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  • Irina, la rusa

    Irina, la rusa

    Argentina, año 1979, provincia de Buenos Aires, en algún lugar del partido de Vicente López.

    “Disculpe, señor Mamani, no se imagina cómo me tranquiliza volver a verlo. En realidad, no vine hasta aquí para querer molestarlo o para quitarle su tiempo, pero, es que…”, le dice al entonces joven adulto Mauricio, una mujer de cabello ondulado color sangre, cuyos ojos verdes oscuros estaban con los lagrimales hinchados de tanto haber llorado. Hablaba entrecortadamente, le costaba un gran esfuerzo solamente lanzar una sílaba de su boca. El nudo que tenía en la garganta se convirtió en un nudo gordiano, y le dolía mucho. Apenas podía mantenerse en pie de lo temblorosas que estaban sus piernas. No se tenía que estar perfecto de la vista o del oído, para darse cuenta de que aquella muchacha de rostro aniñado, estaba hecha una lamentación.

    “No tiene idea de cómo se tranquiliza mi alma de por fin encontrarlo”, soltó la chica de nombre Irina, Irina Uvarova, antes de lanzar un sollozo lleno de pena. “Hace días que no logro dormir”, y lanza otro sollozo parecido. “Lo venía buscando por todos lados”, le dice luego, sin dejar de darle la mirada. Un mirada que le suplicada ayuda. El delgado indio la miraba con asombro absoluto y con una tristeza cada vez más molesta, no entendía y no esperaba lo que le estaba pasando, y quería entender lo que estaba pasando, habían pasado un mes y semanas desde la última vez que se vieron. “¿Pero qué le pasa señorita Irina? Acláreme las cosas, por favor se lo pido. Me está rompiendo el corazón”, le dice tratando de soñar afable con ella.

    “Tengo miedo señor Mamani, por favor ayúdeme. Tengo mucho miedo, y mi padre también tiene miedo por mí”, y de ahí no pudo continuar más con su relato. Empezó a lanzar un llanto ensordecedor, que en realidad era catártico, mientras no dejaba de decir repetidamente lo aterrada que estaba. Un llanto que sólo paró paulatinamente cuando éste la abrazó, con la misma intensidad y el mismo entusiasmo, con que el padre de ésta –el viejo colorado barbudo que se parece a León Tolstoi–, lo abrazó a él una vez. El pobre amerindio estaba conmovido, el desconsuelo de una mujer siempre lo ponía melancólico. Todos sus sentidos estaban estremecidos, al igual que los de su amigo y compañero de trabajo de periodismo –el ingenuo utopista– que estaba con él, y de las ancianas vestidas con chola y los seminaristas que justo estaban ahí de paso.

    Ese es, ahora que estamos volviendo a la actualidad, un recuerdo que el ahora arrugado Mamani siempre tiene presente. Lo tiene presente cuando se despierta y cuando se va a dormir, cuando come y cuando se baña, cuando escribe y cuando discute con su editor sobre el formato que deberían llevar los libros que quiere publicar. Cuando lo entrevistan y cuando habla por teléfono o se manda mensajes con su hijo biológico hablando de literatura, política y otras cosas. Cuando juega con su segunda hija adoptiva, de nombre Lesya, y cuando habla con su segunda esposa, de nombre Olena. Lo tuvo presente cuando la conoció y cuando fue a visitarla muy malherida todos los días al hospital. Cuando sintió que se estaba enamorando de ella y que no podía dejar de verla. Cuando le declaró lo que sentía por ella y ésta en principio le rechazó. Cuando ésta lo fue a buscar, y se fueron a vivir juntos. Cuando se casó con ésta y firmó los papeles de adopción de su niña que, al igual que su otra hija, físicamente no se parece a él ni por un corto cabello.

    Y a veces se aflige indisimuladamente por ese recuerdo. A veces no puede evitar emocionarse, y derrama lágrimas que quedan colgadas en su mentón afeitado de hombre mayor, muchas veces delante de su nueva esposa y su nueva hija, que no pueden evitar preguntarle por qué está llorando y se angustian por él. Éste les miente, diciendo que es por algo que vio, leyó o escuchó en las noticias, relacionado a un crimen de odio, cosa que solía sucederle.

    Incluso hay música que trata de evitar, total o parcialmente de escuchar, porque enserio se pone mal. Por ejemplo, a los italianos Lucio Battisti, Mina Mazzini y Lucio Dalla sólo los podía oír en su lengua materna. A los mexicanos Juan Gabriel, José José y Armando Manzanero los tenía definitivamente prohibidos en su repertorio de escuchas. A los españoles Mecano, Raphael y José Luis Perales, también. Aunque a veces dejaba pasar alguna que otra canción de los bolivianos Kjarkas.

    “Cómo te quise Irina, cómo te adoré reverencialmente, fuiste la mejor amiga que tuve jamás. Sin ti, y sin tu padre, no hubiera sido nunca el hombre que soy hoy, pero creo que no la pensamos muy bien al decidir casarnos. Cómo me derrumbó la muerte de mi tan querido suegrito”, pensaba dentro de sí.

    Lo tuvo presente también cuando escribió hasta el final su último trabajo, al igual que todos los demás trabajos que publicó desde que puso un pie en la transcontinental, ibérica y diversa España, una tierra en la que nunca llegó a sentirse un paria, a pesar de sus temores iniciales. Grande pero imperfecta nación –como cualquier otra–, en la que casi nunca se percibió como un extranjero desde un prisma negativo, y que lo expresó abiertamente sobre todo en su primer ensayo, a pesar de las molestias de algún que otro simpatizante del movimiento etnocacerista peruano, o de algún xenófobo anti-español, que ha leído algunas de sus obras. Pero, con el único con quien tuvo inicialmente el coraje de hablar sobre ese inolvidable recuerdo es con su editor y mejor amigo, diez años mayor que él, un tal Jesús Gustavo Maestro, sevillano pelón y de contextura oronda, resistido a jubilarse mientras todavía le rinda el cuerpo y la materia gris. Un hombre muy profesional a la hora de trabajar con las ediciones y excesivamente confiado con quienes le guardaba algo de cariño. Mamani era una de sus víctimas favoritas.

    “Estimadísima Irina, fémina de sonrisa fatigada pero de animosa inteligencia. Cómo maldigo las circunstancias en que nos conocimos, pero cómo bendigo las veces en que dijiste que sentías algo fuerte por mí, haciendo que temblaran todos los suspiros que salían de mi boca y mi nariz. Cómo maldije tu asexualidad, pero cómo bendije y sigo bendiciendo el amor que me expresaste en tu ayuda anímica y académica, y en todo el dinero que invertiste, para que yo pueda cumplir mi mayor sueño. Mencionarte con nombre completo en los agradecimientos de todas mis publicaciones no me alcanza. Aquello sólo sirve para mitigar mi sentimiento de culpa por un pequeño tiempo”.

    Esas palabras eran sólo un ejemplo de lo que, al menos una vez a la semana, anotaba en un borrador digital suyo, que iba dedicado enteramente a ella y a Yelena. Borrador que no creía que fuera a publicar nunca, aunque le doliera no poder hacerlo, considerando el hecho de que su ex-esposa le prohibió terminantemente escribir una novela sobre ella y la hija de ambos, aunque le dejó pasar con anterioridad algunas prosas y poemas. Así como también le dejó pasar varias infidelidades, que aunque eran discretas, la ingenuidad de Irina era nula con él, conociéndolo como la palma de su pequeña y femenil mano. Mamani sabía que no tenía ningún derecho a hablar mal de ella, en ningún formato que existiese, tanto hoy como en el futuro. Esa era una de sus más inflexibles reglas, que se había impuesto a sí mismo.

    Irina y Mamani se conocieron por primera vez en un baño público de una estación de subte, durante los festejos de fin de año, pero no fue un encuentro nada feliz. Unos de sus ex novios, un patético cocainómano y antisemita, hijo de inspectores escolares y probablemente el peor novio que pudo haber tenido, estaba intentando abusar sexualmente de ella, evidentemente drogado como solía estarlo. El amerindio, que en un pasado ni muy lejano ni muy cercano fue pandillero, con el coraje de los que creen no tenerle miedo a casi nada, se tomó el atrevimiento de entrar a ver qué era lo que estaba pasando, al estar escuchando gritos e insultos de mujer, que no se escuchaban muy fuertes pero sí se escuchaban. Sus orejas eran algo largas y tenía muy buen oído, principal razón por la que le costaba, y le sigue todavía costando, conciliar a veces el sueño.

    Ni bien entró sigilosamente, ya se dio cuenta rápido de lo que estaba sucediendo. Ahora escuchaba la voz grave de un hombre, que era dominante, exigente y amenazante, y la voz balbuceante por el alcohol de una mujer, que era cada vez más suplicante. No le hizo falta acercarse más, lo siguiente que hizo fue lanzar un grito adentro y sólo adentro del lugar. El más largo y más bélico grito que podía llegar a hacer su garganta, idéntico al de un guerrero dispuesto a morir estúpidamente en una guerra santa. O al de un guerrillero dispuesto a morir, también estúpidamente, persiguiendo un ideal. Pero estaba cansado, no tenía ganas de pelear un mano a mano con nadie, pero si había que pelear para salvar a alguien, había que pelear, y él lo hacía a lo grande. No era su primera vez.

    “¡Qué carajo está pasando acá!”, soltó el hombre, hombre entre comillas, de un metro setenta, saliendo de su escondite. Y lo miró. Lo miró a él con el rostro tenso. Lo miró, con los dientes apretados y con el mismo odio con que suele mirar alguien con el corazón seco a su peor enemigo.

    “¡Rajá de acá, sucio indio mugroso!”, le dijo a éste haciéndose ridículamente el macho alfa. Eso a Mamani lo descolocó. Una cosa es que lo insultaran, que por ahí a lo sumo se lo aguantaba, pero de ahí a que lo hagan haciendo referencia a sus raíces, es algo que ni manso o perezoso lo soportaría.

    “¡Vuelve a decirme eso y te juro que te voy a dejar sin nariz! ¡Deja a la chica en paz! ¡¿No ves que no quiere tener relaciones contigo?! ¡Drogado de mierda!”, le respondió éste.

    “¡¿Te haces el pija dura vos?! ¡¿Te haces el pija de oro?! ¡Rajá de acá, porque si no te rompo todo! ¡¿Me escuchaste?! ¡La re concha bien de tu madre!”, y lo empujó al amerindio en un hombro.

    “¡Infeliz!”, dijo la víctima de tal improperio. Acto seguido lo que hizo fue tratar de derribar al patán dándole una fuerte patada en una de sus piernas, tras haberse fijado en que no las tenía bien separadas para hacerle frente. Lo que logró fue que perdiera parcialmente el equilibrio. El desgraciado tenía las piernas de un rugbier.

    Acto seguido, lo que hizo Mamani fue darle un golpe seco que fue de lleno hacia uno de sus hombros con su puño derecho, y con su puño izquierdo le dio en la frente. Si no le dio en la mandíbula era porque, como se dijo anteriormente, éste se sentía cansado. Pero su enojo era el doble, casi el triple se podría decir, de intenso.

    “¡¿Te haces el malo?! ¡¿Te haces el malo conmigo?! ¡¿Eh?! ¡¿Te haces el malito?!”, decía en voz alta mientras el cretino había caído al suelo y el amerindio le estaba acomodando las costillas. Segundos, y una buena estrategia, le bastaron para hacerlo caer. Y estaba molesto. Muy molesto. Bien molesto. La cada vez más horrorizada Irina, pobrecilla, sólo sabía gritar y llorar. Era lo único que le salía en una situación así.

    El delgado indio paró. No hacía falta seguir más. Sabía cuándo debía parar. Su antagonista desistió de la pelea, con el orgullo dañado. Con el orgullo lesionado. Con el orgullo dislocado. Lacerado, lisiado, magullado. Se levantó del piso y se fue corriendo sin decirle a éste una sola palabra, pero tuvo la cobardía suficiente como para arrojarle unas amenazas a la chica de cabello bermejo. “Ya vas a ver vos”, le tiró.

    Mamani se quedó en el baño público sólo con la pelirroja. Situación que en ningún momento dejó de ser incómoda, ya que el estado amínico de ésta estaba hecho un pañuelo mojado. Cruelmente arrugado como un papel. Roto como un espejo. No sabía cómo consolarla, no estaba acostumbrado a consolar a una mujer. En realidad, no estaba acostumbrado a consolar a nadie. Su carácter algo rancio como un lácteo que venció hace días, y que durante buena parte de su etapa de adultez temprana fue un rasgo distintivo suyo, no lo ayudaba mucho para eso.

    “Ya está, ya se fue, no se preocupe señorita. No la voy a dejar sola. La acompañaré hasta donde me pida, hasta su casa si quiere”, le dijo mientras le tocó suavemente uno de sus hombros. Y eso fue lo que hizo. Al día siguiente Irina fue con su padre y su tío a hacer la denuncia en la comisaría.

    Como bien se mencionó anteriormente, Irina era y es, una mujer incapaz de sentir deseo impúdico alguno, condición que era una verdadera ventaja en ciertos aspectos de su vida, y una horrible maldición en otros, especialmente durante su juventud. No le molestaba que la tocasen, pero sólo si no se lo hacían con intenciones de llevarla a realizar prácticas de esa naturaleza. Sí podía disfrutar de la compañía de un hombre, además quería formar una familia y sentía fuertes temores hacia la soledad, pero no quería un varón para tener relaciones de ese tipo. Nunca los quiso para eso.

    Cosa que le trajo grandes problemas a todas sus relaciones amorosas. Una vez, una de sus ex parejas quiso que le hiciera una felación, y ésta se lo hizo, pero al rato terminó devolviendo todo lo que había cenado horas antes. Su último ex novio, que era celoso hasta de su propia sombra, le hacía a la incomprendida Irina un auténtico teatro griego. Creía que le era infiel. En el peor de los casos, éste le decía cosas hirientes haciendo referencia a su ascendencia judía, ya que ésta lo era por vía materna, razón principal por la cual lo terminó dejando.

    Durante la mayor parte de su matrimonio, Mamani sólo pudo hacerle el amor a ella a través de sus creaciones literarias. Solía tener carpetas enteras con borradores de papel que guardaba como si fueran fragmentos de oro en un paño. Tuvo que conformarse con crear erotismo a través de sus letras, en los que su casi idolatrada pelirroja era la principal protagonista, con eso más o menos mitigaba un poco sus deseos carnales. Un ejemplo de ello es el siguiente párrafo:

    “Irina, qué lástima que no sepa escribir poesía, así te dedicaría las palabras más bonitas del idioma español, usando como real inspiración tus emociones al descubierto. Tu tierno cabello, hambriento de besos y caricias. Tus ojos refulgentes y llenos de humanidad. Tus mejillas demandantes de cariño. Tu boca entusiasmada. Tu lengua traviesa, buscadora de un buen cómplice. Tu mentón pidiendo suavidad. Tu cuello y tus hombros arropados únicamente por el aire. Tus brazos queriendo rodearme. Tus pechos vestidos por la nada misma, suplicantes de unas buenas manos inquietas y una buena boca de hombre. Tus pezones resaltantes como la luz que emiten los lampíridos y jactanciosos de su estado. Tu ombligo expectante. Tu vientre, ansioso de sentir ese calor excepcional desde adentro. Tu espalda que ruega por una temperatura más cálida. Tus posaderas que apetecen de ardientes embestidas. Tu húmeda y a la vez sedienta entrepierna, tapada exclusivamente por el aire, deseosa de tener todas las agradables sensaciones posibles, y que ya se cansó de jugar monopólicamente con tus dedos. Tus piernas implorantes de una buena compañía. Tus pies exigiendo expulsar el frío de piel nívea”.

    Otras veces, cuando no aguantaba más el celibato laico inducido, se iba a picotear o a buscar algunas migas para comer por ahí afuera, metafóricamente hablando. A veces tenía suerte y a veces no. Le parecía mucho mejor hacer eso que divorciarse y dejar a Irina para siempre. El amerindio la amaba, aún con su condición, éste la amaba y disfrutaba ser su esposo, al igual que disfrutaba ser yerno de su suegro, el viejo barbudo colorado Sergei, un cocinero que trabajaba en un restaurante de gastronomía rusa. Un hombre inteligente y muy hablador a pesar de que apenas terminó la escuela primaria y su español era imperfecto como una vela inclinada. Opositor político al estalinismo, y satanizado por el régimen, no le quedó otra opción que tomarse el palo e irse de la Unión Soviética con su entonces esposa, recientemente embarazada de Irina, y su hermano Leonid, que para colmo además de ser un opositor político como él, era homosexual. No tenían alternativa más que agarrar las duras y viejas maletas, e irse a hacia donde fuere con tal de no terminar en un gulag haciendo trabajos forzados o morir asesinados.

    Mamani también era de hablar por los codos, pero fue su suegro y su primera esposa quienes lo hicieron así. Antes cuando era un chaval viviendo en las calles del conurbano bonaerense, hablaba poco y solía expresar lo que pensaba solamente por escrito. Si decía una palabra era lo elemental, procuraba no hablar de más. Y fue Irina, quien leía en un mes la misma cantidad de libros que su marido leía en un año, la que lo empujó y rempujó para que escribiera con más seriedad y creatividad. Ella no escribía, el que escribía era él, pero le daba las ideas, y buscaba y rebuscaba todos los posibles contactos para que pudiera publicar sus creaciones. Ella ponía la máquina de escribir en las más óptimas condiciones, sin que llegara a faltarle nunca la tinta, así como tampoco una sola hoja. Ella ponía parte de su sueldo de bibliotecaria en el pago de las ediciones, que por muchos años fue un sueldo superior al que recibía el amerindio en su trabajo como periodista, hasta que éste se cansó y se dedicó a la enseñanza superior. Ella, fue su más duradero norte, como bien dijo éste una vez, en una de sus más recientes dedicatorias.

    La misma mujer que no le dejó firmar, en ninguna de sus creaciones, bajo un pseudónimo. Por algo que sonara más anglosajón o menos “raro”. “Tu nombre no tiene nada de vergonzoso”, le decía y le repetía Irina a Mamani las veces que creía necesario, en sus comienzos.

    “Ser indígena no tiene nada de vergonzoso”.

  • Después de unas cervezas me la cojo

    Después de unas cervezas me la cojo

    La conocí gracias a Lety y Luis, la mayoría ya saben de ella, ya que también ha subido sus historias calientes como ella.

    Conocí a Cindy en una fiesta de Luis, ella ese día se veía muy bien, una calza café que marcaba sus piernas y su rica tanga y una blusa de flores escotada que mostraba sus ricas tetas.

    Yo ya sabía que era una buena amante, Luis ya me había contado las veces que se la había comido y conocerla ese día me dieron ganas de ser uno más de su lista sexual.

    Luis nos presentó y ella al principio fue cortante, pero conforme avanzó la noche fue siendo más abierta y me permitía convivir con ella.

    Bailábamos, brindábamos, Cindy es pura dinamita. Ahora entendía porque Luis se obsesionó un poco con ella y porque muchos la deseaban.

    La noche nos llegó y el momento de irnos ya era hora, fue entonces que Luis se me acercó y me dijo “es tu momento, dile que se la sigan”.

    Yo dudoso me acerqué a ella diciéndole que conocía un lugar donde podíamos seguir bebiendo, pasándola bien.

    Ella me miró de arriba abajo y con su cerveza en la mano se recargó en mí y aceptó la invitación.

    Luis me dio la señal de aprobación con su pulgar, era la oportunidad perfecta para probar las mieles de esa mujer.

    La lleve al “torito” un lugar por mi casa donde muchos van a tomar, un tipo mirador, pero entre calles, un lugar ideal para continuar la peda.

    Nos despedimos de Luis y Lety que no sé porque le dicen Lety si su nombre es Marlene Monique, pero bueno, eso no importa, salimos en su coche y yo manejé, ella en el trayecto iba muy animada y parlanchina, yo no podía dejar de verle su magnífico par de tetas y sus ricas piernas.

    Pasamos por dos six de cervezas, llegamos al lugar estacione el carro hasta el rincón y empezamos a tomar, algunos chavos se acercaron a saludar ya que me conocían, pero no me costó trabajo deshacerme de ellos.

    C: ¡Eres muy popular aquí!

    J: Jajá, ¡pues ya vez, cuando uno es la fiesta, jajá!

    C: A mí me pasa igual a donde voy, ¡siempre hay alguien que me conoce!

    J: Espero que de aquí nadie te conozca, jajá, ¡aunque no creo que conozcan a una mujer escultural como tú!

    C: ¡Ay aja, jeja, que cosas dices, mejor salud!

    Sabía que iba por buen camino, seguimos tomando, cantando y bailando, Cindy me tenía idiotizado, ya más confianzudo la abrazaba nos tomamos fotos, le tome fotos de su rico cuerpo, con y sin su consentimiento, poco a poco ella también se soltaba hasta que le robe un beso.

    Ella no hizo nada, me permito meterle mi lengua y ella metió la suya, estuvimos pegados un buen rato, hasta que me empujó.

    C: ¿Que fue eso?

    J: Lo siento, ¡es que tus labios se ven muy ricos y saben!

    C: ¡Cabrón! ¡Ya es hora de irme!

    J: ¡Espera, vamos a mi casa!

    C: ¿A qué?

    J: ¡Quiero pasar un buen rato contigo! Claro si tu gustas, ¡creme no te arrepentirás!

    C: Vas directo eh, eso me agrada, pero sabes, ¡muchos dicen eso y no duran!

    J: ¡Déjame mostrarte mi talento!

    Conseguí que dijera que sí, subimos a su auto y manejé a mi casa, antes de todo brindamos un poco más y puse música de jazz y para darle mayor emoción saqué un cigarro de la verde y ella increíblemente me pidió.

    Ambos nos dimos las tres y ya encendidos, comenzamos con el faje, nos besábamos como locos, mis manos acariciaban sus piernas, nalgas y vagina, bajaba por su cuello y lamía encima de su escote, ella cerraba sus ojos y me apretaba la verga, al sentirla no se desilusiono y nos fuimos a mi cama.

    La desnude disfrutando el panorama de su torneado y rico cuerpo, ella me quito la ropa y seguimos besándonos, la acosté y le quiete su brasear y me lance directo a su rico par de tetas.

    Lamia con suavidad su pezón, aunque ella tenía un pezón con un persing y eso me enloquecía, baje por su abdomen hasta su pelvis la cual se la besaba y lamia, le acariciaba sus duras nalgas con mis manos, le apretaba sus carnosos muslos, en verdad si estaba buenísima como Luis me había contado.

    J: ¡Que rica estas Cindy!

    C: La verdad tú también, me gustaste desde que te vi, ¡me encantaron tus ojos y ahora desnudo me encanto otra cosa!

    La convencí de darnos en un 69, me acosté y ella subió dejándome su rica vagina depilada y fresca para mí, yo comencé con suaves lamidas mientras ella acariciaba con sus manos mi verga y la deba ligeras chupadas en la cabeza.

    Le abrí su vagina e introducía mi lengua en forma de taco simulando una follada, ella ya me la mamaba magistral, así como Luis me había dicho que lo hacía, me tenía bien firme y se tragaba mi verga como si se tratara de una anaconda devorando a su presa.

    J: ¡Que rico uhm!

    C: ¡La tienes muy linda, uhm!

    Nos perdimos mamándonos mutuamente por unos minutos, hasta que ya no pude resistir más y la acomodé para metérsela.

    La acosté y me puse de píe en la cama, levante sus piernas en forma de la letra i griega y empecé a metérsela, ella cerraba sus ojos y apretaba los dientes, mi verga entraba gustosa en su rico coño.

    E empujaba suave, le besaba sus ricos pies, sus chamorros y sus muslos, me empujaba cada vez más rápido, Cindy movía su cadera, eso me daba un gran placer.

    C: ¡Ah, que rico!

    J: ¡Dios, te mueves bien y que apretada!

    Subí encima de ella y se la di de “misionero” ella me apretaba las nalgas y me movía para que coincidiera con sus movimientos de cadera le mordía sus pezones nos besábamos, que rico estábamos cogiendo.

    C: ¡Que rico coges!

    J: De verdad que haces merito a tu fama, ¡uhm!

    C: Jajá, uhm, ¿así que tengo buenas referencias? pinche Luis!

    J: No lo culpes, ¡coges tan rico que nadie podría guardarlo en secreto!

    Me acosté y ella subió a cabalgarme invertidamente (dándome la espalda) lentamente se movía, que rico movimiento tiene, sus nalgas se veían majestuosas encima mío, las apretaba le acariciaba la espalda, ella comenzó a moverse más rápido, me estaba triturando la verga como si se tratara de una licuadora.

    J: ¡Ah! ¡Que rico te mueves uhm!

    C: ¡Que duro! ¿Te gusta?

    J: ¡Eres genial!

    C: ¡Pues viene lo bueno!

    Cindy se inclinó un poco levantando sus nalgas a ritmo de sus caderas, eso me daba un enorme placer, le daba de nalgadas, me tenía gimiendo, la perra sabía hacer muy bien su trabajo.

    Sin sacársela se dio vuelta para cabálgame mirándome a los ojos, yo disfrutaba de sus tetas y muslos, le acariciaba su clítoris, ella seguía moviéndose con todo, se mordía su labio exclamaba y continuaba disfrutando de mi dura verga.

    C: ¡Que dura la tienes!

    J: ¡Disfrútala chiquita!

    C: ¡No pensé que terminaría cogiendo contigo!

    J: ¿Eres casada o tienes novio?

    C: ¡Pretendientes, uhm!

    J: ¿Quieres ser mi vieja?

    C: ¡Jajá, uhm, mejor sígueme cogiendo!

    Nos acostamos de ladito, ella levanto su piernita y se la metí de cucharita, nos besamos, le besaba su cuello le apretaba las tetas mientras ella con su mano guiaba mis penetraciones.

    La acosté boca abajo y levante un poco sus nalguitas, la penetre fuerte, apoyándome de su cintura la embestía haciendo rechinar la cama con todo.

    J: ¡Uhm! ¡Que ricas nalgas tienes!

    C: ¡Ah, que rico, uhm, ah, mas, uhm!

    Me empujaba con fuerza, ella continuaba gimiendo, yo aprecia que la aplastaba, además le jalaba el cabello y la empujaba hacia mí.

    J: ¡Ponte de perro!

    C: ¡Métela fuerte!

    Se veía magnifica de perrito, sus nalgas estaban majestuosas, de sus ricas piernas escurrían fluidos de ambos, la tome de las nalgas, se las abrí y la penetre con fuerza, ella se movía a mi ritmo, que rico lo hacía, me daba un gran placer, la jalaba del cabello, se la sacaba y se la metía de golpe, le daba de nalgadas con mucha fuerza, estaba disfrutando con todo a esa perra.

    C: ¡Ah, si, que rico, uhm, que rico coges!

    J: ¡Toma, toma mi verga, es tuya, cómetela, uhm, que rico aprietas, toma perra!

    C: ¡ah, si, jálame más, pégame, uhm, que rico, ah!!!

    J: ¡Te voy a preñar preciosa, te daré mis mecos!

    C: ¡Si, quiero todos dentro, lléname de ti!!

    La llene de semen, ella se retorcía disfrutando su orgasmo y gimiendo, yo igual continuaba descargando todo hasta quedar seco y agotado encima de ella, nos besamos y nos quedamos dormidos.

    Ella se despertó, se vistió y solo me dijo que se iba, que la pasó bien, ambos prometimos volverlo a hacer y más adelante se los contaré.

  • Despidiendo a Andrés

    Despidiendo a Andrés

    Habían pasado los días y Andrés, su amante preferido, viajaba para radicarse en otro país. Ella, ansiosa, quería estar con él una vez más. No hablábamos sobre nuestros gustos o preferencias sexuales, de manera que yo intuía por su comportamiento cuando ella estaba ansiosa de sexo. Y esta vez, cuando estaba experimentando esta urgencia, no hubo drama y fue directa en sus deseos: “quiero estar con él”, me dijo. Como siempre, cuando ella lo mencionó, yo supuse que ya todo estaba dispuesto con él y que sólo faltaba mi aprobación para que las cosas finalmente se dieran.

    Algunas veces preferí que ella dispusiera sus encuentros y se viera a solas con sus parejas, porque en el momento que planteaba aquellas aventuras yo no estaba de ánimo o entendía que era un deseo de ella y no una aventura compartida en pareja. Debido a mis continuos viajes, por trabajo, oportunidades no le habían faltado para que ligara a quien quisiera durante mis ausencias. Pero ella decía sentirse más segura cuando yo estaba presente, así que, negarme a acompañarla en esta oportunidad era suspender la posibilidad de que retozara de nuevo con el macho de sus anhelos.

    Como era asunto de ella, yo trataba de no entrar en detalle del porqué se le despertó la idea de volver a estar con él, de qué hablaban cuando conversaban, qué tenían planeado hacer y demás preguntas que revoloteaban en mi cabeza, pero prefería quedarme callado. Tuve la oportunidad de hablar con el muchacho y le pregunté sobre sus planes, y me dijo que mi esposa lo había llamado porque quería despedirse ya que, como era de conocimiento, muy pronto viajaría para radicarse en otro país. “Bueno, dije yo, espero que sea una despedida inolvidable”. “Yo creo que sí, me dijo, porque tengo unas ganas locas de darle verga a su señora”. “No lo dudo, le dije yo. Entonces, nos vemos más tarde”. “Sí”, me dijo, y nos despedimos.

    Se oyó raro, pero excitante, aquello de que el muchacho estaba ansioso de darle verga a mi señora. Sonaba un poco atrevida aquella confesión, pero así es esto. Y ella, la interesada, quizá también estaba pensando en que aquello fuera especial, pues le noté mucha dedicación en su arreglo personal, el peinado, el maquillaje, el vestido, su ropa interior, su perfume. En fin, hubo mucha preparación para el encuentro y ella se arregló como toda una dama. Al verla, tal vez nadie pensaría que se iba de juerga para tener sexo con su macho preferido.

    De ida al sitio de encuentro, recogimos por el camino a su corneador. Él, como siempre, vestido informalmente, quizá se sintió un poco fuera de tono al encontrarla a ella arreglada de manera muy elegante. Pero eso, quizá, despertó aún más el deseo de poseer a mi mujer y darle su debida despedida.

    El sito escogido era muy especial, pues la habitación era grande y tenía tres ambientes. Una sala de recepción, un cuarto lleno de espejos y la habitación propiamente dicha, con una cama amplia, rodeada de decorados dorados que hacían ver aquello muy sofisticado.

    No más llegar nos situamos en la sala de recepción y pedimos unas bebidas para entrar en calor. Yo me hacia el desentendido de lo que pudiera pasar entre ellos y solo me limitaba a tomar fotos del evento. Muy rápido, mientras esperábamos el servicio, ellos empezaron a conversar, tomándose de las manos. Que se dijeron, no sé, pero casi que enseguida ya estaban besuqueándose y aquel joven, sin perder tiempo, ya tenía sus manos acariciando los muslos de mi mujer por debajo de su falda.

    Cuando llegó el servicio, prácticamente tuve que ser discreto para recibir el pedido sin que el botones pudiera mirar lo que estaba sucediendo detrás de mí, pues aquellos parecían estar en otro planeta, absortos en sus sensaciones y en la experiencia del momento, ignorando todo lo que pasara a su alrededor, incluso a mí. Tuve que servirme y beber yo solo, porque aquel joven ya disfrutaba a pleno de mi esposa, desvistiéndola no solo con la mirada sino también con sus propias manos. Tanta dedicación en el arreglo y ya él la tiene despelucada y casi empelota, pensé.

    Muy rápido la había despojado a ella de su elegante vestido, dejándola cubierta únicamente por su ropa interior, que era una lencería bastante bonita. Mi esposa, en aquella circunstancia, frente a un hombre de color, con su torso desnudo, hacía recordar la escena que bien pudiera presentarse en una casa de citas muy distinguida, siendo ella una puta mu distinguida y de clase, complaciendo al hombre que solicitaba sus servicios.

    Aquel muchacho se abstuvo de tomar el control y dejó que ella tomará la iniciativa, y que hiciera lo que le apeteciera con él. Ella, muy coqueta, desabrochó su cinturón, bajo sus pantalones y sin dudarlo un instante llevo su gran miembro a su boca y empezó a chuparlo con mucha delicadeza y pasión. Pareciera que no volviera a tener un miembro de esos a su alcance, de manera que no desaprovechaba cada mamada para saborearlo completamente desde los testículos hasta el glande. Y aquel solo la miraba y dejaba que se lo mamara, guiando la cabeza de ella con sus manos, para que el movimiento arriba y abajo sobre su pene fuera permanente. Mientras ella lo hacía, el aprovechaba para acariciar sus pechos y deslizar sus manos por el contorno de su silueta.

    El muchacho se había depilado totalmente el pubis, de manera que su miembro estaba limpio, liso y suave al tacto de ella, que terminó de bajar su pantalón y con una mano acariciaba sus testículos y con la otra frotaba el tallo de su verga mientras su boca seguía chupando la punta de su pene. Andrés estaba a gusto. Me miraba como preguntando, y ahora ¿qué hago?, y yo le respondía frunciéndole los hombros; yo que sé.

    Él se dirigió al cuarto de espejos y allí, ella siguió dedicada a mamar ese hermoso pene negro, que no perdía para nada su atención. Aquel permitió que se lo mamara hasta el punto de venirse en su boca y, una vez hecho, la besó. Ese beso debió tener un sabor y efecto especial en ambos, porque la pose que presentaron sugería una entrega total y compromiso del uno para con el otro. Ella estaba fascinada, disfrutando los sabores que aquel macho le prodigaba con cada beso, con cada caricia, con cada mamada.

    Ya con sus pechos desnudos y solo sus pantis cubriendo su vagina, el moreno aquel la llevó al sofá de la sala de recepción, la recostó, abrió sus piernas y empujó, restregando su sexo contra su vagina, aún sin penetrarla, pues todavía llevaba puestos sus pantaloncillos. Ella estaba extasiada y encantada con aquella maniobra, pues seguía disfrutando de los besos de aquel hombre y de la suavidad de la piel de su pecho y brazos, que ella acariciaba con denotada intensidad y pasión. Así retozaron un rato más.

    Al poco rato él se levantó, la tomó de la mano y la llevó hacia la gran cama. La recostó de espaldas, boca arriba, la despojó del body que aún tenía cubriéndole las caderas y se dispuso a devolverle favores, besando su sexo con inusitado vigor. Besaba su sexo como besaba su boca y bien pronto ella empezó a gemir. Al parecer la lengua de este muchacho hacía maravillas en el clítoris de mi esposa, ya que ella se veía desencajada, contorsionando su cuerpo y enrojeciendo su rostro con cada movimiento de la cara de aquel sobre el sexo de mi esposa.

    Tal vez él intuyó que ella ya estaba lista, así que, sin dejarla incorporar, procedió a hundir su gran verga en la concha húmeda de mi mujer, que a ese punto ya lo estaba esperando. Sus cuerpos se acoplaron casi al instante, sin problema. Aquel pene, limpio y sin condón, de seguro entró suavemente en la cavidad humedecida y ansiosa de mi amada y consentida esposa, que esperaba ser llenada. Y él, poco a poco, empezó a empujar con ritmo y vigor dentro de ella, mientras sus piernas se movían arriba y abajo, rodeando los muslos de aquel hombre que irrumpió en su intimidad. Pero ella lo quería así y lo retenía con sus piernas para que no se apartara. Sus manos acariciaban las nalgas de él, insinuándole que empujara más y más dentro de ella.

    La escena era excitante. El empujando sobre ella, ella contorneando su cuerpo debajo de él y moviendo sus piernas arriba y abajo, quizá para permitir que su miembro entrara aún más profundo dentro de ella, todo acompañado por sus gemidos que poco a poco aumentaban en volumen. Ella movía su cabeza, de un lado a otro, como poseída, dando a entender que está experimentando mucho, muchísimo placer. Una sensación suprema. Y él, bombeando con más y más fuerza para alcanzar su propio placer.

    De pronto él paró de empujar, de repente, presionando el cuerpo de ella sin retirarse aún. Había llegado, había eyaculado y para ese momento su semen estaba llenando la concha de mi esposa. La sensación debió ser muy rica, porque ella fruncía sus hombros, como recogiéndose y fundiéndose dentro del pecho de aquel joven de hombros amplios y musculosos. Y su reacción fue besarlo. Sus piernas seguían agitándose debajo de aquel cuerpo y sus caderas se movían como queriendo prolongar el momento de placer que acababa de experimentar.

    Se quedaron en esa posición, besándose, un rato más. El parecía estar a gusto teniendo a mi mujer, sometida bajo su cuerpo, y ella también, a gusto, sintiéndose llena por aquel hombre, objeto de su pasión. Se colocaron lado a lado y comenzaron a conversar. No sé de qué hablarían, pero se notaba intimidad y cercanía en sus poses. Ella acariciaba los muslos de aquel mulato y él no dejaba de amasar las nalgas de mi esposa.

    Se oye raro describir que se trataba de mi esposa, cuando en este episodio era otro hombre quien la complacía y calmaba satisfactoriamente sus apetitos. Más que mi esposa, en ese momento ella era la hembra de ese macho que le proporcionaba placer y a cuál ella se sometía sin resistencia.

    Parecieron relajarse un poco, así que les ofrecí las bebidas que habíamos pedido y que, debido al ímpetu con el que iniciaron su faena, aún no se habían consumido. Él empezó a contar de su viaje, sus planes, sus expectativas, las posibilidades que avizoraba hacia su futuro, los proyectos que pretendía llevar a cabo y otras cosas, así que el momento de pasión parecía haber quedado atrás. Era raro que él hablara de los proyectos con su esposa e hijo, a sabiendas que estaba allí para comerse a mi mujer. Como que no encajábamos en la situación, en ese momento. Sin embargo, mi mujer no dejaba de acariciar sus muslos y su entrepierna, de modo que, al rato y después de unos tragos, aquel miembro volvió a despertar.

    Mi mujer, cuando vio que eso estaba pasando, no perdió el tiempo, y volvió a atender aquel miembro con su lengua, asegurándose que creciera y se pusiera duro, dentro de su boca, como a ella le gustaba. Él, ya con más ánimos y otra vez dispuesto, le dijo que se colocara en posición de perrito para penetrarla desde atrás, cosa que ella hizo sin resistirse. Andrés me miró, como pidiendo permiso, y volvió a la carga, introduciendo su verga erecta dentro de la cuca ansiosa de mi mujer, que deseaba ser poseída nuevamente. Él empujó y empujó, otra vez, con vigor. La excitación empezó a aumentar de nuevo y, al rato, ella se dejó caer sobre la cama, quedando boca abajo. Para ese instante, gemía nuevamente. Y él, encima, a sus espaldas, seguía bombeando dentro de ella hasta que llegó a su punto máximo, explotando de placer, sacando su pene y depositando su esperma en la espalda de mi mujer, que aún seguía contorsionándose después que él se hubo retirado.

    Él se levantó y se dirigió al baño. Ella se había puesto boca arriba, mantenía sus piernas abiertas y se podía ver su vagina húmeda y aun congestionada. Ella aún estaba agitada y tardaba un poco en volver a la normalidad. Escuchamos el ruido de la ducha abierta y entendimos que ya todo había acabado. Al poco rato salió Andrés, ya vestido, excusándose por tener que ausentarse, justificándose por un compromiso familiar que tenía temprano en la mañana y que no podía aplazar. Bueno, espérese a que la Doña se arregle, porque usted la dejó bastante despelucada, y salimos los tres.

    Ella, entonces, entró al baño, se duchó, se vistió y pronto estuvimos en camino a casa. Cuando subimos al automóvil, ella se acomodó en el asiento trasero, junto a él, y todo el trayecto hasta que lo despedimos lo pasaron besándose y acariciándose otra vez. El no perdió el tiempo y no dudó en casi desnudarla nuevamente y acariciarla hasta más no poder. Y ella, excitada, no dejó de acariciar hasta la saciedad aquel miembro que estaba al alcance de sus manos.

    Me causaba un poco de morbo ver cómo, cuando me detenía en los semáforos, la gente que iba en otros vehículos se nos quedaba mirando. Creo que, si el viaje hubiese durado un poco más, ellos hubieran follado de nuevo dentro del carro. Lastimosamente el recorrido terminó pronto y él tuvo que dejarnos para llegar a su casa. Así terminó la despedida. Y nunca más volvimos a saber de él, pero sé que mi esposa lo llevará por siempre en sus recuerdos como algo de lo mejor que le ha pasado en su vida.

  • Él nos lo pidió y simplemente comenzamos a besarnos

    Él nos lo pidió y simplemente comenzamos a besarnos

    Cuando tenía 22 (ahora tengo 27) tenía un amigo, se llama Luis, él me gustaba mucho y en varias ocasiones me acosté con él, sin llegar a nada serio, era más como el típico amigo con derecho.

    En una ocasión me hizo el comentario de que tenía la fantasía de tener un trío, pero que no se animaba a pedirlo a lo que yo le respondí que no estaría mal, pero que yo aún no me sentía lista para eso y no se volvió a hablar de eso durante un tiempo.

    En una ocasión fui a verlo a su casa para pasarlo bien un rato, cuando estábamos en lo nuestro alguien tocó la puerta, él se levantó a abrir, yo me quedé en la cama sin hacer ruido, veía mi teléfono. Entonces escuché que estaban por entrar a la habitación me cubrí y me senté. En ese momento vi entrar a Luis con una chica la cual estaba sonriendo y me miró le dijo a él que era linda y que si quería intentarlo. Se sentó a mi lado y me miró, él se acercó a nosotras, yo no tenía idea de que estaba pasando… O bueno si la tenía, pero no quise irme. Cuando él estaba parado frente a nosotras ella bajo su bóxer y sacó su verga que estaba dura por el oral que le había hecho un poco antes.

    Metió la verga en su boca y comenzó a chupar, la miré un segundo cuando él se acercó a mí para besarme y decirme que quería que compartiéramos su verga y me acerco a ella, yo no hice nada, así que ella dejó de chupar, me miró y él nos pidió que nos besáramos.

    Ella se acercó y me dio un beso, poco a poco metió su lengua entre mis labios y me hizo abrir la boca por completo, seguí el beso. Cabe decir que yo estaba muy caliente por toda la situación así que me dejé llevar y la besé aún más fuerte. Como yo ya estaba desnuda me acostó en la cama mientras nos seguíamos besando.

    Él se masturbaba mirándonos, ella se quitó la ropa y quedamos las dos desnudas, ella encima de mí, acariciándonos y besándonos. Mi boca iba a sus pechos y a su boca de nuevo, después ella acariciaba mi vagina y metía un poco sus dedos, me hizo gemir así que devolví él favor e hice lo mismo.

    Él se acercó y ambos comenzaron a lamer mis pechos, uno de cada lado. Vaya imagen, era riquísimo ver como los tenía a los dos en ese lugar. Se besaron y ella fue bajando hasta mi conchita que estaba empapada, se puso en 4 con su cara cerca de mi vagina, acarició los labios unas cuantas veces, la escuché gemir cuando vi a Luis comiéndole el culo y la pucha, ella empezó a lamer. Podría decir que imitaba los movimientos que Luis hacía en ella una y otra vez.

    Me corrí varias veces y ella también. Él nos pidió qué nos arrodilláramos en el piso y obedecimos. Comenzamos a chupársela las dos juntas, después la metía en la boca de una y otra se acostó y seguimos haciendo lo mismo. Nos besábamos y lamíamos hasta que fue mi turno para hacerle oral a ella.

    Me puse en la misma posición y sentí como la verga de Luis iba abriendo paso entre mi vagina hasta que lo sentí totalmente adentro, gemí y empecé a lamer a la chica, succionaba su clítoris y lo lamía en círculos, parecía que lo había hecho antes, pero no, metí mis dedos y la masturbé mientras la seguía lamiendo, sentí como mi mano se estaba mojando, nunca me imaginé sentir el squirt de otra mujer ya que a mi me pasaba mucho. Fue delicioso sentir como temblaba por mi culpa. Como su mano en mi cabeza hacia que no me alejara la verga de Luis, era riquísima se movía tan fuerte que hice lo mismo que ella, me dejé ir en un muy húmedo orgasmo.

    Cuando ella terminó de temblar, él se acostó y ella se puso encima de él montándolo. Él me pidió que me sentara en su cara, lo hice y comenzó a lamer todo mi sexo. Ella me besaba y acariciaba los pechos, yo hacía lo mismo, ambas estábamos a punto de estallar nos besamos y empapamos a Luis, yo su cara y ella su verga. Le encantó ya que lo repetimos a la inversa, nos acostamos y él nos más turbo a ambas.

    Comenzamos a chupar su verga de nuevo hasta que estuvo a punto de estallar. Nos arrodillamos y recibimos su leche en la cara y tetas de ambas nos reímos y nos besamos para una fotografía que no se si él aún guarde.

    El mejor sexo de mi vida…

  • Cuando la calentura aprieta (01)

    Cuando la calentura aprieta (01)

    Lo primero es la presentación, me llamo Rosa, a día de hoy tengo 47 años, soy rubia, 1,69 de altura, 56 kg de peso y medidas son 80-65-90. Así espero que por lo menos os hagáis una idea de cómo soy.

    Siempre he sido una mujer de un solo hombre, mi primera vez fue con mi marido, siendo novios, y las relaciones sexuales han sido digamos un poco monótonas.

    Pero no sé qué me pasó, a partir de cumplir los 40 el sexo empezó a llamarme más la atención, siempre he sido un poco mojigata, por lo cual me resultaba extraño que al llegar a la cuarentena, las calores internas fueran en aumento.

    Empecé a ver pornografía por internet, a masturbarme, yo que nunca me había tocado en la vida, cada día me apetecía más y mi marido es de polvo semanal, clásico y si no está demasiado cansado.

    Aunque cada vez estaba más cachonda y caliente, nunca se me paso por la cabeza engañar a mi esposo.

    Un sábado por la noche, salí con unas amigas a celebrar el cumpleaños de una de ellas, cenita y unas copas en un bar y para casa. Pero la cosa no fue como yo esperaba. Tras la cena una de ellas dijo de ir a una discoteca al aire libre, que estaba de moda. Todas aceptemos a ir.

    Estaba siendo una noche muy agradable, temperatura muy buena, risas y bromas con ellas, las copas entraban muy bien. De pronto unos chicos se acercaron a nosotras y empezaron a hablar con alguna de mis amigas, no tendrían ni 20 años. Poco a poco cogieron confianza mis amigas les vacilaban y ellos seguían intentando ligarlas. Uno de ellos se pegó a mí, se presentó se llamaba Sergio y tenía 19 años, estudiante, pero no me acuerdo de que me dijo.

    No sé si fue por las copas o por el calentón que os explique antes, la cosa es que me ponía muchísimo que ese chico intentara ligar conmigo. No me atrevía a insinuarme para nada, ya que me encontraba rodeada de mis amigas, pero una de ellas me di cuenta que desapareció con uno de esos chicos.

    Aunque estábamos al aire libre, en esa discoteca estaba prohibido fumar, por lo cual Sergio me invito a salir al aparcamiento a fumar un cigarro. Acepte la invitación.

    Salimos y nos dirigimos a donde tenía aparcado su coche, bastante retirado de la entrada principal. Al llegar me ofreció un cigarrillo, que acepte, solo fumo en ocasiones y aquella noche me apetecía.

    Mientras fumábamos, empezó a decirme que le gustaba, que le ponía mucho y que era toda una MILF, término que hacía poco tiempo que yo conocía. Aquello en vez de ruborizarme lo que me daba era mucho morbo. Que un joven me viera a mi edad todavía apetecible me ponía muy caliente.

    Terminemos el cigarro y cuando iba a dirigirme hacia la entrada me agarro por la brazo me atrajo hacia él y empezó a besarme, yo me deje llevar y recibí su lengua dentro y empecé a jugar también con ello. Me apoyo contra el coche y siguió besándome, mientras su mano se metía por debajo de mi vestido, apartaba las bragas y empezaba a jugar con mi coño que ya de por si se encontraba bastante húmedo.

    Se escaparon de mi cabeza todos los pensamientos que me decían que lo que hacía no estaba bien y solo pensaba en apagar ese fuego que me corría por dentro.

    Mientras él seguía besándome y masturbándome con su mano, aproveche para abrirle el pantalón y sacar su polla, me encanto sentir entre mi mano, aquella polla que estaba durísima, aunque no es que fuera un pollon descomunal, era la segunda que tocaba en toda mi vida, por lo cual no podía comparar mucho, pero me encanto su dureza.

    Sergio paro y dijo de entrar en el coche para que no nos vieran, accedí y entremos, me tumbo en el asiento de atrás y se abalanzo a comerme el coño, algo que me encantaba y mi marido no me hacía salvo en alguna ocasión que se lo pidiera yo insistentemente. Estuvo jugando con su lengua hasta que me corrí de una manera bestial. Hacía años que no había tenido un orgasmo tan bestia como aquel. Se sentó y saco un preservativo y se lo puso yo automáticamente me subí encima de él y guie su polla hasta dentro de mí. Empecé una cabalgada gloriosa, sentía la dureza de su miembro dentro de mí y eso hacía que el segundo orgasmo llegara casi de seguida. Al poco el empezó a gemir más fuerte y sentí como su leche salía, llenando el condón. Nos quedemos un rato exhaustos por el placer y el calor que hacía dentro del coche.

    Salimos y cuando nos dirigimos a la discoteca, mis amigas seguían tonteando con los amigos de Sergio y ninguna se percató de lo que había pasado, y si lo hizo no me dijo nada.

    Tras seguir un rato dijeron de irnos y nos fuimos con un simple beso en la mejilla y ya nunca más volví a ver a Sergio.

  • Alan se vuelve mi puta

    Alan se vuelve mi puta

    Esta es otra anécdota que me paso y es una experiencia gay.

    A mis 26 años de edad estaba todo fuera de control, les confieso que fui violado por mi entonces jefe y honestamente desde ahí le agarré el gusto a los hombres, ya les conté cuando me cogí al jotito del barrio y hoy les cuento cuando uno de mis mejores amigos, entre alcohol y bromas, terminó siendo mi funda.

    Él se llama Alan, un güero vende quesos sin ofender a nadie ya que así le decíamos, nalgón y muy aventado.

    Todo sucedió una noche mientras tomábamos y recordábamos viejos tiempos, a él lo había dejado su novia y por más que lo invitaba a ir con otras chicas él quería seguir fundido en su depresión y alcoholizándose.

    La noche trascurría y yo como de costumbre estaba caliente y entre juego y juego, le arrimaba la verga a Alan el me aventaba riendo y a veces seguía el juego, todo hasta que llegamos a la charla.

    A: Ya wey, ¡en serio te cogerías a un cabron?

    J: Jajá, ¿que tu no?

    A: ¡Claro que no, jajá, soy macho!

    J: Los machos dominantes también parten machos, jajá, ¡quieres verlo!

    A: ¡Ya wey!

    En ese momento la idea de cogerme a mi amigo me llenaba la cabeza, él hablaba y hablaba y yo imaginaba desnudo en cuatro para mí, fue entonces que en un descuido el robe un beso.

    A: ¡No mames que pedo!

    J: ¡Si quieres regrésamelo!

    A: ¡Ya wey, no mames!

    Alan estaba ofendido, en cambio yo estaba caliente me acerque a él y lo encare, con una mirada morbosa y lujurioso le pregunte:

    J: ¿Quieres experimentar conmigo?

    A: ¡Que te pasa, estás loco!

    J: ¡Ya!! ¡Es solo sexo, creme te gustara!

    A: No manches wey, en serio, somos compas, ¡además no hago eso!

    J: Yo decía lo mismo, déjame mostrarte igual te gusta, si comienzo y te incomodas hasta ahí lo dejamos, ¡como ves!

    El me miro tembloroso, yo con una sonrisa lo invite a mi casa, el ante todo pronóstico acepto con la condición de que solo sería una probadita.

    Entramos a mi cuarto, sin decirle nada lo comencé a besar mientras mis manos acariciaban sus nalgas, el cerraba los ojos y me quitaba las manos, pero Alan ya estaba ms para acá que, para allá, así que lo avente a mi cama y comencé a desnudarme.

    A: ¡Carajo!!! ¡Que haces!

    J: ¡Te enseño lo que te vas a comer!

    Le dije eso mientas sostenía con mi mano mi verga dura y venosa, lentamente caminé hacia él y se la puse en la cara, el trato de huir, pero lo convencí aventándole un choro de machismo, Alan se sentó en la orilla de la cama e increíblemente abrió la boca para comenzar a chupármela.

    Coloqué mi punta en sus labios, inmediatamente una muestra de asco salió de él, pero yo atrapándolo de la cabeza, lo dirigí, finalmente abrió la boca y mi verga entraba y salía, sentía muy rico, mientras mi amigo solo balbuceaba y mostraba su desagrado.

    A: ¡Uhm!! Agh, qué asco!

    J: ¡Tranquilo, uhm, que rico chupas!

    A: ¡Que puto soy!

    J: ¡Nada de eso, al contrario, uhm!

    Le follaba la boca, poco a poco Alan perdió el asco, movía su lengua, sabía que en el fondo le gustaba la verga y la mía era buena para el.

    J: ¡Que rico chiquito, vamos chupa, uhm!

    A: ¡Uhm, no sabía que esto fuera tan bien!

    Alan ya estaba más metido, así que me di la libertad de desnudarlo, su cuerpo blanco me encanto, sudando de nervios comencé a lamerle del cuello a sus muslos, baje a sus entre piernas y lleve a mi boca a su verga blanca y redonda, el solo se retorcía, le encetaba como se la chupaba.

    A: ¡No mames!! ¡Que rico, no mames!

    J: ¡La tienes sabrosa cabron!

    Que puto me oía, pero la verdad la verga me gusta y que le puedo hacer, ¡más que disfrutar!

    Se la estuve chupando un buen rato, hasta que el ya no aguanto más y comenzó a expulsar leche caliente y sabrosa sobre mi cara.

    J: ¡Si!!! Sácala, saca tu lechita mi putito!

    A: ¡Ah!! ¡No mames, uhm, dios!!

    Alan me lleno la cara de semen, el quedo acostado, pero yo aún la tenía dura, saqué de mi cajón un condón y me lo puse, el atónito miraba y me pregunto:

    A: ¿Que haces?

    J: ¡Tomare tu culito carnal!

    A: No, ¡no mames dije una probadita!

    J: Si, ¡pero yo aún no me vengo y te quiero coger!

    A: No wey, te la mamo, ¡pero no me la metas!

    J: ¡Relájate te va a gustar!

    El trato de huir, pero yo lo atrape y le di un par de puñetazos en el estómago, lo suficiente para sacarle el aire, lo avente a mi cama y le levante el trasero, el, aunque trato de moverse como le faltaba el aire quedo a mi merced.

    A: ¡Basta!!

    J: ¡Que rico culo tienes, uhm, que rico a de apretar!

    Le escupí en el culo y abriéndole las nalgas con toda la violencia del mundo lo penetré.

    Alan lanzo un quejido de dolor inmenso, yo estaba adentro embistiéndolo y lastimando a mi pobre amigo, que me rogaba le sacara mi verga, pero ya era tarde, ahora era mi puta y tenía que darme placer.

    A: ¡Sácala!! ¡Me duele, no mames!

    J: ¡Oh, que buen culo, uhm, aprieta mi verga magnifico!

    A: ¡Por favor, ya sácala, uhm!

    J: ¡Aun no chiquito, tu disfruta!

    Lo embestía suave y fuete, Alan gemía como perra eso me ponía más loco, estaba disfrutando de su culito, le acariciaba las nalgas y le pegaba fuerte, le jalaba los cabellos, lo estaba sodomizando rico y eso poco a poco empezó a gustarle.

    J: ¡Si!! ¿De quien eres perro?

    A: ¡Ah, tuyo, uhm, que rico!

    J: ¡Eso, disfruta, uhm, muévete cabron!

    A: ¡Que rico, dios, se siente rico!

    Alan había sacado su lado gay y disfrutaba de la cogida que le daba.

    Lo acosté boca arriaba y levante sus piernas de tal forma que su culito abierto quedo para mí, apoyándome de sus rodillas se la metí con fuerza y empecé a embestirlo.

    El gemía, gritaba y disfrutaba de cómo me lo cogía, mi amigo había cedido y me daba un gran placer y poco a poco conseguía hacerme llevar al éxtasis.

    J: ¡Ah, uhm, dios, me vengo!

    A: ¡Ah, que rico, uhm, dios!

    J: ¡Si putita, ladra, uhm, ahí viene ahí viene!

    A: ¡Dios, agh!!!

    Mi orgasmo fue fantástico, mi amigo me había dado una gran experiencia, quede dentro de su culo mientras pasaba mi placer, se la saque y su culo rojo aun mostraba los estragos de mi cogida.

    El entre lágrimas me pedía que no se lo contara a nadie, que quedara entre nosotros, yo lo calme, aunque les confieso que me lo cogí varias veces más, ya que como le gusto quiso repetir.

    Espero les haya gustado, ¡les mando saludos y regresaré con más!

  • Soy Hotwife a petición de mi esposo: Una tarde con mi jefe

    Soy Hotwife a petición de mi esposo: Una tarde con mi jefe

    Mi esposo se llama Alberto, cierto día lo habría cachado viendo videos porno de esposos que comparten a sus esposas y ese tipo de fetiches. Mi esposo me había confesado que le gustaría que yo estuviera con otro hombre con la condición de que le contara todo.

    -Beto, si decidimos hacer esto, tendré que cambiar mi guardarropa, tendré que irme de compras para comprarme ropa más sexy y provocativa.

    -Sí, quiero que te vistas provocativa, que luzcas ese cuerpo y que te deseen los hombres, más que ahora.

    -Pues desde mañana empezaré a organizarme para eso.

    Pasé el fin de semana ocupada en la casa, con mis labores, atendiendo a mi hijo y esposo. Llegó el día lunes y con la idea de seducir a mi jefe para cogérmelo, me vestí con una falda ceñida a mi cuerpo, la falda era tres dedos arriba de la rodilla, casi llegando a medio muslo, una blusa blanca semi-transparente de botones y de manga larga. De ropa interior, obviamente; una tanga de encaje negro con un moñito en la parte de adelante, con un bra de encaje negro, me vi al espejo y me sentía muy sensual y sexy.

    Bajé y mi esposo estaba en la cocina preparando algo para el desayuno, me vio y al verme, pude notar como crecía su erección por encima de sus calzoncillos, seguro pasaron muchas cosas por su cabeza, de su esposa poseída por su jefe jaja. Di la vuelta sobre mi eje para que pudiera admirarme más, y le dije:

    -¿Cómo me veo Beto? Crees que a mi jefe se le antoje. -Mientras le mostraba mi trasero en mi ajustada falda, mi esposo vino hacía mi y nos besamos, se notaba excitado, en seguida se bajó los calzoncillos y me quiso tomar para cogerme.

    -Mi amor, estas y te ves sexy, con ese culo que te cargas no solo tu jefe querrá cogerte sino todo el despacho, mira como me tienes Lynda, nomás en imaginar que otro hombre te coja, me paras la verga, mi amor.

    Yo con una risa picara, le paré un alto y le dije:

    -Sé que te mueres por cogerme, mi amor. Pero esta vez te quedarás con las ganas, hoy iniciaré seduciendo hasta mi jefe, hasta llevármelo a la cama y tu… -Le decía mientras tomaba su verga sobre su calzoncillo y lo acariciaba- te quedarás aquí mi amor, este culo de ahora en adelante ya no es solo tuyo, pronto será también de mi jefe y de otros hombre más.

    Mi esposo se quedó con las ganas de cogerme, se cambió de ropa y me llevó a la oficina.

    A pesar de la hora en que llegué, que era temprano para un principio de semana, había mucha gente entrando y saliendo por el edificio donde se encuentra el despacho, pude robar muchas miradas al pasar, me sentía cachonda y caminaba de forma sensual. Llegando al elevador, para mi suerte llegaba mi jefe, quien se sorprendió a verme y me dijo:

    -Pero Linda, te vi mientras entrabas y no estaba seguro de que eras tú -mi jefe me escaneó de arriba hacia abajo delante de mí y de forma descarada, me tomó de la mano y me invitó a hacer una vuelta- Por Dios Linda, que guardadito tenías todo eso, te ves muy bien.

    -Gracias Licenciado.

    Entramos al elevador, yo antes que él, al entrar al ascensor pude notar su mirada recorriendo todo mi cuerpo, a pesar de llevar puesto mi saco ejecutivo se podían apreciar mis piernas descubiertas, el Lic. siguió:

    -Linda, estoy perplejo, déjame decirte que con ese atuendo te ves, te ves… sexyyy, caramba muchacha si sigues viniendo así tendré que subirte el sueldo y algo más.

    Para mi suerte solo éramos él y yo en el ascensor, en todo el recorrido el Lic. Arturo no quitaba la mirada en mí, estaba contenta porque mi cometido estaba resultando, que mejor manera para empezar la semana; decía entre mí. Salimos del ascensor y como todo un caballero, Arturo me cedió el paso para que pasara primero, sé que los hombres hacen eso, para poderles ver mejor el culo a las mujeres y yo lo estaba disfrutando tanto como él. Seguí caminando, volteé hacía él y le dije:

    -Que tenga un bonito día Licenciado, nos vemos al rato.

    Él me alcanzó y me dijo:

    -Por favor Linda, quisiera revisar algo contigo en mi oficina, me puedes acompañar.

    -Claro Licenciado -le respondí y caminamos hacía su oficina.

    Ya en su oficina, mi jefe, al cerrar la puerta se abalanzo hacía mi postrándose atrás de mi y me tomo de la cintura -“Linda, que buena te ves hoy, siempre te ves guapa y muy presentable para venir al trabajo, pero hoy si te ves hermosa, me encanta como te ves, mira como me tienes” -me dijo y yo opuse algo de resistencia para jugar un poco con el -“Lic. gracias por lo que me dice, pero soy casada y usted igual, esto no está bien”-mi jefe ya tenía su verga bien parada, haciendo presión en mi trasero, me moría por que la sacara y me la metiera, me zafé de él y le me voltee quedando frente a el, se notaba excitado, no solo por su entrepierna que le notaba haciendo presión dentro de su pantalón sino por la expresión de su cara que se le veía extasiado. Me sentía realizada y contenta, mi plan había resultado y no me había dado ningún esfuerzo tener a mi jefe delirando por mi -«Pero Linda, no ves como me tienes” -al momento que se acercaba hacía, estaba atrapada entre su escritorio y el cuerpo de mi jefe, deje caer mi trasero sobre la mesa del escritorio de mi jefe, perdí el balance de mi cuerpo un momento.

    Arturo apoyo su cuerpo contra el mío, pude sentir su erección en mi ombligo, me tomo de las mejillas y me plantó un beso, por reflejo moví la cabeza hacía un lado y el beso me lo alcanzo a dar a un lado de la comisura de mi labio, mi jefe hizo un segundo intento por besarme y en ese momento ya no pude poner resistencia, mi jefe metía su lengua dentro de mi boca y la movía de una manera deliciosa en un rico beso, su mano fue bajando por mi cuerpo, me despojo de mi saco, cuando caí en cuenta tenía desabrochada los botones de arriba de mi blusa, la mano de Arturo apretaba uno de mis senos por encima de mi bra, yo me sentía agitada y de mi boca salían pequeños gemidos, mi jefe me estaba poniendo muy cachonda con ese beso y sus caricias, fue bajando más su mano hasta la altura de mi entrepierna, yo estaba más que excitada, había perdido la noción de donde me encontraba, todos los demás ya estarían en sus puestos de trabajo, sin embargo mi jefe me tenía ahí para él, me estaba volviendo loca de excitación con la forma como me estaba manoseando, en ese punto lo único en que pensaba o más bien ya no pensaba, era en qué Arturo mi jefe, me hiciera suya.

    Un ruido nos distrajo, era el teléfono en el escritorio del Lic. que sonaba, Arturo me tenía atrapada entre su cuerpo y el respaldo de su escritorio, su mano se acercaba cada vez más a mi coño por debajo de mi falda corta y ajustada. El teléfono seguía sonando una vez más y mi jefe lo tomo para contestar, era su socio, el Lic. Ricardo que lo llamaba para irse a la reunión que tenían programado en la mañana, al escuchar la confirmación de mi jefe, tome la compostura de mi ropa. Me acomode el cabello, me baje la falda que se me había subido, abotone mi blusa y trate de calmar mi respiración, estaba loca en excitación. Mi jefe colgó el teléfono tomo sus cosas nuevamente, se acomodó el pantalón aun con su erección por debajo de él.

    Se acercó hacía mi, me beso y me dijo -“Nos vemos más tarde mi reina, ojalá podamos perdernos por ahí más tarde. Tengo ganas de que terminemos esto, en otro lugar”-Me beso mientras me tomaba de las nalgas y me las estrujaba -“Te estaré esperando papi, me dejaste bien mojada”-mi jefe salió de su oficina, en dirección a la reunión con su socio Don Ricardo. Tenía las mejillas coloradas de la excitación, sentía mojada mi entrepierna, como aún tenía mis cosas a la mano, pase al baño privado de mi jefe para retocarme el maquillaje. Salí de la oficina de mi jefe y me fui a mi cubículo a empezar con mi trabajo.

    El día transcurrió normal en mi trabajo, después de terminar de revisar un pendiente que se me había encargado, llame a mi esposo para contarle lo que me había pasado.

    -Beto, hola mi amor, soy Linda, tengo algo que contarte, no me lo vas a creer

    -Que paso cariño, dime

    -Nuestro plan está saliendo de maravilla. Desde que llegue mi jefe me intercepto, me llevo a su oficina y me dio una agasajada -mi esposo hizo un silencio que me desconcertó, seguí -Mi amor, ¿estás de acuerdo que siga con esto? ¿Quieres que me coja a mi jefe? solo haría esto si tu estás de acuerdo

    -Si quiero mi amor, pero con la condición de que me cuentes todo

    -Está bien mi amor, lo haré. Arturo quiere verme más tarde, me dejo bien caliente en la mañana, no sé cómo veas, ¿puedo irme con él?

    -Ve mi amor, yo me haré cargo del niño (mi hijo), tú disfruta la tarde con tu jefe

    Me sentía contenta, mi esposo me estaba orillando a sacar una parte de mi que desconocía, me sentía realizada y eso me hacía sentir bien. El hecho de disfrutar otro pene que no fuera el de mi marido me ponía bien caliente y se me mojaba mi coño, todo la mañana me había sentido caliente, a pesar que había estado ocupada en mis pendientes, tenía el perfume de Arturo en mi piel y en mi ropa, cada vez que lo sentía recordaba cómo me había tomado en su oficina y quería más, tenía muchas ganas de que mi Jefe me hiciera su mujer, sentirlo dentro de mi y cumplir la fantasía que compartía con mi esposo. Beto, mi esposo estaba en total de acuerdo con que me cogiera a mi jefe y a otros hombres, únicamente con la condición de que le contara todo lo que pasaba entre nosotros y así sería.

    Estaba a punto de salir a comer cuando me llamaba Arturo por el celular

    -Hola mi amor ¿me extrañaste?

    -Hola Lic. claro que lo extrañe, ¿como esta?

    -No me digas Lic. desde ahora quiero que me tutees, ¿sí?

    -Está bien Arturo, o prefieres que te diga «mi amor”

    -Mejor, me gustaría que de ahora en adelante me digas así, jajaja

    -Está bien, mi amor

    -Baja, te veo en 5 minutos en la puerta del edificio, muero por tenerte para mi solito el resto de la tarde, espero que te la ingenies para que podamos pasar la tarde juntos, no te arrepentirás

    -Está bien mi amor, ahora te veo abajo y no preocupes ahora me las ingenio para nadie nos moleste en resto de la tarde -ya tenía la autorización de mi marido, pero no quería levantar las sospechas de mi jefe, no quería que se enterara de que lo tenía planeado

    Tome mis cosas, antes de salir, me dirigí al baño para retocarme el maquillaje y alistarme para mi jefe, desbordaba alegría en mi expresión, sabía que dentro de poco sería la mujer de mi jefe, eso me ponía más cachonda. No veía llegar la hora para que tener a ese hombre entre mis piernas.

    Al salir del edificio, vi que a unos metros estaba la camioneta de mi jefe, la puerta se abrió y entre. Arturo se veía bien guapo, a pesar de que en su cabello se dibujaban varias canas que le daban un toque atractivo a su personalidad. Al entrar a su camioneta, enseguida se abalanzo hacía mí para besarme, yo lo abrace pasando mis brazos sobre su cuello y nos besamos. -“Vamos a darnos prisa, muero de ganas de estar contigo Linda, no sabes cuánto” –“Yo también tengo ganas de estar contigo Arturo y no precipites, me tienes para ti solito el resto de la tarde”.

    Mi jefe inicio el recorrido hacía el periférico de la ciudad, nos llevó 30 minutos llegar a Puerto Progreso, ahí se dirigió hacía una casa que tenía, con vista al mar, esa casa era de él y lo había adquirido hace poco. yo misma le había ayudado a hacer los trámites ante la notaría. Entramos, era una casa bonita, solo la había visto en las fotos que componía el proyecto que se entregó ante la notaría. Mi jefe se dirigió hacia un friobar, que se encontraba detrás de una meseta o barra, que dividía el área de la cocina del comedor, para sacar una botella de vino.

    En lo que mi jefe descorchaba la botella, me quite el saco que llevaba y me senté en un silla taburete, cruce las piernas y me voltee hacía mi jefe, sirvió el vino en dos copas, se acercó a mi y me dio una al tiempo que me servía el vino, -“Linda ¡por Dios! estas como quieres, moría por tenerte esta tarde para mi solito, espero que tu marido no te moleste y nos deje pasarla bien” -tome la copa, brindamos y nos tomamos un sorbo -“No te preocupes papi, a mi marido yo lo controlo, y de ninguna manera nos molestara esta tarde, te lo aseguro” dejamos las copas en una mesita en se me acerco de un lado, yo aún tenía las piernas cruzadas, el parado frente a mi me tomo de la cintura, yo puse mis manos sobre su barbilla, lo acaricie y lo jale hacia mi boca, nos hundimos en un beso, me besaba tiernamente me cubría con sus labios la parte interna de mi boca, metía su lengua buscando la mía, jugaba con ella, yo acariciaba su pecho y su barbilla mientras que Arturo bajaba y subía sus manos por mi cintura y las llevaba hasta mis piernas, me acariciaba mis muslos y cuando llegaba a mi trasero los apretaba empujándome hacía el, yo cruce mis brazos sobre sus hombros rodeando su cuello abrazándolo con mis manos.

    Me acariciaba mis senos por encima de mi blusa, los apretaba sacándome pequeños gemidos de mi boca, con las caricias y los besos me estaba calentando, sentía mi entrepierna caliente y sentía que se empezaba a mojar con mis jugos. Arturo seguía besándome, sus labios sabían a vino tinto, sus manos eran mágicas, me calentaban aún más, recorrían todo mi cuerpo, me hizo bajar la pierna que tenía cruzada, seguía besándome ahora con prisa, su respiración se agitaba y podía sentir la erección tocándome la pierna que crecía por dentro de su pantalón, se sentía una verga dura y gruesa.

    Con mis piernas juntas sobre el taburete, fue metiendo su mano derecha por la parte interna de mis muslos hasta llegar a mi entrepierna, ahí empezó a apretar son sus dedos sobre toda la extensión de mi vulva, presionando mis labios sobre mi ropa interior, no podía más, estaba gimiendo sin parar, las manos de Arturo eran mágicas, me tenía bien cachonda y caliente, me estaba estimulando con sus dedos de una forma bestial que hacía que se contrajeran mi pelvis y mi cadera.

    Puse mi mano en su verga, por encima de su pantalón para masajear tan suculento miembro empezando a apretarlo y masajearlo con mi mano, mi falda se corrió por completo hacía arriba, Arturo tomo mi tanga y la corrió hacía mi pierna dejando descubierta mi vulva, acarició con los dedos toda la parte externa de los labios superiores de mi vagina para luego dibujar círculos por la entrada de mi coño que se encontraba empapada de mis jugos, sin más metió un dedo hasta el fondo, hasta que choco su mano con mi vulva y empezó a penetrarme con su dedo, sacándolo y metiéndolo con prisa, eso provoco que mis caderas se contrajeran aún más presionando su mano con mis piernas, abrí más las piernas y entonces aprovecho para meterme dos dedos, sus dedos estaban gruesos y ásperos llenaban el interior de mi vagina, ya no aguantaba más la excitación.

    Me pegué a su cuerpo retorciéndome de placer, mis caderas y mis piernas se movían en respuesta a la excitación que me estaba provocando mi jefe -«ahhh ahhh ahhh mmmm que ricooo papi, que deliciosas manos tienes, me vuelves loca papitooo… Hazme tu mujer papi, te lo pido, soy tu puta, lo seré… ahhh que rico, mi amor, que ricooo “ -Arturo quedo en medio de mis piernas, su boca seguía besándome ahogando mis gemidos que provocaban sus manos en mi coño -“Desde ahora serás mía Linda. Mi amor, esta verga será tuya, y tú serás mi puta, te cogeré cuando a mí se me pegue la gana y no me importa que estés casada, te culeare cuando a mi se me antoje”.

    Este hombre era muy hábil con las manos, estaba haciendo que me retorciera de placer en el taburete, eran sus manos los que ahora tenía estimulándome la entrepierna, tenía dos dedos dentro de mi vagina y con a otra mano estimulaba mi clítoris de una forma violenta y bestial.

    Me puse de pie con la respiración agitada, sin dejar de besarnos desabroche el cinturón, baje el cierre de su pantalón y lo baje hasta sus rodillas, baje su calzoncillo blanco que estaba lleno de líquido pre seminal, mi hombre me abrazo con una mano hacia cuerpo y con la otra seguía estimulando mi coño, sentía un ardor riquísimo en mi entrepierna, mi hombre seguía estimulando mi coño, yo me retorcía estando de pie, mis piernas me temblaban y no aguante más me aconchoné poniendo mi cara sobre su pecho y me vine en un rico orgasmo, mis piernas me temblaron por 20 segundos mientras me venía en las manos de mi hombre, fue tanto el líquido que salió de mi interior que Arturo saco las manos completamente empapadas de mis jugos, yo tome su mano y los lleve a mi boca para chupar mis jugos.

    Lo bese abrazada a su pecho, recobre el aliento y me arrodille, tome su verga con mi mano derecha me lleve su glande a la boca, chupaba la cabeza de esa verga con prisa y masturbaba su pene con una mano desde el tronco hasta la punta, su pene era como de 18 cm, no se veía tan grande pero en cambio su grosor cabía en toda mi mano, tenía una glande hinchado y redondo, grueso que apenas cabía en mi boca, el grosor me llenaba la boca, chupaba esa verga como si no hubiera mañana, estaba riquísimo el sabor del líquido preseminal que salía de él, tenía un olor que no era desagradable para mi, me encantaba y me calentaba aún más, con la otra mano tomaba sus testículos y los acariciaba.

    Arturo me hizo levantar la mirada hacía él, mientras se la chupaba, metía su verga en mi boca y con la lengua recorría la extensión, lo saque de mi boca, hice a un lado su verga para poder lamer la extensión de su verga, pasaba mi lengua por toda la extensión de su verga, desde el tronco hasta llagar a la punta, estaba extasiada, lo masturbaba, bajaba a sus huevos y me metía cada uno en la boca mientras lo masturbaba, su vega estaba llena de mi saliva en conjunto con liquido pre seminal, mi hombre estaba extasiado de la misma manera, se podía observar en su expresión que estaba gozando con la mamada que le estaba dando.

    Mi hombre me tomo de los hombros y me hizo pararme, me tomo de las nalgas, me las apretaba mientras nos besábamos, nuestros labios tenían sabor a nuestros jugos y al vino, esa combinación de sabores se sentía rica, aproveche para desabotonar su camisa y quitársela, mi hombre me ayudo a quitarme la blusa, dejando al descubierto mis senos en mi bra, mismo que me quito. Arturo tenía su pantalón y sus calzoncillos aun a la altura de sus rodillas.

    Me puso de espaldas a la pared y bajo a mis senos para metérselos a la boca, succionaba mi pezón y metía parte de mi seno a su boca, yo estaba gimiendo nuevamente, mi hombre me daba nalgadas fuertes que sonaban en un eco por toda la casa. Arturo me tomo de mi pierna izquierda y la levanto a la altura de su cintura, se pegó hacía mi y con mi mano tome su pene y lo introduje hacía mi coño, su pene entro sin dificultad debido a lo mojado de mi coño, yo me sujete a su cuerpo una vez más mientras besaba el cuello de ese hombre, la verga de Arturo estaba estimulando la parte superior del interior de mi vagina tocando mi clítoris, eso me provoca un nivel del éxtasis total, yo estaba disfrutando de maravilla en esa posición, mi hombre se separó de mi, me tomo de la cintura y me volteo quedando detrás de mi, yo puse mis manos sobre el taburete, me empine parando el trasero hacía atrás, mi jefe me levanto la falda y me sujeto de las caderas, me metió su verga en mi coño y empezó a bombearme, yo me sujetaba del respaldo del taburete mientras mi hombre me embestía con su verga, podía sentir sus huevos chocando en mi vulva mientras me penetraba, me estrujaba las nalgas mientras me la seguía metiendo, yo no paraba de gemir, levante una pierna y puse mi rodilla derecha sobre el taburete para me entrara completa la verga de mi hombre, en esta posición sentía que hasta los huevos de mi jefe parecían entrar por mi cavidad vaginal, tocaban en cada embestida que me daba.

    En la casa solo se escuchaban nuestros gemidos, mi hombre me tomaba de la cadera, me daba nalgadas fuertes mientras seguía embistiéndome, me daba una veces más fuertes que otras, yo sentía que la punta de verga tocaba mi útero, eso me hacía gritar de placer -“Dame más papi, Arturo cógeme, no pares, méteme toda tu verga, mí amor… soy sola tuya, de nadie más” -le decía -“Eres toda una puta Linda, seguro tu marido no te la mete como te la estoy metiendo, ¿verdad patita?”–“No, mi amor, nadie me ha cogido como tú, eres todo un hombre en la cama, me vuelves loca”.

    Arturo se separó de mi y me puso de frente a él, yo me senté en orilla del taburete, pegue mi espalda hacía el respaldo y mi hombre me metió su rica verga, yo tenía las piernas alzadas, mi hombre me empezó a penetrar, yo me sujete del asiento del taburete y alce las piernas mientras mi hombre me penetraba, en esa posición Arturo me alzó quedando mis nalgas al aire y empezó a embestirme una vez más, metía y sacaba su verga de mi coño, yo no quería que mi hombre parara, estaba disfrutando tanto de esa posición que sentía que me venía, le dije a mi jefe que ya iba a venir y empezó a penetrarme más fuerte, no tarde y me vine en un delicioso orgasmo que duró poco más de 20 segundos, mas caderas se retorcían por el orgasmo que caí sobre la silla extasiada, mi hombre aún no se venía, ese hombre tenía un aguante maravilloso, entonces me baje y puse de espaldas a él, mi hombre me la metió estando de perrita y entonces fui yo la que empece a hacer movimientos para meterme su verga, flexionaba las rodillas moviéndome de arriba hacia abajo y empujando mi trasero hacía la verga de mi hombre, mi jefe se quedó quieto mientras movía mis caderas, estuve así unos minutos cuando sentí que me apretaba con fuerzas la cadera al tiempo que sentía que me llenaba mi interior de semen caliente corriendo por las paredes de mi cavidad vaginal.

    Se separó de mi y se acostó encima de mi, por mis muslos y por mi pierna chorreaba semen que me salía de la vagina, sentía toda mi vagina empapada de mis jugos y por el semen de mi hombre. Mi jefe, me había dado una tremenda cogida, sin haberse quitado por completo los pantalones y sus calzoncillos. En la oficina se veía muy serio pero lo que me había demostrado decía otra cosa, sabía cómo complacer a una mujer, para eso yo ya estaba más que enganchada con ese hombre. Nos fuimos al sofá, terminamos de tomar la botella de vino mientras nos acariciábamos y platicábamos. Estuvimos así un momento. Nos dieron las 8 pm de la noche y aún seguíamos desnudos, Arturo estuvo contestando algunas llamadas del trabajo, nos tomamos la botella de vino y nos metimos a bañar.

    En el baño, debajo de la regadera Arturo me tomo de las nalgas y abrazados nos besábamos, yo me estaba calentando nuevamente y el pene de mi hombre empezaba a ponerse duro, Arturo me volteo quedando detrás de mi, yo alce mi pierna y la puse en la esquina de la pared del baño, lleve mi brazo hacía atrás y lo abrace hacía mi, Arturo llevo su mano hasta mi coño y empezó a estimularlo, cubría toda mi vulva con su sus dedos mientras nos besábamos, ese hombre es un genio con los dedos, yo estaba gimiendo extasiada de placer.

    Mi hombre apretaba mis senos con gran intensidad mientras me estimulaba mi vulva, yo me empine hacía delante sujetando mis manos en la pared del baño, pare mi trasero y mi jefe hundió su cabeza en mi trasero, con su lengua lamía mi orificio anal y con su mano me masturbaba mi vagina, me tía su lengua como penetrándome mi culo, yo estaba que me volvía loca de placer, gemía como loca mientras que mi jefe me comía el ano, de pronto sentí que mi jefe metía un dedo en mi ano lenta y cuidadosamente hasta logró meterme un dedo mientras lo sacaba y metía de mi interior, estimulaba mi orificio trasero ensalivando para meterme más su dedo y preparando el terreno para penetrarme.

    Mi jefe se paró y me tomo de las caderas, tomo su verga y empezó a introducir la punta de su verga en mi culo, poco a poco fue metiendo su verga hasta que logro entrar todo, yo sentía un poco de dolor mientras mi hombre me penetraba, era una especie como que si raspaba el interior de mi cavidad anal, con la estimulación ese dolor se fue convirtiendo en placer, un placer tremendo que me hacía temblar las piernas cada que su verga tocaba hasta lo más profundo de mi interior, sus manos sonaban con las nalgadas que me estaba dando.

    Yo llevé mi mano hasta mi clítoris y empecé a estimularlo, estuvimos así unos minutos, mi hombre me penetraba hasta el fondo, sacaba su verga de mi ano y lo volvía a meter dándome embestidas, yo no aguantaba más y no tarde en venirme al momento que sentía que mi macho se venía dentro de mi al mismo tiempo que yo me venía. Nos abrazamos llenos de excitación, terminamos de bañarnos, nos vestimos y salimos de la casa, estaba oscuro por la hora, eran las 9:30 pm y aún teníamos que trasladarnos de Puerto Progreso a la Ciudad de Mérida.

    Después de un rato, llegamos a mi casa. Arturo me dejo en la puerta, sin problemas. Nos despedimos con un beso y durante el trayecto quedamos de acuerdo que no le diríamos a nadie de la oficina, por nuestros matrimonios. Desde ese día inicie una relación con mi jefe. Ese día fue un jueves y Arturo me dio el día viernes libre para descansar, bien merecida por la enorme cogida que me había dado.

    Entré a la casa, mi hijo ya dormía y mi esposo me esperaba en la sala, yo entre muy cansada y con solo saludarlo le dije que me dejara irme a la cama, que al otro día no trabajaría y que le contaría todo lo que me paso.

    Soy Linda Angélica, de Mérida, Yucatán. Actualmente una Hotwife, espero que hayan disfrutado este relato, pronto les contaré de otras aventuras con mi jefe y otros más, jejeje…

    Besos…

  • Lo que sucede en el metro de la CDMX (3)

    Lo que sucede en el metro de la CDMX (3)

    06/07/2020

    Hoy para iniciar mi día, mi Amo me ha dicho que se siente muy caliente porque he cumplido con mi tarea, por lo que ha tenido que atenderse. El saberlo me hace que recorra por mi cuerpo, un calor que se centra en el lugar entre mis piernas y hace que se contraiga mi panochita, siento de inmediato como me humedezco, al saberlo satisfecho con su gatita, reacciono tocándome mis senos y acariciando mis labios por encima de mis bragas, pienso entonces que me atenderé al ducharme.

    Más no deja que me relaje y confié, el siguiente mensaje es una pregunta que para mi es una instrucción “que harás para mantenerme así”, han sido días muy intensos, en los que mi Amo me pide mantenerlo caliente, lo hago con gusto ya que sé que mi premio será una cogida memorable. Con ello en mente no logro decidir qué hacer.

    Sigue la conversación siempre con palabras que me hacen sentirme suya, le digo cómo vestiré, ya que debe saber cómo ven a su puta los demás, bragas y bra de encaje café y un vestido café a cuadros, medias con zapatillas de igual color son mi atuendo de este día, formal pero dejando ver mis pierna.

    La instrucción, cómo los días anteriores es subir al vagón masculino, para seguir dejando que los hombres se propasen.

    El vestido facilitará las cosas y aun así siento que no es suficiente. Antes de salir recuerdo que tengo un vestido café con los hombros descubiertos y muy corto, pienso que a la oficina no puedo estar así, pero en el trayecto si. Me cambio, el vestido deja ver el encaje de las medias, las acomodó desde la base acariciándolas y salgo para subir al taxi que me lleva al metro; me acomodo en el asiento con las piernas ligeramente abiertas, me siento muy inquieta y excitada, coloco mi mano entre ellas y comienzo a tocarme por encima de las bragas, las cruzo aprisionando mi mano, y contrayendo las nalgas y mi panochita hasta que logró venirme. No es la primera vez que me atiendo en el taxi, así que se cómo hacer para que no se den cuenta y si lo hacen, lo disimulan. Ya al bajar siento que mis piernas me tiemblan, estoy realmente excitada, deseo ser tocada y que mi Amo siga estando satisfecho.

    Desde que voy caminando hacia el metro noto como los que pasan se quedan viendo, se dirigen algunos con palabras vulgares, opinando sobre mi culo y mis piernas, (que culo tan rico, que bonitas piernas, tengo un pedazo para ti etc. etc.); bajo las escaleras y subo al metro que va ligeramente lleno, me ubico al lado de la puerta junto al asiento que es único, en donde está sentado un señor Maduro. Desde que subí ha estado viendo mis piernas y sus manos al principio están agarrando su mochila que tiene puesta entre las piernas, baja la mano derecha y siento cómo toca primero la rodilla y retira su mano; yo decidí no hacer movimiento alguno, y vuelve a tocar subiendo su mano un poco más y rodea con ella mi pierna, al acomodarme entiende como apruebo lo que está haciendo y su mano llega recorre mis piernas hasta mis nalgas.

    Me recorro más hacía el filo del pasamanos dejando mis nalgas para que tenga oportunidad de tocarlas bien para mientras su mochila tapa al frente y a los lados para que no se vea; hay demasiada gente muy juntos y él empieza a desplazar su mano un poco torpe por la ubicación. Mete bien su mano y acaricia mis nalgas hasta el centro y toca mi tanga y la hace hacía un lado, mis piernas están semiabiertas para no caerme, lo que facilita que acaricie de atrás para adelante.

    Voy sintiendo como mi rostro se torna rojo, no puedo creer que esté pasando todo esto y que lo esté permitiendo; introduce uno de sus dedos despacio en mi panochita y luego dos dedos y con el movimiento lateral del metro se deja llevar hasta adentro; siento como me humedece mi panocha la cual se contrae una y otra vez al sentirlo; veo a mi alrededor discretamente, parece que nadie se da cuenta, mis piernas tiemblan de la emoción y la excitación y me muevo un poco para que pueda seguir; estoy muy mojada y siento nuevamente el calor que empieza a recorrerme, me siento tan puta ahora y me encanta sentirme así, Dejando que alguien más sienta mis jugos, él saca sus dedos y hace el ademán de olerlos a pesar de traer el cubre bocas. Me ve y me dice que si gusto sentarme, le digo que si, aunque solo falta una estación para bajarme, necesito recuperarme y él se baja en auditorio,

    Al subir por las escaleras sé que el vestido hace que puedan verse no solo las medía sino también las bragas, más no me importa. Me siento muy puta y me gusta vivirme así y más cuando mi amo me lo dice. Entro al Superama y me cambio de vestido y mientras lo hago pienso en mi Amo, y que nadie puede imaginarse en mi trabajo el cómo logra transformarme.

    07/07/2020

    Como otros días me subí al vagón de los hombres y me coloqué cerca de la puerta, iban subiendo y con el roce y el movimiento sabía que en algún momento los botones de mi blusa cederían; ya ha pasado antes por lo que en otras ocasiones voy muy atenta para abotonarlos en cuanto sucede, ahora no sería así.

    Uno de los que subieron se fue moviendo hasta colocarse enfrente de mi, la blusa cedió; tres botones se abrieron en un movimiento brusco que dio el metro y acompañado con el roce del hombre que iba enfrente, quedó mi bra al descubierto más del lado derecho donde me estaba sosteniendo y por cierto que mi bra era completamente transparente por lo que vi que mi pezón se veía, lo mire y levanté los ojos para ver al sujeto que estaba ahí, que desde antes ya había acariciado con su mano toda mi cintura a través de mi blusa; observe que estaba viendo todas mis nenas y no hice nada por cerrar la blusa o acomodarla.

    El con su mano que estaba libre la metió por debajo de la blusa y sentí el roce de su piel con mi piel; subió hasta la nena del otro lado aprovechando que la tapaba un poco su brazo y un poco el mío; estuvo manoseando mi nena, primero una y la otra después, no con mucha destreza por la posición en que se encontraba. Como vio que yo lo permitía tomo con sus dedos pulgar e índice uno de mis pezones y giraba los dedos y luego los apretaba, para mientras yo sentía que la emoción me invadía, me excitaba mucho y me mojaba por saber que mis pechos estaban al descubierto y manoseados, toda yo expuesta.

    Conforme querían bajar me empujaban quedando más pegada a él, en una posición no tan cómoda, y eso hizo que no me permitiera tocar su verga. Casi al llegar le pedí permiso para bajar; mi blusa toda se abrió y no me importo que me vieran así y ya fuera del vagón, me abotone mi blusa, y me dirigí a las escaleras para seguir mi camino.

    Les gustan mis relatos? Díganme que más les gustaría que hiciera; coméntenme cómo sería algo tan excitante como esto que he hecho y quizás si alguno me da una buena idea, le diré a qué hora y en qué metro y vagón me subo, como iré vestida para que ustedes puedan disfrutar como disfruto yo. Mi amo sabe todo lo que hago y lo puta que soy y él está feliz. Besitos.

  • Cuando la calentura aprieta (02)

    Cuando la calentura aprieta (02)

    Pasaron unas semanas después de mi primera infidelidad, pero en vez de sentirme mal, me ocurría todo lo contrario.

    Necesitaba otra ración de hombre, mi mente y mi cuerpo no paraban de pedírmelo, era como una droga.

    Y para saciar ese mono que tenía, me centré en el entrenador de futbol de mi hijo pequeño.

    Alberto de 24 años, no muy alto, castaño y cuerpo atlético, aunque sin exagerar.

    Cada vez que lo veía mi cuerpo pedía follármelo, pero no sabía cómo entrarle, ya que como os conté toda mi vida he sido bastante cortada.

    Un día mi hijo me dijo que el entrenador quería hablar uno por uno con todos los padres para hablar del rendimiento de la temporada de cada niño individualmente. Aproveché ahí para intentar llevarlo hacia mi fantasía.

    Me llamó una tarde para ver si podíamos quedar en el campo de fútbol, le dije que no podía ya que tenía cosas que hacer y le propuse que viniera a mi casa al día siguiente sobre las 10 y así le invitaba a un café. Él accedió y yo tuve que ir enseguida a masturbarme en la ducha con solo de pensar que lo tendría solo para mí en mi propia casa. Aquella situación me sobrepasaba, nunca había sentido un morbo igual.

    Al día siguiente, tras llevar a mis hijos a la escuela, volví a casa rápidamente, me di una ducha y me puse una camiseta deportiva y un pantalón corto de deporte sin ropa interior debajo, algo que debería haber hecho ya que notaba como lubricaba sin saber aún que iba a pasar, a lo mejor no podía encauzar la situación hacia mi terreno y me quedaba a cuadros.

    A las 10 llegó Alberto, le invité a pasar, puse unas tazas de café y empezamos a hablar del desarrollo de mi hijo en el equipo, por mucho que yo intentaba cambiar de tema él seguía con el informe completo. Pero al final pude cambiar un poco de tema, le pregunté si tenía novia, él me contestó que no y ahí empecé a decirle que con lo guapo que era y tal y todas esas tonterías que se dicen, poco a poco noté como se ponía colorado e intentaba cambiar de tema, pero yo seguía acribillándole con preguntas y no le dejaba.

    Llegado a un punto le pregunté directamente si alguna vez se había follado a la madre de algún jugador, él riendo respondió con un “ojalá”, ahí ya me interesé más y le pregunté que a cual le gustaría follarse, él riendo y sabiendo por donde iba el tema me dijo que había varias, pero que yo era una de ellas.

    Ya no pude aguantarme más, me acerque a él y eché mano de su polla que se notaba ya morcillona por debajo del chándal. Empezamos a morrearnos salvajemente y sin darme yo ni cuenta le bajé el pantalón del chándal. Tenía una polla enorme, era grandísima y sobre todo gruesa, nunca me hubiera imaginado en esa situación, pero me emputecí muchísimo y me faltó tiempo para meterme ese pollón en la boca. Me sentía eufórica al tener la boca llena con ese pene, empecé a mamar intentando salivar lo máximo posible ya que no podía casi ni moverme teniendo eso en la boca.

    Así estuve un rato hasta que él me paró la cabeza, me levantó y me desnudó en un segundo, me sentó en el sofá y me abrió las piernas, se puso una en cada en hombro, aproximó su polla y de una embestida me penetró. Me dolió un poco, pero me excitó la brutalidad con la que me estaba follando, con esa cara de niño bueno, no podía ni imaginar la forma de follar que tenía.

    Me estuvo follando en esa posición hasta que me corrí, seguidamente bajó para chupar todos mis jugos de la corrida con su boca.

    Se sentó en el sofá, me di la vuelta y me sentó sobre su polla, empecé a cabalgar, sintiendo como llegaba al fondo de mí. Notaba el capullo dar con mi útero, aquello no hacía más que ponerme aún más cachonda y no tardé en correrme otra vez.

    No podía creerme la follada que me estaba dando, era increíble, Alberto no se cansaba.

    Me puso a cuatro patas y empezó a follarme fuertemente, esas embestidas me causaban dolor a la vez que excitación, sentía sus huevos chocar contra mis nalgas, toda esa polla estaba dentro de mí. Algo que al verla me resultaba imposible. Sentía como mis piernas temblaban, me corrí por tercera vez, mi cuerpo me pedía parar, no aguantaba más placer.

    Le dije de parar y él me contesto que estaba a punto. Me tumbó en el suelo, yo ya no podía ni moverme y en la postura del misionero, siguió follándome. Veía en su cara el placer, que le faltaba poco para correrse, caí que no tenía puesto el preservativo, me asustó, pero no podía ni hablar, estaba muerta por ese placer inmenso.

    De repente sacó su polla, se subió un poco encima de mí y pude ver como su polla empezaba a derramar leche sobre mis pechos y un poco sobre mi cara.

    Era la primera vez que se corrían sobre mí.

    Al terminar me sentía reventada por el placer, sucia y cachonda por sentir la leche de él encima de mí, me sentía muy puta, me sentía viva.

  • Dando sexo oral en un cine porno

    Dando sexo oral en un cine porno

    Los que vivan en la ciudad de México posiblemente hayan oído del Cine Teresa. Hoy convertido en una plaza de electrónica varia, alguna vez fue un cine para adultos muy conocido, en parte por estar sobre una de las avenidas más importantes, como por ser un lugar muy frecuentado por la comunidad gay y uno de los primeros lugares del giro que llegue a visitar, y también uno de los últimos. Ahí fue donde me paso lo que estoy por narrar.

    Años antes de que lo cerraran, en un viernes como cualquier otro, yo salía de la oficina e iba camino a mi casa. No sabría decir bien que me sucedió, cuando salí de la oficina estaba pensando que cenar, si me daría tiempo de ir a comprar esto o aquello, y que pendientes tendría para el lunes que regresáramos a trabajar. Menos de una hora después de salir, y sin entender bien las razones, estaba pagando mi boleto, deseoso de terminar la noche en algún hotelucho de la zona. Todo sin planearlo o pensarlo, solo con las ganas del momento. Quizás no termino como lo esperaba, pero sigue siendo una de mis experiencias favoritas.

    En todo caso, como otras veces previas, después de pagado el boleto, entre levantando la cortina, sin voltear atrás por si alguien me veía y eche el primer vistazo hacia la sala. Como siempre, todo estaba oscuro, excepto por la pantalla donde se proyectaba una película porno, creo que era una rubia cabalgando a un hombre con un pene inmenso. Lo recuerdo porque la rubia me daba una inmensa envidia, pero no tenía mucho caso pensar en ello, así que decidí seguir mirando alrededor mientras me acostumbraba a la oscuridad.

    Poco a poco fui notando que había mucha más gente que lo normal. Supuse que era normal por ser viernes en la noche, pero aun así eran más de los que me imaginaba. Muchos estaban sentados en parejas, hablando de cualquier cosa, mientras que otros tantos estaban solos, viendo la película, con una mano en la entrepierna, y otros estaban sentados solos, pero sus ojos viendo hacia abajo y sus gemidos dejaban en claro que estaban muy bien acompañados. Entre tanta gente, los únicos que sobresalían eran un grupo de hombres sentados en la última fila hasta atrás. Parecían mantenerse muy aparte del resto del público, más ben desinteresados de lo que pasaba, pero al principio no les preste mucha atención. Por mi parte, después de un rato de estar viendo alrededor, me termine de habituar a la luz de la sala y comencé a caminar por el pasillo buscando un lugar donde sentarme.

    Hombres iban y venían, algunos se sentaban, platicaban, se levantaban o se iban. Otros se sentaban y luego de una breve charla se agachaban y desaparecían por un rato. Después de un rato de enviarlos, alguien se acercó dónde estaba, se sentó y comenzó a hacerme la plática. Entre comentarios varios, su mano comenzó a tocar mi pierna, y le respondí, no solo dejando que me tocara cuanto quisiera, sino que también mi mano comenzó a subir por su pierna descaradamente hasta casi tocar su entrepierna. Estar en medio de tantos hombres dando y recibiendo sexo oral me había excitado mucho, y quería unirme a la acción cuanto antes. Le llegue a proponer a mi compañero si quería que fuéramos a un hotel, pero no acepto alegando que no tenía dinero, ni siquiera pagando solo la mitad. Aun así, no quería perder mi ligue de la noche, así que seguimos platicando, mientras abiertamente le acariciaba su erecto pene por encima del pantalón.

    Así que cuando él se bajó el cierre del pantalón, supe que era la hora de la verdad. Ver su pene liberado me causo mucho gusto. Su cabeza, con un poco de líquido, brillaba a la luz de la película en la pantalla, y aunque la ropa interior y el pantalón escondía su verdadero largo, se veía gruesa y firme. Como deseaba poderla sentir dentro de mí, con gusto me hubiera desvestido para darme mis sentones, pero lo primero era lo primero, así que despacio me fui agachando y me acerque a su pene duro y puse mis labios a trabajar.

    Recuerdo haber lamido su cabeza, besarle la punta, como si mis labios quisieran darse un beso con los labios de la punta de su cabeza, lamer desde la base hasta la punta y luego besar el cuerpo por los lados, antes de meterla toda dentro de mi boca y comenzar a succionar. Recuerdo su gemido, parece que lo disfrutaba tanto como yo, o tal vez un poco más, aunque por mi parte, disfrutaba mucho estar así, dándole place a un verdadero hombre con una verga deliciosa.

    Fue entonces que sucedió que entendí quiénes eran los hombres que había visto al principio, los de la última fila. Resulta que eran los de seguridad dentro de la sala, pues se supone que las cosas que hacíamos, no debían de estar pasando. Lo supe porque uno de ellos camino hasta atrás de mi, y con la lámpara de su mano me ilumino y dijo en voz alta “oye, no puedes hacer eso aquí”. Yo, me sentí molesto por la interrupción, pero no dije algo para que no llamara al resto de sus compañeros de seguridad, y me senté sobre la butaca. Mi compañero no dijo algo tampoco, solo se quedó sentado viendo la película.

    El guardia apagó su linterna y se alejó por el pasillo, supongo que pensando que había cumplido su misión. Yo todavía sentía el coraje por haber sido interrumpido, y realmente me gustaba la verga de mi compañero, así que antes de dejar que se enfriara el ambiente, me agache nuevamente y volví a dar la mejor mamada que pudiera. Con aquel pedazo de carne en mi boca, y los gemidos contenidos de mi ligue, me sentía muy caliente, y solo esperaba el momento en que terminara arrojando su semen en mi boca. De hecho, me hubiera gustado ver su cara mientras terminaba, por lo que abrí mis ojos y busque sus ojos para añadirle ese toque de complicidad al dar y recibir.

    Y ciertamente me encontré con una mirada lasciva, pero no la de mi compañero, sino la de media docena de hombres que me veían darle sexo oral a un completo desconocido. No debía de ser sorpresa, debí de haberme imaginado que con la lámpara, el guardia llamaría mucho la atención sobre nosotros, y con la cantidad de gente que había en el cine, ¿no era obvio lo que pasaría? Y sin embargo, con todo y todo, sentirme observado me hizo sentirme más cachondo, era como si hubiera desbloqueado una nueva parte de mí. Así que mantuve el contacto visual con un hombre que estaba ahí y seguí dando sexo oral. Estaba decidido a darle el mejor show pornográfico en vivo a aquellos hombres, y si me hubieran propuesto que me desnudara para que me penetraran frente a ellos, lo habría hecho con gusto. Me excitaba mucho pensar que todos ellos tenían sus miembros erectos viendo como daba sexo oral, esperando su turno para usarme, aunque al final no sucedió.

    Lo que sí sucedió fue que mi compañero me tomó por el cabello y me obligo a hacerle una garganta profunda antes de terminar. Yo apreté mis labios al máximo para no derramar ni una gota, mientras intentaba tragar tanto como fuera posible antes de incorporarme. Fue una cantidad abundante, de sabor fuerte, pero digamos que lo normal. Cuando por fin termine de tragármelo, y mi compañero de arrojar más, me quise incorporar para hablar con mi ligue, pero apenas estaba levantando la cabeza cuando sentí que alguien más se había sentado de mi otro lado y me estaba jalando hacia su propio miembro, duro y brillante, esperando que le sacaran hasta la última gota de semen.

    No me hice del rogar, aunque seguramente tampoco me iba a dar muchas opciones el desconocido que ahora me tenía sujeto de la nuca. Puse mis labios alrededor de su cabeza y comencé a lamer y chupar, saboreando cada gota, imaginándome como sería tener aquel duro pedazo de carne dentro de mí. Deseaba sentir a mi otro ligue bajándome los pantalones y penetrándome salvajemente, pero solo se levantó y se fue del cine, aunque no supe cuándo.

    De algún modo, todo aquello me excitaba aún más. No sé si los demás hombres que había en el cine seguían viendo el show, pero pensaba que sí, deseaba que así fuera. No sabía el nombre o había visto el rostro del dueño del nuevo pene que ahora estaba chupando como si se me fuera la vida en ello, pero realmente no me importaba. De hecho, ni siquiera estoy seguro de si llegue a preguntarle a mi primer ligue cuál era su nombre.

    A veces me pongo a pensar si ellos se acuerdan de mi, pero lo más seguro es que si acaso se acuerden de mí como el sujeto a quien usaron para vaciarse en un cine porno. Eso me pone cachondo, con ganas de ir nuevamente a ese cine, esperando repetir aquella situación, de volverme a sentir usado por completos desconocidos para satisfacer sus necesidades de placer. La cantidad no me importaba, solo el mero hecho de sentir una enorme verga tras otra invadiendo mi cuerpo.

    Aquella noche, dándole sexo oral al segundo sujeto, me imagine que la noche terminaría en una completa orgía, que varios hombres harían fila para usarme y vaciar sus testículos en mi garganta. Pero no fue así. Una vez que mi segundo compañero termino dentro de mi boca, me pude levantar y aunque todavía había uno que otro fisgón, nadie más se acercó. Después de un rato esperando que alguien más se acercara, me di cuenta que los guardias seguían alumbrando y evidenciando a otras parejas como yo. Supongo que mientras estaba ocupado con mi primer ligue, los guardias se llevaron el reflector a otro lado, y el público con ellos. Y dado que se me hacía tarde, decidí mejor levantarme e irme a casa.

    Cuando llegue a casa aquella noche, me termine masturbando con el dildo más grande que tenía en mi armario.