Blog

  • Primera experiencia

    Primera experiencia

    Somos un matrimonio normal, de los que nadie puede sospechar ningún tipo de comportamiento raro, pero una vez que nos pico el gusanillo del morbo no pudimos escapar de él.

    Eso si, seguimos manteniendo nuestra apariencia aburrida con todos nuestros conocidos.

    Solo nos permitimos un juego al que llamábamos el “veo veo”.

    ¿Que en que consistia?

    En dejar ver mas “carne” de lo normal, y cuando digo carne me refiero a los pechos de mi mujer y a sus piernas normalmente con medias de liga.

    Siempre en sitios donde no nos conocían y donde era difícil que nos encontraremos a alguien que nos supiera identificar.

    Para jugar salíamos de casa, bueno salir mi mujer, preparada para la aventura: no se ponia sujetador y se ponia medias con liguero.

    Simplemente pensarlo y salir así de casa nos subir el grado de excitación a niveles que nos hacían hacer cosas que en estado normal nunca hubiéramos hecho.

    Nos montábamos en el coche y nos íbamos a restaurantes, pubs, discotecas, lejos de donde vivíamos y hacíamos nuestra vida normal.

    Pero un día, en las navidades del 2021, decidido ir al centro y como estaba todo atascado, aparcamos el coche y cogimos el metro.

    Serian las 9 de la noche, el metro iba hasta arriba de gente, Maribel llevaba un abrigo largo una falda por encima de las rodillas y una blusa negra, pero como íbamos dispuestos a jugar fuerte porque hacia tiempo que no jugábamos, por el dichoso COVID, ese día tampoco llevaba bragas.

    Al entrar nos situamos agarrados a una barra, uno enfrente del otro, rodeados de personas por todos los lados.

    Como ya estábamos excitados, la propuse al oído que se abriera un par de botones de la blusa,

    Al principio, se negó porque había mucha gente, pero poco a poco la fui rozando el pecho con la mano para aumentar su excitación, hasta que tedio y se abrió un botón.

    Se veía un poco de canalillo, pero no me parecía lo suficiente así que insistí en mis roces aprovechando las parada y arrancadas del metro, hasta que se sitio lo suficientemente excitada como para abrirse dos botones más y eso ya no era un canalillo, era en gran cañón, se veían perfectamente el final de sus pechos y casi se podía ver el inicio de la aureola cada vez que el vagón nos movía o las personas nos empujaban al entrar o salir.

    En este juego estábamos, cuando notamos que un joven no se perdía nada del escote de mi mujer.

    Eso os excito mucho más, ya que eso es lo que buscábamos, hasta que una de las veces Maribel se acerco a mi oreja y me dijo: me esta rozando la pierna.

    Eso elevo las expectativas de la experiencia y me hizo pensar en la mano del joven subiendo por el muslo de mi mujer, hasta llegar a darse cuenta que no llevaba ropa interior.

    Sin pensarlo mucho, la conteste: ¿te gustaría notar como te sube la mano por el muslo?

    Ella, muy excitada, me dijo: ¡estas loco! Hay mucha geste.

    La dije: por eso no te preocupes porque entre los dos te tapamos.

    Mientras el joven seguía moviendo su mano en busca del tesoro, logro tocar la pierna y empezar a subir muy despacio.

    Maribel, con voz entrecortada por la excitación y el nerviosismo, se volvió acercar a mi oido y me dijo: me esta tocando el muslo por dentro de la falda.

    Con el control totalmente perdido por la excitación de lo que estaba pasando y lo que yo me estaba imaginando, la dije: tienes dos posibilidades, una te mueves hacia la puerta y salimos en la próxima estación, o te dejas que siga subiendo y llegue hasta arriba ¿tu decides?

    Como única respuesta se pego mas a mi, pero no de frente sino por su brazo derecho, dejando más libertad a que la pudieran seguir tocando por el lado izquierdo, donde estaba situado el joven.

    Él no era tonto, e interpreto el movimiento como un permiso para seguir, de junto más a los dos, de forma que el resto del vagón no pudiera saber lo que estaba pasando y subió la mano hasta el coño.

    Maribel, me dijo: Ya esta, me esta tocando y abra notado que lo tengo muy mojado.

    Al oír eso, con mucho disimulo aparte la blusa, poco a poco, dejando que el joven viera totalmente el pecho de mi mujer y aproveche para acercarme a su oido y decirla: Aprovecha y separa bien las piernas, déjale jugar.

    Por la cara de Maribel tenia que adivinar lo que estaba pasando, y debía ser muy bueno porque sus ojos reflejaban que lo estaba pasando bien, pero de repente note un cambio en su rostro, puso cara de sorpresa.

    Con cierta preocupación me acerque a su oido y de dije: ¿pasa algo? ¿nos vamos?

    Ella, me guiño un ojo y me dijo: No pasa nada, pero ponte detrás de mi.

    Extrañado, la dije: ¿Por qué?

    Ella, con voz seductora, me dijo: se ha sacado la polla y me la esta restregando por la ingle, pero quiero ponerme frente a el para sentirla mejor ¿te importa? ¿ a lo mejor intenta meterla?

    Sus palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez: ¡ a lo mejor intenta meterla! Tantas veces había fantaseado con eso y ahora era ella la que me decía que existía esa posibilidad. No parecía molesta, mas bien al contrario: estaba deseando que la follara un desconocido en un vagón del metro lleno de gente.

    La pregunte: Y si te intenta follar ¿le vas a dejar?

    Su grado de excitación era tal, que sin pensarlo me dijo: ¿te importa?

    Sin responderla, me puse detrás de ella, dejando que el joven se pusiera totalmente de frente.

    Desde detrás, la dije: pero como no veo nada me tienes que ir diciendo que esta pasando.

    Solo hizo un gesto afirmativo y me dijo: aja.

    Echo la cabeza hacia atras, y me dijo: La noto, es grande, esta en la boca de mi vagina, lo intenta.

    Umm, ya noto como entra poco a poco.

    Como un idiota solo se me ocurrió decirle: ¿te gusta?

    O si, lo esta haciendo muy despacio pero la noto como penetra centímetro a centímetro y me gusta mucho, me voy a correr. Ahhh.

    Gracias al rudo que había en el vagón lo alarido de mi esposa pasaron desapercibidos, y cuando acabo la cambio el rostro, como si en ese momento su hubiera dado cuenta de lo que había pasado y le diera vergüenza. Se aparto, empujándome hacia atrás, se cerro el abrigo y salió hacia la puerta del vagón.

    Casi si poder reaccionar la seguí y en seguida llegamos a una estación y salimos del vagón. Andábamos hacia la puerta en directo a la calle y no hacia nada mas que decirla: tranquila, no pasa nada. Ella me miro como si yo tuviera la culpa de todo y por fin salimos a la calle.

    Nos dirigimos a restaurante donde hablamos reservado para cenar, aunque no sabia como iba a continuar la velada.

    Pero eso es otra historia.

    Loading

  • Los pies de mi ex Mireya

    Los pies de mi ex Mireya

    Mireya es una novia que tuve en la universidad pero ella estudió Derecho. Jamás la vi desarreglada; casi siempre llevaba falda o vestido, algunas veces jeans, combinados con unos flats, zapatillas abiertas, de plataforma, con correa, etc. En todo el tiempo que estuvimos en la universidad no recuerdo haberla visto repitiendo un outfit, lo digo porque como me gustaba todos los días iba a buscarla.

    Ese día fui a verla a su facultad, recuerdo que iba vestida con unos jeans negros, una blusa blanca un poco holgada y en sus pies unas lindas zapatillas negras de punta abierta. Me dijo que no iba a tener sus últimas materias por lo que fuimos a recorrer la universidad, después de caminar un rato nos sentamos en un jardín que está apartado del resto de edificios. Ella se acomodó pegada a mí y se quitó las zapatillas dejando al descubierto sus hermosos pies; pequeños, un poco pálidos y con un poco de tierrita por las zapatillas abiertas. Esa escena me excitó bastante; quería tocar, oler, probar esos pies sucios.

    Seguimos platicando mientras la acercaba a mí y ella se acomodaba en mi pecho, subió sus piernas dobladas sobre las mías de modo que podía alcanzar sus pies con mis manos. Le acariciaba el cabello, su carita, sus brazos… comencé a bajar hacia sus pies.

    —Me haces cosquillas—. Dijo con una risita coqueta.

    Alcé su rostro y le di un beso en los labios, ella me tomó del cuello y alargó el beso mientras yo seguía acariciando sus pies, estaban un poco ásperos y podía sentir la tierrita en sus plantas.

    Movido por la lujuria y asegurándome de que nadie nos viera me senté frente a ella, tomé su delicado pie y di pequeños besos en su empeine y aspiraba levemente.

    —¿Qué haces? Tengo los pies cochinos—. Me interrumpió mientras ponía rígidas las piernas.

    —No me importa—. Seguí acariciando y oliendo sus pies.

    —Nooo alguien nos va a ver—. Dijo sonrojada mientras encogía las piernas y trataba de ponerse los tacones.

    —No ha pasado nadie desde que estamos aquí, a parte estamos lejos y escondidos, dudo que alguien pase—. Respondí mientras jalaba nuevamente sus pies hacia mí para besarlos, ella me miró en señal de aprobación.

    Seguí besando desde el talón hasta los dedos, Mireya se resistió un poco, por miedo a que pasara alguien y nos viera, le dije que nadie iba a venir hacia donde estábamos.

    Empecé a frotar sus plantas contra mi cara aspirando el delicioso aroma de su piel, impregnado por el olor a tierrita y a plantilla de sus tacones. Luego lamí sus plantas con lujuria mientras ella me miraba risueña y se cubría el rostro con las manos.

    Después de un rato se acomodó apoyándose en sus codos con la cabeza hacia atrás, pude escuchar que su respiración era un poco acelerada acompañada de pequeños gemidos, esto me excitó aún más y continué adorando sus pies, de repente se incorporó y dijo:

    —¡Ya! Alguien puede vernos… mejor vamos a mi casa—. Se puso los tacones y se arregló la ropa.

    Llegamos a su casa, me dijo que no había nadie, que ese día le tocaba estar sola.

    Nos sentamos en el sofá y seguimos besándonos, comencé a acariciarla; sus piernas, su vientre plano, sus senos pequeños pero firmes, su nalgas duritas.

    Se levantó.

    —Espérame tantito—. Fue a su habitación. Pasaron unos 10 minutos y me llamó desde adentro.

    Mireya se puso un bonito body rojo de encaje que resaltaba su espectacular cuerpo bien formado. Estaba parada frente a un espejo grande pintándose los labios y acomodándose su lacio cabello castaño. La tomé de la cintura y la besé mientras ella me desvestía.

    —¿Puedes ponerte esas?—. Le dije señalando unas zapatillas plateadas de plataforma. Se las puso muy sensualmente y dio una media vuelta.

    —¿Me veo bonita?

    —Hermosa.

    La acosté en la cama, con la luz apagada, un aroma a fresa inundaba su habitación.

    Cambiamos de posición, Mireya se subió en mí, se movía lentamente, con los ojos ojos cerrados, me acariciaba el rostro y gemía fuerte pero de una forma muy dulce. La traté con ternura, me perdí en su suave piel pálida y su calor femenino. No dejé que se quitara el body ni las zapatillas, estuvimos haciendo el amor hasta la madrugada.

    Al final le pedí sus zapatillas plateadas y su blusa blanca.

    Fue una deliciosa primera vez y ese día nos hicimos novios.

    Loading

  • Viviendo con mi tío

    Viviendo con mi tío

    Hola a todos me pueden decir Yun, tengo 20 años, no soy alta (mido apenas 1.50), no tengo grandes pechos o caderas anchas, simplemente soy muy común y esta es mi historia con mi tío y como todo valió.

    Todo inicio cuando mi novio me corrió de la casa y no tenía donde quedarme, yo estaba muy deprimida e incluso deje mi trabajo. Regresar con mis padres no era opción y tampoco tenía mucha solvencia económica. Para mi buena suerte alguien me llamo y me dijo que me podía dar asilo sin ningún costo. Era mi tío (hermano de mi padre) y aunque al principio no estaba muy segura de sí debía aceptar su invitación pensé en que no habría problema, él es casado y según muy feliz con su pareja, muy estables y además económicamente muy bien.

    Así que termine aceptando sin saber lo que resultaría de esa decisión. Aunque su esposa no estaba muy feliz de esa decisión no peleo y simplemente me veía mal y siempre me vigilaba. La paz era absoluta cuando ella salía de compras o a pagar cuentas y entonces yo podía estar completamente cómoda y sin restricciones.

    Me metía a bañar sin cerrar la puerta y también me cambiaba sin preocupaciones, no tenía según yo ningún problema y siempre pensaba que estaba completamente sola. En realidad, no siempre estaba sola, varias veces mi tío llegaba a casa sin hacer ni un ruido y disfrutaba del espectáculo.

    Eso en realidad no lo supe desde el principio, lo descubrí después de un tiempo.

    Un día que salí de bañarme y solamente traía la toalla puesta y lo encontré sentado en mi cama con mis pantis entre sus manos. En cuanto me vio entrar las guardo en la bolsa de su pantalón y disimulo un poco.

    T: Sobrina te estaba esperando.

    Y: ¿Podría esperar afuera un momento en lo que me visto?

    T: Es que justo es de eso de lo que quería hablar.

    Y: ¿No lo entiendo, de que se trata?

    T: Bueno sobrina, yo le abrí las puertas de mi casa y se le da comida y todo lo que necesita sin que pongas ni un peso.

    Y: Aja, pero fue usted quien me invito a vivir aquí.

    T: Nada es gratis en la vida y ya debería saberlo sobrina, no se espante no es algo malo.

    Saco de la bolsa del pantalón un fajo de billetes y lo puso en la cama lentamente.

    T: Te puedes quedar esto, pero a cambio quiero algo.

    Y: Tío yo no…

    T: Solamente quiero un par de fotos, pero sin nada de tela, no es necesario nada de contacto físico, simplemente tomo las fotos y me voy.

    Vi por un momento la cama y me puse a pensar en cuanto dinero podría ser, me acerqué lentamente y tome los billetes entre mis manos, lo consideré un segundo y guarde los billetes en un cajón para después dejar caer la toalla.

    Y: Apúrese y no quiero que las comparta con nadie.

    T: Muy bien, pero quiero un par ahí parada y otras en la cama.

    Y: Rápido antes que llegue su mujer.

    Me tomo unas fotos recargada en la puerta y en la cajonera, después me deje caer en la cama y levanté un poco el trasero, abría un poco las piernas para algunas fotos y en otras me ponía de lado.

    Entre tantas fotos y poses me empecé a calentar e instintivamente mi mano busco mis partes y me puse a jugar.

    Mis dedos daban vueltas, entraban y salían con mucha energía, ya estaba completamente mojada y caliente.

    Cuando giré a ver a mi tío y tenía un evidente bulto en su pantalón, su teléfono seguía fijo en mí y después me enteré que desde que empecé a tocarme me estaba grabando sin perder ni un detalle de mis dedos en mi vagina. El verlo con semejante bulto y tan atraído en mi jugueteo me prendí aún más, me levanté lentamente y me fui acercando a él.

    Y: No diga nada y solamente bájese el pantalón.

    Le dije mientras bajaba de la cama y me ponía frente a él de rodillas mientras veía directo a la cámara.

    Con una sola mano se desabrocho el cinturón y el pantalón dejándolo caer, al ver directamente su verga no pude evitar lanzar un pequeño gemido a pesar de que como mínimo es unos 20 años mayor que yo su amiguito era enorme y aun no estaba despierto del todo.

    Lo tomé entre mis manos y empecé a juguetear con él, lo pasaba con ambas manos, lo puse entre mis pechos y lo provocaba con mi lengua lamiendo solamente la punta.

    Cuando ya lo vi más firme lo intenté meter en mi boca, pero mi nula experiencia me hacía sentir que me ahogaba, mi tío (que seguía grabando todo) me agarró con su mano libre de la parte de atrás de mi cabeza y siguió empujando para meterme toda su verga hasta mi garganta, yo seguía dando todo de mi mientras mi mano derecha seguía jugando con mis labios, dando vueltas y haciendo que soltara mis “jugos” por todo el piso.

    Después de unos 10 o 15 minutos así por fin se vino en mi boca y descargo todo bien profundo, solo sentía como todo eso bajaba por mi garganta.

    Y: Nadie puede saber lo que sucedió aquí y menos ver ese video.

    T: No te preocupes sobrina no saldrá de aquí.

    Mientras el decía eso escuchamos las llaves abrir la puerta de la entrada, rápidamente mi tío se terminó de subir los pantalones y cerrar el cinturón, en cuanto salió cerré mi puerta con llave y me deje caer en la cama, después de recuperar la compostura me vestí y tuve que regresar al baño para enjugar mi cara que estaba con restos de saliva y espermas.

    No volví a hablar con él ese día, pero ese fue el inicio del caos. Desde ese día mi tío me veía con más lujuria cuando mi tía se distraía.

    Si quieren leer más de lo que sucedió después de esto esperen más partes.

    Loading

  • Iniciando a Juan: Primer contacto

    Iniciando a Juan: Primer contacto

    La verdad, el club de lectura no era el lugar donde esperaba encontrar diversión.

    Siempre fui una persona con dificultades para conocer gente, para empezar conversaciones, para compartir con un desconocido alguno de mis intereses simplemente para ver si tenemos algo en común. Pero hasta los amargos como yo tenemos nuestros límites, al final del día también somos humanos; tarde o temprano la necesidad de conectar con alguien se vuelve una prioridad.

    Por suerte, la biblioteca pública de mi ciudad, lugar al que asistía con regularidad para leer, estudiar, o simplemente pasar el rato, ofrecía distintos tipos de actividades (todas relacionadas en mayor o menor medida con la literatura).

    Una de ellas era lo que llamaban “Taller de lectura tradicional”, lo cual, según entendí en su momento, se refería al formato clásico de club de lectura: leemos un texto entre todos, cada uno en el tiempo que se pueda permitir durante la semana, y luego nos juntamos a debatir e intercambiar puntos de vista.

    Me atrajo de inmediato la idea de poder conversar sobre literatura con otras personas de mi ciudad, descubrir nuevos autores, nuevos géneros, y de paso generar alguna qué otra amistad.

    La primera reunión, en la cual solo íbamos a presentarnos y a ponernos de acuerdo en el primer texto asignado para esa semana, comenzó un lunes a las 19 h. No éramos muchos, unas seis personas sin contar a la coordinadora de la actividad, pero había mucho entusiasmo en el ambiente.

    No me sorprendió el hecho de que el grupo fuera mayoritariamente femenino, ni que la edad promedio sea de unos 40 y tantos, pero si el hecho de que los únicos hombres (Juan y yo) tuviéramos una edad similar, gustos literarios similares e incluso vivíamos relativamente cerca el uno del otro.

    Tengo que ser honesto conmigo mismo, Juan me pareció atractivo desde el primer momento: era ligeramente más bajo que yo, con una contextura física parecida a la mía (gordito, pero no demasiado) de piel blanca, pelo lacio y negro. Además, hablaba con mucha soltura, humor, y confianza.

    Lo único que me molestaba era el no saber si tendría alguna oportunidad con él. No sabía si era hetero, gay, o si siquiera le interesaba tener una relación con alguien que hasta entonces solo era un compañero de taller.

    Aun así, decidí seguir apostando a las pequeñas confianzas qué construimos con el pasar de las semanas.

    Comenzamos a hacernos nuestras propias recomendaciones y reseñas por fuera de las actividades del taller, nos encontrábamos cada tantos en librerías o parques de la ciudad, incluso pasábamos alguna tarde a la semana en su casa, ya que vivía en un cuarto al fondo de la casa de sus padres, donde podíamos conversar a gusto.

    Fue en una de estas reuniones cuando decidí que era el momento. Quizás no sucedería nada, quizás incluso arruinaría la pequeña, pequeñísima amistad que habíamos construido, pero supongo que en ese momento podía más mi deseo y mis ganas que mi razón.

    Aproveche el hecho que de que uno de los personajes del libro que estábamos discutiendo, en un momento dado tiene una relación con otro personaje del mismo sexo, lo cual desencadenaría un conflicto más adelante en la trama.

    Tomando esto como punto de partida, comencé a testear a mi amigo:

    -Juan, hablando del tema, ¿te puedo hacer una pregunta más personal?

    -A ver con que me salís ahora…

    -¿Vos estuviste alguna vez con un chico?

    -…

    -Es una pregunta nada más, si no querés no tenés que..

    -¿Con “estar” a que te referís?

    -Sexualmente.

    -Ah…

    -De nuevo, si no querés responder…

    -No, nunca estuve con otro chico, solo con pibas. ¿Vos?

    -Bueno… Digamos…

    -¿Sos gay?

    -Diría que no, aunque si estuve con otros chicos.

    -¿Cómo es eso?

    -¿Que cosa?

    -¿Cómo es que no sos gay pero cogiste con hombres? No me dan los números.

    -No seas boludo Juan, sabes lo que quiero decir. No me quiero encasillar diciendo que soy gay solo por haber estado con algún pibe alguna vez.

    -Bueno, eso lo puedo entender.

    Se hizo un pequeño silencio, algo incómodo, pero comprensivo. Podía sentir que Juan estaba pensando, quizás más preguntas, quizás alguna excusa para dar por terminada la reunión, o alguna forma de cambiar de tema. Nada de eso, para mi sorpresa:

    -¿Está bueno?

    -¿Que cosa, Juan? -Dije sonriendo por dentro.

    -Ya sabes…

    -Me estás preguntando si coger con otro pibe está bueno?

    Asintió en silencio, mirando para otro lado.

    -Si, la verdad que sí. O al menos yo lo pasé muy bien.

    Más silencio.

    -Algo más que te gustaría saber? -Ya era mío.

    -Si… Sos…

    -Aja…

    -¿Sos activo o pasivo?

    -Mmm… Diría que soy más bien activo

    -Dudaste.

    -Si, dudé.

    -¿Que te hizo dudar?

    Hice silencio por un momento. Estaba muy caliente, pero tenía miedo de exponerme. Decidí jugarme el todo por el todo, si tenía que ser, que sea.

    -Dudo porque hice alguna vez cosas que podrían ser de pasivo.

    -¿Que cosas?

    -Chupar pija, por ejemplo.

    Me ruborice por completo, al igual que Juan, que seguía mirando disimuladamente hacia otro lado.

    El silencio fue ahora de sorpresa, de intriga.

    Pude notar un pequeño bulto en la entrepierna de mi amigo, al mismo tiempo que sentí mi propia dureza. Solo tenía que insistir, solo un poco más, un poco más..

    -Te quedaste mudo, Juan.

    -…

    -No es para tanto, es algo que hice alguna vez, no es nada.

    -No te lo tomes a mal, nada más que no era algo que esperaba de vos, me sorprendí.

    -No es nada malo.

    -Obvio que no, solo me tomó por sorpresa.-Sonrió un poco al decir esto, como para aliviar un poco la tensión.

    -Juan…

    Me levanté de mi asiento y me acerqué lentamente. Juan se quedó paralizado, mirándome.

    -Juan… ¿Te gustaría que te chupe la pija?

    -…

    -No te voy a mentir, me calentó un poco charlar sobre esto con vos..

    -…

    -Y me imagino que a vos te habrá pasado lo mismo..

    Me puse en cuclillas frente a él, aun sentado.

    -No se…

    -Obvio que no hay que hacerlo si no querés…

    -…

    -Pero a mi me gustaría mucho.

    -…

    -Además así podrías saber…

    -…

    -Lo que se siente que otro chico te haga un pete. ¿Te gustaría saberlo?

    Durante algunos segundos, no pasó nada.

    Por un momento temí haber llegado al límite de la tolerancia de mi amigo, temí haber arruinado todo, haber ofendido a mi amigo o haber quedado frente a él como un desesperado.

    Pero Juan simplemente se levantó de su asiento, dejando su pequeño bulto frente a mi cara.

    No dijo nada, no hizo nada, pero me miró como dando su aprobación.

    Pase de estar en cuclillas a estar de rodillas.

    Le saque el pantalón, disfrute por un momento amasando su pene por encima de su ropa interior, pero realmente no podía aguantar más. Le bajé el bóxer, se lo quité por completo, lo dejé desnudo de la cintura para abajo. Su pija era rosadita, cabezona, gordita, con muy poco vello alrededor. Sus huevos grandes, hinchados. Lo masturbe lentamente, atento a su reacción. Apenas lo escuché suspirar, me relaje, me entregué, y empecé a chupar con gusto la pija de mi amigo. Entraba en mi boca con facilidad, salía caliente y llena de saliva. Pasaba mi lengua por su glande constantemente, haciendo círculos, succionando ese juguito delicioso que precede al orgasmo.

    Juan gemía muy despacio pero constante, movía lentamente sus caderas hacia atrás y adelante, como intentando coger mi boca. Relajó sus manos sobre mis hombros mientras se dejaba hacer.

    Mi boca seguía ocupada con su pene, una de mis manos acariciaba sus huevos gordos, la otra amasaba una de sus nalgas, gordita y fresca.

    De un momento a otro, sin aviso, su miembro se movió en repetidos espasmos, su cola se tensó, y mi boca sintió el sabor caliente de su leche, la leche mi amigo, me llenó la boca por sorpresa.

    Seguí peteando por unos segundos, limpiando, succionando lento, tragándome despacio el semen de Juan.

    Él parecía haber disfrutado mucho, pero su cara mostraba cierta sorpresa, algo de duda, mezclada con temor.

    -¿Te gustó, Juan?

    -…

    -¿Que tal tu primera experiencia? -Dije con una mueca de sonrisa.

    -¿Primera? -Dijo tímidamente.

    -Y, imagino que querrás repetir en algún momento, ¿no?

    -…

    -¿No?

    -Puede ser… -Dijo, evitando mi mirada, ruborizado, pero se lo veía contento, y aliviado.

    Creo que así terminamos ambos.

    Contentos, y aliviados.

    Loading

  • Mi profesor y yo (termino haciéndome su perra)

    Mi profesor y yo (termino haciéndome su perra)

    Recuerdo que a mitad de mi primer año en la universidad, hicieron un cambio de profesor en Derecho empresarial, este solía ser un hombre en finales de sus cincuentas y fue reemplazado por uno de sus buenos treinta y cinco o treinta y seis, hombre que sin saber llego a mi vida para enseñarme juegos deliciosos, sexo duro y fantasías tan obscenas.

    Este hombre era realmente atractivo, bastante alto, una espalda ancha y que buen cuerpo lucía al vestir esos trajes, sus rasgos masculinos bien marcados por esa mandíbula definida, sus felinos ojos color miel y esa voz tan profunda y grave, en una ocasión me perdí completamente imaginando como sería el tono de sus gemidos, lo mire tan fijamente que él se dio cuenta de que mi mirada iba de su rostro a su entrepierna.

    Los coqueteos fueron tan frecuentes y descarados que pronto ya lo había hecho parte de mi jugueteo, y por supuesto yo caí en el de él sin darme cuenta, era ley que el día que tenía clases con él, usaba minifaldas y escotes muy reveladores, cuando me acercaba a su escritorio me inclinaba de más para mostrarle las tetas y el me guiñaba el ojo, me miraba más que al resto de la clase, dimos un paso más que solo miradas en la biblioteca, dónde en una ocasión me lo encontré y me siguió hasta el último pasillo de estantes de libros, fingí que necesitaba un libro de lo alto del estante solo para que el se pusiera a mi espalda, intencionalmente le pegue mi culo a su bulto, en lugar de quitarse se quedó allí y tocó mi cintura.

    Después de eso la biblioteca fue nuestro lugar de encuentro, ya que jamás había más de dos o tres alumnos, por alguna razón el frecuentaba mucho ese lugar, (descubrí que detrás de esa imagen elegante y pulcra había un hombre cachondo y vulgar, eso me encantó), en ese lugar podíamos cachondear bien rico, pero no pasaba de besos y manoseos, me encantaba las cosas que me susurraba al oído como: “Que ricas tetas, me las quiero follar”. “que ganas de ver ese culito en cuatro”. “esta conchita pide una rica cogida”… pero ninguno se dejaba llevar de más, aunque sinceramente a mí ya me palpitaba el coño con un deseo inmenso de tener su verga adentro.

    Aquel día decidí que ya era hora de darle fin a la espera, tenía su clase a final del día, así que mi ropa interior constaba de una tanga pequeña y un sostén sin tirantes, una blusa de licra a tirantes delgados y una minifalda tableada, mis tacones y una chaqueta que para el final del día ya no llevaría puesta. Cuando nos vimos en la biblioteca justo antes de que terminara la ante penúltima hora, me asegure de dejarlo bien cachondo, supe que eso resultó porque, me detuvo antes de entrar a su salón para decirme que necesitaba que me quedara después de la clase, obviamente ya sabía para que.

    Cuando la clase terminó, todo mundo comenzó a salir rápido del aula y yo envié un mensaje a mi amiga Jessica para que no me esperara dándole el pretexto que debía terminar un proyecto, escuché que el profesor carraspeó la garganta y seguido de ello el clic del seguro en la puerta, me acerqué a él lentamente.

    -¿Porque tan tímida muñeca? —me preguntó con un tono de voz que me erizó la piel.

    -Porque ahora no tiene obstáculo alguno —respondí, sabiendo que hoy si o si me daría una buena cogida.

    -Ya te me escapaste mucho, ¿no crees? —cuestionó pasando sus labios por la curva de mi cuello y bajando sus manos hasta mi culo— Vas a ser mi perrita… te voy a dar esa buena cogida que mereces…

    -Seré su perrita —solté casi en un gemidito, ya bien caliente por la forma en que me hablaba— Quiero que me coja —seguía susurrando bien cachonda.

    -Que perrita tan obediente…

    Me levantó para sentarme en el escritorio y meterse entre mis piernas, me apretó contra el y empezó a besarme casi desesperado, me apretaba el culo y las piernas, yo me aferraba a su nuca, sentí como jalaba mi blusita hacia abajo con todo y el sostén, mis tetas salieron libres y totalmente expuestas a sus ojos, las apretó con ambas manos masajeando las con deseo puro en la mirada.

    -Que ricas tetas —se bajó a mamarme los pezones, claramente estaba encaprichado con estas.

    Me tenía gimiendo, me separó más las piernas deslizando su índice por mi tanguita ya medio clavada en mi rajita, la hizo a un lado y hundió su cara en mi coño, su lengua experta exploraba satisfactoriamente cada uno de mis pliegues, empecé a gemir mucho más fuerte por lo que se levantó y me tapó la boca, me cargo apretándome bien las nalgas y enrede mis piernas en su cadera, me llevo hasta su pequeña oficina justo a la izquierda de su escritorio, cerrando muy bien la puerta de esta también.

    -Aquí si te puedo hacer gemir como perra —y me dejó sobre el escritorio de allí.

    Me baje para arrodillarme y sacarle la verga, deseaba mamársela, cuando la tuve a la vista sonreí más que satisfecha, saboreando ese delicioso pedazo de carne, de buen tamaño y gordo, estaba duro pero parecía que no del todo, empecé a lamerlo desde la base hasta la punta, lo escuchaba jadear y mi lujuria creció, empecé a mamársela tan fuerte que cuando la sacaba de mi boca se podía escuchar cada chupada, él gemía tan rico, mejor de lo que había fantaseado, empecé a tragarme toda su verga y lo disfruté tanto como él, lo tenía gimiendo tan rico que con solo eso me pude haber corrido.

    Me follo la garganta y cuando me dejó libre de eso lo empuje hasta la silla para atraparle la verga entre mis tetas, le hice una rusa tal como lo insinuaba en la biblioteca, pero no duró mucho, porque me hizo parar para inclinarme sobre el escritorio.

    -Ya tendremos más tiempo para eso nena, ahorita ya te la quiero meter —se detuvo para buscar algo en su cajón, cuando gire a ver se ponía un condón.

    Ya quería tenerlo dentro, me abrí las nalgas con ambas manos y el profesor tenía una mirada de loco, que se acentuó más por la forma en que relamía sus labios, me froto su hinchado glande en mi hambrienta entrada, gemí y me solté el culo para aferrarme al escritorio, tras un gemido y una nalgada empujó fuerte, ensartándome, cuando entro puse los ojos en blanco, empujó otra vez y gemí fuerte.

    -Cógeme duro —rogué como una verdadera puta.

    -Que rica conchita, te la voy a dejar bien reventada…

    Gruño y empezó a cogerme como un poseído, empujaba tan duro que las patas del escritorio chirriaron un par de veces, me hizo subir una pierna al escritorio y lo sentía entrar más profundo, yo no paraba de gemir, el no paraba de metérmela, me daba nalgadas me jalaba el cabello y gemía tan fuerte como yo.

    -Que ganas tenía de meterte la verga perrita —me susurraba en el oído sin dejar el mete saca y tirando de mi cabello hacia atrás— Así, que rico te entra..

    -No me la saque profe, la tiene bien rica —le gemía con una aguda voz.

    -Me aprietas bien rico la verga —y me castigaba a fuertes nalgadas— ¿Te gusta la verga mmh? Perra.

    -Quiero más —le repetía a gemidos— me encanta, no la saques, dame, duro papi… —gemía como una puta.

    El profesor me cogía duro y rico, su verga la podía sentir llenándome completamente, me sujetaba del cabello tirando con fuerza y con la otra mano me tomaba del hombro derecho, el placer que me daba me hacía desear no parar, mis gemidos ya eran casi gritos, el choque rudo, tan mojado como viscoso, me tenía bien mojada y el bien duro, disfrutaba de darme azotes muy duros en las nalgas, hasta que disminuyó la fuerza y me tomo de la cintura para moverse más lento pero con ensartadas aún profundas.

    -Ven a montarme —se salió de golpe y se sentó en la silla de antes, su pecho subía y bajaba por la agitación.

    Sonreí caminando hacia él tocándome el coño para montarme en esa deliciosa erección, me froté su verga un momento y después me la clave de un sentón, el jadeó, yo grité, y me tomo por la cintura, empecé a cabalgar haciendo que mis tetas rebotaran sin control, gemía y me aferraba a sus hombros, ver sus gestos de placer me hacía mojarme más, me apretó las nalgas para hacerme caer más fuerte, me temblaban las piernas ante eso.

    -Así, como una buena puta monta a su macho… —gemía y empezó a darme nalgadas— Así que reboten esas tetas…

    -Ya quería su verga así… bien adentro —jadeaba al hablar

    -¡Si nena clávatela toda, se una buena perrita mmh! —El profesor tenía un lado vulgar tan rico, me encantaba oír esas cosas.

    -Que rica verga tiene… me voy a… —me quedé a mitad de esa frase.

    Gemí echando mi cabeza atrás sintiendo como se contraía mi coño, me tense en un orgasmo delicioso, el placer intenso me nublo la vista, ese calor invadió mi vientre, mis juguitos le mojaron más la verga y mis piernas, él me agarraba del culo haciéndome subir y bajar más rápido, yo gemía sin control.

    -Que rico te corres mi perrita…

    Hablo jadeante y se levantó cargándome sin salir de mi, solo para recostarme en el escritorio, me tomo de la parte de atrás de las rodillas abriéndome bien las piernas, cogiéndome más duro que antes, el choque era tan duro y continuo que el éxtasis no disminuyó en mí, su vista estaba fija en mis tetas y gemía casi bufando tras cada empuje, mis agudos gemidos retumbaban en la oficina, definitivamente esto no lo habríamos podido manejar en silencio en la biblioteca, yo estaba delirante de éxtasis, tenía a mi profesor dándome duro, reventándome el coño, gimiendo como tanto lo imagine, llamándome “su perra”.

    Mi cuerpo tembló y explote en placer junto con él, me frotaba el clítoris, corriéndonos juntos, el jadeaba ronco, y yo sollozaba de placer, me daba unas últimas metidas bien profundas. Se quedó dentro de mí un momento para salir poco a poco después, dejando caer el condón lleno de leche, como habría deseado tener toda esa lechita adentro.

    Me quedé allí tumbada en el escritorio un momento con las piernas flácidas y la respiración agitada mi cuerpo sudado y las nalgas doloridas de tantos azotes. El profesor me miró cuando me levanté, dese aquella silla, con la vista fija en mi, aún se tocaba la verga y sonrió.

    -Que rico coñito… —se frotaba la verga de arriba abajo mirando fijamente.

    -Esa lechita la quería aquí… —me toque el coñito que aún palpitaba

    -La próxima vez te voy a dejar bien llena de leche —nadas más rico que un hombre así de vulgar en la cama.

    Tras vestirnos y salir con mucho cuidado del aula me ofreció llevarme a casa, de camino la conversación no se trató de nada más que no fuera lo rico que la pasamos y de como la habríamos pasado de haber estado en otro sitio.

    Me dejó a una calle antes de mi casa, no sin antes acordar un encuentro. Así comenzó está serie de intensos y deliciosos encuentros, así me convertí en la perrita de mi lujurioso profesor.

    Loading

  • Enamorándome de Dianita (19)

    Enamorándome de Dianita (19)

    Resumen: Sofia tomo su tanga color rojo y lo bajo un poquito y apareció esa imagen el tatuaje de Sofia una mariposa que volaba hacia la luna, Thiago se perdió en esa imagen.

    Cristian llamo a los padres de Thiago y les informo del accidente y en qué hospital estaban, también llamo a su padre y le dijo la noticia, Fernando como quería a Thiago como un hijo, salió inmediatamente para el hospital, todos estaban tensionados, los padres de Thiago llegaron al hospital a los 30 minutos, y Fernando el padre de Cristian llego 15 minutos después, todos estaban preocupados por el estado de Thiago, el Doctor les había dicho del estado crítico del accidente, -Te dije que esa motocicleta era un peligro para el niño, no debiste aceptar que la comprara – decía Isabel la madre de Thiago.

    -Cariño no vamos a arreglar nada culpándonos, más bien oremos porque Thiago se recupere completamente, eso es lo realmente importante ahora. – dijo Pablo el padre de Thiago.

    -Tienes razón cariño, es que mi niño no tenía por qué pasar por esto, lo que no entiendo es lo que dijo el doctor, de que a Thiago parecía que le hubiesen dado una golpiza. – dijo la madre de Thiago.

    -Si es raro eso, nuestro hijo no es de meterse en problemas.

    Todos estaban esperando noticias de Thiago, pasaron 3 horas lo que duro la cirugía cuando salió el Doctor y les comunico a todos que la cirugía fue todo un éxito, pero que debían esperar a que despertara, -Bueno chicos creo que es mejor que se vayan a descansar, yo me quedare aquí, mañana es otro día y muy seguramente tendremos mejores noticias. – les dijo la mamá de Thiago.

    -Disculpe señora Isabel, pero quiero pedirle que por favor deje que me quede con usted, no voy a estar tranquila hasta que no vea que Thiago está bien. – le dijo Dianita.

    -Se que debes querer mucho a mi hijo nena, pero tus padres se van a preocupar y con una sola persona que se quede aquí, es suficiente, es mejor que vayas y descanses, mañana puedes venir y ayudarme si eso quieres. – le contesto Isabel.

    Dianita no tuvo más opción que aceptar la decisión de la señora Isabel, todos se retiraron a sus casas, preocupados por el estado de Thiago, la señora Isabel permanecía en una silla en la sala de espera ya que Thiago aún estaba la unidad de cuidados intensivos, rezando por la salud de su hijo, pasaban las horas y Thiago aún seguía inconsciente, no había evolución, a las 10 de la mañana Cristian, Paula, Natalia y Dianita se encontraron en el hospital, Isabel se veía cansada pero se negaba a ir a su casa a descansar.

    Fernando el padre de Cristian, les dijo a los padres de Thiago que no se preocuparan por los gastos del hospital que él se encargaba de eso, que los médicos hicieran todo los procedimientos necesarios no importaba el costo, al principio Pablo e Isabel trataron de oponerse, pero fue una batalla perdida, Fernando les explico que para él Thiago era como su hijo, así que mejor todos se preocupaban por la recuperación de Thiago y no del dinero, a lo que ambos estuvieron de acuerdo, agradeciéndole el gesto a Fernando.

    Sofia, llamo a Cristian para preguntarle por Thiago ya que lo había estado llamando y no le contestaba.

    -Hola Cristian, sabes algo de Thiago estoy preocupada por él, ¿desde ayer que me dejo en mi casa no me contesta el celular? – le pregunto Sofia.

    -Hola Sofia, lamento decirte que Thiago tuvo un accidente en la madrugada, estamos en el hospital San Sebastián, ya le realizaron una cirugía, pero sigue inconsciente. – le contesto Cristian.

    -¡Qué! Pero porque no me avisaron, yo también quiero estar junto a él, ya salgo para allá. – le respondió Sofia llorando a Cristian.

    -Era Sofia, no sabía del accidente está llorando, ya viene para acá. – les dijo Cristian a las chicas.

    Natalia toma del brazo a Dianita y a Paula, las aleja un poco para decirles, -sé que ustedes dos no se llevan con Sofia, pero creo que en estos momentos es más importante la salud de Thiago que el odio que ustedes sienten hacia Sofia, en estos momentos es mejor hacer una tregua mientras Thiago se recupera, ya después ustedes deciden que hacer, está claro. – les dijo Natalia muy seria.

    -Está bien tienes razón ahora lo importante es que Thiago se recupere, ella también tiene derecho a estar acá. – respondió Dianita.

    Paula solo hizo un gesto de aprobación con su cabeza, las tres caminaron abrazadas a donde estaba Cristian, -está todo bien? – pregunto Cristian. – si todo está bien amor. – respondió Natalia.

    Sofia llego al hospital, el ambiente era tenso, pero inconscientemente con una mirada entre las tres decidieron hacer la tregua sin decir una sola palabra, Sofia se acercó a Cristian para saber del estado de Thiago, Isabel observa a Sofia y le pregunta, -¿tú también eres amiga de mi hijo?

    -Mucho gusto señora yo soy Sofia, la novia de Thiago. – le contesta Sofia.

    -¡La novia!, pero pensé que Paula…, bueno no importa cuando Thiago despierte él me explicará. -Dijo Isabel.

    Todos se miraron cuando Sofia dijo que era la novia de Thiago, pero guardaron silencio. Cuando le explicaron a Sofia del accidente y que Thiago parecía que tenía secuelas de haber recibido una golpiza, lo primero que se le vino a la mente fue el nombre de Tony. Sacando la excusa de traerle algo para beber a la señora Isabel, se dirigió para la cafetería y aprovecho para llamar a Tony y reclamarle.

    -Donde tengo que hacer la raya para que la señorita Sofia se acuerde de los pobres. – le contesto Tony jocosamente.

    -¡Te lo advertí Tony!, que si te metías con Thiago te las verías conmigo. – le dijo amenazante Sofia.

    -No sé de qué me estás hablando. – contesto Tony.

    -Thiago tuvo un accidente. – le dijo Sofia.

    -Y yo que coños tengo que ver si el malnacido ese se accidento. – contesto Tony.

    -Del accidente posiblemente no, pero el doctor dijo que tiene secuelas de una golpiza y en eso estoy segura que si tienes que ver tú. – le dijo Sofia furiosa.

    -Pues que pena que no pueda ayudarte con eso mamacita, pero si me hubiese gustado partirle la cara a ese infeliz. – contesto Tony.

    -Mas te vale pendejo. – le dijo Sofia.

    -¿Y qué?, por fin se murió el pendejo ese ja, ja, ja. – le dijo sarcásticamente Tony.

    -No seas imbécil Tony, pues no, esta grave, pero se va a recuperar. – le contesto Sofia colgando la llamada.

    Tony estaba feliz, la jugada le había salido redonda, eso merecía una buena cogida, así que llamo a Amber para celebrar. Cuando Amber llego, noto la felicidad de Tony, -¿se puede saber cuál es el motivo de tu felicidad?, ya que no creo que sea por verme. – le dijo Amber.

    -La verdad hoy recibí una gran noticia, y eso es motivo para celebrar y créeme tu coño va agradecer mi felicidad ja, ja, ja.

    -¿Pero cuál es la noticia?, me tienes intrigada. – le respondió Amber.

    Ahora mismo eso no tiene relevancia, mejor ven acá que te voy a reventar ese orto, y agarrándola del brazo la tiro en la cama bruscamente, Amber solo sonreía, abrió sus piernas invitando a Tony, -Quiero que te desnudes lentamente para mi putita. – le dijo Tony.

    Amber empezó a quitarse la blusa muy lentamente, quedando con sus senos al aire, ya que no traía brasier, sus pezones estaban erectos, sabia la faena que le esperaba con Tony y eso la excitaba, se pone de pie y le da la espalda a Tony que la miraba fijamente con una sonrisa malvada, arquea su espalda y muy lentamente empieza a bajar la tanga, girando su cabeza hacia atrás para ver la cara de Tony, cuando finalmente queda completamente desnuda, abre sus pierna y le da la visión a Tony, de su vulva completamente depilada de color rosado, ella misma se da una nalgada y con las dos manos abre más sus nalgas para que los labios vaginales también se abran y Tony pueda ver lo mojada que esta.

    ¡Uf!, pero que buena esta mi putita preferida, le dice Tony agarrándose la verga, empieza a caminar al encuentro del cuerpo desnudo de Amber, la abraza por detrás y le agarra fuertemente los senos y pellizca los pezones, Amber se retuerce de placer, gira su cabeza hacia atrás y con su mano atrae a Tony para besarlo, con la mano que tiene libre busca la dura verga de Tony que sentía entre sus nalgas, de una forma muy hábil, quita el botón de los pantalones que tenía Tony y baja el cierre, mete sus dedos dentro del bóxer, sintiendo la dura, erecta y caliente verga de Tony.

    Ambos suspiran, Tony la ayuda y se deshace de sus bóxer, pantalones y camisa, quedando completamente desnudo, acto seguido la empuja en la cama, y le dice que abra las piernas, -Hoy vas a sentir como se come un coño de verdad. – le dice Tony.

    Con una sonrisa en sus labios Amber abre sus piernas, Tony se lanza sobre Amber y empieza a pasarle la lengua y darle pequeños mordiscos en los muslos, hace los mismo en los labios vaginales y siente lo mojada que esta Amber, -Parece que una putita esta cachonda. – le dice Tony, le pasa un dedo y lo introduce en el coño de Amber y luego se lo pone en la boca para que ella saboree sus propios fluidos, Amber pasa la lengua como niña golosa de lo excitada que esta, Tony empieza a comerle el coño, pasando la lengua por el clítoris, Amber se retuerce de placer arquea su espalda y tiene espasmos al sentir que llega al clímax.

    Con sus dos manos le agarra los cabellos a Tony y empieza a gemir de placer, oh sí que rico, me comes el coño cabrón, no pares que ya me voy a venir, le decía gritando, con los gritos que daba Amber todos los empleados de la casa sabían que se la estaban cogiendo, pero si a ella no le importaba mucho menos a Tony, con los ojos en blanco y agarrando fuertemente las sábanas, Amber llego al orgasmo, su respiración era agitada y sus pechos se inflaban, -ahora te toca a ti putita. – le dice Tony.

    Amber tomando un poco de aire, gatea hasta donde Tony que estaba de pie frente a la cama, agarra el pene erecto le pasa la lengua y empieza a succionarlo como niña comiendo helado, mientras con su mano le hace una paja lentamente, le chupa los huevos y con su lengua recorre el tronco del pene, se lo mete en la boca, Tony agarra los cabellos de Amber y empieza a cogerse la boca de Amber con violencia, que la hace toser, con lágrimas en los ojos, y tomando un pequeño respiro Amber le dice – no sea animal Tony sabias queme estaba ahogando porque no parabas.

    -Cállate y sigue chupando zorra que ya estoy a punto de acabar. – le contesta Tony

    Amber demostrando lo sumisa que es con Tony, acata la orden y sigue con el pete hasta hacer acabar a Tony y recibir toda la leche en su boca para luego tragársela toda, con una sonrisa lo mira a los ojos y abre la boca para mostrarle que no quedaba ni una sola gota, pasa su lengua por los labios y con ellos recoge lo que no pudo alcanzar a tragarse.

    Tony la mira y sonríe, acto seguido la toma por los brazos, la levanta le da la vuelta y agarra el cabello de Amber, con su mano libre le da una sonora nalgada dejando sus dedos pintados en la enrojecida nalga, Amber suspira y a la vez se queja, Tony la empuja a la cama, Amber cae bruscamente y trata de insultar a Tony, pero él se mueve rápido agarra nuevamente el cabello de Amber como si fuera una cola de caballo y tira fuertemente hacia atrás, logrando que Amber quede en posición de perrito y le da otra nalgada, dirige su pene al coño de Amber y de una sola estocada lo introduce, Amber aprieta sus dientes por la brusquedad de Tony, pero aguanta el castigo al cual estaba siendo sometida.

    Tony cegado por la lujuria seguía a un ritmo frenético, en su habitación solo se escuchaba cuando su pelvis chocaba contra el carnoso culo de Amber, ambos estaban sudados pero Tony seguía aferrado al cabello de Amber, casi como queriendo arrancárselo, con la cara mirando hacia arriba las manos de Amber apretaban las sábanas de la cama, sus gemidos se escuchaban por los pasillos del segundo piso, todos los empleados sabían que estaba pasando en esa habitación, pero a Tony no le importaba, él sólo quería festejar que Thiago estaba más en el mundo de Hades que en este, no le importaba si Amber disfrutaba o no.

    Cuando ya el orgasmo era incontrolable para Tony, saco su pene del culo de Amber, la hizo girar y le ordeno que lo hiciera terminar con sus propias manos para acabar en su cara, Amber siendo sumisa acata la orden e inmediatamente comienza a pajear a Tony hasta hacerlo acabar, cumpliendo a cabalidad su orden, toda la leche de Tony fue a para a la cara y pechos de Amber, fue tal la descarga que hasta el cabello quedo impregnado de lefa, la respiración de Tony era agitada.

    -Me voy a duchar cuando salga no quiero verte en mi habitación. – le dijo Tony déspotamente

    -No te preocupes, me iré, pero antes déjame limpiar todo el semen que tengo en la cara. – le contesto Amber.

    -Nada de eso, quiero que te vayas ahora mismo con la cara llena de mi leche, que todos vean lo puta que eres, ja, ja, ja. – le contesto Tony.

    Acto seguido la hizo salir de la habitación desnuda y toda llena de lefa, y cerró la puerta, Amber le gritaba que por favor le dejara pasar para poder vestirse, las empleadas que estaba arreglando las otras habitaciones la vieron el en pasillo desnuda y toda sucia, un minuto después Tony abrió la puerta y le tiro su ropa, pero nuevamente cerró la puerta y le grito que se largara que ya no la necesitaba, dándole las gracias por sus servicios de puta.

    Amber con lágrimas en los ojos por la humillación que había recibido por parte de Tony, tomo su ropa para ir a un baño de otra habitación, pero antes le dijo – Esta humillación no te la voy a perdonar Tony, en serio esta vez te pasantes, entro en la otra habitación se limpió todo el semen que tenía, se vistió y se fue de la casa llorando.

    Continuará.

    Si te ha gustado este capítulo, por favor, no dudes en dejar un comentario y una valoración, lo apreciare mucho. Siempre agradezco las muestras de apoyo de los lectores, son muy importantes para mí, para continuar con la historia.

    Loading

  • Complicidad máxima con mi amigo y mi esposa

    Complicidad máxima con mi amigo y mi esposa

    Del roce hace el cariño dicen, pero muchas veces del dicho al hecho, hay un trecho. Pero en esta ocasión la lógica, y ya me entenderéis porqué.

    Luis es mi amigo que en su día recibí como un hermano más después de que emigrara tan jovencito a otro país como muchos otros hemos hecho, con el paso del tiempo, nuestra amistad fue fortalecida con el tiempo y la confianza también.

    Como en algún relato anterior tuve el gusto de compartiros alguna experiencia con el, ya os imagináis y si no, os cuento que con el hemos hecho trios mi esposa y yo, todo bien, pero con esa “frialdad” entre vergüenza y demás.

    Pasaron unos cuantos años y entre Luis, Julia y yo no paso nada, pero hace poco volvimos a retomar las quedadas a solas los tres para hacer un trio.

    En esta ocasión, creo que ya con las ideas mas clara los tres, todo fue mucho más espontáneo, mucho mas complicidad entre los tres, mucha mas confianza y mas madurez.

    Para empezar a contaros esta ultima noche que estuvimos los tres, con gusto os describo a los actores;

    Luis es un chico joven, colombiano y fuerte, es blanquito con el pelo medio rizado y negro, y sobre todo, con una verga de 21 centímetros, y parada es muy gruesa. Él tiene 23 años.

    Julia, mi esposa, es una morenaza brasileña corpulenta, con buenas tetas, y sobre todo un gran culo redondito y unas piernotas ricas, ella tiene 34 años.

    Y yo, pues tengo una complexión fuerte y moreno, la verdad mi verga es gruesa pero apenas me mide 14/15 centímetros, tengo 33 años, y los tres tenemos mas o menos la misma altura, más o menos 1,70 centímetros.

    Con esta información voy a intentar contaros detalle por detalle de nuestra ultima noche los tres.

    Un viernes recibo una llamada de Luis, que hablando de lo típico, este me menciona antes de colgarme, que si nos apetecía a Julia y a mi quedar para el día siguiente.

    -Luis, no te puedo confirmar nada aún, tengo que comentárselo a Julia y a ver qué disponibilidad tenemos, pero me encantaría… Le dije.

    -Esta bien, me cuentas, tengo ganas de tu esposa… comentó Luis.

    El sábado Julia y yo nos levantamos pronto, hicimos las tareas domesticas, salimos en la tarde para realizar algunos recados y volvimos a casa, era una tarde de sofá, manta y peli, y ya una vez ella y yo en casa, le comente que había hablando con Luis el día de ayer para vernos hoy con el en casa, ella sin pensarlo me contesto que ella también había chateado con el en la mañana y que la apetecía quedar con el hoy, pero a diferencia de las anteriores ocasiones, Julia me expresó que le gustaría que fuera algo más espontáneo la cita con Luis, invitarle a cenar, tomarnos algunas copas y que vaya surgiendo la tensión sexual entre los tres, que seamos más románticos con ella y que la calentemos con tiempo y paciencia.

    -Buah, me encanta la idea amor, ahora mismo le digo que venga a cenar y pasamos un rato de charla y picardía antes de que surja nada… le dije a Julia.

    -Ya se lo digo yo amor, seguro que me contesta al momento… me decía Julia con una risa picara llena de maldad y ganas de pecar…

    Son las 21 h más o menos cuando Luis llamo al timbre de la casa, Julia estaba en la cocina terminando de hacer la cena y me pidio que fuera yo a abrirle la puerta.

    Acortando un poco, la cena estuvo genial con música de fondo, y una conversación entretenida entre los tres hablando de cosas de la vida, una vez terminada la cena, nos levantamos a sentarnos en el sofá y tomarnos algunas copitas de vino Julia y yo, y Luis prefirió tomarse un whysky, en esas Julia le pregunto a Luis si no que tomar ya que tenia que coger su coche para volver a su casa, a lo que Luis le dijo:

    -Creo que hoy con vuestro permiso, me quedaré a dormir en vuestra cama, perdón, en vuestra casa quise decir… dijo en tono bromista.

    -Tienes el garaje libre, allá hay un sofá y puedes dormir en el, dijo Julia también bromeando.

    Antes de seguir, debo confesar que es la primera vez que quedamos con Luis y que antes de follar, tenemos tantos momentos previos de calentamiento, porque Julia siempre le ha costado dar ese paso, se moría de vergüenza a pesar de que una vez que Luis se saca su enorme verga ella se convierte en todo una actriz porno para el. Entonces siempre que hemos quedado antes ha sido de una manera mas directa, sin tantos momentos previos, y hasta ahora me estaba sorprendiendo mi esposa con que naturalidad y confianza estaba con nosotros.

    Después de que Julia le invito a dormir en él sofá del garaje a Luis, en modo bromista, este comento que le gustaría aprender a bailar bachata, entonces yo cambie de musica y puse algo de Romeo Santos, que yo se que a mi esposa y a muchas mas mujeres las vuelve locas.

    -¿Amor, porque no bailas con Luis y le enseñas un poco de bachata? Le pregunté a Julia.

    -Bueno, esta bien, pero solo lo básico. Julia se le levantó del sofá y le empezó a enseñar, yo solo me acomodé en él sofá y me dispuse a observar como Luis con timidez y con el cuerpo rígido aprendía a bailar con Julia, siguieron bailando un par de canciones y Luis se soltaba cada vez más, igual que Julia, ya en la tercera canción les pedí que bailaran mas pegaditos y juntos, Luis no se lo pensó, y se pego junto a Julia, ella le recolocó las manos, su mano izquierda muy cerquita de las nalgas de mi esposa…

    Empezaron a bailar pegados y ella estaba vez empezó a moverse mas sensual con el…

    -Que rico os veis bailando. Dije.

    -Me encanta tu mujer, esta super linda. Me respondía Luis, mientras cada vez bailaban mas pegados y el se veia ya muy excitado.

    Una vez qué acabo la tercera canción, termino el baile, se dieron un trago a sus copas y yo antes aproveche para sentarme en un costado del sofá, Luis entendió la jugada y se espero a que Julia se sentara a mi lado, para poder sentarse el al lado de ella, comentamos como fue el baile, a lo que él aprovechó para ir acercándose mas hacia ella, en esos instantes Julia se puso roja porque tanto yo como Luis, ibamos tocandole las piernas y los hombros….

    En un momento dado, Luis cambio de tema y pregunto directamente a Julia;

    -¿Oye Julia, te gusta cuando te follamos tu marido y yo?

    -Bueno… claro que me gusta, es mas, me encanta cada vez que lo hacemos los tres… contesto Julia.

    Yo en todo momento la acariciaba y sonreía mientras Luis la interrogaba y a la vez la tocaba, Julia cada vez estaba mas caliente y no sabia que hacer…

    -¿Y porque no te terminas de soltar conmigo? Me gustaria que te soltarás más conmigo y te sintieras mas comoda… dijo Luis

    -Bueno, no te prometo nada pero lo intentare hoy…

    En ese momento, Luis se levantó del sofá y le enseño por encima de sus vaqueros su gran y enorme polla.

    -¿Te gusta esto? Pregunto Luis.

    -Si… dijo Julia.

    En ese momento yo empecé a besarla por el cuello y tocarle las tetas, mientras Luis la agarro de la mano y le puso sobre su verga, Julia empezó a respirar mas fuerte y entonces me aparte para poder desnudarme y ella aprovecho para desabrochar el vaquero de Luis y sacar su enorme verga y sin pensarlo se puso a comerle con la lengua despacito cada centimentro de su verga…

    -Que rico la chupas… dijo Luis

    -Ajammm… apenas podía afirmar Julia ya con la verga de Luis dentro de su boca.

    Yo en esos momentos me baje y la quite el tanga, ya que Julia al estar en casa estaba en un camison de pijama y solo el tanga por debajo, me dispuse como buen cornudo a preparar la cuca de mi esposa para que cuando Luis quisiera pudiera meterle semejante verga…

    Pasado un rato, Luis se aparto, se dispuso a terminar de desnudarse, entonces yo me levante y Julia tumbada en el sofa, se preparo para abrirse bien de piernas cuando Luis terminase de desnudarse, mientras tumbada y de lado, Julia empezo a chuparme la verga, al momento, Luis, se acerco con esa enorme verga de el y empezo a frotar por encima de su cuca su enorme cabezon, hasta que Julia tuvo que dejar de chuparme la verga y decirle que por favor, ¡follame ya!

    Yo no pude aguantar escuchar y ver como el cabronazo de Luis apenas la empezaba a meter despacito su verga dentro, Julia cada centimetro de verga de Luis que el metia, se le revolvían los ojos… yo no pude aguantar y termine de correrme en ese mismo instante, acto seguido me aparte y les deje a solas, me fui a fumar un cigarrillo y a limpiarle, cuándo volvi al salon, Julia estaba encima de Luis, pero esta vez mucho mas cerca de su cara con la de Luis, como si de unos novios se tratase la cosa, yo solo me sente en una silla y empece a observar ese cine porno en directo.

    -Que gran culo tienes Julia… dijo Luis.

    -¿Sii? ¿Te gusta? Le respondía con la voz cortante ya que disfrutaba tanto que de la exhalación apenas podia hablar

    -Me encanta sentir mi polla dentro de ti Julia… dijo Luis

    En ese momento el se acerco mas y la empezo a besar, Julia en el primer momento intentaba no llevarse pero parecia que la estaba encantado dar sentones encima de Luis y besarse con el.

    En ese instante llega el primero orgasmo de Julia estando encima de Luis…

    Esta se para un segundo, se levanta y Luis la pone en cuatro…

    -¡Aayyy! ¡Me encantasss, no pares, sigue dandome sigueeee! Julia apenas habia tenido su primer orgasmo y mi querido amigo la estaba dando como nunca en cuatro, con ese enorme culo brasileño en pompa y la cabeza en el sofa, asi estuvo unos 10 minutos largos dandola en cuatro, y después de eso, les ofreci subirnos al dormitorio, en lo que ellos sin decir nada se levantaron y subieron delante de mi.

    Julia estaba por delante cogida de la mano de Luis, mientras este le daba sus nalgadas subiendo las escaleras para el piso de arriba.

    Luis la tumbo, la abrio bien de piernas, y empezo a lamerla todita, mientras Julia se revolcaba de placer y le agarraba de la cabeza y le pedia que por favor, le meta la verga de una.

    Luis como buen corneador y amigo que es, sin pensarlo se levanto y se dispuso encima de ella, en un acto lleno de pasion y perversidad, Luis empezo a meterle la verga hasta el fondo mientras con una mano la cogia de la teta y a la vez se besaban con mucha pasion.

    -Ponte de lado zorra. Le dijo Luis a Julia.

    Mi niña exhausta de la follada que se estaba ganando de parte de Luis, como una buena zorra y puta mia y de Luis, se puso de lado y Luis detras de ella empezó a meterle la verga y subirle con una mano un poco la pierna…

    Luis apenas podía aguantar mas y se saco la verga de la cuca de Julia porque estaba a punto de venirse.

    -¿Donde quieres que me corra? La pregunta Luis a Julia…

    -Donde quieras…. Apenas respondia Julia…

    En ese momento, Luis, la puso de nuevo en cuatro, y antes de meterla su enorme verga de nuevo, empezo a lamerla todo, acto despues se preparo y la sorpresa fue que su verga la puso en la entrada del culo de Julia… yo pense que Julia le diria que no, ya que a mi nunca me ha dejado hacerla sexo anal… para mi sorpresa fue ver que ella ni se inmutaba, es mas, se abria con sus manos ella culo bien abierto para que Luis pudiera entrar dentro de su chiquito con facilidad…

    -Despacito por favor… dijo Julia

    -Tranquila, tu relajate y confia em mi… dijo Luis.

    Momento después, Julia pego un grito de placer ya que Luis habia metido media verga en el culo de mi esposa, ella no paraba de gemir mas fuerte que nunca.

    Entonces yo me puse de nuevo cachondo y me puse de frente de ella, mientras Julia me estaba chupando la verga, Luis cada vez la metia mas rapido y al fondo su verga en el ano de Julia, esta no pudo resistir y tuvo otro orgasmo mas…

    Luis se saco la verga del culo y se la volvio a meter en la cuca de Julia. En un par de embestidas fuertes en cuatro, Luis no resistio y pego un grito de placer a la vez que mantuvo su verga fuerte y hasta el fondo dentro de Julia… dejandola una gran corrida de leche dentro de mi esposa, yo acto seguido no pude avisarla y termine corriendome dentro de su boca mientras estaba comiendome la verga…

    Luis termino y cuando se saco la verga cayo un monton de leche del coño de Julia, este la dio una nalgada y un beso en la espalda y se metio en la ducha.

    Julia y yo nos rendimos en la cama, cansados y saciados de lo que nos encanta.

    Ser una zorra y entregarse a otro hombre y yo un buen cornudo disfrutando de mi actriz porno.

    Luis se acosto junto a nosotros despues de salir de la ducha. En la madrugada me desperte y cuando abri los ojos, pude escuchar y ver como Julia y Luis se besaban apasionadamente mientras ella estaba encima de el cabalgandole… pero eso sera en otro momento…. Que os cuente.

    Loading

  • Crónicas de Humbertville (1)

    Crónicas de Humbertville (1)

    Para la ocasión me había puesto mi faldita a cuadros verdes y rojos. Era una minifalda que me cubría lo justo. Bajo la blusa amarilla no llevaba sujetador; así que mis pezones de un rosa casi rojizo (Mary Jane decía que no había otros iguales en toda la faz de la Tierra) se veían provocadoramente.

    De ese modo entré en la tienda de tío Jenkins.

    Él estaba atendiendo a Ruth Mallory y no me vio despedirme de Jaqueline con un beso de tornillo. La señora Mallory me miró de arriba abajo desaprobadoramente y fue entonces cuando tío Jenkins me vio. No dijo nada, aunque sus ojos se clavaron en mis muslos primero, y luego, lánguidamente sus ojos negros emigraron a mis pequeñas tetitas.

    —Hola, Tracy —saludó mi tío. Yo hice una seña con la mano.

    La señora Mallory frunció los labios y no abrió la boca. Ruth Mallory es la presidenta del club de mujeres cristianas de Humbertville y es una auténtica arpía. Sus ojos no me podían engañar. Envidiaba mi cuerpo y estaba llena de rencor por haber tenido una vida reprimida e inútil junto a Carl Mallory, el banquero más importante de la región. Pero yo sabía cosas. Por ejemplo, por el hermano de Gerald Gallagher, Rory. Una tarde volviendo de un paseo en bicicleta, Rory me contó que Ruth intentó seducirle en el campamento para jóvenes. Entró en las duchas masculinas cuando él estaba vistiéndose.

    Ella se quedó mirándole el mandoble que, me dijo él, estaba algo erecto tras el manoseo con la toalla. Ruth se excusó sin dejar de mirar el miembro, como si estuviera fascinada. Le preguntó si quería que le ayudase a secarse la espalda, y… antes de poder responder Ruth Mallory ya estaba junto a él.

    Comenzó a secarle la espalda hasta que llegó a las nalgas de Rory, que le frotó vigorosamente. Rory no pudo evitar que la polla se le pusiera tiesa y se puso todo colorado. Ruth le pidió que se diera la vuelta y él se avergonzó de tener el pirindolo vertical. Ella se rio y le dijo que no tenía importancia, y comenzó a refregar su pecho, sus muslos…, le colocó la toalla por encima del pito tieso y lo masajeó como si quisiera enjugar la humedad del baño; pero para Rory eso supuso que le invadió la gana de correrse, allí mismo, bajo la toalla, mientras la mano de Ruth Mallory le manipulaba la verga.

    Finalmente, Rory se echó a un lado todo ruborizado. Ruth se echó a reír, diciéndole que era un bobo, que ella le conocía desde que era un niño, y bla, bla, bla; y que, si quería, ella se desnudaría también para que viera que eso, en su caso, carecía de importancia. Lo dijo subiéndose el vestido, pero cuando Rory vio sus muslos gruesos y llenos de venas azuladas, la picha se le desinfló de golpe y se fue corriendo. ¡Me imagino la cara rubicunda de Ruth, esa hipócrita, cuando ya estaría con el coño entero hecho aguas…! Ella es, no más ni menos que como tío Jenkins: una farisea.

    Los ojos malignos de Ruth Mallory escrutaron bajo mi blusa y bajaron por mis muslos, con un rictus de desprecio en la boca. ¡Juro que me vengaré de esa zorra calentorra de fachada puritana! Pero vuelvo a tío Jenkins.

    Cuando Ruth Mallory se marchó (pasó por mi lado sin mirarme y sin decir palabra) tío Jenkins me preguntó cómo iba todo. «Bien, le dije, pasaba cerca.» Salió de detrás del mostrador y se acercó a mi estrechándome contra su abdomen voluminoso. Noté su aliento a Pipper mentolado, que sólo él debe fumar ya. Me dio dos besos en las mejillas… muy cerca de la boca. Todo iba bien. Tío Jenkins era el hermano pequeño de mi padre. Cuando éste murió se ocupó de que mamá, Toby y yo estuviéramos siempre asistidos.

    Estaba soltero y cuando venía a casa solía darme palmaditas en las nalgas, a escondidas de mamá y mi hermano. En más de una ocasión me pellizcó el culo cuando pasaba cerca de él. Y un día que no olvidaré me dijo que estaba muy alta y que mis tetitas eran muy lindas. Estaba cruzando Harrigton street y me quedé colorada sin atreverme a mirarlo hasta que se alejó de mí sonriendo. Seguía igual, pero más descarado. Sus manos bajaron hasta mi cintura y de allí se deslizaron hasta mis glúteos.

    —¿Qué necesitas?— dijo dando un paso atrás, pero sin soltarme.

    —Nada, ya te dije, pasaba por aquí y quería saludarte.

    —Has hecho bien, has hecho bien. Cierro y vamos a desayunar, ¿quieres?

    —Antes voy al aseo —dije.

    —Ya sabes dónde está —repuso mi tío. Yo me desasí de sus brazos y pasé al fondo de la tienda.

    Miré hacia atrás. Tío Jenkins estaba colocando el cartel de cerrado. Fui hasta la puerta de detrás y la abrí. Allí estaba Mary Jane, esperando.

    —Pasa, rápido y ponte junto a la puerta del almacén. Yo lo retendré aquí, como dijimos, y tú ocúpate de la caja.

    Jaqueline se colgó de mi cuello y me dio un beso: recorrió con su lengua de seda mis labios y yo me fui al aseo.

    Me senté en el retrete y dejé salir el chorrillo. Dejé la puerta entreabierta y esperé unos minutos, hasta que escuché los pasos de mi tío.

    —Tracy, ¿ya estás? —No respondí. Segui sentada, aunque ya no quedaba una gota de pis en mi vejiga.— ¿Tracy?

    —Enseguida salgo.

    Esperé hasta que, efectivamente, la sombra de él se dibujo frente a la puerta. Desde allí podía verme sentada, con la faldita caída hasta los tobillos y mi sexo al aire. Vi cómo se agachaba y me levanté despacio, sin enjugarme las gotas de orina que operaban mi vello púbico entre los labios de mi vagina, mostrándole generosamente mi peluso. Inmediatamente me di la vuelta, con la falda caída y le enseñé mi culito. Me incliné con las piernas abiertas, para que pudiera ver la forma de mi chocho por detrás. Pulsé el botón del depósito y la pequeña cascada de agua limpió el retrete. Y allí estaba él, como esperaba, detrás de mí.

    —Tracy —dijo con voz melosa—. Estaba preocupado…

    Yo hice un gesto para agacharme y subir mi falda.

    —Estás preciosa, Tracy; ¿a que lo sabes? —Fingí azoramiento— No te inquietes…, hay confianza. —Parecía hipnotizado mirando mi felpudito— Oye…, no llevas braguita. —Me encogí de hombros sonriente. La boca se le hacía agua visiblemente— ¿Puedo verlo de cerca? —Acto seguido se acercó a un palmo de mí. Yo pensaba que Jaqueline ya habría vaciado la caja. Tío Jenkins tenía los ojos brillantes de lujuria. Yo seguía con la faldita caída sobre mis empeines.

    —¿Oye, me dejarías tocarlo…?

    No esperaba la petición y no sé cómo ni porqué, pero tenía sensaciones encontradas, algo extrañada de aquel hormigueo interior: una cosita se movía en mi vientre. Retrocedí y bajando la tapa, me senté en el retrete. Levanté las piernas y las apoyé sobre la tapa abriendo ampliamente mis muslos. Él se agachó frente a mi coño peludo. Unas gotas de saliva aparecieron en sus labios semiabiertos. Puso los dedos en el vello púbico. Rozó con el índice el medio del chochito.

    —Está mojado … —dijo acercando el dedo a sus ojos. —No era lo que él suponía: eran las gotas de mi pipi, que no limpié al orinar.— ¿Te gusta? ¿Quieres que te toque, verdad?

    Yo no respondí, pero seguí con los muslos abiertos, mostrando mi coño velludo a sus ojos ansiosos. Tío Jenkins metió dos dedos en mi raja. Los sentí profundizar en el agujero, que estaba húmedo. Él resopló. Los introdujo hasta el final y comenzó a sacarlos y meterlos a ritmo acompasado. Yo estaba confundida: algo morboso me llevaba a seguir con aquella situación que se había convertido en un extraño juego. Miré el bulto entre sus piernas arrodilladas; debía tener su polla dura.

    Sentía sus dedos nerviosos penetrándome, y me estaba acercando al clímax sin poder evitarlo; tampoco pude contener los jadeos y un fuerte gemido al estallar el orgasmo. Tío Jenkins también jadeaba. Sacó los dedos de mi agradecido conejito.

    —Tracy, me has puesto a cien. Necesito…., ¿quieres tocarme tú ahora? Me muero de ganas. Sólo eso. —Me miró con ojos velados por la rijosidad. Se levantó. Ante mi tenía su abultada bragueta.

    Bajé las piernas y me subí la falda. Mis labios vaginales estaban chorreando flujo. Le bajé la cremallera y saqué con dificultad la verga de tío Jenkins. Estaba completamente erecta, muy dura, mojada. La empecé a masajear, bajando la piel translúcida del mastil. El capullo tenía un color rosado desvaído. Estaba igual de caliente que el mango nervudo, grueso y venoso. Le subía y bajaba el prepucio que se iba cubriendo del flujo que manaba por la boca ancha del glande. Como estaba en plena fase preeyaculatoria, en unos segundos, con un bronco sonido gutural, noté que se iba a venir imparablemente en mi puño.

    Solté la pija antes de que le sobreviniera el primer espasmo. Él se agarró el miembro tembloroso y se corrió, jadeante. Goteando, la leche espesa brotó en grumos, fue esparciéndose por su mano; el esperma se escurría entre sus dedos, manchando las perneras del pantalón. Siguió sacudiendo el miembro hasta que menguó de tamaño. Por detras, en la puerta, apareció la figura de Jaqueline y me hizo un gesto: ya tenía todo lo que habíamos acordado llevarnos.

    Tío Jenkins rasgó un trozo de papel higiénico y se limpió los churretes lácteos del desinflado órgano sexual. Cuando iba a salir del aseo le escuché decir:

    —No se lo digas a nadie; será nuestro secreto.

    —De acuerdo —respondí sin volverme a él—: que todo quede en el silencio. Por cierto, ya no tengo ganas de desayunar.

    Loading

  • El diario de una madrasta

    El diario de una madrasta

    Soy Sofía. A mis 38 años, pensé que tenía la vida resuelta. Ricardo es un buen hombre. Un hombre proveedor, estable, que me dio un hogar y seguridad. Me ama, o eso creo, y yo le respeto. Nuestro matrimonio es como una casa bien construida: sólida, predecible, a veces un poco fría, pero segura. No hay pasión, pero hay paz. Y después de una juventud llena de tormentas, la paz lo es todo.

    Me miro al espejo y ya no veo a la mujer que fui. Veo a una que está a punto de cumplir 40. Veo las primeras canas, esas hebras plateadas que se rebelan contra el tinte negro y que me gritan que el tiempo se está agotando. Mi cuerpo es un monumento a la gratitud y a la cirugía. Gracias a Ricardo, gracias a su dinero, tengo este trasero que parece esculpido y estos senos que desafían la gravedad. Son perfectos, sí, pero no son míos. Son un regalo, una inversión en la juventud que él quiere ver a su lado. Soy una mujer arreglada, financiera y moralmente. Una obra de arte mantenida con el chequebook de otro.

    Luego está Alex.

    Ah, Alex. El hijo de 19 años de Ricardo. La variable que nunca pude controlar. No es un chico malo, no. Es algo peor. Es un abismo. Una presencia silenciosa en esta casa que me observa con unos ojos que parecen ver a través de mis vestidos, de mis sonrisas, de mi alma. Hay una inteligencia peligrosa en su mirada, una arrogancia silenciosa que desafía mi autoridad sin decir una sola palabra. Es un eco constante de mi juventud rebelde, pero sin mis frenos, sin mi miedo a Dios.

    Yo soy la autoridad en este hogar. Puse las reglas. Yo digo lo que se puede y no se puede hacer. Yo mantengo el orden. Es mi rol, mi identidad. Pero cada vez que Alex me mira, siento que mis reglas son solo papel, que mi autoridad es una delgada capa de hielo sobre un lago oscuro y profundo. Y siento que él solo espera el momento adecuado para romperla.

    La grieta.

    Hoy algo se rompió. No sé qué, pero sé que nada volverá a ser como antes.

    Intentaba descansar. La migraña me martilleaba la sien, un pulso sordo y constante que solo parecía empeorar con el estrés de organizar la cena de negocios de Ricardo. Necesitaba silencio. Necesitaba paz.

    Y, como siempre, la paz se veía interrumpida por Alex. La música, ese retumbar sordo y monótono que se filtraba por las paredes como un plomo líquido, vibraba en mis huesos.

    Subí las escaleras, con cada pescalada mi ira crecía. No era solo por el ruido. Era por la desfachatez, por su total falta de respeto.

    Llegué a su puerta. No toqué. La abrí de par en par, como siempre hacía para imponer mi autoridad.

    “¡Alex, por Dios! ¿Cuántas veces te tengo que decir que bajes esa mierda de música? ¡Hay gente en esta casa que intenta…!”

    Las palabras murieron en mi garganta.

    Él estaba allí. A tres metros de mí. Salía del baño adjunto a su cuarto, con el pelo todavía mojado, goteando sobre sus hombros. Y no llevaba absolutamente nada. Ni una toalla. Ni vergüenza.

    Me quedé helada. Mi cuerpo entero se detuvo. El aire se convirtió en cristal. Sentí como si el tiempo se hubiera roto en dos: un antes y un después de este instante.

    Una voz aterrorizada gritó dentro de mi cabeza: “¡Baje la mirada! ¡Baje la mirada”

    Y baje mis ojos ,cometieron la traición. Descendieron. Lentamente, sin mi permiso, viajaron por su pecho, su abdomen, y se detuvieron.

    Y lo vi.

    Y en ese instante, el mundo se detuvo. La furia se evaporó. La música se desvaneció. No existía la habitación, no existía el pecado, no existía mi matrimonio. Solo existíamos ella y yo. La verga y yo. No era el miembro de mi hijastro; era un dios. Un monumento al poder fálico, un placer que me hipnotizó por completo.

    No era una pensamiento, fue una certeza absoluta: “Dios mío”.

    No era simplemente un pene. Era una obra de arte. Grande, sí, imponentemente grande, pero no era solo el tamaño. Era la forma. Era hermoso. Pesado, colgando con una autoridad natural, con una juventud y una potencia que gritaban vida. Las venas marcadas, como ríos en un mapa de un territorio virgen y prohibido. Era perfecto.

    Y mi cuerpo, mi maldito cuerpo, la traicionera, respondió. Sentí una descarga eléctrica en mi entrepierna, un calor súbito y húmedo que me humilló. Se me cerró la garganta. Me mordí el labio inferior con tanta fuerza para no soltar un gemido.

    Reaccioné. O al menos, mi boca lo hizo.

    “Baja esa música… que voy a dormir”.

    La frase salió entrecortada, sin aliento, sin la fuerza de una orden. Era el susurro de una vencida. No aparté la mirada. No pude. Me quedé allí, un segundo más, un siglo más, bebiendo la imagen que ahora estaba grabada a fuego en mi retina.

    Y entonces hui. Me di la vuelta y salí corriendo de su habitación, bajando las escaleras de dos en dos, no para escapar de él, sino para escapar de mí misma.

    Me encerré en mi cuarto, con el corazón desbocado y el cuerpo temblando. Me senté en la cama, jadeando.

    Algo en mí cambió hoy. Algo se despertó. Y por primera vez en mi vida, tuve miedo no de lo que Alex pudiera hacerme, sino de lo que yo quería que me hiciera.

    El bautismo de la humillación.

    El agua caliente de la tina era un paraíso temporal. Un remanso de paz que me permitía, por unos minutos, olvidar la guerra silenciosa que se libraba en mi propia casa. Cerré los ojos, dejando que el calor y las burbujas me envolvieran, tratando de convencerme de que todavía era dueña de mi propio cuerpo.

    La puerta se abrió sin hacer ruido. No necesité mirar para saber quién era. La energía de Alex llenaba la habitación antes de que lo viera. Abrí los ojos y lo vi allí, de pie, con una toalla envuelta alrededor de su cintura.

    “Alex, ¿qué haces? ¡Vete de aquí, ahora mismo!”. Mi voz sonó firme, pero mi corazón se aceleró como un animal enjaulado.

    Él no respondió. Simplemente, soltó la toalla.

    Esta vez no fue un shock. Fue una revelación. Su verga, ya semi-erecta, colgaba pesada y formidable. No era un accidente, no era una casualidad. Era una declaración. Y en ese momento, supe que ya no podía resistir. Supe que no había más marcha atrás.

    Mis palabras eran una súplica, pero mi mirada era una traición. Mis ojos no le pedían que se fuera. Le pedían que se quedara. Le rogaban por el placer que sabía que él podía darme. Él lo vio. Siempre lo veía.

    Él se acercó lentamente, como un depredador que se acerca a una presa hipnotizada. Se detuvo justo frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel. Su verga, ya no colgaba pesada. Se había llenado, se había endurecido, y ahora apuntaba hacia mí, como un acusador.

    “No… por favor… Alex, no…” susurré, pero mi voz era un hilo, una mentira evidente. Mi cara, mi maldita cara, lo delataba. Mis ojos estaban vidriosos, mi boca entreabierta. No era el rostro del rechazo. Era la máscara de una mujer ansiosa, deseosa.

    Él no dijo nada. Simplemente tomó su verga por la base y la acercó a mi cara.

    La lucha en mi interior fue brutal. “¡No! ¡Es mi hijastro! ¡Esto está mal! ¡Está prohibido!” gritaba mi mente.

    Pero mi cuerpo… mi cuerpo se inclinó un milímetro hacia adelante. Y mi lengua, esa traidora, asomó entre mis labios y, en un movimiento lento y reverencial, pasó su punta por la cabeza de su verga. El sabor fue salado, limpio, real. Y con ese sabor, la última barrera se rompió.

    “Esto está mal… esto está prohibido…” repetía como un mantra, mientras mi boca se abría y mis labios se cerraban alrededor de sus bolas, chupándolas suavemente, una a una. El sonido húmedo que hice era el sonido de mi propia condena.

    Levanté la vista, con sus testículos en mi boca, y lo vi mirándome desde arriba, con una sonrisa de triunfo puro.

    “Alex… tú eres mi hijastro… no puedo hacer esto…” dije, las palabras amortiguadas, absurdas, mientras mi lengua seguía trabajando, mientras mi sumisa se deleitaba en la prohibición. “No debería… esto está tan mal…”

    Y cada vez que decía “no puedo”, mi boca lo hacía con más ganas. Cada vez que decía “está prohibido”, mi lengua trazaba el contorno de sus bolas con más devoción. Ya no estaba luchando. Estaba negociando con mi alma, y el deseo estaba ganando por goleada.

    Me hundí un poco más en el agua, me giré y lo tomé en mi boca. No fue un acto de sumisión, fue un acto de necesidad. Lo chupé con una avidez que me asustó, saboreándolo, devorándolo como si fuera mi última comida. Sentí su mano en mi cabeza, sus dedos enredados en mi pelo mojado, empujándome más profundo.

    Después de un minuto, me detuve, jadeando. Lo miré desde el agua, con los labios hinchados y brillantes. “Ya Alex, vete… está rica, sí, pero vete ya”.

    Él sonrió, una sonrisa de triunfo puro. Se apartó de mí, como si fuera a cumplir mi orden. “Está bien, me voy ya”.

    Vi su verga, dura y goteando, a punto de desaparecer. Y mi boca, mi maldita boca, lo traicionó. Antes de que pudiera pensarlo, me lancé hacia adelante y lo atrapé de nuevo con mis labios. Esta vez no fue con avidez, fue con desesperación. Lo chupé como si nunca hubiera chupado antes, como si mi vida dependiera de ello, como si arrepentirme de no haberlo hecho antes.

    El mundo desapareció. Solo existía él, su carne en mi boca, el sonido de mis propios jadeos ahogados.

    Hasta que caí en la cuenta.

    Me detuve en seco. Me separé de él como si me hubiera quemado. El agua, que antes era mi refugio, ahora me sentía fría. Miré mi reflejo distorsionado en el agua, a la mujer que acababa de actuar como una perra en celo.

    “¡Basta! ¡No puedo! ¡Eso está mal!”. Me paré, saliendo del agua con torpeza, goteando sobre el suelo de mármol. Estaba temblando, no de frío, de pánico. Había cruzado la línea y el horror me consumía. Me había rendido por completo, y el terror de mi propia naturaleza me paralizó.

    El juicio en la Tina

    La realidad regresó como una marea fría. Me separé de él, jadeando, con el sabor de su piel en mi boca y el peso de mi traición aplastándome. “No… no puedo…” susurré, y el instinto tomó el control. Tenía que huir.

    Intenté levantarme, mis piernas temblorosas luchando contra el agua. Pero Alex no me agarró. Se quedó quieto, observándome con una calma que aterrorizaba mucho más que la violencia.

    “Inténtalo de nuevo” dijo, su voz suave, casi un susurro. “Levántate. Te estoy permitiendo escapar. Ve a ver si puedes”

    La oferta era una trampa. Una prueba humillante. Miré la puerta, a metros de distancia, y luego volví a mirarlo. Sabía que si movía un solo pie, me cazaría. Y el castigo sería mucho peor.

    “No… te lo ruego” gime, paralizada por el miedo.

    Él sonrió. “Entonces quédate. Pero no te muevas. No te atrevas a moverte mientras te juzgo”.

    Él se acercó por detrás. Sentí cómo me agarraba el pelo mojado, no con suavidad, sino como si fuera una rienda. Me obligó a levantar la cabeza, arqueando mi cuello en un ángulo incómodo y humillante.

    Y entonces, la primera palmada.

    ¡Pas!

    El sonido fue seco, violento, resonando en el cuarto de baño húmedo. El dolor fue agudo, seguido por una ola de calor que se extendió por toda mi nalga. Un gemido escapó de mis labios, un sonido de pura y absoluta rendición.

    “Mira como te pones, mami” dijo Alex, su voz baja y peligrosa junto a mi oído. “Roja y caliente. ¿A quién le gusta que la traten así? ¿Dime?”

    ¡Pas! Otra palmada, en la otra nalga. Esta vez el gemido fue más largo.

    “¿Por qué eres tan mala, mami? ¿Por qué me hiciste esperar tanto? ¿Por qué te escondías detrás de tu “moral”?”.

    ¡Pas! ¡Pas! ¡Pas! Las palmadas llovieron, rítmicas, implacables. Cada una era el pago por una discusión, por una mirada de superioridad, por una orden despreciativa. El dolor se mezcló con un placer humillante que me hacía temblar. Cada golpe me hacía más débil, más suya.

    “¡No! ¡No lo hagas! ¡Soy tu madrastra!” grité, tratando de aferrarme a las últimas cenizas de mi orgullo. Era el último muro, la última defensa.

    Él se rio, un sonido bajo y cruel. Aflojó mi pelo un segundo, solo para darme la palmada más fuerte de todas, directamente en el centro de mi culo, justo sobre mi ano.

    ¡Pas!

    El grito que solté no fue de dolor. Fue un lamento. Un lamento de placer tan intenso que me hizo temblar desde adentro. Mi último orgullo se disolvió en el agua de la tina. Ya no era su madrastra. Ya no era nada. Era solo un cuerpo temblando, esperando.

    Él siguió detrás de mí, y sentí la presión. La cabeza de su verga, caliente y dura, se posó justo en la puerta de mi ano.

    “No, no, no, no…” susurré, el último suspiro de mi conciencia.

    Pero a medida que él lo introducía, lenta pero inexorablemente, mi cuerpo traicionó a mi mente. Solté un sonido que solo había oído en las películas porno, un gemido alto y agudo. “¡Aii! ¡Aii! ¡Sí! ¡Sí!”. Era el sonido de una mujer siendo tomada.

    Alex se detuvo, con solo la cabeza dentro, y sintió cómo se tensaba. Su respiración se cortó.

    “¡Hazlo tú, Sofía! Tú la quieres adentro”

    Yo, en un acto de pura frustración y necesidad, me echo hacia atrás. Un movimiento rápido, brusco. Me la clave sola. El grito que suelto no es de placer, es de shock, de dolor, de autodestrucción.

    “¡Maldita sea! ¡Qué rico! ¡Qué rico, maldita sea!” grite, llorando. “¡Tú me hiciste esto, Alex! ¡Tú me convertiste en esto!”

    “Sácalo… Alex, sácalo… basta ya” susurré, mi voz rota, temblando. “Por favor…”

    Él no se movió. No se movió ni un milímetro. Permaneció quieto, una estatua caliente y viva dentro de mí. Entonces, sentí cómo sus manos se apoyaban en mis caderas, no para empujar, sino para sostenerme.

    “Yo estoy quieto, Sofía” dijo, su voz baja, tranquila, llena de una verdad que me destrozó. “Tú eres la que se está moviendo. Tú eres la que está empujando”

    Negué con la cabeza, con las mejillas pegadas al mármol frío de la tina. “No… mentira…”

    Pero era verdad. Sentí cómo mis propios músculos, instintivamente, se contraían, cómo mi culo apretaba y soltaba, cómo mis caderas hacían un micro-movimiento hacia atrás, buscando más profundidad, más de él. Mi cuerpo, habiendo probado el paraíso, se negaba a dejarlo ir.

    La revelación fue demasiado. La humillación de saber que mi propia carne me traicionaba de una manera tan evidente, tan depravada, fue la última gota. Levanté la cabeza lentamente, con el pelo mojado pegado a mi cara. Gire para mirarlo a los ojos.

    Y en esa mirada, no había piedad. No había duda. Solo había un deseo oscuro, hambriento y liberado.

    “Culeame” dije, mi voz un susurro ronco y firme. “Cúleate a tu madrastra”.

    La frase colgó en el aire, una blasfemia perfecta.

    Y entonces, con una fuerza que no sabía que poseía, le di la orden final, la que me sellaría para siempre.

    “Cógeme”.

    La demolición del altar.

    El mundo desapareció. El tiempo se detuvo. Solo existía el movimiento. La primera embestida fue tan profunda y tan fuerte que me robó el aliento. No fue una penetración, fue una perforación. Un golpe seco y brutal que me hizo gritar, un grito agudo y ronco que no sonó humano.

    “¡Esto por gritona!” rugió él, y cada palabra era un golpe más. Su ritmo se convirtió en un martilleo implacable, una bestia desatada. El agua de la tina salpicaba violentamente sobre los bordes, cayendo al suelo con un ritmo de lluvia torrencial. Cada embestida me empujaba contra el mármol, mis senos rozando el borde frío y húmedo, mis manos deslizándose sin poder agarrarme a nada.

    “¡Esto por mandona! ¡Por siempre decirme qué hacer!”.

    Mis gemidos se volvieron incontrolables. Ya no eran míos. Eran sonidos primitivos, guturales. “¡Aii! ¡Aii! ¡Sí! ¡Duro! ¡Más duro!”. Gritaba como esas actrices de porno que había visto en secreto, pero ahora no estaba actuando. Yo era el espectáculo. Era la zorra que siempre había temido ser.

    “¡Y esto… por creerte una mujer fina! ¡Por creída!”.

    Cada insulto era una chispa que encendía un fuego mayor en mí. El dolor se había disuelto por completo, reemplazado por un placer tan intenso que era casi una agonía. Mi cuerpo era un instrumento y él era el músico, tocándome con una violencia que me llevaba a la locura.

    Se inclinó sobre mí, su pecho pegado a mi espalda, su aliento caliente en mi oreja. Su voz bajó a un susurro demoníaco, pero sus golpes no se detuvieron.

    “Ahora… ahora eres mi puta. Mi zorra”.

    Mis ojos se rodaron hacia atrás. La frase fue el detonante final.

    “¿Lo ves, mami? Lo que te hacía falta… era una nueva verga en tu culo”.

    El clímax se construyó en mi vientre como una tormenta. No era una ola, era un tsunami. Sentí cómo todo mi ser se tensaba, cómo cada músculo de mi cuerpo se contraía hasta el límite del dolor.

    “¡Alex! ¡Alex! ¡Alex! ¡Voy a… ¡Voy a…!” no pude terminar la frase.

    El dolor se mezcló con un placer tan salvaje que me robaba la razón. Mi cuerpo ya no me pertenecía. Era un instrumento que él tocaba con maestría, sacando de mí notas que nunca supe que podía emitir.

    “¡Dame más! ¡No pares! ¡No pares, Alex, por favor, no pares!” grité, mi voz convertida en un alarido primitivo. Ya no era una suplica, era una orden. La orden de una esclava a su amo.

    La confesión.

    “Uii, mamii… pero mírate… tienes experiencia, ya te han comido por este culo, ¿cierto?”.

    La pregunta me golpeó como un rayo. La vergüenza me quemó las mejillas.

    “¡Habla! ¿Te gusta por el culo? ¡Habla, maldita puta!”.

    Solo podía gemir, una música disonante de placer y humillación. Pero él no se movía. Se quedaba allí, esperando. Y el deseo era más fuerte que la vergüenza.

    “¡Sí, Alex! ¡Me gusta por el culo!” confesé, y las palabras liberaron una nueva ola de deseo. “¡Tu papá no me da por ahí! ¡Y me hacía falta, maldita sea! ¡Me hacía muchísima falta!”

    La frase final, la humillación absoluta de que mi secreto más profundo no solo fuera descubierto, sino pronunciado en voz alta, fue mi sentencia. Ya no había vuelta atrás. No había nada más que ocultar. Él lo sabía todo.

    Él se detuvo de nuevo, su verga enterrada hasta el fondo, mis nalgas ardientes por las palmadas. El silencio era peor que los golpes. Era una pausa para la tortura.

    “Tienes un amante, ¿verdad, Sofía?” preguntó, su voz demoníaco . “Di. La verdad”.

    Negué con la cabeza, la frente rozando el mármol frío y húmedo. “No… miento… tú eres el único…”.

    “¡Mientes!” rugió, y otra palmada, ¡Pas!, me hizo gritar. “¡Mientes otra vez y te juro que te dejo así toda la noche! ¡Dime la verdad!”

    El pánico fue paralizante. La vergüenza de admitirlo, no solo a él, sino a mí misma, era demasiado. No podía.

    “No… no hay nadie…” susurré, lágrimas de humillación mezclándose con el agua de la tina.

    Él se rio, un sonido bajo y despreciativo. Se agachó, su peso sobre mi espalda, su boca junto a mi oído.

    “Entonces… ¿te crees una mujer santa? ¿Una mujer de moral? ¿Una buena esposa que solo se ha acostado con su marido?”

    Cada palabra era una aguja. Se irguió lentamente, y con una mano, me agarró por el pelo y me obligó a levantar la cabeza, a mirar nuestra imagen distorsionada en el espejo del baño. A verme como estaba: de rodillas, con el culo en el aire, con su verga dentro de mí.

    “Pero mírate… mírate bien, Sofía. Mírate como estás ahora. Rogando por mi verga. Gimiendo como una perra en celo cada vez que te la meto por el culo”.

    La imagen era devastadora. La mujer en el espejo no era yo. Era una criatura depravada, una esclava del placer. La mujer de moral que yo creía ser era un fantasma, una mentira.

    Él soltó mi pelo y volvió a enderezarse. La humillación era total. Ya no podía más. No quedaba nada de la mujer que fui. Solo una cáscara vacía, anhelando ser llenada.

    Y entonces, solté. Un torrente de confesiones salió de mi boca, una letanía de mi propia depravación.

    “¡Sí! ¡Sí! ¡Síiii!” grité, mi voz rasgada por el llanto y el éxtasis. “¡Soy una puta, Alex! ¡Sí! ¡Sí! ¡Soy una puta!”

    Las palabras eran balas, y cada una me liberaba de un peso que no sabía que cargaba. Ya no luchaba. Ya no negaba. Abrazaba mi nueva identidad.

    “¡Tengo un amante! ¡Sí! ¡Y otros más!. ¡Soy una zorra, Alex! ¡Me encanta que me traten así! ¡Me encanta que me uses! ¡Soy una puta!”

    Con cada confesión, él volvía a moverse, embistiéndome más duro, recompensando mi verdad con más placer.

    “¡Sí! ¡Sí! ¡Sííí! ¡Soy tu puta, Alex! ¡Soy tu zorra!”.

    “¿Te gusta la verga de tu hijastro, mami? ¡Dímelo!”

    “¡Sí! ¡Me gusta!” gime.

    “¡Dímelo todo! ¡Dime que el hijo de mi esposo me está culeando por el culo!” ordenó, su voz un látigo.

    Y cuando dije esa frase, cuando esa verdad tan sucia y tan definitiva salió de mi boca, e

    “¡El hijo de mi esposo… me está… culeando por el culo!”.

    “Soy la puta de mi hijastro y me está rompiendo el culo con su verga”.

    Mi cuerpo explotó. Un orgasmo tan violento que me arrancó un grito silencioso. Mis ojos se abrieron desorbitados, mi boca se abrió en un “O” de shock y éxtasis absoluto.

    Y entonces, el universo se hizo añicos.

    Sentí una presión inmensa en mi bajo vientre, un calor que se expandía como una estrella explotando. No era un orgasmo normal. Era algo más. Algo primitivo y violento. Mis piernas comenzaron a temblar incontrolablemente. Un grito agudo y rasgado se escapó de mi garganta, un sonido que no reconocía como mío, un llanto de perra. ¡Ayyyy, ayyy, ayyy!

    Y entonces, exploté.

    Un chorro de líquido caliente y transparente salió de mí con una fuerza increíble, salpicando su estómago y sus muslos. Un squirt. Algo que yo misma no sabía que podía hacer, que solo había visto en películas porno y que había juzgado como algo vulgar. Ahora, estaba eyaculando como una macha en celo, con su verga todavía enterrada hasta las bolas en mi culo.

    El contraste era abrumador: mi ano estirado y lleno hasta el dolor, mientras mi vagina se vaciaba en un torrente de placer puro. Mi visión se puso blanca. Mis oídos zumbaban. Sentí que me desmayaba, que mi alma abandonaba mi cuerpo por un instante para flotar en ese mar de éxtasis depravado.

    Me derrumbé sobre el borde de la tina, con el cuerpo convulsionando en espasmos involuntarios. Alex se mantuvo dentro de mí un momento más, disfrutando de las contracciones de mi culo que lo apretaban sin querer.

    Cuando por fin se retiró, sentí un vacío inmenso, un frío que me heló hasta los huesos. Me quedé allí, doblada sobre el mármol, temblando, goteando semen por un lado y el líquido de mi propio placer por el otro. Rota. Renacida.

    Loading

  • Vida laboral

    Vida laboral

    La voz de Álvaro me pareció hermosa desde la primera vez que la oí. Era el tallerista de un curso que me obligaban a tomar en mi trabajo, a distancia. Ahora suena muy tonto, ya sé. Pero toma en cuenta que yo empezaba a vivir sola; la pandemia me había dejado aislada y triste, y apenas empezaba a reconectar con mis amistades y a caminar de nuevo por la ciudad. No tenía mucho sexo, si te soy sincera.

    Y, entonces, Álvaro. En las videoconferencias nunca ponía su cámara, pero algo de esa voz grave, segura y acariciadora me ponía loca. En la semana que duró el taller comencé a ver cómo el ícono de su nombre vibraba con sus palabras y sus pausas, y empecé a imaginarme su cara. Pensé que le correspondía una mandíbula fuerte, una barbilla partida y unos profundos ojos verdes. Pensé que sería de un moreno intenso, como las playas de arena fina, y que tendría dos manos grandes y nerviosas. Grandes y nerviosas…

    Empezaba a frotarme los muslos, lento, más para tranquilizarme que para otra cosa. Pero una vez que empezaba, ya no había vuelta atrás. De pronto me metía la mano en los shorts y comenzaba a tocarme mientras lo oía hablar. No sé decir si eso era masturbarme… era tenue, muy de pasada, y nunca tuve un orgasmo… pero supongo que sí me masturbaba.

    Imaginaba que el taller era presencial, y que yo estaba en un auditorio chiquito, con él y con otras personas, escuchándolo hablar. Me imaginaba que él se había dado cuenta de que yo me estaba tocando mientras lo escuchaba. Él no se inmutaba y seguía dando el taller, pero me dejaba clavados esos ojos profundos y verdes. Yo notaba que él tenía una erección, y me mordía el labio.

    De pronto Álvaro, en la realidad, me pedía participar:

    —¿Alguien gusta decir algo? Marta, por favor…

    Sus palabras se colaban por un segundo en la fantasía y, en el auditorio, él me hablaba mientras me veía tocarme. La mezcla de morbo y vergüenza se me juntaba en el pecho cuando prendía el micrófono y le respondía. A él le gustaban mis respuestas. Debatíamos y él siempre empezaba recordándome cuánto le gustaban mis ideas. No sé si quería ligarme, pero le estaba funcionando al maldito. Y ni me conocía.

    Poco a poco la vida se asentó y la oficina reemplazó a la casa. O el tallerista no formaba parte regular de la empresa o estaba perdido en una de sus muchas oficinas. Como fuera, me olvidé de todo eso. Empecé a salir de nuevo. Tuve un poco de sexo de páginas de citas, bastante bueno a decir verdad, y conocí a un sujeto fantástico con el que empecé a salir más formalmente. ¿Me había encaprichado con la voz de un desconocido? ¡Qué cosa más infantil y triste!

    Y entonces me llamaron a la sala de juntas, porque había que tomar un taller. Y allí estaba él… reconocí su voz antes incluso de entrar a la sala. El taller era el mismo, pero no dije nada. Cuando escuchó mi voz, se mostró muy extrañado:

    —¿Marta? Dime que no te hicieron tomar este taller de nuevo —me decía, molesto de antemano con los jefes.

    Y yo le contesté alguna tontería, como que no me había valido el taller anterior, o que había una sesión a la que falte. Ninguno de los dos le dio importancia.

    Al verlo, me sentía a la vez curiosa y profundamente decepcionada. Era razonablemente alto, pero de brazos largos y escuetos, de barbilla redonda, de ojos cafés, y piel paliducha tirando a rosa. Lo único que sí tenía conforme a mi imaginación era un par de manos largas, velludas, fuertes y nudosas.

    En el taller también estaba Lisa. Yo la conocía desde poco antes de la pandemia. Era una chica muy guapa y muy graciosa. Tenía unos ojos largos, pero muy abiertos; unas cejas tupidas pero ordenadísimas. El color de piel con el que me había imaginado a Álvaro era justo su color. La boca parecía que se la habían dibujado a lápiz: sus labios parecían sólo un juego de sombras con su misma piel.

    Tenía una cintura de avispa, que explotaba con blusitas ceñidas, en las que destacaba un brasier que se vía rígido y voluminoso. Lisa era un encanto para mí, que la consideraba una compañera muy alegre… y un encanto para los hombres en otro sentido. Me recordaba mucho a esos cuadros en los que una esfinge hermosa y gatuna se le pone en el pecho a un hombre, no se sabe si para matarlo o para besarlo.

    Resultó que no estaba equivocada respecto al coqueteo digital de Álvaro. Ahora sabía que sí quería ligarme. Sus ojos se encendían cuando yo le hablaba… pero también cuando le hablaba Lisa. Las semanas siguientes el trabajo me fue juntando un poco más con él. Ahora lo veía una vez a la semana. Compartíamos un café y, antes de trabajar, hablábamos de nuestro pasado. Yo era un par de años mayor que él, pero algo de su autoridad de tallerista le había quedado… también algo de mi encaprichamiento, aunque físicamente no me gustara mucho.

    De cualquier manera, pronto empezamos a mirarnos los labios, a bromear con juegos de palabras sexuales y a guiñarnos los ojos en las despedidas. Álvaro era esa clase de hombre que corteja lento. Los hombres que saben que no son bellos y no ponen toda su confianza en ser carismáticos normalmente esperan que, por la carretera de la amistad, puedan tomar una desviación que los conduzca a nuestra cama. Y la idea en general no es mala: antes de la pandemia, no tuve problema en acostarme con uno o dos amigos que intentaron un camino parecido. Pero en ese momento yo tenía novio y, si Álvaro no me proponía nada, yo no iba a arriesgarme. O eso pensé.

    Un día estaba aburrida y ansiosa, en uno de esos imprácticos días de mi ciclo, y me masturbé. Mi relación era estable y feliz, pero yo estaba en un estado de ánimo que me pedía imaginarme más bien algo emocionante. Me faltaba imaginación y pensé en Álvaro. Pensé en que me hacía sexo oral en la sala de juntas. Yo llevaba la falda más corta que tengo, una falda negra, estrecha apenas del tamaño de los dos diminutos bolsillos que tiene.

    Me sentaba en una de las largas mesas que hacían herradura; él se hincaba (en la posición más incómoda del mundo) y me quitaba la ropa interior. Olía mis fluidos, me acariciaba los labios, me abría y cerraba la vulva con dos dedos, esparciendo mi humedad y contentando a mi clítoris. La puerta tiene dos ventanales altos y, aunque la teníamos cerrada, yo veía como varios pares de ojos mirones se ponían en las puntas de los pies para verme gemir.

    ¿Y si cogía con Álvaro una sola vez? Le aclararía que sólo quería experimentar… sacarme una fantasía de la cabeza y ya. Y, si ya iba a cumplir mi fantasía con él, quería que fuera en la sala de conferencias. Antes de proponérselo, tenía que ver que fuera posible, y tratar de reducir el riesgo. La sala se quedaba cerrada a partir de las 6:30 pm y, en las bitácoras, ya no había posibilidad para solicitar su uso más tarde. Cuando las luces estaban apagadas, no se veía nada desde las ventanitas exteriores.

    Estaba insonorizada, así que los gemidos (que probablemente los hubiera) no iban a ser un problema. Yo me había hecho muy amiga de la secretaria del jefe que abría y cerraba la sala, y le había contado no sé qué excusas sobre una actividad que íbamos a tener la semana siguiente, y que necesitaba ver si podía instalar no sé qué equipo en no sé qué claves. Como no me estaba entendiendo nada, me dejó las llaves cuando se las pedí.

    Vi pasar a Lisa y nos saludamos. ¿Qué la traía hoy a nuestra sucursal, tan tarde? En todo caso, pobre de ella. Se acababa el día y el resto ya nos íbamos. Las últimas computadoras se apagaban, los últimos maletines firmaban de salida; una última ronda a la limpieza de los baños; los jefes de sección se encerraban en sus oficinas para hablar con sus superiores. Ni rastro de Álvaro, lo que era muy raro, porque nunca se iba sin mí. Justo ese día tenía las llaves… quizá debí platicarlo con él primero. Estaba tan seguro de que iba a decirme al instante que cogiéramos donde a mí se me antojara, que no consideré que el pudiera salir temprano. ¡Ni siquiera tenía idea de lo que yo estaba planeando, el pobre!

    Bueno. Todavía quedaba por ver si a nadie, a esas horas, le parecía que era raro que yo (y no la secretaria) abriera la oficina. «Probemos», me dije, y entré a la sala. De verdad no se ve nada desde las ventanas de afuera, pero ya entrando era muy obvio que había una persona, en la oscuridad, sentada a sus anchas en la cabecera de la sala.

    Prendí la luz por reflejo. Sí se me cruzó por la cabeza que fuera otra persona, haciendo algo tan indecente como lo que yo estaba planteando, pero ¡imagínense que hubiera sido un jefe! Al día siguiente me hubiera despedido. Así que no, no hubiera prendido la luz si lo hubiera pensado un poco.

    Lo primero que vi fue la cara de Álvaro, pálida de miedo sobre su palidez de costumbre. Luego, saltó disparada Lisa, que debía estar de rodillas debajo de Álvaro. Esas mesas tienen una tabla que las cierra por detrás, así que yo prácticamente no la hubiera podido ver si no se hubiera movido. ¡Ay, Lisa! ¡Qué tontos somos cuando nos sorprenden!

    —Perdón. Por favor. Perdón —empezó a decir Lisa, mientras caminaba a la puerta.

    Se pasó la mano para secarse una comisura de la boca. Luego, al notar que casi no estaba manchada, creo que se sintió tonta por este gesto y me volteó la cara. Debió haber sido una mamada muy ligera, porque Lisa se veía perfecta: su cabello y sus piel parecían completamente normales. Ni un rizo fuera de lugar, ni una gota de sudor. Pasó a lado mío, mientras seguía repitiendo:

    —Perdón. Por favor. Perdón.

    Supongo que quería decir algo como “perdón porque hayas tenido que ver eso; por favor no lo cuentes a nadie, y menos a los jefes”. Unos días después, Álvaro se disculpó por la escena, pero midió muy bien sus palabras: se disculpaba, no por haberme ofendido como pretendiente, sino por haber faltado a la ética profesional. Me pareció un poco hipócrita, y le dije:

    —Bueno, a mí no me importa, la verdad. Nada más que te estás jugando tu trabajo. Sé un poco menos imbécil.

    Quizá soné más despechada de lo que quería.

    A partir de ese momento, el cuerpo de Lisa empezó a aparecer en mis fantasías. La veía bailando para Álvaro con ese trasero enorme. La veía sentándose encima suyo y restregándosele, poniéndole las nalgas sobre el pantalón. ¡Cómo la odiaba! Y aun así, seguía imaginándola. La imaginaba cabalgándolo, con sus hermosos pechos ocre, botándole adentro de ese brasier rígido que usaba siempre. En algún momento, yo era Lisa y Álvaro me ponía en cuatro. Me tomaba de la cadera y me empujaba hacia su cuerpo. Sus enormes manos me manipulaban, y yo gemía y el gemido se salía de la fantasía y se me volvía real.

    ¡Cómo odiaba a Lisa! Y aún así, cada vez que la vi después de eso fui muy amable con ella. En el fondo, sabía que ella no tenía ninguna culpa, y mi odio siempre se quedó en el plano de la ficción. Por eso, un día me animé a preguntarle:

    —¿Álvaro y tú…?

    —¿Qué? ¡No! —me contestó. —Digo, puede que alguna vez me haya ido con él… Y bueno, me daba morbo hacerlo en la oficina, y Álvaro es un buen chico. Con cualquier otra persona no me hubiera animado. Pero bueno, después de que nos encontraste, me da más miedo que morbo. Acordamos que no va a volver a pasar.

    ¿«Un buen chico»? Sí, estamos en una generación muy rara. Álvaro tiene la edad de un hombre hecho y derecho, pero es “un buen chico”. Sentí mucha vergüenza por todos nosotros, y esa vergüenza me hizo confesarme:

    —Desde hace mucho le tengo ganas. No me gusta y tengo novio. Pero me gusta su voz, y yo también quería hacerlo con él en la sala de juntas.

    —Él se muere por ti.

    —Ya lo sé.

    —Pero olvídate de la oficina. No vale la pena.

    La primera vez tuve sexo con Álvaro fue en mi casa. Los invité a él y a Lisa y vimos una película tumbados en un sillón ancho y viejo, como tres adolescentes. Había una escena erótica lésbica más bien breve, y me dio risa sentir como la respiración de Álvaro se volvía más pausada, para no acelerarse.

    En algún momento de la película, Lisa fue al baño como habíamos acordado. Yo le pasé a Álvaro una pierna por sobre la suya, y empecé a balancearla. Primero puse mi mano sobre esa pierna, y luego la pasé poco a poco a la pierna de él. Lo acaricié un poco, moviendo tres deditos como si fueran las patas de una araña, y poco a poco la araña fue caminando hasta llegar al glande de tu pene erecto.

    —Mira, Lisa no va a regresar hasta que le diga —le dije. —Y tú parece que tienes un problema. ¿Qué tal si lo arreglamos? No, no hablo de tu erección. Hablo de la forma en la que nos miramos desde hace mucho.

    —Hagamos lo que tú quieras.

    Lo masturbé un momento. Por si alguien tiene curiosidad al respecto, no, su pene no me decepcionó, también era largo, fuerte y venoso, como me lo había imaginado. Luego nos acurrucamos en el sillón. Me subí mi faldita negra; me quité la ropa interior y me puse su pene entre las piernas, mientras él me acariciaba los pechos desde atrás. Me gustan mis pechos, y pareció que a él también; de pronto recordé cómo me veía a veces en la oficina, y concluí que debía estar viendo mis pechos.

    La verdad es que la razón por la que fantaseo con hombres de manos grandes es porque tengo pechos grandes… más grandes que los de Lisa, creo. Y me gusta estar con un hombre la que le excite estrujar mis pechos enteros entre sus manos. Claro que me gustó que me acariciara los pezones, y todo. Pero sobre todo me gustó sentirme “agarrada”.

    De tanto en tanto, su mano bajaba a masturbarme. De tanto en tanto, yo abría las piernas: su pene dejaba de embestirme y yo lo tomaba con fuerza e iba bajando hasta que llegaba a los testículos.

    —Quiero sentirlos en la vulva —le dije.

    Él se irguió, puso su pene, ya húmedo, sobre mi bello, y dejó que me restregaba sus testículos en la vulva.

    —¿Estoy siendo muy brusca? —le pregunté, y él negó con la cabeza.

    Mientras me lo restregaba, empecé a gemir mucho. Volví a poner la película desde el principio y subí el volumen, porque me preocupó de pronto que Lisa nos escuchara.

    Volvimos a la posición anterior, y él siguió feliz, embistiéndome los muslos . Mi plan era que no hubiera penetración: que se corriera entre mis piernas. No sé en qué momento cambié de opinión y le dije “métemela”; sé que se lo dije; sé que me puso otra vez de misionero y que me penetró de golpe. El sillón era muy viejo y empezó a rechinar horriblemente. Probablemente el ruido fue lo que convenció a Lisa de salir del baño. Álvaro la vio antes que yo, y se detuvo un poco.

    —Sigan, sólo vengo por agua —dijo y, efectivamente, se sirvió agua.

    Luego, obviamente, se nos quedó viendo. Álvaro, un poco extrañado, siguió. Disfrutarlo, para mí, estaba siendo un poco complicado. Era demasiada sensación. Se estaba cumpliendo una fantasía y eso me hacía feliz. El pene de Álvaro era más grueso de lo que yo acostumbraba, y sobre todo cuando llegaba hasta el fondo yo tenía que decirme que me estaba causando más placer que dolor. Y no era él, que en realidad estaba siendo amablemente lento; era que yo estaba un poco estrecha… quizá mi ciclo o mi misma excitación.

    Conforme seguíamos, el dolor disminuyó y me entregué por completo a la experiencia. Alberto empezó a acelerar, a ganar ritmo. Yo gemía con locura, sin pensar ya en Lisa. Sentía cómo mis ojos se desorbitaron y como mi pecho se ponía rojo. Y cuando más estaba yo necesitada de ese ritmo, cuando más estaba entrada en mi propio placer, él, de la nada, me acabó dentro. Medio muerto, se sentó en sillón y yo, sinceramente molesta, me tuve que sentar a su lado.

    Lisa adivinó que yo no había terminado. Probablemente fue que mis ojos estaban tensos y abiertos, y que aún respiraba con dificultad. Se puso de rodillas y me comió la vulva. La verdad no lo hacía nada mal, pero me pareció un poco raro cuando comprendí que en realidad estaba saboreando la corrida de Álvaro. La voltee a ver con algo de extrañeza, pero no me pudo parecer más normal: estaba allí, hermosa como siempre, y sin mancharse en lo más mínimo con mis fluidos. Me masturbaba con delicadeza y sonriéndome.

    En algún momento, Álvaro tuvo una segunda erección y volvió a cogerme, esta vez al ras del sillón. Lisa se alejó y volvió a mirarnos, como si no quisiera participar mucho. Finalmente, Álvaro me puso en cuatro aprovechando el brazo de sillón; me tomó de la cadera y me llevó otra su pelvis una y otra vez, haciendo sonar mi trasero, justo como en mi fantasía. Esta vez le pedí que aguantara y nos corrimos juntos. Caímos él y yo en el sillón, acurrucados nuevamente, mientras la película que ya habíamos visto seguía corriendo; Lisa se nos unió en silencio, muy sonriente.

    —La verdad es que quiero renunciar al trabajo —les confesé en el sopor poscoital. —Creo que no entiendo esta vida.

    Loading