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  • La primera despedida

    La primera despedida

    (Continúa a “La solución para Tono”)

    *****

    Después del banquete que mi padre ofreció a todos los familiares y amigos para dar las gracias y despedirse, vino el tedio de la tarde. Era domingo.

    En esa tarde del domingo, como se notaba que estábamos cansados, a nadie se le ocurría qué es lo que íbamos a hacer. A las cuatro y algo de la tarde salíamos del restaurante, a las cinco ya estábamos cansados de estar en casa recordando las emociones y comenzamos a ponernos nerviosos. A Fernando, sin más preámbulo, se le ocurrió decir:

    —”Me voy al río a tumbarme bajo un árbol o en la hierba y que se me pasen todas las emociones; como no queréis venir, me voy solo, gracias, abur”.

    Yo me había quitado la camisa al entrar en casa, pero todos se pusieron en pie, dejaron sus camisas encima de la mía y seguimos a Fernando. Como Luis había traído su moto antes de ir al restaurante, Gaspar se subió con él. Tono, Néstor y yo nos fuimos con Fernando. Llegamos al río. No había nadie; todo el mundo debía de estar haciendo su siesta. Salimos del coche y nos dirigimos a nuestro lugar. Luis y Gaspar nos llevaban la delantera y ya cerca de donde estaban les vi que se besaban abrazados, aún vestidos. Mis acompañantes lo vieron también y se frenaron. Fernando les dijo que no paremos, que eso lo hacen ellos siempre. Cuando llegué no les dije nada para no molestar y parece que no se enteraron y si se enteraron lo disimularon muy bien. Se estaban comiendo sus labios con total apasionamiento. Me quité el short, como ya iba descalzo, me eché al agua de cabeza desde la orilla. Nadé hasta la otra parte y salí para sentarme sobre las aguas de la orilla en calma. Desde allí contemplaba el beso de Luis y Gaspar y a Fernando hablando con Néstor y Tono. Fernando se metió por su pie en el agua hasta que le llegó a medio pecho y comenzó a nadar hacia donde yo me encontraba. Llegó y le faltaba el aire para respirar. Le ayudé a sentarse.

    —”Creo que he bebido demasiado, porque nunca me cuesta tanto como hoy”, dijo Fernando.

    —”Pero, ¿estás bien?”, pregunté.

    —”Sí, estoy bien, solo un poco cansado; Vamos ahí donde ese sauce grande para tumbarnos”.

    Nos levantamos y nos metimos bajo la sombra del sauce llorón o salix babylonica, que es un árbol caducifolio que alcanza hasta 8 y 12 metros de altura, pero el que teníamos aquí tendría hasta unos 25 o 26 metros. Se estaba bien, aunque no corría para nada el viento y el calor caía aplomado, a la sombra, desnudos, se estaba bien. La pena es que a esas horas algunas moscas se ponen pesadas y otras muerden. Pero, como no abundaban, estaba todo bien.

    —”¿No vienen ellos?, pregunté.

    —”He de decirte una cosa importante y espero que no te molestes”, respondió Fernando.

    —”Adelante, desembucha; grave ha de ser para que yo me moleste”, dije presuroso.

    —”Sí, sí vendrán; pero has de saber que Luis y Gaspar cuando se ponen así es que van a follar, ¿entiendes?”, dijo Fernando.

    —”Eso ya lo imagino; yo pregunto por Néstor y Tono”, repliqué.

    —”Ahí está; me han dicho si te molestará que ellos se quedaran un rato allá solos para hablar de sus cosas”, dijo Fernando.

    —”¿De sus cosas?, ¿qué cosas?”, pregunté.

    —”Bueno, verás, tú tienes parte de culpa…”

    —”¿Yo?, ¿qué he hecho de mal ahora?”, interrumpí.

    —”Si me dejas, te explico. ¿Dispuesto?, ¿dispuesto a escuchar de un tirón?”, insistió Fernando.

    —”Vale; me callo y habla…”

    Fernando tragó saliva y comenzó:

    —”Tú has conseguido que Tono y Néstor se fijen el uno en el otro…; parece ser que se están enamorando…; quieren hablar de esto y contártelo después…; pero piensan que te va a sentar mal y me han dicho que te prepare; yo quisiera que cuando vengan les escuches y les digas lo que quieras, si te parece bien o mal o lo que quieras, pero ellos han de hablarlo; no sé si me has entendido…”, se explicó Fernando.

    Me puse a pensar, si digo que eso es lo que yo quería, seguro que van a pensar que todo estaba preparado; si les digo que no, puede ser el inicio de una ruptura de ellos conmigo y de ellos entre sí. Si no les contesto y me muestro indiferente es probable que les siente mal y aparezca como un hipócrita. Pensé detenidamente estas razones y mil más que se me ocurrieron. Y reaccioné:

    —”¿Estarías dispuesto a nadar hasta allí y decirles que no venga aquí ninguno de los dos hasta que hayan concluido su conversación con un buen polvo? Que no sean animales, que se follen a gusto, pero que vengan luego…”.

    Estaba yo diciendo estas cosas y ya Fernando se había metido al agua y nadaba en línea recta rapidísimo. Le vi salir del agua sin arquear el cuerpo, como si no se hubiera fatigado; se metió entre los árboles y tardó en aparecer algo más de media hora, incluso me dormí a la sombra del árbol. De pronto me despierta Fernando y estaban los cuatro delante de mi, viendo lo bien que dormía. Me levanté, me fui al agua como si estuviera enfadado, me bañé y salí. Entonces dije:

    —”Ya estoy despierto; escucho”, sonreí.

    —”Cuéntale, Tono”, dijo Fernando.

    —”Mejor que le cuente Néstor que lo entiende mejor…”, desvió Tono.

    —”Vale; sentaos todos”, dijo Néstor.

    Se sentaron todos en un círculo junto a mí y escuchamos atentamente a Néstor. Yo solo asentía con la cabeza y en silencio a cada frase que decía:

    —”Jess, cuando te conocí, me caíste muy bien. Llegué a pensar que nos podíamos enamorar. Pasé buenos ratos contigo. Hemos tenido incluso algunos polvos. Me insinué hacia ti y pensé con esperanza que me responderías. Luego conocí a Tono. Me pareció que no me dabas otra respuesta que ponerme a Tono por delante. Pensé que si sería una cosa preparada ya y tenía cierta repugnancia. Conversando con Tono, resulta que a él le pasaba otro tanto que a mí. Tu insistencia en que Tono viniera a estar aquí contigo hasta mañana lunes me desorientó, porque pensé que te inclinabas por Tono. Luego los dos nos hemos dado cuenta que somos los tres amigos, como lo somos los seis que aquí estamos, y que tú, Jess, te distanciabas y nos dejabas hacer a nosotros. Hemos tenido momentos de desorientación. Los dos estábamos enamorados de ti. Pero ha ocurrido una cosa extraña, estamos enamorados Tono y yo, esa es la verdad. No sabía cómo decírtelo, y lo hemos conversado con Fernando. Él nos indicó que lo habláramos contigo. Por eso nos hemos quedado un rato allí y hemos comprobado que nos queremos, que lo nuestro podría ser posible, y como dijiste a Fernando, hemos tenido un polvo los dos en privado. Estamos seguros de una cosa: nos queremos y quisiéramos hacer posible nuestra vida futura juntos”.

    Se calló Néstor, se callaron los pájaros, el agua que fluye en el río dejó de dar su característico sonido de agua corriente en calma, se paralizaron las ramas del sauce llorón, se entrecortó la respiración de cuantos allí estábamos escuchando a Nestor. Nos transportó Néstor con su sinceridad y candidez a una dimensión extraña que nos invadía donde sentíamos que era posible el amor. Me vi en la dolorosa y sentida obligación de interrumpir ese universal silencio para dar aprobación al amor que había nacido, iniciándose en el seno, la confianza y la calidad de personas que éramos aquellos seis amigos o hermanos. Con mucha calma, inicié mis palabras:

    —”Qué bien lo has dicho…; pensé que esto podría ocurrir…; no imaginé que nosotros, amigos y hermanos, fuéramos capaces de hacer posible este encuentro de amor entre estos dos amigos nuestros…; al principio, cuando te conocí, te metiste entre mis cejas y no era capaz de hacerte desaparecer de mi cabeza… Pensaba mucho en alguien que se me ha metido en mi corazón y tampoco sé qué voy a hacer con esto mío. Cuando llegó Tono, me impresionó su modo de ser, pero no para apartarte de mi cabeza, sino que se metió junto a ti en mi cabeza. Los dos estabais junto a otra persona y me he debatido para dirimir mi cuestión y tomar decisiones que pueden ser importantes en mi vida. Insistí en que ambos teníais que estar con nosotros, no solo porque vuestra presencia me ayudaba a definir, sino porque los dos, con lo que era vuestro “problema” quería que antes de irme, al menos, desapareciera el “problema”, que no estuvierais acomplejados por ser gays, que no os sintierais raros, no sois bichos raros.

    —”Me has dejado con la miel en la boca. Si no entendí mal, ¿tienes un amor allá por la ciudad?”, preguntó Gaspar.

    —”No, no tengo ningún amor allá en la ciudad, lo tengo en mi cabeza y en mi corazón”, respondí.

    —”Luego, ¡lo tienes! Hala, explica quién y cómo es”, insistió Gaspar.

    Les conté lo de mi padre y mi madre y que mi padre se ve con otra mujer que tiene un hijo y que mi padre me va a presentar y les conté con todo detalle la trama de lo que acabaría en divorcio:

    —”¡Se llama Miguel!”, concluí.

    —”¿Qué más dices de Miguel?, tomó la palabra Fernando.

    —”No lo sé. Nunca lo he visto. Es camarero. Voy a proponerle que estudie una carrera y a hacerme amigo suyo. Pero lo tengo metido en mi cerebro y en mi corazón y entrañas; ya sueño con él; no sé qué pasará cuando le vea…”, respondí.

    —”Me dejas sin habla; ¿se puede amar a quien nunca se ha visto?, exclamó Fernando

    —”Por supuesto que se puede amar a alguien que nunca se ha visto”, dijo Tono todo serio.

    —”¿Cómo puede ser eso?”, preguntó Fernando.

    —”Creemos en tantas cosas que no vemos… unas importantes, otras ridículas…”, contestó Tono.

    Nadamos seguido hasta la otra orilla. Una vez secos por el mismo clima, dice Gaspar:

    —”Concurso de meadas, todos en fila”.

    Todos alineados y a intentar hacer de cara al río la meada más larga. Ganó Tono. Lo felicitamos todos y después de ponernos el short unos y el pantalón otros, nos regresamos donde el coche para ir al pueblo y salir a tomar algo en una terraza. Gaspar soltó la consigna:

    —”Short y tirantes, todos igual pero de distintos colores”.

    —”¡De acuerdo, allá vamos!”, respondimos.

    Después de arreglarnos según el deseo de Gaspar nos fuimos por el pueblo a un bar con terraza y nos sentamos. Como siempre, yo con mi bourbon, aunque esta vez no era un bourbon de verdad porque no tenían otra cosa, fue un Jack Daniel’s, whisky de Kentucky, un mal menor que no está tan mal, para una noche y un ratito. Pero ciertamente éramos la expectación del pueblo, sobre todo por Gaspar y Luis que no disimulaban nada adrede para escandalizar y reírse de las reacciones de los demás. Yo observaba lo que disfrutaba Fernando de verlos actuar así. En un momento le decía a Néstor que con Tono sería feliz y tenían que ser como Luis y Gaspar. Néstor los miraba igualmente complacido y me explicaba sobre los que pasaban, quiénes eran, qué pensaban y cómo eran. Néstor los conocía muy bien. Yo le dije que esta noche hablaríamos más sobre el asunto de esta tarde. Y me contestó:

    —”Si follamos los tres, vale; es lo que nos hemos propuesto Tono y yo como regalo de despedida”.

    Nos fuimos a cenar, Luis y los mellizos se fueron a su casa y nosotros a casa del Tío Paco.

    Continuará con: Despedida íntima.

  • Compañera de trabajo (V)

    Compañera de trabajo (V)

    – Eso está bien, porque van a ser alguna más y continuaron

    Movió la cabeza y asintió aprensivamente. No dijo nada, no podía decir nada. ¿Qué podría decir? ¿Sí? O peor, ¿no?

    No se las que fueron, cuando termine sí que recuerdo ver sus nalgas coloradas.

    – ¿Estás bien, Elsa?

    – Um, uh, sí estoy bien. ¿Por qué preguntas?

    – Te gusta estar expuesta así, ser manejada por mí. ¿No es así?

    – Sí.

    – Entonces dilo como lo dices en serio.

    – Si me gusta estar expuesta para ti.

    – ¿Y?

    – Y manejada por ti. Dios, sí, manejada por ti.

    – Ok, sé que esto te está emocionando. Muéstrame lo mojada que estás. Ábrete para mí. Sin moverse de mi regazo lentamente abrió sus piernas. Introduje la mano entre sus nalgas, con los dedos acaricié la entrada del ano y continuando por el perineo aprisione su sexo, acaricie los labios, los aparte y deje al descubierto su clítoris que se estaba hinchando por momentos.

    – Un coño tan bonito, debo admitirlo. Parece que necesita caricias, creo.

    – No, si… por favor.

    Sin decir nada más, froté su duro y excitado clítoris con dos dedos, el resto totalmente en su interior hacia la más íntima humedad y, siento su pelvis apretarse y frotarse contra mis piernas, la dejo llevar por el morbo y la satisfacción del momento. Una nueva embestida le hace gemir y grita enloquecida:

    – No pares… Luego hare lo que tú me pidas…

    – ¿Estás segura?

    – Si… un ahogado rugido sale de su interior, me agarra de las piernas y abre más las suyas para que la penetre con fuerza. – ¡Oh, Dios, qué placer!

    Aturdida por lo ocurrido se incorpora y se tumba en el sofá. Durante varios minutos, sus resuellos llenan la estancia, mientras sus pechos suben y bajan enloquecidos. Cuando por fin:

    – Puedo tomar un poco de vino -Con un movimiento de mi mano le doy la aceptación

    Sonriendo me mira. -Podemos continuar, tal como te he dicho. ¿Estás dispuesta?

    – La sumisa sea ha vuelto juguetona -añado:- Y muy caliente.

    Le hizo un gesto para que se acercara. Obedeció tiré de ella y la besé un poco bruscamente en los labios.

    – ¿He sido amable contigo?

    Elsa solo asintió.

    – Bueno, ahora vas a ser amable conmigo ¿verdad? Ponte de rodillas, tienes trabajo que hacer.

    Me acomodé en el sofá, dejando el culo en el borde y abriendo bien las piernas, Elsa no tuvo más remedio que ponerse de rodillas y mover la cabeza entre mis piernas hacia el montículo afeitado.

    Ya estaba resbaladiza, y la lengua de Elsa se deslizó de inmediato en el interior mientras acercaba su cabeza, empezó a empujar, causando que su lengua simulara un buen consolador. Se movió en su posición para lamerle el clítoris, estaba cerca y estaba lista para disfrutar de mi orgasmo. Ella se dio cuenta y, comenzó a golpear rápidamente, enviándome al límite. La acerque aún más cuando mi coño le dio un buen baño en su rostro, la mantuve cerca mientras mi orgasmo disminuía. Ella seguía besándome y lamiendo suavemente, sin dejar dudas de que se estaba divirtiendo en este papel.

    – ¿Qué piensas?

    Elsa se había sentado sobre sus piernas y, me miraba fijamente.

    – Hermoso, precioso. Yo nunca…

    – Quieres ser mi sumisa, ¿verdad?

    Asintió moviendo la cabeza: Ha sido increíble… si ama.

    La rodeé con mis brazos, empezamos a besarnos, mordí sus labios, el sabor de su lengua aún impregnada de mis jugos y el roce de su cuerpo que parecía hervir. De pronto la sujeté del pelo para apartar su cara. Nos quedamos quietas mirándonos.

    – Buena chica. Vamos a movernos a la habitación ¿de acuerdo? De momento solo han sido pequeños placeres.

    – Serás capaz de darme mayores placeres.

  • Nuestra amiga argentina y una de sus locuras

    Nuestra amiga argentina y una de sus locuras

    Sí, es la última locura o boludez, como quieran llamarla que hago, cosas de este tipo, esas cosas que me gusta hacer sola. Que me la pueden creer o no, lo que les aseguro, y en serio es que nunca, pero nunca jamás, pensé que iba a terminar así, les repito nunca, pensé que mi calentura, mi adrenalina, mi putez me iba a llevar a tanto. La verdad es que todavía no lo puedo creer, porque quería hacer algo así, pero tanto nunca, jamás lo había pensado.

    Para que me entiendan fue cumplir una fantasía, que me costó hacerla, mucho no me animaba, porque era re loca, pero hablando con un chico por internet, me dio manija para que la hiciera. (Estos hechos sucedieron hace dos años).

    Resulta que, ya hace tiempo, mucho tiempo, desde el año pasado, leí en algún relato, que en el tren en la hora que viaja todo el mundo, se aprovechan y a veces se da para que a las pendejas, que se dejan, le metan alguna mano, alguna mano ¡de un desconocido!

    Desde el año pasado que me intrigaba saber si me animaría hacer eso o no, solo para saber que se siente, que me este tocando alguien que no se ¡ni quien es!, ¿me explico? (Desde el año pasado que quiero cumplir esta fantasía, pero no me animaba).

    Aparte, no es por nada, pero yo en mi vida viaje en esos trenes. Bueno la cosa es que hablando con el chico que les decía me contó que había dos: el Sarmiento que sale de Once (que la verdad no sabía ni donde quedaba) y el San Martín que sale de Retiro.

    No se por qué, pero me decidí en hacerlo por el que sale de Once, pero se me ocurrió otra cosa jeje, ponerme la ropa del colegio (por eso lo quería hacer este año), le pedí a María que me hiciera un dobladillo en el jumper para que me quedara más cortito.

    La cosa es que ayer era el día ideal, hacía calor, daba para salir con el jumper, con medias cortitas y nada más, pero todavía no sabía ¡que hacer!

    Voy a mi cuarto, me ato el pelo, me pongo la ropa del cole, la verdad que el jumper me quedo bastante cortito y aparte amplio, ¿me explico?, cosa que cualquiera me pudiera meter una mano por debajo, podía pasar por una pendeja que estuviera ¡terminando el cole!

    La cosa es que me empieza a agarrar esa adrenalina de putez, en la que ¡no sabía que hacer!, ya tenía todo listo, solo me tenía que animar, me miraba en el espejo y no podía creer lo que tenía ganas ¡de hacer! ¿Me entienden? Me estaba calentando sola, ¡de solo pensarlo! Y como siempre me apuesto a mi misma y pierdo jeje, me digo “Caro, vamos y cuando llegamos vemos que onda” y así, sin pensarlo más me subí al auto, lo deje en un estacionamiento cerca de la estación del tren, serían las 17 hs.

    Uno que otro zarpado me dijo cualquier cosa mientras caminaba, y eso un poco me calentaba, sabía que estaba llamando la atención. Llego a la estación, y ya está, me dije “Caro, llegamos hasta acá, animate a subirte a un tren”, no me iba a volver a casa ¡con las ganas! Me fijo una estación que estuviera lejos, y veo una que dice Padua. No sabía ni cómo sacar el pasaje, le pregunto a un cana y me explica, voy al andén, había filas, me pongo en la que más gente veo, ya estaba jugada, cuando estaba en la fila otra vez me dije “Caro ¿qué haces?” pero era más fuerte que yo, no me quería quedar con las ganas de saber si podía o no ¡pasar algo!

    Llega el tren, todos entraban como ganado, a los empujones por conseguir un asiento, pero yo quería ir parada, pasan una, dos, tres, cuatro estaciones ¡y nada!, ¡ni siquiera sentí que me rozaban la cola!, pensé que al pedo lo había hecho, pero cada vez estaba ¡más lleno!, íbamos ¡todos apretados!

    Hasta que en un momento siento alguien que me empieza a apoyar la pija ¡en la cola!, no hice nada, porque no sabía si era a propósito o por lo lleno que iba el tren, pero no, me la empezó a apoyar cada vez más, como esperando a ver ¡cual iba hacer mi reacción!

    Obvio que no hice nada, pero sentía que se le iba ¡parando!, alguien me estaba apoyando, se le estaba parando con mi cola y yo no sabía ¡ni quien era!, y no se por qué, pero fue más fuerte que yo, como una boluda ¿que hice?, empecé, despacito ¡a mover la cola! Y se le paraba ¡cada vez más!

    Llegamos a una estación (ni se cual era), movimiento de gente, se separó, pero ni bien arranco el tren, sentí de nuevo esa pija apoyándose en mi cola, y no solo eso, siento que con una de sus manos empieza a tocar despacito mi pierna, (me di cuenta que me estaba probando a ver qué es lo que yo hacía) y no digo ni hago nada, pero su mano de a poco la empieza a subir y ya casi estaba ¡por debajo del jumper! No sé si la gente se daba cuenta, (estaba al culo de gente el tren), ¡todos apretadísimos!, pero me estaba calentado al dejarme tocar por un desconocido, y más sin saber en qué ¡iba a terminar eso! Y así seguimos hasta la próxima estación, en la que pasó lo mismo, se separó, gente que subía y bajaba

    Arranca nuevamente el tren, y enseguida lo siento, el tren iba repleto, ¡todos pegados! Pero esta vez su pija ya la tenía totalmente apretada sobre mi cola, y su mano por debajo, poco, pero ¡por debajo de la pollera! Y yo suavemente ¡movía la cola!, la verdad es que estaba caliente, e intrigada, por saber quien me estaba haciendo ¡eso! Porque vale aclarar algo, no soy nada racista, pero no sabía si era un obrero, un oficinista, un viejo, un pendejo, ¿me explico?

    Hasta que no di más, me di vuelta y lo vi, era un pendejo de mi edad, nada del otro mundo, medio pinta de wachiturro, con el pelito rapado al costado ¡y todo eso!, pero él se daba cuenta que yo me estaba calentando, me dice al oído: “¿te gusta lo que te hago nena?”, ya mi conchita estaba toda mojada, no le digo nada, solo bajo mi mano y le rozo ¡la pija! (Otra vez no podía creer lo que estaba ¡haciendo!) Me tocaba la pierna, con eso ya le di mi respuesta, y sentí como de una subió su mano hasta tocarme ¡la cola!, pegue un suspiro, un salto, me quede ¡helada!, no pensé que iba a llegar ¡a tanto!

    Llegamos a otra estación, el tren cada vez mas lleno, y el esta vez se pone delante de mi, quedamos repegados, porque el tren iba ¡hasta las bolas!, muy disimuladamente él levanta una de las piernas y las pone entre las mías rozándome ¡la concha!, ¡y lo dejo!, ya no había mucho que disimular, parecíamos como una parejita, por lo cerca que ¡estábamos! Así pegados, me agarra de las manos, y tanto se acerco que pense que me iba a meter ¡un beso!, pero no, me estaba regalando a alguien que ¡ni sabía quién era!, y me dice: “¿en la próxima bajamos?” mi respuesta era SI o NO, pero no me quería quedar con las ganas (nunca me quedo con las ganas), no le digo nada, llegamos a la próxima estación, me agarra de la mano y bajamos.

    En el andén, me mira fijo, me pasa la mano por la cintura y me parte la boca, y me mete una terrible mano ¡en la cola! Yo ya estaba jugada y re loca, y también lo beso, me dice que se llama Juan, y que no nos podíamos quedar así.

    (Les cuento, la verdad es que no sabía qué hacer, mi idea era solo subirme al tren que me apoyen, me toquen, ¡pero nunca tanto!, pero estaba con esa adrenalina de dejarme coger por alguien que recién conocía y eso me da mucha putez, me pone ¡muy puta!)

    Me dice: “no vamos hacer nada que no quieras, pero veni conmigo, todavía estas en el cole, aunque habrás repetido un par de años, porque ¡no tenes 17 años!”, y le digo que si, que repetí varios, caminamos dos cuadras, y nos metemos en un hotelucho de mierda.

    Otra vez, no sabía que hacía ahí, pero me calentaba la situación, ¿yo en un hotelucho de mierda? ¿Con alguien que recién conocía? Me estaba portando realmente como una pendeja colegiala ¡bien puta! Lo que nunca había hecho cuando iba al colegio.

    Entramos, me parte la boca mientras con su mano, ya me tocaba la conchita, nos acostamos, me saca la bombacha (yo estaba todavía con el jumper y las medias cortitas), y me la empieza a chupar a meter los dedos a comérmela, ¡hasta que me hace acabar!

    Nos sacamos la ropa, me tiro en su pija, y me la trague de una, no como otras veces que lo hago despacio, así de una me la metí en la boca y se la empecé a chupar, hasta que me doy cuenta que estaba ¡por explotarle!

    Le digo que se ponga un forro, se acuesta, me pongo arriba de él, y me la clavo, empiezo a saltar sobre su pija hasta que acabe bien como una puta, ¡él también!

    Nos quedamos tirados en la cama, casi sin hablar, él me cuenta que es la primera vez que le pasa esto, que varias veces, lo había intentado, pero que nunca fue más que una apoyada, me pregunta por donde vivía (me cago ni sabia donde decirle, por esa zona no conozco un carajo), le dije que iba a ver a una amiga en Padua, pero ya era tarde así que me volvía y para sacarlo del tema le empecé a tocar la pija, se le paró enseguida, se la empiezo a chupar, pero esta vez despacito, como a mi me gusta, chupándole bien ¡las bolas!, y acariciándole las piernas hasta que me acaba en la cara , no quise en la boca.

    Le digo que ya me tengo que ir, me acompaña hasta la estación, que ni se cual era, llego, me subo al auto, obvio no podía llegar a casa vestida así, por eso me había llevado ropa para cambiarme, me meto en un Mc, me cambio y volví a casa.

    Todavía no puedo creer lo que hice, ¡estoy re loca!, lo que me calentó mucho fue ponerme la ropa del cole y sentirme como dije antes, “como una pendeja re trola que va al cole”, cosa que jamás hice en esa época.

    Estas son las cosas que nadie, pero a nadie le puedo contar, ¡por eso lo hago por acá!

  • Una travesura en casa con mi cuñado

    Una travesura en casa con mi cuñado

    Esta ocasión les contare de un día que mi hermana y mi cuñado (mi bebe) se pelearon en mi casa y yo tuve que consolar a mi cuñadito.

    Ese día mi cuñado había ido a la casa para ver un partido de la selección mexicana de fútbol era el año de 1993, a mi no me gustaba el fútbol pero por estar con él me empezó a gustar, estaba buena parte de la familia reunida y para variar mi hermana estaba enojada, al terminar el juego mi cuñado y ella se metieron a su cuarto para platicar, aunque yo sabía que terminarían peleando peor, tal como yo imagine, después de una hora salió mi cuñado y se despidió de todos, yo le pedí que me acompañara a la tienda antes de que se fuera lógicamente el acepto, ya les he comentado que siempre ha tratado de complacerme y consentirme.

    En el camino de la tienda me platico que ya estaban casi reconciliados, pero que mi hermana se volvió a enojar cuando él quiso hacerle el amor en mi casa, yo le dije que no se preocupara, le entregue una llave y me pregunto qué de donde era, le dije que era del corredor trasero de mi casa, que entrara y la ventana de mi cuarto estaría abierta y yo lo estaría esperando, que solo esperara una media hora. Se fue y yo regrese a mi casa, argumente que tenía un fuerte dolor de cabeza y que me metería a dormir a mi cuarto que por favor no me molestaran, mi mama me respondió que para evitar problemas pusiera el seguro a la puerta por dentro, en mi mente le agradecí a mi madre el consejo y así lo hice y me recosté a esperar, espero 20 minutos que se me hicieron eternos.

    Exactamente a la media hora, mi bebe entro por la ventana y se recostó junto a mi, me dijo lo linda y tierna que me veía vestida así, usaba una falda de tablas, calcetas blancas a la rodilla y una blusa blanca de manga corta, mientras charlábamos un poco el no dejaba de acariciar mis piernas, me excitaban sus dedos recorriendo lentamente mi cuerpo, mi boca ya estaba pegada a la suya cuando oímos que tocaban la puerta, él quiso levantarse, pero le dije que estaba cerrada con llave, en eso oímos la voz de mi mama diciéndole a mi hermana que me dejara en paz que me sentía mal, oímos los pasos retirarse y seguimos en nuestros besos.

    Nuestras lenguas ya eran una sola y su mano ya jugaba con mi pequeña tanga de hilo dental, el simple roce de sus dedos con mi prenda logro que mi vagina estuviera súper mojada y deseando ser complacida, empecé a sentir sus besos en mi cuello y sus manos sacándome la tanga, sus dedos jugaban con mis labios y mi clítoris dándome un placer fantástico, seguía tocándome, mientras que con su mano libre desabrochaba mi blusa y su lengua mojaba mi brassier, después de despojarme del bra, sus labios se apoderaron de mis senos, mientras sus dedos entraban y salían rápidamente de mi cálida y muy mojada vagina, yo tenía que morder la sabana para no gritar y ser descubiertos, mi respiración estaba acelerada, cuando pude soltar la sabana fue solo para pedirle que me penetrara que ya no aguantaba más que quería ser poseída por él, tenía escasos 5 días en que no teníamos relaciones.

    Se apartó de mi para desnudarse, se acercó de nuevo, pero sus planes no eran penetrarme aun, ya que deposito su cabeza entre mis piernas y ahora fue su lengua la que entraba y salía de mí, me estaba volviendo loca de placer, mi falda se hacía bolas en mi cadera debido a mis movimientos, intente quitármela y él no me lo permitió, y siguió chupándome hasta que ya casi fuera de mi lo tome del cabello y lo jale hacia a mí ya no soportaba y quería ser penetrada, cuando sentí la punta de su pene en mi vagina me empuje de golpe para que me lo metiera completa, yo era quien me movía de una forma salvaje y candente, le pedí que cambiáramos y se acostó el, yo me acomode y me senté sobre su lindo y candente pene, esa posición me gustaba estando en mi cama, ya que como tiene la cabecera con barrotes de metal me agarro de ellos y doy grandes brincos sobre mi bebe, así que mientras el acariciaba o mordisqueaba mis pezones, yo me daba gusto metiéndome ese fabuloso pene, él estaba excitado como después me lo dijo, de verme con la falda y las calcetas de colegiala mientras me bombeaba, antes de que el terminara en mi me regalo dos fabulosos orgasmos y el aun no terminaba.

    Cambiamos de posición, me puso de rodillas y agarrándome del barandal de la cama el detrás mío y poniendo su pene en la entrada de mi ano, el solo sentir su cabeza me estremeció, poco a poco me lo fue metiendo muy despacito hasta que lo tenía por completo dentro de mí al principio nos movíamos lentamente para el placer que sentía me obligaba a moverme cada vez más rápido volví a tener tres orgasmos fabulosos en la casi hora y media que me estuvo penetrando el ano, les digo del tiempo porque en mi mueble de noche tengo un reloj, casi cuando eyacularía mi bebe, me puse delante de el para chupar su pene y tomarme su leche en cuanto saliera, no tarde mucho chupándolo cuando sentí en un boca y garganta varios chorros de semen que esta vez no me trague, los deje salir para llenarme el cuello y los pechos.

    Descansamos un rato, se vistió y así como entro por la ventana salió sin levantar sospechas, yo me cambie de ropa y volví a salir a la reunión de la familia, todos me decían que si ya me sentía bien y cosas por el estilo, yo les comentaba que sí que ya me había tomado mi dotación de vitaminas y mi jarabe, que estaba como nueva.

  • Giselle y los albañiles (1 y 2)

    Giselle y los albañiles (1 y 2)

    Giselle estaba disfrutando sus vacaciones, luego de un semestre complicado con exámenes en la Facultad. Le encantaba pasar en la casa quinta de sus tíos, en las afueras de la ciudad, una enorme casa con pileta y un parque lleno de plantas y flores. Allí se sentía en contacto con la naturaleza, se relajaba y cargaba sus pilas para el próximo semestre. Sus tíos estaban fuera casi todo el día por sus trabajos y solo al llegar la noche se juntaban para cenar y charlar. A Giselle le encantaba este lugar, desde chica se había acostumbrado a la belleza y tranquilidad del lugar, además del cariño y cuidados que le daban sus tíos.

    Pasaba mucho tiempo en la pileta, aprovechando el tiempo caluroso tomando sol y cada tanto dándose remojones para refrescarse. Le encantaba ese lugar.

    Esa mañana, su tío le dijo, antes de despedirse para ir al trabajo «Mira a eso de las nueve van a venir dos albañiles para reparar el parrillero. Vos abriles y decirles donde está, me dijeron que en 3 o 4 horas terminan el trabajo y después se van» «Me los recomendaron en la oficina, dicen que trabajan bien, vamos a ver»

    Giselle le dijo que no se preocupara y su tío se despidió. Al rato su tía también se despidió para ir a su trabajo diciéndole «Nos vemos en la noche, que tengas una tarde linda» «Gracias tía, nos vemos para la cena, voy a preparar algo rico»

    Se cambió para ir al jardín, como toda chica le gustaba broncearse lo más posible y se puso su acostumbrada dos piezas, un breve corpiño y una tanga y se acostó al costado de la pileta. Al cabo de un rato, casi adormilada sintió que tocaban el timbre y se acordó de los albañiles. Se levantó y usando una toalla para cubrirse de la cintura para abajo fue a atender la puerta. En efecto, eran los dos hombres de los que le había hablado su tío. Les pregunto «Ustedes vienen por el parrillero?» y el más viejo le contesto «Si venimos para arreglarlo». El otro tampoco era mucho más joven, no parecían muy limpios y tenían aspecto descuidado, pero quizás era por su trabajo, pensó Giselle. Los hizo pasar, les mostro donde estaba el parrillero y luego volvió a acostarse al lado de la pileta. Le había parecido que los dos hombres la habían mirado raro y se sintió incomoda, pero quizás era su imaginación. Cuando se dio vuelta le pareció sentir las miradas de los viejos en su espalda y piernas, se tranquilizó pensando que esos dos hombres eran muy grandes, de la edad de su abuelo, como para andar mirando chicas como ella.

    Mientras Giselle, en la inocencia de sus 18 años, se quedaba confiada y se disponía a tomar sol, los dos sujetos habían quedado deslumbrados por la belleza de la joven. Aun cubierta con esa toalla, se veía que la chica tenía un físico muy deseable. Una chica rubia de pelo largo, con un cuerpo bronceado como ese, los había puesto muy calientes. El más viejo le dijo a su compinche, mientras sacaban sus herramientas, «Viste que tetas tiene esa pendeja?» y el otro le dijo «Esta buenísima, para chuparla toda» a lo que el más viejo le contesto «Le chuparía la concha toda la tarde» y se pusieron a trabajar en la reparación.

    Giselle decidió tirarse un rato al agua, estuvo un rato nadando y al salir de la pileta se tendió boca abajo disfrutando del sol mañanero. Desde su situación en el parrillero, a unos cincuenta metros, el más viejo no dejaba de mirar a la chica, ahora acostada boca abajo, se le hizo agua la boca al ver las nalgas y piernas de esa belleza despreocupadamente tendida al sol. Dijo «tengo ganas de marcharme esa nena rubia» y el otro lo miro inquiridoramente «yo también pero no nos va a dar bola» «Si pero me lo voy a coger igual» Agrego «Me dijo el tipo que nos contrató que no volvía hasta la noche, la dejaron solita a la pendeja, solita con nosotros» y el otro entendió «Si, ese bomboncito solo con nosotros» y se pasó la lengua por los labios. Dijo el más viejo «Déjame a mí, vos seguirme» y tomo un trapo de entre sus herramientas y un trozo de cuerda y lo guardo en un bolsillo. Y se dirigieron hacia donde despreocupadamente tomaba sol Giselle.

    Giselle sintió pasos cerca suyo y se dio vuelta, se sorprendió cuando vio que loa albañiles estaban al lado suyo, la miraban de una manera lujuriosa y a lo único que atino fue a cubrirse el pecho con la toalla.

    «Que… que ya terminaron?» fue lo único que se le ocurrió. El mayor de los dos albañiles le dijo «Hace calor, nos darías un poco de agua?» a lo que la chica se levantó, susurrando, «Si, ya les traigo» y se encamino a la casa. Sentía, ahora ya sin dudarlo que los dos hombres la miraban en su desnudez a pesar que trataba de cubrirse. Entro por la puerta trasera de la casa, que daba a la cocina. Abrió la heladera para sacar una botella de agua y la puso en la mesada, cuando se dio vuelta vio con horror que los dos hombres habían entrado y ahora ya no había dudas por la expresión de los albañiles. Enloquecidos ante esa belleza casi desnuda, y porque el más viejo dijo «lo que queremos es cogerte bien cogida» y se abalanzo sobre Giselle.

    El terror paralizo a la chica que vio como en una pesadilla como el hombre la tomaba por los brazos, se los ponía dolorosamente en la espalda mientras el otro sujeto se acercaba con un trapo en sus manos. Fue cuando intento gritar, pero tarde porque el otro viejo le puso la mordaza en la boca y se la ato en la nuca por lo que solo pudo expeler un callado grito. El más viejo dijo «Vamos para el cuarto» y entre los dos la cargaron como si fuera un muñeco por el pasillo y en la primera puerta entraron a un dormitorio. Cerraron la puerta y dejaron a la chica contra la pared. Giselle no atinaba a nada, solo pensaba porque le pasaba esto y tenía sus ojos muy abiertos, implorantes mientras veía como los dos viejos se sacaban los pantalones y una tremenda erección de los dos viejos mostraba la calentura que tenían. El más viejo, el más depravado pensó Giselle se acercó y de un tirón le rompió el corpiño liberando sus senos. Los dos violadores se pusieron a amasarle las tetas a la chica que gemía ante los manoseos de los degenerados. Sintió que la tocaban por todos lados, le apretaban los muslos y le buscaban las nalgas. El viejo se puso a chuparle un pezón con lamidos y lengüetazos mientras decía «nenita que tetas que tenés». Giselle se sentía perdida, esos dos la iban a violar y nadie la ayudaría. El otro pervertido, mientras el más viejo le chupaba las tetas, se puso a sacarle la tanga que hizo deslizar por las piernas de la chica hasta que se las saco y tiro a un costado. Dijo en medio de su calentura » Vamos a ponerla en la cama» y nuevamente la cargaron como si fuera un muñeco y la pusieron boca abajo, la tomaron cada uno por los muslos y la hicieron poner en cuatro patas, totalmente expuestas para la lujuria de los pervertidos. El más viejo, sin demora se puso entre las piernas de Giselle y empezó a chuparle la concha con lamidos ruidosos y continuaba lamiendo toda la raja de la chica, subiendo y bajando desde el culo hasta la concha innumerables veces, metiendo su lengua en los dos orificios de la chica, el otro le manoseaba los muslos y nalgas viendo a su compinche chupar sin parar esa delicia de pendeja. Giselle solo gemía y sollozaba, esperando y deseando que todo terminara pronto. Pero recién empezaba el calvario de la chica. El que la estaba chupando le metió un dedo en el culo y lo movió en círculos mientras seguía lamiendo la ahora mojada conchita de Giselle. Pronto tuvo dos dedos metidos en el culo, moviéndose y dilatando. El viejo que la lamia se irguió y dirigió su duro miembro al pequeño orificio de Giselle y quiso penetrarla, pero era muy estrecho y no pudo. Bajo su verga hasta la mojada conchita y ahora volvió a intentar en el culo logrando introducir la cabeza de su verga. Giselle resoplo de dolor y se movía desesperada tratando de evitar el empalamiento. Sus movimientos solo lograron que el viejo le metiera casi la mitad de su verga en el apretado orificio, espero unos segundos y luego empujo una vez más metiéndole todo el pito en el culo a la chica. El placer que experimentaba el violador era indescriptible, el roce con ese culito apretado era estar en la gloria, empezó a bombear y lo hizo una, dos veces y a la tercera sintió que no podía aguantarse y en medio de un gutural gemido se derramo dentro del intestino de la joven. Siguió cogiéndola hasta que su verga se puso fláccida y luego se apartó, mientras del culo de Giselle salían resto del semen del violador. Apenas se separaba el degenerado de la chica cuando el otro violador ocupo su lugar entre las piernas de la sufrida chica y le metió su dura verga en la concha, empezando un mete y saca enérgico que nuevamente hacia gemir a través de la mordaza a la pobre Giselle. Porque me está pasando a mí? se preguntaba entre sollozos la joven, mientras el depravado la empalaba sin cesar, suspiraba de placer de estar cogiéndose una pendeja tan rica, una conchita tan fresca y joven como nunca hubiera tenido. En medio de un bombeo sintió que eyaculaba y con un suspiro de placer largo toda su leche al interior de la conchita de Giselle.

    Se desprendió luego de un rato, la chica quedo tumbada moviéndose dolorida, de sus nalgas y concha rezumaban los restos de leche de los violadores. Los dos viejos se vistieron y se fueron dejando a la chica atada y amordazada, sollozando de dolor y humillación.

    Cuando sus tíos llegaron encontraron a Giselle todavía atada, en deplorable estado, violada anal y vaginalmente. Hicieron la denuncia pero los violadores jamás aparecieron. Por mucho tiempo Giselle dejo de ir a lo de sus tíos.

  • Una noche de reflexión de aventuras y lecturas

    Una noche de reflexión de aventuras y lecturas

    Hoy desperté melancólica, y empecé a pensar cosa entre ellas donde estoy como mujer.

    Comencé machacándome cosa que no he hecho, como ese viaje a Paris que sueño desde chica, y fue ahí que me di cuenta que no tengo con quien ir, ya voy para 22 años, trabajo y estudio por suerte ya soy independiente, pero no tengo una pareja que me cobije por las noches, me acompañe en ese viaje, me arme el desayuno y me soporte como soy ingenua, despistada, miedosa e inquieta sexualmente en mi entorno.

    Justamente creo que por como soy es, la razón que me tiene sola hoy en la cama, no logro atarme a uno, o alguien. Entonces me puede a pensar mis aventuras y recordé que varias de ellas, desde que estoy viviendo sola, las he escrito aquí. Y me puse a leerme y quede un poco en shock, y pensando que quien me lee, pensara que soy una regalada, cuando no es así más bien soy familiera y me gusta sentir conocer del otro antes de tener algo.

    Es cierto, no lo niego, es más hasta cierto modo me enorgullece, estar tan cerca de mi tío y acostarme con él, ahora menos pero una vez al mes, y haber tenido o tener mi historia con mi cuñado (relato «Noche de sexo como mi cuñado en su apartamento»). Al respecto el memento con él que más me excitó fue esos meses que estuvo en la ciudad con mi hermana embarazada y yo fui su hembra donde el descargaba su testículos (relato «Haciendo el proyecto de facultad, con la boca llena de semen»)

    Lo de Marcos fue lindo, ser su novia me gustó no solo por eso que a todos nos gusta donde rendía muy bien (relato *Después de Zumba, me incendié en el vestuario con mi macho*), si no por todo creo en algún momento sentí que podíamos pasar a otro nivel y al final terminó todo mal, hasta me termine calentando con el impresentable de su hermano que se pasaba a las veteranas de todo el barrio. (relato *Una cerveza fría y una verga lechera para mi noche con Iván*), por algo pasan las cosas y ta.

    Con mis amigas la pasamos bien, pero con Sole es especial, ella es una muñeca y me gustaría tener todo lo que tiene, pero ahora casi ni nos vemos ella está en la suya con novio. Pero que bien y como nos divertimos juntas aquel día, estuvo re bueno cuando vino de sorpresa de capa ciada y nos enfiestamos juntas con Matías en el apartamento (relato «Compartiendo le verga de mi cuñado con mi amiga Solé»). Aquel no fue el único trío con Matías, cuando vinimos con su amigo Miguel y me hicieron sentir la más deseada de todas las mujeres, estaban eufóricos, entre los dos me llenaron a goles, y sin ir al fútbol, (relato *Por qué no vamos juntos a la cama, en vez de ir a la cancha*) jajaja qué cornuda mi hermana jajaja.

    Lo que hasta hoy no entiendo fue los que hice, y como me pude calentar con Oscar, (relato *Feliz cumpleaños abuelo Oscar*) sé que son cosas que pueden pasar, pero hoy a la distancia creo que inconscientemente ese día sentí que fue darle una alegría al veterano por tanto que nos soportó y cuido cuando niñas. Pero no solo a mí se me cruzaron los cables, con las diferencia de edad, mi madre sí que se ganó todos, pero todos los boletos, se acostaba en la misma cama que lo hacía con papa, ahora a un pibe menor que yo bien delgado pero hay que reconocer que con tiene una herramienta importante entre sus piernas, al menos así lucia el vídeo, ya por cierto mi madre se filmaba para luego verse disfrutar siendo cogida (relato *Acariciándome, por mamá y el chico que la cogía en su cama*). Igual le reconozco a mamá, que antes intento una relación más normal, con un electricistas que resultó ser un penal y le metía los cuernos con cualquiera del chat, entre ellas resulte ser una noche yo la que me calenté en el chat y me lo termine comiendo con todo el morbo (relato *Atrás de nacho69 estaba el novio de mi madre*)

    Aquellos primeros meses en el apartamento fueron muy excitantes, por mi vecina del piso de arriba que resultó ser una escort o prostituta fina, que recibía a sus clientes en su apartamento y era una constante escucharla gemir cada noche, (relato «La quiero conocer»). Por suerte fueron solo dos meses, porque se mudó justo el día del casamiento de mi hermana, noche aquella que me encontré con Martina y camarero como gatos revolcándose por todo mi apartamento. (relato «El encontrar a mi prima y el camarero en mi cama»)

    Cuando estuve esos meses de novia con Marcos, donde le fui fiel lo más que pude, extrañe mucho mucho a mi tío, tanto que me encontré teniendo algunas veces teniendo sexo con mi novio pero imaginando que era mi tío quien me penetraba. Con mi tío si bien sabemos que cada uno tiene su vida y tiempos, pero siempre nos damos unos un espacio cuando el viene por al apto lo disfruto mucho, cuando el me penetra no es solo placer lo que se siente el me hace sentir segura, no sé si será porque es mi misma sangre o por que razón, es que el me enseño literalmente a disfrutar del sexo anal apretando bien la verga con mi culo (relato «Apartamento y la cola a mi tío para su estreno»)

    Lo de Mikaela y su propuesta fue algo que me descolocó, pero después me re entusiasmo; con Aníbal fue un encuentro salvaje el que tuvimos, fui una verdadera puta aquel día en el baño, sentir a los chicos entrar y salir y yo siendo cogida tras la puerta fue excitante (relato *Fui el presente de aniversario para su esposo*) Luego cuando caminábamos hacia el auto, y yo con mi cola dilatada sentía como corría su semen en mi bombacha, fue terrible calentura que termine noche de telo con Aron, pobre Aron no le di ni bola lo único que recuerdo de él es su lengua jugando con mi clítoris, pienso en esa sensación y me da cosquillitas ha sido del sexo oral más rico que recuerdo me han hecho últimamente. (relato *La noche debe continuar*)

    Después vi que no escribí nada de las noches locas por la relación con Marcos, les debo la más rara o morbosa creo que fue cuando, en el boliche un jugador de básquet moreno, creo que era de otro país, me tiro línea y lo termine cogiendo en pleno parque sobre el césped del golf, Otro que no conté fue cuando me llamó Rodrigo mi compañero de facultad (relato «De una simple previa a una fiesta de sexo») para pasar un finde semana conmigo en su casa, con ella de viaje, me dejo temblando las piernas. Tampoco les conté la anécdota del examen, si bien dije que lo iba contar, fue un fin de semana que sin saberlo le practique sexo oral a un tipo en su auto, en una salida con las chicas del club, y cuando llegó al examen el miércoles resultó que el tipo era el profesor que me tomaba la prueba oral, si bien ese día el oral consistió en contestar todas sus preguntas, lo del auto influyó.

    En definitiva me quejo por no tener pareja estable, pero no me doy cuenta que gracias a no tener, me ha tocado vivir y sentir experiencias re excitantes y distintas en tan poco tiempo.

    Espero hayas disfrutado al menos un poquito como yo.

  • Historia del chip (046): La celda (Shara 001)

    Historia del chip (046): La celda (Shara 001)

    La celda era muy poco acogedora. No sabía muy bien qué debía esperar, solo que supuso que sería tratada con algo más de delicadeza. Tenía miedo ante las consecuencias de sus actos. Un temor arraigado profundamente en su conciencia desde su niñez no podía obviarse. Si es que se daba cuenta de él.

    Shara leyó cuidadosamente el formulario. Debía de redactar un informe preciso y concreto de los acontecimientos que le habían llevado a la cárcel, detallando minuciosamente los motivos. Que eran los relativos a los intentos sexuales. No debía olvidar ningún pormenor. No había tiempo establecido, quedando claro que la IA detectaría los titubeos que tuviese.

    No sabía muy bien cómo funcionaba, sólo que era más constante y perceptiva que un humano. Por lo menos en lo que se refería a los detalles. No había interactuado con ninguna en el colegio o en los talleres; o no con la intimidad que se suponía ahora. Debería contarle cosas que nunca había dicho a nadie. Extrañamente, sentía un pudor indescriptible por hablar con una máquina. O acaso pensaba que detrás había un humano. O varios.

    Sólo llevaba puesto el fino camisón de la prisión; apenas llegaba a cubrirle la parte superior de los muslos y no tenía suficiente grosor para ocultar adecuadamente los pezones. Un mero nudo al cuello sostenía el supuesto vestido y la espalda quedaba desnuda. Al menos no sentía frío.

    En casa siempre estaba totalmente cubierta, al igual que en el instituto. Y salvo en la piscina, no recordaba momentos con las piernas al descubierto. Ni siquiera tenía una prenda tan fina como la que llevaba puesta en esos momentos. Casi no la notaba. Se unía mescolanza de sentimientos de precaución, inquietud y algo de excitación.

    Había una bandeja con té siempre caliente, fruta y cereales, además de agua. Contempló su ordenador con desgana. Debía escribir un número de palabras mínimo cada hora, descansar cinco minutos cada treinta, indicándole el ordenador cuando podía levantarse y los ejercicios que debía realizar.

    Asimismo, la IA señalaba cuando debía ampliar un párrafo o ser más precisa. Shara pronto enrojeció ante el nivel de detalle que tuvo que narrar. El informe, después de dos largas horas, quedó escrito.

    *—*—*

    Me llamó Shara Bowles. Mi abuelo fue embajador de la Alianza y después de casarse con mi abuela, decidió convertirse al xino—islam. He nacido y crecido aquí en África. Tal y como establece la ley, me convertí en una mujer sin masturbarme o habiendo tenido sexo con persona alguna hasta que, cuando cumplí dieciocho años, toqué a mi mejor amiga. Nos acariciamos mutuamente los senos. Las dos sentíamos curiosidad por el cuerpo de la otra, por la reacción de nuestros cuerpos… de nuestros pezones, que se endurecieron.

    Durante ese breve encuentro, también nos palpamos los muslos y el pubis, sin llegar en ningún momento a rozarnos el clítoris o introducir un dedo en la vagina de la otra. Sí que nos tocamos mutuamente la cara y los pies, pero no las nalgas. Tampoco la espalda. Hubo dos besos en los labios, esa primera vez y un encuentro posterior cuando decidimos no volver a tocarnos. En esa ocasión ese fue el único contacto.

    Siempre he sido buena estudiante, una alumna aplicada y una buena hija, cumplidora de los preceptos que mis padres me han inculcado. Pido perdón por el daño que les hice por el contacto no autorizado y la mancha que supone a la familia.

    Los sucesos que me han traído a la cárcel acaecieron hace tres meses; cuando mi primo, residente en la Alianza, vino a vernos después de un largo viaje por varios lugares de África y posteriormente a nuestro país. Se quedó a dormir en nuestra casa y pronto congeniamos. Le gustaba contarme chistes picantes que yo no entendía relativos a sexo con mujeres casadas y hombres viejos y casposos.

    Pasaron dos semanas antes de que iniciáramos el contacto. Lo provoqué yo. Él había sido extremadamente cuidadoso acerca de mí, conocedor de las leyes imperantes en nuestra región. Le incité a tocarme y acariciarme por todo el cuerpo. No dejo ni una zona sin recorrer, introduciendo cuidadosamente uno de sus dedos en mi vagina, cuidando de no mancillar mi virginidad. Tuvimos cinco sesiones antes de ser descubiertos por mi madre, que inmediatamente habló con nuestro imán.

    Después de expulsar a mi primo del país y sancionar a mis padres, se me permitió escoger una reducción de sanción para mis progenitores si aceptaba la formación integral como hembra estatal, sujeta a ello de por vida. La imposibilidad por mi parte de recurrir la sentencia me hizo reflexionar y aceptar el destino que el estado decidiese para mí.

    Una vez realizado este informe y autorizado por la IA y un funcionario estatal, no habrá vuelta atrás. Acepto las consecuencias de mis actos y deploro profundamente el daño causado a mi familia y al estado, implorando que se me castigue acorde al criterio que mejor se adapte a mi integración a la sociedad o se me use para la función que mis superiores consideren oportuna.

    Shara Bowles

    *—*—*

    Fue trasladada al centro Hazum, al ala nordeste, conocido como El Harén. Shara enrojeció al saber que no le pondrían otro atuendo. Nunca había llevado las piernas desnudas en público y mucho menos una sola prenda tan fina y seductora como el camisón. Protestó a las guardas.

    —Lo siento, Shara —dijo una de ellas. —Tu cuerpo pertenece al estado. No tenemos permiso para ofrecerte otro atuendo. Cuando llegues a tu centro penitenciario te ofrecerán alguna vestimenta de acuerdo a tu condición.

    Para colmo aparecieron dos hombres armados para escoltarla. No dejaron de mirarla detenidamente antes de hablar con las guardas.

    —¿Otra acosadora?

    —Sí— contestó una de ellas. —Va al centro Hazum.

    Uno de los hombres le colocó unas muñequeras y después de llevar sus brazos a la espalda, las enganchó. Después le colocó una venda. Shara estaba descalza y nunca se había sentido más desvalida. Sintió a los dos hombres colocarse a su lado y cogerla de los brazos, aunque no la tocaron salvo en esa región. ¿Era eso algo habitual?

    Empezaron a andar y Shara no tuvo más remedio que seguirles, aunque no la forzaron. Al parecer, el estar junto a ella era más bien una forma de protegerla. O eso quiso creer.

    Al llegar al centro Hazum, notó que alguien tiraba del exiguo nudo que sujetaba su camisón, que cayó al suelo inmediatamente.

    —Soy la intendenta Dima. Sígueme.

    Ya sin ni siquiera la exigua prenda como protección, siguió a la intendenta a través de la prisión hasta que llegaron a un cubículo sin puerta. Básicamente era un cuarto con tres paredes. En una esquina había un baño cuyos tabiques eran de cristal. Shara casi no se fijó, aliviada de que no se hubieran encontrado con nadie durante el trayecto.

    Entró con Dima a la celda y esperó instrucciones, que no tardaron en llegar.

    —Ponte de cara al pasillo. Piernas bien abiertas. Manos en la nuca y mirando al frente.

    Shara enrojeció por las implicaciones de la postura. Se colocó según lo indicando con reticencia ante la mirada inquisitiva de Dima, que hasta ese momento no había prestado atención al cuerpo desnudo de la prisionera.

    —Debes ser más activa, Shara o conseguirás una falta. Vuelvo en unos minutos. No abandones la posición.

    Salió del cubículo sin echarle otro vistazo y Shara trató de acomodarse un poco, resultándole imposible. Pasaron los minutos, haciéndose cada vez más largos y más angustiosos. Sólo deseaba retirar los brazos de su nuca y cerrar las piernas. Estaba a punto de moverse cuando Dima retornó.

    —Lo siento. Me han surgido un par de cosas. ¿Te has movido?

    —No. Pero he estado a punto.

    —Hubiera sido comprensible. No estás entrenada. Trataré de no exigirte más que lo que puedas dar, lo que no significa que no vaya a llevarte al límite. Llevas los brazos a tu espalda agarrando tu muñeca izquierda con los dedos de tu mano derecha. Y cierra las piernas.

    Mientras tanto, Dima pulsó un botón plano y oculto en la pared y una tabla lisa surgió de la pared. Se sentó sobre ella y observó la nueva postura de Shara.

    —Acércate hasta aquí, aproximadamente hasta unos treinta centímetros de mí. A una distancia suficientemente corta como para que pueda tocarte si alargo el brazo.

    Shara cumplió lo ordenado, inquieta ante el posible contacto.

    —Mirada al frente, Shara.

    No tuvo más remedio que contemplar la uniforme pared gris metalizada.

    —Cuando te canses, puedes sentarte en el suelo, muslos juntos y hacia delante, nalgas sobre tus pies, espalda recta y mirada al frente. Siempre perpendicular a mí. Puedes alternar las tres posturas que conoces siguiendo la misma secuencia y tratando de estar el mayor tiempo posible en cada una de ellas. ¿Has entendido?

    —Sí.

    —Bien. Vamos a tratar de conocernos. ¿Por qué mentiste en tu informe?

    Shara no se atrevió a decir nada.

    —Ese silencio es casi una admisión de culpabilidad. Imagino que fue para salvar a tu amiga y a ese primo tuyo de manos tan descuidadas. Casi todo el mundo cree que ha pasado el examen de la IA con suficiencia… erróneamente. Para empezar, nuestros recuerdos son nebulosos, no cristalinos y cada vez que rememoramos añadimos o suprimimos detalles de manera inconsciente. En otras palabras, creamos un nuevo relato. Nada de eso realmente importa, salvo que ya no puedes ser considerada virgen y, por tanto, no eres suficientemente atractiva para nuestros hombres.

    —¿Quiere decir eso que soy atractiva para hombres de otros lugares?

    —¡Exactamente! Y realmente eres encantadora. Lo interesante es que ahora perteneces al estado. Y yo represento al estado. Mi misión es aprovechar mejor los recursos disponibles. Trato de ser realista, sin una adecuada motivación, no serías un activo solvente. Así que, ¿qué es lo que deseas?

    Para Shara no fue difícil asimilar que estaba jugando con ella. Dudaba que tuviera alguna opción. Un nuevo silencio se adueñó de ella.

    —Algo habrá que te haga ilusión, dentro de tus circunstancias— trató de señalar Dima divertida en el fondo. —¿Sabes el problema? Tienes dos opciones claras: ir a las minas o aceptar mis condiciones.

    —¿Qué son las minas?

    —Pronto lo descubrirás si no aceptas.

    —¿Y la otra opción?

    —Entrenarte para ser concubina. Aunque más especializada en el dolor que en el placer.

    —No entiendo… ¿Puedo cambiar de postura?

    —Sí, no es necesario que preguntes, como te dije antes.

    Shara se puso en el frío suelo, tratando de recordar cada instrucción dada anteriormente. Ahora ya no eran los muslos los que estaban más cercanos a los ojos de Dima, sino los pechos. Dima continuó la conversación, algo sorprendida de que Shara no se hubiese tratado de engatusarla.

    —Shara, las opciones son simples: o vivir unos diez años en las minas, con suerte, o ser una concubina de un alto cargo, incluyendo en el paquete viajes, glamour, pero siendo una esclava de dolor.

    —Me gustaría elegir la segunda opción… es solo que no creo que pueda soportar el dolor.

    —Deja eso a mi cargo. Si quieres intentarlo, debes decidirte ahora. Si no lo consigues, las minas siempre estarán ahí.

    —Lo intentaré —aceptó Shara.

    —Ponte en la primera postura, la de espera. Te mandaré a mi asistente.

    Shara tuvo que esperar bastantes minutos. Era un hombre joven, quizás incluso más joven que ella. La contempló con detenimiento antes de presentarse.

    —Me llamo Habib y voy a ser uno de tus entrenadores. Tengo plena libertad de actuación, desarrollaré los criterios para tu instrucción y te usaré a mi antojo. Incluyendo tu virginidad vaginal. No es algo importante pues siempre se puede volver a reconstruir tu himen, si lo consideramos necesario. También tendrás una instructora femenina, que vendrá dentro de un rato para ducharte y explicarte los temas relativos a tu celda. Quédate como estás.

    Shara se sentía humillada ante la falta de reacción del hombre hacia ella. Hubiera preferido que se hubiera explayado más con la mirada, que la hubiese deseado con fervor. La instructora no tardó en llegar, por suerte para Shara, que tenía que hacer verdaderos esfuerzos para mantener los brazos en la nuca. Casi no echó ni una mirada al cuerpo exhibido de Shara.

    —Puedes deshacer la postura. Me llamo Zahira y soy tu instructora habitual, siendo mi superior Habib, que según creo ha venido hace un rato.

    —Sí.

    —Debes de tener hambre. El ordenador escoge tu menú en función de tu gasto calorífico y tu asimilación. Pulsa aquí.

    Le señaló una zona cercana al pasillo. Surgió una mesa con comida

    —Siéntate de cara a la pared, pegada a la mesa. Piernas plegadas debajo, pies en las nalgas, espalda recta y senos bien hacia fuera. Palma de las manos tocando los muslos. Vigila, tus dedos no deben tocarlos. Así está bien. No tienes por qué comerlo todo, pero cada tres días se ajustará la cantidad si no te comes el noventa por ciento de lo que te es ofrecido. Luego, para conseguir aumentar la cantidad deberás dejar el plato vació durante una semana entera.

    Tener que comer mirando a la pared no resultaba agradable y la postura, sin ser incómoda, no era la más adecuada. Sus pechos parecían ofrecerse impúdicamente. Zahira se sentó junto a ella.

    —Yo también comeré un poco, sólo por hacerte compañía. Si estás sola, puedes empezar inmediatamente. Si hay alguien más, empezarás cuando tus acompañantes lo hayan hecho. Puedes mover los brazos, siempre que no los apoyes en la mesa en ningún momento. La espalda debe mantenerse recta, al igual que tu cabeza. Cada bocado debe masticarse al menos cinco veces y deberás tener cuidado de no que se te caiga nada.

    Shara comprendió la dificultad inmediatamente. Sin poder mover el tronco o la cabeza, todo dependía de la precisión de la mano. Sus ojos en poco podían ayudarla salvo por la visión periférica que a duras penas le permitía contemplar la comida. Y al hacerlo, sus propios pechos estorbaban. Y aparecían impúdicamente. Casi nunca los había contemplado, debido a las leyes de su país y las estrictas costumbres de su región y su familia.

    —No te quedes embobada mirando tus senos, trata de centrarte en la comida o terminarás tirándola. Saborea cada bocado.

    Se aburrió al tercero de ellos, se cansó al séptimo y se dio por vencida poco después. Dejó el tenedor.

    —¿Ya?

    —Es aburrido… y agotador.

    —Si no sigues, dentro de unos días vas a pasar hambre. ¡Quizás sea lo mejor!

    La mesa y sus viandas desaparecieron cuando Zahira pulsó el botón camuflado. Shara no se movió. Zahira la contempló durante unos minutos antes de solicitarle que volviera a la postura principal de espera.

    —Para ayudarte con tu entrenamiento, Shara, necesitaré conocer aspectos tuyos que quizás ni tu misma sepas que existen. Sombras de ti. Lugares a los que preferirías no ir. Yo estaré contigo. Y también tus demás superiores. Hoy no seguiremos con la instrucción, te permito una pregunta. Piensa bien cuáles quieres que sea. Volveré en unos minutos.

    Shara no tuvo ninguna duda sobre la pregunta que quería hacer. En cuanto Zahira volvió la expuso.

    —¿Puedo tocarme?

    Zahira se rio por un momento.

    —Una pregunta previsible. Sí, puedes tocarte. Una vez rompiste tus votos, no tiene la menor importancia. Pero es algo decepcionante. Te planteas las cosas en función de ti misma, no de tus amos. Grave error. La pregunta adecuada habría sido: “¿Por qué no me tocas?”

    —Lo siento.

    —No, no lo sientes. Pero no es el momento. Ve a hacer tus necesidades y luego te contaré dónde dormirás.

    Shara tuvo que orinar y defecar en el aseo con paredes de cristal, sintiendo de nuevo una gran humillación. Se limpió cuidadosamente y a la vuelta se colocó en la primera posición.

    —Hay un pequeño botón justo ahí —explicó Zahira con vehemencia—. Si ninguno de nosotros está por aquí puedes prepararte la cama tú misma— mostrándole dónde estaba el mecanismo de apertura.

    Apareció una tabla parecida a la que usó para comer: metálica, grisácea y fría. Era mucho más larga, naturalmente, pero poco ancha al parecer de Shara. No parecía nada acogedora y no era completamente lisa. Aparecían unos peculiares salientes redondeados, que en los bordes se multiplicaban y, al cabo de unos momentos, también en la pared. Shara se preguntó cómo iba a poder dormir allí. Más que una cama parecía una tabla de faquir.

    —Es más aparente que otra cosa— prosiguió Zahira. —Te permitirá mantener el calor, de ahí las esferas, para que tu piel no contacte con la superficie lisa de la tabla. Notarás que deberás tratar de quedarte boca arriba o boca abajo. Hay un par de zonas libres de calor, allá dónde irán tus pechos y tu pubis, para evitar males mayores. En el resto de lugares, si te mueves demasiado deprisa o apoyas demasiado, percibirás el calor en exceso. No es un asunto de crueldad, sino de necesidad. Debes aprender a estar quieta en la cama para cuando tu amo te acaricie o simplemente para que no lo molestes cuando duerma contigo.

    —¿Y por qué no puedo estar de lado?

    —Lo descubrirás por ti misma. El peso debe estar repartido. Si una esfera recibe demasiado peso, no podrá protegerte del calor que emana de la parte lisa. Y te obligará a moverte. No te preocupes demasiado por esos detalles. ¿Has decidido si vas a tocarte?

    —Trataré de no hacerlo, ya que tú no lo deseas.

    —En ese caso te recomiendo que enganches tus pulgares en estos pequeños salientes de la parte de arriba y que sólo los retires cuando tengas que cambiar de lado.

    —Será muy incómodo. No estoy acostumbrada a dormir con las manos por encima de la cabeza.

    —Sí, lo supongo. Por eso se llama entrenamiento.

    *__*__*

    Tardó una semana en conseguir dormir varias horas seguidas y siempre se despertaba contracturada. Sus pulgares quedaban enganchados en las pequeñas arandelas y así sus brazos se mantenían por encima de la cabeza. Sus pies también conectaban a unas arandelas parecidas obligándola a mantener las piernas abiertas, sin importar que estuviera boca arriba o boca abajo.

    Esa noche no está durmiendo particularmente bien, no sólo por la dificultad física inherente a la ‘cama’, si no por el anuncio de Zahira. Al día siguiente recibiría su primera sesión de latigazos. No le dio más información, aunque en días previos le había explicado que todo su cuerpo, por debajo del cuello, era susceptible de ser azotado.

    Se despertó a la hora reglamentada y se movió con rapidez a la ducha, antes de empezar los ejercicios matutinos, instruida por el ordenador. Cada día notaba más y más la tonificación y la elasticidad que le estaba proporcionando. No le importaba la exigencia física, casi resultaba liberadora y hubiera sido lo único que hubiera echado en falta si, por un milagro, fuese puesta en libertad.

    Después de los ejercicios y una segunda ducha desayunó aplicando la masticación adecuada. Habib, -no Zahira-, llegó en cuanto se puso en la postura de espera mirando hacia el hueco de fuera.

    —Hola, Shara. Supongo que ya estás preparada para tu primera experiencia con el látigo. Trataremos de que no resulte traumática.

    Shara no dijo nada, no lo tenía permitido con Dima o Habib. Sólo podía responder.

    —Voy a azotarte la planta de los pies. Cinco golpes a cada una. Date la vuelta y pega tu cuerpo a la pared, los pechos presionando con determinación. Levanta los talones bien arriba y dobla la pierna derecha hacia tu nalga. El pie deberá quedar horizontal, facilitando la labor.

    Shara nunca olvidaría ese primer golpe seco y sonoro. No fue tan doloroso como pensaba, la anticipación fue peor. Consiguió no moverse, suponiendo que era como debía actuar.

    —Debes contarlos y dar las gracias. Uno, gracias.

    —Uno, gracias— mintió Shara.

    Los siguientes cuatro azotes no fueron tan difíciles, ya sabiendo que se esperaba de ella. Lo difícil fue, curiosamente, mantener el pie caliente y dolorido en el aire. Sus pensamientos no dejaban de atormentarla.

    —Cambia de pie. Primero bajas el derecho, elevas el talón cuando llegue al suelo, bajas el otro talón. Se te indicará como un pequeño roce en el pie con el látigo, como ahora.

    Shara no se dio cuenta en ese momento, pero esa pequeña caricia del cuero le resultó seductora. Esperó con ansia el primer golpe en el pie izquierdo, queriendo pasar el trago cuanto antes. Habib debía haberse dado cuenta de su premura y dejó pasar el tiempo antes de hacer restallar el cuero con fuerza a la planta desvalida. Los cuatro siguientes fueron rápidos, quizás para que Shara pudiera pasar el primer día con nota, ya que probablemente hubiera abandonado la postura ante el impacto, que fue claramente más fuerte que en la planta derecha. El roce final fue tan apoteósico que Shara hubiera llorado de placer.

    Los pechos doloridos seguían aprisionados y Shara casi pensó más en ellos que en sus pies. Habib ordenó que volviera a la postura de exhibición en mitad de la celda.

    —Se te permitirá salir de la celda si tus pies han sido azotados. En un cajón fuera de la celda hay un vestido y unos zapatos. ¿Deseas salir?

    —Sí, por favor.

    —Puedes deshacer la posición. Sígueme.

    Cada paso era un suplicio. Shara no lo mostró en su cara.

    —Primero los zapatos— señaló Habib.

    Shara no había visto nada parecido. Eran dos partes separadas y no entendía cómo ponérselas. Habib se arrodilló y la calzó. Shara observó cuidadosamente. La parte delantera cubría sus dedos y se agarraba sola. La parte trasera era un tacón tan alto que sus piernas protestaron. Corrigió su posición de forma automática. Llevaba una especie de correaje que se ataba al tobillo y más allá.

    —Deberás tener mucho cuidado con estos zapatos, Shara. Cualquier mínimo desequilibrio podría hacerte inclinar y, además del peligro de la caída, un esguince es probable. Por eso, debes apoyarte con más fuerza en los dedos y no en el talón. Si sientes que se desliza, lo mejor es irse hacia el lado hacia dónde vaya el pie. No te resultará natural hasta que cojas el hábito, has caminado toda la vida soportándote sobre la base de los pies.

    Shara se sintió más alta que nunca y como si estuviese entre algodones. Los pies dolieron debido a la elongación de las suelas, estiradas sin remedio. Los dedos tampoco estaban alegres.

    Habib le puso el atuendo, que no era un vestido sino una especie de traje de las mil y una noches. Consistía en dos cadenas y unos velos triangulares. La primera cadena debía ceñirse a las caderas, exactamente al lugar dónde se más se ensanchaba el cuerpo de Shara. La segunda cadena se colocaba encima de los pechos.

    Había tres velos. El primero, un largo triángulo isósceles. Unos minúsculos ganchos magnéticos enganchaban con el metal de la cadena que rodeaba sus caderas. El tejido sólo tenía la anchura para cubrir el pubis, quedando la parte superior de las piernas desnudas. Ni un solo poro del frontal de los muslos llegaba a ser ocultado. Desde la parte superior del pubis, la tela caía directamente hasta los tobillos, pero estrechándose más y más hasta quedar en un hilillo del que colgaba una bola reluciente del mismo color que la tela. El diseño sólo conseguía cubrir el pubis y sus aledaños.

    El triángulo trasero era igualmente traicionero. Shara notó que no cubría las nalgas enteras. Se lo puso Habib, rozándola ligeramente por primera vez. Al igual que su homólogo, el triángulo se enlazaba magnéticamente. Al no poder verse, Shara no pudo apreciar cómo le quedaba la tela. La grieta del culo quedaba cubierta por el tejido, pero por poco. Desde la base cerca de la parte superior, la tela se iba estrechando hasta quedar reducida a la nada pocos centímetros por debajo de la parte inferior de las nalgas. Aproximadamente un tercio o algo menos de los glúteos quedaban al descubierto. Una borla acompañaba al conjunto como en su pareja delantera.

    El último velo tenía la supuesta misión de cubrir los senos, lo que a todas luces era imposible. No solo por su finura y su falta de opacidad, también porque al igual que el que tapaba las nalgas, se estrechaba con rapidez. Shara se lo colocó siguiendo las detalladas instrucciones de Habib, sin llegar a entender que pretendía el atuendo. A todas luces era como ir desnuda. Veía sus pezones a la perfección a través del tejido y todo el lateral de los pechos no conseguía ni un atisbo de privacidad. Otra borla culminaba el triángulo.

    —Manos en la nuca, por favor— solicitó amablemente Habib.

    No era algo que le extrañase a Shara. No se había movido, estaba demasiado habituada a no hacerlo sin permiso, pero el tejido pareció rebrotar.

    —Te voy a colocar el aro del cuello.

    Se trataba de una cadena del mismo tono y material que la vestimenta. La diferencia era que pesaba más. Y justo desde la nuca, partía otra cadena, -más fina-, que bajaba casi hasta el glúteo a través de la espalda.

    —Ya está. La parte de atrás debería estar tocando tu espalda todo el tiempo posible.

    Shara se irguió un poco para conseguirlo. Subió un poco la cabeza para alargar la cadena desde atrás.

    —Bien hecho. Vamos a practicar un poco con el calzado. Hoy te voy a permitir que mires hacia el suelo, pero el objetivo final, -tardemos el tiempo que tardemos-, será que camines mirando al frente y con la cadena de la espalda haciendo contacto. Puedes mirar hacia tus pies.

    Shara bajó la cabeza, notando de inmediato como la cadena vertical perdía el contacto con la columna. A duras penas podía aguantar con los talones en alto, tratando de no apoyarse demasiado en la base.

    —Cógete de mi brazo. Como si fuera tu pareja. Eso es. Da un pequeño paso con el pie derecho. Sólo adelántalo un poco. Apoya exclusivamente con los dedos.

    Shara obedeció con recelo. Iba a ser resultar casi imposible andar con ese calzado. Habib se dio cuenta de algo.

    —¡Espera! Vamos a practicar un poco haciendo que te apoyas exclusivamente en un solo pie.

    Habib se puso delante de ella. Y agarró su cintura con las dos manos, como si la estuviese evaluando.

    —Pon tus manos en mi cuello, agarrándolo. Y cierra los ojos.

    Esperó a que cumpliese sus órdenes y prosiguió.

    —Podrás apoyarte en el talón si estas quieta. Sólo deberás ser consciente de ello y dejar rígido el pie, vigilando que tu centro de gravedad no se mueva.

    Shara estaba algo más cómoda que antes, con el apoyo en el cuello de Habib. En cambio, el contacto de sus manos en la cintura era otra cuestión. Después de tantos días desnuda y contemplada minuciosamente su organismo había empezado a segregar múltiples endorfinas. El erotismo estaba empezando a hacer mella en su indiferencia. Las manos de Habib eran cálidas, en comparación al frío metal de su ‘cama’. Y los azotes, todavía dolorosamente presentes en las plantas de sus pies, se habían convertido en un elemento más de sensualidad. Tenía ganas de besarlo. No podía preguntar si tenía permiso.

    Fue superior a sus fuerzas. Llevó sus labios a los de él y se ofreció. No se trataba de un beso fraternal, sino de una renuncia. Quería que le hiciese el amor. Como si tuviese el poder de decidirlo. Habib recogió el beso y aprovechó para acariciar brevemente su espalda. Pero para Shara era insuficiente. Sus senos prácticamente desnudos y elevados gracias a la postura de los brazos, parecían rogar ser acariciados. Y, en cambio, Habib simplemente rozaba ligeramente su espalda. Y no es que no apreciase el ligero desliz, es que sentía que no lo conmoviese. No bastaba con ser atractiva, estar disponible y ser, a todos los efectos, su esclava. Él parecía tener otro propósito, un calendario minucioso y primorosamente organizado. Un organigrama en el que no cabían sentimientos románticos ni, quizás, interludios amorosos.

    Shara perdió la concentración y su pie empezó a trastabillar. Habib estaba alerta, -a pesar de que seguían besándose-, y volvió a agarrarla de la cintura, ahora con más fuerza. Shara rompió el contacto con los labios de su protector, ahora centrada en el peligro y el error que había cometido.

    —Lo siento— dijo sin recordar que no tenía derecho a hablar.

    Habib soltó lentamente sus manos. Shara se afianzó en sus dedos.

    —Manos en la nuca, Shara. Resumamos: una penalización por besarme sin permiso, una penalización por trastabillarte por falta de atención y una última penalización por hablar sin autorización. Se me olvidaba: otra más por no mantener la cadena tocando la espalda ya que no te estabas moviendo.

    Shara corrigió su postura, más con ganas de llorar que de cumplir. Sólo un cierto orgullo hizo que se irguiese lo suficiente y, en cuanto quedó bien erecta, un automatismo surgió por arte de ensalmo. No se rendiría tan fácilmente.

    —Cada penalización supone cinco azotes aplicables al día siguiente. Trata de ser más cuidadosa.

    Shara hubiera bajado la cabeza, sumisa, para asentir. En cambio, debido a la regla de la cadena, mantuvo la cabeza alta y expectante.

    —Debes estar cansada. Te tiemblan un poco las piernas. Deja todo en el cajón y vuelve a tu celda.

    Ahí acabó la experiencia romántica.

    *_*_*

    A la mañana siguiente, Shara esperaba con las manos en la nuca y mirando hacia fuera de la celda la venida de sus instructores. Fue Dima la que vino a primera hora.

    —Hola, Shara. Me alegra ver que te estás ajustando.

    Como Shara no podía responder sin permiso a algo que no fuera una pregunta directa, ni siquiera para saludar, siguió mirando al frente.

    —Puedes hablar y abandonar la posición. Desayunemos juntas.

    La propia Shara dispuso de la mesa. Cuando ya estaban sentadas en sendos taburetes, Dima prosiguió la charla.

    —Habib me ha contado tu desliz de ayer. ¿Puedes señalarme las faltas que has cometido?

    —Besarle sin permiso y perder la posición. Y otra por hablar sin permiso.

    —¿Hay algo más?

    Shara trató de recordar.

    —Nada más.

    —Te equivocas. Había otra falta por no mantener la cadena en contacto con tu espalda. Esto supone una nueva falta.

    —Lo siento.

    —Lo imagino. No hay nada mejor que las consecuencias para aprender. Así que tienes los cinco azotes establecidos diariamente y cinco faltas con cinco azotes cada uno. ¿Por qué besaste a Habib? Esa falta fue completamente voluntaria.

    —Me incitó la situación— dijo titubeando. —Me sentí deseada.

    —A Habib tú también le gustas. No debería ser un problema, muy al contrario. Lo que ocurre es que en último extremo terminaréis yendo a lugares diferentes. Creo que te has enamorado de él, es algo bueno para el entrenamiento, difícil en la parte final.

    Shara no entendía muy bien cómo podía pensar Dima que se había enamorado de Habib. Todo era por obligación y un beso no podía ser suficiente indicio.

    —No estoy segura, Dima. ¿Cómo podría saber si me he enamorado?

    —Supongo que no es fácil. Esperaremos unos días. Mientras tanto, Habib será el único que te azote. Después de cada sesión de castigo lo besarás. Iba a incluir esa parte en tu entrenamiento más adelante.

    —¿Y ya no habrá castigo por besarle?

    —No si sólo lo haces después de los azotes. El resto del tiempo, las reglas serán las mismas. No te confundas: estás obligada a besarlo. ¿Entiendes?

    —Debo besarlo después de cada sesión de castigo y no debo besarlo el resto del tiempo.

    —Voy a añadir un elemento más, Shara. Habib es un hombre joven, le voy a dar libertad para tocarte los senos siempre que os estéis besando.

    Shara hubiera protestado si no hubiese visto en la cara de Dima una extraña determinación.

    —Pero sólo le besaré cuando me haya castigado ¿no?

    —Y él podrá besarte cuando lo desee, sin restricciones. Y al hacerlo, tendrá acceso a tus senos. Cuando te bese, cuenta interiormente hasta treinta. Entonces, puedes abandonar el beso. Si lo haces antes, serás castigada. Y, por otra parte, pasada esa cuenta de treinta, Habib sabrá que deseas seguir siendo acariciada o besada.

    Shara no podía creerse que pudiera ser tan injusta con ella. No pensaba estar ni un segundo más. En cuanto se acabase el tiempo, dejaría de besarlo.

    Acabaron de desayunar. Dima se fue y Habib llegó al momento.

    —¿Estás de acuerdo con los términos que ha establecido Dima? —preguntó Habib con dudas. —Tienes permiso para hablar.

    Shara no estaba de acuerdo con nada, pero poco podía hacer. Casi debía sentirse agradecida de no ser violada.

    —Estoy de acuerdo —afirmó con falso aplomo mientras Habib contemplaba su cuerpo expuesto en la postura de exhibición.

    —Entonces, empecemos. El castigo diario se realiza aquí en la celda, sin atavío. ¿Recuerdas la sesión de ayer?

    ¡Cómo si pudiera olvidarlo! Shara se colocó de cara a la pared y empujó los senos hacia la misma, luego levantó el pie derecho, ofreciéndole al látigo.

    —Lo lamento mucho, Shara, pero has olvidado algo importante. Una falta. Ya no tienes permiso para hablar. Trata de recordar o habrá una segunda falta.

    Shara trató por todos los medios de rememorar la infame sesión del día anterior. Levantó el talón izquierdo.

    —Una falta, Shara. El orden no es ese.

    ¡Era todo tan injusto! Bajó el talón izquierdo y el pie derecho. Elevó los dos talones y volvió a llevar hacia arriba el pie derecho. Casi se imaginaba la escena, parecía estar rogando que le azotasen la planta desnuda.

    —Ahora está mejor. Desde ahora, primero elevas los talones, luego presionas los pechos con fuerza. No olvides las faltas de hoy para anotarlas posteriormente. En cada registro debe constar la razón por el castigo. Ahora sólo trata de centrarte en los azotes.

    La espera era angustiosa. El primer golpe fue mucho más intenso que el día anterior. Y se movió ligeramente.

    —No lo tendré en cuenta, Shara, pero no debes de moverte en absoluto.

    No lo estaban azotando a él. Shara cambió de pierna. El simple hecho de alargar el pie derecho fue como una tortura. El golpe en el pie izquierdo fue rápido. A partir de ahí, los azotes fueron rápidos. Se quedó quieta mirando a la pared, con los pechos ya quejumbrosos al cabo de un rato.

    —Puedes girarte, Shara.

    Sin pensar realmente que correspondía, Shara volvió a su postura de exhibición, manos en la nuca y piernas abiertas, aliviada de bajar los talones y liberar los pechos.

    —Una falta, Shara. Ahora tocaba besarme. Lleva tus brazos a mi cuello y comienza.

    Shara lo besó ofreciendo el cuerpo mientras buscaba sus labios. Habib acarició sus pechos por primera vez. Mucho antes de que pudiera apreciar el deseo del hombre, este soltó los pechos y retiró los labios.

    —Vamos con la sesión de nuevo. Los azotes anteriores era los obligados, ahora vamos con la compensación por las cinco faltas de ayer. Serán a los pies, las nalgas y la espalda. La primera posición ya la conoces.

    Shara no dudó en absoluto, había memorizado la secuencia con fervor, no quería añadir una nueva falta a su larga lista. El pie derecho estuvo ofrecido en un santiamén, pegado a su nalga, los pechos aplastados, el otro pie alzado de antemano. Habib aplicó los azotes con la misma velocidad que antes y a Shara le dolieron menos, a pesar de que los impactos seguían dejándola sin respiración.

    —Puedes bajar el pie izquierdo. No olvides mantener los dos talones bien levantados. Así, muy bien. Iré primero por la nalga derecha. Presiona con tu pubis la pared.

    El primer azote en la nalga, a pesar de dolerle no fue tan cruel como en las plantas de los pies. Cuando se acabó la serie en ambas nalgas, Habib siguió explicándose.

    —Ahora cambiaré de látigo. No quiero dañarte la piel de la espalda. El artefacto que voy a usar es sónico. Básicamente, tus nervios sentirán el estallido del látigo y tu piel quedará incólume. No es el dolor del cuero golpeado lo que debe de preocuparte, sino la reacción de contracción. Cuanto antes aprendas a relajarte, mejor podrás soportar sus efectos.

    Shara no sabía cómo podía nadie relajarse cuando se iba a recibir un latigazo. Habib pareció leer sus pensamientos.

    —No anticipes el movimiento. Mejor lleva tu mente a una parte tuya que ya haya sido azotada o a la incomodidad de tus pechos.

    Eso último no era difícil. El latigazo sónico llegó al momento. Shara bajó los talones ante el dolor, había sentido como si toda la espalda hubiera sido cortada. Aunque lo tenía totalmente prohibido, llevó su mano derecha de la nuca a recorrer la piel de la espalda, incapaz de creer que no estuviese saliendo sangre.

    —Lleva la mano a la nuca de nuevo, Shara. No hay ningún corte. Y en unos cinco minutos el dolor dejará de estar ahí. Relájate para los siguientes latigazos.

    Shara no pudo pensar en nada más que en lo que venía encima, el resto de dolores triviales comparados con ese. Consiguió no mover las manos y en cuanto Habib acabó de azotarla, Shara se dispuso a besarlo con atrevimiento.

    El beso fue mucho más elocuente. Habib estuvo un largo rato ofreciéndole sus servicios, apreciando las formas voluptuosas de los senos con criterio y cierta devoción. Shara no movió las manos de su nuca, a pesar del magreo incesante y persistente. Por un momento, casi olvidó las penas en su espalda y ni siquiera se acordó de contar hasta treinta, centrada en el placer en sus pechos voluptuosos.

    —Vamos.

    Shara pudo por fin bajar los brazos y casi lloró de gozo, de cansados que los tenía. Ayudó a Habib a calzarle los zapatos. Los pies protestaron sin cesar. Shara ya sabía a estas alturas que el dolor no desaparecería en horas y, mientras tanto, el dolor en la espalda había desaparecido totalmente.

    Shara se vistió con ayuda de Habib, con mayor facilidad que el día anterior. Su cabeza erguida y sus talones elevados al cielo la hacían sentir más alta que nunca. Habib la cogió por la cintura.

    —Primer paso adelante, Shara. No lo hagas muy amplio y baja el pie con sensualidad y elegancia.

    El movimiento fue grácil a pesar de su dificultad y pronto el otro pie realizó su primer movimiento. Cuando Shara hubo dado diez pasos, la hizo girarse para besarla. Shara llevó sus brazos a la nuca de Habib como tenía establecido y casi, sin pensarlo, se preparó para ser acariciada de nuevo. Por suerte para ella. esperó a ser besada antes de corresponder. Ya no había dolor en la espalda y solo las nalgas y las plantas de los pies atenuaban el gozo que sentía. Sus pezones parecían explotar de emoción y sus senos estaban hinchados de necesidad. Tuvo un orgasmo. El primer orgasmo de su vida, fuera de sus sueños. Habib la sostuvo mientras lo tuvo, maravillado ante la vibración inconfundible y el deseo que percibió. Shara se recobró con rapidez y ajustó su postura.

    Tenía tantas ganas de hablar o de besarlo que casi no pudo contenerse. Dima tenía razón: se había enamorado. A partir de ese momento, seguir a Habib le resultó más fácil. Hicieron una tanda de veinte pasos y Shara hubiera dado cualquier cosa por otro orgasmo, pero Habib abandonó el beso antes de lo previsto, mientras que Shara ni se planteó contar hasta treinta.

    Ya ni siquiera el dolor en los pies o en las nalgas limitaron el movimiento o la resolución de Shara, dispuesta a cualquier cosa por ese hombre. Cuando llegaron a hacer los cincuenta pasos y después de una sesión de lenguas y manos sobre pechos, Shara tuvo un segundo orgasmo, más comedido y también mucho más esperado.

    —Volvamos a la celda, Shara —señaló Habib sin comentar para nada los sensuales estallidos de su acompañante, como si le resultasen ordinarios.

    Estaban bastante lejos, ya que todo el tiempo había estado alejándose de la celda de Shara. Esta no tuvo demasiados problemas para recorrer todo el camino de un tirón, cada pie apoyado con delicadeza al finalizar cada paso, cada nalga elevada y bajada ligeramente, cada triángulo descubriendo y cubriendo con disimulo y cada respiración concentrada en el movimiento.

    —Quítate todo el atuendo y luego come un poco. Más tarde vendrá Zahira a masajearte el cuerpo e indicarte nuevas instrucciones.

    No hubo un beso de despedida, y por lo tanto nuevas caricias. Si Habib tenía sentimientos hacia ella, Shara no conseguía percibirlos salvo por su plena dedicación a la hora de sobarla. Ni siquiera sabía si la besaba porque eso le permitía acariciarla.

    Justo había acabado de comer, ya casi sin sentir el dolor de los latigazos y sólo consciente de que sus piernas parecían de gelatina cuando llegó Zahira.

    —Una falta, Shara —le indicó cuando Shara no se levantó ni se puso en la posición de brazos en la nuca.

    Cuando ya estuvo en la posición, con cierta dificultad debido al cansancio que sentía, esperó.

    —Puedes hablar.

    —Estoy a punto de caerme rendida, Zahira.

    —Me lo imagino. Estoy contenta por ti. Me han dicho que has tenido dos orgasmos. ¿Tu primera vez?

    —Sí. No sabía que se podían tener orgasmos a través de los pechos.

    —¡Claro que sí! Aunque no todas podemos. Es una gran noticia. Deshaz la postura, tomaré un café mientras tú te acabas el postre.

    Charlaron un rato de manera intrascendente hasta que Zahira le señaló la tabla/cama. La propia Shara tocó el botón para abrirla y surgió lentamente.

    —Ponte boca abajo y estírate todo lo que puedas.

    Zahira le dio un masaje por todo el cuerpo, con mayor énfasis en los hombros, las piernas y los pies. Shara se quedó dormida, a pesar de aplastar sus pechos contra la dura tabla metálica. Estaba demasiado cansada para percibirlo y el masaje había cumplido su función. Cuando se despertó, no mucho después, casi no recordaba dónde estaba y se tocó ligeramente un seno cuando se dio la vuelta. Tardó en darse cuenta y también en notar que Zahira la estaba mirando.

    —Una falta, Shara. La próxima vez, si crees que vas a dormirte, es mejor que enganches tus pulgares a las arandelas para evitarte problemas.

    A Shara le costaba no decir nada, pero por nada del mundo quería otra falta. El permiso para hablar ya estaba caducado. Zahira asintió.

    —Puedes hablar.

    —Lo siento, Zahira. ¡De verdad!

    —Lo sé. Llevas siete faltas hoy contando estas últimas.

    —¿Dónde se me azotará?

    —No se te azotará por delante… por ahora. No estás preparada. Mañana tendrás una sesión como la de hoy y se te acumularán dos faltas para el día siguiente. No cometas más errores.

    Shara agachó la cabeza. Zahira sacó algo de la caja llena de artilugios sexuales.

    —Aunque no me fio de ti, Shara, te voy a colocar un pequeño artefacto.

    —¿Qué tipo de artefacto?

    —Es como un dedal para tu clítoris.

    —¿Es realmente necesario?

    —Podríamos esperar un poco, pero tu sexualidad te está desbordando. Sería más difícil para ti llevarlo una vez alcanzases un clímax.

    —¿Y lo de hoy?

    —Eso han sido tus pechos. Tu clítoris debe estar restringido.

    —¿Qué debo hacer?

    —Ponte en el suelo, piernas bien abiertas, manos en la nuca y ojos cerrados.

    Una vez Shara estuvo en posición, Zahira buscó el clítoris.

    —No tardaré nada. Te voy a colocar el dedal. Este pondrá una película por encima de la piel y en unos segundos retiraré el artefacto.

    Shara no notó nada salvo el contacto inicial.

    —¿Ya está? —preguntó cuando Zahira le dijo que podía levantarse.

    —La película te impedirá masturbarte adecuadamente. También monitoriza tu estado de excitación y traslada los datos a la IA.

    —Sigo sin entenderlo, Zahira. ¿Qué diferencia hay con los orgasmos que tuve hoy?

    —Algunas mujeres somos capaces de tener orgasmos sin el estímulo de nuestro clítoris, otras no. En tu caso, ya que tienes ese don, lo exploraremos adecuadamente. Pero el botón de amor entre tus piernas pertenece exclusivamente a tu dueño.

    Shara se quedó abatida y prefirió no tentar la suerte, no siempre estaba Zahira tan habladora. Esta le propuso que continuara con sus ejercicios.

    —Creo que estás empezando a darle al coco. Trata de realizar tu rutina de ejercicios, ahora que has descansado. Cuando acabes, puedes tomar algo y luego duerme. Si crees que no vas a poder evitar tocarte, debería ponerte unos brazaletes.

    —¿Unos brazaletes?

    Zahira los sacó de la caja.

    —¿Ves? Llevan unos engarces parecidos a los que usas actualmente cuando llevas las manos por encima de ti cuando vas a dormir.

    Shara se los puso. No tenía sentido no hacerlo. Zahira le enseñó a colocar los pulgares en cada engarce con los brazos por detrás. En un primer momento, Shara creyó que el conjunto era cómodo, pronto cambió de idea. Las manos debían de estar prácticamente pegadas al codo contrario y los pulgares en alto.

    —No entiendo cómo funcionan las arandelas, Zahira.

    —Te obligarán a estar alerta, los brazos no deben de relajarse detrás de ti. Si así fuera, notarías como las arandelas apretarían los pulgares.

    —¿Y cómo podría dormir así?

    —Ponte horizontal y lo verás. En ese caso, los pequeños anillos que rodean tus pulgares no apretarán.

    Shara lo probó, algo escéptica. Zahira tenía razón.

    —Puedes dejarte puestos los brazaletes o quitártelos cuando vayas a dormir. Sólo ten en cuenta que en cuanto te duermas, ya no podrás retirar los brazos de tu espalda, ya que los brazaletes conectan con la IA y detectan si te has dormido, impidiendo las tentaciones. Hasta luego.

    Le dio un beso suave en los labios y se fue sin tocarle los pechos, para desazón de Shara que en esa postura los ofrecía impúdicamente.

    El ejercicio le vino bien, al igual que volver a comer. Luego se fue a dormir inquieta ante la perspectiva de tener los brazos detrás toda la noche. Al menos, cuando los tenía encima suya, tenía la posibilidad de bajarlos si estaba despierta. Un grado menos de libertad.

  • Sábado noche y también domingo noche

    Sábado noche y también domingo noche

    Pablo es un chico de mi edad, recién tenemos 18 años y este mismo año hemos concluido los estudios en el colegio, ambos ingresamos también este año a la Universidad y a los dos nos va la literatura. En verdad se llama Pedro Pablo, pero él nos ha acostumbrado a llamarlo Pablo para evitar el ridículo Peter (piter) que no le gusta nada. Muy pocos saben que tiene dos nombres. Lo que Pablo se propone lo consigue, excepto una cosa: que le quiera su novia. Lo que no entiendo de Pablo es que quiera a su novia siendo así que su novia se lo ha dejado muy claro.

    El asunto es que en una ocasión Pablo le declaró a su chica que la quería mucho aunque él sentía un fuerte atractivo hacia los hombres. Eso a ella no le gustó y al parecer no lo dejaba por temor a su familia ya que sus bocas se hacían agua hablando de Pablo; lo que ella quería era que él la dejara y quedara mal ante todos. Él quería casarse con ella con la esperanza de acabar con sus atracciones homosexuales.

    A lo que vamos. Sábado a las 8 de la tarde salí de casa para juntarme con mis amigos, antes me había vestido adecuadamente para el calor que hacía, un short jean gastado y muy fino y una camiseta amarilla sin mangas y muy sesgadas que puso mi madre sobre mi cama. Ella tiene de vez en cuando esas cosas. La verdad es que a mi madre le gusta que yo sea gay, y a mi padre le cabrea pero aguanta. Pasé por delante de la casa de Pablo y no entré porque sabía que estaría con su novia, pero dos manzanas mas allá me lo encuentro que esperaba semáforo en verde para cruzar la avenida, igual que yo pero en dirección contraria. Estaba cabizbajo y no me veía, me puse frente a él para que tropezara conmigo y cuando cruzó me puse delante y tropezó.

    — Perdón, perdón.

    — ¿Cómo que perdón, Pablo?

    Lo agarré del brazo y caminé unos pasos con él hasta que le pregunté qué le pasaba. Nos paramos arrimados a una pared y comenzó a explicarme. A duras penas aguantaba las lágrimas en los ojos, pero su voz era entrecortada y temblorosa.

    — Me ha dejado, Julio, me ha dejado.

    Y se agarró a mi cuello y comenzó a llorar sobre mi hombro. Las lágrimas corrían a lo largo de mi brazo. Los que pasaban miraban y luego se iban comentando cosas que yo ya no oía, ni puta falta que me hacía oír nada mas que lo de Pablo.

    Cuando se calmó, me explicó:

    — Me ha recibido en el portal de su casa y me ha dicho que no quiere nada conmigo, que todo lo nuestro acabó y que va a llorar delante de sus padres porque yo la he dejado y que no vaya a su casa para decir que ha sido ella la que ha roto porque entonces les diría a todos que soy maricón.

    — Si una chica no te quiere, déjala, ya saldrá otra…, le dije.

    — No; y me ha dicho que si se entera que salgo con otra chica irá a decirle que soy maricón.

    — ¡Será puta la tía esa!, exclamé

    Lo abracé y le invité a venirse conmigo. Nos fuimos donde mis amigos, me esperaban en un bar de ambiente donde conozco mucho a Lucio, el dueño. Lo presenté a mis amigos, lo recibieron con agrado y pensé que tenía que arreglar el vestuario de Pablo. Le saqué la camisa demasiado elegante y que exigía corbata. Me quité mi camiseta y se la puse, le levanté las perneras del jean bien planchado con unos dobladillos y entregué la camisa al dueño del bar para que me la guardara. Y me preguntó Lucio si yo quería una camiseta y le contesté:

    — No; gracias, hace calor.

    — Tú quieres presumir de vientre plano, eres un putón.

    Nos reímos y el chico de la barra me sirvió mi whisky doble de costumbre y me miró como quien pregunta qué le sirve a mi amigo Pablo.

    — Lo mismo.

    Varios pasaban y preguntaban qué le pasaba a nuestro amigo y les contestaba:

    — Ha roto con su novio y está triste.

    Uno contestó:

    — ¡Que lo mate!

    Mis amigos tomaban cerveza y hablaban de ir a la disco. Les dije que iríamos y si Pablo se cansaba nos iríamos a casa. Todavía estuvimos en el bar hasta llegar uno de nuestros amigos, lo que dio oportunidad a otro whisky. Llegó Alfonso, tomó rápidamente una cerveza con Pascual y Juanele y salimos a la disco. Alfonso había venido con su coche, subimos todos y nos fuimos a El Antro. Alfonso solo bebió tónica, el amaba demasiado a su coche y no tomaba mucho alcohol. Pascual y Juanele tomaban los cócteles de moda. Pablo y yo whisky para no mezclar. Pablo bailó conmigo y con Juanele que se lo llevaba a rastras. Pero en un momento que tuve necesidad de ir al baño le dije a Pablo que me acompañara. Había gente pero no hicimos mayor caso, metí a Pablo en una cabina y le dije que se desahogara, me pidió que entrara y meamos a la vez los dos, luego nos masturbamos, nos limpiamos con papel, le di un beso que correspondió y salimos. Como iba medio desnudo noté demasiados manos tocando mi cuerpo al pasar.

    — Parece que la gente te quiere, me dijo Pablo.

    — ¡Ca!, buscan carne, ¿quieres follar con alguno?

    — ¡Nooo…! Quiero follar contigo.

    — Vamos a casa.

    — ¡A mi casa no!

    — No, hombre, no; nos vamos a la mía.

    — ¿Qué dirá tu padre?

    — Nada, porque no están mis padres en casa y, si estuvieran, igual; cada quien a lo suyo.

    Me despedí de mis amigos como siempre de manera muy morbosa, con un beso con lengua y tocando paquete y culo, así me entero como está el patio, y estaba muy caliente: ya habían follado los tres. A Pascual lo mandé al baño porque ya estaba vomitando semen por el culo.

    Tomamos un taxi y llegamos a casa. En efecto, no había nadie. Entramos a mi habitación para desnudarnos. Yo solo tenía que sacarme el short porque no llevaba nada más abajo. Esperé a Pablo que se desvistiera y nos fuimos a la cocina, comimos algo y nos llevamos a la habitación una botella de dos litros de agua que había en el frigorífico. Pregunté a Pablo si quería vaso y me dijo:

    — Yo como tú, a morro, que sé que te gusta así.

    Pablo sabe que con estas respuestas me calentaba más. Conecté el televisor, puse un canal porno de pago y elegí una de orgía bipolar. Nos tumbamos juntos en la cama y miramos la película con las piernas abiertas y las manos en la polla. En un momento había tíos follando con tías, tríos de dos con una, tíos fallándose y tortilleras dándose gusto. Dejé mi polla con una mano y con la otra agarré la polla de Pablo y me puse a darle gusto, hizo lo mismo y yo que vi a dos que se pusieron en 69, lo hice con Pablo, respondió bien, nos olvidamos de la película y yo chupaba sorbiendo su polla, pero a él le señalé mi culo que estaba rasurado de la tarde para que lo trabajara. Me daba gusto Pablo con su lengua y lo hacía como si fuera un chocho, me sentía en el Olimpo, cuando alternaba la lengua con los dedos.

    Noté que Pablo estaba ya próximo a explotar y le dije:

    — ¡Métemela ya!

    Levanté mis piernas, cogí la almohada, me la puse debajo de la cadera. Pablo puso mis piernas en sus hombros y metió su polla en la línea divisoria de las nalgas y grité:

    — ¡No seas cabrón y métemela de una puta vez.

    Entonces dirigió su capullo a la entrada de mi orto y empujó, le ayudé y entró toda, hasta notaba las bolas tocando mis nalgas. Me dolió el golpe de entrada y debí haber puesto tan mala cara que me dice:

    — ¿Te he hecho daño, mi reina, mi putita?

    — ¡¡Muévete, puto cabrón!!

    inició suavemente el mete y saca y parecía que nos íbamos a dormir, dije:

    — ¡Folla más fuerte, hijoputa.

    — Si mi jodida puta quiere fuerte, ahí va, replicó dándome ya en serio.

    Que sí, que fue amablemente duro el gachó, se comportó como un macho, me dio más placer que en cualquier otro polvo anterior. El sudor de su cuerpo caía sobre el mío y como yo recogía su sudor y me lo metía con el dedo a la boca, abrió su boca como perro follando y un reguero de baba cayo sobre mi pecho. Lo agarré con mis manos sobre sus hombros y lo incline para que me besara y nos besamos mientras Pablo seguía follando mi culo. Dejamos el beso y vi que salía de su boca otro reguero de saliva y abrí la boca y me lo pasé por la boca adentro.

    Pablo exclamó:

    — ¡Me corro, me corro!

    Y apretando fuertemente hacia dentro de mí noté cómo descargaba sus chorros de semen en mi interior mientras me miraba extasiado. Yo le sonreí y él se inclinó para besarme. No le dejé salir de dentro de mí y nos besamos mucho con su polla clavada en mi culo y se puso a masturbarme, pero ya no tardé en eyacular mientras Pablo miraba cómo se salía mi leche de mi polla. Besó mi polla y se le escapó su polla de dentro de mi culo.

    Pablo estaba salido de sí, se puso encima de mí y se ensució a gusto con mi lefa y yo solté la suya que salía de mi culo sobre las sábanas.

    A las 7:30 sonó mi despertador como hace siempre, nos levantamos, me lo llevé a la cocina, le hice tomar leche con unos cruasanes y tras ese desayuno nos fuimos a mear, sacamos todo lo que habíamos aguantado y de nuevo a la cama sin ducharnos para oler rico a machos calientes. Ya nos dormimos hacia las 8 de la mañana, abrazados, sudando del calor y besándonos.

    Nos levantamos a las dos. Ya podéis imaginaros lo que pasó luego, pero ya lo contaré. A las 6 de la tarde del domingo comíamos un arroz con pollo que aprendí a cocinar. Mientras cocinaba, a mi lado estaba Pablo contando a su madre un montón de mentiras solo para decirle que no iría a casa hasta el lunes.

    Y también domingo en la noche

    A las dos nos habíamos despertado. Teníamos hambre, pero era mayor el desesperado deseo de sexo que sentíamos. Desde la tarde de ayer no nos habíamos duchado y habían pasado muchas cosas, sobre todo recordábamos la noche entera en que Pablo se había comportado como mi macho y yo había hecho el papel de puta para Pablo. Además mariconeé bastante, intenté hacerle sentir bien y procuré comportarme como una mujer con ganas para que se le fuera de la cabeza lo vivido con la novia. Hice que me follara cuatro veces, yo ya tenía el culo abierto para una semana, podía pasar por mi culo fácilmente un palo de béisbol. Habíamos comido semen, habíamos hecho chupadas, mis tetillas estaban inflamadas, pues Pablo, quizá acostumbrado a las tetas de su ex novia, me las pellizcaba, mordía, lamía y chupaba aspirando. Noté que yo le gustaba, quizá más que su ex novia. Me demostraba que mi cuerpo le atraía. Fue una noche sin parar y no había en mi cuerpo agujero por donde no metiera su lengua y su pene. Dormimos seis intensas horas abrazados y despertamos a las dos polla con polla y bien almidonadas y duras y con más ganas.

    Pablo era buen amigo mío. Cómo vivíamos cerca uno del otro e íbamos al mismo colegio, solía venir a mi casa para hacer los deberes, algunos domingos íbamos al cine y cada quince días mi padre nos llevaba al fútbol. Muy aficionado mi padre al Villarreal, que para él es el mejor, aunque pierda. Nunca me ha gustado el fútbol, pero como mi padre nos compraba chucherías, me gustaba ir con él. A Pablo sí le gustaba el fútbol y venía con interés, luego supe que venía por las piernas y culos de los futbolistas.

    Al despertar recordaba todo esto mientras esperaba que Pablo despertara. Iba tocándome los huevos, algo que me gusta mucho hacer en la cama, y acabé masturbándome, mientras lo hacía, escucho:

    — Has empezado sin mí.

    Lo miré, lo besé y le masturbé, quiso masturbarme, pero no le dejé. Quise hacerlo solo y cuando estaba avanzado ponía sus manos, se las quitaba y seguía masturbando hasta que exprimí su polla y el grifo me dio toda su leche. ¡Que capacidad tienen los huevos para regenerarse, joder!

    Satisfecho del placer recibido me dijo:

    — Hoy me follarás tú, ¿no?

    — No; este fin de semana tú eres el macho y yo soy tu hembra, haz de mí lo que quieras, lo que te gustaría hacer.

    — Qué difícil me lo pones, no sé si te gustará…

    — Tú dime qué quieres hacerme y hazlo.

    — Me hubiera gustado que te vistieras de mujer, para hacer una de mis fantasías que nunca me dejó hacer la puta con la que salía.

    — ¿Esperas media hora mientras te vas tocando tus putos huevos?

    Con él sí de Pablo, salí al cuarto de mis padres, escarbé en la cómoda de mi madre, saqué una de sus finas braguitas de encaje y seda, un sujetador con relleno y algodones que añadí en cantidad y busqué un vestido de mi madre en dos partes, blusa, y falda larga partida por el lateral, añadí un corpiño sobre la blusa, busqué una peluca y me pinté con las cosas que mi madre tenía en su neceser y delante del espejo para ponerme bien guapa. Me puse collares y pulseras, medias con liga casi hasta la ingle y zapatos de tacón. Abrí la puerta de mi habitación abruptamente y Pablo se llevó tal susto que, pensando que yo era mi madre, se tapó su cuerpo con la almohada.

    — Pablo, Pablo, le grité arrimado de espalda al dintel y con una pierna fuera de la falda.

    Cuando lo llamé me reconoció y comencé a coquetearle cual puta verdadera, contorneaba mi cintura, movía el culo y mis gestos eran lo más afeminado que pude. Vino, me besó y lo besé en la cara para dejarle marca de mis labios. Le fui dando besos por todo el cuerpo y a marcarlo con mis labios de rojo carmesí, el pecho, el abdomen, el pene, las nalgas y la cara…, todo lo tenía marcado con mis labios. Saqué el móvil de mi bolso y le hice fotos de todo, se dejó fotografiar desnudo y luego me hizo fotos con mi móvil. Me hizo una cuando levanté la falda roja del vestido para que viera las medias y las bragas estrechas y me preguntó:

    — ¿Qué has hecho con tu polla?

    — Soy tu hembra, no lo olvides.

    Me besó y comenzó a quitarme poco a poco mi ropa, lo hizo muy bien, había asumido el papel de macho y abusó. Cuando me quedé con las prendas interiores, sin blusa y sin falda, me dijo:

    — Échate al suelo y bésame los pies.

    Me eché el suelo muy afeminadamente, él se había sentado en la cama, me arrastré un poco para alcanzar sus pies y no solo se los besé sino que los lamía y chupaba. Le había chupado los diez dedos y, poniendo un pie sobre mi cara, me empujó diciendo:

    — Ahora chúpame desde los tobillos hasta el ombligo y hazlo bien, perra puta, o te daré tu merecido.

    Fui besando y lamiendo cada lugar de sus peludas piernas, llegué a la polla y me regodeé hasta humillarlo con una corrida suprema que me tragué con gusto. Sabía que esto no le iba a gustar porque le demostré su falta de aguante, pero seguí lamiendo hasta el ombligo y le di la vuelta para lamerle sus nalgas y su hoyo hasta meter lengua adentro y le escuché gemir todo lo que se había contenido haciéndose el macho.

    Volví a darle la vuelta y besé su boca, puse mi pubis sobre su polla y movía su culo buscando mi polla pero no la encontraba, iba a meter la mano para comprobar y se la quité sin decir nada y se conformó. No quiso un segundo fracaso.

    Me tumbé en la cama pierna derecha sobre pierna izquierda y él miraba mi entrepierna sin descubrir el secreto. Con un empujón de pie eché abajo el zapato derecho y cambié a ponerme pierna izquierda sobre pierna derecha todo muy coqueto y afeminado y eché el otro zapato. Entonces le dije:

    — ¡Ay!, mi amor, Pablito, tengo calor…

    — ¿Qué puedo hacer por ti, vida mía, mi amor, para aliviarte…?

    — Quítame mis medias con tu sabrosa boquita.

    Ahí tenía a mi Pablo haciendo el circo para quitarme las medias con la boca, primero una, luego la otra, una eternidad.

    — Chúpame mis tetas, Pablo, mi amor, mi cariñín…

    Me quitó despacio el sujetador mientras yo suspiraba con gemidos forzados, y él luego mordía y lamía mis pezones.

    — ¿No me quieres comer el chocho?

    Iba a quitarme las bragas y no se lo permití y tuvo que chupar por encima hasta ponerlas muy húmedas. Insinué que las quitara y entonces vio el amplio esparadrapo que había echado todo el pene hacia atrás. Ya me aprisionaba porque ya estaba muy erecto. Me quité el esparadrapo con cuidado, aunque no tenía ni un pelo en los genitales ni en el pubis y volviéndome al revés de cara a la cama le pedí que me comiera el culo para luego penetrarme. Lo hizo con mucho cuidado y no tardó en penetrar, me besó toda la espalda y me atravesó sin piedad. Fue su cariñosa venganza. Desde el inicio tomó el ritmo rápido, me folló fuerte, temía yo por él, por el arrepentimiento posterior que pudiera tener, pero lo hizo a mi gusto y descargó todo su semen en mis entrañas. Quedamos exhaustos. Eran las cinco de la tarde. Nos duchamos, nos lavamos uno a otro, se cuidó de quitarme toda la mierda que yo me había puesto en la cara y bajo el agua me besó muy agradecido y le correspondí con el mismo amor. Comimos el arroz con pollo y queríamos descansar, pero vimos ambos desnudos una película de asesinos y agentes de policía. Estábamos muy juntos y pegados, tocándonos, de vez en cuando los huevos y el culo; también nos besábamos. Dieron las 9 de la noche y decidimos ir a cenar en serio. Fuimos a la habitación, nos volvimos a duchar, nos secamos y…

    — ¿Qué nos ponemos?, pregunta Pablo.

    Abro el ropero y le digo:

    — Voy a ponerme un short y una camiseta de tirantes, tú vístete con lo que quieras de lo que hay ahí.

    Cogí lo que me iba a poner, un short vaquero blanco a media caña, es decir, hasta medio muslo, y una camiseta verde con hojas pintadas. Él se escogió un short similar de tela vaquera y una camiseta de tirantes roja con un dibujo que daba la vuelta a la cintura, y preguntó:

    — ¿No te pones calzoncillo?

    — No suelo usar, da demasiada calor, y como el short es muy pegados al cuerpo marca todo y es mejor así, sin nada más dentro, pero si quieres en el segundo cajón hay nuevos, sin estrenar, respondí.

    — Ah, si tú no te pones yo tampoco, con las bolas al aire.

    Salimos a cenar, dimos un paseo como de una hora hablando. Pablo no se acordó de su novia y cuando decidimos regresar íbamos por una calle semi vacía y le metí mano por la cinturilla en sus nalgas, él hizo lo mismo y me preguntó:

    — ¿Qué pasaría si nos hiciéramos novios?

    — ¡Way! Eso molaría mazo perdío, contesté.

    Nos pusimos uno frente al otro, metimos las dos manos abrazando las nalgas del otro, nos besamos con largo y húmedo beso y le metí un dedo en el culo, Pablo me hizo lo mismo, luego, tomados de la mano y chupando el dedo que habíamos metido en el culo, nos regresamos felices a casa como novios. Esa noche ni te imaginas, vamos lo disfrutamos jodidamente, como para agarrar un mal.

  • No lo pienses demasiado (Parte 12)

    No lo pienses demasiado (Parte 12)

    Salí detrás de ella que ya estaba parada en la puerta del ascensor y me puse a su lado sin decir nada, llevaba un calentón tremendo. Entramos en el ascensor que estaba vacío en ese momento, me apoyé en una de las paredes y cuando se cerró la puerta del ascensor se plantó delante mío y empezó a comerme la boca, al poco le giré la cara pues ya tenía bastante con lo llevaba y en lugar de parar se enganchó a mi cuello.

    Irene: Ya te vale…

    Carla: Sabes que te quiero tonta.Se reía.

    Irene: Ya veo ya…

    Sonó el timbre del ascensor y rápidamente se apartó poniéndose a mi lado como si nada antes de que se abriera la puerta del ascensor, salimos del hotel y nos fuimos al bar donde habíamos quedado.

    Laura y Juan ya estaban allí tomándose unas cervezas.

    Juan: Hola chicas! Por fin, tarde como siempre.

    Irene: Juan no jodas que solo son 10 minutos. Seguro que acabas de llegar.

    Laura: Efectivamente no le hagas ni caso Irene, acabamos de llegar.

    Me acerqué a Juan y le di un colleja.

    Juan: Que agresividad Irene. Carla hazle algo a esta chica a ver si la suavizas un poco.

    Carla estaba bebiendo de una cerveza en ese momento y casi se ahoga con la risa.

    Carla: Jajajaja Juan verdad que se la ve algo tensa? Tienes que relajarte Irene! Me dio un beso en la mejilla.

    Irene: Madre mía qué hostia tenéis los dos…

    Los dos se empezaron a reír a carcajadas.

    Carla: Venga guárdate esa mala leche que ahora estamos de buen rollo.

    Las jarras de cerveza iban y venían a la mesa como si fueran de agua y nuestra tontería aumentaba con el número de jarras. Carla se dedicó a calentarme durante toda la cena, me mandaba mensajes, acariciaba mis piernas por debajo de la mesa y con su mano encima de mi pierna movía su dedo corazón como si me estuviera masturbando.

    Carla (móvil): Espero que la agresividad te la hayas guardado para después.

    Cuando ella iba al baño me mandaba fotos suyas, de su escote, de su tatuaje de la cadera…

    Carla (móvil): Vienes y me ayudas? Junto al mensaje había una foto suya en sujetador delante del espejo con una mano dentro del pantalón.

    Me levanté y fui en dirección al baño, cuando yo llegaba ella salía, me dio beso en los labios y pasó de largo.

    Carla: Más tarde… Me dijo al oído.

    Irene: Carla por favor…

    Entré al baño me quedé apoyada en la puerta del baño, pensé en masturbarme y acabar rápido con mi tortura pero no era la primera vez que Carla jugaba conmigo y merecía la pena aguantar.

    Irene (móvil): Te lo estás pasando bien verdad? Puede que acabe esta tortura sin tí.

    Carla: Sabes que eso no va a pasar, no me preocupa. Me necesitas a mi…

    Tenía razón, la necesitaba a ella.

    Volví a la mesa, lo estábamos pasando muy bien y después de cenar nos quedamos tomándonos unas copas en el mismo bar, con las risas y la tontería para cuando nos dimos cuenta eran casi las dos y decidimos acabar la noche. Carla y yo volvíamos al hotel y Laura y Juan también debían tener planes.

    Por el camino Carla se dedicó a provocarme como durante toda la noche y yo intenté hacerme la dura evitándola.

    Carla: Va Irene! Ya no quieres jugar? Estas enfadada? Se reía.

    Irene: No sé igual ahora ya no me apetece hacer nada.

    Carla: Jajaja eso no te lo crees ni tú!!

    Llegamos al hotel, subimos al ascensor, Carla se planto delante mío, empezó a besarme y yo no hice absolutamente nada, solo me reía.

    Carla: Es verdad! No se te ve muy motivada que digamos. Ay!! que se me ha roto!! Me he pasado con la tortura y se ha roto!!

    Irene: Calla loca! Nos va a oír medio hotel. Nos reíamos.

    Carla: Eso quiero, que nos oiga todo el hotel.

    Íbamos bastante bebidas, besándonos de camino a nuestra habitación, riéndonos, chocando con varias puertas hasta que llegamos a la nuestra. Cuando iba a meter la tarjeta para abrir la puerta, Carla se plantó delante sin dejarme abrirla, con sus brazos rodeando mi cuello, besándonos totalmente descontroladas. Una puerta de las habitaciones se abrió, la cabeza de un hombre se asomó para ver qué pasaba, Carla y yo miramos, nos reímos, el hombre dijo algo y se volvió a meter dentro de su habitación.

    Carla me quitó la camiseta, dejándome en sujetador en mitad del pasillo.

    Irene: Yo creo que ya está bien la broma no? Vamos dentro?

    Carla: Solo un poquito más aquí fuera va.

    Irene: Estás fatal…

    Carla: Y eso te encanta.

    Irene: Y eso me encanta sí…

    Seguimos besándonos con desesperación en el pasillo, Carla desabrochó mi pantalón, metió su mano y empezó a acariciarme por encima de la ropa interior.

    Carla: Venga vamos dentro, has aguantado muy bien toda la noche y ahora quiero compensarte.

    Entramos en la habitación, me empujó a la cama, me quitó el pantalón y la ropa interior y entre risas se quitó la ropa mientras bailaba tarareando algo de música. Me acerqué al borde la cama, la agarré por el culo acercándola a mí, lamí el tatuaje de su cadera y bajé su ropa interior. Me empujó hacia atrás, se puso de rodillas encima mío, mis manos sujetaban su cadera mientras ella se movía y nos rozábanos. Se acercó a besarme y poco a poco fue bajando, mordiéndome y lamiendo mi cuerpo, hasta que su cabeza quedó entre mis piernas. Mi cuerpo se estremecía con cada mordisco y con cada beso, totalmente necesitado.

    Irene: Espera…

    Carla: Qué? Dijo sin sacar su cabeza de entre mis piernas.

    Irene: Yo también quiero… sube tu culo aquí.

    Rápidamente levantó su cabeza, me miró con un sonrisa y se colocó para hacer un 69. Nuestras bocas hacían lo suyo y nuestros suspiros y gemidos se mezclaban, después de haber sufrido a Carla durante toda la noche no pude aguantar mucho y enseguida exploté con un tremendo orgasmo teniendo que parar por unos segundos, con lo que Carla aprovechó para cambiar de postura. Puso sus rodillas a ambos lados de mi cabeza casi sentándose sobre mi cara, a lo que yo volví a devorarla mientras ella movía sus caderas, recorría su cuerpo con sus manos y gemía libremente sin reprimirse, a los pocos minutos su cuerpo se paró en seco y sus gemidos aumentaron seguidos de un gran suspiro antes de tumbarse a mi lado. Se quedó tumbada a mi lado con los ojos cerrados, la respiración acelerada y una sonrisa en la cara, yo a su lado no podía dejar de mirarla y acariciar su cuerpo con un dedo haciendo que su piel se erizara.

    Carla: Quédate un poquito aquí conmigo, abrázame.

    Nos tumbamos una frente a la otra, desnudas, con nuestros cuerpos pegados, una de mis piernas entre las piernas de Carla, besándonos muy delicadamente y acariciándonos despacito.

    Irene: El tiempo pasa demasiado rápido cuando estoy contigo.

    Carla: Lo sé, pronto tendremos que volver a casa.

    Irene: Carla…

    Carla: Dime.

    Irene: No quiero compartirte con nadie. Te quiero solo para mí.

    Carla: Sabes que eso no puede ser.

    Irene: Ya…Me mata tenerte ahora y pensar que luego no dormirás conmigo y dormirás con él.

    Carla: Tú también te irás a dormir con él… Vamos a dejar el tema y vamos a aprovechar el ratito que nos queda juntas.

    Irene: Tienes razón, lo siento, ya a saber cuándo nos volvemos a ver…

    Seguimos besándonos y acariciándonos suavemente, pero poco a poco la cosa se fue animando. Los suaves besos se convirtieron en besos desesperados y mordiscos, la suaves caricias desaparecieron y nuestras manos parecían amasar nuestros cuerpos, nuestras respiraciones estorbaban a nuestros besos y nuestros corazones chocaban con la suficiente fuerza como para salirse del pecho.

    Carla movía sus caderas frotándose con mi pierna empapada por sus fluidos, centrándose cada vez más en movimientos más placenteros. Yo la besaba, apretaba mi pierna contra ella y disfrutaba viendo la escena, viendo su cara de placer y como su cuerpo temblaba y se estremecía con cada movimiento suyo, cada vez más rápido hasta que tensó su cuerpo completamente y soltó un grito tremendo. En lugar de tomarse un momento para recuperarse se abalanzó sobre mí y me besó con rabia al mismo tiempo que pasaba su mano por mi coño.

    Carla: Estás empapada… Susurró en mi oído.

    Irene: Y… te… extraña? Apenas podía controlar mi respiración.

    Volvió a besarme con rabia, yo instintivamente cerré los ojos, pero eso no era lo que ella quería.

    Carla: No… no cierres los ojos… mírame.

    Abrí los ojos y nada más abrirlos Carla me metió tres dedos y comenzó a masturbarme con fuerza, haciéndome soltar un gran gemido, mientras me miraba fijamente a los ojos. Me penetraba con fuertes embestidas, mis manos agarraban con fuerza las sábanas, mi respiración estaba totalmente fuera de control y en cuestión de pocos minutos me corrí con la mirada de Carla aún clavada en mis ojos. Yo había explotado de una forma espectacular, pero Carla que estaba a mi lado tumbada boca arriba, necesitaba más, recorría su cuerpo acariciándose con las manos. Me incorporé y besando su cuerpo poco a poco llegué hasta su coño. Lamía y succionaba su clítoris, ella me sujetaba la cabeza con fuerza para que no saliera de ahí al mismo tiempo que movía sus caderas y cuando sus gemidos me indicaban que estaba cerca de llegar, le introduje dos dedos hacuebdo que se corriera a los pocos segundos entre gritos, limpié todos sus fluidos, la besé y me tumbé a su lado.

    Irene: Joder Carla…cada orgasmo contigo es mejor que el anterior, es una puta locura…

    Carla: Increíble…debería ser obligatorio vernos todos los días jajaja.

    Irene: Jajaja no sé si mi corazón podría aguantar eso.

    Carla: Igual vivirías hasta más años jajaja.

    Descansamos unos minutos desnudas en la cama y nos vestimos.

    Irene: Vaya! Ya se me olvidaba, tengo un regalito para tí.

    Carla: Un regalo? Qué es?

    Saqué de mi bolso una pequeña caja envuelta en papel de regalo y se la di.

    Carla: Anda que chulo! Muchas gracias, no tenía ninguno todavía.

    Era un pulsioximetro de bolsillo, un aparato que en nuestro trabajo se suele usar bastante y que cada uno suele llevar el suyo.

    Irene: Menos mal! Es una tontería pero me hacía ilusión regalártelo, mira debajo de la funda!

    Debajo de la funda de protección en la parte de abajo del aparato había escrito un «te quiero rubia» con rotulador, era una niñería pero me hacía ilusión.

    Carla: Muchas gracias mi niña, me encanta.

    Nos besamos antes de salir de la habitación y dejar el hotel para volver a nuestras casas, fuimos a su coche y me llevó a casa.

    Irene: Bueno ya no sabemos cuándo nos volveremos a ver.

    Carla: Intentaré que sea pronto, además puede que también nos veamos por el hospital.

    Irene: Es verdad, te echaré de menos rubia, vamos hablando vale?

    Carla: Claro estamos en contacto.

    Irene: Te quiero mucho.

    Carla: Yo también.

    Nos dimos un pequeño beso y me fui a casa feliz y agotada.

  • La pensión Soto de mi tía Clotilde

    La pensión Soto de mi tía Clotilde

    Cuando desperté no estaba mi tía a mi lado estaba totalmente solo en mi cama y con una tremenda erección vi el reloj ya eran las 9.43 de la mañana, recordar lo que había pasado con Eva en la cocina como logré que hiciera lo que deseaba y como terminó pidiendo que le meta la verga me puso peor así que fui a darme un baño con agua fría para bajar la revoluciones de mi cuerpo…

    Cuando salí de mi cuarto se olía muy bien a café recién pasado y fui hacía la cocina y ahí encontré a mi tía y Eva que estaban tomando desayuno juntas.

    -Buenos días tía… buenos días Eva.

    Ambas respondieron el saludo se les veía muy alegres conversando entre ellas, sin saber que ahora eran «hermanitas de leche» y estaban junto a su hombre su cachero.

    La forma de Eva al verme cuando mi tía no nos veía me decía que aún le duraba lo que había disfrutado sintiendo como mi verga entraba y salía de su vagina pero había que tener mucho cuidado, mi tía como mujer madura sabía muy bien descifrar el manejo de las miradas.

    Luego Eva se despidió y se fue cuando fueron bajando otros muchachos de la pensión a tomar desayuno y aproveche ese momento para salir detrás de ella con el pretexto de comprar un periódico.

    Cuando estuvimos ya lejos de la pensión le dije que tuviéramos cuidado con mi tía, ahí pregunto porque tanto miedo con ella si ya no era un niño sino un hombre bien grande (medía 1.81 de estatura) pero no podía decirle que también me estaba tirando a mi tía y ahora ambas gozarán de mi verga.

    -Eva quiero que me entiendas mis padres le han dicho que mientras no haya ingresado a la universidad no puedo tener ninguna enamorada o distracciones y tú sabes muy bien como es ella con la disciplina, además no olvides a Iván.

    Me dijo que de Iván no me preocupe porque ya había terminado con él y sobre mi tía entendía y tendríamos ahora más cuidado, nos besamos y nuestras lenguas se unieron mis manos tocaron sus apetitosos senos estábamos bien pegados y nos pusimos muy calientes ¿cómo terminé estando así con la chica más bonita de la pensión? hasta ahora no me lo creía.

    Estábamos muy arrechos los dos y su mano buscó el bulto duro que tenía entre las piernas y empezó a sobarlo me dijo para irnos a un hotel y en ese momento sonó mis celular le enseñe quien era me dijo que cuando crezca la busqué y se fue molesta.

    -Aló tía me encontré con un amigo de la academia estamos conversando. Un rato más estoy de regreso.

    Y fui a buscar a Eva y la alcance por un parque y abracé fuerte ella se quiso soltar pero no la deje y la besé muy apasionado hasta que sus brazos me rodearon y correspondió mis besos no la podía perderla ahora sabiendo que ya no estaba con Iván y había muchos lobos detrás de ella en la pensión, quería verga eso le daría vi para todos lados y no había nadie como era un día domingo la zona era muy tranquila y la llevé detrás de unos arbustos y bajé su tanga aprovechando que llevaba puesto una minifalda de jean y sin pérdida de tiempo se lo metí todo hasta el fondo.

    -Ahhh… sii que ricooo… Pierooo ohhh

    -¿Por qué me dices Piero?

    -Te pareces mucho a mi primer enamorado así se llamaba ahhh que dura la tienes… ohhh

    Parecía una perra alunada siendo cachada en el parque, mis movimientos eran rápidos y fuertes ella ocultaba la cabeza sobre el césped todo iba muy bien hasta que escuchamos a una señora que gritaba desde una ventana de un segundo piso.

    -Degenerados… sinvergüenzas vayan hacer sus cochinadas a otro sitio voy a llamar a la policía.

    Salimos corriendo y a la vez riéndonos como dos niños luego de hacer una travesura, me dijo que iba a ver a un familiar y tomó un taxi y me dijo:

    -Chao mi amor ya nos vemos más tarde.

    Cuando llegué estaba aún con la erección que me había dejado su caliente y apretada chucha de Eva así que ahora era turno de mi tía Clotilde bajarme lo que ella había empezado.

    Ya no había nadie en la cocina todos se habían ido de la pensión solo estaba mi tía lavando las tazas en el lavadero, me acercó muy despacio por detrás y pegó mi erección sobre sus ricas nalgotas y antes que reaccioné le subí la falda hasta la cintura mientras besaba sus cuello.

    -Roberto quédate quieto… ten cuidado que alguien venga… sueltameee.

    Había que hacer lo mismo que anoche con Eva demostrar quién manda ahora así que no hice caso a sus palabras y seguía metiendo mano a todo su cuerpo.

    -Yaa… sueltameee… hazme caso soy tu tía carajo.

    -Nooo ahora no eres mi tía ahora eres mi mujer la que reclama su verga y la que no quiere que me vaya… ¿Entiendes eso?

    Luego de unos segundos de silencio ella dijo que si pero que tenía que aprender a controlar mis impulsos, mis manos fueron muy rápidas para dejarla desnuda y la lleve sobre la mesa y la eché donde horas antes la había sometido a Eva.

    Hice lo mismo mis besos recorrían sus espalda mi tía apoyada sobre la mesa se dejaba hacer todo por su cachero cuando llegó a su nalgotas las abrí y metí mi lengua y besaba chupaba su chucha que rápidamente se mojó sus gemidos eran más fuertes cuando encontré su clítoris y lo estimule.

    -Ahhh ahhh… miii papitoo… ohhh… sii quee ricooo… se sienteee… ohh…

    Ella respiraba muy agitada y bien sujeta de la mesa recibía su buena sopeada hasta que grito fuerte cuando llegó al orgasmo y salieron sus jugos que mojaron el piso.

    -Ahhh siii… miii amooor Mmm…

    Ahora era el momento que le devuelva el favor a Eva su hermanita de leche como ella lo hiciera anoche cuando salí con la pinga bien dura de mi cuarto por culpa de mi tía, abrí sus enormes nalgas y metí la verga que rico se sentía volver a entrar de nuevo a su chucha caliente y mojada que era ya de mi propiedad.

    -¿Te gusta así sentirlo duro dentro de ti?

    -Siii .mi papito… me encanta sentirte así bien adentro de mí… ahh queee ricooo…

    Terminó diciendo mi tía cuando empezó la penetración ahí en medio de la cocina estaba yo su joven sobrino dándole pinga quién diría que dos meses antes llegué todo temeroso a su casa y ahora era su nuevo marido.

    -¿Quién es tu marido ahora?

    -Túuu ohhh… miii amor.

    -¿Quién manda acá ahora, dime?

    -Túuu… tú mandas… ohh… papitoo…

    Decía entre gemidos cuando eran golpeabas sus nalgotas cada vez que mi pinga salía y entraba de su matriz, ahora esta mujer de 48 años tan respetada en la familia había caído dominada por su sobrino de 18 años y su joven y poderosa verga.

    La mesa parecía romperse ante la furia de mis embestidas sobre ella así que fuimos a la sala y sobre el sofá seguí dándole fuerte su pedazo de carne de 21 centímetros que reclamaba ya ella su chucha ya estaba acostumbrada al tamaño y a su grosor.

    -Ahhh… por diooos… me estás matando pero no te detengas… ahh…

    Sus tetas saltaban a ritmo de cada embestida que recibía su cuerpo, estaba dejando claro ahora mi dominio sobre ella y viendo su ano también me provocó gozarlo así que metí dos dedos en su esfínter bien mojados con su propia lubricación de su chucha.

    -Nooo… ¿Qué haces?

    -Déjame a mí hacer lo que quiero… Yo soy quién manda acá ¿O no dime tú?

    -Sii tu mandas tú eres mi maridooo ahhh

    Seguía acariciando y preparando con mis dedos su ano para ser penetrada mi tía estaba muy nerviosa pero ahora debía obedecer a su nuevo macho, cuando ya parecía estar lista puse el glande en la entrada del esfínter y despacio di un leve empuje pero se resistió y volví a darle otro más fuerte y entró un poco hasta tener solo la cabeza en su culo.

    -Ayyyy… despacioo… papitoo me ayyy dueleee mucho es mi primera vez ayyy

    No era de sorprender que su viejo marido no hubiese disfrutado de tan rico culo de mi tía si apenas la cogia de vez en cuando, eso me gustó y excito más yo sería quién rompería su virginal culo.

    Muy despacio fui empujando para que ella no sufra mucho dolor pero no era fácil porque su esfínter se resistía al invasor que pugnaba por entrar por primera vez, sus gemidos de dolor lo tapaba con un cojín que tenía en la boca.

    -Uhh… uhh me dueleee… ufff…

    -Aguanta un poco más luego va a pasar relájate… afloja el culo… haz lo que te ordeno.

    -Sii mi papi aggg ufff yooo haré lo que tu mandes ayyy… despacitooo… ufff…

    Ya tenía la mitad de la verga dentro de su rico y apretado esfínter mi tía, también era mi primera vez que metía mi pinga en el culo de una mujer se sentía como aprisionaba bien el pene ya había empezado a ceder las apretadas paredes de su ano y seguía empujando hasta que al fin lo tuvo todo adentro.

    -Qué rico culo tienes tía bien apretadito vas a ver luego como te va a gustar mucho y como se va quedar bien abierto ¿De quién es este culo tan rico?

    -Ahhh… tuyooo… mi papitoo… mi culo vagina y boca son todos tuyos… Tú eres mi macho.

    Ahora la tengo a mi tía Clotilde bien sujeta de sus anchas caderas y comencé a cabalgar sobre ella, sus gemidos de dolor eran fuertes y eso era más excitante para mí. Sus nalgotas saltaban y sonaban a cada embestida que recibía su ano.

    -Ahhh… papito que rico te siento todo adentro ohh.

    Teníamos la casa para nosotros solos así que disfrutábamos de nuestra primera vez de sexo anal con tranquilidad, ya que era sabido que todos los inquilinos salían a pasear o visitar familiares que tenían en Lima.

    Jamás imaginaron mis padres que cuando me enviaron a su casa pensión y le encargaron a mi tía que me cuide ella terminé dándome su culo para que yo lo estrene, mi pene entraba y salía del esfínter que estaba ya adaptado y ambos lo estábamos disfrutando mucho.

    -Ahhh Gracias tía por guardar tu culo para mi tan caliente y apretadito.

    Su ano era un hueco bien caliente que parecía un horno, mi verga salía y entraba y tenía algo de sangre pero igualmente seguía con la misma velocidad la penetración ahora mi tía gemía y goza9ba como era sometida analmente.

    -Ahhh… miii papitoo… ohhh… qué ricoo se sienteee…

    Estaba totalmente excitado cabalgando a mi tía como una yegua completamente domesticada ante su jinete, ya no pude más y su esfínter bien apretado logró luego de una dura batalla de 42 minutos reclamar su porción de semen caliente de esté día domingo.

    -sii recibee… tu leche tía doditito para tiii ayyy…

    -Siii… ahhh… dameee toda tu lechecita mi amor… ohhh siii…

    No saqué la verga hasta dejarle la última gota de semen dentro de su esfínter ya abierto y roto y caí sobre el sofá agitado ella se acomodó a mi lado y me dio un beso y busco protección en mis brazos.