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  • Uf, esa boda (Parte 2)

    Uf, esa boda (Parte 2)

    Mario ha acudido a la boda de su hermana menor en el lujoso hotel de la localidad donde viven sus padres, en compañía de su novia Elena. Ahí se encuentra con su prima Magda, a quien tiene más de 20 años de no ver. El encuentro produce chispas que orillan a que sucedan cosas por debajo de la mesa sin que el esposo y la novia de ambos lo sospechen. Esta es la segunda parte de esta historia.

    Espero que la disfruten.

    Con una casi imperceptible agitación en el tono de su voz, Magda le dijo a su esposo casi gritando para hacerse escuchar por sobre el estruendo de la música

    – Tengo que regresar a la habitación. ¿Puedes acompañarme?

    – ¿Qué te paso? – Dijo Julio extrañado aunque aún con su voz pastosa.

    – Nada malo, sólo necesito ir a retocar mi maquillaje. Estuve sudando en la pista de baile y no me siento cómoda…

    – Para mí te ves muy bien. – Dijo Julio

    – Anda, sirve que te acuestas a descansar un poco. – Insistió mi prima.

    – No. Yo estoy bien. No te preocupes. Me da flojera subir hasta el onceavo piso.

    – Si no nos vamos a ir por las escaleras. Sabes que este hotel tiene elevador, ¿verdad?

    – No, cariño. Que te acompañe tu primo si no te molesta. – Dijo volteando a verme. Yo sólo encogí los hombros en señal de que no me molestaría hacerlo.

    – Julio, sabes que odio que te pongas así…

    – Y yo odio que te pongas en papel de mi mamá. Ya te dije que estoy bien.

    – Bueno, tu sabrás. – Dijo Magda ya molesta y se levantó para retirarse. Yo decidí seguirla a una prudente distancia.

    Cuando finalmente llegamos al área de los elevadores, me sonrió y se disculpó por haber presenciado el connato de bronca con su marido. Le dije que no se preocupara, que lo entendía y la abracé con suavidad. Ella recargó su cabeza en mi hombro y nos quedamos así hasta que el ruido de las puertas del elevador nos devolvió a la realidad.

    Entramos en silencio y ella presionó el número 11 mientras batallaba un poco con los botones. Estábamos nosotros dos solamente e hice el cálculo mental de que 11 pisos en un elevador pueden ser todo lo necesario para romper barreras y preparar el terreno para algo mas. Sus labios se veían apetitosos y los montes de sus pechos se elevaban como desafiándome a escalarlos. Sería un interesante paseo…

    Cuando las puertas se estaban cerrando, llegó una señora de unos 60 años o tal vez un poco mas apurada y se metió al ascensor con nosotros.

    – Al 17 por favor. – Le dijo a Magda, quien amablemente presionó el botón de ese piso.

    Yo mascullé una maldición por dentro, pero seguí sonriendo mientras el ascensor se desplazaba hasta nuestro piso. Durante este tiempo, nuestras miradas se cruzaban inquietas con esas sonrisas forzadas que solo sirven para llenar los espacios incomodos entre las personas.

    Cuando llegamos al piso 11, Magda salió apresuradamente y yo le seguí haciendo un gesto de despedida a la inoportuna señora que se quedó en el ascensor. Llegamos a su habitación, 1128 y le sonreí.

    – Aquí te espero si gustas, en lo que sales. – Le dije.

    – No seas tonto, entra conmigo. No eres ningún extraño. – Me contestó mientras pasaba la tarjeta con la banda magnética por el seguro de la puerta, que se abrió con un apagado chirrido.

    Entramos a la habitación que se hallaba en penumbras. El resplandor de la luz del baño era la única fuente de luz. Su figura se veía a contraluz delineando sus torneadas piernas y las curvas que se dibujaban por su ajustado vestido. Le devoré con la mirada pero no me importó. Estaba tan excitado que ya me dolían las bolas con ese dulce dolor medio placentero, medio molesto que los caballeros conocemos tan bien.

    – ¿Te vas a maquillar a oscuras? – Le dije medio en broma.

    – No vine a la habitación a maquillarme. – Me dijo. La noté un poco apenada.

    – ¿No?

    – No, vine porque me tengo que cambiar de ropa interior. Estoy empapada. Fue una locura allá…

    – Lo siento. – Le interrumpí. – Me dejé llevar por el momento.

    – No debimos haberlo hecho. No es correcto. Está tu novia, mi esposo, la familia…

    – Tranquila. Nadie se dio cuenta. Esto quedará entre nosotros, te lo prometo. – Le dije para tranquilizarla un poco. Se notaba alterada y con una cara de culpabilidad.

    – ¿Me lo prometes? – Dijo tomando mis manos. Ella quedó con su espalda frente a la cama matrimonial y yo frente a ella. Me acerqué un poco para que me pudiera tomar las manos con facilidad.

    – Estoy muy confundida. Estamos teniendo problemas y no…

    – No te justifiques, Magda. Está bien todo. Aquí estoy. – Ella puso de nuevo su rostro en mi pecho sin soltar mis manos. Le besé la frente que quedaba justo a la altura de mi boca y no dijo nada. Sólo siguió en esa posición expectante.

    Sabía que estábamos a un paso de dejarnos ir. Mi mente me decía que me alejara para no hacer una nueva locura pero mi pene estaba en plena estrategia de guerra y sin pensarlo me apreté mas allá para que notara mi excitación. No podía remediarlo, estaba condenadamente bella esa noche.

    La sentí dudar y soltó mis manos. Yo aproveché esa súbita libertad y le abracé por su breve cintura. Los pliegues de su vestido se aferraban a mis manos y no me dejaban ir.

    – Déjame ayudarte con esta braga húmeda. Yo fui el culpable y yo tengo que remediarlo. – Dije sonriente y casi esperando una cachetada o mínimo una frase de rechazo. No recibí ni lo uno ni lo otro y con suavidad hice que se sentara al borde de la cama.

    Con las manos temblorosas hurgué por debajo de su vestido hincándome en el piso de la habitación y subiéndolas por sus piernas desnudas hasta sentir el borde de la prenda. Empecé a tirar de ella hacia afuera y Magda se recostó en la cama para facilitar mi labor. Cuando se las hube quitado las tomé en mis manos, completamente enrolladas y las olí aun estando de rodillas ante ella como pidiendo perdón o permiso. Estaban completamente empapadas del centro y sentí el penetrante olor de su sexo en mi nariz. Mi pene dio un bote al sentir esa sobrecarga sensorial y todos mis sentidos se pusieron en modo depredador.

    – De verdad que están empapadas. – Dije mostrándoselas. Ella continuaba acostada con las piernas dobladas fuera de la cama y yo hincado frente a ellas.

    – Tú te pasaste. – Dijo sonriendo. Ya no sentí duda o culpabilidad en su mirada y empecé a saborear el momento en anticipación.

    – ¿Yo? ¿Cómo me pasé? – Le respondí acariciando sus piernas mientras dejaba la prenda mojada en sus manos.

    – Haciendo eso que estás haciendo ahora. – Dijo jugueteando con la prenda en sus manos.

    – ¿Esto? – Dije levantando un poco el vestido hasta que quedó expuesta su entrepierna. Unos labios vaginales hinchados y húmedos, rodeados por una linda mata de vellos cuidadosamente cortados en forma de triángulo me saludaron en esa luz mortecina. Acaricié esos labios vaginales haciendo que soltara un largo suspiro.

    – Si, esto. Eres un salido. ¿Sabes?

    – ¿Te gusta que sea salido? – Le respondí mientras seguía acariciando su vagina deliciosa con mis dedos.

    – No. Eres un cerdo por aprovecharte de tu prima.

    – Cerdo sería si hiciera esto. – Dije poniendo mi rostro en su entrepierna y sacando mi lengua para acariciar su clítoris con ella.

    – Ahh uff cabrón, salido.

    – ¿Te gusta? – Al terminar mi ataque lingüístico en su húmeda fuente de placer.

    – No, no me gusta, déjame ir salido. – Me dijo pero sus palabras eran solo un juego que me invitaba a seguir.

    – Te dejo ir solo si me dejas chupar esas tetas tan lindas que tienes.

    – No, no son para ti. Son para que se las coma mi marido.

    – Pero yo no lo veo aquí ahora. ¿Tú sí?

    – No, pero no por eso van a ser tuyas.

    Me levanté y me acosté junto a ella acariciando las tetas encima de su vestido.

    – No quiero que sean mías, sólo que me las prestes para hacerles sentir lo que es el verdadero placer. – Gimió al sentir la caricia de mi mano. La moví para tocarla por un costado de su vestido y sentí la tibieza de su piel finalmente en mi mano.

    – Ahh, eres un aprovechado. – Dijo moviéndose un poco para facilitar mi movimiento, Al hacer esto, los tirantes del vestido cayeron al hombro y quedaron sus senos expuestos. Como había sospechado, no traía sostén para esta ocasión

    – No me lo digas a mí. Diles a tus nenas que parece que les gusta que las acaricie. – Le respondí señalando sus pezones en pie de guerra.

    – No lo creo, es sólo que hace frío.

    – Entonces creo que puedo ayudarles a que se calienten. – Dije.

    Al hacer esto acerqué mi boca a su pezón derecho y la empecé a besar delicadamente dejando que mis labios siguieran su contorno mientras acariciaba su punta con mi lengua. Eran besos breves pero con una frecuencia que le hacían retorcerse en la cama, presa de mi excitación. Tomé su otra teta con mi mano libre y se la empecé a acariciar hasta que mis movimientos se hicieron mas intensos y empecé a estrujarla. Mientras hacía esto, metí toda la parte de la teta derecha que me cabía en la boca y seguí mi acometida con mi lengua.

    Sentí su cuerpo estremecerse a un lado de mí.Mi mano dejó la teta izquierda en paz y fue recorriendo su abdomen a través del vestido hasta que llegué a su entrepierna mojada. Esta vez, sin contemplaciones hundí mi dedo corazón en su vagina totalmente lubricada y dio un respingo al sentirme. Su brinco hizo que toda la extensión de mi dedo entrara en ella y comencé un mete y saca brutal. Dejé su teta derecha tranquila y le di un largo y húmedo beso en su boca entreabierta.

    Nuestras lenguas se unieron dentro de nuestras bocas. Sentí la suya ansiosamente acariciar la mía y sus brazos rodearon mi cuello para hacer mas intenso nuestro contacto. Metí dos dedos en su vagina esta vez y me recompensó con una nueva oleada de fluidos en mis manos a la vez que su cuerpo se arqueaba en convulsiones incontrolables debajo de mí.

    – Ayyy cabrón me matas. – Dijo casi en un grito y jadeando. De pronto reparó en que aún tenía el vestido puesto y se separó de mi como rayo. – No puede dejar que se manche. – Dijo alarmada. Sonriendo le ayudé a que se lo quitara y quedó completamente desnuda frente a mí con excepción de sus tacones, recostada en su cama.

    – Ahora si que no manches. – Dije alegremente mientras me despojaba de mi ropa también. En un santiamén estaba también desnudo junto a ella.

    – Eres un aprovechado primo pero me has hecho gozar como hace mucho no…

    – Dile a él. El tuvo la culpa por caliente. – Le dije mientras ponía su suave mano en mi pene que se cimbró ante su contacto.

    – Entonces tu pene es un salido. – Dijo mientra lo acariciaba de arriba abajo. – Que castigo se merece por salido?

    – Creo que es justo que lo castigues con tu boca. Eso le dará una lección. – Le dije.

    – Creo que es justo, dijo girando para quedar frente a mis piernas y metió mi pene en su boca. – Empezó un rico mete y saca hasta la mitad de mi pene, que al ser de buen tamaño, no se prestaba a que lograra meterlo todo. No era la mejor mamada que había yo recibido pero el morbo de saber que era Magda, mi prima, potenciaba el placer por unas 40 o 50 veces. Cerré los ojos para disfrutar de las caricias de esa lengua prohibida que torpemente recorría mi tronco y besaba mi glande. Sentía la humedad de su saliva cayendo por el tronco y mojando mi pubis con esa sensación exquisita y el incesante movimiento de su boca. En mi mente desfilaron las imágenes de cuándo la vi entrar al salón de eventos, cuando se sentó y mostró sus lindas piernas, cuando bailamos juntos en ese baile complice y cuando la acaricié por debajo de la mesa. Estaba ya muy caliente y me vendría ahí mismo en su boca si no intervenía de inmediato. Recordé que aun no había penetrado esa deliciosa abertura que custodiaban los labios vaginales mas exquisitos que hubiera yo probado antes y me detuve.

    – Necesitamos hacer algo respecto a tu pierna mojada. – Le dije mientra me ponía en medio de sus piernas en posición de misionero. Nuestras miradas quedaron a solo unos centímetros de distancia.

    – ¿Qué sugieres? – Me dijo en un susurro.

    – Intervención, pero no tengo guantes de látex para mi amiguito. – Le dije mientras me le quedé mirando con la misma expresión que pondría un perrito hambriento al pedir un hueso o en este caso un apetitoso filete de carne de primera.

    – Creo que la nena se tomó una pastilla para prevenir algún accidente, así que no creo que el amiguito necesita nada mas que… ufff

    Sin decir agua va, me deslicé por en medio de sus piernas y mientras hablaba entré a ese paraíso prohibido. Su vagina caliente y excitada me recibió con manifiesta alegría y Magda gimió con un largo y profundo suspiro. La besé en los labios mientras le hacía el amor con lentitud pausada como quien degusta un buen vino de una excelente cosecha. Mis manos la tomaban de su breve cintura para poder entrar mas profundamente en ella y nuestro beso se hizo mas ardiente, mas húmedo, mas excitante. Estaba resultando ser uno de los mejores polvos de toda mi vida y el hecho de hacerlo con el fruto prohibido lo hacía todavía mas excitante.

    Sentí que se tensó de nueva cuenta debajo de mí, con la mirada me dijo que estaba a punto de venirse de nueva cuenta y apuré mi paso haciendo mis movimientos mas intensos para lograr una mayor penetración. Mi estrategia funcionó porque unos segundos después se arqueó y gimió viniéndose mientras le penetraba, sentí su corrida como un baño de agua tibia recorrer mi pene e increíblemente, no alcancé el orgasmo junto con ella. Al parecer mi amiguito estaba aguantando estoicamente el vendaval de sensaciones que la boca y la vagina de mi prima le habían lanzado. Seguí besando su cuello mientras se relajaba después de su orgasmo intenso. Sus brazos rodearon de nuevo mi cuello y me besó intensamente. La admiré a través de la poca luz en la habitación y me maravilló su aspecto de hembra salvaje, entregada al placer, con sus ojos semicerrados y mirándome con una mezcla de ternura, cariño y pasión. Su pelo lucía desaliñado, pero extremadamente sexy. Era un poema escrito con versos improvisados, pero no por ello menos hermosos. Inesperada, de esa belleza salvaje y sensual que empodera al sexo femenino y hace que los hombres caigamos rendidos a sus pies.

    Me giré sobre ella en la cama y me acosté boca arriba para invitarla a montar encima de mí. Ni tarda ni perezosa, se subió encima, guio mi pene hacia ella y se ensartó empezando una cabalgada semilenta, mientras me veía con una mirada lasciva y medio puta. Me encantaba sentirla así, saber que gozaba a su propio ritmo y yo solo siendo el instrumento de su gozo sexual. Su humedad se sentía en todo mi pubis y un poco mas allá. Tomé sus tetas con mis manos y sentí sus pezones hinchados, hubiera querido besarlas mientras lo hacíamos pero la posición no me lo permitía así que me contenté con acariciarlas un poco mas fuerte de lo que normalmente lo haría pero a ella pareció no importarle y cerrando los ojos siguió cabalgándome por varios minutos, en un mete saca delicioso. Sus gemidos se hacían cada vez mas guturales, y mi pene se sentía a punto de soltar una venida masiva. Estaba tan caliente que en ese momento no me hubiera importado su hubiera llegado Julio con un machete para tratar de separarme de mi amiguito con un solo tajo. Cambiamos de posición para hacer el de perrito pero no me sentí tan cómodo sin poder admirar su belleza y mirar sus gestos de cachondez que me prendían tanto así que la regresé a la posición del misionero donde ahora si pude comerme sus tetas con las ansias que había guardados desde el principio. “Me voy a venir, ya no aguanto mas” me dijo y yo asentí en silencio. Yo también estaba a punto y, agarrándome de su cintura, intensifiqué mi ritmo hasta que sentí que mi leche le inundaba por dentro. Fue una corrida descomunal y no pude evitar el exhalar un grito que me salió del fondo del alma, casi soné como un animal herido y fue todo lo que Magda necesitó para venirse de nuevo en un concierto de gemidos incontrolables.

    Cuando pudimos recuperar las fuerzas, caímos en cuenta de que habíamos pasado mas de 40 minutos fuera del salón. Era demasiado tiempo para maquillarse y a juzgar por su rostro sudoroso y su cabello alborotado, no podríamos convencer a nadie de que se había realmente maquillado. El vestido estaba arrugado a un lado de la cama y mi ropa estaba tirada sin orden por toda la habitación.

    Como pude me vestí y le ayudé a ponerse su vestido de nueva cuenta, le ofrecí buscar unas bragas y me dijo que lo dejara así; ya no teníamos tiempo para mas que medio acicalarnos así que bajamos al salón con algo de temor de que alguien hubiera notado nuestra ausencia.

    Magda se veía esplendorosa al bajar al salón, a pesar de su desaliño, su rostro brillaba de satisfacción y parecía gritar a quien fuera un buen observador que acababa de recibir su buena ración de sexo. Seguramente yo tendría alguna expresión similar pero no tenía manera de saberlo.

    Ya la concurrencia estaba a la mitad. Evité pasar por donde estaban mis padres y mis hermanas y me dirigí al salón donde se hallaba Julio balanceándose en su silla mientras trataba de seguir la canción que se oía en el equipo de sonido.

    Elena ya estaba de nuevo en su lugar y me vio con una mirada ligeramente inquisitiva pero no dijo nada. Tratando de actuar con naturalidad, me acerqué a ella y le di un beso que no rechazó. Eso me dio mas aplomo y le dije:

    – ¿Tiene mucho que llegaste? Fuimos a hacer un recorrido de saludos a la parentela y apenas nos han dejado regresar. Es lo malo de tener tantas tías chismosas.

    – Me imagino, dijo y sonrió. – Al parecer ya se había bajado su mal humor y tomando mi mano se acercó a mi oído y me dijo:

    – ¿Están ricas las camas del hotel para hacer el amor, cariño?

    Y guiñando un ojo, me besó.

    Fin?

    Dark knight ([email protected])

  • Mi turno de noche (Parte 1)

    Mi turno de noche (Parte 1)

    Empecé normal con toda la actitud de hacer el trabajo, pero en la soledad del turno mi mente empezó a fantasear con un buen dildo, así que al tercer día sali más temprano de casa y me dirigí a una sex shop para comprar uno nuevo, quería que fuese algo diferente, afortunadamente encontré justo lo que buscaba, una verga de aprox. 20 centímetros y como de dos a tres dedos de gruesa, una forma muy realista con su cabeza bien formada y diseñada muy venosa, lo dicho era justo lo que estaba buscando no tarde mucho así que pagué y salí en busca del resto de los complementos, empecé a recorrer las calles en el auto con la mirada ansiosa de encontrar el almacén perfecto, sabía que al igual que con el dildo no tardaría en encontrar lo que buscaba y efectivamente así fue.

    Encontré a no más de 8 calles en una esquina un almacén de ropa de dama en la que exhibían leggins y ropa interior, giré de inmediato a mi izquierda como me lo permitió el sentido de la calle y no tardé en hallar un espacio para estacionarme, estaba loca por comprarme algo lindo para mis piernas y mis nalgas, así que prácticamente corrí de regreso a la esquina para entrar en el almacén, recorrí rápido el almacén con la mirada, me sentía como niña en una juguetería, así que no tarde en preguntar por leggins, me mostraron unos 5 o 6 modelos escogí uno pero solo lo aparte para de inmediato dirigir mi mirada en busca de cacheteros con encaje y colores muy femeninos como rojo, rosa y lila, sabía lo que buscaba y los encontré rápido exactamente en los 3 colores, así que le dije a la encargada que me diera uno de cada uno y agregara los leggins que había separado previamente, pagué rápidamente y me fui porque ya estaba por dar la hora de entrada, como tengo que entrar al trabajo con uniforme y no vestida de puta avancé unas 10 o 12 calles en sentido opuesto a la zona centro y encontré el lugar perfecto para cambiarme dentro del coche, me quité el pantalón de trabajo y mis habituales bóxer de caballero para pasar a ser una putita golosa y en celo deseosa de placer y de verga, opté por ponerme los cacheteros lilas y los leggins.

    Una vez cambiada y con el pantalón de trabajo sobrepuesto me fui directo al trabajo, entré justo a tiempo, recibí el turno todo muy normal hasta que por fin dio la media noche y con ello el inicio de la hora de pausa y vaya que tenía ganas de hacer pausa, tenía mucha hambre, pero hambre de verga, hambre de ser mujer, hambre de ser putita golosa, salí al estacionamiento, la noche estaba con una ligera lluvia no fuerte pero si constante eso me ayudó increíblemente porque muchos prefirieron no salir, yo ya iba mojada desde hace como una hora de solo pensar que saldría para darme gusto y placer con ese dildo nuevo, así que toda nerviosa y con ansias me empecé por bajar el cierre del pantalón mientras continuaba caminando rumbo al auto, después jale un poco el botón del pantalón por debajo de mi cinturón y lo solté, di un ´par de pasos largos al mismo tiempo que me agachaba y con la mano aflojé el nudo de cada uno de mis zapatos, por fin llegué al auto, abrí la puerta del copiloto y rápidamente acomode ese asiento lo más adelante y ajuste el respaldo también completamente hacia el frente, cerré esa puerta para de inmediato abrir la puerta trasera del mismo lado y meterme al auto rápidamente, me quité los zapatos y los pantalones con ansias de verme como mujer con mis leggins, rápidamente me puse de rodillas y apoyé mis codos en el asiento trasero al mismo tiempo que acomodaba mis pies debajo del asiento delantero que había quedado a mis espaldas, busque el dildo le puse un condón sabor fresa y lo empecé a chupar con desesperación, como solo nosotras sabemos hacerlo cuando nos sentimos en celo y con mucha hambre de verga, para esto yo ya jadeaba y gemía de las ganas que tenía de ser penetrada por ese dildo, deje de jadear y por un momento solo escuchaba el ruido de la lluvia mientras mi mano llevaba la punta del dildo a la entrada de mi culito, me di cuenta al sentir ese cosquilleo en mi entradita, después con un movimiento lento empujé mi cadera hacia atrás hasta que sentí que la base del dildo había encontrado el respaldo del asiento delantero, entonces solté el dildo y use ambas manos para separar mi nalgas y ensartarme suavemente en esa verga, al sonido de lluvia fuera del auto lo acompaño entonces un suave y largo gemido de placer, uy!, que rico! enloquecí de placer y más me ponía loca la adrenalina de ser descubierta por alguien que buscara alguno los autos alrededor del mío o por un vigilante que se acercara a mi auto.

    Entonces solté mis nalgas y me di un par de embestidas más para luego subirme las pantaletas y los leggins. Estaba loca de placer, tan loca que poco me importó salir así del auto para rodearlo y pasarme al asiento del conductor, arranqué y sali del estacionamiento, apenas encontré una avenida recta y larga la aproveché para bajarme los leggins y las pantaletas, acelerar un poco y mientras el auto se deslizaba yo levantaba mi trasero y con ayuda de una mano abría mis nalgas para luego dejar caer de nuevo mi culito en el asiento, provocándome así un inmenso placer al ensartarme esa verga, repetí esto una cuatro veces, estaba loca de placer quería más y más, pero tuve que hacer pausa, y me concentré en fijar destino en busca de un café, pronto recordé un lugar cercano y conduje en esa dirección, un calle antes me detuve, acomodé mi ropa y me puse de nuevo el pantalón de trabajo, conduje de nuevo, baje a comprar mi pinche café así toda ensartada, y no quise perder tiempo en comprar más, lo único que deseaba era seguir dándome placer, así pagué y me fui disfrutando como el dildo me daba placer a cada paso que daba, llegué al auto y me subí de tal forma que se abrieran mis nalgas y así poder enterrarme de nuevo esa verga al momento de sentarme, cerré y conduje en dirección de regreso pero no había recorrido ni dos calles cuando encontré el lugar perfecto, una calle oscura que ambos lados tenía solo rejas, pronto me di cuenta de que eran un par de escuelas, una a cada lado de la calle, así que a esa hora nadie pasaba por ahí por lo que decidí avanzar un poco en esa calle y estacionarme.

    Me baje del auto para pasarme de nuevo a la parte trasera bajarme los leggins y las pantaletas y a darme gusto, ahí le di rienda suelta a mis instintos para ensartarme en esa verga, ahí dejé de lado el pudor para gemir y gritar de placer, gemía, jadeaba, me ensarte una y otra vez en esa verga, estaba deliciosa, loca de placer, totalmente entregada al momento. De pronto percibi unas luces de auto, hice una pausa, pero el auto pasó de largo sin más así que continue en lo que estaba, después pasaron más autos pero a mí ya no me importó, estaba totalmente entregada al placer y no me importaba nada así que me di duro por un buen rato, jadeaba y ya mi respiración era muy agitada, miré el reloj y ya era hora de partir, así que terminé de una buena vez. Me deshice del condón y dejé el dildo bajo el asiento, me puse de nuevo el pantalón de trabajo y me regresé al lado del conductor para manejar de regreso al estacionamiento y a mi aburrido trabajo, iba toda exhausta pero feliz, feliz por el placer recibido. Aun llovía cuando regresé así que me apuré a bajar y regresar al trabajo mientras no dejaba de pensar ¿cómo sería a la siguiente noche?

  • Lucía (Cap. I): Soy un tipo con suerte

    Lucía (Cap. I): Soy un tipo con suerte

    Mi segundo divorcio es un buen momento para ver la vida en retrospectiva. Nunca fui un galán de gimnasio, ni mucho menos el típico ‘ligador’ audaz que derrite y arranca las bragas de las chicas a donde se presenta, pero tuve la suerte de pasar por muy buenas experiencias con algunas mujeres, compañeras de mi carrera y más tarde, del trabajo, también con amigas, alguna amiga de mis amigos, y en menor medida, aventuras de una noche.

    Hubo algunas veces que la buena fortuna me sonrió y me arropó en sus brazos, obsequiándome momentos verdaderamente memorables, en los que pude gozar y hacer gozar a alguna que otra verdadera belleza de mujer, de esas que arrancan miradas, suspiros y erecciones con solo pasar cerca de uno. Pero sin duda, uno de los sucesos que más recuerdo, ocurrió hace unos años, justo cuando se suscitaba mi primer divorcio.

    Lucía es una mujer muy atractiva y aunque no lo aparenta, también es muy ardiente en la cama. Lucía llegó a trabajar a la misma empresa que yo hace un tiempo y desde el primer día, todos los compañeros quedamos embobados con ella, pues aunque es muy seria, es un verdadero bombón. Más alta que el promedio, con treinta y pocos años; unas hermosas piernas, totalmente apetecibles cuando usa falda; tiene además una cara muy bonita, de grandes ojos negros y labios amplios y carnosos. Además es dueña de un culo riquísimo, que haría perder la cabeza a cualquiera (incluyéndome), De inmediato, Lucía comenzó a recibir la atención de sus colegas masculinos y las consabidas invitaciones a salir. Pero la codiciada mujer no era presa fácil y aunque de forma siempre cordial, uno a uno fue rechazándolos a todos, hasta dejar muerta cualquier esperanza de ligarla. Así supe que tendría perdido el partido desde antes de tocar el balón y ni siquiera intenté algún acercamiento con ella.

    Lucía era muy eficiente en su trabajo. Se ganaba constantes felicitaciones de nuestros superiores y despertaba la envidia entre los demás vendedores y sobre todo, en las vendedoras, quienes pronto comenzaron a ponerle la etiqueta de puta, solo por ser guapa. Era común que comentaran un montón de cosas a sus espaldas: “esa vieja vende porque afloja las nalgas”. “Si no estuviera tan buena no vendería tanto”. Incluso corría el rumor de que la atractiva divorciada de ondulada y sensual melena oscura era amante del dueño de la empresa, cuestión por demás ridícula pues era sabido que el licenciado Orozco era un gay cincuentón, orgulloso de su homosexualidad.

    En el tiempo en que llegó Lucía a la empresa, yo atravesaba el severo trance de mi divorcio. Severo para mí, que no para mi mujer, pues fue ella quien anunció que estaba aburrida tras 15 años de matrimonio y necesitaba un cambio. ¿Y qué iba a hacer yo sino dejarla libre? La amaba, pero tampoco quería retenerla a mi lado por fuerza o por lástima. Al final, quedamos en tan buenos términos, que nuestro único hijo, Manuel, (con 13 años de edad entonces) apenas si notó que hubiera algún cambio en la relación que guardaban sus progenitores, pues su madre y yo continuamos viviendo juntos, aunque durmiendo en cuartos separados.

    A pesar de la suavidad con que llevamos el asunto, en el fondo, para mí el divorcio fue un duro golpe personal. Tenía la impresión de ser un despojo, algo que quedó inútil y requiere un repuesto. Pero lo peor vino cuando mi ex mujer comenzó a dejarme al niño los fines de semana porque ella saldría “a divertirse”. Entonces me deprimía y no hacía más que esperar la hora en que mi hijo se fuera a dormir para emborracharme, sintiéndome solo y patético.

    Mi mal estado anímico pronto se reflejó en los resultados de mi trabajo y cuando el jefe de ventas me llamó a su oficina, tuve la certeza de que iba a despedirme.

    -Toma asiento, Fernández- Me dijo el encargado de cortar mi cabeza, al tiempo que me indicaba el lugar para mi ejecución.

    Mi jefe habló largo y tendido sobre las metas que yo llevaba meses sin alcanzar, como preparándome para recibir el golpe definitivo, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando sin previo aviso en la oficina apareció Lucía, que llegaba casi derrapando, muy apenada por su impuntualidad.

    -El tráfico está insoportable- se excusó la bella mujer, al tiempo que se ataba el cabello en una coleta y me sonreía, saludándome antes de sentarse a mi lado.

    Logré contener la tentación de asomarme por el botón de la blusa que discretamente Lucía se desabrochó para mitigar el calor que la prisa le ocasionó. Pero Damián, nuestro jefe, se quedó mirando por un par de segundos hacia tan prometedor sitio, sin que Lucía se inmutara, seguramente acostumbrada a tales detalles.

    Damián expuso entonces su “plan de rescate” que evitaría que yo perdiera mi trabajo. Para eso, sería necesario que yo dejara a Lucía (la vendedora estrella) toda mi carpeta de clientes y pasara a ser su asistente (en esa empresa, cada vendedor tenia uno, casi siempre universitarios o “jóvenes promesas” como las llamaba el dueño del negocio).

    -No sé qué decir exactamente- Le respondí a Damián, sin saber si me humillaba al hacerme asistente de Lucía o si en realidad me hacía un favor al no despedirme. Al final, pensé que era más bien lo segundo y luego le agradecí a Damián por no echarme de la compañía.

    -No me agradezcas a mí- me pidió él. –Fue idea de Lucía. Bueno, lo de no bajarte el sueldo sí fue idea mía, pero es a ella a quien le debes el que sigas teniendo trabajo.

    –No te molesta que hagamos equipo ¿verdad?- Me dijo Lucía, dirigiéndome una conciliadora sonrisa, temiendo que me sintiera ofendido por pasar de ser su colega a convertirme en su ayudante.

    Más que ofendido, me sentía afortunado. No me lo esperaba. Jamás habría imaginado que Lucía fuera quien me había salvado del desempleo. Más tarde ella me confesaría que al enterarse de lo mal que yo lo estaba pasando por mi divorcio, de inmediato sintió empatía (para no llamarle lástima), por mi situación y cuando casualmente escuchó que Damián hablaba acerca de la inminencia de mi despido, decidió intervenir.

    Aunque procuramos no hacer muy evidente mis nuevas condiciones de trabajo, resultó fácil para los demás adivinar que Lucía llevaba la voz cantante en nuestra mancuerna y como era de esperarse, pronto me convertí en el objetivo de las burlas en la oficina, que no me bajaban de “gato”, “sumiso” o “mandilón”. Para mi buena suerte y gracias a la buena relación que comencé a tener con Lucía, a las pocas semanas esas tristes acepciones se convirtieron en comentarios mucho más favorables para mi, y más de un aventurado, me colocó como el nuevo compañero sexual de nuestra cotizada heroína.

    Pero lo cierto era que Lucía no había dado alguna señal de estar interesada en mí, a pesar que con el paso del tiempo, comenzamos a cobrar cierta confianza (claro, yo fantaseaba con ella, aunque siempre la trataba con la misma distancia que ella a mí) y además de las triviales conversaciones que teníamos de camino a ver a algún cliente, había días en que indagábamos mucho en la vida del otro (así fue como me enteré que Lucía llevaba un año divorciada y tenía una hija adolescente, como el mío).

    Lucía, con esa seriedad suya tan característica, no se había dejado ver ni una vez en plan de coqueteo con ningún cliente, hasta cierta tarde en una cafetería, durante una cita con un tipo importante, un hombre algo mayor que ella y metrosexual por donde le vieras. Hay que aceptar que el tipo sabía cómo llevar una conversación a los terrenos próximos al doble sentido y la incitación. Lo digo porque a los pocos minutos de iniciada nuestra cita, Lucía comenzó a contestar los pases que mandaba su adinerado interlocutor, convirtiendo su charla en algo semejante a un partido de tenis, en el que por supuesto yo salía sobrando.

    -Vienes con todo, eh Lucía- Le dije en una oportunidad que tuvimos a solas cuando el cliente se dirigió al baño.

    –Estoy desatada ¿verdad?- Me respondió sin poder ocultar el rubor de sus mejillas y sus pupilas ávidas de tener más de esa emoción que su acalorada plática le proporcionaba.

    -¿Será demasiado si los dejo solos? Por mí no te preocupes. Puedo perderme por ahí el resto de la tarde o acabar nuestros pendientes en la oficina.

    -Pues… No sé…- Fue la primera vez que la vi cachonda, lo que en seguida me puso dura la verga. Su sonrisa nerviosa y la visible rubor en las mejillas se sumaban a los síntomas de la calentura de Lucía y estaba claro que ella no dudaría en irse a la cama con Hernán (el cliente) en cuanto este se lo propusiera… Al menos eso pensé, imaginándome cómo se la follaría ese afortunado de mierda.

    Me decidí a desaparecer cuando el cliente preguntó por el sistema contra incendio con el que contaba el edificio que pensaba comprar y comenzó con Lucía una serie de chistes y comentarios acerca de las mangueras. Me disculpé por irme, poniendo un pretexto idiota. Sin saber muy bien a dónde ir, pues no me apetecí apara nada volver a casa y soportar a mi ex mujer y su indiferencia, me decidí por pasar por una cerveza a un bar cercano al trabajo, para después, entrar de nuevo a la oficina, que estaba desierta a esas horas de la noche. Me metí al baño de empleados y pensando en lo ricas que se le veían las piernas a Lucía con esa falda que se había puesto, me hice una buena chaqueta, pero que al final, me dejó con el mismo sinsabor de la sequía sexual que ya me había durado casi un año. –“Bueno, al menos alguien cogerá hoy”- Pensé, al adivinar que a esas alturas, Hernán estaría dándole una buena cogida a Lucía. Resignado a pasar la noche entre facturas, recibos y contratos, me fui a ocupar mi sitio habitual.

    Cerca de la media noche, estaba concentrado en los documentos que tenía en el escritorio, cuando la familiar voz de Lucía me llamó gritando mi nombre justo detrás de mí, lo que me hizo pegar un brinco y soltar una blasfemia, desatando la sonora risa de Lucía por su travesura.

    -No pensé que te fueras a asustar así- Me dijo, riendo aún por mi aterrorizada reacción. –De verdad, Manuel, no era mi intensión. Es que estabas tan metido en tus cosas…- Lucía tardó un poco más en recuperarse de su ataque de risa y cuando por fin cesó, le pregunté qué tal le había ido.

    -Terrible… Yo… Ni siquiera tengo ganas de hablar de eso- Su semblante cambió súbitamente, dejando en su bonita cara una mezcla de tristeza y hartazgo.

    -Ya sé que no quieres hablar, pero al menos dime ¿Estás bien? Hernán no te ha hecho daño ¿Verdad?- Le pregunté, sintiéndome verdaderamente preocupado por ella.

    -Estoy bien. Y más ahora, que me has hecho reír tanto. Además es lindo saber que te preocupas por mí… ¿Cómo pueden los hombres ser tan tiernos con nosotras tan solo para convertirse en unos hijos de puta al instante siguiente?

    Aunque sentía curiosidad por saber en qué se había equivocado Hernán cuando ya tenía ganado el partido (¡y qué partido! Se trataba de una mujer con la fama bien ganada de ser inalcanzable), preferí esperar a que Lucía me lo contara, sin importar que tal vez jamás lo hiciera.

    Lucía se acomodó en una silla junto a mí para continuar con el trabajo y poco a poco fue dejando a un lado su naturaleza seria y algo fría. La había visto ablandarse conmigo en otras ocasiones, pero aquella noche, mientras conversábamos de todo un poco, dejó ver su lado más vulnerable; el de una mujer tierna y cariñosa, que había sufrido por amor durante muchos años, hasta acabar metida en esa armadura de distante cortesía que le servía de defensa, pero que la mantenía a salvo, pero también la privaba de cualquier tipo de afecto. Tanto se liberó de su opresora coraza, que cerca de las 2 de la mañana y cuando estábamos guardando las últimas cajas de archivo muerto, sin más preámbulos, me preguntó:

    -¿Alguna vez has tenido ganas de besar a alguien aunque no estés seguro de si ese alguien te gusta?- Su pregunta me dejó frío por un momento, pero acostumbrado a carecer de ilusiones y sobre todo tratándose de ella, pensé que solo era una pregunta tonta y le respondí de inmediato que sí, que tal vez me había pasado decenas de veces.

    Lucía se había quedado de pie detrás de mí, a la espera de archivar la última caja de documentos que yo llevaría desde el escritorio, a unos pasos de distancia, así que cuando se acercó a mis espaldas y soltó su siguiente pregunta, no la ví venir. -¿Y en el sexo? ¿Alguna vez te han dado ganas de hacerlo con alguien aunque no estés seguro de si ese alguien te gusta?-

    “-Eso no es solo una pregunta más ¿o sí?”- pensé y antes de poder girarme para responderle a Lucía, sentí su mano buscando en mi entrepierna y unos segundos después, Lucía me abrazó, plantándose detrás de mí, permitiéndome adivinar sus senos en mi espalda y comenzando a masajearme la verga, de una forma experta, así que dejé que jugara con mi pene todo lo que ella quisiera. Y vaya si ella quería, pues en cuanto lo dura que se me había puesto la verga debajo del pantalón, abrió el cierre y sacó a mi mejor amigo de su escondite. Yo estaba anonadado viendo y sintiendo en mi polla los finos dedos de una de las mujeres más bellas que haya conocido. –Lucía…- Suspiré, como cuando en soledad me tocaba del mismo modo en que ahora lo hacía ella.

    Correspondí su inesperada acción colocando mis manos en su cadera, disfrutando de ese par de nalgas firmes y apretadas, mucho más ricas de lo que pude haber imaginado. Sentí cómo la falda de Lucía se apretaba deliciosamente en torno a sus formidables muslos. En ese momento, recordé cómo le había “jalado el pescuezo al ganso” pensando precisamente en lo ricas que se veían las piernas el culo de Lucía esa tarde en la cita con Hernán.

    Me di media vuelta y Lucía me recibió con la misma cara de fogosidad que le había visto antes con nuestro cliente, pero potenciada por su la sensualidad de su boquita entre abierta, su mirada concentrada en la mía y el vaivén de los caireles oscuros de su cabello meneándose al ritmo con que su mano frotaba mi verga. Me acerqué para besarla en los labios y entonces, mi torpeza me traicionó.

    -Hernán te dejó con ganas ¿verdad?- Le pregunté, poseído por la lujuria del momento.

    En ese instante, el rostro de Lucía, que segundos antes era la perfecta expresión de la excitación femenina cambió y solo vi decepción e ira en sus oscuros ojos.

    -Qué pendejo eres, Manuel- Me dijo con desprecio, al tiempo que soltaba mi pene y comenzaba a alisarse la ropa. -¡No me toques!- Gritó cuando quise abrazarla y me alejó firmemente con sus manos en mi pecho. –Ya decía yo que eras demasiado bueno.

    -Pero…- Me quedé sin palabras y con el pito de fuera frente a Lucía.

    Ella agarró sus cosas y volvió a alejarme cuando intenté tocarla otra vez. –Vamos a dejar las cosas como están ¿Te parece?- Me dijo, completamente enojada –Haz de cuenta que esto nunca sucedió.

    -Lucía, por favor, perdóname, no quise ofenderte.

    -Pues lo hiciste ¿Qué chingados te importa si Hernán me dejó con ganas?- Me dijo, furiosa y ya sin siquiera voltear a verme.

    -Perdón… Estaba tan caliente que dije la primera pendejada que me vino a la cabeza.

    -Te perdono- Respondió, enfundándose de nueva cuenta en su armadura emocional. –Ya es tarde y no sé si mi hija está dormida o se quedó como siempre, pegada a la computadora- Me respondió, con su típico tono neutral al hablar -¿Nos vamos ya? Si quieres te paso a dejar a tu casa. Es tarde.

    -Lucía… Perdóname, en serio- Esta vez no dejé que escapara y la sujeté de los brazos cuando los interpuso entre nosotros.

    -Ya te dije que te perdono. Y también te dije que no me toques. Suéltame pro favor… Y guárdate eso- Dijo, aludiendo a mi entristecido miembro, que todavía colgaba fuera del pantalón.

    La había cagado. Nunca he tenido mucha habilidad con las mujeres, pero dejar ir así la mejor oportunidad de mi vida, era algo realmente lamentable. Cada vez que le suplicaba a Lucía que me perdonara, me decía que sí, y que ya no insistiera. No había modo alguno de romper de nuevo con sus férreas defensas.

    No cruzamos palabra mientras dejábamos todo listo para salir. Una vez que llegamos a la puerta del elevador y esperamos a que el aparato subiera por nosotros. Usando su tono de amabilidad, Lucía me preguntó entonces: -¿Crees que afuera haga mucho frío?- Su pregunta, completamente impersonal no dejaba lugar a dudas, Lucía me trataría de nuevo como a cualquier otro hombre de la oficina y saberlo me quemaba por dentro.

    Bajaríamos los siguientes 12 pisos en completo silencio si yo no hacía algo al respecto. Lucía se alejaría definitivamente y aquella noche sería uno más de mis recuerdos para masturbarme.

    -¿Alguna vez has presionado el botón de “stop” en un elevador en movimiento?- Le pregunté cuando el ascensor comenzó el descenso, sin saber muy bien cuál sería mi siguiente paso. El indicador en la puerta del aparato marcaba el piso 10.

    Lucía me miró, con curiosidad en los ojos y solo movió la cabeza para negar. –Bueno… Siempre hay una primera vez- le dije y presioné el botón rojo en el tablero.

    No sucedió nada. Al menos, no con el elevador, que siguió su descenso. Pero había conseguido que Lucía me sonriera de nuevo. –Eres un pendejo cuando te lo propones- me dijo, y el indicador del piso ya marcaba el 6.

    -A veces soy un pendejo hasta sin proponérmelo. ¿Te conté la vez que estuve a punto de estar con una chica que me encantaba y la cagué por decir una pendejada?

    Lucía se puso la mano en la boca y bajó la cara, para no mostrarme su risa y el elevador seguía descendiendo, llegando al cuarto piso.

    -¿Has escuchado lo que dicen de nosotros, Lalo?- Me preguntó Lucía, viéndome al fin y yo le dije que no, aunque claro que sabía. Lucía siguió diciendo: -Pues muchas veces me pregunté: ¿Y si en verdad fuéramos más que compañeros? Manuel no es mal tipo y hasta es guapo. Luego, descubrí que me gustabas. Llevaba días pensando cómo acercarme a ti. Hace tanto tiempo que no siento algo por alguien… y cuando finalmente me decido a ir por todo…

    -La cago- completé su frase y el elevador llegó a la planta baja. Se abrieron las puertas en el vestíbulo, a donde un solitario guardia hacía su turno. El hombre nos miró y saludó a Lucía cuando salió del elevador.

    -Creo que olvidé mis llaves- Dije, por buscar un pretexto por el que pudiéramos demorar la partida. –Volveré a la oficina- Expresé, seguramente sonando como el rey de los pendejos, pero fue lo primero que se me ocurrió y yo deseaba con todas mis fuerzas que Lucía diera media vuelta y subiera de nuevo conmigo.

    Ella me miró, seguramente adivinando lo que yo pretendía y luego de unos segundos de duda, decidió volver sobre sus pasos –Te acompaño- Me dijo.

    -¿Me vas a perdonar?- Insistí cuando las puertas del elevador se cerraron.

    -Ya te dije que sí. Así que, como me lo vuelvas a decir otra vez, te cacheteo ¿Me oyes? Ya me hartaste- Pero me lo dijo riendo, así que no era mala señal.

    -No pienso darme por vencido. No esta vez.

    -¿Y eso qué quiere decir?

    Me abalancé sobre Lucía. -¿Qué haces?- Me preguntó, resistiéndose cuando intenté besarla en la boca, una y otra vez. Lucía manoteaba y se revolvía. Esta vez yo iría por todo, así que ya no importaba nada

    Con algo de esfuerzo, logré bajar mis manos hasta sujetarle las nalgas. Entonces ocurrió lo que podría jurar que fue un milagro, pues Lucía dejó de forcejear y me rodeó con una de sus piernas y se abrazó a mi cuello, gimiendo de fatiga por el forcejeo. -¿Qué haces?- Preguntó de nuevo, pero ahora su voz acusaba su cachondez y cuando acomodé su cara frente a la mía para besarle la boca, esta vez no dije nada y disfruté por fin de sus labios, que me correspondían con deseo y sentí la lengua de Lucía lengua buscando la mía.

    La respiración de Lucía era entrecortada y dejaba escapar unos gemiditos sumamente excitantes mientras la besaba y comenzaba a tocarla. Si Hernán la había dejado con ganas, yo estaba más que dispuesto a terminar el trabajo.

    Llegamos hasta nuestro piso, que sabíamos que estaba solo. Nos detuvimos para besarnos de nuevo en la antesala de las oficinas y Lucía no solo se dejaba tocar, sino que ella misma llevó mis manos a acariciar sus pechos perfectos y deliciosos sobre su blusa de oficinista, hasta que ella misma se desabrochó los botones, luego el sostén. Si a la vista sus hermosos pechos era una delicia, tocarlas y lamer sus rosados pezones fue toda una revelación. Adivinaba que Lucía era dueña de un buen par de tetas, pero comprobé que eran más grandes de lo que hubiera pensado.

    Entramos a nuestro cubículo abrazados, extendiendo un beso que llevaba al menos dos minutos sin interrumpirse. Lucía se sentó en el escritorio, se subió la falda hasta la cintura y cuando abrió las piernas, hizo a un lado su slip y yo me arrodillé frente a ella, contemplando su belleza, como la diosa que era. Me dispuse a comer el coñito afeitado que guardaban esos maravillosos muslos. –Qué rico- murmuró Lucía, cuando mi lengua encontró su clítoris. Su vagina estaba empapada de flujo y saliva cuando hice una pausa para quitarme el pantalón, al tiempo que Lucía deslizaba sus bragas hasta que quedaron en el piso. Acto seguido, se puso de pie y se dio media vuelta, ofreciéndome sus nalgas, redondas, levantaditas, totalmente apetecibles y sin un gramo de grasa, una visión que demostraba que la mano de dios es capaz de alcanzar la perfección en sus obras.

    -No… No… Espera- Me pidió cuando, empinada contra el escritorio, aguardaba a que la penetrara. -¿Lo vamos a hacer así?

    -Así ¿cómo?

    -Pues… Sin condón.

    -Solo si tú quieres.

    -No sé si quiero- Lucía me miró sobre su hombro con una expresión suplicante, cargada de erotismo. –¿De verdad me lo vas a meter así?- Repitió y yo acerqué mi glande a sus suaves labios vaginales, que sobresalían ligeramente de su vulva.

    Ella mordió su labio inferior, cerró los ojos y asintió, separando sus glúteos con una mano en cada uno.

    Cuando la penetré, Lucía soltó un quejido como de cachorrita herida, que fue repitiendo conforme empecé a mover mi pene dentro de la tibia intimidad de su intimidad, mientras me sujetaba de sus senos. ¡Qué coño tan estrecho! Toda una delicia.

    Al sonido de sus formidables glúteos golpeando contra mí en cada metida, se unió el armonioso clamor de los gemidos de Lucía. –Nos van a escuchar- dijo, alarmada, pero sin poder hacer gran cosa por evitar que la siguiera taladrando con fuerza, casi hasta hacerla gritar.

    -¿Te preocupa que te escuchen?

    -Sí- Repitió un par de veces, entre los ruidos de sus gemidos.

    -Tranquila. En el edificio ya solo queda don Filemón (el guardia) y no creo que te escuche hasta allá abajo.

    Lucía dejó de sentirse intimidada por el eco de sus quejidos mientras yo seguía con un furioso mete y saque desde atrás y cuando llegó su primer orgasmo, tuvo que morder el dorso de su mano para no gritar.

    -¿Te gusta?- Le pregunté cuando sentí que Lucía llegaba a la cima de su clímax.

    -¡Me encanta!- Respondió, un instante antes de arquear su espalda, mientras parecía no alcanzar a respirar de nuevo.

    -¿Me dejarías montarte?- Me preguntó y yo, por supuesto, le dije que sí.

    Nos acomodamos en una silla. Recibí a Lucía abierta de piernas de frente a mí, poniendo su culo a la disposición de mis manos y sus labios y sus tetas listas para recibir mi boca. Lucía aceleraba a veces el ritmo con el que se clavaba en mi verga y hundía su bello rostro en mi cuello al tiempo que su vagina y sus nalgas se apretaban una y otra vez delatando los orgasmos que experimentaba.

    -Me vas a matar de tanto venirme- me murmuró en el oído, riendo como una adolescente que descubre el sexo por primera vez -¿Cómo le haces para durar tanto?- Me preguntó, hinchando mi orgullo.

    Pensé en decirle la verdad, que me había estado masturbando pensando en ella, pero no quise ofenderla si le decía el motivo de mi asombrosa duración, así que tan solo le respondí alardeando: –Puedo darte toda la noche, si quieres-

    -¿En serio? No te creo- Me dijo, juguetona y lamió un par de veces mi oreja y mi cara. -¿De verdad no me vas a dejar sentir tu lechita?- Su cadera comenzó a moverse de una forma infernal. Serpenteaba hacia adelante y hacia atrás más que subir y bajar, haciéndolo con un ritmo y movimientos dignos de una striper profesional -¿De verdad no quieres hacerlo? ¿No quieres darme tu leche?- Preguntó, al tiempo que plantó sus pies en el piso y me hizo hundir la cara entre sus senos –¿Cuánto más crees aguantar?- Me preguntó con malicia retadora y clavando sus ojos en los míos.

    -Dios mío. Cómo te mueves- Le dije, presintiendo que el momento final se acercaba.

    -¿Ya no aguantas, verdad?

    -No… Ya no- Alcancé a contestarle, un segundo antes de que su vagina me hiciera explotar dentro de ella.

    -Ay, qué rico siento tu semen, calientito- Iba diciendo Lucía, gimiendo victoriosa, sabiendo que me había vencido.

    Al terminar, nos marchamos a su casa. Lucía quería pasar la noche conmigo y también le preocupaba que su hija estuviera sola. Así que llevándome a donde ella vivía, podría hacer las dos cosas.

    A ninguno de los dos nos importó que tuviéramos que ir a trabajar al día siguiente y luego de que Lucía se asegurara que su hija ya dormía en su habitación, volvió por mí a la sala, para llevarme de la mano a la otra recámara de su departamento. Tampoco nos importó que mi ex mujer se escandalizara cuando le llamé para decirle que esa noche yo “saldría a divertirme”.

    Lucía y yo pasamos lo que quedaba de la noche cogiendo como locos. A ella le encantaba ir arriba –Es que así tengo muchos orgasmos- Me dijo, algo apenada por revelarme esa parte privada de su sexualidad.

    Junto a esa hermosa mujer, pasé una de las mejores noches de mi vida. Al salir de su habitación por la mañana, Lucía me presentó a su hija, quien estaba lista para ir a la escuela.

    María (la hija) bebía un vaso de jugo, sentada en la barra de la cocina cuando su madre y yo aparecimos frente a ella, sonrientes y tan satisfechos como pueden estarlo dos divorciados tras haber tenido una buena sesión de sexo.

    Lo que ocurrió en los años siguientes, también es digno de ser rememorado, pero eso será en otro momento.

    Saludos, camaradas.

  • Polvos tío y sobrina

    Polvos tío y sobrina

    Después de viajar en un tren 44 años subidos en el mismo vagón, y cuando ya el invierno depositó sus nieves sobre nuestras sienes, cada soplo de aire fresco es una bendición, y una bendición fue descubrir que no estaba sexualmente muerto, que no le tenía que ir al funeral a mi polla si no la medicaba con viagra.

    Fue hace poco. El día de la boda de un sobrino de mi mujer. A Sarita, una chica de 22 años, separada, de cabello negro y largo, preciosa, morena, delgadita, casi sin tetas y con poco culo, se le había estropeado el auto y después del banquete no tenía en que volver a casa. Mi mujer, que es una «aquí estoy yo», sin consultarme, le dijo:

    -Tu tío te lleva a casa.

    La hostia era que su casa quedaba a sesenta kilómetros de allí, y con sesenta de vuelta iba a regresar en plena madrugada. Y a mí, conducir de noche no me gusta. Además, no contaba conducir y había bebido bien. Pero había que cumplir. Le pedí el coche a una de mis hijas, mi coche, pues yo lo uso poco y ella lo necesita para ir a trabajar.

    Hablamos de todo un poco durante el trayecto…

    Ya era de noche cuando llegamos a su casa. Una casa de aldea de una planta, pintada de blanco. Estaba en una colina, en medio de un robledal. Antes de bajar del Opel Corsa, y mientras ladraban los perros al ruido de un auto que no conocían, me preguntó:

    -¿Te apetece tomar un vino, tío?

    -SÍ, un vino nunca viene mal.

    Entramos en la casa. Prendió la luz. La cocina era cocina, sala y comedor. Solo tenía dos dormitorios. Sarita cogió una botella de vino tinto y un vaso en la alacena, un sacacorchos en un cajón, lo puso todo sobre la mesa, y me dijo:

    -Sírvete. Voy a ponerme cómoda.

    Se marchó vistiendo un vestido blanco ceñido al cuerpo que le daba por encima de las rodillas y calzando unos zapatos del mismo color y volvió vistiendo una bata roja y unas zapatillas del mismo color.

    Sentado a la mesa en una silla, le dije

    -Está bueno el vino.

    Sarita, recogiendo el cabello en una coleta, poniéndole una goma, me preguntó:

    -¿Quieres un poco de queso para picar?

    -No, hoy ya comí para una semana.

    Sarita no quiso perder el tiempo. Sin sentarse, me preguntó:

    -¿Te gusto cómo mujer, tío?

    Yo tampoco iba a perder el tiempo. Me levanté, me acerqué a ella, le acaricié con un dedo la mejilla, y le dije:

    -¿A que hombre no le gustaría un bomboncito cómo tú?

    Sarita se mordió el labio inferior, rodeó mi cuello con sus brazos y después, metiendo una de sus piernas entre las mías, me dio un beso con lengua que me puso la polla morcillona y latiendo.

    -Quédate a dormir en mi casa.

    Aquello me sobrepasaba. No tenia viagra e iba a quedar mal. Después de correrme no se me iba a levantar hasta pasado mucho tiempo. Le dije:

    -No puedo, podemos jugar una hora, máximo, después me voy.

    Me volvió a besar, su pierna se frotaba con mi polla cerca del coño… Sarita sentía cómo latía. Estaba colorada. Le pregunté:

    -¿Vamos para tu habitación?

    No me contestó. Me cogió de la mano y me llevó a una habitación que tenía una cama de matrimonio, dos mesitas y un armario, y que estaba pintado de blanco cómo el resto de la casa.

    A lado de la cama me quitó la chaqueta, el chaleco y la camisa. Sarita vio que yo no era gran cosa. Tenía barriga, pequeña, pero barriga al fin y al cabo. Al quitarme los zapatos, los calcetines, el pantalón del traje y los boxers, y ver mi polla, dijo:

    -Es cómo la de mi ex, pero más gorda. Me gusta.

    La metió en la boca y se me puso tiesa al momento. Me asombré, sin viagra con mi esposa no se me ponía dura.

    Mamaba bien. No podía dejarme ir o la jodía. Hice que se levantara, le quité el cinto de la bata y quedo desnuda. Sus tetas tenían areolas marrones pequeñas y pezones como lentejas, eran de esas que caben enteras en la boca. Su coño estaba custodiado por una gran mata de pelo negro. Nos echamos sobre la cama. Le comí las tetas y la besé mientras jugaba con mis dedos en su coño mojado. Ella me meneaba la polla. Minutos más tarde, bajé al tesoro. Le pasé la lengua entre los labios desde la vagina al clítoris, y me quedé más de un minuto pasando la puntita de mi lengua por él de abajo arriba, suavecito y apurando… Lo hice una constante… Lengua desde la vagina hasta el clítoris y lamerlo con diferentes velocidades, eso sí, siempre de abajo arriba y con la puntita de la lengua… De su coño no paraban de salir flujos, eran cómo aceite de espesos, pero más claros… A los quince o veinte minutos, sus gemidos subieron de volumen, su pelvis se levantó y sus manos aferraron las sábanas, entonces apreté mi lengua contra su coño y lamí con celeridad desde la vagina al clítoris. El resultado fue un orgasmo brutal.

    Después de correrse, gemir y convulsionarse, repetí lo que estaba haciendo… Lamer desde la vagina al clítoris, lo de antes…Otros diez o quince minutos después, sus gemidos me alertaron de que estaba a punto. Con la legua plana y apretada al coño le lamí todo al mismo tiempo, vagina y clítoris. Aún tardó en correrse, pero cuando lo hizo, de su coño comenzaron a salir jugos en cantidad. Los sentía bajar por mi lengua y salir por los lados. Los sentía salir a presión, despacito. Sarita se estaba muriendo de placer, pero no decía nada, solo gemía, se retorcía y levantaba la pelvis. Casi al final de su corrida sentí el ruido inconfundible de una sábana al rasgarse, sus uñas pintadas de rojo habían podido con ella.

    Me puse boca arriba y dejé que cogiese aire. Al ratito, me besó, y me dijo:

    -Fue maravilloso. ¿Quieres que te la mame y me trague tu leche?

    La idea me encantaba, pero no podía pasar sin meter dentro de aquella dulzura, por eso le dije:

    -Luego. Antes quiero ver tu cara cuando te corras que aún no la vi.

    La volví a besar, largo y tendida. Le volví a comer las naranjitas… Me subí encima de ella y se la metí hasta el fondo. No se movía, follar no follaba bien. Después diez minutos de mete y saca, le cerré las piernas y abrí las mías. La polla le entraba y salía apretada, era cómo si se la estuviese metiendo en el ano. Hice palanca con el culo y le follé con el glande el punto G… Nada, no me duró nada. Esta vez sus uñas se clavaron en mis nalgas en el momento en que una explosión dentro de su coño bañaba mi polla. Su vagina apretó mi polla. Busqué sus labios y me metió un morsdisco en el labio inferior que me hizo sangre. ¡Cómo gritaba Sarita! Parecía que la estaban matando.

    Tras la tempestad llegó la calma, pero por poco tiempo, ya que no tardó en subir encima de mí y cerrar las piernas para que le entrara más apretada. Aprendiera bien la lección. Me folló de modo que el glande de mi polla frotase su punto G, y al rato, se volvió a correr, esta vez rehuí sus labios, esto hizo que le metiera un mordisco a la almohada y que jadeando acabara por rajarla.

    Al acabar de correrse quedara sin fuerzas. La tenía a tiro. Saque mi polla del coño y se la metí en el culo. Le metí la cabeza. No se quejó…

    El caso fue que yo estaba tan maduro, que cuando le había metido la mitad, me corrí y le llené el culo de leche.

    Echados encima de la cama. Vio mi polla más muerta que viva y, comprensiva, me preguntó:

    -¿Lo repetiremos otro día?

    La besé, ella me cogió la polla y sentí que despertaba. Le pregunté:

    -¿No me ibas a hacer una mamada para tragarte la leche?

    Más contenta que un cuco, sonrió, y me preguntó:

    -¡¿Puedes seguir?!

    Sonriendo, le respondí:

    -Claro, aún no he visto tu cara cuando te corres.

    Seguí, pero una hora más, es que aún siendo ella un bomboncito, uno ya tiene su edad.

    Quique.

  • La practicante del 81

    La practicante del 81

    Tenía yo 20 años, V. Z. (La cual aquí se llamara Virginia), Virginia y tendría también 20 años.

    Ya estaba yo estudiando en la Universidad y me encontraba de vacaciones en mi pueblo, era un sitio turístico por excelencia y gente de todo el país y de afuera venían a vista las bondades del lago, y de los frondosos parajes de los alrededores.

    Con 20 años yo todavía no tenía mucha experiencia en cosas del amor y del sexo. Por esos días trabajaba un rato y vagaba un rato durante los días antes de volver a la universidad.

    Conocí a una chica hermosa, sencilla, y fácil de hablar. Virginia, ella estaba trabajando sus prácticas universitarias en un hotel de los que se encuentran alrededor del lago, ella de una ciudad en el centro del país y de una familia culta y algo conocida.

    Virginia y yo tuvimos un idilio rápido y furioso por decirlo así, ambos éramos inocentes y tímidos. Salíamos a pasear en bote, a la playa, salíamos a bailar en las noches, y solíamos besarnos y consentirnos el uno al otro.

    Recuerdo la primera vez que mis dedos tocaron sus labios del placer, la pepita saltarina de su clítoris, el centro de atención en lo que al sexo se refiere. Estábamos en una discoteca, esta tenía varios salones alrededor de la pista, entre ellos un salón largo y angosto con solo cubículos de espaldar alto, estábamos sentados en uno de ellos, acabábamos de dejar de bailar y nos dedicamos a tomar algo y a besarnos como tortolos, los besos delicados el uno con el otro eran como saboreando un delicioso merengue.

    Mientras nos besábamos, nos fuimos calentando un poco y mis manos como las suyas acariciaban cada rincón de nuestros cuerpos, por encima de la ropa. Virginia tenia puesta una falda a media pierna, ya al ratio de acariciarle los muslos, me atreví nerviosamente a seguir subiendo mis dedos hasta llegar a su entrepierna, donde me encontré con unos pantis mojados, suavemente corrí de lado algo de esa tela humedecida por el calentón del momento y acaricie los labios vaginales de mí en ese momento querida Virginia, chorreaba placer, gemía cada vez que mis traviesos dedos rozaban su pepita, los besos cada vez más ardientes y su mano, en mí pene ya dentro de mis aflojados pantalones.

    Se encendieron las luces de la disco y toco salir del establecimiento, salimos agarrados fuertemente de las manos y caminamos hasta el auto, donde decidimos irnos a algún lugar done pudiéramos estar solos y probablemente continuar lo que habíamos empezado.

    Conduje despacio y con ella a mi lado, el auto tenía una sola y grande silla delantera como la que traían los carros americanos de la época. Llegamos a un motel que alguien me había dicho podía ser seguro, entramos y nos dieron una habitación. Virginia y yo tímidamente nos desnudamos y nos acostamos en la cama, que si hablara podría darnos clases y sugerencias de que hacer. Nos acurrucamos el uno con el otro y besamos, nos tocamos toda nuestra caliente piel. No recuerdo si mis labios bajaron a saborear, lo que espera fueran sus dulces labios verticales, pero recuerdo que al empezar a penetrarla con mi encapuchado pene, ella estaba muy apretada y cerrada, le molestaba y dolía, no quería hacerle daño, no era el propósito. La idea era darnos placer el uno al otro. Finalmente y despacio logre entrar y si no mal no recuerdo la terminamos pasando bien Para lo que creo fue la primera vez para ella, y no que fuera yo un experto también podía ser mi 2 o tercera vez. Algún día le preguntare si recuerda algo y así poder hacerle una corrección a este relato.

  • Memorias inolvidables (Cap. 12): Desesperación

    Memorias inolvidables (Cap. 12): Desesperación

    Me llevaron a la morgue. Abrieron aquel cajón empotrado, ni el ruido que hizo mientras tiraban de él me gustó. Antes de verlo me entraban ya ganas de llorar. Me acompañaban mi padre y tío Onésimo. Mamá Emerenciana se quedó en casa porque no quería tío Onésimo llevarla.

    — Ya lo verás antes del funeral que estará bien arreglado; no quiero que te cueste un mal, —díjole tío Onésimo.

    Cuando lo destaparon vi su rostro bello, muy bello y me abalancé. No me dejaron tocarlo todavía. Mi padre me abrazó y tío Onésimo me agarraba la mano muy fuerte, como para que no escapara y tuviera calma. Delante tenía lo que me había hecho feliz, lo mejor que me había ocurrido en mi vida. A mis lados los que lo hicieron posible. Pero el Destino es más poderoso que nuestras voluntades. Es como un dios tan poderoso que tiene la capacidad de sorprenderte. ¿Qué es nuestra voluntad?, ¿para qué nos sirve?, ¿de qué sirven nuestros proyectos e ilusiones, nuestros compromisos y nuestros deseos? ¿De qué y para qué sirve vivir si nos falta lo que deseamos?

    — Vamos, vámonos de aquí, preparemos sus funerales y luego preparad otro para mí, —dije con firmeza y seriedad.

    — No digas eso, Ismael, hay que levantar el ánimo, —dijo tío Onésimo.

    — Y para qué me sirve a mí ya el ánimo, papá, si no tengo mi amor en el corazón, ¿qué soy yo sin Eduardo?

    — Ni se te ocurra, ¿nos amas a tu padre y a mí y a mamá Emerenciana?

    — Sí, pero más amo a Eduardo y se me fue…

    — Si nos amas, no hagas nada para que perdamos un hijo al que amar y en él seguir amando a Eduardo.

    — Tengo mucho que pensar, mi vida queda vacía, no me hallo en este mundo…

    — Piensa qué quisiera de ti Eduardo; piensa todo lo que quieras, pero no hagas nada que podría disgustar a Eduardo, no hagas nada de lo que pudieras arrepentirte si estuviera en tus manos, no hagas nada sin consultarnos, no nos des más disgustos, y piensa en tus cuatro hermanitos que tienes en casa y que te quieren y confían en ti y esperan que puedas sustituir a su hermano mayor…; mira, yo te pediría que seas Ismael para tu padre, que te ama con locura, y Eduardo para nosotros que tanto te necesitamos…

    — ¿Y para que quiero yo vivir para otros, si no tengo ya a quien vivía para mí?

    — Piensa, piensa en todo menos en ser egoísta…, quizá un día te sale otro como Eduardo que te ama como te amó Eduardo y al que podrías amar como amaste a Eduardo…

    — ¿Otro como Eduardo? No sé dónde podría haber otro como él?, ¿Tú sabes de verdad cómo era Eduardo conmigo? No puede haber otro…

    — Puede haberlo y los hay…, yo tengo a mamá…, escucha bien, Eduardo era como Emerenciana, todo corazón, todo amor, todo generosidad…; te necesitamos, para que tú, Ismael, seas como Eduardo para nosotros, y te queremos, te necesitamos…

    — Mañana tendremos el funeral en la Iglesia…, ¿podré decir algo sobre Eduardo?

    — Hoy vendrá a comer con nosotros don Adolfo, le preguntamos y quedas con él, si no fuera posible en la Iglesia, donde vendrá mucha gente, lo haríamos en el cementerio, antes de darle sepultura.

    Adolfo me permitió decir unas palabras al final de la ceremonia de funeral, me dijo que evitara hablar de la homosexualidad de Eduardo y mía, sin mentir y no ser excesivo en los elogios, pero que diera gracias a todos los presentes por su asistencia. Entendí lo que me decía y para no pasarme en exceso en todo, me escribí mi discurso y se lo mostré a Adolfo. Me dijo que no había problema y que lo leyera despacio y con claridad.

    Adolfo hizo una misa de funeral muy bonita, muy solemne y con unas palabras muy sentidas, entre ellas dijo:

    «Quizá algunos os extrañéis que yo sienta una cierta estima por Eduardo, le estoy muy agradecido porque fue un gran colaborador con la iglesia, se encargó de todos los arreglos, nos ahorró muchos gastos, hijo de una madre muy piadosa y de un padre muy trabajador, buen orientador de sus cuatro hermanos pequeños… Vosotros sabéis que yo no puedo contar a nadie los pecados de los demás, pero sí puedo decir sus virtudes, entonces digo a Dios que estoy seguro que Él sabe perdonar a quien tan bien le ha servido en favor de su santa Casa… Además, estamos aquí porque aquello que buscamos y deseamos es la eternidad en el amor de Dios, pues todo pasa y acaba menos el amor y Eduardo supo amar a Dios, a su Iglesia, a sus padres y a su mejor amigo aquí presente… Yo pido a Dios que lo lleve a su Reino y que vosotros lo tengáis en vuestro corazón…»

    Al concluir la celebración me hizo un llamamiento y me presentó por si alguien no me conocía y me invitó a decir unas palabras. Dije:

    «Quiero en mi nombre y en el de los padres y hermanos de Eduardo agradeceros vuestra presencia hoy aquí; no podéis calcular cuánto nos ayuda en nuestro dolor el cariño que nos concedéis. Para nosotros, sus padres, sus hermanos y para mí es una pérdida incalculable, pero tenemos el alivio de que ha sabido poner el amor de su corazón en el nuestro. Eduardo fue siempre buen hijo, el mejor de los hermanos, un excelente amigo y un incondicional compañero para la vida. Ayudadnos a guardarlo así en nuestra memoria, reitero nuestro agradecimiento por vuestra presencia que nos anima considerablemente y por vuestras plegarias. Gracias».

    Se acabaron los funerales, los pésames y todo lo que supone perder a quien se ama infinitamente. Tuvimos que quemar algunas cosas muy propias de Eduardo y toda su ropa, que trataba con mucho cuidado, la dejamos para que la escogieran los cuatro hermanos. Con los cuidados y atención que tuvo conmigo papá Onésimo y el cariño que desbordó mamá Emerenciana, mis pensamientos fueron poniéndose en orden. Pero de vez en cuando surgía el fantasma de la desesperación. Es lo que voy a narrar en este momento, porque este primer mes fue horrible, me recuperaba y volvía a caer en el más triste abandono. Quería como salir de mí mismo.

    Era jueves. Eduardo debiera estar en casa, después de su trabajo. Casi todos los días, lo sentía por momentos cerca de mí. Ese jueves estuvo ausente y yo lo esperaba. Sentí la necesidad de Eduardo. Al llegar la noche avanzada, sentí desesperación y extrema soledad. La casa me asfixiaba en mi dolor y soledad y me desesperé.

    Salí de casa, bajé por la calle oscura, sin saber a dónde iba. Bueno, eso no es del todo cierto, yo sabía a dónde iba, al menos la dirección, pero no sabía cómo llegar. Y a las 10:00 de la noche, todos los talleres de reparación de autos y tiendas de repuestos hace rato que están cerradas, las tiendas étnicas igualmente cerradas, lo mismo que los centros piratas de cambio y envío de dinero. Estaban cerrados incluso los supermercados y peluquerías de los chinos. Todas las luces apagadas, era difícil orientarse y lo último que se me ocurriría sería preguntar dónde quiero llegar. Ni el spa gay tenía gran letrero bien iluminado que anunciara su localización.

    Nunca había estado en la casa de baños de la población, situada en las afueras, sabía de su existencia y sentía la necesidad de ir allí, como si me arrastrara Eduardo. Se decían muchas cosas de lo que ocurría por ese lugar, no era ese barrio, separado del resto por una zona intermedia de bosque, el mejor de los posibles. El lugar estaba rodeado de muchos negocios ilegales, clandestinos y muchos trabajadores, a los que llamaban «obreros», apilados en viejos apartamentos y destartaladas casas baratas por abandono. No pensaba si estaba a salvo o seguro, ni lo consideré. Me hastiaba estar en casa, añorando a Eduardo. Su ausencia era un verdadero martirio y buscaba un poco de relajación en plan anónimo. Así fue como inicié sin pensarlo la aventura que puse en marcha.

    Pasé por calles y callejuelas, oscuras y destartaladas, con gente tumbada por el suelo durmiendo la borrachera y algún que otro corriendo como si se escaparan de algo o de nada. En realidad era la primera vez que iba allí intencionadamente; sí, había estado en saunas, centros de masajes, pero jamás en esta de la que tenía noticia vaga al respecto. Tras atravesar el pequeño bosque del parque, llegué, pagué y acudí para que me dieran la explicación para orientarme en las diversas zonas de los baños. No me enteré mucho, pero tuve que hacerlo. Volví a los casilleros, me desnudé y me envolví la toalla alrededor de mi cintura y me encaminé recordando las orientaciones no asimiladas de la charla.

    Mi primera parada fue en la sauna de vapor, ya que era lo que realmente deseaba. Deseaba tener sexo con hombres, pero el sauna de vapor lo haría en un momento y era menos que un simple polvo, para no condenar mi conciencia contra Eduardo. Entré y dejé que mis ojos se acostumbraran al vapor y a la luz tenue amarillenta. Había unos cuantos tíos, algunos con toalla, otros con la polla afuera. Se oían gruñidos cerca de la máquina que expulsaba el vapor, caminé alrededor de una pared baja y vi a dos tíos follando, uno le metía la polla dentro del culo del otro y la sacaba fuera, estaba follando con vigor. Otro tío estaba de pie mirando y acariciando lentamente su propia polla con su mano en el manubrio al compás de los que estaban follando en la pantalla del televisor. Noté que mi propia polla se subía de intensidad, pero quería esperar para más tarde.

    Me senté en el banco de baldosas y dejé que el vapor y el calor cubrieran mi cuerpo. Estaba un poco adolorido por una larga semana de pena y necesitaba liberación. Los otros chicos de la habitación salían estando yo dentro y otros entraban. Una de las cosas que había oído sobre este spa era que la multitud variaba mucho, viejos y jóvenes, en forma y gordos, toda la gama posible de hombres. Y así parecía ser, efectivamente.

    Podía oír a los dos tíos gemir y gritar mientras se corrían, aparentemente al mismo tiempo. Sus espectadores también lanzaron gritos al disparar su carga de semen gracias a sus embestidas. Queriendo explorar algo más la instalación, salí por la puerta del sauna de vapor y tomé una ducha rápida al otro lado del pasillo. Me dirigí a la sauna seca para secarme después de la ducha y me encontré con otra gran vista: más hombres desnudos. Aquello se ponía bueno.

    La sauna seca era más pequeña que la de vapor y no tenía el famoso rincón privado; todo el mundo parecía como más tímido. Tras 5 minutos de estar allí, el calor era tan excesivo que me salí. Un tío estaba en la ducha, acariciándose la polla mientras se enjabonaba el cuerpo, poniéndose el pene duro y listo para su propia diversión. Di la vuelta por la esquina del pasillo y bajé las escaleras hacia el laberinto de habitaciones privadas y la sala de video.

    Algunas habitaciones estaban abiertas con hombres que deseaban invitados que se les unieran. Se veían en las pantallas de los televisores de cada habitación algunos videos porno, incluyendo videos claramente evidentes y directamente explícitos de penetraciones filmadas de cerca y con efecto de cámara lenta. Al igual que en el baño de vapor, los hombres de los cuartos privados eran de todo tipo.

    Al doblar otra esquina, vi un hombre de unos 50 años de edad, ataviado con excelente el suspensorio de cuero, con un arnés y con un agujero por el que salía su grueso pene, el suspensorio muy ajustado a su cuerpo mientras se deslizaba un gran consolador negro hacia adentro y afuera de su trasero, tirando de su pene cada dos brazadas; este tenía un buen trasero con dos balones que sobresalían gracias al enmarque del suspensorio. Un tío más joven estaba de pie mirando su polla palpitando para manifestar su deseo; probablemente deseaba que su gran polla negra estuviera deslizándose dentro y fuera del culo en lugar del consolador. Me paré y observé la escena por unos momentos y continué porque no reaccionaban.

    Me encontré con la sala de video, donde un grupo de chicos estaban relajándose y viendo una película. Era como una noche en casa para algunos de estos chicos, tumbados en el sofá, viendo una película; Serían como media docena sentados y envueltos en toallas.

    Subí de nuevo las escaleras a una sala común con unos cuantos bancos y una cama king size; allí vi un grupito de tíos merodeando entorno mientras se la meneaban. En un extremo de la habitación había un espacio con una plataforma elevada y algunos agujeros diseñados en la pared debajo de la plataforma. Había unos cuantos hombres de pie debajo de los agujeros, esperando a que se les deslizaran las pollas duras y otros hombres que ya estaban beneficiándose del servicio de pollas duras que habían asomado por algún agujero.

    Uno de los chicos chupando una polla anónima se balanceaba lentamente de un lado a otro, su propia polla desapareciendo en la boca de otro chupa-vergas hambriento. El chupa-vergas a su vez estaba acariciando su propia polla, emocionándose con el sabor y la sensación de una polla dura que se deslizaba dentro y fuera de su boca.

    En la cama, otro tipo con un arnés de cuero estaba tirado sobre su espalda, sus tobillos en el aire, mientras que otros muchos deslizaban su puño dentro y fuera del trasero del que estaba allí con su gran agujero muy abierto ya a merced de quien asomara por allí. Estaba gimiendo a carcajadas por la sensación de que las manos se deslizaba dentro y fuera de su trasero, su polla palpitante y goteando por la sensación.

    Subí los escalones hasta la plataforma que había por encima de los agujeros de gloria y observé cómo otra polla encontraba su morada entre los labios de un joven rubio. Me quedé ahí parado, mirando, mientras el chico rubio trabajaba expertamente el pene duro que pasaba por sus labios. Una mirada de placer cruzó su rostro mientras el rubio mamaba su largo y delgado pene, acercándolo cada vez más al orgasmo. Me quedé mirando, mi propia verga de 23 cms. que se me endurecía con el espectáculo que tenía ante mí.

    Sentí un tirón en mi mano y me di la vuelta para ver a un hombre latino mirando mi polla y tratando de hacerse con ella. Yo aparté mi mano y él agarró mi pene y lentamente lo acarició. Había muy poco espacio en la plataforma y me hizo señas para que lo siguiera al otro lado de la habitación.

    Al otro lado de la habitación había unos cuantos cuartos con puertas. En la pared que separaba cada pequeño cuarto había un agujero de gloria, que permitía que las vergas fueran empujadas a través de los agujeros para servir a las bocas ansiosas de chupárselas. Como sólo había un espacio vacío, nos apretujamos en el espacio de 1.20 por 1.20 metros e inmediatamente se arrodilló, tragándose expertamente mi gruesa verga. Esto parecían gallineros más que cuartos porque las paredes no llegaban hasta el techo, de modo que la oscuridad era el gran secreto, pero estirándose y fijando la vista se podía ver algo de lo que ocurría a ambos lados.

    Chupó mi polla y tiró ligeramente de mis bolas, revolviendo las cargas de semen que allí estaban preparadas. Su boca estaba caliente y húmeda sobre mi pene palpitante, y se deslizó hacia arriba y hacia abajo de mis 23 cm. Podía sentir su propio cuerpo tenso contra el mío, y me di cuenta de que estaba a punto de acabar. Lo puse en pie, y me besó con fuerza en los labios, forzando el sabor de mi propia polla sobre mí. No me importaba. ¿Acaso me importaba ya algo?

    Me deslicé por la pared, en cuclillas ante su cuerpo, lamiendo sus pezones y abdominales a medida que avanzaba. Pronto su polla, aún no siendo tan grande como la mía, se deslizaba entre mis propios labios y podía sentirle temblar de placer. Le di un masaje en las pelotas y le metí un dedo por el culo. Gruñó una vez, dos veces y luego lo sentí tenso y saqué su polla de mis labios.

    Su semen caliente salió de su pene, echándomelo todo sobre mi hombro y mi pecho. Su respiración era rápida y caliente a medida que más semen salía de su polla, su mano izquierda presionaba fuertemente sobre mi hombro mientras luchaba por mantener el equilibrio. Comenzó a acariciar su polla para terminar su orgasmo, y expulsó más semen por la punta de su polla. Me levanté suavemente, y lo apoyé contra mí, pecho contra pecho. Podía sentir algo de su semen deslizarse entre nuestros cuerpos mientras me ponía de pie. Se echó un poco hacia atrás y lamió el semen de mi pecho y de mi hombro, probando su propia leche y gimiendo con extremo placer.

    — No te has corrido, cabrón, —me dijo, un poco desilusionado y con voz humillada—. ¿Es que no te gustó?

    — Mira, nene…, pues no; no, no me encantó; todavía no estoy a punto para disfrutar todo esto. Quiero jugar un poco más esta noche. No es por ti, es por mí, porque estuviste genial; quizá podamos vernos más tarde.

    — ¡Serás hijoputa!, —me sonrió, me besó en los labios y abandonó el puesto.

    Podía oír algo de movimiento en los pequeños cuartos que había a ambos lados de donde estaba yo y me acuclillé para mirar a cada uno de ellos.

    Al lado izquierdo, un tipo estaba chupando ruidosamente la polla que le daban desde su izquierda, la chupaba toda, sin dejar un espacio sin lamer. A juzgar por los sonidos de ese lado, hacía un trabajo bastante bueno como para hacer gemir al que le estaba mamando su polla.

    La puerta del lado derecho se abrió y se cerró dos veces; miré a través del hueco elevado; estaba muy oscuro, pero pude ver la silueta de un hombre, y observé cómo empujaba su entrepierna contra la pared como si quisiera follarla. Todavía llevaba puesto un pantaloncito corto, pero su polla estaba dura y se marcaba por debajo de la tela de algodón mientras la empujaba a través del agujero que acertó a encontrar.

    Le acaricié la polla por la rendija sobre los pantaloncitos cortos, sintiendo que trataba de empujarla más profundamente a través de la pared. Lo empujé hacia atrás con la otra mano, tirando de la presilla de la cintura hacia abajo, se salió del agujero y liberé su pene de los pantaloncitos cortos. Él empujó su polla a través del agujero de nuevo, y yo envolví mi mano alrededor del pene, tiré de la piel hacia adelante y hacia atrás, masturbándolo hasta que gruñó como agradecimiento.

    Me acuclillé en mi cuartito gallinero y me metí su verga en la boca a través de la rendija, no del agujero. Sabía a sudor cuando me tragué su verga de la cabeza a las pelotas. Olía a sudor cuando mi nariz estaba junto a su vello púbico e inhalaba su almizcle.

    Lentamente deslicé mi boca a lo largo del eje de su polla mientras mi lengua entraba y salía de la hendidura en la cabeza. Sus pelotas estaban apretadas, tensas y duras cuando pasaba mis dedos por encima de ellas, masajeándolas y jugando con ellas para provocar una descarga de semen caliente. Podía saborear el pre semen que se deslizaba por el meato de la polla, mientras chupaba y tragaba esa verga profundamente en mi boca. Lo oía gruñir de placer mientras empujaba su entrepierna más fuerte contra la pared, clavando su pene más profundamente en mi boca.

    Pude sentirlo tenso y su respiración se aceleró. Me incliné hacia atrás, y tiré de su polla. En pocos segundos, sentí su semen en mi mano y en mi muslo. Su jugo caliente continuó saliendo del meato de su polla y se inclinó algo más en la pared, tratando de subir a través de la rendija cuando el último chorro de su semen se drenó de sus bolas y su cuerpo era todo un espasmo al final de su orgasmo. Al no poder subir más, se metió la polla en los pantaloncillos y se fue.

    Poco después de dejar el espacio, otro hombre tomó su lugar. Era oscuro y difícil saber de qué color era su piel, pero la cabeza sin circuncidar de esa polla tan dura era fácil de notar. La puerta del otro lado también se abrió y se cerró y otra polla apareció a mi izquierda. Me movía de un lado a otro con mi boca, chupando ambos penes alternativamente, cuando mamaba la polla de uno acariciaba con la mano la del otro. El que estaba a mi izquierda no parecía apreciar el trabajo de la mano tanto como cuando mis labios recubrían su polla, y se fue pronto.

    Dediqué mi atención a la polla incircuncisa de mi derecha y masticaba suavemente el prepucio y deslizaba mi lengua alrededor del cipote y debajo de la piel. ¡Sabía tan rica…! Llevé mi boca a sus bolas y las chupé, mientras continuaba acariciando su polla. Mi propia polla estaba pulsando y saltando, esperando mi propia liberación.

    Me levanté y acaricié nuestros penes juntos y empujé la cabeza de mi polla dentro de su prepucio. Estaba demasiado apretado pero empujó su pene más lejos a través del agujero de gloria. Notaba que salían mis propias gotas de presemen y las usaba para engrasar nuestros penes mientras los acariciaba. Él empujó su polla unas cuantas veces más profundamente en mi mano y pude sentir una humedad extra a medida que se acercaba.

    Consideré que mi propia polla necesitaba algo de atención y salí del cuartucho, para echar unas cuantas miradas por el lugar. Dejé el gallinero algo peor de como lo encontré, estaba lleno de semen desparramado por doquier, como cuando las gallinas se cagan en sus gallineros. Terminé de nuevo en la sauna seca cuando dos tíos se estaban follando en el calor sobre los bancos de madera dura. Un joven chico latino cabalgaba sobre la polla de otro hombre mayor y luego se levantaba y se volvía para hacer una especie de 69 con él, tomando su polla y metiéndola profundamente en la boca del hombre mayor. El hombre mayor se enfrentó a este ataque oral con su propia polla metiéndose en la boca del muchacho. Todo el rato que los estuve mirando mi propia polla se mantenía dura y exigía atención, porque ya estaba palpitando.

    Saqué mi polla de la toalla y la acaricié larga y tendidamente, atrayendo la atención del muchacho y del hombre mayor. Cambiaron de posición y el hombre se sentó y el muchacho comenzó a montar en la polla del hombre. Entonces vi que se inclinaba hacia atrás, respirando con fuerza. Con unos cuantos embates más, se sacó de un tirón la polla del culo del muchacho y el furor de su pasión le obligó a quitarse el condón y le lanzó chorros de semen caliente sobre las nalgas y la espalda al muchacho. Acarició su polla para exprimirla de lo último de su semen y se lamió los restos de sus dedos.

    El jovencito se bajó de los duros bancos y deslizó su cabeza entre mis muslos llevando mi polla muy adentro de su boca. ¡Sabía hacerlo, joder! Me agaché arqueado y le agarré los pezones, sintiéndole saltar con cada pellizco. No pudo aguantar mucho más y se separó, levantándose y plantando sus labios en mi boca. Estaba soslayando mi propia polla para disfrutarla en otro momento de esta noche.

    El muchacho movió su boca alrededor de mi oreja y me mordisqueó. Me preguntó susurrando si podía meter mi gruesa verga en su culo. Nos trasladamos a la banca superior y me acosté de espaldas. El chico desenrolló el condón y lo deslizó por mi pene duro y palpitante. Luego se sentó sobre mi polla y la metió profundamente en su cálido y lindo trasero. Mientras montaba mi polla, deslizando su trasero hacia arriba y hacia abajo por el hueco, su sudor goteaba sobre mi propio cuerpo, mezclando nuestros sudores.

    Siguió acariciando su polla y montando la mía, metiéndola profundamente en su agujero y luego deslizando la cabeza casi siempre hacia afuera. Su culo palpitaba y se apretaba en torno a mi polla de modo que podía sentir cómo se tensaba su cuerpo. Levanté mi culo del banco y se la metí profundamente en su culo. Con unas pocas embestidas profundas, su pene estalló con rociadas de semen caliente, salpicando sobre mi estómago y mi pecho. Él gritó con el primer disparo y siguió montando mi polla y disparando más semen en mi cuerpo.

    Cansado, se salió de mi polla, me besó y me levantó para irnos a dar una buena ducha. Yo me saqué el condón y enjaboné mi polla todavía dura y lavé las venas de mis abdominales y pecho. Me dirigí de nuevo a la sala de vapor; escuchando cómo otros dos tipos estaban follando en la parte más baja. Otro hombre estaba acostado boca arriba, acariciando su propia polla mientras escuchaba a los hombres follando a sólo unos metros de él.

    Me senté en el otro banco y vi cómo el hombre acariciaba su polla a tiempo con los gruñidos de los chicos que se follaban. Mi propia polla todavía estaba dura y palpitante con el deseo de empujar mi leche caliente al exterior. Comencé a acariciarme la polla y el chico latino que acababa de follar volvió entró en la habitación. De nuevo cayó de rodillas y se metió mi polla en la boca, chupando y tirando del prepucio para abrir el cipote. Me tiró de mis bolas y tocó el perineo que tengo muy sensible detrás de mis bolas, y me llevó directamente hacia mi propio orgasmo.

    Sus labios trabajaban a lo largo del tronco de mi verga y su lengua giraba alrededor de la cabeza, pasando incesantemente por el frenillo, impulsando olas de placer a través de mi pene. En pocos minutos, estaba a punto de explotar. Sintió mi cuerpo listo para venirse y se puso de pie, enterrando sus labios en los míos y yo me acaricié mi pene. Él estaba acariciando furiosamente su propia polla, llevándose a sí mismo a otro orgasmo, mientras yo trabajaba mi propia polla. Pegó sus labios a los míos y su lengua se retorcía con la mía, alternando de boca.

    Jadeé y grité:

    — ¡¡¡Me estoy corriendo!!!

    Llegó la primera ola de semen que salía de mi polla. Apenas unos segundos más tarde, su polla estaba disparando más semen en mis abdominales casi al mismo tiempo que lo hacía yo. Continué acariciándome mi polla y corriéndome a tope, al igual que hacía él, y nuestros besos fueron profundos y densos, ya que ambos sacábamos el semen de nuestras pelotas y a través de nuestras pollas.

    Podíamos escuchar a los otros chicos follando mientras también gritaban, se juntaban, se derrumbaban unos contra otros… Un poco más tarde, el que se estaba masturbando en solitario sacó sus propios chorros de semen de su polla, cubriendo sus abdominales peludos con su propio leche caliente. Ya estaba yo muy cansado y me puse de pie para a ir a las duchas. Me lavé el semen del chico latino que tenía extendido sobre mi cuerpo por segunda vez esa noche, disfrutando de los recuerdos de mi aventura. Al despedirme, el muchacho me dijo:

    — No te preocupes, volveré. ¡Ahora ya no soy virgen!

    Regresé a casa y dormí, soñando en Eduardo.

    Al día siguiente le di muchas vueltas al asunto. Dos veces más fui a ver el chico joven y no lo pude encontrar. Solo unos polvos sin ganas y una gran decepción me apartaron para siempre de aquel lugar. Entre mis pensamientos se entrecruzaban Eduardo y aquel chico, poco menor que yo, como si fueran el mismo. No pude encontrarlo y se fueron diluyendo mis pensamientos, cada vez más confusos, pues no sabía ni su nombre.

  • Ménage à trois de regalo de aniversario

    Ménage à trois de regalo de aniversario

    Con Vicky hemos estado hablando de hacer un trío desde hace unos meses atrás, nos llama mucho la atención, mi esposa es muy sexual, a pesar que es madre de una pareja de bellos niños de 6 y 4 años, madre excepcional y esposa amorosa, en el campo sexual es muy arrecha,  complacerla es una tarea bien difícil, pide mucho es muy exigente y cada año qué pasa su lujuria y deseo es más intenso, tenemos una gran cantidad de juguetes sexuales que nos funcionaron en un principio, pero luego a Vicky le parecieron aburridos, todo el tiempo me lanzaba indirectas diciéndome que los prefería de carne y hueso refiriéndose a los vibradores.

    La idea del trío nos viene rondando desde hace rato, y ella no lo contempla con otra mujer, me dice que si lo hacemos debe ser con otro hombre, y así contactamos a Tomas, en una red social especializada en encuentros sexuales, y luego de descartar a hombres morenos, morochos, rubios, jóvenes, viejos, de todo, llegó Tomas, un odontólogo bastante apuesto, recién separado, de 38 años de edad, hablamos un par de veces con el, nos pareció interesante, serio y nos dio seguridad; con su vida ya resuelta, muy maduro e interesante.

    Llego el día de aniversario, y antes de nuestra velada romántica con mi esposa, nos encontramos personalmente con Tomas, acordamos que nos queríamos conocer personalmente, así fue, nos vimos en un café, Tomas es un tipo supremamente agradable, conversamos alrededor de dos horas, nos contó sobre su vida, nos dio total confianza y Vicky estaba embelesada no solo por su conversación y cultura sino por su aspecto físico, Tomas es un tipo muy atractivo, de ojos claros cabello oscuro, figura esbelta de ascendencia marroquí. Llego la hora de irnos ya que teníamos reserva con mi esposa para cenar en un restaurante muy cercano. Salimos caminando con Vicky y ella no hizo más sino hablar de Tomas, le dije menos mal te cautivo, con el vamos a cumplir nuestra fantasía sexual, Vicky se relamió los labios y me dio una mirada muy lujuriosa, llegamos a nuestra cena, a la luz de las velas y pétalos de rosa, champagne, una comida exquisita nos besamos bastante le dije lo mucho que la amaba y ella a mi, Vicky estaba deslumbrante esa noche, zapatos de tacón alto, vestido negro que le forraba totalmente su hermoso culo, y un tremendo escote que resaltaba de manera muy provocativa sus preciosas tetas, Vicky a sus 42 años tiene un cuerpo que despierta la envidia de cualquier mujer y el deseo de cualquier hombre, es divina!! Tiene unas tetas naturales 34D que se mueven de una manera deliciosa cuando hacemos el amor, un culo bastante grande y redondo, perfecto, para su contextura y altura es de tez blanca y cabello oscuro, es divina. Ya eran entradas las 10 de la noche la botella de champagne estaba haciendo su efecto, Vicky se puso bastante contenta y arrecha, me cogió el pene debajo de la mesa del restaurante y empezó a masturbarme, me dijo que tenía ganas de mamarme la verga ahí mismo con la gente alrededor cenando, menos mal estábamos en un sitio apartado, creo que nos debieron ver de todas maneras, Vicky con voz lujuriosa me dijo que moría por chuparme la verga y que Tomas la cogiera por el culo al mismo tiempo, mientras tanto con el pie me daba masajes en mi pene que ya tenía una tremenda ereccion, le dije que le tenía su regalo de aniversario y se lo iba a dar en pocos minutos, que tuviera paciencia, Vicky estaba muy mojada y arrecha. Salimos del restaurante, caminamos hacia el hotel boutique que reserve para que pasáramos nuestra noche de aniversario.

    Mi esposa seguía muy cachonda, mientras caminábamos me metía la mano por debajo del pantalón y me decía al oído “estoy loca de ganas por lamerte la verga y tragarme hasta la última gota de tu leche” yo la besé, le pase la mano por su vulva encima de su vestido apretado y se notaba lo emparamada que estaba, le corrí un poco su hilo dental por debajo de la falda y le di un pequeño y rápido masaje a su clitoris. Mi esposa Victoria como les conté es muy cachonda, yo tengo la fortuna que a mi mujer le encanta hacerme sexo oral y le fascina el sexo anal también, continuamos caminando por las calles del barrio colonial y a pocas cuadras llegamos al hotel boutique muy hermoso y elegante donde hice la reserva.

    Entramos a nuestra suite, adornada con velas, rosas y más champagne, nos besamos apasionadamente mientras en el fondo de la gran habitación estaba el baño y sonaba la caída de agua de la ducha, Vicky me observo con cara de sorprendida y me pregunto si esa era la habitación correcta, al parecer había alguien tomando una ducha. Yo le di un beso y le dije vamos, la tomé de la mano y nos fuimos hasta el baño. Había un largo muro en vidrio opaco que separaba la zona de la tina de baño, Vicky de nuevo curiosa me pregunto quien está ahí, la lleve a que observara atreves de la división en vidrio, estaba opaca pero se alcanzaba a ver algo, Observamos a Tomas desnudó enjabonándose y dejando caer el chorro de agua sobre su cuerpo, Le dije al oído “ahí está tu regalo de aniversario”.

    Mi esposa con el rostro hirviendo, una cara y sonrisa plenas de satisfacción y emoción apenas soltó un “woaaaooohhh”, Vicky continuó sin disimulo alguno observando a Tomas, que ya se había dado cuenta de nuestra presencia y empezó a enjabonarse y a masajearse la verga, Vicky se relamía los labios, Tomas tenía tremenda herramienta, completamente depilado, un cuerpo musculoso, su pene bastante grueso, no muy largo, debe tener unos 18 cm pero el grosor es impresionante., me hice detrás de Vicky, mientras ella observaba como se duchaba Tomas, le fui quitando su gabán color crema, le bese y lamió su cuello, le toque las tetas y el culo por encima de su apretado vestido cortico de color negro, le baje muy lentamente el vestido de arriba a abajo, luego le desabroché el sostén de encaje negro con el cual explotaron sus hermosas tetas, las masajee y lamí sus pezones que empezaron a ponerse muy duros y grandes, continué bajando y quitando por completo su vestido, baje hasta su culo y le besé las nalgas, le paso la mano por delante de su vulva y la tenía emparamada de sus mieles, la masturbe por encima de la tanga negra que hacía juego con su encaje de ropa interior, Vicky empezó a gemir y no paraba de observar a Tomas, quien ya había cerrado la regadera y estaba secándose, le fui quitando las medias negras de liguero mientras le metía mi lengua por entre su culo, le sabía exquisito, un sabor de lujuria, le quite los zapatos altos de tacón y la dejé completamente desnuda, la gire hacia mi y la bese rápidamente por todo su cuerpo le lamí los pezones, el cuello su vientre y le repasé mi lengua por toda su vagina depilada, solo tenía una ligera y delgada línea de vello púbico, la abrí y la chupe por unos instantes. Vicky me tomó mi cabeza y la empujaba hacia ella, me dijo si continuas me voy a venir, quede con mi boca llena de sus mieles y placeres, me paré y le dije “amor entra ya por tu regalo, disfrútalo, feliz aniversario, “le di un beso y Vicky entro a la tina de baño donde estaba Tomas esperándola…

    Vicky se pegó cara a cara con Tomas, vi sus cuerpos desnudos besándose y abrazándose, Tomas metió su lengua en la boca de mi esposa y ella se dejó llevar, me situé detrás de la división en vidrio y disfruté observando a Vicky, Tomas la besaba apasionadamente y le agarraba el culo con mucha firmeza, Vicky empinada empezó a lamerle el cuello y los pectorales, mientras Tomas le metía un dedo de manera muy profunda detrás de su culo tocándole la vulva y empezó a masturbarla, Vicky jadeaba y gemía. Yo empecé a desvestirme y no quería perderme un segundo de ver disfrutar a mi mujer, termine de desnudarme por completo y me metí a la bañera, me hice detrás de Vicky y empecé a lamerle el cuello, mientras Tomas le chupaba y besaba sus pezones, estábamos ya los 3 desnudos en la enorme ducha, mi esposa en la mitad dejándose amar, Vicky besaba con mucha pasión y deseo a Tomas, él empezó a rozar su verga con la vulva de mi esposa, yo seguía detrás de ella besándole la espalda y rozándole mi verga entre sus nalgas, ya mi mujer estaba en extasis con dos vergas rozándole sus genitales, no lo podíamos creer, tanto placer y exitacion, mi esposa y Tomas empezaron a masturbarse mutuamente y no paraban de comerse sus labios, yo baje hasta las nalgas de Vicky y empecé de nuevo a besarlas, mi mujer se arqueó hasta la verga de Tomas y empezó a mamarsela, habíamos quedado en un principio que todo lo íbamos a hacer con con condon, pues a pesar de la confianza Tomas era un extraño, pero estábamos tan arrechos que todo fluyó tal cual, mi esposa con el pene de Tomas tragándolo y yo con el culo de mi mujer en mi boca, dándole lengua, dándole el mejor sexo oral del culo que jamás le haya dado. Vicky jadeaba y se deleitaba chupando otra verga, no se si desde que nos casamos mi esposa se la ha mamado a otro hombre, pero parecía que no, estaba en extasis total y no quería desperdiciar un instante. Me acurruqué del todo y me metí entre las piernas de Vicky, empecé a lamerle el clitoris y el ano al mismo tiempo, mi mujer se venía a chorros, mientras le mamaba la verga a Tomas con mucha fuerza, Tomas jadeaba y le agarraba las tetas con mucha firmeza. Al buen rato cambiamos de pose, Vicky se puso al frente mío y me dio tremendo beso en mi boca, su lengua y boca sabían a la verga de Tomas, estaba hirviendo su lengua, bajo hasta mi pene y empezó a chuparmela, Tomas se hizo justo detrás del culo de Vicky y empezó a darle sexo oral, le abrió ese hermoso par de nalgas y empezó a darle de manera enérgica mucha lengua, Vicky ahogaba sus duros gritos atragantada con mi verga.

    De nuevo cambiamos de posición, Vicky empezó a lamerle y chuparle de nuevo la verga a Tomas y yo le subí una pierna a mi esposa y de medio lado empecé a penetrarla, al momento Vicky un poco cansada por la posición incómoda se agacho y en medio de las dos vergas empezó a mamarlas, primero una y luego la otra, mientras tanto Tomas como yo le cogiamos y masajeábamos las tetas, Mi esposa arrodillada en la ducha, nos chupaba delicioso las vergas, al mismo tiempo.

    A la hora aproximadamente, nos fuimos los tres a la cama enorme de la suite, Vicky en pose de perrito le continuó mamando la verga a Tomas, yo por mi parte empecé a penetrarla, le agarre el culo bastante fuerte y empecé a sacar y a meter mi pene mientras Vicky lamia y chupaba casi arrancándole la verga a Tomas, Mi mujer en total plenitud no se daba cuenta de los tremendos gritos de placer que daba, por momentos paraba de chuparle la verga a Tomas y le lamia el pubis, lo mordía, y gritaba, estaba loca de placer. Yo no paraba de bombearla, mi mujer en cuatro patas gritando de placer, Tomas con las manos en la nuca de Vicky esforzándose de no venirse para disfrutar al máximo, que más le pedíamos a esta deliciosa maratón sexual, transcurrieron casi dos horas sin parar, estábamos ya cansados y quisimos reponernos un poco, me paré y destape la botella de champagne, tomamos una copa, conversamos un poco, los tres estábamos empapados de sudor.

    Tomas nos confeso que le encantaba el sexo anal (al igual que a mi esposa y a mi), su exesposa solo por darle gusto muy de vez en cuando lo complacía pero quedaba siempre muy adolorida, Tomas se relamía y le observaba con mucho deseo las caderas y el culo a Victoria., mientras tanto Vicky no paraba de contemplar a Tomas, su cara, su cuerpo, su pene, mi esposa aun tenía la boca roja del sexo oral que nos habia dado, logramos reponernos un poco para continuar con nuestro delicioso trío.

    A veces las primeras veces son las mejores, esta primera vez que hacemos un trío con mi esposa Victoria, sin duda es insuperable, Vicky totalmente extasiada y llevada por la lujuria, empezó a besar en la boca a Tomas mientras conversábamos, fue suficiente la media hora que nos tomamos de descanso, Vicky le lamió los pectorales y con su lengua bajo hasta su verga y empezó a lamerla, hasta que entró en una tremenda erección de nuevo, el pene se le puso bastante gordo y venoso, mi mujer lo lamia de las guevas hasta el glande, como si estuviera chupando una paleta, Vicky en cuatro patas se metió toda la verga de Tomas en su boca y la metía y la sacaba succionándola toda, al mismo tiempo Tomas le agarraba las nalgas y le introducía poco a poco los dedos adentro de la vulva y adentro del culo de mi esposa, yo empecé a masturbarme viendo como gozaban.

    Ambos jadeaban y subieron mucho la temperatura de aquella suite, Tomas estaba a punto de eyacular, Vicky le daba una mamada espectacular, pero paró, se sacó la verga de su boca y le dijo “espera aun no… no quiero que te vengas aun, quiero que me la metas por el culo y luego ahí si te puedes venir, quiero sentir esta vergota en mi trasero” Vicky se volteó y le puso todo su culo en frente a Tomas, el se agachó un poco y empezó a darle lengua, abrió las nalgas de mi esposa y le lubricó su culo, al mismo tiempo la masturbaba. Vicky entre gemidos y contorsiones me intentaba mamar mi verga, se la metía en su boca pero Tomas le daba lengua tan rico que se contorsionaba y no se podía concentrar para darme placer, la verdad no me importaba, lo único que me importaba era que mi esposa disfrutara al 100%, y así fue…

    Tomás empezó a meter muy suave y despacio su tranca dentro del ano de Vicky, mi esposa ahogó un tremendo grito metiendo mi verga dentro de su boca, Tomas se movía muy despacio, Vicky me miraba a los ojos y sonreía, con su rostro me agradecía esa sesión de sexo desenfrenado que le estábamos regalando, me miraba y gemía, al mismo tiempo me chupaba y lamia mi verga, no dejaba de mirarme. Tomas metía y sacaba su pene del culo de mi mujer cada vez un poco más rápido y le daba nalgadas… Vicky gritaba de placer, al punto de morderme mi verga, no se daba cuenta y estaba llevada del extasis, mientras Tomas se cogia por el culo a mi mujer y ella me mamaba mi verga, yo pase mis dedos por entre su muy mojada raja, Vicky empezo a gritar no se pudo concentrar mas en mi tranca y empezo a retorcerse de placer, grito “me vengo voy a terminar, ahhhhh…” y en un tremendo orgasmo electrizante Victoria se vino, creo que por Tercera vez en aquella espectacular noche!!! Tomas no paraba de darle por el culo a mi-

    Esposa, sus nalgas estaban rojas y se bamboleaban de un lado a otro junto con sus tetas, el sonido del golpeteo del pubis de Tomas contra el culo de Vicky era bien fuerte, Tomas la estaba penetrando con bastante fuerza y pasion, mi esposa le grito de nuevo con mi verga en su boca, “Me vas a romper el culo, me vas a partir en dos, pero me encanta, no pares, quiero que me sigas dando por el culo no pares”, me lamia mi verga, mientras el sonido cabalgante de Tomas bombeando con su tranca el ano de mi esposa cada vez era mas intenso, Vicky jadeaba y gemia, Tomas estaba lavado en sudor, enterró muy fuerte sus dedos alrededor de las nalgas de mi esposa y con un fuerte gemido sacó su verga muy roja y venosa llena de espuma en la punta del glande, Vicky se enderezó quedó arrodillada frente a mi y e empezó a besar mis labios, en susurros y besos me dio las gracias, me abrazo y me dijo lo feliz y plena que se sentía, que regalo mas maravilloso de aniversario le había dado, Tomas mientras tanto continuaba frotando su tranca entre las nalgas de mi mujer, y la besaba en el cuello.. Vicky continuaba besando mis labios con mucha pasión, de repente mi mujer volteó su rostro y empezó a besar en la boca a Tomas, mientras él continuaba frotándose la verga entre las nalgas de

    Mi esposa, ella giraba su cabeza y me besaba a mi y a Tomas de manera alterna, yo baje y empecé a lamerle y chuparle sus pezones, mientras Tomas la penetraba de nuevo por detrás. Victoria sudaba absolutamente toda de pies a cabeza, continuaba alternando sus besos en la boca conmigo y con Tomas, el la seguía penetrando recomponiendo su ereccion de nuevo muy rígida, Vicky me sobaba mi verga muy suave con su mano, gemía y estaba loca de placer, le escurría el sudor por toda su cara, cambiamos de posición…

    Me acoste bocarriba sobre la cama, Vicky se acostó encima de mi y Tomas arrodillado al lado de nosotros, empece a penetrar a mi esposa a un ritmo rápido, Vicky le chupaba la verga a Tomas, al tiempo acariciaba y estimulaba sus testiculos, Tomas empezó de nuevo a ponerse muy efecto y exitado, Vicky lo miraba a los ojos y le sonreía mientras sentía como dentro de su boca se iba inflamando poco a poco la enorme tranca de Tomas, por mi parte seguía penetrando la vulva de Vicky, ella estaba muy cachonda y concentrada chupando a Tomas, estaba encantada con su verga, mi mujer tenía hirviendo la vagina, me puso a mil ver esa escena, mi esposa mamando una enorme verga a pocos centímetros de mi cara, sentí el olor a sexo fuerte de Tomas y Vicky, eso me puso a millón y solté un chorro de leche adentro de la vulva de mi mujer, ella continuó mamando la verga a Tomas, me miró sonrió y no paro de mamarsela, mientras yo los veía retorciéndome del delicioso orgasmo que estaba sintiendo, pasaron unos buenos minutos y me aparte por un momento, mientras me recuperaba un poco, Vicky estaba completamente exhausta pero no quería parar, y ellos continuaron la faena…

    Mi esposa se acosto sobre la mitad de la gran cama de aquella maravillosa y mágica suite, Tomas le levantó una pierna se poso al frente de ella el arrodillado y Vicky casi de medio lado acostada y sintió de nuevo una embestida en su vulva, Tomas empezó a moverse muy enérgicamente metiendo y sacando su gran verga, Vicky con los ojos cerrados jadeaba y gemía, se tocaba sus tetas mientras se bamboleaban muy fuerte, yo acostado al lado de ellos los observaba mientras empecé a masturbarme y recuperar de a pocos mi ereccion, Vicky con sus dedos empezó a masturbarse su clitoris, Tomas no paraba de bombearla, entre gemidos le pedía que se la metiera hasta el fondo, yo veía haciéndome una paja como esa enorme tranca muy venosa y gruesa envestía la vagina de mi esposa, ella gritaba de placer, de nuevo gimiendo y jadeando empezó a gritar “me vengo no pares no pares…” y con un tremendo chorro de sus mieles se vino por cuarta o quinta vez, nunca en su vida Victoria había tenido tantos orgasmos en una sola noche, estaba muerta, llena de placer y de satisfacción, mi esposa me miró me sonrió y tomó mi mano, al mismo tiempo Tomas no paraba de bombearla, cambiamos de pose, en un misionero empecé a penetrar con mi verga erecta de nuevo a mi mujer, Tomas tomó mi puesto anterior y de rodillas puso su tranca en la boca de Victoria, ella empezó a lamerle el glande y las bolas, Tomas gemía de placer, Vicky empezó a chuparle las guevas y al mismo tiempo metió su cara debajo de su perine y se lo lamió, luego le metió muy despacio y suave un dedo adentro de su culo, Tomas gritaba de placer, eso a mi me lleno de cachondez, me puso de nuevo a millón y no resistí, saqué mi verga y con un potente chorro de semen no tan abundante pero sí muy viscoso embadurné de leche el pubis a Vicky, le metí mi verga en su vulva y seguí penetrándola y eyaculando hasta la última gota de semen adentro de ella.

    Vicky continuaba con su cara metida entre las piernas y casi dentro del culo de Tomas, dándole lengua, jamás imaginé que en nuestro trío HMH mi esposa le terminaría lamiéndole el culo a Tomas, me asombró un poco pero me gustó, me arrecho y eso me hizo tener un tremendo orgasmo, Tomas gemía y gritaba de placer, Vicky le abrió su culo y le introdujo su lengua, con su boca se lo lamia y chupaba y con sus manos le hacía una paja, Tomas con su verga a millón empezó a derramarse sobre las tetas de mi esposa, ella quitó su cara de su culo y continuó sacudiéndole el pene hasta sacarle la ultima gota de leche, se lo lamió y masturbo hasta quedar totalmente flácido, mi mujer quedó exhausta acostada boca arriba, con su pecho y pubis untados de machos.

    El reloj marcaba las 4:25 de la madrugada, quedamos los tres sin una fuerza tumbados en la cama desnudos durmiendo unas horas hasta cerca de las 9 de la mañana del sábado, Tomas se baño rápidamente se vistió y salió de la habitación, Vicky y yo nos quedamos durmiendo hasta pasado el mediodía, dormimos abrazados y amándonos.

    Espero les haya gustado esta historia y espero compartirles otras más adelante!!!

  • Viernes, 5 de julio de 2019

    Viernes, 5 de julio de 2019

    Pensé que el viernes pasado pasaría impensablemente sin pasar nada, pero pasó lo que tenía que pasar por su propio peso. Ya veréis por qué esta entrada ha sido tan pesada, hasta yo estoy admirado de lo ocurrido.

    Al ser yo el último de mi familia y del nacimiento de mi hermana mayor hasta el mío transcurrieron 22 años, coincidió que en mi casa estaba embarazada mi madre  y mi hermana simultáneamente. Nacimos los dos el mismo año con muy poca diferencia mi sobrino y yo.

    Siempre hemos sido buenos amigos desde pequeños, de modo que yo más enclenque y él fuerte y robusto me defendía de mis compañeros en la adolescencia porque yo era tan mariquita que me hacían bullying los compañeros de clase, pero si está mi sobrino, aunque menor que yo por unos meses, siempre ha sido más fuerte y peleón.

    Nos hemos hecho universitarios, ya somos mayores, él estudia biología y yo filosofía. Mi sobrino Berna (en realidad, Bernardo), es casi como yo de guapo, pero si vamos juntos a mi miran más. Los que saben quiénes somos, piensan que los dos somos gays, y a mí eso me divierte bastante porque me sirve para bromear a mi sobrino, amigo y hermano. Hermanos, pues sí, porque nos hemos criado juntos con dos madres, su abuela y mi hermana, que eran muy amigas además de ser madre e hija. Mi sobrino aguanta bien mis bromas como yo las suyas, pero sé que él no es gay, porque como familia que somos nos hemos besado miles de veces, besos castos en la cara; hemos dormido en la misma cama con pijama y «tú allá y yo aquí»; nos hemos cambiado de ropa pero con ese «no me mires que no te veo».

    Una vez, cuando yo ya había salido del armario, le dije rogando:

    — Berna, déjame que te la vea al menos una vez.

    — Que no, Xente, que la tuya es más grande que la mía, —me dijo.

    — ¡Ah, cabronazo!, ¿cómo lo sabes?, —le pregunté.

    — Porque a ti todo te da lo mismo, no te cubres bien y ese bañador de nilón tan pequeñajo que tienes te la marca del todo, —respondió.

    — Tengo más de uno, te puedo regalar uno, si quieres; anda, abre mi ropero y te escoges el que más te guste, —le dije en plan generoso.

    — Mi padre no es como el tuyo, a mí no me permite esas cosas; si ni siquiera se cree que tú eres gay, él dice que es una moda y tú eres un superficial, —me dijo.

    — ¿Superficial yo? Si a mí me gusta meterme en profundidades y que me la metan hasta el fondo, —al decirle esto nos reímos mucho los dos.

    Yo sé cómo tratar a mi sobrino amigo. He de procurar no perder la amistad y para eso tengo páginas conectadas de chicas para que él pueda hacer con mi ordenador lo que en su casa no le dejan. A veces mira también mis páginas por pura curiosidad morbosa, le gusta saber qué cosas veo yo. A veces vemos películas porno que a él le van, solo una vez vimos una de hombres follando entre sí. Solo me dijo: «qué asco» cuando se estaban comiendo el culo en un 69. Pero en un momento se fue a mear y tardó más de lo que cuesta una meada. Hacía rato que lo veía sobarse el paquete por encima del pantalón y por los sonidos y el ah, ah, ah, aaah, supe que se estaba masturbando. No lo molesté para no hacerle sonrojar.

    Este viernes, 5 de julio, eran las 11 de la mañana y me llamó para saber si estaba en casa.

    —Se han ido todos, cada cual a lo suyo estoy solo, aburrido, con pereza y sin saber qué hacer, —le dije.

    — ¿Y si vamos a la playa?, —preguntó.

    — ¿Adónde?, —formulé la repregunta exigida.

    — Escucha, voy a tu casa, llevo cosas, cocinamos, comemos pronto y nos vamos; voy en el coche de mi mamá, voy en bañador y camiseta, tú te llevas un bañador short y camiseta, pongo dos toallas en el coche, — así se explicaba para hacerlo fácil.

    Y le dije:

    — No, no pongas toalla, que se llenan de arena, yo saco dos pareos para tumbarnos sobre la arena, —le dije.

    — Muy femenino eso de los pareos, ¿no?, —replicó.

    — No me digas gilipolleces, cabrón…

    — No he dicho nada, está bien, está bien.

    No tardó en llegar, nos preparamos la comida, me fui a ponerme un pantaloncito muy ajustado, se quedó mirando como quien pregunta de donde sacaste eso y solo le dije:

    — Es nuevo, del todo nuevo.

    Nos fuimos a la playa. Estacionó. Estaba todo lleno de gente, apelotonados, encontramos un hueco y nos posicionamos, nos ayudamos en ponernos protector a la espalda y nos fuimos a meter al mar, nadamos, desde el fondo miramos para ver la multitud y dijo:

    — Se nota el calor que tiene la gente.

    — Me da lo mismo el calor, si vengo a la playa es porque me gusta el sol y el mar, no por la gente.

    Salimos a tumbarnos. Niños que lloran porque sus padres no les dejan hacer lo que quieren, chicas chillonas hablando con una lengua soez mal de sus amigos a voz en cuello. Chicos que juegan a pilota en la orilla del mar y se les escapa la pelota sobre nosotros, otros chicos que ponen su música para hacer la competencia a la música de otro lugar, señoras que espolvoreaban las toallas para no llevarse la arena a casa pero que nos llenaron de arena a nosotros. Yo me esta encabronando con tanta infelicidad.

    — Estás molesto y te mueves sin parar, —me dijo Barna.

    — Pero, ¿tú estás a gusto aquí?, —le pregunté.

    — No, pero es lo que hay.

    — De ninguna manera, yo te llevo a una playa donde podremos dormir y a pié está a quince minutos.

    — Vamos allá, —dijo taxativamente.

    — Pero es nudista, —le dije.

    — ¿Se puede ir en bañador?

    — Sí tú quieres, sí; yo sin bañador.

    — Vamos, pues, estarás mejor, pero nada de esto a mi padre.

    — A nadie le importa nada.

    Nos levantamos y nos fuimos caminando hasta llegar allí. Solo se escuchaba el rumor del mar, los que jugaban a pelota estaban lejos de los bañistas y los claros de arena eran grandes, espaciosos y el mar más despejado. Tendimos los pareos y me quité el pantaloncito. Desnudo le invité a irnos a nadar, se vino conmigo. Él no perdía de vista mi polla. Entramos al mar y nadamos brazadas contra las suaves olas y a la altura de las boyas descansamos de hacer braza y nos apoyamos en una boya amarilla para hablar del silencio, ni música, ni chillonas, ni aficionados deportistas encima nuestro ni niños llorando, había unos niños que estaban con sus padres, pero no chillaban. También había adolescentes con sus familias. Se estaba bien, emprendimos el regreso a la playa y me tumbé. Me dijo Berna:

    — Creo que hago el ridículo, todos desnudos y yo en bañador, ¿no se quejarán?

    — No se quejarán, y no haces el ridículo, puedes ir como quieras…

    — Sí no te molesta, me quito el bañador.

    — ¿Cómo me va a molestar si yo voy en pelotas?

    Se quitó el bañador y se tapaba sus genitales. No dije nada, pensé que ya se acostumbraría. Así ocurrió. Ya entrábamos al mar, ya salíamos, ya conversáramos a la orilla del mar dándonos el agua a los pies, noté que no se encontraba mal, hasta que, al rato de estar tumbados, le digo:

    — Ahora vuelvo, —escarbaba en mi mochila para sacar un condón sin que él lo viera.

    — ¿Adónde vas?, —preguntó.

    — Ahí detrás de esas dunas, —contesté.

    — ¿A qué?, —volvió a preguntar.

    — A orinar y a echar una mirada por si encuentro algo, —contesté.

    — ¿Qué buscas?, preguntó el inquisidor.

    — Alguien con quien follar…

    — ¿Puedo ir?, —otra pregunta.

    — Conmigo sí, tú a solas no, —le dije.

    — ¿Por qué?

    — Porque te conozco y probablemente vendrías gritando y llamando la atención.

    — Ah, ya, voy contigo.

    Subí la duna, eché una mirada a lo lejos, Barna estaba a mi lado, mirando adonde yo mirara. No descubrí nada, dunas y más dunas. Bajé las dunas, Berna me siguió, ya no se veía la zona de playa. Me puse a orinar. Berna orinó en el mismo charquito que yo. Lo miré, me sonreí y le pregunté:

    — ¿Te la han mamado alguna vez?

    — ¿Qué?

    — Que si alguna vez ha habido alguien que la hubiera chupado.

    — Pues no, —me contestó

    — ¿No? Casi no me lo puedo creer, ¿ni en el colegio?

    — No, nunca, nadie, jamás…, —sabía yo que Berna me decía la verdad— ¿Y a ti?, ¿te la ha chupado alguien?

    — Muchos…

    — ¿Qué se siente?

    — Algo como cuando te masturbas, solo que en la masturbación el orgasmo llega y ya no retrocedes y cuando te la come alguien es sin parar ese gustito, un verdadero placer, que como se nota que el amigo se está poniendo a punto de correrse, cambias y lo haces durar todo más.

    — ¿Tú la has mamado a alguien?

    — Qué preguntas haces, evidente, ¿no? Soy maricón y me gusta el sexo, me gusta con un hombre.

    — ¿También disfrutas?

    — Como no te lo puedes imaginar…

    — ¿Aquí se puede hacer?

    — Por supuesto.

    — Chúpamela.

    Me puse de rodillas delante de él, se la acaricié para ponerla más dura con el tacto suave, me la metí en la boca y, agarrándome de sus muslos para no caer al suelo si se movía mucho, comencé a mamarle la polla. Cuando ya la puse dura y el gemía suave, le descapullaba el glande con los labios y pasaba la lengua por el frenillo, la saqué para mirar cómo tenía el frenillo, pasé el dedo índice por encima de la flecha y dio un suspiró, me la puse en la boca y continué dándole gusto con el frenillo, mientras le acariciaba el escroto para masajear los testículos. Menuda bolsa me daba ganas meterla en la boca y cuando le pase insistentemente la lengua por su frenillo dio un grito casi desesperado de placer y saqué la polla de la boca para meterme su escroto.

    En mi boca cabía el escroto entero y jugaba con la lengua moviendo los testículos mientras con la mano izquierda sujetaba su polla masturbándola suavemente para que no se me bajara y el estaba suspirando y dio un brinco v¡cuando retuve un testículo aprisionado con mis dientes. Decidí acabar con el saqué de mi boca el escroto y volví a meterme el pene, lo clavé hasta el fondo para que tropezara con mi garganta, suspiró cuando se vio aprisionado unos segundos y lo fui moviendo hasta afuera y adentro, hasta que llegó un momento en que se cogió de mi cabeza y y la acompañaba en mis acciones para que me follara la boca.

    Ahora era él quien estaba follándome la boca, se olvido que yo era su tío y amigo, se olvidó de su heterosexualidad y hablaba:

    — Qué bien la chupas, maricón; qué rico, ¡aaayy, qué placer!, —decía sin parar.

    Ente suspiros y frases inusuales para él, soltó:

    — ¡¡¡Me corro, me corro, me corroooo…!!!

    Y se corrió, tragué algunos trallazos y guarde los últimos en la boca para mostrarle cuando sacara su polla. No tardó en sacarla y me miraba a la cara más sorprendido por sí mismo que por lo que había hecho. Me puse en pie, le mostré mi boca con su blanco semen, me acerqué a besarle, lo consintió y le pasé mi lengua, recogió con la suya al contacto con la mía y probó. Otra vez lo hice y otra vez recibió y por tercera vez compartimos todo el contenido. Entonces, le dije:

    — Necesitaba respirar, pero es bueno tu semen, sabe bien tu leche, es agradable.

    Me miraba sonriendo y le dije:

    — Vamos al mar a relajarnos, más tarde, si lo deseas nos asomamos de nuevo a ver si hay alguien y si lo deseas…, pues, ya sabes…, ya has probado.

    — Ha estado bueno. ¡Has estado bueno, hermano!

    Así me solía decir cuando estaba muy contento. Con ese «hermano» ya sabía yo que le había gustado la mamada, que no sería la última y que podría conseguir que más tarde me follara, pero yo tuve paciencia.

    Ya no picaba mucho el sol y estábamos al borde de la playa sentados para que al subir la hora nos refrescara las piernas y el culo. Fue entonces cuando me dijo:

    — Xente, ¿podríamos ir ahora, allá detrás de las dunas?

    — Vamos, —respondí.

    Nos levantamos y subimos de nuevo, eché una mirada y había dos tíos un poco más alejados, muy cerca el uno del otro, parecía que estaban comenzando porque todo lo que podía adivinar es que se la estaban tocando, acariciando o masturbando. No vi nada más interesante y los que veía estaban comenzando, uno de ellos muy grueso. No sentí interés por ellos. Miré a Berna y me sonrió:

    — ¿Qué?, ¿por qué te ríes?

    — Porque ahora me toca a mí…

    — ¿Sí?, pero no quiero que me la chupes, quiero que me la metas…

    — Uf, eso es más difícil…, —dijo desanimado.

    — No te desanimes, macho, yo me agacho, tú me tiras dos sopapos al culo, y lo remueves con tu lengua para sacar cualquier granito de arena que pudiera haber, y con tus dedos los vas metiendo bien mojados con tu saliva y vas haciendo el agujero más ancho, así lo dilatas antes de meter tu polla.

    — ¿Con los dedos? ¿No sé qué cómo hacer?

    Me puse pegado a él mirándole cara a cara y mientras le decía que si sabría, me chupé los dedos índice y los fui metiendo en su culo. Se resistía pero volvía a recoger saliva y metí uno hasta que suspiró y gimió

    — ¡Ay, que bueno!

    — Agachado yo te será más fácil, hazlo.

    Me agaché y me agarré a un arbusto, roció que había allí. Me escupió varias veces y comenzó a limpiar el culo con la lengua. Luego metió los dedos y se transportó a mi mundo, pues besaba mi espalda, metía su mejilla sobre mi nalga, acariciaba mi escroto, e iba alternando entre lamer mi culo hacer presión para abrirlo y besos. Llegó a besar hasta mi agujero.

    Ponte duro, tócatela y si no puedes avisa. Pudo y apuntó su polla a mi culo. Empujo y se le escapó el pene. Volvió a comenzar y tenía medio capullo dentro y retrocedí con el culo relajado y entro a la mitad. Me dolí algo, pero resistible. Le dije:

    — Empuja, dale fuerte, sin piedad, ámame.

    — ¡¡Te quiero, Xente, te quiero mucho…!!

    Entró del todo. Me agarré de sus nalgas para que estuviera quieto y me movía yo para acomodarme y sentirlo. Comencé a sentir placer y como Berna gemía supe que mis movimientos también le producían placer. Le indiqué que me follara adentro y afuera sin sacarla del todo. Lo hizo y yo estaba el medio del cielo. Se le escapó fuera y la metió enseguida. Le dije que lo hiciera varias veces así. Lo hizo y me gritó:

    — Seré burro, ¡¡¡me corro, me corro…!!!

    Se quedó pegado su pecho a mi espalda y acabó de vaciarse en mi interior gracias a que lo amarraba con mis manos en sus nalgas. Nos fuimos a bañar de nuevo para lavarnos, porque caminando el trayecto de arena se me iba escapando del culo su semen. Nada hice por disimularlo porque ahora había aún menos gente. Cuando llegue al mar ya no tenía nada, pero mi culo estaba bien abierto y lo noté con placer.

    Cuando nos secamos, me puse el bañador, Berna también y caminábamos hacia donde habíamos aparcado y me dijo:

    — Tenías razón esta playa es más silenciosa y tranquila.

    — Ya lo sabes, cuando quieras venir, me lo dices; aquí incluso hemos dormido un rato, —le dije.

    — Y hemos follado…, bueno yo he follado, pero no he probado tu polla…

    — ¿Quieres?

    — Si no te molesta…, pero ¿cuándo?

    — ¿Necesitas irte a tu casa esta noche?

    — No necesariamente…

    — Quédate conmigo, dormiremos en mi cama y follaremos.

    — Mamá, esta noche no iré a casa, me quedo con Xente.

    Fue su decisión, lo que ocurrió demostró que mi sobrino-amigo-hermano es bisex, y comenzó a preferirme a mí antes que a sus amigas. Me explicó que cuando deseaba tener sexo, ellas no estaban a punto nunca y yo siempre a punto y todo a mi gusto. Mi sobrino-amigo-hermano Berna y yo ya somos habituales.

  • La Mona, rubia divina

    La Mona, rubia divina

    La mona como la llamaré de ahora en adelante es un poquito mayor que yo, con un sex appeal fantástico y un cuerpo que se mantiene en forma y hermoso. Es una persona dulce y divertida. Muchos andaban detrás de la mona, separada, con hijos y divina.

    Para ese entonces estaba viendo solo y mi familia lejos, los pensamientos erótico-sexuales corrían por mi mente de vez en cuando y la mona muchas veces, estaba en ellos, pero del sueño al hecho hay mucho trecho. Una tarde una pareja de amigos me invito a salir un rato y con ellos estaba la mona, no estoy seguro todavía si las cosas se dieron o si esto estaba planeado.

    Salimos los cuatro a un restaurante de la ciudad, charlamos y cenamos, pasándolo bien y divertido. No recuerdo de qué manera la Mona, y la pareja de mi amigo se pusieron de acuerdo, yo era muy tímido, pero nos montamos en el carro y salimos a dar vueltas por la ciudad y luego encaminamos a la casa de nuestra pareja amiga.

    Ya en la casa, todos en nuestro sano juicio, hablando sobre todo , la mona sentada cerca de mí, nos tocábamos las manos y acariciábamos el cabello , mi amiga se quedó dormida en la sala y el esposo también, no recuerdo como y no deseo inventar, la mona y yo nos dirigimos a la alcoba principal y ya allí nos encerramos y decidimos tocarnos, acariciarnos, besarnos y finalmente ya desnudos nos deslizamos sobre la cama y conocimos cada uno el cuerpo del otro, sabíamos que esto no era una relación que nacía sino un rato de desahogo sexual tanto para ella como para mí.

    No podía creer que estaba con la mona deseada por muchos, ella muy dulce conmigo y yo con ella, solo hicimos el amor, no tuvimos sexo pesado, que delicia de mujer. Le acaricie sus pequeños senos, respingados con unos pezones que parecen una fresitas, su abdomen plano y suave, baje la mano a su entrepierna, donde me encontré con unos labios húmedos y delineados, ni una pizca de vellos, totalmente rasurada, me fui bajando besando con pequeños picos por esa piel que me quemaba los labios, llegue a esos labios que me atraían y bese su, clítoris, mi lengua lamia entre sus labios y sentía como vibraba y los jugos del placer empezaban a mojar la piel de sus muslos, bajaban mezclados con mi saliva hacia su pequeño ano, solo pase mi lengua por él, mi experiencia no era mucha. 

    Un orgasmo le sobrevino y yo me acosté a su lado, ella bajo su mano y me acaricio el pene el cual estaba a reventar, acerco sus dulces labios ye hizo desaparecer la corona de mi pene en su boquita, el cabello rubio de mi mona acariciaba mi abdomen y las sensaciones que sentía eran maravillosas. No deseaba correrme en su boca, así que sin protección y la calentura de ese momento me subí sobre ella y muy delicadamente la penetre suavemente, nos movíamos despacito, como saboreando el placer de estar juntos y conociendo nuestras debilidades sexuales, nos acariciábamos al mismo tiempo mis dedos tocaban sus senos y pasaban por la separación de sus nalgas donde el ojete del anito me imaginaba me hacía guiños. Al ratito nos corrimos, nos besamos, hablamos y luego de vestirnos, salimos dejando a nuestros amigos durmiendo en la sala de su casa. Nos montamos en mi auto y la lleve a su casa donde nos despedimos ya que ella viajaba al día siguiente. 

  • Candy man

    Candy man

    En un bello y cálido día Iris, la joven prospecto a Maestra Dragón, continuaba su viaje a través de la región Johto buscando fortalecer sus habilidades, eso claro esta si su estómago se lo permitía.

    -¡Que hambre tengo! -dijo mientras colocaba su mano sobre su estómago sin dejar de caminar.

    -Axew axew -se lamentó su pequeño dragón acompañante.

    -Lo se Axew, si no encontramos algo pronto siento que moriré de hambre -respondió la morena, aunque muy pronto vieron un pequeño pueblo a la distancia.

    – ¡Estamos salvados Axew! -exclamó Iris feliz al ver el pueblo a la distancia y apresuró el paso para llegar a su destino.

    A las afueras de ese pueblo notó algo muy peculiar, era una tienda en la cual parecían servir postres y dulces, cuando la morena se percató de que estaban dando muestras gratis de chocolate rápidamente se dirigio hacia donde estaba un joven moreno de pelo castaño, quién era el que le ofrecia las muestras de chocolate a una atractiva mujer.

    -¡Disculpe, pero llevo prisa! -dijo Iris al tomar casi todos los chocolates y llevárselos a la boca para decorarlos en un instante -¡Estaban deliciosos, muchas gracias! -agradeció y se alejó tan rápido como llegó.

    Mientras tanto el pobre dependiente quedó pálido, «¿Que pasara con una dosis tan alta?» se preguntó mientras miraba a aquella niña alejarse y como la chica a la que le quería ofrecer los dulces le dedicó una sonrisa culpable y se retiró.

    Por su parte, la feliz aspirante a Maestra Dragón caminaba rápidamente y aún saboreando los últimos rastros de los chocolates en su boca, pero al dar vuelta en una calle comenzó a sentirse mareada y muy extraña.

    «¿Qu-que me pasa?» se preguntó llevándose una mano a la cabeza, la cual no paraba de dolerle, y con la otra se sujeto de una pared cercana para no caer «Esos benditos chocolates debían tener alcohol» fue la conclusión a la que llegó la originaria de Unova tras tambalearse al tratar de moverse un poco.

    Pero lo Iris no sabía que la causa de su malestar en realidad se debía a que su cuerpo cambio de manera repentina, sus casi inexistentes pechos comenzaron a crecer hasta alcanzar el tamaño de 2 pequeños y redondos melones, sus infantiles caderas se ampliaron hasta lograr un lindo contraste con sus nuevos pechos, su bien formado trasero comenzó a hacerse más grande y sus piernas también crecieron un poco y se volvieron mucho más finas y torneadas, Iris había pasando de ser una chica con una apariencia linda a ser una mujer con un cuerpo escultural al que difícilmente podías quitarle los ojos de encima.

    La chica se tambaleó un poco al tratar de moverse, aún sin notar los recientes cambios en su anatomía, y se disponía a ir al Centro Pokémon para descansar un poco cuando un pensamiento se lo impidió.

    -Primero, debo disculparme con el chico de las muestras -dijo con un tono monótono y empezó a caminar como pudo de vuelta hacia donde se encontraba el jóven, al no encontrarlo en la calle vio por la ventana de la tienda de dulces frente a la cuál estaba parado y finalmente encontró lo que buscaba.

    «No recuerdo que fuera tan guapo» penso Iris al ver al chico, mientras una oleada de excitación empezaba a recorrer su cuerpo, el cuál reaccionó dejando salir un ligero gemido de placer, mientras que unos líquidos provenientes de su intimidad empezaban a escurrirse por sus piernas, quedando completamente empapada.

    «No puede ser me acabo de orinar» penso la chica un poco alarmada, pero por alguna razón eso no la avergonzaba, al contrario ahora se sentía muy bien y estaba aún más decidida que antes a entrar para disculparse.

    El joven castaño estaba recargado en el mostrador de su negocio con una cara de preocupación y no dejaba de pensar en cuál sería el efecto que sus chocolates le causarían a esa niña tonta

    Esa mañana el se sentía feliz ya que la bella Clara estaba a punto de tomar uno de su chocolates especiales, el incluso ya saboreaba el éxito, fue entonces cuando una mal educada chica de pelo morado y piel oscura apareció de la nada y se comió casi todos sus chocolates, incluyendo los tres primeros chocolates de la bandeja, justo los que contenían la fórmula.

    No sólo había perdido su oportunidad con la chica que más deseaba, también estaba muy preocupado por aquella mocosa, mientras pensaba en todo ello fue cuando la puerta de su local se abrió y alguien entró.

    Para sorpresa del jóven la persona que entró era nada más y nada menos que la niña tonta, pero con la diferencia de que ya no parecía ser una niña, ahora se veía como una sensual mujer, la más hermosa que el había conocido.

    El se quedó embobado observando los grandes pechos de la chica conteniendo su sorpresa, la cual aumento aún más al escucharla hablar con un tono notablemente erotizado, en el cual había un ligera nota de sumisión.

    -Buenas tardes, he venido a disculparme con usted por mi comportamiento anterior y a recibir el castigo que merezco.

    -¿Disculpe la conozco? -preguntó intrigado el dependiente.

    -Soy la niña grosera que se comió sus chocolates hace rato -respondió Iris aún con el tono erótico y sumiso, mientras que para el todo tuvo sentido en ese momento.

    Ese día había preparado varios de sus raros «Choco loves», los cuales eran unos deliciosos chocolates mezclados junto con un jugo con potentes efectos afrodisíacos y un estimulante, ambos productos eran derivados del jugo de 2 Shuckle que aprendió a preparar directamente del viejo Shuckle junto a un chico moreno de ojos rasgados que venía de Kanto, con la intención de finalmente hacer caer a Clara, la linda maestra del preescolar del pueblo.

    El efecto normal de un chocolate causaba en sus «víctimas» una ligera confusión y una gran excitación que las hacia volver de inmediato a la tienda para implorar por más chocolate y estar totalmente dispuestas a hacer lo que sea para conseguirlo, lo cual como era obvio él aprovechaba para pasar un buen rato con ellas y después les borraba la memoria con la ayuda de su Drowzee para enviarlas de vuelta a casa.

    Pero su único efecto secundario era que el tamaño de los pechos y el trasero de sus víctimas aumentará por lo menos una talla, lo cual daba como resultado que tuviera una amplia colección de prendas íntimas.

    A pesar de todo el nunca se atrevió a darle una concentración tan alta a una sola persona, por lo que llegó a pensar lo peor, pero para su buena suerte nada malo había ocurrido sino todo lo contrario ya que la niña estaba frente a él con la mirada perdida, el cuerpo de una diosa y diciendo que merecía ser castigada.

    -Disculpe mi atrevimiento señorita ¿Pero no la molestan su sostén o sus bragas? -preguntó entre excitado y curioso.

    -Yo no usó ni sostén ni pantaletas -respondió la chica de la manera más natural, lo que casi le provoco una enorme hemorragia nasal al dueño del local, esa chica afirmaba descaradamente que no usaba nada bajo la ropa, una ropa que debido al repentino crecimiento del cuerpo de quien la vestía se encontraba en el límite de su elasticidad y que amenazaba con romperse de un momento a otro.

    -¿Po-por que no usas ro-ropa interior? -pregunto el dependiente sonrojado y apenas conteniendo una inevitable hemorragia nasal.

    -Es muy molesta y siempre se rompe cuando subo a los árboles o hago ejercicio -respondió tranquilamente.

    -Imagino que debes de ser muy ágil y elástica ¿No?

    -Por supuesto, puedo hacer cualquier tipo de acrobacia, esquivar cosas sin importar de donde vengan y alcanzar las bayas de cualquier árbol -respondió la morena con orgullo, mientras que de su cabello salió un pequeño Axew, quién se sorprendió demasiado al ver que su entrenadora parecía una persona totalmente distinta.

    -¿Entonces no te importaría mostrarme? Ya sabes unas cuantas sentadillas, abodominales, lagartijas -pregunto con un tono tímido, pero notoriamente pervertido que no le gustó nada al dragón.

    -Claro, no hay ningún problema ¡Haré todo lo que me pidas! -respondió ella agachando ligeramente su cabeza antes de comenzar a hacer los ejercicios que se le pidieron, lo cual sorprendió aún más a Axew, quien jamás había visto a la chica obedecer a alguien y menos de una forma tan sumisa.

    Iris separó un poco sus piernas y en cuando las flexiono para hacer el primer ejercicio la tela de su pantalón blanco no lo resistió más y se rompió, dejando ver unas bellas y torneadas piernas color ébano, que en la parte superior brillaban ligeramente por los fluidos que salían de la parte intima de la joven.

    -¡Qué mala suerte! ¡Rompí mi pantalón! -se quejó la morena mientras se daba una vuelta mostrando su precioso y recién adquirido trasero, ante la mirada atónita de aquel dependiente, quien tuvo que llevarse ambas manos a la nariz para evitar que la sangre se dispersara.

    -No te preocupes linda. ¿Que te parece si vamos a un lugar más cómodo para que me muestres de que eres capaz? -dijo mientras se dirigía a la puerta y rápidamente cerraba su negocio, pero el pequeño y furioso dragón que acompañaba a Iris se interpuso entre el y la chica.

    -¡Axew no te portes mal y deja de ser tan grosero y maleducado! -lo reprendió la chica.

    Sin duda ese pokémon sería una molestia, pero al ver la situación el chico rápidamente busco un dispensador de dulces dentro de su bolsillo y saco un brillante caramelo de color rojo.

    -Relájate pequeño y toma un dulce -dijo al arrojar el caramelo directo a la boca del dragón, el cual se lo tragó por puro instinto y de inmediato queda paralizado.

    -Axew, ahora harás lo que yo te diga ¿Si? -pregunto recibiendo una cabezada de asentimiento del pokémon.

    -Muy bien amiguito, tu espera aqui en la barra, en lo que yo atiendo a tu amiga en la bodega ¿De acuerdo? -Axew nuevamente asintió e hizo lo que se le pidió.

    -Vamos linda, en la parte de atrás estaremos mucho más cómodos -decía mientras le permitía pasar tras la barra.

    -¡Como tu digas señor! -respondió Iris alegremente y sin importarle en lo más mínimo lo que acababa de ocurrirle al pokémon.

    -Llámame William linda, de otra forma me haces sentir viejo y ¿Cual es tú nombre, preciosa?

    -De acuerdo William, por cierto mi nombre es Iris -respondió la morena mientras se dirigían a la bodega.

    Una vez que llegaron William observó a su «víctima» con atención, no era la primera vez que traía a una mujer a este lugar, pero sentía que algo faltaba «Eso es» pensó el dulcero al ver que era lo que estorbaba

    -Preciosa Iris ¿Porque no te quitas la blusa? Imagino que te estorbaría para tu sesión de ejercicios -pidió William.

    -Tienes razón, además la siento muy apretada desde hace un rato -respondió Iris mientras se quitaba la prenda y dejaba libres sus nuevos pechos, los cuales se movieron de manera sugestiva para beneplácito de su único espectador, al cual le parecia que el mismo chocolate que fabricó se hubiera convertido en una sensual mujer dispuesta a cumplir con cualquier capricho que el tuviera.

    -Por…favor…empieza -dijo William con cierta dificultad para respirar al tener sus manos cubriendo su nariz.

    -Si William, como tú desees -respondió Iris antes de comenzar con una rutina de flexiones, cada vez que ella flexionaba su cuerpo sus pechos rebotaban ligeramente, mientras que William rápidamente se dió la vuelta para ver como lucía su sensual trasero en toda su gloria.

    La segunda rutina fue una serie de abdominales, en donde tras cada uno de sus movimientos se podia ver como la chica aplastaba suavemente sus pechos en contra sus firmes muslos.

    Su tercera rutina fueron algunas sentadillas, en las que William ya no sabía si mirar esos firmes y morenos muslos, como se marcaba ese firme y redondo trasero o si ver ese delicioso bote de pechos.

    El sintió que no aguantaría ver ese hermoso cuerpo por más tiempo, ese cuerpo que en parte era de su creación y por lo tanto tenía todo el derecho del mundo para tomarlo.

    -Ya fue suficiente linda -dijo William con dificultad ya que la excitación lo estaba matando -Ya se que es lo que puedes hacer para disculparte

    -Muchas gracias, haré todo lo que me digas -respondió Iris sonando eroticamente sumisa, lo cual excitó aún mas a William, quien sin ningún pudor se desabrochó los pantalones y saco su erecto miembro.

    -¿Que tal si empiezas con una mamada? -dijo William con excitación

    -Lo haría, pero ¿Que es una mamada? – preguntó la chica intrigada y en ese momento William se dio cuenta de lo evidente. Su cuerpo había cambiado, pero su mente a pesar de estar muy excitada aún era muy infantil, por lo que era obvio que él tendría que ser su instructor.

    -No te preocupes Iris, sólo acércate y has exactamente lo que te diga -respondió muy excitado, mientras la morena se acercó lentamente a él, su andar era bastante sensual ya que inconscientemente estaba moviendo sus caderas.

    -¿Que debo de hacer primero? -pregunto muy intrigada.

    -¡Primero ponte de rodillas! -ordeno e Iris no tardó en obedecer.

    -Ahora toma con mucho cuidado mi pene y poco a poco llévatelo a la boca -continuo explicando, pero notó la chica dudaba en cumplir con su orden y miraba extrañada su erecto miembro.

    -Creo que se como motivarte -dijo William con una voz maliciosa, mientras tomaba un frasco de jarabe de chocolate y lo vertió sobre su pene, causando que cuando el aroma del caramelo llego a la nariz de Iris, esta se sonrojo de manera evidente, era el mismo aroma de los deliciosos chocolates que había comido antes.

    -¡Rico! -menciono la morena sacando su lengua de manera sensual antes llevarse el falo a la boca y para sorpresa del chico Iris engulló de un solo bocado casi la totalidad de su virilidad.

    -¡Arceus sagrado! ¡Que boquita tan deliciosa tienes! ¡Nunca imagine que serías tan buena! -dijo William sorprendido con la increíble habilidad oral de la chica, y como no estarlo si literalmente lograba llevarse su polla hasta lo más profundo de su garganta y usando su hábil lengua devoraba hasta la última gota de chocolate de cada milímetro de ese afortunado miembro. El sintió que no aguantaría mucho más tiempo ese hermoso tratamiento y cuando sintió que había llegado a su límite sujeto de improviso pero firmemente la cabeza de la chica

    -¡ARGGG! -fue el gemido de placer que dejó escapar mientras descargaba todo su semen dentro de la boca de la chica, quién sin más opciones engulló hasta la última gota de aquella extraña sustancia, que aunque no le pareció nada mal podría ser más dulce, pero no se quejó.

    -¿Te gusto el sabor de mi «crema»? -preguntó entre excitado y curioso, cuando pudo hablar de nuevo.

    -Esta rica, aunque le falta azúcar -respondió Iris jadeante, lo cual le pareció el comentario más divertido que él hubiese escuchado.

    -¡Vamos a continuar linda! -dijo William algo cansado, pero no dudó en su objetivo y tomó a Iris de las caderas y la colocó sobre una de las mesas de trabajo donde con cierto descaro abrió sus piernas al máximo.

    -Cielos ¡Sí que eres flexible! -dijo con incredulidad ante el compás que había logrado la morena.

    -Disculpe ¿Pero que vas a hacer? -pregunto Iris confundida, pero William no respondió y solo hundió su rostro en el depilado coño de la chica lamiendo con una lujuria y devoción como jamás había sentido.

    -¡Por favor no! ¡Me orine hace un momento y allá abajo está sucio! -replico Iris, pero el ignoro por completo la petición de la chica e intensificó de manera inmediata su ataque, lamiendo de arriba hacia abajo y poniendo especial atención al ya excitado clítoris de la morena, mientras la penetraba delicadamente con sus dedos para estimular la lubricación natural de la chica, incluso llegó a estimular levemente la zona anal de la chica, quién se retorcía de gozo y placer, o al menos eso era lo que indicaban los constantes gemidos de placer que surgían de ella.

    -¡AHHH! -grito iris mientras que su cuerpo se retorcía debido al placer -Pare… un momento… por favor… ¡Me voy… a orinar… si sigue… así! -pero el le respondió succionando ligeramente su clítoris.

    -¡POR… FAVOR! ¡NO ME… PUEDO… CONTENER… MÁS! -suplico la chica mientras que el continuaba ¡ME ORINO! ¡ME ORINE! -grito Iris mientras que su cuerpo liberaba una copiosa cantidad de fluidos íntimos, que William bebió como pudo y tratando de no desperdiciar nada de aquel embriagante néctar íntimo.

    -¡Por favor, perdóname por eso! -pidio Iris, totalmente sonrojada de la pena -¡Aunque yo te lo advertí!

    A William por su parte esa expresión le pareció sumamente excitante -No te preocupes Iris, sólo fue un accidente -respondió mientras sentía que el brío estaba volviendo a su cuerpo, lo cual confirmó al ver que tenía una importante erección y colocó su erecto miembro entre los pliegues vaginales de la morena y empezó a frotarla suavemente

    -¿William por qué estás haciendo eso? -pregunta intrigada Iris.

    -Solo estoy comprobando que tan lubricada estás -respondió sin tapujos mientras que el continuaba con su acción.

    -¿Lubricada? ¿Porque razón? -preguntó Iris, muy intrigada e inquieta.

    -¡Para poder hacer esto! -respondido al momento de penetrarla de un solo movimiento, causando que los ojos de Iris se abrieran del todo y que un sonrojo cubriera sus mejillas, mientras su boca se había quedado abierta en una perfecta imagen de sorpresa y dolor.

    -¡Eres virgen! ¡¿Como no lo sospeche antes!? -dijo William con incredulidad al notar un estallido y ver que su miembro estaba lleno de sangre.

    Normalmente el solo había tenido sexo con mujeres que ya tenían experiencia sexual, siendo las más comunes amas de casa que ya tenían un buen tiempo sin sexo o algunas jóvenes chicas que tristemente ya habían entregado su virginidad, pero esta era la primera vez que tomaba una verdadera virgen.

    -¡Por favor, sácalo! ¡ME LÁSTIMA! ¡Siento me voy a partir en dos! -suplico la morena, mientras que el continuaba con su miembro erecto en su interior.

    -Descuida preciosa ¡Dentro de poco tiempo te sentirás muy bien! -respondió William cuando empezó a moverse lentamente en el interior de la chica, dando inicio a unos agónicos minutos de intensos y dolorosos gemidos de parte de Iris, los cuales lentamente se convirtieron en gemidos llenos de placer y deseo.

    -¡Ahhh! ¡Tenías… razón… William…se-se… siente… bien… ¡MUY BIEN! ¡ …¡NO PARES POR FAVOR! -empezo a decir Iris entre gemidos, totalmente dominada por el placer.

    -Lo ves ¡Te dije que te iba a gustar! -respondió William feliz de que la morena comenzará a perder el control y empezó a besar y lamer los nuevos pechos de Iris, los cuales eran en extremo sensibles, como lo confirmó por los intensos y lascivos gemidos que salían de la boca de su compañera, mientras sus manos acariciaban cada centímetro de la excitante piel morena de su compañera, notando que pesar de ser una chica del tipo rudo y salvaje, Iris era en extremo tersa y delicada, aunque ella de manera inconsciente le retribuia con toscas caricias el trato que recibía.

    Lentamente ambos van alcanzando el orgasmo más grande que habían tenido y William no lo dudo ni por un segundo y vertió todo su semen en el interior de Iris, quien empezo a besarlo apasionadamente en los labios, dando inicio a un beso francés muy intenso, tras el cual lentamente la pareja se separó para recuperar el aliento.

    William observó atentamente a su » víctima», la cual se encuentra bañada de sudor y fluidos, e incluso pudo ver un sutil toque de su semen saliendo por los pliegues de la intimidad de esta cuando saco su pene, pero también notó que el efecto del narcóticos y del afrodisíaco de los chocolates empezaban a menguar

    Normalmente este era el momento en donde usaría a su Drowzee, lavaría la ropa que la chica tenía, la vestiria y la enviaría de vuelta a casa sin ningún recuerdo de lo que habia pasado.

    Pero en esta en esta ocasión no la haría, así que aprovechando que ella aún estaba débil por el orgasmo y rápidamente se dirijo hacia uno de los estantes de donde tomó un frasco lleno de esporas de somnífero y empapó de estas una franela limpia para dirigirse a la chica, rápidamente le cubrió su nariz y boca con la tela, mientras que Iris inútilmente intentó defenderse.

    -Tranquilízate linda, a partir de hoy cuidaré muy bien de ti -dijo William mientras veía como la chica se retorcía débilmente entre sus brazos hasta que finalmente se quedó inerte.

    Horas más tarde.

    Iris estaba sentada frente a un Drowzee, su mirada perdida indicaba que se encontraba en un profundo trance y detrás del pokémon psíquico se encontraba William, quien se encontraba afinando con gusto como seria su nueva adquisición a partir de ese instante.

    -¡Repitelo de nuevo linda!-ordeno el dulcero con un tono malicioso -¡Empezando por tu nombre!

    -Mi nombre es Trufat -respondió la morena de manera mecánica

    -¿Y cual es tu propósito, linda?

    -Trabajar para ti en la tienda y obedecerte en todo lo digas -respondió Iris con el mismo tono monótono.

    -¿Quien soy yo para ti Trufat? -pregunto William con ansiedad

    -Eres mi Jefe, mi Dueño, mi Amo, el hombre del que estoy perdidamente enamorada y por quien haría cualquier cosa.

    -¿Y cual es tu más grande sueño?

    -Estar a tu lado para siempre para servirte y complacerte en todo lo que desees William.- respondió Trufat, antes Iris, con igual monotonía.

    -¿Y cual es tu dulce favorito mi linda chica?

    -Los chocolates y caramelos, pero sobre todo la «crema» de mi Amo, necesito tenerla en mi boca y dentro de mí.

    -Muy bien cariño, entonces empecemos por tomarte las medidas para el hermoso traje que usarás el resto de tu vida ¡Ponte de pie Trufat!- ordenó William totalmente complacido por las respuestas mientras sostenía una cinta de medir.

    -¡Si, Amo William! -respondió la morena alegre poniéndose inmediato de pie.

    Tiempo después…

    Trufat había sido un cambio radical en el negocio y en la vida de William, ya que su negocio nunca antes había estado tan lleno.

    La presencia de la morena y sexy camarera le habían hecho imponer la regla del «Consumo mínimo de dos malteadas» para evitar que el establecimiento se llenará de mórbidos clientes a la espera de ser atendidos por su sexy Trufat, y no era para menos ya que el atuendo de la morena se trataba de un corto vestido de color amarillo, que dejaba ver un poco de su trasero apenas cubierto por la tanga que usaba y que en la parte de arriba dejaba ver el nacimiento de sus voluptuosos pechos.

    Por otra parte dominar a sus pokémon le costo un poco más de trabajo, pero con la ayuda de su Drowzee y de sus dulces de control tenía a la pequeña Emolga y al simpático Axew ayudando a su dueña a tomar los pedidos de los clientes. Por supuesto que el Excadrll y el asombroso Dragonite de la morena ahora eran de su propiedad y gracias a ellos ganó un poco de notoriedad, al punto de ser llamado el entrenador más poderoso de ese pequeño poblado perdido en la inmensidad de Johto.

    Cierta tarde.

    -¡Oye chica chocolate! -dijo Georgia la «caza dragones»-¿Aquí es donde se encuentra el dulcero dueño de un Dragonite?

    -¡Mi nombre es Trufat, grosera y veré si el señor William puede atenderte! -respondió la morena

    Mientras en la cocina William se encontraba frente a lo que el llamó «El máximo Choco-sexy», el cual se trataba de la misma dosis que Trufat había consumido, pero que estaba mezclado con un retardante para hacer que el efecto se demorará unos 20 minutos.

    -Ahora sólo necesito una persona con quien probarlo -dijo alegremente mientras miraba la pieza de chocolate

    -Amo William, una chica muy grosera esta preguntando por usted -dijo Trufat, inclinando la cabeza cuando entro a la cocina.

    -¿Veamos de quién se trata? -dijo William mientras veía a la persona que su empleada le señalaba: Una hermosa chica pelirroja de piel blanca y ojos verdes, que estaba en medio de su negocio. Al verla no pudo evitar sonreír e imaginarsela vestida de la misma manera que su Trufat, exhibiendo sus generosas formas mientras atendía a los clientes.

    -Dile que la atenderé en un momento, cariño- dijo mientras tomaba el chocolate y lo ponía en sus manos -Además dile que esto es una cortesía -comentó antes de darle una pequeña nalgada a la chica.

    -¡Si, mi Amo! -respondió Trufat feliz y rápidamente salió de la cocina para hacer lo que se le ordenó.

    «Creo que le quedará bien el nombre de Cherry, sólo espero que se lleve bien con Trufat» pensó William mientras veía como su nueva víctima se comía con gusto el chocolate…

    ¿Fin?