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  • La cama ginecológica

    La cama ginecológica

    Hacia un tiempo ya que entre mis amigos de una red social tenía a un chico que estudiaba medicina al cual le envié la solicitud de amistad porque cuando vi su perfil me quede encantado con su hermosa carita,  nunca me atreví a hablarle directamente ya que nadie sabe de mi orientación sexual y por mi trabajo debo mantener las apariencias, mas sin embargo siempre revisaba su perfil y reaccionaba a sus fotos entre sus contactos habían varios chicos que evidentemente eran gays por lo que yo tenía mis dudas sobre él además en su información decía soltero así que en el fondo guardaba las esperanzas de que algún momento surgiera la posibilidad de conocerlo un poco más a fondo.

    Un cierto día necesitaba un certificado médico así que fui hasta una clínica de la ciudad donde por casualidad trabajaba este chico ahí lo vi por primera vez en persona y descubrí que en realidad las fotografías de si página en la red social no le hacían justicia ya que al verlo ahí con su uniforme de residente médico se veía hermoso, estaba con unos pantalones algo ajustados una bata blanca y unos zapatos de esos cómodos que utilizan los médicos ya saben los que traen abierta la parte de atrás por lo que se le veían los calcetines blancos (siendo fetichista de pies no podía dejar de mirar ya que me encantaba), el chico se me acercó y me saludo así que entablamos una ligera conversación:

    -hola cómo está le puedo ayudar en algo.

    -hola claro si fueras tan amable y me indicas donde me podrían ayudar con una consulta de medicina general.

    -por supuesto ven te acompaño, sientes algún malestar.

    -en realidad solo necesito un certificado ya que debo viajar.

    -en eso te puedo ayudar yo, como residente puedo emitirlo, si tú quieres claro.

    -por supuesto eso me gustaría.

    Luego pasamos a su consultorio donde me tomo todos los datos y me indicó que para el viaje que debía hacerme era requisito ponerme una vacuna, pero que no era problema que si la tenían y si yo quería me la podía poner ahí mismo, le dije que sí que aprovechado que estaba ahí me la pusiera, luego la fue a traer y me dijo recuéstate y descúbrete la nalga debo ponerte la ahí después de inyectarme me dio un ligero masaje en la nalga un poco más extenso de lo que normalmente lo suelen hacer, me dijo está listo ven para que me des unos datos para el certificado, él estaba de pie y noté que tenía una erección que se le hacía difícil de ocultar por los pantalones ajustados, le di mis datos y me dijo:

    -que bien me gusta tu profesión si no fuera médico sería abogado.

    -qué tiempo llevas trabajando en esta clínica.

    -poco recién un mes recién me gradué por eso estoy de médico general aún.

    -es emociónate tu profesión también.

    -por ahora no mucho la verdad.

    -este es mi numero por si tienes alguna consulta, me puedas dar el tuyo por si necesito ti asesoría.

    -claro que si con gusto, me llama o escribes con confianza en lo que te pueda ayudar a tu disposición.

    -con una sonrisa pícara-en lo que sea?

    Yo todo sonrojado.

    -así es no solo en lo legal.

    Luego nos despedimos y me retiré de la clínica esa noche recibí un mensaje en mi cuenta de la red social en el que le me decía:

    -mira que hemos sido amigos virtuales desde tiempo y recién hoy nos conocemos.

    -así veo pero que bien me agradas.

    -tu igual me caíste muy bien.

    -qué bueno me gustaría que seamos amigos no solo virtuales.

    -perfecto podemos salir algún momento a tomar algo.

    Y así iniciamos un ciclo de conversaciones por chat donde siempre se notaba un sutil y mutuo coqueto en el que ninguno de los dos se atrevía a insinuar sus verdaderas y eróticas intenciones, hasta que una noche me escribo y me dijo:

    -hola cómo vas

    -bien recién termine de armar mis malestar, mañana saldré al viaje del que te hablé y para lo que me diste el certificado.

    -es verdad ya te vas, y nunca salimos tocará esperar a que regreses.

    -Bueno sólo serán 15 días.

    -igual te voy a extrañar.

    -en serio y qué haces ahora.

    -aquí aburrido me tocó estar en la clínica de guardia esta noche.

    -ho que mal estás ocupado.

    -no en realidad no hay nada que hacer solo tengo que estar por si se presenta una emergencia pero nunca pasa nada, me imagino que ya estás descansando para tu viaje si no te diría que me vengas a visitar acá.

    -de verdad se te puede visitar allá a esta hora, no habrá ningún problema.

    -claro que si, si quieres ven y yo te salgo a ver en la puerta de emergencia.

    -seguro solo dame 15 minutos y estoy allá.

    Cuando llegue ahí estaba el esperándome junto a la puerta cómo habíamos quedado, fuimos hasta el piso dónde estaban los consultorios un nos pusimos a conversar en la sala de espera luego de un rato me contó que su papá era el dueño de la clínica que era ginecólogo y que el consultorio fuera del que estábamos era el suyo que si quería podíamos pasar y conocerlo, yo ya todo ansioso por robarle un beso interprete eso cómo una clara señal de lo que debía pasar, cuando entramos al consultorio de su papá vi que había una cama algo extraña que no había visto antes tenía una especie de soportes para mantener en alto las piernas y le pregunté qué era y me dijo:

    -es para la exploración ginecológica para que las mujeres se recuesten con las piernas abiertas y se puedan relajar.

    -jajajaja a mi me da muchas ideas esa cama.

    -jjaja como cuales.

    -cómo está.

    No pude esperar más así que lo tome por su barbilla y lo empecé a besar, a lo que él me abrazó y empezó a recorrer mi espalda con sus manos, acarició mis nalgas las apretó con fuerza y luego me tocó mi pene para descubrir que estaba a reventar por lo excitado que estaba, empezamos con un morboso juego de besos y caricias recorrí todo su cuerpo con mis manos sentía su pene tan duro que ni podía esperar para verlo, le baje los pantalones y me encontré con un delicioso y venoso trozo de carne que casi de inmediato empecé a mamar el tomo mi cabeza y entre gemidos me decís que bien lo haces, se notaba que estaba muy excitado porque empezó a hacer sus movimientos pélvicos penetrándome la boca, luego se detuvo me levanto a la altura de sus labios y me dijo «es mi turno» me beso apasionadamente mientras con sus manos desabrochaba mis pantalones y me sacaba el pene para luego bajar y prenderse a succionarlo jugueteaba con sus labios y su lengua sobre mi efecto pené que estaba completamente húmedo por lo que estaba pasando, yo saqué mi pene de su boca coló tomé con una mano y con la otra sostuve su cabeza y empecé a dar ligeros golpes con mi pene en su cara, lo levante y lo empecé a besar mientras le quitaba la ropa cuando deje su torso al desnudo acaricie su suave pecho pellizcando con delicadeza sus rosados pezones a lo que él soltó un gemido de placer por lo que baje besando desde su cuello hasta su pecho y me puse a lamer y chupar su pecho él se retorcía de placer pero yo lo sujetaba con una mano en su espalda y la otra metida en sus pantalones tocando esas redondas nalgas empecé a meter mis dedos en su ano que se sentía húmedo y cálido.

    Me hice hacia atrás y sin dejar de mirarlo con una cara de demente sexual me quite toda la ropa él ya estaba con sus pantalones y ropa interior por las rodillas y sé masturba mientras yo me desnudaba, me acerqué lo besé y tomándolo por la cintura lo levanté para recostarlo en la cama ginecológica le quité los zapatos dejándole los calcetines puestos eran blancos pequeños y apenas y cubrían sus pies eso me volvía loco de deseo, usé los soportes de la cama para poner sus piernas abiertas frente a mi me senté en un pequeño banco que usa el ginecólogo para la exploración íntima de sus pacientes y empecé a acariciar su ano percatándome que estaba recién rasurado y muy aseado por lo que no dude en empezar a lamerlo y masajearlo con mi legua haciendo movimientos circulares y dilatando su ano para penetrarlo con la lengua el gemía de placer y yo me devoraba su culo cuando le dije:

    -te puedo meter mi pene?

    -si, en el cajón de allá hay condones y lubricante úsalos, toma el mandil que está en el perchero y póntelo hoy serás mi ginecólogo.

    -esto me pone a muy excitado me encanta tenerte así.

    -se más rudo por favor háblame sucio.

    Me puse el condón, y le apliqué lubricaste en su culito y con suavidad empecé a penetrarlo a pesar del lubricante se sentía bastante apretado y gemía entre dolor y placer así que una vez se lo metí todo lo deje un momento dentro para que se relaje y le pregunté:

    -te gusta mi verga?

    -si doc métemela toda, rómpeme el culo.

    -que rico que lo tienes estás súper apretado.

    -eres el primero que me clava la verga.

    -te voy a hacer mi putita, ese culo va a ser sólo mío.

    -entre gemidos-si papi dámelo hazme tuyo, cógeme duro.

    Eso me causó una sensación de poder que era muy placentero, por lo que empecé con el mete y saca mientras con mis manos recorría sus piernas acariciando sus muslos luego subí por su abdomen hasta su pecho y empecé a estrujar sus pechos entre mis manos mientras le decía:

    -que ricas tetas tienes.

    -son tuyas puedes hacer con ellas lo que quieras.

    Al escuchar eso le saque la verga me quite el condón y lo puse agachado frente a mi, puse mi verga en su pecho y con mis manos le apreté sus pectorales alrededor de mi ella para con movimientos pélvicos hacerme una paja rusa que nos excitó tanto a los dos que casi me hace acabar ahí mismo, pero no, yo quería más de ese rico culo así que me controle le di la vuelta y lo puse en cuatro empecé a besar su espalda pasando mi lengua desde su culo hasta la nuca por la línea de la columna (esa es una técnica que nunca me falla) sentí como él temblaba de placer, me acomodé detrás de él y le metí la verga de un tirón a lo que dejó escapar un gemido que hizo él le dé con fuerza mientras se la metía hasta el fondo con fuerza y rapidez, sus gemidos aumentaban y yo le di unas nalgadas que al ver cómo las disfrutaba aumente de intensidad hasta dejarle rojo el trasero cogí su cintura en mis manos y empecé a embestirlo sintiendo como mis bolas chocaban con las suyas, no quería terminar aun así que le di la vuelta poniéndolo nuevamente en posición ginecológica con sus piernas apoyadas en los soportes de la cama puse sus pies aún con los calcetines sobre mi cara sentí un olor suave el chico tenía una excelente higiene personal, lo cogí por los tobillos y recorrí todo mi cuerpo mi pecho, mi abdomen y los serré alrededor de mi verga parada, no tuve que decirle nada porque el inmediatamente entendió lo que debía hacer así que empezó a masturbarme con sus pies, los levante nuevamente le quite los calcetines y me metí uno de sus pies en mi boca mientras con el otro me acariciaba desde las bolas hasta el pecho.

    Puse sus piernas nuevamente en los soportes de la cama y empance a penetrarlo nuevamente haciendo sonar sus trasero con mis embestidas, entre el sonido de las penetración sus gemidos de placer y los jadeos de mi respiración se escuchaba una excitante sinfonía sexual por lo que sentí que ya no podía más y sin decirle nada deje salir mi leche a chorros dentro de él, corrida que le gusto tanto que él también se vino sin tocase empezó su rosada y gruesa verga a lanzar chorros que llegaron hasta mi cara y cubrieron su abdomen y pecho.

    Luego nos limpiamos vestimos y hablamos por un rato en dónde le confesé que desde que hacía un par de años cuando lo agregué en mi red social los sedaba, y él sonriendo me dijo:

    -de verdad que entre tantos me encanta que me diste no podía esperar a que me hablaras.

    -es en serio?

    -claro porque crees que cuando te vi en la clínica me apresuré a atenderte cuando eso es trabajo de la recepcionista.

    -entre risas- de haberlo sabido me hubiese enfermando más seguido.

    -sabes fantaseaba con tener algo así contigo, solo que me lo imaginaba en tu oficina, porque siempre veo todas tus fotos.

    -Bueno eso solo es cuestión de que regrese y podemos hacerlo ahí.

    Pero eso mis amigos es otro relato que algún momento les contaré.

  • Sexo con el amigo de mi padre

    Sexo con el amigo de mi padre

    Todo comenzó cuando comencé mi postgrado, y me tocó mudarme a otra localidad lejos de casa, mi relación sentimental estaba algo complicada, por múltiples factores que no les contaré para no aburrirlos.

    Pues bien comencé los estudios y me abarcaba el tiempo de lunes a viernes, así que los viernes salía corriendo de clases a tomar un bus que me llevara a casa a ver a mis padres los fines de semana, he aquí donde todo comenzó.

    Juan “EL NEGRO” lo conocí a través de mi papa, una vez en un día de playa, ese día fue algo incómodo pues pasó todo el día recostándome su verga, yo contaba con 18 años y desde entonces siempre me tuvo ganas hasta ahora.

    Entonces siempre me escribía y me decía que deseaba que fuera su mujer, pero yo siempre lo esquivaba y le toreaba sus presunciones, era amigo de mi padre, además había muchos rumores en su contra, pero bueno, muy determinadamente que soy caliente, no me atrevía a aceptar al negro amigo de mi padre.

    Pues bien, como les mencioné salía los viernes a casa, pero llegaba de noche y el transporte era escaso y se me dio por llamar a Juan para pedirle el favor de llevarme a casa.

    Juan: ¿hola corazón como estas?

    C: hola, ¿bien y tú?

    Juan: bien acá pensándote casualmente.

    C: que bien, ¡sabes… necesito un favor tuyo!

    Juan: ¡tú dirás mi reina para que soy bueno!

    C: podrías venir a buscarme, ¡acabo de llegar y no hay transporte!

    Juan: Claro amor, ¡la busco y la traigo a mi casita y nos divertimos un rato!!!

    Se rio pícaramente y luego me dijo:

    Juan: ¿Dónde estás? ¡Ya voy por ti!!

    Le dije la dirección y en 15 minutos estaba recogiéndome, el muy canijo se apuró lo más rápido que pudo para llegar por mí, lo cual le agradecí con un fuerte abrazo y beso.

    Ya en el carro me preguntó si había cenado, le dije que ni había almorzado pues no me dio tiempo por salir corriendo, entonces me dijo “vamos para que comas” se metió en un restaurant cenamos y conversamos.

    Nos tomamos unas cervezas, pero ya era tarde y le dije que nos fuéramos, me llevó a casa, cuando me iba a bajar me dijo “mañana vengo por ti para que salgamos”, el corazón me brincó, pero las cervezas ayudaron un poco y le respondí que sí.

    Esta escena comenzó a repetirse semana tras semanas… hasta que me dijo un día “mañana vengo por ti…” y yo le respondí como siempre que sí!

    Pero esta vez todo fue diferente, salimos comimos algo y luego nos fuimos a caminar por la playa y llegamos hasta el malecón, él había comprado una botella de whiskey y comenzamos a tomar de a tragos.

    Él era muy meloso conmigo, me acariciaba la rodilla y el muslo, y no perdía la oportunidad de besarme el cuello y las mejillas, yo estaba poniéndome húmeda, y estaba saliéndome de control.

    La conversa se tornó algo sexual y comenzamos a jugar verdad o reto, y él aprovechaba para hacerme insinuaciones, nunca perdía el momento de hacerlo realmente… no sé si fue el alcohol y la calentura que acepté su propuesta, pero colocando ciertas condiciones, las cuales el aceptó…

    Seguimos tomando y él seguía acariciándome, ya podía sentir mi humedad, y me dijo:

    Juan: ¡Yo también estoy húmedo!

    Un escalofrío rodó por toda mi espalda y mis pensamientos comenzaron a volar.

    Luego me dijo:

    Juan: ¡Te reto!!

    Yo me lo quedo mirando desafiando su proposición y le respondí.

    C: ¿A que me retas?

    Juan: ¡Te reto a que me la chupes!!!

    Yo quedé petrificada, pero no podía amilanarme el alcohol fluía por mis venas y la calentura que tenía no era normal, miré a todos lados y literalmente estábamos solos, así que me incorporé y le dije:

    C: ¡Solo un poco, ok!!!

    Juan: ¡Está bien hermosa!!!

    Me acomodé, desabroché su pantalón y le bajé el cierre, tenía un paquete enorme, sin ser clasista, pero típico de los hombres de su raza, estaba acelerada, le saqué la verga y olvidé donde estaba por un segundo y la metí en mi boca, era enorme casi no me entraba, le pasaba la lengua y limpiaba la babita que salía de su glande, que delicia de verga tenía en mis manos… levanté mi mirada y le dije:

    C: Vayamos a otro lugar.

    Se medio acomodó el pantalón y nos fuimos a su auto, una vez allí volví a sacárselo y seguí chupándoselo mientras manejaba, me tomó de los cabellos y me presionaba a hacerle garganta profunda, yo estaba delirando con semejante verga, de repente detuvo el auto y sentí como su verga crecía en mi boca y comenzó a sacar chorros de leche, casi me ahogo, pero no desperdicié ni una gota.

    Debo decirles que amo hacer sexo oral y tragar la leche y más de una deliciosa verga como la de él, dura, venosa, grande, su semen me sabía a gloria.

    Retomó la marcha del auto y metió su mano en mis entrepiernas y comenzó a acariciarme la concha, yo estaba muy húmeda.

    Llegamos al hotel yo estaba muy excitada, deseaba tenerlo dentro de mí, entramos en la habitación, me tomó por la cintura y de un zarpazo me quitó la ropa, me tendió en la cama y me susurro al oído, “es mi turno”.

    Comenzó a pasar su lengua por mi clítoris, chupaba y lamía con su lengua todo mi sexo, apretaba mis nalgas y me tomaba con fuerzas de las caderas, mi cuerpo vibraba, sentía explosiones de placer, los orgasmos explotaban uno tras del otro, jadeante gritaba:

    C: ¡Chúpamela! que rico se siente!!!

    Metía su lengua en mi vagina, me estaba cogiendo con su lengua, me hacía gritar, era un experto en eso y pensar que desde los 18 años me buscaba, yo deseaba sentirlo dentro de mí, le dije:

    C: ¡Te quiero dentro de mí!!!

    Juan: ¡Aun no, quiero que vuelvas a chuparme!!

    Ya había comenzado a ponerse dura de nuevo, comencé a chupársela, en un arranque de locura me pidió le acariciara y le estimulara su ano.

    Me sorprendió, pero accedí, yo estaba deseosa, y esa verga en mi boca era una delicia, pues las caricias en su culo hacían que su enorme verga creciera más.

    Le chupé las bolas y le metía mi dedo, él estaba full excitado, yo disfrutaba de su rica verga dentro de mi boca y de estimularle su ano con mis dedos, entonces el me pregunto:

    Juan: Uhm, ¿quieres que te penetre ya?

    C: ¡Si!!! Métemela, por favor!

    Y sin darme chance de nada me la metió toda. Sentí que explotaba en mil pedazos, era excitante, me tomaba por las caderas y entraba y salía de mí con un ritmo frenético.

    Yo gritaba mientras mis orgasmos estallaban cual fuegos artificiales… mi garganta expresaba con los gritos y los gemidos, era agónico tanto placer.

    C: ¡Ah!! ¡Si, así, dame rico, uhm!!

    Juan: ¡Uhm, eso mami, goza!!!

    C: Si, ¡agh!!

    Sentía como me golpeaba mi útero, mis piernas se desvanecían, el negro me estaba cogiendo riquísimo.

    Su enorme pene me estaba destrozando. De repente salió de mí, y me giro y me dijo:

    Juan: ¡Serás mi perra!

    Me puso en cuatro y me lo metió poco a poco, sentí cada centímetro de su verga, me tomó por las caderas y entraba y salía de mí.

    C: ¡Ah, dios mío!

    Juan: ¡Si, que ricas nalgas, uhm!!

    C: ¡Más, dame más!!

    Juan: ¡Eso perra, ladra!!

    C: ¡Ah, sí, uhm!!

    Juan: ¡Que perrita tan rica eres!!

    Sentí una palmada en las nalgas, eso me hizo arder de locura, me estaba cogiendo intensamente y me jalaba el cabello y daba de nalgadas sin cesar.

    Apretaba mis nalgas, pellizcaba mis pezones estaba delirando entre sus manos, él era muy bueno en esto, pese a que yo era muy joven, ya había tenido experiencias y con él en ese momento era la mejor.

    Salió de mí, se acostó en la cama y me dijo:

    Juan: ¡Chúpamela!!!

    Obedecí y comencé a chupársela, saboreaba sus jugos y los míos, acariciaba y lamia sus bolas, eso lo excitaba mucho y quise ir más allá, comencé a lamerle el culo y explotó de excitación… que erección más brutal tenia, quería sentirla… me subí sobre él y comencé a cabalgarlo, movía mis caderas con locura, el me acariciaba y apretaba las nalgas… mordía mis pezones, me tomaba de la cintura y me empujaba hasta el fondo, yo era su perra.

    C: ¡Ah!!! ¡Sí que rico, uhm que rico!

    Juan: ¡Muévete, uhm!!

    C: ¡Que verga más rica!!

    Juan: Cindy, mi amor!

    Sentí su fuerza en mis caderas y comenzó a acabar, era un torrente ardiente, su semen inundaba todo mi interior, yo gozaba el orgasmo.

    Caí, exhausta en su pecho y nos dormimos, en la mañana me despertó con su verga en mi cara, se la chupé hasta que me dio de su leche. Nos duchamos y en el baño me cogió pegada a la pared de la ducha dejándome temblorosa las piernas y luego me llevo a casa.

    A partir de ahí tuve muchas noches ricas con él y hoy las recuerdo con mucha excitación.

    Con cariño, Cindy

  • Cuando perdí en cartas

    Cuando perdí en cartas

    Soy Antony de 26 años de Lima, Perú. Esto me pasó cuando tenía 23 años, para contarles que mi trabajo me hacía estar en contacto directo con clientes y asesoramiento en general. En aquel entonces tenía un cliente de aproximadamente 48 años, con cierta estabilidad económica, divorciado con dos hijos.

    Y pues se había generado una confianza agradable netamente laboral, hasta que un día me invitó a su taller a celebrar que había obtenido un contrato con un importante proveedor y que iba hacer una parrillada en su taller y me invito, gustosamente acepte la invitación y acudí a dicha celebración, todos éramos hombres entre sus trabajadores, obreros y el dueño obviamente.

    Todo estaba muy amenamente hasta que se empezaron a ir varios invitados, solo nos quedamos tres personas, el dueño que llamaré tomas y su trabajador de unos 55 años llamado Víctor. Para ese entonces ya eran las 10 de la noche, habíamos bebido demasiado y bueno empezamos a jugar casinos con apuesta de 20 soles y así jugamos unas 12 partidas entre ganadas y perdidas y las partidas eran de diferente monto, al final Víctor se retiró y me quede solo con tomas, seguimos jugando y bebiendo, yo iba bien en las partidas hasta que perdí 5 seguidas por casi 300 soles en total y yo no quería irme hasta recuperar o por lo menos recuperar algo para mi taxi.

    Ya como era tarde y tomas un poco espero para que le pagara las partidas porque quería seguir tomando me dice, vas a pagar o te cobro de otra forma? Y yo muy sorprendido le dije cómo? Y el atino a decirme a pararse y bajarse el pantalón y me dijo chúpamela… y yo muy asustado y sorprendido le dije que no, porque yo soy heterosexual y para nada compartía lo que me propuso, y era tanta su insistencia que me decía que nadie se va enterar y pues en mi ebriedad se la termine agarrando y masturbando, llego a excitarse tanto que quería penetrarme a lo dije un total NO.

    Luego me quede dormido y no recuerdo nada de nada, solo que desperté desnudo y con tomas a mi lado también desnudo, solo atiné a vestirme y retirarme muy avergonzando, pero no me dolía nada de nada así que asumí que no me hizo nada. Pasaron los días y tomas me escribe que le gustaría invitarme otra vez unos tragos como aquella vez… y le dije que fue lo qué pasó? Porque despertamos desnudos y me contó que luego de que le agarre su pene yo no quería que me penetrara pero su insistencia pudo más y no llegó a penetrarme pero, me dijo que si quiera le dejara ver mi trasero, ya que soy de tés blanca y lampiño y pues quería verme desnudo por eso es que acepte y amanecí desnudo con él, luego de reveme desnudo me respeto y no me penetro pero si me beso el ano y demás caricias a lo que a él le gusto y quería repetirlo.

    Yo muy avergonzado con lo sucedido pues no sabía qué decirle y en mi curiosidad acepte tomar unas cervezas con él en su taller, y esta vez jugando cartas pero esta vez sin dinero, la apuesta fue quitarse la ropa, hasta que quede desnudo y estaba algo maridado y Tomas empezó a besarme el cuerpo, se evitó y se quitó la ropa que le quedaba, su pene no era tan grande era lo normal ni grande ni pequeño, y luego me llevo a la ducha y nos bañamos y me hablaba cosas que me excitaban así que al final me voltio y empezó a lamerme el ano.

    Fue una sensación tan deliciosa que hasta a mi me daba ganas de que me penetrara, yo igual muy temeroso y avergonzado me negaba ya que nunca antes había tenido algo así, así que tomas empezó a meterme su pené por atrás muy delicadamente y suave, fue muy tierno y fue algo nuevo y rico. La verdad me sorprendí, pasaron los días y él me quería ver seguido.

    Luego esto siguió por 3 meses más hasta que cambie de trabajo y perdí contacto con él. Fue una experiencia única, a su vez yo en ese tiempo tenía mi pareja femenina así que seguí siendo heterosexual pero con tomas cuando me invitaba un par de tragos no podía resistirme a ser utilizado y deseado por ese hombre.

    Espero les haya gustado mi experiencia y bueno me pueden dejar sus correos o números en este relato. Para entablar alguna amistad, obviamente busco alguien de lima y que tenga de 48 años en adelante.

  • Cuando Roberto me hizo su hembra

    Cuando Roberto me hizo su hembra

    Tenía 32 años, trabajaba en una empresa de mercadotecnia, en la oficina compartíamos bastante con algunas mujeres algo mayores y fuera de ella, también nos frecuentábamos, casi todos los viernes nos juntábamos en algún bar o en alguna casa. Eli siempre era la promotora de las salidas, en ese tiempo tenía como 50 años pero con la vitalidad y la simpatía de una veinteañera. También era común que se incorporara su esposo, Roberto, un destacado fotógrafo que lucía unos bien conservados 58 años.

    Una noche, me encontraba en su casa, habíamos bebido bastante vino tinto y noté que Roberto me observaba distinto, al principio sólo percibía una rara insistencia en su mirada pero al rato, me empezó a parecer que su comportamiento era levemente seductor. Yo no entendía ese cambio en Roberto, mi apariencia era la normal para un hombre de mi edad, nadie conocía mi secreto, también había mantenido varias relaciones con mujeres, aunque en ese momento, no tenía pareja.

    Esa noche, me quedé en la casa de Eli, fueron muchas copas y no quise conducir, ya antes me había quedado ahí varias veces, me dormí inmediatamente y al día siguiente, me retiré temprano, Roberto me acompañó hasta la puerta y nuevamente sentí su extraña mirada, incluso me tomó suavemente de la cintura y me dijo que me llamaría para proponerme una locura. No le contesté pero por alguna extraña razón, la situación me súper excitó y dos días después, recibí su llamado, diciéndome con una voz que nunca olvidaré que quería verme y me preguntó si podía pasar por mi casa. Yo no sabía qué pensar, sentía que conocía mi secreto pero no era posible, nunca me había expuesto, todo pasaba entre cuatro paredes y sin testigos, nadie me vio nunca jugando a ser mujer.

    Acepté su propuesta y no pasaron más de veinte minutos y Roberto ya estaba en mi casa, ya no tenía dudas, quería seducirme y fue directo. A los minutos, me dijo que no podía dejar de pensar en mí, que en su casa mientras bebíamos, había notado que yo usaba braguita, la notó porque se me salían levemente de mi pantalón, también me contó que al rato, luego que nos fuimos a dormir, entró a la habitación que yo ocupaba, cuando obviamente, dormía y levantó la ropa de cama, entonces vio todo mi cuerpo, yo vestía una diminuta braguita de encaje negra y me dijo que enloqueció, si no se metió a mi cama sólo fue porque pensó que su mujer podía sorprenderlo, así que se aguantó las ganas y esperó hasta poder encontrarse a solas conmigo. Ahora estábamos solos y mientras me contaba todo esto, estando muy cerca de mí, me dio un tremendo beso y hasta ese momento, sólo lo escuchaba, con una mezcla de desconcierto y de excitación y no sé cómo me abandoné a su boca.

    Hacía años que había aceptado mis gustos por la ropa íntima de mujer y cuando no tenía pareja, me vestía a diario y mientras Roberto me besaba y me manoseaba, recordé mi visita a su casa, ¡claro!, ese día me puse una braguita negra y seguramente cuando me reclinaba, se notaba si alguien estaba a mi espalda y ese fue Roberto. Esa noche, me le entregué a Roberto por primera vez y hasta el día de hoy, soy su amante, regularmente pasa por mí y me lleva a algún hotel o a un departamento que tiene disponible, donde me visto completamente de mujer para él y me hace el amor como si yo fuera su puta.

    Recuerdo con tanto deseo la primera noche, cómo me cogió, cómo me penetró mientras me decía cochinadas que me calentaban a mil; esa noche, me hizo suya varias veces y sentí su semen en mi boca, me lo comí todo, luego se puso mis piernas en sus hombros y gocé con su verga ensartada completamente. Inclusive, esa noche dormimos juntos, era la primera vez que dormía siendo toda una mujer, en los brazos de mi hombre.

    Lo que me gusta de Roberto es que me trata como su hembra y cada vez que nos vemos, lo primero que hace es tomarme de la cintura, me acerca fuerte a su cuerpo para que sienta la potente erección de su verga y me besa apasionadamente; por mi parte, yo disfruto devorándole su lengua y mi cuerpo se estremece con el contacto de sus manos, a veces lo espero ya vestida en su departamento, he aceptado a vestirme para él. Ahora tengo ropa en un closet, mucha ropa para mí y rápidamente, él desliza sus manos bajo alguna de mis faldas, todas cortitas y generalmente transparentes, luego me aprieta el culito y me recorre mi braga, encontrando fácilmente mi ano con sus dedos y se deja estimular por mis primeros gemidos.

    Muy rara vez, me da tiempo para que le diga cuánto lo he extrañado y deseado, eso viene luego, cuando reposamos un rato para luego continuar nuestra entrega, me enloquece tener un hombre maduro como amante, imaginarlo mi marido, mi dueño, preparar mi cuerpo para él, vestirme lo más sensual para calentarlo al máximo. Lo impresionante es que su madurez no le quita vigor, su sensualidad es tremendamente masculina y se expresa en una exquisita verga, grande y gruesa, además que en cada una de nuestras citas, esa verga monumental termina varias veces completamente ensartada en mi culito y en mi boca.

    Gracias, Roberto, por hacerme sentir esto, por hacerme sentir mujer desde hace tanto tiempo, yo sigo buscando amantes, me gustan maduros, dotados, a él le fascina que viva mi sexualidad, me lo ha permitido, de hecho, me incita y me insiste a que tenga amantes, quiere que así sea, sabe que no me puedo estar tranquila y eso es lo que más me gusta de él, que me deje ser así de caliente, un amigo en público y la más puta en la intimidad.

    Seguiré contándoles más anécdotas de esta nueva etapa de mi vida, ¡besos, guapos!

    Ojala quieras conocerme, hace tiempo que deje de ver a Robert, soy un hombre discreto, ahora casado en Zapopan.

    Escríbeme [email protected].

  • Mi sobrina Chelo

    Mi sobrina Chelo

    En la puerta de mi habitación vi una sandalia, más adelante la otra, después una blusa marrón, más adelante unos pantalones vaqueros, más adelante el sujetador, al lado de la cama unas bragas y encima de la cama estaba ella, con su larga melena negra cubriendo sus tetas.

    Mi sobrina Chelo no llegaba al metro cincuenta de estatura, era morena, pecosa y delgada, (andaba en los cuarenta kilos), así, desnuda, parecía una muñeca. Sus caderas eran normales, lo mismo que su cintura, su culo era respingón. Sus tetas eran pequeñas, con pequeñas areolas y pequeños pezones, su coño lo tenía poblado de vello negro, era muy bonita y muy puta.

    Puse la botella de licor café encima de la mesita. Poniéndose de lado, y mirando cómo me desnudaba, me preguntó:

    -¿Para qué es el licor café?

    -Para quitarte las pecas.

    -¡¿Qué?! ¿Cómo lo vas a hacer?

    -A besos.

    -Me vas a tener que dar muchos besos para eso, tengo pecas hasta en el culo.

    -Te daré los que haga falta, muñeca.

    -¿Muñeca? Me gusta.

    Con mi polla a media asta, colgando cómo una liana, le quité el tapón a la botella y le eché un trago, Chelo, se sentó en la cama, y me dijo:

    -Yo también quiero.

    Le puse la botella en los labios, echó un trago, se estremeció, los ojos se le pusieron llorosos, limpió la boca con el dorso de la mano, y dijo:

    -¡Esto es dinamita! Dame otro trago.

    -Échate y déjate de tragos.

    Puso cara de rebelde.

    -¡Tacaño!

    Eché licor café en la palma de mi mano. Froté las dos palmas, le cogí el pie izquierdo y comencé a masajear la planta.

    -Jajaaja ¡Me haces cosquillas!

    Envolví el pie con mis manos y masajeé con mis dos dedos pulgares de abajo a arriba y de arriba abajo presionando y soltando, masajeé los talones, los tobillos y el metatarso de los dedos.

    Con los ojos cerrados, me dijo:

    -Es muy relajante.

    Jalé todos sus dedos con mucha suavidad, para acabar chupándolos uno a uno, lo mismo hice con el otro pie, y después le dije:

    -Date la vuelta.

    -¿Sabes, tío?

    -¿Lo qué?

    -¿Si llegas a seguir me corro?

    -Hubieras avisado.

    -Prefiero seguir cachonda como una perra.

    Se dio la vuelta, eché licor café en la palma de la mano y se la eché en las piernas y en la espalda. Le masajeé la parte de atrás de las piernas desde la pantorrilla a la parte superior de los músculos. Después masajeé cada una de ellas… Masajeé su cuello hasta la base presionando y soltando, luego le masajeé los músculos de los hombros y bajé masajeando a ambos lados de la columna hasta llegar al culo. Sus piernas se abrieron un poquito más. Le masajeé el interior de los muslos y después el periné y el ojete. Chelo ya comenzó a gemir. Le levanté el culo y se lo olí profundamente, cómo a ella le gustaba, después le lamí el periné, el ojete y la espalda subiendo y bajando por su columna vertebral… Follando su culo con la punta de mi lengua, y con un dedo dentro de su coño, me dijo:

    -¡¡Me corro, tío!!

    Comenzó a sacudirse y su coño soltó jugos que me tragué con deleite.

    Ya estaba empalmado. Cuando se dio la vuelta y vio mi polla, la cogió y la metió en la boca. No mamaba bien, pero ahí andaba. La dejé mamar un ratito, luego la cogí en brazos y se la metí en el coño. Le entrara apretada. Rodeando mi cuello con sus brazos, sonrió y me dijo:

    -¿No te peso?

    -Pesas tanto cómo una pluma.

    -Eso es porque eres muy fuerte, tío.

    Me besó. Su lengua jugaba con la mía, y yo me prestaba a su juego dándole leña en su estrecho coño… Poco después, sintiendo sus gemidos, la suavidad de su piel y sus duras tetas apretarse contra mi pecho vi que me iba a correr. La eché de nuevo sobre la cama, le comí la boca, le comí las tetas, le comí el coño un par de minutos y ya se corrió cómo una bendita.

    Al acabar la besé con mi boca llena de sus jugos. Al meter la lengua en mi boca y encontrarse con ellos, me devoró. Luego se fue a por mi polla, la sacudió cómo si su mano fuese una batidora y la mamó hasta que me corrí. Corriéndome, le dije:

    -No tragues mi leche, quiero tragarla contigo.

    Cuando acabé, con la boca llena de leche, me besó y saciamos nuestra sed, a medias, ya que al acabar de besarnos, cogió la botella y le echó un trago largo. Sus ojos volvieron a llorar, se le puso cara de avinagrada, y después me dijo:

    -¡Ceeerdo!

    -Pensé que te gustaría.

    -Y me gustó, pero eres un cerdo.

    Eché un trago, y le dije:

    -Ya sabes como son los masajes que le doy a mi mujer. ¿Alguna cosa más?

    -Sí, cerdito, anda, fóllame el culito.

    Se dio la vuelta y puso el culo en pompa.

    Yo, es que veo un culo de mujer a mi disposición y no me puedo resistir. Me puse detrás de mi sobrina para trabajarla. Se dio la vuelta con la agilidad de una gacela, riéndose me señaló con el dedo, y me dijo:

    -¡Picaste!

    Le puse las manos en las costillas y le hice cosquillas

    -Jajaaja. ¡Paaara!

    Se retorcía. Reía. Levantaba los brazos. Le hacía cosquillas en los sobacos y se encogía… Le hice cosquillas hasta que quedó en la posición en que estaba antes. Le levanté el culo… En la primera fase le lamí el ojete y le di una nalgada. Me dijo:

    -Malo.

    En la segunda fase lamí desde el coño al ojete parando en el periné y le di un par de nalgadas. Me dijo:

    -Cerdo.

    En la tercera lamí y metí y saqué mi lengua en su coño, lamí varias veces el periné, después lamí y le metí y saqué la lengua del ojete y la nalgueé varias veces. Ya cambió de opinión.

    -¡Me encanta!

    En la cuarta hice las tres etapas juntas. Al rato, me dijo:

    -Ya puedes.

    Sabía a qué se refería, pero le dije:

    -¿Qué puedo?

    -Metérmela en el culo.

    -Pídelo por favor.

    Giró a cabeza, y dijo:

    -¡¿Qué?!

    -¡Picaste!

    -¡Abusón!

    Froté mi polla en su ojete. Se la metí y saque del coño varias veces, frotándola en el ojete cada vez que la sacaba. Chelo se impacientó.

    -¡Métela de una puta vez!

    Le clavé la cabeza en el culo, y le dije:

    -¡Puta!

    -¡¡Ayyyy!

    -¿Te duele, debilucha?

    -¡Ay que me llamó el maricón! Ahora verás.

    Empujó con el culo y metió toda la polla dentro.

    -¿A quién le duele, sopla gaitas?

    -¡¿Sopla gaitas yo?! Rompe culos, eso es lo que soy.

    Le comencé a dar caña, pero la polla ya estaba dentro y si le escocía no decía nada. Al rato a quien le escocía era a mi, me escocía, me picaba y me latía. Paré porque me iba a correr, pero la cabrona de mi sobrina sintiendo mi polla latir dentro de su coño comenzó a mover el culo de delante hacia atrás y de atrás hacia delante hasta que sintió la leche salir de mi polla… Giró la cabeza para ver mi cara al correrme, y me dijo:

    -Tú no rompes nada, mari, marii, mariii, mariiiicooon. ¡Aaaay que me corro, aaaay queee! ¡¡Me corro!!

    Después de correrse se puso muy cariñosa, para que le volviera a comer el coño y por no defraudarla, se lo comí e hice que se corriera dos veces.

    Quique

  • De potenciales mejoras

    De potenciales mejoras

    Primeramente quisiera aclarar que este escrito lo hago con la mejor de las intenciones y con todo el respeto para con los compañeros autores, lectores y por supuesto gestores de la página.

    Soy autora desde hace ya algunos años y debo remarcar que me gusta mucho este sitio sobre muchos otros del mismo rubro, ya que tiene una excelente comunidad, me parece bien organizado y de un diseño limpio por el que es muy grato navegar, tanto para su versión de escritorio como por el móvil.

    Sin embrago, si me lo permiten, me gustaría expresar mi opinión, y en medida de lo posible considerarlas como sugerencias, respecto a algunas mejoras que a mi criterio podrían ayudar a la comunidad, tanto de viejos como nuevos lectores y autores. Para esto, dividiré mis comentarios en tres características, intentando simplificarlas lo más posible para no extenderme demasiado, las cuales serán: perfil, categorías y el orden de publicación.

    Perfil

    Mi observación respecto al perfil, se centra en el número de valoraciones y comentarios, pues actualmente aparecen los –realizados-, y no estoy muy segura de que éstos representen al escritor. En cambio yo preferiría que se mostraran los comentarios y valoraciones –recibidas-. O en dado caso, dividir las reacciones recibidas como autor, independiente de las realizadas como lector. Así, cualquiera que viese el perfil del usuario tendría una imagen más real del impacto que tiene en el sitio.

    Otra mejora que me gustaría, es que el chat fuese más accesible, personalmente me gustaría tener una bandeja de notificaciones en la página principal del perfil como los iconos de campana utilizados en redes sociales, donde apareciesen los comentarios recibidos de cualquiera de mis relatos, así como de las respuestas que haya recibido alguno de mis comentarios. De esta manera no tener que revisar uno a uno, ni depender de los correos electrónicos que algunas veces pasan desapercibidos. De la misma forma, la implementación de notificaciones de relatos recientemente subidos de tus -autores favoritos.- Así, al añadirlos, sirviese más como una subscripción semejante a lo que sucede con Youtube.

    Categorías

    Respecto a las categorías me gustaría que se pudieran simplificar un poco más. Considero que lésbicos, gay, trans, bi y hetero, no aportan mucho a la descripción. Yo propondría añadir estas clasificaciones en la –presentación- del relato. Así el lector sabría desde un inicio, (antes de abrir el relato) el titulo del relato, su descripción, autor que publica, y ahí, el –enfoque- del mismo, es decir, si el personaje desde la perspectiva en que será narrado, será de un hombre o mujer, (independientemente del género del autor, quien puede escribir un relato tanto como de mujer como de hombre) y ahí mismo establecer si el relato tendrá un enfoque gay, lésbico, bi, trasns, o hetero. Muy aparte de la pestaña donde eliges la categoría, la cual serviría para dar mayor equilibrio a otras categorías con poca participación, como erotismo, fantasías, primera vez, sado o voyerismo entre otras poco usuales.

    Igualmente creo que las categorías de grandes relatos, grandes series, otros eróticos, relatos cortos y sexualidad, resultan demasiado ambiguas, ya que no dicen mucho del contenido en el relato, por lo que suelen pasar desapercibidos por los lectores ante la incertidumbre de si será lo que están buscando en ese momento, o no.

    Y ya entrada en el tema, debo expresarme respecto a la categoría –amor filial- porque es demasiada la desigualdad, tanto en valoraciones, comentarios como en relatos publicados. No quisiera que hubiese alguna confusión, a mí me da mucho gusto que la comunidad siga en crecimiento independientemente de los gustos y preferencias, pero debemos de aceptar que esta categoría ha sido sobrepasada. Por esto, yo propondría alguna segmentación o subdivisión, como sexo con mamá, papá, hermanos, tíos, primos y abuelos por separado.

    Orden de publicación de relatos

    Finalmente me gustaría compartir mi opinión sobre el listado de relatos que aparecen en la página de inicio del portal.

    No sé si exista una persona física encarada de la revisión de los relatos previa a su publicación, o si este proceso sea automatizado por medio de algoritmos. Pero de haber una persona, bien podría ayudar como primer filtro dando alguna valoración preliminar al relato, para que éste no inicie en ceros.

    Esto, con el fin de organizar los relatos mediante algún parámetro que indicara el agrado y aceptación de los lectores, como lo son las valoraciones y comentarios, en vez de organizarlos directamente por fecha de publicación.

    Creo que sería mejor tanto para el autor como para el lector, dejar esta organización a la comunidad misma, dándole mayor exposición a los mejores relatos en los primeros lugares de la lista, y actualizar periódicamente ya sea de manera mensual o semanal. Así se evitaría que excelentes relatos pasen desapercibidos por completo, pues los usuarios de cualquier sitio rara vez pasan más allá de la primera página. Además de que no hay la misma afluencia de lectores los fines de semana que por ejemplo un martes o miércoles.

    O en dado caso, agregar una pestaña de filtros para que el usuario pudiese decidir si desea organizar los reatos por fecha o por reacciones, siendo esta última, la forma de organización por defecto.

    Agradezco a todos por haber llegado hasta aquí. Me gustaría abrir el debate en la sección de comentarios para conocer sus opiniones respecto a estos tres temas o cualquier otro comentario. Los estaré leyendo sin importar la fecha.

    Gracias y que tengas Felices Fantasías.

  • Como convencer a alguien de aquello que no desea

    Como convencer a alguien de aquello que no desea

    Había caído la tarde de manera plomiza, una gruesa y rara capa de lluvia levantó todos los hábitos de vida aquel miércoles de mediodía. Las gentes iban y venían en el centro de Madrid envueltos de caos y prisas, era un ridículo espectáculo que Marina y yo mirábamos aburridamente desde la cafetería. Guardábamos silencio, yo tomaba un café doble con leche, era un café fuerte, café de máquina expreso, parecido al café Turco y en la forma que sólo lo preparan en España: Entre prisas, voces, sonidos de platos y cucharas desafinados, y vasos sucios con restos de manchas de carmín. Marina tomaba una copa de licor de Amaretto, de almendras amargas, observaba despistadamente la botella como quien quiere encontrar de nuevo el secreto de los frailes que destilaron su pequeño elixir, y yo a su lado abría y cerraba hojas del diario, intentaba encontrar una razón para que aquel día fuera un día normal y corriente.

    Había llegado el día, tenía todo el aire de los domingos por la tarde, de las fiestas, tenía ese toque especial de las celebraciones, y parte del secreto y el éxito estaba en mí, debía de disimular y aparentar cierta calma, cierto aburrimiento como parte del secreto.

    Vestía impecable, aunque lo hiciera a toda prisa y salida de la cama expulsada por un muelle, la misma camisa que le caía y el café que daba entre sorbos de precipitación la convertían en una mujer única, especial, maldiciendo entre mocasines a la carrera y los restos de su bolso como un naufragio esparcidos sobre la mesa.

    Esa tarde de lluvia en la cafetería llevaba curiosamente la misma falda corta de nuestra primera cita, una falda de algodón color crema, quizás fuera un mensaje, quizás también un buen presagio o quizás también solo pura casualidad porque con Marina nunca se sabía nada a ciencia cierta. Había pasado un año, !un año! tan deprisa, como pasa un tren de carga, con la velocidad del diablo, con el mismo viento también acariciando mi cara, un año de aquella primera cita en la que quizás nunca hubiéramos llegado a nada mientras bostezábamos un aburrido recital de poesías de la Cámara de Comercio.

    Nunca había entendido demasiado bien la necesidad que encontraban las personas de creer que sus lamentos, penas y desgracias resultaban atractivos a los oídos ajenos, aquel rapsoda leía versos de zumo de alma seca, de cuento de hadas disecadas, y no encuentro una explicación más lógica y acertada que el mismo olor de Marina, de aquella sensación que llenaba mi alma y me sacaba una erección, por la que mi mano se había acomodado en su asiento y junto a su cadera sin que hiciera el mínimo esfuerzo por librarse de ella.

    Era mi mano, una mano lasciva, casual, que aun podía huir si se incomodaba demasiado, mitad mano, mitad roce con su cadera, mitad deseo de rozar su pierna. Miré de soslayo su gesto y seguía siendo el mismo, solo que ya sabía de la existencia de mi mano entre sus bostezos y su cadera, entre la melodía de fondo de aquel poeta triste que cantaba odas a los sentimientos patéticos y encerrados, como un chiste, como un cinismo, aquel hombre mal afeitado de camisa ridícula miraba ridículamente al techo preguntando idioteces y reproches a la amada mientras simulé dejar caer fortuitamente mi abrigo sobre sus piernas.

    Una mano ladrona, mi mano, trepaba bajo el abrigo por su pierna, si hubiera sido la mano izquierda habría sido mucho más fácil, pero estaba sentada a mi derecha y solo podía hacerlo con la mano derecha, resultaba un poco más incómodo pero peor era nada. Su pierna era suave, de piel de terciopelo, caliente.

    Lo verdaderamente importante era su reacción, era nuestra primera cita, no éramos nada, apenas amigos que se habían cruzado en los pasillos de un trabajo enorme y descomunal, de unas oficinas tan pesadas y largas como los grandes barcos mercantes. Aquella zorrita mejor que caminar levitaba por los pasillos entre archivos y ojos lascivos de funcionarios que se pajeaban a costa de sus bragas en la hora del desayuno, la estuve observando un tiempo y casi tenía la certeza de que le encantaba provocarlos, empezaba a caerme simpática.

    Marina miraba aquel poeta del desayuno del alma atormentada con el mismo y frio gesto, como si sus piernas fueran de acero y mi mano de madera, con la misma expresión que podían aportarle aquellos versos. Mi mano por fin cayó entre sus piernas y un gesto de su brazo brusco me sobresaltó, esperaba lo peor, su brazo venía hacia mí a cámara lenta, tenía la certeza de que con un gesto brusco apartaría mi mano dejándome en el peor de los ridículos, pero no, falsa alarma, solo se llevó la mano a la boca para disimular un bostezo.

    Tenía todo el tiempo del mundo, llevaba quince minutos con mi mano tomando la posición de su colina y aun aquel poeta necesitaba media hora más para convencer a su auditorio cada vez más escaso de que no se marchara. Francamente me lo había puesto difícil, intentaba empujar la mano entre sus piernas pero las mantenía firmes y cerradas, temía que si hacía demasiada presión se incomodara y abandonara el juego, así que opté por seguir acariciando sus piernas por la misma línea de unión. Pudieron pasar así no sé… cinco, diez minutos, quince tal vez, de repente ocurrió el milagro, sus piernas se abrieron un poco, solo un poco, el hueco justo para admitir media mano antes de que quedará prisionera e incapaz de hacer nada.

    Ambos mirábamos con gesto interesado aquel pobre hombre, solo una gota de sudor me delataba, pero aquel poeta no parecía darse cuenta de nada, solo hablaba y hablaba y su mirada era agradecida por nuestra actitud devota. Marina abrió más las piernas y entonces supe que el camino del cielo estaba abierto, caminando con las yemas de los dedos, casi de forma incómoda estuve acariciando sus muslos por la cara interior, débilmente, suavemente, apenas a unos centímetros de su coño. Decidí rozarlo, nuevamente como por despiste, casi acompañado de un débil estornudo, y me pareció increíble lo que noté, necesitaba repetir el roce para estar seguro, pero parecía que estaba tremendamente mojada. Cuando por fin puse dos dedos tras sus bragas supe que era cierto, estaba tremendamente empapada, sus bragas parecían haber quedado bajo un grifo, incluso había alcanzado también a la pequeña silla. Entonces por primera y única vez se movió, acomodo mejor el abrigo sobre sus piernas y abrazándose a mi brazo colocó su cabeza en mi hombro, retiró mi mano derecha y bajo el abrigo tomó la izquierda acomodándola hasta su coño, bajando las bragas con un movimiento ligero quedaron dos dedos entrando en su vagina, abierta, mojada, mientras mi dedo pulgar rozaba su clítoris. Se agarraba a mi brazo, con fuerza, su gesto era disimulado, pero no podía evita cerrar los ojos, una señora gorda que estaba a su lado pareció no notar ni sentir nada, solo éramos dos enamorados conmovidos por la ‘poesía’. Daba pequeñas contracciones, abría y cerraba las piernas, mis dedos estaban dentro, entraban y salían, entonces puso sus labios en mi oreja y susurró con voz cortada ‘Más… más rápido’. Mis dedos entraban y salían, había subido el ritmo, ella me guiaba con su mano por fuera, la acompañaba… parecía decir ‘así… así… así’… podía oír y sentir el sonido de la vagina haciendo hueco con los dedos, chapotear en el agua cuando al poco rato se vino, apretando fuerte mi brazo, dando un quejido en forma de soplo contenido por sus dientes.

    Lo que más me gustaba de Marina era que su conejo siempre estaba dispuesto, caliente, ponía en realidad más intención de la que podía. Sus formas eran las de una adolescente pese a tener veinticinco años y aunque nunca fui el típico hombre dotado de un pene exagerado debía de poner extremo cuidado y excitarla muy muy bien antes de penetrarla porque era bastante cerrada y casi siempre le hacía un poco de daño. De la misma forma ocurrió con su culo, su ano aparecía siempre más dispuesto y abierto de lo que en realidad podía, todos los intentos por penetrarlo resultaron vanos entre sus fuertes sollozos, y ambos siempre terminábamos abrazados consolándonos por el fracaso, es cierto que ninguno teníamos la culpa de su especial y cerrada anatomía que ella suplía con otras ventajas.

    Me costó convencerla, fueron meses de charla, de peleas, de tirar la toalla, aún recuerdo sus quejas y lamentos:

    -Me tomas por una puta, una cosa muy distinta es que nos impliquemos en juegos de cama y otra muy distinta que me obligues a hacerlo con otros, no sé, en serio, creo que no me gustaría… siempre me gustó elegir a mi… es un juego peligroso, no me atrevo.

    Si algo había en este mundo que me la ponía tiesa era imaginar, ver a aquella zorrita chupar, mamar una verga descomunal, sentirla como una perra en celo y abierta sacando semen de una polla enorme. Aquellas charlas quedaron en nada, pasaron los meses y creo que nos mantuvimos unidos porque nunca compartimos mi pequeño apartamento ni la rutina nos atacó como un cáncer nuestras vidas. Una mañana en el trabajo decidí pasarme por su negociado, debía cruzar unos cien metros de pasillos, y al abrir la puerta de su oficina de manera estúpida sentí celos. Había bajado dos botones de su camisa blanca y transparente, sus pezones estaban excesivamente tiesos y su cara asomaba las manchitas rojas de cuando estaba cachonda y pidiendo a gritos una polla, y frente a ella los ojos exoftálmicos, salidos de su cuenca del compañero, el aparejador, entre planos apenas si podía disimular su erección.

    No dije nada y salí de aquella casa de putas dando un portazo, a la salida me pidió una explicación, recuerdo que solo dije ‘Eres una putita, me cansas’.

    Estuvimos cuatro semanas sin vernos, sin llamarnos, sin tener noticias, aproveché y pedí anticipadamente mis vacaciones, cuando regresé en el contestador había un mensaje suyo que me mandaba recuerdos, buenas vibraciones y todas sus chorradas a la par que me comunicaba como de pasada y por despiste que había comenzado a salir con otro compañero. Estuve un mes francamente jodido, no sabía aun si odiar o amar aquella zorrita pero echaba de menos su olor, su coño, sus maneras de hacerme pajas, lo estrecho de sus caderas, su boca de ‘niña puta’. Casualmente al mes nos encontramos en el trabajo, comentamos eso de ‘bien, como te va… muy bien, y a ti?, pues bien… pues me alegro, cuando quieras te llegas por casa, etc., etc.’, le había dado la espalda cuando sentí que decía:

    -Juan, perdona, te importa si esta tarde paso por casa?… es que Rauny, bueno, Ramón me ha pedido la tienda de campaña, se va de camping.

    Aquel angelito tenía ya entidad propia, se llamaba Ramón, solo un gilipollas podía tener ese nombre y apodarse Rauny, Rauny se estaba follando mi conejito, Rauny se lo comía, ella pajeaba a Rauny… y mil malos rollos más… así que decidí evitar caer en el juego de mi imaginación y evitar el masoquismo que me estaba comiendo las vísceras, solo di mi aprobación y la cité a las seis en casa. Entré después en los aseos y solo salí a la media hora y cuando me aseguré que mis ojos ya no mostraban síntomas de haber llorado como un crio de escuela.

    Llegó a las seis, tenía preparado las cosas que me pidió en la puerta, a dios gracias apareció sola, con la cabeza agachada. Fui a abrir la boca y me la tapó con un beso, después de forma loca y precipitada terminamos follando y a lo bestia en el suelo y sobre la tienda de campaña de Rauny. Volvimos a salir juntos, pero nunca le perdoné aquello, creo que como un cáncer me comía las vísceras, ya apenas si le podía cumplir un terno, un polvo de mala manera y nuestra vida en la cama se sintió muy resentida. Por fin, todo amor, toda femineidad como era ella, una tarde aceptó:

    -Recuerdas el juego que me propusiste de hacerlo con otros, como sería?

    -Bien, para ser la primera vez necesitaríamos ver nuestras reacciones, así que supongo que montaría una farsa, un teatro para ti… pero tan, tan sumamente bien hecho que no supieras nunca donde empezaba el teatro y donde la realidad, tan bien hecho que no supieras la diferencia. Lo haría de la siguiente forma, te amarraría a la cama desnuda, vendaría tus ojos, y pondría un sistema de altavoces por la casa, de forma que oyeras voces, que sintieras la puerta, que escucharas pasos acercarse a ti… dos… tres, cuatro hombres… tomaría camisas prestadas, las pasaría por tu nariz.

    -Solo te pido que estés a mi lado, que pase lo que pase nunca te separes, que tomes mi mano. Está bien, acepto.

    Y llegó el día, en esa cafetería simulaba estar esperando noticias, me levanté e hice una llamada por teléfono. Al poco tiempo llegó un hombre de aspecto marroquí y nos llevó en su coche al pequeño apartamento, la cara de Marina era la de la consternación y el desconcierto, la entrada de aquel hombre en escena no la acertaba a explicar, aunque desde el fondo de su terrible inteligencia perdonaba la torpeza de mis puestas en escena, debió pensar que era mi elemento perturbador, un simple taxista contratado, alguien para desconcertarla, así que de nuevo se sintió segura de si y de poderse burlar de mi juego.

    Llegamos al portal, aquel tipo se despidió diciendo ‘Ahora les veo… si?’… e interrogó a Marina con la mirada fija, repartida entre sus ojos y sus piernas, ‘sí, claro’ dijo Marina con aire sonriente, como quien falta añadir ‘seas, quien sea te doy una propina por tu papel teatral’.

    Bajamos del coche y subimos a casa, me abrazó sonriendo ‘Eres increíble’. Aun yo no pronunciaba palabra, apenas entramos de forma fría comencé a desnudarle, llevándola de la mano la hice entrar en el dormitorio, caminaba como una gacela entre saltos que brinca solita al matadero. Quedó amarrada a los cuatro barrotes de la cama, desnuda, con su pequeño conejo abierto, sonriendo, con aire de putita lasciva ‘Mmmm un adelantito?… andaa… si?’ Aun yo no pronuncié palabra… vendé sus ojos y me aseguré que no viese nada, pase un dedo por su conejo y estaba de nuevo empapado, abierto. La dejé así unos diez minutos, cerré la puerta del dormitorio y desde la cocina la podía oír llamarme, quejarse, aburrirse, cuando llamaron a la puerta.

    Dos hombres magrebíes, dos moros entraron, me dieron la aprobación con la vista a la chica y me pagaron el precio convenido, cuarenta euros por los dos les parecía un precio más que razonable. Les abrí la puerta del cuarto y cuando la vieron comenzaron a hablar en árabe entre ellos, a suspirar, rápidamente comenzaron a desnudarse, Marina levantando la cabeza protestó:

    -Oye, te juro que parece real, que equipo de música es ese?… oye, y el olor, huele a moro, puags! qué asco, de donde lo has sacado?

    Los bereberes entendieron el comentario y se rieron entre dientes ‘A moro?… te vamos a dar hija de puta que vas a ver…?’.

    -Oye, cielo… te había subestimado?… como te has anticipado en esa grabación y sabías que iba a decir ‘moro’?

    Yo seguía guardando silencio, le pedí lo mismo a aquellos tipos, ya desnudos uno comenzó a pasarle un enorme pene por la boca que ella se apresuró a besar mientras entre trozo de saliva y suspiro lascivo se admiraba ‘Joerr que has hechooo mm esto si esta bienn rico’.

    El problema vino cuando el otro no pudo más y se abalanzó sobre ella comiéndole el coño.

    -Juan… Juan! Para!! Cabrón! quiero que pares esto ahora… aquí hay otro tío más… para, mierda!.

    En ese momento le quité la venda de los ojos, la desaté, quiso salir corriendo con ojos desconcertados pero aquellos dos moros la tomaron de la cintura y mientras uno la penetraba entre sollozos el otro la obligaba a tragar su grueso y enorme miembro. Debió de hacerle mucho daño conociendo como conocía sus limitaciones, necesitaron darle dos bofetadas para que el pánico la dejara quieta y se diera perfecta cuenta que aquello no era ningún juego, que ya era demasiado tarde. Quedó en la moqueta del suelo llorando, gimiendo, pidiéndome con sus ojos que acudiera a ella, entonces me levanté y desplazando al moro hacia atrás la tomé de la mano, apretaba sus dedos, cerraba los ojos y mordía sus labios, aquellos dos hombres se turnaban, ya le había caído la primera eyaculación… ella solo pedía entre sollozos callados:

    -Que terminen ya, por dios, no quiero correrme, así no… empieza a gustarme… así no, no.

    En poco menos de quince minutos terminó por tener el mayor orgasmo de su vida, extraña mezcla de dolor y excitación. Hoy estamos juntos, es mi pareja, mi amor, aquella extraña espina ya no la siento y por fortuna para ambos está muy muy abierta por delante y por detrás, gozamos como ni se imaginan.

  • La tía de mi mujer, sin inhibiciones

    La tía de mi mujer, sin inhibiciones

    Llevábamos casado 5 años y habíamos pasado por un momento de lógica tirantez, por consejo de unos amigos lo solucionamos con terapia grupal donde la conclusión pasaba por la monotonía de la vida sexual, de esta cambiamos varias cosas un cambio era compartir nuestros momentos sexuales mirando películas porno imitando lo que en la misma sucedía lo cual dio su resultado de forma inmediata. Paralelamente a este problema en vías de solución estábamos por mudarnos a una casa muy confortable en la afueras de la ciudad, lo que nos obligó a alquilar un apartamento muy chico por tres meses.

    Después de cenar mi esposa me avisó que su tía venía a nuestro apartamento, a quedarse tan solo cuatro días, ella sabía que íbamos a estar incómodos, pero era sumamente necesario.

    Con sus tíos pasábamos entre cuatro meses sin vernos ya que la zona rural donde vivían era muy alejada y solo si teníamos varios días libres podíamos ir. Era una mujer de cincuenta y tantos, no tenía nada llamativo en su físico, muy modesta en su forma de vestir, tenía dos hijos y trabajo toda su vida como maestra rural y en tareas de campo muy sacrificadas.

    Ya instalada en el apartamento, coincidió que pasé dos días enteros en casa trabajando, mientras María pasaba hasta más de diez horas en su trabajo, la tía aprovechó que le quedaba tiempo y de tarde concurría a la playa, cuando llegaba me saludaba con la malla entera, era incapaz de usar por pudor dos piezas, mojada me hizo seguirla con la mirada y recordar que las películas que más me calentaron fue de una veterana parecida a Ana que siempre era penetrada por tres hermanos simultáneamente gozando como una loca, cuando pasé por la puerta del baño esta estaba entreabierta y a través de la cortina de la ducha sus tetas y sus caderas sobresalían en gran forma.

    Cuando llegó la noche y coloqué la película para iniciar la faena sexual, con algo de calentura por las tetas de la tía, como lo veníamos haciendo cada dos noches, María fue muy clara.

    –Estás loco con la visita pegada ni se te ocurra hacer nada, tiene un oído muy fino y tu cuando acabas gritas como loco y si voy al baño a sacarme tu leche tengo que pasar por frente a donde duerme, así que espera que se vaya, recarga energía para retomar la terapia con todas tus ganas.

    Caliente y enojado no podía dejar de pensar en la imagen del baño y en la película de la veterana, esa noche soñé que los hermanos se cogían a mi tía produciendo una erección que me obligó a darme vuelta para que no se diera cuenta María.

    Al segundo día noté que cuando clavaba mis ojos en su culo y en sus tetas ella me miraba de manera muy sutil, no le di importancia en ese momento.

    Una tarde la llevé al centro en auto, me asombró que llevara una pollera bien justa mostrando sus piernas que por arte de magia ahora eran para nada despreciables igual a la del personaje de la película, tuve que pensar en otra cosa sino se iba a parar y notar el bulto manejando.

    Una tarde me encontró en el cuarto frente al espejo con la camisa puesta desnudo de la cintura para abajo, me sorprendió que me mirara y le atiné a decir:

    -Me parece que me miras de manera rara como si algo te llamara la atención, si tengo eso que miras solo entra y tómalo.

    Me miró, dudó unos segundos pensando que me iba a insultar e irse, pero entró sin más. En silencio se puso enfrente a mí, mirándome fijo a los ojos, demoré unos segundos en reaccionar hasta que me animé a desprender la malla de baño, las tetas eran grandes, caídas, pero con un pezón grande bien rosado, cuando me atreví a tocárselas este se contrajo pronto para chuparlo, ella sola se terminó se sacar la malla ofreciéndome un pubis muy depilado con pendejos bien negros. Tomé una teta y la disfruté entre mis dedos, mordisqueaba el pezón arrancándole suspiros, la otra mano recorría su entrepierna y abdomen, coloqué mi boca sobre la suya y fue ella la que buscó mi lengua en forma por demás experta, la volteé y mientras lambía su cuello mi verga parada calzó a lo largo de sus nalgas, realizaba un pequeño movimiento de vaivén de sus caderas que realmente me enloquecía.

    Al oído le decía “nunca engañé a tu sobrina, pero desde que llegaste y te paseabas con la malla mojada no pienso en otra cosa de cómo sería tenerte desnuda y cogerte”.

    La senté en la cama y después de seguir besándola con mucha lengua empecé a pajearla muy despacio cada tanto mojaba mi dedo en su boca y seguía con mi trabajo, el clítoris se le endureció en forma increíble, mi dedo avanzaba y lo introducía de a poco hasta llegar al fondo, lo movía de manera circular, ella con los ojos cerrados gemía en forma constante, sin darme cuenta agarró mi pija y la empezó a masturbar solo haciendo un circulo con el dedo índice y pulgar; María que era experta en masturbarme nunca lo hizo de esa manera; entre este movimiento y los gemidos de mi tía no pude contenerme a pesar que le saqué la mano, violentos espasmos me hicieron bañarla en sus muslos de mi producto blanco y lechoso.

    Abrió sus ojos y riendo me dijo “pensé que la necesitada en nuevas experiencias era yo, no sabía que María te tenía con tanta leche, espero que se te pare rápido porque solo el dedo es muy poco. Me parece que pensaste que con mi edad la iba a tener seca y no me iba a calentar con nadie, desde una vez que fuiste a casa y te cogiste a María, tengo los gritos de ambos en mis oídos, mi marido que mantengo una excelente vida sexual nunca me hizo gritar de esa manera. Además el otro día en el auto manejaste todo el trayecto con tu verga parada”.

    Se arrodilló en la cama, me colocó boca arriba y empezó la mamada jamás pensada, la veterana de la película era una principiante comparada con ella, no le importó los restos de semen que colgaban, se la introducía tanto que pensé que se ahogaba, solo tocía un poco y seguía, me bañó la pija en saliva que cuando llegaba a mis testículos la recogía como un helado, yo solo alcanzaba a tocar parte de sus tetas que acariciaba continuamente.

    Logró ponerme en forma en 5 minutos, con mi mujer tardo 15 a 20 minutos.

    Supo que iba a recibir su segunda descarga lechosa y sabiamente frenó el ritmo.

    –Ves cómo puedo contigo -decía subiéndose arriba de mí- pensaste que a mi edad mi vagina no podía aguantar, solo quédate acostado y disfruta de esta montada.

    Cuando se acomodó sobre mi verga esta se enterró en su vagina, la noté muy húmeda y lubricada, ella imponía el ritmo, a veces rápido lo que hacía que mi verga se saliese hábilmente la introducía con su mano terminado esta en su boca, otras veces bien lento apretando sus rodillas a mi cuerpo. Su cuerpo sudoroso lo pegaba al mío, sus pezones duros golpeaban en mi pecho, mis manos recorrían su espalda y descendían hasta sus nalgas introduje un dedo en su culo solo gimió más al notarlo adentro.

    Cuando tuvo varios orgasmos se arrodilló frente a mi verga a punto de estallar abrió la boca y se tragó hasta la última gota.

    –Creo –decía lambiéndose sus labios- que de esto no nos olvidaremos más y espero que sea un secreto.

    Recogió sus ropas del piso y salió de cuarto para la ducha.

    Esa noche en la cama, la tendí después del revoltijo de la tarde, como seguíamos en veda sexual María inquieta me decía “Me preocupa mi tía una de las causas que vino fue que tenía que controlarse un tratamiento hormonal que inició su ginecólogo, ya sabes todo lo que acarrea la edad, la encuentro eufórica, desencajada, por no decirte desubicada para su edad”.

    Yo no podía creer lo que sospechaba mi señora.

    Continuo diciendo “tu sabias que todas mis vacaciones la pasaba en su casa, esto que te voy a decir es un secreto que nunca te mencioné, tu sabes que mi primer novio fue un vecino de mis tíos bastante mayor que yo, tuve problemas ya que quería mantener relaciones conmigo, pero muchas veces mi nervios no me lo permitieron, llegó a tanto el acoso que lo dejé, mi tía viéndome tan deprimida me encerró una tarde en su cuarto dándome una clase de sexo, ella sabía mucho del tema porque un hermano de su padre estudio sexología en España y cuanto material tenia se lo enviaba a ella, que por poco terminó en una relación lésbica”.

    -Me parece –le decía asombrado por su secreto– que lo más probable que ella quería aplicar contigo todo lo que sabía así te encaminaba de tu indecisión, no creo que fuera tener una relación contigo.

    -Al poco tiempo de ese episodio estando dormida -continuo mi esposa- sentí ruidos extraños en el cuarto de mis tíos, me levanto, la puerta abierta, veo mi primera escena de sexo en directo, esto se repitió durante todas mis vacaciones, mis tíos practicaban en todas las poses posibles, permitiéndome ver el miembro de mi tío Andrés parado al máximo como una cantidad de penetraciones algunas eyaculando adentro otras sobre su cuerpo y otras directo en su boca, a partir de esas imágenes no le tuve más miedo al sexo, al poco tiempo te conocí y ya sabes el resto de la historia.

    Entre asombro y excitación la tranquilicé diciéndole “actualmente el sexo es para gozar, ellos gozando te enseñaron muchas cosas, no fue un pecado ni algo perverso, ojala yo hubiese tenido algo así”.

    Cuando terminé de hablar mi esposa agarró mi verga masturbándola muy lentamente, descendió y su boca se la tragó en su totalidad solo su cabeza se movía rítmicamente. –Déjame hacer esto te lo debía –decía en un susurro- quiero que acabes en mi boca.

    Yo cerrando los ojos imaginando lo que me había pasado hace poco y ante un aumento de su ritmo descargué todo mi líquido espeso que tragó sin más, me dio un beso de agradecimiento por aguantar a su tía y se durmió casi en el acto.

    El día domingo fue el último día de Ana en casa, era el día libre de todos, por lo que fuimos después de almorzar a la playa, comparándolas de lejos eran muy parecidas más que con su madre, hablaban animosamente, se reían lo que me produjo una incipiente erección que se terminó en el agua fría.

    Al regreso para ahorrar tiempo entramos a bañarnos con María mientras su tía quedo prendida con una película, tratamos de bañarnos rápido, cuando yo estaba enjuagándome y María secándose la invitada abrió de golpe la puerta.

    -Veo que casi terminaron -decía mirándonos fijamente- María te hace gozar, pero esta es mi oportunidad de practicar todo lo que le enseñé ¿me dejas mamar la verga de tu marido? mira como la tiene.

    Me empujó contra la pared, me besó empezando por las tetillas, cuello, su lengua violó mi boca maestramente.

    María mientras tanto acariciaba las tetas de su tía, se arrodilló y desprendió la toalla de mi cintura, empezó a chupar todo lo largo de mi miembro que estaba pegado a mi cintura. Separe a la tía que estaba en trance de tanto gozar, la coloqué contra la pared y era yo que atacaba con mi lengua cada pezón contraído, miraba como su sobrina devoraba mi verga, la agarro de la mano y oriento su cara hacia sus tetas, en un segundo la tía estaba contra la pared y era chupada por los dos sobrinos, cambiamos de posición ahora mis dedos abrían su entrepierna y María saboreaba su vagina, mientras masturbaba muy lentamente el clítoris rosado de su tía.

    Nunca imaginé que mi esposa podría llegar a esto, con cada estocada de su lengua emitía gemidos de un placer sin igual.

    -Quiero que me chupen los dos -decía entre estertores- usen sus lenguas hasta el fondo. Después besé a mi esposa sintiendo el olor a su tía en sus labios.

    Recuperados de estos minutos, la iniciativa fue de la veterana, hizo colocar a su sobrina flexionada agarrada de las canillas exponiendo todo su sexo, agarró mi miembro y lo introdujo en la vagina de mi esposa no sin antes lubricarlo en su boca. –Ahora cógela con fuerza -decía concentrada en lo que hacía.

    Lentamente la bombeaba, sacaba todo el miembro y lo introducía violentamente, a la quinta vez Ana lo sacó, lo mamo varios segundos y ella misma lo introdujo en su sobrina.

    –Espero que esté gozando como nunca –comentaba al oído de María– hacía tiempo que no compartía sexo con otra pareja, eso es algo que nunca te conté sobrina, con tu tío tenemos varias parejas amigas que a pesar que son de campo dominan el sexo de manera increíble, Sobrino ven cogeme de una de las manera que más me gusta, de parado frente a frente.

    Mi mujer exhausta sentada en la ducha miraba como me cogía a su tía, la posición no es muy cómoda más que yo era más alto que Ana pero la pude meter, es una posición que se tiene de frente las tetas que saltaban a buen ritmo y el rostro que iba cambiando perlándose del sudor por el esfuerzo y los orgasmos, entre dientes me decía “es la mejor cogida que he tenido, aguanta lo más que puedas déjame que yo me mueva, siente la fuerza de mi cintura”. Era increíble lo practica que estaba se movía en un ritmo firme sin aflojar, no permitía que mi miembro se saliese apretando su cintura a la mía.

    María hipnotizada con lo que observaba decía “tía conozco la cara cuando esta por eyacular y creo que con ese vaivén no va a aguantar mucho”. Dijo eso y se colocó a mi lado su boca busco la mía mientras que con una mano apretaba mis huevos como queriendo parar mi ebullición que no tardó en aparecer inundando la vagina de Ana quedándose quieta miraba como mi leche corría por sus piernas lentamente.

    A la hora estábamos los tres en la Terminal despidiendo a Ana, no sin antes programar otra visita de ella en poco tiempo.

  • La mejor de todas las putas

    La mejor de todas las putas

    Carlos Palacios era un hombre hecho a sí mismo. A los doce años ya sabía que llegaría lejos. Mientras los muchachos de su edad perdían el tiempo en juegos infantiles, él ya buscaba la manera de sacar provecho económico de ellos. Acabó siendo el propietario de la mayor parte de las canicas de su colegio, las cuales volvía a vender una y otra vez para robarlas después con trampas astutas. En aquellos momentos no tenía la envergadura que llegó a adquirir con el tiempo, pero pronto aprendió que en esta vida la fuerza es necesaria. Lo aprendió de la peor manera. Un día volviendo a casa, dos matones, dos gigantones que daban miedo y con aspecto de no haber pisado nunca un colegio ni para robar en él, lo acorralaron. Mientras uno lo sujetaba el otro le quitó todas las canicas que tanto esfuerzo le había costado ganar. Qué podía hacer él, un mequetrefe canijo contra aquellas dos torres. Otra persona hubiera vuelto a casa llorando, hubiera maldecido su suerte o se hubiera compadecido. Pero Carlos Palacios no era así, él no iba a dejar que nada ni nadie le apartara de su camino.

    Tardó una semana en volver a verlos, iban acompañados de otros tres tipos con aspecto aún más peligroso. Rondaban las inmediaciones de otro colegio en busca de alguna víctima a la que atracar. Carlos, al verlos, no dudó. Tragó saliva y se dirigió hacia ellos con paso decidido. Los matones se quedaron boquiabiertos ante el desparpajo de ese pequeñajo y la proposición que les hizo.

    —¿Quieres que te devolvamos las canicas para que puedas venderlas, y luego tú nos darás parte de lo que ganes? ¿Te hemos entendido bien? —dijo el que parecía el jefe mientras se acercaba amenazadoramente. Tenía aspecto de un luchador de sumo a escala reducida.

    —Sí, esa es la idea… —susurró Carlos con mucho miedo.

    —Tú estás mal de la cabeza. Las canicas ya son mías. ¿Qué gano devolviéndotelas?

    —Para vosotros no son nada, no tienen ningún valor. Yo puedo venderlas dentro y daros el dinero a cambio.

    —¿Tú crees que nos importa una mierda lo que pueda valer una apestosa bolsa de canicas?

    —No sería solo eso. Seguro que os… os encontráis con co- co- cosas… cosas que no sabéis a quién vender. Yo puedo ayudaros. —Carlos tartamudeaba por el miedo, pensaba que podía recibir la primera paliza de su vida.

    Pero las canicas y las menudencias fueron dando paso a cosas más grandes; patinetes, bicicletas, cigarrillos, motos, drogas y a un enorme mercado negro donde todo tenía cabida. Carlos Palacios había comenzado su camino hacia el éxito en un mundo duro, y ese matón gordo al que más tarde apodó «Sumi» lo hizo a su lado.

    *****

    Las oficinas centrales de la empresa de Carlos eran impresionantes; situadas en uno de los mejores edificios de la zona más exclusiva de la ciudad, ocupaban una planta completa en lo más alto. Desde allí se dominaba todo y se podía ver el mar. A Carlos le relajaba ver como los grandes barcos encaraban la bocana del puerto. No se habían escatimado medios para que las instalaciones fueran algo hermoso. La madera noble, el vidrio templado y el acero inoxidable se unían para conseguir algo que transmitía sensación de poder y bienestar. Las personas elegantes y atractivas que se movían por allí acababan de completar la imagen de empresa poderosa y joven. Quizá Lucía no encajara en esa visión global con su pelo cano y piel pálida. La vieja secretaria doblaba en edad a casi todos, pero sabía hacer su trabajo y lo hacía muy bien. Carlos tendría serios problemas si no contara con ella.

    —Lucía, resérvame el primer vuelo que salga para París —dijo Carlos con autoridad—. No sé por qué contrato a inútiles, luego tengo que solucionarlo todo personalmente.

    —¿Aunque no sea en primera clase? —respondió Lucía inmediatamente.

    —Como si voy agarrado al ala. Necesito estar allí mañana a primera hora o perderemos un montón de contratos importantes. Salgo ahora mismo para el aeropuerto, llámame al móvil cuando tengas el número de vuelo.

    —Haré lo que pueda…

    —Si no me consigues ese vuelo… —Hizo una pausa para mirarla de forma amenazadora— Puedes ir buscando otro empleo.

    —Sí, señor Palacios —respondió de forma sumisa.

    —Los americanos están en el despacho de mi mujer, ella ya viene de camino. Ha de facilitarles los procesos para que desaparezcan ciertas cantidades de dinero. No le parecerá bien, pero ha de hacerlo. Hemos cerrado acuerdos importantes con esa promesa, ya que la competencia no puede ofrecerles esos extras. Cuando llegue Marta dígale que les ofrezca todos los servicios que pidan, que no se preocupe por la supuesta ilegalidad de algunos de ellos. Que no ponga impedimento alguno. ¿Ha quedado claro?

    Lucia, transcribía apresuradamente el torrente de información que su jefe lanzaba atropelladamente. Lo conocía desde hacía muchos años y sabía que era mejor no interrumpirlo.

    —En la sala de reuniones están los del grupo de Sebastián. Tras años de lucha he conseguido cerrar el trato con ellos. Ya he llamado a Paula. Ella sabe lo que ha de hacer y ellos la están esperando.

    Lucía miró a su jefe por encima de las gafas. Le repugnaba la idea, le indignaba que usaran una mujer como si fuera un objeto. Paula era una espectacular prostituta de lujo. Su jefe recurría a ella para sobornar, premiar o incentivar a sus mejores clientes. Estuvo a punto de renunciar al trabajo cuando se enteró de esas cosas. Pero a su edad… Tenía miedo de no encontrar otro empleo de ese nivel, ni tan bien pagado. Ya formaba parte de la rutina, pero seguía sin gustarle.

    —No me mires con esa cara. Paula es una trabajadora igual que tú o el chico de los archivos —dijo el señor Palacios al notar la mirada de desaprobación.

    —Ningún problema, lo tengo todo anotado. Aunque no sé si podré conseguirle el vuelo. Acaba de finalizar el congreso de los dentistas y…

    —No quiero escuchar excusas —interrumpió Carlos bruscamente—. Si no me llamas para darme el número de vuelo y la compañía, no lo hagas. Pero entonces seré yo quien llame para pedir una secretaria que sepa cumplir una orden sencilla. Me voy. Búscame un buen hotel en París y un coche que me espere.

    Lucía maldijo a su jefe en silencio. Nunca le había caído bien. Era tan prepotente, tan egocéntrico. No respetaba a nada ni a nadie, salvo a su esposa… Con ella era diferente, hasta parecía otra persona cuando Marta estaba presente. Quizá debería mandar a la mujer de Carlos a la sala del grupo que estaba esperando a la prostituta. Quizá Marta pudiera evitar que se siguieran usando a las mujeres como moneda de cambio. Pero sería arriesgado… Podría perder su empleo. Lucía dejó de divagar cuando vio a Marta acercarse. Venia como siempre, discreta y elegante. Llevaba un traje chaqueta negro y una blusa blanca. Daba gusto verla andar con esos tacones. No entendía como se casó con un bruto como su marido. Ella era una dama con clase, una señora de las de antes.

    —Hola Lucía, parece que tenemos un día de urgencias… Carlos me ha comentado algo por teléfono pero a duras penas lo he entendido. ¿Qué fuegos hay que apagar?

    —El señor Palacios va hacia el aeropuerto. Ha surgido una crisis en París, pero aquí hay que cerrar una operación muy importante con unos clientes que llevan tiempo esperándola.

    *****

    Carlos recibió la llamada de Lucía nada más llegar al aeropuerto. Sabía que pese a parecer algo desagradable y una mujer antigua, era una de las secretarias más eficientes que había tenido nunca. Todo estaba arreglado. Solo tuvo que recoger la tarjeta de embarque en el mostrador de la compañía. Primera clase, y el vuelo salía en veinte minutos. Había conseguido también hotel y coche en París. No lo podía haber hecho mejor.

    Su avión esperaba en la cabecera de la pista el permiso para despegar. Ya sentado y relajado en el espacioso asiento abrió su maletín y sacó unos documentos. Aprovecharía el vuelo para conocer hasta el último detalle de lo que le esperaba al aterrizar. En ese momento sonó el teléfono, era Marta.

    —Dime, cariño —contestó Carlos.

    —…

    —Sí, es cuestión de vida o muerte. Hay mucho en juego.

    —…

    —Ya sé que no lo entiendes; pero créeme, necesito que confíes en mí y des lo mejor de ti.

    —Por favor, apague el móvil. Vamos a despegar —interrumpió una preciosa azafata de bonita sonrisa.

    —Un segundo, en seguida acabo —protestó Carlos.

    —Señor, no podemos esperar. Apague el móvil ahora mismo. —La azafata ya no sonreía, tenía una mirada fría.

    —Cariño, te tengo que dejar. Haz lo que te pidan y no te preocupes por nada, te lo compensaré.

    *****

    Marta colgó el teléfono pálida; la sangre había abandonado sus mejillas, las piernas le temblaban. Necesitó apoyar las palmas de las manos sobre la lustrosa mesa de caoba para asimilar lo que acababa de oír. ¿Qué podía estar en juego para que Carlos le pidiera eso? ¿Su vida tal vez? No podía correr riesgos. Las instrucciones habían sido muy claras. Frente a ella tenía sentadas a tres personas, todas vestidas impecablemente con trajes formales y elegantes. No tenían aspecto de asesinos ni de secuestradores. Uno de ellos parecía un crío; no tendría más de veinte años. Los otros dos rondarían los cuarenta y tantos. Los tres lucían una enorme sonrisa y la miraban con lascivia.

    —¿Ya tienes las instrucciones, guapa? —preguntó Sebastián.

    —Sí, estoy a sus órdenes, lamento que haya tenido que comprobarlo.

    —No te preocupes, eso ya es historia. Ahora baila para nosotros mientras te quitas la ropa. Supongo que ya sabes que eres una mujer preciosa

    Marta se movía torpemente como si estuviera bailando mientras sus manos recorrían los muslos para subir la falda. Después se quitó la chaqueta intentando moverse sensualmente. Poco a poco fue ganando confianza al ver que la miraban con lujuria. Los gestos empezaron a ser realmente eróticos.

    El más joven se levantó y rodeó la mesa para ponerse a su espalda. Marta estaba paralizada y seguía de pie con los brazos apoyados en la mesa. Los brazos del joven entraron bajo su blusa, las palmas se apoyaron sobre los senos de Marta que sentía algo duro presionando sobre sus nalgas. Ella notó como le desabotonaban la blusa tirando de ella para dejarla totalmente fuera de la falda. Los dos hombres que estaban frente a ella babeaban ante la visión de esos dos hermosos pechos forrados de fino encaje negro. El joven remangó la falda hasta la cintura donde quedó enrollada. Marta sintió un beso en el cuello y le llegó un aroma de colonia varonil que la confundió. El miembro hinchado seguía presionando su culo. Una mano acarició su vientre y se deslizó bajo el elástico de la braguita. Los dedos jugaban con el escaso vello púbico. La otra mano tiró de los aros del sujetador para acceder a los senos, primero uno y después el otro. Los pezones ya estaban duros y henchidos antes de que las yemas de los dedos empezaran a jugar suavemente con ellos.

    Marta estaba aturdida y confusa, no entendía como su cuerpo podía traicionarla de esa manera. No debería tener las braguitas húmedas, ni los pezones erizados. No debería de estar deseando que ese pene duro que notaba sobre sus nalgas la penetrara. No debería, no estaba bien, no lo entendía… Era tan solo un desconocido que apenas le había proporcionado algunas burdas caricias.

    El joven le quitó la blusa para abrir el cierre del sujetador, las copas quedaron inertes sobre los pechos. El sujetador fue retirado con suavidad. Aprovecho para recorrer su torso hasta llegar bajo esas pequeñas pero suaves y duras tetas. Fueron acariciadas, amasadas y apretadas con ansia mientras sus pezones recibían pellizcos y eran estirados.

    En ese momento se abrió la puerta y entró Paula, que se quedó boquiabierta al ver la escena. Pidió disculpas y salió rápidamente sin decir nada. Se marchó enfadada porque la hubieran reemplazado por otra puta con tanta facilidad. Sólo había llegado treinta minutos tarde… Mientras andaba irritada hacia la salida de las oficinas echó una mirada furibunda a Lucía; seguro que ella había tenido algo que ver, pero no montaría una escena. Con Carlos había ganado mucho dinero, y esperaba seguir haciéndolo.

    Tras la interrupción, Sebastián, el jefe del grupo se levantó y se dirigió hasta la puerta, cerró el pestillo interior y volvió a sentarse frente a esa magnífica mujer semidesnuda.

    —Sigue hijo, ya no nos molestarán más.

    El joven no se lo pensó dos veces, pues la verga le iba a estallar si no descargaba rápido. Nunca había vivido nada tan excitante. Se arrodilló para bajarle las braguitas con nerviosismo y levantó uno por uno los tobillos de Marta para sacarlas. Se las llevó a la nariz y suspiró. Olían a mujer, a placer. Se las guardó en el bolsillo de su chaqueta y se puso en pie. Sus dedos peleaban con la cremallera del pantalón, hasta que consiguió bajarla para extraer el miembro duro y caliente. Lo introdujo entre los muslos de Marta rozando sus labios vaginales. Ella lo sentía palpitar intuyendo el torrente de esperma que esperaba a ser liberado. El joven rasgó el envoltorio de un preservativo. Marta chorreaba imaginando lo que iba a pasar. El muchacho empujó sobre la espalda de Marta hasta que los pechos se aplastaron sobre la mesa. Enfiló el glande y empujó entrando en ella sin dificultad. Pero tras cuatro movimientos rápidos se acabó. Marta notó las descargas abundantes y prolongadas a través del látex. Ese amago de polvo la había dejado en un estado de ansiedad insoportable, el clítoris le ardía, necesitaba un orgasmo y lo necesitaba ¡ya!

    Se alegró cuando el padre del chico se levantó y sacó su miembro. Sebastián también rodeó la gran mesa ovalada y colocó a Marta sobre la dura madera con la espalda apoyada sobre ella. Levantó y apoyó las piernas de la hermosa hembra sobre sus propios hombros. Puso la palma de la mano sobre su vientre mientras el pulgar jugaba con su botoncito. Marta no tardó en ser penetrada. Ese grueso miembro la lleno completamente, y duró hasta que disfrutó de dos magníficos orgasmos.

    El hombre que faltaba la extendió en el borde de la mesa y se limitó a follarle la boca sin ningún miramiento. Marta tenía arcadas cada vez que el glande rozaba su garganta y le impedía respirar. El desconocido agarraba con fuerza su cabeza para introducir bruscamente su virilidad en ella, una y otra vez. Con una mano le presionaba un pecho como si quisiera reventarlo, la otra, la que estaba en la parte posterior de su cabeza ayudaba a sincronizar las embestidas. El hombre eyaculó dejando escapar un gemido, apretando con fuerza los huevos sobre la mejilla de ella. El esperma tibio inundó su garganta. Marta pensó que se ahogaba al faltarle el aire. No le gustó nada que la usara así. No fue nada agradable.

    Los clientes se fueron muy satisfechos, encantados con la fantástica mujer que les había proporcionado Carlos. Comentaron entre ellos que era tan buena que ni parecía una puta. Les gustó que fuera vestida con esa ropa tan elegante y formal. Fue como si se hubieran tirado a una ejecutiva.

    *****

    —Señora Palacios, he estado buscándola. Los americanos están enfadadísimos. Venga conmigo, a ver si conseguimos que se tranquilicen. Es una operación importantísima, al señor Palacios le ha costado casi un año poder cerrarla.

    —Tranquila Lucía, este día está resultando agotador. Dame unos minutos para que me arregle un poco, ahora salgo.

    Marta se miró en el espejo del baño, realmente su aspecto no era el habitual. Las marcas de haber sido usada eran evidentes, aunque nada que no pudiera solucionar algo de maquillaje y un peine. La ropa casi no se había manchado, excepto que… ¡No llevaba las braguitas! Y no eran unas cualquiera, tenían una flor de oro bordada junto con sus iníciales. Habían sido un carísimo regalo de su marido, debía encontrarlas como fuera.

    —Señora Palacios, ya no podemos entretener más a los americanos. Por favor… —La voz de Lucía llegó amortiguada desde el otro lado de la puerta del baño.

    Marta salió ya en perfecto estado, su aspecto volvía a ser impecable.

    —Un momento Lucía, creo que me he dejado algo en la sala de reuniones, enseguida estoy con los americanos.

    Marta se desesperó, registró toda la sala y las braguitas no aparecían por ningún lado… Lucía no dejaba de incordiarla para que atendiera a los clientes.

    Durante el resto del día, no volvió a acordarse de ellas, lo pasó enfrascada en complejas operaciones de blanqueo de dinero. Tras un montón de horas de intenso trabajo y de infringir un montón de leyes, los americanos abandonaron la oficina satisfechos. Ella tras acompañarles hasta la puerta y despedirse, se dejó caer derrotada sobre el mullido sillón de su despacho. Había sido una jornada dura y agotadora.

    En ese momento sonó el móvil, era Carlos:

    —Sí, dime… —contestó Marta.

    —…

    —Bien, todo solucionado.

    —…

    —Sí, se han ido satisfechos —dijo dolida.

    —…

    —¿Que no quieres conocer los detalles? —preguntó sorprendida.

    —…

    —No te preocupes… No te contaré nada. ¿Cuándo vuelves?

    —…

    —Yo también te quiero… Ya me voy para casa. Descansa cariño —Marta colgó algo aliviada, el problema que hubiera ya había dejado de serlo.

    *****

    Marta despertó sola, como casi siempre. Su hijo apenas aparecía por casa; entre su novia, los amigos, los estudios, era como si viviera en un país lejano. Ahora mismo no sabía ni dónde estaba. Era domingo y no tenía que pasar por la oficina. Carlos seguía de viaje; de París había tenido que volar a Londres, después a Berlín. Siempre era lo mismo, siempre surgía alguna urgencia en alguna parte del mundo. Había llamado para decir que volvía esa noche. Pero sería normal que sucediera algo a última hora y no lo hiciera.

    Se puso una bata de seda roja y fue a la cocina a desayunar. Atravesó la inmensa casa caminando descalza por el cálido suelo de nogal. Encontraba tristes esas estancias grandes tan vacías. Miró hacía fuera por los inmensos ventanales y el hermoso jardín que bordeaba la piscina la animó algo. Era relajante esa belleza, el contraste del agua azul con los colores vivos de las flores, el trino de los pájaros… Preparó un café y lo dejó junto con unas tostadas sobre la mesa de mármol de la terraza de la cocina, y se sentó en una pesada silla de hierro forjado a contemplar el hermoso paisaje. Al untar la mermelada sobre el pan, evocó lo que había sucedido en la oficina. Era lo más apasionante que le había ocurrido nunca. Le vino a la mente el miembro de aquel desconocido golpeando en su mejilla para liberar las últimas gotas de semen tras correrse en su garganta… No le había gustado cuando sucedió, pero ahora se humedecía recordándolo. Separó las piernas y entreabrió la bata. No llevaba nada bajo ella y un dedo travieso se posó sobre su clítoris.

    —Hola mamá.

    —Hola hijo —respondió sorprendida—. No te oí llegar. —Sus manos cerraron la bata bruscamente antes de girarse.

    —Perdona si te hemos asustado. He venido con un par de amigos a recoger algo de ropa, pasaremos el fin de semana fuera.

    —¿Queréis tomar algo? Hay café hecho y os puedo… —Marta palideció al ver a los amigos de su hijo, uno de ellos era el chico joven que se la había follado hacía poco— ….preparar un zumo de naranja natural. —Acabó diciendo con un hilillo de voz.

    —Pues sería perfecto, estamos hartos de las porquerías que tomamos por ahí. Voy preparando la ropa mientras y así ganamos tiempo —dijo el joven mientras se iba.

    —Espera, Luis. Si me prestas algo de ropa, ahorro pasar por mi casa —dijo el otro amigo saliendo tras él.

    Marta se levantó y se sintió como una colegiala de trece años. Estaba a solas con el joven. Las piernas le temblaban. Se sentía indefensa con esa fina bata que marcaba cada curva de su cuerpo. Bajó la cabeza y pensó: «¡Mierda!», los pezones despuntaban como faros en la noche.

    —¿Cómo te llamas? —preguntó Marta intentado controlar la situación.

    —Pedro —respondió el chico tímidamente, pero sin poder apartar la vista de esas dos hermosas protuberancias.

    —Creo que será mejor para todos que olvidemos lo que sucedió —dijo intentando que la voz sonara firme, pero sin conseguirlo.

    El chico se limitó a mirarla, incapaz de articular palabra. Mientras Marta entraba en la cocina para preparar los zumos, pensó que debía estar dejando un rastro de baba como los caracoles. ¡Ojalá se hubiera puesto unas braguitas! Intentó concentrarse en cortar las naranjas por la mitad. Cuando ponía la primera sobre el exprimidor, sintió como unas manos aterrizaban sobre sus pechos cubriéndolos totalmente.

    —No, no, para…, nos puede sorprender mi hijo… —susurró sin ninguna convicción.

    La única respuesta que obtuvo fue que el joven se acercó más y empezó a mordisquearle el cuello. Sintió un bulto presionando sobre sus nalgas. Ella seguía exprimiendo naranjas, esperando que el zumbido del aparato amortiguara sus suspiros. Una mano abrió la fina bata por la parte superior y unos dedos rozaron el pezón directamente, electrizándolo. Marta apretaba las naranjas con fuerza para que el zumbido del motor subiera de intensidad. Otra mano entró entre sus muslos, separándolos. Marta ya jadeaba de deseo. El sonido de rasgar el envoltorio del preservativo aún produjo más fluidos. Debía de haberlo roto con los dientes. Toda su entrepierna era un charco enorme donde unos dedos inexpertos jugaban. El exprimidor protestaba, rugiendo ante la enorme presión que estaba sufriendo.

    —¡Métela de una puta vez! —Marta no podía creer que de su boca hubieran salido esas palabras.

    El miembro del joven penetró hasta el fondo deslizándose como un delfín en cálidas aguas. Marta, ansiosa, se movía y retorcía para maximizar el placer, porque el chico estaba quieto, temía que pasara como la otra vez, no quería acabar tan rápido, esta vez quería disfrutar más tiempo del placer de tener a esa preciosa mujer ensartada.

    —Hum, que bien huele —dijo Luis al entrar en la cocina yendo directo hacia la nevera—, pillo unas manzanas para el viaje. Si no lo hago ahora, después se me olvidará.

    Marta y Pedro se quedaron congelados. Si no se movían quizá Luis no se diera cuenta de que se estaban beneficiando a su madre delante de sus narices. La cocina era grande y ellos estaban en la otra esquina. Una columna evitaba la visión directa de la nevera.

    —Id al salón cuando acabéis, enseguida vamos con los zumos. —Marta rezó para que obedeciera. Se sentía muy violenta hablando a su hijo con el miembro de su amigo clavado hasta el fondo.

    Apretó más fuerte la naranja sobre el exprimidor. El motor se quejaba, parecía que iba a explotar. Pedro bajo la mano hacía el clítoris de Marta y lo estimuló toscamente mientras daba las últimas embestidas para correrse. Tenía miedo de no poder acabar. Marta soltó un gemido mientras el orgasmo recorría su cuerpo. Apretó las piernas y sintió como su joven amante descargaba también.

    —¿Decías algo mamá?

    —Ahora os llevo los zumos —dijo como pudo mientras del agonizante exprimidor salía una columna de humo. Se había quemado.

    Luis se fue hacia el salón y Marta suspiró. Había faltado poco para que los sorprendieran. No entendía cómo podía perder los papeles de esa manera con un niñato que no tenía ni puta idea de follar. Pedro se sacó el preservativo y lo anudó, buscando también el envoltorio rasgado que recogió del suelo.

    —¿Cogiste tú mis braguitas el otro día? —preguntó Marta.

    —Sí —respondió tras un momento de duda.

    —Devuélvemelas, por favor. No son unas braguitas normales, tienen grabadas mis iniciales.

    —No puedo, se las regalé a tu hijo. Salió el tema y le hizo ilusión tenerlas.

    —¿Tema? ¿Qué tema? No me digas que le contaste lo del otro día…

    —Perdona… pero no sabía que eras su madre. Entiende que era algo digno de contar. Follarse a una puta de lujo junto a tu padre no es algo que pase todos los días.

    —¿Me estás llamando puta de lujo?

    —No, yo… yo no sabía quién eras… No te enfades.

    —Mi hijo anda por ahí con mis braguitas húmedas, posiblemente se masturbe mientras las huele y seguro que fantasea sobre cómo me follaron tres tipos. ¿Y tú quieres que no me enfade?

    —Él no sabe nada. No le des más importancia y no pienses en ello. Te juro que no le diré nada más.

    —Gracias, que generoso eres… —dijo Marta con ironía—. Y aprende a follar, que lo haces de pena.

    —Enséñame tú —respondió Pedro tras meditar unos segundos.

    *****

    Carlos estaba agotado. Llevaba toda la semana volando sin parar y asistiendo a reunión tras reunión. Soñaba con llegar a casa y ponerse cómodo con un whisky en la mano mientras miraba a Marta nadar desnuda en la piscina. Después la ayudaría a salir, la secaría con la toalla y le haría el amor sobre el verde césped a la luz de la luna. Quizá hubiera suerte y su hijo estuviera fuera como era habitual. El solo pensamiento hizo que un bulto creciera en su entrepierna. Llevaba muchos días sin descargar, demasiados. A veces había estado a punto de hacerlo y oportunidades no le habían faltado. En los últimos días había tenido varias mujeres a tiro, y algunas de ellas fueron realmente tentadoras, pero por experiencia sabía que la espera merecía la pena. No veía el momento de llegar a casa. Sabía que Marta estaría tan caliente como él, o más. Apretó el botón para subir el cristal que le separaba del chófer e hizo una llamada.

    —Hola cariño. He aterrizado. Voy para casa.

    —Por fin, pensaba que tampoco volverías hoy. Te añoré mi amor.

    —Yo también te he echado de menos. Dime que estaremos solos —suplicó—, dímelo…

    —Lo siento, Luis se iba a ir con sus amigos fuera, pero llamó Eva, que llegará de Londres esta noche. Tardó tres segundos en mandar a sus amigos a paseo y cambiar los planes. Iban a cenar conmigo antes de salir. Ahora lo haremos los cuatro juntos. En cuanto se vayan, seré toda tuya…

    —No tardaré en llegar. Un beso —dijo Carlos desilusionado terminando la llamada. «La novia de Luis podía haberse quedado en Londres…», pensó.

    El jarro de agua fría al saber que no estarían a solas hizo que pensara de nuevo en los negocios en marcha. Le preocupaba mucho la operación de Sebastián. Había hablado varias veces con él por teléfono y aparentemente todo iba bien. Pero pensó que no estaría de más asegurarse personalmente. Quería que supiera que lo consideraba una pieza importante para sus empresas. Miró el reloj, eran las ocho, una buena hora. Si estaba en casa podría pasarse y conocer de primera mano los detalles, perdería poco más media hora. Llamó por teléfono a Sebastián y tal como se imaginaba, le dijo que estaría encantado de que se pasara por casa. Bajó el vidrio que le separaba del chófer y le dio la dirección. Le gustaba ese chofer; era serio, profesional y nunca se perdía en las rotondas.

    —Hola Carlos, no era necesaria la visita. Pasa, tómate algo. ¿Qué quieres? —dijo Sebastián tras darle la mano efusivamente.

    —Un whisky con hielo me sentaría genial. Pero no te preocupes, sólo he pasado para saludar y agradecerte que al final hayas confiado en nosotros.

    —Pasa, vamos a mi despacho y hablaremos tranquilamente, hay cosas que prefiero que mi mujer no sepa —dijo mientras ponía la manos sobre su hombro de forma amistosa y le guiñaba un ojo.

    Al atravesar el salón, saludó a la mujer de Sebastián e intercambiaron frases triviales de cortesía. Era una mujer de aspecto vulgar y conversación insulsa. Daba la sensación de llevar la ropa de otra por lo mal que le quedaba. Los enormes pechos deformaban el vestido de una forma grotesca, y ese peinado rizado de los años setenta no ayudaba nada.

    —No te fíes de las apariencias —dijo Sebastián una vez estuvieron a solas en el despacho—. Mi mujer tiene algunas virtudes ocultas.

    Carlos enrojeció como si le hubieran sorprendido haciendo trampas con las cartas. Debía de haber dejado entrever sus pensamientos sin querer. Durante unos segundos buscó la forma de arreglarlo. Sebastián y sus empresas eran realmente importantes para él.

    —No me cabe la menor duda, sé que tu criterio es preciso como un láser de cirugía —dijo esbozando una gran sonrisa al pensar que había sorteado bien el desliz—. Pero no vayas pregonando sus virtudes por ahí, no vaya a ser que te la roben.

    La siguiente media hora la pasaron hablando sobre detalles financieros e inversiones. Cuando todo estuvo matizado y cristalino, Carlos se levantó para irse.

    —¿Os gustaron los servicios de Paula? —preguntó Carlos.

    —¿Paula? Qué bonito nombre. No nos dijo como se llamaba. Fue algo fuera de serie. Así da gusto cerrar tratos. Tenías que haber visto la cara de mi hijo cuando se corrió dentro de la zorra. Es que parecía una dama de la alta sociedad. ¡Qué nivel!

    —Paula es así, hace que todo sea emocionante. Deja a todos los clientes con ganas de repetir. ¿Os hizo su cubana especial? Los que se han corrido entre sus enormes pechos no pueden dejar de soñar con ellos.

    —Tampoco tenía tantas tetas… Pero eran impresionantes, de esas que caben en una mano, con los pezones altos y duros. La mariposa tatuada en el pubis te hipnotizaba, parecía que moviera sus alas mientras la embestías. ¡Vaya pedazo de mujer! Y lo mejor de todo es que no se comportó como una vulgar puta, se corrió un montón de veces.

    En ese momento Carlos desapareció de esta realidad. Quizás había cosas que desconocía de su mujer. Fue él quien pidió a Marta que se tatuara esa mariposa, era algo entre los dos, no entendía nada. Con el cerebro fundido consiguió abandonar la casa sin saber cómo. No dejaba de hacerse preguntas: ¿Desde cuándo hacía su mujer de puta? ¿Quién más estaría implicado?

    ******

    Carlos vio llegar a Sumi con otros cuatro matones en un Mercedes negro. Estaba sentado en el asiento trasero del coche y dudaba entre bajar o no. Su presencia ya no era necesaria pues los chicos tenían sus instrucciones. Podría irse y no implicarse directamente, pero recordó la frase de Sebastián: «Parecía que moviera las alas cuando la embestías», y crispó los puños mientras se bajaba del coche. Quería ver sufrir a ese cabrón.

    Fue Carlos quien llamó a la puerta apartándose para dejar que los profesionales entraran en tromba, como elefantes en una estampida al ser abierta. En menos de tres minutos tenían todo controlado. El servicio estaba encerrado en una habitación de la planta superior y Sebastián y su mujer estaban sentados en un sofá del salón ante pistolas automáticas que los apuntaban.

    —¿Qué pasa, Carlos? —preguntó Sebastián al reconocerlo entre el grupo de asaltantes

    —¿Qué pasa? ¿Tienes cojones de preguntarme eso? —Gritó Carlos mientras agarraba de la pechera a Sebastián— ¿Te gustaría que me follara a tu mujer? ¿Te gustaría?

    —No entiendo nada, yo no conozco a tu mujer.

    Carlos nunca supo reprimir la ira ante las mentiras. El puñetazo lleno de rabia rompió el labio de Sebastián. La sangre empezó a mancharlo todo.

    —Follaos a esa puta, que esté cabrón sepa lo que se siente —dijo Carlos señalando a la mujer de Sebastián.

    Sumi dirigió con empujones a la mujer hacia el respaldo del sofá. El mismo en el que estaba sentado su marido. Remangó el horrible vestido que llevaba hasta la cintura y empujó su espalda para dejar el culo en pompa. Rápidamente tiró de las bragas que se rompieron como papel de fumar. Uno de los matones se puso frente a ella evitando que pudiera levantar la cabeza. Sebastián miraba a la mujer que estaba a su lado y suplicaba.

    —Carlos, por favor. Para esto, por favor.

    Sumi escupió en la mano y deslizó dos dedos por los labios mayores de la mujer. La zorra ya estaba húmeda por sí misma, no hubiera sido necesario. Enfiló el glande hacia la entrada y empujó con todas sus fuerzas esperando un grito que no llegó. Furioso, la agarró por la cintura para penetrarla con toda la violencia y rapidez con la que fue capaz. La mujer no gritaba, pero gemía como una actriz porno y dejó a todos los presentes sorprendidos.

    *****

    Al entrar en casa lo primero que hizo fue quitarse la corbata y desabotonarse la camisa para después dejar la chaqueta en el perchero de la entrada. El maletín parecía pesar como si llevara plomo y subir las escaleras le costó tanto como escalar el Himalaya. Mientras lo hacía recordó las láminas originales firmadas por Frank Miller que traía para su hijo. Decidió dejarlas en su habitación, él chaval no tenía culpa de nada. Ya las había dejado sobre la mesa del ordenador cuando la almohada de la cama llamó su atención, sobresalía algo… Recibió otro mazazo al levantarla y ver que escondía unas bragas de su mujer. Eran inconfundibles con las iniciales bordadas. Se las llevó a la nariz y la furia lo invadió, olían a semen fresco… ¿Sería posible que además de puta su mujer follara con su hijo?

    Fue a la cocina a prepararse un whisky con hielo. Estaba apoyado en la encimera saboreando ya el tercero e intentando asimilar la traición de todos los suyos cuando lo vio. Era tan sólo un pequeño triángulo plateado, pero sabía de dónde procedía, era parte del envoltorio de un preservativo. Lleno de rabia vació el cubo de basura en el suelo esparciendo el contenido y rápidamente encontró lo que buscaba, un condón lleno de leche. Ya no había ninguna duda. «Los mataré», pensó mientras salía con el preservativo en la mano.

    Lleno de ira se dirigió a su despacho, extrajo la pistola de la caja fuerte y automáticamente verificó el cargador y lo montó. A Carlos Palacios no le podían hacer eso, iban a pagar por ello. Bajó las escaleras impetuosamente con el condón en una mano y la pistola amartillada en la otra. Escuchó las voces que procedían del jardín y se fue hacia allí.

    Todos se quedaron petrificados al ver entrar a Carlos con la pistola en la mano y lo ojos inyectados de sangre. A pocos metros de distancia se detuvo y tiró con rabia el condón hacia Marta, este se quedó enganchado entre sus senos.

    —Te dije que te mataría si volvía a suceder, zorra desagradecida. Te lo dije —gritó Carlos fuera de sí.

    —Me lo pediste tú, yo no tengo la culpa de nada. Seguía tus órdenes —contestó Marta aterrorizada ante ese mortífero cañón que le apuntaba a los ojos.

    Al sonar el disparo los pájaros alzaron el vuelo. Marta se llevó la mano al pecho y notó la humedad que lo cubría. Miró a los ojos de Carlos y vio odio mezclado con dolor. El tiempo parecía haberse detenido y seguía viva. Marta quiso saber el alcance de su herida y bajó la mirada. Estaba empapada, pero no de sangre. Era vino granate lo que la cubría. Carlos había fallado, tan solo había atinado a una botella de vino. No podía creer en su suerte. Carlos era un tirador excepcional. Mientras asimilaba la nueva situación observó cómo su marido caía al suelo como un tablón, como un saco de patatas inanimado. Ante los ojos de la asombrada Marta apareció un asustado Pedro blandiendo una enorme sartén de color rojo.

    *****

    El autor me ha pedido que escriba unas líneas antes de publicar el relato. Quiere saber qué pasó después de que él acabara de contar la historia. Soy Marta Palacios, y lo haré con mucho gusto:

    La relación con mi marido volvió a la normalidad. Bueno… quizás no sea la situación más normal del mundo, pero nosotros somos felices. En la empresa no hemos vuelto a contratar más prostitutas. Siempre fue un trabajo que me gustó hacer personalmente. La inocente de Lucía piensa que ya no las usamos porque yo lo prohibí, al descubrir como las usaban.

    —«¿Qué pasó con Sebastián y su mujer?» —Os preguntaréis— Pues aunque cueste de creer, Sumi y sus chicos han de pasar como mínimo una vez al mes por su casa, pero no les gusta saber cuándo lo harán, prefieren ser sorprendidos…

    Mi marido entró en un coma del que no creo que salga nunca más. Está instalado en una habitación desde la que puede ver la piscina y el jardín. A veces cuando hago el amor con los chicos jóvenes sobre el césped, parece que quisiera decir algo, pero deben ser imaginaciones mías.

    Y como os decía, todo volvió a la normalidad…

    erostres

  • Cuando le mostré mis pechos desnudos a mi hermano

    Cuando le mostré mis pechos desnudos a mi hermano

    Creo que nunca podré olvidar esa tarde en que le mostré mis pechos desnudos a mi hermano Oscar.

    Él me lo había pedido la primera vez de una manera tan simple y natural que no pude reaccionar indignada, como correspondía, sino permanecí muda y simplemente le dije que no.

    Un no que me salió en forma espontánea, sin buscarlo. Un no que seguramente venía desde un interior mío poderosamente condicionado por la estricta educación de mi familia.

    Oscar, que tenía en ese tiempo dieciocho años, o sea siete menos que yo, no pareció sorprendido de mi negativa, más bien creo que la esperaba, de modo que no hizo mayor comentario y siguió ayudándome en las tareas de ordenar algunas cosas en la bodega de nuestra casa de campo.

    Pero al día siguiente volvió a pedirme que le mostrara mis pechos desnudos y sin esperar mi respuesta, como asumiendo que de nuevo seria negativa, siguió moviendo cajas y sacos a los lugares que yo le indicaba mientras decía cosas en voz alta como hablando consigo mismo.

    Me decía que nunca había visto los pechos desnudos de una mujer, que se los había imaginado muchas veces, sobre todo se imaginaba los míos, que eran los que él tenía y sentía más cerca.

    Casi no hacía pausas al hablar.

    Me dijo que se imaginaba mis pechos redondos, como globos, que los veía grandes, ligeramente alargados, con unos pezones oscuros, directos, dilatados como dedos, rodeados de una aureola morada que brillaba en la oscuridad.

    Me dijo que él pensaba que a mi mis pechos seguramente me dolían por retenerlos a la fuerza dentro de mi sostén y que estaba seguro que mis pezones, en la noche, cuando yo me acostaba, deberían estar delicados y que yo me los acariciaba para apacentarlos y para que pudieran descansar el uno junto al otro tibiamente.

    Yo me di cuenta demasiado tarde que no debería haberle permitido hablar de esa manera, pero era el caso que Oscar me decía esas cosas como si en realidad estuviera describiendo lo que veía, como si nada pecaminoso hubiese en eso, de tal modo que al fin lo dejaba hablar como si yo no lo escuchara.

    Pero lo escuchaba. Era imposible no escucharlo y era muy difícil no creer en la sinceridad de sus palabras que me llegaban sin ningún dejo de malicia y únicamente las veía como la manifestación de una curiosidad sin límites.

    Era así que yo escuchaba lo que él me decía cada tarde, sin que por eso estuviese yo dispuesta a acceder a lo que me pedía, simplemente quería oírlo hablar, pensando también que de esa forma él podría descargar la tensión que parecía invadirlo debido a su deseo insatisfecho y algún día quizás ya no insistiría y olvidaría todo.

    Pero no sucedió así.

    Alentado por mi silencio se atrevió a contarme otras cosas y a decirme que ya el deseo de ver mis pechos desnudos se le había transformado en una especie de obsesión que no lo dejaba dormir tranquilo, que durante el día me miraba, sin que yo me diera cuenta y que estaba toda la mañana esperando ansioso que llegara la tarde para encontrarse conmigo en la bodega y decirme lo que le pasaba, porque de esa manera se sentía embriagado por un deseo creciente, que mi silencio hacia crecer más aún.

    Me dijo que me miraba cuando yo me inclinaba y por el borde de mi blusa alcanzaba a percibir ese tajo profundo en el centro de mi pecho y que realmente sufría cuando mis pechos se levantaban y descendían por mi respiración agitada, allí en la bodega y que había encontrado uno de mis sostenes en el baño después de mi ducha y lo había besado y había puesto sus labios allí donde habían estado mis pechos y que seguramente yo sabía lo que a mi me pasaba en esos momentos, dándome a entender que se masturbaba habitualmente pensando en eso.

    Yo había podido comprobar eso, cuando al ordenar diariamente las ropas de su cama había observado las gigantescas manchas amarillentas que sus eyaculaciones ocasionaban y que me obligaban a cambiar en silencio sin contarle nada a mi madre.

    Fue así como llegó esa tarde de febrero, caliente y solitaria. Había un olor especial en la bodega, un olor de encierro seco y era esa hora de media tarde en que todo parece dormirse en el campo, en que ningún ruido llene el espacio y el tiempo parece detenido. Una hora de soledad.

    Cuando me buscó, no me encontró, porque yo estaba escondida tras unos cajones grandes llenos de maíz, pero él sabía que yo estaba en alguna parte. Había comenzado a hablarme lo de siempre, cuando yo le puse mi mano en la boca y él se quedó sorprendido.

    Fui abriendo con lentitud los broches de mi blusa mi sostén blanco quedó expuesto y pudo comprobar que efectivamente, como me lo había descrito, mis pechos parecían querer estallar dentro de esa prisión sutil.

    Entonces, con la habilidad de las mujeres maduras, llevé mis manos a la espalda y con un solo movimiento aparté los broches y mis pechos surgieron insolentes hacia la libertad llenando el espacio frente a sus ojos.

    No puedo olvidar la expresión de su rostro, el brillo de sus ojos y el ligero palpitar de sus labios.

    Se recuperó rápidamente de la sorpresa del regalo y sus manos extendidas acariciaron su anhelado tesoro, casi con temor de poder romper el hechizo, pero fue mi voz la que lo convenció que estaba en la realidad.

    Le dije que eran suyos, que yo se los regalaba, que podía jugar con ellos cuanto quisiera, que a mi gustaba que él los tuviese, que eso me hacía feliz.

    Entonces entró en la realidad y los acarició con vehemencia, los aprisionaba en sus manos, los recorría saltando de uno a otro, sosteniendo su gravidez, levantándolos y juntándolos apretando los pezones entre sus dedos mientras yo lo abrazaba para que pudiese tenerlos más cerca y para sentir el aliento caliente de su boca sobre mi piel pecadora.

    Y entonces vinieron otras tardes. Todas las tardes que restaban de ese verano. Esas tardes en que yo se los entregaba en cada momento, en cada rincón, cuando aprendió a mamarlos con delicadeza, a veces, y con furia otras, en que me sentí amamantando a un animal joven, hambriento y mío y en que los dos nos dejábamos llevar por este juego diabólico que nos llenaba cada día de un deseo creciente.

    Y yo quedaba con los pechos dilatados y dolorosos, pero felices de saciar su boca cada día más anhelante de deseos prohibidos. Y en las noches, cuando frente al espejo recorría la mordida geografía de mis pechos, sentía que nada ni nadie me había dado nunca mayor felicidad intima que este secreto nuestro.

    Nunca me diría nada nuevo, ni me pediría otras caricias que no fueran las descritas. Mientras yo, ahora en una espiral de deseo de hembra excitada me dejara abrazar en mis noches por fantasías audaces.

    Él únicamente estaba haciendo realidad su deseo de mis pechos, como si un destete prematuro hubiese implantado en su mente esa necesidad que ahora satisfacía tan plenamente.

    Habría de ser yo entonces quien debería contenerse y estaba dispuesta a hacerlo para no romper el hechizo de nuestros encuentros.

    Hasta que llegó última tarde del verano y habríamos de volver a la ciudad.

    Ninguno de los dos quería hacer diferencia esa tarde. No queríamos admitir la separación, de modo que le ofrecí mis pechos como siempre con ansias de prolongar el disfrute cuanto pudiéramos.

    Lo sentí recorrerme como nunca, como si quisiera dejar improntada en mis pechos su máxima caricia y me sentí hervir cuando mis pezones eran azotados por su lengua y me sentí crecer en su boca de una forma desmesurada y mi cuerpo comenzó a latir como no lo había experimentado antes.

    Mis manos, que sostenían su cabeza entre mis pechos, comenzaron a impulsarla hacia abajo, recorriendo mi vientre desnudo, siempre hacia abajo, hacia ese centro que me latía desesperado, anhelante y solitario, hacia ese centro entre mis piernas que se estaba derritiendo, que manaba deseo liquido sin interrupción que se abría como una flor madura mostrando descaradamente sus hojas abiertas y calientes como labios impúdicos.

    Él no ponía resistencia alguna, con su boca pegada a mi piel entró en la zona de mi bosque, duro y espeso, sin detenerse, hasta que encontró el obstáculo en mi clítoris dilatado inflamado de deseo palpitante y supo que había encontrado su tercer pezón, el más duro, el más caliente, el más escondido, que lo estaba esperando sin yo saberlo desde el comienzo de nuestras tardes secretas.

    Y su boca ya diestra lo hizo suyo, sin detenerse un solo momento, sin negarle ninguna caricia ningún mordisco, ningún beso. Su lengua entrando y saliendo de mi para volver a besarlo y llevando el aroma de esos besos hasta mis profundidades que ahora eran suyas, sin que me lo pidiera porque yo se las estaba brindando de una manera brutal y hermosa, más hermosa en el momento en que sentía que me vaciaba sobre su boca hundiendo su cabeza en mí, para que nunca más pudiera hablarme de lo que deseaba porque yo se lo daría todo sin necesidad que él me dijese una sola palabra.