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  • Me pierden los uniformes

    Me pierden los uniformes

    Cerró la puerta de casa y se desplomó contra ella en el suelo. Estaba hecha un lío. Quería creer que el abandono de su pareja de los últimos cinco años, no se debía a que no la quería. Suspiró cogiendo aire profundamente y decidió darse una ducha antes de salir a dar una vuelta por la playa.

    Paseaba despacio, el tacto de la arena bajo sus pies descalzos la transportaba a aquellos veranos siendo niña cuando todo era perfecto, o así lo recordaba ella. Alzó la vista alejándose de lo que le hacía sentir la fina arena, y vio cómo dos policías de uniforme impoluto recorrían el paseo…

    «¡Vaya! Por esos dejaba que me detuvieran, me esposaran o lo que les pareciera más oportuno dentro de los límites de la ley… o no».

    Se acercó disimuladamente hacia las escaleras y pasó junto a ellos dejando una mirada perdida, llena de intenciones mientras humedecía sus labios, a uno de ellos. Su compañero no pareció darse cuenta, pero él no pudo evitar sonrojarse tímidamente.

    Cada tarde a la misma hora decidió salir a pasear por la playa,

    «Sí, es reciente la ruptura pero… ¿qué hay de malo en un parche mientras olvido? Los uniformes siempre me han puesto…».

    Y como cada tarde, siempre el mismo ritual hasta que un día el compañero que no parecía darse cuenta de nada decidió dar el primer paso.

    —Perdona, esta noche hay una fiesta en la playa al acabar nuestro turno, ¿vienes y te tomas una copa con nosotros?

    —Vaya… creía que los polis comulgabais contra el alcohol… -De nuevo aquella sonrisa pícara recorriendo sus labios con su lengua mientras veía como su poli se ruborizaba.

    —Mi compañero no podrá negarle una copa a alguien como tú, aunque sea sin alcohol.

    Estaba nerviosísima, llevaba demasiado tiempo fuera del mercado, pero desde luego había comprobado que sus cualidades seguían igual que hace cinco años.

    «Ojalá lleve aún el uniforme… ¿todo esto es solo por eso?».

    No lo sabía, pero tampoco le importaba. Se maquilló, sus cremas aromáticas se desprendían por todo su cuerpo y su precioso vestido ibicenco, blanco impoluto, hacía el resto.

    Bajó despacio las escaleras oyendo de fondo la música intentando verles antes de que la vieran a ella. No se lo podía creer…

    «¿Hemos vuelto al instituto?».

    Quien le había invitado estaba frente a ella con su poli de espaldas; hablaban mientras la miraba y sabía que le estaba describiendo cómo iba vestida. Se acercó despacio y cuando se encontraba a poco más de medio metro, él se volvió.

    —¡Qué bien que hayas venido!

    —Mmm… ¡qué bien que llevéis los uniformes! —Andrea se sorprendió de que su mente no fuera capaz de filtrar nada antes de hablar, ¿ya? ¿Tan pronto sin ni siquiera una copa?— Me encantan, siempre me han gustado.

    —Huy, me está vibrando el móvil… os dejo chicos, luego os veo. —Definitivamente sabía muy bien cómo hacer de celestino.

    —¿Damos un paseo los dos solos? —La expresión en los ojos de su poli no parecía dejar lugar a dudas.

    Caminaban despacio, Andrea se apoyó en su brazo para descalzarse y pudo ver cómo su brazo tonificado originaba las que esperaban, fueran solo las primeras contracciones entre sus piernas. Era una conversación puente, de aquellas que solo llevaban a lo que ambos ya sabían. Un rato después, que para Andrea fue eterno, se vio frente a una caseta de esas como las que salían en los vigilantes de la playa, y lo quiso interpretar como una señal (o eso se dijo a sí misma).

    —No sabían que existían de verdad, nunca había visto ninguna sin Pamela corriendo cerca. —Ambos rieron y por fin parecía haberse roto la tensión entre ellos— ¿Podemos echar un vistazo o nos detendrán por algo así como allanamiento de propiedad?

    Ambos rieron mientras subían las escaleras sin que él dijera nada.

    «¿De verdad es así de soso?»

    Abrieron la puerta y antes de darse cuenta, se vio contra la pared con su lengua siendo cacheada sin previo aviso. Cogió sus muñecas y las puso sobre su cabeza mientras Andrea no podía salir de su asombro. Él no dejaba de deslizar su cuerpo de arriba abajo frotando su erección sobre su cuerpo provocando que Andrea gimiera en su oído mientras aquel beso apasionado no parecía tener fin…

    —Con lo tímido que parecías…

    —Me gusta pillar a la gente por sorpresa…

    Estrechó sus muñecas con solo una mano mientras con la otra se desabrochó el pantalón y dejando respirar a su sexo.

    —Me encanta tu vestido, no hará falta que te lo quite…

    Andrea creyó morir al ver cómo su mirada se adentraba en lo más profundo de ella y no vio venir esa primera embestida que vaya si la había cogido por sorpresa…

    —¿siempre estás así de preparada?

    —Solo para los polis…

    Mientras una mano seguía maniatando sus muñecas la otra estrechaba sus pezones y los acercaba a su lengua; pequeños mordisquitos despegaban sus pezones erguidos por él, la situación, su uniforme… sin que las embestidas cada vez más profundas, cesaran…

    —No pares por favor, no pares…

    —No pienso hacerlo, solo quiero atravesarte más fuerte.

    Andrea no pudo evitar gritar sintiendo una excitación, como nunca antes, que quería desprenderse de ella deshaciendo su cuerpo en jirones exhaustos de placer. Ambos gimieron y cayeron sobre el suelo a metros de aquella arena que tan inocentes recuerdos le habían traído hace semanas.

  • Quería jugar pero él no me dejó

    Quería jugar pero él no me dejó

    Hoy quería jugar, pero él no me dejó, me puso a cuatro patas y se agachó detrás de mí. Sentí su lengua por mis músculos y me dejé hacer, agachándome y dejando mi culito en pompa, de manera que mi sexo sobresalía en esa postura… todo para él.

    Y su lengua enseguida reaccionó a mi postura y encontró mi sexo, que lo recorrió despacio, de arriba abajo, deteniéndose en mi ano, para volver a descender, perdiéndose cuando intentaba llegar a mi oculto clítoris.

    Pero lo que era inaccesible a su lengua no lo fue a su mano. La puso sobre mi sexo y su pulgar entró suavemente en mi bien lubricado sexo, mientras que el resto de los dedos se perdían entre mis muslos, intentando llegar a mi clítoris, buscando mi placer.

    Le ayudé separando un poco mis piernas, y su mano empezó a acariciar suavemente mi sexo, despacio, con movimientos suaves, mientras que su pulgar hurgaba profundamente en mi vagina.

    Cuando intentó juntar el pulgar con el índice y el medio se encontró que mi vagina le impedía lograrlo, pero por el contrario, la presión que ejercía el pulgar en el interior de mi músculo vaginal, en esa zona carnosa tan sensible que tenemos las mujeres, y a la vez el movimiento alternativo de los dedos que tenía fuera sobre mi clítoris provocó que la excitación se disparara.

    Si seguía así seguramente me correría, y pensé en retener mi orgasmo, pero al comprender que esa caricia me estaba volviendo loca me deje llevar y enseguida alcancé el clímax. La verdad que esa zona carnosa del interior de mi vagina es de las más sensibles que tengo.

    Sacó su dedo empapado de mi sexo y se puso detrás de mí, penetrándome suavemente. Con sus rodillas puestas a los lados de mis piernas hizo presión obligándome a cerrarlas, y sentí su pene muy dentro de mí.

    Me agarró de mis pechos y me incorporó un poco, mientras comenzaba un movimiento suave de vaivén que lo sentía intensamente después de mi reciente orgasmo.

    Sus manos acariciaban mis pechos, pellizcando mis pezones, estirándolos, retorciéndolos despacio. Acercó una mano a mi boca, y le chupé y mojé los dedos, de manera que cuando volvió a pellizcar mis pezones estos se escurrían de entre sus dedos.

    Él me agarró de los dos mofletes del culo y los separó hacia los lados, de manera que consiguió una penetración muy profunda y muy placentera para mí.

    Aproveché que había dejado mis pechos para agacharme y separar un poco mis piernas. Él me dejó separando un poco sus piernas, y aproveché para empezar a acariciarme suavemente el clítoris.

    Que yo me masturbara es algo que le gusta mucho. Le gusta sentir en esta postura que mientras está penetrándome yo busco mis propios orgasmos con mis dedos.

    Y buscarlos es fácil porque enseguida me llegan. El acariciar intensamente mi clítoris a la vez que me penetras me produce un placer intenso y puedo provocarme orgasmos uno tras otro, pero prefiero alargar un poco más la mano y acariciar sus testículos.

    El tocárselos desde esta postura le provoca una excitación muy grande y enseguida aumenta el ritmo de sus movimientos, lo cual me excita aún más.

    Cada vez que me corro mi sexo se inunda de mi jugo de placer, y su pene se desliza más fácilmente. Entra y sale con mucha facilidad, y mientras a mí ese movimiento me provoca cada vez más placer, más y cada vez más intensos orgasmos, también me dilato más y él siente menos en su pene.

    Con sus dedos al lado de mis labios exteriores, y la palma de su mano estirando a los lados, con mi sexo muy abierto, decide apretar, penetrarme muy profundamente.

    Y eso provoca un orgasmo muy intenso, muy fuerte. Es muy difícil de describir la sensación que me provoca ese movimiento. El orgasmo viene de dentro, de muy dentro, y estalla, pero como no se mueve y me siento llena, no acaba de explotar.

    Me quedo en el clímax, sin poder llegar a correrme del todo, sintiendo un placer extremo, sintiendo que no puedo respirar, e instintivamente llevo la mano a mi clítoris y me acaricio intensamente, apretando, como una loca, logrando hacer estallar mi orgasmo, recuperando la respiración en medio de jadeos de placer.

    Pero ese orgasmo sólo fue mío, porque él continuó sin correrse. Pero se fijó en un detalle, que cada vez que me corro, mi esfínter anal se dilata por el placer.

    Así que lo mojó un poco con saliva y lo empezó a lubricar así. El jugo de mi placer que rezumaba de mi sexo también sirvió para esa lubricación. Empecé a sentir la caricia de su dedo despacio, alrededor de mi esfínter, apretando un poco.

    Que me acaricien en mi ano cuando estoy en esa postura y tan excitada me resulta muy placentero. Enseguida sentí que su dedo me penetraba por detrás y empezaba a acariciar su pene desde dentro.

    Dejaba el dedo quieto mientras se movía con su pene dentro y fuera y el placer era indescriptible. Salía del todo y volvía a entrar y cuando entraba sentía como su dedo acariciaba su glande a través del más que muy sensible pedacito de carne que separaba mi ano de mi vagina, y el placer que me proporcionaba era muy intenso.

    Esa caricia me relajaba, pero no me provocaría un orgasmo. Sentía que podría estar en esa posición horas y me dejé hacer.

    Sacó su pene de mi vagina. Mis jugos mojaban mus muslos, empapados por el placer de mis orgasmos, y humedeció un poco sus dedos para acabar de lubricar mi ano. Apoyó su pene durísimo sobre él y empujó suavemente.

    Sentí un poco de presión, pero relajada como estaba mi esfínter cedió fácilmente a la presión y su pene entró en mi ano despacio pero inexorablemente. Pensé que nunca llegaría al fondo pero al final lo consiguió. Lo hizo despacio, con su pene muy lubricado de mis jugos, hasta llegar a introducirlo del todo.

    Lo sentí tan dentro de mí, sentí que me llegaba a partes de mi vagina a las que jamás llegaría desde otro lado, y me sentí llena.

    Empecé a acariciarme con la mano. Estaba empapada y mis dedos entraban sin dificultad en mi sexo, e incluso podía sentir con su tacto el movimiento de su pene dentro de mi culo.

    Cuando me lo hacen por ahí no tardo en correrme. Son orgasmos distintos, intensos, cálidos, largos, que me vienen muy de dentro. El no poder hacer fuerzas con mi ano al correrme por tenerlo lleno los convierte en orgasmos muy largos, que parece que no se acaban nunca, y que se enlazan uno tras otro.

    Volvió a cerrarme las piernas y saqué el culo hacia fuera, por lo que la penetración fue muy profunda. Cada movimiento que hacía sentía que me movía todo mi interior. En esa postura su pene se alejaba un poco de mi vagina, pero eso no impedía que los orgasmos se encadenaran uno tras otro.

    Pero también era cierto que en esa postura perdía el control, ya que con las piernas cerradas y su pene fuera de mi vagina, pero acariciándome intensamente desde atrás, no tenía forma de provocar, acelerar o controlar mis orgasmos, que venían uno tras otro, dejándome sin respiración.

    Mi realidad se alejaba de mí, me sentía flotar fuera de control, en un mar de placer del que deseaba salir, explotando en un intenso y placentero orgasmo.

    Me incorporé sobre mis manos, y él aprovechó para agarrarme los pechos. Ese momento de echarse hacia delante hizo que su pene se acercara a mi vagina, recuperando el control.

    Hice un poco de fuerzas con mi vagina y el orgasmo que me provocó fue espectacular, intenso, inagotable. Sentí que él también se corría a la vez, y sentí su semen muy caliente en mi tripa, mientras continuaban los espasmos de mi placer.

    Fue un polvo espectacular, la verdad.

  • Castigo por puta a mi hija Loly

    Castigo por puta a mi hija Loly

    Les hemos compartido en relatos anteriores que tenemos una incestuosa relación, impropia por donde se la mire, pero al mismo tiempo tiene todos los ingredientes de una pasión prohibidísima y todo el morbo que agrega la actitud lujuriosamente perversa de esta pendeja. Esta y las otras historias son escritas con su consentimiento y ayuda para que otros en iguales condiciones se animen a salir del agujero interior del pecado y exculparse difundiendo esta morbosa pasión.

    En esta oportunidad les contamos la ocasión en que la nena me llamó al celular confesarme que se había portado mal: -“Papi quiero contarte que tu nena se portó mal, no pude llegar a tiempo para satisfacer tus necesidades de sexo, porque se apareció Alejo, mi novio y me llevó a su casa con la excusa de comprar un regalo para el cumple de su mamá y… comenzó con que se la toque, entonces me tocó y sin darnos cuenta terminamos encamados y me hizo el culo acabando dentro. Sé que me habías pedido que el culo estaba reservado para vos, pero este guacho se calentó y ni me dio tiempo para salirme”

    – Bueno, lo hecho, hecho está. Ahora ya sabes que te corresponde el castigo.

    – Sí lo sé, la nena se portó mal, como digas papi.

    – Bien, ahora te lavas bien, no quiero rastros de leche de ese guacho de tu novio. Te pones ese vestido, el rojo que te queda bien ajustadito, te tomas un Uber y te vienes a mi oficina.

    – Solo con el vestido?

    – Sí, debajo en bolas, desnudita, estamos! Tienes una hora para estar acá y sacarme la calentura.

    La esperé en la puerta de la oficina, la tomé de la mano, sin permitirle decir una palabra, retiramos el auto en la cochera y salimos rumbo al hotel más cercano.

    En el trayecto levanté el vestido para comprobar que estaba desnuda, así con la falda levantada hasta el borde de la entrepierna hasta llegar al estacionamiento del hotel. Subimos a la habitación asignada, en el trayecto a subir los dos pisos tuvo que sacarse el vestido y hacer el trayecto desde el ascensor, recorrer el pasillo hasta el cuarto. Sentía el morboso placer de que perciba el temor de salir del ascensor sin saber que puede ser vista caminando en bolas hasta el cuarto.

    Sentado en el sillón que había en el cuarto, la coloqué de bruces sobre mis rodillas, desnudita.

    – Cómo dice que se portó la nena?

    – Mal, papi, la nena se portó mal papi. – la primera nalgada

    – Cómo te dije que me debes llamar cuanto te portes mal?

    – Si señor…

    – Bien, vamos aprendiendo, bien, pero igual vamos a tener que castigarte. Lo entiendes zorrita?

    – Sí pap…. Si señor…

    Entonces comencé con la disciplina, nalgadas, una tras otra, mientras ella repetía como letanía:

    – Me lo merezco por mala chica, por puta. Castígame pap… señor me lo merezco.

    Así hasta dejarle las nalgas bien enrojecidas, me miraba con el rostro algo lloroso pero agradecida porque sabía que el castigo era justo y necesario para hacerle entender que puede hacerse coger solamente cuando su papi le concede el permiso, sin pedírmelo sabe que no puede tener sexo.

    Unas caricias sobre la carne enrojecida calmó su espíritu, la sonrisa volvió al rostro de mi nena, pero… la lección aún no había concluido, le vendé los ojos con un pañuelo, a continuación la llevé hasta el sillón ergonómico, montarse boca abajo en parte de potro, para quedar montada sobre él, con una cinta amarré sus muñecas aun extremo y la otra a las patas del potro, lo mismo que para los tobillos.

    – Ahora vas sentir el rigor del castigo, para que nunca, nunca más se repita esta ofensa de hacerte coger por tu novio o por quien carajo sea, solo podes coger cuando solicites permiso a papi y te lo autorice. Nos estamos entendiendo?

    – Si, pa… sí señor. Merezco que me castigues.

    Ahora era el momento, busqué el trozo de raíz de jengibre higienizado y pelado, abriendo los cantos de las nalgas y se lo introduje en el culito, con el cuidado que la parte más gruesa quedara fuera y evitar el problema de perderlo dentro del recto. Muy despacio voy jugando con la raíz torneada, entrando y saliendo del culito de mi nena, despacio, luego se lo dejo colocado, lo tendrá durante el tiempo que demore en consumir el whisky que pedí al conserje. Quedé observando el comportamiento de mi nena putita.

    Pronto comenzó a sentir la sensación de calidez, cosquilleo y ardor, podía entender y comprender que esta forma de disciplina tiene su faceta de humillación, que puede variar de dolorosa a excitante.

    Cumplido el tiempo retiré la raíz del culito de la muchacha, el ardor había producido el efecto de estimular las zonas en contacto, dilatando el culo, dispuesto para recibir una buena cogida.

    Sentía el alivio de cesar el ardor por tanto que al aflojarse la forzada estimulación ya de por sí era una sensación placentera, escuchar como respira aliviada, relajándose de las tensiones producidas por escozor y el insistente cosquilleo.

    No dispuso de tanto tiempo para relajarse y disfrutar la liberación del ginger, porque ya tenía la verga preparada para metérsela de una hasta el fondo.

    Me había colocado ahorcajado sobre el potro y en la posición perfecta para penetrarla, con la comodidad y entrarle tan profundo como nunca antes. Si bien está habituada a recibir el sexo anal bien seguido, en esta ocasión por las condiciones especiales de la preparación con el ginger, amarrada y montada sobre el potro las tenía todas a favor para darle una cogida monumental, metérsela de manera bastante a lo bruto.

    Un poco de saliva en la punta del miembro, apoyé en la puerta del hoyo, con una mano tomado de sus cabellos y la otra una sonora nalgada. Se la enterré toda, hasta el fondo!!

    – Ahhhhh, hijo de puta me vas a matar!!!

    – Cállate puta de mierda, aguanta, por zorra, por puta, te voy a romper el orto. Calla y aguanta putita.

    Comencé a cogerla con todo el ímpetu y la vehemencia de imponerle el castigo para disciplinarla, al mismo tiempo que la forma de realizar esta experiencia me causó una excitación descomunal, el deseo por hacerle el culito era mil veces superior a cualquier otra que lo hubiéramos hecho. Por la misma razón podía dominar y controlarme para alargar el tiempo de la penetración.

    Podía realizar toda la variedad de movimientos y demorar mucho más tiempo el placer de cogerme a esta pendeja, que hacía un buen rato que se contenía para no gritar. Sentía como que la verga estuviera más gruesa y más rígida que lo habitual, obviamente también ella había registrado las mismas sensaciones por que no pudo más que ponerse a vociferar improperios y groserías de todo calibre.

    – Basta, basta ya!!! Papi… señor, basta por favor, me estás rompiendo el culo, me duele, me duele. Sacámela del culo me duele.

    – Te duele?, hmmm a mi nenita putita le duele el culito, pero mira vos… Te duele, pues aguanta puta, zorra putita, yegua aguántate a tu macho, que te va a seguir rompiendo el orto, todido

    Un par de nalgadas consolidan la afirmación.

    Contra mi voluntad de seguir, los estímulos altamente excitantes pusieron límite a la sodomización, el cosquilleo prologa el momento de venirme, un par de metidas a fondo y la eyaculación se produjo de forma tumultuosa, sentía como un estruendo en mis oídos, el zumbido de la conmoción de la inminencia de la eyaculación.

    Enterrado a fondo, con imperceptibles movimientos para acompañar los chorros de semen que liberan la calentura contenida. Fue una acabada con toda la fanfarria de un desfile de esperma dejándome vacío para escurrirse dentro del ano de la muchacha.

    Me retiré chorreando semen, mirando y admirando ese culito abierto como una flor que venteaba la enlechada con burbujas espumosas coronando el aro dilatado que comienza a cerrarse con lentitud.

    Desatada y exhausta, ayudé a desmontar del potro, la acompañé hasta sentarse en el bidé, permaneció un buen tiempo recibiendo el aliciente chorro de agua tibia, el rostro con rastros de haber llorado. El jacuzzi terminó de relajarla y suavizar las consecuencias de la experiencia anal.

    El silencio fue predominante durante todo el viaje, unas cuadras antes de llegar hice una pausa para poder mirarme en sus ojos, sin decir nada, me tomó el rostro y me dio el más intenso beso de lengua de los que tengo memoria.

    – Gracias, papi! Gracias señor! Me lo tenía merecido, pero me gustó, me gustó mucho.

    – Sí mi nena.

    – Quiero repetirlo, porfa, quiero otra vez… señor.

    A Loly y a su papi les gustaría saber que te pareció, que sentiste al hacerte parte de nuestra historia de amor prohibido, toda pasión y toda sexo en [email protected] estamos esperándote.

    Lobo Feroz

  • La solución en la casa por mi suegra

    La solución en la casa por mi suegra

    Cuando tenía 31 años conocí a Eva ella era la mujer que siempre había sido mi sueño para formar un hogar yo era un tipo muy caliente y con suerte y no me podía quejar porque había tenido éxito con las mujeres pero ahora había llegado la hora de sentar cabeza. Luego de tres años de novios nos casamos y disfrutamos como locos mucho ese tiempo cogiendo a diario nuestro ritmo sexual era muy intenso ambos éramos súper calientes.

    Hasta que Eva salió embarazada desde ahí nuestros encuentros sexuales se hicieron muy escasos hasta llegar a ser nulos ella había perdido todo interés en el sexo ahora estaba muy ilusionada con el bebé y yo también, tuve que hacer un sacrificio en mi ritmo de coger y lo valía por mi hijo.

    Ya habíamos arreglado el cuarto del bebé todo se había comprado para sus llegada pero un pequeño accidente con el auto que manejaba ella hizo que perdiera el bebé tenía tres meses de gestación. Cuando me avisaron salí rumbo al hospital ahí estaba su mamá la señora Margot para darme la fatal noticia nos abrazamos muy fuerte llorando, ya habíamos hablado con ella para que se viniera a vivir con nosotros y ayude a su hija con el bebé pero ahora todo había cambiado.

    Eva luego que salió del hospital estaba muy mal había caído en una fuerte depresión y la señora Margot la cuida ahora a ella en la casa, fueron días muy difíciles para todos en su trabajo le dieron licencia entendiendo por lo que había sucedido, el tiempo iba pasando pero Eva aún seguía mal la ayuda psicológica parecía no ser de mucha ayuda, ya había pasado once meses y ella no mostraba ninguna recuperación en su trabajo ya no podían esperar más y lo perdió.

    Eva no ponía de su parte para salir de la terrible situación en la que se encontraba que también me jalaba a mi porque extrañaba a esa mujer de la cual me había enamorado y regresar día a día del trabajo y verla solo en la cama sin ganas de nada me rompía el alma, ahora ella se negaba a ir a ver al doctor sólo su madre le tenía mucha paciencia, yo también había sufrido con la pérdida del bebé pero había que seguir viviendo con mi esposa hable de mil maneras para que ponga mucha voluntad pero nada.

    Ni que decir de nuestra vida sexual no quedaba nada ya me dolían los huevos de tenerlos llenos de leche Eva no quería ni que la toqué así que dormía en lo que iba a hacer el dormitorio de mi hijo, su madre siempre me decía que por favor la comprendiera que sabía que era muy buen esposo y sabía por las necesidades que pasaba como hombre pero que no la abandoné. Yo la respetaba mucho a mi suegra que había dejado su vida tranquila para apoyarnos porque ahora ella era quién tenía mi casa en orden, por más que evitaba que no escuché cuando discutía y reclamaba a mi mujer que cumpla con ese rol ella lo sabía.

    Cuando íbamos de compras al súper para traer los víveres de la semana la señora Margot se daba cuenta como mi vista se iba detrás de un buen culo o par de buenas tetas, muchas veces me masturbaba para calmar el libido por mucho tiempo acumulado pero no era suficiente para un hombre que nunca le había faltado sexo y ahora estaba sufriendo como nunca imagine.

    Luego de una fuerte discusión con Eva salí muy enojado una noche azotando la puerta en busca de aire para calmarme e iba recordando todo lo que le había gritado… «Qué ya estaba cansado e iba a buscar a una mujer que me quité toda está calentura que tenía desde hace tiempo y muchas cosas más» estaba muy arrepentido de todo yo la amaba mucho y no sería capaz jamás de abandonarla ya mañana le pediré a ella y su madre las disculpas y me fui a tomar unas cervezas con un amigo.

    Cuando regresé en un taxi porque había bebido mucho mi suegra me había estado esperando pero se había quedado dormida en el sofá de la sala pero se despertó al llegar, me preguntó si deseaba cenar dije que no se preocupe por mi y se vaya a dormir que era muy tarde y obedeció también hice lo mismo.

    Mi suegra Margot era una mujer de 52 años y que llevaba tiempo divorciada porque el padre de Eva se había ido con una mujer más joven y vivía fuera del país, nunca antes había visto a mi suegra diferente siempre fue con mucho cariño y respeto pero la falta de sexo ya me estaba volviendo loco y note ese par de tetas grandes y de pezones hinchados que dejaba ver su bata de seda y cuando se volteó para irse sus nalgotas se notaban cuando caminaba a su cuarto y tuve una buena erección que ella vio pero no dijo nada y se fue.

    Ya en mi cuarto me quité la ropa y empecé a jugar con mi verga pero estaba tan borracho que me quedé dormido y empecé a soñar que me estaban chupando la verga que bien se sentía cuando su lengua jugaba con el glande y lo pasaba por todo el falo mientras con sus manos les daba masajes a mis huevos se sentía tan real que entre dormido soltaba unos gemidos de lo maravilloso que me sentía hasta que eyacule bastante leche y la boca lo recibió toda completa…

    Cuando mis ojos se abrieron la sorpresa que recibí fue increíble no había sido un sueño todo había sido real la señora Margot estaba a mis pies aun dándole con la lengua a la verga hasta dejarla toda limpia estaba tan concentrada en lo que estaba haciendo que no se dio cuenta que ya no estaba durmiendo pero ahora fui yo quien no dijo nada para evitar cortar lo que estaba sucediendo.

    Luego acomodó mi verga en el bóxer y se fue a dormir muy sigilosamente hasta ahora no salía de mi asombro de lo que hizo mi suegra una mujer muy recatada y religiosa que luego que la dejó su esposo no volvió a estar con nadie más

    Al día siguiente cuando baje a tomar desayuno ella actuaba normal como si todo hay sido un sueño realmente, y más cuando preguntó si había dormido bien lejos dije que si me sentía muy bien algo relajado y también las disculpas por mi proceder de ayer.

    Aun tenia puesta su bata de seda que dibujaba a la perfección sus curvas de mujer madura y volví a tener la verga bien dura de nuevo que en el pijama se había formado la carpa del circo que se lo mostré a propósito cuando dejó en la mesa los huevos revueltos que ella me había preparado sus ojos se clavaron en ese enorme bulto quedando como hipnotizada.

    Continuará…

  • Mi hermana querida

    Mi hermana querida

    Debí viajar al campo con mi hermana, para solucionar un tema pendiente de la sucesión de mi padre… Mi hermana tiene 29 años y está divorciada de hace 2 años. Soy su hermano menor y tengo 22 años. Desde chico, no me llama Daniel, sino que me nombra «hermanito».

    No sabíamos de este campo, así que cuando nos enteramos de este campo en la provincia de Bs. As., encomendamos a una inmobiliaria del pueblo próximo que se ocupara de la venta. Conformes con los valores, acordamos ir a una escribanía del lugar para finiquitar el papelerío.

    Decidimos ir con el auto nuevo de Patricia, para ver cómo funcionaba en ruta. Ella no tiene hijos y al separarse, el marido interesado en tener los papeles de divorcio acordó que le cediera el 75 % de la empresa, 2 automóviles y un par de departamentos en Puerto Madero.

    Salimos un viernes, sin saber que la escribanía no actuaría hasta el lunes, por tanto debimos buscar alojamiento en el pueblo y lo único que conseguimos fue un par de habitaciones, pero con la particularidad originalidad de que el baño era compartido en suite en el que una vez que uno entraba en él, cerraba la puerta que conlleva al otro dormitorio con pasador interno para privacidad personal.

    Esa noche decidimos ir a cenar a un restaurant frente a la plaza central recomendado por el conserje. Como quedaba a unas pocas cuadras, dejamos el coche en el garaje del hotel y fuimos caminando.

    Mi hermana, realmente es muy bonita y tiene un cuerpo maravilloso, notándose las horas de gimnasio. Su cabello abundante le cae sobre los hombros y vistiendo una falda corta llama las miradas de varios en el local.

    —La comida era rica y abundante —observó Patricia.

    —Si —dije— a mí me pareció bien —y agregué— tomaremos un café ya que no tenemos apuro y disfrutaremos unas mini vacaciones.

    —Hace tiempo que no tomo descanso. La Empresa me ocupa bastante y no quiero descuidar lo que me dejó Claudio.

    —¿Extrañas a Claudio? —pregunté.

    —No —dijo con firmeza— pero a veces me siento sola. No es fácil vivir sin afecto ni sentirse deseada por un hombre.

    —Bueno, te comprendo —y bajando la voz, dije:— No te faltarán pretendientes ni interesados. Eres una mujer muy deseable.

    —El ambiente en que me muevo, no es propicio —dijo mirando el fondo de la copa que bebía— por otra parte no me es fácil la relación con extraños. Ya no soy una jovencita como las que sales tú.

    —¿No estas saliendo con nadie? —pregunté asombrado.

    —Por ahora me conformo sola, sin nadie —agregó— y mejor nos vamos antes que se largue a llover.

    Salimos del restó y no habíamos caminado una cuadra que se largó una lluvia tremenda. El agua caía a baldes y no había donde protegerse. Nos cobijamos en el desván de una puerta en una casa. Ya a esa hora no había gente en la calle y menos aún con la torrencial lluvia que caía.

    El lugar era estrecho y apenas entrabamos los dos bajo el alero. Prácticamente estábamos pegados uno al otro y nuestros cuerpos se tocaban entre sí. La cercanía de mi hermana, el perfume de ella me embriagaba y me empecé a sentir excitado.

    Ella lo notó y mirándome a los ojos me dijo:

    —¿Te estoy excitando? —Y dijo— ¡soy tu hermana!

    —No soy de madera —dije sonriendo— y tú eres una hembra que está buenísima.

    —Mejor vamos al hotel —y aseveró— no quiero enojarme contigo hermanito, sabes que te quiero mucho y no soy una de tus chiquillas.

    Salimos corriendo bajo el aguacero que caía y llegamos al hotel chorreando agua y empapados. El conserje no estaba en su puesto y subimos a nuestros cuartos. Patricia me dio un beso ligero, nos despedimos y entramos a las habitaciones.

    En mi cuarto, tomé un toallón y me desnudé entrando al baño. Me estaba secando el cabello y de pronto, entro mi hermana y me encontró desnudo en medio del baño…

    —¿No pusiste el pasador cerrando el baño? —pregunto mi hermana.

    Ella estaba también con el toallón envolviendo su cuerpo y me miraba interrogante.

    —No digo que lo lamento, por haberme olvidado de poner el pasador —dije— eso me da la oportunidad de ver una mujer como tú semidesnuda y excitándome a lo loco.

    —¿Te excito a pesar de ser tu hermana, hermanito?

    —Antes de ser mi hermana —murmuré aproximándome— eres una mujer muy deseable.

    —Eres un degenerado hermanito —se rio Patricia.

    La abracé tiernamente y bese sus cabellos húmedos. Ella aceptó mi abrazo y acurrucándose entre mis brazos, dijo:

    —Te aprovechas porque dije que me sentía muy sola —dijo con voz tenue.

    La puerta que daba a mi cuarto estaba abierta. Con mi brazo en sus hombros, la llevé lentamente a mi habitación y me detuve frente al lecho. Deshice el nudo de su toallón.

    —Esto no está bien hermanito —dijo ella.

    —Deja de sentirte culpable. Eres mi hermana, pero también eres una mujer con tentaciones y deseos contenidos.

    —Trátame bien hermanito. Necesito sentirme querida. —pidió suavemente.

    Desprendí su toallón y le hice sentar al borde del lecho. Me arrodillé frente a ella y acariciando su mejilla le dije:

    —Deja que te muestre cuanto te quiero. —susurré junto a su oreja…

    —Hermanito, te veo como hombre y me haces sentir como mujer.

    Desnuda de la cintura hacia arriba, sus hermosos pechos llamaban a mi boca a besarlos. Lo hice y ella entrecerró los ojos y dejó que mis labios recorrieran sus pezones, sus manos acariciaban mi nuca con ternura.

    —Hermanito, por favor hazme sentir plena. —pidió con voz apasionada.

    Dejé mi toallón de lado y lento, muy lento fui inclinando su cuerpo en la cama… mis manos acariciaban sus caderas y suavemente mordía su cuello y sus pezones morados. Me tendí a su lado. Mi mano acariciaba su pubis y sus manos aferraban las sabanas y con respiración agitada gemía moviendo la cabeza a ambos lados.

    —por favor, por favor hazme tuya. Quiero sentir un hombre sobre mi cuerpo. —Pidió— Hermanito, quiéreme con pasión y olvidemos que eres mi hermano, Hazlo ya. Por favor.

    —Te quiero Patri. Te haré todo lo que deseé tanto tiempo.

    Mis besos fueron a su vientre y besaba su monte de venus y mi boca en su vagina penetraba con lengua explorando sus profundidades. Ella tiraba de mis cabellos y pedía:

    —Sigue. Sigue. No te detengas. Me estás volviendo loca. —Rogaba— Claudio jamás me besó de esta manera. Penétrame, quiero sentirte dentro de mí. Dios mío, cuanto te quiero.

    Fui lentamente arrimando mi miembro rígido como un fierro a sus labios vaginales. La humedad de su vagina, junto a mi saliva lubricaba la penetración que lentamente sucedía.

    —Así. Así. Por favor no te detengas. Quiero ser tu puta. Quiero sentir tu miembro en mi interior. —decía con lujuria.

    Su pelvis tenía un vaivén desesperado y con brutalidad sus uñas se clavaban en mi espalda. Yo empujaba queriendo hacerle sentir en lo más profundo de su vagina la rigidez de mi miembro.

    Llegamos al orgasmo deliciosamente en un éxtasis salvaje. Transpirados pero felices del incesto impensado. Quedamos tendidos en el lecho. No tan agotados, como para no hacerlo nuevamente, sin culpa y con pasión salvaje. Tanto deseo insatisfecho merecía esta realización.

    Fueron 2 días cargados de sexo y pasión descontrolada. Descubrimos ambos algo escondidos mucho tiempo. De regreso a nuestros domicilios, repetiremos estos encuentros sin culpa y con amor fraternal.

  • En el bar swinger

    En el bar swinger

    Al fin logramos ir a aquel bar, llegamos y las parejas y grupos departían en ropa interior o desnudos, con absoluta normalidad, nos quitamos la ropa y nos cubrimos con toalla mientras el licor hacía de las suyas y ya no importaría la desnudez.

    A medianoche el show y los visitantes teniendo sexo sin control, en los sofás, en las sillas, en el balcón, en cualquier lugar, parejas, tríos, grupos, bastante excitante, entrada la media noche y el calor del vodka comenzamos nuestra faena, ya con el licor en mi cabeza, lo hicimos en una silla delante de otra pareja que conocimos esa noche, le pedí a Miguel que me llevara al sofá, me cargó y me tendió para penetrarme delante de todo el que nos quisiera ver, sentí su semen en mi pecho luego de un rato de inmenso placer.

    Volvimos a la mesa con aquella pareja, luego nos fuimos todos cuatro a una cama, ambas parejas comenzamos a tener sexo, cada quien con su respectiva pareja, en un momento dado, sentí como Miguel penetraban por detrás mientras el otro hombre besaba mis senos y Miguel besaba a la otra chica, querían intercambiar pero nuestro acuerdo era no hacerlo con nadie más, por lo menos la primera vez.

    Luego volví a centrar mi atención en Miguel haciéndome el amor y penetrando me por delante y por detrás.

    Besándome y mordiéndome.

    Fue como quisimos, lo hicimos todas las veces que quisimos, los demás no importaron, los gemidos de las otras mujeres me excitaban y me alentaban a seguirlo haciendo con Miguel.

    Ojalá se repitiera, quizás me atreva a intercambiar pareja o complacerlo con un trío.

  • Mi profesor es todo un profesional

    Mi profesor es todo un profesional

    Caminaba nerviosa por el pasillo de la facultad y tan solo se escuchaba el ruido de mis tacones. Ese estado de inquietud me había invadido desde que me asignaron como tutor de trabajo final de carrera al que había sido el protagonista de mis sueños más tórridos durante tantos años de clase, Pablo. Estatura media, de pelo castaño y de complexión normal. Dos cosas habían captado mi atención desde el primer día: sus ojos y sus manos. Ese azul chispeante me ponía a mil y verle explicar mientras gesticulaba hacía que imaginase sus manos recorriéndome.

    Era bastante obvio que me había arreglado para él: vaqueros ajustados, camisa azul y zapatos de tacón. Ya habíamos cogido bastante confianza, nos enviamos e-mails diariamente y había estado en su despacho en más de diez ocasiones. Lógicamente no había ocurrido nada, simples roces accidentales, sonrisas y confidencias sobre otros alumnos o profesores. Yo sabía que Pablo estaba casado y que al menos era doce años mayor que yo. Poco importaba eso, yo soñaba continuamente con que me tumbase encima de su mesa y me hiciera suya.

    Llegué a la puerta y llamé discretamente.

    -Adelante -le escuché decir.

    Pasé con cuidado ya que vi que estaba hablando por teléfono. El despacho era compartido y la mesa de Pablo estaba de espaldas a la puerta, por lo que él no me había visto todavía. Vi que llevaba puesto un jersey verde y unos vaqueros. Me senté en la silla que había enfrente de su mesa y solté mi bolso y los papeles que llevaba en las manos.

    -No, esa fecha no puede ser. El congreso podría ser más adelante -seguía hablando él hasta que me miró. Yo sabía que estaba diferente. Me había arreglado el pelo (no lo llevaba en coleta como siempre) y maquillado un poco.

    – Vale, ya me comunicas lo que decidas. Adiós -colgó y después me sonrió.

    – Buenas tardes. Ya te traigo lo que me pediste, a ver si te gusta -le dije mientras le daba unos papeles.

    -Sí, seguro que sí. Te veo diferente. Me gusta -respondió mientras comenzaba a leer lo que le había dado.

    Yo continuaba nerviosa, quería provocarlo, ver si era tan inmune e indiferente como parecía, así que me quité la chaqueta y desabotoné discretamente uno de los botones de la camisa. Me incliné hacia la mesa y apoyé los codos en ella mirándole.

    -¿Y bien? -pregunté en voz baja.

    Él levantó la mirada y miró directamente mi escote.

    -Pues está bastante bien la verdad. Cumples con mis expectativas-contestó mirándome ahora a la cara.

    -Me alegro. ¿Hay algo que pueda mejorar? -intentaba mostrarme lo más ambigua posible.

    -Sí. En esos estantes de ahí detrás hay una obra que me gustaría que consultases. ¿Puedes cogerlos? Es el tercero de esos grises, el de arriba.

    Me sentí decepcionada pero me levanté y me giré hacia los libros. Tampoco es que el despacho fuese muy grande, apenas tuve que dar dos pasos. Miré los libros detenidamente y notaba su mirada en mi espalda, o quizás mejor, en mi culo.

    – Ya sé que parezco un poco lela pero no se a cuál te estás refiriendo -le dije sin girarme y fingiendo mirar los libros.

    Escuché como se levantaba y se aproximaba. Se colocó justo detrás de mi, tanto que casi me rozaba. Alzó su brazo y tocó el lomo de uno de los libros pero no lo cogió. Se quedó así. Era mi oportunidad, me giré y le miré a los ojos. Pablo se acercó un poco más pero continuaba sin tocarme.

    -¿Por qué me provocas? -susurró contra mis labios.

    -Yo no hago nada -respondí todo lo inocente que pude.

    Fue demasiado. De repente se pegó a mí con tanta fuerza que me empotró contra la estantería. Poco me importó. Me besaba con pasión a la vez que me agarraba de las caderas y me rozaba con su paquete. Yo no perdí el tiempo y puse una mano en su culo mientras con la otra le acariciaba la espalda por debajo del jersey.

    -¿Por qué te sientas siempre en primera fila a mirarme así? ¿Me querías poner cachondo? Pues lo has conseguido -decía contra mi cuello y empezó a desabrocharme la camisa. Mi sujetador era rosa y cuando terminó con los botones no me quitó la camisa, me la dejó puesta y se puso de rodillas. Me besó el borde del vaquero y comenzó a subir despacio. Llegó a mi ombligo y siguió subiendo lentamente.

    Yo casi ni me lo creía y le acaricié el pelo mientras volvió a bajar y me desabrochaba el botón del pantalón. Bajó la cremallera y tiró de ellos para quitármelos mientras se ponía de pie. Me deshice de los zapatos como pude y terminé yo de quedarme en ropa interior. El tanga iba a conjunto con el sujetador y él me dio la vuelta hasta que yo quedé mirando los libros.

    Dirigió su mano a mi coño por debajo de la tela. Yo estaba muy cachonda y lo mojada que estaba no dejaba lugar a dudas.

    -¿Notas mi polla? Lleva queriendo follarte desde el primer día que te vi sentada con carita de buena- decía mientras se apretaba contra mi culo.

    Me di la vuelta y le desabroché el cinturón y después el pantalón.

    -¿Y a qué esperas -pregunté dejando libre una polla de tamaño considerable.

    Volvió a besarme y me cogió una pierna. Me la puso sobre su brazo y apoyó la mano en un estante para dejar mi coño expuesto. Llevó hacia su polla caliente y me provocaba sin llegar a penetrarme. Cuando lo hizo gemí. Me encantaba sentirlo dentro de mí, notando como empujaba y cada vez me ponía más y más cachonda.

    -¿Te gusta? A mí sí, es mejor de lo que me imaginaba. ¿Notas como entro en tu coño? Sé que lo estás disfrutando -decía morboso mientras me mordía el cuello.

    Me iba a correr, lo notaba, las piernas me flojeaban. Él también pareció notarlo porque en ese momento agarró mi otra pierna, me levantó y continuó follándome contra la estantería. Yo tenía las manos en sus hombros y él me penetraba más rápido ahora. Cuando me corrí no pude evitar gritar y clavarle las uñas en la espalda. Apenas segundos después él embistió fuerte y se dejó caer contra mí y los libros. Noté como se corría y le mordí suavemente la oreja.

    Me dejó que pusiese los pies en el suelo y se giró mientras se subía el pantalón. Yo me vestí rápidamente ya que me di cuenta que la puerta había estado todo el tiempo con la llave sin echar y cualquiera que hubiese abierto nos habría visto.

    Él se sentó de nuevo en su silla y cogió los folios.

    -Esto tiene posibilidades, habría que revisarlo con detenimiento ya que me tengo que ir. ¿Qué tal si nos vemos la semana que viene? Por la tarde, a eso de las 7 -dijo sin levantar la mirada de los papeles.

    Yo me senté mientras me ponía los zapatos.

    -Sí, me parece bien -contesté mirándole sin saber cómo actuar.

    -Bien, pues hasta la semana que viene. Y trae falda si puedes -pidió sin mirarme.

    Yo sonreí, asentí, recogí mis cosas y me marché.

    El silencio continuaba en el pasillo.

    ¿Cómo podía alguien concentrarse así? Él estaba explicando y yo le miraba desde primera fila.

    -Enrique quería engendrar un hijo varón y Catalina no era capaz de dárselo. El rey se encaprichó de Ana Bolena y solicitó la anulación de su matrimonio al Papa Clemente VII…

    Parecía que nada lo alteraba. Continuaba hablando y ella estaba cada vez más cachonda. Apenas le escuchaba. Se imaginaba esas manos recorriendo su cuerpo.

    -¿Y bien Sara? ¿Cómo se denomina a todo este proceso? -preguntó. Cuando me di cuenta de que me estaba hablando a mí me quedé en blanco y no supe que contestar.

    -¿Me estaba escuchando? Señorita no sé qué le sirve sentarse en primera fila. Me gustaría saber qué la mantiene tan absorta -me dijo mientras se giraba para continuar señalando las diapositivas que aparecían en el proyector y explicarlas. Bien sabía él en qué estaba pensando yo. Recordé como me empotró contra su estantería y esa polla dentro de mí. Me sentía cada vez más mojada.

    Eso no se iba a quedar así. Me había dejado como una idiota delante de todos los demás. Levanté la mano y esperé.

    -¿Si? ¿Alguna pregunta? -me dijo dirigiéndome una mirada un tanto escéptica.

    -Sí. He leído algunos artículos que dicen que Enrique tenía una enfermedad genética que le imposibilitaba tener hijos varones pero tuvo uno ¿no? -pregunté mientras mordía discretamente la tapa de mi bolígrafo.

    Él tardó unos segundos en contestar y se quedó mirando mi boca. Sí, a mí también se me estaban ocurriendo mejores cosas que hacer con mi lengua.

    -Sí, el que sería Eduardo VI, hijo de su tercer matrimonio con Jane Seymour-me contestó y continuó su exposición.

    La clase duró unos veinte minutos más y yo seguí sin prestar demasiada atención, mirándole el culo cuando se giraba a escribir en la pizarra.

    -Vale chicos, hasta aquí la clase de hoy. Por favor la semana que viene traed lo que os he dicho y estad más concentrados en clase-dijo mientras todo el mundo comenzaba a levantarse y a abandonar el aula ya que la siguiente clase era en otro edificio.

    Yo hacía como que colocaba mis apuntes y esperé a que todos se marchasen. Pablo encima de la tarima dirigía miradas a la puerta y cuando nos quedamos solos fue hacia ella con las llaves en la mano. Cerró la puerta. Lo que me faltaba. Por mí como si me follaba allí mismo.

    Se giró y me miró.

    -No juegues con fuego porque te puedes quemar -dijo. Andaba hacia mí y dejó las llaves en una de las mesas de la primera fila.

    -No sé a qué se refiere profesor-le contesté acercándome también a él.

    Cuando nos quedamos frente a frente no me tocó. Me moría por besarle y devorarlo pero aguanté su mirada. Cogió mi culo y me apretó contra él.

    -Si vuelves a mirarme así te juro que no podré aguantar y te follaré delante de todos-me susurró con ese tono que hacia enloquecer. Le puse las manos también en el culo.

    -¿Es una amenaza o una promesa? -le pregunté con «ojitos inocentes». Él sonrió y me besó. Notaba sus manos por todas partes y empecé a gemir contra sus labios.

    Me desabrochó el pantalón e introdujo su mano para acariciar mi coño por encima de la tela de mi tanga.

    -¿Vendrá esta tarde a mi despacho señorita? -apartó la tela y un dedo estaba a la entrada de mi coño y empezaba a invadirme lentamente. Demasiado. Lo quería dentro de mí ya.

    -Sí -contesté con el aliento entrecortado. Él me mordía el cuello.

    -Eso ha sonado demasiado soso. Prueba otra vez -dijo mientras me lamía y retiraba su dedo, o al menos parecía amenazar con ello.

    -Sí, esta tarde iré a su despacho profesor… a que me folle-estaba tan cachonda que hubiera dicho cualquier cosa.

    -Eso está mucho mejor. Tú sabes que me encanta follarte. ¿Notas mis dedos entrando y saliendo? Ojalá fuera mi polla dándote placer y haciendo que te corras. Pero ahora tengo otra clase -dijo mientras retiraba la mano y se llevaba los dedos a la boca. Los lamió y se giró para subir a la tarima.

    Me abroché el pantalón, recogí mis cosas, agarré las llaves y abrí la puerta. Ya llegaban algunos alumnos por el pasillo.

    -¿A las 7? -le pregunté.

    -Sí, y por favor Sara trae lo que te pedí el otro día -contestó sin mirarme y preparándose para la siguiente clase. Algunos alumnos empezaron a pasar y me marché sin decir nada más.

    Estuve toda la mañana sin poder quitármelo de la cabeza. ¿Qué me pasaba con él? Me volvía loca. Me marché a mi piso y media hora antes de ir a verle me vestí. Me puse una falda negra ceñida (que él me pidió), una camisa rosa y botas de tacón alto negras. Sonreí cuando le imaginé entre mis piernas.

    Cuando llegué a la universidad ya era de noche. El pasillo estaba silencioso como siempre. Estaba ante su puerta y llamé. No me dio tiempo a respirar, la puerta se abrió, él me agarró del brazo, la volvió a cerrar y me apoyó en ella.

    De cara a la puerta apoyé las manos en la madera y noté su polla enfundada en el vaquero contra mi culo.

    -Joder llevo cachondo todo el día -dijo mientras me levantaba la falda y se ponía de rodillas. Me bajó el tanga y me mordió el culo. Abrió bien mis piernas. Él veía mi coño desde atrás.

    -Date la vuelta -me dijo aún de rodillas. Así lo hice. Comenzó a comerme el coño. Me metía un dedo, dos, me lamía el clítoris y yo no paraba de gemir. No quería hacer ruido pero no lo podía evitar.

    Se puso de pie y me besó. Le abrí el pantalón y me puse de rodillas. Quería esa polla dentro de mí pero la noté caliente y suave y no pude evitar llevármela a los labios. Le lamí delicadamente la punta y después la metí en mi boca. Él intentaba contenerse.

    -Para, o esto durará muy poco. He aguantado bastante, las horas han pasado despacio -dijo mientras me ayudaba a ponerme en pie y se sentaba en su silla.

    Me hizo un gesto para que me sentase encima. Me subí encima de él y metí su polla dentro de mí. Me quemaba, me atravesaba y estaba tan dentro que me encantaba. Le cabalgaba mientras él me abrió la camisa y me mordía los pezones por encima del sujetador.

    -Quiero que te corras ya… y me digas cuanto te gusta que te folle-me susurraba a la vez que me cogió de las caderas y me empujaba hacia abajo para follarme más fuerte. Me corrí con un fuerte gemido.

    No me dio descanso. Se puso de pie conmigo encima, y agarrándome puso mi culo encima del escritorio y continuó embistiéndome. Se corrió a los pocos segundos mordiéndome el cuello para acallar su gemido. Se retiró de mí y se sentó en su silla.

    Me coloqué la ropa y él hizo lo mismo. Me dirigí a la puerta.

    -¿Hasta la semana que viene profesor? -le pregunté.

    Me miró y sonrió.

    -Sí, hasta la semana que viene señorita.

    Le devolví la sonrisa y me fui cerrando la puerta.

    Me gustan sus clases pero hoy es completamente infumable. Me remuevo en la silla e intento ponerme más cómoda. Misión imposible. Me fijo en su camisa. Es azul, igual que sus ojos. Está concentrado. No me ha mirado en toda la clase. En cierto modo eso me molesta.

    Desde la última vez que estuvimos en su despacho no hemos vuelto a tener otro encuentro. Y no ha sido por mi culpa. Fui a verle el día y la hora acordados y un folio anunciaba en tu puerta: “Por motivos personales no habrá tutorías hoy”. Estoy intrigada. Quiero que termine la clase para poder hablar con él. Me miro el reloj. Aún quedan diez minutos de tortura.

    -Sería precisamente bajo el reinado de Jacobo cuando florezca la literatura con autores como William Shakespeare. Este autor escribió una obra que trataba sobre Enrique VIII. Recordad que hablamos de él hace apenas una semana. ¿Alguien sabe cuál es? -pregunta mirándonos. Los que no están con el móvil parecen a punto de dormirse sobre las mesas. Levanto la mano.

    -¿Todo es verdad? -medio afirmo medio pregunto.

    Me mira con cierta sorna.

    -Sí. Veo que ha bajado de las nubes para iluminarnos con su sabiduría-me dice girándose a escribir una fecha en la pizarra y continua con su explicación.

    ¿Qué es lo que pretende? Me está empezando a hartar.

    -Bueno quedan cinco minutos para terminar la clase. Tuvisteis que leer una obra sobre Luis XIV y el examen es dentro de dos días. Por motivos personales es necesario que sea mañana -todos empiezan a protestar. Yo sonrío. Lo terminé de leer hace semanas.

    -Dejad de quejaos. Será mañana por la tarde. Y el examen será oral -aún más quejas. Abro un poco los ojos sorprendida pero no me inmuto.

    Comienza a recoger los papeles que tiene desperdigados por la mesa y a guardarlos en su maletín. Sigue sin mirarme. Y para mi sorpresa se dirige a la puerta y se marcha. Aumenta mi desconcierto. Por un momento pienso en seguirle pero desecho la idea rápidamente.

    Me concentro en las siguientes clases y esa misma noche en repasar el examen. Claro que cada pocos minutos él acude a mi mente. Todo él. Sus manos, sus besos, sus caricias y ese carácter insaciable. Arrugo el ceño. No he visto ese carácter hoy. Me meto en la cama con esa idea en la cabeza.

    El día amanece bastante frío. Camino los veinte minutos que me separan de la universidad y tras las rutinarias clases y de una comida rápida todos nos encontramos esperando en el pasillo para realizar el examen oral. El orden no es alfabético, cada vez que él aparece por la puerta dice un nombre al azar y lo tacha de la lista que lleva en la mano. Empiezo a estar nerviosa. Se abre la puerta. Y dice un nombre. El mío.

    Está muy serio, lo observo antes de entrar. Paso y escucho como cierra la puerta y camina hacia su mesa. Se cruza de brazos y por fin me mira.

    -¿A qué esperas? Esto es un examen oral ¿no? -me pregunta dirigiéndome una mirada significativa.

    Me quedo un poco impresionada ante esa sugerencia pero no tardo en sonreír.

    -Sí, es un examen oral. Pero ¿quién es el que va a realizarlo? -le digo acercándome a él y llevando mi mano a su polla. La acaricio por encima del pantalón.

    -¿Qué quieres? ¿Qué te coma el coñito? Ese que seguro está chorreando de imaginar cómo te follo -y empieza a desabrochar mis pantalones.

    Le beso insaciable mientras se deshace de mis vaqueros y me sube a la mesa. Algunos de los folios caen al suelo. Ninguno les presta atención. Estoy sentada y se arrodilla entre mis piernas, las cual abre suavemente. Ante él queda mi tanga blanco ya mojado. Lleva su boca hasta él. Lo huele y después lo lame un poco. Noto su lengua y me excita muchísimo. Lo sabe.

    Me quita el tanga y vuelve a colarse entre mis piernas. Me da lametazos largos y suaves a la vez que comienza a introducir un dedo dentro de mí. Me vuelve loca. Apoyo las manos en la mesa y me esfuerzo por no emitir sonidos. Sé que el pasillo está lleno de alumnos, que si alguien abre la puerta nos pillarán. Eso me pone más cachonda.

    Me introduce dos dedos y acelera el ritmo de su lengua. No puedo contenerme y se me escapan pequeños gemidos. Estoy a punto de correrme. Acelera de nuevo y por fin me corro. Tengo la respiración acelerada y noto mi coño palpitante y muy mojado. Quiero esa polla dentro, follándome y haciéndome correrme de nuevo.

    -Te toca -dice comenzando a desabrocharse el pantalón. No me hago de rogar. Me relamo mientras me pongo de rodillas. Sé que le gusta verme así, sometida a él. Y a mí me encanta sentirme así porque en cierto modo poseo algo de poder sobre él.

    Después de lamerle la punta y rodearla con mi lengua me la introduzco poco a poco en la boca subiendo y bajando, cada vez introduciéndola más. Me excita muchísimo sentirla tan caliente y dura. Quiero que me atraviese. Me agarra la cabeza para que vaya más deprisa y aún me la introduzca más. Gime un poco y se retira.

    -¿Te han follado en una clase? Me imagino que no. Te voy a follar aquí, encima de la mesa. ¿Sabes por qué? -me dice mientras me agarra y me sube de nuevo a la mesa.

    -¿Por qué? -pregunto sintiendo su polla en la entrada de mi coño. Estoy deseando que me embista.

    -Para que así cada vez que estemos en clase te imagines aquí subida y a mi follándote. Me gusta saber que estás cachonda -dice morbosamente metiéndose dentro de mí y apretándome contra él agarrándome del culo.

    -¿Y usted profesor? ¿Podrá concentrarse? -le digo antes de besarle.

    Me folla como nunca antes lo ha hecho. Sus ganas y su fuerza me atraviesan y me hacen agarrarme a sus hombros. Suelto gemidos suaves pero sé que si supiese que no hay peligro no podría evitar gritar…

    Me aprieta contra él y empieza a hacer movimientos circulares. Está torturando mi clítoris, me enciende mucho más y necesito que acelere el ritmo. Le muerdo el cuello para demostrarle que estoy impaciente pero continua haciéndome sufrir con ese movimiento lento. Me encanta. Pero a eso podemos jugar los dos.

    -Imagínese cuando esté explicando y yo esté en primera fila, con el coño empapado pensando en que me folle. ¿Se le pondrá dura? Me encanta su polla -le digo en voz baja.

    Continua embistiéndome pero con mayor fuerza. Sé que le queda poco porque sus manos sujetan mi culo con más firmeza. Se desploma encima de mí y suspira contra mi cuello. Me corro al notar su última embestida y me rozo contra él para prolongar esa sensación.

    Se retira y empieza a ponerse los pantalones. Me bajo de la mesa y hago lo mismo.

    -Bien, pasada la primera parte del examen con un sobresaliente, continuemos. ¿Qué puedes decirme sobre el autor del libro? -dice como si no hubiera sucedido nada sentándose en la mesa y señalándome la otra silla enfrente suya.

    Ante todo es un profesional. Y ante todo sigue siendo mi profesor.

  • Mi casero el africano

    Mi casero el africano

    Hola, y gracias por seguir leyendo mis relatos, les recuerdo mi nombre: soy Paulina, una mujer Tv a medio tiempo, esto básicamente quiere decir que aunque si salgo vestida de mujer a la calle y realizó la mayoría de mis actividades como tal, aún hoy en día me veo obligada a tener que realizar algunas pocas como niño, algunos trámites relacionados a mi negocio y a mi hogar básicamente, pues aún no me decido a dar el gigantesco pasó de cambio de género.

    El relato que hoy les contaré tiene que ver con mis años como estudiante universitaria, casi en la etapa final de mi carrera le pedí oportunidad a mis padres para que me ayudaran a independizarme, por lo que me ayudaron a rentar un pequeño departamento por la zona del metro rosario, la única condición de mis padres fue que ellos pagarían el depa y lo referente a mis estudios, sin embargo tendría que hacerme cargo de mis gastos personales, por lo que me vi en la necesidad de buscar un trabajo después de la hora de mis estudios.

    El departamento era céntrico entre mi universidad y la oficina en donde entre a trabajar como auxiliar. Este relato tuvo lugar en la ciudad de México y sucedió por allá año 2008, cuando tenía yo 21 Añitos, ya para ese momento yo era un chavo gay totalmente declarado, me vestía de mujer mayormente en la intimidad de mi departamento, sin embargo si salía con regularidad a fiestas y citas, y ya lo hacía con ropas femeninas, y sin penas ni miedos, pues afortunadamente me toco aterrizar en una zona donde había mucho movimiento juvenil, por la cercanía de las mismas universidades, por tal motivo había muchos homosexuales, travestis y transexuales en la zona, y por ende había mucha tolerancia por parte de los vecinos.

    La zona donde yo vivía era un conjunto de edificios departamentales, aparentemente pequeños, pero una vez adentro de los edificios te percatabas que su distribución estaba bien realizada, absolutamente todos constaban de dos habitaciones, un baño pequeño pero decente, a la entrada, cada departamento tenía espacio para una mesa con 4 sillas y para una sala, además contaba con una cocineta, con un par de anaqueles, estufa eléctrica, dividido por una pared donde estaba una pequeña barra para el refrigerador y que además servía como dispensario, en las habitaciones cabía una cama hasta matrimonial, y quedaba buen espacio para algunos muebles bien acomodados, frente al espacio designado para las camas todas las habitaciones contaban con un closet pequeño, pero si sabias acomodarlo podías hacer maravillas, (lo sé, pues en el closet de mi habitación estaba mi ropa de niño y la de niña).

    Los edificios eran de 3 plantas, cada planta tenía 4 departamentos, hasta arriba en la azotea todos tenían asignada una zona para su lavadora y una jaula para tender la ropa. El dueño del departamento, mi arrendador, Don Kujah, un hombre de aproximadamente 55 años, de pelo cano y siempre corto, de padres africanos, obviamente era de piel negra, muuuy alto, hablaba español perfecto pues llevaba toda su vida en México, dueño de al menos una docena de departamentos en esta zona, se decía a el mismo “amigo de la juventud mexicana“ pues un requisito para rentarte uno de sus departamentos, es que debías ser estudiante y tener buen promedio”, a cambio Don Kujah te ofrecía un departamento pequeño pero lindo a precio accesible. Don Kujah parecía distinguido, siempre vestía de traje y lo caracterizaban sus zapatos de charol siempre perfectamente boleados, Don Kujah era un tipo muy callado pero muchas veces yo misma note que a sus inquilinas nos veía con cierto interés, nos miraba de arriba abajo con disimulo. Recuerdo que Don Kujah tenía su departamento en la planta baja del edificio contrario a donde estaba el mío, solo había pasado una vez, justo cuando firmamos mis padres y yo el contrato de renta con él. Su departamento era mucho más grande que cualquiera de los demás, pues había acondicionado dos departamentos contiguos y derribado algunas paredes para formar uno solo.

    En aquél entonces era una buena estudiante, aunque me gustaba mucho la fiesta y mi vicio principal era comprar ropa digamos de manera compulsiva, por ello tenía muchos problemas con mi administración mensual. Mis papas me depositaban lo acordado y siempre un generoso extra de dinero para ayudarme con el equipamiento de mi nuevo hogar, sin embargo, era tan mal mi organización que gastaba de mas en ropa y maquillaje, por lo que mas de una vez tuve que pedir un poco mas de dinero a ellos para lograr sobrevivir ese mes, mis padres no me dejaban sola, pues mis calificaciones y el hecho de haber conseguido un trabajo de estudiante hablaban bien de mi, sin embargo me advirtieron una vez que sería la última vez que me sacarían del problema, hicieron esto para que aprendiera a administrar mi dineros de forma mensual… ¡Por supuesto no lo logre!

    Los siguientes días intenté conseguir prestado de algunos compañeros de la universidad, aunque si logre conseguir que se solidarizaran conmigo, la verdad es que no llegaba a cubrir todo lo necesario. Así que después de pensarlo mucho, me decidí a pedirle apoyo a Don Kujah. Un día antes de que se cumpliera mi fecha límite para pagar mi renta, llegando del trabajo, como a eso de las 9:30pm, antes de pasar a mi departamento, decidí ir a hablar con mi arrendador, totalmente convencida toque el timbre de su departamento, tardo un poco en abrir, hacía mucho frio por lo que me ofreció pasar a su estancia, así lo hice. Era una sala antigua de cedro, con tercio pelo rojo; después podía verse los pasillos que conectaba con los respectivos baños y las habitaciones. Comencé a contarle mi falta de administración, incluso invente que no podía pagarle la renta a tiempo debido a que necesitaba unos materiales para la escuela. El me miro un poco frío, se levantó de su asiento, el sillón individual de cedro, que tenía un respaldo alto, y unos descansabrazos aterciopelados. Dio unos pasos hacía mí, cabe decir que ese día la ropa me sentaba bien, pues incluso cuando tenía que vestir de niño, buscaba el toque femenino en mis atuendos, vestía unos pantalones color vino súper entalladísimos, unos botines color negro con un poquito de tacón y una playera de manga larga, también muy ajustada que descaradamente parecía ser un blusón de mujer también de color negro, me cubría justo apenas debajo de las nalgas, por lo que a simple vista parecía que venía usando leggins, en fin se veía mi buena figura, me encantaban este tipo de prendas, pues a pesar de que la tela cubre mis redondas nalgas, se alcanzan a adivinar mis lindos atributos femeninos. Don Kujah se paró frente a mí, ante mi cara de sorpresa me extendió sus grandes y negras manos, me levanto del sillón y entonces me rodeo con sus manotas la cintura, poco a poco, me pego hacía él y me dijo:

    DJ- Si eres buena conmigo, te perdonaré la renta.

    Quede asombrada, sin pensarlo y un poco asustada, afirme con la cabeza, como pude di la media vuelta y salí casi trotando de su departamento. Me dirigí al mío, trate de tranquilizarme, me di un regaderazo y no pensé más en lo que acababa de ocurrir.

    Al día siguiente, ya en la noche, yo estaba casi lista para dormir pues ya tenía la pijama puesta, tocaron a mi puerta era Don Jukah, quien me pidió un café, así que lo invite a pasar, se sentó en mi pequeño comedor que estaba en la estancia que compartía también como sala y cocineta, tuve que darle la espalda para preparar el café. De pronto, sentí las negras manotas de Don Jukah sobre mis nalgas, por encima del pequeñísimo short que usaba como pijama y comenzó a sobarlas primero lentamente y luego fue subiendo de tono, como notó que no puse objeción alguna metió las manos debajo del short, y se entretuvo un rato jugando con el borde de la también diminuta tanga oculta pene que como era costumbre para mi usaba ya para ese momento casi del diario, entonces Don Jukah se puso de pie y acerco su abultado paquete a mi culo de tan alto que era este hombre tenía que flexionar sus rodillas para quedar a mi altura y poder restregármela a su antojo, después cambio su movimiento a uno lateral, para poder rozar mis gordas nalgotas con un delicioso vaivén, obviamente no soy de palo y yo comencé a ponerme cachonda, como Don Jukah se percató de que no ponía objeción, y no decía nada para detener sus acciones, el continuó en lo suyo, hasta que de pronto avanzo un paso mas y sus grandes manotas africanas se posaron sobre mis excitados pezones por encima de mi blusa, si han leído mis antiguos relatos recordaran que de niño desarrolle un grave caso de ginecomastia, que básicamente se trata de un desbalance hormonal que sufre el adolescente masculino, lo que provoca que los cambios normales que su cuerpo debería de desarrollar en la pubertad sucedan a la inversa, justo como si el cuerpo fuera de una persona del sexo femenino, lo que provocó para mí buena suerte que mis rasgos faciales se acomodaran de una manera que yo determinó como favorable para mí, jamás desarrolle músculos en los brazos ni en la espalda, y al contrario, la grasa que debió acomodarse en estas partes fue a dar a mis partes traseras, regalándome un hermoso, bien definido y respingón par de nalgotas, mis piernas y mis caderas también se ensancharon de manera deliciosa, mis manos y mis pies no crecieron mucho, mis cuerdas vocales se afinaron, y desarrolle un pequeño pero bien definido busto, que era coronado por mi enorme par de pezones, los cuales crecieron demasiado, casi del tamaño de una pelota de ping Pong. Bueno, pues Don Jukha estaba aprovechando esta situación, y los masajeaba en círculos pellizcando mis pezones, acercó su boca a mi oído, introdujo su lengua y la jugueteó, humedeció cada canalito para luego susurrar algo que para mi fue como una orden:

    DJ- Quítate la ropa….

    Obedecí como la niña buena que soy, y comencé a hacerlo muy lentamente, primero me despoje de mi playerita, de frente a Don Kujah, hasta dejar salir mis pequeñas bubis, adornadas por su areola y su pezoncito color café claro. Me di cuenta como Don Jukah me morboseaba, y a decir verdad me dio mucha excitación. Mientras él también se iba despojando de su ropa hasta quedar en sus ajustados boxers, yo continué con mi improvisado striptease, me gire 180 grados de modo que quede dándole la espalda, y entonces me incline sin doblar las rodillas bajándome el pequeño shortcito hasta los tobillos, regalándole a este hombre una visión de mis nalgotas enfundadas solo en mi pequeña tanga blanca. Quise hacerlo así porque no sabía si Don Jukah se molestaría si mi diminuta verguita que comenzaba a mostrar signos de excitación quedaba frente a él, para entonces él ya estaba recostado en la cama y me ordeno dando pequeñas palmaditas en el colchón que me acostara junto a él, en ese momento Don Jukah se dio cuenta de que me cubría con mi mano izquierda mi diminuto sexo, por lo que me dijo:

    DJ- Está todo bien… No tienes de que apenarte o tener miedo, a mi me encantan los mujercitos como tu, como puedo llamarte?

    P- En esta faceta de mi vida me llamo Paulina.

    DJ- Eres muy hermosa Paulina, la vida te regalo un hermoso cuerpo de mujercita.

    Escuchando esto me logre tranquilizar mucho, entonces deje que Don Jukah hiciera conmigo lo que quisiera, por lo que me colocó justo para quedar frente a él, subió una pierna a mi cadera para acercar su aun semidormido paquete al mío, me tomó de las nalgas para aferrarme y comenzó a restregarlos aun por encima de las telas de nuestra ropa interior, con su otra mano tomo mi cabeza y me acerco para quedar mi cara frente a él, lamía mis labios con la punta de su lengua, con delicadeza. Yo estaba excitada, pero al mismo tiempo, perpleja, no podía moverme, ni siquiera abrí la boca para recibir su lengua, sólo me dejaba llevar, ahí estábamos: él restregando su paquete, sobándome las nalgas y lengüeteando mi boca y yo inmóvil, disfrutando de sus caricias No puede aguantar más y comencé también a mover mis caderas para se diera cuenta que lo disfrutaba y me hiciera más, me sentí más suelta y deseosa, me sentí bien PUTA!!! pude por fin abrir la boca y responderle a su caricia también con mi lengua, le jugueteaba ansiosa, así que cuando se vio correspondido supo que podía hacer y deshacer a su antojo, Don Kujah bajo un poco para lamer mis pezones, los lamia con tremenda maestría, de arriba abajo, sin dejar pasar el pliegue, mordisqueaba los pezones, halaba de ellos, y a mí me daba una mezcla de placer con un toquecito de dolor, comencé a gemir, mientras continuaba el vaivén de nuestros sexos, Don Kujah busco de nueva cuenta mis labios, esta vez nos besamos como poseídos, este africano besaba como un dios, nos comíamos las bocas con verdadera pasión descontrolada, él puso especial atención en mi labio inferior, rosado y carnoso, y lo mordió tan sutilmente que no me di cuenta, hasta que se separó, que estaba sangrando un poco, eso me enloqueció totalmente, toque mis pezones y sentí que estaban totalmente erectos y llenos de saliva, yo estaba excitada como pocas veces y con pocos hombres logro ponerme, y aun no conocía ni había visto siquiera la virilidad de Don Kujah, nuevamente unimos nuestras bocas, nuestras lenguas se recorrían la una a la otra, entonces Don Kujah interrumpió el delicioso roce de su prominente paquete sobre el mío, que era por muchísimo mas pequeño, mi diminuta tanga y sus boxers estaban mojados a causa de nuestros juegos presexuales, de pronto Don Kujah de un solo tiro se deshizo de su ajustada prenda interior y para mi deleite me dejo recrear mis ojos con su enorme vergota negra, mucho mas larga que gruesa, casi no se le marcaban las venas, su cabeza casi del mismo tamaño que el tronco era de un color rosado y hasta abajo, ocultos tras una espesa selva de vello púbico se dejaban adivinar dos grandes huevotes africanos, a pesar de que no era la primer verga negra que yo había visto y mucho menos la mas grande que yo me había comido, la verga de Don Kujah era algo digno de respetar, y además de que disfrutaría de esta delicia africana, pagaría la renta de mi departamento.

    Don Kujah me puso boca arriba, me quito mi pequeña tanguita, la olió y me dijo:

    DK- Tu olor de hembra es delicioso Paulina!!

    En efecto mi olor pareció enloquecerlo, entonces se acomodó sobre mi cuerpo, siempre cuidando de no aplastarme, la puntiaguda cabeza de su negra verga estaba totalmente húmeda, me la restregó completa en mi cara, delineaba con ella mis labios, yo ya estaba gimiendo de ansiedad, y Don Jukah solo estaba jugando con su vergota en mi carita, me la ofrecía pero al momento en que abría mi boca para permitir la entrada, la alejaba de mí, un tanto desesperada por la excitación le miraba con cierta desesperación y molestia, a lo que el asomaba una sonrisa irónica y jocosa. Entonces me dijo:

    DK- Mi novia mexicana quiere chupar mi negra verga?

    P- Si por favor!!

    Entonces me volvió a acercar su larga virilidad a mi cara, y pude observarla con mayor detenimiento: no era muy gorda pero era larga y el centro mas carnosa que en sus extremos, casi no se veían sus venas por sobre el tronco que estaba un poco arrugado, supongo por la edad, yo tenía mis manos sobre sus velludos y negros muslos, los cuales acariciaba, hasta que finalmente me indicó:

    DK- Anda mariconcita chúpale la verga a tu novio africano!!

    Tomo mi cabeza y comenzó primero un lento bombeo, para después subir el ritmo a un furioso mete y saca, de repente, Don Kujah metió toda su larga y negra verga a mi boca, debí haber engullido poco mas de la mitad yo trataba de abrir la mandíbula todo lo que podía, salivaba mucho y por momentos tenía pequeñas arcadas, pero seguía mamándole la verga a Don Kujah, pues ese es un tema en el que yo puedo presumir mucha experiencia y siempre trato de que cada hombre que disfrute de una deliciosa mamadita de mi parte se vaya con la mejor imagen de puta de mi. Don Kujah debió haber estado sumamente excitado también, pues saco violentamente de mi garganta su verga, me tomo de mi brazo y me acostó de ladito, en posición de cucharita, se levantó con su larga y hermosa herramienta masculina, de su cartera extrajo un condón y se lo colocó, después se posiciono detrás mí, subió mi pierna a la suya y una vez así, comenzó a meterme su espada africana como si atravesara un jamón, sus largos 20 cm (posteriormente pude medírselos… jijiji) me entraron dolorosamente pero los recibí sin pedir que se detuviera, Don Kujah me hizo gemir como puta, sus movimientos arrebatados, me volvían loca en aquel momento, yo también comencé a moverme de arriba hacia abajo, con la intención de que me entrara completa su hermosa y larga virilidad, la cual resbalaba delicioso, su respiración era, cada vez más, acelerada, jadeaba y a mi oído me murmuraba un poco sofocado:

    DK- Eres deliciosa Paulina!!! Que rico es metértela nenita mexicana!!

    Apenas atiné a decir entre gemidos:

    P- Ahhh!! S… siga por fa… vor Don Kujaaah!!! Ssss…e siente taaan saaa…brosa su vergota africana!!!

    Evidentemente le gustaba lo que le decía, pues su penetración se volvía más violenta, con empujones en mis nalgas y sus manos apretando mis pequeñas bubis, de tal manera que mis pezones se tornaron rojos, en ocasiones, giraba mi cabeza para verlo, y la imagen era digna de un cuadro, allí estaba aquel hombre africano, concentrado en la deliciosa tarea de darle duro a esta putita mexicana, ocasionalmente cuando se percataba de mi mirada, se acercaba a mi cara y la besaba con ternura, lo cual evidentemente también me encantaba. De pronto sus movimientos comenzaron a ser aún mas rápidos y contundentes, fue entonces que comenzó a gemir como un león, entonces caí en la cuenta de que Don Kujah iba a eyacular, así que con la mirada mas putona que pude hacer le dije:

    DK- Puede terminar en mi cara Don Kujah?? Me encantaría probar su delicioso semen!!

    Sin pronunciar palabra, Don Kujah bruscamente saco su pedazo de carne negra de mi interior, y me puso boca abajo, se montó nuevamente sobre mi, y mientras gritoneaba entre dientes, una de sus manos la coloco por debajo para masturbar mi pequeña verguita, y con la otra comenzó a masturbar su larga y dura vergota negra, tuve una excitación mayor al ver tan de cerca la virilidad de Don Kujah que comencé a venirme, mis jugos brotaron en un chorrito, los cuales este hombre negro los recibió en su mano y enseguida los llevo a su boca para saborearlos, demostrando poseer un total control de su cuerpo, Don Kujah comenzó a eyacular también, pareció que estaba esperando que termináramos juntos, fue una deliciosa experiencia, todo el semen que este hombre africano expulso de sus enormes testículos fue a encontrar refugio en mi rostro, abrí mi boca todo cuanto pude y recibí una generosa cantidad del preciado líquido masculino, el cual deguste con verdadera alegría ante la satisfecha mirada de Don Kujah. Intente alcanzar un poco de papel que había en el cajón del buró, quise incorporarme pero este enorme africano aún estaba sobre mí, reponiéndose y embarrándome las gotitas de semen que salían todavía de su miembro que evidentemente perdía su dureza de momentos previos, por lo que mirarme atrapada, opte por recoger todo cuanto pudiera con mis dedos y degustarlo con delicia, en cuanto Don Kujah se repuso el mismo me alcanzo el papel de mi buró y se recostó en la cama. Yo me dirigí al baño para enjuagarme y a mi regreso Don Kujah me invito a recostarme con él, así lo hice y platicamos un poco de cosas sin sentido, hasta quedarnos dormidos. Cuando desperté, era muy de mañana, seguía desnuda y Don Kujah ya no estaba ahí, levanté las cobijas de la cama y me envolví en ellas, aun pensando en lo cachonda que me había puesto la situación, almenos yo sabía que el tema de la renta estaba saldado, me di una ducha, y mientras lo hacía, comencé a masturbarme, pensé en la negra vergota de Don Kujah. En mi mente surgió la idea de repetir todo, esperaba que mi desempeñó hubiera sido el adecuado para que Don Kujah aceptara mi pago de la renta mensual con ricas sesiones de sexo cada que él quisiera que fuera su puta. Me aliste para ir a la universidad, y cuando salí de mi departamento, a lo lejos Don Kujah me grito:

    DK- Buenos días señorita!!!

    P- Son muy buenos Don Kujah!!!

    Le respondí, ambos con un tono muy alegre, lleno de complicidad.

    FIN

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  • Una madre muy caliente

    Una madre muy caliente

    Jaime era uno de esos muchachos que no se comunicaba mucho con la gente, aunque todos sabían que con sólo 17 años ya era un genio del dibujo. Era un chico alto, de pelo y ojos marrones, tristes por demás. Muchas chicas del colegio pensaban que era lindo, pero las cosas no pasaban de allí. Él vivía en un pequeño departamento con su madre Julieta, una de esas mujeres que hacen girar cabezas vaya a donde vaya. Hablemos un poco de ella, 36 años, estatura media, pelo negro opaco y ojos verdes. Algo que la caracterizaba realmente era su cola, parada y dura como pocas, aunque sus senos no le envidiaban nada. Ambos se hacían notar, sin importar el tipo de ropa que usase; una bendición o una desgracia, juzguen ustedes.

    Julieta siempre se había sentido intrigada por su hijo, ya que no parecía un adolescente feliz, sino alguien que sufre una pérdida constante. Así que cuando tenía oportunidad revisaba entre sus cosas, tratando de encontrar algún indicio, una pista que la ayudase. En una de sus inspecciones, Julieta encontró muy bien escondidas unas hojas en las que aparecía el dibujo de una mujer semidesnuda, de espaldas. La calidad del trazo era muy bueno, un gran retrato. Siguió viendo las imágenes, y se asombró al ver que una de las mujeres tenía la cara de ella. Algo sobresaltada guardó como pudo las hojas en donde las había encontrado y se alejó de allí. Los siguientes días la tuvieron muy ansiosa, tratando de entender a su hijo. Finalmente llegó a la conclusión de que Jaime estaba atraído a ella y no había mucho que podía hacer para sacárselo de la cabeza. Poco a poco se fue calmando aunque seguía enojada porque las cosas no deberían ser así.

    Los días pasaron y trajeron el cumpleaños de los 18 años de Jaime. Los amigos que tenía y algunos familiares, le hicieron una pequeña fiesta sorpresa, regalándole todo tipo de cosas. Luego de que todos se fueran a sus casas Jaime decidió probarse la ropa nueva que tenía, pero cuando se puso unos pantalones que le habían gustado mucho supo que le quedaban grandes

    «Me parece que son muy grandes» le dijo a su madre.

    «A ver, dejame ver»

    Julieta se agachó enfrente de Jaime para examinar el pantalón, dejándole una vista perfecta para apreciar los senos. Jaime se sentía nervioso, con miedo de que su madre se diera cuenta que se estaba excitando con ella. Entre las manos que iban y venían, rozando cada rincón, y los excelentes pechos Jaime no podía controlarse

    «Ahora voy a ver cómo te va en la parte de atrás»

    Julieta se acercó por detrás y se apoyó contra la espalda de su hijo. Jaime pudo sentir claramente los pechos duros que tenía y los pezones que lo adornaban, esto hizo que su pene se fuera a las alturas. Julieta se dio cuenta de esto, y se sorprendió un poco. Enojo fue lo que primero sintió, lo único que quería era que su hijo le explicara cómo podía excitarse con ella, ¡qué era su madre! Pero el enojo tomó un sentido distinto, Julieta se dijo a sí misma si eso es lo que querés, eso es lo que vas a tener. Ya era suficiente de ese jueguito, era hora de hacer algo y rápido

    «Sabes, va ser mejor que te saque el pantalón para medir las partes que tienen que achicar»

    Antes de que su hijo hablara Julieta desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta las rodillas, dejando a la vista de ambos la media erección que traía Jaime. Este se quedó congelado, sin decir nada. Julieta en cambio, miró el bulto que se formaba y le susurró al oído

    «Parece que necesitas ayuda, dejame darte una mano con eso»

    Bajó los calzoncillos de su hijo, rozando lentamente las manos contra sus piernas. Jaime se sentía a gusto con lo que estaba pasando, así que la dejó hacer. Julieta pasó sus manos hacia delante, tomó el pene y comenzó a masturbarlo pausadamente. Jaime sentía gustoso el ir y venir de la mano sobre su pene, y de la otra que sostenía los testículos. Julieta no perdía detalle de lo mucho que disfrutaba el niño. A los pocos minutos las rodillas de Jaime comenzaron a temblar en medio de sensaciones muy placenteras, cada vez más intensas. El pobre no pudo aguantar más y explotó en un orgasmo prolongado y divino. Su semen saltó con mucha fuerza, en un abrir y cerrar de ojos quedó postrado contra el piso.

    «Parece que le gusto las caricias que le di ¿no?»

    «Ehmmm… sí»

    La mano de Julieta siguió acariciando el miembro empapado de su hijo, aún firme, esperando otro orgasmo. De repente el timbre interrumpió. Ambos se exaltaron y se separaron rápidamente. Jaime corrió hacia su pieza, mientras que Julieta se acomodó un poco la ropa para atender la puerta, olvidando que su mano estaba bañada. El cartero dejó un paquete y se retiró sin percatarse del pequeño detalle, suerte para ella.

    Mientras, Jaime yacía en su cama, dándose cuenta que le habían hecho la mejor paja de su vida. Algunas horas pasaron y Jaime seguía en su habitación, mientras Julieta repasaba en su cabeza una y otra vez lo que había pasado. Sí, había masturbado a su hijo, y sí, le había gustado mucho hacerlo

    «Es mejor que siga jugando un poco más con él, lo hacemos una vez y se le pasa la calentura» pensó Julieta.

    Ya había dado el primer paso. Estaba segura que con otra sesión más Jaime estaría satisfecho y abandonaría esas estúpidas fantasías. Pero era suficiente por ese día, la mañana traería más esperanzas y nuevas ideas. Esa misma noche Julieta se masturbó aún sin desearlo entre sus sábanas, recordando la dureza del miembro de Jaime y el charco que lanzó gracias a sus toques, finalmente se durmió.

    La mañana siguiente la despertó con un sol radiante que entraba por la ventana. Ella se levantó y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno. Al rato Jaime se despertó también, y enseguida recordó lo que había pasado el día anterior. Aunque parecía un sueño era lo más real que le había sucedido, real y placentero. Cuando terminó de usar el baño fue hacia la cocina y se encontró con su madre. En ese momento ella le daba la espalda, llevaba puesta una camiseta mangas larga de color blanca y una bombacha negra que hacía notar perfectamente su bote bien formado. Jaime miró los atributos de su madre, y maravillado por ellos comenzó a sentir calor. De repente la situación lo superó, fue por detrás de su madre y la apoyó sin ninguna contemplación. Las manos rodearon los pechos de Julieta y comenzaron a acariciarlos. Ella pudo sentir el pene duro contra sus nalgas, metiéndose cada vez más profundo en su raya, luchando por penetrarla.

    «¿Pero qué estás haciendo Jaime?»

    «Te estoy devolviendo el favor madre»

    «¿Ah, sí? bueno, espera que te ayudo un poco»

    Julieta entonces arqueó su espalda, para que su cola sobresaliera más, con muchas ganas empezó a moverla sobre el miembro duro de Jaime. Con una mano entre sus piernas corrió la bombacha hacia un lado e instintivamente comenzó a tocarse los labios vaginales y su clítoris.

    «Mmmm que rico que es esto, como me gusta» decía Julieta.

    Sin darse cuenta había caído víctima de su propio juego, uno que hubiese querido jugar tiempo atrás. Le gustaba mucho la idea de que su hijo la viese como objeto de placer, eso era lo que la obligaba a hacer lo impensable. Jaime no perdía tiempo, ya había levantado la camiseta que cubría los pechos de su madre y estaba acariciando sus pezones, duros hasta más no poder. Julieta cruzó una de sus manos y comenzó a apretar la cabeza del miembro de Jaime.

    «Hijo, vayamos a un lugar más cómodo ¿sí?»

    «Está bien»

    «Ven, vamos a mi pieza»

    Julieta, sin soltar el pene que sobresalía del bóxer de su hijo, lo guio hasta su pieza. Algo apurada hizo que Jaime se acostará en la cama, con su pene apuntando hacia el techo. Con mucha desesperación Jaime se quitó los calzoncillos y los tiró hacia el piso. Julieta lo miró con cara de pervertida, chupó uno de sus dedos y dijo:

    «Ahora vas a sentir la lengua que ayer te quedaste con ganas de sentir».

    Acercó una de sus manos hacia el miembro y lo rodeó con su palma. Sin esperar nada se lo llevó a su boca y lo chupó como si se tratase de un helado en el día más caluroso del año. La boca de Julieta devoraba sin cesar el miembro de Jaime, que entraba hasta el fondo y luego salía sólo para volver a entrar de nuevo. El calor agobiaba a ambos, llenos de fuego que debían liberar de una forma u otra. Julieta quitaba el miembro de su hijo y jugaba con su glande, chupaba un poco sus huevos y luego lo volvía a meter dentro de su boca. Su mano nunca dejaba de moverse, de arriba hacia abajo y viceversa, acompañando los movimientos de su boca. Jaime sentía el hormigueo que le causaba la lengua de su madre, pero él no era uno de esos que tiene mucho aguante, el orgasmo estaba muy cerca.

    «Ahh ahhh aaahhh aahh» empezó a gemir.

    Julieta sabía que iba a explotar de un momento a otro, así que apretó sus labios más fuerte y chupó con más esmero. Justo en el momento en que Jaime llegaba al orgasmo sacó el pene de su boca y comenzó a masturbarlo, corriendo la piel que cubría el glande frenéticamente. ¡Splash! el semen saltó fuertemente hacia la cara de Julieta, que lo recibió golosa. En medio de los salpicones Julieta volvió a engullir el pene, para aprovechar todo ese jugo que había logrado exprimir. Jaime se retorcía de gusto, apretando la cabeza hacia su miembro. Julieta pasó la lengua por el glande y limpió el pene que a estas alturas se había achicado. Gateando se acercó a su hijo, juntó sus senos con sus manos y dijo:

    «¿Te gustan las tetas que tengo, son grandes, no?

    «Son muy lindas» mientras tocaba una de ellas.

    «Ahora chupamelas un poquito, dale, no tengas vergüenza»

    Jaime no hizo objeción alguna y con muchas ganas empezó a chupar esos senos que tanto le habían atraído desde el primer día que los conoció

    «Así lindo, seguí chupandome así, chupame las tetitas, haceme gozar»

    Julieta disfrutaba de la lengua de su hijo, mientras que acariciaba su pene. Este no tardó mucho en crecer, lo suficiente como para poder lograr la penetración. Mientras Jaime seguía lamiendo sin cesar los pezones de su madre, sobresalientes y muy duros. Julieta se levantó de la cama y se quitó la camiseta y la ropa interior, algo humedecida. Jaime vio cómo se dibujaba la vagina de su madre en su entrepierna, afeitada. Julieta abrió sus labios vaginales y entre suspiros preguntó:

    «¿Te agradaría meter tu cosita por mi hoyito?»

    «Si»

    «¿En serio?»

    «Siiiii»

    La calentura la había sobrepasado, ahora ya no podía pensar en otra cosa que no fuese en tener a su hijo dentro de ella. Se acercó a donde estaba Jaime y se puso sobre él con las piernas abiertas y el deseo más fuerte que nunca.

    «Ahora te voy a montar hasta que se te gaste, esto es lo que querías y es lo que vas a tener».

    Con una mano tomó la herramienta y la acomodó para que entrara en ese agujero que rogaba lo llenasen. La tensión que tenían era muy fuerte, y el remedio era uno. Lentamente se fue sentando sobre la carne de su hijo, sintiendo como se iba metiendo pulgada a pulgada.

    «Siiiii» exclamó «Esto es lo que quería ¿te gusta?»

    «Sí mamá, sí»

    «Ah Ahhh ¿te gusta cómo te aprieto con mi cuevita, te gusta lo mojada que está?»

    «Sí»

    Dicen que una imagen vale mil palabras, de seguro que no habría mil palabras para describir esta imagen. Una vez clavada Julieta comenzó a brincar sin perder de vista como se introducía el pene de Jaime. Julieta montaba con mucha velocidad a su hijo sin dejar de tocarse el clítoris. Jaime miraba como se movía su madre, como se tragaba su pene sin problema alguno.

    «Todo adentro, nada afuera», repetía Julieta.

    Los dos se movían frenéticamente, cada vez más rápido y con más fuerza. Su hijo la estaba invadiendo y la dama se rendía complacida. Sus senos saltaban en el aire y su pelo danzaba descontrolado con cada movimiento. La cama rechinaba y se golpeaba contra la pared, mientras que ella no decía, gritaba…

    «¡Ah, me vengo, ya casi sale! ¡Que bueeenooo…! ¡Me encanta tenerte adentro!»

    «Ahhhh yo también acabo»

    «¡Acabame toda, todita, calentame con tu rica lechita!»

    Julieta se aferró a la almohada fuertemente y comenzó a temblar sin control, llenándose de gusto y placer. Rápidamente sintió que la leche de su primogénito se ahondaba hasta el fondo de su ser, caliente, demasiado caliente. Ambos se quedaron quietos un par de minutos, bajando su respiración. Julieta al fin se levantó de la cama y comentó:

    «Espero que ahora estés un poco más satisfecho»

    Jaime asintió con la cabeza, no tenía palabras. Julieta se puso su ropa y despidió a su hijo con un beso justo en la punta de su pene, llevándose un poco de leche en sus labios. Por cierto, desde aquel día los dos hacen todo… en familia.

    ***************************

    Querido lector/a, quiero aclarar que esta historia es producto de la imaginación del autor, los hechos aquí narrados son demasiado sorprendentes para ser verdad.

  • Incesto entre una hermana y un hermano

    Incesto entre una hermana y un hermano

    Eva María y Enrique eran hermanos. Fueron la comidilla de la aldea cuando se supo que mantenían una realación incestuosa. Ahora viven en Venezuela como marido y mujer.

    Voy a contar su historia en primera persona.

    Eva María tenia en 1990 diecinueve años, uno más que yo, media un metro cincuenta y seis, era pelirroja, delgada. Tenía ojos azules y tetas medianas, fina cintura, caderas generosas y su cara era bella, a pesar de tenerla llena de pecas y espinillas. Ese día de verano vestía un vestido de flores rojas y azules que le llegaba a unos quince centímetros de los tobillos, calzaba sandalias marrones y calcetines del mismo color.

    Yo estaba bebiendo en un riachuelo que había en el monte cuando pasó ella con una cuerda, y un rastrillo en la mano derecha.

    Al verla, cogí mi nueva escopeta de balines, que había dejado sobre la hierba, me levanté, y le dije:

    -Te tocó, Eva María.

    -La próxima te tocara a tí coger el pico.

    -Pico y lo que vaya cogiendo el rastrillo. A ver si va a coger una culebra.

    Se alarmó.

    -¡No seas gafe!

    Caminando a su lado, le dije:

    -Era broma. Las culebras al oír ruido escapan.

    Cambió de tema.

    -¿Tienes buena puntería?

    -Donde pongo el ojo pongo el balín.

    La miré y puso mala cara.

    -¿Me estás mirando para la espinilla gorda que me salió esta mañana?

    -Te miro para la cara. ¿Preferirías que te mirara para las tetas?

    -Pues sí, lo preferiría. Aunque entre hermanos…

    -Sería volver a los orígenes

    -¡Qué dices!

    -Adán y Eva tuvieron treinta y tres hijos y veintitres hijas. Tuvieron que follar hermanas con hermanos, ¿o no? A no ser que algún hijo…

    -¡Déjalo ya!

    Le miré para las tetas.

    -¡Serás…! ¿Cuanto tiempo llevas con ganas de follarme, Quique?

    Tirara a dar. Había que escabullirse.

    -Lo dejo. Yo, el año pasado, también tenía pecas y espinillas. ¿No te acuerdas?

    -Te hice una pregunta.

    -Y yo a ti otra.

    -¿Cuánto tiempo?

    -Nuestras habitaciones están pegadas. ¿Cuánto tiempo hace que empezastes a masturarte y a correrte?

    Andábamos a quien se escaqueaba más.

    -¡Es verdad! Se te fueron las pecas. ¿Qué le echaste?

    -No te lo puedo decir.

    Se puso mimosa.

    -Anda, se bueno, dímelo.

    -No puedo, mujer, no puedo, es algo muy fuerte. Lo único que te pudo decir es que en un mes me desaparecieron las pecas y nunca más tuve espinillas.

    -No me importa lo fuerte que sea, cuéntamelo.

    Lo quería saber y se lo iba a decir.

    -Meo y leche.

    -¡¿Mezclaste meo y leche y lo untaste en la cara?!

    -Sí, y a los diez o quince minutos me lavaba la cara con agua.

    -¿Lo hacías por las noches?

    -Lo hacía cada vez que me tiraba una paja.

    -Por eso te lo digo.

    -¿Tú también me escuchas cuando la pelo? ¡¿No te masturbarás pensando en lo que estoy haciendo yo?!

    No iba a contestar. Se masturbara pensando en mí.

    -O sea que la leche era de tus corridas.

    -Sí, y la mayoría salió pensando en ti.

    Hizo como si no me oyera.

    -¡Joder! Voy a tener espinillas durante años y pecas para toda la vida!

    -Supongo que sí. Bueno, me voy a dar unos tiros por ahí.

    -¿No te dan pena los pájaros?

    -Yo no mato pájaros, me divierto con ellos.

    -¿Y eso cómo se hace?

    -Le tiro a la rama en la que están posados y se llevan un susto morrocotudo. Chao.

    Eva María, quería eliminar las pecas.

    -¿Quique?

    -¿Qué?

    -¿Sin besos?

    -¿Sin besos, lo qué?

    -Te haces un paja y te miro, pero sin besarnos.

    -Me hago, no, nos hacemos unas pajas.

    -¡De eso nada! Te enseño una teta y te haces la paja a mi salud y después me untas la cara con tu leche.

    Había que aprovecharse.

    -¿Si me la chupas ya me corro en tu cara?

    .¡No digas barbaridades!

    -Seguro que chupaste alguna y sin recompensa.

    -No, no se chupar una picha.

    -¿Qué le haces a un cucurucho de helado?

    -Lamo y chupo. ¿Se hace así?

    -Sí.

    -¿Y tendré que chupar durante un mes?

    -Mujer, también se menea. Podíamos echar un polvo…

    -¡Olvídalo! Las pecas no me quedan tan mal.

    -La verdad es que no, pero las espinillas…

    Eva María, estaba en un mar de dudas.

    -¿Vas a guardar el secreto de lo que hagamos?

    -Por supuesto.

    Eva María quería y no quería.

    -No, mejor que no. No soy una puta.

    Quise quitar de ella.

    -¿Cuándo te masturbas pensando en una chica no eres una puta?

    -Es diferente.

    Sin darse cuenta había confesado que le gustaría comer un chochito y que se lo comieran.

    -¿Quieres quitarte las espinillas y las pecas o no?

    -Me va a pesar.

    -Si follamos subes tú encima.

    -¡No vamos a follar!

    -Era una broma… Me va a pesar… ¿Lo pillas?

    -¡Para bromas estoy yo!

    -¿Estás caliente?

    -¿Y tú?

    -Mira para mi paquete y lo sabrás.

    Eva María miró y le gustó lo que vio.

    A unos diez metros de dónde nos encontrábamos había dos grandes rocas que formaban una especie de cueva. Eva María, miró pa ellas, y me dijo:

    -Vamos para las piedras de Petra.

    Nos metimos entre las piedras. Unos lagartos corrieron por ellas al vernos. El musgo seco, amarillento, se desprendió al apoyar mi espalda en una de ellas y también al posar la escopeta de balines. Eva María, me dijo:

    -Venga, sáca la pichita y mea en mis manos.

    Saqué la verga.

    Abrió los ojos como platos, y tapó la boca con las dos manos, antes de decir:

    -¡Jesús. María y José! ¡¡Qué grande es!! ¡¡Es un pichón!!

    -Pues aún no está empalmada.

    Oriné en sus manos y Eva María se lavó la cara con la orina. Después se arrodillo y comió mi verga empalmada como si fuese un cucurucho de helado. El olor de la orina de la cara y de las manos de Eva María, con el calor, desprendía un olor excitante, y este olor, junto a la mamada, me calentaron tanto que un para de minutos más tarde me corrí en su cara. Eva María se untó la leche en la cara y en el cuello. Se levantó, me miró y sin decir nada, me lo dijo todo.

    Me agaché. Le bajé las bragas. Las tenía empapadas y le olían a polvos de talco. Le lamí las babas del chochito peludo. Le cogí las nalgas, la apreté contra mi lengua, lamí de abajo arriba, y poco después, Eva, muy dulcemente, decía:

    -¡Aaay, me corro!

    Sentí como babas aún más espesas y calentitas iban cayendo en mi boca mientra sus piernas temblaban. Tragué toda su deliciosa corrida.

    Al acabar de correrse, mi verga comenzó a ponerse dura otra vez. Eva María, cerró los ojos y me besó. Al meterle la lengua en la boca se separó de mí. Me miró, como extrañada. Después fue ella la que me metió la lengua en la boca a mí. Sus labios eran suaves y sabían salados, era el sabor de mi orina, y me gustó, me agaché y le froté la verga contra sus labios vaginales y contra su clítoris. Al rato, Eva María, volvía a estar cachonda. Su vagina pedía verga. Se la puse en la entrada. Abrió las piernas de par en par, empujé hacia arriba pero no entraba. Allí sólo entraran dedos, y me temo que uno solo. Al ver que no le entraba, cogió ella la verga y frotó, frotó y frotó, hasta que volví a sentir:

    -¡Aaaay, me corro otra vez!

    Esta vez sus babas se mezclaron con mi leche.

    Al acabar de correrse, me preguntó:

    -¿Y ahora qué hacemos?

    -Quítarte eso de la cara que yo te cojo el pico de los pinos.

    Veinte minutos más tarde, Eva María, ya se había lavado en el riachuelo la cara y el chochito y yo ya le había cogido el pico y hecho un gran manojo con él.

    Sentimos un par de tiros de escopeta de cartuchos. Le puse el gran manojo en la cabeza y nos fuimos para casa.

    A la hora, hora y media, de estar en casa de mis abuelos, donde pasábamos unos días… Mi abuela iba a coger de la cocina de hierro una olla de aga hirviendo. Tropezó con el gato. El agua se derramó. Casi mata al gato y a ella le abrasó una pierna. Salí corriendo a buscar un médico. Mi abuela acabó en el hospital, en el mismo que estaba mi abuelo que había destrozado una rodilla al caerse de su bicicleta.. El caso es que Eva María y yo quedamos solos en casa con la única distracción de la radio, donde se oían viejas cancioes…

    A esos de las diez de la noche, me preguntó:

    -¿Hago una tortilla de patatas y cebolla?

    -Haz, yo voy a por el vino a la bodega.

    -Deja el vino que si se enteran los abuelos…

    -Para un día que podemos…

    -Yo no voy a beber.

    -Hablaba de follar.

    Cambió de tema.

    -¿La tortilla te gusta con mucha cebolla?

    -Íbamos a follar, fijo.

    -Sí. ¿Voy por el vino?

    -Vete.

    -¿Blanco o tinto?

    -Blanco.

    Cenamos, hablamos y nos tomamos unos vinos. En la radio seguían con canciones antiguas. Al acabar, llevó los platos al fregadero. Me levanté. Fui a su lado. Arrimé mi verga a su culo. La agarré por la cintura, giró la cabeza y nos besamos con lengua. Mis manos se posaron en sus tetras. Las suyas en el fregadero, después le bajé la cremallera y le quité el sujetador y la parte da arriba del vestido. Le besé y le lamí la espalda. Le quite el vestido y le bajé las bragas. Se quedó en sandalias y calcetines. Le lamí el culo, abrió las piernas y ya empezó a gemir. Le lamí el chochito mojado. Me levanté. Se dio la vueta. Tenía unas tetas preciosas, duras, con areolas marrones, eran como pequeñas pirámides y tenían los pezones mirando hacia arriba. Se las comí largo rato, sabireándolas. Mi hermana acariciaba mi cabello. De las tetas bajé besando y lamiendo hasta el chochito. El jugo ya le bajaba por los muslos. Le comí el chochito hasta que su pelvis se movió hacia todos los lados buscando el orgasmo. Me levanté, le volví a comer el culo y después jugue con la punta de mi verga en su ojete. Me dijo:

    -Me gusta.

    La alacena con el aceite estaba al lado del fregadero. Eva María, echó una mano. Abrió la puerta. Cogió una botella de aceite de girasol. Echó un poco en su mano, untó mi polla, y me dijo:

    -Métemela.

    Le pregunté:

    -¿Dónde?

    -Donde quieras.

    Se la metí en el chochito. Entró tan ajustada que nada más meter la cabeza tuve que quitarla y correme en sus nalgas.

    Eva María, sonrió. Me besó mientras le embadurnaba las nalgas de leche. No se untó la cara con ella. Ahora sabía que le entraba y quería follar hasta quedar rendida.

    Cantaba Antonio Machín en la radio: «Angelitos Negros», cuando me cogió de la mano y me llevó a su habitación. Al lado de la cama, se limpió la leche del culo con una sábana. Me desnudó, besándome sin lengua. Al tenerme en pelotas, se quitó las sandalias y los calcetines. Se arrodilló. Cogió mi polla, que estaba flácida, colgando, y me hizo la mamada del cucurucho de helado hasta que la puso dura. Al tenerla preparada, me empujó sobre la cama. Mi hermana me puso el chochito en la boca, un chochito que estaba goteando flujo. Después de pasarle la lengua por él quince o veinte veces, repitió la misma cantinela:

    -¡Aaaaay, me corro!

    No hacía falta que lo dijera. Sus mulos apretando mi cara, sus temblores y su flujo cayendo en mi cara y en mi boca hablaban por si mismos.

    Me encantaba beber de mi hermana.

    Al acabar de correrse, reptando, bajó empapando mi vientre con su jugo y frotando sus tetas contra mi cuerpo. Me besó con lengua, largamente y con una dulzura desconocida para mí. Cogió mi verga, la acercó al ojete y metió la cabeza. Entró ajustada como en el coño. La acabó metiendo toda. No la sentía gemir, sólo me besaba. y besaba, y besaba. El que comenzó a gemir fui yo. Al sentirme, despacito, la quitó del ano, la puso en la entrada del chochito y la fue metiendoi hasta el fondo, ahora ya gemía. No pude evitalo. Me corrí dentro de mi hermana. Lejos de apartarme, me apretó el culo contra ella con las dos manos y me siguió follando. Al ratitó me volví a correr dentro. Ella estaba obcecada, quería correse con mi verga dentro. Casi media hora más tarde, exclamó:

    -¡Sií, si, sí, sí! ¡¡¡Me corro!!!

    Me corrí con ella. Su boca volvió a buscar mi boca. Vi sus ojos en blanco. Cuando la besé estaba ausente, viajaba por el mundo del placer

    Fue un polvo de los que hacen histiria, ¡Un polvazo!

    Afortunadamente no quedó preñada.

    Se agradecen los comentarios buenos y malos.