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  • Consulta médica con una pasante uróloga

    Consulta médica con una pasante uróloga

    Tenía 18 años, para sorpresa de muchos aún era virgen y hacía casi ya 2 meses que me habían realizado la circuncisión debido a una fimosis que después dio origen a unas glándulas sebáceas en la parte interna del prepucio y, si bien no eran un problema de salud, sí resultaban anti estéticas a la vista por lo cual, gracias a la ayuda económica de mis padres, pude realizarme la cirugía. Había pasado por las revisiones necesarias por parte de mi urólogo y, aunque prácticamente ya me sentía bien y ya no estaba tomando ningún medicamento, sí requería un último chequeo con el cual me darían de alta.

    Siempre seguí todas las recomendaciones una de las cuales era no masturbarme debido a que se podrían abrir los puntos y la herida se pudiera infectar. Esto fue lo más difícil porque yo acostumbraba a hacerlo casi todos los días, aun así logré contenerme y en ese tiempo me centré en realizar otras actividades que no me hicieran pensar en eso.

    El día que llamé al consultorio para hacer la cita la secretaria me informó que el urólogo no iba a atender toda la semana ya que se había ido a un curso fuera del estado y que si yo estaba de acuerdo podía agendarme la semana siguiente o, por otro lado, ser atendido por una pasante de medicina quien estaba calificada para realizar este tipo de consultas que no requerían mucho trabajo, además me dijo que, como iba a mi última revisión, no habría tanto problema si fuera así. Me tomé unos segundos para pensar y al final decidí que iría esa misma tarde. Quería ir lo más pronto posible para cuanto antes poder masturbarme teniendo la seguridad de que no corría algún riesgo, y es que me excitaba ya tan fácilmente que presentaba erecciones casi todo el tiempo, por lo que sabía que no iba a poder aguantar otra semana así.

    Esa mañana decidí recortarme el vello púbico ya que la doctora me iba a revisar. Estaba un poco nervioso porque asumía que la doctora era joven y además sería la primera mujer que me vería el pene, así que decidí estar lo más presentable posible, y es que con la circuncisión y el vello recortado, este se veía mucho más estético.

    Eran las 4:30 pm cuando llegué al consultorio, el cual formaba parte de un edificio de 4 pisos. Me sorprendió ver la sala vacía ya que normalmente cada que iba había al menos dos personas esperando, pero después recordé que como el urólogo se había ausentado tal vez esa era la razón de la situación descrita. Me atendió la secretaria como normalmente lo hacía y después de unos minutos me pidió amablemente ingresar a una de las habitaciones donde sería atendido.

    Para mi sorpresa la habitación estaba vacía y lo único que había encima del escritorio era un folder con quizá mi expediente, por lo que lo único que hice fue sentarme a esperar asumiendo que todavía no llegaba la doctora o que podía estar en alguna de las demás habitaciones preparándose. No pasó ni un minuto cuando se abrió la puerta y pude ver de quién se trataba. Lucía joven, pues como me habían dicho era una pasante. Me saludó y me pidió que esperara un minuto. Yo, al verla de reojo y devolviéndole el saludo, calculé que tenía aproximadamente unos 25 años, llevaba un pantalón de mezclilla azul claro algo ajustado y una blusa blanca, su figura era delgada, de aproximadamente 1.60 m, de cabello negro y lacio el cual le llegaba hasta los hombros, de piel blanca y con unas facciones muy delicadas que coincidían perfectamente con su dulce tono de voz. No pude también evitar notar su gran trasero, del tipo que se conocen como de burbuja, cuando se alejaba y entraba a otro pequeño cuarto dentro del consultorio. Esto último me sorprendió tanto que provocó en mí una gran excitación lo cual hizo que mi pene comenzara a crecer, aun así traté de controlarme lo más posible.

    Cuando la doctora regresó llevaba encima una bata blanca y fue entonces que me preguntó la razón de la consulta:

    -Y bien, ¿en qué te puedo ayudar?

    -Bueno, nada más vengo a una última revisión, hace 2 meses me hicieron la circuncisión y se supone que esta es mi última consulta para darme de alta –le expliqué.- Cuando vine hace 2 semanas el doctor me dijo que nada más iba a checar que la cicatriz estuviera bien y que no hubiera dolor porque antes también cuando tenía una erección me dolía un poco, pero me había comentado que era normal.

    -Bien –dijo mientras revisaba mi expediente- veo aquí que la cirugía salió bien… ¿Y ahora sientes dolor cuando tienes erecciones? ¿Alguna otra molestia?

    -No, últimamente ya no –respondí y después de unos segundos añadí.– A veces también siento un poco de pesadez en los testículos, no sé si es algo por lo que deba preocuparme…

    -Bueno, vamos a revisarte, te acuestas por favor y te bajas los pantalones y calzoncillos- me dijo mientras señalaba una pequeña camilla.

    Me dirigí hacia la camilla, me recosté y me bajé los pantalones quedando únicamente en bóxers mientras veía la figura de la doctora de espaldas poniéndose unos guantes de látex. Temía que mi pene creciera más, aun así me bajé los bóxers hasta la rodilla y me alcé un poco la playera dejando al total descubierto la zona del recortado vello púbico. La doctora se dio la vuelta, se acercó y comenzó a revisarme.

    -Bueno, primero vamos a la cicatriz… se ve bien -me dijo mientras la frotaba un poco de manera circular con los dedos índice y medio para cerciorarse de que no me lastimara.- ¿Duele? -preguntó.

    -No, nada –respondí. En ese momento sentí cómo mi pene crecía rápidamente, estaba tan excitado que pasaron sólo unos segundos para que tuviera una erección completa. El grado de mi excitación aumentó también cuando noté la reacción de la doctora al ver cómo crecía mi pene, era una mezcla entre asombro y nerviosismo por no saber qué hacer.

    -Perdón –alcancé a decir en voz baja. Ella sólo respondió con una pequeña risa nerviosa y acto seguido me dijo:

    -Bueno, respecto a la circuncisión todo está bien, ¿ahorita sientes dolor? –señalando la erección con su mirada.

    –No -le dije.

    -Voy a palpar los testículos, me avisas si hay alguna molestia. –Y comenzó a presionar suavemente durante unos segundos. Yo ya no podía hacer nada para bajar la erección, la excitación me consumía totalmente, sentía un poco de vergüenza, sin embargo, la primera predominaba. Su mirada buscó mis ojos para preguntarme nuevamente a lo que yo respondí que todo estaba bien.

    -Te pones de pie, de favor y separas un poco las piernas –me pidió. Al hacerlo vi cómo ella se acercaba un banquito para sentarse quedando su cara justamente enfrente de mi pene erecto. En ese momento sentí que ya no podía más porque ahora noté que comenzaba a salirme líquido pre seminal, y es que ver a una hermosa chica sentada justo enfrente de mi pene erecto, sea para lo que sea que fuese, fue de lo más excitante que me había pasado hasta el momento.

    Durante los aproximadamente 2 minutos en los que estuve de pie la erección nunca cedió y de vez en cuando sentía pequeñas palpitaciones en mi pene mientras con sus manos la doctora gentilmente palpaba diferentes zonas como el perineo, los testículos y de vez en cuando nuevamente la cicatriz de la cirugía que había quedado cerca del frenillo, todo para asegurarse de que no sintiera molestia alguna. En mi mente pasaban infinidad de cosas, deseaba tanto que en algún momento la doctora hiciera algún movimiento y tomara la iniciativa para que pasara algo más; pensaba también en alguna excusa con el fin de que ella me masturbara por cualquier razón que fuera, sin embargo, nada sucedió. No tengo idea si en su cabeza pasaba algo más que no fuera la revisión médica y yo, al ver que era tan profesional, decidí no hacer nada que no sugiriera y logré controlarme. Sólo quedaba mirarla justo como estaba, disfrutando de aquella placentera y efímera experiencia.

    Al terminar la revisión y estando en el escritorio, me dijo que todo estaba bien y que probablemente la pesadez se debía a que yo llevaba ya mucho tiempo sin masturbarme.

    -Generalmente eso ocurre cuando presentas mucha excitación frecuente y no te masturbas. No hay de qué preocuparse. Y como ya te dije, en relación a la circuncisión todo está perfecto y ya te puedo dar de alta –añadió con una sonrisa.

    Le agradecí mucho por la consulta y salí de ahí. En todo el camino de regreso a casa en lo único que pensé fue en aquella situación. No supe si debí haber hecho algo más porque como dije ella siempre se mostró tan profesional y atenta. Eso sí, lo primero que hice al llegar a casa fue masturbarme, descargando chorros y chorros de semen como nunca antes lo había hecho, pensando en aquella doctora que jamás volví a ver.

  • Morboso

    Morboso

    Todo empezó un verano en que fuimos a trabajar a la playa a un hotel mi prima y yo. Nos alojaron en un pequeño apartamento, cerca del hotel. 

    La primera noche que tuvimos fiesta salimos a tomar un trago, que se convirtió en otro y otro hasta acabar borrachos los dos.

    Al llegar a casa me pongo a ver videos porno en el teléfono, y empiezo a empalmarme, y con la valentía del alcohol le enseño el video que estoy viendo, y me saco la polla, está durísima, cojo su mano y la llevo a mi rabo, que empieza a acariciar, le levantó la minifalda y quito su tanga, su coño peludo aún me pone más cachondo, me doy cuenta de que la ventana está abierta y que un hombre de unos 50 años está mirando…

    Empiezo a sobar su coño, a comérselo, le gusta, el hombre sigue mirando, se ha desnudado y se empieza a hacer una paja, tiene buena polla, la follo dejando que se pajee.

    Le hago un gesto para quedar después. Cuando viene ella ya se ha quedado dormida.

    Ponemos algo de porno, rápidamente los dos estamos empalmados, me dice que quiere hacerme unas fotos de mi polla, acepto si no se ve mi cara.

    Me hace varias y me enseña otras de chavales jóvenes con los que ha estado, algunas son tremendas.

    Me ofrece dinero por chupármela en la playa, acepto. En la playa sin disimular mucho me hace una paja increíble, le doy una corrida enorme, le echo la leche encima de su rabo y le hago unas fotos.

  • Quiero

    Quiero

    Quiero besarte el lóbulo de una de tus orejas, mordértelo con la misma blandura que la arcilla húmeda. Abarcar en tu cintura, besar ese tatuaje que tienes, rozar mis labios con los tuyos, mis piernas con las tuyas, juntar mi pecho con tus pechos frondosos –aplastándolos a mi torso–. Juntar mi vientre con el tuyo, mis muslos con tus muslos, rozar mis brazos con tu espalda, que está queriendo huir de los escalofríos y no lo puede hacer sin ayuda. Besarte las rodillas. Ir por tu cuello y bajar lentamente con mi lengua hasta encontrar tus glúteos –que parecen sacados de un molde–, para hacerles cosquillas. Para frotarlos, apretarlos, amasarlos, morderlos, dar suaves palmadas rítmicas en ellos y terminar besando y lamiendo tus muslos en la parte de abajo. Amorrar la cabeza hacia el surco que hay entre tus pechos y luego al surco entre tus glúteos, solamente para besarlos y lamerlos también.

    Quiero mezclar mi fluido con el tuyo hasta que tus posaderas brillen como dos cucharas para helado nuevas, con tantos rebotes que me estás dando. Hasta llegar al cenit de la satisfacción mutua. Hasta que nuestras urgencias dejen de ser tales, sintiendo ambos una acaramelada humedad caliente justo, en donde más queremos sentirla. Hasta que mis ahora partes escurridizas tengan sus propios recuerdos de ti, y tus ahora partes escurridizas tengan sus propios recuerdos de mí. Sus propias marcas invisibles.

    “Rico, rico, rico”, es lo que me haces pensar con cada cabalgada que me das en la cama. O a veces en el sillón, o a veces en una silla, cuando tu tórax sube y baja con gran vehemencia. La misma vehemencia con la que tus caderas se clavan y se desclavan sobre mi vientre, fundiendo nuestras zonas pudendas en una sola. ¡Ta, ta, ta, ta! ¿Lo sientes al imaginártelo? ¿Lo sientes todo, bendita mujer? ¿Sientes el calor crecer desde tu vientre? ¿Sientes el calor crecer en la base de tu espalda? Me tienes la extensión venosa a punto de reventar, a punto de estallar, y me la vas a dejar seca. ¿Sientes cómo se va endureciendo y profundizando cada vez más adentro de tu vientre? ¡Pa, pa, pa, pa!

  • Llamando a mi virginidad

    Llamando a mi virginidad

    ¡Holis! Soy Karla Olmedo, y estoy en el tercer año de la preparatoria, con la emoción de saber que ya pronto pasaré a la universidad, con esa es suficiente información por el momento. Y bueno, se preguntarán qué cosas le pueden suceder a una chica de mi edad, y por eso procederé a relatarles mi historia.

    Antes que nada y como sé no me pueden ver, me parece conveniente describirme, para que en sus mentes me puedan recrear: mido 1.60, sí, lo admito, soy algo bajita, pero todavía me falta crecer; mi cabello es corto, hasta los hombros y de un color negro azulado, realmente lo tengo muy cuidado; mi piel es morena clara, y algo que me encanta es ese cierto brillo que la hace ver especial; mis piernas son largas para mi estatura y torneadas, con muslos algo desarrollados, o sea pierna no falta; y para ser honesta, lo más destacado de mí es que soy, como dicen por ahí, gordibuena, ya que tengo caderas anchas, y eso hace juego con mis nalgas, que son grandes y redondas, fruto de una buena genética, porque el ejercicio no es lo mío; al igual que unas tetas 34C, nada despreciables, que yo sé que a más de una les daría envidia tener.

    Volviendo a mi historia, mi vida es como la de que cualquier chica de mi edad, pero hay una cosa que aún me falta por experimentar, y que cada día necesito más: coger. Es importante confesar que perdí mi virginidad cuando caí de una bicicleta de niña, aunque para que no se vayan a burlar de mí, siempre digo que fue a los 15 años, con un chico del que estaba perdidamente enamorada.

    Mis dos amigas más cercanas, Vanessa y Daria, insisten en que ya debo de tener más experiencias sexuales, para aprovechar ese culote que dicen que tengo, y sé que debe ser cierto, ya que cada vez que paso frente de mis compañeros en la escuela, o con los hombres en la calle, siento esas miradas que desvisten. Puede que tenga que ver la falda tan corta que uso como uniforme, que por mis curvas suele subirse de más; o aquellas calcetas negras que estilizan aún más mis piernas. A veces pienso que el uniforme me queda como el de una chica de anime, pero ni modo, es el oficial.

    Por otro lado, propuestas para dejar de ser virgen he tenido muchas, pero no lo sé, aun no me animo a corresponder a alguna de ellas, puede que este alargando mucho mi historia, pero vamos, ustedes buscan algo para satisfacer sus más bajos instintos, y yo trato de escribir lo más detallado posible.

    En fin, era un día de verano de 2019 para ser exacta, el cual transcurría sin novedad. Esa mañana en la última clase nos tocaba Física, y para variar, el profesor salió del salón a conseguir el proyector, y en ese breve receso mis amigas hablaban de lo maravillosos que eran sus novios en la cama: Vanessa decía que su novio tenía una verga de muy buen tamaño, como de 20 centímetros, y que estando erecta era una delicia pasarle la lengua por la cabeza y lamer el tronco, sin dudas ella disfrutaba chupar como paleta esa gran reata.

    Por su parte, Daria contaba que su novio tenía una verga de 18 centímetros medidos por ella, y su vagina, que la hacía gemir como no teníamos idea, principalmente cuando se la metía de perrito, su posición favorita y con justa razón, y que de hecho le preocupaba que su mamá la fuera a regañar, porque cada que podía llevaba a su novio a su casa para hacer tarea. Cosas así y más les gusta hablar frente de mí.

    Por mí parte, me gustaba imaginar que yo era cualquiera de ellas y que me tocaba gozar a sus respectivos novios, y para ser honesta no pocas veces he tenido que ir al baño a limpiar la humedad que en mi bikini provocan sus lujuriosas anécdotas. Y hablando de mis amigas, debo decir que cada una tiene lo suyo. Por ejemplo, Vanessa es una chica alta de 1.68, cabello castaño, y con un par de tetas que podrían enloquecer a cualquiera, malamente para ella no tiene nada de culo; y Daria es lo contrario, con su 1.55 es la más bajita, y a pesar que tiene un culo casi como el mío, sus tetas apenas y con relleno se notan.

    Sé que luzco algo engreída y criticona, pero yo no envidio sus cuerpos, sino aquellas aventuras que tienen con sus novios, pienso que coger debe ser tan rico como cuentan. Y volviendo al momento aquel, eventualmente salió la pregunta incómoda:

    Daria: ¡hey, Karla! ¿Sigues con nosotras u otra vez estas soñando despierta?

    Vanessa: yo no me voy a quedar conforme hasta que nos cuentes la verdad. Ya neta, ¿cómo fue tu primera vez? Porque ni siquiera nos has dicho el nombre del sujeto ese, así que cada vez dudo más de tu historia.

    Karla: ¡Eh!, pues ya se las he contado antes, no hay nada más, lo juro. Mejor explícate más, ¿qué tal dices que se siente cuando te entra?

    Como recordarán me desvirgué al caer de una bicicleta, así que rápidamente cambié de tema, como suelo hacerlo, y vaya que me alegró que el profesor regresara al aula justo en ese momento, y más aún porque no hubo proyector, y como es algo flojo decidió que nos dejaría ir temprano por tal motivo.

    El resto del día fue irrelevante, y ya para terminarlo, esa noche tomé mi baño de rutina: me quite las bragas, o más bien mi tanguita rosa de encaje, que estaba bien metida entre mis pompas; y el sostén del mismo conjunto, que parece que quería estallar, por mis prominentes atributos. Esa noche en particular me sentía caliente, por lo explícitas que fueron mis amigas, traje todo el día en mente sus historias.

    Me encantó la sensación de libertad en mi cuerpo, tocar mis tetas y jugar un poco con ellas, haciendo pequeñas caricias, y en algunas ocasiones tocar mi clítoris, ya que aún no me animo a bajar más allá, todo esto mientras imaginaba como Vanessa lamía esa reata toda tiesa, saboreando los jugos que le sacaba; o como Daria se ponía a gatas y con esas nalgas que tiene recibía la verga de su novio completita. No me explico cómo es que me pone cachonda imaginarlas a ellas también. Creo que cada vez me vuelvo más depravada por culpa de estas pendejas jajaja.

    Al salir de la ducha, noté que eran las 11 de la noche, así que tomé mi pijama de verano: un diminuto short de color rosa que me marcaba todo: a pesar de ser elástico, enmarcaba mis labios vaginales y mi gran trasero; y una camisetita en la cual se dibujaban mis pezones al ser tan transparente. Para conciliar el sueño, decidí poner algo de música, tomé mi celular y antes de abrir la App del círculo verde, me di cuenta que tenía un nuevo mensaje en la App del teléfono verde, sin duda era un poco extraño, porque no tenía el número registrado, y por la hora. Sin embargo, por mera curiosidad decidí abrirlo y decía lo siguiente:

    Desconocido: mi amor discúlpame, sé que la regué en no contestar tus llamadas, pero estaba ocupado. Isabel, te juro que no vuelve a pasar, bebé.

    Y en cuanto vi eso pensé «qué tonto, ¿cómo va a confundir un número?». El mensaje se prestaba para bromear un rato, así que le seguí el juego, y le respondí:

    Karla: no, ni creas que te lo voy a perdonar, sabes que no me gusta que seas así conmigo.

    Desconocido: es obvio que estás enojada, pero ya se te pasará. O mejor dime, ¿qué puedo hacer para que me perdones?

    Ante esto, me quedé pensando qué hacer. Diez minutos después, decidí que seguiría contestando sus mensajes, ya luego le aclararía que no era la chica que él buscaba. En ese rato siguió mandando mensajes, a los cuales contesté con emojis, hasta que fue cambiando el sentido del chat y mencionó que él tenía ganas de verme, y eventualmente pasó lo que tenía que pasar: empezó a hacerme propuestas indecorosas.

    Con todo y que se sumó mi calentura del día con lo del chat, honestamente decidí seguirle pues según yo todo lo tenía bajo control. Total, solo lo bloqueaba y ya, de ser necesario. De repente sonó mi celular, no sabía qué hacer, así que cancelé la llamada, y volvió a sonar y ahí fue cuando pensé «contesta, ya estás en esto», así que le hablé con la voz más sensual posible, pues quería reírme un rato:

    Karla: Hola.

    Desconocido: ¡hola mi niña hermosa!, no sabes cómo te he extrañado.

    Karla: ¿Tantas ganas tienes de verme?

    Desconocido: Claro que sí, nada más vieras qué caliente me pones cuando haces esa voz, si tan solo pudieras sentir cómo la tengo de gorda ahora.

    «¿Es en serio? Qué onda con este tipo», me dije, pero ingenuamente y riendo para mis adentros, se me ocurrió una idea tonta:

    Karla: ¿con que la traes parada ya, eh? ¿Y si mejor me mandas fotito para ver si es cierto?

    Y yo daba por hecho que no lo haría y todo acabaría aquí, porque creí notorio que yo no era la chica que buscaba. Sin embargo, la situación se me salió de las manos, ya que no pasó ni un minuto cuando me llegó la foto de su verga, y vaya que me impresionó: larga y gruesa, con venas marcadas, y una cabeza rosada y considerablemente ancha, como si de un hongo se tratara. Parecía de actor porno. No me lo creía. Luego siguió la charla:

    Desconocido: listo mamita, ahora ves cómo me la pusiste solo con tu voz. ¿Sabes qué te quiero hacer? Te quiero poner de perrito, abrir ese gran culo, y dejártela ir toda.

    Yo sonreía de manera estúpida y trataba de convencerme que todo seguía siendo un juego, pero solo era negación: mi cuerpo ya había reaccionado, mi panocha empezó a mojarse cada vez más, y se me hizo fácil tocar un poco mis senos, lo que provocó que mis pezones se pusieran más duros, si cabía. Tan entrada estaba que ya no dudé y me introduje el dedo medio en mi vagina, a la par que jugaba un poco con mi clítoris, mientras mordía mis labios.

    Algo estaba pasando, mi mente inútilmente decía: «detente, es solo la llamada de un desconocido», pero mi cuerpo no me escuchaba, se encontraba extasiado de placer, tan es así que no supe cómo pero logré chupar mis pezones con la lengua. Mi piel se estremecía al pensar en esa jugosa verga, en imaginar cómo me haría gemir, en cómo podría mamarla en toda su extensión, viéndolo al rostro, para luego chupar sus huevos y consentir aquel palo hasta que se viniera en mi boca. Mientras tanto, me decía:

    Desconocido: si la vas a querer adentro te va a costar: chúpame la verga, quiero sentir esos lindos labios besar mi cabeza, y esa lengua rosando mi tronco y huevos, lubrícamela para que te resbale toda, ándale. ¿Y qué ropa traes ahora mamita? Lo olvidé por completo.

    Karla: ya no traigo nada puesto, papi.

    Desconocido: ¿y qué tal ese cuerpecito tuyo? Dime cómo está.

    Karla: igual que siempre. Mis tetas necesitan ser apretadas ya; y mis pezones están bien duritos, con ganas de sentir tu lengua recorrerlos; y mis nalgotas ya ansían sentir el roce de tu verga, tan es así que estoy tocándome en cuatro ahorita, ya lista para recibirte, me encantaría tenerte detrás de mí clavándome mientras me tomas de mis caderas. Estoy tan mojada mmm.

    Desconocido: pinche culote que te cargas, ya quiero tenerlo enfrente para comerme ese chiquito y esa panocha tan ricos que tienes, nada más para ya pasar a lo principal y meterla hasta los huevos en todas los posiciones posibles, qué puñeta me estoy haciendo.

    Todo iba de maravilla, teníamos esa sintonía, pero él insistía en que aceptara la videollamada, a lo que me negué rotundamente, ya que sí me veía sabría que no era la chica que él buscaba, y no estaba dispuesta a parar con esta fantasía que me tenía tan mojada. En un momento me sentí tan cachonda que pensé que mis dedos ya no lograban satisfacerme del todo, por lo que busqué entre mis cosas algo que me diera placer, y encontré un paquete de cepillos de dientes. Mismo que abrí para sacar uno de ellos, y tras ponerle un poco de saliva, comencé a deslizarlo por mi panocha, dando pequeños roces a mi clítoris, que ya se encontraba algo saltado, era una sensación que recorría mi cuerpo.

    Introduje aquel instrumento con delicadeza y se hundió con la facilidad que solo los jugos de una panocha permiten, para luego comenzar a meterlo y sacarlo. Aquel chico solo podía oír mis gemidos, mientras él se la jalaba con las mismas ganas, tal vez pensando en aquella otra chica, y así fue hasta que ambos logramos terminar: él imaginando mi voluptuoso cuerpo, y yo pensando en esa reata tan jugosa. Y al finalizar él me dijo:

    Desconocido: me has dado una de las mejores noches de mi vida, sé que no eres Isabel, ella definitivamente no tiene ese culote ni esos melones que te cargas, pero igual fue todo un placer haber estado contigo. Si quieres luego hablamos, o nos vemos…

    Karla: ah, gracias…

    Quedé atónita y no supe qué más decir, así que ignoré los demás mensajes. Resulta que mi foto de perfil era visible para todos, y la que tenía en esa ocasión era una de esas fotos que me tomé la última vez que fui a la playa, aquellas donde traía ese minúsculo bikini azul, cuya tanguita era devorada por mis pompas, y mis tetas apenas y se cubrían. Qué oso…

  • El chico de internet

    El chico de internet

    Hace tiempo estaba en casa, aburrida y sin ánimos de hacer algo. Comencé a buscar páginas de citas hasta que llegué a la que me llamó más mi atención, al comenzar a ver los match veía a muchos tipos de chicos. Algunos más atractivos que otros y a la mayoría intentaba responder había algunos demasiado intensos los cuales me enviaran nudes apenas coincidía el match y otros con los que hablaba un poco y después no volvíamos a comunicarnos.

    El día en que conocí a Alan como de costumbre solo jugaba con la aplicación, a ver que encontraba hasta que me llegó un mensaje un simple –hola– que aparecía de los lugares cercanos a mi. Sus fotos me mostraban a un chico un poco más alto que yo, lentes (lo hacían ver tranquilo e inofensivo) bonita sonrisa, labios lindos de esos que se antojan morder y saborear y unos brazos que me encantaron solo al verlos comencé a imaginar que se sentiría si me abrazaran.

    Respondí el mensaje con otro —hola— y un emoji guiñando un ojo la charla típica de siempre donde se preguntan intereses y un coqueteo muy sutil que no llega a ninguna parte, seguí hablando con él durante horas y días me agradó así que decidimos intercambiar números. Al hablar por Whatsapp comenzábamos a ser más «coquetos» con el otro llegando a platicas Hot muy tranquilas y así fue dándose cada vez más ese tipo de conversaciones hasta recibir una foto. Él parado, sosteniendo una verga dura y grande en la cabeza una gota de semen un poquito transparente lista para hacer lo que sea que tenga en mente (la cual ya comenzaba a maquilar distintas formas en las cuales quería que me follara) yo respondí como es debido después de semejante regalo, una fotografía mía acostada boca abajo con las caderas levantadas dejando ver el tanga que llevaba puesta y un trasero grande listo para un pequeño azote (guiño) el intercambio de imágenes continuo una más Hot que la anterior, a él le encantaban mis pechos ya que son bastante grandes y no paraba de decirme lo mucho que le gustaban.

    Hasta que una noche hizo la invitación para vernos en persona yo jamás había visto a nadie de Apps de citas así que me puse un poco nerviosa pero me moría de ganas de hacerlo ya que sus mensajes me ponían a mil y en más de una ocasión tuve que satisfacer esa necesidad por mí misma. Se habló bastante del tema y ya que en verdad estábamos cerca teníamos varios puntos de referencia cercanos y con bastante gente al rededor así que acepte, el encuentro sería un fin de semana para no estar apresurados por el trabajo o algún compromiso, compré algo para la ocasión: un liguero negro y medias que venían en conjunto un tanga del mismo color pero pequeña que se metía por completo en mis nalgas y un sostén a medio busto que resaltó aún más mis pechos.

    Estaba lista sólo tenía que esperar por él. Llegó a la hora acordada, me percaté de que fuera él (ya habíamos hablado también por video llamada así que sabía que era el mis amigas sabían quién era ya que se los conté y así tener un respaldo por cualquier cosa) subí al coche lo salude con un beso en la mejilla muy cerca de la boca mi labial dejó una pequeña marca en ese lugar durante el trayecto al hotel (si, hotel vivo con unos amigos de la universidad y no tendría espacio para atenderlo y no me sentía cómoda yendo a su casa) bueno la cuestión es que durante el camino hablamos al llegar subí las escaleras y me quite la ropa esperándolo solo con el conjunto que había comprado.

    Entró al cuarto y se sorprendió al ver esa imagen mordió su labio y sin que dijera nada y con una invitación mía con el dedo le llame para besarlo se acercó y comenzamos a jugar con nuestras bocas besaba riquísimo me hizo soltar pequeños gemidos que se tapaban con otro beso igual de intenso. Llevó su boca a mi cuello dando pequeños besos y mordidas hizo un par de chupetones y me encantó levantó un poco mi espalda y con una sola mano des abrochó el sostén liberando mis tetas que fueron un poco a los lados los tomo entre sus dos manos los junto y comenzó a chuparlos y a intentar meter ambos pezones en su boca yo lo miraba y era una imagen muy erótica me encantaba verlo así le pedí que los mordiera y así lo hizo igualmente dejo marca en ese lugar y comenzó a bajar hasta mi ombligo donde hizo pequeños círculos con su boca eso me hizo temblar y pedirle que bajara más me miró me besó y siguió mi consejo.

    Levantó mis piernas y besando mis muslos comenzó a quitar el tanga dejando ver mi conchita la cual ya estaba empapada jugó un poco con sus dedos acariciando de arriba a abajo una y otra vez hasta que separo los labios y pudo verla por completo lista para él, para sentir su enorme verga. Pero antes comenzó a lamer saboreando por completo mi vagina que estaba en llamas, podía sentir todos los movimientos de su lengua de arriba a abajo y en círculos metiendo un poco su lengua y después ser reemplazada por sus dedos. Yo me retorcía y ponía mis manos en su cabeza no dejaba que se alejara o que parase, aún que quisiera tomar un poco de aire al sentir que se detenía pedía más y lo acercaba a mi él me obedecía y seguía tenía una mano en mis senos y apretaba mis pezones eso hacía que me sintiera aún mejor hasta que sentí como si estuviera orinando pero no podía dejar de hacerlo, el seguía lamiendo hasta que me aferré a las sabanas solté un grito mientras sentía como un latigazo de energía bajaba desde mi vientre hasta mis pies liberando todo en mí cuerpo me quedé temblando unos segundos él se acercó a mí boca y me besó uff el nuevo sabor de su boca era de lo mejor.

    Me senté en la cama y le dije que se acostara ese era mi turno para dejarlo en blanco, ya estaba tan duro que hacía una especie de carpa con su ropa interior lo cual me excito más baje su ropa interior haciendo que su delicioso amigo saltará era más grande de lo que imagine moría por tenerlo en mi boca así que así lo hice, con mi lengua recorrí desde la base hasta la punta la cual metí en mi boca y jugué con mi lengua lo hice en varias ocasiones subía y bajaba dejando cada vez más saliva al paso de mi boca su verga era un dulce delicioso no podía de dejar de chuparlo. Sus gestos y gemidos me animaban a seguir haciéndolo hasta que me detuvo jalando un poquito mi cabello y sacando su pene de mi boca, se levantó y me pidió que me arrodillada en el piso con las manos en mí espalda obedecí y abrí la boca para que volviera a meterla en ella sacando la lengua como cachorro sediento, sonrió y la metió sin tocarla ya que ambas manos estaban en mi cabeza. Se movía tan fuerte que llegaba a el fondo de mi boca, me atragante un par de veces pero no me importó deje que siguiera la saliva ya caía hacía mis pechos lo que le dio una idea, me levanto, me acostó en la cama y puso su pene entre mis tetas que estaban empapadas de saliva se movió una y otra vez hasta que terminó en ellas y salpicando mi cara y boca saque la lengua para recibir lo que faltara.

    Me encantó que siguiera duro yo estaba empapada y lo quería dentro me besó y me puso en 4 al sentirla dentro respire y comenzó a moverse lento así la estaba disfrutando se acercó a mi oído y dijo:

    —que buena perrita eres dime que eres mi perra.

    A lo cual yo repetí con respiración entre cortada y gemidos.

    —soy tu perra amor cógeme más duro.

    Pude ver que sonrió al escuchar eso y así lo hizo comenzó a moverse más fuerte sus huevos chocaban haciendo ruido yo gemía cada vez más pedía más y mordía la almohada me pedía que dijera cosas sucias y yo lo hacía se dejó llevar y me dio un par de azotes lo que me encantó.

    Después lo monté y puse mis pechos en su cara rebotaban con cada movimiento él los chupaba y mordía.

    Me moví así y después de varios orgasmos me abrazó y se movió muy rápido me escurrí una vez más al mismo tiempo en que el término está vez más intenso ya que pude escuchar como soltó un pequeño gemido.

    No me pude mover así que me quede encima de él besándolo y el abrazándome me levante me di un baño el junto conmigo nos acostamos y toda la noche fue igual de placentera.

  • El abogado me observa

    El abogado me observa

    Mientras mi hermana le hacía la consulta, yo no podía dejar de analizarlo. Aquellos zapatos de piel negros no combinaban con su traje azul marino pero tampoco lo necesitaba. Su más de uno ochenta de altura y su complexión delgada hacían que casi todo le sentase bien. Probablemente ese absoluto desprecio por la moda que tienen los guapos a los que nada les sienta mal, le hizo pensar que poniéndose un cinturón negro conseguiría su objetivo de integrar los zapatos, pero lo cierto es que su porte y su belleza natural eran su verdadero complemento perfecto.

    Era probablemente uno de los abogados más guapos y sexys de la ciudad. No quería gustar y eso le hacía aún más irresistible. Sus preocupaciones eran su trabajo y su familia. Así que lo habitual era verle recorrer a toda prisa las calles de su casa al despacho y viceversa. Tenía los ojos claros y una mirada profunda. Un tono de voz firme, seguro, y convincente. Era unos años mayor que yo, y su pelo negro ya empezaba a poblarse de canas. El Coronavirus nos tenía sentadas a dos metros de distancia de su mesa, así que tuvo que levantarse para recoger la documentación de mi hermana. Cogió los papeles y se quedó de pie, examinándolos.

    Mientras él se concentraba en todos y cada uno de los documentos, yo no podía dejar de mirarlo. Su pantalón era estrecho y mis ojos se fueron directos a su entrepierna. Se marcaba su pene que parecía grande, más bien enorme. Me entró calor y noté como me sonrojaba así que intenté pensar en otra cosa.

    Tras analizar la documentación siguió explicándole a mi hermana lo que habría que hacer. De vez en cuando sus ojos se clavaban en los míos y notaba como mi pulso se aceleraba. Llevaba pasándome eso desde el primer día que lo vi. Vivíamos en el mismo edificio y lo conocía desde hacía, al menos, tres años. Desde entonces cada vez que el tío me miraba mi pulso se aceleraba. Era como una droga.

    Aquella tarde yo había quedado con mi pareja. Un chico encantador con el que llevaba unos meses saliendo. Cenamos y me llevó en coche a casa. Llevaba excitada desde por la tarde. Aparcó frente al edificio y estuvimos hablando un rato. Cuando me iba a despedir acerqué mi cabeza a la ventanilla para ver si mi hermana, que vivía conmigo, seguía aun despierta. En ese momento mi pulso se volvió a acelerar. Él estaba en la venta de su cocina, fumando, y me había parecido que nos estaba observando. Volví a mirar con descaro, esta vez a través de la luna delantera. No había duda. Nos estaba mirando.

    Aquél día llevaba un vestido negro. Me había puesto un poco más elegante de lo habitual, y debo reconocer que ese vestido me sentaba realmente bien. Mi pareja había insistido toda la tarde lo guapa que estaba. Soy una chica de metro setenta, delgada, ojos claros, y pelo castaño. El vestido negro al estar sentada me quedaba casi como una minifalda. ¿Me estaría mirando?

    Me acerqué a mi pareja y le dí un buen morreo. Aparté ligeramente mi boca y sonreí. Disimuladamente volví a asomarme a la ventana y ahí seguía él. Volví a acercarme a mi pareja y le besé durante unos segundos más. Estaba absolutamente excitada con la posibilidad de que él siguiese ahí mirándonos. Abrí mis piernas lo más que pude para que él me viera desde su ventana y toqué el paquete de mi novio. Él estaba mucho más cortado. Giré la cabeza y por la luna delantera le vi mirarme. Llevé su mano a mi tanga y me quedé abierta de piernas mientras me tocaba. Apoyé mi cabeza en la ventana y nos quedamos mirándonos. Nunca había estado tan excitada. Mi pareja me tocaba y mientras, él me miraba.

    Continuará.

  • Cacería de casadas (2): Mirna la fogosa

    Cacería de casadas (2): Mirna la fogosa

    Buscaba conocer mujeres en redes sociales mediante charlas, fotos, llamadas de vídeo y todo aquello que me lleve a tener sexo por un par de noches con alguna mujer.

    Fue así como conocí a Mirna de 32 años, altura 1,65 cm, de contextura pequeña y pelo negro. Lindos labios, dotada de una cintura muy marcada y abdomen plano. De culo redondo como una manzana. Lo que se llama en la jerga un culito rendidor. Acorde a su altura pero bien formado. Busto pequeño, de pezones largos y siempre erectos pero con areolas chicas de color rosado. Oriunda de Paraguay, fogosa y con mucha apariencia de zorra. Se observaba una gran condición física debido al deporte y la buena alimentación. Actualmente trabajaba de niñera y hacía limpieza en hogares de familia. Viviendo en los suburbios de la ciudad con sus dos pequeños hijos.

    Las primeras fotos que vi de Mirna fueron las que estaban publicadas en su Facebook. En las cuales se la veía abusando del pequeño largo de sus ajustados vestidos con poses sensuales y sexis. Así calentaba los penes de la parcialidad masculina que tenía como amigos. Jugando con una falda para hacer de colegiala o con gafas para hacer de secretaria. Siempre haciendo trompita. Además de su cara de puta, nos dejaba ver su cintura bien marcada y sus piernas con esas diminutas faldas. Con lo corto de sus vestiditos que dan la impresión de una cadera muy pronunciada que contiene su buen culo. Siguiendo con un escote amplio y profundo para una mujer casada. Mini shorts muy justos para ser considerada una madre digna de respeto y no una callejera.

    Mensajes de Whatsapp: intercambio donde no fue difícil hacerla llegar al punto de mostrarme su culo, mediante fotos muy hot. Luego de los primeros 15 minutos de charla.

    Duro poco tiempo vestida. Ya semidesnuda me enseñaba su potente cuerpo. Con el valor que da la confianza generada mostraba hasta el apellido sin necesidad de pedirlo, refugiándose luego en un falso discurso de moralidad con frases tales como: “yo o soy así” o “no debí mandar esa foto”. Siempre mandaba fotos desnuda, presumiendo su culo con diferentes conjuntos de ropa interior, lo cual hacía suponer que era una práctica habitual en el día a día con un macho que la calentara.

    ¿Cómo llegamos a esto?

    Yo soltero y sin compromiso como siempre.

    Lo que Mirna decía sobre su situación sentimental era: que el marido estaba en Asunción, ósea muy lejos. Él era el padre de sus 2 hijos con el cual tenía una relación a distancia. Era evidente que por cuestiones de plata y evasión de responsabilidades por parte de este, ella guardaba algún resentimiento.

    Lo que creo es: lo hacía trabajar al fulano en Asunción y ella andaba saltando de pija en pija con total libertad por estos pagos. Pobre hombre desde la distancia, pagaba la educación de sus hijos, más los servicios e impuestos cumpliendo con todas sus obligaciones económicas requeridas por ley. Pero como se dice en el barrio era alto cornudo. En cambio ella regalaba su pesebre a cualquier tipo que le brindara un poco de atención. Calculo que sabía que su esposa era de abrir rápido las piernas cuando veía un buen trozo de carne sin hueso.

    Primera impresión en la cita: la cita fue armada para vernos en una estación de tren con el fin de ir a almorzar un sábado al medio día. Ella llegó muy puntual. Bien producida quizá un poco mucho para solo un almuerzo y conocernos. Zapatos de taco bajo, short escocés corto muy ajustado dando lugar a ese buen culo que se avizoraba en las fotos de Whatsapp y que tanto prometía. Una blusa sin mangas blanca tipo musculosa de género símil seda. Sin corpiño dejando en evidencia el pequeño busto pero marcando mucho la elevación de sus largos pezones. Lo cual hacia que mi mirada se enfoque directamente sin disimulo sobre estas puntas salientes.

    No fue difícil después de una tanda de besos y a 30 minutos de conocernos terminar en un hotel. Fuimos al hotel más barato en el cual iba a consumir a mí antojo su cuerpo por tres horas. No quería dejar orificio sin penetrar y hacerla entregar todo su ser en esa barata habitación. Comenzó con un buen primer acto dónde de rodillas y de los pelos saboreó el buen tamaño de mi pene. Mientras respondía con gusto a preguntas tales como:

    -¿Te gusta el cabezón?, Chúpalo que es para vos (mientras lo hundía en su boca)

    -mmm… ¡no pensé que era tan grande!, saboreaba con gran gusto.

    -¡Seguí cabeceando que el paraguayo de tu marido no está!, le digo con una sonrisa

    -me encanta tu pija (dice en modo ramera casada).

    Mi mano sobre su nuca tomándola de los pelos con furia, al grito de:

    -¡Toda putita! ¡tody! ¡Como una puta profesional, dale!, mientras empezaba a dar las primeras arcadas producto de la presión de mis manos las cuales empujaban su nuca contra mi pelvis.

    Su rostro se transformaba con los ahogos y brillo de sus ojos producto de la falta de aire. Su garganta raspaba sin piedad toda mi verga.

    -¡Chúpala y Lamela toda! le ordeno con voz fuerte.

    Ella hacía sexo oral desesperadamente. Su lengua frotaba una y otra vez mi hinchado glande. Mientras hilos y cataratas de saliva adornaban la escena. Su succión era fuerte y su boca muy juguetona. Su garganta no era profunda pero se esmeraba mucho en tragar mi empinado sable. Realmente disfruté de la boca de Mirna en cada cabezazo. Ponía muy duro mi gran falo cuando me miraba a los ojos con mi miembro dentro de su boca.

    Varios momentos de hacerla saltar sobre mí verga acompañado de lamer y estrujar sus senos. Para terminar jugando con sus pezones haciéndola rebotar a sentones sobre mí en un frenesí de descontrol sexual. En ese instante empiezo a sentir mis genitales completamente mojados mientras oigo sus gemidos desesperados. Mirna había acabado en un terrible charco que provenía de lo más interno de su ser. Sus fluidos habían mojado las sábanas, el colchón y todos mis genitales. Terrible acabada se había mandado. En un terrible orgasmo gestado por su éxtasis. Se observaba claramente que el marido no estaba hace tiempo por esa cueva y que mi pija la complacía de manera ideal.

    Segundo acto: Mirna ya en 4 con el culito para arriba. Estaba claro que necesitaba que le hicieran sexo anal. Al ver que no le disgustó la idea de meterle un dedo en su ano. Le digo al oído:

    -¡te voy a hacer bien pero bien el orto. ¿Me oíste?!

    -¡despacito por favor!, ponete alguna crema que lo tenés enorme ¡me vas a reventar!

    Unte con mucha vaselina la cabeza de mi verga y la apoyé en la puerta de su culito ya dilatado y deseoso de ser ensartado. La tomé de los hombros y con mucha suavidad comencé a hundirlo en su esfínter. Sentía cómo la cabeza de mi pene lo abría centímetro a centímetro. Disfrutaba como su colon era ensanchado por mi buen calce. Mi pija quedaba chica adentro de ese culo pero esto no iba a ser la excusa para no taladrarlo. Más se la empujaba por el orto, más me apretaba la chota. Más chota comía por el ano, más alaridos de placer daba. Mis brazos ayudaban con fuerza tomándola desde los hombros para que más de mi carne entre en ella. Esta gemía y pedía piedad ¡por favor!

    Se apreciaba con claridad como ella contenía el aire con cada empujón fuerte de mi lubricado pistón. Mis manos en su cintura no dejaban de hacer presión hasta ver desaparecer mi estaca dentro de su estrecho agujero.

    La mujer del paraguayo estaba poniendo la cola para la joda gratis. Para que con dureza le hagan sentir todo el cuero de una buena y larga verga. No me iba a detener hasta romperle bien la colita como se debe hacer a este tipo de mujerzuelas. Mi pene tieso como una piedra estiraba la circunferencia de su recto hasta llegar a tope mientras se podía oír:

    -¡cómo me gusta esto! -dice Mirna con vos suave.

    -¿te gusta que te rompa el orto? ¿No? ¿Te gusta putita?- respondo

    -¡sí, me encanta! ¡Ser tu prostituta!, ¡tú pija enorme me está haciendo tu putita! confiesa sin escrúpulos.

    -Se ve que el paraguayo tiene la pija chica, ¡ahora te voy a llenar el orto de leche! le grito con voz recia.

    -¡sí, la tiene cortita mi marido! ¡Dame tu leche, dame tu leche por el orto! suplica

    -¡ya sabía que eras bastante puta barata! exclamo

    -¡la tenés muy grande! ¡Termina por favor! sigue suplicando

    -¡Qué lindo que es tenerte ensartada haciéndote comer pija por el culo! ¡Esto se lo voy a dedicar al cornudo de tu marido! -digo con vos firme.

    Unos instantes después sus ruegos se hicieron realidad. Mi enorme pene usó como depósito seminal ese culo dejando un tibio y cremoso regalo dentro de ella en no más de 3 eyaculaciones, que fueron de mayor a menor intensidad. Liberando todo el cargamento de líquido espeso que generó está cogida con cada mete saca. Seguido de varios sacudones para escupir todo el esperma y no privarla ni siquiera de las últimas gotas.

    Conclusiones: buena aventura, no chupaba la chota como las mejores pero era muy servicial. Le gustaba la pija por todos lados y en todas las poses.

    Dotada de un culo que se partía de lo fuerte que estaba que fue estrecho hasta ese sábado.

    Dedicatoria: a vos cornudo que estás trabajando en Asunción. Acá la madre de tus hijos anda saltando arriba de varias pijas, solo que está vez se cruzó con una grande que no solo la hizo acabar de manera terrible, sino que le hizo tan fuerte sexo anal que la próxima vez que quieras meter tu pequeña verga en ella, no la va a sentir. Soy el macho alfa que usó a tu esposa por tres horas como su ramera gratuita y la hizo un depósito seminal andante.

    A vos cornudo te dedico esta historia, atentamente el que le bajó el short a tu mujer y se la cogió.

  • Mi esposa y mi compañero de trabajo

    Mi esposa y mi compañero de trabajo

    Hola a todos, les comento que tengo una esposa riquísima que le encanta el sexo y que siempre había fantaseado con verla tener sexo con otro.

    En esta Pandemia tuve la fortuna de seguir trabajando y por las normas de bioseguridad solo podíamos estar dos trabajadores en la empresa en el turno de noche. En ese día no alcancé a dejar el dinero en casa así que le pedí a mi esposa que lo recogiera en la empresa. A eso de las 7 p.m. Ya estábamos solos mi compañero y yo y nos pusimos a hablar de nuestras esposas y nuestras fantasías y le comenté que me gustaría ver a mi esposa teniendo sexo con otro hombre, él inmediatamente me dijo que con mucho respeto mi esposa estaba muy rica y que cualquier hombre se moriría por culparse una mujer como ella y que estaba a la orden. Yo me reí y le dije que lo tendría en cuenta.

    Como a las 8 llego mi esposa ingresó a la empresa y fuimos al vestier para sacar el dinero del loker, pero en mi cabeza rondaba lo que mi compañero me dijo y tenía una erección brutal y con mi esposa ahí solos me entró una arrechera que no me aguanté y comencé a besarla y a tocarla por todos lados. Ella muy nerviosa, me decía que no, que ahí no, que nos podía ver mi compañero y eso era lo que yo quería, pero ella no lo sabía yo la tranquilicé y le dije que él estaba en otra zona, así que proseguimos con lo nuestro.

    La comencé a desnudar, a chuparle sus tetas, su vagina, ella se estaba enloqueciendo. La arrinconé sobre la pared y le alcé una pierna y se la metí de un solo empujón, ella gimió pues mi verga es muy grande y comencé a sacar y a meter muy rápido. La vagina de mi esposa es muy deliciosa, yo seguía dándole verga. Entonces le dije que me dejara grabar con el celular y dijo que sí, pero en realidad lo que hice fue llamar a mi compañero por video llamada para que él viera como me estaba culeando a mi esposa.

    Él se sorprendió y no tardó mucho en llegar donde yo estaba con mi esposa. Él entró muy silenciosamente a vernos con su verga afuera de su pantalla muy erecta y masturbándose. Pararon unos segundos y mi esposa lo vio y se asustó y me pidió que parara, pero yo seguía penetrándola y mi compañero la miraba con deseo y yo seguía culeándola. Ella me miraba fijamente y volteaba a mirar a mi compañero o a su verga, entonces le dije a él que se acercara mi esposa, me decía que no pero, le sentía esa cuca más caliente y húmeda que nunca y sé que lo quería.

    Le dije a mi compañero que se pusiera detrás de ella y él comenzó a acariciarla, yo seguía dándole verga, ella se enloqueció de sentir que él la tocaba. Entonces yo saqué mi verga de su húmeda vagina y le dije “toda tuya”.

    Él sin pensarlo y sin dejarla reaccionar levantó el culo de mi esposa y le metió la verga de un solo empujón, ella gimió de placer, él comenzó a bombearle verga en esa cuca muy rápido y excitado. Ella me miraba con ojos de placer, se notaba que lo disfrutaba. Él me dice “loco que deliciosa esa cuca de tu esposa” y la penetraba más duro, él sacó su verga puso dos muebles pequeños los juntó y se acostó sobre ellos para que mi esposa se sentara en él. Así lo hizo comenzó a meterse esa verga y comenzó a cabalgarla como una buena puta.

    Yo los miraba y me masturbaba muy excitado. Así estuvieron ella encima tragándose esa verga y él le dice “me voy a venir” y eso fue como si le presionarán un botón a mi esposa porque comenzó a montar esa verga más duro y rápido hasta que la hizo explotar dentro de ella, todo su semen comenzó a escurrir por los lados de la vagina de mi esposa mientras ella seguía con la penetración, se lo escurrió muy bien dentro de ella hasta que tuvo su orgasmo.

    Entonces ella se paró de la verga de mi compañero, este también se levantó cogió su ropa y salió del salón. Mi esposa extraviada me miró y yo le dije “que rica y buena putita eres mi amor ahora ponte en cuatro que te voy a romper ese culo”. Ella se puso en cuatro y me dispuso su rico culo, yo estaba muy arrecho y se lo metí de una y comencé a darle verga muy rápido aprovechando que muy de vez en cuando me lo da. Ella gritaba de dolor y placer. Le bombeé verga en ese culo hasta que le llené ese culo de semen.

    Fue muy delicioso cumplir mi fantasía y en pleno trabajo y ella salió muy satisfecha de la culeada que los dos le dimos. Espero poderlo repetir, pero con alguien diferente.

  • Imelda: La runner del trabajo

    Imelda: La runner del trabajo

    Imelda:

    Imelda tendría cerca de 2 semanas en la oficina cuando la conocí, rondaría los 38 años, y yo estaba cerca de los 28.

    Era una chica normal, podría decir que del montón.

    Yo siempre he sido una persona muy sociable y tardamos poco en entablar conversación.

    Sin embargo ella siempre se veía triste, yo lo notaba.

    Los temas siempre fueron generales, para conocernos, etc…

    Hasta que un día tocamos el tema fuerte, ella estaba pasando por un duelo, la muerte de un ser querido.

    De cierta manera eso nos acercó más, ya que yo tengo mi propia teoría acerca de la muerte.

    Y en cierto modo creo que a ella le reconfortaba la manera en que yo se lo explicaba.

    Por comentarios de compañeros bulleadores en la oficina me di cuenta cuánto le afectaba y me enteré que era runner, pues invito a un compañero a correr sin embargo él contó cómo ella le lloró y en tono de burla, afirmando que estaba loca.

    Sinceramente siempre me da rabia que se expresen mal de cualquier persona y más una mujer.

    Y más por el duelo y lo afectada que sabía estaba.

    El encuentro:

    Pasaron cerca de 9 meses en una relación normal de compañeros, hasta que sus visitas a mi lugar se hicieron constantes, éramos de diferentes departamentos.

    Sinceramente sentía un cariño por ella.

    Y por lo que notaba, no habría tenido buenas experiencias en el amor.

    Nos topamos ese viernes por casualidad en el estacionamiento y nos fuimos conversando.

    Me dijo que haría ese día.

    Al yo vivir solo, lo único que haría le comenté es que iría al gym, me dijo que bien yo a correr.

    Y me dijo si quisieras podríamos ir a cenar. Acepte gustoso, la verdad a mí me reconforta mucho comer, conversar y más si es en presencia de una mujer.

    Buscamos una opción cercana para ambos y fuimos a cenar, era un restaurante muy rico y no tan exclusivo, pero si ameritaba usar camisa de noche y pantalón.

    Para hacer las cosas ágiles ella me dijo que ahí llegaría

    Yo ya esperaba en el restaurante, cuando mi mirada se dirigió a la puerta.

    Vi llegar a una mujer impresionante, unas zapatillas negras preciosas que calzaban unas piernas gruesas, grandes, largas y hermosas, la minifalda negra que traía hacia ver unas caderas proporcionadas y una blusa blanca holgada, se veía tan elegante con un peinado sobrio y un buen escote, nada sugerente pero muy bonito.

    Ella noto mi expresión, me puse de pie, la tome de la mano y la cintura y la senté lo más cerca de mi que podía.

    No solo su sonrisa esa noche era espectacular, su olor era algo peculiar.

    Fue una noche muy agradable, reímos, charlamos, el vino hizo lo suyo y todo fluía.

    Le dije que en cuanto saliera de su luto debíamos ir a bailar algún antro.

    Ella dijo que precisamente ella había decidió a qué la vida seguía, y que su mamá ahora la acompañaría de otra manera.

    Pues bien le pedí que nos fuéramos y la lleve a un antro.

    Ella quería wiskey y compré una botella.

    Las luces, el ambiente, la noche era perfecta.

    La tomé de las manos y comenzamos a bailar, electrónica, salsas, bachatas, no era muy buena a decir verdad, pero era lo de menos

    Eso me permitía tocarla, olerla y estar más cerca de ella, cuando empezó la música romántica.

    La tomé de la cintura y ella me tomo del cuello.

    Podía sentir su pulso y su respiración.

    Yo respiraba en su oído y soplaba a su cuello.

    Acerque mis labios y cuando estaba a punto de besarla ella se quitó.

    Me dijo cómo crees, no nos conocemos para nada. Eres un muy buen amigo pero estás muy joven.

    Le dije que no se preocupara y que no haría nada que la hiciera sentir incómoda.

    Siguió la noche y seguimos bebiendo y platicando, yo como manejaría tomaba al mismo nivel que ella.

    Unas chicas de una mesa de al lado nos dijo que si me dejaría bailar con ella

    Ella accedió, pero noté de inmediato un poco su malestar.

    Yo lo vi más como una oportunidad.

    Y así es, los celos entre mujeres son fuertes y esta vez jugaron a mi favor.

    A mitad de la canción ella se abalanzó sobre mi y le dijo a la chica que era suficiente.

    Ya serían cerca de las 2 am y le dije que nos fuéramos y que para su liberación del luto fuéramos a mi departamento.

    Ella me dijo que no, que ya sabía mis intenciones.

    Yo le repetí que no haría nada que ella no quisiera y que entendería dejarlo para otra ocasión.

    Al final me dijo que sí.

    Ya en casa la música fue mi mejor aliado pues todo el tiempo fue el tema que la chica del antro no sabía bailar.

    Yo le dije a ver cómo le harías tú.

    Ahí fue cuando, sentado pude apreciar esas hermosas piernas que tenía.

    Y le confesé que era algo que no había notado hasta ese día.

    Ella empezó a bailar sexi, se subía la minifalda.

    Fue un juego de seducción, yo alcanzaba a ver unas bragas blancas.

    Así que me anime y la tomé por atrás de la cintura y me acercaba a bailar, respiraba en su nuca y estoy seguro que ella podía sentir como mi pene empezaba a crecer.

    Era muy rico sentir sus nalgas restregarse conmigo.

    Yo subí mis manos por sus piernas y justo al querer tocar sus labios se quitaba y me bajaba abruptamente la calentura.

    Yo la verdad es que la pasaba muy bien, por supuesto que mi cuerpo quería mucho sexo, pero mi mente por otro lado disfrutaba enserio esa compañía.

    Eran las 5 am cuando le dije que debíamos dormir y ella decía que por ningún motivo dormiría ahí.

    Le dije que yo utilizaría el cuarto de visitas y le dejaría mi cama.

    El riesgo de llevarla a esa hora era alto.

    Gracias adiós accedió y la recosté.

    Le quite las zapatillas, ella me dijo que no le quitará nada de ropa y así la tape, apague las luces…

    Y antes de cerrar la puerta me dijo, puedes dormir acá, al fin es tu recámara.

    Pero no haremos nada, para mi nivel de alcohol creo que fue más gratificante el hecho de dormir. Y así lo hice.

    Solo la abrace y caímos dormidos…

    Tendré que continuar después.

  • Estaba loca, pero era mi loca

    Estaba loca, pero era mi loca

    De Eugenia, la tía de José, decía mi padre que se volviera loca el día en que se muriera su marido, ya que desde ese momento no volviera a salir de su caserón y del deceso ya hacía 17 años. Eso quería decir que no se relacionaba con la familia. La única persona que la veía era Amalia, la encargada de cobrar las rentas de sus tierras y de sus casas, que a su vez le compraba todo lo que necesitaba para vivir y pagaba sus facturas.

    Como de costumbre, paso a escribir el relato en primera persona.

    Era yo muy crío cuando la palmó mi tío Javier, o sea, que no me acordaba de él ni de mi tía. La gente decía que me parecía una barbaridad a él. Lo dejaban caer y no profundizaban más porque mi padre era de los de mano levantada.

    Yo era muy curioso, así que una noche quise saber cómo era Eugenia… El caserón de mi tía tenía naranjos alrededor y uno de ellos daba a la ventana de la habitación donde dormía, supe que era la suya porque en ella se encendió una luz. Esa noche me conformé con saber dónde dormía. A la siguiente esperé subido al naranjo a que llegara a la habitación. Cuando llegó encendió la luz. La vi y me acojoné. Parecía un alma en pena. Era delgada y me quitaba una cabeza de altura. Vestía de negro desde los pies a la cabeza y un velo le cubría la cara. La cosa cambio cuando se quitó el velo. Tenía la cara redonda, sin colorantes ni conservantes, sus labios eran gruesos, su nariz respingona, tenía un hoyuelo en el mentón y su cabello negro era espeso y largo, muy largo, le llegaba hasta debajo del culo. Era guapa.

    Hice cuentas y si se había casado a los dieciséis años y mi tío se muriera un año después, debía tener 33 o 34 años. Se quitó el vestido. Su piel era casi tan blanca cómo la leche y debajo no llevaba nada, bueno sí, sí llevaba, llevaba unas tetas medianas, tirando a grandes, con areolas y pezones casi negros y un bosque negro entre sus largas y finas piernas que al verlo se me puso la polla dura. Era verano e hiciera mucho calor durante el día. Se quitó las sandalias y se echó boca arriba sobre la cama, puso las manos detrás de la nuca, y al ponerlas vi el vello de sus axilas, luego apagó la luz y cómo no había nada más que ver bajé del naranjo y volví a casa.

    Al día siguiente estaba escondido detrás de una roca con mi escopeta de balines esperando a que los mirlos y los tordos se posaran en un roble ancestral cuando oí ruido de pasos de personas. Al otro lado de la piedra escuché cómo decía una de ellas:

    -Si lleva 17 años recibiendo dinero y no sale de casa no los puede llevar al banco. Cuando menos debe tener guardado un millón de pesetas.

    Era la voz de un hombre, voz que no conocí. Otro de los hombres, del que tampoco conocí la voz, dijo:

    -Tampoco exageres. Esa cantidad de dinero no existe.

    El último hombre dijo:

    -Existe, tarado, pero no creo que tenga tanto. Otra cosa, esta noche después de robarla. ¿Quién va a matar a Eugenia?

    Le respondió el primer hombre.

    -Tú, que te conoce.

    Lo conocía, claro que lo conocía, era Benito, el cabrón más grande del pueblo, un viejo usurero que llevaba toda la vida comiendo a cuenta de los desgraciados, ya que si prestaba cien pesetas le tenían que devolver quinientas. Me fui sin hacer ruido. Al llegar a la casa de mi tía llamé a la puerta con el aldabón. Sentí pasos y una voz que preguntaba:

    -¿Eres tú, Amalia?

    -No, soy tu sobrino José.

    -¡Javier!

    Mi voz le debió parecer la de su difunto marido. Abrió la puerta, y al verme se desmayó. Entré, cerré la puerta, la cogí en brazos, me adentré en la casa, llegué a una sala y la puse en un sillón de tres plazas de cuero negro.

    -Javier -dijo al abrir los ojos y verme.

    -No soy Javier, soy tu sobrino José, El hijo de tu hermana Elvira. Vengo a avisarte de que esta noche van a venir a robarte y piensan matarte.

    Mi tía seguía en las suyas.

    -Eres Javier y vienes a protegerme. Seguro que te guía tu madre desde el cielo.

    -¡Que soy…!

    -Eres Javier, reencarnado, pero eres Javier.

    Mi padre tenía razón, estaba loca. Veía lo que quería ver.

    -Me voy, me voy directo al cuartel de la guardia civil.

    Agarró la pernera de mi pantalón y me suplicó:

    -¡No te vayas aún, Javier, no te vayas, por favor!

    Se levantó del sillón, subió el velo, bajó la cabeza, me cogió las mejillas con las dos manos y me dio un beso a nivel que casi me caen los calzoncillos a plomo, sí, un beso de esos largos, muy largos, en los que te dan un pico, con ternura, luego te van metiendo la lengua en la boca, esa lengua busca la tuya, la lame, la chupa dulcemente y acaba comiéndola.

    En mi vida estuviera tan empalmado ni tan acojonado. Empalmado porque nunca me había besado una mujer y encontré los labios de mi tía dulces, suaves y en su lengua encontré una bomba que casi hace que ponga perdidos de leche mis calzoncillos, y acojonado porque si no me iba de allí iba a hacer un ridículo espantoso, ya que de sexo sabía dónde tenían las mujeres el coño y las tetas y poco más.

    -Me tengo que ir -le dije separándome de ella-, no vaya a ser que se adelanten, con esa gente nunca se sabe.

    Al ver que me iba, dijo:

    -Vuelve pronto, amor mío.

    ¡Cómo estaba mí tía! Había visto cabras locas más cuerdas que ella, ¡pero cómo besaba la jodida!

    Fui al cuartel de la guardia civil. Me escuchó un sargento con un tremendo mostacho… Al irme, dándome una palmada en la espalda, él me dijo:

    -Déjalo todo en nuestras manos.

    Lo dejé, en sus manos y en sus pistolas, ya que los forasteros al verse sorprendidos se liaron a tiros y acabaron más tiesos que la mojama, ellos y el usurero.

    Estuve cinco días sin ir por el caserón, pero al sexto fui, me subí al naranjo y esperé… Al encenderse la luz vi a mi tía. Llevaba puesto un vestido de flores rojas, azules y blancas, y calzaba unos zapatos negros de aguja de color negro. Me imaginé que esperaba que fuese a verla y se había puesto guapa. Se quitó los zapatos, se sentó en la cama, levantó el vestido y se quitó las medias que llevaba sujetas con unas ligas rojas. Las quitó lentamente, cómo si supiera que la estaba mirando. Se levantó y quitó el vestido, debajo llevaba un sujetador y unas bragas negras. Abrió el sujetador por detrás, agarró las copas con las dos manos y se apretó las tetas, al quitar el sujetador las magreó, después levantó el culo, quitó las bragas, las olió y las tiró al piso de madera de la habitación. Se echó sobre la cama, estiró brazos y piernas y echó la cabeza hacia atrás, ese estiramiento típico de cuando se tienen ganas, después metió una mano entre las piernas.

    Vi cómo la movía. Hice cuentas y me salieron ¡Las mujeres se hacían pajas! No era una leyenda pueblerina. Saqué la polla empalmada, la meneé mirando para ella y en un par de minutos me corrí cómo un perro. Mi tía se tomó su tiempo, ya que dejaba de tocarse el coño, acariciaba las tetas, volvía a jugar con su coño, y así llevó más de media hora. Acabó la primera paja cómo empezara, estirándose y echando la cabeza hacia atrás. Esta vez su cuerpo se sacudió, y las hojas del naranjo también, ya que me corrí de nuevo. Mi tía Eugenia se siguió tocando. Yo tuve que dejar de mirar y volver a casa. Tenía que llegar antes de las once o mi padre me molía a hostias, o lo molía yo a él, pues ya me estaba cansando de recibir y de ver cómo recibía mi madrastra.

    Al día siguiente, Arturo, mi padre, que era un hombre de estatura mediana, corpulento y muy fuerte, le llamó a mi madrastra de todo menos bonita por haberse olvidado de traer el vino. Delante de mí le dio una bofetada, le escupió en la cara y se fue para la taberna. Me juré a mi mismo que algún día lo iba a poner fino. Al irse mi padre, Alba, mi madrastra, que era una mujer que lo tenía todo grande, menos la nariz, se metió en su habitación y cerró la puerta con llave. Cómo no soltara ni una lagrima, pensé: «¿Se irá a hacer una paja?» Al momento volví a la realidad. Lo de mi tía me estaba haciendo mucho daño. Fui a cortar leña dando un portazo, no porque quisiera darlo, sino porque debía estar una ventana abierta, y el aire cerró la puerta. Cortando leña volví a ver a mi tía tocándose y me empalmé. Me acordé de nuevo de Alba. Mi puñetera curiosidad me llevó a volver a casa, cerrar la puerta con cuidado y pegar la oreja a la puerta de su habitación. Lo que oí me la puso aún más dura.

    -Escupe en mi coño y métemela, Pedro.

    Pedro era el vecino, un hombre que se llevaba a matar con mi padre. Aparté la oreja, pero ya oí sus gemidos, el ruido de los roces de sus dedos en el coño y algo así como un chapoteo. Cerré los ojos y vi a Alba desnuda. Imaginé sus grandes tetas, a mi manera, con inmensas areolas y pezones cómo pitones, vi su coño peludo e imaginé que me decía. «Escupe en mi coño y métemela, José.». Saqué la polla y la machaqué con ganas mientras sentía los gemidos de Alba… A rato se corrió diciendo:

    -¡Me corro, Pedro, me corro!

    -Me corrí cómo un cerdo.

    Al acabar, limpiando la leche del suelo con un pañuelo, me dije a mi mismo que las tenía que follar a las dos y para eso necesitaba de alguien que me enseñase a hacerlo

    En el pueblo había un cincuentón, casado, sin hijos, que por mamar una polla de un mozo, o comer el coño de una moza hacía lo que fuese, y si se daban por culo, o lo dejaban follar, por eso era capaz de matar, exagero, lo sé, pero en lo que no exagero es en que era un maricón y un putero. El caso era que tenía experiencia y me podía orientar. Así que le hice una visita mientras apastaba las vacas en un hierbal. Al llegar a su lado, le dije:

    -Quiero que me enseñes a follar a una mujer, Paco.

    -Eso tiene su precio.

    -No te voy a dar por culo, si es lo que quieres.

    -Veo que estás informado. Por cierto, a algunas mujeres les gusta que les den por culo. Te costará una mamada.

    -Vale, empieza a contarme cosas.

    Estábamos en una esquina del hierbal al lado de un sauce llorón y no nos podían ver ni desde el río, que quedaba a nuestra derecha, a unos cincuenta metros, ni desde el camino, que quedaba al frente, a unos cien metros, ni desde las vías del tren, que estaban a nuestra izquierda y aún quedaban más lejos que el camino. Así que me senté a su lado. Paco se lo tomó con calma, sacó el tabaco y un librillo, lío el cigarrillo, pasó la lengua por el pegamento del papel, lo encendió con un «contra viento y marea», le echó una calada y guardando en el bolsillo el material que había sacado, me dijo:

    -¿Ya probaste a una mujer?

    -No.

    -¿Le diste un beso a alguna?

    -No, me lo dio ella a mí.

    -Entiendo, te lo dio y saliste cagando hostias porque no sabías que hacer con ella.

    -Más o menos.

    -¡Puf! Esto va a llevar su tiempo. ¿Es menor o mayor que tú?

    Solo le faltaba preguntarme el nombre de la mujer.

    -Es mayor, pasa de los treinta, y ya no te digo más. ¡¿Empiezas de una puta vez?!

    Acariciando con la palma de su mano mi polla por encima del pantalón, me dijo:

    -Me recuerdas a tu tío Javier, en la cara, en la altura, en el cuerpo y en lo impaciente.

    Mi maldita curiosidad volvió a salir a flote

    -¿También se la mamaste a él?

    -Sí, él cómo tú, me vino a pedir que le enseñase a follar días antes de casarse con Eugenia, la hermana de tu difunta madre. Pobre mujer, después de morir se encerró en el caserón y no volvió a salir por la vergüenza.

    Mi polla ya había reaccionado a sus caricias, o sea, que ya estaba dura.

    -¡¿Vergüenza?! ¿De qué murió mi tío?

    -Murió follando.

    -¡Qué bestia!

    -Eso dijo el médico cuando tu tía le contó lo que pasara. Pero vamos a dejarnos de cosas tristes. Estas que te voy a decir son las cosas que debes saber para que una mujer se corra seis o siete veces…

    Hablando me sacó el bicho de su cautiverio. Su mano subió y bajo por él… Pasó su dedo pulgar por mi meato… Paraba de hablar para lamerme los huevos y para chuparla, y entre paradas me dijo donde estaba el clítoris y cómo lamer…, me dijo cómo se comía un coño, cómo se comían unas tetas, cómo se prepara un culo antes de follarlo… y muchas cosas más.

    Después de correrme dos veces salí del hierbal con la teoría bien aprendida y con medio litro menos de leche, que el muy maricón se tragó. ¿Qué no era medio litro? Vale, pero descargar descargué bien.

    Al llegar a casa sentí a mi padre cantando en la habitación de matrimonio. Debía tener una borrachera de las gordas. Alba estaba sentada a la mesa de la cocina comiendo con las manos sardinas frías que sobraran del mediodía. Me senté enfrente de ella, y le pregunté:

    -¿Hace mucho que le metes los cuernos a mi padre con el vecino?

    -¡No digas tonterías! ¿Quién te dijo esa barbaridad, hijo?

    -Te oí, Alba, te oí en tu habitación.

    Alba no se sintió incómoda, era cómo si deseara tener esa conversación conmigo.

    -No debías escuchar detrás de las puertas. Mira, hijo, de tu padre solo recibo hostias y malas contestaciones. Yo no le meto los cuernos, fantaseo porque estoy necesitada.

    -¿Muy necesitada?

    -Muchísimo.

    Le cogí la mano derecha, mano con la que estaba comiendo, y le chupé el dedo medio.

    -¿Qué haces, loco?

    Chupándole los otros cuatro dedos, le dije:

    -Yo también estoy muy necesitado.

    -Pero tú eres mi hijo.

    -No, Alba, no soy tu hijo, mi madre murió.

    -Para mí lo eres.

    Se soltó de mi mano, se levantó, fue al fregadero y se puso a rascar en la sartén. Al rascar movía el culo. Quise pensar que lo hizo para provocarme, así que me levanté, fui a su lado, le cogí sus tetas grandes y blandas y le arrimé la polla empalmada al culo. La besé en el cuello, y le dije:

    -Te necesito, Alba.

    Oyendo a mi padre cantar sentí temblar a Alba. Temblaba cómo si tuviera frío. Se dio la vuelta y me dijo:

    -Quita, hijo, déjame que me violentas.

    Le levanté la falda, le bajé las bragas, me agaché, lamí su coño, y le dije:

    -Quiero que me la des en la boca, Alba.

    -Quita, hijo, quita.

    Decía que me quitara pero pudiendo usar la sartén para que lo hiciera no la usaba.

    -Dámela, Alba.

    -No insistas que me pierdo.

    -Piérdete.

    -Si viene tu padre a la cocina…

    -Le doy una manta de hostias por jodernos del polvo.

    Se hizo la dura.

    -No te voy a dar nada, hijo.

    Alba se dio la vuelta y siguió rascando en la sartén… Le lamí el ojete. Echó el culo hacia atrás y abrió las piernas. Saqué la polla y se la metí hasta el fondo en el coño. Era mi primera vez y tardé muy poco en correrme. No le di tiempo a nada. Cuando acabé de correrme, quité la polla, le di la vuelta a Alba con sartén y todo e hice lo que me dijera Paco que hiciera si me corría antes de que la mujer gozara, para lo que le metí y saqué varias veces la lengua de su coño, le lamí los labios, al mismo tiempo y por separado y acabé lamiendo su pepita de abajo a arriba.

    Mi padre cantaba en la habitación:

    -Ondiñas veñen, ondiñas veñen, ondiñas veñen e van…

    Sintió el ruido de una sartén al caer al suelo, y a Alba, cantar:

    -¡¡¡Aaaayyy, Rianxeira!!

    Mi padre dijo:

    -¡Alegría! -volvió cantar-. Non te embarques Rianxeira que te vas a marear.

    Alba se había corrido como una perra. Subiendo las bragas, me dijo:

    -Esto no se volverá a repetir.

    Mentía. Esa noche mientras mi padre dormía la borrachera apareció en la puerta de mi habitación cómo su madre la trajo al mundo, bueno, con aquellas tetas grades con inmensas areolas rosadas y pezones cómo dedales, no la trajo, y con aquella gran mata de pelo negro que tenía entre la piernas, tampoco. Puso una mano en un lado del marco de la puerta y la otra en el otro, y me preguntó:

    -¿Puedo pasar?

    Me levanté de la cama con un bulto en el calzoncillo que parecía la chepa de un camello. Al llegar a su lado, si me había de besar, se agachó, me quitó los calzoncillos y cogiendo mis nalgas con las dos manos metió mi polla en su boca y me la mamó. Yo movía el culo cómo si le estuviera follando el coño. La novedad hizo que me corriera en su boca en un plis plas. Alba se tragó toda la leche y después de eso arrimó la espalda al marco, me puso las manos sobre los hombros e hizo que me agachara, era obvio que quería que se la comiera, y se la comí. Al pasar mi lengua entre los labios de su coño peludo lo encontré encharcado. Lamí sus jugos y me los tragué. Después lamí de nuevo su pepita de abajo a arriba, sin parar…, cada vez más aprisa y cuando ya lamía a mil por hora, sus piernas bailaron el can-can y se corrió cómo si su coño fuese un grifo que se acabara de abrir.

    Al levantarme me dio un pico, me cogió de la mano y fuimos para mi cama. Me eché en ella, subió encima de mi, y sabedora de mi inexperiencia, cogió la polla, la metió en el coño, y me dijo:

    -Déjame hacer a mí.

    En posición vertical echó las manos a sus tetas y las amasó. Su culo bajó y subió haciendo que mi polla se deslizase por su coño engrasado. Me miraba en la oscuridad con sus verdes ojos de gata para ver cómo iba reaccionando y cuando estaba a punto de correrme se paraba con toda la polla dentro del coño… Así me tuvo hasta que sintió que se iba a correr ella, en ese momento, dejó la cabeza de la polla en la entrada del coño, y me dijo:

    -Fóllame duro.

    Le di fuerte y hasta el fondo, rápido desde el principio al final. Final que llegó cuando mis huevos y mi ojete ya estaban empapados de sus jugos. Al correrse, Alba, apretó las tetas cómo si las quisiera romper y echó la cabeza hacia atrás. Oí sus casi inaudibles gemidos y sentí cómo su coño apretaba y soltaba mi polla mientras la bañaba con sus jugos calentitos. Supe cómo se corría una mujer.

    Después me mandó magrear y a amasar sus grandes y esponjosas tetas con tremendas mientras su culo se columpiaba de atrás hacia delante y de delante hacía atrás. Me dio picos y me acarició el cabello cuando me corrí por segunda vez. Luego siguió columpiándose hasta poner la polla dura y se corrió ella… Así estuvimos más de dos horas en una noche embrujada donde sentimos ladrar a los perros, miañar a los gatos, cantar al chotacabras y roncar a mi padre mientras nos matábamos a polvos.

    Alba era una cosita tan dulce que no entendía cómo mi padre la podía maltratar. Si sería dulce que en el tiempo que me estuvo follando se corrió ocho veces y yo, yo perdí la cuenta.

    Me tenía el coño en la boca cuando sentimos un portazo. El meadero cagadero lo teníamos fuera de casa. Mi padre iba a usarlo. Alba me quitó el coño de la boca y se iba, se iba pero le vino el gusto, volvió a poner el coño en mi boca, y frotándolo contra mi lengua me dio de beber.

    Al salir de cama no tenía fuerza en las piernas. Le temblaban y no la sujetaban. Se tuvo que agachar y poner una mano en el piso para no caerse. Me levante y le ayudé a levantarse. Le dije:

    -Quédate, Alba. Cerramos con llave y ya encontraremos una excusa.

    -No puedo, me molería a palos le diese la excusa que le diese.

    Se fue apoyándose a las paredes, pensé que no llegaría, pero llegó y la disculpa que le dio debió ser convincente porque no oí bronca.

    Al día siguiente, a las diez de la noche, aprovechando que era la fiesta San Roque y tenía permiso para llegar a casa a las dos de la madrugada, fui al caserón y vestido de punta en blanco y oliendo a Varón Dandy y champú de huevo, llamé a la puerta con el aldabón.

    Al ratito sentí a Eugenia preguntar:

    -¿Quién es?

    -¿Soy yo? -le respondí.

    Abrió la puerta y se abrazó a mi sin importarle que alguien nos viese.

    -¡Javier, amor mío! Gracias por haberme salvado la vida.

    Hablaba del usurero y sus secuaces, pero yo iba con otras ideas en la cabeza. Me separé de ella, cerré la puerta, y le dije:

    -Olvídate de eso. Tengo ganas de ti, Eugenia.

    Me echó los brazos al cuello, me dio un pico, y me dijo:

    -Y yo de ti. No te puedes imaginar cuantas ganas tengo.

    Le devolví el pico.

    -Esta noche te voy a hacer de todo.

    Le entró cómo un sofoco.

    -De todo, no, amor mío, de todo no que el salto del tigre no se te da bien.

    Supe cómo muriera mi tío.

    -No te preocupes que no lo haré, no quiero palmarla.

    -¿Ves cómo eres Javier, ves?

    La arrimé a la pared. Le comí la boca. Le quité el vestido y las bragas, le levanté una pierna y con el sujetador puesto, quité la polla y dura cómo un hierro se la clavé a tope. Estaba tan excitado que no tardé ni dos minutos en correrme dentro de su coño. Ella jadeaba y movía el culo alrededor buscando su orgasmo, orgasmo al que no llegó, pero iba a llegar, ya sabía cómo hacerlo. Le quité la polla del coño, me agaché y se lo comí, esta vez lamiendo hacia arriba y al llegar a la pepita lamí hacia los lados apreté la lengua contra ella… Metí y saque la lengua del coño y repetí el recorrido y las lamidas de pepita hasta que le vino. Mi tía, temblando y gimiendo fue deslizando su espalda por la pared y acabó sentada, con los ojos cerrados y buscando el aliento que le faltaba. Guardé la polla. La cogí en brazos y la llevé así a su habitación. Subiendo las escaleras, me dijo:

    -Te quiero, Javier.

    No quería engañarla.

    -No soy Javier, soy tu sobrino José.

    -Eres Javier, reencarnado -dijo por segunda vez-. Solo él era tan, tan…

    -¿Guarro?

    -No, tan sensible.

    Enfilé el pasillo hasta que vi su habitación, entré en ella, y me dijo:

    -Si no fueras Javier no sabrías que esta era nuestra habitación de matrimonio.

    No le iba a decir que la estuviera espiando, así que la puse sobre la cama y me desnudé. Al meterme en cama se quitó el sujetador y me dio sus teas a mamar Tal y cómo me había dicho Paco, lamí sus pezones, lamí sus areolas y después se las chupé. Luego pasó los pezones de sus tetas sobre mi glande, frotó las tetas contra él, acto seguido la metió entre las tetas, apretó y me hizo una paja con ellas. Cuando me iba a correr la cogió con la mano, metió el glande en la boca y mamó, poco, ya que no tardé en correrme en su boca, la traviesa, cuando acabé de correrme, con mi leche en la boca me besó, hizo que la tragara, y después me dijo:

    -Cómo a ti te gusta, Javier.

    Mi tío fuera guarro de cojones. Luego puso su coño en mi nariz. Olía a polvos de talco. Se agarró a los barrotes de la cama y vi cómo lo iba a poner en mi boca. Recordé lo que me dijo Paco: «Cuando te ponga el coño en la boca, que tarde o temprano acaban haciéndolo, escupe varias veces en él, después saca la lengua y deja que se frote cómo quiera, eso sí, cuando te ponga el culo en la boca, mete la punta de tu lengua en su ojete…». Al ponerme el coño en la boca le escupí tres veces en él.

    Comenzó a reírse. Era la primera vez que lo hacía en 17 años, entre risas, me dijo:

    -Nunca cambiarás, -Apretó su coño contra mi boca- ¡Toma chocho, Morocho!

    Saqué la lengua. Frotando el coño contra ella comenzó a gemir, luego, gimiendo me puso el culo en la boca. Se follé con la punta de mi lengua, y ya no lo volvió a llevar al coño. Poco después, me dijo:

    -Ay que me voy, ay que me voy. ¡Me voy, Javier!

    Vi cómo temblaba, oí cómo gemía, y sentí cómo algo calentito caía sobre mi pecho, era su corrida.

    Al acabar de gozar, se quitó de encima, lamió su corrida en mi pecho, me besó y me dijo:

    -Tenemos que hablar.

    Me puse de lado y le pregunté:

    -¿De qué?

    -De tu dinero, del dinero que ganaste todos estos años.

    -Es tu dinero, Eugenia.

    -No, es tuyo y está…

    Le tapé la boca con un beso.

    -No quiero saberlo.

    Besé su pezón izquierdo, luego el derecho, lo lamí, lamí su areola, una areola que parecía un descomunal lunar en aquel cuerpo tan blanco. Mi tía me olía a jabón de la Toja y sabía a pecado. Chupé la areola, volví a la otra teta y lamiendo y chupando bajé mi mano a su coño mojado. Se abrió de piernas. Seguí las instrucciones de Paco. Metí dos dedos dentro de su coño y los saqué y los metí apretando los dedos en la pared superior de la vagina, después le hice el «ven aquí» con ellos, luego los moví de lado a lado, y más tarde, cómo él me había dicho que hiciera, hice que le quitaba los dedos para ver si iba bien. Su coño apretó mis dedos para que no lo sacara y supe qué sí, que lo estaba haciendo bien. Volví al «ven aquí» cada vez más rápido y sentí lo que él me dijo que iba a sentir, cómo si una pequeña presa se abriera dentro del coño y soltara el agua. Luego comenzaron las convulsiones y los jadeos vi su cara llena de gozo y me di cuenta de que no había nada más hermoso que ver cómo se corría una mujer.

    Al acabar quité los dedos del coño y los chupé llenos de jugos. Me gustaba su sabor. Los puse a los lados del capuchón de la pepita, apreté y tiré para atrás. Miré y vi lo que me dijo Paco que vería, una cabeza del tamaño de una cría del escarabajo de las patatas, lo cogí con dos dedos y se lo masturbé cómo si fuera mi polla. Más tarde, cuando mi tía ya estaba cerca de correrse, lo froté y después lo lamí haciendo círculos sobre él. Se corrió soltando un grito de placer que si no lo oyeron en la aldea de al lado fue porque en aquel momento sonó una traca de bombas de palenque en la fiesta de San Roque.

    Al acabar de correrse, me dijo

    -Cuéntame algo de tu nueva vida.

    Le dije lo que me vino a la boca.

    -No hay nada importante que contar.

    -Algo habrá.

    -Un secreto, pero todos tenemos alguno

    -Sí, supongo que sí -fue directamente a lo que le interesaba. ¿Y de chicas cómo andas?

    -¿Para qué quieres saberlo? Si te digo que sí, te vas a molestar, si te digo que no, no me vas a creer

    -Sigues leyendo mi pensamiento. Pero responde a mi pregunta. ¿Hay alguna chica en tu vida?

    -No.

    -No te creo.

    -Y haces bien, hay una.

    -¿Quién es?

    -Mi madrastra

    -Es normal, vives con ella. Yo me refería…

    -No, no tengo ni tuve novia. ¿Sabes qué me gustaría hacerte ahora?

    -Meterla en mi culo.

    Lo que quería era follar su coño, pero no le iba a decir que ella no me leía el pensamiento a mí.

    -Me leíste la mente.

    Me iba a sorprender.

    -Sigues sin saber mentir. Sabía que me querías follar el coño, pero a mi me apetece más que antes me folles el culo.

    -¡Eres adivina!

    -No, te conozco cómo si te pariera.

    Aún iba ser cierto que era la reencarnación de mi tío Javier.

    Se puso a cuatro patas. Volvía recordar las palabras de Paco: «Empieza por el perineo, les encanta que se lo laman. Luego baja al coño y lame suavecito y después lame el ojete hasta que te pida que se lo folles con tu lengua…»

    -Hazme gozar, cariño.

    Le lamí el periné apretando mi lengua contra él una docena de veces, más o menos. Bajé al coño. Tenía los pelos mojados. Al pasar la punta de mi lengua por su raja me salió llena de su jugos, unos jugos que eran espesos cómo mocos y que sabían cómo a ostra. Me empezó a latir la polla, pero latidos que anunciaban que me iba a correr. Se la metí en el coño y antes de llegar al fondo ya me corrí. Cuando la saqué me la chupó, se volvió a dar la vuelta, y me dijo:

    -Sigues teniendo ahí un pozo de leche.

    Con mi leche saliendo de su coño, le cogí las tetas y lamí desde el coño al ojete, cosa que era de cosecha propia, ya que nada de eso me dijera Paco. Lamí, lamí y lamí hasta que lamí solo sus jugos. Sus gemidos eran deliciosamente deliciosos. Su culo buscaba mi lengua. La quería dentro. Cómo no se la di, al rato me dijo:

    -Azota mi culo. Estoy siendo muy mala

    Recordé lo que me dijera Paco: «Si te dice que le azotes el culo, dale con tu palma ahuecada golpes secos y sin mucha fuerza…»

    Le di con la palma ahuecada en las dos nalgas.

    -¡Plas, plas!

    -¡Ay! ¿Ves, ves cómo eres Javier? Azotas cómo él.

    Le daba, le volvía a dar, luego lamía y besaba las nalgas y el ojete, le daba de nuevo… Acabó por decir:

    -Folla mi culo con la lengua.

    Le abrí las nalgas coloradas y con la punta de la lengua le follé y le lamí el coño, un coño que ya no olía a polvos de talco, olía a bacalao… Luego fui a por el ojete y follé y lamí, una vez, dos, cuatro, ocho, quince, veinte veces…

    Eugenia quería la polla dentro de su culo.

    -¡Métela, amor mío, métela!

    Cuando le froté la polla en el ojete, buscó con el agujero mi glande, al tenerlo justo en la entrada, empujó el culo hacia atrás para que mi polla entrara en su ano. No se la di. Volví a lamer desde el coño al ojete. Mi tía estaba gozando una cosa mala. Me dijo:

    -Si sigues me corro, Javier

    Le acerqué la polla al ojete. La cogí por la cintura y se la clavé hasta la mitad de una estocada. De otra estocada se la metí toda. Sintiendo mis huevos pegados a su periné y mi polla en el fondo de culo, se tocó la pepita y se corrió con un temblor de piernas y de tetas que parecía que se iba a romper.

    Al acabar, me dijo:

    -Quiero volver a ver tu cara al correrte.

    Se la quité. Hice que se pusiera boca arriba. Le metí la polla en el coño. Cerró las piernas, me echó las manos al culo, me besó y esperó a que la follara. Apoyé mis manos sobre la cama y mirándola a los ojos comencé a follarla haciendo palanca con mi culo. La folle sin prisa pero sin pausa. No sé el tiempo que pasara cuando me clavó las uñas en el culo, luego su cuerpo se puso tenso. Su ceño se frunció. Su coño apretó mi polla y sentí cómo me la mojaba. Vi su cara, con los ojos cerrados y la boca abierta. Dejándome caer sobre ella y sin dejar de mirarla le llené el coño de leche.

    Fue algo mágico, inolvidable, como inolvidable fueron sus palabras después de acariciar mi rostro y apartar mi cabello hacía un lado, cuando dijo:

    -Te echaba tanto de menos que si no llegas a volver acabaría quitándome la vida.

    Estaba loca, muy loca, pero era mi loca y me volvió loco algo más de cuarenta años.

    Alba, un año después, cuando yo ya vivía con Eugenia en otro pueblo, dejó mi padre y se fue con un taxista.

    Quique.