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  • Sexo con una cougar

    Sexo con una cougar

    Hola me tarde un poco pero estoy de nuevo aquí para contarles una historia que sucedió con una mujer de 60.

    Todo paso en mi pasó cómo repartidor nocturno, cogía con Carmen y mi lívido se fue al cielo, manejaba seis tiendas por noche, y con todos me trataba de llevar bien, en esas tiendas cambian de personal seguido ya que no cuidan la rotación de personal.

    Bueno en una de esas llegue y encontré a Lupita una morena agradable pero sería ya llevaba tiempo tratandola y ponía barrera, pero esa noche me presento a su nueva compañera llamada Blanca, una mujer ya de unos 60 años ( nunca preguntó edad pero tanteó a ojo), de tez blanca un cabello negro a pesar de la edad, de unos 150 cm de altura, pero a pesar de traer pantalones se veían unas enormes caderas coronadas por un hermoso trasero redondo, y a pesar de que quiso cerrar su bata está se bajaba el cierre por el par de enormes chiches que se cargaba, en fin después de escanearla por completo, la saludé de mano respetuosamente ” Mucho gusto le dije”.

    En fin ese día cumplí con mi tarea entregué recogí mi folio y me despedí. Pero ya sólo mi pene palpitaba de sólo recordar esa imagen.

    Al tercer día que me tocó atender esa tienda me sorprendió no ver a Lupita y Blanca me saludo y me comentó que estaba con otra chica nueva ya que Lupita había faltado, que si le enseñan a capturar, yo con todo el semen acumulado por verla ya más suelta.

    Traía una falda a la rodilla y una blusa no muy escotada pero dejaba ver la dimensión real de sus pechos y encima sin abrochar su bata, le contesté que no había problema que le enseñaría, me pase atrás del mostrador con ella acercándome para explicarle los comandos y el modo de capturar, estando cerca me percate que no solo iba bien vestida sino también traía un rico perfume que inmediatamente hizo reacción en mi pene que se puso duro, le seguí explicando y con todo morbo mi codo tocaba de vez en cuando ése enorme pecho que quedaba junto, primero se alejo la primera vez un poco, pero después en la segunda se quedó quieta.

    Terminamos de capturar y procedi acomodar mi producto, cuando ya me disponia a irme Blanca me pidió que si le ayudaba a meter una caja con cigarro que según ella se le hacia pesada, tomé la caja y llegamos a la bodega, baje la caja agradeciendo y se agachó para empujarla mas, al agacharse pude ver la exquisitez de su culo, volteo y me vió y como si fuera premio giro enseñando como le colgaba la blusa dejando ver un brasier de encaje blanco, semi transparente que eran coronados por dos hermosos pezones, se incorporo y me agradeció con la mano, en fin salí chorreando mi pene.

    Pasaron unas visitas más y Blanca y yo agarraba mis mas confianza, empezó a saludarme y a despedirme de beso, yo al principio era en la mejilla pero sabiendo que sino le gustaba me alejaría a veces la besaba cerca del labio y a veces cerca de su oreja, cuando lo hacía algunas veces soltaba un leve suspiro. Así paso una semana más.

    Un viernes que llegue cuando la saludé le comenté “Hay Blanquita te voy a extrañar me voy de vacaciones dos semanas”, a lo que ella contesto no, ya le dije que mi suplente ya conocia la ruta y que no iba tener problemas, me acerque y le dí un abrazo diciéndole que no se preocupará, pero el abrazo fue con la finalidad de olerla, y darle un beso en su cuello cerca de la oreja, suspiro y levantó su mirada para darme un beso en la boca, nuestras lenguas se unieron y el beso se prolongó, ya en pleno fuego aproveche para tocar ese hermoso culo y darle unas palmaditas, ella sólo suspiro, nos apartamos y le comenté que nos fuéramos a la bodega a lo cual obedientemente acepto.

    Una vez que cerré la puerta de la bodega la recargue en ella besándola, besando su cuello, cuando supe que ya era débil para resistir le quité la bata y le levanté la blusa, seguido la abrace para soltar el brasier y por fin ver esos hermosos senos que a cada beso y mamada se iban poniendo duros y firmes, me arrodillé para abrazar sus caderas y levantar su falda, traía unas pantimedias color carnal acerqué mi nariz a su vagina y empecé a mover mi boca mordisqueando su rica vagina que ya empezaba a mojar la tanga y las pantimedias ella empezó a gemir y a decirme “Ya papi que soy muy caliente y vas a tener que darme todo para bajarme lo caliente”.

    A lo cual respondí “No te preocupes hoy vas a llegar relajada y cogida a tu casa mamita”, le baje las pantimedias y su tanga para deleitar mi boca con sus jugos que ya eran verdaderos líquidos escurriendo yo que son mi deleite limpiaba y seguían saliendo, Blanca nada más gemia, le metí dos dedos de golpe a su vagina y entraron sin problema, mi mente caliente me dio la idea de mamar abrazándola de las caderas y baje una mano entre su raya para buscar su ano, al encontrar empecé a acariciar a sobar y cuando lo sentí relajado, lo hundí Blanca soltó un suspiro y diciendo “Ya papi cógeme”.

    En eso con mi lengua hice que tuviera un rico orgasmo que me mojo hasta la camisa, se le aflojaron los pies, la voltee y la agaché, mi pene estaba ya todo mojado, y mojada ella entro de un golpe, “Si papi cogeme soy una puta y soy tuya”, después la hice hincar y la volví agachar mi pene estaba todo lubricado de sus jugos le solté saliva a su culito, ella me dijo “Si papi lléname el culo con tú verga”, era espectacular ver ese enorme culo recibiendo toda mi verga me puso a mil, primero esperé a que su culo se acostumbrara a mi verga después empecé poco a poco al mete y saca.

    Empecé a darle de nalgadas a esas enormes nalgas, sería faso decir que aguante mucho esa visión pocos la hemos tenido, exploté dentro de su culo, todavía saque mi verga y antes de que se muriera la metí en su vagina y apenas unos embates y ella volvió a explotar en un rico orgasmo, fue maravilloso ver mi pene ser mojado de esa manera, esa noche me recosté con ella en el suelo abrazándola de cucharita y sentir sus enormes nalgas en unos minutos mi verga estaba puesta para otro encuentro, fue una noche inolvidable, terminé la ruta a las 7 de la mañana pero fue una experiencia única.

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  • Entregada a mi padre

    Entregada a mi padre

    Tengo 22 años, de contextura delgada y fina, sin muchas curvas, algo grácil porque estudié varios años ballet, con el cabello muy largo, piel pálida, brackets y lentes redondos. A eso súmenle que uso ropa holgada. Soy tímida y ensimismada. Estudio una carrera de ingeniería, igual que mi padre. Y él es quien me ayuda en los temas que no entiendo.

    Fui con una amiga a un evento de cosplay vestida como una elfa con falda corta, botas altas y dos coletas, a la salida del evento un tipo me comenzó a acosar. Al rato se detuvo un auto en seco y golpeó al tipo. Era mi padre quien me salvó. Él tiene 44 años, de contextura media, con escasa barriga, de vez en hace sus ejercicios del tiempo que estudió taekwondo en su juventud. Porque pudo defenderse de los golpes del tipo y tumbarlo al suelo para que podamos subirnos al auto.

    -Tu padre es sensacional, Alondra —dijo mi amiga cuando estuvimos a solas.

    -Sí, Sara —dije con una sonrisa.

    -Si fuera más joven lo seduciría. —dijo entre risas.

    Fue allí que pensé que había superado mi complejo de Electra. Recordé hace unos años cuando vi a mis padres follando. Tenía a mi madre en cuatro mientras la follaba de manera salvaje y le jalaba el cabello. En vez de irme u horrorizarme empecé a mojarme. Por una ranura de la puerta me quedé mirando a escondidas mientras mi mano sobaba mi entrepierna que se empezó a humedecer. Mi madre bufaba violentamente convulsionándose de placer. Mi padre, en un acto acrobático, puso su pie en la cabeza de mi madre mientras continuaba sus arremetidas en la posición del perrito.

    Tras varios minutos se corrió en la espalda de mi madre. Mi madre se desplomó, una de sus tetas con pezones marrones claro y su chocho poblado de vello púbico resaltaba con el brillo del sudor. En mi padre sobresalía su gran pene erecto doblado hacia arriba brillante por los jugos de mi madre y el sudor.

    Luego de unos minutos, mi padre colocó a mi madre boca arriba. Su cabello ondulado, sus tetas grandes y jugosas con pezones grandes y claros. Su chocho muy poblado con pelos ondeados, sus muslos grandes y piernas contorneadas. Mi padre le levantó las piernas, la agarró de los tobillos y la empezó a penetrar de un solo golpe. Luego de unos minutos de mete-saca mi madre empezó a gemir, sus jugos vaginales salieron a chorro, como si fuera un geiser. Sus ojos se pusieron en blanco y ella sacando la lengua. Antes de correrse tomó su pene y lo empezó a besar y chupar su pene desde la base del tronco hasta su punta. Por el tamaño no cabía en su boca, haciendo sonidos grotescos y babeando de sobremanera.

    Esa imagen no la pude quitar de mi mente y tenía sueños húmedos constantemente amaneciendo con una mancha de humedad en mi pijama y sábanas. Se detuvo hace dos años, después mi padre quedó viudo.

    Tras eso me hice más taciturna, comencé a usar ropa más holgada que cubría mi cuerpo y me concentré en estudiar.

    Por lo noche, estuve viendo televisión con mi padre, acurrucados en el sillón recordamos a mi madre. En un momento me puse melancólica recordando a mi madre.

    -Eres tan parecida a tu madre.

    -No es cierto. Mi madre era más cuerpona y su cabello ondulado. —Nos reímos ambos.

    -La extraño —dijimos ambos al unísono.

    Nos abrazamos y sin querer nos miramos a los ojos y nos empezamos a besarnos. Me empezó a quitar la ropa. Mi padre me quiso penetrar. Pero lo paré.

    -Espera, papito, soy virgen.

    Él se detuvo por un momento. Y empezó a besarme el cuello, sus manos bajaron junto con su boca hacia mi calzón y lo deslizó. Una maraña de pelos asomó, mi padre besó mi concha haciéndome gemir dulcemente mientras que con sus dedos me amasaba los pezones que se pusieron erectos. En un momento colocó sus dedos en la entrada de mi vulva moviéndolos de arriba-abajo. Los jugos salían de mí, mientras mis gemidos y gritos de placer se intensificaban.

    -¡Ya, papito! ¡Ya estoy lista!

    No esperó más. Se quitó el calzoncillo y me penetró de a pocos. Sentí como mi himen se desprendía. El dolor inicial dio paso a un placer descomunal. A medida que sentía el pene de mi padre penetrarme cada vez más rápido y profunda.

    Mi padre me colocó de cucharita levantándome una pierna para penetrarme de manera más cómoda, mientras que con una mano sobaba mi concha y otra masajeaba mis tetas.

    En ese momento me di cuenta que soy y siempre seré de mi padre. Me entregaría en cuerpo y alma.

    Con el paso de los días cambié mi forma de vestir, mis vestidos se hicieron más ceñidos y me sentí más cómoda con mi figura, empecé a ir al gimnasio para sacar cuerpo, me depilé la concha y entre los dos imaginamos nuevas posiciones, aprovechando la elasticidad que nos dio años de entrenamientos.

    Ya en la cama que compartimos llevé mi boca hacia su verga venosa, abrí los labios y empecé a besarla y lamerla desde los huevos hasta la punta del pene para meterla toda en mi boca para lubricarla antes de penetrarla. En la posición del 69 él lamió mi concha depilada haciéndome ver las estrellas. Ese es nuestro juego previo antes de hacerme el amor de la manera más apasionada y entregarme por completo.

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  • Deliciosa lechita

    Deliciosa lechita

    Esa mañana desde el momento que hicimos el plan para vernos, todo mi cuerpo empezó a estremecerse, al ir de camino al trabajo ya sentía mi vulva húmeda, cosquillas alrededor de mis pezones, los sentía erectos, duros; el hecho de pensar que más tarde estaríamos juntos ya era un estimulante a mis hormonas.

    Ese día tuve reunión se me hizo muy larga, era la hora de la cita yo seguía en la reunión, empecé a desesperarme, a querer salir de ahí rápido a tu encuentro, me llamaste por teléfono preguntando si aún tardaría a lo que dije “no ya estoy por llegar”

    Entramos a casa de mi mamá, ahí sería nuestro encuentro (estaba al cuidado de su casa, ya que ella salió de vacaciones) te sentí nervioso, empezaste a recorrer sala al comedor no sé qué buscabas precisamente, mientras tanto me dirigí a la recámara, me cambié y me puse un baby doll de encaje, muy sugerente, una tanga y un poco de perfume.

    Cuando escuché tus pasos en el pasillo empecé a lubricar más, mi vagina se sentía mojada, ansiosa, te esperé sentada en la orilla de la cama, tu mirada era ansiosa llena de deseo en cuanto estuviste cerca de mí tomaste mis pechos fuerte y comenzaste a masajearlos a estimularlos me besaste de una forma tan rica que no pude evitar que la piel se me estremeciera.

    Tomaste mis hombros e hiciste que me recostara poco a poco sobre la cama, besaste mi cuello, mis pechos, los disfrutaste los tomaste entre tus manos los apretaste, los lamiste, los apretaste con fuerza; poco a poco fuiste bajando pasaste por mi ombligo con una sutileza tan deliciosa que cuando sentí, había llegado a mi vulva separaste mis piernas delicadamente, empezaste a estimular con esos dedotes deliciosos mi clítoris, poco a poco pequeños chorritos brotaban de mi vagina, ahhh gemí de placer, te pedía más.

    Tu mirada reflejaba placer también lo estabas disfrutando, estabas excitado y extasiado, te pedí que te quitaras la ropa, rápidamente empecé a jalar la camisa, desesperadamente baje tu pantalón, meti tu verga a mi boca empecé a succionar delicadamente esa deliciosa cabezota de tu pene, lo lamí de arriba a abajo, se sentía grueso, gigante, a simple vista era antojable, lo mame por un rato, lo mordí delicadamente, llegabas hasta el fondo de mi boca, yo tocaba al mismo tiempo tus huevotes, eso te excitaba más, siii, te contoneabas, gemias, lo estabas disfrutando.

    De repente me tomaste de los hombros recostandome en la cama, te recostaste sobre mí poniendo en mi boca tu enorme verga y accediendo a mi vulva, iniciamos un delicioso 69, poco a poco la intensidad iba incrementando, fue delicioso, sentir tu lengua explorando mi vulva, con la lengua abriste mis labios mayores metias la lengua y la sacabas como si me penetraras con ella, eso me excitó aún más, sentía salir agüita de mi vagina, fue increíble, intenso, magnífico lo que nos provoco un orgasmo simultáneo, terminaste en mi boca, me dejaste saborear tú delicioso semen yo me moje en exceso, salia y salia agua me retorcia de placer, gritaba y busqué tu mirada estabas feliz, satisfecho y agotado.

    Hubiéramos querido recostarnos en la cama pero estaba empapada no había un lugar seco, nos aseamos, vestimos y fuimos a comer algo, una vez más fue un encuentro sorprendente y delicioso.

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  • Nosotras cuatro contigo (3): La sirena de la perdición

    Nosotras cuatro contigo (3): La sirena de la perdición

    Eran las 9 pm. Elías se había sentado a la orilla de la misma cama donde Arteaga se lo cogió y estaba bebiendo una cerveza que le había ofrecido Nina. Dinora (en camisa y calzón) y Fer (en el camisón, que se le transparentaba) fumaban adentro del cuarto, sin ceniceros. Latas de cerveza, vacías o sin dueño, llenaban el lugar.

    Nina prendió la televisión. Lo primero que había era un documental sobre hormigas. El correr de esa marea roja tranquilizó un poco a Elías, y Nina se descubrió de pronto viéndolo con él.

    —Mejor pon porno —le dijo Arteaga. Fer aplaudió esa opción.

    —¿Cómo quieres porno después de lo que hicimos aquí? —la regañó Dinora.

    —Ninguna de nosotras acabó —le aclaró Fer. —Nos detuvimos porque el pendejito se iba a correr.

    —¿Entonces su mejor idea es ver porno? Si quieren seguir, seguimos —dijo Dinora, con un aire solemne y democrático.

    Algo se contrajo en la espalda de Nina, como se contrae la espalda de un gato que se pone en guardia. Elías seguía viendo las hormigas, y parecía que no escuchaba la conversación.

    —Pues yo digo que hace rato lo hicimos todo sin ton ni son —sentenció Fer, mirando a Dinora. —Tú, por ejemplo; yo pensé que íbamos a tener unas tijeras o mínimo que me ibas a comer la raja.

    Las amigas se rieron. Poner en palabras esa clase de actividades, que apenas una hora antes las llamaban de forma tan instintiva, parecía ridículo. Dinora se ruborizó, pero había bebido lo suficiente como para que se confundieran en ella el rubor de la vergüenza y el del coqueteo.

    —Y tú, putita —dijo Fer apuntando a Nina. —¿Qué se supone que estabas haciendo? Para masturbarte tú solita tienes el baño de tu casa. Un poco de trabajo en equipo no te vendría mal.

    Nina torció la boca y no respondió nada. No sólo le molestaba todo lo que había pasado, también le molestaba la palabra «putita». Si le habían puesto un apodo tan lindo como Nina, ¿por qué sus amigas tenían que llamarla «putita» todo el tiempo?

    —¿Por qué pelean? —les dijo Arteaga a todas. —¡Mejor digamos qué vamos a hacer!

    De las tres, Arteaga era la que más quería seguir. No había terminado cuando se cogió a Elías, y aunque estaba razonablemente satisfecha por el solo hecho de perder su virginidad, la curiosidad por el orgasmo la hacía sonreír de pudor, hinchando las mejillas. Por eso ella fue la que inició una reconciliación en el grupo:

    —Dinora, tienes los pechos más hermosos que he visto. No sé por qué no los luces más —así, de la nada, el diálogo sonó tan extraño que le dio ñañaras a Nina.

    Pero a Dinora, que ya estaba halagada porque Fer quisiera tirársela, el comentario de Arteaga le sacó una sonrisa muy sincera. Dinora volteo a ver a Fer, con el mismo cariño con el que Arteaga la había visto a ella, y le dijo:

    —Fer… no sé cómo sea tu vida. Pero estoy aquí para lo que necesites… o lo que quieras… —le dijo con un tono muy raro, que estaba entre el apoyo emocional y la invitación erótica.

    Fer, a su vez, pensó en la cara de disgusto que le había hecho Nina hacía un momento. Quizá también pensó en que Nina fue la única que se opuso a lo que pasó con Elías y dijo:

    —Nina, eres la persona más tierna del mundo —las amigas lanzaron un tierno “ohu” que llenó el cuarto, como antes lo habían llenado con sus exclamaciones excitadas. —¡Debes ser muy tierna en la cama!

    Y todas rieron. Nina suponía que Fer quería usar un chiste para ponchar la melosa solemnidad del momento. Pero había algo en su diálogo que también sonaba a una invitación. “¡Ay, Elías!”, pensaba Nina. Si las amigas no dependieran tanto de los rituales… si Dinora no necesitara siempre aplastar la voluntad de los hombres… si no tuvieran siempre que complacer a Arteaga… quizá habrían podido usar ese viaje para “explorar su sexualidad” entre ellas, sin Elías, sin hacer que Nina (¡siempre Nina!) se sintiera culpable. Pero Nina no sabía cómo pedirles eso. Ni siquiera podía pensar en la frase “explorar su sexualidad” sin ponerle comillas en su cerebro.

    —¿Qué vamos a hacer, pues? —insistió Arteaga.

    —¡Yo ya elegí! —dijo Fer, y tomó a Nina por el hombro.

    Años después, Nina ya no se acordaba lo que le había susurrado a Fer. Según lo que pasó, probablemente le dijo que ella, Nina, no tenía problema con que se acostaran. Que Fer le parecía hermosa y que ella estaba muy excitada también. Pero también le habría susurrado que quería que Elías ya no fuera parte de eso, y le habría pedido que convenciera a Dinora.

    Recordaba que Fer y Dinora se habían quedado hablando unos minutos, también en secreto, junto a la puerta de entrada del cuarto. Y que Fer le había hecho una seña de pulgar arriba. Dinora se sentó en la cama en la que había cogido con Fer y dijo:

    —Entonces Arteaga y yo en este, Fer y la putita en la otra.

    —Yo saldré a tomar aire —dijo Elías. Era lo primero que decía desde lo que había pasado con Arteaga

    —¡No, no! Es tu cuarto, parecerá que te estamos echando —le contestó Dinora. —Quédate en nuestra cama y nos puedes ver. O puedes ver a Nina, lo que te guste más. Te prometo que estaremos quietecitas.

    ¿Por qué no lo dejaba irse? ¿Por qué Dinora dijo “puedes ver a Nina”? Nina volteó a ver a Fer, y ella le sonrió como diciendo “no te preocupes; ya lo acordamos como querías”. Nina confió en Fer y se sentó con ella en la otra cama. Elías se sentó en la cama de Dinora y Arteaga, como un gato acurrucado en una esquina.

    Fer le preguntó a Nina si quería que se quitara el camisón. Nina negó con la cabeza y comenzaron a besarse. Nina pensó que ningún hombre la había besado así: con tiempo, con amistad, con comprensión. Nina no sentía deseo por el cuerpo de Fer, pero sentía deseo por lo que Fer podía hacerle a su cuerpo. Fer empezó a tocarle los pechos; normalmente los hombres se aburrían de sus pechos pequeños muy pronto, y buscaban penetrarla, probablemente pensando en los pechos de otra. Pero Fer no: Fer la masajeaba por encima, metía la mano, buscaba el pezón sobre su brasier. Cuando Fer intentó desvestirle el terso, Nina le pidió que se metieran en las cobijas primero.

    —¡Qué penosita! ¿No te estabas masturbando frente a todos hace un momento? —le preguntó Fer, burlándose, pero igual se metió a las cobijas con Nina.

    El camisón se sentía como una cobija entre ellas, y Fer finalmente se lo quitó. Le quitó a Nina sus bermudas, su blusa y su brasier. Una prenda detrás de otra, sin pausas y sin estímulos.

    Luego, compensó esa rapidez acariciando toda la piel de Nina, desde el espacio detrás de sus orejas, bajando por su cuello, por el espacio entre sus pechos, por su ombligo, bajando por su cintura y siguiendo de lado por sus muslos, una y otra vez. Casi sin darse cuenta, Nina, con los ojos cerrados, se había abierto de piernas. Fer puso una mano sobre su sexo, usando el dedo índice y cordial para separarle los labios, y probando con el dedo medio cuánta humedad tenía. Repartió esa humedad por su vulva y luego circundando el clítoris. Probó dedearla un poco y, después de unos segundos, le preguntó:

    —¿Lo prefieres con o sin dedo?

    —Sin —contestó Nina.

    Fer sacó su dedo y siguió tocándola por fuera. Nina se entregaba a las sensaciones, y no abrió los ojos hasta que sintió la respiración de Fer en su vello público. La imagen era divertida. Fer allí, dándole placer, debajo de las cobijas, iluminadas desde afuera por el foco del cuarto. Parecían como dos amigas que habían construído un fuerte en una pillamada.

    Fer besó sus muslos delgados, besó su vello púbico y, finalmente, besó sus labios; luego sacó la lengua y empezó a darles lamidas lentas y circulares. Allí Nina tuvo su primer orgasmo de la noche.

    —Ahora sí te voy a meter un dedo. Es algo que me enseñaron. Sólo quiero ver si te gusta —le dijo.

    Nina asintió varias veces y Fer la penetró con el dedo medio, mientras el índice y el cordial atrapaban el clítoris. Luego, besó el clítoris tres veces y, finalmente, comenzó a succionarlo. De pronto Fer detenía la succión, y más bien lengüeteaba, un poco abajo y arriba, un poco en círculos. No pasaron ni dos minutos y Nina volvió a venirse.

    —Ahora… —empezó a decir Fer, mientras Nina aún se recuperaba del trance de su último orgasmo. —¿Te parece si hacemos algo más para mí?

    —Ajá —contestó Nina, con dificultad.

    Fer le alzó una pierna y la puso sobre su hombro. Puso en contacto su vagina con la de Nina y empezó a embestirla mientras se masturbaba.

    —¿Pensaste que alguna vez te cogería? —le preguntó Fer a su amiga. Nina negó con la cabeza. —Porque yo sí he fantaseado contigo.

    Nina buscó una almohada a tientas y se la puso en la boca para no gemir como una desesperada. Sentía que sus ojos debían estar desorbitados y le daba un poco de vergüenza su propia excitación. Pensaba que Fer se la estaba cogiendo con una pierna sobre el hombro… más o menos como se la cogería un hombre. Pero que en realidad, Fer estaba siendo más cariñosa que cualquiera de sus parejas.

    Después de un rato, Fer dejó de masturbarse y aceleró la velocidad. Le pidió a Nina que se sentara y, así, ya en tijeras completas, arremetiéndose con toda su fuerza, las amigas se besaron y Fer tuvo un orgasmo.

    Nina cayó en un sopor raro, del que la despertó un sonido inconfundible: los gemidos de Elías. Salió de las cobijas a toda velocidad y saltó de la cama. Lo primero que vio fue a Arteaga montando a Elías otra vez, mientras Dinora se agachaba a besarle su pequeños pezones masculinos. Arteaga estaba completamente desnuda, pero Dinora aún usaba camisa. Cuando la vio, Arteaga le dijo, con toda la inocencia del mundo:

    —¡Encontramos condones en una de las maletas!

    Nina la ignoró por completo, furiosa, y le espetó a Dinora:

    —¡Qué carajos pasa contigo!

    —¿Por qué crees que Fer me puede decir lo que tengo que hacer, putita? —le preguntó Dinora, levantándose de la cama y “poniéndosele al tiro” (es decir, acercándosele cara a cara, para mostrar que no temía pelear con ella; la Nina madura, al recordar todo esto, se preguntaba si la gente seguiría usando esa expresión).

    —Porque te lo pedí, porque es lo mínimo que te puedo pedir —le dijo Nina, haciendo grandes aspavientos.

    —Además, ¿yo qué? La que se lo está cogiendo es Arteaga, pero me pides las cosas a mí y te quejas conmigo. Todas ustedes se la pasan viéndome mal porque yo soy a la que usan para calentar a los pendejitos como este. Pero a todas ustedes las excita. Y luego me culpan a mí, porque yo soy la sirena de la perdición, yo soy la belleza que corrompe a la juventud. ¡Pues váyanse a la chingada!

    —Te lo pedí —le repitió Nina, ya más triste que enojada.

    —¿Sabes qué? Quítate, Arteaga. Me toca.

    Arteaga no dijo nada. Se levantó y se vistió. Salió al balcón y no regresó sino hasta tiempo después. Dinora se subió en Elías y le hizo penetrarla de golpe. Al contrario de Arteaga, Dinora sabía exactamente lo que estaba haciendo. Después de la penetración inicial, fue subiendo muy poquito a poco, sacando casi entero el pene de Elías. Luego, fue bajando muy poco a poco, mientras sentía que el pene de él se doblaba un poquitio. Elías exclamó algo que Nina no sabía cómo interpretar. ¿En algún sentido, en algún nivel lo estaba disfrutando? Dinora era hermosa, ¿prefería coger con ella que con Arteaga? Cuando Elías vio a Dinora en el camión, seguro le había gustado, ¿había fantaseado con cogérsela? ¿Estaría cumpliendo ahora una fantasía?

    Nina hacía twerking cuando estaba sola; le ayudaba a sentirse bien con su cuerpo. Por eso reconoció lo que estaba haciendo Dinora cuando empezó a cogerse a Elías. Aún debajo de la camisa, se sentía que los pechos de Dinora rebotaban al ritmo de sus embestidas. Elías empezó a gemir de forma clara y audible, aunque tenía la cara escondida entre las manos.

    —¿Me detengo? —le preguntó Dinora.

    —No —le contestó Elías.

    —Mírame, pendejo. No te hagas. Yo sé que en diez años vas a seguir pensando en mí cuando te la jales.

    Elías vio a Dinora y no pudo desviar la mirada del hueco que se hacía en sus pechos al rebotar. Dinora sintió su pene crecer dentro de ella y dijo con orgullo:

    —¡No estaba completamente arriba! ¡Lo acabo de hacer crecer!

    Entonces Dinora comenzó a montarlo con más furia, mientras se quitaba la camisa. Nina pudo ver la marca de una quemadura de cigarro debajo de uno de sus pechos, y una lágrima amarga por fin le salió del ojo izquierdo.

    —¡Carajo! ¿Por qué soy yo la que tiene que trabajar? —dijo, se levantó y se echó en la cama, con las piernas abiertas —¡Cógeme si eres hombre!

    Elías no lo dudó, pero tampoco se apresuró. De una forma casi mecánica se levantó y puso el pene sobre la vagina de Dinora. Parecía tener problemas para meterlo; Fer se acercó en silencio y lo ayudó.

    Empezó a penetrarla con un ritmo que no dependía de él, sino del movimiento que Dinora le imponía desde abajo. Cuando Dinora logró que Elías fuera al ritmo que le gustaba, lo dejó hacer y empezó a tocarse los pechos.

    —¡Un hombre me chuparía los pechos mientras me penetra!

    No sin cierta dificultad, Elías bajó la boca hasta sus pechos, sin dejar de penetrarla ni disminuir el ritmo.

    —Ahj, quítate —le dijo Dinora finalmente, retirándolo de sus pechos. —Fer, ¿me ayudas?

    Fer le sonrió y bajó a succionar sus pechos, mientras la masturbaba. El pene de Elías entraba y salía, y a veces rozaba los deseos de Fer. En algún momento (Nina no se dio cuenta de cuándo), Fer y Dinora empezaron a besarse. Durante el beso, Dinora tuvo un orgasmo.

    Pero Elías seguía erguido. Y no era que Elías tuviera una fuerza especial o mucho aguante, es que tenía una maraña confusa de sentimientos. La vergüenza le bajaba un poco la erección y los nuevos estímulos volvían a subírsela, de manera que siempre estaba a punto de terminar y nunca ocurría. Sólo eso le permitió soportar tener sexo con Dinora.

    —Alguien tiene que poder bajársela a este compañero. Fer, ¿nos haces los honores? —ofreció Dinora

    —No —le dijo Fer, de forma tajante.

    Dinora se desconcertó ante la negativa, y luego la sorpresa se le volvió ira. Tapándose los pechos (Nina pensó que sobre todo se estaba tapando la cicatriz), le gritó a Fer:

    —¡No me importa que seas lencha! —un odio inmenso por Dinora se apoderó de Nina, cuando dijo esta última palabra. —Por si no te acuerdas, te he visto coger con al menos dos güeyes, así que yo sé que, poder, puedes.

    —Yo no soy nada de lo que tú digas que soy —le contestó Fer, roja de ira, mientras se echaba en la cama, con las piernas abiertas.

    —Pues vas —le dijo Dinora a Elías, indicándole el sexo de Fer.

    Elías comenzó a penetrar a Fer de forma automática. De inmediato, Fer se dio cuenta de que eso no le iba a gustar en lo absoluto y cambiaron de posición. Elías se recostó en la cama. Fer se le puso encima e hizo que la penetrara poco a poco. Luego, se lo empezó a coger de atrás hacia adelante, sin el twerking garigoleado de Dinora, pero de una forma bastante excitante… al menos para Nina. Mientras Elías la miraba, sin enojo y quizá con deseo, Fer se mordía el labio inferior, se mesaba con una mano su corto cabello castaño y con la otra se acariciaba, no un pecho o el otro, sino la línea entre ambos pechos.

    En ese momento, Arteaga regresó del balcón y, viendo a Fer montada en Elías, se sintió excitada. Empezó a corear:

    —¡Eh, eh, eh!

    Dinora la secundó, y de nuevo llenaron el cuarto de exclamaciones

    «Parece una modelo; parece una revista», pensaba Nina. También pensó que, así como antes, cuando tenía sexo con ella, Fer había fingido ser masculina, ahora estaba fingiendo ser femenina. Y le funcionó. En algún momento, Elías alzó la mano a uno de sus pechos y, acariciándola, tuvo un orgasmo.

    Pero Fer no se detuvo, siguió restregándose en Elías, sin darse cuenta de nada. Elías gimoteaba porque, pasada la erección, el estímulo de estar en una vagina empezaba a convertírsele en malestar. Nina intentó hacer que Fer parara, pero fue en vano: no se detuvo hasta que ella misma tuvo un orgasmo. Para ese momento, el pene de Elías, ya flácido, hasta se había salido de la vagina. El condón, casi desalojado, amenazaba con chorrear, y el chico había vuelto a taparse la cara con las manos.

    Fer se levantó, recogió su ropa y fue al baño. Después de unos minutos, salió completamente vestida y se fue del cuarto.

    Elías la vio irse. Después, quizá porque quería ver su reacción, se le quedó viendo a Nina por un momento. En ese momento, Nina recordó que no tenía ropa y se tapó los pechos y la entrepierna. Elías, con toda calma, giró la cabeza a otro lado, como si ya no hubiera diferencia entre ver a Nina o no.

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  • Así terminó todo

    Así terminó todo

    Hola a todos, recibí sus mensajes y agradezco los consejos, advertencias, sugerencias, así que desde ahora usaré nombres ficticios a excepción de los que ya conocen. Como muchos querían saber lo que pasó después de ese viaje a México, aquí les cuento.

    Al regresar a casa no supe bien cómo reaccionar. En otras ocasiones había preferido callar, hacerme el tonto, pero esta vez sentía que algo ya se había roto. Los días que quedaban de vacaciones los pasamos con los niños, intentando aparentar normalidad. Luego, con el regreso a la rutina de la escuela y el trabajo, recuperé algo de calma, aunque la herida seguía presente.

    La amaba. Pero cada día me convencía más de que ese amor no era recíproco. Pamela, en cambio, parecía indiferente.

    Íbamos en piloto automático, cumpliendo con reuniones familiares y compromisos sociales como si nada hubiera pasado: su santo en agosto, donde le hicimos una pequeña reunión con sus padres y amistades, el mío, y luego el cumpleaños número siete de Claudia. Todo transcurría como si el matrimonio siguiera en pie por inercia, sin chispa, sin mirada, sin alma.

    En cuanto a Julio, trabajábamos en distintas áreas, así que apenas coincidíamos. Y tal vez fue mejor así.

    Todo esto se los cuento para darles un poco de contexto (como a algunos les conté ya mediante correo) de cómo fue que terminé separándome de Pamela.

    Sucedió en abril del 94.

    Lo tengo grabado con exactitud porque ocurrió pocas semanas después del quinto cumpleaños de Rodrigo.

    En esa ocasión le hicimos una pequeña matiné en casa. Invitamos solo a sus amiguitos del kínder ya que apenas tenía poco más de un mes en su escuela nueva, —acababa de empezar primaria—, Pamela se encargó de todo ya que era ella quien asistía a las reuniones. Organizó la decoración, los bocaditos, la torta. Por mi parte, apenas tuve tiempo para encargarme de algo: en el trabajo estábamos con obra en Chosica y no podía ausentarme tanto.

    Solo a un padre de familia reconocí de su nueva escuela. No porque yo fuera mucho al colegio, sino porque lo había visto ya en casa unos días antes, ayudando a Pamela a decorar para la fiesta, junto a otra mamá del kínder.

    Hago una mención importante aquí.

    Y es que ese verano habíamos asistido a una boda de una amiga de Pamela, donde ella fue dama de honor. No tengo la certeza de que Pamela se acostó con alguien, pero hubo miradas, ausencias y gestos. No tengo pruebas, pero sí la intuición —esa punzada fría en el estómago— de que algo pasó. Desde entonces, empecé a observar mucho a Pamela nuevamente, más atento, más desconfiado.

    Víctor.

    Así se llamaba el padre del nuevo colegio de Rodrigo que reconocí en la fiesta.

    Era colombiano. Vivía solo con su hijo Braulio, y según me contó Pamela, se había separado tiempo atrás. En Lima, por aquel entonces, ver un colombiano era casi una rareza. Su acento llamaba la atención, y su físico también: alto, de esos tipos que llenan el espacio sin proponérselo.

    Durante la fiesta noté cómo varias mamás lo miraban. No se esforzaba en agradar; simplemente era distinto.

    No tuve mucha oportunidad de conocerlo hasta ese momento, no sé si me sorprendía lo servicial que se mostraba o que trabajase siendo electricista, y no lo digo como algo malo, pero en el colegio donde estudiaba Rodrigo me sorprendió que siendo soltero y electricista pudiera pagarlo. Lo primero que muchos pensamos y acorde a lo que se vivía en ese tiempo.

    “Debe ser narco”.

    Yo: Qué desastre… —le dije a Pamela mientras veíamos los restos del cumpleaños, serpentinas por el suelo, vasos, migas de torta, globos reventados—.

    Pamela: Ay sí, gordo —suspiró, cansada—. Mañana limpio todo… Aprovechando que Víctor se ofreció a ayudar.

    Yo: No debe tener mucho que hacer, ¿no?

    Pamela: —sonriendo— Me dijo que tiene libre mañana, quiere apoyar.

    Yo: Noté que era servicial, sí… aunque no sé, me sorprende tanto entusiasmo.

    Pamela: —encogiéndose de hombros— Tal vez solo es amable. También es por ser nuevo acá.

    Yo: ¿Y eso qué tiene que ver?

    Pamela: Que seguro lo hace para querer caer bien… mientras sea así, aprovechemos, ¿no?

    Yo: … tal vez —le respondí, intentando sonar casual—.

    El día siguiente, sábado, tuve que supervisar la obra en Chosica (para quienes no son de Lima, queda a más de cincuenta kilómetros de Jesús María, donde vivíamos) y no regresé sino hasta las ocho de la noche.

    Al entrar a casa, lo primero que vi fue la olla hirviendo en la cocina; desde la puerta se notaba el vapor, el olor a ajo sofrito. Hacia la izquierda, en la sala, estaban los niños con el pequeño Braulio viendo televisión. No vi a Pamela ni a Víctor, aunque deduje que él seguía allí.

    Lo primero que hice fue subir a los dormitorios sin hacer mucho ruido. No se oía nada, ni una voz, ni un paso. Entré a mi dormitorio y solo hallé ropa de Pamela desordenada sobre la cama. Me quedé unos segundos mirando el desorden, tratando de encontrar algo fuera de lugar.

    Nada.

    Bajé de nuevo, y entonces los vi en la cocina.

    Pamela: ¡Gordo! —dijo mientras echaba los fideos a la olla—. ¿A qué hora llegaste?

    Yo: Hola, amor —contesté, mirando hacia Víctor, que estaba sentado en una de las sillas—. … Hola, ¿qué tal?

    Víctor: Hola, Saúl. ¿Cómo estás, hermano?

    Yo: Recién llegué —respondí, bajando del todo—. No los vi antes, pensé que podían estar arriba.

    Pamela: ¡No! ¿Cómo se te ocurre? —soltó una risa nerviosa, medio avergonzada—.

    Víctor: No, no, ¿cómo así? —rio también, mirándola—.

    Yo: No, nada, solo… eh —balbuceé— como no los veía. —Me sentí tonto. Ellos lo tomaban a broma, pero a mí no me dio gracia—.

    Pamela: Jajaja, estábamos atrás, en el jardín. Te dije ayer que venía Víctor a ayudar.

    Me pareció extraño. El jardín no se había usado durante la fiesta del día anterior, así que no entendía qué había que limpiar allí.

    Cenamos con ellos, conversando de cosas triviales. Alrededor de una hora después se fueron.

    Yo: No pensé que les tomaría todo el día ordenar.

    Pamela: Víctor nos invitó el almuerzo, salimos un rato.

    Yo: Ah… por eso tu ropa tirada en la cama.

    Pamela: Sí, ay, ahora falta ordenar eso también, estoy muertísima.

    Subió a acostar a los niños. Yo antes fui a dejar mi ropa que se había ensuciado en la obra a la lavandería, y para eso tenía que cruzar el jardín.

    Un jardín que a mi opinión no estaba muy distinto: hojas secas, una silla movida. Se encontraba sucio sí, pero lo único distinto era una botella de vino a medio terminar y dos copas sucias sobre la mesa de madera.

    No quise pensar más así que me fui a dormir.

    Los domingos, acostumbrábamos a no estar en casa, íbamos a pasear o visitar algún familiar. El lunes, al volver del trabajo, pasé otra vez por el jardín. La botella seguía ahí, pero vacía.

    Me chocó verlo tan seguido, de pronto, se hizo parte de la casa. Empezó a aparecer casi todos los días, desde verlo al regresar del trabajo a llevar a Claudia y Rodrigo al colegio, no lo supe por Pamela, lo supe por un jueves no fui a la oficina por un malestar estomacal y desde la ventana vi la camioneta de Víctor estacionada frente a la casa. Luego, supe que llevaba a los niños al colegio. Según Pamela, estaba pensando en hacer movilidad para otros padres, y mientras tanto ella lo acompañaba.

    No quise decir nada y sonar celoso, porque, estando ahí con los niños, no existía posibilidad de hacer algo me decía.

    La semana pasó igual. Volvía del trabajo y lo encontraba allí, siempre con una excusa: el jardín, los niños.

    Nada avanzaba mucho en el jardín, pero él seguía viniendo.

    El sábado siguiente, cuando me tocó volver a supervisar el proyecto, empezó mi verdadera odisea.

    Ese día regresé a casa más temprano; en realidad apenas una hora —normalmente llegaba cerca de las ocho y aquella vez fueron poco después de las siete—. Suelo avisar antes de salir de la oficina para que Pamela tenga la cena lista, pero ese día no lo hice y no por algún tipo de sospecha realmente, solo ese día no pasé por la oficina; fui directo a casa y pensé que llegar temprano no sería problema.

    A unos treinta metros ya se escuchaba el televisor a todo volumen.  “Otra vez Claudia con el control”, pensé. Al entrar vi a los niños y al pequeño Braulio en la sala; estaban tan concentrados que ni se inmutaron cuando apagué el volumen.

    Yo: ¿Por qué tanta bulla, Claudia? ¿Dónde está tu mamá?

    Claudia: Papi… —dijo recién notándome, igual que Braulio y Rodri—. Perdón, mi mamá está arriba creo.

    Raro que estuviera arriba, imaginé que estaría con Víctor, no lo creía posible la verdad, pero subí de todas formas a cambiarme. Subí y como lo imaginé, no estaba ahí, me empecé a cambiar por la ropa de casa y al verme desde la ventana del cuarto noté la luz de la lavandería encendida; con tanto ruido del televisor no había oído la máquina —esas lavadoras antiguas rugían—, pero ahora el televisor las había tapado. Me vestí y bajé.

    Nada más entrar al jardín, como a unos veinte metros, una luz cálida y amarillenta iluminaba filtrándose desde la lavandería y la puerta abierta, es cuando la escena se desplegó como un golpe seco. Allí estaba Pamela, de espaldas, apoyada sobre el lavadero, arqueando la espalda con los brazos extendidos; su vestido, el vestido rosa y blanco que acostumbraba usar en casa, se amontonaba alrededor de su cintura, dejando a la vista su ancha cadera, sus firmes y voluptuosas nalgas, que se movían con cada movimiento, movimiento que le hacía tambalear también los senos con el brassier que le colgaba de un brazo.

    Detrás de ella, la figura de Víctor se movía con insistencia, sólido y seguro, dominando la escena con fuerza. La luz apenas delineaba su torso, solo alcancé a distinguir la mitad de su cuerpo, o talvez hasta solo un tercio de él. Los brazos tensos que sujetaban el vestido de Pamela, guiando cada uno de sus movimientos. Sus calcetines blancos eran lo único que rompía la oscuridad de su cuerpo desnudo. Esas embestidas, la manera en que controlaba cada reacción de Pamela.

    En el suelo, al lado de ellos sobre el colchón viejo que días atrás ella misma había pedido bajar porque  “ya no servía”, había ropa amontonada. Esto me indicaba que no había sido casualidad.

    Mi cuerpo se congeló. Mi corazón latía con violencia, con vergüenza. No vi detalles íntimos; vi movimientos, vi el vestido desordenado, vi la ropa tirada, lo vi a él detrás. El ritmo, fuerte y constante, era como algo que golpeaba y volvía, el intenso modo de como sus grandes nalgas de Pamela rebotaban ante las embestidas, eran como un tambor apagado por el ronroneo de la lavadora. Cada movimiento de Pamela me martillaba en la cabeza una vez más.

    Solo al ver que la cabeza de Víctor se inclinó hacia la de Pamela, con su mano girando su rostro para besarla, que por suerte lo hizo hacia el lado opuesto a la puerta, aproveché a retroceder lentamente sin girarme, mientras tenía la visión de sus labios, el cuello estirado, la curva de sus pechos apenas contenidas por la tela del vestido arrugado… Todo era un golpe de realidad.

    Retrocedí hasta la entrada del jardín. Me senté en el sillón de la sala, el corazón a punto de estallar, control en mano. Los niños seguían absortos en la televisión, inconscientes del mundo de placer y traición que ocurría a unos pasos de ellos; no sospechaban nada. Pensé en lo absurdo de esa puerta abierta de la lavandería y en lo cerca que estaban los niños. ¿Qué habría pasado si uno de ellos hubiese entrado? Por un momento mi cabeza quiso romper algo, gritar.

    A eso recuerdo que el volumen de la televisión la había bajado, y la puerta que da al patio la había dejado abierta. Me encaminé al patio a cerrar la puerta con cuidado. Di un último vistazo: las piernas estiradas sobre el colchón de los dos. Pamela entregada, Víctor seguro y firme, el tamaño y la rudeza moviéndose arriba y abajo apenas visible por el marco de la puerta me hizo saber que era Víctor quien estaba encima. Me sentí pequeño, expuesto, ridículo por no haberlo visto antes, con el corazón roto y la mente llena de imágenes que jamás olvidaría.

    Volví a la cocina y me quedé sentado. El nudo en la garganta no fue solo rabia: había pena, vergüenza, un asco propio que no sabía dónde poner, quise ir y golpearlo, no solo por esto que ocurría, quise hacerlo también por todas las ocasiones que me había engañado Pamela, pero sabía que Víctor me daría una golpiza y sería aún más humillante.

    Me subí al auto para tomar un poco de aire y mientras lo meditaba, ahí entendía a qué iban tanto al patio, alejados de los niños. Al final solo di vueltas por la cuadra, con las manos rígidas sobre el volante, preguntándome cuánto tiempo habría durado aquello y cuántas veces más, no había duda que esto venía siendo recurrente.

    No podía seguir engañándome a mí mismo, no había amor y aún peor, no había respeto. Pensé en los niños, pero ya había perdonado anteriores engaños con esa misma excusa, talvez aplicar ojo por ojo ayudaría, pero sabía que no me serviría de nada, el placer carnal es algo que nunca me interesó.

    Cuando por fin regresé a la casa eran casi las 9 y aún no salía Víctor, la cochera se abrió y la camioneta de Víctor salió recién quince minutos después.

    Entré sin prisa.

    La encontré en la cocina, sentada. Con el mismo vestido arrugado, sin una palabra. Me miró apenas un segundo antes de bajar la vista. Era como si estuviera esperando que la enfrentara

    Yo: No te has querido ni cambiar —dije, señalando el vestido, sin gritar.

    Decir eso fue suficiente. Ella se levantó, sin discutir, y subió a la habitación.

    Yo: Ven acá, Pamela. Tenemos que hablar. No seguiremos más con esto.

    Pamela: —desde las escaleras, con voz apagada— Ya como quieras. Mañana lo hablamos.

    A sabiendas de sus acciones me dolió no escuchar una disculpa, simplemente subió y se acostó, ni siquiera quiso intervenir al decirle que no seguiría con el matrimonio.

    Esa noche dormí en el sofá, sin fuerzas ni ganas de discutir. No quedaban excusas.

    El domingo siguiente no quise cambiarles la rutina a los niños. Todo iba a cambiar para ellos, y al menos quería que ese día fuera bonito para ellos. Pamela tenía la mirada perdida, apagada… o quizá solo estaba calculando qué decir. No negaré que por un momento se me pasó por la cabeza perdonarla, pero su silencio, su frialdad, me dejaron claro que ya no había nada que salvar.

    El lunes, al volver del trabajo, intenté hablar con ella del divorcio.

    O, mejor dicho: hablé yo solo.

    Pamela apenas respondía, con monosílabos, sin interés. Después de eso, pasaron días sin dirigirnos la palabra, solo lo justo por los niños. Éramos dos desconocidos compartiendo techo.

    Hasta que una tarde, al llegar del trabajo, lo vi.

    Víctor estaba sentado en la sala, relajado, conversando con Pamela y los chicos como si fuera parte de la familia.

    El corazón se me detuvo por un segundo.

    Víctor: Ey, Saúl, ¿qué tal? —dijo con ese tono amistoso, como si nada hubiera pasado—.

    Por un instante pensé que lo hacía a propósito, que quería probarme. ¿O realmente no sabía que lo había visto todo?

    Yo: Hola, Víctor —le respondí seco, estrechándole la mano—. ¿Qué te trae por acá?

    Víctor: Nada, solo vine a ayudar un poco… y para que Braulio se distraiga con tus niños.

    Asentí sin decir palabra, aunque por dentro hervía.

    Cuando se fue, subí de inmediato a la habitación. Pamela estaba doblando ropa, como si nada hubiera pasado.

    Yo: ¿Otra vez ese tipo acá?

    Pamela: ¿Otra vez con eso, Saúl? Pensé que ya lo habías superado.

    Yo: ¿Superado? ¡Me estás faltando el respeto en mi propia casa!

    Pamela: Nos estamos separando, ¿no? —respondió con indiferencia—. Tu casa, mi casa… ya ni sé cuál es cuál, si ni duermes acá.

    No levantó la voz. Lo dijo casi desafiante, con ese gesto que usaba cuando sabía que tenía la última palabra.

    Sentí rabia, cansancio. No dije más. La dejé ahí, sabiendo que ya no había vuelta atrás.

    Al día siguiente, decidí ponerle punto final.

    Llamé a don Carlos, mi jefe, para decirle que no iría al trabajo. Siempre me pedía explicaciones, pero esta vez su tono cambió. —Está bien, hijo… ¿estás bien? —me dijo.

    No supe qué responderle.

    Busqué a un abogado de la empresa para que me asesorara con el divorcio y llamé a mi hermano, que vivía en Lima, por si necesitaba llevarse a los niños de ser necesario.

    Pasé dos días entre papeles, firmas y silencios. Pamela se negaba a firmar.

    Nos habíamos casado con bienes compartidos, y, aun así, le ofrecí quedarme sin la casa con tal de cerrar el capítulo. Con eso decidió aceptar.

    Los niños se quedarían con ella un tiempo. El colegio les quedaba cerca. Y yo necesitaba estabilizarme, aunque eso tomó tiempo.

    Tiempo… y la llegada de alguien más. Conocí a mi futura pareja a los pocos meses. Por lo tanto, Rodrigo y Claudia terminaron quedándose con Pamela definitivamente.

    Con los años, comprendí que el divorcio no fue una derrota. Fue, más bien, la única forma que tuve de recuperar un poco de dignidad.

    Dignidad… una palabra que con el tiempo entendí que, para mí, no era más que una ilusión.

    Lamento si no es suficiente morboso o erótico para algunos y lo entiendo, pero este capítulo de mi vida que decidí compartir no es sencillo, créanme que lo intento y lo intentaré hacerlo mejor si les gusta.

    Espero ansioso sus comentarios.

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  • Le llevaba casi 20 años y me la cogí

    Le llevaba casi 20 años y me la cogí

    Nunca me han gustado las aplicaciones de citas, algunos compañeros y amigos me habían comentado que había mujeres que solo buscaban sexo así que me decidí a probar.

    Deslicé sobre algunos perfiles y realmente había mujeres muy sexys, muchos de esos perfiles hicieron que se me parara la verga, mujeres con tetas deliciosas y muy sugerentes, muchas de mi edad o mayores las cuales realmente me evitaban. Me llamó la atención un perfil, ella era realmente bella, unos labios carnosos que moría por besar, delgada, un culito muy rico que alcanzaba a percibir en sus fotos.

    “Match” me dijo la app en cuanto deslicé, señal que ella ya me había elegido para comernos. Debo decir que ella tenía apenas 18 años cumplidos, yo le llevaba casi 20 años de edad, comenzamos a platicar y realmente me dio la impresión de ser una chica de valores y de familia. Le pregunté qué le llamó la atención de mí y me dijo que no le gustaban los hombres de su edad, me pidió conocernos y yo realmente no creía mucho que eso fuera posible.

    Anteriormente había escuchado sobre perfiles falsos que te piden dinero antes de conocerse así que me mantuve algo reservado. Acordamos vernos para desayunar juntos y me pidió pasar por ella a su casa antes de yo proponérselo, me mandó su ubicación y llegué a la hora que me indicó. Cuando se sube al auto me dio un beso en los labios y me dijo que moría por conocerme, era muy joven y realmente bella. Cuando llegamos al restaurante las personas me veían como si estuviera haciendo algo mal, la diferencia de edad se notaba bastante.

    Desayunamos, realmente ya nos conocíamos bastante por nuestras pláticas anteriores y en ese momento ella me dijo que yo realmente le gustaba y quería que nos siguiéramos viendo y si todo iba bien formalizar una relación, algo que no he comentado antes es que yo no creo en las relaciones, para mí es solo coger sin mezclar sentimientos. Yo accedí a su propuesta ya que lo que quería era llevarla a la cama.

    Cuando íbamos de regreso a su casa me dice que quiere ver una película en un servicio de streaming y le propuse ir a mi casa a verla, ella lanzó una sonrisa muy sexy, me dio un beso y me dijo que la llevara a mi casa.

    Cuando entramos nos hundimos en un beso apasionado y me dijo que moría de ganas de estar conmigo. Comencé a quitarle la ropa, su piel era suave, era delgada pero sus nalgas estaban riquísimas. Comencé a besar sus tetas, eran pequeñas pero noté que la excitaba mucho, gemía riquísimo, bajé mi mano para sentir su panocha, estaba mojada, muy mojada y cuando le metí los dedos soltó un grito de placer, me dijo que ya estaba muy caliente y quería que le metiera la verga, yo lo hice y comencé suavemente a bombearla mientras le besaba el cuello y los labios, sus labios hacían que me evitara más y más.

    Tenía una cara hermosa y ver como ponía sus ojos en blanco tras cada embestida me excitaba más. “Cógeme como quieras” me dijo, comencé a picarle el culo con mis dedos mientras la penetraba por la panocha, me decía que le encantaba que hiciera eso. Yo seguía penetrándola y cuando menos esperé me vine adentro de ella.

    Platicamos un poco y ella era realmente caliente, no dejaba de acariciar mi verga, “me encanta” me dijo, “quiero que sea solo mía y a cambio te daré todo lo que me pidas, me vas a poder coger como quieras y las veces que quieras” eso me éxito mucho y cuando menos esperé ya estaba montada nuevamente, yo le apretaba las tetas y ella gemía, no dejaba de decir lo rica que le parecía mi verga y que le encantaba.

    La acosté nuevamente y comencé a bombear con mucha fuerza, no podía dejar de besarla, estaba hipnotizado por esos labios y esa cara tan hermosa, se la saqué y la puse en 4, ella me dijo que quería probar por el culo y yo siendo tan caliente le dije que si, saque un libro cante que tenía para esas ocasiones en las que una mujer quiere experimentar por primera vez el sexo anal, le puse un poco y comencé a penetrarla, realmente no aguanto mucho y me pido parar, yo no podía así que seguí cogiéndomela por la panocha ya que estaba muy caliente.

    Ella estaba muy excitada y me pidió terminar en su boca, no podía negarme así que la saqué y aventé todo mi semen en su preciosa carita, veía como le escurría y ella se lo comía con sus dedos.

    Nos vestimos para llevarla a su casa, en el camino me seguía acariciando la verga y me decía que estaba enamorada de ella, me pidió vernos más seguido y tuvimos varios encuentros que ya les contaré a detalle.

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  • El papá de mi mejor amiga

    El papá de mi mejor amiga

    Cuando tenía 18 años, aproximadamente, mi mejor amiga, a quien llamaremos Regina, hizo una fiesta en su casa. Ella era la amiga que toda chica quiere tener, es divertida, amable, confiable y al ser la única hija del segundo matrimonio de su papá, era consentida.

    El señor, Alberto, tenía unos 40 años quizás un par de años más. Alto, tez blanca, pero algo bronceado, pues disfrutaba de salir a correr y hacer ejercicio. No era musculoso, pero tenía unos pectorales firmes y brazos algo marcados por hacer gimnasio. Como buen señor, siempre estaba al pendiente de su princesa.

    Yo siempre fui muy bajita, tez aperlada, cabello largo negro, en ese entonces con fleco, mi cuerpo era muy delgado, aunque ya tenía buenas curvas, pues ya tenía sexo con mi ahora esposo Fernando.

    Regina quera igual de delgada que yo, solo que un poco más alta, siempre compartíamos suéteres y cosas así por ser muy similares en gustos y talla, ambas escuálidas, pero siempre muy “putillas”. Ella es blanca como su papá y cabello a los hombros color castaño, lo que más llama la atención de mi amiga es su pecho que contrasta con el resto de su cuerpo delgado, ella si tenía un desarrollo, pues sus tetas eran motivo de atención con los compañeros de escuela.

    Regina celebraría su cumpleaños en su casa, la idea era irnos de antro el sábado con otras 3 amigas, y después quedarnos a dormir en su casa, y así celebrar todo el sábado con su familia y más amigos en su jardín, pues el lugar era amplio y tenía puesta una alberca. Además, a mí me dijo que me podía quedar desde el viernes para planear nuestros atuendos y cosas de chicas.

    Mi entonces novio, Fernando, me dijo que no podría alcanzarnos el sábado pues saldría con su familia, así que yo quería tomar mucho sin miedo a que se enojara. El viernes llegué a casa de Regina con mi maleta para el fin de semana, le dejé en su cuarto junto al colchón inflable que ya tenía a manera de cama improvisada.

    El viernes por la tarde nos pusimos traje de baño y fuimos a usar la alberca que estaba llena en el jardín, los papás de Regina estaban junto a la alberca tomando unas cervezas para el calor, Alberto nos dio una cerveza a ambas, mientras su esposa decía que no era buena idea, como toda buena mamá, sin embargo, tampoco se opuso tanto tiempo. Nosotras nos la tomamos; pude notar que a Alberto le gustaba mirarnos miradas en la alberca, y eso, honestamente, me calentó, sentía los ojos de Alberto un señor que nos llevaba más de 20 años, mirando a su hija y a mí.

    Si bien, mi cuerpo no era tan voluptuoso, si aprovechaba para medir el interés de Alberto, mi culito parado y mis tetas pequeñas se marcaban en el bikini azul marino que llevaba puesto, adrede, metía el calzón entre mis nalgas, como si fuera tanga y salía y entraba de la alberca, y así noté que la atención de Alberto estaba en mí.

    Regina le dijo a sus papás que entrarán pero su mamá no aceptó; su papá por otro lado, subió a ponerse su traje de baño, un short que dejaba ver sus piernas delgadas, pero un torso que claramente estaba bien trabajado, no como un modelo, pero si de un hombre maduro que sabía lo bien que se veía.

    Cuando Alberto se metió a la alberca, sus pocas canas blancas en su cabellera oscura brillaban un poco, los tres platicábamos en la alberca circular hasta que Regina lanzó una pelota, los tres jugábamos de forma improvisada, Regina abrazaba a cada rato a su papá y yo los miraba, me prendía ver como el con sus brazos abrazaba el escuálido cuerpo de mi amiga, cuando me levante y me acerqué a ellos, Alberto extendió su brazo y me abrazó también, sentí su piel mojada, y aún olía a su loción muy varonil que tenía.

    Al salir de la alberca, nos fuimos a cambiar, el cuarto de Regina estaba frente al de sus papás, ahí noté que Alberto observaba un poco, yo fingí demencia y cuando tenía puesta mi tanga y mi sostén, me recosté en la cama fingiendo no saber lo que pasada, pero de reojo, miré a Alberto moviéndose en su cuarto y mirando de vez en cuando.

    La cena y el rato que pasamos seleccionado la ropa del siguiente día pasó rápido. En la noche me levanté para ir a la cocina por agua, pues Regina no se despertó a pesar de estarle hablando. Al pasar por el cuarto de sus papás noté que aún había luz, aunque deseaba mirar esperando ver a Alberto, pasé de largo.

    En la cocina no prendí la luz para no llamar la atención, justo terminaba mi vaso de agua noté que alguien se acercaba, pregunté si era Regina, pero mi sorpresa fue ver a Alberto solo en bóxer de tela, se notaba que tenía buen paquete, yo lo saludé y platicamos un rato, mismo tiempo que el me desnudaba con sus ojos, podía ver como observaba mi cuerpo y eso me prendía, le di las buenas noches, él me abrazó y sentí su aroma a hombre, además me acerqué a su cuerpo y sentí su pene en mi estómago.

    Toda la noche pensé en Alberto, imaginaba verlo desnudo, pensaba en su aroma, en su piel y en su torso; me sentía mal porque mi novio no estaba conmigo.

    Al día siguiente, nos arreglamos para la fiesta, la familia y las demás amigas llegaron, algunos estuvimos en la alberca y nuevamente aproveché para pasear con mi calzón entre las nalgas, Alberto me observaba. En un momento le comenté a Regina que subiría a recostarme un poco pues me sentía cansada y más tarde iríamos de antro.

    En el cuarto de Regina me tumbé en su cama, me quede dormida unos minutos hasta que sentí que alguien había pasado, así es, era Alberto, al parecer iba a su cuarto pero se detuvo al verme, me preguntó su estaba bien, le dije que sí, el se acercó y se sentó en la cama, noté que había cerrado la puerta.

    Yo seguía en traje de baño, el estiró su brazo y alcanzó mi pie izquierdo, fingiendo que platicaba conmigo, comenzó a sobar mi plata, luego con sus manos sobaba mi pie; sentía rico, verlo ahí con su camisa y traje de baño me prendía, mi conchita empezó a mojarse, el me dijo que le gustaba que fuera amiga de su hija y después me invitó a bajar a la fiesta, yo me acerqué a la orilla, pero como el sujetaba mis pies, quede con mis piernas en las suyas, el me estiró y me jaló hacia él, yo quede en sus piernas, el pasó su mano por mis nalgas de forma rápida y discreta.

    Me levante y el hizo lo mismo, yo sentía su aroma. Cuando nos dirigíamos a la puerta, me giré para regresar por mi teléfono y el al estar detrás de mi hizo que chocáramos, al ser más alto que yo, levantó sus manos y quedaron en mis pechos pequeños, él no se movió, pero apretó mis pequeños senos. Yo me reí nerviosa y no sé si por lo nerviosa y la posición, me paré de puntitas y lo besé, Alberto respondió con el beso y sonrió, me dijo al verme toda roja que no había problemas, yo me sonrojé y corrí por mi celular.

    La tarde pasó y el grupo de amigas nos fuimos al antro, yo no dejaba de pensar en Alberto. Tomamos mucho y ya a las 2 de la mañana, Alberto y su esposa pasaron por nosotras al antro. En la casa, estábamos las 5 chicas en el cuarto de Regina, yo era la más borracha junto con Regina, las otras 3 se fueron a cambiar y a dormir, nosotras seguimos platicando en la sala. La mamá de Regina se fue a dormir porque estaba muy cansada, pero su papá se quedó platicando con nosotras. En el sillón se sentó Alberto y Regina a un lado de él, ella llevaba un mini vestido de lentejuelas plateado y al quitarse sus tacones, subió sus piernas al regazo de su papá, lo abrazó y le pidió un masaje, Alberto sobaba las piernas de su hija.

    Se que pareceré enferma, pero me empecé a mojar al ver a Alberto acariciando a su hija, Regina se quedaba dormida en momentos, por lo cansada y borracha, en una de esas, me dijo, deja que papá te dé un masaje, es el mejor, Alberto asintió, yo me acerqué y me puse del otro lado, igualmente, me retiré mis tacones y estiré mis piernas en su regazo, el con su mano izquierda sobaba a su hija y con la derecha a mí.

    Las caricias me relajaron, pero recuerdo haber visto como las manos de Alberto subían por nuestras entre piernas y con sus dedos meñiques estirados rozaba nuestra ropa interior, Alberto cambió su cara, había esa lujuria en sus ojos, sus manos de calentaban y mi corazón se aceleraba.

    Regina estaba dormida, Alberto subía su mano desde la pantorrilla, hasta su entrepierna, tocaba y apretaba, yo me recargué en Alberto y este pasó su brazo derecho por detrás de mí, bajó su mano hasta mis nalgas y con cuidado empezó a subir mi vestido negro, que no era tan largo, hasta que se subió y comenzó a acariciar mis nalgas; yo fingía estar algo dormida.

    Con la otra mano, abrió despacio las piernas de Regina, podía ver su tanga color blanco, el metió la mano en las piernas de su hija y despacio acariciaba su conchita sobre la tanga. Regina entre dormida emitía quejidos, Alberto volvió a levantar su brazo sobre mi hombro derecho y despacio bajó mi vestido, dejando mis pequeñas tetas y mis pezones pequeños muy duros, al aire.

    Regina se movió y el paró, solo me abrazó para ocultar que estaba topless, y así yo quede recargada sobre él. Mi amiga se levantó y dijo que se iría a su cuarto, me hice la dormida y le dijo a su papá que cuando despertara me dijera que me fuera a su cuarto, su papá asintió.

    Yo me quede en el sillón, Alberto acompañó a Regina a su cuarto para comprobar que no regresara y que su mujer estaba dormida, después bajo y me vio ahí recostada en el sillón.

    Apagó las luces y se acercó a mí. Mi corazón latía muy rápido pero seguí fingiendo, solo noté que en la oscuridad, aquel hombre y su silueta grande se acercó, despacio metió sus manos bajo mi vestido, me acarició mi conchita que estaba completamente depilada y si, mojada por la situación, él pasaba sus dedos por mi clítoris, y sentía como embarraba mis fluidos en mis piernas, me retiró la tanga y se la guardó en su pantalón.

    Pensé que sería todo, pero después, abrió mis piernas y levantándolas, me dejó como en visita a ginecólogo, se acercó y sentí su respiración caliente en mi zona, el comenzó a pasar su lengua por mi inglés, mis muslos, hasta llegar y plantarse en mi conchita. Su lengua entraba a placer, yo no pude evitarlo y emití un pequeño orgasmo, algo de fluido salió de mí, el me jaló de mis manos y me levantó.

    Nos comenzamos a besar, el bajo a besar mis pezones, los chupaba fuerte, sus manos grandes apretaban todo mi cuerpo, mi conchita estaba muy, muy mojada entre mis fluidos y la saliva de Alberto. Él paró en seco y me tomó de la mano, me llevó a la cocina y abrió la puerta de la lavandería, ahí nos metimos.

    Ya dentro de la lavandería, Alberto bajó mi vestido hasta el suelo, él se quitó su ropa y comenzamos a fajar, el me cargó y me frotaba contra él; podía sentir su pene grueso y algo largo pasar por mi conchita que estaba mojada. Después de un rato de besos intensos y faje, me puso de rodillas y me metió su verga gruesa en la boca, su sabor era salado por mis fluidos cuando se frotaba.

    Después me levantó y me comenzó a besar en la boca y el cuello, su dedo medio de la mano me acaricia mi colita, quería entrar en mi pequeño agujero, yo le dije que parara, pero el solo ensalivó su dedo y lo clavo sin dudar, yo tuve que ahogar el grito, él estaba muy prendido.

    Alberto me levantó y me colocó como en película porno, me recostó en la parte superior de una mesa pequeña de madera y abrió mis piernas, comió un poco, apretaba mis pezones muy fuerte mientras su lengua recorría cada pedacito de mi conchita, se levantó y me miró.

    Aún en la oscuridad sus ojos brillaban de lujuria, se acercó a mí y me dijo “tengo que entrar, me tienes muy caliente”, yo lo miré y le pedí que lo hiciera con cuidado, ni siquiera pensamos en condones, el escupió en mi conchita y golpeó un poco con su pene, hizo la piel del prepucio hacía atrás y su cabeza rosa claro brilló con la escaza luz, así entró despacio.

    “Estas muy caliente y apretada” me decía, yo solo apretaba sus brazos que estaban duros y sentía lo fuerte que era, él se inclinó cobre mi quedando encorvado, yo lo abracé y empezó a darme fuerte y seguro, mientras me clavaba yo sentía que tocaba el cielo, recuerdo que me vine 3 veces y él me dijo que lo dejé empapado, su pene estaba resbaloso, así que me sujetó de las axilas y me levantó.

    En un subir y bajar, como si él rebotara, me daba muy rico, su lengua entraba en mi boca y jugaba con mi lengua, yo sentía su aroma impregnado en mí, nuestro sudor comenzaba a hacer ese sonido de dos cuerpos chocando.

    Cuando sentí que sus piernas temblaban me bajó, me bajó del hombro y me pidió abrir la boca, así lo hice y de pronto sentí su leche caer en mis labios, en mi cara, su sabor fuerte llegando a mi lengua.

    Alberto estiró su mano y prendió una linterna que estaba en una repisa, aproveché y con mi mano quité el exceso de semen que escurría en mi cara, estaba llena, el semen que quedó lo embarré en mi estómago. Alberto me miró, “un no acabamos”, de la ropa sucia que estaba en un bote, tomó una camiseta del gimnasio, era de él, olía muy fuerte a sudor seco; paso la camiseta por su pene, lo limpio haciendo muecas y luego me limpió mi abdomen.

    Me dio la vuelta y me volvió a meter su pene algo flácido, pero con cada embestida recuperaba su firmeza, tomaba mi cintura, luego apretaba mis pequeños pechos, me apoyó sobre la mesa y estuvo dándome más rápido.

    Yo estaba extasiada, me volví a correr dos veces más, el lo sintió y su pene grueso salía por lo resbaloso, luego lo sacó y lo puso sobre mi conchita que estaba muy mojada y algo abierta por tanta fricción, ahí sentí como aventó su leche, la cual se quedó sobre mi conchita escurriendo hasta el suelo, me miró por unos segundos y solo me dijo “ya eres mía”, metió su pene de golpe y con eso un poco de su semen, yo me apoyé en mis codos para ver ese momento.

    Nos limpiamos de nuevo, pasé al baño de abajo y fingiendo ir algo adormilada, entré al cuarto con las demás, todas dormían.

    A la mañana siguiente Alberto se portó como un caballero y ambos fingimos demencia, aunque sabíamos todo lo que había pasado y cada mirada me hacía saber que quería repetir, sin embargo, ya no se pudo pues me fueron a dejar a mi casa.

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  • Corina, yo y un asunto de negocios

    Corina, yo y un asunto de negocios

    Ese día mi suegro me llamó para que me presentara en su casa, para la ocasión me puse un vestido blanco a media pierna, y unas medias negras, llegue Violeta, la criada me abrió y me condujo hasta la puerta del salón, a abrirla me encontré con que allí no estaba mi suegro sino Corina.

    -Hola ¿Cómo estas cuñada?, me dijo.

    Me senté en el sofá, donde tantas aventuras sexuales había tenido, y había visto tener, Corina se puso de pie y mirándome a la cara me dijo:

    -Me parece que el cabron de mi padre quiere que tú y yo follemos.

    Se acercó a mí, me puso una mano en el mentón y me dijo:

    -Tranquila cuñadita, tengo experiencia en el asunto.

    Y antes de que pudiera reaccionar me tumbó sobre el sofá, me subió el vestido hasta dejar al descubierto el tanga azul marino, que me había puesto por su tenía que follar con mi suegro. Y se puso a acariciarme el coño por encima de esta prenda, luego me metió la mano por debajo de esta prenda, y mientras lo hacía me dijo:

    -¿Sabes una cosa cuñada? Mientras en el internado me lo hacia con algunas compañeras y algunas profesoras había veces que pensaba en ti.

    Y tras ello junto sus labios con los míos y nos dimos un beso muy apasionado, hasta ese momento parecía que Corina me estaba violando, y la idea me ponía muy caliente, en ese momento ella me dijo:

    -Creo que es mejor que las dos estemos de pie para que podamos desnudarnos mejor.

    Lo hice y antes de que me diera cuanta la muy zorra me había quitado el vestido, dejándome únicamente con el tanga. Ese día no me había puesto sujetador, ella seguía completamente vestida, y sin dejar de besarme tiro de mi tanga hacia el suelo. En ese momento tomé yo la iniciativa y casi sin darme cuenta, comencé a quitarle la ropa, dejándola, ella tampoco se había puesto sujetador con un tanga de color amarillo, pensé que ella ya había llevado la iniciativa durante mucho tiempo, la hice apoyarse contra una de las paredes de la casa, y teniéndola de culo, me arrodillé, y vi de manera real, ese culo tan maravilloso que anteriormente solo había visto por cámara.

    Después me levanté, ella se dio la vuelta y las dos nos quedamos pegadas la una a la otra, ella me dijo:

    -Cuñada entiendo que el imbécil de mi hermano mayor esté colado por ti, estas buenísima.

    -Tu sí que eres una mujer bellísima Corina, y además joven, y muy deseable.

    Buenamente nos volvimos a besar ella me dijo:

    -La verdad es que te deseo mucho, y te lo voy a demostrar.

    Me empujó hasta una de las columnas del salón y allí se arrodilló ante mi y sacando su lengua de la boca la introdujo dentro de mi coño, yo no sé si Corina habría aprovechado sus años de internado para aprender otras cosas, pero desde luego en lo de aprender a comer coños era para darle matrícula de honor, su lengua jugaba con mi coño de una manera magistral, desde luego esa cría sabía lo que se hacía no tardó en provocarme un gran orgasmo, Me levanté y atrayéndola hacia mí la acaricié y la dije:

    -Mi niña eres fabulosa, ahora me toca a mi demostrarte lo que se hacer.

    Me puse de rodillas ante ella y, en ese momento fui yo quien introdujo su lengua en el interior del coño de mi cuñada esta al sentir mi lengua dentro de ella comenzó a gemir mientras me decía:

    -No me imaginaba yo tener una cuñada tan puta y tortillera, se nota que n soy ni mucho menos el primer coño que comes.

    Desde luego no lo era, pero tampoco era el momento de contarnos nuestras vidas, así que continue comiéndome el delicioso coño de Corina, que de otro lado no tardó en correrse, desde luego mi cuñadita no era de esas mujeres a las que le cuesta llegar al orgasmo, a la que me levanté ella me tenía preparada una nueva sorpresa me hizo girarme y ponerme mirando a la columna y de espaldas a ella, y cuando lo hice noté como se arrodillaba, e introducía su lengua dentro de mi culo.

    Desde que me había vuelto puta para mi suegro, había intentado combinar mi higiene personal con la práctica de todas las guarrerias que se me ocurrieran en materia de sexo, sin embargo, la lengua de Corina dentro de mi culo me pareció lo más guarro, y excitante que me había ocurrido en mi vida.

    No podía dejar de sentir que sentir que me estaba excitando muchísimo hasta correrme, nuevamente, en ese momento me decidí a proponerle a Corina una idea que se me estaba ocurriendo:

    -¿Qué te parece cuñadita, su hacemos un sesentainueve en el suelo?

    No esperé su respuesta, me tumbé en el suelo con las piernas bien abiertas ofreciendo a mi cuñada mi coño, ella al verme me dijo:

    -No me imaginaba que fueras tan puta, cuñada

    Se puso encima de mí, en posesión invertida, y volvió a meter su lengua dentro de mi coño, cosa que en ese rato se había convertido en una costumbre muy agradable, yo me decidí a no ser menos e introduje la mía dentro de su sexo, las dos comenzamos a lamernos nuestros coños como si fuera una competición, aunque, como ya he dicho antes, mi cuñada sabía comerlo muy bien, llevaba más tiempo sin correrse que yo, así que trabajándola con mi lengua me fue relativamente sencillo hacerla correrse, cuando lo logré, ella me dijo:

    -Joder cuñada hacer maravillas, con tu lengua, su le haces lo mismo a mi hermano este debe estar alucinando contigo.

    No era tiempo de contarle que en realidad todos sus hermanos habían probado mi boca, y que, al parecer habían quedado bien satisfechos. Tras decir esto ella siguió ocupándose de mi coño, una vez más tuve que admitir, que cosas de estudios no se si había aprendido mucho, pero en lo de comer coños había sido una alumna muy aplicada, jajaja, no tardó en lograr que me corriera, en ese momento dijo:

    -Que zorras somos las dos. Y después me propuso, ¿Qué te parece si seguimos en el sofá? Cuñis.

    Me pareció una gran idea, la pedí que se sentara en el sofá, con las piernas bien abiertas, ella al hacerlo dijo:

    -Me da que este sofá no va a ser la primera follada que vea.

    Me dieron ganas de reír y de decirle la verdad, que ese sofá estaba contemplando desde hacía un tiempo mucho sexo, pero una vez más no me pareció el momento, tenía ganas de comerme nuevamente el coño de mi cuñada, parecía que me había vuelto adicta a eso. Así que me puse a cuatro patas, y como si fuera una perra, saqué nuevamente mi lengua y me puse a comerle el coño a Corina, ella al sentirlo dijo:

    -Parece cuñadita que le has cogido el gusto a mi coño, y ¿Sabes? Me estas haciendo gozar como nunca, en el internado ninguna tía me había hecho correrme tantas veces.

    Y efectivamente se lo estuve comiendo hasta que se corrió, En ese momento Corina dijo:

    -Ahora me toca a mí, venga cuñis, ven aquí y ponte sobre el respaldo del sofá,

    Por supuesto accedí a lo que me pedía, ella se puso de rodillas sobre este, t desde esta postura llevó sus manos hasta mi coño y con una de ellas me lo abrió todo lo que pudo, con la otta introdujo tres de sus dedos dentro de mi coño y dijo:

    -Esta es la especialidad de la casa.

    Y comenzó a moverlos en su interior, pero para mi sorpresa noté como acercaba su cabeza a la entrada de mi culo, y sacando su lengua, comenzó a pasarla por los alrededores de mi agujero, me hizo sentir algo nuevo, que me llevó a la gloria, mis gemidos se hicieron más intensos, y ella me preguntaba:

    -¿Te gusta cuñadita?

    No hacía falta ser muy observador para darse cuanta que mi cuñada me estaba volviendo loca del gusto, mis intensos gemidos eran mi mejor respuesta a su pregunta y ella lo sabía, así que comenzó a aplicarme el mismo tratamiento hasta provocarme un orgasmo descomunal.

    -¿Has quedado satisfecha cuñada me preguntó?

    Pero la verdad era que no, después de lo que la cerda de mi cuñada je acababa de hacer, yo sentía que tenía que devolvérselo, así que le pedí que se pusiera a cuatro patas encima del sofá, yo lo estaba en el suelo, cuando me hizo caso, introduje mi lengua dentro del culo de mi cuñada que, al sentirla, entre gemidos dijo:

    -Que copiona eres cuñada, que pena que no fueras al internado. Allí hubieras disfrutado mucho.

    Era la primera vez que hacía esto y, pese a comprender que no debía de ser mu higiénico, debía de admitir que era muy agradable, y sentir gemir a mi cuñada lo hacia cada día más, la verdad es que esta situación hacía que me sintiera hambrienta de su culo, hasta que sentí como se corría, tras ello le saqué la lengua, ella dijo:

    -Menuda tarde me has hecho pasar so zorra, una de las mejores de mi vida, tenemos que vivir juntas nuevas aventuras y hacer cosas.

    Después me besó en la lengua nuevamente, las dos nos vestimos, y me marché de casa de mi suegro.

    Pocos días después reviví, nuevamente la orden de conectarme, y cuando lo hice en la pantalla apareció la biblioteca del chalet de mi suegro y sentada en un sillón estaba Karina, ella era la mujer de otro de los principales hombres de negocios de la zona, con quien mi suegro hacia sus buenos negocios, llevaba puesto un vestido blanco muy normalito, al poco entró Corina llevaba un vestido rosado corto y tipo palabra de honor, se sentó a su lado y las dos comenzaron una conversación muy normalita, tras ella mi cuñada le explicó que su padre le había puesto a trabajar en los negocios familiares a la vez que se sacaba la carrera, y le explicó que uno de los negocios que su padre le había encargado involucraba a ambas familias, en ese momento Corina con voz insinuante dijo:

    -Me he dado cuenta con como me miras, desde hace tiempo y seré muy amiga tuya si tu me ayudas en este negocio.

    La otra comprendió bien la propuesta, las dos se pusieron de pie, Y Karina rodeo a mi cuñada con sus brazos y luego llevó sus manos hacia el culo de mi cuñada, esta llevó las suyas hasta la cabeza de su socia y las dos se enlazaron en un beso largo y apasionado, después, antes de que su compañera pudiera reaccionar Corina le quito el vestido dejándola con un conjunto formado por unas bragas y un sujetador blanco.

    Después la hizo sentarse en el sofá, una vez que esto se produjo mi cuñada se puso de pie mirando a su compañera de frente, y se quitó el vestido, quedándose solo con un tanga diminuto, se notaba que, a diferencia de Karina, ella si había preparado este encuentro.

    Acto seguido Corina se agachó y quitó el sujetador a su socia, dejándola con las tetas al aire, y lanzando su boca sobre sus pezones, mientras con sus manos le amasaba sus tetas, la socia se puso a gemir, mi cuñada le preguntó:

    -¿Tu marido no te hace esto?

    -No cariño, respondió esta, hace mucho que no me toca. Sospecho que se lo hace con alguna de sus empleadas.

    -Los tíos son unos cerdos, dijo mi cuñada, pero yo te prometo ocuparme de que goces, si tu me ayudas en los negocios.

    Como una especie de anticipo, Corina se agachó y con sus manos le quitó las bragas a Karina, llevó su boca hasta el coño de su socia y sacando su lengua se puso a lamerla el coño, Karina se puso a gemir de una manera intensa y dijo:

    -Nunca hubiera imaginado que con una mujer se gozara tanto, es la primera vez que lo hago.

    -Cariño, reconoce que desde hace tiempo miras a las mujeres con ganas, dijo Corina sacando por un momento su lengua del coño de la vieja, aunque no te hayas atrevido a admitirlo.

    -Si, dijo esta mientras gemía, llevó una temporada mirando a las chicas jóvenes, pero nunca hubiera pensado en llegar a esto.

    Corina seguía comiendo el coño de su compañera que no podía evitar gemir de una manera exagerada, mientras le decía a esta:

    -Cariño, no pares me estas volviendo loca de placer.

    Mi cuñada que no hacia mucho me había demostrado su capacidad de volver loca a una mujer seguía comiéndola el coño, mientras Karina intensificaba sus gemidos de una manera bestial, hasta que dijo:

    -Mi amor no puedo más me corro.

    Corina siguió comiéndola el coño y cuando su socia hizo un gesto que demostraba que estaba tendiendo un orgasmo se lo siguió comiendo hasta que la vio relajada, en ese momento dejó el coño de su socia y alzándose hasta que sus dos bocas entraron en contacto, se enzarzaron en un nuevo beso, tras ello Karina dijo a mi cuñada:

    -Eres bellísima, te adoro.

    -Tu también eres muy bella, muchos chicos de mi edad estarán encantados de follar contigo y si tu quieres yo te ayudare a que lo consigas, le respondió mi cuñada

    -Gracias, mi amor, dijo Karina, pero ahora me gustaría ser yo quien te diera gusto a ti, pero no lo he hecho nunca, dijo Karina

    -No te preocupes, respondió mi cuñada, yo te enseñaré.

    Corina se sentó en el sofá, donde anteriormente había estado sentada su socia, esta acercó su boca a sus pechos y se puso a besárselos diciéndola:

    -Eres tan bella.

    -Muchas gracias, amor, respondió mi cuñada.

    Karina continuó ocupándose de las tetas de mi cuñada y luego fue bajando poco a poco, después fue bajando, con su lengua por el vientre, en ese momento se dio cuenta de que mi cuñada aún llevaba puesto el tanga, ella se lo quitó dejando el coño de Corina al aire, y llevó su lengua hasta él, se la notaba algo nerviosa, pero tenía ganas y poco a poco fue mejorando su técnica, la cara de mi cuñada demostraba que estaba disfrutando hasta que se corrió, y dijo:

    -Cariño has aprendido rápido lo vas a hacer muy bien, pero quiero que aprendas nuevas cosas, túmbate sobre el sofá.

    La alumna obedeció y mi cuñada, la pidió que levantara una de sus piernas y ella se sentó encima haciendo que los coños de ambas se rozaran. Después la pidió que continuará en el sofá, pero a cuatro patas. Corina se puso de nuevo en el suelo también a cuatro patas y desde esta postura acercó su boca al culo de su socia, y se lo comenzó a besar, después, nuevamente introdujo su lengua en el coño de Karina que al sentirlo dijo:

    -Mi amor, nunca pensé que esto se pudiera hacer, y que fuera tan placentero.

    Y sus gemidos demostraban que decía la verdad, mi cuñada siguió aplicándole el mismo tratamiento hasta que se corrió:

    -Cariño debo reconocer que esta esta siendo la mejor tarde de mi vida, dijo.

    Y nuevamente la discípula insistió en imitar a la profe esta vez fue mi cuñada la que se puso a cuatro patas encima del sofá y fue la vieja la que se puso de rodillas en el suelo, e introdujo su lengua en el coño de mi cuñada, anteriormente había aprendido como hacerlo y ahora lo hacía mejor, mi cuñada le dijo:

    -Cariño, lo haces divinamente, yo me ocuparé de que tengas coños que comerte.

    Ella se lo seguía comiendo hasta que hizo que mi cuñada se corriera. Fue en ese momento cuando Karina miró el reloj y dijo:

    -La tarde se me ha pasado volando, pero debo irme.

    Después se vistió y cuando se iba a ir dijo a mi cuñada:

    -Da por hecho el negocio, y todos los que tu quieras mi amor.

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  • Sin paraguas mi marido sumiso

    Sin paraguas mi marido sumiso

    Sin paraguas mi marido sumiso de etérea hermosura y ojos de canción de Dylan. Se balanceaba en una catarata de pis casi naranja. Despedía olor de amoníaco con vapor que dañaba los ojos. Uno de los tantos pedidos de el era recibir todos los líquidos que yo quisiera largar, en cualquier lugar incluyendo boca, ojos y oídos.

    Organize no orinar por 8 horas. Si quería ser meado por una hermosa mujer tenía que recibir lo peor.

    Me encargué en nuestros 8 años de matrimonio decirle de todas las maneras que era muy feo de rostro y que su blancura extrema se relacionaba por la inducida impotencia que le vendí de perra vengativa. Otros hombres habían matado mi integridad.

    Nada más fácil que desempoderar a un tipo de belleza “blancanievenesca”.

    No fuimos al baño a el acto macabro de ardor servido en copa.

    En la cama puse nylon sobre el colchón. Arriba tendí todo como un día cualquiera.

    Agregué al plan que luego de su bañó de mostaza acuosa el mismo Magister en física cuántica recogiera sábanas y acolchados.

    Derechito al lavarropas desnudo, pegoteado, con los ojos ardiendo como si la cebolla se le puso de emplaste tortursnte. El se sentía bien haciendo caso. Así era como se ganaba mi orden de erectar su pene y su derecho a penetrarme. El se sentía que se lo había ganado. El Físico de los neutrones acelerados ahora tenía permiso de coger a su domina después de un buen bañó .

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  • Aventuras de una hotwife (3)

    Aventuras de una hotwife (3)

    Solo una mujer.

    Luego de salir de esa habitación mi corazón parecía un carro de carreras y no encontraban como pararlo.

    Mi cerebro alterado y mis pensamientos llenos de ira y de dolor. No comprendía cómo esa persona que yo tanto amaba el idolatraba me pedía una interacción sexual con otra mujer. Si así como lo estás leyendo “otra mujer”.

    Me sentí humillada, sin sentido en pocas palabras la palabra fea quedaba chiquita en mi boca.

    Me miraba al espejo y sentía rabia y una impotencia descomunal decía para mí “porque después de 15 años de darle mi vida entera y construir un hermoso hogar” no lo entendía y mis ojos parecían cascadas (derramando lágrimas sin parar no recuerdo haber llorado tanto en mi vida).

    Si hubiese sabido que era una ventana a refrescar una relación que por los años, el trabajo, la monotonía estaba estancada…

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