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  • Soledades compartidas

    Soledades compartidas

    LAURA 

    Salí de su departamento a escondidas, como una delincuente, secándome una vez más, las lágrimas de la culpa con el dorso de la mano. Pero estas serían las últimas. Hoy me juré a mí misma, después del tercer y más intenso orgasmo, que ya no volvería a verlo jamás.

    Esta vez va en serio. Estoy dispuesta a recuperar mi matrimonio.

    Desde el nacimiento de Luca, hacía ya casi tres años, las cosas habían cambiado para nosotros. El sexo conyugal había ido transformándose en un ejercicio monótono y esporádico, cada vez más esporádico. Nunca antes en mi vida habría siquiera imaginado la posibilidad de ser una mujer infiel. Yo no era de esas. Esa no era yo. Pero lo cierto es que lo fui, lo soy. Desde hace un año atrás nos vemos cada viernes y él me hace gozar como hacía tiempo no gozaba. No siento por él más que deseo sexual en la forma más animal de la palabra. En él no encuentro más que una descarga física, eléctrica. Ni siquiera es mi amante porque nada relativo al amor tiene que ver con él. Él es su polla, sus dedos, su lengua…

    RAÚL

    No era la primera vez que lo hacía en el baño público del ministerio y la verdad es que no era por morbo sino por imperiosa y humana necesidad.

    Estuve frente al ordenador casi sin poder concentrarme en todo el día. Estaba caliente como una mula. Todas las mujeres que pasaban frente a mis ojos me parecían una ostentación de lujuria insoportable. Antes de marcharme del ministerio, pasé por los servicios y me hice una paja en el lugar de siempre, el privado más alejado de la puerta.

    Luego de la descarga venía inmediatamente el alivio y la frustración como sensaciones simultáneas y complementarias.

    Una vez más volvía a casa pensando que toda la maravillosa magia que había traído nuestro hijo, nos había planteado una paradoja conyugal que no podíamos o no sabíamos resolver. No recordaba la última vez que habíamos follado, pero sin dudas no había sido en el último mes. Tuvimos algunos intentos frustrados, algunas veces por sus jaquecas y otras por mi falta de… como decirlo… de motivación. Sin eufemismos: no había conseguido que se me levante.

    Muchas veces pienso en la posibilidad de conseguirme una amante, al menos hasta que esta situación mejore, pero siempre termino en lo mismo. Laura no lo soportaría. Ella no sería capaz de hacerme una cosa semejante y tampoco lo toleraría en mí.

    LAURA

    Retiré a Luca de la guardería tratando de evitar a los otros padres que se acercaban amablemente a saludar. Sentía que cualquiera que se acercara lo suficiente podría advertir el hedor a sexo que llevaba encima.

    Me duché apenas llegué a casa. Raúl llegaría del ministerio en media hora. Estaba dispuesta a tomar cartas en el asunto de la recuperación matrimonial y tenías un plan para esa misma noche de viernes. La verdad era que todavía estaba encendida y no quería dejar apagar la última lumbre que ardía dentro de mí.

    Mi amiga Jimena tenía dos niños pequeños y todos los sábados por la noche los dejaba a cargo de una niñera que les daba de comer y los dormía, mientras ella salía con su pareja a cenar y a follar como dos adolescentes.

    Con Raúl siempre habíamos tenido reparos de dejar a Luquita con extraños, pero esta era una emergencia. Cogí el teléfono y le dije a mi amiga que estaba dispuesta a intentarlo. Le pregunté si su nany estaría libre para mí aquella misma noche. Jimena se entusiasmó con la idea y la llamó al móvil en ese mismo momento para consultarle. Todo estaba ok. Ana llegaría a casa a las ocho en punto y se quedaría con Luca hasta la mañana siguiente.

    ANA

    Estoy encerrada en mi cuarto, tirada en la cama. Es un viernes de mierda. Mi padre me ha puesto un castigo por haber llegado media hora tarde del instituto y no podré encontrarme con Esteban como habíamos planeado. Él quería llevarme a su casa y yo estaba dispuesta a hacer lo que él me pidiera. Siento que ya estoy en edad de estar con un chico. Mi cuerpo me lo exige. Últimamente me cuesta conciliar el sueño sin antes calmar tanto deseo. Lo hago desde hace unos años, pero ahora se ha vuelto una necesidad. Siento que todo el tiempo voy al límite de mis bragas. He empezado a usar apósitos femeninos diarios porque mi conejita se humedece con facilidad y temo ensuciarme en clase, en el metro o en la calle. Mis amigas no quieren confesarse sobre esos temas y se ríen de mí, pero estoy segura que ellas también lo hacen. Chechu, mi mejor amiga, en una ocasión me confió que utilizaba sus dedos cuando pensaba en Juan, su secreto enamorado, pero no estaba segura de haber tenido nunca un orgasmo.

    Suena el teléfono. Debe ser Esteban. Tengo que contestar antes que lo haga mi padre.

    —¿Diga?

    —¿Hola Ana?, Habla Jimena.

    —¡Ah! Hola Jimena… ¿Qué…?

    — Mira, te llamo porque una amiga, Laura, quiere saber si estarías disponible esta noche para cuidar a su niño. Es un niño divino de tres años.

    —Bueno, pues… Venga… No hay problemas. ¿A las 8 está bien?

    —Vale. Genial. En un rato te paso un mensaje con la dirección de Laura. Te las apañarás sin problemas, ya verás.

    Jimena era amiga de mi madre y yo cuidaba a sus hijos desde hacía unos meses.

    Entre quedarme en casa haciendo nada y hacer unos billetes extra, no había nada que pensar. Mis padres no tendrían problemas si Jimena estaba detrás de todo el asunto. Por otra parte, la idea en sí misma me resultaba atractiva. Disfrutaba de la compañía de los niños más que de cualquier otra. Y, además, porque siempre me resultaba excitante la idea de quedarme sola en una casa extraña.

    RAÚL

    Llegué a casa con ánimo de tomarme una cerveza y dormir hasta mañana. Pero mi mujer me aguardaba con una extraña propuesta. Quería que salgamos a cenar y luego al cine, como en los viejos tiempos. Traté de hacer memoria por si estaba omitiendo algún aniversario o fecha importante, pero no. Me dijo que había contratado a una nodriza para que cuide del niño en nuestra ausencia, lo cual me resultó más extraño aun, ya que ella siempre fue contraria a la idea. Me imagino que debe estar con unas ganas incontenibles de que se la monten un poco y, de alguna manera, me siento responsable.

    Cuando llegó la muchacha, Ana era su nombre, Laura empezó a darle indicaciones acerca de los hábitos del niño. Me quedé mirando disimuladamente a la adolescente vestida con ropa deportiva, y no pude más que sentir envidia por el pequeño que iba a pasar la noche con ella. La tela de sus finos pantalones de algodón se obstinaba en introducirse incómodamente entre sus nalgas mientras el elástico de su tanga apenas se asomaba sobre su cintura. No tenía unos pechos muy grandes, pero el hecho de no llevar sujetador provocaba que el contorno de sus pezones se distinguiera claramente. Me quedé un rato merodeando mientras le oteaba el culo, pero cuando mi verga comenzó a tomar vida propia salí de la sala por miedo a ser descubierto.

    Durante la cena con mi mujer no pude sacarme de la cabeza aquella manzana tierna de la niñera. No podía pensar en otra cosa, la imagen volvía una y otra vez. Estaba tan turbado que temía que Laura adivinara mis oscuros pensamientos. Pensé en ir al baño a descargar, pero otra paja sepultaría definitivamente una noche de posible reencuentro amoroso. No quería volver a pasar por otra frustración (disfunción) sexual con Laura, así que lo dejé estar y traté de concentrarme en otros temas. Entonces se me ocurrió comenzar a hablar de la película que veríamos a continuación.

    LAURA

    Raúl se sorprendió con la propuesta y, aún más, cuando le dije que vendría una nany a quedarse con nuestro hijo. Sé que voy por el buen camino. Él necesita salir de la rutina. Los dos lo necesitamos.

    Cuando la vi a Ana en la puerta de casa, me arrepentí inmediatamente del plan. Me parecía demasiado jovencita para quedarse a cargo de mi Luqui. Luego hablé con ella y me hizo saber que conocía el trabajo. Parecía ser una chica responsable. Eso me tranquilizó. Le pregunté si era mayor de edad y me dijo que hacía unos días había cumplido los dieciocho. Pensé en pedirle sus documentos para cerciorarme pero… Qué más daba. ¿Qué, si me estaba mintiendo? ¿Le pediría que se largue? No era posible. Sabía que debía enfrentar mis temores si pretendía resucitar mi vida conyugal.

    Me gustó que Raúl se quedara conmigo en la sala para escuchar las indicaciones que le deba a Ana. Yo sé que él tampoco se siente seguro al dejar a Luqui en manos de un extraño. Se hacía el distraído pero estaba pendiente de nuestra charla. Se lo veía nervioso.

    Más tarde, en el restaurante, lo noté un poco distante y silencioso. Propuse distintos temas de conversación durante la cena pero él no parecía conectarse del todo. No quería desilusionarme tan pronto, por lo que intenté calmar mi nivel de ansiedad para con él. El vino iba a ayudar a relajarme. Yo estaba encendida por dentro. Excitada. Tenía ganas de hacer el amor con mi marido. Hubiera pasado por alto el cine para ir directo al hotel alojamiento, pero Raúl sacó el tema de la película y por primera vez en la noche parecía entusiasmado con algo. De manera que opte por ir paso a paso y me serví otra copa.

    ANA

    Luca es un niño muy tranquilo. Ojalá los hijos de Jimena fuesen dóciles como él. Cenamos sin problemas. Luego lo ayudé con el cepillo de dientes y tras leerle un cuento en el que unas gallinas se enamoraban de su verdugo, el lobo, se quedó profundamente dormido. La madre me había mareado con sus indicaciones: que el puré no la caliente demasiado, que no le permita ver la TV, que no olvide cerrar el gas de la cocina, que si sonaba la alarma de la casa me encerrase bajo llave en el cuarto de Luqui antes de llamarla al móvil, ¡hasta me preguntó si sabría usar un matafuego en caso de ocurrir un accidente!

    Lo cierto es que eran apenas las diez de la noche y ya todo estada resuelto. Eran los cincuenta pavos más fáciles de toda mi vida.

    Me dejé caer en el sillón de la sala frente a la tevé y me entregué al zapping. Al cabo de media hora seguía yendo y viniendo por los canales de música, pero mi miente estaba en otra parte. Había vuelto la bronca con mi padre por haberme cortado el plan con Esteban. Había vuelto Esteban y con él mi cosquilleo en el vientre y entre mis piernas.

    Salté del sillón y me fui directo a la planta superior de la casa. Justo enfrente del cuarto del niño estaba la alcoba de sus padres. Era justo lo que necesitaba para distraerme un rato. Entré sigilosamente y cerré la puerta detrás de mí antes de encender la luz. Una sensación de vértigo, mezcla de miedo y excitación, se me clavó en la boca del estómago. Estaba violando la intimidad de una pareja de extraños. Allí se encerraban ellos cada noche para tener sexo. Estaba entrando en su lecho de amor.

    RAÚL

    A las once treinta comenzaba la película. Llegamos sobre la hora porque Laura había bebido media botella de vino en la cena y me rogó que esperásemos un momento en el coche hasta que se le quite el mareo. Cuando fuimos a retirar los tickets sólo quedaban ubicaciones para la última fila ¡Un coñazo! No sé porqué, pero siempre mi mujer se las apañaba para ponerme de mal humor. Para colmo de males yo tenía la vejiga a punto de estallar y no podía entrar a la sala sin antes pasar por el servicio.

    — Vete a mear. Yo voy entrando. ¡Ah! Haz un llamado a casa para ver cómo va todo, ¿quieres?

    ¿Importaba acaso si quería o no? ¿Qué hubiese pasado si le respondía que no, que no quería hacerlo?

    Entré volando al servicio de caballeros que estaba completamente vacío. Me ubique frente a un mingitorio y, mientras me bajaba la bragueta y extraía la manguera con una sola mano intentando no mearme en los pantalones, con la otra llamaba a casa como buen marido obediente que soy.

    —¿Diga?

    —Hola. Habla RAÚL, el papá de Luca.

    —Hola Sr. Raúl… ¿Hay… hay algún problema?

    Su voz sonaba como la de una niña dulce e inocente. Una niña buena que no lleva sujetador, y con aquellos pantalones deportivos tan bien metidos dentro del…

    —Sr. RAÚL… ¿Me escucha?

    La meada caliente salió eyectada de mi verga contra la loza blanca del mingitorio provocándome un leve mareo de placer.

    —Si… Si, querida… Lo siento, es que… Sólo quería saber cómo iba todo por allí…

    —¡Oh! Claro… Luca comió muy bien, le lavé los dientes, le leí el cuento que él quería y ya está en su cama durmiendo perfectamente.

    ¡Sigue hablando! ¡No te detengas! Sentía su voz juvenil en mi oído y la verga, que ya apenas goteaba, comenzaba a endurecerse con el calor de mi mano.

    —¡Oh! Ya veo… Excelente… ¿Y… Y tu…?

    —¿Yo?

    —Quiero decir… ¿Has comido?

    Aquí tengo algo para que comas. ¿Crees que podrás metértelo todo a la boca?

    —¡Si! Cené junto con su hijo. Gracias por preocuparse.

    —No… Faltaba más… Si quieres puedes dormir en el sofá… ¿Tienes…? Digo ¿Haz traído pijama?

    Sin darme cuenta ya había terminado de mear y me estaba haciendo una paja de pie mientras escuchaba la tierna voz de la niñera.

    —¿Pijamas? No, señor. No creo que… No es necesario. Puedo dormir con mi ropa. Tengo una sudadera y unos pantalones deportivos que…

    (…Se te meten bien por el culo…)

    —…no son incómodos para dormir.

    —Muy bien. Como quieras… Creo que no hemos dejado agua en el refrigerador, pero estoy seguro que hay una botella de leche, si te apetece algo fresco…

    Cerraba los ojos e intentaba imaginármela con los labios blancos, manchados de…

    —Es usted muy amable, Sr… Pero no es necesario, de verdad.

    —¡Oh! Ya veo… no tomas leche…

    —¿Eh? No. No es eso. Es que no me agrada helada… Prefiero la leche cuando está más bien tibia, pero…

    ¡Niña condenada! ¡Me vas a hacer venir aquí mismo!

    —…no se preocupe tanto por mí, de verdad, no es necesario.

    Mi cerebro había entrado en cortocircuito y como un disco rayado repetía la frase: «Prefiero la leche cuando está más bien tibia…» con el timbre de voz de Ana.

    Me estaba por venir cuando la puerta del servicio se abrió de golpe y alguien entró.

    —¡Ops!

    —¿Hola? ¿Se siente bien?

    Guardé todo a la velocidad del rayo y salí al hall del cine con la cabeza gacha.

    —Eh… Si… Sí, todo está bien. Vale. Nos vemos por la mañana. Adiós.

    Me sumergí lo más rápido que pude dentro de la oscuridad de la sala para evitar la vergüenza y disimular la carpa que formaba mi pantalón. La película ya había comenzado.

    LAURA

    Cando ingresé en la sala las luces ya estaban apagadas y en la pantalla proyectaban los avances de los próximos estrenos. Le enseñé los tickets al acomodador y me indicó el camino: Última fila, las dos primeras butacas a la izquierda del corredor central. Dejé la primera libre para facilitarle el ingreso a Raúl y me acomodé en la segunda. Luego coloqué la cartera sobre la butaca de mi esposo.

    El cine me traía algunos gratos recuerdos de nuestra época de novios. Los besos tiernos y los cachondeos en la penumbra. Nuestras manos explorándonos mutuamente. La humedad de nuestras bocas, de nuestras lenguas, de nuestra intimidad. Humedad que ahora volvía a mí como una reminiscencia de mi propio cuerpo, como si mi sexo también pudiese recordar. Solamente una vez, una tarde de verano en el cine, había permitido que Raúl hurgara por debajo de mis bragas. ¡Es que lo deseaba tanto! Permití que me penetrara suavemente con uno de sus dedos, que luego retiró y se llevó a la boca. Me dijo que era el sabor más dulce que había probado jamás.

    Este recuerdo me devolvió el ánimo que había perdido durante la cena y pensé que esta vez también sería indulgente si intentaba propasarse conmigo.

    La película había comenzado hacía no más de un minuto cuando Raúl se sentó torpemente a mi lado. Parecía agitado. Busqué su mano con la mía y advertí que había puesto mi cartera sobre su regazo. Intenté retirarla para que se sintiera más cómodo pero la retuvo con firmeza. Finalmente me tendió la mano y me aferró con fuerza. Lo miré a los ojos para saber si le pasaba algo, pero él tenía la vista clavada en la pantalla. Luego me tomó por la muñeca y dirigió mi mano hacia la cartera. Interpreté que querría pedirme algo de allí, por lo que empecé a tantear a ciegas. El tacto de mis dedos exploradores con la piel tibia e hinchada de su pene desnudo me sobresaltó. No había metido mi mano dentro de la cartera, sino más bien por debajo. El contacto directo y sin previo aviso con su miembro me resulto violento. Mi primera reacción fue de rechazo. Pero sin darme tiempo a nada él envolvió literalmente mi mano alrededor de su pene tieso y comenzó a masturbarse con ella. Una vez más intenté relajarme y dejarme llevar. ¡Al fin y al cabo la acción había comenzado! No era una película romántica como la que proyectaba mi mente en la pantalla de los recuerdos, pero bueno… algo era algo.

    Cuando Raúl noto que mi mano ya actuaba por cuenta propia, me dejó hacer. Nuevamente intenté mirarlo a los ojos para contagiarme un poco de su pasión, de su deseo… Pero aun yacía con la mirada perdida en la pantalla.

    Continué masturbándolo unos segundos más intentando no llamar la atención del anciano que se ubicaba a mi lado. Estaba nerviosa y me costaba involucrarme con lo que estaba haciendo. La escena, tal como la había montado Raúl, no me resultaba para nada estimulante. Pero no quería cortar su excitación. Entonces acerqué provocativamente mis labios a su oído y, justo cuando iba a susurrarle si no quería que nos largásemos de allí, siento que me toma con fuerza por la nuca y me baja violentamente hacia su entrepierna.

    No podría precisar con exactitud cuantos meses habrían pasado desde la última vez que me llevé su pene a la boca. No era algo que me agradara particularmente, ni algo que él solicitara con frecuencia. Pero ahora me veía obligada, casi ultrajada. Sus manos me sostenían por los costados de la cabeza para poder subirme y bajarme a su antojo. Me penetraba con fuerza, me asfixiaba. Cerré los ojos rogando que aquello terminara pronto y así fue. La felación duró menos de cinco segundos y terminó de la peor manera. Eyaculó bestialmente dentro de mi boca obligándome a permanecer allí recibiendo su descarga. Mis ojos estallaban en lágrimas, más por ahogo que por angustia, mientras una marea de esperma bajaba sin permiso por mi garganta. No tuve más alternativa que ingerir todo lo que él me ofrecía para no provocar un verdadero caos en aquel lugar público. Cuando pensé que iba a perder el sentido, finalmente me liberó. Me levanté muy lentamente y colmada de odio. Escuché que Raúl decía en un susurro «ahí tienes tu leche tibia…». Tuve que contener dos fuertes arcadas cuando sentí una gota espesa de semen bajándome desde la nariz.

    Busqué unos clínex en la cartera y me limpié como pude. Era un desastre. El delineador de ojos se había derramado por todo mi rostro. Intentaba no llorar para no volver a ensuciarme.

    Finalmente recuperé parte de mi dignidad y cuando me di vuelta para pedirle a Raúl una explicación de lo que había sucedido, advertí que se había quedado profundamente dormido. Entonces fijé la vista en la pantalla y me quedé en silencio sin saber qué hacer.

    A los pocos minutos me había dejado enredar por la trillada historia de amor que estaban proyectando. Y allí me perdí de mi misma y del mundo.

    ANA

    Encendí la luz y fue como entrar en un mundo perfecto. Un cuarto enorme con baño privado. Un placar gigante y un espejo que ocupaba la pared completa, de piso a techo. Nunca había visto una cama como aquella. Yo creo que podrían dormir allí cuatro personas sin molestarse en absoluto. Sin pensarlo me arrojé de espaldas sobre ella y comencé a rebotar sobre el silencioso colchón de resortes. ¡Me sentía libre! Libre se hacer a mi antojo en un lugar totalmente extraño. Todo era nuevo y todo era mío por un rato. Quería empezar explorar mi nuevo mundo.

    Me puse de pie frente al placar cerrado y jugué a adivinar cuál sería el lado que contenía la ropa femenina. ¡Exacto! Allí estaban los vestidos y las faldas colgando de sus perchas. ¡Qué hermoso paisaje! Más abajo estaba la cajonera. Allí se esconde el máximo tesoro de un guardarropa femenino: el ajuar, la ropa íntima.

    Laura era una mujer bastante más joven que mi madre y se mantenía en buena forma ¿Cuál sería su estilo? ¿Más bien sobrio? ¿Más bien clásico? ¿Más bien sexy? ¿Le irían las transparencias? ¿O quizás sería una guarrilla de tangas de cuero o de leopardo? ¿Usaría aquellas bragas con agujero por delante para follar que se veían en internet? En ese cajón estaba la respuesta. El lugar más íntimo de la casa que se me ofrecía a entera disposición.

    Comencé a revolver entre las prendas íntimas con total impunidad. Había de todo. Mucha variedad de colores, de marcas y de texturas. Lo que no había en aquel cajón eran prendas de saldo. Todo parecía lencería fina y cara. Y, por supuesto, tampoco había bragas con perforación en la vagina. En general el estilo era más bien sobrio. Abundaban los tonos pastel. Había algunas prendas estampadas con flores muy bonitas, pero nada de animé, corazones o motivos juveniles. También había un par de tangas de hilo muy pequeños y sendos sujetadores de encaje semi transparentes y bastante sexys. Pero no era, ni por asomo, el estilo principal del ajuar. Mi amiga Chechu les hubiese llamado «conjuntos para la ocasión» o «ropa de batalla».

    Yo no solía usar sujetador. No porque no tuviera nada qué sujetar, sino porque mi madre me decía que aún no lo necesitaba. «La gravedad comienza a hacer efecto después de los veinte» me dijo una vez. Además, con Chchu, teníamos la teoría que los chicos se daban cuenta cuando no lo llevabas y eso les excitaba. De manera que mi atención se centró exclusivamente en las bragas y los tangas.

    Me desnudé por completo y comencé a probarme algunas prendas. Me puse unas bragas blancas de hilo de algodón y lycra, súper ajustadas. Me paré frente al espejo y comencé a apreciarla desde distintos ángulos. De atrás calzaban súper, pero de adelante marcaban mucho los labios de mi chochi. Pensé que podrían resultar incómodas después de un tiempo de llevarlas puestas. También pensé cómo se pondría Esteban al verme así, sólo con estas bragas.

    Pensar en Esteban podría traerme problemas con la prenda blanca. Me la quité y me puse uno de los tangas, uno azul marino bastante pequeño. ¡Guau! Era mucho más sexy de lo que aparentaba. Me senté al borde de la cama, frente al espejo, y abrí un poco las piernas. El triángulo de lienzo azul cubría mi escaso vello púbico, se angostaba sobre mis labios y luego se perdía de vista entre mis muslos, hacia abajo y hacia adentro. Era extraño verse en ese espejo gigante. Me daba la sensación de estar mirándome en una pantalla de cine. ¡Me divirtió la idea! Me puse de rodillas sobre el colchón y miré hacia atrás para poder observar mi espalda desnuda y mi culo a través del espejo. Luego apoyé mis manos en el acolchado quedando en cuatro patas. Abriendo un poco las piernas podía ver como la fina tela del tanga se deslizaba en mi intimidad y apenas cubría la rugosidad de mi ano. Era extraño y excitante tener esa perspectiva de uno mismo. Dejé las caderas erguidas y apoyé mi rostro sobre el lecho mullido. El espejo me devolvía una perspectiva absolutamente obscena de mi propia anatomía. Sentí un cosquilleo extraño y cerré los ojos por un momento. La misma imagen de mi cuerpo ofreciéndose impúdicamente permanecía allí, en mi mente, pero no eran mis ojos los que la percibían. Eran los de Esteban. Yo podía ver a través de ellos. Él se acercaba por detrás y me acariciaba los muslos con sus manos tiernas. Tenía su pepino empinado. Podía verlo desde arriba, como si fuese mi propio pene. Estaba muy grueso y sudoroso. Luego posaba sus dos manos por la curvada pendiente que formaba mi espalda y me aferraba con determinación por la cintura. Podía ver con mis propios ojos como el algodón azul marino del tanga comenzaba a absorber la tibia humedad que brotaba de mi interior.

    ¡Mierda! Abrí los ojos de golpe y me quité la prenda de un manotazo. ¡Ya era tarde! ¡Qué vergüenza! Escondí el tanga en el fondo del cajón y volví a acomodar todo como estaba.

    ¿Y ahora qué? Me encontraba en una casa extraña, en una alcoba ajena, completamente desnuda y súper cachonda. No iba a seguir dilatando la idea que ya venía rondando en mi cabeza. Sabía que iba a hacerme unos dedillos, aunque no todavía.

    Abrí el cajón de una de las mesillas de luz. ¿De él o de ella? Fácil. Un calzador, unas pastillas de eucalipto, un perfume masculino, dos puros, unos gemelos y una caja grande de condones. ¡Guau como deben follar estos tíos! Tomé la caja y saqué un preservativo del interior, le quité el envoltorio y me quedé con el látex en la mano. Lo estudié con detenimiento. Parecía un pequeño sombrero de ala. No es que nunca hubiese visto uno, pero nunca lo había hecho en soledad. Estaba viscoso por la lubricación artificial. Me lo llevé al morro y olfateé el suave olor neutro del caucho envaselinado. Luego lo degusté introduciendo la punta de mi lengua por la copa del sombrero. ¿Ese sabor llenaría mi boca cuando Esteban me pida que le…? No. Muy artificial. Ese no era el auténtico sabor a hombre, a macho. No lo conocía. Nunca lo había sentido, nunca había estado con un hombre, y lo deseaba, lo deseaba más que nada. Pero mi padre parece querer impedírmelo todo el tiempo. No me permite salir con nadie. Me controla amistades, compañías, lugares, horarios, todo. Hasta mis amigas lo notan. ¿Cómo coños voy a conocer el verdadero sabor de un hombre? Odio a mi padre por hacerme sentir tan torpe, tan sola. Pero allí no estaba él. Allí no había nadie más que yo.

    Cuando volví a llevarme al condón a la boca comenzó a llamar el teléfono. Enseguida salté sobre él para que no despertara al niño. Era RAÚL, el padre de Luca.

    RAÚL

    Estaba en el servicio de hombres del ministerio. En el privado que utilizaba casi todos los días laborales para hacerme mis paja. Solo que ese día el privado no tenía puerta.

    Algunas personas pasaban, se aseaban las manos, se peinaban. Yo las veía pasar y ellos me veían a mi sentado en el retrete mientras me la pelaba apasionadamente.

    Todo iba bien hasta que aparece mi mujer, allí, de pie frente a mí, en el baño de caballeros. «¿Cómo puedes pajearte si no se te para, cariño?» Me preguntó en tono de preocupación. Acto seguido miré hacia abajo y me di cuenta que mi verga estaba completamente muerta. «Se de alguien que puede ayudarte». Dijo Laura antes de marcharse de mi vista.

    A los pocos segundos aparece Ana, la niñera, y se para frente a mí. Yo no dejaba de cascármela, pero mi miembro seguía absolutamente flácido. «¿Puedes ayudarme con esto?» Le pregunto a la jovencita. Y ella me hace un gesto de negación con la cabeza. No podía hablar, pero me miraba fijamente sin despegar sus labios. Justo cuando iba a pedirle que se marchase de allí, veo que regresa mi esposa y se para a su lado. Detrás de ellas, muchas otras personas entre hombres y mujeres, se habían ido congregando para ver cómo me masturbaba sin lograr la más mínima perspectiva de una erección. Había compañeros de oficina, gente de otras dependencias, personal de mantenimiento, hasta se encontraba entre el público el mismísimo Sr. Ministro, entre otras muchas personas que jamás había visto en mi vida.

    Laura me explica que Ana no podía hablar porque alguien se había corrido en su boca y la jovencita no sabía si debía escupir o tragar. «¡Dile que me importa una mierda, pero que se vaya de aquí! ¡Qué se largue ya!». Entonces Laura me toma del brazo y me sacude…

    —Voy al baño a arreglarme un poco. Espérame en el auto.

    —¿Q-Qué? ¿Cómo…?

    La sala estaba a media luz y en la pantalla se veía pasar una lista interminable de nombres desconocidos. La gente pasaba a mi lado buscando la salida. ¡Uf! Me dormí toda la puta película. Laura debe estar furiosa. Espero que no venga con ningún reclamo. Al fin y al cabo ella sabe perfectamente que los viernes llego a casa aniquilado del trabajo de la semana.

    Salí del cine y me fui directo al estacionamiento.

    LAURA

    El espejo del baño me devolvió la imagen de mi propia desilusión. Decenas de mujeres pasaban a mi alrededor sin advertirlo, sólo yo podía verla, podía sentirla. Me enjuagué el maquillaje que manchaba mi rostro y bebí del grifo para quitarme el sabor rancio que todavía invadía mi garganta y mis fosas nasales. Luego me encerré en uno de los privados libres, me senté sobre la tapa del excusado y busqué mi móvil en la cartera intentando no echarme a llorar.

    Cinco minutos más tarde ya estaba en el auto junto a mi esposo.

    —Oye, Raúl. Quiero hablar contigo.

    —¡No empieces! ¡No he tenido una buena semana y estoy..!

    —Sólo quiero decirte que me ha llamado mi madre, que mi padre no se encuentra bien.

    —¿Tu Pa…? ¡Oh! Ya veo. ¿Qué le sucede?

    —Está con temperatura y mi madre ha llamado al médico. Me pidió si no podría ir a echarle una mano.

    —Bueno, pues…

    —No estamos lejos. Déjame en lo de mis padres y vete a casa con Luqui. Luego voy por la mañana para preparar el desayuno.

    —Como digas.

    —Recuerda que tienes que darle los cincuenta pavos a Ana.

    ANA

    El señor Raúl me dio lata un buen rato. Parecía no cansarse nunca de hablar conmigo hasta que de pronto me cortó abruptamente. Me ofreció de todo. La verdad es que parecía buena gente, pero yo no podía evitar sentirme incómoda hablando con el dueño de casa mientras me encontraba completamente desnuda sobre su propia cama, con el chochito caliente y pensando cual sería mi estrategia para… en fin.

    Continué con mi exploración. En el baño, junto a la tina, había un canasto por donde asomaba un calcetín deportivo visiblemente usado. En su interior había un cúmulo de prendas amontonadas. Comencé a revolver con ansiedad: una camisa, una sudadera, dos calcetines de hombre, una blusa de tiras y… allí estaba: un slip de algodón negro, arrugado entre la ropa sucia. Allí encontraría lo que tanto ansiaba conocer… el olor a hombre, el verdadero olor a hombre.

    Volví a lanzarme sobre la cama con mi botín en la mano. Primero lo cogí del elástico y observé en detalle la forma abultada de la tela que servía para contener la… la polla. Luego no resistí más la tentación y miré en su interior. La parte de la prenda que entraba en contacto directo con la intimidad masculina era doblemente gruesa y llevaba una marca levemente amarillenta que justificaba su estadía en el cesto de la ropa para lavar. Pasé las yemas de mis dedos por allí y sentí un pinchazo de excitación clavándose entre mis piernas. Me sentía muy sucia y perversa por lo que estaba haciendo, y eso me ponía muy cachonda.

    Me senté frente al espejo con las piernas abiertas y comencé a acariciarme con la punta de mi dedo mayor. Podía ver en primer plano como mi pequeña perla rosada se despertaba y se asomaba desde su capuchón. Con mi otra mano comencé a frotar la tela manchada del slip para luego llevármela al morro. Lamí mis tres dedos medianos buscando el sabor que tanto deseaba. Allí estaba… Sabía como a levadura, si… pero también a… a cloro… Algo muy extraño al paladar pero que estaba teniendo un efecto letal en mi coñito que sudaba acaloradamente. Froté mi sexo con furia hasta que el calor de la fricción hizo implosión en mi interior provocándome un orgasmo intenso y profundo. Tuve que utilizar la prenda masculina como exclusa apretándola con fuerza contra la entrada de mi vagina para detener los líquidos que bajaban incontenibles por allí, lo cual me provocó una segunda convulsión de placer casi consecutivamente.

    RAÚL

    Aparqué frente al condominio donde vivían los padres de Laura y mi esposa bajó del auto con cara de preocupación. Esperé a que ingresara por la puerta principal y luego me marché a casa.

    A pesar de la mala noticia que le había dado su madre se encontraba mucho más serena de lo que hubiese imaginado. Al fin y al cabo la noche no había sido un total fracaso. Habíamos tenido un breve aproauch pasional en el cine, como en los viejos tiempos. Breve, es cierto, aunque intenso. Y con el plus de adrenalina de haberlo hecho en un lugar público.

    Las luces de la casa estaban apagadas. El casi absoluto silencio de la sala solo se interrumpía por el sonido apagado y apenas audible de una respiración suave, larga y monótona, característica del sueño en su estado profundo. Por la tenue iluminación de la acera que ingresaba por la ventana, podía ver a la muchacha recostada de bruces sobre el sofá grande de la sala. De allí provenía el sonido. Me quité los zapatos y subí a la primera planta para ver cómo se encontraba mi hijo. Luca también dormía profundamente.

    Nunca me había resultado tan placentero llegar a mi alcoba. Estaba solo. Podía desfrutar de todo el lecho para mí. Sólo quería dormirme. Me quité triunfalmente la ropa y los zapatos, y me calcé el pijama. Me cepillé los dientes y me dejé caer sobre el acolchado. Cerré los ojos y vi a Ana parada frente a mí con la boca cerrada. Yo seguía sentado en el retrete, en el privado sin puerta del servicio masculino del ministerio, tratando infructuosamente de tener una erección. «¡Si no vas a ayudarme con esto, lárgate de aquí!» Le lancé con furia. Entonces Ana se acercó unos pasos hacia mí, entrando al privado, y abrió cuidadosamente la boca mientras se ponía la mano en forma de cuenco debajo del mentón como evitando contener un posible derrame. Ella me quería mostrar lo que allí había. Su lengua estaba sumergida en un líquido blanquecino y espeso que pugnaba por desbordar por sus finas comisuras. «¡Traga. Trágalo todo!» Le ordené, y ella obedeció con una deglución limpia y sonora. Se secó los labios con la lengua y me dijo: «Gracias». Luego miró mi polla totalmente adormecida y la tomó entre sus dedos delgados y fríos. «Ahora ya puedo ayudarlo… Ya tengo mi boca libre…». El servicio estaba vacío. Ya no había más usuarios ni espectadores variopintos. La jovencita se arrodilló frente a mí y se llevó a la boca el miembro aletargado. Inesperadamente volvió a aparecer Laura parada frente a mí. No sabía qué decirle, pero ella habló primero. «Recuerda darle los 50 pavos después de correrte». En ese momento sentí que estaba a punto de eyacular y me desperté sobresaltado.

    LAURA

    Ingresé al hall desierto del edificio y escuché el motor de nuestro auto acelerar alejándose de allí. La puerta neumática del elevador estaba abierta. Me encerré en él y me largué a llorar como una niña.

    ¿Qué estaba haciendo allí, en casa de mis padres, en plena madrugada? ¿Por qué no había vuelto a mi casa con mi marido y con mi hijo? ¿Por qué había dejado a mi hijo con una extraña? ¿Por qué me había inventado aquella historia sobre mi padre? ¿Me quedaría a dormir allí con mis treinta y dos años? ¿Con qué pretexto? Eran muchas preguntas. Lloré un buen rato sin saber qué pensar. El elevador era mi pequeña guarida. No quería salir de allí. Estaba sola. Completamente sola.

    Pasaron más de veinte minutos hasta que mi cuerpo decidió prescindir de mi mente atormentada y tomar la iniciativa. Entonces mi mano tomó el móvil de la cartera e hizo lo que tenía planeado desde el comienzo: marcó el teléfono del taxi para que pasara a recogerme.

    ANA

    Sentí la piel transpirada y un calor sofocante e incómodo en el rostro, entonces desperté. El primer sol de la mañana entraba por la ventana y caía de lleno sobre mí, me estaba asando. Me levanté malhumorada del sofá y vi los cincuenta euros sobre la mesa baja junto a una nota. «Muchas gracias por todo, Ana. Aquí tienes el dinero. No hace falta que nos despiertes, la puerta está sin llave. Hasta la próxima.» Tomé el dinero, lo guardé en mi cartera y salí de la casa.

    El aire fresco de la mañana me recompuso del mal humor de haber dormido incómoda, con ropa de calle y al sol. Respiré profundo. Podía volver andando y eso haría. Era temprano y estaba muy agradable para caminar. Incluso me desviaría unos metros y cruzaría por el parque.

    Pensé en lo bueno que resultaba estar fuera de casa y mi corazón se llenó de alegría. Levante los brazos para que el aire de la mañana ingresara limpio y en buena cantidad a mis pulmones cuando noté que la tela de mi sudadera estaba adherida a mi piel a la altura de los riñones. Toqué allí y advertí algo húmedo y viscoso en mi espalda. No tenía importancia. Seguramente me habría manchado con la comida del niño. Ahora me dirigía al parque dispuesta a disfrutar de mi soledad.

    RAÚL

    Salté de la cama acalorado y redacté una nota escueta. Luego tomé cincuenta pavos de mi billetera. Descendí hacia la planta baja tratando de no hacer ningún ruido y deposité el billete y la nota sobre la mesa de la sala, junto al sofá donde dormía la niñera.

    Allí estaba ella iluminada por la tenue luz fría del alumbrado público que penetraba por la ventana. Estaba de bruces ocupando todo lo largo de las tres plazas del sofá, durmiendo profundamente. La tela gris de sus pantalones deportivos insistía obstinadamente en hundirse impúdicamente entre sus nalgas. Me acerqué interesado en tener una perspectiva más clara de aquella sugerente imagen. Entonces me pregunté qué pasaría si apoyaba mi mano sobre aquel culo tan firme y respingón. Nada. Nada en lo absoluto. Laura no estaba. Nadie se enteraría.

    La acaricié con cuidado clínico desde la cintura hasta la parte baja de su muslo describiendo todas las curvas y contracurvas que allí se presentaban. La tela era fina y suave. Cuando mi mano se detuvo, me fue imposible despegarla de allí. Mi verga se había puesto como un mástil dentro del pijama. Deslicé mis dedos hacia la cara interna de su muslo y volví a ascender. Como un acto reflejo Ana separó levemente las piernas dejando ante mi vista cenital, el surco que formaba su pantalón al adherirse a su vulva. Cuando las yemas de mis dedos índice y mayor hicieron contacto con aquellos cálidos pliegues, sentí que un fuego interno me invadía por completo. Presioné lo más suavemente que pude y sentí, a través de la tela, cómo su carne hinchada cedía ante mi avance. Un mareo me invadió de golpe cuando Ana cerró las piernas apresando mi mano en se sexo. Me quedé inmóvil sin respirar durante diez eternos segundos. No se había despertado, pero su cuerpo había notado mi presencia. Mi mano estaba atorada entre sus muslos y mis dedos entre sus labios mayores. Noté que sus músculos se ponían rígidos, como en contracción, para luego distenderse. En ese momento decidí que era mi oportunidad de retirarme de allí, pero una nueva sensación me retuvo. Las yemas de mis dedos índice y mayor comenzaron a colmarse de humedad. Un nuevo mareo me invadió, pero está vez sentí la certeza que estaba a punto correrme. Quité mi mano abusiva de allí y la mire alelado. La tenue luz blanca de la calle hizo destellar las moléculas de humedad sobre mis uñas. Cuando metí mis dedos en la boca como un adicto a aquel elixir, mi otra mano extrajo la polla del pijama en el momento exacto en que empezaba a vomitar esperma. No era mucho. Pero todo había caído sobre la espalda de Ana. Sobre su sudadera deportiva.

    Cuando me aseguré que la muchacha seguiría durmiendo como al principio, subí sigilosamente y me arrojé en el lecho. Me dormí al instante y en compañía única de aquel dulce sabor.

    LAURA

    Después de hacerme acabar por segunda vez me dijo que era una excepción el hecho de haberme recibido en mitad de la madrugada. Y que una excepción se debe pagar con otra excepción.

    Al cabo de una media hora de preparativos sentí por primera vez en mi vida la rudeza del miembro viril penetrándome por detrás.

    Después de alcanzar el tercer orgasmo, le comí la polla como nunca antes lo había hecho y le rogué que acabara en mi boca. Él estaba satisfecho y agradecido. Y a mi me daba igual.

    Cuando bajé a la calle la brisa de la mañana enfrió mis lágrimas. Debía darme prisa. Mi familia esperaba el desayuno.

  • Un accidente erótico

    Un accidente erótico

    Habían sido dos semanas de mucho estrés y con un movimiento constante. Me habían nombrado vicepresidente de la compañía y me había movido al este del país y obviamente todo aquello conllevó largas horas de ajustes. Como era nuevo en la ciudad, al igual que en mi nueva vecindad, pues a nadie conocía y acostumbrado a llevarme a alguna chica nueva a casa para aquellos desahogos sexuales, pues como que me estaba pasando factura esa ausencia de la atención femenina. La última vez que había estado con una chica, había sido dos semanas antes, donde me di la libertad de contratar a una chica de la alta clase y donde por un fin de semana ella me complació en esos menesteres de la cama.

    Estuve a punto de llamar a otra chica en esta nueva ciudad, pero estos cambios me hicieron llegar al agotamiento que nunca pude concertar una cita, ni con una chica de paga. Finalmente, esa oportunidad que me había pasado por la mente me llegó en una especie de accidente o esas casualidades de la vida.

    Iba conduciendo el auto nuevo que este concesionario nos estaba ofertando, pues aquella semana debería decidir qué tipo de vehículos los ejecutivos y personal de ventas iban a usar por los próximos tres años. Llevaba muchas cosas en la mente y de vez en cuando se me venían las imágenes de la última cogida con esta chica de paga de quien aún recuerdo su nombre, una rubia muy hermosa de nombre Ashley. El semáforo cambió a amarillo y tuve que frenar, pero infortunadamente el vehículo atrás no tuvo el tiempo necesario para hacerlo y me pegó por detrás.

    Me bajé y me cercioré de que la chica que lo conducía estuviera bien y luego tomé el teléfono para hacerle saber a mi secretaria que estaría tarde debido al accidente. Apenas iba a entrar la llamada cuando veo a esta chica de frente y me pregunta: ¿Está llamando a la policía? – No le pude contestar y solo le di una señal de que me esperara. Pude ver una mirada de angustia en su rostro y supuse que eran los nervios normales de quien se involucra en un accidente automovilístico. Tan pronto colgué ella me pidió que no llamase a la policía, que si nos podíamos arreglar entre nosotros. Obviamente debíamos llamarla para que nos diera el reporte y de esa manera hacer el reporte con las aseguradoras. Después de tomar unas fotografías y para no interrumpir el tránsito y por nuestra seguridad, le pedí movernos al centro comercial que nos quedaba a un costado.

    Fue cuando comencé a apreciar la belleza de esta chica que me dio el nombre de Lena. Le calculé sus 21 años, pero cuando intercambiábamos información descubrí que apenas había cumplido sus 18. Tenía un rostro ovalado con un cabello castaño largo que le llegaba a media espalda. De piel clara y ojos de miel y en este caso podía con seguridad dar su altura y peso, pues eran parte de la información en su identificación: Un metro y 72 centímetros y 127 libras de peso. No tenía enormes pechos, pero si un generoso trasero, el cual se notaba sensualmente con esos pantalones cortos que usaba esta mañana de verano en el sur del país. Le hice la observación obvia: Esto es una identificación… ¿Tienes tu licencia de conducir?

    Fue entonces que me comenzó a explicar del porque no deseaba que llamase a la policía. En breve me contó que se la habían suspendido y que el carro que conducía lo había tomado sin el permiso de su padre. Me advirtió que si llamaba a la policía la arrestarían, pero creo que le temía más a la reacción de su padre, quien parecía tener el aura de los mil demonios. Me contó todo aquello donde vi al final que sus ojos de miel se tornaban rojizos. Le expliqué que yo debería tomar un reporte, pues el carro que conducía pertenencia a un concesionario y que no tenía otra alternativa. Y fue cuando ella exclamó: Hago lo que usted quiera, pero por favor no llame a la policía.

    En primera instancia no vi el contexto o insinuación sexual, pero luego ella se me acercó y me lo repitió como para que lo entendiera que estaba dispuesta a llegar hasta la cama conmigo para no parar en la cárcel ese día. Lo pensé dos veces, pues tenía que analizar los costos sí es que yo debería responder finalmente por ellos y me deducible en todo caso no debería de ascender a unos $500.00. Me tomé el riesgo y ya con una intención de un animal en celo le hacía que corroborara su ambigua propuesta: ¿De veras estas dispuesta a hacer lo que yo quiera? – ¡A todo lo que usted quiera! – me contestó.

    No sé si tomé ventaja por lo urgido que estaba de sexo o simplemente era mi instinto animal que no importaba la circunstancia al igual hubiese tomado ventaja. Convenientemente en el estacionamiento comercial había algunos negocios y hacia un costado estaba un hotel de paso, de esos que no son de cinco estrellas pero que tampoco son tan malos. Debo decir que esta zona es un área de alta clase económica. Le señalé el hotel y le pregunté si se sentía cómoda y ella me preguntó:

    -¿Qué es lo que realmente quiere hacer?

    -¡De todo! -le dije.

    -¿Tiene condones?

    -¡No! Pero los puedo conseguir.

    -¡Esta bien! Lo sigo. -me contestó.

    Por un momento pensé que se echaría para atrás y que desaparecería, pero creo que el hecho que tenía toda su información, quizá se sintió amenazada y obligada a seguirme. Llegamos e hice que me acompañará a recepción y realmente me sentía incómodo pues aquí estaba vestido como todo un ejecutivo con una chica, que no sé si se dieron cuenta que entró conmigo, que solo usaba sandalias, pantalón corto bien ajustado y una camiseta deportiva. Subimos a la habitación de un séptimo piso y le pedí que se diera un baño mientras iba en busca de unos preservativos. Dejé que se introdujera al baño y salí en busca de los profilácticos y no tuve que ir muy lejos. En el mismo piso había una zona con máquinas dispensadoras de varios productos de conveniencias y quien se podía imaginar, una dispensadora de condones en un hotel. Llegué de nuevo y ella todavía continuaba en el baño y salió vestida al igual de cómo había entrado. Encendió la televisión y yo me fui a dar una ducha y siempre pensando que se podría ir mientras me bañaba.

    Salí y Lena se mantenía sentada sobre el espaldar de la cama y de lo único que se había despojado era de sus sandalias y se miraba bonita y algo nerviosa con sus espectaculares piernas largas y bien torneadas. Yo salí solo con bóxer y una toalla sobre mis espaldas y Lena se mantenía en silencio, quizá queriendo perder su pensamiento en lo que miraba en la televisión. Le pregunté:

    -¿Estás nerviosa?

    -¡Si! ¡Un poco! Nunca he hecho algo así.

    -¿Nunca has tenido sexo o nunca has estado con un extraño?

    -¡Nunca he estado con un extraño! ¡Nunca me imaginé estar en una situación así!

    -Podría ser que te guste…

    -No sé… lo que sí sé es que estoy muy nerviosa.

    -¿Has hecho o te han hecho sexo oral?

    -¡Si! ¿Es eso lo que usted quiere?

    -Bueno… por ahí vamos a empezar.

    Recuerdo que me le acerqué y me senté al igual que ella por sobre la cama y le tomé una de sus manos las cuales las sentí frías y con un temblor tenue e hice que me tomara la verga por sobre el bóxer, la cual estaba con potente erección pues tenía ya dos semanas de no liberar esa presión. Lena la sostuvo entre su delgada mano y de alguna manera comenzó sutilmente a sobarla. Con los minutos, le dije que me quitara el bóxer y ella obedeció y hasta este punto no sabía si era porque se sentía obligada o porque sentía la curiosidad. Levante mi trasero para que ella me despojara de mi ropa íntima y mi verga le quedó apuntando con ese brillar de mis líquidos pre seminales que se habían extendido por todo el glande. Lena, usando la toalla que llevaba en la cabeza me limpió el glande y comenzó a besarlo alrededor hasta hacerlo desaparecer en su boca. Mamaba con delicadeza, pero era obvio que era una amateur en estos ruedos. Le moví el pelvis dándole ese vaivén y penetrando más su boca, pero se atorzonaba con mis embestidas, aunque no eran violentas. No era muy consistente con los movimientos de su felación, lo que me ayudó a salirme fácilmente cuando esa sensación de eyaculación rondaba. Hice que me mamara o besara mi verga sin condón por unos veinte minutos.

    Le hice saber verbalmente que le iba a comer su conchita y ella solo me miró y se dejó dirigir hacia el acto. Nos paramos a la orilla de la cama y le quité su camiseta deportiva. Pude ver esos pequeños pechos de una medida de copa B y en el proceso de despojarle el sostén, le besé los pezones causándole que su piel se erizara. Tenía un abdomen plano y un sensual ombligo al que le inserté mi lengua y al que le di masajes por unos cuantos segundos mientras me agaché a bajar sus pantalones cortos color beige y descubrir su prenda interior de un bikini de color blanco, el cual mostraba esa mancha de sus jugos vaginales. Aquello me excitó, esto me corroboraba que se había excitado con haberme mamado la verga. Bajé su bikini blanco y sentí el olor de sus jugos que se desprendían entre la fusión de su calzón y su piel. Verdaderamente eran abundantes y aquello me excitaba. Su conchita estaba depilada excepto una pequeña parte de su monte venus, el cual agraciadamente se dejaba crecer un pequeño arbusto. Conchita de barbie como yo les llamo, pues estas parecen muñecas, con tan solo una pequen raya que te anuncian la entrada de esa vereda divina que me llevará al paraíso.

    Le pido que se acueste por sobre sus hombros y yo me abalanzo a mamar sus pechos y me concentro en besar sus pezones. Estos son café y no muy pronunciados y se los estiro con mis labios y ver si les ayudo a crecer. Lena continúa callada y para estas instancias parece retraída, como que si no quisiera participar. Bajo a su ombligo de nuevo, beso sus encajes o entrepiernas, lamo su monte venus y le pido que abra las piernas. Yo las abro y me dirijo a su conchita que está derritiéndose, aunque ella no muestre que lo está gozando… su panocha la delata, está tan mojada como cualquier chica excitada. Comencé con un oral delicado, queriendo gozar sintiendo el sabor y olor de esta conchita de tan solo 18 años. Yo en esos entonces tenía 34.

    Froté delicadamente mi lengua sobre su pequeño clítoris, hundía mi lengua en esa abertura, halaba sus labios de su vulva con los labios de mi boca y apenas logré escuchar un pequeño gemido de parte de Lena. Le pedí que se acomodara poniéndose las almohadas debajo de sus nalgas y de esa manera que elevara un poco su conchita y a la vez me dejaba expuesto el orificio del culo y de esa manera sintió el calor de mi lengua por sobre su perineo y jadeó de placer cuando sintió mi lengua invadir su ojete. Lamía desde su clítoris hasta llegar a su ojete y de esta manera pasé unos veinte minutos hasta que Lena comenzó a mover su pelvis como pidiendo verga, y yo aceleré ese desliz de mi lengua por toda su rajadura hasta que soltó la explosión de su corrida diciéndome: ¡Carajo… me hiciste acabar! -continué mamando su conchita hasta que su placer se había disipado.

    Ella me pidió ir al baño, pues con esa mamada toda la zona de sus nalgas estaba llenas de sus jugos vaginales y de mi saliva. Salió del baño y me encontró sentado sobre el espaldar y no tuve que decir nada, ella intuyó que deseaba que me siguiera mamando la verga. Se puso de lado y mientras ella me mamaba, yo le invadía su vulva y jugaba con su ojete con mis dedos. Como dije, Lena no es una buena mamadora, así que decidí ponerme un condón y le pedí que se pusiera de perrito y pude sentir las paredes de su vagina muy estrechas y ella me pidió que fuera con cuidado, pues se le hacía que mi verga era más de lo que ella podía aguantar. La verdad que después de un par de minutos, mi verga entraba y salía a placer donde podía escuchar ese chasquido de la fricción que producía como también el cacheteo al chocar con sus nalgas. Unos embates de dos minutos y me llevaron a una deliciosa corrida. Inclusive con mi verga adentro de la concha de esta chica y usando condón, aquel líquido blancuzco y espeso comenzó a salir y caer en mis pies. Tenía tiempo de no ver esa cantidad de esperma… regularmente no uso condones. Lena se bañó primero y luego proseguí yo a bañarme.

    Unos 30 minutos después estábamos iniciando una nueva faena. Me puse el condón y le dije que se pusiera como ella quisiera. Ella se puso a la orilla de la cama en la misma posición que me había hecho acabar y resumimos la acción con un vaivén y con esporádicas embestidas violentas o más lentas, mientras con mi dedo pulgar comencé a masajear el ojete de Lena una vez más. Parecía que lo disfrutaba, aunque se hacía la que no participaba. A mis 34 años, a esa edad es donde creo estuvo el pico de mi sexualidad. Recuerdo esos maratones de ocho palos en un día, donde uno se recupera en poco tiempo y que ha aprendido a sostener la eyaculación para que esa pareja disfrute la intensidad del sexo. Quizá Lena nunca había experimentado a un hombre cogiéndola en cuatro y que pasara cinco, diez, quince o mucho menos 20 minutos dándole y taladrándole su conchita constantemente. La mayoría de los jóvenes de su edad, si llegan a cinco sin acabar, es un gran logro y si llegan a los diez es un milagro. Quizá sea más viable después del quinto o sexto palo para no tener ya esa urgencia. Lena después de un entra y sale de veinte minutos comienza a participar de los movimientos y se lleva dos almohadas acomodando su pecho por sobre ellas. Creo que esa curvatura de su cuerpo permite que por el ángulo de mi verga choque y estimule ese punto G. Mueve su trasero, pero me saca de mi ritmo, pero ella me pide que no pare. Continúo con mi taladrar y acelero las embestidas. La cama rechina, se escucha el golpeteo de sus nalgas con mi pelvis, la cama choca con la pared elevando los decibeles del ambiente y ahora Lena gime y se va contra la cama y yo me voy con ella y no dejo de taladrar y su cuerpo tiembla… está viviendo un orgasmo descomunal y solo me dice algo que sonó a risa mezclada con llanto: ¡Carajo, me hiciste acabar otra vez! -Yo continué pompeando esa conchita hasta que mis testículos se encogieron y lanzaron una escupida de placer. Realmente estuvo rico, pues que me podía esperar después de dos semanas sin coger.

    Nos fuimos a bañar nuevamente, aunque no lo hacíamos juntos. Cuando salí le pedí que me la mamara de nuevo. Solamente en ese estado pasivo logró meterse toda mi verga a su boca por unos segundos, pues en un de repente tomó de nuevo grosor y una buen erección. Le dije que se pusiera por sobre su estómago y comencé de nuevo a invadirle el culo con mi lengua. Estoy seguro de que lo disfrutaba pues, aunque no gemía o no lo demostraba, su conchita se mojaba abundantemente. Le comí el culo por unos veinte minutos y luego la hice que se acostara a la par mía de lado, ella en frente de mí. Con mi mano dirigí mi glande a la entrada prohibida y ella se alejó diciendo:

    -¿Qué piensas hacer? La puerta trasera es solo para salida. – me dijo.

    -Te aseguro que tú entras y sales por la puerta trasera de tu casa. Es cuestión de costumbres. -le repliqué.

    -¡Apenas pude con tu verga por delante! Por atrás va ser imposible.

    -Quedamos qué harías todo lo que yo quisiera… ¿verdad?

    -¡Si! Pero nunca imaginé que me pedirías algo así.

    -Bueno, yo por eso acepté, porque dijiste eso: todo lo que tú quieras. Déjame decirte Lena… yo no quiero llamar a la policía, pero debes comprender que de deducible por lo menos me tocará pagar unos $500.00 para cubrir el costo de la reparación. Con eso pago a una chica para que me lo de todo.

    -¡No soy una prostituta!

    -¡Lo sé! Esto solo fue un acuerdo que de repente se dio. Te entiendo, pero espero que tú también entiendas.

    -¡Esta bien! Solo que debe hacerlo con cuidado… eso no es lo mismo que por enfrente.

    Ella me pidió que se lo hiciera acostada sobre su estómago y yo me acomodé y le puse de nuevo mi glande a la entrada de su ojete. Se ponía tensa y obviamente se me hacía difícil la penetración. Le pedí que se calmara, que entre más tensa se pusiera, más incómoda iba a sentir la penetración. Con los minutos quizá asimiló la idea y dejó de tensar su cuerpo y mi glande se clavó en su ojete. Como recuerdo esa sensación cuando sientes ese anillo apretando tu glande. Estaba de rodillas sobre la cama y Lena tenía las piernas abiertas para darme acceso y de esa manera controlar la penetración. Dijo algunas veces que le dolía, pero nunca me pidió que se la sacara. Me tomé el tiempo necesario para que cada milímetro de mi verga entrara hasta que sus nalgas chocaron mis testículos. Ella contraía su intestino causándome un enorme placer a mi verga y así estuvimos por un rato. Ella contraía su ojete y yo le correspondía con contraer mi verga. Comencé con un vaivén semi lento y como pude comencé a masajear su clítoris en esa posición incómoda. No podía pompear y chaquetear su panocha a la vez, pero sabía que le excitaba, su concha estaba completamente mojada y se la comencé a chaquetear. La sensación de dolor y la sensación de placer se mezclaron y Lena comenzó a corresponder a mi estimulo moviendo su pelvis contraminando su culo contra mi verga. Tenía los 22 centímetros de mi verga completamente en ese redondo y apretado culo.

    Lena comenzó a gemir y yo aceleré el chaqueteo de mis dedos. Subieron los decibeles de su jadeo y comenzó a mover más su pelvis y yo sin poder moverme, pues si lo hacía terminaría de darle placer en su conchita. Siento su cuerpo tenso, su ojete aprieta mi verga y siento las contracciones de su intestino plenamente pues me estoy cogiendo su culo sin condón. Estira sus brazos como para apoyarse en el espaldar de la cama y comienza ese temblar incontrolable de sus músculos, pues hasta los glúteos le temblaban sin control. No podía ya chaquetearle la conchita y comencé a taladrar su culo y sus gemidos se fueron extendiendo y estos me hicieron acabar en un par de minutos. Vi como de su culo abierto salió la leche de mi corrida. Ella solo dijo algo que creo fue una expresión de morbo: ¡Nunca me habían hecho esto!

    Eran las once de la mañana y en menos de dos horas nos habíamos aventado tres palos… tres buenos y ricos palos. Ya con más confianza me hizo saber que siempre le dio pavor el sexo anal, que no sabía cómo lo había asimilado y de alguna manera provocado el mejor orgasmo hasta ese entonces. Me habló de sus pasadas experiencias sexuales, las cuales según ella fueron algo frustrantes, pues el chico en turno nunca le hizo sentir un orgasmo como los que había vivido ese día. Fuimos a desayunar a un restaurante en la misma plaza y continuamos follando hasta bien entrada la tarde. No sabe montar, pero la hice acabar montando. Ese día descubrió que hay varias sensaciones y que hay orgasmos diferentes. Que le gustó el dolor de ser penetrada por detrás e incluso en el restaurante me decía que todavía sentía mi verga en su ano. Ese día le cogí el culo otras dos veces. De hecho, con un solo condón en mano, lo hicimos en varias posiciones para que Lena lograra varios orgasmos y yo me corría en su culo. Fue una agradable experiencia el accidente que nos llevó a este encuentro.

    Lena es una buena chica y me contó todo ese problema de su licencia suspendida. Le conseguí trabajo en mi compañía y nos dimos la oportunidad de coger una media docena de veces. Pero ella al igual que yo intuyó, que esta relación era una solo para encontrar satisfacción sexual y nada más y poco a poco cada uno fue desapareciendo de la vida del otro. Por ciertos días me sentí con ese sentimiento de culpabilidad de haberme aprovechado de la situación de Lena, pues al final nunca pagué nada por los daños del coche. Lo único que hace que desaparezca ese sentimiento de culpable, es recordar sus gemidos y ver como salía mi leche de su rico y juvenil trasero de esa preciosa chica.

  • La vi crecer (Capítulo 2)

    La vi crecer (Capítulo 2)

    IV

    Los días son cada vez más extraños. O quizá lo correcto sea decir que son cada vez más comunes. Es muy difícil diferenciar un lunes de un viernes. La llegada del fin de semana ya no genera ningún cambio de ánimo en la familia. No es más que otro día parecido a los anteriores. Ni siquiera en los programas de televisión hay gran diferencia. Todo el tiempo dándonos sin piedad con el Covid 19. Tal vez esta monotonía es la que nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos, a ver la imagen que realmente nos devuelve el reflejo del espejo. El ajetreo de las zonas céntricas, los agotadores días laborales, la vorágine de la ciudad, y la aglomeración de los barrios, nos hace tener las mentes ocupadas, distraídos de lo que realmente habita en nuestro interior. Pero ahora, presos de esa monotonía, es imposible escaparnos de nuestras sombras.

    Me gustaría decir que en estos días en los que me llamé a silencio, Lelu me demostró que el morbo que iba in crescendo en mis entrañas, se hacía eco en su juvenil persona. Que las fantasías traicioneras que me asaltaban en los momentos menos esperados, la acosaban a ella también, y con la misma intensidad. Que mis miradas subrepticias, rebosantes de lujuria, eran retribuidas con la misma deshonestidad de su parte. Me encantaría decir todo eso, pero a medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que el único con la mente sucia y el alma corrompida soy yo.

    Si bien nunca llegaré a ser un padre para Lelu, desde hace tiempo que ocupo, en parte, ese lugar. Probablemente fui demasiado entusiasta al iniciar este relato. Quizás estas sean las últimas líneas de una historia que nunca existió más que en mi cabeza.

    Pero ¿por qué me estoy lamentando? Debería estar contento, debería sentirme liberado. Algo que podría haber culminado en una ruptura, o incluso peor, en una tragedia —porque estas historias nunca terminan bien—, llegaba a su fin sin siquiera haber comenzado. Mi matrimonio estaba a salvo de mis impulsos inmaduros; Lelu estaba a salvo de mi pasajero oscuro, de ese que me instaba a dejar la razón y la decencia de lado; y yo estaba a salvo de mí mismo.

    No obstante, hay un hecho que vale la pena ser relatado.

    Mi puerilismo galopante me había hecho actuar como un depravado en los últimos días.

    El jueves ¿o acaso fue el viernes? Me levanté, como siempre, a eso de las ocho, a prepararle el desayuno a Carmen, quien no tardaría en llegar, agotadísima, después de una extenuante jornada en el hospital. Cuando bajé, me encontré con que Lelu se había quedado dormida en el sofá de la sala de estar.

    Estaba boca abajo. Llevaba la misma calza gris que se había puesto en nuestra pseudo cita algunos días atrás. Su cara estaba hundida en una manta amarilla que usaba como almohada. Su remera, también gris, era muy corta, y dejaba parte de su espalda desnuda. Su cuerpo blanco, dibujaba un sutil arco, y sus sustanciosos glúteos se levantaban descaradamente, desbordantes de sensualidad.

    Escuché su suave respiración. Estaba profundamente dormida. Me quedé mirándola. Sentí compasión por mí mismo. ¿Cómo podía evitar que tantos pensamientos obscenos se agolpen en mi cabeza? Estaba seguro de que cualquier hombre que estuviese en mi lugar se sentiría igual de contrariado que yo. Y muchos de ellos no tolerarían ni la mitad de lo que yo soportaba, sin hacer alguna insensatez en el camino.

    Me senté frente a ella. Cada tanto su respiración era intercalada con un débil gemido. ¿Qué estaría soñando? El sonido que largaban sus carnosos labios era difícil de descifrar. Bien podría ser el reflejo de un padecimiento, producto de una pesadilla, o de la excitación, proveniente de un sueño húmedo.

    Lelu se retorció en el sofá, y su cuerpo giró levemente. Uno de sus turgentes pechos dejó de estar oculto. Lo miré, con ansiedad. No parecía estar duro. El pezón se marcaba en la remera, pero no tanto como aquella vez, cuando vimos la escena de sexo de esa horrible película.

    Balbuceó algo, pero seguía dormida. No sé qué fue lo que se me cruzó por la mente en ese instante. Quizás fue el hecho de que lo que parecía haber pronunciado era ze ze —¿Eze quizás?—, o tal vez el problema fue que no pensé en absolutamente nada. Solo actué por instinto.

    Me levanté y me acerqué a Lelu. Me puse en cuclillas. Acaricié su cabello, apenas rozándolo con la yema de mis dedos. Sentí su olor. La transpiración del cuero cabelludo, mezclado con el perfume del shampoo invadió mis fosas nasales, y me pareció el aroma más exquisito que haya sentido en la vida.

    Mi mano se deslizó, con suavidad, dibujando su silueta. Pasé por su espalda arqueada. Me atreví a tocar su piel desnuda. Lelu se removió otra vez. Mi corazón se paralizó. Pero ella sólo se limitó a hundir su cara nuevamente. Entonces, mis dedos, ufanos y curiosos, bajaron aún más. Por primera vez sentí la rigidez de sus nalgas. No ejercí presión en esos redondos y prominentes glúteos. Apenas los rocé, descubriendo cómo cada fibra de mi cuerpo enloquecía al sentir la tersura a través de la tela. Las piernas eran duras. Dignas de una chica que elongaba y ejercitaba a diario. Sus muslos eran la mismísima perdición. Lelu tenía las piernas separadas. Si quisiese, podía tocar su sexo, apenas rozarlo, pero tocarlo al fin, a través de la calza. Los labios vaginales se marcaban en el tela, y en su rajita se enterraba una parte de la provocativa prenda.

    Pero sabía que sería el colmo de la imprudencia meter mano ahí. ¿Y si justo se despertaba en ese instante?

    En un momento, después de haberme deleitado bastante, y aunque estaba lejos de haber saciado mis más bajos instintos, decidí que ya había jugado con fuego lo suficiente. La tomé del hombro y la sacudí. Di algunos pasos atrás. Y entonces Lelu abrió los ojos.

    Y entonces me di cuenta del terrible error que acababa de cometer. La parte delantera de mi pantalón, hacía mucha presión sobre mi sexo. Tenía una erección y estaba parado frente a mi hijastra.

    Me senté inmediatamente. Con mucha suerte, Lelu, con sus ojos borrosos por haber acabado de despertar, como mucho habría notado mi rostro. Pero hasta el día de hoy que no sé si mi excitación fue percibida o no por Lelu. En todo caso, nada dijo en ese momento, y nada insinuó hasta ahora.

    —¿Qué hacés dormida acá bebé? —le dije.

    Lo de Bebé me había salido del alma, y me sorprendió a mí mismo escuchar ese mote.

    —Hace mucho que no me decís así. —Dijo Lelu.

    —A veces me acuerdo de cuando eras una nena, toda redondita. —Le contesté—. Creo que ahora al verte así dormida me acordé de eso. —Mentí descaradamente.

    —Qué cursi Eze.

    —Y vos que tonta. Andá a dormir a tu cama querés.

    —Ya me voy, ya me voy. Ya sé que soy una molestia para la pareja del año.

    —No seas boba, vos nunca vas a ser una molestia.

    —¿Ves? Sos un cursi.

    V

    Carmen llegó tarde. No mucho, pero tarde al fin. En una persona que es un relojito, como ella, ese detalle es bastante significativo. No le quise hacer preguntas, porque a mí tampoco me gusta andar dando explicaciones.

    Apenas entró, le di una nalgada. A falta de besos, ese era nuestro saludo últimamente.

    —Hoy no tengo ganas de nada gordo. Me voy a dormir. —Me dijo.

    —Pero si el café con leche ya está servido. No seas tonta, vení a desayunar. —La agarré de la mano y la llevé en dirección a la cocina.

    —¡Te digo que no quiero, cortala! —Me gritó mi dulce mujercita.

    —¿Qué te pasa?

    —Nada gordo, tuve un mal día. Me voy a dormir.

    Al rato fui al cuarto a buscar mi celular, el cual lo había dejado cargando batería. Entré sin golpear, como es natural. Entonces me encontré con Carmen, muy sonriente enviando un mensaje de texto.

    —Qué bueno que se te pasó el mal humor —dije, con ironía.

    Lo que me chocó no fue encontrarla enviando un mensaje a quien sabe quién, ni tampoco el hecho de que estuviera sonriendo. Pero el gesto de irritación que puso inmediatamente después; gesto que ocultaba otro que había aparecido inmediatamente antes: el de asombro al sentirse atrapada in fraganti, como una niña descubierta en plena travesura; me dieron muy mala espina.

    —¿Qué querés? —me preguntó.

    —Nada Carmen, vine a buscar mi celular. ¿Qué te pasa? Estás muy nerviosa.

    Carmen pareció meditar un rato.

    —Perdoná mi amor. Es que fue un día muy difícil en el hospital.

    ¿Debía creerle? Parecía un discurso armando más que una verdadera disculpa. Me preguntaba qué encontraría si revisaba su celular.

    Luego, pensándolo mejor, me dije que las sospechas que estaba teniendo hacia mi mujer, no eran más que mi inconsciente tratando de justificar, de alguna manera, mi actitud reprobable.

    Al inventar una villana, una traidora, mis sentimientos y mis actos, ya no serían tan viles ante mis propios ojos.

    Decidí que estaba errado. Tanto Carmen como yo nos habíamos unido después de terminar, cada uno, un largo y tóxico matrimonio. Ella no pondría en riesgo nuestra relación por alguna calentura pasajera.

    Sin embargo, ese mismo día, cuando se levantó, tuvo que irse temprano al trabajo.

    —Surgió un problema, tengo que irme ya mismo. —fueron sus únicas palabras.

    Pero bien que tuvo tiempo de maquillarse y perfumarse.

    Lelu estovo todo el día dando vueltas por la casa, sacándose fotos y charlando por mensajes y por audio.

    Para mi desgracia —o por mi bien—, no se repitió aquello de pedirme que le sacara una foto. Al menos tenía la tranquilidad de que no parecía haber notado nada aquella mañana donde crucé el límite entre la fantasía y el acto inmoral. Pero de todas formas, me resultaba difícil considerarlo un buen día.

    VI

    No sé si mi problema es que tengo una tendencia a no cumplir con mis promesas, o simplemente me gusta mentirme a mí mismo.

    Cada vez que tomo la decisión de ser una persona seria y respetable, de ocupar dentro de mi familia el rol que me cabe: el de jefe de familia, el pasajero oscuro me empuja de nuevo hacia el abismo.

    Y lo peor es que por momentos parece que la opción más acertada es mandar todo a la mierda y dejarme llevar por mis impulsos libidinosos. Llevarme a Lelu muy lejos, donde nadie pueda atraparnos, y aparearnos como animales día y noche, hasta que me muera de felicidad.

    Varias veces me jacté de mi cautela, de mi mirada invisible, de saber ver sin que me vean. Pero ayer caí como un principiante.

    Eran las diez de la mañana, así que estaba convencido de que tanto Carmen como Lelu estarían dormidas.

    A esas horas suelo aprovechar para ordenar una pequeña construcción rudimentaria que tengo en el fondo, donde guardo todas mis herramientas, y un montón de cosas que no me decido —para horror de Carmen— si son objetos útiles o chatarra.

    Cuando volví a la casa, con un poco de sed, me encontré con que Lelu estaba despierta.

    Este no debería ser un hecho fuera de lo común, más allá de que no era un horario habitual en el que se encontrara despierta. Pero Lelu estaba en la cocina, buscando algo para desayunar, en una de las alacenas. Llevaba puesto uno de esos diminutos short tipo culote que ya parecían su marca registrada ¡¿Por qué tenía que vestirse así entre casa?! Esta prenda era color salmón y arriba vestía una musculosa blanca.

    No pude evitar quedarme impactado, viendo su cimbreante figura. Y mucho menos, no pude evitar desviar la mirada a ese pulposo y delicioso culo que me había atrevido a tocar unos días atrás.

    En ese mismo instante, sin darme tiempo a disimular, Lelu se dio la vuelta, enganchándome con las manos en la maza.

    —¿Todo bien Eze? —Preguntó, mirándome inquisitiva.

    Era la primera vez que me miraba así, como reprochándome algo, pero sin animarse a decírmelo.

    —Sí, todo bien —contesté, haciéndome el tonto—. Vine a tomar algo nomás.

    —Bueno, sentite como en tu casa —ironizó.

    Traté de recomponerme de esa situación bochornosa.

    —Veo que te está yendo muy bien en Instagram. —Comenté, sólo para cambiar el tema.

    —Ah, sí… así que me revisás el Instagram. —Contestó ella, aún con el tono irónico.

    —No te lo reviso… Te sigo, y bueno, veo lo que publicás.

    —Ay, qué incómodo Eze, creo que te voy a bloquear —dijo, jocosa.

    —Nunca hubo secretos entre nosotros, no veo el motivo de que tengas que privarme de ver las cosas que hacés públicamente.

    Lelu se sentó. Se había servido un vaso de leche, y en un platito puso cinco galletitas de vainilla que había encontrado en la alacena.

    —Es verdad, entre nosotros nunca hubo secretos. —Me miró fijo, y yo me sentí desarmado. En ese momento Lelu podría pedirme lo que quisiese. Yo no sabría cómo decirle que no—. Que rara que está mamá ¿No? —dijo, inesperadamente.

    Me llamó la atención el cambio de tema. Más aún cuando justamente estábamos hablando de no ocultarnos nada. Tal vez Lelu quería ocultar algo, pensé en ese momento.

    —El mundo está raro —contesté—. Es la nueva normalidad.

    —¿Pensás que es sólo por eso?

    —¿A qué te referís?

    Lelu miró hacia arriba y luego a la izquierda. Según un programa de televisión que había mirado hace años, era un claro gesto de alguien que estaba a punto de mentir, o cuanto menos, de alguien que no diría toda la verdad.

    —Nada… No me gusta cómo te trata a veces —dijo, ahora agachando la cabeza.

    Estaba contento por haber revertido la situación. Lelu parecía no recordar que me había descubierto mirándola con lujuria. Tal vez ya ni siquiera estaba segura de que eso fue lo que sucedió. Pero me tomó por sorpresa descubrir esa mirada crítica hacia su madre. Después de todo, yo no era el único que había notado lo irritable y escurridiza que actuaba Carmen en los últimos días.

    —¿Y cómo me trata a veces? —inquirí.

    —No sé… pero siento que no te trata con el mismo cariño con el que la tratás vos.

    —¿Ah, sí? —Sentí la necesidad de defender a Carmen—. Mirá, cada uno es como es. Yo estoy seguro de que tu mamá me quiere. Quizá lo expresa de otra manera… Además tiene mucha presión en el trabajo en estos tiempos.

    —Sí, debe ser eso —dijo, sin sonar convencida.

    Tomó el vaso de leche. Yo presté exagerada atención a cómo el líquido blanco entraba en su boca, manchando sus labios.

    Fue a lavar el vaso. Hice un esfuerzo sobrehumano para no mirarla, ahora que me daba la espalda.

    —Voy a salir a comprar algo, así aprovecho para tomar aire —dijo Lelu. Acto seguido me estampó un beso en la mejilla, sin decir nada. ¿Había compasión en ese acto?

    Esa misma tarde Lelu se encerró en su cuarto para hacer ejercicio. Salió, después de una hora, totalmente transpirada. Su piel brillaba, y gotitas de sudor se deslizaban por su cuello. La remera estaba totalmente adherida a su torso.

    —Voy a bañarme acá abajo porque la ducha de mi baño no funciona bien. ¿Podés revisarla Eze? —me dijo.

    —Sí, claro, después lo hago.

    Me quedé en el living, escuchando cómo el agua caía sobre el impresionante cuerpo de mi hijastra. Me acerqué a la puerta. Desde la vez que la acaricié mientras dormía, no había hecho nada fuera de lo normal. Casi parecía un verdadero padrastro. Pero una vez que uno le agarra el gusto al peligro, es difícil no tentarse cuando se presenta la oportunidad.

    Me acerqué al baño, evitando hacer ruido. Me incliné. Mis ojos se alinearon con la abertura de la cerradura. El sol entraba a raudales. Detrás de la cortina se veía la silueta de Lelu. Una sombra curvilínea. Noté que una mano, la cual supuse que sostenía el jabón, se metía entre las piernas y frotaba el muslo, o tal vez el sexo. Mi verga comenzó a despertarse. No había vapor, seguramente se estaba bañando con agua apenas tibia. Lelu frotaba su cabello, enjuagándolo una y otra vez.

    Cada instante que pasaba me decía a mí mismo que ya era hora de dejar de espiarla, porque era muy riesgoso, y después de todo, solo estaba viendo una sombra. Sin embargo, me resultaba imposible apartar la mirada de ahí. ¿Qué pasaría si Carmen, habiéndose olvidado algo, volvía a casa y me descubría espiando a su hija? Sería el final de todo, sin dudas. Ya nunca volvería a ver a Lelu.

    Ahora me sorprendo, mientras escribo estas líneas en plena medianoche, del hecho de que la posible ruptura de mi matrimonio, no me preocupaba ni la cuarta parte de lo que me horrorizaba la idea de no volver a ver a mi hijastra.

    Lelu descorrió la cortina. Estaba acostumbrado a verla con prendas diminutas, que dejaban más piel al desnudo de la que cubrían. Pero nunca imaginé poder observarla, de tan cerca, completamente desnuda.

    Dio un paso para salir de la bañera. Se había secado el pelo con una de las toallas, pero ahora, frente al espejo, frotaba cada parte de su cuerpo para secarlo. Sus pechos turgentes y enormes, estaban tan firmes como solo una chica de dieciocho años puede tenerlos. Por primera vez en mucho tiempo descubrí algo que no conocía de ella: sus pezones eran rosados.

    La toalla se frotó en su cuello y en sus tetas. Luego Lelu se secó la espalda y la tela rasposa también tuvo el honor de restregarse en los enormes cachetes del culo.

    Se inclinó. La toalla se metió entre sus piernas. En un momento giró un poco a la derecha y pude ver la hermosa mata de pelo oscuro de su pubis.

    Cuando estuvo totalmente seca, salvo por el pelo que, aplastado, estaba corrido a un costado, descansando sobre su hombro, se miró fijamente en el espejo.

    Imitó algunas de las poses que solía hacer para sacarse fotos. Particularmente esas donde, estando de perfil, se las arreglaba para que el culo salga perfectamente en la imagen. Lelu parecía estar muy orgullosa de su físico, y no era para menos. Su figura de cintura de avispa y nalgas y pechos generosos, eran el estereotipo ideal de belleza.

    Mi sexo estaba duro como una roca. Esta vez no podría disimular mi erección. No me quedaba otra, tenía que retirarme. De todas formas, lo que acababa de ver quedaría grabado en mi retina para siempre.

    Cinco minutos después, con mi erección controlada a medias, Lelu salió del baño con una toalla envolviendo su cuerpo, y otra en el pelo.

    Creo que, después de tanto maquinarme, ese fue el preciso momento en que pensé que no tenía por qué dejar que todo quedase en mi imaginación.

    Continuará

  • De chantaje a placer, termino cogiendo con él

    De chantaje a placer, termino cogiendo con él

    Estaba contra las cuerdas, no había de otra, le aflojaba o le aflojaba, ya que de ese sujeto me podría esperar todo.

    Luego de chupársela y beberme su semen, el muy maldito me jugó chueco y ahora me quería coger, el seguía dándome asco y aunque admito que me emocione un poco al hacerlo venir, ¡ahora lo odiaba mucho más!

    Me abrazó apretando mis nalgas, yo no pude negarme, tenía miedo de que me hiciera algo más, así que le permití tocarme, comenzó a quitarme mi blusa, y lamerme mi pecho estaba desesperado, se quitó el pantalón y su verga escurría, ¡qué asco!

    H: Mamacita que rica, ¡no sabes cómo sueño con esto!

    K: ¡Dios mío!

    Me quito mi mayon, ¡y luego mi cachetero para empezar a lamerme mi vagina!

    Su lengua grande me la chupaba de una forma violenta a lo cual me erizaba y me hacía gemir de miedo o placer, la verdad no sabía, mientras eso pasaba sus manos acariciaban mis tetas, me subió el brasear para apretarlas mejor.

    H: ¡Que pucha más rica tienes, uhm!

    K: ¿Ah, aquí?

    H: ¡No pasa nadie y ya te quiero meter mi verga!

    Me tomo de la cintura, me abrió las piernas y empezó a meterme su cabeza, su verga no era grande, pero si gruesa, pero tenía que apretarme las nalgas y empujarme hacia el para poder metérmela.

    Poco a poco sentía como entraba, yo cerraba ms ojos, el me besaba el cuello y seguía apretándome como loco el trasero, ¡su verga se hacía paso en mi vagina hasta que la metió y empezó a moverse!

    H: ¡Oh!! ¡Que rica, uhm!

    K: ¡Ah, ah!!

    Debo de admitir que me gustaban sus movimientos, ¡se agachaba y subía penetrándome hasta el fondo y a pesar de ser de pene regular me estaba gustando lo que me hacía!

    Me dio la vuelta y me empino un poco, abriéndome las nalgas para poder metérmela ya que como soy muy nalgona, le costaba trabajo, pero una vez empinada y abierta comenzó a embestirme fuerte, dándome de nalgadas, jalándome el cabello, moviéndose rápido, ¡la verdad poco a poco me estaba empezando a gustar!

    H: ¡Que nalgotas, uhm!

    K: ¡Ah, sí, que rico!

    H: ¡Que puta! Muévete nena, uhm!

    K: ¡Ah, uhm, oh, uf!

    Ahí estaba como toda una ramera, empinada, jalada del cabello, ¡recibiendo la verga de un tipo tan desagradable!

    Pero a quien engañaba, me estaba gustando, su forma brusca, su pene gordo, su olor extraño, el estar en medio de la nada recibiendo pito, ¡la verdad era muy buena experiencia!

    Me puse de pie y lo tomé de la mano llevándolo a la parte de atrás de su camioneta, ahí me acosté y me abrí de piernas, el como loco subió en “misionero” lo abrazaba y le mordía los hombros, ¡ya estaba entregada y ahora quería gozar!

    K: ¡Muévete, uhm, mas!!

    H: ¡Ah!! ¡Eres la mejor!

    La camioneta se movía a nuestro ritmo, el seguía embistiéndome, apretándome las piernas y las nalgas, empujándose rico, me tenía gimiendo, jamás pensé que él me tendría así, ¡pero ahora solo gozaba!

    Él se acostó y yo subí para cabalgarlo, me dejaba caer en su verga y luego me movía rápido y suave, el escurría hasta saliva, yo gozaba estar en esa camioneta cabalgando a ese cretino.

    K: ¡Te gusta?, uhm!

    H: Ah, me encanta, uh, muévete, ¡muévete!

    K: ¡Que rico, uhm, mas, empújate más!

    H: Toma, que puta más rica, ¡uhm!

    Él se sentó y yo subí en el dándole la espalda y moviendo mi cadera en círculos, sus manos acariciaban mi clítoris, me tenía jadeando y yo a él, que rico sentía, ¡me apoyé de las cabeceras de los asientos delanteros para moverme más rico!

    H: ¡Oh, nea que rico te mueves, uhm, así, que rico, así!

    K: Ah, uhm, que rico, te gusta, uhm, ¿te gusta?

    H: Si, así, ¡me voy a venir me voy a venir bebe!

    Comenzamos a movernos como locos, yo sacaba a relucir mis movimientos más sensuales, el gemía, gritaba, me jalaba el cabello, ¡sentía como se inflaba sentía como estaba por estallar!

    K: ¡Sácala papi, sácala, uhm!

    H: ¡Ah!! ¡No mames uhm!

    K: ¿Borras las fotos?

    H: ¡Si, ah!! ¡Si las borrare!

    K: ¡Si, que rico, uhm, buen chico, ah!!

    H: Dios, no aguanto más, ¡no!!!

    El comenzó e venirse dentro de mí, que rico, también tuve un orgasmo y ambos gritábamos del placer obtenido.

    Como toda una ramera me saqué su verga y fui nuevamente a mamárselo, ya me estaba acostumbrando a hacer eso, ¡le chupaba su verga para escurrirle la última gota!

    K: ¡Borra las fotos, uhm!

    H: ¡Ah!! ¡No mames que rico!

    K: ¡Bórralas papi!

    H: Si nena, uhm, mira, ¡ve como lo hago!

    Efectivamente, borro cada una de ellas, mi tranquilidad volvía, sabía que me había librado de un problema, él estaba en el cielo, no se movía ni decía nada, así que fui por mi ropa que estaba tirada en el arbusto y luego el reacciono, ¡se vistió y me dijo que me llevaría donde me recogió!

    En el trayecto él iba feliz, alardeando que me cogió, que nunca lo olvidaría, trataba de ligarme, pero yo lo bateaba, ya más tranquila le dije que no se repetiría jamás y que no anduviera de bocón, el solo se reía, pero finalmente me dejo en la calle donde me recogió.

    Pensé que todo estaba más relax, ¡iba caminando hacia mi casa cuando escuché su voz!

    Q: ¡Hola como estas?!

    Era Enrique, un tipo que me pretendió antes de mi marido y según yo estaba en la cárcel, un escalofrió me recorrió, sabía que se avecinaba un nuevo problema.

    Kali

  • Un dominicano me hizo su puta, en presencia de mi esposo

    Un dominicano me hizo su puta, en presencia de mi esposo

    Cierto día de fin de semana, mi esposo me pidió que lo acompañara a que le cortarán el cabello, me había contado que por mucho tiempo frecuentaba una barbershop que quedaba a 15 minutos de la casa, me contó que siempre había buena vibra en ese lugar y que se llevaba muy bien con los trabajadores de ahí. Yo pensé que en ese lugar trabajaban señores y sentí flojera de acompañarlo. Yo no tenía muchas ganas de salir pero mi esposo insistió y solo me dijo que me pusiera guapa, que saliendo del lugar me podría acompañar a una plaza comercial de compras, total, que mi hijo lo cuidaría mi suegra, por tanto, quedamos que iríamos al medio día. Nos retrasamos esperando que llegara mi suegra a la casa y se nos hizo tarde.

    Era un día caluroso, entonces me metí a bañar para alistarme, cuando salí opte por ponerme una falda corta de vuelo color negro, por arriba de la rodilla, con un top corto color blanco, con la espalda descubierta de esos que solo se sujetan con un cordón delgado en la espalda, esta vez, preferí no ponerme sujetador ya que el top sostenía muy bien mi par de senos, me puse un tanga color rosa de encaje que se perdía por en medio de mi par de nalgas y para completar mi outfit unos zapatos café de plataforma. Mi esposo como siempre al verme se le caía la baba nomás de verme y esta vez no era la excepción, me chuleaba en cada momento.

    Salimos con rumbo a la barber, en el camino mi esposo me dijo que me tenía una sorpresa, que había alguien a quien quería presentarme y que si me gustaba podía cogérmelo, mi esposo me había pedido que intimara con mi jefe semanas atrás, de hecho ya eran muchas veces que quedaba con mi jefe para estar con él, con el consentimiento de mi esposo. Pero lo que me acababa de decir, me tenía perpleja.

    Mi esposo disfrutaba mucho de las anécdotas que le contaba de las cosas que hacía con mi jefe, de cómo me cogía en su oficina o en su casa de playa de puerto progreso, incluso en cierta ocasión había llamado a mi esposo y dejado el celular cerca para que escuchara como mi jefe me daba tremenda cogida, el tanto como yo, lo habíamos disfrutado mucho. Los dos disfrutábamos, yo por obvias razones, descubría más mi sexualidad y me cogía a mi jefe con toda libertad y mi esposo se ponía cachondo sabiendo que su esposita lo hacía cornudo y a él le encantaba. Yo amo mucho a mi esposo y cada aventura que tengo lo hacemos con el afán de mantener la flama de la pasión en nuestra relación.

    Sin contarme nada más de la sorpresa, llegamos a un local que se encontraba en una pequeña plaza. El lugar quedaba en la planta alta del edificio, con algunos locales, la mayoría ya cerrados por la hora, he de decir qué se nos hizo tarde esperando a que mi suegra llegara para cuidar a mi hijo. Dentro del local solo había un chico moreno como de unos 29 años, muy guapo, tenía el cabello negro, con barba y tatuajes en los brazos, era de origen dominicano, con un acento sexy al hablar, delgado y poco más alto que yo, cuando lo vi dije ¡Por dios, que delicia de hombre! Ja ja ja. Era todo un papacito en toda la extensión de la palabra, estaba vestido con camiseta y pants, pero se veía todo un cuero de hombre, yo estaba enculada con ese bombón desde que lo vi.

    Por lo visto se llevaba muy bien con mi esposo, pude notarlo en la forma como se saludaron – “Bienvenido Bro, que bueno que llegaste, te estaba esperando, los demás chicos se fueron, así que solo te atenderé a ti” – le dijo Joel, el barbero – “Que bueno solo tu estás Bro, mira, te presento a mi esposa, ella es Angie” – le dijo mi esposo, el respondió – “Bienvenida Angie, la esposa de mi bro es muy bienvenida y con todo respeto Angie, esta usted muy guapa ¡eh!” – reímos los tres al mismo tiempo que entrábamos al salón – “Gracias Joel, créeme que el gusto es todo mío, tu igual estas bien guapo eh, lástima que vengo con mi esposo…”- le dije al momento que nos saludábamos con un beso en las mejillas, pude tomarlo de su brazo mientras me saludaba, tenía unos brazos fuertes y olía rico.

    Ese hombre me estaba volviendo loca, estaba fascinada con él. Joel, cerró la puerta por dentro y entramos al salón donde estaban las sillas del barbero, tres sillas grandes posicionadas como a dos metros una de la otra. Joel insistió que pasará con ellos y que si gustaba podía sentarme en una de las sillas del barbero mientras atendía a mi esposo, así lo hice, pase con ellos al salón, mi esposo se sentó en la silla, Joel empezó a cortarle el cabello.

    Yo me senté girando la silla para quedar frente a ellos cruce las piernas, mi falda por lo corta que estaba se me subió hasta medio muslo y por la parte lateral de la falda estaba segura que se podía apreciar mis muslos, estaba cachonda y ese hombre me ponía nerviosa, todo la experiencia que había obtenido manipulando y seduciendo a los hombres, se desvaneció, no podía creer que ese hombre que era menor que yo me ponía nerviosa y muy cachonda.

    Mi esposo estaba de perfil y Joel caminaba alrededor de mi esposo tratando de cortarle el cabello, cuando Joel quedaba frente a mi, se le perdía la mirada entre mis piernas, dirigía su mirada hacía mí de forma descarada, veía que mordía el labio cada vez que lo hacía, se tocaba la parte de su verga y aún con el pants que tenía se podía observar que crecía su erección.

    En una ocasión que volteó a verme, baje mi pierna y las abrí un poco para que ese moreno pudiera deleitarse, yo sentía mi concha mojadita por la excitación y por lo cachonda que estaba, mis pezones se empezaban a erectar dibujando dos puntos uno en cada lado de mi top, quería provocar aún más a ese hombre, así que subí mi falda alzando mis dos piernas para ponerlas encima del soporte del codo de la silla, quedando casi acostada sobre la silla.

    Eso hizo que mi falda se abriera por debajo y se me viera parte de mis nalgas, como llevaba un tanga color rosa, deje a la vista de mi esposo y del dominicano una vista de mi trasero. El dominicano se puse nervioso y miro a mi esposo. Mi esposo ya me había visto y por su expresión le gustaba lo que estaba haciendo, sabía lo que tramaba y el participo en ello:

    Mi esposo: No te preocupes Joel, si quieres mirar, adelante, para eso se hicieron los ojos

    Dominicano: Oye Bro… con todo respeto… que buena esta tu esposa hombre, ¡eh! Tu disculparás pero me es imposible mirar hacia otro lado, ¿Oye… y eso hace tu esposa cuando se aburre o por qué hace eso?

    Mi esposo: No… lo que pasa que a mi esposa le gustaste. Es su manera de decirte que quiere contigo, jajaja

    Dominicano: No entiendo, como dices que le guste… Pero hermano, es tu esposa, como dices eso, no te creo… – Se veía en su expresión que estaba confundido

    Mi esposo: Tranquilo Joel, nosotros estamos en una onda cuckold

    Dominicano: ¿Qué es eso de cuckold?

    Mi esposo: Bueno, a mi me gusta que mi esposa follé con otros hombres.

    El dominicano se quedó pensando un momento y me volteo a ver.

    Dominicano: Tú crees que yo sea un buen candidato para eso, me encantaría – ambos voltearon a verme

    Me baje de la silla y me acerque a ellos, puse mi mano sobre su brazo del dominicano y le dije – “Así es Joel, me gustas mucho, desde que entre por esa puerta me fije en ti. Estas hecho un papacito, mi amor. Tú no sabías pero mi esposo me tenía una sorpresa y resulto que esa sorpresa eres tú.” – yo baje mi mano por su torso, que se notaba duro y trabajado por el gym, Joel se puso más relajado, entonces le dije – “Entonces que dices Joel, tu tienes la última palabra, mi amor“.

    El dominicano me tomo de la mano y me invito a dar una vuelta, yo gire mientras ese hombre me chuleaba con la mirada de arriba hacia abajo – “Angie ¡por Dios! Estas como quieres mamitaaa…”.

    Mi esposo se puso de pie, en ese momento Joel me tomo de la cintura acariciando mi espalda y llevando sus manos a mis caderas justo donde iniciaban mis par de nalgas, aproveche para acercarme más a él, olía delicioso y se veía guapo con su barba recortada, se inclinó un poco hacia mi cara y nos dimos un beso, yo aproveche para acariciar su torso una vez más sintiendo lo duro que tenía los pectorales y su abdomen, el bajo su mano para acariciar mi nalga, yo aproveche para bajar mi mano hacía su entrepierna que ya estaba erecta y se dibujaba sobre el pants – “Vaya culaso que te mandas Angie, estas divina” -me dijo mientras me apretaba las nalgas.

    Mi esposo se acercó y tomo mi falda para subirla y enseñarle mi trasero a ese hombre, mi nalga apareció y solo veía el tirante de mi tanga en la parte superior ya que el hilo del tanga se perdía en medio de mis nalgas – “¿Te gusta, Joel? Toca mi amigo, no puedes perder follarte a mi esposa, no te vas a arrepentir hermano” – Le dijo mi esposo.

    Sin más mi esposo se acomodó en la silla de nuevo, girando la silla para ponerse en frente de nosotros como espectador, Joel se acomodó de espaldas al tocador y le seguí cruzando mis manos sobre su cuello, Joel me tomo de la cintura nuevamente y nos hundimos en un beso.

     Está de sobra decir que yo estaba más que caliente en ese momento, ya tenía en mis brazos a ese hombre y me estaba volviendo loca por él, no veía la hora en tenerlo dentro de mis piernas y saborearlo.

    Seguíamos besándonos, estábamos abrazados como si fuéramos dos novios, Joel metía su lengua en el interior de mi boca y me comía la boca de una forma deliciosa, Joel me susurro en el oído – “Angie me vuelves loco, estás buenísima, quiero follarte aquí y ahora”.

    Joel desató el nudo que sus pants y lo bajo justo con sus calzoncillos hacía sus rodillas, solo salió un “omg” de mi boca al ver tremendo bulto de ese dominicano, estaba grande con una cabeza redonda y negra apenas lograba cerrar el puño de mi mano.

    Lo más curioso era que nunca había visto un pene como el de ese dominicano, era un pene que estaba doblado, no podía permanecer derecho es una dirección, estaba doblado literalmente, yo me hinque delante de él y tome su pene con mis manos, lo cubrí con las palmas de mis manos y aun así faltaba para poder cubrir completamente esa verga negra, sin más acerque mi lengua y la pase por el glande de ese hombre, tenía liquido pre seminal que no dude en lamer en ese instante, todo me parecía delicioso viniendo de ese hombre.

    Su pene tenía un olor peculiar que me encantaba y el sabor de su semen era un poco salado, pero sabía delicioso, lo metí a mi boca lo chupaba como si de un caramelo se tratará, su pene recorría todo el interior de mi boca, yo soy de boca pequeña y su pene cubría toda la longitud de mis labios, me sentía penetrada por ese hombre por mi boca.

    Joel me tomaba de mi cabello, miro a mi esposo y le dijo – “Que rico me la chupa tu mujer ¡eh! Se nota que tiene experiencia, mira como la chupa”.

    Mire a ver a mi esposo y se notaba excitado, tenía las manos en su entrepierna por encima de su pantalón y se estaba tocando, eso me excito más que tomé el pene de mi negro y lo metía aún más en mi boca, lo estaba disfrutando mucho, mi mano jugaba con sus testículos acariciándolos “Chúpamelo rico putita, te gusta verdad, te gusta hacer cornudo a tu esposo, eres una putita”.

    Joel me tomó del cabello, lo enredo en su mano y me jalaba hacía él. Él tenía el ritmo en ese momento, me tomaba de la cabeza e inicio un movimiento de cadera como si me estuviese penetrando, se movía y su pene salía y entraba del interior de mi boca, ya estaba completamente erecto yo gozaba extasiada con esos movimientos, con el pene en mi boca se inclinó hacia delante de mí para alcanzar mis nalgas mismas que las empezó a acariciar y apretar, yo levante mi falda y este hombre me daba nalgadas, se inclinó más y su pene se salió de mi boca, yo puse las manos sobre el piso como en posición de perrita, mi nuevo hombre.

    Ese dominicano aprovecho para magrearme las nalgas, me apretaba las nalgas y llevaba sus dedos hacía mi hoyito anal por encima de mi tanga rosita, me daba nalgadas, entonces mojo sus dedos con su saliva tomando mi tanga para hacerla hacía un lado de mi nalga y empezó a estimular mi coño que ya estaba mojadísimas, jugó un momento con el orificio de mi ano y se incorporó.

    Yo aproveché para tomar su pene de vuelta y metérmelo a la boca nuevamente, mi hombre estaba disfrutando de la mamada que le estaba dando, metía su pene a mi boca y esta vez lo hacía de manera rápida buscando que ese hombre se viniera encima de mi, saque su pene de mi boca y lo recorrí con mis labios por todo su esplendor llegaba hasta el tronco y subía hasta la punta en su glande, estaba disfrutando como nunca ese pene.

    Joel aprovechó para quitarme el top y quedó al desnudo mis senos, yo seguía disfrutando de su pene con mi boca, mi esposo ya tenía su pene afuera del pantalón y se estaba masturbando, él también estaba disfrutando de ver como se esposita se metía la verga de ese dominicano a la boca. Estuve así un momento chupando esa rica verga, hasta que Joel me hizo incorporarme y nos pidió que nos moviéramos más al fondo por si alguien podía vernos.

    Mi esposo me tomó de la cintura y me acompaño detrás de Joel, bese a mi esposo y subimos por una escalera, al final llegamos a un cuarto que tenía una puerta negra. Joel la abrió y entramos.

    Había muchas cajas con productos del local y en un rincón una cama pequeña con unas sábanas blancas. Joel se retiró el resto de la ropa que le quedaba, me quite la falda y me retire el tanga, mismo que tomo mi esposo. Joel se acostó boca arriba sobre la cama y yo le seguí inclinándome hacía el para seguir chupando esa rica verga, me encontraba empinada en la cama con la verga de Joel en mi boca.

    Su mano de Joel recorría mis nalgas y de vez en vez me daba nalgadas mismas que me hacían sacar gemidos que inundaban la pequeña habitación.

    Mi esposo ya no tenía su ropa se encontraba en un sillón en la esquina del cuarto sin decir nada, se le veía extasiado masturbándose. Joel me jaló hacía el, yo acerque mi trasero hacía su cara cruce mi pierna por encima de su rostro quedando en posición de 69, tenía su lengua recorriendo mi coño y mi clítoris, apenas podía concentrarme en la verga de Joel en mi boca con tan rica mamada que este hombre me estaba dando, no pude aguantar más que ya quería sentir ese pedazo de carne en mi interior.

    Me volteé separándome de él y me subí nuevamente encima para meterme esa rica verga en mi coño, tan solo esperar que entrara esa verga en mi coño que Joel me tomo las nalgas con sus manos y me empezó a penetrar muy rápidamente, movía las caderas de arriba hacia abajo para penetrarme más, yo estaba quieta disfrutando de las embestidas de ese hombre.

    Tenía una verga bien rica que me llenaba todo el interior de mi coño, en ese momento mi esposo se puso de pie sobre la cama acerco su pene a mi boca y pidió chupárselo.

    Tenía la verga de mi esposo en la boca y en mi coño la verga del dominicano, era mi primera experiencia haciendo un trio y la estaba compartiendo con mi esposo.

    Mi esposo no duro mucho y se corrió cayendo su semen en el piso, mi esposo se bajó de la cama y se acomodó nuevamente en el sillón mientras que el dominicano seguía penetrándome, ¡Dios! La tenía tan grande que sentía que me tocaba el útero cuando me la metía toda, yo no paraba de gemir y gritar de lo extasiada que estaba, me perdía entre mi goce con las embestidas de ese hombre.

    Me magreaba las tetas, subía y me las chupaba en esa posición. Yo puse mis manos en su pecho y empecé a moverme encima de él, movía toda mi cadera para meterme ese rico pene, estuve un momento así disfrutando de esa rica verga, sentía que toda mi cavidad vaginal se me llenaba con ese miembro negro y delicioso, seguí moviéndome de forma acelerada enterrándome aún más ese pedazo de carne que no aguante y tuve un rico orgasmo, mis gritos inundaron la pequeña habitación, nuestros cuerpos bañados en sudor, el orgasmo tardo unos segundos más de lo normal, estaba completamente extasiada, me separe del dominicano y me puse de perrita.

    Joel se postro detrás de mi, junto mis piernas y me metió su verga en mi coño nuevamente, me jalaba mi cabello hacia él, yo era su puta, su mujer, la esclava sexual de ese hombre, solo existíamos él y yo en ese momento. Joel me daba embestidas, chocaba sus piernas en mi trasero cuando me la metía toda, me daba nalgadas y yo no paraba de dar gritos gimiendo sin parar.

    El dominicano aprovechó para estimular mi ano, con su dedo pulgar lo trataba de meter en el interior de mi ano hasta que entro, me penetraba con su verga mi coño y con sus dedos me penetraba el culo. – “Joel, mi amor, que rico bebe, lléname el culo con tu verga, mi amor. Quiero que me cojas el culo mi amor, anda métemela más, más, no me la saques mi amor.”.

    Joel sacó su verga y llevo su lengua a mi ano, metió dos dedos en mi coño y en empezó a estimular mi ano con su lengua, me estaba dando unas mamadas de culo estupendas que no dejaba de gemir, se incorporó y sobre mi hombro pude ver como tomó su verga y llevo la cabeza hasta la puerta de mi ano, pensé que no entraría pero sin más su pene entro en mi orificio anal sin mayor esfuerzo, Joel con delicadeza empezó a meter poco a poco su verga hasta que logró entrar toda y con eso empezó a bombearme con su rica verga todo mi interior, la metía y la sacaba toda y así de nueva cuenta me la volvía a enterrar en el interior, estaba gozando como una perra en celo.

    Joel no solo tenía una verga enorme sino cuando la tenía completamente erecta, está se curveaba hacía un lado, la tenía doblada y cuando estaba en mi interior, me estimulaba la parte de mi cavidad dándome más placer de la que me había dado alguna otra verga que había probado.

    Me penetraba a veces lentamente, metía su pene lentamente y la volvía a sacar y así sucesivamente, pero en otras ocasiones me la metía por completo de golpe y me la sacaba de golpe dándome nalgadas. Yo sentía ahogar mi respiración con tan bestial penetración.

    Después de unos minutos, el dominicano me apretó de las caderas y sentí un líquido caliente que inundo mi interior de mi ano, mi hombre dominicano se corrió echándome una carga de semen enorme que lleno mi interior. Yo tuve un segundo orgasmo en esa posición al mismo tiempo que mi hombre Joel depositaba su semen en el interior de mi ano. Ambos caímos acostados en la cama.

    Mi esposo se acercó y me beso en la boca – “Te amo Angie, eres el amor de mi vida, gracias por este placer que me das” -Me dijo mi esposo satisfecho de haber visto coger a su esposa con el dominicano.

    El pene del dominicano seguía semi-erecto, yo lleve mi boca para limpiar los restos de semen que le quedaban, me subí sobre él y lo bese como agradecimiento de tan bestial cogida que me acababa de dar. Y sentía como de mis muslos chorreaba el semen de mi nuevo hombre que chorreaba tanto de mi vagina como de mi ano.

    Los tres nos vestimos, me acerque y le dije al dominicano que quería seguir cogiéndomelo, el volteo a ver a mi esposo y con un gesto nos dio su aprobación. Desde ese momento iba a visitar al dominicano, lo recogía al salir de su trabajo para llevármelo a su casa y que me cogiera. Es mi novio desde ese momento y claro, mi esposo lo sabe y me consiente permitiéndome tener al dominicano como novio.

    Gozo tanto con ese hombre que siento que me estoy enamorando de él.

    Espero que disfruten de este relato, es totalmente real y es una anécdota de mi vida…

  • Una noche de porno y sexo con mi vecino moreno

    Una noche de porno y sexo con mi vecino moreno

    Este relato es en base a una experiencia sexual que tuve hace casi cinco años atrás y de la cual tengo un hijo, (pero eso contaré más adelante) con el protagonista también de esta historia, aunque es un poco largo, pero a cuantos más likes, contaré toda la saga.

    Me llamó Carmen, tengo ahora 31 años y soy de Perú, mido 1.69, trigueña clara, casi blanquita, cabello largo negro, de cuerpo soy normal, aunque desde siempre mi atractivo más fuerte, han sido siempre mis pechos y mi trasero (ya que, según mis amigas, es muy redondo y llamativo).

    Esta historia se remonta en el 2015, cuando tenía 26 años, por entonces en mi casa mi hermano había puesto hace tiempo atrás un negocio de cabinas de internet, y yo me encargaba de administrarlo. Teníamos variada clientela entre chibolos, mayores y escolares y uno que otro vecino de la cuadra. Dentro de ellos estaba Fredy, un vecino que vivía a dos cuadras de mi casa, físicamente no era muy llamativo (tenía mi edad, morocho, cabello corto, algo de pancita, pero eso sí unos fuertes brazos y lo más importante, una vitalidad bárbara que ahora explicaré).

    Al principio había escuchado malas referencias de él, ya que se había metido con casi todas las chicas del barrio que tenían casi mi edad, entre ellas estaba Margot, que me contaba que él siempre era un mentiroso, pero también en una ocasión me narró que ya había tenido relaciones sexuales con él, y que era un verdadero macho como se dice. Cuando escuche esto me entró mucha curiosidad y como soy muy picara, buscaba la manera de creer lo que me contaba mi amiga.

    Cuando comenzó el negocio (en el 2013) empezaban a ir los clientes y entre ellos estaba Freddy. Aunque al principio no iba mucho, por su trabajo de chofer de bus y casi no paraba mucho tiempo en la ciudad, no me extrañaba, pero cuando empezó a ir, estaba una hora o máximo dos. Pero de pronto por el 2015, ya iba todos los días y casi por las noches a eso de las 9 o 10 de la noche y como el horario de atención era máximo hasta las 12, pues se le atendía.

    Debido a que mi casa era cerrada y no entraba mucho frío, siempre solía estar vestida con falditas de jean, polo o blusa corta y en sandalias. Cuando no había maquinas, él siempre se sentaba a esperar y observaba de reojo como se fijaba en mis nalgas cuando me iba para adentro de mi local, a sentarme, ver televisión o vender un piqueo, gaseosa o algo que pedían los clientes. Cuando él estaba en su cabina (estas eran cerradas con cortinas) siempre me llamaba para cualquier cosa a veces para enseñarle: a abrir un correo, ver una página de pago, de banco, etc.

    Pero la mayoría de veces era para quitarle el filtro antiporn, que había en todas las cabinas por mandato del municipio, es entonces que cuando estaba a su lado, él empezaba a preguntarme si tenía novio o si tenía frio, etc.

    Entonces me acordé de las palabras de mi vecina y sólo le seguía la corriente, aunque a veces me pedía que me quede tiempo con él y en una ocasión mientras le recuperaba su cuenta de Facebook, me dio un beso en uno de mis brazos, yo solo sonreí y le dije que aquí no podía hacer eso (pero su beso me provoco un poco, solo que lo disimulé).

    Pasaron los días y siempre me di cuenta que él solo miraba porno en su máquina (ya que miraba el historial de páginas guardadas en la computadora, para así borrarlas y evitar que el municipio si iba a supervisar, nos ponga una multa) y una noche que fue a alquilar, disimulada me puse junto a otra máquina y pude ver de reojo que si estaba mirando películas eróticas.

    Por ser jodida me acerqué y le dije que necesitaba compartir el disco local de la PC a otras máquinas, Fredy aceptó y así abrí su página porno, le dije “¡Que miras!”, sólo sonrío y le contesté “Tranquilo” y le toqué la mejilla (Debo confesar que, a mí, me gusta ver porno cuando estoy sola, en especial de morenos). Así pasaron los días, Fredy iba a alquilar por las noches y cuando lo hacía llegaba vestido en shorts deportivos, bermudas, polo sin mangas y desde las 10 de la noche y encima de forma descarada en dos ocasiones cuando era el último en salir, siempre se notaba su erección al pararse. Bueno debo confesarles que también me entraba unas cosas ver su paquete levantado, pero disimulaba ya que estaba mi mamá en casa.

    II PARTE

    Un día mi mamá recibió una invitación por parte de una tía pariente para asistir a la misa de año (había fallecido su esposo) y decidió ir junto con mi sobrino quien también vivía con nosotros, mi hermano mayor no podía ya que estaba trabajando por TACNA y llevaba tiempo allí.

    Yo le dije que no podía ir porque tenía que atender el negocio, pero que no tendría problema en quedarme sola. Ella aceptó y se fue con mi sobrino y me quedé, pero a eso de las 9 de la noche, me llama, diciendo que se iban a quedar debido a que ya no encontraron transporte para regresar y volverían por la mañana. Yo acepté y le dije que no se preocupara que solo atendería hasta las 10 y luego cerraría.

    Y así pasé el día y como si todo acertara, llegó Freddy a las 9.30 y pidió una hora, cuando terminó su tiempo, me pidió una hora más yo le dije que no podía porque iba a cerrar, él insistió que era urgente y todo eso, me mandó caritas tristes y todo eso y al final le dije que está bien pero solo una hora más y terminaba. No esperé mucho porque cerca a las 11, ya no había clientes en la sala y solo estaba él. Apagué todas las computadoras, cerré la puerta principal, quité el letrero y me puse a esperar que acabará su tiempo, entonces me acerqué a él y le dije que solo le faltaba 15 minutos y él me dijo si podía darle media hora más, yo me negué, pero acepté, entonces de jodida le moví la cortina y le dije que no había clientes y estaba las luces oscuras.

    Luego me llamó pidiendo ayuda diciéndome que había hecho algo con la pantalla, me acerqué y me dijo que no me molestase por lo que iba a mirar, le dije que tranquilo y cuando entré vi una imagen de una mujer penetrada por un moreno en la pantalla principal (fondo) me acerqué y quité la imagen y le dije que tuviera cuidado cuando vea sus películas. Él se avergonzó, pero pude ver su pene levantado en su short.

    Entonces acerqué una silla y le dije si podíamos mirar juntos y así decirle cómo manejar la pantalla y teclados. Él aceptó y comenzamos a mirar una escena de un trío sexual, de pronto me dio un beso en mi hombro, yo dejé que siguiera, siguió besando mis brazos y yo solo cerraba mis ojos, me dijo que olía muy rico y no aguanté más y le di un beso en la boca, correspondiéndome.

    Comenzó a tocar mis pechos y yo su pene por encima del short, luego me levantó el polo y como estaba sin sostén ese momento, comenzó a lamerlos y morderlos yo empecé a gemir despacio, luego levantó mis piernas, hizo un costadito mi falda (que era de tela ese momento) y me comió mi panocha yo solo me agarraba de la madera de la cabina para no caerme estuvo por casi 10 minutos así, hasta que él se puso a un costado y le baje su short y pude ver su pene (medía algo de 19 cm y con una cabeza bien gruesa y colorada, pese a que era moreno) comencé a lamerla poco a poco y luego la tragué lo que podía, él también gemía pero despacio, después de chupársela nos pusimos de pie y me dio un beso bien tremendo.

    Apagué la computadora y las luces, lo tomé de la mano y lo llevé a mi cuarto, una vez allí me tumbó sobre la cama me quitó la ropa y también se desnudó. Comenzó a morderme mis tetas, cuello y me hizo de nuevo sexo oral, y yo solo le agarraba su espalda. De pronto me cambio de posición e hicimos un 69 yo chupaba su pene y él comenzó a morder mi clítoris y meter dedos en mi culito, le dije que mi culo no porque no me habían penetrado allí, él comprendió y siguió comiéndome mi conchita húmeda.

    Después tomó su billetera, sacó un condón y se lo colocó, yo también saqué un frasco de brillantina Reuter que tenía para mis labios, me lo pasé por mi conchita, me dio una lamidita y le abrí mis piernas un poco más, luego coloco su pene en la entrada, comenzó a sobarlo y de pronto la metió yo gemí y comenzó primero a metérmela en la pose del misionero, yo quería gritar porque sus embestidas eran fuertes y la cama mucho sonaba, pero él comenzó a comerme la boca (estaba el sabor de nuestros sexos) y después de un rato, se levantó, me hizo un costadito, con su brazo izquierdo levantó mi pierna y con su otro brazo me abrazó el cuello y comenzó a penetrarme de costadito mientras me besaba y mordía los labios.

    Luego de estar así un rato, se sentó sobre la cama y yo me senté encima de su pene, este entró sin problemas y empecé a cabalgar en su encima, me agarraba mi espalda y luego mis nalgas lo tocaba, abriéndomelas y entrando un poco de aire en mi rajita, me decía “te gusta mi amor” y yo le respondía “me encanta tu pene mi amor”, así estaba luego dejó de agarrarme y yo comencé a moverme sola, él decía ¡oh, vamos mueve esa concha” y me daba de nalgadas, hasta que de pronto se puso de pie, se quitó el condón rápidamente y me dijo ¡me corro! ¡Me corro! Yo le dije que en mi cara no, y entonces eyaculó sobre mi ombligo, botó una gran cantidad de semen, a pesar de correrse, su falo aún se mantenía firme y comenzó a golpearme con él en mi ombligo.

    Luego cayó a mi lado y comenzó a besarme mientras nos abrazamos entrelazados. Me limpié el semen y miré el reloj era como la 1.30 de la madrugada, me dijo que se tenía que ir, pero le dije que se quedara porque mi mamá no vendría hasta la mañana, él aceptó, pero solo se quedaría hasta las 5, porque tenía que ir temprano a trabajar.

    Luego nos fuimos acariciando, hasta que de nuevo tomo fuerzas y tuvimos nuestro segundo round, en esa vez me hizo de perrito, piernas al hombro, y parado. Lo bueno de esa sesión de sexo, lo hizo sin preservativo, pero le dije que no había problema porque en dos días venía mi regla, me dio una nalgada diciéndome ¡niña mala, vas a ver! Y dicho y hecho, cuando eyaculó lo hizo dentro de mí, (pude sentir después como se diluía su leche sobre mis piernas), al terminar, nos quedamos dormidos hasta las cinco de la madrugada.

    Luego se levantó, me dio una cogida mañanera, (solo de pose misionero) y descargó su leche otra vez en mí, me dijo que ese era mi “leche del día” luego abrí la puerta y al ver que no había nadie por la cuadra, lo hice salir, dándonos un beso de despedida.

    Entré a mi cuarto, tomé el condón y su caja y lo tiré por la basura y el polo con el que me limpié su lechecita, lo eché para lavarlo. Volví a dormir hasta las 8.30 AM, la hora que mi mamá llegó y no sospechó nada.

    A partir de ese día mi relación con Fredy cambió, cada vez que él iba a la sala, siempre se quedaba hasta las 12 de la noche, y aprovechaba cuando mi mamá se retiraba a descansar temprano, y al no haber nadie en la cabina, me penetraba de perrito o de pie, teníamos como se dice “sexo al paso”. Y así empezó nuestra aventura sexual, entre ellas como fue cuando me rompió mi culito por primera vez, pero eso lo contaré en otra ocasión.

    Sus comentarios son bienvenidos.

  • Compartida con un viejo

    Compartida con un viejo

    Era domingo por la mañana, mi esposo alistaba el auto para partir, iríamos a una playa, la cual nos encanta, pues se encuentra totalmente vacía, por lo menos la mayor parte del tiempo, allí habíamos tenido muchas aventuras sexuales, así que era uno de nuestros lugares favoritos.  Yo llevaba un bikini diminuto, tanguita con un bra que apenas si tapaba mi pezón, quería aprovechar la libertad de estar en ese lugar, sin tanta gente, y claro que sí, cachondear a mi esposo.

    Todo estaba listo, la canasta de comida, las toallas, las franelas para la arena, todo, así que partimos; al llegar, estaba tal como lo pensamos, solo, ni una persona cerca, sólo se veía el mar, la arena y dos espigones a los costados que limitaban la playa.

    Sin inconveniente alguno me quité el bra para hacer topless, quería broncearme completa, nos recostamos en las franelas sobre la arena con el sol sobre nuestra piel y charlamos de todo un poco, pasó el tiempo y mi esposo me hizo la invitación a «nadar», acepté gustosa, al entrar al agua rápidamente me acercó a él, pegando mi espalda con su dorso y haciéndome sentir su erecto miembro, me mojó de inmediato y no era por el mar, comencé a masturbarlo mientras él me tocaba mis parados pezones, así estuvimos un rato cachondeando, hasta que de pronto vemos a una persona en el espigón, parecía estar pescando y al mismo tiempo viéndonos, o al menos eso parecía, ya que por la posición del sol no se alcanzaba a apreciar bien sus rasgos, sólo su silueta, por otro lado, el agua era muy clara así que supongo que vio lo que hacíamos, para él no había sol que lo impidiera. Nos calmamos un poco y simulamos nadar por un buen rato, para no incomodarlo…

    Pasó algo de tiempo y la persona seguía ahí, nosotros salimos del agua y nos dirigimos hacia la locación de nuestras cosas, comimos los aperitivos que habíamos preparado, destapamos un par de cervezas y disfrutábamos del ambiente. De un momento a otro se observa que aquella persona se acercaba caminando en dirección a nosotros, cuando se encontraba a unos cuantos metros llamó mi atención de inmediato, era un hombre cuarentón, con un cuerpo algo ejercitado, llevaba un traje de baño muy corto, una playera de tirantes y unas sandalias, en una de sus manos cargaba una caña de pescar artesanal, pero lo que más atrajo mi mirada fue su enorme miembro que rebotaba en cada paso que daba, no sé si fui obvia pero no pude evitar ver entre sus piernas, lo cual de inmediato me hizo sentir pulsaciones en mi vagina.

    Llegó a nuestro lugar, yo al salir del shock que me causó ver aquella cosa, intenté con un brazo taparme los pechos los cuales aún seguían al aire. Se dirigió a mi esposo, le dijo que si le podía vender una cerveza, que olvidó comprar unas cuando venía hacía la playa y realmente tenía ganas de una; mi esposo amablemente le dijo que él se la invitaba sin problemas y comenzaron a charlar mientras le pasaba la botella, hablaron cosas de pesca que no entendía, así que perdí mi vista en el mar, de un momento a otro se fue la pena e inconscientemente olvidé tapar mis pechos, entonces escucho: «así es como deberían estar» el hombre se dirigía a mí, yo volteé desconcertada, no sabía de qué hablaba, al notarlo, sin miedo me dijo «tus pechos, son muy lindos, no deberías taparlos», me sonrojé completa, y antes de decir ‘gracias’ mi esposo le contesta «¿Sabes que es más lindo?, Tocarlos, ¿Los quieres tocar?».

    Yo me quedé atónita, el tipo sin pensarlo, se acercó a mí, se sentó a mi lado y contestó: «con gusto», mientras acercaba sus manos a ambos pechos, no lo pude evitar, estaba mojadísima y súper excitada, me masajeaba los pechos y me sacaba uno que otro gemido, me excitaba la idea de que mi esposo estaba presente, y el mismo autorizó que me tocaran, él ya estaba enterado de que deseaba tener un aventura sexual con alguien que no fuera él, ahí fue cuando supe que confesarlo fue lo mejor.

    Me mamaba los pechos mientras sus manos bajaban a mis nalgas, una de ellas se perdió entre mi diminuta tanga y llegó hasta mi vagina, metió tres de sus dedos, nunca antes habían metido más de dos, me recosté sobre la franela, mientras él seguía con su movimiento de dedos que le llenaba la mano de fluidos vaginales, su boca no se despegaba de mis pechos; mis gemidos aumentaban, no aguantaba más, con una de mis manos bajaba su traje de baño, sacando su enorme miembro, era blanco, con pocos pelos púbicos, glande rosado, se veía delicioso; entendió el mensaje y se incorporó encima de mi, sacó sus dedos, me abrió más las piernas y puso la punta de su miembro en la entrada de mi vagina, comenzó a empujar lentamente, desesperada lo jalaba hacia a mí, quería toda adentro, metió todo su miembro, me hizo gemir bastante, nos encontrábamos en el mete y saca, cuando volteó a ver a mi esposo, que ya pasaba por alto por la intensidad del momento, estaba masturbándose mientras nos veía.

    Cogíamos sin parar, me puso a gatas, me lo hizo por atrás, me hizo terminar 6 veces, me hizo de todo, cuando terminamos, mi esposo se acercó a mí boca mientras seguía masturbándose, puso su miembro sobre mis labios y arrojó todo su jugo seminal, sabía delicioso, tenía un sabor particular a excitación, sabía que él también quería que tuviera sexo con otro y aprovechó la oportunidad.

    Nos quedamos los tres charlando un buen tiempo más, quedamos en que repetiríamos mientras tomábamos las cosas para partir y terminar nuestro día en la playa, nos despedimos del señor al que curiosamente nunca le preguntamos su nombre, subimos al auto, estando arriba, mi esposo me pregunta si me gustó, a lo que yo contestó que me encantó, me dijo ahorcándome de manera provocativa y sexual: «Eres mi puta, sabía que querías dártelo, ahora quiero que hagas lo mismo con más hombres»…

  • Mi primera vez con mi mejor amigo

    Mi primera vez con mi mejor amigo

    Hacía algún tiempo que venía experimentando una sería curiosidad por experimentar el sexo con otro hombre, pero por cuestiones de la sociedad y temas morales no había llevado a la realidad ese deseo que llevaba muy profundo dentro de mí. 

    Fue en una noche veníamos de regreso de un bar en dónde bebimos suficiente para estar algo elocuentes, cabe mencionar que él es mi mejor amigo desde un remoto tiempo, sin embargo cuando llegamos a casa nos acostamos yo en mi cama y el en un colchón que acomode en el suelo de mi habitación.

    Recuerdo que comencé a sentir demasiada excitación y desde el camino de regreso a casa tenía una erección fuerte y placentera, así que con el alcohol encima fue que tuve valor y en voz baja le dije y confesé que estaba excitado y que quería tener sexo, a lo que respondió que él también a lo que yo respondí, ·pero no común, hace tiempo que quiero experimentar la penetración de un hombre, de amigos me gustaría pedirte un favor, pero que sea un secreto gigante, me dejarías sentir tu verga en mi culo?”.

    Y él se rio y dijo que no, a lo que yo a modo de ruego le dije “anda, te la mamo, pero por favor métemela,” y entonces sucedió, accedió me dijo “va! Pero ven aquí”.

    Entonces con las luces apagadas baje de mi cama y cuando estuve junto a él con nervios baje su bragueta, su pene estaba durísimo, bromee con él un poco y entonces lo sujete con mi mano y empecé a chuparlo, tenía la boca seca solo quería sentirlo en mi culo llenándome embistiendo mis nalgas, y entonces me dijo “chúpame el culo”, por lo que le di un par de lengüetazos por complacerlo ya que no era mi deseo.

    Estuve así cerca de cinco minutos cuando le dije “ya métemela no aguanto” y entonces me dijo “ok, ven recárgate en la cama”. Bajé mis boxers y entonces me sujetó la cintura. Cabe mencionar que soy robusto y muy peludo.

    Entonces me dijo “aquí voy”, puse un poco de saliva en mi culo y entonces la sentí, durísima, me dolió muchísimo! Pero fue tan rico que solo deseaba seguirlo sintiendo y tan placentero fue que intenté masturbarme, pero la cama me impedía hacerlo así que solo me sujeté con fuerza de las sábanas y soltaba silenciosos gemidos, y entonces empezó a ir un poco más rápido y empecé a pedirle que se viniera adentro, así que sigo cogiéndome mientras yo le decía, “así, así, cógeme, más, duro dame duro, no pares sigue así, vente adentro” y entonces me dijo “aquí voy ya me voy a venir” y entonces sentí como su verga entró profundo, explotando en mi culo y escurriendo su rico semen, y él no se salía me decía “espera…”

    Que rico y gemía, tuvo una deliciosa eyaculación precoz dentro de mí. Nuestro encuentro habrá durado unos 10 minutos, pero fue a la vez tan largo, así que sacó su pene y yo le agradecí.

    Me levanté y me fui a masturbar al baño, eyaculé muy fuerte y entonces me duché. Durante dos días sentía el culo abierto, pero me excitaba, solo pensaba en él y me sentía algo afeminado.

    Nunca más volvimos a hablar del tema, y a día de hoy seguimos siendo mejores amigos, aunque aquí entre nos quisiera que me volviera a coger así…

  • Botellón sexual: una casada y tres chicos jóvenes

    Botellón sexual: una casada y tres chicos jóvenes

    El pasado fin de semana estaba sola en mi casa de la playa y decidí que era un buen momento para hacer algo que tenía en mente desde hacía mucho tiempo, como era quedar con varios chicos jóvenes a la vez.  Para ello puse un anuncio ofreciéndome como «fin de fiesta» para amigos que estuvieran haciendo botellón.

    Pronto me llegaron respuestas y escogí una de tres chicos de 18 años que estaban en una zona de playa bastante solitaria y les ponía hacerlo con una mujer madura y con hijos como yo. Tras hablar con ellos me dirigí al sitio acordado y allí me encontré tres chavales muy nerviosos ante lo que podían hacer por vez primera en su vida.

    Yo procuré tranquilizarlos de la mejor forma que se me ocurrió, que fue quedarme completamente desnuda a las primeras de cambio. Pese a ser un sitio solitario, decidimos que alguno debía estar vigilando por si venía alguien, por lo que en lugar de hacerlo en grupo pensamos que me follaran por turnos. Para darle más morbo se jugaron el orden para empezar a los chinos.

    El ganador me llevó a la parte delantera del coche y se desnudó, apoyó su culo en el capó y yo me puse de rodillas y empecé a mamar una polla más gruesa que larga que pronto me premió con un abundante y espeso chorro de leche que me tragué, lo que puso a cien no solo a este chico sino también a los otros dos al ver que les esperaba algo que por su poca experiencia nunca habían hecho, correrse en la boca de una mujer y que se bebiera el semen

    Por eso el segundo se colocó en posición sobre el capó ya con una tremenda erección a la que correspondí con otra mamada y tragada de otra buena cantidad de leche. En ese momento yo ya estaba muy húmeda, por lo que al tercero le dije que me iba a penetrar. Así, apoyé mi espalda en el capó y abrí las piernas para que el chaval entrara con un fuerte empujón e iniciará unos movimientos de cadera que unidos a los míos comenzaron a ser jaleados por sus amigos.

    Los tres estaban muy excitados porque veían que la penetración había sido sin condón y que yo iba a recibir sus corridas dentro mía, algo que tampoco habían hecho nunca. Le pedí que me diera unas bofetadas mientras me follaba y eso lo hizo calentarse más y correrse en pocos minutos, sintiendo yo esa grata sensación de notar la leche caliente entrar en mi cuerpo

    Entonces ofrecí también mi culo y les propuse a los dos a los que se la había mandado ya una doble penetración. Otra novedad en su vida sexual que aceptaron. Los dos querían ser los encargados de entrar en mi culo, pero yo elegí al de la polla menos grande ya que no tenía lubricante. Tras varios intentos, la polla entró entera, notando como sus huevos golpeaban mis nalgas. Yo me había apoyado boca abajo en el capó, por lo que el otro se colocó de frente entre éste y yo y me metió su gruesa polla. Como no es tan fácil la doble penetración como parece en las películas, les pedí un ritmo despacio para evitar que las pollas se salieran de los agujeros que yo sentía tan llenos y que tras unos minutos de intenso placer se vieron llenos de la leche de los chavales.

    El que me había penetrado a solas pedía su segunda ración de sexo, por lo que lo coloqué en posición de sacarle la leche con mi boca y saborearla en pocos minutos, lo que hice con mucho gusto

    Terminada esa mamada los chicos me dijeron que había algo que les gustaría también probar, como era hacerme lluvia dorada. Como estábamos en la playa acepté, aunque es algo que hago muy pocas veces. Me tendí en el suelo y los tres comenzaron a orinar sobre mi, colocándose de manera que prácticamente ningún centímetro de mi piel quedó libre de recibir el caliente líquido, lo que me llevó a tener un orgasmo espontáneo que unido al de la penetración vindividysl y la doble me proporcionaron tres corridas con unos chicos jóvenes con los que terminé bañándome desnuda.

  • El misterio de mi tía

    El misterio de mi tía

    Había cumplido 18 años y mi tía Toti me había dicho que quería de regalo y le dije que pretendía dinero porque lo necesitaba, sin muchas más explicaciones. Estaba muy entusiasmado con un lugar del que me habían comentado mis amigos que se realizaban unas fiestas muy calientes.

    Yo era una malcriado, por cierto, soy hijo único, y de parte de madre tengo que agregar que soy nieto único y también sobrino único.

    Mi tía vive a solo unas cuadres de mi casa, donde yo habito con mis padres. De modo tal que tenía la llave de mi hogar, del mismo modo que mi madre tenía la del departamento de ella.

    La fluidez de las relaciones entre mi familia cercana y mi tía eran muy estrechas y nos veíamos casi todos los días.

    Mi tía era una mujer muy particular, tenía 52 años, era sotera y muy reservada, nunca tuvo un hombre al lado de ella, era muy cuidadosa en ese sentido, jamás hubo, ni siquiera una posibilidad menor, de saber algo de su vida privada.

    Ella tenía una amiga, Lidia, una mujer morocha, de un metro sesenta, su cuerpo era bastante relleno, una gordita interesante, con curvas llamativas. Al contario de mi tía, era una mujer de cierta altura, un metro setenta y cinco, su cuerpo era más armónico, se destacaba por sus caderas bastante anchas, pero sus glúteos no eran prominentes, sino más bien comunes. Era bastante armónica a la vista.

    Lidia y mi tía eran muy unidas, muy amigas, de modo tal que Lidia se convirtió en una mujer a la que yo llamaba también tía, y ella me aceptó como su sobrino putativo.

    A mí me intrigaba, ciertamente, que mi tía fuera tan misteriosa y tan reservada, al punto de no hacer ninguna referencia al tema, con sus relaciones de pareja, aunque por momentos perdía interés en esos asuntos.

    En una ocasión la fui a visitar a su departamento, estaba muy cerca de allí, había ido a visitar a un amigo que vive enfrente, tomamos un té y me dijo que la esperara un rato, que iba a tomar una ducha porque tenía que encontrarse con Lidia y unos amigos. Me quedé en el comedor terminando mi infusión, escuché que se prendió el calefón, y me fui hasta el baño para ver si podía ver algo, ni yo sé qué cosa podía ver. Pero la puerta no estaba correctamente cerrada, había una hendija por la cual se podía divisar el interior, claro no de una forma amplia, mi tía debía moverse para caer en esa rendija que me permitiera ver aunque más no sea algo; y, además, bastante difusa por el vapor.

    De todos modos, pude verla desnuda, tenía una hermosas tetas caídas, acorde a la edad, y un monte de venus muy peludo, sus caderas no eran otra cosa de lo que se veía cuando estaba en pollera, volví a mi lugar en el comedor y esperé que saliera de la ducha.

    Al salir y caminando hacia su habitación me dijo: y qué hiciste con la plata que te regalé, me interesa saber en qué terminó ese dinero porque se trata de mi regalo.

    Si bien con mi tía había tenido ciertas charlas sobre sexo, cosa que no ocurría con mis padres, contarle lo que había hecho con mis amigos, en un lugar llamado Gótica Max, no era sencillo para mí, sobre todo porque tenía que elegir las palabras adecuadas para no pasarme de la raya.

    Me apuró diciéndome: dale, contame, quiero saber.

    -Bueno, le dije, fui con unos amigos a Gótica Max.

    -Y qué es eso, me dijo con asombro.

    -Y…, dudé un instante, es un lugar en donde se baila, hay poca luz, y van personajes de toda ralea.

    -Podés ser un poco más preciso, me dijo con cierta vehemencia.

    -Bueno… a los alrededores hay sillones y allí la gente se quiere…, hice silencio.

    -¿Y?, me dijo.

    -Bueno, es muy loco, hay de todo ahí adentro, sobre todo en cuanto a preferencias sexuales y al grado de exhibición que hay.

    -¡¡¡Ah!!! Era eso, querés experimentar con tu sexualidad.

    -No, le dije, solo tenía curiosidad de ver ese ámbito, nada más.

    -Bueno, me dijo, me voy porque se me hace tarde, otro día seguimos con la charla.

    -Bueno, contesté, y me fui para mi casa.

    El jueves por la tarde mis padres se iban hasta la localidad vecina a visitar a una amiga de mi madre que hacía mucho tiempo que no veían, me quedaba solo en casa, estaba pasando por un mal momento en cuanto a mujeres, entonces decidí hacerme una buena paja, con una película porno que me había recomendado un amigo, trabajaba la Cicciolina.

    Estaba en lo mejor del filme y ya tenía mi verga muy erecta cuando empecé a masajearla, por tanto, no escuché cuando abrieron la puerta de mi casa, en un momento determinado mi tía abrió la puerta de mi habitación y me vio con la pija dura y dándome placer. Me tapé con la sábana, lo único que tenía a mano y me puse coloradísimo, no supe qué decir, mi tía se sonrió y me dijo: ¡pajero!

    Balbuceé, tía disculpame, no sabía que ibas a venir, así tan de imprevisto.

    -No pasa nada, me dijo, se acercó a la cama, corrió la sábana y comenzó a acariciar mi verga, todavía estaba erecta, me acarició los huevos y empezó a chuparme… yo estaba enloquecido.

    Se detuvo y comenzó a sacarse la ropa, quedó toda desnuda y me dijo:

    -chupame la concha, yo estaba recostado con mi cabeza sobre la almohada, ella colocó sus rodillas a cada lado de mi cabeza y me puso su concha peluda en la boca, comencé a lamerla, y en un momento la empuje hacia adelante para chuparle el culo también…

    Me dijo: me hiciste acabar cinco veces, nene.

    Yo le dije: déjame chuparte las tetas…

    Me puso las tetas en mi boca y disfruté chupando esos bellos pezones erectos con una aureola bastante grande. Con mi poca experiencia me parecieron enormes.

    Yo seguía de espalda sobre la cama, ella se puso arrodillada se corrió hacia mi cadera y se metió la pija en la concha, empezó a subir y bajar, su argolla estaba muy babosa, gemía de placer mientras se acariciaba las tetas, yo le corrí las manos y comencé a acariciar sus tetas.

    Luego le metí la pija en la concha en la posición tradicional, mientas le pregunté si me dejaba cogerla por el culo, y me dijo que sí. No dudé un segundo, la di vuelta y me dijo: pará un poco, serenate, poneme crema así entra más fácil. Hice lo que me pidió y le introduje la verga en el culo. Yo estaba exultante, no podía creer lo que estaba sucediendo… hasta que no pude contenerme y comenzó a salir la leche… me estremecí. Y quedé extasiado y extenuado al mismo tiempo.

    Dejé que se aflojara mi pija en el culo de mi tía y ella me dijo: la próxima vez quiero la leche en la concha, sobrino.

    -Bueno, tía, le dije. ¿Y cuándo va a ocurrir eso? Pregunté con ansia.

    -Pronto, me respondió, yo te aviso.

    -¿Te gustó?, me preguntó.

    -Si, muchísimo, le dije.

    -Bueno, ahora me voy. No quiero hacer esperar a Lidia que va a venir a casa a cenar.

    Nos despedimos con un beso en la boca.

    No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido, desde que la había visto desnuda, aquella tarde cuando tomaba la ducha, en ocasiones tuve fantasías de poder cogerla. Por supuesto, que esa idea se me iba porque la consideraba muy loca.

    Estábamos almorzando con mis padres cuando vino mi tía Toti, almorzó con nosotros, se charló de varios temas y cuando terminó la sobremesa, se despidió de mis padres y me dijo: vení y cerrá la puerta que me voy. En el trayecto me manifestó en voz baja: el jueves te espero en casa, a las seis de la tarde. No faltes. Y repitió: te espero.

    -Claro, le dije con cierto asombro. Allí estaré. No te preocupes.

    Me sonrió y se fue.

    Me dejó muy intrigado, seguro que era para tener sexo, pero no me lo aclaró, de modo tal que podía ser otro pensamiento loco de mi parte. Era lunes, faltaban tres días para el jueves e ir a la casa de mi tía, días que pase con un nerviosismo que nunca me había experimentado.

    Hasta que llegó el día tan ansiado por mí. Aunque tenía cierta calma porque podría tratarse de otra cosa y mi mente febril no se salía de un pensamiento que giraba alrededor de una tarde-noche de sexo furioso, caliente y sucio.

    Llegué a su departamento. Toqué el timbre. Mi tía preguntó: ¿quién es?

    Respondí: yo… tía. Eran exactamente la seis de la tarde.

    La puerta se abrió lentamente, mi tía no se dejaba ver, me dijo: pasá.

    Ingresé con paso lento, Toti me dijo en un susurro: seguí hasta la habitación y no te des vuelta, yo ya te sigo.

    Le hice caso, la puerta de la pieza estaba cerrada, ella ya me había alcanzado y estaba detrás de mí, me tapó los ojos con un pañuelo de seda, me lo anudó sobre mi nuca. Escuché que abrió la puerta, me guio y me hizo sentar en una banqueta que se encontraba a los pies de la cama. Me dijo que me sentara y que esperara a que ella me dijera para quitarme el pañuelo.

    Pasó un tiempo que no pude precisar hasta que llegó la orden, mi tía me dijo: sacate el pañuelo.

    Desaté el nudo, y me lo quité de ms ojos, quedé muy estupefacto ante lo que veía. Mi tía y su amiga Lidia, se estaban dando unos terribles besos de lenguas, vestidas con baby-dolls de color negro y blanco respectivamente, en un momento ambas me miraron, yo ya estaba con la pija muy dura debajo del pantalón, y me sonrieron… Lidia me dijo, mientras se quedaba totalmente en bolas: bueno ahora te vas a coger a las dos.

    Ahí estaba el gran misterio de mi tía, ella tenía una preferencia por las mujeres y su amiga era su pareja, aunque si bien tuvieron sexo conmigo, no puedo garantizar que lo hayan tenido con otros hombres.