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  • Chica mañanera

    Chica mañanera

    Me desperté sobre las 6 de la mañana, el sol aún no había salido y el frío inundaba mi habitación mientras despertaba cálidamente entre las sábanas y el colchón. Desactivé la alarma, estuve mirando al techo unos segundos para planear todo lo que iba a hacer durante el día (que iba a ser la rutina de siempre): Prepararme sobre las 7, ir a trabajar, volver a las 2, comenzar a estudiar sobre las 4 y cenar a las 10, simple.

    Agarré el móvil y comencé a deslizarme entre las historias de la gente en Instagram, al acabar me metí a reels y mi algoritmo no me falló, lo primero que veo es una chica vestida de negro, labios negros oscuros y una mirada atrapante, sentí cositas ahí abajo, dejé escapar un corazón con mis dedos. Seguí scrolleando, mi calentura iba aumentando cada segundo, no pude resistirme, tenía que hacerlo.

    Tenía puesto un pijama rosa y unas bragas. Para estar más cómoda y por lo caliente que estaba me desnudé sobre mi cama. Dejé al descubierto mis pezones, tensos y sensibles por el frío de mi dormitorio. Mi coño, suave y depilado, estaba ansioso de que lo manosease. Puse una toalla sobre la cama y me tumbé de nuevo con las piernas abiertas y el coño al descubierto. Pasé las puntas de mis uñas por todo mi cuerpo, recorriendo cada curva y colina de mi figura. Mi respirar hacía que mi vientre subiese y bajase de forma muy sensual.

    Comencé con la búsqueda en mi página web favorita de contenido para adultos. Quería algo sexy y femenino… ¿por qué no una mujer masturbándose?. Mientras scrolleaba, ahora en una página porno, me toqueteaba los labios para que no se me enfriase el deseo de masturbarme, ninguna mujer querría empezar un día con un dedeo frustrado ¿no? Quiero pensar que no. Mi vagina estaba cada vez más húmeda con todos los videos que me aparecían pero uno me llamó especialmente la atención. La actriz era bellísima, tenía unas tetas muy lindas, una mirada dulce y un cuerpo perfecto “Este es” pensé en mi cabeza de mujer hormonal y masturbadora crónica.

    Me eché lubricante en el coño para después frotarme suavemente y esparcirlo por toda mi entrepierna. Deslizaba mis dedos en círculos sobre mi conejito sensible excitándome mientras la actriz hablaba dulcemente a la cámara con una mirada atrapante por sus ojos claros. Recorrí mi dedo medio entre mis nalgas metiendo ligeramente la yema dentro de mi ano sin que este opusiera resistencia, dejando que mi dedo deslizase dentro de él. Parte del lubricante me lo eché en las tetas haciendo que estas reflejasen la luz de las farolas que penetraban entre los agujeros de la persiana de mi ventana.

    El dedo que antes estaba en mi ano me lo metí en la boca para saborear el lubricante de melocotón, mis papilas gustativas y mis hormonas explotaron de placer a sabiendas de que ese sabor tan dulzón provenía directamente de mi culito. La chica se toqueteaba por encima, estaba abierta de piernas con su vulva apuntando directamente a la cámara.

    Cuando la modelo empezó a masturbarse comencé yo también. Me metí dos dedos en mi vagina para darme placer mientras miraba a los ojos de la actriz, mi vista recorría su mirada, sus labios, sus tetas, su coño y su ano que tenía un plug azul. Al principio traté de seguir el ritmo lento y sereno de ella pero conforme iba avanzando más rápido me iba dedeando independientemente de lo lento que fuese ella. Me excitaba masturbarme viendo a otra mujer tocarse, me encantaba mirar a sus ojos y saber que siento lo mismo que siente ella, que ambas estamos disfrutando de nuestra sexualidad.

    Mi coño estaba más mojado y pringoso que nunca, mis fluidos más el lubricante hacían que el mis dedos estuviesen viscosos. Me metí los dedos en mi boca para de nuevo saborear el melocotón esta vez mezclado con mi líquido vaginal.

    La chica del vídeo agarró un vibrador que tenía al lado, se lo puso encima del clítoris y empezó a masturbarse. Yo hice lo mismo: saqué mi juguete del cajón de noche, después de comprobar que aún tenía batería (aunque poca) lo puse encima de mi clítoris y lo encendí. Inmediatamente una sonrisa dibujó mi cara, empecé a soltar ligeros gemidos por lo cachonda y excitada que estaba. Fui frotando la vibrante cabeza del juguete por todo mi coño en círculos.

    Cuanto más lo apretaba contra mí más intenso se sentía y más excitación creaba en mi. También introduje la cabeza del vibrador varias veces dentro de mi vagina, se sentía tan placentero que me era imposible no gemir. No tardé en tener un orgasmo acompañado de un agudo grito que me hizo soltar un pequeño chorro que mojó parte de la cama y mis muslos.

    Tras el orgasmo me quedé un rato viendo cómo la modelo seguía disfrutando de ella misma. Entonces ella agarró un dildo enorme y empezó a frotar su glande entre sus labios vaginales. Abrí el mismo cajón de los juguetes y agarré un dildo rosa de 16 cm, eché lubricante sobre él, lo masturbé con mis manos para lubricarlo del todo y me lo metí en mi coño mojadísimo, caliente y dilatado. Fui penetrándome con un ritmo lento al igual que la modelo, disfrutando de cada centímetro de mi juguete y de cómo su textura rozaba con mis húmedas y excitadas paredes vaginales. La actriz entonces fue aumentando su ritmo, cosa que yo también hice.

    Conforme iba subiendo el ritmo de las penetraciones más excitada me estaba sintiendo y más costaba contenerme los gemidos. Tras un rato follándome con el dildo alcancé el orgasmo por segunda vez soltando otro chorro pero esta vez la chica del video también se corrió encima y gimió por todo lo alto. Ella no paró de masturbarse frenéticamente motivándome a hacer lo mismo, después de mi orgasmo sin segundos de descanso volví a meterme el dildo en el coño y follarme tan rápido como antes. De nuevo, tuve otro orgasmo y otro chorro más potente que me hizo soltar el gemido más alto hasta entonces.

    Solté el móvil y empecé a frotarme el clítoris con una mano mientras que con la otra me penetraba a mí misma con mi espectacular dildo el cual estaba mojadísimo. La velocidad y la intensidad con la que me masturbaba eran tan exageradas que hacía mover toda la cama y que mis brillantes y puntiagudos pechos no parasen de botar. Seguí escuchando los gemidos de la modelo cosa que facilitó aún más mi excitación haciendo que alcanzase mi último orgasmo de esa mañana.

    El video terminó, yo estaba exhausta y satisfecha con mi trabajo. Me quedé un buen rato tumbada lamiéndome los dedos mientras me tranquilizaba después de tal frenesí sexual. Mi cuerpo volvía a enfriarse. Miré la hora, eran las siete menos cuarto. “Toca prepararse” me dije a mi misma, dando por concluida mi rutina mañanera.

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  • No toques mi guitarra (versión relato)

    No toques mi guitarra (versión relato)

    Romina vio por la mirilla. Afuera, Tristán esperaba con las manos metidas en las grandes bolsas de una chamarra color verde olivo, viendo nerviosamente a ambos lados. Enfadada pero respirando lento para tranquilizarse, Romina lo dejó allí y volvió al cuarto. El sol de la tarde entraba por el gran ventanal del balcón, se colaba por la delicada cortina anaranjada e impregnaba todo en el cuarto: los bordes de dos camas individuales; la guitarra de Romina, momentáneamente detenida sobre su cama; los hombros desnudos de Miranda.

    Romina dio una vuelta por la habitación, rápida, como un gato remolón que estuviera eligiendo dónde acostarse. Finalmente, quitó la guitarra de su cama, se sentó y se la puso en el regazo. A su lado, Miranda estaba ensimismada en el bajo; calcaba un ritmo que estaba en su mente, y que iba midiendo con los giros de su cabeza hacia un lado y hacia otro. Su pelo negro hacía olas con el movimiento.

    Tocaron a la puerta de nuevo.

    —Puede estar allí toda la tarde, Romina —le advirtió su amiga.

    —Ya lo sé —le contestó ella, llevándose las manos a la cara. —¡Carajo!

    Romina se levantó, fue a la puerta de nuevo y, sin abrir, preguntó con una voz grave y fuerte:

    —¿Qué quieres, Tristón?

    —Hola, Romi. ¿Está Casandra contigo?

    —Y, si estuviera, ¿qué?

    —Lo siento, Romi, de verdad no vendría a verte así, pero es que no sé por qué está molesta conmigo.

    Cuando Romina le abrió la puerta. Lo primero que vio Tristán fueron los brillos anaranjados que llegaban de las cortinas de la sala y del cuarto. A esa luz, los rizos cortos de Romina, entre castaños y pelirrojos, parecían fuego y su cara harta era como la de un querubín que quisiera fulminarlo.

    —Tristón, Casandra no está molesta contigo…

    —¿Puedo pasar? —la interrumpió Tristán —Me serviría mucho hablar contigo.

    Puede parecer por este diálogo que Tristán no le temía a Romina… ¡y sí que le temía! Ocurre que Tristán siempre encontraba lo bueno en las personas. Cuando Romina abrió la puerta, y después de su espanto inicial, interpretó que ella quería darle un consejo. Pero no. Romina solamente se había cansado de hablarle a la puerta y quería despacharlo pronto:

    —No, no puedes entrar —le dijo, con voz definitiva. —Estamos en ensayo.

    —¿Entonces Cassy sí está? —dijo Tristán y, por un segundo sus ojos ansiosos se iluminaron, como si le hubieran quitado un peso de encima.

    Romina tuvo que poner un brazo sobre la jamba de la puerta, preocupada de que Tristán intentara entrar. Es verdad que eso no era algo que Tristán, tan tímido… pero no quería arriesgarse.

    —No. Cassy no está aquí. Hoy no llegó al ensayo. Estamos sólo Miranda y yo.

    —¡Hola, Miru! —gritó Tristán, aunque no podía verla desde donde estaba.

    —¡Hola, Tristón! —le contestó Miranda desde adentro, con un tono risueño que buscaba molestar a Romina.

    Y consiguió molestarla. Romina cerró los ojos y pensó: “¿qué haces, Miranda? Saludar así de alegre a este infeliz es como invitar a entrar a un vampiro”.

    —Ya conseguí el disco que me pediste —siguió gritando Tristán. —Justo lo traigo.

    —¡Gracias, Tristón! —gritó de vuelta Miranda.

    A Romina le aterraba que su amiga y Tristán continuaran con su penoso diálogo de larga distancia, así que se recargó en la jamba con hartazgo y le hizo un gesto al chico para que pasara al departamento. Él fue directo al cuarto (“como Pedro por su casa”; Romina tenía la esperanza que no pasara de la sala), sacó un disco viejo de su mochila y se lo dio a Miranda. Ella se limitó a sonreírle… pero a Tristán le gustaba que Miranda le sonriera, con esa boca grande y esos ojitos cansados. Así, de alguna manera, era el pago que esperaba. A Tristán, tan emocionado por las épocas pasadas, le gustaban los discos, y a Miranda le gustaba mandarlo a buscar cosas.

    Caminando muy lento, Romina llegó al cuarto y se tiró a la cama con pesadez. Viendo alternativamente a las dos amigas, Tristán empezó a explicar su punto:

    —Chicas, necesito su ayuda. Son las mejores amigas de Casandra… hace seis días que no me responde. Estuve tocando a su puerta el otro día…

    —Sí… eso hemos oído —le dijo Romina, con algo de pena ajena.

    —De verdad no sé qué hice.

    —No hiciste nada, Tristón —le recordó Romina, cansada de tener que repetirlo. —Pero no eres el novio de Casandra. No le interesas así.

    —Pero ella y yo llevamos casi dos meses…

    —¿Qué? —le interrumpió Romina. —¿Cogiendo?

    Tristán se puso colorado. Casi sin querer volteó a ver a Miranda, que evitó su mirada, con una cara de vergüenza, como si quisiera decir “sss…, esa fue una verdad terrible”.

    —No la entiendo, chicas.

    “Este tipo no entiende nada”, pensó Miranda.

    —Un día me pide que vaya a verla, a las once de la noche. Otro día me dice que soy un estorbo —dijo Tristan, tomando la guitarra de Romina y tocándola cariñosamente. —Dice que a veces necesita mi compañía, pero que le harta que siempre esté allí para ella. Dice que soy demasiado y demasiado poco.

    Romina estaba estupefacta: mientras oía a Tristan, solamente podía pensar “mi guitarra… este infeliz, ¿qué se cree?”. Miranda, que veía a Romina pálida y desencajada, se reía para sus adentros. Cuando Tristán por fin terminó, Romina le arrancó la guitarra de las manos, diciéndole:

    —¡Epa! Vuelves a tocar mi guitarra y te vas a la verga de aquí.

    —Lo siento Romi… extraño tocar la guitarra —empezó Tristán. —¿Les he dicho que estuve en una banda indie en la preparatoria?

    —Tristón, literalmente estudié contigo —le contestó Romina. —Oí a tu banda tocar en todos los eventos de los que no pude escaparme.

    —Yo no. Cuéntame —se apresuró a decir Miranda, para molestar a su amiga.

    —Bueno, empezamos con cóvers de…

    —¿Les parece si regresamos a lo de Casandra? —dijo Romina, picándose los ojos y con el ceño fruncido.

    Miranda no pudo evitar reírse. Tristán, que sentía que las chicas iban a empezar a aleccionarlo, se sentó en flor de loto sobre el suelo. Desde allí abajo, veía a una y a otra, aún sentadas en sus camas respectivas, y las escuchaba con mucha atención.

    —A ver, Tristón —empezó Romina, tratando de tener paciencia. —Hace dos meses tuvimos nuestro concierto más importante hasta ese momento. ¿Entiendes? Incluso después de la gira, cuando regresamos, no esperábamos poder llenar ese lugar. Y fue una puta maravilla. Nunca nos habíamos sentido tan vivas. ¡Qué público! Y claro… era en casa. En la fiesta que siguió a eso estábamos un poco idas, y… bueno, Casandra necesitaba un festejo.

    —¡Sí, estaba muy alegre! —confirmó Tristán, inocentemente.

    —Y tú le gustaste, sí… a lo lejos. Y me pidió que los presentara… ¡Dios, no sé por qué pensé que sería una buena idea!

    —Ella también me gustó desde el primer momento —dijo Tirstán, como si estuviera jurando sobre la Constitución.

    —Tristán —concluyó Romina. —Ella sólo quería un “cojín”.

    —¿Cojín? —preguntó Tristán, entre extrañado y ofendido.

    —Un amigo en plenitud de derechos —trató de arreglar Miranda, al ver el efecto que las palabras de Romina estaban teniendo en Tristán.

    —Un compañero en la folladuría —trató de bromear Romina.

    —Una noche de pasión —añadió de nuevo Miru.

    —Una aventura inolvidable —precisó Romi.

    —Y ahora…

    —Después de estos meses…

    —Sólo quiere que la hagas sentir especial.

    —Sólo quiere que le digas “de verdad te necesito”.

    Esta secuencia cómica puso de muy buen humor a Romina, que se olvidó por un momento de las torpezas e impertinencias de Tristán. A él, por otro lado, la conversación lo estaba incomodando y excitando a la vez. No pudo evitar fijarse en cómo iban vestidas. Romina llevaba una playera gris muchas tallas mayor que ella, que le volaba sobre unas bermudas color lila. Miranda usaba unos shorts diminutos negros y una blusa de tirantes azul claro, que le dejaba ver sus hombros delicados y el primer tercio de su pecho. De las dos, solamente Miranda se dio cuenta de la manera en la que Tristán estaba viéndola. En sus ojos brilló una chispita de curiosidad y se dirigieron a los labios carnosos de él.

    —Siento que no la hago sentir especial —dijo Tristán

    —Nada repetitivo es especial, Tristón —le aclaró Romina. —La estás aburriendo.

    —Lo que necesitas —aventuró Miranda, —es precisamente no pensar en ella. Tomar algo de sana distancia.

    —Conectar un poco contigo mismo —añadió Romina.

    —Tendrías que poder soñar con otra persona —concluyó Miranda.

    —Y así, eventualmente, Casandra se dará cuenta de que no eres una molestia.

    Tristán se quedó pensativo un rato.

    —Mira, Tristón… —lo interrumpió Romina. —Lo ideal es que dejes de tomarte tan a pecho esta relación. Pero, si no puedes, al menos finge. Dile que conociste a una chica interesante… no, no guapa… sólo, qué sé yo, interesante. Y que has pensado (y no es que sea tu responsabilidad decírselo a Casandra, porque no son pareja, pero has pensado)… no lo sé, probar un poco de la fruta del Señor.

    —¡Ay, Romina! —se rio Miranda. —Tristón es un pésimo mentiroso. ¿Te acuerdas cómo hace un mes nos arruinó la fiesta sorpresa de Cassy? Llegando a casa de Indira, justo antes de que todos brincáramos a decirle “¡feliz cumpleaños!”, se puso nervioso y se empezó a reír como un pug con enfisema.

    Todos rieron al recordar. Miranda los vio y sonrió Se golpeó los muslos con las palmas de las manos, y se levantó. Los otros dos la siguieron, porque parecía muy decidida.

    —Bueno… —empezó a decir Miranda; Romina por un momento pensó que iba a echar a Tristán de la casa. —Si no puede ser fingido…

    Miranda se acercó a Tristán hasta estar a unos centímetros de su cara. Luego se quedó allí, unos segundo, sonriéndole con cariño y mirándolo a los ojos. Al ver que Tristán no la besaba, le preguntó, falsamente ofendida:

    —¿Que no te gusto?

    Tristán empezó a tartamudear una respuesta que tenía que ver con Casandra. Miranda lo tomó del cuello, lo atrajo hacia ella y lo calló con un beso.

    —Bueno… ésa también es una opción —comentó Romina, riendo.

    Después del primer beso largo, siguieron otros besos más breves. Las frentes y las barbillas cambiaban de posición, y Miranda se deleitaba en apretarse contra los labios carnosos de Tristán.

    —Este parece un beso de secundaria, Tristón. Así no vamos a resolver tus problemas con Cassy. Anda, tómame de la cintura.

    Al decir esto, Miranda tomó las manos de Tristán y las llevó a su cintura, al mismo tiempo que dejaba caer su pelvis contra la de él. Le echó los brazos al cuello y volvió a besarlo. Así, Tristán no pudo evitar tener una erección. Cuando Miranda la sintió, se le salió una sonrisa que interrumpió el beso e hizo que Tristán de ruborizara. Finalmente, ambos se rieron.

    —Ese sí fue un beso —confirmó Miranda. —Es buen material para que pienses, cuando quieras acordarte de Casandra y sientas que tienes que ir a buscarla.

    Siendo que sus shorts eran tan cortitos, a Miranda le impresionaba que Tristán no estuviera intentando tocarla más abajo de la cintura. Sus manos parecían algo agarrotadas. Pasaron un rato besándose, frotándose un poco las piernas en frente de Romina, hasta que Miranda decidió dar el siguiente paso. Se puso detrás de él y se pegó a su espalda. Le pasó los brazos por debajo de las axilas, tomándolo de los hombros en un abrazo extraño. Así agarrado, lo hizo girarse a ver a Romina.

    —Tiene labios muy dulces —le dijo a ella.

    —No me vas a convencer —le contestó Romina.

    —Anda. Ven. Yo sé lo que digo —insistió Miranda.

    Romina conservaba una cara de hastío, pero ya bastante fingida. Se acercó y puso su mano sobre el pecho de Tristán. Miranda recargó su barbilla sobre el hombro de Tristán, para escuchar el beso de cerca. Romina acercó sus labios a los del chico y los mantuvo así un momento, luego los pasó cerca de su mejilla, alejándose poco a poco. Y besó a Miranda.

    Miranda tomó a Romina de la nuca, encantada, y comenzaron a besarse apasionadamente con Tristán en medio.

    —¡Ay, Tristón, es sólo un beso! —le dijo Romina a Tristán, sonriendo con ternura, al sentir que la erección de Tristán creía. —Imagínate cómo estarías si nos estuviéramos tocando.

    Dicho y hecho, Miranda, todavía desde atrás de Tristán, metió una mano por debajo de la larga playera de Romina. Al principio sólo acarició cariñosamente el ombligo y la silueta, pero después subió y tomó el pecho. La playera caía sobre el brazo de Miranda, de forma que, salvo por un flashazo de la piel del vientre Tristán veía a Romina completamente vestida.

    —Ojalá pudieras ver lo que estoy tocando ahora, Tristón —dijo Miranda.

    Romina volvió a besar a su amiga y se quitó la playera. Los pechos de Romina, ni grandes ni pequeños, tenían la forma de una mitad de durazno y, cobijados por la luz de la tarde, a Tristán le parecieron tan flamígeros como su cabello pelirrojo. Sin embargo, no los tocó. Ese no era el estilo de Tristán.

    A Miranda le gustaba Tristán. O podía gustarle, de cierto ángulo. A Romina no, pero le halagaba mucho sentirse deseada. En ese sentido, quizá se parecía un poco a Casandra. Además, le gustaba la idea de compartir un hombre con Miranda. Por eso, en ese momento dijo:

    —Ojo por ojo.

    —Sí, Tristón, prenda por prenda —confirmó Miranda.

    Entonces Tristán, con sincera urgencia, se soltó el cinturón, se desabotonó, se bajó el cierre y se quitó los pantalones. Los dedos curiosos y delgados de Miranda bajaron hasta su miembro y, tras dibujarlo sobre la ropa interior, lo sacaron. De inmediato, la mano derecha de Miranda lo agarró con fuerza desde la base.

    —¡Se siente fuerte, Romi! —exclamó.

    —¡Muy bonito, Tristón, muy bonito! —agregó Romina.

    Romina se sentó en su cama e inspeccionó el pene. Tristán se recordaba el vello muy corto (para Casandra, probablemente), lo que hacía que el amigo de Tristán pareciera más grande. El prepucio se había retraído por la misma erección, y el color morado brillaba a la luz de la tarde.

    Romina acercó los labios al miembro de Tristán, los mantuvo allí, vio a los ojos al chico y dio un besito en el aire. Al sentir el soplo de ese beso, el pene de Tristán dio un brinco involuntario, que hizo reír a Romina.

    —¡Qué animado está “el amigo”! —se burló Romina.

    —Ahora imagínate que te lo soltara —le dijo Miranda, ligeramente amenazante.

    Romina finalmente retiró la cara y se tumbó sobre la cama. Empezó a hacer gestos lascivos, mordiéndose el labio inferior, pasando la lengua por los dientes y, por último, tocándose el pecho. Mientras hacía todo esto, Miranda empezó a masturbar a Tristán.

    —¿Cómo te vas a acordar de Casandra, teniendo esta belleza en tus pensamientos? —le susurró en el oído. —Romina es una diosa. Mira esos pechos, ese cabello

    —¿Vas a fantasear hoy conmigo, Tristón? —le preguntó Romina, con un tono anhelante, mientras seguía tocándose.

    Romina empezó a acariciarse los pezones en círculos y a gemir bajito. Miranda subió la velocidad con la que masturbaba a Tristón. Algunos cabellos, ligeramente húmedos por el clima, le caían a la chica sobre la cara.

    —Uff, hasta yo me caliento viendo esto, Tristón.

    Romina también necesitaba algo más. Se desabotonó las bermudas, se las bajó y se empezó a masturbar. Como la ropa le incomodaba para abrir las piernas, casi de inmediato se quedó desnuda por completo. Con las piernas bien abiertas y una mano agarrándose el pelo, Romina veía directamente a Tristán y, de tanto en tanto, a Miranda. Las chicas cambiaban miradas cómplices y se reían.

    —Me gustaría mucho verlos coger —dijo Romina.

    —¡No, no! —se apresuró a decir Miranda. —No puedo. Yo tengo novio.

    —¡No, Miru; no digas eso! ¿Para qué llegamos hasta acá entonces? —se rio Romina.

    —Pues, amiga, hay otra bonita pared donde podríamos poner esta escoba —mientras Miranda decía esto, jalaba el pene de Tristán hacia un lado y hacia otro.

    Romina asintió. Miranda y Tristán, pegados aún, el pecho de ella con la espalda de él, caminaron pasitos siameses hasta Romina. Miranda acercó el pene de Tristán al cuerpo de su amiga. Primero, lo presionó contra un muslo y lo masturbó fuertemente a todo lo largo del tronco. Luego, lo puso sobre el vello pelirrojo de Romina y, agarrándolo firmemente de la base, le acarició el glande. Miranda temía que Tristán se corriera en el estómago de su amiga… por suerte no pasó. Romina sentía en su vulva como los testículos de Tristán se contraían al ritmo de la masturbación.

    Finalmente, Miranda llevó el pene de Tristán a la vulva. Lo frotó una y otra vez, hasta que el glande, por la propia geografía del sexo de Romina, se detuvo en la entrada de su vagina. Miranda lo detuvo allí. Ella no presionaba y Tristán no empezaba la penetración. Ese no era el estilo de Tristán.

    —Miru, si lo empujas y haces que me la meta… te mueres —dijo Romina en un tono juguetón.

    Mientras, abría más las piernas y, con una mano, se separaba los labios vaginales. No porque, en esta posición, Tristán hubiera tenido algún problema en penetrarla si no los abría, sino porque quería hacer ese gesto. Le gustaba que Tristán la viera y la sintiera abierta. Estaba a punto de pasar.

    De pronto, sonaron unas llaves, luchando por abrir la puerta.

    —¡Casandra! —gritó Miranda, soltando de golpe el pene de Tristán.

    En medio de la confusión, el chico se metió debajo de la cama de Miranda. Justo cuando estuvo ya metido, Casandra entró al departamento. Romina se puso el pantalón y pateó la ropa de Tristán para esconderla. Como Miranda vio que Romina no tendría tiempo para llegar hasta su playera y ponérsela, ella misma se quitó la blusa de tirantes.

    En el cuarto entró una chica más alta que las otras dos, cuidadosamente maquillada, con una ombliguera y una chamarra de cuero que se quitó en el mismo momento de entrar. La chamarra cayó en la cama de Miranda y una de sus mangas quedó justo frente a los ojos de Tristán. Casandra no le estaba prestando mucha atención al resto de su banda; tenía cara de haber pasado por un día largo. En un solo movimiento, dejó su estuche en el piso, sacó su guitarra y se la puso al hombro.

    —Perdón por la tardanza. Mi madre necesitaba que… —entonces se dio cuenta de que sus amigas tenían el torso desnudo. —¿Ensayo en topless?

    —Estamos en nuestra casa, Cassy. No es un crimen destetarnos cada tanto, ¿verdad? —le dijo Romina, con la voz vibrándole por la tensión y la culpa.

    —Pfff, no —aclaró Casandra, horrorizada de siquiera pensar en que alguien la juzgara—. Claro que no. Ustedes hagan lo que quieran. Que para eso estamos aquí.

    Romina y Miranda le sonrieron con sinceridad. No sólo les gustaba saber que la banda era un espacio más o menos fuera de las reglas del mundo… también pensaban que podrían usar esa frase para justificarse si lo de Tristán se descubría. Romina hasta consideró terminar, más tarde, lo que habían dejado en pausa. En realidad no era un mal chico y su devoción tenía algo muy excitante.

    Pero ahora era momento del ensayo.

    —Bueno, ya. ¿Qué canción estaban tocando? —preguntó Casandra, y Miranda tuvo que mover la cabeza de un lado a otro, para llevar el ritmo y acordarse.

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  • Mi novia no es solo mía: Conclusión

    Mi novia no es solo mía: Conclusión

    Esa noche no fue propiamente cena, sino que picamos algo de fiambre, queso y pan, con abundante bebida frente al televisor mirando un programa de entretenimientos; los tres con vestimenta liviana y reducida después de un baño y preparados para el habitual descanso, descanso para ellas porque la vestimenta de ambas me harían trabajar manualmente descomprimiendo el apéndice que estaba al borde de la explosión.

    Las dos mujeres vistiendo camisetas largas y holgadas, teniendo abajo solo bragas, las tetas oscilando al mínimo movimiento corporal y con los pezones queriendo traspasar la tela, las piernas casi totalmente desnudas, las prendas íntimas apareciendo de a ratos según se acomodaban sobre el asiento, tuvieron como natural resultado que mi bóxer apenas pudiera contener la verga dura y erguida que largaba jugo lubricante haciendo cada vez más grande la mancha de humedad en la prenda; eso me llevó a poner sobre mi falda un almohadón para disimular bulto y mancha. En ese momento Elena se levantó a buscar algo en la cocina y Lara preguntó

    -“¿Tenés frío o estás ocultando algo?”

    -“No quiero parecer exhibicionista y por eso tapo lo que me pasa al mirarlas a ustedes”.

    -“¡Si serás degenerado!”

    -“Hermanita, te enojás sin razón y encima me estás insultando, yo te contesté educadamente y me duele tu respuesta”.

    -“Perdón, me salió sin pensar, vení déjame que te abrace”.

    Para corresponder a su muestra de cariño me pegué a ella, puse mis brazos en su espalda recorriéndola en suave caricia, diciéndole en el oído.

    -“Gracias hermanita querida”.

    -“¿Es verdad que estás excitado con solo vernos?”.

    -“Sí hermosa, desde que estoy sin novia ando así con frecuencia, y para que veas que no miento dame tu mano”.

    Y sin darle tiempo para reaccionar la llevé bajo el almohadón y encima de mi pija que sobresalía por arriba del elástico.

    -“Santo cielo, ¡cómo estás! Soltame la mano, no está bien que haga esto”.

    -“Por favor, no me dejés así, acariciá la cabecita, sentí el líquido que larga”.

    -“No te voy a hacer una paja, te toco un poco y ya está”.

    -“Bueno mi amor, empapá los dedos y chupalos, seguro que ahí acabo”.

    Y estuve a un paso de largar la leche al ver el gesto de placer con que los llevaba a la boca y luego de sacarlos recorría con la lengua para sacar algún resto que hubiera quedado.

    -“No puedo creer que acepte hacer lo que me pedís, conste que lo hago contra mi voluntad”.

    -“Por supuesto cielo, y por eso te lo agradezco tanto”.

    -“Malo, me pasaste la lengua por la cara”.

    -“Es que, de la misma manera que vos probaste mi sabor yo quiero sentir algo del tuyo, aunque no sea del lugar que más me gustaría”.

    -“Eso no va a suceder, te dejo, no puedo seguir en esto”.

    Y en el camino se cruzó con Elena que vino a sentarse a mi lado en el sillón.

    -“¿Qué le pasó a tu hermana?”

    -“Dijo que tenía ganas de acostarse”.

    -“¿Seguro que no pelearon?”

    -“Seguro, a veces la hago renegar un poco pero nada serio; lo que me tiene en efervescencia es el recuerdo de lo que hicimos esta mañana y que disfruté maravillosamente”.

    -“Mi recuerdo también me hace añorar ese placer, pero me parece que vos estás más motivado”.

    -“Es verdad y te voy a mostrar algo aun a riesgo de parecer grosero, mirá”.

    Y corrí el almohadón dejando a la vista más de la mitad de mi miembro sobresaliendo de la cintura del bóxer.

    -“¡Chiquito de mi alma! Guardá eso que puede venir tu hermana, encima parece que aumenta de tamaño por horas”.

    -“Quizá haya aumento de volumen, pero poco y de manera transitoria, cuando la calentura la provocás vos”.

    Mientras hablaba le había tomado la mano y, haciendo un pequeño movimiento, la hice tomar el tronco del cilindro, se notó que con ganas, porque sola abrió la palma para después cerrar los dedos; su mirada era de deseo, de mucho placer al batir esa masa de carne que largaba gotas lubricantes haciendo que la fricción de la mano fuera placentera; cuando en el tramo de bajada emergía la cabeza lustrosa ella se mordía el labio, así que me animé a tomarla del cuello y dar el impulso inicial para que la boca bajara al encuentro del glande; esa leve presión era lo necesario para dejar a salvo su pudor ya que solita fue a engullir mi pija luego de cubrirla de besos.

    Vencida la reserva y luego de algún minuto lamiendo levantó la cabeza para juntar su boca con la mía, intercalando susurros «mi amor» para volver a la tarea de saborear el miembro que seguía firme en su mano.

    -“Dame tu leche, deseo saber lo que se siente teniéndola en la lengua”.

    Y le hice caso, yo expulsando y ella aspirando; soltadas las últimas gotas me arrodillé entre sus piernas, enrollando la falda en la cintura para besar sus muslos.

    -“Ahora querida me gustaría ver de cerca lo que pienso saborear hasta que vos me pongás freno”.

    -“Sí mocosito adorado, ya me saco la biquini y abro los labios para que parezca una flor, vos mirá lo que quieras y después bebé mis juguitos, yo te aviso para que con la verga me llevés a las nubes”.

    Después de usar mi lengua y labios para recorrer y beber de ese manantial se arqueó hacia atrás y tomó mi cabeza para juntar los labios y murmurar.

    -“Ahora dispongo yo, sigo queriendo un hijo, así que para ayudar a tu recuperación me voy a sentar en tus faldas, así, de costado, teniendo tu miembro bien metido, y vamos a madurar detalladamente tu próxima corrida”.

    -“Por supuesto querida”.

    -“Así, teniéndote dentro voy a moverme suave, como si rotara alrededor de ese eje de carne, haciendo que llegue a máxima dureza y ganas de explotar, de esa manera el primer disparo irá directamente a chocar contra mi óvulo, y los bichitos no tendrán que hacer mucho esfuerzo para penetrarlo, para hacerme gorda, preñada, panzona y feliz”

    Después de semejante polvo llegué a la cama casi en coma; dormí de corrido hasta media mañana y, cuando llegué al comedor ya estaba Elena con todo preparado; estaba tomando un café, buscando despertarme del todo, cuando llegó Lara con cara seria.

    -“¿Descansaste amiga?

    -“Mal, y por culpa de ustedes dos”.

    -“Pero si un rato después que te fuiste también lo hicimos nosotros”.

    -“Sí amiga, pero me cortaron el sueño con rugidos, ayes, quejas, alaridos, voces pidiendo más, gritos diciendo que entró entera, etc.”.

    -“Perdón por haber sido tan ruidosos”.

    -“Pero el asunto va más allá, porque quedé alterada y sin remedio, y eso lleva tiempo en desaparecer, además soñé que estaba en situación parecida y me desperté frustrada. En resumen, una noche de porquería, me voy a la pileta”.

    -“Perdón hermanita, algo voy a pensar para compensarte”.

    -“Lo que sea que te venga a la cabeza seguramente será para tu gusto, además te estoy viendo por el espejo que tenés la mirada clavada en mi culo, degenerado”.

    -“Hermanita, no solo miro esa parte tan atrayente, sino que te recorro de pies a cabeza, pues sos una mujer tremendamente atractiva”.

    La carcajada de Elena precedió a sus palabras.

    -“Amiga, con qué galantería te embromó”.

    -“Será muy galante, pero por parentesco me debe respeto”.

    -“No te enojés hermanita preciosa, tendría un desorden mental si no apreciara tu belleza o sería un eunuco en caso de no reaccionar ante la vista de tu cuerpo”.

    Nueva carcajada y aprobación.

    -“Te cagó nuevamente”.

    -“Váyanse los dos a la mierda, ya los veo complotados en mi contra”.

    -“Yo voy a hacer unas compras, los dejo como dueños de casa y con la misión de refrescarse en la pileta y hacer las paces”.

    Luego de ese aviso e invitación Elena salió a buscar el auto, Lara siguió camino a la pileta y yo a cambiarme para ir junto a ella y pedirle disculpas por haberla molestado.

    Cuando el joven salió al jardín la vio sentada en el borde opuesto, con los pies bastante separados apoyados en el salpicadero, tirada hacia atrás con los ojos cerrados y apoyada en los brazos estirados; al ver que por su delgadez la biquini le quedaba holgada y permitía divisar algunos vellos pubianos su intención de pedir disculpas pasó a segundo lugar, primero estaba el deseo arrollador de disfrutar de esa vista; lentamente se metió al agua y se impulsó para bucear hasta cerca de ella, emergiendo a pocos centímetros y encontrándome con su mirada.

    -“Hermanita vine a pedirte disculpas por haberte molestado”.

    -“En realidad soy yo quien debe pedir disculpas pues no sos responsable del mal día que tengo”.

    -“Quizá contando la causa de tu incomodidad baje la presión que sentís”.

    -“Tenés razón, pero me da mucha vergüenza porque es algo muy íntimo”.

    -“Como vos quieras, pero si te acostás de espaldas para no mirarme mientras hablás, quizá te resulte más fácil; igualmente mi afán es ayudar y no conviene forzar la situación”.

    -“Pruebo, si no me siento bien paro”.

    Y se dejó ir apoyando la espalda en el piso manteniendo la posición de las piernas, lo cual hizo que mi corazón empezara a galopar de alegría y los ojos pugnaran por salir de las órbitas para pegarse a esa entrepierna semicubierta; igualmente se tapó la cara con la toalla.

    -“Ocurre que cuando comienzo el período de ovulación me aumenta un poco la temperatura y el deseo de tener sexo y a eso se le agrega un cierto dolor en el bajo vientre; para colmo Pedro no está así que una de las posibilidades de mejoría desapareció”.

    -“Dejame que masajee suavemente la pancita”.

    -“Sin malas intenciones?”

    -“Si sentís algo que no te guste simplemente me sacás la mano”.

    Y sin dar tiempo a comentario alguno puse suavemente la palma de la mano inmediatamente arriba del borde de la biquini e inicié el recorrido circular llegando hasta bajo el ombligo; no habiendo muestras de rechazo hice ese trayecto varias veces progresando lentamente en correr hacia abajo el elástico de la prenda hasta dejar visibles lo primeros vellos pubianos.

    Ahí frené el avance pues un apresuramiento podía tener efecto negativo y el progreso lo hice variando la caricia; cuando tenía la mano al borde del elástico presionaba la piel llevándola hacia arriba, de esa manera, si mi estimación era correcta, el movimiento haría que la parte superior del canal se desplazara descapuchando el clítoris que, rozando la tela, recibiría una especie de caricia aumentando la excitación y eximiéndome de responsabilidad.

    Y tuve suerte pues a la segunda o tercera vez soltó un quejido mal disimulado, después siguió una subida de pelvis buscando mayor contacto hasta que, vencida toda resistencia, exhaló un lamento gozoso y tomando mi mano la llevó por debajo de la prenda a su conchita empapada, ahí hizo que dos dedos ingresaran para empezar un frenético movimiento de cintura provocando la entrada y salida de los intrusos. Poco duró el movimiento, pues con las facciones contraídas dijo fuerte lo que sentía.

    -“Sí hermanito, ¡qué rico lo que me estás haciendo, llevame al orgasmo de una burra, de una puta, de una yegua, haceme acabar!”

    Y su corrida fue estruendosa para después quedar tendida y laxa, relajamiento que acompañé con suaves caricias.

    -“Te ves preciosa así distendida y me dan ganas de besarte de puro cariño”.

    Salí de la pileta para ponerme a su lado y abrazarla como si la acunara, pero me pareció más cómodo para que se repusiera llevarla a la reposera ancha.

    -“Vení amor, allá vamos a estar mejor”.

    Y la llevé tomada de la cintura; ya tendidos, teniéndola entre mis brazos seguí con las caricias y castos besos en la frente, las mejillas, el cuello y un poco más abajo, pero sin llegar a las tetas. Ahí fue cuando abrió los ojos con gesto agradecido y tomando mi cabeza la movió para que los labios coincidieran realizando el camino del afecto a la pasión; y ahí decidí progresar para aliviar la presión de mis bolas que ya empezaban a doler.

    -“Vení Lara, te ruego que me des un gusto con el que sueño, sentate sobre los talones de espaldas a la pileta justo en el borde, y luego inclínate apoyando el pecho sobre los muslos, así quiero metértela desde atrás y yo de pie desde el agua”.

    -“Solo si vos me das a cambio algo que me encanta y Pedro no puede porque acaba en seguida”.

    -“Soy todo oídos.”

    -“Cuando esté en posición me voy a abrir con las manos en las nalgas, vos ponés solo la cabecita adentro y yo suelto los labios para que la abracen, después sacás y metés nada más que ese pedacito, me enloquece sentir que se abre y se cierra, yo te aviso el cambio, ¿te animás?”

    -“Sí tesoro, y voy a aflojar la tensión de los glúteos para durar al máximo”.

    Se desnudó totalmente y, al ponerse de pie, pasó los por detrás de mi cuello para besarme amorosamente para después pedirme.

    -“Ahora chiquito, cógeme mucho, haceme gozar y acabar como una hembra espantosamente arrecha”.

    Y ambos nos ubicamos, verla con la cabeza ladeada descansando sobre una toalla, las dos manos abriendo conchita y ano, su expresión de entrega y abandono, me conmovió.

    -“Amor, antes de entrar quiero darles besos a los dos majares que tengo en frente”.

    -“Hacelo, pero que no se te vaya la mano”.

    Imposible cumplir esa recomendación, besé y como despedida pasé la lengua a lo largo del canal; por supuesto, sin darle tiempo al reclamo ubiqué el glande adentro.

    -“Ahora vos movete para así graduar entrada y salida según lo sientas mejor”.

    -“Sí chiquito de mi alma, un ratito más, adentro y afuera solo la cabecita, es una locura sentir que se abre y se cierra, seguí amor”.

    -“Espero aguantar hermanita, avísame cuando quieras que la meta toda de un solo envión”.

    -“Ahora, adentro, toda, entera, hasta las bolas, quédate en el fondo y apretame fuerte las tetas, ¡me corro mi vida! Y siento tus palpitaciones, cuatro, y cada una es signo de escupida lechosa, ¡te amo hermanito!”

    La relajación fue hecha abrazados, intercambiando besos y acariciándonos amorosamente hasta que llegó la dueña de casa.

    Después de almuerzo y un rato de siesta, no reunimos alrededor de la pileta y, cosa rara, Lara traía un sobre bolsa mediano, sentándose junto a nosotros.

    -“Ahora que estamos tranquilos, con tiempo para pensar, charlar y ver entre los tres aquellos detalles que a uno se le puedan escapar y, como es algo importante para el futuro, les pido opinión lo más desapasionada posible”.

    -“Amiga, esa introducción da miedo pero, por supuesto, contá conmigo”.

    -“Ramiro, quizá esto te provoque dolor, pero ocultarlo sería faltar a la verdad, miren”.

    Y del sobre sacó una foto en papel, nítida, tomada desde muy cerca, buen enfoque, una cara de mujer joven, con una mano tomando un miembro, con la otra acariciando testículos, sus labios cubriendo la mitad del glande y sonriendo a la cámara. Hubiera sido una de las tantas fotos porno que hay por ahí, si quien sonreía complacida, no fuera mi ex novia Rocío.

    -“Tenés razón Lara, esta imagen duele, como dato curioso estaría bueno saber quién es el afortunado”.

    -“Es sencillo hermanito querido, mirá la mano sobre la cabeza de la chica y presta atención a los dos anillos, uno es alianza, el otro es de sello y fácilmente reconocible, sin duda es mi marido. Este sobre me llegó por mensajero el día siguiente después del incidente en la comisaría, simple venganza”.

    -Queridos amigos Lara y Ramiro, creo que este el momento de sincerarme, ahora les cuento”.

    Narración de Elena

    -“¿Recuerdan el almuerzo donde vos Ramiro contaste de por qué finalizó la relación con Rocío? Pues bien, esa tarde, después que ustedes se fueron, Tomás continuaba inquieto, quizá más que en el almuerzo; los años que llevamos juntos me han permitido percibir cuando algo lo preocupa sobremanera, así que directamente le pregunté. Algo te tiene alterado y es muy raro verte así”.

    -“Tengo que confesarte algo; yo tuve sexo con la novia de Ramiro; te pido perdón, vos sabés que te quiero y lo he demostrado a lo largo de los años que llevamos juntos, lo sucedido es fruto de una debilidad que no puedo controlar. Lo que decidas estará bien. Me voy a hacer los estudios para comprobar que estoy sano”.

    La sorpresa me paralizó; a pesar de intuir que esa era una conducta habitual en los dos amigos, la declaración explícita me impactó, sobre todo conociendo a la otra parte.

    -“Ahora dejame sola, yo te diré cuando seguir la conversación”

    Durante la cena fue el momento elegido para aclarar el tema pendiente.

    -“Te digo cuál es mi postura, nuestro matrimonio está roto, y hoy no veo manera de soldar la fractura. Si te conviene, en adelante, podemos aparentar que nada cambió, pero puertas adentro haré como si vos no existieras. Hacia afuera podrás seguir tus costumbres y, por supuesto, yo me conduciré según mis ganas. Necesito que hagás acondicionar el dormitorio de huéspedes para ser usado por mí y, hasta tanto eso suceda te conviene buscar dónde dormir, porque conmigo no lo vas a hacer”.

    -“Perfecto mi amor”.

    -“Me estaba olvidando, quiero seguir bien atendida en la cama, por lo cual buscaré quien lo haga; además deseo ser madre, ya veré el modo, vos podrás adjudicarte la paternidad y darle o no el apellido, yo me mantendré callada. Además, de la misma manera que no te controlé todos estos años, te pido que no lo hagas conmigo; si constato que lo estás haciendo me iré de casa, haciéndole saber, a quien quiera escuchar que sos un cornudo, pero antes visitaré a los recaudadores de impuestos”.

    Fin narración de Elena

    Ese fin de semana que compartí con Lara y Elena en la casa de ésta, fue no solo de inmenso placer sino que también sirvió para acomodar las cargas.

    Mi presente es muy bueno, puedo estudiar sin pasar necesidades, emocionalmente he superado el engaño de mi novia, sentimentalmente cuento con el afecto sincero y profundo de Lara y Elena, que además me contienen para que la vida fácil no me haga descarrilar, mis deseos instintivos los tengo plenamente satisfechos con ellas dos y, por si todo esto fuera poca felicidad, Elena está embarazada de mi simiente y contentísima por ello. El tema paternidad lo tenemos hablado y acordado, es de exclusivo conocimiento nuestro y Tomás quiere darle el apellido sin pretender saber quién es el padre, cosa que Elena y yo aceptamos. Al futuro lo encaramos con optimismo y sinceridad, ojalá siga igual.

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  • Primera vez, yo 18 y mi tío 20 años mayor

    Primera vez, yo 18 y mi tío 20 años mayor

    Hola lectores, mi nombre es Danna y este es el primer relato que escribo de varios que tengo por contar, actualmente tengo treinta y tantos años, pero está historia me sucedió cuando tenía 18, y es sobre como conocí los placeres del sexo gracias a un tío 20 años mayor que yo.

    A los 18 era una chica delgada, con un culo paradito y rico, una tetitas pequeñas pero con aureolas cafés y grandes, pezones largos que siempre me hacían ver como si tuviese frío, una piel morena que siempre me caracterizó, siempre he sido bajita 1,55 aproximadamente.

    En ese tiempo mi personalidad era introvertida, ya que al ser hija única y querer siempre hacer feliz a mis padres trataba de verme como la chica responsable y tímida, hasta ese momento mi único acercamiento al sexo eran las pláticas con mis amigas, quienes ya habían tenido experiencias sexuales y las veces en que por cuestiones laborales de mis padres me dejaban a cargo de mi tío, y bueno ahí pude ver algunas películas eróticas sin que nadie supiera nada.

    Uno de eso días en que me quedé con mi tío, quien era un hombre atractivo y quién hacia apenas dos años se había divorciado y vivía solo y me tenía mucho aprecio, siempre fui su princesa; esa noche salí de mi recámara, algo caliente, vestida con una blusita delgada, sin bra, una tanga y short flojo y me propuse a tocar a su recámara para darle las buenas noches, toque varias veces y nada por lo que se me hizo fácil abrir su puerta y al hacerlo vaya sorpresa ¡Mi tío se estaba masturbando!

    Mientras supongo escuchaba y veía porno en su celular, eso me terminó de calentar. Me quedé viendo por unos segundos cuando el voltea y me mira, rápidamente se cubrió con el cojín del sofá, no esperaba que yo estuviera ahí, y me dijo:

    Tío: Princesa que haces, porque no tocas la puerta, estoy avergonzado.

    Yo me acerque al sofá y me senté a su lado y le respondí:

    Danna: Carlos no te preocupes, es algo normal, de hecho me gustaría saber más sobre el sexo, mis amigas ya han tenido relaciones y yo todavía no.

    Mi querido tío Carlos nunca espero esa respuesta de mi parte.

    T: Princesa pero yo… No podría eres mi princesita, pensé que quizás ya habías tenido relaciones con algún chico de tu edad, estás hermosa.

    D: Parece ser que no atraigo a los chicos de mi edad, además no diré nada, si me enseñas será un secreto.

    T: Ok, princesa te voy a decir cómo te toques y vemos hasta donde llegamos, yo sería incapaz de lastimarte, aunque si he pensado en ti como mujer.

    Esas palabras me erizaron la piel y me pusieron al cien, así que me puse de rodillas en el sofá y seguí las indicaciones.

    T: Princesa comienza por tocar tus pezones arriba de tu blusa, hazlo en círculos y apriétalos suavemente. Ahora chupa tus dedos y toca tus pezones por debajo de la blusa, jala y pellizca y un poco esos pezoncitos.

    Quítate tu blusa despacio para admirar esas tetitas. Cosa que hice y para ese momento mis pequeñas tetas estaban duras y mis pezones rectos listos para ser devorados. Cuando Carlos vio mis tetas quedó extasiado.

    T: Que delicia de tatas, están increíbles preciosa, no había visto pezones como esos. Ahora con una mano sigue tocando esas delicias y con la otra toca tu vagina, mete tus dedos y tócala suave, cuando estés mojadita me dices.

    Yo seguía paso a paso todo, pero estaba más que mojada, así que saque mi mano de la vagina y le acerque mis jugos, los probó y luego me lleve la mano a mi boca y le dije:

    D: ¿Así de mojadita está bien? Y acto seguido me quite el short y volví a posición. En ese momento mi tío se retiró el cojín de las piernas y pude ver la enorme verga que tenía, gruesa, larga y con unas venas que se le marcaba riquísimo.

    En posición seguí tocado me, hasta que le dijo lo siguiente:

    T: Haz a un lado tu tanguita y abre tus labios, y con la otra mano toca tu clítoris. Al abrir mis labios vírgenes y ver lo rosadita de mi vagina y lo apretada comenzó a decirme lo rica que la tenía, yo me hice la que no sabía cómo tocar mi clítoris, así que primero quiso ayudarme, poniendo su mano encima de la mía, pero ambos estábamos tan calientes que no aguanto más, y me dijo:

    T: ¡Oh princesa ya no puedo no tocarte, me tienes muy caliente! Siéntate en mis piernas.

    Al frente del sofá había un espejo de cuerpo completo, por lo que pude ver cómo me hacía suya. Me senté en sus piernas, me abrió las piernas y mis labios, empezó a tocar mi clítoris de una forma deliciosa, metía sus dedos en mi vagina virgen y daba palmaditas que me cercaban cada vez más al orgasmo, mientas veíamos todo por el espejo. Me volteo y me puso frente a él, podía sentir esa verga dura y caliente aún sin penetrarme, mientras estrujaba y chupaba mis tetitas, luego mordía mis ya duros pezones, los mordía suavemente de una forma que me erizaba toda.

    Después me recargo en el sofá, y él se hinco a chupar mi panocha llena de jugos, metía sus dedos suavemente, después de un rato le pedí probar su verga, obviamente le dije que no sabía cómo hacerlo pero que me explicará para hacerlo sentir rico, creo que mi inexperiencia y que el tuviera que dominar todo, lo tenía extremadamente caliente.

    T: Ok princesa, yo te diré como híncate y abre esa boquita pequeña, ahora cómela lentamente, chupa con tu lengua y déjame meterla lo más profundo. Nunca había tenido una verga en mi boca, fue una sensación riquísima, sentir ese gran trozo de carne dentro de mí. Después de un rato y de casi hacerlo venir en mi baca le pedí que me penetrara, que quería sentirlo dentro de mí.

    T: Ok, lo haré, pero si te duele me dices y páramos, no quiero causarte dolor.

    Me sentó como al principio, en sus piernas, dándole la espalda y me fue sentando poco a poco en su verga, obviamente gemía del placer y un poco del dolor de sentir ese enorme pene dentro de mí, pero moría por ser penetrada, hasta que logro entrar toda su verga en mí, después de eso lo cabalgue, mientas veía como me tocaba las tetas y me pedía que le diera tetitas en su boca, lo cabalgaba y el tocaba mi clítoris y abría mis labios y daba palmadas, era la cosa más deliciosa hasta que logré llegar al orgasmo, mi tío al verme estremecer, saco su verga y tiro todo su semen en mi monte de venus, podía ver lo rico que escurría por el espejo.

    Al terminar me dijo que nunca pensó que yo le entregaría mi virginidad, esa noche dormimos juntos y fue la primera de varias veces más, que ya les contaré.

    Espero que mi relato haya sido de su agrado, pueden dejar comentarios.

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  • Humillando a mi marido

    Humillando a mi marido

    Como he dicho en anteriores relatos, una de las ventajas de tener un marido sumiso y cornudo es que con él se puede hacer de todo, recuerdo que un fin de semana me encontraba con ganas de ser muy puta y cabrona, así que mi mente diseño un plan especial, le ordené a mi marido que cuando volviera del trabajo se preparara que nos íbamos de viaje a otra ciudad, alquilé una habitación en un hotel, y tras preparar nuestras maletas, nos preparamos nosotros, le ordené a mi cornudo ponerse un traje muy elegante, y yo hice lo mismo poniéndome una ropa que consideré que, a la vez, me hacía parecer una dama elegante y una puta.

    Emprendimos el viaje de ida, y tras el mismo llegamos a nuestro destino, un hotel con un cierto aire de elegancia, en la recepción nos dieron la llave, y un botones llevó nuestras maletas hasta el cuarto, comprobé que era elegante, y en ese momento pedí que nos trajeran una botella de champan caro.

    Yo no sé si mi marido concibió en su mente que íbamos a pasar un fin de semana romántico, pero yo le desengañe enseguida, nada más traernos el champan, y marcharse el camarero que nos la había traído le hice sentarse en una silla que había al lado de la cama y que arrimamos hasta que dio con la cama, en ese momento pedí a mi marido que se sentara en ella, y primero le puse un pañuelo para vendarle los ojos, y luego, con una cuerda que había traído le até las manos tanto a sus espaldas como a las de la silla, y en ese momento le dije:

    -Cornudo, voy a salir, espérame aquí.

    Cerré la puerta de la habitación, dejándole allí, fui a la recepción y pregunté por un lugar en la ciudad donde hubiera ambiente, el encargado de la recepción de habló de un local, lamamos a un taxi y allí me presenté, me encantó el ambiente y baile y morree con varios de los tíos que en encontraban en el mismo, hasta que mis ojos se fijaron en uno en especial no recuerdo su nombre, e ignoro si el que me dio era el real, pero mi instinto me decía que era el apropiado. Así que le dije que si se animaba a acompañarme a mi hotel y que haríamos de todo, pero que tenía un marido cornudo y tendría que ayudarme a humillarle.

    Creo que tenía muchas ganas de follar, así que aceptó mi idea, nos fuimos en su coche hasta mi hotel, durante el trayecto el muy cabron no paró de meterme mano y yo le sobé el paquete, que era muy prometedor, cuando llegamos subimos a mi habitación, ya en el ascensor nos dimos un buen morreo, cuando llegamos a mi habitación abrimos, le señalé a mi marido que no se había movido, nos cercamos a él y le dije:

    -Mira cornudo, como tú no sabes follar me he buscado un amigo para que me folle en condiciones, contigo oyéndolo todo, aunque no puedas ver nada.

    Mi acompañante, siguiendo mis indicaciones le dijo:

    -Hola cornudo, tu mujer me ha dicho que no te la sabes follar, y es una pena porque es una hembra que esta buenísima y parece muy puta, así que me la voy a follar yo, no es nada persona.

    Tras esta presentación tan especial, mi ligue y yo nos volvimos a besar de una manera muy apasionada, mientras me besaba el me sobaba el culo por encima de la falda, yo le dije:

    -Cariño que bien besa, no como algunos impotentes, quiero que me bajes la falda.

    Por supuesto no hizo falta repetírselo, el llevó sus manos hasta la cremallera de mi falda y me la bajó, yo me quedé en bragas, y le hice una señal, mi acompañante dirigiéndose a mi marido dijo:

    -Que buena esta tu mujer, creo que voy a disfrutar mucho follandomela.

    A continuación, los dos nos tumbamos en la cama, él abrió la botella de champan, y llenando las dos copas que había brindamos:

    -Por una tarde de folleteo intenso.

    Después él comenzó a besarme el cuello, mientras decía:

    -Que buena que estas.

    Yo le pedí que se tumbará en la cama, y comencé a bajarle los pantalones, mientras él llevó una de sus manos a mi coño y se puso a acariciármelo encima de mis bragas, cuando, lo hube logrado me dirigí hacia sus calzoncillos y le acaricié su polla que quería salirse de ellos, le dije a mi marido:

    -Cornudo, lástima que no puedas ver la polla que fasta este chico, es una polla de verdad y no tu aparatito,

    Lo destapé y efectivamente era una polla de buen tamaño, y dije:

    -Que pollón más delicioso, me lo voy a comer.

    Y sacando mi lengua me puse a lamérsela, él comenzó a gemir y dijo:

    -Que bien la chupa tu mujer, me va a volver loco, lástima que contigo no lo haga.

    Mientras yo seguía chupando la polla de mi acompañante. En un momento dado se me ocurrió llevar uno de mis pies, no me había descalzado, hasta la polla de mi marido, y rozarle con mis tacones su polla que seguía aprisionada dentro de sus pantalones, y que tampoco se podía acariciar, la verdad es que la tenía bastante dura, de pronto tuve un deseo y no iba a dejar de satisfacerlo, y le dije a mi acompañante:

    -Cariño, quiero que me comas el coño.

    Después de decir esto, me quité las bragas y me tumbé en la cama, después abrí bien mi coño, él acercó su cabeza a mi coño, y antes de introducir su lengua en él le dijo a mi marido:

    -Cornudo tu mujer tiene un coño delicioso, uno de los mejores que he visto en mi vida, lástima que tú no te lo comas nunca.

    Y tras decir esto introdujo su lengua en mi interior, lo hacía fantásticamente bien, yo comencé a gemir y le dije:

    -Cornudo, este chico hace maravillas, me dan ganas de quitarte la venda de los ojos a ver si aprendes algo, pero me da que no.

    Él seguía chupando mi coño, lo hacía muy bien yo no podía evitar gemir como una zorra, bueno lo que soy y le decía:

    -Mi amor que bien lo haces

    Él continuó comiéndomelo y yo gimiendo como una loca, hasta que no pude más y me corrí en medio de un orgasmo bestial.

    -Menuda mujer más puta que tienes, lástima que este con un mariquita que no sea capaz de disfrutarla, dijo mi acompañante a mi marido.

    Lo oyes, dije yo, dirigiéndome a mi marido, la gente ve enseguida que eres un corundo impotente, y ahora vas a ver, bueno oír, jajaja, como folla un hombre de verdad, y dirigiéndome a mi nuevo amante añadí, ven aquí mi amor y deja que ese cornudo oiga como follas.

    Yo me tumbé en la cama y volvía a dirigirme a mi marido:

    -Cornudo, aquí tengo una polla en condiciones y ¿sabes lo primero que voy a hacer con ella? Darle una buena mamada.

    Hice una señal a mi nuevo amante para que se acercará, y al sentir su polla cerca de mi poca la introduje en el interior de esta, la verdad es que era una polla de dimensión notable y comenzar a lamerla y más sabiendo que mi cornudo no podía verme, pero lo estaba escuchando todo, me daba mucho morbo de esta manera me puse a lamérsela, él nada más sentirla le dijo a mi marido:

    Cornudo, menuda mamada me está haciendo tu mujer, ni a las putas más putas las había visto hacerlo tan bien.

    Ver como mi marido era humillado me puso todavía más caliente, así que seguí chupándosela, era delicioso, mientras él no paraba de gemir, y la polla de mi marido, sin ser de gran tamaño pedía salir del pantalón, pero tenía muy claro que se iba a quedar con las ganas, seguí chupándosela, hasta que él me dijo:

    -Mi amor, esta ha sido la mejor mamada que me ha hecho en mi vida, pero no puedo aguantarme más las ganas de follarte,

    -Me parece muy bien, que el cornudo de mi marido oiga como folla un macho de verdad, túmbate en la cama.

    Por supuesto me complació, me puse encima de él de rodillas, su pola aún no estaba dentro de mi coño, é al verme así me dijo:

    -Mi amor eres bellísima, si quieres deja a la piltrafa esa y vente conmigo.

    Y me acarició primero la cara, luego fue bajando, hasta llegar a mis tetas, me las acaricio un poco, y mantuvo una sobre una de mis tetas, mientras con la otra fue bajando hasta llegar a mi vientre, la verdad es que me estaba haciendo sentir algo delicioso, el miró a mi marido y dijo:

    -No te mereces tener a esta diosa.

    Pensé que este alago se merecía un premio y decidí que era el momento de que su deliciosa polla entrará en el interior de mi coño. Así que me la introduje y comencé a cabalgarle, él se puso a gemir mientras decía:

    -Eres una verdadera diosa del sexo, no se que pintas con esa poca cosa, tu necesitas un macho que te de mucho placer.

    La verdad es que yo prefería tener esa poca cosita en casa y luego buscar fuera lo que me faltaba, jajaja, pero no era cuestión de discutir con él, era cuestión de seguir follando, así que seguí cabalgándole, sus gemidos eran muy intensos, yo le decía a mi marido:

    -Cornudo, oye como disfruta un macho de verdad.

    Y continuaba cabalgándole, los dos estábamos disfrutando mucho, hasta que el me pidió:

    -Mi amor, me gustaría follarte de lado.

    Yo nunca me niego a ninguna postura y esa vez no fue una excepción, ýo me bajé de él y me giré, él también se giró, estaba detrás de mí, y desde esta postura me volvió a decir:

    -Mi amor, eres preciosa, esa piltrafa no te merece.

    -¿Lo oyes cornudo, como un macho de verdad sabe que soy mucho para ti?

    Mientras mi acompañante, había llevado su polla hasta la entrada de mi coño y me la metió, de nuevo, desde esta postura me marcó un ritmo delicioso que me hizo olvidar la existencia de mi marido, mi amante me estaba dando un placer muy intenso, llegué al orgasmo con mucha facilidad, en ese momento volví a acordarme de mi marido y le dije:

    -Cornudo, este macho me ha provocado un orgasmo bestial, algo que tu no has hecho en tu vida, ni podrás hacerlo.

    Él seguía cabalgándome hasta que dijo:

    -Me corro.

    Y su abundante leche regó mi coño. Cuando sentí que había terminado le hice tumbarse boca arriba, nuevamente, yo me puse boca abajo, y llevé mi cabeza hasta su polla y mirando por un momento a mi marido le dije:

    -Cornudo, si vieras como me ha puesto este macho mi coño con su leche, siento haber tomado anticonceptivos, hubiera sido divino que este semental me preñara, lastima, pero voy a chuparle el delicioso semen que se ha quedado pegado a su divina polla.

    Y me puse a lamer con mi lengua los restos del semen que se había quedado pegado a ella, él nada más sentir mi lengua sobre su miembro dijo a mí marido:

    -Decididamente es una delicia follar con tu mujer, la lame y la chupa divinamente, es adorable.

    Yo seguí lamiéndole el semen hasta que su polla quedó limpia y reluciente, en ese momento él me preguntó si era virgen por el culo, fui sincera con él y le dije que no, él me respondió, quiero gozar de tu culo.

    Me pidió que me pusiera a cuatro patas, él me dijo:

    -Que culo tan divino tienes, pero aunque no seas virgen, antes de follarte con él quiero jugar en su interior con mis dedos.

    Esto me hizo sentir curiosidad y me puse a cuatro patas, él llevó uno de sus dedos hasta la apertura de mi culo y lo introdujo en mi interior, aunque me habían entrado pollas de gran tamaño y grosor su dedo me resultó delicioso, y lo comenzó a mover de una manera tan precisa que me daba tanto o más placer que la mayoría de las pollas que habían visitado ese lugar, estuvo un rato, después me lo sacó, me pidió permiso para levantarse de la cama, fue a donde estaba mi marido y se lo acercó a la boca, luego le dijo:

    En mi dedo tengo un poco del sabor del culo de esa diosa, si ella está de acuerdo me gustaría que me lo chuparas.

    -Por supuesto que estoy de acuerdo, respondí, venga cornudo, chupa el dedo de ese macho alfa.

    Mi marido había prendido a ser obediente a todo lo que yo me mandara así que guado por su instinto llevó su boca hasta el dedo de mi amante y se lo metió en la boca y comenzó a chuparlo, como si fuera una polla de pequeño tamaño, y así estuvo un rato hasta que el dedo quedó completamente limpio, en ese momento mi amante se dirigió a mí y me pidio:

    -Me gustaría follarte por el culo.

    -Por supuesto cariño, es todo tuyo, le respondí.

    Me puse a cuatro patas, él se situó detrás de mí y de un golpe introdujo su polla dentro de mi culo, y comenzó a moverse a un ritmo delicioso, yo comencé a gozar y mis gemidos se hicieron más fuertes, mientras dirigiéndome a mi marido le dije:

    -Que pena, cornudo, que no puedas ver como este macho taladra mi culo con su polla, y lo hace tan bien que me esta volviendo loca del gusto, ¿Te enteras maricon?

    -Tu mujer tiene un culo delicioso, parece que está hecho para que se lo follen, lastima que tu no sepas hacerlo, le dijo mi amante.

    Y mientras seguía moviéndose en el interior de mi culo, yo sentía que estaba en la gloria, él me dijo:

    -Mi reina tienes el mejor culo que he visto en mi vida.

    Y me seguía follando, supongo que mi marido debía oír el sonido de su polla chocando con mi trasero, se le notaba molesto, pero excitado, jajaja, yo seguía disfrutando de las envestidas de mi macho alfa, que me hizo llegar al orgasmo, una vez más, pero llegó un momento en que me dijo:

    -Mi reina no puedo más me voy a correr en tu culo.

    En ese momento mi mente tuvo una idea perversa y le dije:

    -No mi rey salte, tengo una idea.

    Le hice señas para que se saliera y se levantara de la cama, después de la manera más silenciosa posible yo también me levanté y nos encaminamos hacia el lugar donde estaba atado mi marido, allí le hice poner su polla cerca de la cara de mi marido y comencé a meneársela, él dijo:

    -Joder tía, hasta cascándola eres la mejor.

    Seguí meneándosela, hasta que vi que se iba a correr, en ese momento la enchufé para que la mayor cantidad posible de su líquido fuera a parar a la cara de mi marido, que se llenó de su leche, en ese momento le dije:

    -Cornudo, esto es para que tengas algo de este macho, pero tu debes de agradecerle lo feliz que ha hecho a tu mujer, quiero que le chupes la polla.

    Mi marido que ya había asumido completamente que mis deseos eran órdenes para él abrió su boca e introdujo en su interior la polla de mi amante y fue limpiando con su lengua los restos de semen que había quedado pegados a ella.

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  • Tacones

    Tacones

    No era la primera vez que lo hacía y si soy completamente honesta me gustaba hacerlo, iba a un bar costoso, me arreglaba de una manera sutilmente atrevida y pedía una copa de vino hasta que alguna mujer interesada se me acercara.

    Una de ellas ya me había puesto la mirada y delicadamente mostraba un poco más mis piernas y levantaba el pecho para mostrarme, me excitaba sentirme deseada, que me vieran como un postre que quieren probar.

    Todos mis movimientos funcionaron porque mando a un mesero a darme un mensaje, que quería que me sentará junto a ella en su mesa.

    Ya me había hecho desear, así que acepte con muchas ganas, era un mujer adulta, llevaba un traje y parecía que después de salir de su trabajo fue a tomarse un trago para relajarse, era delgada, cabello negro largo de esas mujeres que con solo verlas sabes que son mandonas en el sexo, me atraía demasiado.

    Cuando me acerque a la mesa me recibió con un beso en la mejilla y ella fue la primera en hablar.

    -¿Cual es tu nombre, preciosa?

    -Me puedes llamar Delani, ¿se puede saber su nombre?

    Ella me sonrió de vuelta y me dijo su nombre, sabía que si me mostraba tímida y servicial iba a llegar a algo con ella, a su tipo de mujer le encantan las sumisas atrevida.

    Bebimos una botella de vino juntas mientras charlamos y coqueteabamos un poco pero cada vez se hacía más atrevido el coqueteo, me acariciaba la pierna bajo mi vestido corto y apretaba fuerte, como diciendo que quería probarlos, yo me ría de sus chistes y me acercaba mucho a ella para rozar mis senos a sus brazos, que tenían un gran escote y ella ya no podía disimular su mirada.

    -Tienes las mejillas tan rojas -me dijo acariciando mi cara- ¿se ven así cuando estás fatigada también?

    Me reí y le dije que si mientras me pegaba más a su cuerpo, la verdad es que estaba excitada, la energía de esa mujer y su olor me tenía con muchas ganas por lo cual intenté ser más atrevida.

    -En el sexo me pongo más colorada aún.

    -Que delicia, me gustaría verte así.

    Otra vez pegue mi cuerpo al de ella, tanto que mi cara quedó muy cerca de su cara y ella no desaprovecho la oportunidad, me besó, fue un beso hambriento, deseoso quería comerme, agarre su mano que estaba en mi muslo y lo subi hasta mi vagina, para que sintiera lo húmedo y caliente que estaba, sentí un pequeño gemido en sus labios cuando separó un poco mi bragas y paso sus dedos por toda mi húmeda.

    Nos separamos un poco para respirar y acariciándome el cabello me preguntó si quería ir a su habitación arriba.

    -Vivo en los apartamentos de arriba, ¿quieres acompañarme?

    Obviamente acepta, caminamos juntas de la mano hasta que llegamos a la puerta de su apartamento, era un apartamento enorme, ella ya no quería hablar más, al cerrar la puerta me apretó contra si y agarro mis nalgas con tanta fuerza que mi vagina dio un salto.

    Nos acercamos a su sofa y ella se sentó en el medio, saboreandome con la vista.

    -Quitate ese vestido y déjate los tacones puestos y acércate a mi.

    Fui obediente y me quite mi vestido delicadamente, veía que su mano abría su pantalón y comenzaba a masturbarse, me excito y me quite todo, le di la espalda y doble mi espalda para que viera mi vagina, comence a meter mis dedos, lento y suave jugando con mi humedad y gimiendo bajito, veía muy poco su cara pero escuchaba como se masturbaba duro, me ponía demás de caliente y eso que ni me estaba tocando.

    Distraída por mi masturbada y escuchando los gemidos de ella ni me di cuenta cuando se acercó a mi y me puso en el sofá en 4 y se arrodilló tras de mi.

    -Ni se te ocurra quitarte los tacones, Delani.

    Me masajeaba las nalgas, me las unia y separaba y sentía la humedad de mi vagina escurriendo cuando lo hacía, jugaba mucho conmigo pero no me tocaba todavía, sabía que cuando lo hiciera iba a explotar.

    Me masajeaba las piernas mientras me besaba y mordía las nalgas, me masajeaba todo, los senos, me jalaba poquito el cabello y mi vagina no dejaba de escurrir y desear que su boca me chupara toda.

    -¿No estás cansada de jugar con tu comida? -le dije gimiendo, con la cara empujada en el sofá y ella lamiendo mi espalda y dejando pequeños mordiscos.

    -Asi vas a disfrutar más cuando te coma.

    Y definitivamente así fue, sentí su lengua pasando por mi ano y mi vagina comenzó a chorrear, nunca había mojado tanto, estaba escurriendo mientras ella tenía sus dos manos en mi nalgas y las juntaba más, comence a mover mis caderas para sentir más cuando me chupaba el ano, agarre su cabeza para acercarla más pero con el movimiento se me cayó el tacón y ella paro, me dio una nalgada fuerte que me sorprendió.

    -Te dije que no te quitarás los tacones, vuelve a ponerlos.

    Estar excitada y humillada por una mujer con carácter me mojaba más de lo normal, sentía mi ano mojado y mi vagina palpitando, hice lo que me pidió mientras ella me miraba con malicia, ya puesto, desnuda con el cabello desordenado me figuraba que estaba penosamente vulgar y justamente en los ojos de esa mujer se notaba le excitaba.

    -Ponte de cuclillas y abre bien las rodillas, quiero ver tu vagina roja y palpitando.

    Fue difícil hacerlo con tacones pero lo logré y la brisa fría que había me daba una caricia en mi vagina ardiendo, se sentía placentero, como calmando ese ardor, ella se quedó mirando mi vagina, era una persona muy visual, le excitaba ver.

    -Ven, quiero que te masturbes con mi pierna.

    Me senté en una de sus piernas, que eran grandes y al sentir la presión comence a moverme, ella agarraba mis caderas y me ayudaba a moverme más rápido mientras me lamía el cuello, le gustaba ver mi cara y estaba tan mojada que en su pierna me resbalaba, suave y mojado, cuando me corrí le moje toda la pierna y ella me apretó más así para besarme, sentia su lengua invadiendo mi cavidad bucal y gemía en su boca bajito, recuperándome excitada, sentía que ese beso era para confirmar que podía hacer lo que quisiera conmigo y me mojaba devuelta.

    Ella me acostó y fue por algo, tenía los ojos cerrados y la respiración normalizando cuando ella llegó, con un arnés puesto, los había usado antes, así que no me molestó para nada.

    Me levanté y fui a besarla, con ganas y hambre, quería que esa mujer me cogiera hasta quedar totalmente exhausta.

    -¿Como quieres que me ponga?

    -Apoyate en esa mesa, quiero ver tus senos aplastados ahí mientras te doy.

    Si mi humedad se había rebajado, aumento con creces, me excitaba la charla sucia, hice lo que me dijo y gracias a los tacones era una posición perfecta.

    Comenzó jugando con el por fuera, para mojarlo, era una delicia calmaba ese ardor en mi vagina, no dejaba de gemir y cuando ya estaba apunto de correrme otra vez, lo metió en mi vagina sin preguntar, duro y profundo, subi mi culo para darle más profundidad y ella bajo una mano a mi clitoris y comenzó a torturarme con sus embestidas más y más duro mientas apretaba mi clitoris, gemía con mi cara pegada a la mesa y sentía su miraba que pasaba de mi cara a mis nalgas para ver como me me cogía.

    La mesa fría en mis senos me lastimaba un poco pero en vez de molestarme me excitaba más, ella le comenzó a bajar la rapidez pero le daba profundo, pegando su pelvis todo lo que podía de mis nalgas, sabía que estaba por correrse así que comencé a empujar mi trasero cada vez que me la metía, me encantaba sentir mi vagina caliente y mojada, aún con sus manos presionandome el clitoris comenzó a darle movimientos circulares para hacerme tener un orgasmo, cosa bien lograda porque mi vagina comenzó a apretar y mis piernas se debilitaron y estuve un orgasmo delicioso.

    Ella se acostó en mi espalda y me daba besos en el cuello, con su respiración cortada y cansada.

    -Sientate en el sofá -le mandé.

    Me dio un beso rápido y fue a sentarse con el arnés puesto, quería más.

    Me senté en el dildo y comencé a subir y bajar como una insaciable, ella me miraba masajeando mis senos, gemía bajito mientras me acariciaba me jodía a mi misma.

    Pero cuando que se recuperó un poco y me agarró de la cintura, y comenzó a darme mientras yo bajaba, no pasó mucho tiempo para que volviera a tener un orgasmo y la mojará toda otra vez.

    Me quite de encima y le pregunté si ya podía quitarme los tacones, se rió satisfecha y me dio un beso suave.

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  • Mi debut como infiel, tanto me presumía.

    Mi debut como infiel, tanto me presumía.

    Tengo la suerte de tener un marido que me idolatra, él dice que le fascina mi cuerpo, siempre está chuleando mis tetas, mis nalgas, mis piernas.

    Tengo personal en la casa que se encarga de la limpieza, comida etc., y todo el tiempo me manda al manicure y pedicure, la depilación de todo mi cuerpo constante, sobre todo piernas y panochita.

    Para mí el único tema es que le encanta presumirme.

    Una buena parte de los fines de semana, la pasamos comprando ropa, pero solo me escoge ropa ajustada, faldas muy cortas, blusas con bastantes escote, tacones altos, lencería de encaje con tangas muy pequeñas.

    La otra parte del fin de semana en reuniones, bares y restaurantes.

    Le encanta que no traiga sostén y que se noten mis pezones, que el viento me levante la falda o que si bajo de un coche o subo escaleras se vea por debajo de mi falda.

    Al principio me incomodaba atraer miradas y la atención de todos los hombres, ya fueran desconocidos o sus amigos, pero con el tiempo comencé a disfrutarlo, a mi esposo le entusiasma mucho como me ven con morbo y deseo los hombres que están cerca o por donde voy pasando, cuando estoy sentada en un banco alto, le encanta como otros hombres están esperando que cruce mis piernas para poder ver entre ellas.

    Mi marido frecuente, si me distraigo, me levanta la falda por detrás para mostrar mis nalgas, pellizca suavemente mis pezones para estimular que se paren y se noten a través de la blusa o incluso a jalado mi top para provocar que quede alguno al descubierto.

    Disfruta mucho poner cachondos a los hombres que están viéndome y me dice “mira como se les para la verga”.

    Últimamente además de que lo he llegado a disfrutar, me ha estado excitando bastante toda esa atención, nunca estuve con otro hombre y todo esto me hace imaginar que algunos de los que me miran, me cogen con toda esa lujuria con la que me ven.

    El siempre me acompaña y cuida que no se me acerquen de más, pero en lugares muy concurridos ha sido inevitable que alguno alcance a manosearme, lo cual francamente me calienta.

    Después de reuniones o salidas en donde pasa todo eso, regresamos a la casa y cogemos con gran intensidad, pero no puedo dejar de pensar que es alguno de los que me desnudaban con la mirada quien me está dando todo ese placer.

    El fin de semana pasado, mi marido puso sobre la cama todo lo que quería que vistiera.

    Esta vez era especialmente provocador, una tanga de hilo dental diminuto, la parte de enfrente de encaje apenas lograba mantener cubiertos los labios de mi vagina.

    Unos tacones con solo 2 tiras, altos y rojos, mis pies lisos y recién pintadas las uñas estilo francés se veían espectaculares.

    Una falda volada que apenas alcanzaba a tapar mis nalgas y una blusa corta de enfrente y con la espalda totalmente descubierta, sin sostén por supuesto.

    Me estaba vistiendo y sentía mucha excitación de solo imaginar toda la atención que tendría, todas las miradas penetrantes y las manos inquietas que tratarían de alcanzar distintas partes de mi cuerpo.

    Salí y me dice, ¡qué bárbara te ves tan ricamente cogible!

    Íbamos en el coche y me abrió las piernas para tocar mi panochita, me fue dando dedo hasta que llegamos al antro y el valet abrió la puerta, antes de que bajara, mi esposo me agarró los pezones y dijo “bien paraditos para que vean lo que traigo todos los que están en la entrada”.

    En la cadena del antro estaba el dueño del lugar, quien es amigo de mi esposo y preguntó de broma “sus entradas”, mi esposo levantó mi blusa dejando al descubierto mis tetas y dijo, “aquí están”.

    Sonriendo el tipo le dio indicaciones al personal para que nos dieran la mejor mesa.

    Apenas estuvimos 20 minutos, se fue mi esposo a contestar el celular y llegó el dueño del lugar con un amigo, ambos son guapísimos y me comenzaron a hacer plática, pasado muy poco tiempo ambos me tomaron de la mano y me dijeron, vamos a seguirla a otro lado, pregunté por mi marido y me dijeron, ya nos está esperando.

    Salimos del lugar y nos subimos a una limosina, cuando iba entrando el dueño del lugar me agarró las nalgas, entramos los 3 yo quedando en medio de estos dos hombres.

    Avanzó la limosina con solo nosotros y volví a preguntar por mi marido, pero en lugar de responder comencé a sentir las 4 manos sobre todo mi cuerpo, su bocas en mis hombros, cuello, espalda…

    Mi reflejo fue tratar de detenerlos, pero yo ya tenía mucha excitación acumulada, los dos eran muy agradables y sus caricias en mi vagina, pechos, nalgas… Dificultaba bastante mi resistencia.

    Cerré mis ojos y disfrutaba todo ese manoseo, sentía dedos en mi clitoris, Lenguas en mis pezones y de pronto sonó mi celular.

    Me dijeron contesta y vincularon mi celular al altavoz de la limosina.

    Dije hola, con la voz jadeante y temblorosa, era mi marido y me dijo dónde estás, contesté con pujidos y con respiración entrecortada, con tus amigos en una limosina.

    Me estaba cuestionando de por qué estaba ahí y al mismo tiempo me estaban lamiendo mi clitoris y el otro los pezones, al momento que iba a contestar gemí.

    Me preguntó, qué estás haciendo, yo solo podía gemir, el no colgaba y yo jadeaba y gemía con el teléfono en altavoz.

    Él gritaba pero yo no ponía atención, uno de ellos dijo, no sabes qué rico la estamos pasando los tres.

    Ese tipo continuó hablando y dijo, Perdón por no contestar, pero le estaba dando con la lengua en su panochita, pero ahorita que la estoy poniendo en cuatro ya sólo tendré la verga ocupada y podemos platicar.

    Diciendo la última palabra, me jaló de las caderas contra él y me penetró, solté un gemido muy fuerte.

    Mi marido hablaba muy agitadamente, pero me bombeaban tan rico que solo podía gemir y pujar.

    Saco su verga y el otro tipo me jaló para que lo montara y yo sobre el recibí su verga y me empecé a mover descontroladamente.

    Me acostaron y me montó el otro, me volvieron a poner en cuatro y se metió el otro.

    No supe cuando se colgó la llamada, ni cuánto tiempo me estuvieron cogiendo, ni cuantos orgasmos tuve.

    Se detuvo la limosina en un lugar y se bajaron, yo me quedé y me llevaron al antro y mi marido estaba esperando en la calle.

    Abrió la puerta y se subió, me preguntó si estaba bien, la limosina comenzó a avanzar, yo le dije, me cogieron delicioso, en eso se bajó una pantalla y comenzó a salir el video de todo lo que me hicieron, mi vagina estaba súper dilatada, sensible y latía, al ver eso, le desabroche el pantalón, le saqué la verga y lo monté.

    Mi marido viendo el video me cogió en varias posiciones, tuve diversos orgasmos y me quede dormida.

    Solo recuerdo despertar en mi cama con una pijama de franela y el desayuno en mi cuarto, con una nota que decía, “nunca pensé que me fueras infiel de esa manera, si vuelve a pasar, no me dejes fuera de la fiesta”.

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  • Amor entre nosotras

    Amor entre nosotras

    Ya pasó un tiempo, y con Gabriela estamos pasando las dos un momento hermoso, si bien no convivimos (por ahora, queremos darnos tiempo), pasamos los fines de semana juntas, ambas no vemos la hora de que llegue el viernes. Este fin de semana voy a ir a la casa de Gaby por primera vez, ella siempre vino a mi casa, (para quienes no conocen esta historia de amor entre dos mujeres, les recomiendo que lean, “Él, ella o ambos”, son cuatro episodios).

    En el trabajo somos dos compañeras de trabajo, no levantamos sospechas que estamos juntas, para evitar habladurías, tampoco se dió salir, pero no creo que falte mucho, para nosotras es como algo nuevo también. En mi caso tuve sexo con otras mujeres, pero como algo casual que se dió, nada de relación o amor, Gabriela me comentó que no tuvo sexo con mujeres, salvo lo que cuento en el relato “Entre amigas”.

    Llegó el viernes, nos vimos en la oficina, yo tenía un poco de temas pendientes, en eso escucho un chistido, levanté la vista y era Gabriela, me hacía señas, comencé a reírme, no entendía nada, y le envió un WhatsApp “no te entiendo un carajo, vamos a tomar un café”. Mientras tomábamos el café me dice

    Gaby: “¿vienes esta noche?”

    Yo: pero no quedamos en que voy mañana

    Gaby: estoy ansiosa, venite hoy, dale.

    Yo: bueno ok, pero salgo de acá voy a casa agarro algunas cosas y voy

    Gaby: siii gracias amor

    Yo: recuerda que estamos en el trabajo y no nos podemos besar.

    Gaby: uffa, como sabias

    Yo: te conozco tontis jajaja

    Gaby: vas a ver cuando estés en casa

    Yo: ay que miedo, me río.

    Pasó la jornada, me fui volando a casa, preparé un bolsito, puse algunas ropas, cerré mi casa y me fui.

    Llegué al departamento de Gaby, vive a pocas cuadras, en cuanto llegué a su puerta ella me esperaba, no hice más que entrar y nos besamos, ella me dice al oído, “dime que no nos podemos besar”, “no nos podemos besar estamos en el pasillo” jajaja, ella me responde, “sigue jodiendo y te hago el amor aquí” y me echo a reír. Paso y miro el departamento, se lo halago, es muy lindo, buen gusto en los muebles.

    Me acompaña al dormitorio, dejo el bolso, y digo “me encanta el departamento que tienes, es hermoso”, me responde gracias amor, con cara de emoción. Vamos a la cocina y digo, ¿hay que comprar algo?, descuida me responde ya está todo, a Gaby le pregunto, “¿tu familia ya sabe lo nuestro?”, me responde que todavía no, pero que lo quiere blanquear, pues no tenemos nada que ocultar.

    En eso suena el timbre, y nos miramos con sorpresa, ella atiende, y era Guillermo, nos miramos las dos, casi que nos paralizamos, a penas saludamos con un “hola”, cuando él me quiso besar, le giro la cara para que me bese la mejilla.

    Guillermo: ¿que raro que tú estés con mi tía?

    Yo: mirando a Gabriela, y ella como queriendo decir, anda dicelo. Le digo, mira ella y yo estamos en una relación.

    Silencio de Iglesia.

    Guillermo: mirándonos sin entender pronuncia ¿que?

    Gabriela: Si, estamos en una relación las dos.

    Guillermo: me mira y dice, “pero si…”

    Yo: sé lo que te dije, no me olvido, pero tú ¿no diste más señales de vida?. La vida y Gabriela me ofrecieron algo, algo maravilloso que no quise rechazar ni dejar pasar, por ahora te diré esto, no estoy en mi casa, no es el lugar ni el momento que hablemos, si quieres vienes a casa y hablamos mas tranquilos.

    Guillermo nos miró a las dos, no dijo nada y se marchó.

    Con Gaby nos miramos, mi corazón galopaba, la miro a ella y le digo: “disculpa, wow”.

    Gaby: no te preocupes, tarde o temprano iba a pasar, además espera que no termina acá, en cualquier momento me llama su mamá, osea mi hermana, ya veraz.

    Yo: uh perdón, amor, no quise que fuera así.

    Gaby: ven siéntate.

    Ambas nos sentamos en el sillón, yo apoye mi cabeza en su pecho, ella me rodeo con su brazo.

    Gaby: Descuida cielo, tú no tienes la culpa de nada, quizás mejor que fuera así, para no andar con rodeos, como tu dices y prefiero que sea así.

    Ella me tomó de la pera, me levanta la cabeza y nos besamos, y me dice te amo Andre.

    Y tranquilízate que te va a explotar el corazón. Me toca la teta y dice “late como caballo desbocado”.

    Yo: si, no se si es por lo que le dije a Guillermo o porque me estás tocando la teta.

    Gaby: boba jajaja.

    Nos pusimos a preparar algo para cenar y chan, suena el celular de Gaby, ambas nos miramos.

    Gaby: que te dije, es mi hermana que me dice “Felicidades hermana, buen noviazgo”.

    Yo: Fijate y pensá que le vas a responder.

    Gaby: la voy a mandar a cagar.

    Yo: quitándole el celular le digo ¡estás loca!… vas a complicar todo, se que estas caliente, pero respondele como que te chupa un huevo, quieren verte caliente, demostrarles que estás muy feliz y los calientes van a ser ellos, pensa mi amor y guiñandole un ojo y dándole un beso, la miro a ver que hace.

    Gaby: tienes razón, no se que haría sin vos, por eso te amo tanto, ya la iba a cagar.

    Yo: mientras respondes me voy a sacar esta ropa, quiero estar mas cómoda, ¿puedo?

    Gaby: obvio, si no lo haces te desnudo.

    Yo: ¡Joder…!

    Me voy al dormitorio, me quito toda la ropa, lenceria inclusive y me pongo solo una remera que me tapa el culo, paso por el baño, me higienizo y salgo. Gaby respondió a su hermana, no obtuvo respuesta, le pregunto si con esto su hermana va a seguir, o que puede pasar.

    Gaby: va a seguir rompiendo las bolas, ella es mayor que yo, pero igual soy adulta y puedo hacer lo que me dé la gana, no tengo que pedirle permiso ni a ella ni a nadie.

    Yo: si tienes razón, para que Gabriela no se quede mal, le digo, ya me cambié, no me miraste, y doy una vuelta.

    Gaby: hija de puta, solo una remera, me abraza y nos besamos.

    Yo: en un susurro, disfrutemos amor este fin de semana, ya está olvidate de tu hermana, y nos besamos muy rico con la lengua, mientras me acariciaba el culo.

    Preparamos la cena entre ambas, y le digo a Gabriela, “no estas muy vestida”

    Gaby: sabes que si, y comienza a desvestirse.

    Yo: no paro de reirme, y le digo, estas re loca jajaja

    Gaby: así me tienes, re loca de amor Andre.

    Yo: y dándole una palmada en el culo le digo andá a ponerte algo, que sirvo la cena.

    Mientras cenamos, ambas sentadas enfrentadas volvemos a tocar el tema de la hermana de Gabriela.

    Yo: oye, tu hermana vive cerca de aquí.

    Gaby: y más o menos.

    Yo: el próximo paso que vamos hacer es salgamos y que nos vean juntas, caminamos de la mano, del hombro, un besito si quieres y no más, y a cagar todos. Y el fin de semana que viene vamos a ver a mi familia, y que explote todo.

    Mientras hablo, Gaby me toca la pierna con su pie por debajo de la mesa, sube por el muslo, le acomodo el pie en mi conchita, y le digo, ¿escuchaste lo que dije?, y mientras me saca la lengua de manera sexy me responde, “si te escuche, y estoy de acuerdo, tu y yo somos como uno, me encanta”.

    Terminamos de comer, su pie en mi conchita, nuestras manos unidas y nos miramos en silencio, hasta que le digo, “junto la mesa, andá a la cama, porque quiero estar en la cama abrazada con vos”. Gaby me responde, estoy caliente.

    Levanté la mesa acomodé algunas cosas, apagué las luces y me fuí al dormitorio, Gaby me esperaba recostada, corre un poco las cobijas y ella desnuda me miraba, me quité la remera y quedé desnuda también, estire los brazos ella tomó mis manos, y me puse a horcajadas sobre ella, su cara cerca de mi vagina, le comenzó a pasar la lengua, solté mis manos, hice la cabeza hacia atrás, y comencé a acariciar mis tetas, después de un rato, seguí sobre ella hasta estar de frente, nos besamos, ella con sabor a mi jugos, en un susurro nos dijimos te amo, nuestras vaginas se juntaron en forma de tijera, nos movíamos, y jadeamos, hasta que ambas llegamos a un hermoso orgasmo, agitadas nos besamos, nos abrazamos y quedamos dormidas.

    Al día siguiente, desayunamos e hicimos planes, fuimos juntas al súper, muy pocas personas nos miraban, nosotras naturales como si nada, así anduvimos por el super, compramos y volvimos al departamento, nos dimos un beso como haber cumplido un objetivo, hicimos algo de comer, y Gaby se sentó a mirar su celular en el sillón, yo me acosté en sillón usando sus piernas de almohadas, “puedo” le pregunté, “lo que pasa es que estoy enamorada”, Gaby me miró y con apenas una sonrisa me dijo, “me gusta que me lo digas” y nos dimos un beso.

    Yo miré un poco el celular y me quedé dormida, pasó un buen rato, y siento que me acarician, la cabeza, la cara, y por los labios siento algo que no sé que es, era el pezón de Gaby, lo bese le pasé la lengua, y dije “¿qué pasó?, “te quedaste dormida, dormilona”, y me sonríe.

    Yo: perdona.

    Gaby: me gustó verte.

    Yo: me gusta estar contigo, me haces muy feliz, y eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

    Gaby: recuerda que soy llorona.

    Yo: joder, cierto. Y nos besamos.

    Así pasamos el sábado, sin mucho más que disfrutar el momento que estamos viviendo, el domingo veremos que nos tiene reservado.

    Espero que les haya gustado.

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  • Tu muñeca

    Tu muñeca

    Toco tímidamente la puerta de tu domicilio y estás allí. Si bien eres para todos un varonil hombre, hoy vistes con un hermoso vestido corto negro y sandalias altas de tacón que te dan un aire de mujer segura y dominante. Me ves despectivamente, me tomas del brazo y cierras la puerta, empujándome adentro de tu casa. “¡Quien manda soy yo!” exclamas afirmando lo que yo ya deseo y muy bien sé. Me llevas a la sala de estar y frente al sofá me desvistes y yo, esta travesti de closet que ha llegado voluntariamente a entregarse a tus más perversos deseos, me dejo ver por alguien por primera vez. Te ríes de mi insignificante miembro. Noto tu verga gruesa debajo de tu vestido. Chasqueas tus dedos y entiendo tu orden pues eres mi dominatriz. Me arrodillo, levanto la tela y siento el calor y el vapor de tu cuerpo y olor de tu hombría. La tomo con mis ambas manos y descapoto tu glande mientras mis glándulas salivales hacen agua mi boca y por vez primera siento el sabor salado en mi lengua de un pene. Lo chupo como a un sabroso helado arriba, a los lados, a tus testículos. Es maravilloso.
    El tiempo pasa muy rápido y comienzo a sentir un sabor muy intenso salado, es tu líquido preseminal que anuncia que estás a punto de estallar. Explotas como un volcán en mi cara. Tu semen es blanquecino, espeso, ligoso y un deleite al paladar. Lo unto en toda mi cara y mamo hasta la última gota.
    Me pones de pie, me llevas a una habitación y me ordenas: “no salgas hasta que parezcas una muñeca real”. He soñado este momento desde que leí tu correo. Veo tanta ropa de nena que dudo en encontrar la ideal para complacerte. Al cabo de casi una hora abro la puerta y salgo de la habitación. Estás en la sala de estar, con un cinturón en la mano. Te acercas a mi y caminas a mi alrededor, examinándome.
    Para ti, me he vestido como una verdadera muñeca de juguete: peluca rubia con dos colitas con moño rosa a cada lado de la cabeza; vestido rosado corto muy arriba de las rodillas y abultado en los hombros y brazos; calcetas escolares caladas dobladas al tobillo; sandalias blancas que combinan con las calcetas y, cubriendo mi pantaleta rosada de encaje traslucido, una tela estilo pañal blanco. El discreto maquillaje rojo en mis mejillas y labios complementa a la perfección.
    Ries complacido. Levantas el cinturón y me pegas duro con él en las nalgas. “Soy tu dueña” me ordenas y yo asiento con la cabeza, abandonándome a tus órdenes. Me besas apasionadamente, me conduces a tu habitación, me quitas el pañal y la pantaleta dejándome puesto todo lo demás. Aprietas mi micropene y mis testículos. Gimo del placer combinado con dolor. Me lanzas y volteas sobre la cama, me das dos nalgadas. Te desnudas, pero yo me volteo y te suplico. “Por favor mi ama. Quiero que me vea a los ojos mientras me penetra”. Y así fue, con saliva escupida en tu mano humectaste tu miembro duro que buscó mi ano. No tuviste compasión: me penetraste duro, de un tirón y hasta dentro de mí. Sentí enloquecer de dolor. Rasgaste los músculos de mi esfínter y sangré del culo como una princesa desvirgada.
    Tus cabalgadas fueron supremas, cada vez me penetrabas mas duro y mas dentro, eras una inagotable máquina de potencia sexual. Yo no pude más y perdí el control sobre mí. Mi cuerpo se alocó en espasmos incontrolables y mi micropene lanzó por todas partes y en todas direcciones la leche de mi orgasmo. Pero tu seguías inclemente. Te dio más gozo ver la relajación de mi eyaculación. Tu ritmo se aceleró, te sentí muy adentro hasta que finalmente con un grito delicioso sentí tu leche inundar hirviente mi recto.
    Te desplomaste sobre mí y me tiraste fuerte del cabello: “¿Quién es tu ama? ¿Quién te manda? ¿Eh?” me increpaste. Respondí obediente: “¡Solamente tú, mi ama! ¡soy tu muñeca travesti de closet privada! ¡Soy tu esclava sexual para tus deseos, ordena y obedezco!
    Sonreíste. Me sacaste tu gran verga del culo y sentí un gran vacío. “Duerme un rato” me ordenaste y concluiste: “Cuando despiertes te vestirás de Barbie. Tu ano que hoy es una vagina, no tendrá tregua todo el fin de semana… mi muñeca”.

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  • La bruja (2): La noche en el cerro

    La bruja (2): La noche en el cerro

    Este relato está conectado con “La bruja”, que publiqué antes. No es indispensable leerlo primero.

    Los primeros brillos de la tarde se reflejaban sobre las piedras grises. La vegetación seca y los cactus levantaban grandes sombras. Unas doscientas personas caminaban por los caminos terrosos que envolvían en espiral al cerro, desde las faldas hasta casi la cima, haciéndolo parecer una especie de Babel.

    Los hombres llevaban camisa fresca y pantalón de mezclilla; algunos también sombrero. Muchas de las mujeres llevaban vestidos largos de colores brillantes. Se juntaban en grupos de tres o cuatro amigas y bromeaban, se jalaban de los brazos o se sacaban fotografías. Por su alegría, parecía como si todas se hubieran extraviado camino a un bar.

    Casi al final de todo este grupo, Martín caminaba embelesado. Al frente de él, como a tres metros, iba Selene. La cara grande, circular y blanquísima, volvía cada tanto a mirar a Martín y le sonreía con unos labios claros, casi imperceptibles a esa distancia. El rímel acrecentaba un poco sus ojitos achinados. Su cabello negro se rizaba hacia adentro y, cuando giraba la cabeza, casi se podía sentir cómo las puntas le tocaban delicadamente el cuello.

    Aunque los separara tanto espacio, quien viera a Martín y a Selene habría advertido que iban juntos. Quizá hasta habría pensado que se conocían desde hace mucho. Pero no, eso último no era cierto. Se habían conocido solo una semana antes. Así que permítanme volver a empezar.

    Se terminaba el octubre de 2018 y Martín tenía 35 años. Algunas arrugas se habían formado en torno a sus hoyuelos, porque durante su vida había reído mucho; las arrugas en su frente delataban que era burlón y que sospechaba de muchas cosas. La barba de tres días cubría de negro buena parte de sus mejillas morenas. Usaba ropa caqui, muy gastada pero limpia; el pelo rizado, al hombro; los ojos, húmedos como aceitunas negras.

    Martín había llegado con su guitarra a un restaurante que invadía descaradamente la calle con mesas de cristal y macetas pesadas. Se había puesto junto a una pareja de gringos, a espaldas del marido y de frente a la mujer, y había empezado a tocar una tonada que decía:

    Y hoy voy llegando a Veracruz, dichoso,

    donde la vida pasa lenta y suave,

    cortando a los turistas dulces cocos

    y oyendo conchas en que silban mares.

    Mientras cantaba, la gringa desconocida hundía en el café una madalena y veía a Martín con ojos retadores. Martín tocaba su guitarra amorosamente, mientras sonreía con cinismo. Al cantar, recordaba una versión que conocían solamente sus compañeros de juerga:

    Y hoy voy llegando a Veracruz, rijoso,

    donde el aire me pone duro el cobre,

    tocando a las turistas —dulces cocos—,

    libando conchas que gotean amores.

    El marido gringo se volteó a Martín. Tras sus lentes de color sepia, los ojos azules parecían no tener alma. El sombrero de copa ancha le cubría una nariz ganchuda y requemada.

    —Nada más toca usted y se mueve el viento, ¿verdad? —le dijo el gringo en un español perfecto. —Tendremos una fiesta, ¿no querría usted venir a tocar?

    Era verdad que Martín tocaba con mucho sentimiento. La primera de las muchachitas ricas a las que, en palabra de su padre, él había “deshonrado”, se quedó tan triste con lo que fue su vida después de Martín que solía decir: “cuando él tocaba la guitarra, las palomas de las plazas gorjeaban más bajito”.

    Martín estaba a punto de aceptar la invitación, y la gringa ya estaba remojando otra vez su madalena, cuando Selene pasó airosamente por el restaurante. Al sentir la brisa que Selene movió a su paso, Martín recordó de golpe. Recordó a su maestra de 6º de primaria, que era absolutamente idéntica a Selene: su cara redonda, su pelo corto, su sonrisa difuminada, su paso decidido y libre.

    Recordó el día que lo habían castigado toda la tarde por pelear a golpes con un compañero en el futbol. Recordó el calor bochornoso del verano, contra las ventanas de un salón rural de teja. Para cuando terminó el castigo, ya no quedaba casi ningún adulto en la escuela. Era hora de que Martín pensara su camino de media hora a pie, de vuelta a su casa. Si su padre se había enterado de la pelea, la verdad prefería no llegar nunca. Algunas partes de su cuerpo aún recordaban la última vez que su padre se había enterado de algo. Pero entonces salió la última profesora, que en los recuerdos de Martín ya no tenía ni nombre. No le mostró piedad: le sonrió y se despidió de él cerrando la palma de su mano tres veces.

    El aire quedó lleno de ella y lleno de calma. Martín ya había fantaseado locamente con esa maestra, pero ahora tuvo la certeza de que no iba a olvidarla. Fue a casa de don Claudio (que era su tío, pero el “don” seguía siendo necesario) y le pidió que le enseñara a tocar la guitarra.

    Sin responder nada al gringo, el Martín de 35 años empezó a tocar la melodía más triste que se le ocurrió: “te fuiste cantando / y hoy vienes trayendo / la pena en el alma”. Y entonces Selene se dio la media vuelta, vio a Martín, le sonrió y siguió su camino.

    Durante esa semana se encontraron muchas veces. Por lo gracioso de la coincidencia, empezaron a saludarse, a hablarse como si se fueran conociendo poquito a poco a fuerza de verse sin querer. Martín supo que se llamaba Selene, que era diez años menor que él, y que se la encontraba tanto porque caminaba de escuela en escuela, juntando las poquitas horas de muchos trabajos. En sus tiempos muertos, Selene empezó a visitar las plazas en las que tocaba Martín, mirándolo con la mejilla sostenida sobre el puño. El día en que finalmente se besaron, Selene le hizo la invitación:

    —¿Vienes a la fiesta el martes? Quiero subir al cerro para que bendigan una cruz que me regaló mi abuela.

    E inmediatamente, se persignó, lo que significaba que la tal abuela había muerto hace poco. Martín la abrazó y le confirmó que iría.

    Ahora, en el cerro, Martín veía cómo Selene caminaba de espaldas, para poder verlo. La cruz de plata titilaba sobre sus pechos, ceñidos con cariño por un suéter ligero de color turquesa. El suéter tenía un tejido a rayas, que se entrecruzaban con diseños florales. Martín quería sentir ese tejido en sus manos. Selene llevaba unos pantalones negros y Martín empezó a pensar en lo que pasaría esa noche.

    En ese pueblo, las lluvias de noviembre hacían germinar la fresa. El día 30 de octubre, la gente ese lugar subía al cerro para pedirle a la Virgen “lluvias de noviembre”. También se acostumbraba bendecir objetos sagrados. Algunos ancianos llevaban pequeñas estatuillas y en grupos de cuatro hombres fuertes se podían llevar un altar completo. Pero la religión y la fiesta siempre están cerca: llegados a la Cueva, sancta sanctorum de esa fiesta, el rito se volvía cerrado y secreto. Y, mientras los fieles esperaban que las fuerzas del cielo bajaran a sus reliquias, mataban el tiempo con el baile y la borrachera.

    Por eso los hombres se habían puesto sus camisas más frescas y la mujeres sus vestidos más lindos, buenos para los giros en el baile y suficientemente discretos para no ser impíos. En el clima de fiesta, Selene se veía extraña. Como maestra que era, había llegado hacía muy poco del pueblo de Lagunilla Blanca, donde estaba la Escuela Normal. No era raro, entonces, que no tuviera las vestimenta de las locales, ni fuera con un grupo de amigas. Pero igual parecía gustarle la fiesta. Martín, al ver sus pantalones negros, pensaba que, ya entrada la noche, muchas chicas se entregaban en los primeros recovecos de la cueva o al abrigo de la maleza tupida. Pensaba en qué tan fácil sería bajarle esos pantalones cuando llegara el momento.

    Llegaron a la Cueva. Los oficiantes se encerraron con los objetos a santificar, entregando boletitos de cartulina para recogerlos. De algún lado apareció una bocina enorme, conectada a quién sabe qué electricidad, y de la que salieron los primeros compases de alguna cumbia. Con cínico desenfado, las mujeres escogieron a los hombres que les gustaban para los primeros bailes, mientras los compañeros no escogidos se pegaban a la piedra del cerro para alcoholizarse, esperando que alguna chica, harta, decidiera hacer un cambio de pareja.

    Martín y Selene bailaban con cierta dificultad. Él, que se había negado a quitarse la guitarra de la espalda, se la pasaba golpeando las nalgas de otros bailarines. Selene lo encontraba muy gracioso, y se le abrazaba bailando cuando quería evitar que tropezara. Entre las letras de las canciones, que invitaban a las mujeres a quitarse el vestido, y la cercanía de los pechos de Selene, Martín tuvo una erección. Como no podía hacer mucho al respecto (no tenía cómo alejarse de Selene ni con qué cubrirse), se limitó a hacer un gesto de resignación y a reírse de sí mismo.

    —Me gusta que no la disimules —le dijo Selene, compartiendo su risa. —Me da confianza.

    Fue una alivio cuando los oficiantes salieron a repartir los objetos benditos. Selene de inmediato se puso su cruz al cuello y empezó a alejarse de la fiesta, caminando cerro abajo. Se habían ido los últimos rayos de la tarde. Martín caminaba detrás y Selene se volteaba a verlo cada tanto. La luz de la luna iluminaba su cara blanca entre el pelo negro y, en toda esa oscuridad, Selene parecía como una segunda luna.

    —Se ve que a la Virgen le debe gustar mucho la cumbia —se rió la chica.

    La belleza de Selene le despertó a Martín un momento del fervor religioso, popular y pasional, que él había vivido de niño. Sacó su guitarra de la funda y le improvisó unas estrofas:

    —Compa, que la cumbia

    suene entre las piedras,

    entre los vestidos

    y las camisetas.

    Compa, que las morras

    bailen en la Cueva, y

    llovera la Virgen

    sobre nuestras fresas.

    Selene lo besó tomándolo de la cara. Salieron del camino y se escondieron donde pudieron. Martín consideraba eso una victoria: si Selene lo acompañaba, era que también quería acostarse con él. Ahora necesitaban encontrar un lugar adecuado para eso.

    —Supongo que es normal —empezó a decir Selene, mientras buscaban. —La cumbia, los colores vivos, las chicas que vienen con la certeza de que voy van a recibir… bueno, lo que los hombres están queriendo darles… Después de todo, es una fiesta de la lluvia, de la fertilidad. Y, aunque nos digamos que es para la Virgen… la verdad es otra cosa. Es para alguien que nos puede dar el agua y los frutos… alguien muy anterior a que llegara la Virgen.

    Martín estaba muy esperanzado de que Selene mencionara el sexo, pero el resto del diálogo le parecía raro. Algo le decía que las palabras de Selene eran un poquito más paganas de lo que se podía esperar en una chica que había llevado su cruz a bendecir. Pero, ¿qué más daba todo eso?

    Llegaron finalmente a un claro iluminado y desierto. Martín echó al suelo una colcha que había guardado en la funda de su guitarra. Al instante, Selene se recostó y él la siguió. Le desabotonó el pantalón, se lo bajó hasta las rodillas y ella misma terminó de quitárselo. Martín acarició sus muslos pesados con las yemas de los dedos y le pasó los labios por el cuello. Selene empezó a vocalizar sofocadamente, como un perro que sintiera un pequeño dolor. Le abrió el pantalón a Martín y se lo bajó junto con la ropa interior.

    Selene apenas tuvo la oportunidad de confirmar que Martín estaba erecto a más no poder cuando éste se le puso de frente y la abrió de piernas para masturbarla. Apenas él sintió que ella estaba suficientemente húmeda, le metió un dedo y empezó a arremeterla. Por la sonrisa maliciosa que tenía, podía saberse que Martín sentía el ritmo de su masturbación e intentaba pensar en que ya estaba penetrando a Selene. Ese ritmo que llevaba con la mano esperaba muy pronto llevarlo con su miembro.

    Martín sabía que no estaba siendo amable y eso le causaba alguna culpa. Quizá Selene le reprocharía que había sido brusco… pero, en ese momento, quería decirse a sí mismo que lo guiaba una fuerza incontenible. Era falso, claro, pero generalmente esa falsedad se les concede a los hombres. Si había oportunidad, ya se disculparía; podría ser más considerado la próxima vez. Si ésta era su única oportunidad para coger con Selene, quería disfrutarla a profundidad. Sacó el dedo de Selene y, discretamente, lo olió, antes de usar esa misma mano para tomar su miembro y dirigirlo a ella. Selene gemía y le sonreía.

    Martín puso el pene en la entrada de su vagina, y lo paseó un poco por el resto de la vulva. Dio dos golpecitos al clítoris, y lo llevó a la vagina de nuevo. Selene gritó cuando empezó a meterlo, y tuvo que llevarse la mano a la boca. Primero metió el glande y lo sacó. Vio la reacción de Selene, que le pedía con la cara volverlo a meter. Así lo hizo tres veces. Luego le metió el pene entero de golpe. Selene arqueó la espalda con fuerza, cerrando los ojos, mientras gritaba:

    —¡Qué bestia eres!

    ¿Era un insulto o un halago?

    Martín se dio un momento para sentir a Selene. Sentía como su propio miembro se movía involuntariamente y, con pequeños saltitos, rozaba el fondo. Antes de seguir, aún con el miembro completamente clavado en Selene, Martín se dio un momento para tocarle el pecho sobre el suéter. Por fin había conseguido tocar ese tejido de líneas entrelazadas. Ahora seguía lo de abajo. Le metió la mano bajo el suéter y tocó el pecho sobre el brasier. Luego, le metió la mano bajo el brasier Qué delicioso pecho.

    Aún con el frío, los pezones estaban distendidos y se adivinaban grandes. ¿Serían tan claros como los labios de Selene? Martín se dijo a sí mismo que no podía esperar para saberlo, penetró a Selene de golpe nuevamente y le pidió que se quitara el suéter. Así lo hizo ella. Martín mismo le jaló el brasier hacia arriba y encontró sus pezones.

    Finalmente. La penetró con fuerza una tercera y una cuarta vez, y luego se entregó con toda su atención a manosearla. Era el pecho más perfecto que había conocido, y reflejaba hermosamente la luna de esa noche dichosa. Apretó los pechos, delineó la aureola, besó y mordió los pezones. Cuando iba a penetrarla por quinta vez, la cara de Selene cambió y tomó la misma malicia que tenía la de Martín. Tomó de golpe su miembro y no lo dejó volver a penetrarla.

    —¿Te gustó “mojar la brocha”? —le dijo.

    Algo intentó contestar Martín, pero Selene lo calló untándose el miembro de él en la vulva, mientras con la otra mano se acariciaba delicadamente, ora los labios, ora el clítoris.

    —Tienes 35 años, Martín Martínez, y no sabes masturbar a una mujer apropiadamente —le dijo, burlona.

    Cuando Martín intentó zafarse para penetrarla de nuevo, Selene lo quitó definitivamente de su vulva y empezó a masturbarlo con rudeza. Ella, con una fuerza inesperada, se negaba a soltarle el miembro; él se negaba a aceptar la idea de que la penetración había terminado.

    —¿Ya no me vas a dejar gozarte? —le dijo Martín, intentando sonar seductor.

    Selene no contestó en lo absoluto. Siguió masturbándolo con la misma brusquedad que él había usado con ella. Martín ya estaba demasiado excitado: había penetrado a Selene, que era su ideal de mujer hermosa, y el sexo a la intemperie le daba demasiado morbo. Así, hicieron falta tan solo treinta segundos de masturbación y de forcejeo, para que Martín estuviera a punto de eyacular.

    —¡En mis pechos! —dijo Selene, justo antes.

    A toda velocidad se puso debajo de Martín y le puso los pechos alrededor del miembro. Al sentir el roce, Martín expulsó su blanco vigor en el pecho de Selene. El semen manchó la cruz recién bendecida de su abuela, pero, cosa rara, a Selene pareció no importarle gran cosa. Solamente se quitó el semen del pecho con tres dedos y lo arrojó a la tierra:

    —Allí donde esta leche cae, brotan margaritas —dijo Selene, sonriendo maliciosamente.

    El miembro de Martín aún no había perdido completamente su firmeza. Estaba frustrado: sentía que Selene le había quitado algo. Selene lo vio provocadoramente, se mojó la lengua con los labios y le dijo:

    —Oh, no es para tanto. Mira, te propongo un trato. Si se te vuelve a parar, me puedes coger otra vez.

    Entonces Selene se puso en cuatro patas, bajando el pecho y la cara, elevando sus nalgas. Martín sonrió de oreja a oreja. ¡Qué ilusa! Esa habilidad natural era precisamente el as que siempre le quedaba bajo la manga. No dijo nada, pero volvió a masturbar a Selene, esta vez con más cuidado, y se agasajó manoseando sus nalgas. Mientras hacía todo esto, pasó dos dedos por debajo del escroto y se dio un masaje en la base del pene. Este era su secreto para conseguir una segunda erección. No siempre funcionaba, pero esa noche tenía que funcionar.

    Martín le impuso su torso en la espalda a Selene, montándola como un perro. Desde atrás, le llevó las manos a los pechos y se los acarició mientras le gruñía le halagos en el oído.

    —Estas tetas que tienes… tienen que ser lo mejor que hay en la vida.

    Selene sintió como una de las manos de Martín dejó sus pechos y supo lo que iba a pasar. Lo sintió penetrar una y otra vez. Martín se aferraba sus pechos, cogiéndola de forma animal, empujándola al suelo. Selene gimió con todas sus fuerzas. Se llevó la mano al clítoris y se estimuló hasta que tuvo un orgasmo.

    Martín sintió como las paredes de Selene se cerraban a su alrededor. La estrechez de la vagina amenazaba con sacarlo a la fuerza, pero Martín puso más vigor a sus embestidas, empecinado en seguirla penetrando.

    —Eso, eso —le decía Selene con una voz ronca. —Sígueme cogiendo.

    Por un momento, Selene se alzó del suelo y se irguió. Todo su cuerpo reflejaba la luna, mientras sus pechos botaban por las arremetidas de Martín. Pero Martín era muy celoso de sus pechos, y entre los manoseos de él, los pezones de Selene estaban cubiertos casi todo el tiempo.

    Selene volteó. Así como lo volteó a verlo cuando se conocieron, así como volteaba cuando iban subiendo el cerro… así como había volteado su maestra para despedirse, justo así Selene se volteó a verlo. Martín la besó mientras seguía manoseándola. Luego puso delicadamente su mano en el cuello de ella y otra mano en su trasero; con estos puntos de apoyo, podía penetrarla aunque estuviera erguida.

    Cansados de esta posición, Selene cayó al piso. Martín se acomodó para darle tres estocadas profundas y Selene tuvo otro orgasmo. Pero Martín no se detuvo.

    —¡Qué fuerza tienes en las caderas, Martín! ¡Qué joven te siento adentro mío! —le dijo Selene, cuya voz estaba ya apagadísima: después del segundo, el placer del orgasmo era más extendido, y el gozo se empezaban a confundir con el sopor.

    Pasaba la noche y de la fiesta de la Cueva ya no llegaba más que algún eco perdido.

    Un momento antes de que Martín tuviera un orgasmo, Selene lo empujó, le puso una mano en el abdomen y evitó que la siguiera penetrando. De nuevo, la fuerza de Selene había crecido misteriosamente. En el momento de confusión que Martín tuvo, Selene usó la mano que le quedaba libre para tomar el miembro de Martín. Con la mano allí, Martín no podría meterle más que el glande.

    —¡Otra vez! ¿Por qué? —se quejó Martín.

    Pero no pudo discutir nada, porque, de pronto, sintió algo moverse en la vegetación. Caminando con toda calma desde arriba del cerro, venía la pareja de gringos para la que Martín estaba tocando en el restaurante el día que conoció a Selene.

    —Veo que sí vino a nuestra fiesta, a tocar para nosotros —le dijo el gringo.

    A su lado, la misma gringa del restaurante veía encantada el sexo entre Martín y Selene, y se mojaba los labios con la lengua. El gringo había tomado la guitarra de Martín y tocaba una vieja polca.

    Martín quería seguir cogiéndose a Selene, pero para eso sentía que necesitaba privacidad. Así que primero debía mandar al diablo al gringo. Un par de amenazas o un golpe en la cara serían más que suficiente. Esto, además, le permitiría arrancarle la guitarra de sus gringas manos. Sin embargo, Martín sentía que no podía moverse y eso empezaba a ponerlo nervioso. Sentía la mirada del gringo recorriendo el hermosos cuerpo de Selene y, peor aún, su propio cuerpo.

    —¡Váyase al Diablo! —le dijo Martín al mirón.

    —Véngase usted conmigo, pues —le contestó el gringo. —O véngase en mi esposa, a la que se está cogiendo usted tan exquisitamente.

    Selene, que aún estaba en cuatro en frente de Martín y aún sostenía su miembro con fuerza, le sonrió maliciosamente, y le dijo «sí» con la cabeza.

    —¿Cómo que esposa? ¡Me va a dar explicaciones de eso último, y luego se va usted a la chingada! —vociferó Martín.

    —A ver, Martín Martínez, calma. Sé que quieres seguir un rato con Selene. No te culpo: si por mí fuera, no saldría de mi cama nunca. ¿Te gustaría cogértela toda la noche? ¿Te gustaría repetir esta noche, justo así, una y otra y otra vez? Y Selene, claro, te gusta porque te recuerda a esa profesora de primaria. Se llamaba Eréndira, por cierto. Muy buenos pechos, la Eréndira. ¿No te gustaría volver al pasado y hacer realidad tus fantasías con ella? Claro, pero a lo mejor tu padre se enteraría, ¡y la madriza que te caería entonces!… ¿Te gustaría haber crecido sin ese borracho en tu vida?

    Entre todo este discurso, Martín casi había perdido su erección.

    —Uh-uh-uh-uh-uh —dijo el gringo. —Elige rápido o se te va la fuerza.

    Mientras Selene aún le tenía agarrado el miembro, la gringa se puso detrás de él, se acuclilló y empezó a acariciarle los testículos. Pasó un dedo por debajo del escroto y frotó con delicadeza la base del pene. Tanto creció, que por más agarrado que estuviera, en la misma posición, volvió a introducirse un poco en la vagina de Selene, que gimió un poquito.

    —Si cuando Selene te suelte, le metes hasta el fondo esa linda verguita que tienes, voy a asumir que tenemos un acuerdo, ¿va? Yo me quedaré aquí, quietecito, mirándolos. Cuando termines, me puedes pedir lo que quieras.

    Selene, entonces soltó a Martín.

    —¡Chingue a su madre, pinche patas-de-chivo! Yo no hago tratos con el Chamuco —vociferó Martín.

    Se subió los pantalones y se alzó inflando el pecho. Le dio un puñetazo al gringo en la cara. Él no se defendió. Le arrancó la guitarra de las manos y salió corriendo, cerro abajo.

    Como quizá ya sepan, el final de Martín no fue feliz. Mientras lo veía irse, la gringa se acercó a Selene y la ayudó a vestirse.

    —Ay, mi Selene, mi Delia, mi Cintia de mi corazón —le dijo la gringa, abrazándola sobre la manta que Martín había dejado. —No te achicolapes: ya será el próximo año. Ya ves: los hombres son como los peces, y no mueren precisamente por la boca.

    El gringo estaba triste por haber perdido la guitarra, pero se forzó a sonreír. Sí, ya sería la próxima. Mientras los tres regresaban a la cueva, él recordaba a Martín e iba canturreando:

    —¡Compa, que las morras

    bailen en la Cueva, y

    llovera la Luna

    sobre nuestras fresas!

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