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  • Sorpresa en la madrugada (Parte II)

    Sorpresa en la madrugada (Parte II)

    Al escuchar la voz de mi marido quede pasmada y mas con el comentario que hizo, no entendía nada de lo que estaba pasando. 

    Me gire y vi como sonreía el muy descarado a lo que respondí con una bofetada.

    -Serás cabrón -le dije- como pudiste hacerme esto no sabes el susto que he pasado.

    -Susto? lo único que sé es que has disfrutado mucho se te veía en la cara mientras Gabriel te follaba.

    Quedé enrojecida, al parecer mi marido se estuvo haciendo el dormido todo el tiempo mientras observaba como su nuevo amigo me hacia suya.

    Prendió la luz y me dijo – déjame explicártelo todo mi amor – mientras me cogía de la mano y me daba un beso de pacificación, – Gabriel empezó a trabajar hace unas semanas en la oficina desde muy temprano iniciamos una buena amistad es un buen chico, hasta que un día se me paso por la cabeza que fuera él el que cumpliera la fantasía de la que tanto te he hablado y termine de convencerme cuando lo vi orinar en el baño -sonrió y miró pícaramente a Gabriel- , así que le comenté la idea y le pareció bien, fue entonces cuando pasé a preparar todo para la sorpresa.

    -Me lo podías haber contado y no hacerme pasar por este susto.

    -Mi amor te conozco no hubieses aceptado por miedo o respeto a mí aun queriendo probar, así que pensé que lo mejor era dártelo de sorpresa y ver si te gustaba y por lo que vi gozaste y mucho no es así?

    Sonreí un tanto avergonzada y excitada – Bueno la verdad es que si me gusto ya para que te voy a mentir si tú mismo lo viste-.

    -Me alegro mucho mi amor, además no creas que ya acabo todo, esta noche gozaras hasta el cansancio y además cumpliremos algunas de las fantasías que sabes que tanto me excitan, ya Gaby está al tanto de todo lo que quiero y está de acuerdo en ayudarnos.

    Gaby: Bueno pues que siga la fiesta no? Dijo mientras me miraba con ganas de comerme entera.

    Yo mire a mi marido esperando que dijera algo y este solo respondió -mi amor esta noche estamos para servir a Gaby él sabe cómo hacernos disfrutar a los dos así que le di el poder de mandar en todo.

    Me quede un poco sorprendida mi marido estaba dejando que su nuevo compañero hiciera con su esposa y con él lo que quisiera -Que gran cabrón- pensé jajajaja

    José: Voy a por un trago ahora vuelvo, los dejo que sigan en lo suyo.

    Acto seguido Gabriel me acomodó en la cama y comenzó a besarme con mucha pasión restregaba su cuerpo sobre el mío y acariciaba mis tetas dando pequeños pellizquitos sobre mis pezones ya que sabía que me volvía loca eso.

    – No eres tan bueno como crees -le dije de manera desafiante-solo que tienes información privilegiada que te dio mi marido.

    Gaby: Puede ser pero veamos que hago con esa información, hasta ahora la he sabido utilizar muy bien.

    Diciendo eso dejo mi boca para empezar a chupar mis tetas, relamía una teta y luego otra así sin parar, chupaba mis pezones como si de un bebe sacando leche se tratara, con la diferencia de que jugaba con su lengua mientras los chupaba. Así estuvo un rato hasta que comenzó a bajar hasta mi vagina la cual como pueden imaginar estaba como si de una laguna se tratara .Se colocó entre mis muslos y empezó a besar y lamer cada centímetro de mi entrepierna, pasaba su lengua de manera que abarcaba todo el ancho de mi coño, era magistral la manera en que lo hacía. Yo estaba que no podía mas, me retorcía de placer, pero él estaba decidido a darme todo el placer que fuese posible así que estiró una mano para acariciarme y apretujarme las tetas y con la otra introdujo dos de su dedos en mi culo el cual estaba mas que lubricado por mis jugos y su saliva, además introdujo también su pulgar en mi vagina y comenzó a jugar con los tres dedos en mi interior como si tratara de juntarlos los tres, todo esto sin dejar de lamer mi clítoris, hizo que explotara en un orgasmo descomunal, incluso eyacule cosa que nunca me había sucedido, él dejó su rostro pegado a mi vagina y recibió todos mis chorros con gusto y orgullo de haberlos conseguido.

    Gaby: Entonces soy o no soy tan bueno?

    Dijo el muy chulo sabiendo que había conseguido una gran victoria sobre mí, pero ya no me importaba reconocerlo y le dije

    Claudia: Quiero que me folles bien duro, que me des como si fuera una puta de la calle, quiero que me humilles y me partas el culo, quiero que me atragantes con tu hermosa y rica pinga

    Entonces me levantó y me puso en cuatro patas sobre la cama, cuando veo a mi marido de pie junto a esta con un trago en la mano observando todo el espectáculo

    José: Tenias razón Gaby lograste que eyaculara como las perras de los videos que me gustan, eres el mejor. Y tu mi vida que feliz estoy de que disfrutes tanto y te apetezca ser nuestra puta o buena la de Gaby que se lo ha ganado jajajaja

    Mi marido felicitaba a su compañero de haberme dado el mayor de mis orgasmos y además estaba muy excitado al verme convertida en una sucia ramera que le pedía a otro hombre que la utilizara como a una puta.

    Gaby: Ven José voy a dejar que veas como le abro el culo a tu princesa.

    Gabriel le indico a José que se acostara justo debajo mío en posición de 69, yo empecé a masturbarlo cuando Gabriel me dio una tremenda nalgada que de veras me dolió y dejó marcada su mano en mi culo -No lo toques, no tienes permiso, aquí se hará solo lo que yo ordene, está claro?- Dijo con autoridad pero yo sabía que a José le gustaba eso, y a mi también me excitaba que es macho me dominara.

    José me chupaba el coño y el culo sin parar, metía su lengua por mi vagina y jugaba con ella, hasta que Gaby le dijo -José llegó la hora ábrele bien las nalgas para que pueda entrar mi gorda pinga.

    Y así hizo, agarro mis nalgas y las separo bien, sentí como la cabeza del rabo de Gaby ya tocaba mi orificio, era muy excitante sentir eso junto con las manos de mi marido en mis nalgas y su respiración en mi vagina.

    Gaby: José voy a necesitar tu ayuda escupe en mi cabeza para que pueda entrar mejor en su culo.

    Y así lo hizo mi marido sin dudarlo, escupió en su cabeza, pero además estoy casi segura que también le restregó la saliva por todo su pene puesto que durante unos segundos retiró una de sus manos de mis nalgas y además Gaby se rio. No lo podía creer mi marido cada vez era más cornudo y además un sumiso que cumplía las ordenes de mi amante para ayudarlo a partirme el culo.

    Fue entonces cuando Gaby me sujetó de las caderas y comenzó a presionar poco a poco su rabo hacia el interior de mi culo, podía sentir como iba estirando cada uno de los pliegues de mi ano hasta que por fin entró su cabeza. Solté un gemido mudo al cual le prosiguió uno más fuerte cuando Gabriel me encajo toda su polla hasta el fondo.

    Claudia: Ahhh joder que pinga!

    Me había partido el culo de una manera estupenda y mi marido lo había visto todo en primera fila. Gabriel me penetraba una y otra vez, sin detenerse haciendo que mi orificio se adaptase a aquella tranca. José continúo lamiendo mi coño haciendo que el placer se multiplicara. Gaby aumento la intensidad de su follada y ahora si me daba como un perro en celo, era deliciosa la manera en que me follaba aquel chico, me encantaba de verdad, y se lo hacía saber con mis gemidos o con gritos de aliento como:

    -Siii que rico Gaby! -Que bien me follas eres lo máximo! -Dale dale sigue así párteme el culo bien rico! -José mira lo bien que me abre esa polla que delicia por dios! -Jodeeer quiero esa polla para mí siempre! Dale bien duro quiero sentir tu leche dentro de mí!

    Así estuvimos un buen rato hasta que Gaby sin avisar empezó a follarme de una manera descontrolada, creo que los huevos hasta chocaban en la cabeza de José de lo duro que me daba. Hasta que enterró su gran pinga en lo más profundo de mi esfínter llenando este de una abundante leche caliente que quemaba todo mi interior se sintió delicioso eso, esperó hasta haber descargado la última gota y sacó despacio la polla dejando mi culo bien abierto y escurriendo leche, mi marido no se pudo controlar y comenzó a chuparme el culo mientras recogía con la lengua el semen que salía de mi dilatado culo.

    Gaby: Ahora si le puedes chupar la polla a tu marido que debe tener los huevos al reventar jajaja.

    Rápido bajé mi cabeza y nada más poner mis labios sobre la polla de José comenzó a soltar chorros y chorros de semen, el pobre debía estar muriendo de excitación y sin poder correrse, yo seguí chupando y tragando su leche mientras lo masturbaba con la que se me escurría de la boca.

    Me levante y me acosté al lado de mi marido, le dije lo agradecida que estaba por todo lo que había hecho y por permitir que Gabriel me follara

    Claudia: mi amor eres el mejor marido del mundo te amo mucho, tenías razón, esto me encanto, espero que quieras repetirlo más veces.

    Así comenzamos a besarnos con restos de semen en nuestras bocas, fue el beso con más pasión que nos habíamos dado nunca, sentía de verdad un fuego y una pasión por él como cuando empezamos nuestra relación.

    Mientras Gaby se metió a la ducha para lavarse un poco. Al salir dijo – bueno como Claudia se portó como una buena puta y aguantó muy bien mi polla en su culo voy a dejar que descanse y duerman juntos esta noche pero pronto nos volveremos a ver.

    Así recogió sus cosas, me dio un delicioso beso y se despidió de José mientras este le agradecía por todo, y se fue.

    Nosotros nos quedamos así mismo dormidos hasta el otro día.

  • Al fin un orgasmo

    Al fin un orgasmo

    Todo ocurrió cuando yo tenía 18 años recuerdo que se acercaba el fin del verano y como ya era costumbre Yossi pasaba los fines de semanas en mí casa. Todo era comer pasta y hablar de nuestras experiencias con los chicos, me causa risa recordar nuestras charlas como dos veteranas expertas en hombres jajaja pero bueno, Yossi era como mí ídolo yo no podía dejar de admirar sus hazañas y lo audaz que ella era wow que tiempos aquellos.

    Yo vivía sola y era fácil pasarnos el día hablando de sexo, riendo como locas y escuchando música alta. Yo de vez en cuando me tomaba una que otra cerveza ella no tanto además de que se mareaba con un trago jajaja quien diría que dicha muralla caería tan fácil.

    Un sábado cualquiera luego de comer llegó a casa un amigo más bien mí amigo con derecho con quien tuve sexo en muchas ocasiones incluso esa tarde en mi closet y ella nos vio, por alguna razón no sentí vergüenza alguna y ella pensando que era broma, pero no era así yo estaba muy encaramada y tuvimos que entrar al baño para terminar. Aunque ahora que lo pienso no sé cómo tenia sexo si no podía llegar al orgasmo y sinceramente les confieso que en ese tiempo yo era media ninfómana podía tener sexo hasta 6 veces al día, uf extraño esos días donde pasaba día y noche jadeando y sintiéndome una perra sexy.

    En fin la noche de ese sábado ya ambas listas para dormir Yossi me pregunta.

    -has estado con un mujer o al menos has fantaseado con eso?

    Yo algo desconcertada le digo.

    -Como así mana? O sea de fantasear tal vez pero no es algo a lo que le haya puesto caso por?

    Ella solo me dijo buenas noches… Y yo ok.

    Pocos minutos después me dice “Te dormiste” a lo que yo me quedo callada y me dice:

    -Yo sé que no te has dormido seguro estás pensando en la pregunta que te hice pero ok ignórame y duerme bien si puedes…

    Pasaron alrededor de cinco minutos y me dice:

    -No puedo dormir quieres jugar?

    Yo algo nervosa le dije:

    -vieja deja de hablar e intenta dormir.

    -oye te lo voy a mamar -si así me dijo- vamos a jugar yo te hago sexo oral a ti y luego me lo haces a mi. No te va a doler y me lo vas agradecer al final las mujeres sabemos dónde se siente más.

    Yo me quede anonadada no podía creer lo que estaba escuchando no me dio tiempo de reaccionar cuando ya ella estaba ahí abajo y yo o sea sin preámbulo?

    -yo sé que eres de esas que te gusta que te toquen, pero yo solo quiero sentir tu vagina en mi boca.

    Yo me quedé callada y pocos minutos después mi respiración se tornó agitada, mí garganta estaba seca, mis piernas se abrían más y sin darme cuenta estaba hundiendo su cabeza en mi vagina jadeando y gimiendo como nunca. Mis piernas terminaron temblorosas y ella me dice:

    -Parece como si no hubieras tenido sexo en meses

    -por?

    Me dijo que como me estremecía parecía la primera vez que me corría, no dije nada, pero si era la primera vez que tenía esa rica sensación. Si se preguntan qué pasó después nada no pude devolverle el favor aunque lo intenté, pero no me sentí preparada o no sé.

    La siguiente semana Yossi volvió, pero yo no estaba sola, en mi casa, mi tía y unas visitas tomando hasta tarde. Ese sábado me despedí temprano con la excusa de que me dolía la cabeza y obvio Yossi me hizo la segunda diciendo que tenía sueño. Yo me metí al baño para pegarme una ducha por si algo pasaba pues uno nunca sabe, Yossi entró y me dijo “nos bañamos juntas” y yo le dije “ok”.

    Me dijo que le estruje la espalda y así lo hice, hasta pasé mí mano por su cintura a ver qué pasaba, ella se puso frente a mí y me dijo:

    -Si no vas hacer nada no me calientes que sabes lo que me gusta, pero insistes en obviarlo todavía.

    Yo me quedé callada ya en la habitación nos quedamos en ropa interior para dormir y ya en la cama la abracé, pero ella me dijo:

    -Me quieres coger o solo estás tanteando el terreno.

    -Si quieres podemos jugar.

    -No estoy lista para aquello.

    Desde entonces han pasado nueve años y nadie había vuelto a mencionar el tema hasta hace una semana que me fui a su casa a pasar un finde, ella ahora es una mujer divorciada con dos hijos y yo soy la tía soltera y sexy jajaja.

    Como les decía hace solo una semana me quedé a dormir en su casa y a la hora de dormir empezamos a hablar de sexo y no sé cómo llegamos a la parte de que no hay que ser lesbiana para acostarse con una mujer y me confesó que para masturbarse tenía que ser viendo porno lésbico o de lo contrario no podía venirse, yo le dije que eso es normal y que ella no es la única, entonces me dijo “vamos a dormir” y yo me fui a la sala a jugar con mí teléfono y a textear con mi novio.

    Ella salió desnuda y me dijo:

    -No puedo dormir y no lo voy hacer hasta que me venga.

    Yo me quedé anonadada y le dije:

    -Estás loca o que te pasa.

    -No sería la primera vez que te la mamo y me gustaría que me hagas lo mismo, eso no es nada por favor.

    O sea Yossi me estaba rogando para que le hiciera sexo oral, yo no lo podía creer y aunque yo también estaba deseosa estaba peluda y para nada preparada para un encuentro sexual.

    Ella se enojó y me dijo:

    -Tú te lo pierdes y cuando quieras ya sabes.

    Yo me reí y nada sucedió, pero tarde o temprano sé que ese encuentro pasará por que aunque no lo crean yo también le traigo ganas y cuando eso suceda lo voy a disfrutar y mucho…

    Recuerden esto es confidencial así que shuss no digan nada. Esto es secreto y queda entre nosotros…

    Xoxo

  • Las hermanas de Camilo (Cap. 9): La noche de los lechazos

    Las hermanas de Camilo (Cap. 9): La noche de los lechazos

    El amor que sentía por Katherine crecía inversamente proporcional a mi relación de amistad con Camilo, que había ido enfriándose. Antes solía contarme los detalles del sexo con la novia de turno, me mostraba las fotos que ellas le enviaban, y hasta se animaba a fantasear con tríos e invitarme a alguno de ellos. Pero ahora, todo era diferente. Yo tampoco le daba mayores detalles de mi relación, evidentemente porque iba a ser demasiado incómodo contarle lo que hacía con su hermana, especialmente el gusto que estaba desarrollando por correrme en ella.

    No era cuestión de infortunio o de falta de precaución, era una conducta premeditada, pues desde esa tarde del polvo en el auto de Pedro había desarrollado un gran morbo por dejarle colgando mi esperma en sus paredes vaginales, me excitaba tanto como echársela en la cara. Ella prefería más esta última opción, pues le evitaba hacer uso de la píldora del día después y los horribles malestares que estas le desataban.

    De todas formas Katherine y yo íbamos a aprender la lección del uso abusivo de la píldora del día después. Lo íbamos a aprender de la manera más tortuosa posible: una falla.

    Recuerdo que la noche de la debacle o “noche de los lechazos” fue en el último de los feriados de junio de ese año. Katherine me invitó a un paseo con algunos de sus compañeros universitarios, plan al que no solo no le vi problema, sino que me causó cierto entusiasmo, pues era una época de demasiado estrés para mí, ya que al contar con menos días laborales en la semana (hay tres feriados en junio), la carga se acumulaba. Era la ocasión ideal para descansar, para dispersar un poco la mente, y para compartir con Katherine, quien para ese entonces me tenía completamente cautivado.

    Esa vez viajamos la noche del viernes en el auto de Edwin, uno de los compañeros de clase de Katherine. Íbamos con él, su novia. En otro auto iba un muchacho llamado Juan y otras dos chicas. Nuestro destino era Melgar, un pequeño municipio a unas dos horas de Bogotá. Allí llegaríamos a la finca de Juan.

    Fue nada más llegar para empezar a consumir licor en los alrededores de la piscina y en esta misma. Tanto la novia de Edwin como las otras dos chicas que iban con nosotros eran atractivas, por lo menos merecían un buen recorrido con la vista de arriba abajo. Aunque no podía excederme en apreciaciones, pues Katherine estaba conmigo y de perderme contemplando a alguna de estas chicas, seguramente lo notaría y vendría una discusión.

    Esa noche, la del viernes, Katherine se embriagó rápidamente, y yo no tuve más opción que alzarla, y llevarla a dormir. Me quedé junto a ella, me sentía agotado por el viaje y ciertamente porque también había consumido una buena cantidad de licor, así que decidí que era hora de dormir.

    Al siguiente día fue un poco más de lo mismo, conversaciones, anécdotas, risas y licor en la piscina. Para mí, ver a toda hora a estas chicas en vestido de baño fue motivo suficiente para estar deseoso a cada instante. Katherine iba a pagar por ello, pues mi calentura era total. Entrada la noche le propuse a Katherine fumar un porro, pero como no lo quería compartir con los demás, le dije que fuéramos al respaldo de la casa.

    Nos fuimos a este sitio oscuro y abandonado mientras escuchábamos las voces, las risas y los gritos de los compañeros de Katherine, que continuaban divirtiéndose en la piscina. Encendimos el porro y charlamos un poco mientras lo fumamos. Todo estaba tan oscuro que le propuse a Katherine que lo hiciéramos allí. No había cama, ni colchón, ni luz; solo el piso mugriento y el deseo de fornicar el uno con el otro. Como antes estábamos en la piscina, íbamos ligeros de ropa: la pantaloneta en mi caso y el bikini en el caso de ella. Eso facilitó muchos las cosas, pues fue cuestión de correrlo hacia un costado para penetrarla. Lo hicimos allí de pie, recostados contra una pared, viéndonos a la cara.

    La luz era casi inexistente en esta zona, pero suficiente como para apreciar el lindo rostro de Katherine. Sus sensuales labios rosas que se apretaban en el uno con el otro para sofocar cualquier gemido o ruido y sus grandes ojos oscuros, que clavaban su mirada en los míos en búsqueda de complicidad.

    Los dos buscábamos ser silenciosos, pero no lo lográbamos del todo cuando nuestros cuerpos chocaban. Pero poco a poco eso iba importándonos cada vez menos. Llegó un momento en el que no tuvimos reparo en hacer el ruido que nos fuera necesario. Al fin y al cabo el sexo seguramente estaba entre los planes de todos los que fuimos a este paseo. Ser descubiertos no nos importó mucho, pues estaba lo suficientemente oscuro como para que alguien pudiese apreciar más de la cuenta.

    En esta ocasión no hubo chance para el sexo oral, tan apetecido por ese entonces por mi viciosa novia. El polvo fue relativamente largo, unos 15 minutos calculo yo, pero no nos dimos la oportunidad de variar de posición. Solo lo hicimos allí, recostados contra esa pared, siendo mis empellones cada vez más fuertes.

    Para hacerlos aún más intensos, agarré a Katherine de las caderas y empecé a sacudirla fuertemente contra mí, como si se tratara de hacerme una paja ayudado por una mujer. Tanto me entusiasmé que la descarga no tardó en llegar. Fue brutal dado que yo llevaba cerca de tres semanas sin sexo o masturbación. Inicialmente ella se molestó por haberme corrido en ella, pero entendiendo que no había opción diferente a recurrir a la tan bendita píldora del día después, omitió la molestia que le había generado mi exceso de confianza. De hecho lo superó rápidamente, pues con solo volver a la piscina con los demás, olvidó el malestar que tenía conmigo.

    Pero para mí ese polvo fue solo un abrebocas, estaba desatado y ahora solo quería más. No hallaba el momento de echar otro polvo, claro que debía controlarme, pues había que compartir con los demás, todavía más cuando eres un invitado.

    Claro que llegó un momento en el que yo consideré suficiente el tiempo de esparcimiento y diversión con todo el grupo, entendía que había llegado el momento de la privacidad y la pasión con mi novia. Pero ella parecía estar divirtiéndose con todos los demás, no quería presionarla, así que empecé a insinuarme con el mayor disimulo que me fue posible.

    Estábamos sentados en círculo al interior de la piscina, obviamente yo estaba junto a Katherine. Aproveché para empezar a tocar sus piernas bajo el agua, asumiendo que nadie se daba cuenta de lo que hacía, aunque era evidente que si lo hacía, así como seguramente también se habían dado cuenta de que minutos atrás habíamos follado en la parte trasera de la casa.

    Era delicado al hacerlo, mi objetivo era excitarle, y sabía que debía ser muy paciente para hacerlo. Deslizaba mi mano por sus piernas lentamente. Ocasionalmente por su zona púbica, aunque por encima de su bikini. Claro que a lo que más tiempo dediqué fue a la entrepierna, no solo porque sabía que iba a obtener el resultado deseado, sino porque a mí también me calentaba sobremanera acariciar la cara interna de sus muslos.

    No tardé mucho en lograr mi objetivo. Katherine explicó a sus amigos estar cansada, me tomó de la mano y me condujo a la habitación. Era evidente que ninguno le había creído, que seguramente todos sabían que íbamos a follar ¿Pero qué más da? Ni mi ni a ella nos importaba lo que ellos pensaran o creyeran, solo teníamos en mente complacer nuestros instintos más básicos.

    “Ahora si me vas a recompensar con el cunnilingus que me quedaste debiendo”, dijo Katherine apenas cerró la puerta de la habitación. Yo la acosté sobre la cama, le saque la parte baja de su bikini y de nuevo me puse cara a cara con su vagina. Antes de empezar a meter mano, dedique un buen rato a besar y acariciar su entrepierna, al fin y al cabo entendía que allí estaba la clave para empezar una buena sesión de sexo oral con Katherine.

    Para ese entonces el sexo oral era casi tan habitual como darle un beso. Conocía casi que a la perfección lo que le gustaba y lo que no, el ritmo que debía llevar, cuando utilizar mis dedos, cuando acariciar superficialmente su vagina con la palma de mi mano, cuándo y cómo utilizar mi lengua. Me sentía todo un artista del sexo oral, por lo menos así me hacía sentir ella, pues lo disfrutaba más de la cuenta. Incluso llegué a popularizar mi perspectiva sobre el sexo oral entre mis conocidos: “Si no bajas al pozo, otro viene y se te toma el agua”, les decía a mis amigos para hacerles notar mi fascinación sobre el sexo oral.

    Supongo que la ingesta de alcohol hizo que Katherine estuviera un poco más desinhibida. Generalmente era una chica de poco ruido durante el sexo, pero esa vez, solo con el sexo oral levantó la casa a punta de gemidos. Su coño se humedeció rápidamente, como era habitual en ella; sus fluidos empezaron a correr por la cara interna de sus muslos, con los que a su vez apretaba mi cabeza ocasionalmente.

    Fue una extensa sesión de sexo oral, pues me sentía en deuda con ella porque en el primer polvo de la noche no se había dado la oportunidad para complacerla como se debe. De todas formas no me incomodaba hacerlo ya que era una chica bastante aseada en su zona íntima, generalmente depilada e incluso perfumada; además del placer delirante que ya he mencionado le ocasionaba el sexo oral.

    “Házmelo, fóllame ya”, dijo ella al interrumpir la sesión de sexo oral tomándome del pelo y levantando mi cabeza. Yo, ni corto ni perezoso, introduje mi pene en ella. Siempre, después de estas sesiones de caricias, besos y lengüetazos en su zona íntima, era todo un placer follarla, pues se humedecía tanto que mi pene se deslizaba en ella con especial facilidad.

    Empecé con un movimiento de cadera lento pero profundo, mirándola constantemente a los ojos y comiéndole la boca ocasionalmente. A esa altura de la noche Katherine conservaba la parte alta de su bikini. Tanta era mi excitación que no me dio tiempo para quitárselo, me limité a bajarlo, dejando al descubierto sus pequeños pero hermosos senos. Para ese momento estábamos follando en la clásica posición del misionero, pero eso iba a terminar rápidamente., ya que ella pidió parar para hacerme una mamada.

    Yo disfrutaba totalmente de ver su carita mientras metía mi pene entre su boca, pero en ese momento solo quería follarla, así que no duró mucho su mamada.

    La puse de rodillas sobre la cama y empecé a penetrarla en cuatro, tomándola fuertemente de las caderas y embistiéndola con fuerza. Ocasionalmente la tomaba de los hombros para jalarla contra mí y hacer más profunda y contundente la penetración.

    “Agárrame de las caderas, como ahorita”, me pidió ella en momentos en los que la tomaba por los hombros. Así que deslicé mis manos hasta llegar a sus caderas no sin antes dejar marcas de mis uñas en su espalda. Claro que se trató de algo muy leve, además de que su piel era sensible y seguramente estaba un poco más vulnerable luego de tantas horas en la piscina.

    La agarré nuevamente de las caderas, con firmeza y buscando guiar sus movimientos para que la penetración fuera cada vez más fuerte. También aprovechaba la posición de mis pulgares para separar levemente sus nalgas, de modo que hacía más notorio, más visible su pequeño ojete, ese que alguna vez penetré pero que no fue de su agrado.

    Nunca había sido agresivo con Katherine, pues ella, por su apariencia débil, delicada y todavía con rasgos de niña; me producía ternura más que cualquier otra cosa. Pero esa noche no sé qué pasó, pero en medio del furor, empecé a cachetear sus nalgas. Ella no dijo nada, evidentemente lo disfrutó, pues una vez que yo paré de azotar sus nalgas, ella misma las golpeó, como invitándome a seguir.

    No pasó mucho tiempo para que sus blancas y tiernas nalguitas se pusieran coloradas. Al verlas tan rojas, detuve los cachetazos.

    A esa altura de la noche ella ya no tenía reparo alguno en gemir, ya no le importaba que sus amigos pudiesen escucharnos, solo le interesaba disfrutar del momento.

    Katherine sintió el agotamiento de estar en esa posición y me pidió retomar la posición del misionero, que para ella era la de menor esfuerzo. Yo accedí, pues al estar en cuatro me perdía de la oportunidad de disfrutar de sus gestos. Así que sin perder tiempo le di vuelta, la acosté y la volvía penetrar.

    Mientras volvía a introducir mi pene en ella, la besaba y acariciaba la cara externa de sus piernas. Por ratos me alejaba un poco, sin dejar de penetrarla, con el ánimo de contemplar su cuerpo y no solo su cara; con la intención de ver como pene se deslizaba entre su delgado y frágil cuerpo. También para tener la oportunidad de ver, tocar y acariciar su abdomen; que estaba muy bien concebido: plano, lo suficientemente tonificado para lucir sexy, sin llegar a la exagerada su tonificación.

    Empecé a arañar suavemente su abdomen mientras mis manos subían hacia sus senos, los cuales se sacudían bruscamente con cada empellón que le daba. Los tomé entre mis manos y jugué por un rato con sus pequeños pezones, que en ese instante estaban duros y deseosos de ser acariciados. Luego apreté sus pequeños senos, creo que como nunca antes lo había hecho, pues no era mi gran pasión hacerlo, sin embargo, esa noche sentí un fuerte deseo por tomarlos y estrujarlos entre mis manos. La mirada cómplice de Katherine también contribuyó a que lo hiciera.

    Estuvimos follando en esa posición por largo rato. No puedo decir cuánto pues no lo sé, no lo contabilicé. Solo sé que llegó un momento en que mis brazos estaban completamente agotados, por lo que dejé caer mi cuerpo sobre el de Katherine. De todas formas continué follándola, aunque sin el exquisito placer de ver su rostro mientras lo hacía. Pero eso se equiparó al dejar mi cara al lado de la suya, pues escuché con mayor intensidad su agitada respiración, sus ricos gemidos, que esa noche estuvieron más presentes que nunca; a la vez que me permitía sentir mucho más su cuerpo sudando, así como los acelerados latidos de su corazón.

    Ella me abrazó, tanto con brazos y piernas. Los movimientos quizá se dificultaron, pero su humedad siguió en aumento. El saber de su excitación y el entender que ella estaba viviendo un nuevo orgasmo, hizo que yo llegara al mío. Y como previamente me había corrido en ella, esta vez tampoco tendría reparo o remordimiento alguno en hacerlo. La besé mientras alcanzaba el éxtasis, y aún después de haber alcanzado el orgasmo, continué besándola.

    Su orgasmo no terminó con el mío, sino que se prolongó durante unos segundos más, tanto así que una vez que se la saqué, ella siguió suspirando levemente, y su cuerpo fue víctima de unos pequeños pero incontrolables espasmos. Las sábanas de la cama también estaban mojadas, en cierta medida por el sudor, pero mayoritariamente por los fluidos que Katherine dejó escapar durante el coito.

    Mientras recuperaba el aliento me quedé arrodillado allí en la cama, viendo a Katherine aún acostada, que miraba hacia el techo mientras el semen escurría de su vagina.

    Una vez que se recompuso, me pidió no vestirme, pues su deseo era que durmiéramos abrazados y desnudos. Yo accedí, pues también me apetecía que fuese así.

    Sin embargo, eso me iba a jugar en contra. Pasaron unas horas, yo desperté en la madrugada, concretamente a las tres de la mañana. Y yo al encontrarme desnudo, abrazado a Katherine, en medio de la oscuridad, no pude evitar excitarme. Empecé a besarla suavemente por el cuello, pero no iban a ser mis besos los encargados de despertarla sino me erección contra sus nalgas.

    -Hagámoslo otra vez, le susurré al oído

    -Dale

    -Pero vamos a hacerlo en la piscina

    -No, en la piscina no, que me puede dar una infección

    -Bueno, entonces al borde de la piscina

    -¿Y si nos ven?

    -Esa es la idea, tentar al peligro. No nos van a ver…

    Nos vestimos como si realmente fuéramos a entrar a la piscina, por si alguien llegaba, le diríamos que habíamos ido a echar un chapuzón de madrugada. Salimos de la habitación tratando de ser lo más sigilosos que pudimos, nos movimos en medio de la oscuridad hasta que por fin llegamos a la zona de la piscina.

    Empezamos a besarnos y luego yo me tumbé en el suelo. Ella corrió su bikini hacia un costado y guio mi pene hacia su interior. Empezó a moverse lentamente sobre mí. Yo la dejaba llevar toda la iniciativa, quería disfrutar de verla imponer el ritmo.

    Pero la tentación me venció más temprano que tarde y fue ahí cuando lancé mis manos hacia sus tetitas. Las acaricié inicialmente por sobre su bikini, y luego metí mis manos bajo este. Ella me miraba fijamente a la cara a medida que incrementaba el ritmo de sus movimientos.

    La agarré de las caderas para sacudirla con más fuerza sobre mí, pero ella me dio una cachetada e inmediatamente me tomó de las manos, las dirigió por sobre mi cabeza y allí las mantuvo. Katherine deseaba tener completo dominio de la situación y yo se lo permití. Al fin y al cabo que lo estaba haciendo a la perfección. Sus movimientos su fueron tornando cada vez más contundentes, cada vez más frenéticos.

    Poco a poco fue dejando escapar uno que otro gemido, aunque trataba de reprimirse para que nadie nos fuera a encontrar follando ahí. Su vagina rápidamente se humedeció, lo que facilitó sus bruscos movimientos sobre mí.

    Pero rápidamente su condición física le iba a vencer, cediéndome la oportunidad de tener la iniciativa. Yo me puse en pie, la tomé de una mano y la llevé hacia una zona de árboles que había en inmediaciones de la piscina. La apoyé contra uno de estos, y la penetré por detrás, por su vagina, pero por detrás.

    El tronco del árbol era grueso y parecía sólido, así que no dudé al momento de incrementar la intensidad de los movimientos. La tomaba por el abdomen, como con una especie de abrazo bajo; lo acariciaba y poco a poco deslizaba una de mis manos hacia su vagina, para estimularla a la vez que la penetraba.

    Eso tuvo un alto costo, pues Katherine empezó a dejar escapar unos gemidos cada vez más fuertes. Pero a mí no me importó, pues disfrutaba con su excitación, con su placer y con sus ganas de gozar. Ocasionalmente daba vuelta a su cara para besarla, aunque la mayor parte del tiempo lo que vi fueron sus redonditas nalgas rebotando contra mi humanidad.

    A esa altura de la noche el cansancio me estaba pasando factura, las piernas me temblaban del agotamiento e incluso llegó un momento en que sentí un calambrazo en el posterior de uno de mis muslos. Eso me llevó a concentrarme en terminar lo antes posible, pues ya estaba en las últimas. No dudé en ningún momento en volver a dejarle el coño lleno de semen a mi tierna novia, que esa noche había recibido más esperma que en cualquier otro momento de su vida.

    Cuando se la saque, ella se quedó recostada un par de segundos contra el tronco del árbol, dándome la oportunidad de ver mi semen correr pierna abajo por su humanidad.

    Rápidamente y ya sin temor alguno, nos dirigimos de nuevo a la habitación para por fin descansar. Al otro día teníamos que ir a la zona urbana del municipio para comprar una píldora del día después. Claro que al día siguiente lo postergamos, pues estas pastillas tienen efecto durante las 72 horas siguientes, y entendimos que consumirla en medio del paseo solo lo arruinaría. Así que esperamos a volver a Bogotá para comprarla y para que Katherine la tomara. Desafortunadamente para nosotros, la píldora iba a fallar, y de ese modo nuestras vidas iban a cambiar drásticamente.

    Fue una noticia que tardó en llegar, especialmente para mí. La pastilla entre sus diversos efectos tiene el desajuste de los periodos menstruales, por lo que un retraso no tiene que ser necesariamente un motivo de preocupación. Claro que no debería ser así, un retraso ha de ser motivo de alarma siempre, bajo cualquier contexto.

    Tras el primer mes de retraso Katherine lo tomó como una situación normal, pero los días fueron pasando y su preocupación creciendo. Al final decidió hacerse una prueba de embarazo casera, consiguiendo un resultado positivo. Durante todo ese tiempo yo desconocí la situación, y fue ese día, el de la prueba casera, cuando por primera vez me enteré de lo que ocurría.

    Luego recurrimos a un examen más fiable, confirmando lo que tanto temíamos. De todas formas, no había marcha atrás. Katherine nunca contempló el aborto como alternativa, por lo que las cartas estaban echadas. El siguiente paso era contárselo a su familia.

    **************

    Capítulo 10: La joya de la corona

    La noticia no cayó bien entre su familia ya que Katherine era una chica joven, que tendría que interrumpir sus estudios y que dar un giro de 180 grados a su vida. Yo estaba a punto de terminar mis estudios, pero eso no aseguraba que fuera a conseguir un gran trabajo. El que tenía hasta entonces no me daba para mantener un hogar, por lo que tendría que empezar a buscar otro…

  • La enfermera culona y el viejo negro (Parte I)

    La enfermera culona y el viejo negro (Parte I)

    Vanesa era una joven enfermera que laboraba en un centro de para los adultos mayores. Su vida giraba alrededor de atender las necesidades de los ancianos del lugar, desde vestirlos y limpiarlos hasta hacerles compañía en sus ratos libres. La rutina de realizar el mismo trabajo todos los días había terminado por matar el gusto por su profesión. Si bien en un inicio sintió atracción por la vida de las personas ancianas, mezcla de ternura y admiración, ahora le parecían totalmente aburridos. Todos le parecían iguales y sin los rasgos que le había interesado en un primer momento.

    En su trabajo con los ancianos había experimentado otro lado que no esperaba de ellos cuando tomó la decisión de trabajar en dicho centro. Los ancianos sentían una gran atracción por ella, especialmente por sus grandes caderas y su enorme culazo. Pese a su edad y en muchos casos, la casi nula capacidad para una erección, sus “reflejos” sexuales todavía se mantenían. Vanesa era constantemente toqueteada por las manos de los ancianos, las cuales buscaban los momentos más vulnerables para apretarle las nalgas o rozarle las caderas. Al inicio, como toda joven que se hace respetar e zafarse de esos indebidos movimientos, pero la recurrencia la terminaron por cansar.

    Además, con el tiempo se dio cuenta que podía utilizar su culazo para hacer más llevadero y fácil su trabajo. Los ancianos accedían totalmente a todos sus mandados con la promesa de un roce de sus nalgas, una sentada ligera en sus regazos y ocasionalmente uno que otro beso corto. Todo a las espaldas de sus supervisores y con la complicidad de sus pacientes. Pero, aunque se lo negaba constantemente a sí misma, Vanesa también disfrutaba de los toques sobre su cuerpo. Sexualmente era una persona muy liberada; no veía en su cuerpo algo sacralizado y siempre fue consciente del deseo que despertaba en hombres y algunas mujeres. Por eso es que este tipo de acoso no le escandalizaba mucho, lo veía como algo utilitario, sus labores diarias terminaban rápido y sin problemas, todos felices.

    Un lunes, Vanesa se preparaba para la llegada de algunos miembros del centro. Su jefe le comunicó que se le había asignado un paciente llamado Samuel de apenas 57 años, pero por decisión de su familia se había optado por internarlo en el centro. Tan aburrida le parecía su trabajo que ya ni curiosidad sentía por el nuevo huésped y de manera mecánica empezó a realizar todos los procedimientos.

    Se dirigió hacia el cuarto asignado con un par de sábanas y utensilios de limpieza. En su apuro por entrar, olvidó tocar la puerta y solo la abrió de manera intempestiva. Al entrar, divisó el torso desnudo de un hombre negro, una espalda esbelta, formada por años de ejercicios físicos, hombros anchos y brazos enormes, un cuerpo radicalmente distinto al de los demás ancianos del centro. El sonido de la puerta hizo que el hombre se diese la vuelta y mostrase pectorales muy bien formados y una barriga un tanto prominente pero acorde con su edad. A nivel de cara, también era atractivo, un rostro masculino, ojos penetrantes y seguros, labios gruesos y en la boca una barba color blanco que para nada le restaba belleza.

    Vanesa reaccionó rápidamente, pero no lo suficiente como para que Samuel no pueda ver su reacción ante su escultural cuerpo.

    -Hola, buenos días. Soy Vanesa y seré su enfermera asignada -atinó a decir de forma nerviosa.

    Samuel por su parte también estaba sorprendido por el cuerpo, pero él supo manejar mejor su reacción.

    -Hola, mucho gusto. Mi nombre es Samuel -respondió, sin realizar ningún esfuerzo por ponerse de nuevo la camisa.

    Mientras hablaba, Samuel observaba el cuerpo de Vanesa con sorpresa y repentino deseo. Su mirada se fijó en sus sorprendentes curvas, rara para una chica blanca. Pese a lo holgado del traje de enfermera, era posible ver que debajo de esta se escondía un culo enorme, unas caderas anchas, y unos muslos gruesos y bien formados. Todo esto dibujó una sonrisa en su cara que Vanesa pudo identificar pero intento evitar prestar atención.

    -Mucho gusto, igualmente -respondió Vanesa, intentado acabar con la tensión casi sexual que había marcado el momento inicial de su encuentro- Bueno, si me presta atención por unos segundos pasaré a explicarle las reglas del centro.

    Vanesa procedió con su explicación con la atenta mirada de Samuel quien no hacía esfuerzos por disimular las miradas sobre su cuerpo. La explicación pasó casi inadvertida por Samuel quien apenas concluyó la explicación puso su mano izquierda sobre la cintura de Vanesa y preguntó:

    -Solo tengo una duda. ¿Eres soltera? -mientras miraba lujuriosamente a los ojos de Vanesa.

    Vanesa soltó una sonrisa y miró para un costado.

    -No, para nada -respondió mientras intentaba zafarse del control que Samuel tenía sobre su cuerpo.

    -Qué raro, una chica tan atractiva como tú. Infórmame, ¿qué puede hacer este viejo para divertirse en un lugar como este? -preguntó Samuel intentado acercar a Vanesa cada vez más hacia él.

    -Bueno, puedes usar el área de recreación y socializar con las demás personas. Estoy seguro hay un par de señoras por ahí que les gustaría tener tu compañía -Contestó Vanesa

    -¿Y si quiero tu compañía? -aseveró Samuel con firmeza.

    Vanesa no podía contenerse. Quería proyectar incomodidad para parecer una señorita decente, pero la cercanía a Samuel, sus músculos enormes, su voz profunda y sobre todo su actitud dominante la estaban excitando. Una calentura en su entrepierna le provocaba un ligero movimiento en sus caderas que luchaba por controlar. Para su respuesta no necesitó mucha meditación, con una mirada de perra en celo miró los ojos de Samuel y le dijo “Me llamas no más, que estoy a tu disposición”.

    La escena fue interrumpida por la voz del altoparlante llamando a Vanesa hacia otra área. Soltó un rápido y esquivo “me tengo que ir”, dio media vuelta y salió cuarto lentamente para dejar a Samuel una última vista de sus terrible culazo. Cerró la puerta y se dirigió nerviosamente hacia un cuarto vacío sin poder entender todavía lo que acababa de pasar.

    Entró, cerró la puerta, se apoyó de espaldas contra la pared e intentó respirar hondo y pausado. La sensación de calor en su entrepierna todavía se mantenía, por lo que sola y sin nadie que la viera, metió su mano desesperadamente dentro de sus panties y comenzó a frotar su panocha mojada con los dedos. Su encuentro con Samuel ya la tenía a mitad de venirse, así que no pasó mucho para que sienta todo su cuerpo retorcerse. Mordió las mantas que tenía para evitar gritar y progresivamente fue cayendo sobre el suelo. Sus dedos presionaron y se movieron con más rapidez hasta que sintió el clímax apoderarse de ella.

    Unos segundos después, casi echada en el suelo, Vanesa recuperó su control sobre sí misma y recordó que se encontraba en el trabajo y la estaban llamando. No meditó mucho sobre lo que había pasado. Rápidamente, se paró, se arregló el pelo y la ropa, e intentó limpiarse los dedos húmedos. Dio un respiro profundo y salió nuevamente al área pública para continuar con su trabajo. En su mente sabía que no iba a ser su último encuentro con Samuel.

  • Se rentan cuartos para estudiantes

    Se rentan cuartos para estudiantes

    Mariana es mi nombre, las vergas jóvenes mi debilidad.

    Yo creo que uno llega a este mundo con un retazo del destino tatuado en la sangre, y nuestras decisiones terminan de forjarlo o contradecirlo. En mi caso, en cuanto descubrí mi debilidad por los muchachos me abracé a ella y me dejé arrastrar por mis deseos sin un ápice de remordimiento. Mientras todo sea consentido nada de malo habrá en ello, ¿cierto?

    A los veinticinco mi viejo se fue para los estados siguiendo a una gringa que cayó en sus tentáculos y le consiguió los papeles, traspasó a mi nombre sus propiedades para que las administrara mientras él se daba la gran vida con la Lolys en Manhattan, las propiedades consistían en una combi de los sesenta completamente restaurada, la misma que él usó en años mozos para hacer sus travesuras, incluyéndome, y la pensión. La pensión era la casona del bisabuelo Marcus, el «aventurero» le decían al gallego, Marcus el «ganadero», el padre de mi padre, la convirtió en una pensión y acondicionó las habitaciones para que sirvieran de pequeños apartamentos con sus cocinetas, baños y salitas, y rentarlas a los estudiantes ya que la facultad quedaba a no más de cuarenta minutos. Mi viejo la manejó y la mantuvo en perfectas condiciones, pero yo ya veía las cosas distintas y quería darle otros aires al lugar, remodelarlo, quizá sacar un préstamo y comprar la propiedad contigua para anexarla.

    Nada más entrar en la casona lo recibía a uno la sala común, un vestíbulo con divanes y mesas de estudio para los muchachos, aunque a veces se convertía en la zona de festejos cuando acababan los parciales. Tras la sala común estaba el primer patio interno, un bonito espacio verde de unos cincuenta metros cuadrados con una fuente al centro y varias banquitas blancas rodeándola, la luz entraba por las claraboyas en el techo que permitían ver el cielo, allí se dividía en dos los pasillos, rodeándolo y estos pasillos llevaban a los ocho «mini apartamentos», cuatro a cada extremo, dos arriba y dos en la planta baja tenía ocho habitaciones. Al final del primer patio y de los dos pasillos que convergían al final estada el segundo patio, pero éste ya era parte del exterior y había que exponerse al sereno para atravesarlo y llegar a mi anexo, donde yo vivía en una casita de dos plantas.

    Cuatro de los mini apartamentos estaban ocupados, dos muchachos se habían graduado -¡enhorabuena!- y dos más habían desertado -no es de sorprenderse-, dos estaban vacíos y listos para ser habitados. Mi padre me enseñó a dar mantenimiento a los apartamentos cada vez que cambiaran de inquilino, lo que suponía un gasto en pintura, plomería y cerrajería pero bien lo valía a largo plazo. Recibí la llamada el quince de agosto a las tres de la tarde, una madre buscaba un apartamento para su hijo recién graduado de preparatoria y alguien le había dado mi número, acordamos una visita y le mostraría los apartamentos disponibles para fijar precios finales.

    La señora, Teresa, era una mujer guapa, en sus cuarentas tardíos, madre soltera por lo que supe, con un culazo que tendría a más de uno detrás. El muchacho no quería bajar de la camioneta, imaginé que sería uno de esos rebeldes que se avergüenzan de salir con sus madres, la señora le insistió con ternura y el chico no se hizo de rogar. Cuando salió detrás de los vidrios polarizados me pareció un muchacho muy tímido, no engreído ni rebelde, llevaba unas gafas negras que pronto se retiró para dejarme ver unos ojos azules preciosos que centellaban como luciérnagas, tenía un rostro muy atractivo de mandíbula cuadrada y una pequeña sombra de lo que algún día será una tupida barba, de eso estaba segura. Medía 1.80 metros de alto, de eso estoy casi segura, hombros anchos y brazos y piernas largos, algo delgado pero bien conservado y firme como los jóvenes de su edad, más tarde me enteraría que practicaba soccer y estaba en la liga universitaria, que así había conseguido una beca, Teresa estaba orgullo de presumir de ello, pero Eduardo se sonrojaba y evitaba mirarme mientras su madre me contaba toda su vida, avergonzándolo.

    «Vale, Tere. ¿Te puedo decir Tere?» Ella asintió. «¿Por qué no entramos y después me sigues contando? Mira que estamos en medio de la banqueta y el sol no enfría».

    «Claro, claro, perdona. Vamos, cielo» dijo hacia Eduardo que venía detrás de nosotras. «Madre mía, ¡pero qué bello esto!» exclamó nada más entrar y encontrarse con la sala común y el primer patio de fondo. Giró en sus talones y dedicó una mirada a todo en unos segundos, a mí me intrigaba más Eduardo, quería ver cómo era el chico y si podría intentar algo con él una vez haya convencido a la madre de dejármelo. El chico también mostraba sorpresa e interés, sonrió al ver el amplio patio.

    «Ésta es la sala común de los inquilinos. Solo recibo estudiantes así que ésta área es por lo general de estudios, ya depende de cómo se organicen ellos si quieren hacer alguna pequeña celebración o fiesta» expliqué sacudiendo las llaves con las que abría los apartamentos. «Este es el primer patio, por lo general un área de recreo, pueden fumar aquí si quieren» añadí.

    «No, no, no, mi Eduardo no fuma, tiene que mantenerse en forma para su deporte. Los pulmones y las piernas son sus tesoros» señaló la madre, casi orgullosa como si hablara de sí misma. Yo me di un vistazo a las piernas de Eduardo debajo de los blue jeans, ¿cómo no vi antes ese par de piernas? Si bien el chico era delgado, las piernas se le marcaban firmes y más carnosas debajo de la tela. Pero no dejé que mi morbo me distrajera demasiado o Teresa lo notaría.

    Los llevé por el pasillo de la derecha, donde tenía los dos apartamentos listos. El seis era el penúltimo pero el más cerca de mi habitación de los que estaban libres, les abrí la puerta y les dejé entrar. Nada más abrir la puerta la cama con dosel se aparecía elegante y como atrapada en el tiempo colonial, un baúl a los pies de la cama y frente a ésta un televisor, al fondo había un escritorio junto a la ventana rectangular que daba vista a la casa vecina. Junto al televisor estaba la puerta a la salita-comedor, con su cocineta, estufa y refrigerador de bar, un juego de comedor para dos y un sofá de cuero, la respectiva ventana y el cuarto de baño con la bañera y ducha en uno solo.

    La madre abrió las llaves para corroborar el flujo de agua, encendió cada luz y se aseguró que la calefacción junto a la cama funcionara, el chico en cambio se complació con ver que las ventanas se abrieran ,que la cama fuese firme y que la tele encendiera, con una mano en el bolsillo me preguntó si había Wifi y por primera vez escuché su voz, que aunque dulce y tímida, era profunda, muy varonil, el tipo de voz que cuando te dice «zorra» o «puta» te hace mojar las bragas. No había duda, ese muchacho tenía que ser mío, así que me dispuse a terminar de convencer a Teresa con el precio.

    «Claro, tenemos la mejor velocidad por si te interesan los videojuegos en línea, está incluido en el precio» añadí guiñándole un ojo a la madre. «Aunque estoy segura que estarás más concentrado en tus estudios, pero no te preocupes, tienes buena cobertura en cualquiera de las salas del complejo».

    «Me gusta, me gusta mucho» dijo Teresa, complacida mientras abrazaba su cartera. Eduardo daba un par de vueltas más. «¿Qué dices, Lalo?»

    «Sí, me gusta» dijo al fin, aunque su rostro no denotaba demasiado entusiasmo, más bien conformismo. Si algo era difícil de entender en los jóvenes era su falta de expresividad, esa constante falta de interés en lo que ocurría al rededor, pero como con todos, con Lalo rompería esa coraza y sacaría del cascarón al potrito para cabalgarlo.

    Discutí el precio con Teresa y firmamos el contrato en la sala común tras asegurarle que yo vivía en el complejo, les mostré el anexo y les aseguré que no permitía el consumo de drogas en el complejo, que no había habido nunca un disturbio y que las fiestas de fraternidad eran una quimera allí. Claro, las fiestas me las montaba yo en el anexo. Quedaron en mudarse la próxima semana así que yo comencé a trabajar en mi plan para comerme a Eduardo.

    Lo primero era poder darme gusto viéndolo y descubrir qué le gustaba, así que lo primero que hice fue instalar mis cámaras espía en su apartamento, localizando una en su baño justo detrás del grifo una y otra desde la parte superior frente al espejo, la siguiente fue en la cama con dosel detrás de alguna de las figuras talladas para poder verlo cada vez que dormía, otra panorámica de la recámara y otra de la salita, donde por lo general había menos acción.

    Aquí creo conveniente describirme, porque lo primero que hice cuando Teresa se fue y dejó a su hijo en su nuevo hogar, fue cambiarme de ropa. Mi culo quedó cubierto apenas por un short jean rasgado, las piernas y mi culo son mi mejor atributo, los pantalones siempre son un reto para mí porque terminan rozándome el espacio entre las piernas. Me puse un top blanco que dejaba ver mis pezones casi saliéndose por la parte superior y marcándolos bajo la tela de lo excitante que me parecía cazar a un nuevo chico. Tras atarme el cabello en una coleta alta me coloqué algo de labial rojo y unas notas de loción en el cuello, me deslicé unas zapatillas deportivas y ya, estaba lista para ayudarle a mi nuevo inquilino a instalarse. La cortesía es lo más importante.

    Por las cámaras lo vi desempacando una vajilla de trastos en la cocina, andaba en una calzoneta deportiva y una camiseta negra sencilla, descalzo. Me mordí el labio solo de imaginarme a ese chico diez años menor comiéndome el coño, me masajee los pezones para que se me resaltaran aún más y busqué el martillo y unos clavos, me dirigí al número seis, en el pasillo me encontré al inquilino del cuatro, Rodrigo, un estudiante de medicina de segundo año que, tras conseguirse una noviecita decidió alejarse de mí, pero vamos que mis visitas nocturnas no las niega. Al verme vestida como una zorra dejó las llaves caer al suelo y junto a su quijada, no sabría decir si iba de salida o de entrada.

    «¿Estás bien, Rodri?» pregunté acercándome y agachándome a recoger las llaves sin doblar las rodillas, sus ojos se desviaron a mi culo empinado y cuando me erguí de nuevo deslicé mi mano por su bragueta sintiendo la inminente erección. Rodri pasó saliva por la garganta y balbuceó, era un poquito regordete, no tenía barba ni ningún rasgo que destacara del resto, sería uno más del montón, pero me gustaba jugar con él y ponerlo caliente, hacerlo correrse en mi mano y pedirme que pare, era joven nada más. Me acerqué a su oído mientras seguía jugando con su bragueta, atenta al pasillo por si mi nuevo inquilino se asomaba. «¿Te la chupo más noche? ¿O le darás la lechita a esa noviecita tuya?» pregunté con un risa fugaz.

    «Ma-Mariana» balbuceo, aferrándose a los libros como si se le fuese la vida en ello. «No, yo le-le s-soy fiel a mi n-novia».

    «Ya lo veremos más tarde, corazón» respondí, dándole un apretón a su pequeña verga regordeta, haciéndole gemir y estremecerse. Lo dejé por la paz y retomé mi camino hacia el seis. Di dos toques frente a su puerta y sonreí automáticamente. «¡Hey, Eduardo!» saludé con las manos en la espalda. Como era de esperarse sus ojos se desviaron de inmediato a mis tetas casi descubiertas y de allí no se despegaron. «Te traje unas cosas que pensé que podrías necesitar para instalarte».

    El chico estaba boquiabierta, esos ojazos azules clavados en mis pezones erectos que más duros se ponían al saberse observados. Me moví de lado a lado con una fingida inocencia, su cabeza siguió la dirección de mis tetas como una serpiente encantada.

    «¿Eduardo? ¡Hola!» insistí ante su estupefacción. Lalo sacudió su cabeza y volvió a mirarme con esos ojitos azules. «¿Estas bien?»

    «E-Esto… Sí, sí, ¿qué me decías?» preguntó relamiéndose su labio y ésta vez fui yo la que quedó prendida del gesto, imaginándome esos labios comiéndome el coño.

    «Que te traje un par de cosas, ¿quieres adivinar qué eso?»

    «No tengo idea qué puede ser»

    «Es para clavar duro» sonreí ésta vez mordiendo mi labio, el color subió a sus mejillas de inmediato. Saqué el martillo y los clavos de detrás de mí y se los extendí. «En mi experiencia es la herramienta número uno que los nuevos inquilinos terminan pidiéndome prestada, así que esta vez me adelanté y te la traje. ¿Y la otra cosa? ¿Adivinas?»

    De manera automática tomó el martillo y los clavos, sin despegar sus ojos de mis tetas de nuevo. Negó, pero sin mirarme el rostro, y yo comenzaba a mojarme solo con saber que ese chico se pondría duro en cualquier momento.

    «¡Mi ayuda, tontito! ¡Te ayudaré a desempacar!» respondí dando un pequeño salto en mi sitio, con ello mis tetas se balancearon y él siguió el movimiento con su cabeza.

    Me adentré en el apartamento sin esperar que me invitara, Lalo estaba lo suficientemente idiotizado como para hacer algo para impedirme cerrar la puerta detrás de mí. Vi las cajas aún a medias en la cocineta y comencé a sacar las tazas y cristales de sus envolturas para depositarlos en las alacenas, él dejó el martillo sobre el comedor y se quedó viéndome inclinarme sobre la caja que estaba en el suelo, sin doblar las rodillas, con el diminuto short metido entremedio del culo debía tener una vista espectacular.

    «N-No es necesario que me ayudes con esto, Mariana, de verdad» dijo con voz suave, aún estático junto a la entrada a la recámara. Yo agité mi cabeza con una negativa.

    «Ni hablar, tu madre me pidió como favor especial que te ayudara en todo lo posible. Anda, muévete y ayúdame a desempacar, cuando acabemos pediremos una pizza, ¿vale?»

    «P-Pero en serio» dijo con su voz temerosa, sonrojándose y rascándose la nuca, «no tienes que hacer esto. Mi madre es… exagerada».

    Dejé los plásticos de burbujas y la taza a la que envolvía, me acerqué a él y le abrí la silla del comedor, hice un gesto para que se sentara. Eduardo estaba sonrojado y algo acongojado, imaginé que sería la típica nostalgia tras dejar el hogar, así que, además de buscar mi propio morbo, decidí que el chico también merecía recibir algo a cambio, y quizá era la mejor forma de aproximarse a Lalo: por el lado sentimental y no instintivo.

    «A ver, Lalo… ¿te puedo llamar así?»

    «Claro» asintió, jugueteando con las pulseras de tejidos en sus muñecas, tenía al menos cinco en cada mano.

    «A ver, Lalo, si bien tu madre puede ser un poco sobreprotectora está permitiendo que vivas ésta nueva etapa de tu vida dándote más libertades de la que muchos chicos que he visto han tenido. Y no te creas, no iré corriendo a contarle todo lo que vea que haces o dices, eres un adulto responsable ahora y puedes hacer lo que quieras mientras no sea ilícito o mientras no sea en éste recinto… O en última instancia que no me entere» susurré con complicidad, aunque sabía que con las cámaras instaladas, poco ocurriría sin que yo me enterase, pero esto sirvió para que Lalo me sonriera por primera vez y se desinhibiera un poco.

    Mientras le ayudaba a organizar el apartamento como él quería y le instruía en la distribución de sus muebles le saqué plática, así supe que no tenía novia pero que había tenido un par en el instituto, nada serio. Él, claro, se enteró que estaba soltera y que aunque estaba prohibido para los estudiantes, yo tenía una pequeña dotación de marihuana en el anexo, misma que consumía sólo en ocasiones especiales, él me dijo que nunca había probado drogas, que no se «alcoholizaba» desde hacía más de dos años desde que el soccer había sido el centro de su vida, que poco salía de noche porque su madre insistía en que sus estudios y rendimiento eran más importante, y no le permitía dejar la casa. En fin, Lalo era un chico muy guapo, muy tierno y respetuoso que sufría los estragos de una madre sobreprotectora.

    «Bueno» dije sentándome en el comedor de nueva cuenta, sólo que la noche del sábado ya iba cayendo y el suelo estaba cubierto con papel de burbujas, periódicos y cajas, pero el apartamento estaba casi terminado, «tu madre ya no está aquí, así que si quieres experimentar esas cosas…»

    «Oh, no. No, no» sonrió siempre con cautela, sus colmillos eran tan perfectos y blancos, como el resto de su reputación, «tenemos antidoping dos veces al mes. Es requerimiento del equipo».

    «Qué lata! Ya qué, quizá en vacaciones» añadí, guiñándole un ojo. Tomé el martillo. «¿Algo que quieras clavar?» pregunté y él asintió. Fue a su equipaje y sacó un rectángulo empapelado en periódico, rompió el envoltorio y me mostró una pintura abstracta de salpicaduras y sobre un fondo azul índigo, unas burbujas rojas con destellos blancos estaban en primer plano y la intensidad y combinación de los colores les daba el aspecto de estar flotando. «¡Wow! Eso es genial».

    «Gracias, lo hizo mi mejor amigo para mí antes de separarnos. Él está en otra universidad estudiando artes» explicó con orgullo.

    Tomé el martillo y fui a la recámara, el espacio de la pared junto a la puerta de salida era el lugar perfecto para colocarlo y le permitiría a él contemplar su obra así que me incliné mientras él se sentaba en la cama, dándole una vista completa de mis piernas y culo, entre abrí las piernas para lucir más erótica y comencé a clavar, tardándome un poco más de lo necesario. Cuando giré para pedirle la pintura él estaba boquiabierto había una buena tienda de campaña en su calzoneta, misma que intentó disimular cubriéndola con el codo cuando le quité la pintura de las manos, pero el tamaño del bulto me dejó curiosa y caliente; la mayoría de los chicos de su edad y complexión aún no tienen el tamaño que tendría el de un hombre maduro, pero él… No me lo esperaba, y la curiosidad se disparó en mí. Le habría saltado allí mismo y lo hubiera violado, pero quería que él se entregara por su propia voluntad, que me permitiera jugar con él como yo quisiera y usarlo cuando quisiera, así que esa tarde sólo colgué el cuadro, le prometí que podía confiar en mi como una amiga y le di un beso en la mejilla inclinándome y apoyando mis manos en su pecho, mi abdomen tuvo un roce de su erección al hacerlo y él se puso aún más nervioso.

    Corrí al anexo y subí las escaleras a la recámara, abrí la computadora y puse las cámaras. Lalo levantó la basura del suelo, dobló las cajas y tomó asiento en el comedor restregándose la cabeza con las manos como si estuviese preocupado. Se desnudó y se metió al cuarto de baño. Cambié de cámara y lo vi…! El muchacho estaba bien dotado! Se metió a la ducha con la verga bien parada y tomó el jabón líquido del estante donde lo habíamos dejado, con sus manos largas agarró su mástil y estiró la piel del prepucio para comenzar a pajearse rápidamente con el chorro de agua cayéndole en la nuca.

    El flaquito estaba hecho una delicia, quería comérmelo. Me deshice de los shorts que estaban ya hechos un charco y me metí dos dedos pajeándome al rimo de su mano, Lalo iba de prisa como si estuviera desesperado, en menos de dos minutos supe que se estaba corriendo porque se agitó y apoyó por completo en las baldosas de la pared, entonces vi los chorros de leche escurriéndose en alto contraste con el celeste de las baldosas del baño. Quise poder entrar y lamer la leche de la pared y chuparle esa verga gruesa y venosa a mi chico, pero me tuve que conformar con meterme tres dedos y correrme pensando en él.

    Eso solo fue el comienzo de esa noche, porque tras ducharse Lalo estaba de nuevo como un mástil y se tendió en la cama con la portátil abierta y a un costado y los cascos en sus oídos, ésta vez se puso cómodo con unos Kleenex a un lado y un aceite, esta vez comenzó a pajearse con calma al ritmo de alguna porno y yo… Yo también aproveché, tomando mi consolador y pajeándome a su ritmo, viéndolo retorcerse y halarse esa verga con las dos manos, y aun así no lograba cubrírsela por completo porque la punta morada e hinchada sobresalía. Lalito, Lalito, Lalito…

    Comenzó sus clases y poco a poco aprendí sus rutinas de estudio y de pajas, claro, sabía las porno que le gustaban eran de culonas y tetas grandes, como casi cualquier adolescente, podía correrse hasta tres veces por sesión y las noches previas a las que tenía partidos de soccer eran las que tenía más alargaba buscando desestresarse, instalé audio también en las cámaras luego de la primera noche, para escucharlo gemir y correrse, su voz de chico tímido se transformaba en un auténtico macho aunque apenas y susurraba, seguro temeroso de que lo escuchasen en los otros apartamentos, pero yo más que nadie sabía que el sonido no viajaba.

    Buscaba liberarse de la pesada de su madre que venía cada semana durante los primeros tres meses, hasta que luego pasó a ser cada dos semanas gracias a mis reportes continuos. Le confesé a Lalo lo que hacía y él me agradeció una noche en que compartimos una pizza en su apartamento, había llevado yo una botella de vino y, claro, un faldita pequeña de jean con una tanguita negra debajo, unas sandalias de deslizar el pie dentro y la parte superior sin brassier, usando sólo una camisa holgada que al inclinarme demasiado mostraba mis tetas de más. Lalo me confesó que había una chica que le gustaba pero que no creía que ella pudiera fijarse en él, entonces me prensé de eso para tratar de sexo.

    «Tonterías, ¿por qué lo dices?» pregunté, sirviendo un poco más de vino en las tazas de ambos, él no tenía copas.

    «Porque ella es increíble, hermosa, lista y graciosa. Yo solo soy un crío.» Había mucha tristeza en su voz, pero también una serenidad muy adulta, como quien se resigna a no tener algo. «Pero no me molesta, ¿sabes? Creo que con tener su amistad es suficiente».

    «¡Vamos! Campeón, que tú puedes conquistarla, ¿ya has intentado acercarte y ver si ella se siente ver contigo? Quiero decir, ya sabes, si le gusta estar a tu alrededor»:

    «Eso creo» asintió, sus ojos azules ahora ya tenían más facilidad para concentrarse en mí y no en mis tetas, pero yo deseaba más, quería tener por lo menos sus manos magreándome las tetas y comerle la polla allí mismo. El vino me estaba poniendo más lanzada, y debía seguir procediendo con cuidado. Si Lalito estaba confiando en mí no podía perder ese trabajo por la calentura. El trabajo tendría su recompensa.

    «Entonces ya lo tienes, anímate a invitarla a salir».

    «Podría arruinar la amistad» se lamentó, mordisqueando su labio y de nuevo pensé en esa boca y esos dientes mordiéndome los pezones. «No quiero hacerla sentir incómoda».

    «Lalo, si no arriesgas no ganas, ¡eh! ¡Lánzate!» insistí, inclinándome hacia delante en el comedor para tomar su rodilla, él se estremeció pero yo no aparté mi mano, continué pretendiendo que todo estaba en calma. «Invítala a salir, o róbale un beso. Es mejor pedir perdón que pedir permiso, además, estoy segura que besas bien».

    «¿Cómo puedes saberlo?» preguntó, llevándose la copa a sus labios con mucho nerviosismo, tenía las mejillas rojas la pierna bajo mi mano se tensaba.

    «¿Me equivoco?»

    «N-No lo sé…» balbuceó.

    «¿Cómo no vas a saberlo? Tú tienes que saber si sabes besar o no» expliqué. «Dime, ¿besas bien?» continúe, inclinándome hacia su extremo de la mesa, la camisa se deslizó descubriendo la mitad de mis senos y el nacimiento de mis pezones, los ojos de Lalo estaban perdidos en el escote. Bajé la vos, susurrando casi sobre sus mejillas, lo tenía casi a mi merced. «¿Me dejas comprobarlo? ¿Cómo amigos? Así yo te digo si esa chica caerá definitivamente por ti si le robas un beso, ¿mmm? ¿Qué dices? ¿Me das un beso, Lalo?» insistí con mi mano en su pierna, lentamente dejé la copa que sostenía con la mano izquierda y rodee su mejilla, Lalito estaba como hipnotizado con mis tetas, no se percataba de nada y cuando dejé la camisa caer descubriéndolos por completo supe que ya lo tenía, me incliné sobre él y deslicé mis labios despacio hasta su boca, sintiendo cómo dejaba de oponer resistencia y encajaba sus tiernos labios con los míos en un beso superficial.

    Deslicé mi lengua dentro de su boca y él cedió permitiéndome ultrajar su garganta con mi lengua con un vaivén lento y controlado, el vino combinado con el sabor de nuestra saliva. Deslicé mi mano hasta su muslo y allí la dejé ejerciendo presión, sabía que su bragueta estaba muy cerca, pero no quería asustarlo ni ahuyentarlo mientras disfrutaba del sublime momento de probar su boca por primera vez, segura ahora de que el chico haría un buen cunnilingus. Aparté mi mano del muslo para reacomodarme la camisa y lentamente volví a bajar la intensidad del beso, hasta que volvimos a encajar la boca con apenas un toque. Lalo abrió los ojos, esos preciosos ojos azules, mientras me reacomodaba en la silla.

    «Besas bien, Lalo, no tienes que avergonzarte de nada» dije con fingida calma, bebiendo de mi copa para intentar disimular las ganas de hacerle una mamada y meterme su verga en el coño de una estocada. Él estaba como un tomate, sin podérselo creer aún. «Creo que me voy, es tarde. Guarda la botella de vino, colócale el corcho para que no se eche a perder. Buenas noches, Lalo» añadí besando su mejilla.

    Cuando llegué al anexo estaba hecha una fiera, necesitaba tener algo dentro del coño. Cuando encendí la computadora vi a Lalo denudarse y colocarse boca abajo, acomodó sus almohadas y sentí una punzada de excitación en el clítoris cuando lo vi cabalgar sus almohadas y frotarse con ellas como un macho necesitado. Sentí una increíble lástima de haberlo dejado así, y casi casi me regreso para ayudarle, pero en lugar de eso me complací con las velocidades de mi dildo mientras lo escuchaba gemir y decir quedito mi nombre, mordiendo las almohadas y corriéndose sin remordimientos en ellas. Su cuerpo atleta y definido se veía espléndido en esa posición, su culo blanco se notaba durito y firme con cada contracción que ejercía fingiendo la penetración, la espalda se le marcaba a pesar de ser delgado y estilizado, era un muchacho delicioso y ejemplar.

    Lalo me evitó un par de semanas después de eso, no atendía cuando llamaba a su puerta y también lo veía algo decaído por las cámaras, sus pajas eran más rápidas y menos apasionadas, más desesperadas, como si quisiera simplemente terminar con eso y ya. Teresa también me llamó preguntándome por él, me dijo que lo notaba raro en el teléfono, y yo también me preocupé por él, así que decidí tomar cartas en el asunto de una vez tras tranquilizar a Tere prometiéndole que me haría cargo.

    Decidida la noche de un sábado de diciembre llamé a su puerta. Vestía yo suéter blanco de esos de cuello de tortuga tan largos como vestidos, no llevaba brassier, como siempre que visitaba a mi chico, y la braguita que usaba era de encaje y tan chiquita que los labios del coño se me salían por los lados, me había rasurado para él, completita y había comprado un nuevo perfume, me maquillé y me puse las pestañas postizas para que mis ojos lucieran más grandes, me fui descalza hasta su apartamento.

    «Lalo, sé que estás allí, ábreme, por favor!» llamé. Volví a tocar el número seis, y como vi que no respondía por las buenas supe que era hora de usar las malas. «Lalo, tu madre está preocupada, si no hablas conmigo se preocupará y vendrá, lo sabes». La amenaza de tener a su madre de nuevo como buitre sin dejarle salir con sus amigos surtió efecto y en un minuto estaba abriendo la puerta, llevaba sus pantalonetas deportivas nada más, el torso desnudo y las gafas de descanso visual puestas, quizá estaba estudiando.

    «¿Me dejas pasar?» Se apartó y fui directamente hacia su recámara, me senté en el borde mientras él venía detrás con las manos en los bolsillos. «¿Qué te está pasando, Lalo? Estoy preocupada por ti, creí que éramos amigos y confiabas en mí, ¿es por el beso?» Se sonrojó, no, cambió de colores y esta vez los ojos se le cuajaron, se cubrió el rostro con una mano. No podía creerlo, el chico estaba llorando. Me sentí culpable. ¡Vamos!, no quería hacerlo llorar y ninguno había llorado antes, pero Lalo era tan sensible, me acerqué a él y lo ayudé a sentarse, recostándolo en mis piernas sobre la cama. «Mi amor, ¿qué tienes?»

    «P-Perdón» balbuceó, irguiéndose y tomando aire de nueva cuenta, tallándose el rostro con las palmas abiertas. No podía verme, no me miraba así que me hinqué en la cama y me coloqué detrás de él, abrazando su torso desde atrás y apoyándole las tetas en la espalda.

    «No tienes que pedir perdón por nada, está bien, sólo pide ayuda si algo te pasa, ¿sí? Dime qué te tiene así, anda. ¿Es el estudio? ¿Es esa chica? ¿O el beso?! ¿La besaste?!» deduje con asombro, quizá él, como mi Rodriguito estaba enamorisqueado.

    «¿De verdad no te das cuenta?» preguntó, volviendo a girarse de medio torso, sus ojos azules, esas joyas preciosas por fin volvieron a dedicarme una de esas miradas tiernas. «Estoy loco por ti, Mariana, me gustas… No, más que eso: te quiero, pero sé que solo soy joven  para ti y el beso… Para mi fue lo más maravilloso, la mejor experiencia de mi vida pero tu… Tú no me quieres».

    «Lalo, mi vida…» No podía creérmelo, mi muchacho estaba allí declarándoseme y ofreciéndome sus angustias y la posibilidad de calmarlas, supe que aquello era de verdad distinto, que podía acabar más si no tenía cuidado. El corazón me decía que debía cuidarlo como a un hermano menor, pero el coño me palpitaba por ese chico que llevaba mucho tiempo mojándome las bragas y dedicándome sus pajas. Me incliné para besar sus mejillas húmedas por las lágrimas, aún arrodillada sobre la mullida cama, luego llegué a sus labios y volví a besarlo como la primera vez, primero despacio para tranquilizar al semental y luego con intensidad para hacerlo correr a mi ritmo, me deslicé sobre sus piernas y me senté a horcajadas sobre sus caderas, guiándolo hacia el colchón con lentitud hasta que lo tuve de espaldas en la cama con sus manos en mis caderas. «Mi vida, también me gustas» murmuré en su oído para volver a alejarme lo suficiente y ésta vez enfocar sus preciosos ojos azules, Lalo sonreía de nuevo. «No te quiero ver triste pero tampoco quiero que te confundas así que vamos a aclarar esto» continúe sentada sobre su bulto que ya comenzaba a cobrar firmeza bajo mi coño. «Me gustas, y quiero follar contigo, pero esto no es una relación, ¿vale? Dijiste que querías mi amistad sobre todo, así que la tienes, eso y mi coño para que me llenes de tu lechita, mi amor, pero lo demás… Eso estará por verse, ¿estamos?»

    «S-Sí» asintió, afianzándose de mis caderas con sus manos. Me aparté y lo hice volver a sentarse en la orilla de la cama, de pie frente a él llevé las manos al borde del suéter y lo alcé dejándole ver por primera vez mis tetas y mi cuerpo casi desnudo, luego llevé las manos a la braga y la bajé hasta mis tobillos, la tomé y me acerqué a mi chico que, estupefacto y boquiabierta me observaba, arrugué la braga en un puño se la puse en la nariz, él, sin que tenga que decirle nada, cerró los ojos y aspiró con devoción, olfateándome.

    «Quiero que me comas el coño, ¿lo has hecho?» pregunté partándole de nuevo. Lalo negó con la vista clavada en mi coño rasurado. Me subí a la cama y gatee hasta la cabecera, segura de que era el ángulo perfecto para que todo quedara grabado en la cámara, me abrí de piernas y mi coño estaba baboso y brillante, Lalo se recostó boca abajo y acercó su rostro a mis piernas, por instinto quizá o porque ha visto muchas porno, comenzó con lentitud a ascender con besos por mis pantorrillas, lamió y mordió la cara interna de mis muslos y llegó hasta mi coño supurante de humedad lo olfateo con los ojos cerrados. «¿Te gusta?»

    «Huele riquísimo» dijo antes de estirar la lengua y… ¡Dioses!, el chico era un arte con esa lengua, haciendo una esfuerzo por lamer cada gota de lubricación y concentrarse en el clítoris con devoción, se dio a la tarea de jugar con mi coño, pellizcándolo con curiosidad, estirándolo, metiéndome un dedito cauteloso y cuando vio que había espacio metió otro. Tenía manos divinas y no sé aún cómo supo ni cómo lo hizo pero comenzó a poner sus dedos en una forma de gancho y me follaba con ellos mientras lamía mi clítoris y lo chupaba hasta que me hizo correrme en su boca y un pequeño chorrito de humedad cayó entro de sus labios, él se sorprendió pero no se separó de su tarea y continúo bebiendo a pesar de mis espasmos y de que impedía su movilidad apresándole con las piernas.

    «Quiero comerte el culo» dijo, levantándome las piernas y exponiendo mi ano, no me dio tiempo de hablar porque ya estaba invadiendo mi sagrado culito con su lengua, sentía cómo jugaba con el perineo con sus dedos, cuando más intenso se puso fue cuando me hizo abrazar mis piernas y comenzó a lamer desde el ano hasta mi pubis con rapidez, no sé qué quería lograr, no sé si se había propuesto alguna meta, pero mi chico se había transformado y se había desinhibido de su timidez para explorar mi cuerpo con la misma tenacidad de un conquistador en un nuevo continente.

    «Ven, cómeme las tetas, amor, termínate de criar» le dije, recibiéndolo en un abrazo con mis tetas, él se acomodó en un costado y por fin tuve a mi merced su rica verga adolescente. Se la saqué de la pantaloneta mientras él se hacía a dos manos con mis tetas y tironeaba de los pezones, estaba como una barra dura y caliente, en persona era aún más sorprendente que en vídeo, las venas se le resaltaban con descaro y el líquido preseminal ya lo cubría, comencé a hacerle una paja mientras él mordía mis ubres y las agitaba, hundía su cara en ellas y las lamía con devoción, estaba emocionado, como un niño con juguete nuevo. «¿Te gustaría que te haga una mamada, mi niño?»

    «Sí, por favor» respondió con uno de mis pezones entre los dientes, como si le hubiese preguntado si quería más comida.

    Lo recosté en mi lugar entre las almohadas y me coloqué entre sus piernas, tomé su verga con ambas manos y la coloqué frente a mi cara para que viera la comparación ¡y es que cubría casi toda mi cara! Mantuve mi mirada clavada en sus preciosos ojos azules mientras llevaba su glande a mi boca y lo chupaba y escupía, pajeándole el resto del falo con las manos.

    «¿Ya te habían hecho una mamada antes, amor?» pregunté justo antes de meterme su verga a la boca y sentir la textura de su piel y sus venas recorrer mis labios y las paredes de mi boca, como un rico consolador de carne y hueso estimulándome. Lalo gimió una afirmación y sus manos viajaron hasta mi nuca obligándome a dejarme la mitad de su verga dentro de mi boca y continuar hundiéndome, hasta que casi llegaba a su base, pero era demasiado grande y grueso para recibirla toda en la boca, pero él lo disfrutaba y gemía mi nombre, movía sus caderas y cogía mi boca de una manera tan deliciosa que me hizo desear su lechita en mi boca. «Dame la leche, mi niño, dame tu lechita» pedí sacudiendo su verga y volviéndome a dejar coger por él. Como lo esperaba, esa voz tímida se convirtió en un gutural ronquido casi cavernícola, proclamando su hombría de una vez por todas.

    «Sí, sí, toma mi leche, puta» gimió con sus embestidas y jadeos lobeznos, tensándose en mi interior y derramando ríos de semen caliente en mi boca, hice el esfuerzo de tragar todo cuando pude pero él estaba cargado y continuaba largando chorros de leche que se desbordaron de mis mejillas pero que recolecté con los dedos y llevé a mis tetas y mis labios, tragándome todo lo demás. Continué lamiendo su falo cuando él recobraba el sentido, pero la dureza de su pene no mermaba. ¡Bendita juventud!

    «¿Tienes algún condón por aquí, mi niño?» pregunté jugando con mis pezones llenos de semen, él asintió, se inclinó hacia la mesita de noche y extrajo un paquete de condones, tomé uno y lo abrí, lo coloqué en su verga y lo deslicé hacia abajo. «¿Listo, mi vida?» Lalo asintió y como un espectador simplemente vio como mi coño se deslizaba su verga en el interior con lentitud, perdiéndose poco a poco, peor aún a medio camino tuve que detenerme y esperar a que me acostumbrase a él, bajando un poco más hasta que él tomó el mando y con sus manos en mi cintura me la clavó con fuerza hasta el fondo, tocando mis paredes. Grité, o gemí, no lo sé, pero estaba llena y mi niño vuelto hombre se apropió de lo que creí sería mi momento de liderazgo, y comenzó a cogerme como un Ferrari sin darme tregua.

    En un momento estaba boca abajo y sentía su falo aún en el interior, sus huevos pesados chocaban contra mi coño y sentía como me humedecía cada vez más y más, no sé si Lalo lo hacía conscientemente o era algo natural para él coger con brutalidad y fuerza, su verga encajaba en los lugares precisos y sus manos en mis tetas y en mi culo me hacían sentir rodeada por completo, como la parte de un todo. En mi oído escuchaba sus gemidos bestiales, como un motor en perfecto estado, gimiendo mi nombre junto a su palabra favorita: «puta». «Eres mi puta, Mariana», «comete mi verga toda, puta», «te llenaré el coño de mi leche, te voy a preñar por puta y fácil». Sentí que me desprendía de mi cuerpo, dejé de sentir lo que ocurría a mi alrededor y comencé a ver luces de colores en el cielo del techo. No sé cuánto tiempo pasé así, pero cuando volví a mí estaba aún boca abajo pero me sentía vacía y agotada, tenía el culo levantado, nada más. Era el orgasmo más increíble que había tenido en mi vida, tanto que había perdido el conocimiento y Lalo… Lo busqué con la mirada y lo vi regresar del baño sin condón, había un charco bajo mi coño y a él pareció no importarle, se deslizó a mi lado en la cama y me besó con la misma ternura de siempre, sus ojitos azules me miraban de nuevo con la timidez de su edad, supe que eso no sería lo de siempre, que con Lalo las cosas serían distintas. Él sería mío y sólo mío, mi muchacho.

    Fin.

    ***

    Un relato muy largo y distinto a lo que he publicado. ¿Qué les ha parecido? Por favor, me gustaría saber si ésta fantasía te parece interesante.

    Un beso húmedo,

    Emma.

  • Un amante inolvidable

    Un amante inolvidable

    Había dejado de llover y salí a respirar un poco de aire nocturno al parque de la ciudad a la que viajo ocasionalmente. Me senté en una de las bancas y al rato lo vi pasar, aparentando tener unos treinta y tantos, casi mi edad por esos años… y parecía alguien especial.

    Se sentó cerca de mí, nos miramos, e inmediatamente me gustó algo en él, no sé qué. Se acercó a mi banca y se sentó a mi lado. Me preguntó si esperaba a alguien, le dije que tal vez sí, conversamos algo y noté que me recorría con la mirada. Me dijo que quería ser mi amigo, le dije que me gustaba y pasándose la lengua por los labios me insinuó algo más. Ya lo deseaba.

    Nos fuimos a un hostal cercano, barato de los tantos que había cerca de allí por los alrededores. Al llegar me llevó de la mano a una habitación y cerrando la puerta empezó a besarme ávidamente mientras nos íbamos desvistiendo, hábilmente me desabrochó la camisa y seguía besándome todo el cuello, los hombros, recorriendo rápidamente mi espalda con su lengua y regresaba a mis pechos algo femeninos para mordisquearlos suave y deliciosamente lo cual me excitaba más de lo que ya estaba. Nos desnudamos casi totalmente quedándome con una trusita que era muy pequeña y sexy. Al verme así me dijo: “Qué rica que estas”, me gustó eso y nos tumbamos a la cama devorándonos lujuriosamente.

    Sus manos exploraban cada parte de mi, me acariciaba todo y me sentía envuelto en sus caricias cada vez más atrevidas, me agarraba las nalgas apretándolas con fuerza mientras yo le revolvía el cabello y lo estrechaba hacia mí. Nos deseábamos cada vez más, dándonos unos besos profundos y arrebatadores. Eran minutos extensos… húmedos… intensos.

    Bajo su trusa ya se notaba un bulto enorme que yo acariciaba por encima, imaginándome y extasiándome con la idea de tener esa cosa dentro de mí, pero en su momento.

    Me volteó boca abajo y recorrió mi espalda con su tibia lengua, a ratos sobándome su rostro de barba crecida haciéndome sentir locas sensaciones y, al llegar a mis caderas, las mordía ávidamente con ansias de macho arrecho, las abría y las cerraba, y de pronto, con la boca me bajó el calzoncito diciéndome: “qué rico se te ve”, “solo para ti“ le contesté, “gózame… esta noche quiero ser tuya“. Ya en ese momento me sentía toda una mujer, su mujer, “te voy a comer todita“ sentenció.

    Sentía el raspado de su barba sobre mis nalgas que en ese momento ya estaban húmedas del goce y empezó a recorrer mi ano con su lengua de una forma tan exquisita… haciéndome gemir y morder desesperadamente la almohada llevándome por mil sensaciones que me ahogaban de placer infinito. Ya en esos momentos estaba embriagado de placer por estar con un macho dispuesto a gozar conmigo. Esa noche sentí por primera vez estar con el amante perfecto.

    Fue allí que se detuvo, se echó a mi lado boca arriba y me dijo que le saque la trusa. Su bulto parecía estar al máximo de la erección, lo liberé y vi un miembro grueso con la cabeza que le brillaba de sus líquidos. Me dijo insinuantemente: “Qué te gustaría hacerme“… “esto“ le contesté y empecé a lamer todo ese órgano lúbrico que tenía a mi disposición, desde la punta hasta los testículos, presionándole la base de su miembro con mis dedos mientras mi lengua recorría toda su extensión. Yo también sabía hacer lo mío.

    Me detenía golosamente en la punta jugosa de su glande, jugueteando con mi lengua, lo succionaba, lo volvía a engullir tratando de meterme todo eso en la boca lo más que podía, lo saboreaba todo. Era delicioso mamar ese miembro duro, jugoso, caliente y ver cómo aumentaba su arrechura.

    “Me voy a venir”, decía. “Hazlo en mi boca“ le pedí, “No”…, “Si”…, “Quiero tu culo“… exigió, “Después”…, “Hazlo”… dámelo ahora mismo” seguía pidiéndole, “No”…, “todavía no”… contestaba resistiéndose, “Anda, dámelo”… “todo”… “Asi, así, así”… le guiaba, mientras no dejaba de mamársela y sentir que se venía, “sigue así”… “Aaayyy“, “Qué rica boca tienes mamacita“ exclamó, viniéndose finalmente y jadeando de gran placer. Yo no podía decir nada… tenía toda su leche derramándose entre mis labios…

    Descansamos un momento plácidamente fumándonos un par de cigarrillos, me dijo algunas cosas bonitas, nos abrazamos amorosamente mientras esperábamos intuitivamente que algo más tenía que pasar.

    Luego de ese breve relax tomó la iniciativa y me empezó a acariciar mientras yo proveché en agarrarle el miembro buscando reanimarlo, me acomodé cerca de su sexo para darle otra mamada hasta erguirlo nuevamente y así estuvimos unos instantes eternos. Él se levantó y me dijo que me echara boca arriba hacia él, se echó sobre mí y me puso las piernas sobre sus hombros mientras sus manos recorrían todo lo que podían de mí. Sentí que su miembro buscaba mi ano y agarrándome las nalgas me colocó en posición para introducirme un par de dedos que me hizo estremecer. Luego puso la cabeza de su miembro y con algo de sus líquidos que volvían a salir me lubricó un poco más de lo que ya estaba, sabiendo lo que se venía.

    Empezó a empujar suavemente mientras yo gemía un poco de dolor y más por el placer de su penetración que se hacía cada vez más potente. Era gruesa su cosa y me gustaba sentir esa sensación de sentirse poseído por alguien usando mis entrañas como fuente de placer.

    “Sigue así“ le decía…, “más adentro, papi“, “más”, “métemelo todo“, “no pares por favor, no pares“…, “así, más, mi amor”, “empuja más, más“…, “me estas rompiendo el culo, pero sigue” alcanzaba a decirle en medio de mi delirio a lo que él obedecía cada vez con más vehemencia.

    “Te lo estas tragando todo”… decía y cerraba los ojos para concentrarse con lo suyo, “aguanta, te lo voy a romper todo“… penetrándome cada vez con más fuerza, hasta que le oí decir algo que nunca olvidaré: “Qué rico culo tienes maldita” y entonces se prendió de mis hombros clavándome las uñas y empujándome con todo lo que tenía adentro gritó de placer: “Ahhh” mientras sentía ese falo que me quemaba por dentro, borboteándome y llenándome el culo de semen, hasta su última gota.

    Desde esa inolvidable noche somos amantes ocasionales y, cada vez que llego a esa ciudad, nos encontramos para revivir y buscar nuevas sensaciones y experiencias orgásmicas!!

  • Siéntete libre

    Siéntete libre

    Así te imagino algunos de esos días que estás sola en casa. Y no creo que me equivoque mucho.

    Estabas sola en tu casa, y te gustaba estar cómoda en casa, muy muy cómoda, sintiendo tu cuerpo libre, sin complicaciones, te parece muy excitante andar suelta solo con una braguita.

    Era un día cualquiera entre semana, la casa limpia, tú torbellino en el colegio, sin nada que hacer, tú pareja trabajando… te sentaste en el sofá y encendiste la televisión. Te pusiste a ver videos de esos artistas que tanto te gustan y reconócelo, tanto te ponen.

    Con la tontería empezaste a acariciarte los pechos, y a apretar tus muslos, el roce de tus piernas con tu sexo es totalmente excitante, tu sexo perfectamente depilado, una de tus manos sube y se mete un dedo a la boca, para humedecerlo y baja hasta tu sexo y empezar a abrirse camino, llega hasta donde te gusta y darte cuenta que estas más mojada de lo que te imaginabas, con tus dedos empiezas a distribuir esos jugos por todo su sexo, por toda tu rajita, con tu otra mano te aprietas los pechos, los estrujas y cierras los ojos para dejarte llevar por lo que estás haciendo. Muerdes tus labios. Te excitas más y más. Tu dedo sube hasta encontrar tu clítoris, que está jugoso y gordito, excitado y esperando que tu misma satisfagas tus ganas. Te das gusto un rato, moviendo rápidamente tu dedo, Te ayudas con un movimiento de cadera, y tratas de jugar con tu lengua y tus pezones. Tus pechos, ya están rojas, de los pellizcos y apretones que te has proporcionado.

    Uno de tus dedos entra en tu boca, simulando un miembro masculino, mientras con la otra mano vas acariciando y dando pequeños golpecitos en tu sexo. Empiezan los primeros gemidos de placer y tu cuerpo empieza a pedir más, te levantas del sofá y te vas a la cama, una cama de matrimonio sola para ti para dar rienda suelta a tus fantasías. Te colocas la almohada entre las piernas, tu sexo la roza suavemente y empiezas a jugar introduciendo dos de tus dedos, cada vez la excitación es mayor, no puedes parar de masturbarte mientras dejas caer saliva sobre uno de tus pezones y empiezas a acariciarlo con los dedos.

    Te llega el primer orgasmo al instante. Te tumbas en la cama y tu respiración empieza a desacelerar, mientras lames tus dedos y los restriegas por tu pecho.

    Quieres más, necesitas más, así que te pones a 4 patas, tus pechos acarician suavemente las sabanas mientras con tus dedos vuelves a tu sexo, húmedo, resbaladizo y vuelves a masturbarte sin parar. Mueves las caderas, arqueas tu espalda, tus fluidos bajan por tus muslos gracias a la corrida anterior. No paras de gemir, estás sola, y todo el placer es para ti. Lanzas un suspiro con tu segundo orgasmo.

    Caes en la cama, agotada, tus dedos están mojados, tu sexo húmedo, te quedas así unos minutos, abierta y gozando mientras te tranquilizas.

  • Incestos en cadena: Hermana y hermano (Final)

    Incestos en cadena: Hermana y hermano (Final)

    Benito y su hermana Rosa estaban pescando en una escollera. Usaban sedal, anzuelo, plomo y lombrices marinas para pescar lorchos entre las piedras. Aprovecharan un día medio soleado para ir de pesca. En aquel momento le estaba preguntando Rosa a su hermano.

    -¿Por qué te piensas que ando siempre a tu rabo, Benito?

    -Porque eres mi hermana.

    Metiendo una lombriz en el anzuelo, le dijo:

    -¿Por qué piensas qué no me he echado novio?

    -¿Adónde quieres llegar, Rosa?

    Metiendo el plomo y el anzuelo con la carnada en un hueco entre piedras y mientras la brisa marina echaba su cabello hacia atrás, le hizo otra pregunta.

    -¿Por qué te echaste novia, Benito?

    -Por qué ya iba siendo hora. ¿No crees?

    -No, no creo. Llevo esperando por ti mucho tiempo.

    -¿Para qué?

    -Para ser tu mujer.

    Benito se quedó mirando a su hermana con cara de tonto.

    -¡¿Qué?! Eres mi hermana, Rosa.

    -Hermana, sí, pero de aquella manera.

    A Rosa le picó un pez, tiro y un congrio gordo asomó la cabeza por el agujero. Tenía la boca abierta y mostraba sus afilados dientes. Tiró la tanza y el carrete sobre las rocas, se levantó, y exclamó:

    -¡Un monstruo!

    Benito la miro, la vio con los ojos abrevados, y le dijo:

    -Un monstruo sería si te hiciera daño. Jamás me acostaré contigo.

    Cómo Benito volviera a poner el ojo en su agujero y ya le había pasado el susto inicial, cogió de nuevo la tanza y tiró con fuerza, el congrio dio un latigazo tirando por la tanza y Rosa cayó de cabeza al mar. Benito, le dijo:

    -¡Por Dios bendito, qué exagerada eres! Sal del agua que hablando se entiende la gente.

    Rosa moviendo manos y pies para no ir al fondo, aunque sin nadar, le dio:

    -¡Fue el bicho!

    -El bicho, no, fue el bichoco de la ignorancia el que te hizo tirarte al mar.

    -Mira mi tanza.

    Miró y vio que había picado algo. Dejó su tanza y cogió la de su hermana, tiró y el congrio volvió a asomar la cabeza. Benito tiró con fuerza. El congrio salió disparado del mar y empezó a reptar sobre las piedras. Era un congrio de unos tres kilos. Benito sacó la navaja del bolsillo y le hizo un corte en la cabeza para matarlo.

    Rosa salió de del mar empapada, con su cabello mojado y la ropa pegada al cuerpo. Benito, le dijo:

    -Estás muy sexy.

    Fue como si le dijera que era la mujer más guapa de la tierra. Se le hincharon las tetas, a decir:

    -¡¿Crees que soy sexy?!

    -Siempre lo fuiste, pero así marcándose tus encantos en la ropa, estás arrebatadoramente sexy.

    -¿Dejarías a Camila por mí?

    -Ya la deje por ti.

    -No te entiendo.

    -Me dijo que tenía que pasar más tiempo con ella que contigo si quería que siguiéramos siendo novios.

    Rosa de contenta pasó a estar exultante.

    -¡La dejaste por mí!

    -En cierto modo, sí.

    -Esta noche me meto en tu cama.

    El jamás de Benito era muy poco duradero.

    -Espera a que no estén en casa papá y mamá.

    Rosa echó sus brazos alrededor del cuello de su hermano y mirándolo a los ojos, le dijo:

    -¿Entonces sí?

    La respuesta de Benito fue darle un beso a nivel que a Rosa no le cayeron las bragas a plomo porque estaban donde estaban.

    Dos días después era sábado y Roque y Clara tenían una cena con unas amistades. Rosa y Benito se quedaron solos en casa. Rosa vistiendo una falda azul, corta, una blusa marrón, descalza y haciendo unas torrijas en la cocina, le dijo a su hermano:

    -¿Las quieres con mucha canela?

    Benito fue a la cocina, la cogió por la cintura, la besó en el cuello, y le dijo:

    -Canela te voy a dar yo a ti, canela fina.

    Rosa, coqueta, echando canela obre las torrijas, le dijo:

    -No seas impaciente -cogió una torrija y se la puso delante de la boca-. Prueba.

    Benito le metió un mordisco.

    -Está rica, pero más rica estás tú.

    Dándole de comer más torrija le dijo:

    -¿Sabes que ropa interior llevo?

    -¿Que ropa interior llevas?

    -Ninguna.

    Le dio un beso con lengua, le echó la mano derecha a las tetas y la izquierda al coñito, y después le dijo:

    -Estás mojadita.

    Cogió otra torrija, le metió un bocado, y dijo:

    -Le falta algo.

    Rosa apoyada con el culo en la cocina levantó la falda, pasó la torrija por el coñito y la volvió a morder-. Ahora sí, ahora está deliciosa.

    Roque con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo:

    -¡Qué cochina!

    Rosa bajó la cremallera lateral de la falda y esta cayó sobre las baldosas del piso de la cocina. Benito vio su vulva con labios grandes y abiertos y se le hizo la boca agua, se agachó, le echó las manos a las caderas y lamió de abajo a arriba. Rosa abriendo los botones de su blusa, le preguntó:

    -¿Te gusta mi coñito?

    -Está rico.

    Benito lamió con ganas el coño de su hermana. Rosa, después de quitar la blusa y dejar sus bellas tetas al aire, riéndose, echó a correr cómo una gamberra que huye después de hacer una gamberrada. Benito fue detrás de su hermana. Al llegar a su habitación, Rosa, se echó boca abajo sobre la cama, y le dijo:

    -No te dejo comer otra vez mi coñito si no me haces guarrerías en el culo.

    Benito se desnudó a la velocidad del rayo, empalmado, se metió en la cama, le abrió las piernas, le echó las manos al vientre, le levantó el culo y le lamió el periné y le lamió y folló el ojete tomándose su tiempo. Cuando ya Rosa gemía cómo una perrita, se escabulló y se puso en pie. Benito se sentó en el borde de la cama y mirando interior de sus muslos mojados, le dijo:

    -¿Ahora que te ibas a correr te vas?

    Rosa se echó sobre sus rodillas.

    -Dame en el culo por mala.

    Rosa quería que le diera con las palmas de las manos, pero Benito vio una de sus zapatillas a tiro, la cogió y le dio con ella.

    -Plas, plas!

    -¡¡Ayyy!! Tu puta madre.

    El piso de goma de aquella zapatilla marrón al entrar en contacto con las nalgas de Rosa le habían producido un gran dolor. Se quiso escapar, pero Benito pensando que su hermana quería jugar le volvió a dar:

    -¡¡Ayyy! Me cago en tus…!!

    Benito le tapó la boca con una mano, y le volvió a dar.

    Rosa, con el culo en carne viva y llorando a moco tendido, al quitarle la mano de la boca, le dijo:

    -Para, por favor.

    Benito le echó una mano al coñito. Notó que lo tenía empapado, se lo frotó con la palma de la mano, le echó una mano al cuello, apretó, y le preguntó:

    -¿Quién se va a correr para Benito?

    Rosa, entre lágrimas, se corrió con una fuerza bestial.

    Al acabar le dijo Benito:

    -No sabía que te iba el rollo de los azotes y los insultos.

    Rosa, con las nalgas doloridas y el coñito cómo un pantano se puso en pie y no le quiso decir lo que le realmente estaba pasando por la cabeza.

    -Sabes, ahora me gustaría que metieras unos cubitos dentro de un paño y me los pasaras por las nalgas.

    -Te lo hago si mientras tanto me haces una mamada.

    -Vete por los hielos.

    Benito con la polla señalándole el camino fue a la nevera y volvió con la cubitera y un paño. Se olvidó de la mamada. Con su hermana boca abajó sobre la cama, y con un cubito en cada mano fue recorriendo sus nalgas, su periné y su ojete. Más de diez minutos estuvo así, cambiando los cubitos cuando se derretían, luego Rosa, cachondo de nuevo y sin escocimiento en el culo le dio la vuelta. Benito le pasó un cubito por los labios y por la lengua y otro por sus pezones, después se lo pasó por los pezones y por el clítoris. Cuando ya estaba buena de ir, lamió el clítoris con la lengua y aquel cambio del frío al calor hizo que se corriera como una fiera, a lo grande, soltado una riada de jugos que su hermano se tragó.

    Benito ya no aguantaba más, tenía que meter. Subió encima de su hermana, y besándola con lengua se la metió hasta el fondo del coñito, Rosa le cogió las nalgas con las dos manos, lo apeó contra ella y movió el culo alrededor. Ni un minuto tardó Benito en decir:

    -Para y suéltame que me voy a correr.

    Rosa no paró y no lo soltó, al contrario, lo apretó más contra ella al sentir la leche de su hermano dentro de su coño.

    Rosa quedó preñada. Nunca supo si de Roque o si de Benito, pero Benito acabó pagando el pato.

    Quique.

  • Una maestra se come a su alumna

    Una maestra se come a su alumna

    Mónica es una chava de 19 años, que le gusta la fiesta, vive en la época milenial donde todo es celular, fotos y experimentar, es dueña de un cuerpo exquisito, tetas medianas, piernas torneadas y un trasero firme, desde su época de secundaria ya llamaba la atención.

    Por su parte Leticia es una mujer madura de 40 años, dos hijos y 20 años de matrimonio al haberse casado joven, es de piel morena, piernas hermosas y una sonrisa encantadora que adorna su espectacular trasero de madura.

    Leticia es asesora juvenil, apoya a la juventud como orientadora, da platicas de motivación y es el sueño milf de cualquier chico, en su matrimonio, es una bomba sexual, le encanta experimentar de todo y eso la ha llevado a tener un matrimonio estable y consentido para experimentar sexualmente.

    Los padres de Mónica la contrataron porque ellos piensan que su hija ya no da más, que necesita apoyo externo ya que ellos no saben qué hacer, le han ofrecido una excelente cantidad de dinero que no se puede rechazar, conmovida por la situación, ¡Leticia acepta y queda en ir al día siguiente para conocer a la rebelde chica!

    M: ¡Yo no estoy loca, porque son así!

    Mónica no se cansaba de reclamarle a sus padres, ella sentía que la dominaban, por eso cada que podía se escapaba, fue en una de esas escapadas que perdió la virginidad con el amigo de su novio, un hombre de casi 30 años que aprovecho la falta de experiencia y la hizo mujer, aun así, ella disfruta el sexo, tiene sexo casual con chicos de la universidad y uno que otro vecino, pero ni ella ni Leticia se imaginaban lo que pasaría cuando se conocerían.

    Leticia llego puntual a la cita, traía puesto un vestido color rojo que le llegaba abajo de la rodilla, era entallado que resaltaban sus duras y grandes posaderas y sus tetas perfectas, fue recibida por la madre de Mónica y la paso a la sala, 10 minutos después bajo Mónica, traía puesto un short de mezclilla que mostraba sus torneadas piernas y una ombliguera blanca que la hacía lucir perfecta, se miraron de frente, Mónica quedo hipnotizada al ver a Leticia, algo extraño paso con Leticia que por primera vez se quedó pasmada con una mujer!

    L: ¡Ho…la soy Leticia tu nueva asesora!

    M: ¡Hola! Mónica, me puedes decir Moni!

    Después de la presentación ambas se sentaron en el sofá y Leticia comenzó a darle una información sobre valores, Mónica parecía no darle importancia, más bien miraba fijamente a la madura, ¡sus ojos apuntaban a las tetas y lo poco que mostraba sus piernas jugando su cabello contemplaba la sonrisa de su nueva asesora!

    L: ¿Bien y qué opinas?

    M: Así, ¡todo bien si así debe ser!

    L: ¡No pones atención eh! ¡Lindura debes poner de tu parte!

    M: Es que no entiendo porque debo de estar con usted aquí, ¡tenía una fiesta y no pude ir!

    Leticia trataba de lidiar con la joven rebelde, de vez en cuando su mirada bajaba a sus piernas, “que bonitas” era lo que pensaba cada que miraba a Mónica, unos minutos después sus padres les avisaron que irían al súper, entonces se quedarían solas, con toda la experiencia de Leticia eso no sería problema, pero Mónica pensó que sería buena idea deshacerse de su asesora y escapar a la fiesta.

    L: Pues bueno, que has entendido este tiempo’

    M: ¡Nada!

    L: ¡Así de plano!

    M: Mire, no se moleste, pero ambas sabemos que estamos perdiendo el tiempo, mejor dejémoslo así y ya váyase y como si nada.

    Leticia solo se rio, se puso de pie y se paró frente a Mónica cruzada de brazos!

    L: Mira nena, yo no te voy a obedecer, así que mejor relájate y coopera, ¡así todo terminara más rápido!

    M: ¡Que no!! No me interesa, además soy joven, aun no maduro, que esperan mis padres, ¡bueno váyase!

    L: No, ¡no me iré!

    M: ¿Porque no? ¡A ya se! ¿Le gusto verdad? ¡Por eso no deja de verme las piernas!

    Una vez que Mónica dijo eso, algo extraño estremeció a la asesora, no dijo nada y continúo mirando a la joven rebelde, Mónica noto su reacción, fue entonces que tuvo la idea de seducirla, para espantarla y se fuera.

    Mónica camino sensualmente sonriéndole, coloco su cara frente a ella, mirándola con ojos coquetos, Leticia trago saliva, de verdad la joven al ponía nerviosa, Mónica tomo de su cintura y sonriéndole le dijo;

    M: ¿A puesto q que te gusto? ¡Una joven como yo es un premio para ti!

    L: ¿Eres lesbiana?

    M: ¡No, pero me encanta ser deseada!

    L: Vamos en caminos distintos, ¡mejor para esto y continuemos con lo que estábamos!

    M: ¡Y si mejor vamos a mi habitación y te muestro porque todos me desean!

    Mónica estaba convencida de que funcionaria fue entonces que sin decir más le dio un beso, Leticia no e lo esperaba, esa mujer metía la lengua dentro de su boca, la tomaba de la cintura y de la cara, esa sensación era excitante, el volcán que tenía dentro empezaba a hacer ruido, sin decir más Leticia la tomo de la cintura y comenzó a regresar ese beso pero más apisonado, moviendo la boca como su experiencia le dictaba eso hizo que Mónica abriera los ojos y se quedara atónita, ambas estaban en medio de la sala besándose sensualmente.

    Leticia comenzó a llevar a Mónica, la acostó en el sofá y la besaba más sensualmente, la joven sentía sensaciones nuevas y no es que jamás haya besado a otra mujer, simplemente que Leticia sabía cómo llevar y la puso caliente.

    Las manos de la madura comenzaron a tocar las piernas de la joven, lentamente subió un por el abdomen hasta tocar las perfectas tetas de Mónica, ella cerro los ojos y comenzó a suspirar y gemir, Leticia miraba con ojos cachondos la joven, ¡que de ser explosiva ahora parecía un corderito a medio morir!

    L: ¿Así que planeabas seducirme?

    M: Ah, no, es que, yo…

    L: Nunca pruebes a una mujer como yo nena, ¡no te conviene!

    Y así sin más le quito la blusa y el brasear, llevo los pezones hermosos de la joven a su boca, los mordía y lamía suave, mientras las manos desabotonaban el short, Mónica gemía, pero se dejaba hacer todo, la asesora le besaba el abdomen, lentamente bajo el short besando sus piernas, ¡respirando por encima de ellas y dándole apretones a los muslos!

    L: Para tener tu edad, ¡estás muy bien!

    M: ¡Uhm, ah!

    Mónica no podía ni hablar estaba ardiendo, la asesora le quito la tanga y la vagina depilada y joven de la nena que estaba húmeda, Leticia sonriendo y sin más comenzó a lamerle su coño!

    M: ¡Ag, uhm, uf!

    L: Que rico, uhm, ¡es un coño de 10!

    Las lamidas en la concha de la joven la tenían estremecida, gozando como nunca, Latica se daba gusto con ese joven clítoris que reaccionaba a cada movimiento de la madura.

    A diferencia de Mónica, Leticia ya había tenido experiencias lésbicas, tríos y mucho más, una joven como ella era un palto perfecto para la bestia sexual que en realidad es ella.

    Comenzó a meterle los dedos y lamerle el ano, la chica gemía y sudaba, el placer era enorme, le daba de mordidas a su clítoris, le metía la lengua tomo una mano de la joven y la coloco en sus senos, Mónica comenzó a acariciar las tetas de Leticia, ¡quien continuaba devorándole el clítoris a la joven!

    M: ¡Que rico, uhm!

    L: ¡Nadie se resiste a eso!

    M: ¡Agh, pero mis papas, agh!

    L: Olvídate de ellos, ¡ponte en cuatro!

    Mónica obedeció y se puso en cuatro, se veía espectacular, escurriendo y manchando el sofá, Leticia se despojó del vestido, Mónica quedo impactada al ver el hermoso cuerpo de la madura, comenzó a sobarle las nalgas, recorría de los muslos la espalda, las caricias de Leticia la erizaban mas y más, al punto de comenzar a pedirle que la hiciera suya!

    Leticia lamia el ano de Mónica enrollaba la lengua y probaba todo, con tres dedos palpaba a velocidad el coño mojado de la joven rebelde los gemidos eran más fuertes, Mónica se tambaleaba, su vagina expulsaba mucho líquido, Leticia disfrutaba de su alumna, le daba placer como nunca antes le habían dado!

    L: Que rico coño, uhm, nena, que excelente cuerpo, ¡mira cómo se muéveme mira que chica más caliente eres!

    M: ¡Ah, uhm, que rico, ah!

    L: ¡Apuesto a que nunca te habían tocado así!

    M: Jamos, uhm, oh, ¡no puedo más!

    Tuvo un orgasmo largo, ¡mientras Leticia bebía todo el fluido glorioso de la joven rebelde!

    Sin decir más se despojó de su tanga jalo del cabello a Mónica y puso su cara en su vagina, Mónica nunca había chupada una, pero Leticia le ordeno que sacara la lengua, ella lo hizo y mientras Mónica mantenía su lengua erguid ay fuera, Leticia movía su pelvis rosando sus labios vaginales con la lengua.

    L: Que rico, uhm, ¡que rica lengua!

    La tomo de los cabellos y comenzó amover la cabeza de la joven de izquierda a derecha, Mónica se dejaba llevar, comenzó a acariciar las nalgas duras de su asesora, ahora no solo mantenía la lengua de fuera sino que también chupaba y probaba la vagina de la madura.

    M: ¡Esto no está mal!

    L: Que rico, uhm, ¡seguro que cuando comes pito los haces venir a chorros!

    Mónica se puso de pie y beso nuevamente a la madura, sus lenguas se enrollaban, luego la acostó en el sofá y mordía las tetas de Leticia, la asesora gemía y se retorcía, la joven rebelde comenzó apalpar la vagina, metía un dedo y luego dos, así lo hizo en repetidas ocasiones hasta que Leticia le pidió que también chupara. La joven obedeció agachándose y lamiendo los labios vaginales, le mordía los muslos, la lengua recorría desde la pelvis al ano, luego tres dedos entraban con violencia a la madura vagina que fluía líquido de excitación.

    M: ¡Que rico, uhm, agh!

    L: ¡No pares nena, no pares!

    Ahora era Leticia quien se retorcía como loca, ¡Mónica paso en unos minutos a ser una experta chupadora de coño y la asesora lo disfrutaba al máximo!

    L: ¡Corazón no pares!!

    M: ¡Que zorra eres, uhm!

    Mónica subió encima de la maestra, se besaban, ambas se masturbaban mutuamente, juntaban sus conchas, las tetas, era una escena lésbica de lujo!

    L: Que rico, agh, ¡no puedo más!

    M: ¡Me vengo, uhm, ah!

    Ambas se vinieron juntas, entre besos gemidos y apretones sus orgasmos eran eternos, sudaban y se venían en fluidos que serían la dicha de cualquier hombre.

    Una vez recuperada la cordura más se vistieron y trataron de arreglar la sala que quedo hecha un desastre delatando el rico momento pasado.

    Ambas se sentaron mirándose fijamente y Leticia sonriendo le dijo a Mónica “espero hayas aprendido la lección” justo en ese momento llegaron los padres.

    Desde ese día nació una relación espectacular para Mónica y gloriosa para Leticia, una joven y una madura, que mezcla, ambas les sacaron jugo a sus sexos varios meses, meses que nunca olvidaran.

  • Mi vecina infiel

    Mi vecina infiel

    Un día estaba solo donde rentaba, para ese entonces yo estaba separado de mi esposa. A mí me tocaba lavar los miércoles y a mi vecina los jueves, pero un día que yo estaba lavando ella subió y me dijo que si podía también lavar porque el jueves tenía que trabajar y pues para no verme mal le dije que si.

    Ella es un poco más grande que yo, yo le calculo unos 43 en ese momento era llenita pero se arreglaba bien.

    Para no hacer el cuento largo en la tarde subí a quitar mi ropa y había una tanga tirada de ella, la levante y la puse junto a mi ropa para que no se quedará así nomás.

    Salí y cuando regrese ella estaba en la azotea descolgando su ropa, así que cuando iba bajando la escalera le hable en voz baja y le entregué su tanga.

    Le expliqué que estaba tirada y la levanté, me pidió disculpas y estaba apenada. Se fue a su departamento que estaba frente al mío y se metió, cómo a las 11 me fue a tocar y me pidió de favor hacer una llamada con su celular, cómo su esposo era guardia ese día trabajo de noche y ella según quería darle un recado, cómo ya era noche yo estaba solo en bóxer y playera.

    Igual le pedí disculpa por qué me vio así pero le dije que ya estaba acostado. Hizo su llamada y al regresarme mi celular me dijo que yo no me veía nada mal, le dije que gracias y también le dije que cuando levante su tanga me la imaginé puesta.

    Se levantó un poco la playera y la jalo, me dijo: cuál tanga está? Al verla me existe y con el bóxer se notó más. Le dije que pasará pero me respondió que mejor fuera a su departamento porque su niño estaba durmiendo, no la pensé dos veces y fui corriendo.

    Lo hicimos en su cama, me hizo un buen oral, antes de que yo la desnudara me dijo espérame, entro a su baño y salió con una falda y una blusa de tirantes. Me prendió más verla asiiii, me dio un condón por qué dijo que no estaba operada y me lo puse. Se levantó la falda y me sentó en el sillón donde dijo que su esposo a veces se dormía y no sabes cómo me prendió eso.

    Estuvo montada en mi un rato hasta que me dijo, vamos a mi cama donde duerme mi marido y ahí quiero que me cojas.

    En ningún momento se quitó la falta ni la tanga solo se la hizo a un lado y en su cama me la cogí. Al terminar me quite el condón y salí de su departamento a escondidas, pero antes de salir me regaló esa tanga mojada por sus fluido y mi semen.