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  • Lorena y su suegro (3)

    Lorena y su suegro (3)

    Estamos de regreso después de un tiempo, espero poder seguir siendo de su agrado, y seguimos.

    Lorena salió del despacho sintiéndose más mujer que nunca, pero también más puta y perra que nunca, su suegro acababa de echarle la cogida de su vida y solo pensaba en cuando lo iba a repetir.

    Se paseo por las calles y llegó a un salón de belleza, se decidió y entro, pensó que hoy nacía una nueva mujer, una nueva hembra, se mandó a cortar las puntas del cabello y pintarlo de rojo intenso.

    Luego salió y entro en una tienda de lencería, Lorena se veía radiante con su nuevo corte, pero también arrasaba miradas masculinas, el vendedor de la tienda que era un señor de unos 50 años se le acercó se ofreció a ayudarla, Lorena decentemente le menciono que solo veía, que no buscaba nada en especial, el señor Braulio, como se llamaba el vendedor la guio hacia la zona hot, dónde exhibían las prendas más finas y pequeñas, diciéndole que es seguramente lo que ella debe usar, Lorena se sorprendió al ver al ver los precios de las diminutas prendas pero el ágil vendedor le dijo que le iba a regalar una como cortesía ya que era el dueño de la tienda.

    Lorena se sonrojo y no se atrevía a escoger nada, por lo tanto el señor Braulio tomo un pequeño hilo color rojo fuego y se lo dio, le dijo, este te combina con el cabello, llévalo y otro día que pases me avisas si te queda bien.

    Lorena salió excitada de la tienda, toda esa charla con el vendedor la hizo mojarse nuevamente, algo había nacido en ella, ahora parecía que estaba con los sentidos más alborotados, y sintiendo las miradas a su alrededor.

    Cuando llego a su casa su esposo se quedó perplejo, se veía radiante con el nuevo peinado pero algo había cambiado, el brillo de sus ojos era diferente.

    Ahora Lorena parecía más atrevida más sexy y su esposo no sabía ni cómo tocarla, la saludó con un tímido beso porque se sentía cohibido ante tanta belleza el día pasó normal y cuando llegó la noche Lorena estaba caliente nuevamente ella misma no entendía cómo podía estar tan caliente durante todo el día.

    Lo que Lorena no sabía es que cuando estaba en el despacho con su suegro, este aprovechó un descuido de ella para colocarle una gotitas de viagra femenino en el vaso de agua y eso la hizo alborotarse tanto así que llegó a coger con su suegro y luego coquetear con el vendedor de la tienda y aún todavía estaba caliente, eso era algo que el viejo Ernesto tenía preparado para su nuera y ella cayó fácilmente en su plan.

    Cuando Lorena despertó al día siguiente se sentía sucia, se acordaba perfectamente todo lo que había hecho, pero no daba crédito no entendía cómo había hecho eso.

    Alrededor de las 10 de la mañana sonó el timbre de su casa, se encontraba solo ya que su esposo salió a trabajar cuando abre la puerta para su sorpresa era su suegro que tenía una sonrisa de oreja a oreja y rápidamente La saludó con un beso en el cachete sin que ella pudiera evitarlo y pasó caminando y se sentó en el mueble en la sala.

    El viejo traía dos vasos de limonada en las manos uno para él y uno para su nuera le dijo que como el día estaba tan caluroso quería traerle un vaso de limonada para refrescarla.

    Lo que no sabía Lorena es que en el vaso ya había colocado nuevamente un chorrito de viagra del que anteriormente le había dado y así poder emputecerla poco a poco.

    Lorena agarró el vaso pero no tenía ganas de tomar nada sino por el contrario le decía su suegro que por favor se fuera que había sido un error, el viejo pausadamente, tranquilamente tomaba su limonada y la escuchaba y le decía que él está de acuerdo que había sido un error que hicieron las paces y no había pasado nada y seguía tomando su vaso de limonada tratando de que su nuera cayera en la trampa nuevamente y así fue el cabo de unos minutos y cuando ya según estaba listo para irse el suegro le pidió a Lorena que por favor no le despreciara al menos la limonada, está a regañadientes tomó el vaso entre sus manos y de un solo jalón se lo tomó todo, el viejo comenzó a reírse poco a poco porque sabía que lo mejor estaba por comenzar.

    El viejo le dijo a Lorena que está bien que se marchaba pero que primero por favor lo dejara ir al baño que necesitaba orinar antes de irse que la limonada ya le había hecho efecto, cuando el viejo se dirige al baño dejó la puerta entreabierta, Lorena al escuchar el chorro de orín en la poceta sintió que se comenzaba a mojar no entendió por qué pero comenzó a imaginar el guevo de su suegro y poco a poco comenzó a sudar la frente pero también a sudar en la cuca.

    Cuando el viejo salió del baño se dio cuenta que la actitud de su nuera había cambiado está más amable y con los ojos vidriosos él se dio cuenta que ya había hecho efecto y que la tenía caliente como él quería así que cuando se dirige a la puerta pasó para despedirse y cuando le fue a dar un beso de despedida en el cachete llevó su boca hacia los labios de su nuera y sus manos rápidamente agarrándole las nalgas a lo que la nuera solo suspiró y se dejó hacer.

    Seguidamente el viejo le echó una repasada de cogida que nunca olvidaría su nuera, comenzaron a ser un 69 en el mueble y luego le llevó a su cuarto donde dormía con su esposo y se la cogió de todas las maneras posibles le metió guebo en la boca y en el culo, su nuera solo gemía y pedía más.

    En cierto momento de la cogida Lorena estaba a cuatro patas mirando la foto de su matrimonio y con el viejo taladrándole la cuca y con un dedo metido en el fondo del culo, Lorena está extasiada te sentía perra se sentía muy perra pero se sentía mujer más que nunca, el viejo le azoto una nalga con una mano mientras con la otra seguía con El pulgar en medio de las nalgas de su nuera que eso lo pedía más y aullaba como una loba como una cerda que quería guevo y más guevo.

    El suegro sabía que la tenía como quería y comenzó a decirle que eso era un error que mejor paraban pero Lorena no podía necesitaba ser cogida necesitaba guevo por todos lados y le comenzó a decir que no que por favor siguiera cogiéndola que ella necesitaba ese guevo, que ella era su perra, que era su perra y que podía hacer con ella lo que quisiera.

    La pareja estaba en la mejor parte de la cogida cuando se escuchó la puerta de la casa, era el esposo de Lorena el hijo del viejo que había llegado del trabajo…

    Continuará.

    Muchas gracias por leernos.

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  • La morbosa familia de mi novia

    La morbosa familia de mi novia

    La verdad cuando comencé a salir con la que ahora es mi novia yo solo quería follarla una vez y ya, esto porque ya sabía que ella había tenido algo con uno de sus tíos y además era muy “puta barata”.

    La vez que creí que la folle al fin me llevo a su casa, me presento con su madre y su hermana como su novio, esto sin que antes lo hubiéramos hablado. Su padre no estaba en casa y después de comer, fuimos a su cuarto, vimos un rato una serie y yo fui al baño, pasé por el cuarto de su madre y de pronto escuché gemidos.

    Recordé que el padre no estaba y pensé que sería su hermana con su novio o algo, pero de pronto escuché más gemidos, pero ambos de mujeres. Llegué al baño y me excité demasiado, ahora sí o si la tenía que follar.

    Salí del baño y vi a mi novia frente a la habitación de dónde venían los gemidos y la vi masturbándose. Me acerque lentamente y cuando llegue hasta ella, me miró y rápido me llevo a su habitación, me acosté el cama y ella comenzó a desvestirse.

    Es una chica blanca, rubia con 1.60 de estatura, unas tetas un poco medianas, un culo mediano pero perfecto para su cuerpo y con una muy rica y sexy forma redonda.

    Yo solo dije “tu familia” refiriéndome a lo que hacían ellas, pero entonces ella solo me callo besándome y me dijo “están follando”, me puse tan duro al escucharla decir eso tan tranquila, tan normal. Pero lo mejor fue después cuando me dijo “yo también follaría ahora con ellas, como siempre, pero estás aquí”. Lo escuché fuerte y claro y solo me puse aún más duro hasta el punto de no darme cuenta cuando ella ya tenía mi verga dentro de su coño rosa, y comenzó a moverse en círculos.

    “Te lo explico luego” me dijo antes de comenzar a cabalgar sobre mí con mi verga dentro y darme la follada de mi ida hasta ese momento.

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  • La culpa la tienes tú (3): La moral derrotada

    La culpa la tienes tú (3): La moral derrotada

    Ahora es el turno de Laura quien intentará enderezar las cosas.

    Cuando desperté al día siguiente. Tarde para lo que yo acostumbraba. La luz me dolía en los ojos. Escuché el tv encendido con programas del interés de Adolfito. Seguramente ya estaba despierto. Eran casi las diez de la mañana. El recuerdo de lo vivido la noche anterior entró como un palazo en mi cabeza. ¿Lo habría soñado? Me levanté de un salto. Salí de la habitación. Efectivamente Adolfito estaba sentado mirando sus programas frente al tv. Lo saludé. Continué con mi cabeza gorda de sensaciones. Me estrellé con las flores, tal como las había dispuesto mi tía.

    Luego miré hacia el comedor y las dos sillas estaban desarregladas, dispuestas una en frente de la otra, tal como mi tía quiso que se dispusieran. Cuidadosamente tenté con mi pie descalzo las baldosas color ocre claro del piso y sentí el restante de un moco pegajoso, casi seco ya por las horas. Era una evidenciaba contundente de la escena del crimen. No. No lo había soñado. Todo había pasado en la vida real.

    La puerta de la habitación de tía Lau aún estaba cerrada. Quizás ella todavía dormía. Sentí ansiedad y recelo. No sabía cómo yo debía actuar cuando la viera. ¿Habría hecho todo eso por pura borrachera y nada más? ¿Me seguiría tratando igual? o ¿algo así como lo de anoche volvería a suceder? No lo sabía. Me daba miedo enfrentar todo eso. Era como si de repente mis emociones dependieran de mi tía Lau. Tal vez, en el fondo. Ella me gustaba también. ¡Que confuso todo eso! Lo cierto era que la deseaba. Deseaba culeármela con morbo. Aunque sincerándome conmigo mismo. Ya podía darme por bien servido. No creo que haya muchos sobrinos por el mundo que puedan contar anécdotas parecidas con alguna tía suya.

    Después de ducharme, ponerme ropa limpia me fui a la cocina. Aun faltaban algunos retazos de la fiesta del día anterior que debía recoger. Terminé y preparaba pan con queso y café para desayunar cuando escuché su voz, esa voz gruesa y pesada que tiene uno al despertarse.

    -Buenos días. ¿Como amaneces?

    -Buenos días, tía. Bien ¿y usted? –respondí haciendo un esfuerzo para parecer como si nada hubiera pasado.

    Ella no me dijo nada. Actuó con total normalidad. Tenía puesta una camisilla blanca de tirantas sin sostenedores que dejaban medio dibujar sus aureolas amplias y sus pezones y un pantaloncito ligero corto de algodón de esos de estar en casa. Me preguntó si ya había café. Le respondí que lo acababa de poner a hacer. Su rostro aun con retazos de maquillaje medio deshecho no expresaba nada. Solo su seriedad y tranquilidad habitual. Buscó una toalla y entró al baño.

    Exasperadamente, las horas sabatinas transcurrían con una lentitud pasmosa que alimentaban mis ansiosos interrogantes. Yo, mantenía la prestancia de chico bueno en un día normal, pero con esfuerzo. Saqué a pasear a la perrita Mini lleno de cavilaciones. Jugué futbol un rato en el parque con Adolfito, pero un tanto desconcentrado, entre recreaciones mentales de lo sucedido anoche y cuestionamientos de si algo pasara después. No pasó nada ese día. Mi tía tenía un compromiso por la tarde con Adolfito. Quedé solo unas cuantas horas.

    Como siempre fui a la cesta, pero todo estaba limpio. Me tía seguramente había lavado sus ropas mientras yo estaba en el parque con Adolfito. Salí al pequeño patio-balcón trasero y efectivamente las ropas estaban todas húmedas colgadas al sol en los alambres del tendedero. Divisé enseguida la nueva prenda. La tanga roja de encajes que mi tía se había estrenado en su cumpleaños y que ella misma me había puesto a oler a manera de perfume la noche anterior. Me excité y me dieron ganas de pajearme, pero la prenda toda mojada de agua solo olía a limpio, a fragancias de detergente.

    Por la noche, a poco de dormirme, estando encerrado en mi habitación intentando concentrarme en la lectura de un documento que debía analizar para la universidad, un tac, tac, tac suave sonó en la puerta.

    -Aja, sigue –pensaba que era Adolfito.

    Mi tía entró, con cautela como si debiera esconderse de alguien. Yo me incorporé y me puse de pie algo sorprendido. Se sentó al borde de mi cama y me invitó a que yo también me sentara al lado de ella. Mi corazón latía fuerte. Sabía que algo trascendental podía suceder, para bien o para mal.

    Ella me miraba con serenidad y una leve sonrisa. Respiró hondo y comenzó a hablar en voz bajita, pese a que Adolfito estaba a dos habitaciones jugando videojuegos a todo volumen.

    -Yo sé que anoche yo estaba un poco tomada. Pasó lo que pasó. Quizás estuvo mal de mi parte. Soy tu tía y esas cosas se suponen que no pasan entre una tía y un sobrino, por muchas ganas o lo que sea que haya. Así que…

    No sé bien porqué, pero me atreví a interrumpirla esta vez, con serenidad y seguridad. Lo hice de forma espontánea. Hasta puse mi mano encima de la de ella que apoyaba encima del colchón, en el breve espacio que quedaba entre ella y yo.

    -Tía, tía, pero también somos hombre y mujer, simplemente hombre y mujer. No se sienta mal ni se de tan duro por eso y le confieso que yo, que yo también quería que eso pasara. Ay, tía, perdón que la interrumpí.

    Me miró en silencio con sus ojos grandes, acuosos y muy expresivos, como de mujer que mira con atención el desenlace de algo.

    -Lo sé Miguel. Pasó porque ambos quisimos que pasara, pero no es moral algo así. ¿Me entiendes?

    -Si –le respondí con evidente desesperanza, pero sin insistir.

    Ella, al verme, hizo un gesto de ternura en su cara. Se balanceó y me dio un abrazo cálido. Yo la abracé con intensidad, como si fuera mi novia. Acaricié su cabello mientras su cara reposaba en mi pecho desnudo. El olor de su cuerpo y sus cremas humectantes me embelesó. Le acaricié su brazo suave y delgado como no queriendo que el abrazo no terminara. No pude evitar tener una rápida erección ahí, debajo de mi pantaloneta de dormir.

    -Ay, tía, se siente rico estar así, huele tan bien –expresé con espontaneidad.

    -Ay, Miguel, Miguel, como dijo la loca de María anoche, corremos peligro.

    Me dio un beso en el pecho. Se desató de mis brazos con aire nerviosa. Se puso de pie y caminó hacia la puerta con cierto desespero como queriendo evitar que pasara algo. Yo me sentí derrotado, fue una rara sensación. Simplemente me recliné hacia atrás algo triste viéndola alejarse. Ella abrió la puerta con lentitud sin dejar de mirarme. Yo sentado y con una erección que apuntalaba mi pantaloneta. Me dio vergüenza. Intente cubrirme alzando mi pierna derecha en la cama.

    Ella sonrió. Se giró completamente hacía mí. Volvió a cerrar la puerta. Cerró los ojos y habló en voz débil, mirando el cielo raso, más para sí que para mí –Ok, ok, solo esta vez y ya –puso el seguro a la puerta y se devolvió ante mis ojos atónitos. No entendía del todo que era lo que hacía ni su comportamiento errático.

    Se acercó a la ventana. Cerró la cortina completamente a pesar de que solo árboles podían ver algo desde afuera. Se descalzó de sus sandalias y sin quitar ni alzar mucho la vieja falda marrón que tenía puesta deslizó por sus piernas ante mi sorpresa su prenda íntima. Era un calzón clásico de algodón color crema, que yo conocía bien y que antes había alimentado alguna de mis tantas pajas. Me lo lanzó y cayó en mi regazo después de rebotar en mi pecho.

    -Ya sabes. Quiero verte otra vez -lo decía con voz vencida, como sabiendo que estaba haciendo algo que se suponía que no iba a hacer otra vez.

    Yo ni dije nada. Solamente estaba contento, sorprendido y contento. Tomé la prenda de mi regazo donde había caído mal envuelta. La abrí como si la fuera a colgar al sol. Ese morbo intenso mordió mi alma. La aspiré. Olía suave, a ese olor ya tan familiar del sexo de ella. Sentí aromas mezclados de orines, sudores y flujos vaginales. Me quité todo, hasta quedar completamente desnudo, allí, sentado al borde de la cama. Sus ojos acuosos brillaban. Su boca se mordisqueaba expectante. No. Esta vez no estaba ella borracha. Había sucumbido a sus deseos pecaminosos sin necesidad de alcohol.

    Me recliné encima de dos almohadas que acomodé rápidamente. Su calzón sucio se enredó en mi cara sin tapar mis ojos que la miraban directamente. Mi verga agitada suavemente por mi mano. Ella de pie frente a mi cama, tocaba su cuerpo por encima de su blusa blanca y su falda.

    Yo, a ratos soltaba mi verga y a propósito para su beneficio contraía voluntariamente mi pelvis para que el pene se moviera juguetonamente, como con vida propia. Mi tía miraba atentamente. Le divertía. Apreciando mi morbo procaz. Ella se alejó hasta reclinar su cuerpo contra la pared opuesta. Allí de pie, dobló su pierna apoyando su pie descalzo contra la pared. Su mano comenzó a buscar y hurgar bajo su falda hasta tocar su vulva que la tela no me dejaba ver.

    Se estaba dedeando y con la otra mano apretujaba sus tetas por encima de la blusa. Nos mirábamos con fuego a los ojos. Linda lucía mi tía allí como puta masturbándose. Yo me pajeaba despacio, siempre oliendo su calzón. Tía Lau hacía esfuerzos para ahogar sus gemidos que lograba debilitar abriendo su boca y emitiendo jadeos fuertes.

    En un acto de arrebato, tomó impulso, como desesperada. Se despegó de la pared como si su deseo hubiera superado sus fuerzas. No habló. No me miró a los ojos como para sentir menos culpa quizás. Caminó hacía mí. Se arrodilló frente a mí y sin pedir permiso ni avisar me agarró la verga con su mano pequeña. La miraba fijamente con ansias, como estudiándola, estaba algo descontrolada, mordisqueando sus labios, respirando fuerte, como asustada de estar cruzando una línea roja. Después, simplemente la engulló hasta la mitad de un solo tajo. Mi tía me estaba chupando la verga y yo simplemente ni me lo creía. Por fin, por Dios.

    Que bella sensación. Sus ojos los mantenía cerrados, mamando asiduamente como si mi verga se fuera a ir pronto de su mundo, como si fuera la última mamada de su vida. Lo hacía con una intensidad y unas ganas tremendas. Sin dejar de engullir el falo, tomó una almohada y la dispuso debajo de las rodillas para no maltratarse. Parecía que se estuviera confesando en una iglesia por el pecado de no darse placer. Ese placer necesario que toda mujer desea sentir. La mamaba tan rico. Su boca se sentía cálida. Yo me incorporé y le acaricié con ternura sus cabellos sin interrumpir su faena.

    La dejaba libre de imponer su ritmo. Al sentir mis manos en su cabello, abrió por fin los ojos. Nos miramos como cómplices que están cometiendo alguna fechoría. Ella a ratos, lamía la cabeza del pene, como saboreando una paleta de vainilla. Sonreía y contraía su rostro con lujuria. Se veía bella. A ratos tierna, a ratos carnal, como toda una puta. Entonces entre jadeos, suspiros y algo agotada tomó un respiro y por fin dijo algo.

    -Ay, Dios.

    No la dejé que pensara mucho. No quería que se arrepintiera y todo terminara allí. Me puse de pie. Metí mis manos debajo de sus axilas incitándola y ayudando a que se levantara. Ella un poco dubitativa siguió mi impulso sin poner resistencia ante mi gesto implacable.

    -¿Qué haces, Miguel?, cuidado –me dijo, ya estando de pie.

    No le dije nada. Solo la empujé sin brusquedad a que se sentara en la cama. Fui yo quien se arrodilló en la almohada tumbada en el suelo. Metí mi cabeza entre sus dos muslos sin pedirle permiso. Intentó mantenerlos cerrados, pero hice fuerza con mi cabeza besuqueando por encima de sus rodillas y sus piernas cedieron como alas de mariposas.

    -Miguel, cuidado, No, no, ¿qué haces?, no, no-o, hm, n-n-o, hm, hm, ah, ay, Mi-Mi-guel, hm, hm, ah… Dios mío, ah, hm.

    Por fin mi nariz había llegado a la fuente misma de donde emanaban sus aromas. Esos aromas que habían alimentado tantas pajas cotidianas. Olía tan, pero tan intenso. Todo estaba mojado y carnoso. No le di chance de escaparse. Bajo la tiniebla de su falda que cubría mi cabeza, mi lengua buscó sus carnes suaves y los repliegues vaginales jugosos inundaron mis papilas gustativas.

    Un mundo de sensaciones indecibles me invadía por todos los sentidos. El sabor a vagina me embriagaba y me encantaba ensuciarme la cara con esos flujos. Mi tía cedió completamente. Se deshizo en jadeos y gimoteos tenues con cada aleteo de mi lengua que por fin se acomodó en la zona del clítoris. Entre jadeos desesperados, sus manos se apoyaron contra mi cabeza como para asegurarse de que yo me comiera toda su chucha.

    Le acariciaba las piernas comiéndole la vulva hasta que mi tía terminó tumbada transversalmente en la cama, entregada al goce del cunnilingus. Sus piernas se alzaron, su falda se replegó en su abdomen y pude por fin tener el placer de conocerle al desnudo la bella geografía de su vulva velluda. Era preciosa y ese triangulo espeso de vellos me encantaba. Generaba un morbo visual que ni yo mismo esperaba.

    Mi tía Lau estaba entregada disfrutando del placer de sentir a un hombre atrevido jugar con su chocha ardiente. Osé entonces y estiré mis manos hasta agarrar sus tetas sin dejar de lamérsela. Ella convalidó mi movida. Sus manos las puso encima de las mías guiando las caricias en sus senos aun vestidos. Se los apretujaba con morbo y ganas y ella parecía gustarle mucho.

    Entre lamidas de cuca y con algo de torpeza le fui quitando su blusa y ella incómodamente de despojó de sus sostenes. Por fin, por fin. Todo esto era real. Dios. No aguanté más. Ella tampoco. Me incorporé con mi cara mojada y olorosa a vagina. Nos miramos ansiosamente. No tuve que decir nada. Ella tampoco habló. Solo miró mi verga dura apuntando hacia su gruta. Me acomodé entre sus piernas y puse la punta de la verga en la boca de su vulva. La deslicé por encima varias veces sin hundirla. Jugueteando a arrastrarla por sus carnosidades y sus vellos hasta hacerla desesperar. Me encantaba el paisaje. Ella allí, tumbada, casi completamente desnuda, con su vulva oscura de pelos y sus senos carnosos al descubierto.

    -Ah, ya, ya, por favor, Miguel, métemela -su voz era más un suplico que otra cosa.

    Era una petición desesperada. Yo me entretenía conociéndole por fin cada pequeño detalle de sus lindas tetas desnudas que tanto había fantaseado. Eran más bellas de lo que pensaba, blancas, grandes, redondas con aureolas amplias rosadas pálidas y pezones anchos. La sensualidad en carne. Hundí suavemente mi verga por fin. Sentí ese calor vaginal, húmedo, tan precioso que arropó el falo hasta que mi vello púbico se enredó con el de ella. Cruzamos la línea roja. La había penetrado. Acceso carnal total pecaminoso. Incesto consumado. No había marcha atrás. Ella emitió un gemido profundo. Complacida.

    Me acomodé. Me concentré en sentir y disfrutar de esas sensaciones y el cosquilleo único que se vive al penetrar una vagina húmeda y entregada. Es un placer infinito. Doblemente infinito por ser prohibido en esta ocasión. Con cada embiste mi tía jadeaba y sus tetas rebotaban en una danza hermosa. Me sentí fuerte, muy hombre, muy macho ante una mujer débil que había sucumbido ante sus deseos prohibidos e inmorales.

    La cama chirreaba un poco con nuestra danza. Había que tener cuidado e intentar ser discretos. No estábamos solos. No podíamos olvidarlo. Adolfito estaba allí, aunque distraído en su universo de juegos al igual que nosotros en el nuestro. Me recliné en su cuerpo. Me encorvé lo que más pude para poder lamer sus pezones mientras clavaba asiduamente la verga como pistón bien aceitado en lo más hondo de su sexo cada vez más caliente y mojado.

    -Ah, ah, hm, hm, si, hm, ah -así, ah, ah –jadeaba y jadeaba sus gemidos y gritos.

    Era una delicia escucharla gemir ahogadamente con el sonido del tac, tac, tac, tac de mi pelvis chocando con la de ella de fondo. Pero el cosquilleo ese irremediable, difícil de controlar me avisaba que si seguía así no iba a demorar mucho. No. No quería que esto terminara tan pronto. Ella me abrazaba, pero yo se la saqué sin aviso. Ella abrió los ojos sorprendida de habérsele interrumpido su goce. Hubo un reclamo interrogante con sus ojos acuosos, pero duró poco. No dejé que hablara. Me senté con mi espalda apoyada en la cabecera de la cama y le pedí que se me subiera ella y cabalgara. Ella accedió casi desesperadamente, dócil y gustosa.

    Cuando se ensartó completamente con su falda todavía puesta y sus senos al aire, la vi tan bella. Era como una nena, pero mayor. Me encantaba esa combinación de mujer madura con cuerpo de nena. Sus senos gordos colgaban en pose natural. Desparramados un tanto a cada lado. Provocaba seguir mamándolos. Lo hice al mismo tiempo que la penetraba y ella gemía en mi oído más intensamente.

    -Ah, ah, hm, si, si, así, si, ah, ah, hm, ah, hm, ah –su voz sonaba más gutural.

    Las tetas se aplastaron ricamente contra mi pecho y tía Lau saltaba y se meneaba imponiendo el ritmo de la penetración. Nos mirábamos fijamente a la cara. Yo la ayudaba a levantarse sosteniéndola por sus nalgas. Ella, abrazada mis hombros. Sus gemidos se intensificaron. Se meneaba encima de mi regazo: Sus piernas abiertas y dobladas con sus rodillas apoyadas en el colchón. Copulábamos tan cómodamente. Había fuego en nuestras miradas.

    Entonces fue como si nuestros rostros de repente tuvieran una suerte de imán infranqueable en esa pose. No sé quién tomó la iniciativa, si ella o yo, pero sospeché que ambos lo deseamos. Nuestras bocas se acercaron. Los alientos de enredaron e inevitablemente un beso carnal, húmedo, prohibido, profundo unió nuestros labios y lenguas húmedas sucias de sexo. El vaho de mi verga su boca lo traspiraba y boca olía a su intimidad. El beso se mantuvo largo, comiéndonos mutuamente las bocas hasta que ella agotada emitió un jadeo profundo contrayendo todo su cuerpo.

    Todo era tan hermosamente excitante que yo tampoco aguanté mucho. Segundos después y sin fuerzas para avisar nada, simplemente me desplomé y derramé con potencia todo el semen en lo más hondo de su vagina en carne viva. Con cada espasmo yo jadeaba y ella muerta de placer le complacía ver mis gestos y oír mis sonidos orgásmicos. Nuestros cuerpos exhaustos, sudados se sacudían en un acto de amor prohibido pero bellísimo.

    Nos miramos a los ojos, un poco ya relajados. Intente besarle los pezones de sus tetas bellas. Ella se encorvó con incomodidad.

    -No, no, no Miguel, están muy sensibles, no me aguanto el cosquilleo en mis senos después que me vengo.

    La dejé tranquila. Todavía mi verga estaba inserta y daba espasmos suaves. Sentía un calor agradable en mi pelvis.

    -Y paso lo que no tenía que pasar Miguel.

    -Ay, tía, pero la pasamos rico. ¿No? –me miró con una sonrisa irónica.

    -Si –fue todo lo que dijo. Se desensartó de mi cuerpo y todo el semen espeso salió de su vagina mojando la sábana.

    Tomó su calzón que estaba casi al otro extremo de la cama y se limpió el exceso de semen que aun mojaba sus labios vaginales y bajaba por sus muslos.

    -Mañana cambias esa sábana sucia de pecados. Ay, por Dios –dijo con un gesto de desapruebo para consigo misma.

    Se vistió con agilidad sin ponerse el calzón que empuñó y metió de cualquier manera con discreción en el bolsillo lateral de su falda. Se miró en el espejo pegado detrás de la puerta, para asegurarse de que lucía normal después del sexo eufórico. La abrió despacio. Miró con sigilo hacia el pasillo. Escuchó que todavía Adolfito estaba pegado en su video juego. Me miró con sus ojos acuosos. Yo allí, vencido, satisfecho, desnudo y tumbado en la cama con mi pene ya fláccido. Me hizo un gesto con su rostro como para que yo estuviera atento a lo que ella iba a gritar:

    -Adolfito, ya está bueno. Ya es tarde. A acostarse ya mijo. Apaga ese aparatejo.

    -Si, mami, ya voy –escuché la voz de Adolfito en la lejanía.

    Yo me apuré entonces a ponerme mi pantaloneta por si Adolfito se acercara. Ella se giró. Me dijo hasta mañana con una vez suave, casi en secreto y cerró la puerta.

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  • Sexo en la ciudad de la furia

    Sexo en la ciudad de la furia

    Fresco sábado a la mañana de abril en Buenos Aires. Me desperté caliente.

    Me bañé rápido, me puse una tanga roja finita y el corpiño negro de encaje que me hacía ver las tetas más arriba de lo normal.

    Además de eso, me puse un jean ajustado, una remera blanca y el pelo húmedo me lo dejé suelto.

    Tenía que estar en Puerto Madero antes de las nueve ya que tenía un gran evento. Era la segunda vez que me tocaba algo así de grande, y estaba pila.

    Caminé apurada. El aire estaba fresco, con ese olorcito a río. Cuando llegué al muelle, ya había movimiento. Y ahí lo vi.

    Estaba apoyado contra una baranda, con un mate en la mano y el sol pegándole en la cara. Alto, flaco, con barba descuidada. Un buzo verde suelto y las mangas arremangadas le dejaban ver los brazos.

    Me miró justo cuando yo lo miraba. Me sostuvo los ojos. No sonrió. Yo tampoco. Me relamí el labio. Él bajó la mirada, tomó un sorbo de mate y se fue para adentro.

    —¿Quién es ese? —pregunté en voz baja a uno de los chicos.

    —Le dicen Tito. Es de Rosario. Un colgado, pero un capo con lo técnico.

    Y eso me dejó con intriga.

    El día fue largo. Recorridas, gente sacando fotos, chicos tocando todo, señoras preguntando boludeces. Yo lo cruzaba cada tanto. Me hablaba poco, con voz ronca y seca.

    —¿Me alcanzás ese cable, porfa?

    —¿Siempre son así de mandón?

    Y me sonreía.

    Había algo en su forma de estar, de moverse… como si no tuviera apuro.

    Y yo, que estaba acelerada, me quería tirar encima suyo cada vez que me pasaba cerca. Sobre todo cuando lo vi agachado arreglando una instalación, con el pantalón medio bajo y la remera levantada. Me ardió la concha.

    Terminamos el día cerca de las siete. Me dolían las piernas, tenía el pelo desordenado y las manos sucias de andar armando y sosteniendo cosas. Pero estaba de buen humor.

    Algunos de los chicos querían ir a tomar algo en algún bar, así que me sumé. Tito también.

    Nos fuimos en grupito, riéndonos de un par de cosas del día, caminando entre los adoquines.

    Yo iba al lado de él. No hablábamos mucho, pero me tiraba miradas. De esas que te miran la boca. O el culo. Él caminaba con calma. Me gustaba eso. Me daban ganas de agarrarlo.

    Nos sentamos todos en unas mesas afuera, en un bar de cerveza artesanal. Yo pedí una roja. Él, también.

    —¿Tanta casualidad o me estás copiando? —le dije, apoyando los codos en la mesa.

    —Capaz quiero saber si tenés buen gusto —me contestó con su voz ronca.

    Hablamos poco, pero cada vez más cerca. Me apoyó la rodilla contra la mía. Yo lo dejé.

    Después se estiró para hablarle a otro, y me rozó el brazo. No se disculpó, es más, me encantó.

    Cuando la noche se empezó a enfriar y la mitad del grupo ya se había ido, Tito me miró y dijo:

    —¿Querés ir a tomar una birra tranqui en mi hostal? Está a tres cuadras, por Corrientes.

    Lo miré fijo, sin decir nada. Tomé el último trago de mi vaso, y le dije:

    —Dale. Pero que sea tranqui en serio, ¿eh?

    Nos reímos los dos.

    Llegamos, y apenas se cerró la puerta del cuarto, me vinieron encima las ganas.

    Él dejó la llave en la mesa sin mirar, y ya me tenía contra la pared. Me agarró de la cintura y me besó. Le respondí con el mismo hambre.

    Me apretó contra su cuerpo y me pasó una mano por debajo de la remera sin pedir permiso. Me agarró una teta. Le solté un quejido provocador.

    —Sos hermosa —murmuró contra mi cuello, metiéndome los dedos bajo el corpiño.

    —Haceme mierda —le dije mientras me sacaba la remera de un tirón.

    Bajó un poco y me chupó las tetas por encima del encaje.

    Yo le desabroché el botón del pantalón con las uñas y se lo bajé.

    Me mordía los pezones a propósito. Me sacó el corpiño con una mano como si supiera hacerlo con los ojos cerrados.

    —La concha de tu madre, qué tetas —dijo, antes de enterrarse entre ellas.

    Me apoyó en la cama, se arrodilló y me bajó el jean de un tirón junto con la tanga roja que quedó atrapada en mis tobillos.

    Me abrí de piernas. Él me miró desde abajo y se metió entre mis labios. Me lamía con hambre, con decisión.

    Su lengua me recorría el clítoris. Me temblaban los muslos. Le metió un dedo. Después dos. Después tres. Me sacaba gemidos sucios, calientes, mojados.

    —Así, más —le dije apretándole la cabeza contra mi concha.

    Me obedeció. La lengua me dibujaba círculos en el clítoris mientras sus dedos estaban adentro. Me arqueé y me reí, medio ebria, medio exaltada.

    Después se acostó, le bajé el bóxer y saqué su pija dura, gruesa y venosa.

    Me la metí en la boca sin preámbulo. Despacio al principio y después, cada vez más adentro. Me la tragaba entera mientras lo miraba a los ojos. Él jadeaba y me acariciaba el pelo.

    —Así, puta linda, tragala toda —me decía con voz rota.

    Yo la chupaba como si quisiera comérmela. Lo hice gemir.

    Luego se acomodó al borde de la cama, jadeando, y se puso un forro mientras yo me ponía en cuatro.

    Me agarró el culo con las dos manos y me lo abrió. Me dio una nalgada que sonó fuerte. Yo gemí.

    —Estás re mojada, pendeja.

    —Metémela —le rogué por encima del hombro.

    Y me la metió. Toda. De una. Fuerte. Me hizo gritar. La pija se me enterró con violencia, y me sacudió el cuerpo entero.

    La cama crujía, pegaba contra la pared. Él me agarraba del pelo y me tiraba hacia atrás mientras me rompía con cada embestida.

    —Sos una puta hermosa, pendeja de mierda —me decía entre jadeos.

    —Más, más, sí —le suplicaba con voz ronca.

    Cambiamos de pose. Me subí encima y lo cabalgué con ritmo, sintiendo cómo su verga me llenaba la concha.

    Él me agarraba las tetas con bronca, me las apretaba y pellizcaba los pezones.

    —Mirá cómo te moves, puta rica —me decía mientras me tomaba de la cintura.

    —Que rico, hermoso, soy toda tuya —le dije, jadeando, mientras lo montaba más fuerte.

    Después, me acosté boca arriba y él se puso encima otra vez.

    Me la metió de un solo empujón. Me taladraba. Le pasé las piernas por encima, lo clavé adentro. Él me cogía como si no existiera un mañana.

    —Desde que te vi tenerte cogerte —me dijo con la boca en mi cuello, besándome y mordiéndome.

    —Ay, ay, que rico —le gritaba arañándole la espalda.

    —Te voy a llenar toda, putita…

    Él se tensó, gimió más fuerte que antes, la pija latiendo adentro mío mientras acababa. Yo lo miré a los ojos mientras sentía como desbordaba de placer.

    Se quedó adentro. Jadeando. Besándome el cuello, la oreja. Me acariciaba la cara. Yo le pasaba los dedos por la espalda, rozándole el culo.

    Se tiró en la cama y me apoyé en su pecho, todavía con la respiración agitada.

    No dijimos mucho. Solo nos abrazamos. Yo con la pierna cruzada sobre él. Él con la mano en mi espalda baja, acariciándome el culo.

    Nos quedamos dormidos así.

    Ya en la mañana, la resolana se filtraba por las cortinas finitas. Me desperté primero, con la boca seca y las piernas todavía pesadas.

    Tito dormía boca arriba, con un brazo colgando fuera del colchón y la sábana hasta la cintura. Tenía el pelo revuelto y la respiración calma.

    Me levanté despacio, sin hacer ruido. Junté mi corpiño del piso, la tanga roja que había quedado tirada en una esquina, y me vestí en silencio.

    Busqué mis cosas sin mirar demasiado. Me acerqué a la cama. Lo miré un segundo. No lo besé. No dije nada, y salí del cuarto.

    Debía volver a lo mío.

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  • Corrida anal con beso negro. En busca de los 4 pedos

    Corrida anal con beso negro. En busca de los 4 pedos

    Era la cuarta vez que quedaba con Miranda… Ella tenía sexo convencional con otras personas, pero conmigo solo quería que le hiciera un beso negro. Decía que el sexo es saludable pero que para ella el verdadera placer venia de un orgasmo anal con una cara entre las nalgas.

    Mi relación con ella se limitaba a acudir cuando ella quería y disfrutar de su culo. Ella se aseaba, se ponía guapa e incluso se aceitaba un poco el culo para la ocasión. No era sexo oral sin más, era un placer muy profundo.

    Aquel día fui a su casa y la vi arreglada y perfecta como siempre. Rubia, mediana estatura, culazo, piernas largas, maquillada, pero en sudadera y vaqueros. Y con botas.

    Según vi las botas supe cómo iba a empezar aquello.

    Yo fui guapo, una camisa, también vaqueros, pero a mí lo arreglado que estuviese me iba a durar poco.

    Miranda y yo intercambiamos un par de comentarios elogiando al otro y poco después empecé a tocarle el culo suavemente. La llama comenzaba a prenderse poco a poco y el silencio se hizo. Ella contorneaba las caderas para pedir actividad y metí mi mano en sus pantalones para acariciar su culo entre sus nalgas. Muy poco después me hizo sacarla y yo voluntariamente la olí. La miré a los ojos con cara desafiante y cuando quise volver a acercar la mano me paró y me hizo un gesto para que me tumbase en el suelo. Obedecí. Ahí es donde entraban las botas.

    De dos pisotones puso sus botas cerca de mis orejas y me tentó con las vistas. Sacudió un poco las caderas y comenzó a agacharse. Su culo se acercó tanto a mi cara que casi pensé que me lo comería con ropa y todo pero entonces volvió a poner de pie. Se quitó los vaqueros lentamente, se quitó la cremallera de las pierneras y se los quitó del todo.

    Unas piernas largas y un culo gordo al final es lo que veían mis ojos desde el suelo, ni siquiera veía el color del tanga.

    Ahora sí, comenzó a agacharse y pude ver una línea negra que era un tanga. Justo después del tangas y a medida que se separaban aquellas gloriosas nalgas apareció un ano redondo y marrón oscuro que fue inexorablemente directo a mi boca. Pero lo paró a un palmo. Aún no podía chupar. No podía tenerla más dura. Veía aquello y no podía chuparlo. La escuché reír.

    -Por favor -le rogué

    Se volvió a reír y bajó un poco más. Pude olerlo… Las vistas eran inmejorables. Se separó un poco las nalgas y seguí oliendo, un olor caliente y sucio, casi prohibido, lo quería para mí. Volvió a reír y acabó de bajar el culo para que pudiese lamerle el ano. Mi cara se llenó del calor asfixiante de las nalgas de Miranda y mi lengua rozó su ano con la suavidad de la que fui capaz. Lamía y lamía como si quisiera sacarle brillo. Cada vez que respiraba el calor de su raja me mareaba un poco más…

    Ella bajó más y me enterró del todo en su culo para restregarme su ano por toda la cara. Luego subía y bajaba para jugar con mi respiración. Y me lo volvía a restregar.

    El sabor el olor y el calor hacían de aquello algo tan duro como cachondo..

    Pero al final eso eran juegos…

    Se levantó de encima de mí y se puso a 4 patas sobre las cama… Se quitó las botas…

    Miranda agitó su enorme culo brillante como tentándome a ir junto a él y se separó las nalgas señalando su ojete como diciendo (a ver qué sabes hacer con este).

    Fui hasta allí y me puse de rodillas. Era el momento de correr su culo con mi boca.

    Di un beso a cada pie y otro a cada nalga y sumergí mi cara entre ellas. Ella apretó mi cara con sus manos contra sus nalgas hasta poco antes de asfixiarme. Cuando salí de allí, me quedé mirando fijamente a su ano y comencé a lamer en círculos para estimularlo poco a poco. Ella al ser consciente de que había comenzado la mamada de culo con el fin de correrlo se relajó y me dejó trabajar. Seguí acariciando su ano con mi lengua en círculos y la pasaba ancha de arriba a abajo como si fuese una brocha, suavemente.

    Mientras tanto acariciaba sus nalgas con mis manos. Su ano palpitaba contra mi así que empecé a sumergir mi lengua poco a poco. Le metía la puntita y la sacaba. El sabor a culo se acentuó drásticamente al sobrepasar el año. El olor y el calor me marearon un poco asique aleje un poco la cara e introduje una falange de mi dedo.

    Ella gimió.

    Saqué el dedo. Lo chupé. Y volví a meter mi lengua en su culo. El sabor volvió a intentar echarme para atrás, pero continúe metiendo y sacando la lengua, cada vez un poco más a dentro. Ella gemía y de vez en cuando me tocaba la cara con sus dedos. Metí toda mi lengua, la dejé dentro unos segundos y empecé a meterla y sacarla entera.

    Ella gemía y su ano palpitaba. El sabor amargo y el intenso calor de la zona me ponían muy cachondo, pero pronto necesitaría respirar un poco alejado de aquel culo.

    Como si me escuchará, ella separó mi cara de su culo con las nalgas y separó un poco las piernas. Vi como se llevaba un dedo al clítoris y comenzaba a frotarse suavemente.

    Yo le introduje lentamente un dedo en el culo hasta que se sumergió entero. Estaba caliente y húmedo, y algo pringoso ahí dentro. Ella gemía del placer. Lo giré unas cuentas veces y lo saqué. El dedo brillaba. Miranda me miró fijamente asique no tenía otra opción. Me lo metí en la boca.

    Con la mano libre que tenía, ella se metió dos dedos en el culo. Los removió y los agitó dentro como buscando oro y los sacó cono forma de cuchara. Sus dedos habían rebajado su culo en busca de los que hubiese. El olor allí cerca era muy muy intenso. Los dedos brillaban pero no parecían sucios. Fueron de su culo directos a mi boca. Sabían cómo sabía su culo cuando metí muy dentro la lengua: a culo de manera intensa.

    Ahora sí llegó el momento.

    Ellos seguían haciendo pequeños círculos en su clítoris con un dedo y su ojete palpitaba como si necesitase atención.

    Cogí aire y le follé el culo con la lengua primero lentamente y luego rápido y profundo

    Su respiración se agitó y los gemidos también fueron a más. Siguió y siguió gimiendo y el sabor se intensificó. Yo seguí ahí, aguanté como pude y esperé lo inevitable: la corrida.

    Ella me avisó: ¡me corro!

    Retiró la mano de su clítoris. Yo saqué la lengua, puse mi boca a una distancia de un dedo y me la abrí.

    Si nunca te han tirado un pedo en la boca quizá no sepas que nunca estás del todo listo.

    El primer pedo fue todo viento y casi no hizo ruido pero tenía mucha cantidad. El gas pasó directo de su culo a mi boca, llenando esta de un sabor horrible y amargo y después pasando a mis pulmones. Me produjo un arcada que se vio interrumpida por el segundo pedo.

    El segundo pedo hizo ruido y aunque menos voluminoso fue más denso. Dentro de mi boca casi parecía masticable. El gas se pegó a todas las paredes de mi boca y lo que ya no cupo salió de mi boca y lo respiré por la nariz.

    El tercer pedo tardó un poco más como esperando a que sugiriese los 2 primeros y se pareció mucho a primero. Mucho aire en mi boca. Aún si hubiese mantenido la respiración, era un pedo largo que me habría comido de todas formas. Aquel no me sentó tan mal.

    Pasaron 2 y 3 segundos y parecía que no había más pedos. Hasta que con una mano se levantó una nalga y apretando un poco se echó un cuarto y último pedo.

    El cuarto pedo hizo el ruido de un globo al desinflarse y tampoco trajo gran cantidad de aire. Pero el sabor era tan profundo que fue casi como masticar su mierda.

    Ella, satisfecha, se incorporó y me preguntó qué tal. Yo tarde algo más en incorporarme, estaba algo mareado, la boca me sabía a pedo y el aire de la habitación estaba muy cargado.

    Me confesó que ella no estaba del todo segura de si el cuarto pedo iba a ser pedo o no… Pero que estaba dispuesta a arriesgarse…

    Yo la miré estupefacto y trate de hacerme el indignado pero en realidad ambos sabíamos que el morbo era tan intenso que habría dejado la boca abierta igualmente…

    Ella me dijo que solo era cuestión de tiempo que yo probase su mierda y tuve que reconocer que quisiera o no… tenía razón…

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  • Iniciando a nuestros hijos mellizos (22)

    Iniciando a nuestros hijos mellizos (22)

    Después de salir expulsados de la tienda de adultos y la sala de Glory Hole, afuera en el centro comercial, mientras esperábamos a las mujeres.

    “Necesito de tu ayuda Juan, quiero procesarlo, sé que mi hija está decidida a entrar en este ambiente, solo que hoy se superó todo lo que esperaba, no quiero que esto sea un trauma para ella o mi esposa. ¿Cuento contigo?” le pregunte.

    “Claro que sí ¿Qué piensas en general después de haberlo visto y vivido?”

    “No lo sé” respondí honestamente.

    “Solo debes dejar que su deseo siga su rumbo y apoyar a tu princesa, ya es mayor de edad, ella toma sus decisiones.”

    Vi acercarse a las tres mujeres, se veían normales como 3 amigas que estaban de compras en un centro comercial, dos mujeres maduras hermosas acompañadas de una mujer joven con ropa juvenil y ajustada. La cara de mi hija aún tenía un toque de rubor.

    “Sandy, en nuestro ambiente, tenemos cantidad de frases y códigos uno de ellos es que lo que sucede en nuestras reuniones se queda en las reuniones, quizá lo habrás escuchado como “lo que pasa en las Vegas se queda en las Vegas. Tu papa y yo pensamos que es buena idea que pasemos unos minutos a nuestra casa a platicar. ¿Qué te parece la idea?

    Myriam me busco con la mirada.

    “No se preocupen, lo que sucedió lo hice consciente y llevada por mis propios instintos, ustedes saben que estoy decidida y quiero experimentar mas. Y con respecto a tu invitación Juan, si papa y mama están de acuerdo acepto”

    “Me parece buena idea. ¿Qué opinas amor?” le pregunte a mi esposa.

    “No lo sé… quizá Sandy necesite tiempo y su espacio para pensar”

    “No mami, estoy perfectamente, vamos a casa de Juan y Martha.

    Nos separamos de nuestros amigos y nos dirigimos a nuestro auto, caminamos en silencio por los pasillos de mall, Myriam y Sandy iban abrazadas, mi esposa le acariciaba el cabello o los brazos mientras mi hija posaba la cabeza en su hombro. Llegamos al auto, la tensión era palpable, parecíamos unos desconocidos. Sandy no podía apartar la vista de mis ojos en el espejo retrovisor, su sonrisa nerviosa y la leve humillación en su semblante se veía reflejada con la luz tenue del coche, buscaba nuevamente mi aprobación a pesar de confesar que estaba decidida. Le envié un guiño y una sonrisa, nuestro código familiar para indicar que “todo estaba bien”

    “¿Te puedo preguntar algo papa?” Sandy rompió el silencio.

    “Si claro, lo que gustes”

    “¿Tu cómo te sientes?”

    “No lo sé, mi amor” le respondí, “Aun estoy en shock, no puedo creer lo que hicimos, no te preocupes todos participamos.” Le dije con una sonrisa.

    “¿No te gustó, lo desapruebas? Porque realmente a mí me pareció lo contrario” Preguntó mi esposa, como siempre llevándome contra las cuerdas.

    “No dije eso” trate de aclararlo, “Estoy orgulloso de que Sandy se atreva a experimentar, solo que no me imagine que iba a suceder, se salieron las cosas de control.”

    “¿Apoyas su decisión de que siga explorando?”

    “Por supuesto que la apoyo, ella es mayor de edad” respondí con la garganta seca por el nerviosismo.

    Las luces de la calle se reflejaban en el parabrisas mis pensamientos no tenían forma, las imágenes de lo sucedido llegaban difusas. El viaje en silencio era un espejo de lo que sucedía en mi mente, imágenes aleatorias sin orden de mi hija dando placer a desconocidos se repetían una y otra vez. Ella me miraba a menudo por el espejo retrovisor, sus hermosos ojos grandes color canela me taladraban.

    “Sandy” comencé a hablar, “Necesitamos hablar acerca de lo que pasó.” Ella se tensó en su asiento.

    “Sí” dijo suavemente.

    Finalmente llegamos a casa de nuestros amigos. Al llegar a la tranquila y acogedora residencia de Juan y Martha, la tensión se disipó ligeramente. El interior del hogar era en realidad nuestro cuartel general de orgias y encuentros: suave iluminación, muebles elegantes y un ambiente cargado de sensualidad. Nos invitaron a pasar a la sala, que se encontraba en la penumbra, Martha se apresuró a encender velas aromáticas que iluminaron la estancia con una luz tenue. El olor a incienso y aromas exóticos llenaba el aire.

    Nuestros anfitriones se sentaron en un sofá suave, y mi esposa y yo tomamos asiento en sendos sillones frente a la chimenea. Sandy, a mi espalda, curioseaba la casa, era la primera vez que venía y comentaba sobre algunos cuadros, se acercó a la ventana a ver el jardín, Juan y yo por instinto la observamos, su culo respingado, la falda corta y sus hermosas piernas eran demasiado para ignorar.

    Juan como buen anfitrión nos ofreció algo de tomar y Martha acerco algunas viandas, ninguno había cenado y devoramos los quesos, el jamón serrano y algunas frituras. Sandy se sentó en un sillón individual cruzando sus piernas con despreocupación.

    Por casi media hora hablamos de todo y generalidades, evitando tocar el tema, el ambiente se tornó relajado y natural.

    “¿Como te llevas con tu hermano mellizo Sandy?

    “Como solemos ser los hermanos Martha, imagina nacimos juntos, somos muy unidos y peleamos en ocasiones, últimamente somos más amigos que hermanos” Contesto mi princesa

    “Si, igual nos pasó con nuestros hijos, se llevan entre ellos 3 años, Mario siempre fue posesivo y algo egoísta y Lily sobre protectora con su hermano, hoy en día ya tienen su vida, están casados nos hicieron abuelos, ignoro si tus papas te han contado algo de ellos” Continuo Martha.

    “Si, me han contado de sus hijos, espero algún día conocerlos” Lo dijo mirándome con una sonrisa pícara.

    Mi corazón se detuvo ya que no solo sabia de sus hijos sino de lo que ya habíamos hecho con ellos. Juan y Martha aun ignoraban que le habíamos confesado nuestros encuentros.

    “Juan, prefiero un whisky en vez de la cerveza, por favor” Con pánico trate de cambiar la plática y Juan aprovecho para tocar el tema que nos llevó a su casa.

    “Claro que sí amigo, te lo sugerí, necesitamos tomar algo más fuerte” Me sirvió mi copa y se sentó junto a su esposa.

    “Bueno chicos, antes que se haga más tarde que les parece si inicio ya que soy el mayor y estoy seguro que junto con mi esposa los más legendarios en el ambiente de nuestro entorno de amigos. Primero, quiero que te sientas en confianza Sandy, cualquier pregunta que tengas sobre nosotros, nuestro estilo de vida, o cualquier duda, jamás dudes en consultárnoslo. Entiendo que tus padres han sido abiertos contigo y ya te han contado que son swinger. ¿Es así?

    “Si, Juan, mis padres han sido bastante abiertos al respecto”

    “Miguel, amigo del alma, tu como padre siempre la has apoyado, y como todo jefe de familia eres la fortaleza del hogar, eres como el tronco de un árbol: firme, silencioso y constante. Y esta noche no será la excepción. ¿Verdad?”

    Juan tomo la conversación con aire paternal, su tono relajo totalmente el ambiente cargado de tensión.

    “Amigo, tú y yo sabemos que el sexo no es malo, que la vida es corta y que hay que disfrutarla. Ustedes como pareja lo están experimentando y disfrutando, en este ambiente no se deja de evolucionar, parece como que siempre buscas y quieres más, eso nos ha pasado a nosotros como pareja swinger y lo hemos visto también en ustedes. ¿Estás dispuesto si Sandy lo decide apoyarla en todo?

    “Apoyo a mi hija en todo, ella lo sabe” respondí.

    “Myriam, como mama siempre has estado al tanto de tus hijos, la madre es como el corazón de un hogar: late con amor constante, da vida, consuela y nutre. Su calor une a la familia y mantiene todo en armonía. Todos sabemos que las mamas son los pilares del hogar. Te hago la misma pregunta que a Miguelito. ¿Apoyas a tu hija en esta decisión y camino que ha elegido?

    “Por supuesto que la apoyo, siempre los hemos educado con libertad y ella sabe que siempre puede contar conmigo y con su padre” Respondió con firmeza.

    Me levanté del sillón y me acerqué a mi hija, la tomé por los hombros y la volví a enfrentar, “Entonces, si realmente quieres continuar con este… estilo de vida, debes saber que hay situaciones que puedes enfrentar, y cuidados que debes tener, así como algunas reglas.”

    Sus ojos se abrieron, “¿Reglas?”

    “Sí” asentí, “Reglas básicas y códigos pero hay algo que me preocupa; ante todo tu seguridad”

    Martha, que escucho la conversación desde la cocina regresaba con una charola, se acercó y puso una taza de café frente a Myriam, “Sandy, es verdad lo que dice tu padre la vida de swinger no es un juego. Hay que tomar decisiones conscientes y responsables.”

    “No es un reclamo por lo que sucedió, a todos nos atrapo la lujuria” Se apresuro Juan con una sonrisa conciliadora.

    Me sentí atrapado, mi corazón luchaba entre la excitación y el miedo por lo que podía suceder. Sin embargo, quería saber más de cómo se sentía mi hija y que ella abiertamente lo expresara, así como transmitirle que la apoyábamos, queríamos cuidarla, guiarla y que tuviera la confianza de contarnos.

    “Hay reglas y códigos, en su momento los descubrirás o nos los preguntas, solo me preocupa el de tu seguridad, no siempre estaremos ahí para acompañarte y cuidarte, solo necesito que eso quede claro”

    “Si papi, entiendo ese punto”

    “Tú decides, mi vida” le dije a Sandy, “Pero si eliges continuar, debes prometernos que serás cuidadosa. “insistí

    Ella asintió, “Te lo prometo, papá.”

    Mi esposa se acercó y la abrazó, “Estaremos todos para apoyarte” dijo en un susurro.

    Nuestros amigos intercambiaron una mirada, sabíamos que ahora era el turno de Sandy para hablar.

    “¿De lo que hoy paso como te sientes al respecto?” le pregunto Juan directamente

    “Me siento… extraña” confesó, “Pero a la vez… emocionada. No me arrepiento de nada. Realmente quiero probar más, quiero sentirme libre y explorar más mi sexualidad.” Sus ojos se iluminaron con una chispa que jamás había visto en ella.

    Martha se acercó a Sandy y tomó su mano, “Te voy a dar unas reglas básicas sobre seguridad y que es lo que le preocupa a tus padres y a nosotros también. Primero, si sientes que no estás preparada para algo, siempre di que NO. Nunca te sientas obligada. Segundo, la higiene y el cuidado personal son fundamentales. Tercero, la protección es un must. Cuarta, si sientes que alguien te pone en peligro, avisa inmediatamente. Y, por último, no te dejes influenciar por el alcohol o las drogas, debes tomar tus decisiones con la mente clara.”

    “Hoy falle en una de ellas, la higiene y la protección, nadie uso condón” Respondió tímidamente mi hija con aire de preocupación.

    “Tranquila mi vida, si bien es cierto, corrimos un gran riesgo y no debe volver a suceder sin protección, somos una manada y cuidamos los unos a los demás, aunque es difícil de creer quienes van a esos sitios o los clubes swingeres somos personas cuidadosas.” Le respondió Juan con tono tranquilizador, aunque no había caído en cuenta que si fuimos todos unos irresponsables.

    “Estaremos ahí para ti, Sandy. Eso es lo que somos, una gran familia” agregó Martha con un tono suave y cariñoso, que reflejaba la complicidad que existía ya entre nosotros.

    “Lo hiciste muy bien preciosa” Le dijo Juan “Te sentirás más segura la próxima, ya que ahora sabes a que te enfrentaras”

    Mi hija sonrío y se levantó, “¿Ya estamos listos para irnos?” Preguntó, la noche se sentía eterna.

    “Sí, creo que es hora” dijo Myriam con una sonrisa, “Gracias por la velada, Juan y Martha. Aprecio que nos ayuden a procesar y enfrentar lo que sucedió.”

    Juan le hizo otra pregunta a nuestra hija “En dos semanas es la cita para tu primer encuentro con Carlos y Valeria… Después de lo de hoy. ¿Aun quieres participar con ellos?

    “Sip, ahora más que nunca, estoy ansiosa por ver qué pasa” Contestó sin titubear al tiempo que se levantó del sillón.

    El regreso a casa fue más relajado, volvíamos a ser la familia de siempre, fue una buena idea ir a casa de Juan y Martha, la charla fue sincera y creo que todos salimos con la mente más clara. Sandy se veía tranquila, se reclinó en el asiento del coche con la ventana abierta, disfrutando la brisa que le acariciaba la cara. Regresaba su cara inocente.

    Al llegar, se despidió y subió a su habitación, hicimos lo propio. Myriam arrojo las zapatillas y se metió al baño, escuche de inmediato la regadera, me quede absorto sentado en la cama, mi mente en ningún lugar, después de que mi esposa se ducho lo hice yo, entre nosotros aun no hablábamos, parecía que evitábamos confrontarnos por miedo a enfrentar algo aun no dicho.

    Cuando salí mi esposa se untaba sus cremas por todo el cuerpo, me llego la imagen de ella hincada sacándonos la leche a Juan, a mí y al desconocido y que también la vi acariciándole los testículos al rubio y al moreno, además aun no sabía que hizo cuando me fui a la otra área de la sala antes de aparecer con Juan. Recordé que a causa de ella se rompieron las reglas del sitio y la causa de nuestra expulsión, recordar esa parte me hizo sonreír a la vez que sentía que mi pene se ponía duro

    A pesar de haber hablado del tema con mi hija aun me sentía preocupado por ella y como todas las noches desde que eran niños y dormían en sus habitaciones, salí a confirmar que estaban bien. Llegue a su recamara y toque la puerta.

    “Sandy… hija. ¿Ocupas algo? bajare a la cocina por agua”

    “Pasa” Dijo con suave voz.

    Al entrar me sorprendió verla sentada en la cama aun con la misma ropa revisando su móvil, la luz tenue de una lampara iluminaban su carita angelical.

    “¿Te sientes bien?” Le pregunte, mi corazón se aceleró por la incertidumbre.

    Ella me miro con sus ojos cansados y sonrió, “Sí, papi. Estoy solo un poquito cansada, me daré una ducha, todo bien no te preocupes”

    Le di un beso en la frente y me despedí, entendí que era lógico que tenía que procesar a solas lo que sucedió, ella sabía que estábamos para apoyarla. Me sentía orgulloso y preocupado a la vez por mi hija. Sentía un extraño sentimiento, además de culpabilidad que no sabía si era excitación o temor.

    Después fui a ver a Enrique su hermano, mi hijo jamás le ponía cerrojo a la puerta, me asomé y vi que estaba profundamente dormido y regresé con mi esposa, que también ya dormía o me evitaba. Me tome un par de minutos para descansar y pensar en lo que habíamos pasado, en la conversación que habíamos tenido en casa de Juan. Decidí que ya era hora de dormir y me acerqué a mi cama, la luz de la noche que se colaba por la ventana iluminando la habitación a medias me permitía ver la silueta de Myriam, las imágenes de ella y mi hija regresaban, también ver a Martha con dos o tres pollas y la forma como pervirtió a Sandy.

    Al no poder conciliar el sueño, fui al baño, me metí nuevamente en la ducha y me masturbé furiosamente recordando vagamente, con imágenes difusas a mi hija hincada chupando las pollas sentí mi leche salir a borbotones y esparcirse en la pared del baño, fue una eyaculada explosiva.

    El día siguiente era viernes, tenía varios asuntos pendientes a primera hora en la oficina, mi esposa se quedó en casa, salí temprano, pase por la habitación de mi hija, escuche la regadera. baje las escaleras y tome un desayuno rápido y me fui a la oficina.

    Toda la mañana me costó concentrarme, si no fuese por Ramiro mi asistente no habría terminado el expediente que debíamos llevar a los juzgados antes de las 10 de la mañana. Tenía una “compulsión culposa” me sentía como si tuviese una fuerte resaca, la sensación era similar a haber tomado mucho en una reunión y yo hubiese hecho algo pasado de copas, ofendido a alguien o peleado y tuviese una resaca con remordimientos. Las imágenes difusas aun del Glory Hole llegaban a mi irremediablemente. Decidí que no podía continuar con la jornada. Necesitaba aliviar la presión que sentía.

    Envié con Ramiro el expediente y me encerré en mi despacho, le llame a mi esposa y en 3 ocasiones tenía tono de ocupado, por habito y costumbre entre a mi correo personal y para variar tenía otro mensaje de Juan:

    “Re. Un recuerdito”

    Abrí el correo con impaciencia. Adjuntado al correo; dos fotos tomadas clandestinamente con su móvil en la sala del pasillo. Sandy hincada junto a Martha, su cara no se veía, solo la espalda su cabello cayendo en cascada, la segunda foto; mi hija de perfil se veía su carita claramente, tenía aprisionando al chico con una mano y la verga le brillaba con su saliva. Además, un mensaje:

    “Me hubiese gustado tomar más fotos Miguelito, pero la censura en ese lugar es estricta, haz zoom y en la esquina encontraras los ojos de un buen padre” Concluyo

    Las imágenes me excitaron y me llenaron de angustia, cerré la puerta del despacho con llave y le pedí a la recepcionista que no me pasara llamadas ni recibiría a nadie hasta que le avisara. Me masturbe viendo las dos fotos y recordé como si fuese una película xxx, hasta ese momento me negaba a enfrentar las imágenes recordándolas en detalle, solo tenía imágenes difusas, decidí soltarlas y revivirlas en mi memoria, recordé la sensualidad de mi hija, la perversión de verla disfrutando, la inocencia que aún se asomaba por sus ojos, su cara con esperma al final, la desinhibición y recordarla estremecerse con su orgasmo.

    La llamada de Myriam, me regreso a la realidad.

    “Amor, tengo unas llamadas tuyas. ¿Estas bien?”

    “Si, solo quería platicar contigo, no me siento bien, quería saber cómo estas tú, no hemos platicado entre nosotros”

    “No te puedo mentir, aun no logro procesarlo del todo, estaba hablando con Martha, nos invitan hoy en la tarde a cenar a su casa”

    “¿A raíz, de cómo te sientes?” Pregunte

    “Si, ella fue la que me llamo, fue una larga conversación, anoche frente a Sandy trate de que no notara mi estado de ánimo, sin embargo, Martha si lo noto se quedó preocupada”

    “¿Estas arrepentida amor?”

    “Ya es tarde para arrepentirnos Miguel”

    “¿Aceptaste la invitación?

    “Si, será una reunión de amigos, nada sexual”

    “Me parece bien, me iré a casa, repito no me siento bien” Termine la llamada, vi por última vez las dos fotos, cerré mi lap top y guarde mi pene erecto.

    Camino a casa le llame a Juan:

    “Recibí tu correo Juan, está por demás pedirte que destruyas las fotos de tu móvil” Le rogué

    “Me ofendes Miguelito, ya las borré, créeme que las tome para ti, sé que las disfrutarías y las miraras muchas veces, recuerda que tenemos un arreglo, tendrás acceso VIP al video de la reunión que estamos organizando Mario y yo para mi nuera” Me lo dijo en tono de chantaje, en realidad no recordaba tal “arreglo”

    “Me comento Myriam que nos esperan para cenar”

    “Así es amigo, nos gustaría que pasáramos una bonita velada y ayudarles a “sanar” lo que sucedió ayer”

    “Es curioso y extraño que nos inviten a cenar, será nuestra primera reunión no sexual” Le dije con sarcasmo.

    “Bueno, eso depende de ustedes, nosotros siempre estamos dispuestos aun sigo caliente después de la noche de ayer, ¿tú no?”

    “No lo sé, al menos Myriam no creo tenga ese ánimo”

    “Ya veremos, Myriam y Martha son muy calientes, tu déjame a mi esa parte que sea una sorpresa”

    Llegue a mi hogar, mi hija se encontraba en la cocina, me acerque y la abrace de espaldas, sin malicia, la aprete con tanta ternura que sentí que mi pecho se me iba a romper. Ella se volvió, me sonrió y me dijo:

    “Papi, no te preocupes por mí, la vida continua y hay que disfrutarla, lo que paso fue muy excitante, no me avergüenzo de ello, al contrario, me siento liberada, me conto mama que irán con Juan y Martha a cenar, me los saludan y diviértanse. Hoy saldré con Alejandro” Me dio un beso y subió a su recamara a arreglarse para su cita.

    Mi esposa bajo, le pregunte por Enrique que últimamente parecía fantasma casi no estaba en casa.

    “Para variar se ira a dormir a casa de Raúl”

    “Vaya, ese muchacho usa nuestra casa solo como hotel”

    “En realidad no falta mucho para que ya no vivan con nosotros, debemos disfrutarlos” Contesto mi mujer en su faceta de madre.

    “¿Lista para ir a cenar? ¿A qué hora te cito Martha?

    “A las 6 de la tarde” Contesto.

    “Hable con Juan camino a casa, le comenté que sería la primera reunión no sexual” Se lo solté riendo.

    “¡Oye, es verdad!”

    “Aunque, bueno ya lo conoces, con él nunca se sabe, más vale ir preparados”

    “No me siento con ese humor” Contesto con cara triste.

    “Lo se amor, estoy bromeando y se lo dije a Juan que no tendrías ánimo.

    A pesar que la invitación era solo para cenar mi esposa uso un vestido rojo que le hace ver su cuerpo muy sexy, sus curvas y pechos resaltaban, el escote profundo y el ajuste en la cintura me recordaba la noche de bodas, llevaba el cabello recogido que la hacían ver muy elegante, sus labios carnosos y rojos, el maquillaje era suave, la piel brillando me miro y me sonrío. “Estoy lista”

    Al llegar Juan se deshacía en cumplidos hacia Myriam, Martha al igual que mi esposa tenía ceñido un vestido verde que hacían resaltar su cuerpo que, aunque un poco lleno, sobresalían sus generosos senos, además de ser una mujer muy bella.

    La cena estuvo deliciosa basada en mariscos, pescado y langosta, Martha solicito el servicio a un conocido restaurante de la zona y Juan abrió dos botellas de su reserva más exclusiva. Después de cenar pasamos a la sala, en ningún momento se tocó el tema del día anterior. Note que Myriam reía y estaba feliz con las ocurrencias de Martha y Juan.

    “Bien, chicos les agradecemos que hayan aceptado la invitación, ustedes son nuestros mejores amigos y últimamente siento que estamos más unidos” Nos dijo Juan levantando su copa y acercándose al sillón en donde estábamos Myriam y yo.

    Martha puso algo de música y me invito a bailar, Juan hizo lo propio con Myriam.

    Así pasamos una hora bailando y cambiando parejas de baile, divirtiéndonos como jamás lo habíamos hecho, son una pareja muy divertida. Cerca de las 10 de la noche, Juan nos hizo un anuncio:

    “Me gusta mirarte contenta Myriam, y recuerden no están solos, todos participamos anoche, solo eso les quiero decir para cerrar el tema, su hija es más madura de lo que creen, créame, los va a sorprender. Martha y yo les tenemos una sorpresa que llegara en unos minutos, en punto de las 10 de la noche”

    Myriam y yo nos quedamos congelados, sin entender a que se refería.

    El timbre sonó y Juan salió a abrir la puerta.

    4 hombres corpulentos de raza negra vestidos elegantemente entraron.

    “Les presento a los Mandingos. Como ustedes saben Martha es psicóloga y ella piensa que, si el trauma lo causo una imagen o evento sexual como lo que sucedió ayer, lo que lo va a sanar es otra situación sexual mas fuerte y nada mejor que un grupo experto en parejas”.

    Continuará.

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  • Ligando en el súper

    Ligando en el súper

    Necesitaba imperiosamente ir al supermercado porque me había quedado sin café, del que no puedo prescindir en mi alimentación diaria, así que, a pesar del mal tiempo, me dispuse a bajar al Mercadona que hay debajo de mi casa.

    Ya estaba en el pasillo donde tienen los cafés, decidiendo entre comprar el de siempre o uno nuevo que vi ese día cuando oigo detrás de mí una voz que dice:

    ―El mejor es el de la derecha, sin duda.

    ―Vaya, gracias —respondí sorprendido por aquella entrada tan directa de un desconocido.

    Desconocido, que, ahora me fijaba bien, estaba muy bueno: alto, moreno, delgado, y con una presencia varonil acentuada si cabe por la tremenda pelambrera que asomaba por el cuello de su camisa y la parte de los brazos que dejaba al descubierto su manga larga.

    ―A mí me gusta mucho el café; probé ese hace poco, que antes no tenían aquí, y desde entonces se lo recomiendo a todo el mundo que conozco.

    ―Yo no puedo vivir sin café, pero me gusta que sea suave, porque si es muy fuerte lo único que se acentúa es su amargor, pero no el sabor.

    Se veía que nos unía un gusto (entonces empecé a notar que también compartíamos otro tipo de gustos), y por eso nos quedamos charlando un rato, en medio del supermercado, hasta que, sin dudar un segundo me atreví a hacerle una propuesta:

    ―¿Te parece que lo probemos? Vivo aquí encima y con esta tarde de lluvia charlar frente a un café es una de las mejores cosas que se pueden hacer.

    ―Buena idea, me respondió, pero también hay otras actividades muy apropiadas para tardes como esta.

    Entendí perfectamente lo que quería decir con aquella respuesta y subimos a casa. Le dije que se pusiera cómodo mientras preparaba la cafetera y después de dejar su chaqueta en el sofá prefirió seguirme hasta la cocina para ayudarme, según dijo. Continuamos charlando y mientras yo ponía el agua y el café, que olía de maravilla al abrir el paquete, en la cafetera, él cogió dos tazas del mueble alto donde le dije que estaban.

    Al hacerlo, rozó ligeramente su cuerpo contra mi espalda y mi culo, y, no sé si fue real o lo imaginación mía, noté su paquete tocando mi nalga derecha. Por supuesto, no me aparté, aunque debería hacerlo para facilitar sus movimientos. Entonces sintió que el camino estaba libre y se apretó un poco más contra mi trasero, inclinándose, al mismo tiempo, para besar mi cuello. Me di la vuelta y comenzamos un eterno y apasionado beso con el cual exploramos mutuamente nuestras bocas, juntamos nuestras lenguas, nos devoramos el uno al otro.

    Allí mismo, en la cocina, empecé a acariciar su espalda, primero por encima de la camisa, luego metiendo la mano por debajo para finalmente desabrochar cada botón para dejar al descubierto un maravilloso torso lleno de pelos negros y fuertes. Comencé entonces a recorrer aquella maravilla con mi lengua, chupando sus tetillas, besando y lamiendo cada centímetro cuadrado de aquel bosque hasta llegar más abajo del ombligo.

    Desabroché su cinturón y al bajar su pantalón vaquero y su bóxer de licra salió disparada frente a mi cara una polla gruesa y como de 15 cm de largo. Ya empezaba a babear así que no esperé más y me la metí en la boca. Chupé y lamí hasta hacerle gemir de placer, pero después de un rato me hizo parar para evitar que se corriera ya.

    ―Ahora me toca a mí, —dijo.

    Hizo levantarme y me desnudó rápidamente, descubriendo un cuerpo totalmente diferente al suyo: sin el bronceado veraniego perdido ya a estas alturas de septiembre, con mi pecho completamente liso y sin pelos; únicamente mis piernas son algo peludas. No sé si porque me sentí en inferioridad de condiciones respecto a él o qué pero me dijo que le gustaba mucho así, mi cuerpito suave y liso al que poder hacer disfrutar.

    Mi miembro también es menor que el suyo, pero eso permitió que pudiera metérselo entero en la boca para hacerme disfrutar de una larga y placentera mamada que casi hace que me corriese al instante. Por suerte paró, dejó tranquila mi polla de momento y comenzó un viaje por todo mi cuerpo, para besar y lamer cada rincón de mí. Al llegar a la altura de mi boca nos besamos de nuevo y dijo:

    ―Quiero follarte.

    ―Estoy deseándolo —respondí—. Mi culo es todo tuyo.

    Entonces levantó mis piernas, acercó su boca a mi agujero y comenzó a humedecerlo con su lengua, aportando abundante saliva, lo cual me hacía estremecer de placer.

    Cuando consideró que ya estaba listo colocó su pija a la entrada de mi culo y empujó suavemente, descubriendo que resultaba muy fácil penetrarme debido a lo dilatado que ya estaba en ese momento. Primero fue despacio, pero al rato aceleró sus movimientos y consiguió que yo sintiese un placer tan grande que cuando quiso empezar a masturbarme me corrí abundantemente sobre mi pecho. Él también terminó dentro de mí y, agotado y satisfecho dejó caer su cuerpo sobre el mío. Pude sentir una vez más su pecho peludo contra el mío lampiño, y me besó tiernamente una vez más.

    Decidimos entonces que nos ducharíamos juntos, ocasión que aprovechamos para enjabonarnos y masajearnos mutuamente bajo los chorros de la ducha.

    Una vez secos y desnudos en la cocina, tomamos por fin el café que nos había llevado hasta allí. No sé por qué, pero fue el más sabroso que tomé jamás.

    Eso sí, hubo muchas más tardes de café como aquella.

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  • Día de playa con dos amigas

    Día de playa con dos amigas

    Era un bonito día de julio, teníamos el último examen del año en la universidad. Al terminar me acerqué a Marisa y le pregunté que iba a hacer. Ella me dijo que había quedado con Lilian para ir a la playa. Fumando un cigarrillo y charlando de que había salido el examen estuvimos esperando a Lilian.

    Yo me fijé en Marisa, ella era una pelirroja de 165 cm más o menos de altura, tenía unos bonitos pechos y un escultural culo, sus medidas serían 87-61-96 más o menos. Ella llevaba puesto una camiseta ajustada negra y un ajustadísimo pantalón beige que marcaba un formidable tanga. Observándola y escuchándola más bien poco no me percate de la presencia de Lilian.

    Lilian salió quejándose del examen. Estaba bastante guapa ella era una rubia de 160 cm aproximadamente con unos deliciosos pechos y un culo no menos sensacional que el de Marisa, sus medidas serían 91-60-93 más o menos. Ella llevaba un pantalón vaquero ajustado y una camiseta sin mangas color blanco, con un letrero de Usa en todo el pecho.

    Después de charlar un rato y a punto de despedirme, Lilian me preguntó que si me iba con ellas. Yo estuve de acuerdo, total no tenía nada que hacer. Los tres dirigimos al Corte Ingles primero ya que yo no tenía bañador, y por tanto tenía que comprarlo. Yo pronto elegí unas bermudas totalmente normales. Fuimos a casa de Marisa a cambiarnos, ya que estaba cerca.

    Pronto me cambié en el baño, salí al salón y al poco aparecieron ellas, ambas llevaban una camiseta y un vaquero corto, que a las dos les quedaba de vicio.

    Conducía Marisa y pronto me di cuenta de que no íbamos a una de las playas normales, anduvimos 1 hora en coche hasta llegar a una zona rocosa. Pronto nos pusimos andar los tres una media hora más y llegamos a una maravillosa cala, que tal vez por ser primeros de julio estaba bastante desértica, es más a lo lejos se podía vislumbrar una pareja totalmente desnuda y nadie más.

    Acomodamos las cosas, y yo me quede pronto en bermudas. Ellas se quitaron la parte de arriba, ambas tenían tapando sus preciosos pechos don triangulitos pequeños, eran bastante diminutos. Marisa rojo y Lilian blanco, nunca las había visto en bikini, y la verdad no me defraudaban. Pero el espectáculo llego cuando se quitaron la parte de abajo, ambas llevaban tanga. Yo me quede con cara de tonto, ¡que culos! ambos blancos, pero grandiosos. Marisa me dijo medio sonriendo que si no estaba preparado para ir a la playa. yo bromee y todo quedo ahí.

    Al rato de estar allí y de haberse puesto bronceador, yo todavía estaba alucinado, Lilian empezó a decir que era una putada estar con la parte de arriba puesta, que le iba a dejar marca, Marisa le discutía que le daba corte, después de discutir las dos, se dirigieron a mí, y me dijeron que si yo me quitaba la parte de abajo ellas se quitarían la de arriba, yo les dije que ni de coña. Pero ambas insistían. La verdad es que me moría por ver sus tetas, pero me daba corte, al final me puse bocabajo y me lo quité, Marisa dijo, vaya culo, y se quedó riéndose igual que Lilian.

    En seguida las dos se quitaron la parte de arriba y me enseñaron esos dos melones. Ambas me pedían que me diera la vuelta, pero yo que estaba totalmente empalmado no me atrevía, al final lo hice y mis 19 cm de pene quedaron expuestos a sus miradas. Ambas me dijeron que era bastante grande, yo por entonces no sabía si tener vergüenza o disfrutar de lo que pasaba.

    Lilian en seguida dijo que todo fuera y se quitó en tanga, tenía el coño totalmente depilado, que visión!, Marisa hizo lo propio y se quedó también en pelotas, con un coño recortado, pero con pelo. Lilian me dijo que me quemaría con el sol, y empezó a untarme bronceador, pronto llego a mi polla y empezó a acariciarla.

    Sin decir nada se la metió en la boca, Marisa miraba expectante y yo simplemente alucinaba, de pronto Marisa se acercó y empezó a chuparme los cojones. Era delicioso. No pude más y me corrí de una forma brutal y ambas me limpiaron hasta la última gota de semen. Fue una gozada.

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  • Los sueños que se disfrutan

    Los sueños que se disfrutan

    Estaba dormida, la noche era cálida y tranquila. Los árboles se agitaban produciendo un aire fresco que recorría mi cuerpo.

    Los grillos entonaban sus melodías.

    Quedé profundamente dormida ante tales condiciones, un sueño, tuve un sueño en el cual me encontraba en las orillas de un rio, el olor a las aguas, el sonido de la corriente, era hermoso aquel lugar. A lo lejos podía observar a unos chicos jugando, decidí entrar al agua, era fresca, pura y relajante.

    Los pequeños peces jugaban en mis pies, me producían cosquillas, volví a observar a los chicos, pero ya no estaban. Estaba sola, un ruido perturbó aquel silencio, era música y el ruido del motor de un auto.

    Se detuvo, observé atentamente, era una pareja. Bajaron del auto, caminaron hacia la sombra de un árbol y se besaron, así continuaron, él la desvistió, le abrió las piernas con una delicadeza, le besó su sexo, ella se arqueaba del placer que su chico le producía. Yo solo observaba atenta a aquel espectáculo, me escondí entre unos arbustos y sin hacer ruido continué observándolos.

    Ella lo puso boca arriba, metió el miembro a su boca, lo chupaba como si fuese un caramelo, subía y bajaba con su boca, su lengua la pasaba por sus testículos, acariciaba aquel órgano externo como si fuera una pieza importante, un regalo como todo niño cuida y protege. Él gemía de placer, le sobaba la cabeza, empujaba su pelvis hacia la cara de ella, tratando de que no quedara ningún extremo fuera de su boca.

    Un gemido fuerte fue el aviso de que había descargado su placer en la boca de ella; escurría un líquido blancuzco y espeso por los lados de la boca de ella, ella se acercó a la boca de él y se besaron. Se amaban mutuamente, él le acariciaba las manos, el trasero y empezó a sobarle ese orificio pequeño al que comúnmente se conoce como culo, ella deliraba, parecía una muñeca de trapo, ella tomó el pene y lo dirigió a su entrada, de un sentón lo introdujo todo a su vagina, arqueando la espalda, cabalgándolo como si se tratara de un caballo. Ella decía: “me agrada, que bien, sigue”, y otras cosas que no logré entender.

    Prosiguieron su actividad y después de un largo tiempo ella se contrajo, teniendo como resultado un orgasmo placentero por lo que pude apreciar.

    Se dieron otro beso, se pusieron de pie y se marcharon, desnudos, pude ver a lo lejos como ella se agachaba y tomaban su rumbo.

    Regresé al río, me quedé observando al cielo y desperté.

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  • Nuestra primera noche

    Nuestra primera noche

    Hacia tanto que pensaba en él que cuando me besó por primera vez no me lo podía creer. Día tras día durante semanas habíamos jugado a la seducción, a las risas, a las miradas cómplices, a las miradas furtivas, nos habíamos dicho de todo sin decírnoslo.

    Cada noche durante semanas mis manos acariciaban mi coño pensando en él, en cómo sería tocarle, tenerle entre mis brazos, le imaginaba cabalgándome, su polla dentro de mi… Y por fin, tenía la oportunidad de hacer realidad mis anhelos.

    Era una noche como tantas otras: salir de fiesta por los bares de siempre, beber lo mismo de siempre, la misma compañía de siempre. Una noche de esas que a mí personalmente me encanta al finalizar cada semana.

    Y allí estaba yo, en uno de los tugurios habituales que frecuento, sentada con mis amigas y rodeada de kalimotxo. En una de las ocasiones en las que giré la cabeza hacia la puerta le vi entrar y vino a saludarme. No me dijo gran cosa, o por lo menos así lo recuerdo, pero me dio un beso en la mejilla al despedirse que me hizo darme cuenta de que aquella sería una noche diferente. Recuerdo ese pequeño beso con mucha ternura.

    Me lo encontré en el siguiente bar al que fuimos. Estaba con sus amigos a un lado de la barra, yo estaba al otro lado. No hizo falta mucho para que nos encontrásemos en el baño del bar. Nos besamos, escondidos de todos, pocos besos los recuerdo como ese, me mojé entera, sentí unas ganas locas de que me follara, de que me acariciara las tetas, de que me chupara los pezones… Pero no pudo ser, él se tenía que ir con sus amigos, y yo con las mías. Qué calor pasé en el bar después de aquello. No sabía cómo disimular la alegría que tenía dentro. Tampoco las ganas de correrme.

    Pensé que no le volvería a ver hasta el lunes, en el trabajo, pero cual fue mi suerte que pudimos quedar un rato a solas. Un rato que no sé cuánto tiempo fue. A mí me parecieron cinco minutos, pero debió ser mucho más. Le besé, le besé, le volví a besar. Me senté encima de él, de lo único que tenía ganas era de restregar mi coño contra su polla, de que me arrancara el pantalón y las bragas y me pusiera a cuatro patas. La tenía dura, muy dura, y me besaba como un loco. Me acariciaba la espalda. Me decía lo caliente que estaba con su voz sexy. Nunca se me va a olvidar.

    Esa noche me masturbé como una loca, pensando en él y en sus manos tocándome todo el cuerpo y haciéndome estremecer. Metiéndome la polla hasta dentro y corriéndose dentro de mí. Imaginándome que cara pondría mientras su leche se expande en mi coño hambriento.

    Por suerte, lo he podido comprobar muchas veces después. Esa noche marcó un antes y un después en mi vida.

    Igual no era el relato que te esperabas, pero espero que te haya gustado. Si, si, a ti, que sé que lo vas a leer. Te quiero.

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