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  • Vacaciones en Punta Quemada (1)

    Vacaciones en Punta Quemada (1)

    Casi como una obligación, cada verano, Blanca, Camila y yo hacíamos una escapada a la playa. Daba igual viajar por Europa, el rincón más exótico de Asia o el pueblo de al lado, no perdonábamos ningún año. Las prisas y la falta de tiempo para organizar nos llevaron este año a Punta Quemada, un pueblo bastante cercano del que todo el mundo hablaba muy bien pero en el que ninguna de las tres había estado. Playas vírgenes y naturistas, pubs y discotecas con muy buenas críticas, alojamientos baratos y preciosos, paisajes espectaculares… Pueda que fuera la necesidad de escapar de la ciudad y la rutina pero, en cuanto lo planteamos, ya estaba la mar de ilusionada.

    -¡Tú lo que quieres es lucir esas pedazo de tetas nuevas que te has puesto! -Me dijo con sorna Blanca cuando recordamos lo de las playas nudistas en el coche.

    -¡Con lo bonitas que han quedado y lo que me han costado, como para no enseñarlas! -respondí haciéndome la divina y despertando la risa de todas.

    Hicimos el viaje con el bikini ya puesto, no había tiempo que perder. Blanca y Camila bajo la ropa y yo sin nada más por encima que un pareo por los hombros. Fuimos cantando e imaginando locuras y travesuras que haríamos estos días. Cuando llegamos al destino, me dolía la garganta de reír. No eran aún las cinco de la tarde cuando recogimos las llaves del piso que alquilamos. Tiramos las maletas, sin repartirnos las habitaciones siquiera, y bajamos corriendo a la playa.

    No tardamos más de tres minutos, tres minutos nos bastaron para hacer el tonto como tres mocosas que salen sin sus padres por primera vez. Hacía un día estupendo, completamente despejado, con un sol que, a pesar de notar como ya me corría el sudor entre las tetas, calentaba pero no abrasaba. No fue nada difícil encontrar un buen sitio en el que plantar nuestro campamento y desprendernos de nuestras ropas. Mientras Camila preparaba su silla y se sentaba como una señorona y Blanca empezaba con su sesión de selfies para Instagram, yo me fui corriendo al agua sin pensarlo demasiado.

    En el primer contacto sentí como el frío me subía por los pies hacia todo el cuerpo y los pezones se me empitonaban en un mecanismo automático, mas no cesé en la carrera y me metí al agua de una zambullida (puede que no la más estética de la historia). Al volver a flote, abrí los brazos echándome el pelo hacia atrás y respiré el aire del mar. Cerré los ojos y escuché el suave sonido del romper de las olas cuando la mar está serena. Respiré profundamente y nadé unos metros hacia atrás dejándome envolver por la paz que me rodeaba. Ya estábamos aquí, sin estrés, libre y con unos días emocionantes por delante.

    Satisfecha mi hambre de paz, salí del agua ajustándome la parte de arriba del bikini, tirando de sus escuetos triángulos todo lo que daban, en la ardua de tarea de que no se me viera nada, y después me subí el también escueto tanguita que lo acompañaba. Sobre el bikini ocre brillaban los rayos del sol, dejando destellos sobre el reflejo de mis pechos en las ondas del mar. Miré hacia atrás, viendo como mi culo gordo, casi al desnudo, salía con cierta violencia del agua, miré hacia adelante reposando las manos sobre mi pecho. Salí del agua sintiéndome una diosa

    Al llegar a la sombrilla Blanca aún seguía pegada a su móvil y Camila no se había movido de su silla leyendo un libro.

    -¿Tantas ganas de playa para esto? -dije con cierto enfado- ¿No os vais a bañar siquiera?

    -Yo vine buscando esto. Solcito y paz para relajarme leyendo un libro. Ya me bañaré en un rato -contestó Camila con toda la calma del mundo, sin levantar la vista de su novela pseudo erótica de nombre genérico. Blanca, sin embargo, me miró por encima de las gafas de sol y, refunfuñando como una adolescente a la que su madre ha regañado, metió el móvil en el bolso y se sentó mirando al mar.

    -¿Perdona? ¿Habéis mirado dónde empieza la playa nudista? -preguntó a los pocos segundos con extrañeza.

    -Ni idea. ¿Ya tienes ganar de ir a lucir tipín?

    -Creo que no hace falta. Ya vino ella a nosotras. Mirad a aquellos viejos.

    En efecto, a pocos metros, en dirección opuesta a nuestro piso de alquiler, varios grupos de señores y señoras de entre cincuenta y sesenta años se bañaban y tomaban el sol completamente desnudos.

    -¡Qué fuerte! -fue lo primero que me salió del alma.

    -¡Qué onda los viejitos todo arrugaditos! -continuó Camila con una ilusión no compartida.

    -¿Sabéis qué? En mi casa siempre se ha dicho: a dónde fueres, haz lo que vieres. Así qué… -Blanca se desabrochó su apretado bikini de cebra dejando al aire sus redondeados pechos tiesos.

    -¡Ay, no! No sé qué tipo de banda hay por acá. Mejor me espero a ver cómo está la cosa antes de enseñar pechotes -y, como si no estuviera con nosotras, volvió la mirada al libro y se olvidó de lo demás.

    -Bueno… dije mirando al suelo haciendo morritos- Se sabía que yo me iba a quedar en tetas aunque no estuviéramos en la playa nudista -la hija de puta de Blanca asentía firmemente-. ¡Y tú también, zorra! ¡Lo estabas deseando! -le lancé el bikini a la cara y, detrás, fui yo.

    Tumbada sobre ella, le agarré la muñeca derecha y, con la otra mano, traté de hacerle cosquillas. Debilitada por las risas, no pudo zafarse de mi tortura, pero si logró encoger los brazos y proteger sus costados, dificultándome la tarea. Me apoyé sobre ella, eché el pecho para delante y le golpeé con las tetas en la cara.

    -¡Toma tetas! -me levanté un poco más y la agarré por sus pechos, moviéndolos de lado -¡Claro que estábamos deseando, si tenemos las tetas más lindas del mundo!

    Al ir a poner en pie pude ver que ya no solo eran unas pocas parejas de cincuentones los que estaban desnudos; en muy corto espacio de tiempo ya habían llegado un buen número de jóvenes que se paseaban en pelotas por la playa. Inspirada por el descenso de la media de edad, me puse de rodillas, liberando por completo a Blanca, y agarré uno de los nudos del tanga del bikini.

    -¿Sabéis qué os digo? -tiré del hilo- Tenía ganas de hacerlo en este viaje. ¿Para qué esperar? -y, con las mismas, desabroché los lazos de la parte inferior del bikini.

    Conseguí que Camila apartara la mirada de su libro y dirigiera sus ojos por encima de las gafas de sol hacia mí, no se si juzgándome o aprobando mi acción. No puedo negar que sentí cierta vergüenza que me impidió levantarme en primera instancia. Apreté los dientes, me armé de valor y, de un salto, me puse en pie, dejando que el tanga cayera solo en la arena.

    -¡Esa tía! -gritó Blanca cogiendo mi tanga y agitándolo al aire como una bufanda.

    -Bueno, ¿qué? -dije luchando contra la tentación de taparme- ¿Quién se viene a jugar a las palas?

    Nos pusimos en marcha no sin antes de que Blanca nos juntara para hacernos un selfie (o puede que más de diez) tapándonos los pezones y subirlos a las redes de inmediato. Ya en la orilla jugando a las palas, mi sonrisa desdibujada, la mirada baja y las manos apretadas delataban que no terminaba de sentirme cómoda. Quizás me había venido muy arriba, pensaba. Nunca había estado completamente desnuda en la playa y, mucho menos, dando saltos en la orilla, con todas las carnes meneándose con cada golpe de pala.

    Aquello se me daba muy mal, no acertaba una. Aun así, corría de aquí para allá tratando de cazar todas, saltando y tirándome por los suelos. Camila me dejaba algo más de tregua, pero Blanca, que había jugado desde pequeña al tenis y era una zorra mala, no tenía piedad de mí. En una de tantas veces que no alcancé a devolverla, la pelota se perdió varias sombrillas más allá. Corrí a buscarla abriéndome pasó por el rompeolas, como una suerte de Pamela Anderson cutre y con menos ropa.

    Al ir a cogerla, meciéndose con el morir de las olas en la orilla, alguien se me adelantó: un chico negro, altísimo, de casi dos metros, la rescató y, con una sonrisa blanca impoluta y preciosa, me la ofrecía con la palma extendida. Invadida por un rubor repentino, recogí la pelota sin mediar palabra, titubeando y con la boca torcida. Mis dedos se tomaron su tiempo para deslizarse por su mano, dos veces la mía, rugosa, pero, de algún modo, también suave. Olvidando el transcurso del tiempo y el devolver respuesta alguna, lo escaneé de arriba a abajo, esforzándome en guardar su imagen para siempre.

    Además de alto era fuerte, de espalda ancha, pero no especialmente musculado; brazos largos, dignos de sus grandes manos y, bajo su vientre firme, un largo pene, digno de todo lo demás; aun estando en reposo, le llegaba a más de medio muslo, ¡qué exageración! Recordé entonces que yo estaba tan desnuda como él y salí de mi trance. Le di la gracias y, antes de terminar mis palabras, ya me había dado la vuelta para volver con mis amigas

    Sin cortarse un pelo, Blanca hacia gestos con las manos que a todas luces señalaban el tamaño del pene de aquel chico. No emitía sonido alguno pero en sus labios se podían leer cosas como “menuda tranca”. Le mandé la pelota de vuelta para ver si así dejaba el tema. Blanca reaccionó a mi tiro con grandes reflejos y, con evidente intención, golpeó fuerte y en dirección al chico. Un lanzamiento imposible de parar. Al girarme una vez más, me alegré de no verlo en un principio pero, emergió como Poseidón de entre las aguas y corrió hacia la pelota antes de que yo llegara, balanceándose el pene con cada paso que dio en mi dirección.

    -¡Aquí está otra vez! -dijo el chico- Me quedo cerca por si necesitáis a un recogepelotas -bromeó regalándome de nuevo su sonrisa.

    -Con lo mala que soy no nos vendría mal. Seguro que en veinte segundos la he vuelto a perder.

    -No se hable más. Me quedo aquí atento a vosotras. Toma, la pelota.

    -¡Muchas gracias! Y perdona, que acabamos de llegar y no paramos de molestar.

    -¡No pidas perdón por esa tontería, tranquila! Yo también acabo de llegar y estoy encantado con mi nuevo trabajo de recogepelotas.

    -¿Tampoco eres de por aquí? Nosotras hemos llegado hace una hora como mucho. Nos quedamos unos días en un piso por aquí cerca.

    -Yo vivo a una media hora, en la ciudad, y trato de venir un par de veces todos los veranos. De momento, nos quedamos el finde.

    En ese momento, como el monstruo de una peli de miedo, Blanca apareció por detrás de mi hombro, cómo si hubiese estado escondida todo el tiempo, escuchando y esperando el momento más inoportuno.

    -Venía ver si estabas bien, pero ya veo que sí. ¡Hola, qué tal! Yo soy Blanca, ¿y tú? ¿Lex? ¡Qué bonito! -dijo Blanca con voz de tonta y apretando los brazos contra su pecho- Bueno, ¿te vienes a jugar?

    -Ahora voy. Toma -le puse la pelota sobre sus tetas apretadas-, juega con Camila mientras.

    Cuando Blanca se fue, guiñándome un ojo, retomé la conversación con Lex.

    -Así que Lex, ¿no? Yo soy Marta, encantada -puse mi mano sobre su hombro para coger impulso y llegar a darle dos besos. El apoyó su enorme mano en mi cintura para agacharse-. Supongo que nos veremos estos días si estás por aquí. Te dejo ya, que te estarán esperando tus amigos.

    -No, no te preocupes. Creo que iban a jugar al vóley ahora. Yo estaba pensando en darme un baño y dar un paseo por la orilla para relajarme un poco.

    -¡Ah! Yo también estaba pensando en algo así. Eh… te importa… ¿te importa si te acompaño?

    -¡Para nada! Iba a proponértelo yo ahora si no decías nada.

    Su sonrisa se hizo aún más grande tras decir eso. La mía, también. Con un gesto, me invitó a iniciar el camino y así hice. Al pasar por al lado de mis amigas me despedí de ellas y le devolví el guiño de ojos a Blanca. Ambas me miraban boquiabiertas y hacían señas para que a la vuelta les contara.

    Con la atención puesta en mantener una conversación trivial que tapara torpemente los silencios, caminamos y caminamos por la orilla. Al otro lado del paseo marítimo, se divisaban hoteles, discotecas y otros sitios que había visto por internet; nos habíamos adentrado de lleno en la zona nudista. La playa estaba mucho más aglomerada en esta zona y, aun así, no se veía ni un trozo de tela que no fuera de las toallas. Todo el mundo estaba desnudo y éramos nosotros a quienes miraban al pasar.

    -Detrás de aquello hay unas calas pequeñitas chulísimas -dijo Lex señalando unas rocas escarpadas que cortaban bruscamente la orilla a unos metros de nosotros-. Ahí es donde la gente vergonzosa va a ponerse ropa.

    Me hizo gracia aquel chiste y, al reírme me eché sobre él, agarrándolo del vientre y la espalda. Una teta se me quedó levantada sobre su torso y, al verlo, me aparté rápido. Fui consciente en ese momento de que su brazo, al echarme sobre él, rodeó furtivamente mi cadera y, ahora, se desprendía de mi cuerpo arrastrándose en una delicada caricia que me puso los pelos de punta.

    Después de aquello nos venció el silencio hasta llegar a las rocas. Una escarpada montaña cortaba en seco la playa y se adentraba en el mar. En su parte más baja era al menos una cabeza más alta que yo y, aun así, Lex podía apoyarse para mirar por encima.

    Trepó buscando las rocas menos afiladas y me ayudó a subir. Andamos unos pocos metros por encima de la roca, haciéndome polvo los pies, y, al bordear una pared casi vertical, dimos con una pequeña cala de arena fina excavada en la formación rocosa de una belleza singular, acotada en el otro extremo por un saliente similar al que habíamos subido. Lex bajó a la arena de un salto y, aunque para mí la altura me pareciera un mundo, fui detrás de él. Me recogió en la caída entre sus brazos abiertos, como si me salvara de una muerte segura, pese a que la fina arena hubiese amortiguado cualquier daño.

    Era diminuta apretada contra su pecho y rodeada por todo su cuerpo. No huí esta vez del contacto, sino que respondí con otro abrazo y contemplé la belleza del lugar apoyada sobre él.

    -¡Me encanta esto! No hemos andado casi nada y hemos entrado a otro mundo. ¡Casi que ni se escucha a la gente!

    -Yo aluciné en su día cuando me descubrieron este sitio. Me alegra que te haya gustado también.

    -Es precioso…

    Sin salir de su abrazo, giré mi cuerpo hacia él, rodeándolo yo también por la cintura. Me quedé mirándolo como una pava, sin saber que decir más, haciéndose el silencio. Un silencio, ahora, nada incómodo. Sentí entre mis muslos, casi en el pubis, su miembro desnudo, ese que había estado bailando al aire todo el camino junto a mí y no me atreví a mirarlo por vergüenza… quizás era ese contacto el que necesitaba para perderla. Lo besé.

    Un beso espontaneo, sin pensamiento previo ni premeditación y, sin embargo, fue un beso que no causó sorpresa. En cuanto mis labios se intercalaron con los suyos, una de sus enormes manos y se dejó caer por mi cuello. Como buena aprendiza, la mía imitó a la suya. La mano que cayó por mi cuello, continuó su descenso hasta mi pecho, marcando su contorno con un dedo antes de agarrarlo.

    Mi lengua reaccionó y cambió mi boca por la suya. Dejé de sentir el pene que recaía sobre mi muslo para, poco después, notar un titánico trozo de carne duro presionándome la barriga. Miré de reojo, descuidando por momentos mi obligación con el beso, impresionada. Mi mano perdió el interés en el rostro y, como si hubiera ensayado cientos de veces el movimiento, agarró el pene con firmeza y propinó una amplia sacudida. Se me escapó un suspiro, a él una risa.

    El beso continuaba, pero con la atención en otra parte. Con los ojos abiertos, nos limitábamos a tener los labios justos y a jadear. Desistí y fui a buscar lo que mi cuerpo pedía. Bajé la cara hasta la polla, que agarraba holgadamente con las dos manos. Sobrecogida por su tamaño, la medí de arriba a abajo con la lengua; no contenta con la medición, la metí en mi boca hasta donde pude. Con la mitad dentro y la mitad fuera, mamé de aquel rabo recto y duro con gozo e inquietud a partes iguales; con suavidad, sin prisa, disfrutando de aquel inesperado momento, de aquel inesperado cuerpo, como también lo hizo Lex del mío.

    Ahora, estirada a su lado, Lex me agarró del culo y en su cara pude ver extrañeza al comprobar que ni con una de sus amplias manos podía abarcar uno de mis cachetes. Estirando todo lo que pudo sus dedos, zarandeo mis carnes y la extrañeza de su rostro se convirtió en un golfo goce.

    Su mano dejó de apretar mi culo en el momento en el que, sin soltarle la polla, mi boca bajó hasta sus huevos. Succionando uno de sus testículos, lo masturbé rápido y sin cesar, haciendo que cayera desplomado hacia atrás. Con mi recién conocido amante impedido en el suelo, gateé sobre carne y arena para que mi pecho quedara sobre su cadera; coloqué la polla negra entre mis dos tetas y las apreté con las manos.

    Escupí sobre el buen trozo de rabo que sobresalía y empecé a moverme. Lex gemía y yo no perdía ojo a mi trabajo. Estiraba la lengua para alcanzar el glande cada vez que bajaban mis tetas. Con cada contacto sentía como me subía la temperatura y ya notaba como estaba chorreando por entre las piernas.

    Sin esperarlo, Lex se puso en pie con energías renovadas. Traté de seguirlo pero, solo alcancé a quedarme de rodillas cuando tuve ese espadón amenazando mi cara. Después de una rápida degustación para recordar su sabor, la volví a aprisionar contra mis tetas, pero esta vez fue él quien puso el movimiento. Sentía como si me apuñalara el pecho sin cesar. Si me puse este par de melones fue que me los follara una polla así.

    -Quiero que te corras así -y la única respuesta que obtuve fue una puñalada más grande en mi pecho.

    Absorta en aquello que acontecía entre mis pechos, volví a la realidad cuando los movimientos de Lex perdieron contundencia, llegando casi a frenarse. Contra todos mis deseos, aparté la vista para mirarlo a la cara. Sus ojos apuntaban al frente, confundido. Algo lo asustó y trató de hacerme un gesto. Sin entender que pasaba, me puse en pie por puro instinto. Me abracé a él preguntando qué pasaba, eso sí, sin soltar su enorme polla que, como en una irónica advertencia, señalaba al frente.

    -¡Hola, chicos! ¿Qué hacéis? Os estábamos buscando.

    La voz de Blanca me hizo dar un salto, girándome hacia ella y confiando que mi cuerpo pudiera tapar la erección de Lex. Aparecía por encima de las rocas con dos amigos de este, otros dos chicos negros bien guapos, uno más espigado, alto como Lex y otro más robusto y musculado. Los dos también bien dotados.

    -¡Esto está chulísimo! -dijo Blanca tras saltar de la roca y revolcarse por la arena.- Escucha, Marta, hemos estado hablando y hemos quedado esta noche con ellos. Nos van a enseñar sitios chulos para tomar algo por aquí. Te tengo que contar un montón de cosas, tía. Creo que hemos elegido el mejor destino y lo vamos a pasar súper bien.

    Me limité a asentir copiando la sonrisa de mi amiga, mientras Lex me agarraba por los hombros, escondiendo su polla aún dura tras mi espalda y notando como me chorreaban fluidos por los muslos.

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  • El don de Carlos

    El don de Carlos

    Hola, me llamo Rebeca y tengo 32 años. Estoy prometida y me caso con Raúl dentro de unas semanas. Esto que cuento me sucedió hace muy poco y no sé cómo ocurrió, fue cuando él estaba escayolado. Como no podía bailar, me sacó a bailar Carlos, uno de sus mejores amigos. Todo iba bien hasta que noté que se había empalmado.

    Yo estoy buena, pero no estoy acostumbrada a “levantar” pasiones. Además, vestía de lo más recatado con una falda negra con una abertura en el muslo y una camisa bajo la cual tenía otra camiseta blanca de tirantes. El bulto que se notaba estaba muy caliente. Bromeé con él porque no parecía muy avergonzado.

    —¿Te parece bonito? Estoy buena, pero sólo estamos bailando salsa…

    —Perdona que te haya molestado. No lo puedo evitar, pero la culpa es tuya…

    —¿Mía? Pero si bailo fatal.

    —No es el baile… Prefiero no contártelo porque te vas a reír.

    —Ya me estoy riendo porque me hablas al oído y me haces cosquillas…

    —Me he empalmado porque tú no estás totalmente satisfecha sexualmente. Supongo que será porque Raúl está con la pata coja y no podéis follar como debéis.

    —¿Qué has bebido hoy, cielo?

    —Te estoy hablando en serio, Rebeca. Mi polla es como un detector de mujeres frustradas. Es un don que tengo, como hacer disfrutar a las mujeres como no se pueden imaginar.

    No sabía cómo tomármelo, pero parecía que hablaba muy en serio.

    —¿Estás tratando de enrollarte conmigo?

    —No, joder. Te digo la verdad. Si te quieres ir, vete. Tengo el don de hacer gozar a las mujeres. Si no, no estarías tan mojada, Rebeca.

    —¿Estás idiota? ¿Por hablar contigo mientras bailo me voy a mojar?

    —Compruébalo tú misma…

    Me picó en la curiosidad, me aproximé a Carlos y me metí la mano en la abertura de la falda, dejando a un lado el tanga y me toqué la vagina. Estaba empapada. No lo entendía, pero un calor recorrió mi cuerpo, concentrándose sobre todo en mis pezones…

    —¿Has visto? Nuestros sexos son más inteligentes que nosotros… Pero no creas que te voy a pedir que vayamos a los baños a desfogarnos. Ya te he dicho que me gustaría hacerte disfrutar y para eso necesito más tiempo…

    Me sonreí y le dije que mañana se iba Raúl a quitar la escayola y estaría toda la mañana fuera. Se lo dije en broma. O medio en broma. “¿Te atreves a venir?”. No contestó. Volvimos a la barra. Ahora estaba muy excitada, pero Carlos siguió bailando. Me fijé en su paquete, que ya estaba en reposo. Mira que si era verdad que estaba necesitada… Hombre, estas semanas follábamos muy incómodos, pero su historia parecía imposible… No le dije nada a Raúl de irnos al coche o algo por el estilo, pues bastante hacía el pobre con mantenerse en pie. Seguí bebiendo y hablando…

    Desperté cuando llamaron a la puerta. Tenía una nota al lado de Raúl. Se había ido al hospital. Volvieron a llamar y me levanté. Era Carlos. Estaba algo sudado, con unos pantalones cortos y una camiseta. Venía de correr por el parque y se había acordado de mí. Me costó recordar. Tenía una buena resaca.

    —Anda, piérdete, que quiero seguir durmiendo.

    —Bueno, pues tú te lo pierdes.

    —¿Qué creías, que por decirme que me ibas a hacer gozar iba a abrirme de piernas y decirte que me follases?

    Estaba de mal humor. Me levanto de muy mal humor al despertarme; pero Carlos no perdía su sonrisa. Me fijé en que era bastante guapo. No me extrañó su éxito con las mujeres. Además, estaba muy bien y no era el típico chulito que luce cuerpo. Yo estaba con la camiseta de tirantes de ayer y con un pequeño pantaloncito de pijama. Y la ropa interior de anoche: el tanga y el sostén que ni siquiera me había quitado para dormir.

    —¿Tú no sabes que soy capaz de provocarte orgasmos sin penetrarte?

    —Uy, esta es buena.

    —¿No me crees? Sólo tienes que dejarme hacer. Venga, túmbate boca abajo en la cama y cierra los ojos. Te voy a masajear y encontrar puntos que te van a excitar. No puedes hablar o se rompe la magia. Si hablas, te castigo, porque eso me supone más tiempo para conseguir tu placer.

    Parecía ir en serio, así que decidí seguirle la corriente. ¿Qué era lo peor que me podría suceder? Recibir un buen masaje…

    —Túmbate y cierra los ojos.

    Lo hice. Me preguntó que si tenía algún aceite corporal. Le dije que mirara en el cuarto de baño. Me dio un cachete en el culo. “No puedes hablar aunque te pregunte”. No me gusta pegar a la gente, así que la próxima vez te quito algo de ropa como castigo. Iba a protestar, pero me callé. Además el cachete no me había dolido. Me lo preguntó por si acaso con amabilidad. Le dije que no, que no me había dolido.

    —Te quito la camiseta.

    La cogió por detrás y me la subió por encima de la cabeza. Había vuelto a caer. Decidí callarme, no fuera a ser que el caradura me desnudara con la tontería. A lo tonto me había dejado en sujetador, un sujetador blanco apretado a mi piel. Se fue al cuarto de baño y volvió. Se untó las manos y esparció aceite por mis pies y empezó a tocármelos. Lo hacía con suavidad, pero con firmeza.

    Me encantó desde el primer momento. Era un masaje especial. Parecía que sus manos me desnudaban o me deseaban. Notaba que su calor me lo transmitía y me ponía muy caliente. Cuando llevaba un rato, apretó un músculo y sentí estremecerme. Me fijé que mi coño estaba encharcándose. Siguió apretando y mis paredes vaginales se contrajeron. Me estaba corriendo.

    —Primer orgasmo. ¿Te ha gustado?

    —Mmm…

    Acerté a decir sonriendo.

    —No puedes hablar, tonta.

    Y me cogió el pantalón y me lo quitó. Estaba en tanga y sujetador. Saberme así desnuda delante de un hombre que no era mi novio me excitó aún más.

    —Voy a seguir con tus piernas.

    Empezó por abajo y fue subiendo. Los muslos los tenía muy sensibles y sólo con rozarme su cara interna se me erizaba la piel. No le costó demasiado arrancarme otro gemido de placer.

    —Dos. Uff. Qué calor. Me quito la camiseta, si no te importa. Ahora la espalda.

    Empezó por la zona de abajo y pronto se decidió a tocarme las nalgas. Mi coño estaba chorreando del todo. Era increíble cómo mi cuerpo se había relajado y cómo se contraía cuando apretaba con los dedos en determinadas partes. De nuevo me corrí.

    —Tres. ¿Te está gustando?

    No contesté.

    Oí un ruido de ropa y supe que se estaba quitando los pantalones. Se encaramó sobre mi culo y noté su paquete desnudo en mi culo.

    —Oye…

    —Shhh… Mira qué bien, el sujetador me iba a molestar…

    Desprendió mi sostén y empezó el masaje por arriba. Ya no estaba demasiado pendiente de sus manos porque su polla me estaba golpeando los cachetes del culo al ritmo de sus brazos. La tenía dura, dura. Y caliente. Apretó un poco más en las cervicales y me vine.

    —Cuatro. Oye, ¿no tienes curiosidad? Deberías notar mis calzones. ¿No te has fijado que no llevo ropa interior?

    Levanté la cabeza y miré para atrás. Estaba sobre mí; no me fijé nada más que en su polla, intentando no levantarme demasiado para que no me viera las tetas. No era muy grande, pero su capullo rojo rezumaba líquidos que caían hasta mi culo. Sus huevos estaban prietos y tenía bastante vello. Olía muy fuerte y me atrajo.

    —Te dije que no abrieras los ojos. Fuera el tanga.

    Esta vez metió la mano entre mi tanga y mi raja del culo y lo quitó lentamente.

    —Veo que estoy haciendo bien mi trabajo… Mmm… Qué bien huele tu coño… Venga, los hombros y vamos a por el quinto.

    Dicho y hecho. Sentirme desnuda ante un cuerpo desnudo me excitaba muchísimo. No tardé en dar espasmos. Cada orgasmo estaba sido más fuerte que el anterior.

    Se inclinó sobre mí y me dijo que si esto me había gustado, con la lengua era mucho más placentero. Le pedí que me chupara. Puso un cojín debajo de mi estómago y separó mis piernas. Comenzó una chupada antológica de ano. Me folló el agujero con su lengua, que no sé cómo endureció y parecía una pequeña polla que me jodía placenteramente. Mientras, olvidándose de lo de sólo chupar, me metió un dedo y dos y tres en la vagina. Entraron con una gran facilidad hasta el fondo; me coño estaba muy receptivo y sólo con el roce volví a ver la gloria. Luego cambió: me chupó el coño y me metió un dedo en el ano.

    Entró bien, como el segundo. Los flujos y el aceite facilitaban las cosas. Y me estaba comiendo todos mis flujos de vicio… Me dio la vuelta y por primera vez me vio de frente. Mi hilito de pelos sobre mi vagina le cambió la cara. Y mis pechos respingones y mis pezones oscuros mirando al techo propiciaron unos piropos increíbles. Mis labios vaginales se salían de mi cuerpo y le decían a Carlos que siguiese con la mamada, cosa que no tardó en hacer. Estaba totalmente entregada a él, el placer que me estaba proporcionando era incalculable. Estaba deseando que me penetrase con su verga y se lo dije: “Métemela, métemela hasta el fondo, te deseo dentro de mí”.

    Estaba tan lubricada que mi coño pedía más y más. Estaba gozando como nunca, ya había perdido la cuenta de los orgasmos que había tenido. Subió hasta ponerse cerca de mi cara y me besó en la boca. Le devolví el beso con pasión. Empecé a sobarle la verga y él a masajearme los pechos. Se bajó y me hizo una mamada de pezones colosal. Me agaché y apresé su polla y le sequé todos sus jugos. Sabía dulce y concentrado. Me metí sus huevos en la boca. Él se había ido moviendo y formamos un 69 bestial. Pero no tenía suficiente.

    —Fóllame ya o reviento, cariño.

    No tuve que decir nada más. Me metió la polla de un golpe. Nos deslizábamos fácilmente entre el sudor y el aceite. Estaba sobre mí mirándome a los ojos y besándome, empapándome con su lengua y tocándome el culo y las tetas. Yo le apretaba el culo y jadeaba y gritaba: Más, más, más, así, sí, sigue, mmm…, cómo me gusta, cómo me gusta… Él sólo respiraba mirándome a los ojos. Practicó varias posturas para metérmela en todos los ángulos. En la posición de perrito, me la metió por el culo. El ardor inicial se tornó en un placer intenso en mi almeja. Se corrió dentro de mí y volvió a darme un placer enorme.

    —Me tengo que ir ya. Creo que he cumplido. Ahora con la pata de Raúl en buen estado espero que dejes de estar necesitada. Pero cuando creas que vuelves a estarlo, baila conmigo y yo lo comprobaré…

    Miré al reloj y era casi la una. Y Carlos había llegado a las nueve y media. No me había dado cuenta del tiempo. Le besé en la boca y le dije que lo tendría en cuenta. Se vistió y se fue. Por ahora Raúl me da todo lo que pido; no es el polvo impresionante con el que me obsequió Carlos, pero está bien. Eso sí, no descarto echarme un baile con él…

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  • Nada más delicioso que coger en familia en Nochebuena

    Nada más delicioso que coger en familia en Nochebuena

    ¡Qué noche buena!

    La navidad es excusa para reunir a la familia, festejar, comer, y beber a morir. El orden de los factores altera el producto: no es lo mismo disfrutar la noche buena, que disfrutar una buena noche.

    Con Patricia, mi cuñada preferida, más joven y más tetona, festejamos una buena noche, quedó llena de frías burbujas de champán y caliente leche de mi verga.

    Nos reunimos en la quinta familiar, cinco familias para festejar, entre ellos está Patricia, que ronda los 35 y tiene un trasero que corta el aliento. Ella es sabedora que es la dueña de mis desvelos, se lo estoy diciendo cada vez que nos encontramos, insinuaciones de todas las formas posibles, pero hasta esa noche sin progresar en mis atrevidas y lascivas intenciones, no pasó más que recibir esos besos que no dicen mucho y los abrazos enmarcados en el compromiso del protocolo familiar.

    Patricia, “Pato” en la intimidad familiar, esta noche particularmente “entonada” porque las burbujas del chispeante champán le han jugado una mala pasada, le han bajado la guardia, y lentificado la capacidad defensiva. No sería tan peligroso si el adversario ocasional, quien está contando la historia, estuviera esa noche con todas las neuronas alerta para capitalizar cualquier falla de la contendiente y ponerla knock aut en la primera oportunidad.

    Me ocupé de tenerla bien atendida, de llenarle la copa, para tenerla bien entonada. Tanta gentileza de mi parte consiguió buenos frutos, y prontito ella comenzó a dejarse llevar por mis insinuaciones, jugar al filo de lo prudente, nos prodigamos amagues e insinuaciones, hasta el frágil límite de la intimidad física. Como todos habían saciado su capacidad de absorción del buen espumante, nadie prestaba demasiada atención, bien entrada la noche todos estaban mucho más alegres que de costumbre.

    Después de los repetidos brindis, todos nos fuimos desperdigados por el parque, unos con champán, otros entretenidos con disparar los fuegos artificiales y cohetes, el resto en la modorra de tanta bebida y comida. Alejado del ruido, de la música y los petardos, cómodo recostado en añoso roble, ojos cerrados esperaba que se me diera la ocasión de volver a avanzar en la ímproba tarea de seducir a la Pato.

    —¡Cuco!, ¿Quién soy? —Dos manos cubren mis ojos— ¿A ver?… ¿Arriesga?

    —Eres… – Se colocó delante, besé una mano.

    —¡Cuñadito qué hacés aquí… solito!, ¿Alejado del mundo?

    —¡Estoy fundido! He bebido un poco de más…

    —¡Ja! Somos dos ya.

    Displicente, se sentó sobre junto a mí, apoyando su cabeza en mi regazo, flexioné la pierna izquierda para quedar acomodada donde más lo necesitaba. Giró, para colocarse de costado, frente de mí, seguía el ritmo de la música frotando su mano sobre mi parte más sensible para sacarla de su modorra y despertarla en su instinto más elemental, dicho de manera menos poética, calentándome la pija.

    A la fricción se mano, el miembro se erecta, toma forma y volumen en el hueco de su mano, mientras desde la sobra del árbol vemos al resto de la familia jugar y danzar en el desorden propio de los momentos de exceso.

    —Estás jugando con fuego… y si sigues te puedes quemar en él…

    —Y si me gusta quemarme, ¡Qué!

    Astucia y malicia entran a jugar su localía, se monta a caballito sobre la pierna izquierda, mano derecha palpa, calcula tamaño y dureza del miembro. Froté la rodilla en su entrepierna, ella misma se terminó de acomodar para que la rodilla diera justo sobre la cuca. Se movía, frotándose, deslizándose, como para sacarle chispas a su sexo. Bajó el cierre de la bragueta del jean, libero del encierro a la verga, lo atrapa para que no se le escape, palpa las ganas de entrar en acción. Está dispuesta a ayudarlo a ser libre del todo.

    Cierra la mano sobre la verga, desliza la piel, pajea como para entrar en confianza, subibaja, excitación intensa, el jugo pre seminal comienza a mostrarse como adelanto de tiempos mejores. Pato usa la falda amplia para ocultarme el sexo y hacerse poseer ahí mismo. Había venido sin bombacha, preparada para hacerlo, ella solita hacía todo, yo era el vigía mientras ella comienza la travesía del viaje placentero.

    La vagina es un delicado terciopelo sedoso, suavemente húmedo y caliente, se la enterró todita, se dejaba caer hasta metérsela bien dentro, impulsada con sus manos sobre mis rodillas, hacía de punto de apoyo para mover el mundo del placer.

    No era el lugar más apto para coger, pero la urgencia de ella amerita permitirle hacer cualquier cosa, las sacudidas se multiplican, los jadeos se intensifican, los jugos aumentan. Se desespera en la urgencia por llegar a espacio celestial del orgasmo. Siguen los jadeos, las palabras sin sentido, su espalda se pone tensa como resorte, arquea buscando el mejor ángulo para empalarse más profundo, acelera el ritmo y por fin… le llega el orgasmo tan temido.

    Se deja morir en un mar de jadeos y epítetos groseros, libera sus sensaciones más primarias, y las emociones más intensas para dejarse morir recostada sobre mí, viajando en ese momento de éxtasis de sensualidad y locura.

    El orgasmo urgente de Pato me cortó la inspiración, se demoró mi eyaculación, pero tuve la gentil delicadez de esperar que sus convulsiones de disolvieran entre mis brazos.

    —Te corté el polvo ¿no?

    —Sí, estaba… casi llego

    —Deja que me levante y vemos cómo te sacamos esa lechita.

    Se colocó de cara al árbol, del lado oculto para el resto de la familia, se levantó la falda y me invitó a recorrer el interior de su vagina, de parados era la única opción viable. Se retiró todo lo posible, haciendo el ángulo más propicio para penetrarla desde atrás, de pie entré en su vagina de una sola estocada. Aferrado a sus caderas me impulso y muevo a todo vapor, las ganas pueden más que cualquier cosa, el riesgo de ser descubiertas le ponía a este polvo el plus de excitación. Por las circunstancias tan particulares y la calentura previa no demoré mucho en llegar a una eyaculación presurosa. El polvo furtivo nos hizo gozar del sexo y olvidar precauciones.

    Volvimos con el resto de la familia, por separado, con cara de “yo no fui”, formando parte del grupo que entraba en la navidad.

    El marido, muchas copas y pocos reflejos para conducir, decidieron que era prudente que se volvieran en nuestro automóvil, es casi una obviedad la decisión de llevar a Pato y su marido a su casa, después de dejar a los míos. Me ocupé en bajar a Edu, un poco dormido y otro mucho ebrio, lo dejamos en la cama, dormido y roncando como un tronco. Bajamos y me convidó con un café.

    —¿El café lo tomarás así, solo y negro? —quedó esperando la respuesta— digo ¿no te gustaría mejor con leche?

    —Si me das la tuya, me gustaría con leche. Con tu leche.

    —¡Qué buena estás! Tengo ganas de cogerte otra vez.

    —¿Y.… si te gusta…?

    Estaba todo dicho, el tiempo urge, el deseo apremia, las ganas de coger son un león hambriento que muerde por dentro. De la cintura, desde atrás, la besé en el cuello, ardiendo como tea me remolcó al cuarto de servicio, sobre la cama arraso todo con la lengua, entre sus piernas el magma interior hizo erupción cuando capturé la cereza del placer entre los labios, robándole los primeros gemidos, lamiendo y escrutando en la vulva con la lengua retuve los primeros jadeos…

    Cuatro llegadas, dos con la boca, los restantes con la verga a tope. En los últimos hace lo que mejor sabe, aprisionarme la pija con los músculos vaginales de maravilla, está regalada, para cualquier cosa los cuatro o más orgasmos desgastaron su resistencia. Agotada por los orgasmos y vencida por el champán no está en condiciones de oponerse a la voluntad del macho dominante, es mi tiempo, mi decisión, mi deseo el que gobierna y manda.

    Con algo de brusquedad y mucho de dominador, la volqué de bruces, las nalgas erguidas, me hace sentir el poder de dominarla, someter a la yegua arisca, juega a resistirse, goza ser sometida y castigada con palmadas en las ancas, como parece gustarle, repito las nalgadas.

    Vencida accede al jinete, de pronto todo se hace intenso y urgente, la cogida se torna más salvaje, la cuca cerca y aprieta el músculo sobre la verga, pero pude contenerme y aguantarme para ir por ese tentador hoyo que tengo en la mira. Me tumbo sobre ella y desenfundo el miembro de la vagina, se la puerteo en el chiquito, controlo el primer intento de zafarse, al primer empujón pleno vuelve a intentarlo.

    La serené con una fuerte nalgada, y otra más para que no lo intente otra vez, en verdad me sentía otra persona, como más ardiente, más salvaje. Todo se precipitó, más se resistía más me violentaba, todo era una vorágine de calentura y brusca penetración anal.

    Los jadeos se confunden con los gemidos, los ruegos de que la saque con el lloriqueo por algo de dolor, los tiempos se miden de distinto modo, para ella fue una eternidad para mí solo un instante. La vorágine de la calentura me hacía castigar sus nalgas, apretarla toda y hasta morderla en algún momento, sujetada de sus cabellos me encaramé sobre su cuerpo y me mandé con toda la furia de mis ganas de macho rompedor de culos.

    Lástima que todo tiene sus límites, también mi calentura había llegado, era tiempo, la pija comienza a sentir los síntomas de la inminencia de la acabada. Una profusa eyaculación me deslecho dentro del culo de Pato.

    Quejidos y gemidos a dúo sincronizan el placer del macho dominante y de la hembra dolorida. Parte del semen se escurre cuando me retiro.

    Nos besamos, por primera vez en la boca, intenso y sentido, no hubo disculpas, ni promesas, todo se dio como se relató en esta historia, los hechos reflejaron esta historia chiquita en el desarrollo, pero inmensa en el significado que aún está por develarse.

    Habrá muchas noches, pero tan buena como la de nuestra historia…

    Lobo Feroz

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  • Pastel para todos, menos para el novio

    Pastel para todos, menos para el novio

    La historia está inspirada en un hecho real.

    Descripción: Melissa, con 20 años, tiene un cuerpo que parece esculpido con malicia divina. Sus caderas son amplias y sugerentes, y su cintura, estrecha, crea un contraste marcando, una silueta que se curva con un magnetismo hipnótico. Los senos, de copa D, se alzan firmes y provocadores, con un perfil delicado pero desafiante, como si desafiaran la gravedad de forma natural. Sus pezones, decorados con pequeños piercings que relucen como secretos íntimos, parecen siempre listos a despertar el deseo más profundo.

    Su cabello negro cae justo sobre sus hombros, enmarcando un rostro de belleza indomable, con esa expresión de dureza que tanto me atrajo desde el primer momento. Tiene piernas firmes y bien torneadas, forjadas entre el balón y la disciplina del gimnasio, pero es su trasero el que domina la escena: redondo, descomunal, desafiante. No exagero: esa maravilla de carne me obsesiona. Lo he visto provocar miradas, suspiros y hasta comentarios en la calle, y ella lo sabe… le gusta. Lo lleva con ese aire altivo y juguetón, como quien sabe el poder que carga.

    Melissa tiene un cuerpo de muñeca de porcelana con carácter de fiera. Su piel tiene un tono blanco suave, como leche mezclada con miel. Y una costumbre irresistible: siempre usa ropa interior diminuta, mínima, que apenas cubre, que apenas oculta, como si quisiera dejar pistas, provocar pensamientos. Y vaya si lo logra.

    Nota del autor(a):

    (Todas las historias aquí compartidas están escritas desde la perspectiva que resulte más excitante, intensa y envolvente para el lector. No están limitadas por mi género, ni buscan revelar quién soy, sino hacerte sentir dentro de cada escena. En esta ocasión, el deseo toma voz masculina… porque así arde más).

    Aunque en este relato no se detallen ciertas conversaciones previas, es importante mencionar que Melissa fue parte activa, entusiasta y totalmente dispuesta en todo momento. Algunas emociones y motivaciones han sido omitidas deliberadamente para mantener la tensión, el misterio… y ese sabor provocador que enciende la imaginación.

    Lo que no se cuenta abiertamente… a veces excita más.

    Y sí, quiso repetirlo.

    Desde hace unos meses, los viernes han dejado de tener sabor. Antes me entusiasmaban: sabía que Melissa estaría sonriendo al final del día, con su bolso de deportes al hombro, contándome jugadas, risas, resbalones en el barro.

    Melissa… mi novia: dulce, tímida, un poco callada, pero con una sonrisa que derretía hasta al más duro.

    Estudia cosmetología, pero los viernes los dedica a algo singular: fútbol mixto.

    Uno de esos viernes, como a las 8 de la noche, pasé a recogerla. Me dijo que se quedaría conversando con unas amigas, así que esperé.

    Cuando la vi salir, noté que caminaba raro. Tenía las rodillas enrojecidas. Se lo pregunté.

    —Me caí jugando —dijo, sin mirarme directamente.

    —¿Otra vez? —respondí con una media sonrisa.

    Escuché que una de sus amigas se rió. No le di importancia… en ese momento.

    Con el tiempo, empecé a notar cosas. Algunas noches evitaba hablar del fútbol. Su mochila estaba desordenada. Una vez, encontré una botella de perfume que nunca le había visto. Me dijo que era un regalo. Pero yo sentía algo raro. No celos exactamente. Era inquietud. Una punzada detrás del estómago. Algo no encajaba.

    Hasta que un viernes decidí ir más temprano.

    Llegué a eso de las 6:10 y no fui al parque como siempre. Me quedé a observar desde lejos. El campo estaba medio vacío. Vi a algunos chicos retirarse. Caminé con cautela, bordeando la zona, pasando entre arbustos que rodeaban el terreno.

    Fue entonces cuando escuché voces. No risas… murmullos. Me acerqué con cuidado. Me oculté entre arbustos altos, y desde ahí los vi. Melissa. Mi Melissa. Arrodillada.

    Estaba frente a él, a ese tipo que siempre vi demasiado cerca de ella: Armando.

    Tenía la cabeza inclinada hacia adelante, sus manos apoyadas suavemente en los muslos de él. Vi cómo Melissa se acercaba, hasta dejar a la vista el miembro de aquel tipo.

    No voy a decir que tenía un gran pene, pero era lo bastante considerable como para ahogar a mi dama. Se detenía por momentos, respiraba hondo, luego retomaba. Como si saboreara su entrega. Como si lo disfrutara.

    En un instante, él deslizó su mano por su cuello y le bajó ligeramente el tirante de la camiseta. Vi sus pechos asomarse brevemente, suaves, expuestos al aire frío de la tarde.

    Melissa no se cubrió. No se sobresaltó. Simplemente siguió.

    Me sentí atrapado entre dos impulsos: el de salir corriendo a gritar su nombre y el de quedarme ahí, presenciando la escena hasta el final, como si una parte enferma de mí necesitara ver hasta dónde llegaba su traición.

    La entrega de Melissa llegó a tal punto que dejó sobre él una espuma densa, mezcla de su propia saliva y del líquido seminal de Armando, con un entusiasmo que rozaba lo irracional. Su mirada, antes tierna y delicada, se transformó ante mis ojos. Pasó de ser esa chica dulce, casi inocente, a una mujer con la expresión de alguien completamente distinto: una puta. Una trola experta. No podía creer que esa fuera la misma Melissa que yo conocía. Nunca la había visto tan impúdica.

    Él la sostuvo de la cabeza mientras descargaba su espesa esperma directamente en la boca de Melissa; ella alzó la vista hacia él y sonrió con una dulzura desconcertante. Luego, con una naturalidad casi doméstica, tomó una servilleta, limpió sus labios, se acomodó el cabello y se levantó como si nada. Sin mirar a nadie. Sin un gesto de culpa.

    Yo, en cambio, seguía ahí. Paralizado como una sombra, testigo de mi propio reemplazo.

    Pero ahí no termina el espectáculo. Después de un descanso, conversar y compartir algo de comida, vi cómo ellos charlaban en voz baja, casi imperceptible. Desde mi escondite, solo podía ver el movimiento de sus labios, sus gestos, las miradas que se cruzaban. No escuchaba nada, pero algo en el lenguaje corporal de Armando lo decía todo: insistencia disfrazada de ternura. Melissa, en cambio, tenía el ceño levemente fruncido. Aunque negaba con la cabeza, su expresión era incierta.

    Entonces ella giró un poco, dándole el trasero. Se movía con una suavidad provocadora. Melissa tenía esa forma natural de atraer las miradas, de despertar algo que no sabías que sentías hasta que lo veías reflejado en otro.

    Vi cómo Armando se acercó más, rozándola con su pene erecto. Sus movimientos eran lentos, cuidadosos, como si jugara con un límite.

    El vaivén de sus caderas marcaba un compás lento y deliberado, como si cada movimiento estuviera diseñado para tentar, para provocar… y para enloquecer a quien tuviera el privilegio. Y ahí estaba él, tan cerca que rozaba su enorme trasero, como si la estuviera probando. Sin poseerla… condenado a perderse en el deseo.

    No escuché palabras, pero vi el desenlace: un temblor leve en sus cuerpos, un gesto contenido… y luego, silencio.

    Ella no se dio la vuelta. No lo miró. Solo se acomodó la ropa lentamente, con esa parsimonia de quien no necesita explicar nada, como quien guarda un secreto en la piel.

    Después de la función, me temblaban las manos. La cabeza me iba a mil. Pero tenía que calmarme. Porque, por enfermo que suene, esta vez quería entender qué sentía al estar en medio de todo eso.

    Quería saber si Melissa tenía su propio límite.

    Cuando la vi, la saludé como siempre: con la misma voz, con la misma expresión. Y aun así, me miró raro. Como si algo en mí se hubiera quebrado, aunque yo lo disfrazara bien.

    —¿Te pasa algo? —me preguntó.

    —Nada —le dije.

    Seguimos como si nada. Caminamos, hablamos… pero yo no podía dejar de recordar su cuerpo arrodillado, su mirada en otro, sus labios ocupados.

    Al llegar a casa, le pedí que se quedara a dormir conmigo. Me miró un segundo y asintió, como si el día hubiera sido completamente normal.

    Ella tenía su costumbre: dormir viendo series en mi celular, siempre con ese cuidado sutil… pero esta vez, yo tenía un plan. Le pedí su teléfono con la excusa de buscar una serie que no estaba en el mío. Se lo dije como si fuera lo más casual del mundo.

    A la media hora se quedó dormida. Como siempre.

    Y ahí lo hice.

    No esperé mucho. Fui directo. Y no encontré un mensaje. Encontré varios.

    Chats guardados. Fotos. Horarios. Conversaciones largas. Todo lo que nunca debí ver… estaba ahí. Y aun así, no pude parar.

    No tuve que buscar mucho. Los chats con Armando estaban fijados arriba. Había audios. La escuché. Su voz… dulce, suave, pero diferente.

    Conmigo hablaba bajito, tierna. Con él sonaba ansiosa, un poco agitada. Viva.

    En mensajes anteriores:

    Le decía que no podía creer lo que había hecho. Que fue raro… pero que al final, le gustó.

    Que al principio tuvo miedo, que le temblaban las piernas.

    Que era su primera vez haciendo sexo oral con alguien más que no fuera yo.

    Y que se sintió sucia… pero también libre.

    Había una foto, era una selfie, tomada desde arriba, como esas que uno se toma sin pensar demasiado…

    Melissa estaba sentada en el césped. Llevaba una blusa delgada, de esas que apenas cubren. El tipo de tela que, con la luz correcta, no perdona nada. Y en ese momento, todo estaba claro. El contorno de sus senos se dibujaba con precisión. Sus pezones se marcaban nítidos bajo la tela, tensos, vivos. El escote bajo dejaba ver la curva suave de su pecho, sin caer en lo obvio.

    Con esa confianza silenciosa que nunca me había mostrado así.

    Y entonces, un video.

    Él se lo había enviado.

    —¿Te acuerdas de esto? —le escribió.

    Ella aparecía frente a la cámara, jugaba con su verga como si fuera un dulce.

    En el video se ve cómo ella, desde arriba y frente a la cámara, lo está complaciendo íntimamente. Se veía claramente cómo subía y bajaba, cómo lo metía todo en la boca y lo volvía a sacar.

    Ella responde casi de inmediato, con la voz cargada de ansiedad y firmeza:

    —¿Qué estás haciendo? ¡Borra eso ahora mismo! Te dije que no guardaras nada, esto es una vergüenza…

    Él no se inmuta y responde con tranquilidad desafiante:

    —No va a pasar nada. Relájate.

    Pero ella no cede. La frustración y el miedo se notan en su tono:

    —La próxima vez no te dejo grabar ni un segundo, ¿entendiste?

    Él, con un dejo de certeza casi retadora, responde:

    —No te preocupes, nadie va a verlo. Confía en mí.

    Y luego…

    Un mensaje que no pude borrar de mi cabeza:

    “¿Te gustó más que con él?”

    Ella respondió con un emoji. Uno de esos que no dicen nada… pero que insinúan todo.

    Después, un:

    “No sé… Me dejé llevar.”

    Me dejé llevar.

    Así lo resumió.

    Después de terminar de ver los mensajes con Armando, me dirigí a revisar los siguientes mensajes.

    Vi mensajes en dos chats que me llamaron la atención: uno con Miguel y otro con Martín.

    Primero abrí el de Miguel. Al principio todo parecía una conversación normal… hasta que empecé a subir más. Ahí encontré cosas como:

    —La pasé rico hoy —le escribió ella.

    Y luego, sin pausa:

    —Extraño la noche que tuvimos.

    —La sabes chupar —respondió él, con una seguridad casi descarada.

    Hubo una pausa en la conversación, pero él continuó:

    —¿Cómo aprendiste?

    Ella contestó con un tono relajado, como quien cuenta algo trivial:

    —No sé… práctica.

    —¿Con varios, la verdad? Jajaja.

    Y luego, como quien quiere suavizar el golpe:

    —Nah, mentira… o bueno, no tanto.

    Más arriba encontré mensajes con planes. Coordinaban una fiesta:

    —Hoy nos vemos, ¿no?

    Él respondió rápido:

    —Lleva falda corta. Ya sabes que hoy, de postre, vas a recibir algo especial…

    Ella no respondió con palabras. Solo un emoji con risas y otro coqueto.

    El tono era claro. El juego estaba activo. Y no era nuevo.

    Abrí el chat con Martín. Parecía que había más que solo mensajes; parecía un juego de sadomasoquismo, sumisión… un juego fantasioso que compartían ellos.

    Martín: “Hoy serás mía. Ya sabes que tengo esos videos tuyos rebotando encima mío.”

    Martín: “Más te vale que llegues puntual.”

    Ella disfrutaba ese juego, porque no tardó en responder, mostrando una mezcla de disposición y curiosidad:

    Ella: “Claro, estaré ahí. ¿Qué quieres que lleve?”

    Martín: “La tanga corta y un vestido que se note todo. Ya sabes que me gusta verte putona.”

    Martín: “Eres mía, y vas a demostrarlo.”

    Ella respondió sin dudar:

    —Está bien, papi. Como tú ordenes.

    Luego empezó a enviarle fotos de varios vestidos que tenía en mente. En cada imagen, la tela se ceñía a su cuerpo, dejando entrever sus pechos a través del material, con sus piercings visibles, dando un toque atrevido y sensual.

    No se quedó atrás y le envió una foto más. En la imagen, llevaba un vestido que apenas le llegaba a los muslos: lo justo para cubrir, pero con una caída tan ligera que, con cada paso, se le subía un poco, dejando ver piel en movimiento.

    En otra imagen, enfocaba la parte trasera del vestido, mostrando sutilmente sus nalgas delineadas por la tela, como una provocación delicada pero directa.

    —Así te gusta, papi… ¿O más putona?

    Lo peor fue lo último que leí antes de cerrar todo.

    Martín:

    —¿Y tu flaco?

    Melissa:

    —No se entera. Y si se entera, que mire.

    —¿Qué mire?

    —No sé si eres muy valiente… o muy puta.

    —Pero me encanta esa seguridad.

    —Entonces que mire… Y que aprenda quién te tiene así.

    Al subir más arriba en la conversación, encontré mensajes que hablaban de planes ocultos, disfrazados de juegos:

    —Hoy invitaré a mi amigo a pasar el rato. Le dije que tengo un juego muy entretenido.

    —Vente a las 4 pm, solo con tu top sin tirantes y esos leggings deportivos que te ciñen las curvas… y dejan ver esa tanga tan descarada.

    Ella respondió con una firmeza que intentaba marcar límites:

    —No, hasta ese punto no voy a llegar. No quiero hacer un trío. Eso no me gusta.

    Pero él, astuto y controlador, no se mostró molesto. Su respuesta fue suave, envolvente… peligrosa:

    —Tranquila, muñeca. Nadie va a obligarte a nada. Pero dime la verdad: ¿no te excita un poquito la idea de dos pares de manos sobre tu cuerpo? ¿De no saber cuál de los dos te toca primero?

    Ella dudó. El silencio que siguió pesaba más que cualquier respuesta inmediata.

    —No sé… —escribió—. Martín, en serio… no creo que me atreva. Ese tipo de cosas no son para mí. Este juego ya se está saliendo de control.

    Él contestó sin perder su tono dominante:

    —Ese es el punto, Melissa. Que se salga de control. Que no sepas si lo odias… o si te está encantando. Pero siempre puedes decir “no”, y sabes que te escucharé… a menos que tu cuerpo diga otra cosa antes que tu boca.

    El pulso de ella se aceleraba mientras escribía:

    —Solo quiero estar contigo. No con otros. Pero… si estás ahí… tal vez…

    Él leyó entre líneas. Sabía que el deseo ya se había sembrado, que la fantasía no podía borrarse tan fácilmente.

    —Mi niña linda… solo quiero verte rendida. Tu cuerpo diciendo que no, tu mirada diciendo que sí. Lo haremos a tu ritmo. Pero, una vez que des el primer paso, no te dejaré volver atrás.

    Y ella, tras unos minutos, escribió algo que parecía una rendición:

    —Voy a ir. Pero no prometo nada. Quiero sentir. Quiero que me hagas olvidar que hay mundo afuera. Solo tú… tal vez tú y alguien más. Pero si decido parar, me respetas.

    Él no necesitaba más que eso.

    —Entonces prepárate, Melissa. Ese coño tuyo está hecho para llenarse de leche ajena, y lo sabes. Esta noche tendrá un nuevo visitante. Esta vez… no será un juego inocente.

    La realidad muchas veces queda atrás, porque la ficción supera la verdad en formas que no esperaba.

    Guardé todo lo que encontré: conversaciones, videos, mensajes. Los descargué, los ordené, los analicé.

    Ahora entiendo por qué aquella vez, cuando le pregunté por qué iba vestida así, me dijo que iría con una amiga a una convención de anime y que se quedaría hasta la noche pasando el rato con ella.

    El día siguiente fue raro. Ella me besaba como siempre, me hablaba dulce, me preguntaba si todo estaba bien… y yo solo sonreía. Cada vez que sus labios tocaban los míos, recordaba lo que había leído. Cada vez que decía “te amo”, en mi cabeza resonaba otra frase:

    “Ese coño tuyo está hecho para llenarse de leche ajena.”

    Así que le ofrecí una sorpresa. Le hablé de una noche diferente, un domingo. Alquilé una casa. Le dije que sería algo romántico, especial, con una atmósfera pensada para hacerla sentir única.

    Le compré algo que, desde hacía tiempo, imaginaba verla usar. Algo que ella siempre se negaba a vestir, porque decía que debía ser para una ocasión única.

    Era lencería. Pero no cualquiera.

    Lo pensé todo para que pareciera un pastel: dulce, provocativo. Un envoltorio que gritara “deseame”.

    Morado. Rosado. Sus colores favoritos.

    Ella se lo puso. Se sintió especial. Única. Perfecta.

    Me contacté anónimamente con todos aquellos con los que ella se hablaba de esa forma. Porque sí: era la perra de cada uno de ellos en secreto.

    Les envié un mensaje simple. Les dije que habría una reunión discreta, una fiesta privada:

    “En tal casa, a tal hora. Fiesta. Chicas. Alcohol.”

    Fue tan fácil como atraer abejas con miel.

    Ellos no preguntaron nada. Solo dijeron que sí.

    Y yo pensaba siempre en lo mismo: que todos los invitados vinieran con hambre.

    Que cada uno pudiera tomar su pedazo de pastel.

    Primero, claro, preparé el lugar con cuidado.

    Puse música suave, algo tenue.

    Serví tragos, bocadillos simples, algo para distraer.

    Melissa estaba contenta. Ajena.

    Sonreía como si todo fuera real.

    Y, en parte, lo era.

    La casa tenía calefacción.

    El ambiente era cálido, acogedor.

    No había frío que pudiera romper la ilusión.

    Era perfecto.

    Los invitados comenzaron a llegar, cada uno a su hora, sin saber quiénes más asistirían. Pero había un truco: la casa tenía dos puertas.

    La principal, por donde entramos nosotros.

    Y una secundaria, que daba acceso directo a la sala.

    Por allí entrarían ellos.

    Y entonces llegaron los hombres.

    Martín. Miguel. Armando.

    Uno por uno, como piezas cayendo en su lugar.

    Ingresaron por la puerta secundaria, tal como se les había indicado. Ninguno se conocía. Al principio, se cruzaron miradas incómodas, murmurando entre sí con preguntas que nadie se atrevía a hacer en voz alta:

    —¿Dónde están los demás?

    —¿Esto ya empezó?

    —¿Es aquí?

    La casa estaba vacía, pero no lo parecía.

    Había música suave llenando el aire, luces cálidas colocadas con intención, y un aroma tenue a incienso. Todo estaba preparado para parecer una fiesta íntima y exclusiva.

    Cerveza fría sobre la mesa. Bocadillos recién servidos.

    Había color, había ritmo… había una atmósfera que sugería que algo iba a pasar.

    Y como suele ocurrir cuando el ambiente está bien diseñado, dejaron de pensar.

    Dejaron de preguntar.

    Bebieron. Comieron.

    Y en cuestión de minutos, comenzaron a reírse juntos, como si se conocieran de antes.

    La tensión se desvaneció como el hielo en sus vasos.

    Yo los observaba desde mi rincón oculto, tras las pantallas.

    Y cuando vi que estaban reunidos, relajados, listos… supe que era el momento.

    Casi a la hora señalada, mientras ella me esperaba sumisa, le dije que había llegado la sorpresa. Le pedí que se pusiera el traje… ese que le había comprado y que tantas veces se había negado a usar. El mismo que ahora, entre risas nerviosas y curiosidad, aceptó sin hacer preguntas.

    Mientras le vendaba los ojos con cuidado, acariciándole el rostro para que se sintiera segura, la tomé de la mano y la guie hasta el centro de la sala, donde una alfombra suave marcaba el camino.

    —Camina lento —le susurré al oído—. Sigue la textura bajo tus pies. No hay forma de que tropieces.

    Ella obedeció, descalza, sintiendo cada paso.

    La alfombra que había colocado guiaba sus movimientos con precisión, como un hilo invisible que la llevaba justo donde yo quería.

    —No preguntes nada —le dije—. Solo quédate de pie y siente. Voy a tocarte, y tú solo debes disfrutar.

    Entonces, se abrió la puerta.

    Ella salió.

    “El cuarto estaba justo al costado del salón principal, así que no tuvo que caminar mucho. Sus pasos eran suaves, casi juguetones. Iba vendada, como le había pedido, completamente ajena a todo.

    “Pero no estaba sola.” “Los tres hombres la vieron salir y el ambiente cambió de golpe. Miguel dejó de reír. Armando se enderezó en el sillón. Martín apretó su vaso como si no supiera si debía soltarlo o aferrarse a él. Ninguno dijo nada. Solo la miraron”.

    “Y ella… ella avanzaba hacia ellos sin saberlo. Moviéndose con esa ingenuidad dulce que alguna vez me enamoró y que ahora me resultaba casi insultante. El encaje morado que cubría su cuerpo era tan tenue que apenas podía llamarse “ropa”. La lencería dejaba sus pechos al descubierto; los pezones se marcaban, tensos, visibles bajo la tela. No llevaba nada más. Absolutamente nada. “Una pieza diseñada para provocar, no para ocultar”.

    “Ella comenzó a saltar ligeramente sobre sus pies, impaciente, como una niña que espera un regalo. “¿Cuánto más vas a hacerme esperar?”, dijo en tono juguetón, sin saber que su voz rebotaba en una sala que ya no era sólo mía”.

    “Cada pequeño salto la convertía en un banquete en movimiento, una sinfonía de carne y encaje, provocando a ciegas, sin saber que sus gestos inocentes alimentaban la fiebre de los que la miraban”. Sus pechos rebotaban bajo el encaje fino, tensos, marcando cada curva, cada vibración. Las tiras moradas se aferraban apenas a su piel, y sus caderas, descubiertas, se balanceaban con una suavidad casi obscena. “Las nalgas temblaban como si fueran ajenas a su voluntad, tan suaves y expuestas que dolía mirarlas”.

    “Cada centímetro de su figura quedaba al descubierto con cada movimiento. Y ella no lo sabía. Jugaba, sonreía, coqueteaba… creyendo que sólo yo la estaba mirando. Que todo eso era para mí. “Que todavía era nuestra noche”.

    “Los hombres seguían congelados, atrapados entre el deseo y la culpa. Nadie hablaba. Nadie se movía. El silencio lo llenaba todo, como si el aire se hubiera vuelto espeso.

    Verla expuesta no era lo más excitante. Era anticipar su rendición total: la fragilidad latiendo bajo su piel, la sumisión en su mirada, el deseo mudo pidiendo que no se acabe jamás.

    ¿La chica del relato te dejó pensando?

    Dime si quieres que esta historia siga… o si prefieres una nueva.

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  • Visita a la cárcel

    Visita a la cárcel

    Hace unos meses retome relaciones con una prima de mi esposa, dentro de nuestras charlas ella me contó una anécdota vivida por las dos visitando la cárcel, resulta que una amiga de colegio de mi esposa tenía al hermano recluido en prisión, mi esposa había tenido relaciones sexuales con el tipo en cierta época, por cosas del destino uno de los guardias del área de psiquiatría donde el tipo se hallaba era íntimo amigo de la prima de mi esposa, el guardia contacto a Nicolle (prima de mi esposa), diciéndole que el preso quería verse con mi esposa y de una vez el aprovechaban y se veían ellos también.

    Nicolle le comento la invitación a mi esposa, esta acepto y cuadraron todo para cumplir con la cita, debían tener cuidado de seguir al pie de la letra las indicaciones para poder ingresar sin problema a la cárcel, como el preso estaba en una sección restringida, no tenía permiso de recibir visitas, entonces debían ingresar como visitantes de otros reclusos y ya dentro de la cárcel dirigirse a la sección.

    Hubo algo que Nicolle no le conto a mi esposa, el preso estaba vigilado 24/7, estaba en una celda donde el guardia de turno lo veía a través de un espejo, ya que se suponía que podía atentar contra su integridad en cualquier momento, cosa que después se desvirtuó y paso a ser un preso más.

    Así me conto Nicolle el encuentro:

    Llegamos el día domingo a la cárcel, hicimos la fila con todas las mujeres, al ingresar nos requisaron de una manera exhaustiva, por no decir degradante, mi amigo nos esperó y nos registró como dos visitantes de un patio cualquiera, eran aproximadamente las 10 am, con prisa nos llevó a la sección de psiquiatría, ya que a las 12 am se hacía revisión en ese sector, en el camino le dijo a tu esposa que tenía solo 1 hora para estar con su amigo, llegamos el abrió la celda, nos despedimos y mi prima entro.

    Mi amigo abrió la puerta de al lado y entramos, había una pequeña cama y una silla frente a una especie de ventana, entre más y vi a tu amada esposa besándose apasionadamente con el preso, mi amigo me rodeo con sus brazos por detrás y me apretó contra él, me beso desde atrás y metió sus manos bajo mi blusa, acaricio mis senos y luego mis nalgas y por ultimo mi vagina, me dijo: mira tu prima, voltee a ver y estaba ya sin la blusa y el preso está besando sus enormes tetas como loco.

    Mi amigo me bajo la licra y mis pantys y empezó a hacerme sexo oral, yo no dejaba de mirar como el preso manoseaba a tu mujer, se notaba que ella lo estaba disfrutando mucho, mi amigo me acabo de desnudar y me hizo sentar en la cama para que se lo mamara, mientras estaba en eso, él me pregunto si quería escuchar como gemía mi prima, yo me pare de la cama y vi que mi prima estaba en posición de perrito sobre la cama y el preso la penetraba muy fuerte, mi amigo prendió el micrófono y escuche el sonido de la pelvis del preso cuando chocaba contra las nalgas de tu mujer, ella gemía fuerte.

    Mi amigo se hizo detrás de mi y busco penetrarme, yo me acomode y él empezó a meter y sacar, ver a tu mujer en su éxtasis me excito mucho y empecé a seguir los movimientos de mi amigo, a los pocos minutos escuche que mi prima le decía al preso que no parara que ya se iba a venir, este la tomo de la cintura y la penetraba muy rápido, ella casi gritaba y note que se vino intensamente por como apretaba las cobijas con sus manos.

    Mi amigo me acostó en la cama y me puso en posición de misionero, ahí me vine yo, mi amigo me hizo que lo cabalgara y pude mirar como mi prima estaba chupando el pene del preso de una manera brutal, se lo tragaba todo y él le sujetaba la cabeza como queriendo que no se lo sacara, para mi asombro ella lo miraba y le sonreía, estaba gozando del encuentro.

    Mi amigo me dijo que se iba venir y yo acelere mis movimientos, escuche al preso decirle lo mismo a mi prima, voltee a mirar y vi como lo hacía en su cara y en su boca, sin darme cuenta me estaba moviendo rapidísimo lo que provocó que mi amigo se viniera, no pare hasta que tuve mi segundo orgasmo y caí rendida sobre él.

    Mi amigo se levantó al baño y yo me senté en la cama, pude ver a mi prima sentada en la tasa del baño y al preso acostado en la cama, tu mujer se levantó y se acostó al lado de él y empezaron a besarse, llego mi amigo y se tiró sobre mí a besarme las tetas y meterme los dedos en la vagina, de pronto escuche que el preso le dijo a mi prima que se pusiera en cuatro que le iba a chupar el culo, mi amigo y yo nos miramos y nos paramos a mirar, mi amigo seguía dándome dedo y yo acariciaba su verga que ya estaba colocándose dura, vimos como el preso metía su lengua en el culo de tu mujer y dos dedos en su vagina, mi prima gemía y se retorcía.

    El preso le dijo que quería metérsela por detrás, mi prima lo volteo a mirar y con mirada complaciente le dijo: “Tú sabes que contigo soy de los 3 servicios”, el preso empezó a meter su dedo pulgar en el ano de tu mujer y ella se acariciaba el clítoris, mi amigo ya me estaba penetrando a mi y me dijo: “Tu prima es una perra”, yo solo gemía de lo rico que me lo estaba metiendo, él se sentó en la silla que estaba frente al ventanal y yo me senté sobre su verga dándole la espalda.

    Mi prima empezó a gemir de nuevo y era por que el preso la estaba enculando, los gemidos de mi prima hicieron que me volviera a excitar y acelere mis movimientos sobre mi amigo, estaba yo muy concentrada porque ya me iba a venir y mi amigo me dice: mira como tienen a tu prima, me gire y vi que el preso la tenia de lado sobre la cama, con la verga en el culo y metiéndole los dedos en la vagina y ella se sobaba en clítoris muy rápido, ella se vino pero el preso la seguía penetrando rápido y profundo hasta que se vino, yo ya había terminado también y mi amigo me hizo arrodillar y se vino en mis téticas.

    Ya es hora de que salgan me dijo, abrió el micrófono y le dijo al preso: “Tiempo”, este le levanto el pulgar, me limpié y me vestí, vi a mi prima medio ducharse y medio arreglarse y darle un beso apasionado al preso, salimos rumbo a un patio, tuvimos que esperar aproximadamente treinta minutos antes de poder abandonar la cárcel.

    De regreso a casa comentamos la locura que había sido hacer esa visita, no le dije a mi prima que vi y escuche gran parte de su encuentro, jamás se lo comente a nadie, pero mi amigo me dijo que mi prima había vuelto tiempo después cuando el preso estaba en otra área donde podía recibir visita conyugal.

    Esa fue la historia de mi esposa y su prima espero les haya gustado.

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  • Pagando una deuda con mi esposa

    Pagando una deuda con mi esposa

    El aire en la pequeña sala era denso, cargado con el peso de la desesperación. Marcos se movía de un lado a otro, las manos metidas en los bolsillos, mientras el aliento gélido de la deuda lo sofocaba. Frente a él, Ricardo, un amigo de años, pero hoy un acreedor implacable, sorbía su café con una calma exasperante. La cifra de dinero adeudada era impagable para Marcos. Había agotado todas las opciones, cada puerta se había cerrado de golpe. Y entonces, en un momento de pánico y desesperación, una idea repulsiva y tentadora al mismo tiempo se formó en su mente.

    “Ricardo” dijo Marcos, su voz apenas un susurro, “no tengo el dinero. Pero… tengo algo más. Algo de gran valor.”

    Ricardo levantó una ceja, su mirada escudriñadora. “Dime, Marcos. Dime qué tienes.”

    Marcos tragó saliva, el sudor frío resbalándole por la frente. Su mirada se desvió hacia la puerta que daba al dormitorio, donde sabía que Sofía, su amada esposa, dormía ajena a la tormenta que se desataba en la sala. Sofía, con su rostro angelical, sus grandes y redondos pechos que desafiaban la gravedad, su culo redondo y unas caderas perfectas que lo habían cautivado desde el primer día. Era la mujer de su vida, la única que lo había poseído, y la idea de ofrecerla como pago le desgarraba el alma.

    “A Sofía”, dijo finalmente, la palabra escapándose de sus labios como un gemido. “Te la ofrezco a ella. Lo que quieras, el tiempo que quieras. Hasta que la deuda se salde.”

    Ricardo dejó la taza sobre la mesa con un clink seco. Sus ojos brillaron con una luz inesperada. Durante años había admirado la belleza de Sofía desde la distancia, con un respeto forzado por su amistad con Marcos. Pero ahora, la oportunidad se presentaba, cruda y tentadora. Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por su rostro.

    “Acepto, Marcos”, dijo Ricardo, su voz grave y llena de un deseo apenas contenido. “Pero quiero que tú seas testigo.”

    El corazón de Marcos se hundió. La humillación era inmensa, pero la supervivencia de su familia dependía de ello. Asintió con la cabeza, una náusea oprimiéndole el estómago.

    Minutos después, Marcos despertó a Sofía con suavidad. Ella, somnolienta, lo miró con esos ojos tiernos que él tanto amaba. Él le explicó la situación, las palabras saliendo a trompicones, el rostro contraído por la vergüenza. La reacción de Sofía fue inmediata: sus ojos se abrieron de par en par, el horror se apoderó de sus facciones.

    “¡No, Marcos! ¡No puedes hacerme esto!”, exclamó, las lágrimas asomando. “Solo tú… solo tú me has tocado. Tengo miedo, Marcos. Miedo de que me haga daño.”

    Marcos la abrazó, sintiendo su cuerpo tenso y tembloroso. “Lo siento, mi amor. Es la única forma. Prometo que estaré aquí, a tu lado.”

    Con el corazón apesadumbrado y los ojos llenos de lágrimas, Sofía se levantó y, envuelta en una fina bata de seda, se dirigió a la sala. Ricardo la observó con una avidez descarada, sus ojos recorriendo cada curva de su cuerpo. La tensión en la habitación era palpable.

    Ricardo no perdió el tiempo. Se levantó y se acercó a Sofía, que retrocedía ligeramente, su cuerpo rígido. “No tengas miedo, Sofía”, dijo él, su voz sorprendentemente suave. “Solo quiero disfrutar de tu belleza.”

    Sus manos se extendieron lentamente, rozando el brazo de Sofía. Ella se estremeció, pero no se movió. La bata de seda cayó al suelo, revelando el cuerpo desnudo de Sofía. Sus grandes y redondos pechos se alzaron, sus pezones duros por la vergüenza y el miedo. Sus caderas perfectas y su culo redondo se presentaban sin pudor ante la mirada hambrienta de Ricardo.

    Ricardo se arrodilló frente a ella, sus ojos fijos en la entrepierna de Sofía. Su aliento caliente rozó su piel cuando sus labios se acercaron. Sofía contuvo la respiración, un temblor recorriendo su cuerpo. El primer toque de la lengua de Ricardo en su clítoris fue una descarga eléctrica. Sofía gimió, un sonido apenas audible, una mezcla de repulsión y una pizca de curiosidad. Ricardo, sintiendo su vacilación, intensificó sus caricias, lamiendo y succionando con una habilidad que Sofía nunca había experimentado. Los dedos de Ricardo se deslizaron entre sus nalgas, explorando la entrada de su culo redondo.

    Marcos observaba la escena, su propia respiración acelerada. La visión de Ricardo profanando el cuerpo de su esposa, de la mujer que solo él había poseído, le provocó una mezcla contradictoria de dolor y una extraña excitación. Su pene se endurecía, y se encontró llevándose una mano a sus pantalones, masturbándose con movimientos frenéticos.

    Sofía, mientras tanto, sentía cómo el miedo inicial se desvanecía, reemplazado por una ola de sensaciones que la abrumaban. Los lametones de Ricardo se volvían más expertos, su lengua jugaba con su clítoris, sus dedos masajeaban su interior. Un placer desconocido se apoderó de ella, haciéndola arquear la espalda y gemir con más fuerza. Sus caderas comenzaron a moverse por sí solas, buscando más, pidiendo más. Las barreras se derrumbaban, su ingenuidad se disipaba bajo el embate de la lujuria.

    Ricardo se levantó, su miembro erecto y palpitante. Con una audacia que dejaba claro su control, besó a Sofía en la boca, su lengua buscando la de ella. Sofía, ahora rendida al placer, respondió al beso con una intensidad que sorprendió a Marcos.

    Luego, Ricardo la guio hacia el sofá. Sofía se dejó caer, sus piernas abiertas, su cuerpo ofreciéndose. Ricardo la penetró con una lentitud deliberada, sus ojos fijos en los de Sofía, buscando su reacción. Ella jadeó, sus uñas se clavaron en los cojines del sofá. Pero no había dolor, solo una expansión placentera que se extendía por todo su ser. Las embestidas se hicieron más rápidas, más profundas, y Sofía gritó, un grito que ya no era de miedo, sino de puro éxtasis.

    Marcos, incapaz de contenerse más, se acercó al sofá, su pene goteando de deseo. La vista de su esposa gimiendo bajo otro hombre, de su cuerpo entregado a la lujuria, era un afrodisíaco potente. Ricardo lo vio acercarse, una sonrisa cómplice en su rostro. No era solo un pago; se había convertido en un juego de deseo compartido.

    Marcos se arrodilló frente a Sofía, su mano buscando su entrepierna. Ricardo le hizo un gesto de aprobación. Sofía, con los ojos cerrados, sentía la caricia familiar de Marcos mientras el miembro de Ricardo la penetraba sin cesar.

    “¿Quieres más, mi amor?”, susurró Marcos, su voz ronca.

    Sofía abrió los ojos, su mirada brillante, llena de una pasión que Marcos nunca le había visto. Asintió con la cabeza, sus labios húmedos por los besos y el deseo.

    Marcos se puso de pie y se preparó. Ricardo se retiró un momento, permitiendo que Marcos tomara su lugar. Sofía se arqueó para recibirlo, y Marcos la penetró con fuerza, sus embestidas llenas de una pasión renovada, mezclada con la angustia de saber que el inicio de todo había sido un doloroso pago.

    Pero la tarde de sexo desenfrenado apenas comenzaba. Los cuerpos se entrelazaron en un torbellino de carne y placer. Hubo tríos, con los tres cuerpos formando un nudo indescifrable en el sofá. Sofía experimentó la doble penetración, su vagina y su culo redondo recibiendo la embestida de ambos hombres al mismo tiempo. Sus gritos de placer llenaron la sala, su cuerpo se retorcía, alcanzando orgasmo tras orgasmo, su ingenuidad de antes convertida en una entrega total y desenfrenada.

    Ricardo, en un momento de éxtasis, eyaculó dentro de Sofía con un grito gutural. Sofía se estremeció, sintiendo el calor del semen de otro hombre por primera vez en su vida. Un momento después, Marcos también llegó al clímax, su propio semen mezclándose con el de Ricardo dentro de ella.

    Pero la lujuria no se detuvo ahí. Laura, la hermana de Sofía, que había estado observando desde la puerta del dormitorio, entró en la sala, sus ojos ardientes de deseo. La visión de su hermana entregada al placer con dos hombres había encendido su propia pasión. Sin decir una palabra, se unió a la vorágine.

    La tarde se convirtió en una sinfonía de gemidos, gritos y el chasquido de cuerpos húmedos. Sofía, con una nueva libertad en su ser, se encontró lamiendo el semen de Ricardo de su piel, el sabor salado y masculino encendiendo aún más su deseo. Luego, se inclinó sobre Marcos, que había eyaculado fuera de ella, y con una avidez insaciable, bebió su semen, sus ojos fijos en los de él, una promesa tácita de placeres aún mayores.

    Al final, los tres cuerpos yacían exhaustos en el sofá, cubiertos de sudor y semen. El silencio que siguió al frenesí era espeso, cargado de la satisfacción de deseos cumplidos. Sofía, con una sonrisa de felicidad en su rostro, se acurrucó entre Marcos y Ricardo. La deuda aún existía, pero el costo había abierto una puerta a un mundo de placeres que jamás había imaginado. Marcos la abrazó, sintiendo la calidez de su cuerpo, sabiendo que, de alguna manera extraña y retorcida, había logrado salvarlos, y al mismo tiempo, había desatado una pasión en Sofía que los uniría de una manera completamente nueva.

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  • Ana, la sirvienta sucia sin pudor (2)

    Ana, la sirvienta sucia sin pudor (2)

    Mi esposa seguía sin soportarla. Me decía que era “sucia”, “descuidada”, “apestosa”. Y mientras más la criticaba, más me ardía el deseo en la boca del estómago.

    Me obsesioné con sus axilas. No me lo explico, pero ese monte de pelo negro, húmedo, vivo… me quemaba la mente. A veces me tocaba en el baño mientras recordaba su olor, ese que se colaba en la cocina, en el pasillo, en mi almohada cuando pasaba cerca.

    Un día, me quedé solo con ella. Estaba lavando ropa en el lavadero de atrás, agachada. Llevaba una camiseta vieja, sin mangas. Desde la cocina podía verla… los brazos al aire, el vello de sus axilas brillando bajo el sol.

    Me acerqué sin hacer ruido.

    Ella tallaba a mano una prenda, con fuerza. Agua jabonosa, espuma, y de pronto noté qué era.

    Un calzón.

    Un calzón de algodón blanco, algo viejo, ajustado, con una mancha evidente en el centro. Una mancha gruesa, blanca, seca… y algo obscuro manchado de caca y con brumos de ella en el calzón sucio y su olor me llegó antes que el viento.

    Ana no lo escondió. Al contrario, alzó la prenda y la exprimió lentamente. Me miró de reojo y sonrió apenas.

    —Está bien sucio —dijo con voz baja, como quien confiesa algo sucio, pero sabroso.

    No supe qué responder. Tenía la garganta seca. El calzón goteaba frente a mí, y ella lo volvió a tallar con más fuerza, como si supiera lo que estaba provocando.

    Entonces, con los dedos aún enjabonados, se levantó el brazo y se rascó la axila con una lentitud descarada. Cerré los ojos. El vello húmedo, mojado, se le pegaba a la piel como una trampa de deseo. La camiseta se le había levantado un poco, y se le veía parte del vientre moreno, brillante de sudor también su cadera donde había un poco de pelos negros en la parte de su cadera.

    —No me gusta mucho bañarme diario —me dijo, como quien lanza un anzuelo al agua.

    Sentí una descarga en la entrepierna. Era demasiado.

    —¿Por qué? —me atreví a preguntar.

    Me miró. Por fin, me miró como yo quería que me mirara desde el primer día. Con hambre. Con descaro.

    —Porque me gusta olerme… y que me huelan.

    Silencio.

    El tiempo se detuvo en ese patio.

    No pasó más ese día. No hubo contacto. No me tocó. No la toqué. Pero esa escena me siguió al baño, a la cama, al trabajo, a los sueños.

    Y ya no había vuelta atrás.

    Ana no solo era una provocación.

    Era una advertencia. Y yo ya estaba metido hasta el cuello.

    Ese día, Ana se quedó más tiempo del habitual. Desde temprano estuvo corriendo por toda la casa: barrió, trapeó, lavó trastes, sacudió los muebles, talló baños, cargó cubetas… trabajó como si quisiera sudar hasta la última gota de su cuerpo. Y lo logró.

    La camiseta gris que traía pegada al cuerpo se le oscureció por completo debajo de los senos, en la espalda, y sobre todo bajo los brazos. El vello de sus axilas se le notaba más mojado que nunca. Cuando se estiraba o se agachaba, dejaba una estela de olor a cuerpo vivo, a esfuerzo, a mujer sudada y sin pudores.

    Antes de irse, se cambió en el baño de atrás. Salió con otra blusa y un pantalón limpio, se despidió como si nada… pero olvidó algo.

    Yo no me di cuenta. Fue mi esposa quien encontró la ropa.

    —¡Qué asco! ¡Ve esto! ¡Saca esa porquería de la casa! —me gritó desde la cocina.

    Me acerqué. Encima de una silla estaba la camiseta sudada de Ana… y su calzón lleno de residuos de caca fluidos blancos y sudor con un olor muy penetrante

    Mi esposa se cubrió la boca, como si fuera veneno lo que veía.

    —¡Seguro se cambió aquí y dejó esto apestando! ¡No pienso tocarlo! ¡Tíralo tú, ya!

    Agarré la ropa sin decir una palabra y la metí en una bolsa. Pero no la tiré. No podía.

    Esperé.

    Esperé toda la noche. Esperé a que mi esposa se durmiera, a que la casa quedara en silencio. Y cuando el reloj marcaba casi las dos de la mañana, bajé las escaleras y me encerré en el cuarto de lavado.

    Saqué la bolsa.

    El calzón era blanco, de algodón grueso, todavía húmedo. Tenía marcas en la entrepierna, el elástico desgastado, y una mancha evidente al frente como un moco viscoso. El olor me golpeó apenas lo acerqué a la cara. No era solo sudor… era su esencia

    Fluidos. Calor. Rastro de una mujer que se movió todo el día sin bañarse.

    Y ahí estaba yo, con el corazón latiéndome en la garganta, temblando como un adicto. Lo acerqué más… y lo olí me metí la parte de su calzón lleno de caca a mi boca lo saboreé era caca con sudor olía extremadamente sucio un olor muy penetrante que mareaba de lo sucio que estaba pero que el sabor hacía que mis huevos se llenaran de leche a punto de explotar

    El olor me invadió.

    Me llevó a ella: sus piernas abiertas, su axila empapada, sus tetas colgando sin sostén, y ese vello oscuro escondido entre los muslos que seguro estaba igual de húmedo y salvaje.

    Me bajé el pantalón. Tenía la verga dura desde que abrí la bolsa. Comencé a acariciarme mientras apretaba el calzón con la otra mano y mi boca

    Entonces vi la camiseta.

    La levanté. Era de tirantes. Pegada, todavía caliente del sudor seco. Y ahí, justo en la costura bajo el brazo izquierdo, había un rastro.

    Un pelo. Largo, negro, grueso.

    La llevé a la cara y mi boca y aspiré.

    Un aroma denso, salado, fuerte, salía de ahí. Me lo pasé por los labios. Sabía a sal, a cuerpo real. La lamí, la chupé, como si fuera su axila misma, como si la tuviera encima, jadeando.

    Cerré los ojos.

    Y me vine.

    Me vine como no me venía desde hacía años. Solo. Sudado. Respirando el olor de esa mujer prohibida que había dejado su marca en cada prenda. Mis gemidos fueron ahogados, mi cuerpo temblaba. Pero no de culpa.

    De deseo.

    Cuando terminé, no tiré nada. Doblé la ropa y la guardé en una caja que escondí en el clóset del estudio. Esa ropa ya no era solo ropa. Era una promesa.

    Y yo… no pensaba dejarla ir.

    Desde aquella noche, la ropa de Ana se convirtió en un fetiche maldito que me quemaba la mente. Volvía a ella cada madrugada. Olía. Tocaba. Me tocaba. La camiseta, con su axila marcada. El calzón, con el aroma de su entrepierna y con el poco rastro de su caca porque ya lo había absorbido casi todo Me tenían como animal en celo.

    Pero algo cambió en ella también.

    No era sutil ya. Ana me buscaba con la mirada. Me hablaba más despacio. Se quedaba más cerca cuando me servía el café, cuando fregaba el piso cerca de donde yo estaba, cuando se inclinaba para trapear justo frente a mí.

    Y dejaba el escote abierto, los brazos al aire, sin pudor, como si me ofreciera ese vello negro, espeso, húmedo, como un altar al pecado.

    Una tarde, mientras mi esposa salía con los niños, Ana se acercó más de lo normal.

    —¿Y qué hiciste con mi ropa?

    La pregunta me heló. No era un juego. Lo dijo firme, mirándome a los ojos. Tenía la camiseta sin mangas, y desde ahí pude ver la axila levantada, oscura, húmeda.

    —¿De qué hablas? —dije, fingiendo mal.

    —La camiseta y el calzón que dejé en el baño. Nunca los tiraste.

    No supe qué decir. Ella sonrió.

    —Los oliste, ¿verdad?

    Mi corazón explotó. El silencio fue mi confesión.

    —Los hombres son tan fáciles —siguió—. Nomás una se moja tantito, suda rico, y ya están babeando como perros.

    Se acercó más. Su olor era fuerte. Axilas sudadas, mezcla de desodorante vencido, cuerpo sin jabón y algo más… una nota dulce, entre piernas. Me hizo tragar saliva.

    —¿Te la jalaste con mi calzón?

    No contesté.

    Ana entonces se acercó a mi oído, y me dijo con un tono grave, ronco, que me estremeció:

    —Si me vas a usar… hazlo bien.

    Y me lamió la oreja.

    No hubo palabras. Solo cuerpos.

    Me tomó del cinturón y me llevó al cuarto de lavado. Cerró la puerta. Me empujó contra la pared.

    —No hables —ordenó—. Solo huele.

    Levantó los brazos y se me pegó.

    Sus axilas estaban empapadas. Peludas. Vivas. Me hundió ahí la cara. Me dejé llevar. Olía a todo lo que me rompía la cabeza desde semanas atrás. La lamí. La chupé. Sabía a sal, a ella.

    Ella gemía bajo, como si se excitara con verme humillado entre sus pelos mojados.

    —Así… cabron … chúpame ahí —jadeó, mientras me restregaba la axila contra la boca, contra la nariz.

    Mis manos bajaron por su cintura. El pantalón flojo se le resbaló fácil. No traía calzones.

    —¿Te gustaron los que dejé? —susurró, dándome nalgadas con su cadera—. Estaban bien sucios llenos de brumos con caca y sabor a panocha sucia de varios días que los usaste. Me vine en ellos.

    Le metí la mano entre las piernas. Estaba caliente, empapada, abierta. Su vello púbico era igual que el de sus axilas: negro, rebelde, salvaje. Le froté el clítoris mientras ella me mordía el cuello. Yo me venía sin venirme, temblando por completo.

    Se agachó, me bajó el pantalón y se metió mi verga en la boca como si la conociera desde siempre. La chupaba con ganas, escupía, apretaba, lamía el tronco con los ojos cerrados, gimiendo como si eso la mojara más.

    —Córrete en mi boca… o en la camiseta… tú decides —dijo con la lengua en mi glande, su voz ronca por el deseo.

    La levanté. No podía más.

    La subí sobre la lavadora, le abrí las piernas. Se abrió como si me hubiera esperado así toda la vida.

    La metí de un solo empujón.

    Estaba caliente. Mojada. Apretada.

    —¡Así, cabrón… así…! —gritó—. Lame mi axila otra vez… ¡hazlo! Chúpame el cuello chúpame mis tetas negras

    Me incliné y lo hice. Mi boca pegada a su vello, mientras la cogía con rabia, como si todo el deseo acumulado se desbordara en ese momento. Ella gemía, se sacudía, me apretaba las nalgas, se tocaba el clítoris mientras yo la penetraba sin pausa.

    Los sonidos de su cuerpo mojado chocando contra mi pelvis, sus jadeos, su olor metido en mi alma, todo me llevó al borde.

    —¡Córrete adentro! —ordenó—. ¡Llena a sirvienta!

    Y lo hice.

    Me vine tan fuerte que perdí la noción del tiempo. Sentí que el mundo giraba lento. Ana me abrazó del cuello, me besó con los labios sudados, me mordió el lóbulo.

    —Esto no ha terminado.

    Y lo sabía. Esa fue solo la primera vez.

    La puerta al infierno ya estaba abierta.

    Mi esposa empezó a sospechar.

    No hacía falta que dijera mucho. Bastaba con cómo miraba a Ana, con el silencio con el que pasaba a su lado cuando antes ni la volteaba a ver.

    —¿Ya viste cómo la ves? —me soltó una tarde—. Te le quedas viendo como si fuera carne.

    Me hice el tonto. Pero lo cierto es que era carne. Caliente. Viva. Deseada.

    Y Ana lo sabía.

    Un día, cuando estábamos solos, la vi agachada en el patio, lavando una cubeta. Sudaba como nunca. La camiseta un poco arriba de la cadera donde se le veían sus pelos negros en su cadera la blusa era de tirantes le colgaba del pecho, completamente pegada por la humedad. El escote se le abría con cada movimiento. El vello de sus axilas estaba empapado. Su pantalón gris, delgado, marcaba cada curva de sus caderas anchas y su trasero temblaba con cada restregón que le daba al piso.

    Me acerqué.

    —¿Estás bien?

    Ella se enderezó, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.

    —Estoy acostumbrada… pero sí, hace calor —dijo, jadeando un poco.

    La miré.

    —¿Y tu marido? ¿Te deja descansar algo?

    Se rio, pero con amargura.

    —Mi marido ya ni me toca —dijo sin rodeos—. Dice que tengo el cuerpo feo, que ya no me rasure, que huelo mal. Dice que mis estrías le dan asco… y que parezco animal.

    La miré más de cerca. El vello bajo sus brazos era negro, largo, rizado. Hermoso. En las clavículas le bajaban gotas gruesas de sudor. Su pecho subía y bajaba rápido. Estaba empapada. Mojada por fuera… y por dentro, lo sabía.

    —Por eso ya ni me baño seguido. Me vale. Ya ni intento gustarle. Si a ti sí te gusta mi olor, mejor.

    No aguanté más.

    La tomé de la mano, y sin hablar, la llevé al cuarto de servicio. Ella entró sin miedo, sin titubear. Cerré la puerta. Me acerqué. La olí.

    —Estás escurriendo —le susurré al oído.

    Ella se mordió el labio.

    —Estoy tuya —contestó.

    Le levanté la camiseta. No traía sostén. Sus tetas cayeron con peso, grandes, morenas, con aureolas negras y pezones brillantes y con un poco de pelos negros alrededor. Chorreaban sudor por debajo, por el canal entre ellas. Le lamí ahí, despacio, con hambre.

    Ella cerró los ojos y se inclinó hacia atrás. Me aferré a su axila, le levanté el brazo y hundí la cara en su pelo mojado. Lamí, aspiré, la besé. Era fuerte. Salado. Humano. Su sabor se quedó en mi lengua.

    Le bajé el pantalón. No usaba calzones.

    Y ahí estaba. Su monte de vello púbico era una selva oscura, mojada de sudor y jugos. La escurría el sudor desde la espalda baja hasta el pliegue entre sus nalgas. Todo su cuerpo brillaba.

    La miré de frente. Desnuda. Sudada. Con la frente mojada, el cuello empapado, los pezones duros. Su vientre tenía estrías, sí. Su piel tenía marcas. Pero era real. Y la mujer más deseable que había tocado en mi vida.

    —Te quiero así —le dije al oído.

    Ella se me trepó encima. Me desnudó con rabia. Me besó con sudor y lengua, me montó sobre el sillón pequeño del cuarto. Me clavó las uñas, me restregó las tetas en la cara, me apretó con sus muslos sudados.

    —Duro… sin miedo. Soy tuya —jadeaba—. Métela… adentro, toda.

    Le dije que sí pero antes quería chupársela y que me la chupara a mi también se puso en posición abrió sus piernas y su ingle negra estaban escurriendo de sudor su mata de pelos las iba a tener entre mi cara su olor era muy penetrante olía un poco a camarón pero eso me ponía a mil su vagina bien mojada y chorreaba un líquido blanco y espeso ella agarró mi verga y me la empezó a chupar con mucha furia le escupía y la babeaba está súper mojada.

    Yo seguía en lo mío su culo era enorme tenía unas nalgas preciosas con estrías mis manos no aguantaron más y le abrí las nalgas para ver su culo era lo más hermoso que había visto en mi vida era negro con grumos de caca y con mucho pelo también muy sudado no aguanté más y metí toda mi cara en ella olía exquisito mi lengua no pudo más y se metió profundamente entre su ano lleno de caca lo chupaba y lo succionaba mi lengua mis dientes mi María llenos de caca le dejé el año limpio de todo lo que tenía sucio sudado y manchado nos volteamos nos vimos de frente y nos besamos ella no le importaba el sabor de mi boca que había pasado por esa panocha y ese ano sucio de ella

    La cogí como si el mundo se acabara. Nos resbalábamos por el sudor, por el calor. Cada embestida era un choque de carne mojada. Su axila rozaba mi cara. Su olor era una droga.

    Nos vinimos juntos.

    Yo dentro de ella. Ella sobre mí, temblando. Gimiendo como nunca la había escuchado.

    Después, no dijo nada. Solo se levantó, se vistió sin prisa, y se fue a terminar de limpiar como si nada hubiera pasado.

    Pero yo sabía que algo había cambiado.

    Ella se entregó como nunca antes. Sudada, sin pudor, sin miedo. Y yo… ya no pensaba dejarla ir.

    Los días siguientes fueron distintos. Después de haberla poseído así, sudada, desnuda, empapada por dentro y por fuera, Ana ya no me veía como antes. Me miraba con fuego en los ojos. Con pertenencia.

    Seguíamos encontrando excusas para estar solos. Me la cogí de pie en la cocina una tarde mientras los niños dormían. Otras veces, en el cuarto de servicio, contra la pared, mientras me restregaba sus tetas mojadas por la cara. Y cada vez lo hacía con más descaro. A veces, hasta me dejaba la blusa mojada en la oficina, como recordatorio.

    Yo estaba perdido en ella. Y mi esposa… no era tonta.

    Una tarde, después de comer, me encaró.

    —¿Tú crees que no me doy cuenta? —dijo con la voz fría—. ¿Tú crees que no veo cómo la miras? Cómo te le pegas. Cómo te sale la baba cada vez que ella pasa.

    Guardé silencio. Mi hijo y mi hija estaban viendo la tele en la sala. No era momento.

    Pero ella no se detuvo.

    —Hasta huelo el sudor de esa vieja en tu ropa. ¡Y no me hagas hablar de lo que encontré en el clóset del estudio!

    Mi mundo se detuvo.

    Ella había encontrado la caja. La caja con la camiseta sudada, el calzón con olor a Ana. Todo lo que había guardado como si fueran talismanes de deseo, ahora eran pruebas de mi traición.

    —¿Qué tienes en la cabeza? ¿Eh? ¿Te calientas con esa mujer sucia? ¿Con sus pelos en las axilas? ¿Con su olor a animal? ¿Eso te prende?

    La miré a los ojos.

    Y por primera vez… no mentí.

    —Sí.

    Mi esposa se quedó helada.

    —¿Qué dijiste?

    —Sí. Me prende. Me prende su olor. Me prenden sus pelos. Me prende su cuerpo, su sudor, todo lo que tú dejaste de mostrarme hace años.

    Se quedó en silencio unos segundos. Dolida. Furiosa.

    Entonces bajó Ana de la planta alta. Venía con una cubeta, sin saber lo que se había desatado abajo. Vestía una blusa vieja, sin mangas, donde se le marcaban las axilas mojadas. Los pantalones manchados de cloro.

    —¿Todo bien? —preguntó.

    Mi esposa se volteó.

    —Contéstame tú, Ana —dijo seca, mirándola como una fiera—. ¿Todo bien? ¿O ya te acostumbraste a cogerte al patrón?

    Ana no se inmutó.

    Soltó la cubeta. Se paró firme. Me miró. Me miró a mí, no a ella. Y habló con una seguridad que no le había visto antes.

    —Él me trata como lo que soy. Me desea como nadie me ha deseado. Y sí, señora. Me lo cojo. Y me encanta.

    Mi esposa palideció.

    —Eres una puta sucia.

    —No más que usted… que teniendo a un hombre así lo dejó morir de hambre.

    Silencio. Tenso. Insoportable.

    Yo no podía moverme. No podía hablar.

    Mi esposa se fue. Subió las escaleras. Cerró la puerta. No dijo una palabra más.

    Ana se acercó. Me abrazó. Su piel estaba sudada. Temblaba. Pero no de miedo.

    —Ya no voy a esconderme —me dijo al oído—. Si quieres echarme, hazlo. Pero yo ya no me voy a negar.

    Le tomé la cara. La besé como nunca. Profundo. Lento. Con culpa. Con deseo. Con todo.

    Y ahí supe que ya no había regreso.

    La casa cambió después de ese día.

    Mi esposa ya no me hablaba. Dormía en el cuarto de los niños o se iba con su hermana. No me pidió el divorcio… pero tampoco preguntó nada más.

    El silencio entre nosotros se volvió espeso. Como una sábana mojada que nadie se atrevía a quitar.

    Y Ana, sin decirlo, tomó su lugar.

    Ya no pedía permiso. Se bañaba cuando quería. Cocinaba lo que le gustaba. Ponía música mientras limpiaba, y se paseaba en short, sin brasier, con los pelos de las axilas al aire como trofeos. No le importaba si yo la miraba. Lo hacía para que yo la mirara.

    Una noche, me encontró sentado en la cocina, solo, con una cerveza.

    —¿Puedo sentarme? —preguntó.

    Asentí.

    Traía una camiseta blanca, delgadita, que no ocultaba nada. Los pezones se marcaban duros, las aureolas oscuras dibujadas como si pidieran lengua. Abajo, una tanga negra que se perdía entre su trasero enorme. Las piernas cruzadas, sudadas, brillaban.

    —¿Cómo estás? —me preguntó.

    —Vacío —respondí, sin mentiras.

    —¿Te arrepientes?

    —No.

    Ella sonrió.

    —Bien.

    Se levantó. Caminó hacia mí. Se subió a la mesa, abriéndose de piernas frente a mí, sin aviso. La camiseta le caía entre las tetas, abierta. Sin decir una palabra, se bajó la tanga y la lanzó al suelo.

    Su vello púbico era más espeso que nunca alzo los dos brazos y me dijo:

    —Huele —ordenó.

    Me incliné.

    Olía fuerte. Como si hubiera sudado todo el día. A cuerpo sin jabón, a deseo contenido, a sexo sin lavar. Me hizo rozar con la nariz. Me acarició la cabeza, suave.

    —Lame.

    Y lo hice.

    Hundí la lengua entre sus pelos. Sabía a todo lo que me faltaba. Jugos secos, sudor, piel caliente. Me restregaba la cara contra ella. Me aferré a sus nalgas sudadas metí su lengua entre su ano sin lavar de tantos días y con rastros de que no sabía limpiarse el ano lleno de caca lo lamí sin piedad toda esa caca y grumos. Le lamí las estrías. Me empapé en su humedad.

    Ella gemía, pero no como antes. Ahora gemía con control. Con poder me dijo métemelo se puso en cuatro se abrió las nalgas. Se volteó me chupó la verga me escupió y me dijo dale duro sin piedad se lo metí se arqueó y se estremeció de dolor pero no me dijo nada la nalguee dejándole las manos marcadas la le dolía era placer y dolor su olor dejándole su ano de su vagina salía directo hasta mi nariz no podía controlarme.

    Le llene el ano como nunca me había venido en mi vida le llene de semen hasta los intestinos de todo lo que me vine me aventé hacia su espalda la tumbé y me recosté sobre ella, si espalda estaba sudada y caliente me salí de su ano mi pene era una mezcla de semen y de caca lo observo pero no le dio pena lo chupo se tragó mi pene lleno de su caca era la mejor escena de mi vida.

    Me dijo eres mío —me susurró—. Nadie te va a chupar como yo. Nadie te va a dejar tan vacío.

    La bajé de la mesa. La empujé contra la pared. La cogí ahí mismo. Sin soltarle los pechos. Sin dejar de olerla. El sudor le corría entre los senos. Le lamí las axilas mientras la penetraba. Le pasé la lengua por el cuello, por detrás de la oreja. Todo sabía a ella.

    Nos vinimos otra vez juntos. Como bestias. Desnudos, sudados, con la casa en silencio.

    Cuando terminó, me susurró:

    —Ahora esta casa es mía.

    Y lo fue.

    Ana empezó a quedarse más días. Dormía en mi cama. Usaba mi ropa. Se paseaba desnuda después de bañarse, secándose el vello con mi toalla. Cocinaba encuerada si nadie estaba. Se sentaba a ver tele con los muslos abiertos, sin calzones, solo para que yo viera lo que era mío.

    Mi esposa se fue una semana después.

    Se llevó a los niños.

    No dijo adiós.

    Solo dejó una nota:

    “No puedo competir con una perra si tú prefieres la jauría.”

    Esa noche, Ana llegó a mi cuarto. No dijo nada.

    Se subió a la cama, se abrió de piernas y me esperó.

    —Ahora tú me sirves a mí —dijo, bajándose la blusa y mostrándome las tetas mojadas de sudor.

    Y lo hice. Serví. Languidecí. Me rendí.

    Porque ella ya no era la sirvienta.

    Ahora era la que mandaba.

    Llegué del trabajo un jueves por la tarde. Cansado, acalorado, con la cabeza aún llena de los jadeos de Ana esa mañana, cuando me había mandado un audio susurrándome:

    “Hoy me quedé sin calzones…”

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  • Haciendo un intercambio de parejas

    Haciendo un intercambio de parejas

    Pasaron muchos días hasta que mi esposo me dijo que le encantaría hacer un intercambio de parejas, por lo cual había acordado un una pareja de esposos, habían quedado para un sábado como siempre en un hotel al cual habían decidido ambos.

    Llegó el día y salimos al gran encuentro, ya estaban en el lugar, alquilamos nuestro cuarto y luego fuimos a su encuentro, conversamos sobre nuestro primer intercambio de parejas de ambos mientras tomábamos unos vinos que tenían los amigos, y nos contaron que no podían tener hijos pues el esposo era estéril a pesar de intentarlo por todos los medios, por lo cual eso les traía un poco de tristeza, pero que la vida continuaba, mi esposo besó a la señora y yo al amigo.

    Luego nos desnudamos, pero la esposa del amigo no quería desnudarse pues tenía vergüenza, mi esposo me tomó del brazo y dijo que no pasará nada si su esposa no accedía al sexo, el hombre le rogó de mil maneras hasta que la convenció, la mujer mamaba la pinga de mi esposo y yo la de su esposo, hasta que cachamos ambos como locos, miraba con un poco de celos como mi esposo la cachaba como un apasionado a lo que yo no me quedé atrás e intenté hacer lo mismo, ambos gozaban en con el sexo anal y vaginal.

    Mientras la esposa veía como me cachaban, fue una locura sexual que nuestros culos estaban llenos de leche, pues habíamos acordado que debían eyacular en nuestros culos aunque yo siempre me cuidaba con pastillas anticonceptivas, no podía creer que el hombre no niego que al hombre ya no se le paraba a pesar que intenté por todos los medios, mientras mi esposo seguía cachando y la mujer excitada.

    Fui a ellos y veía leche en culo y vagina chorrear como loco mientras le sacaba la pinga y lo mamaba para volver a meterlo la mujer estaba súper mojada, pues no puedo negar que mi esposo siempre eyaculaba muchas veces y duraba un montón, y así fue hasta terminaron el sexo, la amiga estaba súper complacida sexualmente, se acercó y me besó diciendo que lo pasó genial, pues tenía un esposo fuerte en el sexo, miré a mi esposo con celo, esos enfermizos, pero me aguanté ante tales palabras.

    Mi esposo estaba arrecho y me cachó culo y concha hasta hacerme venir pues el amigo no lo había hecho que me excitó de una gran manera, al finalizar todo el hombre sugirió que podíamos prestarnos a las parejas a lo que mi esposo le contestó que eso no pasaría, pues no permitiría eso, entonces acordamos reunirnos siempre juntos a lo que quedamos así.

    Cuando fuimos a nuestros cuartos, expulse la leche de mi culo y me bañé, en mi mente estaba los celos y le reclamé a mi esposo molesta diciendo que a esa zorra le gustaba insultándolo enfurecida, quizás porque estaba un poco ebria, hice mi show y eso le molestó a mi esposo y dijo que eso no volvería a pasar.

    Lloré mucho pidiéndole que me perdone aduciendo que estaba ebria, pero mi esposo me dijo que me perdonaba, pero que ya no volvería a pasar.

    Pasé muchos días triste tratando de convencerlo por favor y pidiéndole a mi esposo que lo volvamos a intentar, me dijo que vería si pasa de nuevo.

    Pasaron 3 meses hasta ese entonces, cuando mi esposo me comentó que le había escrito el amigo diciendo, que su esposa había quedado embarazada y que pensaban tenerlo como su hijo, a lo que le reclamé a mi esposo pues habíamos acordado cuidarnos, le hice un show ese día a lo que mi esposo me dijo que si me calmaba habría más reuniones y si no se acababa todo, me calme y le dije que ya era mucho tiempo y no habría reunión alguna, me dijo que pasaría para el fin de semana, a los amigos nunca más los volvimos ver ni saber de ellos, perdimos todo contacto con ellos a pesar que le insistí a mi esposo tratar de ubicarlo, no sé si lo ubico o no pues no se tocó más el tema.

    Después de años me mostró la foto de la pareja de amigos con un niño en lima, era hermoso y se parecía a uno de mis hijos

    Mi esposo me había hecho jurar que no se vuelva a tocar el tema nunca más.

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  • Decisiones y acciones

    Decisiones y acciones

    Después de haber tenido encuentros sexuales con uno de los amigos que concurrían al restaurante donde trabajaba como mozo; el otro amigo quien me había dejado su número de celular me tenía con unas ganas de verlo pues me había enviado unos videos de su pinga super larga y eso me daba curiosidad.

    Un día que era mi descanso le llamé a su celular; pues en la obra donde trabajaba se había acabado; me contestó y le invité a mi cuarto; me dijo voy si me pagas el taxi; le dije que venga; llegó y le pagué el taxi y entramos; me pidió desnudarme y vio mi culo; wao que rico ano tienes mi amor, mientras veía el bulto de su calzoncillo enorme se bajó la trusa y era cierto era super largo la pinga que me asusté; la mamaba y era enorme estaba arrecha y se puso dura, me puso en cuatro y me metió con fuerza hasta el fondo que me hizo gritar del dolor desmedido que me tiré fuera de la cama llorando; mientras me pedía perdón por su ímpetu de cacharme así, ya no quería pues el dolor era insoportable que noté sangre en el culo que me asusté mucho.

    Tienes que sacarme la leche amor me dijo; no puedo venir así nomás en vano; me eché y con temor lo mamé la pinga mientras se masturbaba pues era larga y gruesa, entre sollozos lo mamaba mientras me acariciaba la cabeza; pies mi culo latía del dolor; hasta que se vino a chorros y me decía tómalo mi amor me jalo hacía el y me besó con mi boca de leche. Me trajo recuerdos al negro pingon; pero con una gran diferencia.

    Le dije eres bruto eso no se hace; mi amor perdoname; estuve celoso porque mi amigo te cachó primero, sé que hice mal; pero quería demostrarte que el pingon era yo.

    Me abrazó y dormimos hasta el mediodía; luego me pidió sexo, intentamos pero el dolor estaba fuerte; se echó sobre la cama mientras llenaba de crema de cuerpo mi culo y subía sobre él para introducir poco a poco su pinga que sentía que me abría todo aunque con dolor yo respiraba profundo aguantando la respiración y el dolor pero empezó a moverse una y otra vez que cuando me preguntaba si me dolía le decía que no, pero creo que el se daba cuenta, me cachaba tan fuerte que mi culo me dolía mucho; le decía que por favor eyaculé ya que me dolía mucho; hasta que al fin eyaculó dentro mío que lo sentí todo, sacó su pinga que sino fuerte mi culo adolorido y me puse a llorar boca abajo.

    Puta si que te abrí el culo como me gusta me dijo, me di la vuelta y le abracé fuerte.

    Me dijo que cuando quiera debo pagarle un dinero, le respondí que así sería; pero nunca más lo volví a llamar.

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  • Maestra en mini (5)

    Maestra en mini (5)

    Hoy es uno de esos días en lo que todo sale mal, se me hizo tarde para llegar a la escuela, el auto se me descompuso, al caminar me torcí el pie, ya no pude comer nada, para colmo se me olvidó que tenía que organizar la colecta para la conserje de la escuela ya que vamos a entrar en receso y no se les pagan las vacaciones, y como si faltara poco un torrencial aguacero se suelta a la hora de salir, a estas alturas me doy cuenta que a mi celular se le agotó la batería y para acabarla mi esposo tuvo una reunión con directivos y tuvo que salir antes.

    En fin, resignada a mi suerte y casi a punto de salir me viene a la mente que no he llevado la despensa a la conserje, espero a que se pase un poco la lluvia, le grito al ver las luces prendidas, pero al ver que no hay respuesta tomo las llaves de emergencia y como puedo trato de cargar todas las cosas después de cubrirme con algunas bolsas de plástico que encuentro.

    De mal humor me encamino a la conserjería, me dispongo a dejar las cosas sobre la pequeña mesa de la salita, estoy a punto de salir cuando de pronto escucho un susurro o más bien un quejido apasionado, quizá estoy importunando, me digo a mí misma, sin embargo, la curiosidad me hace acercarme poco a poco hacia lo que parece la recámara.

    Discretamente me voy acercando, tratando de no hacer ruido, recorro muy delicadamente la cortina que sirve como puerta, abro lo suficiente para lograr ver y el corazón casi me da un vuelco al ver a ¡mi marido! Con Ana su alumna y esposa de Lalo, el tipo con el que ya había tenido algunos roces incluso frente a mi marido.

    ¡Me bloqueo! ¡no sé qué hacer! Hasta ahora es mi esposo quien ha presenciado mis infidelidades, incluso ha sido cómplice en ellas, es difícil aceptar que ahora sea el quién disfrute estar con alguien que no sea yo.

    No se dan cuenta que los observo, de nuevo la lluvia torrencial se deja caer sobre las láminas de la consejería haciendo un ruido ensordecedor perfecto para los amantes, se besan tiernamente, luego de forma ansiosa, mi marido hábilmente quita la blusa de Ana, desabrocha el brasier y deja al descubierto los grandes senos de ella, más grandes que los míos, comienza a masajearlos mientras sus lenguas se enroscan con lujuria.

    El, desprendiéndose de la boca de ella lame su cuello, sus hombros, mientras ella con los ojos cerrados desliza su mano y agarra y acaricia con ternura y deseo su bulto por encima del pantalón, ambos se desnudan entre sí, sin prisas, mientras yo solo observo.

    ¿Por qué no hago nada? No lo sé, solo los contemplo.

    Viéndolo bien Ana no esta tan mal, tiene buen cuerpo, firme aún a pesar de sus casi cuarenta años, bien arreglada se ve diferente.

    Ella empieza a bajar lamiendo el cuerpo de mi marido, besando y lamiendo su pecho, su panza, su ombligo empieza a mamarle el pene, me levanto un poco para ver el miembro de mi marido perderse en su boca, le pasa la lengua con delicadeza, como rindiéndole pleitesía, mi marido se queja fugazmente, a pesar de la lluvia se escuchan los chasquidos de las chupadas que Ana le da a su miembro, lo traga con ansiedad y desesperación.

    Por unos instantes me acerco a la puerta para cerciorarme de que nadie estuviera cerca, de regreso ya están en un perfecto 69 el lamiendo y enterrando su cabeza con fuerza en su vagina y ella mamando desesperadamente su verga, después de un rato se incorporan, se besan sonrientes, Ana le da la espalda inclinándose un poco en el viejo tocador de su recámara, mi marido la penetra de un empujón mientras ella grita de placer, es como ver una película tres equis pero en vivo, donde el protagonista es mi marido y su alumna.

    Pasan unos cuantos minutos, los gritos de Ana indican que se está viniendo, mi esposo sin soltarla se la mete con más fuerza logrando que ella explote, sus gritos y gemidos la delatan.

    Él se desprende lentamente, se sienta en el borde de la cama, ella se monta en el metiéndose la erga de mi marido sin dejar de besarlo y alabarlo diciéndole que es su rey, su amor, su hombre.

    No pasan más de cinco o diez minutos, cuando es ahora mi marido que con sus gritos indica que está a punto de venirse, Ana se desprende y con mucha ternura y paciencia se lleva ese pedazo de carne a la boca, mientras mi esposo le toca las tetas, ella mama con cariño tragándose hasta la última gota de semen que sale de la verga de mí amado esposo.

    Ya no es necesario esconderse, me hago visible a los amantes que de repente se separan al verse sorprendidos.

    -Laura, yo… balbucea mi esposo

    No le digo nada, así como el reaccionó al verme con mis amantes, ahora yo me acerco a él dándole un beso y diciendo sus mismas palabras.

    -Feliz día mi amor.

    Ellos felices como un par de chiquillos traviesos vuelven a la cama mientras yo cubriéndome de nuevo con los plásticos mojados, salgo de la escuela tratando de evitar mojarme con la tenaz lluvia.

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