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  • Coqueteé un poquito y ya no pude parar, lo siento mi amor

    Coqueteé un poquito y ya no pude parar, lo siento mi amor

    Tengo poco en la ciudad y hemos estado buscando lugares para comer.

    Un domingo fui a desayunar con mi marido y mis hijos a un lugar y nos gustó mucho.

    Regresamos al siguiente domingo y se acercó una hombre muy atento para decirnos que noto nuestro regreso y le dio gusto, nos dio una cortesía y nos invitó a regresar cualquier día para hacerla efectiva.

    Estuvimos yendo por 4 domingos seguidos y en todos se acercaba, nos platicó que era el dueño, como inició el lugar etc.

    En todas las ocasiones lo sorprendí mirándome a lo lejos y en las últimas 2 ocasiones buscaba la posición donde pudiera ver mi escote o mis piernas sin que mi marido lo notara.

    Él se me hacía muy agradable y los últimos 2 domingos intercambiamos miradas y se despidió de beso, ahí me pude dar cuenta de que olía muy rico.

    Un jueves en la mañana me di cuenta que prácticamente pasaría el día sola, es día de que la muchacha del aseo no va, mis hijos regresarían tarde y mi marido estaba de viaje.

    Me bañé y cuando me estaba vistiendo me encontré la cortesía que nos había dado mi amigo del restaurante y dije “voy a ir a distráelo un poco”.

    Pensé traviesamente y me puse minifalda, tacones y una blusa con transparencias, me tome un tiempo para pensar si me ponía pantaleta o tanga, me dio nervio y escogí tanga (aunque tenía mucho tiempo sin usar) porque me siento más sexi y segura como para hacerle la travesura de ir solo de coqueta.

    Llegué como a las 11 h, no lo vi, me senté en una mesa y no lo veía y nadie iba a atenderme.

    Así pasaron 10 minutos cuando llegó un mesero con el platillo y la bebida que siempre pedía, me lo sirvió y puso un florero con una rosa roja.

    Y repentinamente llegó a la mesa y se sentó, me dijo, ah eres tú, yo pregunté, ¿cómo que soy yo?

    Dijo, es que por las cámaras vi una chica espectacular y pensé en abordarla.

    Solté la carcajada y le dije, ya sabías que era yo por qué me llegó lo que siempre pido, qué mal te salió le dije también.

    Sonríe y me dice, te puedo decir un secreto, le contesté si, se acerca a mi oído, con una mano retira el pelo de mi oído y siento que pone su mano sobre mi muslo diciendo, yo les gusto a las chicas que piden ese platillo y bebida, por lo que pensé que si se lo come tengo una oportunidad.

    Sé alejó y retiró su mano suavemente acariciando con toda su palma desde la parte alta de mi muslo hasta la rodilla.

    Soy muy blanca y me sonroje horrible y sentía un latido entre mis piernas como si tuviera el corazón ahí.

    Le dije tengo mis dudas sobre tu teoría.

    Se carcajeo y me dijo, tengo un cuarto de control desde donde las observo y hago mi hipótesis.

    Le hice una mueca y le dije ya me di cuenta que eres muy mentiroso y ni eso creo que tengas.

    Me agarra la mano y me dice te lo voy a demostrar y si es verdad lo que te digo me pagas el desayuno.

    Me llevo de la mano a un segundo piso y cruzando una puerta estaba una habitación con varias pantallas con la imagen de diversas cámaras.

    Oigo que se cierra la puerta y acto seguido siento que me abraza por detrás y su boca en mi cuello, besándolo y susurro “ahora me vas a pagar el desayuno”.

    Me volteo y comenzó a besar mis labios, con una de sus manos acariciaba mis nalgas y con la otra desabrochó mi sostén.

    Sacó mis pechos y se los comía al tiempo que estrujaba mis nalgas con ambas manos.

    Después bajo, abrió mis piernas e hizo mi tanga a un lado y con su boca y lengua medio placer.

    Me sentí muy dilatada y escurría.

    Se levantó y me cargó de las nalgas, recostándome en un sillón que estaba a un costado, me sacó la tanga, se la amarró a la muñeca, se quitó el pantalón y me montó.

    Entraba y salía una y otra vez, rápido y lento, pasaban y pasaban minutos, yo me sentía cada vez más hinchada y lo recibía tan rico, cuando estaba a punto, se baja otra vez e hizo que tuviera un mega orgasmo con su boca.

    Me dejó recostada unos minutos y le pedí mi tanga, la traía en la muñeca amarrada y me dijo, es el pago del desayuno.

    Le dije, sale caro y me contestó, cubre este desayuno y el de todos los jueves.

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  • Destinado a los cuernos (9 – final)

    Destinado a los cuernos (9 – final)

    El tiempo lo cura todo, si bien fue difícil superar a mis ex parejas, lo ocurrido perduro en mi mente por mucho tiempo, era un tipo de vicio recrearlo en mi mente todo de nuevo, las imágenes de Cami y Javier, y de Lau y Don Pedro, teniendo sexo, entregadas a ellos, sometidas al placer que ellos les brindaban, me seguía causando gran excitación. Pasaron un par de años, yo ya con 28, me había dado la oportunidad de conocer a otras personas, relaciones poco duraderas, pero que sirvieron para sacarme de la mente las obsesiones que hasta ese momento me perseguían.

    De Cami sabía poco por amigos, a Lau no podía evitarla, aun me mantuve en el mismo trabajo y nuestra relación laboral era inevitable, ahí mismo conocí a Yésica. Ella con 23 años, de tez blanca, en ese momento llevaba chinos y se pintaba el cabello de rojo, pero le gustaba variar su imagen, usaba anteojos, algo que me encanta en las mujeres, en fin, una joven muy bella.

    Yes ya llevaba algún tiempo en la empresa, había iniciado como becaria, por su buen desempeño se quedó un tiempo entre un puesto y otro, hasta que le encontraron algo fijo en el área de ecommerce, donde debido a mi lugar en logística, se hizo obligatoria nuestra comunicación.

    Ella ya había tenido una relación con alguien de sistemas, pero terminaron separándose por malos entendidos, derivados del constante acecho de un ex novio, conmigo se entablo una amistad, poco a poco nos entendíamos mejor, algunas veces nos encontramos en el camino y caímos en cuenta de que éramos casi vecinos, pues solo nos separaban unas cuantas cuadras.

    Así comencé a acompañarla en las noches, me platicaba sobre su vida, lo que a su edad me parecía una locura, algunos problemas familiares, las deudas contraídas para concluir su carrera, ex novios hostigándola, un largo etcétera; lo que contrastaba con mi realidad, ya me encontraba más estable emocionalmente, vivía solo desde los 20 años, por lo que era autosuficiente, económicamente me había enseñado a mantener mis gastos en línea, no me iba de maravilla, pero tampoco mal.

    Nuestra amistad se afianzó, pero era más como de una niña y su amigo el mayor, ella venía con problemas y lo le ayudaba a solucionarlos, pero sin buscar ningún beneficio extra, como no teníamos compromiso mutuo, ella continúo saliendo con otra persona que había estudiado con ella en la universidad y yo por otro lado, comencé a salir con Anahí, otra compañera mutua. Ani, como le llamaba, era un poco mayor que Yes, de 26 años, estaba en el área de mercadotecnia, ella era morena, con el cabello lacio, un poco llenita, pero un encanto de persona, tampoco íbamos con intenciones serias, solo pensábamos en disfrutar el momento y ver qué pasa, es lo bueno de la gente que va madurando, es menos rollo emocional.

    Con los nuevos compromisos el tiempo que pasábamos Yes y yo se redujo, pero aun así solíamos conversar, sobre todo por mensajes, planeábamos salir, pero no concretamos nada, al final terminamos saliendo con la otra persona, hasta que se acercó el fin de año y con ello, la fiesta de la empresa.

    Días antes del evento, Yes y yo habíamos salido a tomar algunas copas, ella no se encontraba muy bien, había terminado con su pareja y este deseaba volver con ella, pero ella le daba negativas, lo que provocó que él mostrara su verdadera cara y se portara de formas muy inadecuadas con ella, en esa salida, cuando nos despedimos tuvimos un acercamiento fruto del exceso, nos besamos por uno segundo, pero finalmente nos frene, no deseaba que actuáramos mal, ni menos que pareciera que me aprovechaba de su condición, entendimos que estábamos haciendo mal y nos despedimos sin más.

    El día de la fiesta llegó, con Ani el acuerdo era por sobreentendido, era lógico que llegaríamos juntos al evento, pero unas horas antes, Yes me pidió que fuera con ella, al menos que nos vieron fuera juntos, pues temía que su ex quisiera buscarla, pues el ya sabia que esa noche tenía un evento y le había demostrado la intención de asistir, por supuesto no acepte, ella se molestó conmigo y cada quien fue por su lado. Llegue con Ani al evento, ella levaba un vestido negro corto, el cabello lacio, pero bien maquillada, acepto que era toda una belleza, por otro lado, llego Yes sola, algo nerviosa, ella levaba un vestido largo, con tintes negros y dorados, su cabello chino, se veía muy bien, pero bastante nerviosa.

    El evento se dio como era lo esperado, estuve bebiendo y bailando con Ani, hasta que por un momento fue al tocador, lo cual aprovechó Yes para marcarme, ya me había estado enviando mensajes, pero yo los había ignorado, así que fue la única forma de llamar mi atención, quizás intrigado y harto de la insistencia le contesté, me pidió que fuera a su mesa, lo que pensé mucho, pero accedí, finalmente no es que no pudiéramos hablar. Me explico su situación, su ex si había ido a buscarla, pero ella como pudo se escapó, sin embargo, aún temía que fuera por ella hasta el venteo, no accedí a acompañarla, pero sí le dije que podía ayudarla a salir del lugar y pedir un taxi.

    Así salimos afuera por un momento, la acompañé al sitio más cercano y pudo irse sin problemas, regresé al lugar y estaba Ani con una mirada de molestia, me pregunto donde estaba y con lo inocente que soy, le conté la verdad, ella ya estaba enterada pues me habían visto y ya se lo habían comentado, me pidió que nos retiráramos, la lleve a su casa, en el camino conversamos y su molestia había disminuido, entendió un poco la situación de Yes, pero me pidió que aun así , me mantuviera al margen, pues no le gustaba que se hablara entre los pasillos de la empresa sobre un triángulo amoroso.

    Allí mismo nos comenzamos a besar, pese a todo teníamos la intención de terminar la noche como debe ser, la acaricié por encima del vestido y se lo subí un poco, llevaba encaje negro, indicado para combinar con el vestido, le bese el cuelo y descubrí su busto, ella se dejaba hacer y cada vez mas aceleraba su respiración, la subí encima de mí e introduje mis dedos en su vagina, no hacía falta estimularla mucho pues el alcohol ya había hecho lo suyo, me coloque un condón y así, la penetre, ella subía y bajaba con su propio ritmo, no deseábamos que se notara el movimiento del auto pues aún estábamos en la vía publica, así que lo hicimos con un movimiento lento, los dos llegamos con nuestras respiraciones totalmente aceleradas y con un gemido de ambos, si bien el sexo fue rápido, la situación le había agregado los ingredientes para hacerlo intenso.

    Nos reincorporamos y tras bajar el rubor en nuestros rostros, la lleve hasta la puerta de su casa, nos despedimos y me dispuse a volver a mi departamento, sin embargo, ya tenía una gran cantidad de mensajes de Yes, no quise contestarle, pero a medio camino, me volvió a marcar, le conteste ya sin que nadie me lo impidiera, me dijo que su ex la había estado esperando fuera de su casa, se había puesto muy impertinente, pero ella había logrado entrara su casa dejándolo fuera, corrió a pedir y ayuda a su hermano con el que vivía, pero no se encontraba en casa, su ex seguía afuera y ya no sabia que hacer.

    Así que decidió pedirme ayuda pues solo en mi confiaba, movido por la preocupación me desvié hacia su casa, en efecto, allí se encontraba su ex pareja, me estacione y le marque a ella para que saliera por mí, cuando me acerque solo me observo, hasta que ella abrió para dejarme entrar, él me confronto, no es que yo sea muy rudo ni nada por el estilo, pero igual el tenia unos 24, por lo que no fue necesaria la violencia, cuando el le cuestiono porque me dejaba entrar tuve que mentirle y le dije que yo era su novio, no me creyó en el momento pero tras unos minutos, finalmente se retiró, yo aún me quede por un rato, hasta que su hermano le marco, debido a que ella le había marcado varias veces antes, le dijo que se encontraba cerca y en ese momento, me fui.

    Ya en el trabajo, se corrían los rumores de lo ocurrido en la fiesta, no solo los míos con Yes y Ani, pero sí que escuchar su nombre entre los labios de los compañeros le molesto a Ani, esto comenzó a crear roces entre nosotros. Yes aun se encontraba nerviosa por lo ocurrido, en su casa su hermano le había dicho que estaría atento a cualquier situación, pero estaba preocupada por el camino, así que me pido que la continuará acompañando, lo comencé a hacer de vez en cuando y a escondidas, no la esperaba afuera del trabajo, dejaba que avanzara un poco y luego la encontraba, ya que estuviéramos fuera de la mirada de algún compañero.

    Con el tiempo que pasamos en el recorrido a su casa nos daba mucho tiempo para conversar, yo veía a una niña preocupada, hostigada con situaciones incómodas que no podía controlar, había ido muy rápido en su vida y no había podido seguir el ritmo de las consecuencias, de alguna forma, mi instinto paternalista afloraba con ella. Los rumores llegaron a oídos de Ani, era lógico que pasaría, entramos en una etapa difícil para la relación, no sabíamos qué hacer acerca de nosotros, ella deseaba exclusividad y yo no podía dejar a Yes sola.

    El destino decidió por sí mismo, una ocasión que salí con Yes, pasamos un buen rato, primero comimos y tomamos unas cervezas, después fuimos a curiosear a las tiendas del centro comercial, en una tienda de ropa, decidió probarse algunas cosas y me mostraba en fotos como se le veían para que le ayudará a decidir, pasamos por todos los pasillos, hasta que entro al de la ropa interior, yo evite entrar a ese pasillo pues se me hacía inapropiado seguirla, me llamó para que entrara con ella pero la ignore y me dirigí a otro, tras esperarla un poco salió con sus compras decididas, las pagó y nos retiramos.

    Y: gracias por ayudarme a elegir

    K: no te preocupes, fue un placer

    Y: en serio, me has ayudado mucho, a veces siento que soy injusta contigo

    K: te apoyo porque así lo he decidido, no me debes nada

    Y: lo sé, eres muy noble y eso te hace encantador

    K: no es para tanto

    Y: claro que sí, hasta evitaste elegir ropa interior conmigo, cualquier otro me hubiera pedido ver cómo se me ve

    K: quizás, pero no soy de esos

    Y: se que no eres de esos, revisa tu celular

    En ese momento me envió por mensaje la foto probándose la ropa interior, la vi por un momento, pero no pude con la pena y la quite

    Y: que, acaso no te gusto

    K: en serio que no es necesario, no deberías hacer esto con cualquiera

    Y: te juro que solo es contigo

    Al decir eso, me sostuvo de la cara y me beso, yo confundido dudé, le aparté y le dije

    K: espera, no quiero que hagas algo de lo que no estés segura

    Y: créeme estoy muy segura de esto

    Me repitió el beso y tras unos instantes, ahora si correspondí, nos besamos y sentí su intensidad, admito que me gustaba lo que estaba pasando, pero sentía remordimiento, si bien con Ani no me encontraba muy bien, no es que le hubiera terminado formalmente, tampoco quería aprovecharme de la vulnerabilidad que creía de Yes. Nos soltamos y me pidió que la acompañara a su casa, así lo hice con la intención de terminar con esta situación incómoda, llegamos y me invitó a pasar, no lo acepté, pero más tarde en negarme, que en lo que ella me plantó otro beso y me llevaba al interior, no había nadie en su casa.

    Me había retirado la camisa y me estaba besando por todo el cuerpo, cuando de repente se retiró, me pidió que la esperara un momento, me debatía entre salir y dejarla ahí o quedarme y llegar hasta el final, Yes interrumpió mis pensamientos presentándose ante mi con la lencería que había comprado, un conjunto de color verde que iba muy bien con su piel y su figura esbelta.

    Se subió encima de mi y me beso, pese a su edad reconozco que tenía fuego en su interior, no presumo de tener gran experiencia, pero tampoco me considero mal amante, sin embargo, Yes me estaba devorando, ella llevaba el ritmo y yo solo me dejaba hacer, me quito el resto de la ropa, pasaba su lengua cerca de mi vientre y respiraba en él, volvía a subir hasta mis pezones y los mordía, tomo mi miembro y de un solo movimiento, lo engullo, lo tragaba entero y hacia arcadas cada tanto, se retiraba y continuaba masturbándome.

    En ese momento me sentía retado, no le podía permitir seguir jugando, así que yo tomé la iniciativa, así de rodillas, la tome del pelo, la acerque a mi miembro pero no la deje acercarse, le di una bofetada y pareció disfrutarlo, jugué con ella fingiendo acercarla y de nuevo la retiraba, vi las ansias en su ojos y se la introduje de un solo golpe, me movía con las caderas y ella solo soltaba saliva, estuvimos un rato así hasta que la levante, la empuje en la cama y ahora comencé a besarla, recorrí todo su cuerpo, con suavidad pero asegurándome de hacerla sentir, de notar sus reacciones.

    La abrí de piernas y comencé con el sexo oral, jugué con mi lengua en sus pliegues, de vez en cuando soltando un tronido con un beso, introduje mi lengua y di círculos, ella estaba en éxtasis y así se vino al primera vez, no le permití descansar, introduje mis dedos y comencé el movimiento, procurando tocar sus paredes a la vez que con otro dedo estimulaba su clítoris, ella se tapaba la boca, pero no pudo evitar correrse, sus jugos comenzaron a salir en abundancia, yo continue con el ritmo hasta que sentí que era el momento, me retire y ella se quedo ahí, inmóvil, respirando aceleradamente.

    Me coloque el preservativo y me recosté sobre ella, de nuevo jugué con mi punta alrededor de su entrada, lo movía de arriba hacia abajo como si de mis dedos se trataban, cuando de nuevo comenzó a arquearse le introduje mi miembro, ahora todo estaba de mi lado, yo controlaba los movimientos y la vi tener otro orgasmo, se recostó pensando que era todo, pero no era así, me senté sobre la cama y la subí encima mío, ella no lo podía creer, aun iba a continuar, la hice cabalgar por un buen rato, hasta que le llegó otro más.

    Así fue la noche, intensa, ella no daba crédito de lo ocurrido, era multiorgásmica y no lo sabía, había tenido esa sensación de estar a punto de soltar algo, pero no lo había conseguido, conmigo tuvo ese squirt. Le confesé que no me parecía extraordinario, no es que tuviera que compararme con nadie, pero no creo ser el único hombre que se preocupe por el orgasmo femenino, ella me dijo que al menos ella no había conocido a alguien así.

    En ese punto, nuestra relación dio ese paso, comenzamos con el sexo, sí, pero cada cual termino con lo suyo; yo termine formalmente con Ani, que en ese punto con todo los chismes que habían le cayo bien la noticia; Yes continuo con el asecho de su ex, pero ya con mi presencia constante, termino por convencerse de que lo nuestro era en serio; a partir de ese momento fuimos pareja y pese a que creyéramos que seria fugaz, fue con Yes que las cosas fueron totalmente serias, nos apoyamos, crecimos juntos, pasamos por los malos momentos juntos y los superamos.

    Con la bendición de mis padres, su madre y el mayor de sus hermanos, terminamos casándonos dos años después, con una boda sencilla, íntima y rodeado de las personas que en verdad nos apreciaban, nuestro matrimonio siempre se ha caracterizado por la comunicación y la apertura de ideas en cada uno de sus aspectos, esto nos permitió compartir nuestra felicidad, y sin saberlo, esa misma comunicación y apertura, con el tiempo nos permitiría también compartir nuestra sexualidad, lo que se relatara en la siguiente saga.

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  • Primer amor

    Primer amor

    Éramos jóvenes y vírgenes. La pasión nos atrapó un otoño en los pasillos de la facultad y no podíamos dejar de besarnos sentados en cualquier banco.

    Recuerdo aún el sabor de su saliva. Nos acariciábamos por encima de la ropa y nuestras manos, tímidas, se introducían bajo ella deseando más.

    Era levemente pelirroja y sus menudos pechos se endurecían a mi contacto. Su suave y pálido cutis estaba cubierto de pequeñas pecas rosadas. Sus nalgas, grandes y duras, destacaban bajo sus jeans estrechos y soñaba con verla un día desnuda. Pero tenía novio en el pueblo de veraneo y ella no quería llegar más allá.

    Mis erecciones eran inmediatas solo a la vista de sus ojos almendrados de color verde esmeralda. Cada noche, al llegar a casa, oliendo aún a su intenso perfume floral, me masturbaba con frenesí y me corría inmediatamente imaginándola tumbada en la cama solo con su diminuto tanga.

    Un día al atardecer, ocultos en la penumbra del jardín de la facultad, mientras nos besábamos, su larga y fina mano se posó sobre mi bragueta y notó el enorme bulto; me bajó la cremallera.

    -Solo quiero tocarte la punta -me dijo.

    Me la hizo aflorar y, con nervios por si nos veían, pasó sus yemas por mi glande.

    -Te la chuparía ahora mismo.

    -Creía que no lo habías hecho nunca.

    -Bueno, en los pueblos, en verano, se hacen muchas cosas.

    Sentí celos retroactivos.

    -Hazlo.

    Era mi primera vez y el contacto de su lengua en la polla me hizo estremecer. Mientras me la mamaba, le bajé el sujetador y noté sus pezones erguidos. Cuando me disponía a comérmelos, un ruido inesperado nos interrumpió.

    Las semanas transcurrieron entre escarceos y magreos inocentes.

    Durante ese tiempo, descubrí que ella había hecho el curso anterior algo parecido con un amigo italiano que teníamos en común y yo no me había enterado de nada; creía, pobre de mí, que le daba clases de italiano:”Io bacio, tu baci”. Imaginarla haciéndole una felación me provocaba sentimientos encontrados. También supe de un amigo del barrio del que a veces me hablaba demasiado. Los celos incrementaban, sin embargo, mi deseo; ese culo portentoso me volvía loco a pesar de intuir que me estaba tomando el pelo, pero las hormonas no tienen neuronas.

    Al cabo de unas semanas, asistimos, junto a otros compañeros, a un curso de verano. Una tarde calurosa, tras bañarnos en la piscina, nos escabullimos y acabamos en la habitación de la residencia de estudiantes. Pasé el pestillo al entrar y la abracé aún húmeda. Nos besamos y, sin su permiso, le quité la parte de arriba del bikini. No protestó así que, de un tirón, le bajé la braguita, dejándola totalmente desnuda. Pasé mi mano por su pubis. “¡Qué guay!”, dijo.

    La eché sobre la cama y ella extendió los brazos hacia atrás y separó las piernas. Le comí el coño mientras ella gemía con la punta de la lengua sobresaliendo por la comisura.

    Empalmado y con el sabor salado en mi lengua, la quise penetrar. “No, por aquí no. Aún no quiero” y, agarrándome el miembro, apuntó a su ano. La entrada fue más suave de lo que nunca hubiera creído. Ella jadeaba. “Sólo un poco”, decía mientras se masajeaba el clítoris. Pero fue a más y mis sacudidas aumentaron. Noté su orgasmo al mismo tiempo que yo eyaculaba dentro de su estrecho canal.

    Con el transcurso de los días, tuve la sensación creciente de que me rehuía. Un día de principios de verano, me tumbé desnudo en su cama y me pegué a su espalda introduciéndole mi polla erecta entre las piernas. Cuando le quise bajar el tanga, sin girarse, me detuvo con una mano. “Hoy no me apetece”.

    Las señales eran cada vez más evidentes pero no quería asumirlo; sentía un hormigueo en el estómago cada vez que la veía y parecía que una puerta tras otra se fuera cerrando frente a mí.

    En la noche insomne, se me aparecían sus ojos verdes mirándome indiferentes y creía paladear el sabor de sus pequeños pezones y de su clítoris húmedo.

    Poco antes de finalizar el curso, los más íntimos de la clase fuimos a cenar; también terminaba nuestra carrera universitaria. Ella no me hizo mucho caso durante el evento y luego, en la discoteca, ataviada con un corto vestido veraniego, tonteó con una amiga mientras bailaban muy juntas.

    Ya de madrugada, apareció el amigo del barrio acompañado de otros chicos. A pesar de su juventud, lucía unas canas que lo hacían mayor, efecto multiplicado por su gran altura. En cuanto lo vio, ella corrió hacia él y lo besó en los labios. Desde la barra donde tomaba un vodka con naranja y me fumaba un pitillo, el corazón me dio un vuelco. “Mejor te llevamos a dar una vuelta”, me dijeron dos amigos.

    No supe de ella durante unos días. Recordé que se iba de vacaciones a su pueblo y me presenté en la estación. Se sorprendió al verme. Intercambiamos unas breves palabras y al final:

    -Creo que él no estaba previsto en el guion de la película -le dije de pronto.

    -Quizás eras tú el que no lo estaba.

    Nos despedimos. Mientras el ascensor se elevaba, dejé de verle primero las piernas, luego el torso, finalmente sus ojos mientras se daba la vuelta.

    No la volví a ver nunca más.

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  • Las amistades ¿peligrosas? (4 – final)

    Las amistades ¿peligrosas? (4 – final)

    Ya en casa, y con las mujeres aún con el susto en el cuerpo, nos preparamos unas copas antes de darnos una ducha. Lara y Belén estaban visiblemente nerviosas, e intentamos quitarle hierro al asunto, diciendo que era una anécdota para recordar, que quien las vería con media docena de machos, y tonterías por el estilo, pero cuando se fueron a la ducha, Pablo me comentó, bastante serio, que hasta arrancar el barco y marchar, pasó algo de miedo. Me comentó, que estando aún en activo, habían llegado avisos de Interpol, sobre mujeres y parejas, desaparecidas por esta zona, una pasarela por donde cárteles de Sur América, introducían drogas en Europa, así como mujeres para sus burdeles en el viejo continente.

    Acordamos no hablar más del tema, ni por supuesto, volver por aquella zona en los días que nos quedaban de vacaciones, que ya eran pocos. Nos acicalamos y nos fuimos a cenar fuera, para pasar el mal trago. Llamamos a Fátima, para invitarla a unirse a nosotros, y aceptó, diciendo que vendría acompañada de su nueva conquista. Aceptamos sin problema.

    Fátima, llego con una chavala de su misma edad, aproximadamente. Su piel blanca, y su melena pelirroja, contrastaban con la piel morena y tatuada de nuestra amiga. Vestían las dos muy parecidas, con cómodos shorts vaqueros y camisetas de tirantes. Lía, que así se llamaba, tenía una buena delantera, firme, piel tersa, y muchas pecas. Me hizo gracia, cuando las 4 se sentaron juntas en una terraza, frente a nosotros, ver los 8 pezones, o mejor dicho, adivinar los 8 pezones que tenía en frente, atravesados con sus piercing, que no pasaban desapercibidos al no llevar ninguna sujetador.

    Fátima, precisamente estaba contando, que la había conquistado en el estudio, poniéndoselos, bueno, mas bien, después de ponérselos, curándoles y dándole “amor” para calmar el ardor en ellos, le provocó ardor en otra zona, que por supuesto, apaciguó de buena gana. Hacían buena pareja, y así se lo hice saber.

    Pedimos la cena, vino, postres, copas, y Belén y Lara, contaban con pelos y señales a Fátima y Lía, lo acontecido en la cala. Fátima, nos dijo que de haber sabido nuestra excursión, nos habría prevenido de donde no ir, pues todo el mundo por el lugar, sabía lo que pasaba allí. Pablo le hizo una seña para que no diera mas información. De todos modos, en un momento que quedamos a solas con ella, nos preguntó donde habíamos alquilado la lancha, y dijo que conocía al dueño. Automáticamente, sacó el móvil, y le llamó.

    Hablaron un rato en portugués, cuando colgó, nos dijo que ya no había ningún dato de la reserva en las oficinas, ni físico ni virtual, por si alguien hacía preguntas, nunca estaba de más prevenir con ese tipo de gente. Se lo agradecimos pidiendo otra ronda de copas. Después de un par de horas más, bebiendo y charlando animadamente, decidimos retirarnos, pues Fátima al día siguiente tenía una sesión de tatuaje de más de 6 horas. Antes de marchar, nos pidió enseñarle los nuestros, para ver cómo iban curando, y para que Lía los viese, pues le había contado nuestra relación, y tenía mucho interés en verlos.

    Todos fueron fáciles de enseñar, salvo el de Lara. Hicimos un poco de pantalla, mientras ella se subía la falda y apartaba el tanga para enseñárselo. Lía quedo fascinada, y dijo,

    –Me enseñáis los piercing también? Mirar los míos, y levantando la camiseta, dejó a la vista sus dos majestuosas tetas, blancas, tersas, firmes, obra de la juventud que tenía, con dos pezones duros, desafiantes, erguidos, bordeados por una areola rosada.

    Los piercing, eran una barra, similar a la de Lara, que terminaba en dos bolas de acero quirúrgico también. A su vez de ambos lados pendía una cadenita que se unía bajo el pezón, y de esta colgaba un pequeño grillete. Como luego nos contó Fátima, estos grilletes tenían varias funciones aparte de la estética. A ellos se podían unir una cadenita que se conectaba a una gargantilla al cuello, muy sexy para llevar con escotes y tratar de adivinar hacia donde iba. También en ambientes sado, se podían usar para colgar pesos de los pezones, o conectar pinzas para descargas eléctricas. Lía aclaro, que de momento, solo cumplían función estética, entre risas.

    –Mira los míos, soltó de repente Lara, mientras separaba el vestido por el escote, dejando sus preciosas y bronceadas tetas a la vista

    –Que preciosidad, exclamó Lía

    –Y las mías, añadió Belén uniéndose a la fiesta

    –Es evidente que no sois unas crías, sin ofender, pero estáis muy buenas, ya me lo había dicho Fati, añadió Lía

    –Chicas, dijo Pablo, este espectáculo es una pasada, pero taparos, que viene gente, y ya estuvo bien de sustos por hoy, jejeje

    –Cierto, añadí, porque no vamos todos a casa, ¿y allí os exhibís con total seguridad? ¿Y aprovechamos la piscina, para darnos un baño?

    –¡No lieis, que mañana trabajo! Dijo Fátima

    –¿Tú crees que vas a dormir hoy, sea en tu casa o en otra? Dijo Belén

    –Yo estoy un poco golfi, dijo con un sonrisa pícara Lía

    –Bueno venga, vamos a vuestra casa, liantes, jajaja

    Con la expectación de que iba a ocurrir, llegamos a casa. Las 4 chicas fueron directas a la piscina, dejando la ropa por el camino, y se zambulleron en ella. La verdad que era una noche de mucho calor, finales de Agosto, debíamos rozar los 25 grados aún, y la piscina era un gran alivio. Pablo y yo nos desnudamos y las acompañamos. Estaban en un corrillo, tocándose las tetas, bueno, más bien los piercings, y Lía, miraba en detalle los tatuajes. Por primera vez, vi el trabajo que Fátima estaba realizando en ella. Era una espalda completa, con temática vikinga. El resultado final iba a ser espectacular.

    –Menuda currada te estás pegando en esa espalda, dije mirando a la artista

    –La verdad que sí, es un lienzo perfecto, piel clara, fina, me encanta, llevamos tres largas sesiones. Ahora toca esperar que cure y continuar, otras tres o cuatro para terminarlo

    –Tengo ganas de ver el resultado final, aclaro Lía

    Ver a las 4 mujeres completamente desnudas en la piscina era un autentico placer para los sentidos, y mi polla era un fiel reflejo de ello; Bueno y la de Pablo, estábamos a tope, lástima que dos de ellas eran totalmente inaccesibles a nosotros. Además, estábamos un poco excluidos de la “fiesta” que las féminas tenían preparada en la piscina. Lara estaba apoyada contra un lateral, abrazando desde a tras a Lía. Su brazo izquierdo la rodeaba por la cintura, y se perdía bajo el agua entre sus piernas. La otra mano tenía su pecho sujeto, mientras dos dedos jugueteaban con su pezón.

    Lía con la cabeza ligeramente apoyada en el hombro de mi mujer, jadeaba de placer, mientras se fundía en un apasionado beso con ella. Por el otro lado, Belén y Fátima, estaban entrelazadas por las piernas, frotándose sus depiladas intimidades, mientras se cogían y retorcían los pezones entre ellas. Estaban las 4 en éxtasis. De repente, absorto en la orgía lésbica que estaba viendo, noté a Pablo detrás de mí, su gruesa polla se aplastó entre mis nalgas, me rodeó por la cintura y cogió mi miembro para empezar a pajearme.

    Jamás había estado así con un tío, por lo que me intenté zafar, pero con la otra mano, me cogió mi pezón derecho y empezó a estimularlo. Me dejé hacer y en menos de un minuto, empecé a correrme abundantemente, entre espasmos y jadeos, mientras Pablo seguía exprimiendo mi polla hasta la última gota de semen. Creo que si en ese me momento, la suya se abre camino en mi culo, buscando mi interior, hasta me hubiera gustado. Experimenté, con gran placer, la primera paja que me hacía un tío. No hubo besos, ni caricias, ni ningún atisbo de cariño o algo parecido.

    Solo fue sexo, placer por placer. Me sentí en la obligación de compensarle. Me giré hacia él, de frente. Su imponente miembro, duro y venoso, apuntaba hacia mi vientre. Le miré a la cara, cerró los ojos. Yo también. Cogí su polla con mi mano derecha y comencé a pajearlo con fuerza, apretando fuerte. Con mi otra mano, imitando lo que él había hecho instantes antes, juguetee con sus pezones. Comenzó a gemir y estremecerse, hasta correrse entre espasmos.

    El primer chorro de semen, potente, impactó por completo en mi barriga. El resto por mi brazo y mano. Reconozco que no me gustó demasiado, pero aún así seguí hasta que terminó. Lo solté y me giré sin mirarle. El se puso a mi lado y solo dijo:

    –Lo están pasado de miedo aquellas ¿eh?

    –Si, respondí, acerquémonos

    Lía, que ya había terminado, por lo visto, estaba comiendo ávidamente la entrepierna de mi mujer, mientras tres dedos estaban dentro de ella. Lara estallaba en ese momento en un sonoro orgasmo, entre jadeos y convulsiones, arqueando la espalda para hacer más fuerza con su pelvis en la cara de la pelirroja.

    Estaban tumbadas fuera de la piscina ya. Al lado de ellas, Belén y Fátima, se daban placer mutuamente en un 69 perfecto. Belén, puesta arriba, tenía sus fabulosas tetas colgando, rozando los pezones en la barriga de Fátima, que la agarraba con fuerza por las caderas, con sus dos dedos pulgares separando sus nalgas. Pablo, otra vez medio empalmado, se acercó por detrás, frotó un poco su polla contra su mujer y comenzó a penetrarla. Recordé las palabras del día anterior en la playa de Lara, y a medio empalmar me acerque a donde estaban.

    La incorporé hasta sentarla en una hamaca, le tomé la cabeza por el pelo y le acerque mi miembro a la boca. Lo tomo con las manos y tras varios meneos y lametones de lengua, me puso firme de nuevo. Comenzó a metérsela cada vez mas a dentro. Notaba mi polla pegar en el fondo de su garganta. Lía nos hizo parar. Acomodó a Lara en la hamaca boca arriba, con la cabeza colgando. Me mando ponerme de rodillas detrás de su cabeza y que se la metiera así. Lo hice y poco a poco de nuevo volví a llegar al fondo, solo que esta vez, podía pasar más allá. Veía a través de la piel de su cuello, la forma de mi falo en su garganta.

    Lara hacia milagros para respirar y cada vez que la sacaba fuera, espesa baba goteaba de ella. Yo se la esparcía por toda la cara, y volvía a la carga. Lara me rodeó con los brazos, cogiéndome por las nalgas, y comenzó ella a marcar el ritmo, mientras Lía volvía a acurrucarse entre sus piernas para empezar de nuevo a lamer y besar su intimidad. Noté el calor que emanaba de mis entrañas, y como mi pene se hinchaba ante la inminente descarga, que no se hizo esperar, directo dentro de la garganta de Lara.

    La saque y dos chorros manos fueron a parar a su cara y pecho, mientras ella se retorcía, teniendo un nuevo orgasmo provocado por su nueva amiga. Un chorro e líquido transparente salió hacia la cara de Lía, que seguía lamiendo y moviendo sus dedos dentro e ella, mientras con la otra mano hacia fuerza en el vientre desde fuera. Le había provocado su primer squirt.

    Al lado nuestro, Pablo, ya se había corrido dentro de Belén, y al sacarla, para terminar de descargar en su espalda, un poco cayó sobre la cara de Fátima, que no le gustó mucho.

    Buag tío esto es asqueroso, exclamó riendo. Chicas no se como os puede gustar, que asco

    Lía se acercó a ella y la limpió con su lengua para terminar besándola en la boca, profundamente.

    Poco a poco nos fuimos relajando y “despegando” unos de otros. Nos repartimos por las dos duchas del jardín y la interior, y nos fuimos a dormir. 6 en la súper cama éramos bastantes, pero nos acomodamos. Amanecimos tarde, mas de las 12. Fátima se había ido ya al estudio y Pablo y Lía estaban preparando el desayuno. Yo estaba en medio de Lara y Belén, que aún profundamente dormidas, me rodeaban con sus cuerpos. Belén tenía su cabeza sobre mi cadera, abrazada a una pierna y mi pene, morcillón y a media asta descansaba muy cerca de su boca. Lara del otro lado, con la cabeza apoyada en mi pecho y rodeándome con su brazo. Pensé, que era un tío afortunado, y que me gustaría despertar el resto de mi vida, así.

    Fin

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  • Una historia nueva (6): Unas vacaciones inolvidables (la gran antesala del incesto)

    Una historia nueva (6): Unas vacaciones inolvidables (la gran antesala del incesto)

    Los padres de Cristina y Marcelo han mantenido relaciones de incesto con sus hermanos a lo largo de varios años, José el padre de ellos con su hermana Maricarmen al igual que Laura su madre ha mantenido también relaciones de incesto con su hermano Pedro. Ambos tíos son muy agradables

    Laura la madre de Cristina y Marcelo durante su época como estudiante de secundaría había mantenido una sana amistad junto con Graciela, Estela y Francisco el hermano de ellas quien se mantuvo soltero aún a pesar de ser afortunado con las mujeres, sin que llegara a enterarse su amiga Laura de lo que en realidad habían pactado entre ellos cuando acordaron que la promiscuidad que gustaban sentir durante los años dorados de su juventud por el simple hecho de mirarse desnudos, los llenaba de lascivia orillándolos a mantener un profundo sentido de amor entre ellos, con la anuencia de sus padres. De ese modo quedarían entre ambas amigas enterrado el sublime secreto que ambas guardaron tanto entre ellas como con el resto de conocidos vecinos y amistades.

    En una ocasión que platicaron luego de años de no haberse comunicado, se encontraron en una tienda departamental, junto a ella iban sus hermanos Estela y Francisco muy abrazados y tomados de la mano cual si fueran novios, algo que de momento no le pareció extraño a Laura. Luego de saludarse y del intercambio de números de celular.

    Uno de tantos días en que conversaron a través del celular, a invitación expresa de su amiga, llegó Graciela al departamento donde vivían Laura y su esposo. Graciela llego un poco antes de la hora acordada. Laura acababa de salir de bañarse y salió a recibirla con la bata de baño y su cabello cubierto con una toalla. Laura estaba distraída y había puesto el café sobre la mesa de centro, Laura había prendido un cigarrillo, mientras ella iba por la otra taza de agua caliente para acompañarla con su café.

    Para mala fortuna de Laura había dejado distraídamente sobre la mesa de centro un álbum con fotografías explícitas donde aparecían ella con su hermano Pedro y su esposo con su hermana Maricarmen, los cuatro desnudos y haciéndose el amor en diversas poses demasiado sugestivas inclusive con indicios de semen saliendo de la vagina de una de ellas. Graciela reconoció que se trataba de José quien era el esposo de Laura como a Maricarmen la hermana de José y a Laura y a Pedro el hermano de ella, de inmediato se puso roja de la cara y sin fijarse presa de nerviosismo soltó el álbum esparciéndose algunas fotos que aún no estaban fijadas dentro del álbum sobre el piso.

    –Perdón, amiga, no sabía de que se trataba, pensé que serían fotos…

    –¿Fotos normales, amiga?… pensaste qué… bueno, pues has descubierto que no lo eran, son algunas fotos de…

    –Es que yo, no sabía que…

    –Que fueras a descubrir algo que no esperaba yo mostrarte… bueno, pues ya lo descubriste, ¿qué más te puedo decir? –dijo realmente apenada con la mirada baja.

    –Son fotos muy bonitas, amiga, no debes apenarte, conocí a tu hermano y me pareció una gran persona… y a tu cuñada, también… y a tu esposo… –no sabía Graciela qué más podría decir en ese momento.

    Graciela pudo observar como a Laura se le escurría una lágrima al verse descubierta por una de sus mejores amigas a la que nunca pudo revelarle el gran secreto que ocultaban ella y su marido y sin pensarlo se abrazaron con el gran cariño que siempre había demostrado tenerse.

    –Disculpa, amiga, lo único que puedo decirte para tu tranquilidad es que todos ocultamos algún secreto que sabemos que no podemos revelar con nadie, yo también guardo mis propios secretos y déjame decirte que no es nada fácil revelarlo aún a quien fue y sigue siendo una de tus mejores amigas, dentro de las cuales yo me considero que lo soy como tú también lo eres para mí, así que no llores, por favor y déjame decirte que mis hermanos y yo también hemos hecho cosas por el estilo, y seguimos… así que no debes preocuparte y solo te pido por favor que no vayas a divulgar nada de lo que yo te diga.

    –¡Es que me siento muy apenada contigo!, no sé qué puedas pensar de mí.

    –Mira vamos a hacer una cosa, cómo a mí también me apena confesarlo, me cuesta trabajo que también guardo un secreto, así que mejor te lo escribo en una carta la cual debes luego que la leas borrarla, ¿estás de acuerdo conmigo? Y tú a la vez me mandas el secreto que has ocultado luego de que hayas leído el mío y que yo también borraré.

    –Gracias amiga, lo haré como tú me dices.

    –Bueno pues no se diga más y vamos a tomar el cafecito que se está enfriando.

    Luego de eso ambas se quedaron mirando a los ojos, los de Laura aún conservaban alguna de sus lágrimas, Graciela la atrapó sobre su dedo sin dejar de mirarla a los ojos, instintivamente sin que ella o Laura lo pensaran fueron acercando sus labios para sellar el secreto que se abriría entre ellas y que acababan de firmar con sus bocas.

    Laura con tan solo la bata de baño puesta y con su cabellos atrapados entre otra toalla más chica se dejo deleitar con el beso de una de sus mejores amigas.

    Laura, encendida por el placer que estaba sintiendo por su amiga Graciela quedo de pronto atrapada por las caricias que ambas empezaban a prodigarse y que eran producto de la emoción que las estaba embargando, sus respiraciones se fueron entrecortando en tanto los besos se volvían más apasionados, ambas deseaban que ese momento tan especial continuara hasta donde debiera, Graciela le dijo a Laura que no debía preocuparse por nada de lo que en adelante pudiera pasar entre ellas ya que desde que la conoció sintió que podía enamorarse perdidamente de ella, pero era algo que nunca se atrevió a confesarle por temor al rechazo.

    Sin embargo la vagina de Laura empezaba a empaparse luego de que Graciela descubriera sus pechos al deshacer el nudo que mantenía cerrada su bata de baño, pero no solo ella hacía que el clítoris de su amiga palpitara con un deseo incontrolable, pues también su propia vagina empezaba a sentir el burbujeo de sus propios néctares desbordándose, de tal forma que el fuego de sus entrepiernas no podía ya detenerse.

    –Graciela, ¿qué me estás haciendo?… ¡Para!… por favor… ¡Aaah! Puede llegar Pedro mi marido y…

    –Nada que podamos impedir para que yo pueda declararte al fin mi todo amor y todo lo que siempre me has hecho sentir. –esa declaración hizo que el clítoris de Laura palpitara aún más de un hermoso deseo que estaba brotando entre ambas mujeres.

    –El fuego que se había ya encendido no les permitía ya detenerse. Graciela quería inmortalizar ese momento entre uno de los primeros amores de su vida y no iba a permitir que se borrará.

    –Mejor vamos a mi cama, ahí podemos hacer todo esto realidad, mi amor.

    –Es la primera vez que escucho esas palabras que desde siempre hubiera querido escuchar de tu boca, ¡Mi amor! Tú también serás siempre eso para mí… ¡Amor mío!, deja que me entregue a ti y que seas mía como yo quise serlo siempre de ti.

    –No puedo negar que siempre me atrajiste, pero tampoco fui capaz de insinuártelo, ¿pero entonces no te molesta que haga el amor también con mi cuñada?

    –¿Cómo crees que voy a molestarme?, mientras dejes que tu corazón también guarde un pequeño espacio para mí, mi amor.

    Graciela, de junto a ella la despojó de su bata para comenzar a recorrer su cuerpo desnudo con el exquisito aroma a jabón en tanto empezó a trazar caminos de saliva con su lengua desde sus muslos hasta su abdomen, subiendo hasta sus pechos y rodeando sus endurecidos pezones, lamiendo las areolas y subiendo por el erecto tronco de los mismos paladeando con su lengua para luego ir bajando a su ombligo y de ahí detenerse en los labios vaginales abriéndolos entre sus dedos para husmear donde se encontraba el endurecido clítoris y paladearlo entre su boca que lo estiraba arrancando melodiosos gemidos.

    Luego, Graciela ascendió hasta los labios de su amiga, y volvieron a fundirse en un beso donde sus lenguas se entrelazaban con deseo y sus salivas se mezclaban sin dejar descanso para que sus manos continuaran explorando la geografía de sus cuerpos.

    –Ya hazme tuya, llévame a la cama y funde tu cuerpo con el mío.

    –Tus deseos son órdenes, mi amor, la querida musa de mi inspiración, pero antes quiero pedirte que seas mi novia, dime si aceptas.

    –Claro que acepto, así que desde ahora somos novias tú y yo y espero que juntas disfrutemos del amor que sentimos en nuestros corazones.

    Antes de pasar sellaron su compromiso con un largo beso, la recámara de Laura y su marido estaba impecablemente limpia, la luz del atardecer se filtraba por entre las cortinas, sus cuerpos desnudos, con sus pezones erectos y sus vaginas empapadas por lo abundante de sus flujos las invitaron a compartirse realizando una tijera, los orgasmos de ambas iban penetrando la intimidad de Laura que quedaba colocada debajo del cuerpo de Graciela, la vagina de Laura se abría permitiendo que penetraran los flujos de amor de su nueva novia. Haciendo que sus pechos temblaran de emoción.

    Tras un beso prolongado, donde sus lenguas se juntaron con una lascivia morbosa, Graciela retomó su exploración, deslizando su lengua por el cuerpo de Laura. Lamiendo desde el cuello hasta sus pechos calientes, succionando una a otra sus pezones. Laura gimió al ver lo grandes que tenía Graciela sus gruesos pezones, mientras su vagina palpitaba, goteando jugos que amenazaban con empapar las sábanas al correr por sus piernas.

    Sin embargo, terminaban justo cuando José entraba al departamento y llamaba a Laura, quien se levantó luego de haber terminado el coito de ambas, quedando de verse para otras ocasiones más ya fuera ahí mismo o yendo a algún buen Motel. Aunque al mismo tiempo de Laura presentarla y ella despedirse, José pudo percibir que entre su esposa y la amiga de ella algo muy bueno había ocurrido, pero ya habría tiempo para que su mujer le comentara lo que había pasado.

    Querida Laura, como ya sabes soy una mujer felizmente casada con mi esposo Gabriel desde hace 20 años, tengo dos preciosas hijas de 18 y 19 años él es un esposo muy bueno y comprensivo además no existe ningún tipo de secretos entre nosotros. Como tú sabes yo soy la mayor de mis tres hermanos Estela mi hermana está casada con Emilio, ellos tienen dos hijos Martha y Luis, ambos en edad de merecer e imagínate lo explosivo que debe ser que ambos duerman en la misma cama. Yo estoy casada con Oscar y tengo dos hijas Azucena y Esmeralda que también duermen juntas. Mis hermanos son los mejores confidentes con quienes siempre he convivido de toda mi vida y desde entonces hemos sido inseparables. Nuestros padres siempre fueron de pensamientos liberales y abiertos al igual que yo y mis hermanos. Frecuentemente hemos recordado con añoranza nuestra adolescencia.

    Nuestro hermano Francisco es soltero, jamás quiso casarse aún cuando mujeres le sobran, porque prefería estar con nosotras sus hermanas gozando de gratos momentos durante esa edad en que nuestras calenturas parecían explotar envolviéndonos con su lasciva sinfonía invitándonos a actos de incesto, nuestros padres siempre liberales con nosotros, igual somos nosotras con nuestros hijos, de manera que tienen restricciones para explorar su sexo. Nuestras añoranzas de juventud aún a pesar de estar ya casadas envolvían nuestros pensamientos.

    Así fue mi querida novia Laura. Un día me marcó mi hermana Estela para decirme que Emilio, su marido se encargaría de sus hijos, me invitaba a salir de vacaciones le dije que lo consultaría con Oscar, desde novios no hubo secretos por nuestras preferencias sexuales, él se haría cargo de nuestras hijas. Has de saber que yo tengo un contacto más íntimo con Estela aunque a veces también nos vemos mi hermano Francisco y yo en algún Motel.

    Estábamos contentas de saber que podíamos salir con nuestro hermano Francisco de vacaciones. Escogimos junto con Emilio el esposo de Estela un bonito hotel en la isla de Cozumel. Oscar fue quien hizo la reservación indicando que yo iría en calidad de esposa de mi hermano Francisco y de mi hermana Estela como cuñada de él.

    Cuando llegó por fin el día de nuestra partida, estábamos felices, tanto así que no parábamos de besarnos, fue Oscar mi marido quien nos llevó en compañía de Emilio con quien se lleva de maravilla a tal grado que contagiados por los besos que nos dábamos, ellos también compartieron los suyos, Oscar y Emilio has de saber que son bisexuales.

    Luego de un maravilloso vuelo nos mostrábamos impacientes, luego de aterrizar conseguimos un taxi que nos llevara. Durante el trayecto no dejábamos de acariciar nuestras manos, algo dentro de nosotros nos hacía sentir desesperadas por llegar a nuestra habitación. Mientras nuestro hermano completaba el registro en la recepción. Mi hermana y yo nos tomábamos de las manos con desesperación por entrar a la habitación, luego de recibir la tarjeta del cuarto, lo primero que vimos al entrar fue que tenía una magnifica vista al mar.

    Sin embargo, nos dejó a Estela y a mí, mientras él se dirigía al bar para dejar que desempacáramos y disfrutáramos de la paz del lugar con el sonido de las olas alimentando nuestros sentidos. Nada más sentarnos en la cama, sonó mi celular, eran mis hijas Azucena y Esmeralda que querían saber como habíamos llegado. Mi hermana Estela tomó la llamada y mientras hablaba con ellas se desvistió dejando sobre la cama su brasier y sus pantaletas, mostrándose ante mi vista con un cuerpo tal como lo recordara en los tiernos días de nuestra juventud.

    Unas nalgas no grandes pero realmente hermosas como siempre las había recordado, sus pechos al igual que los míos copa “C” con unos pezones gruesos igualitos a los míos, realmente algo largos y que tenían la forma de unos apetitosos glandes de pene, aunque claro no tan grandes, amamante a mis hijas y también a mis hermanos, igual que ella nos amamantó a nosotros cuando tuvo sus hijos, Estela estaba lanzándome una mirada lasciva que parecía estar invitándome a disfrutarla, estábamos desnudas.

    Mi brasier y mis pantaletas quedaron tendidas sobre las almohadas, sin dejar de hablar con mis hijas. Estela restregó sus pezones por mi espalda, tomó una botellita de aceite para lubricar todo mi cuerpo, desde mis piernas, subiendo por mis nalgas y mi espalda deteniendo sus manos en mis pechos, pellizcando mis pezones con suavidad, traté de cortar la conversación con mis hijas, pero en vez de eso empecé a gemir, haciendo que ellas rieran preguntándome lo que estaba sucediendo, al parecer yo la estaba pasando magníficamente bien en compañía de mis dos hermanos, ellas coleccionaban fotografías nuestras bastante comprometedoras de nosotros tres desnudos disfrutando de un sexo incestuoso.

    Mi hermana y yo reímos pues también está pasando algo similar con sus hijos. Cabe decir que también entre sus hijos y ella tampoco existen secretos, al igual entre mis hijas y yo, inclusive yo les propuse a mis hijas que se acariciaran entre ellas para definir si se sienten a gusto tocándose, para que comprueben si disfrutan una tendencia lésbica a lo cual inclusive yo quiero sumarme para dirigirlas.

    Fíjate mi amada Laura que me distraje y dejé el celular sobre la cama, me besé de lengua con mi hermana y ambas gemíamos algo escandalosas y deben habernos escuchado a juzgar por las risitas que alcanzamos a escuchar, incluso hicieron un comentario –mi tío ha de tener la verga bien parada a juzgar por lo que escuchamos- y yo les contesté –todavía no llega su tío, solo estoy con mi hermana y nos estamos besando ya sin ropa que nos estorbe, para su conocimiento. Ellas me contestaron simplemente con un –bueno mamá, pues las dejamos, pero luego nos cuentes todo con lujo de detalles.

    Estaba tan caliente que no me importaba nada, más que besar a mi hermana y tener su vagina junto a la mía para impregnarlas con nuestros jugos y sentir nuestros clítoris restregándose.

    –Ay hermanita que ricos pezones tienes para mí están realmente grandes e hinchados.

    –¿Tú crees, hermana? Sabes que ya te tenía muchas ganas.

    –Y yo a ti, hermana, quiero hacer la tijera contigo y pegar mi vagina con la tuya hasta que nos vengamos juntas y gocemos de un rico incesto.

    –Recordé cuando mis hijos Martha y Luis siendo ya mayores, les encantaba prenderse de mis pezones, al igual hicieron tus hijas Azucena y Esmeralda conmigo, aunque ya no tenía leche al igual que tú también les ofrecías tus pezones a mis hijos y nos llegaste a dar de tu leche a mí y a Francisco cuando la tuviste.

    En ese mismo instante Francisco nuestro hermano tocó, abrimos con cuidado para que nadie más pudiera vernos desnudas, se iluminaron sus ojos, su verga se puso tiesa por dentro de sus bermudas.

    –Qué agradable sorpresa ver a mis dulces hermanitas desnudas sin esperar a que yo mismo las desvistiera

    –¡Qué rica se te ve la verga, hermano! deja que tus hermanas te la mamemos.

    –Vaya pues al parecer el incesto siempre ha sido parte de nuestras vidas, ¿no lo creen?

    –Es que tienes una verga riquísima, hermano.

    No te miento Laura, en realidad Francisco tenía una hermosa verga grande y venosa con un glande más grande que nuestros pezones, él mismo nos decía que en vez de pezones nos había puesto Diosito glandes de verga de lo apetitosos que los teníamos, bien que los mamaba y nos sacaba la leche cuando la hubo.

    A mi hermana Estela al igual que a mí nos encendía el hecho de saber que estábamos gozando del placer que la antesala del incesto nos provocaba al saber que estábamos a punto de estar cogiendo entre nosotros, nuestros genes guardan el secreto del placer que solo el incesto puede llenarnos. Mi hermana Estela besaba mis labios llenándolos con el sabor de la lujuria que su saliva provocaba en mí.

    –Me hacen sentir su calor, hermanos saben que los tres gustamos del incesto, como quisiera hacerlo con mis propias hijas y decirles, hijas mías ahora tendrán una buena ración de incesto con su propia madre al igual que yo misma tuve incesto cientos de veces con mis hermanos. –en ese momento me di cuenta que había dejado abierta la conversación de mi celular, pero ya era tarde y de seguro mis hijas han de haber estado escuchando nuestras conversaciones y hasta grabándolas.

    –¿Qué pasó hermana?, ¿Por qué pones esa cara?

    –Deje abierto el celular y mis hijas deben haber escuchado todo lo que decíamos.

    –¡Bueno!, pues no tienes de que preocuparte, si tú misma les dijiste que querías enseñarles a coger entre ellas con tu ayuda.

    –Acuérdate hermana que nuestros genes están orientados para el incesto, así que no tiene nada de malo el que tus hijas despierten los genes que llevan de herencia.

    Esas palabras me sorprendieron, e hicieron que mi clítoris palpitara de deseo ¿por mis propias hijas?, ¿o por mi hermana Estela a quien tenía enfrente? ¿o por nuestro hermano Francisco?

    El hecho de sabernos incestuosas, y que el fuego dentro de nuestras vaginas ardiera me hizo tomarla colocándola sobre la cama, pegué mi vagina con la de ella iniciando un vaivén que nos estaba llevando a la gloria, en tanto tomaba la verga de nuestro hermano para masturbarla haciendo que el semen tibio fuera a parar en medio de nuestras vaginas, restregándolas para formar largas hebras con los néctares que desprendían, mis propios jugos se escapaban dentro de la vagina de Estela que estaba acomodada debajo de mí, mezclados con el semen de nuestro hermano.

    Añadiendo ese toque de sabor que luego se impregnaba en nuestras bocas al momento de mamar nuestras vaginas en un 69 exquisito como tal vez hayas podido también tú disfrutar, impregnando nuestras bocas con el exquisito sabor del incesto; queríamos que ese momento de amor entre nosotros tres continuara.

    –Mi amor… vamos a la regadera, mira como quedaron nuestras vaginas impregnadas de puro sexo incestuoso. –Dijo mi hermana Estela, su vagina estaba empapada del semen de nuestro hermano y mezclado con mis propios jugos.

    –Vamos, hermanas, nos dijo Francisco, ahí podemos continuar y tener sexo anal, al fin y al cabo con la regadera nos lavamos bien.

    –Esa es una magnífica idea, hermano –le dije

    Nuestra habitación ya estaba en penumbras, creando para nosotros un santuario de deseo. El cuerpo desnudo de Estela, con sus pezones erectos y su vagina cubierta del semen de Pedro. Ella se recostó en la cama, con sus piernas abiertas invitándome a lamerla, yo miraba como sus senos temblaban con cada respiración que daba.

    Bueno, querida, cómo has de saber nosotros también guardamos nuestro secreto de familia, al igual que lo guardas tú.

    Estela, acostada junto a mí, comenzó a recorrer mi cuerpo con su lengua, lamiéndome desde mi ombligo y bajando hasta el nacimiento de mi vagina donde ella veía como asomaban mis labios vaginales escurriendo su precioso néctar, el cual absorbió con su lengua hasta subirlo a mis pechos, deteniéndose en mis pezones los que lamía con detenimiento haciendo que me volteara ofreciéndole mis nalgas las cuales aceptó deslizando su propia vagina e impregnándolas con los jugos que salía imparables de los labios de su vagina los que me restregaba con dulzura, gimiendo y tomando mis pechos entrelazando nuestros pezones.

    Luego, Estela volvió a voltearse ascendiendo hasta mi boca para fundirnos en un beso apasionado, nuestras lenguas se entrelazaron en una danza de deseo ardiente, nuestras salivas se mezclaban con parte del esperma de Francisco que habiéndose venido dentro de nuestras vaginas, escurrieron el precioso semen de la vida, mientras las manos de Francisco exploraban nuestros cuerpos, tocando nuestra piel ardiente.

    Tras ese beso prolongado y lleno de pasión, donde nuestras lenguas acompañaban la suave música del incesto, yo retomé la exploración, deslizando mi lengua sobre el cuerpo de mi hermana Estela. Recorriendo sus pechos, lamiéndola desde su cuello bajando con mi lengua hasta sus hermosos pechos, deteniendo mi boca para aprisionar sus pezones entre mis labios, provocando que se endurecieran al contacto de mi saliva. Estela gemía, sus manos se enredaban en mi cabello, mientras su vagina palpitaba, soltando los aromáticos jugos que empapaban la toalla de baño que había puesto para eso.

    Laura, creo que esto que te estoy confesando te demuestra que soy una mujer ardiente como lo eres tú y quiero decirte que estás en mi mente y en mis acciones, quiero dedicarte todo esto que te estoy contando como una forma de agradecer que ahora que ya somos novias, también tengas un tiempo para mí y lógicamente acepto de todo corazón lo que hacen y disfrutan al igual que nosotros, pero quiero pedirte que esto solo quede entre nosotras, aunque si en algún momento decides invitarme como parte de tu familia, lo aceptaré de buena gana porque juntas podemos descubrir el verdadero amor.

    Espero con ansías lo que tengas que escribirme y ten la seguridad que así como te prometí lo voy a borrar para que esto solo quede entre tú y yo. Claro que te conté solo una parte de todo lo que disfrutamos durante casi una semana completa y no te miento cuando al regresar lo seguimos haciendo con más ganas.

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  • Sexo con una cougar

    Sexo con una cougar

    Hola me tarde un poco pero estoy de nuevo aquí para contarles una historia que sucedió con una mujer de 60.

    Todo paso en mi pasó cómo repartidor nocturno, cogía con Carmen y mi lívido se fue al cielo, manejaba seis tiendas por noche, y con todos me trataba de llevar bien, en esas tiendas cambian de personal seguido ya que no cuidan la rotación de personal.

    Bueno en una de esas llegue y encontré a Lupita una morena agradable pero sería ya llevaba tiempo tratandola y ponía barrera, pero esa noche me presento a su nueva compañera llamada Blanca, una mujer ya de unos 60 años ( nunca preguntó edad pero tanteó a ojo), de tez blanca un cabello negro a pesar de la edad, de unos 150 cm de altura, pero a pesar de traer pantalones se veían unas enormes caderas coronadas por un hermoso trasero redondo, y a pesar de que quiso cerrar su bata está se bajaba el cierre por el par de enormes chiches que se cargaba, en fin después de escanearla por completo, la saludé de mano respetuosamente ” Mucho gusto le dije”.

    En fin ese día cumplí con mi tarea entregué recogí mi folio y me despedí. Pero ya sólo mi pene palpitaba de sólo recordar esa imagen.

    Al tercer día que me tocó atender esa tienda me sorprendió no ver a Lupita y Blanca me saludo y me comentó que estaba con otra chica nueva ya que Lupita había faltado, que si le enseñan a capturar, yo con todo el semen acumulado por verla ya más suelta.

    Traía una falda a la rodilla y una blusa no muy escotada pero dejaba ver la dimensión real de sus pechos y encima sin abrochar su bata, le contesté que no había problema que le enseñaría, me pase atrás del mostrador con ella acercándome para explicarle los comandos y el modo de capturar, estando cerca me percate que no solo iba bien vestida sino también traía un rico perfume que inmediatamente hizo reacción en mi pene que se puso duro, le seguí explicando y con todo morbo mi codo tocaba de vez en cuando ése enorme pecho que quedaba junto, primero se alejo la primera vez un poco, pero después en la segunda se quedó quieta.

    Terminamos de capturar y procedi acomodar mi producto, cuando ya me disponia a irme Blanca me pidió que si le ayudaba a meter una caja con cigarro que según ella se le hacia pesada, tomé la caja y llegamos a la bodega, baje la caja agradeciendo y se agachó para empujarla mas, al agacharse pude ver la exquisitez de su culo, volteo y me vió y como si fuera premio giro enseñando como le colgaba la blusa dejando ver un brasier de encaje blanco, semi transparente que eran coronados por dos hermosos pezones, se incorporo y me agradeció con la mano, en fin salí chorreando mi pene.

    Pasaron unas visitas más y Blanca y yo agarraba mis mas confianza, empezó a saludarme y a despedirme de beso, yo al principio era en la mejilla pero sabiendo que sino le gustaba me alejaría a veces la besaba cerca del labio y a veces cerca de su oreja, cuando lo hacía algunas veces soltaba un leve suspiro. Así paso una semana más.

    Un viernes que llegue cuando la saludé le comenté “Hay Blanquita te voy a extrañar me voy de vacaciones dos semanas”, a lo que ella contesto no, ya le dije que mi suplente ya conocia la ruta y que no iba tener problemas, me acerque y le dí un abrazo diciéndole que no se preocupará, pero el abrazo fue con la finalidad de olerla, y darle un beso en su cuello cerca de la oreja, suspiro y levantó su mirada para darme un beso en la boca, nuestras lenguas se unieron y el beso se prolongó, ya en pleno fuego aproveche para tocar ese hermoso culo y darle unas palmaditas, ella sólo suspiro, nos apartamos y le comenté que nos fuéramos a la bodega a lo cual obedientemente acepto.

    Una vez que cerré la puerta de la bodega la recargue en ella besándola, besando su cuello, cuando supe que ya era débil para resistir le quité la bata y le levanté la blusa, seguido la abrace para soltar el brasier y por fin ver esos hermosos senos que a cada beso y mamada se iban poniendo duros y firmes, me arrodillé para abrazar sus caderas y levantar su falda, traía unas pantimedias color carnal acerqué mi nariz a su vagina y empecé a mover mi boca mordisqueando su rica vagina que ya empezaba a mojar la tanga y las pantimedias ella empezó a gemir y a decirme “Ya papi que soy muy caliente y vas a tener que darme todo para bajarme lo caliente”.

    A lo cual respondí “No te preocupes hoy vas a llegar relajada y cogida a tu casa mamita”, le baje las pantimedias y su tanga para deleitar mi boca con sus jugos que ya eran verdaderos líquidos escurriendo yo que son mi deleite limpiaba y seguían saliendo, Blanca nada más gemia, le metí dos dedos de golpe a su vagina y entraron sin problema, mi mente caliente me dio la idea de mamar abrazándola de las caderas y baje una mano entre su raya para buscar su ano, al encontrar empecé a acariciar a sobar y cuando lo sentí relajado, lo hundí Blanca soltó un suspiro y diciendo “Ya papi cógeme”.

    En eso con mi lengua hice que tuviera un rico orgasmo que me mojo hasta la camisa, se le aflojaron los pies, la voltee y la agaché, mi pene estaba ya todo mojado, y mojada ella entro de un golpe, “Si papi cogeme soy una puta y soy tuya”, después la hice hincar y la volví agachar mi pene estaba todo lubricado de sus jugos le solté saliva a su culito, ella me dijo “Si papi lléname el culo con tú verga”, era espectacular ver ese enorme culo recibiendo toda mi verga me puso a mil, primero esperé a que su culo se acostumbrara a mi verga después empecé poco a poco al mete y saca.

    Empecé a darle de nalgadas a esas enormes nalgas, sería faso decir que aguante mucho esa visión pocos la hemos tenido, exploté dentro de su culo, todavía saque mi verga y antes de que se muriera la metí en su vagina y apenas unos embates y ella volvió a explotar en un rico orgasmo, fue maravilloso ver mi pene ser mojado de esa manera, esa noche me recosté con ella en el suelo abrazándola de cucharita y sentir sus enormes nalgas en unos minutos mi verga estaba puesta para otro encuentro, fue una noche inolvidable, terminé la ruta a las 7 de la mañana pero fue una experiencia única.

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  • Entregada a mi padre

    Entregada a mi padre

    Tengo 22 años, de contextura delgada y fina, sin muchas curvas, algo grácil porque estudié varios años ballet, con el cabello muy largo, piel pálida, brackets y lentes redondos. A eso súmenle que uso ropa holgada. Soy tímida y ensimismada. Estudio una carrera de ingeniería, igual que mi padre. Y él es quien me ayuda en los temas que no entiendo.

    Fui con una amiga a un evento de cosplay vestida como una elfa con falda corta, botas altas y dos coletas, a la salida del evento un tipo me comenzó a acosar. Al rato se detuvo un auto en seco y golpeó al tipo. Era mi padre quien me salvó. Él tiene 44 años, de contextura media, con escasa barriga, de vez en hace sus ejercicios del tiempo que estudió taekwondo en su juventud. Porque pudo defenderse de los golpes del tipo y tumbarlo al suelo para que podamos subirnos al auto.

    -Tu padre es sensacional, Alondra —dijo mi amiga cuando estuvimos a solas.

    -Sí, Sara —dije con una sonrisa.

    -Si fuera más joven lo seduciría. —dijo entre risas.

    Fue allí que pensé que había superado mi complejo de Electra. Recordé hace unos años cuando vi a mis padres follando. Tenía a mi madre en cuatro mientras la follaba de manera salvaje y le jalaba el cabello. En vez de irme u horrorizarme empecé a mojarme. Por una ranura de la puerta me quedé mirando a escondidas mientras mi mano sobaba mi entrepierna que se empezó a humedecer. Mi madre bufaba violentamente convulsionándose de placer. Mi padre, en un acto acrobático, puso su pie en la cabeza de mi madre mientras continuaba sus arremetidas en la posición del perrito.

    Tras varios minutos se corrió en la espalda de mi madre. Mi madre se desplomó, una de sus tetas con pezones marrones claro y su chocho poblado de vello púbico resaltaba con el brillo del sudor. En mi padre sobresalía su gran pene erecto doblado hacia arriba brillante por los jugos de mi madre y el sudor.

    Luego de unos minutos, mi padre colocó a mi madre boca arriba. Su cabello ondulado, sus tetas grandes y jugosas con pezones grandes y claros. Su chocho muy poblado con pelos ondeados, sus muslos grandes y piernas contorneadas. Mi padre le levantó las piernas, la agarró de los tobillos y la empezó a penetrar de un solo golpe. Luego de unos minutos de mete-saca mi madre empezó a gemir, sus jugos vaginales salieron a chorro, como si fuera un geiser. Sus ojos se pusieron en blanco y ella sacando la lengua. Antes de correrse tomó su pene y lo empezó a besar y chupar su pene desde la base del tronco hasta su punta. Por el tamaño no cabía en su boca, haciendo sonidos grotescos y babeando de sobremanera.

    Esa imagen no la pude quitar de mi mente y tenía sueños húmedos constantemente amaneciendo con una mancha de humedad en mi pijama y sábanas. Se detuvo hace dos años, después mi padre quedó viudo.

    Tras eso me hice más taciturna, comencé a usar ropa más holgada que cubría mi cuerpo y me concentré en estudiar.

    Por lo noche, estuve viendo televisión con mi padre, acurrucados en el sillón recordamos a mi madre. En un momento me puse melancólica recordando a mi madre.

    -Eres tan parecida a tu madre.

    -No es cierto. Mi madre era más cuerpona y su cabello ondulado. —Nos reímos ambos.

    -La extraño —dijimos ambos al unísono.

    Nos abrazamos y sin querer nos miramos a los ojos y nos empezamos a besarnos. Me empezó a quitar la ropa. Mi padre me quiso penetrar. Pero lo paré.

    -Espera, papito, soy virgen.

    Él se detuvo por un momento. Y empezó a besarme el cuello, sus manos bajaron junto con su boca hacia mi calzón y lo deslizó. Una maraña de pelos asomó, mi padre besó mi concha haciéndome gemir dulcemente mientras que con sus dedos me amasaba los pezones que se pusieron erectos. En un momento colocó sus dedos en la entrada de mi vulva moviéndolos de arriba-abajo. Los jugos salían de mí, mientras mis gemidos y gritos de placer se intensificaban.

    -¡Ya, papito! ¡Ya estoy lista!

    No esperó más. Se quitó el calzoncillo y me penetró de a pocos. Sentí como mi himen se desprendía. El dolor inicial dio paso a un placer descomunal. A medida que sentía el pene de mi padre penetrarme cada vez más rápido y profunda.

    Mi padre me colocó de cucharita levantándome una pierna para penetrarme de manera más cómoda, mientras que con una mano sobaba mi concha y otra masajeaba mis tetas.

    En ese momento me di cuenta que soy y siempre seré de mi padre. Me entregaría en cuerpo y alma.

    Con el paso de los días cambié mi forma de vestir, mis vestidos se hicieron más ceñidos y me sentí más cómoda con mi figura, empecé a ir al gimnasio para sacar cuerpo, me depilé la concha y entre los dos imaginamos nuevas posiciones, aprovechando la elasticidad que nos dio años de entrenamientos.

    Ya en la cama que compartimos llevé mi boca hacia su verga venosa, abrí los labios y empecé a besarla y lamerla desde los huevos hasta la punta del pene para meterla toda en mi boca para lubricarla antes de penetrarla. En la posición del 69 él lamió mi concha depilada haciéndome ver las estrellas. Ese es nuestro juego previo antes de hacerme el amor de la manera más apasionada y entregarme por completo.

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  • Deliciosa lechita

    Deliciosa lechita

    Esa mañana desde el momento que hicimos el plan para vernos, todo mi cuerpo empezó a estremecerse, al ir de camino al trabajo ya sentía mi vulva húmeda, cosquillas alrededor de mis pezones, los sentía erectos, duros; el hecho de pensar que más tarde estaríamos juntos ya era un estimulante a mis hormonas.

    Ese día tuve reunión se me hizo muy larga, era la hora de la cita yo seguía en la reunión, empecé a desesperarme, a querer salir de ahí rápido a tu encuentro, me llamaste por teléfono preguntando si aún tardaría a lo que dije “no ya estoy por llegar”

    Entramos a casa de mi mamá, ahí sería nuestro encuentro (estaba al cuidado de su casa, ya que ella salió de vacaciones) te sentí nervioso, empezaste a recorrer sala al comedor no sé qué buscabas precisamente, mientras tanto me dirigí a la recámara, me cambié y me puse un baby doll de encaje, muy sugerente, una tanga y un poco de perfume.

    Cuando escuché tus pasos en el pasillo empecé a lubricar más, mi vagina se sentía mojada, ansiosa, te esperé sentada en la orilla de la cama, tu mirada era ansiosa llena de deseo en cuanto estuviste cerca de mí tomaste mis pechos fuerte y comenzaste a masajearlos a estimularlos me besaste de una forma tan rica que no pude evitar que la piel se me estremeciera.

    Tomaste mis hombros e hiciste que me recostara poco a poco sobre la cama, besaste mi cuello, mis pechos, los disfrutaste los tomaste entre tus manos los apretaste, los lamiste, los apretaste con fuerza; poco a poco fuiste bajando pasaste por mi ombligo con una sutileza tan deliciosa que cuando sentí, había llegado a mi vulva separaste mis piernas delicadamente, empezaste a estimular con esos dedotes deliciosos mi clítoris, poco a poco pequeños chorritos brotaban de mi vagina, ahhh gemí de placer, te pedía más.

    Tu mirada reflejaba placer también lo estabas disfrutando, estabas excitado y extasiado, te pedí que te quitaras la ropa, rápidamente empecé a jalar la camisa, desesperadamente baje tu pantalón, meti tu verga a mi boca empecé a succionar delicadamente esa deliciosa cabezota de tu pene, lo lamí de arriba a abajo, se sentía grueso, gigante, a simple vista era antojable, lo mame por un rato, lo mordí delicadamente, llegabas hasta el fondo de mi boca, yo tocaba al mismo tiempo tus huevotes, eso te excitaba más, siii, te contoneabas, gemias, lo estabas disfrutando.

    De repente me tomaste de los hombros recostandome en la cama, te recostaste sobre mí poniendo en mi boca tu enorme verga y accediendo a mi vulva, iniciamos un delicioso 69, poco a poco la intensidad iba incrementando, fue delicioso, sentir tu lengua explorando mi vulva, con la lengua abriste mis labios mayores metias la lengua y la sacabas como si me penetraras con ella, eso me excitó aún más, sentía salir agüita de mi vagina, fue increíble, intenso, magnífico lo que nos provoco un orgasmo simultáneo, terminaste en mi boca, me dejaste saborear tú delicioso semen yo me moje en exceso, salia y salia agua me retorcia de placer, gritaba y busqué tu mirada estabas feliz, satisfecho y agotado.

    Hubiéramos querido recostarnos en la cama pero estaba empapada no había un lugar seco, nos aseamos, vestimos y fuimos a comer algo, una vez más fue un encuentro sorprendente y delicioso.

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  • Nosotras cuatro contigo (3): La sirena de la perdición

    Nosotras cuatro contigo (3): La sirena de la perdición

    Eran las 9 pm. Elías se había sentado a la orilla de la misma cama donde Arteaga se lo cogió y estaba bebiendo una cerveza que le había ofrecido Nina. Dinora (en camisa y calzón) y Fer (en el camisón, que se le transparentaba) fumaban adentro del cuarto, sin ceniceros. Latas de cerveza, vacías o sin dueño, llenaban el lugar.

    Nina prendió la televisión. Lo primero que había era un documental sobre hormigas. El correr de esa marea roja tranquilizó un poco a Elías, y Nina se descubrió de pronto viéndolo con él.

    —Mejor pon porno —le dijo Arteaga. Fer aplaudió esa opción.

    —¿Cómo quieres porno después de lo que hicimos aquí? —la regañó Dinora.

    —Ninguna de nosotras acabó —le aclaró Fer. —Nos detuvimos porque el pendejito se iba a correr.

    —¿Entonces su mejor idea es ver porno? Si quieren seguir, seguimos —dijo Dinora, con un aire solemne y democrático.

    Algo se contrajo en la espalda de Nina, como se contrae la espalda de un gato que se pone en guardia. Elías seguía viendo las hormigas, y parecía que no escuchaba la conversación.

    —Pues yo digo que hace rato lo hicimos todo sin ton ni son —sentenció Fer, mirando a Dinora. —Tú, por ejemplo; yo pensé que íbamos a tener unas tijeras o mínimo que me ibas a comer la raja.

    Las amigas se rieron. Poner en palabras esa clase de actividades, que apenas una hora antes las llamaban de forma tan instintiva, parecía ridículo. Dinora se ruborizó, pero había bebido lo suficiente como para que se confundieran en ella el rubor de la vergüenza y el del coqueteo.

    —Y tú, putita —dijo Fer apuntando a Nina. —¿Qué se supone que estabas haciendo? Para masturbarte tú solita tienes el baño de tu casa. Un poco de trabajo en equipo no te vendría mal.

    Nina torció la boca y no respondió nada. No sólo le molestaba todo lo que había pasado, también le molestaba la palabra «putita». Si le habían puesto un apodo tan lindo como Nina, ¿por qué sus amigas tenían que llamarla «putita» todo el tiempo?

    —¿Por qué pelean? —les dijo Arteaga a todas. —¡Mejor digamos qué vamos a hacer!

    De las tres, Arteaga era la que más quería seguir. No había terminado cuando se cogió a Elías, y aunque estaba razonablemente satisfecha por el solo hecho de perder su virginidad, la curiosidad por el orgasmo la hacía sonreír de pudor, hinchando las mejillas. Por eso ella fue la que inició una reconciliación en el grupo:

    —Dinora, tienes los pechos más hermosos que he visto. No sé por qué no los luces más —así, de la nada, el diálogo sonó tan extraño que le dio ñañaras a Nina.

    Pero a Dinora, que ya estaba halagada porque Fer quisiera tirársela, el comentario de Arteaga le sacó una sonrisa muy sincera. Dinora volteo a ver a Fer, con el mismo cariño con el que Arteaga la había visto a ella, y le dijo:

    —Fer… no sé cómo sea tu vida. Pero estoy aquí para lo que necesites… o lo que quieras… —le dijo con un tono muy raro, que estaba entre el apoyo emocional y la invitación erótica.

    Fer, a su vez, pensó en la cara de disgusto que le había hecho Nina hacía un momento. Quizá también pensó en que Nina fue la única que se opuso a lo que pasó con Elías y dijo:

    —Nina, eres la persona más tierna del mundo —las amigas lanzaron un tierno “ohu” que llenó el cuarto, como antes lo habían llenado con sus exclamaciones excitadas. —¡Debes ser muy tierna en la cama!

    Y todas rieron. Nina suponía que Fer quería usar un chiste para ponchar la melosa solemnidad del momento. Pero había algo en su diálogo que también sonaba a una invitación. “¡Ay, Elías!”, pensaba Nina. Si las amigas no dependieran tanto de los rituales… si Dinora no necesitara siempre aplastar la voluntad de los hombres… si no tuvieran siempre que complacer a Arteaga… quizá habrían podido usar ese viaje para “explorar su sexualidad” entre ellas, sin Elías, sin hacer que Nina (¡siempre Nina!) se sintiera culpable. Pero Nina no sabía cómo pedirles eso. Ni siquiera podía pensar en la frase “explorar su sexualidad” sin ponerle comillas en su cerebro.

    —¿Qué vamos a hacer, pues? —insistió Arteaga.

    —¡Yo ya elegí! —dijo Fer, y tomó a Nina por el hombro.

    Años después, Nina ya no se acordaba lo que le había susurrado a Fer. Según lo que pasó, probablemente le dijo que ella, Nina, no tenía problema con que se acostaran. Que Fer le parecía hermosa y que ella estaba muy excitada también. Pero también le habría susurrado que quería que Elías ya no fuera parte de eso, y le habría pedido que convenciera a Dinora.

    Recordaba que Fer y Dinora se habían quedado hablando unos minutos, también en secreto, junto a la puerta de entrada del cuarto. Y que Fer le había hecho una seña de pulgar arriba. Dinora se sentó en la cama en la que había cogido con Fer y dijo:

    —Entonces Arteaga y yo en este, Fer y la putita en la otra.

    —Yo saldré a tomar aire —dijo Elías. Era lo primero que decía desde lo que había pasado con Arteaga

    —¡No, no! Es tu cuarto, parecerá que te estamos echando —le contestó Dinora. —Quédate en nuestra cama y nos puedes ver. O puedes ver a Nina, lo que te guste más. Te prometo que estaremos quietecitas.

    ¿Por qué no lo dejaba irse? ¿Por qué Dinora dijo “puedes ver a Nina”? Nina volteó a ver a Fer, y ella le sonrió como diciendo “no te preocupes; ya lo acordamos como querías”. Nina confió en Fer y se sentó con ella en la otra cama. Elías se sentó en la cama de Dinora y Arteaga, como un gato acurrucado en una esquina.

    Fer le preguntó a Nina si quería que se quitara el camisón. Nina negó con la cabeza y comenzaron a besarse. Nina pensó que ningún hombre la había besado así: con tiempo, con amistad, con comprensión. Nina no sentía deseo por el cuerpo de Fer, pero sentía deseo por lo que Fer podía hacerle a su cuerpo. Fer empezó a tocarle los pechos; normalmente los hombres se aburrían de sus pechos pequeños muy pronto, y buscaban penetrarla, probablemente pensando en los pechos de otra. Pero Fer no: Fer la masajeaba por encima, metía la mano, buscaba el pezón sobre su brasier. Cuando Fer intentó desvestirle el terso, Nina le pidió que se metieran en las cobijas primero.

    —¡Qué penosita! ¿No te estabas masturbando frente a todos hace un momento? —le preguntó Fer, burlándose, pero igual se metió a las cobijas con Nina.

    El camisón se sentía como una cobija entre ellas, y Fer finalmente se lo quitó. Le quitó a Nina sus bermudas, su blusa y su brasier. Una prenda detrás de otra, sin pausas y sin estímulos.

    Luego, compensó esa rapidez acariciando toda la piel de Nina, desde el espacio detrás de sus orejas, bajando por su cuello, por el espacio entre sus pechos, por su ombligo, bajando por su cintura y siguiendo de lado por sus muslos, una y otra vez. Casi sin darse cuenta, Nina, con los ojos cerrados, se había abierto de piernas. Fer puso una mano sobre su sexo, usando el dedo índice y cordial para separarle los labios, y probando con el dedo medio cuánta humedad tenía. Repartió esa humedad por su vulva y luego circundando el clítoris. Probó dedearla un poco y, después de unos segundos, le preguntó:

    —¿Lo prefieres con o sin dedo?

    —Sin —contestó Nina.

    Fer sacó su dedo y siguió tocándola por fuera. Nina se entregaba a las sensaciones, y no abrió los ojos hasta que sintió la respiración de Fer en su vello público. La imagen era divertida. Fer allí, dándole placer, debajo de las cobijas, iluminadas desde afuera por el foco del cuarto. Parecían como dos amigas que habían construído un fuerte en una pillamada.

    Fer besó sus muslos delgados, besó su vello púbico y, finalmente, besó sus labios; luego sacó la lengua y empezó a darles lamidas lentas y circulares. Allí Nina tuvo su primer orgasmo de la noche.

    —Ahora sí te voy a meter un dedo. Es algo que me enseñaron. Sólo quiero ver si te gusta —le dijo.

    Nina asintió varias veces y Fer la penetró con el dedo medio, mientras el índice y el cordial atrapaban el clítoris. Luego, besó el clítoris tres veces y, finalmente, comenzó a succionarlo. De pronto Fer detenía la succión, y más bien lengüeteaba, un poco abajo y arriba, un poco en círculos. No pasaron ni dos minutos y Nina volvió a venirse.

    —Ahora… —empezó a decir Fer, mientras Nina aún se recuperaba del trance de su último orgasmo. —¿Te parece si hacemos algo más para mí?

    —Ajá —contestó Nina, con dificultad.

    Fer le alzó una pierna y la puso sobre su hombro. Puso en contacto su vagina con la de Nina y empezó a embestirla mientras se masturbaba.

    —¿Pensaste que alguna vez te cogería? —le preguntó Fer a su amiga. Nina negó con la cabeza. —Porque yo sí he fantaseado contigo.

    Nina buscó una almohada a tientas y se la puso en la boca para no gemir como una desesperada. Sentía que sus ojos debían estar desorbitados y le daba un poco de vergüenza su propia excitación. Pensaba que Fer se la estaba cogiendo con una pierna sobre el hombro… más o menos como se la cogería un hombre. Pero que en realidad, Fer estaba siendo más cariñosa que cualquiera de sus parejas.

    Después de un rato, Fer dejó de masturbarse y aceleró la velocidad. Le pidió a Nina que se sentara y, así, ya en tijeras completas, arremetiéndose con toda su fuerza, las amigas se besaron y Fer tuvo un orgasmo.

    Nina cayó en un sopor raro, del que la despertó un sonido inconfundible: los gemidos de Elías. Salió de las cobijas a toda velocidad y saltó de la cama. Lo primero que vio fue a Arteaga montando a Elías otra vez, mientras Dinora se agachaba a besarle su pequeños pezones masculinos. Arteaga estaba completamente desnuda, pero Dinora aún usaba camisa. Cuando la vio, Arteaga le dijo, con toda la inocencia del mundo:

    —¡Encontramos condones en una de las maletas!

    Nina la ignoró por completo, furiosa, y le espetó a Dinora:

    —¡Qué carajos pasa contigo!

    —¿Por qué crees que Fer me puede decir lo que tengo que hacer, putita? —le preguntó Dinora, levantándose de la cama y “poniéndosele al tiro” (es decir, acercándosele cara a cara, para mostrar que no temía pelear con ella; la Nina madura, al recordar todo esto, se preguntaba si la gente seguiría usando esa expresión).

    —Porque te lo pedí, porque es lo mínimo que te puedo pedir —le dijo Nina, haciendo grandes aspavientos.

    —Además, ¿yo qué? La que se lo está cogiendo es Arteaga, pero me pides las cosas a mí y te quejas conmigo. Todas ustedes se la pasan viéndome mal porque yo soy a la que usan para calentar a los pendejitos como este. Pero a todas ustedes las excita. Y luego me culpan a mí, porque yo soy la sirena de la perdición, yo soy la belleza que corrompe a la juventud. ¡Pues váyanse a la chingada!

    —Te lo pedí —le repitió Nina, ya más triste que enojada.

    —¿Sabes qué? Quítate, Arteaga. Me toca.

    Arteaga no dijo nada. Se levantó y se vistió. Salió al balcón y no regresó sino hasta tiempo después. Dinora se subió en Elías y le hizo penetrarla de golpe. Al contrario de Arteaga, Dinora sabía exactamente lo que estaba haciendo. Después de la penetración inicial, fue subiendo muy poquito a poco, sacando casi entero el pene de Elías. Luego, fue bajando muy poco a poco, mientras sentía que el pene de él se doblaba un poquitio. Elías exclamó algo que Nina no sabía cómo interpretar. ¿En algún sentido, en algún nivel lo estaba disfrutando? Dinora era hermosa, ¿prefería coger con ella que con Arteaga? Cuando Elías vio a Dinora en el camión, seguro le había gustado, ¿había fantaseado con cogérsela? ¿Estaría cumpliendo ahora una fantasía?

    Nina hacía twerking cuando estaba sola; le ayudaba a sentirse bien con su cuerpo. Por eso reconoció lo que estaba haciendo Dinora cuando empezó a cogerse a Elías. Aún debajo de la camisa, se sentía que los pechos de Dinora rebotaban al ritmo de sus embestidas. Elías empezó a gemir de forma clara y audible, aunque tenía la cara escondida entre las manos.

    —¿Me detengo? —le preguntó Dinora.

    —No —le contestó Elías.

    —Mírame, pendejo. No te hagas. Yo sé que en diez años vas a seguir pensando en mí cuando te la jales.

    Elías vio a Dinora y no pudo desviar la mirada del hueco que se hacía en sus pechos al rebotar. Dinora sintió su pene crecer dentro de ella y dijo con orgullo:

    —¡No estaba completamente arriba! ¡Lo acabo de hacer crecer!

    Entonces Dinora comenzó a montarlo con más furia, mientras se quitaba la camisa. Nina pudo ver la marca de una quemadura de cigarro debajo de uno de sus pechos, y una lágrima amarga por fin le salió del ojo izquierdo.

    —¡Carajo! ¿Por qué soy yo la que tiene que trabajar? —dijo, se levantó y se echó en la cama, con las piernas abiertas —¡Cógeme si eres hombre!

    Elías no lo dudó, pero tampoco se apresuró. De una forma casi mecánica se levantó y puso el pene sobre la vagina de Dinora. Parecía tener problemas para meterlo; Fer se acercó en silencio y lo ayudó.

    Empezó a penetrarla con un ritmo que no dependía de él, sino del movimiento que Dinora le imponía desde abajo. Cuando Dinora logró que Elías fuera al ritmo que le gustaba, lo dejó hacer y empezó a tocarse los pechos.

    —¡Un hombre me chuparía los pechos mientras me penetra!

    No sin cierta dificultad, Elías bajó la boca hasta sus pechos, sin dejar de penetrarla ni disminuir el ritmo.

    —Ahj, quítate —le dijo Dinora finalmente, retirándolo de sus pechos. —Fer, ¿me ayudas?

    Fer le sonrió y bajó a succionar sus pechos, mientras la masturbaba. El pene de Elías entraba y salía, y a veces rozaba los deseos de Fer. En algún momento (Nina no se dio cuenta de cuándo), Fer y Dinora empezaron a besarse. Durante el beso, Dinora tuvo un orgasmo.

    Pero Elías seguía erguido. Y no era que Elías tuviera una fuerza especial o mucho aguante, es que tenía una maraña confusa de sentimientos. La vergüenza le bajaba un poco la erección y los nuevos estímulos volvían a subírsela, de manera que siempre estaba a punto de terminar y nunca ocurría. Sólo eso le permitió soportar tener sexo con Dinora.

    —Alguien tiene que poder bajársela a este compañero. Fer, ¿nos haces los honores? —ofreció Dinora

    —No —le dijo Fer, de forma tajante.

    Dinora se desconcertó ante la negativa, y luego la sorpresa se le volvió ira. Tapándose los pechos (Nina pensó que sobre todo se estaba tapando la cicatriz), le gritó a Fer:

    —¡No me importa que seas lencha! —un odio inmenso por Dinora se apoderó de Nina, cuando dijo esta última palabra. —Por si no te acuerdas, te he visto coger con al menos dos güeyes, así que yo sé que, poder, puedes.

    —Yo no soy nada de lo que tú digas que soy —le contestó Fer, roja de ira, mientras se echaba en la cama, con las piernas abiertas.

    —Pues vas —le dijo Dinora a Elías, indicándole el sexo de Fer.

    Elías comenzó a penetrar a Fer de forma automática. De inmediato, Fer se dio cuenta de que eso no le iba a gustar en lo absoluto y cambiaron de posición. Elías se recostó en la cama. Fer se le puso encima e hizo que la penetrara poco a poco. Luego, se lo empezó a coger de atrás hacia adelante, sin el twerking garigoleado de Dinora, pero de una forma bastante excitante… al menos para Nina. Mientras Elías la miraba, sin enojo y quizá con deseo, Fer se mordía el labio inferior, se mesaba con una mano su corto cabello castaño y con la otra se acariciaba, no un pecho o el otro, sino la línea entre ambos pechos.

    En ese momento, Arteaga regresó del balcón y, viendo a Fer montada en Elías, se sintió excitada. Empezó a corear:

    —¡Eh, eh, eh!

    Dinora la secundó, y de nuevo llenaron el cuarto de exclamaciones

    «Parece una modelo; parece una revista», pensaba Nina. También pensó que, así como antes, cuando tenía sexo con ella, Fer había fingido ser masculina, ahora estaba fingiendo ser femenina. Y le funcionó. En algún momento, Elías alzó la mano a uno de sus pechos y, acariciándola, tuvo un orgasmo.

    Pero Fer no se detuvo, siguió restregándose en Elías, sin darse cuenta de nada. Elías gimoteaba porque, pasada la erección, el estímulo de estar en una vagina empezaba a convertírsele en malestar. Nina intentó hacer que Fer parara, pero fue en vano: no se detuvo hasta que ella misma tuvo un orgasmo. Para ese momento, el pene de Elías, ya flácido, hasta se había salido de la vagina. El condón, casi desalojado, amenazaba con chorrear, y el chico había vuelto a taparse la cara con las manos.

    Fer se levantó, recogió su ropa y fue al baño. Después de unos minutos, salió completamente vestida y se fue del cuarto.

    Elías la vio irse. Después, quizá porque quería ver su reacción, se le quedó viendo a Nina por un momento. En ese momento, Nina recordó que no tenía ropa y se tapó los pechos y la entrepierna. Elías, con toda calma, giró la cabeza a otro lado, como si ya no hubiera diferencia entre ver a Nina o no.

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  • Así terminó todo

    Así terminó todo

    Hola a todos, recibí sus mensajes y agradezco los consejos, advertencias, sugerencias, así que desde ahora usaré nombres ficticios a excepción de los que ya conocen. Como muchos querían saber lo que pasó después de ese viaje a México, aquí les cuento.

    Al regresar a casa no supe bien cómo reaccionar. En otras ocasiones había preferido callar, hacerme el tonto, pero esta vez sentía que algo ya se había roto. Los días que quedaban de vacaciones los pasamos con los niños, intentando aparentar normalidad. Luego, con el regreso a la rutina de la escuela y el trabajo, recuperé algo de calma, aunque la herida seguía presente.

    La amaba. Pero cada día me convencía más de que ese amor no era recíproco. Pamela, en cambio, parecía indiferente.

    Íbamos en piloto automático, cumpliendo con reuniones familiares y compromisos sociales como si nada hubiera pasado: su santo en agosto, donde le hicimos una pequeña reunión con sus padres y amistades, el mío, y luego el cumpleaños número siete de Claudia. Todo transcurría como si el matrimonio siguiera en pie por inercia, sin chispa, sin mirada, sin alma.

    En cuanto a Julio, trabajábamos en distintas áreas, así que apenas coincidíamos. Y tal vez fue mejor así.

    Todo esto se los cuento para darles un poco de contexto (como a algunos les conté ya mediante correo) de cómo fue que terminé separándome de Pamela.

    Sucedió en abril del 94.

    Lo tengo grabado con exactitud porque ocurrió pocas semanas después del quinto cumpleaños de Rodrigo.

    En esa ocasión le hicimos una pequeña matiné en casa. Invitamos solo a sus amiguitos del kínder ya que apenas tenía poco más de un mes en su escuela nueva, —acababa de empezar primaria—, Pamela se encargó de todo ya que era ella quien asistía a las reuniones. Organizó la decoración, los bocaditos, la torta. Por mi parte, apenas tuve tiempo para encargarme de algo: en el trabajo estábamos con obra en Chosica y no podía ausentarme tanto.

    Solo a un padre de familia reconocí de su nueva escuela. No porque yo fuera mucho al colegio, sino porque lo había visto ya en casa unos días antes, ayudando a Pamela a decorar para la fiesta, junto a otra mamá del kínder.

    Hago una mención importante aquí.

    Y es que ese verano habíamos asistido a una boda de una amiga de Pamela, donde ella fue dama de honor. No tengo la certeza de que Pamela se acostó con alguien, pero hubo miradas, ausencias y gestos. No tengo pruebas, pero sí la intuición —esa punzada fría en el estómago— de que algo pasó. Desde entonces, empecé a observar mucho a Pamela nuevamente, más atento, más desconfiado.

    Víctor.

    Así se llamaba el padre del nuevo colegio de Rodrigo que reconocí en la fiesta.

    Era colombiano. Vivía solo con su hijo Braulio, y según me contó Pamela, se había separado tiempo atrás. En Lima, por aquel entonces, ver un colombiano era casi una rareza. Su acento llamaba la atención, y su físico también: alto, de esos tipos que llenan el espacio sin proponérselo.

    Durante la fiesta noté cómo varias mamás lo miraban. No se esforzaba en agradar; simplemente era distinto.

    No tuve mucha oportunidad de conocerlo hasta ese momento, no sé si me sorprendía lo servicial que se mostraba o que trabajase siendo electricista, y no lo digo como algo malo, pero en el colegio donde estudiaba Rodrigo me sorprendió que siendo soltero y electricista pudiera pagarlo. Lo primero que muchos pensamos y acorde a lo que se vivía en ese tiempo.

    “Debe ser narco”.

    Yo: Qué desastre… —le dije a Pamela mientras veíamos los restos del cumpleaños, serpentinas por el suelo, vasos, migas de torta, globos reventados—.

    Pamela: Ay sí, gordo —suspiró, cansada—. Mañana limpio todo… Aprovechando que Víctor se ofreció a ayudar.

    Yo: No debe tener mucho que hacer, ¿no?

    Pamela: —sonriendo— Me dijo que tiene libre mañana, quiere apoyar.

    Yo: Noté que era servicial, sí… aunque no sé, me sorprende tanto entusiasmo.

    Pamela: —encogiéndose de hombros— Tal vez solo es amable. También es por ser nuevo acá.

    Yo: ¿Y eso qué tiene que ver?

    Pamela: Que seguro lo hace para querer caer bien… mientras sea así, aprovechemos, ¿no?

    Yo: … tal vez —le respondí, intentando sonar casual—.

    El día siguiente, sábado, tuve que supervisar la obra en Chosica (para quienes no son de Lima, queda a más de cincuenta kilómetros de Jesús María, donde vivíamos) y no regresé sino hasta las ocho de la noche.

    Al entrar a casa, lo primero que vi fue la olla hirviendo en la cocina; desde la puerta se notaba el vapor, el olor a ajo sofrito. Hacia la izquierda, en la sala, estaban los niños con el pequeño Braulio viendo televisión. No vi a Pamela ni a Víctor, aunque deduje que él seguía allí.

    Lo primero que hice fue subir a los dormitorios sin hacer mucho ruido. No se oía nada, ni una voz, ni un paso. Entré a mi dormitorio y solo hallé ropa de Pamela desordenada sobre la cama. Me quedé unos segundos mirando el desorden, tratando de encontrar algo fuera de lugar.

    Nada.

    Bajé de nuevo, y entonces los vi en la cocina.

    Pamela: ¡Gordo! —dijo mientras echaba los fideos a la olla—. ¿A qué hora llegaste?

    Yo: Hola, amor —contesté, mirando hacia Víctor, que estaba sentado en una de las sillas—. … Hola, ¿qué tal?

    Víctor: Hola, Saúl. ¿Cómo estás, hermano?

    Yo: Recién llegué —respondí, bajando del todo—. No los vi antes, pensé que podían estar arriba.

    Pamela: ¡No! ¿Cómo se te ocurre? —soltó una risa nerviosa, medio avergonzada—.

    Víctor: No, no, ¿cómo así? —rio también, mirándola—.

    Yo: No, nada, solo… eh —balbuceé— como no los veía. —Me sentí tonto. Ellos lo tomaban a broma, pero a mí no me dio gracia—.

    Pamela: Jajaja, estábamos atrás, en el jardín. Te dije ayer que venía Víctor a ayudar.

    Me pareció extraño. El jardín no se había usado durante la fiesta del día anterior, así que no entendía qué había que limpiar allí.

    Cenamos con ellos, conversando de cosas triviales. Alrededor de una hora después se fueron.

    Yo: No pensé que les tomaría todo el día ordenar.

    Pamela: Víctor nos invitó el almuerzo, salimos un rato.

    Yo: Ah… por eso tu ropa tirada en la cama.

    Pamela: Sí, ay, ahora falta ordenar eso también, estoy muertísima.

    Subió a acostar a los niños. Yo antes fui a dejar mi ropa que se había ensuciado en la obra a la lavandería, y para eso tenía que cruzar el jardín.

    Un jardín que a mi opinión no estaba muy distinto: hojas secas, una silla movida. Se encontraba sucio sí, pero lo único distinto era una botella de vino a medio terminar y dos copas sucias sobre la mesa de madera.

    No quise pensar más así que me fui a dormir.

    Los domingos, acostumbrábamos a no estar en casa, íbamos a pasear o visitar algún familiar. El lunes, al volver del trabajo, pasé otra vez por el jardín. La botella seguía ahí, pero vacía.

    Me chocó verlo tan seguido, de pronto, se hizo parte de la casa. Empezó a aparecer casi todos los días, desde verlo al regresar del trabajo a llevar a Claudia y Rodrigo al colegio, no lo supe por Pamela, lo supe por un jueves no fui a la oficina por un malestar estomacal y desde la ventana vi la camioneta de Víctor estacionada frente a la casa. Luego, supe que llevaba a los niños al colegio. Según Pamela, estaba pensando en hacer movilidad para otros padres, y mientras tanto ella lo acompañaba.

    No quise decir nada y sonar celoso, porque, estando ahí con los niños, no existía posibilidad de hacer algo me decía.

    La semana pasó igual. Volvía del trabajo y lo encontraba allí, siempre con una excusa: el jardín, los niños.

    Nada avanzaba mucho en el jardín, pero él seguía viniendo.

    El sábado siguiente, cuando me tocó volver a supervisar el proyecto, empezó mi verdadera odisea.

    Ese día regresé a casa más temprano; en realidad apenas una hora —normalmente llegaba cerca de las ocho y aquella vez fueron poco después de las siete—. Suelo avisar antes de salir de la oficina para que Pamela tenga la cena lista, pero ese día no lo hice y no por algún tipo de sospecha realmente, solo ese día no pasé por la oficina; fui directo a casa y pensé que llegar temprano no sería problema.

    A unos treinta metros ya se escuchaba el televisor a todo volumen.  “Otra vez Claudia con el control”, pensé. Al entrar vi a los niños y al pequeño Braulio en la sala; estaban tan concentrados que ni se inmutaron cuando apagué el volumen.

    Yo: ¿Por qué tanta bulla, Claudia? ¿Dónde está tu mamá?

    Claudia: Papi… —dijo recién notándome, igual que Braulio y Rodri—. Perdón, mi mamá está arriba creo.

    Raro que estuviera arriba, imaginé que estaría con Víctor, no lo creía posible la verdad, pero subí de todas formas a cambiarme. Subí y como lo imaginé, no estaba ahí, me empecé a cambiar por la ropa de casa y al verme desde la ventana del cuarto noté la luz de la lavandería encendida; con tanto ruido del televisor no había oído la máquina —esas lavadoras antiguas rugían—, pero ahora el televisor las había tapado. Me vestí y bajé.

    Nada más entrar al jardín, como a unos veinte metros, una luz cálida y amarillenta iluminaba filtrándose desde la lavandería y la puerta abierta, es cuando la escena se desplegó como un golpe seco. Allí estaba Pamela, de espaldas, apoyada sobre el lavadero, arqueando la espalda con los brazos extendidos; su vestido, el vestido rosa y blanco que acostumbraba usar en casa, se amontonaba alrededor de su cintura, dejando a la vista su ancha cadera, sus firmes y voluptuosas nalgas, que se movían con cada movimiento, movimiento que le hacía tambalear también los senos con el brassier que le colgaba de un brazo.

    Detrás de ella, la figura de Víctor se movía con insistencia, sólido y seguro, dominando la escena con fuerza. La luz apenas delineaba su torso, solo alcancé a distinguir la mitad de su cuerpo, o talvez hasta solo un tercio de él. Los brazos tensos que sujetaban el vestido de Pamela, guiando cada uno de sus movimientos. Sus calcetines blancos eran lo único que rompía la oscuridad de su cuerpo desnudo. Esas embestidas, la manera en que controlaba cada reacción de Pamela.

    En el suelo, al lado de ellos sobre el colchón viejo que días atrás ella misma había pedido bajar porque  “ya no servía”, había ropa amontonada. Esto me indicaba que no había sido casualidad.

    Mi cuerpo se congeló. Mi corazón latía con violencia, con vergüenza. No vi detalles íntimos; vi movimientos, vi el vestido desordenado, vi la ropa tirada, lo vi a él detrás. El ritmo, fuerte y constante, era como algo que golpeaba y volvía, el intenso modo de como sus grandes nalgas de Pamela rebotaban ante las embestidas, eran como un tambor apagado por el ronroneo de la lavadora. Cada movimiento de Pamela me martillaba en la cabeza una vez más.

    Solo al ver que la cabeza de Víctor se inclinó hacia la de Pamela, con su mano girando su rostro para besarla, que por suerte lo hizo hacia el lado opuesto a la puerta, aproveché a retroceder lentamente sin girarme, mientras tenía la visión de sus labios, el cuello estirado, la curva de sus pechos apenas contenidas por la tela del vestido arrugado… Todo era un golpe de realidad.

    Retrocedí hasta la entrada del jardín. Me senté en el sillón de la sala, el corazón a punto de estallar, control en mano. Los niños seguían absortos en la televisión, inconscientes del mundo de placer y traición que ocurría a unos pasos de ellos; no sospechaban nada. Pensé en lo absurdo de esa puerta abierta de la lavandería y en lo cerca que estaban los niños. ¿Qué habría pasado si uno de ellos hubiese entrado? Por un momento mi cabeza quiso romper algo, gritar.

    A eso recuerdo que el volumen de la televisión la había bajado, y la puerta que da al patio la había dejado abierta. Me encaminé al patio a cerrar la puerta con cuidado. Di un último vistazo: las piernas estiradas sobre el colchón de los dos. Pamela entregada, Víctor seguro y firme, el tamaño y la rudeza moviéndose arriba y abajo apenas visible por el marco de la puerta me hizo saber que era Víctor quien estaba encima. Me sentí pequeño, expuesto, ridículo por no haberlo visto antes, con el corazón roto y la mente llena de imágenes que jamás olvidaría.

    Volví a la cocina y me quedé sentado. El nudo en la garganta no fue solo rabia: había pena, vergüenza, un asco propio que no sabía dónde poner, quise ir y golpearlo, no solo por esto que ocurría, quise hacerlo también por todas las ocasiones que me había engañado Pamela, pero sabía que Víctor me daría una golpiza y sería aún más humillante.

    Me subí al auto para tomar un poco de aire y mientras lo meditaba, ahí entendía a qué iban tanto al patio, alejados de los niños. Al final solo di vueltas por la cuadra, con las manos rígidas sobre el volante, preguntándome cuánto tiempo habría durado aquello y cuántas veces más, no había duda que esto venía siendo recurrente.

    No podía seguir engañándome a mí mismo, no había amor y aún peor, no había respeto. Pensé en los niños, pero ya había perdonado anteriores engaños con esa misma excusa, talvez aplicar ojo por ojo ayudaría, pero sabía que no me serviría de nada, el placer carnal es algo que nunca me interesó.

    Cuando por fin regresé a la casa eran casi las 9 y aún no salía Víctor, la cochera se abrió y la camioneta de Víctor salió recién quince minutos después.

    Entré sin prisa.

    La encontré en la cocina, sentada. Con el mismo vestido arrugado, sin una palabra. Me miró apenas un segundo antes de bajar la vista. Era como si estuviera esperando que la enfrentara

    Yo: No te has querido ni cambiar —dije, señalando el vestido, sin gritar.

    Decir eso fue suficiente. Ella se levantó, sin discutir, y subió a la habitación.

    Yo: Ven acá, Pamela. Tenemos que hablar. No seguiremos más con esto.

    Pamela: —desde las escaleras, con voz apagada— Ya como quieras. Mañana lo hablamos.

    A sabiendas de sus acciones me dolió no escuchar una disculpa, simplemente subió y se acostó, ni siquiera quiso intervenir al decirle que no seguiría con el matrimonio.

    Esa noche dormí en el sofá, sin fuerzas ni ganas de discutir. No quedaban excusas.

    El domingo siguiente no quise cambiarles la rutina a los niños. Todo iba a cambiar para ellos, y al menos quería que ese día fuera bonito para ellos. Pamela tenía la mirada perdida, apagada… o quizá solo estaba calculando qué decir. No negaré que por un momento se me pasó por la cabeza perdonarla, pero su silencio, su frialdad, me dejaron claro que ya no había nada que salvar.

    El lunes, al volver del trabajo, intenté hablar con ella del divorcio.

    O, mejor dicho: hablé yo solo.

    Pamela apenas respondía, con monosílabos, sin interés. Después de eso, pasaron días sin dirigirnos la palabra, solo lo justo por los niños. Éramos dos desconocidos compartiendo techo.

    Hasta que una tarde, al llegar del trabajo, lo vi.

    Víctor estaba sentado en la sala, relajado, conversando con Pamela y los chicos como si fuera parte de la familia.

    El corazón se me detuvo por un segundo.

    Víctor: Ey, Saúl, ¿qué tal? —dijo con ese tono amistoso, como si nada hubiera pasado—.

    Por un instante pensé que lo hacía a propósito, que quería probarme. ¿O realmente no sabía que lo había visto todo?

    Yo: Hola, Víctor —le respondí seco, estrechándole la mano—. ¿Qué te trae por acá?

    Víctor: Nada, solo vine a ayudar un poco… y para que Braulio se distraiga con tus niños.

    Asentí sin decir palabra, aunque por dentro hervía.

    Cuando se fue, subí de inmediato a la habitación. Pamela estaba doblando ropa, como si nada hubiera pasado.

    Yo: ¿Otra vez ese tipo acá?

    Pamela: ¿Otra vez con eso, Saúl? Pensé que ya lo habías superado.

    Yo: ¿Superado? ¡Me estás faltando el respeto en mi propia casa!

    Pamela: Nos estamos separando, ¿no? —respondió con indiferencia—. Tu casa, mi casa… ya ni sé cuál es cuál, si ni duermes acá.

    No levantó la voz. Lo dijo casi desafiante, con ese gesto que usaba cuando sabía que tenía la última palabra.

    Sentí rabia, cansancio. No dije más. La dejé ahí, sabiendo que ya no había vuelta atrás.

    Al día siguiente, decidí ponerle punto final.

    Llamé a don Carlos, mi jefe, para decirle que no iría al trabajo. Siempre me pedía explicaciones, pero esta vez su tono cambió. —Está bien, hijo… ¿estás bien? —me dijo.

    No supe qué responderle.

    Busqué a un abogado de la empresa para que me asesorara con el divorcio y llamé a mi hermano, que vivía en Lima, por si necesitaba llevarse a los niños de ser necesario.

    Pasé dos días entre papeles, firmas y silencios. Pamela se negaba a firmar.

    Nos habíamos casado con bienes compartidos, y, aun así, le ofrecí quedarme sin la casa con tal de cerrar el capítulo. Con eso decidió aceptar.

    Los niños se quedarían con ella un tiempo. El colegio les quedaba cerca. Y yo necesitaba estabilizarme, aunque eso tomó tiempo.

    Tiempo… y la llegada de alguien más. Conocí a mi futura pareja a los pocos meses. Por lo tanto, Rodrigo y Claudia terminaron quedándose con Pamela definitivamente.

    Con los años, comprendí que el divorcio no fue una derrota. Fue, más bien, la única forma que tuve de recuperar un poco de dignidad.

    Dignidad… una palabra que con el tiempo entendí que, para mí, no era más que una ilusión.

    Lamento si no es suficiente morboso o erótico para algunos y lo entiendo, pero este capítulo de mi vida que decidí compartir no es sencillo, créanme que lo intento y lo intentaré hacerlo mejor si les gusta.

    Espero ansioso sus comentarios.

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