Blog

  • Seduciendo a la señora de limpieza

    Seduciendo a la señora de limpieza

    Les platicare del trabajo que tenía, ya que estuve saliendo con la secretaria del Gerente de la empresa, me cambié de trabajo y 5 años después volví nuevamente, solo que ahora las oficinas estaban en otra parte y solo conocía a la señora de limpieza.

    Resulta que la señora de limpieza siempre andaba con uniforme que no le favorecía en la oficina, hasta que la vimos el día de la posada y traía un vestido negro, completo de brillos, con el pecho descubierto y le llegaba hasta arriba de las rodillas, resulta que se guardaba unos senos muy apetecibles, unas piernas bien torneadas y un trasero pasable, desde ese día me la imaginaba y trataba de dirigirle un poco más la palabra en el trabajo.

    En el segundo ciclo que iba a comenzar a trabajar me citaron para entrevista y en lo que esperaba, la señora de limpieza estaba ahí, trabajando normalmente, le dirigi la palabra, le dije que me agradaba verla de nuevo, nos despedimos y días después la seguí viendo en el trabajo.

    Pasaron los días y como ella vive para el rumbo, me ofrecí a llevarla o dejarla cercas de su casa ya que de trayecto en carro es como 1 hora, y ella usa transporte público y son 2 horas, vivimos a 15 minutos de distancia de nuestros hogares, así que la dejaba a 10 minutos de su casa para que su esposo no le llamara la atención por el hecho de que alguien la llevará después del trabajo.

    Los primeros 3 días platicábamos sobre mi relación con la secretaria, ya que había escuchado muchos rumores, me veían con la secretaria en todos lados del trabajo, obviamente fajabamos donde podíamos.

    La Señora de limpieza que la llamaré Tere, me preguntaba que tanto hacíamos cuando me veía con la secre, yo le explicaba con lujo de detalle, dónde íbamos, en dónde lo hacíamos, le explicaba que le hacía y que me hacía ella.

    Mi idea era contarle las cosas a Tere para hacer que sintiera morbo, cachondeo y deseo por todo lo que le contaba, yo iba preparando el terreno, por lo que se fuera a dar.

    Yo tenía ganas de cachondearla y morbosearla, y eso estaba sucediendo.

    Cómo al 4 o 5º día, le seguía contento, pero yo le hacía las preguntas y le explicaba lo que hacía, para irla orillando a algo, le decía que otra compañera de la empresa (cuando salíamos a comer) me agarraba la pierna, los hombros, y movimientos de sus manos hacia mis caderas, como queriendo provocarme, entonces yo le decía: “uno es de carne y hueso, y siente, no se puede quedar así con las ganas, igual usted, le han de platicar cosas subidas de tono o calientes y debe sentir deseo, morbo, cachondeo” y me contestaba que si, que no era de palo, para eso ya le había contado muchas cosas y traía mi verga bien dura, le dije que cuando salía con la secre me ponía las manos en la pierna y me empezaba a masajear mi pene sobre la ropa, y seguía así todo el camino.

    Entonces le dije a Tere: yo también siento, y así nos ponen las pláticas, le dije: “mire como ando” tomé su mano izquierda y la puse sobre mi pene duro, y lo empezó a frotar sobre la ropa, yo me exalte un poco, mi respiración aumento de golpe, y trataba de contenerme, porque era la primera vez que hacía algo así con alguien que casi no conocía, ella igual se exaltó un poco y me dijo: “sabía que estos favores llevándome a la casa los tenía que pagar de alguna manera” y yo le contesté: “no la estoy forzando ni obligando, tampoco cobrando, solo le sigo contando lo que hacía con la secre y le explicó lo que me hacía en el carro” y me dice “no pues si”.

    Entonces yo seguí manejando y ella no dejaba de masajearme, eso sí me preguntaba que cuánto duraba, que si no estaba por venirme y cosas así, pero le decía, tendría que masajearme de otra manera para poder venirme ahí manejando.

    Ella venía ya cachonda, me decía que se le venía antojando, entonces ya estábamos cercas de llegar a su casa y le digo, deje doy otra vuelta y dimos una vuelta más, me fui por una avenida oscura entre una colonia, me orilla y me desabroché el pantalón y me saque mi pene bien duro, le puse su mano nuevamente en mi pene y empezó a jalarmela de arriba hacia abajo, me acomode y seguí manejando mientras me la jalaba, me decía que se le antojaba mucho y que porque aún no me venía.

    Dimos otra vuelta y en una parte que no estaba muy alumbrado me orilla y ella enseguida se abalanzó sobre mi verga y empezó a chupármela, lengüetearla, la jalaba con las manos, y me la volvía a chupar, así estuvimos unos minutos en lo que probaba las primeras gotas de miel, se lambia sus labios y volvía a chupar a succionar, ya cuando sintió que estaba por venirme me dice: ya siento que te voy a sacar todo, en eso siguió chupándomela hasta que me vine en su boca, se le escapó algo de semen que le escurría por la boca, se lo comía, me chupaba mi verga y la seguía succionando como si no hubiera mañana, sin dejar escapar una sola gota de semen.

    Después me dijo que iba a llegar a su casa cogiendose a su esposo, porque iba con muchas ganas, me abroche mi pantalón y seguí de camino, la dejé cercas de su casa y le dije que la veía al día siguiente, me retire de ahí y ya iba deslechado.

    Volví a verla en el trabajo pero me decía que no le marcara, porque su esposo podría sospechar, la lleve un par de ocasiones más pero era solo faje. Ya meses después salí de esa empresa y no la volví a ver.

    Loading

  • Iniciando a nuestros hijos mellizos (26)

    Iniciando a nuestros hijos mellizos (26)

    Una tarde de martes recibí la llamada de Juan. Estaba en mi oficina, cuando su voz irrumpió en el altavoz. “Miguelito, ¿estás listo para otra dosis de adrenalina pura, de esa que te deja temblando y con la polla dura por días? He planeado una nueva reunión con Los Mandingos. Esta vez serán seis. Aumenté la cuota para que sea épica, inolvidable.

    Dos más que la última vez: un par de chicos nuevos, bien dotados, con experiencia en grupos grandes y en hacer gritar a las mujeres hasta que no puedan más. Nuestras mujeres van a terminar exhaustas, temblando de tanto correrse, con los agujeros dilatados y llenos de leche… todos tienen el test ITS me lo hicieron llegar, están libres y limpios, será otra orgia sin condones, ya les envié los nuestros solo falta que me envíen los de ustedes”.

    ¡Ahora seis!… La sola idea me excitaba de forma casi dolorosa, mi polla se endureció mientras imaginaba a mi esposa con ellos. Tragué saliva, sintiendo un nudo en el estómago. La primera vez con cuatro ya había sido demasiado: cuerpos sudorosos, gemidos ahogados, penetraciones simultáneas que dejaron a Myriam con el coño hinchado y el ano sensible por días. Ahora seis… La idea me excitaba tanto como me aterrorizaba. “Si tenemos los test actualizados… ¿Cuándo planeas la reunión?”, pregunté tragando saliva. “Este sábado, en nuestra casa.” Contesto emocionado.

    Colgué y llamé a Myriam. “Amor, Juan nos invita a otra reunión… con seis Mandingos.”. Hubo un silencio al otro lado. Luego, su voz temblosa: “Dios, Miguel… ¿seis? La última vez apenas pude caminar al día siguiente. Pero… sí estás de acuerdo me pone cachonda solo pensarlo.”. Aceptamos, nerviosos como adolescentes antes de su primera vez. Esa noche, follamos con urgencia, imaginando lo que vendría.

    Los días previos fueron una tortura dulce. En el trabajo, no podía concentrarme; mi mente divagaba a escenas explícitas: Myriam de rodillas, rodeada de seis vergas gruesas y venosas, goteando, su boca estirada al límite mientras intentaba tragárselas una por una. Sandy, siempre perceptiva, notó nuestra tensión. Enrique estaba en su mundo, ajeno como siempre, pero mi hija nos observaba con esos ojos curiosos.

    El viernes por la noche, durante la cena, explotó. Alejandro había venido a cenar, pero se fue temprano alegando un compromiso familiar. Quedamos los cuatro: Myriam, yo, Sandy y Enrique que subió pronto a su habitación, dejando un silencio cargado. Sandy nos miró fijamente, con una sonrisa. “Papi, mami… ¿qué pasa? Están raros desde hace días. Como si tuvieran un secreto. ¿Otra reunión swinger en proceso? ¿Algo… intenso?”

    Myriam y yo nos miramos, recordando nuestro pacto de apertura. “Sí, hija”, confesé, sintiendo el pulso acelerarse. “Juan nos invitó a una nueva reunión con… Los Mandingos.” Sandy abrió los ojos como platos, pero no de shock, sino de interés puro y crudo. “¿Los Mandingos? ¿Esos hombres de color que me contaron?” Myriam asintió, sonrojada, “Serán seis esta vez. Aumentó la cuota. Vamos a ir… nerviosos, pero iremos.”.

    Sandy se mordió el labio inferior, un gesto que la hacía ver aún más provocativa. Se reclinó en la silla, cruzando las piernas con lentitud deliberada; noté cómo su short ajustado marcaba el contorno de sus piernas. “Wow… seis hombres. Solo para ustedes dos, ¿verdad? ¿O habrá más mujeres?” “Solo Martha y mama”, respondí.

    Sandy suspiró profundamente, sus pechos subieron y bajaron “Me excita la idea, la verdad. Desde Carlos y Valeria, no he estado con nadie más, en el club solo participe con ellos yo esperaba algo mas de apertura, confieso que fue excitante que otras personas nos miraran hacerlo. Fue genial, pero… limitado. En verdad quiero algo más, su reunión me parece muy excitante”.

    Myriam se removió en la silla, apretando los muslos. Yo luchaba por no tocarme ahí mismo. “¿Es en serio, te excita?”, pregunté, con voz grave y ronca. Sandy asintió, bajando la mirada con falsa timidez, pero sus ojos brillaban de lujuria. “Sí, papi, he visto imágenes en la página de contactos de parejas que están con hombres de color, imagino la textura de sus pollas gruesas, venosas, nada que ver con la de Alejandro o Carlos o de cualquier chico con el que he estado. Me gustaría alguna vez vivir la experiencia de estar con uno al menos o quizá dos al mismo tiempo.

    Myriam intervino, con la voz entrecortada: “Claro, mi amor. Eres mayor de edad. Si quieres explorar más, te apoyamos. Pero esto es… intenso. No es como con una pareja.”. Sandy se levantó, caminando alrededor de la mesa con gracia felina, sus caderas balanceándose. Se paró detrás de Myriam, masajeándole los hombros y luego se inclinó hacia mí.

    “Los tres somos personas de amplio criterio, no es así?”.

    “Si hija, lo somos y nos tenemos confianza ese fue el trato desde el inicio”. Conteste.

    ¿Tienen la mente tan abierta como para que los acompañe? Solo como espectadora, quizá escondida como en la tienda en las cabinas, yo si tengo la suficiente mente abierta como para mirarlos a ustedes en esa situación”.

    El morbo era asfixiante, el aire cargado de tensión sexual. Mi polla palpitaba dolorosamente, imaginando a Sandy allí en un rincón.

    “Hija… eso es… ¿estás segura?”. Mi esposa trato de decir algo.

    “Sí. Solo observar. Prometo portarme bien. No participar como ustedes, solo miraré y me tocaré, si no aguanto, esos tipos no van a saber que estoy ahi de mirona.”. Reímos nerviosamente, pero la excitación era mutua e innegable.

    “Sí en verdad quieres solo mirar, hablaré con Juan y Martha a ver qué se les ocurre. Es una locura, lo sé, pero es excitante”, confesé sin más tapujos.

    Más tarde, llamé a Juan y le conté la petición de Sandy. Su respuesta fue inmediata y entusiasta: “Miguelito, te felicito, has hecho un gran trabajo educándola. Cada día más cerca de lo que todos deseamos en el fondo. Sandy se quedará en nuestra alcoba principal; pondré varias cámaras de alta definición y tendrá visión en vivo desde una Tablet. Podrá controlar zooms y paneos, y todo quedará grabado con 8 cámaras distribuidas estratégicamente. ¿Qué te parece, cornudo?”.

    Asentí por teléfono sin darle el gusto de compartirle mis reales sentimientos profundos —la mezcla de celos paternales, culpa y excitación prohibida que me ahogaba—, pero la idea de Sandy observando en secreto me dejó la polla dura el resto de la noche.

    Al día siguiente, sábado, llegamos a casa de Juan y Martha al atardecer, con Sandy a nuestro lado. Ella vestía casual pero provocativa: un mini vestido de mezclilla que apenas cubría sus nalgas perfectas, una blusa corta que dejaba ver su vientre tonificado debajo de una chamarra corta, y tenis blancos, parecia que salía al cine con amigos y no a presenciar una orgía depravada. Myriam llevaba lencería negra sexy bajo un abrigo largo, yo pantalones flojos para disimular mi erección constante desde la mañana.

    Juan y Martha nos recibieron con besos y copas de vino. “¡Bienvenidos!”, dijo Juan, devorando a Sandy con la mirada descarada. Le dio un beso en la mejilla que duró demasiado, rozando sus labios cerca de los de ella.

    “Sandy, bienvenida a nuestro club privado.”.

    “Solo espectadora”, aclaró con voz nerviosa. Martha, sonriente y cómplice, la tomó del brazo con ternura y la acompañó escaleras arriba a la recámara principal, susurrándole algo que hizo reír a Sandy. Vi cómo las dos mujeres subían, las caderas jóvenes y perfectas de mi hija balanceándose hipnóticamente, sentí un pinchazo profundo de morbo paternal: deseo y culpa entrelazados.

    “Martha le indicará cómo controlar las cámaras y nos ayudará a hacer los paneos perfectos. Todo quedará grabado en alta definición con 8 cámaras distribuidas: ángulos cercanos de coños y pollas, faciales, generales… Será material para pajearse toda la vida”, dijo Juan excitado agarrándose la polla a través del pantalón.

    Los Mandingos llegaron poco después: Abdón el líder maduro, Kofi, Malik, Yosef, Jamal y Troné. Todos altos, corpulentos, músculos definidos reluciendo bajo camisas ajustadas. Se presentaron los nuevos con sonrisas lobunas, besando las manos de Myriam y Martha.

    La sala se transformó rápidamente. Música sensual, luces bajas, alcohol fluyendo.

    Después de media hora los hombres se desnudaron a petición de Juan: seis pollas negras erectas, gruesas como brazos, venosas, cabezas bulbosas. La más grande era de Jamal, casi 25 cm, curva y amenazante.

    Empezó el caos depravado. Abdón tomó a Myriam por el cabello, la arrodilló y le embutió su polla gruesa en la boca. Ella succionó con avidez de rodillas tratando de tomar aire, babas espesas le caian por su barbilla y pechos. Para nuestra hija debió ser impactante ver a su madre de carácter tan fuerte en esa posición tan humillante. Kofi y Malik se unieron: uno follándole la boca con embestidas brutales cuando la polla de Abdon se lo permitía, el otro frotando su verga entre sus tetas, Martha ya tenía a Yosef y Troné: Yosef en su coño, embistiendo como un pistón.

    Sabía que arriba, en la recámara, nuestra hija observaba todo en vivo a través de las cámaras. De inicio me sentí cohibido, como si su mirada invisible me juzgara, pero las escenas frente a mí me desinhibieron rápidamente: la excitación de saber que Sandy veía todo lo que sucedía me ponía al borde constantemente.

    “Chicos, los seis al mismo tiempo con cada una, no se detengan ya saben que a las dos les gusta por los dos lados, ¿quien será la primera?”. Grito Juan polla en mano.

    Myriam fue la primera: seis pollas turnándose en su garganta, estirándola hasta que le hicieron correr lágrimas por sus mejillas. Luego la tumbaron en la alfombra: Abdón en su coño, profundo y rítmico, haciendo que sus labios vaginales se hincharan alrededor de la barra negra, Kofi y Malik le follaban la boca alternadamente, sus bolas pesadas golpeaban su barbilla. Troné y Yosef le chupaban y mordían los pezones con los dientes, dejándolos rojos, hinchados y sensibles.

    Juan se unió, masturbándose furiosamente sobre el rostro de Myriam. “¡Toma! ¡Siente siete!”. Yo observaba desde un lado, pajeándome lentamente, el morbo de ver a mi esposa en esa situacion mientras mi hija veía todo.

    Martha se acercó y tomo un tercio de los hombres para ella: triple penetración brutal, una polla en coño, ano y boca, gritando y teniendo orgasmos múltiples que la hacían temblar. “¡Sí, hijos de puta! ¡Llénenme de leche!”. Los hombres rotaban sin piedad: ahora Myriam con los otros tres a la vez —vagina, ano y boca—. Sus gemidos guturales resonaban, su cuerpo se convulsionaba en orgasmos consecutivos.

    La primera parte de la orgía después de dos horas de sexo constante había terminado en un clímax colectivo y devastador. Myriam y Martha yacían exhaustas en la alfombra, sus cuerpos brillantes de sudor, los pechos subiendo y bajando con respiraciones agitadas. El aire de la sala estaba cargado de un olor intenso y primal: mezcla de sudor masculino, semen espeso y almizclado, jugos femeninos dulces y ácidos. Los seis Mandingos se habían recostado en sofás y sillas cercanos, sus pollas ahora flácidas colgando pesadas entre sus piernas abiertas, aún brillantes y pegajosas mientras bebian de sus copas.

    Myriam estaba exhausta su cuerpo maduro y curvilíneo brillaba bajo las luces, su piel normalmente suave y bronceada, ahora relucía con una capa fina de sudor salado que perlaba su frente, cuello y pechos, haciendo que cada respiración profunda levantara gotas que rodaban lentamente hacia su ombligo, los labios vaginales hinchados abiertos y con jugos chorreando hacia su ano dilatado y palpitante.

    Por mi parte, no me atrevía a participar activamente en la orgía, no todavía. Me sentía cohibido sabiendo que mi hija observaba todo desde arriba. No quería que me viera así, expuesto en actos sexuales, aun me resistía a perder mi imagen paterna y protectora… Pero era inevitable masturbarme, lento y tortuoso, sentado en mi rincón de la sala, polla en mano con el pantalón desabrochado, pajeándome con movimientos deliberados para prolongar el placer. Juan deambulaba por la sala platicando con todos sin dejar de masturbarse.

    Mi móvil vibró y entro un mensaje. Era de Sandy, y al leerlo sentí un golpe directo en el estómago y la entrepierna: “Wow, qué excitante todo, papi… mamá se ve tan sexy, ahora entiendo porque disfrutan estas reuniones, son impresionantes sus penes. ¿Puedo bajar y tocarlos? Solo tocarlos. Asi flacidas como estan ahora.. ¿Quiero sentirlas en mis manos… Puedo?“.

    Le enseñé el mensaje a Myriam. Aún jadeante, sonrió débilmente “Es… tan morboso, deja que baje.” Yo asentí “Está bien, hija… ¿estás segura? baja, princesa… papi te protege no temas.”

    Vi la escena desarrollarse como en cámara lenta, cada segundo grabándose a fuego en mi mente pervertida. Sandy me hizo señas y subí a donde estaba y bajó las escaleras con pasos rápidos pero temblorosos tomando mi mano, como si su cuerpo joven luchara entre la curiosidad y el nerviosismo de cruzar una línea que, en el fondo, todos sabíamos que era prohibida la acompañe todo el trayecto.

    Su mini vestido de mezclilla se subía ligeramente con cada escalón, revelando más de esos muslos atléticos y bronceados que yo había visto crecer año con año y que ahora deseaba en secreto con un morbo que me quemaba por dentro. Estaba a solo centímetros de ella cuando llegamos abajo, protegiéndola —o eso me decía a mí mismo.

    Los Mandingos, recostados exhaustos en sofás y sillas no entendieron de dónde salía esa visión de belleza juvenil fresca. Algunos instintivamente intentaron cubrir su desnudez post-orgásmica con manos o cojines, pollas flácidas colgando pesadas entre piernas abiertas, pero sus ojos se clavaron en ella con hambre renovada, sorprendidos y excitados. Juan me miró desconcertado, pero yo fingí naturalidad, aunque mi voz salió ronca de deseo reprimido: “Ella quiere… tocar algunas pollas ahora.”. Le dije, acercándome a acompañar a mi hija como protegiéndola, a solo centímetros de ella acercándonos a los Mandingos.

    “Es una amiga que se está iniciando en el ambiente. No participa, solo observa. Su fantasía es tocarlos ahora, tiene esa curiosidad. No la pueden ustedes tocar, bajo ninguna circunstancia”, advertí firme, aunque el morbo me traicionaba.

    Sin más presentación, Sandy se hincó rodillas en la alfombra que estaba empapada de jugos en medio del círculo de hombres, y extendió sus manos. Empezó por Abdón el líder, sus manos temblorosas con uñas perfectas y esmaltadas en rojo se extendieron, yo me quedé a su lado, observándolo todo a centímetros, levantó su polla flácida con delicadeza, y sentí un pinchazo de celos y excitación al ver el peso muerto caer en su palma pequeña: unos 18 cm incluso blanda, piel aterciopelada oscura y suave contrastando con la blancura de sus dedos.

    Note que estaba pegajosa, cubierta de una capa viscosa de semen residual —blanco cremoso, espeso como nata, con grumos que se estiraban en hilos largos y obscenos al separarse—. El olor nos golpeó a ambos de cerca: intenso, salado y almizclado.

    Sandy pasó los dedos lentamente por el glande bulboso, ahora arrugado y suave como terciopelo usado, recogiendo semen con la yema: viscoso y resbaladizo entre sus dedos delicados. Lo frotó entre pulgar e índice, sintiendo la textura grumosa y pegajosa, y sin poder evitarlo —mi hija curiosa, siempre lo fue— se llevó el contenido de sus dedos disimuladamente a la nariz, inhalando profundo: olor fuerte a sexo puro, un gemido ahogado escapó de su garganta joven, ronco de deseo, y yo jadeé en silencio.

    Luego pasó a Jamal, la más grande incluso flácida: casi 20 cm colgando pesada como una serpiente dormida, venas protuberantes como relieves gruesos bajo sus dedos exploradores. El semen aquí era abundante, chorros secos en la base, pegados al vello púbico rizado y negro. Al apretarla suavemente me miro transmitiéndome sus sentidos, sintió el calor interno, como si aún latiera con vida dentro y no se hubiese vaciado. La textura era resbaladiza, el semen fresco en la punta aún líquido, goteando lento sobre su mano. Lo olió de cerca, levantando el pene y absorbiendo el olor entre sus testículos al acercar la nariz casi tocándolos.

    Una por una tocó las seis, con devoción morbosa que me volvía loco: Kamil con su curva natural, incluso blanda gruesa y amenazante como un arma dormida, semen espeso cubriendo el frenillo sensible, grumos crujiendo al frotar; Kofi suave y cálida, piel delicada arrugándose como seda al manipularla, semen fresco goteando; Yusef y Tyrone más venosas, tacto rugoso en las venas protuberantes, El sonido era sutil pero hipnótico para mí: chapoteo húmedo y pegajoso al moverlas, roce viscoso de semen fresco estirándose en hilos entre sus dedos y las pollas.

    Sandy temblaba, Recogía semen con los dedos, lo untaba en las pollas como limpiando, pero en realidad explorando, lamiendo disimuladamente un poco sus dedos: “Son… tan pesadas, flácidas y cálidas… aun así impresionan “, murmuró, con voz ronca acariciando dos pollas a la vez, subiendo y bajándoles el glande. Myriam la observaba, excitada de nuevo; yo me pajeaba lentamente encima de mi pantalón sin que mi hija lo notara.

    Al final se levantó, “Gracias…”. Se acomodó la falda, nos miró pidiendo permiso para retirarse agradeciendo a todos.

    El aire estaba saturado de un olor denso y animal. Los seis Mandingos, recostados en sofás y sillas, sus pollas todas de nuevo erectas y amenazantes.

    Fue entonces cuando Abdón rompió el silencio incorporándose miró a Sandy directamente a los ojos, ignorando que se trataba de nuestra hija. “Chica espera… no sabíamos que estarías en la reunión. Eres muy bella, no es común ver un cuerpo joven tan perfecto con una cara tan hermosa. Nos has excitado solo con tu presencia y la forma como nos has tocado. Nos gustaría verte desnuda. Solo eso. Prometemos no tocarte. Respetamos que no participes. Solo admirarte completa; tú nos tocaste, ahora queremos verte sin ropa.”.

    El silencio que siguió fue eléctrico, sentí un nudo en la garganta: celos paternales mezclados con una erección dolorosa, imaginando el cuerpo atlético y perfecto de Sandy expuesto ante los Mandingos. Yo también deseaba mirarla desnuda.

    Sandy nos miró con ojos llenos de deseo. “Si prometen no tocar…”. Su voz era ronca, temblorosa de excitación; noté cómo apretaba los muslos. Myriam asintió débilmente: “Sí, “amiga”… si tu quieres.”. Yo, con la polla palpitando, asentí también: “Es tu decision, para eso pediste venir, somos tus padrinos amiga” le dije.

    Sandy se levantó lentamente, el vestido ceñido marcando cada curva. Se paró en el centro de la sala, primero se quitó los tenis, luego, con manos temblorosas, se sacó el vestido, las bragas y el brasiere. Su cuerpo joven y perfecto se reveló: pechos firmes tamaño perfecto, vientre plano y tonificado, músculos abdominales marcados, caderas anchas pero atléticas, nalgas redondas y levantadas, muslos macizos y definidos que se unían en un coño depilado impecable: labios mayores carnosos, vi su clítoris ligeramente abultado como un boton seguramente por el ejercicio lo tenia asi, asomando sobre su raja, un hilo de humedad bajaba por sus piernas.

    El olor de su juventud irrumpió: dulce, limpio en el ambiente, los Mandingos jadearon colectivamente. “Dios… mira ese coño joven, tan rosa y apretado”, murmuró Malik. Jamal gruñó: “Esas tetas… perfectas y ese culo.”. Abdón sonrió, “No tocamos, como prometimos. Pero… qué perfección y mucha la tentacion”

    Sandy motivada por sus palabras giró lentamente, exhibiéndose: con la espalda arqueada, sus nalgas separadas ligeramente revelando su ano rosado, abrió deliberadamente sus piernas para que vieran su coño, sus labios vaginales se abrieron solos como capullo por la excitación. Juan, observándola de cerca le dijo “Hija… eres tan hermosa… ellos te desean tanto.”. Sandy se sonrojó, pero sonrió.

    Juan reía, filmando: “Qué cuadro: maduras cubiertas de leche, y esta joven diosa intacta excitándonos de nuevo.”. El morbo era insoportable: ellos ignoraban el lazo familiar, pero nosotros sabíamos, y eso lo hacía prohibidamente delicioso.

    Al final, se vistió, pero el aire quedó cargado. “Bien, estamos a mano”, dijo Sandy riendo con coqueteria. Se dirigió de nuevo a la habitación subiendo las escaleras sensualmente.

    La orgía se reanudó, como si la visión de Sandy desnuda y acariciando pollas hubiera inyectado una dosis extra de testosterona en el aire ya saturado de sexo. Los Mandingos, con las pollas duras de nuevo atacaron a Myriam y Martha con una intensidad animal que borraba cualquier rastro de agotamiento. Sin pedir permiso las rodearon de nuevo agarrando pechos, nalgas y coños hinchados, embistiéndolas en todas las posiciones mientras los gemidos resonaban más fuertes, más desesperados.

    Yo, consumido por el morbo me desnudé por fin, incapaz de contenerme más. Mi polla, dura y palpitante desde que vi a mi princesa tocar esas vergas cubiertas de semen, saltó libre me puse al lado de Malik, ofreciéndosela a Myriam directamente: ella, de rodillas la tomó en su boca, succionando profundo mientras otro la penetraba por detrás en el coño dilatado.

    Participé plenamente entonces, perdido en el frenesí: follé a Myriam en la boca mientras Adbon ahora se la metia desde atras, sintiendo las vibraciones de sus gemidos en mi polla en cada embestida; luego cambié a Martha, penetrándola vaginalmente mientras Jamal le follaba la garganta, sus pechos maduros rebotando contra mi vientre. Tuve a ambas entre los Mandingos: doble penetración a Myriam conmigo en su coño y un negro en su culo, sintiendo la fricción de su polla gruesa contra la mía a través de la pared delgada.

    Perdí la noción del tiempo por completo: alcohol fluyendo en copas que vaciaba una tras otra, emborrachándome hasta que el mundo se volvía borroso de placer, gemidos. Eyaculé tres veces —en boca, pechos y el culo de Martha—, pero seguían rotando las dos mujeres como juguetes con Juan y los Mandingos, hasta que el agotamiento y el whisky me vencieron. Me quedé dormido en un sofá.

    Cuando desperté, desorientado y con resaca latiendo en las sienes, la sala estaba en penumbra, amaneciendo apenas por las ventanas. Cuatro Mandingos se habían ido cuando aún yo estaba consiente dejando solo a Abdón y Malik que ahora los veia recostados con las pollas semierectas sentados platicando en un sillon. Myriam y Martha dormían abrazadas en la alfombra y Juan estaba tomando solo en la barra.

    Me volví a dormir y desperté cuando Juan, sonriente me dio una palmada en el hombro. “Buenos días Miguelito te dormiste temprano, la fiesta siguió un rato más… pero escucha arriba.”. Gemidos ahogados resonaban desde la recámara principal: femeninos, agudos y desesperados, mezclados con gruñidos graves masculinos, sonidos de carne chocando y el crujir constante de una cama. Mi corazón dio un vuelco: reconocí la voz que gemia y gritaba… era Sandy.

    “Tu hija los pidió para ella”, susurró Juan con voz cargada de morbo y fuerte aliento a whisky. “Después de que te dormiste, bajó de nuevo… vio a Abdon y Malik me dijo que quería ‘probar’ en privado en la recamara, Myriam y Martha dormían, tú borracho… y yo como el único adulto responsable le di permiso de disfrutar. Escucha cómo gime tu princesa ahora, Déjala, Miguelito. ya es una mujer, y se lo merece después de solo mirar toda la noche.”.

    Los gemidos subieron de intensidad: El morbo me golpeó como un rayo: mi hija, arriba, con los Mandingos, su coño joven estirado por esas enormes pollas, sentí celos feroces, culpa ardiente, pero erección inmediata y dolorosa. Juan rio: “Déjala que disfrute, imagina como la penetran… la próxima vez, todos con ella ya se lo prometí.”.

    Loading

  • El profe Manuel se coge a mi novia enfrente de mí

    El profe Manuel se coge a mi novia enfrente de mí

    Hola, me llamo Raúl y soy profe de una primaria y tengo una novia joven, hermosa y muy caliente que llamare Claudia, cogemos a diario y últimamente queremos invitar a otro hombre para que se la coja frente a mí y también la hagamos sándwich, ¡los comentamos mientras cogemos y mi amorcito se pone más caliente y lubricada, terminando con unos orgasmos que casi se desmaya!

    Al profe Manuel casi se le cae la baba cuando Claudia me visita en la escuela al verla tan sabrosa con ese vestido entallado luciendo sus hermosas piernas y ese delicioso culo que se carga. Estábamos a fin del ciclo escolar y ese miércoles era el festival de clausura. Claudia me acompaño vestida de infarto con un vestido holgado y sin ropa interior, cuando Manuel la vio se quedó con la boca abierta y más cuando ella se sentó y cruzó las piernas ¡y él pudo ver esa papayita rosada y húmeda que Claudia le exhibió como un trofeo de caza!

    Termino la fiesta de graduación de los alumnos de sexto de primaria y en un momento que fui al baño, Manuel se acercó y le pregunto que si yo la llevaría el próximo viernes a la fiesta de fin de ciclo de los profesores y también le dio su número telefónico. Ya en el coche Claudia estaba excitada y con la papaya mojada y me contó sobre Manuel, le dije que lo invitara mejor a nuestra casa el viernes en vez de que fuera a la fiesta de la escuela.

    ¡Estaba tan animada y emocionada que le llamo en ese instante por teléfono! ¡Hola Manuel soy la esposa de Raúl, oye te tengo una propuesta, si en vez de que vayas a la fiesta del viernes mejor ven a mi casa a eso de las 2 de la tarde y entre tú y mi marido me dan una super cogida toda la tarde! Manuel no se la creía, pero acepto y le dijo ¿qué te llevo?: ¡Tráete unas cervezas, condones y unas botanas!

    El recibimiento: Una visión de infarto.

    Manuel llegó a las 2 pm puntual, con el pulso a mil y las manos sudorosas cargando las cervezas. Raúl abrió la puerta con una sonrisa cómplice. —”Pasa, colega. El material didáctico está listo”—.

    Al entrar a la recámara, Manuel casi se desmaya. Claudia estaba recostada en la cama, luciendo un baby doll negro transparente que apenas lograba contener sus grandes senos abultados, con los pezones endurecidos rompiendo la tela. Se había delineado el mechón púbico de forma perfecta, una flecha de vello oscuro que apuntaba directamente a su sexo empapado. Sus zapatillas de aguja estilizaban sus piernas esculturales que ya estaban abiertas de par en par. La erección de Manuel fue tan violenta que el pantalón de vestir de la escuela amenazaba con romperse.

    La clase magistral: El sándwich perfecto.

    Sin perder un segundo, Manuel se desnudó, revelando una verga larga, nervuda y hambrienta. Raúl, ya erecto y listo para el combate.

    Manuel se abalanzo sobre las tetas de mi mujercita como un hambriento, mordisqueando sus pezones endurecidos mientras ella gemía mi nombre y el de él en una mezcla de placer y exhibicionismo. El bajo a su “papaya” húmeda, dilatada y la devoró con la lengua, recorriendo desde su ano hasta el clítoris, provocándole un orgasmo violento que salpicó su rostro de fluidos femeninos.

    La primera posición (El trono de carne): Tal como lo planearon, Manuel se sentó a la orilla de la cama. Claudia, dándole la espalda, se montó sobre él, ensartando la verga de Manuel por la vagina jugosa. Raúl se paró frente a ella. Al estar de espaldas a Manuel, la papaya de Claudia quedó expuesta de frente, dilatada y estirada al máximo. —”¡Dámela toda, Raúl! ¡Mira cómo me abre este animal por detrás!”— gritó Claudia mientras Raúl hundía su verga hasta los ovarios. —”¡Oh, Dios, ¡me tocan las puntas adentro! ¡Siento el sándwich de verga!”—. Los gemidos de mi mujercita eran una melodía de puro gozo, mientras sus nalgas firmes chocaban con los muslos de Manuel.

    La inversión (El castigo trasero): Claudia cambió el juego. Se montó de frente a Manuel, devorándole la boca mientras sus senos abultados se restregaban contra el pecho del profesor invitado. Raúl se posicionó detrás. Con un movimiento rudo, Raúl buscó el rico ano de su novia. —”¡Siii! ¡Ahí, amorcito! ¡Rómpeme mi culito mientras Manuel me llena por enfrente!”—. Manuel la sujetaba de las caderas con fuerza animal, mientras Raúl la martillaba por el culo. Mi amorcito era un sándwich humano de lujuria, gritando de placer mientras sus dos orificios eran reclamados simultáneamente.

    El festín individual: La admiración del dueño.

    Raúl decidió tomar un respiro, se sentó en el sillón de la esquina con una cerveza en la mano y disfrutó del espectáculo. Manuel, viendo que tenía “permiso de libre cátedra”, no tuvo piedad.

    Llevó a Claudia al escritorio donde Raúl solía calificar exámenes. —”¡Aquí es donde vas a aprender, perra!”— rugió Manuel. La puso en cuatro sobre los libros de texto. Raúl observaba cómo el culo monumental de su novia recibía las embestidas de Manuel. —”¡Mira cómo me la mete, amor! ¡Mira qué grande la tiene el profe!”— gritaba Claudia, con la cara pegada a la madera, mientras Manuel le daba con una rabia cogelona que hacía que el escritorio vibrara.

    Manuel se la metió por todos lados: la hizo mamar hasta las arcadas, le dio por la vagina hasta que el ruido de la carne chocando llenó toda la casa, y terminó por ensartarla en el sofá, con las piernas de Claudia apuntando al techo.

    El gran final: La graduación de leche.

    La tarde caía y el cansancio era inexistente, solo quedaba la sed de semen. Los dos hombres rodearon a Claudia en la alfombra de la sala.

    —”¡Ponte lista, que ya viene tu calificación!”— gritó Manuel.

    Raúl y Manuel comenzaron a descargar. Fue un bombardeo coordinado. Claudia, de rodillas y con la lengua fuera, recibió ráfagas espesas de ambos. Raúl le llenó la cara y los senos de muy buen tamaño, mientras Manuel le inundaba el culo y la vagina. Claudia quedó bañada en una mezcla de leches, con el baby doll hecho jirones y el rastro de la batalla brillando bajo las luces de la sala.

    —”Gracias, profes…” —susurró Claudia, pasándose la mano por el vientre cubierto de semilla—. “Esta es la mejor clase que he tenido en mi vida. ¡Miren qué bien cogida me dejaron! ¿El próximo viernes repetimos el examen?”.

    Raúl abrazó a Manuel, sellando una amistad de carne y sudor, mientras Claudia se lamió los labios, saboreando el éxito de haber sido la puta más codiciada del ciclo escolar.

    Con gusto recibo tus comentarios.

    Loading

  • La llamada

    La llamada

    -¿Hola?

    Al otro lado del teléfono solamente escuchó una respiración profunda. Estaba intentando encontrar palabras, pero solamente jadeaba.

    -Ho… la…

    -¿María? ¿Estás bien?

    Aguanté la respiración un segundo mientras dejaba de frotarme el clítoris. Frotarme el coño con toda la mano por lo menos me dejaría hablar.

    -Estoy masturbándome y de repente apareciste en mi cabeza. Quiero escuchar tu voz.

    Se hizo un silencio que me excitó. Mientras esperaba otra palabra empujé uno de mis pezones a mi boca. En invierno era lo más parecido a una fresa que podía comerme.

    -¿En serio te estás metiendo mano? -Solo respondí con un gemido. Escuché un suspiro del otro lado. -Estoy en el trabajo, pero me queda un rato de pausa para comer. Tú sigue.

    Me excité más. Me apreté el coño con la mano. Solté el pezón y gemí largo y profundo.

    -¿Sabes? Estaba chupándome el pezón derecho mientras hablabas. La saliva me está resbalando por la teta… Es una pena que nunca nos hayamos acostado, creo que te gustaría…

    Escuché el timbre y la puerta del ascensor del otro lado.

    -Estoy seguro… te he mirado las tetas muchas veces. Me gusta cuando las aprietas. Te metería unos hielos ahí y me sentaría a ver cómo se mancha tu blusa mientras se derriten.

    Escuché otra vez el timbre del ascensor.

    -Ahora mismo lo que tengo bien manchado de agua son las bragas… ¿Te imaginas de qué color son?

    Del otro lado, mientras salía del ascensor, una mujer se puso a hablar con él. Le estaba pidiendo a qué hora podrían reunirse para hablar de algunos papeles…

    Poco se imaginaba ella que en lo único que estaba pensando en ese momento era en buscar un rato para follarme a mí.

    -Perdona, sigo escuchándote -me dijo para despedirla rápido.

    Volví a meter los dedos entre los labios de mi vulva y empecé a gemir suavemente al micrófono.

    -Está todo tan mojado… ¿Cuándo vas a hablarme? Ya que no puedes comerme… por lo menos… Quizás si acerco el micrófono a mi coño te harás una idea de lo mojada que estoy.

    Me quité los auriculares para poder bajar el micrófono y comencé a frotarme con más fuerza. A gemir más alto para que me pudiera oír. Los pechos empezaban a arderme. Acerqué los dedos a la entrada de la vagina y dejé que uno resbalara dentro. No sabía si podía escucharlo por el micrófono pero lo moví de la forma más ruidosa posible. Y metí otro. Y seguí moviéndolos agitando mis aguas lo más que podía.

    Paré un momento para volver a colocarme los auriculares, justo para escuchar una puerta cerrándose.

    -¿Has podido escuchar mi música?

    -Joder si te he escuchado… Estás chorreando. No sabes cómo preferiría tomarme un buen sorbo de tu coño en vez de un café ahora mismo.

    De fondo, le oí abrirse el cinturón.

    Sonreí.

    -¿Has encontrado un lugar donde estar solo? ¿O prefieres que te miren? ¿O vas a hablar conmigo mientras le metes mano a otra?

    -No, princesa. He tardado un poco porque me he ido al último despacho del último pasillo. Ni siquiera tiene ventana, pero la puerta puede cerrarse con pestillo.

    -Ah… ¿crees que… esté hecho así para venir a echar un polvo rápido?

    -Pues no lo sé. Pero te aseguro que yo ahora mismo te haría de todo encima de esta mesa.

    -¿Estás sentado cómodo?

    -Estoy sentado en una silla acolchada. Necesito hacerme una paja mientras hablamos. Cuando venía hacia aquí, atrapada en los vaqueros mientras escuchaba tu coño pensaba que me iba a estallar.

    -Oh…

    Esa imagen me puso muy cachonda. Me incliné y volví a meterme los dedos.

    -¿Qué estás haciendo?

    -Aca… bo… de meterme tres dedos en el coño… Quizás… eso se parezca a tu polla

    -Dudo mucho que pajearme con la mano se parezca en nada al calor y a la humedad de tu vagina. -Escuché como se escupía en la mano. -Pero ahora mismo no tengo otra cosa.

    -¿Has tenido… fantasías conmi.. .go al… guna vez?

    Los gemidos me cortaban las palabras. Del otro lado escuchaba la respiración de él, cada vez más pesada.

    -El sábado me desperté con una erección que hasta me dolía… Y me hice una buena paja pensando que estabas en mi cama, haciéndome una buena mamada. Con esos labios que tienes, tienes que mamarla muy bien. Muy… muy… bien. Mmmmm… La pena es que me corrí en mi mano, en vez de en el fondo de tu garganta.

    Comencé a meterme los dedos más profundo. Más rápido. Me mojaba más. Gemía más fuerte.

    Los pechos me ardían, pero me llevé la otra mano a atender a mi clítoris.

    Le escuché ahogar un gemido.

    -Mujer… no sabes lo cachondo que estoy -en la voz se le notaba que le costaba no gritar de placer a él también. -Aunque quizás podría echarte todo mi semen en la cara. Caliente y abundante sobre tus ojos.. tus labios… las mejillas… el cuello… Y mientras se seca y solo puedes respirar ese olor te comería bien el coño. Eso te gustaría, ¿verdad? Que te lamiera y chupara entre los labios hasta que estallaras…

    -No… no me… queda mucho ya

    Le escuché sonreír.

    -Bien… Aunque te preferiría aquí, cabalgándome desbocada. Tienes una polla bien dura esperándote… mira… está empezando a llorar por ti

    Y con esa imagen mi coño estalló la placer. Grité y gemí. Y me quedé tumbada boca arriba en la cama. Jadeando.

    Al otro lado del teléfono escuchaba una respiración cada vez más agitada. Escuché un grito ahogado. Y jadeos.

    -María… qué cachondo me has puesto. ¿Te has corrido a gusto?

    -… Mm… sí… -respondí con pereza

    -Bien, preciosa. Tengo que regresar al trabajo.

    Y colgamos.

    Pero si le gustaba mirarme las tetas y hacerse pajas pensando en mí, esto no podía quedar así.

    Me estiré para coger un pintalabios y un pañuelo de tela blanco. Marqué un beso y le saqué una foto.

    Al cabo de un par de horas se la envié.

    La vio, pero no me respondió.

    A la mañana siguiente la que tenía un mensaje era yo.

    Una ubicación.

    “A las 15 h te espero aquí. La matrícula es 5673 IXB”.

    Loading

  • El bandido del antifaz

    El bandido del antifaz

    En la manzana de una gran ciudad, donde la gente se cruzaba por la calle con desconocidos y las luces de neón parpadeaban cada noche devorando anhelos escondidos como promesas rotas, se tejía una leyenda urbana en redes sociales. Hablaban de un joven misterioso, vestido de negro de pies a cabeza, con un antifaz que ocultaba su rostro y le daba un aire de bandido de otros tiempos. Entraba en las casas como un ladrón sigiloso, sin forzar cerraduras ni romper ventanas, como si las sombras mismas le abrieran paso. Su objetivo no eran joyas ni dinero, sino mujeres solas, maduras, siempre mayores de cuarenta.

    Les pedía que se desnudaran, con una voz que decían era cálida, profunda y extrañamente hipnótica. Algunos posts en foros anónimos juraban que no se limitaba a mirar: llegaba al acto, al roce prohibido, al placer robado en la penumbra.

    Carmen, una mujer de cuarenta y cinco años que vivía en un apartamento de ese área, había tropezado con esas historias una noche de insomnio. Al principio, las descartó como fantasías colectivas, el tipo de cuentos que las mujeres solteras inventaban para condimentar sus vidas monótonas.

    “Un enmascarado que entra y te pide que te quites la ropa… ¿y luego qué? ¿Te hace el amor como en una novela erótica?”, se burlaba en voz baja mientras movía el dedo sobre la pantalla táctil del teléfono móvil.

    Pero las descripciones repetidas la intrigaban: decían que era callado y reservado, que su presencia llenaba la habitación como un perfume embriagador. Alguien comentaba que había sentido su aliento en el cuello, cálido como una caricia, antes de pronunciar la temida orden. Otra usuaria, bajo un pseudónimo, confesaba que había cedido, que el acto había sido intenso, con toques que exploraban cada curva madura, cada pliegue olvidado por el tiempo.

    “Su voz me hipnotizó”, escribía. “No pude decir no. Y no me arrepiento”.

    Carmen no era ingenua. Había pasado por un divorcio amargo y luego casi nada, nada que no fuese convertirse en aventura de una noche satisfaciendo el deseo de hombres que solo buscaban la fugaz adrenalina de una descarga. Pero esas historias plantaban semillas en su mente. Imaginaba al enmascarado acechando en la oscuridad, su silueta esbelta contra la ventana, pidiendo con esa voz profunda que se expusiera, que mostrara su cuerpo no perfecto, pero lleno de historias.

    ¿Qué sentiría al desnudarse ante un desconocido? ¿El frío del aire en la piel, o el calor de la anticipación? En las noches solitarias, mientras se duchaba, sus pensamientos la consumían: se tocaba levemente, imaginando que era él quien la observaba, quien la invitaba al acto prohibido. “Es solo una leyenda”, se repetía, pero el pulso se aceleraba al pensar en un culo expuesto, en un roce inesperado, en el hacer que tanto se comentaba en esas redes.

    Los días pasaban grises, rutinarios. Carmen trabajaba en una oficina, volvía a casa exhausta, se preparaba una cena ligera y se perdía en libros de romance suave, donde el deseo era insinuado e irreal.

    Fuera, la ciudad bullía con rumores. Un post viral en Instagram mostraba un dibujo amateur del enmascarado: alto, delgado, con pantalones ajustados que insinuaban una juventud vigorosa. “Anoche se coló en mi casa”, escribía una mujer anónima. “Me pidió que me desnudara. Su voz… Dios, su voz. Me dio un azote. Luego, el acto. Fue como si me poseyera”. Comentarios se acumulaban: algunas lo llamaban fantasma erótico, otras advertían del peligro, pero muchas confesaban envidia, un anhelo secreto por ser elegidas.

    Carmen, convertida en Don Quijote, leía y releía con obsesión, sintiendo un cosquilleo en el vientre. ¿Y si era real? ¿Y si entraba en su casa, la encontraba en la cama, y con esa voz hipnótica le proponía algo más que mirar? El deseo la mantenía despierta, imaginando escenarios: él acercándose, sus manos enguantadas rozando su piel, pidiendo que se inclinara, que ofreciera su culo para el acto definitivo.

    Un día de lluvia implacable, de esos que envuelven la ciudad en un manto gris y melancólico. El atardecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, tiñendo la habitación de un naranja difuso. Carmen se había refugiado en su cuarto, tumbada en la cama con un libro abierto sobre el pecho. La lámpara de mesilla proyectaba una luz tenue, cálida, que jugaba con las sombras alargadas por la tormenta. Vestía un pijama holgado, nada provocativo, solo comodidad para una tarde de soledad. El sonido de la lluvia contra el vidrio, las gotas deslizándose, fundiéndose con otras o simplemente convirtiéndose en un hilo de agua sin forma. Un sonido constante que adormecía sus pensamientos.

    Cerró los ojos un momento, recordando las historias. “Leyendas urbanas”, murmuró por enésima vez, pero el pulso se aceleró al imaginar al enmascarado materializándose, su voz profunda susurrando:

    “Desnúdate”.

    Abrió los ojos de golpe.

    Allí estaba. Una silueta negra contra la puerta entreabierta, el antifaz cubriendo sus ojos, pero dejando ver una mandíbula joven, firme. No había oído nada: ni pasos, ni crujidos. Solo su presencia, imponente y silenciosa. Carmen se incorporó, el libro cayendo al suelo con un ruido sordo. El corazón palpitando desbocado en el pecho. “¿Quién eres?”, balbuceó, pero ya lo sabía. Era él. El misterioso joven de las redes.

    Se acercó con pasos felinos, deteniéndose al pie de la cama. No dijo nada al principio, solo la miró, o eso supuso ella, tras el antifaz. Luego, su voz surgió, cálida como un ronroneo, profunda como un pozo sin fondo, hipnótica en su cadencia lenta: “Desnúdate”.

    Carmen tembló. Era real. Las historias cobraban vida en su habitación. Sintió un calor ascender por su cuerpo, una mezcla de miedo y algo más primitivo, un deseo larvado que las lecturas habían avivado. “¿Por qué?”, preguntó, su voz un hilo. Él no respondió de inmediato. Solo inclinó la cabeza, como si evaluara su resistencia.

    “Quiero verte… desnuda”, dijo al fin.

    El aire se espesó y Carmen tragó saliva. Por un instante pensó en gritar, en correr, pero sus músculos no respondían. La hipnosis de su voz la mantenía clavada en la cama. Imaginó las redes: mujeres como ella, solas, maduras, cediendo al enigma. El deseo no resuelto de días atrás ahora era una tensión palpable, un pulso entre sus piernas que la traicionaba. “¿Y si digo que no?”, susurró, probando los límites.

    Silencio.

    ¿Fue su mente la que respondió, o sus labios los que se movieron en un susurro?

    “Tú te lo pierdes”.

    -Ahora me quito la ropa -La palabras escaparon de ella sin control, como si él las hubiera plantado allí.

    Tembló, el cuerpo vibrando con anticipación.

    Debería haber pedido tiempo: echarse perfume, retocar el cabello desordenado por la siesta. Pero ya estaba bajo su hechizo. El sí había sido pronunciado.

    Con manos temblorosas, se quitó el pijama superior, exponiendo sus pechos maduros, menos firmes que antaño, pero todavía apetecibles. Él observaba, callado, reservado. Luego los pantalones, y de paso las braguitas, deslizando ambos por las caderas, revelando su intimidad.

    Desnuda bajo la luz tenue, sintió el frío de la habitación, pero también el calor de su mirada.

    El enmascarado se movió entonces, bajando sus pantalones negros hasta los tobillos, los calzoncillos poco después. Lo que quedó expuesto fue un pene grande, grueso, lleno de la vitalidad juvenil. Palpitaba ligeramente, erguido en la penumbra.

    Carmen se preguntó qué hacer. ¿Tocarlo? ¿Lamerlo? Él no lo pedía, confiando en su experiencia, en que una mujer como ella supiera guiar el acto. Se arrodilló en la cama, sentando su trasero en los talones de sus pies. Extendió la mano, lo cogió con delicadeza. Cálido al tacto, vivo, como si tuviera pulso propio. Sacó la lengua, lamió la punta. Un sabor indefinido, salado, dulce, quizás amargo, la excitó. Decidió probar más: lo metió en su boca, succionando suavemente como quien chupa un polo, solo que este polo estaba caliente. Lo chupó buscando lubricación, por si lo usaba en ella, aunque su propio sexo ya estuviera mojado, listo para admitir al intruso. Sintió un gemido, real o imaginado, que avivó su fuego interno. El miembro palpitaba en su boca, creciendo con cada roce.

    Dio un último chupetón, le miró a los ojos enmascarados e imploró.

    -Por favor, te quiero dentro.

    Sin esperar respuesta se incorporó, consciente de la mirada anónima tras el antifaz.

    “Mejor así” pensó. El misterio aumentaba el erotismo, le permitía entregarse sin la carga de una mirada que juzgara o reconociera.

    Giró sobre sí misma lentamente, como si cada movimiento fuera parte de un ritual, y se puso de rodillas en la cama, esta vez dándole la espalda. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en el colchón, arqueando la espalda de forma instintiva.

    Su culo quedó así expuesto, plenamente a disposición del desconocido: redondeado por los años, algo más ancho de lo que había sido en su juventud, con esa suavidad carnosa que solo da el tiempo. La piel no era perfecta —nunca lo había sido del todo—, tenía algunas pequeñas imperfecciones que ahora, bajo la luz tenue de la lámpara, cobraban una intimidad casi obscena: unos granitos diminutos en la parte superior de las nalgas, recuerdo de una depilación reciente; un lunar apagado, marrón claro, justo en el pliegue donde la nalga se une al muslo, ese mismo lunar que su dermatóloga revisaba cada año con profesional indiferencia y que ahora, en esta situación, adquiría un significado nuevo, erótico, como una marca secreta que solo un amante podía descubrir.

    Carmen sintió el aire fresco de la habitación rozando esa piel expuesta, colándose por la hendidura que separaba sus medias lunas.

    Y un escalofrío recorrió su espina dorsal.

    La espera era insoportable, un hilo de excitación la hacía temblar desde dentro.

    Instintivamente, sin que él se lo pidiera, apoyando su peso en la cabeza, sobre la mejilla derecha, llevó ambas manos hacia atrás y apartó un poco las nalgas, abriéndose más, facilitando el acceso, ofreciéndose por completo. El gesto era sumiso y descarado a la vez, una súplica silenciosa que decía: tómame, aquí estoy. Su sexo, ya empapado, palpitaba ante la expectativa.

    Finalmente, sintió sus manos en las caderas, firmes, sujetándola con la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere. El grueso miembro se abrió camino por detrás, presionando primero contra la entrada, luego deslizándose con una lentitud deliberada que la hizo contener el aliento. Entró centímetro a centímetro, abriéndola, llenándola hasta el fondo con una presión deliciosa que le arrancó un gemido ahogado. Los huevos chocaron contra sus nalgas con un eco suave, húmedo, y ella se mordió el labio para no gritar, mientras el placer comenzaba a inundar cada rincón de su ser.

    El proceso se repitió: embestidas rítmicas, profundas, que inundaban cada nervio de placer. Carmen se perdía en la sensación, el cuerpo respondiendo con un ardor que había olvidado. El deseo que había leído en los relatos que creía ficticios explotaba ahora en oleadas, su sexo contrayéndose alrededor del miembro. No tardó en venirse: un clímax intenso, insultos mezclados con sonidos indecentes escapando de su garganta, el cuerpo convulsionando en éxtasis. Para acabar, finalmente, dejándose caer en la cama, exhausta, el corazón latiendo desbocado.

    El tiempo pasó de algún modo. La lluvia seguía golpeando la ventana, pero el fuego en su interior se apagaba lentamente. Abrió los ojos. Estaba sola en la cama, en la habitación, bajo la luz de la lámpara. El enmascarado había desaparecido tan sigilosamente como llegó. ¿Había sido real? ¿O solo un sueño avivado por las leyendas? Carmen se tocó, sintiendo la humedad residual, el pulso aún acelerado.

    En las redes, quizás pronto aparecería otra historia.

    La suya.

    Pero por ahora, se acurrucó en las sábanas, saboreando el eco del placer.

    Loading

  • La cama de mamá

    La cama de mamá

    Me llamo Laura, tengo 38 años y la verdad es que no me quejo de cómo me veo, después de todo sigo yendo al gimnasio tres veces por semana, tengo unas buenas tetas que se paran solas, un culo firme que me hace sentir poderosa cuando me pongo unos leggings ajustados, y una cintura que aún envidian mis amigas. Vivo con mi hijo Mateo, que acaba de cumplir 19, es universitario y por dios que se ha convertido en un macho de esos que te dejan la boca abierta. Alto, con unos hombros anchos de tanto levantar pesas, pectorales que se marcan bajo cualquier camisa, un abdomen que parece tallado a mano.

    Desde que empezó a entrenar duro hace un par de años no puedo evitar mirarlo, es como si tuviera un semental viviendo bajo mi techo y yo, que llevo meses sin un buen polvo decente desde que me separé de su papá, a veces me sorprendo fantaseando con ese cuerpo.

    Mateo tiene una novia, se llama Camila, flaquita pero con buenas curvas, siempre anda viniendo a la casa, se encierran en su cuarto y yo finjo que no escucho. Pero una tarde todo cambió. Yo había salido a hacer unas compras, regresé antes de lo previsto porque olvidé la cartera, entré sigilosa porque no quería molestarlos si estaban estudiando o lo que sea que estuvieran haciendo. Subí las escaleras y al pasar por mi recámara escuché ruidos, gemidos fuertes, jadeos de hombre y gritos de mujer. La puerta estaba entreabierta, y me quedé helada en el pasillo, espiando por la rendija.

    Allí estaba mi hijo, completamente desnudo, ese cuerpo brillando de sudor, sus músculos tensos mientras embestía como un animal a su novia que estaba en cuatro sobre mi cama, mi propia cama donde duermo todas las noches. Camila gritaba como loca, con la cara hundida en mi almohada.

    -¡Ay sí Mateo, métemela más duro cabrón, rómpeme!

    Y él, mi Mateo, agarrándola de las caderas con esas manos grandes, le clavaba su verga una y otra vez, se le veía todo, esa polla gruesa y larga que entraba y salía toda mojada, chapoteando, haciendo unos sonidos obscenamente ricos cada vez que chocaba contra el culo de ella. Él sudaba, gruñía como un macho en celo, le daba nalgadas fuertes que dejaban la piel roja.

    -Te gusta eh puta, te gusta que te coja como perra.

    -¡Sí papi, cógeme como una puta, lléname de leche!

    Yo me quedé allí parada, con el corazón latiéndome fuerte, sintiendo cómo me mojaba entre las piernas sólo de ver cómo mi hijo la taladraba sin piedad, cómo sus nalgas se contraían con cada embestida poderosa, ese culo perfecto moviéndose hacia adelante y atrás, los músculos de su espalda brillando, su verga saliendo toda cubierta de jugos y volviendo a entrar hasta el fondo. Camila se venía gritando, retorciéndose, y él no paraba, la seguía cogiendo fuerte, diciéndole cochinadas al oído, mordiéndole la nuca, agarrándole las tetas desde atrás. Era exactamente lo que yo siempre había querido, un macho así, fuerte, salvaje, que te coja hasta dejarte temblando, que te haga sentir mujer de verdad.

    Me mordí el labio tan fuerte que casi me sangra, sentía la vagina palpitándome, los pezones duros contra el brasier, pero no dije nada, no entré, no los interrumpí. Me quedé viendo hasta que él gruñó y se vino dentro de ella, empujando profundo mientras Camila volvía a gritar de placer. Después se derrumbaron en mi cama, riendo bajito, besándose, y yo retrocedí despacio, bajé las escaleras con las piernas temblando, salí de la casa de nuevo como si apenas llegara.

    Entré gritando que ya estaba en casa, los encontré en la sala viendo tele como si nada, Camila con la cara sonrojada todavía y Mateo con esa sonrisita de satisfecho. Los saludé como siempre. Desde esa tarde no pude sacarme de la cabeza lo que vi, cada noche al acostarme en mi cama, la misma donde mi Mateo había cogido tan guarro a su novia, sentía un calor que me subía por todo el cuerpo, me imaginaba su verga gruesa entrando y saliendo, sus nalgas contrayéndose con cada embestida, ese sudor brillando en su espalda musculosa, y yo sola allí, con las sábanas que todavía olían a sexo aunque las había lavado mil veces.

    Me tocaba pensando en él, metiéndome los dedos despacio al principio, imaginando que era su polla la que me abría, luego más rápido, mordiéndome los labios para no gemir fuerte y que me escuchara en el cuarto de al lado, me venía temblando, con su nombre en la mente, sintiéndome una puta por desear a mi propio hijo, pero cada día era peor, el antojo me comía viva. necesitaba sentir ese macho dentro de mí, no podía seguir así nomás fantaseando.

    Decidí que tenía que hacer algo, no iba a esperar a que la vida me lo pusiera en bandeja, yo soy la que manda en esta casa y si quiero a mi hijo me lo voy a coger, punto. Esperé unos días, estábamos solos, él regresó del gym, con esa camisa pegada al cuerpo marcando sus pectorales, yo ya estaba mojada sólo de verlo entrar a la cocina a tomar agua. Lo dejé ducharse, cenamos como si nada, platicando de la uni y sus cosas, pero yo ya traía el plan en la cabeza.

    Me habia puesto un vestido pegado al cuerpo, de esos que marcan todo, el escote profundo mostrando mis tetas firmes, la tela ceñida resaltando mi culo redondo y mis curvas que aún vuelven locos a los hombres. Después de la cena lo llamé al sillón Me senté cerca de él, crucé las piernas para que viera mis muslos, y empecé la plática como si nada. él me miró un segundo más de lo normal pero fingió normalidad.

    -Mateo, tenemos que platicar de algo serio, mi amor.

    -Dime ma, ¿qué pasa? -Me miró extrañado, pero sus ojos bajaron un segundo a mis tetas, y eso me mojó al instante.

    -Es que… el otro día llegué temprano y los vi, a ti y a Camila, en mi cama.

    Se puso rojo, pero no apartó la mirada, sonrió un poco pícaro.

    -Ay mami, perdón, no pensé que llegaras tan pronto, te juro que no fue a propósito.

    -No me enojo por eso, hijo, pero mi cama es sagrada, no quiero que la uses para coger con tus noviecitas, esa cama es sólo para mí.

    -Pero mami, es que tu cama es la más cómoda de la casa, el colchón es perfecto, por eso se siente tan rico follar ahí, en serio, es como… no sé, mejor.

    Me mordí el labio mirándolo fijo, sintiendo cómo me palpitaba la vagina sólo de escucharlo hablar así de follar en mi cama, me acerqué un poquito más, le puse la mano en la pierna, él no se movió.

    -Si tanto te gusta mi cama, Mateo, entonces tienes que pedirla como se debe.

    -¿Pedirla? ¿Cómo mami?

    -Sí, mi amor, ya te dije, esa cama es sólo para mí, para que folle yo. Si la quieres usar… tienes que pedírmela a mí, porque la única que folla ahí soy yo.

    Se quedó callado un segundo, confundido, mirándome con los ojos muy abiertos, pero yo vi cómo su mirada bajaba a mis tetas, cómo se le empezaba a marcar algo en el pants de pijama.

    -Espera mami… ¿qué quieres decir exactamente?

    Sonreí despacio, le apreté un poco la pierna, subí la mano más arriba, ya descarada total, sintiendo el calor de su muslo.

    -Quiero decir que, la cama solo es para que folle yo, para que me cojan a mí. Así que si la quieres usar para follar, tienes que pedir por mí, porque soy la única que folla ahí. Le repeti, por si no le habia quedado claro la primera vez que lo mencione.

    No dijo nada más, solo me miró con los ojos llenos de lujuria, el aire cargado entre nosotros, yo sentía mis jugos. Me levanté despacio, enseñándole el culo en el vestido pegado, y subí a mi cuarto sin voltear. Por un momento crei que me seguiria, que me tomaria y me haria suya. Pero no paso.

    Esa noche no me contuve, me metí en la cama desnuda, abrí las piernas y me metí los dedos profundo, gimiendo fuerte su nombre, imaginando su verga clavándome, no me importó si me escuchaba, al contrario, quería que oyera cómo me venía gritando por él, jadeando como una perra, hasta que me derrumbé temblando.

    Al día siguiente por la mañana, mientras desayunábamos en la cocina, yo con mi bata corta que dejaba ver mis piernas y él ya vestido para la universidad, con esa camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le hacían ver tan rico, Mateo me miró nervioso, removiendo su café como si no supiera cómo empezar.

    -Oye mamá, antes de irme… estaba pensando en lo que dijiste anoche.

    -Ajá… -Le contesté sonriendo, mordiéndome el labio, sintiendo ya un calorcito entre las piernas sólo de recordarlo.

    -Y bueno… quería pedirte tu cama prestada esta noche. ¿Crees que se pueda?

    Me quedé mirándolo fijo, con el corazón latiéndome fuerte, notando cómo se ponía rojo pero sus ojos brillaban de lujuria, pero allí estaba, pidiéndolo.

    -Claro que sí, hijo. Ves cómo de bien se siente cuando pides prestado las cosas.

    Sonrió, se levantó y me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, rozando su cuerpo contra el mío, y se fue. Todo el día no pude pensar en otra cosa, en cómo sería la noche, en ese cuerpo musculoso sobre mí, en su verga gruesa clavándome como había visto que le hacía a Camila. Regresé temprano del trabajo, me di un baño largo, me depilé todo, me puse crema para oler rico, y elegí la lencería más puta que tenía, esa negra con encaje que marcaba mis tetas grandes y mi culo firme, con ligas y medias de red que me hacían ver como una diosa del sexo.

    Por la noche, mientras cenábamos, el aire estaba cargado, nos mirábamos con ganas, comiendo despacio como si prolongáramos el momento.

    -¿Estás preparado para usar la cama esta noche, hijo? -Le pregunté con voz ronca, rozando mi pie contra su pierna bajo la mesa.

    -Sí mami, pensando en cómo te voy a coger ahí, en hacerte gritar como nunca.

    -Y yo tengo ganas de que me cojas como una puta. De sentirte bien adentro, llenándome toda.

    Nos dijimos cochinadas así, excitándonos mutuo, él contándome cómo me iba a poner en cuatro y darme duro, yo diciéndole que quería chupársela hasta que rogara, hasta que no aguantamos más y subimos a la recámara. Él se quitó la ropa rápido, se acostó desnudo en la cama, su verga ya semierecta colgando gruesa entre sus piernas musculosas, esas nalgas prietas contra mis sábanas. Yo me metí al baño, me miré al espejo, respiré hondo y salí con la lencería puesta, el brasier de encaje apenas conteniendo mis tetas, la tanga marcando mi vagina depilada, las ligas tensas en mis muslos y las medias de red subiendo hasta arriba, posando como una modelo sólo para él.

    Mateo se quedó con la boca abierta, su verga se puso dura al instante, latiendo.

    -Mamá… estás para cogerte toda la noche.

    Me acerqué despacio, subí a la cama gateando como una perra, me monté encima de él y lo besé profundo, sintiendo su verga dura contra mi vagina mojada a través de la tela. su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos me agarraban el culo con fuerza, amasándolo. Me bajé, le chupé esa polla enorme, saboreándola, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía y me agarraba el cabello.

    -Qué rica boca tienes mami, chúpamela como una puta.

    -Cógeme hijo, hazme tuya en esta cama que tanto querías.

    Después me puso en cuatro, y ahora era yo la que gritaba cuando me arrancó la tanga y me clavó la verga de un solo golpe, entrando toda hasta el fondo, chapoteando guarro en mi vagina palpitante. Él gruñía, sudaba, me agarraba las tetas mientras me taladraba guarro, el sonido chapoteando obsceno cada vez que entraba y salía toda mojada de mis jugos.

    -¡Ay mi niño, métemela más duro, rómpeme como a tu putita!

    Él embestía como un animal, dándome nalgadas fuertes que me dejaban la piel roja, agarrándome del cabello para arquearme más, mordiéndome la espalda. Grité como loca, recordando que en esa misma posición, en cuatro sobre la cama, había estado Camila gritando por él, pero ahora era yo la que aullaba de placer, mi vagina palpitando alrededor de su polla mientras él embestía salvaje, chocando sus caderas contra mi culo.

    -Te gusta eh mami, te gusta que te coja en tu propia cama, que te llene de leche.

    -¡Sí papi, cógeme fuerte, lléname de leche como a tu novia!

    Me vine dos veces así, antes era la novia la que se deshacía de placer en esa misma cama, ahora era mi vagina la que apretaba su verga, mis jugos los que chorreaban por sus bolas. Después me puso boca arriba, abriéndome las piernas con las medias de red, clavándomela profundo mientras me besaba, sus pectorales sudados contra mis tetas, hasta que gruñó fuerte y se vino dentro, llenándome caliente, empujando para que no saliera ni una gota.

    Duramos horas, cabalgándolo yo como una amazona, mis tetas rebotando, clavándome su polla hasta el fondo, sintiendo sus manos en mi culo, él viniéndose dentro de mí dos veces, caliente y espesa, mientras yo gritaba su nombre babeando de placer, hasta quedar exhaustos, sudados, abrazados en las sábanas revueltas. Al final, exhaustos, derrumbados en las sábanas empapadas, él me besó el cuello, todavía con la verga medio dura dentro de mí, y me dijo al oído.

    -Creo que te pediré prestada más seguida la cama, mami.

    Loading

  • Convirtiéndome en cornudo: Primeros pasos

    Convirtiéndome en cornudo: Primeros pasos

    Después de pensarlo un poco y haber leído muchos de los relatos de otras personas, he decidió comenzar a contar mis vivencias desde el principio hasta las condiciones actuales de mi relación con Paulina. Comenzare como es debido, con mis primeros acercamientos a este mundo. Espero que lo disfruten.

    Conocí a Paulina a través de un amigo en común, ella es una mujer muy bella y tiene un cuerpo que llama la atención, sobre todo por tener un trasero redondo y bien formado. Siempre se ha mantenido en buena condición, pues se ejercita constantemente además es coreógrafa y bailarina. Mide 1.60, es morena clara, tiene una sonrisa hermosa, su rostro es muy expresivo y tierno. Cuando nos conocimos ella tenía 26 años y yo 32.

    Después de algunas semanas de cortejo, salidas, bailes y copas, por fin nos hicimos novios. Y como en la mayoría de relaciones al inicio el sexo era frenético y constante, lo disfrutábamos mucho y aprendimos a conocer nuestros gustos.

    Vivía solo en una casa que alquilaba, lo que nos daba la oportunidad de pasar gran parte del tiempo ahí, disfrutando.

    Yo ya fantaseaba con compartir a mi pareja, pues conocía el tema gracias a internet y desde que salía con mi pareja anterior la idea había rondado en mi mente, pero con ella nunca me atreví a proponerlo.

    Una noche en medio de una conversación con Paulina, surgió el tema de los tríos, yo comente que me gustaría vivir la experiencia en cualquiera de sus modalidades, hmh o mhm. No quería confesar directamente que quería verla con otro y asustarla.

    Ella por el contrario me dijo que no soportaría verme con otra mujer. Pero no afirmo ni negó si haría un trío con otro hombre. Comencé a fantasear esporádicamente con esa idea cuando teníamos relaciones, en la calentura ella lo aceptaba, pero cuando se lo preguntaba en una conversación normal, no estaba segura, yo por mi parte le propuse abiertamente hacer un trío con otro hombre

    Al ver que no se decidía a realizar el trío y no queriendo presionarla demasiado, comencé a explorar otras cosas. Le propuse que se vistiera de forma mas provocativa cuando íbamos a algún bar o restaurante, ahí nos dábamos cuenta como la miraban. Eso cada vez la hacía sentirse mas segura y atrevida. Cuando volvíamos a casa o a algún hotel a terminar la noche, el sexo era mas apasionado y placentero.

    En una ocasión le propuse que usara un vestido ajustado y corto cuando íbamos a salir al centro comercial, era martes como a medio día, suele no haber mucha gente en ese horario. La idea era que ella caminara sola y yo la observaría a la distancia. Quería ver desde lejos como la miraban y si había suerte que alguien se le acercaba. En el centro comercial, había una zona de comida rápida con mesas comunes. En el lugar había pocas personas, ella pidió un café y se sentó sola, yo me situé justo hasta el otro lado, y desde ahí observaba, con la esperanza de que algún hombre se acercara, no hubo suerte esa ocasión, pero yo no estaba dispuesto a rendirme y en mi mente ya tenía algunos otros planes.

    Un fin de semana reserve en un restaurante-bar que está en una terraza en el centro de la ciudad. Como ya era costumbre, se vistió muy sexy, una minifalda negra de piel, un top negro y tacones.

    Cuando entramos al bar pedí a la mesera que nos ubicara en una de las mesas del centro del lugar ya que esas mesas son altas, con sillas periqueras y las mesas de la orilla por el contrario son sillas y mesas de altura normal.

    La velada ahí comenzó normal pedimos alguna entrada y bebidas, yo observaba a nuestro alrededor y note una pareja que frente a mi en diagonal, en una de las mesas normales, le pedí a Paulina que cambiáramos de lugar para que ella quedara frente al hombre. Ella no entendió en ese momento porque, pero no puso objeción. Paulina no pasó desapercibida para el hombre, era inevitable ya que su vista era directamente las piernas de mi novia, aunque el tipo lo disimulaba

    Cuando estábamos en el tercer trago, comenzamos a hablar de la pareja en cuestión y de como el la miraba disimuladamente, entonces comencé mi jugada, le propuse a Paulina que lo dejara ver un poco mas, como accidentalmente, cruzando las piernas o abriéndolas un poco de vez en cuando, ella se giró un poco en dirección a él y comenzó discretamente, mientras seguíamos bebiendo.

    Después de un rato la saque a bailar un par de veces, para tocarla. Rozaba sus hombros, su espalda, besaba un poco su cuello, quería que ella se prendiera mas y se atreviera a mas. Esto funciono, era claro que el chico la miraba. Paulina hacia lo suyo y se tocaba las piernas. Entonces le pedí que fuera al baño y se quitara la tanga, solo recuerdo que me miro unos segundos a los ojos, se levantó y se dirigió al tocador. Al regresar puso en mi mano su tanga, podía sentirse un poco la humedad.

    Ella siguió un rato mas realizando movimientos para que el chico viera, aunque no estábamos seguros si podía notar que no llevaba nada debajo, bailamos un par de veces mas, ambos estábamos ya muy calientes y ella me dijo que ya quería que nos fuéramos a casa a terminar esto. Pedimos la cuenta y para mi suerte el chico se levantó al tocador, yo lo pensé apenas un momento y también me dirigí hacia allá, mi corazón latía rápidamente y mi cabeza estaba extasiada de excitación.

    Cuando el chico se acercó al lavamanos me acerque también, lo salude al momento que estiraba mi mano le dije “mi novia te manda esto”, el instintivamente recibió la tanga en su mano, yo di media vuelta rápido sin mirarlo mas ni decir nada.

    Cuando llegue con Paulina pague la cuenta y nos retiramos. Ya en el auto le conté a mi novia lo que había hecho y solo me dijo “Estás loco” y me plantó un beso húmedo y apasionado.

    Esa noche tuvimos una larga y placentera sesión de sexo. Y creo que fue el inicio de todo.

    Loading

  • Incesto con mi papá (1)

    Incesto con mi papá (1)

    Hola, mi nombre es Marlene, estoy muy entusiasmada de encontrar un lugar como esta página donde puedo platicar de lo que he vivido, y donde puedo escribir lo que me ocurrió hace ya varios años.

    Tenía yo 25 años al momento de lo sucedido, yo me gradué de licenciatura en finanzas en una universidad privada de la Ciudad de México que se encuentra por la zona de Santa Fe.

    Desde que estaba estudiando ya acudía a trabajar medio tiempo en la empresa consultora financiera de mi papá, por lo que adquirí cierta experiencia desde la escuela y cuando me gradué a los 21 pasé a trabajar de tiempo completo con él, estuve esos años en diversos puestos manejando primero cuentas de negocios pequeños y poco a poco me aumentaba la responsabilidad dándome clientes más grandes, hasta que y a pesar de mi edad, mi papá ya me puso a cargo de ciertas cuentas importantes.

    Mi papá, Arturo, es un hombre de 45 años, lo considero sumamente inteligente, caballeroso, muy de familia, protector, proveedor, para su edad creo que se conserva bastante bien y aunque no tiene un cuerpo súper atlético hace ejercicio de forma casi regular, con inicios de canas en cabello y barba, claro indicio de que pronto será un lobo plateado.

    Por parte de mi mamá, Laura, misma edad de papá, tez blanca también como él, un cuerpo llenito, pero no demasiado, muy sociable, ella es doctora, desde que yo me acuerdo siempre ha trabajado en varios hospitales y casi no conviví con ella, a la fecha no tenemos una relación estrecha, nunca estuvo en la casa, siempre trabajando, siempre socializando, así que debo reconocer que poco nos conocemos y poco hemos compartido, aun así y sea como sea es mi mamá y siempre quise acercarme a ella, aunque ella siempre haya sido distante.

    Tengo una hermana que es 5 años menor que yo, Andrea, también somos muy diferentes, ella es súper activa, extrovertida, platicadora, sociable, no le gustaba quedarse en casa, siempre saliendo, siempre con alguna actividad fuera. Mamá y ella si se entendían mejor.

    Mi personalidad es completamente opuesta a ellas, mucho más introvertida, hogareña, “ratón de biblioteca”, quizá en lo único que nos parecemos mi hermana y yo es en el gusto por el ejercicio, pero hasta en eso también tenemos algunas diferencias, ella siempre le gustó más hacer ejercicio en el exterior y a mí en casa, como el yoga, el funcional, hiit, tabata, etc., es por eso que desde adolescente mi papá me acondicionó un espacio en casa para poder hacer ejercicio casi a diario, esto ocasionó que se me acentuara un cuerpo firme, atlético, curvilíneo, con cintura de avispa, piernas y glúteos duros y unos pechos levantados como dos naranjas maduras.

    Mi hermana siempre me tuvo envidia en ese aspecto ya que por más que hacía ejercicio, su cuerpo no llegaba a ser tan agraciado y llamativo como el mío, además de que su cabello era negro y rebelde, el mío castaño sedoso acompañado con unas lindas facciones de cara.

    Creo que lo introvertida que soy lo compensé con la belleza física.

    Desde que iba en la escuela siempre acaparaba miradas, no solo de mis compañeros sino también de los maestros, llegué incluso a recibir “ofertas” para mejorar mis calificaciones, las cuales siempre rechacé, no las necesitaba, a mí me gustaba estudiar y sacaba buenas notas sin la ayuda de nadie.

    De las muchas invitaciones que tuve para salir de fiesta tanto en la escuela como ya trabajando pocas aceptaba, no me sentía cómoda, todos los hombres siempre iban con dobles intenciones, nunca me hicieron sentir a gusto, ni cuidada, ni protegida.

    Para mi mala suerte cuando al fin decidía aceptar ser novia de un pretendiente me iba pésimo, o resultaba ser un súper celoso posesivo, u otro tenía tintes de ser un tóxico, o incluso me fueron infieles (dos novios Héctor y Marcos) uno de ellos con la que creía mi mejor amiga, provocándome un dolor emocional y sentimental muy grande que me retrajo aún más a mi mundo y a mi trabajo en la consultoría.

    Eso ocasionó que empezara a pasar mucho tiempo con papá, yo trabajaba para él en un tema que a ambos nos apasionaba, por lo que no solo nos veíamos en la oficina sino también en casa revisando estados de cuentas, balances generales, flujos de cajas durante las tardes, y cuando el proyecto era muy grande e importante parte de las noches.

    Yo que era una persona de pocas palabras pues con él no lo parecía ya que pasaba horas hablando de finanzas, de los clientes, de proyectos, me entusiasmaba mucho trabajar con él, en horas de comida hablarle de alguno de esos temas, o hasta en la cena y por lo que yo percibía él también parecía entusiasmado de pasar tiempo conmigo.

    Así pasó un tiempo hasta que salió el viaje a Monterrey para visitar a un posible cliente muy importante, papá y yo pasamos semanas revisando cada detalle de la presentación, los números, las gráficas, que todo estuviera perfecto.

    El cliente nos citó un viernes en la mañana por lo que llegamos a Monterrey desde el jueves en la noche, para estar listos y frescos para el día siguiente, por obvios temas de costos nos quedamos en una habitación doble.

    La presentación fue tan exitosa que el cliente quería revisar los detalles finos el siguiente lunes y dedicarnos ese día completo para cerrar el proyecto, se disculpó que nos tuviera que hacer esperar, pero ya tenía compromisos previos. Eso a papá y a mí no nos importó porque si el trato se cerraba sería tan grande que esperar un par de días más poco importaba, por lo que accedimos a la proposición de volver el lunes.

    ¡Cuando estuvimos en el hotel estábamos tan contentos! ¡Era un éxito para la consultoría!

    Papá: ¡Hermosa todo es gracias a tu trabajo, brillante presentación! Qué opinas, nos regresamos a México o mejor nos quedamos el fin de semana y aprovechamos para afinar el proyecto.

    Yo: ¡Estoy también muy emocionada!, ¡no solo fui yo fue un gran trabajo de los dos! Creo que lo mejor será quedarnos y de una vez empezar a trabajar.

    -Nooo, tenemos todo el fin de semana para hacerlo, creo que al menos hoy podemos darnos un descanso y festejar que casi tenemos esto en el bolsillo.-

    Casi no es suficiente, algo puede que se nos escape, mejor revisemos el proyecto, además hay que cambiar el vuelo de regreso que teníamos para hoy, y comprar algo de ropa para el fin de semana.-

    -Yo me encargo del cambio de vuelos y estoy de acuerdo con que tendremos que comprar algo, pero respecto a continuar hoy con la revisión soy tu papá y tu jefe así que te ordeno que dejes el trabajo por hoy-

    Sonreí, me parecía buena idea.

    -Bueno si es así pues está bien, pero no traje otro vestido formal para ir a cenar y no creo que sea necesario otro, mejor si es que estás de acuerdo solo compro ropa para el fin de semana y para dormir.-

    -Para cenar no importa te ves muy bella así, creo incluso que parte del éxito de hoy fue el hermoso vestido que traes puesto, te ves muy linda, claro eso no demerita lo inteligente que eres.-

    No sé si fue lo que dijo o la forma tan natural como lo dijo, pero me sentí halagada, creo que él lo notó por que inmediatamente carraspeó y cambió el tema.

    -Emm, bueno todavía faltan varias horas para la cena, podemos ir de compras.-

    Salimos los dos juntos a caminar por la zona, había un mall bastante grande así que fuimos ahí. Todo el tiempo comentando alguna cosa interesante o divertida, me sentía muy bien, pasó el tiempo muy rápido, entramos a varias tiendas y él como clásico hombre se compró casi lo primero que encontró, yo como mujer me tardé en elegir, al final me probé un pantalón de mezclilla entallado y una playera apretada que me pareció bonita.

    -¿Papá cómo me queda?-. Le pregunté mientras salía del probador.-

    -…

    -¿No dices nada?-lo vi recorriéndome con la mirada, pero por alguna razón (quizá porque es mi papá) no me sentía incomoda con él.

    -Perdón Mar es que… emm bueno… te hace resaltar tu bello cuerpo, tus curvas, si me permites decirlo, debes de llevártelo.-

    -Vaya gracias por el piropo, también me gusta, me lo llevo. –

    Papá hasta en sus intentos de piropos era tierno.

    Pasó el tiempo volando y llegamos al hotel ya anocheciendo, cada quien se turnó en el baño del cuarto para cambiarse, yo me quería arreglar un poco para cenar, no importa que la cena fuera solo con mi papá yo me quería ver bien (típico de mujeres)

    Bajamos al restaurante del hotel, bastante exclusivo por cierto, noté que papá entró como en un ciclo de miradas, me veía y desviaba la mirada varias veces, como que me recorría el cuerpo. Lo tomé también como una especie de halago.

    -Mar no quiero que hablemos de nada de trabajo, pidamos la cena, una botella de vino y hablemos de cualquier otra cosa, ¿te parece?-

    -Trato hecho!! Adelante, vino tinto me gustaría.-

    Trajeron la botella, estábamos tan contentos, yo me sentía como pocas veces en mi vida, consumando éxito profesional con algo que nunca había hecho que era disfrutar de un momento tan lindo sin sentir esa sensación tan desagradable de cenar con un hombre que tuviera dobles intenciones o que fuera un loco tóxico. Cenamos, platicamos mucho rato de cualquier cosa, el me hacia reír tanto, nos bebimos toda la botella, papá pidió la segunda, yo ya me sentía con ese leve mareo, pero estábamos tan a gusto, que él fue el que me dijo:

    -Hermosa te parece si esta nos la tomamos en el cuarto, así si ya no queremos o nos cansamos pues ya estamos allá arriba.-

    -Si dale, sigamos platicando en el cuarto -(intenté como pude disimular el clásico seseo… sss de la lengua)

    Subimos, papá destapó la segunda botella, los dos ya con visibles efectos del alcohol, sobre todo yo. Seguíamos hablando en el cuarto de varios temas cada vez más personales, él me decía de sus problemas con mamá, de cosas que yo no sabía y se me hacía lindo que él me las contara porque sentía que confiaba en mí, por lo que yo para sorpresa mía también le empecé a contar algunas cosas personales, eso me sorprendió a mí misma ya que siempre fui muy reservada para hablar con quién fuera de esos temas, pero con él me salía natural, le platiqué de lo mal que me había ido en mis relaciones y lo decepcionada que estaba.

    -¿Marlene te puedo hacer una pregunta?

    -Si claro la que quieras

    -¿Qué pasó primero con Héctor y luego con Marcos? Ambos parecían buenos muchachos, se veía que te trataban bien y tú parecías entusiasmada con ellos, cada uno en su momento.-

    -Ayy papá si superas -suspiré

    -Perdón que te pregunte estas cosas, sabes que no me meto en tu vida privada, pero al final eres mi hija y bueno me preocupo por ti.-

    -En efecto no quería hablar de eso porque es algo doloroso para mí, pero para no hacerte el cuento largo, ¡terminé con ambos por que los dos me engañaron y el imbécil de Marcos incluso fue con María!

    -Dios hija perdón, yo no sabía, que rabia me da, siendo tu tan inteligente, tan responsable, tan bella, tan linda.-

    El vino me puso muy sentimental al recodar aquello, así que se me aguaron los ojos.

    -Pues ellos no lo vieron así, seguramente me veían fea y tonta y por eso me engañaron, yo soy la culpable, con nadie tengo suerte, con nadie me siento a gusto y en confianza.-

    -No digas eso Mar eres tan hermosa, la envidia de cualquiera.-

    -Lo dices porque eres mi papá y así me ves -dije al borde del llanto.

    -No Marlene lo digo de corazón, no lo digo como tu papá sino como hombre que soy, yo que te conozco, que he pasado tanto tiempo contigo, conozco lo que te gusta, lo que no te gusta, lo que te hace reír, lo que te asusta, tus miedos, tus ilusiones, lo linda que eres no solo de cuerpo sino de forma de ser, eres única.-

    -¡Papá… que lindas palabras, me sonrojas! -el vino hacia que mi cabeza diera vueltas y no me di cuenta que mientras me decía eso papá se iba acercando cada vez más hasta que lo tuve de frente a unos centímetros.

    -Mar eres tan bella… nunca te lo había dicho pero… me gustas tanto…

    -¿Papá que haces?

    Y entonces sucedió… sin decir ya más nada y en un movimiento rápido, pero delicado me besó en los labios, su lengua se internó en mi boca de forma tierna, sedosa, con sabor a uva, intentando buscar mi lengua, tocándola suavemente, yo quedé en auténtico shock, paralizada, en trance por lo que estaba pasando, no sé cuantos segundos tardé en reaccionar, pero lo aparté de forma brusca.

    -¡Papá! ¿Pero qué te pasa, que haces? -de la impresión se me bajó el mareo alcohólico que ya tenía

    -Mar…yo…-

    -¡Me besaste! ¡Como te atreves!

    -¡Hija no sé qué me pasó, discúlpame por favor, por dios! Es que el vino, el momento, soy un infame.-

    Me metí inmediatamente al baño con la sorpresa a flor de piel.

    -Marlene perdóname, ya es de madrugada estamos cansados, el vino nos afectó mucho por favor me siento muy mal por lo que hice.-

    -¡No me hables!

    -Escucha estoy tan tomado que no puedo decir palabra, me voy a dormir es lo mejor, te juro por lo más sagrado que no pasará nada más, puedes estar tranquila.-

    Estaba tan ensimismada en mis pensamientos repasando con temor lo que había sucedido sin poder creerlo, que ya no tuve fuerzas para decir nada más.

    Se apagó la luz del cuarto y cuando me aseguré que papá dormía con leves ronquidos, salí del baño para yo también acostarme en mi cama a dormir.

    Desperté casi al medio día con un fuerte dolor de cabeza, papá no estaba y había dejado una nota diciendo que había ido a almorzar al restaurante del hotel, eso me relajó porque en ese momento no quería verlo, necesitaba poner en orden mis pensamientos analizar lo sucedido, seguía sin poder entenderlo.

    Es verdad que los dos estábamos muy tomados, pero eso no lo justificaba, ¿o si?, me sentía fatal, quizá no debí de haberle contado nada de mis patéticos exnovios, o no sé, lo que si cada vez tomaba más fuerza en mi cabeza era el pensamiento de perder a papá, a la única persona con la que me siento identificada, con la que comparto tantos intereses comunes, con la que trabajamos juntos y todo por una mala noche de vino y por algo tan sencillo como un beso, al fin es verdad que después no pasó nada más tal y como él prometió, en definitiva no quería perder su amistad.

    Rápido me arreglé y bajé, él estaba ahí todavía tomándose un café con la mirada perdida, cabizbajo, pensativo, lo vi sin que él me viera, parecía genuinamente avergonzado.

    -Buenos días, ¿me puedo sentar? -saludé intentando disimular mi nerviosismo.

    -Mar… hola… si, emm buenos… claro… por favor.-

    Se levantó para acomodarme la silla, ni en esos momentos papá perdía su caballerosidad.

    -Escucha Mar… yo este… que bueno que bajaste a almorzar quería decirte que… es que mira… de anoche… pues…

    -Papá no tienes que decir nada, en serio, los dos habíamos bebido mucho, simplemente pasó y ya, dejémoslo ahí, no te culpo ni quiero que te sientas mal, olvidémoslo y enfoquémonos en el proyecto.-

    Abrió los ojos grandes y llorosos, le cambió el semblante, le volvió la sonrisa y el color a la cara.

    -Mar, no sabes, me sentía muy mal, gracias por entender, no sé qué más decir, me quitas un enorme peso de encima, ya no diré nada más, solo deja que te tome la palabra, sin embargo, déjame por favor recompensarte por el mal vino de anoche, permíteme que ahora cambiemos el mal rato por uno bueno.-

    -Qué quieres decir.-

    -Me sigo sintiendo responsable por lo sucedido, y sé que nunca habías venido a Monterrey por favor acepta que te invite a pasar una buena tarde aquí en la ciudad, yo me hago cargo de todo.-

    Sonó tan sincero.

    -Déjame llevarte a pasear a parque fundidora y al paseo santa lucía, creo que te gustará.-

    Medité unos segundos mi respuesta, yo hubiera preferido volver al proyecto y dejar ya que pasen rápido los días faltantes, pero tampoco quería darle una negativa, las cosas estaban muy frágiles como para tensarlas si me negaba.

    -Si con eso quedamos tranquilos me parece bien.-

    Esperamos que diera la tarde para que bajara el sol, papá pidió un taxi que nos llevó al parque, el me abría y cerraba la puerta, siempre tan galante y mientras más pasaba el tiempo más a gusto con él me sentía, poco a poco se iba desvaneciendo esa mala sensación.

    Mientras más caminábamos y a pesar de la tranquilidad del parque notamos que cuando pasaba algún hombre se me quedaba viendo de arriba a abajo, uno tras otro, que desagradable impresión, como fueron varios le dije a papá apenada bajando la mirada y la cabeza:

    -Creo que no debí de haberme comprado y puesto estos pantalones tan entallados y esta playera, lo siento, es mi culpa.-

    -Mar no digas eso por favor, nunca te disculpes por lo bella que eres.-

    Me tomó de la mano, entrelazó sus dedos con los míos, me sorprendió, pero no sentí la necesidad de retirarla, ya que pensé que con eso los demás hombres que estaban por ahí me dejarían de mirar, o al menos verían que no voy caminando sin un acompañante, esa acción de papá me agradó mucho. Me hizo sentir segura, protegida, cuidada.

    El paseo Santa Lucía fue hermoso, el atardecer, la brisa, el lugar, durante todo el tiempo estuvo sosteniendo mi mano, no decíamos nada, solo estábamos ahí los dos disfrutando del paisaje.

    Regresamos en taxi al hotel, en el trayecto nuevamente hablamos de cualquier cosa y volvimos a reírnos, estaba muy contenta de volver a estar así con él.

    Al llegar al hotel subimos al elevador y me volvió a tomar de la mano.

    -Mar tienes tus mejillas chapeadas, estas sonrojada.-

    -Yo… emm, es que fue muy lindo de tu parte lo del parque, digo el haberme cuidado con algo tan sencillo como lo de la mano.-

    -Mar sabes que siempre te cuidaría y protegería.-

    Pasé saliva por que sentí que con ese comentario me sonrojé todavía más.

    Salimos del elevador, yo estaba nerviosa, presentía algo, no sabía qué, pero mi corazón latía fuerte, sentía la presión en las sienes.

    Antes de llegar al cuarto con el pasillo a media luz papá me dijo:

    -Mar antes de que entremos y ahora sin una gota de alcohol te lo tengo que decir nuevamente, me gustas mucho, no tienes una idea de cuánto pienso en ti, de las emociones que me causas, de cuanto quiero cuidarte.-

    Y con firmeza me sujetó de la cintura con sus dos brazos y se inclinó hacia adelante, por reflejo intenté hacer mi espalda hacia atrás, pero entre sus brazos y la pared no pude moverme ni un centímetro.

    Nuevamente me besó, su lengua abrió mis labios buscando la mía, a diferencia de anoche, ahora la sensación era muy diferente, no me sentía en shock, y para mi propia sorpresa mi lengua tocó la suya, fue algo cálido, lindo, con un sabor dulce, fue un auténtico y largo beso…….

    Lo separé ahora suavemente.

    -Papá espera…

    -Mar tus labios que delicia de sabor, tan suaves y tu cintura tan firme, nunca pensé tenerte entre mis brazos de esta forma.-

    -Papá, espera suéltame por favor, no sé qué decir, pero suéltame.-

    Papá me soltó delicadamente y mientras lo hacía ingresé al cuarto y fui directamente al baño (como anoche para nuevamente refugiarme), el corazón me latía a mil por hora, ¿por dios que acababa de pasar? ¡Y yo lo consentí! ¡Y le respondí el beso! Pero que locura, algo debe estar mal en mí. Después de unos minutos intenté calmarme, salí del baño, ahí estaba él sentado en un sillón.

    Papá escucha vamos a centrarnos ya en lo que venimos a hacer del proyecto.-

    -Mar no puedes negar que…

    -¡Ya!, ni una palabra más -lo interrumpí

    Papá al verme tan decidida no quiso decir nada más.

    Y lo cumplí, no hablamos más que para lo del proyecto, pasando el domingo solo enfocados en eso, desayunamos, comimos, cenamos casi sin hablar, el lunes trabajamos con el cliente, en eso todo de maravilla, regresamos a la CDMX por la tarde, llegando a casa sin contratiempo.

    Yo me sentía incomoda, pero no mal, sino incomoda de la situación, del primer beso, pero sobre todo del segundo donde yo le correspondí y reconociéndome a mí misma que fue algo que me gustó, pero que hasta ahí nada más.

    Una vez ya en casa estaba mi hermana Andrea, lo primero que preguntó:

    -¿Cómo les fue?

    Le lancé una mirada tan gélida que hasta ella se sorprendió.

    -Vaya Mar tú como siempre de mal carácter, no te vuelvo a preguntar nada.-

    No quería decirle, ahh pues fíjate que papá me dio no uno sino dos besos de lengua y además yo le correspondí.

    Me encerré en mi cuarto y no quise salir hasta el día siguiente. A partir de ese momento intentaba evitar a papá a toda costa, lo cual era bastante difícil ya que si bien en casa podía salir antes que él, en la oficina teníamos que seguir trabajando juntos y más ahora con lo del proyecto.

    El intentaba por todos los medios hablar conmigo, mensajes, correos, pequeños post-its, quería quedarse conmigo después de las reuniones de trabajo, pero siempre me las arreglaba para que estuvieran otros compañeros.

    Así pasamos varios días, hasta que para mi “mala suerte” se abre el elevador de la oficina y entra él y estamos solos.

    -Marlene, escucha no podemos seguir así y lo sabes, tenemos que hablar a solas de lo sucedido.-

    -No hay mucho de qué hablar.-

    Yo creo que sí, eres injusta conmigo, dame oportunidad esta tarde a las 6 pm en el parque que está por la casa, por favor, yo necesito decirte varias cosas.-

    Papá lo dijo muy convencido de si mismo, su seguridad me animó a poner fin a esto de esquivarnos y poder seguir adelante con nuestras vidas normales.

    -Y como salimos los dos de la casa si mamá hoy no trabajó y de seguro Andrea querrá ir también con lo chismosa que es!!, alguna excusa habrá que dar y tú no la tienes.-

    -Decimos que saldremos a pasear a los perros, es algo muy normal y lo hemos hecho antes, no creo que haya problema.-

    -¿Y con eso cerramos el capítulo de Monterrey?, ¿me lo prometes?-

    -Si

    -Ok vamos

    En ese momento no sabía que esa cita sería un punto de inflexión crucial que cambiaría nuestras vidas.

    Continuará.

    Loading

  • Enloqueciendo a mi ex novia

    Enloqueciendo a mi ex novia

    Hola, luego de un par de años, vuelvo a escribir. Espero les guste.

    Cuando Eduardo Gimenez llegó a su casa, dejó un maletín en un sofá, se quitó el traje, lo colgó, puso la ropa para lavar y se dio una ducha. Se puso un jogging, una remera, zapatillas y fue a prepararse un café y un whisky.

    Con todo se sentó mirando el parque de su casa en uno de los principales country del gran Buenos Aires. A los 32 años era uno de los principales abogados especializados en comercio internacional. Soltero, pero de novio con Valentina de 23 años estudiante de arquitectura, 1.85 m de estatura, delgado, siempre vistiendo ropa de marcas internacionales.

    Casi eran las 18 cuando se abrió la puerta de la casa y entró Valentina.

    —Hola hermosa. Dijo Eduardo poniéndose de pie y dándole un beso.

    —Hola Edu. ¿Todo bien?

    —Sí, por fin viernes, terminando la semana. ¿Vos?

    —Maso… temas en la facu.

    —¿Te preparo un café?

    —No… Edu, ¿Podemos hablar?

    —Sí, claro.

    —Mira, no sé como decirte esto Edu… pero la verdad es que me siento agobiada, que estoy perdiendo de vivir cosas por el noviazgo, la facultad. Me parece que necesito hacer un impasse en nuestro noviazgo. Quiero que por un tiempo nos separemos.

    —Me sorprendes totalmente. ¿No lo podemos resolver juntos Vale?

    —No… ya te digo, me siento agobiada, que estoy perdiendo de vivir cosas.

    —Bueno… No te voy a presionar. Como vos quieras.

    —Ah… bueno… sinceramente pensé que te ibas a enojar, te ibas a oponer. ¿O no te interesa lo nuestro?

    —Valentina, me interesa, pero me decís que te sentís agobiada. No quiero aumentar tu agobio discutiendo algo que vos ya tenés decidido. No me propusiste nada, me dijiste tu decisión de separarnos por un tiempo y la respeto.

    —Bueno… Listo, era eso.

    —¿Te puedo preguntar algo?

    —Sí, claro.

    —¿Hay un tercero?

    Ella desvió la mirada, y luego de par de segundos dijo:

    —No… todavía…

    —Ok. Listo entonces.

    Valentina lo miró esperando que diga algo, pero él la miraba sin ninguna expresión en el rostro. Ella se puso de pie y cuando se acercó a darle un beso él la detuvo:

    —Esperá ¿Tus cosas que están en mi dormitorio y en el baño te las vas a llevar?

    —Eh… no… veo…

    —Entonces por favor guárdalas en bolsas y déjalas en el garaje.

    —Bueno… Dijo ella y fue a guardar sus cosas.

    La acompañó hasta la puerta y cuando ella lo iba a besar en los labios él la esquivó y la beso en una mejilla. Ella lo miro y fue a subir a su auto para irse. Antes que arranque, Eduardo ya había cerrado la puerta de la casa. Valentina lo vio y recordó como siempre él esperaba a que arrancara para cerrar.

    Volvió a sillón y mandó un mail a la guardia del country avisando que desde ese momento Valentina no tenía acceso libre, y que debían llamarlo para autorizar su entrada al country.

    Tomó un poco de whisky mirando el parque, hizo que no con la cabeza y llamó a un amigo.

    —Edu, querido. ¿Cómo anda todo?

    —Bien Pepe… ¿Qué planes tenés para hoy?

    —La verdad, ninguno.

    —Cenamos y vamos a tomar algo.

    —Eh… ¿Valentina?

    —Te cuento a la noche.

    —Dale. ¿Nos vemos en Rick a las 21?

    —Perfecto.

    Faltando un par de minutos para las 21 llegó al restaurant, con un ambo impecable, una camisa espectacular y mocasines brillantes. Pepe le hizo una seña y fue a su mesa. Luego de los saludos…

    —¿Qué pasó con Valentina?

    —Fue a casa hace un rato, que se siente agobiada, que está perdiendo de vivir cosas y quiere hacer un impasse, que nos separemos por un tiempo.

    —Supongo que te habrá caído para la mierda.

    —Me cayó mal, sobre todo porque parece que hay un tercero.

    —Quiere probar al otro y tenerte de respaldo. Que mina tarada por favor. Que lo haga con otro tipo no está bien, pero…, pero querer hacerlo con vos…

    —Cada uno es dueño de su vida Pepe…

    —No lo dude abogado. Dijo Pepe, también abogado.

    Cambiaron de tema, charlaron sobre política, juicios y futbol el resto de la cena. Luego fueron a un boliche donde se juntaban los amigos solteros, algunas parejas amigas, conocidos y conocidas. Todos de alto nivel económico, todos vistiendo a la moda y ropa de marca.

    Fueron a la barra, se encontraron con conocidos, muchos le preguntaban por Valentina, se ponían al día con noticas del grupo y lentamente se fueron mezclando chicas que los conocían.

    Eduardo estaba charlando con dos conocidos cuando una chica espectacular, rubia, se puso frente a él.

    —Desgraciado, vos cada vez más lindo estás.

    —Y vos cada vez más hermosa. Hola Maia. Dijo Eduardo.

    —Hola Edu… que lindo verte. Nunca venís, es raro verte aquí. ¿Valentina?

    —Valentina… Voló. Dijo Eduardo sonriendo.

    —Perdonen chicos. Dijo Maia y tomando la mano de Eduardo se corrieron un poco hacia un lugar de la barra sin gente.

    —¿Voló? Le diste una patada…

    —No. Ella me planteó separarnos un tiempo.

    —¿Tan mal estaban las cosas? Preguntó Maia.

    —No Maia, ayer todo bien y hoy, separados. Se siente oprimida, y que, cito “estoy perdiendo vivir cosas por el noviazgo”.

    —Ah… No te creo.

    —Maia, me conoces. No te voy a decir una cosa por otra. Y en realidad no me planteó separarnos, me dijo directamente que quiere que nos separemos un tiempo.

    —Me dejaste sin palabras… ¿Sabes si hay un tercero?

    —Cito: “No… todavía”

    —Es una estúpida… Hay un tercero, quiere probar… Jugarse a perder un tipo como vos… una tarada.

    —Como le dije a Pepe Maia, cada uno es dueño de su vida.

    —¿La vas a esperar?

    Eduardo la miró serio por unos segundos y luego una sonrisa fue apareciendo en su rostro.

    —Listo, no contestes. Cuando todas estas brujas se enteren que estas suelto, te vas a tener que poner custodia desgraciado.

    —Anda a saber si se enteran…

    —Se van a enterar… Dijo Maia guiñando un ojo.

    —¿Tus cosas?

    —Trabajando en el estudio de Romero, como siempre.

    —¿Y?

    —Sola… lamiendo mis heridas. Pero viste como es la vida, cuando están cicatrizando tu ex novio aparece en el boliche y…

    —Flaca, fue hace un año, por mi parte no quedaron rencores.

    —Eso mismo es lo que más duele Edu… que no me odias. Preferiría que me odies, que cada vez que nos veamos me insultes a estar charlando como ahora.

    —No puedo odiarte… Fue muy fuerte lo nuestro como para odiarte.

    —Justamente por eso tenés que odiarme desgraciado. Dijo ella sonriendo.

    —Te juro que me encanta esa sonrisa…

    —Desgraciado…

    —No necesitas mucho esfuerzo para hacerte la boluda. A tu derecha, a unos diez metros. Dijo Eduardo.

    Ella se giró disimuladamente y vio a Valentina tomada de la mano de un flaco.

    —Ah… Esta me gana en boluda… venir aquí, donde están todos conocidos, amigos, y conocidas tuyos con el tipo… Ahí cerca están mis amigas. Vamos. Dijo Maia.

    Maia caminaba adelante y fueron a unos sillones donde había tres chicas.

    —Chicas, este hijo de puta es mi ex novio. Creo que algo de él les he contado. Dijo Maia en vos fuerte.

    Valentina la escuchó y giró para ver a quien se refería. Cuando vio a Eduardo saludando con un beso a las chicas quedó sorprendida.

    —Edu, somos cuatro, no hay lugar para que te sientes… Elige a una para que se siente en tus piernas. Dijo Maia sonriendo.

    Eduardo fue mirando a las chicas hasta que llegó a Maia.

    —No hijo de puta… yo estoy fuera.

    —Aburrida.

    —Auto supervivencia… Otra.

    —¿Vos? Preguntó Eduardo a una morocha espectacular que estaba sentada frente a Maia.

    —Por supuesto. Dijo la chica.

    —Sos un cerdo, y vos una yegua… Dijo riendo Maia.

    —¿Tu nombre? Preguntó Eduardo.

    —Gimena, Gime.

    —Gime… Linda mujer…

    —Gracias…

    —Boluda, ojo que lo dejo la novia, esta soltero y este tipo es muy peligroso. Es adictivo. Dijo Maia.

    —Lo voy a tener en cuenta. ¿En serio te dejo tu novia?

    —Sí, estaba agobiada por el noviazgo, sentía que perdía vivir cosas.

    —Una tremenda pelotuda… Dijo en voz fuerte Gimena y todas se rieron.

    Valentina trataba de escuchar todo sin mirar. Le había soltado la mano al chico y estaba tensa.

    —¿En serio fuiste la novia de Eduardo? Preguntó otra de las chicas.

    —Sí. Otra pelotuda. Dijo Maia.

    —¿Qué pasó? Preguntó Gimena.

    —Un año y medio de noviazgo y me dijo de vivir con él, tres meses después, tuvo una cena con clientes. Unas amigas me convencieron de salir, no le avisé y salí. Fuimos a otro boliche, porque “Edu siempre va a Tap” y estaba apretando al pedo con un flaco en un sillón y me llamó por celular. El tipo me pregunta si estaba todo bien, le dije que sí, que estaba en casa escuchando música. No dijo nada y se paró delante de mí. Su cara me dijo todo. Fuimos juntos a la casa, junte mis cosas y me fui.

    —¿Solo por estar apretando? Preguntó otra.

    —No merecía eso, lo traicione saliendo sin decirle, apretando con el flaco, y para rematarla, mintiéndole. Fui una boluda.

    —Y ahora son amigos. Dijo Gimena.

    —Nunca dejamos de hablarnos. Por eso digo que este tipo es muy especial, por eso estoy tan arrepentida todavía.

    —Basta del pasado… Dijo Eduardo.

    —Mejor. Dijo Maia.

    —Mucho no me gusta el champagne de aquí. En casa tengo uno bastante bueno. Dijo Eduardo acariciando la pierna de Gimena sin disimulo.

    —Me encantaría probarlo. Dijo y se levantó.

    —Genial… ya vengo.

    Eduardo se paró tomó la mano de Maia y se alejaron unos metros.

    —Maia, cuando sea tu tiempo de hablar como hablábamos, me avisas. Por ahora… Dijo y le dio un beso en los labios muy rápido.

    —Sos una basura de tipo, hijo de mil putas. Dijo ella riendo.

    Volvieron con el grupo, Eduardo tomo la mano de Gimena y se fueron. Un rato después estaban teniendo sexo y tomando champagne.

    El sábado lo llamaron un par de amigos, se juntaron todos a cenar y luego todos fueron al mismo boliche. Cuando entró vio que Valentina estaba con el flaco, pero sin tomarlo de la mano, a unos metros, Maia, Gime y las amigas. Eduardo se acercó, le di un beso a Gimena en los labios y luego a Maia.

    —Hola al resto. Ahora vengo.

    —Hijo de puta… Dijo Maia sonriendo.

    —Hola hermoso. Dijo Gime.

    Eduardo fue con los amigos, tomaron un whisky y luego Eduardo fue con las chicas.

    —Hola…

    —Por lo menos presenta a tus amigos. Dijo Gimena.

    —Ya vengo.

    Volvió con los amigos y Eduardo los presentó. Él le guiño un ojo a Gimena y miro a uno de los amigos. Gimena se acercó, le dijo algo y fueron a otro lugar. Eduardo hizo levantar a otra de las chicas y que se siente en sus piernas. Otra de las chicas se fue con otro de los amigos y el tercero se quedó sentado al lado de Maia.

    —Hay lugar para que te sientes cómoda Paty. Dijo Maia a la chica que estaba en las piernas de Eduardo.

    —La pierna de Eduardo es espectacular. Dijo Paty.

    —Otra cerda… Te digo que tu ex ya está poniéndose loca. Dijo Maia.

    —Que pena. Dijo Eduardo rodeando la cintura de Maia con un brazo.

    Se quedaron charlando un rato hasta que una chica se acercó.

    —Hola Eduardo.

    —Hola Roxana, que sorpresa verte.

    —Sí… Te cuento que me acabo de enterar de la boludez que hizo mi hermana. En casa no saben nada.

    —Ups…

    —¿Es cierto que te dijo que quiere vivir cosas nuevas?

    —Algo parecido, sí.

    —Ah… Muy boluda… Eduardo ni te preocupes por ella… haces bien en vivir…

    —Gracias Ro.

    —Tengo el mismo número de celular. Dijo Roxana.

    —Entendido.

    Ella se acercó, le dio un beso en los labios y se fue.

    —Hijo de puta, hasta la hermana te quiere levantar. Dijo Paty.

    —Hay una gran razón Paty, esta noche te vas a enterar seguramente. Y el tipo sabe… Dijo Maia.

    Cuando se iban, Eduardo nuevamente le dio un beso en los labios a Maia y salió abrazando a Paty mientras Valentina lo miraba sin disimulo.

    El domingo él y Paty se despertaron y Paty mientras desayunaban llamó a Gime que se unió un rato después. Estuvieron juntos todo el día teniendo sexo hasta la noche que ellas se fueron.

    Al día siguiente, Eduardo estaba almorzando y recibió un mensaje de Maia.

    —Desgraciado… te odio.

    —Me falta una sola de tus amigas… voy el viernes a la noche… el sábado… y el emoji de un guiño de ojo.

    —Hijo de puta… Fue la respuesta.

    El jueves, estaba trabajando cuando lo llamó Valentina.

    —Hola Vale.

    —Hola Eduardo. ¿Cómo estás?

    —Muy bien por suerte. ¿Vos?

    —Bien… Te vi las otras noches.

    —Sí, también te vi, pero como estabas con alguien no te quise importunar.

    —Claro… ¿Ya me olvidaste?

    —No… No entiendo la pregunta.

    —Porque vi que te fuiste con las chicas.

    —Ah… Que me haya ido con ellas no significa que te haya olvidado.

    —Bueno… también estaba tu ex en la mesa.

    —Sí, somos buenos amigos. Tanto que las chicas son sus amigas, ella me las presentó.

    —Ah… entonces vos y ella no…

    —No, siempre te dije, somos buenos amigos.

    —Bueno… Nos vemos.

    —Dale.

    Cortó y la llamó a la hermana.

    —Hola Edu.

    —¿Entramos esta anoche?

    —¿No es “Salimos esta noche”?

    —Bueno… pero después entramos. Dijo riendo.

    —Ahora entiendo. Entremos directamente. Voy a tu casa a las 21.

    —Dale. ¿Pastas?

    —Me encantan.

    Ella llegó puntualmente, él como siempre en casa estaba con jogging y remera. Como estaba cocinando fueron a la cocina.

    —¿Te llamó? Preguntó Roxana.

    —Sí, hoy.

    —Empezó a caer de la cagada que se mandó. Parece que el flaco era una mentira caminante, vive con los padres, no tiene auto, empleado de baja categoría en una empresa y “nada que ver con Edu en la cama”.

    —Si lo ama, eso no es problema. Dijo Eduardo sonriendo.

    —No seas hijo de puta… sabes que sí es problema a veces.

    —Dije si lo ama Roxana…

    —Entiendo…

    —Y haciendo lo que hizo me demostró que lo nuestro no era muy serio para ella. Por mi lado, te puedo decir que la quería, me estaba empezando a enamorar.

    —No lo dudo. Por eso le comprabas ropa, le dabas plata para la facu, para el celu nuevo.

    —Puede ser…

    —Es…

    —Basta de tu hermana.

    —Mejor… sabes que estoy de novia.

    —Lo sé… Dijo Eduardo sonriendo.

    —Pero de vez en cuando podemos vernos…

    —Mientras yo esté sin novia…

    —Bueno…

    Cenaron, tuvieron sexo dos veces y cuando se iba ella le dijo:

    —Se salva porque no puedo decirle, pero perder a un hijo de puta como vos en la cama es para que le pegue un rato largo.

    —Me debes algo… Dijo Eduardo mirándola a los ojos.

    —Lo sé, déjame tomar fuerzas, es virgen.

    —Tu hermana me lo daba…

    —Pendeja de mierda… Vamos al dormitorio.

    Fueron nuevamente al dormitorio y nuevamente tuvieron sexo, esta vez por todos lados.

    —Un día no me voy a poder contener y le voy a pegar… Sos un genio… Solo vos lo vas a usar…

    Roxana se fue y Eduardo sonriendo se fue a dormir.

    La noche siguiente, cuando encontró a Maia y las amigas, Eduardo le dio un beso en la mejilla y le dijo: Última.

    —Creo que falto yo, soy Ana. Dijo la chica parándose para que Eduardo se siente.

    Él lo hizo, con la palma de la mano hacia arriba en su pierna. Ella se sentó y cuando sintió los dedos moverse bajo su vagina abrió los ojos con todo, sonrió, y no se movió.

    —Hijo de puta, voy a tener que buscar más amigas. Dijo Maia.

    —¿Tan cobarde sos boluda? Preguntó serio Eduardo.

    Maia no respondió, solo lo miró apretando los labios.

    Se quedaron tomando champagne y cuando se estaba por ir con la Ana, se acercó Roxana y le dio un beso en los labios.

    —Espera Ro. Dijo Eduardo y le dijo algo a Ana al oído, que lo miró sonriendo y asintió con la cabeza.

    —Nos vemos chicas, Maia… Dijo Eduardo y le dio un beso en los labios.

    —Hijo de remil putas… Te odio desgraciado…

    Eduardo se rio y tomando las manos de las dos chicas se fueron del boliche.

    —Ro, ella es Ana. Dijo Eduardo.

    —Hola flaca… Hijo de puta… estoy de novia…

    —Vamos a hacer una fiestita para festejar eso Ro. Dijo Eduardo riendo.

    —¿Sos bí? Preguntó Ro.

    —Hasta este momento no. ¿Vos?

    —Igual… todo por la pelotuda de mi hermana que dejó a este hijo de puta suelto.

    —Buscamos una porno para que vean y aprendan… Dijo Eduardo.

    —Te das cuenta Ro…

    —¿Le fuiste infiel alguna vez Edu?

    —No Ro. Cuando me pongo de novio no jodo.

    —Que tremenda pelotuda por favor… En serio es para pegarle.

    —¿Dos noches seguidas saliendo Ro? Preguntó Eduardo.

    —¿Ya estuviste con Edu Ana?

    —No.

    —Después del primero te contesto Edu. Quiero que Ana también opine.

    Llegaron a la casa, fueron al dormitorio y de inmediato empezaron a tener sexo los tres. En un alto luego del segundo Roxana dijo:

    —A tu pregunta Edu. No es cuestión de tamaño, es que sos un tremendo hombre en la cama, gozas y haces gozar como no conozco otro. Y ahora después de mi primer trio, te lo digo con más convicción. ¿Qué opinas Ana?

    —Totalmente de acuerdo… Estuve con un flaco que tenía algo parecido… Se pensaba que era un Dios y yo tenía que agradecer que me cogía. Y vos Edu… sos un animal…

    —Sigo… Edu, olvídate que me chupe decentemente, que lo que tiene lo use como se debe, que tenga el carácter para como vos reclamarme el culo y yo alegremente se lo dé. Hoy dudaba, pero ahora no. Se terminó.

    —Lo lamento…

    El sábado nuevamente salió a cenar con amigos y luego fue al boliche. Entró directo a los sillones donde estaba Maia y las amigas. La tomó de la mano y fueron a un lugar alejado de todos de la barra.

    —Te escucho Maia.

    —¿Sobre qué?

    —Maia, no te hagas la pelotuda porque te juro que te meto en el baño, y te cojo. Con esa mini me la haces fácil.

    —Sos un animal, como me vas decir eso…

    —Te escucho…

    —¿En serio querés que hablemos? No tenemos nada que hablar, me mandé una cagada tremenda. Vos no merecías lo que hice. Ni se por que lo hice… Fui una tarada, que se dejó endulzar el oído con tres cervezas encima y a la mierda todo… Perdí mi novio, un sueño de familia…

    —¿De que te arrepentís? ¿De haberlo hecho o de la vida que tenías y que podías tener?

    —De haberte traicionado, de haberlo hecho… Traicione al hombre, no a su plata. Tan mala mina no soy Edu.

    —En eso estamos de acuerdo.

    Eduardo tomándola de la nuca, la puso contra la barra y la besó mientras con disimulo le metió dos dedos en la concha y los empezó a mover. Se dejaron de besar y ella apoyo la boca en el hombro de Eduardo para tapar los gemidos de placer. Cuando tuvo un orgasmo, Eduardo la volvió a besar y le metió uno de los dedos en el culo. Ella se puso en puntas de pie y luego apoyo las plantas enterrándose el dedo. Él movía los dos dedos, uno en la concha y otro en el culo sin parar.

    —Basta Maia. Dijo Eduardo enterrando los dos dedos con todo.

    Ella tuvo otro orgasmo y él sacó los dedos.

    —No podes ser tan hijo de puta… delante de todo el mundo…

    —Pues pude.

    —Te amo hijo de puta…

    —Y yo a vos boluda…

    —Te cogiste a mis amigas en una semana hijo de puta.

    —Y a la hermana de Valentina. Y un trio con Paty y Gime y otro con Roxana y Ana.

    —Hijo de puta… ¿Las gozaste?

    —Por supuesto…

    —¿La mejor?

    —Gimena y Roxana.

    Vamos.

    Fueron al sillón tomados de la mano y Eduardo le dijo que agarre su cartera.

    —Vamos a festejar. Dijo Eduardo

    —Eduardo… Dijo Maia…

    —Me fuiste infiel… te tengo que castigar… Gimena te va a chupar la concha mientras yo te doy por el culo.

    —Hijo de mil putas…

    —Caíste boluda.

    Estaban saludando cuando Roxana, al otro lado de Maia lo tomó por la cintura.

    —Hola Edu.

    —Hola Ro…

    —Lo mande a la mierda.

    —Interesante… Yo estoy volviendo con Maia…

    —Hola Maia… Me parece genial, me contaste que se amaban. No lo vuelvas a perder Maia. Dijo Ro.

    —Ni loca lo vuelvo a perder.

    —Maia, por haberme sido infiel, te tengo que castigar duramente… Ro, te esperamos mañana para almorzar, después quiero que le chupes la concha un rato mientras las cojo por el culo a las dos.

    —Eduardo, no podes ser tan hijo de puta… Dijo Maia.

    Él no dijo nada, y le dio un tremendo beso.

    —Puede Maia…

    —Nunca estuve con una chica.

    —Ella estuvo una sola vez, y conmigo, y por como gozaba Ana cuando la chupaba, lo debe hacer bien.

    —Maldito… Dijo Maia.

    Los tres se saludaron y cuando estaban saliendo se acercó Valentina.

    —Hola Edu.

    —Hola Vale.

    —¿Podemos hablar?

    —¿Ahora?

    —Sí, por favor.

    —Hablemos afuera.

    Los tres salieron y Valentina vio que Eduardo tenía tomada de la mano a Maia.

    —A solas Edu…

    —No. Te escucho.

    —Edu… quiero que volvamos.

    —Ah… Pero no es lo que lo que vos quieras Valentina. Vos quisiste que nos separemos, estabas con el flaco y me decías que no. Vos tomaste una decisión, listo. Aparte, no es “quiero”. Soy una persona, mi opinión cuenta. Yo no quiero volver con vos. Y te aviso, la ayuda que te daba se corta. No sos mi novia.

    —Pero yo te amo Eduardo.

    —Valentina, elegiste al flaco estando de novia conmigo. ¿Queres que te muestre las fotos de los dos entrando al hotel?

    —No…

    —Porque tengo imágenes de Uds. entrando antes que vos de digas de separarnos. ¿Se las muestro a tu familia?

    —Edu, por favor… No…

    —Bueno. Listo entonces. Llamame para pasar a buscar tus cosas. Chau.

    —Pero Edu…

    Loading

  • El rapto placentero

    El rapto placentero

    Me encontraba caminando solo por el denso bosque envuelto en niebla, me había separado de mi grupo de amigos, ya que una nube me llamo la atención, el aire cargado con el aroma de la tierra húmeda, entonces me llego un lejano rumor de maquinaria que atribuí en principio a mi imaginación. De pronto, se despeja la niebla y veo a lo lejos, una imponente aeronave que brillaba como el bronce y cobre, con alas plegables como las de un murciélago mecánico, a su lado divisé a dos figuras envueltas en trajes de cuero negro reluciente que cubrían cada centímetro de sus cuerpos. El material era grueso, ajustado como una segunda piel, con costuras reforzadas por remaches de latón y correas que se entrecruzaban como las venas de una máquina viva.

    Entonces a mi lado apareció una figura de perfil femenino, su traje igual de cuero se ajustaba a su cuerpo con un corsé de cuero endurecido por hebillas de bronce que realzaban sus curvas, guantes largos que se fundían con las mangas, y una máscara facial con visores de cristal ahumado y una abertura para la boca, del cual salía una manguera que se perdía en su traje. Pronto llegaron a su lado sus compañeros. Sus miradas se volvieron hacia mí, paralizándome con una mezcla de terror y excitación profunda, como si el cuero que los envolvía despertara en mí un deseo prohibido.

    Una luz cegadora brotó de la aeronave, y todo se volvió oscuridad.

    Desperté en un recinto metálico, un zumbido llenaba el aire. Estaba desnudo sobre una cama de latón acolchada, y allí, en la penumbra iluminada por lámparas de gas, se erguía una figura imponente, escoltada por dos personas de sexo indeterminado vestida igual. Ella vestía un traje de cuero negro que cubría todo su cuerpo desde el cuello hasta las botas altas, con una máscara ajustada que solo dejaba al descubierto ojos penetrantes y labios pintados de rojo escarlata. Sobre la cabeza, un sombrero militar de cuero con una estrella de bronce pulido, que le confería un aire de autoridad.

    El traje a mi gusto era una obra maestra de ingeniería erótica, usaba un corsé atado con cordones de cuero y hebillas metálicas que cinchaban su cintura, correas que cruzaban el torso como arneses, sus mangas largas integradas en guantes que brillaban bajo la luz, y polainas que envolvían las piernas con más correas y remaches, enfatizando cada movimiento con un crujido sensual. Su postura, con manos en las caderas, exudaba dominio absoluto, y el cuero reluciente reflejaba la luz, creando sombras que invitaban a la sumisión. Me habló con voz firme, resonando como un eco en la habitación “Soy la capitana de esta nave, la Eterna Cronos. Te trajeron aquí porque viste, nuestra máquina del tiempo, algo que no debías para no afectar la línea temporal. “

    Me miro severamente y me indico “Ahora tienes tres opciones, si te opones fieramente te devolvemos dañado, con secuelas que te marcarán para siempre, de tal manera que nadie creerá el relato del encuentro con nosotros; o si prefieres te someteremos a un proceso para borrar esta memoria; o por último te puedes unir a mi tripulación. Siempre necesitamos manos dispuestas en este viaje a través de las eras.”

    La escuchaba, pero mi mirada no podía apartarse de su traje, el cuero ajustado que moldeaba su forma como una armadura viva. En lugar de miedo, sentía una excitación creciente. Pregunté, con voz temblorosa pero ansiosa: “¿Si me uno a su tripulación, podré vestir un traje como el tuyo o los que vi en el bosque?” Ella notó mi reacción incontrolable, mi cuerpo respondiendo al fetiche del cuero que la envolvía. Se sorprendió con mi reacción y me dijo “Hace años nave que no recibía a un hombre o mujer que no le asustaran mis palabras”, Sonrió bajo la máscara “Podrías servir bien”, murmuró, ordeno no dejaran solos y se lanzó sobre mí.

    Nuestros labios se unieron en un beso feroz, el cuero de su máscara rozando mi piel desnuda con una frialdad erótica, guie mis dedos explorando la calidez de su entrepierna enfundada mientras el cuero crujía con cada movimiento. Su máscara rozó mi cara mientras su lengua invadía mi boca con violencia hambrienta. Sentí el olor intenso del cuero caliente mezclado con su aliento, y mi polla se endureció al instante contra el muslo de cuero endurecido de su traje. Con un tirón seco abrió la cremallera oculta entre sus piernas. El cuero se separó con un chasquido húmedo y apareció su coño depilado, ya empapado, brillando bajo la luz de la habitación.

    Metí dos dedos de golpe; estaba ardiendo y chorreaba tanto que el jugo corría por el interior de sus muslos de cuero. Ella soltó un gemido gutural dentro de la máscara y apretó sus guantes enguantados alrededor de mi verga, bombeándola con fuerza mientras el material frío y resbaladizo del cuero me hacía palpitar. “Chúpame”, ordenó. Me arrodillé. El cuero de sus botas crujió cuando abrió más las piernas. Hundí la cara entre sus muslos, lamiendo su clítoris hinchado mientras el sabor salado de su excitación se mezclaba con el aroma del cuero recién engrasado.

    Metí la lengua todo lo que pude dentro de su coño, follando su agujero con la boca mientras ella me agarraba del pelo y empujaba sus caderas contra mi cara, ahogándome en su flujo. Sus guantes seguían masturbándome sin piedad, apretando la base de mi polla y subiendo hasta la punta. Cuando estuve a punto de correrme, me apartó la cabeza de un tirón y me empujó boca arriba sobre la cama de latón. “Ahora fóllame como el puto recluta que eres” Se sentó a horcajadas sobre mí. El cuero de su traje rozaba mi piel desnuda mientras bajaba despacio, tragándose mi polla centímetro a centímetro hasta que sus nalgas de cuero apretaron contra mis huevos.

    Empezó a cabalgar con violencia: arriba y abajo, el sonido del cuero golpeando cuero llenando la cabina, mezclado con sus gemidos animales dentro de la máscara. Cada vez que subía, su coño me apretaba como un puño caliente y húmedo; cada vez que bajaba, sus paredes vaginales me succionaban hasta el fondo. La agarré del corsé, tiré de las hebillas y la embestí desde abajo con toda mi fuerza. El sudor hacía que el cuero se pegara a su piel, y podía sentir cómo sus tetas rebotaban dentro del traje ajustado. ¡De pronto clavó las uñas enguantadas en mi pecho y gritó “Córrete dentro! ¡Lléname, recluta!” Exploté.

    Mi polla hinchada palpitó una, dos, tres veces, descargando chorros calientes y espesos dentro de su coño mientras ella se retorcía y su propio orgasmo la hacía contraerse alrededor de mí, ordeñándome hasta la última gota. Cuando terminó, se quedó sentada sobre mí, mi semen resbalando por el interior de sus muslos de cuero negro, dejando un rastro brillante que goteaba hasta mis huevos. “Mas que aceptado en la tripulación”, jadeó, tras la máscara. “Ahora serás vestido como nosotros.”

    Me dejo solo desnudo en la habitación, me indico debía bañarme, lo que hice en la ducha, minutos después, un autómata de bronce me trajo mi propia segunda piel. Me instruyo untarme con un aceite especial y como meterme dentro del traje de un material parecido al cuero negro. El material se pegó a cada músculo y pliegue de mi cuerpo, a cada vena, de mi polla aún medio dura, moldeándose como si hubiera sido cosido directamente sobre mi cuerpo, me enfundé el traje lentamente, saboreando cómo el cuero negro se adhería a mi cuerpo como una amante posesiva, cubriendo cada pulgada con su abrazo apretado.

    Las correas y hebillas de bronce se ajustaban con clics satisfactorios, los guantes integrados dándome una sensación de poder invencible, y los tubos conectándose a mi nariz con un siseo reconfortante, las costuras crujieron cuando ajustaron el corsé alrededor de mi cintura, las hebillas cerrándose con clics metálicos que resonaron en mi entrepierna. Los guantes se fundieron con mis dedos. Mi polla, atrapada dentro de una funda interna de cuero suave pero implacable, volvió a endurecerse al instante; más tarde me indicaron que fuera de las habitaciones y ciertas zonas designadas de la nave, siempre debía llevar una máscara con tubos conectados a la nariz y boca para filtrar el ambiente tóxico se podría firmar por los viajes en el tiempo.

    Una vez me enfunde completamente el traje, incluyendo la mascara con tubos, lo que me separaba totalmente del mundo exterior, se me condujo por un pasillo débilmente iluminado, cuando llegue al puente de mando, se me presento al resto de la tripulación, se me asigno ser el ayudante de la Tercera Oficial; más tarde ella me esperaba en su recámara. Era una mujer enorme, casi dos metros, envuelta en cuero negro reforzado con placas de bronce. Sus tetas eran tan grandes que el corsé apenas las contenía; sus muslos parecían columnas de cuero vivo, con correas que acentuaban su figura dominante.

    Nos miramos, y surgió una simpatía inmediata, nuestra mirada estaba cargada de deseo fetichista. Entonces me ordeno “De rodillas, aprendiz.” Obedecí, abrió la cremallera de su entrepierna y de su culo al mismo tiempo. Dos agujeros perfectos, depilados, brillantes de lubricante. Me ordenó lamer primero su coño, luego su ano, alternando hasta que ambos estaban empapados de mi saliva. Después me entregó una fusta de cuero trenzado y entonces aprendí de sus pasiones masoquistas, me ordeno “Azótame mientras me follas el culo.”

    Ella me ordenaba sodomizarla y golpearla con una fusta de cuero trenzado, cada azote enviando ondas de placer que nos unían en una satisfacción profunda, nuestros cuerpos envueltos en cuero fusionándose en ritmos primitivos y mecánicos. Le di sus buenas nalgadas, primero tímidamente y después cuando tuve más confianza, cada vez me azotaba mas fuerte, entonces cuando mi polla estaba erecta al máximo la penetré de un solo empujón, su ano era estrechísimo, caliente, y el cuero de sus nalgas se apretaba contra mi bajo vientre con cada embestida. seguí golpeando con la fusta una, dos, diez veces, imaginando las marcas rojas que se formaban en su piel desnuda bajo el negro brillante de su traje.

    Ella rugía de placer, empujando hacia atrás para clavarse más profundo, hasta que mi polla estuvo enterrada hasta los huevos dentro de su recto. Cuando me corrí, lo hice tan fuerte que sentí cómo mi semen llenaba su interior y empezaba a gotear por el cuero de sus muslos. Cuando termine la tercera oficial me indico, tenía razón la capitán, serás una buena compañía.

    Mi estancia duro varios años nave, en los que hubo varios saltos temporales, vi muchas cosas, asi por ejemplo en una época precristiana, nos adoraban como dioses y por orden de mi capitana se me entrego para mi gocé de dos esclavas a discreción, con sus cuerpos a mi disposición, las penetraba con deleite, gimiendo en éxtasis mientras el cuero se frotaba, creando fricciones que culminaban en orgasmos compartidos, una sinfonía de placer fetichista. Ambas por mis ordenes llevaban trajes de cuero ceremonial dorado y negro, con aberturas estratégicas en coño y culo. Las mantenía atadas a postes de bronce, listas para ser usadas cuando quisiera.

    Las follaba a las dos al mismo tiempo: una sentada en mi cara mientras la otra cabalgaba mi polla, el cuero de sus trajes frotándose contra el mío hasta que los tres nos corríamos en un caos de gemidos, semen y sudor atrapado bajo capas de cuero caliente, y asi como ella, así tuve varias experiencias durante el rapto placentero, en el cual fui parte de la tripulación de la nave.

    Loading