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  • La historia de Ana (Capítulo 3)

    La historia de Ana (Capítulo 3)

    1

    Había descubierto que me excitaba mucho que Ana me cuente sus relaciones con otros. Sin embargo, los celos no se desvanecían. Después de disfrutar de escuchar con sus propias palabras cómo la poseían, me embargaba una calentura asfixiante que apaciguaba cogiéndola, besándola, chupándola, devorándola… usaba su cuerpo como un juguete sexual. Pero al otro día, cuando estaba sólo en mi casa, me embargaba una angustia insoportable, que no me permitía conciliar el sueño tranquilamente. Le mandaba mensajes a todas horas, y cuando no contestaba enseguida, me hacía la cabeza pensando que estaba con otros. ¿Cuánto tardaría en caer ante viejos aprovechados como Juan Alberto? ¿Y aquellos tres chicos que la chantajeaban? Esa noche me contó toda la increíble historia. Tres pendejos de dieciocho a veinte años abusando a su antojo de una hembra de veintisiete. El sueño del pibe hecho realidad. “Ya me voy a deshacer de ellos” había dicho Ana, luego de que yo le repitiera una y otra vez que no se podía dejar extorsionar por tres nenes de mamá que se pensaban que podían hacer lo que quisieran con una mujer. “No te preocupes, no voy a dejar que me molesten más” me repitió, y luego ya no quiso hablar más del tema. No quise insistir, pero en cambio le enviaba mensajes con cualquier pretexto, y al no recibir respuesta, automáticamente la visualizada desnuda, a merced de tres adolescentes caprichosos, y manipuladores que jugaban con su cuerpo como yo mismo lo hacía. Me preguntaba si era cierto todo lo que me había contado. ¿Realmente la extorsionaban? ¿O ella participaba sin reticencias en esa orgía?

    No tuve oportunidad de preguntarle nuevamente eso, porque de repente, ya no contestaba mis mensajes. Quería saber en qué momento se veía con esos pibes, para aparecer de sorpresa y asustarlos, pero ella era reacia a que yo intervenga. “Ya no me van a molestar más, no te preocupes” fue su respuesta la última vez que insistí con eso. “Y ya te dije que no me gusta que me manden mensajes a cada rato” me puso, y luego de ese mensaje, me tuvo castigado por varias semanas.

    Un día reapareció Andrés, su novio. Quien los viera de la mano, tan jóvenes y lindos, no imaginarían la relación tormentosa que tenían. Andrés me daba lástima. Aunque él tenía ciertas sospechas, no tenía idea de las dimensiones de las infidelidades de Ana. ¿Cómo reaccionaría si le contara que Ana se había encamado con dos viejos de cincuenta años, y que se acuesta con tres pendejos recién salidos de la escuela?

    Uno de esos sábados en que me tocó trabajar durante el día, lo vi llegar al edificio. Me saludó, alegre. Entonces recordé que habíamos tenido muchas charlas amenas, y que, ante sus ojos, éramos casi amigos. Conversamos un rato de banalidades. Me contó que ya le faltaba poco para recibirse de contador, y que había conseguido un trabajo nuevo, ya lejos de las alas de su padre. Pero, de repente su voz se convirtió en un susurro y su rostro tomó un aspecto grave.

    — Y con respecto a lo que te pedí Gabi… ¿viste algo?

    Tardé en darme cuenta de a qué se refería, hasta que recordé que me había pedido que le informe si Ana salía por las noches.

    — La verdad que no la vi salir en ningún momento, salvo para comprar algo. — Le dije. En realidad, era la verdad. En los diez días que estuvieron peleados Ana no salió por la noche. Sin embargo, sí recibía visitas en su departamento. Yo mismo tuve la suerte de calentar su cama mientras Andrés estaba quien sabe dónde.

    — Bueno gracias. Ojalá que ahora estemos bien por mucho tiempo. — dijo, con una sonrisa melancólica.

    De repente llegó Ana, saliendo del ascensor. Era un día primaveral, así que llevaba una pollera celeste, suelta, y una blusa blanca. Su pelo castaño ondulado aparecía suelto. Me saludó con un movimiento de cabeza, haciéndose la tonta, y luego se dirigió a su novio.

    — Hola mi amor. — se abrazó a él, y le dio un innecesario beso de lengua. — Vamos. — dijo. Era evidente que le resultaba incómodo estar con su novio y su amante juntos.

    — Dale, vamos. Chau Gaby. — dijo Andrés, mientras era llevado de los brazos por Ana, casi a rastras. Pero de repente, justo antes de cruzar la puerta, paró. — Ah esperá amor. — le dijo a su novia, y se acercó de nuevo a mí. — Gaby ¿a vos te gustó el concierto al que fuiste la otra vez, no?

    Me acordé del concierto. Salvo por la presencia de Andrés, me había resultado aburrido. Además, tuve que soportar verlos haciéndose mimos, y luego se fueron con sus amigos, y me dejaron plantado.

    — Sí, me gustó. — Mentí.

    — Tomá. — dijo Andrés, sacó un papel de su bolcillo. Era una entrada para un concierto. — Si podés andá a verla. Tocan Mozart. — Dijo.

    Ana me miró mientras Andrés todavía le daba la espalda. Movió la cabeza, como diciendo no aceptes. Se la notaba muy incómoda. Me daba gracia.

    — Dale, justo mañana tengo franco. — contesté, agarrando la entrada.

    2

    Esa noche chateé con ambos. Mientras Ana trataba de convencerme de que no era una buena idea que vaya al concierto, Andrés me proponía que viajemos juntos al Teatro Avenida, que era donde se daba la función. A ella le contesté que no sea tonta, que debíamos actuar normalmente para que no sospeche nada. Y a él le contesté que me parecía fantástica la idea de viajar juntos.

    Era un domingo soleado. Bastante caluroso. Me vestí con una camisa azul con lunares blancos, y un pantalón de jean bien planchado, era lo más elegante con que me podía disfrazar. Andrés apareció con un traje gris, elegante, camisa blanca, impecable, sin corbata, y zapatos bien lustrados. Despedía la fragancia de un perfume importado. Era delgado, rubio, y a pesar de ser hombre, yo era capaz de admirar su belleza, y sabiendo que se trataba de un chico amable e inteligente, podía comprender por qué Ana lo prefería, al menos en una relación formal. Ella llevaba un vestido negro, ceñido, que le llegaba un poco por encima de las rodillas. No tenía escote, pero los pechos se marcaban en la delicada tela. Un cinturón fino y elegante dividía la prenda en dos partes, y marcaban sus generosas curvas. Su pelo estaba recogido, dejando, una vez más, su rostro de nena linda completamente a la vista. De sus orejas colgaban dos aros dorados que le daban cierto aire niña rica. Me gustaba verla así, tan prolija, tan inmaculada. Parecía esas princesas europeas que se veían obligadas a vestirse con cierto recato, pero, de alguna manera, encontraban la forma de verse increíblemente sensuales. Me dieron ganas de comérmela a besos, de arrancarle el vestido, hasta hacerlo hilachas, y de violar su carita con mi verga venosa, y metérsela hasta la garganta, y hacerla lagrimear hasta que se corriera su maquillaje.

    Ninguno tenía auto, así que fuimos primero en colectivo, y luego en subte. Ana no hablaba mucho. No sabía esconder su inquietud. Andrés, por su parte, no parecía notar nada raro y no paraba de conversarme. Recordé que alguna vez Ana me dijo que mis mensajes intempestivos le habían causado algún inconveniente con su novio. Pero mientras hablaba, simpático y entrador, no parecía albergar la menor sospecha acerca de mí.

    En el subte, por algún motivo, comencé a rememorar la última noche que estuve con Ana. Ella me había confesado muchas cosas: primero, su encuentro con Juan Alberto y con el otro viejo del que ni siquiera sabía su nombre. Pero lo que más me llamó la atención, fue lo que me contó luego de que terminé de comerle la concha. ¿Con quién más te ves, aparte de mí? Le había preguntado. “Con tres pendejos”, me dijo.

    El subte iba muy cargado, y debíamos viajar parados. A medida que recordaba sentía cómo mi sexo se hinchaba. Quise concentrarme para que me baje la calentura, pero ver a Ana besándose con Andrés no contribuyó a eso. Aquella noche estaba ansioso por conocer sus secretos, pero primero hice que me diera una mamada. Era lo justo, después de haberla hecho acabar sólo usando mi lengua, y ella estaba de acuerdo, por lo que no dudó en llevarse a la boca mi verga que ya despedía el líquido transparente y viscoso. Era increíble que la misma mujer que ahora trataba con exagerado cariño a su novio, hace poco se había acostado con al menos tres tipos, en menos de una semana. Una vez que acabé, manipulé su cuerpo como si no fuese más que una muñeca. La puse sobre mi regazo, como los padres que les dan nalgadas a sus hijos. Pero yo en cambio acaricié la raya de culo, y una vez que mi índice se posicionó sobre el ano, introduje una falange.

    — Contame. — le exigí.

    — Qué cosa.

    — Contame de esos pendejos. — le dije, y el dedo perforó unos milímetros más.

    — ¿Para qué querés saber esas cosas? ¿Te calienta saber que me cogen otros?

    — ¡Contame! — ordené, introduciendo el dedo en su totalidad. Ana dio un respingo y gimió. — Contame todo. — repetí.

    Y entre jadeos, de manera entrecortada por mis continuas penetraciones con el dedo, y los sonidos de mi puño chocando con sus nalgas cuando se lo metía hasta lo más profundo; Transpirada, y obediente, Ana me dijo…

    “hace un par de meses que doy clases de violín en la orquesta juvenil San Martín. Ahí lo conocí a Federico. Ya te conté de él. Me agarró un día con la guardia baja y pasó lo que pasó. Si Gaby, cogimos, a eso me refiero. Pero a los pocos días vino con unos amigos a mi departamento. Uno de ellos había hablado conmigo por teléfono para tomar clases de violín acá en casa. ¿Viste que doy clases acá? Ay sí Gaby, me gusta por el culo. Vino a tomar las supuestas clases, pero el pendejo no trajo ni violín siquiera, y no vino sólo. Estaba Federico y otro pibito más. Son unos nenes. Federico es el más grande e igual es un pendejo. Pero los otros son unos nenes recién salidos de la secundaria. No puedo creer que hayan tenido el valor de apurarme así. ¿Qué quieren, Federico? Pregunté, porque ya me veía venir algo malo. Federico se rio como un perverso, y eso que en clases se porta tan bien, es todo un señorito. Yo los había hecho pasar. No sé porqué fui tan tonta, pero los hice pasar, y ya estaban los tres en mi departamento. Me dio miedo. Eran chicos, pero eran tres. Me miraban de arriba abajo, como si fuese una puta. Para colmo tenía la ropa en la lavandería, y lo único decente que tenía para ponerme era un vestido floreado, con la espalda desnuda. Demasiado sexy para una clase de violín, pero no podía recibir a un alumno así nomás. No, no me digas así Gaby, no soy una puta. No me puse esa ropa a propósito. Dentro de todo no es tan desubicada. El vestido es suelto y me llega hasta las rodillas. ¿Qué quieren? Repetí, tratando de sonar amenazante, pero los pendejos se cagaron de risa. “Mirá esto profe”, dijo el hijo de puta de Federico, y me mostró las fotos del celular. No sabés cómo me arrepiento de habérmelo cogido, ya sabía que estar con un pendejo era para quilombo, pero no imaginé que iba a llegar a tanto. Me quedé petrificada. ¿Qué quieren? Pregunté de nuevo. Estaba asustada, porque ya sabía lo que querían. En serio lo digo. Estaba asustada. Siempre tengo miedo de que se pongan loquitos y me lastimen la cara. ¿Qué cómo eran los pibes? No entiendo para qué querés saber eso Gaby. Federico es morocho, de pelo corto, tipo militar, y aunque es flaco tiene bastante músculo. El que iba a tomar las supuestas clases de violín era un pendejito rubio, flaco y desgarbado, de ojos celestes. Yo pensé que era de quince años, pero después me enteré de que tiene dieciocho. El tercero parecía tímido. Pelito cortó con un jopito. Parecía que no quería estar ahí. Los otros dos les habrán vendido que yo era fácil, pero cuando me vio asustada dijo “parece que no quiere chicos, déjenla en paz”. Pero Federico lo hizo callar, y se me acercó. “yo sé que te gustan estas cosas”, me dijo. Yo le dije que lo que pasó entre nosotros fue una cosa del momento y nada más. “Si no hacés lo que queremos, voy a mandar a todos los chicos de la orquesta tus fotitos, profe” me dijo, el muy hijo de puta.

    Yo no sabía qué hacer. No quería gritar. Sabía que si lo hacía me iban a hacer callar y a tomar por la fuerza. Federico me acarició las piernas. Me dio escalofríos sentir sus dedos deslizándose por mi muslo, como unas lombrices que subían lentos hasta mi sexo. Me levantó el vestido. Yo no hice nada. Ya no había nada para hacer. No podía pelear con tres pibes, fuertes y ágiles. Ya sabés lo débil que soy. Además, si en la orquesta veían las fotos… No me puedo quedar sin ese trabajo Gaby, aunque me paguen poco.

    El pendejito rubio se acercó, y no tardó en meterme mano por detrás. Se nota que no estaban acostumbrados a estar con una mujer, me tocaban el culo y las piernas muy torpemente. El rubio me lamió la espalda, y Federico me levantó el vestido hasta que mi bombacha blanca quedó a la vista. “¿ves cómo se deja?” Le dijo al chico tímido que no quería participar. Yo lo miré como diciéndole que me ayude, pero al mismo tiempo me dejaba toquetear por los otros dos sin hacer nada, por lo que el pibito pareció confundido. “Qué lindo culo tiene tu profesora” dijo el rubito, regodeándose en el hecho de que el otro hijo de puta era mi alumno. Y pensar que al otro día tenía que verlo en el ensayo… el rubito empezó a tironearme la bombacha, pero Federico dijo “No, pará, dijimos que no la íbamos a coger de entrada”. El rubito obedeció, y volvió a subirme la bombacha, estiró el elástico y lo soltó, sólo para molestarme. ¿Te imaginás, un pendejito, nenito de mamá jugando con la bombacha de una mujer? Se habrá creído todo poderoso el imbécil.

    Federico me sacó el vestido. Quedé solamente con la bombacha y el corpiño. “¿dónde está el cuarto profe?” No contesté, pero el departamento tampoco es muy grande que digamos. Lo encontraron enseguida. Mientras me llevaban hasta ahí, el rubito no paraba de pellizcarme el culo, parecía nene con juguete nuevo. “No me lastimen” les supliqué. “Hago lo que quieran, pero no me lastimen, y borren las fotos por favor”. Los dos pendejos sonrieron perversamente. Les encantaba tener el control, igual que vos Gaby. “Así me gusta profe, que seas una putita sumisa” dijo el rubito.

    El otro chico estaba en el umbral de la puerta. Había escuchado todo. Yo me preguntaba si se iba a animar a hacerle frente a sus dos amigos antes de que empiecen a violarme. “tirate a la cama, boca abajo” me dijo Federico. Me di vuelta, me tiré a la cama y cerré los ojos. Enseguida sentí las manos manoseándome de nuevo. Me estrujaban el culo y las tetas muy violentamente. Después empezaron a lamerme: la espalda, las piernas, la cola. Sobre todo la cola. Cada tanto me daban mordiscos fuertes. Por culpa de esas mordidas tuve que hacerme la enojada con Andrés por más días de lo pensado porque tenía las nalgas marcadas.

    De repente sentí que a las dos bocas que me devoraban se le sumaba una tercera que, después de correrme el pelo, me chupaba el cuello. El tercer pibito, el tímido, el que era reacio a abusar de mí, el único que podía llegar a defenderme, se había sumado a la violación. Si, ya sé, habrá pensado que ya me empezaba a gustar, pero igual me decepcionó.

    Me devoraban como si fuese comida. No hubo lugar de mi cuerpo que no lamieran. Me sacaron la bombacha, y me desabrocharon el corpiño. En un momento me sobresalté imaginando que podrían estar tomando otras fotos. Pero ya era demasiado tarde para tomar precauciones. Sentí que un cuerpo se deslizaba por el colchón. Era uno de los pendejos que se sentó a la cabecera de la cama, al lado de mi cabeza. Me agarró del mentón y me levantó la cara. No sé cuál de los tres era, no quise verlo, sólo abrí los ojos y vi una verga, no levanté más la mirada. Por la forma, delgada y blanca, supongo que era la del rubito. Además, él era el más impaciente. La pija ya había largado mucho presemen. La agarré. No tenía sentido negarme, ya estaba a merced de esos pendejitos degenerados. Se la chupé, con rabia. Presioné la cabeza con los labios y le di lengüetadas veloces. El pibito hizo un sonido mezcla de placer y dolor. Nunca le habían chupado la pija así. Mientras se la mamaba, los otros no paraban de chuparme la cola, parecían más ansiosos por disfrutarme y por observar cómo se la chupaba a su amigo, que por desahogar rápido su calentura.

    El pendejito se vino enseguida. Largó dos chorros calientes y pegajosos en mi cara. No sé qué mambo tienen los tipos con eyacularnos en la cara, pero a todos les encanta. A vos también ¿no?

    Cerré los ojos de nuevo. Quería que me cojan y se vayan de una vez. Pero todavía no me iban a coger. Me hicieron darme vuelta. Dos de ellos (supongo que a los que no se la había chupado) se pararon sobre el colchón, a mis costados. Escuché los chasquidos de la masturbación de una pija mojada, todavía con mis ojos cerrados. Parece que tanto chuparme los había excitado demasiado y no aguantaban más. Enseguida sentí las dos eyaculaciones, casi al mismo tiempo, bañando mis tetas y parte de mi cara. “Mirala a la profe, toda llena de leche, hecha una puerca” Dijo el rubito agrandado. No les bastaba con cogerme, les gustaba humillarme. Igual que a vos Gaby.

    Después me pusieron en cuatro. Discutieron un rato en qué turno me iban a violar. Federico y el rubio querían ser los primeros. Jugaron a piedra, papel, o tijeras. “al mejor de tres” dijeron, y yo, con los ojos cerrados y la cola levantada, escuchaba cómo se disputaban mi cuerpo, como si fuese un trofeo.

    Ganó el rubito. Me cogió con esa pija delgada. A esa edad tienen mucha energía. Yo mordía las sábanas para no gemir, pero cuando me la metía con toda, no podía disimular. Además, ya me empezaba a mojar. “miren, la putita larga juguitos” dijo el rubito, metiendo un dedo para comprobarlo. Y así estuvieron un par de horas Gaby. No duraban mucho. Diez minutos como máximo. Pero apenas terminaba uno, el otro ya me metía la pija dura. Fue como si un solo tipo me cogiese por dos horas. Si Gaby. Me hicieron acabar. No soy de madera. Tantas estimulaciones en mi sexo, por tanto tiempo, me hicieron acabar dos o tres veces. “Al final te está gustando putona” dijo el infeliz de Federico. “Vamos a venir a culearte seguido”.

    Cuando uno estaba a punto de acabar, se quitaba el forro, y mientras el otro se acomodaba para penetrarme, se ponía encima de mi cara y me largaba toda la leche. Nunca me habían acabado tantas veces en la cara. ¿Cuántas? No sé Gaby. Siete u ocho veces. Las sábanas quedaron hechas un enchastre.

    Me dejaron muy cansada. Creo que me desmayé. Cuando desperté ya no estaban. ¿Qué? No, Gaby, no fue la última vez que estuve con ellos, si no borraron las fotos los hijos de putas. Pero ya te dije que ya me los voy a sacar de encima, vos no te metas. Sí, metémela en el culo. Ya me lo dejaste bien dilatado…”

    No podía saber cuánto de lo que me había dicho era cierto. Ella sabía que, al contarme esas historias, lograba excitarme como nunca. Pero aun así supuse que la mayor parte era real. Aunque no la consideraba una mujer fácilmente manipulable. Era difícil creer que se dejaba chantajear por tres pibitos. Parecía una ficción, al menos esa parte ¿o no?

    Me di cuenta que tenía una erección. Además, ensimismado en mis recuerdos me había olvidado en dónde estaba. Ana estaba abrazada con Andrés, a los besos, mientras el subte daba una curva pronunciada por el túnel oscuro. ¿Cómo una mujer, en apariencia tan cariñosa y devota de su novio era capaz de vivir las experiencias que decía haber experimentado? Pero lo cierto era que yo mismo formaba parte de esas experiencias. ¿Cuántas mujeres se acuestan con el vigilador del edificio cuando su novio no está? Además, ¡cómo se burlaba de él cada vez que yo la poseía! Y ni hablar de lo que hacía ahora, mostrándose cariñosa, y fiel, como si en el mundo no existiera nadie más que ella y su novio, abrazados, casi fusionados, mientras su amante los observaba a apenas unos centímetros. Todo resultaba tan inverosímil, que no me quedó otra que asumir que todas las otras historias que me contó, por más inverosímiles que parecían, también eran reales.

    El subterráneo llegó a la estación Diagonal Norte, y subieron un montón de pasajeros. Era increíble el caudal de gente que había para ser domingo. Probablemente había muchas actividades para hacer en el centro. Sentí mi cuerpo empujado a un rincón, al tiempo que Ana y Andrés, inseparables, eran arrastrados por la marea humana en la misma dirección donde yo estaba. Apenas podíamos movernos. Ellos, como si nada, seguían charlando en susurros, besándose cariñosos. Me molestó tanta cursilería, y más me molestó el hecho de que Ana me ignorase durante todo el viaje. Había quedado justo a su espalda. Lo veía a Andrés tan ciego, que me indignaba. ¿Cómo no se daba cuenta de con quién estaba? ¿Y por qué no la dejaba libre, así yo no tenía que esperar a que estuvieran peleados para disfrutar de su sexo? Haciendo un poco de fuerza, liberé una de mis manos, que estaba aprisionada contra la puerta, debido a la presión de tantos cuerpos en un lugar tan reducido. Primero acaricié la tela aterciopelada del vestido negro de Ana. Andrés le deba piquitos dulces en la boca. Luego abrí mi mano y palpé su trasero. “¿es la próxima estación, no?” Pregunté, mientras movía arriba abajo las manos, deslizando las yemas de los dedos sobre el culo divino de Anita. Ella no decía nada, así de puta era. “Sí, en la próxima nos bajamos” dijo el iluso de Andrés, que a pesar de estar frente a mí, no se daba cuenta de nada. Entonces le pellizqué el culo a Ana con fuerza. “¿Qué pasa mi amor?” Preguntó Andrés, cuando ella dio un pequeño respingo. “No, nada” dijo ella. Deslicé mi mano, abajo, despacio. Levanté el vestido, y llegué al muslo. Me quedé ahí, deleitándome, hasta que llegamos a la siguiente estación. Si le faltaba algo a Andrés para que se reciba de cornudo profesional, era que manoseen a su novia en sus propias narices.

    Continuará

  • La solución en mi casa por mi suegra (Parte 4)

    La solución en mi casa por mi suegra (Parte 4)

    Cuando terminó el día mi suegra Margot y yo habíamos cogido tres veces disfrutándolo mucho ambos la falta de sexo a nuestros cuerpos había sido al fin atendido, ahora si dormí bien en la noche había descargado toda la leche acumulada en los testículos.

    Al día siguiente todo transcurrió como si nada hubiera pasado ella preparándome el desayuno, de regreso a casa en la noche todo siguió igual cenamos juntos y vimos la televisión para luego ir a dormir, esperaba con ansiedad que venga a mi cuarto para seguir disfrutando de su cuerpo pero no vino y así pasaron 12 días ya volvía a tener los testículos bien cargados.

    Ella estaba lavando los platos y vi su enorme trasero y la abracé por detrás qué ricas nalgas pero ella no quiso y me alejó.

    -¡No Vicente no podemos volver hacerlo todos estos días me sentí muy mal con mi conciencia cuando veo a mi hija fue una locura lo que yo empecé y peor lo que hicimos…!

    -Pero Margot no seas tan dura contigo misma esto no los buscamos ni tu ni yo, pero se dieron las cosas así y no puedes negar que tú también lo ha disfrutado…

    De nada valió todo lo que dije ella seguía con la respuesta negativa y se fue donde estaba mi esposa quedándome otra vez con la verga dura.

    El día viernes fin de semana tenía planes para los dos ya había conocido y gozado de todo su espectacular cuerpo maduro y no acepto ahora dejarlo, cuando llegue me dijo para cenar pero dije que no que iba a salir me bañe y me arregle muy bien para que ella lo notará y simule hacer una llamada.

    -Aló… Hola si está bien dentro de una hora te recojo. Nos vamos a divertir mucho toda la noche… Nos vemos.

    Ella no decía nada pero en su mirada podía ver su fastidio cuando estaba por salir ya no pudo más y me dijo como podía hacer eso a su hija salir con otra mujer y muchas cosas más pero sus palabras sonaban más a una mujer celosa que de una suegra defendiendo a su hija.

    -Señora Margot sabe que yo la quiero mucho pero usted debería entender que como hombre cumplo con mi casa para que nada falte pero también tengo derecho a relajarme y no se preocupe que no voy abandonar a Eva sólo buscó un poco de atención, y por favor no me espere despierta.

    Había quedado con unos amigos del trabajo a tomar unas copas, serían las dos de la mañana cuando suena mi celular mis amigos que obvio no sabían nada de lo que había pasado con mi suegra e igualmente empezaron con sus bromas.

    -Ja Jajaja…Vicente parece que la suegra lo controla peor que tu esposa… Jajaja.

    Me fui a una lado para contestar mucho mejor y efectivamente era Margot que me pedía por favor que regresé a la casa rápido que era urgente por más que pregunté no quiso decir nada más, me despedí de los amigos diciendo que mi mujer se había puesto mal todos me pidieron disculpas por la broma y me fui

    Cuando llegó y abro la puerta ahí estaba ella pero no con la bata de seda sino con un vestido azul estampado con flores que le quedaba muy bien y maquillada su boca pintada con carmín rojo se veía provocativa, preguntó si algo había pasado con sus hija pero no me contestó sólo se me quedó mirando unos segundos y luego me abrazó fuerte y algunas lágrimas cayeron por sus mejillas.

    Sentir su cuerpo otra vez junto a mí esas tetas grandes en contacto con mi pecho logró que rápidamente mi verga se ponga dura, no había mucho que decir mis manos bajaron y tocaron esas nalgotas grandes y carnosas y subí su vestido agarrando ahora si su carne fuerte esas glúteos que todos estos días había extrañado tanto el cierre lo fui bajando muy despacio hasta que el vestido cayó al suelo.

    Oh sorpresa! tenía puesto una lencería de color rojo con portaligas era toda una MILF me dijo que no me preocupara para nada por Eva que estaba bien y que había tomado todas sus pastillas y puso música y empezó a bailar toda sexy.

    -Ahora no vas a tener que salir de la casa a buscar en la calle nada porque de ahora en adelante todo lo que quieras acá los vas a tener Vicente.

    Vaya, vaya, resultó mucho mejor de lo que creía lo que había planeado mi suegra movía sus caderas con mucha experiencia luego me diría que todo eso lo había aprendido cuando su esposo comenzó a cambiar también pero ya era demasiado tarde y se fue de la casa y no iba a permitir que volviera a pasar con su hija.

    Su baile era maravilloso primero se quitó el sostén sus tetas eran grandes y los pezones e igual marrones e hinchados los puso cerca de mi cara mi lengua jugaba con sus pezones como si fuera un niño, luego se volteó y movía el trasero sugestivamente y con sus manos se abría y cerraba las nalgas el hilo dental había desaparecido en medio de eso dos pedazos de carne.

    Ahora tenía su culazo en la cara besaba con desesperación esas nalgotas y se fui quitando él hilos dental hasta quedar desnuda y se inclinó enseñando su chucha rica ahora si totalmente depilada y su ano mi lengua jugaba con los dos y empiezo a chupar y lamber su ano y vagina ella gemía como una perra en celo su cuerpo comenzó a responder a mis caricias.

    -Ohhh Vicente ohhh… qué rico Diooos me vengooo… Ahh…

    Y la llevo al sofá y seguí comiéndole la chucha y culo hasta que conseguí que explote y llegó a tener un orgasmo salvaje pero igual seguí dándole una buena mamada a la chucha mientras metía una dedo al culo ya la estaba preparando cuando tocan el timbre de la puerta quién carajos sería ahora quién nos interrumpía ahora. Igual no hacía caso y seguía con mi suegra pero ahora ella me dijo que viera quién era y lo despache rápido ella se escondió.

    -¿Si quién es?

    -Vicente somos nosotros con el apuro en salir te olvidaste de tu celular…

  • No lo pienses demasiado (Parte 7)

    No lo pienses demasiado (Parte 7)

    Nos vestimos y bajamos para encontrarnos con Laura y Juan.

    Irene: Bueno Juan antes de nada, suelta todos los chistecitos que se te ocurran y nos los ahorramos a lo largo de la noche, porque esto va a pasar continuamente. -Cogí a Carla por la barbilla y le planté un beso con lengua.

    Juan: Madre mía si así empieza la noche, a mitad me vais a tener que llevar a un hospital.

    Irene: A mitad de noche espero no estar ya contigo, no te ofendas.

    Juan: Jajaja lo mismo digo. -Con una sonrisa de oreja a oreja cogió a Laura por la cintura.

    Salimos del hotel y fuimos a un bar que nos habían recomendado para cenar de tapas. Durante la cena Laura y Juan estuvieron también muy cariñosos lo que nos ponía a nosotras también la situación más fácil. Después de la cena salimos a un garito cercano a tomar unas copas antes de volver al hotel, era más un trámite que otra cosa puesto que las dos parejas estábamos deseando volver. Carla notó que Juan se excitaba cuando nos veía besarnos y sobarnos mientras bailábamos, y eso la excitó.

    Carla: Juan se está poniendo malísimo de vernos. -Susurró en mi oído.

    Irene: Y eso te gusta por casualidad? -Yo no podía ver a Juan, pues estaba detrás de mí.

    Carla: Es raro pero sí…

    Irene: Y crees que esto le gustará?

    Empecé a comerle el cuello y a abrazarla apretando nuestros pechos.

    Carla: Sí… tiene toda la pinta. Creo que ya va siendo hora de irnos al hotel, no aguanto más.

    Irene: Eso es todo lo que necesitaba oír.

    Laura y Juan estaban de acuerdo en que era hora de irnos, volvimos a paso ligero al hotel y en el ascensor esta vez fue Carla la que me manoseaba mientras veía la reacción de Juan que nos miraba de reojo mientras devoraba a Laura, salimos y ni nos despedimos antes de entrar en la habitaciones.

    Carla: Irene estoy a mil ayúdame a bajar.

    Casi arrancaba mi ropa, parecía que tuviera mil manos, su cara era puro vicio y sus ojos estaban clavados en los míos. Ella me tenía a mi apoyada en la puerta, así que la giré, le bajé los pantalones y la ropa interior empapada y mientras sujetaba sus brazos por encima de su cabeza contra la puerta, la empecé a masturbar con dos dedos, sin dejarla que me besara y sin apartar nuestras miradas, hasta que cerró con fuerza sus ojos, soltó un gemido y sus piernas se debilitaron. Era el segundo orgasmo de Carla en la noche.

    Carla: Gracias… -Dijo sin casi poder hablar.

    Nos terminamos de quitar la ropa y nos metimos en la cama, dejé que Carla se recuperara un poco antes de seguir.

    Irene: Bueno cuál es la sorpresa? -Desde que lo dijo no había podido pensar en otra cosa.

    Carla: Uy es verdad! Espera que ahora vengo.

    Me quedé en la cama mirando lo que hacía, se dirigió al armario, de su maleta saco una bolsa y me la dio. Al abrir la bolsa me quedé a cuadros, dentro había un arnés que llevaba incorporado un consolador de unos 15 cm, era algo que no esperaba encontrar.

    Carla: Qué te parece?

    Irene: Bueno pues, no sé, nunca he utilizado uno, claro que tampoco me había acostado antes con una mujer y aquí estamos. -Estaba nerviosa y Carla lo notó.

    Carla: Tranquila verás que lo pasamos bien.

    Carla se metió en la cama, se puso encima de mí, se metió debajo de las sábanas, besaba mi cuerpo y mordía mis pezones, colocó las piernas de forma que al mover nuestras caderas podíamos rozarnos el clítoris y a los pocos minutos las dos llegamos al orgasmo casi al mismo tiempo. Era el tercero de Carla. Mis caderas pedían más movimiento y Carla seguía con ganas de más, era increíble el aguante que tenía. Debajo de las sábanas hacía demasiado calor, así que las quité, me levanté y me puse el arnés que había quedado a un lado de la cama. Carla seguía súper excitada tumbada en la cama y recorría su propio cuerpo con las manos como si fuera el mío mientras me miraba. Me acerqué a ella, abrió la piernas y poco a poco la penetré con el consolador, soltó un gemido fuerte y me rodeó con sus piernas, al principio era movimientos muy torpes en los que ella no parecía disfrutar mucho y yo tenía miedo de poder hacerle daño.

    Carla: Vamos mi niña, no lo pienses demasiado y déjate llevar. -Dijo esa frase y se mordió el labio.

    Con esa frase me encendió totalmente, poco a poco empecé a cogerle el truco, ella me acompañaba con el movimiento de sus caderas y sus gemidos ahora me indicaban que sí lo estaba haciendo bien, se mordía el labio y recorría mi espalda con sus manos en cada penetración. Estaba disfrutando de ver su cara de placer y el roce del arnés estaba haciendo que yo casi llegara, pero quería aguantar para que ella lo hiciera primero.

    Carla: No pares… ahora… por… favor… -Casi no podía hablar.

    Mi movimientos eran cada vez más rápidos y rítmicos, a ella le encantaban y a mí me encantaba verla. De pronto la espalda de Carla se arqueó levantándose levemente, gimió con fuerza, mordió mi hombro y sus uñas se clavaron en mi espalda haciéndome un par de arañazos. Ese estallido de Carla, el roce del arnés y el dolor de sus uñas en mi espalda hicieron que yo también soltara un gemido tremendo acompañado de orgasmo increíble pocos segundos después de ella. Este ya era el cuarto de Carla y ya parecía estar algo cansada.

    Me tumbé al lado de ella, sin quitarme el arnés con el consolador empapado.

    Carla: Sin palabras…

    Irene: Eres increíble rubia.

    La veía cansada pero tras unos minutos de descanso, yo quería volver a repetir, me había flipado la sensación de tener el control con el arnés.

    Irene: Crees que me aguantarás otro asalto?

    Carla: Claro, cómo no.

    Se incorporó y como si estuviera haciendo una felación, empezó a chupar el consolador, limpiando su flujo, mientras me miraba con esos ojitos. Eso me puso a mil.

    Le pedí que se tumbara, le di la vuelta poniéndola boca abajo, empecé a besar su espalda hasta que llegue a su culo y lo mordí con rabia. Le ayude a incorporarse poniéndola a cuatro patas, puse mis manos en sus caderas y otra vez poco a poco la penetré con el consolador. Empecé a acelerar el ritmo y podía ver cómo los pechos de Carla se movían con cada embestida mía, cómo ella agarraba las sábanas con las manos y las retorcía y sus gemidos en cada penetración. Le di un par de palmadas en el culo y ella giró su cabeza mirándome con una sonrisa.

    Carla: Al final volvió tu dureza. Me encanta verte así.

    Era cierto que había estado toda la noche conteniéndome para no hacerle daño, pero ya no podía reprimirme más, con una mano la agarré por el pelo y con la otra acariciaba su clítoris mientras la penetraba con fuerza. El escándalo que teníamos montado con nuestros gemidos debía de oírse en toda la planta el hotel pero nos daba igual. Yo llegué al orgasmo primero y a los minutos llegó ella. El quinto de Carla.

    Ahora ya sí, me quite el arnés empapado por las dos y lo tiré al suelo de la habitación, me tumbé a su lado, que aún estaba boca abajo y la besé en el hombro. Se acercó un poco a mí y se me abrazó poniendo también una de sus piernas sobre mi.

    Carla: Ya no puedo más.

    Irene: Lo sé, ahora tenemos que descansar. Que duermas bien guapa.

    Carla ya no contestó. Estiré el brazo, apagué la luz y las dos nos quedamos durmiendo.

    Por la mañana sonó el despertador, yo me levanté al baño con cuidado para no despertar a Carla que aún seguía dormida. Me metí sigilosamente por debajo de las sábanas, separé las piernas de Carla y empecé a lamer sus labios con delicadeza, su clítoris y a introducirle la lengua. Enseguida sus manos se enredaron en mi pelo, su cadera se movía al ritmo de mi lengua y sus gemidos se oían en la habitación. No tardó en llegar al orgasmo, agarrando las sábanas con fuerza y arqueando su espalda. Terminé de limpiarlo todo abajo y subí besando su cuerpo hasta llegar a su boca.

    Irene: Buenos días rubia. -Continuaba besando su cuello.

    Carla: Buenos días mi niña, así da gusto despertarse.

    Me tumbé acariciando su cuerpo y jugando con sus pezones que estaban duros después del orgasmo.

    Irene: Vamos a darnos una ducha y bajamos a desayunar? Estoy muerta de hambre.

    Carla: Sí yo también, vamos.

    Al entrar en la ducha Carla miró mi espalda, vio los arañazos que me había hecho por la noche y con mucho cuidado los recorrió con los dedos.

    Carla: Madre mía! Eso he sido yo? Te duele? Lo siento muchísimo, no quería hacerte daño. -Su voz se notaba preocupada.

    Irene: No pasa nada, apenas me duele y en el momento me encantó.

    Carla: Pero eso no va a desaparecer en dos días, que le dirás a Iván?

    Irene: Tranquila ya se me ocurrirá algo, no te preocupes por eso ahora.

    Nos dimos una ducha rápida y bajamos a desayunar, Juan y Laura ya nos estaban esperando.

    Laura: Buenos días escandalosas!! Tendréis hambre no? Jajaja. -Juan y ella se reían.

    Carla: Buenos días sosos!! Pues sí que tengo hambre, pienso asaltar el buffet.

    Juan: No somos sosos! Somos discretos chavala!!

    Irene: Pues eso, sois unos sosos. -Le saqué la lengua a los dos.

    Al parecer habíamos formado un buen jaleo la noche anterior, ya que hasta los trabajadores del hotel nos ponían ojitos, pero bueno no nos conocían de nada así que nos daba igual. Desayunamos y nos fuimos al curso que duraría hasta la noche.

    Era un curso de rescate a múltiples víctimas en condiciones adversas. Por la mañana era parte de teoría y por la tarde era práctica, realmente era interesante y muy útil, por lo que la mañana se pasó volando. Comimos con todos los participantes del curso y después volvimos a clase. Teníamos que ponernos por parejas para practicar inmovilizaciones y distintos métodos de evacuación de personas, como era lógico Laura se puso con Juan y yo con Carla.

    Irene: Carla se me está ocurriendo que igual podíamos llevarnos una de estas cuerdas… nunca se sabe cuándo te pueden hacer falta.

    Carla: Jajaja que peligro tienes! Te faltaba la cuerda a tí!!

    Irene: Ya sabes que la seguridad ante todo. Mejor tenerla y no usarla, que necesitarla y no tenerla. -Le saqué la lengua y le guiñé un ojo.

    Laura: Ya estáis otra vez!! Es que no pensáis en otra cosa? A ver si me voy a tener que comprar un pulverizador con agua.

    Juan: Precisamente yo estaba pensando lo mismo que Irene, todo por seguridad claro.

    Irene: Laura eso eres tú qué tienes la mente sucia, verdad Juan?

    Juan: Sí en qué estás pensando Laura?

    Carla: Que tontos sois!!

    Ese día fue cansado y la mañana siguiente tenía que pinta de que sería más cansada aún, ya que haríamos un simulacro en terreno abierto donde tendríamos que aplicar lo aprendido y se esperaban lluvias. Ya por la noche había tormenta y como el tiempo no acompañaba, cenamos en el hotel, charlamos un poco comentando el día y nos fuimos a nuestras habitaciones a descansar.

    Al llegar a nuestra habitación estábamos realmente cansadas, nos dimos una ducha calentita y nos metimos desnudas en la cama.

    Carla: Es nuestra última noche juntas. -Dijo con tono triste.

    Irene: Ya… no me lo recuerdes, la vuelta va a ser dura.

    Carla: Irene igual esto se nos está yendo de las manos…

    Irene: A que te refieres exactamente?

    Carla: No sé, esto iba a ser un juego de sexo entre dos amigas y yo ahora mismo aquí no veo eso. Empiezas a ser una parte importante de mi vida.

    Irene: Ya… bueno… tú también lo eres de la mía, y tienes razón creo que ya no es sólo un juego, pero cuál es el problema?

    Carla: Igual ahora a la vuelta deberíamos distanciarnos un poco o algo.

    Irene: Más? Esto ha sido una excepción, sabes tan bien como yo que esto no es lo normal, normalmente pasan semanas entre nuestros «encuentros». No quieres seguir? -Algo por dentro dolía.

    Carla: Sí sí quiero seguir, no creo que pudiera dejarte aunque quisiera. Pero sabes que tenemos unas responsabilidades…

    La besé para que no siguiera hablando y ella me siguió.

    Irene: Podemos dejarlo para otro momento? -En mi garganta había un nudo que casi no me dejaba hablar.- No me hagas esto ahora.

    Carla: Está bien…

    Empezamos a besarnos suavemente, acariciándonos sin prisa, entrelazando nuestras piernas y moviendo nuestras caderas. Teníamos una sincronización perfecta de movimientos, respiración y gemidos. Mirándonos fijamente a los ojos en todo momento, sin perder detalle la una de la otra. Carla se puso el arnés, se metió entre mis piernas y me penetró suavemente, sin prisa y con mucha dulzura, besándome en todo momento. Las dos nos corrimos casi al mismo tiempo y aún con el arnés puesto y el consolador dentro de mí Carla me besaba y me miraba a los ojos.

    Carla: Te quiero mi niña.

    Irene: Yo también rubia.

    Se retiró para quitarse el arnés y volvió a mi lado.

    Irene: Prométeme que esto no se acaba aquí.

    Carla: Te lo prometo.

    Nos estuvimos besando y acariciando en silencio hasta que las dos nos quedamos dormidas.

  • Con Carmencita, mi ex jefa

    Con Carmencita, mi ex jefa

    Hola a todos, les saludo desde El Salvador. Mi nombre es Dany. Déjenme contarles que tengo ya un rato de no escribir relatos pero la necesidad se ha vuelto a dar otra vez ya que hace un mes tuve la experiencia deliciosa.

    Bueno, los voy a poner en contexto de todo, tengo 3 años de estar casado con una mujer que es 8 años menor que yo, es una delicia en la cama, estar con ella en el sexo no me puedo quejar, pero en mi hay una necesidad por las mujeres mayores siempre ha estado latente.

    Nunca he dejado de leer relatos de mujeres mayores porque es una necesidad en mí y aún la pornografía que veo siempre va enfocada a mujeres mayores y si son gordas mucho mejor…

    Este relato sucedió hace un mes como yo les dije y todo comenzó ya hace varios años en los que yo trabajaba como maestro de computación (en la actualidad trabajo en un ministerio en el sector público en el área de informática), no soy un tipo atlético, es más estoy un poquito pasado de peso… me gusta vestir bien, soy alto y estar un tanto a la moda y junto a mis ojos color miel son algunas cosas que sé que les gustan a las mujeres. Actualmente tengo 36 años, como ya les dije rellenito y con una verga considerable de unos 18 cm. La mujer que es la protagonista de este relato es mi ex jefa, es una mujer de mediana estatura 1.69 cm, blanca, poco atractiva, actualmente tiene 63 años casi sin culo, pero con un par de tetas espectaculares, hoy esta delgada y esa pérdida de peso es por lo enferma que ha estado.

    Yo dejé de trabajar con ella, hace 2 años pero siempre mantuve una relación de amistad con ella, cuando era mi jefa siempre la veía y tenía fantasías con esas ricas tetas. Exactamente cuando yo dejé de trabajar con ella sufrió la muerte de su esposo, algo que la desbastó hasta el punto de poner en riesgo mucho su salud ya que debido a eso su presión arterial se puso muy mal y hasta estuvo unos días hospitalizada, por esto siempre estuve muy pendiente de ella cuando esto pasó.

    Estos dos últimos años fueron un poco difíciles para ella, estuvo viviendo un tiempo en la casa de su hija ya que su salud estaba mal. Hace 5 meses ya regresó a vivir a su casa y llamo por teléfono para informarme de eso. Yo me alegré mucho por su regreso a casa ya que eso quería decir que se encontraba mejor de salud.

    Tras esa llamada quedamos en reunirnos y platicar un poco, exactamente quedamos de reunirnos un día sábado que coincidía con el cumpleaños de la mamá de mi esposa y ya tenían un evento que lo estaba organizando por varios meses así que iría solo a ver a Carmencita.

    Cuando llegue a su casa y estaba de lo más normal nos sentamos a comer algo y a tomar unos refrescos y comenzó nuestra plática de todo, de cómo estaba de salud, de todas esas tonterías, cuando tocamos el punto de su esposo a ella se le llenaron sus ojos de lágrimas y comenzó a llorar. Los dos estábamos en un sofá, yo me acerqué un poco más a ella, la abracé pude sentirla y lograr ver un poco sus tetas y me la imagine besándola… ella seguía llorando y yo lo único que hacía era apretarla más a mí, me fui poniendo algo caliente de sentirla en esa posición y sentir un poco sus tetas, pero a medida que fue bajando su llanto la comencé a soltar de a poco… creo que a ella le gusto eso y no sé si se dio cuenta que se me había parado un poco la verga…

    Me dijo que fuéramos a la cocina a hacer unas botanas y así hicimos, ella saco unas bolsas de golosinas y unas salsas para que estuviéramos ahí comiendo un rato. Nos sentamos en el desayunador que ella tiene en su cocina en unos bancos altos uno frente al otro, para mí fue lo mejor para que no fuera visible mi bulto entre las piernas y para mirar de mejor forma sus ricas tetas, ella estaba vestida de lo más normal una blusa poco escotada de color naranja, jeans y unas zapatillas.

    Seguimos con nuestras platicas y por un momento los dos nos reíamos de las anécdotas del trabajo, esporádicamente miraba sus tetas y me las imaginaba como seria estar comiendo esos exquisitos melones… ella al parecer se dio cuenta que me la estaba comiendo con la mirada en un instante me comenta que le estaba doliendo su cabeza de todo, por el llanto y las risas y me dijo que se tomaría unas píldora que le habían dejado para cuando tuviera esos dolores…

    Se fue a su habitación para ir por las medicinas y yo aproveche para acomodarme un poco el paquete, cuando ella regresa se sienta en la misma silla y me pide que le haga un masajito en la cabeza por lo del dolor… en broma me dice que yo era el culpable de dicho dolor de cabeza le dije que yo le ayudaría a calmar el dolor.

    Un poco preocupado no sabía que hacer quería ocultar mi erección, pero como pude me puse por su espalda y le puse mis manos en la cabeza para hacerle masaje… la comencé a tocar de su cabeza y me decía que le gustaba el masaje, yo baje mi mirada para ver su trasero y podía ver el color de sus calzones eran blancos eso me prendí y me hizo volar mi cabeza, yo ya no pude más tenía que hacerlo y lo hice, le tope mi paquete a la altura de sus nalgas ella de inmediato lo sintió se hizo un poco para atrás fue cuando supe que estaba con ganas de eso la vieja, creo que fueron mis miradas que a ella la calentaron esas miradas que se perdían en sus pechos… mi masaje bajó a sus hombros y su espalda, ahí ella echó su cuerpo más adelante y me para un poco más sus nalgas, fue en ese instante que mi masaje paso a sus tetas ella puso solo un poco de resistencia, pero solo suspiró al sentir que mis manos hicieron contacto con sus tetas por encima de su blusa… cuando hice eso mi instinto fue ir con mi boca a su cuello ella solo decía «siiii»… de su cuello pase a su orejas a besarla… alcance a escuchar un «aaay» cuando le daba chupetes en su cuello… en un movimiento le saque la blusa y ella ayudo al levantar sus manos… estaba ganosa de eso Carmencita…. en ese mismo movimiento quite los broches de su sostén y se lo quite, por primera vez pude poner mis manos sobre esas delicias de tetas, las masajeé, las apreté y acaricié…

    Ahí la tenía apretando sus ricuras y besando su cuello y espalda… ella se giró en el banco en que estaba sentada y le pude ver las ricas tetas colgando que instantes entes tenía en mis manos, ella me quería decirme algo y no la deje, la bese rico y apasionadamente le abrí un poco las piernas para acomodarme mejor y estar más junto a ella, de ese beso fui bajado por su cuellos y llegue a besar esas hermosa y ricas tetas… podía ver que estaba disfrutando mis besos… me quito la camiseta que tenía puesta para sentir el contacto de nuestra piel yo la besaba sus pezones y les daba mordiditas y no dejaba de mamarle las tetas y ella me decía: «nooo esto no tiene que pasar… ¿que estamos haciendo?»

    Yo le respondí: «Estamos dejando llevar por la pasión y los dos lo queremos, cosita, ¿no te gusta cómo te las mamo?»

    Carmen: «si me encanta. Pero ¿y tu esposa?»

    Le respondí: «Este va a ser nuestro secreto… si usted no dices nada yo no voy a decir nada tampoco»

    Yo la bese de nuevo en su boca un beso largo y con mi mano baje hasta llegar al botón de su pantalón lo desabroche para poder tocar su vagina la cual acaricie por encima de sus calzones estaba mojadísima, su respiración se aceleró ella me rodeo con sus brazos en mi cuellos indicándome que mis caricias le gustaban yo le dije que fuéramos a su habitación… se puso de pie y me tomo de la mano y nos encaminamos a su habitación… ya en su recamara ella se fue a cerrar las cortinas yo me acerque a ella por detrás pegándole mi verga que estaba durísima en mis pantalones le dije: “ya no aguanto más, necesito cogerte bebé”, la acóstele en la cama y le quite los pantalones dejándola solo en calzones los que estaban tan mojados que se podía ver sus pelos empapados le levantan las piernas y las caderas para poder sacar son mayor facilidad los calzones blancos y pude ves que esa gran pelusada bien empapada le abrí las piernas y me fui directo comer esa rica rajita… la mamaba desde abajo des de su ano hasta una de mis embestidas me dedique en exclusiva a su clítoris, ahí la hice explotar… ella dio un gran grito de placer y después decía “Miiiieeerda que riiico”, me encantaba como mojaba fue tanto que hasta su ano llenos de todo la gran acabada que tubo.

    La deje que se recupera por unos minutos acostado junto a ella y me quite me bóxer que estaba muy mojado de todo el líquido pre-semial… me acerque a su oído y le dije: «Como te gusta más arriba o abajo»… muy puta ella me beso y comenzó a ponerse encima de mí y me dijo: «arriba papacito… la quiero sentir toda adentro» y así hizo, los dos estando tan mojados le fue fácil deslizarse por toda mi verga… primero fue despacio y después se fue dejando caer, al tener toda adentro me dijo: «Que ganas de sentir una verga adentro y la tuya esta deliciosa papacito»… me comenzó a cabalgar y moverse tan rico por un rato, ella decía: “soy tu puta… que puta soy… que verga más deliciosa”, puso sus manos en mi pecho y dijo a moverse más rápido y rico, me dijo: “voy a acabar… venite conmigo papi”, por todo lo caliente de la ocasión y los movimientos ricos de esa hembra, ella dio otro grito, y yo no tarde en descargarme dentro de ella… fue uno de los mejores orgasmos que he tenido… Carmencita cayó sobre mí con su reparación agitada, cansada y con mi verga aun dentro de ella, y con los últimos movimientos de su gran orgasmo, los dos estábamos sudando, ella se acostó a mi lado con toda si rajita escurriendo mi leche.

    El silencio estuvo como por 5 minutos y solo fue interrumpido por el teléfono celular de ella, de prisa se levantó a sacar el celular de su pantalón, era una de sus hijas que le preguntaba ¿Cómo estaba? Ella salió hablando con su hija, para que ella no escuchara el encierro de la habitación y fue al baño, al regresar aún estaba hablando con su hija traía con ella papel higiénico, se sentó en la orilla de una silla que tenía en su habitación con su piernas abiertas para limpiar la leche que todavía salía de su vagina sus tetas le colgaban era todo un espectáculo verla… colgó su llamada, y le pregunte que si todo estaba bien… me dijo que sí que no había problemas, vimos la hora y el reloj marcaba las 2:45… ella me dijo que había quedado con sus hijas de ir a comer a las 8 de la noche, y yo le comente que mi esposa estaba en el evento de cumpleaños de su mamá y que estaría ahí hasta como a las 10 de noche…

    Ella se vino a la cama conmigo y se colocó recostada en mi pecho y me contaba que desde antes de la muerte de su esposo no tenían mucho sexo y que la última vez que habían tenido sexo fue como 3 meses antes de su muerte de él, ella siempre ha sido una mujer muy caliente me conto y que en estos dos últimos dos años el único consuelo era masturbarse en ocasiones el baño o en la cama ya entrada la noche que le daba mucha pena que la descubrieran haciendo algo de eso… yo audazmente le pregunte como hacía para masturbarse que me mostrara… ella se acostó a mi lado y abrió sus piernas se mojó su dedo con saliva y bajo su mano para acariciar su clítoris… la muy puta tras toda la plática ya me había calentado y su acción de tocarse la cuca me la termino de parar más, la ayude con mi mano y metí uno de mis dedos a dentro de sus entrañas (mi dedo mayor) ella salto del gusto cuando sintió introducirme en ella, comenzó a mover sus caderas y su pelvis, me decía que era delicioso lo que sentía que ella cuando se tocaba solo lo hacía en su clítoris y que era delicioso la sensación me coloque mejor para poder meter mi dedo mayor y el anular en esa rajita peluda y con mi dedo gordo lo coloque en su clítoris ella ya se había apoderado de mi verga con su mano y la masajeaba, me moví para colocarme en su lateral para que con su boca me la pudiera chupar un poco… y así hizo, se la metió a la boca y yo le tenía mis dos dedos adentro de ella, y haciéndole masaje en su clítoris… mis dedos buscaban darle mucho placer y mis movimientos eran más fuertes ella en ningún momento dejo de tener la verga en su boca me encantaba como era de puta, la hice tener otro orgasmo… y ella seguía con su mamada… después de un rato y recuperada de todos sus espasmos le dije que se pusiera en cuatro que me tocaba darle rico… ella me decía que por el culo no… yo la calme y le dije que no se preocupara que no le daría por el culo… ella se puso en cuatro y la apunte con mi verga a la entrada de su cuca se la fui metiendo despacito y ella decía: “que verga más gorda que rica se siente… esta es verga y no pedazo como la que tenía antes”… la tome de las caderas y la bombeaba y estaba lejos de llagar al mi orgasmo y ella estaba que no muy apunto… la hice venirse así una vez más y se la deje metida ahí un rato y por lejos estaba para mi orgasmo y ella me dijo que no podía más… que le dolía ya la cuca de tanto pisar ese instante supe que era la ocasión indicada para meter mi verga en esas deliciosas tetas… le dije que se diera vuelta que la podría entre sus tetas… y así hizo, era mi fantasía cumplida meterla en esas exquisitas tetas… le ensalive las tetas y le deje caer mi pedazo de carne en medio de ellas, ella las apretó y esas tetas se tragaron mi verga la comencé a meter y sacar se veía tan puta en esa posición, ella me decía que le avisara cuando fuera a acabar… así lo hice ya no aguantaba más y le indique que mi descarga venia… ella abrió su boca y de mi salió el chorro de leche que caía en su boca, su cara, su pelo… mis piernas temblaban de la posición en que estaba, me quite de encima de ella y era hermosa ver a esa hembra en enlechada, su palabras fuero “jamás había acabado tantas veces” , “sos lo más rico que me ha pasado” “prométeme que lo vamos a repetir” y le respondí: “hay que hacer nuestro tiempo para que se dé muchas veces… me encanta como sos de puta y quiero pisarte todo lo que se pueda cosita… y te prometo que te voy a seguir cogiendo las veces que se puedan putita deliciosa”, ella me dijo: “me encanta ser tu putita… yo siempre voy a estar dispuesta a darte la cuca cuando tú digas”.

    Nos limpiamos tos los líquidos y nos acostamos a descansar de cucharita… no sé cuánto tiempo dormimos pero nos despertamos unos minutos ante de las 7 de la noche… nos fuimos a dar una ducha juntos ella para estar lista y yo para irme a mi casa… jugueteamos un poco yo tocando un podo sus tetas y su culo y ella acariciando mi pecho la verga.

    Sin más tiempo para seguir nos cambiamos y me tenía que ir, nos despedimos con un gran beso y prometiéndonos mutuamente que este encuentro se tiene que dar de nuevo… estamos haciendo planes para el 1 de septiembre nos estamos hablando por teléfono y por chat ya la estoy convenciendo de varias cosas ya se depilo la rajita y me está mandando fotos, ya se compró unas tangas chiquitas y la estoy encaminado a que me deje romperle el culo tengo muchas ganas de desvirgar ese ano que debe de estar muy socado… si es así yo les voy a contar como me fue con ella.

  • Desvirgando a la hermana del cura

    Desvirgando a la hermana del cura

    Lola, la hermana del cura, hacía un mes que llegara al pueblo, tenía 44 años y era una puritana, de las de rosario, de misa diaria y de esas que creían que había que seguir las leyes de Dios para no morir en pecado.

    Era morena, delgada, de estatura mediana, ojos marrones, su cabello era negro y largo. Tenía buenas tetas y un buen trasero. Era una mujer que no dejaba indiferente a nadie.

    Una tarde iba Lola por el camino cuando le pasó entre las piernas un pequeño perro que corría persiguiendo a un gato. La mujer tropezó con él y dio con sus huesos en el suelo. Fui a su lado, tenía la falda levantada y vi que estaba sangrando por una rodilla. La ayudé a levantarse. Saqué mi pañuelo del bolsillo, se lo dí, y le dije:

    -¿Por qué no vas a la fuente y te lavas con agua la rodilla?

    Limpiando la falda de tierra, me respondió:

    -No, al llegar a casa lavaré la herida con agua oxigenada y le pondré tintura de yodo

    -La tintura de yodo es muy escandadosa.

    -Le pondré una tirita encima. ¿Siempre tratas de tú a las mujeres mayores?

    -A las mujeres mayores las trato de usted, a las jóvenes y de mediana edad, si son guapas y tienen un buen meneo las trato de tú.

    -¡Serás crápula!

    -Cada uno es como es. Lo que tengo de bueno es que digo las cosas como las siento.

    -Aún va a resultar que te gusto.

    -Más que el chocolate. Soy un tipo al que le gustan las mujeres con clase. Bueno, en realidad me gustan todas, pero las que son como tú, más.

    Lola, me miró de arriba abajo.

    Yo llevaba puesta una camisa blanca con los cuatro botones de arriba sin abrochar y enseñaba los pelos del pecho. En mi pantalón vaquero se marcaba un buen paquete, y la verdad, con mi larga melena castaña, mis grandes ojos marrones, y mi cuerpo bien musculado, a Lola, a la que quitaba una cabeza de altura, no le debió desagradar lo que estaba viendo, aunque me dijera:

    -Lo que eres es un sinvergüenza.

    -No vale la pena tenerla.

    Lola, limpiando la herida con el pañuelo, me preguntó:

    -¿Por qué lo dices?

    -¿A cuánto se paga el kilo de vergüenza?

    -La vergüenza… ¡Serás…!

    -Sí, crápula. Ten un buen día.

    Dos días después estaba yo sentado a la vera del río pescando con una caña artesanal, de esas que se hacían con una caña india que se cogía en el cañaveral y a la que se anudaba un trozo de tanza con un anzuelo.

    A la sombra de los árboles hacía fresco. Con una bolsa hecha de saco a mi lado para meter las capturas sentía piar a verderones, jilgueros y otras avecillas que se camuflaban entre las hojas de los chopos huyendo del calor. Sentía el croar de las ranas en la orilla, y la eterna canción que cantaba el río al descender la corriente. Sentía y olía la paz, paz que iba a desaparecer cuando oí la voz de Lola. Venía de la huerta de maíz que había al lado del río, que era de su hermano el cura y que llevaba ella.

    -¿Pican, Quique?

    -Mira en la bolsa y ya verás mi gran pesca.

    Lola, vino a mi lado, cogió la bolsa, y me dijo:

    -Aquí no hay nada.

    -Picaste.

    Funfurruñó:

    -Picaste, picaste. ¡Qué gracioso!

    Me eché a reir, después le pregunté:

    -¿Como va la rodilla, Lola?

    -Bien, va curando.

    -Me alegro. El otro día te vi las piernas y las tienes preciosas.

    No lo tomó a mal.

    -Lo importante de unas piernas es que sirvan para caminar.

    -Y para correr si te digo lo que estoy pensando.

    Su voz me sonó maternal.

    -Pues no lo digas.

    -Sí, mejor será. Hay cosas que las puritanas no deben oír.

    Se ofendió.

    -¡Puritana y a mucha honra! Y puedo oír lo que sea. ¿Qué me querías decir de las piernas?

    -Nada, tienes razón. Las piernas da igual que sean feas o que sean bonitas como las tuyas.

    -Igual, igual no da.

    -Creeme, da.

    -¿Por qué?

    -Por que al hacer el amor se apartan.

    Se puso seria como un palo.

    -¡Mal educado!

    Sacó de la manga del vestido el pañuelo que le había prestado, ya lavado, y extendiendo el brazo, me dijo:

    -Toma. Me voy que hoy hace mucho calor.

    Cogí el pañuelo, y guardándolo en el bolsillo, le dije:

    -Aquí hace fresco.

    -Pues que lo disfrutes. Que tengas buena pesca.

    Sabía que no tenía amigas y como a todas las mujeres les gusta darle a la sin hueso, le pregunté:

    -¿No tienes ganas de hablar?

    -Tengo, pero no con un crío mal educado.

    -De crío, nada, los dieciocho años ya no los cumplo.

    -Ni yo los cuarenta y cuatro. Nuestros temas de conversación y nuestros juegos son muy distintos.

    -Porque tú lo digas. ¿Alguna vez jugaste a preguntas de cultura general?

    -No.

    -Siéntate a mi lado y juguemos.

    -Sin mala fe.

    -Es un juego.

    Se sentó a mi lado.

    -A ver cuanto sabes, Lola. ¿Cual es la capital de Bulgaria?

    -Sofía

    -Estás puesta. Pregunta.

    -¿Quiés escribió cartas desde mi celda?

    -Gustavo Adolfo Bécquer, pero me gustan más sus rimas, especialmente la rima XXI.

    -¿Qué es poesía?

    -Sí.

    -Con lo bruto que eres hablando con una mujer de ciertas cosas se me hace raro que te guste la poesía

    -Pues me encanta, me gustan Becquer, Espronceda y su A un ruiseñor, Machado y la Casada infiel…, pero sigamos jugando.

    -No me creo que leyeras, A un ruiseñor.

    -Quiero que sepas una cosa de mí. Yo nunca miento. No es que lo leyera. Lo aprendí de memoria. ¿Quieres que te lo recite?

    -Recita.

    -Canta en la noche, canta en la mañana,

    ruiseñor, en el bosque tus amores,

    canta, que llorará cuando tu llores,

    el alba perlas en la flor temprana.

    Teñido el cielo de amaranta y grana,

    la brisa de la tarde entre las flores

    suspirará también a los rigores

    de tu amor triste y de tu esperanza vana.

    Y en la noche serena, a puro rayo

    de la callada luna, tus cantares

    los ecos sonarán del bosque umbrío.

    Y vertiendo dulcísimo desmayo,

    cual bálsamo suave en mis pesares,

    endulzará tu acento el labio mío.

    -Me has sorprendido gratamente.

    -Volvamos al juego. ¿Cuál es el símbolo del Sodio?

    -La respuesta es: Na, pero esa fue una pregunta con mala fe.

    -No, una pregunta con mala fe es: ¿Qué tenía muy grande Rasputín?

    -No sé quien era Rasputín.

    -¡¿Pero tú dónde has estado metida?!

    -En un convento. Hasta hace un mes y algo era monja. ¿Quién era Rasputín?

    -Un monje ruso.

    -¿Y qué tenía muy grande?

    -La verga, la tenía más gorda que la de un caballo.

    Se levantó y me dijo:

    -Al sentarme ya me olía que el juego iba a derivar en algo así… Pasar de la poesía a la grosería. ¡¿Habrase visto semejante desfachatez?!

    La cagara. Sólo le pude decir:

    -Antes de irte, dime: ¿Cómo diste conmigo para devolverme el pañuelo?

    Ya estaba entre el maíz, cuando me respondió:

    -Acostumbro a vigilar la huerta. Hay mucho chorizo y las espigas tienen ahora el maíz de leche.

    Ya la había cagado, así que la seguí cagando.

    -Yo tengo un chorizo ríquísimo y mira por donde que también tiene leche. ¿Quieres probarlo?

    Me respondió con cara de enfadada.

    -¡Lo qué vas es a comulgar sin ir a misa!

    -Pensé que las hostias las daba tu hermano.

    Se calmó.

    -Vas a arder en el infierno como no cambies.

    -Arder te hacía arder yo a ti.

    -En mis cuarenta y cuatro años de vida no me había encontrado con alguien tan atrevido.

    -Si estviste en un convento…

    -También es verdad. Allí no había hombre que pudiesen seducirme.

    Se paró delante de un pie de maíz. Le arrancó la espiga, que estaba picoteada, y le dijo al espantapájaros que tenía al lado:

    -En tu cara. Se comieron el maíz los pájaros delante de ti. ¡Vaya espantapájaros estás hecho!

    Seguí dándole conversación.

    -Me recuerdas a Dorothy, la del Mago de Oz.

    Le quitó las hojas que le quedaban a la espiga y empezó a comer el máiz lechoso. Me dijo:

    -¿Lo dice el hombre de hojalata o el león?

    -Lo digo yo. ¿Te gusta la leche, Lola? La mía…

    -¡Y dale! No sabes más que faltar.

    Al no haberse ido me dio esperanzas de poder mojar con ella.

    -No te falto. Parece mentira que los hombres de este pueblo estén tan ciegos y no vean lo que tienes.

    Usaba mis dotes de seductor y ella parecía que se quería dejar seducir. Colocándole bien el sombrero al espantapájaros, lamiendo la leche del maíz y comiendo los granos, me preguntó:

    -¿Qué es lo que tengo que debían ver, demonio?

    -Belleza. Sensualidad. Tu figura sin un gramo de carne de más…

    Estaba equivocado. No era de las que le gustaba que la adulasen, o eso me dio a entender.

    -¡¿Te piensas que no me miro al espejo?! No soy sensual. Nunca lo fui, ni de jovencita ni ahora.

    -La belleza y la sensualidad están en los ojos que miran y yo te veo bella y sensual.

    Yéndose, dijo.

    -¡Me voy, me voy que esto no puede acabar bien!

    Lola echó a andar entre el maíz.

    -¿Tienes miedo a acabar entre mis brazos?

    Por mirar para atrás metió un pie en un hoyo que había en el maizal y torció el tobillo del pie izquierdo.

    -¡Aaaaaaay! Rompí el tobillo.

    Se sentó en la hierba. Fui a su lado, y le dije:

    -Seguro que sólo torciste el pie.

    Me arrodillé. Le quité la chancla y le doble los dedos con una mano.

    -¿Te duele?

    -No.

    Le toqué la planta del pie.

    -¿Y ahora?

    -Tampoco.

    Le pasé las yemas de mis dedos por el tobillo.

    .¡Ay! Creo que lo tengo dislocado.

    -Estarías pálida, sudando y mareada si tuvieras el tobillo dislocado.

    -¿Tienes conocimientos de curandero?

    -No, pero no es el primer tobillo que disloco. Tú sólo torciste el pie. Dentro de nada te pasa.

    Quiso levantarse pero no pudo apoyar el pie. Se volvió a sentar.

    -Tendré que descansar.

    -Una vez me torcí yo un tobillo y me lo curó una mujer en el molino.

    -¡¿La esposa del molinero?!

    -Se dice el pecado no la pecadora.

    -¿Cómo te lo curó?

    -Con el sana, sana, culito de rana.

    -Besitos… en el molino… ¿Estabais solos?

    -Nos acompañaban los gorriones.

    -¡A saber que más te haría!

    -¿Lo quieres saber?

    -Cuenta. ¿Fue Adela, la esposa del molinero?

    -Jamás doy el nombre de las mujeres con las que paso un buen rato.

    -Fue ella… En el molino… ¿Quién iba a ser?

    Busqué su boca con mis labios y me hizo la cobra.

    -¡¿Qué haces?!

    -Decirte lo que me hizo.

    Se puso muy seria.

    -Dímelo con palabras. ¡¿Te besó?!

    -Me comió vivo.

    -¡Qué fijación tienen algunas con los jovencitos!

    -¿A ti no te gustan?

    Rehuyó la pregunta. Mentir no era lo suyo.

    -¿Y qué más te hizo?

    Le volví a coger el pie y le di varias lametadas en la planta, y un beso en el tobillo.

    Su curiosidad, y mis caricias la animaron.

    -¿Eso te hizo la cochina?

    -Y esto.

    Le chupé el dedo gordo del pie.

    -¡Esa mujer es una guarra! ¿Qué más te hizo la…?

    -¿La gata?

    -¡¿Te arañó?!

    -No, me clavó las uñas en la espalda cuando se corrió debajo de mí.

    -¡Lo que debía de estar gozando! ¿Dije yo eso? Estoy perdiendo los modales.

    Le besé, lamí y chupé dedo a dedo del pie mirándola a los ojos. Al acabar, me dijo:

    -Estás abusando de una pobre cojita. Yo no soy como esa…

    -¿Perra?

    -¡¿Mordía?!

    -No, era un perra cariñosa, besaba lamía y chupaba. ¿Quieres que te haga lo que me hizo?

    Se moría porque la comiera viva pero le costaba arrancar.

    -No, mi curiosidad ya me llevó demasiado lejos y…

    -Y te estás calentando y tienes miedo de que acabemos follando.

    -¡Antes me voy de aquí a gatas! Tú…

    La callé con un beso. Levantó la mano pero no la estampó en mi cara. Dejó que mi lengua entrase en su boca y que acarciase con ella la suya, hasta dejó que se la chupase. Sentí como comenzó a temblar. Era su primer beso. Tenía que seguir. La huerta estaba apartada y los pies de maíz nos ocultaban. Raro sería que nos pudiesen ver.

    Al acabar de besarla, abrió los ojos y me dijo:

    -Lo que me has hecho es una guarrería. Esa mujer es una perdida.

    La besé en el cuello y le susurré al oído:

    -¿Sabes qué es una guarrería, que a las mujeres les encanta que les haga y que me gustaría hacérte a ti?

    -No. ¿Qué me harías?

    -Comerte el culo.

    Le mordí el lóbulo de una oreja. Me respondió, también susurrando:

    -Eso es asqueroso. Y un pecado muy, muy gordo

    -Pequemos.

    -¿Quieres comerme el culo?

    -¿Quieres que te lo coma?

    -No. Déjame.

    Ya aprendiera a mentir, pero mentía muy mal.

    -Me encanta que me hables susurrando. Me has puesto la polla dura como el acero. -le llevé una mano a mi verga- ¿De verdad quieres que deje de jugar contigo?

    Lola cogió mi polla por encima del pantalón. Se le escapó un gemido y comenzó a temblar otra vez.

    -Sí y no. La cabeza me dice que no debo pecar y el cuerpo me pide el pecado. Estoy temblando y no se que hacer.

    -Déjate querer.

    -¿No me harás daño?

    -No es el primer virgo que quito.

    -Tengo algo de miedo.

    -Relájate y disfruta.

    Le di un pico en los labios, y le pregunté:

    -¿Tienes el chochito mojado?

    -No me hagas mentir.

    La miré, seguía temblando y estaba colorada como una grana. Lola, volvió a susurrar:

    -Creo que te debrías ir. Yo no soy así.

    -Acabarías haciendo un dedo al llegar casa.

    -¿Qué es hacerse un dedo?

    -Masturbarse.

    -La masturbación es pecado.

    -Será, pero yo, si no te follo, me la voy a pelar esta noche pensando en ti. Te comeré el chochito…

    -Eres un cochinote. Esas cosas las hacen los animales…

    Le di otro piquito.

    -Racionales, y yo quiero una ración tuya.

    -¿Una ración? Me quieres comer enterita, vicioso.

    Le iba a dar otro piquito, abrió la boca y nos besamos sin lengua, después le pregunté:

    -¿Me lo vas a dar?

    -¿Que quieres que te de?

    Nos volvimos a besar sin lengua.

    -De beber.

    Ahora fue Lola la que me dio el pico a mí.

    -¿Lo qué?

    -El jugo de tus orgasmos.

    -Eres malo, muy malo.

    Ahora sí, ahora fue su lengua la que buscó mi lengua y su boca la que me la chupó. Mi polla se puso tan dura que quiso romper los calzoncillos y el pantalón. Lola, que no había quitado la mano de ella sintió como latía… La eché hacia atrás sobre la hierba. Nos volvimos a besar con lengua. Con sus brazos rodeando mi cuello, volvió a susurrar:

    -Me estoy perdiendo como una…

    Le puse un dedo en los labios, y le dije:

    -Chist. Esta tarde eres una princesa.

    La besé en el cuello, le mordí los lóbulos de las orejas. Mis manos cogieron sus tetas y mi boca le metíó un mordisco a cada una de ellas por encima de su blusa marrón. Le levanté la falda. Sus bragas negras tenían una enome mancha de humedad encima de la raja. Le pasé la lengua por ella. De su boca salió un dulce gemido. Aparté las bragas hacia un lado y lami los labios mayores, primero uno y después el otro. Entre gemidos, me dijo:

    -Eres el Mal.

    -Sí, pero lo hago todo muy bien.

    La besé. Le desabotoné la blusa y le subí las copas del negro sujetador. Sus tetas eran aún más grandes de lo que parecían tapadas por la ropa, y estaban esponjosas. Tenía pequeñas areolas marrones y pequeños pezones. Las magreé y se las mamé bien mamada. Lola, no paraba de gemir. Saqué la polla y se la puse en los labios.

    -Es hermosa. El diablo sabe bien con lo que tienta.

    Con una mano cogió mi polla y con la otra mis huevos. No sabía mamar. Lo importante era que ya arrancara.

    Metí mi mano derecha dentro de sus bragas y me encontré con con una charca de jugos y un clítoris fuera del capuchón que era tan grande como la falange de mi dedo meñique.

    Se arqueó y le quité la falda, ella se quitó el sujetador y yo después de la falda le quité las bragas. Parecía una muñeca con buenas tetas y chocho y sobacos peludos. Lo primero que hice fue beber todo el jugo de su chochito a lametadas, como un perro. Después metí aquel enorme clítoris en la boca y lo chupé como si fuera un caramelo. Pasado un tiempo, Lola, me agarró la cabeza con las dos manos, y me susurró al oído:

    -Me va a venir el gusto, Quiquiño.

    Dejé de chuparle el clítoris. Volví a lamer su coño empapado, y después le fui metiendo mi polla en su estrechísima vagina, Con mi gorda y larga verga clavada hasta el fondo, ajustada, ajustadísima, y besándola, la follé despacito, muy muy despacito… Al rato apretó con las dos manos mi culo contra ella. Movió el suyo alrededor, y con su clítoris rozándose con mi pantalón, y mirándome a los ojos, susurró:

    -Me viene, Quiquiño, me viene.

    Vi como sus ojos miraron a su cielo. Los cerró de golpe, y gimiendo sentí como su chochito apretando y soltando mi polla la bañaba con su jugo.

    Al acabar de correrse bajé al estanque, lamí y tragué todo el jugo que lo anegaba y después me quité la camiseta, los Lois y los tenis y me eché boca arriba. Esperé a que se recuperase, y le dije:

    -Fóllame hasta dejarme los ojos en blanco.

    Lola, me sorprendió.

    -No puedo hacerlo.

    -¿Por qué?

    -Eso sería lujuria, y es un pecado capital. Ya bastante he pecado dejándome.

    -No hay pecados capitales, ni provinciales ni de pueblo ni de aldea.

    -No juegues con esas cosas.

    -No juego, Lola. No hay pecados. La religión es una farsa. Mira las Cruzadas. Se mató gente en nombre de Dios… ¿Por qué dejaste de ser monja?

    -Eso es algo personal y muy íntimo.

    -Hacer el amor tambien lo es.

    -No te esfuerces. No voy a subir encima de ti. No te haría el amor, te follaría. Sería como la otra, una perra, una gata… Sería un perdida.

    -Vale. Date la vuelta.

    Se puso boca abajo. Le abrí las cachas con las dos manos y le lamí el periné y el ojete.

    -No hagas eso, guarro.

    Seguí lamiendo.

    -Para ya.

    Acariciando sus nalgas le metí la punta de la lengua dentro del ano y se lo follé.

    -Marrano.

    Después de estar un par de minutos con el lame, saca y mete, le eché las manos al vientre para que levantase un poco el culo, y se resistió.

    -Déjame. No me gusta. Es asqueroso.

    -Como desees. Ponte en la posición que quieras. Yo lo único que busco es darte placer.

    Lola, me había mentido otra vez. Se puso a cuatro patas, y me preguntó:

    -¿Está bien así?

    La tramposa quería que le siguiera comiendo el culo. ¿En que lugar del camino habría muerto la puritana?

    Jugué con mi lengua en su culo y en su chochito y magreé sus tetas durante más de quince minutos. Después jugué con la cabeza de mi polla haciendo círculos sobre su ojete y pasándola entre los labios menores del chochito. Me volvió a sorprender, diciendo:

    -Hazme alguna cosa rara de esas que te gusta hacer.

    Sin atreverse a decirlo me estaba pidiendo que se la metiese en el culo.

    Se la metí hasta el fondo en el chochito. La saqué lubricada, se la puse en la entrada del año y le metí la puntita, Lola, echó el culo hacia adelante, como queriendo escapar de la polla, yo, agarrándola por las tetas, cada vez que lo hacía, se la metía un poquito más. Cuando iba por la mitad, o algo más, empujó hacia atrás con su culo y la metió hasta el fondo. El gemido que salió de su garganta no fue de dolor, fue de placer.

    -Aaaay.

    No pude nalguearla porque podían oír las ruidos, sólo le acariciaba las tetas y las nalgas y dejaba que ella me follara. De su chochito salía jugo en cantidad. Mis huevos se mojaban al chocar con él… Minutos más tarde, su respiración se comenzó a acelerar. Empecé a darle yo. Se la clavé con fuerza. Le cogí las tetas. Le apreté los pezones. A Lola le comenzaron a temblar la piernas, sus brazos quedaron sin fuerza, y jadeando, se derrumbó sobre la hierba. Su cuerpo se sacudia debajo de mí. Gemía con el placer que recorría su cuerpo. Sus manos cogían hierba y la arrancaban. No aguanté más y le llené el culo de leche.

    Al acabar de corrernos, le di la vuelta y volví a lamer su coño para a saborerar los jugos de su corrida, Lola, me dijo:

    -¡Qué vicio tienes, Quiquiño, qué vicio tienes!

    Su enorme clítoris seguía empalmado. Se lo volví a chupar mientras mi polla se iba recuperando. A los pocos segundos. Lola, comenzó a gemir, y ya no paré, lamí, chupé y mamé su chochito, lo follé con mi lengua, le hice de todo hasta que estremeciéndose me lo agradeció con una corrida espectacular que recibí en mi boca avída de mujer.

    Al acabar, Lola, tenía una inmensa sonrisa en los labios. Me eché a su lado, y me dijo:

    -Nunca había sido tan feliz en mi vida. Ser mala me hace mucho bien.

    Se subió encima de mí. Cogió mi polla, la llevó a la entrada de su chochito y se lo metió hasta el fondo. Me dio las tetas a chupar, y me dijo:

    -¿Sabes qué, Quique?

    -¿Qué?

    -Que la tierra no va a dejar de girar porque yo folle o deje de follar.

    Lola, me besó y me folló… Después sacó la polla de su chochito y me lo puso en la boca… Luego la volvió a meter y follándome me dio las tetas a mamar… Media hora más tarde, cuando estaba a punto de correrse, la sacó, me la mamó y después me puso el culo en la boca. Le follé el ojete con la lengua, luego puso mi polla en él, se la metió hasta el fondo y me folló con su culo… Más tarde, al sentir que su corrida ya era inminente, la volvió a quitar, la metió en el chochito, y me dijo:

    -Me va a venir otra vez el gusto. Por lo que más quieras no te corras dentro de mí.

    Lola, me cabalgó al trote, hasta que de pronto, se paró. Me miró. Sus ojos se cerraron y exclamó:

    -¡Aaaaah!

    Se derrumbó sobre mí y se corrió como una condenada, sacudiéndose como si yo fuese una silla eléctrica que la estuviese electrocutando. Sentí su coño apretar mi polla y el jugo de su corrida empapar mis pelotas. Estaba acabando cuando se la quité del chochito, se la metí en el culo y se lo volví a llenar.

    Al acabar, boca arriba, entre el maíz, gozosa, Lola, me dijo:

    -¿Esta vez no bebes de mí?

    Descubrí que le gustaba que le lamiera el sexo después de correrse, y a mí me encantaba que le gustara. Volví a beber el jugo que aún quedaba en su chochito. Al acabar, me dijo:

    -¿De qué manera te gustaría que echásemos el último polvo?

    -¿El último? 69.

    -¡Quedarías rebentado! Pero bueno, si no son 69 podemos echar hasta donde llegues.

    ¡Joder con la puritana! Mejor explicarle lo que era un 69.

    -No, mujer. El 69 es una posición en la que tú, encima de mí, me mamas la polla y yo, debajo de ti, te como el chochito y el culo.

    Lola, se dio la vuelta, subió encima de mí, me puso el chochito en la boca y cogió mi flácida polla con la mano.

    -¿Así?

    -Sí.

    Lola, me la meneó y me la mamó. La polla no tardó en ponerse dura. Lola estaba tan caliente que no paraba de gemir. De vez en cuando se sentaba en mi boca con su culo para que se lo follase con la punta de mi lengua. Se lo acabé follando con el dedo pulgar… ¡Cómo se puso! Le encantaba. Debió de ser por eso que tambié me metió ella a mí un dedo en el culo… Me agarró los huevos con una mano, y me mamó el glande… El resultado fue que le llené la boca de leche. Tragaba con lujuria cuando sentí como su ano apretaba mi dedo. Se estaba corriendo. Me cayó una plasta de jugo en la boca. Era como baba espesa y blanquecina, a esa plasta siguieron tres más, algo más pequeñas, y después hilillos de jugo fueron cayendo en mi boca mientras Lola se estremecía y seguía chupando mi polla.

    Después de ese polvazo, lo dejamos, lo dejamos por ese día, ya que acabaríamos follando en el confesionario de la iglesia, en la sacristia y en su casa.

    Quique.

  • Elena y el bañista

    Elena y el bañista

    Entre las toallas y sombrillas, los Danielsson encontraron un hueco en la orilla de la playa, cerca de donde se alquilaban los patinetes de playa.

    Nada más llegar, los dos hijos se quitaron la ropa, que tiraron sobre la arena, y se fueron al agua. El padre se sacó la camiseta, que también arrojó al suelo, y se quedó con su oronda tripa mirando al mar. La madre, Elena, descargó el pesado bolso familiar, sacó y extendió las toallas, recogió la ropa tirada en la arena, la dobló y la metió ordenadamente en el bolso. Cuando terminó, se dispuso a sacarse su ropa. Primero la parte superior, dos pequeñas y firmes tetas, se escondían tras el bikini. La cintura era estrecha y en la panza apenas se adivinaba un poco de grasa alrededor del ombligo.

    Elena se sentía incómoda si alguien la observaba a causa de la celulitis, que daba forma de abombado corazón a su trasero y sus muslos eminentes, embutidos en el pantalón. Por eso siempre se desabrochaba el pantalón de pie para luego sentarse y sacárselo de forma pudorosa.

    Presintió una mirada a su espalda y no pudo evitar girarse. Desde una toalla cercana, un bañista la contemplaba, sus miradas se cruzaron, él no la apartó, sintió que la ojeaba, no con la malsana curiosidad con la que todos le miraban su enorme culo, sino con deseo y ella agradeció aquella mirada que le evitó la incomodidad, se volvió y continuó sacándose los pantalones de pie lentamente, regalándole un casi striptease al privilegiado espectador.

    Su marido seguía, con la mirada aburrida de un domingo sin fútbol, pensando en que haría el Madrid sin Cristiano Ronaldo la próxima temporada.

    Cogió el bote de protector solar, puso una dosis en la palma de su mano y bajó el asa del bikini dispuesta a continuar su imaginario show, pero se arrepintió de su atrevimiento. Volvió a subir el asa y caminó hacia su marido para untarle de crema, pero este rechazó el ofrecimiento apartándola con desdén. Sintió como la humillación le pintaba la cara de rojo y se volvió a la toalla.

    De nuevo cruzó la mirada con el desconocido que había presenciado la escena y, de nuevo, esta volvió la borrarle la vergüenza de la cara.

    Se plantó frente al desconocido, dándole la espalda, se agacho y, mostrándole su grupa de hembra, comenzó a extenderse crema en la parte trasera de sus muslos, de forma lenta, sensual. Fruto de su humillación y hartazgo, quería decirle a aquel desconocido que allí estaba dispuesta a ponerle los cuernos a su marido, a pocos metros de él, ofreciéndose a un desconocido. El masaje fue fundiendo la rabia, convirtiéndola en una caricia mientras recordaba una escena infantil.

    Treinta años atrás, su familia andaba preocupada pues a los quince años a Elena aún no le había llegado la menarquía. Era el final del curso y se había organizado un baile en el gimnasio del instituto. Elena, sentada, miraba como algunas de sus compañeras se abandonaban románticamente en los brazos de sus novios y seguía el ritmo de la música con sus muslos, ya entonces bien redondos, cuando sintió humedad en su sexo.

    Asustada, buscó en su bolso la compresa le había dado su madre por si le llegaba inesperadamente la regla. Corrió hacia el baño, cerró la puerta, se subió apresuradamente la falda y bajó las bragas. Pero no había restos de menstruación, apenas una babilla transparente que untó entre sus dedos.

    Alguien tocó a la puerta, se subió las bragas apresuradamente y salió sin darle tiempo a lavarse las manos. Tras la puerta estaba un chico que le cedió el paso, justo cuando ella le rebasó, el desconocido se aproximó a ella por atrás, acercando la mano a su culo, ella se volteó alarmada y quedó paralizada. Él le señaló como al subirse las bragas, estas le habían atrapado el vestido, dejándole la trasera al aire. Ella se giró para verse, él posó la mano en su nalga y desenganchó la falda. Sintió el fuego en los dedos del muchacho en el breve contacto y se sintió deseada.

    Solo atinó a decir: ¿están manchadas? El levantó la falda aprovechando para acariciarle torpemente los muslos que ella instintivamente separó, se agacho a inspeccionar las bragas mientras continuó la caricia por el interior de los muslos hasta llegar a su sexo. Ella se recogió las bragas escondiéndolas entre sus nalgas y mostrándole un culo que él apreció redondo y exquisito.

    La llegada de su hijo le sacó de la evocación. Rápidamente recompuso la braga del bikini que había hundido en su raja, frente de un desconocido. El muchacho se tiró en mitad de su toalla reclamando las patatas fritas. Ella busco entre el atestado bolso, cuando saco la bolsa de patatas, el muchacho se la quitó de las manos y se la adueñó, dándole la espalda a su madre.

    Esta se sentó en la toalla y continuó recordando la historia. Como el muchacho le respondió inocente: no están manchadas, solo mojadas!

    Con disimulo, Elena abrió sus muslos y, entre los pliegues, pudo ver como asomaba una marca de humedad en su bikini.

    El abrupto sirenazo que anunciaba el final del baile les sacó de su intimidad. A la salida, entre la pelotonera de los muchachos, Elena notó la dureza del chico arrimada a su culo.

    Estará duro mi anónimo admirador o solo es mi fantasía que anda en calores? Se preguntó Elena. Le urgía comprobarlo. Girándose, quedó tumbada boca abajo frente al desconocido. Este tenía una bolsa entre sus muslos que le impidió saciar su curiosidad. Él sacó un protector solar y comenzó a untarse sobre los hombros. Elena se puso las gafas de sol para poder observarlo. No era un adonis y se le comenzaban a notar los años: las canas, la curva de la felicidad en la tripa, no estaba musculado pero mantenía la forma del cuerpo. Comenzó a untarse el pecho.

    Tras el baile, Elena llegó a su casa con vaivén de sensaciones. Ya en la cama, comenzó a masajearse los pechos, que comenzaban a nacerle, al tiempo que apretaba rítmicamente los muslos, turbada por el recuerdo de la caricia del muchacho, que le hacía explorar su cuerpo y las sensaciones que le brotaban. Aquella noche el deseo la visitó por primera vez.

    Y así estaba ahora, tumbada mirando ensimismada al desconocido, apoyada sobre el codo, con la palma de la mano bajo su pecho y apretando los muslos, cuando un puñado le arena le saltó a la cara. Su otro hijo peleaba con su hermano mayor por la bolsa de patatas sin importarle haberla salpicado. Sentándose trató de poner paz entre los hijos. Finalmente el pequeño consiguió arrebatarle el paquete y salir corriendo con él. El hermano mayor, demasiado gordo y perezoso para seguirle, se tumbó boca abajo gruñendo su frustración.

    Aquella noche lejana, Elena se durmió con su primer orgasmo y amaneció con su primera regla. El verano fue un largo sestear de días, que parecían no acabar nunca, ansiosa por volver encontrarle de nuevo en el inicio del curso. Consumiéndose de melancolías durante el día y alimentándose de deseo en las noches.

    Quería volver a contemplarle pero no podía, con su hijo al lado mirando en la misma dirección se perdía la intimidad. Necesitaba verle. Busco dentro de la bolsa el espejo de maquillaje pero no estaba, entonces vio el móvil. Se tumbó boca arriba, puso la cámara frontal y así pudo observarle en el teléfono. El sol y la excitación la bañaron en sudores mientras miraba como él sacaba un bloc y un bolígrafo. Ella imaginó que estaría apuntándole su número de teléfono para hacérselo llegar de una manera discreta. El hijo rebusco entre la cesta, buscando comida, encontró los bocadillos.

    Llegaron el marido y el otro hijo buscando algo de dinero, habían decidido alquilar un patín de playa. Elena les dio el dinero pero rehusó ir con ellos, pero ante la insistencia de sus hijos, les acompañó.

    El bañista, cerró el bloc y se fue al agua.

    Los muchachos y el padre se subieron al patín pero a Elena le costaba encaramarse, por lo que finalmente desistió de acompañarles. El patín se alejó y Elena se adentró en el agua. Un agujero en la arena le hizo perder pie asustándose, una mano la tomó por la cintura y atrayéndola la sujetó contra su cuerpo. Durante el breve pataleo de Elena, un muslo del hombre había quedado entre los suyos sosteniéndola. El nadó un poco hacia la orilla, llevándola pegada a él y la depositó donde ya se hacía pie.

    El patín seguía alejándose de la costa a la misma velocidad que de la cabeza de Elena.

    -Estás bien? Preguntó.

    -Sí, otra vez me has evitado pasar un mal rato -respondió ella

    -Otra vez…?

    En una circunstancia similar, se habría turbado, pero en su pregunta ella no se sintió requerida, sino cómoda y confiada.

    -Has estado muy oportuno y amable, gracias!

    -Sabes nadar?

    -Sí, pero me da miedo, como pudiste ver.

    -Te animas a nadar un poco? yo te ayudo

    Elena miró hacia la barca, que seguía alejándose. Suavemente la cogió de la mano y la atrajo, echándose a nadar de espaldas sin soltarle la mano. Ella iba a su lado braceando de frente y apoyada en su mano. Cuando el agua les cubría se detuvieron, ella insegura se agarró a su cuello, el metió su muslo entre los de ella, sosteniéndola. Conforme se fue sintiendo más segura, Elena comenzó a sentir la presión del muslo contra su sexo.

    -Me tienes flotando!

    -Me gusta. Le respondió, mientras le apoyaba una mano en la cadera.

    Elena respondió con un suave apretón de muslos. Él le apartó el pelo de la cara, ella volvió a estrechar el muslo entre los suyos. No necesitaba hablar, ni siquiera sabía su nombre, el temor se esfumaba en el suave vaivén del agua. Él apenas le sugería el camino, dejándole a ella la iniciativa.

    Suavemente él retiró la mano de ella de su cuello y la llevó hasta su muslo al que Elena se agarró con ambas manos y comenzó a frotarlo contra su sexo. Tuvo que parar cuando unos bañistas pasaron junto a ellos. Elena giró la cabeza y divisó la barca, que estaba dando la vuelta.

    -Tenemos que volver! le dijo ella.

    Se puso detrás de ella, se sacó la pinga, le metió el bikini entre las nalgas y comenzaron a nadar de espaldas pegados, Elena notaba los pingazos duros contra sus nalgas al bracear.

    Cuando llegaron a la orilla, la posó en la arena.

    – Tengo que bajar esto le dijo, señalándose el rabo y se sumergió alejándose de la costa.

    Ella se arregló el bikini, cubriéndose las voluminosas nalgas, miró con desengaño como la barca volvía y fue a tumbarse boca abajo en la toalla. Tenía ganas agradecerle el momento que habían pasado. Se recogió el bikini dejando las nalgas bien expuestas, quería regalarle una última visión de estas a su efímero amante.

    Cuando llegaron, el padre y los hijos le afearon con un gesto su descaro.

    – Pero que haces? Preguntó su hijo mayor.

    – Tomando el sol, ¿pasa algo? -respondió tajante

    De vuelta del agua, el bañista alcanzo a escuchar:

    – Mamá que tienes el culo gordo!

    – Es el que tengo. Zanjó la madre.

    El bañista se acercó a su bolsa, sacó unas gafas de bucear y volvió al agua.

    El hijo pequeño pidió la merienda, pero el mayor porfiaba por un helado.

    -No!, hay bocadillo y manzana. Respondió la madre con una firmeza que le sorprendió. Así que fue a solicitárselo al padre, quien estaba comenzando a sentir que de alguna forma le habían puesto los cuernos, si no como se explicaba que después de tantos años en el Madrid, ahora Ronaldo se fuera a jugar a la Juve.

    -Un helado para nosotros y una cerveza para ti! -le sugirió el avispado hijo menor.

    -Vale, y de paso me compro el “marca” -diario deportivo- dijo el padre, que esperaba encontrar algún artículo que le alumbrara sobre la traición del madrilista.

    El padre cogió su cartera de la bolsa y se encaminaron hacia el pueblo.

    -Yo no quiero nada, egoístas de mierda! -murmuró la madre para sí.

    El hijo volvió por las llaves del coche, la encontró mirando hacia el agua. En cuanto el muchacho partió ella se encaminó al agua, nadó decidida hacia donde le había divisado. Él vio su singular y apetitoso cuerpo acercándose, ella se subió el bikini mostrándole sus tetas, él sacó la cabeza del agua para recibirla.

    Cuando la tuvo entre sus brazos le dijo:

    – Has venido nadando sola, bravo! Mientras le acariciaba los pezones.

    – Tenemos unos 15 minutos antes de que vuelvan, llévame a nadar otra vez.

    La condujo hacia la zona de las barcas de pescadores, un poco alejada de la costa, y se escondieron de la vista desde la playa tras una. Él se agarró del tolete de la barca, ofreciéndole su muslo, al que ella se subió, recogiendo el bikini, para sentir como su sexo liberado se frotaba piel con piel con el peludo muslo de su amante, quien le recorría la cara y el cuello con su mano libre. Busco su pinga, quería palparla, magrearla, apretaba la cabeza y bajaba hasta el tronco masturbándola mientras sus labios se juntaban en un intenso y salado beso. Cuando notó su mano hurgando entre sus nalgas, ella se bajó de su muslo y se agarró a la barca, liberándole para que él pudiera abordarla libremente.

    Se colocó a su lado y mientras le aplastaba la pinga contra su muslo, una mano paseaba por su coño y la otra por su culo.

    – Méteme los dedos.

    Comenzó a penetrarla con sus dedos, ella reclamó sus labios y su pinga, sintió el índice intentando clavarse en su ojete.

    – Mi culo está virgen para ti, quiero que seas tú quien me lo abra.

    Se colocó frente a ella y al mismo tiempo le penetró la pinga en el coño y el dedo en el culo comenzando a bombear, ella se agarró con ambas manos a la barca y cuando sintió que otro dedo le entraba abrió sus muslos tanto como pudo.

    Cuando salió de ella, esta se dio la vuelta, ofreciéndole su trasera. La tomó con decisión por la cintura y le aplastó la pinga entre sus nalgotas, mientras con la mano le sobaba el sexo, transitando entre sus inflamados labios, recorriendo pliegues, encendiendo su botón que hacía rato asomaba de su capuchón envuelvo en fluidos con los que le lubricó el ojete. Entonces sintió el ariete rojo que la otra la mano había dirigido buscando hincarse en su culo y se le escapó un ay!! Cuando la cabeza se le alojó dentro. Quieto, sin embestirla, comenzó a batirle vigorosamente el clítoris, provocándole movimientos de cintura, con los cuales ella misma se fue metiendo la pinga hasta el fondo, hasta derramándose en un orgasmo que él esperaba para, agarrándola firmemente con ambas manos por la cintura, comenzar a bombearle hasta derramarle dentro toda la leche que había estado hirviéndole en los huevos. Ella sintió el cálido chorro en su interior y le sobrevino un segundo y más intenso orgasmo.

    Volvieron a la orilla nadando por separado, él llegó antes y se acomodó en su toalla, ella nadaba más lento y pasó un rato acomodándose el bikini y lavándose en la orilla.

    Tumbado sobre la toalla con los ojos cerrados la pensaba, complacido del intenso momento de placer compartido que guardaría para siempre en su memoria.

    Cuando ella llegó, oyó a su marido preguntarle de donde venía, ella respondió con seguridad: de nadar!

    – Pero si tú no sabes nadar! -dijo el hijo mayor.

    – El que no sabe, eres tú. Vago!

    – Cada día estás más rara…

    – Será la menopausia… sentenció el padre chuscamente.

    El bañista se alarmó cuando oyó al hijo pequeño decir:

    – Mamá tienes sangre en los muslos

    Ella se enrolló la toalla a la cintura y respondió con naturalidad.

    – Parece que se me ha adelantado la regla. Recojan sus cosas que nos vamos.

    El bañista se incorporó en su toalla desanimado por la noticia de la partida. Elena se limitó recoger su toalla y sus cosas. Ante las protestas de sus hijos, se alejó unos metros y se quedó esperándoles, justo a la espalda del bañista. Este saco el bloc, Elena se puso las gafas de sol y miró hacia el cuaderno, había un rápido dibujo de una mujer con la que inmediatamente se identificó, sin duda, aquellas eran sus carnes pintadas con todo el deseo que ella le había provocado. Arrancó la hoja, la dobló y la depositó cuidadosamente en la papelera.

    A regañadientes los hijos acabaron de recoger todo, Elena se quitó las gafas y disimuladamente las dejó caer al pie de la papelera e inició la marcha, ellos la siguieron. Al poco, ella se detuvo y volvió sobre sus pasos, los otros siguieron la marcha, llegó hasta la papelera, cogió el dibujo y las gafas y los metió en el bolso, se miraron en silencio unos segundos y reemprendió la marcha.

  • Nuestra amiga argentina y una de sus amiguitas

    Nuestra amiga argentina y una de sus amiguitas

    Estaba aburrida y la llame a Lu para que venga un rato a mi casa nueva, no teníamos mucho tiempo, mis padres llegarían más tarde. Obviamente Lu, sabe cuando le digo que venga a casa para que es, ya nos conocemos.

    La esperé solo con un vestido cortito, nada más, abajo no tenía nada. Toca el timbre y le abre la chica que trabaja en casa y le dice que yo estaba arriba en mi dormitorio. Ni bien entra cerré la puerta y me come la boca, con esos besos de solo lengua que nosotras nos damos, me sigue besando, me pasa la mano por debajo del vestido y cuando se da cuenta que no tengo nada, me besa más fuerte todavía y empieza a acariciarme la cola y a meterme un dedo, ya estaba mojada, ¡muy caliente!, me saca despacio, como siempre hace ella, muy despacio el vestido, y me deja desnuda, ella estaba todavía vestida.

    Eso me hace calentar mucho, me siento indefensa, sumisa, entregada, me acuesta en la cama y me empieza a besar hasta llegar a mi conchita en la que se queda un rato besando, me la muerde, yo me acaricio mis tetas y empujo su cabeza cada vez más a mi conchita, me pone un dedo, dos, ya mis piernas no se quedaban quietas y mis gemidos demostraban que me gustaba mucho lo que hacía.

    Sigue haciendo lo mismo, todo ese hermoso pelo rubio casi amarillo, me acariciaban las piernas, eso me calienta mucho, hasta que me roba mi primer orgasmo, y como siempre quedo más caliente, le saco la ropa a ella, nos tiramos en la cama de nuevo, besándonos, entrecruzándonos las piernas, y tocándonos, terminamos en un 69, yo en cuatro arriba de ella, así un rato, como me gusta con la suavidad que me besa la conchita, me la muerde, me mete un dedo, dos en la cola, y yo también me comía esa hermosa conchita que tiene toda depilada, le metía la lengua bien adentro, hasta que acabamos las dos juntas.

    Lu me pide que me acueste y saca su consolador, yo ya no hacía nada, estaba entregada a ella, y otra vez me la empieza a chupar, y me mete el consolador, me lo saca, me lo mete, juega con mi concha, y me mira. A ella le encanta hacerme acabar, ver como gozo, como pierdo el control y dejo que me haga lo que quiera. Yo también la miro, me calienta mucho que nos miremos mientras hace conmigo lo que quiere, y me acaricia todo el cuerpo, hasta que termine esta vez sí, gritando y temblando en el mejor orgasmo de toda la tarde.

    Ya había pasado bastante tiempo y no quería que mis padres me encontraran con ella, así que me vestí y se fue.

    No sé, quería contarlo, fue solo una hora que estuvimos juntas, pero me gustó, tuve un fin de semana con mucha pija y quería un poquito de conchita jeje

  • Visitas a mi vecino (Mano a mano)

    Visitas a mi vecino (Mano a mano)

    Después de estar un rato mirándole desde la puerta, decidió acercarse, para comprobar si se había quedado dormido o, simplemente, descansaba tendido boca abajo.

    Con mucha delicadeza, apoyó la mano en su hombro, e intentó despertarle.

    – ¡Diego!, ¡Dieguito!… ¿estás dormido?… ¡despierta!… ¡vamos!…

    Pero, Diego no contestaba…

    Sin dejar de mirarle, estuvo esperando a que reaccionara, durante unos minutos; pero, el chico parecía dormido profundamente.

    Y, poco a poco, fue bajando la mano, lleno de excitación; sin despegar la vista de ese precioso culo, hasta que estuvo a la altura de la cinturilla de los calzoncillos. Entonces, cerró los ojos y se mordió los labios, quieto como una estatua. Y con la polla, a punto de estallarle, se situó convenientemente, para tirar de un pernil de los calzoncillos, que levantó cuidadosamente, para dejar al descubierto ese precioso ojete; en el que metió la nariz, una y otra vez…

    … y luego, la lengua; para saborearlo y degustarlo, durante un buen rato.

    Pero, oyó que alguien estaba llamando a la puerta.

    – ¡Cago en la!…

    … no puede ser, ¡joder! Si solo son las… 19:55, dijo, mirando el reloj de la mesilla…

    Y abrió la puerta, sin poder disimular su cabreo.

    – ¡Ah!, ¿eres tú?…

    … ¡pasa!, ¡pasa!…

    ¡Que pronto!, ¿no?; y le hizo pasar al salón…

    – ¿Estás solo?

    – ¡No!…

    Y lo dejó sentado en el sofá mientras entraba en el cuarto de baño, para darse una ducha rápida…

    … pero, enseguida, apareció completamente desnudo y secándose la cabeza…

    – ¿Cómo es que vienes a estas horas?

    – Porque, David se ha quedado en casa; y le he pedido que me sustituya en la portería.

    – ¡Ah!… ¡ya decía yo!…

    Vicente le miraba fijamente, mientras se secaba; disfrutando de la desnudez de su cuerpo.

    – ¡Joder!, ¡cómo me gustas!, Lucas… ¡vaya cuerpazo!

    Entonces, Lucas se acercó a él, dejando la toalla sobre el sofá, y se inclinó para decirle al oído, que le tenía una sorpresa.

    Pero, Vicente, como no podía estarse quieto, le agarró de la cintura y se lo echó encima.

    – ¡Ven aquí, joder!… ¡que me tienes loco!…

    … y empezó a manosearle.

    Lucas, a quién ya se le estaba pasando el cabreo, se sintió muy halagado. Y decidió disfrutar de sus manos traviesas, durante unos minutos…

    Pero, pasados estos; con cierto tacto, le cogió de la mano, y tiró de él.

    – ¡Ven conmigo!, ¡anda!…

    … ¡que quiero que veas algo!

    Diego estaba tendido sobre la cama, dejando a la vista ese precioso culo. Y cuando lo vio Vicente; sin dejar de mirarle, le preguntó a Lucas

    – ¿Quién es ese?

    – ¡Mi sobrino, Diego!… ¿te gusta?

    – ¡Ya lo creo!, ¡menudo polvo tiene!

    Le miró a los ojos, mordiéndose el labio inferior; y moviendo la cabeza, ligeramente, de un lado a otro, exclamó…

    – ¡Madre, mía!, ¡qué cosa!…

    – ¿Verdad?

    – ¡Ya te digo!…

    Intentó agarrarle el culo, pasándole la mano por detrás. Pero, se le escapó, adelantándose, para comprobar si Diego continuaba dormido. Y, efectivamente, Diego dormía profundamente; al menos, en apariencia.

    Entonces le indico que se acercara, pero con mucho sigilo.

    Y con mucho cuidado, Vicente se situó al otro lado de la cama; y se quedó mirándole, fijamente.

    La visión de Dieguito, tumbado en la cama, boca abajo, era toda una provocación.

    – Quizás se despierte en algún momento; pensaba Lucas…

    Pero, como había visto, que el chico tenía el culo roto cuando estuvo disfrutándolo, antes de que llegara Vicente, permanecía tranquilo.

    – ¡Este cabrón!, traga; se decía a si mismo…

    … ¡así que, nos lo vamos a follar… si, o si!

    Miró a Vicente, que estaba pendiente de él. Y con gran decisión; y absoluta tranquilidad, tiró de la tela, entre perniles, de los calzoncillos; y dejó al descubierto esa preciosa raja.

    Naturalmente, el portero, enseguida se acercó a ver lo que se le ofrecía; y decidió abrirle el culo, lo suficiente, como para poder meterle la lengua; y juguetear con ella…

    Luego, levantó la cabeza; y mirando a Lucas, esbozó algunas palabras, sin emitir sonido alguno.

    – ¡Que rico está!… ¡Ay!… ¡que rico está, este cabrón!

    Volvió a abrirle el culo; y siguió chupándoselo, con verdadera devoción. Aunque, ahora, era, él mismo, quién tenía que encargarse de despejar el camino para saborear ese ojete; porque Lucas, le estaba metiendo la mano bajo el vientre, a ver si conseguía que subiera el culo, en un acto reflejo; y podían sacarle los calzoncillos.

    Diego sintió una gran excitación.

    – Parece que el tío Lucas quiere pasarlo bien; fue lo que se le pasó por la cabeza…

    … y en el fondo, le gustó la idea.

    Sacó el culo; para que esa mano que intentaba colarse bajo su vientre, lo consiguiera. Y permitió que le quitaran los calzoncillos, sin ofrecer la mas mínima resistencia.

    Sin embargo…

    – ¿Qué hora es?, tío…

    Lucas, se sobresaltó…

    … pero, enseguida reaccionó. Y vio como Vicente le miraba, con una mueca muy graciosa en la que se veía con claridad su sentimiento de culpa, porque les habían pilláo “in fraganti”.

    – ¡Las 20:40!…

    – ¡Uffff!… ¡que cansado estoy!

    – ¿Tienes que ir al hospital?

    – ¡No!… ¡el abuelo no quiere que vaya, por la noche!…

    … y, había pensado en quedarme aquí, a dormir. Si no te importa, ¡claro!. Es que no me gusta estar solo en casa.

    – ¡Por supuesto!, hijo. Claro, que puedes quedarte… ¡faltaría mas!

    Y se dio la vuelta, para ver la cara de su tío…

    Lucas, miró al portero, y le presentó..

    – ¡Este es Vicente!, un amigo…

    – ¡Mucho gusto!, dijo Dieguito, mirándole a los ojos y sonriendo. ¿A Vd., también le gustan los chicos?

    – ¡Vaya!…

    … parece que tu sobrino no tiene pelos en la lengua.

    ¡Encantado!…

    … pues, tu mismo puedes verlo, chaval… ¿a ti que te parece?

    Y, aunque no tenía muchas fuerzas, Dieguito consiguió soltar un par de carcajadas…

    Luego, se dio la vuelta; y siguió durmiendo, abandonándose a ese sueño, que le vencía…

    Lucas y Vicente, sorprendidos, se acercaron a él con una calentura, mas que evidente; y empezaron a maniobrar entre sus nalgas para disfrutárselo, mano a mano.

    El movía el culo, en función de la intensidad y soltura, con que sintiera sus lenguas trabajándole el ojete. O, la profundidad, a la que fuesen capaces de llegar, con sus dedos, cuando se los metían, a tope.

    Abría las piernas cada vez más, para hacer obvio su ofrecimiento e incitarles a seguir con ese juego, que tanto les gustaba.

    – ¡Así!… ¡así, me gusta!… ¡chaval!

    Le decía Vicente, golpeándole en las nalgas, con la palma de la mano; mientras, la lengua de Lucas recorría su deseada hendidura y los dedos de la mano, se le iban y venían, entrando y saliendo de ese agujerito, tan cálido.

    – ¿Has visto, que hermosura?, Vicen… ¿has visto que hermosura?

    – ¡Ya lo creo!…

    … ¡menudo culazo!, se gasta tu sobrino.

    Pero, Vicen solo pensaba en ensartarlo con su verga.

    Y en una de estas, le agarró por la cintura; y le obligó a ponerse a cuatro patas…

    – ¿Mejor, así?, Lucas.

    Lucas, que había aprovechado ese movimiento, para meterse entre sus piernas, y empezar a comerle la polla.

    – ¡Si!, ¡si!… ¡así, me gusta mucho más!, Vicen…

    Le embadurnó el ojete con saliva. Y después de hacer lo mismo con su zupo, se la enchufó, de una…

    – ¡Ay!, ¡Ay!, ¡Ay!…

    – ¡Lo siento!, chaval…

    Vicente, estaba embaláo…

    … y, poco a poco, empezó a darle una caña tremenda.

    – ¡Toma!, cabroncete… ¡toma!… ¡que es toda tuya!…

    – ¡Aghhh!… ¡que rico!… ¡dele!, ¡deele!…

    A los pocos minutos, Diego estaba completamente feliz. Y empezaba a sentirse mucho mejor…

    Pensó en follarse a su tío, en cuanto se recuperara del todo. Deseaba follárselo.

    Ese culo, era bestial; y lo quería para él. Quería destrozárselo…

    … ¡por cabrón!…

    … y, también, porque le ponía muy mucho.

    Así que, poniendo de su parte todo lo que pudo. Se arrancó; y empezó a decirle:

    – ¡Eres un cabrón!…

    Mirando a su tío

    – No era necesario que me dejaras fuera de juego, ¡cabrón!…

    … que, estoy seguro que ya sabes que estás muy bueno… y que más de uno quiere follarte, ¿no?…

    … pero, lo que me has hecho, me lo vas a pagar. ¡Ya verás!

    Vicente flipaba; oyendo, al mocoso, hablar en estos términos. Y asentía, con cada una de sus palabras.

    Y, Lucas, lo veía cada vez más claro; o, mejor dicho, adivinaba, lo que quería su sobrino, Dieguito. Y por eso, se acercó a él, y le abrazó…

    – ¿Cómo iba yo a saber que te iba la marcha? Diego… si hace varios años que no nos vemos. Esto de hoy, lo que estás viendo, tiene que quedarse entre nosotros, ¡eh!… te lo pido ¡por favor!…

    … que si se entera alguien, peligra la vida del artista, ¡eh!…

    Y bajó la cabeza…

    Pero, enseguida cambió el semblante; y le cogió la cara con mucha delicadeza. Es que eres muy guapo, cariño… y estás muy bueno, ¡coño!… ¿qué quieres?

    Y se quedó pensativo; mientras sentía como las manos de su tío le acariciaban la cara con ternura.

    Pero, de repente, le miró a los ojos y se lanzó a comerle las tetas…

    – ¡Ay!, ¡Diego!… ¡por favor!…

    … que me matas de gusto, cielo.

    Le abrazaba fuertemente, y le agarraba el culo; manoseándoselo, con rabia y con tremenda calentura…

    – ¡Mmmm!, ¡que gusto! ¡Qué culo más alucinante tienes, ¡cabrón! ¡Cómo me gustas, tío Lucas!

    Y Vicente, que se había quedado al margen; mirándolos. Estaba asombrado, por el manejo de formas y maneras, de ese mocoso. Se lo estaba follando, con una soltura envidiable…

    … y unas ganas; como, pocas veces, había visto.

    Le había puesto, frente a la ventana; y le obligaba a sacar el culo, mientras tiraba con fuerza de sus caderas, para dejársela en lo más profundo…

    … sencillamente lo tenía mirando a Cuenca, y le daba fuertes zambombazos, para desquitarse.

    – ¡Cabrón!… ¡eres un cabrón!, le decía mientras le daba con la palma de la mano en los cachetes y arremetía cada vez con más furia.

    Y Vicente, sentado en la silla, les miraba, al margen de lo que estaba ocurriendo, y pensaba en dejarlos solos.

    Pero Diego empezó a sentir que no podía evitar correrse; y se agarró bien a la cintura de su tío, para correrse dentro de él.

    Fueron tres, o cuatro espasmos, no más. Pero se quedó a gusto.

    – ¡Qué bueno estás!…

    … y sopló ruidosamente.

    – ¡Guauuu!, dijo Vicente…

    Lucas, con Dieguito enganchado a su cintura dio tres, o cuatro pasos; y se dejó caer en la cama.

    – ¡Ciao!, Lucas. Mañana, nos vemos…

  • Mujer seria y respetable (VI)

    Mujer seria y respetable (VI)

    Y llego el día de conocernos, por la mañana a primera hora le envié el mail con las instrucciones para la sesión de la noche, este fue:

    Buenos días!!!

    Para el día de hoy no voy a pedirte mucha cosa, además tienes que descansar y prefiero que fluya tu propia imaginación también, hasta las 19H.

    Si tienes que ducharte hazlo antes de esa hora (19h.) después de esa hora no quiero ya que te toques, limpies o seques tu coño, a partir de ahí lo que pueda fluir de él ya me pertenece.

    Podrás venir vestida como quieras, solo te pediré 4 cosas:

    .- No lleves sujetador puesto (puedes llevarlo en el bolso si quieres)

    .- Tu braguitas deben ser blancas o claras.

    .- Antes de salir de casa te pondrás las bolas chinas dentro de tu coñito, con ellas dentro te presentarás ante mí.

    .- Y tu juguete preferido lo llevaras en el bolso.

    Debes ir a la calle Consejo, cuando llegues me avisas, y te diré el piso y la puerta, deberías estar allí a las 22 horas, cuando sepas el piso ya podrás decírselo a quien quieras, y si tienes que llamar a alguien por teléfono a una hora determinada te agradecería pusieras el despertador para avisarnos de ello.

    Las instrucciones no eran nada del otro mundo, pues teníamos una limitación, o seguíamos adelante con la sesión o deberíamos aplazarla, pero la decisión de ambos fue seguir adelante con ella y no demorarnos más en conocernos, teníamos ganas de hacerlo.

    Los juguetes son algo muy personal de cada mujer, y hacer que te los enseñen o compartan contigo tiene su morbo, así al menos es lo que yo he percibido hasta ahora.

    A su hora indicada Yolanda estaba tocando el interfono, y yo estaba allí para conocerla, guauuu la primera impresión como siempre impacta, me gusta ese instante.

    Que paso a continuación? Os dejo con sus sensaciones, pues creo que mejor ella explicando lo que yo.

    Sensaciones Yolanda de lo ocurrido esa noche

    Llevaba más de una semana nerviosa, a medida que pasaban los días, aumentaba ese nerviosismo.

    Los últimos dos días fueron algo extraños, mi mente se enfrentaba por una parte al cambio de sueño y el cansancio y por otra a una experiencia que jamás hubiera pensado llevarla a cabo. Alguien a quien no conocía, a quién no ponía cara ni voz, me preguntaba y pedía que hiciera ciertas cosas que hasta el momento para mí eran íntimas. Me sentía capaz, podía compartirlo y me gustaba.

    Y por fin llegó el día, me encontraba a tan sólo minutos de saber quién era ese hombre, de qué iba todo este mundo… Me asaltaban millones de dudas, pero no estaba dispuesta a retirarme, a estas alturas, no. Los nervios, la incertidumbre crecían en mi estómago y sin saber cómo, me hallaba en el primer piso de aquellos apartamentos.

    Cuando él asomó por la puerta fue una sensación muy extraña, quizá de alivio, no lo sé, la verdad es que no me esperaba nada en especial, ya había conseguido conquistarme con sus palabras, el físico pasaba a un segundo plano, pero de todas maneras no me decepcionó.

    Sí que es posible que me hubiera esperado a alguien con las facciones más duras, más serio…

    En cambio la primera impresión al ver su cara fue de una persona risueña.

    Empezamos a hablar, a mí los nervios me traicionaban y la impaciencia cobraba vida. Decidí empezar, estaba allí de pie, en la postura que él me había pedido y empezó a desnudarme. En un principio me dio muchísima vergüenza el hecho de mostrarme ante un desconocido, pero enseguida se me pasó. Sus caricias y atenciones me relajaron.

    El siguiente paso fue pasar a la cama, me ató y me gustó la sensación de sentirme indefensa y ésta aumentó cuando me tapó los ojos. Podía escucharlo, podía sentirlo y me imaginaba lo que estaba sucediendo, pero había momentos en los que mi cuerpo se tensaba por la incertidumbre, estaba totalmente a su merced.

    Me gustaba la contrariedad entre sus caricias y sus azotes (que me gustaron mucho más con la mano), entre el agua fría y la cera caliente…

    El sexo anal, fue increíble y me gustó mucho. Cuando sentí por primera vez que me tocaba, me dio un poco de miedo, pero fueron segundos, enseguida quise que siguiera, estaba tan excitada que me encantaba todo lo que provocaba… Llegados a aquellos momentos, mi cuerpo estaba tan extasiado que no dejaba que mi mente funcionase, sólo podía sentir, me había negado tantas veces el orgasmo que yo creo mi cuerpo se acostumbró a ello y por un momento se resistía, fue una sensación extraña de querer y no poder. Pero finalmente me liberé y fue el mayor orgasmo que había tenido nunca. Desapareció toda la tensión que llevaba acumulada, el cuerpo entero me temblaba, bueno más que temblor era hormigueo, algo que no me había pasado nunca. A pesar de todo, me sentía bien.

    Hasta el momento en que me destapó los ojos, me ayudó a desatarme y vi toda aquella sangre… volví a la realidad, me morí de la vergüenza, todo aquello lo había manchado yo aún tenía algunos restos de regla y él no parecía inmutarse, me dio más confianza y me hacía sentirme cómoda, aunque seguía sin poder pensar… Allí, en un principio creía que se había acabado, pero no, hubo un segundo, no tan intenso y placentero como el primero, pero bienvenido de todas formas, me gustó.

    En general, me gustó todo, quizá lo que pude echar de menos fue más dureza, aunque creo que poco a poco la tendré y poder recrearme más en su cuerpo. También noté que cuando se acabó todo él parecía impasible, su gesto en la cara no me decía nada y hoy por hoy no tengo muy claro aún porque…

    Mi respuesta al mail de Yolanda:

    Comentarte que aunque este mundo se base en la dominación no tiene porqué ser siempre rudo y serio, hay cabida para todo y cada uno debe ser como es…

    Mi primera impresión al verte fue ver a una persona decidida y convencida a experimentar su primera vez en este mundo, como ya te había avanzado en una primera sesión me interesaba más conocerte que usarte, y creo que te conocí un poco, la mala suerte fue que aun tenías algo de sangre de la regla que me limito un poco, pero aun así disfrute mucho tocándote, acariciándote, azotándote, follándote y haciéndote mía.

    Lo más importante de esa sesión es que viste que puedes confiar en mí, que nunca te haría nada que te pudiera dañar por muy expuesta que estuvieras y que siempre pararía si me lo pidieras, la confianza es lo primordial para estos juegos.

    Me comentas que cuando acabamos mi expresión no te decía nada, no sé qué decirte a ello, quizás fue porque sabía que debías de marchar y yo aún hubiera seguido más y más :)? pero no sé exactamente el porqué, no sé qué decirte, jajaja, la próxima vez espero que mi expresión si te refleje algo más, pues estaba muy complacido.

    Estos relatos que escribo, lo hago con toda mi admiración hacia las personas que participan, nadie puede relacionar a nadie, las cosas más privadas que sí, podrían relacionar esas las omito todas, creo que solo la propia persona conocerá que es ella, pues verá su historia y sus sensaciones aquí reflejadas, es una historia, sí, pero es un reflejo de toda mi gratitud y admiración hacia ellas, gracias.

    Y gracias a todos por leerme y por los mails que me hacen llegar con sus comentarios.

    VentRoig

  • Mi hermanastro y yo (Octava Parte)

    Mi hermanastro y yo (Octava Parte)

    (Hola, primero que nada, les ruego que tengan un poco de paciencia con este capítulo que ya verán que valdrá la pena, se los aseguro. Y segundo… muchas gracias a aquellas personas que me han apoyado, de verdad todo esto les escribo para compartirles mis vivencias y experiencias… muchas gracias.)

    *********************

    Después de que nuestros padres nos descubrieron estando desnudos en la misma cama, todo se había vuelto más complicado, no podíamos vernos sin sentir las miradas fulminantes de ellos, nos necesitábamos, el deseo de sentirnos, besarnos, nuestros cuerpos se extrañaban y no podíamos hacer absolutamente nada a excepción de dedicarnos pequeñas miradas cuando nuestros padres no nos veían. La situación era insoportable.

    Todos los días era lo mismo, nuestros padres jamás salieron de la casa desde que nos descubrieron y si lo hacían siempre íbamos con ellos. Toda esta situación nos ponía mal y nadie nos decía nada, parecía que todo iba de mal en peor, pero no fue así. En uno de los días que estaba en la universidad había recibido una llamada urgente de parte de Sebastián, lo escuchaba agitado y algo nervioso.

    —Cata… necesito que vuelvas a casa ahora, nuestros padres quieren hablar con nosotros —dijo, ni bien escuché eso y salí disparada hacia la casa, por suerte ya no tenía clases más adelante. Llegué a la casa un tanto nerviosa de lo que podría suceder, entré a la sala y ahí estaban los tres sentados en los sillones. Y sin decir nada, me senté a lado de Sebas, pero de manera muy separados.

    —Bueno… ¿de qué querían hablarnos? —Sebas rompió el silencio.

    —Ustedes saben muy bien de lo que les vamos a decir —decía mi mamá seria.

    —Debí creerle a la vecina cuando nos había comentado de que notaba algo raro en ustedes —agregó papá—, pero simplemente creímos que eran puras imaginaciones y ahora veo que no era así.

    —Nosotros nunca tuvimos la intención de hacerles daño, simplemente nos llegamos a querer muchísimo hasta el punto de amarnos, sabemos que no es lo correcto porque somos hermanos, pero ni siquiera estamos conectados de sangre y no queremos que nos separen solo porque creen que estamos mal y que es un tabú —intervine, ya no podía soportar más esta situación. Sebas al igual que nuestros padres me miraban asombrados mientras Sebas me tomaba de las manos fuertemente y poco a poco me iban saliendo lágrimas de los ojos.

    —Ya lo he hablado con su padre, y llegamos a un acuerdo. Catalina, ya no llevarás el apellido de tu padrastro —me había cambiado de apellido cuando mamá se casó con él y desde allí llevaba su apellido, pero al escuchar eso me quedé asombrada.

    —No, no la van a echar de la casa —escuché a Sebas replicar— el quien debería de irse soy yo, pero no le hagan esto a Cata.

    —¡Deja que terminemos de hablar! —Exclamó mi padrastro, todo parecía cada vez más confuso— No los vamos a echar a la calle, es solo una modificación que haremos, pero tienen que dejarnos a que les explique.

    —Pues díganlo ya, porque ya me están colmando la paciencia —jamás había visto a Sebas actuar de esa manera, pero era entendible, nuestra relación estaba en peligro.

    —Calma, vamos de poco en poco… su padre y yo decidimos divorciarnos…

    —¡¿Qué?! —Gritamos al unísono los dos— ¿Qué tiene que ver que ustedes se divorcien con nosotros? —terminé de preguntar.

    —¿Qué les habíamos dicho? Dejen que terminemos de hablar —dijo mamá—, nos vamos a divorciar por ustedes, Catalina y yo dejaremos el apellido de tu padre y así, legalmente ya no serán hermanos y podrán estar juntos.

    —Pero hacer esto solo por nosotros es simplemente…

    —No pasa nada, nosotros estamos seguros de lo que sentimos mutuamente y siempre estaremos juntos, el matrimonio y el divorcio son solo papeles, queremos que sean felices porque ustedes son las personas más valiosas que tenemos en nuestras vidas y merecen ser felices. Aunque hubiéramos preferido que ustedes nos lo dijeran de sus propias bocas y no que nos enteráramos de esa manera —el solo pensar lo sucedido en aquella noche me da vergüenza.

    Después de varios días de lo que habíamos hablado, los trámites ya estaban legalizados y oficialmente dejamos de ser hermanos, hecho esto, nuestros padres incluyendo nosotros volvimos a nuestras vidas antiguas. Ahora ya no teníamos límites, ya no nos interesaba lo que dirán la gente puesto a que ya no éramos hermanos, nuestros amigos se fueron enterando de poco a poco y estábamos muy felices. Sebas me iba a ver a la universidad, siempre recibiéndome con besos apasionados y regresábamos a la casa, duchándonos juntos, comiendo juntos, durmiendo juntos y por supuesto sexo desenfrenado a todas horas.

    —¿Qué tal está mi hermosa NOVIA? —Sebas me había ido a recoger como siempre en la U.

    —Muy bien mi querido NOVIO —se sentía muy bien la libertad que teníamos.

    Llegamos a la casa y estábamos todos acaramelados, nos dirigimos al sillón y comenzamos a darnos besos calientes entrelazando nuestras lenguas y soltando saliva fuera de nuestras bocas mientras Sebas iba amasando uno de mis senos, pero no lo quería hacer en el sofá, al parecer, la última vez que nos descubrieron me dejaron un poco traumada, así que prefería hacerlo en una de nuestras habitaciones y con la puerta cerrada.

    —Mmmnh… no… detente… —dije casi sin aliento.

    —¿Detente? No lo podré tomar en serio si tienes esa cara de gatita en celo, pero bueno… si quieres que me detenga, lo haré, pero antes… —y sin darme cuenta ya estábamos completamente desnudos en el sofá y con su pene en la entrada de mi vagina.

    —¡Ah, no… aquí no! —Sebas al escuchar eso, me penetró de repente haciéndome perder la cabeza.

    —Mmm… ¿de verdad? Apuesto a que te gusta de esta manera y en este lugar —mientras decía eso me iba penetrando más y más rápido—. ¿Entonces, qué te parece?

    —N-no… sé… ¡aaaah!

    —Pero mírate… a pesar de que me habías dicho que me detuviera estás así de mojada —realmente estaba mojada, sentía cómo salía de mi vagina abundante fluidos que cubría gran parte de mi entrepierna y su pene—, pero… ya que quieres que me detenga entonces lo sacaré —dijo mientras poco a poco iba sacando su pene de mi vagina.

    —Esp…

    —¿Qué diceees?

    —N-no… no lo saques, por favor no lo saque —le decía casi con un susurro, estaba un poco avergonzada.

    —¿Cooomo?

    —¡Por favor no lo saques, aaaaah! —sentí cómo me penetraba nuevamente entrando a lo más profundo—. ¡Uuuh, sí! ¡Ahí, más adentro! ¡Se siente muy bien! —estaba gritando como una desquiciada, sentía cada cómo me penetraba con fuerza y rapidez, y se escuchaba el sonido de mis fluidos cada vez que me iba penetrando, succionaba uno de mis senos agarrándolo con firmeza. Estaba perdiendo la cabeza por el placer que me provocaba.

    —Uuuuff… estás tan apretada, hermanita —aún nos seguíamos llamando de esa manera.

    —Y el tuyo cada vez se está haciendo más grande… ya no puedo más… me voy a correeer… mmmnh —había tenido mi primer orgasmo de la noche. Aun estando dentro de mí, llevó mis piernas a su cadera haciendo que lo rodeara con ella y con eso me llevó hasta la cocina sentándome encima del mesón.

    —Intentaré con algo que sé que te va a gustar —dicho esto salió de mí haciendo que me queje y se dirigió hasta la nevera sacando una paleta con forma tubular, se lo metió en la boca, después lo llevó a mi boca bajando poco a poco siguiendo con su lengua por mi cuellos, hombros, mis senos, los pezones haciéndome temblar un poco, iba bajando poco a poco a mi ombligo, después llegando a mi entrepierna y finalmente a mi clítoris dando pequeños círculos de placer, ya para eso estaba gimiendo desesperadamente, la sensación helada y junto a su lengua recorriendo mi piel era simplemente excitante. Estaba acostada con la respiración acelerada—, ahora necesito que te relajes un poco… confía en mí —de pronto, siento cómo la paleta iba abriéndose paso dentro de mi vagina, sentía lo helado recorrer todas mis paredes vaginales haciendo que me retuerza más del placer, siento cómo Sebas iba succionando mi clítoris y después mis labios vaginales lleno de mis fluidos junto al de la paleta mientras que meneaba el palito rozando mi punto G. Mis gritos de placer inundaban toda la casa, mi espalda estaba arqueada dando a entender que ya se estaba acercando mi segundo orgasmo.

    —¡Síiii! ¡Sigue! ¡Dame más, síiiii! ¡Me voy a correr, me voy a correeer! ¡Aaaah, aaaah, siiii! —y con eso la paleta salió expulsada de mi vagina junto con mis fluidos, Sebas simplemente admiraba su obra. Cuando ya estaba un poco calmada, él acercó nuevamente su lengua pasándola de arriba había abajo en toda mi vagina, succionando mis jugos y lo que quedaba de la paleta, se levantó y dirigió nuevamente su pene en la entrada de mi vagina penetrándome de repente tan fuerte que no reaccioné a tiempo cuando mi tercer orgasmo me había alcanzado—¡Aaaah, ya no puedo más! ¡Qué rico! ¡De verdad ya no puedo más! —pero a Sebas pareció no haberme escuchado, estaba tan absorto que siguió penetrándome más y con más fuerza tomando mi cintura para poder penetrarme salvajemente mientras sentía sus bolas chocando con mi trasero. Yo me sostuve con mis dos brazos abrazando su cuello juntando nuestras respiraciones agitadas, toda la casa estaba lleno de nuestros bufidos de placer.

    —Hermanita, te voy a llenar de mi semen. ¡Toma, toma! —sentía los potentes disparos de semen estallando dentro de mí y con Sebas imprimando en mí como si fuera un animal siguiendo sus instintos y así nos quedamos por un rato hasta que, sin salirse de mí me llevó cargando hasta nuestra habitación y acostarnos en la cama. Después de un buen rato descansando, de repente Sebas me toma con fuerza poniéndome en la posición de cuatro patas y con eso me volvió a penetrar salvajemente ya que el semen que me había dejado hace un momento nos sirvió de lubricante, eso y varias rondas más hasta el amanecer. Al despertarnos nos dimos cuenta del desastre que había en la cama, charcos secos de nuestros fluidos, manchas de semen por doquier y la cocina no se quedaba atrás. Con esto ya estábamos más que seguro de que nadie nos podrá molestar jamás con nuestra relación, era increíble lo libres que nos sentíamos al tener sexo por toda la casa sin tener que escondernos, era simplemente placentero.

    **************

    Espero que les haya gusta este octavo y último relato, ya que ya di a conocer todas nuestras experiencias por este medio, no me queda más que agradecer por leerme y apoyarme. Siento que este capítulo al principio haya sido aburrido, pero quería que supieran de manera resumida el cómo fue que solucionamos esta situación tan difícil que habíamos pasado. Muchas gracias de antemano.

    Ya saben, pueden hacer comentarios en esta plataforma o pueden escribirme al correo: [email protected] por si quieren hacerme algún comentario, duda o pregunta. Gracias.