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  • Mi otro vecino

    Mi otro vecino

    Con mi vecino seguimos intimando varias veces. Para más seguridad, yo lo visitaba en su casa. De esa forma podíamos relacionarnos aunque mis padres estuvieran en la quinta. Yo había dejado un par de zapatos de taco alto en su casa para no hacer ruido las veces que estaban mis padres. Siempre esperaba a medianoche y salía de mi casa en dirección a la suya. Esos encuentros eran agradables, pero resultaban muy rutinarios. Mi culito y yo necesitábamos cambios, salir de la rutina, experimentar situaciones nuevas y excitantes. Yo fantaseaba con un cambio importante… ¡Y vaya si lo hubo! Les cuento…

    Una noche me vestí para ir a su encuentro: corpiño y tanguita con encajes color bordó, medias finas color caramelo con portaligas y unas chatitas rojas con un moñito. Me puse un tapado marrón claro, un gorrito de lana blanco y salí para su casa. Llevaba en el bolsillo del tapado un delineador y un lápiz de labios. Al llegar toqué a su puerta de la manera habitual y me desprendí el tapado para sorprenderlo. Se abrió la puerta y… la sorpresa me la llevé yo. ¡Y vaya sorpresa! En lugar de Martín, me encontré cara a cara con Raúl, el capataz de mi vecino. Casi me caigo de culo.

    Él me se plantó en la entrada con una mirada sarcástica y yo abría la boca pero no podía gesticular ni media palabra. Yo sentía que mi corazón latía a mil, que mi rostro se prendía fuego y mi boca seguía empecinada en no dejar escapar ni una letra.

    -Hola vecinito. ¿Qué andás necesitando? -dijo Raúl de forma irónica.

    -Yo… ¿Y don Martín?… Yo…

    -Tranqui, che. Te explico. Martín está delicado de salud y por bastante tiempo no va a volver a la quinta. En la ciudad tiene los mejores cuidados y se comunica conmigo por celular para algunas instrucciones precisas. Tuvo un infarto, pero de a poco va mejorando.

    -Bu… bueno… que se mejore… yo me voy.

    -Pará, no te vayas que tengo algo para vos que él me dejó. Pasá y de paso te calmás un poco.

    Me cerré el tapado, entré y me quedé en silencio. Raúl fue a otra habitación y volvió con una bolsa amplia, expresando:

    -Me dijo el patrón que esto era de la señora vecina y que lo tuviera a mano por si lo venía a buscar. Pero por lo que veo… es para “la señorita vecina”, ¿no?

    Tomé la bolsa y adentro estaban mis altísimos tacos aguja rojos. Notaba como se avivaba el fuego en mi cara y comenzaron a caerme algunas lágrimas.

    -No llorés. Calmate que no pasa nada. -dijo Raúl-. Vení, pasá al comedor que tomamos un café y vas a ver que te tranquilizás. Dale.

    Me senté en el comedor con los codos apoyados en la mesa y tratando de ocultar mi rostro. Quería pensar en algo, pero mi mente estaba centrada en una palabra: vergüenza. Volvió con dos tazas de café y el mismo me secó las lágrimas con un pañuelo. Se sentó a mi lado y mientras bebíamos me dijo:

    -Desabrochate el tapado. Vas a estar más cómodo, y no voy a ver nada que ya no haya visto.

    Desabroché los botones de mi tapado con manos temblorosas y seguí bebiendo café. Y vino el pedido que cambió todo. Pidió que me pusiera los zapatos rojos. Quería verme como imaginaba que me veía Martin. Casi como un autómata saqué mis zapatitos de la bolsa y me los calcé. Él me dijo que me quedaban hermosos y que si no lo tomaba a mal, le gustaría verme caminar sobre esos tacos. Accedí y comencé a caminar a lo largo del comedor. ¡Y pasó!

    Ahí, en ese instante todo cambió. ¡Los tacos altos me transformaron! Del joven avergonzado y temeroso no quedó rastro alguno. Me movía con soltura sobre mis adorados tacos y de manera cada vez más sensual y sexy. Raúl aplaudía y cuando volví a mi asiento me dio un beso en la mejilla y me dijo que era algo fabuloso como andaba yo con esos tacos. Aunque parezca mentira yo ya estaba re caliente. Me incliné hacia él y dije:

    -¿Te puedo preguntar algo, Raúl?

    -Lo que quieras, nene.

    -¿Te puedo chupar la pija?

    Ahora el sorprendido era él. Pero ni lerdo ni perezoso se bajó el pantalón y el calzoncillo y dejo ante mí una verga de buen tamaño y gruesa. Comencé a lamer la cabeza y, fiel a mi calentura, me la mandé entera casi hasta la garganta. Recorría ese mástil venoso y duro babeando y con succiones interminables. Seguí por largo rato llenando mi boquita con ese trozo de carne palpitante y cuando me pareció que estaba por acabar, me retiré. Me fui corriendo hasta el living, exhibiendo un hermoso repiqueteo de tacos altos y me puse de rodillas en un sillón con la cola hacia afuera.

    Cuando terminaba de quitarme la tanguita, ya estaba Raúl detrás mío con la verga enhiesta. Me mandé cos deditos ensalivados en mi ortito de nena y esperé..

    La apoyó, jugueteó un poco en mi agujerito y de golpe me la enterró hasta el fondo. Casi me hace pasar para el otro lado del sillón, pero ¡que delicia! Sentir mi cuerpo lleno de pija, me transportaba al espacio. Él bombeaba con esa fuerza de mucho con tiempo de abstinencia y yo me retorcía de placer. No había un milímetro de mi interior que no estuviera lleno y mi culo palpitaba a full con ese vaivén descomunal. Yo me sentía mujer, mina, yegua, diosa… ¡Todo junto! Me dio vuelta, me puso con las piernas al hombro.

    Y cuando me ensartó creo que sentí que me llegaba al estómago. Mientras Raúl me daba sin asco, yo me contorsionaba, gemía, gritaba… amaba esa pija. Cuando al fin acabó, me inundó de leche. Al retirar la verga notaba como por mi cuito salía una catarata de ese néctar delicioso. Me giré y, poniendo mi mejor cara de putita, le limpie toda la verga con mis labios. No solo me deleité, además me la tragué hasta la última gota. Ahh.

    Cuando me estaba marchando y le dejaba los tacos a su cuidado, me llenó de besos y me pidió que volviera cada vez que y quisiera. Yo le prometí que lo visitaría seguido. Y… cuando prometo algo lo cumplo, jajaja.

    Espero les guste tanto o más que el anterior. Sus like me animan a seguir relatando, y tengo “aventuras” similares como para escribir un par de libros. Beso a todos y hasta la próxima.

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  • Los juguetes de mi mujer

    Los juguetes de mi mujer

    Hola, me llamo Raúl y quiero contarles una historia breve sobre mí. Al final, me encantaría saber si a alguno de ustedes le ha pasado algo parecido.

    Todo empezó con una cajita que mi mujer guarda en el armario. Ahí tiene sus juguetes sexuales, esos que usa ella sola o que yo uso con ella. Siempre fue así: eran para ella. Hasta que, hace unos meses, pasó algo que no tenía planeado.

    Mi mujer y una amiga se fueron de vacaciones dos semanas, y yo me quedé en casa con nuestros hijos. Una noche, estando muy caliente, abrí la caja y saqué el consolador que más le gusta a ella. Empecé a pajearme mientras lo chupaba y lo lamía por completo. Quería sentir su olor, su esencia… fue algo muy intenso.

    Eso se repitió noche tras noche. Hasta que un día probé con el vibrador. Se me ocurrió metérmelo por el culo, solo por curiosidad, para sentir lo que ella siente cuando lo usa. Y ¡vaya sorpresa! Me encantó. Fue tan placentero que, mientras lo tenía dentro, seguía chupando el otro juguete. Podría decirse que, por primera vez, tuve los dos agujeros ocupados.

    Después empecé a experimentar más con mi ano. Una noche, además del vibrador, me animé a introducirme también el pene de goma. Obviamente lo lubrique bien, y aunque al principio sentí un dolor que casi me echa para atrás, luego… lo disfruté como un loco. Estuve probando distintas posiciones, sintiendo cómo mi cuerpo se abría y se adaptaba.

    Cuando mi mujer volvió, le conté todo. Y ahí nuestra vida dio un vuelco total. De repente, ya no era yo quien usaba los juguetes con ella, sino ella conmigo. Le fascinó. Yo pasé a ser el pasivo y ella la activa, hasta se compró un arnés con un consolador para simular ser el hombre.

    Pero esto no acabó ahí. Ella me grababa mientras me penetraba, y luego se lo enseñó a su amiga… y esa amiga se lo contó a su pareja. Un día organizamos un encuentro entre los cuatro, y en vez de ser el activo, fui completamente pasivo. Aquella noche me dieron por todos lados: el marido de su amiga me penetraba mientras mi mujer me metía otro juguete en la boca. Fui la estrella pasiva de la noche, y acabé lleno de leche después de chupársela al otro hombre por completo.

    Sigo considerándome hetero, pero la verdad es que me encanta que me metan cosas por el culo y también me gusta chupar. No sé si alguien habrá vivido algo similar, pero me muero por leer sus experiencias.

    Un saludo.

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  • Pellizcos

    Pellizcos

    Estoy en la oficina, el aire cargado de ese olor a papel y café. Mi jefe no para de pellizcar culos, como si fuera su vicio secreto. Primero al nuevo, un pellizco rápido que le pilla por sorpresa y ante el que, prudente, no dice nada. Luego a su secretaria de confianza, que suelta una carcajada nerviosa mientras él aprieta su carne bajo la falda ajustada. “Seguro que no es la primera vez que ese trasero recibe el trato humillante” pienso.

    Y ahora me toca a mí.

    El primero pellizco es juguetón, un roce que me eriza la piel y despierta un calor traidor entre las piernas. El segundo, más profundo, sus dedos clavándose en mi nalga, haciendo que mi coño se humedezca sin permiso. Pero el tercero duele de verdad: un pellizco intencionado y prolongado que me arranca un gemido agudo y me hace saltar.

    Lo miro furiosa, me quejo en voz baja, protesto y él me clava esos ojos fríos.

    -Quítate la ropa -ordena con voz autoritaria.

    Me quedo helada, el pulso retumbándome en los oídos. ¿Desnudarme aquí? La puerta no tiene el pestillo echado; cualquiera puede entrar sin llamar: la secretaria, el nuevo, hasta el de contabilidad. Imagino sus ojos sobre mí, mis tetas expuestas, mi sexo al aire, los rumores extendiéndose como la pólvora: “Sandra se desnuda para el jefe, qué zorra”. La vergüenza me quema, pero también enciende algo sucio dentro, un cosquilleo que me moja más.

    -¡No lo repetiré! -dice alzando la voz.

    “Cállate nos van a oír” -grita mi mente sin voz.

    -Desnúdate o estás despedida -añade en un susurro como si atendiera mi secreta plegaria.

    Ahora sí, ahora la amenaza me aplasta.

    No puedo perder el trabajo.

    Con manos temblorosas, empiezo. Me quito la blusa, el aire fresco endureciéndome los pezones bajo el sujetador. Luego la falda, que cae al suelo dejando ver mis bragas negras, tan ajustadas que la tela se hunde en la raja profunda de mi culo. Esa hendidura glotona, carnosa y hambrienta, devora la tela por completo, el nacimiento del trasero al descubierto durante un instante, justo antes de que baje las bragas.

    Tiro de ellas con rabia, la tela se desliza por mis muslos y mi coño queda al descubierto: labios hinchados, brillantes de excitación, el clítoris palpitando traicionero.

    Por último, el sujetador. Mis tetas caen pesadas, pezones duros apuntando al frente. Estoy completamente desnuda, la piel erizada, el corazón latiéndome en la garganta y en el sexo. Su mirada me recorre como una caricia sucia: se detiene en mis tetas, baja hasta mi coño depilado y húmedo.

    -Gira despacio. -ordena

    Obedezco y me detengo. El culo, mi culo, se convierte en el foco. Siento sus ojos quemándome la espalda, las nalgas abundantes, con esa grasa suave que se acumula en los muslos, ligeramente caídas pero redondas, la hendidura profunda y cerrada que invita a ser abierta.

    Se acerca. Su aliento caliente roza mi nuca. Sus manos grandes agarran mis nalgas, separándolas un poco, y pellizca la izquierda, por dentro, con fuerza. Gimo, arqueándome, el dolor convirtiéndose en placer eléctrico que me recorre el coño. Luego la derecha, más fuerte, sus uñas marcándome la piel mientras aprieta hasta que siento que voy a correrme solo con eso. Estoy temblando, mojada hasta los muslos, imaginando que me dobla sobre el escritorio y me hace suya ahí mismo, sin piedad, mientras alguien entra en…

    De pronto, la puerta se abre. Un jadeo ahogado sale de mi garganta, el rostro ardiéndome fruto de una vergüenza absoluta. ¿Quién es? ¿Me verán así, expuesta, temblando de deseo y miedo?

    Y en ese instante despierto, jadeante en la cama, las sábanas pegadas a mi piel sudorosa, el sexo palpitando con un deseo que no se apaga. Solo era un sueño, pero los pellizcos aún duelen en mi carne, y mi mano, mis dedos deslizándose en la vagina, ya buscan aliviar lo que él empezó.

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  • El kiosco del placer

    El kiosco del placer

    Conocí a Jesús por una APP de contactos, y tras varias semanas hablando y compartiendo fotos decidimos quedar. Nos citamos en su kiosco, donde tenía un almacén con un sillón y podríamos estar tranquilos. Yo había tenido un par de relaciones con otros chicos, pero no habíamos pasado de alguna mamada y alguna paja. Al llegar al kiosco, Jesús me saludo con una gran sonrisa y me invito a pasar. Cerró con llave y nos dirigimos al almacén.

    Al principio los nervios de ambos nos hicieron quedarnos de pie charlando hasta que ya tras unos minutos nos sentamos en el sillón. Seguimos hablando mirándonos fijamente hasta que de repente nuestros labios se juntaron. Un beso largo e intenso donde nuestras lenguas se buscaban. Nos desnudamos con prisas hasta quedar como nuestra madre nos trajo al mundo, y ya desnudos nos tumbamos en el sillón el uno al lado del otro. Jesús cogió mí polla y yo hice lo mismo. Comenzamos un sube y baja suave pero muy excitante. Nunca había estado tan excitado en tan poco tiempo con nadie.

    Empezó a bajar por mi cuello hasta llegar a los pechos, donde comenzó a lamerme y dar pequeños mordiscos. Siguió bajando y cuando llego al ombligo yo casi estaba derretido ya. Rodeo mi polla y se dirigió con su boca a mis testículos. Al sentir su lengua casi exploto. Fue una sensación imposible de explicar. Pasaba la lengua por ellos y subía por el tronco hasta la cabeza. Subía y bajaba hasta que en una de esas se metió mi polla en la boca. Primero se metió la mitad para de repente meterse toda entera.

    El gusto que me estaba dando Jesús era superior a todo. Tras un buen rato así saco su boca y volvió a bajar, pero esta vez buscando mas. Me subió las piernas y acerco su lengua a mi culete. Nunca había llegado a ese punto y una sensación de miedo me invadió, hasta que note la lengua de Jesús justo en mi agujerito. El chispazo que sentí me quito todos los miedos de golpe. Comenzó a lamer mi agujero con una delicadeza increíble. Metía su lengua en mi culo y a mí me encantaba.

    Tras un rato así subió de nuevo a mi polla la cual se volvió a tragar, pero dejo mi culo aun en pompa. En ese momento sentí su dedo justo en la entrada de mi agujero, pero ni me inmute. Quería más. Estaba súper excitado. Siguió mamando y empezó a meter su dedo en mí. Era una sensación rara pero placentera. Iba con mucho cuidado y a mí me encantaba. Al rato note que intentaba meter un segundo dedo y me asuste un poco, pero pudo más la excitación y no proteste.

    Estaba disfrutando lo que no pensé que podría disfrutar y mi polla ya no aguantaba más. Le dije que estaba a punto de correrme y el dijo que adelante sin soltar mi polla. Siguió con la mamada hasta que no pude más y me corrí en su boca. No dejo caer ni una gota. Se acerco a mí y me empezó a besar con toda mi leche en su boca. Me pareció riquísimo.

    Él dijo entonces que le faltaba poco para correrse y entonces yo me agache, y le empecé a hacer una mamada hasta que al poco rato empezó a correrse también. Todo su semen fue a parar a mi boca y también me levante y le bese con pasión. Nos limpiamos y nos tumbamos un rato más en el sillón donde no dejamos de besarnos y tocarnos. Un rato más tarde nos despedimos prometiendo volver a vernos.

    Fue la primera de las mejores experiencias que he tenido con otro chico, aunque las siguientes fueron a más. A la semana siguiente volvimos a quedar en el kiosco del placer, pero eso os lo contare más adelante. Si os a gustado y os a excitado un poco he cumplido.

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  • Mi tía y el sacerdote

    Mi tía y el sacerdote

    Era domingo por la tarde, la iglesia vacía. Me arrodillé en el confesionario con el pulso acelerado, sabiendo que al otro lado estaba el padre Luis, un hombre mayor.

    —Ave María Purísima…

    —Sin pecado concebida —respondí con la garganta seca.

    —Habla, hijo. ¿Qué peso traes hoy?

    —Padre… pensamientos impuros. Muy graves. Constantes.

    Silencio. Solo se oía el leve crujido de su sotana al moverse.

    —¿Con quién son esos pensamientos, hijo? El demonio siempre pone un rostro.

    Tragué saliva. La madera olía a cera y a años de pecados ajenos.

    —Con… con una mujer casada, padre. Mayor que yo. Muy devota. Va todos los días a misa, ayuda en la catequesis, lleva el rosario siempre en la mano… Todos la ven como una santa.

    El padre Luis respiró hondo, lento.

    —¿Y cómo se llama esa mujer, hijo? Di su nombre, que el nombrar el mal es el primer paso para vencerlo.

    Sentí que el corazón me iba a estallar.

    —Susana, padre. Mi tía Susana.

    Un silencio tan denso que casi dolía.

    El sacerdote carraspeó. Cuando habló de nuevo, su voz era más baja, más íntima, como si él también estuviera confesándose.

    —Susana… Sí, la conozco bien. Una mujer ejemplar. Pechos pequeños, discretos… pero ese trasero, hijo. Ese trasero es una tentación que hasta a los de sotana nos ha hecho apartar la mirada en la misa. Alto, redondo, perfecto… No eres el primero que viene aquí por ella.

    Me quedé helado. No esperaba eso.

    El padre Luis dejó escapar un suspiro largo, tembloroso.

    —Hace dos años, en el retiro espiritual… la grabé sin que ella lo supiera.

    Un clic suave. Sacó un teléfono viejo del bolsillo de la sotana y lo acercó a la rejilla. La pantalla se iluminó en la penumbra, apenas lo suficiente para que yo viera.

    Pulsó play.

    Allí estaba ella. Mi tía Susana, de rodillas frente a un pequeño altar improvisado en la habitación del retiro. La camisola blanca era tan fina y el calor tan intenso que la tela se pegaba a su piel como una segunda capa translúcida. Prácticamente desnuda. La luz de la ventana la atravesaba sin piedad: los pechos pequeños, firmes, con los pezones oscuros y endurecidos claramente visibles; la curva delicada de la cintura; y sobre todo ese culo exquisito, alzado, redondo, perfecto, moviéndose apenas con cada inclinación de su cuerpo mientras rezaba.

    “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…” susurraba con esa voz suave, angelical, mientras sus nalgas se balanceaban levemente al ritmo de las palabras, como una ofrenda involuntaria. Cada vez que besaba el crucifijo, la camisola se levantaba un poco más por detrás, dejando ver la línea perfecta entre sus glúteos, la piel blanca y suave brillando bajo la luz.

    El video duró solo quince segundos, pero fue eterno. Sentí que me faltaba el aire, que la erección me dolía tanto que tuve que apretar los dientes para no gemir.

    El padre Luis apagó la pantalla y guardó el teléfono. Su respiración era pesada, entrecortada.

    —Ahora ya lo has visto, hijo. Ahora sabes por qué esta cruz es tan pesada.

    El padre Luis guardó el teléfono con lentitud, como si le costara desprenderse de la imagen. Su respiración seguía pesada, pero cuando habló de nuevo su voz había recuperado esa autoridad serena de confesor.

    —Esto que has visto hoy, hijo, es solo el comienzo de tu camino hacia la pureza. No puedes liberarte de un pecado tan profundo en un solo día. Necesitas tiempo para meditar, para rezar, para que la tentación madure y revele su verdadero rostro.

    Hizo una pausa larga, y sentí que me observaba a través de la rejilla.

    —Dentro de exactamente un mes, el domingo 6 de febrero por la tarde, volverás aquí a la iglesia a la misma hora. Traerás tu alma preparada y me contarás cómo has luchado contra estos pensamientos. Solo entonces te daré la absolución plena.

    Asentí en silencio, todavía aturdido por el video y por la erección que no bajaba.

    —Ve en paz —dijo al fin—. Y que el Señor te acompañe.

    Salí del confesionario con las piernas temblando y la mente en llamas. El mes que siguió fue un infierno dulce: cada domingo veía a mi tía Susana en misa, arrodillada, con esa cara de santa y ese culo perfecto marcándose bajo el vestido. Cada noche revivía el video en mi cabeza hasta correrme en silencio. Pero obedecí: no la busqué, no la toqué, solo recé y sufrí.

    Llegó el domingo 6 de febrero. La iglesia estaba igual de vacía que aquel día. Entré con el corazón latiéndome fuerte, esperando encontrar al padre Luis en el confesionario.

    Pero no estaba allí.

    La puerta de la sacristía, al fondo, estaba entreabierta. Una luz tenue salía de dentro. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, atraído por un murmullo bajo… una voz de mujer rezando entrecortada.

    Me asomé por la rendija.

    Y lo vi todo.

    Mi tía Susana estaba de rodillas en el suelo de la sacristía, frente al padre Luis. Pero no rezaba como siempre. El hábito del sacerdote estaba subido hasta la cintura, su miembro erecto y grueso entrando y saliendo de la boca de ella con lentitud deliberada. Susana tenía los ojos cerrados, las mejillas hundidas, las manos apoyadas en los muslos del padre como si estuviera recibiendo la comunión. La blusa blanca estaba desabotonada, los pechos pequeños al aire, los pezones duros y rosados. El vestido subido hasta la cintura dejaba a la vista ese culo exquisito, perfecto, alzado hacia mí mientras el sacerdote la follaba la boca con calma.

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  • Febrero de 2010: Terremoto en Chile bien culeado

    Febrero de 2010: Terremoto en Chile bien culeado

    Para el terremoto del 27 de febrero en Chile, habíamos estado en una fiesta hasta las 2 de la mañana, ya todos medios ebrios. Estábamos en una cabaña veraneando en el sur de Chile. La casa era grande, mi mama se habia ido donde el vecino (jeee) a otra fiesta, mi viejo estaba raja de curado y mi hermano y su esposa estaban peleados. Cada uno durmiendo por separado.

    La Jessica, mi cuñada, es una mina bien mayor, caliente y tira calzon y esa noche pensé en culeármela, aprovechando que estaba ebria y peleada con mi hermano. Es exquisita, tremendas tetas y un culazo. Sus piernas gruesas son exquisitas. Tiene unos muslos calientes que me anda mostrando.

    Dos amigos más estaban durmiendo por ahí, curados. La casa estaba en medio de un bosque y esa noche la oscuridad era total. Me estaba quedando dormido cuando siento que abren la puerta de mi pieza y una mina se mete en mi cama, yo no entendí nada, pregunté quien era pero no me contestó pues se quedó dormida, estaba con ropa y parece que solo quería dormir.

    El olor a trago me decía que estaba ebria. Pero yo andaba caliente y como pensé que era la Jessica comencé a meter mano.

    Estaba exquisita la mina, tal cual la imaginé, dos gruesas tetas y unos pezones anchos y duros que se pararon como dedos; le chupe las tetas mucho rato, agarre de todo, la mujer se quejaba de caliente media dormida y entonces no aguanté le bajé el calzón, me quite los pantalones de pijama, le separe las piernas me subí y me la culeé, me resbalé en una gran concha mojada y peluda, le di duro, andaba sin condón así es que después de 10 minutos de darle paré, la puse boca abajo me fui gateando hacia abajo, le separé las nalgas y le chupé el ano, con gustito amargo, tremendas nalgas carnosas, ¡que culo me estaba comiendo dios mio!

    Como estaba dormida y ebria yo podia disfrutarla, le meti los dedos por la raja le abri las nalgas y entonces me la culeé por el ano, fue muy caliente tenia el hoyo apretado, pero como estaba bien mojada finalmente no me costó tanto entrar. Igual le chipe el ano hasta sentir el saborcito a caca.

    Ohhh… Un pedazo de raja carnosa exquisita, peluda y mojada me recibió, a eso le llamo tener culo, grande carnoso, apretado, no dure nada… me afirme de las caderas y eyaculé tratando de no meter bulla, luego me acomode para dormir. Habrá pasado una hora y la mina seguía durmiendo a mi lado, me comencé a preocupar si mi hermano buscaba a la Jessica y la pillaba en mi cama me iba a matar. Yo seguía caliente.

    Antes de pedirle que se fuera, busque su cara y le puse la verga en la boca para que me la chupara, sentí que me mamaba apenas, seguía borracha, igual le meti toda la verga en la boca y me masturbé hasta eyacular en su cara. En eso vino el terremoto, uno de los más fuertes de la historia reciente de mi país, cerca de 9 grados; salté de la cama salí al pasillo entre medio se caian las cosas del armario y las puertas y ventanas tiritaban metiendo ruido al romperse los vidrios; me topé con todo el mundo salvo mi viejo que estaba curado.

    Ahí mi hermano apenas entendía lo que pasaba y mi cuñada, la Jessica, lloraba… Jessica estaba en el pasillo, pero no había salido de mi cama… tomé una vela y entré corriendo a mi pieza, me desesperó no saber a quien me había culeado y ahí estaba aún durmiendo la mujer que me acaba de culear, destapo la sabana y horror… era mi madre, borracha, desnuda y con su rostro y el pelo lleno de semen.

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  • Convirtiéndome en cornudo (2): Pasos de baile

    Convirtiéndome en cornudo (2): Pasos de baile

    Decidimos comprar un pequeño vibrador que funcionaba con un pequeño mando a distancia. Habíamos visto que algunas parejas los utilizaban en lugares públicos, así que decidimos probar.

    Elegimos un local donde tocaban música en vivo, principalmente salsa. Para la ocasión, Paulina eligió un vestido ajustado, sin sujetador, y debajo de la tanga ocultamos el dispositivo. Yo llevaba en el bolsillo el mando que permitía regular la velocidad y los intervalos de la vibración. Seguramente muchos los conocen.

    Mientras íbamos en el auto lo activé un par de veces; funcionaba a la perfección y hacía que ella se retorciera en el asiento.

    Antes de entrar, acordamos que ella lo haría sola. Yo entraría después y me mantendría a distancia para observar si alguien se le acercaba. El lugar estaba casi lleno; la orquesta apenas comenzaba a tocar y las parejas ya llenaban la pista. Pau estaba a unos veinte metros de mí. La vi pedir una cerveza y decidí probar el alcance del mando. Por la reacción de su cuerpo y la forma en que me miró, comprobé que funcionaba.

    No pasó mucho tiempo antes de que un chico se le acercara para bailar. A este tipo de lugares acude gente que baila muy bien y Paulina, siendo bailarina, destacaba entre todos.

    Cuando terminó la canción, cada uno regresó a su sitio. En la siguiente media hora bailó dos o tres veces más, sin que nadie mostrara más interés que el del baile.

    Me acerqué a ella para bailar como si fuera un desconocido más, pero quise ser atrevido: pegué mi cuerpo al suyo y coloqué mi mano en el límite entre su cintura y su trasero, pensando que tal vez alguien nos vería y se animaría también. Le sugerí a Paulina que tratara de ser más “coqueta”.

    Al parecer funcionó, porque apenas unos minutos después de regresar a nuestros respectivos lugares. Un mesero le llevó una cerveza cortesía de un hombre que estaba con un grupo de unas ocho personas, casi todos varones. Paulina lo agradeció con una sonrisa, levantando la bebida en su dirección. Él se levantó, se acercó y pidió permiso para sentarse con ella, lo cual aceptó. Los vi platicar cómodamente antes de dirigirse a la pista. Él era moreno, alto, de complexión normal y rasgos marcados; se veía bien presentado y tendría unos treinta y cinco años.

    Metí la mano en el bolsillo, busqué el control y lo activé. Noté cómo el cuerpo de Paulina se tensaba y se estrechaba contra el hombre. Solo fueron unos segundos. Más tarde, él la invitó a sentarse con su grupo y ella aceptó. Yo, nervioso, los veía platicar y reír; de vez en cuando ella me miraba, se le veía relajada.

    De pronto, entre las risas, noté la mano del hombre en la pierna de Paulina. Ella lo permitía con una naturalidad que casi parecía inofensiva. Entonces vi que ella tomó su móvil y parecía escribir algo; el mío vibró al instante:

    P: Amor, la estoy pasando bien, pero si quieres podemos irnos ahora, creo que se me está subiendo la temperatura.

    A: Lo que tú decidas está bien. Hasta donde quieras llegar. Yo estaré atento.

    P: Un rato más y nos vamos, te avisaré. Pero, ¿seguro que todo está bien? ¿No estás molesto?

    A: Lo estoy pasando bien. Disfrútalo y avísame cuando quieras irte.

    Como gesto de aprobación, presioné nuevamente el control. Sus mejillas, enrojecidas por el transcurso de la noche, eran la señal clara de su excitación. Continuaron bailando y riendo. Había una química evidente, una tensión sexual palpable: ella le tocaba el brazo y él no retiraba la mano de su pierna. En un momento, ambos se pusieron de pie y caminaron hacia los sanitarios. Esperé unos segundos y los seguí a distancia.

    Él caminaba a su lado con la mano en su espalda baja. Después de que ella entrara al sanitario de damas, mi móvil vibró de nuevo:

    P: Estoy al límite. Tal vez deberíamos irnos a casa y terminar allá.

    A: De acuerdo, amor. Si es lo que deseas, pediré la cuenta. Tú despídete de tu amigo, aunque pienso que le debes un regalo de despedida para que no te olvide nunca.

    P: Ya sé cuál es el regalo perfecto.

    Unos segundos después, llegó una imagen a mi pantalla: era su tanga de encaje negro, una de sus favoritas. Realmente debía estar disfrutando. Cuando ella salió del tocador, él la esperaba afuera. Sorpresivamente, la tomó de la mano y la guio a un rincón con menos luz. La besó. Paulina no puso objeción; lo rodeó por los hombros y correspondió al beso con intensidad.

    Yo no sabía cómo reaccionar, pero sentí una descarga de excitación recorriendo mi cuerpo. Mientras seguían unidos, activé rápidamente el vibrador. Paulina apretó sus manos contra los hombros de él, mientras él bajaba su mano hacia el trasero de ella. Se fundían apasionadamente. Él le susurró algo al oído y, tras un breve intercambio de palabras, siguieron los besos y los roces. Paulina sacó la prenda negra de su bolso y se la entregó. Ambos rieron.

    Caminaron de vuelta a la mesa y ella sacó su móvil:

    P: Estoy lista, amor. Tendrás que ser mi Uber: acerca el carro y avísame para salir.

    A: De acuerdo, te aviso.

    Pagué la cuenta y salí a por el auto. Los minutos que pasé sin observarlos se me hicieron eternos, imaginando qué podría estar haciendo ella en mi ausencia. Acerqué el auto a la entrada y le envié el mensaje.

    Un par de minutos después, salió de la mano con él. Al llegar al coche, antes de subir, volvieron a besarse. Él intentó acompañarla, pero ella se negó con una sonrisa. Subió al asiento trasero.

    —¿A dónde, señorita? —le dije, riendo en mi papel de chófer.

    —Al hotel más cercano, por favor —respondió ella riendo también—. Y dese prisa.

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  • Decidí que quiero acostarme con él (1): Las señales

    Decidí que quiero acostarme con él (1): Las señales

    —Decidí que quiero acostarme con él —le susurré a mi esposo.

    Llevaba semanas con ese pensamiento rondándome por dentro, buscándole el momento, la forma incluso el valor. No era solo decirlo; era imaginarme cómo sería, cómo me sentiría al hacerlo con otro hombre después de tanto.

    Gustavo me miró sorprendido. No porque no lo esperara del todo, sino porque creo que ni él mismo sabía qué sentiría cuando, por fin, me atreviera a decirlo.

    Todo empezó cuando empecé a sospechar que el tema de la infidelidad despertaba un particular interés en mi marido.

    La primera señal se presentó cuando le conté como una visita a un excompañero del liceo, a quien llamábamos Tim, terminó en un encuentro sexual, a pesar que él tenía una pierna rota. La historia quizá no tendría relevancia a no ser porque el protagonista de ella había estrechado la mano de Gustavo unas horas antes en la reunión a la que habíamos asistido y porque Tim conservaba, quizá como trofeo, una chaqueta que dejé olvidada en su casa el día que sucedió.

    Pero la señal fue realmente que, después de un aparente cabreo de mi marido tras escuchar la historia, se convirtió en uno de los mejores encuentros sexuales que habíamos tenido últimamente. Recuerdo que las palabras, no pronunciadas después del sexo, que vinieron a mi mente fueron “debería contarle de otros buenos polvos más frecuentemente” mientras sonreía.

    La siguiente señal se presentó la vez que, nos encontrábamos en casa. Los niños habían ido al cine con mis padres y nosotros veíamos una película en la habitación.

    La peli en cuestión iba sobre una guapa mujer en sus 40 que, le es infiel al protagonista, Richard Gere. El amante: Un joven francés de veintitantos.

    Recién terminada la película Gustavo empezó a acariciarme como siempre lo hace cuando quiere sexo.

    Yo me sentía también con ánimo de hacerlo. Él estaba notablemente motivado. Se dirigió rápidamente a mí y hábilmente me fue despojando de la ropa, del sujetador y no tardó mucho en deshacerse de mis bragas.

    Normalmente se toma tiempo para acariciarme lentamente, besar y morder mis pezones y juguetear con mi clítoris usando sus dedos durante un rato. Él sabe bien que, debe tener paciencia y excitarme lo suficiente con antelación o corre el riesgo de terminar mucho antes que yo.

    Esta vez me penetró de inmediato, su dureza era notable y sus movimientos llenos de vigor.

    Me hizo recordar cuando éramos novios, cuando la cantidad y la calidad del sexo eran por igual generosas. Disfruté como hacía algún tiempo no lo hacía. Un par de mis orgasmos llegaron antes de que él se vaciara copiosamente dentro de mí, completamente exhausto.

    Con la siguiente señal, me ayudó la tecnología.

    Gustavo adquirió un moderno reloj inteligente, que, junto con la aplicación en el móvil, obtienen toda la información posible del movimiento del usuario además de los valores asociados al pulso.

    Un par de semanas después, me quedé en el salón a mirar una serie que a Gustavo no le interesaba, mientras él contestaba unos correos; al menos eso me dijo.

    Su móvil se quedó en la mesita junto al sillón y comenzó a vibrar poco después de que mi esposo se recostara con la portátil a revisar sus e—mails.

    Curioso que revisar correos acelere el pulso de esa manera, pensé.

    Me acerqué sigilosamente a la habitación y cuál fue mi sorpresa al verlo: meneándosela mientras un video se ejecutaba en la pantalla

    —¿Qué diablos haces? alcé un poco la voz, ya que los niños dormían.

    Gustavo al darse cuenta de que lo había pillado como a un adolescente, intento guardársela y cerrar el portátil. Solo consiguió que la laptop se volteara hacia a mí y me dejara leer que el video iba de un cornudo filmando a su esposa.

    Notablemente avergonzado me pidió disculpas culpando a uno de sus amigos de mandarle videos sucios. Por su puesto que me molesté y le costó a mi marido un par de días de sumisa obediencia.

    Fue entonces que mi mente empezó a hilar los recientes eventos. Primero la historia con Tim, luego la película y ahora, él, viendo escenas de infidelidad y de francos cuernos en una página de pajeros; todo esto me dejaban entrever que Gustavo desarrollaba un incipiente voyerismo.

    La comprobación final vino una vez más al ver una serie de un canal de “streaming” sobre gladiadores. En la historia el campeón gladiador es obligado por su amo a follar a la esposa de otro gladiador, para deleite de los pretores romanos. La app en el móvil volvió a hacerse notar, el pulso de Gustavo se aceleró irrebatiblemente.

    Al final del capítulo mi marido notablemente excitado se acercó a mí con la verga lista para embestirme.

    Me dejé llevar por él, quien evidentemente estaba muy caliente. Me tomó con mucha fuerza y me arranco la ropa. Mordiéndome los pezones, introdujo dos de sus dedos en mi coño, que húmedo de excitación los recibió sin resistencia.

    Poco después su boca iteraba entre mis labios y mis pezones; sus dientes prendiéndose de mi cuello me provocaron un gemido ligero, que le comprobaron cuanto me agradaba.

    Por mi parte, acaricié su tronco y comencé a pajearlo. Su pene duro apuntaba lo más alto posible y ambos testículos se sentían llenos.

    Para entonces ambos estábamos listos y justo antes de que me penetrara, le pregunte con la respiración entrecortada:

    —¿Me follarás como un campeón gladiador?

    —él sonrió ligeramente y dijo —claro cariño.

    Sus movimientos eran poderosos, nuevamente recordándome nuestra época de novios, el placer que me hacía sentir era máximo. Gustavo me dio muy duro y parecía no cansarse, su mente, quizá seguía la escena de la serie.

    Fue entonces cuando me atreví a preguntarle entre jadeos:

    —¿Prefieres el papel del campeón, o el del gladiador cornudo?

    El móvil me indicó que había dado con la frase mágica. El pulso de mi marido volvía a incrementarse. Él aceleró los embates de una forma nueva para mí. Pensaba que en cualquier momento Gustavo terminaría, sin embargo, ya había rebasado su duración promedio y no daba muestras de llegar al clímax aún.

    Mi esposo me estaba llevando al punto máximo de excitación, yo sí que estaba cerca de venirme.

    Muy excitada, agregué en un grito:

    —“Fóllame campeón ahora que mi esposo está ausente”

    Gustavo enloqueció. Su pelvis me nalgueaba ruidosamente y estuve a punto de decirle que pensara en los niños, pero mi orgasmo llegó intempestivamente antes de poder articular palabra.

    Mi marido notó que yo estaba terminando y eso lo hizo venirse llenándome de espesa leche. Poco después, pude sentir como su cálida y abundante descarga se alojaba muy, muy adentro de mí.

    Después del clímax, llegó a mí una embriagante comodidad, que anticipaba un sueño profundo, pero antes de perderme en él, decidí preguntarle:

    —¿Qué fue lo que pasó?, ¿cómo fue que me cogiste como hace años no lo hacías?

    —No lo sé, Ana. Por alguna razón la fantasía del gladiador me excita. —Contestó.

    Solo atiné a preguntar, —¿estás Seguro de que solo es una fantasía?

    Continuará.

    © Analucy Torelo. Todos los derechos reservados.

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  • Julia, la farmacéutica (8): Empieza el viaje como novia

    Julia, la farmacéutica (8): Empieza el viaje como novia

    Esos días en qué la farmacéutica estuvo fuera se me hicieron eternos. Solo esperaba que llegara el lunes para poder ir a la farmacia y por fin estar con ella. Además, tenía mucha curiosidad para saber cómo le fue de novia provisional por cinco días con ese Pancracio.

    Tuve la mala suerte que al final no dispuse del dinero que esperaba con ansia y, además, con el poco que tenía guardado, debí afrontar unos gastos inesperados. Es lo que pasa cuando eres padre de dos hijas, siempre hay cosas que pagar. Por lo menos, Julia este martes me contó qué pasó durante esas vacaciones especiales. El lunes ella no acudió a trabajar. El señor Boscos, muy serio, me dijo que estaba indispuesta. Compré unas aspirinas y me fui alicaído. Al día siguiente, ella ya estaba en la farmacia y pudimos vernos un momento. Seguidamente, os escribo lo que me explicó.

    “Don carpintero, me fui de casa muy triste el miércoles porque mi esposo estaba disgustado conmigo. Entendía que tuviera que asistir yo a un congreso de farmacia porque don Boscos era demasiado mayor y que sabía lo importante que era mi trabajo, pero que me iba a echar mucho de menos. Es que era la primera vez que íbamos a estar tantos días sin vernos. También le preocupaba poder atender bien a nuestros tres hijos. Además, él se enfadó porque por la noche, en la cama, no dejé que se acercase ni que me tocara ni nada. Le di un beso rápido de buenas noches y le dije que estaba muy cansada. Pero no era verdad.

    En realidad, el motivo era que, cumpliendo las instrucciones del que sería mi novio durante los siguientes cinco días, tenía insertado el tapón que me dio y temía que mi marido lo descubriera y me pidiera explicaciones. La verdad es que tenía ganas de hacer el amor con mi esposo, pero no podía ser, claro. Y eso que estaba muy excitada, no sé si por notar el enorme plug en el ano o porque me imaginaba las cosas que desearía hacer mi novio temporal conmigo durante esas vacaciones. Pero bueno, Pancracio, muy agradecido conmigo por esos días, me ha regalado el tapón y voy a compensar a mi marido y dejaré que más de un sábado juegue con él en mi culo.

    Seguro que le va a encantar. ¡Y a mí, más! Uy, vaya, ya me estoy mojando. Mire que estuvimos años antes de que mi marido se aficionara al sexo anal y ahora solo quiere mi culo, como una obsesión. Si hubiera sido así desde el principio, seguro que no habríamos tenido tantos hijos. A ver, los quiero muchísimo y estoy contenta de tenerlos. Y más ahora que estamos tan bien de dinero. Bueno, continuo.

    “Cuando salgo de casa con la maleta, veo que Pancracio me está esperando en un cochazo, un deportivo, descapotable. Mi esposo mira por la ventana y le mando un par de besos. Mi novio provisional me saluda amablemente y subo al coche. También dice adiós, con la mano, a mi esposo y veo que él le devuelve el saludo. ¡Pobrecito Ramón! Espero que no piense mal ni tenga celos y que le pase pronto el disgusto.

    “Cuando estamos a unas calles de mi casa, Pancracio me besa en los labios y me dice que estaba deseoso de que llegara el miércoles. Estoy algo triste, pero le digo que yo también e intento sonreír. Me dice que lo vamos a pasar bien y que yo especialmente. Eso me alegra. Supongo que me tratará muy bien. Me hace una cierta gracia volver a ser novia por unos días, sin obligaciones familiares, sin hijos… Por unos días, ya me está bien desconectar y eso.

    “En la carretera, fuera de la ciudad, mi nuevo novio pone su mano derecha en mi muslo. Me mira. Yo le sonrío. Me dice que estoy muy guapa. Y añade:

    -Juli, pensaba que usted vendría al viaje vistiendo más sexy.

    -¿A sí? Es que le dije a mi esposo que íbamos a un congreso de farmacia y claro, no podía irme vistiendo muy provocativa. ¿Es que no te gusta mi outfit?

    -Está muy guapa, sí, ya le digo. Pero quiero presumir de novia sexy. Y exhibicionista. Cuando paremos a comer, se cambia y se pone algo más provocativo.

    -Si así lo deseas…

    -Sí, claro. Y ¿ha sido buena chica y se ha insertado usted lo que le pedí?

    -Obedezco a mi novio en todo. Así que sí – sonrío y me sonrojo.

    -A ver, deje que lo compruebe – sube su mano por mi muslo, la pone debajo de mis nalgas y noto que palpa entre ellas hasta que encuentra el extremo del tapón – Ya veo que sí. ¿Le gusta tener el plug en el ano, Juli?

    -Nunca me había metido uno, la verdad. Es algo incómodo, y más así sentada. Pero también, de alguna manera, morboso y excitante – él lo gira delicadamente en mi culo – Es que me llega muy al fondo, ay.

    -¿Le hago daño?

    -No, no, es solo que, bueno, nada. Quiero ser una buena novia para ti, así que, haré todo lo que me pidas para complacerte.

    -Juli, deseo que estos días sea mi pareja, pero no mi esclava ni mi criada.

    -Ya, claro. Sí, sí, no te preocupes. ¡Seré la mejor novia para ti!

    -Seguro que sí. Pero no tema, no tendrá que hacer nada que no desee.

    -Te lo agradezco. Sé que me vas a tratar muy bien.

    -Por supuesto.

    -Y yo seré muy cariñosa contigo.

    -No lo dudo, Juli. Ya vi esa tarde que usted es muy mimosa con los hombres.

    -Me gustan los hombres y me gusta complacerles. Y que ellos sean buenos conmigo y me hagan sentir a gusto.

    -Mire, como somos novios, le agradeceré que me llame “cariño” o “amor” o cosas así.

    -Ningún problema, cariño, ja, ja, ja. Pero quizá que no me trates de usted ¿no? ¡Sería raro tratar de usted a tu pareja, ja, ja, ja!

    -Sí, tiene usted razón. Bueno, tú. ¿Oiga, qué le parece si la llamo “churri”?

    -Cómo quieras, amor ¡ja, ja, ja!

    -Bueno, churri, mire, lo primero, mientras llegamos al restaurante, deje que… – acerca su mano a mis bragas y me las baja hasta los tobillos – No le importa ¿verdad?

    -Ay, no sé. Bueno, no, no, me da morbo.

    -¿A ver? – me palpa la vulva y sé que se da cuenta que me estoy mojando – Um, es usted una mujer muy caliente, Juli.

    -Oh, me sabe mal, le voy a manchar el asiento. Mejor me subo las braguitas. Es que ya me estoy poniendo cachonda.

    -No se preocupe, Juli, la verdad es que tener su flujo en el asiento para mí es un honor.

    -¡Oh! ¿Sí? – al oír eso noto que mi humedad crece y rebosa mis labios vaginales.

    -Deme, deme las bragas. Sé que a usted le gusta exhibirse.

    -No, no es eso -me quito las braguitas y se las ofrezco. Él las huele con placer. Eso me excita todavía más.

    -Juli, ir sin bragas pero con una falda tan larga…

    -No es tan larga, no me llega ni a las rodillas.

    -Demasiado larga. Súbasela, por favor. No, más, más arriba.

    -Pero se me va a ver hasta…

    -Sí, no importa. Va usted con su novio.

    -Ya sí, pero…

    -Hasta la cintura, por favor.

    -Es que… me van a ver los otros coches.

    -No, mujer. Nadie va a mirar. Y es mi deseo. Además, aquí ya no la conoce nadie.

    La hago caso. Estoy completamente desnuda desde el ombligo para abajo. Cuando adelantamos al segundo camión, el conductor toca el claxon y veo que me saca la lengua lascivamente, como un perrito . Yo me tapo el pubis, pero enseguida mi novio me aparta la mano. Aunque es cierto que los turismos no se dan cuenta de que lo enseño todo, los camioneros sí tienen una vista privilegiada. Lo peor es cuando adelantamos a un autocar y veo que sus ocupantes me miran con sorpresa y me hacen gestos y eso. Pero Pancracio no deja que me tape con mis manos. Verme así exhibida debe de excitarle porque noto un buen bulto en su bragueta. En fin, solo espero que de verdad nadie me reconozca.

    -Juli, quítese la blusa.

    -Mejor no, solo llevo una camiseta muy…

    -Mejor sí, Juli.

    -Pero…

    -Dijo que sería una buena novia para mí, ¿no?

    -Sí, pero es que, la blusa es muy escotada y… es que se me verá desde todos los coches, no solo los camiones y los autocares.

    -Mejor, así me alegra la vista y también a los que adelantemos.

    -Ya, pero… es que se van a fijar más en mí y verán que no llevo bragas y que tengo la falda en la cintura.

    -Oiga, si le pedí que fuera mi pareja estos días es para presumir de tía buena y desinhibida.

    -Yo no soy una tía buena.

    -En eso se equivoca, Juli. Tiene usted un cuerpazo.

    -No, ya me gustaría. Pero he tenido tres hijos y tampoco soy una jovencita.

    -Es poco mayor que yo, Juli. Venga, va, blusa fuera. ¡Quiero presumir de novia con un buen pecho y muy escotada!

    Le hago caso y me quedo con la falda en la cintura y un top blanco de apenas un palmo. Casi se me ven las tetas y más cuando mi novio me pide que también me quite el sostén. Luego él estira un poco el top para abajo y crece tanto el escote que muestro algo mis aureolas.

    -Así, así, me gusta usted más. Está irresistible.

    -Gracias, amor. Pero… -aunque avergonzada, estoy tan cachonda que temo correrme allí mismo. – Es que, la gente en los otros coches…

    Él me pone un dedo en los labios para que no diga nada y me da un beso en la mejilla. Después acerca su mano para ponerla en mi pubis. La tiene ahí quieta, excepto un dedo con el que me acaricia muy suavemente el clítoris. Me avergüenza que esté mojando tanto la tapicería, pero es su culpa. Muchos de los ocupantes de toda clase de vehículos me miran el pecho. Cuando adelantamos un autocar o un camión, el cabrón de Pancracio aparta su mano para que vean que voy sin bragas.

    Estamos a punto de entrar en una ciudad. Yo le pido que me deje poner la blusa y bajar la falda, aunque no me ponga las bragas ni el sostén si él no quiere, pero él me contesta que, si quiero complacerle, que siga así, que no llevar bragas, pero que nadie lo vea, no tiene gracia. Y me baja algo más el top, para que se me vean algo los pezones.

    -¡Oye, eso no se lo harías a tu pareja!

    -Bueno, eso no lo sabe usted. Quizá ese es uno de los motivos de que ahora mismo esté divorciado y sin novia.

    -Oh, quieres decir que…

    -Dejemos el tema. Siempre me ha gustado tener novias guapas y… dejar que todos las puedan admirar. Pero bueno, ninguna como usted, Juli. Ni con su cuerpo de MILF extremadamente follable.

    -No, pero si yo… a ver, soy una mujer casada, una buena esposa.

    -Seguro que sí. Pero estos días será mi novia.

    -Sí, eso sí. Cariño.

    -¡Mi churri!

    Cuando estamos ya en la ciudad, debemos detenernos en algunos semáforos. Allí mucha gente se da cuenta de que lo enseño casi todo. Yo evito la mirada de los transeúntes y de los coches que tenemos al lado. Cuando Pancracio ve que alguien me mira, él me baja más el top y deja que se me vean completamente los pezones. Yo me lo subo enseguida. Me parece que todos los semáforos estén en rojo. Mis mejillas arden de vergüenza, pero reconozco que la situación me excita un montón. Noto la humedad del asiento en mis nalgas.

    -Vaya, señora, parece que tiene usted calor – dice el conductor del autocar que está detenido al lado. Yo intento taparme, pero mi novio no me deja y baja el top hasta debajo de mis tetas. Miro hacia el autocar y veo que sus pasajeros me toman fotos. Lanzo un chorro de flujo, pero eso ellos no pueden verlo.

    -Oiga señorita, si su marido es un cornudo, que seguro que sí, luego nos vemos – grita un hombre de mediana edad que anda a nuestro lado cuando estamos detenidos en un semáforo y me lanza una tarjeta con su nombre, su teléfono y eso.

    -¡Qué descarado!

    -A ver, usted le estaba enseñando el pecho y el coño, Juli.

    -¡El coño, no!

    -Bueno, casi.

    -Ya. Es verdad. Por favor, deja que me ponga la blusa – me subo el top para que tapen algo mis pechos.

    -No, ahora ya pronto llegamos al restaurante. Entonces sí que dejaré que se vista bien. A ver, sinceramente, me encantaría entrar así con usted, enseñándolo todo, pero creo que no nos iban a dejar.

    -Pues claro que no.

    -Pero de momento, que más gente ve lo buena que está usted.

    -No, yo no…

    -Oiga, no tire la tarjeta de ese hombre, quizá pueda ser uno de sus clientes especiales.

    -No, pero si estamos muy lejos de mi ciudad.

    -Nunca se sabe. A ver, deme esa tarjeta. Yo se la guardo.

    Cuando nos detenemos en un semáforo, un señor muy elegante y con bigote se me queda mirándome fijamente y está a punto de darse contra una farola.

    -Perdone, caballero, es que a mi novia le gusta que todos vean lo buena que está.

    -No, si, yo no miraba a su novia, perdone.

    -Oiga, no se disculpe, ye le digo, a ella le gusta que los hombres la miren desnuda.

    -Cariño, no digas esto al señor.

    -Es la verdad, caballero. Y a mí, me gusta presumir de novia guapa y cachonda – y tira de mi top para abajo para que el caballero vea completamente mis pechos. -Qué, ¿ha visto que tetas tiene?

    El hombre abre los ojos como platos y Pancracio arranca el coche porque el semáforo lleva un rato verde.

    -Ay, amor, me da vergüenza que…

    -¡Estoy seguro de que a usted le encanta y le excita!

    -Sí, eso también, cariño.

    Cuando llegamos al restaurante, mi novio deja que me ponga bien la falda y me cubra con la blusa.

    -Pero las bragas, no. Me las quedo yo.

    -¿Y el tapón, puedo quitármelo ya?

    -No, de ninguna manera. Cuando yo le diga.

    -Es que…

    -No, no, aguante. Luego quizá yo mismo se lo quite.

    -¿Pero para qué es? – me hago la tonta.

    -Ya verá. Quizá ya se lo imagina.

    -Si es por… a ver, hablando claro, para tener sexo anal conmigo, de verdad que no me hace falta.

    -Sí, ya sé, el señor Boscos me contó que él mismo le había estrenado el culo.

    -¡Oh! ¿Eso te dijo?

    -Y también que más de un cliente suyo la da porculo.

    -Es verdad, sí. Pero solo los que pagan muy bien.

    -Y también me dijo que a usted le gusta.

    -Pues sí, lo reconozco. Y a mi esposo, también.

    -¿A su esposo le gusta que le den a usted porculo?

    -No, por favor, claro que no. Él no sabe nada, pobre Ramón. Quería decir que… bueno, que a él le gusta mucho encularme. Y también que lleve tanto dinero a casa.

    -Me parece que tiene usted un culo muy deseable.

    -La verdad es que a todos que lo han probado les ha encantado.

    -No lo dudo.

    -Tú eres mi novio y dejaré que me des porculo si lo deseas.

    -Gracias, churri.

    -¡De nada, amor!

    Esta conversación me puso a mil, parecía que mi coño iba a arder, y habría dejado que él me follara ahí mismo, dentro del coche y delante de toda la gente que pasara. Pero no podía ser, claro. Así que bajamos del coche. Él mira mi asiento y dice:

    -¡Vaya cómo ha dejado de empapado mi asiento, Juli! ¡Vaya novia más cerdita que tengo!

    -Me sabe mal, amor.

    -No se preocupe. Me enorgullece tener una novia tan cachonda. Y quién vea el asiento de mi coche así de mojado sabrá que allí se ha sentado una chica muy caliente y se que me envidiará.

    -Gracias, cariño.

    -Recuerde que ahora en el restaurante deberá usted cambiarse de ropa.

    -Pero no hace falta.

    -Sí, quiero presumir de pareja sexy.

    -Vale, pues tendré que abrir la maleta y ver qué me pongo.

    -Lo más sexy.

    -Sí, cariño.

    -Y sin bragas. Ni sostén.

    -Ya, vale, me lo imaginaba.

    Entramos en el restaurante. Si el cochazo de mi novio me asombró, este restaurante de lujo me deja alucinada. Un camarero muy amable nos acompaña a nuestra mesa.

    -Juli, antes de sentarse, vaya por favor a los servicios y cámbiese de ropa.

    -Pero, ay, no sé. Este restaurante es muy distinguido. Yo creo que con lo que llevo puesto, no sé, es más adecuado.

    -Bueno, si lo prefiere. Pero le subiré la falda hasta la cintura.

    -¡Pero si voy sin bragas!

    -¡Precisamente por eso!

    -No, no, ya voy a cambiarme. Pero es que creerán que más que tu novia soy una pilingui.

    -Bueno, eso tampoco no es muy equivocado.

    -No digas eso. Pero bueno, tienes razón.

    -Mire, Juli, ¡qué casualidad!

    -¿Qué?

    -Acaba de entrar el caballero ese que casi se da con una farola mirándote.

    -¡Oh, qué bochorno!

    -No hay por qué. A ver, usted tiene un cuerpazo y es normal que quiera que todos la vean.

    -No es verdad.

    -Vamos a saludarle.

    -No, ay, , ve tú si quieres.

    -Se le ve muy distinguido. Vamos a decirle algo.

    -Yo no, que me muero de vergüenza. Voy a cambiarme. Vuelvo enseguida.

    -Tómese su tiempo. Maquíllese también cómo si fuera una fulana.

    -Ay, amor, pero es que aquí todo el mundo viste muy elegante, me da vergüenza.

    -Debe ser una novia muy obediente.

    -Sí, sí, la mejor. Voy. Espero que te guste lo que me pondré.

    -Seguro que sí. No tenga prisa, yo mientras voy a saludar al caballero e iré viendo qué pedimos. Ah, y me tomaré una copa.

    -Sí, amor – le doy un besito en los labios y, convencida de que me mira el trasero, camino muy sensual. Y sí. Le miro y veo que tiene los ojos fijos en mi culo. Pero descubro que el caballero del bigote también me está mirando atentamente. En fin. Sigo andando muy coqueta y me meto en los servicios.

    “En los lavabos me quito la falda, la blusa y el top.

    -Oh, creo que me he pasado escogiendo esta ropa. Es que la falda es demasiado corta y, si debo ir sin bragas… se me verá todo. Uy, y además con el tapón en el culo. Temo que se me note en la falda. A ver, si me lo inserto más para adentro… uy, um, oh. Me haría una paja ahora mismo, pero iba a tardar demasiado y quizá Pancracio se enfadaría. A ver, quizá él, después de comer querrá… ni que sea en el coche, en algún lugar discreto. Ojalá no tenga que esperar a la noche para tener sexo con él. Con este disfraz de colegiala ingenua y sexy quedan bien dos coletas. A mi edad, me da vergüenza. A mi esposo le encanta y a algún cliente especial, también. Pero aquí, en este restaurante tan distinguido… En fin, va.

    “Me hago las coletas, me pongo la faldita y veo que por poco que me mueva se me ve todo el culo y el brillante del plug. Y cuando me siente, se me verá el sexo al ir sin bragas. Espero que nadie se de cuenta. La blusita es blanca y muy corta. Enseño el ombligo. Y es tan transparente que se me marcan los pezones y se intuyen las aureolas. Pero no quiero enfadar a mi novio temporal. Él ha pagado mucho y debo complacerle en todo. Ojalá la gente esté comiendo y no pendiente de mí.

    -¿Oh, qué? -llaman a la puerta del lavabo – Espero, señora, ya termino.

    -Abre, por favor, hija.

    -¿Qué? ¿Quién es? Este es el servicio de señoras, caballero.

    -Sí, sí, ya sé. Pero abre, guapa.

    -A ver, pero ¿qué quiere? – abro la puerta – ¡Oh, el señor del bigote, de la farola!

    -Pues sí. ¡Oh, qué guapa te has puesto!

    -Yo… -me ruborizo -gracias. ¿Qué quiere, señor?

    -Lo sabes bien. Tu novio me ha explicado que me esperabas en los servicios. Espera, entremos. -me empuja suavemente, entra conmigo y echa el pestillo. – Me ha contado que le has dicho que querías follar conmigo y que a él no le importa. Que, al contrario, eso le da morbo.

    -¡Oh! ¿eso le ha dicho?

    -Sí, el dinero se lo he dado a él.

    -¿Cómo? ¿Qué dinero?

    -No te hagas la tonta. Ya me ha contado que tú no tienes suficiente con él, que eres mucha hembra, y que deja que te lo montes con todos a cambio de dinero. – me arremanga la falda-¡Oh, llevas un tapón en el culo! ¡Qué cerda!

    -Es solo porque… mi novio…

    -Ya sé para qué es. Mira, mi mujer está a punto de llegar. Aunque a tu novio le he dado mucho dinero para follarte, no tenemos tiempo. Toma – se saca el miembro erguido. Me haces una mamada y yo me corro en tu boca y ya está.

    -¿Seguro que mi novio le dijo que…?

    -¡Que sí, mujer! ¡Va, chúpame la polla, hija!

    Me baja la cabeza y me la acerca a su glande, puntiagudo y húmedo. Me penetra la boca con su tranca empinada y se la chupo con fruición. No quiero enfadar a Pancracio ni al señor. Pero es que además lo deseo. Él me agarra las coletas y tira algo de ellas. Empieza a suspirar. Su pene crece en mi boca y me va regalando su líquido preseminal. Me folla la boca, mete sus manos en mi blusa y me acaricia las tetas. Después, juega con el tapón en mi culo. Todo eso me excita mucho y tomo su otra mano para que me acaricie el clítoris. En unos segundos exploto en un orgasmo bestial y él me folla la boca con más intensidad y por fin se corre en mi boca.

    Cuando él se va, yo me maquillo y voy con mi novio. Él se levanta, me toma de una mano y me hace dar una vuelta para ver bien mi outfit.

    -Me encanta usted de colegiala inocente y putilla.

    -Sí ¿te gusta, cariño?

    -¡Mucho! De hecho, todos la miran.

    -Ay ¡qué vergüenza!

    -Venga, sentémonos. ¿Le ha gustado la sorpresa en los baños?

    -Pues sí, la verdad. ¡Es que me habías puesto muy cachonda! Pero ¿qué habrá pensado ese señor?

    -Habrá pensado lo que es. Que me gusta que mis novias sean cariñosas con otros hombres.

    -¿A sí?

    -Pues sí. ¡Va, brindemos por eso! ¡Por la novia más mimosa y cachonda!

    -¡Chin, chin, cariño!

    “Ya ve, señor carpintero, cómo fue la mañana”.

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  • El último calor (1)

    El último calor (1)

    En mi última aventura me desaté por completo. No podía creer lo que había hecho; me sentía sucia, más aún por todo lo que ya venía arrastrando. Intenté cambiar mi vida. Con José nunca más pasó nada; por más coqueteos o mensajes, siempre me mantuve alejada, aunque en el fondo lo deseaba con todas mis fuerzas. La verdad es que ser madre me fue transformando de a poco. Mi marido seguía en su terquedad, ciego ante el hecho de que poco a poco me estaba perdiendo.

    Muchos preguntan por qué no terminé todo antes, y hasta ahora no sé qué responder. Quizás era miedo. Al ser madre, mis prioridades cambiaron: no quería fallar en eso. Teníamos estabilidad económica; ambos trabajábamos duro y los frutos llegaban. No nos faltaba nada material… bueno, ya saben qué era lo que faltaba.

    Ese deseo se fue apagando lentamente. El sexo se volvió casi nulo, porque ninguno proponía nada. Antes era yo la que daba el primer paso, pero todo tiene un fin. Quería que él se esforzara, que volviera esa pasión de cuando éramos jóvenes, pero era un caso perdido. Las folladas eran esporádicas, las calenturas también. Me encantaba la vida que estaba construyendo, aunque en secreto anhelaba una última aventura. Desde José no volví a mirar a los hombres de la misma forma: alguien nada atlético, mayor, me había dado una de las mejores folladas de mi vida, intensa y profunda, que aún me hacía temblar al recordarla.

    El trabajo iba viento en popa: reuniones livianas y mi estatus creciendo cada vez más. Un día, al acercarse mi cumpleaños, me pidieron que viajara a Miami, EEUU, para unas entrevistas. Al principio dudé, pero luego pensé en aprovecharlo como unas mini vacaciones: al terminar las reuniones, me quedaría unos días extra. Necesitaba un descanso; era yo la que más cuidaba a los hijos mientras trabajaba. Se lo comenté a mi marido y no puso drama: él, al ser jefe, podía trabajar desde casa y ocuparse de los niños. No quería ir sola, así que le propuse que fuéramos juntos, una mini luna de miel. Pero no quiso; sus “pendientes” lo tenían demasiado ocupado. En Europa parece que los “pendientes” te chupan toda la energía.

    Al final decidí ir con una amiga, que justo también planeaba viajar a EEUU. De paso, tendríamos una salida como las de antes, que no teníamos hace años.

    Preparando mi equipaje, no lo pensé demasiado: Miami, calor, playa… tenía que llevar trajes de baño. Y la verdad es que no dudé dos veces: metí varios bikinis sexys que se pegaban a mi piel como una segunda capa, resaltando cada curva de mis caderas y mis pechos con esa tela fina que se transparentaba bajo el sol. Además, no pude resistirme a incluir lencería provocativa: encajes negros que rozaban mis pezones endurecidos al imaginarlos, tangas diminutas que apenas cubrían mi intimidad ya húmeda solo de pensarlo. Esa parte salvaje de mí sabía que algo podría pasar, especialmente yendo con mi amiga, que es mucho más desinhibida y sociable que yo, siempre lista para coquetear y arrastrarme a la diversión prohibida.

    Pero otra voz en mi cabeza me frenaba: “No lleves nada de esto, solo ve a divertirte como una madre normal”. Mi mente era una batalla ardiente entre el deseo y la razón, con el pulso acelerado y un cosquilleo traicionero entre las piernas. Al final, cedí a un compromiso: solo una prenda sexy, un body de encaje que se ajustaba perfecto a mi cuerpo, listo para ser arrancado en un momento de pasión, y un solo bikini llamativo, rojo fuego, que dejaba poco a la imaginación y hacía que mis pezones se marcaran con el roce del viento.

    No iba en busca de sexo, pero si ocurría… quería estar preparada. Algo en mi interior, ese fuego de aventuras pasada había encendido años atrás, me susurraba que esta sería mi última aventura: una noche de follada intensa, salvaje, donde me entregaría por completo, gimiendo bajo el cuerpo de un desconocido, sintiendo cómo me llenaba hasta el límite, antes de volver a mi vida “perfecta”.

    El viaje se puso en marcha. Fuimos por separado, porque yo tenía que cumplir primero con mis obligaciones laborales. Las reuniones salieron mejor de lo esperado y terminé antes de lo previsto. Ese mismo día llamé a mi amiga; ella se había encargado de la reserva y, como siempre, eligió de maravilla: uno de los mejores hoteles de Miami, muy concurrido en esa época porque era pleno verano.

    Al llegar, todo era un sueño hecho realidad. No había demasiada gente en el hotel —lo cual era perfecto—, porque la mayoría estaba en la playa. Pero la piscina del hotel… Dios, era algo espectacular: agua cristalina que brillaba bajo el sol intenso, rodeada de palmeras y tumbonas blancas, con un bar flotante que invitaba a cocktails fríos mientras el calor subía por la piel. El lugar mezclaba detalles modernos —líneas limpias, luces suaves— con un toque clásico elegante que lo hacía irresistible. Me quedé parada en el lobby, sintiendo el aire acondicionado fresco rozando mi escote, y un cosquilleo travieso me recorrió el cuerpo: este sitio gritaba placer, relax… y algo más prohibido.

    Al llegar a la habitación, quedé impactada: todo era puro lujo. Las cortinas ligeras dejaban filtrar la luz dorada del atardecer, la cama king size con sábanas blancas impecables invitaba a revolcarse en ella, y los detalles minimalistas pero elegantes hacían que el lugar se sintiera como un refugio sensual. Era una suite, así que cada una tenía su propia habitación; perfecta privacidad para lo que fuera que la noche trajera.

    Mi amiga llegó poco después, cargada de energía y maletas. Las dos gritamos de emoción como adolescentes, nos abrazamos y, sin perder tiempo, pedimos comida al room service. Merendamos en el balcón con vista a la piscina, riendo y poniéndonos al día mientras el calor de Miami nos envolvía la piel.

    Después bajamos al bar del hotel, que estaba justo al lado de la piscina, con luces suaves y música baja que invitaba a relajarse. Fuimos con ropa cómoda, pero imposible pasar desapercibidas. Ella se puso una falda tropical corta que se movía con cada paso, dejando ver sus piernas bronceadas, y un corpiño ajustado que realzaba sus pechos perfectos, marcando sus pezones apenas cubiertos por la tela fina.

    Yo elegí una falda blanca liviana que se adhería a mis caderas y un top rojo escotado que abrazaba mis curvas. No era tan provocativo como el de ella, pero mis pechos firmes y mi culo redondo se notaban con cada movimiento; sentía las miradas clavadas en mí y eso ya me empezaba a encender por dentro.

    Las charlas fluían con tragos en la mano, las risas, los recuerdos… y, claro, los coqueteos de los chicos que estaban alrededor. Algunos se acercaban con sonrisas confiadas, cuerpos jóvenes y esculpidos por el gimnasio, abdominales marcados bajo camisetas ajustadas, piel bronceada y esa energía arrogante de quienes saben que suelen gustar.

    Pero ninguno me movía un pelo. Ni a mí ni a mi amiga. Rechazábamos con cortesía, seguíamos charlando entre nosotras y disfrutando la noche. Sin embargo, por dentro yo no dejaba de analizarlo: ¿por qué esos cuerpos perfectos no me provocaban nada? Cualquier mujer babearía por ellos, pero a mí no me aceleraban el pulso.

    En cambio, cuando pasaba algún hombre mayor —canas elegantes, mirada segura, manos fuertes y esa calma que solo da la experiencia—, sentía ese cosquilleo inmediato entre las piernas. Un calor lento que subía desde el vientre, humedeciéndome sin remedio. No lo entendía del todo, pero lo aceptaba: me calentaba lo maduro, lo vivido, la promesa de una follada profunda y sin apuro, de alguien que sabe exactamente cómo hacer gritar a una mujer como yo.

    Al otro día salimos temprano a la playa. El sol quemaba fuerte y la arena estaba llena de cuerpos jóvenes, musculosos, bronceados, todos pavoneándose como si bastara con flexionar un abdominal para que nos cayéramos rendidas. Se acercaban con esa seguridad ridícula, sonrisas perfectas y frases ensayadas, pero nosotras éramos mucho más selectivas. Cada uno que intentaba algo se iba con la cola entre las piernas; los rechazábamos con una mirada o una risa cortés, y seguíamos charlando entre nosotras.

    Los hombres maduros, en cambio, ni se atrevían a acercarse. Tal vez por respeto, tal vez por miedo a un rechazo directo, pero sus miradas sí las sentía: discretas, intensas, recorriéndome de arriba abajo mientras yo me acomodaba el body rojo que había elegido esa mañana. Era una pieza entera, ajustadísima, que se hundía entre mis nalgas y levantaba mis pechos, dejando la espalda casi al descubierto y marcando cada curva bajo el sol. Mi amiga llevaba un bikini celeste diminuto que apenas contenía sus tetas; juntas éramos un imán de ojos, y eso me ponía la piel erizada de una forma deliciosa.

    Después de unas horas tomando sol y riendo a carcajadas, hicimos amistad con dos chicas del hotel. Almorzamos juntas, fuimos de compras, probándonos ropa sexy y riéndonos en los probadores. Todo fluía perfecto, como si lleváramos años de vacaciones.

    Por la noche se armó una fiesta en el salón del hotel. Era nuestro segundo día y ya sentía que había pasado una eternidad de relax. Antes de bajar, hablé por teléfono con mi marido. Me sorprendió: me habló con cariño, con esa voz ronca que usaba al principio, me dijo cosas calientes al oído, como cuando todo era fuego entre nosotros. Colgué con el corazón latiendo fuerte y una duda enorme en la cabeza. Por un momento pensé que quizás estaba cambiando, que valía la pena intentarlo de nuevo.

    Iba a bajar con un pantalón vaquero ajustado y el body rojo que tanto juego daba, pero en el último segundo cambié de idea. Me puse una pollera azul fluida y una remera que me cubría hasta el cuello: algo más recatado, como queriendo convencerme de que las palabras de mi marido habían sido suficientes para apagar ese fuego interno.

    La fiesta estaba animada: parejas bailando, luces tenues, música sensual. Nos instalamos en una mesa con mis amigas y empezamos con tragos —algunos sin alcohol, otros con justo lo necesario para soltarnos. La música subió de intensidad y terminamos en la pista. Los chicos jóvenes se acercaban uno tras otro; algunos bailaban bien, otros solo querían rozarse. Mi amiga y las chicas nuevas se dejaban llevar un poco más, coqueteando y quedándose con alguno, pero yo los rechazaba a todos con una sonrisa. Era divertido verles la cara, pero también triste: ninguno me provocaba ni una chispa, ni un cosquilleo.

    Al rato me sentí de más entre tantas parejas improvisadas, así que me fui al bar a pedir un trago sin alcohol —frío, dulce, delicioso—. Estaba sola, apoyada en la barra, cuando se acercó un hombre de unos 45 años. Alto, canoso en las sienes, cuerpo normal —ni gym ni descuidado—, traje informal pero elegante. Al principio solo un saludo tímido, los dos callados mirando la pista.

    Después de unos minutos se animó:

    —Hola, ¿qué tal la noche? —dijo con voz baja, casi tímida.

    —Bien, tranquila —respondí sonriendo—. ¿Cómo supiste que hablo español?

    —Estabas con tus amigas y ese acento argentino se reconoce a leguas, jajaja. Soy Augusto, nací aquí en Miami pero mis padres son uruguayos —extendió la mano con calma.

    —Un gusto. Julieta, de Argentina. Acertaste perfecto —reí, ya más interesada—. ¿Vos vivís acá?

    —No, a unas calles de aquí. Vine con amigos —señaló a un grupo que ya estaba muy entretenido con otras chicas—. Pero parece que están ocupados, jajaja.

    —Sí, a esta hora todos encuentran pareja rápido —miré hacia ellos y luego a él.

    —Total. A vos ninguno te llamó la atención, ¿no? Sos muy linda, opciones no te deben faltar.

    —No, no —mostré mi anillo con naturalidad.

    —Aaa, me lo imaginaba. ¿Y tu esposo? Si se puede preguntar…

    —En Argentina. Vine por trabajo y me quedé unos días de vacaciones.

    —Qué bueno. Yo también estoy casado… pero con muchos problemas.

    —Uuh, como todos, jajaja.

    —¿Vos también?

    —Llevamos muchos años y eso desgasta, ¿no? La rutina, la indiferencia…

    —Totalmente. Me sorprende que a vos te pase. Sos muy linda, es difícil de creer.

    —Mirá, entre nosotros y que no salga de acá… creo que tiene otras mujeres. Ya sabés: el que no tiene lo busca y el que lo tiene también.

    —En mi caso ella es muy fría, indiferente. Me fue infiel hace un tiempo, la perdoné, pero ahora es todo diferente y la verdad… me cansa.

    Hablamos un rato más, con esa complicidad instantánea que surge cuando dos personas casadas reconocen el mismo vacío. En un momento vi que mis amigas ya se iban, algunas acompañadas.

    —Bueno, mis amigas ya se retiran. Espero que soluciones lo tuyo con tu esposa… ¡nos vemos!

    —Esperá…

    —¿Sí?

    —¿Me das tu número? No para nada raro, eh. Me caíste súper bien.

    —Mmm… bueno, jajaja —se lo dicté sin pensarlo dos veces.

    —Que tengas linda noche, Julieta.

    Nos despedimos con un beso en la mejilla que duró apenas un segundo de más, suficiente para sentir su perfume y el roce cálido de su piel. Subí al ascensor con el pulso acelerado, el anillo pesándome en el dedo y la voz de mi marido resonando.

    Al llegar a la habitación, cerré la puerta con cuidado y, al rato, empecé a escuchar gemidos bajos pero inconfundibles provenientes de la habitación de mi amiga. Eran intensos, rítmicos, acompañados de risas ahogadas y el crujido sutil de la cama. No la culpaba en absoluto: estaba soltera, en unas vacaciones soñadas, y se merecía revolcarse con quien quisiera hasta perder el aliento. Yo solo sonreí en la oscuridad, con un pinchazo de envidia mezclado con excitación ajena que me recorrió la piel.

    Me metí al baño, dejé que el agua caliente cayera sobre mi cuerpo todavía cargado de la música y las miradas de la fiesta. Me enjaboné despacio, sintiendo cómo mis manos resbalaban por mis pechos, por mi vientre, entre mis piernas… pero me detuve. No era momento. Me sequé, me puse una camiseta liviana que apenas cubría mis muslos y me metí en la cama con la piel todavía tibia.

    Antes de apagar la luz, agarré el teléfono. Tenía mensajes de mi marido: fotos de los chicos durmiendo, videos cortos donde me mandaban besos, y un audio suyo con voz suave, casi susurrante, diciéndome cuánto me extrañaban, que me amaban, que estaba hermosa en las fotos que les había mandado. Cada palabra era como un paño frío sobre el fuego que llevaba días conteniendo. Me alejaba más y más de la idea de una última aventura, de entregarme a ese cosquilleo prohibido que Augusto había despertado con solo una conversación.

    Pero no entendía el cambio repentino en él. ¿De verdad se había dado cuenta de lo que estaba perdiendo? ¿No solo a mí como mujer, sino como familia, como madre de sus hijos? ¿O era esa clásica maniobra cuando meten la pata? Ya saben… cuando el marido huele que algo puede pasar a la distancia, o peor, cuando él mismo la cagó con otra y ahora quiere asegurar el terreno con mimos y palabras dulces para que yo no explote si algún día me entero.

    Me quedé mirando el techo en la penumbra, con el cuerpo todavía inquieto, los pezones duros contra la tela de la camiseta y un calor traicionero entre las piernas que se negaba a apagarse del todo. Los gemidos de mi amiga ya habían cesado; solo quedaba el ruido lejano del aire acondicionado y mi propia respiración agitada.

    Al otro día, al amanecer, mi teléfono vibró sobre la mesita. Un mensaje de Augusto:

    —Hola Juli, soy Augusto, ayer hablamos en el bar del hotel.

    —Hola, sí, te recuerdo. ¿Qué tal?

    —Nada, todo tranquilo por aquí. ¿Vos? ¿Hacés algo hoy?

    —Mmm, no sé, con mis amigas improvisamos día a día.

    —¿Te parece si vamos a tomar algo a la noche al bar?

    —No, la verdad no sé qué tengamos con mi amiga. Te aviso si me desocupo.

    —Dale, si no podés no hay drama, lo dejamos para otro día.

    Mi cabeza era un caos total. Por un lado, no entendía ese cambio repentino en mi marido —sus audios cariñosos, sus palabras calientes que me hacían mojarme solo de recordarlas, como si de pronto quisiera reclamar lo que había ignorado por años—. ¿Se habría dado cuenta al fin de que me estaba perdiendo, de que no solo era la madre de sus hijos, sino una mujer con un fuego ardiendo dentro, lista para explotar? Por otro, ¿hasta dónde podía llegar con Augusto? Ese hombre maduro, con su voz tímida pero segura, me provocaba un cosquilleo insistente entre las piernas solo con sus mensajes.

    Imaginaba sus manos expertas recorriéndome, su cuerpo presionándome contra la barra, follándome lento y profundo hasta hacerme gemir sin control. Pero no, no quería pasar el día obsesionada con eso. Apagué el teléfono un rato y esperé a que mi amiga despertara.

    Desayunamos en el balcón, con frutas jugosas que chorreaban por mis labios y café caliente que me despertaba la piel. Salimos de compras con ella y las chicas nuevas: probadores llenos de risas, ropa sexy que me ceñía las tetas y el culo, telas suaves rozando mis pezones endurecidos por el aire acondicionado. El día fue espectacular, puro placer inocente bajo el sol de Miami.

    Después fuimos a la playa un rato. El agua estaba deliciosa, tibia como una caricia, envolviéndome las curvas mientras nadaba. Me puse el body rojo otra vez, empapado y pegado a mi cuerpo, marcando cada detalle: mis pezones tiesos contra la tela mojada, el contorno de mi sexo apenas cubierto. Las olas me mecían, el sol quemaba mi piel, y por momentos cerraba los ojos imaginando que eran manos fuertes las que me tocaban, no el mar. Pero sacudí la cabeza, reí con las chicas y dejé que el agua se llevara las dudas… al menos por unas horas.

    Al terminar la tarde en la playa, decidimos cerrar el día con algo de relax puro: fuimos al spa del hotel. Masajes profundos, sauna, vapor, faciales… todo para derretirnos de placer. Nos recostamos en las camillas envueltas en batas blancas suaves, con el aroma a lavanda y eucalipto flotando en el aire, la piel todavía tibia del sol y brillando por el aceite de los masajes.

    Ahí, entre suspiros de alivio, empezamos a charlar de todo lo que habíamos hecho… y, obvio, los hombres no tardaron en salir al tema.

    Por cierto, nunca las había presentado bien: mi amiga con la que viajé desde Argentina se llama Soledad, esa morocha desinhibida y siempre lista para todo. Las dos chicas que conocimos en el hotel son Raquel, la más picante y directa, y Marisol —a quien todas llamamos Mari—, rubia, risueña y con una energía contagiosa que te arrastra a cualquier plan loco.

    —Anoche se divirtieron, ¿eh? Jajaja. Todas terminaron como Sole o no tuvieron esa suerte —disparó Raquel, acomodándose mejor en la camilla.

    —Shhh, no me lo recuerdes —dijo Soledad, recostándose y poniéndose los rodajes de pepino en los ojos con dramatismo.

    —Los gritos se escucharon hasta nuestra habitación, ¿eh? Jajaja —agregó Mari, guiñándome un ojo.

    —Bueno, bueno, chicas, es normal. Yo también la pasé bomba —confesó Raquel sin pudor.

    —Todas menos vos, Juli —me señaló Soledad, quitándose un pepino para mirarme fijo—. Sé que estás casada, pero una aventura en Miami se queda en Miami.

    —Sí, es verdad. Ese señor con el que estabas charlando… esa mirada de “coqueteame más que te follo aquí mismo”, ¿no pasó nada? —insistió Mari con una sonrisa traviesa.

    —Ay, chicas, ¿qué hablan? —reí, sintiendo que me sonrojaba bajo la mascarilla.

    —Mmm, nos parece que te gustó, ¿verdad? —Raquel no aflojaba.

    —Tantos pibes musculosos que rechazaste y te calentó el maduro, jajaja —remató Soledad.

    —Chicas, no me enamoró nadie, ¡por Dios! —protesté, pero todas estallaron en carcajadas.

    —Obvio que no, pero nos referimos a esa chispa… esa humedad que se nota aunque no digas nada —dijo Mari bajito, y las demás asintieron.

    —Por favor, Juli, ¿nos vas a decir que no tenés ganas? —Soledad me miró con complicidad.

    —Jajaja, por favor, dejen de hablar pavadas —intenté cortar, pero mi risa me delataba.

    —Esa risa nos confirma todo —sentenció Raquel—. Aprovechá, Juli. Sos hermosa, tenés un cuerpo increíble que vuelve loco a cualquiera, y aunque sos joven, esa chispa se apaga si no la alimentás. ¿Cuántas vacaciones sola vas a tener?

    —No lo sé, pero engañar a mi marido no está bien —murmuré, aunque la voz me salió menos convencida de lo que quería.

    —Por favor, sabemos que no está bien… pero hay que vivir la vida, nena. Una aventura no le hace mal a nadie —dijo Mari con tono suave, casi maternal.

    —Ya, ya, jajaja. Mejor pensemos qué vamos a cenar o qué hacemos esta noche —cambié de tema rápido.

    —Yo tengo que verme con el chico de la playa —anunció Soledad, ya emocionada.

    —Yo salgo con el del baile también, jajaja —agregó Raquel.

    —Y yo con el chico del masaje —soltó Mari como si nada.

    —¿Del masaje de hace dos minutos? —pregunté, abriendo grande los ojos.

    —Sí, ¿qué tiene? —se encogió de hombros, riendo.

    —Sos increíble, amiga. Gracias por dejarme sola, ¿eh? Jajaja —me quejé en broma.

    —Por favor, Juli, te parás en cualquier lado y tenés a todos los hombres que quieras. Llamá a ese maduro, seguro está esperando que le des luz verde para devorarte —me pinchó Soledad.

    —Jajaja, okey, “amigas” —dije resignada, sintiendo cómo el cosquilleo volvía a encenderse entre mis piernas solo de imaginarlo.

    Salimos del spa flotando, con la piel suave y brillante, el cuerpo relajado pero la cabeza llena de ideas prohibidas. Y yo, con el teléfono quemándome en el bolso, sabiendo que esa noche tenía una decisión pendiente.

    Por la tarde ayudé a Soledad a prepararse para su cita. Ella ya brilla sola, con esa piel morena y esa sonrisa que desarma, pero cuando se puso ese vestido rojo ajustado que habíamos comprado esa misma mañana… Dios, estaba para comérsela. La tela se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sus pechos firmes y ese culo redondo que se movía con cada paso. Le presté mis tacones altos, le acomodé el pelo suelto sobre los hombros y, al mirarla en el espejo, hasta yo sentí un calorcito de envidia. Esa noche alguien iba a tener mucha suerte.

    Raquel y Mari ya se habían ido por su lado, así que la suite quedó en silencio cuando Soledad salió, guiñándome un ojo y prometiendo contarme todo al día siguiente.

    Yo decidí quedarme. Tuve una videollamada larga con mis hijos: sus risas, sus cuentos del día, sus “te quiero, mamá” me llenaron el pecho de una ternura enorme. Después habló mi marido, con voz baja para no despertar a los chicos, y quedamos en que más tarde, cuando allá fuera madrugada y los niños durmieran profundo, tendríamos nuestra llamada caliente. Me excitó la idea: por fin algo de fuego después de tanto tiempo.

    Me duché rápido, me puse la lencería negra que había comprado en las compras del día: un conjunto de encaje transparente que apenas cubría mis pezones endurecidos y una tanga diminuta que se hundía entre mis nalgas. Me miré al espejo, me tomé varias fotos sexys —una con la mano entre las piernas, otra mordiéndome el labio, otra mostrando el culo en el reflejo— y se las mandé. Esperé. Y esperé.

    No hubo respuesta inmediata. Lo llamé. Sonó varias veces y nada. Al rato llegó un mensaje suyo: “Perdón bebé, estoy re cansado. Mañana te digo todo lo que me provocaste con esas fotos”.

    Me desilusionó como un balde de agua fría. El deseo que había empezado a subir se quedó a medias, latiendo entre mis piernas sin salida. Me metí en la cama con la lencería puesta, la piel sensible al roce de las sábanas, los pezones duros y un vacío molesto en el vientre.

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