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  • La fantasía de Marta

    La fantasía de Marta

    Nota: este relato está basado en la fantasía de una lectora. Tras leer un relato se puso en contacto conmigo. Estuvimos intercambiando distintos correos. Y en uno de ellos me confesaba una fantasía. De ese correo nace este relato mitad ficción mitad realidad.

    Como cada noche me siento delante del ordenador a dejar volar mi imaginación. Intentando plasmar mis fantasías sexuales en forma de relatos. Al abrir el correo electrónico tengo algunos mensajes de lectores y lectoras. Uno de ellos llama mi atención.

    Marta, lectora asidua que solía dejar comentarios en la página, me enviaba lo que era una de sus últimas fantasías. En las que yo también era protagonista. Es muy morboso que una lectora se monte sus pajas mentales con uno. Seguimos intercambiando correos aquella misma noche y la cosa llegó a un nivel en el que ella me proponía cumplir esa fantasía.

    Nos organizamos una vez comprobamos que vivíamos relativamente cerca uno de otra. Acepté encantado la propuesta de desplazarme hasta su ciudad pese a las dos horas de coche. La cuestión era quedar en un local céntrico para después ir a su casa y cumplir con uno de sus sueños húmedos.

    Yo sería quién la reconocería a ella por unas fotos que me había enviado. He de decir que me sorprendió comprobar que estaba mucho mejor en persona que en fotos. Una morenaza de altura superior a la media. Su cara de rasgos marcados le daban una belleza felina. Unas buenas tetas y un culo excelente completaban un excitante conjunto.

    Al acercarme y presentarme ella también quedó gratamente sorprendida. Pese a mis 46 años, 16 más que ella, era físicamente muy superior a sus expectativas. Y es que disto mucho de ser un «viejo». Soy bastante alto, delgado, sin estar musculado si me mantengo en buena forma. Y mantengo cierto tirón entre las mujeres.

    Nos dimos dos besos y alabamos nuestros físicos antes de sentarnos a tomarnos nuestras consumiciones. Lo más difícil en estas situaciones es romper el hielo. Marta se mostraba más nerviosa que yo. No en vano, la propuesta de esta idea había salido de ella.

    La conversación trató sobre los relatos que, a fin de cuentas, es lo que nos había llevado hasta allí. Luego siguió por las experiencias que habíamos tenido cada uno. Llegó un punto en el que no podíamos retrasar más lo inevitable. Así que tras pagar nos dirigimos hacia su casa, apenas un par de calles de la cafetería donde nos habíamos citado.

    Mientras subíamos en ascensor hacia su piso fue el momento en que me puse nervioso. Marta, se dio cuenta y se acercó para besarme por primera vez. Aquella desconocida, que se definía en sus correos como una zorrita viciosa, me estaba comiendo la boca antes de entrar en su casa para cumplir su fantasía.

    Cuando se abrió la puerta del ascensor se dirigió a la puerta 2B. Antes de abrir la puerta me acerqué a ella por detrás y apreté su culo y le mordí el cuello. Ella tiró la cabeza hacia atrás y suspiró.

    Una vez dentro de su casa fue ella quién me buscó para comerme la boca. Con su mano apretaba mi nuca, acercando nuestras cabezas. Yo recorría con mis manos su cuerpo:

    -Vamos al dormitorio. -Me dijo llevándome de la mano.

    Allí era donde consumaríamos su fantasía. Ese sueño erótico que me había confesado en un correo. Entré en aquel dormitorio matrimonial donde parecía todo preparado. La cama vestida con unas sábanas blancas. La persiana casi cerrada para evitar la mirada curiosa de cualquier vecino. Una luz tenue, cálida y confortable. A los pies de la cama, en la pared, un espejo grande donde reflejar nuestras más íntimas pasiones. Y por fin, en una esquina junto a la ventana, su marido. El personaje imprescindible de la fantasía.

    Marta soñaba con ser follada delante de su marido al tiempo que éste lo grababa todo sin poder intervenir. Reconozco que en cuánto supe de la fantasía me excité y me compadecí del pobre cornudo. Mi lectora era una auténtica puta. Y se excitaba con la posibilidad de que su marido la viese con un desconocido.

    El tipo se levantó de la silla sin saber si me tenía que dar la mano, abrazarme o pasar de mi. Fue un momento un tanto embarazoso y es que no es lo mismo hacer a alguien cornudo en secreto que estando él delante. Opté por un saludo rápido y pasar de él.

    Marta y yo nos miramos. Nos acercamos y nos besamos apasionadamente mientras el marido comenzó a grabar con su móvil. Pronto nos olvidamos y comenzamos a desnudarnos mutuamente. Yo mordí los carnosos labios de la lectora antes de bajar las tirantas de su vestido. Ella me desabrochaba la camisa y acariciaba mi torso.

    Ante mi quedaron dos tetas grandes que desafían a la gravedad ayudadas por un sujetador rojo. Las liberé de su prisión de tela y quedaron expuestas, retadoras, con un pezón rosado y puntiagudo que emergía de una aureola del mismo color. No dudé en abalanzarme sobre ellas. Arrancando los primeros gemidos de la lectora y suspiros cómplices de su marido. Besé, lamí y succiones cada uno de aquellas fresas hasta que se endurecieron de placer entre mis labios. Los mordí levemente cosa que Marta me agradeció con un grito de placentero dolor.

    La mujer me separó, y sin dejar de mirarme se arrodilló ante mi dispuesta a devolverme el placer. Bajó mi pantalón y quedó ante mi bóxer negro que difícilmente podía contener mi erección. Marta se recreó en aquel bulto y acercó sus labios. Me mordió la polla sobre la tela de mi ropa interior. Lo hizo varias veces, recorriendo el tronco hasta el capullo. Cuando, por fin, bajó la prenda mi pene saltó como un resorte ante sus ojos:

    -Dios… -fue lo acertó a decir.

    Mi polla, recta y con las venas marcadas, es de un buen tamaño y considerable grosor. Marta la agarró con su mano, calibrando la circunferencia:

    -Joder, qué buena polla. -Lo que entendí era mayor que la de su marido.

    La mujer tiró de la piel hacia atrás liberando un capullo gordo, de color rojo intenso. No lo dudó y pasó su lengua de fuego desde abajo, por todo el troco, hasta el capullo. Su marido se acercó a nosotros para grabar como su mujer le comía la polla a un desconocido ante sus propias narices. Y además lo disfrutaba. Yo me sentía como un actor porno. La verdad es que me excitaba sobre manera tener a un cornudo grabando a la puta de su mujer mamándomela.

    Gemí cuando Marta escupió en mi capullo y se la fue tragando hasta la campanilla:

    -Así joder. Así perra, chúpame la polla.

    La mujer no parecía importarle lo más mínimo que la insultara. Comenzó un movimiento de cabeza ayudado por su mano. El sonido líquido de la mamada y mis gemidos de placer eran lo único que se oía en aquel dormitorio:

    -Qué bien la mama tu mujer… joder. Sigue putita, sigue.

    La agarré por la cabeza y comencé a follarle la boca sin compasión. Marta trabaja como una auténtica profesional. Mientras su marido no pedía detalles con la cámara de su móvil. Su mujer, arrodillada, le comía con hambre la polla a un completo desconocido con el que contactó por internet. Sus grandes tetas se movían al son que le marcaba mi polla entrando y saliendo de su boca.

    Aquello era demasiado y mi cuerpo comenzó a sentir que le llegaba un orgasmo. Tensé mi musculatura y aceleré el movimiento de cadera contra la boca de Marta. Un grito anunció que me corría. Un largo chorro de semen inundó la boca de mi lectora. El siguiente decidí que debía caer contra su preciosa cara. Otro chorro de viscoso líquido cruzó desde su barbilla hasta su pómulo, cerca de su ojo.

    El tercero lo dirigí hacia sus tetas. Dejando una marca blanca en sus pezones rosados. Por fin, me ofreció de nuevo su lengua para que depositara en ella mis últimas reservas. Apretó sus labios entorno al capullo y succionó para terminar de beberse mi néctar. Cosa que agradecí:

    -Vaya mamada que me has dado, guarra.

    Mientras Marta terminaba de saborear mi lefa, su marido sacaba primeros planos de mi corrida sobre su cara y sus tetas:

    -Has estado muy puta Marta. Me ha encantado. -su propio marido alaba las artes mamatorias de su mujer.

    Luego no se cortó en recoger mis restos con sus dedos y ofrecérselos a ella. La lectora chupó los dedos de su hombre manchados de mi semen hasta que no quedó nada en su cara y sus tetas. El hombre se las ingenió para seguir grabando ese momento.

    Todo ese espectáculo morboso que me ofrecía el matrimonio lo presencié desde la silla donde le tipo había estado grabando. Además de servirme como recuperación:

    -Bueno putita, ahora te toca disfrutar a ti. -le dije a Marta poniéndome de pie.

    La tumbé en la cama y terminé de desnudarla.

    Agarré su tanga y tiré de él descubriendo un coño rasurado, de labios finos y aroma embriagador. Por su raja manaba un flujo que no dudé en lamer pasando la lengua de abajo a arriba. Marta suspiró y llevó sus manos a las tetas. Las amasó, se pellizcó los pezones. Los retorció hasta enrojecerlos.

    Abrí sus labios vaginales para ver una preciosa vagina rosada. Metí la lengua en aquel ardiente volcán y me manché la barbilla con su lava. Bebí todo lo que manaba para acabar lamiendo su clítoris palpitante. Gordo, erecto. Deseoso de ser mordido por mis dientes. Mi lectora gemía al notar mi lengua jugar con su botón de placer:

    -¿Te gusta puta? -preguntaba su marido acariciándose el paquete por encima del pantalón sin dejar de grabar.

    -Sí. Joder. Me gusta que me coma el coño y tú lo veas.

    Yo seguí paseando mi lengua por cada pliegue de aquella cueva de placer mientras Marta se retorcía de placer agarrada a mi cabeza:

    -Sigue cabrón. Muérdeme el clítoris. Qué comida de coño.

    Seguí lamiendo, cada vez a más velocidad, el clítoris al tiempo que lo tenía trillado con los dientes. Cuando noté que Marta se tensaba y arqueaba su cuerpo introduje dos dedos en su ano. Con movimientos circulares fui jugando con su ojete sin dejar de chuparle la pipa del coño. Marta no pudo más y se corrió de gusto en un sonoro orgasmo.

    Casi sin darle respiro, me situé sobre ella y la penetré. Fuerte, duro. Muy profunda. Ella gritó. Mi polla le había llegado hasta el fondo de su vagina. Seguí percutiendo haciendo llegar mi capullo muy dentro de Marta. Ella gemía, gritaba y se agarraba a mi espalda clavándome las uñas. Su marido, que ya se acariciaba la polla (sensiblemente más pequeña que la mía), seguía grabando el polvo de su mujer con un extraño:

    -¿quieres polla? Puta. -preguntaba lascivo yo.

    -Sí, cabrón. Clávame esa verga gorda que tienes.

    -¿Te gusta que tu marido nos vea? Perra.

    -Sí, soy tu perra. Fóllame duro para que nos grabe, maldito perro.

    La coloqué de perrito y me recreé en su espectacular culo. Ella lo movió para mi deleite (y el de su marido). Le di un par de nalgadas antes de agarrarla por las caderas y penetrarla fuerte. Mi polla notaba como aquel coñito no estaba muy abierto lo que aumentaba mi sensación de placer. Comencé a follármela muy fuerte. Oyéndola gritar como la zorra que era:

    -Toma puta. Grita para que te grabe tu marido, guarra.

    Nos habíamos colocado frente al espejo. Tiré de su melena haciendo que su cabeza se alzase y pudiera verse reflejada. El espejo nos devolvía una excitante imagen en la que mi cuerpo cubierto de sudor se movía tras ella penetrándola como su marido no había conseguido nunca. Ella, de perrito, con la cabeza hacia atrás veía como sus tetas se balanceaban con cada golpe de cadera que le clavaba mi polla en las entrañas. Los insultos que le decía conseguían excitarlas cada vez más. Y todo seguía grabado por el móvil de su marido que ya se pajeaba ante ella:

    -Me corro puta, me corro.

    -Échamelo dentro, cabrón. Quiero tu leche dentro de mi coño.

    -Ahhhh, qué guarra eres joder. Toma perra, toma mi leche.

    Ella, que se había masturbado llegó al orgasmo conmigo. Caímos rendido. Su marido seguí grabando a su mujer. Estaba abierta de piernas y de su coño salía parte de mi corrida blanquecina. Sin pensarlo, el tipo se colocó sobre ella y le metió la polla. Sin importarle que su coño estuviese inundado por mi lefa caliente se la empezó a follar a pelo. Marta se acomodó y dejó que su marido se la follase:

    -¿me quieres follar, cabrón? ¿Te ha gustado verme con un desconocido? Dame fuerte joder.

    El marido no pudo más y se corrió dentro del coño. Igual que había hecho yo minutos antes. Mi lectora estaba rendida. Era la primera vez que se le corrían dos tíos dentro. Casi en silencio me vestí y con una fría despedida me largué.

    Tres meses después recibí un correo de Marta. No habíamos vuelto a hablar desde aquel día. Me decía que estaba embarazada y que no sabía de quién. Si su de su marido o de mí, pero que habían decidido no saberlo.

    Contesto a comentarios que lleguen a mi correo [email protected].

  • La presencia de Anita, descubriendo el beso negro

    La presencia de Anita, descubriendo el beso negro

    Un fin de semana me crucé por la estación central del metropolitano con “Anita”, a la que conocí en una reunión años atrás, me atreví a pedirle su número accediendo sin reproche, así dimos inicio a una amistad y varios encuentros apasionados, un clavo saca a otro clavo… aunque “Anita” me saco más leche todas esas noches que follábamos ardientemente.

    Era fines del año 2016, habiendo ya terminado de una relación larga que mantuve con una maestra de educación inicial, de la cual salí muy desatado con ganas de recuperar el tiempo perdido, ósea con ganas de salir con muchas mujeres y tener aventuras ya que aún me sentía vigoroso y sexualmente atraído por las mujeres que solían darme oportunidad de estar con ellas.

    Así conocí a “Anita”, era mayor que yo por unos cuantos años, de tez blanca, baja estatura, cabello teñido de rubio, muy exótica ya que era de la selva; iniciamos una linda amistad hablábamos todas las tardes y algunas noches, me conto que tenía una hija ya adolescente que la tuvo de muy joven, que vivía en Iquitos con su mamá, y que bueno se encontraba con una pareja que en realidad era muy obsesivo con ella no la dejaba salir mucho, la esperaba a afueras de su trabajo, me confeso que en realidad seguía con el solo por pena y que estaba planeando viajar al extranjero y así terminar su relación que ya era muy por parte de él.

    Una de las tantas noches que hablamos por teléfono…

    – Pero piensas entonces viajar “Anita”, y tu hija… me imagino que ya lo habrás pensado bien

    – Si, ya está decidido siento que en esta relación no avanzo, además la situación está algo fregada en el país pienso irme a Estados Unidos tengo una prima que vivé allá y me dice que me espera cuando quiera.

    D – Bueno, que pena, pero que bueno por ti me alegra

    A – Porque qué pena, ¿acaso no quieres que me vaya?

    D – No, si claro si es por un mejor futuro claro que si… volverás a empezar de nuevo y sé que será mejor

    A – Si, bueno gracias… que pena que no nos hayamos visto más seguido y solo hayamos hablado por móvil… tu que no quieres pues, creo que te corres o tienes algo que hacer por ahí y yo ni enterada.

    D – No, que dices, solo que el trabajo, mi horario es difícil, además los fines de semana me has contado que estas con tu pareja, entonces tu eres la que no puedes

    A – Bueno estamos en deuda los dos.

    Así seguimos hablando de más cosas, hasta que nos despedimos y prometimos vernos en algún momento. Mi ex la maestra, solía llamarme y mandarme mensajes de texto de tono tierno, pero ya había decidido finalizar la relación tóxica en que solo el sexo nos hacía olvidar los pleitos, por eso decidí dar vuelta a la página.

    Llego un fin de semana, había en la ciudad varios conciertos de grupos y cantantes de salsa de las cuales Anita era fanática y solía irse con sus amigas, al menos en eso no se entrometía la pareja.

    Eran como las 12.30 de la madrugada del Domingo, estaba viendo una peli en mi cuarto, y de pronto suena mi móvil, pensando que sería mi ex, no conteste, pero al fijarme en la llamada perdida vi que era el número de Anita, de inmediato le timbre.

    D – “Anita”… me timbraste, o te equivocaste?

    A – No te estaba llamando, ¿estas ocupado?

    D – No, no… ¿porque están por algún lado cerca?

    A – Estoy saliendo del concierto con una amiga, y… bueno no quiero regresar a mi casa.

    D – ¿Ok, y a donde piensas quedarte?

    A – Pensé, si podía pasar por tu casa… si no estás ocupado, y poder quedarme esta noche, podría quedarme con mi amiga

    D – Si, bueno claro, no hay problema – le pase mi dirección y quede a la espera de que llegarán

    Pasaron 15 minutos y vi llegar un taxi del cual, bajo ella, asomándose dentro del carro al parecer se despedía de su amiga, de inmediato salí por ella a la puerta, encontrándonos y mirándonos felices, como si hubiéramos esperado ese momento uniéndonos en un fuerte abrazo e invitándola a pasar a mi departamento, puse mis lámparas para que tuviéramos un ambiente romántico.

    D – ¿Y qué tal la pasaste en tu concierto? ¿Bien?

    A – Sí me divertí con mis amigas… además tuve un día muy malo ayer, pero merecía relajarme

    D – Que paso? ¿Seguro con tu pareja? otra vez pelearon?

    A – Sí, lo de siempre, puedo quitarme las botas

    D – Sí claro – replique mientras ella se quedaba solo en jeans y un top negro ceñido a su figura, aunque no era voluptuosa tenía una figura bonita con su cabello lacio teñido de un rubio cenizo y algo pecosa, tenía uno lindos ojos caramelo y unos labios muy lindos. Así poco a poco fuimos conversando invitándole un vaso de gaseosa helada y unos piqueos que tenía en casa

    De la nada nos quedamos mudos mirándonos, a lo cual me atreví a tomarla de una de sus manos acariciándola, aunque me encontraba excitado, quería mostrarme como un caballero, mientras le habla de cualquier tontera a lo cual ella se acercó a besarme correspondiéndole en el acto, nos besábamos intensamente mientras nos friccionábamos de cuerpo como correspondiendo a nuestros bajos instintos, hasta que la jale hacia mí y me tomo por sorpresa porque se montó sobre mi mientras me abrazaba del cuello y yo acariciaba su cintura.

    D – Me tomaste por sorpresa, hace una hora ni me hubiera imaginado que estarías aquí y así conmigo. – mientras la tocaba de sus cinturas y sus piernas siendo aún respetuoso sin tocar su culo o senos.

    A – Yo también quería verte ya hace semanas, pero nunca me decías nada- mientras me hablaba con tono de voz bajo y sensual

    D – Entonces ya no es un sueño, es una realidad – atreviéndome a acariciar su culo y a levantarle su top para desnudarla

    Accedió sin temor, a la vez que se levantó, mientras estaba sentado se bajó su jean dándome el culo mientras se agachaba para quitárselo por completo, eso hizo arrecharme tanto que la jale hacía mí, besándole su blanquito culo, dándole suaves mordidas, le baje su calzón rápidamente y ella terminaba de quitarse su sostén, giro hacía mí viéndola totalmente desnuda, a la vez que se me acerco a darme otro apasionado beso, inmediatamente se puso de rodillas, y mientras me quitaba el jogger con el bóxer, yo terminaba de quitarme el polo quedando ambos desnudos, en ese sofá éramos solo piel con piel, besándonos, acariciándonos expuestos al placer y a lo que se antojara hacernos.

    D – Que rica colita tienes y tu piel, me encanta – bajando hacía mi verga y mientras me la pajeaba repetía una frase que me excito demasiado

    A – Que rica tu verga… hace tiempo no tengo sexo, ¿alguna vez has te han hecho beso negro?

    D – No, no le gustaba tanto a mi pareja.

    A – Entonces la vamos a pasar bien bebe.

    D – La vamos a pasar bien – mientras su linda boca hambrienta de verga empezó a mamármelo, deliciosa mujer, vaya que si sabía dar buenas mamadas.

    Succionaba y lamía toda mi verga mientras masajeaba mis bolas, empezando a auscultar su lengua por mi culo, eso me excito tanto que levante una pierna y la presione por su cuello para no dejarla escapar, estaba hambrienta de placer; ¡quería follármela ya!… me levanté, la puse piernas arriba empezando a lamer su concha, deliciosa, algo salada, seguro por el sudor del concierto, estábamos arrechísimos.

    Paramos, buscando besarla para que saborear ambos nuestros aromas, la puse en cuatro patas sobre el sofá, empecé a follarla frenéticamente, a la vez que la jalaba de sus cabellos, nalgueaba su culo, el cual la arrechaba más y a mí me excitaba el chocar de sus nalgas con mi pelvis, y ya que se atrevió a despertarme la libido diciendo que la íbamos a pasar bien, pare indicando que iba a mi cuarto a traer algo. Fui rápidamente y busqué mi lubricante, regresando en el acto.

    A – Y eso – pregunto toda picara

    D – Para que la pasemos bien bebe

    A – Ok, – sonrió y desde ese momento solo se dejó llevar

    La coloque sobre el filo del reposa brazos dejando su culo hacía mí, eche lubricante sobre mi verga y su culo acariciándolo, mientras la veía excitarse, ella abría su culo dispuesta a recibir verga; así poco a poco fui follándola de culo, su ano hacía presión y eso hacía excitarme más, mientras ella gemía de placer, hasta que le anuncie que ya me venía.

    D – Me vengo bebe, me vengo – con voz de excitación total

    Ella solo estaba muda cerrando los ojos, gimiendo y disfrutando del momento sin ponerme ninguna objeción, explote dentro de su culo, descargando mi leche caliente, lo cual a ella pareció remecerla y caer sobre el respaldar a la espera de que terminará, fue tierno ese momento mientras nos besábamos cariñosamente.

    Ya sacando mi verga y jalándola hacia mí para darle unos tiernos besos, cogí mi polo que estaba sobre el sofá y se lo coloque en su ano por si chorreará algo pueda contenerlo, la lleve al baño y en medio de abrazos, besos, caricias, nos duchamos y fuimos a mi cuarto para seguir follándola.

    Fue una noche de descubrirnos sexualmente, me dejé hacer un beso negro por ella, y viceversa, siguiendo en un riquísimo 69; Seguía dándome más mamadas, se vino dándose unos sentones, luego me hizo venir otra vez a mí con otra espectacular mamada, nos dormimos desnudos y abrazados, a la mañana siguiente desperté asustándome por no verla a mi lado, escuchándola en la cocina, estaba con un polo que seguro cogió de mi closet puesto mientras se servía café.

    A – Buenos días bebe, que tal dormiste – sonriendo

    D – Si, bien, bien… aunque aún me siento algo cansado por lo de anoche, mientras la abrazaba y le daba un beso en la mejilla.

    A – Si, la pasamos bien anoche, sobre todo tu, vaya que tenías tus cremitas – riéndose

    D – Bueno no quería lastimarte – a lo cual reímos

    A – Ok, que considerado – mientras bebía sorbos de café

    D – Entonces te vas a quedar hoy conmigo? ¿O ya te quieres ir?

    A – Depende de lo que me ofrezcas

    Pues eso hizo excitarme que nuevamente mi verga se empezaba poner erecta, a lo cual ella entendió la señal para empezar a follar nuevamente, se puso dándome el culo a la vez que le quitaba otra vez mi polo, empezando nuevamente a follarla de pie en la cocina… sujetaba su cola mientras que ella toda excitaba con sus manos me sujetaba de la cola acercándome hacía ella, y besándonos en algunos momentos así, que nuevamente le pedí que me lo mamará para terminar en su boca… ufff que boca, mamó y mamó y estando de rodillas eyacule nuevamente no dejaba escapar nada de mi leche cuando empecé a venirme, magnifica mujer, para luego con unos sorbos de café , algo tibios , metió mi verga en su boca ,como una enjuague verga wao tremendo acto que me dejaron sorprendido… si así follan las selváticas y son tan atrevidas me mudo ahora mismo a la selva.

    Así pasó el rato, fuimos a tomar desayuno por la calle, y me llego a decir que había terminado con su pareja, que el pasado viernes pelearon y que esa siguiente semana iba sacar sus cosas, que de todas maneras pensaba irse para enero de viaje a estados unidos donde su prima.

    Recuerdo que nos vimos casi toda la semana en mi departamento, durmiendo unos días, incluso planeo en mi casa toda su rutina de su vuelo, las escalas que iba tener, como iba a hacer con algunas cosas de ellas que iba dársela a unos familiares, etc. Y al caer cada la noche follábamos tan deliciosamente, incluso éramos tan liberados sexualmente que previo a al sexo le gustaba que le hiciera beso negro, obviamente antes de hacerlo nos bañábamos, enjabonaba su ano asegurándome de dejarlo limpio, dejándose lavar y saboreando su rico ano mientras la arrimaba en la ducha, mientras lengüeteaba deliciosa cola, mientras ella gemía entregada al placer, para luego follarla analmente, pequeña cola, pero aguantadora.

    Paso navidad con su familia, con su hija que llego de viaje nos dimos un break para que pudiera concluir con sus cosas antes de que viajará, pero en la semana en que se iba a viajar, su ex estaba atrás de ella llorándole incluso para que no se vaya, hablamos poco la última semana de su viaje, hablamos una noche antes por móvil y nos despedimos deseándole lo mejor que ya verá que la irá bien.

    Pasaron un par de meses estando por allá, me escribía diciéndome que extrañaba la vida de aquí que pensaba volver, pero le dije que haya podía hacerse un mejor futuro, la animé un par de veces cuando chateamos o hacíamos video llamadas, poco a poco me alejé y por sus redes, observaba que salía, se divierte bien, y aunque no ponía fotos con alguna pareja supongo que habrá conseguido algún amor en su momento ya que le perdí el rastro con los años.

    Y pensar que todo surgió desde que nos cruzamos por la calle y me atreví a pedirle su número, no sé si estaba predestinado, ya que antes no pasó nada, pero vaya que si la pasamos bien y lo que importa que tiene una nueva vida, liberada y aunque no sé si este feliz, al menos tiene paz, como suelen decir, un clavo saca a otro clavo… aunque “Anita” me saco más leche todas esas noches que follábamos ardientemente.

  • Jacqueline: La erótica Jacqueline (Parte 2)

    Jacqueline: La erótica Jacqueline (Parte 2)

    Ahora que algunos ya tienen una idea de cómo es la erótica Jacqueline pueden imaginar que es lo que se puede esperar de ella y, sí no leíste la primera parte de esta pequeña serie de relatos, te invito a que vayas y busques la primera parte para tener un mejor contexto de esta experiencia. La verdad que esta chica de veinte años era muy atrevida y le gustaba ponerte al filo de las emociones o si te invadía la desconfianza, podías sentirte caminar por la cuerda floja.

    También quiero aclarar que a pesar de que lo que les he narrado hasta el momento pudiese sonar vulgar, la verdad que Jacqueline tenía un ángel infantil y delicado para hacer tales maniobras. No sé qué tenía esta chica, pero todas esas cosas que hacía, todas esas travesuras iban con un léxico dulce, con movimientos muy femeninos muy sensuales y delicados, que cuya vulgaridad no se lograba ver por el afán de disfrutar de su belleza.

    Como les dije, Jaqueline siempre vestía bien y se miraba igual de hermosa y sensual si llevaba vestido o pantalones. Era igual de exquisita si vestía ropa ajustada o suelta, era imposible cubrir tal monumento pues su cuerpo y su angelical rostro siempre iban a sobresalir inclusive si se vestía de payaso. Ella lo sabía, ella estaba más que consciente que atraía en cualquier lugar las miradas y por ello, creía que podía poner a cualquier hombre a sus pies. En la oficina de recepción donde ella trabajaba siempre se podían ver los ramos de flores que sus admiradores le enviaban, también sabía de las múltiples invitaciones a cenas que aceptaba y que luego cancelaba.

    Yo era testigo de ello, pues escuchaba cuando la llamaban y se disculpaba de que no podía atender la cita. No sé si esa era la impresión estudiada que Jacqueline deseaba proyectarme, pero en mi caso y siempre me lo preguntaba por esos días, era ella la que me invitaba a salir y, al contrario, en este caso por mis compromisos laborales, era yo quien algunas veces le cancelaba. Recuerdo que un día a última hora le cancelé con la excusa verdadera que tenía reunión de emergencia de última hora. Esa tarde se apareció justo después de haber terminado la reunión y desde la sala de conferencia se podía ver la sala de recepción y mis colegas la vieron entrar y no pudieron detener esa expresión entre sus labios: ¡Mamá mía… que hermosa chica! -Me hicieron la broma, pues pensaron que era algún cliente de la compañía o alguna vendedora de algún otro lugar. – Tony, mira la chica que te busca. – Más se sorprendieron cuando por el intercomunicador me la anunciaban: -Sr. Zena, le busca Jacqueline.

    Jacqueline ese día llevaba puesto un vestido suelto de un color azul cielo, sus zapatos de tacón que elevaban su presencia, siempre con su cadena de oro con un corazón de rubí, y sus piedras de diamante pegadas a sus lóbulos. Ese vestido era de ese tipo de tela que, si no es totalmente trasluciente, se podía notar con ciertos niveles de luz la silueta sensual de su hermoso cuerpo. Le dije a la recepcionista que la hiciera pasar, pues sabía que los que estaban ahí se iba a dar, como dicen mis hermanos mexicanos… ¡Un taco de ojo! -Ella entró caminando deliciosamente con ese vaivén de sus caderas con esa seguridad que la caracterizaba y saludó de una forma general a todos y luego se dirigió a mí diciendo: ¡Espero no haberte interrumpido cariño! -Y me estampó un cariñoso beso cerca de mi boca. La presenté como lo que era, aunque ella se mostraba conmigo más afectiva que una simple amiga. Me llevaba algunos bocadillos, los cuales compartimos y Jacqueline se quedó con nosotros como si fuera parte del grupo. Nos llenó de sus feromonas aquel ambiente y de alguna manera nos quitó esa presión del trabajo.

    Desde entonces se volvió mucho más íntima conmigo y se aparecía muchas veces sin hacérmelo saber por la oficina. Obviamente entre los hombres que trabajaban ahí se emocionaban al verla, pero también despertaba la envidia entre las mujeres. Recuerdo esas llamadas que de repente me anunciaba la recepcionista y que con mucha confianza tomaba, pues sabía que ella no dominaba el lenguaje romántico de Cervantes y que, si intentaba escuchar, no lo entendería. Llamadas que Jacqueline hacía más eróticas cada vez, ya sea con acento español, argentino o colombiano:

    -¡Hola, cariño! Espero no haber llamado en mal momento… pensaba en ti y me picaban las manos por marcar tu número. ¿Tienes tiempo para una de tus admiradoras?

    -¡Hola Jacqueline! Es siempre un placer escuchar tu voz. Tú… ¡mi admiradora! Mujer… la que atrae las miradas por doquier eres tú.

    -¡Quizá…! Pero la mirada que me interesa parece ser que yo no le intereso de la misma manera. Oye cariño, alguna vez te has despertado o has ido a la cama pensando en mí.

    -¡Por supuesto! Precisamente me acordaba de ti en este momento.

    -Sabes Antonio… anoche que mi marido me hacía el amor, imaginaba que eras tú quien me lo hacía. ¿Podemos vernos hoy?

    -¿Quieres que cenemos juntos?

    -Me gustaría que fuera más que una cena, pero me conformo con un café hoy por la tarde.

    -¿Debes reportarte con tu esposo?

    -¡No cariño! Un hombre nunca me pondrá cadenas, pero mi hija le pone alto a todo… y hoy es su primer debut en el ballet y no puedo fallarle. ¿Quieres acompañarme?

    -¡Me gustaría, pero no quiero incomodar a nadie!

    -¿Incomodar? Antonio, yo nunca te voy a dar excusas y por favor, no me trates como una chiquilla que no sabe lo que hace… Hay preguntas que solo se necesitan dar una simple respuesta: Si o no. Antonio… ¿Te gusto?

    -Si.

    -¿Quieres cogerme?

    -¡Si!

    -¡Te das cuenta…! Es una respuesta sincera y simple. Antonio… ¿te puedo proponer algo?

    -Dime.

    -Olvidémonos del café y de la invitación que te hice. Podría llegar a tu oficina y me podrías dar un beso.

    -¿Un beso?

    -Si… no el mismo beso regular de un saludo. Quiero saber cómo el señor Antonio Zena besa a una mujer.

    -¡Pues ven! Yo te doy un beso.

    Como les dije, con esta chica de todo se podía esperar. Me la anunciaron y la vi aparecer con unos pantalones amarillos de tono pastel y una blusa blanca con bordados en un escote que mostraban una buena porción de sus dos hermosos melones. Entró a mi oficina, la cual tenía de esas persianas para bloquear la vista adentro y las cuales ya había cerrado, y no sé si era una acción por ella medida, pero al ella entrar y después de un saludo me pidió lo siguiente:

    -Sabes… este es un pantalón nuevo y siento que ese broche como que está defectuoso… siento que a cada momento se me suelta. ¿Puedes ver si está apropiadamente abrochado?

    La verdad que estaba suelto a un término medio donde descubrí el color de sus bragas amarillas también de tono pastel. Tuve que subir su blusa blanca y cerrar el cierre que se había bajado y abroché de nuevo el pantalón. Era una delicia ver ese trasero y creo que lo había hecho a propósito para elevar mi excitación. Luego pasó a lo del beso.

    -¿Me vas a dar ese beso? pero no de amigos: quiero sentirlo a como tú besas a una mujer.

    -Yo quiero dártelo y en eso quedamos… por eso estás aquí. – y nos besamos.

    -Sabes Antonio… me supo a un beso de practica… como de actores… ¿puedes darme un beso como cuando deseas cogerte a una mujer?

    Nos enredamos en un beso pasional donde pude sentir ese coqueteo de la lengua de Jacqueline insinuando mucho más. Realmente nadie antes me había pedido besar de esta manera, pues regularmente a mi edad de 32 o 33 años, nos olvidamos del sentido de los besos y solo queremos ir directamente al sexo.

    Ella con sus labios acariciaba mis labios, sensualmente su lengua transmitía esa magia de los 20 años que un día viví. Jacqueline tenía esa edad y esos sensores eróticos todavía estaban en plenitud del descubrimiento y me dejé llevar por ella. Después de tres meses vivíamos este momento delicadamente erótico, le tomé de su cintura, sentía esos pechos contra los míos y estoy seguro de que en ese momento sintió la potencia de mi erección. Ella me lo dijo de esta manera:

    -Antonio… ¡Te me has excitado! ¿Te puedo pedir algo?

    -Dime.

    -Nunca me lo vayas a hacer apresurado. Quiero que para ti y para mi sea algo especial.

    -¡Nunca te someteré a algo que tú no quieras!

    -¡Lo sé! Cualquier hombre lo hubiese intentado después del primer almuerzo.

    Creo que disfrutaba eso de los besos, pues por media hora nos estuvimos besando y nos perdimos en el tiempo. Creo que mi recepcionista intuía lo que pasaba y en horas que siempre estaba muy ocupado, mi teléfono nunca sonó. La única que me hacía reaccionar de aquel momento romántico y erótico fue la misma Jacqueline, quien me decía de una manera muy sensual y con su léxico en este momento de tres X, que había sentido mi bulto y que debería relajarme para no disparar sospechas:

    -Antonio cálmate, cálmate… aquí no puede suceder…. Estamos en tu oficina y están todos tus empleados a la expectativa. ¡Tienes un bulto tremendo cariño!

    -Esa es la ventaja de las mujeres… aunque estén excitadas, pueden pasar desapercibidas.

    -Pero igual… sufrimos la excitación en momentos como este.

    -¿Estás excitada?

    -Tú… ¿Qué crees? ¡No soy de metal cariño! ¿Quieres descubrirlo? Te doy un minuto para que lo hagas.

    -¿A qué te refieres?

    -¡No sea ingenuo señor Zena! Usted sabe a lo que me refiero.

    Intuí que podía tocar su vulva, pues ella podía sentir mi pene erecto. Con cierta desconfianza deslicé mi mano por su pantalón amarillo de tono pastel, creo que llevaba una tanga y su sexo lo sentí húmedo y caliente al recorrer el interior y exterior de sus labios. Gimió con gran ímpetu cuando recorrí mis dedos alrededor de sus labios y tocar su clítoris. Pensaba masturbarla, pero ella reaccionó diciendo:

    -¡Fue un rico y excitante beso! Debo irme, antes que me haga aullar como una loba en pleno desierto. ¿Nos vemos mañana?

    -¡Como tú quieras!

    Jacqueline medía sus tiempos y no sé si por capricho o por ego, pero ella era la que tenía que decidir el tiempo preciso. Por mi parte, me sometía a su juego, pues por ese tiempo a mis 32 años descubría mi soltería de viudo que nunca me imaginé encontrar. Siempre había tenido suerte con las mujeres… era yo quien siempre había tenido el control y me puse en la mente que la bella Jacqueline no me sacaría de ese rol. Nos dimos otro beso apasionado de despedida y ella me miró con esa sonrisa coqueta y esa tarde me quedé excitado e ilusionado oliendo el exquisito olor de su sexo en los jugos vaginales que brillaban entre mis dedos.

    Continúa.

  • Turno de noche

    Turno de noche

    Soy enfermera y trabajo en un hospital. Hace un año que estoy en el turno de noche, debido a que se respira más tranquilidad y el horario me permite tiempo para mí, además de que mi cuenta bancaria también lo agradece. Tengo cuarenta y dos años y estoy casada con dos hijos: uno de dieciocho y otro de dieciséis.

    Hace unos meses ingresaron en el turno de mañana a un joven de treinta años por accidente de moto. No fue aparatoso, pero sufrió un fuerte traumatismo que derivó en un coma, por lo que se le remitió a cuidados intensivos. Cuando inicié mi turno me pasaron el parte y leí su historial. No había mucho que hacer, sólo controlar que sus constantes fuesen estables y cambiar los goteros.

    Junto a la información oficial, también me enteré de la extraoficial, pues al parecer, era vox populi que el muchacho calzaba una herramienta fuera de lo común y eso causó cierto revuelo entre las auxiliares. Nunca he hecho demasiado caso de los cotilleos, si bien es cierto que siempre se ha dicho que cuando el rio suena, agua lleva, de modo que como todas mis compañeras ya lo habían verificado, yo no iba a quedarme sin satisfacer mi curiosidad. A la una de la madrugada, cuando todo estaba en absoluta calma me animé a comprobar la autenticidad de las habladurías e hice a un lado la sábana y a continuación la bata confirmando que la realidad supera en ocasiones a los chismes. Una especie de serpiente caía hacia un lado y me quedé boquiabierta pensando que Dios había sido muy generoso con aquel joven y sin embargo muy cicatero con otros.

    A pesar de saber que mi compañera estaba en planta, miré hacia todos lados comprobando que no había nadie por los alrededores y alentada por el morbo me animé a brindarle una leve caricia a través de aquella salchicha en estado de reposo. Después la cogí con la mano sopesándola y aún sobraba miembro para otra mano. Presioné sabiendo que no habría ninguna reacción por su parte y sus constantes continuaron sin ninguna alteración. Volví a dejarlo todo como estaba y seguí mi ronda.

    Mi compañera me preguntó si ya había visto la nueva atracción de feria que había en intensivos y yo no hice demasiado caso al comentario, aparentando indiferencia y fingiendo que estaba centrada en el trabajo, aun cuando tener aquel miembro en la mano y palparlo alteró mis bajos hasta el punto de tener que ir al lavabo a satisfacer la necesidad imperiosa de aplacar mis repentinos calores como si fuese una adolescente con las hormonas revueltas. Después de liberar endorfinas seguí con mis tareas y visité al convaleciente dos veces más antes de terminar mi turno para comprobar que todo estaba en orden.

    Al llegar a casa reclamé las atenciones de mi esposo y se extrañó de mi comportamiento, sea como fuere no puso demasiadas objeciones, ni hizo demasiadas preguntas del motivo de mi euforia. Simplemente se puso a ello y también se benefició de un extraordinario polvo.

    Al día siguiente comprobé que el muchacho ya había salido del coma y lo habían trasladado a planta y no sé por qué agradecí que fuese en la mía.

    Cuando atendí las tareas de mayor urgencia me dirigí a su habitación para interesarme por su estado y conocerle. Le di un poco de conversación con la intención de empatizar con él. Intentaba responder a mis preguntas, pero todavía estaba conmocionado y los sedantes le provocaban un estado de letargo (conveniente en aquellos momentos) en el que tenía dificultades para mantenerse despierto, de modo que no insistí demasiado, le cambié el gotero y le dejé dormir.

    Al cabo de una hora regresé y vi que dormía plácidamente. Me atreví a separar las sabanas otra vez para velar por aquel patrimonio de la humanidad y por su estado. Mi osadía hizo que dirigiera mi mano al falo en estado de reposo y se apoderó de él. Presioné ligeramente aplicándole un sutil movimiento de masturbación. No sabía exactamente lo que pretendía ni qué esperar, únicamente mis actos eran consecuencia de mis impulsos más básicos. Corría el riesgo de que despertara y podría tener problemas muy serios.

    Puede pensarse que aquel acto es una falta de ética profesional muy grave, y no se andaría muy lejos de la verdad. No es normal en mí semejante actitud, de hecho, nunca anteriormente me había aventurado en una temeridad semejante, y mucho menos había puesto en entredicho mi carrera profesional, así como tampoco había engañado a mi esposo de ninguna de las maneras. Sin embargo, allí estaba yo ahora, una madre y esposa ejemplar masturbando a un hombre dormido, estimulada por su órgano sexual.

    Al cabo de unos minutos me pareció advertir que el miembro empezaba a ganar dureza y me detuve en el acto pensando que podría despertarse. Volví a taparle y salí con premura de la habitación dirigiéndome nuevamente al baño para aliviar mi atormentado sexo.

    Cuando llegué a casa a las siete de la mañana volví a reclamar las atenciones de mi esposo y echamos otro polvazo digno de comparación con nuestros mejores tiempos, eso sí, potenciado por mis fantasías en las que era poseída salvajemente por aquel semental encamado. Mi nueva y frenética actividad sexual reactivó nuestra relación y ambos comprobamos que se reforzó, tanto a nivel sexual como familiar.

    Al día siguiente mi decepción se vino abajo. Cuando entré en la habitación estaba su novia haciéndole compañía. Los primeros días no podían verlo, excepto una hora en cuidados intensivos, y cuando lo llevaron a planta, sus familiares se quedaban durante el día, por eso me extrañó y, al mismo tiempo frustró mis propósitos, por tanto, tuve que hacer mis visitas rutinarias dejando de lado mis impulsos más ardientes.

    Afortunadamente la muchacha esa semana también tenía en su trabajo el turno de noche y aprovechaba el día para estar con su novio y atenderle, por consiguiente, las noches lo dejaba en manos de las enfermeras, en este caso, las mías.

    Cuando llegué tuve la oportunidad de charlar brevemente con él, pero todavía estaba aturdido a pesar de que ya se le había quitado medicación. Volví al cabo de una hora y repetí mi ritual. Me apoderé del badajo y deslicé mi mano acariciando toda su envergadura, mientras con la otra mano me vi obligada a darle placer a mi entrepierna. Mi respiración se aceleró al tiempo que mis dedos se perdían dentro de mi sexo.

    Sin saber por qué, presa del delirio y de la insensatez, me aproximé para introducírmelo en la boca y empecé a hacerle una mamada a aquella flácida salchicha sin dejar por ello de darme placer con mis dedos. Poco a poco mi entusiasmo se incrementó y noté como el miembro iba endureciéndose en mi boca. Lo sensato hubiese sido parar, dejarlo todo como estaba y salir de allí, eso era lo que dictaba mi razón, por el contrario, mis deseos estaban en desacuerdo y se dejaron llevar por la lujuria actuando con una temeridad de la que yo en esos momentos no era realmente consciente.

    La verga ganaba rigidez mientras me afanaba en la faena. La cogí de la base y contemplé su envergadura, a continuación me volteé y vi los ojos del muchacho como me observaban mientras me aferraba a su polla. Mi corazón se aceleró. No sabía si continuar porque no alcanzaba a descifrar su escrutadora mirada.

    Desconocía si era de aprobación o de disconformidad por mi libertina actitud, pero cuando su mano cogió mi cabeza instándome a seguir, todas mis dudas se disiparon y continué con mi tarea de tragarme aquel pilón de carne palpitante, y después de diez minutos dedicados a la mejor mamada de mi vida, su esencia inundó mi boca. Al mismo tiempo que manaba la leche de su verga, la dejaba resbalar por la comisura. Con los labios pringosos de semen le miré para ver su cara de aprobación y le dediqué una cómplice sonrisa que me devolvió con cara de satisfacción.

    Sin embargo, mi cuerpo se encontraba ahora en plena ebullición. Me limpié la boca con unos Kleenex y salí de la habitación un poco avergonzada, sin embargo no fue impedimento para que me dirigiera a los lavabos para aplacar la olla a presión que se agitaba en mi interior. En las siguientes rondas estaba plácidamente dormido y no quise despertarlo.

    Como iba siendo habitual en los últimos días, al llegar a casa violé literalmente a mi marido impulsada por mis fantasías. No sé qué pensaría él que me estaba pasando, quizás que había llegado el momento de retomar nuestra actividad sexual mermada por tantos años de apatía por mi parte. Sospecho que todas las mujeres hemos sufrido un impasse cuando nos hemos tenido que ocupar de nuestros hijos, dejando de lado otras necesidades conyugales. Dejé que pensara que llegaba la etapa de reemprender el sexo que habíamos dejado un poco de lado. Sentí remordimientos porque le estaba siendo infiel, sin embargo intenté verlo con positividad, pues si con ello nos beneficiábamos ambos, mejor que mejor.

    Llegué al trabajo con energías renovadas dispuesta a repetir mi hazaña y al relevar a mi compañera del turno anterior, me comunicó que seguramente al paciente se le iba a dar el alta al día siguiente, por lo que la noticia me apenó. Indudablemente me alegré por él, considerando que su estado había sufrido una mejoría sorprendente, y teniendo en cuenta que llegó con un coma del cual cabía pensar lo peor.

    Agradecí que tampoco le acompañara nadie esa noche, eso me permitía una última oportunidad con él. Lo vi completamente repuesto y ya le habían quitado todos los goteros. Sólo tomaba un relajante para descansar. Quise saber más de él e incluso estuve a punto de pedirle su número de teléfono, pero no me atreví. Había sido osada para cosas peores, sin embargo no me decidí a eso, posiblemente porque él me vería como una madura insatisfecha con ganas de que alguien le diese el placer que en casa no recibía.

    Aunque mi figura no es la de una modelo, tampoco puedo quejarme de mi cuerpo. Mido uno cincuenta y cinco y peso cincuenta y ocho kilos. Más o menos todo está compensado y en su sitio y, aunque no soy delgada, tampoco tengo un exceso de peso y pienso que todavía soy atractiva para muchos hombres. En cambio, la novia del muchacho era notablemente más atractiva y estilizada, por tanto, no cabía ninguna duda respecto a quien preferiría el muchacho, considerando que pedirle el teléfono me calificaba a mí como una casada buscona e insatisfecha, por consiguiente desistí.

    Le pregunté cómo se encontraba esa noche y me respondió que de momento no tan bien como la anterior, y una sonrisa se le dibujó de oreja a oreja, de ahí que me decidiera a prescindir de los preámbulos y bajara la sábana para encontrarme con su mano cogiéndose el garrote en plena erección. Seguramente estaba a la espera de mi llegada deseando continuar donde lo habíamos dejado la noche anterior. Por otro lado, creo que se percató de cómo mi boca se abrió involuntariamente al observar su polla de caballo completamente tiesa, pero me dio igual. Mi mano se apoderó del inhiesto falo e inicié un movimiento repetitivo al tiempo que veía el goce que reflejaba su cara.

    Sin poder evitarlo me arrodille en la cama y me dediqué a hacerle una mamada en la que sus gemidos eran reflejo del placer que le provocaba. Al mismo tiempo, su mano incursionaba por debajo de mi bata para llegar a las zonas húmedas. No sé si fue la mejor felación de su vida o una más, lo que tengo claro es que yo nunca había tenido una verga semejante, ni en mi mano, ni en mi boca, y mucho menos dentro de mí. Si los días anteriores estaba encendida, ese día no sé calificar como me encontraba. Mis flujos manaban de mi sexo sin contención de ningún tipo.

    Me quité las medias y las bragas desesperadamente y me posicioné sobre aquel tronco. Lo cogí primero para tantear el canal, aproximándolo a la entrada y fui dejándome caer lentamente sintiendo como penetraba cada centímetro de aquel cimbrel. Mi suspiro fue una fiel transcripción del placer que me producía tener su polla dentro de mí, pero no contenta con ello, inicié un movimiento lento de arriba abajo y de lado a lado, mientras sus manos desabrochaban mi bata y se aferraban a mis pechos. Poco a poco sentí la necesidad de acelerar el ritmo saltando encima de él como una amazona y gimiendo irremediablemente.

    Aunque era difícil que alguien entrase, puesto que cada una teníamos la asignación de nuestras tareas, no quería que mis gemidos me delataran, pues la quietud en esos momentos en los pasillos era total y mis frenéticos gemidos originados por el fulgor de los embates en mi sexo, eran un peligro que perturbaba la paz del lugar, de modo que tuve que contenerme para no gritar de placer cuando un poderoso orgasmo golpeó mis entrañas y se apoderó de todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, y unos segundos después noté las convulsiones de su verga eyaculando dentro de mí.

    Me quedé encima de él exhausta con su miembro todavía en mi interior, y poco a poco fue perdiendo rigidez hasta que se salió, lo que provocó un sonoro pedo, y con él, su esencia mezclada con mis flujos escaparon del orificio. Después de la euforia vino la calma y reconsideré mi conducta, pensando en que me había convertido en una depravada, pero la dicha de la que mi cuerpo se benefició alejó momentáneamente los pensamientos adversos. Cuando me recompuse me vestí con premura y me despedí de él y fui a lavarme para después volver a mis obligaciones.

    Mientras finalizaba mi jornada me replanteé de nuevo el hecho de pasarnos los números de teléfono porque ahora estaba segura de que yo también le gustaba a él y la atracción era mutua, sin embargo una vocecita en mi interior me advirtió que era el momento de poner fin, pues era sabido que cuando no se sabe parar a tiempo en estos casos, pronto surgen las consecuencias, o lo que es lo mismo, quien juega con fuego, pronto acabará quemándose, y yo tengo una familia de la que estoy orgullosa y no quiero destruir.

    Para mí fue una aventura increíble, la mayor locura que hecho hasta el momento y no sé si volvería a repetirlo. Supongo que si me surgiera la oportunidad, no la rechazaría. Lo que tengo claro es que yo no la buscaré.

    Después de la experiencia, mi vida sexual mejoró, pero poco a poco las aguas turbulentas volvieron a la calma. No sé si aquella vivencia repercutió de algún modo en mi vida conyugal, en cualquier caso, ahora disfruto más que antes y mi mente es más abierta con respecto al sexo, aunque pensándolo bien… no sólo mi mente…

  • Los 22 centímetros de la polla de mi tío

    Los 22 centímetros de la polla de mi tío

    Hola, desde hace unos días tengo algo que me oprime el pecho, tengo un secreto, un gran secreto que nadie sabe, un secreto que necesito contar.

    Me llamo Lara y tengo 24 años, soy una mujer del montón normalita en cuanto a físico se refiere, tengo el pelo largo de un rubio oscuro, ojos grandes de un color avellanado, bonitas piernas, delgada, caderas no muy anchas y cintura estrecha, los senos siempre he pensado que los podría tener un poco más grandes, pero la verdad que no me quejo, mis areolas grandes y de un color clarito terminado en unos pezones puntiagudos, mido 1,67 y lo que más me gusta de mí, es mi sonrisa con los labios carnosos y una dentadura blanca perfecta.

    Como os decía hace más de dos años oculto un secreto, una infidelidad, una locura y no una locura cualquiera, no eso sería demasiado fácil, hasta hace unos días no he querido ver las grabes consecuencias que esto podría acarrear, pero todo ha cambiado, llevo dos años mintiéndome a mi misma no queriendo reconocerlo y por fin lo he hecho, todo empezó aquella semana tan calurosa del mes de julio antes de coger vacaciones, había tenido unos días muy estresantes en el trabajo, unos días para olvidar cuando llego por fin el fin de semana, tocaba relajarse y salir con los amigos, decidí bajar al jardín para hacer algo de yoga, darme un baño en la piscina y leer tranquilamente aprovechando que tenía toda la casa para mi sola, tanto mis dos hermanos como mis padres se habían ido ese día temprano.

    Después de hacer una hora yoga me quité las mayas para nadar un poco, me encantaba ese tipo de días donde me podía relajar sola en la piscina y tomar un poco el sol sin que nadie me molestase, ni mis padres, ni mis hermanos haciendo el bruto con sus amigos, un día de esos que te llaman a estar en paz y poder tumbarte tranquilamente leyendo un buen libro, o simplemente descansar tomando el sol mientras que sientes esa ligera brisa que viene del mar, donde solo oyes el trino de los pájaros o quizás, las risas de los niños al jugar en la lejanía en una de las casas aledañas a la nuestra, la verdad que esos días no tenían precio y más después de una semana como la que había pasado.

    Me senté en el césped mojado y mientras secaba mi melena un poco pensaba en Javier, mi novio, el muy tonto no se había querido venir porque tenía cosas que hacer, con mis dedos peinaba mi pelo y pequeñas gotas caían sobre mi cuerpo recordando la última vez que estuve con él en casa, como recorría con sus besos mi cuerpo desnudo recién levantada después de haber tenido una noche bastante apasionada, empecé a sentir como esas pequeñas gotas que caían de mi pelo sobre mi cuerpo, sobre mis pezones hacían que estos empezaran a endurecerse, como mi cuerpo reaccionaba con aquellas imágenes en mi cabeza, apretando mis muslos, presionando mi sexo sintiendo el calor de mi interior humedeciéndose.

    Mi mano izquierda empezaba a acariciar mi vientre y los dedos se metían por debajo de la braguita del bikini, un bikini de color rojo anudado en ambos lados de las caderas, mis dedos buscaban y acariciaban el vello de mi pubis, estaba empezando a estar muy caliente, muy excitada y abrí un poco las piernas dejando de presionar mi sexo, bajé la mano izquierda hasta mi vulva apretándomela tanto que metía parte de la braguita en mi vagina y partir de ese momento las imágenes con Javier se multiplicaron.

    Mis dedos ya no buscaban solo el monte de venus, querían ir más allá, mi mano se introdujo más allá de mi bikini tocando mi clítoris, bajando por mis labios húmedos me empezaba acariciar mis pechos con la mano derecha, subiéndome el top y liberando uno de mis senos pellizcándome el pezón, haciendo que este se endureciera y el otro todavía atrapado en su cárcel de tela, parecía querer agujerearla y ser libre también.

    Me tumbé sobre el césped abriendo más mis piernas desatando uno de los laterales del bikini para estar más libre y separar la tela totalmente empapada en su parte interior al contacto con mis labios vaginales, mis dedos pasaban una y otra vez sobre ellos acariciándolos, presionando mi clítoris, ahora bajaban por mis labios menores separándolos, resbalando y metiéndose entre mis falanges, subiendo y bajando por ellas mi respiración en esos momentos ya se había acelerado cuando el líquido que salía de mi vagina, transparente y algo lechoso se unía a mis dedos y a mis gemidos.

    Mi boca se abrió expulsando un pequeño grito sordo cuando mi dedo corazón y anular se metían en mi vagina, entrando y saliendo de ella, subiendo por mi vulva resbaladiza acariciando mi clítoris circularmente, mis muslos se cerraban y abrían, los dos pechos por fin estaban liberados, apretados por mi mano cada vez que sentía mi cuerpo temblaban, mis dedos entraban y salían de mi vagina hasta que con los ojos cerrados mirando al cielo, el grito dejo de ser sordo, espantando a los pájaros que se habían posado para ver mi espectáculo y mis dedos empapados pararon después de haberme corrido, así en esa posición con mis dedos todavía sobre mi sexo, mi mano derecha sobre mi vientre, mis muslos entreabiertos ladeados un poco hacia el césped descanse durante un breve momento mientras que el sol acariciaba mi piel.

    Me incorporé atando nuevamente mi bikini, recogí todo y me dirigí a casa para darme una ducha cuando me di cuenta de que los pájaros no eran los únicos espectadores, había un pájaro más grande aunque no se espantó, empecé a oír unos aplausos y un pequeño silbido que no sabía de donde procedían, pero eran muy cercanos a mí, miré a mi alrededor, hacia un lado y hacia otro, no había nadie, los aplausos continuaban y miré hacia arriba y fue cuando vi a mi tío que aplaudía desde uno de los balcones de la casa justo enfrente de donde yo había estado, mi querido tío había visto como me masturbaba, había visto toda la sesión en primera fila, estaba tan avergonzada que salí corriendo mientras que él seguía aplaudiendo y diciendo bravo.

    Estaba tan avergonzada y tan molesta con mi tío, me había molestado no solo que me hubiese aplaudido sino también que me hubiera visto y no decirme nada, un ruido, algo para que me alertara de su presencia, pero nada, no hizo nada, solo se limitó a observarme.

    Ya en la ducha iba perdiendo fuerza en el enfado y me iba poco a poco excitando, no sé muy bien por qué, pero que mi tío me hubiera visto masturbarme y me aplaudiera por ello me estaba poniendo muy, muy cachonda.

    Al salir de la ducha mi tío se había ido, volvía a estar sola en la casa, así que me prepare algo para comer, ley un poco y empecé a vestirme para salir por la noche, un vestido corto azul cielo fue el elegido para esa noche, un vestido corto que llegaba a la mitad de mis muslos, bien ceñido a mi cuerpo algo de escote y unas tiras de tela cruzaban en equis mi espalda dejándola prácticamente desnuda, terminaba con unas manoletinas negras y un bolso del mismo color que el vestido con herrajes dorados, una base de maquillaje suave, brillo, la raya de los ojos en negro, algo de sombra y los labios con un color rojo vivo.

    Cogí mi Audi A2 del mismo color casi que mi vestido y atravesé toda la ciudad tardando un poco en llegar, pero por fin alcance mi destino en donde me esperaban unos amigos y amigas con los que se encontraba mi novio Javier, bailamos, reímos y con el segundo gin-tonic vi aparecer a mi tío con su novia y unos amigos, me empecé a sentir incomoda, inquieta con su presencia sobre todo cuando se unieron a nuestro grupo, pero como me paso también en casa empecé a sentirme excitada al poco tiempo.

    Mi tío era un hombre corpulento, guapo, inteligente y con mucho sentido del humor y poca vergüenza, tenía 8 años más que yo con lo que no era extraño que nos encontráramos cuando salíamos, seguimos bebiendo y brindando por cualquier tontería, mi tío no le había dado más importancia a lo de esta tarde, así que desde ese momento me empecé a aliviar, pero la excitación seguía por dentro y en un brindis, nuestras manos se rozaron y una sensación de placer recorrió mi cuerpo, nuevamente esa sensación, esa calentura profunda y por lo que pude ver era recíproco.

    Ahora en cada brindis nuestras manos y nuestros dedos intentaban disimuladamente buscarse entre todos los demás, miradas de complicidad entre ambos, le pillaba mirándome fijamente recorriendo mis curvas por el vestido, desnudarme y comiéndome con los ojos, realmente me estaba haciendo el amor con la mirada y yo me dejaba y me derretía como si fuera una adolescente pensando en ello.

    Llego la hora de las canciones lentas como era costumbre en aquel garito y tras bailar con Javier muy íntimamente, mi tío le pidió permiso para bailar conmigo, su novia había salido fuera a fumar con unas amigas y evidentemente nadie podía pensar nada malo de que bailara con mi tío, pero fue una mala idea que yo aceptara.

    -Estás muy guapa hoy sobrinita.

    -Anda tonto, además si me dices eso, es que algo quieres o me equivoco.

    -Que no Lara, que hoy te veo muy guapa, es que no te lo puedo decir.

    En esas apoyé mi cabeza sobre el hombro de mi tío pasando mis brazos por su cuello y él con sus manos en mis careras que poco a poco se fueron subiendo hasta mi espalda desnuda notando como se iban deslizando con suavidad, recorriéndola entera con ternura y derritiéndome a cada centímetro hasta notarlas otra vez abajo sobre la tira de mi tanga, estaba realmente excitada, notaba como mi entrepierna empezaba a humedecerse, como mi tanga iba absorbiendo esa humedad, su perfume, su mano sobre mi cuerpo, no sabía si era yo sola la que estaba excitada o era recíproco porque notaba como por debajo de su pantalón algo había crecido y supe que él también estaba excitado cuando inconscientemente o quizás no tan inconsciente nuestros cuerpos se juntaron más rozando y uniendo nuestros sexos.

    Bailábamos al son de una música lenta, mis ojos cerrados y mi cabeza apoyada en su pecho, era una sensación extraña, me quería ir de allí y por otro lado estaba disfrutando tanto el momento, mi tío subió una de sus manos hasta mi espalda y en esos momentos con simplemente el roce de su palma miles de voltios atravesaron mi cuerpo, entonces fue cuando lo sentí más fuerte, le deseaba, deseaba tanto a mi tío que el simple roce de su mano me hacía despegar y volar.

    Me separe bruscamente de él, le mire a los ojos y vi en ellos el mismo deseo, sabía que mi tío me deseaba como yo a él, mi cuerpo temblaba y era incapaz de oír la música, la gente a mi alrededor había desaparecido, solo estaba él y eso me asustaba, tanto que eche a correr al baño, pero antes de entrar en el baño de chicas mire hacia atrás buscándole, como invitándole.

    A pesar de la multitud que había en el garito el baño estaba vació, me mire al espejo y eche agua fría sobre la cara, sobre el cuello y sobre mi pecho, levante la mirada y vi su reflejo en el espejo, mi tío estaba entrando en el baño de chicas, cerrando la puerta con cerrojo tras de sí.

    Me sentía nerviosa tan excitada que mi tanga mojado no podía retener más flujo, le miraba por el espejo y veía como se acercaba despacio, al llegar a mí sus manos se apoyaron en mis hombros mirándome fijamente a través del espejo, le sentía igual o más nervioso que yo, sus manos fueron bajando por mis brazos muy suavemente a la vez que sus labios empezaban a besarme los hombros desnudos mientras yo me quedaba quieta, con mis manos apoyadas sobre la fría encimera del baño le miraba apasionadamente, disfrutando de sus caricias cuando empezaba a respirar hondo por la boca frunciendo el ceño de la excitación, sus manos seguían bajando hasta mis muslos y sin dejar de besarme empezaron a subirme el vestido.

    Mi tanga negro apareció en el espejo, mi vestido entre sus manos hasta que cayó al rodearme con sus brazos por mi cintura abrazándome y mordiéndome el cuello, estaba a su merced, observaba todos los movimientos de mi tío a través del espejo, cerré mis ojos cuando sentí que apartaba las tiras del vestido de mis hombros cayendo este a mi cintura a la vez que ponía sus manos sobre mis senos desnudos, apretándolos, mi respiración se había multiplicado y salían de mi pequeños jadeos, en ese momento sabía que no había marcha atrás, sabía lo que iba a pasar y yo por lo menos lo deseaba tanto, quizás empezó con un enfado por la mañana por lo que vio, pero luego el deseo de algo que no sabía el que, pero que ahora lo tenía claro, quería que mi tío me poseyera que me follara.

    Me di la vuelta y mirándonos a los ojos sin decir nada nos empezamos a besar, fue la primera vez que sentí sus labios sobre los míos, su lengua bailando con la mía y su polla buscando y frotándose con mi vulva, a partir de ese momento las caricias suaves, el tiempo pausado para los besos desapareció y apareció el momento de pasión descontrolada, del deseo, besándonos con fuerza, acariciando nuestros cuerpos como si no hubiera un mañana, tenía que ser mío sin ningún tiempo que perder, mi tío bajo sus manos hasta mi cintura subiéndome nuevamente la falda, cogiendo mi tanga y bajándomela bruscamente a la vez que yo le quitaba el cinturón, desabrochaba su pantalón y se lo bajaba bóxer incluido, dejando ante mí y cogiendo entre mis manos esa polla tan hermosa que tenía, una polla suave, venosa, dura de unos 22 centímetros.

    Mi tanga se quedó entre mis tobillos, con los pies intente retirármelo, pero al final me agache para quitármela de mi pie derecho, haciéndole un ovillo deje mi tanga en la mano, estaba tan mojado de mi sexo que me parecía imposible, mi tío estaba besándome bruscamente mis pechos, mi vestido era ahora una tela enrollada en mi cintura, tenía mis pechos desnudos cubiertos por sus manos y su boca y mi vulva buscaba la polla de mi tío que rozaba mis muslos, rozándose con mi clítoris y mientras en el exterior del baño la música seguía sonando a gran volumen, no era menos cierto que en el interior había otra música, música hecha por nosotros con nuestros besos y gemidos que ya no cesaron de escucharse.

    Mi tío me cogió por el culo, me levanto en vilo y me sentó en la fría encimera, mis manos seguían apoyadas en ella con mis dedos sobre el borde de esta y en mi mano izquierda apretaba con fuerza mi tanga, eche el cuerpo hacia atrás apoyándolo en el espejo cuando mi tío pasaba su lengua por mis labios vaginales empapados de flujo, bebiendo ese líquido viscoso que salía de mi vagina, su lengua subía y bajaba recolectando todo el néctar y sus dedos presionaban y acariciaban mi clítoris, metió su lengua en mi coño dejándola profundamente en ella y moviéndola de un lado a otro, con su pulgar presionaba y acariciaba mi clítoris y su dedo índice se metía en mi vagina, entrando y saliendo de ella mirándome como gritos sordos y no tan sordos salían de mi garganta.

    No tardo en incorporarse, sabía que estaba más que preparada para recibir su polla dentro de mi coño, se echó sobre mí besándome, con sus manos apretándome los pechos con fuerza y de un solo empujón, su polla me penetro y los dos soltamos un grito de placer cuando él sintió su polla envuelta por mi vagina y yo al sentir como me llenaba hasta el fondo, su polla entraba y salía de mi cuerpo fácilmente a pesar de sus 22 centímetros, salía empapado de mis flujos vaginales, empujaba con mucho vigor, penetrándome, taladrando mi coño, llenándome por completo con su cuerpo sin dejar ningún resquicio en mi interior.

    Mi cuerpo subía y bajaba por el espejo gimiendo y gritando de placer, mis manos se adherían al borde de la encimera con más fuerza, mi brazo izquierda con mi tanga bien apretado entre mis dedos le abrazo por su cuello besándole, su mano derecha dejo de apretarme el pecho para separarme de él y taparme la boca, mis gritos eran cada vez más altos cuando sentía su polla entrar una y otra vez, sus penetraciones cada vez más profundas y fuertes hacían que mi cuerpo temblara al paso de su polla por el interior de mi vagina hasta terminar los dos explotando en un tremendo e intenso orgasmo.

    Nuestros gritos cesaron, ahora solo gemidos cuando todavía con pequeños empujones la sentía dentro de mí, en mi vagina se empezaban a retirar nuestros fluidos, resbalando por mis muslos al ponerme de pie, nuestros labios no se separaban y su polla rozaba y se limpiaba con mi vestido, mi tanga seguía en mi mano cuando me empecé arreglar, metiéndome en el servicio para limpiarme un poco y oía como mi tío habría el cerrojo y salía por la puerta.

    Al poco salir todavía con mi tanga en mi mano izquierda antes de meterlo en mi bolso, me preguntaban si ya me encontraba bien, mi tío se había adelantado a decir que estaba indispuesta y que le había pedido que me llevara a casa para que no condujese, una idea genial.

    Aunque esa.

    Esa es otra historia.

  • Jacinto rompiendo mi sequía

    Jacinto rompiendo mi sequía

    Habiendo terminado mi relación con Andrés, y de haber tenido la verga de Sebastián en mi culo, decidí calmar mi deseo sexual un tiempo por muchísimo tiempo, y enfocarme en mis estudios.

    Era enero del año 2015, había terminado mis estudios satisfactoriamente y no chupándole la verga a algún profesor para que me subiera las notas, como tenía pensado pues no me estaba yendo muy bien, pero al final todo me salió bien.

    Aprovechando que era buena con los números y organizando archivos, me quedo fácil conseguir un empleo en un almacén de ropa en el centro de la ciudad me iba bien, así que junto a mis padres mandamos a hacer unas remodelaciones en la casa, mi padre dijo que conocía a alguien que nos podía recomendar gente responsable y que hacia un buen trabajo, yo no puse problemas por eso así que trajeron a 2 morenos, uno era un señor llamado Jacinto el cual era calvo y bajito pero tenía su cuerpo lleno de músculos y cicatrices, tenía una barba blanca y su edad era de 50 años, la otra persona que vino junto a él es su sobrino llamado Brayan, un muchacho alto, de cuerpo delgado que tenía unos 18 años, para ese entonces había pedido unas vacaciones para supervisar la construcción en la casa, ya que mis padres tenían sus trabajos y pues los fines de semana se iban de paseo, y pues como yo era tan buena trabajadora mi jefe era muy flexible conmigo, así que yo iba a estar en casa y me encargaría de atender a Jacinto y Brayan en lo que necesitaran y de pagarles.

    Los días pasaban y yo me quedaba en casa sola con ellos dos mientras hacían su trabajo, debes en cuando me ponía hablar con ellos y en una de esas charlas me entere, que las cicatrices de Jacinto se las hicieron cuando estuvo preso por algunos delitos que cometió cuando era más joven, también supe que no tenía esposa pues se habían separado, y Brayan tenía una novia e hijos realmente él no me interesaba mucho.

    El que me interesaba de verdad era Jacinto un hombre misterioso y rudo, yo tenía mucho tiempo sin ser culeada y ya había puesto mi punto de mira en Jacinto, deje de estar metida en mi pieza y empecé a andar más por la casa en shortcitos que se metían en mi culo cuando caminaba, y falditas que mostraban todo con una pequeña brisa de viento yo ya empezaba a notar las miradas de Jacinto, y eso me excitaba Brayan se daba cuenta de las cosas pero me ignoraba, él era un buen muchacho que amaba su familia y yo no quería destruir un hogar, (Porque eso si lo aclaro, soy perra pero con principios) así que un día decidí jugármela.

    Salí desde por la mañana a la tienda y le compre un six packs de cerveza a Jacinto y las puse en el congelador de la nevera, para ese calor nada mejor que una cerveza bien fría, le dije que se quedara y se tomara esas cervezas mientras me bañaba y cambiaba de ropa, me puse la falda más cortica que tenía y el hilo dental más diminuto que tuviera, me puse una blusa y no me puse brasier ni parches en los pezones los deje ahí para que se vieran, ese día Brayan tuvo que irse más temprano de lo normal, y yo sabía que mis padres llegarían tarde en la noche así que ese era el día perfecto, Salí de mi habitación y Jacinto se estaba tomando sus cervezas, nos sentamos a hablar y me dijo:

    J: Es usted una jovencita muy bonita, y tiene un cuerpo escultural debe tener usted muchos pretendientes.

    S: Jajaja Me sonrojas Jacinto, lo mismo podría decir yo de usted un señor musculoso, rudo, misterioso, y esa barba lo hace ver muy bello

    Entre coqueteo y coqueteo, yo cruzaba mi pierna y le dejaba ver mis piernas en todo su esplendor, también parte de mi culo, con mi mirada fija en el bulto de Jacinto empecé a percibir como le iba creciendo, yo no disimulaba lo más mínimo y me mordía los labios delante de él, las cervezas se acabaron, y le dije a Jacinto que si quería tomar más y él me dijo que si, entonces le di dinero y lo mande a la tienda que comprase otro six packs y lo que él quisiera, mientras él fue a la tienda yo me fui para mi pieza a esperarlo hasta que llegara, cuando llego y no me vio empezó a llamara

    J: ¡Señorita Sofía donde está!

    S: ¡Jacinto ven a mi pieza por favor!

    Cuando entro estaba yo en mi pieza acostada en mi cama de forma horizontal, posición que le permitía ver a Jacinto todo mi culo y chocha, realmente ese hilo dental solo estaba de adorno por que no era mucho lo que tapaba inmediatamente el pene de Jacinto creció era lo más grande que había visto, le pregunte a Jacinto que tal le parecía la vista, a lo que él respondió que era mejor de lo que había imaginado estaba muy caliente así que me puse en la orilla de la cama, y me puse en 4 le dije que me nalgueara con sus manos llenas de cayos y duras sentí como si me estuvieran pegando con un garrote, me ponía muy caliente sentir ese estruendo en mi culo me sentí como si fuera una yegua y el fuera mi jinete, le dije que se sentara y que se tomara su cerveza y yo me arrodillé y saque su pene era enorme, ¡¡¡dios mío era gigante!!!, lleno de venas gordote y largo parecía un garrote, era negro y su cabeza era rosadita, él se tomaba su cerveza y yo empecé a hacer mis respectivo trabajo, era la primera vez que iba a tener sexo en mucho tiempo, y tener esa verga en frente mío era algo increíble.

    Estaba asombrada por su tamaño, así que le pregunte a Jacinto si lo podía medir a lo que él se rio y me dijo, mídelo rápido y chúpamelo, lo medí con un metro de costura que tenía en mi cuarto y le media 26 cm, eso era una obra de arte para mis ojos, lo primero que chupe fue sus huevos tenían un sabor salado por el sudor, no me importaba los chupaba como si mi vida dependiera de ello me los metía toditos en la boca, primero uno y luego el otro, mientras él se tomaba su cerveza como si fuera un rey, en ese momento él era mi rey y yo su humilde esclava, luego empecé con la punta de mi lengua a recorrer el tronco de su verga sentía todas sus venas, e iba con la punta de mi lengua para arriba y para abajo recorriendo, toda su verga luego llegue a su cabeza y la empecé a chupar con delicadeza y con mi lengua le hacia el remolino despacio, y rápido como si fuera un helado luego el derramo cerveza sobre su pene y me lo metió todo en la boca, sentía como me ahogaba y de reojo me miraba por el espejo que tenía en mi pieza, mi cara estaba roja no podía respirar cuando me soltó respire y fue como si mi alma volviera a mi cuerpo.

    Lo miré a los ojos y yo misma me metí en la boca toda su verga, se la chupe por 10 minutos bajaba a sus huevos y subía a su cabeza, para hacerle una garganta profunda que me estaba destrozando la garganta, el seguía tomando sus cervezas cuando saque su verga de mi boca y sentí toda su carga de semen en mi cara, y mientras bajaba por mi cara con mi lengua y manos recogía todo lo que podía y me lo comía ricooo, me pare y traje una parlante para poner música a todo el volumen posible, yo sabía que esa verga me iba a hacer gritar hasta quedar afónica, y los vecinos si o si iban a escuchar, puse la música a todo el volumen posible, cerré mi pieza con seguro y me tire en los brazos de mi rey lo bese y me le monte encima, me hice la tanga para un lado y lo metí, en mi chocha el primer gemido que hice fue muy fuerte, ahhhh y empecé con mi movimiento de cadera a hacer algo parecido a la batidora y empecé, uuummm ahhh papiii, luego mientras su verga estaba dentro de mí me di la vuelta encima de el para darle la espalda, y que viera el movimiento de mi culo rebotando en él, empecé a cabalgarlo tenía todo su chimbo dentro de mi sabía que esto iba a dejar estragos en mi cuerpo, pero no me importaba aguantaba mis gemidos lo más que podía, hasta que el me voltio boca abajo y se puso encima de mí, empecé a morder sabanas pero aun así se escuchaba mis gemidos, estaba llorando de placer la música no dejaba escuchar nada de puertas para afuera, me lo quite de encima como pude y me puse en mi posición horizontal y poniéndole una pierna mía en su hombro, me habría toda para que me la metiera hasta el fondo, apenas me la metió blanquee los ojos lo sentía dentro de mí, lo sentía como un garrote duro y ancho gordote lo más rico de mi vida le decía a Jacinto

    S: ¡Jacintooo papi, me vas a matar pero no me la saques mi amor!

    J: Jajaja mamacita rica, tan joven y tan puta

    S: Siii papi tu puta, tu perra, tu esclava, pero no me la saques dáñame el útero si querés, pero no me la saques mi amor.

    Finalmente ya para terminar esa culeada tan rica que me estaba dando Jacinto, me puse en cuatro y me la metió sin perder tiempo, sentía como me la metía duro y cambiaba a despacio su movimiento de cadera y como chocaban su huevos en mi culo como si fueran dos cocos, luego fue a por mí culo ahí ya me dejo muerta, ya en ese momento sabía que no iba a poder caminar, me nalgueaba me jalaba el cabello y yo me veía tan indefensa en el espejo, su reflejo me dejaba ver como Jacinto se tomaba las última de sus cervezas y yo era su juguete, me agarraba con fuerza de la cintura, mi culo chocaba con su pelvis duro y me jalaba más duro y rápido, me cogía del pelo y me zarandeaba como si fuera un jinete guiando a su yegua, hasta que me vine pero eso a él no le importo, ya que cuando termine me la siguió metiendo cada vez más duro por el culo, me la metía cada vez más hasta el fondo hasta que la sentí su descarga de semen dentro de mí.

    Casi muerta me quede de espaldas en mi cama tirada como un trapo viejo, y chorreando el semen que Jacinto había dejado dentro de mí. Mientras Jacinto se bañaba en el baño de mi pieza, yo apenas me podía acomodar para poder descansar como pude me pare, pero me sentía coja no podía cerrar mis piernas bien, el culo me ardía y la chocha ni se diga, le pagué a Jacinto y le di una comisión extra por lo que me había hecho que delicia, lo bese a lo que él me nalgueó otra vez durísimo, en mi cara no había como disimular se notaba por encima que me habían dado la culeada de mi vida, se fue Jacinto me encerré en mi pieza le puse seguro, apague la música y me acosté a descansar, las piernas me temblaban tanto que no quería pararme a nada, cuando llegaron mis padres me hice la dormida para no tener que pararme, estaba satisfecha y adolorida, no había parte de mi cuerpo que no sintiera satisfacción que cosa tan rica había vivido ese día me sentía tan adolorida, pero por otro lado me sentía tan complacida que no me arrepentía de nada.

    Posdata: Hola como están espero que muy bien, también espero que les guste esta historia y que me dejen sus opiniones en los comentarios por cierto, un pequeño spoiler jajaja ok no, lo de la flexibilidad de mi jefe conmigo también tiene su historia entonces espero que estén atentos a cuando suba más contenido. Espero que todos se encuentren bien, y gracias por leer lo que publico.

  • La dama de negro

    La dama de negro

    Muchas veces me nació regalarle a mi mujer lencería erótica, pero, contrariamente a lo que yo esperaba, ella parecía no entusiasmarse con mis elecciones. Tal vez ella tenía otra idea sobre la manera de vestirse para vivir instantes excitantes con su pareja, quizá alejado de lo que a mí me gustaba, influenciado, porque no, por las películas y fotografías pornográficas. Y, pensaba yo, mis ideas y las ideas de mi esposa no iban en el mismo sentido.

    Varias veces había hecho yo comentarios al respecto e incluso había comentado lo bien que se veía cuando utilizaba tal o cual atuendo en los encuentros que habíamos experimentado con otras personas. Sin embargo, ella se reservaba sus comentarios, creería yo, principalmente, para no entrar en contradicción y diferencias conmigo. De manera que, al no haberme sentido respaldados en ese tipo de iniciativas, simplemente, algún día, dejé de poner atención en ese tipo de vestimentas y resolví aceptar que ella utilizara la ropa con la cual se sintiera más cómoda.

    Ella, generalmente, gustaba utilizar ropa interior finamente confeccionada, con muchos diseños y bordados, preferiblemente en colores blanco, negro y rojo. Aquellos vestidos de enfermera, de colegiala y otros, no eran de su preferencia. Le gustan más los diseños elegantes, ojalá para usar corpiños, ligeros y cosas así. De modo que dejé de lado la idea de escoger la ropa que me gustaría que utilizara y que, a mí, personalmente, me resultaba atractiva.

    Un fin de semana mi esposa sugirió que fuéramos a bailar. Estuve de acuerdo y no pregunté a dónde iríamos, porque sé que a ella le gusta conocer diferentes sitios. Nos pusimos en marcha como a eso de las 10 pm y, al momento de salir, me llamó la atención que ella estaba vestida toda de negro, con un gabán, medias y zapatos; todo negro. No hice comentario alguno ni pregunté por la solemnidad de la vestimenta y me dispuse a ir por el vehículo para recogerla.

    Una vez en movimiento le pregunté sobre la ubicación de nuestro destino. Me indicó que quería conocer un sitio nuevo y que le habían comentado sobre alguno que era muy frecuentado por gente de la costa pacífica y que la música era muy agradable. Ella encontraba interesante conocer algo diferente, bailar ese tipo de música y compartir con las personas que allí se reunían, así que no puse inconveniente y nos dirigimos hacia allá.

    El sitio se encontraba en una zona muy conocida y bastante concurrida. Parqueamos el vehículo y entramos al lugar. El interior era bastante amplio, pero escasamente iluminado, bastante concurrido y con la música a todo volumen. La verdad, al principio, no me agradó mucho el ambiente. Me pareció lúgubre. Ella, sin embargo, parecía muy entusiasmada y curiosa sobre cómo funcionaban las cosas en aquel lugar.

    Nos instalaron en una mesa, ubicada en una esquina del salón, desde dónde teníamos una vista privilegiada de todo el entorno. El sitio estaba bastante concurrido y la gente, al parecer muy animada, bailaba alegremente al ritmo de la una música muy rítmica. Las parejas danzaban desparpajadamente y se veía a las mujeres muy ligeras de ropa, lo cual contrastaba con la forma en que iba vestida mi mujer. Aun así, bien pronto salimos a la pista a bailar al lado de toda la gente que allí estaba reunida.

    La música estaba muy animada y, con el paso del tiempo y al calor de unos tragos, el ambiente se fue tornando más desenvuelto y descomplicado. La música invitaba a las parejas a liberarse en su expresión corporal. Y había de todo. Parejas que se divertían, parejas que coqueteaban y parejas que pareciera que copulaban en la pista de baile. Le dije a mi mujer que se quitara el gabán, porque se veía como mosca en leche en ese ambiente de música y danza. Me dijo, ¡tranquilo!… en un ratico.

    La mayoría de parejas parecían estar involucradas y no se veía, al menos yo no veía, personas solas; hombres y mujeres. Y, habiendo bailado ya varias tandas de música y empezando a sudar un poco. Le propuse a ella salir a la calle un rato, para tomar algo de aire y desacalorarnos, pero me respondió que ella prefería quedarse ahí y que me esperaría. Bueno, dije, yo si voy a salir, doy una mirada por ahí, reconozco el lugar y ya vuelvo; no me demoro.

    Cuando volví a nuestra acomodación, ella no estaba allí. La mesa estaba sola, pero su abrigo si estaba en una de las sillas. Pensé que había ido al baño, porque no se me ocurrió nada más. Me senté a esperarla y, mientras tanto, me dediqué a observar a la gente que se encontraba divirtiéndose en la pista de baile. No había pasado mucho tiempo, cuando, al estar observando, pude identificarla bailando con un hombre moreno, un poco más alto que ella y bastante acuerpado. El tipo se movía muy bien, había que reconocerlo, de manera que encontraba la razón por la cual ella parecía estar a gusto. Como bailarín, comparado con aquel caballero, yo no estaba a su altura.

    Ahora, si, sin su abrigo, pude ver bien cómo estaba vestida. Tenía puesta una trusa negra, bastante escotada, casi transparente, que le cubría todo el cuerpo, y una muy cortísima falda, también de color negro, de modo que el color de su rostro, sus brazos y sus manos blancas contrastaban con aquella vestimenta, y también, claro está, con el color de su pareja. Ella bailaba muy animada y las piruetas que le prodigaba aquel caballero la tenían bastante entretenida, de modo que permaneció en pista durante largo rato, olvidándose del tiempo y de las circunstancias.

    Al rato, al terminar una de las tandas de música, se dirigieron a la mesa. Ella se adelantó a presentarme a su pareja. Amor, te presento a Jeison. Mucho gusto dije, extendiendo mi mano para saludarle; Fernando. Hola, mucho gusto. La vi sola en la mesa y la convidé a bailar. Espero no le importe, me dijo. No, para nada, contesté. Vi que baila usted muy bien y armoniza con ella en el baile, cosa que a ella le encanta. Bueno, a mí, sí me gusta bailar, no puedo negarlo, pero ella baila muy bien. Ha sido mi maestra por un rato. Ah, bueno, que bien, repliqué; ¡me alegro! Los dejo un rato y, si no hay inconveniente, me gustaría volver a bailar con ella más tarde. ¡Claro! respondí. No hay problema.

    Nos quedamos ella y yo, ahí en la mesa por un rato y, entonces, pregunté, ¡oye! ¿de dónde salió la vestimenta? No es nueva dijo. Esto me lo habías regalado, pero no me había atrevido a usarlo. ¿Y es que tiene algo de especial? No, nada raro, pero no lo había usado antes. Lo único nuevo es la falda. Esa, si la compré para que hiciera juego con el resto. Pues, te ves bien, dije. ¿Y el Jeison ese, ¿de dónde salió? No sé. Me dijo que nos había visto entrar y que se había fijado en la forma en que yo bailaba y que, cuando me vio sola, se atrevió a invitarme. Y ya. Nada especial. Lo cierto es que el tipo baila súper. Yo creo que debe haber tenido formación, participado en un grupo de baile o algo por el estilo, porque tiene variedad de pasos. Se pasa rico con él. Entonces, te dio en la vena del gusto. Pues sí, respondió.

    La música siguió sonando, así que volvimos a la pista de baile, pues para eso habíamos ido allí. El lugar estaba atestado de gente y difícilmente se podía bailar sin tropezar con alguien, de modo que la situación nos estaba incomodando, tanto, que ella, quien no acostumbra hacerlo, me dijo que podríamos volver en otro momento, cuando el lugar no estuviera tan concurrido. Y yo estuve de acuerdo. Bueno, pues sí, y la verdad, ya está tarde también, son casi las 2 am. ¡Vamos!

    Estábamos saliendo cuando el tal Jeison la interceptó y la convido a bailar. Ella, me haló de la mano, y, cuando me volteé a verla, me hizo la seña de que esperara. Déjame bailar la última, me dijo, entregándome su abrigo. ¡Quién te entiende! dije. Bueno, hazle pues. Te espero afuera. Y, de hecho, me quedé esperándola afuera un buen rato. Al parecer se había animado con su pareja, no obstante, la multitud, y de alguna manera aquello me había llegado a molestar un poco.

    Salieron juntos. Y ella, dirigiéndose a mí, me dijo, oye, Jeison me dice que hay un sitio bastante bien, no como este, pero que se puede bailar y es más relajado. ¿Te parece si vamos y le echamos una mirada? Bueno, ¿pero no que nos íbamos?, dije. Pues de este sitio sí, pero si hay alternativa, podíamos quedarnos un rato más. ¿Te parece? Bueno, dije, para no entrar en conflicto de intereses con mi esposa. Así que Jeison tomó la delantera y nos guio al otro lugar, que no quedaba lejos de allí. Al llegar, ciertamente estaba mejor, no había tanta gente, estaba más iluminado, mejor decorado, pero la música era diferente; música de antaño, romántica y boleros.

    No más llegar nos instalamos en una mesa y Jeison, tal vez viendo que yo no tomaba la iniciativa, preguntó, bueno, ¿les gusta el lugar? Sí, mi esposa se apresuró a contestar. De modo que, complementando su intervención, dije, sí, es diferente; es otro ambiente. ¿Y tú bailas esa música?, le preguntó a ella. Si, respondió. ¿Probamos, entonces? Vamos, dijo ella. Y así, sin más, arrancaron para la pista de baile. Era otro tipo de música y, el baile, propiciaba la proximidad de sus cuerpos. Desde donde estaba los veía bastante involucrados. Podría decir a la distancia que, aquel, la estaba provocando y seduciendo, de allí, suponía yo, su interés en prolongar la velada, sugerir otro sitio y acompañarnos hasta ese lugar.

    Pasadas dos tandas en las que estuvieron bastante juntitos, ellos volvieron a la mesa. Jeison discretamente se ausentó y ella, dándole vueltas al asunto, al final y sin ningún tipo de atenuante, me dijo, oye, Jeison me cuenta que hay por acá un sitio donde pudiéramos estar juntos un rato. ¿Me acompañas? La miré un tanto incrédulo por lo que acababa de escuchar, pero habiendo vivido situaciones similares en el pasado, seguí el juego. Y eso, entonces, ¿qué quiere decir? Pues, ya tú sabes; él me ha propuesto hacerme el amor y yo le dije que sí. ¿Y no le ha importado que yo esté aquí? Bueno, en un principio sí, pero la condición para ese sí es que tú me acompañes y se mostró de acuerdo.

    Bueno, ¿y a dónde se fue? Dijo que iba a reservar el sitio y que ya volvía. Y al rato, finalmente apareció. Bueno. ¡Todo listo! le dijo a ella. Perfecto. Voy a ir un momentico a baño. Vuelvo y nos vamos, ¿te parece? Pues, sí. Tú eres quien dispone. No dijo nada más y nos dejó a los dos solos. Jeison no articulaba palabra, así que me propuse hacerlo hablar, a ver que decía. Y ¿qué es lo que está listo?, le pregunté. Una habitación, en un motel, aquí a la vuelta. ¿Y eso?, dije, haciéndome el despistado. Su esposa estuvo de acuerdo en que reservara una habitación para estar con ella un rato, respondió. Dicho de otra manera, ante, se la va a follar, ¿no es cierto? Se quedó mirándome y asintió con la cabeza. Si usted está de acuerdo, dijo.

    ¡Ya! Entiendo. ¿Y puedo saber cómo empezó todo? No sé, dijo; se dieron las cosas. ¿Cómo así? indagué. Empezamos a bailar y ella lo mueve muy rico, dijo, quizá refiriéndose al trasero de mi mujer. Y uno, como hombre, continuó, se va excitando y haciéndose ideas en la cabeza. Ah, ¡sí! dije riéndome. ¿Y qué ideas le pasaron por la cabeza? Pues que, si la cosa prosperaba y su señora me daba chance, yo aprovechaba. Okey. ¿Y qué era lo que usted esperaba que prosperara?, pregunté. Pues que ya nos estábamos manoseando y la cosa estaba rica. Su esposa tiene la cuca bien calientica y húmeda. ¿Y cómo supo eso? Es que ella no tiene nada debajo del vestido. Lo cierto es que yo la acaricié muchas veces allí, y ella también a mí. O sea, dije, ¿ella ya sabe lo que se va a comer? Si, contestó. Y usted también, me imagino. Si, dijo.

    ¿Y a usted no le molesta que yo los acompañe? Su esposa me dijo que esa era la condición si yo quería estar con ella, contestó. ¿Y usted se somete a sus condiciones? En este caso, sí, dijo. ¿Y por qué? ¿Se puede saber? Es que esas oportunidades no se dan todos los días. Bueno, dije yo, lo único que espero es que la trate bien y que la folle como ella espera. Si, ya lo sé, comentó. ¿Cómo así? Pues, me dijo, que a ella la excitaban los miembros grandes y que quería tenerme adentro tanto tiempo como yo aguantara. Y yo le dije, tranquila, no la voy a defraudar. Bueno, espero que así sea, le dije. A partir de ahora olvídese que yo estoy aquí y actúe como si estuvieran solos. ¿Le parece? Si, dijo, ¡gracias!

    Ella volvió, maquillada y perfumada, y, sin más reparos, dijo, mirando a Jeison, bueno, ¿vamos? Si, dijo él y empezó a caminar delante de nosotros. Salimos del lugar, dimos la vuelta a la esquina y caminamos tan solo media cuadra. Realmente estábamos casi que en el lugar. Ella y yo entramos siguiendo a Jeison, en línea recta, evitando miradas imprudentes. Aparte de una joven en la recepción, que ni se atrevió a mirarnos, no había nadie más. Continuamos detrás del guía y Jeison, más adelante, abrió la puerta de una habitación y, sin decir nada, entramos. En el interior había una cama “King size”, cubierta con un cubrelecho rojo y sábanas blancas, grandes almohadas, bonitos cuadros en las paredes y espejos en el techo. La habitación estaba ricamente aromatizada y el baño, integrado en el espacio de la habitación, separado por cristales opacos, estaba dotado con un jacuzzi. El sitio, para qué, estaba espectacular. La selección había sido satisfactoria.

    No más entrar, Jeison atendió mi recomendación y se olvidó de mí, que sigilosamente me había acomodado en un sillón ubicado a un lado de la cama, debajo de una gran lámpara. Este hombre no perdió tiempo y, sin muchos preliminares, despojó a mi esposa de su abrigo negro. Para sorpresa mía, ella no tenía puesta la falda y su trusa tenía un gran orificio a la altura de la vagina. De manera que, como la trusa era transparente, prácticamente estaba desnuda y a disposición de aquel. En ese momento comprendí y pude entender todo lo que había pasado antes, en la discoteca, mientras ellos bailaban. De modo que este hombre, sin rodeos la abordó, porque ella no desistió de la prenda.

    El, entonces, así como ella estaba, se aproximó para besarla. Ella no lo rechazó y lo empezó a degustar, al tiempo que, rápidamente, procuraba desnudarlo, ya que ella había estado disponible para él toda la noche y ahora era su oportunidad de vislumbrar lo que antes sólo había palpado con sus manos. Bien pronto ella dejó al descubierto su pecho, pudiendo ver un torso masculino bien conformado, unos hombros redondos y unos brazos con músculos trabajados. Al parecer este muchacho era asiduo asistente al gimnasio.

    Jeison manoseaba con intensidad y deseo el cuerpo de mi mujer, por encima de su trusa negra trasparente, hasta que ella, en su tarea de desnudarle, obtuvo el premio mayor al dejar al descubierto un enorme pene, duro y bien paradito, que remataba su tallo en una cabeza con forma de hongo. Ella frotaba y frotaba aquel miembro, mientras el terminaba de deshacerse del pantalón y quitarse medias y zapatos. Una vez hecho esto y totalmente desnudo, se quedó de pie a disposición de ella. Mi esposa no aguantó y, presa de la excitación, se puso en posición de cuclillas, frente a él, y metió a la boca ese gran pene.

    Yo pensé que aquello iba a ser una dificultad, porque el tamaño de aquel desbordaba la capacidad de la boca de mi esposa, pero ella se dio mañas para lamer aquel glande e introducir el pene dentro de su boca hasta donde le fue posible, sin dejar de frotar arriba y abajo, con sus manos, tal portento de miembro. Luego, quedándose un tanto corta para seguir atendiendo el pene de aquel caballero, decidió lamer sus testículos, con gran dedicación. Y luego, ella, sin dejar de acariciar ese cuerpo esbelto y bien cuidado, se fue trasladando a la cama, tendiéndose de espaldas y abriendo sus piernas.

    Jeison, comprendió que había llegado su momento y, sin más, se dispuso a penetrar a mi esposa. Sin embargo, demoró el momento y se dedicó a frotar su pene contra el sexo de ella mientras la besaba apasionadamente. Y ella, debajo de él, se contorsionaba deseosa de ser poseída por aquel, que pareciera la estaba haciendo sufrir al negarle el placer de tenerle dentro. La escena se prolongó unos instantes más, pues aquel encontraba excitante verla a ella un tanto desencajada a la espera de ser penetrada. La situación era tan sugerente que hasta yo estaba deseoso que de aquel lo hiciera y no tardara más.

    Y, finalmente, Jeison, así lo hizo. Apuntó su gran miembro al orificio en la trusa negra, que daba acceso al sexo de mi mujer, y de a poco, fue insertando su mástil dentro de su vagina, bastante húmeda en aquel instante. Ella, al sentir su miembro adentro, emitió un profundo Uuuhhh, muestra de la sensación placentera que estaba experimentando. Su pene, sin embargo, no entró del todo, y al parecer la copaba en todo su espacio. Ella ya había probado vergas grandes, pero esta se salía de los presupuestos.

    Jeison empezó a empujar, adelante y atrás, y a menear su miembro en diferentes direcciones mientras ella, plena de placer, no dejaba de contorsionar su cuerpo y gemir con cada movimiento de aquel. El, de un momento a otro, sacó su miembro, le pidió a ella que se acostara boca abajo sobre la cama, y procedió a penetrarla desde atrás. No hubo necesidad de acomodarla en posición de perrito, porque el tamaño del miembro de aquel le permitía acceder a ella sin ningún tipo de acomodación especial. El cuerpo de él cubría casi que totalmente el cuerpo de ella y así, en esa pose, se movió y se movió estimulado por los gemidos cada vez más intensos y continuos de ella.

    Al rato ella pareció llegar mientras que aquel no parecía inmutarse. Estaba gozando de lo lindo taladrando a mi mujer y encantado con la oportunidad que se le había brindado. De pronto ella se aferró fuerte de las almohadas y emitió un sonoro gemido que dio a entender que ya había al cansado su orgasmo. Jeison, entonces, sacó su miembro y estuvo atento a la reacción de ella, quien, aún contorsionándose por la sensación experimentada, tomó en sus manos el miembro de aquel y lo siguió frotando, con intensidad, comprobando que seguía duro, como si nada.

    Ella le pregunta, ¿no llegaste? No responde él. ¿Y? replica ella. Y, entonces, a él se le ocurre que ella se ponga de pie, vaya hasta donde yo estoy y apoye sus brazos en mis piernas, para poner penetrarla desde atrás, en esa posición. Y así lo hace. La cara de mi mujer queda frente a la mía y, cuando aquel él está disponiéndose a penetrarla, ella hace un gesto, indicando que esto va a ser un tanto fuerte. Y una vez nuestro amigo empieza su trabajo, ella empieza a congestionarse, su rostro se pone colorado, sus brazos se sienten temblorosos apoyados en mis piernas y trata de irse hacia adelante con los embates de aquel.

    Estando en esa posición, con su cara frente a la mía, la beso. Y puedo sentir en su beso la intensidad de la sensación que padece en ese momento, pues su lengua se mueve dentro de mi boca al ritmo de las embestidas que aquel le está proporcionado. Y nuevamente, empiezan de a poco sus gemidos. Deja de besarme y, con los ojos cerrados, contrae la expresión de su rostro. Yo sé que su orgasmo ya está cerca y veo como nuestro compañero de aventura, también gesticula, porque ya está próximo a eyacular. Y, cuando lo hace, deja su miembro dentro del cuerpo de mi mujer que, al sentir la descarga de aquel dentro de ella, explota en su sentido ahhh… ¡rico! Amor, ¡qué rico! ¡qué rico! Esa verga se sintió muy rico. Uuuyyy… ¡Que sensación tan intensa!

    Jeison se retiró y se sentó en la cama. Su miembro, ya flácido, seguía viéndose Y mi esposa, frente a mí, se puso de pie, manteniendo sus piernas abiertas. Pude ver como chorreaba semen de su vagina y apunté, oye, no tuvimos en cuenta usar condón. Tranquilo, dijo ella, no hay problema. ¿Tú lo querías así? Digamos que sí contestó. ¡Qué sensación! Y volviéndose a Jeison, le dijo, bueno, te gustó. Espectacular, dijo él. Bueno, ¿valió la pena la espera?, pregunté, porque, por lo que me he dado cuenta, esto debió pasar como cuatro horas atrás. Pues, sí, dijeron ambos.

    Conversamos un rato, intercambiamos teléfonos y quedamos de vernos en una próxima ocasión. Jeison se vistió, se despidió y nos dijo que si queríamos quedarnos un rato más no había problema, porque el servicio ya estaba cancelado. Le agradecimos su amable gesto y lo despedimos, quedándonos solos por un rato en la habitación.

    Bueno, ya te di gusto, me dijo mi esposa. ¿Cómo así?, pregunté, ¿acaso no fuiste tú la que te diste gusto y te saliste con la tuya, otra vez? No, dijo ella, me refiero a que te diste el gusto de verme usar la ropa que me regalaste para estas ocasiones. Pues en lo que menos me fije fue en la ropa. Me hubiera gustado ver qué pasaba en la pista de baile con esa ropa puesta. Y ¿qué te imaginas tú? Pues, no sé qué pudo pasar bailando en medio de tanta gente. ¿Qué te alcanzas a imaginar? Ni idea, contesté.

    Bueno, cuando estábamos bailando, él me cogió una mano y la llevó dentro de su pantalón para que yo palpara su pene. Y yo, en contraprestación, cogí su mano y la llevé a mi vagina porque, como viste, había fácil acceso con ese vestido. No, pues, tan conveniente, dije. Pero eso no fue todo, él se atrevió a dejar al descubierto su pene y restregármelo mientras bailábamos. Y fue una sensación extraña, mezcla de miedo y de placer, porque yo estaba pendiente de si la gente nos estaba viendo, pero al parecer cada cual andaba en lo suyo y nadie reparó en eso. Pues yo los veía bailar desde la distancia y jamás me di cuenta de que eso estuviera pasando.

    Al final salió bien la cosa. Me preocupé un tanto con el tema del condón, porque no me acordé. No te preocupes, dijo ella, yo lo quise así. Lo importante, para que no volvamos a discutir, es que ya me viste usar la lencería que me compraste. Quedamos a mano. ¿Cómo así? Yo te di gusto y yo también me di gusto. ¿No te parece?… Sin palabras. Volvimos a casa y así, de madrugada, terminó aquella velada.

  • Caballero de la lujuria

    Caballero de la lujuria

    Os traigo la historia de un caballero de reluciente armadura tan mujeriego encontrará una sorpresa en la atractiva joven que encontró en uno de sus viajes e intentara conquistarla. ¿Cazador cazado?

    Cenaron en una taberna donde las mesas, sillas, barra, paredes, techo… era todo de madera y agradable, los juglares sonaban de fondo. Él escuchando embelesado la dulce voz de ella, hipnotizado por sus preciosos ojos mientras la escuchaba. Se tomaban las manos con delicadeza, se acariciaban los brazos, mientras se miraban a los ojos, desatinando las palabras. Todo un poco a propósito, un poco dejándose ir. Fallándoles la respiración, desconcentrados.

    Él se dio cuenta de que por varias horas había llegado a descansar la cabeza, olvidándose de la misión.

    Después de una buena cena y mientras sonaban las gaitas y tambores, fueron a bailar entrada la noche, en un sitio íntimo y tranquilo. Bailando muy pegados. Calentándose hasta quemarse. Él, apretando el culo de ella mientras se meneaban, moviéndose embriagado, dominado por la danza de sus caderas. Dando vueltas y más vueltas, despacio. Despacio. Nervioso con el roce de sus labios contra los de él, recibiendo sus besos entre risas, como pequeños picotazos. Con la mirada perdida contemplando su sonrisa radiante, seductora y arrebatadoramente atractiva. Atontado mirando cómo ella se apartaba, con un gesto de cabeza, el pelo de la cara. Respirando deprisa cuando entre paso y paso le hablaba al oído, con susurros que le acariciaban la lívido. Embriagado oyéndola decir que le apetecía…

    Aunque ya no quedaba casi nadie en el restaurante, se retiraron a un rinconcillo, porque no podían ya resistir el deseo de abrazarse y besarse, entre dos árboles que hacían de vigas del restaurante, sin prisa, sin detenerse. Embelesados al besarse penetrando con las lenguas, tragando su saliva, mordiéndole ella, chupándola él…

    Con el hormigueo en el cuello de los dientes de ella, él volvía a sentirse seducido, a gusto, derivando en sensaciones. ¿Podía estar realmente seguro de que ella no era una guerrera de sus enemigos y que todo estaba preparado desde el principio? Todos los detalles en que se había fijado desde el primer día revelaban todo lo contrario: La forma de encontrarse en el camino, aquella hoguera en el bosque, había tenido muchos momentos para deshacerse de él.

    ¡Qué demonios, demasiado rebuscado! Llevaba muchas semanas sin apenas rozar a una mujer, y ahora que podía pasarlo bien con una increíble y delicada dama, empezaba a dudar. Abandonó ese pensamiento.

    En la habitación de la posada, la abrazó por detrás, acariciándola con manos fuertes y con delicadeza. Quitándole la ropa, pausadamente. Ella dejaba que las manos de él empezasen a viajar por su cuerpo mientras la desnudaba. Desnuda. Desnudo. La depositó suavemente sobre la cama. La cubría de besos, deslizaba su lengua por todo su cuerpo, saboreándolo.

    Todo le llevaba a sentir un control absoluto. Las yemas de sus dedos recorrían cada centímetro de su piel, dando placer lenta y suavemente, llenándola de sensaciones poco a poco, haciéndola jadear, haciéndola suspirar profundamente. Llenando poco a poco de deseo irrefrenable toda la habitación.

    Tranquilo y seguro de ser el dueño de la situación, sin darse cuenta, las sensaciones le inundaban y se dejaba llevar. Sintió el regocijo inmenso cuando ella lo montaba y cabalgaba sobre él, acariciando su pecho, dominándolo con sus caderas, haciéndole moverse a su anhelo, manejando su cuerpo con pericia; pero ella siempre dejando que él pensara al revés: que era él el que la manejaba la situación.

    Al penetrarla y oír cambiar el ritmo de sus suspiros, le subió aún más la tensión. Notando el latido acelerado de los corazones, y todas sus sensaciones. El contacto húmedo y cálido era recíproco. Sus caricias internas, naturales, arrolladoras. Sucumbía ante la explosión de estímulos, perdió el control, y parecía que iba a eyacular con desenfreno. Pero no pudo eyacular ni un poquito, porque ella, por dentro, sabía estrangular el miembro de él sin mover las manos ni las piernas. Fascinante habilidad, ya la conocía, y le gustaba. Después ella, sin perder el control, siguió cabalgando sobre él; sin perder el control, pero vibrando con fuerza, gimiendo, gritando, arañando. La locura.

    Sin detenerse, al rato, él sucumbía de nuevo ante los estímulos, perdía el control, queriendo segregar su líquido otra vez, desenfrenadamente. Y de nuevo no vaciaba ni un poquito, porque ella volvía a estrangularlo por dentro. Y así, con su secreta habilidad, iba cortando sus eyaculaciones, permitiéndole casi alcanzar el orgasmo, pero sin dejarle llegar, dominándolo con su cuerpo, manejando el de él a su antojo, haciéndole perder la razón con sus encantos y sus delicias… Así durante lo que parecieron horas, dándole placer, dejándole abandonarse a su delirio, dejándole liberarse de todas sus tensiones, dándole confianza.

    A la cuarta sensación en la que iba a salir todo su líquido esencial, él se sentía agotado. No esperaba ya nada peligroso de ella, sucumbiendo una vez más ante la deliciosa suavidad de su piel, ante su anatomía prodigiosa. Ella sabía perfectamente que él estaba tranquilo, y sabía que era el momento de empezar con su plan.

    Él estaba tumbado sobre ella en la cama, jadeando. Ella lo acogía entre sus piernas, acariciando con sus muslos los costados de él, pellizcando su pecho con las manos. Mientras lo deleitaba, su brazo se alargó sigilosamente, alcanzando un objeto casi invisible pegado por detrás al cabecero de la cama. Con una mano lo acariciaba, a modo de distracción. La otra mano portaba un pequeño cuchillo. Él no sospechaba ya nada, no sospechaba que los pellizcos sensuales que recibía en el cuello tenían un fin muy concreto. Ella lo hacía enloquecer con estos pellizcos, conocía sus zonas erógenas a la perfección, y era capaz de doblegar la voluntad de cualquier hombre entre sus caderas.

    Era el momento de conducirlo al orgasmo. Sus caricias aumentaron, aceleró el ritmo de sus caderas, notando cómo él empezaba a perder el control, sin dejar de mordisquear. Entre un pellizco y otro, él no notó una punta finísima y corta rodeaba su cuello, buscando una pequeña arteria con precisión perfecta. Ella sincronizó la maniobra con el acercamiento al orgasmo de él. Sabía lo que tenía que hacer con su miembro para hacerle perder el control, para hacerlo eyacular con desenfreno.

    Lo apretó fuerte entre sus caderas, friccionando su miembro hasta la locura de atar, pellizcándolo con voluptuosidad enloquecedora. Esta vez ella no lo iba a detener, no lo iba a estrangular, al revés, friccionaba rápidamente para provocar el brutal vaciado de sus genitales. Él eyaculó con la fuerza de una bestia. Y justo al tiempo, ella deslizo, sin cortar, aquel pequeño cuchillo por el cuello de él. Increíble, una maniobra de guerrera profesional conocedora de sus capacidades. Él estaba extasiado en su orgasmo, que solo notaba el frio acero por su cuello.

    Ella le dio vuelta con fuerza, para cabalgarlo encima, con ímpetu lujurioso, quizá no estuvo disimulando todo el rato, al fin y al cabo. Agarrando las manos de él, lo sujetó con fuerza contra la cama.

    «Puedo vencerte, y te he vencido, te he vencido…». Su deliciosa voz retumbaba en toda la habitación. Descabalgo de él dejándose caer a su derecha y mirándole a los ojos le volvió a repetir que “lo venció”, que sabía que era un mujeriego pero que consiguió desmontarle con sus movimientos.

    Él la abrazo y la reconoció que sí, que jamás pensó que una mujer lo podía dominar tanto física como mentalmente.

    Muchas gracias por leerme, dejar comentario y valoración se agradece mucho.

  • Me gusta que otros miren con lujuria a mi novia (Parte 2)

    Me gusta que otros miren con lujuria a mi novia (Parte 2)

    Recordando las anécdotas que les conté la vez pasada seguimos con más. Pasó acaso un mes de lo sucedido con los albañiles, Alejandra y yo salimos a un antro en compañía de una pareja de amigos a pasarla bien, divertirnos y bailar un poco, ya que ese día se festejaba Halloween en el antro, había personas vestidas de todo tipo. Alejandra (mi novia llevaba puesto un vestido rojo pegado y corto con unos cuernos de diablo sobre su cabeza y Ary que es su mejor amiga llevaba un vestido rojo pegado y corto y de igual manera con unos cuernos de diablo puestos), Ary es una chica delgada, casi no tiene busto, pero eso sí, con muy buenas piernas y unas nalgas tremendas, pelo rojo, 1,57 m de estatura, tez clara y usa lentes, realmente es una chica muy sexy.

    Llegamos al lugar por ahí de las 9:00 pm, para alcanzar mesa y pedir nuestras cervezas a gusto y llegaran a tiempo.

    La noche se iba un poco lenta mientras nosotros tomábamos y tomábamos, ni cuenta nos dimos cuando el lugar ya estaba a reventar, de pronto paso una chica vestida de Alicia (del país de las maravillas) y realmente me llamo la atención, ya que llevaba puesto un vestido muy corto y medias, yo supuestamente iba al baño, solo para verla, así estuve toda la noche, ya que realmente era sexy, nos dieron las 3 de la mañana y el antro estaba a full, todos estábamos súper ebrios.

    En una de esas que regreso del ¨baño¨, veo que mi novia y su mejor amiga están bailando por decirlo así, arriba de la mesa en la que estábamos, lo primero que noto es que están todos los meseros y muchos de los hombres que estaban en el antro viendo como bailan arriba de la mesa, ya que mientras bailaban se les subía el vestido y enseñaban toda la tanga, Alejandra con una tanga blanca de encaje y Ary con una tanga negra de encaje, no podía ni pasar de todos los hombres que estaban ahí en la bola, busque al novio de Ary, y cuando lo encontré estaba dormido en la mesa, no sabía cómo llegar a la mesa, así que entre empujones llegue y baje a mi novia, que ya le había enseñado todo a todos los hombres que estaban en el antro, solo se escuchaba “Diablitas, diablitas, diablitas”, pero no me importó y bajé a Alejandra, le bajé el vestido, desperté a mi amigo y él se llevó a Ary y yo a Alejandra.

    Al llegar a mi casa, estaba tan ebrio que me quedé completamente dormido. Pasaron los días y no podía olvidar lo que había pasado con Alejandra y Ary, para serles sincero Ary siempre ha sido mi sueño erótico, así que verla así me pareció un manjar sin embargo no podía dejar que otros le vieran todo a Alejandra.

    Paso una semana y fuimos a la playa, convencí a Alejandra de que invitara a Ary, y a sus amigas. Estuvimos disfrutando de la playa, tomando unas coronas con un buen ceviche de camarón, mi novia y Ary traían una falda de mezclilla y una blusa playera, debajo traían puesto su bikini, mientras sus amigas traían un short o el mismo bikini, en eso a mi cuñada (19 años) se le ocurre comprar el tour a caballo por toda la playa, pues así fue como todos montamos a caballo.

    Alejandra y Ary al subir al caballo mostraron todo, los jóvenes que estaban subiendo a las personas a los caballos estaban encantados, mi novia traía un bikini amarillo y Ary uno blanco, mientras dábamos el paseo por toda la playa nos acompañó un guía y un joven que va agarrando a los caballos, me pareció extraño que durante un rato no vi al joven que agarra a los caballos y me dio por voltear a ver a Alejandra y veo que ese joven está agarrando el caballo de Alejandra, casualmente mientras agarraba el caballo venia viéndole todo a mi novia, para serles sincero esa escena me saco mucho de onda pero se me olvidaba al ver a Ary enseñando todo de igual manera, y fue lo mismo al bajar del caballo, los tipos estaban encantados viéndole todo a mi novia y a Ary.

    Así pasó un tiempo en la playa, mi novia y algunas de sus amigas se quedaron la arena tomando el sol mientras que mi cuñada, Ary, una amiga y yo nos metimos a la playa, yo estaba encantado porque Ary me arrimaba las nalgas en el pene, y en eso que volteo y pasan los tipos que tatúan en la playa y encantados viéndole el culo a mi novia y sus amigas, sinceramente ya andaba algo caliente, así que cuando llegamos a casa me masturbe pensando en todas las veces que le vi los calzones a Ary y en la forma en la que me repegaba las nalgas en el pene pero aún mas no dejaba de pensar en todas las veces que le vieron los calzones a mi novia, y en la forma en que otros hombres se excitaban viéndola con deseo.

    A si descubrí que me gusta que otro hombre disfrute de la vista que les regala mi novia.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Primera etapa (1)

    Aventuras y desventuras húmedas: Primera etapa (1)

    El día se levantó soleado y caluroso, un día típico de verano. Sergio se desperezó como pudo y deshaciéndose del nudo con el que las sabanas le retenían, consiguió levantarse de la cama. Anduvo como un muerto en vida recorriendo el pasillo, escuchando como en la sala su hermana veía la televisión tirada en el sofá y su madre desayunaba tranquilamente en la cocina. Se sentó a su lado con un saludo más que seco por su parte, no está para nadie cuando se levanta y aún no ha desayunado, eso acentúa su mal carácter. Tal comportamiento que más de una vez le reprocha su padre, pero a estas alturas, no va a cambiar.

    Su madre le insta a que se duche, que en un rato va a llegar su tía y tiene que estar respetable. Él se queja, puesto que, “qué más da como le vea su tía”, si al fin y al cabo son familia, si alguien le tiene que ver con los pelos tiesos y en ropa interior, es ella. La mañana es igual que otra cualquiera, discute un poco con su hermana por el dominio del mando, pero al final cuando su padre asoma la cabeza, acaba dando la victoria para su hermana. Con 18 años aún esta consentida y Sergio con cinco años más de experiencia en la vida, todavía no es capaz de aprender que siempre pierde contra ella, más cuando esta su padre.

    Al final de la mañana su madre consigue que vaya a la ducha no sin varias insistencias. Aunque el joven entra a regañadientes, la ducha no le sienta mal, ya que allí se desfoga y se da un pequeño placer mañanero. Hacía ya más de medio año que no tenía ninguna relación sexual, esas cosas pesas, se podría decir que literalmente. Bajo los chorros de la ducha, se puso a divagar llegando a su mente como la que había sido su novia. Le había dejado por su ex… cada vez que lo pensaba lo veía más ridículo. Después de tres años juntos, y 4 años sin verlo, ni saber nada de ese tipo, va y vuelven, “SERÁ PU…”

    Un golpe en la puerta le saca de sus pensamientos, es su hermana que quiere ir al baño y le dice explícitamente que se deje de pajear. “Maldita niñata” se dice, últimamente la odia demasiado, menos mal que en pocos días se iba a ir al pueblo a ver a sus amigos y olvidarse un poco de su rutina diaria. Esperaba pillarse unas buenas borracheras para sacar de su mente a su ex y de paso, si podía ligar algo, bienvenido sea.

    Su hermana entró de sopetón sin esperar a que terminara cuando todavía se estaba atando la toalla a la cintura. Le intentó hacer una broma algo subida de tono muy de adolescentes, sin otra intención que acercar posturas.

    —¿Me quieres ver desnudo?

    Solo pensaba en sacarle una sonrisa, pero ella puso su cara de asco. “Típica cara de mujer” dirían sus amigos, un rostro al que le habían puesto un nombre y todo “cara de oler mierda”

    —Déjame y marcha. —por no seguir discutiendo salió y acabó de vestirse en su habitación.

    Esperó dentro de su cuarto a que la mañana pasara hasta que le avisaran de que la comida estaba servida. Comió rápido, mientras su padre y su hermana hablaban de que planes harían estas semanas. Se sintió un poco aislado, no paraban de hablar de lo que harían, mientras su madre tenía la mirada perdida pensando en a saber qué.

    Sergio muchas veces pensaba, que sé imaginaría otra vida en la que fuera más feliz. Aunque aquello no era ahora su prioridad, él tenía sus planes, su madre no le había puesto pegas a que fuera a la casa de su abuela, ya que desde hacía unos años se encontraba vacía.

    “Lástima que ella no este” pensó mientras terminaba de lavar su plato. Por parte de su madre solo le quedaba su tía como familia, que jamás se opondría a que fuera, era su sobrino favorito, o eso decía siempre. También estaban sus primas mayores, aunque la lejanía dificultaba el trato.

    Se fue a su habitación despidiéndose de los demás, recibiendo unos saludos secos de cuello y tumbándose en cama para mirar el móvil. Por curiosidad puso el Facebook de su tía, a la cual vería en una hora como mucho. Venía a hacer una pequeña visita, ya que su marido se había ido a Noruega, o Suecia, o un país así, muy en el norte. Su madre se lo contó dos días atrás, pero ni se acordaba, “tema de negocios… creo…”.

    Abrió las fotos y observó cómo su tía Carmen se rodeaba de gente bien vestida y con buen porte. Eran fiestas para gente de “bien” como le decía su madre, eso quería decir gente que tenía dinero, entonces “¿nosotros somos gente de mal?”

    Su madre y su tía eran tan diferentes y a la vez, tan iguales, se parecían bastante en aspecto. Sobre todo los ojos, tenían unos preciosos ojos de un azul muy intenso casi como el agua del océano, que por desgracia, él no heredó. Aunque la petarda de su hermana sí, parecía solo destinado a mujeres.

    La diferencia de aspecto radicaba en que su tía se había cuidado toda la vida. Tuvo a sus hijas siendo todavía bastante joven, ya que acertó con el hombre correcto, un chico que en el momento propicio heredó los negocios familiares una vez su padre falleció. Sí que llegó a trabajar como maestra, pero dado el poder adquisitivo que tenía su marido (su tío) lo dejó, algo que a Sergio desde su visión adolescente le parecía de lo más lógico. Sin embargo, su madre no lo veía así, decía que una mujer tenía que trabajar, ser autosuficiente, pero se quedaba sin palabras cuando su hijo le contestaba “que trabajar está muy bien, pero no trabajar esta mejor”.

    Escuchó el timbre del portero, supo que su tía había llegado. Se levantó y se adecentó para hacer feliz a su madre. Al de nada, su tía entró por la puerta, con el pelo rubio hasta los hombros y bien cuidado, tenía un alisado perfecto de peluquería.

    Todavía siendo tres años mayor que su madre, su rostro tenía menos arrugas, apenas se podía apreciar alguna, y eso que su madre no es que pareciera una vieja. Todo lo contrario, también aparentaba menos edad de la que en realidad tenía. Llevaba una chaqueta de color rosa que cubría una camisa blanca, con un fular del color de la chaqueta a juego y unos pantalones blancos del mismo color que la camisa. Todo parecía de buena tela y como no… caro.

    Saludó con efusividad sin perder su porte elegante, aunque siempre a Sergio le trataba con especial cariño, había tenido dos hijas (sus dos primas mayores) que ya volaron del nido. Él era su único sobrino y además, era su madrina, vamos que tenía el pack completo.

    Le dio dos besos más que sonoros y un abrazo que el chico devolvió. Siempre le había gustado su tía, por mucho que sus padres dijeran que se había vuelto “una estirada”. A Sergio le encantaba, solía hacer bromas y se reía con ella, no notaba para nada esas cosas que decían sus padres, siempre creyó que aquello se debía a unos pocos celos.

    Se separó después de unos segundos abrazados, Sergio no pudo reparar en que siempre que su tía le abrazaba, era muy diferente a los abrazos con otras mujeres. Ella tenía un busto considerable y aquello le encantaba notarlo. Sentir aquel par de senos sobre su cuerpo era una debilidad para el muchacho.

    Apenas pudo sacar una pequeña sonrisa y responder a su tía que todo le iba muy bien, ya que tan rápido como entró, las dos hermanas marcharon a la cocina. Esta vez, el joven decidió acompañarlas, las preparó un café mientras ellas hablaban sobre que Pedro (su tío), se había ido a Suecia (al final era Suecia, no estaba desencaminado Sergio) a terminar una compra de una empresa.

    Perdió el hilo de la conversación y siguió preparando el café para ambas. Se fijó en como el paso del tiempo las había cambiado, había visto fotos de las dos cuando tenían su edad y eran realmente guapas, como siempre decía su madre, “rebeldes para la época”. Ambas habían estudiado para la docencia, su madre encontró sitio lejos y Carmen hizo vida con su marido en el pueblo.

    Una tenía el pelo moreno atado malamente con un coletero y la otra exhibía su melena rubia de peluquería. La cara de su madre denotaba cansancio, una mezcla de palidez y la sombra de unas inamovibles ojeras, mientras la otra tenía un tono dorado, seguramente de tomar el sol en su jardín. El tiempo no parecía hacer meya en Carmen, como mucho algunas marcas de expresión.

    Su tía se había quitado la chaqueta y se le podían ver los pliegues de la piel en la parte de los codos, “algún síntoma de que es mayor” pensó Sergio. Aunque a su madre también se le notaban. No parecían que tuvieran casi la misma edad, Carmen daba la sensación de que había intercambiado la edad con su madre, incluso restado algún año más.

    Sergio se sentó con ellas y tras varias preguntas le comentó a su tía que iría en una semana hacia su pueblo, que lo iba a pasar en casa de la abuela y quedaría con los amigos. Ella le dijo que si quería se podía quedar con ella y con Pedro, que no tenía ningún problema. Pero su madre se adelantó a negarle ese asilo para que no se preocupasen por él. Es verdad que tenía en mente salir y desfasar un poco, por lo que no le pareció tan mal no quedarse con Carmen, así no la molestaría.

    Su tía tenía pensado solo quedarse unos pocos días, no le gustaba abusar de la hospitalidad, en eso se parecía a su hermana. Por lo que en tres días volvería a coger su coche y adentrarse en la carretera, algo que le sorprendió al joven, nunca la había visto conducir.

    Los días pasaron y Sergio, con Carmen en casa, se sentía mejor. No tenía que pelear con su hermana, casi todo el rato conversaba con su tía, le apasionaba escucharla. Sí que tenía un toque y maneras, que en alguna chica de su edad diría que es “pija”, “repipi” u otro apelativo similar, pero por lo demás, le parecía muy similar a su madre.

    El problema para Carmen comenzó cuando llego el día de la vuelta a casa, bajaron a despedirla, tenía el coche aparcado en la calle, un coche marca mercedes que parecía un barco, lujoso y seguramente “caro”. Trató de arrancarlo mientras la miraban expectantes, pero nada, no consiguió moverlo. Llamó a la grúa y en el taller la dijeron, que les faltaba una pieza para reparar la avería, que la tenían que pedir. Sergio no entendió bien, puesto que su padre intentaba explicárselo, sin embargo no tenía ni idea de coches, aunque su padre tampoco tenía mucha más.

    Por lo que Carmen tenía un problema para marcharse, debía esperar a que reparasen el dichoso coche, pero la cosa era que igual tardaban una semana, “cosas de estar en agosto”. Ella se puso de mala leche como era normal. Se quería ir, no por no estar con su familia, sino por estar en su casa y esperar a su marido. ¿Quién no querría estar allí?, Sergio había estado casi todos los veranos y le parecía una mansión.

    Por lo que mientras estaban todos en la cocina escuchando la voz de la tía casi ladrando, haciendo aspavientos y diciendo que cogería un taxi, el chaval saltó de improviso, sin pensar muy bien sus palabras.

    —Si quieres te llevo yo.

    Todos le miraron y un silencio extraño recorrió la cocina, como si aquello no lo tuviera que haber dicho y después, su madre le respondió que no dijera tonterías. Se sintió algo molesto, no entendía esas expresiones.

    —¿Por qué no?

    Si se iba a ir en 3 días, que más le daba irse ese mismo día… simplemente disfrutaría más de las vacaciones y ya. Su tía tomó la palabra al tiempo que los otros miraban al joven.

    —No hace falta, muchas gracias cielo, pero me cojo un taxi.

    Sergio, cabezón (como su madre), dijo que nada, que estaba decidido que para qué iba a gastar tanto dinero en un taxi, “si conmigo le sale gratis”. Su madre intentó ponerse del lado de su hermana, pero el chico sentenció diciendo que haría la maleta y se iban.

    Para su cerebro racional, era lo lógico, no entendía por qué no querrían que lo hiciera. Aquella misma tarde bajaron al coche, el sol ya comenzaba a descender y aunque sus padres le decían que esperase a mañana, él decía que así su tía estaría en casa cuanto antes.

    Se despidió casi sin mirar atrás, como si en cualquier momento le fueran a denegar el viaje. Pero cuando apretó el acelerador, se dio cuenta de que ya estaba en carretera, con la sensación de emprender más que un viaje.

    CONTINUARÁ…

    —————————–

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.