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  • La bella esposa del pastor

    La bella esposa del pastor

    Quiero contarles lo sucedido estos últimas semanas, aunque en realidad una parte de mi se siente apenado de escribirlo aquí y medite mucho, si hacerlo o no, pero ahí va. Vivo en el centro de la Cdmx… Soy un hombre medio joven de 35 años, soltero, medio cuidado ya que nunca he tenido vicios, mido 1.73 y trato de comer sano, voy al gimnasio dos o tres días a la semana desde hace años; fue criado por hermosos cristianos, una bella familia, a pesar de mi edad aún sigo soltero y sin hijos, tuve una par de decepciones amorosas y hace años decidí esperar a la mujer indicada.

    Asisto a la congregación y es algo que amo de mi vida y que no cambiaría por nada a pesar de mis errores. En la última decepción amorosa que tuve, por primera vez conocí el sexo y lo bello que es estar con una mujer, pero esto no duró mucho, un par de semanas y dos encuentros sexuales que se resumen solo a sexo oral. Eso fue a mis 29 años; por tal acto fui disciplinado en mi servicio; mis pastores son jóvenes, una pareja muy agradable en todo sentido, pulcros, trabajadores y muy dedicados a la obra.

    A pesar de que nuestros pastores nos invitaron a casarnos a mi novia y a mi al saber nuestro pecado, las cosas se complicaron y terminamos nuestra relación, yo recuerdo que cuando confesamos nuestra falta, la esposa del pastor que llamare Flor por respeto; una mujer bellísima de escasos 37 años hoy, piel blanca, de mi estatura, delgada con bonita figura no exagerada, cabello largo, siempre usando vestidos floridos y elegantes, con 2 hijos, David y Jonathan.

    La razón de porque mi vida sexual fue truncada cuando apenas comenzaba es está; en una ocasión mi exsuegra tenía que hacer una llamada a su marido, su celular se le apago y le pidió su celular a mi exnovia para hacer esa llamada, mientras nosotros seguíamos comiendo en su mesa, al otro día mi ex me comentó que su mamá había visto las fotos donde nos hacíamos sexo oral esa segunda ocasión, eran fotos muy explícitas, en la mayoría se veía mi miembro erecto, así que mi suegra indignada fue a decirle a los pastores enseguida y entonces estábamos frente a ellos ese mismo fin de semana confesando nuestra falta.

    En esa plática estaba mi ex novia y el pastor con Flor su esposa, fue vergonzoso estar ahí contando los detalles de todo eso que aunque se resumía a dos ocasiones, ya nos habíamos besado todo; mi ex lloraba inconsolable, más recuerdo claramente algo que no pude sacar de mi mente por años y que quizá fue la semilla de lo que dio fruto hace semanas.

    Estando ya por terminar la charla mi ex pidió permiso para ir al baño y al salir ella, como coincidencia el pastor recibió una llamada y se puso de pie disculpándose y salió al patio, así que un par de minutos me quedé con Flor, entonces yo tendría 29 y ella unos 31, estando solos, yo seguía agachado y hubo silencio por un momento, de pronto sentí la cálida mano de flor sobre mi mano, palmándome, y con esa voz suave que tiene me dijo mientras yo volteaba a verla al sentirle;

    -tranquilo, no los culpamos, los amamos mucho.

    Así me sentí aliviado al escucharla. Más ella agrego.

    -¿Aún tienen las fotos del delito? (Dijo riendo de forma dulce.)

    Yo dije que no con mi cabeza, recordando que enseguida mi ex había borrado las fotos de su teléfono el día que su mamá las vio, pero entonces recordé que en mi wasaps aún estaban, así que sin pensarlo mucho, como si hubiera recibido una orden, conteste.

    -ah sí, las tengo en mi wasaps.

    Al mismo tiempo estaba sacando mi teléfono y buscando las imágenes compartidas. Recuerdo que le estire el teléfono y ella suspiro al tener mi teléfono en su mano, antes de mirar el contenido, como preparándose a lo que sabía que vería, mientras yo agache mi cara pero mirándole, observé como se asomó a ver qué su esposo siguiera en la llamada y que mi ex no viniera, y entonces las miro. Yo había dejado la foto menos sexual, solo era besándonos mi ex y yo, si desnudos, pero solo se veían nuestros rostros, pero claro había más fotos; Flor me miró y pregunto:

    -¿hay más fotos verdad, Puedo pasar?

    Lo dijo señalando con su dedo haciendo el ademan de pasar de imagen. A mí me dio pena, pero no me sentía en posición de decir más, así que dije que si, enseguida ella paso, en las demás salía mi miembro erecto una y otra vez, recuerdo que Flor abrió más los ojos sin pestañar e incluso mojo sus labios disimuladamente, como sin querer. Supe que le había gustado lo que vio. Poco, pero miro a detalle las imágenes y me regreso el celular mientras dijo como sin saber que decir -está bien- note como si sus ojos le brillaron en ese instante y sonrió conmigo pícaramente un segundo mientras escondía sus manos; disimuló, pero la note pensativa y más callada, aunque sonriente sobre todo conmigo.

    Yo note cada detalle, soy psicólogo y supe que había disfrutado verme así. Era tan alargador, no podía creerlo, esa mujer tan bella, tan perfecta, tan linda, de la que había aprendido tanto en cada sermón junto a su esposo…

    Entonces llegó su esposo disculpándose y mi ex luego y bueno, disciplinados…

    Pasaron años, por supuesto jamás pude olvidar todo eso. Y aunque yo disfrute aún más cada exposición de clases y sermones que ella daba. Ella pareció olvidar todo eso, pues su forma linda con todos y su espiritualidad siguieron como siempre. Así que todo fue normal durante años.

    Hace poco comenzó a suceder algo que aún no puedo creer.

    Cómo comenté, voy al gym dos o tres veces a la semana, hace semanas al entrar al gimnasio estaba Flor en las caminadoras y fue lindo verla, es una mujer de buen corazón y que siempre he respetado mucho. Esta vez no traía vestido o falda, lucía un shorts guango como de hombre y largo, una playera x, no se veía tan atractiva como cada reunión, pero si con esa carita sonriente, mujer sin maquillaje que siempre brilla su piel tersa, traía unas trenzas y sudaba entonces, aun así se veía divina esa mujer. Su rostro siempre brillando.

    Nos vimos, y sin detenerse del ejercicio, sonriendo como siempre me dijo, -que gusto Adán-. Yo seguí mi rutina al fondo del gimnasio y ese día ya no la vi más. Una semana después estaba ahí con la misma ropa que parecía de su esposo o de sus hijos. Pero lindísima, en esta ocasión nos acercamos y platicamos de rutinas y temas del gimnasio, ella comento que jamás había estado en uno; me dijo poquito disgustada que llevaba dos semanas yendo, pero que el instructor la manoseaba al darle indicaciones y que eso la incomodaba y que entonces ya no siguió con instrucciones.

    Así que me ofrecí a enseñarle algunas de estas, se le dibujo una sonrisa muy grande y me agradeció aceptando. Comenzaríamos la siguiente semana. Al despedirnos ese día me dijo tímidamente -¿crees que mi ropa sea la adecuada? -note su pena, ella sabía que su atuendo no era el más simpático. Yo reí suave.

    -no está mal, pero si David se entera que le agarro su shorts se molestará.

    Reímos un poco y ya no dijo más. Paso ese fin de semana y sinceramente yo no esperaba más y aunque recordé la escena de años pasados, no alimente esos pensamientos, al final, solo era una amistad, y un respeto a Flor, una mujer casada, con hijos y con un gran ministerio.

    Llegado el lunes, cuando entre al gym, ella ya estaba ahí, y tenía un shorts de ejercicio femenino muy lindo, estaba vez incluso ajustado, lucía sus curvas, siendo una mujer delgada con curvas definidas. Parecía que toda su vida hacía ejercicio, pero ahí estaba. Las rutinas comenzaron, sin novedad, ella atenta obedeciendo y resistiendo.

    En ocasiones era casi inevitable que yo tocará sus tríceps, para indicarle como cargar, a veces eran sus hombros, o sus chamorros; siempre era solo con la punta de mis dedos, muy suave, con mucho respeto, pero inevitable. Una vez sin querer toque sus muslos al estar haciendo peso muerto. Me disculpé enseguida a pesar de ser solo un roce, ella sonrió y sin coquetería ni picardía, dijo:

    -no te preocupes, sé que no fue intencional, además contigo es diferente, aquel se aprovechaba.

    Continúa.

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  • Buscando un voyeur

    Buscando un voyeur

    «Joven pareja ofrece a voyeur que sea escritor o periodista la posibilidad de hacerles un reportaje. Se ruega enviar una página manuscrita indicando lo que os imagináis que puede pasar, cómo, dónde, cuándo, y si nos motiva, entre todos haremos que suceda. Escribid por favor a El País, ref…»

    Así empezaba la aventura.

    Ella y yo nos queríamos, y, tras meses y años dedicando horas a prácticas tan exhaustivas como extenuantes, habíamos llegado a una sincronía en los actos amorosos, ballet razonablemente perfecto de cuerpos y humores. Yo sabía cuando disminuir el ritmo, inducido por la más mínima variación en sus gestos, ella conocía los puntos secretos de mi cuerpo, allí donde el más ligero roce con la yema de las dedos disparaba inmediatamente el placer.

    Yo sabía llevarla en lomos de caballos desbocados, hacia la cima, en una interminable carrera, de repecho en repecho, sin llegar jamás a alcanzar el Finis Terrae de su cuerpo, ella me conducía sabiamente, jockey sutil, alternando freno y espuela, para que pudiese aguantar la distancia

    Conmigo ella era campeona de las metas volantes, con ella yo era un corredor de fondo.

    Nos entendíamos bien, en la cama y fuera de ella.

    Y nos queríamos, y nos gustaba a ambos la literatura.

    Lo habíamos discutido antes, a mí me divertía el disponer de un testigo, alguien que pudiese glosar lo que había visto, en un cuento, introducirnos en su novela en la que nos reconoceríamos los dos, secreto para nosotros y él.

    Si a mí me gustaba, a ella no le importaba, siempre que el intruso supiese mantener la compostura y que no acercase las manos allí donde solo se suponía que debían estar sus ojos.

    Además, siempre hacíamos el Amor con la luz encendida.

    Como no íbamos a elegir a ningún conocido, nos decidimos por el anonimato de un anuncio en un periódico.

    Recibimos… cincuenta o sesenta cartas, la verdad es que la edición dominical de El País se distribuye a todo España, pero… pero no creímos nunca que fuese tan sencillo encontrar tantos escritores voyeurs, o voyeurs con tendencias literarias.

    Acordamos que íbamos a realizar una selección al principio simplemente por el aspecto de la carta (lamparones de aceite, caligrafía de analfabeto, palabras soeces eran excluyentes).

    Una rápida selección elimina la mitad. Desde luego no me imagino compartiendo ni una cerveza con este, que me escribe en una postal, ni con este otro, que me envía un sobre con el sello en la esquina inferior derecha.

    Ya solo me quedan unas treinta cartas, presentables, las unas más y las otras menos, queda mirar el texto.

    Y empieza la lectura:

    Cartas Infantiles: «Joven Pareja, me ha gustado mucho vuestra simpática carta. Yo también soy joven, sin vicios, buen rollo… me imagino un excursionista boy scout con una guitarra al hombro».

    Y cartas raras: «que os parecería que nos conociésemos, pero como soy un hombre público debería ir a la reunión con una máscara y debería ser de madrugada en un sitio apartado, en una curva de la carretera… Jo, que miedo».

    Y cartas divertidas: «Hola, pareja, contestando a vuestro anuncio, os diré que me gustaría observar como hacéis el amor o cualquier otra cosa, ya que soy un mirón empedernido. Como buen voyeur, a mí solo me gusta mirar y no me interesa participar.

    En cuanto a mi os diré que soy médico y poseo lugar de encuentro en la ciudad y en la costa, desde donde os podría observar con un telescopio, ya que mi apartamento da sobre la playa. Así, como me pedís que describa lo que quiero, os propongo que a las cinco de la mañana, antes de que salga el sol, os pongáis donde yo os diré (no os preocupéis, que a esta hora y en invierno no hay nadie, lo tengo más que comprobado) y hagáis el amor allí. Hace un poco de frío, pero seguro que pasada la primera impresión ya no lo tenéis. Yo mientras os miro por el telescopio».

    Pues vaya, solo de pensarnos en la playa, de madrugada, con la arena que se mete en todas partes, me encojo enterito.

    Y cartas extrañas: la carta viene escrita por una mujer, en preciosa caligrafía de Colegio de Monjas: «Hola Pareja, yo también soy joven y busco visiosos como ustedevosotro pa pasarlo teta. Que a mí las tetas me ponen a cien. Pero ojo, solo pa ti mujer, que no a nacio el macho que me toque a min los güevos».

    ¿Será un chantaje? ¿estará alguien obligándola a escribir eso, y la única manera de avisarnos es copiar el lenguaje coloquial?

    Y finalmente, entre la maraña, una: «Pareja, no me resulta fácil decir quien soy. Digamos, Joan Corominas, bastante mayor de edad (supero los cincuenta), universitario, confortable y rutinariamente casado, profesionalmente satisfecho, económicamente tranquilo. Aficionado al cine y fotógrafo aficionado. Es decir “voyeur”, sensible, imaginativo, discreto… Me gustaría ver a la pareja que se esconde detrás del anónimo y que parece discreta, imaginativa, sensible, ligeramente exhibicionista. Me gustaría estar presente y aun tiempo inexistente, transparente, observar a la pareja, observaros, analizar vuestra relación secreta, vuestras caricias, uno a uno y en conjunto.

    Participar con una mirada acariciadora y estimulante… Reposar, observar la reacción de cada uno, como se recompone la imagen, el maquillaje, la luz sobre vuestros cuerpos, el reflejo de vuestros ojos… detenerme especialmente en el perfil de la mujer nuevamente vestida. Acaso, también, desearla.»

    La carta era de una persona culta. La única condición que ella puso es que antes le conociese yo personalmente.

    En el bar apareció una persona de mediana edad, chaqueta a cuadros sabiamente desgastada, pajarita, camisa impecable, un caballero razonablemente pulcro y atildado. Me dijo que se llamaba Joan Corominas, que escribía cuentos para niños por vocación, y que era corrector de editorial por profesión. Me confesó también que le gustaba escribir historias solo para él pero que eran incompatibles tanto con su profesión como con su vocación.

    Una vez hechas las presentaciones, nos pusimos de acuerdo en el procedimiento: nosotros llegaríamos antes a una habitación de hotel. En recepción estaría una llave a su atención, y empezaríamos sin esperarle. El llegaría al rato, cuando ya estuviésemos en el fuego de la acción. Entraría con su llave, sin interrumpirnos, la gracia era esa, su transparencia, su insustancialidad, se sentaría en una silla, y simplemente, estaría ahí.

    No le íbamos a ofrecer un saludo, una bebida, un “póngase cómodo, Sr. Corominas, está Vd. en su casa, ¿quiere tomar algo? no, no nos molesta en absoluto, por favor, su presencia será siempre bienvenida, perdone pero enseguida estamos con Vd., en cuanto terminemos este asunto que tenemos pendiente”, no nada de eso debía suceder.

    Simplemente, no existiría, no estaría allí. Finalizada la función, o aburrido, es igual, sin un buenas tardes, se marcharía en el momento que le apeteciese, sin cruzar una palabra.

    Hay que decir que el tema por nuestra parte se simplificaba enormemente, pues por no ser exhibicionistas profesionales, no hubiésemos sabido muy bien cual debía ser nuestra actitud, natural como la vida misma, mostrando los mejores y más jugosos detalles, estableciendo competiciones…

    Bueno, ha llegado el día D y la hora H menos cuarto. Estamos los dos en la habitación, mirándonos. No suele ser esta nuestra rutina. En general salimos a cenar, hablamos, vamos acercándonos el uno al otro a través de la voz, de las miradas, del contacto primero de una mano, luego de un beso, luego un roce en el asiento del coche, una caricia en la nuca, vamos rompiendo la frialdad del día, el stress del trabajo, aparcando las ocupaciones, haciendo las ultimas llamadas por teléfono mientras acostumbramos nuestra piel al contacto de la del otro.

    Tampoco era un ritual, a veces habíamos sentido la urgencia del deseo, y habíamos detenido el coche en plena carretera para perdernos en un soto, o en una caseta de obras bajo la lluvia, a veces simplemente, nos habíamos escapado a media película del cine porque sentíamos otras prioridades. Pero aquel día no. habíamos acabado de trabajar cada uno por nuestro lado, y nos habíamos dado cita en aquel hotel, porque no queríamos contaminar nada nuestro con esta aventura.

    Los dos estamos allí, y diciéndonos: ¿y ahora, qué? No es una situación tensa entre nosotros, ninguno de los dos se arrepiente, pero no sabemos muy bien como empezar. El llegar, sentarnos en el sillón o tumbarnos en la cama y empezar los toqueteos no es nuestro estilo. Un poco preocupado, y con el ojo en el reloj (aunque tenemos tiempo), bajo a recepción y pido un whisky doble. Ya es un cambio en la rutina, no bebo nunca entre horas, pero en caso contrario no voy a ser capaz de empezar, de fumigar ese ángel de hielo que revolotea por la habitación.

    Ella mientras me espera sentadita en el sillón, jugueteando con el mando de la tele. No es exactamente la situación ideal. Ella zapeando, yo oliendo a alcohol. Me parece que la tarde no va a dar mucho de si, y le pregunto si lo dejamos. Me dice que por ella no, que si yo quiero… tampoco es de gran ayuda, ignoro si lo dice por hacerme un favor, si realmente no le apetece y no quiere que me disguste, si tiene ganas y no se atreve a reconocerlo. Total, que, empujado por el whisky, le digo que adelante, le acaricio la cara, le beso el cuello, siempre vestidos, y, poco a poco, el ángel se funde.

    Nos tumbamos, ella ya ha perdido en la operación la blusa y la falda, yo la camisa, hemos abierto la cama y estamos reiniciando el rito, mi boca perdida en su boca, mis manos acariciando su espalda, sus manos desabrochando mi cinturón.

    Ya he alcanzado con la boca su centro, a través de las braguitas, mis manos perdidas debajo de su sujetador, cuando se abre la puerta. Yo solo me doy cuenta porque ella vacila un momento, noto la súbita tensión de su cuerpo, no puedo ver nada.

    Ella se da la vuelta, pone la cara en la almohada, no me queda más remedio que continuar la caricia besando su espalda, desde el cuello hacia abajo, las yemas de los dedos reconociendo un camino tantas veces recorrido, su espalda, por el centro, contando sus vértebras (nunca ha salido el mismo número), los lados, hacia sus pechos, ocultos a la vista por la ropa de la cama, pero accesibles si ella se incorpora mínimamente. Lo hace, tengo ya su pecho entre mis dedos, no he visto aun nada ni a nadie.

    No puedo evitar una mirada de refilón, y allí está el, el Sr. Corominas, muy compuesto, muy atildado, muy sentado en la silla, muy inclinado hacia nosotros, ni tan solo se ha quitado la chaqueta. A 30 cm de mi espalda su examen nos detalla. La verdad es que no hay nada que ver, aún. Los dos estamos todavía medio vestidos, los dos le damos la espalda… pero esta situación no durará mucho, la verdad es que sus ojos me han electrizado, y ya no estoy muy cómodo en esta posición, me sobra toda la ropa, me estira mi cuerpo.

    No me queda más remedio que incorporarme, sentarme en la cama del lado opuesto al suyo, quitarme el resto de ropa que me molesta. Bueno, ya estoy desnudo, sentado en la cama de espaldas a el y a ella. No me queda más remedio que dar la cara, rápidamente, sintiendo sus ojos que me recorren entero.

    La giro a ella, le quito el sujetador. Ella tiene los ojos entrecerrados, cosa extraordinaria, cuando siempre habíamos hecho el amor con los ojos abiertos, bebiéndonos las miradas. Volvemos una vez más a los gestos tantas veces repetidos y siempre nuevos, sin abstraernos completamente, ni ella ni yo, sintiendo en nuestra piel y en nuestro sexo el roce de su mirada táctil.

    Mas de una vez atisbo los ojos de mi compañera dirigidos en diagonal, hacia donde está él; más de una vez algún movimiento que ella pueda hacer, para ponerse en posición más cómoda, o porque le molesta un pliegue de la sábana me parece a mí que es o bien para ocultarse, o bien para que él pueda disfrutar de la totalidad del espectáculo, no lo sé muy bien.

    No me importa mucho ya, han pasado los momentos de duda, en este momento es ya mi cuerpo quien lleva las riendas, y solamente pasa como una sombra por mi mente que en el fondo me excita el exhibirme impúdico, el compartir el olor y los sonidos: el ruido del somier, los golpes de nuestra piel en las acometidas, los murmullos húmedos cuando me retiro de ella, sus jadeos en algún momento, tantos sonidos que otras veces he robado de desconocidos en las soledades de mis noches de hotel, cuando, con una oreja pegada al tabique, escuchaba las parejas de la habitación de al lado.

    Ella empieza a gemir, en un crescendo continuo, vez tras vez, tanto que me pregunto si es natural o no. Porque ella no suele ser tan expansiva. Le veo a el de refilón, sin perder la compostura, sus ojos clavados en nosotros, no como un todo, no como decía el en su carta: “Reposar, observar la reacción de cada uno, como se recompone la imagen, el maquillaje, la luz sobre vuestros cuerpos, el reflejo de vuestros ojos…”, no, en este momento están sus ojos recorriendo nuestras piernas, dejando casi un rastro en ellas, llegando, perforantes, a fijarse entre ellas, no perdiendo ni un instante de la acción, recogiendo el brillo de nuestros cuerpos en sus pupilas.

    Y respecto a brillar, estamos esplendorosos, jóvenes, enamorados, bañados en sudor, disfrutando de nosotros, de estar allí, juntos, queriéndonos. Nos olvidamos ya de todo, o al menos yo me olvido cuando ella decide que es el momento de terminar. Con una caricia experta, en el momento adecuado, logra que mi placer, siempre más corto, más epidérmico, más brusco, se entrelace con el suyo, continúe a la misma cadencia, acelerando en determinados momentos, retardando en otros, en una espiral de la que solo saldremos exhaustos.

    Ya no existe nadie más que nosotros, que nuestro cuerpo, ya no somos conscientes de nada más que del tacto de nuestra piel al fundirse en la del otro, de las pulsiones combinadas de nuestros cuerpos, incapaces de separar nuestra sensibilidad. Sé, siento lo mismo que siente ella cuando la acaricio, ahí, en el hueco que existe entre sus piernas, sabe ella, a través de mí, lo que es estar dentro de una mujer, lo que nota mi cuerpo cuando estoy en ella. Sabe ella, se yo, lo que tenemos que hacer para terminar, qué movimiento hacer, que caricia. Y lo hacemos. Terminamos en un suspiro de alegría, casi un sollozo, y permanecemos un tiempo infinito el uno en el otro, recuperando el sentido, los sentidos, los sentimientos.

    Cuando nos recuperamos el Sr. Corominas sigue ahí, ya reclinado hacia el respaldo de su silla, con su chaqueta y su pajarita. Solo le falta encender un cigarrillo.

    Nos preguntamos si se va a marchar, dejarnos solos en la intimidad de los momentos de después del amor, pero no, no parece decidido a marcharse. Me arranco de ella, mojado aún, con un sonido del que me avergüenzo un poco. Ella sonríe, pícara. Él sonríe también, es difícil mantener el acuerdo de transparencia. Su sonrisa le transforma en el gato de Cheshire, y no puedo por menos que darle las buenas tardes, como Alicia. Me pregunta si quiero algo de beber, me traerá un vaso de agua, y nos ponemos a charlar, de todo y de nada, del trabajo de un corrector, de la dificultad que tiene el corregir lo que dice el autor sin tratar de mejorarlo, de los cuentos para niños que él escribe…

    La situación es un poco surrealista, o digamos, simbolista, más en la línea del “Dejeuner sur l’Herbe” que en la línea de un Miró, por ejemplo. En la cama estamos ella y yo, desnudos, ella (la veo aún) con las piernas cruzadas, abiertas, brillante aun de su placer y del mío, como si estuviésemos solos, como habíamos estado tantas veces, pero esta vez hablando con un caballero, sentado en una silla, completamente vestido. Yo por mi parte estoy en plena recuperación, y, aunque desnudo, puedo hablar de cuentos de niños, o de literatura comparada.

    El por su parte, parece ahora más pendiente de la conversación que de nuestros cuerpos, que había podido ver con mayor detalle e interés hacía poco. Aun así, no está tan distraído como eso, porque cuando una mancha de humedad empieza a formarse en la sábana debajo de ella, va solícito a buscar una toalla para que ella se siente encima.

    Poco a poco, el erotismo de la situación se abre paso en mí, aunque no llego a darme cuenta hasta que observo que su mirada se fija en un punto, aproximadamente a veinte centímetros debajo de mi ombligo. No me había dado cuenta que estaba volviendo mi deseo, haciéndose acusadoramente patente al espectador que él era. Ella si se da cuenta, y me roza simplemente el pliegue de la rodilla con su pie desnudo, conocedora de los efectos inmediatos que eso tiene, muda invitación más diáfana que cualquier palabra. Una media sonrisa, y, murmurando unas palabras de excusa hacia el Sr. Corominas, sin vergüenza, sin complejo ninguno ya, me vuelvo a hundir en ella.

    No hacen falta ahora preliminares, su cuerpo esta tan dispuesto a acogerme inmediatamente, lecho de algas y amor, como el mío a ser acogido, atrapado en su interior en una caricia enternecedora y exteriormente inmóvil. Allí está ella cálida, protectora, amable, amada.

    No me preocupa la presencia extraña, no existe, es un mueble más de la habitación, no le vamos a enseñar nada que no haya visto ya; esta segunda vez es, digamos, más personal, más íntima, más erótica también y en absoluto pornográfica. Ya no hay posturitas, ya no hay caricias con la mano en el cuerpo del otro, abierto o erguido, según, ya no mas recorridos con los labios por toda la geografía.

    Ya no es el deseo físico el que guía nuestros movimientos, el que nos esclaviza, somos nosotros los dueños de la cadencia y de la acción, nosotros quienes jugamos con el ritmo y con la melodía, nos podemos quedar quietos, simplemente enlazados, abrazándonos fuerte, nos podemos mover sin miedo a que el deseo nos domine, llevándonos en sus alas.

    Nos perdemos esta vez completamente en el placer, vuelo inmóvil, movimientos mínimos exacerbados por la sensibilidad a flor de piel, todos nosotros una inmensa corola de luz y de sensibilidad, pleno viaje alucinado, experiencia eterna.

    No hay nadie en la habitación, no existe el mundo, perdidos en nuestras sensaciones, sabores, olores… cuando terminamos él ya se ha ido.

    Nunca supimos nada de él.

    Nunca recibimos su historia.

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  • Grata sorpresa (7)

    Grata sorpresa (7)

    Durante la semana Laura estuvo cumpliendo el castigo que le impuse, no pudo tocarse, ni correrse, además de tener que dormir en el suelo cada noche, Laura me dejaba puesta su cámara para que yo pudiera observarla si lo consideraba oportuno.

    El viernes tarde le mande un mail en el cual le decía esto:

    “Hoy cuando llegues a casa debes ponerte el plug mediano en tu culo, debes dejarlo ahí puesto hasta que yo te lo quite.

    Prepara para mañana una pequeña bolsa con ropa para otro día de playa y los juguetes, pasare a recogerte a las 9”.

    Al día siguiente recogí a Laura, y nos fuimos dirección a Gerona, durante el viaje le conté donde íbamos, y para que.

    —Vamos a casa de un matrimonio de unos 40 años, Luis contactó conmigo para pedirme si podíamos seducir a su mujer, este me dijo que a su mujer le gusta probar cosas nuevas, que a veces le había pedido que la atara, la azotara, etc., pero que el algunas cosas era incapaz de hacérselas por lo que nos pedía si podíamos ayudarle, Silvia no sabe nada de nosotros, solo que soy compañero de trabajo de su marido, por lo que si pregunta, yo trabajo en el Banco con su marido. Esta tarde quiero que empieces a intimar con ella, que intentes averiguar sus gustos y preferencias sin desvelarte, y para la noche ya preparare algo con su marido para que se entregue a nuestro juego.

    Llegamos sobre las 11 a la casa de esta pareja, y nos recibieron los dos, ella era una mujer alta, de aproximadamente 1,7 delgada, pelo largo y rizado, la mujer nos recibió, con un playero en el que debajo solo llevaba una braga de bañador, su marido era más o menos de mi edad, con un poco de tripa, este llevaba puesto solo el bañador, supongo que estarían o estaban en la piscina o punto de ir a ella.

    Nos presentamos, nos enseñaron la casa, un pequeño jardín y una piscina que se parecía más a un jacuzzi grande que a una piscina, pero ya nos hubiera gustado a nosotros poder vivir allí todo el año, nos pusimos los bañadores y bajamos al jardín a tomar una cerveza todos juntos, estábamos hablando de cosas banales cuando Silvia y Laura se fueron a la piscina, mientras le propuse a Luis preparan una especie de velada romántica en el jardín, música suave, velas y unas antorchas para alumbrar un poco la parte de la piscina, pues esa parte carecía de luz artificial, a lo que nos fuimos los 2 a comprar las velas y las antorchas, dejando las chicas solas.

    Cuando regresamos ellas estaban tumbadas riendo y charlando como 2 amigas, por lo que creí que Laura estaba haciendo bien su cometido. Después de comer nos retiramos un rato a nuestra habitación, Laura me conto que no había podido sacarle mucho a Silvia, pero que al estar estirada boca abajo hubo un momento que el plug se le estaba saliendo, marcándole la braga, y no tuvo más remedio que empujárselo nuevamente hacia adentro, cosa que no pasó desapercibida por Silvia, quien se quedó mirándola sin decirle nada, a lo que Laura le conto lo que llevaba puesto, y que como era bastante estrecha, debía dilatarlo por si me apetecía a mi tener sexo anal, quedándose ambas mirando fijamente y echando a reír, momento en el que aparecimos nosotros, y que luego cuando estaban en la cocina preparando los platos para sacar a comer, Silvia tímidamente y sin mirarla le dijo que a ella también le gustaba hacerlo por ahí aunque a Luis no mucho.

    Después de la siesta nos juntamos todos de nuevo en el jardín, tomando café y tés, les comente que para la noche prepararíamos una cena romántica e informal, habíamos comprado velas y antorchas por si se nos antojaba darnos algún baño, durante el resto de la tarde ellas estuvieron juntas y charlando animadamente.

    Ya para la cena, las chicas bajaron juntas envueltas cada una en un pareo, llevando solo la parte de abajo del bañador, Laura empezó a seducirme de manera que nos pudiera ver Silvia cada vez que salía a traer cosas a la mesa, y cuando estaban en la cocina buscaba cualquier excusa para poder rozarla o tocarla, justo antes de sentarnos a la mesa, Laura dijo que le apetecía un baño al cual me apunte yo también, en la piscina empezamos a jugar y besarnos, le empecé un mete saca al plug que llevaba Laura, y a tocarle el clítoris, Silvia nos estaba mirando y a la vez le decía algo a Luis, los 2 se unieron al baño, al entrar Laura se fue a buscar a Silvia jugando con el agua, en el juego la empezó a tocar.

    La agarro por la espalda colocando sus labios en su cuello, con las manos jugueteando le tocaba los pechos, hasta que la acerco hasta donde nosotros estábamos, la tenía sujeta por los brazos y le dijo a Luis que se aprovechara de ella, que la tenía indefensa y a su merced, su marido se acercó empezando a besarla y le metió la mano en su bañador, Laura empezó a besarle el cuello, el lóbulo y a tocarle los pechos, Silvia poco a poco se estaba dejando ir ante el placer que le estaban aportando tanto Luis como Laura, me acerque a Luis y le dije que parara en ese punto.

    Luis se separó de ella, y Laura también, y ambos salieron de la piscina quedándome yo solo con Silvia en la piscina y diciéndole “mira cómo has dejado a Luis, y seguro que Laura también estará toda excitada” a lo que me respondió bastante nerviosa “no sé qué ha pasado, han sido ellos, lo siento, yo no pretendía…” le silencie los labios con mi dedo, “tranquila estamos entre amigos y además no nos escandalizamos, somos bastante liberales, así que es mejor dejarte ir si te apetece”.

    Salimos de la piscina, y nos secamos, y mande a Laura a por mí bolsa, cuando esta volvió, la mande desnudarse, le tape los ojos, le ate las manos a la espalda, y separo las piernas, me acerque a Silvia con otro antifaz, y se lo di, y le pedí que hiciera lo mismo con Luis, Luis todo nervioso porque eso no se lo esperaba se puso al lado de Laura, Silvia le tapo los ojos, le di a Silvia una cuerda y le ato la manos.

    Silvia se quedó mirándome, no sabiendo que hacer, le mande quitar el bañador a su marido y la mande desnudar luego me acerque a su oído y le dije que ella decidía con quien comenzar, con su marido que tenía una abultada erección o con Laura que estaba también a su merced, decide con quien, y luego colócate a 4 patas enfrente del que hayas elegido.

    Silvia estaba nerviosa, se puso como le indique, pero dudaba a quien se acercaba, finalmente se acercó a su marido, quedándose como le había indicado delante de él, entonces yo le tape los ojos, Silvia introdujo el miembro de Luis en su boca y empezó a mamarla, por mi parte le separe las rodillas y empecé a tocar el sexo de Silvia, a jugar con mis dedos en sus labios, en su clítoris, mientras le estaba dando unos pequeños azotes en el culo, le empecé a meter primero un dedo en su coño, luego 2, luego 3, Silvia, estaba muy excitada, empezaba a agitarse, cuando me acerque a su oído y le susurre “no debes correrte, ni se te ocurra hacerlo sin pedirme permiso y que yo te lo haya concedido”.

    Esas palabras fueron como si la encendieran aún más, note como empezaba tensarse cuando me vi obligado a pellizcarla en el clítoris, sacando de su boca el miembro de su marido y soltando un chillido al notarlo, “putita me estabas desobedeciendo, estabas a punto de correrte, como lo vuelvas a intentar la próxima vez será peor” Silvia al notar mi pellizco a su vez debió morder a Luis, pues este también chillo, la cogí por el pelo y la acerque a Laura, e hice que empezara a comerse su coño.

    Me dirigí a coger a Luis, lo posicioné detrás de Silvia, le hice arrodillar y le dije que empezara a follar a su mujer pero que no se corriera, que cuando estuviera a punto parara, y que no se atreviera a desobedecerme, le cogí su pene y se lo dirigí a la entrada del coño de Silvia, este al notar como estaba ya dentro de ella empezó a follarla.

    Me posicioné al lado de Silvia, “cuando te vi, no pensaba que fueras tan puta, deberías mirarte ahora, follada por tu marido mientras le comes el coño a una desconocida” empecé a azotarle los pechos con las manos, luego empecé a estirar sus pezones, cuando de repente Laura me pidió permiso para correrse, me levante y me puse detrás de ella, tanto Silvia como Luis me preguntaban lo mismo, cuando les dije “sois una piara asquerosa, sois egoístas, y solo pensáis en vosotros, pero voy a dejaros correr cuando diga vuestro nombre y pobre del que se adelante a su turno”

    Laura: aggg gracias aggg —mientras le sacaba el plug de su culo.

    Silvia: ahhh ya no podía más ahhhh

    Luis: si si si toma toma toma

    Cuando ya se habían corrido los tres, empecé a destaparles los ojos y a soltárselos a todos, Laura se acercó a Silvia, preguntándole como estaba, respondiéndole esta que algo confusa con lo que había pasado, pero que estaba bien.

    Yo por mi parte los hice entrar al comedor, mande a Silvia ponerse encima de la mesa, con la espalda apoyada en esta, le mande a Laura lo que deseaba de ella, y inmediatamente esta se puso a comerle el coño, y debía a la vez lubricarle y dilatarle el ano, mientras tapaba nuevamente los ojos de Silvia, y ataba nuevamente sus manos encima de su cabeza, a Luis le pregunte si solía follarse a su mujer por el culo, a lo que me dijo que alguna vez sí, pero que lo normal era que no, a lo que le respondí que hoy sería que si daría por culo a su mujer, y que el también experimentaría esa sensación, a lo que rápidamente se negó.

    Lo miré con una firmeza desafiante, diciéndole que el haría lo que a mí me daba la gana, que al fin y al cabo era él quien me había buscado, y que si yo quería que le follaran el culo así seria, su mujer ya estaba gimiendo nuevamente mientras le decía eso a Luis, Laura me indico que Silvia estaba lista, Luis se puso en posición para follarle el culo, y empezó a encularla, Laura le tapo los ojos, una vez tapados los ojos a Luis, le enseñe a Laura un arnés que llevaba en la bolsa y se lo puso, lo lubrico bien, y empezó a lamerle los huevos, a la vez que empezaba con un dedo a lubricarle el ano a Luis.

    Yo por mi parte les recordaba que no podían correrse, hasta que yo les dejara, estaban los 2 gimiendo, Silvia enculada y Luis enculando y a la vez sintiendo la lengua de Laura y sus dedos como invadían su intimidad, cuando Laura me indico que estaba preparado, se colocó detrás de él apuntando con el pene a la entrada del ano, y poco a poco fue metiéndosela.

    Luis por instinto giraba la cabeza, sin poder ver, resoplando y gimiendo, Silvia estaba disfrutando como una posesa, me coloque a su lado, y le acerque la cabeza lo suficiente para tener contacto con mi pene, le destape los ojos, deje que viera la escena de Laura follándose a su marido, mientras yo le golpeaba la cara con mi polla, hasta que deje que su boca lo tragara, mamaba con deseo y lujuria mi pene y le dije “has visto al perro de tu marido como también le gusta que le enculen?” dirigiendo su mirada a Luis.

    Este estaba con la cara desencajada del placer que estaba obteniendo dándole polla a su mujer, mientras recibía polla el mismo, y a la vez veía a Laura follarse con fuertes embestidas a Luis, que sin poderse aguantar empezó a correrse dentro de su mujer, su mujer al notar como la llenaba de semen deseaba pedirme permiso para correrse ella también, pero no podía, pues tenía la boca llena con mi polla, tenía los ojos abiertos como platos implorándome, a lo que moví la cabeza como dándole permiso, y obtuvo un nuevo estallido de placer, agitándose, sin poder gemir apenas por mi polla, acelerando su mamada y consiguiendo con ello que le llenara la boca de mi leche, sacándosela y dejándola respirar, suspirar, y gemir.

    Mientras Laura al ver que Luis se había corrido sin pedir permiso le sacó el pene de su culo, lo cogió del pelo y lo hizo arrodillar metiéndole el falo en la boca de Luis, empezando a follarle esta, su mujer al ver aquella escena nuevamente busco mi polla, la reanimo y empezó a comérmela, cuando ya estaba bien dura, me dispuse a follarla, me situé delate de ella y empecé a follarla por el coño, un coño bien lubricado por su propio flujo y corrida, a la vez que de su culo salía parte del semen vertido por Luis, Laura dejo a Luis y se subió a la mesa también dándole polla a Silvia por la boca, nuevamente empezó a pedirme permiso, esta vez se lo negué, Luis estaba nuevamente con la polla tiesa.

    Le destapé los ojos y le mande masturbarse para su mujer, Laura se despojó del arnés, e hice que se pusiera de manera para que Silvia le comiera el coño y ella se pudiera masturbar, le di permiso para hacerlo, no tardando en ello y soltando todos sus jugos en la boca de Silvia, le dije a Luis que se corriera encima de las tetas de su mujer, cosa que hizo, y yo empecé darle pequeños azotes en el coño de Silvia, corriéndome dentro de ella, cuando empecé a soltar mi leche, la autorice a correrse conmigo, empezando a dar latigazos con su cuerpo, aprisionándome el miembro con su vagina, chillando de placer.

    Cuando ya se relajó se la saque y cogiendo del pelo a Luis, le mande limpiarle el coño y el culo a su mujer con la lengua, por haberse corrido sin mi permiso, Laura empezó a lamerle las tetas a Silvia limpiándoselas del semen de su marido.

    Al acabar Luis se había acomodado en el sofá descansando, Silvia le estaba preguntando a Laura quiénes éramos y que hacíamos allí, que quería que no acabara la noche, al oírlo mande a Laura a ponerse nuevamente el arnés, y mande a las chicas a la piscina, mire a Luis y me dijo que no, entonces le mande levantar el culo y moverse el también al jardín, quería que viera como nos follábamos a Silvia.

    Se levantó y fue delante de mí hacia fuera, se quedó sentado en el suelo a unos metros de la piscina, Laura se había sentado en las escaleritas de bajada, Silvia se había sentado encima de ella metiéndose la polla por el coño y yo me puse detrás de Silvia agachándola para hacerme sitio y así poder metérsela por el culo, empezamos un baile de mete saca, cuando yo la metía Laura se la sacaba, la cabeza de Silvia, no paraba de moverse, me miraba a mí al metérsela y miraba a Laura cuando se la metía.

    Laura empezó a pellizcarle y estirarle los pezones, los gemidos eran ya bastante elevados, creo que más de un vecino debía estar viendo el espectáculo a escondidas, pues los jadeos no dejaban lugar a dudas, empecé a darle cachetes en el trasero y a decirle cosas obscenas, el marido no nos perdía de vista, estaba ya tocándose el nabo nuevamente, le dije que podían correrse cuando desearan, Silvia se corrió en el acto, aprisionando mi pene con su esfínter, pensaba que me lo partía, pero tanto Laura como yo seguíamos bombeándola, cuando había acabado con su orgasmo le vino otro casi de inmediato.

    Este fue aún más violento que el primero si cabe, seguíamos follándola sin parar, sus gemidos habían ya bajado unos cuantos tonos por afonía y agotamiento, y sus movimientos también se estaban ralentizando, Laura empezó a tirarle más fuerte aun sus pezones, y a darle tortazos en la cara, está nuevamente reacciono, y nosotros mientras seguíamos penetrándola, pero de inmediato le vino otro orgasmo larguísimo, parecía que no acababa nunca, yo por la presión y la sensación que ejercía en mi polla empecé a correrme dentro de ella, llenándola nuevamente de semen.

    Laura al ver mi cara de placer al vaciarme y ver como Silvia estaba exhausta, y ella seguía sin correrse, rápidamente salió de Silvia se quitó el arnés y fue a por Luis, tumbándolo boca arriba y colocándole el chocho en su cara para que se lo comiera, con esa posición empezaron un 69, pero ella además de comerle la polla, le estaba metiendo el consolador por el culo, Laura por fin se corrió en la boca de Luis, segundos después de hacerlo se levantó dejando a este sin acabar, le saco el consolador, cogió a Silvia por el pelo y la coloco en posición de comerse la polla a Luis, mientras Laura había empezado a follarle la boca de nuevo con el susodicho consolador, llegando este a correrse en la boca de su esposa.

    Nos quedamos los cuatro tumbados en el césped, descansando, disfrutando de la noche y mirando al cielo durante al menos un par de horas.

    Continuará.

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  • Pegando un polvo histórico

    Pegando un polvo histórico

    Me acuerdo que era jueves de mañana, habíamos quedado para esa tarde corrernos una juerga de esas que se llaman universitarias, Alicante como cualquier ciudad universitaria los jueves eran días de fiesta para los universitarios.

    Quedamos Luis, María, Guillermo, Albert, Macu, y yo, Sergio. Todos éramos de pueblos de cerca de Alicante, pero tanto Luis como Macu tenían piso en el mismo Alicante que compartían con otros compañeros.

    Comí con Guillermo en la Universidad, mientras los demás iban a cambiarse al piso de Luis, excepto Macu que se iba al suyo. Habíamos quedado a las 18 horas en una cervecería de la conocida Ruta de la Madera de Alicante.

    Guillermo y yo, nos íbamos a quedar en casa de Macu, aprovechando que sus compañeras no estaban, y los demás con Luis.

    Pronto aparecieron María, Luis y Albert. María era una chica de 1.60 cm, delgada, castaña, ojos verdes, y con unas medidas de 87-60-87 es decir estaba bastante delgada y fibrosa, ella iba con un pantalón vaquero y un simple suéter. Al rato llego Macu, nos sorprendió a todos que fuera maquillada, ya que no solía hacerlo, ella era rubia, 158 cm, muy bonita de cara, ojos marrones, un bonito, pero no grande pecho y un muy buen culo, sus medidas eran 87-61-93. Vestía con un pantalón ajustado negro y un suéter de rayas, la verdad que iba muy guapa, o por lo menos eso me parecía a mí.

    Ya estábamos todos, empezamos a chumar cerveza, a reírnos y a charlar, la verdad es que todos nos llevábamos bien. Pronto Albert centró sus comentarios en los malos momentos que estaba pasando con su novia (Sólo Albert, María y yo teníamos pareja), María también empezó a rajar de su novio, y yo por el contra dije que me iba bien, que por otra parte era cierto.

    Después del bar, nos fuimos a cenar ya bastante bebidos, en la cena, que fue un reservado empezaron a aflorar temas más picantes, hubo incluso un momento en el que María se levantó y nos enseñó las bragas que llevaba. Albert, no le quitaba ojo. Yendo hacía el pub, Albert empezó a meterle mano a María, todos los demás estábamos bastante sorprendidos, ya que nunca nos habíamos enrollado entre la tropa. Seguimos bebiendo en el Pub, de pronto Guillermo dijo que se sentía mal y se fue a su pueblo.

    Como a las 3 de la mañana, Albert y María ya eran uno, los magreos eran constantes, hasta que dijeron a Luis si los llevaba a casa. Luis que para entonces iba bastante borracho no puso ninguna objeción, y nos quedamos sólo Macu y yo. Los dos estuvimos hablando sobre lo alucinante que era, y lo poco que se habían cortado Albert y María, fuimos intimando en nuestra conversación, pero siempre hablando de temas verdaderamente triviales.

    Hasta que sobre las 5 y los dos bastante borrachos decidimos ir a casa para descansar. No llevábamos coche por tanto fuimos dando un paseo desde el puerto, Macu, poniendo por excusa el cansancio decidió apoyarse en mí, la verdad es que me sentía raro llevando a otra chica que no fuera mi novia agarrada de la cintura, pero de raro empecé a sentirme agobiado ya que empezaba a excitarme un poco.

    Llegamos a casa de Macu, y nos fuimos a la habitación de una compañera de ella, que era donde iba a dormir yo, Macu cogió unas sabanas limpias para cambiarlas. Al entrar a la habitación, me di cuenta que su compañera era verdaderamente desordenada, hasta el punto de que tenía un tanguita beige bastante sexy encima de la cama, los dos empezamos a bromear, normalmente Macu si hubiera ruborizado por el tono de la conversación ya que es bastante tímida, no obstante el alcohol la había desinhibido bastante.

    Nos sentamos en la cama charlando y bromeando, hasta que aún no sé cómo, se me ocurrió pedirle que me diera un beso, Macu se negó, pero yo le insistía, hasta que me dijo que estaba dispuesta pero sin lengua, es decir un vulgar pico. Ella ya recostada en la cama, yo me acerqué sobre ella y le di un pico, a continuación le di otro, y otro, ella se quejó diciendo que era trampa, pero yo le dije que total éramos amigos y los picos no eran nada malo, seguí dándole picos hasta que ella entreabrió los labios, momento que aproveché para introducirle la lengua, lenta y cálidamente, el morreo fue de esos que hacen época, no nos separábamos, y mis manos empezaron a jugar con su cuerpo.

    De momento le levanté el suéter y apareció ante mí un precioso sujetador negro de encaje, yo baje mi cabeza y empecé a chuparle los pechos por encima del sujetador, hasta que me atreví a desabotonarlo, y a parecieron ante mi dos tetas mejor formadas de lo que me esperaban con dos pezones totalmente excitados de color rosita y de mediano tamaño, empecé a mamárselos con entusiasmo y a la vez con delicadeza, ella comenzó a retorcerse de gusto, en eso yo ya estaba tan alocado que ni me acorde de mi novia.

    Le di la vuelta y le saque el suéter del todo. Ella al ponerla de espalda tumbada, me dijo que no le gustaban las cosas raras y le dije que se tranquilizara. Empecé a acariciarle con la lengua toda su espalda, hasta llegar al borde del pantalón, metí la mano por bajo y le desabotone, ella arqueó su cuerpo y le comencé a bajar el pantalón, ante mí, apareció un precioso tanga de encaje y un maravilloso culo, ¡que culo! Por Dios, empecé a chuparle hasta que llegué a su ano, el cual trabajé con mi lengua de manera brutal, ella me decía que hacía y yo ni le contestaba, se retorcía de gusto.

    Hubo un momento que empecé a chuparle desde el ano hasta su vagina, ella ya totalmente a cuatro patas, tenía el coño, bastante depilado, con una matilla de pelo rubio, de pronto me apartó, y comenzó a quitarme la ropa, me chupo mis pezones y bajo al pantalón, yo llevaba unos bóxer grises, y empezó a chuparme la polla por encima del mismo, hasta que se atrevió a bajar el bóxer y se metió mis 17 centímetros de golpe, me la mamo a conciencia, de vez en cuando me comía hasta los huevos, hasta que me levantó un poco las piernas y comenzó a chuparme el ojete, nunca lo había probado pero me gusto, para que negarlo.

    De pronto y a punto de correrme la aparte y empecé a penetrarla, de manera salvaje, cuando ya no pude más me corrí, fue genial.

    Nos quedamos durmiendo en la cama, ya de mañana ella se despertó primero y fue al servicio a ducharse, yo enseguida me levanté y acudí al baño, me metí en la ducha con ella, y estuvimos follando como locos, hasta que al final me atreví y la penetre analmente, ella era virgen por allí, y fue una sensación bestial ya que su culo era verdaderamente estrecho.

    Desde ese día nos seguimos enrollando, pero nunca nos hemos complicado y seguimos siendo muy buenos amigos.

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  • Los apuntes

    Los apuntes

    Cuando la profesora de Historia de la Filosofía entregó los apuntes que debían ser fotocopiados, Morelia se los apropió, como siempre hacía. Seguramente se los llevaría a su casa, los leería y estudiaría toda la noche y solo al día siguiente los entregaría a la fotocopiadora de la universidad. Esa tacañería de Morelia me molestó terriblemente, me pareció despreciable esa forma de ahorrarse el costo de las fotocopias. Salí de la universidad con una mezcla de indignación, de rabia, de tristeza.

    Esa noche, en el silencio de mi cuartucho, como siempre que estaba deprimida, me puse a inventariar todo lo que había de malo en mi soledad. Vivo en este sucucho donde tengo que compartir el baño que está al final del pasillo. A las diez de la noche ya no es un baño, es una cloaca. Extraño mi pueblo y mi casa, pero ya no puedo volver a la cotidianidad de mi madre afanada en cocinar para mi abuelo y para mis hermanos. Soy negra, pero eso no es lo peor; soy lesbiana. Me gustan las mujeres, pero en esta ciudad estoy más sola que nunca.

    Faltan dos días para que me paguen mis magros haberes en la pizzería donde hago limpieza en las mañanas y a veces en las tardes. En la lata que hace de mi despensa solamente queda un paquete de galletitas saladas, medio frasco de azúcar, un poco de arroz y dos sobrecitos de café. Tengo que preparar un examen para el viernes. Mi ropa está sucia. Debo lavarla y ponerla a secarse en la ventana. Hace calor y no hay luz y el apagón se mantendrá hasta el amanecer. Finalmente decido bañarme, lavar mi ropa y acostarme mojada mientras mi cuerpo abandonado y deprimido sueña con idilios imposibles. Hoy tampoco voy a cenar.

    Al día siguiente en la universidad me avisan que debo pasar por la bedelía. Me entregan una carpeta que ni siquiera me di cuenta de que había perdido. Tiene una notita escrita en un sobre celeste: “Tienes que ser más cuidadosa. Hay distracciones que se pagan caro”. No tiene firma pero por las barbas de San Pedro que reconozco la letra de esa odiosa y estúpida muchachita. Me prometo que no le daré las gracias y que la ignoraré de la manera más ostentosa que me sea posible. Esa idiota.

    Voy a una clase de Historia del Arte y después a estudiar a la biblioteca. Son casi las nueve de la noche cuando acomodo mis papeles, voy a tirar esa maldita nota al cesto de basura y entonces hay otra sorpresa: en la segunda página de la carpeta, pegado con cinta adhesiva, hay un billete de quinientos pesos.

    Lo contemplo con codicia, no puedo evitarlo, es la cantidad que gasto para comer durante una semana. Esto es demasiado, me digo. Ni siquiera intento buscar a Morelia. A esa hora las aulas están vacías. Vuelvo a mi cuartucho, a mi soledad. Estudio a la luz de un velador de pilas casi hasta la madrugada. Me despiertan los gritos de la vieja del cuarto de al lado que pelea con su marido borracho a las siete de la mañana. Salgo de la pizzería con mi sueldo en el bolsillo.

    Pago el alquiler del cuartucho, me tomo una coca helada y camino hacia la universidad. Quiero pensar que estoy contenta cuando, como en un ramalazo, me llega el recuerdo de los quinientos pesos que encontré en mi carpeta. La indignación me sube en oleadas. Estoy furiosa. Pregunto por Morelia y una de las chicas me cuenta que ella no vendrá hoy ni mañana. Se perderá el examen de Historia del Arte, digo sorprendida. La chica me explica cómo llegar a su casa, ojalá puedas convencerla, ella suele entrar en pánico con esa materia.

    Pero si es la que más sabe. La chica menea la cabeza y mientras salgo hacia la casa de Morelia ya no estoy tan indignada, ahora siento preocupación y curiosidad. Morelia vive en un edificio cerca del palacio de gobierno. Son departamentitos para estudiantes acomodados, ¿y cómo es posible que si vive aquí pueda ser tan tacaña como para ahorrarse las monedas de las fotocopias? Y ahora me asalta otra duda ¿una persona tacaña regala, o intenta regalar, quinientos pesos así, sin más, a una desconocida que perdió su carpeta? El guardia de seguridad privada me mira con desconfianza.

    Cuando mi mente recompone estas escenas revivo la misma confusión que experimenté al tocar la puerta de Morelia. El departamento era de dos ambientes, un dormitorio con un bañito privado y una sala dividida por un tabique de madera con una abertura en forma de arco. Allí estaba la cocinita. La sala tenía dos sillones inflables y una mesita ratona. Morelia tenía puesto un largo camisón de algodón lila, estaba descalza y demacrada, era evidente que había dormido mucho pero también que su sueño fue inducido por calmantes ¿Valium, Nembutal?

    —Pasa, y no mires el desorden.

    Por la puerta abierta del dormitorio veo las sábanas desparramadas. Morelia se mete en el baño. El aire acondicionado está demasiado frío.

    —¿Puedes colar un café?

    Acepto con resignación y antes de que Morelia salga del baño el café está humeando en dos tacitas de acrílico verde.

    —Gracias. ¿Estudiaste para mañana?

    El café está bueno verdaderamente. Asiento con la cabeza y la miro a los ojos. A medida que ella bebe sus mejillas recobran el color pero sus ojos están temerosos. Tiene puesto un short de algodón rojo y una blusa blanca algo grande para su talle. De la carpeta saco el billete y lo pongo sobre la mesita.

    —Vine a devolverte esto. Gracias por devolverme la carpeta pero no necesito tu caridad.

    Morelia se sienta ahora con las piernas encogidas y se abraza las rodillas. Hace un gesto, como si quisiera sonreír pero mi mirada es tan dura que se lo impido. Cuando me levanto para irme la veo esconder la cara entre sus rodillas. Morelia estalla en sollozos y yo no sé qué hacer.

    —Tengo miedo, llevo dos días estudiando y no consigo retener nada…

    —¿Quieres que te ayude?

    Asintió mientras respiraba hondo para dejar de llorar. Era el mismo pánico que yo había experimentado hacía dos años, cuando recién llegaba a la ciudad. Comencé a mesarle los cabellos y a pedirle que por favor parara de llorar, pero eso parecía que hacía el efecto contrario.

    —¡Carajo! —Grité y le di una bofetada que la sorprendió.

    Nos quedamos en silencio un momento.

    —Mira, dime lo que recuerdes del período carolingio —le digo en tono de orden militar.

    Balbucea al principio, como una estudiante de secundaria que recita la lección. Se tranca un par de veces pero a medida que me ve asentir toma confianza. Junto a su cama veo un rollo de cartulinas. Tomo un par de lapiceras de felpa y extiendo una cartulina sobre el piso.

    —Oye, vamos a hacer una lámina, una ficha gigante. Escribe. Reyes mayordomos.

    Morelia escribe en silencio, solamente se oye el roce de la punta de felpa sobre la cartulina. Morelia traza toda la genealogía de Carlomagno, Pipino de Heristal, Pipino el Breve, Carlos Martel…

    Finalmente vamos leyendo los apuntes que hablan del sacro imperio romano germánico. Me turno para leer y le pido que me explique. Son casi las once de la noche y estamos exhaustas. Me niego a tomar café porque después no voy a poder dormir. El examen es escrito y empieza a las ocho de la mañana. Morelia toma un enorme despertador y lo pone a las dos de la mañana.

    —Durmamos, —me dice y camina hacia la cama.

    Cuando el despertador suena me parece que hace una eternidad que cerré los ojos. Solo después de abrirlos me doy cuenta de que estoy en casa de Morelia. En la nevera encuentro una botella de coca y me tomo un trago interminable, total, tiene cafeína, me lavo los dientes con los dedos y me doy una ducha. Cuando salgo del baño Morelia ya ha colado café. Retomamos los apuntes y a las seis de la mañana damos por terminado el estudio. No entiendo a Morelia. Sabe más que yo y estuvo a punto de perder el examen por tercera vez. Es como para matarla. Comemos un sándwich y salimos para la universidad.

    El pasillo del aula 13 está lleno de gente. Una bedel nueva me hace pasar y me defiendo con uñas y dientes de las preguntas de la profesora, ex monja de la congregación del Verbo Divino, teóloga y profesora de latín. Explico todo cuanto sé de teocentrismo, de la cristiandad medieval y del papel de la iglesia en la preservación del orden sociopolítico de la Europa de Carlomagno. Cuando Morelia se sienta a dar su examen está como ida. Tiene las mejillas enrojecidas y tartamudea. En algún momento mira hacia la puerta y la fulmino con la mirada, como si la amenazara de muerte en caso de que fracase.

    Son casi las doce del mediodía cuando salimos de la universidad. Tuvimos que esperar a que terminara el examen para que la profesora nos diera la nota. Morelia tuvo setenta y ocho puntos, yo setenta y nueve. Estoy sin fuerzas, apenas puedo caminar pero una felicidad demasiado notoria me inunda por completo. Entre los árboles del campus revolotean palomas y siento ganas de reír. Un examen aprobado es en cierta medida un permiso para seguir soñando, una victoria más en una guerra que parece interminable.

    —¿Qué vas a hacer?

    —Tengo que trabajar.

    —¿En la pizzería?

    —¿Y cómo tú sabes que trabajo en una pizzería?

    —Te vi una vez ahí, pero tú no me viste —dice y se sonroja como una niña que estuviera confesando una falta.

    —¿Y a qué hora sales?

    Pienso un poco antes de responder. Me preocupa de dónde sacaré fuerzas para limpiar esa cocina, los pisos, lavar toda esa vajilla.

    —Creo que a las seis y media ¿por qué?

    —Tal vez deberíamos festejar esto ¿tú crees?

    —Hmm, pero hoy no, creo que voy a llegar arrastrada a mi casa, apenas con fuerzas para dormir.

    —Mira… festejemos el viernes entonces, vayamos al cine, comemos pizza y…

    Mi mirada de hielo debe de haberla detenido. Se volvió a sonrojar.

    —Me parece que te entiendo, —dijo— imagino que debes odiar la pizza.

    Esa noche dormí de un tirón hasta el otro día. Limpié mi cuarto, compré más galletas, más arroz y fideos. Renové las baterías de mi radio y me volví a dormir hasta la hora de ir a trabajar. Al regresar estudié hasta las dos de la madrugada y me dormí hasta las nueve de la mañana.

    La universidad es un colmenar. El comentario de los exámenes, de las increíbles respuestas de algunas de las reprobadas desata largas carcajadas en los grupos. De pronto se me acerca una de las muchachas. Me mira con respeto, como si yo hubiera ganado un premio o algo así.

    —Mira, me dijeron que hiciste que Morelia aprobara Historia del Arte, muchacha, eso sí que es una hazaña.

    —Yo no la aprobé. Fue la profesora.

    —Mira, si ella perdía otra vez la materia su madre se la llevaba de vuelta a España. Morelia fuera capaz de suicidarse para no regresar.

    Ante mi mirada de sorpresa la muchacha suelta su rollo.

    —Mira, la madre de Morelia es una vieja tirana. Tiene cuartos. Aceptó que Morelia viniera a estudiar a Dominicana porque estaba convencida de que ella fracasaría y se tendría que volver a Madrid, ya tú sabes, con el rabo entre las piernas, pero ahora, cuando la vieja sepa que aprobó y que seguramente tomará cursos de verano, óyeme, me gustaría ver la cara de esa jodida vieja.

    En ese momento llega Morelia, viste una falda negra y una blusa blanca, sandalias blancas y un reloj deportivo que le sientan muy bien. Trae una carpeta negra y un bolso de tela. Todas la reciben con una bulla de aprobación y ella sonríe, pero se pone colorada como un tomate.

    La clase de repaso es ligera, el tiempo se pasa volando mientras la alegría del examen aprobado se disipa ante la proximidad de uno nuevo, tan exigente como el anterior. Cuando junto mis cosas para irme recuerdo que es viernes y que ya no tengo ganas de aceptar la invitación de Morelia. Mi costumbre de alejarme de las personas que pueden llegar a ser importantes para mí en algún momento.

    Salgo al pasillo pero Morelia me alcanza enseguida.

    —Oye. No te habrás olvidado de nuestros planes, ¿verdad?

    Estoy a punto de inventarme una enfermedad pero no se me ocurre ninguna creíble, una infección vaginal, imposible, estoy inmunizada a cualquier porquería con ese baño compartido con la vieja de al lado y el resto de la gente de la cuartería, no tengo ningún pariente a quien enfermar, o matar llegado el caso…

    —No… por supuesto yo…

    —Mira, ¿te parece que veamos una peli y después comemos algo?

    —Sí, claro, pero voy a cambiarme y…

    —Ven conmigo.

    Salimos al parqueo de la universidad y Morelia abre la puerta de un Skoda Octavia azul. Estoy aterrada. Me llevará a casa y verá que vivo en un sector marginal, seguramente creerá que vendo droga en ese barrio para pagarme la universidad, o que tal vez soy prostituta y…

    —¿Hay café en tu casa?

    —Sí, claro.

    Hago de tripas corazón y me propongo actuar con toda la naturalidad que me es posible mientras Morelia maneja con destreza. Se estaciona a la entrada de la cuartería para no molestar a los niños que juegan al básquet en medio del callejón. Una bachata atruena el aire. Enciendo el calentadorcito y pongo el café mientras Moelia se sienta en mi cama. Estoy transpirada pero es de la tensión. La dejo leyendo el diario y como, gracias a Dios, a Alá, a Manitú, a Ketzalcoatl, a Júpiter y queseyoquién más hay agua, me doy una ducha al cubo.

    Al volver al cuarto Morelia ya ha colado el café. Morelia evita mirarme mientras me seco y me visto. Me pongo un conjunto de interiores blancos, una falda azul, una blusa rosada con estampados geométricos negros y morados, sandalias negras y aprisiono mis rizos renegridos con dos enormes hebillas rojas en forma de soles.

    —Oye, tu esmalte sí está muy chulo, déjame usarlo —pide Morelia.

    —Muchacha, estás en tu casa.

    Iba a pasarme solamente brillo en los labios, pero finalmente decido maquillarme, me los pinto, me pinto las uñas, me pongo la loción barata que compré en el supermercado de a la vuelta y bebo mi café ya tibio. Felizmente el aire acondicionado del auto de Morelia deja afuera al calor. La radio deja oír una canción de Laura Paussini. Me relajo. Morelia vio cómo vivo y no salió huyendo.

    La película de Tarantino tiene demasiada sangre, como siempre. Vamos después a un restaurante cerca del malecón. Una orquesta toca música vieja. Ella tararea un momento Vereda tropical y la miro asombrada. Está como más suelta. Me mira directo a los ojos y su mirada es tan bondadosa que me impacta. De todas maneras no abandono mi rostro de piedra. Por las dudas.

    La cena transcurre con un breve intercambio de historias personales, preguntas concretas, dónde naciste, cómo te haces para estudiar en esa universidad. Digo mentiras. No me sale contarle que el que envía el dinero para pagarme la universidad es en realidad mi padre, al que no veo desde hace más de doce años y que en él odio a todos los hombres por igual. Invento una media beca.

    —Debe ser difícil para ti, por favor, no te ofendas, lo digo de corazón.

    Brindamos con vino blanco mientras comemos mariscos, y después un postre helado que es una delicia. Morelia ríe. Está feliz, como si apenas hubiera terminado de rendir Historia del Arte. No te entusiasmes, muchacha, que lo de filosofía es más duro todavía. Cuando salimos de ahí son más de las doce de la noche. Morelia pone música en el auto y es exactamente la que me gusta. Me dejo llevar mientras ella maneja en silencio y cuando apenas me doy cuenta estamos entrando al parqueo del edificio de apartamentos donde ella vive.

    —Mira, ¿te apetecería un brindis? Lo hemos pasado tan bien que no quisiera que esta noche acabara.

    Acepto mientras mis barreras empiezan a emitir destellos rojos. Cuídate mujer. Tú no puedes pisar ninguna ramita crujiente que alerte a los lobos agazapados en el bosque. Caray. Nunca he probado un bourbon como éste. En realidad muy pocas veces he probado siquiera el whisky ni ninguna otra clase de bebida alcohólica. A medida que Morelia habla bebo y me achispo un poco pero algo falla. Yo no estoy prevenida contra ella sino contra mí. Hay un apagón y la casa queda a oscuras. Morelia traba la puerta y enciende una vela. El estruendo de una planta de energía hace regresar la luz pero a ella la veo rara.

    —¿Le tienes miedo a la oscuridad?

    —Un poco sí.

    Me río abiertamente. Culpa del bourbon.

    —Eres una malvada dice ella con ojos pícaros. Si pudieras contagiarme una parte de tu coraje, de tu seguridad, yo…

    —¿Seguridad? ¿Yo? Si supieras, niña. Mi seguridad es una máscara, un espantapájaros para alejar a pajaritos molestos como…

    —¿Como yo?

    Sus ojos brillan y se ve tan hermosa en ese momento. —No Morelia. No como tú. Mira, tendré que pedir un taxi. Hay un vecino mío que trabaja de noche, si está disponible se animará a entrar al barrio.

    Morelia está compungida

    —¿Ya te quieres ir? Mira, yo en realidad quería hablar contigo de… bueno… ya tú sabes, estudiar juntas para el examen y…

    —Nou proublem pero… me quedo callada ¿se lo digo? (Mira Morelia resulta que yo… soy les… ya tú sabes, me gustan las mujeres, no, tú no pero… carajo… este bourbon está genial)

    —¿Sí? Bueno… tú sabes, será cuestión de… organonizar las horarias… ah…

    —¿Argonizarnos? Sí claro

    —¿Quién de las dos está más borracha?

    —Me parece que yo…

    Reímos y la planta se apaga pero la luz no vuelve. Morelia enciende una lámpara de batería que tiene un nombre raro, es que con este bourbon, imposible recordarlo. Morelia dice que la risa le da deseos de ir al baño. Camina con las piernas flojas, se sostiene de la puerta pero se cae. Me asusto.

    —Pero muchacha ¿Y qué es lo tuyo?

    —No es nada. No te asustes.

    Morelia entra al baño y se oye el ruido de la ducha. Cinco. Ocho. Doce minutos.

    —¿Estás bien?

    —Sí. Ya salgo.

    Sale envuelta en una toallita que apenas le cubre los senos y deja sus piernas al descubierto. Muslos blanquecinos luminosos a la luz de la lámpara. Con otra toallita más pequeña se seca el pelo. Me meto en el baño para no verla pero no tranco la puerta. Queda entornada a medias pero no logro ver nada. El baño está a oscuras pero entra luminosidad de afuera. Hay luna llena. Salgo después de una eternidad. Como todo está silencioso imagino que Morelia estará dormida. Me escaparé y no volveré a verla por unos días. No estudiaré con ella. Siento que me falta el aire. La luz ha vuelto y el aire acondicionado empieza a funcionar de nuevo.

    —No te vayas. Ya estoy sobria.

    —Pero… es tarde… yo…

    —¿Tienes miedo?

    Su vocecita suena como un desafío, como una tentación. Se sostiene la toalla contra el pecho. Su cabello húmedo brilla y ella huele a jabón, a champú de manzanilla.

    —Tal vez… —lo digo con un hilo de voz porque la voz me tiembla.

    Me tiemblan las piernas y antes de que pueda darme vuelta para salir huyendo tengo a Morelia entre mis brazos. La beso con furia, después con ternura y luego con deseo. La toalla cae al piso y la tengo desnuda y siento que tal vez ya viví esto en otra vida o en sueños que jamás me atreví a soñar. Quiero hablar pero ella me tapa la boca con un dedo. Sus senos son redondos y pequeños. Sus dedos están helados y me ponen a volar a medida que me desnudan de a poco. En el espejo frente a su cama somos un contraste de mi piel negra con su piel blanquísma.

    Se pone detrás de mí para desprenderme el sostén y sus dedos helados dibujan pétalos sueltos sobre mis pezones durísimos como espinas de carne. Me dueles en todas las ganas, Morelia. Sus dedos comienzan a bajar mi tanga mientras su lengua es una tibieza mojada que se desliza por mi espalda. Mordisquea mis glúteos y ahora ya no puedo tenerme en pie, caigo de bruces sobre la cama y siento su mano que se entibia mientras me unta con crema para manos. Morelia, me vas derretir. Desnudas sobre la cama nos besamos con la animalidad del deseo y temo que la dureza de mis pezones la atraviese pero no.

    Sus senos se deslizan sobre mi boca mientras un dedo ahora caliente me abre con delicada lentitud y juega con mi mata oscura y entra y sale como un niño juguetón que explora una gruta descubierta en el bosque. Le atrapo el lóbulo de la oreja con los dientes y ella se escurre y el calor mojado me abre de par en par, con exasperante suavidad siento crecer un espasmo en mi vientre, un cosquilleo que no experimenté jamás, es como una música que utiliza mi cuerpo para hacer una danza y estallo en un largo gemido mientras toda mi piel se vuelve hipersensible y me acurruco en posición fetal como una niña que tuviera frio.

    Es un paréntesis demasiado breve. Morelia se desliza sobre mí. Me invade y juego a atrapar cada parte de su cuerpo con mi boca, con mis manos, la pongo debajo y empiezo a libar un néctar que huele a lirios mojados, a charcas en el bosque y Morelia dice muy quedamente ya… repite ya… y se arquea y me aprieta las piernas y jadea y gime y… por favor, no me toques que tengo cosquillas, dice mientras ríe sin poder parar, ríe hasta toser y la abrazo porque tengo frío.

    Hicimos el amor dos veces más. Nos dormimos casi con la primera claridad del día y mis barreras despertaron antes que yo. Tenía el sexo irritado y el cuerpo complacido con esa tibieza pegada a mis espaldas. Me doy una ducha. Me siento al lado de Morelia y le acaricio los cabellos. En el reloj sobre su mesita de noche son las once de la mañana. Morelia despierta y me sonríe pero se pone colorada.

    —¿Estás bien?

    Me responde con fingido acento madrileño.

    —Pues… de puta madre…¿y tú?

    Era verano y aprobamos todas las materias. Después del último examen, el de Ética, nos encerramos durante dos días en el décimo piso de un hotel del centro. Hicimos el amor tantas veces que perdí la cuenta. Solo recuerdo que el segundo día me costó un poco quitarle a Morelia toda la miel con que se embebió los senos y que en la noche salimos al balcón, completamente desnudas y nos amamos a la luz de las estrellas mientras abajo la ciudad se dormía en su rutina nocturna. Me negué a mudarme con Morelia porque en algún sitio de internet leí sobre los resultados desastrosos de esa maldita costumbre que tienen las lesbianas de, al mes conocerse, irse a vivir juntas.

    Morelia se quedó hasta principios de diciembre y se fue a Madrid para las fiestas y mis barreras volvieron a subir. No fui a ningún cibercafé para ver si me escribía. Ensayé durante cuatro días que todo había terminado y al quinto día me emborraché con cerveza y casi pierdo mi trabajo en la pizzería.

    Era viernes en la noche, enero estaba montado sobre la agonía del año que se iba. La gente compraba sus bebidas y sus piernas de cerdo para la noche del treinta y uno de diciembre. Ya me había cambiado para irme cuando uno de los cajeros me hizo una seña con el teléfono. Supe que era Morelia porque mi alma en vilo convirtió en kilómetros los pocos pasos que di para llegar.

    —Si no abres tu correo electrónico se te va a saturar de mensajes. Te amo.

    —Yo…

    —Estás muerta de miedo. Lo sé. Pero el miércoles aclararemos algunas vainas.

    —¿El miércoles?

    —Como a las seis de la tarde ¿Oíste?

    —Sí…yo…

    Morelia cerró la llamada y yo caminé varias cuadras mientras las lágrimas me caían con completa displicencia. Una mujer me preguntó qué me pasaba. La miré y seguí mi camino. La eternidad, aun cuando es dulce, transcurre con lentitud, pero transcurre.

    Aquí, a solas con mis recuerdos, repaso una y otra vez este manuscrito mientras miro por enésima vez que el vuelo de Iberia procedente de Madrid ya ha llegado. Vienen dos hombres gordos, calvos y de cara colorada. Detrás, Morelia, hermosa en una falda de algodón rojo y con una camiseta blanca con pancita afuera, arrastra dos maletas enormes mientras me saluda con la mano y sonríe y yo siento que si no la tengo en mis brazos dentro de diez segundos sencillamente podría morir de amor.

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  • Sorpresas en las páginas de contacto

    Sorpresas en las páginas de contacto

    ¡Tienes un mail! decía mi pantalla.

    Que curiosos somos los hombres, no llevaba ni un mes apuntado en esa página de contactos y una mujer se había decidido a escribirme, pues vaya, después de todo ese tiempo y todos los mails que yo mandé sin respuesta no pude reprimirme en responder, lo primero que hice fue leer detenidamente su perfil y parecía muy seductor, ella era una mujer extrajera que vivía en España, más o menos de mi estatura y confesaba que con algunos kilitos, admito que eso me importó un pepino pues su castellano era fluido y las palabras que me dirigió muy atrayentes:

    “Hola, me llamo XiXi, me gusta como escribes en tu blog y creo que tú y yo tenemos que conocernos inmediatamente, no creas que esta impaciencia es porque me devora las ganas de conocerte, no, es por las ganas que vas a tener de volver a verme”

    Uff, vaya, como podría dejar pasar semejante envite, pues me puse manos al teclado y con mi lenguaje más meloso y zalamero la escribí unas notas tirando la casa por la ventana:

    “Hola, soy “Skapat” y creo que voy a hacer una locura, si, quiero conocerte, es más, tienes razón, tengo unas ganas locas de conocerte, dime como podemos vernos o ponernos en contacto, mi teléfono es 6…”

    Ya estaba el sedal lanzado, sólo faltaba que picase pero lo que yo no sabía que el que iba a picar no era el pez que yo pensaba. Ese mismo día recibí un correo que era todo misterio y que le daba más morbo al contacto.

    “Hola Skapat, mañana por la noche te espero en el hotel Las Alondras, habitación 111, debes llevar ropa interior femenina y me da lo mismo como la consigas, con unas medias negras y un tanga bonito es suficiente, debes saber que me gustan los hombres depilados, limpios y bien perfumados, te aseguro que no quedarás defraudado”

    Era temprano y miércoles por lo que encontrar lo que me pedía sería sencillo, sólo faltaba que la timidez en buscar esas prendas me impidiese comprarlas porque no se me antojaba fácil pero la cosa fue más sencilla de lo esperado y en un gran almacén ante la pasividad de las vendedoras pude elegir ciertas prendas que reunían las exigencias de mi desconocida y me fui a casa a esperar la noche del jueves.

    Ese día apenas pude dormir y con la excusa de ver a no sé qué cliente me marché antes para estar tal y como mi desconocida me pedía, la bodyground hizo su trabajo y me dejó bien peladito y una buena ducha y bien profunda me dejó listo para mi visita a la habitación 111. Me vestí con las prendas y sentí la suavidad de la seda y la elasticidad del elastán sorprendiéndome lo ajustada y bien que pensaba que me quedaba, me puse encima mi traje gris oscuro y una camisa blanca impoluta, una corbata granate que yo la decía la de la buena suerte y mis zapatos italianos.

    Tomé las llaves del coche y me conduje nervioso hasta el hotel, la zona de parking estaba medio vacía y pude aparcar sin problemas, los problemas eran que estaba nervioso como un flan pero la suerte ya estaba echada y eso que yo no era Julio César. Me bajé y me encaminé a la recepción del hotel, con un buenas noches pasé directamente al ascensor y pulse instintivamente el 1 de la primera planta.

    Cuando se paró el ascensor se paró mi corazón se salía por mi boca pero conseguí sosegarme fijando mi vista en el cartel de las habitaciones, torcí a mano derecha y me dirigí al final del pasillo pues allí se encontraba la habitación en cuestión y llamé suavemente.

    Toc, toc.

    —Pasa, me dijo una suave femenina muy dulce, la habitación estaba medio a oscuras y no pude distinguirla bien, llevaba un antifaz de los que se usan en Venecia y sólo pude imaginar su esbelta figura. Su voz sin ser autoritaria era firme y continuó:

    —Échate en la cama boca arriba sin la ropa, sólo con la ropa interior puesta y cierra los ojos, no tengas miedo, no te voy a hacer nada malo.

    Solícito yo pasé y fui quitándome las prendas dejándolas sobre el gabán para que no se arrugara y me dispuse tal y como me dijo, un poco avergonzado me tapaba mi sexo con las piernas casi cerradas.

    —No seas tímida, dijo cambiándome el género, y agarra con tus manos el cabecero de la cama, antes de que me diese cuenta, unas cuerdas japonesas me tenían amarrado al cabecero y las piernas flexionadas dejando mi culete al aire. – La ropa interior te queda muy bien y tu piel huele tan bien, mmm—a lo que seguidamente soltó un cachete a mi culo en pompa.

    —Ahh, oye, me dijiste que no me harías daño.

    —No, no te voy a hacer daño, relájate y deja tu mente en blanco, vas a saber que se siente al otro lado de la barrera.

    No entendía nada y una mezcla de morbo, seducción y curiosidad me dejaron mudo.

    Se giró mi extraña desconocida y se colocó algo a la cintura, al estar tan oscuro no supe que era, pero ya lo sabría, vaya si lo sabría. Al estar a los pies de la cama y tapado por mis propias piernas no pude distinguir que hacía, pero si sentí que acariciaba mi sexo y mi culo, no era la primera vez que me hacían un masaje prostático, es más, con calma mis orgasmos cuando me lo hacían eran brutales y por eso no me asusté cuando empecé a sentir la crema lubricante que puso en mi ojete y colocándose entre mis piernas, se colocó mis pies en sus hombros y me susurró:

    —Ahora nenita, no te pongas tensa, relájate cielo.

    Apoyó la cabeza del dildo en mi ojete y empujó suavemente, una punzada de dolor me llegó hasta la columna y antes de que pudiera decir nada los muslos de mi desconocida descansaban en las mías y el dildo estaba completamente dentro de mí, se paró un instante para que me acostumbrara a las dimensiones del dildo que por el dolor por lo menos debía medir unos 17 centímetros de largo y unos 4 de diámetro, un suave ronroneo me descubrió que mi desconocida estaba siendo a su vez estimulada por semejante juguete, como si llevase un balín situado encima de su clítoris.

    Sus manos bajaron hasta mis muslos y asiéndolos con fuerza empezó un suave movimiento de mete y saca, el lubricante que había usado era algo desconocido por mí, pues oleadas de frescor me invadían en lugar de arderme. Su ritmo cadencioso cada vez más rápido excitaba mi cuerpo y me llenaba de placer a pesar de verme en esa extraña postura, la boca de mi desconocida se movía y retorcía y sus manos cada vez más sueltas me daban cachetes cada vez más fuerte y a sus reclamos de:

    —Te voy a partir el culo en dos, putita, porque eres una nena muy mala

    Yo no podría creerlo, me estaban tratando como una puta y mi cabeza respondía como tal:

    —Si fóllame, te quiero toda dentro de mi

    El vibrador puesto sobre el arnés la estaba llevando al orgasmo más deprisa de lo que ella quería, pero no se paró pues apenas llevaba diez minutos metiéndome ese trozo de goma que me estaba destrozando por dentro, en cambio mi pene tenía un ridículo tamaño y que no envidiaría ninguna estatua romana. Unos gritos de placer inundaron la habitación y sus uñas se clavaron en ni piel por lo que no había que ser un lince para darse cuenta que se había corrido, se recostó un poco sobre mis piernas para tomar un poco de aire pero sin sacar el dildo de dentro de mí. Unos instantes después su mano derecha se fue a mi pene flácido y sin quejarse de semejante tamaño le reclamo que tomase cierto brío:

    —A ver si ponemos esta pollita a tono, pero apenas la agitó unas veces empezó a soltar un borbotón de semen que empapó mi abdomen, no creía que con semejante tamaño pudiese salir tanto semen de dentro de mí y mi desconocida contenta sonrió ante mi final y la extrajo de dentro de mi culete, al haberme lavado tan bien, por dentro y por fuera, no hubo sorpresas, cosa que agradecimos gratamente los dos y con una caricia dulce a mis cara y un beso sobre mis labios se fue al baño dejándome amarrado al cabecero.

    Empecé a tener miedo por si iría a dejar así pero mi desconocida guardaba una sorpresa, cuando se había vestido –aún con el antifaz puesto—me dijo que si tiraba de esa punta de la cuerda me desataría sin problemas, pero que esperase a que ella se marchase y que si la obedecía, volvería a tener noticias de ella. Como un buen sirviente esperé unos minutos y desaté la cuerda y tal y como me dijo, se desanudaron todas ellas dejándome libre, cuando desnudo y en ropa interior femenina aún puesta llena de nuestros sudores vi que me había dejado un sobre en la mesilla de noche con una nota:

    “La habitación está pagada toda la noche, no preguntes a nombre de quien estaba reservada porque es un nombre falso, para ti soy y seré Xixi y acudirás siempre que yo te lo ordene porque eres mi putita”. Dentro del sobre había un billete de 200 euros, desde entonces, vivo atento a mi correo electrónico día y noche.

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  • La sorpresa de Soraya

    La sorpresa de Soraya

    Después de tener mi primera experiencia con Soraya y que para ser la primera fue muy grata, fuimos afianzando mucho nuestra relación, ya pasábamos mucho más tiempo juntos.

    Soraya cambió mucho, ya no era la niña misteriosa y un poco apagada que había conocido, ahora era mucho más divertida, con ganas de salir de marcha… en fin lo típico a su edad.

    Me centraré en este relato en explicarlos en qué consistía la “sorpresa de Soraya”.

    Yo solía quedarme muchos fines de semana en mi piso y no regresaba con mis padres, el motivo era claro… estar con Soraya más tiempo, aparte que como mi compañero de piso si se iba todos los fines de semana el piso era sólo para mí.

    Bueno sería más exacto decir que lo compartía con Soraya, muchas y gratas horas.

    El tema es que uno de los fines de semana lo preparamos para pasarlo juntos en el piso. El viernes por la noche estuvimos un poco hablando para quedar el sábado, pues bien Soraya llegó al piso sobre las 10 am yo acababa de levantarme y mientras me duchaba ella me preparó el desayuno (le encantaba hacerlo y a mi degustarlo).

    Después de desayunar nos dimos unas vueltas por las tiendas de ropa (imaginaros que espectáculo verla probándose ropa: faldas, pantalones, blusas…).

    Sobre el mediodía alquilamos una película y la vimos mientras comimos. Después de comer y de terminar de ver la película charlamos sobre donde íbamos a salir por la noche y con quién, en fin, de todo un poco. Primero me pareció buena idea salir, pero luego pensé que esa era la tónica de siempre, verdaderamente me apetecía más quedarme con ella en el piso y aprovechar más el tiempo que estábamos juntos, aunque tampoco quería soltárselo porque se veía ilusionada con la idea de salir de noche.

    Soraya estuvo mandando mensajes al grupo de amistad para ver que tenía pensado hacer, gracias a Dios nuestras amistades no tenían pensado salir aquella noche y poco a poco Soraya descartó la idea de salir y escogió la otra opción, mi opción, la de quedarnos los dos solitos en el piso. ¡Con fiesta privada!

    Una fiesta privada que comenzó después de jugar un poco a la videoconsola, a ella le fastidiaba mucho que yo le ganara siempre y nos estorbábamos mucho, en fin, que una cosa llevó a la otra y dejamos de jugar a la consola para divertirnos con nuestros cuerpos y en ese juego siempre me dejaba ganar…

    Antes de aquel día ya habíamos tenido nuestros rolletes, pero el de aquella vez fue especial y es que Soraya me sorprendió gratamente.

    Empezamos en el sofá y mientras nos besábamos y nos acariciábamos por todas partes comprendimos que aquel calentón nos llevaría directos a la cama (en ese aspecto Soraya era bastante tradicional pero aquel día iba a ser especial en todos los aspectos).

    Tumbados en el sofá empezamos a desvestirnos morbosamente, ella me quitaba la ropa y yo a ella sólo que Soraya en forma de juego se oponía un poco, sabía que me volvían loco aquellos juegos y pienso ahora que a ella también la excitaban, finalmente nos quedamos en ropa interior los dos, dando vueltas en el sofá, Soraya se levantó y me dio la mano para ir a la habitación, era el momento de aliviar el gran calentón, yo me levanto le di mi mano pero en vez de dirigirme a la cama la agarré y la monté encima de la mesa del comedor.

    Ella se quedó algo perpleja, pero no le disgustó mi propuesta, me abrazó con su brazos y sus piernas y nos unimos en mil caricias y besos. Pero aquello por momentos se nos escapaba de las manos y queríamos los dos más… empecé a besarla por el cuello y bajé hasta su gran canalillo, allí entre sus preciosos pechos estaba mi cara besándola mucho que su fino sujetador dejaba ver y mis manos que antes estaban ocupadas en moldear los muslos que me rodeaban por mi cintura empezaron a subir por sus curvas hasta que consiguieron su objetivo, desabrochar el sujetador para poder tener ante mi sus pechos al completo…

    Una vez al descubierto empecé a besarlos por todas partes mientras los sostenía con mis manos, fui poco a poco hasta llegar a sus tostados pezones, pequeños besos que al llegar a sus pezones dejaron el puesto para que mi lengua jugara su papel… (yo podía sentir el acelerado ritmo de su corazón).

    Y por fin llegó la gran sorpresa, algo que nunca antes me había pasado. Mi lengua empezó a hacer círculos sobre su pezón que lo tenía más duro que nunca, le agarré el pecho con una de mis manos para lamerlo, cosa que le encantaba y cual fue mi gran sorpresa que justo antes de que mi boca contactara con aquel tesoro… vi como empezaba al formarse una gran gota de leche, ¡Dios mío! me quedé maravillado y no sabía muy bien que hacer.

    Soraya me agarró la cabeza por detrás y me la llevo hasta su pecho para que me deleitara con aquel manjar que su cuerpo me ofrecía y claro yo gustosamente lo bebí, chupaba muy delicadamente pero cada vez más aumentaba la firmeza, no siempre salía leche además alternaba un pecho con el otro y los chupetones eran algo más fuertes, como si quisiera exprimirla, sacarle todo su jugo y ello a Soraya le ponía por las nubes, gemía y gemía hasta que tuvo un gran orgasmo y se quedó recostada encima de la mesa…

    Sin dudarlo le quité su tanga que estaba bastante mojadito, ella seguía teniendo pequeños gemidos cuando de repente soltó uno muy grande.

    —¡Oooh!

    Coincidió claro está cuando mi boca empezó a comerle su conejo, abría bien mi boca para que todo su conejo disfrutara y mi lengua se alternaba los distintos sabores de los dos deliciosos postres de Soraya, me encantaba ver como Soraya disfrutaba conmigo, mi lengua recorría sus adentros mientras ella jadeaba como loca y arqueaba su cuerpo.

    Al rato yo me bajé mis gayumbos dispuesto a unirme con ella por aquella puerta que seguía chorreando… aproximé a Soraya al borde de la mesa, ella aún dentro de su estado de éxtasis comprendió aquel movimiento y se dispuso a recibirme y sin ningún esfuerzo la penetré fue increíble con la facilidad que nos unimos y la sensación de placer, parecíamos estar alejados dl mundo, solamente ella y yo, disfrutando el uno del otro.

    Yo por supuesto no quería que aquello terminase, quería tener a Soraya de todas las formas posibles, cuando me “cansé” de estar en la mesa la bajé y nos fuimos a la habitación para recostarnos en la cama, la cogí en brazos como si de mi esposa se tratara (eso le encantó y solo podía mirarme y besarme en la boca, se le veía una clara de plena satisfacción y eso es lo que yo quería, que disfrutara al máximo), la dejé caer en mi cama delicadamente.

    Yo había estado a punto de explotar en el salón y al llegar a la habitación Soraya estaba más recuperada de su primer orgasmo, ella se desenvolvía entre mis sábanas con maestría y para cuando quise darme cuenta estaba sobre mi besándome por todo el cuerpo hasta que consiguió bajar hasta mi rabo al cual lo chupó con firmeza mientras una de sus manos lo agarraba y con lo otra me acariciaba… en cuanto aceleró su ritmo no tarde en explotar donándole todo mi semen y que ella gustosamente recibió.

    Aquella noche probamos nuestros cuerpos de cualquier forma y comprobé la flexibilidad de Soraya, nuestra imaginación volaba y nuestros cuerpos obedecían, después de no sé cuántos orgasmos… nos duchamos y Soraya se fue a su casa a dormir, fue una pena no despertar y encontrármela a mi lado.

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  • La paja no es como el trigo

    La paja no es como el trigo

    Como subtítulo, bien podría completarlo con: “Y la tía Silvia no es como la manuela”.

    Los dieciocho años en la mochila de la vida, noviecito de Candela, una morocha de ojos grises, y un cuerpo como pocas en el liceo, me tiene loquito, anduve tratando de acercarme a ella durante todo un año y ahora que conseguí ponerme de novio no puedo mojar (tener sexo, coger) con ella. Me tiene muy caliente, en las visitas a su casa nos despedimos entre los arbustos del jardín, con la infaltable manuela (paja) que me sirve para mitigar la calentura que me produce su cercanía. Yo le doy alivio digitalizando su sexo, habilidoso concertista de argolla y clítoris.

    Candy me hace unas pajas de antología, pero como suele decirse “la paja no es como el trigo”, si bien me saca el afrecho (ganas de coger reprimidas) más urgente, no es lo mismo, en ocasiones quedo más caliente aún. Ya va un año, no puedo más con mi calentura, esa tarde fui a verla, no estaba, volví como perro, con el rabo entre las patas.

    —¡Damián, ven!

    Era Silvia, vecina y tía de Candy, me invitaba a pasar a su casa. Sin nada mejor que hacer pasé al interior, me miraba de cerca, con afecto considerado y algo más, dijo:

    —¿Qué te pasa?, te veo ojeroso y tristón. —voz cálida, de afecto, y siguió— ¿No será que te están faltando mimos, o será que mi sobrina no te da lo que me parece estás necesitando?

    —Ni todo ni nada. —Adiviné donde apuntaba.

    —¿Te tiene a pan y agua…, y sin carne? —ahora en sintonía, buscaba entrar en la confidencia caliente, decidí seguir el jueguito a ver que había detrás de todo esto.

    —Solo con la mano… y… eso se dice que… no es como el trigo, ¿me explico? —Descubriendo el juego, le di el pie que buscaba— Seguro que te explicas, y bien que te entiendo.

    Me tomó la cara entre sus manos, un beso de aquellos que te llevan a otra dimensión, realmente esta mujer sabía besar. Ese beso me hizo adulto, en un instante puede evaluar realmente lo que estaba necesitando, un macho cabrío para que le atienda esa almeja que se volvió virgen por falta de atención masculina. Me dejé llevar por la experta al dormitorio, me desnudó despacio, gozándome con las caricias que vestían mi piel.

    Despacio fue mostrando todas sus carnes, buenas de verdad, los cuarenta y pico le sentaban de maravilla, un físico privilegiado y las sesiones de gym, cuidado, las mamas delataban afecto al sol sin corpiño, el vientre casi sin rollitos, durita, vellos púbicos con cavado reciente, tostadita toda ella, excepto el triángulo del sexo. Para un muchacho como yo era un regalo para los ojos, toda ella una invitación al goce con este espléndido ejemplar de mujer, que ni en los momentos de mayor calentura hubiera podido fantasear estar con ella de la forma que estamos ahora, en su cuarto y a un paso de poseerla.

    Ella manejaba todo y bien, primero me llevó a su boca, engolosinada con el buen grosor de mi poronga (pija), en un momento me puso a punto de… largué todo sin poder prevenirla, en la boca, tan caliente como una conchita. Gozó la rápida eyaculación del macho cabrío que no pudo resistirse a sus caricias bucales.

    No fueron necesarias mis disculpas, un dedo sobre mis labios decía que había entendido y comprendido, que nada importaba. Seguía al palo, pero sin rastros de la gloriosa acabada.

    Se abrió de piernas, me llevó a su otra boca, la vertical, pidiendo acción, que le diera otra inundación de leche. Movía las caderas, los labios de la conchita se abren y cierran como boca sin dientes, comprime y libera, aspira y suelta, me está cogiendo, dando una cogida de antología, de esas que se hacen en unos minutos y duran toda la vida. Se deja ir en un orgasmo, el primero, estoy bien afondo, sostengo el empuje dejando que lo goce. Cambiamos, ella ahora me coge desde arriba, hubo un segundo y un tercer orgasmo, en este último casi gritamos juntos el grito triunfal, dúo de acabadas y de gemidos liberadores.

    Al salirse del empalamiento, se yergue sobre sus piernas, algo temblorosas por la tensión del orgasmo, lo hace para que pueda contemplar cómo se le escurre el abundante lechazo, el choto (pija) casi se mantiene en erección, no puede menos que elogiarme la vitalidad y calentura, confirmar que estaba ojeroso por la calentura insatisfecha.

    —No te preocupes yo te seguiré atendiendo todo lo que necesites. No sabes cuánto lo necesitaba, espero que esto se pueda repetir muchas más veces, si… es que te quedaste conforme.

    — Sí… sí, claro… mucho, usted es algo tan especial que voy a volver… volver todas las veces que quiera, sí, sí… quiero volver.

    Después de un refrigerio, retomamos las acciones, nos dimos garache (cogida) como en la guerra, me sacó como cuatro polvos, ni sé cuántos ella, seguro fueron más. Nos despedimos, acordamos que cuando tuviera ganas le avise y la tengo como esta tarde.

    —Bueno, seguramente más deseosa, sobre todo ahora que sé cómo haces el amor. —Beso y despedida.

    Por un par de meses podía darme el lujo de prescindir de las manuelas de Candy, tenía las bocas de Silvia dispuestas a consolarme. En una oportunidad, con Silvia entramos a la casa de Candy, confiados que no había nadie, estamos por salir cuando escuchamos voces apagadas que vienen de la habitación de mi novia.

    Más preocupados que curiosos, nos acercamos, cautos, las voces se escuchan con más nitidez, claras y demostrativas de que hay una cogida en proceso, curiosidad y sigilo, por la puerta entornada vimos con total claridad como Candy se hacía coger por el primo Luis. Este primo de gil (hacerse el desentendido) solo tenía la facha, porque se la estaba volteando (cogiendo) con todo, y como disfrutaba la muy turra (putita). Volvimos sobre nuestros pasos, sin que lo notaran.

    La vista de la escena, de momento, al menos, lejos de molestarme, lo único que produjo fue una instantánea calentura, que fui a calmar con Silvia en su cama. Nos enroscamos en unos polvos atroces cargados de violencia, ambos buscamos canalizar las tensiones y emociones en un sexo tan afiebrado como urgente. Ella ya me ganaba por tres a cero, tan excitado y enojado que no podía acabar, cada orgasmo de ella me ponía más y más duro, el choto ya me dolía de tan duro que lo tenía, y la calentura se hacía insostenible.

    Silvia comenzaba a preocuparse por hacerme acabar, su boca recibía la intensidad de mis empellones descontrolados que producían alguna arcada, pero nada, la concha también dolorida y no podía.

    Nos tomamos un descanso, espacio para que trajera un refrigerio, sabía cómo ordenar las emociones. Volvió con un potecito con vaselina, se puso en el ano, primera vez que iba a acceder a mis pedidos reiterados y se negaba por temor al grosos del miembro.

    Evitaba entregar el marrón (el culo), una mala experiencia y el grosos de mi pija la intimidaban y temía no poder aguantar todo.

    —Te lo voy a dar, estoy convencida que con vos voy a poder liberarme de la aprensión que me produce, tengo confianza en ti y sé que me vas a tratar bien. Por favor despacio…

    Guiaba el proceso de sodomizarla, la cabeza del choto abría el anillo anal, aguantó el dolor, y… un poco más de carne, otro poco, y… todo adentro. Ahogó el dolor mordiendo la almohada, inmóvil, esperando el nuevo embate de la carne urgente que penetra en sus entrañas. Casi, arrodillada, una almohada bajo el vientre, se ofreció total, empujando hacia mí ayudando en la culeada, me dejé llevar por su calentura, los quejidos de Silvia se mezclaron con mis gemidos, un solo sonido, un solo deseo: Que acabara en su culo.

    Fue largo, a ella le pareció interminable, empujando y gozando al máximo llegué al borde del precipicio, largué todo en el abismo de su culito. Salió tanta leche, que Silvia diría después que a no ser por lo espeso y las dilataciones de la cabeza en la expulsión, hubiera pensado que le había orinado, tal la cantidad de semen. Seguro me pareció exagerado, pero en esos momentos lo sentí como el mayor de los mimos. Esta mujer sabía cómo tratarme, alfarera del sentimiento que está moldeando la humanidad de un joven para hacerlo hombre, valorarlo y darle su lugar.

    Tan demorado el polvo, me retuvo mucho tiempo dentro del culo, al salir de su cuerpo me sentí un hombre nuevo, más completo, más maduro.

    Quedó culo para arriba, literal y físicamente, yo tendido, de espaldas mirando el cielorraso, nuevamente enhiesta la pija, casi preparada para otro combate. Me limpió con una toalla húmeda, el próximo me vine en su boca. El fragor y la bronca puestas en la cogida me dejó exhausto, ella acompañó en el reposo del guerrero, por primera vez nos dormimos juntos.

    Al despertar el mañanero, luego el desayuno en la cocina y la despedida, seguía vestida de Eva.

    En la primera ocasión propicia me cogí a Candy, negó entregarse, en realidad fue técnicamente una violación, con el choto lleno de venganza, se debatió para zafar, gritando todo tipo de insultos, la coloqué boca abajo, sujetando de los cabellos, cual yegua que se resiste al padrillo en el servicio. Más que sexo era la venganza de haberme hecho cornudo, era el momento de cobrarme la afrenta. Con fuerza y sin mucho cuidado se la apoyé en el ano, apenas entró un poco de la cabeza, arreciaron los gritos y los zarandeos intentando salirse.

    —¡Por ahí no hijo de puta, por ahí no! ¡Por el culo no…!

    Con todo el peso de mi cuerpo me mandé adentro de un golpe, gritó, contestaba sus quejidos con entradas más profundas. Estaba enterrado en ella, en el fondo, mínimo movimiento, suficiente para hacerle sentir el grosor de la pija, traspasarla, lavar con el dolor la ofensa de negarme a mí lo que le regaló al boludo del primo.

    Presioné para pasar a través de ella, la mordí en el cuello y le grité cuando llegó el momento de la eyaculación, intensa, feroz, solo sexo, sin placer, solo venganza hecha semen para castigarla.

    Me salí de su culo, de un golpe, sin cuidado, sin pudor, quedó refunfuñando su bronca, ser violada, y por el culo. Los gemidos ahogados, enjugaban el dolor anal.

    —Este polvo es por puta infiel. ¡Por eso te rompí el culo!

    Herida en el honor y en el ano, no me importó un carajo, me fui sin decir más nada.

    No volví nunca más a verla, con la tía Silvia, seguimos un tiempo, cuando tenía ganas, me acercaba por las noches para pasarlas con ella. Ahora esto de novio con una muchacha de otro barrio, tenemos buena cama, y estamos pensando que esta relación da para más, veremos.

    Historias como esta deben suceder con más frecuencia que uno cree, supongo que no fui ni seré el único traicionado por la novia, pero no se la llevó de arriba, bueno se la llevó por atrás, por el culo, ¿no?

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  • Las aventuras de Manu y Joshua (2)

    Las aventuras de Manu y Joshua (2)

    Y llego la hora de la fiesta en la casa de Joshua en la cual jugamos mucho just dance y no nos dejábamos de ver durante toda la noche.

    Después de lo ocurrido en el previo a la fiesta de fin de semestre, durante toda la fiesta no dejaba de pensar en lo rico que me la había pasado con Joshua y ya anhelaba tenerlo de nuevo, en solo pensarlo despertaba una erección.

    Estuvimos charlando con los demás compañeros de la universidad, seguido iniciaron las retas de just dance donde empezamos una eliminatoria donde en cada ronda no dejaba de ver y disfrutar del cuerpo de mi amigo Joshua, yo me quedé en la segunda ronda la verdad me sirvió haber practicado antes pero no fue suficiente pero Joshua vaya que lo da todo y termino quedando como el ganador absoluto.

    Yo perplejo de ver como se movía en cada canción y como le brincaban esas ricas nalgas que se carga y no podía dejar de ver sus pezones que se le notaban parados en su playera ya sudada de tanto baile me imaginaba dándole unas chupadas y unos mordiscos y solo sentía como mi venga crecía en mis pantalones que no me quedaba más que ocultarla con un cojín del sillón.

    Al fin llegó la hora que se fue el último de mis compañeros y volvimos a estar a solas Joshua y yo, lo cual me ponía a latir mi corazón al 1000 de pensar de que podíamos repetir lo que había pasado unas horas atrás e iniciamos conversación

    Manu: Vaya que no para de hacer calor el verano está con todo y nosotros creo que traemos mucha ropa ¿no crees?

    Joshua: vaya manera tan sutil de que quieres que nos quitemos la ropa eh

    M: yo pensaba en irnos a duchar juntos pero me gusta tu manera de pensar de quitarnos primero la ropa

    J: No suena nada mal el ducharnos juntos

    Puedo ver como poco a poco se le va notando una erección a Joshua y en sincronía a mí también sabiendo que la noche era toda nuestra, nos ponemos frente a frente hasta que nuestras narices chocaron nos vimos a los ojos y en sincronía los cerramos y nos empezamos a besar nuestros cuerpos empezaron a rozarse y podíamos sentir el pené efecto el uno del otro.

    Yo baje mis manos para poder quitarle la camisa algo sudada de tanto baile la cual le quite y antes de aventarla le di una fuerte olfateada olía tan deliciosa que mi pene palpitaba por estar dentro de él.

    Nos terminamos de desvestir y terminamos en su cuarto me dice te la quiero chupar hasta sacarte la leche ponte cómodo que te quiero dejar seco, me acuesto en su cama y de una se la mete toda en mi boca y me empieza a dar la mamada de mi vida vaya que si estaba deseoso de más de mi leche.

    Movía su lengua por todo mi pene de una manera sublime no dejaba de gemir de tanto placer que me estaba dando, aunque estaba disfrutando tanto de la mamada que me estaba dando Joshua yo solo pensaba en como llenarle ese culito otra vez de leche así que mientras me la mataba busque la manera de irle dilatando ese delicioso culito que se carga no sin antes darle tremenda nalgada que le quedo mi mano marcada fue rico escuchar que mientras me la mamaba e inicie a dilatarlo soltara un rico gélido.

    En lo que dilataba a Joshua y sentir como me apretaba los dedos y como me la estaba matando con mi mano izquierda le agarro la cabeza para empujar todo mi pene en su boca y me vengo en su boca recuerdo tan bien esos ojos brillos y su sonrisa de sentir mi leche en su boca mientras sentía a la vez mis dedos bien apretados, cuando sintió mi último espasmo Joshua se puso frente a mi y empezamos a besarnos la verdad ese día había tomado mucho jugo de piña y la verdad mi leche sabia deliciosa y más besando los ricos labios de Joshua.

    Cuando terminamos de disfrutar mi leche le digo al oído a Joshua listo para entregarme ese culito otra vez, y él me contesta sí más que listo y se pone en 4 yo no deje de pasar la oportunidad y le di una nalgadas y no pude resistirme a besarle ese culito y ponerle un poco de lubricante.

    Joshua me pide que si lo masturbaba al mismo ritmo en el que se la meta a lo cual le dije que sí, empecé poco a poco primero jugaba con mi grande y su culito y al mismo ritmo lo masturbaba así hasta que casi ya la tenía toda adentro amaba como me apretaba ya estando adentro sus gemidos y los míos sonaban al compás hasta que siento como empieza a palpitar el pene de Joshua que anunciaba su orgasmo y mi instinto hizo que le sacará la mi pene y se la empezara a chupar para que terminara en mi boca una vez terminó continue metiéndosela de misionero mientras compartíamos su leche en un beso hasta que ya no pude más y me vine dentro de el nos quedamos acostados en la cama ya muy cansados y nos quedamos dormidos.

    Al día siguiente al despertar Joshua me levanta con un café, un largo beso y su hermoso cuerpo al desnudo.

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  • Mi esposa Erika es descubierta

    Mi esposa Erika es descubierta

    En esta ocasión habíamos citado una vez más a Ricardo a cenar a nuestra casa, y esto fue lo que ocurrió.

    La noche había llegado, mi esposa Erika a diferencias de las cenas anteriores, esta vez dejo de lado lo casual y se fue a lo erótico, en la mañana habíamos ido a comprar un vestido que usaría, ya estando a minutos de la cena con Ricardo ella se vio al espejo como se miraba… ¿Y que se puso ella? Pues un vestido muy apretado de tela negra fina delgada similar a los leggins, en la parte de sus pechos hasta bajar a la mitad de su abdomen era transparente dejando ver sus pezones pues no se puso brasier, el vestido termina a ras de nalga tal vez unos 5 centímetros más abajo donde ella al estirarse la tela negra transparentaba su culo.

    Yo por otro lado la observaba sentado en mi cama, sabiendo que en esta cena si iba haber acción, pero con Ricardo.

    Y como cosa rara pue sentía que era la primera vez que mi esposa iba a estar con alguien pues mi corazón latía fuerte…

    El sonido del timbre rompió ese momento, Erika lanzó una última mirada a su reflejo, bajamos a la primer planta caminó hacia la puerta.

    Al abrir la puerta Ricardo vestía con una camisa negra ajustada y una mirada cargada de intenciones apenas Erika abrió la puerta, y no era de menos con un vestido dejando sus pechos a la vista.

    -Vaya, realmente te ves hermosa —dijo Ricardo entrando a la casa

    Mi esposa se dejaba envolver por la presencia de Ricardo. Un abrazo y un beso.

    Erika guio a Ricardo hasta el centro del comedor, ella se movía con gracia, consciente de la atención que captaba de ambos. Mi esposa tomo la mano de Ricardo y la llevó hasta su propia cintura, dando el primer paso.

    La noche apenas comenzaba, y la línea entre el placer y la seducción iba dejando de lado la cena.

    Ricardo deslizó sus manos por la tela fina del vestido, recorriendo lentamente la cintura de mi esposa. Ella inclinó la cabeza, cerrando los ojos por un instante, dejándose llevar por el momento. Su respiración se volvió más profunda, su piel más sensible a cada roce. Y como de un chasquido regresaron a la realidad y procedimos a cenar…

    Durante la cena que por cierto la comida fue ligera nada pesada, mientras transcurría eso solamente era el testigo del coqueteo de ellos dos, sabía que mi esposa le tocaba la verga con su pie a Ricardo.

    Y como si la mirada hablasen, únicamente se vieron se sonrieron y era como un “Muy bien comencemos” ambos se levantaron y se fueron directo a la sala, Erika nuevamente tomó la iniciativa y bajó el cierre del pantalón de él, metió su mano liberando así la verga de Ricardo, mi esposa se arrodillo ante él, lo miro desde abajo, me miró a mí, y lo volvió a ver a él sonriendo, acto seguido metió lamió la punta para luego meter toda su verga en la boca, dándole así una buena mamada de verga que poco a poco lo iba empujando hasta hacerlo caer en el sofá reposet.

    Luego cambiaron de posiciones, no sin antes deshacerse del vestido, ahora era Ricardo quien lamía toda la vagina de mi esposa haciendo énfasis en clítoris, mientras que con un dedo hurgaba su entradita, ya mi esposa estaba muy mojada, y yo con mi verga a reventar…

    Todo estaba listo, mi esposa bien mojada, Ricardo con su verga bien lubricada… Mi esposa volvió a sentar a Ricardo, y ella se subió en el quedando frente a frente, agarro la verga y la acomodó en su entrada, bajando poco a poco y un suspiro me hizo saber que había entrado toda… Mi esposa subía y bajaba, desde donde yo estaba nomas miraba la verga de Ricardo desaparecer en la vagina de mi esposa, seguido de unos ligeros chapoteos…

    Los dejé solos un momento para ir a limpiar el comedor e ir por unos tragos al refrigerador, de hecho puse varias botellas y una hielera, regresé y la deje sobre una mesita plegable en caso que quisieran tomar algo por la sed… Mientras mi esposa subía y bajaba, le alcancé una botella a Ricardo y comenzó a tomar una cerveza.

    Mi esposa ya se estaba cansando por lo que cambiaron de posición…

    Ricardo pocas veces llamaba a mi esposa de zorra y cosas así… pero esta vez creo la excitación lo desbordaba y comenzó a llamarla de esas maneras.

    -Muy bien putita… quiero que te pongas en cuatro en el sofá – dijo Ricardo

    Mi esposa obedeció y se puso en posición moviendo su culo para incitarlo mas.

    -Dame mas verga – le dijo mi esposa

    Una acomodada en su entrada y la penetró de golpe haciendo sacar muchos gemidos, mi esposa y su característica forma de venirse, comenzó con su pierna temblando y un sonido de ahogo, mi esposa estaba acabando…

    Después de eso Ricardo sacó su verga rápidamente, creo que a fin de evitar correrse.

    No sé si recuerdan el sofá cama que tenemos, ese lo armé para ellos, mi esposa se acostó ahí y Ricardo se puso arriba, comenzando a hacer la posición de misionero, mientras se besaban desmedidamente… Ricardo además mordisqueaba los pezones, pasaba su lengua, en fin no había lugar donde no pasara su boca.

    Y a medida se iba calentando mas las cosas, y cambios de posiciones, mi esposa una vez más quería estar arriba seguramente para frotar más su clítoris y tener otro orgasmo, entonces mi esposa se llevó a Ricardo nuevamente al comedor que por fortuna lo había limpiado, me lleve la mesita con la hielera también.

    Erika acostó a Ricardo en la mesa, mi esposa con la ayuda de la silla subió para montarlo, esta vez lo hizo a espaldas a él, pues ella queria que yo viera como cabalgaba

    -Mira amor, mírame… ¿Te gusta que sea así de puta? ¿Qué lleguen a cogerme a nuestra casa? – decía ya mi esposa sumamente perdida en la calentura

    Casi me vengo por sus palabras pero resistí…

    No quería perderme el espectáculo por lo que retrocedí sin perder detalle y tontamente tiré la mesita con la hielera, se hizo un solo desparpajo por todo el piso y el sonido fue demasiado estridente…

    Mi esposa y Ricardo ignoraron todo eso, ellos estaban enfocados en su pasión… Y vaya cosas del destino, vaya ironía de la vida… Una sombra nos llamó la atención, no lo podíamos creer… era nuestro vecino viendo en shock la situación desde afuera de la ventana, que seguramente se acercó por el ruido cuando la hielera cayó al suelo… Pero se llevó sorpresa monumental… Ver a mi esposa totalmente desnuda pues como estaba de frente hacia mí y hacia la ventana el vecino tuvo visión 100% de ver como mi esposa cabalgaba, sus tetas rebotar mientras gemía y a quien montaba obviamente no era a mí.

    Nuestro vecino estaba absorto, no daba cabida a lo que miraba… Me miraba a mí, miraba a mi esposa mientras subía y bajaba, le miraba su coño… Mi esposa no sé porque razón no se detuvo, esos segundos fueron eternos…

    El vecino solo balbuceo “L-lo si-siento” y se fue corriendo…

    -Creo que acabamos de hacerle la noche a alguien más — dijo Ricardo sonriendo

    -Vaya, vaya… Ahora Erika será la puta del vecindario – dijo Ricardo mientras seguían cogiendo

    Mi esposa solo sonrió ante sus palabras, y aceleró mas sus movimientos… Y ella le respondió: “Creo que tendré que hablar con el vecino para que no diga nada, tendré que hacer lo que me pida” – dijo en un tono sexual…

    Eso hizo acabar a Ricardo llenando todo el coño de mi esposa, pero por la posición la gravedad hizo que todo su semen bajara rápidamente, mi esposa se bajó y comenzó a limpiar con su lengua todo el semen restante que había escapado.

    Ricardo se quedó un rato mas con nosotros, y a la hora de irse le dijo a mi esposa:

    -Quiero que te despidas de mi en la puerta, desnuda, por si el vecino mirón anda por ahí…

    Mi esposa se puso algo nerviosa y accedió, llegando un tanto a la puerta sin nada, a la vez viendo para todos lados…

    Ricardo la despidió de un beso y a la abrazó… ¡lo cual era una trampa!

    Al abrazarla, Ricardo jaló a mi esposa hacia afuera exponiéndola totalmente desnuda pero era medianoche casi, no había más nadie…

    -Se que te excitó – dijo Ricardo

    Mi esposa si bien es cierto se había bajado de mi carro desnuda varias veces, era diferente al hacerlo con otro hombre además que siempre revisábamos el perímetro, es decir, lo normal sería con el esposo y no con otro hombre.

    -Espero te portes bien con tu vecino – dijo Ricardo

    -Y si lo piensas bien… tendrás diversión cerca de casa – dijo Ricardo retirándose a su auto

    Lo que restaba de la madrugada mi esposa y yo pensamos en lo ocurrido, nuestra vida privada se había destapado con el vecino. Es algo irónico ¿Saben? Pues el hecho que te descubran las aventuras estando en el interior de tu propia casa y no cuando hacemos las cosas en la calle, que ironía…

    El vecino en realidad es una persona tranquila, ya es un señor de hecho y vive con su esposa, él se llama Arturo si no me equivoco llegando a sus 54 años de edad.

    Teníamos algunas opciones:

    • Hacernos los “mareados”
    • Darle una explicación
    • Jugar con él

    Elegimos en primer momento la opción 3 que duró poco.

    A la mañana siguiente, Erika salió a la calle para limpiar la parte frontal de la casa.

    Ella me comentó que mientras limpiaba, sintió una mirada sobre ella. Levantó la vista y se encontró con su vecino, quien, con una taza de café en la mano, la observaba desde su propia casa Y se hiso un incómodo. Él desvió la mirada por un instante, pero luego volvió a posarla en ella, con curiosidad y picardía, y pues lejos de sentirse avergonzada, dejó que una leve sonrisa saliera de su rostro.

    -Buenos días, vecino —dijo ella.

    Arturo tragó saliva, intentando disimular su nerviosismo, eso hizo tomar a mi esposa de una manera pendenciera y se acercó más.

    -Espero que haya dormido bien — dijo ella en forma de burla.

    Arturo no pudo responder, es más, no sabía para donde mirar…

    Erika disfrutó del efecto que tenía sobre él. Entonces ella se regresó para la casa dejándolo perdido.

    En la noche me comentó lo que les acabo de decir, por lo que ideamos un plan express, no queríamos al vecino insertado en nuestras vidas, comenzando porque es nuestro vecino y seria molesto eso, además que él está casado y lo que menos queremos es arruinar su matrimonio por nuestras ocurrencias.

    La idea solo era “tantear” el ambiente con él por lo mismo que era una persona tranquila y casado, entonces los días siguientes trajeron un aire de expectación sutil entre mi esposa y el vecino. Cada encuentro casual, cada mirada furtiva, parecía estar cargada de un conocimiento compartido.

    Una tarde, Erika salió a regar las plantas en el jardín delantero, vestida con un sencillo vestido que se movía con la brisa. A medida que se inclinaba, sintió una mirada sobre ella. Giró levemente el rostro y vio al vecino afuera de su casa, con la taza de café en la mano, con deliberada lentitud, continuó con su tarea.

    Un día en que nos suspendieron el turno, estábamos en casa, cada quien haciendo lo suyo, hasta que Erika llega al cuarto y me comenta que entrará la ropa porque se avecinaba la lluvia, le dije que estaba bien, por lo que me quedé en la ventana viendo como hacia todo, cuando noté que ella saludaba de lejos a alguien…

    Era Arturo que también andaba en las mismas metiendo la ropa del jardín, y se quedó un momento a hablar con mi esposa ¿El que? No sé.

    El punto es que reían mucho, entonces mi esposa sonriendo dijo que si, entonces Arturo se fue para su casa y al minuto regresó con unas botellas en lata de jugo, mi esposa hizo pasar a Arturo (era obvio que su esposa no estaba) y se sentaron en una mesita de concreto que nosotros tenemos… Después de un rato de estar hablando, mi esposa se acercaba mas a él y ya se bromeaban más, todo lo miraba desde la ventana de nuestro cuarto, ventana la cual cerré las cortinas para cubrir mi presencia.

    En un momento vi que Arturo decía que NO rápidamente con su cara y se ponía rojo ¿Qué está pasando? – dije en mi mente.

    Vi a mi esposa reír, mientras que Arturo ponía cara de susto…

    Alcancé a leer los labios de mi esposa que decía: “No se preocupe”

    Mi esposa se agachó disimuladamente, y lo que pude ver es que le estaba haciendo un oral pobre vecino… reí en ese momento… Pues él no sabía que hacer ni a donde meterse, muerto de nervios.

    Mi esposa se separó de él un poco, abrió su boca y vi los chorros de semen caer en su lengua… pobre Arturo solo aguantó tres minutos.

    Mi esposa se incorporó como si nada hubiese pasado, tomo un poco más de jugo, y pasados un par de minutos más se despidieron…

    En lo que Arturo iba saliendo al costado de nuestra casa, el levantó la mirada y me vio a mí, yo le sonreí, pero él se asustó, paso a mi lado y solo le dije: -Gracias por su silencio.

    Mas aceleró el paso.

    Mi esposa se sorprendió verme llegar desde un costado de la casa y le dije:

    -Vi que estabas de traviesa con el vecino, pensé que no lo tocaríamos.

    -Oh no te preocupes amor mío, solo era para bajarle el nervio que se cargaba – dijo ella

    -¿Y bien? – le pregunté

    -Pues como acordamos no lo vamos a incluir en nuestra vida, no queremos problemas ¿Cierto? – dijo ella

    -Si, además que es muy nervioso y eso lo delatará rápido con su esposa.

    Y así cerramos el capítulo con el vecino en cuanto a esa experiencia.

    Y bueno hoy en día ese vecino en realidad se ha convertido en buen amigo, lo que vio pues no se si aún lo tenga presente, pero se muestra siempre gentil, y más de alguna ocasión nos ha salvado llamando a la policía un día que no estábamos y estaban husmeando nuestra casa, creo que el impacto fue positivo ya que también nos sirve como un alivio personal pues más adelante técnicamente le revelamos nuestra vida y no sé cuántas veces se le cayó la quijada de las sorpresa que se llevó… Él se ha vuelto nuestro confidente, jamás ha demostrado tendencia sexual hacia mi esposa y es bueno también.

    Se lo comentamos a Ricardo y nomas dijo: -Que bueno ahora podré cogerme a tu esposa tranquilo.

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