Blog

  • Mi regalo de cumpleaños

    Mi regalo de cumpleaños

    Después de una noche de copas con mis amigos, me decidí a hablarle. Teníamos un año sin vernos, accedio a verme en el motel de siempre.

    Ya me esperaba, entre a la habitación y ahí estaba sentado en la cama, avente mi bolsa, me quite reloj, aretes y anillos y me senté encima de el a besarlo. “Hola” le dije entre jadeos “Hola, feliz cumpleaños” me contestó ¿Lista para tu regalo? “mmmm eso suena rico. En la misma posición le quite la playera, el metió su cara a mi escote, me quito la blusa y la camiseta dejándome con el bra y la falda, sacó un seno de la copa del bra y se lo metió a la boca, mordia y lamia el pezon hasta que se puso duro, con una mano me acariaba la espalda y la que tenia libre era para estimular el otro seno.

    Jadeaba bajito mientras sentía mis pezones ponerse duros como piedra y rojos por las mordidas “Que rico saben tus tetas mi amor” me dijo al oído, eso me prendió tanto que me voltee para quedar boca arriba, lo jale hacia a mi y le quite el pantalón y el bóxer dejándolo completamente desnudo “Cogeme” Le dije mientras le ponía su mano en mi sexo totalmente mojado

    Me miró con esa sonrisa pervertida, me quito la lycra y la panty qué estaba mojadisima, dejándome con falda y bra, me contemplo “Que rico mi amor te brilla la colors de lo mojadita que estas” “Entra ya” le dije desesperada.

    Me tenía de piernas abiertas recostada en la cama, me metió 2 de sus dedos a la boca “Lamelos” los tome y empecé a lamer como si de su pene se tratara, “Llenalos de saliva”. Cuando moje bien sus dedos los inserto a mi vagina, grite porque no me esperaba eso “Quítate el brassiere y acariciate los senos mientras te toco” Con sus 2 de dos dentro de mi y el pulgar en el clitoris, obedeci y empecé a sobarme los pechos “Aaah ah así amor así” gemia. Sin dejar de masturbarme se puso encima de mi y paso su pene por en medio de mis tetitas, con las mismas le empecé a pajerar mientras lamia el glande! Lo rico que se sentía! Era un concierto de gemidos y choques de dedos que acabo en un orgasmo.

    Cuando me recupere me quito la falda y me dijo “Empinate, te voy a dar en 4” rápido obedeci y me puse de perrito, sentí su rica y gruesa verga atravesarme y comencé a gemir, mis pezones duros rozaban con la sabana lo que hacía más intenso el momento, con una mano me nalgueaba y la otra estimulaba el clitoris. “Aaaaah así mi amor así no pares amor ah ah que rico bebé” “Vente en mi, mi amor, quiero sentirte” “Me falta pero tu sigue dame mi amor ay rico”.

    Entonces deje de sentir su verga dentro, me tomo de la cadera y me jalo hacia su cara para hacerme un delicioso oral, su lengua recorría toda mi vagina hasta mi ano, suavemente presionaba el clitoris y la mezcla de sensaciones con lo rasposo de su barba me hizo tocar el cielo “Amor espera amor siento que me hago pipí esperame” entre más gemia y le decía que parara más duro me daba “Ya te vas a venir?” Si si pero no me quiero venir en tu cara” “Quiero ver como te vienes acostadita” “Me volteo para quedar acostada boca arriba con las piernas bien abiertas y me volvió a penetrar.

    Con una mano me pellizcaba los senos y con la otra me ahorcaba, Vente mi amor mojame la verga con tus juguitos” “Dame más duro ya casi termino” me puso las piernas en sus hombros y me embistio más duro mientras me jugaba el clitoris. No pude más, mi cuerpo se tenso y alcance un rico y prolongado orgasmo que mojo la cama.

    Me dio un besito y me dijo “Feliz cumpleaños amor” nos acostamos a descansar para seguir toda la noche haciendo el amor.

    Loading

  • Me convertí en el esclavo sexual de Manuel

    Me convertí en el esclavo sexual de Manuel

    Llevaba mas de 18 años de matrimonio, mi mujer me hacia feliz, era bonita y me calentaba mucho, pero una tarde invitamos a unos amigos, eramos 5 parejas. Uno de ellos llamado Manuel me dejo impactado, era como si lo hubiera conocido de siempre, alto, dominante, serio, de barba, de unos 50 años, su esposa una mujer bajita bastante fea y muy flaca, casi sin tetas y muy arrogante.

    Me cayo mal a la partida, pero el hombre me fascino. He tenido unas pocas aventuras gay, pero ver este ejemplar masculino fue increíble. Le meti conversación, me presenté y trate de hacer amistad, pero era muy serio, igual intercambiamos teléfonos pues el trabajaba en una empresa afin a la mía, exportación de frutas. No nos vimos mas aunque me quedo en la mente su rostro hermoso. Un mes después, recibi un whatsapp, era él, que quería visitar mi empresa pues tenia una negocio que ofrecer.

    Quede feliz, el finde semana siguiente lo recibí en el campo, estábamos solos, lo invite a visitar la plantación de manzanas y poco a poco comenzó a reir y a mostrarse quien era, un hombre precioso. Al correr de la tarde me confeso que se llevaba mal con su esposa, que esta le había confesado que miraba a otros hombres. Dos horas después me entere de todo, yo le había gustado a la fea y Manuel quería regalarmela. Buscaba un tercero corneador y pensó en mi. Si satisfacía a su mujer su matrimonio podía ser más llevadero.

    Yo me había pasado el rollo de que podía ser gay, pero no, quería ser cornudo. En la conversa fueron pasando cosas. Le dije que yo tendría sexo con su esposa pero siempre que el estuviera presente y participando con nosotros. Quería verlo desnudo y estaba dispuesto a todo por mirarlo, por tocarlo. Un mes después llego al campo con la fea de su esposa, una mujer flacucha que se trataba de hacer la simpática.

    Almorzamos en un restaurant del sector y luego volvimos a mi casa de campo, tomamos vino y al llegar la noche avise a mi mujer que me quedaría esa noche en el campo, cosa que hacemos a veces. Bailamos los tres y toque a Cecilia, la fea, era muy flaca casi sin tetas y muy peluda. A las 12 de la noche los tres estábamos ebrios, los invite a mi pieza y en la cama entre los dos hombres desnudamos a Cecilia.

    Ademas de aburrida y fea era pasiva, no hacia nada, se dejaba hacer. Pasaron los minutos y me desnudé, Manuel hizo lo mismo y… oh dios, que belleza, Manuel era musculoso, duro, bien hecho, precioso, su verga era gigante, mas grande que la mia que mide 21 centimetros. Esta era cabezona de por lo menos 30 cm, y lanzaba jugos cristalinos en abundancia.

    En la calentura de la noche su mujer se me sube y la penetro, el ritmo de la culeadera era exquisito; ellos se besan; me bajo luego y Manuel se monta sobre su esposa, era el momento que esperaba, meti mi mano por abajo y tome la verga de Manuel y la puse en la entrada de la vagina de Cecilia, ambos culeaban felices. Pero sentir en la mano un cañon de ese porte me dejo erecto. Aprovechando la pose me subi por atrás y penetre a Cecilia por el ano, la teníamos doblemente penetrada. Los tres estábamos con mucha calentura.

    Entonces Cecilia comienza a gozar un orgasmo, gritando hasta quedar tendida en la cama; ver el pene erecto de Manuel me puso como avión, y sin pensarlo dos veces me fui a su entrepiernas y mame el pene mas rico que había probado en mi vida, chupe bolas, pija, y ano. Manuel gemía de placer. Nos besamos, nuestras lenguas se tocaban, yo era un nena, me subí sobre su cuerpo duro y musculoso y nos chupamos todo, y asi gritando como animal, a los 20 minutos de mamada me eyaculó la boca.

    Sabroso, delicioso, me trague su leche y dormi sobre Manuel desnudo. Cecilia durmió a su lado pero casi sin percatarse de nada. Parece que mientras su marido me culeaba, ella durmió, pues al día siguiente no hizo ningún comentario. Manuel me conto luego que esa noche ella había tomado pastillas para dormir las que junto al vino tuvieron un efecto sedante. Lo mas probable es que Cecilia nunca vio nada.

    Recuperados al dia siguiente, desayunamos y la pareja se fue. Cecilia me llamó dos días después, pues quería mas sexo, nos revolcamos un par de veces mas y luego me desaparecí, lo hable con Manuel y note que me buscaba, hasta que una tarde, a solas, me besó y me toco. Nos fuimos a un hotel y me penetro como si yo fuera su pareja.

    Todos los viernes desde entonces soy la nena de Manuel, mas que eso, soy su esclava. Mi esposa esta sospechando pues desaparezco el viernes y regreso a casa el sábado por la mañana. Pero eso lo resolveré luego, de momento sigo regalando mi trasero y mi boca a un precioso ejemplar masculino.

    Loading

  • Mi suegro, Adela y yo

    Mi suegro, Adela y yo

    Los que hayan leído mis anteriores relatos, recordaran como desde que era novia de mi marido había empezado a follar con mi suegro, y esta relación duró hasta que sus condiciones físicas lo impidieron, una de las aventuras afectó a la mujer de mi cuñado Rubén, de nombre Adela.

    Al contrario que mi marido, su hermano Rubén era, es, una señor muy déspota y dominante y una de las personas con la que lo ejercía era con su mujer Adela, esta tenía, y aún tiene un cuerpo bonito y comencé a darme cuenta de que mi suegro también la deseaba, en una reunión familiar, Rubén soltó una fuerte reprimenda a su mujer, esto me hizo tener un plan maquiavélico, y cuando mu suegra salió de casa dos sus dos hijos, mi marido y Rubén, decidí llevarlo a la práctica, procuré quedarme a solas con mi suegro, mientras Adela, se había ido a su habitación, me acerqué a él, le di un beso en la boca y le dije:

    -¿Adela te pone caliente?

    Él se puso un poco nervioso y yo le tranquilicé, riéndome le dije:

    -Cariño es natural y te voy a ayudar a conseguirla.

    Le pedí que se pusiera detrás de la puerta de su habitación, sin hacer ruido, y cuando no pudiera aguantarse entrara.

    Después fui yo la que se metió a su cuarto, ella estaba de pie junto a la ventana.

    -¿Estas triste le pregunté?, el bruto de tu marido no se merece una mujer como tú.

    Llevé mi boca hasta la suya y la besé, para mi sorpresa, ella no me rechazó, es más para mi sorpresa llevó una de sus manos a mi culo, y me lo acarició, cuando terminamos de besarnos, me giré y me puse a su espalda, ella llevaba puesto un vestido rojo con cremallera, se la desabroché, me sorprendí al ver que no llevaba sujetador y sus tetas quedaron al aire. Se las apreté, y le dije:

    -Menudas tetas tienes, aunque solo fuera por esto tu marido debería de adorarte y tratarte mejor.

    Le bajé el vestido y pude comprobar que solo llevaba un tanga de color oscuro que apenas tapaba la raja de su culo y dejaba completamente al descubierto sus cachetes, me senté sobre la cama y comencé a besárselos, mientras la decía:

    -Menudo culo tienes, mi niña, cuantos hombres lo desearían el burro de tu marido debería de apreciarlo.

    En ese momento ella me pidió:

    -Por favor, Isabel, me ha encantado cuando me has acariciado las tetas, sóbamelas un poco.

    Se giro, sus tetas quedaron al alcance de mi boca, llevé mis labios hacia uno de ellos, y lo introduje dentro de mi boca, comencé a chupárselos, ella se puso a gemir:

    -Adela, me estas volviendo loca de gusto.

    Pero no se quedó quieta, me hizo una señal para que liberara su pezón, se agachó un poco y me dijo:

    -Ahora me toca a mí desenvolver mi regalo.

    Bajó mi vestido y metió sus manos, llegando hasta mis tetas y se puso a acariciarlas, y me dijo:

    -Oye las tuyas están divinas.

    Me siguió bajando el vestido y por último me lo quitó, me quedé solo con el tanga, y poniéndome a cuatro patas, fue ella quien comenzó a acariciarme y besarme el culo, al rato me hizo algo que para mi era desconocido, juntó sus pechos con los míos, no sé si era su primera vez con una mujer. Aunque tengo mis dudas, era algo muy placentero, luego me dijo:

    -Ahora quiero ser yo quien te agradezca por sacarme de la depresión que tenía hasta hace un momento.

    Me quitó el tanga, mi coño quedó al aire, me hizo abrir a tope las piernas y poniéndose de rodillas delante de mí, se puso a comerme el coño, no es que fuera una lamedora excepcional, pero le ponía muchas ganas,

    Y en ese momento la puerta se abrió y entró mi suegro, que nos dijo:

    -Lo siento chicas, pero llevó un rato oyéndoos y no puedo más.

    Yo, haciéndome la despistada dije;

    -Mira Adela, aquí tenemos a nuestro suegro, tendremos que hacer algo para que mantenga nuestro secreto, yo me he dado cuenta que me mira con ganas, y ¿No e digas que nunca has tenido curiosidad por verle el bulto, será más grande o más pequeño que el de nuestros mariditos?

    Adela no respondió, simplemente le bajó los pantalones, su polla parecía que iba a reventar dentro del bóxer, ella dijo:

    -Pues parece que no la tiene de mal tamaño.

    Nos miramos de una forma cómplice y entre las dos le dejamos rápidamente desnudo, le hicimos tumbarse en la cama, y las dos nos lanzamos sobre su polla y se la chupamos hasta ponérsela bien dura. En ese momento yo le dije a Adela:

    -Nuestro suegro te tiene ganas, lo vengo notando hace tiempo, y tu marido se merece unos buenos cuernos por la forma en que te trata, aprovecha.

    -Está bien, dijo ella, pero va a ser la primera vez, desde que estoy con su hijo, que le pongo los cuernos, preferiría darle la espalda, para no verlo.

    Los dos aceptamos su idea y con su suegro que seguía tumbado, ella se arrodilló de espaldas a él, encima de su polla, y bajando se la metió dentro, y comenzó a subir y bajar, yo entendí que no podía quedarme quieta, y llevando mis manos a sus tetas se las apretujé, luego llevé mi boca hacia uno de sus pezones y comencé a chupárselo, ella se puso a gemir de una manera muy intensa, mientras decía:

    -Esto es increíble, me vais a volver loca de placer, os adoro.

    Mientras seguía cabalgando a mi suegro y yo ocupándome de sus tetas, el resultado fue que no tardó en tener un orgasmo brutal, en ese momento nos pidió

    -Dejarme descansar un poco.

    Se bajó de la polla de nuestro suegro que seguía durísima, mi suegro y yo nos miramos y yo ocupé su lugar, pero en mi caso no le di la espalda, sino que monté a mi suegro mirándole a la cara, y el me pidió que me agachará un poco, para acariciarme las tetas, en esas estaba cuando sentí como una lengua lamia mi coño y en ese instante me di cuenta de que Adela se había puesto detrás de nosotros y pasaba su lengua por nuestros sexos, era delicioso

    En estas circunstancias yo no tarde en correrme, y mi suegro lo hizo poco después, deje que se corriera dentro de mi coño y cuando terminó le pedí a mi cuñada que me limpiara el coño, ella con su lengua me limpio cada gota de semen de mi interior hasta dejármelo, bien limpio, nos tumbamos los tres sobre la cama a descansar y Adela me dijo:

    -Menuda marcha tiene nuestro suegro, más que el gruñón de su hijo, aunque me parece que eso tu ya lo sabes, jajaja.

    -Mis hijos no se merecen tener unas mujeres como vosotras, dijo nuestro suegro.

    -Adela ¿Qué te parece si se la chupamos?, le pregunté.

    Ella no se hizo de rogar y llevando su cabeza hasta la polla de mi suegro saco su lengua y se puso a lamerla, yo hice lo mismo y nuestras dos lenguas se pusieron de manera coordinada sobre la polla de nuestro suegro que dijo:

    -Os adoro mis niñas. Pero me gustaría ver como os hacéis cositas, ¿Isabel porque no le comes el coño a Adela?

    Nuevamente Adela no se hizo de rogar, y antes de que me diera cuenta se había puesto de rodillas encima de mi cabeza, yo introduje mi lengua en su interior y comencé a recorrer con ella en interior de su coño, ella se puso a gemir, mientras decía:

    -Nunca pensé que una lengua de mujer pudiera dar tanto gusto.

    Noté como mi suegro acercaba sus manos a mis tetas y se puso a acariciármelas. Y luego dijo:

    -Lo siento, pero no puedo más

    Y sentí como su polla entraba en mi coño y me taladraba y me sentía en la gloria, hasta que Adela se corrió, en ese momento se bajó de mi y me beso en la lengua, después me dijo:

    -Es alucinante el placer que me das.

    Mi suegro seguía con su polla en mi coño. Adela pareció tener una idea y nos dijo:

    -Suegro me encantaría que me la volvieras a meter, pero quiero comerle el coño a la zorra de Isabel.

    Me hizo sentarme en la cama y poniéndose a cuatro patas encima de mí se puso a acariciarme las tetas, lo hacía deliciosamente, pero girándose un poco hacia nuestro suegro le desafió:

    -Vamos suegro métemela.

    Mi suegro, que seguía con la polla bien dura, la complacio y se la metió, ella dijo:

    -Esto es delicioso.

    Ella llevó su lengua hasta mi coño y se puso a chupármelo y así estuvimos hasta que la muy puta me hizo correrme, en ese momento pedí descansar y lo hicimos, Adela me dijo:

    -Decididamente, tía me estáis haciendo pasar el mejor momento de mi vida.

    Pero parecía que le había entrado alguna especie de fiebre ninfomaniatica, porque volvió a decir:

    -Quiero la polla de mi suegro dentro de mí, pero, ahora quiero ser yo quien te monte.

    Mi suegro se tumbó sobre la cama y Adela se arrodilló encima de él dándole la espalda, bueno el culo, jajaja, en ese momento yo me puse con la boca cerca de la polla de mi suegro, la chupé un poco, y cuando estaba bien dura la dirigí hacia el coño de su otra nuera, los dos se acoplaron, y ella comenzó a subir y bajar, mientras decía:

    -Suegro, te adoro, ya quisiera el pelma de tu hijo follar la mitad de bien que tú.

    Y seguía cabalgándole con ansia, como si temiera que se fuera a terminar. Después decidió girarse para mirarle a la cara, en ese momento yo, sin interrumpir su follada, llevé una de mis manos al coño de ella y me puse a acariciárselo, ella se puso a gemir como una cerda y terminó por correrse, en ese momento me dijo:

    -Ahora te toca a ti guarra.

    Se levantó y yo coupé su lugar y mientras cabalgaba a la polla de nuestro suegro y comencé a cabalgarla, pero me entró un cierto espíritu competitivo con Adela así que me cabalgué con ímpetu y en ese momento vi como esta me ponía la mano en el coño, mientras me decía.

    -Disfruta puta.

    Y entre los dos hicieron que me corriera rápidamente. En ese momento me bajé, pero ella me pidió que me quedara sentada en la cama. Se volvió a poner a cuatro patas y nuevamente me comió el coño, mientras le decía a nuestro suegro:

    -Mi amor, métemela otra vez.

    Y nuevamente mi suegro no se hizo de rogar y metió su polla dentro del coño de su nuera, mientras esta me comía el coño como si no hubiera probado un bocado durante una semana. Mi suegro viendo el espectáculo no pudo evitar correrse y llenar con su semen el coño de Adela.

    Cuando esta se tumbó, no pude evitar la tentación de ponerme encima de ello, para ello abrí bien mis piernas, nuestros coños entraron en contacto, y nos besamos muy amorosamente, mientras yo le decía:

    -Te adoro.

    Sin hablarlo entre nosotras, nos pusimos en posición invertida y comenzamos a comernos los coños, nos había salido de forma espontánea un delicioso sesenta y nueve pero ni suegro no era de mirar, se puso detrás de Adela, y mientras yo le comía el coño él se la metió por ahí, yo estuve un rato, lamiendo sus sexos y luego decidí apartarme, me puse a un lado, ella se giró poniéndose boca arriba, mi suegro seguía follandola, la bese nuevamente en la boca y la acaricie una de sus tetas, mientras la decía:

    -¿Estas disfrutando zorra?

    Ella gemía como una perra, se la notaba que disfrutaba a tope, hasta que mi suegro no pudo más y nos dijo:

    -Me voy a correr.

    -Me gustaría que fuera en las tetas de las dos, dijo Adela.

    Nos pusimos de rodillas, sobre la cama, juntado nuestras tetas, mi suegro también se puso de rodillas, pero por encima de nuestros pechos, le cogimos la polla con las manos y nos pusimos a acariciársela, hasta que se corrió y su leche se esparció sobre nuestras tetas.

    Volvimos a descansar, tumbados en la cama, esta vez fue mi suegro quien manifestó su deseo especial:

    -Me encantaría follar el culo de Adela.

    -Me da que el de Isabel ya le has follado, jajaja.

    Ni mi suegro, ni yo se lo confirmamos, pero entre los tres hubo una sensación de complicidad, Adela y yo nos miramos, yo me tumbé sobre la cama y Adela se puso encima de mí en posición de sesenta y nueve, dejando un pomento de comerme el coño dijo:

    -Bueno suegro ahí tienes mi culo, bien abierto, para que te lo folles a placer.

    Mi suegro no se hizo de rogar y de un golpe se la metió, ella hizo un gesto de dolor y dijo:

    -Mas despacio, suegro, más despacio, no me la meten por ahí desde que comencé a salir con tu hijo.

    Él la hizo caso y bajó el ritmo, ella comenzó a sentirse más relajada, y poco a poco se piso a gemir y sus gemidos se fueron haciendo cada vez más fuertes, mientras su lengua seguía haciendo maravillas con mi coño, estaba alucinando, mientras yo seguía comiendo le coño, vi como su polla y sus huevos se movían cerca de mi boca y no pude evitar llevar mi lengua hasta ellos.

    Esto parecía excitarle y comenzó a moverse de una forma más intensa, yo repartía mis lengüetazos entre mi suegro y Adela, además de que la lengua de esta última me hacía disfrutar de una manera increíble, mientras seguía ocupándose de su culo mi suegro preguntó a Adela:

    -¿Mi hijo nunca te la mete por ahí?

    -Nunca, dice que es una guarrería, dijo Adela por un momento abandonando mi coño para reanudar su actividad inmediatamente.

    Y fue Adela la primera en correrse, sus gemidos se hicieron muy intensos y su orgasmo llenó mi boca, pero sabía que nosotros no lo habíamos hecho, así que siguió en su actividad para que lo lográramos, yo fue la siguiente y tuve un superosgasmo, como pocas veces lo he tenido, en ese momento ella de chuparme los quedaba nuestro suegro al que yo seguí lamiendo mientras él seguía ocupándose de el culo de Adela, finalmente fue mi suegro el que se corrió y llenó con su leche el culo de su nuera, habíamos pasado un rato fantástico, pero mi suegra y nuestros maridos podían volver en cualquier momento, así que nos vestimos rápidamente.

    Durante la comida que siguió a nuestro encuentro mi suegro y nosotras dos no podíamos dejar de mirar a mi suegra y nuestros maridos con una mezcla de burla y compasión.

    Loading

  • Reencuentro con Sandra

    Reencuentro con Sandra

    La casa que mi papá nos había dejado era bastante grande. Mi madre tenía la ilusión de que al casarnos siguiéramos viviendo juntos en la casa con nuestras parejas. Mi hermana mayor se casó, y a su esposo le ofrecieron una gerencia en otra ciudad. Esto rompió esas ilusiones.

    Unos meses después, mi madre pensó que era demasiada casa para nosotros tres, y decidió que se vendiera.

    Nos mudamos al otro lado de la ciudad. Dejé de ver a mis amigos, las promesas de seguirnos viendo se perdieron entre la distancia y la vida cotidiana. Pasaron seis años desde que vi a mis amigos por última vez.

    A mi tía la operaron, los tres nos turnamos para cuidarla para que no fuera tan pesado para mi prima.

    Muchas cosas habían cambiado y algunas se mantenían igual.

    Pasaron unos días, seguíamos alternándonos para cuidar a mi tía. Una tarde que esperaba el autobús para regresar a casa escuche que alguien me llamo.

    –¿Javier? ¿No te acuerdas de mí?

    Me quedé viéndolo tratando de reconocerlo.

    –Soy Ramiro, acuérdate, nos juntábamos en la calle de la tienda.

    En ese momento lo recordé. Él casi no se juntaba con nosotros, era un ratón de biblioteca, el del cuadro de honor en la escuela. Pasaba más tiempo estudiando que conviviendo con nosotros.

    Apenas platicamos de algunas cosas del pasado y actuales. Me comentó que la siguiente semana era su cumpleaños y que el sábado lo iba a festejar con sus amigos, me invitó para que viera a algunos de los viejos amigos.

    Ramiro es hermano menor de Sandra. Quería preguntarle por ella, para no ser tan obvio le pregunté como estaban sus padres, me comentó que estaban bien, ya grandes, pero bien.

    –Sandra se casó, tiene gemelos. Se divorció y se volvió a juntar, pero se acaban de dejar hace poco.

    Era seguro que estuviera casada, aunque no me alegró, sentí alivio de saber que no tenía compromiso. Sandra debería tener treinta años, seguramente ya se vería aseñorada.

    –Te espero el sábado, sirve que saludas a Sandra, va a ser en casa de mis papás, ¿si te acuerdas de la dirección?

    Le dije que si recordaba y que lo vería en su casa.

    El sábado llegué unos cuarenta minutos después de la hora que me había dicho. No quería ser el primero, o de los primeros en llegar.

    La puerta de su casa estaba abierta, se escuchaba barullo y entré. Su casa tenía un espacio para estacionamiento, la construcción a un costado del terreno por lo que dejaba un amplio jardín en forma de “L”, al fondo había una pequeña construcción con dos cuartos de servicio.

    Había unas 15 personas cuando llegué. No se me hacían conocidos. Vi a Ramiro platicando con unas personas y me acerqué a saludar, me recibió y me presentó a sus amigos. Buscaba alguna cara conocida pero no conocía a nadie. Veía a las personas, ya no tanto para tratar de reconocer a alguien si no para buscar a Sandra.

    En esas estaba cuando salió de la casa, llevaba unos platos desechables que dejó en una de las mesas.

    Llevaba un vestido azul obscuro entallado, mostrando una hermosa figura, conservaba la belleza de su cuerpo, apenas se notaban unos rasgos de madurez en su rostro, seguía luciéndose hermosa como en aquellos años. Sus senos se notaban firmes y con buen volumen. Sus piernas bien torneadas, desnudas, cubiertas con algún tipo de aceite que las hacía brillar. Normalmente hubiera tratado de imaginar cómo se vería desnuda, pero ya la había visto, recordaba muy bien como era su cuerpo al natural.

    Quise levantarme e ir a saludarla, pero me iba a ver demasiado obvio por lo que mejor esperé el momento adecuado.

    Nos dijeron que podíamos pasar a comer. Sobre las mesas había ollas con diferentes guisados para preparar tacos. Íbamos formados sirviéndonos al gusto. Aproveché para quedar junto a Sandra.

    –Hola, soy Javier, ¿cómo has estado?

    Me miró tratando de reconocerme.

    –Amigo de Tavo, y de Irma.

    –No recuerdo. Ahorita platicamos si quieres. ¿Me ayudas a traer unos refrescos? Por favor.

    Después de que casi tuvimos sexo, que no me recordara era un golpe fuerte al orgullo. Peor que un balde de agua fría. La seguí para ayudarla.

    –¿Eres amigo de mi hermano?

    –Si, lo encontré hace unos días y me invitó.

    Llegamos a la cocina y se agachó para sacar unas botellas de una hielera. Su trasero se veía muy bien, se lucía con ese vestido entallado que llevaba.

    –Oye, ¿te puedo preguntar algo? –Dijo Sandra.

    –Si claro, lo que quieras.

    –¿Sigues de ojete cogiéndote a las primas de tus amigos? Para advertirle a mis primas que tengan cuidado contigo.

    No me esperaba esa pregunta. Después de un segundo que me pareció una eternidad Sandra soltó una carcajada.

    –¡Es broma!

    Reí nerviosamente.

    –Conmigo no hay problema, ahorita te las presento y me dices con cuál te quieres acostar. Ya, en serio, ayúdame con esta hielera.

    Cargué la hielera y salimos al jardín nuevamente. No recordaba que Sandra tenía un humor un tanto ácido. Platicamos sobre lo que había pasado en el tiempo que no nos vimos. Recordamos un poco a vecinos y viejos amigos. No tocamos el tema de la vez en casa de Tavo, aunque si hablamos de él y de Irma.

    El tiempo pasó muy rápido. Ramiro había tomado demasiado y se quedó dormido. Casi todos los invitados se habían marchado ya.

    Entre la esposa de Ramiro, Sandra y yo lo llevamos a su cuarto. Sandra me dijo que ya era tarde, que podía quedarme en uno de los cuartos de servicio. Le agradecí, pero rechacé la invitación.

    Regresamos al jardín y Sandra me dijo que tomáramos un último trago antes de que me fuera. Nos quedamos platicando y tomamos más de dos tragos. Sandra insistió en que me quedara.

    –Quiero que hagamos lo que no pudimos hacer hace tiempo. Irma me dijo que coges muy bien. No sé porque te fuiste ese día.

    Sandra rondaba los treinta años. Su cuerpo se veía como en aquel entonces. Su rostro tenía unas líneas de expresión muy leves, el tiempo la había tratado muy bien.

    –Anda, sería una bonita forma de cerrar este día, celebrar este reencuentro.

    –Nada me gustaría más Sandra. Hay que cerrar ciclos y no dejar cosas incompletas. –Le contesté

    Se levantó, metió las manos por debajo de su vestido y deslizó hacía abajo una pantaleta negra.

    –No la voy a necesitar, ve al primer cuarto, ahorita estoy contigo.

    Sandra entró a la casa, tomé la prenda que dejó, la guardaría como un recuerdo y me dirigí hacia el anexo.

    El lugar estaba limpio, había apenas unas cosas, por supuesto una cama, una mesa, una alacena, me llamó la atención un sillón que parecía ser de un gigante, aparentaba ser individual, cabían perfectamente dos personas, respaldo ancho y alto.

    Sandra entró con unos cobertores para tender la cama. Estiró uno de ellos sobre el colchón, su vestido entallado dibujaba su hermosa figura, al estirarse para acomodar el cobertor, su trasero, su cadera y sus nalgas redondas se veían bastante provocativas. Con el movimiento, su vestido se alzó lo suficiente para ver la parte baja de sus glúteos.

    Se hincó sobre la cama para alcanzar las esquinas, su vestido subió un poco más, en la posición que estaba podía ver la línea de su vagina y su ano. Toda esa estimulación visual me la habían puesto dura, acomodé mi miembro y me acerqué a Sandra.

    –No has cambiado Sandra, sigues igual de hermosa, estás igual de buena que antes.

    –No es cierto, estoy más buena, y tengo más experiencia. –Dijo Sandra mientras volteaba la cabeza para verme provocativamente.

    Se puso de pie frente a mí tratando de acomodarse el vestido. Me miró fijamente con los labios entreabiertos. Nos besamos al tiempo que recorrí con mis manos su cintura hasta su trasero. Al pegar nuestros cuerpos sintió mi erección.

    –¡Que dura la tienes Javier!

    La aventé hacia la cama, ella entendió y abrió las piernas. Pasé mi lengua por su rayita, besé sus muslos y regresé para que mi lengua se abriera paso en su vagina. Mientras lo hacía saqué de mi cartera un condón, desabroché mi pantalón, desenvainé mi pene, lo enfundé en el condón y me incorporé, no le di tiempo a Sandra de decir nada. Me puse entre sus piernas, pasé la punta de mi pene en su vagina para impregnarlo de su fluido, apunté a su entrada y gentilmente lo fui metiendo.

    Sandra suspiró mientras entraba poco a poco en ella. Levanté sus piernas para acomodarnos mejor y la penetré profundo.

    –Que rica verga tienes Javier, sí que traes ganas.

    –Te traigo ganas desde esa vez, desde que te volví a ver quise continuar con lo que dejamos pendiente.

    –¿Y el cachondeo? Andas urgido, ¿hace cuanto que no coges?

    –Ya lo tuvimos, ya nos acariciamos, ya toqué tus senos, tu trasero, me la chupaste, me faltaba metértela.

    –Es cierto, recuerdas bien ese día en casa de Tavo. Dame fuerte, ensártamela toda.

    Quién nos hubiera visto pensaría como Sandra, que hace tiempo no tenía sexo. Apenas le había levantado el vestido, yo no me había quitado los pantalones y ya estaba encima de ella.

    Sandra apenas tenía su vagina lubricada para penetrarla, fui sintiendo como se calentaba, como poco a poco mi pene se deslizaba más fácilmente para entrar y salir. La penetré profundo, sus suspiros ahora eran ligeros jadeos que esbozaban que disfrutaba sentirme adentro de ella.

    Sus piernas se abrazaban a mi cintura, sus manos acariciaban mi espalda, Sandra ya estaba encendida, su rostro reflejaba placer.

    En todo ese tiempo casi no había cambiado, su rostro seguía hermoso, facciones finas, se conservaba bastante bien.

    –Mmm, cuanta energía tienes, pareces un adolescente.

    Seguí moviéndome, rápido y profundo, me sentía como ese adolescente de dieciocho años que se quedó con las ganas de tenerla.

    Sentí como su lenguaje corporal indicaba que no faltaba mucho para que llegara a su orgasmo, estando casi a punto cambié el ritmo, me mantuve sobre ella dejándole a su cuerpo poco movimiento, sus manos recorrían toda mi espalda casi rasguñándola, sus piernas se movían inquietas, errantes, tratando de encontrar ese ritmo que le estaba dando tanto placer.

    –¡Cógeme duro, como lo estabas haciendo!

    Apenas me moví, Sandra tuvo su orgasmo, sus gemidos disminuían y su cuerpo empezaba a relajarse. En ese momento subí la intensidad nuevamente llevando la punta de mi pene hasta su entrada y deslizándolo con firmeza y profundidad, rápido, una y otra vez calculando el movimiento preciso para que no se saliera.

    –¡Así, así, no pares, cógeme así, dame duro!

    De inmediato tuvo otro orgasmo, no dejé de moverme hasta que abrió los ojos, su mirada era una mezcla de placer, satisfacción y agradecimiento.

    Nos miramos por unos segundos, sentía las contracciones de su vagina, nos besamos suavemente, nuestras lenguas jugueteaban. Nos besábamos como si apenas estuviéramos iniciando el cortejo.

    Bajé por su cuello siguiendo un camino que me guiara a sus senos. Chupé y mordí suavemente sus pezones, pasaba de un seno a otro, dándome tiempo de disfrutar cada uno. Lamí toda su redondez.

    La respiración de Sandra poco a poco regresaba a la normalidad.

    –¿Te quieres venir en mis tetas cariño?

    –Quiero recordar tu cuerpo, quiero disfrutarlo. –Le respondí.

    –¿Primero me cojes y luego me cachondeas? ¿No debería de ser al revés?

    No le respondí, le sujeté las piernas para acostarla y me sumergí entre ellas para lamer su vagina. Acarició mi cabello, presionaba mi cabeza contra ella.

    –¿A qué sabe mi panocha?

    –A placer. –Le respondí.

    –Te la vas a acabar o le vas a dejar algo a tu verga?

    –Hay suficiente para todo.

    Continué disfrutando, besando, lamiendo, recorriendo su sexo, percibí como su respiración se intensificaba, sus piernas se apretaban, sus dedos se enredaban en mi cabello.

    –Vamos al sillón. –Dijo Sandra.

    Me incorporé, ayudé a Sandra a levantarse. Caminó hacia el deforme sillón, subió una de sus piernas al asiento y se inclinó hacia adelante para apoyarse en el reposabrazos.

    Su cuerpo seguía en buena forma, igual que como lo recordaba de la casa de Tavo. Su trasero levantado era una clara invitación a penetrarla.

    Me acerqué blandiendo mi miembro como si fuera una espada. Lo apunté hacía su entrada y empujé para abrirme paso.

    –Mmh, si, que rico.

    –Que delicioso trasero tienes, creo que estás más buena.

    Con el vaivén de mi cuerpo pegando en su trasero se escuchaba ese clásico sonido, “fap fap fap”. Sandra gemía más fuerte. Su espalda se arqueaba para levantar su trasero.

    –Qué rico te mueves, dame así, más.

    Acaricié sus senos, bajé mis manos a su cadera para sujetarla e incrementar el vigor al penetrarla en un movimiento continuo.

    –Siéntate, quiero darte unos sentones.

    Me senté, por las dimensiones del asiento prácticamente quedé acostado, Sandra se montó en mi pene, bajaba lentamente sobre él, ver como mi miembro se perdía adentro de ella visualmente era excitante, sin dejar de lado el placer que su movimiento me estaba dando.

    Mis manos en su cintura acompañaban sus movimientos. Sandra pasaba la punta de sus dedos sobre mi escroto, la sensación era más intensa, era apenas un roce, pero la sensación se acrecentaba.

    Jalé a Sandra en uno de los sentones, esto la desbalanceó, hizo sus manos hacía atrás tratando de encontrar en dónde apoyarse.

    Puso sus manos en mi pecho y siguió moviéndose, más intensa. Moví mis manos a sus nalgas, como ayudándola a guiar sus sentones. Sentí que esa posición la cansaba, estaba a punto de decirle que cambiáramos cuando puso uno de sus pies en mi pierna con lo que recupero el ritmo que llevaba, en un momento subió el otro pie a mi otra pierna.

    Retomó el control y la intensidad, era una posición nueva para mí, sus movimientos eran bruscos, muy placenteros. Sandra jadeaba más, estaba imparable.

    La excitación y el placer aumentaban en cada movimiento, pero también la fuerza de Sandra disminuía, conforme se acercaba a su orgasmo le era difícil mantenerse en esa posición. Se acostó sobre mi cuerpo, bajo los pies y a partir de ese momento tomé el control, moví mi pelvis, la penetré con fuerza para que llegara a su orgasmo.

    Sandra gemía mucho, subía la intensidad, dejó caer totalmente su cuerpo al tener su orgasmo, su cuerpo se estremecía. Los dos sudábamos y jadeábamos.

    Su cuerpo resbaló al sillón, quedó de lado y giré hacia ella. Levanté su pierna y hundí mi pene en su vagina.

    –Javier, no tienes llenadera, ¿más?

    –Hasta dónde tú quieras Sandra, estás bien buena, quiero disfrutar más.

    Por un fugaz momento pensé en que como anfitriona en la fiesta de su hermano y los preparativos estaría cansada.

    Seguí penetrándola, no tardaría en venirme. Había pasado mucho tiempo desde que estuve a punto de tener sexo con ella. Había perdido la oportunidad de hacerlo con una de las tres chicas más deseadas de mi antiguo barrio. No pensé nunca que finalmente tendría la oportunidad de estar con Sandra.

    –Acuéstate Sandra, quiero venirme en ti en posición de misionero.

    Se acostó, vi su cuerpo de 10. La tomé de los tobillos para levantar sus piernas, admiré sus pantorrillas bien formadas, su vagina con sus labios bien abiertos.

    Me encanta ver los senos cuando el empuje en la penetración los hace moverse en círculos.

    –Vente papito, así que rica cogida.

    Sandra me animaba, me miraba fijamente como esperando que tuviera mi orgasmo.

    –Qué rico coges, qué rico trozo tienes. ¿Quieres darme por el culo corazón?

    No le contesté, seguí penetrándola con intensidad hasta que ya no hubiera vuelta atrás.

    –Ya Sandra…

    –Si papito, dame duro, qué rica verga.

    Estaba dando las últimas estocadas antes de quedarme paralizado por tanto placer. Mientras, Sandra gemía fuerte, intensamente.

    –Yo también papi, yo también me vengo…

    Nuestros gemidos se entremezclaban, me descargué un poco antes que Sandra llegara.

    –Así papi, hasta el fondo.

    Empujé con fuerza, mi cuerpo estaba recargado en el suyo mientras terminaba de vaciarme.

    –Así quédate papi, empuja, quiero sentir como se va quedando dormida tu verga.

    Nos miramos un momento, no era que estuviéramos enamorados, de esa manera fue como nos agradecíamos por lo que nos habíamos hecho sentir mutuamente.

    Cuando se la saqué se le quedó viendo a mi pene.

    –Recordaba que la tenías pequeña, está muy bien, muy gruesa también.

    –Es que, si la comparas con la de Tavo, cualquiera parece pequeña.

    –Si, yo creo que por eso me quedé con esa idea, al fin me cogiste, después de cuánto tiempo, si hubiera sabido como cogías…

    Nos quedamos acostados en el sillón, cuando desperté por la mañana tenía puesto un cobertor, Sandra no estaba. Me vestí, no sabía que hacer, ¿debería irme?, ¿ir a la casa para despedirme?, ¿o esperar a que Sandra me buscara?

    –¿Estás despierto Javier?

    Era Ramiro que tocaba a la puerta, abrí y me dijo que pasáramos a desayunar. A la mesa estaba su esposa, sus padres y Sandra. Me sentí un tanto incómodo, asumí que tal vez se dieron cuenta de lo que había pasado.

    Al terminar Sandra me dijo que me podía dar un aventón en su coche.

    –Vámonos Javier, te quiero presentar a unas primas.

    Sentí que me puse de mil colores, aunque creo que nadie entendió porque hizo ese comentario.

    Sandra y yo nos vimos unas veces más, en plan de diversión y por supuesto unas buenas sesiones de sexo.

    Loading

  • 100% pasivo

    100% pasivo

    Entré a la sala de chat con la idea de acostarme con un hombre de forma completamente pasiva y así fue. No tardé mucho en iniciar un chateo con uno de unos 50 años, gay, activo que me invitó a su casa, ya serían como las 22 h. Estaba en un departamento en un piso alto, eso me gustaba, no sé la razón, pero se me hacía que sería un buen lugar, ni bien entramos al ascensor, se me acercó me metió la mano en la cola y ubicándome frente a una de las paredes, dijo:

    -Mmmm, que buena cola, ¿me la vas a entregar toda?

    -No lo dudes, para lo que desees.

    Entonces me dio vuelta y besándome me manoseó mis tetitas adolescentes. Enseguida se abrió la puerta del ascensor y me guio hasta su departamento; ni bien entramos, me ofreció vino, que acepté con gusto y ya evidenciaba cierto estándar de vida que me daba tranquilidad para el goce. (Si algo aprendí fue que cuando la forma de vida de un gay es holgada el disfrute es diferente, relajado)

    -Desnudate. Me ordenó mientras me alcanzaba la copa

    Lo que hice entre sorbo y sorbo hasta quedarme con una tanga masculina, cola less que lo sedujo alabando mi cuerpo de puto. Se sacó el pantalón y acomodándose en el sillón sacó a relucir su poronga aún flácida pero que prometía un buen tamaño.

    -Chupá, dale, quiero ver cómo te la tragás.

    Y ahí fui yo, con sumo placer y pasión a saborear un pene delicioso que suavemente introduje entre mis labios.

    -Uhhh, guacho que bien, seguí así y nos quedamos toda la noche.

    Algo que me gusta realmente es disfrutar de sexo, vino, cena y cama por un buen rato. Por lo que ante esa promesa dediqué mi mejor esfuerzo a sentir como su pene se ponía cada vez más rígido en la medida que lo mandaba hasta el fondo de mi garganta.

    -Esperá, no quiero acabar rápido, sentate acá a mi lado.

    Y nos trenzamos en caricias, besos sobre los pezones, manoseo de pija y excitación que nos llevaría casi al clímax. Manejando él la situación y conmigo completamente desnudo mientras que él tenía tan solo un seductor slip de lycra, se levantó, fue hasta la mesa y trajo unos bocadillos para picar junto a la botella de vino, sirvió nuevamente las copas y me alcanzó la mía.

    -Vení, parate. Me dijo mientras tomaba mi mano y me alzaba acercándome para darme un sorbo de su copa.

    Pero el sorbo fue brusco y volcó el vino que se deslizó por mi cuerpo hasta el piso, entonces sentí su lengua limpiando mis pezones, mi ombligo, mi pubis y obviamente mi pene duro y erecto que tragaba de rodillas frente a mí; yo acariciaba su cabeza semi rapada, su espalda y sentía como se excitaba en cada tragada. Se puso de pie nuevamente y me beso de forma apasionada con restos de saliva que le había dejado la mamada que me había hecho, me dio vuelta me llevó hasta el sillón:

    -Arrodillate ahí arriba. Me dijo y en unos segundos me tuvo apoyado sobre el respaldo y de rodillas con las piernas abiertas esperando su embestida la que no tardó en llegar; me abrió las nalgas apoyó la cabeza de su miembro bien duro en mi ano y tomándome de la cintura lo mandó suavemente hasta el fondo mientras yo le pedía más y más, pero solo cuando su pubis acarició mis nalgas sentí que se convertía en el macho que esperaba, se inclinó sobre mí y tomando mis tetas me dijo al oído:

    -Vas a ser mi puto y te cogeré las veces que yo quiera.

    -Si por favor, necesito un macho que me domine. Respondí.

    Entre chirlos, escupidas y bombeo estuvimos gozando creo que al menos unos quince minutos, fue cuando la sacó de golpe y estremeció mis entrañas de tal forma que grité un profundo gemido de placer.

    -Vamos a bañarnos que quiero tenerte en la cama para mí. Dijo mientras caminaba hacia el baño y abría la ducha, esperó que caliente un poco y se metió invitándome a hacer lo mismo; allí nos cruzamos en caricias, besos y mamadas mientras nos enjabonábamos; al salir me alcanzó un toallón y me guio hasta la habitación que apenas estaba iluminada pero lo suficiente como para vernos y volver a desearnos. Se sentó contra el respaldo de la cama y abriendo las piernas, me pidió que me trague un miembro que blandía cual sable que me cortaría la respiración en cada arremetida en mi boca.

    Él me miraba y gemía de placer hasta que me llevó hacia él y acostándonos nos besamos profundamente, nuestra pasión iba en aumento y nuestros morbos afloraban en las babas que intercambiábamos, los chirlos, los mordiscos en los pezones, el tan esperado 69 que nos llevaba casi al clímax, estuvimos así al menos una hora de pura entrega donde yo era muy pasivo, tal como lo había deseado, como si la charla con Sosa hubiera sido el permiso para el placer sexual.

    Entonces el dueño de casa me puso en cuatro sobre la cama y me penetró con firmeza, haciendo notar su fase dominante y metió y sacó su poronga varias veces hasta que me dijo que no pararía hasta llenarme el culo de leche a lo que yo rogué que lo haga por favor, pero solo luego de varias bombeadas se afirmó a mis caderas y mientras alababa como aguantaba la cogida sentí su orgasmo dentro mío, momento en el cayó sobre mi espalda y me decía:

    -No esperaba una noche como esta, pensé que me chuparías la pija y te irías.

    -No es mi estilo, busco algo más que eso

    -Me doy cuenta y realmente sos bueno en esto, se nota que llevás tiempo haciéndolo.

    Para este momento ya estábamos acostados uno al lado del otro y yo aún lo acariciaba, hablamos un poco más sobre el sexo y la sala de chat y luego de unos minutos nos levantamos para volver al comedor o mejor dicho al sillón; ya serían como la una de la madrugada, aún desnudos comimos algo, bebí un poco más y retomé unas prácticas sexuales más tranquilas.

    -Sos insaciable. Comentó

    – ¿Te molesta?

    -Me encanta, ¿nos casamos? Preguntó y ambos nos reíamos mientras yo bajaba nuevamente a su pubis para meter las bolas depiladas en mi boca y obviamente esa pija que estaba suave, flácida y aún con aroma a semen.

    No tardó mucho en volver a tener una erección interesante y nos entregamos a los placeres donde los roles casi cambiaron un poco, no lo penetré, pero se puso en 4 sobre el sillón y no pude dejar de chuparle la cola, meterle los dedos y pajearlo tal como si lo ordeñara, momento que me indicó que no acabaría nuevamente, pero eso era algo que ninguno de los dos buscaba ya.

    Llegamos a un nuevo momento fuerte, él con la cola bien abierta me pedía que le hiciera un fisting (meterle la mano lo más que pueda) su dilatación me asombraba ya que poco a poco entraron mis cinco dedos, mi puño y hasta la muñeca, mientras él jadeaba fuertemente, imagino que los departamentos de al lado nos escucharían.

    -Sacala con firmeza, pero no de golpe. Me dijo.

    Entonces sin parar un segundo y a un ritmo que podía sentir sus entrañas húmedas, fui retirando la mano hasta que pasó mi puño y su grito de placer fue tal que con la otra mano lo tomé fuertemente por su cadera y lo atraje hacia mí para besar su ano más que dilatado, una vez que estaba completamente afuera. Se recostó sobre el sillón boca abajo y me pidió que le acaricie la cola, lo que me dio mucho placer. Ya era muy tarde, luego de unos minutos me levanté de su lado y empecé a cambiarme.

    -Quedate, nos vamos a la cama y amanecemos juntos, además vos no acabaste y quiero que lo hagas.

    -En general no acabo, no es lo que busco, pero no me puedo quedar, además si llego a roncar me vas a echar.

    -Bueno como vos quieras, me gustaría que la próxima te quedes

    -Dale, te lo prometo. Respondí mientras pensaba si realmente quería volver a verlo.

    Cuando subimos al ascensor para irme franeleamos un poco más y al manotear mi pija me dijo que la próxima quería que lo cogiera. Nos despedimos sin tapujos en la calle con un beso en la boca apasionado y subiendo a mi auto, volví a casa feliz por la noche que había tenido, aunque sabía que no lo volvería a ver. Apenas llegué me desnudé y así me fui a la cama, ya serían como las tres de la mañana, no suelo trasnochar tanto, pero esta vez lo valió.

    Desperté como a las 8 y mientras preparaba el desayuno encendí la máquina e ingresé al chat, nuevamente a cazar algún activo, pero esta vez ya más relajado podría aceptar un hombre pasivo.

    Loading

  • Follado por hombres maduros en una orgía inolvidable

    Follado por hombres maduros en una orgía inolvidable

    A veces la realidad se impone con toda su crudeza. Esa mañana miré mis cuentas bancarias y estaban casi a cero, mi tarjetas de crédito al límite; necesitaba dinero, plata, urgentemente. Y no se me ocurrió otra cosa que volver a recurrir al dueño del taller de pintura; era consciente de lo que eso comportaría pero no había otra salida. No me había presentado la semana siguiente tal como me había pedido al despedirnos tras aquella sesión, así que en el tono de mi voz cuando le llamé debió intuir que me tenía bien cogido (nunca mejor dicho).

    -Ven mañana, a última hora. Estaré con un grupito selecto de mis alumnos. Unos maduritos con ganas de ver y… en fin, dependiendo de cómo te comportes, así será tu remuneración -me contestó tajante.

    De camino al lugar, al día siguiente ya anocheciendo, iba pensando “qué poca mujer catas últimamente. Afortunado mi Marcus ficticio…”.

    Me abrió la puerta de nuevo su mujer; sin duda le gustaba ser testigo de los encuentros de su marido. “Ambos somos bisexuales” me espetó sin venir a cuento mientras me indicaba adónde pasar. Y no fue al despacho donde me llevó sino a una pequeña habitación contigua a aquel.

    Al abrir la puerta, vi el panorama: el tipo ya me esperaba desnudo en la cama y, distribuidos en distintos rincones, había tres hombres de unos sesenta años vestidos, con buenas cámaras de fotos en ristre.

    -Estos amigos documentarán lo que vaya ocurriendo. Y no te preocupes, que no será tu cara lo que capten. Así que, si no hay inconveniente, guapetón, empecemos -me informó mientras se incorporaba y me exhibía su erección.

    Sin perder el tiempo, su mujer se me aproximó y empezó a desnudarme.

    Cuando ya solo me quedaba puesto el tanga negro que había elegido para la ocasión, me lo bajó de un tirón hasta mis tobillos.

    -Cariño, ¡cuánto echabas de menos llevarte a la boca algo como esto! ¡¿eh?!

    Así se le dirigió su mujer guiñándole un ojo mientras, aferrada a mi espalda, me cogía el miembro y se lo mostraba descapullado a F.

    -La última vez me quedé con ganas de más -le respondió él casi con un susurro agarrándome con una mano de una nalga y con la otra sopesando y luego mesurando el peso de mis genitales.

    Levantó la vista y me dijo: “Lo vamos a hacer a pelo, ¿vale? No tendrás nada que echarme en cara cuando te dé un sobre bien llenito”. Y se la metió entera en la boca.

    Mientras me la chupaba, su mujer me acariciaba el trasero y los alumnos sesentones empezaron a fotografiarnos. Noté en alguno de ellos un bulto ostensible en el pantalón.

    Inusitadamente, lo que me estaba poniendo más cachondo era notar cómo su anillo de casado, grueso y dorado, dejaba una marca en mi pene mientras me lo mamaba. Y también, claro, el dedo de su mujer explorando mi ano.

    Cuando vio que mi erección era imponente, me cogió de los hombros y me tumbó en la cama. Se puso a horcajadas sobre mí, sentía su escroto en mi vientre, y se inclinó para besarme. Su boca era grande, como su lengua, y me engullía hambriento.

    Mi pene erguido estaba entre sus nalgas velludas. Y Luego, a un gesto suyo, los tres alumnos se despelotaron rápidamente. No veía una colección de rabos así desde mis tiempos de yudoka.

    Y uno, hay que decirlo, lo tenía de considerable tamaño. En un santiamén los tuve a mi alrededor, sobándome, mordiéndome, chupándome todas y cada una de las partes de mi cuerpo expuesto. F. me levantó las piernas, que colgó de sus hombros, y me penetró sin compasión. Los gemidos de los cuatro se mezclaban, así como sus olores y salivas.

    En una esquina, la mujer, de melena completamente blanca, se masturbaba sin dejar de mirarnos.

    Él eyaculó dentro. Y así se fueron turnando; cuando uno me follaba, los otros fotografiaban. Todo un reportaje. De lo que pasó, solo he dado algunos detalles; el resto prefiero no mencionarlo, pero confieso que el sobre me solucionó la vida, a costa eso sí de un dolor intenso y prolongado en todo el cuerpo cuya presencia me mantuvo excitado largo tiempo.

    Al llegar a casa me metí debajo de la ducha y dejé que el agua corriera sobre mi cuerpo agotado durante muchos minutos.

    Como si eso fuera a barrer de mi piel y de mi mente las señales de aquella orgía en el taller.

    Al terminar, y con el dinero en mi poder, ya me había lavado (todo ese semen, toda esa saliva en mi piel); pero no había sido suficiente. Luego me abrí una botella de vino tinto, para mí solo; mi mujer se había citado con Cristina, aquella compañera de trabajo con la que, de vez en cuando, se iba de fiesta y con la que luego follaba, normalmente en un pequeño hotel porque también ella estaba casada (por cierto, con un tipo muy católico, de los de misa casi diaria).

    Sentado en el sofá del salón, apuré la enésima copa y vislumbré en la ventana de enfrente las sombras de mis vecinos. Supuse que esperaban que también esa noche hubiera espectáculo en mi casa; no les quise decepcionar y, haciéndome el despistado, me paseé desnudo por la habitación de tal modo que no se pudieran perder detalle. Descorrí las cortinas como si estuviera comprobando el estado del cielo y les expuse mi erección. En la penumbra de su apartamento, debían creer que no los podía ver pero la luz de la luna los descubría y así se me hizo evidente que ella masturbaba a su marido mientras ambos me observaban.

    Luego, me volví a sentar y, de cara a la ventana, me toqué hasta eyacular sobre mi vientre. Vi el destello de un encendedor y cómo se prendía un cigarrillo. Me llené otra copa y brindé por ellos, por un matrimonio bien avenido.

    Loading

  • Inicié a mi catequista y se enamoró de mi (4)

    Inicié a mi catequista y se enamoró de mi (4)

    Regreso a casa luego de dejar a Maryori, en mí habitación todavía se podía sentir su aroma, esa noche recuerdo que me sentía todo un ganador, un campeón. No podía conciliar el sueño de la alegría de lo vivido ese día, había tenido sexo con la chica que me gustaba y encima había tenido el placer de estrenarla de ser el primer hombre en su vida. Créanme, no hay nada más gratificante que hacer debutar a una mujer.

    Mientras recordaba echado sobre mi almohada lo maravilloso de ese día suena mi celular, si efectivamente era Maryori enviándome un SMS de buenas noches el mensaje decía: “Que la luna ilumine tu noche y su luz cobije tu ser… Le pido a Dios que cuide de ti hasta el amanecer. Que tengas buenas noches”

    No tengo palabras para describir lo que me hizo sentir ese mensaje, son esas sensaciones que a uno lo hace sentir especial. Al día siguiente por la tarde me encontraba descansando jugando con mi Game Boy Advance cuando me llama mi madre, tenía visita bajo y estaba Maryori sentada en la sala. Pensé que venía a hacer algún trabajo en la computadora, pero no solo quería estar conmigo, se acerca a mi oído y me dice en voz baja: “Quiero que me hagas el amor” esta vez no podría ser en mi habitación, ya que estaba mi madre y hermana en casa. Así que no me quedó de otra que llevarla a un hotel, felizmente ambos éramos mayores de edad.

    Recuerdo que en la habitación del costado, en el equipo de sonido habían puesto un CD del cantante mexicano Luis Miguel, al sonido de su música y con el tema Sabor a mi comenzamos a besarnos y a desnudarnos, volver a acariciar y tocar su hermoso cuerpo era una delicia, su vagina recibió mi miembro ahora con más facilidad al igual que su ano y el oral era fantástico, la forma en como succionaba mi miembro con su boca y ver su cuerpo convulsionar al tener un orgasmo, Guau son recuerdos que guardo en la memoria.

    Obviamente no voy a relatar todas las veces en que a Maryori la hice mi mujer porque fueron cientos de veces y serian muchos relatos. Pero si quiero recordar los momentos que considero especiales.

    Como cuando eran más de las 11 de la noche, estaba ya durmiendo y me despierta el sonido del celular. Era Maryori diciéndome que estaba afuera en la puerta de mi casa. Pensé que le había pasado algo, salgo a abrirle y cuando le pregunto, que había pasado. Me responde que esa noche quería pasarla conmigo.

    Esa noche fue espectacular porque fue la primera que dormimos desnudos con mi miembro en su interior y su cuerpo a mi entera disposición, mientras teníamos sexo tuve que amordazarla para reducir el ruido de sus gemidos y no despertar a mi familia. Le encanto tanto que las demás veces me pedía que la amordazara, también le encantaba estar amarrada con los ojos vendados, Maryori se había convertido en mi juguete sexual donde ambos disfrutábamos.

    Note también un cambio en ella en su personalidad ahora era un poco más abierta, más sociable poco a poco iba perdiendo su timidez, una tarde luego de hacer el delicioso unos amigos de mi universidad me invitaron a ir a una discoteca, como sabía que irían con sus parejas la invite si me quería acompañar y acepto. Le dijo a sus padres que se quedaría en una pijamada con una de sus amigas, bailamos toda esa noche luego de regreso a casa y con unos tragos encima, tuvo el valor de decirme lo que yo ya presentía.

    Maryori: Me gustas

    Yo: Tú también me gustas – Dándole un beso en la frente

    Maryori: Eso quiere decir que ya no somos ¿solo amigos?

    Yo: A que te refieres – haciéndome el tonto

    Maryori: A un compromiso

    Yo: ¿Quieres un compromiso?

    Maryori: Claro, es que no sé cómo funciona eso. Tenemos relaciones sexuales de manera frecuente. Desde ese día en tu habitación comencé a sentir algo especial por ti, no sé si es amor. Pero me siento feliz cuando estoy a tu lado, mi corazón se acelera cuando sé que voy a verte, te quiero como nunca pensé querer a alguien, en mi diario tengo escrito todas las veces que hacemos el amor desde la primera vez que me estrenaste, eres mi primer pensamiento al despertar y el ultimo a dormir.

    Yo: Aguanta, escribes en tu diario todas las veces que hacemos el delicioso

    Maryori solo sonríe.

    Yo: Solo espero que tus padres nunca encuentren tu diario.

    Maryori se comience a reír.

    Maryori: Tranquilo lo guardo en un cajón con llave, pero a lo que voy es que contigo me siento bien en confianza, eres muy divertido y me encanta pasar tiempo contigo. Pensé, ya que eres el primer hombre al que me entregue y el único que me ha tocado, también me gustaría que fueras mi primer enamorado, ¿Qué dices?

    Maryori se me estaba declarando, no sabía que responder. En mi país la tradición es que el hombre sea que se le declare a la mujer, en este caso Maryori sabía que yo no lo iba hacer o no pensaba hacerlo en ese tiempo, yo me sentía bien con la relación de follamigos sin que exista compromiso, nunca me han gustado las relaciones de pareja porque es renunciar al sexo con otras mujeres.

    Yo: Mira Maryori, yo también me la paso bien contigo en este tiempo te has vuelto muy especial en mi vida y no quiero que arruinemos nuestra amistad. Los compromisos conmigo siempre terminan mal y no quiero hacerte daño, creo que como estamos con esta relación de grandes amigos estamos bien.

    El rostro de Maryori cambio completamente no era la respuesta que esperaba, era un rostro de desilusión de tristeza. Si bien llevaba algunos vasos de licor en el cuerpo era consciente de lo que le decía.

    Maryori: Ósea que solo soy tu polvo, tu pasatiempo. Como me puedes decir eso después de todo lo que hemos hecho, te entregue mi cuerpo, te acabo te entregar mi corazón y tú me sales con esto.

    Yo: Pero no eres cualquier polvo, eres un polvo muy especial – Yo si estaba pasado de copas

    Maryori: Eres un imbécil, mi madre tenía razón – se marcha

    Yo: Espera tiramos más tarde

    Maryori se voltea y con su mano derecha me saca el dedo medio. Sabía que la había cagado, las semanas siguientes no hubo comunicación de su parte y tampoco de mi parte estaba en duda si escribirle o no, ya no había mensajes ni de buenas noches ni buenos días, no voy a mentirles en verdad la extrañaba. Así, que no se me ocurrió mejor idea que pedirle un consejo a la persona más sabía que conozco, mi abuelo.

    Yo: Abuelo, necesito un consejo

    Abuelo: Que sea rápido hijo, ya me tengo que ir al billar con unos amigos.

    Yo: Como hago para dejar de extrañar a una mujer.

    Abuelo: Eso es muy fácil hijo, búscate otras mujeres. Un clavo saca a otro clavo lo peor que puedes hacer es quedarte todo el día pensándola.

    Yo: Es que no es solo eso, sé que esta mujer me ama ella mismo me lo ha dicho, teníamos una bonita amistad y todo iba bien pero ahora quiere un compromiso. Y no sé si sea correcto ya que sería renunciar a otras mujeres.

    Abuelo: A ver hijo, nunca se pone toda la carne en el asador en una relación hasta que no se halla degustado el producto ¿tú ya degustaste el producto?

    Yo: Si

    Abuelo: ¿Y te gusto?

    Yo: Si, creo que es lo que más extraño de ella – sonrió

    Abuelo: ¿Y estarías dispuesto a consumir solo ese producto por el resto de tu vida?

    Yo: Mmm… si bien su producto es muy bueno y me gusta, también en la universidad hay productos que quiero degustar.

    Abuelo: Muy bien hay tienes la respuesta – me da un golpe en el hombro y se marcha

    Llame a unas escorts y agende una cita con ellas, necesitaba votar el producto lácteo. A pesar de lo rico y bien que la pase con ellas, después del servicio me sentía vacío. Seguía extrañando a Maryori, extraña su aroma, su piel suave, su sonrisa, su sumisión. Antes de llegar a casa decido caminar por la ciudad, me encuentro con Luis un amigo de la parroquia y nos pusimos a conversar.

    Luis: ¿Oye, sabes que paso con Maryori?

    Yo: No porque le ha sucedido algo.

    Luis: Maryori ahora es la catequista de mi hermano menor y me conto que estas últimas semanas la ha notado como apagada, triste. Completamente diferente a las semanas anteriores que estaba llena de alegría y con una sonrisa. Es más el otro día la vi sentada sola en la banca de un parque, se lo notaba desolada como si se le hubiera muerto alguien, pensé que tu sabrías algo.

    Yo: ¿Y yo porque tendría que saber que le pasa?

    Luis: No te hagas el otro vi los saliendo del hotel, justo estaba con Valeria mi enamorada íbamos a entrar y apenas los vimos nos escondimos para que no nos vieran, que me vas a decir que solo fueron para ver la TV y dormir. ¿Te la estas tirando?

    Suspire.

    Yo: En realidad no llegamos a buenos términos y las cosas no se dieron.

    Luis: Bromeas, Maryori es una muy buena chica deberías de volver a intentarlo, sería la pareja ideal para cualquier hombre, no es fiestera, se viste de manera decente, es intelectual e inteligente algo difícil de encontrar en una mujer hoy en día, aparte no es fea.

    Esas palabras de Luis me hicieron reflexionar sobre lo que debía hacer y si lo que me conto es verdad ella también está sufriendo. Fui a su universidad a la hora que sabía que terminaban sus clases, al salir se quedó paralizada al verme como si hubiese visto un fantasma, me acerco donde ella.

    Yo: Maryori tenemos que hablar

    Maryori: Ya me diste a entender lo que soy para ti déjame en paz

    Yo: Ese día estaba con tragos encima

    Maryori: Los borrachos siempre dicen la verdad, además ahora estoy saliendo con alguien

    Yo: Así ¿con quién? Para decirle que tú eres mía

    Maryori: eso a ti no importa

    Yo: No eres buena mintiendo, lo sabes. Vamos a conversar a otro lado.

    Maryori: ¿A dónde? Seguro a un hotel es al único sitio que me has llevado

    Yo: Y disfrutabas como te hacia mujer, vienes conmigo a las buenas o a las malas.

    Maryori: Púdrete – se gira dándose media vuelta

    Yo: Bueno tú lo quisiste así

    La agarro del brazo la volteo y me inclino un poco la abrazo de la cintura subiéndola a mi hombro derecho procediendo a cargarla.

    Maryori: ¡Oye suéltame! todo el mundo nos está viendo.

    Yo: Tú lo quisiste así

    Universitarios, profesores, agentes de seguridad y personas que transitaban en ese momento nos quedaron viendo con una sonrisa en su rostro.

    Maryori: ¡Qué vergüenza! ¡Ya bájame!

    Yo: Vez las cosas me haces hacer por no hacer caso.

    Camine por lo menos 10 manzanas con Maryori sobre mis hombros, hasta que llegamos al Parque del Amor en Miraflores, un parque famoso por la escultura de “El Beso entre dos personas” y sus vistas al océano, ahí me detuve y la baje.

    Maryori: Eres un idiota, un baboso, un perro…

    Espere que Maryori termine de insultarme

    Yo: Si soy todo eso, pero también soy la persona a la que amas

    Sus ojos se comenzaron a poner sollozos.

    Maryori: Por desgracia si

    Yo: Y también eres la persona a la que amo

    Maryori comienza a mirarme de frente, sorprendida por lo que acabo de decir, la agarro desde sus mejillas.

    Yo: Sabes estas semanas que no tuvimos comunicación me di cuenta la falta que me haces y lo importante que te has convertido en mi vida, te extrañe como no tienes idea, soy feliz cuando estoy a tu lado por eso Maryori quiero decirte si ¿deseas ser mi enamorada?

    Maryori sonríe su rostro muestra alegría, sus ojos comienzan a brillar.

    Maryori: Estas semanas no sabes cuánto te he extraño te amo, te quiero y claro que quiero ser tu enamorada.

    Nuestros rostros se acercaron con lentitud. Nuestras respiraciones se entremezclaron. Y entonces, nuestros labios se encontraron. Nos besamos con pasión como si quisiéramos devorarnos, como extrañaba sus labios suaves y dulces como la miel. Duramos varios minutos hasta que nos separamos con una sonrisa en nuestros rostros. En eso un flash de una cámara fotográfica nos ilumina, volteamos y era una pareja de ancianos de origen extranjero que estaban de visita en el país.

    Nos saludaron en inglés, tanto Maryori como yo teníamos un B2 en ese idioma y pudimos entablar una conversación con ellos. Se sorprendieron cuando descubrieron que también podíamos comunicarnos en su idioma. Nos contaron que cumplían 40 años de casados y que vinieron a celébralo conociendo un nuevo país, de cómo nosotros le recordábamos cuando ellos eran jóvenes y más cosas.

    Esa tarde noche la pasamos juntos recorriendo la ciudad agarrados de la mano ahora oficialmente como enamorados. Fuimos al cine a ver una película de comedia romántica,

    Maryori se recostaba en mi hombro y no paraba de reírse con las escenas de las películas comiendo sus palomitas de maíz. Saliendo del cine encontramos un Sex Shop entramos y compre un Kit Sado Bondage Bdsm para parejas que traía cuerda, mordaza, venda antifaz, esposas para tobillos y muñecas, collar, pinzas, plumero, hebilla cruzada y un plug anal cola de zorra.

    Maryori: Podemos hablar en privado

    Salimos del sex shop.

    Yo: Dime que sucede.

    Maryori: Pensaras que estoy loca, pero tú crees que puedas comprar también un látigo.

    Yo: ¿Un látigo?

    Maryori: Si, es que estas semanas que no estuvimos, estaba con ganas y vi videos en internet y vi una pareja y como el hombre azotaba a la mujer con un látigo, me excito y no se si pudieras hacer lo mismo conmigo.

    Yo: Maryori ¿estabas viendo porno? ¿Quieres que te azote? Que perversa me salisteis, quien lo diría.

    Maryori: Ya no te rías ¿puedes o no?

    Yo: Por supuesto voy a disfrutar darle duro a ese culito.

    Nos dirigimos al hotel, al entrar a la habitación le pedí que se desnudara, lo hizo de manera inmediata y procedí a hacer lo mismo, le dije en 4 en la cama colocándose en posición, procedí a colocarle el plug anal cola de zorra por el ano y note como su vagina se encontraba ya mojada.

    Yo: Señorita Maryori veo que usted está aguantada

    Maryori: Hace semanas que no tengo sexo, intente satisfacerme conmigo misma pero fue inútil, necesito tu verga.

    Luego procedí a colocarle su collar y con la cuerda la amarro al collar como un collar para pasear perros.

    Yo: Arrodíllate sobre la cama – Procedí a colocar las pinzas en sus senos. Ahora baja al suelo que te voy a pasear por esta habitación en 4 patas como una perra, porque eres mi perra.

    Maryori sin decir palabra alguna obedeció con el plug anal cola de zorra en su ano, las pinzas en sus senos y el collar en su cuello, le di varias vueltas dentro de la habitación, ella caminando en 4, lo disfrutaba.

    Yo: Muy buena perra, te mereces tu premio – Agarre una almohada y la coloque en el suelo. Arrodíllate sobre esta almohada.

    Me obedeció y procedí a colocarle mi miembro en su boca, Maryori comenzó a lamerlo extrayendo el líquido pre-seminal. Luego se lo introdujo follandóme con su boca, arqueo un poco el cuerpo para agarrarla con mis manos su cabeza. Estuvimos así por varios minutos hasta que ya no aguante más y procedo a venirme dentro de su boca, Maryori lo muerde y se queda quieta esperando que termine de eyacular para luego tragarse mi semen y con su lengua comienza a limpiar mi miembro.

    Yo: Muy bien perrita, ahorra sube a la cama te lo has ganado.

    Le quito las pinzas y le coloco boca arriba en posición horizontal, le coloco las esposas en sus tobillos y en sus muñecas, alzo sus brazos y la amarro las esposas con la cabecera de la cama, le coloco la venda antifaz, como extrañaba tenerla así. Con el plumero recorría cada parte de su cuerpo provocándole gemidos.

    Maryori: Ya no aguanto más penétrame

    Me coloco encima de ella comenzamos a besarnos, en posición de misionero procedo a penetrarla. Maryori estalla de placer al sentir mi miembro entrar en su interior y comienzo a bombearla, primero despacio y después voy acelerando el ritmo hasta llegar al clímax. Procedo a venirme en su interior lo que le provoca a Maryori un orgasmo, llegando ella también al clímax, embarrándome con su producto lácteo.

    Maryori: Te amo, no sabes cuánto te necesitaba

    Yo: Mi pequeña ninfómana

    Sonríe.

    Comienzo a jugar con sus cachetes, puedo oler su rico aroma en toda la habitación.

    Loading

  • Viaje en autobús

    Viaje en autobús

    El autobús interurbano avanzaba con un traqueteo constante por la carretera serpenteante, repleto de viajeros exhaustos que dirigían sus miradas perdidas hacia las ventanillas empañadas por la condensación o hacia las pantallas iluminadas de sus móviles. En uno de los asientos estrechos y desgastados, dos desconocidos se encontraron por un capricho del destino, obligados a compartir un espacio reducido que pronto se cargaría de una tensión palpable. Ella, con su cabello oscuro cayendo en ondas suaves sobre sus hombros y ojos penetrantes que parecían leer los pensamientos más ocultos, exudaba un aura de misterio que envolvía el aire a su alrededor como un velo invisible.

    Él, con una mandíbula marcada que acentuaba su expresión decidida y una mirada intensa que transmitía una confianza rayana en la arrogancia, se acomodó a su lado sin imaginar lo que estaba por desatarse. Desde el instante en que sus brazos se rozaron accidentalmente en el confinamiento del asiento, una corriente eléctrica surgió entre ellos, como si el universo hubiera conspirado meticulosamente para encender una chispa inextinguible en medio de la monotonía del viaje.

    Ella cruzó las piernas con una deliberada lentitud, permitiendo que su falda corta se subiera ligeramente, revelando un destello tentador de piel suave y bronceada que invitaba a la imaginación. Él, fingiendo una indiferencia que no sentía, la observaba de reojo con avidez, memorizando cada curva sutil de su silueta, desde la forma en que su blusa se adhería a sus pechos hasta la línea elegante de sus caderas.

    El autobús, con sus curvas pronunciadas y frenadas bruscas causadas por el tráfico irregular, los empujaba juntos de manera inevitable, haciendo que sus muslos se rozaran con una fricción que enviaba escalofríos eléctricos a lo largo de sus espinas dorsales, un contacto que ninguno podía ignorar ni deseaba evitar.

    Ella, simulando buscar algo en su bolso con movimientos calculados, se inclinó hacia adelante, permitiendo que su blusa se abriera lo justo para mostrar un atisbo provocador de encaje negro que cubría sus pechos firmes, un vistazo que aceleró el pulso de él. Incapaz de resistir la tentación, él dejó que su mirada se deslizara sin pudor hacia su escote, sintiendo una oleada de deseo primitivo que tensó su cuerpo entero, endureciendo su miembro bajo la tela de sus pantalones.

    —¿Cómodo? —susurró ella, su voz suave pero cargada de una intención maliciosa, mientras una sonrisa traviesa curvaba sus labios carnosos, invitándolo a cruzar la línea.

    —Demasiado —respondió él, su voz profunda y ronca resonando en el espacio entre ellos, mientras sus ojos la recorrían sin disimulo, deteniéndose en la piel expuesta bajo la tela, imaginando cómo se sentiría bajo sus dedos.

    La conversación inició con temas triviales, como el clima o el destino del viaje, pero pronto derivó hacia lo íntimo, sus palabras tejiendo una red invisible de deseo que los envolvía por completo. Ella se inclinó más hacia él, susurrando fantasías al oído con detalles explícitos sobre cómo le gustaría ser tocada en lugares prohibidos, su aliento cálido y húmedo contra su oreja haciéndolo estremecer de anticipación.

    Él, con voz ronca y entrecortada, respondió con promesas veladas pero intensas, describiendo en voz baja cómo la tomaría con fuerza si estuvieran solos, detallando cada embestida y cada gemido que le arrancaría. Cada bandazo del autobús los empujaba aún más cerca, sus cuerpos rozándose con una intensidad creciente que los aislaba del resto del mundo, como si el vehículo entero se hubiera convertido en un escenario privado para su lujuria desatada.

    Ella, impulsada por una audacia creciente, tomó su mano con firmeza y la guio sutilmente hacia su muslo expuesto, dejando que sus dedos exploraran bajo la falda con una lentitud tortuosa. Él no dudó ni un segundo, sus caricias ascendiendo con confianza, encontrando la calidez húmeda de su piel interior, deslizándose dentro de sus bragas de encaje hasta rozar los labios hinchados y resbaladizos de su vagina, sintiendo cómo ella se contraía ante el contacto.

    Los gemidos de ella, suaves y contenidos para no alertar a todos, vibraban contra su oído mientras él introducía un dedo en su interior, explorando su humedad con movimientos circulares que la hacían arquearse ligeramente en el asiento, su clítoris respondiendo con pulsaciones intensas. Él se deleitaba con su reacción, su propia erección palpitante e imposible de ocultar bajo los pantalones ajustados, presionando contra la tela con una urgencia que lo hacía jadear.

    Los pasajeros a su alrededor comenzaron a notar la escena escandalosa, sus miradas disimuladas convirtiéndose en abiertamente curiosas. Unas chicas universitarias, sentadas en la fila de atrás, se inclinaban hacia adelante con ojos brillantes de excitación, una de ellas sacando su móvil para grabar el espectáculo con una sonrisa cómplice, capturando cada movimiento sutil. Un hombre maduro en la fila de al lado los observaba fijamente, su mano moviéndose disimuladamente bajo su chaqueta, ajustando su propia excitación mientras imaginaba unirse a la acción.

    Pero ellos estaban demasiado perdidos en su juego prohibido para preocuparse por el público, su deseo eclipsando cualquier sentido de decoro. Ella, con un movimiento lento y deliberado, desabrochó los botones superiores de su blusa, dejando caer el sujetador para revelar sus pechos plenos y erectos, los pezones endurecidos por la excitación, invitando a sus caricias. Él, sin pudor alguno, bajó la cremallera de sus pantalones y apartó sus calzoncillos, exponiendo su erección dura y venosa, que se erguía orgullosa ante ella, goteando una gota de preeyaculación que brillaba bajo la luz tenue del autobús.

    —Chúpamela, te lo suplico —gimió él, su voz rota por el placer acumulado, mientras su mano en la nuca de ella la guiaba con urgencia hacia su regazo, marcando un ritmo insistente que no admitía negativas.

    Ella no dudó, inclinándose con gracia felina. Sus labios carnosos se cerraron alrededor de la cabeza hinchada de su pene, tomándolo profundamente en su boca cálida y húmeda, su lengua girando en círculos alrededor del glande con una mezcla de suavidad y urgencia que lo hacía gemir en voz alta.

    Los gemidos de él llenaban el espacio confinado entre ellos, reverberando con el traqueteo del autobús, mientras ella lo llevaba al borde del éxtasis, su boca implacable succionando con fuerza, sus manos apretando sus muslos musculosos para mantener el control. El vehículo vibraba como un cómplice silencioso de su deseo, amplificando cada sensación, mientras las miradas de los demás solo añadían un filo prohibido y excitante al momento, convirtiendo el acto en algo aún más intenso y voyerista.

    —No pares, nena, más deprisa —suplicó él, su voz entrecortada por jadeos, y ella obedeció sin vacilar, su garganta acogiendo cada centímetro de su longitud con movimientos frenéticos, tragando profundo mientras sus labios se deslizaban arriba y abajo, lubricados por su saliva y el fluido de él, creando un ritmo hipnótico que lo empujaba al abismo.

    Con un gemido final gutural que resonó en el autobús, él se derramó en su boca en chorros calientes y pulsantes, su cuerpo temblando violentamente mientras ella lo tomaba todo sin derramar una gota, sus labios succionando hasta el último espasmo, prolongando su placer hasta que él quedó exhausto y jadeante en el asiento. Ella se enderezó lentamente, lamiéndose los labios hinchados con una sonrisa pícara y satisfecha, saboreando el residuo salado de su clímax, mientras él, aun recuperando el aliento, comenzó a subirse la ropa con manos temblorosas.

    —No, cariño, más no —dijo él, abrochándose los pantalones con rapidez y una mirada nerviosa hacia la ventana—. Mi mujer sube en la próxima parada. Sé discreta.

    Ella rio suavemente, un sonido bajo y seductor que resonó en su pecho, ajustando su blusa con movimientos elegantes y precisos, cubriendo sus pechos aún sensibles mientras limpiaba una última huella pegajosa de su clímax de la comisura de sus labios con la punta de la lengua.

    —Ha sido… memorable —susurró ella, sus ojos brillando con una complicidad ardiente mientras se acomodaba en el asiento, cruzando las piernas como si nada hubiera pasado, aunque su cuerpo aún vibraba con la adrenalina del encuentro.

    El autobús se detuvo con un chirrido de frenos, y el aire se llenó de una calma tensa, interrumpida solo por el murmullo de los pasajeros. Ella miró por la ventana, su sonrisa apenas perceptible en el reflejo del vidrio, mientras él se preparaba para la llegada de su mujer, ajustando su ropa y su expresión para fingir normalidad. Pero en ese rincón del autobús, por un breve y ardiente momento, habían creado un mundo propio, un secreto cargado de pasión que la carretera se llevaría consigo, dejando ecos en sus memorias.

    En la quietud que siguió al clímax, el autobús continuó su traqueteo monótono, pero la escena se había grabado indeleble en la mente de todos los presentes, creando una atmósfera cargada de electricidad residual. Las chicas universitarias compartían sonrisas cómplices y susurros excitados, reproduciendo el video en sus móviles para revivir el espectáculo, mientras el hombre de la fila de al lado ajustaba su chaqueta con manos aun temblando, su propia excitación evidente en el bulto de sus pantalones. El autobús, con sus luces parpadeantes y sus motores rugientes, se convirtió en testigo silencioso de un deseo que había estallado en sus confines más íntimos, transformando un viaje rutinario en un episodio de lujuria descontrolada.

    Ella, con una última mirada cargada de promesas no cumplidas a su compañero de viaje, se levantó para bajar en la siguiente parada, su falda ondeando con el movimiento grácil de sus caderas, dejando un rastro de perfume mezclado con el aroma del sexo. Él la observó irse, su silueta desapareciendo en la multitud de la parada, sabiendo que nunca olvidaría esa mirada intensa que lo había desarmado, esa sonrisa traviesa que lo había invitado al pecado, ni el calor abrasador de su piel contra la suya.

    La vida continuó su curso inexorable, con el autobús reanudando su marcha hacia destinos lejanos, pero en ese vehículo, por un breve y electrizante instante, el tiempo se detuvo por completo, y dos desconocidos se convirtieron en cómplices eternos de una pasión cruda y visceral que nadie, ni siquiera los testigos involuntarios, podría olvidar jamás.

    Loading

  • Experiencia límite en medio de la naturaleza

    Experiencia límite en medio de la naturaleza

    Soy ingeniero agrícola, vivo en Chile, cuento esto que me ha sucedido con algo de vergüenza y excitación. Me llamo José Manuel tengo 53 años, soy alto, delgado y mi señora dice que soy buenmozo. Confieso que soy bastante caliente, tengo una amante jovencita a quien me tiro dos veces por semana, también me tiro a una secretaria casada y experta en sexo anal. Sexo no me falta. Aunque sacando la cuenta, mi esposa es perfecta, exquisita, caliente y buena para el sexo.

    Estuve haciendo una asesoría en una viña muy famosa, invitado por un enólogo muy prestigiado a quien llamaré Carlos. Apenas llegué me invitó a conocer el lugar y luego por la noche una cena en el hotel donde alojé. El tipo es muy simpático, parece actor de cine o modelo y las mujeres lo tratan como rey por su aspecto. Cenamos catando vinos de cepas extrañas y sabrosas. Al terminar la cena estábamos algo ebrios y me sugirió que aprovecháramos la gentileza del hotel al regalarme champaña en la habitación. Me habló de unas chicas pero el alcohol borró la idea.

    Fuimos a mi habitación, una suite hermosa y amplia. A medida que pasaban las horas Carlos y yo fuimos perdiendo la compostura, tanto por el alcohol como por el tono de la conversación: sexo y mujeres. Cuando Carlos fue al baño estaba muy ebrio, así es que sin querer pude ver cuando orinó. ¡Confieso que vi una tremenda verga, impresionante! Parecía un perfecto burro y estaba algo erecto. Siempre he sido un hombre, macho, activo y heterosexual. Nunca he sentido atracción por un hombre, pero esta noche algo me estaba ocurriendo. Me acercaba a Carlos y sentia su olor a perfume de hombre, miraba sus manos y me sentía atraído. Cuando le vi su pene en el baño tuve una excitación francamente homosexual.

    Seguimos charlando y encendió un cigarrillo, al parecer era marihuana, yo no fumo pero me ofreció. Tomé su cigarro y le di una fumada. Se rio, “no sabes fumar” me dijo. Enseguida el tomó el cigarrillo y lo puso con sus manos entre mis labios, fumé, pero senti sus manos en mi boca y juro que me excité; quitó el cigarrillo y me pidió que le diera el humo de mi boca. Me quedé helado, quieto, no supe que hacer, Carlos se acercó y senti sus labios. Nunca habia besado a un hombre, aspiró el humo pero enseguida metió su lengua y me escarbó la boca, me tomó la cara y me lamió las orejas, el cuello y se puso como ebrio de caliente.

    Me tiré en la cama, el se levantó, me miró y me dijo, “¿siempre eres tan coqueto?”, Yo tirado en la cama lo miré meneándome lentamente, nervioso pero excitado. “Solo cuando me seducen” le dije riéndome. Carlos estaba de pie y lucia un paquetón sexual que era evidente. Se acercó, se arrodilló frente a mi, me besó el abdomen que se asomaba por entre mi camisa. Me asusté pero me dejé sumisamente, quería vivir esa experiencia; me quitó la camisa, me chupó el pecho y los pezones, me lamió el cuello, con lengüetazos sucios, luego se comenzó a desnudar.

    Estábamos en los sillones de la terraza de la pieza y ante nosotros no habia nada ni nadie (supongo), solo las plantaciones de uva. Reconozco que me asusté, era mi primera relación homosexual, me quitó el pantalón, se volvió a agachar y me comenzó a mamar la verga como una niña, gimiendo y dando sollozos, mi pene estaba erecto como pocas veces lo he tenido, creo que estaba hermoso. Luego de unos 10 minutos de lamerme la verga Carlos, se paró frente a mi con la verga en la mano, me mira se rie y me dice: “te toca corazón”.

    Echa el cuerpo hacia atras y un glande descomunal quedo frente a mi ¿pensará que se lo voy a chupar? me dije a mi mismo, pues bien, me toma la cabeza y yo miro este monstruo de carne, abro mi boca y comienzo a mamar como una princesa. El tipo era hermoso, alto musculoso, velludo, atlético, cuerpo escultural. Su miembro medía mas de 25 centimetros (como mínimo) era grueso, cabezon y con venas pronunciadas y un par de bolas preciosas. Le chupé la verga a Carlos como 10 minutos, es muy rico de verdad sentir una tranca de hombre que te va mojando con el jugo dulce mientras te roza la garganta y el paladar.

    Me entusiasmé y le mamé las bolas, le apreté las nalgas y le rocé el ano, se gira y me lo ofrece, lamí su agujero anal, un fuerte olor a raja me inundó la nariz, pro me dejo caliente. El sabor picante de un culo de hombre me llenó la boca. Carlos es duro, peludo, de piernas preciosas, y abdomen musculoso y plano, lami y bese su cuerpo escultural, es exquisito, enseguida se agacha, se pone de rodillas entre mis piernas y me lo mama de nuevo, durante 10 minutos senti su boca y su lengua recorrer mi verga y mis bolas. Me chupaba el pico mejor que mi esposa. Se pasaba mi pene por su cara, su pelo, su cuello, volvia a mamarmelo diciendo que yo era exquisito. Nunca pensé que yo caería rendido ante un macho joven.

    Nos tiramos en la cama, un 69 maravilloso hizo que su tranca me quedara ensartada en mi boquita de hombre. Lamiamos mutuamente nuestros culitos y el ano cuando senti un par de deditos violando mi intimidad, se chupaba los dedos para saborearse y volvia a metermelos en mi culito virgen, luego su boca jugaba con mi glande. Luego me dijo “ven precioso vas a probarme”, me puso boca abajo, me tiró escupo en mi raja y me abrió las nalgas, luego me culeó como si yo fuera su esposa. Nunca había sentido una verga entrar en mi trasero. Primero me lo dio suave, poco a poco me lo fue metiendo con mas fuerza.

    “Rica, flaquita caliente”, me decia sujetandome de las caderas y tratándome como mujer, “… dejame culearte, tienes el hoyo profundo putita rica”.

    Luego se me monto misionero: Me abrazó alcé las piernas y me dejé, era demasiado rico, me comí su tranca como una nena y mientras sentia que me llenaba el trasero le dije puras brutalidades, yo sollozaba y quise hacerlo como niña, gimiendo y quejándome… (ay amor, que lindo, que exquisito, amorcito culeame soy tu puta, precioso mi rey damelo… hermoso, que pene tan lindo me llena, le dije) luego le pedi que me eyaculara la boca (“dame la leche en la boca precioso, te quiero saborear amor”) asi es que a los 20 minutos de darme por atras hicimos nuevamente un 69 y se lo mamé, descargó y tragué, lo dejé seco y limpio.

    El semen es exquisito, y no me dio asco. Yo eyaculé también pero Carlos es un sucio, retiene mi semen y luego me besa y me devuelve mis mocos. Nos besamos de manera caliente mientras mi semen resbalaba por nuestros cuerpos desnudos. Estuvimos dos noches tirando y nos despedimos con mucha pena.

    Pasaron meses y me contactó, parti al campo muy de prisa, andaba ansioso, deseoso, caliente. Carlos me llama y yo corro. Me reia solo mientras conducia camino al sur de mi país. Llegue a su departamento erecto, me abrazó, nos besamos y antes de cerrar la puerta yo ya estaba de rodillas adorando a mi dios de carne. Mis deseos eran volver a sentir su verga entrando en mi cuerpo. Me habia convertido en un homosexual a mucha honra, adoraba que me besara, adoraba sentir su boca en mis bolas, adoraba sentir su lengua entrando en mi boca y en mi ano.

    Me puso de pie, se fue por detras y Carlitos me sodomizó más de 30 minutos, tuvimos que parar a descansar. Que manera de culearme, grite solloce como una niñita y le pedi mas y mas. Le insisti que yo era su puta y que me destrozara el culo con su polvo de macho. Fue rico, dormimos poco, estuve tres noches con él y fui su adorada princesa. Me enloquece.

    Loading

  • Follada bajo el sol de Tequila (2)

    Follada bajo el sol de Tequila (2)

    Cuando los albañiles ya empezaban a subirse los pantalones para vestirse, les solté una sonrisa pícara y les dije —¿Eso fue todo? Qué poquito me duraron—. Los miré directo a los ojos sintiendo cómo se encendía el fuego entre nosotros.

    Ellos me respondieron con risas bajas y miradas hambrientas —¿Quieres más? — me preguntaron casi al unísono, la tensión creció al instante.

    Sin pensarlo, les dije con voz firme y provocadora —¿Y qué acaso no me van a dar anal?—. En mi mente sabía que estaba lista para eso, después de todo, ya me había hecho mi limpieza y hasta lubricante me había puesto para que todo fuera perfecto y sin dolor.

    Me coloqué frente al lavadero con las piernas abiertas, apoyando el torso con mis brazos y pecho, dejando mis nalgas alzadas hacia el cielo en la posición perfecta para lo que estaba por venir. Sentí cómo el albañil más alto se acercaba, la respiración pesada, la mano firme jalando suavemente de mi cabello para sostenerme, mientras su otra mano sujetaba mi cintura con determinación.

    Entonces, sentí la punta de su verga caliente y gruesa rozando mi delicado ano ya lubricado. Se detuvo un instante para darme tiempo a acostumbrarme al contacto y entonces, de un empujón fuerte y decidido, me penetró profundo. Un gemido desgarrador, mezcla de dolor y placer, escapó de mi garganta —Aaay ufff síiii aaay—.

    Su miembro me llenaba completamente, cada centímetro entrando en mí con fuerza y firmeza, arrancándome jadeos y suspiros ahogados. Sentía cómo mi ano se tensaban y luego cedía lentamente mientras él me poseía sin piedad.

    Empezó a moverse en un ritmo frenético de embestidas, profundas y rápidas, golpeando mi ano con intensidad, haciendo que mi cuerpo chocara contra el borde del lavadero con cada impulso. Su mano seguía en mi cabello, tirando de él mientras sus labios susurraban en mi oído con voz grave —Así te quiero, puta y entregada.

    Mi cuerpo respondía a cada movimiento con gemidos entrecortados —Aaah mmm sí sí sí aaay que rico— mientras la mezcla de dolor y placer me consumía, aumentando mi excitación. La lubricación hacía que cada embestida fuera un vaivén delicioso, húmedo y salvaje, con fluidos mezclándose, sonidos de piel contra piel y el roce fuerte contra el lavadero.

    Cinco minutos de sexo anal frenético, un ir y venir que me hacía temblar, vibrar, perder la noción del tiempo y el espacio. Mis piernas abiertas, mis nalgas alzadas, el calor abrasador y la furia de sus embestidas me llevaban a un clímax inminente.

    Finalmente, él bajó la intensidad, suavizando sus movimientos mientras me besaba el cuello, susurrando palabras que solo aumentaban mi deseo —Eres mía, nadie más podrá darte así—. Se retiró lentamente, dejándome temblando y con el cuerpo ardiendo, lista para lo que siguiera.

    Cuando el albañil alto, terminó y se apartó para recomponerse, el albañil bajito se acercó con una sonrisa pícara y mirada llena de deseo. Aún sentía el calor dentro de mí, la piel sensible y mis nalgas alzadas, listas para más.

    —¿Quieres que te dé más, hermosa? —me preguntó mientras sus manos fuertes me agarraban suavemente por las caderas, acercándome aún más al lavadero.

    —Claro que sí —le respondí con voz baja y seductora—. Y no se te olvide que quiero sentirlo por aquí —dije señalando mi ano, recordando lo lista que estaba, lubricada y preparada para recibirlo.

    Me sostuvo firme y acarició mi espalda, bajando su mano hasta mis nalgas para acomodarlas mejor, mientras su otra mano seguía jalando mi cabello, obligándome a mantener la cabeza baja y la mirada fija en el lavadero.

    Sentí el contacto frío al principio de la punta de su verga contra mi ano, luego el calor abrazador que me llenaba con solo rozar la piel. Me dio un momento para prepararme, y después, sin aviso, de un empujón fuerte me penetró profundamente.

    Un gemido escapó de mis labios —Aaay mmm síii  ufff — mientras él comenzaba a embestirme con un ritmo firme pero menos violento que el primero, sus movimientos eran controlados pero intensos, buscando darme placer y hacerlo durar.

    Cada empuje hacía que mis nalgas chocaran con el borde del lavadero con un sonido húmedo, la lubricación haciendo todo suave y resbaladizo. Sus manos se aferraban a mis caderas con fuerza, tirando y empujando para que me abriera más y él entrara más profundo.

    —Eres tan deliciosa así —susurró en mi oído mientras sus embestidas seguían—. Quiero que sientas cada parte de mí dentro de ti.

    —Aaahh sí sí sí —contesté con voz jadeante, sintiendo cómo el placer crecía con cada movimiento—. Que rico, no pares —añadí, hundiendo las uñas en el lavadero para sostenerme.

    Cinco minutos de un ir y venir apasionado, mi cuerpo temblando, los músculos del ano dándome una mezcla de dolor y placer exquisito, los gemidos llenando el aire mientras él me poseía con firmeza y deseo.

    Al final, bajó la intensidad, susurrando en mi cuello —Eres mía, nadie más te va a tratar así— mientras se retiraba dejando mi cuerpo vibrando y esperando al siguiente.

    Justo cuando el albañil bajito, se apartaba aún jadeante, el albañil barbón apareció con esa sonrisa traviesa y ojos llenos de fuego que me hacían temblar de anticipación. No perdí tiempo en decirle lo que quería.

    —¿Y tú qué esperas para darme más cariño? —le dije mientras me mantenía inclinada en el lavadero con las nalgas bien alzadas, sintiendo la humedad de la penetración anterior aún caliente en mi ano.

    Él me tomó de la cintura y con un tirón suave me obligó a arquear aún más la espalda, mientras con la otra mano acariciaba mi cuello y tiraba de mi cabello con cariño salvaje.

    Sentí la punta de su verga presionando contra mi ano, esa mezcla de frío y calor, y justo antes de que comenzara, él me miró directo a los ojos y dijo:

    —Prepárate para sentir lo que nadie más te ha dado —y sin más, de un empujón fuerte y decidido entró profundamente en mí.

    —Aaay mmm aaau —salió de mis labios mientras sus embestidas comenzaban con un ritmo fuerte y constante que me hacía vibrar todo el cuerpo.

    Sus manos agarraban firmes mis caderas mientras sus caderas chocaban con las mías en un vaivén perfecto, llenando el lavadero con el sonido húmedo de nuestra piel y el roce de sus movimientos.

    Sentía cada centímetro suyo dentro de mí, cada embestida un placer brutal, mis músculos anales cediendo poco a poco para recibirlo con ansias y deseo.

    —Eres fuego en este lugar —susurró en mi oído—. No quiero que esto termine nunca.

    —Aaahh sí sí sí —jadeé, sintiendo la mezcla de dolor y placer mientras mi cuerpo se entregaba por completo—. Más fuerte, no pares —exigí, hundiendo mis uñas en el cemento del lavadero.

    Cinco minutos frenéticos de entrega absoluta, de placer intenso, de un vaivén explosivo que me hacía perder el control y gritar cada vez más alto.

    Cuando terminó, se quedó un momento pegado a mí, susurrándome al oído —Eres mía para siempre— antes de apartarse para dejar que el otro albañil tomara su turno.

    El albañil con el gran tatuaje en el pecho se acercó sin perder ni un segundo. Su mirada era una mezcla de deseo y concentración que me hizo estremecer.

    —¿Quieres que te demuestre cuánto puedo hacerte sentir? —me dijo mientras sus manos fuertes me agarraban de la cintura para ayudarme a inclinarme más sobre el lavadero.

    Mis brazos y pecho descansaban sobre el cemento frío mientras mis piernas abiertas y mis nalgas levantadas lo invitaban a entrar. Sentí la punta de su verga presionando contra mi ano y con un empujón firme me penetró profundo, arrancándome un gemido fuerte de sorpresa y placer.

    —Aaay que rico —exclamé mientras él comenzaba a embestirme con fuerza y ritmo constante.

    El roce de sus caderas con las mías, la humedad y los sonidos de nuestro sexo llenaban el aire. Su mano se enredaba en mi cabello, tirando con delicadeza y al mismo tiempo con intensidad que me hacía perder el control.

    Pero entre tanto movimiento y mis empujones involuntarios, el lavadero empezó a tambalearse peligrosamente. Sentí cómo se aflojaba y casi se cae conmigo encima.

    —¡Ey para un momento! —le dije mientras lo miraba preocupada— creo que este lavadero no aguanta más.

    El albañil sonrió divertido y asintió.

    —Mejor seguimos en otro lugar —dijo mientras me ayudaba a levantarme.

    Nos alejamos del lavadero hacia el pasto fresco del jardín, respirando y preparándonos para lo que vendría después.

    El albañil se recostó boca arriba, el pasto fresco me rozaba la piel mientras me acomodaba encima de él, con toda la intención, abriendo mis piernas para dejar que su verga se deslizara lentamente dentro de mi vagina. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío y cómo su punta rompía la entrada de mi piel con suavidad primero, luego con más firmeza. Un gemido escapó de mis labios cuando su miembro entró profundamente, estremeciéndome de inmediato. Mis pezoncitos rosados se endurecieron al instante, asomándose al aire libre, tan sensibles que el viento me hacía cosquillas. Mi pecho se alzaba y caía con cada respiración agitada, sintiendo esa mezcla de placer y necesidad que me quemaba por dentro.

    Los movimientos comenzaron lentos, suaves, y luego él aumentó el ritmo. Sentí cómo su verga entraba y salía de mí una y otra vez, llenándome, golpeando con cada empujón la parte más profunda de mi feminidad, haciéndome estremecer. Mis caderas se movían a su ritmo, mis manos aferradas a sus muslos, sintiendo cada vibración que recorría mi cuerpo. Era como un baile sincronizado de deseo y entrega total.

    Pero entonces sentí detrás de mí otra presencia. Una verga que rozaba y presionaba mi ano con insistencia hasta que la punta se deslizó con lentitud, y de repente, de un empujón firme y profundo, me penetró analmente. Un gemido fuerte y mezclado de dolor y placer salió de mí. Mi piel se erizó y una oleada de fuego intenso recorrió mi columna, desde el centro mismo de mi feminidad hasta la punta de mis dedos. La sensación dual de estar llena por ambos orificios era casi abrumadora y exquisita.

    Mientras él seguía entrando y saliendo de mi ano con ritmo y fuerza, sentía simultáneamente cómo la otra verga seguía haciendo lo mismo dentro de mi vagina. La combinación de esas dos sensaciones distintas, pero complementarias, me hacía perder el control. Mi ano se abría y cerraba a cada embestida, mientras mi vagina se contraía, atrapando cada movimiento, cada empuje, intensificando el placer hasta niveles casi indescriptibles.

    Mis pezoncitos, expuestos al aire y duros como nunca, vibraban con cada golpe. La piel de mi pecho se tensaba y temblaba, y el aire fresco me rozaba con cada movimiento frenético de mis caderas y esos cuerpos que me poseían con tanta fuerza. El olor de la tierra y el calor del sol se mezclaban con el sudor y el deseo, y me sentía viva, poderosa, mujer en su máxima expresión.

    No paraba de gemir, de sentir cómo el placer me invadía por completo, cómo esos dos cuerpos dentro de mí se movían al unísono, balanceándose en un ritmo frenético, profundo, entregado. Era como si cada embestida fuera una ola que rompía en mi interior, sacudiendo mi alma, despertando cada fibra de mi ser. Y yo me dejaba llevar, me abandonaba a ese vaivén salvaje que me hacía sentir completa, única, infinitamente deseada.

    Seguimos ahí, en el pasto fresco que se sentía delicioso contra mi piel sudada y sensible. Ellos comenzaron a intercambiar posiciones sin pausa, con ese ritmo intenso que me hacía perder la noción del tiempo y del espacio. El que estaba debajo se levantaba para descansar un momento, mientras otro tomaba su lugar, y el que estaba detrás cedía su puesto al que antes estaba en frente. Así, todos iban turnándose para disfrutarme y hacerme suya de diferentes formas.

    Yo seguía montada en la posición de amazona, mis piernas abiertas dejando que la verga caliente y firme de cada albañil se deslizara dentro de mi vagina, sintiendo ese ir y venir poderoso que me arrancaba gemidos profundos. A la vez, por detrás, la otra verga entraba y salía de mi ano con un ritmo que me hacía estremecer. La sensación dual me envolvía por completo, el placer me subía desde las entrañas hasta el pecho, mientras mis pezones duros y rosados se erizaban con cada movimiento.

    Los dos albañiles que estaban arrodillados frente a mí recibían todo mi deseo en la boca. Mis labios se abrían ansiosos para recibirlos, y mi lengua se convertía en un instrumento de placer para ellos. Les lamía con hambre y delicadeza, jugando con la punta de sus vergas, succionando con fuerza y sabor, explorando cada centímetro, mientras sus respiraciones se hacían entrecortadas y sus manos se aferraban a mi cabello y espalda.

    Me sentía infinitamente poderosa, siendo el centro de sus miradas y deseos. Sus gemidos me excitaban aún más, alimentando ese fuego que nos consumía a todos. Cada cambio de lugar traía nuevas sensaciones: ahora uno de los que antes estaba delante tomaba la posición trasera para la penetración anal, y el que estaba atrás bajaba frente a mí para recibir el placer de mi boca, mientras el que estaba debajo me daba golpes más profundos y vehementes.

    El vaivén era frenético, fuerte, pero con una sincronía perfecta. Sentía mis músculos apretándose y relajándose al ritmo de sus cuerpos, la piel de mis muslos y abdomen estremeciéndose, y mis gemidos saliendo con fuerza, llenos de deseo y entrega. El calor subía sin freno, mi respiración se aceleraba y mis sentidos explotaban con cada caricia, cada empuje, cada roce.

    Entonces llegó el momento en que el placer alcanzó su punto máximo. Un orgasmo poderoso me atravesó, un clímax que me hizo gritar y temblar, y de mi cuerpo salió un squirt abundante y liberador que sentí deslizarse por mis muslos. Me sentí femenina y plena, consumida por la pasión que había nacido entre nosotros.

    Sin dar tiempo a la tregua, ellos se derramaron en mi boca. Sentí la cálida, dulce y salada leche de cada uno llenando cada rincón, mezclándose con mi saliva, mientras mis labios y lengua los recibían con devoción y agradecimiento. Era su recompensa para mí, su manera de decir que me habían disfrutado por completo, que yo era suya y ellos míos, unidos en ese momento de éxtasis y entrega total.

    Cuando todo terminó, respiré profundo, satisfecha, con el cuerpo todavía temblando y el corazón acelerado, feliz y llena de un placer que nunca imaginé experimentar.

    Después de que todos terminaron y se vistieron rápido, me quedé un momento con ellos en el pasto, todavía temblando por lo que habíamos vivido. Con una sonrisa un poco inocente pero coqueta, les dije:

    —Oigan, ¿me harían un favor? El lavadero se cayó mientras me cogían ahí y, pues, si mi tía se da cuenta seguro me regaña… ¿Me lo podrían arreglar ustedes? No tengo dinero para pagarles, espero que no me cobren, porfa.

    Me miraron con complicidad y uno respondió:

    —Claro que sí preciosa, cómo crees, ahorita lo arreglamos no te preocupes.

    Me fui a bañar y ponerme algo limpio antes de que llegaran mis tíos, para que no sospecharan nada. Cuando ellos llegaron con las bolsas del mandado, justo los albañiles estaban sacando cemento, herramientas y materiales para reparar el lavadero.

    Les expliqué que se había roto mientras yo estaba lavando y que ellos me ayudaban con la reparación. Mis tíos se quedaron un poco extrañados de que no me cobraran nada, pero lo aceptaron como un favor amable de los vecinos, clientes de los albañiles.

    Los albañiles les contaron que me vieron echándole ganas lavando y que cuando se rompió el lavadero decidieron ayudarme sin cobrarme nada. Lo tomaron como un gesto de buena voluntad, aunque fue raro, pero no preguntaron más.

    Así, mientras ellos trabajaban en la reparación, yo guardaba en mi memoria cada roce, cada caricia, y el recuerdo intenso de ese verano que no olvidaría jamás.

    Los albañiles terminaron de recoger sus cosas y, antes de irse, sin que mis tíos vieran, les di un beso de lengüita a cada uno.

    —Muchas gracias por todo, de verdad que nos ayudaron muchísimo —dijo mi tío con una sonrisa.

    —Sí, gracias, en serio, se pasaron —añadió mi tía.

    Yo les sonreí coqueta y les dije:

    —Gracias chicos, no sé qué hubiera hecho sin ustedes.

    Ellos respondieron con complicidad:

    —Para eso estamos, señorita. Cualquier cosa que necesiten, con confianza.

    Nos dimos un último saludo y ellos se fueron dejando un aire de satisfacción y complicidad que todavía me hacía sonreír.

    —¿Cómo les fue con el doctor? —pregunté a mis tíos mientras les ayudaba a meter las bolsas a la cocina.

    —Bien, hija —respondió mi tía mientras colocaba unas cosas en la alacena—. Solo falta comprar unas medicinas y tomarse una radiografía para la próxima cita.

    —¿Y no las compraron?

    —No, ya no nos dio tiempo —dijo mi tío.

    —Si quieren, yo voy —me ofrecí enseguida—. Me vendría bien estirar las piernas.

    —¿Sí? Ay, gracias, hija. Aquí está el dinero —dijo mi tía, y me entregó el efectivo sin más preguntas. En casa me tenían plena confianza.

    Salí a paso tranquilo, pero sabía muy bien lo que necesitaba hacer. Fui primero a la farmacia, pedí las medicinas tal como estaban en la nota, y luego, con toda la calma del mundo, pedí también la pastilla de emergencia. No fue necesario disimular demasiado. Ya tenía claro lo que iba a hacer: pedí los tickets por separado. No porque me lo pidieran… sino porque soy lista, cuidadosa, y sabía que era mejor no dejar rastros. Mis tíos confiaban en mí, pero yo no pensaba arriesgarme a que algo se malinterpretara.

    De vuelta en casa, entregué las medicinas junto con el ticket correspondiente. Nadie me preguntó nada. Todo estaba en orden, como debía ser.

    El domingo pasó sin novedad. Los albañiles no aparecieron. Y aunque una parte de mí tenía ganas de asomarse, de volver a ver esos cuerpos bronceados y sudorosos, me contuve. Sabía que era mejor mantenerme al margen. No quería levantar sospechas, ni correr riesgos innecesarios.

    Por la tarde salimos a caminar al centro. Mis tíos me llevaron a comer unos tacos deliciosos cerca de la plaza. Caminamos entre turistas, música de mariachi y tiendas de tequila artesanal. Yo iba tranquila, pero por dentro, aún sentía el eco de todo lo que había vivido. Mi cuerpo seguía resentido, adolorido, como si me hubiera cruzado una estampida… pero con una sonrisa interior que nadie podía ver.

    El lunes temprano hice mi maleta, me despedí de ellos con un abrazo sincero. Durante el camino de vuelta a casa, me coloque mi vibrador vaginal para ir disfrutando, al recordar cada momento, cada roce, cada gemido que me había estremecido.

    Alexandra Love

    Loading