… y creo que nadie lo supo.

    El negocio estaba lleno.

    Empleados, clientes, risas, tela, pedidos, música en la radio.

    Pero nosotros dos… solo nos teníamos uno al otro frente a todos, pero solos.

    Tu llevabas un pantalón negro que me encanta y no dejaba mucho a la imaginación, deja entrever un poco pero no lo suficiente para ser vulgar.

    Yo, un pantalón de fácil acceso que me comenzaba a apretar por la excitación qué ya me traicionaba y por la ganas que tenía de tus manos en mí.

    Llevamos tiempo pensando, soñando e imaginando como sería.

    Nos mirábamos con morbo, nos tocamos de forma casual: una mano en la espalda, un roce en la pierna, un susurro en el oído que no era inocente, una mirada qué lo dice todo.

    —No aguanto más —te dije—. Te quiero ahora, sígueme.

    Tú sonreíste.

    Una mezcla de deseo y peligro te brillaba en los ojos.

    Caminé.

    Me seguiste.

    Buscamos un lugar.

    Yo ya tenía uno en mente.

    La bodega estaba sola, Luis no había ido a trabajar, los demás estaban ocupados atendiendo clientes, estaban cerca.

    Una puerta.

    Una delgada pared qué nos separa.

    Lo necesario para que no nos descubrieran.

    Lo necesario para que nadie escuchara.

    Ahí entre cajas, telas y rollos.

    Te tapé con mi cuerpo.

    Me puse detrás con mis brazos rodeando tu cintura.

    Si alguien hubiera entrado parecería que abrazaba un rollo tiernamente.

    Tal vez romántico.

    Pero por enfrente… mis dedos se colaban entre tus piernas.

    Te acariciaba por dentro del pantalón.

    Y tú te dejabas hacer, con los ojos cerrados, mordiendo tu labio inferior para no gemir.

    —Así… —susurraste—. Más… pero lento.

    Yo fui explorando tu cuerpo para sentir tus reacciones, para saber los puntos donde te vuelves zorra, cuando supe lo necesario te toqué con maestría.

    Ya sabía como tocar tu clítoris, como rozarlo para derretirte y convertirte en agua, como jugar con mis dedos, como hacerte vibrar sin que los cuerpos apenas se muevan, como sacar de ti esos gemidos qué me encantan, y ponen duro por igual, como jugar para que tus piernas fallen y tus caderas se muevan pidiendo más…

    Para este momento ya te habías girado y yo te exigía qué me miraras a los ojos mientras el orgasmo llegaba y te derretías en mis dedos, tú te colgabas de mi cuello tratando de sostenerte.

    —Mírame

    Y me miraste, y tu mirada ya era otra, eran tus ojos pero con una mirada diferente que me encantó.

    —Ya quiero que me cojas —me ordenaste en una súplica.

    Y yo lo hice.

    Te quite la bragas y te gire de nuevo para admirar tu culo.

    Te deslizaste sobre mi falo como si flotaras.

    En un segundo estaba clavado en ti, sintiendo tu calor, sintiendo como te abrías para mí, saboreando la invasión a tu cuerpo, disfrutando cada centímetro de tu humedad.

    Para este punto estabas tan mojada que fue fácil penetrarte.

    Soltaste el aire con fuerza y tuve que poner mi mano en tu boca para evitar que nos descubrieran.

    Tú cuerpo se tensó, te sujeté fuerte pegando te a mi pecho, seguí moviéndome con suavidad, con precisión, con una cadencia tan lenta que casi era desesperante.

    Solo nuestras respiraciones agitadas nos podrían delatar, mis ojos eran tuyos y tus gemidos míos.

    Vi tus ojos vidriosos en el espejo, mis ojos estaban fijos en ti, devorándote…

    Ya no podía con ese ritmo.

    Tú tampoco.

    Tus caderas me exigían más.

    Así que aceleré y fui embistiendo más fuerte.

    Como un par de animales en celo.

    Como dos cuerpos bailando, jugando a no ser descubiertos, pero dejándose llevar por una corriente salvaje.

    Gemías entre dientes.

    Te tenía toda para mí.

    Temblabas cada que mi cadera se movía, cada que mi cuerpo chocaba contra el tuyo, cada que me hundía en ti y tus labios chocaban con mis bolas.

    Con la voz rota y la mirada sorprendida me dijiste que estabas por llegar.

    —Córrete —dije en un susurro

    —Es en serio… me vengo

    —Córrete

    Casi fue una orden.

    Te abracé más fuerte en ese último empujón, apreté mi vientre a tu espalda, sintiendo tus nalgas en mi abdomen.

    Y ahí, entre rollos de tela, con gente comprando a pocos metro, con compañeros de trabajo preguntando por qué no ayudamos, tú te corriste con un grito mudo qué se tragó mi mano.

    Así los ojos cerrados me gustaste aún más.

    Con el cuerpo entregado.

    Mordiendo mi puño para no gritar.

    Yo te seguí un par de empellones después.

    Hundí el rostro en tu cuello, olí tu cabello, mordí tu hombro.

    Y con una última embestida profunda, me derramé dentro de ti.

    Salí despacio de tu cuerpo agua.

    Pero tú tenías prisa, te diste vuelta y poniéndote de rodillas me chupaste la polla, limpiaste con tu boca la leche en mi falo… Tus ojos, de nuevo tu mirada mágica, tenías hambre y casi tuve que empujarte para que no siguieras, pero tú continuabas limpiando con tu lengua lo que salía de mí, fue mágico, nunca nadie lo había hecho.

    Luego como si nada subiste tu braguita y volviste a vestirte.

    Nos miramos.

    Cómplices.

    Aliados.

    Desafiantes.

    Excitados aún por lo que acababan de hacer.

    —¿Crees que alguien se dio cuenta? —te pregunte, con una sonrisa ladeada.

    —Tal vez esa cámara que está enfrente nos grabó —respondiste— pero no importa

    Regresamos al trabajo uno después del otro como si nada.

    Como si no acabáramos de romper las reglas del juego…

    Y eso nos hace desear todavía más.

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  • Pegging, maravillosa experiencia (1)

    Pegging, maravillosa experiencia (1)

    Luego del trío con mi pareja y mi amigo, por esas cosas de la vida, las visitas se fueron cortando. Él cambió de trabajo, lo que le tenía más ocupado; y algunos meses después nosotros fuimos a vivir a otra ciudad mucho más lejos. Sin embargo, continuamos en contacto virtual.

    Inmediatamente después del trío, mi pareja incorporó nuevos juegos a nuestras relaciones sexuales.

    Primero tímidamente. Me frotaba el culo con los dedos en los juegos preliminares, y luego me metía un dedo mientras follábamos. Y siempre insistía preguntándome si me gustaba… ¡Y por supuesto que me gustaba!

    Luego me sorprendió metiéndome un plug anal justo antes de follar, y me lo mantenía insertado hasta acabar.

    Pocos días después me volvió a sorprender; ella había conseguido un consolador anal, delgado y largo. Me hacía acostar boca abajo, se ponía detrás de mí, y jugaba con el consolador en mi culo; lo frotaba por mi ano, lo hacía entrar un poco, lo quitaba y volvía a frotarlo, luego lo metía más… hasta meterlo completamente. Luego se acercaba a mi oído y me preguntaba si estaba disfrutando (¡Y vaya que lo disfrutaba!)

    Pero la mayor sorpresa llegó unas semanas después.

    Habíamos follado muy rico, yo con el plug anal insertado en mi culo. Apenas después de acabar, me pidió que me ponga en posición del perrito; obedecí, seguía con el plug en mi culo.

    Ella se puso detrás, me quitó el plug anal, y se puso a jugar en mi culo. De pronto siento pasar su lengua por la zona, en un momento me estaba comiendo el culo. Sentir su lengua en mi ano era sumamente excitante. Lo hacía con paciencia, tomándose su tiempo…

    Me tenía en el cielo, pero se apartó. Me quedé inmóvil esperando a que continuase, pero hubo una pausa, no muy larga, pero me pareció una eternidad; sabía que estaba detrás de mí porque notaba que se movía, pero no sentía su contacto.

    Entonces me tomó por la cintura y sentí apoyar algo en mi culo. Lo movía de arriba abajo, frotando el objeto mi ano. Soltó un momento mi cintura, y aproveché para girar la cabeza y ver que sucedía.

    Se había puesto un arnés, y de entre sus piernas, insertado en un anillo del arnés, surgía un consolador de silicona… Yo en posición de perrito, y mi chica detrás de mí, con un pene erecto surgiendo de entre sus piernas, color piel, y de unos 15 centímetros de largo por unos 3 centímetros de ancho…

    Lo estaba lubricando cuidadosamente, parecía que se estaba masturbando. Me miró con lujuria, manteniendo fija la mirada en mis ojos. Sentí cómo me aplicaba lubricante en el culo, aprovechando para meterme un dedo.

    -¿Te gusta, putito? -me preguntó, sin apartar la mirada y jugando con su dedo en mi ano. Yo solo suspiré.

    -¿Querés que te rompa el culo? -preguntó. Volví a suspirar.

    Me dio una nalgada con ganas.

    -¡Pedíme! -exclamó.

    -¡Rompéme el culo! -exclamé yo.

    Me tomó por la cintura y sentí apoyar la punta de su pene de silicona en mi culo. Se fue abriendo paso lentamente, hasta que lo pude sentir completamente dentro de mí.

    Al principio sentí un leve dolor, pero pronto se convirtió en placer. Ella empezó a moverse, me estaba follando con ganas.

    -¿Sos mi putito?, ¿Te gusta cómo te rompo el culo? -me preguntaba, dándome de vez en cuando alguna nalgada.

    Va a sonar cómico, pero parecía que me chica nunca había cogido (como hombre), porque me estaba dando con ganas.

    Deslizó las manos hasta mi pecho y me pellizcaba los pezones. Luego me pajeaba.

    Mi verga no estaba del todo dura, pero sentía como latía. Parecía que iba a estallar… hasta que de pronto empezó a brotar leche, la corrida parecía interminable.

    Mi chica bajó el ritmo, hasta quedar inmóvil. Se acercó hasta mi oído y me preguntó “¿Y putito, te gustó como tu macho te rompió el culo?”, y me mordió la oreja.

    Me quitó el pene de silicona lentamente de mi culo, haciéndome sentir un vacío en mi interior.

    Caímos los dos exhaustos en la cama.

    Fue la primera experiencia de muchas, y fue como incorporamos el pegging en nuestra relación. No lo hacíamos cada vez, pero sí con frecuencia.

    En otros relatos contaré algunas experiencias más en relación a esta práctica, que es sumamente recomendable en la relación de pareja (o no justamente con la pareja…).

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  • No siento remordimiento alguno

    No siento remordimiento alguno

    Quiero contarles algo que me ha pasado no hace mucho tiempo, de cómo mi marido casi me obligó a hacer algo que no quería, y como lo va a pagar por el resto de sus días.

    Soy Ana, de 32 años, de 1,68 de altura, pelo castaño largo ondulado, ojos verdes, mi cuerpo es bastante normal, delgada, de pechos no muy grandes, pero firmes y muy bien puestos en su sitio, vientre plano, caderas normales, culo poquitín respingón, y piernas largas y muy bien torneadas. Me case hace poco más de 6 años, mi vida de casada a pasado, yo diría que bastante bien, hasta que ocurrió lo que os voy a contar.

    En el terreno sexual todo a transcurrido de lo más normal, hasta que Juan “mi marido” en peso con sus fantasías, una noche mientras me tenía penetrada y a punto de una corrida mutua, me sorprendió preguntándome, “Ana ¿no te gustaría que otro hombre te penetrara y te hiciera sentir lo que yo te hago?”.

    Dando un grito, lo empujé de tal manera que casi se cae de la cama, me enfade mucho con él, la cosa duro varios días, en los que él era como un perrito faldero, pura docilidad, casi cuando todo estaba olvidado, una tarde de domingo viendo una peli en la tele y tomándonos unas copas, yo inconscientemente me pasé un poco con la bebida, cosa que aprovecho el para volver a sacar la conversación, “Ana no te enfades pero podías pensártelo, igual otro hombre te hace sentir cosas distintas, y a mí, que tu fueras feliz me haría gozar”, para que me dejase tranquila le dije que me lo pensaría.

    Después de varios días volvió a recordármelo, yo intente no darme por enterada, pero el insistió, y dos días después otra vez, así fueron muchas veces, hasta que consiguió, lo que seguramente se había propuesto, que yo en mi tiempo de soledad, pensase en sus fantasías, lo pensé tanto y tantas veces que incluso llegue a excitarme con la posibilidad de que otro hombre me pudiera penetrar, y hacerme suya, “os comento que sexualmente es Juan el único hombre que conozco” lo pensé tantas veces, que ya incluso cuando estábamos en la cama yo pensaba que lo hacía con otro, y eso me ponía sumamente cachonda, y llegaba a tener orgasmos como nunca los había tenido.

    Cuando a él le pareció oportuno “pues yo no tenía intención de sacar el tema” saco de nuevo la conversación, al principio muy tímidamente, y viendo que yo no me alteraba, fue entrando en materia y en detalles, que sería cuando y como yo quisiera, donde y con quien quisiera, pero eso si todo muy discreto, después de escucharlo, le dije que me lo pensaría, pero que no aseguraba nada, en la cara se le notaba lo contento que se había puesto cuando vio que no me enfade, esa noche follamos como locos hasta quedar extenuados, llegue a pensar que sería posible que el tío carbón pudiera disfrutar viéndome follar con otro.

    Como una semana después sacó de nuevo la conversación, entonces fue cuando le dije “de acuerdo Juan, me acostaré con otro, y lo haré solo por ti, pero con condiciones, seré totalmente libre para hacer lo que quiera, y como quiera, y con todas las consecuencias”, él en plena euforia solo me dijo “de acuerdo lo que tú quieras, y como tú quieras, solo pido que me dejes ver, que me avises cuando será, y con quien, y por favor mucha discreción”.

    En la otra punta de la ciudad donde vive mi madre, hay un gimnasio donde hay un entrenador que hace mucho tiempo que me tiene loca, alto, guapo, fuerte, joven, de unos 28 o 30 años, así que fui y me apunté, con la clara intención de ligarme al entrenador, al tercer día de estar en el gimnasio el entrenador se ofreció a llevarme a casa ya que a esa hora el terminaba y pasaba muy cerca de mi casa, y como ya me había visto los dos días anteriores en la parada del auto bus, fue por lo que se ofreció, como quiera que ese era mi plan acepté encantada.

    El segundo día que me llevo vio en mis manos un libro, y me preguntó que si acostumbraba a leer, a lo que respondí que si y que tenía gran cantidad de libros, me preguntó por uno en concreto, y le dije que si lo tenía, y que si le interesaba se lo podía prestar, aceptó, y le dije que se lo llevaría al día siguiente, pero se me olvidó, y cuando ese día regresábamos a casa me propuso tomar un café, fue cuando le dije que mejor fuéramos a casa, allí lo tomaríamos, y podría llevarse el libro, estaría dentro de sus planes porque aceptó de inmediato.

    Llegamos a casa allí estaba Juan, hice las presentaciones correspondientes y me marché a la cocina, para preparar el café, antes le dije a Juan que le enseñara a Luis, que así se llamaba el entrenador, donde estaban los libros, para que cogiese lo que quisiera, tomamos el café, y después de un poco de charla Luis se marchó, lo acompañé a la puerta, y sin el esperarlo le di un beso en la mejilla, y se marchó.

    Ya solos en casa le comenté a Juan, “que te párese, el que podría ser tu sustituto en mi cama”, con los ojos como platos me respondió, “si a ti te gusta adelante”, “Juan solo lo hago por ti, así que si tienes dudas no tienes más que decirlo”, “no por favor quiero que lo hagas”, “de acuerdo te avisare para que estés preparado”.

    Nuestra casa es una casa antigua, pero muy bien acondicionada, cuatro dormitorios y tres baños en la parte alta, en la parte baja salón, cocina, aseo, un despacho, y un dormitorio con baño que no lo usamos nunca, pero que está totalmente amueblado, tenemos entendido que los anteriores propietarios tenían esa habitación acondicionada para el juego de los niños, y en la pared que daba a la cocina había un gran espejo de esos que son translucidos, quiero decir que desde la cocina se ve toda la habitación, pero desde la habitación no se ve nada de la cocina, pues bien ese sería el lugar donde yo llevaría a cabo la fantasía sexual de mi marido.

    Al día siguiente volviendo del gimnasio para casa, la conversación de Luis fue interesarse por mi vida de casada, mis relaciones, yo le comente aun siendo mentira, que mi vida era muy monótona, que Juan viajaba constantemente, y que había veces que me sentía muy sola, a lo que rápidamente contestó que era una pena que con lo hermosa y guapa que era, hubiera veces que me sintiera sola, que no volviera a ocurrir, que para eso ya estaba él allí.

    Le tomé la palabra, y le comenté que seguramente, al día siguiente, Juan tendría que viajar a Madrid, en coche, y que para no estar mucho tiempo fuera regresaría por la noche, Luis se interesó por los horarios, a lo que le comenté, que cuando Juan hace ese viaje suele llegar a casa entre las 2 y las 4 de la mañana, llegamos a casa le di un beso que procuré que fuese un poco más largo de lo normal, y se marchó.

    Ya en casa, le dije a Juan “si no pasa nada mañana por la tarde noche, es posible que te ponga los cuernos, utilizaré la habitación de abajo para que puedas ver todo lo que ocurra, y te repito que solo lo hago por ti, si no quieres no tienes más que decirlo”, me abrazó y me dijo “si cariño realmente quiero que lo hagas, y si por lo que fuese tú, o yo no lo disfrutásemos no lo volveríamos a hacer, ¿de acuerdo?”, “de acuerdo le dije. Mañana te llamaré para decirte más o menos a la hora que llegaré con Luis para que te sitúes en la cocina, de donde no podrás salir para nada, el tiempo que el este aquí”.

    Al día siguiente, camino de casa, Luis me pregunto si Juan se había marchado a lo que le respondí que si, me invitó a una copa y acepté, ya en el bar, fui un momento al baño, y llamé a Juan, solo le dije, “en 20 minutos estoy en casa”. Cuando salimos del bar le propuse a Luis ir a casa a tomar otra copa a lo que aceptó de inmediato, cuando llegamos a casa pasamos directamente al salón. le puse la copa y puse la música muy suavito.

    Le hice saber a Luis que me iba a poner más cómoda pues ya no saldría de casa, y fui a la habitación que ya previamente había acondicionado, me desnudé por completo, y me puse un tanguita de color rosa, y un sujetador de encajes totalmente transparente también de color rosa, y encima una bata casi transparente, del mismo color, me di cuenta que Juan había puesto unos condones en cada mesilla de noche, cuando los vi no pude por más que sonreír.

    Cuando llegue al salón Luis estaba dando un trago a la copa y cuando me vio casi se atraganta, se puso de pie, y como queriendo saber cuáles eran mis intenciones, simplemente abrió los brazos, invitándome a entrar en ellos, yo que no estaba dispuesta a perder tiempo, me acerque a él muy despacito como titubeando hasta quedar incrustada en sus brazos, me abrazó fuertemente, buscó mi boca, me besó como nunca nadie lo había hecho, jugó con su lengua dentro de la mía, y sus manos empezaron a bajar por mi cuerpo, y yo me empecé a estremecer.

    Jamás había estado en los brazos de otro hombre que no fuese Juan, y aquello me gustaba, bueno más que gustar, me encantaba, me hacía estremecer, y enloquecer, Luis metió sus manos por dentro de la bata, y encontró mis pechos a ellos fue y con la boca y lengua en mis pezones me volvía loca, una de sus mano, llegó hasta lo que yo siempre había guardado para mi marido, metió su mano entre mi cuerpo y el tanga, llego a mi tesoro, lo acarició como nadie lo había hecho antes, entre esas caricias, y sus besos dentro de mí se crearon unas sensaciones que me hicieron llegar a un orgasmo interminable.

    Me agarré con todas mis fuerzas a Luis porque mis piernas flaquearon, él me cogió en brazos me apretó muy fuerte y al oído muy suave me preguntó “¿adónde quieres que te lleve?”. “Al cielo” le respondí yo, le indiqué la habitación, y como quien transporta una pluma me llevó hasta la cama, me deposito con sumo cuidado en ella, y me fue quitando las tres prendas que tenía puesta, yo después del reciente orgasmo estaba desfallecida, seria falta de costumbre.

    Luego él se quitó el chándal que traía puesto y quedo completamente desnudo, fue cuando me quedé atónita de lo que Luis tenía entre las piernas, calculo que el doble que la de Juan quizás más, y mucho más gruesa, empecé a temer por lo que semejante tranca podría hacer en mi interior acostumbrada como estaba a la de Juan.

    Luis se me acercó, me empezó a besar la boca y fue bajando por todo mi cuerpo, una mano ya estaba de nuevo en mi tesoro, cuando su boca llego, y su lengua empezó a abrirse camino por entre mi rajita buscando mi botoncito, yo creí enloquecer, solo podía poner mis manos en su cabeza y apretar para que su lengua entrase lo más posible dentro de mí, golpeo varias veces mi clítoris con su lengua y yo no pude más explote en un colosal orgasmo, en ese momento pensé en Juan que estará haciendo, que pensara.

    Cuando me repuse Luis estaba encima de mi mordiéndome los pezones, lo atrapé como pude y le acerqué su boca a la mía, lo abracé muy fuerte y le dije “soy toda tuya, pero por favor con cuidado, es demasiado lo que tienes y podrías hacerme daño”.

    Muy quedo me preguntó si tenía vaselina, le indiqué la mesilla, del cajón sacó un bote y con todo el cariño del mundo me untó en mi rajita, colocó mis piernas en sus hombros de manera que su tranca quedaba justo en la entrada de mi vagina, con una de sus manos se la cogió y la puso justo en la entrada, hizo una pequeña presión hasta encontrar el pequeño agujerito por donde tenía que meterla, yo me mordí los labios, y esperé acontecimientos que no tardaron en llegar, Luis se fue dejando caer muy lentamente sobre mi incrustando su enorme tranca en mi interior.

    Fue muy despacio, dando tiempo a que mi cavidad vaginal se fuese dilatando para poder acoger semejante monstruo, cuando por fin decidió quitar mis piernas de sus hombros, me abrazó muy fuertemente y buscó mi boca, fue cuando me di cuenta que su glande debería estar justo en la matriz , yo sentía como llegaba al fondo de mis entrañas, lo que hizo que explotase en una cadena de orgasmos que se iban sucediendo a medida que Luis se movía.

    Cuando él decidió parar yo estaba a punto de perder el conocimiento, me dejó descansar, después de no mucho tiempo se empezó a mover, fue cuando yo metí la mano entre los dos cuerpos y palpé lo que le quedaba por meter dentro de mí, me di cuenta que tenía puesto un condón, con mucho cuidado hice que se incorporara un poco y me la sacase totalmente, yo con mi mano le cogí la tranca y le quité el condón, y lo tiré en dirección al espejo que daba a la cocina, Luis me agradeció el gesto dándome un beso, de nuevo enterró toda su tranca en mi interior, y empezó el metisaca que a mí me lleva al cielo.

    Noto de nuevo en mi interior como un gigantesco orgasmo está tomando cuerpo, lo abrazo y le pido “ahora Luis ahora córrete conmigo”, fue cuando sentí su enorme tranca empujar más profundo, y tocar el fondo de mi cavidad vaginal en la entrada de mi útero, eso fue todo, exploté en un nuevo orgasmo…

    Pensé que me desmayaría mientras oleadas de placer recorrían mi cuerpo, él empujó su cuerpo, gruñó con fuerzas y lanzó chorros de semen profundamente dentro de mí, yo podía sentir como su caliente liquido iba inundando mis entrañas en busca de mis ovarios, yo sabía cuales podían ser las consecuencias, pero no me importó lo más mínimo, me abracé a Luis y me abandoné en sus brazos.

    Cuando nos recuperamos, nos duchamos juntos, yo me puse el pijama y Luis se vistió, lo acompañé a la puerta y con un beso lo despedí.

    De regreso al salón Juan me esperaba, con un gesto entre alegre y preocupado, y por fin me preguntó, “¿qué tal?”. Yo de inmediato le dije “dímelo tu ya lo has visto todo, cuéntame si te lo has pasado bien”, él respondió que estupendamente, yo no tenía muchas ganas de hablar, y menos cuando me concentraba, y notaba como de mi vagina continuaba saliendo la leche de la vida que Luis había dejado dentro de mí con todo el placer del mundo.

    Juan se fue a duchar y yo me fui a nuestro dormitorio, donde tuve que cambiarme de braga pues la que tenía estaba empapada, y me acosté, cuando llegó Juan me rodeó con sus brazos, y me preguntó si había merecido la pena, le dije que todo fue muy bien, pero que con él me gustaba más, me tenía entre sus brazos por detrás, apretó el abrazo y pude notar como su tranca -bueno tranquita después de lo vivido- se ponía en posición de ataque.

    Yo lo incite, pero con la clara intención de que me penetrase por el culo, no estaba dispuesta a consentir que sus jugos se mezclasen con los de Luis, y así fue me empaló con toda las fuerzas de sus posibilidades, porque no decirlo yo lo gocé muchísimo y él más aun, luego ya más tranquilo y reposando, me estuvo comentando, que se había corrido dos veces, viéndome mientras lo hacía con Luis, lo estuve escuchando hasta que me dormí.

    A la mañana siguiente cuando me levanto Juan ya se había marchado para su trabajo, yo me levanté de la cama y fui a darme una ducha, en el baño, cuando me desnudo puedo comprobar que de mi aun inflamada vulva continúa saliendo los jugos de Luis, mi mente comienza a darle vueltas a todo lo ocurrido y no puedo por menos de sentir, algo tan contradictorio como, rabia, y felicidad.

    Me ducho y empiezo mis tareas domésticas, cuando voy a tirar restos del desayuno, observo en el cubo de la basura que están todos los preservativos que teníamos en la casa, pues Juan los había usado desde que nos casamos, pero seguramente, cuando vio lo que yo hice con el condón de Luis pensaría que ya sobraban, yo por mi parte no pude por menos que pensar, que por el placer con el que me había entregado a Luis, por la profundidad donde dejó la inmensa cantidad de semen, por el placer que yo sentí cuando ese caliente líquido inundó mis entrañas, y porque estoy convencida de que gran parte de ese líquido llegó a mi útero, estoy segura de que me dejó embarazada, no siento remordimientos por ello, es por lo que al principio decía que Juan pagaría por ello.

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