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  • Quería conocerlo más

    Quería conocerlo más

    Nos conocimos siendo muy niños, teníamos 10 y 11 años. Pasados los años siempre me quedó la duda de cómo sería el cómo amante, que tal serían sus besos, que tal serían sus caricias, como será su pene, como será su manera de hacer el amor… Hasta que un día, por cuestiones de la vida, tuve que volver al barrio de mis andanzas, donde crecí, donde aún vivía él.

    Me atrevo a visitarle y resulta que me recibe muy gratamente, con mucho cariño y una gran sonrisa, siempre hubo un cariño especial entre nosotros, luego de saludarnos y hablar un poco de nuestras vidas, le digo:

    Yo: ¿Sabes…?

    El: Dime…

    Yo: siempre me quedó la curiosidad de saber que tal son tus besos…

    El: Nos pasa lo mismo, estás hermosa, ganas de besarte no me faltan.

    Nos ponemos de pie, él me toma por la cintura, yo coloco mis manos rodeando su cuello, nos quedamos mirándonos, parecíamos dos niños nerviosos, ante su primer beso…

    Le digo…

    Yo: ¿Tienes miedo? Yo no como… bueno, si como, pero como rico…

    Él se sonríe con picardía, acercándose a mi boca y juntando nuestros labios, surge aquel maravilloso beso, besaba riquísimo, de esos besos que no quedan allí, de esos besos que te llevan a más, que hacen que todo se humedezca y se endurezca, que rico beso…

    Se detiene, me mira y le digo:

    Yo: Que rico besas, imagino así harás lo demás.

    El: (sonriendo) Bueno, vamos para que lo descubras…

    Vuelve a besarme, esta vez con más pasión, tocando mis caderas, bajando sus manos hacia mis nalgas, apretándolas y agarrándolas disfrutando, yo comienzo a tocarle el pecho, meto mis manos debajo de su camiseta, sintiendo su piel, su abdomen, acaricio un poco su espalda, me encantaba todo lo que sentía.

    El comenzó a besar mi cuello, diciéndome suavemente al oído “Estás rica”… su rostro se dirigió a mi escote, besando un poco mis senos…

    Ya los dos nos encontrábamos muy excitados, yo comencé a abrir su pantalón, él me quitó la blusa, se quedó mirando con gusto mis senos y siguió besándolos, le quité la camiseta, ya su pantalón estaba abierto y meto mi mano debajo de su ropa interior, sintiendo aquella maravillosa y caliente erección, deseosa de sentir, tocar y penetrar, él me quita el sostén y comienza a chupar mis senos, yo estaba muy excitada, le digo “Que rico pene tienes”… “Quiero tenerlo en mi boca”.

    Eso lo hace excitarse más, me baja el pantalón, me deja ya sin ropa, me recuesta al sofá, abre mis piernas y dirige su boca hacia mi vagina, lamiendo ricamente mi clítoris, succionando toda la humedad que mi cuerpo había creado por lo que estaba sintiendo con él, chupaba riquísimo, estaba disfrutando totalmente lo que él me hacía, lo miro y le digo “Es mi turno”…

    Me agacho, acaricio su pene de arriba a abajo con mis manos, sintiéndolo todo, me lo llevo a la boca, estaba muy erecto y caliente, comienzo a chuparlo, lamiéndolo, introduciéndolo en mi boca, chupando de arriba a abajo, él me toma del cabello y me dirige los movimientos a su gusto, placer era lo que sobraba en el momento. Me levanto y le digo “cógeme, hazme tuya, haz lo que quieras”…

    Su mirada ya era otra, una mirada de un macho muy excitado. Agarrándome la cara me vuelve a besar, baja rápido con desespero vuelve a chuparme lo senos, me da la vuelta, me recuesta al mueble poniéndome casi en cuatro y comienza a penetrarme.

    —Que rico mi amor, sigue, sigue, no pares… le decía.

    —Me encantas… Me dijo… que rico conocernos en estos aspectos…

    Mientras me seguía clavando su rico pene, dándome duro, demostrando lo que sentía, agarrándome los senos, mordiéndome suavemente la espalda. Pasados los minutos le digo “Quiero sentarme sobre ti”…

    Él se sienta y enseguida voy yo encima de él…

    —Ayy que rico, me encantas, me encanta tu pene, que rico se siente.

    Y sigo moviéndome de arriba a abajo, mis caderas se movían al compás de mi necesidad de sentirlo, el teniéndome de frente sigue chupándome los senos, rico, con mordisquitos, me besa, con su lengua recorriendo toda mi boca, besa y muerde mi cuello.

    Mientras yo me sigo moviendo encima de él, inclinándome un poco hacia atrás para sentirlo todo dentro de mí, que me doliera rico, me encanta, le dije.

    —Muévete duro, dame duro….

    Él me agarra de las nalgas, apretándolas rico para moverme a su antojo, ya los dos estábamos por venirnos, yo tenía cara de perra excitada, me sentía muy bien con él, total…. lo conocía de toda la vida.

    Sigo moviéndome de arriba a abajo, lo beso, dame más duro, muévete rico….

    —Ayy que rico amor, lo haces rico, me encantas… Me voy a venir —le dije.

    A los segundos llegó mi orgasmo, muy rico y fuerte, él, al sentir mis gemidos y las palpitaciones de mi vagina en su pene pues también se vino, todos sudorosos y excitados nos miramos y nos volvemos a besar, aún con las respiraciones aceleradas.

    —Que rico besas, que rico coges, que rica estás, me dijo.

    —Que rico haberte conocido en este aspecto, le dije.

    Me levanté, nos vestimos, nos volvimos a besar, hablamos otro rato, compartimos números de teléfono y me fui, despidiéndose con un rico abrazo y otro beso…

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  • Madre e hija me compartieron

    Madre e hija me compartieron

    El presente testimonio me sucedió por fines de los setenta, en otro contexto económico y social.

    Por razones que no vienen al caso mencionar, mis padres estaban preocupados en que consiguiera una mejora laboral, por lo cual decidieron enviarme con unos conocidos, considerando que sería mejor para ellos y favorable para adquirir experiencia en el manejo de los temas de la explotación agropecuaria.

    El destino, la inmensa Patagonia Argentina, en la provincia de Chubut, lugar cercano a la localidad de Las Plumas, en medio de la provincia, alejado de los centros poblados. La casa era un antiguo casco de estancia, grande, cómoda y acogedora.

    La residencia, estilo colonial, habitaba una familia compuesta por un matrimonio con dos hijos, la madre del señor y el personal de campo. El hijo varón y el señor estaban trabajando en Brasil desde hacía un año en una explotación similar que habían comprado recientemente, quedando solas las tres mujeres.

    Emma, la madre, cuarentona y autoritaria, debajo de esa pátina severa se intuía una mujer ardiente y sensual, de formas contundentes; la hija, Silvia, de prometedores dieciocho años, llenos de alegría y ganas de vivir.

    Se alegraron de mi llegada, Emma mencionó que en la casa faltaba presencia masculina. Yo, recién salido del servicio militar, veinte años, con la testosterona pidiendo acción, desde la presentación las tenía en la mira, como para cazarlas tan pronto me dieran una oportunidad. En esas noches lejos de todo, mis deseos fantaseaban con que ellas estando necesitadas de hombre se venían a mi cama para saciar mis urgencias sexuales, pero en las mañanas solo me quedaba el rastro de ese sueño húmedo pegado en el calzoncillo.

    De inmediato se generó una corriente de simpatía, los discos y casetes, que en buena cantidad traje como obsequio, animaron las largas veladas, siempre acompañadas por el trago de algún licor para amenizar la noche antes de irnos a la cama en soledad.

    El clima frío y las nevadas frecuentes nos mantenía aislados durante varios días: nos acercaba a estrechamos vínculos, a compartirnos recuerdos e historias que amenizaran y entibiaran esos momentos en la soledad del paraje patagónico.

    Una noche, después de festejar, con torta galesa y whisky irlandés, de donde era originaria la familia, los dos meses de mi llegada, habíamos bebido un poquito de más, bailamos, primero con Silvia y luego con Emma.

    No sé si habrá sido el efecto del whisky, pero debí mal disimular el efecto que ejercía el contacto con un cuerpo femenino entre mis brazos después de forzada abstinencia sexual.

    Ema acusó recibo de la mal disimulada excitación y torpemente escondida, se apretó más, para ocultar el bulto, o para aprovecharse del contacto. Los calores y agitación de Emma denotaban que no está ajena a mi realidad, muy por el contrario, me parecía que estaba más que agradecida por hacerla sentir deseada, pero las circunstancias ordenaban prudencia y recato.

    Se retiraron la abuela y Silvia, Emma se quedó para levantar la mesa, yo para ayudarla.

    En la noche siento que alguien entra en mi cuarto, silenciosamente se mete debajo de las cobijas… Una cálida mano me acaricia el pecho, la espalda y se mete debajo del bóxer, tomándome la verga que se pone al palo en el acto. No habla, no pregunto quién es, con tal calentura ni falta que hace, cualquiera de las mujeres me sirve en ese momento, aunque sea la abuela es igual.

    La dejo hacer, muevo la pelvis, acompaño la mano femenina. Giro el cuerpo, enfrentados, la abrazo, está desnuda, por el volumen de las tetas pareciera ser Emma. Al sentirse abrazada responde con profundo suspiro, se aprieta contra mí y en un susurro dice:

    —Soy Emma, déjame estar con vos.

    —Sí, claro…

    Me saca el calzoncillo, acaricia la verga. Los cuerpos pegados, me besó en la boca, recorría, exploraba, el interior con su lengua, la boca reptó por mi vientre, bajó hasta la pija. Lamió, se la engulló hasta la garganta, recorría en toda su extensión, mientras acariciaba los testículos.

    El hambre acumulada, la juventud y tan intensa mamada hicieron estragos en mi sexo, incapaz de retener por más tiempo la eyaculación le avisé que de continuar así no me podía contener, que me iba, en su boca…

    —Ven, en mi boca, no te detengas… ¡la quiero!

    Se tragó todo, podía sentir ese placer inexplicable, casi olvidado, de cuando una mujer me hacía los honores de tragarse mi acabada y limpiar hasta esa última gotita que asoma perezosa después de agotar toda la carga de caliente leche.

    La vitalidad y el tiempo sin sexo producen la magia de que la merma en la erección pase desapercibida en su boca ansiosa. Volvió a chupar con, con desesperada ansiedad. Cogiendo su boca, le tomé la cabeza, apretándola contra el vientre y avisé con un empujón hasta la campanilla. Exploté nuevamente en su boca. La leche volvió a fluir, con fuerza. Un sonido gutural de lo profundo de la garganta acompañó el último envío de semen. Tragó todo, disfrutando de la intensa acabada, tanto como yo.

    Las piernas me quedaron temblando, por el desahogo urgente y las dos acabadas sin solución de continuidad, ella con las mandíbulas casi acalambradas por mamar tanto. Nos tomamos un merecido y reparador descanso, confundidos en un abrazo que nos debíamos, creo que nos deseamos desde el primer momento, ella buscando esa juventud ardiente, yo la experiencia en abstinencia forzada, dos necesidades para un mismo deseo: la urgencia sexual.

    Encendí la luz. Se justificaba diciendo de su necesidad de tener sexo y urgente. Shhh, con mi dedo índice en su boca silencié el resto de la innecesaria explicación.

    —Estoy necesitada, no sabés cuánto. Solo, déjate amar, te voy a poner al día, voy a saciar tus ganas por cogerte a esta mujer madura tan llena de fuego y necesitada de pija…

    Ahora, a plena luz podía admirarla, serena belleza de mujer, carnes firmes por el trabajo rural. Pechos abundantes, colgando levemente hacia abajo, pezones gruesos y erguidos se ofrecían a mi boca como deliciosas frutillas que me hicieron recordar mi deseo de hacerlas mías.

    Lamidas, leves mordiscos e intensa chupada a los pezones le arrancaban gemidos de placer, que aumentaron en intensidad cuando comencé a estrujarle la teta, mientras la otra mano nada en la abundante humedad de la concha. El dedo gordo en el clítoris y los tres siguientes hurgando dentro, la excitan y comienza a gemir y a ahogarme presionándome contra su teta.

    Me retiró de su teta, girando hasta poder colocar su boca nuevamente en el miembro, otra vez “al palo”, buscó la verga, pegó tremendas chupadas para montarse, a horcajadas mío, metérsela en la concha, hasta los huevos. Un instante y se la mandó ella misma para sentirla toda en ella, hasta que hizo tope, recién ahí se detuvo, pero solo un instante.

    Me miró agradeciendo lo que tenía dentro, movimientos de subibaja, saliéndose hasta la cabeza para dejarse caer lento, pero hasta presionar con todo. Era todo movimiento, activa ansiedad, descontrolada por las oleadas de calentura que la recorren y hacen vibrar. Los gemidos brotan con las incoherencias propias de una hembra presa de la lujuria, tratando de liberar su deseo endemoniado que la controla, exorcizar esa calentura atroz que atenaza sus entrañas, que constriñe sus esfínteres, que endurece sus músculos y no le permite llegar al abismo de la satisfacción.

    La aprisiono de las caderas, atraigo su cuerpo y arqueo mi cintura, elevándome con ella encima, haciendo la penetración más profunda y la entrada más intensa.

    Esa combinación de movimientos, alteran el ritmo, la sustraigo de sus propios pensamientos para pedirle que se permita dejarme llevarla en el viaje de su vida, que se entregue al macho que tiene dentro de sí.

    No sé si fueron mis palabras o qué, pero en una penetración me elevo un poco más… y ella se dejó llevar en el vuelo al paraíso… de pronto su mirada se pierde, aspira profundo como en agonía y un quejido venido del más allá se ahogó en su pecho.

    Dejó de respirar, la ensarté en mí, empalada hasta el fondo de mi ser y nuevamente se repite el efecto de dejarse morir en mis brazos.

    Fue un orgasmo, intenso, silencioso y luego la nada misma.

    Unos segundos de mortal silencio y luego comienzo nuevamente a elevarla, y dejarla caer, siempre ensartada en la estaca de carne que busca el fondo de su ser.

    El ritmo in crescendo le provocaba jadeos más y más intensos, los ojos fuertemente cerrados, concentrada solo en su placer, comprensible, para saciar el deseo contenido. No pudo aguantar tanto como hubiera querido, sorprendida por el orgasmo estremecedor y violento, convulsionó en temblores y gemidos, en toda la duración de la secuencia.

    La contuve con las manos en las caderas para que no cayera, con elevaciones de pelvis me introducía cuanto podía en su argolla, haciendo los orgasmos más profundos y duraderos. Agotada se dejó caer encima de mí, buscando el aire que le faltaba en sus pulmones, sin salirse. Recién acabado, podía aguantar un poco más. Cambiamos, ella debajo, yo muy adentro, sus piernas flexionadas, mis manos debajo de sus muslos, llegando a sus caderas, totalmente comprimida, volcado entre sus piernas, todo entrado en su vagina.

    Tengo el dominio de las acciones, empujando con todas mis fuerzas. Por dos veces necesité secar la pija debido al exceso de humedad por tamaña calentura. Bombeando, desenfrenado, avisé que estaba llegando el semen, me pidió todo el que pudiera darle.

    Pocas embestidas más y me estoy vaciando todo el contenido de los huevos bien en el fondo de la vagina. En el proceso de acabarle, casi al final, la sorprendió un nuevo orgasmo, casi al sentir el calorcito del semen. Sin sacarla pude recibir esa risa sin sentido que suele acompañar el relax de los cuerpos.

    Nuevamente mi juventud y sus muchas ganas, hicieron el milagro de la resurrección.

    Emprendimos un nuevo polvo, con todo, como si no hubiéramos cogido, después dormimos juntos, muy abrazados.

    Ese día fue distinto, el buen humor reinaba en la casa, el brillo del sol era distinto, para nosotros dos al menos. Esa noche reanudamos el deseo suspendido en la mañana. Con menos apremios tuvimos más tiempo para disfrutarnos; en los siguientes me hice adicto a chuparle la concha a saciar mi sed en ella cada vez que el deseo me llamaba, ella parecía mi niña exploradora, por lo de “siempre lista” para cumplirme los deseos de vaciarme dentro de ella. Fue maestra y alumna, me enseñó, y también accedió a dejarme hacerle sexo anal, todo el que se me antojara.

    Era una mujer total: con todo. Demostró ser madre considerada y hembra solidaria. Con el correr de los días, y luego de “litros”, bueno no tantos en realidad, pero por la forma que me corría dentro de su sexo bien me lo parecía. Saciado lo más urgente del deseo sexual, estabilizada “la pareja” este joven ya estaba necesitando probar a la otra muchacha, la carne joven pide carne joven, tal había sido el comentario que me hizo Emma, en un momento de disfrute de uno de sus orgasmos, que aprendió a tenerlos varios en seguidos, tanto así que descubrimos que era pluri orgásmica.

    En el delirio de uno de sus pluri disfrutes, fue que me dio el “placet” o la autorización para que su hija, que ella consideraba virgen pudiera ser mi visitante de una noche, estaba segura que me venía observando y leyendo mis más íntimos pensamientos y porque adivinado que cuando le gritaba el desesperado gemido acompañando mi eyaculación era un pedido desesperado de poder estrenar a su hija. Sé bien que lo había adivinado y por eso me concedió la gracia de regalarme el virgo de Silvita.

    Estoy segurísimo de que me había estado preparando, pues por casi una semana me dejó sin el postre nocturno, solo yo y mis pensamientos cada vez más eróticos nos revolcábamos tratando de vencer al insomnio.

    Pero luego de pasar varias nocturnidades de sequía láctea, se produjo el milagro.

    Esa noche, como la primera vez, en la densa y silenciosa oscuridad de la Patagonia, siento que un cuerpo se desliza bajos las cobijas…

    Suponía que era Emma, la que por alguna razón me había negado su presencia para compartir mis noches de soltero. Se deslizó en mi cama un cuerpo desnudo, pero sentía algo distinto, algo que no era la habitualidad, diría que cómo que era el tacto de otra piel, otro era el aroma, otro el tamaño de los pechos, otro era el temblor. No tuve duda, era Silvita.

    Igual que la primera noche con Emma, no hicieron falta palabras, mi experiencia avasalló su indecisión, mi deseo podía contener sus ganas. Nos besamos con besos húmedos, cargados de ansiedad.

    Ella apremiada por el perentorio llamado de su sexo, buscaba satisfacción urgente al desborde de tan incontenible calentura.

    Las bocas eran el oasis donde saciar la sed de mil desiertos. Sus tetitas, jóvenes, más pequeñas que las de mamá, pero duras y paraditas fueron fácil presa para la boca ávida rapiña del lobo hambriento de sus blancas carnes, pronto di cuenta de ellas, mamaba, saltando de una a otra entre los gemidos de Silvita.

    Me sentía un octópodo marino, un pulpo posesivo, tratando de atender todo a un mismo tiempo. La boca insaciable y las manos atenazando una nalga y la otra con un par de dedos explorando la cuevita.

    Poca resistencia o mucha calentura pudieron más que ella, llevándola a su nirvana sexual, un orgasmo inesperado la tomó por asalto. Sin soltarla, reanudé el tratamiento poniéndola a tono otra vez.

    La llevé a mi entrepierna, necesité una perentoria devolución de atenciones, con una chupada de pija. Se engulló el miembro como anguila hambrienta.

    De espaldas, una almohada debajo de las caderas, elevada y las piernas flexionadas, bien abiertas, flanqueando mis caderas para poder colocar mis manos en las suyas, bien afirmado, fui con la pija al encuentro de su boca vertical, húmeda urgida de carne, inflamada y ardiente. Breve encuentro de sus labios con el glande, y pidió:

    —¡Cogeme, cogeme! ¡Me quemo, cogeme!

    La cabeza entró fácil en la abundante y espesa humedad. Se ayuda con las manos para llevarme totalmente en ella, pedía:

    —¡Todo adentro! ¡más!

    Agarrado a sus caderas me impulsaba con para entrarle tal como ordenaba su calentura. ¡Qué fuerza ponía! En colaborar para acentuar el grado de penetración. En medio de la acción preguntó:

    —No se te olvide ponerte forro (condón) antes de acabarme, ¡eh!

    —¡No tengo!, ¡No tengo!, por favor no me hagas salir… pero igual podemos…

    Interrumpió, no me dejó continuar:

    —Entonces no me termines adentro, acabá fuera de la concha.

    —¿Dónde? ¿Echarla fuera?…

    —Bueno… no tan afuera…

    Recién ahora puedo evaluar ese diálogo, con bastante calma y sarcasmo en medio del fragor y la urgencia de tan tremendo polvo que nos estábamos regalando. Con una vocecilla de niña mimosa dijo…

    —En otro lugar, y… si te lo ganás… cogiéndome tan bien como se lo haces a mamá, te puedo ofrecer… que me acabes en el otro agujero… -en mi colita, pero si… me coges como a mamá…

    Motivado por la tentadora invitación, me propuse hacerla gozar hasta matarla de placer. Le removí la concha a pijazos, ella era una hoja sacudida en la tempestad bramante de una poronga que buscaba dejarle la argolla (vagina) hecha flecos. La invitación ameritaba hacerlo del mejor modo, poniendo todo y más para conseguir ese premio extra, atravesarle su hermoso culito y vaciarme dentro.

    Los gemidos de gozo se sumaron a los quejidos producidos por el profundo empuje de mi cuerpo dentro del suyo, queríamos fundirnos en una sola humanidad, la comunión de las carnes en un solo propósito el goce tan ansiado. Explotó en incontenible orgasmo continuado que la dejó dada vuelta, agotada en su resistencia y en el deseo, desarticulada su humanidad maltrecha, babeando y hablando en lenguaje incomprensible.

    Me mantuve dentro de su concha, moviendo la pija, muy poco. Luego de prudente respeto por su orgasmo, la coloqué boca abajo, entré por la concha, desde atrás, elevé sus nalgas colocándola con el vientre sobre la almohada. Apuré los movimientos en ella, obviamente pregunté si me había ganado “el otro agujero”.

    —¡Sí!… pero sin uso, porfa, despacio, no me lastimes… bueno no me lastimes mucho…

    A todo lo que pedía, respondía que sí. Así me hubiera pedido la luna también hubiera sido un sí.

    Totalmente obnubilado por hacerle el culito, me había guardado para este momento. Le saqué de sus jugos algo de lubricante para el ano, agrandarlo con uno y dos dedos, consideré llegado el momento de colocarla. Apoyé el glande en el agujero estrecho, con cuidado y decisión entré en él. Removía las nalgas con mis manos, en forma circular como quien hace lugar para entrar con más facilidad, haciendo que se deslizara, sin pausa, hasta alojarse en toda su extensión en el recto, que en ese instante se había convertido en una boa constrictor por lo que se cerraba entorno de la agresiva poronga.

    Estar todo adentro de Silvita era una sensación deliciosa, no paraba de moverse, se impulsaba en sus rodillas, subiendo y bajando las caderas, ayudando con movimientos opuestos para acrecentar la penetración. La pija en su vaivén, muy apretada como para sacarle chispas en la fricción no pudo resistir mucho más. Unas pocas entradas con toda la fuerza en ese culo fueron suficientes para derramar adentro todo el contenido de leche acumulada en esa semana sin concha.

    Quedé realmente alucinado, por la intensidad.

    —¡No la saques! —más parecido a un ruego que a un pedido.

    Se la dejé dentro, sin salirme, solo disminuyó un “alguito” la erección.

    Ella comenzó el movimiento, sin querer sacarme. Quería más fiesta, y se la voy a dar.

    Los cuerpos jóvenes siguen ardiendo en la fragua del deseo. Mueve el culito, haciendo que la pija entrara en acción tan rápido, recuperando la dureza previa. Ahora el recinto estaba más húmedo por la acabada reciente, el tránsito por este túnel era mucho más placentero para ambos. En un momento estábamos cogiendo en loco desenfreno.

    Silvita, loquísima, pedía y pedía más y más pija, que la traspasara. Estaba gozosa de sentir como le estaba rompiendo el traste, yo la gozaba, como nunca.

    Hasta el final todo fue agitación y desmadre en los movimientos, descontrol total en nuestros actos, sus manos frotándose el clítoris ayudaron a llegar, casi juntos a una acabada fenomenal. Esa acabada casi en simultáneo, fue de locura, mi energía viva se perdía dentro de su culo, sensación irrepetible, el tiempo no pudo borrar este gozo tan compartido como nunca nadie igualó.

    Por esa noche fue bastante para los dos. Desperté cuando sus manos estaban haciendo lo mismo con el miembro, poniéndolo a punto para el “mañanero”, no era cuestión de perderlo. Le di el gusto, ahora terminando en su boca, el otro acceso necesitaba descanso según ella.

    En el grato relax, entró Emma, trayéndonos el desayuno. Sentada en la cama nos acompañó.

    —Qué tal chicos, ¿todo bien?

    A buen entendedor… ellas se habían contado todo, me compartían. Me compartieron durante casi un año que estuve viviendo con ellas. El día previo a la despedida fue la gran fiesta, en grupo, pero eso es demasiado para un solo relato, necesita un espacio propio, en otra ocasión será.

    Nazareno Cruz

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  • Otra ida a cabinas de internet

    Otra ida a cabinas de internet

    Andaba paseando por la zona rosa de la Ciudad de México. Ese día, no sé qué pasaba por mi mente, pero estaba con ganas de ser penetrado por un hombre varonil, me acorde que cerca de ahí, estaba un lugar de cruising, que ya había visitado en dos ocasiones anteriores, un café Internet con cabinas privadas, me encamine en dirección a la ubicación ya antes visitada a probar suerte, tal vez pudiera encontrar eso que yo deseaba.

    Después de un par de vueltas por la zona, logre dar con el lugar, esa entrada un tanto oculta, subo por las escaleras y llego a donde está la recepción, pido una cabina individual, me da la llave y me dirijo a la zona donde está ubicada. Como la anterior ocasión que había ido, me percato de que hay muchos que andan caminando por los pasillos entre las cabinas, abro la puerta, paso al interior, me siento frente a la computadora, empiezo a leer el chat y a navegar en algunas porno para entrar en calor.

    Estaba entretenido leyendo lo que estaba viendo en el monitor de la máquina, toca alguien a la puerta de la cabina, me levanto del sillón y abro un poco la puerta, se asoma un hombre varonil, de buen ver, de al menos unos 42 años, un poco más alto que yo, de complexión media, pone su mano en la puerta y la abre por completo, dejándome a la vista su cuerpo completo.

    Vestía un pants de color negro, de tela delgada, con raya lateral blanca con gris, playera blanca con estampado de playa, tenis blancos, se da cuenta de que lo estoy viendo de arriba abajo, me sonríe y me hace un guiño con el ojo, me pone una de sus manos en mi cintura y al notar que no tomo reacción negativa o resistencia, me empuja al interior de la cabina, cierra la puerta, me toma las manos y las sostiene por encima de mi cabeza, sin decir una sola palabra, me comienza a besar con bastante pasión y deseo.

    Me sigue besando y baja una de mi mano izquierda, para ponerla encima de su entrepierna, haciendo que le agarre su verga.

    La empiezo a sobar por encima de su pants, notando con mi mano, que tiene un tamaño respetable, al menos al tacto, con su mano que dejo libre, se baja el pants y saca su verga de su bóxer, la cual agarro con mi mano y empiezo a masturbarla, deja de besarme y acerca su cara a mi oído, me lame el oído y me dice en un tono de voz caliente, “Quiero verte tu culo, date la vuelta”, al terminar de decirme eso, me suelta de la mano que todavía me estaba sosteniendo, entonces me doy la vuelta, dándole la espalda, el aprovecha y pone sus manos en mi cintura, haciendo que me incline un poco hacia adelante, de tal forma que haga sobresalir un poco mas mis nalgas a su vista.

    Paso una de sus manos para enfrente de mi pantalón, tomando el botón de mi pantalón y desabrochándolo, tomando mi pantalón con sus dos manos y bajándolo junto con mi bóxer, hasta mis rodillas, luego puso sus manos sobre mis nalgas expuestas, las cuales, empezó a estar acariciando y las tomo, abriéndolas, dejando expuesto a su mirada, mi orificio anal, el cual al sentirse expuesto, se frunció, ante esa vista que tenía, expreso en un tono triunfante, “Mira que rico culo que te estabas escondiendo”, pasando una de sus manos por mi culito, haciendo el intento de meter uno de sus dedos, siendo infructuoso en ese momento.

    Retiro sus manos, me empujo hacia el sillón y me hizo ponerme en 4 encima del mismo, apoyando mi cabeza en el respaldo, puso su verga entre mis nalgas, empezando a hacer movimientos con su cadera de arriba abajo, haciendo que su verga resbala por entre mis nalgas, haciendo que también rozara de vez en cuando mi orificio anal, provocando con cada pasada, sensaciones de placer que recorrían mi cuerpo, haciendo que empezara a ir soltando gemidos de placer cada tanto, escuche y sentí como soltó saliva en medio de mis nalgas, como la fue restregando con su verga por toda mi raja.

    Después, volvió a soltar otro tanto de saliva, pero esta vez, lo sentí directo en mi orificio anal, poniendo la punta de su verga en la entrada de mi agujero, empezando a hacer presión, tratando de abrirse paso a mi interior.

    En un momento, sentí, como la cabeza de su verga logra abrirse paso a mi interior, venciendo sin mayor objeción, la resistencia inicial que le había puesto mi culito a ese invasor, que ahora lo estaba perforando, sin vacilación alguna, entre un gemido de placer.

    Logro entrar, siendo aprisionado por las mis paredes internas, continua empujando hacia mi interior, hasta que finalmente la tiene completamente dentro de mí, sacándola por completo y volviendo a meterla de un solo empujón hasta el fondo, provocando con eso, que soltara un gemido fuerte entre dolor y bastante satisfacción, vuelve a sacarla y toma con sus manos mis nalgas, para separarlas y dejar a su vista mi culito recién penetrado, el soltando un suspiro de gusto, para luego de hacerlo, escupirle, untando su saliva en mi culito palpitante y de nuevo metiendo su verga hasta el fondo, empezando a meterla y sacarla de forma constante.

    Entre los constantes gemidos de ambos, se alcanzaban a percibir algunas palabras que profería, como, por ejemplo, “Que rico que estas”, “Me estas apretando muy rico”, entre su constante mete y saca, escucho en ocasiones como suena que tocan la puerta, pero estando en acción, no le prestamos mayor atención, saca su verga por completo de nuevo, vuelve a tomar con sus manos mis nalgas y las abre, dejando a su vista mi culito palpitante y deseoso de continuar recibiendo su verga, al ver como palpita, dice, “No me había comido un culo tan rico como el tuyo, que delicia”.

    Termina de decir eso, se levanta y vuelve a ensartarme de un empujón, recibiéndolo ya con placer mas que otra cosa, continuando con su mete y saca, pero esta vez acerca su cara a mi oreja, me da una lamida en mi oído y me dice, “Ya estoy llegando a mi limite, me dejas echártelos dentro”, a lo que entre las embestidas que me estaba dando, contrabajos le conteste que sí.

    Al saber de mi afirmativa a su petición, me tomo con sus manos de la cintura y empezó a bombearme con bastante más intensidad, dejándome sentir como entraba y salía su verga con mayor rapidez, sacando gemidos mas fuertes y constantes de mi parte y bufidos de parte de él, haciéndose más sonoros con la intensidad que me estaba cogiendo, de pronto soltó exclamaciones sonoras de “Aaaah, Aaaah”.

    Empujando su verga hasta el fondo de mi culo y empezando a percibir algo de líquido y calor en mi interior, dio otras dos arremetidas más, sacando su verga, poniendo sus manos en mis nalgas y abriéndolas, para que el pudiera ver mi culo, recién cogido y llenado con su leche, exclamando, “Sabes, que rico me vine, tienes un culo delicioso”. Dándome una nalgada, tomándome con sus manos, haciendo que me levante y me siente, dejándome a la vista, su verga todavía húmeda, se subió su pantalón y abrió la puerta de la cabina, para irse, solo diciendo, nos veremos después.

    Me vestí rápido, me quede un rato más, esperando si sucedía algo más, pero solo me quede media hora más, me retire del lugar, con la sensación de esa rica cogida, todavía con mi culo, sintiendo como lo dejo ese descarado invasor de su profundidad, tenía la idea de que tal vez, algún día, lo volvería a ver, pero, ya no nos volvimos a ver.

    MicifusARM

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  • Cornudo deseoso de verga

    Cornudo deseoso de verga

    Hola a todas y todos. Este relato es real, y lo comparto para que los cornudos que ya disfrutan este delicioso rol, hagan un examen de si mismos y si están de acuerdo conmigo, escribano y también si no lo están.

    Al principio cuando le insistía a mi chiquilla mujer para que me pusiera los cuernos, no imaginé como terminaría esa hermosa y super excitante historia que duró no menos de 13 años.

    Los momentos más excitantes sin lugar a dudas, fueron para mi aquella noche en que acepto coger con otro hombre, fue en el tiempo en que yo ya había perdido toda esperanza de lograr mis cuernos.

    En serio, sentí una fuertísima erección, pero no la presioné.

    Después de que regresó de coger, cuando me lo platicó muy detalladamente, conocí otro tipo de excitación, cuando escuché con mucha atención, mi mente parecía sala de cine porno, la veía hacer y sentir lo que contaba.

    Como le gustó mucho coger con otros, continuó poniéndome mis cuernos sin dejar de platicarme.

    Ella notó la tremenda excitación que me provocaba su plática confesión, hasta que una buena noche estando en un motel y ella recién cogida, bebimos varias copas y se puso borrachita. Se desnudó y cuando estaba yo por quitarme los calzones, volteó a verme y me dijo.

    -Mi rey, desde hace mucho tiempo noté que si no te platico como me cogen, no se te para bien tu verga. Hoy quiero hacerte algo que creo que te gustará más, pero no quiero decírtelo, solo deseo hacerlo y que tu no me niegues. Tómalo como un regalo para mí y creo que los dos lo disfrutaremos. ¿Quieres jugar?

    -claro mi puta chula.

    -ok, pero haga lo que yo te haga, te vas a dejar. Y harás todo lo que yo te pida ¿si?

    -¡uh mírala que misteriosa!

    -bueno, cierra tus ojos bájate tus calzones. Ten ahora ponte estos. No abras los ojos, te adelantaré algo para que te relajes. Esta noche cambiaremos de papeles, tú serás yo y yo seré tu. Y no podrás negarte. Así que no te haré mi puta feliz te diré muchas groserías que a veces me dicen, y solo contestaras lo que yo te pregunte y no te vayas a enojar por lo que te diga o haga. ¿Entendiste?

    -si mi reina

    -¡a que perra burra eres! Tú serás puta y yo tu macho padrote. Cada que te equivoques te daré unas nalgadas puerta.

    -perdón papito

    -¡ándale zorra! Ya vas entendiendo. ¡Ponte las pataletas que te di rápido!

    -si mi rey

    -ahora abre los ojos, para que veas todo lo disfrutemos.

    -acercaré Huila, te voy a maquillar

    En resumen, me arreglo muy vulgar pero cuando me hizo verme al espejo: guau lo que vi, me gustó y hasta me excitó muchísimo.

    -¡mírate bien culebra! Si que pareces una putota arrabalera y yo sé que te gustaría ir vestida así al congal. ¿Verdad que tienes ganas de ir así al puntero?

    -si mi chulo, quiero ser como las putas.

    -¡ya lo sabía cabrona! ¡pon música y hazme un baile rico pero rápido que no tengo toda la noche!

    Seguí obedeciéndola en todo, me ordenó ponerme a 4 patas en la orilla de la cama, me quito la tanga, diciéndome: “ahora si pinche suripanta te voy a dar lo que sé que deseas tanto, así que flojita y cooperando. No te va a doler.”

    Me abrió las nalgas con sus manos, tomo el tubo de lubricante mirándome en mi culo, por dentro y por fuera, cuando lo hizo, no pude evitar dar un rico gemido de placer.

    -¿ya ves como tenía yo razón puta? ¡Si sólo te roce ese pinche culo y ya lloras perra! No te muevas, si te gusta solo sigue comiendo y si no, ¡te callas entendiste!

    -¡entendí mi ama!

    Bajo de la cama y de un cajón saco unos guantes de látex, volvió a subir y se acomodó detrás de mí. Puso más lubricante en los guantes y comenzó a tocarme el culo.

    -¡que rico culo tienes perra! Lo hare gozar mejor que otro lo haya hecho.

    Primero me metió un dedo, luego dos, tres, cuatro y antes de meterme los 5 me gritó:

    -¡Ay pinche perra! ¡Ya te metí 4 dedos y ni pujante nada! ¿Quieres más?

    -si papito, no me dejes con ganas

    Poco a poco metió toda la mano hasta su muñeca y yo gimiendo riquísimo.

    Tomó mi verga me masturbó y tuve una super eyaculación.

    Continuaré.

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  • Economista y prosti: Con papá, al regreso de vacaciones

    Economista y prosti: Con papá, al regreso de vacaciones

    ¡Hola lectores!

    Después de mis vacaciones, que terminaron el 7 de junio, me reintegré con alegría y bien descansada (pese a que tuve que atender algunos compromisos, como ya saben) a mis dos actividades principales, putifina y asesora en economía. Dos actividades bien diferentes por cierto.

    ¡Pueden imaginar cómo me esperaban mis clientes de sexo! ¡Casi no me han dejado días ni horas libres!

    Pero a partir de ahora, ya al día con mis relatos de lo que sucedió en vacaciones, paso a contarles las novedades:

    —Sin dudarlo, me estoy dedicando, (con mucho tacto y poco a poco) a conquistar a mi amiga de siempre, Maca, la más liberal de mis dos amigas de la Universidad con las cuales pasé tres días en Colonia del Sacramento.

    La llegué a ver por instantes desnuda (y ella a mi) cuando salíamos de ducharnos. Ya saben que la otra amiga es mucho más tímida.

    Y verla desnuda me despertó ganas de estar con ella, recordando lo bien que lo he pasado con Mary, y decidí tratar de conquistarla, sin apuro excesivo. Por cierto, lo comenté con Tommy, que estuvo totalmente de acuerdo, y, sabiendo que es casada, y conociendo a los dos, me dijo “y si quieren intercambio lo hacemos, además de lo que salga entre ustedes dos”.

    Aproveché que nos habíamos reencontrado en ese viaje de chicas, y con cualquier pretexto la invité a visitarme en la oficina, diciendo que otro día invitaré a mi otra amiga de la Uni.

    Luego de eso, que por cierto le extraño la existencia de dos dormitorios (“por si nos quedamos a dormir con Tommy e invitamos a alguien”, ja ja) nos hemos encontrado un par de veces en el Mall preferido de ambas, a tomar café o té en nuestro lugar querido de nombre francés. He tratado, y hasta ahora logrado, ir avanzando, pasando del tradicional saludo del beso de mejillas, que en realidad no es beso, hasta darle un pequeño beso en la mejilla, o cuando quiero enfatizar algo en la conversación tomarle una mano, dejando la mía un poquito más del tiempo imprescindible.

    Por cierto, nada la ha molestado, y voy llevando las conversaciones hacia temas un tanto pícaros o dejando confidencias.

    Los mantendré al tanto si logro progresar (o concretar, ojalá).

    —Durante las vacaciones, cuando ya Tommy trabajaba y yo descansaba, mientras almorzábamos un sábado, en un restaurante de Punta Carretas, intercambiando impresiones de cómo ha sido este último año y medio como putifina, me preguntó por nuevas ideas o deseos que pudiera tener.

    Dudé un segundo, pero me ha dado tanto apoyo en todo este tiempo, que con sinceridad le dije de un nuevo deseo:

    —¿Sabes? Siempre me quedó el deseo de que realmente me entregaras a algún hombre. ¿Recuerdas que por discreción fui yo la que hablé a solas con Ricardo y que la primera vez salí sola con él a un telo?

    —Lo recuerdo, no podría olvidarlo, te hizo muy feliz eso, y lo que siguió después.

    —Pues en el correr del tiempo, me han venido deseos de que me entregues, completamente de sorpresa, o casi, a algún otro hombre u hombres, que les digas que quieres que me posean, que me prepares para ellos y que veas todo. Pero comprendo que puede que te sientas mal haciéndolo, en esto y en todo debemos ser sinceros.

    —Amor, sabes que te acompaño en todo, te amo tal como eres y respeto tus sentimientos. ¿Como lo has pensado?

    —Mmm, algo así como hombre mayor, serio como todos mis clientes, a quien tomemos por sorpresa, sin dinero de por medio. De algún modo terminar invitándolo a la oficina, y que se lo propongas o sugieras.

    —Me gusta, suena excitante.

    —Quizás se lo sugieras, o puedo yo iniciar el tema y tú lo derivas hacia el sexo, me desvistes para él y lo incitas a poseerme. Tiene que ser un señor muy de confianza, por el tema salud, y por la discreción que tú y yo necesitamos. ¡O sea un caballero!

    —No me ves, pero en este momento no puedo pararme aquí todo el salón del restaurante vería mi erección, ja ja.

    —¡Te quiero, te amo! ¿Lo tomo como un sí?

    —Por supuesto. Debemos dedicarnos a encontrar a ese caballero.

    —O caballeros, si fueran dos no me molestaría…

    —A mi tampoco me molestaría… ¡manos a la obra!

    Y ahí comenzó nuestra búsqueda, que no ha sido fácil, pero que fue exitosa y ya se los contaré.

    Pero hoy quiero relatarles, además de las dos novedades anteriores, el reencuentro con papá. El pobre papá (y también mi suegro, con abstinencia similar), estaba desesperado cuando alrededor del 9 de junio retomé mi actividad después de las vacaciones. Imaginen, llevaba unos 40 días sin tenerme, pero me había visto reiteradamente cuando yo iba a visitarlos a él y a mamá a su casa, o ellos venían a mi casa. Me lo dijo varias veces, me pedía sexo, pero yo me mantuve que eran vacaciones y descanso.

    Finalmente, volví a mis actividades, súper ocupada por la altísima demanda de mis clientes, pero logré liberar una mañana en casa (no en la oficina), para recibirlo. El pretexto para salir de su casa toda la mañana, fue hacer unas reparaciones en nuestra casa.

    No les mentiré, yo también estaba muy deseosa de estar con él, me provoca sensaciones diferentes a las de todos los otros hombres que puedan poseerme, y es lógico, ser cogida por el padre es algo muy muy (y muy) especial.

    Me vestí sencilla y con ropa liviana, pese al frío que ya se insinuaba en comienzos de junio y que a partir de esos días ha sido tremendo.

    Stilettos, medias negras con liguero alto, mini falda plisada negra (las estoy usando mucho últimamente), tan mini que dejaba a la vista los dos tirantes de cada pierna del liguero que sostienen las medias; y un sencillo crop top rojo que me deja a la vista el ombligo. Nada de lencería salvo el liguero. Al cuello un collar de perlas de fantasía, de dos hileras, largo al medio del busto.

    Así vestida, pese al frío, salí a recibirlo y abrirle el portón de entrada del muro perimetral para que entrara con su coche.

    Entramos a la casa con papá luego de besarlo en el jardín del frente cuando bajó del coche, sin importar si nos veía alguien. Se imaginan que al colgarme de su cuello, si alguien pasó frente al portón de rejas, nos vio claramente (y como yo estaba vestida).

    Le serví un café, eran apenas las 8 y 30 de la mañana, y mientras lo bebía, conversamos. Hablamos de que alguien me había visto almorzando con Tib y sus dos Gerentes y que nos despedimos con un beso. Quien me vio es una amiga de mamá, que, sorprendida, le comentó el hecho (cero discreción de su parte).

    Afortunadamente se pudo desactivar el tema, diciendo que sí era yo, y que eran tres muy buenos clientes de la Consultoría, con quienes había almorzado y nos despedimos con un beso.

    —Pero a mi amiga le pareció que eran beso en los labios, había dicho mamá.

    —Habrá visto mal, seguro no estaba cerca y le pareció, imagínate mamá, ¿ cómo podría besarme en los labios con tres hombres en un restaurante?

    —Sí, claro, me quedo tranquila.

    Y en la conversación papá me confirmó que el tema había sido olvidado.

    Terminado su cafecito, papá pasó al baño a cepillarse los dientes, y yo me quité el top y me eché en la cama boca abajo, con la minifalda puesta, para excitarlo aún más. Cuando vino a la cama, solamente en boxers, se sentó al borde de la cama, me besó y comenzó a acariciarme y besarme las piernas. ¡Me encanta que me besen las piernas con las medias puestas! Las medias quedaron en parte empapadas de saliva.

    Siguió subiendo, me levantó la parte trasera de la mini falda y comenzó a besarme suavemente el culo, me mordía las nalgas, me acariciaba las nalgas y las piernas.

    Cada vez más excitada, comencé a gemir levemente. Sentía su lengua en mi esfínter y sentía su saliva correr hacia los labios de mi concha. Me puse de pie y y frente a él me quité la falda, y él se quitó el boxer.

    La verga estaba esplendorosamente parada, en la punta, recubierta de la piel del prepucio, apenas se abría un agujereo que mostraba una gota de líquido pre seminal.

    Decidí chupársela un poco, pues me di cuenta que si me penetraba acabaría enseguida a causa de la calentura y la larga abstinencia.

    Lo hice sentar en la cama y me arrodillé frente a él entre sus piernas. Mis manos tomaron su cintura. Acerqué la boca a la verga, y le di un suave beso en la cabeza sin correr hacia atrás la piel.

    Lo miré a los ojos, lamí sus huevos y volví a ir a la cabeza de su pija, dos lengüetazos fueron suficientes para correr un poco la piel y dejar media cabeza descubierta. Me introduje la verga en la boca y con la lengua trabajé en la cabeza hasta sentir el glande al descubierto. Siempre mirándolo a los ojos, sintiendo como se conectan nuestros ojos azules, lentamente te retiré la pija de mi boca y le lamí el culo. Un dedo y la lengua lo llevaron al cielo, o casi. Sabía que él no resistiría mucho más.

    Me alejé para que se tranquilizara y me viera, me giré frente a él… —¿Te sigo gustando papá? —Me desesperas Sofía, sabés bien cuánto te deseo…. —Yo también te deseo papi, no sé cómo podemos amarnos así, pero me encanta que me cojas. Y mis tetas se arrimaron a su boca. Se puso a chuparlas como un bebé.

    Lo dejé hacer, lo empujé sobre la cama y me subí a él, le ofrecí nuevamente te las tetas y mi collar caía sobre su cara mientras me las lamía y chupaba.

    —Me la voy a clavar papá, acaba tranquilo, ya habrá tiempo de más. —Si sí, ¡no aguanto más! Y lentamente volví a disfrutar del miembro de mi papá, caliente, lubricado él y lubricada yo, entró toda, hasta que realmente me senté sobre él.

    Comencé a subir y bajar, a veces me detenía y le daba las tetas a chupar o jugaba con mi collar de perlas en su cara. Él me acariciaba las nalgas o el clítoris, pero no llegué a acabar, se me adelantó a los pocos minutos y sentí como me llenaba la matriz. Tibio, seguramente espeso y obviamente abundante su semen se derramó en mí. Tan excitante como siempre, eufórica de recibir la esencia de mi padre en mí.

    Sentía sus chorros, vi su cara contraerse al acabar, y aflojarse en una sonrisa mientras me decía —¡Gracias hija! —¡Que goce papi! ¡Me gusta tanto! ¡te deseo!

    Me preparé para algo que había pensado en mientras lo montaba.

    Apoyada en mis rodillas, puse una mano entre mis piernas mientras levantaba el cuerpo y la verga se salía de mí. Al momento, aquella acabada desesperada de deseo y abundante, se escurrió hacia la palma de mi mano puesta bajo la concha.

    Recogí todo, lo miré fijo a los ojos y me llevé la mano a la boca. Lo saboreé antes de tragarlo… —Te adoro hija, sos mi putita para siempre, siempre te llenaré de leche. No respondí, simplemente recogí nuevamente algo de líquido que me había escurrido, lo froté en mis tetas y se las di a chupar. Lo hizo con fruición.

    Recostados frente a frente, descansamos. No paraba de mirarlo y quererlo. Su cuerpo típico de 50+, su torso velludo su cara con algunas arrugas y su cabello con islas grisáceas. Y su verga, sobre todo su verga. Recostado de frente a mí sobre su lado derecho, hacia la derecha caía su pija sin erección, nada larga, un poquito gruesa, el prepucio cubriendo el glande, dejando un agujero al frente donde se veían restos de semen. Un padre en reposo, después de acabar dentro de su hija.

    Lo besé, le acariciaba la pija, me sobaba las tetas. Y cuando vi un atisbo de nueva erección, me puse a chupársela. Esta vez a fondo, con masturbación adicional. En 69 para que a su vez él me preparara.

    Y llegó el momento. Se tiró encima de mí y comenzamos a frotar nuestros cuerpos.

    ¡Como se disfruta ese frotamiento incestuoso! (¿a quién le importa?). Su verga ya erecta buscaba mi raja, yo lo buscaba a él y sentí que me la metía. Esta vez no hubo eyaculación rápida ni nada de eso. Me cogió con las mismas ganas pero sin urgencia. Acabé, vaya si acabé, temblando y gimiendo, y él seguía en su vaivén hasta que llegó al final. Sentí claramente los cuatro chorros con los que me obsequió.

    Mi concha se contrajo sobre su pija y quedamos así, él sobre mí un rato.

    Finalmente de nuevo se la chupé hasta limpiarla, me chupó la concha sin importarle y mientras nos besábamos y él jugaba con el collar en mis tetas, le dije:

    —¿Sabés papá? Con Tommy estamos en búsqueda de alguien a quien entregarme, una ceremonia de entrega completa, que me corteje aunque sea un poco, que Tommy le diga que quiere entregarme y que finalmente se haga, con Tommy entregándome desnuda y mirando todo sin intervenir. Pero es difícil conseguir a alguien de confianza y a quien sorprender. ¿Se te ocurre dónde seducir o alguien?

    —Mmm lindo tu deseo…. Yo creo que sería bueno que te fijaras en algún señor que almuerce o cene solo en un restaurante, o en algún concurrente a alguna reunión de esas que hacen los Bancos con exposición de colegas tuyos. O incluso asistiendo a algún evento deportivo.

    —Deportistas, descartados, no quiero nada en ese ambiente.

    —¿Gym? Si fueras muy temprano o muy tarde, puede haber ejecutivos que se interesen nada más verte.

    —¡ Es buena idea! Esa y las de ámbito académico me gustan…y a restaurantes, vamos siempre, puede surgir algo.

    Una mirada pícara a su verga me llevó a concluir que sería capaz de cogerme nuevamente. Un largo beso negro lo puso erecto, y entonces fue mi turno de ofrecer mi orificio para que me lo preparara.

    Cantidades tremendas de saliva lo lubricaron, un dedo entrando y saliendo lo abrió un poco, luego de que su boca y su lengua prácticamente me lo comieran.

    Yo quería un poco en cuatro y le propuse:

    —Papá, primero en cuatro y luego mi culito ¿si? —Lo que quieras amor (como me gusta que me diga amor)…

    Me puse en cuatro él se puso detrás y yo tomé su poronga y la dirigí a mi concha. Daba gusto sentirla entrar tan suave, tan lubricada.

    Pero nada de eso importaba cuando comenzó a bombearme, y a chocar su vientre en mis nalgas.

    Plaf, plaf, plaf… ese ruido me enloquece, ya no quería que me hiciera el culo, quería que siguiera. Pero un pulgar que entró en mi esfínter para mantenerlo abierto, y la saliva que comenzó a caer en mi tesoro, me recordaron de darle placer.

    Pero lo dejé a su gusto, Siguió un buen rato en cuatro y luego la sacó.

    Una vez más el pulgar entró a fondo en mi culo, lo retiró y dejó caer bastante saliva, yo esperaba un poco deseosa y un poco extrañando su pija en mi concha.

    Apoyó la cabeza, la posicionó bien centrada en el esfínter. Y empujó… cero resistencia, solamente placer de ambos. —Ahhh, que divino hija, como entró, me dijo comenzando a moverse.

    En dos minutos el movimiento era frenético y yo gritaba de placer, y para más placer, me la sacó, me escupió el agujerito y la volvió a meter, y repitió y repitió.

    Yo apenas jadeaba, me quedaba sin aire y le pedía más y más. Al final, recordó que no me gusta que me acaben dentro del culo, la sacó, me di vuelta, tendida en la cama y descargó, no mucho pues era la tercera vez, en mi cara.

    Me encantó, por supuesto recuperé y me llevé a la boca todo lo que pude. Sabíamos que era el final ese día. Ya era casi mediodía y yo debía atender dos clientes de tarde. De todos modos, nos besamos y se la chupé, conversamos un poco, prometió avisarme si sabía de alguien para “sorprender con una entrega” y lo acompañé a la puerta a despedirlo luego de ducharnos.

    No vacilé, sé que le gusta verme desnuda y fui solamente en tanga, las tetas al aire, muerta de frío, acompañándolo al coche, aunque él se encargó de abrir y cerrar el portón del muro.

    Aún me faltaba reencontrarme con mi suegro, con quien no cogíamos desde antes de las vacaciones, y yo quería completar la colección de manchas de semen en mi vestido de novia.

    Y lo hice, pero otra prioridad debió ser atendida.

    Hasta la próxima.

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  • Me cogí a nuestra niñera de 19 años

    Me cogí a nuestra niñera de 19 años

    Es una historia algo larga y no se la he contado a nadie puff aquí vamos algo nervioso de contar, pero bueno… Tengo 38, soy un hombre felizmente casado con mi esposa y nuestra pequeña hija, amo a mi esposa, ella es una mujer muy inteligente y demasiado guapa… Tez blanca, un cuerpazo hermoso, con unas tetas pronunciadas y unas nalgas muy notables, ella se cuida mucho, corre y va al gym siempre que puede.

    Hace aproximadamente un año ella contrató a una muchacha a la cual llamaré “Evelyn” y pues Evelyn nos ha ayudado mucho en las tareas del hogar especialmente cuidando a nuestra hija, ella es una persona muy buena y paciente, también es mucho más joven que mi esposa y yo, tiene 19 años y está estudiando la carrera en modo sabatino mientras de lunes a viernes viene a nuestro hogar a cuidar a nuestra hija y ayudarnos con ciertas cosas junto con mi suegra lo cual también nos ayuda.

    Hace 3 meses mi esposa tuvo que salir fuera del estado porque su padre (mi suegro) había sufrido un ataque al corazón y junto con mi suegra y mi hija fueron a visitarlo y de paso irlo a cuidar unas semanas.

    Me quedé totalmente solo en la casa y a los dos días vino Evelyn a la casa porque mi esposa la había llamado para ver si podía ayudarme con barrer y trapear la casa mientras estaba solo… Ella hacía su trabajo y todo bien hasta ahí hasta que le dije que no era tan necesario hacer todas las tareas del hogar y que se podía ir a su pueblo (ella es foránea) a descansar y a estudiar y cosas así (mi plan original era estar totalmente solo en la casa y descansar de todo sin que nadie me molestara) lo cual ella aceptó me dió muchas gracias y decidí darle el aventón a su casa…

    En eso le pregunté si tenía hambre y me contestó que si, entonces la invité a almorzar, de ahí tuvimos una muy pero muy buenas platicas acerca de mi hija y de la vida en general, estuvimos muy contentos y por alguna razón decidí invitarla a un bar donde a veces salgo con unos amigos… Pues estuvimos ahí bebiendo cerveza tras cerveza y terminamos muy ebrios y nos empezamos a besar y la atracción entre ambos era muy muy fuerte (incluso desde antes) entonces en vez de llevarla a su casa me la llevé a la mía donde tuvimos sexo muy duro y sin protección.

    Sin exagerar tuvimos de más de 10 rounds, desde las 11 de la noche que llegamos hasta que nos dormimos las 4 de la mañana cogiendo en la cama matrimonial donde duermo con mi esposa. Como trabajé esa semana en home office no tuve que salir de mi hogar y todos esos días Evelyn y yo cogíamos como conejos y siempre estábamos desnudos, incluso se ponía a barrer y a cocinarme totalmente desnuda y yo me venía en todos lados en su boca, vagina, espalda y culo porque hasta tuvimos sexo anal… De broma y por calentura le pedía que me modelara en la ropa interior y lencería de mi esposa lo cual ella accedía.

    Evelyn es totalmente opuesta a mi esposa, ella tiene una complexión muy delgada a diferencia de mi esposa casi no tiene tetas ni nalgas… También su complexión es que es de tez morena y tiene el pelo muy negro, un negro impresionante. Una de las cosas que más amo de Evelyn es su vagina ella no se rasura y anda al natural con vello púbico aunque se rasura totalmente en la parte de los labios mantiene vello abundante en la parte del pubis, su vagina es muy esponjada, su ano es totalmente negro y apretado eso me excita, me encanta su belleza joven y totalmente natural…

    Me encanta como me hace sexo oral y se traga mi semen mientras me mira a los ojos. Su culo y vagina tienen un olor muy particular. Siempre que podía le olía el culo y se lo succionaba hasta quedarme sin aliento, a ella le encanta cuando haga eso.

    Durante 3 semanas, aproximadamente un mes, estuvimos teniendo sexo y viviendo como marido y mujer a diario, íbamos a cenar, nos bañamos juntos mientras mi esposa me llamaba y me decía acerca de la condición de su padre y me preguntaba cómo estaba y le decía que bien que había mandado a Evelyn a casa y que mientras estaba cómodo estando solo en la casa.

    Finalmente, mi esposa me habló para avisarme que llegaría al otro día y si podía ir por ella lo cual le dije que sí y Evelyn y yo tuvimos nuestra última noche solos teniendo sexo lo más que pudiéramos antes su llegada. Al otro día nos despertamos y Evelyn se puso a lavar todo, sábanas, ropa, etc. Para que quedara todo limpio y sin evidencia, cuando fui por mi esposa, mi suegra y mi hija me sentí alegre, pero a la vez triste y sé que Evelyn también porque lo estuvimos platicando mucho días anteriores.

    Llegando a la casa ya todo estaba limpio, Evelyn ya no estaba (porque era fin de semana) y pues todo regresó a la normalidad, aunque la verdad cuando viene Evelyn a limpiar o a cuidar a mi hija siempre nos quedamos viendo, actualmente nos vemos a escondidas y andamos esperando que nos vuelvan a dejar solos de nuevo.

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  • Seducida por el verdulero (3)

    Seducida por el verdulero (3)

    Esa noche no pasó mucho más, Alma ayudó a Angela y la llevó a su casa y a sus amigas igual…

    La mañana siguiente amaneció gris y cargada de nubes. Alma se levantó con resaca moral y física. Se dio una ducha fría, intentando enfriar la memoria del roce de José contra su cuerpo, de cómo casi se lo había comido vivo en aquel rincón.

    Cuando llegó el momento de partir, la tormenta cayó como un diluvio. El viento azotaba los árboles del pueblo y la ruta quedó cortada. No había forma de volver a casa.

    —Amor, no voy a poder volver —dijo Alma por teléfono a su marido—. Es un temporal de mierda, mañana salgo temprano.

    —Bueno, quedate tranquila —respondió él con voz adormilada—. Descansá.

    Hablaron un rato más, casi con rutina, y al cortar, Alma sintió un cosquilleo incómodo de libertad mezclado con culpa. Como si el destino le hubiese puesto una excusa perfecta para quedarse… y para ceder.

    Cuando cayó la noche, Ángela apareció en la habitación con el teléfono en la mano y una sonrisa cómplice.

    —¿Te animás a que pasemos la noche con compañía? —preguntó, haciéndose la inocente.

    —¿Compañía? ¿De quién hablás?

    —De mi amante… y de José —respondió Ángela—. Ya fue, Alma. Si te vas a quedar, divertite.

    Alma se mordió el labio. Una parte de ella quería decir que no, que era demasiado, que todo había ido muy lejos. Pero otra parte—la que despertaba cada vez que veía a José—tenía otras ideas.

    —Bueno… —cedió al final—. Pero solo para tomar algo.

    Cuando los dos hombres llegaron, la tormenta seguía cayendo a baldazos afuera. Traían botellas de vino y cerveza, y un aire de ansiedad contenida. Saludaron con normalidad, como si la noche anterior nunca hubiese existido. Al principio charlaron de cualquier cosa: de la lluvia, de anécdotas de juventud. Pero bajo la conversación trivial se sentía la tensión, creciendo como una corriente eléctrica.

    Después de un rato, Ángela puso música y encendió unas velas sobre la mesa. La luz cálida y el alcohol empezaron a ablandar todas las resistencias. Fue entonces cuando Ángela propuso el juego.

    —Podemos hacer algo… para no aburrirnos —dijo, con mirada pícara—. Giramos una botella. Si te toca, tirás una moneda. Cara, tomás un shot. Cruz… te sacás algo.

    —Estás loca —rio Alma, sintiendo un cosquilleo en la nuca.

    —Vamos, che… ¿Qué somos, quinceañeros asustados? —la pinchó Ángela.

    Los hombres se miraron entre sí y soltaron una carcajada nerviosa. Al final, uno a uno, aceptaron.

    Alma se sentó en la sala, con sus botas altas, su pantalón vaquero azul marino y la camisa blanca bajo la chaqueta marrón. Debajo llevaba un body de encaje rojo que no pensaba mostrar tan fácilmente… o eso creía.

    La botella giró. Al principio, la suerte estuvo de su lado: le tocó beber un shot tras otro. Reían cada vez que alguno tenía que quitarse algo—primero los zapatos, después la chaqueta, luego la camisa. A cada ronda, la atmósfera se cargaba más y más.

    Alma se fue quitando las botas. Luego el cinturón. Después la chaqueta. El vino le calentaba la sangre, el juego le encendía algo que no sabía que tenía latente. Cada vez que tiraba la moneda, su corazón latía con un ritmo enfermo de expectación.

    Cuando por fin le salió cruz, todos se quedaron en silencio. Alma respiró hondo y, con manos algo temblorosas, empezó a desabotonar la camisa blanca. La deslizó por los brazos y la dejó caer al piso. El body rojo de encaje marcaba cada curva perfecta de su busto generoso y la cintura estrecha que parecía hecha para tentar.

    Notó cómo José se mordía el labio inferior, los ojos oscuros fijos en sus pechos y su vientre. El amigo de Ángela también la devoraba con la mirada.

    —¿Contentos? —dijo ella, intentando sonar sarcástica.

    —Mucho —contestó José, con voz ronca.

    El juego siguió, y pronto todos quedaron en ropa interior. El ambiente era un caldo espeso de deseo y nervios. Nadie hablaba demasiado. Se escuchaba solo la lluvia contra los ventanales y la música baja en la bocina.

    Ángela fue la primera en romper la barrera final. Se subió a su amante, sentada en su regazo, y empezó a besarlo con hambre. Sus cuerpos se pegaron en un movimiento que Alma sintió como un disparo de adrenalina.

    José la miró, expectante. Alma ya estaba demasiado mareada por el vino y por el fuego en la sangre. No necesitó que él se acercara. Se acomodó a horcajadas sobre sus piernas, mirándolo a los ojos.

    —¿Estás segura? —preguntó él, la voz cargada de tensión.

    Ella contestó besándolo. Un beso profundo, húmedo, donde todas las dudas se fueron al carajo. Las manos grandes de José se cerraron sobre su culo y lo apretaron con una necesidad casi violenta. Alma gimió bajito, sin importarle que Ángela estuviera haciendo lo mismo a medio metro.

    Mientras José le recorría la espalda y las caderas, Alma sintió otra mano que se posaba en una de sus nalgas, acariciándola con descaro. Abrió los ojos y vio que era el amigo de Ángela, que también estaba excitado.

    Por un instante, pensó en dejarlo. Pero Ángela se levantó, tomó de la mano a su amante y se lo llevó hacia una habitación.

    Alma y José quedaron solos. Se miraron, respirando fuerte, y no hicieron falta más palabras.

    —Venite —dijo ella, con la voz ronca—. Ahora..

    Lo tomé de la mano y lo arrastré por el pasillo, mi corazón golpeando como si quisiera escapar de mi pecho. Cada paso me hacía sentir más viva, más hambrienta. Cuando llegamos a la habitación, cerré la puerta de un golpe, el chasquido seco resonando como una promesa. Esta vez, no había manera de que me detuviera.

    Giré la llave en la cerradura y me apoyé contra la puerta, mirándolo. José estaba ahí, parado, con los ojos clavados en mí, como si no pudiera creer que yo, Alma, estuviera frente a él, lista para devorarlo. Una sonrisa pícara se me escapó mientras me acercaba, mis caderas moviéndose con cada paso.

    —Sentate en la cama, nene —ordené, mi voz ronca, cargada de deseo.

    Él obedeció sin dudar, sentándose en el borde, sus ojos devorándome. Me subí encima de él, abriendo las piernas para acomodarme sobre sus muslos. El encaje rojo de mi body se pegaba a mi piel, dejando poco a la imaginación. Mis pechos subían y bajaban con cada respiración acelerada, y podía sentir su mirada quemándome.

    —Mirá bien, José —susurré, inclinándome hasta que mis labios rozaron los suyos—. Esto es todo tuyo… pero solo si sabés cómo manejarlo.

    Lo besé con hambre, mi lengua enredándose con la suya, mientras sus manos subían por mi cintura y se clavaban en mi culo. Me apretó con tanta fuerza que un gemido se me escapó, vibrando contra su boca.

    —Mmm, Alma… tenés el culo más perfecto que vi en mi vida —jadeó, su voz temblando de puro deseo.

    Reí bajito, mi aliento cálido contra su oído. —¿Y qué vas a hacer con él, eh? ¿O solo vas a quedarte mirando como un idiota?

    Deslicé mis caderas hacia adelante y atrás, rozándome contra su erección, que ya se marcaba dura bajo el bóxer. Él gruñó, sus labios bajando por mi cuello, mordiendo y lamiendo hasta llegar al borde del encaje. Tiró del tejido con los dientes, rozando mi pezón, y un gemido más fuerte se me escapó.

    —Alma, dejame sacarte esta mierda… quiero verte toda —suplicó, sus dedos tirando del body con desesperación.

    —Todavía no, nene —respondí, rozando mis labios contra los suyos, mi voz baja y provocadora—. Primero vas a usar esa boca donde yo quiero.

    Lo empujé hacia atrás, dejándolo acostado en la cama, y bajé por su pecho, lamiendo su piel salada, dejando un rastro húmedo de besos. Sus gemidos eran música, cada vez más fuertes, mientras mis dedos jugaban con la cintura de su bóxer. Lo bajé despacio, torturándolo, hasta que su pene quedó libre, duro y palpitante. Lo miré a los ojos, mordiéndome el labio.

    —Esto es mío ahora, ¿entendiste? —dije, mi voz cargada de autoridad.

    Mis manos lo acariciaron, primero suave, explorando cada centímetro, luego más firme, apretándolo justo como sabía que lo volvería loco. Él me agarró el culo con las dos manos, masajeándolo con una urgencia que me hacía arder. Luego, su boca encontró el encaje entre mis piernas, lamiendo con fuerza, la tela húmeda presionando contra mi clítoris. La fricción era una tortura deliciosa, y mis caderas se movían solas, buscando más.

    —¡Aaah ah ah, José… ahí, no pares, Siii! —grité, mis manos enredadas en su pelo, tirando con fuerza.

    Él me miraba desde abajo, sus ojos encendidos de deseo, mientras su lengua trabajaba con una precisión que me hacía temblar. No era el más dotado, pero, dios, sabía cómo usar la boca. Lamía, succionaba, mordía justo donde me enloquecía, y no tardé en estallar, mi cuerpo convulsionando sobre su rostro mientras lo sujetaba contra mí, gimiendo su nombre.

    Me tiré a su lado, jadeando, riendo entre respiraciones entrecortadas. —Vas a matarme, nene.

    —Quiero matarte, Alma… pero de puro placer —respondió, su voz ronca mientras se inclinaba para besarme.

    Nuestras lenguas se enredaron, y el fuego volvió a encenderse. La segunda vez fue puro salvajismo. Lo giré, poniéndome de rodillas, y levanté el body para dejar mi culo al aire. Él me agarró las caderas, sus dedos clavándose en mi piel, y me penetró con fuerza, cada embestida haciendo que mi cuerpo rebotara contra él. Me sostenía de los barrotes de la cama, gimiendo con cada golpe, mi piel ardiendo.

    —¡Más fuerte, José, no te guardes nada! —grité, mi voz quebrándose de placer.

    —Por favooor, Alma… sos una diosa —gruñó, sus manos apretando mi culo mientras me follaba con todo lo que tenía.

    La tercera vez fue más lenta, más profunda. Me giró para mirarme a los ojos, su pene entrando despacio, llenándome mientras sus manos acariciaban mi rostro. Cada movimiento era una caricia, sus labios besándome suave, como si quisiera grabarme en su alma. Nos movimos juntos, lentos, hasta que el placer nos consumió en un clímax silencioso, nuestros cuerpos temblando enredados.

    Nos quedamos abrazados, sudorosos, exhaustos. José me acariciaba el pelo, susurrándome cosas dulces mientras yo sonreía contra su pecho.

    Desperté con el sol filtrándose por la ventana y lo encontré mirándome, sus dedos trazando mi hombro.

    —¿Te vas hoy? —preguntó, su voz suave pero triste.

    —Sip… pero todavía tenemos un ratito —respondí, mi sonrisa traviesa volviendo.

    Nos metimos a la ducha, el agua caliente cayendo sobre nosotros, el vapor envolviéndonos. Allí, todo empezó de nuevo. Me apoyé contra la pared, el azulejo frío contra mis pechos mientras José me sujetaba las caderas. Su lengua recorría mi cuello, sus manos apretando mi culo mientras me penetraba con urgencia. Era rápido, desesperado, mis gemidos resonando en el baño mientras el agua nos empapaba.

    —¡Dame todo, José, Siii! —grité, mis uñas clavándose en sus hombros.

    —Sos mía, Alma… aunque sea solo ahora —jadeó, sus embestidas llevándome al borde otra vez.

    Terminamos riendo, mi cabeza apoyada en su hombro, el agua corriendo por mi piel. Nos vestimos en silencio, y me despedí con un beso largo, profundo.

    —No me busques, José —dije, mirándolo a los ojos, seria pero suave—. Esto fue todo. Soy una leona, y vos… solo fuiste mi presa.

    Él sonrió, una mezcla de orgullo y tristeza. —Lo sé, Alma. Pero qué manera de ser cazado.

    Subí al auto y manejé hacia la ciudad, el viento en mi cara, mi piel todavía ardiendo. No volvería a ver a José. No iba a arriesgarme. El mercado ya no era mi lugar, y no pensaba volver. Pero mientras conducía, una sonrisa pícara se me escapó. Porque aunque José fue solo una presa, yo había disfrutado cada maldito segundo de la cacería.

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  • Un porteño en el Paso

    Un porteño en el Paso

    ¡Hola! Esta es una anécdota de una noche de verano en Paso de la Patria, Argentina.

    Me describo un poquito, soy morocha morena, pelo largo, lindas tetas, bien culo y lindas piernas, labios lindos y según dicen un poquito cara de puta.

    Era un verano súper caluroso (como suelen ser en Corrientes), así que con mis primos y primas (todos en pareja) decidimos ir a un camping con pileta en Paso de la Patria a 45 minutos de la capital.

    Fuimos un viernes, llegamos comimos algo y pasamos todo el día en la pile. Llegó la noche, y un amigo (que me tenía ganas, pero yo no) me manda un mensaje de que también estaba en el Paso con unos amigos, unos porteños que habían venido para pasar unos días de cumple.

    Yo estaba media aburrida, pues todos estaban en parejas, melosos, y yo quería bailar, tomar y fumar. Así que cuando este amigo me preguntó que hacía, le dije donde estaba, y me dijo te paso a buscar, y le dije ¡Daleee!

    Fui directo a bañarme, depilarme, ponerme bien perra. Con un vestidito sueltito color fucsia, y unas sandalias (tipo taco chino), make up, perfume, cartera y listo.

    Vino a buscarme, pero como es un amigo un poquito viejo, le dije que me pase a buscar por la otra esquina, y tuve que caminar un largo trecho con tal de que no vean con quién me fui.

    Subí al auto y arrancamos para la casa dónde estaban parando. Una casa de dos pisos con pileta y muy cerca de la playa.

    Cuando llegué, saludé a todos, y me di cuenta de que era la única mujer, eran 4 porteños, mi amigo y yo.

    Rápidamente entramos en confianza y entre birras empecé a charlar. Pusimos música, bailamos y yo escuchaba a esos porteños hablar (una tonada que bastante me mojaba).

    La verdad que todos eran de 40 y pico de años, solo había uno, un pendejo que habrá tenido sus veinti y pico, y era el que más me miraba.

    La verdad es que no me acuerdo su nombre, solo me acuerdo que era alto y flaco.

    Bailábamos y tomábamos birra, y yo ya estaba que quería que me diga para ir a otro lugar.

    En eso me dice, “¿vamos arriba querés?”. Y yo, “sorprendida” le digo “bueno dale, ¿pero que querés hacer?”. Y él me dice “vamos nomás, acá hay mucha gente”.

    Bueno fuimos arriba, y de una me empezó a besar, chapamos y me puso la mano en mi cabeza, yo sabía lo que quería, así que bajé y le empecé a chupar la pija. Mientras le chupaba la pija, me preguntaba si yo era algo con el gordo (mi amigo) y yo le dije que no ¿por qué? Me dice: “porque desde hoy está mirándote, le molestaba que yo te hablara.” Yo le dije “jajaja si es un poco celoso”. Y él me dice, “no aguanté más por eso te dije para venir acá arriba”.

    Yo seguía chupándole la pija, mientras él me agarraba fuerte la cabeza. No quería que le dejé de chupar.

    En eso me tiró a la cama, me sacó la tanga, me puso en 4 y me empezó a coger. Ni tiempo me dio a decirle que se ponga forro, me cogió así a pelo. Le gustaba darme muy fuerte, y yo gemía muy fuerte, y me decía si seguía gimiendo “así te van a escuchar abajo”.

    Los de abajo quedaron todos en silencio, estaban disfrutando de mis gemidos de putita saca leches.

    Yo le decía “dale dale cogeme más (me cogía por mi conchita) ¡que buena pija tenés!”

    “¿Así te gusta?” me preguntaba , y a mí me encantaba, y más me calentaba que todos estaban expectantes de lo que estaba pasando.

    Después se acostó en la cama y me hizo chuparle de nuevo, me metí toda su pija en la boca, y después me subí arriba de él, para que me llene de leche la conchita.

    Estuve saltando en su pija hasta que sentí toda su leche en mi conchita.

    Cuando terminamos, me dijo que bajara nomás, él se quedaba a dormir.

    Yo como buena putita bajé las escaleras, y estaban todos mirándome jaja, le dije a mi amigo que me llevara y nos fuimos.

    Mi amigo estaba súper enojado jaja, y yo estaba super caliente.

    Me dejó en la esquina y tuve que meterme todo por el monte para llegar al camping, descalza porque mis tacos no me dejaban caminar.

    Llegué, me saqué la ropa, me toqué la conchita, acabé, y me dormí.

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  • La penitencia

    La penitencia

    Bienvenidos a una más de mis historias. Ahora les escribo un encuentro prohibido que tuve con un sacerdote años atrás cuando tenía 27 y aún estaba soltera.

    En esa ocasión fui invitada como madrina de primera Comunión de una sobrina. De acuerdo al protocolo eclesiástico debía confesarme antes del día de la misa así me di a la tarea de cumplir con ese requisito lo más próximo a la fecha de la celebración.

    Un martes por la tarde fui a la vicaría correspondiente para informarme sobre los horarios en los que podía recibirme el párroco para la confesión ya que se trataba de una pequeña capilla franciscana que no oficia misa todos los días. Al ingresar al inmueble se me hizo extraño no encontrar a nadie atendiendo, las instalaciones estaban vacías. Supuse que no tardaría alguien en regresar por lo que esperé en una banca a ver quién se aparecía. Unos 10 minutos después se abrió una puerta interior por la cual ingresó un hombre que me dio las buenas tardes.

    Al voltear mi mirada hacia él no pude evitar mi sorpresa al verle: el religioso era un hombre de 40 años aproximadamente, alto, moreno claro, abundante cabello lacio negro peinado hacia un lado, de rostro perfectamente simétrico, mentón cuadrado, afeitado impecable, ojos grisáceos y labios carnosos, iba ataviado en una camisa clerical gris de manga corta que dejaba ver unos fuertes brazos y un pantalón negro entallado que resaltaba todos sus demás atributos que a cualquier mujer le llaman la atención en un hombre.

    —“Buenas tardes hija, soy Ricardo, el presbítero de esta capilla, ¿en qué puedo ayudarte?” —pronunció el sacerdote con voz amable y varonil.

    ¡Madre mía! dije en mi mente de la grata impresión. Lo miraba casi babeando y con mi rostro sonrojado, él al ver mi reacción me invitó a pasar a su privado esbozando una radiante sonrisa. En una esquina del cubículo colocó dos sillas a modo que quedamos sentados uno frente al otro, nuestras rodillas casi se tocaban. Comencé a decirle el motivo de mi visita y él no me apartaba la vista de encima, me observaba de arriba abajo, hasta lo pillé dándole una ojeada a mi escote. Lejos de hacerme sentir incómoda con su mirada lasciva me comencé a excitar, la verdad desde el primer instante lo encontré increíblemente atractivo. Mis ojos solo veían al hombre, no al religioso.

    Le pedí me confesara en ese momento, pero se rehusó alegando que ya era tarde, así que programé una visita para dentro de una semana. En el transcurso de los siguientes días anduve muy inquieta, no dejaba de pensar el encuentro programado y fantaseaba por las noches con el sacerdote en situaciones de mucho morbo por ejemplo que me obligaba a verlo hacerse una paja, que me violaba en una cripta oculta debajo del templo, que entre él y un monaguillo me follaban al mismo tiempo, en fin, muchísimas variantes lujuriosas y altamente pecaminosas.

    Se llegó por fin el día de la cita y me presenté a la hora indicada. La vicaría no estaba abierta como la vez anterior, tuve que tocar el timbre varias veces hasta que el padre Ricardo se asomó por una ventana y enseguida abrió la puerta. Me hizo pasar y me pidió que lo siguiera argumentando que no podía confesarme en esas instalaciones, sino que lo tendría que acompañar hasta la capilla. Recorrimos la casa parroquial y luego atravesamos por una puerta que conecta a la sacristía. Parecía que no había nadie más ahí, la puerta principal del templo estaba atrancada, ni siquiera vi monaguillos o fieles dentro.

    La forma de actuar del sacerdote era de lo más cotidiana, muy atento y relajado, casi ni me daba importancia. Su actitud era contraria a lo que yo imaginé en mis fantasías, debo reconocer que me sentí un poco desalentada.

    A diferencia de la última vez que nos vimos, no vestía de civil, sino que portaba su indumentaria franciscana, ya saben, el hábito en color marrón oscuro y su cordón de tres nudos sobre su cintura. Me condujo hasta el ala izquierda del templo donde se ubican los confesionarios y se metió en uno de ellos. Se acomodó en el asiento central y corrió las cortinas púrpuras al tiempo que yo me hincaba sobre el reclinatorio que tenía por un costado.

    Di comienzo a mi confesión, señalando una a una mis faltas acumuladas en tantos años, todo transcurrió normal hasta que pasamos al sexto mandamiento: no fornicarás. El padre Ricardo me detuvo al instante y me pidió que me reubicara hasta donde estaba él sentado porque no alcanzaba a escucharme muy bien, según eso. Me hinqué a sus pies apoyando mis manos entrelazadas sobre sus piernas al momento que él se inclinó hacia mí y apoyó su mano derecha sobre mi hombro izquierdo. Quedé justo al lado de su oído donde reanudé el tema de la fornicación, sin dar pormenores y tratando de resumirle mis aventuras sexuales acumuladas desde mi última confesión.

    El sacerdote me insistió en relatar los detalles, decía que era necesario para poder purificar mi alma. Para su fortuna nunca he sido pudorosa por lo que me explayé contándole sobre las cosas que hacía con mi novio de ese entonces y con uno que otro amigo también jejeje. Podía escuchar sobre mi oreja como la respiración del padre se agitaba gradualmente, después intercambió su mano derecha por la izquierda la cual comenzó a mover por todo mi hombro, la llevó a mi espalda, la puso detrás de mi nuca.

    Yo solo me relajé y disfrutaba lo que su mano me hacía, me estaba gustando el momento. Me esmeré más en contarle mis encuentros con otros chicos, hasta comencé a usar palabras como verga, coño, follar, culo, etc. lo que pareció encender más su temperatura ya que su mano se movía con más ahínco sobre mí. Sentir su vaho sobre mi oreja hizo que mi piel se erizara y por supuesto que toda esa atmósfera de encuentro prohibido, inmoral y aberrante me estaba encendiendo rápidamente, sobre todo por las muchas veces que fantaseé situaciones con un religioso.

    No recuerdo en qué momento dejé de contarle mis pecados y en su lugar empecé a meter mis manos bajo su hábito, primero envolví sus tobillos con ellas, para después palpar sus duras pantorrillas y sus marcados muslos. Al llegar a su entrepierna esperaba encontrarme con su trusa o bóxer, me equivoqué: no llevaba ropa interior debajo. Sin destapar aún su hábito, todo a tientas, mis dedos toparon con sus testículos y el cura suspiró.

    Se lanzó directo a meter su lengua en mi oído mientras notaba sus jadeos de excitación. Mi avance fue lento, dedicándome primero a sus huevos, los masajeaba con mis dedos, los jalaba, estiraba su saco, los apretaba también. Mis movimientos bruscos sobre esa zona sensible le provocaban cierta molestia, pero a su vez placer, sabía que le agradaba como estaba tratando sus bolas.

    En el ínter él me daba mordiscos en el lóbulo de mis orejas, pasaba su lengua por todo mi cuello hasta que una de sus manos se coló dentro de mi blusa y se deslizó por debajo de mi sujetador para aferrarse a mi seno. Le era fácil manipular mi pecho con su amplia mano, lo estrujaba como si estuviera amasando. Claramente eso me puso más caliente y le respondí dirigiendo una mano a su miembro, que al primer tacto no lo sentí totalmente duro.

    Con mi mano derecha seguía manipulando sus huevos y con la izquierda le frotaba su polla que lentamente fue engrosando considerablemente entre mis dedos. Que excitante era tocarle por debajo de su túnica, percibir sus dimensiones y texturas únicamente con el tacto, sin haberle visto aún sus partes. Continúe con mis toqueteos hasta que alcanzó una dureza considerable. Fue entonces cuando de un movimiento rápido le levanté su hábito hasta medio abdomen y quedo ante mí su virilidad expuesta: una verga morena, venosa, bastante gruesa, con una cabeza abultada y lo que más me enamoró fue que estaba circuncidada. La tomé por la base y la admiré por breves instantes, realmente era suculenta.

    El padre Ricardo se había encargado de sacarme ambas tetas por fuera de la blusa, pero al sentir como manipulaba su pija ya con ambas manos optó por reclinarse sobre el respaldo de la silla para disfrutarlo tranquilamente. Yo seguía ahí hincada con mis manos sobre su mástil que a cada apretón seguía creciendo, lo pajeaba muuuy lento, deseaba volverle loco. Le miraba esos intrigantes ojos en tonos grises, fijamente, sin cruzar palabra, esperando a que me ordenara qué hacer.

    —”Si en verdad buscas la salvación tendrás que comenzar con tu penitencia Claudia. Primero hay que purificar tu boca, ¡vamos! —exclamó el párroco. Supe exactamente lo que debía hacer.

    El primer lengüetazo que le propiné a su verga fue recorriendo lentamente toda su extensión, desde los huevos, subiendo por la base de su tronco hasta que topé con su cabezota oscura, a la que le di pinceladas circulares con la punta de mi lengua, para finalmente rodear con mi boca aquel pedazo de carne. Cuando la metí a mi boca el cura soltó un ahhh mientras cerraba los ojos. Me esmeré en comerle lo mejor que podía, la tragaba hasta donde podía, en verdad tenía un palo delicioso.

    —”¿Estoy haciendo bien mi penitencia padre Ricardo?” —le pregunté con voz inocente mientras le daba lametones a la punta de su verga.

    —”No está nada mal, pero necesitas esmerarte más, que se vea tu arrepentimiento” —replicó al tiempo que me tomó del cabello y me forzó hacia él para engullirme su polla hasta la garganta.

    Así estuve un largo rato comiéndole el pito hasta que me detuvo, hizo levantarme y me giro para darle la espalda. Sus manos fueron directo a mis glúteos, los sobaba por encima del pantalón de lycra que por ser de una tela muy delgada podía sentir perfectamente sus manos masajeándolos con firmeza. Separó un poco mis piernas para meter su palma por entre ellas, frotándola contra mi cuca, la deslizaba desde atrás hasta adelante, las yemas de sus dedos alcanzaban a tocar mi bajo vientre y luego jalaba hacia atrás para que su palma frotara toda mi entrepierna. En el proceso de sus deliciosos frotamientos mi humedad traspasó la tela del pantalón, mi tanga no pudo contener la cantidad de flujo que emanaba de mi interior.

    A continuación, se puso de pie para pegarse a mí por detrás, de modo que me rodeó con sus brazos por delante de mi cintura, se aferró a mis expuestos pechos con ambas manos, un rato después bajó su mano derecha por mi abdomen y la deslizó por debajo de mi pantalón para palpar mi mojada concha. Sus dedos bailaban sobre mi clítoris suavemente, de vez en vez los llevaba a la entrada de mi vagina para empaparlos y poder continuar estimulándome ese botoncito de placer. A estas alturas yo ronroneaba como una gatita con cada uno de sus movimientos, no sé cómo aguanté para no correrme en ese momento.

    Luego bajo mi pantalón y pantys hasta las rodillas, pensé que ensartaría su carne dentro de mí pero optó por girarme para quedar ambos frente a frente. Rápido metió su dedo índice y el anular de su mano derecha en mi coño para enseguida moverlos frenéticamente de afuera hacia adentro como una máquina de coser jajaja, sentía sus dedos entrar por completo y la palma de su mano golpeteaba mi clítoris cada vez que topaba en mi vulva.

    Por si fuera poco, arqueaba sus dedos dentro de mi vagina de modo que estimulaba mí punto G deliciosamente, lo que provocó que en menos de 2 minutos explotara en un orgasmo intenso acompañado de tremenda salpicada de jugos que brotaron de mi interior, el famoso “squirting” o eyaculación femenina. Debo admitir que pocas veces me había corrido de esa manera, él sabía sin duda como tocar a una mujer.

    —“Necesitas más purificación Claudia, te resta mucha penitencia aún” —me comentó seriamente.

    Me tomó unos instantes recuperarme de ese éxtasis, las piernas se me doblaron por completo, por suerte Ricardo me sujetó para que no me cayera. Por mis muslos escurrían fluidos y miré el piso mojado producto de mi brutal corrida. El religioso se sentó nuevamente en el confesionario y me hizo que me montara poco a poco sobre su gruesa polla. Una vez que sentí sus bolas pegar con mis nalgas supe que ya tenía todo su miembro dentro, que de lo gruesa que era frotaba muy rico mis paredes vaginales. Di lo mejor de mí en esa cabalgata, en cada sentón, en cada arremetida de mis caderas sobre su palo. Mis pechos eran devorados por el padre como bebé hambriento, como si tuviera una sed insaciable de beber de ellos.

    —”Que rica verga tiene padre Ricardo” —le dije con voz agitada.

    —“Calla hija, vienes aquí a cumplir un castigo, ¡no a disfrutar!” —me dijo medio ofendido.

    Ansiaba probar sus carnosos labios e intenté besarlo un par de veces más él se negó argumentando:

    —”Eres una sucia pecadora, no a tratar de corromperme”.

    Ese cura sí que era todo un caso. No entendí cuál era el problema de besarnos si bien que me tenía ya con toda su carne dentro. Aunque me extrañó esa actitud suya, la verdad es que aumentaba mi deseo por él, dejaba algo prohibido, algo intocable. En fin, el caso es que continué cabalgando su fierro por un par de minutos más y me llegó otro orgasmo intenso acompañado de convulsiones violentas. Descansé un momento sobre el pecho Ricardo, sintiendo mi vagina aun invadida pues no se había salido su tiesa vara.

    Cuando él vio que mis fuerzas regresaron me llevó hasta una de las bancas de madera donde se sientan los fieles durante la misa y me colocó a lo largo apoyada sobre rodillas y antebrazos (posición de perrito) de modo que mi trasero quedó justo a la orilla de la banca. Presuroso se acomodó detrás de mí, abrió un poco su hábito para sacar su gorda polla, la enfiló hacia mi coñito y bruscamente la empujó sin reparos hasta que sus bolas chocaron en mis nalgas.

    Yo me aferraba a la banca con fuerza pues sus embestidas se tornaron bruscas y poderosas, cada choque de su pelvis con mis cachetes generaba un golpe sonoro que retumbaba en aquel silencioso templo. Ese padre me estaba dando una follada de campeonato, yo me sentía literalmente en la gloria jejeje.

    —“¡Ahora verás el castigo que te espera por pecadora!” —expresó eufóricamente.

    —“¡Toma esto!” —gritó al tiempo que sentí un azote en mis nalgas con lo que me pareció algún tipo de cuerda. Efectivamente, el sacerdote me estaba flagelando con el cordón que llevaba amarrado a la cintura, lo hacía con saña a manera de escarmiento. Sin duda a cada cordonazo que me propinaba sentía cierto grado de dolor, pero mis gustos por los coitos violentos convertían cada latigazo suyo en una ola de sensaciones deliciosas que solo alimentaban más mi libido.

    —“¡Si padre Ricardo, castígueme! He sido una ramera sucia, ¡azóteme más fuerte por el amor de Dios!” —le grité entre gemidos.

    El cura al oírme no dudó en seguir ajusticiándome con su soga sobre mis nalgas, mi espalda, mis muslos. Las estocadas a mi coño se tornaron más veloces y noté sus resoplidos anunciando su inminente corrida. De un movimiento súbito se salió de mí, me tomó del cabello, colocó su verga sobre mi cara y se comenzó a correr.

    —“Yooo… te absuelvo… de tus hmmm… pe… cados… en el nommmbre… del Padre…” —pronunciaba mientras vaciaba su espesa leche sobre mi rostro. Chorros cayeron sobre mi cabello, frente, mejillas, me dejo toda batida. Como no quería quedarme con las ganas de saborear un poco de los restos de semen que goteaban de su polla traté de chuparle, pero me lo impidió, tampoco quiso que con mis dedos llevara a mi boca el líquido que había esparcido sobre mi cara. Sacó un pañuelo, me limpió primero y después aseó su flácido miembro.

    Enseguida nos vestimos, apenas y podía caminar, nunca pensé que un sacerdote follara tan bien. Me despedí de él y camino a casa pensé: “desde ahora tendré que pecar con más frecuencia si es que quiero más penitencias con el padre Ricardo”.

    Gracias a todos los que se toman el tiempo de valorar y comentar este relato, me alientan a seguir publicando más historias.

    Saludos cordiales a todos.

    Claudia.

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  • La hija de mi novia quiere saberlo todo

    La hija de mi novia quiere saberlo todo

    Estas cosas le pueden pasar al más pintado. Hasta yo mismo me sorprendí, siendo como soy una persona bastante legal. Pero uno no es de piedra. Les contaré lo que sucedió.

    Mi anterior pareja, Acoraida, se vino a vivir a mi casa con su hija Maribel. Estuvimos algo más de 13 años juntos. Nos llevamos siempre muy bien y nunca hubo secretos entre nosotros. Lo compartíamos todo. Como todos saben, para que una convivencia funcione, hay que ser tolerantes con las particularidades de cada uno, y eso es lo que hacíamos.

    Entre otras cosas, yo mismo fui comprensivo con la niña cuando jugaba y correteaba a todas horas por la casa, cuando rompía algún objeto o cuando usaba mi ordenador para sus trabajos escolares, en fin, ese tipo de cosas.

    Cuando Maribel tenía 18 años, Acoraida tuvo que desplazarse a Salamanca y pasar allí un año para cursar un máster de Economía. No fue una época fácil para mí, pero traté de seguir como pude con mis rutinas, entre ellas la de llevar a su hija al instituto.

    Una tarde, mientras leía el periódico, Maribel salió de la ducha desnuda y se dirigió a su cuarto. En esa ocasión, tropezó en medio del pasillo y se cayó al suelo. Aunque me resultó un poco embarazoso, me fui hacia ella y la ayudé a levantarse.

    En ese instante descubrí que ya era una mujer hermosa. Como hombre que soy, no pude evitar sentirme atraído sexualmente. Lo disimulé como pude, pero admito que miré de reojo su cuerpo. Tenía los pechos grandes y firmes, con las aureolas rosadas y tiernas. Llevaba el sexo rasurado en las ingles, con el vello recortado sobre la vulva. Le observé los labios algo sobresalientes, deliciosos. Todo duró solo unos instantes, pero me sentí excitado. Luchando contra mis deseos, le di la espalda. No quise que notara mi miembro, que comenzaba ya a levantarse.

    ―A partir de ahora, sales vestida del baño, Maribel, ¿ok?

    El incidente quedó ahí, sin más. Yo regresé a mi lectura y ella se fue a su habitación. Pero más tarde, mientras estábamos cenando, me preguntó por qué, y le contesté:

    ―Ya eres una mujer. No está bien que andes desnuda por la casa.

    Como pude, le expliqué que yo era humano y que podía llegar a excitarme. Ella se rio a carcajadas, dijo que vaya una tontería, y que de todos modos eso no tenía nada de malo.

    No supe muy bien cómo encajarlo. Aparentemente no le dio ninguna importancia, aunque luego hizo algo que me desconcertó: se fue a por unas latas de cerveza y las puso sobre la mesa. Entonces me dijo:

    ―Si ya somos adultos, podemos beber alcohol, ¿no?

    Una chica lista, buena jugada. Solo pude sonreír. Le seguí el juego y tomamos las cervezas. El alcohol finalmente nos ayudó a soltar un poco la lengua. Me preguntó si yo le había sido infiel a su madre alguna vez. Le dije que no, por supuesto.

    ―¿Por qué me preguntas eso?

    ―No sé… No eres mi padre verdadero. Los hombres a veces hacen eso, ¿no?

    ―Sí, algunos lo hacen. Pero no es mi caso.

    Ella me confesó ―para mi sorpresa, porque yo creía lo contrario― que nunca había tenido sexo con un chico, que sus amigas hablaban todo el rato de eso, pero que ella no participaba. Lo que sí hacía era frotarse los muslos y meterse los dedos, pero quería aprender de una vez todo sobre el sexo.

    ―Ten paciencia, ya conocerás a alguien. ¿Qué prisa tienes?

    Tomó un sorbo más.

    ―¿Y por qué no ahora? ―me dijo, y comenzó a acariciarse la blusa sobre los pechos mientras me miraba con malicia.

    Yo no daba crédito. Me pilló con la guardia baja. No llevaba sujetador, y sus pezones se le marcaban bajo la tela. A veces la camisa se le subía demasiado y se le salía un pecho. Bajó la otra mano a su entrepierna y comenzó a tocarse. Lo hacía ocultándose detrás de la mesa, pero yo sabía lo que estaba haciendo. Si quería provocarme, lo estaba consiguiendo.

    Finalmente se quitó la camisa y la tiró al suelo. Se puso de pie y comenzó a quitarse el pantaloncito del algodón que llevaba. Se quedó solo con las bragas. Al ser blancas, se notaba la mancha oscura de su vello sobre la vulva. Por los lados salían algunos pelillos rebeldes. Yo la miraba anonadado. La mesa cubría mi erección.

    ―Sabes que no puedo hacer eso, Maribel.

    ―Pero yo sí ―replicó―. Te he espiado, ¿sabes?

    Abrí los ojos, sorprendido.

    ―¿Qué?

    ―Sí, te he visto desnudo mientras te duchas. Y a veces te he visto follando con mi madre, jajaja. Voy de puntillas hasta vuestro cuarto y me asomo despacio. Sé que… ―rio tapándose la boca―. Sé que no te deja metérsela por el culo, porque no le gusta. Mis amigas hablan de eso todo el rato, y yo no me lo creía. Pero te vi a ti intentándolo con ella.

    Mi erección era ya indisimulable, me latía el corazón a todo trapo. Di un trago más a mi lata, nervioso.

    ―No deberías hacer eso. Es algo íntimo.

    Volvió a reírse. Estaba de pie y seguía mirándome en actitud coqueta. Se acariciaba las bragas con descaro, se pellizcaba un pezón. Me era imposible retirar la mirada.

    ―Yo soy más abierta que ella ―dijo con chulería.

    ―¿Cómo abierta?

    ―Sí, yo quiero probarlo todo. Quiero que me ayudes, que me enseñes a disfrutar del sexo sin tabúes.

    ―Jajaja, estás loca. Además, te he dicho que no puedo hacer eso.

    ―No diré nada, te lo prometo ―dijo con desespero―. ¿Qué te cuesta?

    Se acercó a mí, descalza como iba, se sentó sobre mis piernas, me rodeó el cuello con los brazos y trató de besarme. Yo no sabía qué hacer. Por más que quise evitarlo, mi pene erecto se le clavaba entre las nalgas. Ella presionaba sus pechos contra mí, hacía pequeños balanceos con sus caderas forzando el frotamiento de mi polla. No pude resistirlo más: la rodeé con los brazos y le correspondí. Nos besamos en los labios y enseguida sacamos nuestras lenguas.

    ―Es suave ―dijo.

    ―Sí, mucho. Y tú más aún ―le dije. Me sentí arrasado por su tacto y su olor.

    ―Otra vez ―susurró juguetona, y volvimos a besarnos rozando nuestras lenguas.

    Fui recorriendo su cuerpo con mis de dedos, le acaricié los pechos, lamí el lóbulo de su oreja, llevé mi mano a su braguita, que comenzaba a estar caliente y húmeda. Con disimulo, llevé los dedos impregnados de su olor a mi nariz. Me voló la cabeza.

    ―Me gusta cómo me tocas ―me dijo al oído.

    Era irresistible. Quizás lo hacía intencionadamente para provocarme, pero empezó a emitir pequeños gemidos. Su cuerpo se mecía con mis caricias y besos. No pude aguantar más. La cogí en brazos y la coloqué tendida sobre la mesa. Por un momento, estuve a punto de detenerme. No podía creerme que estuviera sucediendo, pero me incliné sobre ella y comencé comérmela: le acaricié todo el cuerpo, le mordisqueé el cuello, lamí sus pechos, chupé sus duros pezones.

    ―Ay, que rico ―dijo respirando con agitación.

    Le besé el ombligo y su cuerpo se contrajo. Soltó una risilla.

    ―¡Me hace cosquillas!

    Le saqué las bragas y me las llevé de nuevo a la nariz. Aspiré.

    ―¿Qué haces? ―preguntó sorprendida.

    ―Nada.

    ―Dímelo ―insistió―. ¿Por qué has hecho eso?

    ―Es por… el olor de tu sexo. A los hombres nos excita.

    Abrí despacio sus piernas y me quedé mirando su vagina, los labios rosados y perfectos asomando entre el vello. Quise mostrárselo de nuevo y comencé a olérselo minuciosamente. Su olor me llenó y destruyó definitivamente cualquier barrera moral que pudiera tener. Empecé a saborear sus jugos. Los gemidos de Maribel ahora sí que eran más intensos e involuntarios.

    Su pelvis comenzó a moverse arriba y abajo suavemente. Abrí más sus piernas y comencé a succionarle a placer los labios, que ya estaban rojos y excitados. Mordí sus nalgas blancas y duras, las abrí y le lamí el ano cerrado, haciendo que ella se estremeciera.

    ―¡Malo! ―exclamó―. Eso no es la vagina.

    ―¿No te gusta?

    ―Sí… mucho.

    Seguí haciéndolo. Luego empapé dos dedos en mi saliva y hurgué en su sexo. Estaba muy húmedo. Los introduje despacio, moviéndolos adentro y afuera.

    ―Ay… ―gimió.

    ―¿Te gusta?

    ―Sí…

    Su pelvis volvía a moverse. Eché más saliva, aumenté el ritmo, empecé a agitarlos dentro, rozándole las paredes. Me incliné sobre ella y comencé a chupar y lamer el clítoris sin dejar de penetrarla. Su cuerpo se agitaba cada vez más.

    ―¡Ay, joder, qué pasada! Así, sigue…

    Continué unos instantes más hasta que de pronto comenzó a tener contracciones. Maribel se llevó la mano a la boca para ahogar un fuerte jadeo. Juntó sus muslos instintivamente, muerta de gusto, atrapándome en medio. Dejé de atosigarla hasta que su cuerpo se calmó. Tenía todo el cuerpo húmedo.

    ―Joder… ―fue todo lo que dijo, con la respiración agitada.

    Me puse de pie y la senté en el borde de la mesa, tomé su rostro en mis manos y la besé en la boca.

    ―Ven, siéntate en la silla ―le dije. Yo me puse de pie y me quité el pantalón y los calzoncillos. Me subí a la mesa, ofreciéndole mi erección―. Te toca a ti. Haz todo lo que te apetezca.

    Miró mi polla un poco desconcertada. La acarició con los dedos, como si fuera un juguete nuevo. Me hizo gracia. Luego acercó su cara y justo antes de posar su boca, dijo:

    ―Por fin… ―Entonces se puso a olfatearla―. Qué raro huele… ―Yo no supe qué decirle, pero por su sonrisa pensé que no le desagradaba.

    Luego sacó su lengua y comenzó a lamerla como si fuera un helado, de abajo arriba, a darle besitos. De vez en cuando, daba una chupaba a la punta roja, como si fuera un chupachups. Continuó así hasta que puse una mano sobre su cabeza, la atraje hacia mí y le dije:

    ―Métetela en la boca.

    Empezó a chuparla abriendo al principio los ojos, como asombrada. Luego los cerró y comenzó a mover su cabeza arriba y abajo, despacio.

    ―¿Así? ―preguntó mirando hacia mí.

    ―Así es perfecto. Sigue, anda.

    Empezó a saborearla, rodeaba el glande con su lengua a medida que fue cogiendo confianza. Se concentró en el orificio, hurgándolo con la punta. De la excitación, me agarré yo mismo la polla y comencé a jugar con ella, la balanceé frente a su cara, le di golpecitos en los labios y en las mejillas. Le mostré los testículos y le dije:

    ―Lámelos. ―Puse su mano en mi polla―. Pajéame mientras lo haces.

    Lo hizo durante unos instantes y luego dijo:

    ―Quiero ver el semen.

    Sus palabras hicieron que me vibrara todo el cuerpo.

    ―Ven ―le dije intentando contener mi ansiedad.

    Me bajé de la mesa y le pedí que se arrodillara. Le puse la polla frente a la boca.

    ―Chúpala ahora muy seguido.

    Comencé a moverme acompasando mis movimientos a los de su cabeza, que yo atraía con mi mano. La saliva se le salía por la comisura de los labios. A veces se la sacaba para respirar, la lamía de abajo arriba. Yo la tomaba en mi mano y se la pasaba por los labios. Cuando lo hacía, ella miraba hacia arriba buscándome la cara, con curiosidad, sorprendida por ver lo que le gustaba a un hombre.

    Continuó mamando unos minutos hasta que finalmente llegó mi orgasmo. Los chorros de semen la pillaron desprevenida y soltó un quejido de sorpresa. Abrió su boca y sacó su lengua, desesperada. Yo agarré mi polla y seguí masturbándome. Los chorros le cayeron en la cara, manchándole la nariz, la frente y el pelo.

    Quedó impresionada. Así y todo, con los dedos comenzó a restregarse algunas gotas que habían caído sobre sus tetas. Entretanto, yo me recuperaba apoyado en la mesa y sin dejar de mirarla, incrédulo.

    ―Sentí tu chorro en mi garganta ―dijo sonriendo―. ¡Sabe dulce! ―añadió, y se chupó los dedos, que tenía manchados de semen.

    Me incliné hacia ella, la tomé por los brazos y la puse de pie. La miré a los ojos, le aparté el pelo de la cara. La besé.

    ―Ha sido fantástico ―le dije―. ¿Te ha gustado? ―Ella asintió con la cabeza―. Pues este será nuestro secreto, recuérdalo.

    ―Claro. No lo diré a nadie. Pero… ¿me seguirás enseñando?

    La volví a besar en la mejilla.

    ―Sí. Anda, ve a ducharte.

    Recogió su ropa del suelo, muy contenta, y se fue hacia la ducha de puntillas, dando saltitos. Admiré su cuerpo joven con deleite una vez más mientras se marchaba. «Hay tipos con suerte», pensé.

    Fin

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