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  • Arrodillarse

    Arrodillarse

    No te voy a mentir: era una época extraña de mi vida. Julieta sonreía de oreja a oreja, mientras me jalaba de la manga para entrar a la iglesia. Entrando al atrio, sentí como los olores de la madera resinosa y del incienso se mezclaban con el húmedo olor a coco de su cabello castaño y ondulado.

    Ya adentro, se tomó de mi brazo con una inocencia perturbadora, mientras tomaba de una mesita el folleto con el salmo y las lecturas de ese día.

    —Vamos a sentarnos —me dijo. —Hoy caminamos mucho.

    La iglesia tenía un techo alto y un eco solemne. La nave era enorme y tradicional, con sus asientos de madera pasada y sus almohadillas para arrodillarse. Cerca del altar, dos o tres ancianos, hombres y mujeres, esperaban, rezaban o dormitaban —a la distancia era imposible distinguir.

    —Iglesias tan grandes parece que son para otra época —me dijo Julieta, pasando la vista por el recinto antes de sentarse en los asientos más alejados del altar y de la gente. —Casi es triste ver iglesias tan vacías.

    Su voz sonaba sincera, apagada y hueca. Yo, que sabía lo que Julieta tenía en mente, me sorprendí mucho de escucharla tan triste.

    —Es el día: supongo que nadie viene la tarde de un miércoles.

    Julieta sonrió y se sentó. Sus shortcitos negros la cubrían muy poco de sus muslos y el barniz de la madera rechinó bajo la fricción su piel. Viendo sus piernas pensé en lo que estaba pasando. Por el calor del día, Julieta se había quitado su chamarra de piel y ahora la llevaba en brazos. Su blusa de tirantes color gris permitía ver las sombras tenues que anunciaban el nacimiento de sus pechos; no sólo se veían se veían los tirantes de un brasier sin varillas, sino que las mismas copas sobresalían un poco por sobre la blusa.

    Yo nunca fui una persona religiosa, ni tengo la horrible costumbre de juzgar cómo van vestidas las mujeres, pero me provocaba una mezcla incómoda de sensaciones. Pensé que alguien llegaría a sacarnos de allí, enfurecido; pensé que había algo de ofensivo, de impío, en presentarnos así. Y también estaba inmensamente excitado.

    Me sentí mal de pensar en el cuerpo de Julieta, sentada a mi lado, y voltee a ser su cara felina y risueña. Ella no me miraba: pasaba los ojos por los retablos y las pinturas. La iglesia tenía algo de barroco (como todas las iglesias viejas de este país) y quien se sienta casi hasta atrás de todo, y ve a un lado y al otro, puede muy bien hacerse pasar por un admirador del arte. Mientras actuaba esta fachada, Julieta puso su chamarra sobre nuestras rodillas. Tembló poquito, fingiendo tener frío; se frotó las manos buscando un calor innecesario y las escondió debajo de la chamarra.

    —¿Cómo te sientes? —dijo mientras ponía su mano en mi entrepierna, para ver si tenía una erección.

    Bajó el cierre de mi pantalón y usó mi erección para calcular dónde estaba el hueco de mi ropa interior. Intentaba hacer pasar mi miembro por la cremallera, para lo que tuvo no pocas dificultades: era ya un poco más grande de lo que hubiera sido conveniente. Después de quince segundos, en los que no vio lo que hacía, ni volteó a verme en ningún momento, Julieta consiguió por fin que mi miembro saliera debajo de su chamarra. En ese momento, aunque ella intentaba ser completamente ecuánime, contemplando a San Francisco, no pudo contener una sonrisa de orgullo.

    —¿Es la primera vez que vienes a una iglesia así? —me dijo Julieta mientras empezaba a masturbarme.

    “Así” significaba “para hacer esto”. Yo sólo pude cerrar los ojos, y Julieta entendió que le estaba contestando “sí, la primera”. Julieta masturbaba muy bien, apretaba más conforme llegaba al centro de mi tronco, y tocaba con cariño apenas la banda carnosa con la que empieza el glande. Ella fue, sin dudas, la compañera más experimentada que tuve en mucho tiempo. Éramos amigos, sí, pero estas cosas pasaban cada tanto, y cada vez era más rara que la anterior.

    —No seas egoísta. Dale —me dijo mientras abría las piernas por debajo de la chamarra.

    —No creo que esté bien —me animé a decirle. Ella, por toda respuesta, me agarró más fuerte y subió un poco la velocidad. —Por favor, más lento.

    Sentí que no resistiría mucho. Ella, cuando se lo pedí por favor, disminuyó la velocidad hasta la que tenía antes de que yo hablara. Estas cosas tenían que agradecerse en nuestra relación, así que le metí la mano por adentro de su shortcito y empecé a dedearla como ella me había enseñado. Tenía que confirmar que estuviera húmera antes de empeza. Y en ese momento estaba muy, muy húmeda. Puede que la experiencia fuera nueva para mí, pero para ella seguía siendo inusualmente excitante. ¿Cuántas veces había hecho esto? ¿Con quiénes? Después, tenía que meterle dos dedos, ni más ni menos.

    Con los dedos libres tenía que rozar sus piernas y la mano tenía que aplicar una presión leve sobre su clítoris. Por fuera, los giros debían ser suaves y por dentro tenía que buscar un área rugosa y muy sensible detrás de su coxis.

    Si todo esto se hacía bien, Julieta no escatimaba en sus recompensas. Cuando nos acostábamos en mi casa, empezaba a gemir a voz en cuello, gruñéndome halagos.

    —¡Carajo, qué bien te enseñé! —me decía mientras la masturbaba a toda la velocidad que podía.

    Si todo salía bien, decía:

    —Yo también he practicado. Vas a ver que te puedo apretar mejor que antes.

    Y cuando quedábamos rendidos, concluía contando los orgasmos que había tenido. Yo suponía que todos estos halagos eran más o menos actuados. O, más bien, que a ella la excitaba oírse a sí misma, y hacerme saber que lo estaba disfrutando. En el sexo, las fronteras entre verdad y mentira son muy delgadas. Lo que quiero decir es que, siento Julieta tan abierta y sonora con su propio placer, me angustiaba mucho cómo reaccionaría en la iglesia…

    Pero en ese momento, estaba extraordinariamente callada. Sus ojos estaban cristalinos, como llorosos; se mordía por dentro el labio interior, de forma casi imperceptible; su piel, no sólo la de sus mejillas, sino también la de su pecho se había puesto inusualmente roja. Esta reacción me excitó aún más y la masturbé, no con mayor velocidad, pero sí intentando ser más preciso. Sentía como se iba cerrando y cerrando, hasta que finalmente, apretó las piernas de golpe, lastimándome un poco la mano, y se giró de golpe a darme un beso profundo… y muy inoportuno.

    Duró un momento, pero coincidió con un momento en el que se paró uno de los ancianos de enfrente, y caminó hacia nosotros. Creímos que allí se había terminado, y con toda la sutileza y la frialdad que pudimos, sacamos las manos de la chamarra e hicimos con ellas algún gesto cotidiano, como si quisiéramos decir que no nos habíamos estado tocando. Creo que hasta improvisamos una conversación tonta, quién sabe sobre qué. Sea porque tuvo piedad de nosotros, sea porque nuestra actuación le pareció convincente (lo que es poco probable), sea porque de verdad ni nos había visto, el anciano salió de la iglesia y no pasó nada.

    El silencio que quedó era diferente al silencio de antes. Era el silencio del éxito y del peligro: del haber estado a punto de ser vistos, pero no. Julieta y yo nos miramos. Ella estaba agitada y roja, sonriendo de satisfacción y de victoria. Yo no tengo idea de cómo estaba, pero ella se burló de mí, así que creo que debí estar igual.

    Más animada, Julieta se arrodilló enfrente mío y empezó a masturbarme. La chamarra le estorbaba y la arrojó al piso para hacerse un cojincito (la almohadilla para los rezos le quedaba un poco lejos en esa posición).

    —¡No! —le dije yo entre dientes. —Ya hay que irnos.

    Al día de hoy, no he estado con nadie que haga sexo oral como Julieta. La manera en la que creaba vacío y la destreza de su lengua es algo que muy difícilmente se puede comparar, pedir y enseñar a una pareja. ¿De dónde habrá sacado ella esa técnica? Me iba besando el tronco, pasaba el glande por sus labios y luego se introducía todo aquello, con una rapidez pasmosa.

    —Va a venir alguien en cualquier momento, y ya no tenemos la chamarra para taparnos —le dije, preocupado de verdad.

    —Si es mujer, que se vaya a la verga. Si es hombre, lo sobornamos —dijo, y luego empezó a pensar cuidadosamente lo que quería decir. —Me le acerco y le digo que compramos su silencio… Que puedes compartirme. Y le hago una mamada en vez de a ti, y dejo que me coja en cuatro en este mismo asiento, o dejo que me coja en vilo mientras tú me sostienes.

    Tomaba varios espacios para hablar, en los que se sacaba mi miembro de la boca, y solamente me masturbaba. Al final golpeo mi miembro contra una mejilla y luego contra la otra. Eso fue demasiado para mí, y le dije que “iba a venirme”.

    —¡No! Pero si aún no hemos cogido en una iglesia.

    Y ella paró. Yo era más joven, tienen que entender eso. Y era también más orgulloso: sabía que ella me estaba molestando. Sabía que ella se había detenido para que yo la buscara. ¿Qué cómo lo sé? ¡Porque se quitó el shortcito inmediatamente después! La recliné con ansiedad pero con toda la delicadeza que pude y la penetré de golpe. La posición era de lo más incómoda. Una de sus piernas había pasado por detrás del respaldo de madera, y yo apoyaba una rodilla en el asiento, mientras la otra mitad de mi cuerpo se sostenía como si estuviera erguido. Más que hacer un misionero, cogíamos en diagonal, tratando de ajustarnos a las rígidas formas y a los huecos de esa banca.

    Julieta estaba cálida y estrecha, y tenía en sus labios una sonrisa de vencedora. ¿Me había vencido a mí, que había terminado rindiéndome al deseo? ¿A la Iglesia como institución, con la que ella tendría no sé qué problemas? ¿A la vida, que se había esforzado en no hacerla feliz? No lo sé. Pero me apretaba deliciosamente y yo mismo empecé a sonreírle con malicia. Nos besamos y acabé dentro de ella.

    Nos arreglamos, nos vestimos y salimos. Nosotros no vimos que nadie nos viera. Hace años que no veo a Julieta. Hace años también que no voy a una iglesia. Pero, durante estos años, nunca he podido ver igual que antes a la gente cuando se arrodilla.

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  • Destinado a los cuernos (3)

    Destinado a los cuernos (3)

    Así continuo mi relación con Cami, todo parecía ir bien, como pareja nos entendíamos mejor y comenzábamos a crear un proyecto de vida, ya saben, pensar en el futuro, lo cual es señal de una relación sana y duradera. Para nuestras familias todo iba en serio, la idea de vivir juntos nos atraía, aun sin casarnos por supuesto, tema que no parecía ser del agrado de nuestros padres, pero viendo que no íbamos tan mal tendrían que resignarse y aceptarlo.

    En el sexo… nos atraíamos, jugábamos a seducirnos, se vestía sexy con su ropa de calle y sexy en su ropa interior, se había vuelto más sexual, me demostraba que su cuerpo joven ardía de deseo, normal en el sexo de cualquier pareja joven, bueno, casi normal excepto por un detalle, en la cama nunca faltaba el nombre de Fernando. Cada vez que hacíamos el amor, fantaseábamos con él, con lo que había pasado y con lo que deseábamos que pasara, como pareja estábamos de acuerdo en nuestro deseo, sin embargo, en la realidad pasaba otra cosa.

    Fer se había alejado de Cami, ya no se hablaban ni se frecuentaban, así que, aunque lo habíamos vuelte a poner sobre la mesa entre nosotros, lo difícil sería hacer que Fer aceptara, pero debo decir que lo intentamos. Ella lo contacto y sin tanto rodeo, se lo volvió a proponer, al principio pareció agradarle la idea, hasta que cayo en cuenta que se trataba de lo mismo, él, ella y yo.

    Aunque se le dejo claro que solo ellos tendrían sexo y yo solo seria un espectador, en ese punto se perdió todo, él intento persuadirla, quería tener sexo con ella, pero no me quería ver como observador, como pareja no tuvimos ninguna duda y lo dejamos ahí, decepcionados por el nuevo intento fallido aceptamos que con Fer no iba a pasar nada ya.

    Eso no nos limitó en el sexo, de poco en poco comencé a hacerle ver que no solo Fer la deseaba, le pedí que observara su entorno y se diera cuenta quien la miraba, quien la coqueteaba. Así, en el trabajo salieron muchos candidatos, compañeros de su edad que de vez en cuando coincidíamos en las salidas a bares, ella gustaba de coquetear con ellos, provocarlos, aceptar salir de copas y a la hora de la hora, me llevaba como su acompañante, parando las intenciones de cualquiera de ellos.

    Nos parecía gracioso, pues ninguno de ellos continuaba con el coqueteo después de verme con ella, era entendible, respetaban y no se arriesgarían a tener un problema con ella o conmigo, pero igualmente nos servía para alimentar nuestra fantasía, la cual en un corto periodo tuvo muchos nombres, Pablo, Miguel, Juan y otros tantos más, hasta que llego Israel.

    Israel era diferente a los demás chicos, de hecho, no era ningún chico, pues ya tenía 45 años, de tez morena, él no era de oficinas, sino que se encargaba del transporte en una camioneta de carga pesada, por consecuencia tenía brazos fuertes, manos duras y un carácter duro. Como mi novia siempre había sido amable con todos, no tenía ningún problema con entablar conversación con él, cada que lo encontraba platicaban y se conocían mejor, supo así que estaba casado y era padre de tres, una hija y dos varones.

    Al principio me platicaba sobre él y no le daba mayor importancia, no consideraba que le agradara para la fantasía alguien tan mayor y menos con esposa, hasta pasando un tiempo me comento que debido a las altas horas de la noche en que salían y ya que mi horario laboral no coincidía con el suyo, el señor Israel se había ofrecido a acompañarla. Así fueron unos días, todo normal hasta que Cami me platico que el señor había subido de tono la conversación, ya saben, el clásico “eres muy guapa”, “si yo fuera más joven”, a lo que ella solo reía sin tomarlo con mucha seriedad.

    Yo le pregunte si le incomodaba lo que le decía, Cami dijo que no le molestaba, de hecho, si le parecía halagador que un hombre con sus años le coqueteara.

    K: te incomoda lo que te dice el señor Israel

    C: no mucho, de hecho, me halaga un poco que un hombre de su edad se fije en mi

    K: bueno, seguro que a él si le gustas, así que intenta ver si algo te puede sacar

    C: seguro que sí, ¿tu como hombre que piensas que busca?

    K: es obvio, quiere tener sexo contigo

    C: no lo creo, es casado y su esposa viene a veces, no creo que quiera meterse en problemas

    K: seguro que piensa que tú vales esos problemas

    C: jaja, oye…

    K: ¿qué pasa?

    C: ¿y si le coqueteo como a los demás?

    K: ¿pues si no te incomoda coquetear con un hombre mayor?

    C: ¿a ti te incomoda que coquetee con un hombre mayor?

    K: no, seguro reacciona igual que los demás cuando me vea

    C: ok, pues jugaremos un rato con él

    Decidida a que solo era un juego, ella comenzó a aceptar sus halagos y hasta a contestarlos pícaramente, el señor Israel estuvo teniendo cuidado de a donde lo llevaría el juego, pero de poco en poco se soltó más subiendo sus apuestas y termino proponiéndole una salida.

    I: ¿qué tal si salimos a tomar algo?

    C: claro, al bar que frecuentamos todos los de la oficina

    I: no, me refiero a algo mas privado, solos tú y yo

    C: ¿no cree que se está tomando mucha confianza?

    I: no pienses mal, solo digo que busquemos un lugar donde podamos platicar mejor, sin ninguna otra intención

    C: no lo sé, podría mal interpretarse, además tengo novio y no quiero malentendidos con él

    La invitación quedo así, Cami jugaba con él, pero tampoco es que pensara aceptar a salir y menos a solas, podría ser menor que Israel, pero no era nada inocente, sabía que de aceptar eso solo tendría un fin. Israel no desistió, los días que podía acompañarla lo hacia y siempre buscaba la forma de recordarle su propuesta, esto tenia a Cami muy sensible y todo eso lo desahogaba en la cama conmigo.

    Ahora la fantasía tenia nombre de Israel, a ella le gustaba sentirse deseada por un hombre mayor y casado, y lo mismo me pasaba, saber que alguien no parecía molestarle que tuviera novio me causaba vértigo, pero en el fondo pensaba que seria tal cual que los demás, así que un día planeamos que yo llegaría de sorpresa por ella. A la salida de su trabajo, ella salió como de costumbre, la vi caminar a lo lejos y detrás de ella salió corriendo Israel, es verdad que se les veía animados, con una buena química, como si de verdad fueran una pareja, hasta que al fin los tuve cerca de mí.

    Me acerque saludándola de beso y ella me correspondió, Israel se quedo pensando por un momento, pero pronto cayo en cuenta de que estaba frente al novio de Cami, para romper el hielo salude.

    K: mucho gusto, Karin para servirle

    I: hola que tal, mucho gusto

    C: te presento al señor Israel, un compañero

    K: así que usted es Israel, me han hablado un poco sobre usted

    I: espero que solo cosas buenas

    K: bueno, si, bastantes cosas

    I: igual me han hablado de ti, debo admitir que por como Cami hablaba creí que serias un poco mayor

    C: de hecho, es menor a mí por unos meses

    I: ¡como!, ¿sales con un niño?

    C: solo es poca la diferencia, además, por mi complexión siempre parezco menor de lo que soy

    I: es verdad, a mi lado casi pareces mi hija

    C: si, por la edad bien podría ser usted mi padre

    I: bueno, un gusto conocerte Karin, cuida mucho de Cami, no me la dejes tan sola

    K: no se preocupe, le aseguro que estaré más seguido por aquí

    Lejos de lo que había imaginado, la realidad es que el ambiente fue bastante tenso, a diferencia de los demás compañeros de Cami, el señor Israel no se mostro perturbado por mi presencia, de hecho, aprovecho para imponerse un poco, al final de nuestra pequeña conversación se despidió de mi sujetándome fuerte la mano y con su mirada fija en la mía, de inmediato note la diferencia de fuerza, tamaño y firmeza, lo de transportista de carga no era en vano, una vez que me soltó se despidió de Cami tomándola por la cintura y acercándola a él con la misma fuerza e intensidad con la que me había sujetado la mano, le dio un beso en la mejilla y nos dejó solos.

    Nos miramos y entendimos lo que había pasado, nos dirigimos hacia mi departamento con mucha prisa por llegar, una vez ahí, nos besamos apasionadamente, despoje a Cami de su ropa, la recorrí con mis manos y la recosté, la comencé a besar por sus piernas y rosando cerca de su sexo, la respuesta de su cuerpo era increíble, se arqueaba y gemía cada vez que pasaba cerca de su vagina, subí un poco más y de nuevo la bese en la boca, pero a su vez, jugueteaba con mis dedos en su entrada.

    K: dime, ¿fue como esperabas?

    C: algo así, ¿y tú?

    K: creí que sería como los demás, que me vería y se iría

    C: pues ya ves que no fue así

    Su respiración se incrementaba conforme conversábamos sobre lo sucedido, yo a modo de tortura la rosaba en su intimidad, pero no introducía mis dedos en su interior.

    K: ¿y cómo te sientes?

    C: ¡Yo!, ¿cómo te sientes tu?

    K: no lo sé, algo molesto supongo, se pasó un poco de la raya

    C: ¿por lo que te dijo?, ¿te hizo sentir como un niño?

    K: en parte, me recalco que era menor a ti

    C: jaja, ¿eso creíste?

    K: si, me dijo que era niño comparado contigo

    C: no… te dijo que eras un niño comparado con él

    No lo había pensado así, pero quizás era cierto, Cami había percibido algo diferente a lo que yo, sin más preámbulo, introduje sus dedos en su interior y la comencé a estimular.

    K: ¿y tú crees que es verdad?

    C: pues sí, el es mayor que tú y que yo

    K: no me refiero a eso

    C: ¿entonces?

    K: si crees que es un hombre más adecuado para ti

    C: no… al menos no como pareja

    La humedad que podía sentir en el interior de Cami era muy abundante, como pocas veces o quizás como nunca la había sentido antes, así como la tenía recostada le abrí las piernas y la penetre, la embestía con fuerza, pero viéndola directo a la cara, para contemplar su cara rendida al placer.

    K: ¿sino como pareja, entonces como qué?

    Ella estaba excitadísima, gemía pero se aguantaba las palabras, yo acelere mi ritmo buscando estimularla aun más, espernado sus contracciones, una vez que llegaron le insiste

    K: ¿entonces como qué?

    C: como amante

    K: eso quieres que sea el señor Israel

    C: ahhh

    K: dilo, ¿Qué quieres que sea el señor Israel?

    C: quiero que sea mi amanteee

    Tras sus palabras, los dos tuvimos un orgasmo intenso como pocas veces, lo que había ocurrido con él nos había brindado sensaciones muy intensas que pudimos explotar durante el sexo en pareja, si bien había cosas que sopesar, los dos estábamos de acuerdo en que nos había gustado la forma en que el señor Israel nos había tratado. Sin querer, habíamos descubierto que los hombres mayores tienen algo particular, testosterona quizás, que los hace más atractivos y definitivamente la testosterona del señor Israel, hacia que Cami se sintiera atraída por él.

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  • Encuentro romántico

    Encuentro romántico

    Al llegar a su portal, Marta ve cómo de un vehículo negro aparcado enfrente baja Marcus.

    -¡Hola, guapa! ¿Qué tal? Te invito a cenar. ¿Aceptas? He tenido un día movido en el ayuntamiento.

    -¡Genial! Tómate una copa mientras me ducho y me arreglo. ¡Vaya tarde he tenido yo también en la facultad!

    Poco después, envuelta sólo con una toalla, sale del baño y allí de pie en el dormitorio está Marcus con un whisky en la mano.

    -¿Me das un sorbito? -le pregunta ella insinuante.

    -Claro, rubia…

    -¿Te han dicho alguna vez que te pareces a Daniel Craig?

    -Muchas.

    -¿Me quieres un poco?

    -Un poco.

    -¿Y hoy me vas a querer más?

    -Mucho más…

    La toalla se desliza hasta el suelo y entre sus brazos Marta se deja hacer, abismada en sus ojos azules, se deja caer como en las aguas transparentes de un pozo profundo.

    Siente el roce levemente áspero de su mejilla en la suya, la mano ruda en su nuca, el aroma a jazmín y a cuero de su perfume, la lengua jugando con sus lóbulos, abriéndose paso entre sus labios; su mano, mientras el beso la deja sin respiración, recorriendo su espalda hasta las nalgas, su miembro erecto, aprisionado en el pantalón, presionándola en el vientre.

    Marta le desabotona la camisa mientras levanta la vista para ver la reacción en sus ojos. Le besa el torso, los pezones, mientras palpa, ahora el bulto en sus bóxers, ahora su culo musculado.

    Ya no le importa lo que fue o lo que será, sólo lo que es y pasa ahora.

    De rodillas, le baja los bóxers y se introduce la polla, dura como una piedra, en la boca, la ensaliva, le chupa el glande y los testículos mientras le araña las nalgas y él le agarra la cabeza.

    Marcus, ya desnudo, la tumba en la cama y, sobre ella, sujetándole los brazos por encima de su cabeza, la vuelve a besar, lentamente, degusta sus pechos como fruta madura y luego desciende al vértice de su sexo húmedo para comérselo con ansia. Le abre los labios para que su lengua entre profundamente mientras con dos dedos masajea su clítoris. Marta gime, mojada, apretándose las tetas y arqueándose con las piernas separadas.

    Siente ahora cómo el pene con el capullo fuera la penetra despacio, cómo entra y sale repetidamente y los fluidos resbalan por sus ingles. El aliento dulce de Marcus, jadeando, en su oreja.

    Se muerden y los movimientos se aceleran como sus latidos. Cree flotar y, ensartada, un orgasmo nace en su coño y se irradia a todo el cuerpo, se estremece ante las sacudidas de las caderas del hombre. El tiempo parece detenerse. “¡Que no termine nunca!”.

    Marcus la gira y, colocándola a cuatro patas, la sigue follando desde atrás, tirando de su melena rubia sin que sienta dolor, sólo placer. Cada vez bombea a más velocidad mientras le estruja las tetas

    -Rubia… me corro… -murmura.

    -Sí… hazlo en mi culo…

    Y, extrayendo su miembro, eyacula entre gritos sofocados. El semen abundante se derrama en la piel blanca de Marta mientras ella posa la mano en su sexo, que parece estar en carne viva.

    Marcus la acoge entre sus brazos y se besan de nuevo.

    -Esto, preciosa, es el aperitivo. A la vuelta de la cena, nos comemos juntos… el postre.

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  • Eco de sus abrazos (1)

    Eco de sus abrazos (1)

    Desde que tengo memoria, Jessica Barajas ha sido parte de mi mundo, un destello constante en el lienzo de mi vida, aunque al principio no lo sabía. Era 1996, yo tenía 11 años, un niño flaco con el cabello desordenado y sueños más grandes que mi cuerpo, cuando la vi por primera vez, una bebita envuelta en una manta rosa, con ojitos café que parpadeaban como estrellitas en la penumbra de la sala de los Barajas.

    Vivíamos en la misma calle, casas separadas por un par de jardines descuidados, y nuestras familias, unidas por años de vecindad, hacían que nuestras vidas se entrelazaran como las raíces de los árboles que sombreaban nuestra colonia. Yo no entendía entonces que esa niña, con su llanto suave y sus manitas diminutas, plantaría una semilla en mi alma, una que crecería hasta convertirse en una obsesión que me consumiría años después.

    Los años pasaron, y Jessica dejó de ser esa bebita para convertirse en una presencia que no podía ignorar. A sus 18 años, en 2014, mientras yo, a mis 29, navegaba la vida adulta con un trabajo de oficina y un corazón inquieto, ella se transformó en una visión que me robaba el aliento. Su cabello lacio, negro como la medianoche, caía en cascada sobre sus hombros, brillando bajo el sol de la Ciudad de México como si estuviera tejido con hilos de obsidiana.

    Su carita finita, de rasgos delicados como los de una princesa de cuento, tenía una dulzura que contrastaba con el fuego que ardía en sus ojos color café, profundos, con pestañas largas que parecían susurrar promesas prohibidas. Pero era su cuerpo, Dios, su cuerpo, lo que me volvía loco, lo que me hacía perder la razón cada vez que la veía salir de su casa con shorts ajustados o un vestido que abrazaba sus curvas.

    A los 18, Jessica ya era una diosa en ciernes, su figura esbelta, pero con pechos firmes que tensaban las blusas, y unas nalgas perfectas, que se movían con una cadencia hipnótica al caminar, cada paso era un recordatorio de mi deseo creciente. Sus piernas, largas y tonificadas, brillaban con un bronceado natural, y su cintura estrecha parecía diseñada para ser rodeada por mis manos, para ser apretada mientras imaginaba su piel cálida bajo mis dedos. No era solo su belleza; era la manera en que se movía, con una sensualidad inconsciente que encendía mi sangre, una mezcla de inocencia y provocación que me hacía cuestionar mi cordura.

    Ahora, a sus 21 años, en 2017, Jessica se había convertido en una obsesión que consumía cada rincón de mi mente. El ejercicio había esculpido su cuerpo hasta la perfección, sus nalgas más firmes, más redondas, resaltando en leggings que se adherían como una segunda piel, delineando cada curva, el contorno de un tanga apenas visible cuando se agachaba a recoger algo en el jardín. Sus pechos, más llenos, rebotaban ligeramente al correr por las mañanas, los tops deportivos luchando por contenerlos, sus pezones endurecidos marcándose bajo la tela sudada.

    Su abdomen, plano y definido, brillaba con gotas de sudor que se deslizaban hacia la cinturilla de sus leggins, y su cabello negro, ahora más largo, se balanceaba como un velo de seda, invitándome a perderme en él. Cada vez que la veía, mi pene se endurecía, palpitando bajo mis pantalones, mi corazón latía con una mezcla de nostalgia por los días en que éramos solo vecinos y un deseo que me quemaba por dentro.

    Recuerdo perfectamente que cuando Jessica tenía 19, aún parecía no ser consciente del poder devastador de su belleza. Una joven radiante, con una sensualidad inconsciente que me volvía loco. Pero lo que me destrozaba era su inocencia, su forma de correr hacia mí cada vez que me veía, como si fuéramos niños otra vez, y se aventaba a mis brazos, rodeando mi torso con sus piernas, abrazándome con una fuerza que me dejaba sin aliento.

    Una tarde en particular, mientras el sol se ocultaba, tiñendo la calle de tonos anaranjados, ella salió de su casa, su cabello estaba suelto, llevaba una camiseta ajustada marcando sus pechos, y unos shorts que abrazaban sus nalgas, revelando la curva perfecta de sus muslos tonificados.

    —¡Daniel! —gritó, con una alegría que me desarmaba, corriendo hacia mí con esa energía desbordante, mientras sus pechos rebotaban y sus nalgas se meneaban.

    Antes de que pudiera reaccionar, se lanzó a mis brazos, sus piernas nuevamente rodearon mi cintura, sus muslos firmes se apretaban contra mi torso, su cuerpo cálido presionaba contra el mío. Podía sentir cada centímetro de su piel, el calor de sus nalgas rozando mi pelvis, su vulva, apenas cubierta por los shorts y una tela fina que imaginaba como un cachetero, tallándose contra mi erección, que palpitaba dolorosamente bajo mis jeans. Intenté mantener la compostura, mis manos temblaban mientras la sostenía por la cintura, sus senos presionaban contra mi pecho.

    —Te quiero tanto —dijo, con una hermosa voz suave, casi un susurro, mientras se aferraba a mí, con su rostro enterrado en mi cuello, sus labios rozando mi piel, su aliento cálido enviando escalofríos por mi espalda—. Siempre serás mi amigo, ¿verdad?

    Esas palabras eran un puñal, destrozándome el corazón mientras avivaban el fuego de mi deseo. —Siempre, Jessy —respondí, temblando, mientras mis manos, incapaces de resistir, rozaban la curva de su cintura, sintiendo la piel cálida bajo la camiseta, tentado a deslizarlas más abajo, a sus nalgas, a apretarlas como en mis fantasías.

    Se quedó así varios minutos, abrazada a mí, su cuerpo pegado al mío, sus nalgas rozando mi erección, su vulva presionando contra mí, cada movimiento suyo era un tormento exquisito. No parecía notar el efecto que tenía en mí, o quizás lo hacía y no le importaba, su inocencia era un contraste cruel con la lujuria que rugía en mi pecho. Cuando finalmente se bajó, me dejó con el corazón acelerado, el pene palpitando, y una mezcla de amor y frustración que me consumía.

    —Nos vemos mañana —dijo, girándose con una sonrisa que era pura tentación, dejándome solo con mi deseo.

    Esos abrazos dejaron de suceder, tal vez se dio cuenta de lo exquisita que está, o mis erecciones la incomodaron, no lo sé realmente. Pero me he sentado en la ventana de mi habitación, fingiendo leer, aunque en realidad me la paso observándola mientras regaba las plantas o charlaba con su madre en el porche. Mi mente, traicionera, la desnudaba, imaginando su vagina reluciendo con jugos, sus nalgas ardiendo bajo mis nalgadas, sus gemidos resonando mientras la penetraba en cada rincón de mi fantasía.

    Escribía en secreto, páginas llenas de descripciones de su cuerpo, de cómo la tomaría contra la pared de su casa, su cabello negro enredado en mis dedos, sus pechos rebotando, sus jugos empapándome. Me masturbaba con furia, el recuerdo de su carita de princesa, de sus nalgas perfectas, llevándome al borde, mi semen salpicando mientras susurraba su nombre, un eco de mi obsesión que no podía apagar.

    —Oye, ¿Por qué te has vuelto tan serio? —dijo Jessica una tarde, mientras yo pasaba por su casa, fingiendo un recado, mi mirada quedó atrapada en sus leggins negros, sus bellas nalgas resaltaban, y su top deportivo dejaba entrever el borde de sus pechos.

    —Creo que es por el trabajo —mentí, realmente soñaba con que me volviera abrazar como antes, mi pene se endurecía al ver su cabello lacio pegado a su cuello sudoroso, sus labios carnosos curvándose en una sonrisa que era pura tentación.

    —Algún día me contarás qué tienes en esa cabeza, Daniel —respondió, guiñándome un ojo, sus caderas se meneaban mientras entraba a su casa, dejándome con el corazón acelerado y una erección que dolía.

    Cada encuentro era un recordatorio de mi fijación, un fuego que había comenzado cuando ella cumplió 18 y que ahora, a sus 21, me tenía atrapado en un infierno de deseo. Era mi vecina, la niña que había visto crecer, pero también la mujer que poblaba mis sueños más oscuros, su cuerpo un templo que anhelaba profanar, su carita de princesa una máscara que escondía la lujuria que imaginaba en sus ojos. Y aunque sabía que mi obsesión era un camino peligroso, no podía evitarlo: Jessica Barajas era mi maldición, mi musa, mi todo.

    El 19 de septiembre de ese mismo año, la Ciudad de México tembló bajo el peso de un terremoto que sacudió nuestras vidas a la 1:15 de la tarde aproximadamente. Yo estaba en mi habitación, revisando un manuscrito, mi mente como siempre estaba atrapada en la imagen de Jessica.

    El suelo comenzó a rugir, un estruendo profundo que hizo temblar las paredes, los vidrios vibraron como si fueran a estallar. Grité, —¡Mierda, un terremoto! —y corrí hacia la calle, mi corazón latía con adrenalina, mientras los vecinos salían en estampida, sus voces se mezclaban con el crujido de la ciudad. El aire estaba cargado de polvo y pánico, las casas de la colonia se balanceaban, y entonces la vi: corriendo desde su casa, desnuda, con agua goteando de su piel, su cuerpo brillando bajo la luz del sol. Había salido de la ducha, olvidando su toalla en el frenesí por salvarse, y la visión de su cuerpo me golpeó como un relámpago.

    Era una diosa expuesta, con su piel cremosa reluciendo con gotas de agua, sus pechos firmes, llenos, rebotando con cada paso, los pezones rosados endurecidos por el frío y el miedo, cada curva era un testimonio de su perfección, y su vello púbico, depilado en forma de un corazón delicado, enmarcaba su vagina, los pliegues rosados apenas visibles, reluciendo con el agua que se deslizaba por sus muslos tonificados. Mi pene se endureció al instante, palpitando bajo mis jeans, mi deseo por poseerla en ese momento era más grande que la adrenalina del sismo, un fuego que rugía en mi pecho, amenazando con consumirme.

    Los vecinos la miraban, algunos con asombro, otros con vergüenza, pero yo solo veía a Jessica, mi Jessica, vulnerable y exquisita. Me quité la camisa con un movimiento rápido, el aire frío rozó mi pecho, y corrí hacia ella, mi corazón latía con una mezcla de urgencia y lujuria.

    —¡Jessica, aquí estoy! —grité, envolviéndola con mi camisa, la tela cubrió sus pechos, un poco sus nalgas, pero no antes de que mi mente grabara cada centímetro de su cuerpo desnudo, un cuadro que alimentaría mis fantasías por años.

    Ella se abrazó a mí, su cuerpo temblaba, el agua de su piel empapaba mi pecho, sus pechos se presionaban contra mí, podía sentir sus pezones endurecidos.

    —Gracias, Daniel, gracias —sollozó, rota por el miedo, sus brazos rodearon mi cuello, su carita de princesa se enterró en mi hombro, su cabello negro, mojado, se pegaba a mi piel.

    El sismo duró casi un minuto y medio, la tierra rugió bajo nuestros pies, pero para mí, el mundo se redujo a ella, a su cuerpo cálido contra el mío, su aliento cálido en mi cuello. Mis manos acariciaron su cabello, los mechones sedosos deslizándose entre mis dedos, mientras intentaba calmarla.

    —Tranquila, Jessy, estoy aquí, siempre estaré aquí —susurré, con una devoción que era tanto amor como deseo.

    Ella no se apartó, sus piernas se pegaron contra las mías, el calor de su piel traspasaba la camisa, su vello púbico en forma de corazón ahora quedaba grabado en mi mente como un tatuaje. Mi pene palpitaba, endureciéndose más, rozando su muslo a través de los jeans, y aunque sabía que el momento era de peligro, no podía evitar recordar que estaba ahí, completamente desnuda. Pero me contuve, mi mano acariciaba su cabello con suavidad, mi otra mano en su espalda, sintiendo la curva de su columna, tratando de anclarme a la realidad, a mi promesa de protegerla.

    —Eres el mejor, Daniel —murmuró, levantando la cabeza, sus ojos estaban llenos de lágrimas, sus labios carnosos a centímetros de los míos, su aliento cálido rozando mi rostro—. No sé qué haría sin ti.

    —Siempre estaré para ti —respondí, resistiendo la urgencia de deslizar mi mano más abajo, a sus nalgas, a apretarlas como en mis sueños más oscuros.

    El sismo terminó, el silencio cayó sobre la calle, pero ella no se apartó, sus brazos aun me rodeaban, la camisa apenas cubría sus nalgas. Los vecinos comenzaron a dispersarse, murmullos de alivio llenando el aire, pero yo solo podía pensar en ella, en su cuerpo desnudo, en el corazón de vello púbico que había visto, en el deseo que me quemaba.

    Esa noche, después de revisar que la estructura de mi casa estuviera bien, en la tranquilidad de mi cuarto, escribí una historia febril, describiendo cómo la tomaba en el césped bajo la lluvia, sus nalgas abiertas para mí, su vagina jugosa, recibiendo mi pene, mientras ella gritaba mi nombre. Me masturbé con furia, mi semen salpicó el escritorio, pero la imagen de Jessica, desnuda, temblando en mis brazos, no me abandonaba y supe que, aunque el terremoto había pasado, el verdadero temblor estaba en mi alma.

    Dos días después del sismo, la ciudad era un caos de sirenas, escombros y luto. Las noticias inundaban cada rincón con imágenes de edificios colapsados, historias de desaparecidos y el eco de un dolor colectivo que pesaba en el aire. Yo me había encerrado en mi departamento, huyendo de las redes sociales, incapaz de soportar más tragedias en mi pantalla. Mi mente, sin embargo, no estaba en los titulares, sino en mi vecina de 21 años, cuya imagen desnuda durante el sismo seguía grabada en mi alma como un tatuaje ardiente.

    Esa noche, mientras la ciudad intentaba recuperar el aliento, mi teléfono vibró con un mensaje de WhatsApp. Era ella. Mi corazón dio un vuelco al ver su nombre en la pantalla, y abrí el chat con las manos temblando, mi respiración agitándose.

    —Daniel, perdón por quedarme con tu camisa —escribió Jessica, su mensaje estaba acompañado de un emoji de carita apenada—. Estaba tan asustada ese día, no sé ni cómo salí corriendo así. Gracias por ayudarme.

    Me senté en el borde de mi cama, mi cuarto estaba iluminado solo por la luz tenue de una lámpara, el aroma de café frío llenaba el aire.

    —No te preocupes, Jessy, lo importante es que estás bien —respondí, mis dedos temblaban.

    —Fue horrible, ¿verdad? Sentí que todo se iba a caer —escribió, y pude imaginar su carita de princesa, esos ojos café profundos frunciéndose con el recuerdo, sus labios carnosos formando un puchero que me hacía querer besarla hasta perder el aliento.

    —Demasiado. Pero tú corriendo así, sin toalla, me dio más miedo que el sismo —bromeé, mi pulso se aceleró, tentando el terreno, mi pene palpitaba bajo mis pantalones al recordar su vello púbico en forma de corazón.

    —Ay, qué vergüenza —respondió, con un emoji de risas, seguido de otro mensaje—. No me hagas acordarme, qué oso. Pero gracias por cubrirme, eres un caballero.

    —Caballero con esfuerzo, Jessy. No fue fácil mantener la calma viéndote así —escribí, mi tono subía un poco, mi deseo se filtraba en las palabras, mi mano rozaba mi entrepierna, sintiendo la dureza de mi erección.

    Hubo una pausa, los puntos suspensivos en la pantalla me torturaban, hasta que respondió.

    —No seas malo. Aunque… no voy a mentir, me sentí segura contigo abrazándome —escribió, y mi corazón latió con fuerza, imaginando su cabello lacio, negro como la medianoche, cayendo sobre sus hombros, su carita de princesa sonrojándose, sus pechos moviéndose con cada respiración.

    —Siempre te voy a proteger. Pero no me hagas verte así otra vez, porque no sé si pueda seguir siendo solo tu vecino —respondí, mi voz interior temblaba, con mi mente atrapada en la fantasía de desnudarla, de lamer sus pechos, de apretar sus nalgas redondas, firmes, que había visto relucir bajo aquel sismo.

    —Daniel, no digas eso —escribió, pero añadió un emoji de guiño, y supe que estaba siguiendo el juego, su inocencia estaba mezclada con una chispa de provocación que me enloquecía—. Mira, hablando de ese día, me rasguñé el hombro al volver a casa.

    Un segundo después llegó una foto que hizo que mi respiración se detuviera. Era ella, de pie frente a un espejo, sosteniendo su teléfono con una mano, la otra levantando su cabello para mostrar un rasguño leve en su hombro, una marca rosada que apenas rompía la piel cremosa. Pero la imagen era mucho más: llevaba una camiseta sin mangas, ajustada, que dejaba entrever el borde de sus senos.

    Su carita de una princesa, con esos ojos café y labios carnosos, tenía una expresión entre inocente y vulnerable, pero el espejo detrás revelaba el verdadero espectáculo: su espalda, curvada con elegancia, sus nalgas redondas, resaltadas por un cachetero blanco que abrazaba cada centímetro, y sus piernas tonificadas, brillando bajo la luz de su baño. Mi pene se endureció al instante, palpitando dolorosamente, mi mano temblaba mientras agrandaba la foto, cada detalle de su cuerpo avivaba el fuego que me consumía.

    —Jessy, ese rasguño no es nada comparado con lo que me haces con esa foto —escribí, mi tono era audaz, mi deseo se mostraba en las palabras—. Eres demasiado, no sabes lo que provocas.

    —Ay, solo quería mostrarte la herida —respondió, con otro emoji de risas, pero luego añadió—. Aunque… me gusta saber que te preocupas por mí. ¿Qué harías si estuvieras aquí ahora?

    Mi corazón dio un salto, mi pene pulsó, mi mente la imaginó en mi cama, con sus nalgas temblando bajo mis manos, su vagina siendo invadida por mi penetración, mientras sus gemidos eran percatados por los vecinos.

    —Si estuviera ahí, no sé si podría solo cuidarte el hombro —escribí, mi respiración se agitó, mi mano rozó mi erección, tentado a masturbarme con la foto aún en la pantalla—. Querría abrazarte como el otro día, pero más cerca, más tiempo.

    Respondió con un emoji de carita sonrojada, pero su mensaje tenía un matiz juguetón, y añadió.

    —Me gusta que seas así, pero… mejor me voy a dormir antes de que digas algo que me haga sonrojar más.

    —Descansa, princesa —escribí, mi corazón latía con fuerza —. Pero no te olvides de que no puedo dejar de pensar en ti.

    —Buenas noches —respondió, con un último emoji de guiño, y la conversación terminó, dejándome solo en mi cuarto, con la pantalla del teléfono iluminando la foto de Jessica, su cuerpo era un templo que anhelaba profanar. Me masturbé con furia, imaginando su carita de princesa gimiendo mi nombre, sus nalgas siendo secuestradas por mis manos, y sus pechos rebotando mientras me la cogía. Mi semen cayó el suelo, pero la frustración no se desvanecía. Jessica, con su inocencia y su provocación, me tenía atrapado, y cada mensaje, esa foto, era una chispa que amenazaba con incendiar mi alma.

    Al día siguiente mi teléfono vibró de nuevo, y el nombre de Jessica en la pantalla hizo que me volviera a emocionar.

    —Dany, ¿cómo estás? —escribió, su mensaje era acompañado de un emoji sonriente, y pude imaginar su carita de princesa.

    —Sobreviviendo, Jessy —respondí, mientras su cuerpo relucía en mi memoria—. ¿Y tú? ¿Cómo va ese rasguño y del susto del terremoto?

    —Más o menos, Dany —respondió, con un emoji de guiño—. He estado corriendo para despejarme, mira.

    Un segundo después llegó una foto que hizo que mi respiración se detuviera. Era ella en ropa de ejercicio, un top deportivo negro que apenas contenía sus pechos, sus pezones endurecidos marcándose bajo la tela sudada, sus nalgas redondas cubiertas por unos leggins que parecían pintados sobre su piel, el contorno de una tanga negra apenas visible. Estaba frente a un espejo, mostrando su abdomen definido brillando con sudor, su cabello lacio pegaba en su cuello, su carita de princesa con una sonrisa traviesa. Mi pene se endureció al instante.

    —Jessy, ¿quieres matarme con estas fotos? —escribí, mi tono iba subiendo —. Ese cuerpo tuyo es una maldita tortura.

    —Ay, Dany, solo quería mostrarte que estoy bien —respondió, con un emoji de risas, pero luego añadió—. Aunque me gusta que te guste. Mira esta otra.

    Otra foto llegó, y mi corazón latió con fuerza. Jessica estaba envuelta en una toalla blanca, recién salida de la ducha, su cabello negro mojado cayendo sobre sus hombros, la toalla apenas cubría sus senos, el borde inferior dejaba entrever la curva de sus nalgas, sus piernas tonificadas relucían con gotas de agua. —Recién bañada, vecino —escribió, con otro emoji de guiño.

    —Jessy, no juegues conmigo —respondí, mi pene ya estaba erecto, mi mano rozaba mi entrepierna, incapaz de contenerse—. Si te tuviera enfrente, no sé si podría solo mirar. Imagino mis manos en tus nalgas, apretándolas, mi lengua en tu panocha, saboreándote.

    Hubo una pausa, los puntos suspensivos en la pantalla no dejaban de aparecer, hasta que llegaron más fotos, y mi respiración se cortó. La primera mostraba sus nalgas desnudas, la toalla caída, su piel cremosa reluciendo bajo la luz del baño, cada curva perfecta, un espectáculo que hizo que mi pene pulsara con una urgencia dolorosa. La segunda apenas dejaba ver los pliegues rosados de su vagina, reluciendo con una humedad que no era solo agua, el vello púbico en forma de corazón apenas visible. La tercera era una tortura: Jessica, con la toalla bajada, una mano rozando sus senos, sus dedos cubriendo apenas los pezones, su carita de princesa sonrojada, con una mezcla de inocencia y provocación.

    —Dany, eres malo —escribió, con un emoji de carita sonrojada—. Pero… quiero ver algo de ti. Mándame una foto de… ya sabes. Y dime qué me harías ahora.

    Mi corazón dio un salto, mi mano temblaba mientras sostenía el teléfono. Saqué una foto de mi pene, duro, venoso, la punta mostraba humedad de líquido preseminal, y la envié, mi pulso se aceleró. —Jessica, te haría arrodillarte, chupármelo hasta que no puedas más —escribí —. Quiero sentir tu boca, tu lengua, terminar dentro de tu garganta mientras gimes mi nombre.

    —Dios, Daniel —respondió, su mensaje fue rápido, con un emoji de fuego—. Eso suena… intenso. Estoy imaginando cosas que no debería.

    Pude imaginarla tocándose, sus dedos deslizándose por sus pliegues húmedos, sus nalgas temblando, sus pechos rebotando mientras se masturbaba.

    —Jessica, dime qué estás haciendo ahora —escribí, mi mano se deslizaba sobre mi verga, masturbándome con la imagen de sus fotos, su cuerpo desnudo grabado en mi mente.

    —Ay, Dany, no me hagas decirlo —respondió, pero su mensaje tenía un tono juguetón, casi jadeante—. Digamos que… me estás haciendo sentir cosas. Pero no debería, lo siento.

    De repente, las fotos desaparecieron, y en su lugar un mensaje de WhatsApp indicando que las había eliminado. Pero ella no sabía que ya las había enviado a otro chat en mi segundo celular, asegurándome de no perderlas.

    —Jessica, no quería faltarte al respeto —escribí, mi corazón latía con fuerza, mi pene aun palpitaba, mi mente atrapada en la imagen de sus nalgas, sus pliegues, sus senos.

    —No pasa nada, Dany —respondió, con un emoji de beso y un corazón—. Pero mejor me calmo y me voy a dormir. Esto se salió de control.

    —Buenas noches, princesa.

    Jessica, con su inocencia y su provocación, me tenía al borde de la locura, y supe que este juego, este fuego digital, era solo el comienzo de algo que no podía controlar.

    Continuará…

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  • Inicié a mi catequista y se enamoró de mí (5 – final)

    Inicié a mi catequista y se enamoró de mí (5 – final)

    Yo: ¿Estas segura que quieres que te azote?

    Asistente moviendo la cabeza de forma afirmativa.

    Maryori: Si, te olvidaste de amordazarme

    Procedo a colocarle la mordaza, luego le doy vuelta colocándola boca abajo, agarro una almohada y se la coloco a la altura de su vientre alzando su colita. Le quito el plug anal cola de zorra de su ano, Se veía elástico y abierto listo para la penetración, procedo a echarle lubricante en toda la zona.

    Maryori amordazada me da a entender que quiere que la azote primero. Agarre el látigo con mi mano derecha, salgo de la cama y me coloco a su lado izquierdo.

    Yo: ¿Estas lista?

    Maryori mueve la cabeza confirmando que sí y procedo.

    Le acaricio el trasero suavemente, pasando mi mano caliente por ambas nalgas hasta el principio de los muslos. Alzo mi brazo derecho con el látigo y comienzo a bajar llegando con fuerza, en todo su trasero, Maryori intenta gritar pero no puede la mordaza se lo impide.

    Vuelvo alzar el brazo para el segundo azote le vuelvo a pegar y el dolor resuena pulsátil por toda la marca del látigo. Preparo el tercero, el látigo se clava de nuevo en su carne. El cuarto le vuelvo a pegar el látigo se vuelve a clavar en sus nalgas. El quinto, sexto y séptimo vienen consecutivamente, veo que con sus manos agarra fuertemente la cabecera de la cama le estaba doliendo, le lanzo el octavo azote Maryori retuerce su cuerpo como tratando de aguantar el golpe, en el noveno empiezo a notar como unas lágrimas caían por su rostro y preparo el décimo y ultimo azote dejándole sus nalgas marcadas.

    Suelto el látigo dejándolo caer en el piso y me subo a la cama, la agarro de la cintura y con mi miembro completamente erecto nuevamente procedo a penetrarle por el ano. Maryori alza su cabeza en señal de dolor al recibir al inquilino dentro de su cuerpo, aprovecho y con mi mano derecha la agarro del cabello y envuelvo mi mano comenzado a tirar de él. Alzando la cabeza de Maryori hacia atrás mientras estaba bombeándola por el ano. Estuve llevando ese ritmo por un par de minutos hasta que me di cuenta que su ano ya recibía con normalidad a mi miembro, se había adaptado tanto en su tamaño y forma que podía sacarlo y meterlo con total facilidad, ya no apretaba como antes estaba completamente abierto.

    Decidí acelerar metiéndole más presión, cuando siento que ya estoy por venirme introduzco mi miembro en su interior hasta el fondo como dándole una estocada, donde finalmente consigo correrme, Maryori también llega al orgasmo corriéndose sobre la almohada que había colocado debajo de su vientre. Suelto su cabellera con mi mano haciéndole caer rendida sobre la cama, retiro mi miembro de su ano y me quedo viendo un rato su colita que se encontraba totalmente destrozada, con marcas rojizas debido a los azotes dado, y su ano completamente abierto como una donuts, donde se podía apreciar mi leche depositada en su interior.

    Le quito la mordaza y la venda antifaz quería saber cómo estaba, sus ojos se encontraban rojizos de tanto lagrimear le limpio las lágrimas de los ojos con el dorso de mis manos, echándome a su costado.

    Yo: Mi amor, ¿Estas bien?

    Era la primera vez que la llamaba mi amor y ya no por su nombre. Maryori voltea a mirarme y me regala una sonrisa y con una voz calmada y suave comienza a hablar.

    Maryori: Si estoy bien, aunque creo que esta vez se nos pasó la mano, mi colita me arde y me duele, ¿Te viniste adentro no?

    Yo: Si me vine adentro

    Maryori: Si puedo sentir tu lechita en mi interior.

    Sonrió.

    Maryori: Por hacerle caso a mi corazón y ahora tengo el culo dolorido.

    Yo: Tranquila

    La abrazo con ternura hundiendo mi nariz en su cabello, Maryori me besa el cuello. Después de un rato la suelto.

    Yo: He traído ibuprofeno y una pomada de árnica

    Maryori apoya su cabeza en su brazo, le alcanzo un vaso con agua y procede a tomarse el ibuprofeno, mientras yo le voy echando la pomada árnica en todas sus nalgas. Dejo la pomada en la mesita de noche que está al lado de la cama, Maryori me llama con su mano para que me acueste con ella, me meto a la cama, Maryori trata de moverse con sus brazos tratando de no mover mucho su trasero que se encontraba sensible y adolorido. Maryori me abraza envolviéndose con fuerza en mí, nos acurrucamos colocando su cabeza sobre mi pecho utilizándolo como almohada. Sus ojos seguían sollozando sobre mi pecho.

    Yo: ¿Estas bien? Tus ojos siguen sollozando

    Maryori: Es por el ardor en mi colita o quizás son lágrimas de felicidad, sabes siempre soñé con tener una relación amorosa, llegar a amar a alguien y que esa persona también me ame y me quiera. Desde el colegio veía a todas mis compañeras con sus enamorados y yo deseaba vivir también esa experiencia, lograr tener un compañero en mi vida.

    Comienzo a darle besos a su cabeza con ternura.

    Maryori: Te quiero como no tienes idea, creo que hasta daría mi vida por ti.

    Yo: Mi amor, no digas eso

    Maryori: Enserio, si te llegara a pasar algo no sé qué haría, me volvería loca. Prométeme que esto será para siempre que nunca me engañaras porque seguro me moriría.

    Yo: Ya deja de pensar en eso y descansa.

    Pasamos esa noche abrazados, acurrucados y profundamente dormidos hasta que amanece y la luz suave del alba se hace más intensa y nosotros seguíamos tumbados, descansando.

    Al momento de despertar mi miembro se encontraba totalmente erecto, pero esta vez no podía ser por su colita todavía se encontraba destrozada y necesitaba recuperarse, intentamos de cucharita introduzco mi miembro en su vagina, pero al momento de bombear golpea su cola y le producía dolor.

    Maryori: Sabes que mejor déjame ordeñarte, dicen que siempre es bueno tomar leche en las mañanas.

    Y así fue Maryori comenzó lamiéndolo con su lengua desde el tronco hasta la punta, como una paleta. Cuando ya estaba bien duro, metió la mitad de mi miembro a su boca, jugaba con su lengua con mi miembro dentro y con una mano me hacia una paja a la otra mitad se estaba fuera. Duro así unos minutos hasta que se introdujo toda mi verga y procedió a follarme con su boca. Le agarraba detrás de su cabeza y empujaba con fuerza, sentía como mi miembro llegaba a su garganta, duramos así por varios minutos hasta que no pude más y me vine, eyaculando dentro de su boca.

    Maryori contuvo mi miembro dentro de su boca y alzo la mirada para verme y saber si ya había terminado de eyacular. Suelta mi miembro ya flácido y abre su boquita mostrándome todo mi semen dentro, donde comienza a pasárselo por la garganta.

    Luego nos vestimos y salimos del hotel, a Maryori todavía le costaba un poco la movilidad.

    Las semanas siguientes fueron iguales full sexo, salidas al cine o comer un restaurant, la lleve una vez a los juegos mecánicos Montaña rusa, Sillas voladoras recuerdo como me abrazaba con fuerza del miedo y salíamos completamente mareados, Toro mecánico, Carros chocones como nos divertíamos, se le veía alegre con una sonrisa de oreja a oreja disfrutando cada momento, también como regalo de cumpleaños hicimos un full Day a Paracas, navegamos por las islas ballestas, explorarnos las increíbles dunas, hicimos sandboarding deslizándonos por las dunas y contemplamos el atardecer encima de un buggy, fue un día espectacular.

    Para mi cumpleaños Maryori se compró un traje de lencería negro y pagando una habitación de hotel temático que contaba con un pole dance, luces de discoteca. Coloco una luz roja y en el pole dance me comenzó a bailar de una manera muy sensual. Además contaba con una pared amoblada con esposas, látigo y antifaz, frigobar, sillón del amor, juego de espejos y una cruz de san Andrés con reposapiés, donde obviamente la tuve como mi prisionera.

    Fueron bellos momentos que viví con Maryori, pero como todo en la vida hay un final.

    Un tiempo después, estaba en clase de sistemas operativos con Linux cuando me llega un mensaje de Maryori: “Ha pasado algo necesito verte, es urgente” lo primero que pensé, ya la embaracé, lo cual sería normal porque varias veces lo hicimos sin protección. Estaba a mitad de carrera y pensaba ahora que voy a hacer tendré que dejar el estudio y dedicarme a criar a mi hijo.

    Nos reunimos en un café esa tarde, al llegar vi a Maryori sentada a lo lejos con un vaso de cappuccino en la mano estaba con una cara de preocupación y pensativa.

    Yo: Hola mi amor

    Maryori: Hola corazón, al fin llegaste tengo algo muy importante que decirte, algo que seguramente nos cambiara nuestras vidas.

    Cuando dijo eso, en mi mente pensé ¡Noo! La preñe, giraba la cabeza de un lado a otro para ver si había un Oxxo cerca y decirle que iba a comprar cigarrillos.

    Maryori: Hoy día recibí una noticia muy importante y quiero me ayudes a tomar una decisión.

    Afrontar lo que viene.

    Yo: Amor, tranquila que ha pasado, cuéntame.

    Viene la bomba.

    Maryori: Mi universidad tiene un programa de intercambio estudiantil donde permite que estudiantes cursen semestres en una universidad extranjera, por lo general el programa tiene una duración de un año. El programa se llama Erasmus+, es un programa educativo de la Comisión Europea concebido para promover y financiar la movilidad académica de los estudiantes y yo he sido seleccionada para participar en dicho programa y quisiera saber tu opinión.

    Me volvió el alma al cuerpo.

    Yo: A era eso – suspire

    Maryori pensativa.

    Maryori: si porque ¿que pensabas?

    Yo: No nada olvídalo, mira me parece que es una gran oportunidad para que puedas crecer profesionalmente. Conocer y vivir en otro país sería una gran experiencia.

    Maryori: Pero ya no estaríamos juntos, pensé que me dirías que lo dejara. O es que ya ¿no me quieres?

    Yo: No digas eso tontita claro que te quiero y porque te quiero siempre quiero lo mejor para ti esta es una gran oportunidad en tu vida y en tu carrera, seria egoísta de mi parte decirte que no vayas y estancarte.

    Maryori se quedó pensativa un buen rato.

    Maryori: Vente conmigo, vámonos juntos.

    Yo: Eso no sería posible, el programa es solo para ti yo tendría que cubrir mis gastos, aparte que estoy a mitad de carrera no lo puedo abandonar e invertido dinero, tiempo y esfuerzo sería tonto abandonarla.

    Maryori: Si creo que tienes razón

    Yo: Anda y hazme sentir el enamorado más orgulloso

    Maryori: Te voy a extrañar como no tienes idea, te amo.

    El intercambio se realizaría el próximo ciclo, así que teníamos todavía un par de meses para disfrutar el uno del otro. Esos últimos meses fueron de full sexo, tratábamos de disfrutar cada día como si fuera el último hasta que se acercara el día del viaje. Sus compañeros catequistas de la parroquia le organizaron un compartir de despedida, Maryori se puso triste por dejarlos hubo muestras de agradecimiento por haber sido una buena compañera, casi todos lagrimearon deseándole suerte y éxitos.

    Maryori no iba a viajar sola su madre la acompañaría, aunque nunca le caí bien a su madre en cierta forma saber que no se iba sola me tranquilizo un poco, la iba extrañar. El ultimo día, después de hacer el amor Maryori me abrazo fuerte y se puso llorar, que hasta me conmovió. Pensaba abandonar y mejor no ir, pero aunque me doliera sabía que era lo mejor para ella y la volví a convencer. Salimos del hotel y en medio de la calle había un hippie sentado en el suelo sobre una tela vendía artículos de bisutería, Maryori se dirige hacia él y lo queda viendo, le compra un collar para pareja en forma de corazón, que se parte a la mitad llevando cada uno una parte. Maryori parte el corazón a la mitad y me da una parte de él.

    Maryori: Para que me recuerdes

    Nos abrazamos y lloramos, no pude con ese gesto que hizo. Siempre trate de mantenerme firme y fuerte pero esta vez me rompió. Ese era el último día que estaríamos juntos y queríamos que fuera eterno, su vuelo estado programado de madrugada, llego muy bien al país de destino donde continuaría sus estudios, las primeras semanas nos parábamos comunicando por Skype. Me mandaba fotos al correo mostrándome hermosos lugares diciéndome que le encantaría que yo estuviera allí con ella. Pero la diferencia horaria de Sudamérica con Europa hizo que nuestras comunicaciones se han cada vez menos frecuentes.

    Ya no había contacto físico y así fue como la relación se fue acabando. A los pocos meses su padre también viajo para reunirse con Maryori y su madre. Si bien el programa de intercambio estudiantil era solo de un año al final decidieron que lo mejor era quedarse residiendo en ese país europeo. Y si era la mejor decisión hay tendrían más oportunidades de progresar. Su casa la ocuparon familiares de su madre.

    Fue una de las mejores relaciones de pareja que tuve en mi adolescencia, lástima que duro tan poco pero como todo en la vida existe un principio y un final. Solo me queda continuar y seguir adelante, escribo este relato porque hace poco me llamo mi madre para informarme que ya había conseguido inquilinos que habitaran la que era nuestra antigua casa, que recogiera unas cajas que había dejado en mi antigua habitación, al revisar una de las cajas encontré el collar de mitad de corazón que Maryori me dio el ultimo día que estuvimos juntos, por lo que sabía que tenía que escribir nuestra historia.

    Al estar en esta habitación me trae muchos recuerdos aquí pase mi infancia, niñez y adolescencia, aquí fue donde tuve a Maryori por primera vez como a cientos de chicas en relatos que iré contando más adelante. Estas paredes tienen muchas historias, cierro la puerta de mi antigua habitación llevándome las cajas, abandono mi antigua casa cerrando con llave, sabiendo que quizás sea la última que haya entrado en ella ya que la otra semana tendrá nuevos inquilinos, una etapa de vida que se cierra llegando a su final.

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  • Un viejo verde y yo sola en la piscina (5)

    Un viejo verde y yo sola en la piscina (5)

    Tres horas después aparece con unas bolsas. En este tiempo he limpiado el baño, he tendido la ropa y puesto otra lavadora. También he recogido la cocina y preparado algo para la comida.

    -¿Qué mierda es ésta? ¿Qué coño haces con ropa en mi casa, puta?

    -Hombre, estaba ventilando y, con la casa abierta, ¡no voy a ir en pelotas!

    -Los cojones que no. Salvo que te de permiso expreso, puta, irás en pelotas. ¿Lo entiendes?

    -¿Y si me ven los vecinos?

    -Repito, ¿lo entiendes?

    -Si me ven en pelotas en su casa…

    -¡Que si lo entiendes!

    Yo bajo la cabeza.

    -Sí, vecino.

    Y comienzo a desnudarme.

    -Mucho mejor, guarri. Y por cierto, vengo de la calle y ¿no te hace feliz?

    Le miro extrañada y luego entiendo. Me acerco y le planto un beso. Él, a cambio, me agarra bruscamente una teta y aprovecha mi beso para invadir mi boca con su lengua. Huele a ginebra, así que, además de compras, también ha aprovechado para beber…

    Finalmente nos separamos del beso y su mano abandona mi pezón.

    -Echaba de menos a tus amigas gemelas. -Dice riéndose mientras da golpecitos por debajo a mis tetas y miras cómo botan. -Mmmm, ¿y encima cocinas? Joder, eres una mujer cojonuda, jajaja.

    Comienza a desnudarse y riendo, me da un azote en el culo.

    -Comeremos en el salón, vecina, viendo una peli.

    Así que me toca preparar la mesa del salón con la comida. Él mientras, enciende la tele.

    -Bueno, vecina, para que veas que soy bueno te dejo elegir. Tenemos dos putas y un destino, las enfermeras obedientes, colegialas aplicadas…., ésta la he visto cuatro veces, está muy bien, jajaja. También tenemos Atada y humillada en el bar y Zorras Salvajes… y ahí hay más si quieres mirar.

    -Cualquiera me vale, vecino, si me acaricias mientras la vemos.

    La sensación es extrañamente agradable. Comemos en la mesa del salón, juntos. Mi pierna descansa sobre su rodilla mientras él, usando sólo su mano derecha para comer, emplea la izquierda para acariciar mi muslo. Me acaricia y mira concentrado cómo un rabo enorme destroza (o no tanto) a una ligerísima rubia.

    -Joder, Silvia, ¿has visto alguna vez un rabo así?

    -Los únicos rabos que he visto son el de Pablo y el suyo, vecino. El suyo no llega a esas dimensiones y, del de Pablo, no hablamos ¿no? -Digo sonriendo y provocando su carcajada.

    Terminamos de comer y, por supuesto, me toca a mí recoger. Cuando termino, mi vecino está fumando un cigarrillo y me ofrece uno. Yo recuerdo mi parte del trato. Lo enciendo y le doy una calada. No me gusta el sabor. No me gusta lo insalubre que es… pero lo he prometido.

    -Ahora vamos a ir a la piscina, Silvia. Me han dicho Cris y Lidia que bajarán ahora y me parece que esas zorrillas quieren que las mire un poco. No te lo tomes a mal, tú estás buena y eso, pero a ti te tengo luego en pelotas cuando quiera. Me apetece ver a esas chiquillas también.

    Lo que me dice me cae como un jarro de agua fría. Pensaba que era un sueño para él, tener un cuerpo como el mío a su disposición durante esta semana y sin embargo… ¡gasta el tiempo bajando a la piscina a mirar a otras!

    -Pues dame las llaves, -le digo seria- tendré que ponerme un bikini.

    -No te preocupes, mi guarri, que ya he pensado en eso.

    Y levantándose, se acerca a la bolsa que trajo esta mañana. Saca un bikini brasileño mucho más pequeño que el que llevaba ayer. El sujetador es enano, pero la braga… ¡es un tanga!

    -Pero, ¿cómo voy a bajar así a la piscina? Son mis vecinos los que…

    -Pues así o en pelotas, como prefieras, jajaja. Póntelo aquí.

    Veo que no hay opción. Además le prometí vestirme como él dijera aunque… ¡cómo llamar a esto “vestir”!

    Cojo la prenda. A pesar de que tengo el pecho pequeño, me cuesta cubrirlo con los breves triángulos que tiene el bikini. En cuanto al tanga…

    Él babea mientras me lo pongo. Veo cómo su rabo comienza a elevarse.

    -Deberías bajar siempre así. De hecho…

    Y, cogiéndome de los hombros, me apoya en la mesa donde acabamos de comer. Mis tetas tocan la madera mientras su mano aparta la apenas existente tela del tanga.

    -De hecho, te voy a follar así, guarra.

    Su rabo, de nuevo, entra hasta el fondo de un empellón.

    -Joder, guarra, ¿no te da vergüenza bajar así a la pisci?

    Y comienza el martilleo.

    -Me dijo la de la tienda que ese bikini ni siquiera tenía forro, de modo que se marcarían demasiado los pezones y, hala, la muy puta de mi vecina se lo pone igual.

    Chof, chof, chof.

    -Dime ¿te da vergüenza?

    -Sí, vecino. Sabe que sí.

    Él se ríe y me folla salvajemente durante unos minutos sin dejar de hablarme.

    -¿Te da vergüenza que todos los vecinos te vean los pitones marcados?

    -Sí vecino.

    -¿Y que te vean el culo con el tanga?

    -Sí vecino.

    -Pues que lo vean marcado, jajaja.

    Y me pega un azote fuerte.

    -Que, ¿te pone bajar así de guarra a la piscina por mi culpa?

    -Sí, vecino.

    -¿Te pone que incluso alguno piense que esa marca en el culo te la ha hecho tu vecino viejo verde y gordo?

    -Síii, vecinooo.

    …Y yo comienzo a correrme… Mientras él continúa riéndose y dándome.

    En mi viaje le oigo decir que ya ve a Cris y Lidia y que quiere bajar a verlas. Un segundo después noto su leche desbordarse dentro de mí. Después de los espasmos, termina con un azote y sale de mí.

    Mi primera preocupación en la piscina es tratar de que no se note que su leche se sale de mi tanga. Así que en cuanto bajamos me meto en la piscina. Estoy un rato y cuando salgo, veo a las dos jovencitas hablando al viejo y a un vecino mirarme el culo. Salgo y pongo la toalla a su lado.

    Las dos chavalillas miran mi modelito con la boca abierta. Ellas llevan también un bikini pequeño, pero es aproximadamente el doble o el triple de recatado que el mío.

    Noto sus miradas de enfado cuando el viejo me mira el cuerpo.

    -Pero qué buena estás, Silvia.

    -Muchas gracias, vecino.

    La reacción de las dos jóvenes es colocarse el bikini para enseñar más, lo que provoca una sonrisa en él.

    Pasamos una hora en la que mi vecino no para de decir burradas a las chicas, que son contestadas con sonrisas por su parte. Siento que estoy de adorno, sólo para focalizar las miradas del viejo de vez en cuando y sonreír como una imbécil. Afortunadamente no dice nada que pueda hacer sospechar que me la está metiendo hasta el esternón, pero las chicas notan algo raro.

    Finalmente, el viejo se cansa del sol y dice que se va a subir. No me ordena nada, así que, para disimular un poco, me quedo un rato yo sola. Varios vecinos me miran. Uno de ellos es un policía chulazo con un cuerpo de escándalo y diez años menos que yo. Cuando nuestras miradas se cruzan se acerca a mí.

    -Bonito bikini, vecina.

    -Muchas gracias.

    -¿Cómo es que bajas sola?

    -Mi marido se ha ido de viaje esta semana.

    -Entiendo… Nunca te habías lanzado a bajar tan atrevida… ¡una lástima! -Me dice con una sonrisa perfecta.

    -No, pero creo que ahora lo haré más a menudo.

    -Esa es una gran noticia. Habría que celebrarlo.

    Yo sonrío.

    -Si quieres luego te invito a tomar algo. -Y vuelve a sacar su sonrisa perfecta. Estoy segura de que piensa que esa sonrisa es infalible… Pero yo tengo otros compromisos… tengo que cambiar ese cuerpo perfecto y esa sonrisa perfecta por una barriga y aliento a alcohol.

    -Muchas gracias por el ofrecimiento, pero no va a ser posible. De hecho, tengo que subirme ya, -Le digo sonriendo mientras recojo mis cosas.

    -Si cambias de idea, -me dice sonriendo, -recuerda, portal 5 2ºA.

    -No cuentes con ello. -Respondo sin dejar de sonreír.

    Y llego al portal. No tengo llaves. Llamo al telefonillo… ¡joder, tengo que pedirle permiso hasta para entrar al portal!

    Una vez arriba me abre sonriendo. Me agarra y me mete para adentro.

    -Joder qué buena estás, Silvia.

    Separa un triángulo del bikini y comienza a chuparme una teta.

    -¿Qué te decía el poli?

    Yo le acaricio la cabeza mientras se merienda mi pecho.

    -Que me quedaba muy bien el bikini y que si tomábamos algo.

    -¿Qué? -Deja de comerme el pezón y me mira fijamente. -Será cabrón el tío ese… porque una cosa es tu marido maricona, pero ¿competir con ese tío…? ¿Qué le has respondido?

    -Que no.

    -Jajaja. Bien hecho vecina. -Vuelve a succionar mi pecho. -¿Por qué le has dado calabazas a ese tío?

    -Porque esta semana soy tuya.

    -Jajaja. -Ahora su lengua juega con mi pezón.- ¿Prefieres estar conmigo a estar con ese tiarrón?

    -No tengo elección, vecino. Hicimos un trato tú y yo. Y tengo que cumplirlo. Mi palabra es mi palabra- Digo besando la cabeza mientras me lame. -Además, so cabrón, sabes que sí… sabes que prefiero estar contigo.

    -¿Tanto te gusta estar conmigo que me eliges por encima de ése? Entonces voy a tener que subir el precio del alquiler, jajaja.

    -Dime vecino, ¿en qué piensas?

    -Además de lo que hemos acordado… quiero también grabarte en vídeo.

    Y entonces le leo el pensamiento.

    -Mientras hablo con mi marido por teléfono, ¿verdad?

    -Eso es, jajaja. Entiéndelo vecina, Dos putas y un destino mola, pero ver cómo te toco las tetas mientras tu marido te cuenta que el otro día me pilló mirándote y que me aleje de ti… no tiene precio. Quiero follarte mientras hablas con él, quiero que pongas el manos libres y escuchar lo que te dice mientras mi verga te taladra. Quiero oír cómo dice “aléjate de tu vecino guarro” mientras mi polla resbala en el coño de su mujer.

    Me lo pienso… La verdad es que lo entiendo perfectamente. Tiene todo el morbo del mundo follarme mientras mi marido me dice que no le deje ni que me mire.

    -Me parece justo el alquiler nuevo, vecino. Sólo quiero una cosa a cambio, ¿podrías ducharte?

    Él comienza a reírse.

    -Jajaja. Ni de coña vecina, ni de coña.

    -Tenía que intentarlo… -respondo sonriendo. Miro el reloj. -Son las 7. Pablo me dijo que me llamaría sobre esta hora. Tenemos que prepararnos.

    Y tomándolo de la mano lo llevo al dormitorio. Me quito el bikini y coloco la videocámara sobre la cómoda para que se nos vea bien. Preparo el mando a distancia mientras él se tumba y me mira babeando.

    -No hace falta el mando… ya que estamos, ponlo ya a grabar para que tenga también como me la chupas, zorrita…

    Una horas después, tumbada, mirando al techo y aún un poco borracha por las tres cervezas que he tomado en la cena y el cigarro de después, le digo:

    -Ha sido muy fuerte.

    -¿A qué te refieres?

    -Antes, cuando me llamó Pablo. Cómo se cabreó cuando le dije que habíamos coincidido en la piscina.

    -Ya lo oí, jajaja. Cierto que estuvo bien. Justo como te dije que soñaba… Mmmm. Oírle decir que te alejaras de mí mientras te agarraba con fuerza las tetas y te mataba a pollazos estuvo de lujo, jajaja.

    -Fue bestial, vecino. Estuve a punto de correrme justo en ese momento. No sé cómo pude disimular.

    -Yo no pude aguantar, jajaja. Verte con una mano sobre la mía que te apretaba el pezón y con la otra en el móvil mientras tu berza libre botaba ante mis embestidas y diciendo que sí a tu maridito… fue demasiado para mí. Menudo lefote te eché.

    -Sí, y saber que lo tienes registrado todo… Ya, si le dices a Pablo que me follaste, no será tu palabra contra la mía.

    -Jajaja. Eso sin contar cómo me la chupaste antes de que llamara. Y cómo después de que le colgaras, te frotabas contra mí para lograr correrte. Te has vuelto muy puta ¿eh?

    -Será que no estoy acostumbrada a ver dos pelis porno al día. Una en la comida y otra en la cena y bajar en pelotas a la piscina.

    -Tengo que reconocer que yo tampoco estoy acostumbrado a verlas acariciando unas piernas como las tuyas. ¿Has pasado calor?

    -Hombre. no hace ahora como para estar con medias y tacones, pero cuando lo sacaste de la bolsa y me ordenaste que me lo pusiera, me pareció perfecto. Me gusta que me acaricies las piernas. Si tengo que ponerme medias y tacones para que lo hagas, bien está.

    -Después del bailecito que me hiciste al ponértelas, casi te follo, jajaja. Si no te hubiera reventado el coño mientras hablabas con Pablo, te la hubiera metido otra vez, jajaja.

    -Pues vecino, no me quejo. Tumbarme con las piernas sobre ti y sentir tus caricias durante lo que quedaba de peli porno fue delicioso. Así me tenías que en cuanto acabó la peli, tuve que suplicarte que me follaras.

    -Jajaja. Mira que te decía que no tenía fuerzas y tu… ¿y si te la chupo antes?¿te la meneo un poco? Al final tanta súplica…

    -Todavía me queda una súplica más, antes de dormir.

    -Dime vecina.

    -Pues igual que ayer… ¿podrías cogerme las tetas para que duerma bien?

    -Jajaja. ¿Tan poco te las soba Pablo, que quieres que yo te las masajee por la noche?

    Yo sonrío.

    -Buenas noches, vecino. -Digo besándolo y poniéndome de espaldas a él.

    Después agarro su mano y la paso por mi espalda hasta usarla como improvisado sujetador.

    -Buenas noches vecina. -Dice dándome un pellizco en el pezón antes de cubrir mi pecho con tu mano.

    Siento su verga otra vez puntear mi espalda. Eso está bien.

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  • Descubrí que mi prima era escort (historia real)

    Descubrí que mi prima era escort (historia real)

    Esto que confesare fue real y cambiare los nombres para mantener el anonimato.

    Pues resulta que yo tenia una prima que llamaremos Jazmín, hija de un hermano de mi padre a la cual dejamos de ver desde muy pequeña, sin embargo nosotros a veces por publicaciones en redes podíamos ver fotos de ella y como iba creciendo, por lo que la ubicaba perfectamente si la veía en fotos.

    Pues paso el tiempo y yo tendría unos 25 años y la verdad es que me gustaba contratar servicios de escort, por que sale más barato que una novia jaja. Para dar un poco de contexto yo a veces buscaba en las redes a mi prima para ver si la encontraba y podíamos saber de ella y como estaba, pero nunca tenía suerte.

    En una ocasión estaba en la plataforma que hoy se conoce como X y se me ocurrió buscar a mi prima con su nombre como habitualmente lo hacía, siempre salían perfiles con nombres similares pero ninguno era de ella, pero ese día salio uno con su nombre exacto, me llamó la atención y enseguida lo abrí pero parecía no ser de ella además de que era un perfil de escort de esos que en la descripción ponen sus servicios y una foto muy sugerente pero no se veía el rostro de la chica, pensé -no es -, pero como dije me gustaba contratar escorts y pues ya estaba ahi.

    Decidí echar un vistazo al perfil, la chica se veía muy rica petite como me gustan, super delgadita y manejable todo pequeño pero en su lugar sus nalgas me habían hipnotizado, todas las fotos eran en tanga y algunas sin nada pero la cara no se veía.

    Hasta que de pronto me encontre una en donde se veía su rostro, me quede helado, era mi prima que para ese entonces estaría por cumplir 19 años no lo podía creer no tenía dudas puesto que como mencioné la podía identificar perfectamente.

    Entre en un dilema pensé en contarlo a mi tío, pero que pena decir que andaba buscando escorts y luego decir que me encontré a mi prima me parecía que no era lo mejor.

    Luego pensé en enviarle un mensaje y tratar de hablar con ella pues para saber como estaba y tal vez ayudarle, -pero y si se asusta y me bloquea-, decidí guardar el perfil y pensar que hacer para abordarla.

    Al otro día seguía con el dilema, entre al perfil de nuevo para corroborar que estaba activo y de nuevo busque la foto donde se veía su rostro y en efecto ahí seguía si era ella, por alguna razón me dio mucho morbo y seguí viendo sus fotos se veía riquísima y que buen culo tenia, sabía que estaba mal era mi prima, pero estaba muy caliente se me puso super dura, me la tuve que jalar porque sentía que iba a reventar y de pronto se me vino a la cabeza una idea que no era para nada políticamente correcto, – la voy a contratar.

    Ya se esta mal pero lo pensé, además, seguro que ni me recordaría, pero ¿y si si?

    Decidí pensarlo antes de actuar, pero ya tenía la idea y el morbo y la calentura me decían que lo hiciera además ahí estaba su número de contacto solo tenia que enviarle un mensaje – voy a poner una foto de perfil donde se vea claro mi rostro – pensé, así que si se acuerda de mi me bloqueara o simplemente no contestara, fue lo mejor que se me ocurrió.

    Me armé de valor y escribí lo típico – Hola buenos días quisiera contratar tus servicios, le di enviar, estaba hecho, veremos que pasa.

    Jazmín leyó el mensaje, en ese momento se me revolvió el estómago no contesto, – Seguro que se acordó de mi -, paso mucho tiempo un par de horas tal vez, y finalmente contestó – Si claro, disculpa estaba ocupada – y enseguida como comúnmente una lista de sus servicios. Me puse muy nervioso pero conocerte la cita te veo mañana 2:30 en tal hotel, ¿puedes?, enseguida Jazmín contesto y me dijo – claro cariño a esa hora esta perfecto, me mandas mensaje cuando te instales y llego-, esa respuesta me confirmó que no se acordaba de mi.

    Pensé si de verdad me iba a coger a mi prima, no estaba bien, y si solo la citaba y le decía la verdad quien era, – ya veremos pensé- aunque en mi mente de verdad estaba pensando en cogérmela.

    Al siguiente día me aliste me di un buen baño me arregle super bien y me puse una buena loción para ir presentable y aseado.

    Como acordamos me instale en una habitación le confirme a jazmín y me dijo que iba en camino, fueron como 40 min de espera que se me hicieron eternos, estaba super nervioso pensé en cancelarle de los nervios pero ya estaba ahi y aun tenia la incertidumbre de si decirle la verdad o dejarme llevar y que pasara lo que tuviera que pasar.

    Al poco rato llaman a la puerta y mi corazón empezó a latir a mil por hora. Respire y me dirijo a abrirle la puerta, ahí estaba ella mi prima Jazmín, venia vestida espectacular una blusa roja pegadita que hacía que se le marcarán los pezones, que aunque pequeños estaban perfectos en su lugar, su cabello lacio castaño, una boca pequeña y con labios delgados muy bien maquillada era muy guapa mi prima, y un pantalón de mezclilla que resaltaba su culo espectacular lo cual comprobé al hacerla pasar.

    Jazmín: disculpa la tardanza había trafico y ya sabes como es en la ciudad.

    Axel: Si me imagino, no te preocupes, pasa ponte cómoda.

    Jazmín: Gracias, voy a tomar un poco de agua hace mucho calor.

    Axel: Si claro, (procedí a servirle agua que comúnmente ponen en los hoteles)

    Jazmín: Gracias, y bueno entonces dime cuanto tiempo quieres contratarme ya no me confirmaste el tiempo.

    Fue entonces cuando de nuevo me puse muy nervioso y pensé si era lo correcto, pero la verdad es que se veía espectacular y pudo más la cabeza de abajo.

    Axel: 1 hora

    Jazmín: Perfecto cariño te cobro.

    Que me hablara así me ponía muy caliente, procedí a pagarle y ella guardo el dinero.

    Jazmín: ¿quieres que me quite la ropa?

    Axel: No así estas bien, primero nos damos unos besos y un buen faje ¿te parece?

    Jazmín: Claro cariño tu mandas.

    Entonces ella se acercó a mí y me empezó a besar de lengua, sabia besar muy bien, yo de inmediato empecé a recorrer su cuerpo con mis manos, primero la tomé de la cintura para jalarla y pegarla bien a mi y enseguida llevé mis manos a ese culo delicioso que tenia, le apretaba las nalgas y se las masajeaba ella puso sus manos alrededor de mi cuello y así estuvimos besándonos un buen rato de vez en cuando pasaba mis manos a sus pechos, pequeños pero muy ricos, también de vez en cuando pasaba mano entre sus piernas para masajearle su vagina y ella cooperaba separando las piernas un poco.

    Procedí a quitarle la blusa y como lo sospeche no traía nada debajo enseguida saltaron sus tetas al aire y sus pezones están bien parados, procedí a comermelos por supuesto y aprovechaba para meter mis manos debajo de su pantalón y agarrale las nalgas, traía una tanga, procedí a quitarle el pantalón y yo me quite la camisa y el pantalón también quedando yo en bóxer y ella en tanga.

    La seguí besando y ella empezó a masajear mi verga y mis huevos sobre el bóxer, yo para ese momento ya estaba listo para lo que se venía.

    Jazmín: ya la tienes bien parada, quieres que te la mame.

    Yo solo atine a decir – híncate.

    De inmediato lo hizo quedando frente a mi verga aún debajo del bóxer, con sus dos manos los bajo que dando en mis pantorrillas y enseguida me agarro la verga con la mano derecha y empezó a masturbarme, la tomé de la nuca y la llevé directo a mi verga para que me la mamara, en cuanto empezó a mamarmela no lo podía creer, tenía a mi prima hincada dándome una mamada espectacular el calor de su boca me llevaba a las nubes yo llevaba el control y en ocasiones por la excitación se la metía hasta el fondo que llegara hasta mis huevos y su nariz quedara pegada en mi abdomen, ella daba arcadas pero se la comía sin quejarse.

    Aggg glup agg yo solo escuchaba mientras la hacía comerse mi verga y de vez en cuando la sacaba y la ponía a lamerme los huevos, casi me venía así es que la detuve y la puse de pie para besarla de nuevo y que se me bajara tantito le quite la tanga y masajee sus nalgas de nuevo.

    La lleve a la cama y la aventé boca arriba, yo me terminé de quitar el bóxer y me subí encima para besarla y empecé a bajar por su cuello hacías sus tetas y ahí me quedé un rato, para después bajar por su abdomen y empezar a besas sus piernas, le daba pequeñas mordidas en la entrepierna y ella soltaba algunos gemidos, luego de un rato le empecé a hacer sexo oral paseaba mi lengua en su vagina y de repente metía mi lengua lo más que podía pasaba por su clitoris y ella se iba mojando cada vez más.

    Axel: quiero que te vengas primero tu

    Jazmín: si cariño, como tu quieras vas bien me gusta como lo haces.

    Seguí en lo mío y ella me tomó del cabello y empezó a llevar el control de lo que quería que le hiciera, pasado un rato sus piernas empezaron a ponerse rígidas y empezaron a temblar, y después un gemido y jazmín se retorcía de tremendo orgasmo que había tenido dejo todos sus jugos en mi boca.

    No la deje recuperarse y le dije – voy yo. Procedí a ponerla en cuatro haciendo que su cara quedara pegada a la cama y con el culo bien parado, se veía espectacular como su vagina estaba expuesta ante mi.

    Me puse detrás de ella, procedí a ponerme un condon le acomodé mi verga en la entrada de su vagina y de una se la metí, ella pego un gemido y empecé a bombearla, la tomaba de las caderas y la jalaba con fuerza para que sintiera como la penetraba profundo, le daba nalgadas cada cierto tiempo y aumentaba el ritmo solo para escuchar ese hermoso sonido de mis huevos chocando en las nalgas de mi prima, le tomaba el cabello y la jalaba, eso hacía que se arqueara y me daba una vista espectacular en el espejo además de poder ver su cara de placer y como gemia, eso me prendía más, dure un buen rato así.

    Después la voltee boca arriba pero como me quedo lejos la tomé por la cintura y como es petite la pude jalar hacia a mi con una facilidad cual si fuera una muñeca de trapo que me prendió más, le abrí las piernas y le di sexo oral un rato de nuevo para luego poner sus piernas en mis hombros y cogermela de nuevo, la cogia lo más duro que podía quería partirla en 2, mientras la cogia la besaba y le masajeaba las tetas a veces me las comía y así jugueteaba con ellas mientras mi prima gemia a cada envestida, poder verla a la cara mientras me la cogia me ponía ponía mil por hora, le pedí que cambiaramos y que ahora ella cabalgara.

    Jazmín: aguantas mucho, ya te voy a hacer venir.

    Axel: Eso lo quiero ver.

    Se subió y empezó a cabalgar, uff se movía riquísimo, movía el culo de una manera espectacular subía y baja a veces de adelante hacías atrás y tener a mi prima encima cabalgando como loca por hacerme venir pronto me calentó tanto que aghhh espera me voy a venir aghhh espera todavía quiero más.

    Jazmín: vente papi dame toda tu leche, quiero sentir como te vienes.

    Al escuchar eso no pude más y aghhh aghh mmm aghh un orgasmo espectacular.

    Axel: tenias razón, uff que buena eres.

    Jazmín: gracias tu también lo haces muy rico es raro que se preocupen por que una sienta placer y me sacaste un orgasmo muy rico y además duras mucho.

    Axel: Pues es lo menos que podría hacer como quedar mal si eres… (Casi se me sale decirle que es mi prima y por eso quería no quedar mal).

    Jazmín: ¿Soy que?

    Axel: que eres una mujer espectacular y con un cuerpo que uff de tentación, y me gusta que con quien esté se venga y disfrute también.

    Jazmín: Gracias por el alago me esfuerzo en verme bonita para mis clientes, espero que repitas si te gustó.

    Axel: Obvio que voy a repetir.

    Jazmín: quieres bañarte conmigo así ahorramos agua jajaja.

    Axel: por supuesto.

    Fue un baño normal todavía le di sus buenos besos y la masaje por todos lados con el pretexto de enjabonarla, pero hasta ahí. Terminamos nos vestimos y procedimos a irnos.

    Jazmín: Nos vemos luego cariño, me da un último beso en la boca, espero repitas.

    Axel: Claro que si, y le doy una nalgada de despedida.

    Estaba en las nubes, me acababa de coger a mi prima y ella no lo supo de verdad no se acordaba de mi, hasta la fecha ella no lo sabe y si, si se lo pregunta aun la he contratado en otras ocasiones.

    Gracias por leer mi confesión.

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  • Mayelita y los amantes de la diversidad (1): Mi primera vez

    Mayelita y los amantes de la diversidad (1): Mi primera vez

    “¿Cuáles son las dos cosas que nos diferencian de los animales?; La primera y mas obvia, el pensamiento. La segunda, el placer sexual”.

    Sus padres se acababan de ir.

    Mayelita me miro, con esos hermosos ojos que tanto me encantaban y sus mejillas se empezaban a sonrojar. Me sujeto la mano mientras manteníamos la mirada, la sensación de su mano apretándome me lleno de confianza y excitación. Ella me beso, sus mejillas ya estaban completamente rojas.

    -Está bien si no quieres, podemos hacerlo como siempre. –Me dijo al oído y pegando su frente a la mía. -Yo sabía lo que pasaría hoy, lo que planeamos, lo que yo había prometido y sobre todo ambos deseábamos. –Sé que es algo muy grande… -Yo la sujeto por las mejillas y la beso, callando lo que me decía. Su suave piel, el hermoso sabor de sus labios y boca, me convencen de no dar más rodeos y proceder a aquello que habíamos prometido.

    -No, Mariela. Hoy lo haremos. Hoy será el día, que dijo hoy. Ahora, ahora seré tuyo por siempre.

    -¿Lo dices enserio mi amor? –Me dice conmovida. Yo asiento y la vuelvo a besar.

    -Vamos. –Dijo besándola poniéndonos de pie y yendo a su recamara en el segundo piso.

    Ella vestía con un pantalón de mezclilla, muy pegado que permitía resaltar su trasero, una blusa rosa que cubría con el suéter negro de mangas y cuello largo que llevaba encima, creo que no traía sostén. El cabello se lo había cortado hace un par de meses, pero ya lo tenía hasta los hombros, se le veía hermoso.

    Al llegar a su cuarto yo procedí a abrir la puerta, pero ella me detuvo. Se puso sobre la puerta y me miro mordiéndose el labio, gesto que me encantaba.

    -Te tengo una sorpresa.

    -¿A sí?

    -Si cierra los ojos. -Yo obedezco a medias, los dejo ligeramente abiertos ella iba a proceder a abrir la puerta, sin embargo, se dio cuenta y desistió. –Tramposo, ay yo te los tapo. –Dice y se pone detrás de mí y lo hace dejándome completamente a oscuras. Avanzamos, abre la puerta, casi me golpeo con su mueble con espejo donde apuesto guarda todas las tangas y obras que le he regalado. Ya he estado aquí antes junto a ella, así que se cómo está llevando y poniendo justo enfrente de la cama.

    -Feliz día mi amor. -Dice quitándome las manos de los ojos. Revelándome entonces su cama, la cual tenía un corazón formado con pétalos de rosas y alrededor, seis carritos hoteles. –Para el mejor novio. –Me dice mientras los veo. Me agrado mucho una que es una camioneta de carga, aunque los seis son muy bonitos y veo en el centro una carta con nuestras iniciales; L y M, al reverso dice: “Feliz día del novio”.

    -¿Día del novio?

    -Sí, ¿No lo sabias? –Me dice abrazándome por detrás.

    -No. Ay mi reina yo pensé que habías hecho todo esto por lo que haríamos hoy, ya hasta me sentía mal. Pensé y si me hubiera arrepentido, habría hecho todo esto por nada.

    -No amor, no lo hice por eso, Aunque te hubieras arrepentido aun a si te habría traído para darte esto por ser el mejor novio. –Me acaricia la mejilla. -Eres tan bueno conmigo, tan cariñoso, tan protector y sobre todo me haces sentir amada, única, me haces sentir mujer.

    -Shhh. -Dijo poniéndole un dedo en la boca. -Ya te lo he dicho millones de veces. Jamás lo dudes. Tú eras la mujer más hermosa, bella y preciosa que he visto. Te mereces todo el amor y todo el cariño. –Dijo besándola y abrazándola, ella desliza sus manos a mi cinturón y me lo desabrocha. Yo me siento y ella se sube sobre mi dejando sus hermosos senos sobre mi cara, los beso aun con el suéter encima. Ella me quita la camisa, no lleva madamas abajo.

    -Espera deja quitarme el suéter. –Lo hace y tengo sus hermosos senos frente a mí, suaves, blancos y muy hermosos. Los chupos instintivamente. Ella coloca sus manos en mi cabello. Siempre dice que le encanta verme mamar sus pechos y a mí me encanta, lamer, morder y jugar con sus senos y pezones en específico.

    -¿Ya están duros? –Me dice.

    -Yo ya, pero mejor me aseguro de que lo esté completamente. –Dijo y me arrodillo.

    Entonces procedo a quitarle sus jeans, revelando su hermosa tanga blanca y sus piernas. Le saco el pantalón y queda delante de mi ese hermoso bulto blanco. Ya comenzaba a levantarse, a despertarse. Le doy un beso sobre la tanga de encaje blanco que le regale en su cumpleaños pasado. Siento la cabecita despertarse. Hago a un lado la tanga liberando su hermoso miembro femenino, ya casi completamente erecto. Le doy una lamida en su cabeza, después dos más para finalmente proceder a engullirlo con mi boca. Pongo mis manos en sus caderas acariciándolas mientras saboreo su delicioso pene. Me encanta sentirlo en mi boca, suave pero firme, con su hermosa piel subiendo y bajando, ella cierra los ojos y me sonríe, mientras acaricio sus nalgas, suaves y las aprieto.

    -Ah, mi amor. -Gime. Yo sigo saboreando su hermoso pene femenino, sintiendo que ya está a punto de venirse. La miro a los ojos ella me sonríe y me detengo. Me levanto para besarla. Ella con sus hábiles manos me baja la trusa y libera mi pene ya erecto. Ambos ya erectos, acercamos nuestros miembros y estos se entrelazan, siempre me ha encantado la sensación de su pene tocando el mío, se siente tan bien. Debo reconocer que el pene de Mayita es un par de centímetros más grande que el mío. Ella sonríe al juntar las cabezas de ambos ya empapadas con pre semen. Al juntarlas pareciera que se besan.

    -Estoy listo mi amor. –Le dijo. Ella sonríe casi conmovida. –Estoy listo para ser tuyo. –Me besa.

    -Amor sé que esto será difícil si quieres que me detenga solo dilo y lo hare, sé que puede doler.

    -Yo también, pero es parte de ello. Hoy quiero entregarme a ti, sentir que soy tuyo, así como tú has sido mía. Quiero que estemos conectados por completo. –Dijo tomándola de las caderas. –Quiero que nuestra conexión y amor sea completo. Sin restricciones ni nada, quiero saber que soy completamente libre de disfrutar y amar a la mujer de mi vida. –Ella se lanza besarme mientras siento como su pene se vuelve a entrelazar con el mío.

    -Eres el mejor hombre del mundo, que afortunada he sido de tenerte.

    -El afortunado he sido yo. -Dijo regresándole el beso y cuando la miro ambos sabemos que llego la hora.

    Me doy media vuelta y me comienzo a acomodar sobre la cama. Las sabanas y las almohadas son blancas. Gateo hasta llegar casi a la cabecera, estoy en posición de cuatro. Volteo y veo que saca de sus cajones un poco de lubricante y un preservativo.

    -Amor sin preservativo. –Le dijo.

    -Es que a si entrara más fácil y mejor mi amor. Es primera vez, tu ano debe dilatarse y acoplarse correctamente. Te juro que compre el mejor condón de todos, no sentirás la diferencia. –Me responde abriéndolo.

    -Ven yo te lo pongo. –Le dijo y me volteo a sentarme ella se acerca. Yo agarro el condón y su pene. Le doy otro beso a su cabeza y dos lengüeteadas a su tronco, ella lo goza. Entonces lo agarro con ambas manos como cuando la masturbo y le pongo el preservativo. Le doy un último beso.

    Regreso a mi posición en cuatro listos para recibirla. Ella se sube a la cama, escucho que se echa el lubricante, pero entonces siento que sujeta mis nalgas con sus manos y procede a besar mi ano. Es un beso tan profundo, lento y penetrante cuya sensación me recorre todo el cuerpo. Me da otro beso y después comienza a lamer todo alrededor de mi cavidad anal. Yo gimo. Me tiene ya bajo su completo control, soy suyo. De repente comienza a pasar su pene por mis nalgas, rozándolas, chocándolas y lo peor lo roza con mi cavidad anal. Como la deseo.

    -Creo ya estas suficientemente lubricado. Estas listo mi amor. –Dice volviendo a rozar su pene con mi ano.

    -Si por favor, me muero por ti.

    -¿Si?, ¿Qué tanto? –Dice volviendo a pasar su pene entre mis nalgas, yo gimo.

    -Te deseo en mí, te deseo ahora mismo.

    -Suplícame. –Dice acercándose a mi oído y besándome en la oreja.

    -Te lo ruego hazme tuyo, cógeme.

    -Quiero que me desees.

    -Si te deseo Mayita.

    -Quiero que me desees como nada en este mundo.

    -No existe mundo, no hay nada. Solo tú y mi deseo de que entres en mí.

    -Tus deseos son ordenes mi amor.

    Y entonces comienzo a sentir como su cabeza comienza a entrar en mí. Se siente un dolor, seguido de un escalofrió, recorriendo todo mi cuerpo. Suelto un pequeño grito y entonces siento como una sensación de contención, como si mi cuerpo supiera que desea y debe hacer algo, pero se resiste. Comienzo a sudar y respirar hondo.

    -¿Todo bien mi amor? –Me dice en un tono más dulce al seductor de hace rato.

    -Si… Todo bien amor. –Le dijo. Pero ha sido solo la puntita, su cabeza ya está dentro de mí, pero faltan como 16 centímetros más. Ella me sujeta de las caderas y entra más en mí, su tronco con su cabeza que tanto me encanta besar como punta de lanza se abre pasa en mí. El escalofrió y el dolor se intensifican, yo suelto un grito un poco más fuerte, me retraigo y comienzo a sudar más.

    -Mi amor seguro que todo bien. –Me dice deteniéndose.

    -¡Si! mmmm… Toda bien… solo que como dijiste… primera vez.

    -Mi amor si no lo estas disfrutando puedo parar.

    -¡No!… Sigue mamá… Ya casi… Te quiero adentro.

    Ella me besa el lóbulo de la oreja y entonces pone su mano izquierda en mi hombro. Sigue entrando yo casi caigo sobre la almohada, comienzo a sentir un escalofrío, cálido y excitante recorriendo todo mi cuerpo. Es placentero. Al final siento como se detiene, lo siento. Esta adentro. Suelto un pequeño gemido de alegría.

    -¡Esta dentro!

    -¡Si mi amor¡¡Si! Lo hiciste muy bien. –Dice volviéndome a besar.

    -Se siente… hermoso! –Le dijo, porque así es. Esta dentro de mí. Soy suyo por siempre. Se siente tan bien, grande, cálido, como una inyección de placer extremo. Un placer que solo Mayelita la mujer que amo me puede dar.

    -Muy bien mi amor. –Me dice y siento como su pene en mi interior se mueve ligeramente. -¿Empezamos?

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  • Mi novia no es solo mía (2/3)

    Mi novia no es solo mía (2/3)

    Sólo faltaba el moño para que el paquete estuviera bien envuelto, así que el viaje de mi cuñado y su amigo para un seminario de marketing fue la ocasión para que me ofreciera a llevarlos al aeropuerto; a Pedro no le pareció conveniente negarse, pero había que tomar precauciones.

    -“No te molestes en bajar a acompañarnos, porque hacemos el ingreso y vamos a la sala de preembarque”.

    -“Perfecto, busco cigarrillos en el kiosco y me voy”.

    Y eso hice, pero después de la compra, me ubiqué en un rincón, disimulado entre la gente y desde donde podía verlos; en seguida se reunieron con ellas ubicándose en la fila frente al mostrador. Naturalmente el dolor del engaño se hizo presente arrollando la afectividad que se quejó «Qué pedazo de cuernos que tenés muchacho», a lo que el intelecto respondió tratando de disminuir el impacto «Quizá no son ellas sino otras muy parecidas», sin embargo, el corazón dolido respondió «Acepto esa posibilidad, pero salgamos de duda, llamala por teléfono»; y yo, que estaba entre medio de los dos enfrentados, seguí el consejo. Al tercer timbrazo la vi llevar el aparato al oído y atender.

    -“Hola mi amor”.

    -“Hola hermosa, quería despedirme y enviarles cariños a tus padres”.

    -“Gracias, en seguida subo al colectivo, transmito apenas llegue”.

    En eso se escucha por los altavoces «Su atención por favor, Aerolíneas X anuncia el preembarque de su vuelo a Aruba», era el momento de colgar.

    -“Que tengas un hermoso vuelo”.

    Y corté.

    Evidentemente la actuación era una de mis virtudes, aún con el corazón hecho pedazos. Ahora tenían pleno sentido los viajes a casa de sus padres coincidiendo fechas con los viajes de negocio del cuñado y su amigo, o los días que tenía que estudiar hasta tarde en consonancia con el retraso por trabajo acumulado de los maduros amantes.

    Habiéndome tranquilizado algo tomé conciencia de encontrarme en una encrucijada y, aunque de a ratos tenía que parar porque reaparecía el dolor y la bronca, logré determinar un posible proceder ante la infidelidad en curso.

    Si se lo reclamaba de manera directa el par de maduros amantes se iba a enterar rapidísimo y eso tensaría la relación de los dos matrimonios con franco peligro de ruptura, así que esa solución quedaba descartada; aceptar los cuernos, como si no me hubiera enterado, nunca había estado en mis planes; la tercera y más posible era inventar alguna causa creíble y darle fin a la relación. Un buen motivo valedero e irreversible era la desaparición del enamoramiento, solo quedaba elaborar la forma de decirlo.

    Esos tres días yo, que en anteriores ocasiones la llamaba dos veces cada jornada, me abstuve de hacerlo, y el lunes a la mañana, cuando ella estableció la comunicación, el diálogo siguió el cauce que, después de pensarlo mucho, había decidido seguir.

    -“Hola mi amor, extrañé tus llamadas, pero esta noche estaré en casa deseando verte”.

    -“Hola preciosa espero que regreses contenta después de haber disfrutado el viaje, yo ando concentrado en el estudio con pocos intervalos para algo de actividad física; de todos modos, tu ausencia me ha servido para reflexionar sobre nuestro noviazgo”.

    -“No entiendo lo que intentás decirme”.

    -“Lo charlamos después, esperá unos segundos, saludo a Pedro, que recién llega, y seguimos hablando”.

    La llamada de Rocío coincidió con la llegada de Pedro, con cara de cansado y quejándose de lo agotadores que resultan esos seminarios, aunque tenían de bueno que son valiosas oportunidades de concretar rentables negocios; yo después de saludarlo seguí hablando con mi novia.

    -“Sigamos chiquita, ¿cómo anduvo ese fin de semana familiar?”

    -“Bien, rodeada de parientes y disfrutando esa compañía”

    -“Me alegro, por otro lado, anoche, mientras esperaba el sueño, tomé conciencia de que no te extrañé, muy distinto de otras veces en que me dominaba la ansiedad por tenerte cerca y me costaba concentrarme en cualquier actividad, en cambio esta vez nada de eso perturbó el estudio o las salidas a trotar; y esta tarde hice una prueba definitoria, me puse a imaginarte teniendo sexo con otro, en variadas posiciones, pidiéndole que te dejara mamarla bebiendo su eyaculación, rogándole que te horadara el culo, y ¿sabés cuál fue el resultado? no sentí ni una pizca de celos. Evidentemente, nena, ya no te quiero, así que lo mejor es que cada uno siga su camino. Buena suerte”.

    Al rato de haber cortado la llamada la compañera de piso, seguramente por pedido de la abandonada, llamó.

    -“Hola Juana”.

    -“Hola Ramiro, ¿podremos vernos? Me gustaría hablar con vos”.

    -“Encantado, te espero en el café de la esquina de casa”.

    -“Un caballero iría hacia donde está la dama”.

    -“Es verdad, pero la interesada en la reunión sos vos, así que el esfuerzo va de tu lado”.

    A la media hora estábamos ambos frente a frente con una bebida fresca apropiada a la temperatura.

    -“Te escucho”.

    -“En casa quedó Rocío hecha un trapo llorando porque la dejaste, y encima me echa la culpa a mí”.

    -“Algo me estoy perdiendo porque no entiendo el enojo”.

    -“Es que ella me hace responsable de la ruptura y en parte tiene razón, pues una vez que andaba sin un peso le propuse aumentar sus ingresos como yo, haciendo de dama de compañía y tres meses atrás comenzó conmigo; está convencida que cortaste porque nos descubriste, ¿así fue?”

    -“No, aunque hubo una señal en el aeropuerto, pero no le hice caso”.

    -“¿Qué señal?”

    -“Después de dejarlos a Pedro y Tomás, cuando iba saliendo la llamé para despedirme y mientras hablábamos escuché un llamado a preembarque, pero como yo también estaba en el aeropuerto pensé que lo estaba oyendo en directo y no por el teléfono”.

    -“Es que al no llamarla en los tres días pensó que algo sabías”.

    -“La primera noticia viene de vos y, ya que estamos en plan de confidencias, ¿a cuantos clientes atendió en estos tres meses?”

    -“Lo decís como si fuéramos putas vulgares”.

    -“Quizá no vulgares, pero la que entrega su cuerpo a cambio de plata, es una puta, ramera, golfa, y hay más sinónimos, vos ubicate en el que más te guste”.

    -“Por favor no sigás, es como si me estuvieras insultando, salió solo con uno, bueno, en realidad estuvo con dos porque, como estábamos juntas, intercambiamos. Me dijo que está muy arrepentida y no va a seguir saliendo, pide que la perdones pues de verdad te ama, quiere hablar con vos”.

    -“Una curiosidad, ¿y cuántas veces con esos dos?”

    -“Quizá una vez por semana además de los feriados largos”.

    -“Dejame que lo piense, de todos modos, nos podemos encontrar aquí mañana, solo que me avise la hora”.

    Y al día siguiente llegué al café unos minutos antes de la hora acordada y cuando ella apareció, sin levantarme, le indiqué la silla que tenía en frente, evitando saludo de contacto y manteniéndola lo más alejada posible.

    -“Te escucho”.

    -“Sé que estuve mal y vengo a pedirte perdón, te juro que solo a vos te amo”.

    -“Bueno, me alegro que hayas tomado conciencia, decime cuándo te diste cuenta?”

    -“Cuando me dijiste que ya no me amabas, y encima por teléfono, sin dejarme hablar”.

    -“Y en caso de poder hablar ¿qué pensabas decirme?”

    -“No sé, preguntarte cómo era posible que de un momento a otro ya no me quisieras”.

    -“A ver si entiendo, simplemente querías pedirme explicaciones, buena manera de transferir responsabilidades, el problema estaba en mí, yo era el basura que había dejado de quererte. Que vos chuparas pijas al por mayor, ofrecieras tu concha para ser usada con frecuencia y pusieras el culo en posición de ser taladrado a destajo, y todo por extraños, son detalles sin importancia. Una duda, ¿en algún momento pensaste que estabas obrando mal para conmigo?”

    -“Sí por supuesto y pensaba terminarlo”.

    -“Una lástima que tres meses no fueran suficientes para tomar esa decisión”.

    -“No sabía cómo hacerlo, pero nunca dejé de quererte”.

    -“Voy a aceptar tus palabras, hagamos el esfuerzo para recomponer el vínculo, tratemos de volver atrás como si lo sucedido fuera solo un mal recuerdo; naturalmente te pido un poco de paciencia porque algo de tiempo me va a llevar superar lo que tengo en la memoria”

    -“Desde luego mi amor, no te vas a arrepentir, te espero esta tarde en casa”.

    Meditada serenamente la situación concluí que seguía amando a mi novia, pero no entraba en mis planes ser cornudo; además revertir lo sucedido implicaba no solo rectificar la conducta, sino lograr que los recuerdos no dolieran, y eso era dificilísimo; además los galanes eran consumados puteros y seguramente harían lo posible para que una negativa fuera algo transitorio. Consciente de que un buen resultado era casi imposible decidí mantener mi palabra, pero redoblar la vigilancia.

    Tuve que insistir mucho con ella para que aceptara regresar a los almuerzos los días domingo en casa; si bien Juana nunca identificó los dos hombres que ellas habían frecuentado, yo estaba seguro que se trataba de Pedro y Tomás, por lo cual esas comidas dominicales representaban para los cuatro involucrados un momento tenso fácilmente perceptible para quien estuviera al tanto de los antecedentes.

    En la segunda semana después de reiniciada la relación se encendió la luz de alarma cuando mi novia dijo que tendría reunión de estudio y no podríamos reunirnos, justo en el horario en que mi cuñado avisó que se retrasaría en su llegada a casa. Por supuesto que fui igual, pero con el fin de vigilar sus movimientos; y lo que inicialmente fue duda angustiosa, se transformó en dolorosa certeza.

    Al constatar fehacientemente el engaño la bronca y el dolor compitieron a ver quién era más grande; Pedro, mi cuñado, usando su abultada billetera se sacaba las ganas, una o dos veces por semana, con mi novia; por otro lado Tomás hacía lo mismo, pues ambos eran fervientes devotos del dicho «En la variedad está el gusto», y así intercambiaban a placer a Rocío y a Juana.

    Acá había una responsable, dos coprotagonistas y una instigadora; buscando la manera de hacerle pagar mi sufrimiento a los cuatro me dediqué a encontrarles algún punto débil, y el esfuerzo dio sus frutos. Generalmente toda persona que cruzó los cuarenta, realiza una parte considerable de sus actividades siguiendo alguna costumbre que, inconscientemente, se cumple como si se tratara de un precepto religioso; y los dos viciosos no eran la excepción a la regla; cuando alguno andaba con buena disposición llamaba por teléfono, y la puta que estaba disponible lo esperaba en el lugar elegido cerca de su departamento, siempre con pollera y dispuesta a una mamada dentro del auto para complacer al que le solventaba algunos gastos.

    El encuentro se producía en una cuadra arbolada, con poco tránsito y normalmente con bastantes espacios para estacionar; ella esperaba en la esquina hasta que el auto se ubicaba, se acercaba a donde estaba detenido, subía y tras el consabido beso maniobraba hasta apoderarse del miembro y llevarlo a la boca mientras se mantenía con las piernas abiertas para que el macho metiera la mano a gusto. Todo el trámite llevaba alrededor de diez minutos, luego beso de despedida y cada uno a su casa.

    El aviso de posibilidad de reunión era la llamada de mi cuñado diciéndole a mi hermana que se iba a demorar un poco en llegar por trabajo acumulado. Dos oportunidades observando la rutina me permitieron determinar el inicio de mi venganza. La tarde que llegó el aviso fui a esperar el momento apropiado y me di con una sorpresa, quien llegaba era Tomás mientras Juana lo esperaba; no iba a desperdiciar la oportunidad que el azar me estaba dando así que seguí con lo previsto; cuando vi que el varón echaba la cabeza hacia atrás denotando goce profundo, supuse que también cerraba los ojos y me aproximé rápidamente.

    Le puse una bolsa de tela negra cubriendo la cabeza y ajusté el cordón que la cerraba, luego le di un puñetazo fuerte en nariz y boca; al escuchar el grito de dolor la mamadora intentó levantarse pero no pudo, mi mano tomándola de la nuca la hizo recibir el miembro en la garganta por unos segundos, para luego ser elevada y recibir un golpe similar al sufrido por el macho de la cabeza embolsada.

    Después me alejé caminando tranquilamente para no llamar la atención, con certeza disponía de un minuto antes de que alguien escuchara gritos pidiendo ayuda y se acercara para averiguar lo sucedido.

    Al día siguiente Lara me contó la versión recibida de Elena; Tomás había sufrido un intento de robo y, al resistirse, recibió un golpe en la cara que le produjo fractura del tabique nasal, unos dientes aflojados y lastimaduras en los labios; el ladrón había huido sin lograr su propósito.

    Esa tarde la llamé a Rocío para que nos viéramos, más que nada porque me carcomía la incógnita sobre el estado de su compañera, pero mi novia puso una excusa tonta para dejarlo hasta el día siguiente, cosa que hice en el momento pactado encontrando a Juana con un extendido hematoma en la cara, adjudicándoselo a una caída. Seguramente el amante tendría que correr con los gastos de reparación del tabique nasal y de la dentadura aflojada.

    Ahora tocaba a la otra parejita. Con el antecedente de lo sucedido en la calle arbolada cambiaron de lugar, y el nuevo punto de encuentro era a una cuadra de la casa de ellas, donde el macho levantaba a la disponible y la llevaba a la inmensa playa de estacionamiento de un supermercado, ubicándose lo más lejos posible de la entrada al edificio, ahí diez o quince minutos de mamada y luego el camino inverso.

    En este caso la tarea de venganza se la transferí la policía. Averigüé por la red el nombre de alguna adolescente que estaba siendo buscada y ese día seguí a los amantes en mi moto; cuando eligieron el lugar para estacionar, desde una cabina llamé al 911 diciendo que me parecía haber visto a la joven buscada en un auto junto a un hombre y les di la ubicación; a los cinco minutos dos móviles policiales con sus luces azules intermitentes estaban junto al auto de mi querido cuñado.

    Entredicho policial.

    Cuando los patrulleros, con su llamativo juego de luces, se detuvieron cortando cualquier intento de fuga del auto que oficiaba de refugio a la felación, mi novia miró espantada en esa dirección, mientras mi cuñado tomó conciencia de la realidad cuando la cabeza de la hembra dejó de subir y bajar rítmicamente devorando su miembro, que pudo guardar, pero no alcanzó a cerrar la bragueta, antes de tener al policía al lado. Desde unos metros, apenas asomando la cabeza por el costado de un vehículo estacionado, fui testigo de otra parte de mi venganza.

    -“Por favor caballero, baje del auto con las manos donde pueda verlas”.

    -“Qué pasa oficial”.

    -“Señor por favor, lo estoy invitando a bajar, haga lo que le pido, lo mismo la señora, ambos con sus documentos y también los del auto”.

    Espantoso trámite es descender del vehículo y simultáneamente disimular que nada raro había pasado antes, aunque su virilidad había pasado súbitamente, de vigorosa erección a mísero tarugo arrugado, la bragueta abierta y el cinturón desabrochado eran un testimonio difícil de rebatir. El pedido de documentos fue satisfecho en parte, ya que Rocío no los llevaba consigo.

    -“Señor, señora, lamentablemente nos van a tener que acompañar a la seccional para identificar a la dama”.

    -“No entiendo por qué tengo que ir si ya me identifiqué”.

    Y ahí se rompió la relación.

    -“Nunca pensé que fueras tan basura, ahora que te conozco, me las voy a cobrar”.

    -“Eso no podrá ser caballero, hemos recibido un aviso de que la dama que lo acompaña podría ser una mujer, cuya desaparición, fue denunciada hace algunos meses; si eso se confirma necesitaremos también su testimonio”.

    Y así, el solvente macho, cogedor de mocosas ajenas, que nunca tuvo que dar explicaciones sobre sus actividades, se vio obligado a llamarla a su señora.

    -“Hola mi amor, lo estoy llamando a Ramiro y no contesta, ¿lo tendrás cerca?”

    -“No, salió a comprar algo y todavía no regresó, se dejó el celular acá”.

    Y tuvieron que emplear el último recurso, llamarla a Juana; ella, con mascarilla y anteojos oscuros fue a la comisaría con el documento de su amiga; entiendo que ese fue el último contacto personal entre las acompañantes y los acompañados.

    Fin entredicho policial.

    Ya todos en casa, mi cuñado armó el relato diciendo que se había encontrado con Rocío, ofreciéndole llevarla a su casa y, en un control policial, tuvieron el percance del documento de identidad. Al día siguiente fui a verla a mi novia, la que, interrogada, confesó lo ocurrido.

    -“Poco duró tu deseo de restablecer la relación; con los datos que me dio tu amiga Juana hice un cálculo modesto; sobre la base de que los dos caballeros tienen un miembro estándar o sea 13 cm, dos polvos y una mamada con cada uno por día de encuentro, tres feriados largos y 12 semanas. Eso significa 9 días de feriados largos y 12 días entre semana. Calculamos 13x6x21, lo cual da que en estos tres meses te comiste, como mínimo, 16 metros y 38 centímetros de pija, eso sí, amándome un montón. Pero evidentemente esa cantidad te resultó insuficiente”.

    -“No lo digás así”.

    -“Seguramente hay otras maneras, yo elegí esa. Es muy probable que haya otros hombres que estén contentos con esa forma tuya de expresar el amor, pero no es mi caso, así que hasta nunca”.

    Y así terminó mi noviazgo, aunque el dolor persistiera un tiempo más. Yo disfrutaba de la buena relación que tenía con los dos matrimonios, aunque disimulaba el encono contra los hombres, y eso se reflejaba en salidas que ligaba de arriba cuando no tenía programa; generalmente eran a cenar y luego tomar una copa, concurriendo a lugares de alto nivel, acorde a las posibilidades económicas de los maridos y también a sus ambiciones carnales, pues eran sitios apropiados para elegir excelentes acompañantes con quienes gozar algún fin de semana fuera del hogar.

    Carne joven, linda, poco usada y ambiciosa, que huelen de lejos a los maduros lujuriosos y ricos, y si bien ambos conservan una elegante presencia, llevan una carnada especialmente atractiva en forma de gorda billetera. Debo reconocer que mi incomodidad de corneado había disminuido sensiblemente después de lo que les había hecho vivir a los dos perversos. Alternaba el baile entre alguna chica de mi edad y con las dos esposas que a veces mostraban un cierto aburrimiento. La llevaba a la pista a Elena cuando la dama sonriendo dijo.

    -“Imagino que no me habrás sacado a bailar para posicionarte mejor con vistas al año que viene, cuando sea profesora tuya”.

    -“Antes prefiero reprobar la materia”.

    -“Entonces cuál puede ser el motivo para invitar a una gorda antes que a la multitud de chicas jóvenes y lindas dispuestas a bailar”.

    -“Primero dejemos claro que no estás gorda. Las chicas a las que te referís son flacas, en palabras vulgares se podría decir que tienen poco para agarrar, están pobres de carne. Vos nada tenés sobrante, tu armonía corporal sigue intacta, y lo dice alguien que te ha visto en traje de baño. Ahora contesto tu pregunta, la causa de mi invitación es simplemente que te deseo”.

    Su reacción fue alejarme todo lo que daban los brazos hablándome con gesto serio y furioso.

    -“¡Cómo podés decirme eso siendo amiga de tu hermana, mucho más grande que vos y, además, sabiendo que soy casada!”

    -“Vos me hiciste una pregunta y yo simplemente te conté lo que siento, y lo hice porque hace un rato dijiste que sos de mente abierta, que escuchás opiniones, aunque no te gusten, siempre que las expresen respetuosamente”.

    Su enojo desapareció como por arte de magia y volvimos a la postura y distancia de antes.

    -“Tenés razón, pero no está bien”.

    -“No es malo tener un deseo natural; diciéndolo no te insulté, no te hice una propuesta ofensiva, tampoco te adjudiqué responsabilidad en despertar mi pasión, no hablé mal de tu marido; lo único que hice fue, en confianza, responder a tu pregunta. De todos modos, veo que sin querer te incomodé, y como no quiero imponerte mi presencia quizá lo mejor sea que volvamos a la mesa”.

    -“No por favor, la sorpresa me hizo contestar mal, me sentí atacada y, sin pensar, respondí a la defensiva; quiero seguir bailando con vos”.

    -“Y yo encantado de soñar despierto teniéndote entre mis brazos”.

    -“Me estás envolviendo, y seguro que ahora me vas a decir que soñás conmigo”

    -“Es verdad, algunas veces son sueños, por supuesto ingobernables, y otras veces son trabajo de mi imaginación, querés conocer alguno”

    -“No creo que sea una buena idea, pues seguramente tu cuerpo va a reaccionar y alguien, que se dé cuenta, puede pensar mal”.

    -“Tenés razón, debo cuidar tu buen nombre”.

    -“Adoptemos una solución de compromiso, vos te das en el gusto y yo me protejo algo, contame solo una parte pequeña”.

    -“Casualmente una de mis fantasías es que estamos bailando como ahora y que, en uno de los movimientos, sin intención previa, apoyamos nuestras pelvis, por eso ambos nos miramos, yo temiendo una señal de rechazo ante lo que pudiera tomarse como un atrevimiento, y vos tratando de discernir si lo mío fue adrede”.

    -“Y yo qué hice”.

    -“Parece que no viste mala intención y además sentiste algo de agrado en la presión de mi miembro tieso, pero yo temeroso de provocar una reacción contraria me despegué sin alejarme”.

    -“Así que según vos quedé con ganas de más”.

    -“Parece que así fue porque seguimos bailando muy cerca y rozándonos con frecuencia, aunque disimulábamos evitando mirarnos. Ahí junté valor y, metiendo la mano en el bolsillo acomodé el miembro perpendicular al cuerpo y te apreté contra mí”.

    -“Y yo me dejé apretar”.

    -“En realidad no solo te dejaste, sino que hiciste un aporte, pues si bien mirabas a un costado, te pusiste en puntas de pies para alojarlo entre tus piernas y comenzar el vaivén de rozamiento”.

    -“O sea que en tu pensamiento soy una flor de puta”.

    -“De ninguna manera, sos la misma hermosa dama y señora de siempre que da curso a un instinto natural, y por lo tanto, bueno”.

    -“Bueno si estás con quien debés estar”.

    -“Ese es un problema del entendimiento, ahora es un tema de tendencia”.

    -“Ya está, por favor no sigas”.

    -“¿Te estoy molestando?”

    -“No, pero me estoy sintiendo rara”.

    -“Entonces conviene que te sostenga, no vayas a perder pie”.

    Y la atraje hasta quedar pegada.

    -“Ramiro, me estás apoyando el bulto como si quisieras traspasarme”.

    -“Es un efecto secundario, que no pienso desaprovechar, pero busco que no pierdas el equilibrio”.

    -“¡Degenerado te estás moviendo como para que mi entrepierna sea recorrida por todo lo largo del cilindro!”

    -“Eso sucede por mi debilidad para enfrentar la tentación”.

    En eso la dama se puso en puntas de pies para hablarme al oído

    -“Chiquito, te lo ruego, no sigamos, podemos salir perjudicados, ayúdame que mis fuerzas son insuficientes, en otro momento lo hablamos”.

    -“Tenés razón hermosa, vamos despacio hacia la mesa tratando de volver a la normalidad”.

    Íbamos caminando cuando Lara nos salió al encuentro para tomarla a Elena de la mano y ambas dirigirse al baño, ahí Tomás se acercó y me habló hasta que vio regresar a las mujeres, momento en que se levantó para charlar con su esposa y luego ir a donde lo esperaba su amigo.

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  • Me cogí a mi segunda alumna

    Me cogí a mi segunda alumna

    Varias veces nos vimos Mariela y yo en bares y antros, yo era más grande que ella pero eso no impedía el que nos saludáramos. Al pasar el tiempo y platicar en la universidad sobre lugares a visitar me pidió mi número de teléfono, teníamos varios conocidos en común así que pensé que sería uno más de sus amigos.

    Un viernes por la tarde me llama y me dice que quiere conocer un nuevo lugar, le gustaría que la acompañara. Por supuesto que accedí, le dije que yo pasaba por ella aprovechando que su departamento estaba muy cerca de mi casa, ella accedió. Cuando llegue por ella me di cuenta del cuerpazo que tenía, ella era chaparrita, pero su cuerpo era tentación para cualquier persona, traía una gabardina larga ya que hacía frío pero abierta y me permitió ver larga forma que tomaba su pantalón de piel pegado al cuerpo y el escote tan lindo que me permitió ver la forma de sus grandes tetas.

    Yo sabía que tenía unas nalgas muy ricas, varias veces las vi con pantalones de mezclilla pero cuando se quitó su gabardina para subir al auto ufff, ese pantalón le levantaba el culo y realmente se me paró la verga solo de verla, ella supo perfectamente que la veía con deseo.

    Llegamos al lugar, francamente yo pensé que veríamos a sus amigos y mi sorpresa fue que solo éramos ella y yo, nadie más llegaría. Estuvimos platicando y tomando unos tragos, sin darnos cuenta nos dicen que están por cerrar por lo que debemos irnos.

    Camino a su departamento me pregunta si tengo algo para tomar en mi casa, claro que si, le respondí. Llegamos y seguimos tomando, esta vez ya nos tomábamos las manos y comenzamos a hablar sobre lo que nos excita en el sexo, ella era realmente caliente, decía que no le importaba si su pareja cogia con más personas, con que a ella se la cogiera como a ninguna ella estaba satisfecha. Pasaron un par de horas y me pidió quedarse ahí por qué se sentía algo ebria. Yo accedí y la invité a mi habitación.

    No hubo respiro, apenas llegamos a la habitación y hundidos en un beso comencé a quitarle la ropa, ella se acariciaba la verga y cuando la sacó de mi pantalón dijo que era justo lo que esperaba, yo la tenía durísima, le quité la ropa y mientras acariciaba su panocha le pedí que se pusiera de rodillas y me la mamara, ella accedió. Me la estaba chupando muy rico mientras yo acariciaba sus enormes tetas, la lamia de arriba abajo y con la otra mano me acariciaba suavemente los huevos, se metía la verga en la boca todo lo que podía hasta ahogarse, le encantaba esa sensación. Le pedí hacer un 69 ya que yo también quería probarla.

    Se montó sobre mí y comenzamos, tenía su panocha bien depilada, todo me indicaba que eso era lo que ella ya había planeado. Le pasé mi lengua por toda su panocha, le abrí las nalgas y acaricie su ano, le metí un dedo y soltó un gemido de placer con mi verga en su boca. La acosté y mientras la penetraba chupaba sus tetas, no podía dejar pasar esa oportunidad, estaba tan caliente que pude sentir sus jugos. Comencé a ahorcarla poco a poco suficiente para que sintiera placer, pude ver como la estaba excitando cada vez más y mientras más la penetraba más mojada se ponía.

    Le pedí ponerse en 4, ansiaba ver ese culo con mi verga dentro. Le abrí las nalgas y se la metí por el culo, ella no se opuso, noté que le encantaba y mientras la penetraba me acerqué para tocar sus tetas que rebotaban delicioso, noté que comenzó a masturbarse mientras yo taladraba su culo y sus gemidos se hicieron más fuertes.

    La saqué de su culo y se la metí en la panocha nuevamente, esta vez ella apretaba muy rico mi verga, sentí su orgasmo pero yo aún no lograba el mío, la acosté de cucharita para sentir sus nalgas nuevamente con una mano tocaba su panocha y con la otra sus enormes tetas ella recorría su cuerpo con sus manos señal de que le estaba gustando, pudo venirse otra vez y un par de minutos después yo también me vine adentro de ella. No usamos protección, ella me comentó que se estaba cuidando. Acordamos dormir abrazados, ya que así le gustaba a ella.

    Despertamos temprano, me pidió llevarla a su departamento ya que tenía que ir a trabajar, ahí no me justifican las faltas como tú, me dijo. Yo seguía muy caliente y me monté sobre ella, comencé a penetrarla y ella lanzó un gemido, señal que estaba lista para coger nuevamente, entre gemidos me dijo “eres un cabrón, sabes que me encanta la verga y te aprovechas, vente rápido” yo estaba muy caliente y comencé a besar sus tetas mientas la tenía abrazada acariciando sus nalgas, estaba muy excitado y la penetre con rapidez, al cabo de unos minutos terminé nuevamente adentro de ella.

    Se levantó al baño para arreglarse y cuando regresa, la veo desnuda, a mi no me vas a dejar caliente, me dijo, ya llamé al trabajo para decir que estoy enferma y que no iré, lo que no saben es que mi enfermedad se llama calentura y quiero que me la quites.

    Se acostó en la cama nuevamente yo me levante y le puse la verga en la boca para que me la mamara mientras le acariciaba las tetas, me encantan, le dije, son tuyas y de muchos, me respondió. Esta vez la puse de pie empinada y comenzó a penetrarla con mucha fuerza, ella no se contuvo y comenzó a gemir, sus gemidos se escuchaban por toda la casa, yo estaba muy caliente, estaba feliz de disfrutar de esa puta que era mi alumna, ella se acostó y abrió sus piernas, se comenzó a masturbar y me pidió que la penetrara, así lo hice y un momento después ambos terminamos.

    Nos levantamos para comer algo, desnudos por la casa, cuando terminamos de desayunar, camino hacia la habitación muy sexy y me dijo “no me voy a ir de aquí hasta que no me quites lo caliente” yo la seguí, la verdad la verga no se me bajó en ningún momento, ella era un sueño, bella, buenísima y muy puta. Cuando entré, estaba en 4 masturbandose, me gritó que se la metiera y así lo hice, la estaba nalgueando mientras la penetraba, de pronto sentí como acariciaba mis huevos, esa sensación me encanta, se la saqué y la penetré por el culo, volvió a gemir muy fuerte, de pronto me pidió que me viniera adentro de su culo y así lo hice.

    Nos quedamos acostados en la cama, besándonos y acariciandonos, y en algunos momentos volvíamos a coger. Repentinamente recibí una llamada, eran unos amigos que había citado y yo perdí la noción del tiempo y eran casi las 7 de la tarde, nos vestimos, la dejé en su departamento y volví para atender mi siguiente compromiso.

    Nos vimos el lunes como si nada hubiera pasado en la universidad pero seguimos con nuestros coqueteos y cuando nadie nos veía aprovechaba para acariciar sus nalgas y sus tetas. La sensación de peligro nos gustaba.

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