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  • Casi me enamoro de ella

    Casi me enamoro de ella

    Soy Lau como siempre soy la que escribe y mi marido José.

    Un día le comenté a José que me inscribí en una página de citas, solo para boludear, para conocer gente, donde especificaba que éramos una pareja liberal, y en la descripción puse que yo era bisexual y el hetero. Varias parejas se habían contactado con nosotros. Pero la que más me intrigo fue que me escribió Adriana.

    Una mujer con un matrimonio infeliz, con un marido que solo piensa en todo el dinero que tiene y propiedades descuidando a ella y sus hijos, solo le importa aparentar que son un matrimonio feliz. Mientras que ella cree que el amor que no se rige por lo que dice la sociedad, busca maneras de encontrar a las amantes y unirlas mucho más allá de lo que se pensaría como común o correcto.

    La gente que solo lee por morbo se quedará solo con las descripciones sexuales que eventualmente haré, pero si alguien se interesa por los antecedentes en medio de las varias historias publicadas en nuestro perfil los encontrarán.

    Sucedió que tras muchos mensajes un día recibí la llamada de Adriana proponiendo que nos veamos, tras contarle mis experiencias disfrutando los manjares vaginales y anales de mis dulces amantes, eso hizo sentirla tan intrigada que supuse que estaría buscando tener un encuentro con nosotros, con la intención de un trío, pero a medida que la charla se ponía más caliente me confeso que su idea era entregarse al placer con otra mujer, a alguien igual, alguien que no sea superior a ella como siempre le hacía creer su marido, alguien que no la quiera someter, alguien que no la quiera usar, sino alguien que desee amar su cuerpo. Los dulces placeres lésbicos.

    Habían pasado bastante desde la última vez que hice el amor con una mujer, así que decidí enseguida contarle a José que me iba a encontrar con ella contando cada detalle de todo lo que habíamos charlado, por lo cual como siempre me apoyo para que lo haga, solo que al principio solo pidió que lo dejemos observar. A lo que enseguida me negué, sabía que Adriana no aceptaría eso. En esta ocasión me vestí y me arreglé bonita, esa es la impresión que quería darle a esta señora. No de puta como suelo vestirme para estos encuentros. Me hice una cola de cabello con una mínima cantidad de maquillaje, y como siempre tacos altos para que me arme bien las nalgas y las caderas.

    Ella me había citado en un discreto departamento ubicado en un edificio en el centro de la ciudad, interesante que ella tenga un lugar como ese a su disposición, luego me enteré de que el lugar es una de las tantas propiedades de su marido. Si bien tenía varias fotos de ella, fue una sorpresa al ver a la señora que abrió la puerta no era ninguna diva de esas que a los escritores de fantasía que abundan en esta página les encanta describir, su rostro no estaba maquillado, me recibía al natural. Eso me agradó, porque podía mirar sus ojos, más que mirar podía leer sus ojos.

    Tenía una mirada que escondía algo de melancolía, que al combinarse con la sonrisa con la que me recibió, le otorgaba una suerte de belleza natural que me enterneció, devolví la sonrisa algo tímida y le dije hola. Me extendió los brazos para saludarme, y al instante de hacer contacto con su piel me ericé toda, supe disimularlo y mantener la timidez de mi sonrisa.

    La sencillez con la que estaba vestida me sedujo, era una falda a cinco dedos de sus rodillas y una blusa de botones, en serio no parecía que estaba recibiendo a una simple puta para una sesión sexual, sino más bien parecía que esperaba a una amiga, llevaba el cabello suelto a media espalda. Debo confesar que me sentí algo avergonzada, de cierta forma me cohibí y traté de acomodar el vestido. De inmediato me tomó de la mano para guiarme a la sala donde íbamos a pasar el rato, con una leve presión en mi mano me hizo sentir que todo estaba bien, y me calmé un poco.

    Adriana no era para nada voluptuosa, digamos que sus senos eran chiquitos, 1.55 m de estatura, muy flaca, con piel blanca un poco quemada por el sol, y como ya lo he dicho anteriormente una mirada que escondía una especie de sutil melancolía que me hacía sentir una inmensa ternura, me ofreció una copa que acepté con una suave sonrisa de agradecimiento.

    Me encontraba en una situación en la que no sabía qué hacer, ahora estaba yo extasiada con esta belleza tan natural, tan cotidiana, tan hogareña. Como puta me encontraba totalmente desubicada, Adriana una vez más me supo leer y me preguntó si no me importaba que no aceleremos la situación, que no forcemos el sexo, que en serio deseaba disfrutar el momento. Al saber esto lo acepte, pero no pude evitar que su melancólica ternura no empuje a las terminaciones nerviosas de mis labios vaginales a comenzar a secretar mis dulces mieles sexuales.

    Supo decirme que luego de mucha insistencia de sus amigas había aceptado exteriorizar sus deseos sexuales, primero lo hizo con un hombre, pero al igual que con su marido fue una situación frustrante. Pero una forma diferente de frustración, a diferencia de su inútil marido, el hombre con quien ella había salido había sido todo un semental que la había hecho morder la almohada y gemir como nunca lo había logrado con su marido. Según me relató, el masculino estaba bien dotado, y ella había tenido innumerables orgasmos, no como el inútil y precoz de su marido que no le hacía llegar ni a un orgasmo.

    Sin embargo, casi con lágrimas en sus ojos me confesó que mientras el puto comenzó a vestirse y mirando como ese ser humano ni siquiera la miraba, es decir ignorando por completo su presencia como mujer, le dio las gracias y se fue. Adriana sintió el más profundos de los vacíos, peor que cuando su marido luego de una penetración de dos minutos eyaculaba en ella, y se daba la vuelta y comenzaba a roncar. Me supo contar que ese día se quedó dormida llorando.

    Para satisfacer sus frustraciones sexuales, comenzó a buscar pornografía por internet, pero todo le parecía tan grotesco y nada erótico, simples imágenes sexuales, sin ningún tipo de seducción, sino simple y burdo sexo. Hasta que finalmente encontró escenas de lésbico, este tipo de pornografía la lleno por varios meses, pero seguía sintiéndose vacía, en sus contantes búsquedas por internet encontró que había sitios que publicitaban a putas que atendían a señoras, y por esas coincidencias de la vida se inscribió en la misma página donde me inscribí con José. Este tipo de cosas son las que me hacen creer en el destino.

    Al conocer la manera tan casual e inesperada en la que Adriana había llegado a mi realmente me alegraba de una forma muy especial, mientras en mi interior todos estos sentimientos ebullían, mi reacción se manifestaba en acariciar su brazo de una forma delicada y discreta. Sin embargo, mis secreciones vaginales se incrementaban lo que hacía que mis inquietos movimientos en el sofá se vuelvan notorios, y mis pezones evidenciaban todo mi fuego interior.

    La ternura que ella me transmitía ingresaba por mis oídos, se transportaba a mi cerebro, y luego a todas mis neuronas y terminaciones nerviosas y se transformaban en ese fuego interno que se concentraba de forma conjunto y simultánea entre mi vagina, mi ano y mis senos. Ella lo podía percibir, y lo demostró acercándose a mí, permitiendo que mis fosas nasales se inunden con ese perfume sencillo con el que me embriagaba.

    Acariciando mi cabello, y mirando a mis ojos me preguntó por qué me había transformado casi en una puta si mi rostro exudaba ternura e inocencia, y cual era la fórmula para compartir todo con mi marido. Al tiempo que su atención se dirigía a mis pezones hinchados que se marcaban en la tela, y pude percibir como ella discretamente mordió sus labios. Una vez más ese disparador hizo imposible no moverme inquietamente mientras mi llave vaginal estaba abierta y secretando a chorros. Ella me pudo percibir y puso su pequeña y delicada mano en mi muslo desnudo.

    Supe que esto no iba a ser un acto sexual sino el inicio de una dulce y amorosa amistad que duraría por años. Una amistad que, aunque no puedo ver a Adriana siempre, pero todos los días recibo un mensajito de ella deseándome los buenos días y diciéndome cosas lindas.

    Mi corazón me empujó a acercarme a ella debo reconocer que sobre todo mi cuerpo recorría un leve temblor, no me sentía así desde hacía mucho. Ahora en la sala de ese departamento teniendo a Adriana a pocos centímetros de mi ser y sin haber hecho nada aún, produciendo la brutal lubricación tan normal en mí, al tiempo que ella seguía acariciando mi muslo, una caricia inocente aún porque ella nunca había hecho el amor con una mujer.

    Mientras latía mi corazón con fuerza y emoción, no dejaba de mirar los ojos de Adriana, me intrigaba demasiado conocer la razón de esa melancolía que solo yo podía ver atrás de su iris, y que luego pude saber que es la simple y triste expresión que deja en una dulce mujer un matrimonio frustrado, no solo en lo sexual. Sino el de tener un marido que no te mira con deseo, un marido para quién eres inexistente, un marido que por obligación a consumado su matrimonio y te ha dado dos hijos para evitar el qué dirán de la perversa sociedad que todo critica.

    Pero justo esa tarde en ese departamento cuando finalmente sin dejar de mirarla me fui acercando a sus labios con todo el tumulto de emociones que se apoderaban de nuestras almas hasta que nos unimos con un suave beso, primero sin lengua solo la delicada unión de nuestros labios, que encontraron una señora casada ignorada por su marido. Cerré mis ojos al contacto con sus labios, seguíamos tomadas de las manos sin hacer ningún movimiento brusco o desesperado. Su aliento fresco se incrustó en el interior de mi boca, y de forma instintiva mi dorso busco la cercanía de su cuerpo, mis tetas entraron en ligero contacto con sus senos.

    Abrí un poco más la boca y con la timidez de una colegiala saqué un poquito la lengua para intentar estimular a mi dulce amiga para que nos podamos unir más íntimamente al intercambiar nuestros fluidos salivares. Mientras pensaba cuántas vergas había mamado, con esa misma boca y esta vez fue ella la que abrió su boca e incrustó toda su lengua en el interior de la mía, y ya sin pensar en nada más correspondí sus besos, y ahí fue todo lengua y saliva, un beso poético como los que se ven en el porno lésbico.

    Con ese beso tierno, romántico, profundo perdí la noción del tiempo, solo nos seguimos besando y mientras besaba a Adriana mi corazón rogaba que no hubiera tiempo sino solo la eternidad para seguirla besando por siempre. Mientras nos besábamos con los ojos cerrados, ella actuó de forma espontánea, y de un momento a otro sentí pequeña y delicada mano sobre mi seno, sobre la tela del vestido se notaban mis duras aureolas. Tomó confianza y con su natural y femenina delicadeza comenzó a apretar mi teta. Eventualmente, deje caer los breteles de mi vestido para que aparezcan mis dos pezones.

    A ese punto ya nada importante, todo sumaba al erotismo del momento, Adriana lo sabía y me estimulaba pellizcando mis duros pezones, me tocaba con gran delicadeza. Mis neuronas estaban en ebullición, y la esposa frustrada remató mi estabilidad emocional diciéndome que nadie la había besado como yo. Las lágrimas de emoción fueron inevitables, me dejé llevar y la abracé fuerte en mi contra.

    No sé si me apresuré, pero el instinto me arrojó a abrir los botones de su blusa, pude ver que llevaba un corpiño blanco muy delicado, tan delicado como su piel, en cambio yo la siempre puta no llevaba ropa interior, y ya tenía las tetas al aire que ella acariciaba con suavidad. De cierta forma tomé el rol dominante, la induje a ponerse de pie y la puse de espaldas para poder bajar el cierre posterior de su falda, que cayó al suelo con facilidad dejando expuesta sus blancas, flacas y bien torneadas piernas, la gloria de su pubis estaba protegido por una tanga blanca semi transparente. Acaricié delicadamente la tela de su calzón percibiendo la humedad e imaginando lo que se escondía detrás.

    Acerqué mi cara a su pubis y me abracé a sus caderas y me quedé ahí por unos segundos percibiendo el aroma que pugnaba por liberarse de su tanga, para luego embriagar mis fosas nasales y luego inundar toda la sala, ese olor a prostíbulo que hasta la más recatada madre de familia lleva en medio de sus piernas cuando está siendo amada. Sentí en ese momento sus manos acariciando mi cabello. Por un segundo pensé en quedarme así, pero sabía que eran muchos los caminos del placer y la lujuria que aún debíamos explorar, mi instinto me llevó a acariciar sus nalgas, no eran voluminosas, pero eran firmes y delicadas.

    El olor a concha me impulsó a bajar su tanga, Adriana con un poco de vergüenza intentó detenerme, quizás no deseaba quedar expuesta, yo solo la miré muy dulcemente, supongo que le inspiré confianza y soltó mi mano y me permitió exponer su intimidad, ese es el momento en que una mujer se entrega cuando queda expuesta e indefensa ante su amante, y eso solo sucede cuando se genera una conexión y confianza entre ambas personas.

    Unos pelitos salían sobre su clítoris y un canal vaginal que ya brillaba por la intensa humedad que esta dulce mujer estaba secretando en mi nombre, me puse de pie, me encontré con unos senos chiquitos, luego la guíe al sofá para que se tumbe, quería exponer en toda su amplitud la delicadeza rosada de su vagina para mi deleite lingual. Previo a eso, me terminé de sacar mi vestido.

    Me arrodillé ante su esplendor vaginal y con mis manos iba abriendo hasta exponer el clítoris, acerqué mi cara, coloqué la punta de mi lengua y ella se tensó toda, su reacción fue por hacía años que nos le regalaban sexo oral, de una mujer descuidada por un marido que disfrutaba más su dinero y no de comerse la delicia del clítoris de su esposa. A los pocos segundos comenzó a temblar, mientras me daba a tragar unos flujos vaginales espesos, y sí yo los tragaba con ansiedad. No me pude resistir en recorrer con mis lamidas hasta su cola, mi instinto de perra me hacía buscar con ansiedad ese culo. Adriana tenía el más delicioso culo que nadie se pueda imaginar.

    Regresé a su clítoris y con la lubricación abundante estaba en posición de introducir dos dedos y colocarlos en aquella vertiginosa sección rugosa que se encuentra justo detrás del clítoris, al interior de la vagina. Aplicando la presión precisa desde afuera al clítoris y desde dentro, en un masaje constante, suave y paulatino. Ella perdió todo control de sí, se retorcía toda en espasmos tras espasmos, dejando de ser la dulce dama, y comenzando a insultar y decir groserías, y reventó en un glorioso orgasmo diciéndome que era una hija de puta.

    Rendida y toda encharcada se echó hacia atrás en un estado de placer que no le permitía reaccionar, mientras yo seguía saboreando, me senté en el piso mirándome como de mis tetas estaban duras. Me puse de pie, y me coloqué a su lado, me tomé una teta con la mano y se la ofrecí en su boca, ella iba comenzando a reaccionar. Hasta que su instinto la arrojo con ansiedad a mi pezón y comenzó a chupar como desesperada, se saltaba de una teta a otra, mamaba con desesperación otorgándome un gozo de boquita delicada. Mi concha estaba trabajando con brutalidad intensidad.

    Luego de eso me pidió que vayamos a la cama. Esta vez yo me tumbé boca arriba, y ella tomó la iniciativa o el rol dominante. En las relaciones lésbicas no existen aquellas relaciones que se dan cuando hay un macho dominante, acá son mujeres en igualdad de condiciones y cada una puede manifestar sus deseos como se le antoje. Así fue como Adriana se acostó encima de mí, y comenzamos de forma instintiva a ubicarnos en forma de tijera, para que nuestros labios vaginales entren en contacto íntimo.

    Un beso profundo y encharcado lleno de flujos vaginales, los labios y el perineo convirtiéndonos en un solo ser, moviendo las caderas de forma rítmica, apretando fuerte nuestras tetas unas contra las otras, acariciando delicadamente ya sea nuestro rostro o nuestros cabellos. Eso no era sexo, eso no era follar, eso era hacer el amor. Así con intensidad por más de diez minutos nuestros cuerpos se sincronizaron de manera tal que nos corrimos juntas y las sábanas de esa pobre cama quedaron hechas un lago. Ella me apretó tanto con sus piernas que sentí que me iba a estrangular las caderas. Así nos quedamos dormidas hasta bien entrada la tarde cuando despertamos abrazadas.

    Con más preguntas que certezas, cómo una ama de casa decente con un marido idiota pudo conocer a una mujer como yo que lo primero que hice fue correr a contarle a José lo que ocurrió esa tarde. Los encuentros se repitieron, no muchas veces hasta que por trabajo de su marido se mudaron a otra ciudad.

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  • Luna de miel erótica

    Luna de miel erótica

    Nunca había sentido el calor de la Riviera Maya tan vivo sobre mi piel. Era como si todo, desde el mar turquesa hasta el aire húmedo, conspirara para mantenerme alerta, encendido. Sarah caminaba a mi lado, su vestido ligero rozando la arena blanca, y cada movimiento suyo parecía cargado de intención.

    Era nuestra luna de miel. Una excusa perfecta para olvidarnos del mundo, aunque paradójicamente, yo no podía dejar de pensar en él. En los balcones iluminados del resort, en las miradas furtivas de desconocidos en la piscina… había algo en esa posibilidad de ser observados que nos rodeaba como una corriente invisible.

    Ella lo sentía también. Lo veía en sus ojos cuando me sostenía la mirada un segundo más de lo necesario, en el tono de voz bajo con el que me decía cosas simples pero que sonaban como secretos. Y yo, sin proponérmelo, empezaba a descubrir un nuevo lado de nosotros: el deseo de jugar con la frontera entre lo íntimo y lo expuesto.

    Esa tarde, en la terraza de nuestra suite, Sarah se recostó en la hamaca con un vestido blanco que apenas cubría lo suficiente. El sol bajaba despacio, tiñendo el cielo de tonos rojizos, y yo no podía apartar la vista de su piel dorada, aún húmeda del último baño en el mar.

    “¿Qué tanto miras?”, me dijo sin abrir los ojos, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. No respondí; era obvio que la miraba a ella, y creo que eso era lo que quería escuchar sin que yo lo dijera.

    Me incliné sobre la barandilla de la terraza y noté cómo, en los balcones de al lado, había movimiento. Personas que entraban, que salían, que podían girar la cabeza en cualquier momento y verla ahí, reclinada, tan ligera, tan radiante bajo la luz del atardecer.

    La idea me atravesó con un escalofrío. ¿Qué pasaría si alguien la miraba como yo lo hacía en ese instante? No con la familiaridad de un esposo, sino con la fascinación de un extraño. Sentí la mezcla de celos y deseo, un vértigo extraño que me sorprendió más de lo que debería.

    Entonces ella abrió los ojos, como si pudiera leer mis pensamientos. Su mirada se encontró con la mía, fija, segura. “Te gusta la idea, ¿verdad?”, susurró. Y en ese momento entendí que no era yo quien había imaginado el juego: había sido ella quien lo había iniciado.

    El vestido que llevaba Sarah era ligero, de esos que parecen hechos para dejarse abrazar por la brisa del Caribe. No era transparente, no del todo. Pero el sol de la tarde, bajo y ardiente, se colaba entre las fibras de la tela con la complicidad del viento, y por momentos me regalaba destellos de lo que escondía. No era una visión nítida, sino algo más sutil: la insinuación perfecta.

    El contraste me desarmaba. La inocencia aparente de un vestido veraniego, contra la carga eléctrica de la forma en que la luz lo volvía casi translúcido. Sarah parecía consciente de ello, porque se acomodaba en la hamaca con una lentitud calculada, como si cada gesto suyo estuviera destinado a probar mis límites.

    Yo estaba de pie, apoyado en la barandilla de la terraza, luchando entre la necesidad de mirarla y el vértigo de pensar que quizá otros ojos podían estar haciendo lo mismo desde algún balcón vecino. La posibilidad me encendía de un modo inesperado: el Caribe no solo calentaba la piel, también encendía secretos.

    Ella lo sabía. Cuando levantó la vista hacia mí, con esa calma que solo ella podía tener, dejó que el vestido se estirara un poco sobre su cuerpo, justo cuando el sol atravesaba la tela. Su sonrisa fue suficiente para confirmarlo: el juego había comenzado, y esta vez no éramos solo ella y yo… sino también esa invisible presencia de posibles miradas alrededor.

    El calor del Caribe no descansaba ni al caer el sol. Era un calor distinto, más denso, que se mezclaba con el murmullo de las olas y el olor a sal en la piel. En lugar de agotarnos, parecía avivar algo en nosotros, como si la propia atmósfera tropical nos empujara a desear más, a vivir con la piel siempre encendida.

    En la habitación, mientras me ajustaba la camisa ligera frente al espejo, la miraba de reojo. Sarah se arreglaba con una calma provocadora, como si cada movimiento suyo estuviera pensado para que yo lo observara. Eligió una falda corta, tan fresca como atrevida, que dejaba al descubierto sus piernas tostadas por el sol. Al verla cruzar una pierna sobre la otra frente al tocador, tuve que contener la respiración: la piel bronceada brillaba con un tono suave, casi dorado.

    La blusa que se puso era ligera, abierta en el escote lo suficiente para sugerir, no para mostrarlo todo. Pero ese “no mostrarlo todo” era lo que más me encendía. El Caribe parecía amplificarlo: la humedad que hacía que la tela se pegara apenas a su cuerpo, el aire cálido que la obligaba a elegir ropa ligera, la sensación de que en cualquier momento una brisa podía revelar más de lo que pretendía ocultar.

    Se giró hacia mí, como si supiera exactamente en qué estaba pensando. “¿Vamos a cenar?”, preguntó con esa naturalidad que solo servía para aumentar la tensión.

    Cuando se paró, noté cómo la blusa marcaba demasiado bien su silueta. Era ligera, casi etérea, y no llevaba sujetador. El calor del Caribe lo hacía lógico, pero para mí era un golpe directo de deseo. La tela delineaba suavemente sus formas con cada movimiento, como si el propio ambiente tropical la hubiera vestido a su manera, dejando todo a la insinuación.

    Incluso lo más sutil de ella parecía amplificado: el vaivén de sus pasos, el tono dorado de su piel acariciada por el sol, y ese aroma inconfundible que me llegaba cuando pasaba a mi lado. Una mezcla de ron dulce, vainilla cálida y coco fresco que se quedaba en el aire, envolviéndome. Todo sumaba, y yo sentía cómo la tensión crecía en mí, imposible de disimular.

    Pero fue su falda la que terminó de encenderme. Corta, ligera, apenas a medio muslo, parecía hecha para ese clima y, al mismo tiempo, para tentar mis límites. El movimiento de la tela dejaba intuir la forma de sus curvas, la firmeza de sus piernas, el vaivén natural de su andar. No mostraba nada directamente, pero dejaba que mi imaginación lo completara todo. Y esa insinuación era mucho más poderosa que cualquier evidencia.

    (Lo más intenso era que, hasta ese momento, no había ocurrido nada sexual entre nosotros desde que empezó el juego. Y lejos de frustrarme, esa espera me encendía más. El placer estaba en mirar, en dejarme arrastrar por la provocación silenciosa que Sarah creaba sin necesidad de tocarme. Era como un secreto compartido, un fuego contenido que ardía cada vez más fuerte).

    La idea era simple: cenar primero en el restaurante del resort, dejar que el ambiente nocturno nos envolviera, y después salir rumbo a un antro donde la música, las luces y quizá algunas miradas desconocidas completarían el juego que habíamos empezado en la terraza.

    Y mientras me tendía la mano para salir, comprendí que aquella noche el calor del Caribe no estaría solo en el aire… sino en cada paso que diéramos juntos.

    ¿Sigo?

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  • Valeria. M hijastra nos espía cuando tenemos sexo su mamá y yo

    Valeria. M hijastra nos espía cuando tenemos sexo su mamá y yo

    Después de un par de horas desperté. Era ya de madrugada. Mi reloj decía que eran las 3 am. Me sentía confundido, no ubicaba donde estaba. Nada de esto me era familiar. No conocía la cama, los muebles, la habitación en general. Respiré profundo y traté de concentrarme hasta que un movimiento en la cama me hizo reaccionar de golpe. Volteé y la vi. Totalmente desnuda, dormida profundamente.

    El reflejo tenue de la luna que entraba por la ventana coloreaba de sensualidad esta postal. Estaba boca abajo, con una mano dándole soporte a su cabeza y la otra colgando hacia debajo de la cama. Su cabello enmarañado por el cumulo de sudor y algo de semen le daba un toque de cierta perversión a la escena. Me quedé contemplándola un rato, sin medir el tiempo ni la hora.

    Recordé todo lo que había pasado y no pude evitar sentir como los cuerpos cavernosos de mi miembro se empezaban a llenar de nuevo de manera lenta y sutil. No sabía si su hija dormía ya o si al salir de la habitación, Nayeli se despertaría. No quería tener ningún problema con ella, pero la idea que su hija dormía en el cuarto de al lado no me dejaba en paz.

    Hice un poco de ruido de manera intensional moviéndome por la habitación, sin perder de vista a mi reciente novia para ver si se despertaba, pero nada. No se movía, respiraba muy profundo, casi roncaba. Seguía paseándome desnudo por la recamara y ya una erección insipiente retaba a la gravedad. Después de cavilar por unos segundos decidí ponerme los bóxer e intentar salir de la habitación con el pretexto de ir al baño. Así si Nayeli despertaba y no me encontraba, no habría problema de que yo estuviera fuera de su cuarto deambulando por la casa.

    Abrí la puerta de manera muy sigilosa, y dejando apenas el espacio suficiente para poder salir de lado. Ya había sacado casi todo mi cuerpo y me quedé quieto, a la expectativa de algún ruido o algún movimiento, pero al no ver ninguna reacción y no percatarme de nada raro, decidí salir por completo del cuarto. Me quede parado tras emparejar la puerta en su totalidad ya que la puerta de la hija estaba emparejada también, pero se podía ver perfecto para adentro.

    Dejé que mis ojos de adaptaran a la oscuridad del lugar. Era una casa de dos plantas. De la entrada principal estaba la sala, y al fondo la cocina comedor. Al fondo de la cocina estaba la entrada a una zotehuela que fungía como cuarto de lavado. Las escaleras estaban justo entre la sala y el comedor. En la parte superior estaban las recamaras y enfrente de ambas la entrada al baño.

    Después de unos segundos me percate que en el buro de la hija estaba una lampara encendida que no iluminaba mucho pero que permitía ver de manera definida lo que había adentro de la habitación. Ella dormía boca abajo, muy similar a su mamá. Solo que traía de pijama un cachetero rosita y una playera cortita, como si fuera un top no muy pegado.

    Su piel era blanca, pienso que media como 1.60 aproximadamente, piernas torneadas, pantorrillas que dejaban ver cierto trabajo en el gym o haciendo algún deporte, pero aquellas nalgas que daban forma al cachetero me generaron un cosquilleo intenso entre las piernas. Respire hondo y un suspiro se escapó de mi boca sin poderlo contener.

    Ella se movió un poco y me tomo por sorpresa, si la vuelta rápido y entre al baño tropezando con mis pasos. Cerré la puerta y encendí la luz. Pude ver que era un baño clásico de chicas. Diversas cremas, diferentes shampoos, varios jabones y un sinfín de artículos que usan para verse hermosas. Levante la tapa del inodoro y mientras orinaba vi un bote de ropa sucia al lado del lavabo y abrí la cortina para conocer la regadera. Vi una tanga colgada en la llave del agua caliente.

    Los pensamientos intrusivos hicieron gala de su astucia y llegaron en manada. Voltee de nuevo al bote de ropa sucia. Me acerque a la puerta para escuchar y ver que no hubiera ningún ruido, pero nada. Ambas seguían dormidas. Abrí la tapa con suavidad y vi que estaba casi lleno. Sin dudarlo empecé a buscar de manera discreta, blusas, brasieres, pantalones, algunos mallones y entre la ropa pude ver algunas tangas. Estaba seguro de que eran de la hija pues estaban en un bloque de ropa que evidentemente era de una chica.

    Tomé una de color negro, el solo roce de la tela en mis dedos ya había generado que mi pene empezara a despertar de manera gradual pero firme, vi que tenía algunas manchas blanquecinas y me dispuse a llevarla hacia mi rostro. La acerqué lo más que pude a mi nariz e inhalé profundamente. El tiempo se detuvo. El olor entro a lo más profundo de mi cerebro y me hizo sentir algo inaudito. Es como haber tenido un orgasmo sin siquiera tocarme. Ese olor fue tan delicioso, penetrante, fuerte pero mágico.

    Un empujón en la puerta me sacó de ese trance y me regresó a la realidad de tajo. Lo único que atiene a decir fue. – Un segundo, no tardo.

    -¿Quién es? –Dijo una voz angelical algo preocupada

    -Perdón, soy Hugo, amigo de tu mamá. No me tardo.

    No sabía que hacer, aun sujetaba con fuerza la tanga en mi mano y mi verga estaba demasiado dura. Metí lo más rápido posible la tanga al bote, le bajé a la tasa y apagué la luz para salir lo más oscuro que fuera posible.

    -Hola, perdón que me veas así, es que salí al baño, pero no pensé que fueras a estar despierta.

    -No te preocupes, te vi anoche –dijo eso con una mirada picara y un tono de voz de complicidad que no me pude resistir.

    Solo estaba prendido el foco de su cuarto, pero iluminaba perfectamente mi bóxer dejando ver mi miembro aun erecto. Y por otro lado también me permitió ver sus tetas detrás de su top algo transparente y se dibujaban aún mejor sus piernas y nalgas.

    Me paré lo más derecho y casual posible y vi como ella bajó su mirada hacia mi cadera, pasó a un lado mío y cerró la puerta del baño.

    Regrese de manera inmediata al cuarto y Nayeli seguía dormida pero ahora boca arriba y con las piernas abiertas.

    Mi excitación iba en aumento de nuevo. La hija estaba en el baño y seguro si escuchaba algo se iba a aventurar a observar y a mi ya no me importaba nada en ese momento. Me acosté directamente entre sus piernas quedando boca abajo y llevé mi boca directo a su entrepierna. Aun se percibía el humor de la batalla anterior.

    Al primer rose de mi lengua sobre sus labios gimió de inmediato, pero no abrió los ojos. Respiro profundo y descargó un suspiro. En esta ocasión fui un poco más brusco, abracé sus piernas y con los dedos de ambas manos le abrí los labios dejando su clítoris expuesto y con mi lengua recorrí desde el perineo hasta el clítoris haciendo presión con mis labios.

    Nayeli volvió a gemir, pero ahora más fuerte, llevó sus manos a mi cabeza y sujetándome del cabello pego aún más mi boca a su sexo. No podía dejar de besar, de lamer cada parte de su intimidad, pero en esta ocasión dejé mis oídos abiertos y dirigidos hacia la puerta y pasó lo que deseaba. Escuche un ligero sonido en la perilla de la puerta y sabía que la hija estaba espiando de nuevo. Ahora este espectáculo era para ella. No digo que no lo estuviera disfrutando, pero quería que se diera cuenta que cosas le estaba haciendo a su mamá.

    No pasó mucho tiempo cuando empecé a sentir como me apretaba con sus piernas. Mi cuello se sentía preso de sus muslos, pero no me iba a rendir. Movía más rápido mi lengua, mis labios hasta que ya era casi insostenible la presión y fue ahí cuando gimió muy fuerte, soltó un pequeño grito de placer y nuevamente saco un chorro muy fuerte y largo. El chisguete me mojó toda la cara y eso me prendió demasiado.

    Me acosté boca arriba y le pedí que lo chupara. quería ver como lo mamaba mientras yo reposaba en su cama.

    Ella muy obediente se acomodó a un costado de mis rodillas, empezó a besar mis piernas y fue subiendo poco a poco, no podía dejar de verla y ella no me quitaba los ojos de encima. Seguía subiendo con la puntita de su lengua hasta que llego a los testículos. Jugó un poco con ellos, los lamia y los metía a su boca mientras que su mano empezaba a masturbarme.

    Después de unos minutos así por fin decidió subir poco a poco hasta que llego a la cabeza, primero la besó tiernamente y con la puntita de la lengua recorría todo el contorno del glande. Luego metió solo la cabecita a su boca y su lengua lo frotaba ávidamente hasta que por fin lo engulló por completo y empezó ese vaivén yo relaje mi cabeza y ella afanosamente se dedicó a darme una felación matinal bastante placentera.

    Cuando la vi muy concentraba en mi pene y con sus ojos cerrados, decidí voltear abiertamente hacia la puerta y ahí estaba. Parada en la puerta, esta vez la rendija aún más abierta y nuestras miradas se cruzaron de nuevo, pero en esta ocasión no salió corriendo. Podía ver solo un fragmento de su cuerpo, pero sabía que se estaba tocando. Podía notar el movimiento de su torso y su mirada fija.

    Era una escena dantesca. Su mamá desnuda, haciendo sexo oral a un desconocido y mientras tanto, este desconocido no dejaba de mirarla, de perderse en sus ojos, ambos viéndose de una manera lasciva, muy morbosa y al mismo tiempo con una conexión que no se daba con Nayeli.

    Cuando la hija comenzó a masturbarse aún más rápido, sujeté de la cabeza a su mamá y empecé a cogérmela por la boca a la misma velocidad que Valeria (así supe después que se llamaba la hija). Íbamos al mismo ritmo y sin pensarlo, sin buscarlo sentí como mi orgasmo se acercaba vertiginosamente y no lo pude contener. Con un gemido ahogado disparé un chorro de leche caliente dentro de la boca de Nayeli que la hizo arquearse un poco pero no se detuvo. Solo siguió chupando hasta dejarme complacido.

    Respire muy hondo varias veces, abrí los ojos y al voltear a la puerta, ya no estaba Valeria.

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  • Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (2)

    Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (2)

    Pero apenas dio un paso, su expresión se suavizó, y un suspiro escapó de sus labios. —Lo siento, Diego, no quise… —murmuró, sus ojos encontraron los de él, una chispa de vulnerabilidad brillaba en ellos. Diego sonrió, un gesto que destilaba comprensión y algo más, algo que hizo que el corazón de Elizabeth latiera más rápido. —No te preocupes, estás estresada. Ven, vamos a tu habitación —dijo, su mano rozó ligeramente el brazo de ella, un contacto que envió un escalofrío por su piel.

    Elizabeth lo siguió, su cuerpo aún tenso, pero cediendo a la calidez de su oferta. Entraron a su habitación, donde la luz tenue de una lámpara arrojaba sombras suaves sobre las sábanas deshechas. Diego señaló la cama con un gesto firme. —Acuéstate, tía. Quédate ahí, voy a traerte un té —ordenó, su voz estaba cargada de una autoridad que hizo que Elizabeth sintiera un calor inesperado en su bajo vientre. Confundida, pero intrigada por la intensidad de su sobrino, obedeció, dejando que su cuerpo se hundiera en el colchón. El vestido se subió ligeramente por sus muslos, revelando la piel blanca y suave, y ella no hizo nada por ajustarlo, sus ojos permanecieron fijos en la figura de Diego mientras salía de la habitación.

    Cuando volvió con una taza humeante, Diego se acercó al borde de la cama, sentándose tan cerca que Elizabeth pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. —Toma, esto te relajará —dijo, entregándole el té, sus dedos rozaron los de ella con una lentitud que parecía deliberada. Elizabeth tomó un sorbo, el líquido cálido se deslizó por su garganta, pero su atención estaba en Diego, en la forma en que sus ojos oscuros recorrían su figura, deteniéndose en el escote del vestido, donde la tela apenas contenía la curva de sus senos.

    —Gracias, Diego —susurró, su voz era más suave, casi un ronroneo, mientras dejaba la taza en la mesita de noche y se recostaba de nuevo, su cuerpo relajándose, pero vibrando con una tensión nueva. Él se inclinó hacia ella, su rostro a centímetros del suyo, el aire entre ellos cargado de electricidad. —¿Quieres que te ayude a relajarte un poco más con un masaje? —preguntó.

    Elizabeth, recostada en su cama, sintió el peso del día disolverse bajo la mirada intensa de Diego. Sus palabras aún resonaban en el aire, cargadas de una promesa que hacía que su piel vibrara, y ella, con el corazón latiendo desbocado, asintió con un susurro apenas audible. —Sí, Diego… me ayudaría mucho —dijo, con un murmullo aterciopelado que traicionaba el deseo que crecía en su interior.

    Sin dudarlo, Elizabeth se levantó de la cama con una gracia felina, sus dedos temblaron ligeramente mientras desabrochaban el vestido negro que abrazaba su figura. La tela se deslizó por su cuerpo esbelto, cayendo al suelo con un susurro, dejando al descubierto una tanga de encaje negro que se hundía provocativamente entre sus nalgas, resaltando la curva perfecta de su trasero. Su sostén, también de encaje, apenas contenía la plenitud de sus senos, que se alzaban con cada respiración, su piel blanca brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. No le importó que Diego la viera así, expuesta y vulnerable; al contrario, la idea de sus ojos recorriéndola encendía un fuego en su bajo vientre.

    Diego, sentado al borde de la cama, contuvo el aliento, sus ojos oscuros devoraban cada centímetro del cuerpo de su tía. La curva de su espalda, suave y elegante, lo hipnotizaba, una extensión de piel que anhelaba tocar, acariciar, reclamar. Sus manos se apretaron contra el colchón, luchando contra el impulso de extenderse hacia ella, de recorrer con los dedos esa carne que parecía llamarlo. En lugar de ceder, se levantó con un movimiento controlado, y la ayudó a acostarse boca abajo sobre las sábanas. —Relájate, tía —dijo, su tono de voz era bajo y cargado de una tensión que no podía ocultar, mientras tomaba una sábana y la colocaba con cuidado sobre sus nalgas y piernas, dejando al descubierto solo la extensión de su espalda.

    Elizabeth, con el rostro hundido en la almohada, sintió un pinchazo de decepción. Había malinterpretado el gesto de Diego, asumiendo que cubrirla era una señal de rechazo, que su cuerpo semidesnudo lo había incomodado. Resignada, decidió entregarse al masaje que él le ofrecía, aunque su piel aún ardía por el roce de su mirada. —Está bien… hazlo —susurró, su voz estaba teñida de una mezcla de rendición y anhelo, mientras su cuerpo se relajaba contra el colchón, la tanga de encaje rozaba su piel con cada movimiento.

    Diego vertió un poco de crema en sus manos, el aroma a lavanda llenó la habitación mientras se inclinaba sobre ella. Sus dedos, cálidos y fuertes, encontraron la piel de su espalda, deslizándose con una presión lenta y deliberada que arrancó un suspiro de los labios de Elizabeth. Cada roce era una caricia contenida, un baile de deseo reprimido que hacía que su cuerpo se arqueara ligeramente, buscando más contacto. —Dios, Diego… tienes buenas manos —gimió suavemente, su voz estaba cargada de una sensualidad que no pudo reprimir, mientras sentía cómo los dedos de él exploraban la curva de sus hombros, descendiendo por su columna con una precisión que la hacía temblar.

    Diego, luchando contra el calor que subía por su propio cuerpo, mantuvo el control, sus manos se movían con una mezcla de ternura y firmeza. Pero cada vez que sus dedos rozaban los costados de Elizabeth, cerca de la curva de sus senos o el borde de la sábana que cubría sus nalgas, sentía una corriente eléctrica que amenazaba con romper su compostura. —Solo quiero que te sientas bien, tía —murmuró, con voz ronca, mientras sus manos se detenían un instante en la base de su espalda, justo donde la tanga desaparecía entre sus nalgas, un territorio que lo tentaba más allá de lo permitido.

    Elizabeth cerró los ojos, su cuerpo vibraba bajo el toque de su sobrino, cada caricia avivaba un deseo que había reprimido durante demasiado tiempo. La sábana que cubría sus nalgas parecía una barrera frágil, una línea que ambos sabían que podían cruzar con un solo movimiento. Pero por ahora, se dejaba consentir, su piel ardía bajo las manos de él, atrapada en un juego de contención y deseo que la hacía estremecer con cada roce.

    Los minutos se deslizaban en la habitación de Elizabeth, envueltos en el aroma embriagador de la crema corporal de lavanda y el calor que emanaba de sus cuerpos. Ella, tendida boca abajo sobre el colchón, sentía las manos de Diego deslizarse por su espalda, sus dedos fuertes pero cuidadosos trazaban caminos de calor sobre su piel blanca. La tanga de encaje negro se hundía entre sus nalgas, una provocación silenciosa que parecía gritar en la quietud de la habitación. Pero a medida que los segundos se convertían en minutos, Elizabeth notó que Diego no cruzaba la línea invisible que los separaba.

    Sus caricias, aunque expertas, se mantenían castas, restringidas a la extensión de su espalda, sin aventurarse hacia los territorios que su cuerpo anhelaba en secreto. Una punzada de decepción se instaló en su pecho. “No le intereso”, pensó, su mente se nublaba por la inseguridad. “Solo ve a una vieja de 44 años, no a una mujer”. Resignada, decidió rendirse al placer del masaje, dejando que el roce de sus manos apaciguara la tormenta de su cuerpo.

    Pero mientras se entregaba al tacto, un remordimiento ardiente la atravesó. ¿Cómo podía desear que Diego, su sobrino, la tomara? ¿Qué clase de locura la llevaba a imaginar sus manos fuertes explorando más allá de su espalda, deslizándose por la curva de sus caderas, hundiendo los dedos en la carne suave de sus nalgas? El peso de la culpa la envolvió, y su cuerpo, agotado por el estrés del día y la intensidad del momento, se dejó llevar por el sueño. Sus párpados se cerraron, su respiración se volvió lenta y profunda, y su figura, semidesnuda bajo la sábana que apenas cubría sus piernas, quedó a merced de la quietud.

    Diego, por su parte, estaba atrapado en su propio torbellino de deseo. Sus manos, resbaladizas por la crema, recorrían la espalda de Elizabeth con una reverencia casi religiosa, cada músculo, cada curva, un lienzo que lo hipnotizaba. La piel de su tía, suave y cálida, era un sueño que lo había perseguido desde que era un adolescente. La había observado entonces, en reuniones familiares, su figura esbelta envuelta en vestidos que lo dejaban sin aliento, su risa encendía fantasías que nunca se atrevió a confesar. Ahora, con ella bajo sus manos, la realidad superaba cualquier imaginación.

    Con dedos temblorosos, desabrochó el sostén de encaje negro, liberando su espalda por completo. La prenda se abrió, dejando al descubierto la piel impecable que lo hacía contener el aliento, su cuerpo estaba tenso por el esfuerzo de no ceder a la tentación.

    Quería más. Quería deslizar sus manos bajo la sábana, explorar la curva de sus nalgas, sentir el calor de su piel contra la suya. Pero la duda lo paralizaba. ¿Y si ella lo rechazaba? ¿Y si un movimiento en falso la hacía enojar, lo acusaba de cruzar un límite imperdonable? Su mente era un campo de batalla entre el deseo y el miedo. Decidió buscar una señal, un indicio en el rostro de Elizabeth que le diera permiso para avanzar. Se inclinó hacia ella, su aliento cálido rozó su hombro mientras estudiaba su perfil. Pero lo que vio lo detuvo en seco: sus ojos estaban cerrados, su respiración era pausada, su cuerpo relajado en un sueño profundo. La decepción lo golpeó, pero también un alivio culpable. No habría señales, no esa noche.

    Diego continuó el masaje, sus manos se movían con una ternura que escondía el fuego que lo consumía. Cada roce sobre su espalda era una caricia contenida, un deseo reprimido que lo hacía apretar los dientes. La tanga de Elizabeth, apenas visible bajo la sábana, era una tentación constante, un recordatorio de lo cerca que estaba de cruzar un umbral que cambiaría todo. Pero se contuvo, sus dedos deteniéndose en la base de su columna, donde la piel se volvía aún más suave, casi suplicando ser tocada. —Eres perfecta —susurró, tan bajo que las palabras se perdieron en el silencio, mientras sus ojos recorrían la figura dormida de su tía, grabando cada detalle en su memoria.

    La habitación estaba cargada de una tensión que no se disiparía, un deseo que ambos sentían pero que, por ahora, permanecía atrapado en la penumbra.

    Sentado al borde de la cama, sintió el peso del deseo aplastar cualquier rastro de arrepentimiento. La figura de Elizabeth, dormida boca abajo sobre el colchón, era una visión que incendiaba sus sentidos. La sábana apenas cubría sus piernas, y la tanga de encaje negro, hundida entre sus nalgas, era una provocación que lo empujaba más allá de la razón. Su respiración se aceleró, un torbellino de lujuria y audacia apoderándose de él. “Si no es ahora, ¿cuándo?”, se dijo, su voz interna un rugido que ahogaba cualquier duda.

    Lentamente, se levantó, sus manos temblaban de anticipación mientras retiraba la sábana con un movimiento deliberado, dejando al descubierto el cuerpo casi desnudo de su tía. La tanga, una fina línea de encaje, enmarcaba las nalgas redondas y firmes de Elizabeth, su piel blanca resplandecía bajo la luz tenue de la lámpara.

    Diego sacó su celular, su pulso era errático mientras activaba la cámara. El deseo lo consumía, y la idea de ser descubierto solo avivaba el fuego en su interior. Enfocó el lente en esas nalgas perfectas, capturando cada curva, cada detalle, con una precisión que rayaba en la obsesión. Su respiración era pesada, casi un jadeo, mientras tomaba fotos, el clic del dispositivo resonaba en la quietud de la habitación. Pero no era suficiente. Quería más, quería grabar cada rincón de ese cuerpo que lo había atormentado en sueños durante años.

    Encendió la función de video, su mano temblaba mientras se acercaba, los dedos rozaron el borde de la tanga. Con una lentitud que era casi reverente, separó la prenda, deslizándola hacia un lado para revelar el ano rosado de su tía, un secreto íntimo que lo hizo contener el aliento. La imagen en la pantalla era hipnótica, cada detalle amplificado por su deseo.

    Con un movimiento audaz, Diego abrió lentamente las piernas de Elizabeth, sus manos eran firmes pero cuidadosas, como si temiera romper la fantasía. La tanga, ahora desplazada, dejaba al descubierto los labios húmedos de su vagina, brillando bajo la luz, una invitación silenciosa que lo hacía arder. Grabó cada segundo, su celular capturaba la escena con una claridad que lo estremecía. Luego, incapaz de resistirse, dejó el teléfono a un lado, asegurándose de que siguiera grabando, y con la misma mano que había movido la tanga comenzó a explorar.

    Sus dedos rozaron los pliegues húmedos, deslizándose con una lentitud torturante, sintiendo la calidez y la suavidad que lo volvían loco. Sabía que su tía podría odiarlo por esto, que cruzar este límite era un riesgo que podía destruirlo todo, pero el deseo era más fuerte que cualquier temor. Su toque era deliberado, cada movimiento un desafío a su propia cordura, mientras su otra mano se apretaba contra su propio muslo, conteniendo el impulso de ir más lejos.

    —Eres todo lo que siempre quise —susurró Diego, su voz era apenas audible, un murmullo cargado de hambre mientras sus dedos seguían explorando, sintiendo cómo el cuerpo de su tía, incluso dormida, parecía responder con una humedad que lo enloquecía. La habitación estaba cargada de una tensión eléctrica, el aire denso con el peso de un deseo prohibido que Diego ya no podía contener. Sabía que estaba jugando con fuego, que cada segundo lo acercaba más al borde de un abismo, pero la visión de Elizabeth, expuesta y vulnerable bajo sus manos, era algo que no quería que terminara.

    Diego, con el corazón latiendo como un tambor en su pecho, detuvo la grabación en su celular, asegurándose de guardar el contenido que había capturado, un tesoro prohibido que lo hacía temblar de adrenalina. La habitación estaba envuelta en una penumbra cálida, la luz de la lámpara resaltaba la figura de su tía, dormida boca abajo, su piel blanca brillaba como un lienzo de deseo.

    La tanga de encaje negro, apenas una línea entre sus nalgas era una invitación que Diego ya no podía ignorar. Con manos temblorosas, se despojó de su ropa, su camiseta y jeans cayeron al suelo en un susurro, dejando al descubierto su cuerpo atlético, tenso por la anticipación. Su erección, ya era dura y palpitante, un testimonio de los años de fantasías que lo habían atormentado desde la adolescencia.

    Se acercó al colchón, su respiración era agitada mientras se acostaba lentamente sobre el cuerpo de Elizabeth, el calor de su piel contra la suya enviaba una corriente eléctrica por todo su ser. Con un movimiento cuidadoso, volvió a deslizar la tanga a un lado, sus dedos rozaron la suavidad de sus nalgas antes de posicionarse. La penetró con una lentitud agonizante, su verga se hundía en la estrechez cálida y húmeda de su vagina, un lugar que lo acogía con una intensidad que lo volvió loco. Era la misma carne que había dado vida a su prima 18 años atrás, y la idea de esa conexión prohibida lo enardecía aún más. Entraba y salía, cada embestida era un delirio de placer, su cuerpo se movía con una mezcla de reverencia y urgencia.

    Diego inclinó la cabeza, sus labios rozaron la espalda de Elizabeth, besándola con una devoción febril. La piel de su tía, suave y cálida, era un mapa que él exploraba con besos húmedos, sus manos acariciaban la curva de sus hombros, descendiendo por los costados de su cuerpo. —Te amo, tía —susurró, con voz rota por el deseo, las palabras escapaban entre jadeos mientras seguía moviéndose dentro de ella—. Te he deseado siempre… quiero cogerte una y otra vez. —Cada embestida era una declaración, cada roce un juramento de su obsesión.

    Con una mano apoyada en el colchón para sostenerse, Diego deslizó la otra bajo el cuerpo de Elizabeth, buscando con una precisión instintiva hasta encontrar su seno derecho. Lo apretó con firmeza, sintiendo la suavidad de su carne ceder bajo sus dedos, el pezón blando y cálido contra su palma.

    El contacto lo hizo gemir, un sonido gutural que llenó la habitación mientras sus caderas se aceleraban, el ritmo de sus movimientos era más desesperado. La tanga, ahora arrugada a un lado, era un recordatorio de la línea que había cruzado, pero Diego ya no pensaba en consecuencias. Su cuerpo, su mente, todo estaba consumido por la sensación de estar dentro de ella, de reclamar el objeto de sus sueños adolescentes en un acto que lo liberaba y lo condenaba al mismo tiempo.

    Elizabeth, atrapada en el sueño, no se movía, pero su cuerpo parecía responder, su respiración cambiaba ligeramente con cada embestida, un eco inconsciente del placer que Diego le arrancaba. Él, perdido en la lujuria, apretó su seno con más fuerza, sus labios besaban la nuca de su tía, el aroma de su piel alimentaba su frenesí. La habitación era un santuario de deseo, el aire era denso con el calor de sus cuerpos y el sonido de su respiración entrecortada, mientras Diego se entregaba por completo a la fantasía que había anhelado durante más de una década.

    Ella en un sueño vívido, se encontraba tendida sobre una playa dorada, los rayos del sol acariciaban su piel blanca como lenguas de calor que lamían su espalda, sus nalgas y sus piernas. El bikini negro que llevaba era apenas una tira de tela, la parte inferior se hundía entre sus nalgas, dejando al descubierto la curva firme de su trasero, mientras la parte superior apenas contenía la plenitud de sus senos. La arena tibia se adhería a su piel, y el sonido de las olas era un murmullo que se mezclaba con su respiración agitada. A su lado, Diego, con su cuerpo bronceado y musculoso, la miraba con unos ojos oscuros que ardían de deseo. Su presencia era magnética, cada músculo definido bajo la luz del sol, su bañador ajustado marcaba una erección que no intentaba ocultar.

    —Tía, no puedo esperar más… quiero penetrarte —dijo él en el sueño, con voz grave y cargada de urgencia, mientras se inclinaba hacia ella, su aliento cálido rozó su cuello.

    Ella, con el corazón acelerado, sintió un calor líquido recorrer su cuerpo, concentrándose entre sus muslos. —Me encantaría, Diego… pero sabes que no podemos, somos familia —respondió, su voz era un susurro tembloroso, cargado de deseo y conflicto. Pero él, desafiante, la tomó por las caderas con manos fuertes, girándola hasta ponerla en cuatro, sus rodillas hundiéndose en la arena caliente.

    —No me importa —gruñó Diego, sus dedos deslizaron el bikini hacia un lado con una lentitud que era casi una tortura, dejando al descubierto la humedad reluciente de su vagina. —Mírate, estás escurriendo por mí —dijo, con voz cargada de lujuria que la hizo estremecer. Elizabeth, con la piel erizada, giró la cabeza para mirarlo, sus ojos miel brillaban con una mezcla de rendición y desafío. —Cállate y métemela ya sobrino —ordenó, con un gemido desesperado, su cuerpo arqueándose hacia él, invitándolo a reclamarla.

    Diego no dudó. La penetró con una embestida profunda, su verga la llenó por completo, cada movimiento arrancaba un gemido de sus labios. Entraba y salía con un ritmo que la volvía loca, la arena se pegaba a sus rodillas mientras sus caderas chocaban con las de ella. Sus manos, grandes y cálidas, subieron por su torso, deslizándose bajo el bikini para masajear sus senos, apretándolos con una mezcla de ternura y posesión.

    Los pezones de Elizabeth, duros y sensibles respondían a cada roce, enviando oleadas de placer que la hacían jadear. —Dios, Diego… más —gimió, su voz estaba rota por el éxtasis, sintiendo cómo su humedad se deslizaba por sus muslos, empapando la arena bajo ella. Estaba excitadísima, perdida en la sensación de ser tomada con una pasión que la consumía.

    Pero entonces, una sombra cruzó la playa. Su hermana América apareció de repente, su rostro estaba lleno de reproche. —¡Elizabeth, no puedes hacer esto, es tu sobrino! —gritó, su voz cortaba el aire como un látigo. Antes de que Elizabeth pudiera responder, Atziry emergió de las olas, su cuerpo joven y curvilíneo estaba envuelto en un bikini blanco que apenas contenía su figura. —¡Para, mamá! ¡Diego es mío! —espetó. La escena se volvió caótica, las voces de su hermana y su hija se mezclaron en un eco que la arrancó del sueño.

    Continuará…

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  • Economista y prosti: El reencuentro con Maca. Mi confesión

    Economista y prosti: El reencuentro con Maca. Mi confesión

    A mi regreso de Buenos Aires luego de todo lo que les relaté en las últimas tres entradas del sitio, tuve que ponerme al día con todos mis atrasos, Tommy (estaba hecho un fuego), papá y suegrito, Sam, con quien ya tuve dos jueves de sexo y planificación del comienzo de mi gira de trabajo y vacaciones, y varios, varios de mis amigos. Y me quedaba pendiente Maca, deseaba verla cuanto antes, jugar y hacerle una propuesta.

    Lo concertamos, el lunes pasado, 8 de septiembre, pasaría por mi oficina a las 8 am.

    Pensé como prepararme, y opté por elegancia seductora (casi nada, ja ja). Tenía en mi guardarropa, sin estrenar, un vestido (que puede pasar por camisón), largo al piso, blanco brillante. Hermoso con un escote frontal drapeado , en V hasta el ombligo, bastante abierto, con hermoso efecto tridimensional al moverse, obviamente sin soutien.

    Por detrás, sujeto al cuello, pero salvo eso espalda libre hasta terminar en curva dejando ver unos centímetros del canal entre mis glúteos. Debajo, una micro tanga blanca tipo hilo cuyo hilo surge vertical en la raya de mi trasero, y se abre en dos para formar los hilos laterales de la tanguita.

    A veces me gusto a mí misma, en serio. Omití decirles que al frente, desde el ruedo bajo hasta la ingle izquierda, un tajo que permite lucir pierna.

    Perfume y nada más. Bien perfumada cuello, y fin de espalda, para sorprender un poquito.

    Llego puntual (me encanta eso) vestida sencilla “de oficina”, falda, blusa y abrigo.

    Creo que logré sorprenderla con mi vestimenta. Solamente dijo “Divinaaa” y se me abrazó al cuello.

    Cerré la puerta y nos besamos largamente. Estábamos eufóricas contando cuánto nos extrañamos durante mis días de ausencia. Creo que pasaron 15 o 20 minutos y no hacíamos más que besarnos en un sofá de la sala de espera de la oficina en sí.

    Pasamos a través de las otras dependencias, llegamos a la escalera a la suite, se puso detrás mío “Para poder apreciar bien esa belleza de vestido”. Y desde atrás subió acariciándome la espalda continuamente.

    Llegamos al dormitorio, mucho más decidida que la vez anterior me empujó a la cama y se desnudó para mí que gocé viéndola.

    Yo estaba al borde de la cama, toda mi pierna izquierda a la vista al abrirse el vestido.

    Me empujó a recostarme, y comenzó a lamer mi pierna partiendo desde mi pie. Me lamía toda hasta llegar a mi entrepierna. Me hizo parar, obedecí encantada.

    Se puso detrás de mí y me besó y lamió toda la espalda, disfrutó mi perfume, me lamió el nacimiento de la raja del culo. Y entonces, sin darme tiempo a saber que pasaba, tiró de los elásticos de la tanga y los soltó de pronto. El latigazo me sorprendió, no fue muy fuerte pero igual sentí el impacto. Siguió con una palmada en cada nalga y me desprendió el vestido en el cuello. La dejaba hacer.

    Me desnudó, me sacó el vestido y me lamía la espalda baja y el culo. Me sacó la tanga, y comenzó a acariciarme las tetas y la cuca. Yo totalmente sorprendida y encantada con la nueva Maca la dejaba hacer.

    Me hizo girar y buenamente nos cubrimos a besos. La saliva iba y venía en nuestras bocas.

    No aguanté más y pasé a lamer sus pezones, me enloquece con sus tetitas firmes y sus pezones duros. “Me sorprendiste”, le susurré al oído…”Era lo que quería”, me dijo.

    Tiradas en la cama, de nuevo fue su iniciativa abrirme las piernas. La obedecí con gusto, mi concha a su disposición. Se ensalivó un dedo índice y lo pasó apenas por los labios de mi cuca. Repitió y repitió. Yo llegaba a ver mi raja brillosa de saliva.

    Entonces con un dedo de cada mano, me abrió suavemente esos labios y los acariciaba. Ensalivó la palma de una mano y la frotó sobre mi concha abierta. Yo volaba, de verdad. Entonces me dio a chupar un dedo mayor, lo mojé bien y me lo metió, despacio, con amor. Comenzó a moverlo como si fuera una pija, me acariciaba la vagina ya súper húmeda y mientras movía el dedo, comenzó a lamerme la concha.

    ¡No podía creer como estaba gozando! A veces me daba el dedo para volver a chupárselo. Su lengua seguía trabajando los labios de mi concha y se dedicó al clítoris. Y me acabé, claro que me acabé y la llené de jugos. Temblé, gemí y grité.

    De a poco fue cesando en sus movimientos. Y yo me recuperé.

    Era mi turno. Le di mi concha a chupar y me dediqué a la suya. Lengua y lengua, chupando por fuera y penetrando con la lengua.

    Nos besamos nuevamente. “Cogeme” fue su pedido.

    Estiré la mano al cajón de la mesita de noche. Saqué lo que había comprado para esa ocasión:

    Una tanga tipo whale tail, bien ajustada, con un calce delantero (un entendido diría un calce bayoneta como en las lentes de cámara fotográfica) una especie de sujeción para lo siguiente. Lo siguiente era una hermosa verga color piel natural, grande, anatómica, de silicona rigidizada con una varilla por dentro.

    La coloqué en su base, la giré, y un sonoro “click” mostró que estaba bien sujeta.

    Maca me miraba como hipnotizada. Volví la chuparle las tetitas y la concha. Le di mi “pija” a chupar.

    Lo siguiente fue acostarla de costado, de frente a la pared con gran espejo en el dormitorio.

    Me situé atrás y pasé un brazo pie debajo de su cuerpo, era mi turno de hacer de “macho” en una cucharita. Creo que he aprendido bien, y el buen tamaño de “mi pija” me ayudaba.

    De a poco se la fui primero presentando entre los labios de su Conchita, y luego se la metí. Lentamente, delicadamente.

    Le acaricié los pezones. En una actitud que siempre se da en esa posición giró su cabeza y me buscó (y me encontró ja ja) para besarnos. El vaivén era lento, ella se tocaba el clítoris.

    Saqué el instrumento y se lo volví a meter, más vaivén y al sacarlo nuevamente, jugué con él en la entrada de su ano, sin meterlo.

    Pasamos a cuatro, Maca con la cabeza bien enterrada entre las manos y el culo bien levantado. No pude detenerme, ante de volver a penetrar la mi lengua volvió a buscar los jugos de su concha, y un beso selló el transporte de esos sabores a su boca.

    Luego con mi mano enfilé la “verga” a su gruta de amor, y de nuevo le entré, bien a fondo. En dos minutos se acabó a gritos, y nos caímos agotadas. Me quité la “cinturonga” (palabra típicamente argentina derivada de cinturón y poronga) y nos quedamos agotadas y felices, mirándonos y acariciándonos.

    —Me haces muy feliz, le dije.

    —Y tú a mí, respondió. Me encantas, quiero que nos sigamos viendo. Le conté todo a mi marido y está de acuerdo, dice que no siente celos.

    —¡Igual que mi Tommy! El no es celoso, ¡de nadie! Y mencionando a Tommy. Hablé con él de una propuesta que quiero hacerte. Pero debo recordarte tu promesa de que nada romperá nuestra amistad.

    —Lo prometí y lo mantengo, y como siempre, me intrigas.

    —Quiero hacerte una propuesta. Me voy un mes de viaje de trabajo y vacaciones. Te propongo que al regreso trabajes para mí dos o tres meses, y luego pases a trabajar conmigo, ya como socia.

    Te puedo ofrecer el doble de sueldo, porque yo gano muy bien aquí. Pero quiero que lo pienses mucho y lo hables mucho con tu marido. Tu sueldo donde trabajas no es muy alto y puedo duplicártelo. Además tu trabajo sería ordenar mi agenda de acuerdo a un nuevo criterio que he pensado, y hacer mucha búsqueda de datos para mis ponencias en conferencias, y para mis asesoramientos a personas o empresas.

    Por la índole del trabajo, puedes hacer casi todo con línea en tu casa, una gran ventaja.

    —Me dejas asombrada, ¿Es cierto? ¿de verdad me propones eso?

    —Te propongo eso con todo cariño, pero exijo que lo hablen entre ustedes con tiempo. No me respondas hasta que yo regrese, más o menos a mediados de octubre.

    Y de nuevo la besé. Quiero que acepte para tenerla cerca. La seguí besando, una pierna mía se ubicó en su entrepierna y comencé a frotar su conchita. Minutos después, estábamos en 69, y yo tenía en mano un pequeño consolador, no más de 15 centímetros de largo y 2.5 de diámetro. Lo cubrí de gel. Maca, encima mío chupaba y lamía mi concha sin enterarse de nada.

    Lamí y chupé su ano, un amor de culito. De pronto, comencé a jugar con el consolador, se sorprendió pero no le molestó. No quise forzar nada y apenas le metí menos de la mitad. Gemía y tomaba grandes bocanadas de aire. Se lo saqué, se lo di y me devolvió el juego. Luego de un rato, nuevamente estábamos una sobre la otra, restregando nuestras tetas, besándonos acariciándonos y refregando nuestras conchas.

    Llegué a una conclusión. No debo defraudarla, debo ser totalmente honesta con ella y a través de ella con su marido.

    Decidí “confesarle” todo.

    —Sabés amor, debo contarte algo más. Algo que sí te molesta lo entenderé, y es tan serio que si dejas de verme lo comprenderé.

    —¡Sos terrible! ¿Qué debe preocuparme ahora?

    —Voy a contarte una conversación que tuve con Tommy, en enero de 2024, a raíz de una pregunta de él, un día luego de coger.

    Aquella noche… y ahí le relaté todo, todo, con detalles, mi comienzo extramatrimonial con Ric, mi posterior ingreso al sexo (muy bien) pago; mis diferentes aventuras, el viaje a Paris…en fin, todo, incluso las precauciones sanitarias.

    Uno de mis brazos la abrazaba, acostada de frente a mi, no se separó de mi.

    Una mano acarició un semen o y luego mi rostro.

    —Algo sospechaba, es evidente que manejas mucho más dinero del que la asesoría puede generar. ¿Y Tommy te apoya?

    Su tono de voz no era de enojo.

    —Me apoya y me comprende, a veces me sugiere temas o relaciones.

    —¿Y quien soy yo para juzgarlos?

    —Soy yo que me someto a tu juicio pues te he pedido que trabajes conmigo, y debo ser honesta, Pero es evidente que hablamos del trabajo de Economista, no te propongo que te integres a lo otro…

    —Ahhh ¿No? Y se rio.

    Ahí supe que no le molestaba.

    —No, jamás te lo propondría… ¡tendrías que pedirlo! Y nos reímos.

    —Pero también tu marido debe saber esto si piensas aceptar, si rechazas la propuesta de trabajo no vale la pena que se lo digas. Adíe más sabe esto. Solamente te mis clientes, y por sobre todo, nunca pueden enterarse mi madre ni mi suegra.

    —Tu padre y tu suegro lo saben entonces…

    —Algo así, quizás algún día te lo aclare. Pero te reitero, quiero que lo pienses durante este mes. Yo ya comienzo todo el próximo lunes.

    Hice ademán de atraerla hacia mi, y también ella se acercó. Los cuerpos totalmente en contacto. La besé y respondió, buen indicio.

    Me hizo mil preguntas, tuvo todas las respuestas, le encanta lo de trabajar casi siempre en su casa. Pude explicarle, ahora que sabe todo, que la nueva agenda será con todos los clientes de genuina Asesoría agendados para un día de la semana, con el resto de la semana reservado a otros “clientes”. Se asombró de que pudiera cubrir todo el resto de la semana menos un día con mis puticlientes.

    Y tenía que irse al trabajo.

    Nos duchamos, jugamos bajo el agua, nos despedimos efusivamente, y ya en la puerta le dije:

    —Espero volverte a ver… te deseo.

    —Mmm lo pensaré y lo pensaremos… y se sonrió.

    Otro beso y se tuvo que ir.

    Creo haber hecho bien, fui honesta, no le oculté nada.

    Amigos lectores.

    Ya he mencionado mi (en parte nuestra) gira de trabajo y placer con Tommy.

    El lunes vuelve a visitar, junto a Sam al nuevo Distribuidor Norte, como le llaman. El jueves pasado planificamos ese comienzo. Pedí a Tommy y estuvo de acuerdo, algo muy especial. En vez de darle una noche a Sam, que nos dejara viajar el domingo de mañana, como pareja, y que él recién se integre el lunes. Así Sam y yo podríamos disfrutarnos (disfruto mucho con él) a pleno, como novios o pareja sin cortapisas ni horarios.

    Se armó el escenario (viaje el domingo “los tres” para comenzar a trabajar el lunes), Sam arregló su esquema familiar con ese pretexto, también yo con mi madre y suegra, Tommy desapareció de la familia desde el domingo, pero viajó el lunes, etc. etc.

    A todos nos encantó la idea, antes de salir, ya el viernes, sin que le pidiera nada Sam me depositó un espectacular “regalo”.

    Yo me sentía distinta. Un poco nerviosa como la primera vez con Ricardo, el viudo, mi primer sexo fuera de la relación con Tom.

    Pero a partir del domingo de mañana, cuando Sam vino a casa a buscarme, todo fue sobre ruedas, alegría y buena onda.

    Si tengo tiempo les contaré sobre este primer día, luego, leeré vuestro comentarios durante un mes pero no podré escribirles pues deseo otro descanso a full, valga el contrasentido.

    Un beso a todos.

    Sofía.

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  • Sexo lésbico de pago

    Sexo lésbico de pago

    Cumpliendo con un rito mensual, ella (llamémosla Afrodita), casada con un banquero, madre abnegada de dos hijas ya adolescentes, bella en su gloriosa madurez, visita el local de Marcus y Elsa para otro dulce encuentro con Marta, nuestra exquisita ninfa rubia.

    Recuerda la primera vez, cómo, nerviosa, las manos sudadas al tocar el timbre, se preguntó “¿Qué estás haciendo?”. La hicieron pasar a una sala y varias chicas desfilaron frente a ella y se presentaron. La eligió a ella, rubia de larga melena, ojos azules, esbelta con su tanga diminuto y sus ligueros. Se ruborizó y bajó la vista, a punto estuvo de salir corriendo, pero Marta le dio un beso suave en los labios y, cogiéndola de la mano, la llevó a la habitación. Todo estaba en penumbra a pesar de ser media mañana, las niñas en la escuela, su marido en la oficina.

    Marta se acercó a ella y la volvió a besar lentamente, mientras le acariciaba la nuca. “Desnúdate, cariño, así, despacio.. “. Se fue desprendiendo de la ropa hasta quedar desnuda frente a la chica, que la observaba sentada en el borde de la cama. Su piel se erizó cuando notó los pechos de Marta en los suyos, la lengua lamiendo su cuello, las manos acariciando sus nalgas, besándola como en mucho tiempo no había ocurrido.

    Se tumbaron y Marta, recuerda, fue recorriendo su cuerpo con la boca hasta detenerse entre sus piernas y demorarse allí, mucho tiempo, infinito tiempo, explorando lugares largo tiempo olvidados para ella. Afrodita, así se hizo llamar, con la mirada en el techo, sentía su cuerpo convulsionar, su humedad vertiéndose en la lengua de esa desconocida.

    Mientras camina hacia su cita, Afrodita se cruza con desconocidos que no pueden ni imaginar a dónde va esa mujer elegante con sus sencillos pantalones rosas de pinzas y su blusa blanca bajo la que no lleva sujetador. Pensando en Marta, sus pezones se endurecen y ya se sabe mojada. Recuerda su segundo encuentro. Aquel día quería algo distinto y así se lo había planteado; quería sentirse vulnerable en sus brazos, en su regazo, como una niña obediente. Se recogió el pelo con dos coletas y se vistió con una faldita azul y un polo blanco; y la esperó ansiosa sentada en la cama.

    Antes de verla, ya olió su perfume y, luego, de espaldas a ella, percibió el roce en el cuello de las suaves hebras de su cabello rubio y su dulce aliento junto al lóbulo de la oreja izquierda. “Me parece, Afrodita, que hoy has tenido pensamientos muy malos. Tendré que castigarte”, le susurró al oído. “Lo lamento, señorita. No lo volveré a hacer”, le contestó con la voz quebrada mirando al suelo. “Quítate la falda, quítatelo todo menos las braguitas y túmbate sobre mis piernas, así”. Afrodita obedeció y, mordiéndose un labio, esperó el castigo.

    Primero notó una mano que le bajaba las bragas y que acariciaba sus nalgas y, de pronto, un golpe fuerte que le hizo emitir un leve chillido, luego otro cachete y otro más. Estaba a su merced, sus pechos balanceándose a cada azote, sus muslos tensos a cada embestida. Luego, Marta la incorporó y, tras apartarle con el dedo una lágrima de su mejilla, la besó golosa, hambrienta de su boca. “No volverás a ser mala, cariño, ¿a que no?”, le dijo mirándola a los ojos. “Ahora serás muy buena y bajarás muy despacito hasta mi entrepierna”. Así lo recordaba cuando llegó al portal.

    En el ascensor, Afrodita se retoca los labios y se contempla en el espejo. Tiene un nudo en el estómago. “He venido para olvidarte”, piensa decirle a Marta en cuanto la vea. “Estoy aquí para que ésta sea la última vez, la última que te bese”.

    Como siempre, tras ser acompañada discretamente por una de las chicas, la espera en el dormitorio tomándose una copa de cava. La apura. Está más nerviosa que nunca. Se seca las manos con la toalla del baño. Se mira de nuevo en el espejo, sus patas de gallo, esas líneas nasogenianas que tanto la agobian (“No, no quiero tratarlas. Yo soy así. Soy yo”). Pasa los dedos por su pelo (“Pero no estoy mal, soy mona). Vuelve junto a la cama. De pie. Aún vestida. Se sienta en la butaca y cruza las piernas. Mira sus manos. Y entonces, se abre la puerta. Afrodita levanta la cabeza y la ve, acercándose pausadamente, sonriendo.

    Marta. Cubre su desnudez únicamente con un corto negligé muy transparente, nada más, la melena rubia recogida sobre un hombro, los labios de un rojo intenso. Afrodita se la queda mirando, muda, observa sus pequeños pechos, sus pezones sonrosados, las ingles que convergen en el sexo depilado. Todo aquello que quería decirle no es pronunciado. Y cuando la tiene muy cerca, pegada a ella, la besa apasionadamente cogiéndole la cara con ambas manos.

    Luego, Marta la mira a los ojos con dulzura y, entendiéndolo todo, apoya su frente en la de ella y le susurra: “Hoy no follaremos, cariño. Hoy te haré el amor”. Y lentamente, la va desnudando, liberándola de toda la ropa y de todas sus preocupaciones. Afrodita sabe que acabará abrazada a ella como un náufrago se agarra a la última tabla en el océano.

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  • Familia complicada (11): Trío con mi hermanastra

    Familia complicada (11): Trío con mi hermanastra

    Subí a la camioneta para ir a juntarme con mis amigos, mientras manejaba recibí un mensaje de Laura.

    Laura: Gracias por rescatarme.- y unos segundos después, otro mensaje.- solo una noche, podrás hacerme lo que quieras toda una noche.

    La promesa de mi hermanastra me cayó como un balde de agua fría. De repente, mi sueño se convirtió en una realidad y ahora tenía que enfrentar el desafío de hacerlo realidad y llevarlo adelante con éxito. El dicho ‘ten cuidado con lo que deseas, que se puede cumplir’ nunca había sido más cierto para mí. Le respondí con un simple gesto de aprobación.

    Me junté con mis amigos, pero mi mente estaba en otra parte. Aunque ellos seguían hablando del proyecto y de mis cosas, no podía concentrarme. De repente, llegaron las chicas, las amigas que se unían a nosotros para tomar algo, y se instalaron en el living mientras nosotros seguíamos trabajando en las computadoras.

    De repente, me di cuenta de lo mucho que había cambiado mi vida en un año y medio. Pasé de ser un nerd antisocial y solitario a convertirme en una persona atlética con un grupo de amigos y una novia. Había pasado de ser alguien que no destacaba en nada a tener proyectos para el futuro, bastante prometedor. Con una vida social mucho más activa. El cambio había sido significativo y relevante, y me sentí agradecido por la forma en que mi vida había evolucionado.

    Después de una noche larga de trabajo y pizza con los amigos, llevé a las chicas a sus casas y finalmente llevé a mi novia Florencia a la suya. Al llegar, nos pusimos a charlar y le conté todo lo que había pasado con Laura esa tarde, incluyendo la promesa que me hizo.

    Me sentí cómodo compartiendo mis pensamientos y sentimientos con Florencia, y esperaba su reacción y consejo sobre cómo manejar la situación. Florencia escuchó atentamente y luego le brillaron los ojos con un destello que reconocí como ansiedad y deseo contenido. Me propuso varios planes alternativos sobre cómo manejar la situación con Laura, y me gustó que estuviera tan involucrada y dispuesta a ayudarme a encontrar una solución. Su entusiasmo y energía eran contagiosos, y me sentí afortunado de tener a alguien como ella a mi lado.

    Flor: Hay que hacerlo este fin de semana cariño, va a estar ovulando.- dijo mientras pasaba la mano disimuladamente por mi bragueta.

    Fer: ¿Como sabes tu eso?

    Flor: observándola, cuando a tenido sus dolores pre menstruales, o su incomodidad, es casi al mismo tiempo que la mía. Por comentarios de sus amigas en casa de los chicos, sobre que pastilla anticonceptiva toma, y más o menos cuando descansa. Así que si sabes jugar tus cartas tendrás dos hembras en celo este fin de semana.

    Yo ya no podía más, entre lo que paso a la tarde, los planes que hacíamos, y las caricias de mi novia, estaba más que duro. Mire por los retrovisores de la camioneta, no vi a nadie, estábamos casi justo en la entrada de su casa, en un sector de poca luz, y mi vehículo tenia los vidrio polarizados.

    Baje mi pantalón y mi miembro salto como un resorte. Flor entendió en el acto, y se metió mi pene de una en la boca, sin cariñitos previos ni nada, esto era por asalto, el famoso rapidito. Mis manos buscaron entre su pantalón de gimnasia, entre recorriendo la raya de su culo, hasta llegar a su mojada vulva, no era el único que estaba caliente, recorrí sus labios y cuando ella se metió todo mi pene en su boca con mis dedos lubricados penetre su vagina y ano a la vez.

    Fer: Veo que no soy al único que le está gustando estos planes.- dije metiendo más mis dedos en su agujeros.

    Nuestro orgasmo nos alcanzo en un par de minutos nada mas, la excitación era mucha.

    Nos acomodamos un poco, y la deje en la puerta de su casa. Su madre le abrió, tenia esa mirada, como diciendo se lo que hicieron y después Flor me lo confirmo, nos había visto. No me preocupó por que era nuestra cómplice desde el inicio de nuestra relación. Y sin ella nunca hubiéramos estado juntos, me caía bien la madre. Me despedí educadamente.

    Estábamos a martes y ya tenía tiempo de sobra para preparar todo para Laura. Tenía planeado alquilar una casa en las afueras para el fin de semana, con la idea de pasar todo el sábado y parte de la noche allí con ella. La perspectiva de un fin de semana íntimo en un entorno natural me parecía perfecta para disfrutar de su compañía.

    En cuanto a nuestro proyecto, una noticia nos cayó como un regalo del cielo. La agencia de seguridad que nos estaba financiando iba a firmar un contrato con nosotros para probar nuestro sistema en ciertas instalaciones. Esto era el momento que habíamos estado esperando, la prueba final que definiría nuestro futuro.

    La noticia fue un impulso gigante para nuestro proyecto. La agencia gubernamental de seguridad había decidido avanzar con la siguiente fase, una prueba real y controlada en entornos críticos como puertos y terminales de aduanas. Esto nos permitiría evaluar y mejorar nuestro sistema en condiciones reales, lo que nos acercaba un paso más a nuestro objetivo de lanzar el software a gran escala.

    La ayuda de mi padre fue invaluable. Al facilitar parte del personal técnico de la empresa de seguridad, nos permitió avanzar más rápido y de manera más eficiente en la implementación del proyecto. Con una duración estimada de dos meses, la prueba en tiempo real nos permitiría evaluar y mejorar el software de manera continua, gracias a la capacidad de aprendizaje de la inteligencia artificial. Esto nos daba la oportunidad de ajustar y perfeccionar el sistema para obtener los mejores resultados posibles.

    Le delegué a Florencia la tarea de organizar el alquiler de la casa y todo lo relacionado con el fin de semana, mientras que a Laura solo le envié un mensaje simple para confirmar que nos juntaríamos el sábado. Su comportamiento era intrigante, con una sonrisa tímida y una mirada que mezclaba desafío y ansiedad. Parecía que ambos estábamos listos para cerrar un ciclo y este fin de semana parecía el momento perfecto para hacerlo, especialmente considerando que Laura viajaría a España en las próximas semanas.

    Creo que hasta su madre se dio cuenta de nuestras miradas, parecíamos dos críos, cada vez que nos cruzábamos o nos juntábamos para comer se volvió algo incomodo. No podía creer esto, yo que ya era un cara dura con mi hermanastra, y ahora sentía algo, no sé si eran nervios o ansiedad. La cosa es que ya había probado la fruta prohibida, y me había gustado y mucho.

    Y a ella le pasaba lo mismo, la reina de las populares, la inalcanzable de la facultad, la que no se volteaba a mirar a los simples mortales, doña engreída, actuaba como una quinceañera y no es porque cada uno no amara a sus respectivas parejas, no era como una atracción magnética que sentíamos el uno por el otro, era como ver el fuego y a sabiendas que te vas a quemar, igual acercas la mano.

    Como dije había gente que había notado algo raro, entre ellas mi madrastra. En la cena del Jueves por la noche estábamos levantado la mesa y Laura sacaba los platos del lavavajilla. Nuestras caderas chocaron, hubo un pequeño momento en quedamos inmóviles y luego seguimos. Yo acomodaba las cosas al lado de ella.

    Laura: Lo de este sábado está confirmado.

    Fer: Si, esta todo organizado.

    Laura: Perfecto, porque mi novio sale de la ciudad, así no le tengo que dar ninguna excusa.- estaba realmente decidida, yo pensé que podría en algún momento arrepentirse, pero no, todo seguía según los planes.

    Fer: Buenísimo.

    Salí cocina, para no estar tanto tiempo juntos, éramos unos vivos barbaros, como para ser espías estábamos, mi papá no noto nada, o si lo noto no dijo nada, estaba enfrascado mirando su celular y contestando mensajes. Pero mi madrastra Gabriela nos miraba como estudiándonos. Ese sexto sentido que dice que tienen las mujeres para algunas cosas. Llegue a mi cuarto y una media hora después me mando un audio mi hermanastra.

    Laura: Creo que mamá sospecha de nosotros, vino a mi habitación y me pregunto “que pasa entre tú y Fernando”. Tenemos que replantear las cosas.

    Fer: Te arrepientes, te recuerdo lo que dijiste, una noche serás mía, para hacer lo que yo quiera.

    Laura: No lo que quieras.

    Fer: ¿Como que no? Serás mía por una noche.- Tardo en responder.

    Laura: lo único que te pido es que no se entere nadie. No comprometas mi relación con Segundo.

    Fer: Bueno mi novia si lo sabe, yo no le voy a ser infiel.

    Laura: Le has dicho todo lo que ha pasado entre nosotros.

    Fer: Por supuesto, no tenemos secretos.

    Laura: Creo que nunca voy a entender la relación que tienen ustedes, al principio pensé que solo la usabas para tener sexo, como tu juguete.

    Fer: Es mi juguetes sexual, mi amante, mi puta, mi perra, mi sumisa y mi novia. Yo tampoco entiendo la relación que tienes con tu novio. Pero bueno lo que mi importa eres tu.

    Laura: Si, mejor. Solamente nos sacaremos las ganas por una última vez. Tienes planeado llevarla, ¿Verdad?

    Fer: Si, por si me quedo con las ganas.- tire esa pinchándola, sabia que le dolería.

    Laura: Eres un idiota, haz lo que quieras. Seamos más reservados mientras tanto.

    Era evidente que no quería hablar del tema de su novio. Y decidió escapar de la conversación, mujeres quien las entiende. Me fui a dormir, ya a la mañana me lleve un par de frutas para desayunar y partí hacia el área aduanera para seguir con el monitoreo del software. La operación estaba sobre rieles, no podía más con nuestra emoción, y todos estaban muy contentos con esto.

    A la noche del viernes fui a la casa de mi novia, sus padres me invitaron a cenar, cosa que accedí, ya era parte de su familia. Después de la sobremesa y charlar largo y tendido con el suegro fuimos a la sala con mi novia a ver una película, mis suegros se fueron a dormir. Ahí Flor me mostro la casa que había alquilado, era ideal y hermosa, estaba en una ubicación discreta, no tenia vecinos cerca, estaba bien amoblada y tenia una habitación grande con una pequeña terraza donde había un jacuzzi. También me mostro todo lo que había comprado en el sex shop en línea.

    Flor: No se preocupe mi novio amo. Hable con mamá y me dio varios concejos, se que esta noche es el momento de ustedes dos, yo actuare muy bien como su asistente.

    Me lo dijo con una sonrisa realmente sincera, a ella le calentaba todo esto, y era ideal que aceptara que iba estar con otras mujeres. Un capitulo a parte se merece mi suegra, era una maestra de la perversión. Gracias a ella que educo a mi novia así, tenia a la mejor novia del mundo. Todo lo que compramos se había salido un poco de presupuesto, incluso Flor puso plata suya para esto, pero valía la pena, la noche prometía.

    El sábado arranco nublado con una llovizna fina, de a ratos se paraba y volvía a llover. Coordinamos todo, pasaría a buscar a Flor y de ahí buscaría a Laura en un centro comercial. La recogí a la hora acordada, ella corrió hacia la camioneta para no mojarse, se subió en la parte de atrás, como mencione la camioneta es polarizada, por lo tanto no la podían ver desde afuera, delante de acompañante iba Flor.

    Íbamos callados, yo tenía que conducir unos cuarenta minutos más o menos. Fue mi novia la que rompió el silencio y empezó a conversar con Laura, empezaron a hablar del viaje, de la ropa que llevaría, del cambio de estación, ya que en España comenzaría el invierno. Esta conversación relajo un poco el ambiente, y después yo me integre aportando cosas, Flor le tiro varios tips de España ya que ella había visitado varias veces.

    Llegamos a la casa con las ultimas luces del día, era mucho más linda que lo que me mostraron en fotos, a parte Flor y su mamá habían venido en la mañana a recoger las llaves y aportaron algo de ella a la decoración, el olor era fantástico, se habían esmerado mucho. Flor preparo la mesa, teníamos tiempo y había que romper el hielo, estábamos demasiado tensos. Habían traído abundante comida, y puso una cena liviana, y vino, yo no era tanto del vino, por eso mi novia me había traído cerveza. Todo estaba rico, y alagamos a Flor, por la preparación.

    Laura: Como haces esto, como puedes.- lanzo una pregunta dirigiéndose a Flor, la miramos extrañados.- digo yo no podría compartir a mi chico.

    Flor: A eso es fácil, yo soy sumisa, soy propiedad de Fernando, para mi el lo es todo, su felicidad es la mía, yo solamente lo amo e intento que sea feliz.- sirvió más vino en la copa de ambas, ya casi se habían bajado la botella.- Ser su novia para mi es un premio, y en cuanto a ti, se el deseo casi animal que siente por ti, y se cuanto anhela esto, así que yo feliz de complacerlo. – Se quedaron mirándose fijamente.

    Laura: La verdad que te envidio.- dijo mirándome a mi.- tener alguien con ese grado de lealtad y devoción.

    La verdad que tenía razón, Flor estaba al lado mío, tome su barbilla y le di el beso del campeonato, ese que chupas labios, metes lengua y cuando acabas queda un hilo de saliva entre los dos.

    Flor: Cariño hay un vino blanco dulce en la heladera, quieres traerlo, nosotras nos vamos a la habitación.- yo se lo que intentaba, dar el siguiente paso y que se diera casi naturalmente.

    Entre a la habitación, con el vino y las copas en la mano y vi a mi novia desvistiendo muy sensualmente a Laura, le daba besitos en los hombros, espalda, incluso le acariciaba los pechos y la clavícula, bajo su pantalón y también acaricio sus piernas, al subir se encontraron la dos y se besaron, creo que Flor era la primera mujer que estaba en esta situación con Laura.

    Flor hizo girar a mi hermanastra que quedo de frente a mi, estaba hermosa, con un conjunto de ropa interior de encaje blanco, este hacia resaltar su piel. Nos miramos por segundos y me acerque a ella, inmediatamente nuestras bocas fueron al encuentro la una de la otra. La sensación que sentí con el beso es como si explotaran miles de pequeños explosivos dentro de mí, mi erección ya estaba antes del beso, pero creo que se puso más dura todavía, la química que teníamos era absoluta.

    Mi novia me saco la camisa, mientras nos seguíamos besando con Laura, era fuego nuestro beso, de repente mi hermanastra se separo y emitió un largo gemido levantado la cabeza, pude ver que mi novia le había bajado el tanga, había separado sus nalgas y enterrado su cabeza entre ellas, con su lengua pasaba por su vulva y terminaba en su ano. Yo vi su cuello descubierto y ataque, pegándome como lapa mientras daba pequeños pellizcos a sus pezones, me canse de su corpiño y se lo saque. Laura no paraba de gemir, un par de segundos después ella tenia un orgasmo que ahogaba mordiéndome el hombro.

    Ella se sentó en la cama para recuperarse, mientras yo servía vino, mi novia vino hacia mi con los dedos empapados de flujo de Laura, eran abundantes y babosos, me metió los dos dedos en la boca, los chupe bien y nos dimos un buen beso, cuando nos separamos vimos que Laura no se había perdido detalle. Le acerque una copa, tomo un poco nada más y me la devolvió, la tomo Flor. Parece que vernos a nosotros la recupero en el acto, porque me bajo los pantalones y me hizo sentar en donde estaba ella. Se arrodillo ante mí, y empezó a bajar y subir con su mano en mi pene.

    Laura: Que buena herramienta que tienes.- pero lo dijo mirando a Flor, no a mi.- esta te hace gritar de placer.- le dijo sin dejar de acariciarla.

    Flor: Y esta noche te hará gritar a ti.- Dijo tomándola de la nuca y acercando su cara a mí pene.

    Laura la miraba como hipnotizada, hasta que se animo y se metió medio pene en la boca, Flor tomo sus nalgas y la corrió un poco, la puso en posición. Mi novia quería besarme a mi y que mi hermanastra le quedara a tiro de su mano, por eso quedo en cuatro mamándomela, mientras que Flor me besaba y amasaba las nalgas de Laura. En un momento dado nos separamos del beso y Flor me muestra los dedos llenos de la baba que expulsaba la vagina de Laura, cada vez era mayor, volví a chupara esos dedos y mi novia me hizo un giño. Metió dos dedos en su vagina y uno en su ano.

    Laura: Hija de puta.- entre gemido grito, seguía estimulando con la mano mi pene.

    Lleve mi mano a la vagina de mi novia y estaba tan empapada como mi hermanastra. La penetraba con mis dedos mientras estimulaba su clítoris. Laura había vuelto a chuparla, y Flor la seguía penetrando por ambos agujeros. La estimulación física y visual era mucha.

    Laura: No vayas a acabar, quiero tu leche dentro de mí.

    Se puso boca arriba en la cama, mientras que Flor se puso a un costado, había quedado casi en cuatro, las chicas se besaron, yo tome las piernas de Laura y las puse en mi hombro y después de jugar unos segundos con mi pene frotando su vagina la penetre fuertemente, un gemido ahogado se escapo. Empecé un mete y saca profundo, aunque no quería acelerar mucho por que tenia miedo de acabar antes que ella, mire el trasero de mi novia que estaba al lado, y dirigí mi mano a su vagina, y me encontré con las manos de Laura que estaban masajeando su clítoris en forma circular. Metí dos dedos en la vagina de mi novia, mientras mi pene seguía bombeando en la otra vagina.

    Saque los dedos y penetre el ano de Flor, los gemidos de los tres inundaban el ambiente, Flor se había adueñado de una teta de Laura y Laura atacaba el cuello de mi novia. No pudimos más, la primera que acabo fue Flor, que nos abandono, yo dirigí mi mano a la vulva de Laura y puse mi palma en su pubis, mi dedo pulgar empezó a masajear su clítoris, no aguanto más y acabo fuertemente, las contracciones de su vagina, más los gritos que pegaba insultándome hicieron que le llenara de mi leche.

    Descansamos otro rato, y mi novia anuncio que el jacuzzi estaba listo. Fui al baño a orinar, cuando volví tal vez vi una de la escenas más eróticas de mi vida, las dos chicas estaban en el Jacuzzi, comiéndose a besos, Laura estaba encima, y había abierto las piernas de mi novia y le metía enérgicamente los dedos, yo no quise interrumpir y las deje, entre y me senté mirando el show, mi novia acabo un par de segundos después mirándome a los ojos, le lance un besito para que vea que todo estaba bien.

    Laura se giro hacia mi, y la vi con hambre asesina, parecía en celo, me encaro y se sentó directamente sobre mi, clavándose todo mi pene de un tirón. Me cabalgaba con furia, mientras me besaba, yo tome sus dos nalgas y las abría, busque su ano y lo penetre con dos dedos, ella se quejo y emitió un sonido mescla de dolor y placer, mi novia ya repuesta se unió a nosotros y Laura la recibió con besos, su boca alternaba entre mi novia y la mía. Acabo en pocos minutos más, y me desmonto, su lugar fue ocupado por Flor, el placer era mucho, las burbujas, el agua caliente, las dos mujeres.

    Flor movía sus caderas frotándose contra mi, haciendo que nuestros sexos tuvieran el mayor contacto posible, Laura se puso tras ella y empezó a besar su cuello, mientras dos dedos penetraban el ano de Flor, ella no aguanto nada y acabo casi al instante. Como no había acabado me hicieron parar y Laura me masturbo violentamente hasta que me viene en su boca, inmediatamente compartió mi semen con mi novia con un beso.

    Nos secamos entramos, descansamos un buen rato, comimos algo más, y Flor apareció con un pote de lubricante anal, Laura lo miro y se quedo pálida.

    Flor: Tranquila yo te ayudare.

    Laura: es que nunca ha entrado un pene ahí, y ese.- dijo señalándome.- es muy grande y grueso.

    Flor: Yo te ayudare y será la mejor noche de tu vida.

    Flor empezó a darle pequeños besitos, que se transformo en un gran beso entre ambas, se acostaron en la cama, mientras yo lo hice del otro lado, en la espalda de Laura, empecé a besar su cuello y acariciarla, nos pusimos como cucharita, mi pene se metió entre sus piernas y frotaban su vagina.

    Mi novia se agacho y empezó a besar su pubis, clítoris y cada tanto una lamida a mi pene, Laura giro su cuello y nos fundimos en un beso posesivo, yo notaba como Flor nos preparaba, cuando puso lubricante en mi pene, como me aparto un poco para acceder al ano de Laura, sentía como le comía toda esa zona con un beso negro, como hundía sus dedos con lubricante en su ano, nosotros no parábamos de besarnos, Flor se salió y jalo de pene y lo puso en la entrada de su ano.

    Flor: Yo te ayudare.- le dijo sosteniendo su cara y besándola.

    Empecé a jugar con mi cabeza en la entrada del ano, despacio hasta que después de un rato entro sin problemas, las chicas seguían besándose, y la mano de mi novia la masturbaba. Tanto jugar y presionar medio pene se fue dentro de ella.

    Laura quedo con su boca haciendo un O, Flor bajo inmediatamente y levanto una pierna de Laura y la puso para atrás sobre mi cadera, inmediatamente su boca se fue contra su vagina, empezó un trabajo tan bueno que un par de minutos después Laura estaba jadeando y moviendo ella levemente las caderas buscando que mi pene entre y salga de su ano, volvió su cabeza y nos volvimos a besar, mientras que el ritmo de embestidas ya era elevado, sentí cuando hizo tope y la tuvo toda adentro.

    Laura: Así, animal, eso querías, mi culo, tómalo.- tenia la cara desencajada de placer.

    Empecé un mete saca brutal, que ella colaboraba completamente estrellando sus nalgas contra mi, no había rastro de dolor solo placer, sentía lo apretado de su ano, más los lengüetazos de mi novia en mis huevos, estos nos llevo a un orgasmos brutal, su ano se cerro cuando acababa ordeñando mi pene.

    Al final no me dio una noche, fue un día completo, terminamos el domingo al atardecer, lo hicimos por toda la casa, incluso la volví a montar analmente, al igual que las chicas se dieron entre ellas sin mi, cuando descansaba, fue la mayor maratón de sexo en mi vida, nuestros miembros quedaron a carne viva, pero llenos de placer.

    Epílogo:

    Bueno de esto ya han pasado más de cinco años, mi vida es totalmente diferente, soy un empresario, estoy casado, y Laura volvió al país hace un par de meses. Hay un refrán que dice, donde hubo fuego, cenizas quedan. Pero esa es otra historia.

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  • Albert, el albañil

    Albert, el albañil

    Era urgente hacer una construcción en casa, mi mamá me recomendó unos albañiles que trabajaron unos días en la casa del lado, los llamé para pedir presupuesto y la persona que vino tenía muy buen aspecto, para nada se asemejaba a los albañiles que generalmente uno suele ver.

    Una persona bien vestida, de buena dicción, inteligente y de físico agradable. Debía tener cerca de 40 años, me gustó su aspecto y por eso lo contraté. Mi marido me dijo que ese no es el motivo por el que se contrata a un albañil, pero a mí me pareció un motivo importante que sea limpio, educado y de buen físico.

    Comenzó y cada día iba sumando virtudes, me enteré que era casado, pero no se llevaba bien con su mujer. Todas las mañanas me saludaba con una gran sonrisa, siempre estaba de muy buen humor y todos los días con un tono muy cariñoso me preguntaba… “¿ cómo estás?”… A mí me encantaba, y por supuesto tenía unos ojos brillantes y muy expresivos. Lo único que no iba muy a mi gusto eran sus bigotes, pero bueno, no todo puede ser perfecto…

    Los días se iniciaban con su llegada, luego le daba un termo con agua caliente, durante el resto de la mañana me dedicaba a tareas hogareñas, y al mediodía despedía a mis hijos que se iban al colegio y quedaba libre por el resto de la tarde. Generalmente iba a curiosear, ver qué estaban haciendo, y hablar con ellos… Él se llamaba Albert y su ayudante Nico, que era un hombre mayor ya que tenía cerca de 55 años. Eran muy bromistas y me divertía mucho con ellos.

    Un día noté a Albert un tanto callado y serio, le pregunte si le sucedía algo y me comentó que estaba muy dolorido por una muela, le ofrecí calmantes y le pedí que se fuera a descansar a su casa hasta que pase el dolor, pero se negó.

    Nico el ayudante vino a los pocos minutos a decirme que Albert estaba en el techo de mi casa acostado ya que se sentía muy mal. Subí unas escaleras y le dije que por favor bajara del techo y viniera a acostarse en una cama… No quiso al principio… Pero después aceptó.

    Lo acompañé hasta la habitación de mi hijo, le indiqué la cama y le pedí que se acostara, bajé la cortina y cuando estaba por salir me llamó. Me di vuelta y me tendió su mano; me acerqué hasta él, se la tomé y le pregunté si necesitaba algo más; me dio un pequeño empujoncito obligándome a hacer un paso más quedando al lado de la cama, me miraba dulcemente; me dijo: -Gracias… Yo le contesté que no era nada y cuando quise volver a salir, él me retuvo fuertemente la mano y no me dejaba ir… Dijo que me sentara al borde de la cama para conversar hasta que cediera el dolor.

    Pero cuando me senté comenzó a acariciarme. Instintivamente cerré los ojos y me dejé llevar por sus caricias… Sentía una electricidad que me recorría el cuerpo; solo deseaba que esas caricias fueran más y más… Cada vez más invasivas e indecentes; supongo que leyó mi pensamiento porque muy pronto me estaba acariciando los senos… Y todo lo que podía.

    Sólo podía suspirar, sentir sus manos calientes, fuertes y hasta ásperas tocándome… Esa aspereza me proporcionaba un tipo de placer no conocido… Mi marido tiene manos suaves y esta vez eran otras manos, más grandes, más musculosas, más duras por el trabajo pesado… Una experiencia sensacional, solo deseaba dejarme acariciar y llevar al vuelo que él me estaba regalando.

    Me subí encima de él y me quitó la blusa, le ofrecí mis senos que chupaba y lamía con gran desesperación; sus bigotes también me proporcionaban nuevas experiencias ya que nunca había tenido la oportunidad de estar con un hombre que los tuviera; sentía como se me clavaban en la delicada piel de los senos, pero lejos de molestarme, me proporcionaban gran placer y sensaciones no conocidas.

    Comencé a sentir su dureza que iba creciendo… Me quité el pantalón para disfrutar al máximo su crecimiento y grandeza… Estaba enorme, duro, musculoso… Era un garrote pidiendo entrar en mí… Comencé a humedecerme, se sentía el aroma de mis jugos, que llegaban a mis entrepiernas y lo mojaban a él; no pude resistir mucho más y me introduje esa espada maravillosa, mi vagina era la funda perfecta para calmar esa enormidad que había crecido hasta su punto máximo, daba la sensación que iba a explotar.

    Y yo solo deseaba calmarlo y ser calmada… Tener esa sensación dentro, sentirme llena, colmada, y comenzó el dulce y placentero vaivén, lento, fuerte, arriba, abajo… Deteniéndome para proporcionarle esa incertidumbre y desesperación de cual será el momento que nuevamente se introducirá hasta el fondo de mi ser… Me llegaba hasta el alma, sentía como me cubría entera y tocaba el fondo… Su cuerpo estaba frío pero cubierto de sudor y su aliento era suave, dulce, su respiración entrecortada…

    Yo jadeaba y mi interior palpitaba a un ritmo sensacional… Él comenzó a gemir de placer demostrando que estaba a punto de volcar su cálido líquido en mis adentros, me preparé a recibirlo y a explotar junto a él… Comencé a sentir sus espasmos, su cuerpo tenso, Y el mío cabalgando sobre él… Con gemidos, gruñidos me regalo su descarga de esperma, ese líquido blanco y cálido inundando mi cuerpo me dio la sensación de alegría, placer y libertad.

    Nos quedamos tendidos, poco a poco nuestra respiración se fue normalizando… Cada uno sumido en sus pensamientos, el mío era ahorrar dinero para seguir construyendo y así seguir disfrutando de la calidez de Albert.

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  • Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (3)

    Placeres prohibidos. Lujuria incestuosa (3)

    Elizabeth despertó, su respiración era agitada, el calor entre sus piernas era un recordatorio vívido de la intensidad de su fantasía, y en la penumbra de su habitación, un placer intenso y prohibido recorría su cuerpo como una corriente eléctrica. La sensación era abrumadora: sentía un roce profundo, una penetración rítmica que la llenaba, haciendo que su piel ardiera y su respiración se volviera entrecortada.

    La tanga de encaje negro, desplazada a un lado, rozaba su piel sensible, y la sábana apenas cubría sus piernas, dejando su cuerpo expuesto al calor de la noche. Lejos de sentir miedo o incomodidad, se rindió a la ola de éxtasis, su cuerpo se arqueó instintivamente para recibir cada embestida. En su mente, aún nublada por el sueño de la playa, creía que seguía atrapada en esa fantasía donde Diego la tomaba sin reservas, su cuerpo joven y fuerte reclamándola bajo el sol.

    Pero entonces, una voz grave y cargada de deseo atravesó la bruma de su consciencia. —Te he deseado desde hace años, tía —susurró Diego, su aliento cálido contra la nuca de ella, cada palabra vibraba con una pasión que la hizo estremecer—. No voy a parar, aunque tenga que hacerlo a escondidas, te voy a coger siempre. —Sus caderas se movían contra ella, su dura verga se deslizaba dentro de su vagina húmeda, cada embestida enviaba ondas de placer que la hacían gemir suavemente.

    Elizabeth abrió los ojos de golpe, la realidad la golpeó como un relámpago. No era un sueño. Diego estaba allí, su cuerpo firme presionando contra el suyo, una mano apretando su seno derecho con una mezcla de posesión y reverencia, sus dedos rozando el pezón endurecido que palpitaba bajo su toque. La sábana había caído al suelo, y la tanga, torcida a un lado, dejaba su cuerpo vulnerable, expuesto a la lujuria de su sobrino. Su corazón latía desbocado, atrapada entre el placer que la consumía y la conmoción de lo que estaba ocurriendo. Giró la cabeza ligeramente, sus ojos miel se encontraron con los de Diego, oscuros e intensos, brillando con un deseo que no intentaba ocultar.

    —¿Qué estás haciendo, sobrino? —preguntó, casi alarmada, cargada de una mezcla de reproche y rendición. Su mano alcanzó la de él, aun apretando su seno, pero no la apartó; en cambio, sus dedos se entrelazaron con los de Diego, un gesto que traicionaba el anhelo que la recorría. Su cuerpo, aun moviéndose al ritmo de las embestidas, parecía tener voluntad propia, sus caderas inclinándose hacia él, buscando más, incluso mientras su mente luchaba por comprender la línea que acababan de cruzar.

    El eco de la pregunta colgó en el aire como un relámpago, deteniendo el tiempo. Diego, con el corazón desbocado, se apartó de ella en un movimiento brusco, su cuerpo ahora estaba tenso por el pánico. Se puso de pie junto a la cama, la luz tenue de la lámpara delineaba los músculos de su torso desnudo, su erección prominente y venosa traicionaba el deseo que aún lo consumía. —Perdóname, tía, perdóname —balbuceó, su voz estaba quebrada por el miedo, sus ojos estaban abiertos de par en par mientras retrocedía un paso—. No era mi intención abusar de ti, yo… lo siento. —Sus manos temblaban, atrapadas entre la culpa y la lujuria que aún ardía en su interior.

    Elizabeth, tendida boca abajo sobre el colchón, sintió un torrente de emociones chocar en su pecho: la conmoción, la culpa, pero sobre todo un deseo ardiente que se negaba a apagarse. Sus ojos miel se posaron en la figura de Diego, deteniéndose en su erección, dura y expuesta, un testimonio de cuánto la deseaba. Su cuerpo, aun vibrando por las sensaciones que él había despertado, tomó el control.

    Con un movimiento rápido y decidido, se giró sobre la cama, quedando de espaldas, la piel blanca de su abdomen ahora resplandecía bajo la luz. Sus dedos, temblorosos pero seguros, encontraron el borde de la tanga de encaje negro y la deslizaron por sus muslos, dejándola caer al lado de ella. Abrió las piernas con una lentitud deliberada, exponiendo la humedad reluciente de su vagina, una invitación que no dejaba lugar a dudas.

    Con un gesto cargado de lujuria, Elizabeth tomó la tanga y la lanzó al rostro de Diego, la prenda rozó sus labios antes de caer al suelo. —Abusa de mí lo que quieras, sobrino —dijo, su voz era un ronroneo profundo, cargado de deseo, mientras sus dedos comenzaban a frotar su clítoris con movimientos lentos y circulares, enviando escalofríos por todo su cuerpo. Con su mano libre, levantó uno de sus senos prominentes hacia su boca, lamiendo el pezón endurecido con una lengua hambrienta, sus ojos estaban fijos en Diego, desafiándolo a ceder. Su cabello rubio se desparramaba sobre la almohada, y su cuerpo, arqueado ligeramente, era un espectáculo de pura provocación.

    Diego, paralizado por un instante, sintió cómo el pánico se desvanecía bajo el peso de su deseo. La visión de Elizabeth, abierta y entregada, frotándose con una sensualidad descarada, era más de lo que podía resistir. Su respiración se volvió pesada, un jadeo que llenaba la habitación mientras se acercaba de nuevo al colchón, sus ojos devoraban cada centímetro de su tía. —No tienes idea de cuánto te deseo —gruñó, su voz rota por la pasión mientras se posicionaba entre sus piernas, su erección rozando la entrada húmeda de Elizabeth, prometiendo una rendición total.

    Ella gimió suavemente, sus dedos aceleraban el ritmo sobre su clítoris, el placer creció como una marea que amenazaba con ahogarla. —Hazlo, sobrino… tómame —susurró, su lengua trazaba círculos alrededor de su pezón antes de morderlo ligeramente, su cuerpo temblaba de anticipación. La habitación se volvió un santuario de deseo, el aire estaba denso con el aroma de su excitación y el calor de sus cuerpos. Diego, incapaz de contenerse más, se inclinó hacia ella, listo para reclamarla, mientras Elizabeth se entregaba por completo a la lujuria que los consumía a ambos, cada roce, cada mirada, un paso más hacia un abismo del que ninguno quería escapar.

    Diego, arrodillado entre las piernas abiertas de Elizabeth, sintió que el mundo se reducía a la visión que tenía frente a él. La vagina de su tía, expuesta en toda su gloria, era un espectáculo que lo dejó sin aliento. Los labios vaginales, rosados y relucientes, brillaban con una humedad que parecía llamarlo, cada pliegue lo invitaba a explorarla.

    El abundante vello púbico rubio, perfectamente enmarcando su pelvis, añadía una textura salvaje que lo enardecía, un contraste sensual con la suavidad de su piel blanca. Diego acercó su rostro, su respiración era agitada mientras inhalaba profundamente el aroma embriagador de su excitación, un perfume dulce y almizclado que lo envolvía, encendiendo cada fibra de su ser. Sus manos, temblaban de deseo, se posaron en los muslos de Elizabeth, abriéndolos aún más, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.

    Elizabeth, recostada sobre el colchón, era un torbellino de lujuria. Su cuerpo, desnudo salvo por el sostén de encaje negro que colgaba suelto, se arqueaba ligeramente, sus senos prominentes subían y bajaban con cada respiración errática. Sus dedos, aún húmedos de tocarse, se aferraban a las sábanas, y sus ojos miel, nublados por el deseo, se clavaron en Diego. —Por favor, Diego… lámeme ya —suplicó, su voz era un gemido ronco, cargado de una urgencia que rayaba en la desesperación. Sus caderas se movieron instintivamente, empujándose hacia él, su clítoris hinchado rogaba por el contacto de su lengua. Ardía en deseo, cada segundo de espera era una tortura que hacía que su piel se erizara y su vagina palpitara, anhelando ser devorada.

    Diego, hipnotizado por la visión y el aroma, no pudo resistir más. Se inclinó hacia adelante, sus labios rozaron apenas los pliegues húmedos, arrancando un gemido profundo de Elizabeth. Su lengua salió lentamente, trazando un camino tentativo por los labios vaginales, saboreando la dulzura salada que lo envolvía. —tía, eres perfecta —murmuró contra su piel, su voz vibró contra su carne sensible, mientras sus manos apretaban los muslos de Elizabeth, manteniéndola abierta para él. Su lengua se volvió más audaz, lamiendo con movimientos largos y deliberados, explorando cada rincón, deteniéndose en su clítoris para succionarlo suavemente, haciendo que las caderas de Elizabeth se alzaran del colchón.

    —Sigue… no pares —jadeó ella, su mano libre se deslizaba por sus senos, apretándolos con fuerza mientras lamía sus pezones endurecidos, el placer se multiplicaba en oleadas que la hacían temblar. La lengua de su sobrino se movía con una precisión hambrienta, alternando entre caricias suaves y succiones intensas, saboreando la humedad que fluía de ella como un río. El vello púbico rubio rozaba su barbilla, añadiendo una textura que lo volvía loco, mientras sus dedos se aventuraban a explorar los bordes de su entrada, tentados a hundirse en su calor. Elizabeth gemía sin control, su cuerpo totalmente entregado al festín que Diego le ofrecía, cada lamida la llevaba más cerca de un clímax que amenazaba con consumirla.

    La piel blanca de Elizabeth relucía de sudor, y sus senos, ahora libres del sostén de encaje negro que había caído al suelo, se alzaban con cada respiración errática. Sus propios dedos apretaban un pezón endurecido, mientras su lengua trazaba círculos húmedos alrededor del otro, su cuerpo estaba arqueado en una danza de lujuria. Pero justo cuando sentía que el placer estaba a punto de estallar, Diego detuvo su lengua, dejando su vagina palpitante y húmeda, expuesta al aire fresco de la habitación.

    —¿Por qué te detienes? —preguntó Elizabeth, su voz era un gemido frustrado, sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y confusión mientras lo miraba desde el colchón. Su cabello rubio se desparramaba sobre las sábanas, y su mano seguía acariciando su seno, incapaz de detenerse. Diego, arrodillado entre sus piernas, sonrió con una chispa traviesa en sus ojos oscuros. —No quiero que termines todavía, tía —dijo, con voz profunda y cargada de intención—. Quiero que esto dure. —Se puso de pie sobre el colchón, su cuerpo atlético dominaba el espacio, con su erección dura y prominente frente a ella. Tomó su celular, activando la cámara con un movimiento rápido, el pequeño destello rojo indicando que el video había comenzado.

    —Quiero grabarte mientras me la chupas —declaró, su tono era una mezcla de mando y súplica, mientras enfocaba el lente en Elizabeth, capturando la forma en que sus dedos seguían jugando con sus senos, sus pezones rosados brillando bajo la luz tenue. Ella se detuvo, un destello de vergüenza cruzó su rostro. —No, Diego… no quiero que me grabes —protestó, con voz temblorosa, aunque sus manos no dejaron de acariciar su piel, traicionando el deseo que aún la consumía.

    —Solo será esta vez, te lo prometo —insistió él, su mirada estaba fija en ella, su erección palpitaba como un recordatorio de lo que ambos anhelaban. Elizabeth, atrapada entre la vergüenza y la lujuria, sintió un calor subir por su pecho. Con un suspiro resignado, pero con un brillo de excitación en los ojos, se puso de rodillas frente a él, la sábana caía completamente y dejaba su cuerpo desnudo expuesto. Sus manos alcanzaron la verga de Diego, sus dedos lo envolvieron con una mezcla de curiosidad y admiración. Era grueso, cálido, pulsante bajo su toque, y ella lo observó con una intensidad que hizo que su propia humedad se intensificara entre sus muslos.

    —Eres… increíble —murmuró, su voz era un susurro cargado de deseo mientras acercaba su rostro, sus labios rozaron la punta antes de abrirse para recibirlo. Su lengua se deslizó lentamente, saboreando la textura suave y salada, mientras sus manos acariciaban la base, moviéndose con una lentitud deliberada que hacía que Diego jadeara.

    Elizabeth, de rodillas, sentía el poder de su propia sensualidad, sus senos se balanceaban ligeramente mientras se inclinaba hacia adelante, lamiendo y succionando con una entrega que la sorprendía a sí misma. El celular seguía grabando, capturando cada movimiento, cada gemido bajo que escapaba de los labios de Diego, mientras Elizabeth se perdía en el acto, su cuerpo vibraba con un deseo que no podía negar, aun sabiendo que el video inmortalizaría su rendición.

    Diego, de pie sobre el colchón, sentía que el mundo se desvanecía ante la visión de Elizabeth arrodillada frente a él. Sus ojos, encendidos de lujuria, se clavaban en su tía. Y ella, completamente desnuda, con sus senos prominentes balanceándose con cada movimiento, devoraba su verga con una avidez que lo hacía temblar. Sus labios, húmedos y cálidos, se deslizaban por su erección, dejando un rastro de saliva que brillaba en la penumbra. La lengua de Elizabeth danzaba sobre él, explorando cada centímetro con una dedicación que lo llevaba al borde de la locura. Sus ojos brillaban con un deseo voraz, se alzaban para encontrarse con los de Diego, una conexión eléctrica que intensificaba cada sensación.

    —¿Qué tal lo hago, sobrino? —preguntó, su voz era un ronroneo seductor, deliberadamente alta para que el celular, aun grabando desde la mano de Diego, capturara cada palabra. Su boca seguía trabajando, succionando con una intensidad que hacía que las rodillas de Diego temblaran. Él, con la respiración entrecortada, apenas pudo responder, con voz ronca y cargada de placer. —Es la mejor chupada que me han dado en mi vida, tía —jadeó, sus palabras resonaron con una sinceridad que hizo que Elizabeth sonriera contra su piel, su lengua redobló sus esfuerzos.

    Con un movimiento lento y provocador, Elizabeth sacó la verga de su boca, dejando que descansara contra su mejilla, caliente y húmedo. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, masajeando los testículos de Diego con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de su deseo. Inclinó la cabeza, lamiendo con dedicación, su lengua trazó círculos lentos que arrancaban gemidos profundos de él. Luego, con una mirada traviesa, volvió a engullir su erección, esta vez empujándola hasta el fondo de su garganta.

    Las arcadas eran audibles, un sonido crudo y visceral que llenaba la habitación, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, no de dolor, sino de la intensidad de su entrega. Elizabeth estaba dando la mejor mamada de su vida, cada movimiento calculado para llevar a su sobrino al límite, su saliva goteaba por su barbilla mientras se perdía en el acto.

    Tras varios minutos de esa danza febril, Elizabeth se apartó, jadeando, su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas. Sus dedos seguían rozando sus propios senos, pellizcando sus pezones endurecidos, mientras miraba a Diego con una lujuria que ardía como fuego. —Quiero que me penetres el ano, sobrino —dijo, temblorosa de excitación, cada palabra cargada de un deseo que no podía contener—. Pero quiero que lo grabes también. —Se puso de rodillas, girándose para apoyarse en las manos, ofreciendo sus nalgas al aire, la tanga ya olvidada en el suelo. Su cuerpo, empapado de sudor y deseo, temblaba de anticipación, su vagina estaba reluciente de humedad y su ano rosado expuesto como una invitación prohibida.

    Diego, con el celular aún en la mano, sintió que su corazón iba a estallar. La visión de Elizabeth, abierta y entregada, era más de lo que jamás había soñado. Ajustó el ángulo de la cámara, asegurándose de capturar cada detalle de su cuerpo, mientras su otra mano rozaba la curva de sus nalgas, preparándose para cumplir su deseo. —Voy a darte todo, tía —susurró, su voz fue un gruñido de pura lujuria, mientras se posicionaba detrás de ella.

    Elizabeth, de rodillas sobre el colchón, abrió sus nalgas con ambas manos, sus dedos se hundieron en su carne suave y blanca, exponiendo su ano rosado al aire cálido de la habitación. Su piel brillaba con una fina capa de sudor, y sus senos prominentes colgaban libres, los pezones endurecidos rozaban las sábanas con cada movimiento.

    Diego, de pie detrás de ella, sintió que su respiración se detenía ante la visión. Sosteniendo su celular con una mano, la cámara capturando cada detalle, escupió en la entrada de aquel orificio estrecho, el líquido resbalaba sobre la piel sensible, preparando el camino. Su verga, gruesa y pulsante, se alzaba con una urgencia que apenas podía contener. Posicionó la punta contra el ano de su tía, empujando con una lentitud deliberada, sintiendo cómo los pliegues apretados lo envolvían, tragándolo centímetro a centímetro en un abrazo cálido y prohibido.

    Elizabeth dejó escapar un lamento suave, un gemido que se mezclaba con el placer y una pizca de dolor, sus caderas temblaban mientras se ajustaba a la intrusión. —No pares, sobrino… métemela toda —suplicó, su voz era un ronroneo cargado de lujuria, sus ojos estaban cerrados mientras se entregaba al momento. Sus dedos apretaban sus nalgas con más fuerza, manteniéndolas abiertas, invitándolo a profundizar.

    Diego, con un gruñido bajo, obedeció, empujando hasta que su verga estuvo completamente dentro, la sensación de la estrechez de su tía lo hacía jadear. Una vez que el cuerpo de Elizabeth se acostumbró a su grosor, él comenzó a moverse, un mete y saca rítmico que hacía que las nalgas de ella chocaran con su pelvis con un sonido carnoso, como un aplauso que celebraba su unión incestuosa.

    Los testículos de Diego golpeaban suavemente contra la piel de su tía, cada embestida amplificaba el calor que los consumía. La cámara, aun grabando, capturaba cada detalle: el brillo del sudor en las nalgas de Elizabeth, la forma en que su ano se aferraba a la verga de su sobrino, el balanceo de sus senos con cada movimiento. La habitación se llenó de un aroma embriagador, una mezcla cruda de sexo intenso, de carne y deseo desatado.

    Los gemidos de Elizabeth, agudos y desesperados se entrelazaban con los gruñidos profundos de Diego, creando una sinfonía de lujuria que resonaba en las paredes. —Más fuerte, sobrino… no te detengas —jadeó ella, su voz rota por el placer, mientras sus caderas se empujaban hacia atrás, encontrándose con cada embestida, sus nalgas temblaban con cada impacto.

    Diego, perdido en la intensidad del momento, dejó que una mano se deslizara hacia el frente, rozando el vello púbico rubio de Elizabeth antes de encontrar su clítoris, frotándolo con movimientos rápidos que arrancaron un grito de su garganta. —Eres mía, tía —susurró, su voz temblaba de deseo, mientras sus caderas aceleraban, el ritmo se volvió frenético. Elizabeth, al borde del éxtasis, sentía su cuerpo vibrar, su ano apretaba alrededor de la verga de su sobrino, mientras el masajeaba su clítoris.

    Él, con una intensidad que rayaba en la obsesión, deslizó dos dedos hacia la vagina de Elizabeth, hundiéndolos en su calor húmedo con un movimiento decidido. Los movió con una rapidez feroz, masturbándola con una precisión que hacía que su cuerpo temblara. Elizabeth goteaba, su excitación empapaba los dedos de su sobrino, cada roce enviaba oleadas de éxtasis que la hacían gemir sin control. Sus senos prominentes, libres de cualquier prenda, se balanceaban con cada embestida, sus pezones endurecidos rozaban las sábanas, amplificando su deseo.

    Continuará…

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  • Fantasía de mujer

    Fantasía de mujer

    Contemplaba, ensimismada, como el viento arrastraba las hojas secas a lo largo de la calle hasta hacerlas desaparecer de mi vista, cuando su llamada me despertó de ese lánguido sopor.

    Tan solo con escuchar su voz era como sentir su presencia a mi lado, parecía notar a través del hilo telefónico su aroma, su mirada escrutadora sobre mí. Me invitaba a cenar en el Asador Donostiarra, por fin después de tanto tiempo nos veríamos.

    Bajo la ducha imaginaba como se desarrollaría la noche, veía su bronceada piel, su barba de un par de días, sus ojos negros, sus poderosas manos… todo en él me atraía y provocaba que mi cuerpo se despertase como si hubiera pasado largos años de hibernación.

    Decidí ponerme el conjunto de encaje azul pálido, aún no lo había estrenado y aunque nunca me he sentido muy segura con el tanga, intuía que sería una noche especial. Encima, opté por mi ajustado traje de chaqueta y pantalón y por un hermoso chal que me habían regalado hace poco. Contemplé mi imagen en el espejo y retoqué levemente el maquillaje, el resultado final me satisfizo así que completé el conjunto con unas gotas de perfume repartidas por distintos y estratégicos lugares.

    El taxi me dejó en la puerta del restaurante, atravesé la puerta de entrada y casi sin darme cuenta él estaba delante de mí, iba vestido casi como me lo había imaginado, camisa blanca inmaculada y pantalones de color gris oscuro, muy elegante. Se acercó a mí y me besó ligeramente en los labios, fue casi como un soplo de aire, no pude saborearlo, pero aun así su aroma me envolvió por completo.

    Durante la cena yo apenas probé bocado mientras que él lo hacía con apetito, nuestra conversación fue amena y divertida, salpicada de silencios, miradas y caricias de nuestras manos.

    Tras haber pagado la cena me tomó de la cintura, me acompañó al coche y mientras me abría la puerta de éste me dijo quiero enseñarte un bonito lugar a las afueras de Madrid. La música que sonaba por los altavoces era suave y evocadora, transitábamos por una carretera sin apenas tráfico mientras que una liguera lluvia mojaba el parabrisas.

    Aparcó en el arcén de la carretera de una especie de colina que habíamos subido, se bajó del coche y me hizo salir también a mí, apenas dijo una palabra, la fina lluvia nos empapaba, desde este lugar podían observarse las luces de la ciudad, un baile multicolor de luces. Mi espalda apoyada en su pecho y los dos como unos niños que no tienen prisa por resguardarse de la lluvia.

    Note sus labios sobre mi cuello, sus manos recorrían mi cuerpo como si tocaran un arpa, puso una mano sobre mi vientre y me apoyo sobre el capó, sus dedos desabotonaron mi pantalón y lo fueron bajando lentamente, se agachó hasta situarse entre mis piernas, besó mis nalgas y las martirizó restregando sus mejillas sin afeitar sobre ellas, mi cuerpo estaba fuera de control, tan solo le obedecía a él.

    Sus expertas manos comenzaron a regalarme caricias íntimas que me provocaban ahogados suspiros, lentamente, alternando ritmos, haciendo que mi humedad fuera cada vez mayor, acercándome cada vez más al clímax. Y allí, en medio de la nada, bajo la lluvia, donde cualquier vehículo que pasara podía observarnos, separó la tela de mi tanga y sus hábiles dedos separaron mis nalgas para con absoluta destreza llenar mi entrada trasera disfrutando del placer que los antiguos griegos dominaron y perfeccionaron.

    Notaba su ardiente y palpitante sexo en mi interior, horadándome, llenando cada milímetro de mi interior, provocándome un placer que hacía mucho tiempo que no disfrutaba y llevándome a alcanzar un orgasmo que terminó con ambos exhaustos y empapados sobre el coche.

    Tras unos segundos de reposo intentamos recomponer el desaguisado que eran nuestras ropas, nos miramos a los ojos, nos reímos con una sonora carcajada y volvimos al interior del vehículo para seguir rumbo al hotel. El viaje hasta nuestro destino fue corto y silencioso, en el ambiente sólo se respiraba la calidez de los momentos vividos apenas unos minutos antes, el sudor y los aromas salados e intensos llenaban el coche, y yo, con mi cabeza recostada sobre su hombro, mordía mi labio inferior intentando discernir que me depararía el resto de la noche.

    El sitio era muy coqueto, tranquilo y apartado, se trataba de un antiguo caserón de alguna familia noble reconvertido a hotel, rodeado de arboledas por casi todas partes, no resultaba fácil descubrirlo desde la carretera. Atravesar la puerta de entrada fue como cruzar una línea del tiempo, olores a lavanda, madera, cuero y tabaco me hicieron recordar por momentos mi niñez en la casa de mis abuelos paternos. En recepción tan sólo había una elegante señora que rápida y discretamente nos ubicó en una de las habitaciones del primer piso.

    La habitación era amplia, limpia y decorada en estilo sencillo, un amplio balcón entreabierto permitía divisar una pequeña laguna en la que la luna y las estrellas se reflejaban con una claridad que más parecía que flotaran sobre el agua, el viento había dispersado la tormenta y ya no llovía, el frescor de la noche y el olor a tierra empapada se colaba por la puerta del balcón.

    Sus manos acariciaron mi nuca, mi corazón volvió a palpitar desbocado, nos besamos con lujuria, su lengua recorría y exploraba cada milímetro de mi boca, sus manos recorrían mi espalda y acariciaban mis muslos, gotas de sudor rodaban por mi cuello.

    Me tomo en sus brazos y me depositó sobre la cama, sus dedos comenzaron a desabotonar mi ropa y rápidamente me vi en ropa interior. Se levantó y se acercó a uno de los cajones del armario, de él sacó unas telas negras y sedosas. Se acercó a mí y me besó nuevamente, ni siquiera le pregunté que iba a pasar, lo intuía, lo deseaba.

    Vendó mis ojos con una de aquellas telas, y con el resto ató mis manos y piernas a los distintos lados de la cama. Sus dedos acariciaban mis labios, mi cuello, notaba sus labios recorrer mi vientre, su legua jugaba con mi ombligo. Hábilmente se deshizo de mi sujetador, sus dedos acariciaban mis pechos, dibujaban círculos sobre mis pezones consiguiendo que éstos se endurecieran como el granito, su boca se acercó a uno de ellos y comenzó a chuparme y saborearme, provocando que mi excitación aumentara y consiguiendo que la humedad de mi entrepierna fuera ya más que patente. Sus dedos recorrían mi sexo separados únicamente por la fina capa de tela de mi tanga llevándome al paroxismo.

    Retiró la venda de mis ojos, me costó unos segundos aclimatarme a una mayor claridad, me besó y me susurró al oído “enseguida vuelvo, espérame, no te vayas..” y yo sin decir nada, vi como lentamente salía de la habitación y dejaba la puerta de ésta semiabierta.

    Allí estaba yo, prácticamente desnuda y atada a la cama de un hotel, la puerta de la habitación abierta y yo expuesta a cualquier mirada de aquél que pasara por el pasillo del hotel. La primera en pasar fue una mujer de unos treinta y tantos años con traje sofisticado y zapatos de aguja, pasó lentamente por delante de la habitación, su mirada hacia mí fue altiva y desagradable, minutos después fue una camarera jovencita que atravesaba el pasillo con paso acelerado, su mirada fue de sorpresa y a la vez rubor y el último que pasó por delante de la puerta de mi habitación fue un caballero que estaría en la cuarentena, elegante y con paso firme, durante apenas un segundo se paró delante de la puerta y su mirada denotaba claramente el deseo y a la vez las dudas.

    Habrían transcurridos unos 20 minutos cuando regresaste a la habitación, cerraste la puerta tras de ti y comenzaste a desnudarte con parsimonia, ante mí descubrí a un Adonis muy bronceado.

    Lentamente te acercaste a mí por uno de los costados de la cama, tu sexo colgaba cerca de mi cara y yo estiré mi cara para intentar atraparlo con mis labios, sin embargo tú apenas me dejabas rozarlo, durante muchos minutos me hiciste de rabiar, apenas me dejabas probar tu erguido sexo, lo mantenías a una distancia en la que tan solo podía rozarlo y quizás esto hacía que mi deseo por poder degustarlo fuera mayor a cada instante.

    Por fin pude disfrutar de su sabor, salado, intenso y fuerte, mis labios se apoderaron de él recorriendo una y otra vez su tronco de arriba abajo, la calidez de mi boca acunaba tu sexo, mientras el mío palpitaba de deseo e impaciencia.

    La fruta de mi placer abandonó mi boca, muy despacio comenzaste a bajar por mi cuerpo, tu glande acarició mis pechos en su descenso hasta situarte entre mis piernas, besaste mi pubis mientras desatabas mis piernas y cuando yo tenía intención de enlazarte con ellas me hiciste girar y quedar tumbada boca abajo.

    Una de tus manos comenzó a acariciar mi ensortijado vello púbico, lentamente tus dedos recorrían mis labios íntimos que se abrían a ti como una flor en primavera, empapada de un rocío especial que tus caricias hacían brotar de mi interior. Mientras dos de tus dedos me penetraban dulcemente, tu otra mano acariciaba mi tremendamente abultado clítoris, haciendo que todo mi cuerpo temblara y que el manantial que nacía en mi interior fluyera con mayor ímpetu.

    Separaste aún mas mis piernas, y con uno de tus dedos empapado de mi íntima esencia comenzaste a horadar mi culito, segundos después sustituiste tu dedo por tu imponente sexo que me penetró produciéndome unas pequeñas molestias apenas perceptibles gracias a tus expertas caricias, tus penetraciones eran rítmicas, profundas, en ocasiones rudas y casi animales, mi placer era en ese momento inmenso y apenas unos segundos después de que inundaras mi interior, yo, me derramé en un orgasmo devastador que me derrumbó sobre la cama. Durante bastantes minutos permanecimos así, agotados.

    Comencé a sentir tus labios en mi espalda, tus besos recorrían mi espina dorsal, bajaban hasta mi cintura, se detenían en mis nalgas y se adentraban en mis muslos. Nuevamente me volteaste, tu lengua comenzó un lento recorrido por mi sexo, de arriba a abajo y viceversa, la humedad de tu boca se mezclaba con la nacía en mi interior y tu lengua la repartía por todos los pliegues y rincones de mi sexo. Tus labios se apoderaron entonces de mi clítoris llevándome a un grado de tensión máximo, momento en el que tus dedos aprovecharon para penetrarme. Y de esta forma, sin darme tregua ni descanso, hiciste que me derritiera en tu boca una y otra vez hasta terminar desfallecida y sin fuerzas.

    Ni siquiera recuerdo cuando me dormí, ni tampoco cuando abandonaste la habitación, tan sólo sé que me desperté embriagada de placer, con agujetas y con un trozo de seda negro anudado en forma de lazo en mi muñeca derecha.

    Tan sólo ha pasado una semana desde entonces, y aún tengo a flor de piel todo lo vivido esa mágica noche, espero volver a tener noticias tuyas pronto…

    Suena el teléfono a lo lejos y me saca de mi ensimismamiento y mis sueños.

    Quizás, quizás… martillea mi mente mientras me apresuro a descolgar el auricular.

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