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  • ¡Ayúdame! Cógete a mi madre

    ¡Ayúdame! Cógete a mi madre

    Soy Corneador Anónimo y hoy les quiero contar una historia más de tantas que he tenido.

    En mi relato anterior les conté como un chaval me pidió que me cogiera a su mama y lo hice mandándole los videos para que viera que yo cumplo.

    Esta ocasión fui contactado por una chica su nombre es Lizet y nuevamente una madre estaba involucrada, me contacto de la siguiente manera.

    “Hola, me llamo Lizet, me pasaron tus datos, espero me puedas ayudar, fíjate que mi padre está engañando a mi madre con su hermana, creo que eso es lo más bajo, entonces me gustaría que le ayudaras a vengarse, te pagare muy bien, solo no le digas a mi madre que yo te contacte, te paso su número y sus redes sociales, si necesitas algo más no dudes en pedirlo”

    A primera estancia sentí que era una broma, ya que en mi experiencia personal es muy difícil que una mujer me contacte para esto, pero la chica me insistió, le mando fotos de ella y de su madre, la verdad la señora no estaba como la madre de Julio, era un poco llenita, de pechos grandes y algunas arrugas, una señora muy mona, no una milf, pero se defendía, fue entonces que acepte cogérmela.

    Comencé con comentar todas sus fotos en Facebook, le mandaba mensajes de buenos días atreves de Instagram o whatsapp, comencé a hacer la labor, ella me daba like en mis fotos y comentaba siempre con un beso y corazón, eso me abrió el camino para mi trabajo.

    R: ¡Me encantas guapo, lástima que soy casada!

    CA: Jajá, gracias linda, ¡me gustaría conocerte!

    R: ¿En serio? ¡Guau!

    CA: ¡Porque el asombro!

    R: Porque ya estoy vieja y tú eres un galán, no puedo creerlo.

    CA: A mí me gustan las mujeres como tú, ¡por su experiencia y habilidad!

    R: ¿Jajá, habilidad en qué?

    CA: En la cama, ¡estoy seguro que eres una maestra en el sexo!

    La charla en el chat fue subiendo de tono, comencé a mandarle algunas fotos en ropa interior, ella se emocionaba y me mandaba fotos de sus tetas y de su cara jugueteando con su lengua, sus tetas eran enormes, tenían algunas estrías, pero eso no las dejaba de hacer apetecibles.

    CA: Uy Regina que rica estás, ¡mira como me has puesto!

    R: ¡Guau!! Eso es tuyo?

    CA: 24 cm de poder, ¡si gustas los podemos usar!

    R: ¡Papacito quiero comerme tu verga!

    CA: Que caliente eres, nos vemos mañana para coger, ¿aceptas?

    R: ¿Así de plano?

    CA: ¿No quieres?

    R: ¡Quiero que me partas con esa hermosura!

    Le di a dirección del hotel y procedí como siempre, llegue antes y le mande un mensaje con el número de habitación, no se roque, pero esa señora pese a no ser tan sabrosa me tenía cachondo, no veía la hora de tenerla de patas arriba penetrándola con todo.

    Finalmente Regían llego, un poco apurada, llevaba un vestido blanco que marcaba su tanga, se veía riquísima, los verdaderos amantes del sexo saben cuándo una mujer u hombre huele a lujuria y deseo y Regina pese a estar gordita y ya casi pegándole a los 50 años, era un manjar sexual.

    CA: ¡Me tenías comiendo ansias!

    R: ¡Perdón tuve que huir de mi marido!

    CA: ¡Que lola eres!

    R: Que cosa dices, déjame prepararme en el baño.

    Al parecer Regina sabía a lo que iba, se fue al baño mientras yo comencé a desnudarme para sorprenderla, pero el sorprendido fui yo, cuando esa madura salió con unas medias de seda color blanco, un ligero y un cubre pezón, no traía tanga ni trusa, me mostraba todo su peluche, ¡pero no pude evitar desearla!

    CA: ¡Mamacita!! ¡Ven nena, ven!

    R: ¡Que pitote, déjame comeré!

    Regina comenzó a darme una tremenda mamada, su boca era una verdadera aspiradora, nadie me lo había mamado con tanta desesperación como ella, parecía que no comía en años, su lengua se movía muy rico, su boca se abría lo más que podía para introducírsela, ella solita se empujaba a mi tronco ahogándose para luego sacarla de sopetón y beber mi néctar!

    R: ¡Que rica verga, uhm, uhm!!

    CA: ¡Ah!! ¡Si mamita, uhm!!

    R: ¡Mi marido no me deja comer así!

    CA: Pobre estúpido, ¡no sabe lo que se pierde!

    Regina seguía mamándome como aspiradora, yo con mis dedos apretaba su clítoris y la llenaba de saliva para empezar a estimularla.

    No podía más así que la acosté con fuerza en la cama, ella abrió las piernas y sin más me clavé dentro de su guanga vagina.

    Mis movimientos eran rápidos, nuestras lenguas se enrollaban de lujo, sus manos apretaban mis nalgas, yo mordía sus pezones enormes y obscuros, ella movía en círculos su cadera, que rico se devoraba ¡toda mi verga!

    R: ¡Ah!! Mas, así que rico, ¡ah!!

    CA: ¡Que mujer!!

    R: Métemela papi, así, ¡no pares!!

    Le levante las piernas y mientras me acariciaba la cara con sus pies cubiertos de seda, me empujaba como loco, sacándosela y metiéndosela fuerte, el ruido de mi pelvis chocando en sus nalgonas, era fenomenal.

    CA: Que rico te comes mi verga, uhm, ¡apuesto que tu marido no te parte como yo!

    R: ¡No!! Él no sabe coger, ¡pero aun así me engaña el infeliz!

    CA: Pues ay que darle su merecido, toma, ¡toma mi verga!

    R: ¡Oh!!! ¡No pares, que rico, uhm, ah!!

    Me acosté en la cama y la cargue para que se tambaleara encima mío, Regina no me decepciono, sabia como moverse, se hacía para adelante y luego se dejaba caer fantástico, le apretaba sus nalgas, le mordía las tetas, yo también me movía a su ritmo, ella me tenía gimiendo como loco.

    CA: ¡Muévete que rico uhm!!

    R: ¡Aúlla papito, uhm, ah!!

    CA: ¡No mames que rico coges!

    R: ¡Soy tuya pa, soy tuya!

    Que cogida nos estábamos dando, me senté en la cama y esa señora se daba tremendos sentones despareciendo mi verga en su pucha.

    La puse acostad de ladito, le levanté una pierna y se la metía despacio mientras le apretaba los pezones y le mordía el cuello, ¡ella se movía tan rico que me tenía viendo estrellas!

    Una y otra vez, mi verga ya estaba toda mojada, esa madura ya se había venido y había mojado todas las sabanas, yo aún estaba duro y quería seguir cogiéndomela así que la puse de perrito.

    Abrí su tremando par de nalgas y la penetré con fuerza, se la metía y sacaba rápido, luego me detenía y ella movía su cadera, que rico movía su tarsero.

    CA: ¡No pares, uhm, que rico te mueves, uhm!!

    R: Ah!! Que rico, uhm, mas, ¡dame más!

    CA: ¡Que golosa eres, uhm!!

    R: Si, me encanta tu verga, uhm, cógeme, no pares, ¡ah!!

    La tome del cabello y la embestía tan fuerte como podía, salpicábamos todos sus fluidos, mi verga ya me dolía de tanta fuerza que usaba, pero no dejaba de darle con violencia.

    La empine lo más que pude me puse en cuclillas y se la metía tan rápido como podía, solo escuchaba sus quejidos y gemidos, que rica cogida, la verdad jamás me imagine que una mujer como ella me estuviera dando un gran placer.

    R: ¡Ah!! ¡Que rico, esto es lo mejor!

    CA: ¿Te gusta? ¿Te gusta cómo te la meto?

    R: Me encanta, que dura, que poder, no pares, uhm, ¡ah!!

    CA: Que rica, ¿te gusta la verga verdad? ¡Eres una puta!

    R: ¡Si!!! Soy una puta, soy tu puta papito, cógeme, uhm, no pares, lléname de tu semen, ¡quiero tu semen!

    Sus palabras me pusieron más loco, la tomaba del cabello y casi estrangulándola con un brazo comencé a darle con todo, poco a poco comencé a inflarme hasta que no tolere más y empecé a venirme dentro de su vagina, Regina recibía gustosa a mi elche, metiendo sus dedos para saborearla, ¡que orgasmo!

    CA: ¡Que rico, uhm, ah!

    R: Dame tu leche, uhm, ¡dámela toda!

    Una vez terminada esa rica y placentera sensación, me acosté y Regina bajo a limpiarme mi verga con su boca.

    Sus mamadas eran fenomenales, me lamia de mi ano a mi glande, succionaba la última gota de semen que me salía, me miraba como perra ardiente mientras sus dientes mordían con suavidad mi cabecilla para luego metérsela a la boca y ahogarse en ella, ¡qué mujer!

    Nos la pasamos excelente el resto de la tarde, cogida tras cogida y venida tras venida, finalmente Regina se limpió se arregló y salió corriendo del lugar ya que su marido llegaría a casa y tenía que estar ahí.

    Al igual que siempre, mande fotos y videos a su hija para que viera que el trabajo estaba hecho y ella me felicitó.

    “Corneador, que bien la pasaste con mi mama, gracias por los videos y gracias por hacerla feliz, ella ahora es más segura de sí misma y le dio vuelta a mi padre, eso me da gusto, además que rica verga tienes, espero un día poder probarla también”

    CORNEADOR ANÓNIMO.

  • Postre de fin de año (Segunda parte)

    Postre de fin de año (Segunda parte)

    Como anteriormente relaté, el año estaba por terminar y nuestra relación no mejoró ni un poco sin importar ningún esfuerzo que hiciera y eso repercutió mucho en nuestra vida marital, pero tenía mis esperanzas puestas en la cena de fin de año para los empleados de la empresa donde Laura trabaja y yo estaba listo para reconquistar a mi esposa.

    Llegó el día, dejamos a nuestro pequeño con mis papás y nos fuimos a la fiesta, ella durmió todo el camino, llegamos al hotel donde la empresa nos reservó una habitación y además seria sede de la cena de fin de año, era muy grande y aunque no de 5 estrellas si era muy elegante, subimos a nuestra habitación y empezaron las llamadas y mensajes con sus compañeras de trabajo para saber quiénes ya estaban ahí y esas cosas, ella cambio un poco en ese ambiente parecía muy animada y eso me agrado pues ya hace tiempo no la veía así, me limite a pasar desapercibido, prendí la tv y en ese momento solo fui un mueble más en la habitación durante todo el tiempo que ella ocupo para prepararse y así pasaron las horas sin que ella notara mi presencia.

    Ya cuando la hora de bajar al salón se aproximaba fue mi turno de prepararme, me salí de bañar justo a tiempo para verla con su hermoso conjunto de tanga y sujetador en encaje color gris oxford, inmediatamente se me paro, no sé si se dio cuenta de que la veía con lujuria, pero inmediatamente comenzó a vestirse sin darme oportunidad de nada, se puso un vestido color negro sin mangas que de la cintura hacia arriba se ceñía a su cuerpo como si fuera una faja ocasionando que su hermoso par de tetas se proyectaran hacia el frente en un sugerente escote en V que las hacia parecer más grandes de lo que ya las tiene y de la cintura hacia abajo la falda era holgada.

    Aunque le restaba mucha vista a su exquisito trasero por lo menos si permitía disfrutar de sus bien formadas piernas que se definían aún más por las zapatillas negras de tacones altos conformadas por tiras angostas de piel que solo cubrían parte del empeine y talón, sujetándose por encima del tobillo, traía un abrigo negro que al final no se puso pues no hacia frio y además el hotel tenia calefacción, termino de retocar el maquillaje que previamente se puso y estuvo lista al mismo tiempo que yo.

    Bajamos al salón del hotel y al entrar no había tanta gente, muchas miradas se dirigieron en nuestra dirección aunque solo algunas se detenían en Lan, tanto de mujeres como de hombres, alguien nos hizo una señal en una mesa cercana un poco alejado del centro donde había espacio para fungir como pista de baile.

    Llegamos a la mesa donde estaban cuatro mujeres, dos ya algo maduras como de unos 50 años, al igual que sus maridos que aprovechaban cualquier oportunidad para clavar sus miradas en el escote de mi esposa, las dos mujeres restantes eran jóvenes pero no tan agraciadas, solteras y algo aburridas al grado que ni siquiera me molesté en recordar sus nombres.

    Las mujeres se dedicaron a platicar de trabajo y los hombres igual, yo muy de vez en cuando aportaba algún comentario, pero en realidad la velada era horrible, quería salir corriendo de ahí, ni siquiera el tequila de mala calidad que bebíamos mitigaba un poco mi fastidio.

    Mis esperanzas de reconquistar a mi esposa poco a poco se disipaban así que me levanté para ir al baño y aproveche para dar una vuelta por ahí para entretenerme en algo cualquier cosa era mejor que estar muriendo tan lentamente en esa mesa, había muchas chicas hermosas y antojables al nivel de mi esposa y un par hasta más, pero obviamente acompañadas, como ya hace mucho no tenía acción gracias al estado emocional de mi esposa, sentí que se me ponía dura y me apresuré al baño antes de quedar expuesto ante tanta gente.

    Me tomé mi tiempo y quizás llevaba 30 o 35 minutos cuando decidí volver desde lejos note que junto a la mesa donde estábamos había tres tipos jóvenes de unos 35 a 40 años uno de ellos que estaba sentado cerca de Laura hablaba con ella desde su lugar, conforme me acercaba a la mesa me di cuenta que ella no le ponía mucha atención era muy cortante como hacía mucho era su actitud, ella me vio hasta que llegue a la mesa pues quedaba de espaldas a mí pero el tipo entendió que venía con ella y muy sutilmente dejo de hablar y se acomodó en su lugar, los 3 tipos estaban en la mesa solos bebían lo mismo que nosotros y en varias ocasiones los sorprendí observando lascivamente a mi esposa y no podía culparlos, se veía riquísima esa noche.

    Después de cenar y tomar varios tragos Lan se dirigió al baño y un momento después hice lo mismo, al llegar ahí vi al mismo tipo que intentaba hablar con Lan en la mesa no me di cuenta en qué momento se levantó de su lugar por lo que no sabría decir si fue detrás de Lan o ya estaba ahí antes de que ella llegara al baño, como sea no le di importancias hasta que salí del baño y el seguía ahí fingiendo que hablaba por teléfono y sé que fingía porque en ese momento le entro una llamada así que invento alguna excusa para no quedar en evidencia, no preste atención pues en ese momento salió mi esposa del baño (ahora estoy seguro que la estaba esperando) después de lavarnos las manos regresamos juntos, ya en la mesa unos minutos después regreso el tipo también (obviamente decepcionado).

    La noche fue extremadamente aburrida, de mil formas intente cortejarla, reconquistarla y recuperar lo que nuestro matrimonio perdió en algún lugar, pero todo fue en vano, Laura solo me sonreía condescendiente en cada intento y al instante me ignoraba nuevamente, ni siquiera quiso bailar así que nos la pasamos bebiendo, en nuestra mesa ya solo quedaban las 2 parejas de señores, los tipos de la mesa contigua ya no estaban no se desde que momento y poco a poco se retiraba la gente.

    Decidí levantarme con la excusa de ir nuevamente al baño y dar una última vuelta, no sé cuánto tarde pero cuando regrese Laura no estaba en la mesa una de las señoras me comento que fue al baño así que tuve que esperarla para poder subir a la habitación, pero paso mucho tiempo y ella no regresaba así que me desespere y fui a buscarla, ahí espere hasta que los baños se quedaron solos, obviamente no estaba ahí, le estuve llamando por teléfono pero lo traía apagado, subí a la habitación pensando que ya se había ido, pero tampoco estaba ahí.

    Bajé nuevamente al salón y desde lejos vi que en la mesa no se encontraba así que fui a buscar fuera del hotel pero nada, estaba ya preocupado porque ella no es de irse así sin avisar y menos en una ciudad que no conoce, además ya era tarde y estaba algo tomada, entonces se me ocurrió regresar a la habitación pero en esta ocasión por las escaleras, nuevamente obtuve una decepción.

    Estuve recorriendo el hotel por varios pasillos, fui al estacionamiento por un corredor que pasa por una especie de sótano que hace de bodega del hotel repleto de cajas, bolsas y de más y nada por ningún lado regrese por el mismo lugar y escuche algo como un golpe aunque no sé bien que fue, no sabía de dónde provenía pues ya era tarde y la mayoría de las luces del hotel estaban apagadas.

    Después de buscar un rato vi una pequeña ventila cerca del techo de la bodega que no era muy alta, solo necesite acercar una pequeña caja de unos 25 o 30 centímetros para poder alcanzarla, ya que yo me encontraba en una especie de sótano del otro lada la ventila se encontraba al nivel del piso, al ir mirando asía arriba pude ver a través de dicha ventila a mi esposa desnuda empinada sobre un sofá, aunque no pude verla completamente pues la ventila no me lo permitía por lo pequeña que era, si pude reconocer el vestido de mi esposa en el suelo junto a su ropa interior que horas antes me había excitado tanto al verla con esas prendas puestas.

    No sabía lo que había pasado ni en qué momento pero nuevamente alguien que no era yo le estaba metiendo la verga a mi mujer que en cuatro patas se movía gozando la cogida que a mí no me había permitido darle en mucho tiempo.

    Pensé en buscar el lugar donde estaban pues quería saber quién se estaba follando a mi esposa pero al reaccionar ya mi mano masajeaba frenéticamente mi miembro, una vez más me había quedado como espectador -ya que- dije resignado y seguí masturbándome.

    Pero algo raro pasaba, aunque todo estaba en silencio, además del sonido producido por las nalgas de mi mujer chocando contra el cuerpo de ese tipo cada que este se la clavaba y los ocasionales suspiros murmurantes de placer de él ¿Por qué no se escuchaba ni un tenue gemido de ella? ¿Acaso se quedó dormida? O ¿es que estaba tan tomada que ni siquiera sabía lo que estaba pasando?…

    Honestamente me preocupo un poco así que busque otra caja igual y la acomode junto a la que ya estaba en el suelo de manera que pudiera moverme y tener otro ángulo, volví a asomarme por la ventila para ver en qué condiciones estaba Lan mientras se la cogían y al momento me quede pendejo de la impresión viendo cómo se comía la verga de otro tipo que sujetándola de la cabeza le penetraba la boca al rito que su compañero la empujaba al ensartarle la tranca en su panochita calenturienta.

    Tembloroso sentí como un sentimiento ya algo familiar recorrió lentamente mi pecho desde la boca del estómago hasta que al llegar a mi garganta culmino con mi miembro eyaculando chorros de semen motivado por las convulsiones de ese tipo que a la vez se estaba viniendo en la boca de mi esposa que incapaz de contener la abundante corrida se le escurría por las comisuras cayendo en el descansabrazos del sofá, una vez que el tipo termino se retiró y ella bajo su cabeza para limpiar con su lengua lo que se le había escapado, no me percate que paso con el tipo que la follaba pero ambos se habían detenido, solo hasta que levanto a mi esposa del sofá para sentarse y montársela encima de él entendí que aún no terminaba, satisfecho el otro tipo tomo su ropa y después de ponerse los pantalones se fue.

    Desde mi lugar en primera fila podía ver tan cerca y claramente el enorme falo entrando y saliendo de la puchita húmeda de mi mujer que movía las nalgas deliciosamente gimiendo de placer, tan concentrado estaba en cómo se la estaban cogiendo que casi no me doy cuenta que de la nada salió otro tipo desnudo y se acercó a ellos y nuevamente me quede pendejo por la sorpresa (confirmado fue entonces que eran los 3 tipos de la mesa de a lado en la cena los que se la estaban gozando)…

    Sentía mi cuerpo arder y la sensación de mi pecho no paraba, temblaba aún más que antes pensando en lo que se avecinaba, una parte de mí no quería que pasara pero conforme el tipo se acomodó tras ella y le abría las nalgas todo mi ser comenzó a desearlo y sin poder contenerme me corrí nuevamente cuando el tercer tipo le hundía la verga en el culo a mi esposa, a pesar de haberme corrido ya en dos ocasiones seguía masturbándome rápidamente, no podía parar, parecía que todo había sido meticulosamente planeado.

    El ángulo desde donde yo estaba me permitía ver a la perfección como esa puta era penetrada por ambos haciéndola gemir y gritar como yo nunca pude hacerlo, verla retorcerse clavada en las dos vergas, ver como entraban y salían de ella era delicioso, solo unos segundos más y comenzaron a sacudirse violentamente cogiéndola tan rápido como podían, ella bramaba descontrolada

    –Asiii, Asiii, Asiii, Asiii Ooh si, Asiiiii, Haa, Haa, Haaaaa.

    Laura había recibido la mejor cogida de su vida, ambos tipos se vinieron dentro de ella inundándola con su esperma, quedándose quietos poco a poco, el tipo que se fue y que supongo también la gozo a placer (llegue tarde así que no lo sabía) se había corrido dentro de la carnosa y húmeda boca de mi mujer, y yo (parecía que se estaba haciendo costumbre) termine por tercera vez en esa noche en la pared de la fría y oscura bodega del hotel.

    Una vez que terminaron solo quedo Laura en el sofá desfallecida, agitada y satisfecha supongo, los tipos buscaron su ropa y se fueron, el último se fue hundiéndole la lengua en la boca a mi mujer hasta que ella lo empujo levemente indicándole que era suficiente, cuando ella comenzó a tomar su ropa me acicale lo mejor posible y me dirigí a la mesa que ocupábamos para esperarla, nervioso pensaba en lo que le diría, como reaccionaria y que dirían nuestros acompañantes en la mesa quienes por cierto ya solo quedaba una pareja de señores que a los 5 minutos de que regrese se fueron a su habitación.

    Pasaron muchos minutos más, tal vez 15 o 20 y Laura no regresaba, quise esperar otro poco pero me desespere y fui a buscarla pensando que quizás el ultimo tipo se había quedado con ganas y era quien la retenía, me costó un poco pero al fin di con el lugar donde ahora ya solo quedaba el sofá, quería quedarme a inspeccionarlo pero me preocupaba mi esposa.

    Fui hasta el estacionamiento nuevamente y al no encontrarla regrese al salón no sin antes pasar por los baños, ya desesperado subí a la habitación y por fin la encontré metida en la cama, ya se había bañado, le dije que me preocupo y le pregunte donde había estado y no recuerdo que más, pero ella solo se limitó a decirme que se sintió mal y regreso a la habitación, que no me dijo nada porque no me encontró y su teléfono se quedó sin batería además de que se quedó dormida, no hablamos más y me metí a bañar esperando tener suerte, pero cuando salí del baño ya estaba dormida, solo me acosté junto a ella y la deje dormir.

    No podía quitarme de la mente a los tres tipos que habían deseado a mi esposa desde que la vieron en la mesa durante la cena y que ella tan altiva e indiferente había rechazado, de algún modo lograron sacar la puta que lleva dentro y cogérsela a su gusto, recordaba cada ocasión en la que presencie como le metían la verga haciéndola bramar como la puta que es y me molesto mucho, no el ver y saber en lo que se había convertido, sino el hecho de que la última vez que pude tocar a mi mujer fue aquella madrugada cuando lo máximo que logre fue venirme en sus tetas mientras ella estaba inconsciente por tanto alcohol, estaba molesto con ella y conmigo porque deseaba más que nada cogerme a esa deliciosa puta y no tuve el valor o porque mi morbo fue mayor y ahora veía la oportunidad cada día más lejos.

    Después de esa noche lo que aún quedaba de nuestro matrimonio se derrumbó, ella simplemente perdió todo interés en nuestra relación, no había contacto Verbal, visual ni mucho menos físico y cuando cruzábamos palabra siempre terminaba en pelea, lo peor es que ni siquiera sé por qué ella estaba tan a la defensiva, al final era tan insoportable la situación que tuvimos que darnos espacio.

    Aunque lo parezca e incluso yo mismo lo llegue a pensar, este no es el final de esta historia tan ridículamente extraña, en ocasiones me pregunto si toda la gente pasa por lo mismo o cosas similares, pero no nos enteramos porque hay que guardar el secreto o algo así, o simplemente nacimos por error en un mundo normal.

    Como sea, la vida sigue al igual que esta historia, solo que será otro día.

  • Sexo con una madura increíble

    Sexo con una madura increíble

    Espero que mi relato os guste y pueda excitarlos tanto como a mi el recordar la experiencia y poder contarla.

    Fue hace unos 17 años, yo tenía 20 y ella 40, nos conocimos en un chat de internet y bueno nos cambiamos nuestros correos y seguimos en contacto varias semanas, hablábamos de todo un poco, algunas conversaciones subidas de tono, hasta que llego el día que nos conocimos.

    Quedamos en una cafetería, estuvimos hablando un buen rato, la miraba con deseo y recordando alguna conversación picante.

    Ella vino vestida con una falda por encima de sus rodillas y una blusa azul que dejaba a la vista un bonito y sensual escote, no tiene los pechos muy grandes, pero aun así insinuaba sus pechos un poco, algo que me excitaba mucho.

    Llego el final de la cita y nos despedimos con un beso húmedo, nuestras lenguas se cruzaron y su mano rozaba mi pene y notaba que cada vez estaba más duro, nos despedimos y cada uno se fue por su lado.

    Al cabo de un rato, recibí un mensaje de ella, diciéndome que estaba en un hotel, me dijo cual y el número de la habitación.

    No dudé y fui en su busca, cuando llegué estaba esperándome solo con un conjunto muy sexy de lencería. Nada más verla me abalancé sobre ella, nos besamos y esta vez no solo rozaba mi polla sino que metió su mano por dentro de mi pantalón y calzoncillos, buscando y encontrando lo que buscaba.

    Yo la agarraba por su duro y firme culo, la levante y ella cruzo las piernas por mi cintura, la lleve a la cama, nos besamos, le quite toda su ropa interior, me levanté para observarla detenidamente y ella empezó a quitarme la ropa, ya estaba desnudo con la polla por fuera y se la metió entera en la boca, yo no aguante más y la agarre por el pelo, y empecé a follarme su madura boca, en algunos momentos hacia que se la tragara entera hasta que notaba que se asfixiaba y la soltaba, me miraba pero sentía que le excitaba mucho y volvía otra vez, hasta que ya no aguante más y me corrí en su boca, lo quería escupir, pero no le deje.

    Le dije “no perra no lo escupas, trágatelo todo hoy serás mi perra madurita”, a lo cual asintió y se lo trago todo sin dejar nada atrás.

    Después la tire en la cama y empecé yo a comerla a ella, le chupaba su coñito depilado y húmedo veía como se corría de placer, soltando sus líquidos en mi boca, subí hasta su boca y empecé a besarla dejando su corrida en su boca, seguíamos besándonos hasta que empecé a follarla fuerte hasta que ya no aguante más y me corrí dentro de ella, ella también se volvió a correr, la cogí por el pelo y la puse en el suelo a cuatro patas para que limpiara mi polla de ambas corridas, ella solo obedecía y se dejaba llevar, supongo que por la excitación, ya que no parecía tener miedo.

    Cuando acabó de limpiarme la polla, la volví a coger del pelo, la levante y le dije al oído:

    “Quiero tu culo, quiero follarlo duro y correrme dentro del el”

    Sus ojos parecían platos, al decirle eso.

    La tiré en la cama y la puse a cuatro patas.

    Solo me dijo que fuera suave al principio que nadie antes lo había hecho por ahí.

    A lo cual le hice caso, con calma empecé a lamerlo muy despacio, ella se estremecía esperando a que mi polla entrara, seguía comiéndole su espectacular culo, hasta que ya creía que estaba preparado para follármelo.

    Cuando puse mi polla en su agujero, decido primero follarme su coño, y meterle algunos dedos en su culo para poder dilatarlo un poco, eso la excitó tanto que se corrió y a la vez se meo en mi polla que aún estaba en su coño.

    Ella solo podía decir que le follara ya su culo.

    No la hice esperar más y poco a poco mi polla fue entrando en su virgen culo, muy apretado pero entraba bien, cuando ya estaba toda dentro la agarre por sus caderas y empecé a embestirla suave al principio a los dos nos gustaba y ella me dijo:

    -Espera quiero hacer una cosa, sácala y ven.

    Ella fue hasta el pequeño balcón que había en la habitación del hotel se apoyó en la baranda y me dijo:

    -Fóllame aquí, quiero que me vean y oigan

    Se la volví a meter en el culo, ya más abierto y esta vez si la follé fuerte, ella gritaba golpeaba la baranda, no sé si alguien la escucho o la vio, pero eso consiguió que me corriera dentro de su culo, al sacarla ella se dio la vuelta y se agachó para limpiar mi polla, cuando terminó me dijo:

    -Ahora quiero que tú me limpies mi culito de tu leche.

    Se volvió al balcón y dándome la espalda y poniendo ese precioso y maduro culo a mi disposición otra vez, empecé a pasar mi lengua por él, cuando terminé le di la vuelta y nos besamos, dejando parte de mi leche en su boca.

    Es mi primer relato y espero os guste.

  • Relatos de una puta (Capítulo 1)

    Relatos de una puta (Capítulo 1)

    Me abrazó por la espalda y tapó mi boca con una de sus manos para que no dijera nada, por un momento sentí miedo al sentir aquellos brazos que me apretaban fuerte y tenía claro que por más que intentara forcejear para tratar de liberarme sería imposible hacerlo.

    Su voz me dejó paralizada por completo cuando al oído me dijo que esa noche aunque yo no lo quisiera él me haría suya, sentí temor quise llorar porque en ese lugar y a esa hora no pasaba nadie para poder auxiliarme, sin dejar de abrazarme y mucho menos me dejaba voltear a verlo, me fue llevando hasta ese callejón que estaba completamente oscuro.

    Como si fuese un animal me arrancó mi blusa y con una navaja rompió mi brassier para dejar mi espalda totalmente des–nuda ante sus ojos, sentí frío, deslizaba sus dedos por toda mis espalda para parar un momento sobre mi falda, jugaba conmigo y mis lágrimas salieron, me decía una y otra vez que me haría sentir mujer porque era lo que yo buscaba por esa manera tan sexy de vestir.

    Con mi propia blusa me tapó los ojos y mi boca para darme vuelta y tenerme de frente, su respiración agitada podía sentirla cerca de mis pechos que estaban a su completa disposición, sentí su lengua en uno de ellos, me dio asco al sentir como su saliva bajaba por mi pecho, bajó despacio por todo mi vientre hasta llegar a la altura de mi falda para meter una de sus manos debajo de ella y empezar el recorrido hasta llegar a mi vagina, me alzó la falda hasta la altura de mi cintura y con sus dedos hizo a un lado aquella tanga negra que traía para meter su lengua entre mi vagina y empezar a jugar con ella.

    No sé qué me pasó pero mis quejidos se estaban convirtiendo en gemidos de placer, su lengua era excelente; sus dedos ya estaban dentro de mi ser y yo no pude evitar reaccionar ante esas caricias que me estaba haciendo aquel desconocido, me quitó la blusa de mi boca no sin antes decirme que si gritaba no dudaría en meter su navaja al fin que nadie se daría cuenta, él no pensaba que para ese momento lo que yo deseaba era seguirle su juego, ya no tenía miedo; me estaba derritiendo y estaba ansiosa por sentir por todo mi cuerpo esas caricias que me estaba dando.

    Me fue bajando con sus manos hasta llegar a su miembro que ya estaba listo para ser querido como lo merecía y sin que me dijera nada me lo metí en la boca para empezar a hacerle un oral, sus gemidos me estaban excitando más y más y más; él pudo notarlo y enseguida me puso de pie pero de espaldas a él, poniendo mi cara sobre la helada pared y sin decir nada me dejó ir su miembro que no obtuvo resistencia para ingresar en mi debido a lo mojada que ya estaba en ese momento.

    Me dio unas embestidas que me hicieron gritar ya no de miedo si no de placer, tapó mi boca con su mano para que no gritara tanto y seguía entrando y saliendo de mi cuerpo, con la otra mano apretaba mis pechos mientras seguía embistiendo mi vagina, perdí la noción del tiempo de cuánto estuvo dentro de mi sin dejarme descansar, no dejaba de embestirme y por mi calentura llegué a mi primer orgasmo.

    Sentí como aumentó sus embestidas y su ritmo al hacerlas, era señal de que pronto terminaría y estaba totalmente segura de que lo haría dentro de mí y así lo hizo, sentí como empezó a descargar su calentura en mí, era una sensación indescriptible al darme cuenta que del miedo pasé a la pasión al ser poseída por un desconocido, que ese desconocido me cogió como hacía tiempo no lo hacían, terminó dentro de mi y se quedó unos segundos así para después sacarme su miembro; ésta vez hizo que lo limpiara por completo a lo que obedecí sin poner resistencia, nuestros jugos mezclados ese sabor era demasiado rico.

    Después de un rato me quitó la blusa de mis ojos y aun así no pude ver bien su rostro, me puso de pie y nuevamente me volteó a espaldas de él para empezar a acomodar su ropa; creo que él también se sorprendió por mi accionar pero él tuvo la culpa por haberme hecho sentir así de esa manera, antes de irse se acercó a mi oído y me hizo la pregunta más simple de todas:

    -¿Puedo saber quién eres? -me preguntó.

    -Soy tu puta -le respondí sonriendo, se fue perdiendo entre la oscuridad.

  • Cuckold (2): La mujer de un amigo

    Cuckold (2): La mujer de un amigo

    Con mis amigos del barrio nos juntamos todos los sábados a la noche, para jugar a las cartas, ver un partido, o simplemente para hablar boludeces y tomar birra toda la noche. A mi mujer no le gusta mucho esa costumbre, pero la mantengo contenta llevándola a pasear casi todos los viernes, y preparando un rico asado familiar para compartir con ella y nuestros nenes, quienes se hacen cada vez más grandes.

    Casi siempre nos juntamos en el barcito del club del barrio. Don Alvarado, el encargado del bar/buffet, es un amigo, y no tiene drama en dejarnos hasta altas horas de la madrugada, incluso cuando el bar ya está cerrado para el público en general.

    Pero otras veces nos juntamos en casa de Martín. Su mujer es enfermera, y suele trabajar de noche. Es el único que tiene, de vez en cuando, la casa sola los fines de semana. Así que aprovechamos esa movida y nos reunimos ahí, ya que es más confortable.

    El sábado pasado tocaba ir a la casa de Martín. A eso de las nueve ya me preparaba para salir.

    —Así que te vas a tu reunión de machos —dijo mi mujer— No te cuesta nada quedarte un sábado al menos.

    —No seas pesada Beti, es el único día que me tomo para mí —me defendí, y era cierto.

    Después de una corta discusión, la convencí de que me dejara de joder. Beti es muy insegura y desconfiada, y a pesar de que le juré mil veces que nunca la engañaría, ella sigue fantaseando con que en esas juntadas con los muchachos, nos vamos de putas o algo por el estilo.

    Me fui, convencido de que me esperaba un sábado de risas, charlas y alcohol, nada diferente a otros encuentros. Por supuesto, si eso fuera cierto, no valdría la pena haber comenzado este relato.

    La casa de Martín está a tres cuadras de la mía, así que fui tranqui, caminando. Como era temprano -A eso de las diez más o menos-. Todavía había mucha gente dando vueltas por la calle. Principalmente los pendejos que salían de los kioskos con botellas de birra para empezar la previa. Varias pendejitas del barrio andaban con tremendas calzas, polleritas, y tops diminutos, hechas unas gatitas alzadas. Y pensar que a muchas de ellas las conozco desde que habían nacido. Las había visto ir a al jardín y al preescolar de la mano de sus padres, las había conocido cuando las tetas apenas empezaban a notárseles. Y ahora ya eran todas unas mujercitas dignas de ser bien cogidas.

    Igual, siempre disimulo la mirada de hambre cuando me cruzo a esas pendejitas. Porque Beti tiene la costumbre de salir a la vereda para asegurarse de que yo vaya a donde le dije que iba a ir, y no me desviaba a cualquier lado. Si me llega pescar en una de esas, se me arma tremendo quilombo. La última vez que me pescó mirando un culo, me dio vuelta la cara de un cachetazo. Ahora con la lección ya aprendida, trato de comportarme como un señor, al menos en el barrio.

    Cuando estaba a una cuadra de la casa, le mandé un mensaje a Martín, avisándole que estaba llegando. Hacía unas horas le había escrito para confirmar si se hacía la juntada, pero no me había contestado, y de hecho, no vio el mensaje. Ahora pasaba lo mismo. Ni siquiera había aparecido la segunda tilde, que según me había explicado Nicolás, mi pibe, significaba que el mensaje había llegado a su destino.

    Así que toqué el timbre nomás. Si sabía en el quilombo en el que estaba a punto de meterme, hubiese vuelto a mi casa nomás.

    El que salió a abrirme el portón fue Quique. Es increíble cómo le crece la barriga mientras su cara es cada vez más delgada. Y esa noche, los ojos parecían más hundidos y grandes que nunca. El pobre tiene cuarenta y cuatro, y está hecho bolsa.

    —¿Y Martín? —Pregunté, extrañado de que no fuera él quien me recibiera.

    —Todavía no llegó, Vanesa dice que se quedó en un embotellamiento en Capital, y encima tiene el auto en el mecánico. Está viniendo en bondi. Andá a saber a la hora que llega.

    —¿Vanesa? —Susurré, mientras abría la puerta— ¿No era que no iba a estar su mujer?

    Por toda respuesta Quique se encogió de hombros.

    No tenía nada en contra de Vanesa, ni mucho menos. Simplemente me incomodaba que una mujer estuviera dando vueltas por ahí, mientras hablábamos con total soltura, de cosas que solo se hablan entre hombres. No suelo ocultarle nada a mi mujer, pero siempre sale el tema de alguna mina que parte la tierra como un rayo, y nosotros nos explayamos hablando de su culo, de si tiene cara de puta, de si sus tetas son operadas o naturales, y esas boludeces. A veces, hasta miramos porno. Supongo que Beti sabe que entre hombres hablamos de esas cosas, pero no es algo que las mujeres tengan que presenciar.

    —¡Basualdo! ¿Te dejó salir tu mujer? —me saludó Pedro. Un cincuentón al que le gusta dársela de rockero. O como dice Beti: un pendeviejo. Un tipo que se niega a abandonar la juventud aunque su pelo largo ya tenga canas, y en su cara haya cada vez más arrugas.

    Igual es un buen tipo, y es el más divertido para salir de joda.

    —¿Y saben algo de Martín? Mis mensajes no le llegan —pregunté.

    —Se habrá quedado sin batería —dijo una voz de mujer. Una voz que desentonaba demasiado con las voces graves que suelen imperar en nuestras “noches de machos”.

    —Cómo andás Vane. —La saludé. Ella se acercó, y cada paso que dio sonaba escandalosamente sobre la cerámica. Noté que se había puesto zapatos de tacones. Llevaba un pantalón de jean que se notaba era de marca, y una blusa blanca tipo camisa, que tenía varios botones desabrochados. Me agarró del hombro y me dio un intenso beso en la mejilla.

    —Hola Basualdo. —dijo—. Después me tienen que decir por qué le dicen Basualdo. Es raro que entre amigos se llamen por el apellido.

    —Es la costumbre nomás —contesté, tratando de no apartar mi vista de sus ojos. No era fácil lograr que no se desvíen.

    Nunca hablamos de esto entre nosotros, ni siquiera cuando Martín estaba ausente, porque entre amigos había “códigos”. Pero Martín se había sacado la lotería. Vanesa no es una mujer. Es un camión, un auto deportivo, una nave. En el barrio no hay mina que pueda siquiera empezar a competir con ella. Sólo las pendejitas, recién salidas de la escuela, tienen un culo con el que podrían rivalizar con Vanesa. Pero por lo demás, ella está en otro nivel. Es sofisticada, elegante, con una cara ovalada, de pómulos grandes y nariz respingona. Siempre bien maquillada y con ropa cara que la hacen lucir sexy y elegante en partes iguales.

    Yo no me puedo quejar. Beti, a sus cuarenta años, más allá de algunos quilos de más, se mantiene muy bien. Pero si mi mujer es un Ford Falcon perfectamente cuidado, con la chapa y pintura recién hechas, Vanesa es una Ferrari cero kilómetro.

    Pero como dije, entre amigos hay códigos, y hasta el momento jamás me había atrevido a pensar en ella más allá de como la mujer de un amigo. Cada vez que me venía su imagen curva a la cabeza, la espantaba como si fuese una peste, y las fantasías quedaban ahí, siempre inconclusas. “Las mujeres de los amigos son de madera”, fue una de las enseñanzas de mi viejo. Y así las veía yo.

    —Vanesa, no queremos molestarte —dije, haciéndome eco de lo que suponía era el sentir general—. Podemos ir al club, como siempre, vos querrás descansar o mirar algo en la tele.

    —No seas boludo, si no me molesta para nada. Además, la intrusa soy yo. Se suponía que hoy tenía que trabajar, pero al final me dieron franco.

    —Qué suerte —dijo Quique, que ya estaba acomodado frente al televisor.

    —No, en serio, no queremos molestar —repetí.

    —Quedate tranquilo —dijo ella, con una media sonrisa muy seductora, que hacía que en su mejilla derecha aparezca un hoyito— Además, Martín ya compró la picada, voy a buscarla.

    Vanesa se fue a la cocina, meneando las caderas. Los tres quedamos hipnotizados con sus nalgas. Pero sólo fue un instante. Después disimulamos, y nos miramos con algo de culpa y vergüenza.

    —¿Te ayudo? —dije, sólo por educación.

    —Dale —contestó ella.

    Fui a la cocina. Vanesa había dejado la estela de un exquisito perfume en el aire. Ahora abría la heladera, y se inclinaba, para agarrar la picada. La costura del pantalón parecía ser tragada por la profunda raya que dividía ambos glúteos. Esta vez, sabiéndome a solas con ella, tardé un poco más en desviar la mirada.

    —¿Llevás la birra y los vasos? —dijo. En sus manos cargaba una enorme bandeja de fiambres cortados en pequeños pedazos.

    —Dale.

    —¿Te hago una pregunta?

    —Sí, decime —contesté.

    Me dirigí a la heladera, para agarrar las cervezas. Pasé muy cerca de ella, y sentí nuevamente ese delicioso perfume.

    —Ninguno me dijo nada de mi pelo ¿No se dieron cuenta o es porque piensan que está mal alagar a la mujer de un amigo?

    Claro que había notado su nuevo color der pelo. Cambiar del castaño oscuro al rubio era difícil que pase desapercibido. Su cabello es ondulado y ahora tenía un color dorado muy lindo. Recordé algo que solía decir Beti: cuando una mujer se separaba, lo primero que hacía era un cambio de look.

    —Sí, lo había notado. Pero no soy de opinar sobre la apariencia de los demás.

    —¿Pero me queda bien? —preguntó Vanesa. Se tocó el pelo con una mano, y al hacer ese movimiento, noté que sus pechos también se movían debajo de la delicada blusa.

    —Sí, claro, te queda bien.

    —Sos de pocas palabras. —dijo.

    —Sí, mi mujer siempre se queja de eso.

    Fuimos al comedor. Vanesa sugirió que era mejor comer ahí. A Quique no lo gustó mucho la idea, porque ahí no había televisor, pero no dijo nada. Igual, no había nada interesante para ver.

    —Mejor esperamos a que venga Martín ¿No? —sugirió Pedro.

    —No, la verdad no sé a qué hora va a llegar, seguro tiene para un par de horas. No tiene sentido que lo esperen chicos.

    —Me da pena por él. —comenté.

    De repente Vanesa soltó una carcajada.

    —Me imagino que debe ser incómodo tenerme acá. Si quieren los dejos solos.

    —No —dijimos los tres al unísono.

    —Por favor, Vanesa, acompañanos —dije.

    —Bueno, si me lo pedís así… —dijo, otra vez con esa sonrisa sugerente que nunca le había visto, pero que esa noche ya había aparecido dos veces.

    Los primeros minutos fueron incómodos. Ninguno de los tres la conocía lo suficiente como para saber de qué hablar con ella. Sólo sabíamos que era enfermera y que tenía quince años menos que Martín. Muy piba, de otra generación, con otra cabeza. No teníamos idea de por dónde entrarle. Además, el hecho de tener a semejante mujer entre nosotros, nos resultaba incómodo. Era fácil disimular nuestra admiración cuando nos cruzábamos con ella durante un instante, en el supermercado, o en la plaza, mientras iba de la mano de Martín. Pero, con esfuerzo, nos las arreglábamos para poner cara de póker. Sin embargo, ahora resultaba imposible no mirarla cada tanto.

    Pedro y Quique hablaron fugazmente sobre sus hijos, pero Vanesa se mostró aburrida.

    —Voy a traer algo, a ver si desinhiben un poco —dijo.

    Salió del comedor durante algunos minutos.

    —Che, está rara la mina ¿no? —susurró Pedro.

    —Sí —corroboró Quique— ¿Me parece a mí o nos está calentando la pija?

    —Estás loco ¿Qué decís? —le recriminé.

    —¿No ves cómo movía el orto cuando se iba?

    —Sí, y a vos no para de mirarte con una carita de petera terrible —dijo Pedro.

    —¿Qué carajos les pasa? ¡Es la mujer de un amigo!

    —Bueno Basualdo, pero es la verdad —se defendió Quique en nombre de ambos—. Además no estamos diciendo que le vamos a soplar al mina a Martín. ¡Entre nosotros hay códigos! Pero entre amigos no nos podemos mentir.

    —Sí, además, ¿dónde está Martín? Es todo muy raro —dijo Pedro— Ayer me había escrito que se pudrió todo con Vanesa.

    —¡Cómo! —pregunté asombrado. ¿Se había peleado con Vanesa el día anterior? Era todo muy extraño.

    Pero antes de que me pudiesen contestar, Vanesa volvió al comedor. Llevaba un mazo de cartas en la mano.

    — Sé que les gusta jugar al truco, pero yo no sé jugar, y las veces que Martín me enseñó, luego me olvidé de todo —dijo. Se sentó y empezó a mezclar las cartas. Ella estaba en la cabecera y nosotros a los laterales de la mesa—. Corré la bandeja de la picada allá, así podemos tirar las cartas en el medio. —Le pidió a Pedro. Este, mirándonos alternativamente a mí y a Quique, con desconcierto, lo hizo—. Vamos a jugar a verdad o consecuencia ¿Saben jugarlo?

    —Sí —dije yo, para ponerle un poco de onda a la situación. Me parecía un juego tonto para jugarlo entre adultos. Incluso Vanesa que tiene veintisiete años, está muy grande ya para esas tonterías, pero preferí seguirle la corriente.

    —Bueno, la cosa es muy simple. Vamos a repartir las cartas uno por turno. Tiramos las cartas a los otros tres, una a la vez. Y al que le toque un comodín, pierde. Entonces tiene que elegir entre verdad o consecuencia. El que repartió las cartas es el que elige la prenda o la pregunta a hacer. —Nos miró y soltó una carcajada—. No sean aburridos. Si son originales a la hora de preguntar o imponer prendas, les aseguro que va a ser muy divertido. Confíen en mí.

    —Dale, yo me prendo. —dijo Quique, más entusiasmado de lo que debería estar. Pedro y yo nos limitamos a asentir con la cabeza.

    —Muy bien, empiezo yo tirando las cartas.

    Vanesa repartió una carta a cada uno, mostrando la figura que aparecía en ellas. Como no aparecía el comodín, repetía la ronda. Yo me sentía un tonto. Miré el reloj que colgaba en la pared, preguntándome a qué hora llegaría Martín. Pasaron cuatro o cinco rondas hasta que por fin apareció el comodín. Me había tocado a mí.

    —¿Verdad o consecuencia? —dijo Vanesa.

    —Verdad— dije, temeroso de que me obligue a hacer una tontería si elegía consecuencia.

    —Muy bien —dijo Vanesa, juntó sus manos, como si estuviese a punto de rezar, y sonrió juguetonamente— ¿Cuántas veces engañaste a tu mujer?

    —¡Uuuuhhh! —dijeron al unísono Pedro y Quique, como si estuvieran arengando a un abusador a que golpeé más fuerte a su víctima. Ahora a ninguno de los dos les parecía aburrido el juego, más bien todo lo contrario. A mí, si bien la pregunta me pareció sorpresiva y algo desubicada, no me molestó, ni tampoco me costó responderla.

    —Cero —contesté, con total seguridad.

    —Wouw, parece que no estás mintiendo. —dijo Vanesa, clavándome la mirada.

    —Claro que no —dije.

    —¡Vamos Basualdito todavía! —gritó Pedro. Vanesa y yo nos sostuvimos la mirada varios segundos, sin decir nada.

    —Bueno, te toca a vos —dijo después, entregándole el mazo de cartas a Quique—. Recuerden que depende de nosotros que este juego sea divertido.

    Quique repartió las cartas. El comodín le tocó a Pedro.

    —Consecuencia —dijo este, con una sonrisa infantil en su rostro avejentado.

    Quique le llenó el vaso con cerveza.

    —Te tenés que tomar todo de un solo trago.

    Pedro así lo hizo. Todos reímos cuando un chorro de cerveza se escapó de su boca y mojó su camisa.

    Pero la parte más interesante —y más tensa— del juego, era cuando le tocaba tirar las cartas a Vanesa, o más aún, cuando a ella le tocaba el comodín.

    Después de varias rondas, y de vaciar la tercera botella de cerveza, Vanesa fue víctima de su propio juego. Le tocó el comodín.

    —¿Verdad o consecuencia? —preguntó Pedro, quien había repartido las cartas.

    —Verdad —dijo Vanesa, con gesto desafiante.

    —¿A qué edad fue tu primera vez? —preguntó.

    —No seas desubicado ¡Es la mujer de un amigo! —le recriminé.

    —No pasa nada, no me molesta. Además, yo no soy la mujer de nadie, en todo caso seré la pareja, o la esposa de alguien. Esas expresiones atrasan un montón Basualdo —dijo, reprimiéndome, aunque no se la notaba molesta— Bueno, la primera vez que fui al cine fue a los seis años — respondió luego.

    —Te re cagó —dijo Quique, riéndose del otro.

    —Sos una tramposa, vos sabés a dónde iba la pregunta.

    —Bueno, me tendrías que haber preguntado cuándo fue la primera vez que tuve relaciones sexuales…

    —Es cierto —acoté.

    —Pero como no quiero que después ustedes esquiven preguntas agarrándose de tecnicismos, les voy a contar… Mi primera vez fue a los quince años.

    —Bastante precoz. —comentó Pedro.

    —Siempre fui muy sexual. Desde chica.

    Los tres la miramos con cierta fascinación e incomodidad a la vez.

    —Bueno, me toca tirar de nuevo. Pero esperen que tengo ganas de chupar… —nos miró uno a uno con los ojillos divertidos— cerveza, no sean mal pensados —dijo, dando un largo trago de birra.

    —Uf, pedro, ahora me voy a vengar de tu pregunta atrevida —dijo con ironía cuando el comodín apareció delante de pedro.— ¿Verdad o consecuencia?

    Pedro lo pensó seriamente. Todos estábamos compenetrados en el juego, y sobre todo, estábamos a la expectativa de con qué cosa saldría Vanesa.

    —Consecuencia —dijo al fin.

    Me pareció muy torpe de su parte. Al elegir verdad, siempre se podía dibujar la respuesta de alguna manera. Pero ahora estaba obligado a hacer lo que Vanesa le ordenase. Bueno, siempre podía reusarse. Pero en ese caso, en teoría, debería recibir un castigo. Según recuerdo, así eran las reglas del juego. O en todo caso, el juego terminaría, ya que no tenía sentido seguir si los participantes no respetaban las reglas.

    —Vaya, qué valiente —dijo Vanesa, saboreando el momento—. Bueno, tenés que quitarte la ropa, y desfilar para todos como si fueses un modelo. Podés quedarte con la ropa interior, No hace falta que nos muestres tus vergüenzas, pero nada más.

    —¡Uhhhh! —exclamó Quique, excitado.

    Yo me alarmé. Si Vanesa subía la vara tan alto, era probable que los muchachos, ya entrados en copas, le siguieran el juego cuando le tocase el turno a ella. La situación se nos estaba yendo de las manos. Y encima Martín no llegaba para poner un poco de normalidad a la situación. Aunque yo, y supongo que todos, sospechaba que no iba a aparecer en toda la noche.

    —Bueno, mejor juguemos a otra cosa ¿No? —dije.

    —No seas aburrido. —Me recriminó Vanesa.

    —Sí, Basualdo, ya fue, nos estamos divirtiendo —dijo Quique. Sus enormes ojos ojerosos brillaban con una perversidad que nunca le había visto.

    —Yo puedo ser muchas cosas, pero nunca abandono un juego —dijo Pedro.

    —¡Así se habla! —festejó Vanesa.

    Pedro se quitó la camisa, las zapatillas y el pantalón. Quedó sólo con un desgastado bóxer gris y las medias.

    —Qué sexy —bromeó Quique.

    Pedro se alejó unos pasos y caminó, cagándose de risa, de una punta a otra del comedor. Tenía la pansa bastante hinchada y los pechos caídos. El torso lleno de pelo oscuro mezclado con canas.

    Vanesa aplaudió.

    —¡Muy bien! ¡Qué valiente! —dijo.

    Pedro se vistió y volvió a la mesa con una sonrisa que reflejaba una vergüenza que llegó muy tarde.

    Pensé en decir que la cosa se estaba pasando del límite, pero sabía que ninguno de los tres estaría de acuerdo. Todavía estaba a tiempo de volver a mi casa antes de que todo se fuera a la mierda. Pero por otro lado, la situación me parecía tan surreal, que necesitaba ver con mis propios ojos hasta dónde llegaría todo.

    Jugamos un par de rondas más. Mi corazón se aliviaba cuando el comodín no caía frente a Vanesa, y se aceleraba cuando le tocaba a ella tirar las cartas. La siguiente vez que lo hizo me tocó a mí el comodín. Elegí, sin dudarlo, verdad. Jamás entraría en sus jueguitos.

    —Cuántas veces te masturbás a la semana —preguntó, fiel a su postura de llevar todo al plano sexual.

    Hubiese sido muy tonto mentir y decir que ya no me masturbo. Me pareció que lo mejor era tomar la cosa con naturalidad.

    —Tres veces más o menos —dije con seriedad.

    —Mirenlo al Basualdo, ahorcando al ganso a esta edad de su vida. —dijo Pedro.

    —Callate boludo, ¿me vas a decir que vos no te pajeás? —le contesté.

    —Todo el mundo se masturba —acotó Vanesa.

    —¿Vos también? —aprovechó para preguntar Pedro.

    —A buen entendedor pocas palabras —dijo ella.

    Después de unas rondas, cuando me tocó repartir a mí, el comodín cayó de nuevo frente a ella.

    —Verdad —dijo, intuyendo quizá, que si elegía consecuencia no la pondría a hacer ninguna prenda divertida.

    —¿Va a venir Martín? —fue mi pregunta.

    —No —respondió.

    El silencio cortó como un cuchillo el ambiente.

    —¿Y dónde está?

    —No sé, ni me interesa. Además, sólo podías hacerme una pregunta.

    El juego siguió, a pesar de que la última respuesta de Vanesa nos había dejado a todos pensativos. Pedro y Quique se miraban, como si estuviesen transmitiéndose sus pensamientos, dejándome completamente de lado.

    Cuando le tocó tirar las cartas a Quique, el comodín cayó de nuevo en Vanesa.

    La tensión aumentó aún más. Vanesa tardó, creo que a propósito, en responder.

    —Consecuencia —dijo, y luego, como suplicando, agregó—: Por favor no seas malo.

    Era obvio que no le importaba la prenda que Quique le iba a imponer. Sino, simplemente hubiese elegido Verdad, y asunto terminado.

    Supongo que Quique también lo entendió así, porque dijo:

    —Tenés que hacer la misma prenda que le hiciste hacer a Pedro. —Y por si no se había entendido agregó—: quítate la ropa y desfilá para nosotros.

    Pensé en decir que no tenía por qué hacer eso, pero era obvio que la cosa estaba yendo hacia donde ella quería que vaya. Lo que no me quedaba claro era si sólo pretendía seguir con ese juego morboso, o si se animaría a ir más allá.

    Quique no había agregado el detalle de que podría quedarse con la ropa interior puesta, lo que me hizo sentir mucha expectativa de lo que haría ella.

    Vanesa se puso de pie, y se alejó unos pasos, quedando casi pegada a la pared. Se quitó la blusa, sin mirarnos. No lo hacía de manera sensual, sino, como si fuese un simple trámite. Quedamos boquiabiertos viendo el hermoso corpiño de encaje blanco. Sus tetas no eran muy grandes, pero sí muy firmes. Su piel blanca. Los tres quedamos idiotizados, mirándola. Luego se desabrochó el cinto, y acto seguido, hizo lo mismo con el botón de su pantalón. Bajó el cierre. Cerró sus manos en el pasacinto, y se bajó el pantalón, con cierta dificultad, ya que estaba muy ajustado. Luego, ayudándose con los talones, se deshizo de la prenda, dejándola en el piso.

    Nos miró, y esta vez no se la veía divertida. Había cierta tristeza en su semblante.

    Caminó, despacio, hasta el final del comedor, meneando las caderas. Llevaba una tanga que hacía juego con el corpiño. La diminuta tela de su parte trasera, estaba perdida entre sus voluptuosas nalgas, dando la sensación de que estaba completamente desnuda. Al volver, vi la pequeña tela que cubría la parte delantera. Ningún vello sobresalía de ella, a pesar de que era un triángulo muy pequeño. Se notaba que se había depilado.

    —¿Contentos? —preguntó, vistiéndose de nuevo.— La próxima vez me vengaré, no lo duden.

    La cosa se había puesto muy bizarra, pero supongo que todos pensábamos que ya que habíamos llegado a ese punto, no tenía sentido dar marcha atrás.

    Vanesa tiró las cartas, y me tocó el comodín a mí.

    —¿Te gustaría cogerme? —me preguntó, después de que elegí verdad, como siempre. Había temido que se aferre a la regla que decía que después de elegir dos veces verdad, estaba obligado a una prenda, pero supongo que le daba mucho morbo hacerme esa pregunta, y por eso lo omitió.

    —Claro —contesté. No tenía sentido mentir.

    —Desde ya les aviso que ninguno de los tres va a meter su pija adentro mío. Aunque me lo pongan como prenda, no lo voy a hacer. Y recuerden, ¡no es no!

    No pude evitar decepcionarme. ¿Qué sentido tenía ese juego si no íbamos a cogernos a Vanesa? Ya de por sí era una vil traición lo que estábamos haciendo, y para colmo, no íbamos a sacar ningún provecho de eso.

    Pero a pesar de esa mala noticia, seguimos jugando. Pedro y Quique no parecieron haber oído el comentario de Vanesa, o quizá no les importaba. Las botellas de cerveza se seguían vaciando. Tuve que ir al baño varias veces para mear. Como siempre, todo lo que ocurría cuando no tiraba las cartas Vanesa, o cuando no le tocaba el comodín, no era más que un mero relleno, que servía para aumentar la tensión en el ambiente.

    Cuando ella agarraba el mazo, sentía cómo las gotitas de transpiración se deslizaban por mi espalda.

    Vanesa tiró las cartas, y el comodín cayó en Pedro.

    —Consecuencia —dijo él.

    —Tenés que llamar a tu esposa y hablar con ella durante tres minutos. —dijo Vane.

    Pedro la miró decepcionado. Quique y yo nos miramos confundidos. Pero Vanesa parecía más divertida que nunca.

    Pedro agarró el celular.

    —Que alguien controle el tiempo —dijo Vanesa, poniéndose de píe mientras Pedro llamaba a su mujer.

    —Hola amor ¿Todo bien? —dijo Pedro. Se escuchó que su esposa le respondía algo.

    Vanesa fue hasta donde estaba sentado. Se sentó en su regazo.

    —Sí, no, no, sólo quería saber si los nenes están durmiendo. —dijo Pedro. Vanesa hacía movimientos con sus caderas. Las nalgas se frotaban con el miembro de Pedro, el cual, supongo, ya estaba completamente al palo.— Es que no quiero que se queden hasta la madrugada jugando a la Play, como hacen siempre. —dijo Pedro, medio balbuceando. Yo, que estaba sentado a su lado, pude ver cómo extendía su mano y empezaba a acariciar los pechos de Vanesa. Sus dedos se metieron fácilmente debajo de la blusa, ya que tenía varios botones desabrochados, y ahí comenzó a manosearlas con desenfreno.— Sí, mi amor, estamos con los muchachos en lo de Martín —dijo pedro, casi gimiendo.— Seguro vuelvo a eso de las cuatro, chau mi amor.

    Apenas colgó, Vanesa se bajó de su regazo. Pero Pedro la detuvo, agarrándola de la cintura.

    —No me vas a dejar así. —le recriminó, señalando con sus ojos la enorme erección que tenía.

    Ella se soltó con violencia.

    —Si quieren acabar van a tener que usar la imaginación.

    —Tranquilo boludo, si te dice que no, no insistas. —le exigí a mi amigo. Si yo no estuviese entre ellos, probablemente se estaría tirando encima de Vanesa, arrancándole la ropa por la fuerza. Era cierto que ella nos estaba provocando, de hecho yo ya tenía la pija como mástil, pero algo me decía que era mejor tener paciencia.

    Me tocó el turno a mí. Hice trampa, y coloqué el comodín de manera que estaba seguro que le tocaría a ella. Creo que todos se dieron cuenta de la estratagema, pero nadie dijo nada. Ni siquiera ella.

    —Consecuencia —dijo enseguida, y con un brillo en sus ojos agregó—Acordate de lo que les dije. Ninguno va a meter su pija adentro de mí. Por ninguno de mis orificios. Si intentan algo de eso, voy a gritar como una loca. Vamos a salir en el noticiero los cuatro: “Tres hombres intentan violar a la esposa du su amigo”.

    —Quedate tranquila, que ya me quedaron claras tus reglas. —Vanesa me miró, con cierta complicidad, como si ambos entendiésemos algo que los otros todavía no alcanzaban a comprender—Tenés que pararte contra la pared de espaldas, con los brazos extendidos, apoyados sobre la pared y las piernas separadas.

    —Como si estuviese arrestada, okey

    —Y no te tenés que mover ni decir nada durante diez minutos.

    Vanesa sonrió. Asintió con la cabeza, y se puso de pie. Apoyó las palmas de las manos en la pared. Separó las piernas. Estaba un poco inclinada. Su poderoso culo quedó ante nuestros ojos nuevamente. Me puse de pie. Los otros me imitaron enseguida. Nos acercamos a ella. Vanesa largó una risita nerviosa. Probablemente quería repetir que ninguno podía cogérsela. Pero debió callar debido a la prenda. De todas formas, yo le había prometido que iba a respetar esa imposición, y realmente no tenía intención de romperla.

    Acerqué mi rostro a su cuello, y sentí su delicioso olor. Vanesa rió. Probablemente el aire que había largado de mi nariz le hizo cosquillas. Nuestros labios quedaron muy cerca. Le di un beso, pero ella lo esquivó.

    —No dijiste nada de que no podíamos besarte. —Agregué.

    Ella hizo un gesto que no alcancé a entender. Miró hacia la pared, sin hacerme el menor caso. Estaba quieta, y muda. Entonces recordé que si me besaba, no estaría cumpliendo con la prenda a rajatabla. Vanesa debía quedarse quieta como una estatua. Debía estar inmóvil durante diez minutos, sin hacer ni decir nada.

    Entonces mi mano fue a su destino obvio. Primero rocé apenas sus nalgas. Deslicé el dedo por la costura que dividía los glúteos.

    —No podés decir nada —le recordé—. No podés moverte.

    Luego palpé, ya con más vehemencia, ese hermoso culo. Vanesa cumplía fielmente con su prenda. No emitía sonido, y no se movía un solo centímetro mientras yo la manoseaba. Los muchachos se sumaron, y entre los tres masajeamos su orto, alternándolos con sus pequeños y ricos pechos. En un momento le pellizqué una nalga, con violencia, esperando que emita algún quejido. Pero ella no hizo nada. Seguí pellizcándola. Era tan maciza, que apenas se arrugaba cuando mis dedos se cerraban en ella.

    Quique se bajó el pantalón. Fue la primera vez que le veía la pija. Era igual que él, delgada pero cabezona. Pedro lo imitó, y luego frotó su tronco sobre la tremenda cola de Vanesa.

    Yo hice lo propio. “Si quieren acabar, van a tener que usar la imaginación”, había dicho Vanesa. Y eso estaba haciendo yo. Y no había elegido esa prenda sólo para que podamos acabar. También le estaba haciendo un favor a ella. No era bueno calentar tanto a un hombre, y dejarlo con la leche adentro, como había hecho con Pedro. Ella lo había dicho en broma, pero estar a solas con tres hombres bastante tomados, e histeriquear de esa manera, podía ser peligroso. Yo mismo estaba dudando de si podría seguir aguantando sin agarrarla de prepo y cogérmela ahí nomás, sobre la mesa.

    De repente, los tres nos estábamos masturbando a apenas unos centímetros de ella. Cada tanto le dábamos fuertes nalgadas. Pero ya no la acariciábamos, porque en cualquier momento alguno iba a acabar, y sería muy desagradable que el semen vaya a parar a las manos de un amigo.

    El primero en llegar a su límite fue Pedro. Era obvio, ya que había quedado demasiado caliente después de que Vanesa frotara su culo en él.

    Los chorros de semen salieron disparados hacia el pantalón. Los otros dos lo imitamos. Queríamos ver ese culo bañado con nuestra leche.

    Cuando sentí que el orgasmo era inminente, empecé a pajearme frenéticamente. Tres chorros abundantes salieron disparados hasta chocar con la tela azul. Quique acabó al ratito. Varios hilos de semen de deslizaban por las voluptuosas nalgas de Vanesa, dejando a su paso, en las partes donde la tela quedaba mojada, un color azul más intenso que el original.

    —Bueno, me imagino que ya pasaron los diez minutos —dijo Vanesa, saliendo de su postura estática.— Miren cómo me dejaron el pantalón. Un enchastre.

    —Si hubiésemos acabado en el piso o la pared también sería un enchastre —retrucó Quique.

    —¿Por qué no te quedás en tanga y listo? —Propuso Pedro.

    —Ustedes lo hombres siempre piensan en su comodidad cuando están calientes ¿no? Me voy a cambiar, ya vengo.

    A los cinco minutos volvió con una pollera negra, bastante corta.

    —Bueno, vamos a jugar una ronda más y ya vamos a terminar con este juego —sentenció Vanesa—. Igual, ya logré mi objetivo.

    —¿Y cuál era tu objetivo? —pregunté.

    —Vengarme de Martín. —contestó.

    La respuesta no me sorprendió. Sin embargo, pensar en eso me generó cierto malestar.

    —¿Pensás decirle a Martín lo que pasó hoy? —pregunté.

    —No lo sé.

    —Esta mina está loca. —dijo Pedro, con rabia en los ojos.

    —Ustedes no son quiénes para juzgarme. Ninguno dudó en aprovecharse de mí, sabiendo que estaba en un momento atípico. Ninguno intentó terminar con esto cuando empezó a ponerse picante. —Vanesa hablaba con la voz temblorosa, llena de indignación—. Sólo amagaron a hacerlo —agregó, mirándome a mí—. Pero no me extraña. Los hombres son así, como animalitos. Si se les presenta la oportunidad de sacarse la calentura, se olvidan de sus esposas, de sus amigos, de todo. —Se sentó de nuevo en la mesa, y esbozó una sonrisa, tratando de dominar su excitación—. Con mis amigas a veces conversamos sobre estas cosas, y algunas creen que los hombres, por más cerdos que sean, nunca se cogerían a la mujer de un amigo. Pero yo siempre tuve mis dudas. Y acá tengo la prueba. De los tres, ninguno se negó a mis insinuaciones. Vaya amigos que tiene Martín… Aunque supongo que son los amigos que se merece.

    —Vane, quizá sea mejor que nos vayamos ¿Cierto chicos? —Dije yo, con cierta culpa y vergüenza. Los dos agacharon la cabeza, y no dijeron nada. Vanesa rio con ironía.

    —No te gastes Basualdo. Ellos no se van a ir. Les prometí una ronda más y no van a desaprovechar la oportunidad.

    —Y no… ya que estamos acá, terminemos lo que empezamos —dijo Pedro, levantando la cabeza— Igual la macana ya nos la mandamos. —Agregó.

    Vanesa mezcló las cartas.

    —No pienses que si cruzás esa puerta vas a ser una buena persona Basualdo —dijo— Sos igual que tus amigos, sólo que más cobarde.

    No dije nada. Tampoco me marché. Vanesa tiró las cartas. El comodín le tocó a Quique.

    —Consecuencia —dijo, quizás esperando que le toque una prenda hot como a Pedro.

    —Tenés que llevar lo que quedó de la picada a la cocina.

    Desganado, lo hizo. Luego Vanesa le entregó el mazo. Él hizo lo mismo que había hecho yo. Acomodó el comodín en el tercer lugar. Repartió las cartas, y en seguida la carta apareció frente a ella.

    —¿Verdad o consecuencia? —dijo Quique. Sus ojos profundos irradiaban lujuria.

    —Verdad. —Contestó Vanesa. Todos nos sentimos decepcionados— Estaba bromeando —agregó enseguida—, elijo consecuencia, obvio. Yo me hago cargo de las consecuencias que generan mis decisiones. Siempre.

    Quique lo pensó un buen rato. En su enorme cabeza estaba elucubrando alguna manera de saciar alguna perversa fantasía con la única condición de que nuestros sexos no podrían entrar a ninguna de sus cavidades.

    Se levantó, corrió la silla en donde estaba sentado, a un lado. Después me pidió la mía, y lo mismo con la de Pedro. Las tres sillas quedaron formando un triángulo, a unos pasos de la mesa.

    —Mirá que tiene que ser algo concreto, como lo que hizo Basualdo —Advirtió ella.

    Me pareció lógico. La orden debía ser clara y concisa, al estilo de lo que había hecho yo. “quedate parada de tal manera durante tantos minutos”. Esa era una prenda. No podía aprovechar eso para obligarla a hacer un montón de cosas diferentes.

    —Nos tenés que masturbar hasta que acabemos —dijo Quique.

    Me pregunté si aceptaría esa prenda. Masturbarnos a los tres podría ser tomado como una prenda, o como diferentes prendas, dependiendo cómo se lo mire.

    Vanesa se paró y caminó hasta ponerse en el centro de las tres sillas.

    —¿Qué esperan? —dijo.

    Nos sentamos alrededor de ella. Quique se bajó el pantalón y la ropa interior al mismo tiempo. Apoyó su culo desnudo sobre la silla. Pedro y yo lo imitamos.

    A pesar de que habíamos acabado hacía poco, las tres vergas no estaban del todo fláccidas. Todas empezaban a hincharse. Yo sentía cómo la sangre corría a través de mis venas y veía cómo mi miembro hacía movimientos espasmódicos, mientras, de a poco, se iba agrandando.

    Vanesa agarró con su mano de dedos delgados y uñas largas, el tronco de Quique. Pedro había quedado detrás de ella, y no podía ver la escena, por lo que movió la silla, acercándose a mí.

    —Esta piba es un infierno. —me susurró.

    —Sí —atiné a decir.

    Se notaba que la verga de Quique estaba toda pegoteada. Vanesa la masajeaba, pero era evidente que no podía hacerlo bien. Sus dedos se movían torpemente sobre esa piel viscosa. Entonces hizo algo que me sorprendió: escupió sobre la pija. Quique abrió bien grande los ojos y nos miró. La saliva había caído sobre el glande, y ahora se deslizaba lentamente por el tronco. Luego Vanesa escupió de nuevo, y de nuevo.

    Ahora el sexo de Quique estaba lubricado. Las manos de Vanesa se resbalaban fácilmente sobre la pija de mi amigo. Usaba una sola porque Quique no la tenía tan grande. La verga delgada parecía ser estrangulada con violencia. Vanesa la miraba, con gesto apático, como si estuviese haciendo algo que no tenía la menor importancia. Cuando Quique acabó, un chorro de semen salpicó en su cara. Entonces dejó de masturbar, y el resto del semen salió con mucho menos intensidad. Se deslizó por el glande y llegó a los dedos de Vanesa, quien todavía sostenía la verga.

    Se limpió la mano en la pollera, y la cara con el puño de la blusa. Luego fue en busca de la pija de Pedro.

    Este tenía la verga pequeña pero gruesa. Su pubis estaba repleto de un abundante vello negro, los cuales algunos se habían adherido al sexo, debido a que también lo tenía todo pegoteado. Vanesa apartó los pelos que molestaban, con paciencia. Repitió el hermoso acto de escupir sobre la pija. Tal vez por su edad, el instrumento de Pedro tardó unos minutos en ponerse completamente duro. Durante ese rato, fue un espectáculo patético ver cómo Vanesa frotaba esa pija semifláccida. En un momento me pareció que sonreía, divertida, viendo cómo al veterano le costaba despertar a su monstruo. Pero de a poco se fue endureciendo, hasta quedar completamente erecto.

    Quique estiró la mano, pensando que era buena idea manosearle el culo por debajo de la pollera, mientras masturbaba a pedro. Pero apenas pudo disfrutar por unos segundos.

    —¡Eso no vale! —gritó Vanesa, sin dejar de pajear a Pedro. Por suerte Quique lo entendió, y se apartó enseguida. No me quería ver obligado a apartarlo por la fuerza del culo de Vanesa. La chica había establecido un juego y cumplía al pie de la letra con la prenda, aun sabiendo que le habíamos hecho trampa. No costaba nada seguirle la corriente.

    Pedro empezó a gemir como cerdo, si es que los cerdos gimen. De la boca salía un hilo de baba que fue a parar al brazo de Vanesa. La humilde pija escupió sobre la cara de ella. Vanesa dejó de pajearlo, pero él agarró su propio sexo y comenzó a sacudirlo, por lo que los otros dos chorros también salieron con fuerza hacia la cara de Vanesa.

    —Qué imbécil —dijo ella, limpiándose nuevamente.

    Yo la esperaba con la pija totalmente al palo. En el comedor había un intenso olor a semen que me daba mucho morbo. Vanesa se puso en cuclillas delante de mí. Rodeó mi verga con sus dedos cálidos. Escupió sobre ella varias veces, y empezó a masajearla con vehemencia. Me gustaba mucho su carita linda, y sobre todo me gustaba verla tan cerca de mi verga. La acaricié con ternura. Vanesa hizo contacto visual conmigo, sin dejar de masturbarme, y eso me volvió loco. Acaricié su cabeza, temiendo que le moleste. Pero no dijo nada. En un momento su boquita se abrió, y yo fantaseé con que se metería la pija ahí adentro. Pero no lo hizo. “ninguna pija va a entrar en mis orificios”, había dicho. No entendía el sentido de esa regla que nos había impuesto. ¿Se sentía menos infiel por no dejarse penetrar? Si Martín se enteraba de lo que estábamos haciendo, se volvería loco. No es un tipo violento, pero cualquier persona tendría ganas de salir a matar, si le hacían algo como eso. Pero qué le iba a hacer. Ya estaba metido hasta las narices en eso juego perverso, y si me hubiese rehusado, los muchachos, de todas formas, habrían aprovechado.

    Vanesa pajeaba con furia mi pija. Parecía dispuesta a exprimirle hasta la última gota de leche. Sin embargo, en ningún momento me lastimó al apretarlo en demasía. Se comportaba como una experta masturbadora.

    —Estoy a punto de venirme —le avisé, sabiendo que no quería que eyacule sobre ella.

    Entonces aminoró el ritmo. El semen se expulsó dando un salto corto que fue a parar al piso, y otro tanto a su mano.

    Se puso de pie. Quedó en medio de nosotros, parada de manera sensual, aunque supongo que no lo hacía con esas intenciones. Para ella era una postura normal, con la pierna derecha flexionada, sacando cola. Su pelo estaba algo desprolijo, y el puño de su camisa tenía algunas manchas de humedad debido al semen que se había limpiado con ella. Pero apenas se notaba. Si alguien la viera en ese momento, difícilmente pensaría que acababa de pajear a los tres amigos de su marido.

    Pedro fue a buscar las cartas. No se molestó en mezclarlas, era obvio que había puesto el comodín en un lugar conveniente. Por supuesto, la carta cayó a los pies de Vanesa.

    —Consecuencia —dijo.

    Pedro disfrutó del silencio por unos segundos, generando expectativa en los demás.

    —Sólo tenés que quedarte paradita así como estas, durante media hora.

    Vanesa no dijo nada. Pedro acercó su silla hasta quedar muy cerca de ella.

    —Vengan muchachos, vamos a disfrutar del cuerpo de esta trolita.

    —No me insultes o te hecho a patadas de acá.

    —Bueno, tranquila, no te enojes —dijo Pedro. Extendió su mano y la apoyó en las piernas de ella. Enseguida empezó a moverla arriba abajo. La mano se perdía dentro de la pollera y volvía a aparecer a la vista de todos, una y otra vez.

    Quique y yo nos acercamos. Yo quedé detrás de ella, así que tenía las nalgas en mis narices. Las palpé, por encima de la tala, y después metí la mano por debajo de la pollera. La piel tersa y dura se sentía fresca. Era delicioso acariciarla. Hacía años que no tocaba un culo como ese. Quique también metió mano ahí. Vanesa era linda por donde se la mire, pero su culo era cosa de otra galaxia. Probablemente ninguno de nosotros volvería a tocar algo tan perfecto como el orto de la mujer de Martín.

    Estando ahí, magreando a Vanesa, mientras mis manos hacían contacto involuntario con las manos de Quique, que estaba tan hambrienta como la mía, me di cuenta de que siempre deseé a Vanesa. Y de hecho, era imposible no hacerlo. Había logrado reprimir mis sentimientos de tal manera, que me había convencido de que para mí, al igual que todas las mujeres de mis amigos, Vanesa era de madera.

    Pero ella no era como ninguna mujer, y no existía hombre que no cayese en sus encantos.

    Quique tironeó de la tanga, y se la bajó hasta los tobillos. Yo metí la cabeza debajo de la pollera. Su imponente culo quedó a milímetros de mis labios. Lo besé, y luego lo lamí con locura.

    —Dejame espacio, forro. —Exigió Quique.

    Me corrí un poco. Ahora teníamos un glúteo para cada uno. Empezamos a devorarlo a chupadas y mordiscones. En un momento miré entre medio de las piernas, a ver qué hacía Pedro del otro lado. Y entonces vi cómo sus dedos se enterraban en el sexo de Vanesa.

    No la estaba penetrando con su sexo, así que no incumplía con las exigencias de ella. Quique, por su parte, metió su dedo índice entre las nalgas de Vanesa. Jugueteó un rato con el anillo de cuero, y finalmente, lo hundió unos milímetros. Vanesa se retorció y largó un gemido involuntario.

    Me puse de pie, para ver la escena, a la vez que me masturbaba. Vanesa tenía los ojos cerrados. Estaba en la posición que debía estar. Parada, quieta, con una pierna flexionada, sacando cola. Sólo se movía un poco cuando mis compañeros hurgaban con tal vehemencia, que la obligaban a hacerlo.

    Quique le sacó la pollera, y Pedro desabrochó su blusa e intentó despojarla de ella. Pero Vanesa no cambiaba de postura, fiel a la prenda, por lo que no podía sacársela por completo. El bestia de Pedro optó por hacerla hilachas. Vanesa seguía con su mirada apática. Luego la despojó del corpiño, dejándola en tetas.

    Ahora la única prenda que tenía era la tanga, la cual estaba en sus tobillos. Pedro enterró su cara entre las nalgas de Vanesa, intercambiando de lugar con el otro. Yo me moví unos pasos para poder ver mejor esa escena, y pude observar cómo Pedro enterraba su lengua, cual si fuera un objeto fálico, en el orto de Vanesa.

    Quique, por envidia quizás, se arrodillo y empezó a comerle la concha. Hacía un ruido que en otro momento podría parecer desagradable, cuando su lengua babosa se frotaba con el clítoris de ella.

    Ahí fue cuando Vanesa abrió los ojos, ya sin poder reaccionar a los estímulos que recibía.

    Me miró mientras los otros dos se la comían cruda de la cintura para abajo. Era una imagen digna de una película pornográfica. Parecían dos ogros devorando a una preciosa ninfa. Dos hombres avejentados: uno con una barriga cervecera, cara delgada, ojos hundidos y cabeza enorme; el otro, con profundas arrugas en su cara, con su pansa llena de pelo, como si fuese una bestia, y su rostro colorado; ambos comiéndose las partes más íntimas de esa chica de piel tersa y rostro hermoso y melancólico.

    Quizás ahora sienta un poco de pena al recordar la imagen, pero en ese momento estaba demasiado caliente como para reparar en el hecho de que mis amigos la estaban usando, como si no fuese más que un producto para consumir hasta satisfacer sus necesidades.

    Abandoné mi rol de espectador y me sumé al festín. Pedro me dejó espacio y yo volví a degustar ese orto que tanto nos enloquecía. Aun cuando su ano estaba lleno de la saliva de mi amigo, se sintió delicioso frotar mi lengua en él. No recuerdo haber saboreado algo tan rico como el orto de Vanesa.

    Luego empezamos a enterrar nuestros dedos en sus orificios. Yo me paré y le di un beso en el cuello. Pedro enterraba otra vez su dedo en el culo.

    —Mirá Basualdito, acá hay espacio —dijo, mostrándome que el ano se había dilatado tanto, que su dedo entraba con demasiada facilidad.

    Me arrodille, y metí mi dedo, junto con el de Pedro. Ambos los enterramos al unísono. Vanesa gimió.

    —Sientan ese olor a conchita —dijo Quique, interrumpiendo las insistentes lamidas en el clítoris mientras le enterraba dos dedos en el sexo.

    Yo arrimé mi nariz y pude sentir el inconfundible olor de los fluidos femeninos.

    Vanesa no podía evitar que su cuerpo reaccione a tantos estímulos. Cada vez que nuestros dedos entraban hasta el fondo, largaba un grito y su cuerpo se sacudía. Ya había perdido la postura que debía mantener, pero a nadie le molestó.

    —Muchachos, sólo faltan tres minutos. —Advirtió Pedro, al darse cuenta de que el tiempo llegaba a su fin. Si Vanesa se avivaba, nos iba a dejar con la leche adentro.

    Formamos nuevamente un triángulo alrededor de ella. Empezamos a masturbarnos con frenesí. La piel de Vanesa, en sus nalgas, sus muslos y sus tetas, estaba roja y llena de saliva. Se cruzó de brazos y agachó la cabeza, esperando que nosotros acabemos.

    De todas direcciones saltaron los chorros de semen que fueron a impactarse en sus caderas, nalgas y ombligo. El líquido viscoso se deslizaba por sus carnes.

    Agarró su pollera y se limpió con ella. Luego se inclinó para agarrar el comodín que había quedado en el piso, y nos los mostró.

    —Terminemos con esto —dijo, mirándome— Elijo consecuencia. Y el juego se termina.

    Ya habiendo acabado, observando a Vanesa, no sentía la menor excitación. Pero estaba seguro de que en cuestión de minutos podía estar al palo de nuevo. Además, se me había ocurrido una buena idea.

    —Te tenés que bañar con nosotros —dije.

    —Qué buena idea Basualdito —comentó Pedro—. Nos sacamos la calentura otra vez y volvemos limpitos a casa.

    Vanesa no dijo nada. Caminó hasta el baño. Nosotros nos desnudamos por completo y la seguimos. Abrió el agua de la ducha. Pedro fue el primero en meterse. Se puso detrás de ella. Quique se colocó adelante, y agarró el jabón. Yo me hice lugar a un costadito. Mi sexo blando quedó pegado a las caderas de Vanesa.

    Apenas entrábamos todos en la bañera. Un movimiento en falso, y esa escena hot podía convertirse en algo tragicómico.

    —Pasame el jaboncito Quique —dijo Pedro—. Le voy a enjabonar la cola.

    Quique se lo entregó. Pedro empezó a frotar el jabón entre medio de sus nalgas, como si quisiera cogerla con él. Sin que nadie se lo pida, Vanesa agarró mi sexo y el de Quique, y empezó a pajear.

    —Enjabonales la pija bebé —Le dijo Pedro, entregándole el jabón ahora a ella. Y mientras él hurgaba en su culo, ahora con inusitada facilidad, Vanesa frotó el jabón entre sus manos, y una vez que se llenaron de espuma, volvió a masajear las pijas. Ahora su mano se movía con impresionante soltura mientras nos pajeaba. Ambas vergas empezaban a empinarse otra vez.

    —¿Querés lavarte el pelo? —le pregunté. Ella sonrió con ironía, así que no hice nada.

    Nos lavamos con agua y jabón, uno a la vez, para quitarnos el olor a sexo de nuestros cuerpos. Mientras Vanesa nos masturbaba, y la leche iba a parar a la rejilla del desagüe. Después, dejábamos caer el chorro de agua sobre nuestros sexos, para que, ahora sí, ya no quedaran pruebas de nuestro crimen.

    Nos secamos, y nos vestimos. Vanesa fue al cuarto que solía compartir con Martín.

    —¿Dirá algo esta puta? —preguntó Quique, preocupado.

    —Hubieses pensado en eso antes de hacer que nos pajeara a todos —dije.

    —Bueno, che, si ella empezó el jueguito. —Lo defendió Pedro—. Además tiene razón, si dice algo nos arruina la vida a todos.

    —Bueno, vayan que yo voy a hablar un rato con ella.

    —Dale Basualdito, convencela de que no abra la boca.

    Se fueron a sus casas, a dormir con sus esposas. Yo fui hasta el cuarto, golpeé la puerta y entré.

    Vanesa solo llevaba una toalla que envolvía su cuerpo. Estaba boca abajo, y tenía el celular en la mano. Giró su cabeza y me miró. Luego, mantuvo presionada la pantalla del celular y comenzó a hablar. Estaba mandando un mensaje de audio.

    —Martín, quiero que sepas que aunque hice lo que te prometí, no puedo perdonarte —dijo. Yo me mantuve en silencio. Pero no me retiré. Lo que estaba diciendo Vanesa, en parte, me incumbía— Pensé que al traicionarte igual a como lo hiciste vos, iba a poder perdonarte, y dejar las cosas atrás. Como si estuviésemos a mano —continuó diciendo—. Aunque supongo que en el fondo sólo lo hice para herirte. Pero la única lastimada fui yo. Me siento como una cosa. No soy como vos, no puedo coger con cualquiera.

    Vanesa retiró el dedo de la pantalla del celular. El mensaje se envió.

    —Entonces Martín te cagó con una amiga tuya, por eso toda esta locura —comenté.

    —Con mi hermana… se cogió a mi hermana.

    —Qué hijo de puta —dije.

    —No te vengas a hacer el buenito, todos los hombres son iguales.

    —¿Y por qué la regla de no poder cogerte? —Pregunté.

    —Para demostrarles los animales que son. Si vos no estabas, los otros dos me iban a terminar cogiendo por la fuerza, con la excusa de que yo los había calentado. —No pude contradecir sus palabras—. No te confundas, vos sos igual. No… Vos sos peor, porque sos hipócrita.

    —Supongo que tenés razón —dije.

    Hacía años que no había acabado cuatro veces seguidas en una misma noche. A mis cuarenta años ya no tengo la vitalidad de cuando era más pendejo. Pero parecía que la juventud de Vanesa, me habían dotado de unas energías sexuales asombrosas. Ver su cuerpo húmedo, tirado en la cama, totalmente indefensa, me estaba excitando.

    Me senté en el borde de la cama. Apoyé mi mano en su muslo.

    —Quiero que me permitas penetrarte —dije.

    —No —dijo. Yo besé sus piernas.

    —Por favor, permitímelo —supliqué.

    —No —repitió ella.

    Mis manos se metieron debajo de la toalla. Las nalgas húmedas despertaron mis demonios.

    —Te voy a coger. Pero necesito que me lo permitas.

    Vanesa separó las piernas.

    —Si lo querés hacer, hacete cargo. Yo fui muy clara. —dijo.

    Me desabroché el pantalón. Besé su trasero.

    —Pedime que te coja.

    —No —repitió ella.

    Liberé mi verga. Su sexo estaba a unos cuantos centímetros. La agarré del pelo y lo estiré con violencia.

    —Vos querés que te coja. Eso querés —dije.

    Ella no pronunció palabra.

    —¡La puta madre! ¡Sos una demente! —grité, exasperado.

    Me bajé de la cama. Me abroché el pantalón.

    —Quiero que sepas que si contás lo que hicimos, vas a arruinar muchas vidas. No voy a presionarte, sólo quiero que pienses en eso. Nuestras mujeres y nuestros hijos no tienen nada que ver con esto.

    —Deberías haber pensado en eso antes de hacer todo lo que hiciste ¿No? —dijo ella, haciéndose eco de lo que yo mismo había dicho hacía unos minutos.

    —Tenés razón —dije.

    —Le dije a Martín que lo iba a cagar de una manera tan vil como él lo había hecho —dijo Vanesa— Él me dijo que con tal de que lo perdone iba a aguantar cualquier cosa. Pero estoy segura de que no se imaginaba que iba a estar con sus tres mejores amigos. No le da la cabeza para tanto.

    —Esto es una locura —dije— Me voy a mi casa ¿Vas a estar bien?

    —Sí, claro —dijo ella.

    La dejé sola, con sus locuras. Volví a casa. Me saqué la ropa antes de meterme en la pieza, y la puse en el lavarropas. Al otro día le diría a Beti que me ensucié con cerveza. Ella, probablemente intuiría algo, porque en muy bicha. Pero ni en sueños se imaginaría lo que sucedió.

    Durante varios días estuve con el corazón en la boca. Esperando recibir la visita de un Martín enloquecido por la ira, o que la propia Beti se entere de lo que había pasado.

    Pero hasta el momento, Vanesa no había hablado.

    Con Quique y Pedro hablamos muy seriamente al respecto. Juramos no decir absolutamente nada a nadie. El menor filtro podría culminar con todo el barrio sabiendo lo que había sucedido.

    Sin embargo, todo resultaba ser muy endeble. Quique le dijo a Martín que esa vez que él no estaba en su casa, nos fuimos al bar del club, como siempre. Pero era cuestión de que Martín hable, al pasar, con don Alvarado, para que este recuerde que esa noche no estuvimos ahí. Además, algunos vecinos nos vieron entrar a la casa. Creo que nadie nos vio salir a la madrugada. El plan era decir que nos fuimos al rato. Pero como digo, todo muy endeble. Un castillo de naipes que podía derrumbarse con el menor movimiento imprevisto. Además, no teníamos idea de si Vanesa respaldaría nuestra versión.

    Martín estaba deprimido. Andaba tan ensimismado, que no se daba cuenta de lo mal que mentían los boludos de Quique y Pedro cuando estaban con él.

    A mí no me daba lástima, porque sabía que él también se había mandado terrible macana cogiéndose a la hermana de Vanesa.

    Y ella no aparecía. No le contestaba los mensajes. Se había llevado todas sus cosas esa misma mañana, y no había vuelto a aparecer.

    De eso ya pasó un mes. Quique y pedro me preguntan, cada tanto, si sé algo de “la loquita”. Yo le contesto con la verdad: que no tengo idea de qué fue de su vida. Me pregunto por qué estarán a la expectativa de ella. No creo que sea sólo por miedo a que cuente lo sucedido. Seguramente fantasean con volver a jugar a verdad consecuencia con Vanesa.

    Un juego de niños, llevado a los límites más inverosímiles.

    Sin embargo, ayer me escribió. “Basualdo, mañana es mi cumple, me gustaría que vengas a saludarme” puso. Me dejó una dirección. Era el sábado, justo el día que me tenía que juntar con los muchachos. Mejor aún. Les pediría que me hagan la gamba. Que si mi mujer preguntaba, yo estaba ahí con ellos.

    No veo la hora de volver a verla. Me pregunto con qué juego saldrá ahora.

    Fin

  • A merced de ella

    A merced de ella

    Ella se apoya contra mi espalda, puedo sentir sus pechos tan suaves y tersos sobre mí. Me toma desde atrás mientras estoy sentado en la silla, me recorre con sus manos, primero mis hombros, luego mi pecho, mi abdomen y finalmente con ambas manos me coge mi pene erecto. Me masturba lentamente hasta asegurarse que lo tenga bien duro, las ataduras en mis muñecas por atrás no me permiten moverme pero ella deja cada tanto que sienta el calor de vulva para que vea como le calienta tenerme a su merced.

    Deja de acariciarme el miembro, no quiere que me corra tan pronto, quiere torturarme un poco llevándome al límite pero negándome el orgasmo. Puede parecer que este es un juego de placer para mí, pero en realidad no es más que un morbo para ella. Puedo escuchar que se para al frente, la venda en los ojos me impide verla, solo puedo estimar que su cuerpo desnudo allí y adivinar qué es lo que planea por los sonidos que hace. Es cuidadosa, me provoca con la intriga.

    Siendo el cuero de la fusta que empuja mi barbilla para que levante la cara, roza mi cuello y vuelve a bajar hasta mi entrepierna donde me presiona con fuerza los testículos. La mordaza evita que el grito salga pero ella sabe lo que siento. Es una artesana que domina el arte de prolongar mis erecciones por mucho tiempo, manteniéndome al borde del éxtasis sin cruzar el umbral.

    Es inesperado el baldazo de agua helada que me arroja, todos mis músculos se contraen, la escucho gemir de gusto al ver mis abdominales marcarse con el frío repentino. Mientras tiemblo empapado me deja sentirla muy cerca de mí, me hace escuchar cómo se masturba mirándome, el sonido repetitivo de sus jugos sin poder moverme a tocarla. Se da placer varias veces mientras me tiene cautivo, en alguna de esas ocasiones tengo suerte y su ansia es tal que se mete mi polla en la boca y la chupa con fuerza mientras se mete los dedos o alguno de los tantos juguetes de su arsenal. Sin embargo, es una experta y sabe justo cuando detenerse.

    Ella disfruta de varios orgasmos en un juego que se extiende por horas, horas en las que yo sólo estoy prisionero de su voluntad, de las pequeñas pruebas de placer que me da, dosificada, como pequeños roces de sus manos, pies, pechos o herramientas.

    Cuando se aburre me golpea, me estrangula, me estimula con calor o frío y no olvida ninguna zona de mi cuerpo. En momento le gusta saborearme y en otro me libera la boca para que la saboree a ella. Soy solo una marioneta de una titiritera difícil de satisfacer.

    Finalmente cuando por fin se aburre se sienta sobre mí y me obliga a penetrarla hasta que mi miembro duro como la roca, erecto a sus límites, adolorido por el castigo pero de una forma que alimenta el morbo más profundo libera a chorros el simiente dentro de ella, que al sentir la primera ola de calor sale de encima de mí y antes que los repetidos espasmos terminen la descarga vuelve a meterse la polla y la boca y absorber los últimos hilos de semen.

    Libera la mordaza y me besa en un último acto de dominación donde me fuerza a saborear mis propios fluidos directo de sus labios, luego los ojos para que vea como deja caer lo que falta sobre sus pecho en el orgasmo más glorioso que únicamente ella sabe darme.

  • Nuestro primer trío inició por casualidad (Conclusión)

    Nuestro primer trío inició por casualidad (Conclusión)

    Para saber más del relato les recomiendo leer la primera parte del 29 de julio 2020.

    Me desperté alrededor de las 11 h. Romina seguía dormida, directo fui a darme una ducha con el agua más fría que soporte, al salir el timbre del teléfono estaba sonando, era German que después de preguntar como estábamos me dice que nos esperaba en su casa, que sería una cena formal y privada, le pregunte si se ofrecía algo a lo que me contesto que nada, él se encargaría de todo y pregunto si podía pasar por su auto, ya que tenía que hacer algunas compras, quedo en llegar en media hora. Terminaba la conversación cuando sale Romina bostezando y tallándose los ojos, con su cabello desordenado y desnuda. Le informe que German estaría en media hora para recoger su auto, se fue al baño y yo me dirigí a la recamara para vestirme, me puse una bermuda y una playera.

    Cuando Romina salió del baño, yo me encontraba en la cocina preparando algo para comer, se acercó y me dio el beso de buenos días, me dijo que iría a ponerse algo y regresaba para ayudarme. Estábamos preparando el desayuno y platicando de lo sucedido en la noche, cuando sonó el interfono, era German, aperture el seguro de la puerta para que entrara, cuando sonó el timbre de la puerta Romina fue a abrir.

    German con cierta timidez la saluda y le da un beso en la mejilla, ella le reclamo diciéndole que si esa era la forma de saludar a quien le había hecho el mejor sexo oral y que aparte le había salpicado la cara, al terminar dio una tremenda carcajada al ver el rostro de German que se había quedado estupefacto, ella, se acercó y estirándose de puntitas le dio un beso intenso en la boca y obvio que German respondió de la misma forma. Cuando vi cómo se estiro Romina me percate que solo traía su blusón, había olvidado ponerse ropa interior.

    Cuando al fin terminaron el saludo, German le dice que no le fuéramos a fallar, que nos quería agasajar en su casa por la mejor experiencia que había tenido en su vida, Romina me voltea a ver con cara de “QUE”, a lo que rápidamente conteste que no había tenido tiempo de decirle, pero que con gusto acudiríamos.

    German se despidió con otro beso y diciendo que sería un día muy largo.

    Cuando se despidió desde la bocina del interfono, Romina me dice, tiene una rica verga y me la comeré nuevamente esta noche, al terminar su frase, fija su vista en mí y pregunta ¿Me dejas?, calle por un momento y respondí, solo que seas más perra de lo que fuiste anoche, brinca hacia mi abrazándome con sus piernas y sus brazos, me da un beso que inmediatamente recorrió todo mi cuerpo hasta mi pene que de inmediato reacciono, me susurra con su voz suave y cachonda, cógeme, necesito tu verga.

    Ambos experimentábamos sensaciones diferentes, el sexo fue intenso, solo caricias, susurros y discretos gemidos, en mi mente aparecían las escenas cargadas de morbo que había vivido la noche anterior, superaba por mucho cualquier película XXX que hasta esos momentos había visto. Romina permanecía con sus ojos cerrados, tenía una cadena incontable de orgasmos, al parecer los recuerdos para ella eran más vividos. Descansamos muy poco, teníamos mucha hambre, eran las 3 de la tarde.

    Mientras comíamos le informe que sería una cena formal, te informo para que vayas planeado como vestirte, ¿invito más gente? Cuestiono Romina-Creo que sí, le respondí, seguramente a todos sus amigos, quiere presumir lo que se comió anoche, no me pude aguantar la risa por la cara de incredulidad que puso, le dije que era broma, será una cena privada pero formal.

    Sonó el interfono, se trataba de un mensajero que traía un paquete a Romina, baje a recibirlo, se trataba de una pequeña caja, delicadamente envuelta en rosa y un moño del mismo color, no pesaba, no imaginaba que podría ser. Al entrar Romina me arrebatarme el paquete preguntaba quién se lo había enviado, no traía remitente, dio la vuelta y se dirigió al dormitorio.

    Nos recostamos un par de horas para aguantar la desvelada. Pasaban de las 8 cuando recibí la llamada de German, para darme la dirección y avisarme que ya estaba todo listo, que no tardáramos.

    Mientras esperaba a que Romina saliera de la recamara, yo me castigaba con un trago de wiski en las rocas. Eran unos minutos pasados de las 9 cuando se abrió la puerta salió mi despampanante mujer, jamás me ha dejado ver cuando se arregla, por lo que siempre me sorprende por su exquisito gusto que tiene de arreglarse. Empiezo de la cabeza a los pies, quiero que se la imaginen, una mujer hermosa es más hermosa con su forma de arreglarse. Ella es rubia natural, se hizo una trenza francesa con un prolijo arreglo hasta del último cabello, no se percibía detalle alguno. Unos pendientes pequeños de esferas blancas, que eran juego de un collar. Un blazer color fuscia que hacían juego con sus sandalias de tacón de aguja de 12.5 cm (esa medida la supe más tarde) Un vestido de licra azul marino y medias también azules semi transparentes sin punta, para que los dedos de sus pies lucieran lo hermosos que son, remataba su atuendo con su bolso de manos color fuscia. El vestido tenía un conveniente escote y lo largo era a su media pierna, ni largo ni corto, recordemos que era una cena formal.

    Al encontrar el número de su casa, toque el claxon 3 veces de acuerdo a como convenimos, era una casa vieja, cálculo de los años 40 s, 50 s del siglo XX pero muy grande. Abrieron el portón para que ingresáramos, antes de que descendiéramos del auto llego German y caballerosamente le abrió la puerta a Romina, le extendió el brazo y la tomo de la mano, le dio un beso en la mejilla al momento de darle la bienvenida.

    El decorado de la casa era suntuoso sin embargo para mi gusto estaba pasado de moda, llegamos a un amplio salón, donde había muros repletos de libros, una cantina grandísima y llena de la más amplia variedad de bebidas, una mesa de billar y grandes sillones. Al parecer German vio nuestro desconcierto, ya que nos empezó a platicar que la casa que la había heredado de su papa que murió justo después de su divorcio, él fue hijo único.

    No nos habíamos percatado que se encontraban dos meseros, permanecían a distancia muy discretos hasta que hizo una señal y uno de ellos se aproximó llevando una charola con copas de Champagne, cada quien tomo una copa, German se apresuró a brindar por la mujer más bella que sus ojos habían visto, chocamos las copas y apuramos el primer trago, nos sentamos para iniciar la charla.

    Platicamos de todo y de nada, entre risas y brindis transcurrieron los minutos, hasta que uno de los meseros nos invitó a pasar a la mesa. Era una mesa rectangular muy larga con un gran número de sillas, le pidió German a Romina que ella se sentara en la cabecera para que nosotros ocupáramos los asientos laterales, sinceramente no recuerdo que cenamos y no voy a inventar, los meseros muy atentos a cualquier detalle, Romina pregunto si tenían vino tino lambrusco, mientras esperaba que se lo llevaran comento con gracia, está muy rico el champagne, pero me produce muchas cosquillitas entre las piernas y no quiero estar sufriendo. Nos reímos por su confesión y German agrego que más tarde nos encargaríamos de quitarle las cosquillas, ¿no es así Frances? A lo que asentí al momento que elevé mi copa y agradecí la espléndida cena.

    Nos pidió que lo siguiéramos, llegamos una amplia escalera y subimos hasta el tercer nivel, nos pidió que nos acomodáramos donde quisiéramos y tomásemos del bar que allí se encontraba lo que deseáramos, los refrescos están en el frigobar donde también está el vino, bajaría a despedir a los cocineros y meseros. Mientras esperábamos, ambos escudriñábamos el espacio, se trataba de un piso que era totalmente opuesto a todo el ambiente que predominaba en la plaza inferior, era muy moderno, había un ventanal de todo lo ancho de ese salón, libre de cortinas, no tenía edificios o casas que pudieran invadir la privacidad, una sala de forma de herradura muy cómoda y grande de piel en color negro, los bancos del bar, tenían un tapiz tipo piel de cebra, lámparas con luz tenue, otra mesa de billar. El muro que enfrentaba al ventanal tenía una gran lona y vimos un proyector y una gran cantidad de cintas con títulos en francés, inglés, italiano y según recuerdo una en alemán. Junto al proyector se encontraba un estéreo en módulos y dispersas varias bocinas en los muros.

    Escuchamos unas pisadas y apareció German, cargando en su diestra una champanera con su respectiva botella con hielos y otra en la mano izquierda. Nos preguntó que estábamos tomando, le conteste que habíamos decidido esperarlo, apuro el paso y agradeció el gesto, mientras nos servía nos dijo que no habría barman porque no eran de su confianza los meseros que previamente nos atendieron , le pregunta a Romina si creía posible que llamase a la girlbar que nos había atendido la noche anterior, Romina de inmediato le contesto que ya sabía que necesitaríamos el servicio, que llegaría en cualquier momento, como si German y yo nos hubiéramos puesto de acuerdo, aplaudimos por ser tan previsora. Como seguro ya vieron, tengo un proyector y una variedad de películas muy buenas, decía esto mientras nos acercaba las copas, todas sobre el sexo, puntualizo. De las que has visto cual recomiendas para que veamos, le pregunte.

    -Con honor a la verdad, me parece que me he vuelto adicto a varias, las que me han parecido aburridas o muy comunes las he desechado, por lo que tú puedes tomar la que gustes y te garantizo que es algo que aún no has visto.

    -Me levante y tome la que tenía el título en alemán, ¿Qué te parece esta?

    -A mí me gusta, la pongo y si no es de su agrado la quito y listo, ¿Estás de acuerdo? Pregunto a Romina, ella encogiendo los hombros dio un sorbo a su copa y asintió con su cabeza.

    Nos pusimos a platicar mientras bebíamos, no era muy atractiva la vista que teníamos ante nosotros, pero se sentía un espacio libre iluminado que tenía un efecto relajante, yo abrazaba de la cintura a Romina y ella se pegaba a mí, confiando en que la cuidaría. Ya estábamos muy alegres, German no dejaba de ver a Romina, pendiente de todo lo que necesitara, parecía que estaba encantado por algún hechizo.

    -Ustedes me disculpan tengo que ir a refrescarme, se levantó del sillón y se quitó el blazer, no conocía ese vestido, tenía toda la espalda descubierta hasta llegar a donde inician la separación de los glúteos, sostenido por unos discretos tirantes que abrazaban su cuello. ¿Disculpa German, cuál de todas las puertas es el tocador? De inmediato se incorpora y la acompaña a la puerta. Romina estuvo a punto de ser modelo, por lo que su caminar es perfecto, sabe sincronizar sus pasos y mover sus caderas de forma sugestiva.

    Esta guapísima tu esposa, te felicito y te envidio a la buena, brindo por ustedes, chocamos las copas y terminamos la copa hasta el fondo.

    Ambos volteamos hacia la puerta del tocador cuando escuchamos que se abría, Romina salió solo con su tanga, un pequeño brasier y sus zapatillas, todo en color fuscia, yo aplaudí y German chiflo –Se había soltado el cabello y lucía una melena voluminosa, su maquillaje lo exteriorizo, luciendo más provocativa

    Ya vengo a servirles chicos, ¿Qué toman? Me aproximé y le di un beso en su mejilla mientras la tomaba de un mano y le daba una vuelta (No me deja que la bese en los labios hasta que estamos en el acto, le gusta que el color de su lápiz labial le perdure) tan pronto me separe German hizo lo mismo, en ese momento supe que el paquete que recibió por la tarde, fue un regalo de German, ya que le dio las gracias y el agradecía que lo hubiese utilizado en esa ocasión. Cuando quedo libre saco la botella vacía y puso a enfriar la otra, tendrán que tomar otra cosa porque se terminó esta botella y la otra tardara un poco en enfriarse.

    -Yo espero conteste y German me secundo, yo igual, bueno yo si tengo sed, se sirvió vino y pregunto ¿A qué hora empieza la función? Se sentó junto a mí, mientras German alistaba la cinta de súper 8 y apagaba la iluminación. Cuando inicio la película Romina le hizo una seña con su mano para que se sentara al otro lado de ella.

    Tan pronto dio inicio la película Romina ya tenía sus manos sobre nuestros miembros, al tiempo que nosotros acariciábamos la parte interna de sus muslos. La película trataba de un trio de dos hombres y una mujer, ambientada en una oficina, no tenía fondo musical, sus diálogos eran ininteligibles, básicamente eran susurros y sonidos guturales. Mientras veía la película me cuestionaba la situación que estábamos viviendo, mi excitación era brutal al igual que la de ellos, Romina que disfrutaba mucho de estar siendo acariciada por dos hombres, con nuestros dedos acariciábamos su clítoris, sus muslos, abrió sus piernas y las coloco encima de las nuestras para permitir que nuestras caricias fueran más profundas. Besábamos sus labios, su cuello, sus senos, ella suavemente recorría con sus manos nuestros miembros, con sus ojos cerrados disfrutando cada caricia que recibía.

    Se enderezo y se desvaneció hacia el piso, quedando de rodillas, con una señal nos pidió que nos juntáramos para poder tener cerca nuestros miembros, devoraba uno sin dejar de masturbar la otra, alternando continuamente, dar sexo oral es algo que disfruta demasiado, nos pidió que nos pusiéramos de pie, nos colocó juntos y con gran esfuerzo se metió ambos penes en su boca, ya que realizo su antojo , nos separa y le dice a German, quiero que disfrutes de mi coño, se subió al sillón quedando de espaldas, quedando con sus deliciosas nalgas listas para ser ensartada, rápidamente se colocó el condón y se lo fue metiendo poco a poco, Romina hacia movimientos en círculos para hacer que el pene se fuera introduciendo lo más posible, la medida de su pene es muy similar a la mía, por lo que no tendría problemas de recibirla.

    Me hizo una señal al momento que me dijo “Quiero mamarte la verga” textualmente fueron sus palabras, me subí al sillón y me senté en el respaldo del sillón frente a ella para que pudiera estar con dos penes al mismo tiempo. Al cabo de unos minutos cambiamos de posición, estábamos súper calientes, cuando ella sentía que no aguantaríamos más, bajaba sus movimientos. Se detuvo y se bajó del sillón, sin decir nada se dirigió al baño, la tanga y el brasier estaban fuera de lugar, había tenido varios orgasmos y sus piernas parecían perder fuerza.

    Nos quedamos desnudos y pudimos ver el grado de excitación que teníamos ambos, nos reímos al vernos en esa situación. German me dice vayamos a ver si el champagne ya está frio porque tenemos que apaciguar este fuego, -Estoy sediento señale, abrió la botella y sirvió 3 copas, de un trago les vimos fondo y las lleno nuevamente. Le sugerí que parara la película, ya que definitivamente nadie la estaba viendo.

    Tienes razón, mejor pongo música, puso a Carlos Santana, bien recuerdo que era la melodía de Samba pa’ ti. Romina salió del baño y German se apresuró a decir, ahora voy yo, no tardo, me que quede solo con ella y me abrazo y nos dimos un gran beso, al separarnos me pregunto si lo estaba disfrutando, a lo que le conteste que mucho, que me trastornaba verla disfrutar, me volvía un degenerado, como respuesta con sus manos me acaricio la cabeza y me dio las gracias por hacerla disfrutar esos momentos. Salió German y me tocaba a mi acudir al baño, se la encargue y le dije que no le hiciera nada que yo no le hiciera. Mientras me refrescaba escuche que la pieza de Samba pa’ ti se repetía, al salir pude ver que bailaban estrechamente pegados, me acerque y me coloque atrás de ella, acomodando mi pene entre sus nalgas, cuando me sintió nos dijo con un susurro que quería que nos la cogiéramos de pie.

    Romina mide 1.64 m. más los 12.5 cm de sus zapatillas, media 1.76, German media 1.79 m. y yo mido 1.81 m., aunque alta no pudimos acomodar fácilmente, German la alzo un poco y le ensarto el pene en la vagina, elevando las piernas y sosteniéndolas con sus brazos, mientras Romina se abrazaba a su cuello, yo con mis manos abrí sus nalgas y apunte mi pene a su culo, para mi sorpresa lo tenía bien lubricado y aunque tarde en estar completamente adentro lo conseguí. Ellos se besaban, mientras yo besaba su espalda y su cuello, con mis manos la sostenía de sus nalgas, bailábamos con el ritmo de la música. Los orgasmos de Romina eran frecuentes, lo sabía porque apretaba las nalgas como queriendo arrancarme el pene, más tarde supe que German sentía los apretones de los músculos de su pelvis, estaba sorprendido, comento que sentía como si una pequeña mano le estrujara la verga.

    Háganlo por favor desfallezco, interrumpió Romina, nos separamos y le pedí a German que fuera el primero, le pidió a Romina que se acomodara dónde quisiera, ella se tiró al piso, la alfombra era mullida, se recostó sobre su espalda, su cuerpo blanco totalmente desnudo de no ser por sus zapatillas, su belleza era de un erotismo inimaginable. German coloco un cojín debajo de ella para su subir su pubis y le fuera fácil introducir su miembro, levanto las piernas y las abrió para que quedaran una a cada lado de su rostro, al momento que se sumía en sus entrañas. Su excitación se le reflejaba en el rostro, la sangre se le agolpaba, sus embestidas eran fuertes y se aferraba a las piernas de Romina para no perder el equilibrio, soltó un gran gemido y parecía que quería fundirse en el cuerpo de ella. Se quedó inmóvil por unos instantes, yo note que el pubis de Romina seguía moviéndose suavemente como queriendo sacarle toda la leche que tuviera contenida.

    Se quedó tirado en la alfombra cuando se separó, le pedí a Romina se diera la vuelta y coloqué otro cojín para que con dos, sus nalgas quedaran más empinadas, abrí sus piernas y me fui introduciendo poco a poco, tantos orgasmos la tenían muy bien lubricada, me agarre de sus nalgas e inicie una serie de embestidas sin resistencia alguna, no aguante mucho, solté todo lo que tenía, sentí como su ano y sus nalgas me apretaban para que todos mis fluidos se lo dejara adentro.

    La última escena que recuerdo de ese momento es que ella quedo rendida en la alfombra con su brazo izquierdo sobre su vientre y el brazo derecho extendido, German tenía su mano sobre su vagina y yo tomaba su mano.

    Desperté antes de que amaneciera, moví suevamente a Romina, abrió sus ojos al verme me sonrío, le señale mi reloj de pulso y le hice la seña de que debíamos irnos, mientras Romina estaba en el baño desperté a German para preguntarle si estaba en condiciones de llevarnos, se levantó de inmediato y contesto que con mucho gusto.

    Eran poco antes de las 6 de la mañana del día domingo cuando llegamos a casa, subimos en silencio y solo el conserje se percató de nosotros.

    Alrededor de las 3 de la tarde, sonó el teléfono, se trataba de mi suegra para preguntarnos si queríamos que nos llevara a las niñas o iríamos nosotros, le pedí que nos esperara, nosotros iríamos por las niñas para llevarlas más tarde al cine y a cenar. No habían pasado más de dos minutos cuando volvió a sonar el teléfono, pensé que se trataba nuevamente de mi suegra, pero no, era German para avisarme que había regresado bien y preguntarnos como estábamos, le dije que todo bien y me pondría en contacto en la semana, tendríamos al menos 3 semanas para planear el próximo encuentro.

    Hasta aquí lo que fue nuestro inicio en nuestra vida sexual entre tres o más.

  • Horror filial

    Horror filial

    Lo sintió de improviso. Y descubrió impactada ese olor. Un olor que vestía de negro desconocido pero terrorífico.  Un olor que dolía en lo más profundo de su ser. Le dolía su cuerpo, su alma, su pasado y presente. El futuro dejaba de tener sentido.

    -Muévete, sentía ella que le decían… Y se petrificaba

    -Bésame volvía a escuchar que decía lejana esa voz y volvía ese olor putrefacto y nauseabundo desde el fondo de su abismo.

    Tenía 18 años y los había cumplido la semana pasada y lo celebro con sus amigas en la casa de una de ellas. Ya no podía soportar más.

    Mientras se dormía lentamente, recordaba los lindos regalos llenos de amor de sus cinco amigas del alma, compañeras de vida, de curso, de barrio. Sus verdaderas amigas. Era el momento de buscar paz.

    La sangre corría lenta e implacable desde sus muñecas. Nada lo impediría. Era su Padre.

  • Emergencias ¿dígame?

    Emergencias ¿dígame?

    Carla llevaba trabajando de receptora de llamadas de emergencias más de cinco años. Adoraba su trabajo y ayudar a la gente. Era la última hora de su turno y se encontraba sola en la sala de llamadas, su jefa había salido a fumar un pitillo a la azotea de la oficina.

    El teléfono sonó y Carla atendió la llamada con el manos libres que llevaba sobre la cabeza de auricular y micro.

    – Emergencias dígame.

    Al otro lado, la voz de un chico joven, de tono grave pero timbre aterciopelado. Sus palabras sonaron por el altavoz.

    – ¿Emergencias? Necesito ayuda – su voz se entre cortaba, la respiración era apretada.

    – ¿Qué tiene? – Carla habló en tono pausado y con calma, como siempre le habían enseñado.

    – Me duele el estómago, la parte baja, no sé…

    Carla sintió que reconocía la voz por momentos, pero dejó hablar al chico.

    – Debajo de la cintura…

    – ¿Ha tenido un accidente? ¿Qué parte señor?

    – La entre pierna. Me duele debajo del pantalón, tengo un bulto enorme… dentro del calzoncillo que… – el chico no pudo contener la risa.

    – ¿Raúl eres tú? – Carla reconoció la voz de su novio. Era una broma, como muchas que le hacía a menudo.

    – Cómo estás – respondió él. Raúl mantuvo la voz aterciopelada, estaba cachondo y quería jugar.

    – Mi jefa salió un momento a fumar, me dejó sola. Si no es nada importante debes dejar la línea libre.

    Raúl gimió al otro lado de la línea de teléfono. Un suave movimiento de su lengua llegó a los oídos de Clara.

    – Estaba solo en casa y me acordé de ti. Estoy cachondo y la tengo muy dura ahora mismo – dijo él de forma viciosa. Se podía distinguir cómo jugaba con su polla desde el otro lado.

    – Estoy trabajando… -Clara miró por encima de su cubículo para comprobar que no había nadie y estaba sola.

    – En serio, deberías estar en casa ya. Tengo muchas ganas de follarte.

    Carla sonrió y se sonrojó. Le excitaba que su novio le dijera guarradas y que la deseara tanto, a todas horas. Los fines de semana no paraban de tener sexo y no salían de la cama. Solo para comer, ducharse y volver a unirse en un frenesí de sudor y sexo hasta altas horas de la madrugada.

    – Cómo la tienes – no fue una pregunta retórica, Carla quería que le contara.

    – Muy dura y empalmada. Quiero besarte la boca. Que pases el piercing de tu lengua sobre mi punta y te la comas entera. Oh dios – Raúl no dejaba de tocarse y se excitaba más.

    Carla, de forma inconsciente, abrió los labios al escuchar su voz cachonda.

    – Tócate – dijo él.

    – ¿Estás loco? – Carla se ruborizó, pero quería tocarse. Se desabrochó el primer botón del pantalón y bajó sus dedos entre la braguita de encaje y su pubis. Tenía el coño suave, recién afeitado de varios días. Se tocó de forma intermitente el clítoris. Raúl se tocaba y se echaba saliva para mantener deslizada su mano sobre su polla.

    – Quiero que me comas la polla, entera.

    – Hasta el fondo, si – dijo ella. Su respiración se entrecortaba. Gimió al sentir que se mojaban sus bragas.

    – ¿Estás mojada?

    – Mucho – Carla se metió un dedo dentro de su coño y sintió cómo se abrían sus labios para dejarlo entrar. Estaba caliente y húmeda.

    – Imagina mi polla dentro de ti. En tu culo.

    – Como en la fiesta de Halloween – Carla se introdujo otro dedo dentro. Su coño se estaba abriendo poco a poco y se le resbalaban los dedos por fuera mientras se acariciaba el clítoris. De vez en cuando miraba furtivamente por encima del cubículo.

    – Sí. Quiero repetir eso. Follarte el culo de nuevo, sin que nos vean. Hacerte gemir y llenártelo entero.

    Los gemidos de Carla iban en aumento. Quería la polla de Raúl dentro de ella. La necesitaba ya mismo. Raúl le dijo unas guarradas más y los dos estaban en un éxtasis de sexo telefónico. Sus mentes y órganos sexuales estaban unidos.

    – Me voy a correr – Raúl sintió como se le inflaba la vena de su polla, desde la base hasta el glande. Estaba a punto de estallar y se tocaba con más rapidez. Sus manos estaban llenas de líquido y saliva. Él quería que fuera la saliva de ella, su flujo.

    – ¡No te corras, aguanta! – Carla se retorció en la silla. Su espalda se arqueó y dejó su línea del pantalón a la vista. La braguita estaba muy empapada y tuvo que moverla hacia un lado para poder meter un tercer dedo en su coño – Aguanta, cuando llegue a casa quiero que me llenes la boca de tu leche. Quiero tragármela toda.

    Raúl gimió, pero como buen perro fiel, dejó de tocarse. El pulso se podía sentir en la base de su polla que palpitaba sin freno. Eso le ponía más cachondo. La cogería con muchas ganas al llegar a casa. Le arrancaría la ropa, la tumbaría en el sillón y le quitaría las bragas mojadas. Le entusiasmaba comerle el coño, cuando estaba bien húmeda y saborearlo con su lengua muy despacio hasta oír cómo gemía y suplicar que la penetrase sin piedad. Hasta correrse dentro de ella.

    – Hasta después entonces – Raúl colgó la llamada.

    Carla no. Ella siguió tocándose, estaba a punto de correrse y lo necesitaba. Sus pulsaciones estaban a tope y su coño muy inflado. Se frotó el clítoris con rapidez, como le gustaba a ella. Su coño soltó un chorro de flujo en sus dedos, estaba mojando todo el pantalón y notaba cómo le chorreaba por los muslos. Un espasmo le salió desde la nuca, pasando por la columna, hasta la pelvis. Una oleada de calor y electricidad hasta sus pies. Su cuerpo se agarrotó y Carla solo pudo gemir para adentro y morderse el labio para no hacer ruido. Se estaba corriendo pensando en la polla de Raúl, muy dentro de ella, muy grande y muy dura.

    Se sacó los dedos y comprobó que estaban goteando. Se los lamió para saborear su flujo. Si él hubiera estado allí lo hubiera hecho sin problema. Les gustaba jugar sucio. La comisura de los labios se le quedó impregnada y su boca olía a su coño. Se abrochó el pantalón y deseó estar en casa.

    Entró la jefa a la sala de control de llamadas y el teléfono sonó. Carla atendió la llamada.

    – Emergencias Dígame?

    FIN

  • Le partí el culo, confesiones de Samir (4)

    Le partí el culo, confesiones de Samir (4)

    Ahora Inés es mi novia y estamos cogiendo riquísimo! pero no logro sacar de mi mente a Martin. Realmente disfrute hacerlo mío y el sonido de sus gemidos y su cara de puta cuando lo embestía me hacían desear cogerlo nuevamente.

    Nunca me había pasado esto con un hombre, tenía erecciones de sólo imaginar sus gritos y su mamada… uff! Ni Inés me lo ha mamado así! Y ella sabe lo que hace!.

    Un par de noches tuve el celular en la mano para llamarlo, pero por alguna razón no lo hacía. Hasta el día del cumpleaños de mi papá!

    Ese día mientras hablaba con dos amigos conseguí la excusa perfecta para traerlo a mi casa, le escribí y aunque no respondió, a casi una hora después él llego!

    No pudimos hablar mucho, se molestó porque no le dije nada de la fiesta, pero ya lo tenía en mi territorio!

    Martin estaba usando unos jeans ajustados que resaltaban su redondo y apetecible culo, camisa blanca arremangada y zapatos deportivos blancos.

    Me distraje hablando con Inés y de pronto lo veo hablando con Antonio (un colega de mi papá que había tratado de seducirme anteriormente). Antonio estaba atacando a mi presa! esto puso mi sangre caliente de la ira.

    Al pasar un rato Martin se dirige al baño del segundo piso y lo sigo. Cuando él sale del baño lo llevo a la oficina de papá y cierro la puerta.

    Mi ira me cegaba, le preguntaba que hacía con Antonio… cuando él me responde reclamándome por Inés. El trata de salir de la oficina y mi corazón comienza a latir muy fuerte, me doy cuenta de que estoy solo con él y mi pene comienza a reaccionar.

    Lo sujete y me coloque detrás de él para hacerle sentir a la bestia! Martin estaba temblando, era totalmente dócil y me calentaba más.

    Bajándole con furia el jeans y bóxer de un golpe, le lubrique el culo para luego introducir mi tieso falo de una vez sin contemplación!

    Lo cogia con muchas ganas, con rabia, deseo y lujuria!… Martin es mío! Y le reventaría el culo para recordárselo.

    Me estaba volviendo loco, su apretado trasero me tenía a punto de acabar y yo tapándole la boca mientras le daba con todas mis ganas, aunque me moría por escucharlo gemir.

    Todos mis músculos se tensaron, mi piel brillante y sujetándolo con ambas manos de la cintura acabo con mucha fuerza, entregándome al placer por unos instantes, luego recuerdo la fiesta e Inés!

    Subo mi pantalón rápidamente y Martín se voltea mostrando su gran erección. Lo miro y realmente no sabía qué hacer y decidí salir corriendo de la habitación.

    Mientras estoy bajando las escaleras, reacciono y cuando voy a regresar con Martín, me toma Inés para darme un apasionado beso y me dice al oído:

    “vamos a tu habitación.”

    Ya en mi habitación una desesperada y fogosa Inés comienza a besarme el cuello, desabotona mi camisa y mete sus manos para acariciar mis pectorales y espalda, pero cuando baja hacia mi cremallera le digo:

    “Espera, creo que debemos calmarnos un segundo”

    Inés: necesitas recuperarte? (Mientras me sigue besando, estaba realmente frenética y caliente)

    Yo: No… de que hablas?

    Inés: sé que te acabas de coger a Martín, te seguí y escuché todo!

    Yo no sabía que decir, tampoco entendía que le pasaba y le digo:

    “No te molesta?

    Inés: No!!! Dos hombres hermosos cogiendo… Mmmm!

    Yo: Te gusta que me coja a Martín?

    Inés: Si! Ustedes son muy ardientes… y la forma en la que te mira Martin… te desea tanto como yo a ti! Además estoy seguro que tienes tanta testosterona para él como para mí!

    Estaba impresionado, y me estaba calentando nuevamente e Inés me dice con voz de mando:

    “comienza con tú maravillosa lengua!” (Mientras lleva mi cabeza entre sus piernas)

    Y ahí estoy yo, sin camisa de rodillas haciéndole un oral a esta ardiente mujer mientras a Martín lo dejé con ganas de más…