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  • Antes del trabajo

    Antes del trabajo

    Sara se despertó diez minutos antes de que sonase la alarma de su móvil.

    Fuera todavía estaba oscuro y hacía un poco de frío.

    En otra cama gemela dormía Juan, su novio con derecho a roce.

    “Todavía faltan diez minutos” pensó justo antes de que el minutero avanzara.

    En cierto modo le fastidiaba haber robado al sueño diez minutos, pero lo que sucedía en realidad era que no le apetecía nada eso de levantarse para ir a la oficina. Se estaba muy bien en pijama, en camita, calentita.

    Miró a Juan que dormía.

    Él tenía un horario mejor, entraba casi una hora más tarde a trabajar, no era justo.

    -¿Estás despierto? -le preguntó en voz alta.

    Si no lo estaba eso le despertaría de todos modos.

    Juan salió del mundo de los sueños abruptamente. Se estiró bostezando y se tiró un pedo silencioso.

    -Voy a tu cama. -dijo Sara.

    Juan reaccionó.

    -No hace falta que te muevas, ya voy yo.

    Laura agradeció el gesto con una sonrisa. Juan siempre estaba dispuesto al roce. Aun así, desconocedora del incidente gaseoso, la sorprendió que él tomase la iniciativa de ir a su cama. Normalmente era ella la que se colaba en el lecho de su compañero.

    El hombre retiró la manta que le cubría de un tirón notando inmediatamente el frescor de la mañana en sus velludos muslos. Al contrario que su “novia”, el no usaba pijama, y preferiría dormir en ropa interior.

    La mujer observó todo con detalle. Incluso notó el bulto bajo los calzoncillos de Juan.

    Estaba caliente y no era solo por el pijama.

    Juan se coló en la cama de Laura y esta, inmediatamente, pegó su cuerpo al suyo, sujetó la cabeza del varón entre sus manos y le besó en los labios. Juan abrió la boca y Laura hizo lo propio y con su lengua recorrió con avidez aquella caverna de placer.

    Había algo maravilloso en ese tipo de besos, una mezcla de sentidos, el sabor adictivo el otro, el tacto. Hablando de tacto, pasada la sorpresa inicial del beso y cuando aún sus labios no se habían separado en busca de aire, la mano de Juan se coló bajo el pijama y las bragas de Laura buscando culito. Las nalgas tiernas, la raja generosa y el sexo húmedo se sentían de manera deliciosa.

    El pene de Juan comenzó a palpitar mientras Laura gemía, se apretaba más al cuerpo de aquel hombre y, copiándole, deslizaba la mano bajo los calzoncillos tocando nalga para, inmediatamente después, con dos dedos, tirar suavemente de los pelos que emergían de la raja del culo del varón.

    Un rato después, Laura cambió de posición encaramándose sobre la cintura de Juan siempre de cara. Ahí, sentada a horcajadas sobre su chico, en posición dominante, levantó los brazos para que Juan la desnudase de cintura para arriba. Pronto, las tetas de la chica quedaron al aire, tetas maravillosas coronadas por erectos pezones que el hombre no tardó en chupetear. Laura disfrutó de aquella sensación.

    El despertador sonó.

    -Maldita sea. -protestó la fémina alargando la mano para hacer callar al maldito móvil.

    -Rápido, que no queda tiempo. -apremió.

    Juan observó como su compañera abandonaba su posición dominante, se tumbaba de lado dándole la espalda y bajaba apresuradamente, de un tirón, pantalones del pijama y bragas exponiendo su trasero.

    El hombre se bajó los calzoncillos y sacó un preservativo del cajón. En un minuto se lo puso. Laura se llevó las manos a la vagina y comenzó a frotarse.

    -Vamos… Juan… que estoy muy muy caliente.

    Las palabras, la visión del culo preparado y la visible excitación de ella contribuyeron a que el miembro de él estuviese más que listo.

    Separó las nalgas de Laura, posicionó la punta de su herramienta en el agujero correcto y empujó. La respuesta de placer de su pareja, junto a su propio jadeo, le animaron a seguir.

    Penetró a Laura de manera vigorosa, empujando con determinación y ritmo creciente. Luego, como enloquecido, atrapado por el embrujo del momento, aceleró de manera casi salvaje, puro instinto. Y en su busca de placer, casi egoísta, en su desenfreno y locura, encontraron placer ambos amantes. El cuerpo de Laura alcanzó el orgasmo temblando. Juan, tras eyacular en la goma, se aferró a la piel de su compañera para disfrutar de sus convulsiones, oír sus jadeos, aspirar el imperceptible olor de sus feromonas.

    Dos minutos después, más relajada, Laura se levantó de la cama, sacó ropa interior de un cajón y caminó desnuda hacia el cuarto de baño. Juan la siguió con la mirada.

    El ruido de la puerta del baño… y luego el agua cayendo de la ducha.

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  • Kira, una mujer insaciable (1)

    Kira, una mujer insaciable (1)

    Hoy he visto la fotografía más pornográfica de Kira. De todas las fotos que se ha tomado ella mientras tiene sexo, esta es la más provocativa, la más excitante que he visto. Se trata de una imagen selfie en la que ella aparece desnuda y esbozando una sonrisa muy sensual. Los hermosos senos de ella se notan opulentos y redondos, mientras su boca permanece un poquito abierta, matizando en su rostro una divertida expresión de asombro.

    Y es justo entre sus piernas, en medio de su vagina pulcramente depilada, donde se encuentra lo más impresionante de esta fotografía. Porque es ahí, en su vagina, donde dos penes se hunden a la vez. La penetración de uno de esos penes deja sobreentender que existe un hombre bajo ella. El segundo hombre se encuentra de pie.

    Kira capturó esa imagen desde un ángulo en el que no se percibe con facilidad al hombre que la está cargando. Lo mucho que alcanza a percibirse de dicho amante es un poco de su abdomen. Ver a mi amiga en esa posición, con ambos penes penetrándola, me causó una deliciosa conmoción. La felicidad de su rostro era total.

    Era una selfie estupenda, donde incluso era posible apreciar sus hermosas axilas depiladas, dado que sus brazos permanecían estirados hacia el cielo para sostener la cámara. Kira me ha dejado ver esa imagen directamente desde su teléfono, tras reunirme con ella esta tarde en su propio apartamento. Las dos estábamos sentadas en el amplio sofá color rojo de la sala de televisión.

    —¿Y cómo se siente vivir una penetración doble en la vagina? —le pregunté.

    —Ha sido realmente excitante —me contestó—. Aunque no es la primera vez que me penetran de esa manera.

    —Pero… ¿cómo se siente? ¿Las penetradas son profundas?

    —No tanto. Pero la emoción de saber que tienes dos penes en tu vagina es lo que más placer y excitación proporciona al momento.

    Mi amiga me explicó que las penetradas fueron constantes. Los dos hombres lograron establecer un ritmo sincronizado, ya que muy pronto descubrieron lo necesario que era preservar ese ritmo para proporcionarle un gran placer a ella. Kira me comentó que al principio, era muy común que el pene de ambos se zafara de su vagina. Así que cuando establecieron ese ritmo pausado, todo cambió.

    Realmente la vida sexual de Kira es muy envidiable y fantástica. A veces tengo la impresión de que la razón de ser de la vida de ella, su sola y mismísima existencia no es otra cosa que un poema que exalta al máximo el amor y el sexo. Me explico: la vocación firme que ella tiene por vivir su sexualidad define un estilo de vida que reafirma lo hermoso que es la búsqueda del placer y el amor a través de la desnudez.

    Dentro de su círculo de amistades, tanto femeninas como masculinas, su presencia es como un orgasmo. Quizá en los tiempos más remotos de la humanidad ella haya sido Hera, la mitológica diosa griega del amor. Incluso para ella misma, la vida no podría ser entendida ni asimilada sin la enorme satisfacción que propone el sexo.

    —¿Te gustaría tener a dos hombres penetrándote de la misma manera? —me preguntó ella.

    —Sí. No le veo nada de malo. Realmente te ves muy hermosa en esta imagen. Y tener esos dos penes en tu vagina, además de la felicidad que expresa tu rostro, logra que esta foto sea muy fascinante. Es la fotografía más pornográfica que me has mostrado hasta ahora.

    —Oh, ¡gracias por lo de hermosa, mi amor!

    Como estábamos juntas en ese sofá, Kira aprovechó para acercar su boca a la mía y darme un beso. Fue un gesto de amor muy coqueto. No es realmente la primera vez que lo hace conmigo, ni con nuestras amigas, ni con sus amantes. La práctica de ese tipo de besos se ve tan linda en ella… es tan… natural. Por ejemplo, cuando llega el momento de despedirnos después de una reunión entre amigas en su apartamento, ella no duda en darnos un beso directo en la boca de cada una con la misma sensualidad y cariño.

    Lo que ocurre con Kira, es que su gran sensualidad está muy relacionada con su tremenda belleza. Ella es una mujer de piel blanca, pelo negro y una estatura que no es ni muy alta ni muy baja. Lo mismo habría que decir de sus senos, que no son ni muy grandes ni muy pequeños. Sus senos, al igual que sus caderas, son acordes a su figura atlética; una figura muy sexy, fruto de su gran vocación por ejercitarse en el gimnasio.

    Toda la belleza de esta mujer se complementa con una personalidad divertida, muy carismática y alegre. Los ojos de Kira siempre brillan con una felicidad radiante, lo que se ve potenciado por esa sonrisa en la que sus labios rojos se presentan tan provocadores. Su rostro posee siempre una felicidad divina, como si fuese una auténtica santa, radiante de armonía y perfección.

    Sé que no estoy exagerando con esta descripción sobre ella. Es lo que realmente siento por ella. Kira afirma que esa belleza radiante que siempre la acompaña es solo fruto del gran estilo de vida que posee y su entrega por el buen sexo. Afirma que es el sexo lo que le proporciona ese magnetismo, esa energía que puede transformarse en una magia capaz de seducir a cualquier corazón.

    Recuerdo que unas semanas después de haber empezado nuestra amistad, ella me reveló lo que ella denomina como su gran secreto:

    —Mi gran secreto —dijo—, es combinar el buen sexo con mi actividad en el gimnasio. Así me mantengo ejercitada y con un buen nivel de energía para no dejarme vulnerar por la fuerza sexual de mis amantes.

    —Oye, amor, pero ¿cómo le haces para no desgastarte? —le pregunté—. Yo soy de las que mezclo sexo con ejercicio y al cabo de unos días necesito hacer una pausa.

    —Es cuestión de no presionarse y tomarle gusto a lo que haces. Si vas a trotar una sola hora al día y lo disfrutas al máximo, entonces esa energía no se transformará en estrés.

    —Tal vez sea eso en lo que fallo. Mi cuerpo asume el cansancio como estrés.

    —Lo mismo me ocurre con el sexo. Me entrego al goce, siendo consciente de que estoy llenando mi cuerpo de alegría.

    El día que sostuvimos esa conversación estábamos sentadas en el mismo sofá en el que nos encontrábamos hoy. Aunque en esa ocasión nos encontrábamos acostadas, porque en realidad aquel mueble es un sofá cama. En aquel cómodo mueble nos besaríamos y nos compartiríamos gestos de cariño, antes de decidirnos a entregarnos aún más al sexo en la cama de su habitación.

    Recuerdo que esa tarde vivimos un sexo oral en posición 69 que fue bastante cómodo para ambas y nos mantuvo muy entretenidas. Y es que no fue un 69 tradicional. Fue un 69 donde dos vibradores se hicieron cargo de penetrar y complementar los besos que recibían nuestras vaginas. Yo usé el consolador con vibración de color verde claro y ella utilizó el de color azul.

    Ambos objetos poseían el mismo diseño y funcionalidad, así que a la hora de darnos placer mutuo no existía mucha diferencia. El asunto es que a medida que besaba su vagina y frotaba mi lengua por su clítoris, también utilizaba el grosor del vibrador para penetrarla. Kira me ofrecía el mismo placer, hundiendo ese vibrador con mucho cariño.

    —Me encanta escucharte gemir, Tatiana —dijo en cierto momento de ese encuentro—. Creo que llevabas días sin tener sexo.

    —Pues has acertado —le respondí—. ¿Acaso eres adivina?

    —No. Pero si me considero una experta en el sexo. Por tus gemidos y el comportamiento de tu vagina puedo reconocer que te hacía falta sexo.

    —Okey. Por favor hunde ese vibrador un poco más.

    Con toda seguridad fue el movimiento semicircular que realizaba yo con mis caderas lo que me delató. Yo movía mis nalgas y esa zona de mi cuerpo de esa manera, como una alternativa para aprovechar el efecto del vibrador en mi vagina. Me era fácil mantener ese movimiento porque precisamente era yo la que me encontraba acostada en la cama.

    Kira imitaría más tarde ese mismo movimiento de mis caderas cuando decidimos cambiar de posición. El cambio de posiciones fue muy necesario para que nos sintiéramos cómodas. Por cierto que al realizar ese cambio de posición, mi actividad con el vibrador verde claro fue más intensa y mi amante comenzó a tener gemidos más intensos.

    Lo bueno de vivir ese 69 es que realmente nos entusiasmó, permitiendo que el amor y el placer fluyeran con naturalidad. Incluso, en cierto momento nos dimos una pausa y las dos nos sentamos en la cama para compartir besos y caricias. Cuando el deseo de retomar nuestra actividad se reinició, continuamos gozando con total confort.

    En esta ocasión, yo volví a ubicarme recostada en la cama, con mi cabeza hundida sobre las dos almohadas, lo que facilitaba que mi boca estuviese más próxima a la vagina de Kira. Al final de este encuentro fue ella quien me derrotó de placer. La prueba que confirmó que la energía sexual de ella me sobrepasó, fue el charco de fluido vaginal que se derramó sobre las sábanas.

    —Qué hermoso —exclamó Kira con entusiasmo—. Te has orinado de placer mientras te hundo este vibrador.

    —Amor, es que es imposible no sentir tanta satisfacción con la estimulación que me has dado.

    —Tú sabes que es con gusto. Pero esto no termina aún. Todavía falto yo.

    Al final, Kira concluyó por sí misma aquel ritual de amor. Y es que realmente estaba agotada y ella lo comprendió. Así que se acostó a mi lado, sintiéndose orgullosa de la fatiga y el placer que palpitaba en mi rostro. Al entender que en ese momento solo tenía vocación para respirar profundamente y descansar, ella decidió masturbarse por sí sola.

    Y cuando digo que decidió masturbarse por sí sola, me refiero a que no usó ninguno de los vibradores. Simplemente decidió sentarse y recostar su espalda contra la cabecera de la cama, abrió sus piernas dejando sus pies en contacto con la cama y empezó a frotarse. Su satisfacción era notable cuando cerraba sus ojos para concentrarse en su labor.

    —Qué lindo es verte masturbarte de esa manera —le dije.

    —Siempre será divertido ver a alguien masturbarse en frente de uno. O bueno, cuando ocurre en intimidad.

    —Sí, porque sería muy distinto si lo hace algún depravado en público.

    Era un día miércoles. Esa tarde, el impulsó que nos llevó a desnudarnos y tener sexo aconteció de manera impremeditada. Como dije, las dos estábamos acostadas en el sofá-cama. Veíamos una película de esas de acción en las que explota todo y hay persecuciones veloces en automóviles. Recuerdo que para que el momento fuese más agradable, Kira me regaló un pote mediano de helado sabor a fresa. Por su parte, ella eligió un pote del mismo tamaño, pero sabor a vainilla.

    Lo romántico de ver esa película juntas, es que las dos comenzamos a compartir el helado. Pero no me refiero a que intercambiáramos los potes, sino que ella usaba su cuchara para darme en mi boca. Yo correspondía el gesto con el mismo amor e inocencia. Era muy delicioso compartir el helado de esa manera.

    Más tarde, cuando la película acabó, Kira comenzó a hacer zapping. Uno a uno los canales fueron pasando, en busca de algún contenido distinto por ver. Cuando ya empezaba a aburrirse de no encontrar nada llamativo, estuvo tentada a usar el control para entrar a Netflix. Sin embargo, tras pasar por dos o tres canales más de televisión, llegó precisamente a un canal para adultos.

    En el rostro de Kira apareció una de esas sonrisitas divertidas al reconocer que precisamente en pantalla estaban transmitiendo una escena lésbica. Yo tampoco pude evitar que una expresión curiosa y alegre se apropiara de mi cara. En la escena se podían ver a tres actrices porno. Dos de ellas estaban besando de manera simultánea la vagina y el culo de la tercera.

    —Esto me recuerda la última vez que nos acostamos con Mónica —dijo Kira.

    —Yo alcancé a recordar lo mismo querida —contesté—. Era ella la que se encontraba así, en cuatro. Tú estabas bajo ella, recostada en la cama, besándole su panochita linda. Y yo estaba besándole el culo.

    —Exactamente, querida. Esta actriz que está ahí no la reconozco. Pero esta hermosa, es voluptuosa y está bastante madura.

    —Tiene unas lindas tetas, eso no podemos negarlo.

    A medida que continuamos viendo la escena, la excitación no pudo evitarse. Las dos entramos en un estado de trance que fue tornándose cada vez más delicioso al ritmo en que transcurría la acción de aquellas mujeres. La soledad en la que permanecíamos en aquel apartamento aportó de manera muy discreta a que dicha sensación se estimulará.

    Entonces, cuando la escena llegó a su fin, Kira me miró a los ojos. Durante un segundo nos miramos a los ojos, develándonos mutuamente que estábamos pensando lo mismo. Nos tomamos de la mano y como dos novias enamoradas nos dirigimos hacia su habitación. Todo lo demás fue dejarnos llevar por el deseo y la creatividad. Nos amamos sin miedo alguno, cediendo a los caprichos de cada una.

    Después de nuestro rato de sexo e intimidad, terminamos de pasar una tarde muy linda. Estuvimos dialogando desnudas en la cama, lo que nos permitía acariciarnos a momentos. Más tarde pediríamos comida gourmet a domicilio para cenar. Y al final, cuando le expresé a Kira que pensaba regresar a mi casa, ella me convenció de quedarme.

    —¿Me vas a dejar aquí solita después de tan agradable tarde que pasamos? —me preguntó—. Terminemos de disfrutar la noche y dormimos juntas en mi cama.

    —No es mala idea…

    —Claro que no lo es. No sería la primera vez que te quedas a dormir conmigo. Ya sabes que te puedo prestar ropa de dormir.

    —No puedo negarme a esta oferta. Con gusto me quedaré contigo esta noche —le contesté.

    Kira no solo me prestó un pijama azul para dormir, sino que también me dejó usar ropa interior suya. Me ofreció un panty color negro, además de un top femenino del mismo color. No fue sino hasta medianoche, después de observar sin interrupciones los capítulos de una serie en Netflix, que nos fuimos a dormir.

    Mis amigas y yo tenemos con Kira una relación lésbica muy abierta. Entre todas gozamos de nuestra vida sexual y sentimental como si fuésemos un noviazgo grupal. Somos un grupo de mujeres de mente abierta que no tenemos prejuicios a la hora de compartir nuestros besos y nuestros instintos. Es muy normal que cuando salimos de rumba decidamos reunirnos en alguno de nuestros domicilios para tener un orgiástico remate.

    No existen celos entre nosotras. Solo somos un conjunto de mujeres que hemos descubierto lo maravilloso que es vivir la sensualidad y el erotismo femenino. En mi caso, que durante mucho tiempo me consideré solo heterosexual, descubrir mi faceta lésbica fue algo que revolucionó mi vida por completo.

    Aceptar esta faceta llegó gracias al poder sexual que refleja Kira. Y es que es en el sexo lésbico donde ella logra expresar al máximo toda su feminidad. Por naturaleza, ella es una persona que defiende ante todo esos valores que quizá sean impuestos por una cultura machista, pero que en realidad realzan la belleza de la mujer.

    Kira es una mujer que es muy cuidadosa con su depilación, con tener su cabello negro muy bien cuidado y tiene un gran talento a la hora de maquillarse. Tiene un buen sentido del gusto a la hora de elegir sus vestidos y siempre huele delicioso. Todas esas cualidades tan marcadamente femeninas en ellas fueron las que me sedujeron a enamorarme de ella.

    —Eres una mujer muy encantadora Kira —le confesé la primera vez que nos acostamos—. Generas envidia, generas sensación.

    —Oh, muchas gracias. Entiendo a qué te refieres. Una de mis novias me dijo alguna vez que decidió acostarse conmigo solo porque me vio a mí como si fuese un espejo de ella. Es decir, como si yo fuese la oportunidad de tener sexo con ella misma.

    —Ya alcanzo a tener una idea de lo que es esa sensación. No pensé que en mi palpitara esta condición lésbica hasta que te conocí.

    —Yo opino que toda mujer por naturaleza es lesbiana. Y es solo su gusto por la belleza lo que puede empujarla a vivir esa condición sin prejuicios.

    —Me encanta todo en ti, Kira. Desde el color de tu piel y el brillo de tus ojos, hasta tu cuerpo tan bien depilado. Tu vagina depilada y tus axilas sin manchas siempre se ven hermosas.

    —Pero tú no te quedas atrás, amor mío. Lo que más me encanta de ti es lo que rico que siempre hueles. ¿Cuál es tu perfume favorito?

    En contraparte a su faceta lésbica, es decir, ya en lo referente a su condición heterosexual, Kira maneja unos sentimientos muy cercanos a lo masculino. Cuando ella se entrega al sexo con hombres, no teme en lo absoluto en dejar a la vista su instinto carnal. Es justo ahí donde ella acepta que su cuerpo puede convertirse en una máquina de placer. Su personalidad deja al lado la delicadeza femenina, para exaltar su orgullo como mujer, apta para darse placer y corresponderlo con los hombres que ama.

    Kira lleva alrededor de unos diez años dedicada a lo que ella no define como prostitución. No se considera en lo absoluta una prostituta, sino más bien una mujer de la buena vida que ha sabido disfrutar al máximo su vida sexual. En sus palabras: “Soy una escort, una acompañante profesional, una mortal que decidió consagrarse al placer y la buena vida. Una conejita”.

    Este trabajo como amante tiene naturalmente su recompensa monetaria. Ella se inició en este estilo de vida cuando era una joven universitaria. Hace parte de un discreto gremio que ofrece sus servicios sexuales a hombres y mujeres de buen dinero de la ciudad. No cualquier hombre tiene el privilegio de acostarse con ella, porque acceder a sus servicios representa un costo un tanto elevado.

    Por eso mismo, ella se siente orgullosa. Afirma que, de no ser por esas ganancias tan altas, entonces si estaría ejerciendo como una auténtica prostituta. Alguna vez, mientras estábamos en la barra de un bar, uno de sus antiguos conocidos la reconoció. Aquel hombre abandonó el bar algunos minutos después y al pasar junto a ella, se atrevió a decirle, de frente: “¡Adiós prostituta de los bajos fondos!”.

    Kira no dudo en responderle de inmediato: “Y tú con ganas de acostarte conmigo”. El hombre giró hacia ella su rostro; un rostro que denotaba que el dardo de la respuesta había herido su corazón. Y entonces él, que debía tener unos treinta años, terminó de salir del bar dominado por un sentimiento de humillación que pude leer en su espalda.

    —Se llama Mauricio —me dijo Kira—. Fue uno de mis primeros novios. Decidí terminar mi relación con él antes de iniciarme en mi profesión actual. Así que cuando descubrió mi nueva faceta se obsesionó conmigo.

    —¿Obsesionarse? Me imagino que fue enorme su decepción.

    —Más bien creo que se traumatizó. En cierta ocasión me envió un ramo de rosas y me escribió varios correos detallándome el “gran amor” que sentía por mí. Me decía que me perdonaría a cambio de que volviéramos a ser novios. Con cierto dramatismo afirmaba que yo era de su “propiedad”.

    —Oh, eso sí que es estar obsesionado con alguien.

    Recuerdo que una media hora más tarde, ella contestó una llamada de lo que sería un cliente. A ella se le ocurrió invitarme. Me explicó que se trataba de un cliente frecuente y qué no se sentiría bien abandonándome. Sentí que se trataba de una propuesta muy indecente para mí, en tanto no dominaba por ese entonces esa misma filosofía de entregarme al sexo con cualquiera.

    Para tratar de esquivar su amabilidad, lo primero que se me ocurrió fue decirle que si su cliente iba a estar dispuesta a pagar por mi servicio. Así que ella me respondió que probablemente sí, porque se trataba de un cliente americano de buen billete. Agregó que se haría cargo de convencerlo de que me pagara o que en caso contrario compartiríamos el pago que ya ella tenía depositado en su cuenta bancaria.

    —Vamos, Tatiana, démosle una sorpresa a este hombre y terminemos de pasar una buena noche juntas —me dijo—. Vas a ver qué la pasaremos fantástico.

    —Kira lo que sucede es que… —le respondí intentando justificar mi negativa—. No sé… es algo que…

    —No quiero dejarte aquí abandonada, pero si no quieres ir no te voy a rogar. Decídete ahora mismo.

    Yo la miré con ojos dubitativos, mientras ella me regaló una de esas sonrisas fatales donde sus ojos brillaban con una candencia magnética e irresistible. No pude evitar sonreírle de la misma manera. Así que esa sonrisa me delató y ella la consideró como un auténtico “sí”. Y a partir de ese instante me fue menos que imposible dejarme llevar por su propuesta.

    Alrededor de una hora más tarde yo contemplaba con una excitación total, cómo el pene de aquel hombre penetraba lentamente en el ano de Kira. Me encantó ver cómo ese falo ingresó despacio, con suavidad, en el cuerpo de ella. En realidad, aquella verga logró entrar a ese ano al cabo de dos amables intentos. En la primera ocasión, a pesar de que él introdujo con calma su pene a través del ano de ella, la incomodidad inicial sacudió el cuerpo de Kira, lo que anuló el coito anal.

    Entonces, Mark, que es el nombre de este americano, volvió a usar su pene con la misma paciencia y tranquilidad. Tras lograr introducirlo unos dos centímetros, se tomó unos segundos para dejarla respirar y preguntarle si se sentía preparada. Kira le contestó que sí, que continuara. Entonces aquel pene ingresó generando en mí una emoción radiante.

    Cuando el pene se introdujo hasta el fondo, es decir, hasta donde no podía avanzar más, yo pude contemplar, por el movimiento tenso de la espalda de Kira, la incomodidad de la que acababa de ser presa. Pero en cuando el pene de Mark empezó a moverse despacio, empezando a marcar un ritmo, ella exhaló un suspiro de alivio que generó una gran satisfacción en los tres.

    Un minuto más tarde, el pene de Mark había domado por completo el territorio. Las penetradas anales generaban en la amante una tensión muscular muy notable, que iba deteriorándose a medida que el placer se intensificaba en la habitación. Yo miré a aquel hombre con una felicidad asombrosa y él me sonrió a los ojos de la misma manera.

    —¿Te animarías más tarde a que te haga lo mismo? —me preguntó.

    —Claro que sí, me encantaría intentarlo.

    —Que rico escuchar sus besos. Ven a darme unos a mí también.

    Lo que acababa de ocurrir es que yo me había colocado de pie. Mientras lo hacía y me acercaba a su rostro, aproveché para darle unos besos deliciosos en sus pectorales. De hecho, le regalé uno en su tetilla derecha. Al hacerlo, Mark enderezó su rostro con orgullo y se predispuso para corresponder el beso que con todo honor deseaba darle.

    Así que, al escuchar esos besos, Kira pidió que no la dejáramos aparte. Yo me acerqué entonces hacía ella, sentándome muy cerca de la cabecera de la cama. Y tal como lo había pedido, tomé su rostro entre mis manos para darle unos cuantos besos. Eran besos no prolongados, idénticos a los que acababa de brindar a Mark.

    Continuará.

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  • Lo que se puede hacer con una zanahoria

    Lo que se puede hacer con una zanahoria

    Mi nombre es Sabrina. Nací en Puerto Rico de madre dominicana y padre puertorriqueño. No soy muy alta, tengo el cabello oscuro y los ojos marrones. Todos dicen que estoy muy rica. Lo que les quiero contar ahora me pasó hace un par de años con un chico uruguayo de 32 años que conocí en un chat room. A mí siempre me ha gustado masturbarme, pero hacerlo junto a alguien que está a miles de kilómetros de distancia es algo excitante. Y más aún si la otra persona te va diciendo lo que tienes que hacerte. Este relato lo escribí a petición de mi cybernovio (en aquel momento) pues quería guardarlo de recuerdo de la noche que pasamos. Aquí les va:

    “Como me pediste, aquí te estoy escribiendo lo que disfrutamos la otra noche. No me acuerdo mucho de lo que hablamos, ni que decías para excitarme tanto, pero estaba tan caliente que solo quería hacer todo lo que me pedías. Primero me pediste que me quitara las panties y me las quité, me subí la bata de dormir hasta las tetas y comencé a tocármelas, con una mano te escribía y con la otra me acariciaba el clítoris, cada vez más rápido. Me metí un dedo en mi rajita y lo moví, empecé a meterlo y sacarlo rápido, tu seguías hablándome y excitándome hasta que me vine. Luego me dijiste que fuera a buscar una zanahoria, traje una como de 5 pulgadas la punta era como del fino de mi dedo pulgar y luego se iba poniendo más gorda.

    Me dijiste que me la metiera, abrí bien las piernas y empecé a metérmela. Estaba todavía mojada y me la metí hasta casi llegar a la mitad y seguí empujando. Me dolía un poco y te lo dije, tú me preguntaste si me gustaba y te dije que sí. Me la empujé más hasta que la tuve toda adentro y entonces me dijiste que la metiera y la sacara… mmm que rico sentía.

    Me la dejé toda adentro y me agarré las tetas y me las apreté y me pellizqué los pezones. Me molestaba la bata de dormir y me la quité. Quedé toda desnuda con una mano en el teclado, las piernas bien abiertas y la zanahoria metida hasta el tronco por mi chochita. Así como estaba me comencé a tocar el clítoris, me lo toqué muchas veces, cada vez más rápido y entonces me vine de nuevo.

    Seguimos hablando, pero no me podía sacar la zanahoria, la tenía todavía adentro porque los músculos de mi chochita la estaban apretando. Seguiste excitándome, diciéndome que era tu puta y solo tuya que querías meterme toda tu verga y me volvías loca. Te dije que quería meterme un dedo por el culo, me dijiste que todavía no, que después, pero ya era muy tarde. Ya tenía una pierna encima de la mesa y me había echado para atrás y me estaba metiendo el dedo. Que rico sentí con la zanahoria metida en mi puchita y ese dedo moviéndose en mi culo, quería morirme. casi no podía escribirte.

    Estuve un rato sin escribir, porque no quería sacar mi dedo del culo quería meterme otro, pero no pude. Meterme el dedo me puso bien caliente y metiéndolo y sacándolo rápido, me vine otra vez fue muy rápido. entonces me paré y me saqué la zanahoria de la rajita.

    Me dijiste que me la metiera en la boca y la chupara. Mmmm… eso si me gustó, que rico sabia mi leche junto con el sabor de la zanahoria, me la metí toda en la boca como si estuviera chupando una verga. Luego me dijiste que querías ver cuántos dedos podía meterme en mi chocha. Me dijiste que los fuera metiendo uno a uno. Abrí las piernas y me metí un dedo, entró fácil porque estaba mojada, luego me metí el otro mmm… cuando fui a meterme el tercer dedo, no pude y solo pude meter la puntita.

    Esto me calentó más y tu seguías diciéndome que era una puta, que era tu putita… no podía estar sentada. Dejé de escribir y me paré y con tres dedos en mi raja moviéndolos me recosté de la pared y abrí las piernas y me agarré el clítoris y me lo pellizqué hasta que me vine de nuevo. Ya me estaba cansando, pero todavía estaba caliente.

    Tu no me dejaste descansar y me ordenaste que me metiera la zanahoria por el culo. Me dijiste que la mojara con mi saliva, pero yo te dije que mejor la mojaba con mi leche. Con la idea de meterme la zanahoria por el culo, me puse bien caliente. Me pare de la silla y subí una pierna en la asentadera. Metí mi mano por debajo y moje la zana con mi leche y comencé a metérmela por el culo. Aaay como me dolió, pero me dolió tan rico seguí metiéndomela y moviéndola.

    Luego que ya estaba por la mitad adentro de mi culo, bajé la pierna y comencé a sentarme hasta que sentí que me sentaba encima de la zanahoria, eso me la metió un poquito más. Comencé a mover las caderas y me agarré las tetas fuerte para que me dolieran también, ya para esto no te estaba escribiendo nada.

    Me decías “¿y? ¿y?” pero yo no te podía contestar. Entonces me metí un dedo por mi raja y te dije como estaba, me dijiste que me metiera otro y lo hice. No te escribí más y con la mano libre me agarré el clítoris y con dos dedos comencé a frotármelo duro y a pasarle la uña por dentro, donde es más sensible… quería que me doliera todo como me dolía el culo. Cuando me vine lance un gritito, y todo me tembló.

    Me dolían las piernas por estar medio sentada, pero estaba feliz y satisfecha. Me dolía mi culito, la puchita, y las tetas y todo gracias a ti amor. Pero lo que más me gustó fue cuando me dijiste “puta”, eso era lo que más me calentaba.

    Creo que eso es todo amor, si se me olvidó algo, me lo recuerdas esta noche. Espero que te guste. A ver qué cosas me vas a ordenar que haga hoy.

    Eso me ha tenido pensando en ti todo el día y he estado muy caliente. Espero que se te ocurran cosas buenas.”

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  • Amiga madura

    Amiga madura

    Cuando estudiaba en la universidad siempre tenía como salida de tensiones un pequeño bar atendido por una pareja de personas mayores (mujer y hombre de aproximadamente 70 años) y por una mujer de 30 años, alta un poco gordita, de tez blanca, labios gruesos, cabello largo, caderas muy pero muy grandes y se resaltaban más por el pantalón de vestir color negro que usaba como uniforme, unos senos grandes.

    Me encantaba ir además de despejar la mente con unas bebidas, verla a ella me encantaba, además que su trato era muy amable, hasta que un día al ir a tomar con unos amigos, me tocaba a mi pagar la cuenta y voy hacia su caja y le digo:

    Yo: la cuenta por favor.

    Ella: ya, ok, yo te la llevo.

    Yo: pero los precios con cariño (medio confianzudo).

    Ella: si quieres con cariño te dejo mi número.

    Ambos nos reímos y me senté nuevamente en mi mesa, esperando que pasaran con la cuenta. Al rato se me acerca y me da la cuenta. Todos se están retirando mientras voy nuevamente a la caja a pagar, le entrego el recibo con el pago y…

    Yo: acá está.

    Ella: gracias.

    Yo: no me diste tu número.

    Ella, medio sorprendida y medio roja (se le noto por el blanco de su piel), me dio un papelito y escribió en él su número.

    Yo: ¿Cómo te llamas?

    Ella: Stefany ¿y tú?

    Yo: Andrés, no le molesta a tu pareja si te llamo ¿no?

    Ella: No tengo, pero igual si deseas llámame.

    Yo: ok, así será, nos vemos, cuídate.

    Llegué a mi casa y, cerca de las 12 de la noche, se me ocurrió lanzarme a ver qué pasaba.

    Ella contesta con un tono serio y pregunta quién es. Al decirlo que soy yo, su tono cambia.

    Ella: no pensé que me llamarías.

    Yo: Por algo te pedí tu número.

    Ella: Ha, sí, ¿y porque me lo pediste?

    Yo: para poder llamarte.

    Ella: ¿Cuántos años tienes, eh?

    Yo: 24 años.

    Ella: eres un niño.

    Yo: ¿tú crees? (algo empinchado)

    Ella: bueno, la cara no te ayuda tampoco, te ves muy joven y tierno.

    Yo: jaja, no te creas, que los que tienen cara de tranquilos… ¿qué, pero tú qué edad tienes? No te ves tan mayor.

    Ella: ¿Cuántos me echas? (la clásica)

    Yo: te echo… (me pones como burro)… (una pequeña risa delató mis pensamientos)

    Ella: ¡me refiero a edad!! Veo que no eres tan niño. Tengo 30.

    Yo: te ves muy bien para 30, mañana también trabajas (era sábado)

    Ella: No mañana no, ¿qué, me piensas invitar a salir?

    Yo: por qué no. Ya me disté tu número, no creo que me lo hayas dado solo para poder conversar por móvil.

    Ella: Si que no eres un niño… pero está bien, conozco un lugar cerca del bar pero más tranquilo.

    Yo: perfecto, paso por ti o nos encontramos.

    Ella: mmmm, que caballero. No, mejor nos encontramos a una cuadra del bar. ¿A las cuatro de la tarde te parece bien?

    Yo: Esta bien, quedamos entonces, nos vemos, cuídate.

    Al día siguiente llegue 10 minutos antes

    Cuando ella llegó, me la comí con la mirada y ella se dio cuenta, estaba con unos tacos pequeños, una falda que debido a sus caderas y trasero grande se le pegaban y definían esa delicia de forma magnifica, unas medias tipo malla que se le veían muy, pero muy sexy, y su blusa dejaba muy marcados sus grandes senos.

    Al saludarnos me dijo que ella conocía un lugar tranquilo. Era un bar pequeño que estaba a la espalda de varios hoteles que yo conocía.

    Al sentarnos me preguntó si tenía novia, a lo que respondí, obvio que no.

    La conversación era muy amena, pero sin llegar a ningún tema profundo, hasta que me pregunta…

    Ella: ¿Por qué me llamaste?

    Yo: tenía tú número y, la verdad, me pareces una mujer muy interesante.

    Ella: interesante… uhmmm…

    Yo: Tú tranquilamente podías decir que no, ¿Por qué aceptaste?

    Ella: porque me gustaste (y sin más, nada tipo película, me sobó la pierna con la suya) ¿Qué pasa, te pone nervioso una mujer mayor?

    Yo: me pone, sí, pero no nervioso (tomando su mano le doy un ligero beso en ella), eres una mujer muy bella.

    Ella: puedes sentarte a mi lado, quiero decirte algo al oído.

    Me acerco y ella al acercarse a mi oreja le da una pequeña mordida, a lo que yo respondo dándole un beso profundo, que ella corresponde con mucha pasión, y bajo mi mano a su pierna y ella se separa y me dice:

    Ella: que rápido eres, niño.

    Yo: (acariciando su piernota) que suaves piernas tienes.

    Ella: si quieres puedes verlas, hoy mismo.

    Yo: preferiría separarlas.

    Al decir estas palabras se excito y comenzó a sobarme el pene por encima del pantalón; yo ya estaba muy erecto.

    Pagué la cuenta rápidamente y nos fuimos a un hotel cerca que yo conocía. Al entrar, rápidamente nos comenzamos a besar apasionadamente; esta mujer era toda una experta en los oficios amatorios.

    Me tumbó en la cama, me desabrochó la correa y el pantalón y comenzó a hacerme una mamada riquísima. Se lo metía todo, sacudía mi pene contra su lengua y me chupaba hasta los huevos. Tanta era la mamada que me daba que casi me vengo en su boca; tenía que contenerme; esta mujer se merecía un buen polvo. Al levantarse, le digo es mi turno comienzo a besarla y voy desabotonando la blusa dejando ver un brasier muy sexy.

    Realmente esta mujer sabía cómo excitar a un hombre. Se separó me dio la espalda y agacho enseñándome como se alzaba su falda y su hermoso culo solo lo cubría un casi imperceptible hilo, se sacó los tacos y la falda ahí la tenía, ante mí una mujer riquísima con unas piernas hermosas, macizas, cubiertas por unos pantis a cuadros, y un hilo que dejaba ver la magnitud de esas grandes y hermosas nalgas y que con los justo cubría su sexo, que ya se notaba húmedo, un poco de barriga, pero a mí las gorditas me vuelven loco, así que esto solo aumentaba mi morbo, y sus senos grandes gritando por salir del ajustado brasier, que se quitó de inmediato.

    La acosté en la cama y le comencé a lamer los pies, morderlos. Los tenía muy cuidados y se veían deliciosos, mordía suavemente e iba subiendo hasta sus hermosas piernas, lamiéndolas, acariciándolas, llegué a su húmeda cueva, moví la pequeña tela que cubría su vagina y vi su depilado y rosado sexo, que me invitaba. Mi lengua actuó por sí sola, lamiendo, succionando. Ella comenzó a apretar mi cabeza, se mordía los labios y entre dientes me repetía que no iba a gritar, pero sus gemidos eran música para mis oídos.

    Levantó sus hermosas nalgas y se quitó totalmente el hilo, se paró de la cama y ella me desvisto totalmente, besándome todo el cuerpo para llegar nuevamente a mi pene, pero ahora al recostarme ella se subió encima, en un 69 espectacular. Ella sentía tanto placer que puso su vagina en mi cara y se sentó ahí.

    Se incorporó y empezó a cabalgarme de manera que podría ver sus riquísimos senos morderlos y lamerlos, estaba en el cielo.

    Ella: que rico, mi niño.

    Yo: que rica eres tú, eres una ricura.

    Ella: tú a mí, me encanta como te mueves, oh…

    Yo: tú eres una calienta huevos, me tenías excitado desde que te vi llegar.

    Ella: sí, te he visto como me miras el culo cuando estoy trabajando.

    Yo: me encanta que te pongas así, tan sexy; me encantan tus piernas, tu trasero, tus senos; me vuelves loco.

    Ella: que rico está tu pene.

    Yo: quiero ponerte en perrito.

    Ella: ya te estabas demorado.

    Cuando comencé a darle de perrito, ella empezó a gritar, pero más que gritos, eran aullidos… “¡uh! ¡Uh! ¡Uh! ¡ohhh!”. Se corrió riquísimo y con esa escena viendo su culazo blanco amasado y gritando no pude contenerme y ella me dijo:

    Ella: dámelo papi, que yo siempre me cuido, dámelo, lléname, quiero tu leche dentro de mí, confía en mí.

    Yo ya estaba dándole, así que no iba a salir de ninguna manera. Le llené su cueva y terminamos abrazados de costado, ella restregándome su culazo blanco contra mi pene ya perdiendo su fuerza.

    Ella: me encantó, mi niño, eres una ricura.

    Yo: tu más, mi reina, sí que sabes cómo calentar a un hombre.

    Ella: quiero repetirlo otro día.

    Yo: ¿y por qué no hoy mismo? (mientras le besaba los senos)

    Ella: eres incansable, ohh, ohh, qué rico.

    Yo: Quiero hacerte mía cada vez que pueda.

    Ella: soy tu esclava; cuando quieras voy a ser tuya.

    Volvimos a hacer el amor hasta tarde. Desde ese día coincidimos siempre que podemos, aunque tenemos parejas estables, siempre nos entendemos de maravilla en la cama.

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  • La infidelidad que desató mi mala conciencia

    La infidelidad que desató mi mala conciencia

    Me llamo Sara, tengo 25 años, y lo que ahora os contaré ocurrió hace unos años. Trataré de explicar una experiencia vivida por mí por si a alguien le puede resultar de ayuda. En nuestra vida, muchas veces hacemos cosas sin pensar y luego, cuando nos entra el miedo y el arrepentimiento no podemos dejar de pensar en lo que hemos hecho. Algo así me ocurrió a mí…

    Todo comenzó un fin de semana del mes de julio de hace dos años. Ese sábado celebrábamos la despedida de soltera de Sonia, una de mis mejores amigas, la cual la conozco desde la infancia y juntas hemos compartido estudios, novios y muchas noches de fiesta loca. Al fin parecía que Sonia iba a sentar la cabeza, pero antes de eso le esperaba una última fiesta. Éramos 17 chicas de edades entre 21 y 34 años disfrazadas de enfermera camino hacia el restaurante en un autocar alquilado para la ocasión. En el trayecto brindamos con cava y con chupitos para comenzar a animar la fiesta mientras le gastábamos todo tipo de bromas a la futura novia.

    El restaurante era bastante mono, acogedor, por no decir pequeño, pero con todo tipo de detalles y una buena ambientación. Yo ya había estado allí antes, en otra despedida, y recordaba haberlo pasado muy bien. Durante la cena continuó corriendo el cava y la sangría abundantemente y las risas se escuchaban dicharacheras aquí y allá. En el mismo comedor que nosotras había otra despedida de solteras y también una de solteros, los más escandalosos sin duda.

    Ellos eran unos 25 y lanzaban miraditas de una mesa a otra buscando una posible presa a la que hincar el diente. A uno de esos chicos lo sorprendí mirándome en varias ocasiones. No era feo, tampoco guapo, pero tenía un cierto atractivo en la mirada. Le sonreí un par de veces al verme observada y entonces él miraba hacia otro lado. La cosa no pasó de ahí.

    Poco después comenzaron los espectáculos. El primero fue el de los chicos. Dos bailarinas comenzaron a bailar insinuantes sobre la tarima al ritmo de la música, la cual estaba bastante fuerte. Poco a poco se fueron desprendiendo de sus ropas, la una desnudando a la otra, hasta quedar tan sólo vestidas con unos minúsculos tanga de color morado. Los chicos bramaban piropos y obscenidades a las dos chicas, que seguían sin bajar de la tarima. Eran bastante monas, la verdad. Una era morena, de ojos verdes y media estatura. La otra algo más bajita, con el pelo castaño claro en una melena que le llegaba a media espalda.

    Las dos tenían pechos grandes y una cintura de abeja de las que yo creía no existían en la vida real. Movían el culo de un lado para el otro haciendo las delicias de los chicos que casi babeaban viendo el espectáculo. Luego las dos chicas bajaron de la tarima y se acercaron a su mesa. Pasaban de uno en uno por todos ellos magreando sus tetas contra la espalda de los chicos y dejándoles acariciar ocasionalmente un muslo o un pecho.

    Uno de los chicos sacó un billete de 20 euros de la cartera y estirando la tela del tanga de la morena se los introdujo bajo la braguita. La chica, agradecida, le preguntó al chico si quería subir con ella a la tarima. Él aceptó. La otra chica hizo lo propio con otro de los chicos que también le había dado una buena propina y los cuatro subieron en la tarima. El resto de los chicos les animaban desde la mesa con grandes alaridos.

    Las dos chicas comenzaron a provocar a los chicos. Les decían que si eran verdaderos machos, que si lo eran debían demostrarlo, que hacía tiempo que no veían una buena polla y cosas así y cuanto más les picaban más nos divertíamos los demás al ver sus caras de desconcierto y timidez. Finalmente, la calentura que les provocaba tener aquellos cuerpos semidesnudos tan cerca les hizo sucumbir a las provocaciones y mientras ellos se dedicaban a lamer los pechos de las chicas o a bajarles el tanga para acariciar su sexo ellas los comenzaron a desnudar hasta dejarlos completamente en bolas

    Aquello comenzaba a ponerse interesante. Las pollas de aquellos chicos no eran ni mucho menos grandes, digamos que normalitas, pero sirvió para hacer aumentar la temperatura de nuestros cuerpos en varios grados. Ahora, las dos mesas de las chicas también gritaban y decían obscenidades a los chicos de la tarima y cuando las dos chicas dieron por finalizado el show se escuchó un gran aplauso en toda la sala y risas y murmullos por doquier.

    Tan sólo tuvimos unos minutos de relax pues enseguida comenzó el espectáculo para las chicas. Al igual que las bailarinas, en la tarima aparecieron dos Boys que comenzaron a bailar al ritmo de la música mientras se deshacían con bastante gracia de sus ropas. Ellos no tuvieron ningún pudor en deshacerse de sus slips y quedar completamente desnudos ante nosotras. Era increíble. Aquellos dos ejemplares estaban buenísimos. Tenían un cuerpo muy trabajado y cuidado y sus pollas descomunales apuntaban al cielo casi desde el mismo momento en que habían comenzado su actuación.

    Fue entonces cuando noté que me estaba empezando a calentar de veras. En realidad, tenía motivos para ello, no sólo por la visión exuberante del miembro del boy, sino porque durante los días previos a la despedida había tenido la regla y no había mantenido relaciones con mi novio, cosa que por otra parte suelo hacer casi cada día. Imagino que por eso comencé a excitarme de una manera que hacía tiempo no recordaba.

    Los boys bajaron de la tarima y cada uno de ellos se dirigió hacia una mesa. En ambos casos las respectivas novias eran los centros de atención de los boys. Era a ellas a las que dedicaba todos sus bailes, todas sus caricias, todas sus provocaciones. Yo me moría de la envidia en esos momentos, pero casi no pude resistirlo cuando Sonia intentaba abarcar con sus dos manos la larga herramienta del chico, y a una indicación de éste le lamió suavemente y con agrado el rojo glande del chico. Aquello era una tortura terrible.

    Tener una polla tan rica tan cerca y no poder catarla me resultaba desmoralizador, más al ver la cara de felicidad que tenía Sonia mientras saboreaba ese exquisito manjar. A este tío le va a estallar la polla, pensé al ver lo dura que se le ponía y lo marcadas que tenía las venas con las lamidas de Sonia, pero no salió de allí ni una gota de leche.

    Después de jugar durante unos minutos con Sonia, el Boy regresó a la tarima y después de recoger sus ropas desapareció tras el escenario. Nuevamente aplausos y murmullos, pero ahora la mayoría de las chicas teníamos los rostros desencajados y la cara roja de excitación. Yo notaba la humedad de mi sexo y en aquel momento hubiese dado lo que fuera por haber sido penetrada por aquella polla gigantesca, pero la fiesta en el restaurante había acabado y el autocar nos esperaba para llevarnos a una discoteca cercana. Pasó más o menos una hora entre que llegamos al sitio y nos distribuimos por el local con nuestras bebidas. Aquella calentura enfermiza parecía haber desaparecido dando paso a una sensación de euforia, probablemente debida al efecto del alcohol.

    Al principio no había demasiada gente en la pista. Como siempre, mis amigas y yo fuimos las que tuvimos que animar el cotarro. Comencé a bailar, y mientras lo hacía me encontraba genial. La música y yo habíamos conseguido entendernos de tal manera que nos compenetrábamos como uno solo. Poco a poco la gente se fue animando, la pista comenzó a estar llena y el calor se fue haciendo cada vez más intenso.

    Tan inmersa estaba en mis bailes y en el disfrute de la música que no me di cuenta de que alguien se estaba rozando conmigo hasta que ya fue demasiado evidente. Noté la contundencia de un bulto impactar contra mi trasero y entonces lo descubrí a él. Era el chico de la cena, el de las miraditas, que bailaba tan pegado a mí que con sus movimientos y los míos nuestros cuerpos se encontraban y chocaban. Si eso con lo que me has golpeado es tu polla debes estar bien servido, pensé mientras me limitaba a sonreírle nuevamente.

    Esta vez él me devolvió la sonrisa y continuamos bailando. Nuestros cuerpos se seguían rozando, al principio de manera sutil e involuntaria, luego cada vez más premeditadamente. Yo notaba el contacto de su piel con la mía. Ese chico era puro fuego, su piel ardía incluso al contacto de la mía que volvía a estar bastante caliente. En una de las canciones me agarró de las caderas y yo comencé a bailar con movimientos sexys y provocativos hasta que noté como sus manos dejaban la seguridad de mis caderas para buscar la textura de mis nalgas. Yo no dije nada, me encantaba sentirme bien agarradita. Además, como digo mi calentura volvía a ir en alza y sin darme cuenta estaba a punto de llegar a esa fina línea en la que ya no hay vuelta atrás.

    Sus manos comenzaron a moverse en círculos sobre mis nalgas, círculos cada vez más amplios. Imaginé qué era lo que pretendía hacer, pero no traté de impedírselo en ningún momento. El boy de la cena había hecho bien su trabajo, sus manos en mi trasero ahora me lo recordaban de nuevo y él parecía saberlo. Volví a sentirme tan excitada, tan caliente como lo había estado durante la cena. En realidad mi deseo no había desaparecido, sólo se había adormecido y las caricias de ese tío lo estaban volviendo a despertar.

    Por fin sus manos se decidieron a buscar por debajo de mi falda y cuando noté sus dedos retirar la tela de mi tanga y llegar hasta mi clítoris fue como perder la conciencia de mí misma. Ya no importaban ni la música, ni la gente, ni el calor, ni el baile, tan sólo abrí las piernas y me dediqué a saborear las sensaciones que sus dedos hacían surgir de mi entrepierna. Escalofríos de placer recorrían toda mi columna vertebral. Ráfagas de placer iban de mi coño a mi cerebro y luego de vuelta a mi coño. Era maravilloso. Cuando me corrí creo que estuve a punto de caerme. De hecho, no me caí porque mi amigo me sujetaba fuertemente.

    El mismo me sacó de la pista de baile de la mano. Yo le seguía como una autómata, todavía drogada por el efecto devastador del orgasmo. Hasta que no me invitó a entrar en su coche no me di cuenta realmente de lo que allí estaba pasando, pero ya no era momento para hacerse la estrecha. Dentro del coche me desabrochó la blusa y dio con el cierre de mi sujetador, que cayó entre mis manos mientras nos besábamos apasionadamente. Sus manos gruesas y algo rudas se apoderaron de mis pechos sensibles y los comenzó a magrear con fuerza. Yo misma me bajé las bragas hasta los tobillos y abrí las piernas mientras buscaba con desesperación su polla bajo los bóxer.

    No recuerdo mucho más de aquel chico, sólo que estaba tan caliente que se corrió rápidamente vaciando todo su esperma en mi vagina sin casi llegar a disfrutar del polvo.

    Casi con la misma rapidez con la que me había follado se despidió de mí y lo perdí de vista.

    Llegué a casa sobre las siete de la mañana. Me di una ducha para quitarme los restos de semen y sentirme así limpia. Me puse unas bragas y una camiseta fina y me acosté en la cama, junto a mi novio que se había despertado con el ruido.

    —¿Qué tal ha ido? –me dijo a la vez que su mano buscó un pecho.

    —Bien, pero tengo mucho sueño, estoy cansada. –le dije para evitar tener que complacerle.

    Esa noche no pude dormir casi nada. Todo el rato me venía a la cabeza la misma idea. Había sido una inconsciente, primero por engañar a mi novio, el cual no se lo merecía, pero segundo, y peor aún por haber estado con un tío al que no conocía de nada y sin tomar precauciones. No me preocupaba que me dejase embarazada, eso era casi imposible, pues desde hacía tiempo tomaba anticonceptivos, lo que me preocupaba era que me hubiese pegado alguna cosa. Por eso tampoco quise hacer el amor con mi novio, por miedo a que yo me hubiese contagiado y pudiera pegarle algo a él también.

    Al día siguiente fui al médico para hacerme la prueba del SIDA.

    Mientras tanto los días iban pasando. Yo seguía muy preocupada, dormía mal, tenía mal carácter y a veces lloraba sin ninguna causa aparente. Por las noches mi novio me reclamaba atención y yo me las veía y me las deseaba para darle largas. Lo de que estaba cansada y que me encontraba mal sólo sirvió durante unos días. Luego tuve que masturbarlo o hacerle alguna mamada pues él cada vez entendía menos mi repentina falta de apetito sexual.

    Un día no aguantó más y no se conformó con que le masturbara.

    —Déjame, no me apetece. –le dije yo ante una insinuación suya.

    —¿Pero qué te pasa últimamente? Voy a empezar a sospechar que tienes a otro.

    —No, —me apresuré a decir.— No, no es eso, es que…

    —¿Es que qué?

    —Nada, ya te lo diré cuando lo sepa yo.

    —Anda, ven aquí. –dijo él a la vez que me envolvía entre sus brazos.

    —No, de verdad, no puedo.

    Pero mis palabras no parecían tener valor para él y mediante caricias fue acallando mis negaciones y lamentaciones. Me sentí aún más culpable. Mi novio era dulce, sensible, comprensivo y cariñoso y yo le había engañado con alguien a de quien ni siquiera sabía su nombre.

    Sus caricias fueron cada vez más intensas hasta llegar al punto de que comencé a olvidarme del verdadero motivo por el que no quería hacer sexo con él. Agachado sobre mis muslos los lamía con voracidad de arriba abajo y de derecha a izquierda acercándose lentamente hacia mis ingles como solía hacer siempre que quería volverme loca de placer. Luego su lengua entraba en mi sexo, recorriéndolo de arriba abajo, introduciéndose por sus pliegues, ensalivando mi pequeña perlita que se ponía mucho más sensible a sus caricias.

    Comencé a gemir y a respirar con fuerza mientras con las manos apretaba su cabeza contra mi coño. El deseo reprimido de muchos días se escapaba ahora por mi entrepierna en forma de flujo y convertía mi sexo en un inmenso río de lava. Me corrí, me corrí otra vez, y una tercera antes de que mi chico se decidiera a perforarme el sexo. Lo hizo con suavidad, con delicadeza, como solía hacer desde aquella primera vez en casa de sus padres. Le gustaba montarme, abrazarme mientras me penetraba y sentir mi cuerpo junto al suyo caliente y sudoroso. Se vació en mí con la misma delicadeza con que me había hecho el amor y poco después se quedó profundamente dormido. Esa noche tampoco pegué ojo pese a estar exhausta.

    Las semanas que pasaron hasta que recibí los resultados del análisis fueron una auténtica pesadilla. Incluso me había preparado psicológicamente para confesar mi infidelidad en caso de que el resultado fuese positivo. Afortunadamente no fue así y resultó que estaba físicamente limpia, aunque no mentalmente y pese a que nunca le he confesado la verdad a mi novio creo que aprendí bien la lección.

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  • Le doblo la edad y sin embargo…

    Le doblo la edad y sin embargo…

    Soy una mujer ya madura, me falta poco para llegar a los 50 años. Pese a ello mantengo mi cuerpo en forma porque desde muy joven estoy acostumbrada a las dietas y al gimnasio. Mi cabello es rubio, tengo pechos que se mantienen firmes igual que mi trasero, y como entenderán, me considero atractiva. Pues bien, la cuestión es que hace ocho meses me divorcié de mi marido por cuestiones que no vienen al caso. Todo ese tiempo no estuve con ningún hombre, y la verdad que más pasa el tiempo, más me doy cuenta de que lo necesito. Hasta que hace poco tiempo ocurrió algo que me cambió la vida. Les contaré.

    Un sábado me invitaron a cenar Daniela y Carlos, un matrimonio amigo, ambos de mi edad. Fuimos a un lugar elegante, y después decidimos ir a una disco a tomar una copa antes de irnos cada uno a su casa a dormir. Hacía años que no entraba a un lugar así. Pues allí nos encontramos con Gabriel, el hijo de Daniela y Carlos. Tiene 25 años, practica rugby de modo que tiene un cuerpo fenomenal. El chico estaba triste porque se había peleado con su novia, y lo que menos quería esa noche era conversar con tres personas adultas. Pero yo suelo ser una mujer muy divertida, hice algunas bromas y le cambió el humor. Tanto que me invitó a bailar un poco.

    A las risas, acepté. Esa noche yo llevaba un vestido rojo, de finos breteles, escotado y algo corto, la verdad es que me veía muy bien y poco me importó lo que pensaran quienes me observaban bailando con alguien mucho más joven que yo.

    Bailamos largo rato. Daniela y Carlos nos avisaron que ya era hora de irnos, porque tenían sueño, y me sorprendió escuchar a Gabriel que decía “si Adriana acepta, nos quedamos un rato más y después yo la acompaño hasta su casa”.

    Por supuesto acepté encantada. Yo también necesitaba divertirme. La cuestión es que seguimos juntos toda la noche y terminamos desayunando a la madrugada en un bar muy agradable. Después me llevó en su auto hasta mi departamento. Una vez en la puerta y antes de despedirnos, Gabriel me agradeció todo lo que había hecho por él, me dijo que estaba muy mal de ánimo, se sentía solo, y que yo lo ayudé a salir de eso. Le aclaré que él también me había ayudado a mí, que yo también estaba sola.

    Me miró intensamente. Y me dio un beso. Yo respondí con otro. En ese momento me olvidé de que era hijo de un matrimonio amigo, me olvidé de la diferencia de edad, me olvidé de todo. Sólo pensé que él era un hombre y yo una mujer que hacía mucho tiempo no tenía sexo. Y descubrí que mis ganas de él eran muy intensas. Entramos a mi departamento besándonos y acariciándonos. Gabriel me hizo recostar sobre un sillón, me cubrió de besos todo el cuerpo, llegó a mis piernas, subió mi vestido e hizo a un lado mi tanga. Fue directo a lamer mi vagina. Uh, le agradecí con un gemido de placer. Hacía mucho que no sentía una lengua allí en mi intimidad, y me encendió hasta hacerme arder en un segundo.

    Gabriel tenía una lengua maravillosa y la sabía usar. Lamió y mordisqueó mi clítoris, separó los labios de mi vagina y la introdujo dentro de mí… en síntesis, me volvió loca y me hizo tener el primer orgasmo de la noche. Grité como una desesperada mientras sentía que se mojaban hasta mis muslos.

    Era mi turno. Lo tiré en el sillón, le quité rápidamente los pantalones y los boxers, y quedó a la vista una verga maravillosa. Gruesa, de cabeza abultada, con las venas marcadas, y en la base dos huevos grandes y pesados. Uff. La tomé con mi mano por la base y comencé a lamerla con entusiasmo. Me gusta hacerlo, y sé que lo hago bien. Los gemidos de Gabriel me confirmaban que lo estaba disfrutando muchísimo. Chupé con entusiasmo, con pasión, con ganas. Después de tanto tiempo volvía a tener un pene en mi boca y eso me ponía feliz. Y muy caliente. Gabriel susurró “jamás una mujer me la chupó así, es maravilloso”. Tomó mi cabeza y empezó a mover sus caderas, cogiéndome la boca hasta hacerme ahogar. “Trágala toda, que te entre toda”, decía una y otra vez.

    Fuimos corriendo hasta mi dormitorio, mi vestido voló por el aire igual que su camisa y nos tiramos en la cama. Allí hicimos un 69 espectacular, me pasé su verga por toda la cara, la chupé hasta dejarla dura y brillante. Después me senté sobre ella dándole la espalda a mi amante. Uy, fue maravillo sentir ese tronco duro y grueso deslizarse dentro de mi vagina mojada. Lo cabalgué con furia, me clavé una y otra vez su verga en la concha hasta sentir que me la hacía arder. Gabriel me sujetaba por las nalgas, las abría y cerraba y las volvía a abrir todo lo que podía.

    Estábamos muy calientes los dos. Después me hizo girar hasta que quedé de frente a él y mordió mis tetas mientras yo seguía mi cabalgata enloquecida. “Sos la mejor hembra que me he cogido”, decía Gabriel. “Ya sabía yo que las veteranas son las más calientes, y ahora lo puedo comprobar”.

    Fue un polvo bestial y en todas las posiciones. No sé en qué momento quedé con la mitad inferior de mi cuerpo sobre la cama y la cabeza, los brazos y las tetas apoyadas en el piso alfombrado de la habitación. Gabriel se puso detrás de mí y me penetró en esa forma. Volvió a abrir mis nalgas y me hundió un dedo en el ano. Ah, me hizo gritar. Y cuando sentí que sacaba su verga de mi vagina y la dirigía hacia mi ano le dije que esperara, que se detuviera, que no estaba preparada. No es que sea virgen de allí, he practicado mucho el sexo anal (a mi ex marido le apasionaba) pero siempre bajo ciertas condiciones que Gabriel no pensaba respetar.

    El chico apoyó la ancha cabeza de su pene en mi agujerito y empezó a empujar. Lancé un grito de dolor. “Gabriel, por favor no”, imploré. Pero él estaba más entusiasmado que nunca. “Te voy a hacer el culo mi amor, es mi sueño. Vas a sentirla cómo te entra milímetro a milímetro”.

    Y vaya si la sentí. Esa barra de carne durísima y gruesa fue penetrando en mi esfínter poco a poco, sin que yo pudiera evitarlo. Además, generalmente cuando tengo sexo anal yo pongo un tope: con mi mano apoyada en el vientre de mi pareja le digo hasta dónde puede penetrarme. Pero en esa posición agitaba mis brazos en vano, no podía alcanzar a Gabriel que estaba sobre la cama.

    Conclusión: me la hundió toda. Y después empezó a bombear, lento y profundo. Cuando pasó el dolor terrible que sentí al principio empecé a disfrutarlo. Sentía su verga entrar y salir, toda a lo largo. Mi ano quedó muy dilatado. Gabriel estuvo largo rato cogiéndome así hasta que se vació dentro de mí con un grito. Sentí que me inundaba.

    Fue maravilloso. Terminamos los dos abrazados en la cama, y antes de que se fuera le hice mi regalo especial, algo que reservo sólo para aquellos hombres que lo merecen: le hice una larga mamada, permití que se vaciara en mi boca y me tragué toda su leche. Eso lo volvió loco.

    Desde ese día empezamos una relación intensa. Gabriel está encantado conmigo porque hacemos cosas que las chicas de su edad no se atreven. Eso permite que disfrutemos mucho, pero también se ha convertido en un problema. Les explicaré por qué.

    Me he enamorado de Gabriel. Él lo sabe, y por eso me pide cada vez más cosas. Últimamente insiste en vaciarse dentro de mi vagina, pero yo no quiero porque temo que me deje preñada. Biológicamente aún puedo tener un hijo, pero no lo deseo. Él insiste, y no hay manera de convencerlo de que use un preservativo. Dice que quiere ver mi concha inundada por su leche.

    Pero hay más. También dice que su fantasía es verme coger con otro hombre. Quiere mirar mientras me penetran. Hay varios de sus amigos que están dispuestos a cumplir su sueño. Y también pretende estar conmigo y con otra mujer. Quiere presenciar una escena lésbica entre nosotras, que le mamemos la verga juntas y luego penetrarnos. Yo lo amo tanto que creo que voy a ceder a sus deseos.

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  • Dos mejor que uno

    Dos mejor que uno

    Sonó el teléfono, era una tarde de invierno, al otro lado mi cuñado, malas noticias, habían ingresado a mi hermana de urgencias, parecía grave, ellos vivían en una ciudad, a unos seiscientos Km.

    Busqué todas las combinaciones posibles para ir, con tan poco tiempo no encontré plazas en tren ni en avión, que me llevaran al lugar, llame a mi marido, Rafa que es comercial, en estos momentos estaba de viaje a unos trescientos km, por si podía llevarme con el coche, tenía que cerrar un trato y prefería quedarse, pero llamaría a la empresa por si podían hacer algo al respecto.

    Pasada media hora me llamó, comunicándome que estaba todo arreglado, los dos socios de la misma, Toni de cuarenta años y Mario de cincuenta y nueve años, ambos casados, tenían previsto hacer un viaje dentro de unos días, por la zona donde vive mi hermana y no tenían inconveniente en adelantarlo y desviarse un poco, pasarían a recogerme dentro de dos horas.

    Yo les conocía muy poco, la idea no me sedujo demasiado, seiscientos km, eran para mi muchos kilómetros, aunque fueran los socios de la empresa donde trabaja mi marido, pero accedí lo importante en estos momentos era ver mi hermana, tuve el tiempo justo de preparar mi pequeño equipaje que ya sonaba el teléfono diciéndome que estaban en cinco minutos.

    Con un gran turismo, muy cómodo y con todo lujo de detalles iniciamos el viaje.

    Los dos muy amables, atentos y habladores, Toni es un hombre más bien corpulento, moreno, medirá aproximadamente metro setenta y tres centímetros, Mario tiene el pelo un poco canoso, le dan un aire de madurez, algo de barriga y un poco pasado de peso, medirá aproximadamente metro setenta y dos centímetros, siempre vestidos con traje oscuro y corbata.

    Quizás por el cansancio o la calor que había dentro del coche, sumado a lo confortable de sus asientos me quede dormida y empecé a soñar, en el sueño viajaba en un turismo sentada en la parte trasera junto con mi amiga Pilar, delante dos hombres los cuales no identifique en el sueño.

    Pilar es mi amiga y confidente y viceversa, no tiene un amante fijo porque dice que sería como tener un segundo marido, pero si se le presenta la oportunidad de ser infiel no la desaprovecha y si no se le presenta la busca.

    Me cuenta todas sus aventuras con detalle, más de una vez me ha puesto caliente con sus relatos, cuando me ve cachonda me propone que le sea también infiel a mi marido, así podríamos salir juntas a buscar aventuras, aunque más de una vez me ha rondado por la cabeza, aprovechar que mi marido está de viaje dos o tres días para buscar una buena polla, pero esto solo está en mi imaginación, es mi fantasía.

    Una de las aventuras que me contó, la cual es la que más cachonda me puso, había estado follando con dos hombres a la vez, quizás es por esto que tumbe el sueño.

    Como decía en el sueño veía a dos hombres sentados delante del coche,

    Pilar a mi lado, las dos íbamos vestidas un tanto provocativas, cosa nada usual en mí, minifalda muy corta, gran escote, botas de cuero negro hasta debajo de la rodilla, con tacón de aguja. Cinturón también de cuero negro ancho con una gran hebilla plateada y algunos detalles de color rojo en todo su perímetro.

    Le pregunte a Pilar que hacía yo vestida así dentro de aquel coche, ¿dónde íbamos con aquellos dos hombres? Dejamos la carretera para entrar en una pista, parando el coche detrás de unos arbustos, Pilar me dio la mano.

    Pilar: Ya hemos llegado, parece un buen sitio, cual de los dos quieres que te folle.

    Mire a los ojos aquellos hombres, me deseaban en su mirada, podían follarme los dos, pero me quede callada, inmóvil, pensativa.

    Pilar: Si mujer, tú me pediste esta cita, por esto vas vestida para la ocasión, por esto estamos aquí, querías serle infiel a tu marido y que te follara un hombre bien dotado, estos dos son amigos míos y te aseguro que quedaras satisfecha, pero si te arrepientes y no quieres, quédate dentro del coche mirando como se la chupo y me follan los dos.

    Me excitaba viendo como los dos disfrutaban de ella, me hacían señas para que saliera y participara, yo me masturbaba, viendo el espectáculo, uno de los dos me saco del coche, arrimándome de espaldas a la puerta, en estos momentos mi amiga estaba tumbada sobre el capo del coche boca abajo, con todo el culo al aire, las piernas bien separadas y con toda la polla del otro metida en el culo, no paraba de suspirar.

    Me miraba con complicidad al ver que se disponía a follarme, yo estaba muy nerviosa, no quería hacerlo, pero dejaba hacer, me había subido la falda y bajado las bragas, su capullo empezaba a entrar en mi coño, unas palmaditas en el hombro me despertaron, (cuando un sueño es placentero siempre te despiertas en el mejor momento) era Mario, estábamos en un área de servicio.

    Mario: Feli perdona que te despierte, nos hemos detenido para repostar y comer alguna cosa, no queríamos dejarte dormida en el coche.

    Feli: Gracias estaba muy cansada, pero también tengo hambre.

    Continuamos el viaje sin más, tuve una alegría al llegar, mi hermana estaba fuera de peligro, me quedaría dos días y regresaríamos juntos.

    En estos dos días el tiempo empeoró, nieve en los altos y lluvia en el valle con bastante intensidad, empezó a desbordarse algún riachuelo, no era prudente viajar, pero decidieron la vuelta, pasaron a buscarme sobre media mañana, después de una hora de viaje una señalización cortaba la carretera, los agentes de tráfico informando, mucha nieve, posiblemente no se podría circular hasta la mañana siguiente, para desviarnos por otra ruta era complicado por el aumento de caudal en los ríos, nos aconsejaron mejor quedarnos en un hotel próximo para esperar al día siguiente que las carreteras fueran más transitables.

    El hotel estaba lleno de gente, solo tenían libre una habitación, cama de matrimonio y un sofá cama, los dos me miraron a mí, como su fuera yo la que tuviera que decidir.

    Feli: Por una noche ya nos apañaremos.

    La habitación era bastante grande y muy acogedora, era ya la hora de comer.

    Toni: Feli si quieres ducharte antes de bajar a comer, nosotros esperamos en el salón.

    Feli: Si que lo are quizás me relaje un poco, con este tiempo estoy un poco nerviosa.

    Toni: Después lo aremos nosotros.

    La comida estuvo muy bien y con la excusa de que nadie tenía que conducir tomamos algún vasito de vino de más, después de comer hacían película en el salón ellos dos decidieron quedarse, yo estaba cansada, había dormido poco en el hospital con mi hermana y a más el vinillo, por lo que decidí subir a la habitación para echar una siesta, tiré las cortinas opacas para disminuir la luz, me senté en el sofá para quitarme las botas y ahí mismo me quedé dormida.

    Pasada una hora, medio despierta, medio dormida, me vino a la memoria el sueño que había tenido en el viaje de ida, serle infiel a mi marido me excitaba mucho, dentro de esta fantasía empecé a acariciarme los muslos, desabroche mi camisa sacando un pecho para acariciarme el pezón, mi mano se deslizo hasta mi coño empezando a masturbarme, me quite las bragas para acariciarme mejor y con los ojos cerrados, me veía como éramos folladas con Pilar arrimadas al coche, me masturbaba lentamente, quería que se alargara el placer, de pronto me pareció oír un suspiro…

    Abrí los ojos, delante de mí Toni y Mario, con sus penes fuera se masturbaban mirándome, mi susto fue fenomenal, me levanté para correr hacia la puerta, Toni me detuvo.

    Toni: Donde vas mujer, no pasa nada, hemos subido a ver como te encontrabas, hemos entrado sin hacer ruido por si dormías no despertarte, al verte tumbada en el sofá enseñando tus muslos, con el pecho fuera y masturbándote, no hemos podido resistir de hacer lo mismo.

    Mario: Por favor no te vayas, quédate que pueda terminar viéndote.

    Me sentía culpable de la situación ellos ya me habían visto que importaba un rato más.

    Feli: De acuerdo, pero sin tocarme, solo mirar.

    Me arrimé de espaldas a la pared, viendo como aquellos dos penes se masturbaban.

    Mario: Por favor súbete un poco la falda, para que me excite más, no me concentro.

    La subí un palmo por encima de las rodillas, Mario se animó un poco más, pero no era suficiente, la subí hasta la cintura, enseñando todo mi coño, caliente que yo estaba de mi masturbación, solo faltaba ver aquellas dos pollas delante de mí, empecé a masturbarme también.

    Toni se acercó sin parar, con la otra mano aparto la mía, dejando libre el paso para su pene, adivine sus intenciones y le dije que no, por favor, follar no, calló mi boca de un beso, mientras con su lengua jugaba con la mía, su capullo hacia entrada en mi coño, la entró solo hasta la mitad, moviéndose con lentitud, me daba mucho gusto, yo la quería toda, lo agarré por los muslos y apreté fuerte para que entrarla toda, estaba tan excitado que se corrió en el acto, llenándome el coño de leche, estuvimos fuertemente abrazados besándonos, hasta que bajó su erección.

    Cuando se apartó vi a Mario desnudo con la polla tiesa enfundada por un preservativo, se acercó y sin preámbulo me la metió toda, la leche de Toni todavía me resbalaba por la entrepierna, me liberó de mi camisa y de los sujetadores, yo lo tenía abrazado por sus muslos siguiendo el compás que el marcaba, empezó a acariciarme los pechos terminando por pellizcarme los pezones, Mario tenía más aguante, mientras me pellizcaba, besaba mi cuello, pasaba su lengua por mis orejas, sentía un gran placer.

    De pronto noto que tocan mi culo, era Toni, estaba entrando sus dedos en mi ano, moviéndolos de forma circular, tuve uno de los orgasmos más bonitos que recuerdo, Mario me sentó en la butaca, puso su pene en mis labios yo nunca la había chupado ni a mi marido, abrí la boca, saque la lengua para pasarla por su capullo, luego se la chupe fuertemente hasta que se corrió dentro de ella, rebosaban de leche mis labios, toda mi barbilla y mejillas quedaron totalmente untadas, de semen.

    Los dos me llevaron a la ducha, allí me enjabonaron y yo a ellos, no parábamos de besarnos, nuestros cuerpos resbalaban con el jabón, después me llevaron a la cama, tendida en el centro boca arriba, ellos una a cada lado, empezaron besándome ambos las mejillas, bajaron su lengua por el cuello, hombros, pechos, parándose en los pezones para mordisquearlos, continuaron hasta la barriguita, para finalmente llegar a mis muslos, separaron mis piernas, Mario empezó a chuparme el coño, Toni paso su brazo por debajo de mi cuello juntando sus labios con los míos, gozando del temblor que tenían por el placer que me daba Mario, mi cuerpo y mi espíritu era de ellos, estaba totalmente a su merced.

    Mario se puso encima de mí, restregó un poco su capullo en mi coño, apretando suavemente, introdujo toda su polla, con movimientos lentos me hacía suspirar, tuve en este momento un recuerdo para mi amiga Pilar, cuando se corrió Mario yo estaba desecha de placer, después me monto Toni, me quería penetrarme por el ano, le pedí por favor que no, lo intento otra vez, me escape, salte de la cama, me agarro Mario, me dio la vuelta, me hizo arrodillar abrió bien mis piernas, dirigió su polla en mi culo, volvía a tenerla medio tiesa, “no sabes lo que te pierdes cariño” decía, le suplique, “por aquí no por favor, por aquí no”, accedió a mi suplica y me dejó.

    Toni me empujó a la cama, diciendo que él no había terminado todavía, me tumbé cabeza arriba, flexioné mis rodillas y abrí bien mis piernas, Toni se puso entre ellas, estaba muy caliente y excitado, me abrazó por la cintura levantando un poco mi culo, acercó mi coño a su polla, entró con mucha suavidad, fue más impetuoso que Mario, hizo que nos corriéramos los dos al mismo tiempo.

    Así pasamos la tarde, durante la cena me notaron un poco pensativa y triste, después nos sentamos en el salón como casi todos los huéspedes, los comentarios generales eran sobre el tiempo, Mario se me acercó y en voz muy bajita me dijo:

    Mario: Feli, te noto preocupada, ocurre algo.

    Feli: No Mario solo que pensaba en mi marido, tengo remordimientos de lo de esta tarde.

    Mario: No te lo has pasado bien.

    Feli: No es esto, si que me lo he pasado bien, mejor dicho muy bien, nunca había experimentado tanto placer, pero tengo mis reparos, yo aquí follando como una loca y mi marido fuera de casa trabajando, no sé si debiera haberlo hecho.

    Mario: Si es por tu marido no le tengas remordimientos, él no los tiene para ti.

    Feli: Que quieres decir.

    Mario: Tu marido hace tiempo que te es infiel, nos pidió el cambio en el trabajo para poder viajar y estar algunos días fuera sin que tú le controles.

    Feli: No puede ser verdad, esto lo dices para que no me arrepienta, él me dijo que el cambio se lo habíais propuesto vosotros.

    Mario: Hace un momento que he hablado con él, estaba en un restaurante cenando fuera del hotel.

    Feli: Y que quieres decir con esto, es normal no.

    Mario: Si es normal pero no cena solo, llama al hotel, tienes el número de su habitación, di al recepcionista que te ponga con su señora, a ver si viaja solo.

    Llamé al hotel, pregunté por la señora de Rodrigo, así se apellida mi marido, en recepción me dijeron que la señora Rodrigo no estaba en el hotel, habían salido los dos fuera.

    Mi rostro cambió de preocupada y de culpabilidad a un cabreo terrible, Mario quiso decirme algo, pero fue interrumpido por al altavoz hotel, comunicando que a primera hora de la mañana, abrirían el paso por la carretera, hubo un aplauso general y el desfile de casi todos a sus habitaciones, había que madrugar.

    Después de los comentarios en el salón, no sabían como yo reaccionaria, se portaron muy correctamente, prepararon el sofá cama para mí, Toni se fue al baño, yo me desnudé delante de Mario, me había pasado el resentimiento, Mario también se desnudó delante de mí, me iba a dar las buenas noches, cuando le tapé la boca con un beso, me puse de espaldas a él restregando mi culo por su pene, él me agarro por la cintura apretando.

    Feli: Mario a estas horas, mi marido, seguramente está follando con su amiga, tomadme, quiero ser vuestro juguete, deseo sentir vuestras pollas en mi culo y cuantas cosas más se os ocurran.

    Mario me puso de rodillas encima de la cama, me hizo agachar, mi cabeza tocaba a las sábanas, empezó a jugar con mi ano, bien lubricado, metía todos sus dedos dentro para dilatarlo, salió Toni del baño, había oído la conversación, se puso al otro lado, tomando parte en el juego, cuando estuvo bien ablandado fue Mario el primero, no tenía la erección tan fuerte como Toni y sería más fácil entrarla, estaba medio metida, me hacía daño, él quería dejarlo, le suplique que siguiera.

    Toni se tumbó de manera que sus labios coincidieran con los míos, cuando me estremecía de dolor el me besaba y acariciaba las mejillas, me animaba acariciando mis senos, me repetía al oído lo dulce que yo era, lo mucho que disfrutaban los dos, le había puesto nervioso poder penetrarme por el culo.

    Me dejaron descansar un rato, antes de que Toni me hiciera suya, ya no me dolía tanto, esta vez Mario puso su cabeza debajo de mis pechos, chupándome los pezones mientras Toni me enculaba, fue una noche deliciosa, para recordarla durante mucho tiempo, apenas dormimos, tenía razón mi amiga Pili, dos mejor que uno.

    De madrugada cuando salimos, Toni se puso al volante, Mario abrió la puerta trasera para que yo entrara y se sentó a mi lado, le pregunte.

    Feli: Mario no viajas delante.

    Mario: No, nos turnaremos el volante, una hora cada uno.

    Era fácil adivinar el viaje que se avecinaba, por delante más de cinco horas de carretera no sé cuántos orgasmos podría llegar a tener.

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  • Poniéndome cachonda con mi primo

    Poniéndome cachonda con mi primo

    Aunque han pasado bastantes años, me acuerdo perfectamente de esta aventura que os contaré y que todavía está viva en mis recuerdos ya que yo apenas tenía 18 años y era una joven inexperta.

    Yo vivía en una gran ciudad de la provincia de Ciudad Real. Eran las ferias y fiestas que se celebraban en el mes de agosto y mi primo Manolo había venido a pasar unos días a casa de mis padres. Él vivía en un pueblecito a unos 80 kilómetros de allí y tenía 20 años.

    Prácticamente, las fiestas estaban acabadas ya que era el último día y estábamos cansados de tanto ajetreo. Hacia bastante calor, de ese calor pegajoso de la mancha en el mes de agosto y serian sobre las 5 de la tarde. Nos habíamos levantado de una siestecilla que nos había aliviado un poquito el sueño que arrastrábamos desde hacía días debido a las horas tan tardías que nos estábamos acostando y la verdad es que en ese momento reposábamos aburridos sin saber qué hacer en un banco de madera en la parte más fresca de la galería.

    Ante la perspectiva de acabar con el aburrimiento del momento, le propuse a mi primo que nos marcháramos con la moto de mi padre. -una vieja guzzi- a El Peral que era una finca situada a 28 k de allí. El aceptó encantado.

    Yo iba de paquete y durante el recorrido urbano, iba agarrada a él por la cintura. pero, una vez que salimos a la carretera que nos conducía a nuestro destino, me arrimé lo más que pude a él. Yo noté su cuerpo fuerte y fibroso apretarse y fundirse con el mío y sobre todo le arrimaba bien mis hermosas tetas apretándoselas sobre su espalda para que notara lo duras que las tenía. Conforme íbamos avanzando me frotaba más y más sobre su espalda y de vez en cuando bajaba mis manos por debajo de su cintura para, disimuladamente, palpar su paquete que ya iba, con el calor y semejantes estímulos, la cosa poniéndosele dura, bastante dura.

    A la media hora, más o menos, llegábamos a El Peral. Era una finca del ayuntamiento, con hermosos paseos llenos de abetos y de plátanos inmensos. También había un pozo y una fuente de agua agria debido al subsuelo férrico de la zona, y al final de todo estaba una sencilla ermita donde se veneraba a la virgen de la Consolación patrona de la ciudad, cuya fiesta se celebraba en el mes de septiembre con una romería muy típica, con mucha gente, bastante comida, buen vino y mucho cachondeo.

    Al final del paraje y una vez que hubimos dejado la moto, nos acomodamos detrás de un seto sobre mullido y fresquito césped. Allí tendidos indolentemente sobre el sedoso suelo verde, mi primo me dijo lo guapa y apetecible que estaba y lo que le apetecía hacerme un trabajito que no olvidaría. Yo también le dije que me gustaba mucho.

    Comenzamos a tontear un buen rato con unos ligeros roces y algún que otro pellizco. A esas horas estaba todo desierto y, como no había nadie que nos pudiera ver, le di un sonoro beso en los labios y yo, que no esperaba su reacción, me quedé de piedra ya que sin dudarlo un momento mi primo, ¡joder con mi primo!

    Se abalanzó sobre mí desabrochándome la blusa y quitándome el sujetador comenzó a besarme apasionadamente el pecho, chupándome los pezones diciendo que nos dejáramos de miramientos ya que a él le apetecía muchísimo morrearse conmigo y experimentar las mieles del amor.

    Ante esta declaración de intenciones decidí colaborar a ver hasta donde llegábamos.

    He de deciros que, con mi poca experiencia, yo ya estaba cachondísima cosa que no me había pasado nunca. Después me pidió que pusiera mi cabeza sobre sus rodillas y, acto seguido, el muy golfo, sin pensárselo dos veces, se abrió la bragueta y sacó la polla diciéndome que se la mamara. ¡Menudo pedazo de cipote tenía mi primo! Y yo apenas sin saber nada de nada, me la metía en la boca, bueno no me cabía toda y a veces parecía que me ahogaba, eso sí, notaba que estaba muy caliente y dura… muy dura.

    En ese momento con la boca llena de su hermoso cipote me miraba con cara de lujuria sonriendo voluptuosamente. Después, me pidió o me ordenó, que me quitara los pantalones mientras él hacía lo mismo, cosa que hice inmediatamente, y ya se encargó él de quitarme las bragas y vi como sus manos iban ansiosas a coger mi coño, que por cierto lo tenía muy mojado. Yo en esos momentos me encontraba muy a gusto y, la verdad, es que estaba sumamente excitada.

    Yo, una chica pueblerina, todavía un poco cortada, vi como me pasaba sus hermosas manos frotándome el coño que estaba mojado como una almeja recién salida del mar y como me abría los labios y la vulva y metía los dedos con pericia llegando a masajear el clítoris. Me dejé hacer y de la misma forma que me restregaba el paquete sobre mi culito, me pidió que me tumbase en un banco de madera que teníamos al lado, me abrió bien las piernas, se puso de rodillas y con una estupenda agilidad metía y sacaba su cabeza entre los muslos y con su boca exquisita me comenzó una maravillosa comida de coño. ¡Y que bien lo hacía madre!

    Tanto fue así que, a los pocos momentos, entre jadeos y temblores de placer recorriendo todo mi cuerpo, experimenté una corrida maravillosa, yo antes había experimentado otras… pero como esta ninguna. Una corrida que duró una eternidad y que no olvidaré nunca. Después me penetró, yo notaba su dura verga que entraba y salía muchas veces con ansia, con furia en mí sexo muchas veces, yo ya estaba excitadísima y a los pocos minutos sin poderme aguantar volví a correrme de nuevo.

    Él me dijo que quería cobrarse un buen trofeo.

    Se había traído el muy golfo, un botecito de vaselina y enseñándomelo me dijo que quería follarme el culo. Primero y con cuidado me introdujo un dedo bien untado, después dos y poquito a poco -ya sabéis “con paciencia y saliva se la metió el elefante a la hormiga”- y con la ayuda de bastante vaselina inició un mete y saca para al final lograr meter su polla en mi inmaculado agujerito y en unas convulsiones maravillosas y jadeando sin poder aguantarse más inundó mi culito de leche. Ese fue el premio del muy cabrón.

    Después de la faena, y tras un breve descanso fumándonos unos cigarritos, me pidió para terminar que le hiciera una buena paja con las tetas. No podía negarme y efectivamente, me puso su verga entre las dos tetas y me decía que no fuera tímida y que al tiempo que subía y bajaba y se la lamiera y me la introdujera en la boca y, al final ya no pudo aguantar más y, como un torrente caudaloso, por segunda vez se corrió rebozándome la cara con un enorme chorro de leche calentita.

    ¡Con cuanta nostalgia recuerdo que mi primo fuera tan golfo aquel día conmigo!

    Una vez que volvimos a casa, lavados y aseados en la fuente, mis padres me preguntaron qué habíamos estado haciendo y, sin darle mayor importancia, yo no estaba acostumbrada a mentir, les contesté que habíamos estado viendo la ermita y tumbados un rato disfrutando del fresquito césped del peral. ¿fue verdad o no? Mi madre me dijo “así me gusta hija ¡que disfrutéis de la naturaleza!”.

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  • El día que casi me agarran con las manos en la masa

    El día que casi me agarran con las manos en la masa

    Esta es una historia vieja, de mi época de estudiante universitaria.

    Hacía tiempo que en la facultad había pegado buena onda con un compañero.

    Al principio la relación era netamente estudiantil, hasta que en mi cabeza empezaron a dar vuelta las fantasías. Mi compañero, vamos a llamarlo Guido, no parecía darse por aludido, o al menos disimulaba muy bien.

    El principal problema era que su novia cursaba en la misma facultad. Por lo que era usual que nos la cruzáramos en los pasillos o en la confitería. Ella me conocía, ya que formaba parte del grupo de estudios de su novio, y la relación que teníamos era más que cordial.

    Con este grupo, del que formábamos parte Guido y yo, muchas veces nos juntábamos a estudiar los fines de semana. Es que al cursar de noche, la gran mayoría no podía juntarse los días de semana.

    El horario de cursada era de 19 h a 23 h casi todos los días de la semana. Yo salía de la oficina y me iba a la facultad. La verdad es que iba bastante arreglada por este motivo, lo cual durante mi carrera me trajo más de un beneficio.

    Esa semana habíamos quedado en juntarnos el sábado a las 15 h en la casa de un compañero. Teníamos que preparar un trabajo práctico para entregarlo el viernes siguiente.

    Durante la tarde avanzamos bastante. La verdad es que como muchos se tenían que retirar temprano, la idea era avanzar lo máximo que podíamos. Alrededor de las 20 h ya la gran mayoría se había retirado, quedando solo el dueño de casa, Guido y dos compañeras más.

    Pedimos unas pizzas y seguimos estudiando. Como ya estábamos cansados decidimos relajarnos un poco, y mientras comíamos aprovechamos para tomar unas cervezas.

    Enseguida la cerveza ayudo a desinhibirnos un poco y al relajarnos empezamos hablar de cualquier cosa menos de la facultad. Los temas eran variados, y nos ayudaban a conocernos un poco más entre nosotros.

    Estuvimos un rato largo así, hasta que empezaron las confesiones de tipo sexual. Era un juego medio infantil, pero nos ayudó a divertirnos un rato.

    Ya se había hecho tarde, por lo que dimos por terminada la reunión y quedamos en que cada uno terminase una parte en su casa para presentar todo junto el viernes.

    Como Guido estaba sin auto, me ofrecí a llevarlo a la casa. Tuve que insistirle, ya que la realidad es que no vivíamos cerca, pero terminó aceptando. También llevamos a una de las chicas, que nos quedaba de paso. Luego de dejarla a ella, Guido empezó a indicarme como llegar a su casa.

    En el trayecto seguimos charlando sobre lo que habíamos estado jugando, y en un momento Guido me pregunto, “¿es verdad que te acostarte con Luis, el profesor de Análisis?”. – Es que durante el juego había confesado que me había acostado con un profesor adjunto para aprobar una materia. –“si, es verdad”. Y ambos empezamos a reírnos.

    Me dijo, “sos tremenda. Te hacia lanzada, sin muchas vueltas, pero no pensé que llegabas a tanto”. – “si quiero algo lo obtengo”, le dije, “no ando dando vueltas”. En eso Guido pareció querer indagar más sobre lo que había pasado con ese profesor. Es que él también había cursado esa materia conmigo y no la había podido aprobar. Al conocer mi pequeño secreto quiso interiorizarse. – “¿pero él te encaró? ¿Cómo fue?”. Le tuve que contar todo.

    Este adjunto era un profesor joven. Tendría unos 10 años más que yo. No era muy lindo, pero tampoco era desagradable. Yo me sentaba delante de todo, por lo que en una clase de 50 a 60 personas, ese era el mejor lugar para ser vista. Yo resaltaba del resto porque iba generalmente muy bien vestida. Salía de la oficina y me iba a la facultad, cuando una gran mayoría tenía tiempo de ir a su casa a cambiarse.

    Un día noté que el profesor me miraba, y lejos de inhibirme comencé a mirarlo también. Estuvimos cruzando miradas durante varias clases, hasta que un día me quedé después de clase para hacerle una pregunta. Cuando ya habían salido todos del aula me acerqué al profesor quien aprovechando mi pregunta comenzó a sacarme charla. Nos habremos quedado hablando unos 15 minutos hasta que me despedí para irme a la clase siguiente.

    La puerta había quedado abierta. Ahora era solo seguir el juego.

    Al otro día volvía a tener cursada. Nuevamente me quedé después de clase para hacerle otra pregunta. Enseguida volvimos a charlar sobre otras cosas hasta que en un momento me invitó a tomar un café. Ese día falté a la siguiente clase y me quedé con el profesor tomando algo en la cafetería de la facultad. Nada del otro mundo, pero ayudó a conocernos mejor.

    Ese día le comenté que el sábado iba a ir a bailar con mis amigas a un boliche céntrico, y que si quería venir con sus amigos aprovechara que varias amigas mías estaban solas. No quedamos en nada, pero si intercambiamos teléfonos.

    El sábado, como todos los sábados, comencé a arreglarme temprano con mis amigas. Por lo general nos juntábamos en la casa de alguna y ahí nos cambiábamos, maquillábamos y empezábamos a tomar algo. Mientras estaba en la casa de mi amiga me sonó el celular. Era mi profesor. Quería confirmar que íbamos a ir a ese boliche. Me dijo que probablemente fuese con dos amigos.

    Se lo comenté a mis amigas, pero no me prestaron mucha atención.

    Tomamos algo y cuando fue la hora nos fuimos a bailar. Yo me había puesto unos pantalones dorados con unos zapatos con plataforma. Soy bastante alta, pero con esos zapatos lo era aún más. Arriba llevaba una musculosa negra bastante escotada.

    Ya en el boliche nos pusimos a bailar y me olvidé de mi profesor, hasta que entrada la noche siento que alguien me agarra por detrás. Al darme vuelta veo que era mi profesor. Había venido solo ya que sus amigos no quisieron acompañarlo. Como la música era fuerte y no podíamos charlar me invitó a tomar algo cerca de la barra, donde la música era un poco más baja.

    Estuvimos tomando algo ahí, charlando de cualquier cosa, hasta que en un momento me dice que estaba realmente muy linda, y también muy alta. Que ya en la facultad estaba siempre muy linda, pero que ahí directamente lo había sorprendido. Después de reírme un poco y de agradecerle, volvió a piropearme. “la verdad es que vine solo para verte. No me gustan mucho los boliches, ya hace tiempo que no voy a bailar, pero desde hace un tiempo que me volvés loco y no quise dejar pasar la oportunidad”.

    Me quede mirándolo fijamente como esperando su siguiente paso. En esos pocos segundo él entendió que era ese el momento. Se acercó aún más y tomándome por la cintura comenzó a besarme. Yo al principio no me resistí, pero enseguida traté de alejarme. Sin querer ser cortante le dije al oído, “acá no, nos puede ver alguien”. Entendió enseguida ya que tanto él como yo teníamos pareja y era peligroso. Además, si nos llegaba a ver alguien de la facultad no sabía que podía llegar a pasar.

    Quedamos en que nos encontraríamos afuera. Él estaba con su auto y yo con el mío, por lo que arreglamos para encontrarnos en una estación de servicio a unas cuadras.

    Me despedí de mis amigas, a quienes les dije la verdad, y me fui a buscar el auto.

    Al llegar a la estación de servicio mi profesor ya estaba ahí dentro de su auto. Paro al lado de él y le indico que estacionara así íbamos en un solo auto. Luego de estacionar su auto se subió al mío. Ni bien se subió comenzó a besarme. Estuvimos así unos minutos, donde la temperatura comenzó a subir. Las manos de ambos recorrían el cuerpo del otro. Después de estar así un rato decidimos ir a un hotel cercano.

    Ya en el hotel no hubo muchas vueltas. Enseguida quedamos desnudos y empecé a practicarle sexo oral. No tenía una gran pija, más bien normal. Pero estaba dura como una estaca. Se la chupé con ganas, y en un momento empecé a decirle “profe”. Esto pareció volverlo loco y en poco tiempo me dio vuelta para cogerme con ganas. Le indiqué que se pusiera un forro, y yo logré acabar, pero él acabó enseguida también.

    Nos quedamos tirados en la cama un rato hasta que después de franelearnos un rato logró tener otra erección. Volví a chupársela con ganas mientras practicábamos un 69. Empezó a decirme cosas como “que ganas de garcharme una pendeja como vos”, o “siempre me calentaste”. En eso me doy vuelta y me pongo en cuatro indicándole que me penetrara. Volvió a ponerse un forro y parándose debajo de la cama empezó a cogerme con ganas. Yo lo miraba de costado y le preguntaba si me iba a aprobar, a lo que él me respondía que sí, que no me preocupara, etc.

    Después de este encuentro volvimos a tener dos o tres más. Nada del otro mundo. Siempre a las escondidas o a las corridas. Pero a él le sirvió para descargarse y a mí para aprobar la materia.

    Mientras le contaba esto Guido no aportó comentario, salvo para indicarme donde doblar.

    Al llegar a la casa me indicó donde estacionar. Ya era tarde y la zona era un poco oscura, por lo que no había movimiento. Pensé que me iba a tratar de dar un beso, pero no. Solo atinó a decirme, “yo también te hubiese aprobado”.

    Nos despedimos y volvimos a vernos en la semana.

    La primera vez que nos vimos algo había cambiado. Siempre había sido distante conmigo. O al menos así lo había notado yo. Ahora parecía ser más cariñoso, más efusivo. El viernes entregamos el trabajo práctico y el profesor, sin haberlo corregido, nos dio el visto bueno dándonos a entender que estaba ok.

    Salimos de la facultad y en el estacionamiento me ofrecí a llevarlo a su casa. Estábamos realmente contentos ya que había sido una materia bastante complicada. Ni bien nos subimos al auto Guido se me lanzó y me dio un beso. Me agarró desprevenida, por lo que me asusté. Esto pareció cortarlo, pero al darme cuenta fui yo quien volvió a besarlo a él.

    Empezamos a besarnos en el auto, y enseguida comencé a manosear su pija. Estaba dura y quise sacarla del pantalón. El auto estaba estacionado en una calle interna de la facultad. Si bien estaba iluminada, no pasaba mucha gente caminando por ahí. Guido me ayudó a desabrocharle el pantalón y logre sacar su pija. Era rara. Tenía una curvatura hacia un costado y tenía la cabeza sensiblemente más grande que el tronco. Enseguida me acomodé y empecé a hacer eso que tan bien me sale. Chupársela. Guido gemía de placer. Yo chupaba esa pija con ganas. Hacía tiempo que tenía ganas de chuparla, pero Guido nunca había reaccionado.

    Habré estado chupándosela durante unos 5 o 10 minutos hasta que Guido pega un salto y dice, “¡Gisela!”. Gisela era su novia. Levanto levemente la cabeza y la veo a pocos metros nuestro charlando con dos compañeras. Estarían a no más de 15 metros, 3 o 4 autos de distancia. Desde ahí no nos podían ver y si pasaban caminando por al lado del auto, salvo que mirasen detenidamente, por el polarizado, probablemente tampoco viesen para adentro de auto.

    Dudé en quedarme quieta, en sentarme, etc. Pero en ese momento Guido me agarra la cabeza y me la baja nuevamente para su pija. Se la empiezo a chupar nuevamente. El morbo era terrible. Ahí estaba yo chupándole la pija a mi compañero de facultad, y la novia estaba a escasos metros hablando con sus compañeras. Empecé a decirle cualquier tipo de cosa a Guido. Cosas como, “te gusta que te la chupe con tu novia cerca”, “ahora voy a ir a saludarla con tu leche en la boca”, etc. Ni bien termino de decirle esto último, Guido da señales de querer acabar. Comienzo a sobarle los huevos con la mano y a chuparla con más intensidad.

    En eso empiezo a sentir como su semen llena mi boca. Me cuesta tragarlo todo, pero me las ingenio y se la dejo bien limpita. Ni bien termino de chupársela me siento suavemente para ver si Gisela aún estaba ahí. Seguía en el mismo lugar hablando con las amigas. Guido aprovechó para abrocharse el pantalón casi sin moverse.

    Nos quedamos ahí sin saber que hacer. No sabíamos si esperar a que se fueran, si salir del auto como si nada. Estábamos nerviosos.

    En eso a Guido se le ocurre agarrar un par de papeles de la facultad y hacer como si estuviésemos hablando de algo de eso. Mi corazón latía con fuerza y si bien me encantaba la situación, el miedo estaba latente.

    En ese momento Gisela se despide de una de las compañeras, y junto con la otra compañera empiezan a caminar en nuestra dirección. Al verla venir instintivamente le hago luces con el auto como para saludarla. Gisela parece no darse cuenta y al vernos se pone contenta. Se nos pone a charlar como si no sospechase de nada. Yo me sentía terrible. Tenía restos de semen de su novio en mi boca y ahí estaba charlando con Gisela como si nada. En eso le pregunto cómo se volvía y me dice que se estaba yendo a tomar el colectivo. Es ahí cuando le digo que se olvidara, que la llevaba yo junto con Guido.

    Gisela se subió atrás y enseguida empezamos a charlar de la facu. Guido adelante casi no hablaba. Estaba inmóvil. Es más, en un momento simuló quedarse dormido.

    Los dejé a ambos en la casa de Gisela, y de ahí me fui para la de mi novio.

    Me sentí la más puta, pero el morbo de ese día fue una sensación increíble.

    Con Guido nunca más pasó nada. Seguimos siendo amigos hasta el día de hoy, y el esta felizmente casado con Gisela.

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  • Estoy sola en casa y llega mi cuñado

    Estoy sola en casa y llega mi cuñado

    Tengo una hermana de 40 años, cinco más que yo, casada desde hace 12, con un chico de 42, guapo, alto, simpático. Viven en una ciudad de provincias y tienen cuatro hijos. Con mi hermana siempre he tenido confianza para contarnos cosas íntimas, así que sabemos todo de nuestros respectivos maridos.

    Al parecer mi cuñado es muy activo sexualmente y mi hermana tuvo que hacerse una ligadura de trompas para no tener más hijos, ante la exigencia de sexo constante a que la somete mi cuñado. Mi hermana ya no debe seguirle el ritmo y el chico debe andar buscándose la vida fuera de casa, así son los tíos. Según mi hermana tiene un instrumento fantástico, más de 18 cm, con un gran capullo circuncidado y siempre dispuesto a utilizar.

    Mi cuñado trabaja en una empresa con sede en Madrid y una o dos veces al mes viene a despachar asuntos a la sede central. La semana pasada llamó mi hermana para decirme que Fernando vendría a pasar dos días y se hospedaría en casa. Siempre me llevé bien con él, no así mi marido al que no le cae nada bien.

    Conmigo es cariñoso, gastamos bromas, me suele abrazar como si fuera su hermana pequeña y le gusta al pasar a su lado darme una palmadita en el culo añadiendo algún comentario jocoso. Por ejemplo: “Que desperdicio de culo para el gilipollas de tu marido”, y cosas así.

    El martes llamó Fernando, así se llama, que estaba en el aeropuerto y llegaría a comer y tendría que irse rápido pues tenía una reunión a primera hora de la tarde. Vino como a las 13 h. Me dio dos besos, palmadita en el culo, y como siempre que estaba cada día más buena. Tenía la mesa puesta y nos dispusimos a comer enseguida por sus prisas.

    Pasamos la comida entre bromas, me explicó que mi hermana estaba perdiendo apetito sexual, y no me quito ojo de mis pechos y los pezones duros bien marcados en la camiseta ceñida que llevaba. Debajo llevaba unos pantis de licra ajustados a mis piernas torneadas, dejando intuir mi apretando y redondo culo y por delante la rajita apretada por el tejido. Note su mirada cada vez que me levantaba repasándome el cuerpo.

    Terminada la comida retiré le mesa mientras él tomaba un chupito. Estaba colocando cosas en la encimera cuando llegó con los últimos platos, los dejó y se colocó detrás de mí cogiéndome las manos y poniéndome su polla ya en erección en mi culo. “¡Qué haces!” le dije asustada. “Nada que no tuviera que haber hecho hace tiempo”, contestó.

    Me empezó a besar el cuello, la oreja, me hacía sentir aquel bulto enorme frotando mis nalgas. Forcejeamos un buen rato, pero no me soltaba y aun se ponía más excitado. Me dio la vuelta sin soltarme para besarme en la boca. Ladeé mi cara para impedirlo, pero él insistía, siguió comiéndome el cuello, metió su pierna entre las mías para separarlas y colocar su paquete en mi sexo, notaba su contacto y empecé a mojar.

    Ya me había subido la camiseta y sacado mis tetas lamiendo mis pezones duros. Eso me mata, es un punto sensible que cuando me llegan ahí estoy muerta. Las tetas es lo que más a mano tienen los tíos y en mi caso me dejan a su merced. Me ha pasado con muchos chicos que apenas me gustaban. Con Fernando no iba a ser menos y además este si que me gustaba.

    Me rendí y abandoné a sus caricias. Me besó con lengua, y mmm… cómo besaba el condenado. Con las tetas fuera quedaba bajarme los pantis que en un segundo estaban en el suelo. Me levantó en el aire para sentarme en la mesa y sacándome los pantis de los pies, me quitó las bragas y empezó a comerme el coño de forma deliciosa. Pronto tenía toda la cara empapada de mis flujos y me daba un orgasmo que me hizo estremecer y gritar de placer. Se levantó para besarme y noté el sabor de mis flujos, le lamí la cara saboreándolos.

    Me puso en cuatro con las tetas sobre la mesa y apuntando su miembro me colocó su capullo entre los labios de la vagina y de una embestida me penetró. Uf… cómo se sentía aquella verga en mi interior, sus sacudidas me producían gemidos que a él le excitaban y notaba su dureza ajustada a las paredes vaginales dándome un gusto extremo. Pronto noté su descarga inundando mi tesoro y me vine a la vez con una corrida que me hizo temblar.

    “Mereció la pena, ¿verdad cuñadita?”. No dije nada porque no me salían las palabras de cómo me dejó. Andaba con prisa y se despidió. “Vuelvo a la noche y terminamos lo que hemos empezado”. Sabía que mi marido estaba de viaje por negocios y esa noche dormía sola.

    Por la tarde vino a visitarme una amiga y quiso bajar a tomar un café. Entramos en una cafetería cercana, no me había dejado cambiar. “es un momento y está ahí al lado”, dijo, así que iba con lo puesto, llamando la atención con mis pezones bien marcados y mi vulva apretada por la licra marcando rajita. ¡Hala que bien! Así que, entre lo cachonda que aún andaba y cómo me miraban los tíos me sentía algo fulana, aunque a mi amiga le encantaba mi look.

    Fernando llamó que no venía a cenar que tenía un compromiso. A todo esto, mi hermana ya había llamado y le dije que había estado comiendo y se había ido con prisa, que me había dicho vendría tarde, así que yo ya estaré durmiendo cuando llegue, le dije.

    Me metí en la cama viendo que no llegaba, pero no podía dormir, estaba excitadísima y pensando en la verga exquisita de Fernando mi mano acariciaba mis tetas y sexo. Estaba a mil. Pasadas más de las 24 h sonó el timbre. Me había acostado desnuda y me puse la bata para abrir la puerta. Nada más entrar empezó a besarme y magrearme, venía contento con alguna copita. Fuimos a la cama y me llenó de besos, lamió cada centímetro de mi cuerpo y me colocó encima en posición de 69. Nos comíamos apresurados como si nos fuera a faltar tiempo.

    Su verga era magnífica, con su gran tronco y unos huevos más bien pequeños apretados junto a su culo. Los comí y fui subiendo hasta el glande que ya goteaba. Lo lamí con esmero y empecé a meterla y sacarla de mi boca ensalivándola a conciencia. Su comida de coño no desmerecía y estaba a punto de correrme como así hice en segundos.

    Me colocó debajo y después de jugar con su pollón haciéndomelo desear, me la metió sin compasión y con mis piernas en sus hombros me hizo venirme seguido varias veces, cuando se corrió casi me desmayo sintiendo su chorro inundar mi coño y sus espasmos haciéndome temblar, produciéndome contracciones incontroladas. Caímos rendidos en pocos minutos.

    A medianoche desperté con él encima cogiéndome de nuevo. Despertamos sobre las 8 de la mañana, él empalmado de nuevo me volvió a follar, pero solo me abrí de piernas para que pudiera satisfacerse. Recién despierta y sin ningún preámbulo no andaba con deseo, así que aunque fingí un orgasmo no me corrí.

    Sigue viniendo por Madrid una o dos veces al mes como de costumbre, pero le explicó a mi hermana que prefería hospedarse en un hotel porque no simpatizaba con mi marido y no quería molestar. Por supuesto en cada viaje reserva una tarde para mí y disfrutamos cada día más, inventando variantes y juegos que nos llevan al límite.

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