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  • Me enojo con mi marido y hago un trío con mis amigos

    Me enojo con mi marido y hago un trío con mis amigos

    V: ¡Bueno! Oye ven, tengo a en mi departamento a Moni, apúrate, ¡anda un poco ebria!

    C: ¿En serio? ¡Voy en chinga!

    Eso fue lo que le dijo Valentín, un ex compañero de Universidad a Coronel, mi antiguo amante, aquel que me dio unas ricas cogidas, pero se fue y aprovechando que estaba en la ciudad Valentín lo invito a abusar de mí, ¡bueno entre comillas ya que yo estaba dispuesta a todo con él y con quien fuera!

    Había estado toda la semana chateando con él, Luis no veía muy bien que Valentín fuera mi amigo, ya que a él no le caía bien, ese día en la mañana discutimos fuerte por eso, tanto que él se fue a divertirse solo, ¡yo enojada y un poco vengativa acepte la invitación de Valentín!

    Quería ver qué pasaba, él es blanco de 1.90 cm, ojos verdes, separado con una hija, siempre estuvo detrás de mí, pero yo no le di la oportunidad!

    Quedamos de vernos en Balderas, me puse un vestidito café, unas medias a rayas color negro, un ligero suéter y mis botas, quería provocarlo, de hecho, ¡quería ir con todo!

    V: ¡Hola, hace tiempo! ¿Cómo te va?

    M: ¡Muy bien, jajá!

    V: ¡Monique Letizia, alias mi Moni! o prefieres Lety?

    M: Pues como gustes, lista, ¡vámonos!

    Subí a su moto y nos dirigimos a un bar un poco malandro, Valentín pidió cerveza y comenzamos a beber y charlar, después de unas cuantas empezamos a bailar, yo me dejaba querer por él, ¡estaba tan molesta que mi mejor desquite era comportarme a si con el!

    Mientras bailábamos, le dejaba arrimarme su pene en mis nalgas, rozaba mi vagina con sus manos, ¡poco a poco empecé a calentarme de más!

    V: Oye, vamos a mi departamento, ¡ahí tengo más cerveza!

    M: ¡Uhm, jajá, no se!

    V: ¡Anda no dudes, te divertirás!

    M: ¡Mmm, bueno!

    Llegamos a donde vivía, entramos y puso música y me ofreció una cerveza yo ya dominada por el alcohol, andaba muy fácil, me sentaba en sus piernas le besaba el cuello, ¡él lo disfrutaba y me acariciaba las piernas y el tarsero!

    V: ¡Uhm, te deseo un chingo!

    M: Jajá, ¡lo sé!

    V: Estas buenísima, Moni, ¡quiero tener intimidad contigo!

    M: ¿Intimidad?, ¡eso se oye muy bonito jajá!

    V: Bueno, ¡te quiero coger!

    M: ¡Uhm, nene, jajá!

    Dicho eso, comenzamos a besarnos, nuestras lenguas chocaban y se probaban, mi salía ya estaba en su boca, el no dejaba de meterme la mano debajo de mi falda, sentía como poco a poco se endurecía, ¡eso me ponía más caliente!

    Le quite su camisa y le bese su pecho, le mordía su pezón y le acariciaba la verga, el me miraba gustoso, ¡en eso saco su celular y mientras yo le besaba su ombligo le llamo a Coronel!

    M: ¿Para qué le hablaste?

    V: ¡Es que siempre te quisimos coger los dos!

    M: Ay, eso no me lo dijiste, ¡tramposo!

    V: Tranquila, ¡lo disfrutaras!

    Valentín se sacó su pantalón y me dejo lamer su verga, era grande y flaca, estaba circuncidado, me encanto su aroma, no olía como todas, estaba preparado el hombre!

    Comenzó a lamer su duro palo, el gemía y me acariciaba la cabeza, poco a poco introduje su miembro en mi boca, me cabía a la perfección, ¡lo podía meter hasta mi garganta!

    V: ¡Mmm, que rico, agh!

    M: ¡Uhm, a qué hora llega Fer!

    V: Pronto, ¡le dije que le dejaba la puerta abierta!

    Más tarde en decir eso que en sentir como unas manos fuertes apretaban mis nalgas, al voltear era Coronel, ¡una enorme excitación me invadió!

    Coronel comenzó a quitarme las medias y las botas, lamia de mis pies hasta mi coño húmedo, ¡mientras continuaba devorando el miembro de Valentín!

    C: ¡Que rico la estas mamando amorcito!

    M: ¡Uhm, te extrañe!

    V: Hermano, tenías razón, ¡lo mama riquísimo!

    Al parecer Coronel le contó a Valentín sobre nuestros encuentros sexuales.

    Valentine me quito el vestido, yo en tanga y brasear me lance a besar a Coronel, la verdad me daba gusto verlo, en lo que nos besábamos, Valentín besaba mi espalda ay mis nalgas.

    Nos fuimos a su cama, ahí ya desnudos los tres, Coronel se acostó y yo me acomode para chupársela, extrañaba demasiado su dura verga, ¡no podía desaprovechar la oportunidad de meterla nuevamente en mi boca!

    Mientras comía mi comida favorita, Valentín me lamia los pies y llevaba su lengua a en medio de mis nalgas, ¡se deleitaba con mis piernas y mis carnosas y grandes nalgas!

    V: ¡Estas buenísima, uhm!

    C: ¡Ah, extrañaba estas ricas chupadas!

    M: ¡Háganme suya chicos!

    Valentín me empino, levanto mis nalgas y al estar toda húmeda su verga entro de un golpe, lance un quejido ya que, si me la metió toda, me tomaba de la cadera y me embestía, lo sentía acelerado, se estaba moviendo muy rápido.

    Coronel lo noto y le dijo que se relajara, ¡que nadie llevaba prisa y que me lo metiera despacio!

    Valentín siguió su consejo y con más delicadeza empezó a penetrarme, mientras mi boca era follada por la verga rica de Fernando!

    La escena cambio, Valentín estaba de pie abajo de la cama, yo en cuatro chupaba su dura verga y Coronel, ¡me la dejaba ir muy rico!

    Cada embestía que me daba me empujaba ms ala verga de Valentín, este último, estaba que no se la creía, ¡me decía lo mucho que había soñado meterme su verga en mi boca y que finalmente se le cumplió!

    V: ¡Uhm, Mony, agh, Lety, dios, no sabes cuánto soñaba esto!

    M: Ah, mas, dame más, ¡empújamela toda!

    C: Extrañaba tu cuerpo, ¡nadie coge como tú!

    Valentín estaba costado y yo lo cabalgaba mientras Coronel me tomaba de los hombros y me empujaba a la dura verga de Valentín, eso me agrado muchísimo, nos besábamos y sentía los dedos de coronel en mi clítoris, mi sensación aumento, la verga de Valentín dentro lo hacía fenomenal y con los dedos en mi clítoris estaba toda extasiada!

    M: ¡Ah, así, que rico, uhm!

    C: ¡Eso, goza nena y has que mi amigo goce!

    V: ¡Que rico te mueves, uhm!

    Ahora era al revés, Coronel me tenía dándome sentones en su verga, Valentín me ponía su verga en la boca, yo la besaba, chupaba y mordía, mis tetas eran apretadas por los dos, me tenían como su puta, ¡sabía que en cualquier momento me penetrarían al mismo tiempo!

    V: ¡Quiero el culito!

    C: Jajá, ok, te dejare primero, ¡sabaras lo que es bueno!

    M: ¡Métanmela háganme su puta!

    V: Dios mío, ¡de saber que eras así!

    C: Te lo dije, ¡ella es muy buena en esto!

    M: ¡Menos charla y más acción por favor!

    Coronel se acostó, me dejó car en su rica verga, metí en mi coño los 24 cm de Coronel, Valentín n lamia mi culo, y comenzó por ponerme su cabecita, yo me movía rápido, ¡y solita me ensartaba en su tranca!

    Finalmente tenía las dos vergas dentro, una en mi coño y otra en mi ano, estaba en la gloria, ambas me hacían sentir riquísimo, los dos se movían fuerte, me dolía, pero el placer predominaba más.

    V: ¡Ah, que rico culo, uhm!

    M: ¡Ah, dios, ah, uf!

    C: ¡Que rico, uhm!

    Coronel se sentó, en la orilla de la cama, ahí me continuaba metiendo duro su verga en mi coño, Valentín de pie, abrió mis nalgas y continúo dándome en mi ano, se sentía mejor, más rico entraban, yo ya estaba sudando como cerdo, ¡gemía como uno y aullaba como una perra en brama!

    Las duras vergas continuaban dándome placer, no podía evitar una satisfacción de venganza por el coraje que Luis me hizo pasar, dos personas no gratas para él, me daban rico y me estaban destartalando toda.

    C: ¡Ahora quiero su culo!

    V: ¡Uhm, si, déjame su rica vagina!

    M: ¡Rápido, agh, no paren!

    V: ¡Uhm, que puta eres!

    C: ¡Mas respeto, sigue siendo nuestra amiga!

    M: ¡Déjense de modales, cójanme!!!

    Coronel se acostó en la cama, yo me senté dándole la espalda y me la ensarto en mi culo, Valentín levanto mis piernas y esa sensación me hizo gritar, me acomodo para meter su verga en mi vagina, ¡pero al hacerlo me empalo más a Coronel!

    Valentín la metió con éxito, ambos se movían riquísimo, me besaban, lamian y mordía, me trataban como su juguete, yo gritaba, la verga de Coronel era muy gruesa y mi ano recibía el castigo!

    M: ¡Ah, me duele, ah, más despacio!

    C: ¡Lo siento, toma, toma!

    V: ¡Ah, mas, rico, ¡Moni, eres la mejor!

    De alguna forma me dieron la vuelta, ¡Valentín acostado metía su verga en mi vagina y yo empinada recibía con fuerza las embestidas de Coronel!

    C: ¡Ah, extrañaba esto, toma, ah!

    M: Ah, más, me duele, pero me encanta, ¡ah!

    V: ¡Eso, muévete, uhm!

    ¡Los tres nos movíamos rico, la sensación de placer era tanta, que sentía que me venía, estaba por venirme!

    Fue entonces que ambos exclamaron, ¡sus testículos empezaron a inflarse y me llenaban ambos al mismo tiempo mis dos orificios!

    V: ¡Ah, toma, uhm, que rico!!

    C: ¡Toma leche, uhm, mami, tómala!

    M: Ah uhm, dios, que caliente, ¡uhm!

    Su semen inundo todas mis entrañas, el orgasmo fue de lo mejor, los dos se vinieron dentro, mi vagina y mi ano, ¡quedaron todos pegajosos de los líquidos que salieron de ellos!

    V: ¡Uhm, eres la numero uno!

    C: ¡Mamita, que rico!

    M: Ah, me van a embarazar, ¡jajá!

    La noche no termino ahí, cogí con uno y después con el otro y luego volvieron a darme al mismo tiempo, llegue como a las 8:00 am a mi casa, toda llena de semen ajeno, Luis me miro y me dijo que esperaba que no me hubiera ido con Valentín

    Me hice la enojada y me metí a dormir, ¡toda llena de semen de mis queridos amigos!

    ¡Saludos su amiga Lety!

  • Madre hot: De viaje con el enemigo (1)

    Madre hot: De viaje con el enemigo (1)

    Mis malas calificaciones pasaron factura. Durante aquellas cortas vacaciones habría de trabajar como un operario más en la empresa de transportes de mi padre. De recadero, pagando y cobrando facturas, atendiendo el teléfono… y todo lo que se terciase en una jornada laboral de ocho horas.

    «Vas a saber lo que cuesta ganarse el pan», me había repetido una y otra vez mi padre. Bueno, eso de ganar no iba conmigo en aquel trance. Ni un céntimo percibía por mi faena, así que yo me las ingeniaba (había aprendido de mi madre, gran maestra del enredo) para sisar algún dinero en la caja que yo mismo administraba. No sabía papá que había puesto al zorro a guardar el gallinero.

    Aquella tarde, cuando me disponía a cobrar mi «sueldo» del montón de billetes que mi padre guardaba, sin demasiado control -todo hay que decirlo- en el cajón de su mesa de oficina en el garaje, tropecé con varias cajas de condones. ¿Para qué querrá papá los preservativos en la oficina?, pensé mientras apresuradamente sustraía la paga del día. Me sobresaltó a mis espaldas una voz desde la puerta. Era Tony.

    -Oye, chaval, ya sabes que tu padre ha decidido que mañana te vienes de «grumete» conmigo a un viaje de dos días.

    -¿Cómo? ¿Qué voy a tener que acompañarte en el camión?

    -Efectivamente. Salimos a las siete de la mañana. Y ponte ropa de trote, que vas a currar como una bestia.

    A las seis y media de la mañana ya estaba desayunado, duchado y vestido de faena. Mis padres y hermana dormían como marmotas. Ni tan siquiera se molestaron en despedirme en aquel primer viaje mío como auxiliar de camionero, que a mí me producía bastante inquietud. Y máximo, por ir acompañando a Tony, al que no podía ver a los ojos desde que se folló a mi madre. Solo en pensar que había de compartir horas y horas en la cabina del camión y una noche de alojamiento en un hostal de carretera, seguramente compartiendo habitación, me ponía de los nervios.

    Y así fue que con la salida del sol Tony y yo estábamos enfilando aquella carretera de mala muerte con un camión cargado de conservas vegetales de todo tipo, rumbo a la gran ciudad. El joven chófer es hombre de pocas palabras; entre canturrear y beber sus cervezas frías transcurría parte de su tiempo. Yo contemplaba el paisaje y de vez en cuando me asaltaban las imágenes que había visto en el espejo del armario desde mi escondite bajo la cama aquella tarde especial. No tardé en empalmarme al reproducir la escena de aquel gañán taladrando el coño de mi madre mientras esta pedía más y más poronga. Llevaba mis manos a la entrepuerta para disimular mi erección, pero Tony pronto se percató de ello.

    -¿Estás excitado, Álex? Yo a tu edad estaba siempre más salido que un mandril. Me mataba a pajas.

    Callé. Quería desviar la conversación pues había en mí una especie de rencor y satisfacción que no acababa de asimilar. Me excitaba el hecho de que aquel bruto hubiese hecho gozar a mamá como una perra, pero también me enojaba el empoderamiento de un simple empleado ante su jefa y su convencimiento de que mi padre no era capaz de satisfacerla como él.

    -¿Has follado alguna vez, Álex?

    No respondí. Me molestó la pregunta pero más la respuesta que tendría que darle: no. Intuyó la respuesta.

    -Pero habrás visto a alguna vez a una mujer desnuda. Una mujer de verdad, vaya, no en internet o revistas guarras…

    El silencio por respuesta. Me tumbé en el asiento, simulando querer dormir. Pero él seguía con su cantinela.

    -¿No has visto a mami desnuda?

    -No me dedico a espiar a mi madre -mentí.

    -Tú te lo pierdes. Seguro que tiene un cuerpo soberbio con ese culo y esas tetas de actriz porno. Aunque está algo rellenita está para comérsela. ¿Cómo tendrá la conchita?

    Hasta aquí hemos llegado. El muy truhan me sonríe con picardía y complicidad.

    -Cómo tiene el coño es cosa de ella… Y de mi padre.

    -Me lo imagino peludito -siguió hablando mientras adelantaba a otro vehículo-. Aunque a mí me gustan rasurados, que dejen ver bien la rajita.

    -¡Calla, hijo de la gran puta! No te permito que hables así de mi madre -le dije, largándole un golpe en la cara, que casi le hace perder el control del volante.

    -Tranquilo, tranquilo, colega, que estamos hablando entre hombres.

    -Pues no me gusta la conversación. ¿Por qué no hablamos de tu puta madre?

    -Quizás te gustaría más si supieras que la semana pasada me la follé en tu casa, nada menos que en su cuarto, en la misma cama matrimonial donde duerme junto a papaíto. Y para tu información te diré que tiene una buena mata de pelo en el chocho y le gustan más las pollas grandes que comer con las manos.

    Iba a incorporarme para largarle otro puñetazo cuando añadió.

    -Y para que veas que no miento, te diré que en la mesita de noche hay una caja de condones tamaño normal de tu padre -dijo mientras se carcajeaba.

    -Sea cierto o no, le contaré todo a mi padre. Te echará de la empresa después de romperte la cara.

    -¡Jajaja! Como las ostias que me dé sean del tamaño de su polla, me van a parecer caricias.

    -¡Para el camión, que te las vas a ver conmigo, malnacido!

    -Tú no le dirás nada a papi. Unos cuernos no le sientan bien a nadie. Y tampoco que se divulgue que tiene un micro pene… Y que su mujer es una zorra. Tú callas y yo callo.

    -¿Por qué he de callarme yo, cabronazo?

    -El único cabrón aquí es tu padre. Callarás porque con esta información puedes controlar a tu madre, si lo deseas. Y también pondrás cremallera en tu boquita porque sé que le estás robando dinero de la caja a tu padre. Lo sé porque te he visto hacerlo ayer, y no eran cuatro céntimos precisamente. Tú callas y yo callo.

    (Continuará)

  • Mi esposa emputecida (Partes 1 y 2)

    Mi esposa emputecida (Partes 1 y 2)

    Pilar ese día cumplía 48 años, y planeó una salida con sus amigas, no hacía eso habitualmente pero ese día decidió darse ese gusto. Comieron en un restaurant y ya le había dicho a su esposo que irían a un pub, la noche transcurrió en tragos y jodas entre amigas hasta que se acercó un grupo de jóvenes para invitarlas a bailar y después de insistir terminaron aceptando, solo era un baile.

    Después de un rato Pilar se sintió mareada, un poco el alcohol o algo que le pusieron en la bebida, salió afuera, el muchacho que estaba con ella la acompaño,

    -Te sentís bien flaca?

    -Si solo un poco mareada, mejor me tomo un remis y me voy a casa.

    -No deja te llevo. Estoy en el auto.

    No le parecía correcto. Pero aceptó. Hacia frío y después de unas cuadras y una breve charla, Pilar le pidió que parara. Tenía que vomitar. Mientras las arcadas se sucedían él la tomo desde atrás para sostenerla, demasiado cerca pensó ella, sintió que la apoyaba en la cola y con cierto morbo lo dejo hacer, y una de sus manos sostenía la cintura la otra le tomó un seno. Pilar se paró y le dijo:

    -Pará pará que soy casada.

    -A mi no me molesta.

    -Sos muy lindo pero no puedo, llévame a casa. -en el auto ella se dejó abrazar sin saber porque la bebida o algo más le habían disminuido la voluntad. Sin saber bien como pasó terminó haciéndole un mamada de antología, cuando él le acabó en la boca le levantó la cabeza y le pidió que le muestre y le tomó un par de fotos ella entre risas, después tragó y la llevó a casa.

    Al otro día le dolía la cabeza, y tenía plena conciencia de lo que había pasado tenía bastante culpa hacia su esposo Darío, pero terminó guardando secreto y considerando una acción del estado en que estaba.

    Pasaron un par de días sin nada nuevo, pero el miércoles de esa semana recibió un whatsapp

    -Hola Pili, como estas?

    -Hola bien gracias, pero vos quien sos?

    La foto de perfil mostraba un poco de lejos un pibe de no más de 25 años. Pilar le dio zoon y su corazón se detuvo, era el pibe del auto. No volvió a responder mensajes. Pero él insistió hasta que al no tener respuestas le envió una foto de ella en primer plano, con semen en su boca, sonriendo, y un mensaje.

    -más te vale atender.

    Pilar estaba en su casa, sola. Agradeció eso. Y el celular sonó, una, dos, veces y contestó.

    -hola por favor no me molestes más entendido?

    -como gustes, pero si no me atendés tu esposo, tus amigas, tu familia, van a recibir tus fotos y video mamando una pija, que tal?

    Quedó helada le parecía recordar las fotos, pero no el video, ella lloró y suplicó que la dejara en paz, pero él no parecía dar muestras de ceder por fin le dijo.

    -mañana a esta hora te espero en esta dirección,

    -para qué?

    -para que va a hacer vamos a hacer un trato, venite con tu mejor tanga.

    Y cortó, ella entendió que quería, no podía ignorarlo, así que se preparó mentalmente para aquello, se dijo -bueno por boluda ahora te la bancas, te va a coger y después te deja tranquila.

    No tenía idea del lugar donde se iba a meter.

    Llegó esa hora fue hasta la dirección, y tocó timbre. Abrió la puerta ese muchacho.

    -guau pasa preciosa

    -mirá solo vine a hablar y arreglar tengo plata

    -shhh, acá el que habla soy yo, entendés

    -qué querés?

    -fácil tengo en mi poder tres fotos tuyas y un video, te los cambio

    Tragó saliva y preguntó.

    -a cambio de qué?

    -un mes por cada foto y uno por el video

    -un mes de que

    -de vos, cuando yo te llame, venís, obedecés, te hago lo que quiera durante ese tiempo y listo.

    -vos estás loco. -Dio media vuelta y amagó a irse.

    -no te voy a obligar, pero cuando cruces esa puerta sabes que va a pasar,

    Se detuvo en seco.

    -pe, pero soy… casada

    -date vuelta. -Ella giró, y bajó los brazos, le pesaban como plomo.- Si aceptas vas a ser mi esclava sexual por 4 meses, sin negaciones, solo obedecer. ¿Comprendés? -Ella asintió- Desnúdate ahora, dejá solo la tanga. -Se sentía sin voluntad, se desnudó y por orden de él se puso en 4 patas.- ahora vení gateando, y mamámela. -Se llegó hasta ahí y cuando tocó su bragueta quiso retroceder.- bue parece que necesitas entrenamiento -dijo él- quédate quieta.

    La rodeó y quedó detrás de ella y le dijo:

    -ahora contá

    -que?

    En ese momento sintió un tremendo cachetazo en sus nalgas.

    -hijo de put…

    Otro mas.

    -hasta 10 puta contá.

    En el tercer chirlo, ella gritó.

    -tres!!!

    -no putita ese fue uno, contá te digo

    Después de un rato ella dijo:

    -diez -lloraba le ardía el trasero.

    Cuando él se sentó delante de ella no necesitó órdenes, hizo lo que le pedía, le acarició la cabeza y le dijo:

    -eso putita, así se hace traga todo, vas a ser una puta de las mejores que he tenido. Basta ahora montame.

    Ella lo montó y comenzó a moverse muy a pesar de ella sentía que le estaba gustando, se lubricaba bien y comenzó a ponerle ganas. 15 minutos después sintió la descarga directa en su interior. Era mucho podía sentirlo chorreando por sus piernas. Recostó su cabeza en los hombros de él estaba agitada y muy a su pesar con un orgasmo a punto de salir. Cuando se bajó él le ordenó que lo limpiara con la boca, otra cosa que solo le había hecho a su esposo, pero puso todo su empeño en ello.

    Cuando llegó a su casa, corrió al baño se metió en la ducha tratando de sacarse todos los olores que cargaba, cuando se enjabonó la vagina ya no aguantó más, usó sus dedos como nunca, tuvo un orgasmo que literalmente la arrojó contra la pared, se dejó deslizar hasta el piso cuando sus nalgas tocaron el piso se le escapó un chorro fuerte de orina lo que le provocó un segundo orgasmo, acabó llorando, jamás había sentido eso, le llevó 10 minutos recuperarse. Esa noche tuvo sexo con su esposo, pero no estuvo ni cerca de lo que sintió esa tarde. Se durmió pensando que eso recién empezaba y sonrió.

    Parte 2:

    No duró mucho, a pesar del dolor acabó rápido. Habían pasado 15 días desde el primer encuentro, en ese tiempo Pilar aprendió varias cosas, por ejemplo, que no creía que podía tener tanto tiempo el pene de un hombre en la boca, y tragar tanto semen, su esposo acababa, pero no esa cantidad, además había tenido relaciones en posiciones que ni siquiera había imaginado, incluso la había hecho mamarlo en su auto a plena luz del día. Y así aprendió a fuerza de nalgadas a obedecerlo a la primer orden, lo odiaba pero al mismo tiempo lo deseaba con locura le producía morbo la conversión que estaba haciendo en ella.

    Los encuentros, la llamaba todos los días alrededor de las 14 h. Cuando Pilar llegaba debía desnudarse y obedecerlo en todo, generalmente lo mamaba hasta que acababa, y después la montaba en varias posiciones, por toda la casa, y vuelta a mamarlo, la agotaba, pero cuando él lo permitía tenía orgasmos que nunca había conocido, si cuando él se lo permitía, aprendió a retener sus orgasmos y liberarlos cuando él se lo ordenaba, y acababa a los gritos, literalmente.

    -Pilar toma para mañana compra esto en una farmacia.

    Miró la nota y preguntó.

    -para qué es la xilocaina?

    – mañana te voy a romper ese culo hermoso que tenés.

    Pilar se quedó de una pieza, con los ojos enormes, nunca dejó a su esposo hacerlo por ahí.

    -nooo yo nunca, no por ahí noo.

    En ese momento tomó conciencia de que le había dicho que no, se puso de rodillas.

    -se me escapó perdón perdón,

    -sabes que no tenés que ni siquiera pedirlo, cuantos te tocan esta vez.

    Pilar le contestó cuarenta mientras bajaba sus pantalones y tanga hasta las rodillas, su puso a cuatro patas, y puso su cabeza en el piso.

    Con la primera nalgada se sobresaltó,

    -conta!!!

    -uno!!!

    Las nalgadas iban pasando.

    -18, ayyy

    -contá dale

    -20, 21

    -que sos?

    -22 ayyy PUTA

    – QUE PUTA?

    -23 TU PUTAAAA!

    Cuando terminó en el 40, le ardían las nalgas como si se hubiera sentado en las brasas, y se le veían igual.

    Aun en esa posición, dijo en voz muy baja.

    -cogeme por favor.

    – no te escuché, puta

    -cogeme, por favor. -Dijo Pilar casi llorando de desesperación, le ardía no solo el trasero le quemaba adentro necesitaba que la penetren.

    -como debes pedirlo, entonces?

    -soy tu puta obediente, regalame tu pija cogeme por favorrr.

    Cuando la penetró dejó escapar un gritito, después de unos minutos así ella casi llorando le suplicó.

    -dame permiso por favorrr!!!

    -Ya lo tenés putita.

    -si por favor deja, dame permiso.

    Ella temblaba como una hoja sentía el orgasmo ya incontrolable.

    -acaba entonces puta, ahora sabes quien es tu dueño

    -siii

    Se dejó caer al piso y sintió que se había orinado de nuevo, mientras él llenaba la espalda de semen.

    – te desarmaste putita

    -si si todavía estoy temblando, que me hiciste, porque actúo así cuando debería escupirte, por que?

    -porque te convertí en un objeto de mi propiedad, sos mía. Ahora pedime lo que sabes

    Ella sentada en su propia acabada, agachó la cabeza, suspiró.

    -rompeme el culo, y no te detengas por más que te lo suplico, soy tuya. No me tengas piedad mañana.

    Se fue a su casa, la cabeza estaba a mil, agradeció que su esposo estuviera de viaje no creía poder evitar mostrar algo, le ardían las nalgas, sentía el semen de el en su espalda, por primera vez desde que empezó todo sintió que él realmente era su dueño. Y mañana la haría suya por completo ,le iba a dejar que le hiciera lo que nadie, esa noche ni durmió, en su trabajo sus alumnos notaron que estaba distraída.

    No podía haberlo ocultado, esperó con ansias su llamado, sonó el celular.

    Corrió a tomarlo, era su esposo llamaba para avisar que llegaría hasta la madrugada. Colgó impaciente, cuando volvió a sonar 20 minutos después estaba al borde de un ataque de nervios, llegó la orden, ella se acomodó el pelo, tomó el paquete de la farmacia y se fue en remis, durante el viaje notó que sin darse cuenta su falda había subido más de lo debido, sonrió viendo al chofer espiarla por el espejo. Cuando se bajó y le pagó el chofer le tomó la mano más el tiempo necesario, Pilar le sonrió, el chofer le dijo:

    -sos muy bonita, cómo te llamas?

    -Soy Pilar, pero podes decirme Pili.

    -querés que te busque después Pili.

    -Tal vez, déjame tu número y te mando un mensaje.

    Mientras decía esto miró el paquete y lo notó erecto, se sentía orgullosa y tonta. Aun así se despidió con un beso en la mejilla demasiado largo.

    Cuando llegó a la puerta ya estaba mojada, tocó timbre, y escuchó una voz de adentro.

    -pasá

    Entró, cerró la puerta y se desnudó obediente.

    Lo mamó con ansiedad, tragó todo, cuando intentó montarlo él le ordenó que dé la vuelta y se agache, sintió el ungüento frío en su orificio, estuvo varios minutos cuando le metió un dedo casi no le molestó.

    -estás lista, acostate boca abajo, la almohada bajo tu vientre el culito parado y relájate.

    Cuando apoyó en la entrada sintió que empujaba, respiró hondo y entró, dejó escapar un grito, cuando estuvo adentro, le dijo:

    – PARA PARA ME DUELE SACALO

    -no putita ahora sos toooda mía.

    Y comenzó a moverse, Pilar seguía suplicando, mordió la almohada, lloraba, sentía que la partían a la mitad, lloraba, los movimientos de él eran lentos, pero ya no aguantaba.

    10 minutos después él aceleró sus movimientos. Pilar creyó que se desmayaría y entonces sintió que la inundaba por dentro, sintió su panza llena, cuando el la clavó profundo volvió a gritar, después de un rato, le dijo:

    -Ya está putita tenés el culo llenito.

    -uf uf uf –jadeaba- por favor, déjame ir al baño, siento que me hago.

    Cuando se la sacó ella corrió al baño, sintió que se iba, se vaciaba por dentro estuvo más de media hora sentada le dolía todo, cuando volvió caminando como podía él la tomo de la cintura la hizo agachar, le tomó fotos de su culito abierto y después la masturbó.

    -acabá cuando quieras -le dijo.

    Se ducharon y ella lo mamó, y volvieron a coger, dos veces más.

    Estaba vistiéndose cuando llevó su mano atrás y notó lo dilatada que seguía.

    -Esto se va a cerrar no?

    -si putita te va quedar como nuevo en poco tiempo.

    Salió a la vereda y tomó su celular, vio el número del remisero y sonrió, mandó un mensaje y pensó para si misma: Pili no podés estar tan puta, que te está pasando, tenés que calmarte.

    En eso llegó el remis le hizo señas de luces, ella fue hasta la puerta delantera, se sentó al frente, le sonrió, y pensó de nuevo: Si tengo que calmarme, pero no ahora.

    Y volvió a sonreírle al chofer.

    Continuará.

  • Un grato encuentro durante un viaje (Parte 4)

    Un grato encuentro durante un viaje (Parte 4)

    Al despertar al día siguiente, fue una de esas mañanas que te sientes feliz, con ánimo y llena de vida -y vaya que me habían llenado de vida la noche anterior. Recorrí la habitación con la mirada, la decoración era sencilla, pero de muy buen gusto. Esteban estaba aún dormido, así que decidí cobijarme junto a él y disfrutar unos minutos más en la cama. La noche anterior hubiésemos querido continuar, pero creo que para ambos había sido suficiente, después de la ducha nos venció el sueño.

    Ya en un nuevo día, decidí darle vida a mis planes que había hecho en los últimos minutos de la noche anterior, uno de ellos era desayunar arroz con popote ¡uhmmm!, así con todo cuidado le bajé el bóxer y descubrí su pene, procedí entonces a besarlo suavemente, lo besé y lo lamí por varios minutos, lo recorrí varias veces milímetro a milímetro con mi lengua muy pausadamente porque no quería que despertara. Al final me decidí, moje mis labios y busqué la puntita para besarlo e irlo metiendo un poco a mi boca, poco a poco fue reaccionado y poniéndose duro, hasta que pude empezar a mamárselo con toda la facilidad que ofrece un pene bien duro, obviamente terminó por despertarse y me dijo:

    -Mira nada más, ¿despertaste con hambre?

    Con la mitad de su verga dentro de mi boca solo alcancé a asentir con la cabeza, luego acaricié sus testículos mientras dejaba de chupársela y agregué:

    -Más que hambre es un antojo de arroz con leche papi.

    Y sin ánimos de perder el tiempo volví a mi tarea de mamar pene, empecé a experimentar de todo con él, se lo chupaba de un lado, de otro, desde arriba, con masaje de testículos, acariciando sus piernas, sus nalgas y poco a poco fui reconociendo por sus gemidos y sus movimientos cuando le causaba más placer, noté por ejemplo que le gustó recostarse de lado y tener mi cabeza entre sus piernas mientras yo se la mamaba, también le gustaba acariciar mi cara mientras yo metía su verga de lado a mi boca de inmediato empezaba a menear sus caderas para empujármela hasta el fondo.

    También le gustó estar acostado de espaldas mientras yo le levantaba y le besaba la parte trasera de sus piernas y con la mano le masturbaba, se ponía loquito y me encantaba verlo retorcerse de placer, empezaba a gemir con fuerza. Se me ocurrió morderle las nalgas y también lo ponía loco, se arqueaba de placer y yo estaba loca emocionada por descubrir que más cosas le podían hacer gemir. Entonces lo puse de a perrito y con mis manos acariciaba y masajeaba su pene y sus testículos, me acerque de lado para besar sus piernas por atrás como le gustaba e ir subiendo hasta su nalga y terminar dándole unos mordisquitos, ¡uhmmm! ¡se puso loco de nuevo!, así que continúe con la otra pierna y esta vez terminé besando sus testículos y acercando mis labios a su culito, le gustó tanto la sensación que paró las nalgas para entregarse a mis besos, así que repetí la secuencia varias veces, lo tenía bien excitado. Le separé la piernas un poco y me tumbe de espaldas para acomodar mi cabeza justo debajo de su pene así empecé de nuevo a mamárselo mientras usaba mis manos para acariciar sus piernas y sus nalgas, cuando notaba que hacía pausa el usaba sus caderas para metérmelo a la boca, así alternamos un rato, hasta que él se giró por completo para quedar en posición 69, el comenzó a besarme las piernas y acariciar mis nalgas mientras aumentaba el ritmo de sus caderas, estaba bien excitado y me encantaba verlo gozar.

    Me la saco por un momento para recostarse de lado, me tomo por las caderas y me giro hacia el para que continuara mi labor, así que sin perder tiempo mojé mis labios de nuevo y continué mamándosela, el separó sus piernas y acomodo mi cabeza entre ellas, pronto empezó a menear sus caderas rápidamente, yo le ayudaba con mis manos hasta que llegó mi premio, ¡uhmmm! sin dudar me lo tragué, porque no quería que me la sacara, respiré y continúe chupando y sus gemidos se convirtieron en gritos de placer, el golpeaba la cama, se arqueaba y se retorcía de placer mientras yo hacía lo posible y hasta lo imposible por seguir mamándosela, hice una pausa y di un segundo trago para después sacarla de mi boca y saborear un poco. Finalmente alcanzó a decir:

    -¡Que rica mamada me acabas de dar cariño!

    -Que bueno de te gustó papi, ¡a mí me encantó verte gozar! -le respondí.

    Mientras él se recuperaba yo decidí saborear su pene unos momentos más, así que lo exprimí con mis manos y usé mis labios para chupar su cabecita varias veces más, también lo recorrí varias veces con mi lengua. El simplemente estaba en la gloria, así que lo dejé reposar y me fui al baño…

    Regresé a cambiarme y me fui para la cocina a preparar el desayuno, el me alcanzó en la cocina, hizo el intento de ayudarme, me acercó algunas cosas y de pronto empezó a besarme el cuello, a masajear mis nalgas, intenté detenerlo, pero tantos besos y caricias hicieron que mis nalgas me traicionaran, así que decidí dejarme querer, someterme a él, ¡uhm!, no tardó en desnudarme, el solo llegó con el bóxer puesto, sentir el calor de su piel contra mi cuerpo hizo que se me erizara la piel, me giré de frente a él, nos besamos y pronto me encontré de nuevo mamándole ese grueso y delicioso pene, ese rico separador de nalgas que tiene.

    Me dejó darle placer unos minutos pero no tardó mucho en indicarme que me levantara y me puso de espadas a él, luego levanto mi pierna derecha e hizo que la subiera a una de las sillas mientras con su mano izquierda me empujaba la espalda para ayudarme a parar mi culito, simplemente no me podía oponer, solo pensaba en entregarme a él, no tardó en poner su verga entre mis nalgas para restregármela un buen rato, me dio la sensación de que ya me conocía y sabía que con ese preámbulo terminaría por pedirle que me la metiera de una buena vez y así fue:

    -¡Ay papito que rico pene tienes!, ¡Métemelo papi, por favor! -terminé por decir.

    -¡Claro cariño! -me respondió

    La posición no era muy cómoda del todo, pero igual me encantó sentir como me penetraba una vez más. Estaba de nuevo en la gloria, usé mis manos para abrir mis nalgas y facilitarle la tarea, que no hacía falta, mi culito ya estaba más que bien educado por esa verga, fue mas bien lo excitada que estaba, lo sumisa que me sentía con él, de alguna manera solo era mostrarle cuanto deseaba ser suya:

    -¡Cógeme papi! -alcancé a decir con voz sumisa.

    Me dio unas buenas embestidas, que me dieron mucho placer y me hicieron gemir. Así me tuvo un rato dándome verga, terminé por bajar mi pierna de la silla e hice el intento por alcanzar otra silla y subir la otra pierna pero él me detuvo, había cerca una barra desayunador con una par de bancos altos, así que me llevó hacia allá, antes me la sacó por un momento, hizo que me sentara a en uno de esos bancos de tal forma que el respaldo del banco quedaba frente mí, entendí que de esa forma él tendría completo acceso a mi culito, así que le obedecí e hice mis nalgas hacia atrás para quedar sentada prácticamente con las piernas y con el culito bien parado con toda la disposición para él, se acercó y primero me dio unos piquetitos que me volvieron loca, no tardó mucho en empezar a ensartarme, claramente sentí como se quedó a la mitad, esperó un poco me sujetó bien de las caderas y me la dejó ir de un solo movimiento que hizo que se me voltearan los ojos de placer y solté un largo gemido…

    -¡uhmmm!

    -¡Papito, que rico! ¡Me vuelves loca papi! -alcancé a decirle.

    -¡Tú también me pones loco cariño!

    La posición era mucho más cómoda, aunque así me constaba más apretar el culito. Además resultó que las embestidas se sentían aún más ricas y profundas en esa posición, el también aprovecho para experimentar un poco y variar sus movimientos, en cierto momento sentí que me la saco casi por completo para de inmediato meterla de nuevo un poco, empezó a repetir ese movimiento, solo empecé a sentir claramente como el borde de su glande entraba y salía una y otra vez, se sentía bien grueso, bien duro, se sentía bien rico, estimulaba mi culito deliciosamente, simplemente se sentía divino, se sentía la gloria.

    -¡Ay papito! ¡Así papi! -le repetía una y otra vez.

    -¡Uhmmm! -gemía

    Sus manos me apretaban fuerte las caderas, ambos estábamos gozando al máximo esos momentos, de repente subió sus manos para sujetarme de los hombros y empezó a darme unas embestidas fuertes, también comenzó a mover más rápido las caderas. No quise decir nada, era suya y podía disponer de mi como él quisiera, me sentía plena, sumisa, entregada a él y llena de placer, por supuesto que quería que él también gozara, así que le dije:

    -¡Goza papito!

    -¡Vente, lléname de ti papi!

    -¡Así papi! ¡Dame duro! -continué.

    Terminó por explotar una vez más, se recargó sobre mi espalda para darme las últimas embestidas mientras yo usaba mis manos para tomarlo por las caderas y ayudarlo a terminar, luego subí mis manos para acariciar su cabello, había quedado exhausto, me besó el cuello unos momentos, un poco la espalda y así estuvimos un rato hasta que se recuperó.

    Nos fuimos para asearnos y él se quedó buscando ropa en la recámara mientras yo regresé a la cocina para continuar con el desayuno. La mañana transcurrió sin más novedad, entre los dos terminamos de preparar, desayunamos, comentamos algunas ideas de posibles actividades para el resto del día, el resultado fue que iríamos de compras al supermercado y daríamos un paseo por el casco viejo de la ciudad, más tarde daríamos un paseo por un lago cercano en medio del bosque para regresar a buena hora.

  • En su sonrisa

    En su sonrisa

    Alta, rubia, ojos azules, buen cuerpo, con un buen par de tetas y un culo redondo que te salían los ojos cada vez que seguías su silueta. Desde la primera vez que nos conocimos en el instituto me quedé enamorado de Patricia y aunque había fraguado una bonita amistad todos mis intentos habían caído en saco.

    Aquella noche de septiembre, aún calurosa, recién entrados en la universidad volví a intentarlo. El sentirte mayor y algo de alcohol por mis venas, me volvió a dar valentía. Y la historia acabó tan bien o tan mal como las anteriores, otras calabazas y vuelta como de costumbre a casa. Para variar, tenía que acercar a ella y a otra amiga, Susana, hasta sus casas. Primero dejé a Patricia, se despidió con un beso en la mejilla y una media sonrisa.

    Susana se pasó al asiento del copiloto y continuamos el viaje en silencio. De vez en cuando, empecé a aprovechar para dejar alguna mirada a Susana. Antes el momento, no me había fijado en ella de esa manera. Su cabello moreno con rizos, sus labios finos y tersos, sus pequeñas tetas y un buen par de piernas que intuían sus vaqueros. Comenzó como algo furtivo hasta que ella empezó a sonreír con cada una de mis incursiones y a devolverme alguna que otra mirada.

    Llegamos delante de su casa, me mira y con voz juguetona dice:

    -Gracias por traerme. Un pena que Patri no vea lo que vemos otras, pero ya lo entenderá.

    Hizo el amago de salir del coche y la cogí por el brazo

    -Tal vez haya sido yo que no fui capaz de ver más allá hasta este momento.

    Se volvió hacia mí, me miró y nos besamos. Bajé hasta el cuello, apreté sus tetas con una mano mientras con la otra acercaba su cadera. Ella se erguía y se retorcía con sus manos en mi espalda. Susana entre susurros y algún jadeo me dijo:

    -No quiero que nuestra primera vez sea en un coche… Pero no te voy a dejar que te marches así.

    Puso su mano sobre mi paquete mientras sonreía. Me desabrochó el pantalón, me bajó el bóxer y según quedó mi ya erecta polla, hundió sus labios sobre ella. Tan solo solté un gemido intenso, me recosté con el asiento dejando caer mi cabeza mientras sentía como su boca subía y bajada. Como su lengua recorría todo su tamaño y como se endurecía aún más. Le gustaba pasar rápido por el glande para volver a metérsela toda. Entre gemido y gemido, soltaba algún: “Susana, sigue no pares” y cada vez ella subía el ritmo.

    Era maravilloso, estaba como en otro mundo cuando paró. Pensé que era para buscar otra posición pero cuando abrí los ojos la vi delante, con su sonrisa característica, con ese gesto que me había enamorado.

    -Esto es solo una muestra, espero que vuelvas a por más.

    Me dio un beso y salió del coche.

    Volví a quedar con Susana una y otra vez…

  • Alejandro dice que me ama

    Alejandro dice que me ama

    Alejandro es mi primo hermano, digo que es mi primo porque no tengo otro. Es hijo de mi tía Eulalia, hermana de mi madre. Solo son dos los únicos descendientes de mis abuelos que ya murieron, mi madre y mi tía. Por parte de mi padre tengo tres primas, pero ningún primo. Mi tío Antonio y mi padre que se llama Pablo son hermanos de mi tía Angélica pero los dos varones no se hacen con ella a causa de su esposo que de verdad es odioso, engreído y absurdo. Mi tía Angélica es mi madrina, por eso, con cierta frecuencia, le hago visitas interesadas porque me da buenas propinas, pues quiere demostrar que es más rica que mi madre y a mí eso no me espanta sino que me conviene. Pues ellos, mi tía Angélica y su esposo Anacleto tienen una hija que se parece a su padre; la muy imbécil se llama Angie; ni da gusto ser su amigo, ni creo que lo desea. Mi tío Antonio con su esposa, mi tía Belén, tienen dos hijas gemelas nacidas el mismo año que yo de las que soy muy amigo, a mi entender demasiado amigo, porque ellas esperan de mí lo que les está vedado, mis primas son Belén y Antonia —Toñita la llamamos—. A mi tía después del parto tuvieron que sacarle los ovarios y no sé cuántas cosas más dicen que le rasparon, de ahí que una fuera para papá y la otra para mamá, por eso llevan sus nombres. Esta es mi familia.

    Por mi parte, mi nombre es Juan Pablo. El primer nombre responde al deseo de mi abuelo, el padre de mi madre; mi abuelo materno ya es difunto. El segundo, Pablo, es de mi abuelo paterno, de mi padre y me dicen que mi bisabuelo también lo llevaba; yo creo que si nos vamos lejos, alguno de los hijos de Adán igual se llamaría Pablo. A mí me gusta que me llamen Janpaul y así lo hace todo el mundo, menos los idiotas de los profesores que no atienden a razones. Tengo en este relato 18 años recientes (1), aún resonaban en mis oídos los gritos y felicitaciones del día de mi «cumple dieciocho» como dicen mis amigas, porque no saben decir décimo octavo o decimoctavo.

    Menuda fiesta montaron mis padres para presentarme a las hijas de sus amigos más ricos. Aún no sospechaban mis padres mi orientación sexual. Porque como soy un bailarín incansable y a falta de chicos todo eran chicas en mi vida, si exceptuamos a Alejandro, que ya lo presentaré dando detalles de quién y cómo es, yo, por bailar lo que sea, me agarro hasta a una silla. ¡Joder!, ¡cuántas veces he bailado agarrado a una silla! Una vez estaba bailando totalmente desnudo, sonaba en mi equipo «El Profe» de Miranda. Estaba yo precisamente consintiendo con estas palabras de la canción: «Quisiera que me mientas cuando pregunte tu edad, quiero volverme tan vulgar, voy a engañarte tonta solo para tocarte un poco»… «Aprovecharme de ti me estimula, apuntarte mis trucos»…. «Percibo en qué momento te comienzas a mojar y entonces no puedo parar hasta sentir que te hago mía»… «Yo quiero hacerte las cosas más sucias de modo elegante»… «Yo quiero que te toques para mí, quiero tocarme y acabar en ti».

    Entró mi madre con la señora de la limpieza y el grito que dio esta fue admirable. Me asomé a la puerta que abrí de par en par para mostrarme guapo y volvió a gritar, que es lo que yo pretendía; entonces mi madre me dijo

    — Apágate la música y vístete que Lucía va a limpiar.

    Luego escuchaba a mi madre darle explicaciones y todas esas cosas que hacen las mujeres, que cuanto más explican más la cagan. En mi cumpleaños hubo baile, bailaron los mayores, los niños y los adolescentes y por supuesto nosotros los jóvenes. Yo las bailé casi todas porque bailé con casi todas y algunos casi todos.

    Mi contextura es de un deportista de gimnasio junto con las carreras matinales, pues lo que me gusta del deporte es mariconear y lucir mis piernas largas, depiladas e incansables, un abdomen sin tabletas, pero plano y duro, unos pectorales marcados con unos pezones de película porno. Lo que me divierto cuando veo un tío por delante y aminoro la marcha para que me vea bien…, hasta algunos me piropean desde «maricón…» hasta «…estás de puta madre». El caso que por feo que sea el insulto o la ovación, siempre me guata y me pone más, que me pone de verdad; algunas veces que toca masturbarme hasta correrme para seguir la carrera.

    Mi cabeza creo que está muy buen puesta, porque saco brillantes notas; ojos grises oscuros y mirada fija; mis labios y boca son fáciles a la sonrisa. Soy guapo, pero del promedio de entre la gente normal, no soy guapo de pasarela; creo que ese examen no lo pasaría. Con un pene de 17 cm y un considerable grosor que no he medido nunca y que algunos de los que han deseado que los follara, al vérmelo, dieron marcha atrás. Todo esto hace una altura de 1,89 m y 70 kilos de peso. No está mal, ¿verdad? Pues si me vierais por detrás y con el culo al aire, mis nalgas son súper, lo más más, y sin pelos, que se pueden lamer a conciencia.

    Cuando me pongo a bailar, también lo hago a conciencia, como casi todo, como si en ello me fuera mi vida. El día de mi cumpleaños me las bailé a todas; todas las mujeres, jóvenes y adultas, solteras y casadas quisieron bailar conmigo, no me negué a ninguna. Ese día me vestí de traje y llevaba tirantes para sostener mi pantalón aunque ajustaba bien, eran innecesarios pero de puro capricho, eran rojos sobre la camisa blanca de seda. Mojé de sudor la camisa de seda que se empeñó en comprar mi madre y se transparentaba todo mi pecho y espalda. Ya casi al final, mis primas Belén y Toñita bailaron a la vez conmigo y casi sin que me diera cuenta por estar concentrado para bailar a la vez con las dos me sacaron la camisa sin quitarme los tirantes porque eran elásticos. De repente todas las chicas gritaron y entonces, aunque me di cuenta, ya no hice caso. ¿Que no se adelantó mi madre para recoger la camisa? Menuda pasta le habría costado, creo que más que una follada de mi padre; al menos mi padre dice eso cuando mi madre le pide más dinero de lo habitual: «Esto me cuesta más que una follada». Estaba muy sudado y comenzó una pieza cuando ya me retiraba para darme una ducha y vino mi primo Alejandro para hacerme bailar con él. Al principio me parecía broma, pero se sacó su camisa, llevaba cinturón en lugar de tirantes y me insistió. Había un silencio glaciar en la sala, la música sonaba con claridad, y todo eso mismo me animó a dejarme llevar por mi primo y bailamos los dos espectacularmente. Yo tomé el rol femenino en el baile y él me llevaba. Acabamos con un beso, abrazados y con nuestras piernas cruzando las entrepiernas. El aplauso fue considerable. Tres días me costó pensarlo y salí del clóset, mis padres lo aceptaron sin rechistar, ya lo iban imaginando, ¿me conocerán ellos?

    No dije nada a nadie más ni me preocupé de nada. Deseaba acabar el trimestre. Ya estábamos a final de abril y solo me faltaban dos meses de ese primer año de universidad. Si hasta ese momento me fue bien, me juré a mí mismo que me iría mejor porque mis padres se lo merecían y lo necesitaban, soy su único hijo y de mí les vendrían las preocupaciones y yo me encargaría de que las alegrías superaran a sus preocupaciones por mí. Así pasé los dos meses durmiendo poco y estudiando mucho. Todo fue bueno. Los exámenes de junio fueron coser y cantar. Iba a los exámenes leyendo el periódico del día. Descubrí que me serenaba mucho. Mis compañeros se extrañaban de mi proceder. Incluso un profesor empezado el examen, se me acercó a pedirme el periódico, vi que repasó página por página sin leer y mirándonos, luego se puso a leer algunas páginas. Cuando le entregué mi examen me devolvió el periódico con un clamoroso “Gracias”. El iluso profe pensaba que dentro del periódico tendría mis chuletas o anotaciones… ¡Hay profes como gente, para todo!

    Llegó el verano y mi padre me propició ingresar en el club náutico. No sé si me iría bien eso, pero lo acepté agradecido sin saber cuándo ni cuánto me iba a servir. Aproveché los cursos que allí se daban para sacarse la licencia de navegación. Casi todos los que hacían los cursos tenían sus embarcaciones, lo hablé en casa y mi padre lo arregló con un amigo suyo para que pusiera su barco a mi servicio. Yo iba a familiarizarme con la nave sin salir a la mar, con la embarcación atracada y asegurada al noray. Mi idea era sacar el PER, luego el PNB, hasta llegar a Capitán de Yate, un curso cada verano.

    Mis primas Belén y Toñita iban con frecuencia al Náutico para encontrarse con sus amigos. Mi tío Antonio es socio del club también. Allí las encontraba y delante de sus amigos venían a besuquearme, les gusta mucho eso de tocar carne. Yo iba con short muy corto y camiseta de tirantes con espalda de nadador y me toqueteaban todo. Nunca me quejé, aunque se me subieran los colores de la cara. Desde pequeño las tenía siempre encima, siempre mis amigas y siempre pegajosas. Ya estaba acostumbrado a sus tretas. Se daban cuenta los demás y decían que yo era muy mujeriego, excepto mis padres. Ellos sabían que ellas me tocarían pero yo no las “tocaría”.

    Ahora que lo recuerdo, pienso, «¡cómo sabían mis padres lo maricón que yo era!».

    Un día, estábamos en el último año de Colegio —ellas iban a Escolapias y yo a jesuitas—, me dijeron que querían estudiar conmigo un tema de anatomía que su profesora no explicaba bien. No pensé que yo podía serles útil, pero eran mis primas y amigas. Me hicieron quitar la camisa, midieron la espalda, contaron las vértebras, las costillas…; me hicieron quitar mi pantalón, yo llevaba un vaquero super skinny y tuvieron que tirar de él. Me quedé en jockstraps. Mi paquete estaba bueno y mientras jugaban con mis rodillas y mis nalgas, mi paquete creció y al poco se hizo una mancha visible de mi fluido preseminal, pero eran mis primas y mis amigas. Luego bajaron el jocks y midieron mi pene y mis bolas, lo tocaron todo y la pusieron dura, muy dura. Ya no sabía si eran mis primas y amigas o era mi gusto porque ya sentía deseo de que siguieran tocando. Toñita, que es un poquito más puta, me estaba masturbando y lógicamente me vine del todo y abundante. Me quedé gimiendo y con una sonrisa de idiota. Todavía, aunque yo me negaba sin impedirlo, me dieron unas chupaditas a mi polla. Se fueron y me dejaron alelado.

    Cuando ya estaba con esto de las clases de navegación, ocurrió algo inesperado; enfermó la abuela paterna de Alejandro, al tiempo que su padre fue destinado por la empresa en la que trabaja a América del Sur, a Paraguay, tarea que podría llevarle varios meses. Mi tío Manuel se fue al Paraguay, justo a Asunción, mientras mi tía Eulalia fue a cuidar y atender a sus suegros. No podían saber el tiempo de duración de la implantación de la empresa ni si la abuela de Alejandro sanaría pronto. A Alejandro lo mandaron a mi casa. Mi primo, el único, el que yo tenía casi como un hermano, aquel con quien cada día hacíamos vídeo chat y nos hablábamos guarradas muy cochinas y nos enviábamos fotos de chicos y chicas desnudas y con buenos culos, se vino a vivir conmigo.

    Le preparamos su habitación al lado de la mía. El mismo día que llegó, mi padre que fue a recogerlo al aeropuerto pasó por mi madre y por mí para llevarnos a comer al Náutico. Le enseñé el barco y se ilusionó. La tarde transcurrió rápida y después de cenar vimos un rato la televisión y nos fuimos los cuatro a dormir. Alejandro debía estar muy cansado porque desde mi cuarto escuchaba voces y gemidos sin entender qué decía y sus gemidos eran de uno que llora. Era tanto rato que me preocupé ya hasta no poder dormir. Me levanté y fui deprisa, lo encontré revolviéndose y hablando cosas ininteligibles, sus palabras no tenían ni género ni número y sus verbos no tenían conjugación lógica. Estaba sudado y se lamentaba. Decidí despertarlo cariñosamente tomándole de la cara y se despertó asustado:

    — ¿Dónde estoy?

    — Soy Juan Pablo, estás en mi casa.

    Lo abracé y lo llevé a mi pecho para que se calmara. Entonces me di cuenta que estaba desnudo y me incorporé para ir a ponerme algo, pero me gritó:

    — ¡No, no, no te vayas…!

    — Vengo enseguida, solo voy a ponerme algo…

    — No, no, no te vayas, tengo miedo…

    Me quedé un rato hasta que se le fuera el temblor.

    — Tengo frío.

    Le cobijé con la sábana mientras le decía:

    — Hace mucha calor, pero como has sudado, el sudor se ha enfriado, pero no pasa nada, ya estás calmándote.

    Estuve un rato más y le dije:

    — Ya estás mejor; yo me voy y tú duermes.

    — No te vayas, por favor, acuéstate aquí y duerme conmigo para que no sueñe tan mal.

    Me metí en la cama del todo, sin taparme con la sábana. No hacía frío pero comenzó a refrescar, eran ya las cuatro. Alejandro daba vueltas y tuvo dos golpes de malos sueños y tuve que tocarle para que despertara.

    — ¿No quieres abrigarte con la sábana?, —me preguntó.

    — Pues sí, mejor sí, porque refresca…, —le contesté.

    Me levantó la sábana y entré. Ya no dormimos más; se abrazó a mí y comenzó a contarme el sueño. Él iba en avión con su padre y ardió el avión y todo el tiempo se estaba cayendo la aeronave al mar y siempre quemándole los pies. Lo abracé y sin darme cuenta estuvimos muy juntos y mi polla tocaba su muslo. Alejandro llevaba puesto su bóxer.

    — ¿Eso es tuyo?

    — ¿El qué?

    — Esto que toco junto a mí pierna…

    Sentí el tacto y le dije:

    — He venido rápido y no me he puesto nada, quería ir pero no me has dejado, —argumenté lo que sonaba a excusa.

    No dejó tranquila mi polla y se me puso dura. Le metí la mano dentro del bóxer y le acaricié la suya. Al poco rato:

    — ¿Me dejas?, —preguntó.

    — ¿El qué?, —me hice el gallego.

    — Que te la chupe…, —me contestó a la madrileña.

    — ¿Lo hacemos a la vez?, —pregunté

    — ¡Vale!

    Me puse sobre él, me di la vuelta, le saqué el bóxer y de inmediato nos pusimos a mamar polla. Parecía una competición, comenzó a entrar luz conforme iba clareando el alba y nos dimos prisa. Por los movimientos de sus piernas noté que Alejandro ya estaba a punto y no saqué su polla de mi boca hasta que descargó toda su lefa, la mayor parte la tragué y tenía buen sabor, un salado agridulce. Ya no pude aguantar más y me corrí violentamente en su boca. Me moví, puse mi cara junto a la suya. La luz del amanecer ya nos permitía vernos y nos besamos, le crucé la lengua para darle algo de su semen, su boca olía a mi semen y me hizo estimar más a mi primo. Destapados y con las pollas ya erectas de nuevo mirábamos al techo medio con satisfacción y medio con un palmo de vergüenza.

    — Janpaul…

    — ¿Qué?

    — Yo te amo, —declaró Alejandro.

    — Claro que sí, somos primos y, al menos yo, no tengo otro…

    — No, Janpaul, no, ¡yo te amo!

    — Te digo que sí, que yo también.

    — Que no, Janpaul, que no, lo que te digo es que me gustas, me gustas para mí, no solo te quiero como primo, te amo. Desde tu cumpleaños lo he pensado mucho… te deseo para mí y me gustaría que tú…

    — ¿Te amará también…?

    — Eso mismo.

    — Pues, ahora, saca de tu maleta una pantaloneta y zapatillas y nos vamos a correr.

    — ¿Y camiseta?

    — Yo te regaló una verde de tirantes y yo me pongo la de color pastel, las compró ayer mi mamá iguales con diferente color, y nos va a comprar más porque es compradora compulsiva.

    Nos reímos, fuimos a darnos una ducha rápida a mi baño. Entramos juntos para aprovechar el tocarnos, pues nos gustábamos, esa era la verdad. Nos vestimos y salimos a la calle.

    Salíamos a las 7 de casa, yo con mi mochila más pequeña para poner el iPhone y la billetera. Teníamos una hora si no descansábamos hasta la cala nudista. Pero no íbamos a apretar mucho con una noche casi sin dormir. Alejandro dejó su móvil en mi mochila. No puse toalla para que no pesara. En un restaurante, ya cerca de donde íbamos, entramos a tomar desayuno. A mí me gustan los huevos fritos con chorizo, patatas a lo pobre con pimiento. Alejandro quiso lo mismo. Pedí una copa de vino y una botella de agua. Alejandro prefirió cerveza. Al final nos llevamos dos botellas de agua de medio litro. Seguimos despacio, viendo el litoral y la urbanización hasta bajar a la cala. Había un espacio de arena pequeño el resto es piedra. Nos desnudamos y a tomar el sol matutino hasta que entraran ganas de ir al agua. Aún no había nadie por allí más que nosotros dos. Cuando nos levantamos para ir al agua, parados en la orilla, dejando que las olas nos acariciaran los pies, Alejandro tomó mi pene con sus manos, hice lo mismo y mientras cada uno acariciaba las bolas y la polla del otro la emprendimos con un magistral beso. ¡Qué agradable es la boca de Alejandro! ¡Qué calor emite su lengua! Así estuvimos un largo rato y luego nos masturbamos mirando al mar. Escuchamos por detrás nuestro un «Guten Morgen» muy fuerte y grave, nos volvimos, contestamos del mismo modo, era un tío ya maduro y nos sentamos en la orilla para pasar la calentura. Baño y regreso a casa. Subimos la cuesta desnudos y arriba ya estábamos secos, nos vestimos y por el mismo camino a casa.

    Casi en casa sonó el móvil de Alejandro, atendió la llamada, era su padre desde Asunción para interesarse por él. Aprovechó para a continuación llamar a su madre y decirle que había hablado con su padre y luego le contó todo con pelos y señales excepto el sueño y nuestros juegos sexuales, incluso que habíamos dormido juntos, también le contó que veníamos de una cala nudista. Me pasó el móvil y saludé a mi tía. Ella me dio muchos besos de palabra y me dijo:

    — No me malogres a Alejandro que es mi tesoro.

    — Pero, tía, si me ha dicho esta mañana que está enamorado de mí, —y me puse a reír.

    — Tú eres mayor, cuídalo.

    — ¡Ay, si supieras tía!, hala, muchos besos.

    Le di el móvil a Alejandro y se despidieron.

    Estábamos a la mesa comiendo los cuatro. Mi padre nos preguntó hasta donde habíamos llegado en nuestra carrera de la mañana. Se lo dije y Alejandro intentó decir lo nuestro, pero me puse a hablar del barco. Mi padre me dijo:

    — Si te va bien y te gusta tendremos que comprar un barco; siempre es más económico que una novia.

    Mi madre le espetó:

    — Calla, no le digas esas cosas, ¿qué pensará Alejandro?

    — No pienso nada, tía, ya me he enamorado de Janpaul, hasta mi madre lo sabe, —espetó Alejandro.

    — ¿Cómo es eso?, ¿desde cuándo lo sabe?, —preguntó mi madre.

    — Desde hace un rato, que se lo he dicho yo.

    — Alejandro, tú no cambias, eres el mismo de siempre, —dijo mi madre.

    Mis padres se reían a gusto y nos contagiamos todos. Yo le di una cachetada al cogote de Alejandro y me soltó:

    — Esto ya costará una mamada.

    — ¿Queréis dejar el asunto ya, cochinos?, —dijo mi madre.

    — Déjalos, mujer, si lo hacen para molestarte, —dijo mi padre.

    Yo miré a mi madre levantando los hombros y hundiendo mi cabeza en mi cuello. Alejandro me imitó. Mi madre sonrió e hizo una expresión que decía: “¡Cómo está el mundo! Pero la vida…”.

    Desde que Alejandro llegó mis primas estuvieron al acecho. Ni se me ocurría pensar qué deseaban, pero Alejandro me dijo que querían salir con nosotros y seguramente acostarse también, me dijo:

    — Ellas son dos, nosotros somos dos, pues es lógico que quieran eso.

    — ¡Joder, macho! ¿Tú crees que desean acostarse con nosotros?

    — Compra preservativos, que esas ya están más tocadas que las 12 de la noche, —dijo Alejandro.

    No eran tan malvadas cómo pensaba Alejandro. No querían acostarse sino venir con nosotros corriendo a la playa y deseaban que pasáramos por su casa.

    — Pero Belén, sí nosotros acabamos en la nudista…

    — Ya lo sé, el año pasado ya ibas, pero es eso lo que queremos pero a solas no mola, queremos ir con vosotros, —dijo.

    — ¿Cómo que lo sabes? ¿Quien te dijo?

    — Tu madre y mi madre se cuentan de todo y cuando se juntan hablan hasta por los codos.

    — ¡La puta que me parió!, pero si son cuñadas…

    — Pero parecen hermanas…, que ellas se ven todos los días…

    — Claro, como no tienen nada que hacer ni puta ganas de hacer algo… ¡Joder con mi madre! ¿No podría comerse la lengua?

    Y comenzamos a correr los cuatro. Las muy guarras, apenas llegábamos, eran las primeras en sacarse todo. La verdad es que las dos están buenas, pero buenas de verdad. Tienen los pechos pequeños y firmes, sus coños bigotudos, no se los afeitan, bueno, no se los afeitaban, porque yo llevaba gel de afeitar y maquinilla, porque a veces aprovechaba la cala para afeitarme los huevos. Ellas nos tocaban todo y Alejandro también, ¡menudos lengüetazos y chupadas les daba a sus pezones!

    Un día que no había nadie me decidí a ofrecerles la maquinilla. Toñita me dijo:

    — Si me lo haces tú, sí.

    Le afeité todo el coño y lo dejé limpio totalmente.

    — Bésame el coño, Janpaul.

    Se lo besé como de saludo.

    — No seas tan marica y cómeme el coño…

    Yo pensaba «mientras no me pida follar con ella…

    Le chupé el coño, le pasé la lengua todo alrededor y me animé a meterle la lengua en el coño tanto cuanto pude, la vi gemir, la escuché gemir. Alejandro y Belén se pusieron a mirar sorprendidos. Yo no me cansaba y Toñita gemía hasta ponerse a gritar. Me asusté, me aparté y soltó un chorro enorme de flujos vaginales. Era la primera vez que veía eso. Alejandro por detrás de mí se me echó al cuello y me besaba diciendo:

    — Bravo, maricón, tú eres un gay raro, ¿eh?

    Escuchamos una voz que nos dijo:

    — Guten Morgen, gestern waren es Schwachköpfe, heute ein paar Scheißkerle(2).

    Alejandro y yo solo dijimos:

    — Guten Morgen!

    Pero Belén dijo:

    — Und du, verdammter grüner alter Mann, eine unhöfliche Scheiße, berühre deinen dreckigen Schwanz(3).

    Nos metimos en el agua para lavarnos y subimos como siempre desnudos para vestirnos arriba secos ya. No habíamos desayunado para llegar temprano a la playa. Así que fuimos al restaurante y los cuatro comimos lo mismo, huevos con chorizo y pan con aceite y tomate. Le pregunté a Belén:

    — ¿Qué ha pasado con el tío ese?

    — ¿Qué ha dicho él?, —preguntó Alejandro.

    — Ha dicho que ayer había dos maricones y hoy dos putos cabrones.

    —¿Que le has gritado?, —insistió Alejandro.

    — Le he dicho que es un maldigo viejo verde, que es un groseramente de mierda y que se toque su asquerosa polla.

    — ¿Sabes insultar en alemán?, —le pregunté.

    — No, he traducido literal, pero él ha entendido y ya sabe que entendemos.

    Así fue. Más veces hemos ido y él ha llegado más tarde y ni ha saludado con ese gangoso Guten Morgen.

    Empezaban a gustarme mis primas como algo más que primas y amigas. Me gustaban como compañeras. En la noche se lo dije a Alejandro y me dijo:

    — A mí me van, como acompañantes o compañeras, pero de novias nada, mi novio eres solo tú y para convencerte de esto, ya te quitas ese maldigo short que este puto cabrón quiere perforar tu culo maricón.

    Fue buena la follada. Cada noche lo hacíamos de un modo diferente. Nuestras queridas primas se conformaban con chupetones y nosotros en la noche lo complementábamos. Alejandro hizo el traslado a mi universidad y yo le hice estudiar más que nunca a cambio de mi culo. Qué año más bien aprovechado, de lujo. Sus padres y los míos han convenido en que no se mueva de aquí porque ha estudiado más, saca mejores notas y se le ve más feliz. De mí nadie dice nada, pero yo también soy feliz.

    (1) En síntesis lo escribí para hacer un homenaje a mis 18 años, pero lo guardé. Lo he vuelto a ver en el ordenador y lo voy revisando, tanto literariamente como añadiendo aquellos detalles que voy recordando.

    (2) Buenos días, ayer eran unos maricones, hoy unos putos cabrones.

    (3) Y tú, maldito viejo verde, una mierda grosera, tócate tu sucia polla.

    Letra de la canción «El profe» de Miranda

    Yo sé que nunca te lo dije así, ⁄ A veces canto solo para mí

    Solo quisiera que me oigas ahora ⁄ Que sigo mi instinto

    El instinto animal no fallará.

    Quisiera hablarte ⁄ Pero sin hablar

    Yo se que puedo hacer ⁄ Que tu me comprendas ⁄ Si sigues mi juego

    Yo quiero ser tu profe, ⁄ Mejor dicho profesor,

    El que te enseñe del amor ⁄ Lo que sabes y disimulas.

    Quisiera que me mientas ⁄ Cuando pregunte tu edad.

    Quiero volverme tan vulgar,

    Voy a engañarte, tonta, ⁄ Solo para tocarte un poco.

    Ya ves así nunca sabrás de mí.

    Mi fantasía me describe así.

    Esa es la parte ⁄ Que no ha visto nadie ⁄ Y que tu ahora conoces.

    Es que te veo y es mi reacción ⁄ El pretender tener todo el control,

    Aprovecharme de ti me estimula, ⁄ Apuntarte mis trucos.

    Percibo en que momento ⁄ Te comienzas a mojar,

    Y entonces no puedo parar ⁄ Hasta sentir que te hago mía.

    En el papel de ingenua ⁄ Tú te luces de verdad

    Y yo comienzo a sospechar ⁄ Que eres mi alumna preferida

    Y que caíste en mi trampa

    Quiero ser, tu profesor (2)

    Yo quiero ser ⁄ Tu negro del camión,

    Yo quiero ser ⁄ Un cerdo picarón,

    Yo quiero hacerte ⁄ Las cosas mas sucias ⁄ De un modo elegante.

    Yo quiero que te toques para mí ⁄ Quiero tocarme y acabar en ti.

    Ay si supieras como me emociona ⁄ El solo pensarlo

    El que te enseñe del amor ⁄ Lo que sabes y disimulas.

    Quisiera que me mientas ⁄ Cuando pregunte tu edad.

    Quiero volverme tan vulgar,

    Voy a engañarte, tonta, ⁄ Solo para tocarte un poco.

    Quiero ser, tu profesor (4)

  • Madre hot: De viaje con el enemigo (2)

    Madre hot: De viaje con el enemigo (2)

    Continuamos el viaje. La cabeza estaba a punto de explotarme después de la conversación con Tony.  He pasado de golpe de amenazador a amenazado. Mal sabía este malnacido que su aventura con mi madre no era nada nuevo para mí. Es más, había participado placenteramente de ella agazapado debajo de la cama, corriéndome como un animal varias veces mientras él la taladraba con su descomunal falo y ella perdía sus papeles como esposa, madre y jefa suplicando más y más verga hasta sentir dentro la leche abundante y caliente de aquel vulgar semental. Claro que estaba dispuesto a callarme como una puta por la cuenta que me tenía. Es más: lo acontecido aquella tarde en la cama matrimonial, y hasta los cuernos que lucía papá, me producían un regusto agridulce indescriptible que mantenía mi mente en un continuo estado de excitación.

    -¿Ves esas mujeres apostadas a lo largo de la carretera, Álex? Son putas.

    Efectivamente, en las proximidades del pueblo donde pararíamos el camión para repostar y comer algo se iban alternando un considerable número de prostitutas que, con sus vestidos y maquillajes provocativos y sus gestos llamaban la atención de los camioneros y de algún otro conductor de automóvil.

    -Esa es Berta; tiene el coño como un acordeón. Esa otra es Lina, demasiado gorda para mi gusto. La mulata no recuerdo cómo se llama, pero es cubana y se mueve encima que da gusto…

    -¿Te las conoces a todas? -pregunto.

    -Y tu papá también, chaval.

    -¿Que mi padre es putero?

    -No lo sabes tú bien. Claro que la mejor puta la tiene en casa -se carcajea hasta enervarme de nuevo.

    -Tranqui, chaval -me dice al verme acalorado- ¿No dijiste que eras virgen?

    -Yo no dije semejante cosa, mamarracho -mentí.

    -Mejor. Así no estarás nervioso cuando te folles a una de esas.

    -¿Vamos a parar para chingar? Si se entera mi padre, te mata.

    – No lo creo. Ya te dije que papi no desaprovecha los pocos viajes que hace. Pararemos cuando veamos alguna que me guste para ti. Porque dinero traes, ¿verdad?

    Bien sabía el hijoputa que llevaba conmigo una buena cantidad. Me empezaron a sudar las manos ante esta situación imprevista. ¿Qué hacer?

    -Sandra, muy vieja para ti. Jasmine, la muy guarra me contagió un herpes hace dos años… Ya está, ahí la tenemos: ¡esa chinita, que es nueva!

    Nos internamos los tres en el bosque. La tal chinita era en realidad filipina. Menuda, rostro delicado, melena negra… Tony le mandó sacarse la camisa y mostrarnos sus pechos: pequeños, casi infantiles. Lejos de incomodar a mi compañero el tamaño noté cómo se excitaba; la entrepierna de su pantalón abultaba considerablemente.

    -¿Te gusta? -me dijo.

    Callé. La muchacha ya se había desnudado por completo. Tony extendió sobre la hierba una mugrienta manta de viaje que llevaba en el camión.

    -Toma un condón -me dijo el chófer ofreciéndome uno suyo.

    Yo estaba bloqueado. Ya la putilla se había esparramado sobre la asquerosa mantita, dejando ver su coño sonrosado.

    -¡Una chucha sin pelitos, como de una nena, como a mí me gusta! -dijo mi compañero-. Pena que el polvo te lo vaya a echar este pipiolo.

    Estoy más empalmado que un burro. La excitación es tal que si me toco un poco allí mismo me corro.

    -Este condón no me vale. Es muy grande para mí, me queda flojo.

    -¡Jajaja! Un mini-polla como tu padre. Hazlo sin condón.

    -Ni por asomo, no vaya a pegarme una sífilis o el sida.

    La muchacha se hace cargo de la situación. Se ofrece a hacerme una felación. Tony se aleja a una distancia prudencial fumando un cigarrillo pero sin perder de vista la escena. Me arrodillo sobre la manta con los pantalones y calzoncillo bajados y la oriental comienza su trabajo de bombeo bucal con delicadeza.

    Estamos en plena mamada, yo transportado a la gloria con aquellos lengüetazos a lo largo de toda mi verga y huevos, esforzándome por no venirme demasiado pronto (lo que faltaba es que Tony me tildase además de eyaculador precoz), cuando veo al empleado acercarse con toda su herramienta fuera. En verdad que solo había visto semejante miembro y semejantes pelotas en las pelis porno; a su lado, cualquier mandigo se quedaba atrás. Me asaltó la imagen de mi madre penetrada sin piedad por aquel vergón y, perdiendo el control, me corrí en la boca de la chica.

    -¡Tú tener que avisar si te ibas a correr! ¡Yo no querer tragar leche!

    -Tú lo que vas a tragar es esta polla en tu coñito, princesa -irrumpió Tony mostrándole su gigantesco cipote inhiesto mientras se colocaba el preservativo. Y poniéndola a la fuerza a cuatro patas dirigió el miembro a la vulva lampiña.

    -Tú no poder meter eso en mi coño, es muy grande -gritó la infeliz.

    Tony ensalivó la goma a la altura del glande, abrió la raja y escupió dentro y empujó con fuerza. La muchacha gritó de dolor mientras yo asistía atónito a la escena.

    -La vas a reventar, hijo de la gran puta  le dije-. Déjala en paz.

    -Va a gozar como una perra, como gozó tu madre. -Y me apartó de un manotazo haciéndome perder el equilibrio.

    Ya había introducido todo su monstruoso miembro en la concha de la filipina. La bombeaba sin piedad mientras pellizcaba sus pezoncitos. Ella había dejado de gritar y ahora gemía…

    -Mira como disfruta mojada con sus fluidos -me decía después de cambiarla de postura varias veces y observar yo desde el suelo cómo los cojones golpeaban la chucha produciendo un chop-chop-. Y se hacía la estrecha. Este polvo no lo va a olvidar en su vida como no lo olvida… ya sabes quién, jajaja.

    Tony aún intentó meter la polla en el ano de la muchacha, pero pronto desistió. Aquello era misión imposible por mucho que se empeñase. Terminó sacándose el condón y corriéndose sobre sus tetitas.

    Mientras el gran follador se recomponía me acerqué a la chica y le di el dinero acordado y una buena propina. Pero Tony al acercarse a recogerse la manta le arrebató el dinero de la mano. «Tendrías que ser tú la que me pagases por el polvo que te eché, y la mamada del chaval sale gratis, que pronto terminó», le dijo en tanto yo desconcertado fui incapaz de reaccionar. Volvimos raudos a la carretera para subir al camión mientras la putilla se cagaba en nuestros muertos y el cabrón de Tony se desternillaba de risa.

    Cae la noche. Por no fuera bastante el cúmulo de nuevas experiencias, a Tony y a mí nos toca compartir cama en la pensión. El hostal de carretera estaba hasta los topes y solo quedaba una habitación con cama doble. Cenamos y, al observar que Tony se quedaba de copas con otros choferes, yo me retiré al cuarto a poner en orden las ideas por todo lo acontecido aquella mañana en el bosque. Llamé mentalmente mil veces hijo de puta y otras lindezas a Tony, por lo que le había hecho a la putilla, a mi madre, a mi padre… Pero en el fondo no dejaba de admirar su descaro y desparpajo en la manera de andar por la vida. Y su brutal sexualidad. Me duché y me metí en la cama. Pese a que había eyaculado en la boca de la filipina, me sentía muy excitado, ya tenía de nuevo repletos los huevos. Quizás me aliviase y conciliaría mejor el sueño haciéndome un pajote. En esas estaba cuando apareció Tony en el cuarto tambaleándose, más borracho que una cuba. Cayó redondo sobre la cama. Contemplé el cuadro. Quizás aquel animal necesitaba una lección. Lo desnudé sin que los bruscos movimientos para sacarle zapatos, chaqueta, camisa y pantalón lo despertasen. Boca abajo estaba el zote roncando como una morsa moribunda. Reparé en su cuerpo. En la espalda tenía unos arañazos, sin duda de las uñas de mamá al alcanzar el clímax la muy zorra. «No me extraña que guste a las mujeres», pensé al ver su porte atlético y proporcionado. Pero centrémonos. «La venganza es un plato que se sirve frío», me vino sin querer el viejo refrán.

    Le saqué los calzoncillos y quedó al aire un buen trasero de glúteos poderosos. «Dos buenos caparazones», que escuché en algún lado. Separé sus nalgas y dejé a la vista el orificio anal. Un dedo entró sin dificultad. Menos mal que tenía el ano limpio, si no no sabía si sería capaz de seguir con tan especial incursión. Lubriqué con saliva mi pene, me puse encima… y lo penetré sin dificultad («Ventajas de tener mini-polla», pensé). Comencé el vaivén en el virginal orto de nuestro empleado todo lo que quise. Por momentos él mascullaba algo en sueños pero no ofrecía resistencia; todo lo contrario, mi banana (que sea dicho de paso, es normal tirando a grande) entraba y salía sin ninguna dificultad. Al momento de correrme dentro, en medio de un inmenso y novedoso placer, aún tuve tiempo de gritar: ¡Por mi madre, por mi padre, por la putilla, por la madre que te parió!

    Lo cubrí con una manta y me eché a dormir satisfecho de mi venganza. Y mañana Dios dirá.

  • Alba (Parte 2)

    Alba (Parte 2)

    Ya casi no lo recuerdo, después de estos 2 años de abstinencia, precedidos de otros tantos de sexo irregular y distanciado en el tiempo; pero no siempre estuvimos así, Alba. ¿Tú también piensas en nuestros buenos tiempos alguna vez? ¿Recuerdas con nostalgia cómo nos lo hacíamos al empezar nuestra relación, cuando aún ni siquiera queríamos ponerle etiquetas? ¿Soy sólo yo quien siente como agujas clavadas en los ojos todas las cosas que nos quedaron por probar? ¿El único que se tortura al mirarnos ahora pensando en que ya tendríamos todo el tiempo del mundo de experimentarlas más adelante?

    Aún recuerdo la primera vez que nos dimos una ducha juntos. La forma en que enjabonaste mi cuerpo entero en el neblinoso submundo que provocaba la temperatura ardiente del agua. Recuerdo cómo te deleitabas entonces con cada centímetro de mi piel, repasándolo con tu esponja con la delicadeza y fascinación con que lo haría una arqueóloga con su pincel a la estatua que acaba de encontrar enterrada y que desea descubrir lo antes posible, pero al mismo tiempo se obliga a contener el ansia para que cada movimiento sea preciso a fin de no dañarla. O la forma pícara en que prescindiste de la esponja al bajar de la línea de mi cintura y comenzaste a manipular mi polla con tus propias manos desnudas, dejando que resbalasen entre la espuma y parecías tan extasiada como tocases un tótem sagrado de bronce, recreándote notándolo latir de excitación.

    Te pusiste entonces en cuclillas ante mí y mi mente se fue a otra parte; pero lo que hiciste fue seguir con tu esponja repasando mis piernas, mis pies. Como una diosa bíblica que se postra humilde para lavar los pies de los pobres mortales. Me pediste que me diera la vuelta y entonces volviste a subir y comenzaste a frotar con fuerza mis nalgas y mi espalda. Y entonces me ofreciste tu esponja y te giraste y yo tuve que contener la pasión y la lujuria inflamada que sentía para seguir el juego y estar a tu altura. Empecé por tu cuello y fui bajando por la espalda y, al bajar, separé los dos gloriosos carrillos carnosos y respingones para llegar mejor a su cara interior y me junté mucho a ti, encajando mi miembro a lo largo de la raja de tu culo y soltándolas luego para que tus nalgas, al volver a su estado de reposo, la acogiesen como en un abrazo húmedo y resbaloso. Y estando así, me centré en tus pechos, primero recorriéndolos con la parte suave de tu esponja, y luego masajeándolos con mis manos de forma delicada, sintiendo que podría pasar así las horas y los días sin cansarme.

    De hecho, al final fuiste tú quien guio mi mano hacia abajo para indicarme que prosiguiera el camino y tras frotar tu vientre jugoso me detuve otro largo tiempo en tu pubis, en el vello largo que te nacía de él y que frotaba con mis yemas como si lavase una cabeza y después, me eche tu gel íntimo en la mano y te sujete el coño desde atrás, arrimando aún más mi miembro contra tu culo mientras lo hacía. Mi dedo corazón empezó a recorrer los pliegues de tus labios, pero sin dejar en ningún momento de aferrarme mi mano fuerte sobre tu coño. Quería retenerlo por siempre, sintiendo que no podía permitir que ese coñito delicioso y caliente se me escapase nunca. Y entonces te lo introduje dentro y empecé a recorrer el interior de tu vagina con mucha suavidad, como si quisiera solo rozarlo. Te hubiera empotrado en ese mismo momento, pero en lugar de eso nos aclaramos y nos salimos de la ducha con una sensación de satisfacción extraña a pesar de todo, de haber compartido un momento muy especial.

    ¿Quién eres tú y qué hiciste con aquella Alba que, cada vez que yo le pedía hacer la cucharita porque me apetecía tener un momento tierno, no podía evitar restregar su culazo morboso contra mi polla, aunque no hiciese siquiera diez minutos que habíamos acabado de echar un polvo? ¿La que le apetecía probar posturas nuevas? ¿La que me pedía que la atase y la vendase los ojos? ¿La que me tuvo que pedir que la azotase el culo teniéndolo en pompa ante mí porque, de otro modo, yo nunca me hubiese atrevido? ¿O la que deseaba con impaciencia que llegase mi autobús para tener una de esas maratones de todo un fin de semana donde llegábamos incluso a perder la noción del tiempo a base de follar, hablar un rato abrazados desnudos, volver a follar, volver a hablar, volver a follar, pedir pizza y devorarla en la cama recuperando fuerzas y casi no haber terminado aún el último pedazo, limpiarse los dedos de grasa con prisa metiéndolos chupándolos dentro de la boca antes de abalanzarse a comernos la boca y terminar volviendo a follar hasta caer dormidos sudados y exhaustos y despertarte tú con ganas de ir al baño y al volver, despertarme a mí “ronroneando” como una gatita en celo necesitada para volver a follar, y volver a dormirnos y así una y otra vez hasta despuntar el alba y estar tan agotados pero, a pesar de todo seguir teniéndonos tantas ganas, que nos tocábamos y acariciábamos el sexo hasta que el sol entraba por la ventana?

    ¿Dónde está la Alba que tenía HAMBRE de sexo? ¿La que sentía apetito por sentir un buena polla? ¿Qué fue de aquella Alba de actitud lasciva que puso una bombilla roja en la lámpara de su mesita y se calzó un body sexy que descubrió tras una bata mientras me atraía hacia su cuarto, caminando hacia atrás sin poder dejar de morderse el labio, con ESA MIRADA de putita sucia y caliente pidiendo guerra? ¿O la que rompía a llorar de emoción nada más me sentía entrar en su interior cuando, en vez de follar como animales en celo, hacíamos el amor con delicadeza y mirándonos a los ojos en silencio, diciéndonos con el alma (a través del cuerpo) todo aquello que sentíamos el uno por el otro y que tan pronto nos sentimos capaces de pronunciar en voz alta? Apenas unas semanas después de habernos conocido, ¿te das cuenta? ¿Ya nada de todo eso significa nada?

    Yo quería más, mi amor. De ti. De nosotros. Esperaba mucho más. Deseaba que algún día duchándonos juntos, yo me arrodillase ante ti para que tú me orinases sobre mi cara y mi cuerpo mientras manejabas mi cabeza expuesta tirándome del pelo. Extasiado y bendecido de recibir el maná de tu lluvia dorada.

    Deseaba que algún día pudiera llegar a excitarte la idea de regalarme la visión deliciosa de tu carita tierna untada entera de mi corrida después de una mamada intensa mirándome a los ojos; pero no como en el porno, sino como diciéndome con tu mirada que estabas disfrutando con los cinco sentidos de estar así mamando de rodillas porque para ti hacérmelo a mí no era una humillación ni algo degradante, sino algo tierno que parte de saber que ese instante y el recuerdo de mi novia, mi amada, haciendo aquello podríais vivir en mi memoria el resto de mi vida y pasase lo que pasase. Chupármela sabiendo que ese desenlace te hará inmortal, que sería como una forma de tatuarme tu nombre con tinta invisible en la piel de mi glande: La primera mujer que me hizo gozar de ese modo y muy posiblemente también la única. Para ser justos también deseaba que algún día pudieses vencer tus reparos absurdos y te pusieras de horcajadas sobre mi pecho, sumergiendo mi cara entre tus muslos, condenándome a comer y chupar tu coño hasta dejarme sin aire y sólo entonces separarte para dejarme respirar y volver a embestir mi boca una y otra vez, convertido en tu esclavo durante horas. Deseaba que algún día quisieses entregarme la virginidad de ese culo con el que fantaseo desde que te conocí, cuando nunca antes me había llamado la atención la idea de experimentar el anal.

    Pero sobretodo y más que ninguna otra cosa, deseaba que algún día deseases follar conmigo sin condón, ya fuera porque hubieras decidido tomar otras medidas y poder así disfrutarnos sin barreras, o bien… porque en un arrebato de pasión me mirases a los ojos y dijeses: “a la mierda, que pase lo que tenga que pasar” y al ver la conformidad en mi mirada te metieses mi polla estando tú encima de mí, besándome y moviéndote como otras veces, pero esta vez de una forma tan diferente debido a la complicidad de saber ambos lo que podía significar: Hacernos el amor con la consciencia de que podrías quedarte embarazada y que no nos importase a ninguno porque, en el fondo, incluso nos conmoviese la profunda intimidad y conexión emocional que provendría de compartir el deseo de no ser únicamente una posibilidad, sino la sublimación de un deseo que ambos queríamos. Tenerlo presente durante todo el acto y recordarlo con mayor intensidad justo el instante antes de corrernos y saber, en ese sublime y delicioso momento, mi semilla va a fluir libre por tu cuerpo buscando que seas la mama de mis hijos y hacerte mía de forma definitiva y a mí hacerme parte inseparable de tu cuerpo.

    Todo esto y muchas más cosas son las que deseaba para nosotros, Alba. Hacerte feliz, satisfacerte en la cama. Ser yo tu abrigo y tu refugio en los días de mierda y tú para mí lo único importante una vez termina mi jornada y salgo a la calle. ¿Por qué en vez de seguir profundizando en nuestra relación nos fuimos alejando? ¿Por qué no me has dejado si ya no te hago feliz ni te satisfago en la cama ni soy tu refugio en los días de mierda? ¿Por qué no te he dejado yo sí estoy deseando empezar mi jornada para salir de casa y no pensar en nosotros y nuestros problemas sin resolver y sin visos de poder hacerlo?

    Alba, querida. Te extraño. Vuelve. No puedo dejar de pensar en ti mientras escrito todos estos relatos para pajearme como un loco sufriendo por lo que tengo y no puedo tener al mismo tiempo. Cuando la cuarentena del coronavirus termine y tú puedas volver a casa algo tiene que cambiar.

  • El morenote del Gas

    El morenote del Gas

    El relato que hoy les contaré es la continuación de la saga “Universidad”, y trata de la vez que volví a coincidir gracias a las benditas redes sociales con un pequeño grupo de amigos y específicamente con uno de los chavos con los que tuve un delicioso y fugaz encuentro en el baño de hombres de la escuela. Ojalá disfruten mucho leyéndolo tanto como yo contándoselos.

    Bueno, pues como ya hice mención, fue gracias a Facebook, que en el año 2015, varios compañeros de la generación 2005-2009 nos reencontramos y por la emoción del momento organizamos una reunión de exalumnos para recordar viejos momentos. Se acordó una fecha y se pidió que se avisará a cada compañero con el que aún tuviéramos contacto, por desgracia y dada mi condición de mujer travesti yo no mantenía contacto con ningún ex compañero del salón, pero al final lograron reunir a una buena cantidad de compañeros. Decidí asistir pues en verdad tenía muchas amistades de aquellos años, y pensaba yo que sería agradable darles a conocer mi nueva condición como mujer travesti, pero sobre todo quería literalmente parar de culo a una de las niñas que ya habían confirmado su asistencia, una vieja enemiga con la que tuve problemas por un chico. El lugar seleccionado fue una céntrica cantina de ambiente mixto en las inmediaciones del zócalo de la CDMX.

    Así que con toda la intención de dejar con el ojo cuadrado a esa excompañera me decidí a ir vestida de infarto esa noche. No tenía planeado irme a la cama con ninguno de los confirmados, y además tenía novio, por lo que mi ropa interior está por demás, pero para mí vestimenta exterior decidí usar un pantalón de mezclilla con pretina ancha, ósea el pantalón me llegaba por encima del ombligo, era en corte colombiano por lo que su tela push up ayudaba a moldear la figura y a mantener bien paraditas mis gordas y deliciosas nalgotas, al no tener bolsas atrás, mi gran retaguardia se miraba redondita y en verdad apetitosa, seguro cacharía a más de uno de mis excompañeros de babosos mirándome el culo, en la parte de arriba escogí un sencillo top de tirantes en color negro, el bra Magic push ayudaba y hacia su tarea pues me regalaba la visión de un lindo escote, también escogí una linda torerita de mezclilla al mismo tono que mi pantalón, unas botas de piel negra corte a la rodilla con tacón de 10 cm ayudaban a levantar aún más mis respingonas y gordas nalgas.

    Maquillaje en tonos oscuros poniendo como siempre especial atención en mis ojos y mis pestañas, y claro una coleta en la parte superior de mi cabeza, ayudó a estilizar y resaltar mis femeninos rasgos faciales, un par de argollas redondas en mis orejas, un collar de plata con un hermoso dije de oro con mi nombre en letras cursivas y pulseras y anillos de fantasía complementaban a la perfección mi aspecto. Por último un bolso a tono con mis botas y lo indispensable para sobrevivir (cartera, dinero, celular, chicles, llaves, etc.) ni siquiera paso por mi cabeza incluir condones ni lubricante, pues en ese momento en verdad me estaba esmerando por mantener una relación fiel con mi novio, por desgracia no podía acompañarme pero me prometió que iría por mi al final de la noche o en cuanto yo le marcará.

    En fin, la velada comenzó de manera tranquila, para mí pésima suerte la niña a la que quería ver cancelo de última hora, algunos problemas de salud con su bebé, de inmediato me sentí mal conmigo misma, pues entendí que ella había seguido su vida y yo debía hacer lo mismo y enterrar cuanto antes viejas tonterías de la época universitaria. La que si se quedó con el ojo cuadrado fui yo, cuando llegó uno de mis excompañeros, así intentaré describirlo:

    Varonilmente atractivo, 1.85 m, moreno casi negro, robusto, espaldón, brazotes, manotas. Su vestimenta fue lo único que debió desagradarme, pero a él en específico le iba muy bien ese look como de ranchero (ya saben, camisa a cuadros y pantalón de gabardina ajustadísimos, botas pipecas, sombrero y cinturón con hebilla gigante). Yo no lo reconocí de inmediato pero mi sorpresa fue aún mayor cuando otro de los muchachos lo saludó efusivamente, pues literalmente grito su nombre:

    -Estebannn!!! Qué bueno que pudiste venir mano!!

    Cómo??? Esteban?? Ahhh pero claro!! Válgame, era Esteban! Mi Esteban… si, ese Esteban del que pueden leer en alguno de mis relatos anteriores, si el mismo al que se la mame en los baños de la universidad, fui de las primeras a las que saludo y al final después de saludar a todos se fue a colocar a un lado mío habiendo aun muchos lugares vacíos, lo que me dijo en mi cabecita que quizá de alguna manera él se había sorprendido por mi tanto cómo yo por él. Supongo su mayor sorpresa fue al momento en que comenzamos a charlar, fue más o menos así:

    E- Hola, disculpa que no te saludé por tu nombre, pero es que en verdad no reconozco quien eres…

    P- Hola… no te preocupes, soy yo… Pau…

    E- Pau… Pau… ay wey eres Pau??

    P- Hahaha!! Si soy yo, y si quieres saber algo, yo tampoco te reconocí hasta que Armando grito tú nombre y casi casi se te aventó a los brazos…

    E- Si ese Armando, es con alguno de los que he mantenido más contacto, además surto su casa y su deportivo de gas.

    P- Sigues en lo del gas con tu papá?

    E- Bueno si sigo en lo del gas, pero mi papá falleció algunos años atrás, ahora es mío.

    P- Ohh lamento lo de tu papi… y lo otro me da mucho gusto, con razón te miras en tan buena condición física.

    E- Gracias, mira que tú…

    P- Yo que???

    E- Nada… descuida…

    P- Y como te va en la vida? Hijos, esposa, novia?

    E- Algunos hijos, alguna esposa… algunas novias… Y tú?

    P- Ah ok!! Tengo novio… no tengo hijos por razones del destino…

    E- Y a que te dedicas tú?

    P- Ahora mismo estoy empezando un negocio de ropa de dama…

    E- Oh ya… y aún vives con tus papás?

    P- No, ahora vivo en los edificios de Tlatelolco… conoces?

    E- Si claro, yo llevo gas a la zona..

    P- Neta?

    E- Si neta… es más, si un día te falta gas, llámame te lo llevo!

    Esteban me dejo una tarjeta con su número celular y comenzó a platicar de cosas triviales con algunos de los otros ex compañeros, de esta manera la velada transcurrió normal, casi podría parecer que no llame la atención de Esteban ni el la mía… casi, salvó por alguna que otra vez que nos descubrimos mirándonos mutuamente con cierta lujuria mutua, y es que quizá la cerveza que transcurrió durante las horas de la reunión me desinhibió, y al mismo tiempo me hizo recordar la tarde de ese receso en aquellos baños con Esteban y sus otros 2 amigos, en la época de la Uni, para esa época Esteban estaba ya bien bueno, pero ahora ya no se miraba como un joven con buen cuerpo, ahora era un hombre hecho y embarnecido y el esfuerzo físico que hacía a diario en su trabajo se notaba, además recordaba que la dotación de Esteban no era nada despreciable y ese pantalón que llevaba esa noche no ayudaba en nada a disimular su morena dotación, por lo que fui sorprendida en varias ocasiones por el mirando su abultada entrepierna.

    En fin, cuando terminó la reunión Esteban se fue con Armando y otro excompañero de nombre Juan, supongo a continuar la noche, todos fuimos invitados pero yo preferí retirarme, le hable a mi novio y fue por mi, esa noche me cogió cómo casi siempre pero de pronto me sorprendí a mi misma fantaseando con Esteban, hasta allí no lo considere tan mal, pues si fantaseaba momentáneamente con alguien que me había agradado a la vista pero el que me cogía al final era mi novio, así que no había infidelidad… aún.

    Días después y juro que no fue planeado, simplemente un descuido tonto, me quedé sin gas. Llame a mi compañía de gas y quedaron en enviarme un tanque a eso de las 9 AM, perfecto! Llegaré tarde al negocio, que más podría salir mal? Pues que dieron las 9, las 10, las 12, y estos del gas que no llegaban, llame para saber qué onda 3 veces y la operadora se comunicaba con ellos y lo único que obtenía por respuesta era: descuide por favor, van en camino. Frustrada como me sentía fue que me acordé de Esteban y su ofrecimiento. Entonces rebusque su tarjeta en mi bolso que llevaba la noche que volví a verlo y sin ningún tipo de malicia ni plan le marque al número que venía impreso, el mismo fue quien contesto y fue algo así:

    E- Hola buenas tardes?

    P- Hola? Esteban?

    E- Soy yo, quien me habla?

    P- Soy Pau… de la Uni…

    E- Hola Pau!! cómo estás?

    P- Bastante mal… Me quedé sin gas!! Necesito tu ayuda…

    E- A pues vaya que estás en tu día de suerte! Ahora mismo estoy de este lado de la col. San Simón, si te urge mucho te lo llevo y estoy contigo en 5 minutos.

    P- No sabes neta como te lo agradecería! Mira la hora y no me he bañado!!! Ya debería estar en el negocio!!

    E- Por supuesto, una debe ir linda y bañadita… descuida guapa, ya mismo estoy contigo. En qué edificio estas?

    P- 2 de abril, depto. 541

    E- Voy para allá.

    Menos de 5 minutos y por el interfono se anunció Esteban que estaba tocando el timbre de mi departamento, me sorprendió mucho que el mismo lo trajera y no lo hubiera mandado con uno de sus ayudantes, hasta ese momento me percate que aún estaba en pijama, un diminuto short de licra y una playerita sin mangas, demasiado sugestivo y muy tarde para ponerme algo más, así que solo me enfunde en una batita de seda y presione el interruptor que abre la puerta eléctrica y en no más de 3 minutos tocaban a mi puerta, Esteban no pudo evitar mostrar su sorpresa, yo no pude evitar comenzar a temblar recordando las circunstancias en las que había estado con el y sus amigos…

    E- Buenos días señorita, aquí le traigo su pedido.

    Me dijo intentando poner un poco de humor al momento, pero al mismo tiempo escaneaba con su mirada descaradamente todo mi cuerpo, intenté comportarme, sin embargo fue obvio que logró sonrojarme además de que no pude evitar también recorrerlo con mi mirada y seguro que se percató que mi mirada se detuvo un par de segundos a la altura de su entrepierna, entonces como pude conteste:

    P- H… hola Esteban, gracias por venir.

    E- Por nada guapa, a donde te lo pongo?

    P- Me lo puedes meter hasta adentro? (Ya lo había dicho cuando me percate de que había sonado a doble sentido)

    E- Si, claro que sí…

    P- Pasa, es por aquí…

    Lo dirigí a la sotehuela, seguro que el camino clavo su mirada en mis nalgotas protegidas solo por la seda de mi delgada bata, el acomodo e instalo el tanque sin mayor dificultad, me pidió que abriera la llave de paso a la estufa para comprobar fugas, así que yo tuve que agacharme un poco para alcanzar la manecilla, de pronto el me agarro de la cintura y me comenzó a restregar su miembro. Intenté separarme de momento, y dije:

    P- Eeesteban… que te pasa?? Déjame!!

    E- Mmmmmm… no te hagas… Me deseas tanto como yo a ti desde que volvimos a vernos… además si me llamaste por teléfono, y si me recibiste vestida así es porque tienes ganas de una buena cogida!!

    Yo me quede muda, sin saber que responder. Esteban definitivamente tenía la intención de hacerme suya en ese momento y yo a pesar de intentar ser fiel a mi novio, me sentía atraído por este macho moreno semental, Esteban volvió a decir:

    E- Jajajaja!! Te has quedado muda mamita!! Pues espera a que veas otra vez mi negra vergota, apuesto a que fantaseaste con ella desde aquella noche en que no me dejabas de mirar el bulto…

    Yo estaba en shock, no atine a negar nada de lo que él me decía, y supongo que eso le hizo sentir empoderado, así que Esteban me volteo hacia el quedando mi cara de frente a él, mientras el mismo bajaba el cierre de su pantalón y apartaba la tela de su bóxer, y entonces fue inevitable, ante mi mirada volvió a aparecer por segunda vez en mi vida una vergota morena y gorda, de aproximadamente 18 cm de largo, gruesa y venuda, yo quede asombrada, cómo si fuera la primera vez que la veía, incluso se miraba más rica que como la recordaba, más madura… Más grande!! de pronto parecía predestinada a serle infiel a mi novio con este moreno vergón… Esteban dijo:

    E- Te gusta mami??? Veo que te has quedado muda!! Así que no pongas resistencia que tengo ya varios días sin coger y como sea vas a ser mi hembra hoy…

    Y en verdad no podía oponer mucha resistencia, con los pocos jaloneos que me había dado hasta el momento era evidente que Esteban era muchísimo más fuerte que yo, era un tipo enorme, y su musculatura no era en vano, si cargaba un tanque de gas con mucha facilidad era obvio que mis 60 kilitos serian un chiste para este macho, además el venía de pueblo y estaba educado a la antigua en donde los hombres tomaban lo que querían por la buena o por la mala, y no quería que se pusiera violento pues no sabía si por su calentura sería capaz de golpearme , y para ser sincera ese enorme pene moreno me hacía recordar cosas deliciosas en aquellos baños de la facultad, por lo que me estaba poniendo cachonda al mismo tiempo en que intentaba actuar para protegerme. Esteban comenzó a besarme y a manosearme, yo paraba más mis nalgotas y poco a poco empecé a corresponder a sus besos, mientras sentía su enorme atributo moreno por mi ombligo, entonces me digo:

    E- Veo que si quieres probar esta vergota negra!!… Te voy a coger bien rico puta nalgona… Vas a pedir verga hasta para llevar!!

    P- Está bien… si quiero probar tu vergota morena… solo déjame marcar al negocio para avisarles que voy más tarde.

    E- Mejor avisa que no irás… soy de carrera larga y después de que termine contigo no podrás ni caminar!! Yo también le llamaré a mis chalanes para que sigan la ruta…

    P- Si a esas vamos, avísales que terminen la ruta, pues tampoco me lleno así tan rápido y tú ya me pusiste cachonda!!

    Mientras ambos marcamos a través de nuestros celulares a nuestros respectivos encargados, yo no dejaba de masturbar su vergota, pues no quería que se le fuera a bajar esa deliciosa erección, las llamadas, en las que ambos mentimos fueron algo más o menos así:

    E- He muchacho, síguete la ruta con el Bray y el Pepe… voy a revisar y a taparle una fuga aquí en el servicio que subí, al rato les marco para alcanzarlos, te quedas tú a cargo…

    P- Hola? Eli? Si… oye me van a revisar y tapar una fuga que resultó… si si no te preocupes, está todo bien… bastante bien de hecho, sipi, te marco en un rato. Besitos linda.

    Colgamos el teléfono y no pudimos evitar reír a coro:

    E y P- Jajajaja…

    E- Ahora si putita, es hora que le rindas tributo a esta vergota que te va a hacer sentir bien mujer hoy…

    Mi mano nunca dejo de sobar su cosota, allí fue que me percate por completo de la diferencia de tamaños entre él y yo, pues él debía medir como 1.80 pesar no se… ammm 100 k, además de 18 cm de dotación, mientras yo mido apenas 1.62 descalza, peso 60 k y una dotación de 8 cm cuando logro tener una erección, también me di cuenta de lo gruesa que la tenía, pues mi mano no alcanzaba a cerrarse cubriendo toda su circunferencia, entonces Esteban me dijo:

    E- Dime mamita… Podrás con ella?

    P- Mmmm… no lo sé… Tú tienes una vergogota!! Pero sabes que? No me rajare…

    Esteban comenzó a desnudarse por completo, y fue a acomodarse a la sala, así sentado en el sillón con las piernas abiertas podía admirarse una vergota en verdad enorme, al final descansaban un par de gigantes e igual de morenos huevotes dignos de un toro de Lidia, ese monumento a la verga me generaba respeto, y al mismo tiempo me tenía ya muy cachonda, entonces Esteban me dijo:

    E- Ven, quiero que te pongas de rodillas y me mames la verga como solo tú sabes hacerlo, cómo lo hiciste aquella tarde en esos baños.

    No estaba en mis planes hacerme del rogar, así que como buena niña obediente que soy, me puse como él me ordeno y tome con mis dos manos esa cosota, aun así no alcanzaba a cubrirla por completo, entonces comencé a cubrir toda su enorme extensión con mi lengua, y enseguida llegó el momento de engullirla, estaba tan gorda que casi no entraba en mi boquita, Esteban no dejaba de alabarme:

    E- Que rico zorrita!! Se ve que ahora tienes más experiencia mamando verga eh putona!! Desde que te vi me di cuenta!! Y se ve que eres bien puta en la cama… Así me gustan a mí las viejas!!! Anda sigue… chúpame los huevos mamita…

    A mi me excitaba la manera en que Esteban me estaba hablando, por lo que me esperaba más en mamar su cosota, le pasaba mi lengua lamiendo toda su extensión, desde su gorda cabezota hasta sus huevotes, el me agarraba el cabello, y marcaba hasta cierto punto el ritmo de la mamada, pero al mismo tiempo me dejaba a mí llevar la batuta. De pronto Esteban me levanto bruscamente del cabello, con la misma facilidad que carga un tanque de gas cargo mis 60 kilitos y me descanso sobre sus piernas, entonces levanto mi top y con sus ásperas manotas empezó a jugar con mis pequeñas bubis, mis pezones ya estaban para ese momento totalmente erectos, Esteban les dedicaba la misma atención a estos que minutos antes le estaba yo dedicando a su virilidad, el balbuceaba:

    E- Mmmm… que ricas tetitas de niña tienes mami!! Podría estar todo el día comiéndomelas…

    Esteban estaba aferrado a mis pezones igual que un bebé, y yo sentía delicioso, así que las acercaba más a su hábil boca, intercalando mis pequeñas bubis para que ambas tuvieran la atención por igual, mientras el estaba en esto, yo masturbaba su vergota con mi manita, en verdad este hombre es dueño de un miembro bien gordo y bien grande, no pude evitar compararlo con el de mi novio al que era infiel en ese momento, el pobre quedaba totalmente humillado, pero era bien lindo y usaba buenas lociones… jijiji.. En eso Esteban metió una de sus manos por debajo de mi shortcito y empezó a pasarme sus dedos sin meterlos aún por encima de mi ansioso hoyito anal.

    E- Mmmmm… que rico hoyito tienes, se siente apretadito, o sea que tú novio no te atiende como se debe!!! Bueno, ya no debe preocuparse el socio, ahora mismo este anito va a ser atendido por un moreno vergudo… Jajaja!!

    P- Mmmm… si rómpelo con tu vergota!!

    E- Verdad que este hoyito necesita la atención de una vergota!!

    P- Mmmm… si papi, mi hoyito necesita de tu atención…

    E- Verdad que tú novio no lo llena?

    P- No papi… él es un verga chica al lado de ti…

    E- Lo vas a ver hoy?

    P- No se… no me importa ahorita!!

    E- Bueno… yo dejaré a su noviecita bien satisfecha de verga… vamos zorrita, llego la hora de romperte ese anito que pide a gritos tener mi vergota adentro….

    Tuve que separarme casi a la fuerza y me dirigí rápidamente a mi bolso de mano, de donde extraje un condón, lo abrí y yo misma se lo puse, pues en verdad parecía que Esteban no tenía planes de usarlo, y disculpen nenes, pero conmigo no hay fiesta sin gorrito. Una vez que tuve la tranquilidad del preservativo, me terminó de despojar de mi diminuto short y mi topsito que ya nada cubrían, y entonces si me monte sobre el mirándolo de frente, yo misma dirigí con una de mis manitas su hinchada vergota a la entrada de mi ansioso agujerito anal. Me sorprendió mucho cuando Esteban se quedó quieto dejándome ser, quizá era satisfactorio para el mirar a la noviecita de otro ensartarse solita en su verga, pero él solo aplicó un poco de presión para abajo desde mis caderas, el resto lo hice yo. Mis gemidos anunciaban como poco a poco como era engullida esa vergota por mis hambrientas nalgotas:

    P- Ah, ay, aaayyy, mmm, aaaah.

    E- Estas bien apretadita mami!! Ufff… Que ricas caritas haces con mi vergota adentro de ti. Te la comes bien rico Pau… no sabes cuanto quería tenerte así mamita…

    Esteban me apretaba de una manera deliciosa las nalgotas mientras yo subía y bajaba por su enorme y gorda verga, yo me apretaba mis pezones mientras gemía como una loca mientras él además me decía cosas bien perversas:

    E- Estás bien rica Paulina!! Que rica mujercita eres mamita!! Te voy a dejar bien llena de verga morena mami!! Dime qué te gusta mi verga Pau!!

    P- Mmmm, ah, siii me encanta tu vergota grande y gorda, ay, ayyy… dame más!!

    E- Dime qué te gusta más mi verga morena que la de tu novio!!

    P- Ahhyyy siiii… me encantaaa… ayyy… la tienes más grande y gorda que la de mi novio!!!

    E- Si… eres una puta Paulina… eres mi puta!! Goza zorrita… que rica nalgotas tienes mamita!! Y como aprietas carajo!!

    Esteban parecía disfrutar humillando a mi novio, sin embargo notaba que eso le excitaba de sobremanera pues me di cuenta que cada vez que yo le seguía el juego, el me penetraba con más fuerza, tal que hasta quería yo llorar por el placer que este semental me provocaba. De repente reemplazaba mis manos que pellizcaban mis pezones, para estimularlos el mismo chupándolos con verdadera maestría, a ratos me apretaba y abría mis nalgas, provocando que la penetración fuera aún más profunda, entonces yo gemía como poseída pues en esos momentos sentía que mi macho me iba a partir en dos…

    E- Ponte en 4 mami, quiero cogerte como la perrita nalgona que eres…

    P- Si papi…

    Cómo niña obediente que soy, me puse de espaldas a él, ofreciéndole una deliciosa vista panorámica de mis nalgotas, apoye mis codos sobre el respaldo del sillón y abrí bien mis piernas para facilitar la penetración, lo siguiente que sentí fue su barba picando en los pliegues de mi ano, pues se había agachado para darme besitos en mi agujerito, de pronto aspira profundo y me dice:

    E-Ahhh… Hueles a hembra Paulina!!

    Esteban se puso de pie y comenzó a restregarme la hinchada cabeza de su vergogota por mis nalgas y por mi dilatado agujerito, de pronto me agarra fuertemente por las caderas y empieza a empujar sin misericordia, yo gemía y decía:

    P- Ay, aaayyy, madre mía!! Que vergota!! Más!! Masss!!! Métemela hasta adentro!! Ahhh Estebannn!!!

    E- Así puta!! Me excita que me pidas más verga!!! Si que eres una gritona eh!!… ya me decía yo cuando volví a verte, esa Paulinita a de gemir y gritar bien rico cuando tiene una verga entre sus nalgotas…

    P- Si papi… pero solo con una buena verga como la tuya!! El pito chico de mi novio ni cosquillas me hace!! Ayyy… ayyyy!!

    De nuevo caí en la cuenta de que le excitaba humillar a mi novio, pues subió una de sus piernas y apoyo su pie en el sillón, recargo sus manos en mi espalda para que me agachara y con esto hizo que mi culo quedara más levantado mientras me perforaba con su vergota hasta el fondo de mis entrañas, Esteban me hacía ver estrellas por el placer… ni siquiera era capaz de articular una palabra.

    P- Ah, aaayyy, que grandeee la tienes papiii!!! Aaay…

    E- Voltea Paulina… quiero ver tu carita mirándome mientras te doy verga!!

    Simplemente no podía negarle nada a este macho, así que lo complací y gire mi cara hacia él, también fue erótico para mí ver la cara de Esteban, con su gran mueca de satisfacción mientras embestía con fuerza penetrándome a su antojo, yo gemía, gritaba, pedía más, perdí la cuenta de mis orgasmos anales, estaba delirando, me hacía sentir en las nubes, él me dijo:

    E- Si Paulina… esa carita de putona me encanta!! Hasta tus ojitos se te van del gusto verdad?? Te gusta tener mi verga dentro de ti?

    P- Ayyy… si!! No hay nada mejor que tener tu vergota grande y gorda dentro de mi!!

    Esta nueva inyección a su ego hizo que Esteban me cargará cómo si nada, y aún con su verga dentro de mí se giró cargándome y se sentó en el sofá, quedando yo de espaldas a él, e hizo que pusiera mis pies a ambos lados de sus muslos, mis manos buscaron apoyo y lo encontraron en su fuerte abdomen, con una fuerte nalgada me indico que no dejará de moverme, así que comencé a brincar sobre su vergota. Esta posición era difícil de hacer con mi novio, porque las diferencias entre ambos eran enormes hablando de dotación de centímetros de verga, pero ese no era problema para Esteban, el me hacia sentir una verdadera hembra en celo. De pronto volvió a ordenarme que me levantará y me dijo:

    E- Vamos, recuéstate mamita… Quiero cogerte piernas al hombro…

    Era increíble la vitalidad de este hombre… era como un semental que no había sido deslechado en mucho tiempo. Y esto a mí me daba más placer, así que sentía la obligación de satisfacerlo sexualmente como hembra. Me recosté en el sillón y el acomodo su gorda verga en la entrada de mi hoyito de placer, y comenzó nuevamente a penetrarme. En esta posición ambos podíamos deleitarnos mirando la cara de placer del otro, en esta posición ya no duramos mucho, yo ya no eyacule, pero Esteban llegó a su merecido clímax, cuando lo hizo nos quedamos tumbados en la alfombra en medio de la sala, empezamos a platicar:

    E- Siempre me quedé con ganas de cogerte Pau…

    P- Siempre me gustaste, ahora me gustas más… debiste pedirlo

    E- Por desgracia ahora estoy casado… podría seguirte viendo?

    P- Jajajaja… Claro que si… no soy celosa… además te pediré el gas siempre a ti a partir de hoy.

    E- Me parece perfecto! Pretexto perfecto para visitarte.

    P- No hay mejor servicio de gas que el tuyo!! Llamas, vienen rápido, te lo trae un morenote que lo sube hasta tu casa… te coge!! Servicio completo!!

    E- Es tardísimo tengo que alcanzar a mis muchachos… tú vas a tu negocio?

    P- Ammmm… A ver… estuvimos cogiendo casi 2 horas, estamos todos sudados, no me he bañado… tengo hambre. Creo que deberíamos darnos un baño juntos, comemos, y si quieres después puedes irte… Yo hoy me iré de pinta!!

    De esta manera Esteban se quedó conmigo el resto de la tarde, en efecto nos metimos a bañar juntos y en la regadera le di una tremenda mamada de verga que culminó con otra soberbia cogida de el para mí… no se fue de mi casa sino hasta casi las 7 pm. Tanto en su celular como en el mío había una cantidad impresionante de llamadas y mensajes.

    No pude volver a ver a mi novio en ese momento, pues en verdad una vez bastó para que me diera cuenta que no importa si una persona es bien linda conmigo, soy tan puta que me mueve más una verga grande… que se puede hacer?

    Besitos.

    Pau

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  • Todos se cogen a mi mujer

    Todos se cogen a mi mujer

    Nota del autor: En tiempo de cuarentenas, les comparto un relato mucho más extenso de los que suelo subir. Pero no se asusten. Tienen la opción de leer todo, o sólo algunos capítulos. Recurrí al viejo truco de la historia adentro de la historia. Espero no haberlo hecho demasiado mal. Ojalá lo disfruten, y por favor, ¡Quédense en casa!

    La historia comienza así:

    1

    Si dijera que hace seis meses descubrí que mi mujer me era infiel, no sólo estaría engañando al lector, sino que estaría incurriendo en la misma falta en la que caí durante todo mi matrimonio: estaría mintiéndome a mí mismo.

    Fue la propia Valeria (¿Existe nombre más infiel que Valeria?) la que dejó el celular sobre la mesa ratona de la sala de estar, cuando se fue a bañar, esperando a que yo me dignase a aceptar la verdad. El aparato negro descansaba sobre la madera, cuando de repente se encendió, al mismo tiempo que vibró. Yo escuchaba el agua de la ducha correr. Valeria ya estaría completamente desnuda, con su cuerpito menudo pero sinuoso, recibiendo el agua tibia. Su cabello castaño estaría empapado, y su piel blanca comenzaría a ser recorrida por el jabón. En nuestros años dorados, yo esperaría unos minutos, me desnudaría, iría al baño, correría la cortina, y me metería en la bañera para ducharme junto a ella. Pero esos tiempos ya pasaron. El celular sonó de nuevo. No había un motivo concreto que me instase a revisarlo. Más bien había varios indicios. Y como en los crímenes (y ella cometió muchos crímenes), estos indicios, que individualmente parecen insignificantes, en su conjunto resultan muy sugestivos.

    El primer indicio fue la disminución de la frecuencia con que manteníamos relaciones sexuales. Eso sería perfectamente normal para una pareja de treintañeros que ya pasaron la etapa de la lujuria desenfrenada, sino fuera porque fue acompañada por otras señales: su repentino mal humor; sus encuentros con amigas, cada vez mas frecuentes, y en horarios intempestivos; su renuencia a decirme cómo le había ido durante el día; su inexplicable gesto culposo en las noches en que estaba de buen humor y hacíamos el amor; y sus mensajes misteriosos que iban seguidos de una sonrisa alegre y seductora que a mi no me dedicaba hace tiempo.

    Todo esto me llevó a que, contrario a mi personalidad respetuosa y confiada, decidiera husmear en la intimidad de mi mujer. Agarré el celular. Deslicé el dedo pulgar sobre la pantalla, hacia abajo, para ver las notificaciones. Noté que le habían llegado tres mensajes de WhatsApp, en dos chats diferentes. Sin poder contenerme, abrí la aplicación. Al ver los nombres de quienes le escribieron supe que no me iba a encontrar con nada bueno. El primer mensaje lo había mandado “P”, y el segundo “L”. Por las fotos de perfil supe que ambos eran hombres. “P” le había mandado un emoticón de una carita con corazones en lugar de ojos, sin embargo, antes había enviado otro mensaje que no se veía en la pantalla principal. “L” le había escrito “¿Cómo estás hermosa?, te quería decir…”, y para saber cómo seguía el mensaje, sólo debía tocar la pantalla.

    Podría haber dejado el celular en la mesa y que todo continúe como estaba. Me convencería a mí mismo de que esos dos, sólo eran unos tipos con los que Valeria tonteaba. Yo mismo tenía compañeras de trabajo con las que nos dejábamos seducir mutuamente, sin llegar a nada concreto. Quizá debí hacer eso, y continuar con mi vida. Pero no pude, necesitaba saber toda la verdad.

    Abrí el chat de “P”, el primer mensaje era corto pero contundente. “La pasé genial con vos la otra noche, no veo la hora de tenerte de nuevo entre mis brazos”, y seguido estaba el emoticón ya mencionado. Caí sentado sobre el sillón. Miré a los costados, como avergonzado de que alguien estuviese observando mi patético desmoronamiento. El sonido del agua de la ducha se seguía escuchando, pero ahora la mujer que estaba bajo el agua era una infiel comprobada. Las sospechas fueron confirmadas, los indicios dieron en el blanco, la verdad salió a la luz. Sentí que me bajaba la presión, tenía ganas de romper todo, pero mi cuerpo no reaccionaba. Sólo me quedé sentado, leyendo una y otra vez el mensaje. Comencé a temblar, y me largué a llorar.

    Luego recordé que había otro mensaje.

    Me sequé las lágrimas con la manga de mi camisa y abrí el mensaje de “L”. uno pudiese pensar que luego de leer el primer mensaje, no habría nada que me asombrase, ni me golpease emocionalmente más fuerte que lo anterior. Yo ya estaba abatido, estaba tocando fondo, y cuando uno está en el fondo, no puede caer más bajo. Pero claro que se puede. El mensaje de “L” decía lo siguiente: “¿Cómo estás hermosa? Te quería decir que ya leí el relato que escribiste sobre nosotros. Me encantó cómo detallaste cada momento que pasamos. Además, leí varios de tus otros cuentos. Me encanta que seas tan puta. ¿Venís mañana a casa? Te tengo preparada una sorpresa”.

    Mi cabeza comenzó a dar vueltas. ¿Relatos? ¿Qué relatos? ¿y por qué le decía puta a mi mujer? ¿Acaso no alcanzaba con habérmela quitado? ¿Cómo se atrevía a tratar de puta a la chica dulce que me había costado tanto llevar a la cama por primera vez? Y la pregunta mas devastadora que me repetía ¿Acaso a ella le gustaba que la traten así?

    – Andrés ¿Qué te pasa? – Escuché decir a una voz ponzoñosa a mi espalda.

    Valeria se puso frente a mí. Vio mis ojos rojos, y el celular en mi mano.

    – Por fin te avivaste. – me dijo. – Dame el celular.

    Yo no reaccionaba. Ella me lo quitó de la mano, y se lo guardó en el bolcillo. Se metió al cuarto, y al instante salió con una cartera.

    – Valeria ¿Qué significa todo esto? ¡Qué carajos pasa! – Alcancé a balbucear.

    – Voy a dormir a lo de mamá. En estos días mando a buscar mis cosas.

    Se dirigió a la puerta. Yo la miré marcharse, con la boca abierta, totalmente impotente, hasta que cerró la puerta a sus espaldas.

    2

    Me costó no perder la cordura. Cuando volví en mi (al menos en parte), salí a la vereda, pero Valeria ya había desaparecido. Llamé a su celular, pero lo había apagado. Traté de tranquilizarme. Debía subir al auto, e ir a buscarla. Si salía tan alterado como estaba, podría sufrir un accidente. Me lavé la cara, y respiré hondo y exhalé una y otra vez. Fui a la cochera, pero me había olvidado las llaves, así que tuve que volver a buscarlas. Luego abrí la cochera, saqué el auto, y me detuve a esperar a que el portón corredizo cerrara bien. Lo único que me faltaba era que ese momento se torne aún peor al sufrir un robo. Por suerte la puerta cerró sin inconvenientes, pero ya había perdido muchos valiosos minutos.

    Conduje lo más rápido posible, pero me comí todos los semáforos en rojo. Valeria no podía irse así. No podía dejarme así. Nuestra relación de amor, nuestro matrimonio, no podía culminar luego de ver esos malditos mensajes de sus amantes. Ella debería dar la cara. Tendría que mirarme a los ojos, y explicarme por qué me traicionó, quiénes eran esos tipos, con cuántos hombres me había engañado, y desde cuándo. No podía dejarme sin respuestas.

    Media hora después llegué a la casa de mis suegros. Toqué el timbre varias veces, y golpeé la puerta, como un desquiciado, hasta que salió doña Beatriz a recibirme.

    – ¿Dónde está Valeria? – Pregunté.

    – ¿Valeria? Acá no está, ¿Pasó algo? – Me dijo ella.

    Ahora, sentado frente a mi computadora, con mis sentidos más despiertos, y mi cabeza más ordenada, me doy cuenta de que la cara de asombro de mi suegra no era fingida. Ella realmente no sabía dónde estaba Valeria, e incluso estaba un poco asustada por el estado eufórico en que me encontraba. Sin embargo, en ese momento no reparé en ello. La hice a un lado de un empujón, que por suerte no fue muy brusco. Ingresé a la casa. Don Román me miró con sorpresa, por encima de sus lentes. Ni siquiera lo saludé. Subí hasta la habitación que solía ser de mi mujer en su adolescencia. No estaba. Revisé el cuarto de mis suegros, los baños, hasta los roperos. No había rastro de Valeria.

    – Haber hombre, tranquilizate. – Me dijo don Román. – Valeria no vino para acá ¿Qué te pasa?

    Yo estaba muy agitado, y por otra parte no sabia qué contarles, y qué no. Mis suegros esperaban mis palabras con cara de suma preocupación.

    – Nos peleamos. – dije, tartamudeando.

    – Mas vale que no hayas lastimado a mi nena. – dijo Beatriz.

    – Pero no mujer. – me defendió mi suegro. – Andrés se habrá mandado una macana y Vale se habrá ido una noche para escarmentarlo.

    – Pero nunca tuvieron una discusión tan fuerte como para que se vaya de su casa…

    – Siempre hay una primera vez – acotó don Román. – ¡a ver, decí algo pibe! – exigió luego, dirigiéndose a mí.

    – Es cierto, me mandé una macana. – mentí. – me asusté mucho, pero seguro que vuelve esta misma noche.

    Me costó sacármelos de encima. Les prometí que cuidaría de su nena, y no la haría renegar más. Y les aseguré que les avisaría apenas sepa algo. Román, más calmado que mi suegra y yo, aseguró que Valeria debía estar en la casa de alguna amiga, que la deje en paz por unas horas. Yo accedí, y me subí al auto.

    Llamé a tres de sus mejores amigas. Les mentí, diciéndole que quería comunicarme con mi mujer, porque parecía que se había quedado sin batería en el celular. ¿Está con algunas de ustedes? Todas negaron, y me parecieron sinceras.

    Volví a mi casa, derrotado. ¿Qué carajos había pasado? Mi matrimonio acababa de romperse en mil pedazos, y yo estaba con la terrible incertidumbre de no saber cómo seguiría mi vida. Necesitaba respuestas. Necesitaba la verdad.

    Entonces recordé el mensaje de “L”, uno de sus dos amantes (vaya a saber cuál era el número real) “¿Cómo estás hermosa? Te quería decir que ya leí el relato que escribiste sobre nosotros. Me encantó cómo detallaste cada momento que pasamos. Además, leí varios de tus otros cuentos…” decía el comienzo del maldito mensaje. Entre tantos golpes de realidad, esa alusión a los relatos me había quedado clavado en la cabeza.

    Recordé que en nuestros primeros meses de noviazgo Valeria me había confesado que escribió varios relatos eróticos, y los había publicado en internet. Tenía muchas fantasías con uno de sus profesores de secundaria, y se había desahogado escribiendo al respecto. Yo leí esos cuentos dedicados a su profesor, y unos cuantos más. Nos reímos del asunto, y ella me aseguró de que eran sólo fantasías. Pasaron más de cinco años de aquello. Cada tanto lo comentábamos y nos volvíamos a reír del asunto. Pero de a poco me fui olvidando del tema. Tanto así, que recién cuando vi el mensaje de “L” me volvieron a la mente aquellos relatos eróticos, un tanto inocentones.

    Por lo que entendía, Valeria había escrito sobre su encuentro con “L”. es decir, en la red, miles de personas leyeron detalle por detalle, cómo mi mujer me metía los cuernos. ¿Acaso esto podría ser más humillante? Preferí no responder a esa pregunta, porque temía a la respuesta.

    Decidí buscar ese relato. Ahí estaba la verdad. Pero había un problema. No recordaba en qué páginas publicaba los relatos, y mucho menos su alias. Lo que hice fue empezar de cero. Coloqué “relatos eróticos” en el buscador. Aparecieron un montón de páginas diferentes, muchas más de la que esperaba. Abrí las primeras diez páginas en una pestaña cada una. Hice un rápido recorrido por las portadas de cada página. Luego me aseguré de ir a la solapa de últimos relatos, y ahí comencé a buscar con paciencia. Si bien no recordaba el alias de Valeria, si lo leía, seguramente lo recordaría. Ahora bien, si cambió de seudónimo debería pensar en un plan B.

    Por asombroso que parezca, mi búsqueda detectivesca calmó un poco mis nervios, y apaciguó mi tristeza. Me sorprendió ver la cantidad de relatos de incesto que había. Y otros tantos de violaciones, y otro tipo de perversiones. Esa gente estaba enferma, y mi esposa estaba entre ellos.

    Leí uno por uno los títulos y sus autores. Ninguno de ellos llamaba mi atención. Fui cerrando, decepcionado, pestaña tras pestaña. Aunque, por ridículo que parezca, tomé nota mental de algunos de los relatos. Tal vez otro día los leería.

    Ya había revisado las diez páginas que había abierto, y no sólo los últimos relatos, sino todos los que se publicaron durante el mes, sin éxito alguno. Ya era medianoche, y me preguntaba si no era hora de abandonar esa locura. Pero si lo hacía, me vería obligado a volver a la cama, y releer una y otra vez aquellos perversos mensajes, y llamar a Valeria sin éxito alguno. Mejor era distraerme.

    Abrí cinco pestañas más, con otras páginas. La tercera resaltaba sobre todas las anteriores, porque tenía un diseño muy elegante, y los relatos tenían mucho más vistos que sus competidoras. Era algo así como la Facebook de las páginas de relatos eróticos. Leí lentamente los títulos, con el terrible presentimiento de que mi búsqueda estaba a punto de llegar a su fin. Y en efecto, ahí estaba un relato muy sospechoso. “Me encontré con un lector”, decía, y estaba firmado por una tal Ninfa123.

    El alias no me sonaba, pero como dije, pudo haberlo cambiado. Por otra parte, el título era muy sugerente. El relato se había subido el día anterior. “L” había dicho que acababa de leer el relato que Valeria escribió sobre su encuentro. La fecha coincidía, y el título del relato bien podría referirse a “L”. Demasiadas coincidencias. Sólo tenía que hacer clic para confirmar la verdad.

    3

    Los dedos me temblaban. Deslicé el mouse hacía el link para leer el relato. Sin querer, cliqué antes de llegar al título que pretendía abrir, y para colmo, se abrió otro relato. El wi-fi andaba lento, así que debí tener paciencia. Volví a la página anterior, y esta vez sí, hice clic sobre aquel relato turbio.

    Comencé a leer, línea a línea, y cada vez que me internaba más en ese texto perverso, mi incertidumbre iba desapareciendo, para dejar paso a la terrible verdad. La noche estaba silenciosa, o quizá era mi profundo ensimismamiento el que no me dejaba oír los ruidos nocturnos. Mi cabeza sólo se ocupaba de absorber esas palabras, y de imaginar, con lujo de detalles, cada escena. El relato decía así.

    Me encontré con un lector

    No suelo dar mucha importancia a los mails que recibo de mis lectores. La mayoría busca llevarme a la cama, creyendo que soy muy fácil – No se rían, no lo soy – Pero si realmente prestaran atención a mis relatos, se darían cuenta, de que, salvo contadas excepciones, soy yo la que elige con quién me voy a encamar. Además, suelen decirme cosas vulgares, con las que ni en sueños me seducirían.

    Pero con Leandro fue diferente. Me intrigó que solo me escribiera para felicitarme por el último relato que subí. Le di las gracias, y le pregunté si no le parecía mal que una mujer casada actúe como yo. Él se sorprendió, porque estaba convencido de que mis relatos eran ficticios, y hasta insinuó que le estaba mintiendo. Eso hirió un poco mi orgullo, así que le aseguré que mis relatos eran cien por ciento reales. Él me respondió que, si de verdad era tan putita, le parecía perfecto.

    Durante varias semanas chateamos, hablando de cosas ajenas al sexo. Yo le expliqué de lo mal que estaba mi matrimonio, de mi necesidad de conocer a otros hombres. Me invitó a salir varias veces, pero lo rechacé. No es que dudara de serle infiel a Andrés. Ese límite ya lo había cruzado hacía rato. Pero ¿Qué pasaba si no me atraía físicamente? Le confesé esto, y me propuso encontrarnos en un café, para charlar un poco, y si nos atraíamos físicamente igual que nos atraíamos virtualmente, quizá podríamos pasar un buen momento juntos. “¿Y vos no tenés miedo de que yo sea una gorda horrible?”, le pregunté, para chicanearlo. “No lo creo, pero si fuese así, también tengo derecho a dar marcha atrás, jaja” contestó Leandro.

    Acordamos encontrarnos al día siguiente, en un café de Palermo. Yo sabía que a dos cuadras había un hotel alojamiento. La comodidad ante todo jeje.

    Le dije a Andrés que me iba a la clase de zumba. Me miró con su carita de perro herido. Se notaba que desde hace rato sospechaba algo, pero nunca me dijo nada concreto. Me puse una calza negra bien ajustada, y un top blanco.

    – A lo mejor vuelva tarde gordi. Acordate que los viernes salimos con las chicas a tomar algo después de clase.

    – Sí, pasala bien. – me dijo.

    Ya conté varias veces lo exasperante que me resulta la cara bovina de mi marido cuando salgo sola, vestida de manera sensual. Sus ojos miopes se abren desmesuradamente detrás de su anteojo cuadrado de marco negro. Parece querer decirme algo, pero no se anima a hacerlo. Allá él, si no tiene los pantalones para retener a su mujer, se merece todo lo que le hago.

    Perdón el exabrupto. Como venía diciendo, me fui de casa, dejando a Andrés solo. Para cuando volviese, seguro me estaría esperando una rica comida en el horno, y él estaría durmiendo como un bebé.

    Leandro resultó ser un cuarentón de rasgos marcados. Era alto, tenía la mandíbula cuadrada, el pelo canoso a lo George Cloney, espalda ancha, brazos musculosos, ojos verdes y avispados. En fin, estaba muy bueno.

    Él también pareció muy conforme con lo que veía cuando me acerqué a la mesa donde estaba sentado.

    – Supongo que sos Leandro – dije – solo un pervertido usa una camisa como esa. – agregué, refiriéndome a la horrible camisa a cuadros con la que me había dicho que iba a estar vestido.

    – Por fin te conozco Ninfa123. – dijo él.

    – Debés sentirte privilegiado, a muchos lectores les gustaría meterse entre mis pantalones.

    – ¿Eso significa que este encuentro va a tener un final feliz?

    – Salvo que no sea de tu gusto.

    – Siempre tan directa. – dijo él sonriendo. – No solo sos de mi gusto, sino que superaste todas mis expectativas.

    – Me gusta que me digas esas cosas, tengo un ego insaciable.

    – ¿Tu marido no te dice esas cosas?

    – Mi marido no hace nada.

    – ¿Estamos lejos de tu casa?

    – ¿Tenés miedo? – lo provoqué.

    – Para nada, sólo preguntaba.

    – ¿Y tu esposa dónde piensa que estás? – inquirí, señalando con la mirada su anillo.

    – haciendo horas extras.

    – Que chamuyo poco original.

    – Pero muy efectivo. Mis compañeros me cubren en caso de que llame o aparezca en el local.

    – Así que sos un pirata con experiencia. – bromeé. El rió.

    – No te creas, sólo cubrí mis espaldas por esta ocasión especial.

    – No hace falta que mientas.

    – No te miento.

    – No importa. ¿Vamos?

    – ¿A dónde?

    – Pagá la cuenta y llévame al telo de acá a la vuelta. – ordené. – si te portás bien, puede que nos sigamos viendo.

    Subimos al auto, porque preferimos dejarlo en el estacionamiento del hotel. En el trayecto, no paró de manosearme las piernas y las tetas, como probando la mercancía. Yo comencé a excitarme. la sensación de vileza se apoderaba de mí, y me embriagaba. Me gustó, como tantas otras veces, sentirme una cualquiera, una puta. Me gustó sentir esos dedos ásperos y fuertes sobre mi cuerpo, mientras mi novio preparaba la cena en casa. Mis pezones se endurecieron, y mi sexo comenzó a lubricarse.

    Entramos a la habitación, mientras Leandro no dejaba de pellizcarme el culo. Yo palpé su sexo, y noté que ya estaba hinchado.

    – parece que ya estamos listos. – dije.

    Me abrazó por la cintura y me atrajo hacía él. Su erección se apretaba en mi abdomen. Acaricié su rostro, áspero por la barba que comenzaba a crecer después de una reciente rasurada. Mientras sus manos enormes se abrían para acariciar mis nalgas en su totalidad. Mis pechos erectos también se frotaban en él.

    – Mi marido cree que estoy en la clase se zumba. – susurré. – Está cocinando.

    – Sos una atorranta.

    – Soy muy mala. – dije a sus oídos, empalagosa – Soy muy mala.

    Me abrazó con mas fuerza. Cada músculo de su cuerpo se sentía con dureza sobre el mío. Parecía estar atrapada en una cárcel de músculos de la que no quería escapar. Me besó. Su lengua se metió con audacia en mi boca. Mientras lo hacía, se quitaba los zapatos. Yo lo imité. Me quitó el top.

    – ¿Esta ropita usas en la clase de zumba? – Me preguntó.

    – Sí. ¿Te gusta? – sus dedos bajaron hasta el elástico de la calza. – Me vas a tener que hacer transpirar. Así Andrés no sospecha.

    – Así que sos de las puerquitas que salen transpiradas del gimnasio. – dijo, comenzando a bajarme la calza. – Cada vez me gustás más.

    Cuando quedé solo en ropa interior, me arrodillé, y le abrí la bragueta del pantalón.

    Como ya dije muchas veces, los hombres que más me gustan son los que mas se diferencian de mi marido. Leandro era diez años mayor que Andrés, y su físico era imponente al lado del abandonado cuerpo de mi marido. Y si faltaba algo para terminar de seducirme, era la verga corta, pero gruesa, que salió como un resorte cuando bajé el bóxer. Acerqué mis labios al glande, y arrodillada, lo miré a los ojos, sabiendo que no hay hombre al que no le fascine ese detalle. Sin dejar de observarlo, me llevé ese tronco macizo a la boca. Mi lengua saboreó el espeso presemen que ya salía de su sexo. Observé cómo cambiaba su rostro al sentir la lengua y los labios trabajando. Hizo la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y apretó los dientes, al tiempo que apoyaba una mano en mi nuca, y empujaba, cada vez que quería que me la meta más adentro. Luego se sacó la camisa y la tiró a un costado.

    Me levanté, apoyé mis manos en sus pectorales, y lo empujé con suavidad hacia la cama. Leandro, totalmente desnudo, cayó boca arriba sobre el colchón. Me subí encima de él. Besé su cuello, mordí su pezón, bajé hacia su abdomen, y me reencontré con la verga venosa, colorada, que temblaba cuando mi boca volvía a su encuentro. Acaricié sus testículos, mientras lo pajeaba, y no paraba de lamer y succionar sus partes más sensibles. Los chorros calientes de semen no tardaron en inundar mi boca.

    Fui al baño a escupir el semen.

    – Sos un infierno de mujer. – me dijo cuando volví.

    – Ahora espero que me complazcas como yo lo hice.

    – Vení, acercate putita. – me dijo.

    Se arrodilló sobre la cama. Yo fui a su encuentro. Me quitó el corpiño, y después la diminuta tanga. Besó mis tetas. Apretó con los labios mis pezones. Acarició mis nalgas, y cada tanto, los dedos se metían, tímidamente, unos centímetros en mi ano. Su sexo comenzaba a despertarse lentamente, a medida que jugaba con mi cuerpo.

    – Llamá a tu marido. – me dijo. – Llamalo mientras te toco. No te preocupes, no te voy a hacer gemir. Sólo quiero escuchar cómo hablás con tu marido mientras te toco.

    – Ya sabía que me ibas a pedir eso. – dije, recordando que el relato con el cual me había conocido tenía una escena similar, cosa que generó mucho morbo entre los lectores.

    Fui a buscar el celular, y volví a la cama, a los brazos de Leandro.

    – Si me llegás a hacer gritar o gemir, te juro que te dejo con las ganas y no me ves más. – amenacé, aunque sabía que, si me iba de ahí, la que saldría perdiendo sería yo, ya que todavía no tuve mi orgasmo.

    – No te preocupes putita. Vos llamalo.

    Marqué el número de Andrés. Leandro me abrazó. Sos manos recorrieron una y otra vez, sin detenerse, todo mi cuerpo. El teléfono sonaba, pero Andrés no contestaba.

    – Parece que no tenés suerte. Habrá dejado el teléfono cargando. – dije, pero cuando terminé de hablar, mi marido contestó.

    – Hola amor ¿pasó algo?

    Leandro, al escuchar la voz de Andrés, bajó sus manos hacia mis glúteos. Los dedos se hundieron en mi piel, causándome dolor.

    – Nada gordi. Te quería recordar que hoy salgo con las chicas. – dije. Los labios de Leandro se deslizaron por el cuello.

    – Sí mi amor, ya me habías dicho.

    Ahora bajaban hacia mis tetas.

    – No no no, yo recuerdo bien que te dije que quizá volvía tarde, ahora te lo confirmo, pero quedate tranquilo que en un par de horas vuelvo.

    Los dientes apretaron delicadamente mi pezón, haciendo que suelte un débil gemido.

    – ¿Pasó algo? – preguntó Andrés, y Leandro, con la boca llena con mis mamas, rió perversamente.

    – No nada. – Nos vemos en un rato.

    – Divertite amor. – dijo Andrés.

    – De eso no tengas dudas. – dije, y luego colgué.

    Leandro me tumbó en la cama.

    – Sos un idiota, te dije que no me hagas gemir. – le recriminé, al tiempo que palpaba su hermoso tronco, que ya estaba completamente erecto.

    – No te preocupes, no fue nada. Ni cuenta se dio el cornudo de tu esposo. – se puso el preservativo y me penetró. – ¿Sos mi puta? – me preguntó.

    – Hoy lo soy.

    – Entonces decilo.

    – Soy tu puta. – grité, mientras me metía la verga en su totalidad.

    – repetilo.

    – ¡Soy tu puta, soy tu puta, soy tu puta! – dije una y otra vez, mientras me penetraba, hasta que me hizo acabar.

    Después pudo aguantar un polvo más. Nos duchamos juntos. Me cambié de ropa, y puse las prendas de zumba en la cartera.

    – Le voy a decir que me bañé en el gimnasio. No suelo hacerlo, pero no quiero que sienta tu olor en mi cuerpo.

    Me dio un beso apasionado.

    – Me encantó lo que hicimos. ¿Vas a escribir sobre esto?

    – Obvio.

    – ¿tu marido nunca sospecha nada?

    – Supongo que en el fondo ya lo sabe. ¿Me acercás unas cuadras?

    – Claro. – dijo Leandro.

    Nos despedimos a cinco cuadras de casa. Cuando llegué, había olor a carne al horno, pero no tenía apetito.

    – ¿Cómo la pasaste? – me preguntó Andrés, cuando entré al cuarto.

    – Re divertido. – dije. – Qué raro que estés despierto.

    – Sí, a veces me pasa. – me agarró del brazo y me atrajo hacia él.

    – No gordi, hoy no tengo ganas. – Me desvestí, y me acosté desnuda a su lado. Me quedé pensado en Leandro, y decidí que volvería a verlo.

    Fin.

    4

    La indignación ya no cabía en mi cuerpo. No había dudas, aquella historia la había escrito mi esposa. A pesar de que se tomó la libertad de no decir su nombre, y no dar muchas descripciones físicas, todo lo demás concordaba. El tal Leandro no era otro que “L”, unos de los que le había enviado un mensaje esa misma noche. ¿Hasta qué punto se puede llegar a desconocer a las personas cercanas? En mi caso, evidentemente, hasta niveles insospechados.

    Cada cosa que mi mujer narraba en ese relato era más perversa y dolorosa que la anterior. El desprecio hacia mi persona era mucho más grande de lo que hubiese imaginado. Incluso sabiendo que me era infiel, no sospeché que tuviera tan mal concepto de mí. ¡Qué bizarra es esta manera en que me vengo a enterar de que le desagradaba mi mirada insegura, le molestaba la supuesta dejadez de mi cuerpo y me consideraba un hombre sin pantalones! ¿Cómo pude estar tan ciego?

    Sin embargo, en medio de esta situación surreal sucedió algo aun más escandaloso, si se puede. El imaginar a mi mujer arrodillada, con su pequeño cuerpo blanco, con su cabecita subiendo y bajando cada vez que se llevaba la verga del maldito “L” a la boca; el observarla imaginariamente, a medida que avanzaba en la lectura, viendo cómo aquel hombre corpulento devoraba todo su tierno cuerpo; el saber que antes de que durmiera a mi lado, su amante manoseó cada rincón de su cuerpo y le hizo saborear su semen; el imaginar como aquel cuerpo enorme se subía encima del esbelto cuerpo de mi mujer, para penetrarla salvajemente; y principalmente, aquel llamado morboso, el saber que mientras hablaba con Valeria, ella estaba completamente desnuda en los brazos de otro, todo eso me produjeron una erección increíblemente potente.

    Mi vida ya no tenía sentido, sin dudas. Completamente desorientado, decidí llamar, a pesar de que era muy tarde, a Marcos, mi mejor amigo.

    Cuando comenzó a entender de qué le estaba hablando, se espabiló y me pidió que le cuente todo de nuevo, desde el principio. Yo recapitulé, y angustiado, le expliqué detalle por detalle todo lo que había sucedido.

    Se compadeció de mi. Me dijo que Valeria estaba loca, y que era mejor que ni me moleste en buscarla. Me dijo que siempre supo que ella no era buena para mí, pero que no se animaba a decírmelo porque sabía que yo no le haría caso. Me ofreció su apoyo incondicional, y me preguntó si quería que fuera a mi casa. Le dije que no hacía falta, pero que al día siguiente seguramente faltaría al trabajo. Si me quería hacer compañía, era bienvenido. Finalmente me obligó a jurarle que no seguiría leyendo esos relatos. Yo le prometí que no lo haría, y colgué. Sin embargo, si cuando lo llamé ni siquiera había reparado en que podría haber otros relatos, ahora que me lo mencionó no me lo podía sacar de la cabeza. Fui a tomar agua, y a orinar. Volví a la computadora. Debía hacer clic en el nombre Ninfa123 para entrar a su perfil. Ahí encontraría más verdades desgarradoras. Cliqué, convencido de que ya nada podría sorprenderme, pero por supuesto, me equivoqué.

    En su perfil ponía datos reales. Al menos su edad y su lugar de residencia lo eran: treinta años, Buenos Aires. En su presentación se describía fielmente, y explicaba lo aburrida que estaba en su matrimonio. Hasta ahora, nada nuevo bajo el sol. Lo que sí me dejó anonadado era la lista de relatos subidos a la web: había setenta y cinco. ¿Acaso eran todos basados en hechos reales, igual al relato de Leandro? Si solo la mitad lo eran, los cuernos invisibles que salían de mi cabeza eran mucho más grandes de lo que me había animado a imaginar. No pude evitar soltar una carcajada en medio de la noche solitaria.

    Había muchos títulos diferentes. Apenas terminaba de leer uno, mi vista se dirigía al siguiente. Pero hubo algunos que llamaron poderosamente mi atención.

    Uno de ellos era “Una mamada al chofer de Uber frente a mi casa”, otro era “Mi alumno se animó a tocarme”; luego estaba “Mi marido dura poco”, y finalmente, el más fuerte de todos, “Sometida por el enemigo de mi esposo, parte 4”.

    Todos estaban clasificados en la categoría de “infidelidad”, pero también tenían subcategorías. El del chofer de Uber, estaba clasificada en “sexo oral”, el texto que me dedicaba a mi, era de “confesiones”. Desde ya debo aclarar que mi duración no es la gran cosa, pero tampoco soy precoz. El del alumno era de “sexo con maduras”, y “sometida por el enemigo de mi esposo”, entraba en la terrible categoría de “dominación”.

    ¿En qué locuras se había metido Valeria? ¿Realmente le había practicado una felación al chofer de Uber frente a nuestra casa? De ser así, era muy probable que lo hiciese de noche, cuando yo estaba adentro. Era increíble el nivel de promiscuidad al que había llegado. Y siguiendo con la misma lógica, si los relatos eran reales, aquel alumno que se animó a tocar a mi mujer, habría sido alguno de los pendejos que vinieron a casa a principios de año. Valeria daba clases particulares de matemáticas. Antes del inicio del año lectivo, venían adolescentes ansiosos por aprobar el curso de ingreso de la universidad. Por supuesto, yo era tan imbécil que los dejaba solos, confiado en que ella estaría trabajando responsablemente. Pero alguno de esos niñatos tuvo un encuentro con Valeria. Muy bien ¿Qué otra humillación podía esperarme? ¿Acaso no bastaba con hablar conmigo por teléfono mientras otro la manoseaba? Por supuesto que no, también debía engañarme con un pibe recién salido de la escuela. Pero claro, eso no era nada comparado con lo que me esperaba en el último relato. Yo no tenía muchos enemigos, así que ya me imaginaba de quién se trataba, y por si eso no fuera lo suficientemente perturbador, esa historia estaba escrita en serie, y hasta ahora había cuatro partes.

    Mis ojos recorrieron velozmente los otros títulos. Pensé en leer el primero, el más antiguo. Ahí estaría explicado cómo empezó a degenerarse mi mujer. Pero los relatos mencionados arriba me llamaban mucho la atención. Decidí empezar por ellos. Pero no terminaba de decidir cuál de ellos sería el primero. Qué más daba, podría leer todos, si así lo quisiera.

    5

    Sentí de nuevo que mi verga crecía adentro del pantalón. Me lo desabroché y bajé un poco el cierre, para estar más cómodo. Los cuentos que había subido mi esposa Valeria esperaban a ser leídos. Arranqué por el más liviano, no porque su contenido no fuera potente, sino porque era el más predecible. En “Mi novio dura poco”, Valeria se explaya sobre mi falta de virilidad, sobre mi abandono físico, y mi negación a ver la realidad. Nombra a varios amantes diferentes. Entre ellos Pablo, que yo supuse que era “P”, el otro imbécil que le había escrito esa noche. Pero a estas alturas poco importaba los polvos furtivos que se habían echado sobre mi mujer. De ese texto corto, sólo pude obtener la confirmación del desprecio y la decepción que sentía mi esposa hacía mi persona. Comencé a pensar que esto que estaba haciendo (leer sus relatos) era exactamente lo que la mente enfermiza de Valeria había planeado. Su silencio inflexible era compensado, con creces, con aquellos relatos que me mostraban pasajes de su vida que hasta ahora estaban ocultos. Terminé con esa publicación y seguí con los otros tres relatos. Todos me generaban humillación y morbo. Decidí empezar por el menos interesante (menos interesante comparado con los otros dos, claro está) hice clic y el relato se abrió ante mis cansados ojos.

    Una mamada al chofer de Uber frente a mi casa

    Aunque algunos no me crean, no siempre miento. Cuando el domingo le dije a Andrés que iba a juntarme con unas amigas del profesorado, fue totalmente cierto.

    La noche transcurrió normal. Fuimos a comer a un lindo restorán de caballito. Nos dedicamos, como corresponde, a sacarle el cuero a nuestras respectivas parejas. Emilia estaba contenta por su nuevo trabajo; Juliana confesó que tenía un romance con un compañero de la escuela donde daba cases, y no se decidía entre dejar a su novio, dejar a su amante, o no dejar a ninguno; Florencia, la santurrona, la miró con indignación, y luego comentó lo bien que le iba con el troglodita de su marido. Siempre tuve cierto rechazo hacia Flor. Si no fuese porque compartíamos la amistad de Emilia y Juliana, nunca hubiésemos sido amigas. Pero más allá de eso, se comportó de manera agradable, no salió con sus discursos moralistas y religiosos. Cuando oía algo que la escandalizaba, sólo fruncia el ceño y se llamaba al silencio.

    Yo no comenté mis aventuras. No por la mojigata de Florencia, sino porque las otras dos también se escandalizarían al conocer mi faceta más promiscua. Es que hay mucha hipocresía entre las mujeres. Emi y Juli se llenan la boca hablando de la libertad sexual de las mujeres, pero una cosa era una anécdota, como la de Florencia, en donde se debatía sentimentalmente por dos hombres, u otras historias más inocentes, como la de una aventura excepcional en algún lugar remoto. Eso no estaba mal, y hasta era cool y sofisticado presumir de esas historias. Pero muy diferente serían sus reacciones, si se enteraban de todas las experiencias que viví, tan numerosas como depravadas.

    Así que simplemente les mentí, y les dije que mi matrimonio con Andrés iba muy bien, que ya éramos una pareja estable y madura, y que me sentía feliz y plena. Nos despedimos a las once de la noche. Fui la última en esperar en la vereda el Uber que había solicitado. Un hombre que se metía en su Chevrolet Camaro se ofreció a llevarme a donde quisiera. El tipo no estaba ni mal ni bien, pero el auto era increíble, y sentí una sorpresiva excitación sexual debido a ese tremendo fierro. Le dije que no, muchas gracias. Si no hubiese encargado el Uber, o si me hubiese insistido más, el niño rico podría haber sumado una conquista más en su haber.

    Llegó mi chofer. Un jovencito de veintetantos años, vestido con barato, pero elegante traje azul, sin corbata. Conducía un Fiat bastante nuevo, que seguramente todavía estaba pagando.

    – Wow, qué categoría. – dije, al ver su aspecto. – Así me voy a sentir como una niña rica con chofer propio. – Él rió.

    – ¿Querés viajar adelante? – me preguntó, mientras abría la puerta, y medio disimuladamente, me miraba las piernas. Yo vestía un enterito gris corto, y unas sandalias altísimas que hacían ver espectaculares, mis ya de por si buenas piernas torneadas. Me había planchado el pelo, y me maquillé. En síntesis, estaba muy linda.

    – Eso rompería mi fantasía de sentir que tengo chofer propio, pero está bien. – dije, riendo.

    El muchacho se llamaba Walter, tenía el pelo negro bien cortito, y su cara afeitada. Parecía un chico bueno, un nene de mamá, y era muy bonito.

    Me senté en el asiento de acompañante. Le mandé un mensaje a Andrés avisando que ya estaba en camino. En media hora debería llegar a casa. Walter parecía un poco temeroso, manejando en la avenida. Supongo que había aprendido a manejar hace muy poco tiempo. Cada vez que podía, su mirada se desviaba a mis piernas.

    – Espero que no seas un abusador. – le dije, cuando sus miradas ya eran muy obvias.

    – Claro que no, además, Acordate que nosotros estamos todos registrados.

    – Sólo estaba bromeando. – aclaré – además, si habré tenido historias turbias con taxistas…

    – Me imagino que muchos te quisieron levantar. – dijo Walter.

    – ¿Levantar? Eso no me molestaría. Un degenerado me mostró la erección que tenía. Otro me llevó por un camino que no era el correcto. Si no me hubiese bajado del taxi, andá a saber a dónde me iba a llevar, y qué cosas me hubiese visto obligada a hacer. Y otros viejos que no paraban de decirme “piropos”. ¿De verdad los hombres piensan que se pueden llevar a la cama a una chica así?

    – Algunos hombres son unos hijos de puta. -. Dijo Walter.

    – Vos parecés bueno¬¬¬¬. Será porque sos de otra generación – le dije, con una sonrisa seductora. – Sólo me mirás un poco las piernas.

    Rió, avergonzado. Su rostro adquirió color.

    – Es difícil no mirarlas. – se aventuró a decir.

    – Los hombres miran siempre. No se pueden sacar esa mala costumbre de encima. Pero yo ya estoy acostumbrada y mi marido también.

    Se hizo un silencio incómodo durante algunos segundos. Por lo visto la alusión a mi esposo lo había descolocado. El auto dobló una esquina, y retomó por Avenida Rivadavia.

    – Así que tu marido también está acostumbrado a que te miren. – dijo, al fin.

    – En realidad, no sé si está acostumbrado o simplemente no le importa. – contesté, recordando todas las veces que, mientras caminaba con Andrés por la calle; algún tipo me comía con la mirada, y él fingía no darse cuenta de nada.

    – Lo que pasa que es muy difícil salir con una chica linda. – acotó Walter. – En algún punto te tenés que hacer el boludo, porque si te vas a ofender cada vez que te miran a tu mujer, te vas a terminar agarrando a piñas cada dos por tres.

    – ¿Estás defendiendo a mi marido? – dije, fingiendo indignación.

    – No. – dijo él, sin dejar de sonreír. – sólo digo que así son las cosas. Además, también te dije linda.

    – Sí, me di cuenta. – dije, y miré hacia la carretera, sintiendo cómo me devoraba con los ojos. – Pero no me contestaste lo que te pregunté hace rato. ¿Los hombres se piensan que se pueden levantar a una mujer, así, adentro de un auto, o diciéndoles estupideces cuando se la cruzan en las veredas?

    Él se quedó con expresión pensativa, luego dijo:

    – La verdad que no soy de hacer esas cosas, pero conozco casos de amigos que tienen buenas anécdotas sexuales, en situaciones que a lo mejor te sorprenderían.

    – ¿Cómo cuáles? – pregunté, intrigada.

    – ¿De verdad querés saber?

    . Claro, pero apurate que enseguida llegamos a mi casa.

    – Bueno, por ejemplo, un amigo, Ernesto, trabajaba en un supermercado, un día fue a entregar un pedido, y se terminó cogiendo a la dueña de la casa.

    – No te creo, esas cosas no pasan. – mentí, ya que yo misma tenía historias más inverosímiles que esa. – Seguramente ya se conocían. Habrán salido un par de veces, y aprovecharon el reencuentro casual. – aventuré.

    – Se conocían, sí, pero sólo de cuando ella compraba en el super. Se ve que le tenía ganas al pibe. Ernesto es fachero, y ella ya estaba bastante veterana, aunque buen cuidada. Ernesto no es de mentir, así que yo le creo. Cuando él fue a entregar el pedido, ella lo hizo pasar. Se fue un rato y volvió en pelotas. “¿Qué iba a hacer Walter?, no iba a quedar como un puto”, me dijo el pobre de Ernesto, medio con culpa.

    – ¡Qué locura! – dije, alucinada. – ¿Y qué más?

    – Bueno, otro amigo trabaja en un boliche, en la barra. Tiene la costumbre de regalar tragos a cambio de sexo oral. Te sorprendería la cantidad de chicas que aceptan hacer un pete a cambio de unos tragos gratis. El domingo pasado una chica lo hizo con todos los empleados. Cinco a la vez. Una locura.

    – Las chicas están terribles.

    – Y mi hermano se acostó con la mamá de su mejor amigo.

    – ¿En serio? ¡Esas cosas no se hacen! – dije, fingiendo indignación.

    – Lo mismo piensa el amigo de mi hermano. Hasta el día de hoy no se hablan.

    – De todas formas, creo que tengo razón. Al final, ninguna de tus historias son de tipos que seducen a mujeres en medio de la calle, o en un taxi.

    – Historias de taxis hay muchas, lo que pasa es que es difícil saber cuáles son reales y cuáles no.

    – ¿Y vos? – pregunté – ¿Alguna historia memorable? – Miré, disimuladamente, la bragueta de su pantalón. Se notaba que recordar tantas historias lo habían excitado.

    – Yo soy aburrido. Sólo tengo historias típicas. Con alguna novia, con algún amor pasajero de verano… esas cosas.

    – Todavía estás a tiempo. Sos muy chico.

    – tengo veintitrés.

    – Por eso. -dije, mientras transitábamos las últimas cuadras.

    – Ya llegamos, qué lástima, estuvo muy entretenida la charla. Ojalá todas las pasajeras fueran tan divertidas como vos.

    – Gracias. – le dije. Me acerqué y le di un beso en la mejilla, más largo de lo común.

    El auto paró justo frente a mi casa.

    – Mi marido me debe estar esperando. – dije. Apoyé mi espalda en el respaldo del asiento, como si pensara quedarme en el auto. Nos miramos a los ojos. – Me debe estar esperando en el living, viendo alguna serie. Pero no creo que salga al portón a recibirme. No es de hacer esas cosas. Ni siquiera me preguntó si ya estaba llegando.

    Walter se acercó, y me comió la boca de un beso, mientras me acariciaba las piernas. Eran las doce de la noche. El barrio estaba silencioso. Mi casa estaba con las luces internas apagadas y las persianas bajas.

    – ¿Te gustaría tener una historia para contarles a tus amigos? – le pregunté, mientras deslizaba mi mano por su pantalón. Tanteé el sexo erecto y comencé a masajearlo por encima de la tela.

    – Si, me gustaría mucho. – Me contestó, y luego me besó de nuevo.

    – ¿Te gusta? – dije, mientras aumentaba el ritmo de la masturbación.

    – Me encanta.

    – Dejame ver hacia la puerta. Si se abre y sale mi marido nos separamos y hacemos de cuenta que no pasa nada. Pero no te preocupes, no va a salir. Vos mirá al otro lado, avisame si pasa algún vecino.

    Me besó el cuello, mientras sus dedos intentaban meterse por adentro del short del enterito. Le bajé el cierre, y ahora sentía en mi mano el sexo caliente y rígido. Él me agarró de la nuca e hizo fuerza hacia abajo.

    – No. – dije. – Eso no. Necesito ver afuera para que no nos descubra nadie.

    – No te preocupes, no voy a tardar mucho, estoy a punto de explotar. – dijo Walter, al tiempo que hacía mayor presión hacia abajo.

    Malditos hombres, todos eran iguales. La caballerosidad les dura poco. Mis labios ya estaban haciendo contacto con la cabeza de su sexo, así que no me quedó otra que metérmelo en la boca. Me concentré en el glande, para que acabe rápido. Él me acarició el pelo, y con la otra mano el culo, cosa que pareció gustarle aún más que mis piernas.

    Hizo un gemido profundo y su cuerpo se contrajo, y apretó con más fuerza mi nalga, por lo que supuse que ya iba a acabar. Me erguí, y mientras volvía a masturbarlo, miré para todas partes. A dos cuadras una de las vecinas estaba paseando al perro. Rogaba que no tueviese buena visión. La pija de Walter comenzó a largar su leche, que saltó unos centímetros y cayó sobre mi mano y ensució su pantalón.

    Me limpié con un pañuelo descartable, mientras veía cómo la vecina con el perro se acercaba lentamente.

    – ¿Nos vemos otro día? – Preguntó Walter.

    – Sólo te prometí una anécdota divertida para contar. Y espero que sepas ser reservado. No des nombres ni direcciones. – le exigí, sabiendo que era improbable que cumpla con ello.

    – Está bien, no te preocupes. Gracias. – dijo.

    Me bajé del auto. Entré a casa. Andrés estaba en el living oscuro mirando una película. Si hubiese reparado en el ruido del auto cuando llegamos, y si se hubiese asomado por la persiana, me hubiera visto en acción, y así me evitaría tener que mentirle descaradamente.

    – Hola gordi. – saludé a la distancia. – ya vengo, no doy más de las ganas de a ver pis. – le mentí, porque no quería que sienta el olor a semen en mi boca o en mi mano.

    Me lavé, y me limpié los dientes, y después sí, fui a saludarlo con un cariñoso beso. Esa noche hicimos el amor.

    No creo que haya un segundo encuentro con Walter, pero en varias ocasiones vi su auto merodeando por el barrio.

    Fin.

    6

    Estaba frente a la computadora, casi desnudo. Mi bóxer había caído hasta los talones. Mi culo peludo apoyado sobre el asiento de madera. Mi mano masajeaba la verga. Me costó contener el orgasmo, pero quería aguantar hasta el final. Casi lo logro. Pero cuando leí cómo Walter eyaculaba, yo mismo empecé a hacerlo. Mi mano se quedó manchada de semen, igual que la mano de Valeria con el semen de Walter.

    Quizá debería sentir rencor hacia el conductor de Uber. Pero no me cayó mal en absoluto. Además, tenía razón en algo que dijo, y como consecuencia, Valeria estaba errada. Si yo no me molestaba cada vez que un tipo miraba sus piernas largas, o su hermosa cola con forma de manzanita, era porque eso sucedía casi todos los días. Hubiese sido absurdo molestarme cada vez que pasaba. Además, a la propia Valeria no le molestaba.

    Fui al baño a limpiarme. Intenté recordar aquella noche en que yo estaba viendo una película, mientras mi mujer se la chupaba a un desconocido a sólo unos metros de distancia. Pero el relato fue subido hace seis meses y me resultaba muy difícil identificar esa noche en particular. Además, era muy común que Valeria saliera con sus diferentes grupos de amigas, una o dos veces a la semana. Me di por vencido. Sólo debía conformarme con saber que, en una de esas noches de hace aproximadamente medio año, Valeria estaba recibiendo en su mano la eyaculación de un tal Walter. Alguna de esas noches, una vecina estuvo cerca de descubrir a mi esposa metiéndome los cuernos en la puerta de nuestra casa.

    Volví a sentarme frente a la computadora. Revisé el celular. Había recibido un mensaje de Marcos. Decía que estaba preocupado, y me repetía que no lea aquellos relatos. Le aseguré que no lo haría. Luego llamé a Valeria, pero por supuesto, su celular estaba apagado. Intenté contactara por Facebook, pero me había bloqueado. El mismo resultado obtuve con Instagram.

    De todas formas, el leer los relatos era como hablar con ella. Así que la necesidad apremiante que tenía de que dé la cara, resultaba cada vez menos razonable. Si bien no terminaba de entender, ni nunca entendería, el por qué me había abandonado así, y mucho menos, el por qué había llevado sus infidelidades a límites tan extremos, sí pude entender que yo tenía parte de culpa en el fracaso de nuestro matrimonio. Nunca reparé hasta qué punto algunas actitudes mías la irritaban. Y también fue un error garrafal no hacer caso a todas las señales que me enviaba cada vez que me era infiel. Siempre me generó ciertas sospechas sus salidas continuas, pero nunca le di la importancia que se merecía.

    Tal vez, en el fondo, siempre fui un cornudo consciente.

    Tenía mucho sueño, pero no quería ir a dormir. Me preparé un café fuerte. Tomé un sorbo largo. Abrí las pestañas de los siguientes relatos que pretendía leer. Era absurda la indecisión que surgió en ese momento, porque sabía que leería ambos e incluso algunos más. Quizá se debía a la ansiedad que se había apoderado de mí desde que empecé con el relato de “L”. Ahí estaban los dos relatos. En uno me enteraría cuál de sus alumnos se había animado a tocar a mi mujer. Alguno de esos pendejitos que pretendían ingresar a la universidad, cuando vino a mi casa, se había tomado la libertad de poner sus manos en Valeria. Me llamó la atención el título del relato. Parecía insinuar que el chico no había hecho más que tocarla. A estas alturas, conociendo a mi esposa mucho mejor de lo que la conocía hace unas horas, me resultaba difícil creer que todo quedara así.

    Por otra parte, estaba el relato “Sometida por el enemigo de mi esposo”. Este título era demasiado impactante. Ya sospechaba de quien se trataba. ¿Cómo podía haber caído en los brazos de aquel violento hombre? ¿Cómo podía entregarse a alguien que había sido tan maleducado y agresivo conmigo? Pero no debería sorprenderme. Ya nada debería sorprenderme.

    Sin embargo, este último relato tenía cuatro partes. Era mejor dejarlo para el final, como si fuese el plato principal.

    Cliqué la pestaña donde estaba “Mi alumno se animó a tocarme”. Me bajé el bóxer, convencido de que tendría otra erección.

    7

    Mi alumno se animó a tocarme

    Como todos saben, soy profesora particular de Matemáticas. Por distintos motivos, nunca di clases en escuelas, salvo algunas cortas suplencias. La docencia no es algo que me apasione, sólo hice el profesorado de matemáticas, porque mis padres, cuando yo contaba con diecinueve años, se pusieron muy insistentes con el tema de que debía hacer algo productivo con mi vida. Elegí esta profesión porque no me iba mal en matemáticas, y era una carrera más corta que una universitaria. Sin embargo, nunca tuve grandes habilidades pedagógicas, ni tampoco sentía una gran atracción por los niños pequeños.

    Desde que me casé con Andrés, a los veinticuatro años, él se ocupó de satisfacer todas mis necesidades. Si bien sólo es un empleado de nivel intermedio, siempre se las arregló para que no me faltara nada. El hecho de que sus padres nos regalaran una casa, también contribuyó a que pudiésemos llevar una austera, pero cómoda vida de jóvenes de clase media.

    Sin embargo, mi marido es bastante tacaño a la hora de comprarme cosas. No entiende que las mujeres, a diferencia de los hombres, no nos arreglamos con cuatro o cinco mudas de ropa. No puedo llevar la misma ropa cada vez que me encuentro con las chicas. Y, sobre todo, me gusta mucho la lencería íntima. Andrés no sabe apreciarlo. Para él todas mis tangas son iguales, y no le atrae en lo más mínimo los disfraces, o las transparencias.

    Tengo que reconocer que mi necesidad de tener ingresos propios surgió hace tres años, fecha que coincide con la primera vez que engañé a Andrés. ¡Cuántos recuerdos! Y pensar que aquella vez me sentí tan sucia, tan culpable. Si mi yo de ese entonces supiera todas las cosas que haría en el futuro, enloquecería.

    Perdón, ya estoy imaginando las voces de algunos lectores quejándose porque me estoy yendo por las ramas. La cuestión es que hace algunos años, decidí dar clases particulares de matemáticas. Cerca de casa hay una universidad, así que pegué volantes en algunas de las paradas de colectivo. Pronto me empezaron a llamar chicos y chicas ansiosos por aprobar el curso de ingreso de la universidad.

    Supongo que, en mi inconsciente, el hecho de haber elegido dar clases a chicos ya creciditos, fue con doble intención. Desde mis primeros momentos de profesora, me encontré con muchachos atractivos. Muy pocos eran los que no me miraban con interés, y alguno que otro se animó a invitarme a salir. Pero como saben, en mis primeros años de mujer infiel, tenía muchos temores y limitaciones, y por otra parte, esos chicos inexpertos tampoco supieron usar las palabras adecuadas para seducirme.

    Pero en febrero, en medio del calor bochornoso del verano, un chico bello y atolondrado se presentó en mi casa.

    Normalmente trato de vestirme lo más seriamente posible cuando recibo a mis alumnos. Pero este verano se rompió el aire acondicionado de la planta baja, y Andrés, como siempre, tardó mucho en hacerlo arreglar. Mi nuevo alumno se llamaba Benito, y su aspecto era tan tierno como su nombre. Delgado, petiso, incluso más que yo, de saltones ojos celestes, pelo rubio, peinado con un jopo, y mejillas eternamente rojas, como si viviera avergonzado. Sus ojos se abrieron como platos cuando vieron a su profesora particular. creo que ese día me había puesto mi vestido floreado. Es bastante suelto, su escote no es muy grande, y casi me llega a la rodilla. Pero de todas formas llamó mucho su atención. En realidad, casi todo lo que uso parece ser muy seductor para los hombres. Algo en mis genes, en mi fisionomía, hacen que, use lo que use, parezca atractiva. Mi cola se mantiene parada sin necesidad de mucho ejercicio; mis piernas son muy largas, mis caderas curvas, mis pechos, pequeños, pero bien paraditos. Soy una privilegiada y uso ese privilegio a mi favor.

    – Hola, soy Benito, yo llamé ayer por teléfono. – Me dijo el chico, al otro lado de la reja.

    Abrí el portón. Lo saludé con un beso. Fuimos a sentarnos a la mesa de la cocina, y ahí fue la primera clase, llena de miradas curiosas y sonrisas nerviosas.

    Benito era el típico nene de mamá de clase acomodada. Había ido a una escuela privada, pero sus conocimientos en matemáticas eran escasos. Me sorprendió que haya podido pasar el secundario. Pero, de todas formas, sus ganas de empezar una carrera hacían que toda la vagancia a la que estaba acostumbrado fuera reemplazada por un inusitado entusiasmo por los números. Había comenzado el curso de ingreso en la universidad esa misma semana, y traía los ejercicios que le mandaban de tarea.

    Esa era la dinámica de nuestros encuentros. Él venía con los ejercicios, y los hacía frente a mí. Yo se los corregía, y sin resolverlos por él, le indicaba en qué cosas se equivocaba. También repasábamos conceptos elementales que no tenía frescos.

    Durante el mes que duró el curso de ingreso, Benito venía dos o tres veces a casa. Al principio se comportaba muy tímidamente. Respondía con monosílabos, y me miraba de reojo cada vez que me levantaba para servirle un vaso de agua, o para buscar cualquier otra cosa. A mi me daba mucha ternura su timidez exacerbada. Después de la tercera clase, cuando ya lo sentía con un poco mas de confianza, me tomaba unos minutos para preguntarle cosas ajenas a las matemáticas. Se puso como un tomate cuando le pregunté si tenía novia. imagínense si le preguntaba si era virgen.

    Si bien venía hasta mi casa sólo, siempre pasaba a buscarlo su papá, que, dicho sea de paso, también me tenía mucha hambre. Todas estas cosas me daban mucha dulzura, y como todo en mi vida, este sutil cariño que empecé a sentir por él se degeneró hacia el lado sexual.

    Empezó a obsesionarme la idea de si era virgen o no. Como ya saben, en mis encuentros sexuales no sólo pienso en mis fantasías personales. También me gusta cumplir los deseos de los hombres que me poseen. No hay nada que me resulte más placentero que ver el comportamiento de mis compañeros sexuales cuando hago en detalle, lo que ellos me ordenan. Estaba segura de que a Benito le volaría la cabeza debutar con su profesora de matemáticas. Sería una anécdota para contarle a sus nietos.

    Empecé a seducirlo sutilmente. En general lo esperaba con mis vestidos, sobrios pero bonitos, o con una pollera y una blusa. Cuando entraba en casa, y caminábamos hasta la cocina, Benito siempre iba detrás de mí. Aproveché esa situación para jugar con él. Cambiaba bruscamente el ritmo de mis pasos, cosa que hacía que Benito, involuntariamente, chocara con mi cuerpo, haciendo contacto su pelvis con mis nalgas. Él se disculpaba, sonrojado. Y tomaba mayor distancia. Esto sucedió cuatro o cinco veces, y quizá el chico había entendido la indirecta, porque en una ocasión en que, de repente, disminuí la velocidad de mis pasos, me encontré con la cara externa de su mano, que rozó mis glúteos por unos instantes.

    También tomé la costumbre de caminar de acá para allá, mientras él resolvía los ejercicios. Dejaba una estela de perfume a su alrededor. Y Benito, cada dos por tres, levantaba la vista del cuaderno, para mirarme arriba abajo. Nuestras miradas se cruzaban cada tanto. Él se ponía rojo y hundía la cara en elcuaderno. Pero como nunca lo reprendí por distraerse con mi figura, a medida que pasaban las semanas, me miraba con mayor obviedad, y hasta se animaba a sostenerme la mirada cuando yo “descubría” que me estaba observando.

    Sin embargo, el tiempo pasaba, y no se había animado a hacer ni decir nada. Pero no lo culpaba. Apenas tenía dieciocho años y su inexperiencia era evidente.

    El curso de ingreso llegó a su fin. Faltaba sólo una semana para que rinda el examen de, y yo estaba casi convencida de que no pasaría nada con él.

    En las otras materias iba bien, pero en matemáticas, si bien había avanzado mucho, no estaba del todo seguro de si había alcanzado el nivel requerido. Los exámenes de ingreso eran muy difíciles, repetía siempre que podía.

    Llegó la última clase particular con aquel muchachito tímido y encantador. Me pareció injusto privarlo de una experiencia sexual única, sólo por que él no se había animado a avanzar sobre su profesora. Pensé seriamente en ser más directa, en proponerle hacer algo ese mismo día. Pensé en simplemente desnudarme frente a él, a ver si era capaz de soltarse y dejar de reprimir sus instintos. Pero era tan inocente, que probablemente, por más que me deseara mucho, si se enfrentaba a una situación tan directa, no sabría cómo actuar.

    Preferí seguir con mis insinuaciones sutiles. Quedaría en sus manos hacer algo o no.

    Ese día me puse una pollera negra, larga, con lunares blancos, y una blusa blanca. Me recogí el pelo y me maquillé.

    – Estás muy distinta con el pelo recogido. – Me dijo Benito, cuando se acomodaba en el asiento.

    – ¿Peor o mejor que cuando tengo el pelo suelto?

    – De las dos maneras te queda muy bien. – Me dijo. Eso era lo más cercano a un piropo que iba a obtener de él.

    – Gracias, que caballero. – le dije, en un tono sensual. – ¿Estás nervioso por el examen?

    – Mucho. Es mañana. Por eso quería repasar los temas más difíciles con vos.

    – Los nervios te juegan en contra. Tenés que tratar de calmarte. Respirá hondo. Acordarte de no obsesionarte con los ejercicios que no te salen. Seguí con otros, y vas a ver que cuando vuelvas a esos que no podías resolver, te van a salir.

    – Sí, gracias.

    – Bueno, ¿Qué te parece si hacemos un ejercicio de cada tema?

    – Dale.

    Elegimos los seis ejercicios mas difíciles de la guía que le habían dado en la universidad. Puse música, cosa que no había hecho hasta ese día. Mientras hacía los ejercicios me paré, apoyándome sobre el lavabo. Miraba sus labios finos moverse, susurrando algo cada vez que hacía cuentas mentales. Benito me miraba y sonreía.

    En un momento me hizo una pregunta sobre un ejercicio. Yo me puse a su lado y me incliné para ver lo que había hecho. Mi cadera rozó su codo. Me quedé unos segundos sin interrumpir ese contacto físico. Benito me miraba. Yo sentía su respiración en mi cuello.

    – Está perfecto. – le dije.

    – Gracias. – le dije.

    Lo noté confundido. Me preguntaba si era por los ejercicios o por la innecesaria cercanía física de hace un momento.

    – ¿Podés venir de nuevo? – me preguntó, sonrosado. – No me acuerdo de eso de la condición de positividad y de negatividad.

    – No creo que lo tomen. Pero igual es fácil. – le dije.

    Me puse a explicarle. Esta vez me coloqué un poco más adelante. Me incliné. Su brazo quedó unos milímetros detrás de mi cola. Él movió apenas el codo, y yo sentí cómo ese hueso duro recorría mi glúteo y se volvía a alejar. Repitió el movimiento tres veces. Yo hacía de cuenta que no lo notaba. El contacto era muy sutil, apenas un roce.

    – ¿Entendés? – le dije, irguiéndome.

    – Sí, gracias.

    Lo notaba algo turbado. Seguramente se preguntaba si yo me había dado cuanta de que me había tocado intencionalmente. Pensé que iba a repetir la inocente estratagema en cada uno de los ejercicios, pero creo que se acobardó.

    – Terminé. – Me dijo, cuando faltaban sólo diez minutos para que su papá lo pase a buscar.

    Podría haber agarrado el cuaderno, acomodarme en mi silla, y corregir los cuatro ejercicios restantes tranquilamente. Pero decidí darle una última oportunidad. Me puse a su lado. Me incliné. Sentí su mirada clavada en mí, su respiración era cada vez más agitada.

    – Este está muy bien. – le dije. Y cuando me di vuelta a mirarlo, descubrí su mirada deleitándose con mi culo.

    – ¿Y los otros? – dijo, haciéndose el tonto.

    – En eso estoy, no seas ansioso. – lo reprendí con una sonrisa.

    Empecé a sentir, otra vez, el codo moviéndose arriba abajo sobre mis nalgas, en intervalos cada vez más largos, y menos espaciados. Me preguntaba si se iba a animar a levantarme la pollera. De momento, sí se animó a aumentar la intensidad de los movimientos. Ya no eran simples roces. El codo se frotaba con fruición, y se hundía mi piel.

    – Están todos muy bien. – le dije, sin cambiar mi postura. – seguro te va a ir perfecto.

    Lo miré, y me quedé ahí, inclinada, sin decir nada más. Benito, esta vez, extendió su mano, y deslizó la yema de los dedos, lentamente, en mis nalgas. Dibujó la redondez de mis glúteos uno y otra vez. Su sexo estaba hinchado. Se mordía los labios, y me miraba y reía, estupidizado, mientras me magreaba una y otra vez.

    Entonces sonó la bocina del auto.

    – Tu papá vino a buscarte. – le dije.

    Él abrió los ojos desmesuradamente. Miró la hora con incredulidad. Su mano seguía en mi culo.

    – Te tenés que ir. – le dije.

    – Sí. – contestó, y alejó su mano lentamente.

    Guardó sus cosas. Lo acompañé a la salida. Cuando llegamos a la puerta. Me abrazó e intentó besarme. Yo, cruelmente, lo esquivé.

    – Acomodate eso. – Le dije, señalando el bulto que se había formado en su pantalón. Él se lo acamodó, y estiró su remera hacia abajo. Su excitación quedó casi oculta. – Y cambiá esa carita. – le sugerí, ya que su rostro revelaba que algo había sucedido.

    Abrí la puerta. El papá de Benito estaba en la vereda.

    – ¿Y? ¿Está listo? – preguntó.

    – Seguro le va a ir bien. – dije. – pero le propuse que pase por acá mañana antes de ir a la universidad. – Benito me miró extrañado, pero enseguida se repuso.

    – Si, mañana a las cuatro, ¿no? – dijo.

    – Sí. – y luego dirigiéndome a su padre agregué. – No se preocupe, sólo vamos a repasar dos cositas simples que probablemente no entren en el exámen, pero que es mejor que las sepa. Es culpa mía por no haberme dado cuenta antes, así que no le voy a cobrar. Además, voy a aprovechar para enseñarle algunos ejercicios de relajación que aprendí en yoga. Le van a venir bien.

    – Por supuesto que te voy a pagar la clase, y mil gracias por ser tan considerada con mi pibe.

    El día en que Benito debía rendir el exámen de ingreso, hacía treinta y tres grados. El aire acondicionado seguía roto. Me puse mi vestido floreado. Me recogí el pelo, recordado que al chico le había gustado cómo me quedaba. A las cuatro en punto sonó el timbre.

    Mi alumno vestía una remera roja, bermuda negra, y sandalias. Me gustó que se haya vestido de manera casual. Apenas cerramos la puerta a nuestras espaldas, me abrazó y me dio un beso apasionado, mientras me acariciaba el culo, esta vez con desesperación.

    – Vení, vamos. Mi marido llega en una hora. – le dije.

    – ¿En serio?

    Me dio gracia su cara de asustado. Pero de todas formas me siguió, escaleras arriba.

    – Sos muy nervioso. No quiero que desapruebes el exámen por eso. Como tu profesora, no lo toleraría. – le dije, bromeando.

    Entramos a la habitación.

    – ¿Acá dormís con tu esposo? – Preguntó, mirando con cierto pavor la cama.

    – Sí. – le contesté. Rodeé su cuello con mis manos y le di un tierno beso en los labios. – ¿Sabés qué es lo mejor para los nervios y el estrés?

    – ¿Qué?

    Me quité el vestido. No llevaba nada debajo. Benito me miró fascinado. Me subí a la cama, le di la espalda y me puse en cuatro patas.

    – Coger. Eso es lo mejor. Cogeme y seguro aprobás el exámen.

    Benito se desnudó en un santiamén.

    – Soy Virgen. – Confesó.

    – Ya lo sabía. ¿Trajiste preservativos? – me miró avergonzado. – No importa, yo tengo. Andrés no se va a dar cuenta de que falta uno. – Agarré uno de la mesa de luz. Ayudé a que se lo ponga, y me puse en cuatros otra vez. – ¿Así te gusta? – pregunté.

    – Sí. – contestó.

    Comenzó a besarme las nalgas. No me lamió el ano. Quizá eso era demasiado para un chico virgen. Tenía el pene chico, pero no me importó. Me penetró, retiró su sexo, y cuando intentó introducirlo de nuevo, erró el blanco. Esto sucedió varias veces. Cuando pudo meterla, con mi ayuda, empezó a hacer movimientos más cortos y rápidos. Se vino enseguida.

    – No te preocupes, es normal acabar rápido la primera vez. – le dije, al ver su rostro decepcionado de sí mismo.

    Dejé que jugara con mi cuerpo un rato. Era como un niño con juguete nuevo, explorado cada parte de mi cuerpo, introduciendo sus dedos en cada hendidura, lamiéndome en todas las partes prohibidas. Le hice notar cómo se endurecía mi pezón cuando lo estimulaba; probó el sabor de mi sexo empapado de fluidos, y abrí mis nalgas frente a su cara, para que por fin me diera un delicioso beso negro. Me senté a su lado, y lo masturbé, viendo cómo cambiaba su gesticulación cuando se aproximaba el orgasmo.

    – Acabame en la cara. – ofrecí, sabiendo que él no se animaría a pedirlo.

    Me puse frente a él. Cerré los ojos, y abrí la boca, moviendo la lengua arriba abajo. Enseguida sentí el sabor viscozo de su semen.

    – Limpiate y vestite. En diez minutos llega mi marido. – le dije, después de escupir el semen en el inodoro. – yo me doy una ducha rápida y ya vengo.

    Me metí en la ducha, y me bañé, sin mojar mi pelo. Me puse ropa interior y luego el vestido. Bajamos. Me dio un beso, que se extendió hasta que escuchamos la puerta abrirse.

    – Te presento a Benito. – le dije a mi marido Andrés. – Es un excelente alumno, hoy rinde el exámen de ingreso.

    – Un gusto Benito, y mucha suerte. – lo saludó Andrés.

    Afuera acababa de llegar su padre.

    – Que contento está mi hijo, cualquiera pensaría que ya aprobó el exámen. – bromeó el hombre cuando vio la sonrisa tonta de Benito.

    – Seguro lo va a aprobar. – dije, y me despedí de ambos.

    Por supuesto, Benito Aprobó el exámen y entró a la universidad. Después de ese día me escribió muchas veces. Yo le invento excusas, porque creo que si lo sigo viendo se va a terminar enamorando de mí, y eso no me interesa. Pero quien sabe, si sigue insistiendo, tal vez…

    Fin.

    8

    Ya eran las dos de la madrugada. Mi verga, flácida, todavía largaba hilos se semen. El relato sobre el alumno era más largo que los anteriores, y lo leí detenidamente, mientras imaginaba cada escena.

    No conocí a muchos alumnos de Valeria, porque las clases eran mientras yo trabajaba. Pero recordaba a Benito, porque me lo había cruzado ese día en el que mi esposa le había dado la supuesta clase en un horario inusual. Recuerdo cuando ella me lo presentó. Me dio buena impresión. Un chico joven, humilde, que se esforzaba por comenzar una carrera. Me dio gracia que su padre lo haya ido a buscar, ya que se trataba de un muchacho bastante grande.

    Nunca me hubiese imaginado que, diez minutos antes, terminaba de coger con mi esposa, en mi propia cama.

    No podía reclamarle nada al chico. Cualquiera que se encontrara con una mujer tan bella como Valeria, una profesora lujuriosa dispuesta a entregarse a su alumno, no haría otra cosa más que cogerla. Yo mismo, si me encontrara en una situación similar, caería ante mis impulsos sexuales.

    ¡Qué solidaria mi Valeria! Dispuesta a calmar los nervios de un adolescente virginal, usando su sexualidad como medio.

    Recuerdo que en una ocasión le pregunté a mi mujer si sabía cómo le había ido a su alumno.

    – Entró a la universidad, y ahora le está yendo muy bien en la carrera. – contestó.

    No reparé en el detalle de que todavía estaba en contacto con el chico. ¡Pero qué le hacia una mancha más al tigre! Eran tantos los detalles en los que no había reparado. A medida que iba leyendo los relatos de Ninfa123, me daba cuenta de que mi responsabilidad en el deterioro de nuestra relación era más grande de lo que creía. ¿Por qué tenía que ser tan predecible? Debí romper, de vez en cuando, la rutina. Debí llegar temprano a casa, alguna que otra vez. No podía ser que Valeria se atreviera a engañarme unos minutos antes de que llegara. Sólo la seguridad de tener un marido torpe y confiado le permitía darse el lujo de caminar en la cuerda floja.

    Este sentimiento de culpa, que opacaba mi rencor hacia mi esposa, se sumaba con la inquietante novedad de que me excitaba leer los relatos de Valeria. Me excitaba saber en detalle cómo se cogían a mi mujer.

    Pero traté de excusarme. Después de todo, no estaba en condiciones psíquicas normales. Me encontraba alienado. Tantos descubrimientos, uno más sorprendente que otro, no me permitían reaccionar con total lucidez.

    Quizá debía descansar unas horas. Al otro día, mas lúcido, podría tomar decisiones más acertadas.

    Sin embargo, ahí estaba ese otro relato. El que más me atraía. “Sometida por el enemigo de mi esposo”.

    Tres meses atrás tuvimos un problema con un vecino que vive a tres cuadras de casa. Se llama Mario. Es un hombre de unos cincuenta años, gordo, enorme. Una bestia de cabeza calva y torso peludo.

    Era domingo y habíamos ido con Valeria a comprar al supermercado. Volvíamos con las compras, caminando tranquilos. Mario iba por la misma vereda, en dirección opuesta. Estaba paseando a su perro. Creo que era una cruza de pitbull con alguna otra raza. El animal era negro, delgado, pero fornido. Muy grande, y llevaba bozal. Mario pasó al lado nuestro. El perro gruñó y se nos fue al humo. El vecino tardó, quizás a propósito, en controlar a su animal. El perro se me tiró encima y raspó mis brazos con las uñas. Si no hubiese tenido el bozal, me habría herido gravemente. Algunas bolsas cayeron al piso.

    – ¿Por qué no tenés más cuidado con ese animal? – le recriminé, enojado.

    – ¿Qué? – dijo el gordo mastodóntico, indignado. – si apenas te tocó, maricón.

    Me encaré a él, enojado.

    – Basta Andrés. Vamos a casa. – Me dijo Valeria, agarrándome del hombro.

    – ¿No ves que me rasguñó?, imbécil. – le contesté a él, sin hacer caso a mi mujer, mostrándole la sangre que manaba de mi pequeña herida.

    Apenas terminé de hablar, un puño se estrelló en mi cara. Caí al piso. Quedé aturdido, las cosas daban vueltas a mi alrededor. Mi boca sabía a sangre. El perro se tiró encima de mí nuevamente.

    – ¡Basta! Por favor, dejalo. – gritó Valeria.

    Mario tiró de la cadena y el perro quedó gruñéndome a unos centímetros. Todavía en el piso, vi la expresión de lástima con que me miraba Valeria.

    – Agradecé a tu mujer, sino, te cagaría a palos. – dijo con desprecio, y después, dirigiéndose a Valeria, mientras yo me reincorporaba, agregó. – discúlpame linda, pero a los salames no los banco.

    Hasta ese momento, nunca había sufrido una humillación como esa (la humillación de los relatos vendría después). En casa, Valeria se mostró indignada con el tipo. Repitió varias veces que no podía creer que un violento como él fuera nuestro vecino. Sugirió que hagamos la denuncia policial, pero yo le contesté que de nada serviría. Ni siquiera lo meterían preso por algo como eso.

    En los días siguientes me crucé varias veces con Mario. Me miraba con ojos asesinos, y yo no le podía sostener la mirada.

    No había dudas, Mario era el protagonista de la serie de relatos que mi mujer había titulado “sometida por el enemigo de mi esposo”. Nombre morboso si los hay. Otra casa curiosa era que el primer relato había sido publicado masomenos en la misma fecha en que sucedió el incidente. ¿tan rápido había cedido mi mujer ante ese tipo despreciable? Se me ocurrió que quizá me traicionaba con él incluso antes del altercado. Pero descarté esa posibilidad, ya que el título indicaba que cuando estuvo con él ya éramos “enemigos”.

    Cliqué la pestaña donde estaba el relato.

    9

    Respiré hondo. La casa estaba silenciosa y oscura. Lo único que emanaba luz era mi computadora. Creo que era el ambiente adecuado para leer ese relato: rodeado de penumbras. Apenas leí la primera frase, quedé totalmente inmerso en la historia. Efectivamente, era el odioso Mario el responsable de que mi esposa haya escrito cuatro relatos en su honor. ¿Qué tenía de diferente de sus otros amantes? Pronto lo descubriría.

    Sometida por el enemigo de mi esposo, parte 1

    Al final mi vecino consiguió lo que tanto anhelaba. Siempre me dije, y también lo dije en algunos relatos, -ustedes están de testigos- que nunca me entregaría a alguien que no desease. Yo decido con quien me acuesto, y en qué momento cortar la relación. Pero a veces la vida te da sorpresas, y eso fue lo que me pasó antes de ayer.

    Ya mencioné a Mario en otros relatos. Es un hombre que vive a unas cuadras de mi hogar. Siempre tengo que pasar por su casa cuando hago las compras del supermercado, y él siempre está en el patio delantero de su casa, tomando mate. Al principio sólo me miraba libidinosamente. Después empezó a saludarme. Yo le devolvía un corto “hola”, y continuaba mi camino mientras él me seguía con la mirada.

    Pero desde hace un par de meses, se puso mas intenso. Me empezó a decir cosas como “que linda estás bebé”, y de a poco, se fue tomando mayores libertades. “Qué lindo te queda ese shortcito”, “Un día de estos te voy a invitar a salir”, “Mamaza, vos con esas curvas, y yo sin frenos”, y ese tipo de estupideces que no calientan a ninguna mujer.

    Le quité el saludo, y cada vez que cruzaba por su casa, y escuchaba lo que me decía, fingía que no lo oía. Pero tampoco me molesté en cruzarme de vereda, o de cambiar de camino. Se entabló entre nosotros un juego morboso. Durante esos segundos en que yo pasaba frente a su casa, teníamos una intimidad única. Como saben, me gusta calentar a los hombres. Me gusta volverlos locos. Mario no me atraía ni un poquito, pero me gustaba que cada vez que me veía se volvía un primate descerebrado.

    Pensé que él entendía el juego. Que sabia que lo nuestro no pasaba de un histeriqueo. Yo fingía ignorarlo, pero pasaba todos los días a recibir sus guarangadas. Pensé que, al ser un hombre mayor, y enorme como un ropero, entendía que una mujer como yo nunca se interesaría realmente por él. Pero estaba equivocada.

    Ahora las frases eran del tipo “Que lindo vestido te pusiste, como me gustaría arrancártelo con los dientes”, “No sabés las cosas que te haría, putita”, “qué trolita divina sos”, y cosas por el estilo.

    La cosa ya se me estaba yendo de las manos. Así que decidí, ahora sí, cruzarme de vereda. Pero Mario comenzó a pasear al perro a la hora en que yo pasaba con las compras. Y siempre se ponía en mi camino, y me susurraba cosas. Varias veces me sentí expuesta frente a algún vecino que también andaba caminando por ahí.

    Cambié de horarios para salir a comprar. Y en lugar de hacerlo todos los días, iba lo menos posible. Pero Mario siempre me encontraba. Se estaba obsesionando conmigo, me estaba acechando. Le gustaba decirme putita. Esa palabra era su favorita.

    Pensé en decírselo a Andrés. Después de todo, no había nada entre Mario y yo. No necesitaba ocultárselo. Pero mi marido es muy frágil. No solo físicamente, sino también mentalmente. No sabría cómo lidiar con un tipo que insulta y le dice cosas obscenas a su mujer. Probablemente buscaría una manera de no hacer nada. Es tan pusilánime el pobre.

    Me prometí hablar con Mario, aclararle que no tenía ningún interés en él, y rogarle que me deje en paz. Pero el domingo pasó algo: Teníamos que hacer algunas compras. Le pedí a Andrés que fuéramos en su auto, pero él se encaprichó con que quería caminar. Sólo eran unas cuadras, y no teníamos que llevar muchas cosas, no hacía falta el auto, dijo.

    Cuando volvíamos, Mario estaba paseando al perro. Nunca me había dicho nada mientras yo estaba con Andrés, pero como hace rato intentaba esquivarlo, pensé que quizá estaba ofendido, y que esta vez no tendría reparos en decirme alguna obscenidad frente a mi marido. Pero no fue eso lo que sucedió. El perro de Mario atacó a Andrés. Yo vi cómo ese maldito acosador soltó de la cadena para que el animal se tire encima de mi marido.

    Andrés se enfureció. Me gusto verlo, al fin, con carácter. Le dijo a Mario que por qué no andaba con más cuidado. El vecino se burló de él. Yo noté la expresión violenta en su mirada. Andrés le recriminó la herida que tenía en el brazo, y Mario le estampó una piña que incluso me duele a mí de sólo recordarla. Le rogué a Mario que lo deje en paz. Andrés me miraba desde el piso, con la patética mirada del hombre derrotado.

    Durante varios días, la cosa estuvo tensa en casa. A Andrés le duró varios días las secuelas físicas de la agresión. Se tomó unos días de licencia laboral. Tuve que soportar verlo con su hombría por el piso, merodeando por la casa como si fuese un fantasma. Traté de animarlo. Le hacía chistes tontos para sacarle una sonrisa, le hablaba mal del vecino, y dejaba en claro que cualquier hombre caería al piso al recibir una piña de un gorila como Mario. Y me ocupé de complacerlo en la cama, cosa de la que no me ocupaba con ese esmero desde hace años. Incluso cuando se mostraba desganado, yo le decía que se relaje, que solo se acueste, que él no debía hacer nada. Y entonces le hacía un rico pete.

    Esquivamos la casa de Mario. En ese par de días evitamos hacer compras, y cuando nos faltaba algo, íbamos al almacén que queda en dirección contraria al supermercado. Algunos vecinos habían presenciado la situación ocurrida el domingo, y se solidarizaron con Andrés, y le sugirieron que se olvide del asunto, y que evite cruzarse con Mario, porque en el barrio se sabía que era un tipo peligroso, que andaba en negocios turbios.

    Saber que todos temían a Mario levantó un poco el ánimo de mi esposo. Al fin y al cabo, él le hizo frente, cosa que pocos se animaban a hacer. Volvió al trabajo, para mi tranquilidad, no sin estar algo preocupado, porque temía que me pasase algo si me cruzaba con el orangután del vecino. Pero lo convencí de que nada pasaría. Al fin y al cabo, a pesar de lo violento de la situación, a mí no me había hecho nada, su encono era sólo con Andrés.

    Todo lo que relaté en las líneas anteriores, no es más que una introducción. La verdadera historia comenzó, como adelanté en las primeras líneas, hace dos días.

    Yo me había quedado sola en casa. Mientras hacía tareas domésticas empecé a preguntarme si lo de Mario quedaría ahí, o la cosa empeoraría. El tipo estaba obsesionado conmigo, y ese ataque a mi marido era una muestra de sus celos y envidia. Temí por mi pareja, como nunca. Si Mario descargaba su frustración por no tenerme, hacia él, las cosas podían terminar mal. Ahora que me enteraba de que el tipo no sólo era una bestia violenta, sino que andaba en negocios ilegales, entendía que era mucho más peligroso de lo que imaginaba. Hace mucho que no me sentía unida a Andrés, pero un sentimiento de protección se despertó en esos días, cosa que me hizo recordar a nuestros primeros años de matrimonio, cuando no me molestaba ser yo la que tuviera los pantalones en la casa.

    Decidí que tenía que hacer algo al respecto, pero, como muchas otras veces en mi vida, me di cuenta de que me encontraba sola. Si alguno de mis amantes pasajeros fuera policía, o algo por el estilo, podría hacer que le den un escarmiento al gordo maldito. Pero los hombres que pasaban por mi cama eran oficinistas, adolescentes virginales, y hombres a los que no volvía a ver. Con mis amigas tampoco podía contar. Cuando les relaté cómo lastimaron a mi marido, se compadecieron de nosotros, y sugirieron que hagamos la denuncia. ¿Qué podían hacer aparte de eso?

    Tomé una decisión radical. Lo pensé una y otra vez, pero no encontraba una solución más efectiva que esa: tenía que hablar con Mario.

    En Argentina estamos en primavera. El clima es muy agradable, ni calor, ni frío. El cielo estuvo despejado toda la semana, y una brisa tibia ventilaba la casa. Dejé los quehaceres domésticos para más tarde. Estaba con un short y una remera, bastante viejitos, para usar entre casa. No pensaba producirme mucho para ir a hablar con esa bestia, pero mi vanidad no me permitía salir a la calle, así como estaba. Me puse un vestido casual, negro con lunares blancos y un cinturón marrón en la cintura. Me peiné un poco y me dejé el pelo suelto. Y así fui con determinación a ver al enemigo de mi esposo, con la sincera intención de poner fin a sus delirantes fantasías.

    Eran las tres de la tarde. Hora de la siesta. Los pocos negocios del barrio estaban cerrados. Sólo se veían algunos autos circulando por la calle, y había muy poco movimiento de personas. Sólo me crucé con un par de vecinos. Uno trabajaba en la vereda de la esquina de casa, y otros dormitaban en sillones en el patio delantero de sus respectivos hogares. Llegué a la casa de Mario. Esta vez no estaba en el patio, como casi siempre que yo pasaba. Toqué el timbre. Miré a los lados, a ver si algún vecino era testigo de ese encuentro. Prefería que no haya nadie. Así no se inventaban historias distorsionadas respecto a ese encuentro. La charla no duraría mucho, debía ser concisa.

    Mario salió con cara de asombro y lascivia. Vestía una bermuda negra, y una camisa rayada que tenía varios botones desabrochados, y dejaba ver su frondoso vello en el pecho. Tenía barba de varios días, que contrastaba con su cabeza completamente calva. Parecía un oso, y no precisamente un oso cariñoso.

    – Hola putita. – me saludó.

    – De eso te quería hablar. – le dije, y sin dejar que me interrumpa, seguí diciendo. – Mirá, ya sé que hice mal en no ponerte límites. Pero yo estoy casada, y no quiero nada con vos. Te quiero pedir que por favor dejes en paz a mi marido.

    Miré a los lados, a ver si algún vecino chusma nos veía. Sólo pasaron dos autos que no creo que sean de personas conocidas, y en la otra cuadra un niño jugaba en la vereda, sin prestarnos atención.

    – ¿Y si digo que no? – me contestó él.

    – Mi marido no te hizo nada. Por favor no le hagas nada.

    Mario soltó una carcajada.

    – Qué pollerudo tu maridito. Mandando a su mujer.

    – Él no me mandó. No sabe que estoy acá.

    – Hay muchas cosas que tu marido no sabe. – Me contestó.

    – ¿Cómo? ¿Qué decís? Vos no sabés nada de mí. Y ya me tengo que ir. ¿Vas a dejar de molestarnos? Te lo estoy pidiendo por favor.

    – ¿Te pensás que no conozco a las putitas como vos? No tengo cincuenta años al pedo. – me dijo. Y viendo que yo, mientras lo escuchaba, miraba a un lado y a otro, agregó. – ¿Qué pasa, estás preocupada porque alguien te vea acá? El barrio ya te conoce.

    – ¿Qué mierda estás diciendo? – dije, exaltada, pero sin levantar la voz.

    – Todos los días te veo pasando por acá, meneando el culo para que te mire. Y cuando te digo cosas sonreís como la puta que sos.

    – Qué decís. Estás delirando. Y basta de decirme puta. – dije indignada. – ya me tengo que ir.

    – Conozco a las trolitas como vos. Traté con muchas en mi vida. Te veo salir sola por las noches. Te veo volver tarde sin el cornudo de tu marido. Todos saben cómo sos. Salvo tu marido. Como dicen, el cornudo es el último en enterarse.

    – No tenés idea de lo que decís. Veo que vine hasta acá al pedo. – dije, sintiendo cómo la preocupación aumentaba en mi interior. Nunca fui muy cuidadosa con mis infidelidades, pero no tenía idea de que ya me había ganado el título de la puta del barrio.

    Mario abrió el portón.

    – Entrá. – me ordenó.

    – ¿Qué? – dije, asustada.

    – Si no entrás te voy a meter a rastras.

    – No voy a entrar. Yo sólo vine a decirte…

    – Los dos sabemos a qué viniste. – dijo, agarró mi muñeca y me metió adentro.

    – Soltame, me estás lastimando. – le dije. Puso su mano detrás de la cintura, y me hizo avanzar a empujones.

    – Dale, gritá. Gritá para que todos te escuchen.

    Durante algunos segundos titubeé. Miré a todos lados, esta vez esperando que sí haya un vecino mirando la escena. Pero no encontré a nadie.

    – No, basta. – dije en voz alta, pero Mario ya me estaba metiendo en su casa y cerró la puerta.

    Su enorme mano se cerró en mi mentón. Y me puso contra la pared.

    – Por favor no me lastimes. – Rogué. Estaba aterrorizada. Pensé en gritar. Pero recordando el golpe que le había dado a mi esposo, estaba segura de que me dejaría inconsciente en un santiamén, apenas levantara la voz. – Voy a hacer lo que quieras, pero no me lastimes. – La mandíbula me dolía por la presión de su mano.

    – ¿Vas a hacer lo que quiera? ¿Todo lo que quiera? – preguntó con una sonrisa perversa. Yo asentí con la cabeza. – Vení para acá.

    Liberó mi mentón, tomó mi mano y me arrastró hasta su habitación. Me paré en la esquina del cuarto. Me crucé de brazos. Me sentía como una nena a punto de recibir una terrible reprimenda. Me daba cuenta de que ya no había marcha atrás. Mario tapaba la puerta con su monumental cuerpo. Fue un error ir hasta su casa sola. Probablemente el mayor error de mi vida.

    – Sacate el vestido. – me ordenó.

    Yo retrocedí, pero solo me encontré con la dura pared.

    – Si no te lo sacás, te lo voy a arrancar y lo voy a hacer hilachas. – dijo.

    Desabroché el cinturón del vestido. Mario se lamía el labio superior y se acariciaba el pene. Agarré la parte inferior del vestido, y haciendo un movimiento hacia arriba, me lo saqué.

    Sólo vestía ropa interior blanca.

    Mario se acercó con pasos lentos. Extendió su mano, y acarició con ternura mi mejilla. El tacto era áspero.

    – Sos muy hermosa. -me dijo.

    Yo miré al costado. No quería verlo a él. Pero me hizo girar el rostro, y nuestras miradas se encontraron.

    – Sos una puta muy hermosa.

    Con su otra mano agarró el elástico de la bombacha, y tiró para abajo. Me la bajó hasta los talones, sin tocarme. Después me sacó el corpiño. Me agarró de la cintura, y me levantó con increíble facilidad. Caminó unos pasos hacia la cama, conmigo a cuestas, y me tiró sobre el colchón. Quedé acostada boca arriba, completamente desnuda.

    Él se quitó la camisa. Su torso y su abdomen estaban llenos de un horrible vello negro. Parecía una bestia. Y yo, la bella joven que había caído en sus garras. Se sacó las zapatillas y la bermuda. En su entrepierna colgaba una enorme verga, y dos grandes testículos con abundante vello.

    Ya perdí la cuenta de cuántas pijas entraron en mi cuerpo. Pero estoy segura de que ninguna era tan impresionante como la de Mario. Larga y gruesa como una anaconda. Sentí tanta curiosidad como pavor cuando la vi. Y el hecho de que todavía no estaba totalmente erecta, no era un detalle menor.

    Me agarró de los talones y me arrastró hasta el borde de la cama. Él se arrodilló. lamió mis piernas. Sentí la aspereza de su barba en mi piel. Su lengua subió lentamente, dejando un camino de baba a su paso. Cuando llegó a la parte interna de mis muslos, mi cuerpo empezó a reaccionar a sus caricias linguales. Es que no soy de palo lectores. Como dicen, el diablo sabe mucho, pero sabe más por viejo que por diablo. Y este viejo diablo sabía chupar una concha.

    Cuando se dio cuenta de que mi cuerpo estaba estimulándose, aumentó la intensidad. Lamió los labios vaginales, haciendo un ruido escandaloso cuando sus labios y su lengua se frotaban con ellos. Extendió su mano y me agarró de las tetas. Mis pechos, ya de por sí pequeños, parecían diminutos mientras esos dedos grandes se frotaban en ellos. También me hacía un delicioso masaje en el abdomen, mientras comenzaba a jugar con mi clítoris.

    Lo frotaba con intensidad, y cada tanto, lo apretaba con sus labios. Mario es muy paciente. Habrá estado con el rostro hundido entre mis piernas durante, al menos, veinte minutos.

    Cuando salí de casa, dispuesta a poner fin con la obsesión de Mario por mi persona, y con su encono hacia Andrés, no hubiese imaginado que un rato después estaría en pelotas, en su cama, recibiendo el mejor sexo oral de mi vida. Sentí cómo mis músculos se contraían. Mis manos, en forma de garras, se aferraron a las sábanas, y mi entrepierna, incendiada, explotó en un maravilloso orgasmo.

    Quedé agitada, casi desmayada, y mi cuerpo hacía involuntarios movimientos espasmódicos.

    – ¿Te gustó putita? Yo sabía que te iba a gustar. – dijo Mario.

    El pesa más de cien quilos, y yo no llego a los cincuenta. Así que imaginen lo que fue ver su cuerpo de bestia salvaje subir a la cama, y ponerse encima de mí.

    – Ahora te voy a enseñar lo que es coger. – susurró.

    Abrí las piernas todo lo que pude. Su estómago se apretaba sobre mí, pero con un brazo extendido y apoyado en el colchón, como si fuese un pilar que sostenía una estructura inmensa, evitaba cargar todo el peso de su cuerpo sobre el mío. Con la otra mano me agarró del mentón y me obligó, otra vez, a mirarlo a los ojos. Un dedo se metió en mi boca, y yo lo chupé. Empujó su pelvis hacia adelante, e introdujo los primeros centímetros de su sexo.

    – Por favor, despacito. – le pedí, mientras sentía cómo se introducía más y más en mí.

    – ¿Te gusta así, putita?

    – Sí. – contesté sinceramente.

    – ¿La querés más adentro?

    – Sí, pero despacito. – le pedí.

    La verga de caballo se metía más y más adentro. Yo gemía de placer. Ya no me molestaba ocultar que disfrutaba de esa hermosa pija. No usaba preservativos, y yo no me animé a pedirle que se ponga uno. Además, la sensación que me producía la piel desnuda frotándose con mis paredes vaginales, era sensacional. A pesar de su físico, Mario tenía mucha energía y vitalidad. Mi cuerpo se sacudió por mucho tiempo, mientras me penetraba, ahora ya con salvajismo, una y otra vez. Sentí sus vellos púbicos haciendo contacto con mi piel, cuando su miembro ya estaba completamente adentro. Los resortes del colchón chirriaban. Mario retiró su verga lentamente, y eyaculó una increíble cantidad de semen sobre mi cuerpo, machándome desde el ombligo hasta la cara.

    – Así te quería ver, putita. – dijo, totalmente agitado. – bañada con mi leche.

    – En un rato tengo que volver a casa. – dije. – ya tuviste lo que querías. Dejame irme.

    Me agarró del cuello.

    – No te hagas la estúpida. – gritó. – Sé muy bien que te gustó. ¿Cuánto tiempo tenemos?

    – Mi marido llega a las cinco. Pero tengo que irme antes. Acordate que a esa hora los chicos empiezan a salir de la escuela, y el barrio se llena de gente. Por favor, Mario, sé más razonable. Ya te di lo que querías. Además…

    – ¿Además qué?

    – Además… podemos vernos otro día. – dije. – ¿me dejar limpiarme e irme? Por favor. – supliqué.

    Me llevó al baño. Abrió la llave de la ducha. Me lavé en cada parte donde tenía semen, intentando no mojarme el pelo. Él me pasaba jabón por la espalda y las nalgas.

    – Enjuagame la pija. – me ordenó.

    Me di vuelta. Su pene estaba lleno de espuma. Me hice a un costado. Puso su enorme miembro bajo el chorro de agua. Lo froté, sintiendo cómo se endurecía de nuevo. Sin que me lo ordenara, comencé a masturbarlo, mientras acariciaba sus enormes bolas peludas.

    – Así me gusta trolita.

    Lo froté con intensidad. En unos minutos largó dos chorros de semen que cayeron al piso, y fueron hasta la rejilla, empujados por el agua.

    – ¿Te fijás que no pase ningún vecino? – le dije, mientras me ponía el vestido.

    Inesperadamente, me agarró nuevamente del cuello.

    – Conmigo no vas a jugar. A partir de ahora sos mi puta. ¡Decilo!

    – Soy tu puta. – afirmé.

    – Anotame tu teléfono, y si tardás en contestar, te juro que a tu marido le rompo todos los huesos.

    Se lo anoté, sin molestarme en inventar uno falso, por temor a represalias. Él salió primero, y se aseguró de que no había moros en la costa.

    – Dale Sali. – dijo.

    Caminé velozmente. Crucé el portón, con la cabeza gacha. Recién cuando llegué a la esquina levanté la cabeza. No vi a nadie en la calle. Nadie era testigo de que entré a su casa, y salí una hora y media después.

    Los días siguientes pensé en cómo me lo sacaría de encima. Hoy me llegó un mensaje suyo. Intenté esquivarlo, aduciendo que era demasiado peligroso vernos de nuevo en su casa. Me contestó que tenía un departamento en el centro.

    Todavía estoy pensando en qué excusas poner, pero no se me ocurre ninguna.

    10

    Me generó cierto sentimiento de revancha, saber que Valeria, por jugar con fuego, había terminado quemada. Tanto histeriqueo con Mario, culminaron en un castigo de parte del sádico vecino. Sin embargo, la muy puta de mi mujer lo terminó disfrutando (Es la primera ve que le digo puta ¿verdad?). Además, al terminar de leer el relato, no pude evitar pensar que todo lo sucedido con Mario, fue planeado minuciosamente por ella.

    El provocarlo sutilmente, pasando todos los días frente a su casa en los mismos horarios; el guardar silencio cada vez que le decía guarangadas; y el hecho de que me lo ocultase, me hacían creer que no estaba errado en mi hipótesis. Siempre era Valeria la que provocaba. Así como lo hizo con el chofer de Uber, con su alumno, y con tantos otros hombres, también lo hizo con Mario.

    Pero con este último la cosa era diferente. Porque su relación con él no era tan desigual como con los otros hombres. No podía deshacerse de él con la misma facilidad con la que lo hacía con el resto de sus amantes. Mario era violento e impredecible. Y la amenaza que había hecho hacia mi persona, seguramente era real. En eso tengo que darle algo de crédito a mi mujer. En parte (sólo en parte) Había terminado sometida por él, debido a su intención de protegerme. Y probablemente el hecho de que haya tres relatos más con Mario de protagonista, era porque quería evitar que me rompa los huesos.

    O tal vez, simplemente quería tener, nuevamente, la enorme verga de Mario adentro suyo.

    No descartemos que ambos motivos sean igualmente válidos. Los hechos suelen ser multicausales. No había razón para creer que este era diferente. Y ni hablemos de que nada de esto hubiese sucedido si yo estuviese más avispado.

    Pensé, por enésima vez, en cuántas cosas sucedían a mi alrededor sin que yo me percatar de ellas. Ahora las miradas de lástima de algunos vecinos, las sonrisas irónicas de otros, adquirían un claro significado. En el barrio ya se corría el rumor de que Valeria era una puta, y yo, un cornudo. Y el hecho de que su amante más reciente sea el hombre que me había humillado en la vía pública, frente a la mirada de algunos vecinos, no dejaba de envenenar mi alma.

    Leí los relatos que seguían.

    Como era de esperar, Valeria no había encontrado excusas para evitar aquel encuentro en el departamento que Mario tenía en el centro. No le fue difícil desentenderse de mí. Bastó con que me diga que debía ir a una clase de zumba por la tarde. ¿habrán sido al menos la mitad de esas clases reales? Vaya uno a saber.

    En la parte dos de “sometida por el enemigo de mi esposo”. Valeria iba hasta el departamento de su nuevo amante. Se puso, por órdenes de él, la ceñida minifalda negra con la que la había visto en una ocasión, y una camisa blanca. Le prohibió terminantemente ponerse ropa interior abajo, y le exigió que se maquille como una puta. Mi esposa debió viajar en colectivo durante cuarenta minutos, soportando las miradas libidinosas de decenas de hombres. Llegó al edificio. Según ella, estaba nerviosa, porque Mario le generaba sentimientos muy encontrados. Su aspecto de bestia le daba repulsión, pero su verga superdotada, y su habilidad para el sexo oral, la fascinaban.

    Es muy bizarro imaginarme a ambos cuerpos, tan diferentes, unidos y enredados. Eran como un ogro y una princesa de Disney. Un animal repulsivo copulando con un hermoso unicornio. Una morsa apareándose con un cisne.

    Mario metió la mano por debajo de la minifalda, y se encontró con los hermosos glúteos desnudos de mi esposa. Los masajeó, y ante la sorpresa de mi mujer, le ordenó que me llame por teléfono. (Ya entenderán de dónde había sacado la idea “L” en el primer relato que leí) Valeria intentó negarse, pero él le recordó que ahora era su putita personal. Entonces me llamó, mientras la mano rasposa seguía escarbando por debajo de la pollera. “gordi, ¿podés hacer la cena hoy?”, dijo Valeria, mientras Mario comenzaba a besar sus muslos. “Claro amor, te espero con algo rico, pasala bien”, le había contestado yo. Mario levantó la minifalda, y le dio una lamida al clítoris. Valeria se estremeció de placer. “Nos vemos en un rato gordi”, me dijo, y colgó.

    Él afirmó que nunca había conocido a alguien tan cornudo como yo, y la felicitó por ser una puta obediente. Le quitó la ropa y la cogió en el piso. La penetró por la vagina, y por la boca, la cual, apenas podía recibir semejante poronga. Luego enterró un dedo en su ano, cosa que, a lo largo de nuestros años de matrimonio, sólo se me permitió hacer en contadas ocasiones. Ya no quedaban orificios de mi esposa en los que Mario no haya entrado.

    La dejó en paz después de dos horas. Valeria me tuvo que inventar que había surgido, en el momento, una cena con las chicas de zumba y que por eso llegó tarde. Esa noche durmió a mi lado, con su sexo dolorido.

    En el tercer relato se veía claramente cómo mi mujer había caído en la sumisión. Aquí otra vez me dedica unas cuantas líneas debido a que yo no me daba cuenta de qué estaba pasando. Mario la había instado a ir al departamento del centro. En las semanas anteriores Valeria sí encontró excusas para evitarlo. Pero la paciencia de Mario llegó enseguida a su límite.

    Valeria fue atada de manos y piernas, en la cama. Estaba asustada, porque no sabía con qué iba a salirle ese animal. Pero por lo visto sólo le gustaba verla así, a su merced. La poseyó de manera tradicional. Ella, ya sin esperar que se lo ordene, le repitió que era su puta, y también agregó que él era mucho más hombre que yo. Lo más interesante del relato fue cuando la obligó a tragar su semen, cosa que mi esposa siempre evitaba hacer.

    Me estaba dando cuenta de que ahora me tomaba con mucha más naturalidad lo que leía. Hacía apenas algunas horas me había abandonado mi mujer, y me había enterado de que me fue infiel con incontables amantes. Pero ahora quedaba muy poco del espanto inicial.

    Leí, ávido, la cuarta parte de la serie, y me encontré con una historia más interesante que las anteriores.

    11

    Sometida por el enemigo de mi esposo, parte 4

    Lo de Mario se me está yendo de las manos. A veces invento excusas para no verlo, pero sólo me sirven para dilatar el encuentro por algunos días. Además, se está volviendo más exigente. Ya no se conforma con verme una vez por semana. Para colmo, parece tener tiempo de sobra, y no puedo esperar a tener la suerte de que alguna vez sea él el que no pueda asistir a nuestra cita.

    En las últimas dos semanas, nos vimos cinco veces en el pequeño departamento que tiene en el centro. El vigilante del edificio ya me deja pasar como si fuese una inquilina más. Y me mira con ironía. Seguramente cree que soy una puta. Es lógico. Qué iba a ser una chica de treinta años, linda, en el departamento de un veterano de cien quilos, durante dos horas. Además, Mario me ordenaba que me maquille como una prostituta. Era cada vez más difícil salir de casa, vestida de manera sensual, para luego maquillarme en el colectivo.

    Lo más chocante de todo esto es que yo misma me estoy acostumbrando a ser su putita personal. Acato cada orden al pie de la letra, y hasta encuentro algo de placer en sentirme usada como un juguete sexual. Ya no me cuestiono el porqué, cada vez que llega la hora de acudir a esa cita, voy a su encuentro como una autómata. Ya ni siquiera necesitaba reiterar la amenaza que pendía sobre mi marido.

    Salgo con otros hombres para recordar lo que es tener el control, y me escribo con otros para tener opciones. Pero durante una o dos veces a la semana, la mujer libre, que ni siquiera se deja reprimir por las normas morales, ni por el contrato del sagrado matrimonio, se convierte en una esclava. Una esclava sexual.

    El jueves recibí el mensaje de Mario recordandome que a las seis teníamos una cita. Me ordenó que me pusiera un diminuto short y un top negro. Y que me atara el pelo en dos trenzas. Debía pintarme los labios de un llamativo color violeta, y la sombra de los ojos tenía que hacer combinación.

    Le pedí que por favor me deje vestirme así en su departamento. Si salía con esa apariencia, sola, a las cinco de la tarde, llamaría demasiado la atención, y las habladurías que ya sabía que empezaban a correr sobre mi persona, aumentarían, e inevitablemente llegarían a Andrés. Pero él fue totalmente inflexible al respecto. Debía llegar así a su departamento, y no se hable más. Para algo era su putita.

    Tenía el short y el top que debía llevar. Pero el maquillaje debía comprarlo. Hice trampa. no podía andar por el barrio vestida como una puta adolescente. Así que me puse uno de mis vestiditos, y metí las prendas que debía usar con Mario en mi cartera. Sali de casa con tiempo y compré el labial y la sombra. Cuando estaba a dos cuadras de la dirección de Mario, me metí en un McDonald. Fui directamente al baño del primer piso. Me quedaban treinta minutos. Si llegaba tarde Mario me castigaría atándome a la cama, y no me dejaría ir hasta altas horas de la noche. Me metí en uno de los cuartitos con inodoro. Me cambié en un santiamén. Guardé el vestido en la cartera. Las trenzas me tomaron más tiempo. Debí tener paciencia. Después me pinté los labios y los ojos frente al espejo.

    No hubo hombre que no se diera vuelta a mirarme. Incluso algunos que llevaban de los brazos a sus novias, me observaron idiotizados. Y un montón de bocinas sonaron en la calle. El short apenas cubría mis nalgas, y el top hacía lo mismo con mis tetas. La vestimenta generaba la sensación de desnudez, y el llamativo color de labios y ojos terminaban de lograr que mi apariencia fuese exageradamente llamativa. Si no fuese joven, y no tuviera todas las cosas en su lugar, me vería ridícula. Pero, al contrario, todos parecían encontrarme fascinante.

    El vigilante del edificio tardó en reconocerme, y cuando por fin me abrió la puerta dijo “que la pases bien”, con una sonrisa grotesca en su rostro.

    Si bien el vestuario era excesivo, no imaginé que me esperase una noche muy diferente a las otras. Mario me haría desnudarme despacito, me acariciaría por todas partes con sus manos callosas. Quizá me ordenaría que llame a Andrés mientras me manoseaba. Me metería la pija y los dedos por todas partes, y si estaba de buen humor, me practicaría un delicioso sexo oral. Me obligaría a tragarme su semen. Me pondría un cinturón en el cuello, atado con una cadena, y me haría gatear como una perrita por la casa, hasta que tuviera otra erección. Yo debería decirle que era su puta, su putita personal, su esclava, su sumisa.

    Mario me abrió la puerta. Me acarició el culo mientras entraba. Si bien el departamento estaba silencioso, sentí el denso humo de cigarrillo. Mario no fumaba.

    En la mesa del pequeño comedor, había tres hombres sentados alrededor. En el centro de la mesa, un maso de cartas.

    – Apa, apa, mirá la que se tenía guardada Marito. – dijo uno de ellos. Un flaco de ojos hundidos, con el pelo rubio pajoso, con algunas canas.

    – Les presento a mi putita. – dijo Mario.

    Todos tenían más de cuarenta años, y rozaban los cincuenta. Los otros dos eran un hombre de anteojos y pelo negro, bien corto, vestido con traje. Y el último era un musculoso, pero panzón, de remera negra, con aspecto de patovica.

    – Nunca estuve con tantos. – me quejé.

    Mario me acarició la mejilla con indulgencia.

    – Sólo vas a estar con los ganadores. -dijo.

    – ¿Qué?

    – Lo que escuchaste zorrita. – dijo el rubio de pelo pajoso.

    – Vení. – dijo Mario. – vamos a jugar un jueguito.

    – ¿Qué jueguito? – pregunté, intrigada y asustada.

    -Eso Mario, ¿Qué jueguito? – dijo el hombre de traje.

    – Muy simple. Vamos a tirar las cartas. El primero que saque un doce (un rey), tendrá derecho a una mamada de mi putita.

    Los otros tres festejaron como niños. Yo estaba parada al lado de Mario, que ya estaba sentado en uno de los extremos de la mesa. Ni siquiera se molestaron en darme un asiento.

    – Esperá Mario. Entonces al final va a estar con todos. -dijo el de traje. – ¡si los reyes son cuatro, y nosotros también!

    – Nada de eso. Sólo los primeros dos. Los otros se quedarán con las ganas de la mamada, y esperarán al siguiente juego.

    – Que tramposo Marito. – dijo el rubio. – A vos te la habrá chupado mil veces, y la podés tener cuando quieras, no deberías participar.

    – ¡Dejá de quejarte! ¿Cuándo vas a tener a una yegua así gratis?

    – Tiene razón Mario. – dijo el de aspecto de patovica. – Encima que nos entrega este bombón te quejás.

    – Vos lo decís porque sos un voyeur y te conformás con mirar. – retrucó el rubio.

    – Eso no lo niego. – confeso el patovica.

    – Bueno, basta de discusiones. Empecemos, que a esta putita le encanta la pija. No la hagamos esperar.

    No dije nada. Me quedé ahí parada, mientras escuchaba sus palabras denigrantes, y se disputaban mi cuerpo como si fuese un trofeo.

    – Así que estás casada. – dijo el hombre de traje.

    Mario empezó a repartir las cartas lentamente. Me pareció ridículo el juego. ¿por qué no me pedía que se las chupe a todos y listo? No podía decirle que no. Y no sólo debido a mi obediencia. Estaba en un departamento con cuatro hombres. No podría hacer nada para resistirme.

    – Claro que está casada, y al cornudo del marido lo desmayé de una trompada. No tienen idea de lo cagón que es.

    Los cuatro estallaron en carcajadas, mientras Mario les relataba minuciosamente aquel altercado que dio inicio nuestra sórdida relación.

    – Genial. Vení acá putita.

    El hombre de pelo rubio pajoso tenía un doce de basto sobre la mesa.

    – Ahí tenés maricón. Tato que te quejabas y fuiste el primero en ganar. – dijo el patovica.

    No esperé a que me lo ordene Mario. Me acerqué a ese tipo del que ni siquiera sé el nombre. Él empujó la silla para atrás para hacer espacio. Me puse en cuclillas, a sus pies, en vez de arrodillarme, para no lastimarme.

    – Hacelo despacio y con cariño zorrita. – dijo. y dirigiéndose al patovica agregó. – acá tenés, disfrutá de espectáculo, degenerado.

    – Así lo haré. – dijo el aludido, poniéndose en un lugar donde podía ver todo.

    Acaricié la verga por encima del pantalón. Todavía no estaba erecta, así que lo masajeé hasta sentirla dura. Después corrí el cierre del pantalón, y delicadamente, saqué el miembro, y me lo llevé a la boca.

    – Esta zorrita sabe lo que hace. – dijo, sintiendo cómo lo pajeaba mientras mi lengua devoraba la cabeza del pene.

    Su miembro era normal, pero parecía pequeño al lado de la tremenda pija de Mario, de la que ya estaba acostumbrada. El rubio me agarró de las trenzas, y empezó a hacer movimientos pélvicos, logrando que me trague toda su verga, y que su pelvis peluda choque con mi cara una y otra vez. Traté de sacármelo de encima cuando supuse que ya iba a acabar. Pero me agarró de la nuca, y eyaculó adentro. El semen impactó en mi garganta. Me hizo toser y escupirlo en el suelo.

    – Que puerquita hermosa. – dijo el maldito.

    Mientras se disputaban quien sería el próximo en meterme la verga en la boca, me puse a limpiar el enchastre que hice.

    El siguiente a quien debía mamar era al hombre de traje.

    Este era más educado, y dejaba que yo haga todo el trabajo, sin obligarme a tragármela entera. Me acariciaba la mejilla con ternura, y me repetía una y otra vez que soy hermosa, entre jadeos.

    Cuando me dijo que ya no aguantaba más, lo masturbé frenéticamente y lo hice acabar en mi cara.

    – Hey, no te vayas a enamorar amigo. – le dijo el rubio, y todos rieron.

    Fui al baño a limpiarme la cara. Cuando regresé, Mario explicaba el siguiente juego.

    – Ahora voy a tirar una ronda de cartas. Sólo uno para cada uno. El que saque la carta más alta tendrá derecho a ordenarle a mi putita que se saque una prenda. El que le quite la última, podrá cogérsela, pero tendrá que hacerlo acá, en frente de todos.

    – Pero Mario, ¿las zapatillas cuentan como una sola prenda o dos? – preguntó el de traje.

    – Como una sola.

    – ¿Y los ases le ganan a todas las demás? – dijo el rubio.

    – Claro que sí. Y si hay empate, se desempata entre los ganadores. ¿Queda claro?

    En la primera ronda, al rubio le tocó un once que nadie pudo superar.

    – A ver zorrita, empecemos por lo más aburrido. Chau zapatillas.

    Me las saqué. No iba a pasar mucho tiempo para que culmine el juego. Solo vestía el short, la tanga y el top. Mario fue el siguiente en ganar, y me ordenó que me saque el top.

    – Mirá que lindas tetitas tiene la zorra. – dijo el rubio.

    – Ya ven que mis putas no son cualquier cosa. – se regodeó Mario. – Carne de primera calidad.

    – bajate despacito el short. – dijo el patovica, que acababa de ganar la tercera apuesta. – date vuelta y menea el culo mientras los hacés. – agregó.

    Así lo hice, y recibí los chiflidos del rubio, Mario, y el propio patovica. El único que no se comportaba como un infradotado cunado estaba frente a una mujer semidesnuda, era el de traje.

    Jugaron la última ronda. Mario y el patovica empataron.

    – ¿Hace falta que desempatemos Marito? – Dijo este último. – si vos la tenés siempre. Dejámela a mí. No vaya a ser cosa que me vaya de acá sin ganar nada.

    – Qué maricón. Te parecés a uno que ya sabés. – dijo Mario, señalando con la vista al rubio. – si perdés ya vas a tener tu oportunidad, más adelante. Acá van las cartas.

    Mario sacó un cuatro, y el patovica un seis.

    – Vení para acá bebé. – dijo el ganador.

    Me incliné delante de él y apoyé el torso sobre la mesa. El patovica me arrancó la tanga y la hizo hilachas. No me importaba. En la cartera tenía otra, y Mario, a diferencia de Andrés, no tenía problemas en comprarme ropa interior.

    Se mojó la mano, y me la metió en la concha.

    – Ya está mojada la putita. – dijo, cosa que era cierto.

    Me agarró de las caderas y me la metió, despacito. Los otros tres no se perdían detalle de la escena. Tenía mucha fuerza en las piernas. Cunado ya estaba dilatada, empezó a moverse con mas velocidad. La mesa empezó a arrastrarse hacia adelante mientras me cogía. Cerré los ojos, deseando que esa noche no sea tan larga como me lo imaginaba. Le había escrito a Andrés que llegaría tarde, como tantas otras veces. Pero no quería aparecer en casa a las dos de la mañana.

    El patovica retiró su miembro, se sacó el preservativo, y eyaculó en mis nalgas.

    El hombre de traje tuvo la gentileza de entregarme un pañuelo descartable para limpiarme.

    – Muy bien, ya nadie se puede quejar. Todos tuvieron algo de mi putita. – exclamó Mario.

    – ¿Ya se terminaron los juegos?

    – Nada de eso. Falta un último juego. Vamos al living – dijo. yo los seguí, desnuda.

    Mario sacó de un cajón una cajita con cuatro dvds.

    – Mirá putita. – dijo, dirigiéndose a mí. – Acá hay cuatro películas diferentes. Sólo tenés que elegir una. El juego es muy simple, vos vas a tener que hacer lo que haga la actriz de la película que elijas. Y también vas a elegir quiénes de nosotros harán el papel de los hombres de la película. Si tenés suerte, sólo vas a tener que hacer un par de petes. Si no la tenés, vas a tener que lidiar con cuatro pijas a la vez.

    – Qué buena idea Marito. – dijo el patovica.

    – Me imagino que hay al menos una película donde le hacen una penetración anal y vaginal, mientras uno se la mete por la boca, y el otro es masturbado por la misma chica. – fantaseó el rubio. – Ojalá que toque una película así.

    Elegí un video al azar, sin pensarlo mucho. El morbo que le generaba a ellos esos jueguitos, a mí me resultaba aburrido.

    Mario puso un video. En la pantalla apareció una chica, mucho más joven que yo, completamente desnuda, arrodillada en el piso. De repente, aparecieron en escena cuatro hombres desnudos. La rodearon. Sus vergas estaban erectas, y se acercaban a ella. La chica empezó a chuparlas, una por una. Mientras que con las manos masturbaba a otros dos.

    – Fijate que no usa las manos con el que se la está chupando. – dijo Mario.

    Yo asentí con la cabeza.

    – Y cambia a cada rato de pija. -dijo el patovica.

    Era cierto. Sólo estaba unos segundos con el miembro en su boca, y enseguida cambiaba de hombre. Los otros giraban a su alrededor, para cambiar de turno.

    Mario adelantó el video, y se vio cómo los cuatro hombres eyacularon en su cara, dejándola repleta de semen.

    – Considerate afortunada. Este no es el más difícil. – Aclaró Mario. Yo supuse que tenía razón. El más difícil seguramente era uno muy similar al que describió el rubio.

    Mario tuvo la gentileza de poner un almohadón en el piso, para que me arrodille sobre él. No era necesario elegir al “actor” que haga el papel correspondiente de la película, porque de todas formas, debían ser cuatro.

    Mario y sus secuaces se desnudaron. Mi amante ya tenía la verga inmensa al palo. El rubio y el de traje ya estaban a media asta, y el patova se masturbaba. Me rodearon. Yo manoteé la bestial pija de Mario, que tenía a mi derecha, y con la otra ayudé al patovica a que se le endurezca el miembro. El rubio estaba al frente mío. Abrí la boca, y recibí de nuevo su verga. Todavía estaba pegajosa y con un fuerte sabor a semen.

    Era muy difícil imitar a la chica. Me costaba mucho succionar la pija sin ayuda de mis manos, y a la vez, coordinar mis movimientos para masturbar a los otros dos al mismo tiempo. Cuando el miembro entraba dos o tres veces en mi boca, cambiaba por otro. Les di, sin querer, algunos mordiscones. Así que decidí no usar mucho mis labios, sino más bien mi lenga.

    Un hilo de baba caía constantemente de mi boca, cada vez que entraban y salían esas cuatro vergas. Muchas veces tuvieron que instarme a que los masturbe, porque, sin darme cuenta, había dejado de hacerlo. La verga de Mario era la más difícil con la que tenía que lidiar, porque me llenaba la boca, y si no la sacaba rápido, yo comenzaba a toser y escupir.

    Las mandíbulas me dolían de tanto abrirlas y cerrarlas. Entre mis piernas, se había formado un pequeño charco de baba. Nunca me había sentido tan sucia, ni tan humillada. El primero en acabar fue el rubio. Pero yo tuve que seguir un buen rato con los otros tres, con la incomodidad que me generaba tener el semen pegado en mi cara.

    No sé cuánto tiempo estuve chupándoselas, pero se me hizo eterno. Eyacularon, uno a uno en mi cara. Cuando terminaron, Mario me agarró del brazo, y me llevó al baño.

    – Mirate. – me dijo, cuando estábamos frente al espejo. – Eso sos vos. – agregó, mientras me acariciaba el culo.

    Mi cara estaba cruzada por montón de hilos de semen. Y en algunas partes, donde había mayor abundancia, se empezaba a deslizar hacia abajo.

    Me dejó sola. Me limpié la cara mientras escuchaba cómo hablaban de lo bien que me había comportado. Fui a buscar mi cartera.

    . ¿Ya me puedo ir? – pregunté.

    – Sí putita, después arreglamos para otro encuentro. – dijo Mario.

    Sus tres compinches coincidieron en que les gustaría verme de nuevo.

    Me puse la ropa interior limpia y el vestido, frente a ellos. No me quise bañar ahí. Quería irme cuanto antes.

    Me tomé el colectivo, porque temía que, en un taxi, el chofer sintiera el olor a semen que todavía había en mi cuerpo. Me senté en el fondo, apartada de los otros pasajeros. Me saqué la pintura del labio, y el resto del maquillaje. Y de repente, me largué a llorar.

    Llegué a casa a medianoche. Me di una ducha antes de meterme en la cama con mi marido.

    – ¿Estás bien? – me preguntó Andrés, al notarme turbada.

    – Sí. – le contesté.

    Me dio un beso en el hombro y en seguida se durmió.

    12

    Siempre fui un perdedor. En la secundaria era el típico chico al que todos molestaban. Malo en los deportes, con aspecto de nerd, pero sin las ventajas de la inteligencia que supuestamente venían junto a esa condición. Tímido hasta la desesperación. Torpe. Apocado. Y, por su puesto, terminé la secundaria siendo virgen.

    Tenía pocos amigos. Y la mayoría de ellos se fueron alejando de mi vida (y yo de la de ellos). El único con el que conservaba contacto regular era con Marcos. A él lo conocí en mi solitaria época de adolescente. Era dos cursos más avanzados que yo. No éramos realmente amigos en ese entonces., porque a esa edad, llevarse dos años, es demasiado. Pero siempre me trató bien, y más de una vez me salvó de alguna golpiza de los abusadores de la escuela. Años después fuimos compañeros de trabajo durante un tiempo, y ahí fue cuando se afianzó nuestra relación. Era el único amigo que me quedaba, y por eso, cuando Valeria me dejó y empecé a leer los relatos, fue el primero y el único al que llamé para contarle mis penas.

    Cuando terminé de leer el relato de Mario, vi que me habían llegado varios mensajes. Revisé ansioso el celular, deseando que fuese Valeria, pero se trataba de Marcos, quien me había dejado tres mensajes. Pensé que seguramente estaría preocupado por mí. No me molesté en leerlos. Sabía que me encontraría con el mismo texto que me mandó a la noche, “no leas los relatos”. Demasiado tarde amigo.

    Ya había amanecido, el día estaba hermoso y los pajaritos comenzaban a cantar. Si esto fuese una película con finales trillados, ese bello amanecer, simbolizaría un final feliz, o un nuevo y venturoso comienzo para el protagonista. Pero eso estaba por verse.

    Aunque muchos me crean un idiota, me resultaba difícil decidir si alguna vez podría perdonar a Valeria. Pero incluso si la perdonara, era inviable empezar la relación de cero. Sin embargo, nunca me perdonaría a mí mismo. Mi visión inocente y desganada sobre la vida, mi cobardía, mi desinterés por los detalles, y tantas otras falencias, me costaron mi matrimonio. Un matrimonio, que probablemente, nunca existió más que en los papeles.

    Siempre asumí que Valeria valía más que yo. Que debía estar agradecido con la vida, porque una mujer como ella se diera vuelta a mirar a alguien con tantos defectos, y tan pocas virtudes. Me convencí de que nuestra relación marchaba al ritmo de sus deseos, y no hice nada cuando empezó a pasar menos tiempo en mi cama, y más tiempo en la calle.

    No sé si hubiese podido contener a una mujer tan caprichosa y desprejuiciada como ella. Pero lo que sí sé, es que nunca lo intenté.

    Al otro al que no podría perdonar nunca es a Mario. Su placer por la humillación de otros, su prepotencia, su agresividad, y ahora que había leído los relatos, su misoginia, su sadismo, y su crueldad absoluta, eran cosas que nadie debía dejar pasar.

    Es cierto que Valeria lo provocó y se dejó caer en sus garras. Pero lo demás, obligarla a vestirse como puta, arriesgando a que se exponga ante todos. Humillarla cada vez que la poseía, y sobre todo, obligarla a copular con tres desconocidos. Mario era un hijo de puta con todas las letras. Y si no fuese Valeria, sería otra chica, probablemente más inocente, la que convirtiera en su puta personal.

    No me podía sacar de la cabeza la posibilidad de que, en ese mismo momento, Valeria esté con él. Tal vez atada y amordaza, mientras él usaba su cuerpo como un juguete sexual.

    Valeria me venía dando señales desde hace tiempo, y yo me negué a verlas. En los relatos mas recientes, se ve cómo ella buscó a otros hombres con mayor frecuencia de la normal. Entre ellos están “L”, y “P”.

    Recordé cómo, por la noche (hace mil años), dejó el teléfono celular sobre la mesa, y se fue a bañar. Probablemente muchas veces había hecho algo similar, pero recién anoche me digné a prestar atención a los indicios, y me animé a revisarlo. Sin dudas, Valeria esperaba recibir algún mensaje a esa hora. Probablemente les pidió a sus amantes que lo hagan justo en ese momento. A esas alturas, sus llamados de atención eran un pedido de socorro.

    Ella necesitaba que yo sepa. Necesitaba sacarse de encima al lastre de su esposo. Al no tener que ocultarme su doble vida, sería libre de nuevo. Hasta podría dejar a Mario sin temor a represalias.

    Era raro. No había dormido por muchas horas, pero me sentía más lúcido que nunca. Fui a la cocina. Agarré un cuchillo afilado, no muy grande, porque necesitaba esconderlo en mi cintura. Salí de mi casa. Era la primera vez en mi vida que me sentía tan determinado.

    Eran las cinco y media de la mañana. Las calles estaban desiertas. Sólo tenía que caminar trescientos metros, pero se me hicieron larguísimos.

    Cuando llegué, no me molesté en tocar el timbre. Me trepé por las rejas. Recordé que Mario tenía un perro, pero por lo visto estaba en el fondo. Golpeé con violencia la puerta. Si despertaba a algún vecino, tanto mejor.

    – Qué querés, idiota. – escuché la voz de Mario al otro lado de la puerta.

    -Dónde está mi mujer. – exigí saber.

    Él, confiado, abrió la puerta.

    – Aparte de cornudo sos boludo vos, que te pen…

    No lo dejé terminar. Le devolví la trompada que me había dado hace unos meses. Pero apenas se movió, y mi mano me dolió mucho.

    – Ah, sos loquito vos. –dijo. me agarró del cuello y me metió para adentro.

    Me dio una piña en la panza que me dejó sin aire.

    – Así que ahora sos el príncipe azul. – lo escuché decir.

    Intenté sacar el cuchillo de la cintura, pero antes de lograrlo recibí una patada en la cara. Mi nariz y boca sangraban. Las encías dolían mucho. Sentí un diente flojo, y el labio inferior tenía una herida profunda. Quise aferrarme al cuchillo, quise levantarme y pelear. Pero no me podía moverme, y Mario me sacó el cuchillo de mis débiles manos.

    Voy a morir, pensé. Tenia la vista nublada. Me preguntaba dónde clavaría el cuchillo.

    Pero entonces lo escuché gritar, dolorido. Y después algo parecido a un palo chocando con un balde de plástico. Mario cayó al piso, al lado mío. Estuve cerca de que me aplaste.

    – Andrés ¿Estás bien? – escuché decir a una voz masculina. – ¿Estás bien?

    – ¿Marcos? – susurré, reconociendo a mi viejo amigo. – Marcos ¿Por qué…?

    Desperté en su casa catorce horas después.

    – Qué suerte que no tenés nada grave. -dijo.

    – Me salvaste. ¿Qué hacías ahí? – tenía la boca hinchada, y apenas podía hablar.

    – No me contestabas los mensajes. – aclaró, y cambiando de tema, agregó. -Tenés que ir a que te vean esas heridas. Principalmente la del labio.

    – ¿Está muerto?

    – Ni idea. Al final los leíste, ¿no?

    Por una vez en la vida, mi cabeza funcionó con perspicacia.

    – Vos tam… Vos también estás en los relatos. – dije, y no era una pregunta. – Por eso no querías que los lea.

    – Fue una sola vez. – me prometió, con cara de congoja. – te juro que fue una sola vez. Fue cuando me quedé a dormir en el sofá de tu casa. Me buscó a la madrugada, cuando dormías. No le pude decir que no.

    – Y quien puede. -dije.

    – Después de eso, la esquivé como si tuviera lepra.

    Supongo que después de todo lo que había leído, y teniendo en cuenta que me acababa de salvar la vida, no podía reclamarle nada. Al menos en ese momento.

    – ¿Y Valeria?

    – Ni idea. En lo de Mario no estaba.

    – ¿Y con quien está?

    – Quizá con nadie.

    Me quedé unos días en su casa. me hice atender las heridas. Por lo visto Mario estaba en terapia intensiva. Circulaba el rumor de que uno de los drogadictos a los que le vendía drogas lo había atacado salvajemente.

    Seis meses después.

    Sé que ahora está con sus padres. Doña Beatriz y don Román son buenas personas. Incluso cuando ella les dijo que me oculten su ubicación, me llamaron y me lo informaron. Mario, por fin, pasó al otro mundo. Y mi héroe Marcos, quedó totalmente indemne de la situación. Tampoco hubo imputados. A nadie le importaba quien había matado a un dealer de poca monta. Mario se creía Tony Montana, pero era solo otro rastrero más. Totalmente reemplazable. El inútil aparato de la justicia nos jugó a favor.

    Volví a casa. Muchos vecinos me miraban con curiosidad, y algunos se animaban a preguntarme por Valeria. Yo les contestaba, sin vueltas, que nos separamos.

    Mi amistad con Marcos continúa. No sólo por haberme salvado, y luego cuidado. La forma en que Valeria lo había seducido, yendo semidesnuda en mitad de la noche, a donde él estaba durmiendo, casi podía considerarse una violación. Y así se relata en el cuento “Con el amigo de mi marido, mientras duerme”. Tengo que admitir que todavía me masturbo leyendo algunos de sus relatos. Pero ya no sintiendo que estoy leyendo cómo se cogen a mi mujer, porque el marido de Valeria, ese de los relatos, es otro distinto a mi yo de ahora.

    Creo que por fin hay algo que entiendo de mi mujer. Escribir sobre los sucesos de su vida y compartirlo con desconocidos, es un alivio para el estrés. Por eso ahora, en homenaje a quien, para bien o para mal, es la mujer de mi vida, publico mi historia.

    Ayer recibí un llamado de Valeria. Pero no le contesté. Ahora estoy rehaciendo mi vida y no quiero volver al pasado. Quizá más adelante podamos tener una charla agradable, pero por ahora no.

    Fin.