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  • La prima mayor

    La prima mayor

    Ya estaba cansado, muy cansado de trabajar ese sábado. Eran ya pasadas las tres de la tarde. Debería estar con mi novia en algún estadero tomando cerveza o en un motel cogiendo con ella y no en el trabajo. Maldije un poco toda esa situación en la que me veía avocado, y todo por ayudar a mi prima. Mi prima Laura, la mayor entre mis primos y primas de parte de madre. La hija única de mi tía Rosa. La prima que desde que yo tengo consciencia había estado allí, cuidándome como su hermanito menor.

    Yo siempre había estado agradecido con ella por darme cariño como si fuera mi hermana, pero ahora también por darme trabajo en su empresa familiar. Sé que ella no pasaba por un buen momento ni empresarial ni familiar, pues el exceso de trabajo de ella y su marido los mantenían en un stress constante desde hacía un par de años. Las discusiones y tensiones con su marido Manuel eran recurrentes. Laura ahora estaba algo pasada de peso. Lucía más gordita de lo que ya de por si era por naturaleza. Su ropa había tenido que cambiarla por una talla más, pese a los esfuerzos esporádicos por ir al gimnasio. No andaba bien con su autoestima mi prima. La notaba caída, estresada, irritable con facilidad. Se notaba un cambio en su estado de ánimo teniendo en cuenta que ella es normalmente una persona de trato suave. La conocía lo suficientemente bien como para saberlo sin que ella me lo tuviera que decir.

    Se acercó a mi oficina y me pidió que la ayudara a clasificar unas facturas. Miró mi rostro de descontento a pesar de que hice un esfuerzo para que no lo notara. Pero ella también me conoce bastante bien.

    -Primito, solo esto y ya te vas a descansar por favor. Si esto no queda listo, el lunes voy a tener tremendo lío. Te prometo que te compenso de alguna manera. Solo cuento contigo primito.

    Yo noté su voz agónica y desesperada. Sentí pena por ella. Me levanté y le di un abrazo de hermandad, de compasión, de cariño o de no sé qué, pero lo hice espontáneamente porque simplemente intuí que ella lo necesitaba. Le dije que no pasaba nada. Que yo me encargaría de esas facturas. Ella me correspondió el abrazo de una forma cálida, afable, intensa como si no quisiera que la soltara. Supe con certeza que realmente necesitaba ese abrazo. Mi prima estaba agotada.

    Sentí el olor de su perfume, su piel tibia y sus senos pequeños aplastarse contra mi pecho. No sé bien a ciencia cierta el porqué, pero por primera vez desde que tengo consciencia erótica, desde mi pubertad, tuve el primer mal pensamiento para con Laura. Tuve ganas de ella. Pero qué estaba yo haciendo por Dios! Me hallé raro mirando a mi prima mayor con ojos de hombre. Tener un pensamiento erótico con ella, no me había sucedido a pesar de los comentarios morbosos de mi amigo Gustavo que no paraba de comentar el culazo y las anchas caderas de mi prima. El mejor culo del mundo lo tiene tu prima Laura, me lo repetía una y otra vez. La voz agradecida de mi prima me extrajo de esos pensamientos.

    -Ay primito, gracias por tu ayuda y ese abrazo que necesito tanto- Me miró a los ojos con ternura y me dio un beso tibio y suave en la mejilla.

    Salió de la oficina caminando despacio con su elegancia habitual. Le miré el culo grande, amplio, abundante y carnudo que la caracterizaba. Esa curva sinuosa como guitarra que formaba con sus caderas era llamativa ciertamente. Tenía puesto un pantalón negro de bota ancha bien ajustado a sus curvas ahora más engordadas. Seguí mirándola con morbo. Me sentía asqueroso, pero era inevitable no hacerlo. Era una batalla entre mi estatus de primito y el hombre común y corriente que habita en mí. Si mi amigo Gustavo supiera lo que estoy pensando y sintiendo se alegraría de júbilo.

    Me acordé de pronto de cuando por accidente durante unas vacaciones de muchos años atrás la vi de espaldas desnudita en el baño de su casa. Recuerdo la imagen penetrante de sus nalgas grandes y morenas. No tuve mucho morbo tal vez en esa ocasión, pero no dejó de ser una imagen impactante que se me quedó en mi memoria. Ahora que la vi caminar saliendo de mi oficina, me imaginé ese culo aún más grande. Debía verse provocativo. Qué suerte tiene Manuel, me dije.

    Ahora soy yo un chico joven de veintidós y mi prima de treinta y tres años cumplidos, casada y con hijos. Intente recobrar mi prestancia y concentrarme en las facturas, pero me costó trabajo no pensar en las nalgas de Laura. Seguramente hacía mucho rato que Manuel no le hacía el amor como debía ser. Trabajaban mucho por mantener a flote la empresa y Manuel viajaba a menudo. Sería una mujer insatisfecha en la cama seguramente.

    Terminé a duras penas las facturas. Las organicé en una carpeta y salí exhausto de mi oficina para llevárselas a la de ella. Toqué la puerta y escuché su voz decirme que entrara. Al abrir la puerta, la vi sentada con una mirada angustiosa y una voz estresante. Estaba al teléfono hablando irritadamente con su marido Manuel quien se encontraba en otro punto de la ciudad en un asunto de negocio. Colgó molesta, se puso las manos en su rostro, tomó un respiro, recuperó su compostura y por fin alzó su mirada. Me miró con la carpeta que yo sostenía en las manos.

    -Terminaste primito?

    -Si, Lau. Ya todo está en el sistema, incluyendo los pagos a proveedores del último mes.

    -Ah también los hiciste. Qué bien primito. Gracias no sabes cuánto te agradezco que estés un sábado a esta hora ayudándome. Discúlpame por ponerte en estas, pero a un empleado normal no podría pedirle esto así no más. Ya sabes cómo es esto. Perdona si abuso de que seas mi primito.

    -No pasa nada Lau. Tranquila.

    -Puedes irte. Tu novia te debe estar esperando. Le dices que la culpa es mía. Ya veré como te compenso.

    Me le acerqué yendo por el espaldar de su silla. La abracé inclinándome desde atrás. No sé si lo hacía por morbo o por compasión, pero me sentí bien haciéndolo. Quería que ella sintiera mi apoyo pero también que sintiera que hay un hombre allí, ya que Manuel no estaba. Era loco lo que me pasaba por la mente. Al menos yo mismo me eché ese rollo en la cabeza para justificarme ese abrazo un tanto atrevido.

    Ella sentada en su silla, yo de pie desde atrás la rodeé con mis brazos posándolos por encima de su pecho. Mi mejilla rozó la de ella y sentí su perfume nuevamente. Le estampé un beso en la mejilla suave y delicadamente. Ella me puso una mano en mi cabellera e hizo un gemido de ternura y regocijo

    – ay primito

    La abracé más fuerte. No sabía bien hasta donde yo quería ir, no sabía bien como iba a pasar todo. Pero quería que ella me sintiera allí. Interrumpió mi abrazo, me quitó los brazos de su cuello y se puso de pie. Pensé que iba a enfadarse, a rechazarme o algo así. Simplemente abrió sus brazos frente a mí y me dijo ven primito ven aquí necesito un abrazo.

    No desperdicié la oportunidad al verle su cara bonita de boca carnosa musitar esas palabras. Me balanceé hacia ella y le di un abrazo como Dios manda. La apretujé por la espalda. Su pecho se aplastó contra el mío muy cálidamente. Mis manos las recorrí por su espalda y le di un beso en la mejilla casi llegando a la oreja. Ella se escurrió al sentirlo.

    – primito hay es peligroso, porque no respondo.

    Laura me había dado pie para pasar a otra cosa. No le hice caso. Sonreí y sencillamente la volvía besar en la misma zona pero ahora con más intensidad sin dejar de abrazar su cuerpo ancho.

    -ay primito noooo… ahí nooo por favor

    Pero yo no paré. No sabía si todo eso iba a culminar en una bofetada, en un despido, en un quebranto de relación familiar. Lo cierto es que ya no podía parar. La deseé tanto ese instante. La vi tan frágil, necesitada de afecto y yo con el morbo revuelto que simplemente saqué mi lengua y se la comencé a pasar sutilmente por el lóbulo de su oreja. Abiertamente le estaba enviando un mensaje contundente, implacable y descaradamente atrevido de lo que yo quería.

    Ella hizo un leve intento por alejarse, pero yo la así con mis brazos apercollados y mi boca comenzó a comerse su oreja y su cuello.

    -ay primooo… ayy… nooo

    Pero sus brazos estaban vencidos, caídos a lado y lado de sus caderas. Mis manos habían descendido y estaban en el inicio de sus nalgas. No le di tiempo de reflexión. Sencillamente busqué su boca y le estampé un beso intenso. Ella no lo correspondió del todo en un inicio, pero después sus labios fueron cediendo y se abrieron dando paso mi lengua, a mi beso, a mi morbo.

    El beso lo selló todo. Era un beso sexual, muy sexual. Ya todos los empleados se habían marchado. No podía dejarla escapar. Bajé mis manos aún más y posé cada una en una nalga. Su culo lo sentí como gloria en mis manos. Ella gimió dando un respingo en su cuerpo. Su boca disfrutaba de mi beso que se había clamado y vuelto un beso suave, húmedo, largo y profundo.

    Deshice el botón de su pantalón y bajé su corredera. Ella hizo el resto sin parar el beso. Sus manos fueron bajando su prenda y una vez sus perneras estaban en el suelo envueltas en sus pies yo puse mis manos en su prenda interior por encima de sus nalgas. Las acaricié, las recorrí, las apretujé, las agarré con todo le morbo del mundo sin descanso, siempre besando a Lau vencida y entregada al goce erótico inesperado de un hombre once años menor que ella.

    Se montó un poco en su escritorio y mi verga abultada debajo de mi blue-jean se notaba. Ella hizo lo mismo. Me deshizo el botón y me bajó la cremallera con ansiedad entre respiros cortos e intensos. Metió su mano desesperada de verga y la tentó. Me agarró mi bulto. Yo sin dejar de besarla solté su culo para bajarme mi pantalón y mi calzoncillo. Ella agarró mi verga con su mano y al acariciarla se separó de mi boca. Me miró la verga sin dejar de acariciarla

    -ay primo porque hacemos esto? No sé qué me pasa, la quiero, la quiero, pero no debo.

    Yo la tomé por sus brazos incitándola a que se arrodillara. Ella lo hizo entre negativas hasta que su rostro se halló a la altura de mi pene duro, palpitante y brillante.

    -que palo que te gastas primo. No pensé que lo tuvieras así de grueso, si tú eres flaco. Uno se engaña.

    Se lo metió a la boca y comenzó a mamar. Lucía sexy Laura allí arrodillada con su blusa aun puesta y su maquillaje. Lo chupaba rico con ternura, cadencia, ganas. Se notaba que hacía rato que no disfrutaba de una verga. Me la masturbaba por ratos para descansar y luego la volvía a engullir. Mi prima la chupaba muy bien, delicioso. Yo gozaba mirándola con morbo. Después se puso de pie. Se sentó al borde del escritorio justo encima de la carpeta con las facturas y yo me encargué de deslizarle su tanga oscura de encajes por sus muslos gruesos. Su concha estaba afeitada con un poquito de vellos oscuros y brillantes en forma de moño. Me agaché para sorpresa de ella. Le abrí las piernas con mis brazos.

    -me la vas a… ahh ahh

    Puse a mi lengua en su raja e inicié unas lamidas intensas.

    -ay primooo… ayy

    No se lo esperaba, pero una vez encontré su clítoris la puse a volar. Se lo lamí despacio pero sin perder intensidad. Mis manos acariciaban sus piernotas. Su cuca olía a hembra y estaba muy lubricada. Parecía que toda la retención acumulada había salido en un minuto. Mi lengua estaba literalmente enjuagada de sus flujos. El olor era penetrante, muy agradable. Olía a sexo. Mi boca no paraba de comer y comer esa melcocha rojiza y carnosa. Lamía y comía, chupaba con seguridad y serenidad. Laura gemía, gritaba, me ponía sus manos en mi cabello, abría sus piernas como alas de mariposa y las cerraba apretando mi cara hasta casi asfixiarme con su sexo amplio y carnudo. Ella pasaba por todos los estados emocionales.

    -sigue primo asi hmmm ayy ammm aahhh ricooo

    Me levanté de un tajo sin avisar. Puse la punta de mi verga en su raja y se la hundí de una sola embestida hasta el fondo. Su cuca estaba cálida, rica, sabrosa, suave, húmeda, reconfortante. Comencé a bombear. Penetraba duro y mi pelvis se chocaba con sus carnes jugosas. El sonido de sexo era invasivo, plap, plash, plap. Me excitaba oír el golpeteo de mi vientre contra el suyo. Le fui quitando su blusa y pude tener sus senos al aire. Eran chicos de aureolas ovaladas y oscuras. Provocaban. Se los lamí mientras la embestía. En ese instante se lo pusieron duros sus pezones y mi prima se contrajo toda. Creo que estaba teniendo un orgasmo en ese momento, así que yo no paré mi ritmo ni dejé de lamerle los pezones. Cuando la sentí relajada le pedí lo que yo quería. Lo que estaba deseando desde que la vi salir de mi oficina.

    -Lau, voltéate.

    Me complació. Se puso en cuatro apoyando su cuerpo en el escritorio ahora desorganizado por el sexo improvisado. Su culo estaba a todo dar. Sus nalgas eran increíblemente amplias, redondas y eróticas. Eran poderosamente lujuriosas allí completamente desnudas. Imposible no morbosear con ese culo. Que privilegio tenía Manuel. Mi amigo Gustavo tenía razón. Otra vez la sorprendí. Me arrodillé y puse mi lengua en su cuca pero mi nariz rozaba su ano. El olor era intenso, olía a todo, a mujer, a sexo, a vagina, a culo. Mi morbo no tenía fin. Mis ganas no cedían y a ella eso parecía excitarla. Yo lamía su cuca y pasaba mi lengua hasta rozarle el ano. Laura jadeaba y gemía. Mis manos manoteaban sus nalgas. Que morbo, que rico eso de culear con alguien prohibido.

    Me puse de pie y otra vez sin avisar de un tajo penetré su vagina desde atrás. Mi pelvis golpeaba su culo y a ella le produjo morbo. Comenzó a gemir más intensamente hasta decir vulgaridades.

    -primo así, mas verga, dame duro tu verga, asi, cógeme, mi chocha es tuya, soy tuya, tu puta rica…que verga rica tienes primo.

    Yo con la vista de su culazo explayado y mi verga entrando y saliendo de su vagina no pude contenerme más y supe en ese instante que mi orgasmo era inminente.

    -Lau me voy a venirrrr…

    -primo sácala

    Lo hice en el último instante. La puse entre sus nalgas y dejé que mis chorros mojaran su cadera, sus nalgas, y canal de las entre nalgas grandes. Mi semen salía a borbotones. Una vez los primeros pálpitos pasaron puse mi pene dentro de sus nalgas apuntalado sin penetrar su ano. Allí dejé que los chorros más débiles mojaran su culito y comencé a deslizar mi verga entre sus nalgas sin penetrar su ano. Era una sensación física muy rica gozarme el culo de Laura. Por un momento quise intentar meterla en su hoyito menor pero me contuve. Ya habría otra oportunidad, me dije. Ella gemía aun. Yo agarraba sus senos y procuraba darle besitos en su espalda.

    -ay primito… ay hmmm

    Nos quedamos así, abrazados, desnudos y en silencio mirándonos. Ella no sé si avergonzada con sentimiento de culpa, pero al menos se notaba feliz y satisfecha. Yo mirándola con ternura reconociendo con mi mirada su cuerpo desnudo, encontrándolo atractivo y bello a pesar de lo mayor y gordita.

    -que me perdone tu novia

    -que me perdone Manuel

    -ahh Manuel, ni me coge ya casi, así que nada que perdonar.

    Había comprobado mi tesis de que mi prima estaba necesitad de afecto y de sexo. Y yo su primo mimado se lo había dado. La había hecho sentir mujer al menos por un momento.

  • Juguetito nuevo

    Juguetito nuevo

    El confinamiento estaba haciendo mella en las cabezas, pero ella había recibido unos paquetes especiales: un pack de juguetes.

    Llevaba tiempo fantaseando con ello y no dejó pasar la oportunidad de probarlos en el momento que llegaron a sus manos.

    Estaba en casa con la única compañía de sus cómplices: dos enormes peluches. Se había puesto esa braguita roja con hilos negros que tanto la gustaba y se disponía a estrenar los juguetes.

    Se tumbó en la cama, lubricó un poco el vibrador y se lo introdujo dentro de su braguita, mientras iba notando las diferentes vibraciones por sus labios cerró los ojos y comenzó a masajear sus tetas. Jugaba con sus pezones que, según su nuevo vibrador la iba excitando, se ponían cada vez más duros.

    Las sensaciones eran nuevas ya que las vibraciones iban variando y eso hacía que su coño se fuera humedeciendo más y más. Se retorcía y seguía buscando su clítoris para intentar tener su primer orgasmo.

    En su mente fantaseaba con aquel hombre que había conocido y con el que desearía estar en ese momento.

    Se imaginaba como su lengua la recorría su caliente coño y se estremecía, se apretaba las tetas y giraba la cabeza de un lado a otro de placer.

    Sin demasiado esfuerzo su clítoris la llevó a un primer orgasmo, pero según terminaba de correrse, su mano dirigió el vibrador dentro de su coño y se dedicó a meterlo y sacarlo imaginando que era su hombre el que la estaba penetrando.

    Sintió mucho placer, pero decidió continuar con su fantasía y se puso a cuatro para seguir metiendo y sacando el vibrador que estaba empapado de todos sus flujos.

    Ella seguía pensando que la estaba penetrando la polla se su hombre y así se mantuvo hasta que se corrió una vez más y otra hasta que terminó exhausta…

    Al rato limpió su juguete y se dispuso a descansar.

  • Luis me dio todo el placer del mundo

    Luis me dio todo el placer del mundo

    Era un día como cualquiera entre a una cafetería y pedí un mi café de siempre, me senté en la mesa que estaba en la terraza, empecé a tomarme el café y note que un hombre me estaba viendo, está en la mesa de enfrente, trabajando en su laptop, pero se notaba que llevaba un rato sin quitarme la mirada de encima, sin pensarlo mucho le sonreí, él me sonrió de vuelta e hizo un gesto de brindis con su tasa de café. Pasó un rato y empezó a guardar sus cosas se levantó de su mesa y se fue, cuando paso junto a mí me lanzo una sonrisa encantadora, lo seguí con la mirada hasta que salió de la cafetería.

    No podía dejar de pensar en ese hombre tan guapo, se notaba que tenía unos cuarenta empezaba a encanecer su cabello, pero tenía muy buen porte y una mirada de ensueño.

    Termine mi café y me iba a ir cuando vi que volvió a entrar a la cafetería, fue directo hacia donde yo estaba y me dejó su tarjeta de presentación.

    “Soy Luis, espero que no te parezca demasiado atrevido, pero me gustaría invitarte a salir algún día.”

    Me sonrió otra vez, no dije nada, pero le devolví la sonrisa y me mordí el labio. Tome la tarjeta y la guarde. Se dio la vuelta y volvió a salir de la cafetería, su traje era ajuntado así que al verlo irse una vez más note que tenía muy buen trasero.

    Ya en mi casa no dejaba de ver su número de teléfono, me armé de valor y le envié un mensaje

    “hola soy Angélica, nos conocimos en el café del centro, me gustaría conocerte, así que salgamos en estos días”

    Me contestó al instante

    “Claro que si hermosa, ¿puedes mañana?”

    No lo pensé demasiado y le dije que sí.

    Al siguiente día me arregle para nuestra cita, me puse un vestido corto rojo, ajustado de arriba y holgado de abajo, unas zapatillas negras y me ricé el cabello, yo soy una chica de estatura media, mido poco más de 1.65, soy delgada pero trato de mantenerme en forma.

    Habíamos quedado de vernos en la cafetería donde nos conocimos, llegue un poco tarde y él estaba esperándome en auto, al verme me sonrió y me abrió la puerta para llevarme a un restaurante.

    En el restaurante me platico que tenía una compañía de alimentos, que era divorciado y que tenía poco de haberse mudado a la ciudad. Yo le platiqué que estaba empezando una línea de ropa con una amiga de universidad, Él era 25 años más grande que yo. Yo tenía 24 y el 49, pero no importó, nunca había salido con alguien tan maduro y eso me gustaba

    La cena continuo muy normal, en un momento empezó a acariciar m rodilla bajo la mesa, no me incomodó, al contrario, empecé a sentir como si algo empezara explotar dentro de mí, no sé si fue por todo el vino que habíamos tomada o porque estaba intrigada por un hombre como él. Empezó a subir su mano por mi muslo hasta llegar a mi ingle, tocó mi ropa interior de encaje y sonrió y con una voz dulce me dijo “¿nos vamos?”

    Me acerque y lo bese apasionadamente, nunca me habían besado así, “vámonos” le dije al oído.

    Subimos a su coche y la intensidad de los besos subió, quería arrancarle ahí mismo la ropa, empecé aflojando su corbata, puso su mano encima de la mía y me dijo “espera deja que lleguemos a mi departamento”.

    Llegamos a un edifico en una zona muy bonita de la ciudad, él vivía el sexto pisto de aquel edificio. Entramos al elevador y en cuanto cerraron las puertas me tomo de la cintura, me levanto un poco y me sentó en el barandal, se recargo con fuerza en mí y me abrió el escote del vestido, me empezó a besar los pechos, me sostuve como pude en el barandal, mi cuerpo estaba explotando.

    Llegamos al piso seis y salimos del elevador, completamente calientes y agitados. Entramos al departamento aun besándonos, dimos un par de pasos y lo lance con fuerza hacia un sillón grande, se sentó jadeando y me miró con lujuria, como si me estuviera ordenando algo solo con la mirada.

    Di un paso atrás y me quite las zapatillas, sonrió aprobando lo que había hecho. Continué bajando el cierre de mi vestido y lo deje caer lentamente, él extendió sus brazos en el respaldo del sillón y me miró casi desnuda de arriba a abajo.

    Me quedé parada dejando que me devorará con la mirada

    Se empezó a quitar la corbata y luego el saco, desabotono poco a poco su camisa, yo seguí sin moverme solo observándolo, pero dentro de mi estaba ardiendo de deseo podía sentir como algo palpitaba en mi vagina y mi respiración se entrecortaba. Se quitó en cinturón y no pude aguantar más, se notaba que se desvestía lento para incrementar mi excitación. Corrí hacia él, me senté en sus piernas, de frente a él con las piernas abiertas, ya alcanzaba a sentir su pene tieso y eso me excitó aún más, le desabroché el pantalón y metí mi mano en su ropa interior, su pene se sentía muy duro y caliente, era más grande de lo que esperaba, me mordí el labio y lo miré, él puso sus manos dentro de mi brasier y empezó a acariciar en círculos mis pechos, yo lo empecé a masturbar y conforme movía mi mano también movía mi cuerpo, me dijo «detente», me detuve, solté su pene y saque la mano de su pantalón, «levántate, quítate el brasier y esa tanga y no te muevas» me dijo al oído, yo estaba demasiado caliente ya no quería seguir jugando, necesitaba que me cogiera en ese instante, así que me levanté y le di la espalda, después cumplí con lo demandado, me quite el brasier y lo deje caer al piso, después la tanga y esa se la lancé a él, la tomo con la mano, la olió y volvió a sonreír, esta vez con la expresión de un animal apunto de comerse a su presa.

    Se levantó y escuché como caía su pantalón al suelo, después se quitó su bóxer, se acercó a mí y me abrazó, sentí su pene en mi espalda y colocó sus manos en mis pechos, hizo a un lado mi cabello y empezó a besarme el cuello, me pare de puntitas para sentir su pene con mis nalgas, incluso curvee la espalda hacia enfrente sacando las bubis y acercando mi trasero más a él. Me tomo del cabello y me jalo hacia él y me besó, me voltee y lo volví a lanzar al sillón, lo bese en los labios y empecé a bajar hacia su pecho, después en su estómago hasta llegar a su pene, primero solo bese la punta de su pene, succionándolo un poco.

    Después empecé a metérmelo más, él me tomo de la nuca y me lo metió hasta la garganta, sentí una sensación de querer vomitar pero la controle porque en serio estaba disfrutando de ese rico pene, se inclinó hacia mí y me tomo de la barbilla, me levanto y me tomo de la cintura, estaba completamente a su disposición, también se levantó “recuéstate en el piso” ordenó, lo hice sin titubear, el piso se sentía frio en mi espalda, se puso de rodillas en el piso y tomo mis piernas, doblo mis rodillas y las separo con fuerza se inclinó hacia mí y puso la punta de su pene en la entrada de mi vagina, no se movió, solo se quedó quieto, no pude soportarlo y empecé a tocarme, estaba enloqueciendo por tenerlo dentro de mí, pase mis piernas detrás de él, rodeándolo con ellas y lo empuje hacia mí, su pene no entró, yo estaba tan húmeda que solo se resbalo por toda mi vagina, eso me éxito aún más, “tranquila, o ¿ya quieres que te coja?” me dijo al oído, “si” respondí soltando un suspiro, “entonces pídemelo, como si no pudieras soportarlo más”.

    Me levanté un poco sin soltarlo con las piernas, puse mis brazos alrededor de su cuello y me acerque a su oído y susurre “cógeme, cógeme como un loco, quiero que me dejes desecha y suplicando por más”, su mirada en seguida se encendió, me empujo por los hombros para dejarme tendida otra vez en el frio suelo hizo su torso hacia atrás y de una tajada metió completo su pene en mí, sentí como todo dentro de mí se estremeció, después lo saco y lo volvió a meter, esta vez con más fuerza, sentí como rebote en el suelo, volvió a sacarlo , pero esta vez solo hasta la mitad y lo volvió a meter más rápido, continuo así y empecé a gemir, “gime más fuerte, eso me encanta”, mis gemidos se tornaron en gritos de placer, sentía como rebotaba todo mi cuerpo contra el piso de lo duro que me estaba cogiendo mi pechos rebotaban a más poder mentía como salía demasiado liquido de mi vagina.

    De pronto se detuvo en seco y saco su pene se acercó y me beso, me tomo de la espalda y me sentó en el piso, se sentó frente a mí y yo estaba con la piernas abierta frente a él, me levanto un poco las piernas y las puso sobre las de él, después me acerco a él y me senté en sus piernas, sentí como lentamente metió su pene en mi vagina llena de jugo y me encantó, esta vez me reboto en su pene tan rápido y duro que sentía con los dedos de mis pies se tensaban para aguantar todo esa excitación, volví a gemir casi gritando en su oído sus mano estaban en mis senos, los apretaba y jugaba con ellos como si de una masa de tratara, bajo su cara un poco y empezó a lamer mis pezones, eso me volvía loca y de pronto lo sentí, un hermoso orgasmo creciendo de la punta de mis pies, subiendo por mis rodillas pasando por mi vagina, hacia mi estómago y llegando a mis senos donde él se estaba encargado de que yo tuviera todo el placer del mundo.

    Él notó en seguida que me había causado un orgasmo de tal magnitud y me beso el cuello jalando mi cabello, lo empuje lentamente hacia el piso y quede encima de él, puse mis manos en su marcado torso y empecé a moverme de atrás hacia adelante, dejando mis pechos al descubierto, solo para él, podía ver su cara de placer, tome su mano y lamí su dedo medio, me tomo de las nalgas y las apretó, empujando con más fuerza para que me entrara todo su pene, de pronto sentí su deliciosa leche esparcirse dentro de mí, su pene palpitada y él no dejaba de apretar mi nalgas, las piernas me temblaban, sentí como lentamente me soltó las nalgas y se empezó a incorporar.

    Me levanté de su entrepierna y me senté juntó a él, tomé su camisa y me la puse, puse los botones de forma que aún se alcanzaran a ver mis senos, “la puerta del fondo es mi habitación” me dijo después de besar mi mejilla, me levante y fui directo a su cuarto, abrí la puerta y había una enorme cama y una ventana con una vista increíble de la ciudad, me recosté y me quede dormida, había quedado agotada después de tener a ese gran hombre solo para mí.

  • Mi primer orgasmo

    Mi primer orgasmo

    La primera vez que tuve un orgasmo fue en la casa de él. Estaba en su casa sólo sus padres se habían ido y sabíamos que nadie iba a llegar en un tiempo largo. Cuando llegué a la casa y me abrió estaba solo con la camisa y sin nada más, me di cuenta que la camisa se levantaba porque su verga estaba tan parada y era tan grande que parecía que un gancho estuviera levantándola.

    Apenas cerró la puerta me abrazó y besó y me empujaba poco a poco a las escaleras, mientras me quitaba la ropa y me tocaba la cola y las tetas, se detuvo en la mitad de las escaleras, me dirigió hacía su verga para que se la chupara, me introduje toda la verga que pude y empecé a sacarla y meterla, estaba chorreando, mientras él me cogía la cabeza y me hacía ir mas rápido y metérmela mas, él gemía de placer.

    Paramos, me sentó en las escaleras me abrió las piernas y empezó a lamerme la chocha y a estrujarme las tetas, paró y me condujo a su habitación.

    Él ya no aguantaba más y mi chocha también quería verga, estaba mojadisima y su verga estaba chorreando, me tiró en su cama, me abrió las piernas y me la metió con toda la fuerza, sentía que me entraba toda!!! una y otra vez. estaba como loco, me chupaba las tetas como podía y me las miraba porque se movían mucho.

    Después de un rato así, él se puso debajo de mí, me cogió y me puso encima de él, de frente y me metió en su verga y me cogió de la cadera y empezó a moverme y a moverse haciendo que yo entrase y saliese hacia arriba y abajo con fuerza.

    Como me entraba toda esa verga, me entraba tanto que a veces me dolía!! Luego hizo que me saliera y con sus brazos me subió hacia su boca, chupándome las tetas y luego mi chocha desde abajo, me volvió a meter toda su verga y me cogió la cadera, esta vez me movió de forma que mi chocha rozaba todo el tiempo su verga y sus bolas de adelante hacia atrás, restregando mi chocha… mucho!

    Él me hacía mover mucho a mi hasta que empecé a sentir como cosquillas en la chocha, se me taparon los oídos, sentía como si estuviera en otro ambiente… sentía diferente, empecé a gritar y gemir sin poder controlarlo ni bajar el volumen de mis gritos, sentía mucho placer y seguía moviéndome ahora yo!!!

    Hasta que sentí que volví de ese otro ambiente y aún me seguía dando picaditas la chocha, él se vino poco después de que empecé a gemir y gritar sin control!

  • La lista

    La lista

    Había juntado muchas horas extras en la oficina, ya que toda la semana anterior me había quedado a trabajar hasta muy tarde…  por lo tanto tenía dos días enteros para mí…

    Era un martes 21 de julio, mi alarma sonó a las 5 a.m., amaneció muy nublado y hacía frío… me levanté en seguida y me di una ducha muy caliente…

    Salí de casa camino al terminal de buses… nerviosa, como siempre y para cada encuentro…

    En casa dije que tenía una despedida de soltera en la V región, de una vieja amiga de infancia, por lo que no podía faltar y tendría que quedarme ahí ya que no regresaría tan tarde…

    Llegué a Valparaíso a las 8 y ahí estabas esperándome… el frío nos calaba los huesos, pero cuando nos abrazamos, se nos erizó la piel y el frío se fue…

    Me subí a tu auto y me dijiste que debías que pasar a buscar algo a tu oficina…. Me habías contado que durante esa semana harían arreglos en el edificio donde trabajas, que ahora estaban en otro lado… los trabajos comenzaban a las 10,30, así que no había nadie a esa hora…

    Subimos en el viejo ascensor y mis ojos brillaron… entendiste en seguida lo que pensé…

    Sacaste una caja mediana de un mueble… ahí estaba tu escritorio, vacío… mi mente voló, te tomé y te besé… me recorriste con tus manos y yo ya sentía como mi entrepierna se humedecía y un bulto se notaba en tu pantalón…

    Decidimos irnos… subimos al ascensor y cuando habíamos bajado un piso, (estábamos en el séptimo), decidí parar el ascensor, no había nadie, las cámaras no estaban funcionando…, abrí tu pantalón y bajé tu bóxer…  tu pene seguía duro… lo metí en mi boca, lo succioné, sentí el sabor de tu secreción… exquisito… yo estaba mojada, excitada y mi corazón acelerado, abriste mi pantalón, lo bajaste, sentí un suspiro cuando te diste cuenta que no llevaba ropa interior… me tiraste y con fuerza me penetraste…, tus testículos golpeaban mi clítoris, lo que me hizo tener un orgasmo muy rápidamente…

    Sentí que gemías… y ahí estabas… vaciando todo tu semen dentro de mí…

    Estábamos como desesperados… necesitábamos sentirnos…

    Saliste de mí y rápidamente bajaste y comenzaste a lamer el semen que salía de mi vagina y comenzaba a correr por mis piernas… no quedó nada… luego nos besamos, acomodamos nuestras ropas y bajamos en el viejo ascensor…

    Subimos al auto y me llevaste a una cabaña que estaba rodeada de bosque en un balneario cercano… había estufa a leña y ya estaba encendida… hervimos agua, te tomaste un café y yo mi típico té…, comenzó a llover, todo estaba a nuestro favor…

    Conversamos largamente, felices porque pasaríamos el día y la noche juntos…, tu familia no estaba en la ciudad…

    Almorzamos y disfrutamos el sonido de la lluvia, salimos a la terraza de la cabaña y me contaste que antes del ocaso nos visitaría un amigo tuyo que te encontraste el día anterior…

    A las 17 horas en punto golpearon la puerta de la cabaña, seguía lloviendo…

    Era Pablo, tu amigo… de tu edad, igual de alto, moreno…

    Les ofrecí un café, pero prefirieron un whisky… le contaste que somos amantes hace casi un año, lo que dio el pie para que habláramos cosas más íntimas como fantasías que queríamos cumplir… él nos contó que había participado de tríos y que no tenía problemas con eso… nos miramos y desde ese minuto supimos que viviríamos una fantasía que nos faltaba… me abrazaste por atrás y comenzaste a acariciarme, Pablo nos miraba…

    Yo sabía lo que querías ver así que los invité a la pieza y ahí comenzó el juego…

    Te besé, me acerqué a Pablo y le saqué la camisa… rápidamente estábamos los tres sobre la cama desnudos…. ambos perfectamente con sus penes erectos y yo húmeda…

    Pablo se acostó boca arriba, te miré y me monté sobre él…, sentí como entraba en mí, duro, grande… y te miré… te acercaste y mientras comencé a moverme metiste tu pene en mi boca… ahí estábamos, inundados de placer, mientras los truenos sonaban y los relámpagos iluminaban la habitación…

    Pablo me recorría con sus manos y jugaba con mis pezones… mientras yo gozaba con los dos…

    De pronto te alejaste y mirabas como tu amigo y yo disfrutábamos del sexo, entre gemidos… llegaste por atrás… acariciaste mi espalda… sentí tus dedos en mi ano… te miré y consentí…

    Ahí estabas… penetrándome también…

    Gemí, gemí fuerte, nunca pensé llegar a sentir tanto placer con dos hombres penetrándome… me tomaste de las caderas… arremetiste con fuerza, Pablo no dejaba de tocarme ni yo de mover mis caderas… hasta que un intenso orgasmo se apoderó de mí… mis sentidos se perdieron por unos segundos y caí rendida sobre el pecho de Pablo…

    No todo terminó ahí… ahora les tocaba a ustedes…

    Me acosté y te dije que pasaras tu lengua por mi clítoris, quedamos en la posición del 69… miré a Pablo y entendió cuál sería su posición…

    Mientras tu cara se perdía entre mis piernas comencé a saborear tu pene y a meter mis dedos en tu ano… Pablo se acercó con vaselina…

    De pronto gemiste, ya no eran mis dedos, era Pablo que te penetraba muy lentamente… te quedaste quieto, no dijiste nada, ni te negaste en ningún momento… cuando Pablo ya había entrado por completo, comenzaste a disfrutar… y a moverte, lo que aproveché para tener tu pene completo en mi boca, besé tus testículos, los de Pablo, los tres gemimos de placer, ese placer que sería un secreto para siempre…

    De pronto Pablo paró y vi que su semen corría por tus testículos… succioné tu pene y explotaste en mi boca… tragué tu semen tibio, y el de Pablo que salía de tu ano y corría por tus piernas… eran las 9 de la noche… Pablo debía irse rápidamente a Santiago…

    Nos despedimos como si todo hubiese estado dentro de los planes…

    Tu y yo nos fuimos a la ducha… nos besamos largamente… habíamos cumplido una fantasía más… de nuestra lista…

  • Mi querido suegro

    Mi querido suegro

    Mi nombre es Trinidad, aunque me llaman Trini, tengo 22 años, casada y un hijo de meses.

    Me casé a los veinte, mis amigas me decían que era muy joven para contraer matrimonio, pero estaba muy enamorada para evitarlo.

    Mi esposo se llama Alex tiene 27, y fue con el primer hombre que tuve relaciones sexuales, fue quien me desfloró, aunque admito que no fue algo para relatar.

    Lo quiero, tenemos relaciones dos o tres veces por semana, pero noto que se ha convertido en algo bastante rutinario. No he llegado a tener un buen sexo, pero bueno, con el pasar de los anos mejorara.

    Me olvida decir que vivimos con mi suegro, muy buen hombre, llamado Ricardo de unos 55 años más o menos, viudo de hace bastante tiempo, pero realmente nuestra convivencia es muy buena. Y ahora con la llegada de su nieto Manu, esta enloquecido, parece que ha rejuvenecido.

    Mientras mi esposo se va a trabajar el me hace compañía, tiene un buen retiro que hace que esté buena parte del día en casa, por lo general sale de noche con sus amigos o con alguna que otra mujer. En realidad en este último periodo a partir de mi licencia por maternidad, fue donde la relación con mi suegro se fue acrecentando.

    Cuando en un principio amamantaba a mi hijo, mi suegro a veces observaba como alimentaba a su nieto, situación que me ponía algo tensa, pero no le decía nada para no afectarlo.

    Un día me pregunta:

    “Te molesta que mire cuando le das de tomar a mi nietito?”

    “No para nada Ricardo, además conversamos y me es más llevadero”

    Pero si bien me iba acostumbrando a tenerlo cerca mientras lo hacía, nunca deje ver mis pechos, que por cierto estaban algo voluminosos. Nuestra vida transcurría si bien de una manera bastante rutinaria admito que era feliz con esa convivencia, además mis charlas con mi suegro se iban incrementando día a día.

    Los días iban transcurriendo y poco a poco me fui acostumbrando a tenerlo a Ricardo frente a mí, mientras amamantaba a su nieto, que más de una vez se lo entregaba para que hiciese sus “provechitos” después de su alimentación. Por supuesto que en ningún momento pensé al punto que podría haber algo entre nosotros.

    Una tarde después de dar la teta a mi hijo, se lo entregué a mi suegro como lo hacía habitualmente, pero no presté atención que mi blusa estaba bastante desabrochada, así que uno de mis pechos quedó al aire al producir el traspaso del bebe.

    Algo ruborizada, solo atiné a taparme mientras le decía

    “Perdón”

    “Todo lo contrario, fue algo muy bello que has obsequiado a mis ojos” me contesta con una sonrisa.

    “Bueno entonces gracias por la galantería”

    Realmente me puso contenta su respuesta, a veces esas contestaciones, hacían que día a día, lo quisiese más. No me canso de decir que es una muy buena persona, en ningún momento había malas intenciones en sus palabras, ni dichos de doble sentido. En ese último mes se fue gestando una linda amistad. A veces pensaba que en menos de dos meses, mi licencia por maternidad finalizaba, aunque mi suegro me decía que dejase el trabajo, que él podía ayudarnos económicamente.

    Si bien era una buena propuesta, no me parecía lo correcto, ya que el hecho de vivir en su casa era una gran ayuda.

    Cada tanto me traía algún obsequio tanto para mí como para su nieto, que si bien no era de gran valor, era una demostración de afecto.

    No sé porque me sentía en deuda con él, así que considere no ocultar demasiado mis tetas, dejando abierta mi camisa y permitirle que me observase o por lo menos no taparme tan rápido y tratar de demostrar que eso es algo natural.

    Un día me dice:

    “Tienes unos hermosos pechos, Trini”

    “No, están algo deformados por la lactancia, y además estoy algo rellenita” cosa que era verdad pues aún tenía como 10 kilos de más.

    “Pues a mí me encantan, además la mujer algo gordita es más apetecible”

    Sentí una extraña sensación, ni mi esposo había hecho alusión a mis tetas y menos a mi cuerpo, en este último tiempo, pero al venir de mi suegro fue como una hermosa gratificación.

    “Gracias Ricardo” fue lo único que atiné a comentar riéndome de su ocurrencia.

    Eso creo que fue más que suficiente, para que su compañía como espectador, me fuese cada día más grata, además oírlo con sus anécdotas y encontrando algún tema para contarme. Se había convertido en un momento muy especial, aparte hacia los mandados, me ayudaba con la comida.

    Con el pasar de los días, me fui acostumbrando a su presencia, mientras amamantaba a mi bebe, a veces levantaba la remera permaneciendo breves segundos con un pecho al aire, o abierta mi camisa viéndose parte de ellos, sonriendo cálidamente ante la presencia de mis desnudos pechos.

    También yo lo hacía, en donde parecía una travesura, en que ambos compartíamos. A veces me decía que se producía una aureola, producto de estar algunas horas sin darle de mamar a mi hijo. En definitiva actuaba libremente sin tomar reparos cada vez que alimentaba a Manu.

    Una mañana mientras alimentaba a mi hijo, después de darle de tomar y depositarlo en el cochecito, empecé a mover el cuello, pues lo sentía algo tensionado. Mi suegro me dice:

    “Que te sucede?”

    “No sé, me duele algo el cuello?

    “Quieres unos masajes?

    “En serio, me lo dice?”

    “Si, si quieres, acá me tienes”

    “Bueno, dele”

    Ricardo se puso tras de mí, no me había quitado la blusa y mi sostén lo tenía levantado, así que opte por desabrocharlo y mantuve la camisa algo abierta.

    Trajo talco y con sus grandes manos comenzaron a masajear mis hombros produciéndome algo de dolor pero a su vez me iba relajando mis músculos. Si bien tenía algo de resquemor, en pocos minutos me empezaron a atraer, sintiendo como se iba relajando ese sector afectado. En un momento abrió un poco mi camisa intentando descubrir más mis hombros, la que al estar desabrochada término desplazándose quedando mi dorso al descubierto.

    “Oh, perdón Trini, no fue mi intensión” tratando de subirme la camisa.

    “No, está bien Ricardo, es preferible, dejar mis hombros al descubierto”

    Continúo con sus frotaciones, durante bastante tiempo, cuando contraía los dedos sobre mi piel, llegaba a mover mis pechos, percibiendo que unos de mis pezones comenzó a gotear, me dio algo de cortedad lo que me sucedía, aunque era algo natural que me ocurría, fundamentalmente cuando pasan varias horas sin alimentar a Manu.

    Si bien se comportó como un caballero, hubo un momento en que desee que no lo fuese, sentía la necesidad en que me apretase mis tetas. Supongo que él, tendría el mismo pensamiento, aunque entiendo perfectamente su posición.

    Cuando termino me levante y le di un beso en agradecimiento por su labor.

    Admito que pensé bastante sobre ese momento y hasta tuve unas azarosas fantasías.

    Dos o tres días después, me levante con mis pechos algo duros e hinchados y muy sensibles al toque, con algo de molestia cerca de las axilas, algo que no me sucedía frecuentemente.

    “Que te pasa?“ Me pregunta Ricardo en cuanto me vio. Con algo de retraimiento le digo:

    “Hace bastante que no le doy de tomar a su nieto”

    “Puedes mostrármelas? Me dice

    “Si, por supuesto” le contesto sin pensarlo demasiado, aunque ya me las había visto.

    No sentí, ningún tipo de inhibición para exponerlas, todo lo contrario, así que desabroche la camisa y me subí el sostén. Solo las observo, sin llegar a tocarlas.

    “Las toco a ver dónde te duele” me dice

    “Si está bien, quiere que me saque la camisa?

    “Como quieras” me contesta.

    Sin pensarlo, como esperando esa respuesta, abrí la camisa desabrochando mi sostén, quedando por segunda vez mis tetas al alcance de mi suegro. Ahí comenzó a tocarlas suavemente, oprimiendo en determinado lugares, en ese momento mi excitación comenzó a hacerse notar, aunque trataba de no demostrarlo demasiado.

    “Creo que están muy cargadas, deberías darle de tomar a Manu”

    “Es que está durmiendo” le contesto, como descartando esa posible solución.

    Termine por quitarme la camisa, sentándome en la silla a la espera de su intervención.

    El dolor se iba pasando, pero mi excitación estaba agravándose. Apoye mi cabeza sobre el abdomen de mi suegro disfrutándose de ese enérgico y continuo “masaje”

    Así continúo hasta llegar a acariciar mis senos, rosando mis pezones que parecían enervarse, mi respiración se notaba algo jadeante, ante esas lujuriosas caricias, provocándome una lenta y continua excitación.

    Si bien no impedía esa intromisión, pensaba que no era lo correcto, aunque tampoco me opuse a sus “frotaciones”. Sus manos se fueron apoderando de mis tetas, apretando suavemente mis pezones, gimiendo al sentir cada vez que lo hacía, moviendo mi cabeza, apoyándola sobre el abdomen de mi suegro, oprimiendo mas los extremos de mis tetas.

    El conjunto de mis pechos comenzó a recibir un “tratamiento” más agresivo, sintiendo que mi vagina empezaba a segregar, algo que casi nunca me pasaba.

    Sus manos se apoderaron de mis pechos, apretándolos apasionadamente, hasta que sentí que comenzaron a evacuar mi leche materna. Era una extraña sensación, entre alivio al evacuar leche, dolor por su manera de oprimirlas y pero más que nada excitación, mientras su boca besaba mi cuello, apretaba más asiduamente mis senos, proyectando continuos chorritos de leche.

    Lleve mi mano a mi entrepierna, tocándome a través del pantalón, tratando de que no se diese cuenta de mi estado. Ni mi esposo me había trasportado a un estado similar, sus embates continuaron y a pesar que en un momento traté de impedir que siguiera, me llevo a un estado de total excitación, finalizando con un orgasmo, que si bien trate de contenerlo, no pude evitar una exclamación de placer. Supuse que de continuar se desencadenaría en algo mayor.

    Algo abochornada, y con mi leche sobre el pantalón, le digo

    “Está bien Ricardo, creo que es suficiente”

    Dejo de acariciarme, me beso en la frente y se fue a su habitación. Sabía que estábamos procediendo mal, aunque me dio algo de tristeza saber que se pudo haber quedado algo excitado. No niego que me había atraído su intervención, aunque realmente fueron solos caricias, pero sabía que esto podría desencadenarse en algo mayor.

    Durante unos días traté de evitar de hablar de lo sucedido o de amamantarlo frente a Ricardo, aunque no puedo negar que era tentador, no obstante por su parte tampoco hubo nuevas intenciones. Hasta que un día que estábamos conversando, le confesé que me había gustado lo que me había hecho.

    “Cuando gustes, lo repetimos” me dice riéndose.

    Esas palabras me quedaron dando vueltas, aunque si bien no dije nada, al día siguiente le di de mamar al bebe con mi dorso desnudo. Ricardo se acercó en ese momento, de manera sorpresiva, recosté a mi hijo en el cochecito, y volqué mi cabeza hacia atrás, cerrando mis ojos. Inmediatamente sus manos se adueñaron de mis tetas, apretando más tenazmente mis pezones a la vez que apretujaban mis mamas hasta sacar la leche, que sentí rápidamente bañar mi abdomen.

    Así rápidamente, se fueron alterando mis hormonas, llevando mi mano a mi entrepierna.

    Cuando me dice Ricardo:

    “Baja tu cremallera” me dio algo de vergüenza al oír sus palabras, pero estaba muy alterada, así que con algo de timidez y respetando su orden, me baje el cierre, y un poco mis jeans, metiendo mi mano para masturbarme, mientras mi suegro masajeaba mis tetas con total maestría. Ante mi sorpresa un poco antes de venirme, su boca succionaba mis rígidos pezones, percibiendo como mi leche pasaba a su sedienta boca.

    Me alzo, de la silla, y bajo más mis pantalones sintiendo sus dedos rozar mi sexo, no oponiéndome, era todo una locura, pero no podía frenar ese frenesí que me invadía.

    Con mi jeans por los tobillos, me hizo apoyar mi pecho sobre la mesa, a la vez que bajaba mi calzón, dejando mi traste al descubierto. Su pelvis se adhirió a mi culo, efectuando unos leves movimientos, pensé que trataría de penetrarme, aunque no sé si estaba totalmente dispuesta.

    Pero por suerte no sucedió, solo metió su mano entre mis piernas, eso hizo que me relajase, abriendo más mis extremidades, sintiendo sus dedos jugar con mi raja, ya algo humedecida por ese loco acoso.

    Dos de sus dedos me penetraron sin demasiada ceremonia, a lo que me hizo pegar un grito de dolor, hasta que sus dedos conformaron un movimiento rápido y continuo en mi vagina. Mi cuerpo fue asimilando ese acometimiento, comenzando a llevarme a un estado de total éxtasis, entre gemidos y una respiración entrecortada.

    Mis manos apretaban los bordes de la mesa hasta que ese vaivén ágil y perspicaz me llevo a un fuerte orgasmo.

    Me sentí ridícula con mis prendas bajas y mi torso desnudo, pero me gire y le di un beso a mi suegro en los labios como de agradecimiento o de calentura no sé, pero no puedo negar que me hizo disfrutar muchísimo.

    A pesar que estaba algo arrepentida de lo sucedido ese día, no dejaba de pensar en ese acontecimiento, Ricardo no comentaba sobre el hecho, y en parte me sentía algo culpable por no aplacar la calentura a mi suegro. Aunque creo que el disfruto tocándome y llevarme a un orgasmo muy placentero. Pensaba en mi esposo, pero hasta el momento no había ocurrido nada contundente, pero de proseguir con estos locos encuentros, en algo mayor se iría a desencadenar.

    Un día me había terminado de bañar, aun no estaba vestida, el llanto de mi hijo, hizo que corriese a verlo, solo atine a envolverme con el toallón. Ricardo había salido, así que tranquilamente me senté en la silla, desate la parte superior a fin de liberar mis tetas y darle a tomar al bebe. Mientras lo hacía pensaba en las locas succiones que me había proporcionado mi querido suegro, y recordando esos momentos comencé a incitarme, cuando oí la puerta cancel abrirse, si bien me sobresalto, pero consciente o no, me mantuve sin intentar cubrirme, esperando su presencia, sentada en la cocina.

    Entonces lo llamé

    “Ricardo, es Ud.?”

    “Si, necesitas algo? Me contesta

    “No solo quería saber.” Respondo, en espera de su presencia, la cual no se produce.

    Algo molesta, alzo al bebe para cambiarlo, vuelvo a envolverme con el toallón, paso por su habitación lo saludo y me dirijo a la mía. Mientras estaba limpiándolo, su voz me sobresalta, diciéndome si necesitaba algo.

    “No, todo bien Ricardo” le contesto. Mientras continuaba con mi labor de cambiar a mi hijo.

    Cuando lo acuesto en su cuna, hice un movimiento brusco y se desata el toallón quedando totalmente desnuda ante mi suegro. Nos miramos durante unos segundos sin intentar levantar lo que me cubría. Lentamente Ricardo se acercó y empezamos a besarnos, su mano se introdujo en mi vagina, iniciando mis jadeos, me volcó sobre la cama, sin quitar sus dedos de mi sexo.

    A partir de ese momento me deje llevar por ese loco arrebato, apretó mis tetas hasta hacerlas emanar nuevamente leche, que regaban parte de mi cuerpo desnudo. No sé si estaba dispuesta a tener sexo con él, pero no me frenaba ante sus acometimientos. Volcada sobre la cama, totalmente desnuda, me relaje aceptando lo que pretendiese hacerme. Abrió mi entrepierna, quedando mí intimidad ante su vista, me sentí algo cohibida ante su mirada, pero continúe con mi aptitud. Temerosamente abrí más mis piernas, sintiendo como sus dedos penetraban libremente mi matriz.

    Ese arrebato me superaba, de un hombre tan cálido, se estaba convirtiendo en un ardiente amante, mientras mi abertura no dejaba de segregar mis flujos vaginales. No besábamos con desesperación, mientras mi cuerpo reflejaba mi total excitación, mis tetas como producto de ser estrujadas continuaban emanando leche y mi vagina no cesaba de mojarse. Esos líquidos que mi cuerpo iba segregando, reflejaban el estado

    Me daba algo de vergüenza, emanar esos líquidos frente a Ricardo, aunque aparentemente le encantaba ponerme en ese estado libidinoso. Hasta que abrió bien mis piernas para meter su cara entre ellas, mamando despiadadamente mi sexo, a la vez que su dedo se iba introduciendo por mí recto. Ese acosamiento de las partes más íntimas, me transportaban a una experiencia que desconocía totalmente. Mi cuerpo se convulsionaba de una manera demente sintiendo como las paredes de mi conducto eran perturbadas, por su grueso dedo, friccionando su lengua en mi clítoris erguido, hasta hacerme estallar en una progresiva convulsión, arqueándome ante ese acosamiento sexual, quedando extenuada al llegar al fin de mi orgasmo.

    Mi cuerpo estaba empapado de sudor, mientras trataba de recuperarme, comprendí que Ricardo debería de estar muy estimulado, si bien era algo que con mi esposo trataba de evadirlo, supuse que en ese momento seria lo adecuado.

    Me arrodille frente a mi suegro, abrí su bragueta, introduje mi mano y saqué su verga, quedando sorprendida por su tamaño y su rigidez, si bien no era una experta en eso, trataría de complacerlo, así que con algo de aversión inicie una serie de lamidas, encontrándola rápidamente algo atrayente. Besé su glande, lo lamí, mientras mis manos lo masturbaban, no pude contenerme, que no tarde en deglutirla, sentir ese aparato carnal en mi boca era algo seductor.

    Mi boca lo chupaba con total ahínco, introduciéndolo hasta que me producía arcadas, besaba sus testículos y los chupaba fervientemente. Su erección no disminuía y mi desesperación tampoco, mis chupadas eran cada vez más intensas y prolongadas, hasta que logre mi objetivo, haciéndolo venir con un fuerte chorro en mi boca y en resto sobre mi pecho. Por primera vez pude sentir el sabor del semen, y a pesar de mi rechazo hacia él, terminó cautivándome su sabor. A pesar de tener parte de su esperma en mi boca me beso, me abrazo fuertemente y nos besamos. Había efectuado cosas con mi suegro, que su hijo no había logrado.

    Me fui a bañar nuevamente para quitar esa cantidad de líquidos que humedecieron mi cuerpo. Mientras lo hacía, Ricardo me observaba, satisfecha de lo sucedido, mis labios le enviaban besos.

    Sabía que esta era una situación totalmente atípica y muy peligrosa, así que lo conversamos con mi suegro comprometiéndonos que ese sería el punto final.

    Esa noche cuando llego mi esposo me sentí mal ante él, por lo ocurrido, pensando que esa noche trataría de pagar mi culpa haciéndole cosas similares.

  • La vi crecer (Capítulo 3)

    La vi crecer (Capítulo 3)

    VII

    Ayer fuimos al supermercado. Llevando cubrebocas, obvio, y manteniendo la distancia social.

    Me doy cuenta de que dije que “fuimos al supermercado” sin haber aclarado quiénes lo hicimos. Tanto pensar en mí y en Lelu me hacen incurrir en el error de creer que el lector sabrá de antemano que estoy hablando de nosotros, y no de mi mujer y yo.

    Habíamos decidido, para evitar concurrir al supermercado más de lo necesario, hacer las compras semanalmente, asegurándonos de no olvidarnos nada. Carmen era la encargada de hacer la rigurosa lista de la compras, y por esta vez, mientras ella dormía, Lelu y yo nos encargaríamos de hacer el trabajo pesado.

    Por una vez, Lelu vistió de manera que cubrió la mayor parte de su cuerpo, aunque eso no hiso que dejara de verse sexy. El pantalón de jean azul le calzaba como guante, y el top que cubría su torso, si bien era de mangas largas, tenía varios botones delanteros desabrochados, dejando ver parte de los pechos de mi hijastra.

    Lelu se miró, embriagada de vanidad, en el espejo, y me pidió que le saque una foto para subirla después a su cuenta.

    Si bien no era algo que me molestara hacer —más bien al contrario—, sí me generaba cierta incomodidad.

    Realmente no alcanzaba a comprender cómo alguien podía ser tan hermoso. ¿Había conocido a alguna chica así de bella en toda mi vida? Creo que sólo algunas mujeres que salían en revistas y en televisión igualaban a Lelu en belleza, y muy pocas de ellas rivalizaban con mi hijastra en cuanto a sensualidad.

    Lo que siguió fue algo a lo que todavía no me terminaba de acostumbrar. Una vez que bajamos del auto y caminamos media cuadra para llegar al supermercado, cada hombre que pasaba a nuestro lado, sin importar su edad, se quedaba idiotizado viendo a Lelu.

    Muchos se daban vuelta a mirarla descaradamente. Concentrando su mirada en el culo de Lelu. Varios automovilistas tocaron bocina. Los imbéciles ni siquiera reparaban en que estaba con su padre.

    —Qué idiotas —susurré.

    —No seas tonto, no te podés enojar con cada uno que me toque bocina, sino, no deberías salir a la calle conmigo.

    Lelu me lo decía con total seriedad. Por lo visto, ella estaba mucho más acostumbrada que yo a lidiar con ese tipo de acoso callejero.

    Los empleados del supermercado tampoco eran ajenos a los encantos de Lelu. Incluso una repositora quedó embobada al verla.

    —Andá juntando las cosas mientras voy a la carnicería —dijo Lelu—. Sé que no te gusta hacer fila.

    Fui recorriendo los pasillos, con el carrito. Pero no la perdía de vista. Uno de los repositores, un pendejo de la edad de Lelu, petiso y desgarbado, estaba arrodillado, acomodando la góndola de las galletitas. Lelu estaba parada muy cerca suyo. El pendejo tenía el monumental culo de mi hijastra a la altura de la cara, y no podía evitar mirar de reojo, esas redondeces cubiertas por la tela azul. “Pendejo pajero” pensé para mí, mientras el pibe abría los ojos como plato.

    Lelu fingía no verlo, como así tampoco parecía notar cómo varios hombres de aproximadamente mi misma edad la desnudaban con la mirada. ¿No se daban cuenta de que era casi una nena? Malditos hijos de puta.

    Cuando llegó el turno de Lelu en la carnicería, noté el cambio en la actitud del carnicero. No necesitaba ningún doctorado en lenguaje corporal para notar cuando un hombre estaba entusiasmado con la mujer que tenía en frente. El tipo era un gordito de treinta y tantos años. Tenía puesto el cubrebocas, pero en sus ojos se notaba que sonreía estúpidamente, y sacaba pecho. Lelu hablaba con su voz melosa. El tipo le dijo algo que no alcancé a oír, y entonces escuché una corta pero estridente carcajada de Lelu.

    “Ni lo sueñes”, pensé para mí. Fui hasta donde estaba mi chica.

    —¿Todo bien Lelu? —pregunté.

    —Sí Eze, todo bien. ¿Ya cargaste toda la mercadería? —preguntó, viendo el carrito cargado por la mitad.

    —No te olvides del bife de cuadril, sino tu mamá nos mata —dije, sin contestar.

    El carnicero se quiso hacer el simpático conmigo, pero no le di cabida. Cargamos la carne en el carrito.

    —Bueno, vamos a la caja —dijo Lelu.

    —No, todavía nos falta los fideos y los artículos de limpieza.

    Lelu me miró, indignada. Cuando nos fuimos al fondo, y viendo que no había nadie a nuestro alrededor, me dijo:

    —¿Por qué fuiste a buscarme a la carnicería si no habías terminado de comprar?

    —¿Perdón? —retruqué, fingiendo estar también indignado—. No te olvides que yo soy el adulto, no tengo que darte explicaciones de lo que hago.

    —¿Vos me hiciste una escena de papá celoso recién?

    —Preguntó ella, sin hacer el menor caso a lo que le acababa de decir.

    —Tomalo como una escena de papá cuida —contesté.

    —Sos un boludo —dijo, y me dejó con la palabra en la boca.

    No volvimos a hablar hasta que entramos al auto.

    —¿Te pensás que no me puedo defender de los hombres sola? Aprendí mucho en muy poco tiempo.

    —No lo dudo, pero mientras yo esté cerca, te voy a cuidar.

    —Sos un exagerado —dijo, con tono de reproche, aunque por su gesto parecía algo enternecida por mis palabras—. Quizás deberías ser así de intenso cuidando a mamá.

    —¿A qué te referís?

    —A nada…

    —El otro día dijiste que Carmen estaba rara.

    —Vos también estás raro.

    —¿Cómo es eso? Yo sigo siendo el mismo tonto de siempre —me defendí.

    Lelu rio. No había nada más lindo que la risa espontánea de Lelu.

    —De eso no tengo dudas… pero en parte estás diferente, supongo que todos lo estamos.

    —Ya lo creo, mírate a vos misma si no. —Me arrepentí inmediatamente de decir esas palabras.

    —¿Es por eso entonces? Ya no soy más la chiquilla rechoncha que se sentaba en tu regazo para que le cuentes historias.

    —No seas tonta, podés sentarte en mi regazo cuando quieras.

    —Qué bobo.

    —En serio —dije—. ¿Tenés algo que decirme? Creo que hay algo que te incomoda, algo relacionado con tu mamá.

    —Es sólo lo que ya te había dicho. No me gusta cómo te trata a veces —contestó, desviando la mirada— Además ya se lo dije a ella.

    —¿Le dijiste a Carmen que no te gusta cómo me trata?

    —Sí ¿está mal?

    —¿Qué te dijo ella?

    —Que su relación con vos no es di mi incumbencia.

    En un gesto instintivo, acaricié su cabello con ternura.

    —No te preocupes, está todo bien con tu mamá.

    —¿Y vos… Tenés algo que decirme? —Preguntó Lelu cuando ya estábamos llegando a casa.

    —No, nada. Aunque para serte sincero… Es cierto que ya no sos la nena que conocí. —Por una vez estaba hablando con total sinceridad, aunque no le iba a decir todas las cosas que pasaban por mi cabeza, por supuesto—. Verte crecer tan rápido es extraño, y esto de Instagram… Todas esas fotos sugerentes, con tantos desconocidos que van a pretender de vos sólo una cosa…

    —Ya te dije que no te preocupes por eso. —Lelu apoyó la mano en mi pierna—. Además con esta locura de cuarentena no voy a ir a ningún lado. No me puedo encontrar con ninguno de mis acosadores —bromeó.

    Acomodamos la mercadería en las respectivas alacenas y en la heladera. En un momento nos inclinamos para agarrar la misma bolsa. Como en una berreta película romántica, nuestros labios quedaron más cerca de lo habitual.

    —A la noche cocino algo para los dos —dijo Lelu.

    —¿En serio? — me sorprendí.

    —Sí, pero no esperes nada demasiado elaborado eh.

    Se fue corriendo a su habitación. Parecía una nena feliz por estar a punto de jugar a su juego favorito.

    VIII

    —¿Salchichas con puré? —Pregunté, fingiéndome horrorizado al ver la mesa servida—. Es cierto que me dijiste que no ibas a hacer nada elaborado, pero esto…

    Lelu rio

    —No te quejes, mamá no te cocina hace años, así que agradecé.

    Nos sentamos en la mesa. Yo estuve las últimas horas cortando el pasto de la vereda y del patio del fondo, sólo para hacer tiempo. Luego me di una ducha. Me puse un pantalón y una camisa cómodos. Cuando Lelu fue a avisarme que la comida estaba servida, fingí que apenas me acordaba de que me había prometido cocinar.

    —¿Y esto? —pregunté, señalando una botella de vino tinto que estaba en medio de la mesa.

    —Eso es una botella de vino, por si no lo notaste —contestó ella con ironía.

    Llenó dos copas con la sangre de cristo. No podía decirle nada, Lelu ya contaba con la mayoría de edad. Además, desde hace rato que tomaba alcohol, aunque por lo que sabía, lo hacía de manera consciente. Nunca llegó a casa completamente borracha.

    —Está bueno el puré —dije, probando la primera cucharada—. Se nota que te esmeraste mucho en aplastar las papas.

    —No seas así de maldito… Poner la cantidad justa de leche y elegir la manteca indicada es muy difícil también.

    —Ya lo creo. Igual que hacer hervir las salchichas ¿No?

    Ambos reímos de nuestras ocurrencias. Era muy lindo estar en sintonía con Lelu, como si en ese momento tuviésemos una complicidad única.

    Estuvimos un rato diciendo esa clase de tonterías, hasta que nuestras copas de vino se vaciaron. Lelu las llenó de nuevo.

    —Bueno, una copita más no nos va a hacer nada —dije yo.

    —¿Pensás que algo va a cambiar después de esta pandemia Eze? —Preguntó ella. De repente se había puesto seria.

    —Creo que vamos a ser los mismos pendejos de siempre, sólo que ahora vamos a tener más cuidado a la hora de estornudar.

    —Pienso lo mismo. No cambiamos más.

    —¿Estás bien?

    —¿Y por qué no iba a estarlo? Sólo me pongo pensativa a veces.

    —Me parece muy bien. No basta con ser bonita para salir adelante en este mundo.

    —Ya lo sé Eze…

    Terminamos de comer, y nos sentamos en el living a ver la tele. Lelu trajo otra botella de vino.

    —¿No será mucho? —dije. A mí apenas me habían hecho efecto las copas que tomamos, pero a Lelu ya se la notaba muy alegre.

    —No pasa nada Eze. Sólo una copita más. Además, estamos en casa. No tenés que preocuparte porque me vaya a cruzar con algún degenerado que se aproveche de mí.

    —No, claro.

    Lelu llenó las copas.

    —Eze vos te casaste con mamá apenas te separaste de tu mujer ¿no?

    —Sí, de hecho, conocí a Carmen cuando todavía estaba casado.

    —Qué pillín… ¿Y antes tuviste muchas novias?

    Estábamos sentados uno al lado del otro. Cuando me preguntó esto, Lelu golpeó mi pierna con su rodilla.

    —No tanto, me junté con Marta a los veinte años. Antes había conocido a unas cuantas mujeres, pero nada importante.

    —Marta… que nombre de vieja agreta. —Se burló Lelu.

    —Al principio era una mina copada. Pero de a poco se fue transformando. Era paranoica, me celaba mucho, no me dejaba respirar.

    —¿Era paranoica? —Lelu rio mientras tomaba otro largo trago de vino—. ¿O era perceptiva? Al final algo de razón tenía, vos ya estabas con mamá.

    —No estaba con tu mamá, te dije que sólo la conocía

    —Es lo mismo, ya te la estabas chamuyando ¡Sos un viejo tramposo! —pareció enojada cuando dijo esto, pero enseguida su gesto se suavizó—. Mentira, cuando el amor surge no hay nada que se pueda hacer —dijo, mirándome a los ojos.

    —Exacto —afirmé —. ¿Y vos? ¿Estás enamorada?

    —No, por suerte ese virus no se me pegó. Pero hay muchos que aseguran estar enamorados de mí.

    —Ya lo creo —susurré.

    —Voy a poner música. No sé cómo no te cansas de ver el noticiero.

    —Los viejos amamos ver el noticiero.

    —Que tonto, te dije viejo en broma. Todavía sos joven.

    Lelu puso a todo volumen un reggaetón escandaloso.

    Se paró, con la copa de vino todavía en la mano. Comenzó a bailar frente al televisor. Llevaba el mismo pantalón de jean que se había puesto para salir al supermercado. Sus caderas se movían sensuales al ritmo de la música.

    No prestaba atención a mi persona. Sólo se dejaba llevar por la inercia del ritmo, y por el alcohol que corría por sus venas. No pude evitar mirarla, con regocijo. La costura de la parte trasera del pantalón se perdía entre sus nalgas. Sus pechos se mantenían firmes a pesar del continuo movimiento. Las piernas torneadas se desplazaban con agilidad. Lelu tomó otro trago de vino, y un poco del líquido se resbaló por su barbilla. Rio, un tanto avergonzada. Sus mejillas ya estaban rojas, pero ahora tenían un color más intenso.

    Dejó el vaso vacío en la mesa ratona, y se sentó en mi regazo.

    Las nalgas duras y pulposas se sentían exquisitas en mis piernas.

    —Bueno, acá me tenés, para que recordemos viejos tiempos. Contame una historia tío Eze. ¿Te acordás que te decía tío? —preguntó, largándome el aliento a alcohol a la cara.

    —Claro que me acuerdo. Carmen pensaba que nunca ibas a poder llamarme papá, así que te inculcó que me digas tío.

    Aproveché para apoyar mi mano en su cintura. Unos centímetros arriba estaba la piel desnuda. Mis dedos, sigilosos, se desplazaban lentamente hacia ahí.

    —Qué señora metiche —dijo Lelu, con sorna. Aunque en su tono pude adivinar que había un verdadero reproche en sus palabras.

    —¿Te gustaría decirme papá? —le pregunté, con cierto temor.

    Lelu se inclinó hacia mí. Sus pechos se apretaron en mi cuerpo.

    —No… creo que “Carmen” tiene razón. No podría considerarte un verdadero padre. Llegó muy tarde a mi vida señor Ezequiel.

    —Pero en parte es mejor así —sugerí.

    —¿Mejor?

    —Sí… porque si fuera tu padre, no podría ser tu amigo.

    —¡Un brindis por la amistad! —dijo Lelu, y sirvió el poco vino que quedaba.

    Cuando se paró y dejó de hacer presión en mi pierna, noté que mi sexo ya se estaba despertando.

    Por suerte ahora se sentó a mi lado. Si sentía esas nalgas dignas de un monumento, una vez más, sobre mis piernas, no podría evitar una erección, y mucho peor, sería difícil evitar que ella la notara.

    Nos quedamos un rato más, conversando de cualquier cosa. Luego Lelu se sintió muy cansada y lentamente, se durmió en mi hombro.

    Tenía su boca muy cerca de la mía. Se la acaricié, con suavidad. Lelu balbuceó algo entre sueños. Los labios rosados se movieron. Un hilo fino de baba salió de ellos, impregnándose en su mentón. Se lo limpié con el pulgar. La boca quedó un poco abierta, dejando a la vista sus perfectos dientes. Acerqué mi rostro y uní mis labios a los suyos, sólo por un instante. La humedad de Lelu se adhirió a mí.

    La cargué en mis brazos y la llevé hasta su habitación. Deposité su cuerpo sobre el colchón. Lelu abrió los ojos.

    —Gracias Eze. Te quiero mucho —dijo, e inmediatamente después se quedó dormida nuevamente.

    IX

    Desperté bañado en transpiración. Había escuchado un ruido que me llamó la atención. Un sonido corto y seco ¿Fue la puerta delantera al cerrarse? Carmen no había vuelto. Eran las dos de la madrugada, no había motivos para que alguien entrara o saliera de la casa. ¿Lelu estaría bien?

    Salí de mi cuarto, y bajé las escaleras, sigiloso. Había un profundo silencio, sólo el motor de la heladera emitía un débil sonido. Pensé que quizá fue mi imaginación. Había tenido una pesadilla y el ruido fue en el sueño y no en la realidad. O quizá algún auto se comió la lomada que estaba a dos cuadras.

    La cena con Lelu me había dejado descolocado. Estuve así de cerca de decirle lo que me pasaba con ella.

    ¿Y qué era lo que me pasaba con mi hijastra? Ni siquiera tenía en claro eso. Al principio sólo despertaba en mí una lujuria incontenible. Pero esa lujuria se estaba mezclando con otros sentimientos. Era muy pronto para hablar de amor. Quizás el cariño fraternal que siento desde que la conozco, se mezclaba con el deseo sexual, dejándome completamente azorado.

    Estuve a punto de volver a mi habitación cuando escuché un murmullo. No entendía cuáles eran las palabras que habían pronunciado, pero de lo que sí estaba seguro era que no era Lelu la que había hablado.

    Se trataba de una voz masculina.

    Ahora sí, me dirigí al cuarto de Lelu. Mi cuerpo temblaba involuntariamente. Sentía frío. Escuché el murmullo nuevamente. ¿Sería un audio que algún amigo le había enviado por Whatsapp? Sin embargo, la voz parecía pertenecer a un adulto. Lelu no tenía amigos de esa edad, que yo supiera.

    Encendí la linterna de mi celular para guiarme. Llegué hasta la puerta de su cuarto, seguro de no haber hecho ruido que me pusiera en evidencia.

    Me sorprendió notar que la luz de la habitación estaba encendida.

    Me puse en cuclillas. Acerqué mi ojo a la ranura de la puerta. El resquicio, a diferencia de el del baño, apenas me permitía ver una parte del cuarto. Pero era suficiente. Lelu estaba sentada en el borde de la cama. Llevaba un conjunto de ropa interior negro, muy sensual. Agarraba las tiras de la tanga, como insinuando que estaba a punto de sacársela.

    De repente un brazo entró en el cuadro. Un brazo oscuro que se estiraba para acariciar el rostro de Lelu y después su cabello.

    Moví mi cabeza unos milímetros, para que mis ojos pudieran captar otra parte de la imagen, como si estuviese armando un rompecabezas. Yo conocía a aquel hijo de puta ¡Era el carnicero!

    Ya sabía yo que mi instinto no me fallaba. Ese sorete se quería coger a mi hijastra y lo estaba consiguiendo.

    Estuve a punto de tirar la puerta abajo y sacarlo a patadas de casa. Pero entonces fue la mano de Lelu la que entró en escena. Fue directo a la bragueta del sucio carnicero. Él se arrimó, y mientras ella le bajaba el cierre, su pelvis quedó casi pegada a la cara de Lelu.

    No sabía si iba a haber otro momento en mi vida donde pudiese ver a Lelu en una situación tan íntima. El morbo que me generaba la escena se oponía a la inefable indignación que había aparecido al principio.

    Quedé petrificado, incapaz de reaccionar.

    La verga de piel marrón y venas marcadas quedó a la vista. Era chiquita y cabezona, como un hongo. Su pelvis estaba cubierta de un enmarañado y abundante vello oscuro.

    Lelu pareció fascinada ante la repulsiva imagen. Masajeó los testículos del carnicero. Él le susurró algo, ella sonrió. Miraba hacia arriba, probablemente a la cara del tipo cuando el sexo babeante de este comenzó a meterse entre los carnosos labios de la que hasta hace poco era una tierna niña.

    Era una representación moderna de la bella y la bestia. El perfecto rostro de Lelu al encuentro del asimétrico y pequeño miembro del carnicero.

    No le fue difícil metérselo entero en la boca. Lo que me sorprendió es que parecía saber muy bien lo que hacía. Masajeaba el tronco mientras le daba placer al glande con su lengua. Un hilo de baba se caía de la boca de Lelu mientras mamaba con más y más vehemencia.

    El pelo le cubrió el rostro, así que el carnicero se lo recogió con sus propias manos para que ella pudiera seguir chupándola cómodamente. Yo estaba completamente inmerso en esa escena que parecía sacada de una película porno amateur. Mi verga estaba dura como el hierro. Empecé a acariciarme por encima del Pijama. El carnicero empezó a hacer movimientos pélvicos, dando cortas estocadas. Se estaba cogiendo a Lelu por la boca. ¡El hijo de puta se había escabullido en medio de la noche y había entrado en mi casa para cogerse a Lelu mientras dormía!

    No pasó mucho tiempo hasta que el tipo comenzó a masturbarse frente al rostro de Lelu. Ella abría la boca esperando que la lluvia blanca cayera adentro. El carnicero no pudo contener el gemido cuando tres chorros abundantes se eyectaron hacia el rostro de mi hijastra.

    Lelu se tragó todo, y cuando terminó de hacerlo, tomó la verga fláccida y succionó el semen que había quedado chorreando en el prepucio y el glande. ¡Toda una guarra mi chiquilla!

    Me di cuenta, que mis calzoncillos estaban manchados con un líquido tibio y pegajoso. Yo también había acabado mientras miraba a Lelu mamársela al carnicero.

    Se dijeron algo que no oí. El carnicero se desnudó. Se acostaron en la cama. Él encima de ella. Ya no pude ver más que las piernas de ambos mientras él la penetraba. Lelu gemía. Era un gemido largo que intentaba ahogar.

    Y luego pasó algo inesperado. Mi celular sonó. El ringtone estaba a todo volumen. Las piernas quedaron quietas. Los resortes del colchón dejaron de chirriar. El celular sonó de nuevo.

    Me dolía la cabeza, y sentí que nuevamente empezaba a transpirar profusamente. Otra vez el celular. Lelu abrió la puerta. Estaba completamente desnuda. La sorpresa y la indignación luchaban en un gesto confuso en su rostro. El ringstone me taladró la cabeza por cuarta vez. Me removí en mi cama. Mis ojos se sentían pesados. La imagen de Lelu se tornaba cada vez más borrosa. Hasta que por fin desperté, agitado y sudoroso.

    Ya había amanecido hacía rato. Miré el celular. Las nueve de la mañana. Habían llegado cuatro mensajes cortos de Carmen. Mi esposa, sin saberlo, me había sacado de esa pesadilla. Me avisaba que iba a llegar tarde, que no me moleste en hacerle el desayuno.

    Continuará

  • El lado oscuro de Luna (Capitulo II)

    El lado oscuro de Luna (Capitulo II)

    Narrador.

     En el capítulo anterior recordarán que Luna salió muy enojada de aquel lugar, sentía que fue a perder el tiempo, en su mente había pensamientos que luchaban unos con otros buscada respuestas, lo que más le perturbaba era el silencio de aquel hombre, se auto criticó por qué no debió haber contado con lujos de detalle su vida íntima, y porque ¿No la detuvo? Solo se limitó hacer un par de preguntas y a escuchar las largas y específicas respuestas; ella seguía preguntándose sobre la insistencia de su madre para ir a esa sección.

    Luna.

    – Bueno ya no hay marcha atrás, ya le conté una pequeña parte de mi vida, pero honestamente no sé qué me paso, siento que hablaba con mi conciencia, me sentí en confianza y sin darme cuenta solté varias cosas que nadie sabe ¿Será que vuelvo a ir la próxima semana? Algo me dice que sí, pero por otra parte me da cierta pena con él, fui muy grosera al salir de ahí casi que, tirando la puerta, fue frustrante que no hiciera ningún comentario de lo que confesé, pero bueno ya veré si me animo a ir.

    Llegando a casa. Hola, madre – ¿Cómo te fue? – Bien – ¿Solo me dirás eso? – ¿Que más quieres que te diga? – por lo menos ¿Si te gustó o no? – Hablamos luego, me voy a mi habitación – ¿Vas a comer? – no mami gracias, camino a casa comí algo ligero – está bien.

    – Entre a mi zona de confort, cerré la puerta, solté la cartera sobre la cama, me paré frente a mi mejor amigo y confidente (el espejo de cuerpo completo que está en mi cuarto) parada ahí venía a mi mente aquel hombre que por un momento conoció parte de mi intimidad.

    Me miré de arriba abajo, detallé lo bien que se veía mi silueta con esa ropa y como mi cuerpo se estaba trasformando debido al duro entrenamiento.

    Luego me comencé a desvestir lentamente, primero quité las sandalias altas de tiras rojas y de fino tacón, luego el ajustado jean azul oscuro a las caderas y poco a poco fue desabotonado los cinco botones de la blusa blanca manga larga un poco trasparente, de esas que dejan ver el brasier, hasta quedar en un conjunto íntimo blanco de finos encajes (que por cierto me lo regaló mi madre) me miraba y admiraba como lucía en mi cuerpo aquel sexy atuendo.

    Por un momento dirigí la vista al piso donde habían quedado las sandalias; y me provocó verme en ropa íntima con ellas puestas, estilo modelo de catálogo, así que me las coloqué de nuevo.

    Posé de diferentes maneras frente al espejo ¡Verme en ese conjunto de tanga hilo y brasier más las sandalias altas, WOW! De verdad que me gustó verme así de sensual, me daba la vuelta y miraba mi espalda, mis piernas, mis formadas nalgas, me encanta como se veía el hilo entrando entre ellas, y como caía mi cabello suelto a media espalda, me gusta mucho todo lo que veo, hasta el contraste del rojo con el blanco, no sé si es narcisismo con un toque de fetichismo, pero de verdad es que me veo deseable. (Honestamente, desde hace muy poco tiempo es que me estoy tomando en serio mi sexualidad).

    Pensar en «el terapeuta» por llamarlo de alguna manera, me estaba calentando, debo reconocer que mientras le contaba lo del chico en el auto mi vagina se contraía y hasta me sentí muy húmeda, no sé si por recordar ese momento, o porque se lo estaba diciendo a un hombre apuesto, alto, de piel blanca, cabello negro que pinta algunas canas, barba canosa bien cuidada, rasgos gruesos, con anteojos a la moda, cosa que lo hacían lucir más interesante, el cual le calculo unos 50 años ¡Pero bien llevados! Esa confesión me produjo morbo; y mientras narraba la situación en vez de ver al chico fantasma, a quien realmente veía en la escena era «al terapeuta». Que cosa más loca, pero me gustó imaginar que era ese cincuentón que estaba conmigo dentro de ese incómodo auto.

    Mi mente se puso más creativa y comencé a fantasear con él. Que entraba de improvisto a mí habitación y estando parada ahí en ropa interior y sandalias, me tomaba por las caderas, pegando mi espalda a su pecho y su miembro erecto entre mis glúteos, paseando sus manos por mi abdomen hasta terminar en mis grandes pechos al cual apretaba con deseo desenfrenado, mientras yo sentía su cálida respiración en mi cuello, mi piel se eriza, cierro los ojos, siento como mi entre piernas tiene contracciones, mi pantys comienza a mojarse, sus manos bajan hasta mi húmeda cueva el cual acaricia suavemente, mete la tela en medio de ella dejando mis labios desnudos y con dos dedos explora mi sexo en busca de mi clítoris, al encontrarlo lo frota mientras narra en mi oído lo que está haciendo y en voz baja me dice – Sé que te guste desde que me viste y tú también me gustas, sé que te agrada como masturbo tu vagina mientras sientes mi erección pegada en tus nalgas.

    Mi mente estaba fabricando esa fantasía, la sentía tan real que gemía de placer, ahí parada mis piernas abiertas perdían equilibrio, podía sentir su calor corporal, sentía que mis dedos eran los de él, seguí frotando, aún con los ojos cerrados me fui agachando, hice la forma de un puente colocando una mano atrás en el piso para sostener el peso de mi cuerpo y con las piernas abiertas me incliné hacia adelante, mi otra mano estaba metida dentro del pantys frotando con pasión, abrí los ojos y lo que veía me excitaba más. Veía a una mujer morbosa, llena de una loca lujuria masturbándose frente al espejo, mi cara era otra, mi cuerpo no era el mismo, ya mis gemidos estaban pasando a gritos descontrolados, la imagen que proyectaba el espejo me excitaba tanto o un poco más que imaginar estar con mi «terapeuta». Subía y bajaba el cuerpo, por momentos llegaba a mí mente la imagen como sí el estuviera en posición de perrito metido en medio de mis piernas lamiendo mi vagina y eso de verdad que me ponía más caliente. Seguí acariciando el clítoris hasta alcanzar el orgasmo más deseado de mi vida.

    Caí tumbada boca arriba en el piso, suspirando y cansada, luego me fui a ducharme y a seguir recordando ese placentero momento, mientras el agua corría por mi cuerpo pensaba en ¿Cómo será la segunda sección? Me gustaría hacer una locura y vestirme provocativa a ver si logro robarle unas miradas o quizá se incomode, parezco una niña con juguete nuevo ¡jajaja jajaja!

    Seguí con ganas de masturbarme y sólo me venía a la mente como será tener sexo con él, desearía seducirlo para descubrir su punto de quiebra, no estoy segura de poder lograrlo, se ve que es un hombre de ética y de respeto, debe ser casado y con hijos mayores, quizá hasta nietos tenga.

    Salí de la ducha envuelta en la toalla, fui al cajón de ropa íntima y saqué un cachetero negro y un top rojo, lo puse sobre la cama mientras terminaba de secar mi cuerpo, luego unte crema de almendras y me coloque la prenda, peiné el cabello, me tumbe en la cama a pesar hasta quedarme dormida.

    Narrador.

    Llena de intriga, al día siguiente su madre entra en la habitación de Luna, ella seguía durmiendo, se acuesta a su lado y la despierta. Le da los buenos días con mucho cariño y le dice – tenemos que hablar, ya son las 9:00 am, levántate y ven a desayunar – mami tengo sueño y no tengo hambre – anda a levantarse – okey, madre ya voy. Su madre se fue a la cocina y ella se levantó, se aseo y bajo.

    – Amor ¿Cómo te fue? – bien mami, sólo le conté algunas cosas y él se limitó solo a escuchar, es un hombre bastante interesante y buen mozo, me llamo la atención ese señor – Luna ¿Cómo qué edad tiene? El me lo recomendó una amiga, pero no me dio detalles – es un hombre como de 50 años y me llamo la atención – hija, pero ese señor puede ser tu papá – técnicamente sí, pero no lo es, además mi padre es menor que el, jajajaja.

    – ¿En serio Luna? No te puedo creer que te gusten los hombres mayores – pues si madre, y no es de ahorita – me gustaría que me contaras todo lo que pasa contigo, te he notado distraída y distante, hasta de mal humor, eso me preocupa, por eso te conseguí esa cita – bueno mami, me toca ir el martes que viene. Me gustaría que me acompañaras a comprar ropa, se me metió en la cabeza seducir a ese señor – «Luna por Dios» se te ocurren unas cosas – es en serio madre ¿Me acompañas o no? – okey está bien niña caprichosa, no conocía que fueras así.

    – Su madre fue a su habitación a ducharse y cambiarse y Luna hizo lo mismo, a la hora y media salieron juntas a comprar algunas cosas y a pasar el día juntas.

    Fueron de tienda en tienda escogiendo diferentes ropas, ambas no se ponían de acuerdo en que comprar, por un lado, Luna escogía los vestidos o faldas más cortos y por otro lado mamá algo más recatado, a pesar de que ella es muy sexy en la forma de vestir.

    Hasta que por fin se pusieron de acuerdo en un par vestidos y calzado, sin contar otras compras más, pasaron un día fabuloso. Luna antes de montarse en el carro miró a su madre y luego de una pausa dijo – mami, quiero que me acompañes el martes a mí segunda sección, no para que entres conmigo, sino para que conozcas al terapeuta y me esperes al salir para ir a comer algo – está bien hija, como has crecido ya eres toda una mujer.

    Llegó el esperado martes, Luna se levanta feliz porque irá a su segunda sección, se va a duchar y luego escoge la ropa, la coloca sobre la cama, se para frente al espejo, primero se pone un Body tipo hilo de fina blonda color negro, una minifalda del mismo color, una blusa blanca de lino sin mangas, le hace un nudo adelante y la deja casi abierta ya que el Body en V adelante luce como un accesorio muy coqueto que solo cubre las areolas y pezones, se monta en unas sandalias negras altas de tiras patente que dejan los pies al descubierto, sus unas están pintadas de color vino tinto, tanto en los pies como en las manos, se maquilla muy sutil y se perfuma con una fragancia cítrica, peina sus cabellos y sale de la habitación a la de su madre para decirle que es hora de irse.

    Luna. Mami, estoy lista, vámonos – dame un momento estoy en el baño dando los últimos toques – está bien.

    – Su madre al verla por un momento se quedó sin palabras y cuándo reaccionó, solo dijo.

    – Hija estás hermosa, toda una mujer, me sorprendes – gracias mami, tú también estás hermosa, vámonos que es tarde

    – Luna tu definitivamente quieres conquistar a ese hombre, a esa edad que tiene, más bien está bueno para mí. – Madre por favor – está bien hija, no te enojes.

    – Llegaron a la sección, Luna se anotó y sé fue e la sala de espera a seguir conversando con su madre, al poco rato la asistente de dice – pasa te están esperando. Luna se para un poco nerviosa y le dice a la mamá – ya vengo – okey, hija, éxito.

    – Hola ¿Cómo está? – hola, muy bien, toma asiento en el sofá – gracias, quería disculparme con usted por la actitud de la vez pasada, me comporte como una niña malcriada, de verdad discúlpeme por eso.

    – No tengo nada que disculpar, para eso estás aquí, entiendo que quieras respuestas inmediatas, pero todo llega a su tiempo, así que no te preocupes y vamos a lo próximo, si quieres te acuestas para que estés más cómoda, yo me sentaré aquí frente a ti en este sillón – ¿Me puedo quitar las sandalias? – seguro que sí, ponte lo más cómoda que puedas.

    – Esas palabras hicieron clic en mi cabeza, juraría que me bajo un chorro de fluido vaginal, era mi momento de seducirlo, así que, lentamente fui soltando mis sandalias una a una, abrí mis piernas lo más discreto que pude, pero con la intención que viera mi ropa íntima, al terminar de quitarlas las coloque a un lado e inocentemente abrí más las piernas, el me miró directo a mi cara y luego bajo la mirada hasta mis pies, luego fue subiendo hasta llegar a mi entre piernas. Quito la mirada y sonrió.

    – ¿Ya terminaste? – Sí – entonces empecemos ¿Porque volviste a la segunda sección?

    – Realmente deseo saber la razón de mis cambios, de un tiempo para acá me siento con muchos deseos de tener sexo, estoy contantemente pensando en sexo, me excito de la nada y me la paso con las pantaletas mojadas, me imagino teniendo sexo con hombres y hasta con mujeres, me excita verme en el espejo en ropa íntima y desnuda, siento que estoy enamorada de mí, me gustan los hombres mayores y por otro lado me atraen las chicas de mi edad que sean bonitas y de buen cuerpo, no siento deseo que me penetren, me gusta que me toquen y el sexo oral, tanto como hacerlo y que me lo hagan, siento mucha curiosidad del sexo anal y el beso negro, me da como miedo perder la virginidad.

    – ¿Te masturbas? – Sí y mucho, es como un vicio. Me gusta verme haciéndolo, me gusta mi olor y mi sabor, dos veces y hasta tres veces por día lo hago.

    – ¿Desde cuando tienes está práctica?

    – Desde hace tiempo, veía revistas de chicas en traje de baño o publicidad de ropa íntima y eso me excitaba, sentía una sensación allá abajo y de inmediato me tocaba, y más cuando escuchaba a mi madre tirando con mi tío, tenían sexo rudo y eso parecía gustarle a mi mamá.

    – ¿Porque tienes miedo de perder la virginidad?

    – Realmente no lo sé, pero siento que me estaría faltando a mí misma ¿Sabes algo? – No, dímelo tú. El día que salí de aquí molesta, al llegar a mi casa recordé todo lo que le había confesado y eso me produjo una gran excitación y me masturbé pensando en usted.

    – Al escuchar la confesión de Luna, el trago grueso y se le quedó mirando sin parpadear, hubo un silencio y ella comenzó a acariciar sus piernas mientras lo veía a los ojos y le preguntó con gran descaro – ¿Puedo masturbarme mientras usted sigue con las preguntas?

    – No lo veo conveniente ¿Realmente por qué viniste? – Por qué quiero que me ayude a entender quién soy en realidades y ¿Porque usted me atrae tanto?

    – Él sonrió y le dijo – Nos vemos el martes que viene.

    Continuará.

    D A

  • Mi experiencia como cornudo: El cumpleaños de mi esposa

    Mi experiencia como cornudo: El cumpleaños de mi esposa

    Empezaré por presentarnos, mi esposa es una mujer bajita (1.55) de piel extremadamente blanca, pechos y nalgas algo pequeños, pero bien proporcionados a su cuerpo. Yo soy de estatura promedio (1.76) cuerpo regular y moreno.

    Para fines de privacidad yo me llamaré Mauricio y ella Karina.

    Siempre hemos sido una pareja abierta sexualmente, hemos podido realizar cada una de nuestras fantasías y aquí comenzare a relatarles la primera vez que mi esposa me convirtió en cornudo y me encanto.

    En una de las tantas ocasiones en las que estábamos teniendo una sesión de sexo espectacular le comente que me gustaría que ella estuviera con otro, al principio ella lo dudo y me hizo una cara de desaprobación y de duda, pero cuando la puse a 4 y comencé a darle desde atrás comencé a intentar convencerla

    M: Amor no te gustaría sentir la verga de otro cabrón adentro de ti?

    K: No lo he pensado y la verdad no sé si me gustaría…

    M: Y si fuera por ejemplo tu ex?

    Aquí voy a hacer una pausa para explicarles, el ex de mi esposa se llama Armando, un tipo atractivo de piel blanca, atlético y a palabras de mi esposa muy bien dotado.

    En el momento de mencionar a Armando sentí como comenzó a lubricar más de lo normal.

    M: Eso si te pario verdad?

    K: De verdad estás dispuesto a dejarme coger con Armando?

    M: Pues es algo que he tenido en la cabeza desde hace tiempo, no precisamente con el pero quiero que te sientas cómoda al hacerlo…..

    Después de escuchar eso ella tomo el control de la situación, me tumbo en la cama y se montó sobre mí, comenzó con un movimiento de caderas descomunal con el cual sentí que me iba a venir en cualquier momento…

    K: Ok vamos a hacerlo pero tengo una condición.

    M: Lo que quieras

    K: Quiero que estés ahí cuando lo haga, quiero que veas como prueba mi jugo con las piernas abiertas, quiero que veas como se la mamo como solía hacerlo cuando salía con él, quiero que veas como lo monto y como me domina como solo él sabe hacerlo y quiero que veas como le saco la leche que tanto me encanta y saboreo hasta la última gota…

    Al escuchar eso solo pude contestarle que sí que deseaba verla así y tuvimos un orgasmo simultaneo, nos quedamos dormidos abrazados y no se habló más del tema durante un par de semanas, incluso pensé que había sido algo de un momento y que únicamente había servido para mejorar nuestra sesión de sexo ese día.

    Una mañana mientras desayunábamos ella me dijo.

    K: Oye ya te hiciste wey con lo que me dijiste el otro día.

    M: Con qué?

    K: Con lo de Armando.

    M: Ja, no la verdad es que como no volvimos a tocar el tema pensé que había sido algo que no iba a suceder.

    K: Pues fíjate que lo he estado pensando bastante y casualmente se acerca mi cumpleaños y Armando me escribió para ver si tenía planes.

    M: Que le contestaste?

    K: Aun no le contesto nada, estaba esperando a hablar contigo para que pudiéramos empezar con el plan, faltan 2 semanas para mi cumpleaños y estamos a buen tiempo para poder ir preparando el terreno para lo que queremos hacer.

    M: Parece que tu estas más interesada que yo.

    K: Bueno sabes que con el tuve muy buenas experiencias, además de que si hacemos esto podemos seguir con todas las fantasías de las que hemos hablado.

    M: Ok, comienza a trabajarlo y me vas diciendo que es lo que va a pasar.

    Se acercó a darme un beso en la boca y se puso de rodillas para hacerme una de las mejores mamadas que me ha dado hasta que termine.

    *****************

    Dejaré este relato hasta este punto, espero sus opiniones y consejos, pronto continuaré contando lo que pasó en los siguientes días.

  • Antes del café (Capítulo 5): La hija de jefe

    Antes del café (Capítulo 5): La hija de jefe

    Intervención de la narradora:

    Sé que resulta aburrido cuando una novela se salta todo lo que ocurre en determinado tiempo. Por eso, decidí resumirles lo acontecido después de un año y ponerlos al corriente, ya que no tiene mucho sentido detallarlo.

    Los primeros tres meses, Azucena fracasó en su intento de follar con otros hombres, incluso lo hizo una vez más con Ignacio, pero él la volvió a decepcionar. Sintió desesperación y finalmente se rindió.

    De esta manera, conoció a un joven de 30 años que la hizo cambiar casi radicalmente, su nombre es Erick y trabajaba en un despacho jurídico asociado a la empresa donde se desempeñaba Azucena.

    Ella comenzó a portarse bien, a ser constante en el trabajo y a llevar una vida más saludable. Así, obtuvo un aumento salarial muy atractivo, perdió varios kilos y consiguió que Erick se hiciera su novio. La relación fue tan seria que se encuentran comprometidos y a tres semanas de casarse.

    El tremendo de Braulio, por su parte, terminó la universidad. En el último semestre encontró un empleo vespertino que no le permitiría descansar bien, pero ganaba un sueldo sustancioso y al acabar la carrera conservó su trabajo.

    A la espera de su cédula profesional, decidió ocupar las mañanas para dar clases de regularización de contabilidad en casa y así no tener tiempo de hacer cualquier otra actividad. ¿Por qué? La respuesta es que tenía metas muy bien establecidas, entre las cuales estaba adquirir un departamento e independizarse, por lo que requería cierta cantidad de dinero.

    Por lo mismo, durante los primeros seis meses, Braulio mantenía relaciones sexuales frecuentes con Ingrid, pero desde que inició a laborar, se veían una vez cada dos o tres fines de semana. No tuvo otra pareja sexual, pero tenía varias posibilidades.

    Por último, Azucena y Braulio retomaron la confianza seis meses después de lo ocurrido en el hotel, en otras palabras, renació la hermandad. Los dos eliminaron de su cabeza la idea del incesto y todo parecía volver a la normalidad, aunque con los papeles invertidos, ya que Braulio ahora era el que cogía con Ingrid cada que había oportunidad y Azucena parecía monja, pues a pesar de ser lujuriosa, su novio era de la idea de no tener sexo hasta el matrimonio y solo saciaba sus ganas masturbándose.

    Sin más que agregar, los hermanos relatarán a continuación los siguientes hechos relevantes a un año de aquella experiencia erótica que vivieron. Aquí es donde retorna la emoción.

    Versión de Azucena:

    Aparentaba ser un lunes normal, pero tuve un accidente justo a la salida del trabajo. Mi oficina estaba en el séptimo piso y desde que me planteé adelgazar comencé a usar las escaleras en lugar del ascensor. Al descender a la cuarta planta, pisé mal un escalón, me precipité por varios peldaños y recibí pequeños raspones y lesiones en las piernas, incluyendo una fractura de muñeca derecha. Inmediatamente, me canalizaron con un médico, el cual me otorgó discapacidad por una semana. Tenía que volver a la empresa para entregar el documento de discapacidad, pero lo dejé para el siguiente día.

    Regresé a casa, adolorida y urgida por recostarme. Eran las 3 de la tarde, por lo que mi Braulio no tenía mucho de haber salido hacia su trabajo. Contacté a mi prometido y le conté mi incidente para que viniera a hacerme compañía, me diera unas sobaditas y, por supuesto, aprovechar para convencerlo por milésima ocasión acerca de echarnos un palo antes de casarnos.

    Erick tenía principios religiosos arraigados, lo cual respetaba mucho. Pero no resistía mis ganas y desde que me propuso matrimonio mi intención era lograr convencerlo de que, por lo menos, un anal no tendría malas consecuencias. De hecho, atraerlo sexualmente fue uno de los motivos por los que me esforcé por bajar de peso y esculpir un cuerpo sexy. No obstante, aunque él no negaba que me veía despampanante, su temple era superior y quería que su primera vez fuera en la noche nupcial.

    Dieron las 3:30 de la tarde cuando Erick entró a la casa. Tenía una copia de las llaves, ya que se ganó la confianza de mi familia. El café ya estaba listo para beberlo y sentarnos a platicar, aunque él se dirigió directamente a mi habitación y mostró su preocupación por mí.

    – ¿Cómo te sientes, amor? ¿Se te ofrece algo?

    Se me ocurrió una gran idea. Afortunadamente, no me cambié de ropa y seguía con mi vestido del trabajo puesto. Entonces, comencé de quejumbrosa y le pedí un enorme favor.

    -Me siento muy adolorida. ¿Podrías sobarme las piernas, por favor? En el botiquín del baño hay un ungüento analgésico para que me lo untes, por favor cariñito, ¿sí?

    Después de mis mimos, él hizo rápidamente lo que le encargué y empezó a colocarme el ungüento. Se me erizó la piel al sentir sus manos sobándome y fingí todavía más malestar, aunque mis palabras parecían tales como las de una mujer en plena cogida, con toda la intención, obviamente.

    – ¡Ay, sí! ¡No pares, baby! ¡Se siente muy bien! Un poco más arriba, por favor. Mis muslos también me duelen.

    El me consintió y frotó mis muslos, causándome un placer que hace mucho no sentía. Noté que él llevó una de sus manos a su cuello, en señal de que la corbata le estaba causando molestia.

    Era el momento perfecto para tomar su brazo y meter su mano adentro del vestido y que tocara mis glúteos. Emití un gemido, me senté, comencé a besarlo y a toquetear su pecho. En medio de mis besos, él no tardó en expresar su incomodidad.

    -Amor, ya hemos platicado de esto.

    Decidida y movida por mis impulsos, puse lentamente mi trasero en su pelvis. Sin poder dejar de sentir dolor, le hablé sensualmente mientras desataba su corbata.

    -Papi, tú solo déjate llevar.

    Para ser honestos, nunca habíamos llegado tan lejos como pareja. Además, yo jamás en mi vida había tomado la iniciativa para tener sexo, siempre esperaba a que los muchachos lo propusieran, lo iniciaran y lo ejecutaran. Podía quedarme con ganas de pito, pero jamás ser la primera en comenzar el previo ni mucho menos introducirme la polla, sin contar aquella vez que casi sucedía con mi hermano.

    Procedí a desabotonar su camisa, entretanto lo besaba y le daba arrimones delicados. Pude haber tenido iniciativa, pero sin ver acción de su parte yo no iba a dar un siguiente paso.

    Así que pasamos un largo rato besándonos hasta que, de pronto, él tomo mi cintura y se acostó, conmigo sobre él. Yo tomé una de sus manos y la desplacé por mis caderas hasta el borde de mi vestido.

    Después de unos minutos, él metió su mano dentro de mi vestido y acarició mis pompas suavemente. Yo comencé a moverme para incitarlo a que bajara mi pantaleta, pero debido a que todo lo hacía con miedo, tardó en hacerlo.

    Estaba impaciente por sacarle la verga, así que, de la nada, aparenté sentir demasiada excitación, cosa que me había prometido no volver a hacer. Desabroché su pantalón y expuse su pija, que aún no estaba del todo erecta, sin embargo, fingí estar sorprendida.

    Entendiendo su miedo, me acerqué a besar sus labios mientras lo masturbaba y traté de inspirarle confianza.

    -Amorcito, estás bien bueno. Tu pene me encanta, se ve muy sabroso. ¿Me das permiso de probarlo?

    Erick solo contestó un “no sé”. Aunque mis ganas eran demasiadas, no estaba dispuesta a hacer algo que no estuviera en su voluntad, solo me quedaba convencerlo. Entonces, aún con mi vestido, me senté en su polla dándole la espalda y comencé a restregársela intensamente.

    Escuché sus gemidos y me sentí dichosa de ello. De repente, él se enderezó, subió mi vestido a la altura de mi abdomen y empezó a moverse rico. Nervioso y temeroso, me planteó una sucia proposición.

    -Solo un anal, amor. ¿Está bien?

    -Sí, mi vida -respondí y me apresuré a colocarme en cuatro sobre la cama.

    Sentí sus manos temblorosas bajando mi pantaleta y debido a su lentitud comencé a implorar de forma sexy.

    – ¡Vamos, papi! ¡Métemela por el culo!

    Instantes después, sentí la punta de su pija a la entrada de mi ano. Seguí insistiendo con un tono de voz incitador.

    – ¡Tss, ah! ¡Uf, déjala ir toda!

    Desgraciadamente, se oyó el ruido de unas llaves abriendo la puerta principal. Velozmente me bajé el vestido y salí a recibir a mis padres en lo que Erick se arreglaba. Al poco tiempo, Erick salió de mi habitación, saludó a mis padres y también se despidió.

    Mis padres me vieron raro, pero los persuadí de que no estaba sucediendo nada malo, sino que mi novio había venido preocupado por mi accidente. Minutos después, recibí un mensaje de Erick, que textualmente decía “Perdona mi inseguridad, amor. Te prometo que mañana a la misma hora cumpliré tu capricho”. Percibí que sus palabras eran forzadas, pero me pareció una excelente idea, ya que me dejó muy caliente.

    Después de comer fui a dormirme. No era extraño que mi hermano y yo no nos viéramos en todo el día, incluso había veces que solo nos veíamos el fin de semana, a pesar de vivir bajo el mismo techo. Solo oía que entraba a su habitación alrededor de la medianoche que llegaba y eso era todo. Comprendía su cansancio.

    Ya era martes en la mañana. Me alisté y salí hacia la oficina a las 9 para entregar mi documento de discapacidad. Regresé a casa poco antes de las 10 para no interrumpir a Braulio cuando empezara a dar clases y solo esperaba ansiosa la llegada de mi prometido en la tarde para que me rompiera el culo.

    Versión de Braulio:

    Eran las 9 de la mañana de lunes. Azucena recién había salido a su trabajo. Me di un baño y posteriormente acomodé la sala para recibir a mis alumnos y me preparé una taza de café. Sin embargo, antes de disfrutarlo, se estacionó un carro fuera de la casa.

    Previo a lo acordado, llegaron mi jefe y su hija de 18 años, llamada Lizbeth, a quien me encargó de ilustrarla con mis conocimientos de contabilidad, ya que era recién ingresada a la carrera.

    La joven se mostró coqueta desde que me vio. Sin esperar más, le di la mano a mi jefe y le prometí enseñarle a su hija todo lo que sabía. Después de pagarme discretamente la inscripción, nos dejó solos.

    Le invité un café a Lizbeth en la barra y le pregunté los motivos por los que se decidió por la carrera. Ella respondía con una voz tan agradable, además de que, en un momento, me guiñó un ojo y pasó lentamente su lengua por la orilla de su taza mientras me miraba.

    Yo solo le di un trago a mi café, pensando en todas las maravillas que podía hacerme ella con su boca cuando de pronto, sonó el timbre. Eran mis demás alumnos, interrumpiendo el tentador momento.

    Debido a la gran demanda que recibió mi oferta académica, tuve que inaugurar dos horarios de clases, uno a las 10 y otro a las 12. Según mi jefe, Lizbeth solo estaría hasta las 12.

    Pero pasada la hora y recibiendo al siguiente grupo, ella permaneció hasta las 2 de la tarde, mirándome todo el tiempo desde la barra. Yo disimulé las cuatro horas, pero cuando terminé la última clase y despedí al grupo, me dirigí a ella.

    -Se te hace tarde para llegar a la universidad.

    -Y a usted para ir a trabajar -vaciló.

    -Soy solo cuatro años más grande que tú, háblame como a un amigo, con confianza -le sugerí.

    -No estoy de acuerdo, profesor -respondió acercándose demasiado-. Usted es el que manda aquí y debo tratarlo con respeto.

    -Eres demasiado guapa -expresé, nervioso-. Pero no es profesional de mi parte que me esté distrayendo contigo al dar mi clase. En ese sentido te pido un poco de mejor comportamiento y no mirarme así como lo has hecho hoy.

    -Tiene razón, profesor -comenzó a hablar sensualmente-. Soy una chica mala y me he portado muy mal hoy. ¿Cuál es mi castigo?

    No podía creer que una chaparra de 18 años, morenita, gordibuena y de perfectos atributos me hiciera dudar de mi personalidad. Pero me armé de valor y comencé a devolverle sus indirectas.

    -Solo tengo dos opciones, una es darte nalgadas y la otra es darte cinturonazos. ¿Cuál prefieres?

    -Ambas me agradarían, ¿y si comienza de una vez? -preguntó al darse la vuelta.

    Le di una nalgada de forma que mi mano se quedara apachurrando su glúteo, luego pegué mi cuerpo al suyo y ella volteó la cabeza hacia arriba para besarme la boca.

    Los arrimones y los besos subieron de intensidad conforme pasaban los minutos, pero repentinamente detuve la calentura.

    -Ya es tarde, linda. Dejamos esto para otra ocasión ¿te parece?

    -¿Me va a dejar así, profesor? -cuestionó Lizbeth.

    -No quisiera, pero tu padre estaría molesto si no cumplo con mi deber de empleado -contesté.

    -Bueno, si no hay de otra yo también me retiro -enunció con dignidad.

    Antes de que saliera por la puerta la recargué en ella, volví a arrimarle todo mi cuerpo y a besarla desenfrenadamente. Lizbeth correspondió mis impulsos, pero ahora fue ella quien me impidió seguir.

    – ¡Basta! Usted gana, profesor -expresó entre risas-. Pero tengo que ir a la universidad.

    – ¡Qué lástima! -exclamé-. Ya me había decidido a faltar al trabajo y darte tu merecido.

    -Esa no es la manera correcta -explicó con su sonrisa provocadora-. Ambos tenemos el tiempo apretado y solo usted tiene el poder de crear espacios a su conveniencia en las mañanas y así poder castigarme como se debe. La hora ya está, de usted depende el cuándo. Piénselo.

    Me guiñó el ojo y procedió a retirarse. Me derretía de las ganas ante su seguridad, su forma de seducir y su bellísimo cuerpo. Enseguida salí en dirección al trabajo y alcancé a llegar a tiempo.

    Pensé demasiado las cosas, pero encendido en mi lujuria, decidí dar aviso oportuno a cada uno de mis alumnos personalmente, excepto a Lizbeth, que la clase del día siguiente se cancelaba debido a motivos de fuerza mayor y se reanudarían el miércoles.

    Regresé a casa a la medianoche. Mi hermana ya estaba dormida y aunque sentía la necesidad de hablarle, comprendía su cansancio y me encerré en mi recámara para dormir, pensando que tendríamos una conversación de hermanos hasta que se viniera el fin de semana.

    Al día siguiente, desperté a las 9, justo cuando mi hermana azotó la puerta principal al marcharse. Me alisté y en cuanto dieron las 9:30, se oyó el carro de mi jefe estacionándose afuera. Salí a recibirlos y entré con Lizbeth a la casa. Habiéndose ido mi jefe, la lujuria se desató.

    -Le dije a mi padre que tenía unas dudas pendientes a resolver con usted -explicó.

    – Qué lista eres. ¿En qué estábamos ayer? -pregunté mientras llevé mi mano hacia mi hebilla y empecé a desabrochar mi cinturón.

    -Es mejor que nos demos prisa antes de que lleguen los demás, ¿no cree profesor? -sugirió.

    -No llegarán -respondí-. No quiero que vean cómo te doy tu merecido.

    Sin enunciar una palabra más, saqué mi cinturón, la rodeé con él y la jalé hacia mí. De esa manera, la llevé a mi cuarto, la despojé de su atractivo vestido, la subí a la cama y puesta en sus rodillas, sacó mi verga de mi pantalón para chuparla.

    Me sorprendió ver que tenía práctica y ella estaba asombrada de lo enorme que la tengo. Sus palabras mientras me felaba solo me causaban más excitación.

    – ¿Todo eso me va a entrar por la concha? ¡La tiene grandota, profesor!

    No le entraba todo mi pito hasta la garganta, pero ella disfrutaba y me hacía disfrutar bastante.

    Viendo que casi se ahogaba, le saqué el dulce de la boca y la acosté boca arriba. Ella me abrió las piernas para recibir unas lamidas en su vagina, pero fui algo breve al mamar su cuca.

    Hice a un lado el hilo de su tanguita e inicié el ritual de acariciar su clítoris con mi pija, pasándola entre sus labios vaginales. Sus gemidos eran muy agudos pero fascinantes y solo esperaba poder tardar bastante tiempo en venirme.

    Sin resistirlo más, metí mi glande en su pucha y poco a poco dejé ir toda mi herramienta en su interior. Ella dio a conocer sus gritos de placer, extremadamente fuertes y agudos.

    – ¡Uy, qué rico! ¡Así! ¡Que me entre toda!

    No podía evitar ir a un paso acelerado, pues sus expresiones me incitaban a ser rudo. Le quité su brasier para contemplar sus tetas rebotando y coloqué sus pies en mis hombros para que le llegara profundo mi pene.

    De repente, me pareció haber oído la puerta principal entre los gritos de Lizbeth, pero lo ignoré.

    CONTINUARÁ…