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  • Con el papá y el hijo

    Con el papá y el hijo

    Juan Carlos es un hombre caprichoso. Cada vez que me encuentro con él siempre tiene alguna cosa sucia en mente y otras chicas dirán que él es un pervertido, pero creo que solo es caprichoso. La otra vez insistió que me pusiera un traje de bailarina de cumbia para hacerlo en un hotel y no sé de dónde sacó uno talla M que me entallara!

    Pero a veces se pasa.

    Ahora en julio me llamó para decirme que alguien quería conocerme para un trio, pero no se trataba de ningún socio de negocios o cómplice de juerga sino que se refería a su hijo. “Ya pues Juanca… sabes que no me meto con chicos”. Insistió e insistió tanto, día y noche que ganas tenía de mandarlo al diablo, pero él siempre se ha portado bien conmigo y como es “generoso” terminé aceptándole.

    Quedé en ir una mañana de sábado a su casa para dedicarle más tiempo. Además la mamá había salido con los otros hijos y el chico estaría libre. Al tocar la puerta sale Juanca y me presenta a su hijo, apenas entrado a la facultad quizás. Me daba hasta miedo preguntarle la edad y tenga solo 19. “Y ahora qué hago con él??”

    A empezar por el principio pues: a saludarlo con un abrazo larrrgo y un kiss apretadito a ver si se entusiasmaba. Y claro que se puso feliz… sería jovencito pero tenía mi talla y las manos más largas que su padre. Pero nervioso, ya luego el papá se fue para dejarnos solos la casa. Allí mismo en la sala empecé sentándome para que estar más calientitos. Para hacer las cosas más fácil había ido con un vestido, pero no muy corto para no causar sospechas y era para que sus manos no tuvieran problemas para explorarme. Claro que metió una y otra mano hasta hacer un poco de daño. Lo que hice luego fue llevarlo a bailarle algo mientras veía como se ponía. No aguanto mucho porque se paró para bailar lentito y bien abrazado a mis nalgas no importa si tocaba una canción pop. No hizo falta calentarlo más porque él me calentaba a mí.

    De pronto se abrió la puerta de la casa con ruido y casi me da un ataque, pensé que era la mami y yo estaba con medio vestido fuera y el brassiere en las orejas! Nada, era Juan Carlos que regresaba “que haces acá papa??… “si, contesta que haces acá Juan Carlos?”. Pues como les dije, él es un caprichoso y estaba allí parado, mirándome, tan excitado como su hijo. Como no quería perder la atención seguía moviéndome y no pensé que se excitaría más al verme abrazada semidesnuda a su hijo.

    No paso mucho para dejar al hijo un rato y contonearme delante de Juan Carlos y ahora el chico era el que no podía quedarse quieto viendo a su papa apretando mis boobies. Un par de risitas coquetas fue suficiente para que el chico saltara a mi lado y me besara con tanta fuerza que me mordía la lengua: “ya es hora de ir a la habitación lindos…”

    Cuando me hicieron pasar al cuarto del chico me quede mirando la cantidad de posters y al darme la vuelta me partía de risa. Padre e hijo ya estaban en trusa y entendí que los previos se acabaron y había que pasar a algo más sólido. Me quede solo con los tacones y senté al borde de la cama para ver a cada uno directamente a los ojos. Sin perder su mirada me puse de rodillas y mientras se quitaban lo último me puse a hacerles un oral mientras estaban parados. Hay algo en hacerles oral de rodillas que nunca falla con ellos, siempre que no me hagan tragarlo todo hasta el fondo y sobre todo cuando quieres mantener los ojos abiertos.

    Juanca no se aguantó más y me levanto como si fuera un trapo para dejarme en la cama con las piernas elevadas y cada uno empezó a lamerme los deditos. Ufffff nunca me habían hecho eso! Se siente riquísimo y sin que sean cosquillas. En que momento me quitaron los zapatos? ni idea… Valía la pena gemir con fuerza…

    No fue el único oral que me hicieron, primero tuve la boca del chico entre mis piernas mientras Juan Carlos metía su lengua al fondo de mi garganta, totalmente excitado porque podía apretar su miembro que latía solo… Pero de ahí entonces el chico ya se puso más activo porque puso su verga encima de mí para tenerlo dentro, con una fuerza que sin hacer daño me quitaba la respiración y su padre se sentó a un lado de la cama para vernos, a veces me apretaba las boobies y hasta se daba el lujo de darle instrucciones a su hijo, como “bésale allí, yo sé que le gusta…”, “apriétale las piernas”, “ahora déjamela un rato que quiero probarla”.

    Juan me volvió a dar vuelta y me puso en posición de doggie para poseerme, claro que su hijo no se quedó quieto: se sentó delante de mí para continuar con el oral que le había hecho antes. Se vino con una fuerza enorme! tenía hasta las pestañas pringosas pero no podía limpiarme porque el papá seguía dándome una y otra vez hasta que se vino y estaba llena de semen por delante y detrás, los hombros que resbalaba hacia la espalda y en el vientre.

    El morbo era muy caliente y nunca había estado con padre e hijo en mi vida! daban ganas de una ronda más, solo uno más con el chico pero ya muy rapidito ya que una nunca sabe si la señora de la casa volvía antes de tiempo y había que dejar la mejor impresión… podía repetirse alguna vez mas.

    Juan Carlos me llevo a mi casa con una mano entre mis piernas, sin dejar de decir que había sido lo máximo, que debíamos repetirlo. Este es tan loco que quizás el año próximo me pide hacerlo con el segundo de los chicos…

  • El ser amable me entregó una madura

    El ser amable me entregó una madura

    Era mediodía y venia de regreso de la universidad camino a mi hogar, estaba agotado después de tener que haber despertado muy temprano y mi cansancio era notorio. Debía hacer un largo viaje que incluía el uso de bus y metro por más o menos de dos horas, lo único que alegraba un poco el trayecto lleno de gente era que por esas dos horas observaba disimuladamente a todo tipo de mujeres que utilizan el transporte público. Debo admitir que soy muy caliente y me la pasó mirando culos y tetas, especialmente a mujeres maduras, que son mi mayor debilidad y fantasía, intento hacerlo lo más disimuladamente posible y sin propasarme pero no pierde detalle de cada mujer madura que me llama la atención. Hasta ese punto jamás había podido cumplir mi fantasía de culearme a una mujer madura, no conocía a ninguna de manera cercana, tampoco soy el tipo más guapo para acercarme a una y ser bien aceptado, soy bastante regular y promedio por eso me sorprendió cuando la situación que describiré sucedió.

    Venía sentado en el metro, como siempre poniendo atención a alguna buena madura, hasta que divise algo que me cautivo. Una mujer madura que me daba la espalda, lo que llamo poderosamente mi atención fue su gran y escandaloso culo, apretado y a punto de reventar en unos ajustados jeans se encontraba el mejor culo que había visto, muy grande, de señora madura, pero se veía muy firme y respingado pese a la edad y su voluminoso tamaño. Quede hipnotizado y con cara de tonto mirando el abundante culo frente a mí, cuando pude quitarle la vista a ese monumento observe a la dueña de tan potente trasero. Era una madura de aspecto regular, tenía la contextura de una mujer madura pero aún conservaba unas notorias curvas, algo de panza pero al mirarla de lado pude notar unas tetas bastante grandes, atrapadas en una blusa, no tan grandes como su culo, pero sí bastante levantadas para su edad. Quede embobado con la madura hasta que note que llegue a mi estación, note que se agacho dejando su enorme culo en pompa y recogió varias bolsas que se veían muy pesadas, las levanto dejando escapar un quejido de molestia y procedió a bajar.

    Aproveche que bajo en mi estación para seguirla desde atrás y seguir mirándole el culo, caminaba bastante lento por el peso de las bolsas así que me mantenía a cierta distancia, el culo se lo movía de manera increíble al caminar, bamboleaba de un lado a otro atrapado en esos jeans. El movimiento de su culo ya me había provocado una erección y cada vez me ponía más caliente, nunca antes fui tan atrevido de seguir a una mujer solo para verle el trasero así que me sentía excitado y nervioso. Estábamos llegando a las escaleras para bajar cuando se da vuelta y me mira directo a la cara. La mire directamente bastante asustado, pensé que me había descubierto mirándole el culo y no sabía dónde meterme para salvarme del cabreo que me caería encima, pero para mí sorpresa me pidió amablemente que la ayudara con las bolsas porque estaban muy pesadas. Enseguida respondió con alivio que claro que sí, tome todas las bolsas y le dije que yo me encargaba, me acaricio el brazo agradeciéndome por la ayuda. Fuimos conversando en el corto trayecto y me contó que venia del supermercado muy cansada, justo cuando me disponía a despedirme me dijo que se dirigía a tomar un colectivo, el mismo que tomaba yo para mi suerte.

    Nos subimos al auto después de guardar las bolsas en la parte trasera, nos sentamos juntos y me siguió conversando de manera muy amable, yo hacia mi más grande esfuerzo por mirarla a su moreno rostro y no perderme en su escote, pero esas tetazas pedían a gritos atención y mi vista caía sin remedio entre sus grandes pechos. El conductor se unió a la conversación de cosas triviales, como política o clima, mientras hablaban yo miraba de reojo sus potentes tetas que rebotaban alegremente cada vez que el auto avanzaba. Para mi sorpresa apoyo una de sus manos en mi muslo, apretó con delicadeza mi pierna y me pregunto dónde bajaba, le dije mi dirección y sonriendo me respondió que vivía cerca, se comportaba muy dulcemente pero me tenía con una erección brutal que intentaba disimular con mi mochila.

    Bajamos y yo baje sus bolsas, me agradeció la ayuda y me pidió si es que podía acompañarla hasta su casa, accedí sin dudarlo y solo caminamos un par de cuadras hasta llegar a su pasaje y al frente de su casa. Sonriendo me dio las gracias y me ofreció un vaso de agua, torpemente contesté que no se preocupara, se acercó a mi e insistió siempre con una sonrisa en su rostro, se acercó a mí y una de sus manos agarro suavemente mi erección y la froto sobre el pantalón, me dijo que solo quería pagarme mi amabilidad. Soltó mi entrepierna y comenzó a abrir la reja con una amplia sonrisa, entre nervioso y excitado y me senté sobre su sillón, entro a la cocina con las bolsas y volvió trayendo un vaso con agua. Se sentó a mi lado mientras bebía, procedió a sacarse los zapatos y coquetamente se sentó a lo largo del sillón poniendo sus pies descalzos sobre mi entrepierna, no pude evitar que mi pene diera un respingo al tacto y avergonzado no dije nada.

    Comenzamos a hablar, le conté sobre mí y ella sobre quien era, se llamaba Sara, me dijo con una mirada triste que se la pasaba aburrida y sola en su casa ya que su marido se la pasaba todo el día trabajando, me desanime al escuchar que tenía marido pero al terminar esa oración frotó sus pies con mi entrepierna como si fuera de casualidad. Se produjo un silencio y me miró fijamente, me dijo que le gusto como la miraba en el metro, me quede mudo hasta que con la planta de unos de sus pies y con los dedos del otro acaricio sin reparos mi pene sobre el pantalón, deje escapar un suspiro de excitación, quise disculparme pero me interrumpió y dijo con un tono de excitación que hace mucho nadie le miraba así.

    Sin decir más me abalance sobre ella, nos besamos rápidamente y baje a besarle las tetas descontroladamente, mis manos buscaron su culo aun atrapado en sus ajustados jeans. Se quitó la blusa seguido del sostén y ante mis ojos quedaron unas tetas más grandes de lo que imaginaba, morenas, grandes y voluptuosas, de mujer madura, pero más firmes de lo normal, sus grandes pezones estaban erectos pidiendo ser comidos. Me volví loco chupándole las tetas y diciéndole que era una mamacita, ella muy excitada me pedía que no parara y afirmaba mi cabeza contra sus tetas, parecía infante de tanto que mamaba de tan buen par de tetas. Me aparto un momento y con una sonrisa bien caliente se levantó frente a mí, se puso de espaldas y comenzó a bajar su pantalón, su enorme culo comenzaba a asomarse pero era tan grande que el jeans apenas bajaba, finalmente cayó al piso dejando a mi vista un culazo enorme apenas cubierto por una diminuta tanga negra, un culo escandaloso, como dije grande, de señora madura con algo de celulitis pero bastante firme con cachetes bien duros. Me baje rápidamente el pantalón junto con toda mi ropa, Sara observo de reojo mi erecto pene y sonrió, bajo su tanga y pude ver la enorme raja de su culazo de señora madura. Estaba tan excitado por su cuerpo y la situación que al ver ese culo sin nada que lo cubriera… acabé, eyacule de un gemido de placer manchándole la alfombra de semen al ver su maduro cuerpo desnudo.

    Me disculpe algo avergonzado, sin dejar de sonreír me dijo que no me preocupara que lo tomaría como un halago. Me dijo coquetamente que un hombre joven como yo debería recuperarse rápido mientras procedía a ponerse de rodillas entre mis piernas, chupo suavemente mi pene y tal como ella dijo mi erección volvió en todo su esplendor. Miraba y acariciaba mi pene con devoción, Sara con una mirada de fiera me dijo que se sentía tan bien sentir que aun podía atraer a un hombre, que hace mucho no tenía un pene erecto para ella, Me lo chupo con unas ganas increíbles, me retorcía de placer con tal espectacular mamada, estaba como poseída chupándome el pene. La experiencia se notaba, una maestra en chupar el pene, manejaba mi ritmo y su lengua acariciaba la punta de mi pene de vez en cuando, agarraba con suavidad mis bolas mientras lo chupaba delicadamente. Nuevamente no aguante más y le dije que me correría, para mi sorpresa no se sacó el pene de la boca y derrame todo mi semen en su boca. Se relamió el semen y me dio un último beso en el glande, abrió sus piernas y sentó sobre mí, me abalance a chupar sus tetas mientras mis manos acariciaban sin parar ese enorme culo.

    Me pidió ir a su habitación, tomó mi mano y me condujo por las escaleras, mi vista estaba fija en el culo de tan rica mujer, los cachetes subían y bajaban y el ritmo del bamboleo de su culo haría correrse a cualquiera. Llegabas a su alcoba, me lanzo en la cama y se subió a besarme, nos revolcamos entre besos, yo con mis manos fijas en culo, se sentía tan duro y grande, no aguante y le pedí que se parara al borde de la cama y que se agachara. Con su culo en pompa me dedique a agarrarle el culo y tocarla por todas partes, no sabía cuándo tendría otra oportunidad así que me dedique a masajearle el culo, luego pase a tocar su vagina, con el solo tacto se mojó aún más y gimió sonoramente, la masturbe un largo rato lentamente hasta que se retorció en un sonoro orgasmo. Desesperada me pidió que se lo metiera, y así de golpe ella se sentó en mi pene. Comenzó a cabalgar como poseída sobre mi pene mientras yo me aferraba como a su duro culo, chupaba sus enormes tetas que rebotaban de una forma exquisita, le pedí que se diera vuelta para mirarle el poto mientras lo hacíamos. Por unos minutos me cabalgo mientras tenía ese monumento de culo frente a mí, no aguantaría mucho más y se lo hice saber. Me dijo que por favor no lo sacara y de una sacudida de sus caderas y su tremendo culo me hizo acabar una abundante cantidad de semen dentro de ella.

    Me besó con pasión y nos recostamos al lado del otro, Sara me dijo que su marido ya no la satisface y probablemente la engaña, que no la toca en meses y que al ver mi mirada en el metro se sintió deseada y que mi amabilidad le dio esta idea. Mientras hablamos no dejaba de acariciarle las tetas y el culo, Sara sonriendo dijo que se sentía bien tener a un hombre a sus pies. Nos acariciamos una última vez y me dijo que debía irme pero que volviera cuando quisiera pero que esto era puro sexo, su marido jamás debía saberlo. Me vestí y me fui sonriendo después de tremenda culeada, tan excitado quede que le dedique una paja al llegar a mi casa. Volví a la casa y al culo de Sara y pasaron muchas cosas más en los siguientes meses pero eso será en otro relato.

  • Cuñada despechada, cuñada garchada

    Cuñada despechada, cuñada garchada

    La hermana menor de mi esposa estaba atravesando una crisis de pareja, venirse a la casa de su hermana para “tomarse un tiempo” de reflexión y ver de qué modo procesar el descubrimiento de una infidelidad de su marido.

    Nunca habíamos tenido muchas oportunidades de estar tan cercanos, tal vez por eso la empatía no había traspasado el trato amigable, tal vez la diferencia de edades o la falta de oportunidades. En esta ocasión yo tenía una oficina en refacciones y mi casa hacía las veces de tal, ahora con mi esposa con buena parte del día fuera, se nos daba de pasar buena parte de él, como no tenía nada para hacer se acercaba para ver si podía ayudarme en algo.

    Así con ese juego de palabras con doble sentido comenzó el inocente, solo al principio, juego de seducción mutuo.

    —Cuñadito, puedo darte una mano?

    —Sí, claro, pero una mano sola?

    —O las dos, según lo necesites.

    —No me hagas pesar bien…

    —Si piensas mal tal vez aciertas…

    Las miradas dicen mucho y sugieren mucho más, pero por alguna razón una palmadita sobre mi rodilla dejó trunca la devolución de ser mal pensado. Antes de retirarse para hacer café, dejó una sonrisa suspendida en el aire con aroma de ir por la revancha, regresa con las humeantes tazas y se sienta en el borde del escritorio, la mini falda se sube lo suficiente para estremecer mis deseos.

    La empatía troca en intimidad, la cercanía hace el milagro de acercarnos en la emociones, en rápida síntesis me comentó del engaño de su esposo y de la crisis, que lo quiere pero necesita pone paños fríos para superarlo. Que estos días estuvo pensando mucho, que mi cercanía reavivó esa fantasía que la tenía atrapada sin poder soltarla, ahora tal vez, sería el momento de pagarle con su propia moneda, ser infiel, sería la venganza por su deslealtad.

    Sería un doble propósito vengar la afrenta y cumplir mi fantasía de sentir una experiencia diferente, hacerlo con un hombre mayor, sentir que su experiencia podría darme ese placer que fantaseo y ayudarme a sanar de la traición.

    No hubo más palabras, mi mano sobre su rodilla, ratificaba cada intención, celebraba cada deseo que surgía silencioso por el entramado pasional que comenzaba a gestarse dentro de mí. La doble intención del juego de palabras descorría el velo de la intimidad abriendo el acceso a los juegos carnales.

    —Mirarte así, tan… que haces resurgir mi debilidad por las rubias y pe… voluptuosas

    —Yo soy rubia y pe… chugona, que no te animas a decir.

    —Bueno, eso es para la calle, tú eres para la intimidad, pero… Ver no me alcanza

    —A ver, toca mis bubis…

    —Hmmm, sí, parecen reales, al tacto, soy pragmático, “ver para creer”.

    Me permite ver y tocar, obvio que no fue una tocadita, sino una tocada lenta, miradas bien de cerca, hacerle sentir el aliento húmedo en los pezones. Sentía la erección de las gruesas picas rosadas, la sonrisa de Mabel aprueba el atrevido juego, complaciente alienta a subir el desafío.

    —Estas están bien grandotas y ricas, aunque eso no lo podría decir, ya sabes: “aprobar es saboear”

    —Epa! Sí que estamos atrevidos…

    —Sí, y… puedo?… —sonríe.

    Quien calla otorga, tomar una entre mis manos y comenzar a lamer, estrujar y mamar. Dejarse hacer es permitir subir al siguiente escalón, tomada de la cintura atraje su cuerpo al mío, sus manos acariciando mi nuca confirman y aceptan. La mamada adquiere el tono épico de la excitación repentina, llenándome la boca de tetas hasta que la necesidad de aire me obligó a soltar la deliciosa carne.

    Se corre al centro del escritorio, delante de mí, la mano repta por sus muslos camino al encaje de la tanga, en la oquedad busca pasar debajo del borde de la tela, hasta sentir la mullida textura del vello púbico, intruso entre los labios de la vulva, sentir la cálida humedad del nido de todos los placeres.

    Subí la falda, ella apoyó los codos sobre el escritorio para favorecer el deslizamiento de la tanga, eleva y junta las piernas para retirarla por completo, se queda rodeando mi cuello como trofeo de caza. Tomada de las nalgas atraigo bien al borde, inclino mi cuerpo hasta quedarnos boca a boca, sus manos apoyadas en mi cabeza impulsan al contacto lingual con los labios de la cuca.

    Los primeros lamidos producen la sensación excitante del shock esperado pero imprevisto, sorprendida en el primer gemido que ganó su pecho, las siguientes fueron recibidas por las alas de mariposa agitándose en cada lamida. Las piernas sobre mis hombros permiten comerle la conchita con total dominio de la situación, estremecida y tensa sufre los primeros atisbos de la agitación propia de un orgasmo en ciernes, conmovida por el acoso de lamidas sacude su cuerpo, tensiona sus muslos apretando mi cuello, tomándose de mi cabeza, los dedos enredados en mi cabello, le sirven para expresar la incontenible inquietud que provocan la sucesión de estímulos vaginales que la están llevando al borde del abismo orgásmico.

    Sin solución de continuidad los estímulos suman tensión y ansiedad, nerviosa excitación, incontenible, estallido emocional, espasmo y gemido estentóreo acompañó la liberadora expresión del orgasmo, los jugos inundan la conchita, mi labios siguen frotándose y debatiéndose en las vibrantes sacudidas de su sexo. La quietud permite un resuello, los dedos hurgando y la acuciante lamida vuelven a elevar la tensión hasta otra convulsión, y otro más.

    El éxtasis la sorprendió abrazada, sosteniendo mi boca en la suya vertical, frotando mi nariz en su pecera, haciendo burbujas de amor, mojado en su jugo pasional.

    Mabel disfruta el clímax, en silencio, comprende la intensidad que puede transmitir un hombre apasionado, capaz de llenar sus necesidades sexuales y afectivas, divertido y discreto, siente la contención del hombre que la supera en edad y experiencia, que no trata de absorber su tiempo sino darle el suyo.

    Tomé de la cintura y bajé del escritorio, un abrazo contenedor la hizo vibrar y estremecer, giró dándome la espalda, pasé mis manos bajo sus axilas, conteniendo sus pechos en mis manos, mi sexo pegado a sus nalgas, sentía el calor y la humedad que brota de su conchita a fregarse con el miembro.

    Me deshice del pantalón y el bóxer en un solo movimiento, agité un poco la verga, erecta y dispuesta a frotarla entre los labios vaginales, retiró hacia atrás sus caderas, inclinó el torso apoyando las tetotas sobre el escritorio, separe las piernas y la penetré suave, haciéndole sentir como la pija busca adentrarse en la humedosa cueva, el gemido placentero alienta a penetrarla hasta sentir los jugos en la piel.

    Volcado sobre ella, las manos por debajo del torso apoderándose de las tetas, comienza la ritual danza del metisaca. La novedad y la calentura extrema adoptan la versión, más viva, más intenso, más violento, concentrando los sentidos en la urgencia de la acción y reacción del cuerpo. El hecho de que el amor no esté involucrado proporciona el plus de producir la entrega absoluta al placer.

    En la vehemencia de la penetración los testículos se empapan en los labios vaginales, éstos se cierran cuando apremio los embates y aflojan cuando me salgo hasta la puertita. La tensión producida por la estrechez de su conchita y la contribución de movimientos, sacando las nalgas adecuando los ritmos.

    —Dame, dame más rápido, más rápido, no pares, muévete, más…

    Incita y exige, los tiempos de ambos se aproximan, ella fue más precoz, los gemidos anuncian el arribo al orgasmo, sus labios tiemblan, transmiten el mensaje cifrado de la esperada venida de su hombre. El estremecimiento muscular, acciona e impulsa la eyaculación, la venida abundante del semen comienza a fluir en desordenados chorros.

    Sentía fluir la vida láctea en cantidad infrecuente, enterrado bien a fondo, sin mover más de lo necesario para vehiculizar la esperma sembrada dentro de mi amante.

    Estas situaciones, breves en tiempo, pero tan intensas y exigentes siempre producen ese ahogo por la premura emotiva de la intensa eyaculación. Me dejé caer sobre el sillón, disfrutando el deleite de ver como la abundante lechada comienza a escurrirse de la conchita me Mabel.

    El bidé rescató el resto del semen inyectado, la ducha el sudor que bañaba nuestros cuerpos, solo cubierta con una toalla fue a preparar otro café, yo sin nada, en total desnudez.

    —Bonito es verte así, tenemos recreo hasta que vuelva tu hermana.

    —Sí señor, y cuando el gato no está…

    —Te divertiste ratoncita?

    —Sí señor, pero… tenía sabor a poco…

    —Ven, siéntate sobre el pinocho (pene erecto)

    Abrí la toalla, mostrando la erección a pleno, pidiéndole se siente ahorcajada, empalada. Es una postura deliciosa, me agrada verlas balancearse, sobre todo cuando los pechos son dignos de ser comidos en la cabalgata.

    Abrió sus labios, embocó la verga, la dejó ir bien dentro, asida del respaldo comenzó a balancearse, moviendo el culazo en cada envión, sentíamos por igual la íntima penetración. Le había tomado el gusto estar en el dominio de la situación, manejar su propio placer la emociona, respiración agitada, inclina para ofrecerme sus opulencias para alimentar el morbo de ser comida por su macho, los ruidos propios de la mamada desordenada agrada y satisface el ego de hembra.

    Evoluciona en ondulaciones del vientre y la pelvis, dibujando círculos, elevándose y dejándose caer hasta sentirse totalmente abierta. Inclina el torso, cubre mi cara con sus pechos, con las manos abre más las cachas para acentuar la penetración, la creciente humedad de la cuca se derrama sobre mi pelvis y los testículos, retoma el ritmo de galope, a pleno.

    Está conduciendo su propio placer, los gemidos, se arroba en la mística unión de su deseo con el morbo del placer que la invade, los ojos cerrados y las manos crispadas en mis hombros. – Ahhhh!!!

    Gutural bramido, rígida y silenciosa, agitación del ánimo, conmoción total. Solo un instante, luego afloja la tensión, elevo la pelvis para hacérsela sentir, vuelve a tensión previa, aprieta sus pechos casi sobre el pezón, la típica pose de la madre dando de mamar. Los bramidos, apagados se diluyen en las contracciones ondulantes de su pelvis, juega con la presión de los músculos vaginales.

    Se deja estar, silenciosa, volcada sobre mí, entregando sus carnes para la mamada placentera, calma y relajada abre los ojos, sonríe, permite ser movida por su hombre, que abran sus cachas y eleve su cuerpo.

    Permite deslizarme debajo de su cuerpo, quedarse arrodillada sobre el sofá, las manos sobre el respaldo, curva la cintura, eleva las caderas, dejando el culito elevado, dispuesto para que me coloque de pie, tomado de sus hombros me impulse dentro del chocho.

    Con el borde de la toalla retiro gran parte de los jugos vaginales, me place el roce de la penetración, sentir como el poder de macho abre el sexo, la fricción gratifica la entrada triunfal. De un solo envión me voy hasta el máximo, asido de la muchacha comienzo el bombeo, la postura favorece la dominación, profunda intimidad de sexos, caliente excitación de los sentidos, la visión del hoyo indefenso seduce.

    No es tiempo de hacerlo, solo jugar con los dedos cuando el fragor del sexo lo permite, evoluciono penetrándola, cumplo el pedido de sostener la contundencia de la acción.

    —No pares, no pares, dame, dame más pija!!! Dame más…

    La postura le permite evolucionar, acompañar mis movimientos, se acelera otro momento que propicia un nuevo orgasmo, los quejidos inspiran para acelerar la acción, eyacular sobre el final de su orgasmo lo potencia y alarga, sus quejidos aúnan con los bufidos del hombre entregado en alma y vida en la contundencia de la emisión de la vital esperma.

    Quedamos quietos, disfrutando las contracciones de su vagina y los latidos de la poronga remanente de la contundente enlechada.

    Salgo despacio, el miembro arrastra algo del semen, la toalla recoge gruesas gotas del fluido masculino que emergen de la raja, un sonoro beso en las cachas agradece todo el placer de gozarla.

    Volteó, sentada, piernas abiertas, me regala la escena de ver salir mi semen del latente chocho. Acerqué la pija a su boca, rescata el semen, broche final de una gran cogida.

    Durante el resto de los días tuvimos oportunidad de repetirlo un par de veces, llegado el día del regreso al hogar conyugal me ofrecía a llevarla a la terminal, en el viaje me comentó que había mentido en el horario de salida, que estábamos saliendo con cuatro horas de antelación.

    —Es que necesitaba estar contigo, me siento en deuda, por tanto antes de irme necesitaba un momento de intimidad. Llévame al hotel, necesito ser tuya por unas horas antes de volver al mundo real.

    En pocos minutos estábamos entrando al hotel, tiempo extra que Mabel necesitaba regalarme, agradecía por ser la llave que avió el acceso a su fantasía, responder sin inhibiciones, sintió en su carne algo distinto, la vehemencia de la pasión, más viva, más intenso, concentrando sus sentidos en la acción y reacción del cuerpo, sin obligaciones le otorgan un plus en la entrega absoluta al placer, que yo resumía todo eso

    Striptease delicioso, la riqueza erótica solo disimula en ínfimos retazos de encaje, dos mínimos simulan contener erectos pezones buscando atravesarlos, la brevedad del triángulo sostenido por tres hilos casi invisibles cubrían el sexo. Menearse tocándose para excitarme, gracia para desprenderse del “tetero” arrojándomelo, sobarse el vello púbico, descorriendo el velo para revelar la húmeda calentura del sexo.

    Desprende del remedo de tanga, previo frotamiento en la vulva, refriega en mi cara para llenarme de su íntimo sabor a hembra, gira, mueve, despliega la gracia de su desnudez provocando al macho a poseerla.

    Tendida sobre el lecho, tendida de espaldas, piernas abiertas, elevadas, sostenidas de los muslos para obsequiarme esa parte de sí que me obsesiona, su ano. No quiere perderse un solo gesto, una sola expresión del hombre que colonizó su erotismo, que ganó por derecho propio ser el primero en hollar ese sitio virgen.

    —¡Este es tu regalo! Pero… la tienes muy gorda, sé que dolerá, necesito llevarme los latidos de tu presencia dentro de mí. Suave…

    Con hambre de lobo besé, lamí y comí como nunca antes un ano, entregado necesitaba de cariños, se relajó sumando una nueva experiencia nueva y fuerte. Su cuerpo se arquea y ondula, acompaña las sensaciones producidas por precisas y efectivas lamidas, profería gemidos y palabras casi inaudibles, propias de cuando una mujer comienza a estar confundida emocionalmente.

    Tomé un poco de crema de la cartera de Mabel, lo mínimo no quería perderme el placer de sentir la deliciosa fricción, sobre todo en su primera vez. La penetré con fuerza pero con suavidad, jugando un poco hasta entrarle toda la cabeza, luego envión y todo el resto. Breve pausa, “amigarse” con el intruso, el bombeo vehemente le dejó la zona bien enrojecida.

    Tendida, tocándoselo, calmando el ardor de la penetración y los latidos por la dilatación forzada. Culito virgen y tan estrecho es la tentación, ella entendía y creo que disfruta sentir a su hombre hacerle el ano de manera tan agresiva, entre gemidos y jadeos, sentía la vida latiendo dentro de su cuerpo.

    En una breve pausa para darle un resuello, mientras acarició su trasero enrojecido.

    —Sabes que prefiero esta forma de hacerme el amor al “te duele?” recurrente y mentiroso de mi marido, entregarte mi colita virgen me hace feliz sin esforzarme, es una sensación inédita, ni sé que signifique esto que me pasa. Todo es culpa tuya, me siento como un pez en la pecera, que dicen solo tienes siete segundos de memoria, por eso pueden habitar en ella. Cuando esté de regreso me masturbaré para recordar este momento, pensándote mucho.

    Coloqué una almohada bajo el vientre, elevando sus caderas para penetrarla con mayor comodidad y permitir accionar sus manos sobre el clítoris. Solo otro poco de cremita en el glande y me mandé dentro, con todo, sentirme todo dentro de ella era algo indescriptible, los sentidos alterados y las emociones enredadas nos sumieron en la vorágine atronadora de movimientos frenéticos, jadeos y gemidos que llenaron el ambiente de pasión. Apurando y apretando mi cuerpo, teniéndola sometida a la pasión delirante de mi calentura.

    —Dame fuerte, dame fuerte!! más rápido, más rápido!!!

    Su pedido se sumó a la necesidad imperiosa de mi calentura por venirme, movimientos de pelvis apremiados por la fogosa impaciencia del esperma que busca atropelladamente vía de escape. Jadeando locura pasional, solté el primer chorrazo de semen, sentía fluir la vida dentro de su vida.

    —No te salgas, quédate, espera que se baje, me haces doler saliendo así, tan dura. Me gusta sentirme apretada, dominada, sometida…

    Escuchamos el chapoteo al retirarme de ella, una ventosidad espumosa de semen asomó tan pronto se la saqué. El hoyo seguía latiendo, enrojecido, su dueña con el resto de “regalo” dentro latiendo mi vida dentro de la suya.

    Se vistió, ropa interior de esposa, toallita femenina dentro de la bombacha retendría la eventual salida de mi semen. Dijo que no se lavaría, quería viajar llevándose mi leche y la incomodidad del desvirgue anal, sería su necesaria compañía.

    Estaba ante una mujer desconocida, distinta al que había conocido tan solo días antes, esta había perdido el pudor, atrevía a dejarse llevar con este hombre por la aventura del placer sexual, hablar de todo menos de amor.

    En la madrugada, recibí el whatsapp: “Llegué bien, tu “regalo” viajó dentro de mí. El tuyo lo tienes en el bolsillo de tu chaqueta”. Me levanté, para buscarlo, me había dejado el soutién y la tanga, con su aroma…

    Cuántas como Mabel existirán, desearía saberlo: [email protected] porfa…

    Nazareno Cruz.

  • Causas y efectos

    Causas y efectos

    Tienes esa sensualidad que me atrapa, que me hace desearte más de lo habitual.

    Solo tú sabes encender todos mis sentidos y los que aún no son visibles al ojo humano, pues

    tu imaginación misma hace crear grandes espectáculos amatorios que ni los mismos dioses

    podrían crear aún con su inmenso poder. Eres quien en cuestión de segundos haces reaccionar

    mi cuerpo sin siquiera decir una sola palabra. Pues el dejarme siquiera a la vista un

    centímetro de tu desnuda piel, hace que puedas poseerme a tu antojo, que me domines en esas

    cuatro paredes que serían testigos de nuestro magnifico encuentro. Entregados en cuerpo

    y alma para deleitarnos de uno de los exquisitos placeres en la vida. Creando un grato

    recuerdo para que el día que lo lleves de nuevo a tu memoria, me dejes hacerte estremecer

    sin siquiera tocarte con un sólo dedo, hacerlo desde tu imaginación, de tu recuerdo, de

    nuestro encuentro.

  • La solución en mi casa por mi suegra (Parte 2)

    La solución en mi casa por mi suegra (Parte 2)

    Quisiera pedir disculpas primero por la demora en la publicación de la segunda parte de mi relato se debió a que tuve mucho tiempo de trabajo espero que sea de su agrado.

    Mi suegra Margot cuando dejó sobre la mesa los huevos revueltos que había preparado, le enseño el bulto del pantalón que tenía debido a mi tremenda erección esa mañana, yo también tenía mis huevos bien revueltos que estaban así a causa de lo que ella había hecho en la noche anterior.

    Su mirada se quedó unos segundos viendo la erección, pero luego recobró la cordura y siguió con normalidad sirviendo mi desayuno, ahora con la luz del día se le veía mucho mejor como su bata resaltaba sus formas esas nalgotas y tetas grandes que recién descubría en ella porque siempre la vi como la madre de mi esposa pero ninguno se atrevía a decir nada más y eso se debía al respeto que había hasta ese momento entre los dos.

    Ella imaginó creía que yo no recordaba nada por lo borracho que estaba por su manera de actuar normal conmigo así que creí que sería lo mejor no decir nada más y me fui a trabajar mientras manejaba recordaba lo rico de su boca sobre mi verga y otra vez una erección ahora estaba peor que antes y me preguntaba porque ella lo había hecho.

    Pero pensando a detalle cómo se fueron dando las cosas esa noche entendí, ella había oído lo que le había dicho a Eva «que me buscaría a otra mujer que ahora cumpla conmigo porque ya tenía los huevos bien cargados y me estaba empezando a doler» y por eso ella lo hizo para calmarme en algo pero lo único que logró era ponerme peor, no tenía otra explicación porque Margot siempre fue una mujer muy recatada y respetuosa conmigo pero al ver en peligro el matrimonio de su hija por falta de sexo quiso buscar una solución.

    Cuando llegue a la casa la rutina de siempre su hija en la cama desconectada totalmente de la realidad y su madre cuidándola, ella siempre me esperaba para cenar juntos luego las preguntas de ambos yo como estaba Eva y ella como me había ido en el trabajo. Cuando llegó la hora de dormir me fui a dormir y ella junto a su hija y me costó mucho conciliar el sueño pero lo logré ya sería las tres de la mañana cuando se abrió la puerta muy despacio… ohhh era Margot otra vez…

    Nuevamente con mucho cuidado levantó la colcha que me cubría y buscó mi pene, la noche y la oscuridad parecía darle él valor para hacer lo que su hija tiempo no hacía, su lengua en el falo subía y bajaba y después se lo metió en la boca y empezó una maravillosa felación tenía que aguantar al inicio mis gemidos por temor a que se asusté y se vaya.

    Haber sido abandonada por su esposo tiempo para nada había hecho que olvide como saber complacer a un hombre su años y experiencia se notaba hasta diría que lo hacía mucho mejor que su hija, cuando sentí llegar el placer que su cavidad bucal había logrado ya no pude más y la sujete finalmente bien de los cabellos y de mi boca salió una gemido fuerte.

    -Ahh… ohhh siii…

    Ella recibió toda mi descarga en la boca y no dejó escapar ninguna gota de semen y como la primera vez se esmeró en dejarlo por completo limpio y luego se quiso ir pero ahora yo la sujete del brazo fuerte.

    -Por favor suéltame Vicente… ya me voy sólo lo hago por mi hija y entiendo que tienes como hombre necesidades… Y sólo quiero ayudarte, nada más… ahora sueltameee!

    Ya era muy tarde para sus explicaciones yo no me iba a conformar sólo con sexo oral si ella quería ayudarme tenía que ser completo yo necesitaba meter mi verga en una concha bien caliente pero tenía que lograrlo por su voluntad propia sin forzarla.

    -Margot lo sé y te agradezco mucho por eso y también que quieres lo mejor para nosotros que has dejado tu tranquilidad de tu vida para venir a vivir acá y no tengo palabras para darte las gracias pero ya deja por un momento de pensar en los demás tú también vives eres una persona muy especial y también necesitas sentirte querida y deseada como mujer.

    La jale hasta la cama y quité su bata de seda y quedó en su pijama que era también de seda de una sola pieza que era lo único que cubría su cuerpo puso algo de resistencia pero yo seguía diciendo que ahora era mi turno devolverle el favor o mejor dicho todos los favores desde que llegó a mi casa.

    -¡Nooo… Vicente no es necesario esto no puede suceder… nooo!

    Mis manos recorrieron sus piernas hasta llegar a su vagina como no usaba nada debajo de su pijama se me hizo muy fácil ella quiso levantar de la cama e irse pero ahora mi cabeza estaba en medio de sus piernas y mi boca empezó a besar y después a comerme su chucha que lo tenía bien cuidado se había depilado dejando ver sus labios mayores.

    -Vicente… No por favor detenteee… ohhh ohhh…

    Ahora su resistencia se iba cayendo a cada lenguazo que recibía su chucha que había empezado a mojarse su pijama se lo subí hasta la barriga para seguir chupando mejor su sexo muy tímidamente mi suegra empieza a soltar leves gemidos se resistía aceptar que había empezado a disfrutar después de mucho tiempo del sexo.

    -Ohhh… diooos tiempo… qué no sentía… así… que rico…

    Ya había logrado prender en ella la mujer que tiempo tenía guardado, sus labios se mordían para evitar gritar de placer y no me detuve hasta que su cuerpo empezó a temblar cuando llegó a tener una explosión del clímax y luego soltó sus jugos que recibí en la boca.

    -Ahhh… Vicente ohhh…

    Inmediatamente la abracé muy fuerte sus latidos del corazón estaban acelerados y su respiración agitada, unos minutos nos quedamos abrazados ya no éramos en ese momento suegra y yerno sino una mujer y hombre que estaban hace tiempo necesitados de buen sexo y por circunstancias que se vivía en la casa se había dado.

    Ya estaba listo para subir sobre ella y apenas había metido el glande en la entrada de su vagina cuando sentimos que alguien caminaba por el pasillo de la casa llamando a Margot era Eva ella inmediatamente se levantó de la cama bien asustada se puso su bata y salió del dormitorio dejándome con la verga bien dura no quedando más remedio que masturbarme…

    (Continuará…)

  • De tal palo tal astilla: La re-puta-ción

    De tal palo tal astilla: La re-puta-ción

    Cuando conocí a Daisy y a su hija Melisa, fue en su casa, donde celebraban el cumpleaños de William, a quien conocía por su diminutivo en inglés como Billy. Bill, es el esposo de Daisy, pero cuando me la presentó, esta yacía por sobre las piernas de mi amigo Rivas, quienes jugaban algún juego de cartas y me admiré que para Bill, ver sentada a su mujer sobre las piernas de otro hombre, le parecía de lo más normal.

    Ya varias personas me habían hablado de Daisy y de su hija, y tenían esa fama que les gustaba calentar huevos, pero no sabía a qué más llegaban. Según mi amigo Rivas, era un coqueteo sexual, pero que no pasaba de ahí: por lo menos esa era la impresión que tenía Rivas con Daisy. La hija igual que la madre parecía ser bastante atrevida y me dio esa percepción desde que la vi vistiendo este vestido blanco transluciente donde se miraba una tanga color rosada en un cuerpo que llama la atención. La verdad que ambas, hija y madre son bellas mujeres, pero ese juego de coquetería bastante directa y atrevida, como que hasta cierto punto hasta molesta. Creo que es por eso en sus fiestas hay más hombres que mujeres.

    No tuvo que pasar mucho tiempo ni tan siquiera hacer algo de confianza cuando Daisy en forma muy coqueta me insinuaba sus nalgas o me rozaba con ellas al momento para ella oportuno. Realmente, a mí me gusta la conquista, pero esta mujer totalmente opaca esa emoción con su coqueteo constante. Al verle por primera vez con esos pantalones cortos de color blanco y su blusa corta que dejan ver su ombligo, realmente despiertan el deseo de fornicar y sodomizar a esta mujer, pero su forma de acercarse muy atrevida, prácticamente polarizó esa excitación que hasta me pareció muy grotesca y es por eso que muchos por ahí les llaman: Las Putonas.

    Me las encontré en otros eventos sociales y en cierta ocasión bailando y ya con los efectos del alcohol Daisy me dijo lo siguiente:

    —Tony, quiero que un día de estos me invites a salir y que me lleves por ahí y que me cojas como se te pegue en gana.

    —¡Daisy, la gente te puede escuchar! —había mucha gente alrededor.

    —¡Que importa! Es lo más natural que quiera coger contigo. Te aseguro que ellas también quisieran coger contigo, pero no se atreven a decirlo.

    Realmente sentía más pena yo que ella al decirlo, pero así de abierta y atrevida es Daisy. Su hija Melisa no se quedaba atrás y un día que me vio llegar en mi Shelby convertible, se me acercó y me dijo lo siguiente:

    —¿En qué posición me pondrías para darme una cogida en tu coche?

    —¡El día que tenga esa oportunidad, lo sabré! —le dije.

    —Tú tienes esa oportunidad cuando quieras, ahora yo quisiera saber ¿cuándo?

    Realmente Melisa si me la paraba con su coqueteo y quizá por ese elemento de juventud que tiene, pues para ese tiempo acababa de cumplir sus 18 años. En esos primeros meses las miré en varios eventos sociales sin claudicar a esa tentación de corresponderles a sus coqueteos. Fue para la fiesta del 4 de julio el día de la independencia, que todo cambió y varios nos reunimos en la casa de mi amigo Rivas. Ahí estaba Billy, con su puta mujer y su putita hijastra. Todos alrededor de la piscina donde la mayoría de mujeres, que quizá eran unas 10, vestían el típico traje de baño de dos piezas: bikini y sostén. Daisy tenía un bikini más diminuto y más atrevido, pero Melisa llevaba uno de hilo dental, que desaparecía entre sus nalgas. Recuerdo que mi amigo Rivas le dijo en forma de broma a Melisa cuando se nos acercó en la piscina:

    —¿Ese es tu traje de baño o te metiste en calzón?

    —¡No vestía calzones, nunca uso! Este es mi traje de baño… ¿Te gusta?

    Ya era entrada la noche y muchos se alistaban para presenciar la quema de las luces pirotécnicas que habían llevado y de las que se dan alrededor. Ya para esta hora la mayoría está con el efecto de algunos tragos o las cervezas. Me acerqué al baño que está cerca de la piscina para quitarme el cloro y al tocar la puerta, escucho la voz de Daisy y me dice:

    —¿Eres tu Tony? ¡Entra, báñate conmigo!

    —¡No creo que sea prudente! Tu marido está por aquí cerca.

    —Tú entra y le echamos llave a la puerta.

    Ella abrió la puerta y sin pensarlo me tomó de la mano y me hala. Ya no tenía nada puesto, y pude ver su conchita totalmente rasurada y sin decir mucho, me baja mi pantalón corto de baño y comienza a mamarme la verga y esta en segundos alcanza el grosor y el tamaño máximo de erección y solo dice: ¡Tony, que bonita verga tienes! – le dije que callara, pues se oían voces alrededor. Después de una breve mamada me pide que me la coja y es ahí donde le digo al oído algo que pienso que la hará pensar y quizá negarse y ponerle un alto a todo:

    —¡Se me antoja cogerte el culo!

    —¡Cógetelo, quiero sentir tu rica verga en mí!

    Así parados y con el agua cayendo para que camuflara los gemidos, así se puso como un día me rozaba con sus nalgas, ahora la tenía con las nalgas abiertas y mi verga penetrándola. Jadeó con signos de dolor cuando se la dejé ir sin misericordia y comienzo agresivamente a taladrar su apretado culo. Por las circunstancias de estar en las condiciones que estábamos, la eyaculación llegó en un par de minutos. Ella lo siente y me lo dice y me lavo rápido mientras ella intenta que le salga todo mi esperma de su rosado culo. Se acurruca haciendo esas contracciones hasta que veo caer mi esperma diluyéndose con el chorro de agua de la regadera. Salgo y por suerte, no hay nadie esperando en la puerta e intento actuar de lo más normal.

    Veo que todos están más concentrados quemando la pólvora y todo ese bullicio ahogó los quejidos que yo escuchaba muy de cerca cuando culeaba a Daisy. A los cinco minutos salió ella del baño y pasó cerca de mí diciéndome: ¡Me has quedado debiendo!

    Por el calor me quedo en otros pantalones cortos, de esos para ejercitarse, mas sueltos. Veo a Melisa que ella viste una micro falda, que prácticamente uno puede ver esa curva de los cachetes de sus nalgas. Todos o diría la mayoría ya para las diez estamos adentro de la casa escuchando música y echándonos algunas cervezas y obviamente esto nos hacer visitar el baño más a menudo. Como el baño cerca de la sala está ocupado y hay gente esperando, salgo al que está cerca de la piscina y es donde me cruzo con Melisa. Ella me toma de la mano y me aleja a un camino con dirección al jardín y donde se puede ver al final del solar hay una bodega donde asumo Rivas tiene herramientas y cosas de jardinería. Melisa me pregunta:

    —¿Cuándo me llevas en tu Shelby?

    —¿Quieres montar mi Shelby? —le pregunté con ese doble sentido en inglés.

    —¡En verdad, que al que quiero montar es a ti! —me dijo.

    —¿Te cuidas, estás en control?

    —No. —contestó.

    —¡Lástima! Yo no traigo conmigo condones.

    —¡Eso no es problema! Ven. —me dijo.

    Me llevó al cuarto de bodega al final del terreno y nos metimos en la sauna que es ese cuarto, pues en julio esa bodega encierra mucho calor. Era un cuarto tan oscuro que no podía ni siquiera ver mis manos. Melisa no tardó en bajarme mi pantalón corto deportivo y se hincó a mamarme la verga. Es agresiva para mamar y quizá la única queja sea su falta de tacto o quizá por la situación se puso más excitada. Me la mamó por unos cinco a siete minutos y luego me dice:

    —¡Cógeme!

    —Sin condón no te puedo coger… no quiero que salgas embarazada.

    —Sácala cuando te vayas a venir.

    —¡Es el mismo riesgo! ¿Ya has probado por atrás?

    —¿Quieres hacérmelo?

    —Si me lo das, me gustaría cogérmelo.

    —¡Cógelo! ¡Quiero sentir esa verga dentro de mí!

    Le subí la micro falda y descubrí que en realidad Melisa no tiene calzones, le echo saliva para lubricarle el ojete y comienzo la faena de penetrárselo. No sé si ya lo había experimentado antes por la reputación de puta que tiene, pero me costó algo abrirle el culo a esta linda rubia. No sé en qué había apoyado su pierna, pero tenía una levantada y eso me dio la oportunidad que mientras le penetraba su rico culo, le masajeaba su clítoris bien mojado. Al principio fueron gemidos de dolor, pero luego se convirtieron en gemidos de placer. Se volteaba lo que podía para decirme al oído: Tony, que rica verga tienes y la tengo toda en mi culo… siento rico como me golpean tus huevos. Encontramos un buen ritmo y en minutos me decía: Tony, así, así, no pares, siento que me vas hacer acabar. – me lo dijo en varias ocasiones, y finalmente llega su orgasmo y solo me dijo: ¡Que rica culeada Tony! Acaba en mi culo… quiero sentir tu leche en mi culo.

    En minutos de repetirme lo mismo, le dejo ir mi descarga y le lleno de mi esperma el culo. El problema en casos como estos, en esas condiciones de oscuridad, no encontrábamos nada para limpiarnos y yo así me metí la verga en el pantalón corto y Melisa con suerte encontró el baño disponible donde se limpió. Luego yo hice lo propio y es donde me llegó ese pensamiento: Nunca antes había culeado, literalmente culeado con madre e hija en el mismo día y solo cuestión de una hora y media entre sí. Fue la única vez que culeé a Daisy, con la hija fue otra historia y desde entonces hice todo lo posible para no volverlas a encontrar.

    Pensé que nadie se daría cuenta de esta mi aventura con ambas, pero estaba muy equivocado. José, un empleado de la misma compañía me hizo la confesión días después. El me lo contó de esta manera:

    —¿Te cogiste a Melisa? ¡Que rico se oían esos jadeos!

    —¿Cómo lo sabes?

    —Tony, cuando ustedes entraron a la bodega, Daisy, su mamá me estaba dando una mamada, y nos hemos quedado callados y sorprendidos. Hemos escuchado cuando te la ha mamado y donde tú le has pedido el culo para que no quede embarazada. ¡Que culeada le has dado a esa chica!

    —¿Te dijo algo Daisy?

    —Después que ustedes terminaron, estábamos tan calientes que ella también me dio el culo, pero como teníamos mucho tiempo ahí y Billy podía notar su ausencia, me dio chance para un “rapidin” y la he dejado ahí limpiándose el culo.

    Pensé que hasta ahí llegaba en relación con madre e hija y con los meses hasta me había olvidado de esa aventura. Fue Billy que con esa actitud relajada quien un día me llama por teléfono y me da la noticia: Tony, con todo respeto te hago saber que mi mujer y Melisa van para tu casa, pues Melisa dice que el hijo que va tener, es hijo tuyo. Tony, conmigo no hay bronca y si eres el padre del hijo de Melisa, prefiero que mejor seamos amigos que enemigos.

    Esta ha sido la única chica que me lleva a corte para que reconozca a un hijo y obviamente para reclamar manutención. Los primeros tres meses el juez me obligó a pagarle $1800.00 mensual. Para el cuarto mes presenté un examen de ADN, que en aquellos años me costó otros $2000.00 y ahora el juez le obligaba a ella a que me pagara cada centavo que yo le había dado en un término de 15 días. Obviamente, ella no tenía ese dinero y siendo la puta que sabía que era no pensé mucho y se lo propuse de esta manera:

    —¿Qué te parece si me das tu culo unas tres veces y me olvido del dinero?

    —¿Estás hablando en serio?

    —Sí, cada vez que me lo des, te doy un recibo por una fracción de pago.

    —Está bien. ¿Cuándo lo quieres?

    —Mañana te espero en ese motel cerca de tu casa.

    La verdad que sabía que no me los iba a pagar, así que cuatro veces la llevé a ese motel donde le di maratones solamente de sexo anal. Creo que Melisa los disfrutaba al igual que yo, que la cuarta vez fui porque según ella habíamos acordado 4 citas. La verdad que Melisa es una rubia muy linda, pero si incluyo cada centavo que le di, junto con el costo del examen de ADN, es una de las putas más caras que he pagado.

    [email protected].

  • Mi vecina doña Luisa (Parte 2)

    Mi vecina doña Luisa (Parte 2)

    El martes a las 10 de la mañana me presente en casa de Doña Luisa y estaba manos brusca mucho más cariñosa que los días anteriores me pase la mañana moviendo cajas al trastero hasta la hora de comer que me fui a mi casa a comer y a la vuelta de comer me pase la tarde bajando cajas a una plaza de garaje cerrada que tenía su esposo.

    Llegaron las 7 de la tarde y llego mi hora de cobrar y apareció Doña Luisa con 20€

    H: Doña Luisa si no le molesta prefiero la forma de pago de ayer.

    L: ¿Renuncias a 20€ por mis niñas?

    H: Si señora.

    L: De tu tesoro trata de tu si Luisi

    H: Si Luisi.

    La señora Luisa parecía sorprendida pero muy complacida entusiasmada y orgullosa por mi petición. Y tener un muchacho viril y virgen como yo pidiéndole mantener relaciones.

    Doña Luisa se guardó los 20€ en el bolso de la bata.

    L: Trabajas bien tienes derecho a cobrar como quieras supongo.

    Doña Luisa se abrió la parte superior de la bata se sacó las tetas y me las mostro orgullosa.

    Repetí lo mismo que el día anterior solo que esta vez Doña Luisa estuvo unos minutos con los ojos abiertos dando indicaciones de mi forma de proceder y también me dejo disfrutar por más tiempo de mi recompensa, cuando ella se cansó me ordeno que fuera recordándome más cariñosamente que la al día siguiente me esperaba otra vez.

    El miércoles fue un calco del día anterior, a excepción de que al volver a mi casa después de trabajar mi madre me dijo que había llamado mi tía me necesitaba de niñero que ella tenía que ir al médico a una revisión y yo debía quedarme con mis dos primas de 3 años que son muy buenas pero dos torbellinos no paran.

    Le dije a mi madre que avisase a Doña Luisa y le explicase…

    Fui a casa de mi tía y mis primas conmigo al mando saben que las llevo al parque les compro chuches y lo más importante en verano conmigo allí les dejan usar la piscina grande y meterse donde más cubre…

    A la vuelta del médico mi tía me invito a comer y pase el día con ellas regrese a casa a eso de las 9 de la noche.

    Y al llegar a casa mi madre me dijo que al día siguiente debía acompañarla al centro de salud ya que debía hacerse análisis de sangre y mi madre se desmaya, se cae redonda si ve sangre y que Doña Luisa había llamado y que cuando llegase debía llamarla.

    Tome el teléfono inalámbrico de la casa y me fui a mi cuarto y llame a Doña Luisa

    H: Buenas noche soy Hugo

    L: Huguito ya llegaste, que bien tesoro baja a verme

    H: Ahora es muy tarde ¿Que le digo a mi madre?

    L: Si, es muy tarde, pero ¿No quieres que juguemos?

    H: Sabes que me encante jugar y ya estaría allá si pudiera, pero tu esposo está a punto de llegar

    L: Aaayyy!!! que voy hacer yo.

    H: ¿Me has echado de menos?

    L: Si tesoro, Aaaayyy!!! que voy a hacer hoy.

    H: Podemos intentar una cosa si quieres probar mi Luisi, quieres probar un juego…

    L: Vale tesoro, dime

    H: Tienes que hacer todo lo que te diga sin rechistar y sin dudar y contestar a lo que te pregunte sinceramente y sin dudar…

    L: Lo que ordenes tesoro, dime.

    H: ¿Quieres ser mi novia?

    L: Eeeehhh, no entiendo.

    H: ¿Si o No?

    L: Si tesoro claro que Si, que quiero.

    H: Desde ahora somos novios y harás todo lo que ordene

    L: Novia a mis años dios bendito

    H: ¿Qué llevas puesto?

    L: La bata y zapatillas que me viste estos días

    H: ¿Y debajo?

    L: Un conjunto color beis

    H: Bien eres una novia golfa y un poco puta

    L: Jijiji, puta.

    H: Ponte de pie y quítate las bragas, con lo putona que tu no llevas bragas

    L:¿Quieres que me quite las bragas?

    H: Si, ¿Tengo que repetírtelo?

    L: Va tesoro va, me estoy poniendo cachonda…

    H:¿Te quitaste las bragas ya?

    L: Si tesoro las escondí detrás de una planta, ya me tienes sin bragas…

    H: Pon la mano que tienes libre sobre tu coño tócate

    L: ¿Quieres que me toque el potorro?

    H: Si, y con ganas

    L: Ya, tesoro.

    H: Ahora imagina, que estoy sentado a tu lado, sentado en el sofá e intento besarte, ¿Qué harías?

    L: Jijji, Como soy una fulana, calentorra te dejaría que me beses me metas mano y me hagas lo que quieras…

    H: Te beso y te meto la lengua hasta el fondo te toca las tetas, te beso el cuello…

    L: Tesoro me estoy calentando

    H: Y yo tengo la polla que me va a reventa el pantalón… (Mentira pero creí bueno decírselo).

    L: Tengo muchas ganas de verte la tranca que tienes…

    H: Como tengo una novia tan puta mañana tendré que enseñarle mi polla…

    En esto llego Manolo el esposo de Luisi y tuvimos que dejarlo a medio gas y decir a las carreras que mañana me retrasaría…

    La idea del sexo telefónico la vi en una peli porno y se me ocurrió ponerla en práctica y funciono además pude saber que Doña Luisa haría lo que yo quisiera y que me necesitaba más ella a mí que yo a ella lo iba a explotar jajaja…

    CONTINUARÁ…

  • No lo pienses demasiado (Parte 4)

    No lo pienses demasiado (Parte 4)

    A la mañana siguiente seguía alucinando con lo que había pasado por la noche, en mi mente estaban grabadas la imágenes con Carla, al igual que su respiración y gemidos. Había despertado sensaciones que hacía años que no sentía y en mi cabeza estaba el sentimiento de que no estaba haciendo nada malo, solamente era una amiga con quién lo pasaba bien, no eran cuernos, no habían sentimientos románticos y además era una mujer.

    Esa mañana me esperé a que fuera ella la que me escribiera, yo estaba encantada con lo que había pasado pero no sabía cómo iba a reaccionar ella y quería dejarle espacio.

    Carla: Buenos días mi niña, que tal?

    Irene: Buenos días! Yo muy bien, y tú? has dormido bien?

    Carla: Pues sí, he dormido muy bien y muy relajadita jajaja.

    Irene: Me alegro, estaba algo preocupa por si esta mañana estabas arrepentida o algo así.

    Carla: Estás de coña?! Hacía tiempo que no disfrutaba tanto, fue una pasada, repetiría mil veces sin pensarlo.

    Irene: Me dejas más tranquila, por cierto, dime que no te dejé marcas!

    Carla: Tranquila, me revisé al llegar a casa y todo estaba bien.

    Irene: Uufff menos mal, me costó controlarme, no sé qué me pasó. Bueno y ahora qué?

    Carla: Qué de qué? Concreta un poco con la pregunta.

    Irene: Dices que repetirías mil veces… En qué queda eso? Las dos estamos en una situación complicada, pero no me gustaría que se acabara, no sé… podríamos ser algo así como amigas con derecho a roce o algo así. Realmente pienso que no hacemos nada malo…

    Carla: Yo tampoco quiero que se acabe, pero creo que debemos tener claro que primero es una amistad y que después sólo hay sexo, una escapada de la rutina o llámalo como quieras, pero no será nada más.

    Irene: Me parece perfecto, me alegra que nos entendamos y podamos dejar claro este tema.

    Carla: Bueno voy a ver si empiezo con la faena, a ver si podemos cuadrar y nos vemos pronto.

    Irene: Nos vemos pronto guapa que pases buen día.

    Carla: Igualmente mi niña.

    Ahora después de la semana de exámenes teníamos 10 días de descanso, 10 días que me parece que se iban a hacer eternos. En estos 10 días debía intentar sacar un poco a Carla de mi cabeza para que no se me fuera de las manos la situación, y así lo hice, aunque hablábamos casi todos los días por Whatsapp, teníamos que centrarnos en la amistad, el tema sexo se quedaría para los momentos en que nos viéramos y fuera posible, pero no debía ser nuestro tema principal.

    Nos plantamos en diciembre (2017), este mes solo habría 2 clases antes de las vacaciones de Navidad, lo bueno era que todos los compañeros del curso quedaríamos para hacer la típica cena de Navidad. Nos apuntamos todos a la cena aproximadamente unas 40, contratamos la cena en un hotel en el que esa noche se harían también cenas de empresa y familiares, y después de la cena tendríamos 3 horas de barra libre incluido en el precio. Parecía una buena oportunidad para volver a tener un encuentro con Carla pero no iba a resultar fácil, habrían demasiados compañeros de clase y tendríamos que tener mucho cuidado con lo que hacíamos.

    Llegué al hotel y todos iban muy arreglados ya que eran fechas señaladas, saludé a todos y al parecer Carla aún no había llegado. Enseguida nos separamos por grupitos y nos pasaron a un salón grande junto con otras de las cenas y nos dieron bebidas y algo de picar hasta que terminaba de llegar toda la gente. Yo estaba en un grupo con Laura, Juan, Luis, Carmen y dos más que todavía no he conseguido aprenderme sus nombres.

    Juan: Ay el espíritu navideño!! Beber y comer hasta reventar!! Qué bonito!!

    Laura: Uy sí! Muy navideño tu espíritu.

    Irene: Juan para tí debe de ser siempre Navidad!! Jajaja.

    Luis: Jajaja muy buena Irene, Juan te han pillado.

    Luis era un chico de clase, de unos 30 años, alto, moreno y con la típica sonrisa de anuncio de pasta de dientes. Algunas veces se venía a tomar café con nosotros antes de clase y Carla estaba convencida de que me tiraba los trastos, a mi no me lo parecía, además de que él sabía que yo estaba casada.

    Juan: Sí, sí, reíros pero sabéis que tengo razón, o acaso está noche estáis a dieta y vais a beber agua.

    Carmen: Sí que tienes razón Juan, ya veremos en un par de horas cómo van todos.

    Siguieron hablando y yo no estaba muy metida en la conversación, pues estaba pendiente de ver si Carla llegaba.

    Luis: Irene! Estas un poco empanada, te pasa algo?

    Irene: No, estoy bien, solo estaba mirando si veía a Carla llegar, me parece raro que aún no haya llegado, es tarde hasta para ella.

    Luis: Tranquila habrá pillado algo de tráfico, en estas fechas coger el coche es una locura. Puedo decirte algo sin que te moleste?

    Irene: Sí claro, dime.

    Luis: Estás muy guapa esta noche Irene, hay que ver el cambio que pegas cuando te arreglas, que no es que yo quiera decir que normalmente no estás guapa, al contrario siempre me parece que estás guapa, pero…Se puso nervioso, se lío y parecía que no encontraba la salida, así que le corté para echarle una mano.

    Irene: Jajaja tranquilo Luis!! Entiendo lo que quieres decir, gracias. La verdad es que no soy de arreglarme entonces cuando lo hago se nota.

    Luis: Uuff vale, gracias, que forma más tonta de liarme yo solo. Te gusta bailar?

    Irene: No es mi fuerte la verdad.

    Luis: Si quieres y me dejas, luego te enseño, no soy un experto pero más o menos me defiendo.

    Irene: Vale! En la barra libre, me enseñas, así si lo hago fatal tengo excusa jajaja.

    Luis: Voy a por unas cervezas.

    Luis fue a por unas cervezas y a la vuelta seguimos hablando, por un momento perdí la noción del tiempo y no me di cuenta de si Carla había llegado, así que pensé en mandarle un mensaje, tal vez había llegado y con tanta gente allí no me había dado cuenta, además faltaban 15 minutos para entrar a cenar.

    Irene: Hola guapa, todavía no has llegado? Ya mismo entramos a cenar.

    Carla: Buenas, sí llegué hace un rato pero te vi hablando con Luis y de risitas y no quería molestar, ni interrumpir.

    Irene: Que dices?! Dónde estás?! Anda no seas pava.

    Carla: A tu izquierda, en los sillones.

    Carla tenía razón, no me había dado cuenta y estaba separada del grupo a solas con Luis, ella estaba en la zona de los sillones con Laura y Juan. Me acerqué rápidamente a la zona de los sillones al darme cuenta y vi que Carla iba guapísima, llevaba un vestido negro que dejaba sin palabras.

    Irene: Anda que habéis avisado de que os cambiabais de sitio. -Les dije mientras le daba un codazo a Juan.

    Juan: Au! Hemos avisado pero estabais hablando y no os habéis enterado.

    Carla: Claro Irene es que estabas muy entretenida… Voy al baño, me acompañas Laura? -Cogió a Laura por el brazo y se fueron al baño, parecía molesta.

    Podía ser que Carla estuviera celosa de Luis? No me molestaba, todo lo contrario me gustaba verla así y algo tendría que hacer para que se le pasara.

    Irene: Juan yo también voy al baño, sujétame el bolso anda. -Le pegué con el bolso en el pecho.

    Juan: Claro mujer! Di que sí! Reunión de chicas en el baño y yo aquí de percha.

    Me fui dirección al baño pensando en una excusa para librarme de Laura sin que se notara mucho. Al entrar al baño Laura estaba sujetándole la puerta a Carla y aproveché la cosa de que Juan se había quedado con los bolsos.

    Irene: Laura yo no te he dicho nada, pero Juan estaba mirando tu bolso en busca de tu móvil, decía que quería ver tus fotos.

    Laura: Ay qué tío! Yo lo mato!! -Y salió corriendo hacia la sala.

    Cuando Carla abrió la puerta Laura ya no estaba allí y antes de que se diera cuenta, la empujé un poquito dentro y cerré la puerta.

    Irene: Hola Carlita, que guapa te veo esta noche.

    Carla: Anda si estás aquí, lo mismo deberías salir, seguro que Luis se siente solo.me apartó y se giró para salir por la puerta.

    Irene: Sí, debe de ser esto lo que te hace tan irresistible esta noche, bueno eso y ese vestidito que me llevas. -Sujeté la puerta con la mano sin dejarle salir.

    Carla: No sé de qué me hablas, va déjame salir… -Dijo sin girarse con el tono algo triste.

    Acerque mi cuerpo a ella, la cogí por la cintura y empecé a besarle el cuello desde la espalda.

    Irene: A ver si te enteras de que a mi solo me interesas tú. -Le susurré al oído mientras bajaba la cremallera de su vestido y besaba su espalda.

    Carla: No creo que sea el momento de esto Irene. -Sus palabra decían eso pero su cuerpo no se movió ni un centímetro para evitarlo.

    Con una mano empecé a tocar su pecho por encima del vestido y con la otra empecé a acariciarle la pierna y a subirle el vestido hasta llegar a su tanga. Carla seguía inmóvil, sin decir nada pero con la respiración agitada. Metí mi mano dentro de su tanga y empecé a frotar su clítoris mientras besaba su cuello y su espalda, y apretaba mi pecho contra su espalda, enseguida el cuerpo de Carla se puso tenso y empezó a temblar. Aunque había mucho ruido y mucha gente Carla se tuvo que controlar y tener un orgasmo lo más silencioso posible, lo que se reflejó en su cuerpo. Saqué mi mano de su tanga, chupé mis dedos y subí la cremallera del vestido mientras que Carla se acomodaba la falda, se giró y por fin pude besarle en los labios, un beso que sabía a disculpa.

    Irene: Te ha quedado claro que solo me interesas tú?

    Carla: Sí lo siento, no sé qué me ha pasado. Me ha encantado… -Había una sonrisa en su cara mientras me besaba suavemente.

    Irene: Venga vamos a cenar que seguro que ya se han sentado todos.

    Carla: Vamos, aunque yo ya tengo aquí todo lo que me gustaría cenar. -Sonrió de forma picara y me guiñó un ojo.

    Salimos del baño, nos arreglamos un poco en el espejo y salimos como si nada a cenar.

    Al llegar al comedor donde íbamos a cenar, en la mesa solo quedaban dos sillas, y casualmente Luis estaba sentado entre las dos sillas.

    Carla: Luis! Bonico! Cámbiate de silla y deja que me siente al lado de mi niña, es que en cuanto me descuido me la quieren quitar…Le daba golpecitos en el hombro con una sonrisa falsa.

    Luis: Tranquila ya me quito! Pero que sepas que luego te la robaré un poco, me ha prometido un baile.

    Carla: Anda Irene! No sabía que bailabas… -Me dijo con los ojos entrecerrados.

    Irene: Yo tampoco!! Me he buscado un profesor jajajaja. -Al ver la cara de Carla no pude evitar soltar una carcajada y le di un pellizco en la cintura para hacerle cosquillas.

    Carla: Tendré que buscarme yo también un profesor o profesora, o algo!!

    Nos sentamos a cenar y enseguida nos metimos en la conversación con el resto de compañeros. Durante la cena me dediqué a putear disimuladamente a Carla, cada vez que tenía una conversación sería con alguien, yo le daba pataditas por debajo de la mesa y acariciaba su pierna con mi pie. Guardaba las formas y aguantaba mi acoso y me mandaba mensajes al móvil sin que se notara mucho.

    Carla: Para un poquito no? Luego me las vas a devolver todas.

    Irene: No sé de qué me hablas, alguien te está molestando?

    Carla: Ya veremos luego quién juega con quién, avisada estás…

    Irene: Muy mal Carlita, acabas de empeorar tu situación jajajaja.

    Fue entonces cuando empecé a meter mi mano entre sus piernas. Era complicado de disimular ya que Carla no me lo ponía fácil, pero por suerte para mí la gente ya había bebido bastante y no parecían darse cuenta. Tuve que sacar mi mano de debajo de la mesa cuando la gente se empezó a levantar para ir a la barra libre.

    Carla: Espérame aquí un momento. -Cogió mi bolso y se fue.

    Observé cómo se iba dirección al baño y no podía estar más intrigada, a los 5 minutos volvió con una sonrisa pícara en la cara.

    Carla: Uy! Qué tonta si me he llevado tu bolso en lugar del mío, que despiste. Me miró fijamente a los ojos con esa mirada que me vuelve loca y levantó una ceja mientras sonreía. Se quedó de pie hablando con unos compañeros.

    Eso tenía que significar algo, así que disimuladamente abrí mi bolso para mirar qué había dentro. Mi corazón pegó un salto fuerte y después se aceleró y aunque no me vi se me tuvo que poner cara de gilipollas, dentro de mi bolso estaba el tanga de Carla. Rápidamente buscaba su mirada que ahora mismo me estaba evitando con toda la intención. Parecía que tal y como me había dicho Carla empezaba a jugar conmigo.

  • Festival de dominación (Parte 1)

    Festival de dominación (Parte 1)

    Cristina había llegado a la casa donde se llevaría a cabo el festival de dominación femenina, toco un par de veces el enorme portón metálico y segundos después este comenzó a abrirse, Cristina entro y lo primero que vio fue un jardín bastante grande en donde había varias carpas como las de los circos, lentamente se acercó a una de esas carpas y antes de entrar vio un letrero afuera con la leyenda «tiro al blanco» ese cartel llamo bastante su atención, así que entro a la carpa y lo primero que vio fue a unas ocho mujeres charlando a un lado de una enorme mesa de madera donde había bocadillos y bebida y al fondo, había tres hombres completamente desnudos y reclinados sobre una larga mesa de metal, sus tobillos estaban sujetos con grilletes a la base de aquella mesa y sus glúteos estaban pintados de colores y también tenían números, en el glúteo izquierdo tenían un cinco, en medio de sus nalgas un cien y en el glúteo derecho terminaba en otro cinco, lentamente se acercó hacia aquella otra mesa y una muchacha le dio la bienvenida,

    – bienvenida, ¿cuantos dardos desea?

    Cristina se quedó pensando unos instantes y le respondió,

    – ¿cuantos puedo usar?

    – los que usted guste

    Eso provoco una sonrisa en Cristina, así que pidió tres dardos, aquella chica se los dio y Cristina se acercó hasta los tres hombres y se paró justo detrás del que estaba en medio, tomo el dardo entre sus dedos y lo lanzo, y este fue dar directamente en el glúteo izquierdo de aquel hombre, que de inmediato lanzo un gemido, Cristina tomo otro dardo y repitió la misma operación, pero este se fue a incrustar en el glúteo derecho, el sumiso volvió a gemir, y la chica que le dio los dardos exclamo.

    – inténtelo de nuevo, la tercera es la vencida,

    Cristina rio y tomo el tercer dardo y lo lanzo, pero de nuevo volvió a fallar.

    – no se preocupe señorita, puede intentarlo de nuevo.

    – claro que lo haré.

    Cristina tomo otros tres dardos pero ahora se acercó un poco mas, tomo un dardo y lo lanzo un poco mas fuerte, y ahora si tuvo mas suerte, el dardo se incrusto unos centímetros a un lado del orificio anal del sumiso, algunas chicas al ver el tiro de Cristina, comenzaron a aplaudirle, Cristina tomo otro dardo y lo lanzo y para su sorpresa, este si cayo justo ente las nalgas del sumiso, que de inmediato lanzo un fuerte grito de dolor, las demás mujeres aplaudieron y Cristina sonrió satisfecha, pero antes de marcharse le dijo a la chica.

    – puedo acercarme mas

    – claro.

    Cristina tomo otros tres dardos y se acercó hasta el primer hombre, tomo los dardos que tenía y comenzó a clavárselos directamente entre los glúteos

    – bien, ya están los tres en el blanco.

    Las demás mujeres aplaudieron y la chica le dijo a Cristina.

    – ha ganado usted cincuenta puntos, puede usarlos en los demás juegos.

    Le dio un papel y Cristina salió de aquella carpa y continuo caminando por el jardín, por donde quiera que ella volteaba veía mujeres, algunas solo charlaban y otras castigaban sumiso de las formas más variadas, era el paraíso para ella, siguió caminando y llego a otra carpa con un letrero que decía «depilación» le pareció interesante y entro y como en la anterior carpa, se topó con algunas mujeres y al fondo había varios sumisos hincados y con las piernas separadas, se fue directo hacia ellos y otra señorita salió a darle la bienvenida.

    – bienvenida señorita.

    Cristina le devolvió el saludo y le pregunto.

    – ¿qué tengo que hacer?

    – el juego es simple, tiene que arrancar al vello de los genitales del sumiso lo más rápido que pueda, si no lo logra, puede castigar al sumiso como usted guste.

    – suena bien.

    – perfecto, escoja al que usted guste.

    Cristina se acercó a aquellos hombres y noto que todos tenían bastante vello, en especial en sus genitales y trasero, así que después de pensarlo un poco, escogió al más velludo.

    – este me parece bien.

    – OK, aquí tiene unas pinzas.

    Cristina tomo aquellas pinzas metálicas y espero la orden de la señorita.

    – retírele ocho vellos al sumiso, tiene cinco segundos.

    Un silbato sonó y Cristina se fue directo a los genitales y comenzó a arrancar los vellos al sumiso, que de inmediato comenzó a gritar al sentir el castigo, pero eso no le importo a Cristina y ella continuo tratando de lograr su meta, pero después del cuarto vello, volvió a sonar el silbato.

    – tiempo señorita, solo logro cuatro, que castigo desea para el sumiso.

    – unas nalgadas me parece bien.

    – OK, cuando guste.

    Cristina lanzo unas cuantas nalgadas al sumiso y después continuo.

    – bien que sigue.

    – retire diez vellos del trasero del sumiso.

    El silbato sonó y Cristina rápidamente comenzó a retirar los bellos, tratando de que sus movimientos fueran precisos, pero el sumiso a pesar de estar amarrado, sus caderas se movían un poco, haciéndole perder la precisión a Cristina y cuando iba por el sexto vello, el silbato sonó.

    – que castigo quiere.

    – mmhhh… golpear los genitales

    – bien.

    Cristina metió su mano entre las piernas del sumiso y comenzó a golpear sus genitales con su dedo índice, como si se trataran de canicas, sus dedos se movían cada vez mas y mas rápido, provocando que el sumiso comenzara a gritar mas y mas fuerte.

    – vaya, se ve que es experta.

    Cristina sonrió y le dijo.

    – es un castigo fácil, la menor fuerza para provocar el mayor dolor.

    Los dedos de Cristina continuaran moviéndose durante algunos minutos mas, provocando que el sumiso se retorciera de dolor, hasta que después de algunos minutos mas, saco su mano, Le dio las gracias a la señorita que la recibió y salió de la carpa.

    Encendió un cigarrillo y se fue a un pequeño kiosco, en donde había algunas botellas de agua y de vino, se sirvió un trago y comenzó a observar el paisaje, era todo un paraíso, mujeres por todos lados castigando hombres, sin duda ese festival era una excelente idea, de echo alcanzo a ubicar a algunas de las mujeres presentes, eran viejas amigas de la universidad y algunas eran dueñas de grandes empresas, termino su cigarrillo y se acercó a otra carpa y esta decía, «pura diversión» entro y se vio rodeada de varios artefactos, parecían como máquinas de videojuegos, en algunas había hombres amarrados, en otras estaban hincados y eran pateados por algunas mujeres, en otras, los sumisos se retorcían de dolor provocado por algún castigo, sonrió y se acercó a la primera máquina que vio y una chica salió a recibirla.

    – ¿desea jugar señorita?

    Continuara…

  • La historia de Ana (Capítulo 1)

    La historia de Ana (Capítulo 1)

    Nota del autor: ya llevo escribiendo varios relatos sobre la mujer que más ha marcado mi vida. Quienes hayan leído algunos de ellos, sabrán que hablo de Ana. Si bien las historias son en su mayor parte ficticias, hay algo en ellas que sí es muy real: la personalidad de Ana. Ella es una mujer adicta al sexo, y esto, sumado a que tiene una autoestima extremadamente baja, debido a sucesos que la marcaron durante su infancia, hizo que, al menos durante los años en que yo la conocí, cayera rendida a cuanta pija se le ofrecía.

    Ana no concebía otra manera de sentirse segura, que entregando su cuerpo a quien la deseara. Sin embargo, no era una chica fácil del todo. Le gustaba hacer sufrir a los hombres. Se dejaba seducir en chats que podían durar hasta la una de la madrugada; quienes la conocían personalmente podían saborear un cruel franeleo, que no iba más allá de eso. Es que a Ana le gustaba tener a los hombres comiendo de su mano, y mientras saciaba sus instintos con su macho de turno, tenía otros diez haciendo fila para saborearla.

    Ana era hermosa. Una belleza infernal compactada en un cuerpo de cuarenta y cinco quilos. De piel blanca, ojos marrones, grandes, difíciles de descifrar. Rostro un tanto ovalado, una cara de nena que enamoraba, de piel suave como culo de bebé. Su cuerpo diminuto hacía curvas pronunciadas cuando llegaba a sus pechos y caderas. Y su culo… para no ser poco original sólo voy a decir que su culo tenía todo lo que a un hombre le podía apetecer.

    Ana sabía del poder que tenía sobre los hombres, pero también estaba consciente de que su autoestima era su punto débil, y que, si la presionaban un poco, sería ella quien termine rendida ante el deseo animal que ella misma despertaba.

    Yo tardé en darme cuenta de su debilidad por la pija, pero cuando lo descubrí no dudé un segundo en explotarlo.

    En todos los cuentos sobre ella, los lectores quedan advertidos que en su contenido hay escenas de no consentido, y por eso asumo que quienes continúan leyendo hasta el final, lo hacen esperando dichas escenas. Es por eso que me esmero mucho en que el relato sea lo más creíble posible. Me encanta humillar a Ana en mis ficciones, me encanta someterla a vejaciones, y hacer que haga cosas que en principio no quería. Ana tenía un plus; algo que iba más allá de su sorprendente belleza; esa sumisión, esa imposibilidad que tenía de decir que no cuando se enfrentaba a ciertas situaciones, esa entrega absoluta una vez que se dejaba llevar por la lujuria del otro.

    Contando los relatos de Ana, me vi atrapado en giros argumentales difíciles de continuar, por eso decidí empezar la historia de cero, contando sucesos diferentes, pero con el mismo hilo conductor: Ana. Así que los próximos relatos si bien narrarán la misma historia, los sucesos, en su mayoría serán diferentes, o bien serán los mismos pero modificados.

    Espero que los lectores sientan, al menos, una décima parte de la lujuria que esta hembra infernal despierta en mí.

    La historia comienza así…

    1

    Cuando empecé a trabajar en el edificio, Ana no era más que una vecina del montón. Su belleza estaba escondida en sus ropas sueltas y su actitud esquiva. Su pelo suelto, que le cubría parte de la cara, ocultaba su belleza a los ojos pocos observadores como los míos.

    Yo había empezado a trabajar como vigilador, vigilante, guarda de seguridad, o como sea que le llamen en sus países a quienes nos mantenemos despiertos durante la noche, haciendo guardia en el hall del edificio, fingiendo ser algo parecido a un policía, cuando en realidad nos asemejamos más a un portero haragán.

    Esas noches eran bastante monótonas. No había mucho para hacer, me la pasaba leyendo, usando mi celular, o caminando de aquí para allá a lo largo de los pocos metros que tenía disponible.

    El edificio estaba lleno de gente mayor, por lo que no había mucho movimiento después de las diez de la noche. Sólo los fines de semana, los pocos adolescentes de ese lugar salían por las noches. Una de mis actividades preferidas era mirarle el culo a las pendejas que salían con la ropa ajustadísima, y maquilladas como putas. Pero más allá de eso, no hacía otra cosa que volcarme a la literatura, cosa que, de hecho, me salvó del aburrimiento.

    La primera vez que crucé palabras con Ana habrá sido una noche fría de Julio. Yo la vi llegar, a través de la puerta de vidrio, cargando dos bolsas grandes, las cuales, considerando su pequeña estatura, parecían realmente enormes. Me acerqué a la puerta a abrirle, sin ninguna segunda intención, lo hice por ella como lo solía hacer por cualquiera que necesitase una cortesía de mi parte. Entonces me ofrecí a cargar las bolsas hasta el ascensor. Otra cortesía insignificante. Ella se había negado al principio, pero yo tomé las bolsas sin reparar en su negativa (más adelante tomaría otras cosas sin reparar en su negativa) y llevé las dos bolsas mientras ella caminaba a mi lado.

    —Son pesadas. —le dije, una vez que las apoyé en el piso y presioné el botón para llamar al ascensor.— no te puedo acompañar hasta arriba, ¿Vas a poder sola hasta tu departamento? —le pregunté.

    Entonces ella hizo un gesto que todavía ahora recuerdo como aquel gesto que clavó la primera flecha envenenada en mi corazón: Se corrió el pelo detrás de la oreja, dejándome vislumbrar la belleza peculiar de ese rostro delicado, a la vez que me regaló una media sonrisa, pícara y sensual.

    —Claro que puedo, si la venía trayendo desde la lavandería.

    —Ah, es tu ropa. —dije, todavía un poco embobado por el impacto de ese descubrimiento inesperado.

    —Sí, es mi ropa. —dijo, abriendo la puerta del ascensor que ya había llegado— gracias. Me parece bien que no quieras subir, no está bueno que dejes el puesto cada vez que una vecina viene con bolsos.

    —Sí, claro. Chau —la saludé.

    —¿Cómo te llamás?

    —Gabriel.

    —Yo, Ana.

    —un gusto.

    Y antes de cerrarle la puerta del ascensor la miré de pies a cabeza, percatándome de que detrás de esas ropas se escondía un cuerpo esbelto y con más curvas de las que imaginé.

    2

    El tiempo pasaba rápido esos días. Un mes no se diferenciaba demasiado de una semana. Luego de ese primer encuentro nos veíamos cada tanto. Yo siempre trataba de sacarle conversación cuando llegaba por las noches, y así la fui conociendo, sacándole información a cuentagotas. Sabía que vivía sola, que tenía veintisiete años (parecía cinco años menos), y que era violinista, ya que día por medio venía con el estuche del violín cargado en su hombro. Cada vez que la veía, le sacaba una suerte de radiografía con los ojos. A veces usaba pantalones más ajustados, y entonces descubrí que su culo era mucho más apetitoso de lo que había imaginado, y me partía la cabeza tratando de entender porqué no usaba ropa que lo resalte, como hacían otras mujeres.

    Ana parecía conocer mi atracción hacia ella, y tendía a sonreírme sugerentemente, cosa que me calentaba muchísimo. Si en ese momento la hubiese conocido mejor, o si yo mismo no hubiese sido tan lento, no me habría costado mucho llevármela a la cama, pero las cosas no sucedieron tan rápido.

    A veces no la veía, y me preguntaba si había entrado antes de que yo llegara, o si acaso estaba durmiendo con alguien, en otro lugar. La idea de que se acueste con otro me generaba unos celos ridículos, como si ya fuese mi novia, y su ausencia generaba un vacío angustiante en mi interior.

    Mi temor no tardó en hacerse realidad. De repente apareció con un flaquito rubio, muy simpático. Para mi desgracia el pibe me cayó bien. Era educado, y a veces, cuando tenía que esperar a Ana en el hall, conversábamos un poco.

    Aquí inició una etapa absurda en donde comencé a entablar una pseudo amistad con ambos.

    Me di cuenta de que, mientras más confianza tenía con su novio, Ana se dejaba llevar por un sentimiento de amistad, y parecía olvidar el hambre que yo le tenía. Entonces se abría más, y las charlas intrascendentes cargadas de un coqueteo histérico se vieron reemplazadas por conversaciones más extensas y profundas que nos permitían conocernos mejor. En mi inmadura imaginación, esto era algo positivo, ya que, pensaba, desde la ignorancia, que Ana era una chica a la que había que conquistar desde lo sentimental, y por eso descarté de plano la estrategia más efectiva: atacar directamente, enfocándome en el sexo. En cambio, me mostraba extremadamente amable, le preguntaba si estaba bien, preocupándome sinceramente cuando sabía que tenía algún problema, como cuando se peleaba con su padre, con quien tenía una extraña relación, ya que él sólo le demostraba su cariño entregándole dinero; o cuando me contaba que en las orquestas donde tocaba no le pagaban el sueldo, o cuando tenía que ir al médico para hacerse cualquier estudio… En todos esos casos me imaginaba convirtiéndome en un caballero que iba a salvar a su damisela en peligro. Pero para eso ya tenía a su novio. Yo sólo era un intruso.

    El tiempo seguía pasando rápido. En seis meses las cosas no cambiaron mucho.

    Un día se pelearon. Una pelea fuerte, que más adelante me enteraría que era debido a los celos de ella. Cuando Ana salía del edificio para un ensayo me lo contó. Se la veía triste y enojada. Me hubiese gustado abrazarla hasta que se le pase todos sus sentimientos negativos, pero no podía hacerlo. Yo estaba trabajando, con mi uniforme de seguridad puesto, y la gente entraba y salía a cada rato (era fin de semana, y en esos días yo trabajaba durante el día), además tampoco teníamos ese tipo de confianza. Cuando la acompañé hasta la puerta me dijo:

    —El jueves tengo concierto. Si querés venir…

    — Claro, me encantaría. —le contesté, sin detenerme a pensar si el jueves estaría libre o no.

    Me dijo dónde era el concierto. Desde que la conocí, nunca había estado tan contento.

    3

    Algo en mi ilusa mente me dijo que aquella invitación podía significar una cita encubierta. Como se había peleado con su novio, él seguramente no asistiría. Entonces yo la invitaría a salir a tomar algo, una vez que terminara de tocar. Quizá esa noche me animaría a abrazarla y besarla como siempre tuve ganas de hacerlo: con una ternura infinita, como si tuviese miedo a romper su frágil cuerpo. Quizá esa sería la mejor noche de mi vida.

    Pero no podía estar más equivocado, porque su novio sí asistió al concierto, y de hecho, estaba sentado a mi lado.

    El mundo se me vino abajo, pero intenté reponerme enseguida, lográndolo sólo a medias. Después de todo, si me había ilusionado era problema mío.

    El concierto era en una iglesia del centro. Nunca había escuchado música clásica hasta que conocí a Ana, pero ya me conocía la obra de Tchaikovski que iban a tocar, ya que meses atrás me había comprado un cd de él, exclusivamente para conversar con ella sobre eso.

    El lugar estaba abarrotado de chetos, cosa que me incomodó un poco, ya que me sentía sapo de otro pozo. Pero por ridículo que suene, la compañía de Andrés, el novio de Ana, me ayudó a sobrellevar mejor la situación.

    Ana se acercó a saludarnos, un rato antes de que empiece el concierto. Llevaba un vestido negro, bastante corto y ceñido, y su pelo ondulado estaba recogido, dejando libre su lindo rostro. Vi por primera vez, con toda claridad, sus curvas de vértigo; sus caderas, sus pechos, su cuello de cisne. Todo en ella era más voluptuoso de lo que había supuesto, y eso, junto a su rostro angelical, hacían un combo explosivo. Estaba maquillada prolijamente, y llevaba medias negras, y zapatos de tocón del mismo color. La chica recatada e inadvertida que había conocido había sido sustituida por una viuda negra salida del infierno.

    Me saludó secamente. Casi me pareció percibir cierta molestia por mi presencia. Luego abrazó a Andrés, y estuvo un rato dándole los besos que yo quería para mí, y susurrándole palabras que me moría por oír.

    Era la única integrante de la orquesta que estaba mezclada con el público, y mi paranoia me decía que estaba ahí para restregarme en la cara que ella ya tenía un hombre, y que yo nunca la poseería. Mientras se acariciaba con su novio parecía burlarse de la invitación que me había hecho: ella ya había hecho las paces con su pareja, y no había motivos para seguirme el juego. Quizá hasta me había invitado sólo para darle celos al tipo. Por primera vez sentí por ella un oscuro rencor. Pero no sería la última.

    4

    Durante algunos días le hablé lo justo y necesario. No sólo me había bancado la escenita erótica con su novio, sino que después del concierto, se fue con Andrés y sus compañeros a tomar algo, pero no fue capaz de invitarme. Aunque tampoco hubiese aceptado, claro está.

    Pero de a poco y sin darme cuenta, fui aflojando, y volví a tratarla como siempre lo hice, con amabilidad y ternura.

    Durante varios meses tuvo con su novio muchas peleas, muchas idas y vueltas. En esos momentos yo aprovechaba para hablarle por chat. Ý ahí comencé a animarme a decirle piropos inocentes: que era muy linda, que me parecía la chica más duce del mundo, y esas cosas.

    Una de esas tantas noches en donde se había peleado con su novio, conversaos hasta después de la medianoche. De a poco ese montón de capas de misterio que la envolvían iban cayendo una a una, y lentamente se convertía en alguien familiar. Al menos eso pensé en ese momento. Haciendo gala de su sinceridad, esa noche me preguntó por chat “¿por qué te hablás con Andrés?” Al principio pensé en hacerme el tonto, pero luego decidí que era mejor no subestimar su inteligencia. “¿Te molesta?” Le pregunté, mientras me acomodaba detrás de mi escritorio. Eran las doce y media de la noche. Había un silencio profundo que solo se cortaba por los autos que se deslizaban por la avenida que tenía frente al edificio. Mientras tanto, yo esperaba sentado a recibir el mensaje que ella me enviaría desde varios pisos más arriba. “Me parece medio de falso… o sea, ¿vos qué onda conmigo?” Me quedó esa pregunta palpitando ¿Vos qué onda conmigo? Me la repetía una y otra vez, buscado la respuesta apropiada. Ahora, desde la distancia, estoy seguro de que las respuestas más atinadas hubieran sido: Me calentás mucho, y ahora que tu novio no está, me gustaría subir a chuparte toda y a cogerte en todas las posiciones que conozco… Okey, quizá eso sería muy exagerado, pero hubiese sido más efectivo que decirle las pavadas que le dije: que era una chica muy especial y muy linda, que todos los días pensaba en ella, y que a pesar del respeto que sentía por Andrés, mi sentimiento era más fuerte que la culpa, y me hubiese encantado que me dé una oportunidad.

    En fin, que con ese discurso cursi sólo me gané un “Gracias”, y los siguientes mensajes no fueron contestados.

    Pero lo peor es lo que sucedió después. A través de la puerta de vidrio vi llegar a un tipo de unos treinta años. Era pelado, alto, y vestía un jean arrugado, y una remera de algún equipo de fútbol. Inmediatamente llamó mi atención porque los vecinos del edificio no suelen tener visitas a esa hora de la noche. El pelado tocó el timbre, y enseguida fue atendido por una voz femenina. Inmediatamente después del intercambio de palabras, me llamaron al intercomunicador. “Gabriel, le abrís por favor al muchacho que está en la puerta”. Era Ana. Quedé petrificado un instante, hasta que ella repitió varias veces mi nombre y reaccioné. “Si Ana, ya le abro”.

    Le abrí la puerta, a cara de perro. El pelado entró con una sonrisa sobradora (o eso me pareció a mí)

    Me dije a mí mismo que no podía ser, que no podía estar pasando lo que estaba pasando. Seguramente se trataba de un amigo. Alguien que vino a consolarla. No podía ser que por una pelea con su novio se había llevado un chongo para saciarla. Me rehusaba a pensar en ello. Seguramente al día siguiente volvería con Andrés, como lo hacía siempre; no había terminado con él, solo fue una pelea como muchas otras, la Ana que yo conocía (la que yo idealicé) no traicionaría a su novio. No se comportaría como una puta.

    Pero a pesar de que me lo repetía una y otra vez; mientras daba vueltas por el hall, como un loco, no podía sacarme de la cabeza la idea de que ese pelado fanfarrón le estaba haciendo todo lo que yo deseaba hacerle. Por alguna absurda razón me sentía yo mismo traicionado, como si yo fuese el cornudo, cuya novia, ante la primera excusa, se iba a encamar con otro.

    No soportaba más. Mientras pasaban los minutos se hacía más fuerte la teoría de la infidelidad. Pensé en una idea de locos, que deseché enseguida. Pero luego de dar más vueltas de aquí para allá, ya no pensé, y actué, después de todo, por más demencial que pareciera lo que estaba planeando, no iba a estar tranquilo si no lo ponía en práctica.

    Así que, contra el reglamento, y contra toda lógica, dejé mi puesto solo, y subí por escaleras, lentamente, sin hacer ruido, hasta llegar al piso donde vivía Ana. Entonces me acerqué a su puerta, para intentar escuchar lo que sucedía adentro. Al principio solo hubo silencio, cosa que no me tranquilizó, ya que, si fuese un amigo, deberían estar conversando. Pero luego escuché una risa femenina, pero no era cualquier risa, era una risa histérica, una risa orgásmica. Y enseguida llegaron los gemidos.

    No me podía apartar de la puerta. Los gemidos de Ana me causaban tanto horror como fascinación. Por un lado, me hacían bajar a la tierra; por primera vez me daba cuenta de que Ana no era el ser inmaculado que yo había imaginado, era una mujer como muchas otras, que sentía debilidad por la pija. Por otro lado, me di cuenta que, a pesar de mis celos, me daba cierto morbo oír como se la cogían otros.

    Me quedé hasta escucharla acabar. Largó un grito que podrían oír sus vecinos. Volví a mi puesto con una potente erección.

    5

    Pensé mucho en ello. Estaba decepcionado, o más bien, desilusionado. Pero, de a poco, mi primera reacción, la machista, la que la consideraba una ligerita, una fácil, fue reemplazada por un razonamiento que me llevó, inevitablemente, a pensar que ella estaba en todo su derecho de hacer lo que quisiese. Era cierto que al otro día ya estaba de la mano de su novio, pero ¿y qué? Quien sabía cómo la trataba él. Seguramente también le era infiel, y tal vez ella lo hizo en venganza, para contrarrestar, al menos un poco, tanta humillación. Quizá ese pelado que me cayó tan mal, era un tipo que sabía escucharla y estar cuando ella lo necesitaba. Yo debería seguir su ejemplo, y convertirme en un hombro en el cual llorar, para poder aprovechar el momento justo.

    Pero eso sólo me convencía por momentos.

    Ana seguía con la relación tormentosa con Andrés, y cada vez que peleaban, se vestía de una manera poco usual en ella, mas apretada, más pintada y con cara de querer guerra. Y yo me preguntaba si se iba a ver con el pelado, o con algún otro.

    Mientras tanto yo fingía que no pasaba nada, y le hablaba con normalidad, sacándole conversaciones largas e interesantes cada tanto.

    Aun así, parecía inalcanzable, no había nada que me indicara que tenía una oportunidad con ella. Hasta aquella noche…

    Yo sabía que se había peleado con Andrés de nuevo, porque no llegaron juntos. Esperaba verla salir en cualquier momento, pero ya eran las dos de la mañana, y nada.

    Entonces suena el intercomunicador. Era Ana.

    —Gabriel, ¿será que podés subir un rato?, necesito un favor, va a ser un minuto nada más.

    No lo pensé dos veces. Otra vez ignoré las directivas y dejé mi puesto sólo. Además, seguramente se trataba de una tontería, y enseguida volvería. Pero no podía desaprovechar la oportunidad de estar a solas con ella, aunque sea solo un rato.

    Subí hasta su departamento. Ella estaba en el umbral de la puerta, la cual estaba semi abierta.

    —Te esperé acá para que no toques el timbre a estas horas. —me dijo. Vestía un short negro y una remera gris con escote pronunciado.

    —Lindo pijama. —comenté y la saludé con un beso en la mejilla, sintiendo el perfume que desprendía su piel. Ella sonrió, cosa que hizo resaltar sus pómulos, y descubrió un hoyito en los cachetes.

    —Esta ropa vieja solo la uso para dormir. —dijo, y agregó.— si querés me la quito… Vení, pasá.

    Hice de cuenta que no escuché su comentario insinuador, porque me parecía imposible que lo dijese en serio. Seguro fue una broma.

    —¿Qué necesitabas? —le pregunté.

    —Quería hablar con vos. —Me dijo— sentate. —señaló el sofá.

    Ana era impredecible, y yo bastante lento, por lo que no imaginaba qué se traía entre manos.

    Nos sentamos uno al lado del otro. Ella me ofreció algo de tomar, pero yo negué con la cabeza. A pesar de su ropa vieja, estaba muy sexy, esas prendas dejaban la mayor parte de sus piernas desnudas. Las descubrí depiladas, y me pregunté si otras partes de su cuerpo también lo estaban. En su rostro de niña peligrosa se dibujaba una sonrisa pícara y compradora. Su pelo ondulado estaba suelto, y un mechón rebelde caía por delante del hombro, tocando la piel desnuda de sus pechos.

    —Decime… —balbuceé. Ella rio, perversa, y guardó silencio por unos segundos interminables.

    —Mirá, vos siempre me decís cosas lindas, y sos bueno conmigo. Pero a mí no me gusta que me molesten. No me gusta que me manden mensajes todo el tiempo, y tampoco me gusta que te pongas celoso si me ves con un tipo.

    —Pero Ana, yo…

    —No me digas que no, porque es así. —me interrumpió— Yo estoy mal hace rato con mi novio, y si quiero salir con otros tipos, no tenés derecho a mirarme mal.

    “Otros”. El plural me mató. ¿Había más tipos aparte de ese pelado que le sacó un orgasmo después de la medianoche?

    —Así que necesito que me prometas que te vas a limitar a hacer tu trabajo, y que no te vas a meter en mi vida, y por favor, si sabés que estoy con Andrés, no me mandes mensajes, porque eso ya me trajo problemas.

    Me sentí muy apesadumbrado. Me había llamado hasta ahí sólo para poner los puntos sobre las íes.

    —Está bien. Te prometo que no te voy a molestar. —susurré, ya imaginándome en mi puesto de trabajo, saludándola formalmente como a cualquier otro vecino, y ni pensar escribirle algún mensaje. Era el final de una relación que nunca empezó.

    —¿Entonces me lo prometés? ¿No vas a causarme problemas?

    —Te lo prometo. —dije, ya parado para irme.

    —Espero que cumplas tu promesa. ¿Por qué sos tan tímido?

    — No sé. Sólo soy así.

    — Si te gusto tanto ¿Por qué no hacés algo?

    — Es que no sé qué hacer Ana. —dije, confundido— Y menos después de lo que me acabás decir.

    —Sólo te dije que no me gusta que me molesten —dijo. Estábamos sentados uno al lado del otro, pero ella se acercó más, deslizándose como gata, hasta que su pierna desnuda tocó la mía.— ¿Sabés por qué me llevo mal con Andrés? —susurró la felina, poniendo una mano en mi pierna.

    —¿Por qué? —Pregunté, con la respiración agitada. Sintiendo el aroma que desprendía su cuerpo. No usaba un perfume en particular, pero olía como si se acabara de bañar.

    —Porque no me coge tanto como quiero. —dijo Ana, mirándome a los ojos. Sus labios dibujaron una perversa sonrisa al ver mi expresión al reaccionar a sus palabras tan directas. Sus dedos, se deslizaron, suaves, hacia arriba.

    —Yo te cogería todos los días. —dije por fin.

    Ana apretó por encima de la bragueta de mi pantalón, sintiendo cómo mi sexo, ya hinchado, se erigía hasta quedar duro como piedra, y recto como mástil.

    —Mmmm que grande la tenés. —murmuró, mordiéndose el labio inferior. Bajó el cierre, metió la mano, y en un movimiento, como quien manipula una palanca, liberó mi verga venosa. Acercó su rostro. Era el mismo rostro bello, aniñado y angelical con el que muchas veces soñé con darme un beso romántico, sin embargo, Ana no se acercaba a besarme tiernamente, sino que se dirigía a mi sexo, que la esperaba, impaciente.

    Lo olió. La punta de la nariz tocó el glande, y un poco de presemen se impregno en ella. Luego llegó la gloria. Se metió la pija en la boca.

    Lo hacía como una experta. Varias veces me había ido de putas, para romper con la abstinencia sexual, pero Ana la mamaba mejor que cualquiera. O quizá era el hecho de tener a la chica con la carita más inda del mundo tragándose mi verga, lo que me hacía disfrutar como nunca lo hice.

    Era una situación surreal: el cuarto de estar estaba apenas iluminado por una lámpara que emanaba una luz mortecina. El pequeño cuerpo de Ana recostado sobre el sillón, boca abajo, y su abultada cabellera castaña se movía arriba abajo, mientras sus manos hábiles manipulaban mi verga, y su lengua veloz la saboreaba. Su rostro estaba oculto, sólo podía ver el pelo ondulado. Estiré la mano, tanteando su cuerpo frágil pero peligroso, hasta llegar a sus nalgas. Las sentí tersas, y duras. Dibujé con mi dedo sus formas, y las descubrí más voluptuosas de lo que imaginaba. Las apreté, y le di un chirlo, lo que hizo que ella parara de mamarla por un segundo. Yo, prepotente en mi rol de macho, apoyé mi mano libre sobre su cabellera y la insté a continuar. Ella susurró “te gusta dominar” antes de seguir con su mamada. Quizá por rencor, o sólo por jugar, mordió con muy poca fuerza el tronco, mientras que su lengua incansable jugaba con el glande. Yo seguí manoseándole el culo. Arrimé mi dedo hasta la costura del medio del short, mientras lo hacía, la mano se internaba en una profundidad deliciosa. Con la otra mano le corrí a un lado el pelo, y levanté un poco su cara. Necesitaba verla, necesitaba saber que lo que sucedía era real. Ella pareció comprender mi apremio morboso, y sin dejar de mirarme, retomó su mágica felatio. Yo me recosté, poniéndome casi totalmente horizontal sobre el sillón. Sólo mi cabeza estaba erguida, apoyada sobre el brazo del mueble. Agarré la mayor parte de su pelo, y usé mis dedos como si fueran una hebilla que los recogía. Ahora podía verla perfectamente. Su piel tersa, blanca, y suave, sus ojos marrones desorbitados, mirando los míos, sus pómulos prominentes, y su mandíbula abierta, en un gesto que ni siquiera había intentado soñar, mientras chupaba, gozosa, saboreando la piel gruesa, sintiendo las venas duras, succionando el líquido preseminal que ya salía abundante y anunciaba el inminente estallido.

    —Por favor, no pares. —Alcancé a decir, jadeante.— No pares. —repetí, metiendo mano por debajo del short, sintiendo las nalgas desnudas, descubriéndolas depiladas, como lo había imaginado. Si no hubiese estado a punto de acabar, no habría podido evitar comérselas a mordiscos y chupones.

    —Avisame si vas a acabar. —dijo Ana.

    En ese momento pensé que era de las que no les gustaba recibir el semen en la cara. En realidad, lo que no quería era tragarlo. En todo caso, la ignoré, porque en ese momento mandaba yo, y yo quería acabar encima de ella. En un inusitado acto de violencia, tironeé su pelo, haciéndola gritar, cosa que disfruté, y con su rostro apuntando al techo me masturbé frenéticamente, dándole golpes de pija en esa carita de nena tramposa mientras lo hacía. La eyaculación vino enseguida, y fue potente. El chorro blanco y viscoso ensució su cara impoluta y entonces me pareció verla, por primera vez, tal cual era en realidad.

    Se fue por un pasillo oscuro, sin decir nada. Yo la seguí y entré donde ella había entrado. Era el baño. Se estaba lavando la cara. La canilla estaba abierta y el semen se negaba a pasar por los orificios pequeños de la pileta. Le pellizqué el culo. Hice a un lado su pelo y besé su cuello, al tiempo que sentía su fragancia fresca.

    —Te gusta mandar. —Dijo, mientras se secaba con la toalla.— ¿Tenés forro? —preguntó.

    —Abajo, en mi mochila. —Contesté. Me arrodillé y le di un mordisco a una nalga, por encima del short.

    Ella se apartó, casi violenta.

    —Yo ya hice lo que querías. Ahora andá abajo y buscá el forro, que yo no tengo, y vení a cogerme.

    Hice lo que me dijo. Me aseguré de que nadie anduviera por los pasillos, y bajé, sigiloso, por las escaleras. Fui al baño de la planta baja. Me bajé los pantalones, me puse de punta de pie y acerqué mi sexo a la pileta, al tiempo que abría la canilla. Enjuagué mi sexo. Me puse jabón líquido en la mano, y lo froté por todo el tronco y el glande. Mientras lo hacía recordé la escena que acababa de vivir, y enseguida estuve erecto de nuevo. Me sequé, me levanté el pantalón y fui hasta mi puesto. En uno de lo cajones del escritorio estaba mi mochila. De uno de sus bolcillos saqué dos preservativos. Me llegó un mensaje de Ana “te dejé la puerta abierta, está apenas apoyada, empujala y pasá. No hace falta que toques el timbre. Y no tardes” decía. Yo me pregunté quién era más mandón.

    Me quedé un rato en mi puesto, asegurándome que todo estuviese normal. No noté nada extraño en la calle. Ningún rostro desconocido rondaba por la zona. Me fui de nuevo a baño, me miré al espejo, me acomodé la camisa blanca, que estaba debajo del pulóver azul. Me peiné usando mis dedos, y me fui de nuevo al paraíso, por escaleras.

    Mientras subía, por momentos, me preguntaba a donde iría a parar todo aquello. A pesar de que en ese momento solo imperaba la lujuria, yo sabía que tenía muchos sentimientos románticos por Ana, que no se me iban a ir sólo por descubrir que era una cuasi ninfómana. ¿Acaso sería capaz de cumplir con todas las exigencias que enumeró antes de bajarme el cierre del pantalón? ¿Cómo iba a hacer para no escribirle? ¿Cómo iba evitar sentirme celoso, si la veía con su novio, o, aún peor, con algún otro tipo que la visitara por las noches?

    Ahora que conocía el fuego de su interior, mezclado con la ternura sinsentido que albergaba todavía por ella, sabía que iba ser imposible cumplir con todos aquellos requisitos. Y menos aun sabiendo que ella sentía algo por mí (porque algo habría de sentir ¿no?)

    Ana tenía que ser para mí. Esta noche sería la primera, pero no podía ser la última. No. Ni loco sería la última.

    Llegué a su departamento. Traté de apartar todos esos pensamientos. Ahora solo importaba que me la iba a coger. Empujé la puerta, la cerré a mis espaldas. Me dirigí a donde creía que se encontraba su habitación.

    —Me calienta tu uniforme. —Me dijo.— Yo también soy morbosa.

    Estaba completamente desnuda. Sus tetas, erguidas, eran coronadas por dos pezones rosados, puntiagudos. Su pelvis estaba depilada. Su cuerpo delgado tenía cierta musculatura, pero sólo lo suficiente, para no perder su femineidad. Se puso boca abajo, y se arrodilló, ofreciendo el culo.

    Me acerqué desesperado. Besé sus nalgas y lamí el ano. Me subí a la cama, me bajé los pantalones y me puse el preservativo. Apunté mi misil a su cráter palpitante. La agarré de las nalgas, e invadí su cuerpo con mi verga prodigiosa. Primero despacio. Ella arqueó su espalda y gimió cuando enterré los primeros centímetros de carne dura. “que linda pija tenés” susurró, animándome a introducir un pedazo más de pija, con mayor intensidad.

    —Sí, así, cogeme. Mi novio está en una cena con amigos, así que aprovchá a cogerme. — Dijo con morbo y perversidad.

    —Así que tu novio no te coge. —dije yo, siguiéndole el juego.— y no la tiene grande como yo ¿no?

    Apreté sus nalgas e incrementé la velocidad y la intensidad de mis movimientos pélvicos.

    —No, vos la tenés más grande. —pudo decir Ana, entre jadeos. Su pelo se movía de acá para allá debido a las sacudidas de su cuerpo.— Y él no me coge. No pares de cogerme por favor.

    La constante alusión a su novio, inesperadamente me había excitado aún más. Yo era el macho que cabalgaba a Ana, mientras el inocente Andrés, ignorante de todo, tomaba unas cervezas con sus amigos, al tiempo que yo gozaba a su mujer. Estuvimos quince minutos burlándonos de él. Se escuchó varias veces el sonido del celular de Ana.

    —Debe ser Andrés. Acabá, acabá mientras me llama.

    Después de que dijo eso, solo bastaron tres embestidas, para que acabe mientras la penetraba.

    Me quedé un rato más, charlando. Aproveché para besar por todas partes su cuerpo desnudo, pero cuando noté que ya me estaba calentado de nuevo, me despedí. Necesitaba ir abajo y asegurarme de que estaba todo bien. Le ofrecí volver a las cuatro de la mañana, pero ella me dijo que ya quería dormir, y además estaba satisfecha.

    —Yo amo a mi novio. —Dijo, todavía desnuda, y con gotitas de transpiración que perlaban su frente.

    No dije nada. Me fui en silencio, consciente de haberme internado en un terreno peligroso, que me podía llevar a la locura. Pero aun así estaba seguro de no querer evitar el inminente desastre que esa relación aparentaba significar.

    Continuará.