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  • Debut familiar (Primera parte)

    Debut familiar (Primera parte)

    Desde hace tres semanas vivo con Peter, estamos acostumbrándonos a convivir juntos, soy consciente que mis padres no lo aprueban a pesar de ser hijo único. He ido al peluquero, no es caro y me cae bien, siempre me dice que tengo un pelo muy lacio y debo lavármelo con shampoo especial. Mi peluquero me ha dicho que la mayoría de rubios tienen ese problema. Me gusta llevar el pelo largo, notar como cae sobre mis hombros. Es sábado y hoy no trabajo, en cambio Peter tiene que trabajar. Trabaja de camarero, después de estos años quizá sea lo mejor que me ha pasado conocerlo. A mis 23 años me estoy forjando un porvenir, nunca hubiera imaginado ese cambio radical en todos los aspectos, tanto el laboral como el personal. Hasta los 18 no tenía clara mi condición, pero ocurrieron acontecimientos que llevaron a ello. Me llamo Jesús, aunque me apodan Jesulin, y como se habrán dado cuenta soy maricón.

    Todo empezó recién cumplidos los 18. Ese año nos mudamos a otra región por motivos laborales de mi padre, el lugar en cuestión era donde se había criado mi padre, por lo cual lo movían lazos familiares. Nos mudamos cerca de la casa de mi abuela, mi tío — el hermano mayor de mi padre — vivía arriba. Para mi padre el único consuelo de que mi tío Cesar estuviera cerca de la abuela era que era médico y dada la avanzada edad de ella era un consuelo. Por lo otro mi padre siempre al referirse a él lo hacía en términos “mi hermano, el gay”; y por parte de mi madre “el cuñado maricón”. A sus 54 años el tío Cesar era alto, de espaldas anchas, una incipiente barriga denotaba el buen comer, en su cabeza lucía una brillante calva, de frente ancha, nariz grande y gruesa, en su redonda cara llevaba una perilla blanca.

    En esa época sentía mal estar general, por lo que mi padre, mal que le pesará me dijo que el tío Cesar a última hora podía recibirme en la consulta privada. Nada más entrar en la consulta me dio dos besos, llevaba un pañuelo rojo bajo la bata blanca. A pesar de solo haberlo visto en celebraciones familiares siempre me había parecido un hombre majestuoso, sus dos besos cuando me veía y su mirada subrepticia le daban ese aura de bonachón (Aunque mi padre siempre me había advertido en cuanto a él y, con su soberbia de palabras hechas que tenía a mano “la cabra siempre tira al monte, Jesulin”). Terminado el saludo me dijo:

    — Cuéntame que te pasa, Jesulin.

    — Me siento débil, me mareo a veces, no tengo hambre — dije.

    — Bueno, en principio haremos una exploración a fondo — dijo mientras me miraba fijo a los ojos —, puedes quitarte toda la ropa.

    Quedé en calzoncillos mirando la consulta.

    — Los calzoncillos también, Jesulin, no seas tan recatado, estamos entre hombres — dijo en tono de complicidad mientras yo me los quitaba —. Voy a medirte y pesarte, ven…No has salido a la parte nuestra, la de tu padre, a ver… mides 168 cm y pesas 57 k. Creo que estás anémico. Túmbate en la camilla.

    Me tumbé en la camilla y toco mis articulaciones, al llegar al interior de mis muslos los masajeó. No pude evitarlo, note como mi pene tenía principio de erección. Se dio cuenta (como yo sé a día de hoy que el cabrón tenía un olfato de sabueso) y dio más energía a sus manos. Yo me mordía la lengua, llevaba ya casi media erección. Entonces me dijo que me diera la vuelta. Vi como cogía un especulo — un aparato para abrir las paredes anales — y una pequeña pila. Examino mi conducto. Emitió un murmullo de aprobación. Dijo que me diera la vuelta.

    ¡No me lo podía creer! ¡Mi erección era total!

    — Estás al 100% Jesulin — dijo con brillo en los ojos y mirada profunda — ¿Te pasa a menudo?

    — Yo… yo… yo… n-n-no sé… que me pasa Tío.

    — Tranquilo, es la naturaleza — dijo en un tono de seguridad, como quien está acostumbrado — . Intentaremos bajar esa bandera, pasa a la silla camilla, estarás más cómodo.

    Una vez acomodado en esa especie de butaca como la de los dentistas mi tío se sentó en un pequeño taburete delante mía y con la mano izquierda sospeso mi escroto mientras me miraba a los ojos.

    — Tienes los ojos azules como tu madre, y no tienes ni vello, has desarrollado un físico bastante peculiar — en ese instante cogió con la otra mano la base de mi pene — ¿Te la has medido nunca…? Unos 14 diría yo.

    Me friccionaba el glande con su pulgar, sentía como mi polla estallaba. Extendió mi orificio del glande con los pulgares de ambas manos, parecía una pequeña boca que sonriera en un mi capullo. No podía evitar el moverme en pequeños círculos.

    — Tranquilo, tranquilo… Relájate Jesulin — dijo al mismo tiempo que hacía una arriba y abajo con la mano apretada en la polla.

    Mi prepucio subía y bajaba, de repente se paró.

    — ¡sí! ¡Sí! ¡más! — exclamé excitado.

    — No seas impaciente, ahora te haré un buen pajotazo.

    Se quedó mirando el glande y escupió sobre el, empezó un pajeo lento. Yo estaba excitadísimo. Volvió a pararse.

    — ¡Más! ¡Sigue… por favor tío… sigue! — volví a exclamar.

    — Lame un poco — me dijo poniendo su dedo corazón en mi boca — ensaliva bien.

    Con el dedo ensalivado me introdujo el dedo en mi zona anal, al mismo tiempo que con la otra mano iniciaba subes y bajas. Yo lo flipaba, joder, flipaba colores; mi tío estaba en su puta salsa. Hizo rotar mi polla a los lados arriba, la volteaba sin parar de pajearme.

    — ¡¡Ufff!! ¡¡Ohh!! ¡¡Dios!! ¡¡Sí!! ¡¡Así!! ¡¡Así!! — dije entre gemidos.

    — ¡Te quieres correr! — dijo mientras aceleraba el ritmo — . A ver esa leche, ¿te viene ya ehh? — preguntó al mismo tiempo que me introducía todo el dedo en mi ano.

    — ¡¡Sííí!! ¡Ya… Ya…! ¡¡¡Me corroooo!!! — grité con toda mi alma.

    Leché con potencia y abundancia, al ser pajeado con mi polla en vertical mi polla escupió la lefa hacía lo alto trazando un arco en su cenit y cayó a plomo sobre la parte baja de la butaca camilla al lado de mis tobillos.

    — Llevabas mucha leche acumulada — dijo mi tío con su dedo pulgar y índice lleno de semen aún con su mano en mi polla — . Me da que tenemos nuevo maricón en la familia — al mismo tiempo que ponía risa de complicidad —. Y por lo que he visto aún no has debutado con el culo.

    — Yo… yo… no… — conteste confuso.

    — Anda, vístete.

    Pase tras el biombo a cambiarme, ante mi estupefacción hizo pasar al enfermero y dijo que limpiara, que él ya se iba. Me cambié y pase — evitando mirarle —. Mi tío me dio dos besos en las mejillas de despedida y no pude evitar ver el charco de semen al mismo tiempo que el enfermero me sonreía.

    Ese día no podía ordenar mis pensamientos, mis ideas iban en bucle. No podía creer que hubiera flipado el soberano pajote que me había hecho el tío Cesar. Al llegar a casa de mis padres estaba ausente, me preguntaron que me habían dicho, les respondí que tenía que hacerme unos análisis, pero que no era nada serio. Oí como mis padres cuchicheaban a mis espaldas y se mofaban del hermano mayor gay.

    Una semana más tarde mis padres se fueron a un balneario, a mi no me apetecía y dispuso que fuera a comer a casa de la abuela en su ausencia. Allí me encontré otra vez a mi tío, el cual vivía en el piso superior. Tras el almuerzo mi tío me insto a que después me pasará y viera su nuevo televisor de plasma. Quedé un par de horas con la abuela, ya tenía una edad avanzada y se durmió en el sofá. Entonces empecé a pensar en lo del otro día en la consulta de mi tío. Los contornos de las imágenes que intentaba retener se desenlazaban: mi polla, la mano de mi tío, su calva, la paja, el semen. Esas imágenes se me desintegraban aun antes de que los hubiera asido bien. Mi confusión era total. Mi antagonista decía que no fuera, pero yo había comenzado a cambiar sin que yo me pudiera dar cuenta. Tomé la decisión de subir a ver a mi tío Cesar.

    La televisión la verdad es que era un flipe total, con la Play Station se jugaba de puta madre. Hasta ese momento mi tío me había observado como disfrutaba con los mandos de la consola. Tenía todos los putos juegos molones del mercado. Él se levantó mientras yo estaba absorto y flipando el juego de F1, era como si estuviera en el mismo circuito. Mi tío volvió, venía con un albornoz rojo con estampados de dragones, estaba recién duchado, olía a jabón; de su pecho salía una pelambrera de vello blanco.

    — ¿Te gusta eh…?

    — Sí, es la rehostia… está pantalla con esos juegos es impresionante — dije.

    — ¿Vemos una peli? ¿Te atreves con una de esas pelis…? ya sabes… — dijo guiñando un ojo.

    — Bueno… no…

    — No seas cagón, ya nos tenemos confianza ¿o no?

    Nos sentamos en el sofá, el me paso el brazo por encima de mis hombros, dio al play y salieron los títulos de la película (Rabos picantes), en ella salían hombres cachas con grandes penes.

    — ¿Qué te parece? ¿Te gustan? — me pregunto mientras notaba su aliento y después su lengua en mi oreja — Sé que te gustan… venga… no estés cohibido conmigo — al mismo tiempo me tocaba mi polla, la cual empezaba a abultar.

    — Si… demasiado sobreactuados, no sé… — conteste.

    — Razón tienes, demasiado postizo. ¿Te va más lo amateur, no? — al mismo tiempo que se abría el albornoz dejando un rabo aceptable a la vista — por ahí tengo uno de una fiesta que montamos con unos amigos.

    En las imágenes se veían cuatro machos, uno de ellos era mi tío, el otro un grandullón tatuado, los dos a la par follaban en la posición de perrito a dos jóvenes. La grabación era evidente que estaba hecha con un teléfono móvil. El tatuado follaba con un ritmo impresionante, a mi tío se le veía sudoroso con las cejas arqueadas con sus manos aferradas a las nalgas del otro. La imagen se acercó y en un primer plano se apreciaba como una gran polla del tatuado entraba y salía del culo; los dos enculados no tendrían más de 25 años.

    — ¿Te gusta más esto? — dijo al mismo tiempo que me lamia la oreja.

    — Ufff, auténtico si — respondí notando como mi polla estaba erecta — aunque toda esa polla en el culo intimida.

    — Sí, mi amigo tiene una herramienta de gran calibre, pero esos chicos que nos tirábamos ya son culos hechos, tienen mucho uso, se acoplan muy bien a un pene, sean cuales sean sus dimensiones — dijo mi tío en tono didáctico mientras la escena se cortaba.

    Intercambiamos miradas, mi tío de repente me morreó, note su lengua húmeda en mi boca, mis labios quedaron mojados, note otra vez sus labios cerca de los míos, note que me tocaba la polla. La tenía erecta, puse mi mano en su polla, note vello, era fuerte y venosa. Bajé su escroto y vi su glande.

    — Vamos a un lugar más cómodo la cama es ideal, hoy vas a debutar, Jesulin.

    Con su brazo alrededor de mis hombros nos encaminamos al dormitorio. Llevaba la bata abierta, su polla en erección sobresalía de su cuerpo de modo desafiante. Mis pensamientos se elevaban hacía el interior de algún espacio de fuera de mi mismo cobrando más y más altura, y después, cuando ya habían alcanzado una altura determinada fluían desde ese espacio en el que se estancaban hacia mi interior, como agua encima de una presa.

    La luz que se filtraba en el dormitorio era rojo sangre debido al color de las cortinas, en los lados sobre sendas mesillas de noche destacaban dos pequeñas lámparas que en su base eran dos testículos y el brazo que subía a la tulipa un gran pene. Con ojos de lobo estepario mi tío me dijo:

    — Quítate la ropa estarás más cómodo.

    Mientras me desnudaba la cara de mi tío resplandecía de gozo. Una vez más como dije anteriormente: ¡Estaba en su puta salsa!

    Al quedarme completamente desnudo él se quitó el albornoz, su cuerpo era velludo, su cipote estaba en todo su esplendor y sus testículos colgantes estaban amarrados a un aro testicular negro que los tensaba. Con mirada escrutadora y viendo que yo también estaba empalmado hizo la siguiente observación:

    — Tienes el cuerpo de niña adolescente — dijo en tono enérgico —. Siéntate en la cama.

    Al sentarme me di cuenta que era la lanzadera hacía una nueva vida, mi iniciación.

    Dejó caer un hilillo de saliva de su boca sobre su glande, lo esparció y me acerco la polla a la cara y como yo en esos momentos no tenía iniciativa propia me restregó la cara con el glande ensalivado. Notaba el olor de polla en mi cara. Al llegar a mi boca la abrí, succioné hasta el prepucio.

    — Mírame a los ojos — me dijo, al mismo tiempo que su rostro reflejaba intensidad —. Déjate llevar, limítate a abrir la boquita de maricona — al mismo tiempo que me agarraba por las sienes y empujaba su polla hacía dentro de mi boca —. ¡Así! ¡Así! Mueve la lengua. Me gusta follarte la boca.

    Note su glande en mi paladar hasta llegar a mi campanilla, al mismo tiempo que su vello púbico me hacía cosquillas en la nariz. En el silencio de la habitación se podía escuchar el jadeo de gozo de mi tío. De repente saco su polla de mi boca y con una mano se agarró el escroto quedando delante de mis ojos los testículos prensados.

    — ¡Come huevos antes que te prepare! — dijo poniéndolos sobre mi nariz —. Empieza un por uno.

    Parecía un globo en mi boca, no podía abarcarlo.

    — ¡Succiona como si chuparas un flan, para adentro! ¡Sí! ¡Así! ¡¡Ohhh!!

    Notaba vello en mi boca, que me causaba molestias; succione uno por uno los testículos como si de una ofrenda ante un altar se tratara. Me levantó la cabeza y me dijo:

    — Acuéstate en la cama, déjate llevar y goza.

    Me tumbé con las piernas en el suelo, note que me lamía el tronco, me bajo el prepucio y me succionó el glande. Me invadió una sensación placentera. Sentí la humedad de su lengua y de repente como una ventosa se engulló toda mi polla hasta el punto de notar el roce de su perilla en mi pubis.

    — ¡¡Ohh!! ¡¡Sí… Sí… Sí!! ¡¡No pares!!! — dije excitadísimo, al mismo tiempo que oía los chasquidos bucales.

    Usaba su boca como una aspiradora, levante la cabeza y vi como sus labios subían y bajaban dejando un reguero de saliva en mi polla, eran adentros y afueras dinámicos, cada vez que bajaba lo hacía para metérsela a fondo y mover su cabeza, como si quisiera sentir mi capullo en su campanilla. Era una mamada brutal, la flipé, pero no fue todo; me levanto las piernas cogiéndome por las rodillas y me succiono los testículos, podía oír los plof, plof, plof al entrar en su boca. Me levantó más y me lamió la entrada de mi culo, me sentía en el séptimo cielo.

    — Agárrate tu las rodillas y mantenlas altas — al mismo tiempo que colocaba una almohada bajo mis nalgas para tener más alta mi zona anal –. ¡Ahora vas a saber lo que es que te coman el culo a fondo.

    Noté la lengua en mi culo, sentía como sus manos abrían mis nalgas y el cosquilleo profundo me hizo jadear y bramar como un becerro.

    — ¡¡¡Si!!! ¡¡¡Oh… oh… oh!!! ¡¡¡Qué bueno!!! ¡¡¡La hostia puta! ¡Ohhhhhh!!!

    — Venga, vamos a dilatar, Jesulin — al mismo tiempo que se untaba un dedo de vaselina y lo introducía —. Está muy cerrado.

    Yo permanecía con las piernas semiflexionadas levantadas, noté como añadía otro dedo, sentí molestias.

    — Vamos a intentarlo — dijo mi tío reincorporándose y dándose sacudidas a su polla erecta poniendo mis rodillas encima sus hombros.

    El glande se puso sobre mi ano, podía ver la cara de mi tío, el sudor perlado llenaba su frente. Empujó, note molestias, volvió a sacarla, rectificó un poco su posición empujando otra vez y note más molestias.

    — Relájate, está cerrado de cojones — dijo intentado otra penetración —. Tendremos que abrir más el conducto — dijo en tono incomodo —, no te muevas voy a por una cosa de mi maletín.

    A grandes zancadas con su polla moviéndose como una bandera abrió su maletín y saco lo que yo ya había visto en su consulta. Era el especulo. Lo introdujo en mi ano y con la otra mano introdujo una cantidad abundante de vaselina. Se incorporó untándose también su polla y volvió a coger la misma posición. Con las piernas sobre sus hombros noté una penetración más profunda. La respiración de mi tío era acelerada, sus ojos estaban inyectados en sangre.

    — Allá voy Jesulin, ha llegado la hora — acto seguido embistió.

    La penetración está vez fue mucho más profunda, lance un aullido, bombeo otra vez y a la tercera fue un a ful notando como su peluda barriga chocaba con mi pelvis. Con la brusquedad que provoca el ansía mi tío empezó un pistoneo regular. Notaba como algo se inflaba en mi culo, me escocía. Mi tío acelero el ritmo, puso mis piernas en vertical. Me chupaba los pies. La notaba bien adentro, empezó a bombear con ritmo, se oían los plof, plof, y los chof, chof, chof de la enculada, notaba la polla dentro, tenía molestias pero gozaba. Mi tío tenía las mandíbulas apretadas, empezó a jadear y a dar bufidos, su respiración se aceleró. Me estaba dando a culo batiente, aceleró su respiración. Yo me cogí la polla y empecé a pajearme, noté que la lefa me subía. Deslefé, el churretón de lefa me llego hasta la cara. Mi tío daba los últimos coletazos. Tenía las cejas contraídas, los ojos cerrados, su rostro estaba enrojecido. Los bombeos retumbaban en toda la habitación. Entre bramidos de toro, alaridos y un estallido gutural final comenzó a deslefar.

    — ¡¡¡Ohhh!!! ¡¡¡Me corrooo!!! ¡¡¡Me corroooo!!! ¡¡¡Me corrooooo!!! ¡¡¡Ohhhhh!!! ¡¡¡Ohhhhh!!! ¡¡¡Ohhhhh!!!

    Fue brutal. Notaba mi culo lleno de lefa. Todo el peso de mi tío cayó sobre mi, note su respiración acelerada, su vello contra mi pecho. Se reincorporo. Empezó a lamerme la lefa de la cara , el cuello, el reguero de mi pecho y barriga, sacaba toda lengua, la usaba como una vaca que comiera forraje y en un alarde bravura me volvió a levantar las piernas introduciendo su boca en mi culo para amasar todo el semen posible en su boca. Su barba parecía una esponja húmeda debido a los restos de semen que había acumulado. Me miró y avanzo hacía mi boca para morrearme. Note el líquido caliente que me proporcionaba su boca, movía su lengua a conciencia, no se despegó de mis labios hasta pasado un buen tiempo, el cabrón se aseguraba que hubiera engullido una buena porción de lefada, para después lamerme la cara entera con los restos de semen que le quedaban.

    Permanecimos tendidos en la cama, las pollas estaban semiflacidas, tenía su brazo alrededor de mis hombros. Me miraba con orgullo viril y aires de considerarse el responsable de haberme proporcionado placer (mi deslefada así lo evidenciaba). Era evidente que se inclinaba por esa visión y yo no me quedaba más remedio que confirmarlo en mi conciencia, puesto que desde el principio había consentido encantado en “dejarle a él” que me administrara y custodiara como un recién adquirido bien.

    — Ya has debutado, y es evidente que lo has gozado — dijo en tono engolado —, te he dejado mi simiente dentro lo que evidencia que a partir de ahora eres una maricona ya que este mundo gay se compone de los activos y los pasivos, o lo que es lo mismo, los que dan y los que reciben. Los que dan tienen el apodo de maricones y los que reciben son mariconas — dijo categórico.

    Antes de ducharnos me morreo, note como en su perilla los restos de semen se resecaban.

     

  • Daniela mi prima, una pasión prohibida (2)

    Daniela mi prima, una pasión prohibida (2)

    Ciertamente tenía vergüenza aunque no lo crean, pasaron días y me encontraba pensativo, traté de ignorar a mi conciencia, por esos días Algo surgió con la fotógrafa Karen, casada, con quién trabajaba, empezamos a tener más confidencia debido a sus problemas maritales, y lógicamente nos empezamos a dar de lo lindo. Esto fue una distracción, durante días trataba de pasar «más tiempo dormido», esto por no querer ver a los ojos a mis tíos y a Daniela mi prima menos.

    A la hora de las comidas sentía su mirada brillosa penetrante, sonrisa moza; lo extraño era que con su mamá mi tía Gaby era rebelde, en ocasiones a la hora de lavar los trastos, mi tía me contaba y decía no saber qué hacer con ella, por mi parte la justificaba, esa misma tarde, decidí quedarme en casa argumentando querer descansar, escuché discusiones y al final un portazo, minutos después la TV fue encendida.

    Salí de la cama en bóxer, y camino al baño me asomé al cuarto de mis tíos, Daniela estaba allí, tendida en cama como una rana de laboratorio, viendo la tv de cabeza. Recuerdo que lo que más me fascinaba era ver sus shorts amarillos de andar en casa, sin panties, estos shorts a su vez estaban tan desgastados de la entre pierna. Y en ese momento tendida piernas abiertas, se le veía la patita de camello semi velludita. Así es un balde de agua fría sentí, mis latidos se aceleraron y me puse tan duro pero tan duro que me dolía la extremidad, cambié el plan de ir a orinar por comprobar que no había nadie en la casa, al último mirar el garaje y no haber nadie, fue otro regalo del destino.

    Entré a la habitación y le hablaba de un manera comprensiva y le pedía que entendiera a su mamá, pero ella me ignoraba, cambié de táctica y le pregunté que si también estaba enojada conmigo, tratando de traer a tema aquella mañana; cómo si yo no estuviera allí, guardé silencio y me retiraba de la habitación cuando quise ver una última vez esa entrepierna, sin pensarlo me arrojé a la cama, de una manera juguetona entre sus piernas.

    Dije: Mami que lindo se ve esto, no te da pena?

    Mi cara de encontraba a escasos centímetros de su vagina, miraba yo embelesado, la contemplaba, yo solo seguía hablando:

    -mami, sabes que te quiero mucho? Para mí eres muy especial, eres una joven hermosa.

    Con ternura me acerque y coloqué mi mentón sobre su pelvis, y lentamente pase mis brazos por debajo de sus piernas, con mis manos sobre su vientre le seguía diciendo cosas lindas. Pero no oponía resistencia, su silencio era como de hacerse del rogar. De repente un aroma delicioso desprendió de su entre pierna, continué hablando:

    -mi amor, está mojadita, huele rico, voy a tener que probarla…

    Por entre la tela desgarrada metí mis labios, cómo pez chino me aferré a su parte, creo que no se lo esperaba o mejor dicho nunca había experimentado nada así, reaccionó instintivamente y su gemidos ahogados se hicieron evidentes, entre más escuchaba esa alma en pena, moribunda, yo más duro me ponía. Bruscamente le bajé ese bendito short amarillo (que muchas cosas nos permitió más adelante ) hasta sus tobillos y me coloque en un 69, de inmediato como becerrito se aferró a mi rabo, me encantaba sentir el calor de su boca húmeda, torpe pues nunca la había tenido en la boca, no dejé que se concentrara en lo suyo, poseído me encontraba yo, succionándola, besándole, pincelando en círculos su botoncito con mi lengua, mi rostro bañado en sus flujos, mi nariz luchando por entrar en su rincón.

    Al cambio de su respiración, retiré mi virilidad de su boca y metí mis brazos abrazando su cintura, me preparaba para embestir cada oleada de ese jovial vientre, segundos después la contracción de todo su cuerpo, cómo corrientes eléctricas llegaron a mis labios, sus mieles eran exquisitas. Sin perder tiempo la desvestí y me metí entré sus piernas, sintiendo el roce de sus pechos, la abracé de su cuello y desvanecí mi peso sobre ella, surcando los mares que yo mismo había desbordado, hallé mi descanso, refugiado en el abrazo de su calor, confesé:

    -mami, te amo.

    Sentí sus caricias en mi espalda en respuesta y añadió tiernamente:

    -que rico me haces todo.

    Apresurando sus manos sobre mis glúteos y apretarlos, me hizo sentir deseado, en agradecimiento contraje mis nalgas, empuñándome todo dentro suyo. Después de verla a los ojos, admirarla, sonreírle, besarla, era hermosa y por largos minutos me tuvo dentro suyo en la quietud, desde ese momento ahí quería pertenecer.

    Le pregunté:

    -Quieres sentir más rico??

    Sus ojos sorprendidos llenos de expectativa, y con un si servido en una sonrisa. Levanté mi cadera, para dejarla caer como un cincelazo hasta sus adentros, bufando como un toro, le embestía, me sentía grande el escucharla, ya no gemir, gritar.

    Le decía entré respiración entrecortada:

    -Te gusta??

    Mientras seguía literalmente cabalgando dentro de ella. Levanté sus piernas, las abrazaba, las sabroseada, magreaba sus delicados montes, la embestía tan fuerte entre clap- clap- clap, mantenía mi respiración, me contenía lo más posible, su gemidos eran inminentes hasta no poder más, en un instante me dijo con urgencia: espera, espera! Pero no deje que se despegara, y comenzó a venirse a chorros, el primer segundo me asusté, pero no deje de embestirla fuerte y certeramente, calmando su vergüenza agregué: es natural está bien… (Claramente pensó se había orinado), y fue mi turno, en una centésima de segundo, todavía estando en la cordura pensé: adentro no, adentro no!… Eso era lo racional.

    Pero no fue lo que hice, la sujeté de la cintura, haciendo las certeras y más profundas posibles mis embestidas, sudor resbalaba por mi rostro, sin embargo mi mirada estaba encadenada a la suya, y sí decido estaba a hacerla mi mujer, entre una gran ternura, y excitación forjaba su placer, me hacía un lugar en su vida, pasaría mucho tiempo antes que llegase a sentir lo mismo con alguien más. Entre espasmos, gritos ahogados, se me iba la vida en caudales hacia el fondo de su vientre, fueron interminables, e intensos que se apagaba mi furia, entre destellos se me nublaba la vista, su mirada anonadada sobre mis ojos mi cuerpo sudoroso. Y los dos batidos en amores, la abracé y le dije:

    -sé que no está bien esto, pero para mí es lo máximo, te amo mami.

    Minutos después más tarde en decirle, vamos a limpiar todo esto, que en lo que saltó de la cama, y entre sonrisas cómplices, cambiamos cama, lavamos sábanas y de paso toda la casa.

    A la llegada de mis tíos se sorprendió mi tía, dos días después tía me agradeció el haber hablado con ella, pues su actitud había cambiado. Pero me preocupaba mucho el que dos veces haya yo dejado mi bonche de semillas, y le dije que iba yo comprar unas pastillas, Dany dijo: “mi mamá fue a comprar más pastillas porque yo se las había tirado a la basura durante limpieza».

  • Negación (Capítulo 14)

    Negación (Capítulo 14)

    Cuando por fin llegué a casa, no sentía las manos, se me dificultaba respirar, y tenía el pie del yeso entumecido por el frío, en qué momento comenzó a doler, no sabría definirlo a ciencia cierta, pero lo hacía y mucho. Además, sentía el labio groseramente inflamado, el pobre había tenido un día casi igual de malo que el mío. Primero en el Hércules y luego en la Universidad, un puñetazo y un beso, obras de un solo artista, Antonio.

    Me paralicé cuando vía una figura sentada en el portal del mi puerta. Por un segundo sentí pánico, si había vuelto significaba que, de alguna forma me perdonaba por el altercado en la oficina.

    – Sergio – susurré.

    Pero los ojos que buscaron los míos no pertenecían a Sergio. No supe qué decir. Caminé hasta la puerta, obviando las protestas de dolor de mi pie malo, le hice una señal con el dedo para que me siguiera, no tendría una conversación nocturna a la intemperie. Ya me estaba entumeciendo.

    Entramos, él cerró la puerta tras de mí, mientras yo tomaba asiento esperándole, lo vi dejar caer los bolsos en la entrada y se acercó, se veía pálido a causa del frío.

    – ¿Pensé que me llamarías?

    – Lo sé… perdón… un cambio de planes inesperado.

    Asentí, fui al bar y serví dos vasos de whisky, le entregué el suyo y tomé el mío de una vez, aguantando el ardor en la garganta.

    – ¡Wow!! – dijo, tratando de detenerme cuando comencé a servir una segunda ronda, duplicando la dosis. Él no tocó su vaso.

    Me deshice de su agarre y tome un segundo, tercer y cuarto trago. Cuando el sabor se hizo nauseabundo, y sentí las mejillas acaloradas, volví a sostenerle la mirada.

    – Una mala noche – me justifiqué.

    Llene por quinta vez el vaso y fui a sentarme. Volvió a seguirme, ahora preocupado de mi salud mental, creo. Se sentó a mi lado.

    – ¡Por los bastardos!… – brindé. – Los del ejército, y los médicos idiotas.

    Me dejó tomar solo nuevamente, apuré el vaso mientras comenzaba a sentirme ebrio y desinhibido. Me dieron ganas de acariciar su rostro, y lo hice. Le pedí permiso con la mirada y no hubo rechazo en sus ojos. Me acerque lentamente hasta tocar su barba y luego su mejilla. El acunó mi mano entre su rostro y su hombro.

    – Yo te amaba – dije.

    – Lo sé.

    – Entonces, ¿por qué…

    – Yo no soy como tú…. No puedo serlo.

    Retiré mi mano de su cara, levemente herido.

    – ¿Cómo yo?

    – Gay, Fabo. Yo no soy gay.

    – Pero…

    – Lo que pasó aquella noche… mira… éramos jóvenes… no sabíamos lo que queríamos. Estábamos ebrios.

    – ¿Por qué viniste Rodrigo?

    – Necesito ayuda…

    – Ayuda… – dije lento, saboreando la palabra. Miré el yeso y luego el suelo. Él pareció incomodarse ante mi silencio prolongado.

    – ¿Estás bien? – preguntó luego de lo que para mí, pareció ser mucho tiempo.

    Al levantar la vista y mirarlo comprendí que lagrimas silenciosas recorrían mi cara. Las había estado mirando caer a la baldosa, pero me sentía enajenado de mi propio cuerpo, quizás presa del alcohol, o de los sucesos de las últimas semanas. Roto como estaba, las manifestaciones de éste cuerpo ya no me eran propias. – ¿Por qué lloras? – me pregunté. Reflexioné un segundo sobre la pregunta de Rorro y la pregunta que formuló mi subconsciente. Y la respuesta era tan obvia y evidente, y aun así no quise admitirla.

    – ¿Fabo? – insistió Rodrigo.

    Lo miré a través del velo de lágrimas en mis ojos. No quería que estuviera aquí si me quebraba, no quería quebrarme de hecho. Cerré los ojos, deseoso de desconectar mi mente, de apagarla. Acerqué el vaso de whisky a mis labios, tratando desesperadamente de alcanzar algún estado de inconciencia etílico protector para no tener que pensar más. Para no tener que pensar en ellos, en ella, en ellos y en él.

    – ¡Más! – Le pedí extendiéndole el vaso vació.

    – Fabián no creo que…

    – ¡Más! – insistí.

    Lo escuché ponerse de pie con agilidad, suspirando. Regresó a los pocos segundo, depositando el vaso, ahora lleno, en mis manos.

    – Grracias – logré articular.

    – Creo que no vine en un buen momento…

    Dejó la frase flotando en el aire, y quise decirle que se marchara si así lo deseaba, si es que se sentía ofendido porque el anfitrión le parecía inadecuado y poco cortés. Que regresara mañana o pasado, quizás yo estuviera mejor para ese entonces. Tal vez así podría hacerle una visita turística por toda la ciudad, presentarles a mis amigos, invitarlo a algún restauran lujoso a comer, brindarle la “ayuda” que venía a buscar. Otro día, yo sería el Fabo de su adolescencia, su compañero, su hermano. Sin las manchas en nuestra historia, sin el amor que yo le profesé en secreto, sin los recuerdos de la noche en la que destruimos la amistad que nos unió por años y sin la sensación de vacío que viví con su lejanía. Que volviera después y viera que nada había cambiado, que somos inmutables en el tiempo, que todos aprendemos el arte de mentirnos y engañarnos, y que el miedo es una palabra que inventaron los viejos para asustar a los más jóvenes. Que volviera y viera que yo seguía siendo yo, incondicional a él, igual que siempre, que mi madre vivía aun, en mí, en mis hermanas, en mis sobrinos. Que el niño gordinflón y llorón aún era dependiente de él, de su protección. Que volviera y viera que no había tomado malas decisiones, que solo eran decisiones y ya, y que sus consecuencias pesaban y hundían pero podía seguir, quería seguir, necesitaba seguir. Que volviera después y viera.

    No le dije nada.

  • Fantasías eróticas de ayer y hoy

    Fantasías eróticas de ayer y hoy

    Todos hemos tenido fantasías, ya sea con la vecina, algún familiar y también con celebridades, a ellas les dedicamos algunas cuantas masturbaciones primerizas y hoy quiero contarles como en mi juventud fantaseaba con una actriz y cantante colombiana su nombre es Aura Cristina Geithner y estoy seguro que, a la Potra Zaina, ¡varios de los lectores de aquí le han dedicado alguna manuela!

    Espero sea de su agrado ya que como fantasía todo se vale y es solo eso fantasía que me excita muchísimo.

    Por alguna razón termine trabajando para una de las televisoras importantes de México, estaba como miembro del staff, mi trabajo consistía en asistir a los actores y actrices, poco a poco me acostumbre a ver cuerpos perfectos, pase de estar erecto a ver ya más normal a las mujeres casi desnudas que salen en televisión, pero había una, una que con solo verla me venía en seco, ¡esa era Aura!

    Su sonrisa, sus piernas y su trasero dios que monumento, para mi buena o mala, ¡suerte me pusieron como parte de su equipo y estaba todo el día la pendiente de ella!

    ¡Ella no era inhibida, me pedía que le subiera el cierre del vestido, se ponía sus medias frente a mí, se tomaba selfis muy hot y a veces me pedía que lo hiciera yo!

    A: Luisito, ¡tómame unas fotos y me ayudas con mis redes!

    L: ¡Claro, como diga!

    A: Háblame de tu, ¡no de usted jajá!

    L: ¡Claro, como digas!

    Los días pasaron, algunas ocasiones tuve la fortuna de que se me pegara a mí, me pusiera sus tetas en mis hombros o me pusiera sus piernas en mis manos, ¡pero bueno ella era solo un sueño imposible!

    Pero cierto día, ella estaba extraña, muy seria y bebiendo vino tinto, yo como su fiel asistente estaba a su lado, ¡listo para lo que fuera!

    ¡Las horas pasaron y ella ya estaba en condiciones alcohólicas y su actitud paso de seria a ponerse cariñosa conmigo!

    A: Jajá, ¡ven Luisito vamos a bailar!

    L: ¡Pero Cris, tienes grabación mañana!

    A: ¡Tu tranquilo y yo nerviosa, ahora solo quiero bailar!

    L: Pero Aura, ¡tienes que ir a tu casa!

    A: ¡Amargadito, te pareces a mi mama, jajá, ven no seas aguafiestas!

    Comenzamos a bailar, finalmente mis manos tocaban su muy hermosa cintura, Aura se movía riquísimo, su falda subía a cada vuelta que daba, ¡me miraba desafiante y sonreía burlona!

    Me sentó en su silla y comenzó a hacerme un baile muy sensual, me miraba coqueta, subía su vestido, yo estaba anonadado, ¡una mujer de lujo me estaba haciendo un privado! Puso música de reggaetón y nos pusimos a bailar, sus enorme y duras nalgas masajeaban mi verga, yo acariciaba su espalda y su cintura, Aura tomo mis manos y las llevo a recorrer sus tetas y su abdomen, mi verga no podía más, estaba a reventar mi pantalón, ¡ella seguía moviendo su rico cuerpo excitándome aún más!

    A: ¿Mmm, Luisito que es eso que siento?

    L: ¡Lo siento, es que tu cuerpo me pone a mil!

    A: ¡Jajá, corazón, saliste todo un galán!

    L: ¡Es que no sabes cuánto te deseo!

    A: ¡Pues aprovecha tu suerte nene!

    Comenzó a besarme apasionadamente, sus ricos labios mordían los míos de una manera sublime, comencé a acariciar su cuerpo, sus duras y grandes nalgas eran apretadas con desesperación, mi cuello era mordido por ella, sus manos acariciaban mi verga por encima de mi pantalón, me desasía acariciando sus torneadas piernas cubiertas por unas medias de color carne y sus ligeros negros.

    Le quite su vestido para dejarme llevar en su hermoso cuerpo, mi lengua bajaba por su cuello para perderse en sus ricas tetas, ella gemía mientras me quitaba mi camisa y me desabrochaba el pantalón, sus manos empezaron a acariciar mi verga muy rico, me masturbaba deliciosos, poco a poco fue bajando hasta mi verga, me miro con unos ojos estremecedores y llevo mi verga a su boca, uf!, qué manera de chupar, su lengua lamia con fuerza para luego succionar de golpe mi verga, era una maestra mamando, yo estaba delirando, que placer! Aura sabía lo que hacía y mientras tragaba mi verga, yo acariciaba sus tetas y jugaba con sus pezones!

    L: ¡Nena, que rico, dios!

    A: ¡Que buena pinga tienes, sabe rico!

    L: ¡Agh, me encanta, sigue!

    A: Uhm, si chiquito, ¡goza!

    Le quite su ropa interior notando húmeda su vagina depilada, nos acomodamos en la silla, yo la cargue como si le fuera aplicar una llave de lucha libre, sus piernas abrazaron mi cuello y empecé a comer su conchita, ella seguía devorando mi verga, que pose más rica, la silla aguantaba bien la acción, parecía le aplicaría un rompe cuello ya que la tenía atrapada de su cintura, abrazándola fuerte para que no se resbalara, sus fuertes muslos apretaban fuerte mi cuello lo cual me hacía casi imposible despegarme de su concha!

    A: ¡Agh, si papi, mama, mame más!

    L: ¡Nena, que rico, dios!

    A: Mójala toda, ¡trágate todo!

    L: ¡Aura eres una bomba!

    Finalmente nos acomodamos para penetrarla, yo estaba sentado y ella mirándome de frente, ¡empezó a sentarse en mi verga dura y húmeda por su saliva! Dios mío, su vagina apretaba delicioso, apenas iba un cuarto de verga cuando empezó a moverse majestuosamente, sus movimientos eran riquísimos, mi verga estaba siendo triturada de una forma más rica posible, nos besábamos, le mordía las tetas, ¡estábamos en su camerino cogiendo delicioso!

    Aura Cristina ahora lo hacía al revés, se daba sentones mientras mis dedos apretaban su clítoris, le apretaba las tetas, le besaba la espalda y el cuello, fui violento jalándole el cabello, ¡eso no la molestó al contrario se movía más rico!

    L: ¡Que rico nena!

    A: ¿te gusta papi?

    L: ¡Sí!!! Coges riquísimo!

    A: Agh, que duro, ¡siempre me había querido coger a un asistente y tú eres el indicado!

    L: ¡Sigue nena, cógeme más!

    Nos levantamos de la silla y ella se empino apoyándose en el asiento, al ver su rico trasero listo y parado para mí, como toro, empecé a embestirla, le jalaba el cabello, le apretaba sus muslos, le daba de nalgadas, me movía fuerte, ella también movía su cuerpo, la abrazaba para dársela súper rápido, le mordía su espalda y le apretaba los pezones, ¡estaba haciendo mi mejor chamba!

    A: ¡Agh, así, uf, dios, agh, papi!

    L: ¡Me tienes loco, que rico!

    A: ¡Más, dame más pinga!

    L: ¡Toma, tómala, ugh!

    Subió su pierna al asiento de la silla, que pose, tipo angelito, le acariciaba su pie, me mataba sentir sus piernas en las medias, nos besábamos, ella se movía magnifico, sus ojos deliraban en cada movimiento mío, ella me apretaba la cabeza, se movía riquísimo, ¡que colombiana!

    A: ¡Ah, rey me corro, me corro!

    L: ¡Nena, yo también me vengo, uf!

    A: ¡Dámela, dame tu leche!

    ¡Como manguera mi semen empezó a llenar su vagina que también escurría en un squirt riquísimo, que mezcla, que orgasmo!

    Me vacié en su concha, ella se desvanecía por el placer, ¡quedamos pegados como perros y a punto de colapsar en la silla!

    Ya con más fuerza nos vestimos, ella tenía una sonrisa de oreja a oreja, me miro me beso y me dijo, ¡”te veo mañana” y se fue!

    ¡Esta es solo una de muchas fantasías que espero poder contarles!

  • Me follo a mi papi

    Me follo a mi papi

    Llegó el fin de semana y de solo pensar como mi padre se masturba pensando en mi me excita, me dan ganas de meterme esa polla dentro de mi coño húmedo.

    Después de verlo tocarse, empecé a dejar la puerta de mi cuarto abierta y baño mientras estaba desnuda  y así me viera, me le paseaba en camisas sin sostén y que se me vieran las tanguitas que cargaba puestas. Pero el día que pude follármelo no se comparaba a cómo pensé que sería.

    Esa noche me quedé en casa, mientras compartíamos un vino comenzamos a conversar, un tema llevó al otro y así, cuando lo vi mirándome las piernas, estaba en una camisa solamente, abrimos otra botella de vino y le dije que si podía sentarme en sus piernas, me senté y coloqué mis nalgas encima de su pene estaba excitado porque podía sentirlo en medio de mis nalgas, él puso sus manos en mis piernas y cogí el control del televisor para subirle el volumen de la música mientras él me tocaba yo me vine y lo miré a los ojos y lo besé, empezó a tocarme las nalgas y me dio varios manotazos en ellas.

    Me sacó la trusa y tocó mis tetas se las metió a la boca, chupó, mordió y que placer, sentía su pene cómo crecía entre mis piernas, comencé a desabrochar su pantalón y metí mi mano entre su bóxer y tocaba su pene mientras él seguía recorriendo mis tetas con su boca y tocaba mis nalgas, me levanté y le bajé los pantalones, comencé a chupar su pene y solo de escucharlo gemir me mojaba más, tenía sus manos entre mi cabello y me movía cuando yo solo chupaba y con mis dedos de tocaba las bolas, sacó mi boca y me tiró al mueble, me penetró de un solo y fue el placer más grande que sentí, cada embestida era gloria.

    -eres muy puta, mía. Estarás dispuesta a mi cuando yo quiera.

    Me viró y me puso en cuatro.

    Me penetró y era gloria sentir su pene escucharlo gemir y el placer que sentía nunca lo había sentido, hasta que se vino en mi culo.

    Me llevó a su habitación me acostó, y volvió a penetrarme, era lo máximo sentir su pene dentro de mí, estaba loca de placer sentir su pene, y como me tocaba, me viró y comencé a moverme encima de él, ver su cara, como se mordía el labio era saber que le gustaba como me movía, después de unos minutos se vino dentro de mí y me alzó, me acostó a su lado.

    Con el pasar los minutos me quede dormida.

  • Las desventuras de un cornudo paralítico

    Las desventuras de un cornudo paralítico

    La historia de un cornudo desahuciado, impotente y paralítico, una puta esposa que no puede con la abstinencia sexual, y un perverso amante que se aprovechará de la situación.

    —Aníbal, de ahora en adelante quiero te hagas cargo del despacho contable —dijo Federico acomodándose en la silla de ruegas—. Eres muy capaz; estás plenamente dotado de los conocimientos necesarios para llevar la empresa a flote. Además tus constantes diplomados y actualizaciones en la materia me hacen pensar que, de verdad, eres el indicado para tomar mi lugar.

    —Pero… Federico —dijo Aníbal tragando saliva—, ¿estás seguro de lo que estás diciendo?

    —Completamente —murmuró Federico con cierto pesar—. De todos modos, desde que me diagnosticaron cáncer de cirrosis hepática, hace seis meses, ya no he podido ejercer como debería. Si no fuera por ti, querido amigo, el despacho habría caído en quiebra desde hace mucho. Eres el mejor de los contadores que tengo en la empresa, Aníbal, además estás en tu mejor momento. Ahora el cáncer ha hecho metástasis y en cualquier momento moriré.

    —Por favor, Fede, no digas eso ni de broma —musitó Aníbal con una vibración rara en la voz—. Vas a salir adelante. Te están suministrando quimioterapias y…

    —… Y desde hace seis meses las putas quimioterapias son las que me han dejado como estoy —interrumpió el canceroso—; desfallecido, con el setenta por ciento de mi vista perdida, siempre con sueño, débil, pálido, flacucho, sin pelo. Y ahora inválido. Mi vida se está yendo a la mierda. ¿Sabes lo que es que mi esposa y tú tengan que cambiarme los pañales, exhibiendo mi cuerpo endeble, y mi piel en forma de pellejos sueltos? ¿Sabes lo que es vivir con el pesar de tener con lidiar con la pena de tener a mi hermosa esposa en abstinencia sexual desde hace medio año, cuando ella era fuego puro, una ardiente y sensual hembra? Y todo por el puto alcohol. Eso es lo que hace el alcohol, Aníbal, mata a la gente. Mírame a mí, a mis 48 años ya estoy hecho mierda.

    —No solo fue por el alcohol, Fede. Ya te han explicado que fue por la hepatitis, y que no te atendiste a tiempo. El caso es que no tienes que ser tan débil y dejarte vencer tan deprisa. Tienes que echarle ganas a la vida, Fede. Hazlo por tu esposa y por la pequeña Solcito, que tiene cinco años.

    —Me duelen, Aníbal, ambas me duelen. Pobre de mi Sofía, tan hermosa, tan bellísima. Ella tan fuego y ahora tan hielo…

    Sofía, en efecto, era una hembra digna de mirar; medía 1.64 de estatura, y era de complexión delgada, por eso sus enormes senos y su respingón y redondo culo parecían desproporcionales a su menuda figura. Ese cuerpo de infarto la obligaban a usar siempre vestidos ceñidos a su figura sin ningún tipo de culpa; podía lucirlo, claro que sí, y todos podían admirarlo. Sofía era tan feliz enseñando sus tetas y su culo a través de sus diminutas prendas, que Federico nunca tuvo valor de compararla con una puta públicamente por temor a hacerla sentir mal. Porque sí, él la adoraba con toda su alma y jamás le habría dicho nada que la hiriera. Por el contrario, durante los últimos años Federico mismo le compraba esos sensuales putivestidos; incluso le había regalado ligueros, medias de red y diversas tangas que se enterraban en medio de sus dos masas de carne porque sabía que por las noches él podría disfrutar de esos encantos a la hora de fornicar.

    Sí, definitivamente Sofía estaba buenísima; y para afianzar su sensualidad, ella solía ponerse zapatos de tacón alto, para disimular su pequeña estatura, dando un efecto mucho más prominente a su culo y a sus tetas; esas tetas blancas y redondas que constantemente parecían querer reventar su sostén de lo apretadas que se venían.

    —Podría pasarme todo el día mirándote desnuda, mi amor —solía decirle Federico en sus mejores tiempos maritales—; ver cómo rebotan tus hermosas tetas de arriba abajo mientras me cabalgas.

    —Estas tetas son tuyas, cariño mío —respondía ella mientras se mordía los labios y se estiraba como desquiciada sus pezones sonrosados—; toda yo y mi cuerpecito somos tuyas.

    Sofía tenía 35 años, 13 años menos que su marido, y su jovialidad y mirada vivaracha a través de sus ojos verdes se habían visto mermadas tras la enfermedad de Federico.

    Los primeros días la mujer perdió su candidez natural; desaparecieron sus hoyuelos traviesos en sus mejillas coloradas; sabiéndose esclava de lo que sería una enfermedad interminable que mantendría postrado al hombre que más amaba hasta el día de su muerte; la vida de Sofía estaba al borde de un hondo precipicio, hasta que la intervención de Aníbal Roel en su vida la cambió por completo.

    —Por eso quiero que saques el despacho adelante, Aníbal —le insistió Federico a su amigo—. Necesito que preserves la cartera de clientes y, en lo posible, que la aumentes. Quiero que mantengas sólido mi patrimonio. Es lo único que podré dejarles a Sofía y a la pequeña Sol. No tengo en quien confiar lo más preciado que tengo más que en ti, Aníbal; en ti que has estado conmigo desde hace cinco años que te contraté en mi despacho. Además quiero agradecerte todo el tiempo que has dedicado en estos seis meses a mi familia. Me has acompañado moralmente desde el día primero en que me diagnosticaron cáncer, y me guardaste el secreto ante Sofía hasta que vinieron las quimioterapias y ya no pude guardarme este sufrimiento para mí solo. Has sido el pañuelo de lágrimas de mi querida Sofía desde entonces, y no sabes cuánto te agradezco que le hayas ayudado a sobrellevar este terrible momento; desde que te hiciste su amigo ella es otra, es más feliz. Se le ve más lúcida, positiva e idealista. Incluso mi hija te ve como el tío que nunca ha tenido. Gracias, Aníbal, porque te involucraste en los problemas de mi familia cuanto más lo he necesitado. No me arrepentiré jamás de haberte empleado. Mira que ahora hasta haces de mi enfermero y chofer cuando tienen que llevarme al hospital. He oído entre sueños que vienes todas las tardes a saber cómo estoy, que ayudas a Sofía con las compras de la casa, y que constantemente la acompañas a realizar los mandados y trámites que necesitamos por mi enfermedad.

    —Dicen que los amigos de verdad se conocen en la enfermedad, Fede, y yo siempre estaré para ti, para Sofía y para Sol.

    —Gracias, amigo mío, muchas gracias. No entiendo cómo, a tu edad, no has encontrado una buena compañera de vida si eres tan buen mozo, trabajador y atento.

    Aníbal sonrió, y Federico no logró encontrar ese atisbo de frialdad que escapó del gesto del que consideraba el nuevo ángel de su familia.

    Aníbal, a sus 38 años de edad, era un hombre de apariencia chulesca, pero se desenvolvía como alguien bastante formal y educado. De hecho el hombre tenía todo el derecho del mundo de sentirse así, un chulito y guaperas, ya que en verdad lo era. A Sofía le pareció tan atractivo y varonil desde el primer día que se conocieron, que tuvo un orgasmo visual tan solo con contemplarlo. A Sofía le parecía que Aníbal era una antítesis de su marido tanto en forma como en trato. El empleado y amigo de su marido medía 1.91 metros de estatura (a diferencia de los 1.73 de Federico), tenía unos brazos y pectorales musculosos y gruesos que se marcaban en sus camisas ajustadas; y cómo no, si su hobbie favorito era pasar sus ratos libres en natación, donde día a día acentuaba sus fibrosos músculos como nunca lo conseguiría hacer Federico ni siquiera en sus mejores años.

    Sus ojos eran de un chocolate intenso que brillaban aún más con el marco de sus pestañas espesas y esas cejas abundantes que le daban a su rostro un aspecto de macho seductor y sombrío. Sus rasgos violentos y remarcados robaban las miradas de todas las mujeres, incluida Sofía. Sin duda la presencia de Aníbal en esa casa convirtió el destino agónico de familia de Federico en un momento de entretenimiento y alegría; o al menos lo era para Sofía y la pequeña Sol.

    Con un poco de regalos y gracias, Aníbal consiguió ganarse el cariño de la pequeña Solcito, como él la llamaba de cariño, por lo que la estancia de ese buen joven era bien vista por Federico.

    —¿Entonces, Aníbal? —Le insistió Federico aferrándose a la manija de la silla de ruedas con desesperación—. ¿Aceptas mi propuesta? ¿Aceptas tomar mi lugar en el corporativo?

    Aníbal tragó saliva, enarcó una de sus espesas cejas y caviló unos segundos la proposición de su jefe.

    —Dame esta noche para pensarlo, Fede, por favor.

    —Ya, ya, como tú quieras. Pero de una vez te advierto que no aceptaré un no por respuesta.

    Aníbal sonrió. Se levantó del sofá y se dirigió hasta la silla de ruedas de Federico.

    —Ya te tocan las pastillas de las siete de la tarde, Fede. Sofía ha ido por Sol y me ha dejado encargado que te las suministre.

    —Ah, esas pastillas amarillas de mierda saben terrible, ¿sabes? Y me provocan tanto sueño que enseguida me quedo dormido.

    —Es por tu bien, Fede. Te calmarán el dolor.

    —Durmiéndome… —se resignó el desahuciado dejándose conducir hasta su habitación, que por fortuna, desde el día que concibió la construcción de esa enorme casa, la planeó en la primera planta—. ¿Quién iba a pensar que un día me sería útil tener la recámara matrimonial en la primera planta y no en la segunda, como muchas veces me recriminé?

    Aníbal se quitó su saco de sastre para poder maniobrar el cuerpo de Federico, a quien cogió como un muñeco de trapo y lo levantó con facilidad de la silla para depositarlo en la cama. Federico se sintió humillado; de hecho siempre que Aníbal lo maniobraba de un lado a otro (ya fuera para subirlo al vehículo o para llevarlo al baño), lo hacía con tal destreza y facilidad que Federico se sentía un pedazo de carne; un pequeño juguetito de esos con los que se divertía Solcito.

    En el fondo Federico envidiaba a Aníbal, ¿por qué su empleado era apuesto, fibroso, fuerte, y hacía suspirar a las mujeres al verlo pasar?

    Por suerte Sofía solo lo veía como un gran amigo; tal vez como su hermano, y Aníbal la respetaba. Sí, desde luego, a ojos de Federico, Aníbal era un tipo respetuoso que no merecía ser envidiado en secreto por él.

    Aníbal le suministró el medicamento a su jefe y de pie, contemplando el saco de huesos en lo que el poderoso y orgulloso Federico Betancourt se había convertido, lo vio sumirse en un sueño profundo del cual no despertaría hasta dentro de 18 horas después.

    ¿Quién se iba a imaginar que luego de tantas humillaciones, regaños y gritos que Aníbal había sufrido por parte del arrogante y presumido de su jefe desde el primer día que fue contratado en el despacho, ahora le estuviera proponiendo quedarse al frente de su empresa?

    —Pobre de ti, querido Fede; cuánto te compadezco, en verdad —musitó Aníbal con una sonrisa.

    Dos cuartos de hora después, Aníbal le contaba a Sofía, en esa misma habitación, lo que había conversado con su esposo.

    —¿Estás seguro de que podrás con el paquete? —preguntó la hermosa mujer con un hilo en la voz.

    —Siempre desee tener mi propio despacho contable, Sofía, lo sabes bien, pero no a esta costa —contestó Aníbal con los ojos cerrados, jadeando—. No a costa de mi buen amigo Federico, que cada día se muere.

    —Pero él está confiando en ti, Aníbal, no puedes decirle que no a su ofrecimiento. Te necesita, te necesita demasiado —dijo ella con agitación.

    —Es que me duele tanto, Sofía, me duele tanto verlo así. ¿Cómo podré estar al frente de una empresa que él levantó desde hace veinte años, disfrutando de una jefatura que siempre soñé? Viendo cumplidas mis fantasías de ser el amo y señor de una empresa que a tu marido le costó.

    —No tienes que sentirte mal por ello, Aníbal. Te lo has ganado a pulso; tu lealtad hacia él te ha dado tal honor.

    A Sofía le lloraban los ojos mientras decía aquello; apenas si podía continuar hablando.

    —¡Pero es que tú no lo entiendes, Sofía; yo seré muy feliz siendo el dirigente principal del despacho! Mi ego se verá por fin colmado de un gran éxito. Ganaré casi cinco veces más de lo que ahora me paga Fede; podré comprarme una mansión como esta si quiero; quizá hasta cinco autos, y derrocharé el dinero teniendo una vida que siempre quise, ¿te das cuenta, Sofía, de por qué me siento tan mal? Porque me apoderaré de todo lo que tiene tu marido. Tantos años de Fede trabajando día y noche, estresado, con desvelos, privándose de estar con ustedes, su familia; sacrificando su tiempo y sus energías, para que de pronto llegue yo y me quede con todo.

    —No te sientas así, Aníbal, me duele oírte decir eso —musitaba Sofía sintiéndose atragantada.

    —¿Te duele saber que soy un avaro, y que me regodearé de un éxito que a mí no me costó? Soy tan pretencioso, tan egocéntrico y tan narcisista, Sofía… Yo no construí su imperio, y sin embargo Fede está por coronarme como el emperador de todos sus bienes. No está bien, Sofi, no está nada bien. Me odio a mí mismo por sentir tanta vanidad.

    Las piernas de Aníbal le temblaban, escalofriándole el resto de su cuerpo.

    —No, no, lo que me duele es saber que te duele sentirte así —contestó Sofía con los ojos hinchados de tanto lagrimar. Su garganta la sentía tan inflamada como sus ojos, y por eso le costaba hablar—. No mereces sufrir, Aníbal. No le estás quitando nada a Federico. Él solito te lo está entregando para que tú lo administres y no nos dejes solas a Sol ni a mí. Tómalo como eso, como un derecho moral que te está entregando Fede por todo lo que has hecho por nosotros desde hace seis meses, desde que está desahuciado. ¿Ves? Es como un pago para ti. Has estado con nosotros cuando no era tu obligación. No tienes por qué tener remordimientos.

    Aníbal jadeó, y entrecerró los ojos un par de veces.

    —Viéndolo de eso modo, Sofía, creo que me siento mejor. Viéndolo desde esa perspectiva, creo que tienes razón, no debería de sentirme tan mal por tomar posesión de sus pertenencias.

    —¿Ves? —contestó Sofía con una sonrisa de suficiencia—. Nunca más debes de sentir otra vez remordimientos por nada.

    —Sí, sí… ufff. Así como lo planteas creo que tampoco debo de sentir remordimientos de estarte follando la boca como la puta que eres Sofía, Ahhh, Ahhh.

    —¡Sí, síii, no tienes que sentir… re… mooor… diii… mient… ooos!

    —Él me pidió que cuidara de ti, Sofía, que lograr distraerte por algunos momentos —le recordó Aníbal sujetando con una mano la cabeza de su amante sobre su verga, y amasando con la otra uno de los redondos y esféricos senos lechosos de Sofía.

    —Y cómo lo has hecho, cabrón —intentó decir Sofía atragantándose con la enorme polla de su macho.

    Cada vez que el glande tocaba la campanilla de su garganta, Sofía sufría arcadas y le salían lágrimas de los ojos. La hermosa hembra tenía corrido el maquillaje, el vestido lo tenía arriscado en sus caderas, y el sostén negro estaba a mitad de su cintura, dejando las dos grandes tetas de fuera.

    Aníbal estaba sentado con las piernas separadas en el borde de la cama matrimonial donde dormía su jefe, que roncaba como oso atropellado, y Sofía yacía de rodillas frente a él, sobre la alfombra, saboreando con devoción de arriba abajo el glande y el tronco venudo de su descomunal herramienta como si la vida le fuera en ello.

    Su boca estaba babosa y acuosa, le salía saliva y líquidos pre seminales por la comisura de sus labios, y el rojo intenso que había tenido antes en sus esponjosos labios ahora estaba desparramado en la circunferencia de su boca.

    —Yo solo estoy cumpliendo lo que le prometí a tu marido… ¿verdad que estás feliz justo ahora, mientras me mamas la polla como la perra que eres?

    —Uhhh. Gorg, gorg, gorg —respondió Sofía.

    Al pasar el tiempo Sofía ya estaba completamente desnuda, a cuatro patas en su cama matrimonial. Su enorme culo estaba respingado y apuntaba hacia el falo de Aníbal, un tremendo instrumento que era el más gordo y largo que Sofía había visto en toda su vida. La polla brillaba hiniesta y mojada con el glande enrojecido rozando los pliegues hinchados y jugosos del coño de Sofía, después de tantas penetradas sin parar. Llevaban más de dos horas follando, las mismas que Federico llevaba dormido sin despertar.

    —Y aún nos quedan más de quince horas, mi amor —gritó Sofía con voz sensual.

    Desde hacía seis meses, Sofía y Aníbal cogían como perros en celo en cualquier parte de la casa de Federico; ya lo habían hecho en la sala, en la cocina, en los rellanos de la escalera, en el baño, en el jardín trasero, en el garaje, en la capilla personal que tenía la casa (porque la familia paterna de Federico era muy católica), en el sótano, en el desván, sobre la mesa, sobre la cuna de la niña (la habían tenido que reemplazar porque se había quebrado la segunda vez que lo hicieron allí). Habían profanado incluso los muros, cuando cogían parados y Sofía tenía que sostenerse sobre ellos (o cuando las corridas de Aníbal manchaban accidentalmente las paredes).

    Pero eso sí, siempre fornicaban sintiendo respeto por Federico, externando mutuamente los remordimientos que les causaba tener que fornicar en detrimento de un moribundo. Se repetían una y otra vez, en cada orgasmo que Aníbal conseguía sacarle a Sofía con su lengua o con su verga, lo mucho que sentían tener que hacerle esto a Federico.

    —Pero él debe de entender que una puta como tú necesita rabo, mi amor —la consolaba Aníbal mientras la montaba.

    Incluso la primera vez que Aníbal le rompió el culo a Sofía (uno que ni siquiera su propio marido había estrenado), ambos convinieron no mirar por un día a los ojos de Federico. Ante todo tenía que haber respeto. El problema es que dejaron de mirar a los ojos a Federico desde entonces; porque sí, Aníbal se había vuelto adicto al culo de Sofía y ella no concebía tener una sesión de sexo desenfrenado sin que el amigo y empleado de su marido le dejara de meter su gorda polla por su estrecho ano.

    Sofía a veces, solo a veces, se sentía bastante mal por traicionar de esa forma a Federico; sobre todo porque contabilizando esas sesiones de sexo que tenía con Aníbal se daba cuenta de que en apenas seis meses había follado casi el triple de veces con él de lo que lo había hecho con su propio marido en sus diez años que llevaban de casados.

    —No te sientas mal, cariño —le dijo Aníbal a Sofía mientras le penetraba el chocho con fuerza—; nosotros no somos como otros amantes que hacen cornudo al esposo; nosotros sí nos preocupamos por él, además siempre lo respetamos. Cogemos solamente cuando él duerme, y lo hacemos justamente sobre su misma cama matrimonial para estar al pendiente de si sufre alguna crisis que merite hospitalización. ¿Te imaginas lo que pasaría si folláramos en otra habitación mientras él duerme, y que de repente le dé un infarto? Al menos aquí lo estamos viendo.

    —Pero a veces se mueve y se estremece demasiado, Aníbal, y me asusta.

    —Pero no tiembla su cuerpo a voluntad, putiSof; somos nosotros que estremeceos la cama mientras follamos como perros salvajes. Te he convertido en mi puta personal, aún si al principio te costó admitir que yo te gustaba y que querías sentir mi polla dentro de tu vagina y de tu hermoso culito. Pero pese a que eres mi puta personal, y yo tu adorado macho, ambos hemos sido buenos con el cornudito, ¿ves? Hasta le digo cornudito de cariño, y no puto cornudo lisiado de mierda.

    —Es verdad, siempre lo has querido y respetado mucho, Aníbal, por eso te amo.

    —Sí, putita mía. Otro en mi lugar te rompería el orto sin remordimientos, hasta llenártelo de leche mientras explotas en chorros orgásmico, mojándome mis huevos.

    —Pero eso sí lo hemos hecho, papi rico; me has roto el orto mil veces y me lo has colmado de tu semen, haciéndome explotar en chorros orgásmicos que te mojan tus hermosas bolas.

    —Pero lo he hecho sin malicia, putiSofi, ¿ves la diferencia? Otro en mi lugar le habría gritado a tu marido “mira cómo estalla el coño de tu puta mujercita, cornudo de mierda; mira cómo escupe chorros de líquidos sexuales mientras la taladro analmente, en tanto ella me suplica con voz de puta que no pare de perforarla, al tiempo que tú te estás muriendo como perro”.

    —Es verdad, mi amor —respondió Sofía con una sonrisa diabólica—. Tú nunca le habrías dicho algo así, porque tú sí lo quieres y lo respetas.

    —Igual que tú, mi amor, igual que tú lo quieres y lo respetas.

    —Sí, porque si no lo quisiera me habría trepado a horcadas sobre su cuerpo inerte, aprovechando que está sedado con esas pastillas que lo mantienen dormido por horas, empinando mi culo directo a tu ancha polla para que lo penetres mientras pego alaridos de placer, cual zorra en éxtasis.

    —Pero eso sí lo hemos hecho, mi putita; sí que te has trepado sobre el cornudito dormido, mientras yo te empotro salvamente y te doy riata mientras gritas de placer. Incluso has llegado mojar su ropita, y lo hemos tenido que cambiar para que cuando despierte no encuentre rastros de nuestra pasión desbordante.

    —Sí, papito, ya sé que lo hemos hecho; pero nunca le he gritado “mira, cabrón cornudo, cómo me coge tu amigo y empleado mientras tú agonizas; mira cómo me hace su puta y me hace gritar de placer como tú nunca lo hiciste y ni lo podrás hacer jamás”.

    —Tienes razón, zorra hermosa; jamás podrías decirle cosa semejante sabiendo cuánto lo adoras.

    —Sí, lo adoro, tanto como adoro tu verga. Cómo me pone que me forniques así de rico; cómo me excita que me jales del cabello y me nalguees el culo mientras me gritas lo puta que soy.

    Terminaron cogiendo en la posición de misionero, Sofía con las piernas sobre Aníbal, usando la panza de su marido como almohada, y Aníbal clavándola echado arriba de ella, mordiéndole los pezones, besándole el cuello y boca como un enamorado que pretende adorar a su diosa, y usando el índice derecho de su mano para acariciar en círculo su clítoris.

    Sofía no paraba de gemir y gemir, y Aníbal no paraba de taladrar y taladrar, pero entonces, de repente, ante todo pronóstico, Federico despertó:

    —¿Qué putas está sucediendo aquí? —gritó justo cuando Sofía explotaba en un orgasmo.

    ____________

    Espero sus comentarios; son un aliciente para continuar escribiendo.

     

  • Daniela mi prima, una pasión prohibida (3)

    Daniela mi prima, una pasión prohibida (3)

    A partir de ahí, mi prima Daniela cambió mucho con mis tíos, estaba más motivada y alegre. Verla desenvuelta, en lo particular algo que me incomodaba era no saber disimular al verme con ese brillo y deseo en la mesa, al comer. Entre mis bromas y ocurrencias, todos reían sin embargo a ella no me quitaba la vista de encima, en un par de ocasiones mi tía se percató, al principio no le pasó nada por la mente, pero al paso del tiempo, ella quería estar más cerca de mí, al ir al cinema todos juntos, yo siempre le di su lugar, era yo caballeroso, con mi tía también, pero ella era mi amor clandestino, éramos inseparables, mi tía creo que pensaba que era simplemente mucha admiración hacía mi de parte de Dany.

    Me escuchaba en todo, y lo poco que sabía de la vida se lo transmitía, con añoranza pienso que me veía como un sabio. Por las noches al llegar de trabajar, ya muy de madrugada le admiraba al verla dormir, ella sabía bien entre qué hora yo estaría en casa, ya no perdía mi tiempo con la fotógrafa, puesto que en un mal momento me chantajeó y la mandé muy lejos a chingar a su madre, me amenazó decirle a si esposo, bla, bla, bla, lo que me entró por un oído y salió por el otro, por qué la realidad es que era yo un cabroncito, pero tan dócil con mi amada prima Daniela. No perdía tiempo, moría por llegar. Aunque disfrutaba cada momento íntimo con ella, no era mi prioridad.

    Pero en una noche, se levantó en la obscuridad, estando yo sentado en la cama, se acercó y abrazó del cuello, me besó tempestivamente. Busqué susurrarle al oído: te extrañé, y esto también. La tomé de la cintura, abracé sus caderas y comencé a manosearle rico las nalgas, mis manos se metían debajo de ese bendito short amarillo, desgarrado, debajo de su blusa de dormir, mis dedos recorrían su piel erizando cada poro, sus montes y sus cimas sumamente erguidas, su aliento cálido.

    Le hice caso a la cordura, y le dije en forma de susurro: “Mami, no podemos estando todos durmiendo, ven quiero abrazarte!”.

    La hice sentar en la cama en medio de mis piernas de espaldas a mi, llevé sus manos a mi nuca y simplemente, besé su cuello mientras magreaba sus montes, moldeaba su cintura y caderas con mis manos, untando toda mi pelvis y extremidad en sus asentaderas, la abrazaba con una mano en su seno derecho y mi mano entre su prenda y patita de camello, carnosa con pocos vellos, masajeaba con cuatro dedos su pelvis, mallugando tiernamente su botoncito, el problema es que comenzó a gemir delicioso, coloqué mi mano en su boca ahogando sus gemidos y me dediqué que masajear y masajear, extendiendo mi mano, abarcando ambas ingles, las notas de ese rasgueo emitían gemidos que yo los encerraba y ahogaba, se lo hacía más intenso, metí dos entre esos labios tiernos, húmedos y con el radio de mi mano, en su botoncito sus caderas la traicionaban…

    Y dediqué los próximos minutos a tener su placer en mi mano, un par de minutos después se contraían sus paredes, sintiendo un leve apretón en mis dedos, me llenaba de orgullo el haber encontrado su punto de escape. Se vino a chorros en mi mano, salpicando sus muslos interiores, ese bendito short amarillo así como la alfombra, era inoloro.

    Me encantaba hacerla mi mujer, enseñarle. Unas veces con ternura, otras veces con tanto deseo hasta enseñorearme de esta preciosa joven, recuerdo que una de tantas fue en el patio a la vuelta de la casa, mi tío encerando su coche, mi primito viendo la televisión, y mi tía cocinando, nos encontrábamos arreglando el jardín del patio, ella con ése bendito short amarillo, que solo al verselo puesto sabía que ella odiaba usar ropa interior al usarlo, en fin, se encontraba reclinada con las nalgas para arriba, y en sentido juguetón, le dije: “con permiso, no estorbe!”, al mismo tiempo de un arrimón que casi la desbalancea, ella tomó tierra y me la arrojó, comenzamos a jugar y a reírnos, de pronto le dije con arrojo: “tengo ganas de hacértelo aquí mismo!

    Tomándole las manos para evitar me siguiese aventando tierra, con el rostro muy cerca, esa mirada transformada, me tomó la palabra y restante me dijo: “házmelo aquí!”. Tomó los bordes de una maceta reclinándose dejando ver sus labios a través de las rasgaduras de ese mentado short. Sudé frío y a la vez un adrenalina corrió por todo mi cuerpo, me llevaba lejos de los límites y la cordura; mis dedos deslizaron el zipper de mi bermuda, saqué cómo pude mi extremidad ya tiesa, dirigí el glande acercándome más, entre las rasgaduras hallé la corriente río arriba, y siii.

    Allí al aire libre, por ambos lados expuestos, y siendo visibles desde los techos. Me comprometí a embestirla, en forma de castigo, y sabiendo que iba a ser un escándalo, jejeje. Tomé precauciones colocando una mano en su boca. Arremetí contra esas paredes que ya se habían acostumbrado a mi forma, me recibían, cada vez más húmedas, no sé si era inconsciente su manera de omitir resistencia a mis embistes, que se ponía apretadita, vientre joven tratando de contenerme, lo único que me resistían eran sus pompis, jejeje.

    Que rico era eso me fascinaba, no me inmutaba, siempre la inundaba y me empuñaba a dejarlos bien adentro, esos espasmos eran gloriosos, sin una gota más, robándome toda la energía viril. Eso era jugar sobre un precipicio, en cuestión de segundos, me guardo la extremidad morcillona, Dany vuelve a su postura erguida y mi tía a metros de distancia convocando a sentarnos a la mesa. Casi nos da un paro cardíaco a los dos.

    Los meses transcurrían, y se hacía notable como a mí Dany se le ensanchaban las caderas. Muchas veces mi conciencia me acusaba pero no podía luchar contra eso. Fui su primera vez en muchas cosas, nos contábamos todo, reíamos…

    Orgullosamente la instruí a como sobar y masajear un pene, y como aguantar teniéndolo más allá de la garganta, varias veces practicamos, varías veces le prometí no venirme antes de tiempo, muchas veces fallé en el intento, jejeje. A cómo sujetarme las nalgas hasta tenerme adentro de su garganta a lo que solo sujetaba su nuca y le daba de beber a chorros hasta más allá de su garganta, diría yo hasta la boca del estómago jajaja. La ayudé a descubrir su sexualidad y contribuí a desarrollarla.

    Y como en el tomar riesgos, hay una elevada tasa de pérdida. Una última noche sucedió mi pesar más grande, en medio de la noche mientras yo perdidamente me batía deliciosamente, mi boca y su labios vaginales, se prendió la luz, tal vez por los gemidos inevitables y fuimos descubiertos, mi tía entró en pánico y como era de esperarse y bien merecido lo tenía, a la calle fui a parar, en más de dos décadas no he hablado con ella. Mis tíos cortaron lazos conmigo.

    El incesto es un camino errático que tarde o temprano trae vergüenza.

    Nunca superé esto, es tan claro que al casarme con una mujer de la misma complexión que mi prima Daniela en aquellos días, y que muchas, muchas pero muchas veces en mi mente se lo estoy haciendo a mi pasión prohibida: mi prima Daniela.

  • Padre e hijo se vuelven más cercanos

    Padre e hijo se vuelven más cercanos

    Mi familia no era muy unida, mi madre trabajaba todo el día en una empresa en el área administrativa y mi papá trabajaba medio día como carpintero, mis padres eran poco afectivos entre ellos, casi siempre habían peleas sobre el dinero, las deudas, la casa, los autos, etc.

    Un día estábamos cenando y mis padres empezaron a discutir porque según papá, mama no pasaba mucho tiempo en casa y mi mamá le reclamaba que su trabajo era lo que daba dinero a la casa.

    De tanto escuchar gritos me fui a mi recamara, y sin quererlo me había dormido, al despertar sentí un brazo en mi abdomen, al levantarme vi a mi papá.

    Estaba borracho, a veces dormía conmigo cuando él y mamá discutían.

    Lo desperté sacudiéndolo, estaba borracho solo escuche:

    «Hijo, sabes que te amo mucho si yo y tu madre decidimos separarnos espero que no cause problemas en ti», ya tenía 18 años y bueno en realidad no me afectaría realmente.

    «Ven papá te llevare al baño para que te des una ducha.»

    «Gracias hijo». Tambaleándose camino hacia el baño «¿hijo, me podrías dar una mano?, ayúdame a quitarme la ropa».

    Poco a poco le quite el suéter, luego el polo dejando su pecho musculoso y peludo al aire.

    Mi padre era un hombre guapo, rubio de ojos color café y manos cañosas por trabajar en la carpintería.

    Le ayude a bajarse los pantalones y los boxers, descubriendo su polla. Luego de eso se metió a la ducha.

    Salí del baño abrumado por tal visión que de alguna manera me pareció erótica.

    Me senté en la cama y espere a que papá salga del baño.

    Al salir estaba semidesnudo con una toalla alrededor de su cintura.

    «¿Hijo me prestas un bóxer tuyo?, mi ropa esta en mi cuarto y no quisiera ver a tu madre».

    Asentí sacando un bóxer gris que supongo era 2 tallas menos porque al ponérselo (en frente de mi), le quedaba muy apretado lo cual resaltaba su erección.

    Se puso un pantalón y un polo (míos también) que hacia resaltar sus músculos.

    Esa visión tan sexy me calenté logrando una erección que no pasó desapercibido por mi papá.

    «Vaya hijo, veo que tu también estas como yo, ¿sabes? Desde hace un mes que me empecé a pelear con tu madre no he tenido sexo y estas bolas están súper recargadas de semen que amenaza con salir tarde o temprano si no lo bajo.»

    Así que instantáneamente se bajó el pantalón y el bóxer dejando expuesta una polla gruesa y mucho más larga que la mía.

    Trague saliva, nunca había visto una polla que no fuese la mía.

    Mi papá automáticamente empezó a masturbarse lo cual logro excitarme.

    «Vamos hijo acompáñame quiero que tú también lo disfrutes»

    Me quite el pantalón y el bóxer exponiendo mi verga de 15 cm

    «Vaya, sí que te pusiste duro».

    Allí estábamos parados los dos, uno al lado del otro, con nuestros penes expuestos ante nuestros ojos. No pensé que me pudiera pasar esto con un hombre. Lo miraba a los ojos y volteaba también para mirar su pene. Con mucho disimulo, pero con la mayor excitación, trataba de grabar esas imágenes para siempre.

    «El tuyo no es muy diferente en forma, solo que el mío es más grande pero puede ser por la diferencia de edad»

    «Si, es más grande, me imagino como debe ser para una mujer tenerlo dentro».

    «Diría que el buen sexo es lo único que tu madre valora de mi»

    «No digas eso, se llevaron bien durante años».

    «Ven, siéntate al lado mío» dijo mientras se sentaba sobre la cama, apoyando su espalda contra la pared. Me senté al lado suyo como me lo había indicado.

    Estábamos sentados uno al lado del otro, nuestras piernas se rozaban, sentía el calor de su cuerpo.

    «Okey, vamos a empezar». Dijo papá mirándome con una sonrisa.

    Llevó su mano a su pene, cerró sus ojos y empezó a masajearla suavemente.

    Fueron unos instantes de silencio, la excitación me dificultaba hasta respirar, podía sentir el latido de mi corazón casi por todo mi cuerpo. Él tenía sus ojos cerrados y la cabeza recostada contra la pared, yo lo observaba todo con gran atención. Sobre todo a su miembro que poco a poco iba creciendo y volviéndose grande para su propia mano.

    Habría transcurrido un minuto cuando volvió a abrir sus ojos. Dirigiendo la mirada hacia mi erección, donde mi verga estaba a punto de estallar, me preguntó mirándome a los ojos y con una leve sonrisa:

    «¿Quieres acompañarme?»

    Inmediatamente llevé una mano a masturbarme suavemente y me dispuse a continuar viendo a mi padre trabajar en su pene.

    El observó la mía sin emitir ningún comentario y continúo con su labor. Pasaron unos pocos segundos y de pronto su pene empezó a crecer rápidamente hasta alcanzar una gran erección. La mano de mi padre seguía dándole caricias leves pero un poco más rápidas. Tras unos instantes más, mi padre finalmente liberó su pene de su mano y preguntó:

    «¿Qué opinas del tamaño de mi pene erecto?»

    «Es mucho más grande que mi pene » le dije con una leve sonrisa

    «La tuya tiene buen tamaño, hijo… no debes preocuparte».

    Luego de un momento de silencio me acerque a su miembro.

    «¿Qué estás haciendo?» preguntó

    Comencé a acariciar sus bolas y luego acaricié su polla mientras él me veía sorprendido.

    Mi padre impresionado me pregunto qué hacía, solo lo silencie y seguí tocando su gran miembro.

    «Hijo, no podemos hacer esto»

    «Lo se papá, pero quiero complacerte, quiero hacer lo que mamá no esté dispuesta y hacerte disfrutar».

    «¡Dios! Hijo, no sabes lo que dices».

    «Si lo sé y estoy dispuesto a calmar ese deseo dentro de ti todas las veces que quieras.»

    «¿Seguro que quieres hacer esto?» preguntó

    Solo asentí. Echó la cabeza hacia atrás y gimió cuando lo acaricié. Luego me incliné hacia adelante y comencé a lamer la parte inferior de su polla.

    «Oh, hijo, eso se siente bien».

    Luego deslice mi boca lenta y suavemente sobre la cabeza de su polla ahora palpitante. Soltó un largo gemido y comenzó a acariciar mi cabello. Lentamente me deslicé por su pene hasta que su cabeza estuvo en mi garganta. Luego comencé a subir y bajar lentamente al principio y luego más rápido a medida que él se emocionaba más. Pronto sus gemidos fueron fuertes y su cadera en movimiento penetraba mi ansiosa boca. «Hijo, deja que me correrá en tu boca». Gritó.

    Respondí chupando más fuerte.

    «Oh Dios, oh Dios». Gritó cuando comenzó a disparar tiro tras tiro de esperma caliente en mi garganta. Nunca había chupado un pene antes y pensé que podría atragantarme, pero quería complacer a mi padre, así que lo dejé correrse en mi boca.

    Mi padre excitado, de repente me agarro, me empujó contra la cama y abrió mis nalgas

    «Eres una hijo tan bueno» Dio un gentil beso a mis nalgas «No puedes decirle nada a tu madre, bien».

    Apenas tuve tiempo para considerar esa promesa antes de sentir la punta de la polla de papá contra la entrada de mi ano.

    «¿Papá? Por favor, ten cuidado, soy virgen».

    La confesión parece sorprenderlo un poco al considerar tomar la virginidad de su hijo. Le lleva unos segundos responder.

    «No te preocupes. Estás a salvo con papá».

    Sin dudarlo un momento, él entra lentamente en mi ano virgen. Detuvo la mitad de su polla dentro de mí durante unos segundos, luego se retira casi por completo antes de volver a embestirme y follarme con imprudencia.

    Me dolió cuando dio su última embestida. Intente pedirle que se detenga o disminuya la velocidad, pero no puedo emitir ningún sonido además de mis fuertes gemidos. La polla de papá se siente tan bien dentro de mí.

    Justo entonces, él se retira. Lo miro y él sonríe diciendo: «Ponte boca abajo, campeón».

    Me pongo en cuatro y arqueo la espalda. He visto suficiente porno para saber que a todos los hombres les encanta esta posición.

    Papá me agarra las caderas y me penetro una vez más, golpea mi próstata perfectamente provocando que me corriese.

    Todavía mi pene sigue erecto, él lo sostiene y masturba con presión perfecta y furiosa velocidad. Gemí de placer. Los gruñidos de papá coinciden con el sonido de la carne golpeando contra la carne. Él se derrumba sobre mí, haciendo que mi cuerpo se presione contra la cama, todavía penetrándome mientras sostiene bruscamente mi cadera con una mano y envuelve la otra mano alrededor de mi garganta mientras se vacía en mí. Solo detengo mis gemidos cuando él se retira de mi aun con semen todavía en su polla que lentamente se está volviendo más líquido.

    Él se acuesta a mi lado mientras me doy la vuelta y me arrastro hasta su polla y lamo la pequeña cantidad de semen tanto en ella como en sus bolas. Papá gime y me levanta para acostarme sobre su pecho. Besa la parte superior de mi cabeza y apoya sus manos en mi trasero.

    «Voy a tener ese culo mañana por la noche, campeón».

    Sonrío y beso el pecho de mi papá mientras los dos nos quedamos dormidos.

  • Fantasías eróticas de ayer y hoy (Parte II)

    Fantasías eróticas de ayer y hoy (Parte II)

    A: ¡Así, Luis así!

    L: ¡Que nalgas! ¡Me encantas!

    A: ¡Cógeme papi!, agh!

    L: ¡Que rico aprietas mi verga!

    A: ¿De quién eres nene, de quién?

    L: ¡Tuyo, mi verga es tuya!

    Aura Cristina, mi mayor fantasía, ahora estaba siendo mía en un Hospital ¿y cómo fue que llegamos a eso? ¡Pues se los cuento desde el principio!

    Era un día de grabaciones como cualquier otro, Aura ya no me veía como su asistente si no como su “amigo personal”, ¡yo disfrutaba de la forma de ser de esa hembra colombiana!

    Pero ocurrió algo inesperado unas luces cayeron y unos vidrios se enterraron en mi espinilla abriéndomela y mandándome al hospital interno que ahí hay.

    Ya después de mi curación y todo, estaba yo reposando hasta que me dieran de alta, fue cuando ella entro, ¡me llevo unos chocolates y me abrazo y me dio un beso en la mejilla!

    Cerro la puerta de mi cuarto y se despojó de su gabardina, ¡dios mío!, estaba solo en una lencería color blanco, una diminuta tanga y un cubre pezón, subió sobre mí y me empezó a besar.

    Mordía sus labios carnosos como si fuesen manzanas, mis manos acariciaban sus piernas que me vuelven loco, subían despacio hasta apretar su firme trasero, ¡su mano acariciaba mi verga que poco a poco se endurecía bajo las sabanas!

    A: ¡Mi vida me encantas!

    L: Nena, ¡me vuelves loco!

    A: ¡Te quiero comer bebe!

    L: ¡Y yo a ti!

    Me quito la sabana y la bata que traía puesta, mi verga ya estaba toda parada, lista para ella, ¡le quite su brasear y nos acomodamos para empezar con un 69! Le hice a un lado su tanguita y comencé a oler su rico tesoro, ella ponía mi verga en medio de sus tetas y le daba pequeñas lamidas a mi cabeza.

    ¡Su sexo oral combinado con una chaqueta rusa era maravilloso, mi pene era tragado y sobado de manera fenomenal, mi lengua entraba y salía en forma de taco de su húmeda vagina, mordía suave sus labios, le metía un par de dedos y también lamia su rico ano!

    A: ¡Agh, Luis, dios, que rico!

    L: ¿Te gusta baby, te gusta?

    A: ¡Ah, me encanta papi!

    La follaba duro con mi lengua y también movía mi pene para penetrarle su boca, sentía como su garganta rozaba mi verga, ella lo disfrutaba y no se quería despejar, quería seguir ahogándose en mi dura verga, ¡mientras tanto mis dedos entraban y salían de su vagina y de su ano!

    A: ¡Ya métemela, ya quiero tu pinga!

    L: Súbete nena, ¡déjate caer en mi verga dura!

    Aura subió y se ensarto suave en mi verga, comenzó a cabalgarme muy rico, sus movimientos eran suaves dejándome entrar hasta el fondo de ella, me lamia los dedos y besaba el cuello, se aceleró u poco ya que comenzó a dejarse caer sobre mi muy rápido, ¡eso me hacía gemir de placer!

    Estaba yo tan excitado que con uno de mis dedos empecé a penetrarle su ano, ella lo acepto gustosa, seguía moviéndose riquísimo, mi boca mordía sus pezones, ¡mi verga seguía dándole duro en su vagina y mis dedos estaban dilatando su rico ano!

    A: ¡Agh, papi, así, así!

    L: ¡Eres una diosa, que rico culo!

    A: ¿La quieres meter ahí?

    L: ¡Claro, sería un placer darte en tu culo!

    A: Ok, dámela bebe, ¡métemela toda!

    La acosté en la camilla, levanté sus piernas hasta su frente y ya con su ano dilatado, empecé a penétrala suavemente, era una no muy estrecho, estoy seguros que no era virgen de ahí, pero lo mantenía bien cerradito.

    Empecé a moverme despacio, notaba en sus gestos el placer que le estaba dando, ella se mordía los dedos, y me arañaba las piernas, me recliné un poco hacia atrás para mover mi pelvis fuerte, eso la hizo gemir mucho, ¡me movía rápido y mi verga estaba ya casi por completo dentro de su ano!

    A: ¡Ah, si, ah, mi culo, agh!

    L: ¡Así perra, uhm, dios!

    A: ¡Esta grande y dura!

    L: Gózala chiquita, ¡goza mi verga mexicana!

    A: ¡Me encanta, muévete, no la saques, no la vayas a sacar!

    Me senté en la orilla de la cama, Aura acomodándose mi verga en su ano, comenzó a darme de ricos sentones, mientras ella se empalaba solita yo me deleitaba con sus ricos pechos, ¡le apretaba sus pezones y mi dedo estimulaba su clítoris!

    La puse de perrito en la cama, me puse de pie y le penetré el ano muy fuerte, le jalaba el cabello y le daba de nalgadas, ¡ella también se movía y se empujaba para sentirla toda!

    A: ¡Agh, que rico, agh!

    L: Que hermoso culo, ¡me enloqueces Aura!

    A: ¡Así, no la saques, uhm, que rico!

    L: ¡Dios, no lo creo!

    La penetraba tan fuerte que termino boca abajo en la cama, yo subido en ella, seguía moviéndome con todo, su vagina empezó a expulsar fluidos de un orgasmo, ella gritaba y movía su cuerpo, ¡yo disfrutaba mordiéndole la espalda y recibiendo con mis manos sus fluidos que le daba a probar haciéndola lamer mis dedos!

    L: ¡Nena, me vengo, me vengo!

    A: ¡Dámela, dame tu leche!!!

    L: Si, ¿me dejas llenarte el culo?

    A: ¡Llénamelo, llénamelo!

    Expulse un chorro tremendo de semen, ella gritaba al sentir como su culo era llenado por mi leche caliente, ¡yo desvaneciéndome sobre ella le daba un beso pasional mientras nuestros orgasmos se juntaban para hacernos gozar un rico momento!

    Terminamos recostados en la cama, mi herida había pasado a otro término y con un pasional beso se despidió de mí.

  • Diario de una chica trans: Abrirse a nuevas experiencias

    Diario de una chica trans: Abrirse a nuevas experiencias

    Me sorprende que la gente piense que, por el simple hecho de ser una chica transexual, eres una experta en los secretos de la carne. Como si hoy fueras una persona tímida e insegura y, tras la primera inyección de hormonas, en tu ADN se sobrescribiese el Kama Sutra.

    Lo cierto es que las personas trans tenemos que lidiar con los mismos miedos e inseguridades que cualquier persona tiene hacia su cuerpo (“¿soy horrorosa?”, “¿me dolerá?”, “¿disfrutará conmigo?”), sumándole además el miedo a que no nos acepten. Y es que, aunque sé que vosotros sentís que soy una mujer y que un cuerpo trans es hermoso en sí mismo, femenino en sí mismo, os sorprendería saber la de gente que nos odia simplemente por no entrar en su cuadriculado esquema del mundo.

    La consecuencia de esto es que muchas veces vamos muy despacio en lo que a sexo se refiere, saliendo de nuestra zona de confort solamente cuando encontramos gente que nos da la suficiente confianza y seguridad, que nos hace sentirnos como las mujeres que somos. E incluso en esos momentos, nos cuesta abrirnos a nuevas experiencias.

    Siempre que hablo de esto me acuerdo de un compañero del instituto con el que me reencontré tiempo después de haber iniciado mi transición. Solíamos quedar de vez en cuando sin ningún interés sexual por su parte ni la mía, simplemente para hablar de nuestras cosas, de nuestras parejas y nuestros naufragios sentimentales. Él tenía por aquel entonces una novia que era una harpía, que poco menos le hacía caso cuando tenía un calentón, y que luego no tenía más que palabras de desprecio hacia todo lo que él hacía. Yo salía con un chico al que nunca dejé verme completamente desnuda, lo cual dice muy poco sobre mi autoestima.

    La casualidad hizo que ambas relaciones prácticamente al mismo tiempo, y eso nos llevó a vernos más, a abrirnos más y, poco a poco, a conocernos mejor. Empezamos a quedar para ver películas, sobre todo en mi casa, pues justo frente a la cama tenía el ordenador y una pantalla bastante decente. Y ahí que empezaba una caricia tonta, un cógeme la mano aquí, un beso en la mejilla allá… y un día, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos el uno sobre el otro comiéndonos a besos.

    Su cuerpo apretado contra el mío me enloquecía. Mis labios se volcaban sobre su cuello y su olor, tan masculino, me emborrachaba. Sus manos se colaban por debajo de mi camisa, luchaban contra mi sujetador y celebraban su victoria pellizcando mis pezones. Su ropa interior, ridículamente colorida y salpicada con diminutos superhéroes, parecía estar a punto de reventar a causa de una masculinidad fuerte y desafiante que se frotaba agitadamente contra mi entrepierna.

    Bajo mis braguitas de lunares, mi sexo parecía despertar tras un largo letargo, de tal modo que sentía cómo los límites de mi ropa interior comenzaban a ser insuficientes para contenerme. Mi compañero fue consciente de que algo pasaba entre mis ropas, y muerta de vergüenza dejé de lanzarle besos y mordiscos para suplicarle en un susurro, mis labios pegados a su oído:

    –Por favor, no me mires.

    Sus ojos castaños, cargados de deseo, se clavaron en los míos, y sus labios también arrojaron un susurro cómplice:

    –Qué bien hueles, mi niña.

    Su boca descendió hacia mi cuello, descargo un beso tras otro, y el fuego de su deseo me hizo descartar todos los miedos que hasta ese momento me habían embargado.

    No sabría decir en qué momento perdí mi blusa, pero de repente fui consciente de que lamía con obcecación mis pezones, que coronaban unos pechos diminutos que apenas habían comenzado a tomar forma. Mis piernas se enlazaron alrededor de su cuerpo, apretando su entrepierna a la mía, y poco a poco la anarquía de nuestros movimientos comenzó a dejar paso a un ávido compás que nos hacía estremecer entre arañazos, roces y mordiscos.

    Pero si el roce de nuestros sexos cubiertos había sido una delicia, llegó un momento en que nos comenzó a pesar como si nuestras prendas de ropa no fueran otra cosa que pesadas cadenas que nos impedían movernos, incluso respirar. Yo acepté aquello con resignación, pero él no dudó en parar unos segundos para quedarse totalmente desnudo, ofreciéndome su cuerpo como un magnífico premio.

    –Deja que te acabe –le dije –. Sé lo que necesitas.

    Mi mano aferró aquella brava masculinidad, y con el primer apretón comprobé que de su sexo brotaban unas gotas cristalinas que resbalaron hacia mi mano. Sin embargo, antes siquiera de que pudieran tocar mi piel (¡cómo ansiaba sentir su cálido contacto!), él apartó mi mano y me invitó a seguir tumbada.

    –Lo que necesito es tenerte –me dijo.

    Una ola de nerviosismo me sacudió. Nadie me había penetrado, de hecho no tenía claro que quisiera que lo hicieran: su sexo se me antojaba demasiado grande y mi abertura demasiado estrecha, no tenía lubricante y no había tenido la precaución de tener ningún tipo de protección.

    –Creo… –intenté decir, aunque no encontraba las palabras–. Creo que no estoy preparada.

    En su rostro pude observar cierta contrariedad, y temí que ese fuera el momento en que la situación se torciese de una u otra forma. ¿Se enfadaría? ¿Volvería a hablarme? ¿Era idiota por no querer hacerlo con un chico tan agradable? Sin embargo, lejos de enojarse, me propuso una alternativa:

    –Mi niña, ¿no quieres que juguemos de otra manera?

    Yo asentí sin tener muy claro de qué me hablaba, pues lo cierto es que tenía muchísimas gracias de seguir con nuestros juegos y caricias. Por eso me sorprendí y di un respingo al ver que aferraba mis braguitas y, sin quitármelas, las estiraba a la par que acercaba su masculinidad, que primero rozó mi muslo, luego acarició con su cabeza las diminutas bolsas de mis genitales, hasta colocarse encima de mi sexo (que en comparación con el suyo parecía a medio terminar). Sin la protección de la ropa interior, nada lograba aislarme del calor que aquel poderoso miembro emanaba, hasta el punto que sentía como si alguien me hubiera introducido un carbón ardiente.

    Ni que decir tiene que mis braguitas, que apenas habían sido capaces de contener mi sexo excitado, hacían que nuestros sexos se apretujasen con fuerza, algo que a mí me hacía vibrar, pero que a él debía de volverle loco, pues si por un lado rozaba con mi piel desnuda, por otro le acariciaba la suave textura de mi ropa interior.

    –Qué suave es –me dijo mientras se movía, buscando mis manos para entrelazar sus dedos con los míos –. ¿Estás depilada?

    Me costaba pensar a causa del movimiento. Al principio nuestros sexos habían rozado el uno contra el otro, pero rápidamente habían empezado a humedecerse con las gotas que ambos destilaban, y que fueron facilitando los movimientos.

    –Me he depilado para ti –le confesé–. ¿Te gusta?

    Un gemido y un estremecimiento me indicaron que no era disgusto lo que sentía. Tras aquellas palabras, fueron más ruiditos y quejidos los que nos guiaron mientras continuamos explorando las posibilidades de aquel dulce juego, hasta que nuevamente sentimos que la ropa nos sobraba, y llegó mi turno de quedar completamente desnuda.

    Mi compañero había mostrado tanto interés en mí, tanta entrega en sus besos y tal pasión en sus abrazos, que mi confianza en mí misma se vio incrementada. Fue por ello que al observar que la punta de mi sexo se hallaba totalmente empapada en mis propios jugos, decidí acercarla a la cabeza de su virilidad, aprovechando aquel lubricante natural para rozar ambos sexos en un delicioso masaje.

    Él se dejó hacer, tumbándose mansamente y dejando que yo me colocara encima, continuando con aquel dulce choque de sexos, idénticos y al mismo tiempo tan diferentes: fuerte y masculino el suyo, vulnerable y femenino el mío. A punto estaba de dejar de lado todos mis miedos y pedirle que se introdujera dentro de mí, que me hiciera suya, que me despojara de aquella virginidad con la que cargaba… a punto estaba de decirlo, cuando la sola idea me llevó al culmen, y sin otro aviso que una mera contracción, mi sexo descargó una profusa carga sobre él, embadurnando completamente su masculinidad, pero salpicando también parte de su vientre.

    –¡Mierda! –exclamé enfadada, en parte por haberle manchado, en parte por haber dejado escapar un orgasmo de una forma tan simple y rápida.

    Él se rió mientras se incorporaba, y el volumen de su cuerpo, más grande que el mío, me hizo caer sobre la cama. Como mis erecciones nunca son grandes a causa de las hormonas, la eyaculación había hecho que mi sexo se replegara a un tamaño diminuto, pero eso pareció excitarle, pues comenzó a frotarse una vez más contra mi. Pareciera como si su poderoso miembro quisiera introducirse dentro del mío, y lo cierto es que no tenía nada claro qué era lo que intentaba hacer, en el caso de que realmente intentara algo y no estuviera cegado por la lujuria.

    –¡Quiero acabar dentro de ti! –gimió, más una súplica desesperada que una orden.

    –¡Hazlo! –le apremié.

    Su masculinidad embistió entonces contra mí, pero con poco tino, deslizándose unas veces hasta mis genitales, escurriéndose otras veces entre mis nalgas. Sin más remedio que intervenir, abrí mis piernas, cerré los ojos y agarré su sexo, pero antes de que hubiera podido conducirlo a la puerta de su cuerpo, un suspiro mortal escapó de sus pulmones y una carga lechosa de su miembro.

    En silencio nos miramos sin saber qué hacer o decir durante lo que tuvo que ser un minuto, pero que nos pareció una eternidad. Finalmente, sin saber muy bien cómo ni por qué, estallamos en carcajadas. ¿Nos reíamos de nuestra torpeza? ¿Acaso de la alegría de estar vivos y haber disfrutado de nuestros cuerpos? ¿Pudiera ser que simplemente expresáramos nuestro nerviosismo? Quizá (seguramente) un poco de todo.

    –Oye –me preguntó de repente–, ¿y la película?

    A mirar a la pantalla, pude ver las últimas letras de los créditos.