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  • Volví a coger a mi madre

    Volví a coger a mi madre

    Los que leyeren el relato anterior se trató que me cogí a mi madre en una despedida de soltera, y la verdad quedé muy sorprendido con lo de aquella noche. Mi madre es una mujer que mide 1.60 cm, tiene unas enormes tetas y su culo y sus piernas están bien marcadas porque tiene toda su vida haciendo ejercicio, es de piel clara, pelo rubio, y la verdad que está muy bien conservada que yo sé que levanta más de algunos suspiros en la calle y más de alguno se fantasea con ella.

    Les voy a relatar como volví a tener otro encuentro con ella.

    Pues después de aquella despedida quedé fascinado así que hablé con mi amigo y le dije todo lo que había pasado, él estaba sorprendido por lo que le conté. Así que le dije que organizara otra fiesta que sería un solo para mujeres, nos quedamos de ver un miércoles para organizar todo, fuimos a un bar y le dije que iba rentar una casa para ese evento que él se encargara de decirle a un amigo de él y que se encargara de la música, yo me encargaría de llevar bebidas y de ponerme en contacto con algunas mujeres para que asistieran al evento, obviamente iban hacer amigas y conocidas de mi mamá para que así pudieran ir todas, cabe resaltar que también las amigas de mi mamá están muy buenas y muy bien conservadas, son las MILF que todos quisieran coger, me imagino que ellas saben que están buenas y han de pasar de putas…

    Pues conseguí una casa en renta estaba muy bien y muy agradable la casa la renté por todo el fin de semana, mi amigo ya tenía disponible al otro bailarín y la música, a mí solo me faltaba contactar al grupito de amigas de mi mamá, por lo que fui a comprar un celular barato con un chip nuevo donde me encargué de mandarle mensaje a una amiga de mi mamá y le dije que se había ganado un evento de solo para mujeres en fulana casa y qué hiciera un grupo en whatsapp para darles los datos del evento.

    Ella agregó a 7 amigas al grupo incluida mi mamá, ahí empecé a mandar fotos del evento de cómo sería, y todas empezaron a querer fotos de los bailarines y empezaron a calentarse queriendo ir al evento, empecé a decir que solamente se iba valer tocar y nada de hacer cosas con los bailarines, ellas empezaron a decir que así no tenía chiste, que el chiste era tocar y probar y qué si se daba algo más pues que se diera, hablé con mi amigo y con el otro muchacho a cerca de eso y ellos dijeron que no había problema que ellos aceptaban, por lo que en el grupo de las mujeres les dije que estaba bien por lo que todas contestaron que asistirían y qué pasara lo que tenga que pasar.

    Llegó el sábado eran las 7 de la noche y ya teníamos todo listo sólo faltaba que llegaran las hembras, habíamos acordado que empezaría el evento a las 8 hasta que el cuerpo aguantara, como a las 8:20 empezaron a llegar las primeras mujeres, se acomodaron pidieron bebidas empezaron a platicar, yo no veía a mi mamá ni a otra amiga de ella que de verdad estaban riquísimas por lo que a las 8:40 cuando íbamos a comenzar el show llegaron todas las que faltaban, venían vestidas como si fueran a una noche de fiesta con vestidos largos.

    Ahí estaba mi madre con un vestido de noche azul con escote pronunciado, al descubierto medía pierna, zapatillas negras, un peinado con la cola agarrada y muy bien relamido sus uñas muy bien pintadas, parecía una diosa, les dije a los bailarines que de ella yo me encargaba que se podían agarrar a cualquiera menos a ella, el DJ comenzó a poner ambiente todas aplaudían y gritaban, salió el primero e hizo su show, salió mi amigo y continuó con el baile, por último salí yo y seguimos dando el espectáculo, todos traíamos disfraces y máscaras de luchador, mi madre estaba con una amiga, por lo que me dirigí a bailarle a la amiga y empezó a tocarme el pecho las piernas y las nalgas, mi madre un poco cohibida sólo me agarraba el abdomen, mi bulto comenzó a ponerse firme ellas notaron y la amiga de mi mamá empezó a besarme el pene por encima de la tanga, los otros bailarines hacían lo suyo con el resto de las mujeres.

    Karina la amiga de mi mamá, le decía vamos toca es nuestra noche y mi mamá fue perdiendo la vergüenza y comenzó a tocarme y a calentarse. Agarre una silla la senté y comencé a bailarle ella empezó a tocarme las nalgas y a pellizcarlas, fui a la barra y traje una lata de crema chantillí y se la di les dije “colóquenmela donde gusten hoy dejaré que me coman”, comenzaron a colocarme en el cuerpo y con su boca y lengua comenzaron a quitármela, Karina ya andaba caliente y me dijo “vamos ponme chantillí y cómeme” accedí a su petición y como ella llevaba un vestido muy corto puse chantillí en su pierna y comencé a lamer ella subió su vestido a la cintura y dijo “ponme chantillí en mi vagina y cómemela” se quitó una tanga negra la arrogo al aire y metí mi lengua en su vagina para comerme la crema y a ella, Karina estaba demasiado excitada que mientras comía su vagina salían chorros de flujo vaginal de su concha, ella gritaba y me agarraba la cabeza, me decía:

    K: maldito comes tan rico mi vagina que ya tuve dos orgasmos seguidos, si sigues así no podré pararme de lo satisfecha que voy, vamos amiga anímate a qué te coman.

    Mi madre con un poco de pena, pero al ver que todas sus amigas estaban haciendo un agasajo con los demás se animó a decirme me comiera la crema, y ella se puso en sus tetas pero por encima del vestido, yo comí su crema y fui besando su cuello y su oreja y susurrando le dije, “si quiere vamos al cuarto y le hago un privado”, ella sonrió y dijo “acepto” le di la mano y nos dirigimos al cuarto.

    K: esooo amiga llévatelo y hazlo tuyo, yo seguiré con estos desgraciados.

    Llegamos al cuarto ella se sentó a la orilla de la cama y comencé a bailarle, ella tocaba mi cuerpo yo acariciaba su cara y sus tetas y en unos pocos minutos comencé a desvestirla, le empecé a quitar ese vestido azul y dejó ver sus enormes pechos agarrados a un brasier negro y una tanga de encaje de hilo dental negra, ella se quitó el brasier y sus tetas salieron disparadas y rebotaron un par de veces.

    La paré y yo me senté en la cama, comencé a besar su panza y ella fue bajando hasta que quedo de rodillas lista para mamármela, comenzó a besarla y a masturbarme, de vez en cuando se llevaba mi pene a su boca y me la mamaba, cuando iba acabar le hice saber y ella me dijo échamelos en las tetas, la bañe de semen y ella con su mano agarraba mi leche y se la llevaba a la boca, limpio toda la leche con su mano.

    Después la acosté y comencé hacerle sexo oral ella estaba muy caliente y su vagina demasiado mojada, ella gritaba y gemía. También se retorcía de placer, después de unos orgasmos, me pidió que si la podía dar por el culo, yo quede boquiabierto y claro que iba acceder ella se puso de perrito se escupió la mano y se embarró su saliva en el culo, yo estaba más que excitado de ver ese suculento culo frente a mi, un ano rosadito y muy bien conservado, empecé a metérsela despacito y con formó una metiéndosela ella iba gritando, empecé con el mete y saca ella se recostó en la cama y se comenzó a dedear su vagina estaba muy excitada, lo sabía por como respiraba y por su voz cuando gritaba “ahhh ahhh ahhh, sigue así luchador sigue asiii”, cada que hablaba se le iba la voz.

    Después de unos 20 minutos de penetración y ella le calculó unos 4 orgasmos, terminé dentro de ella su culo escupía mi leche, la abracé y nos acostamos. Un rato después de unas horas de estar en la cama, subió Karina y toco la puerta.

    K: amiga nos tenemos que ir ya se acabó la buena noche.

    M: okey, dame 5 minutos

    Y: como la pasó?

    M: excelente una de mis mejores noches

    Y: si quiere le doy mi número para volver a encontrarnos y tener otro encuentro solos.

    M: muy bien dame tu celular.

    Y: okey es 66…

    M: cómo te llamas?

    Y: regístreme como luchador y cada encuentro llevaré mi máscara

    M: okey, luchador te hablaré pronto

    Se despidió con un beso en la boca y me dejó su tanga de recuerdo.

    Bajé a donde se encontraban los demás y todos estaban encantados por qué follaron con las demás viejas y pasaron una excelente noche.

    Si les gusta y quieren más relatos les encargo que comenten y escriban que les parecen mis relatos.

  • Labios sobre labios

    Labios sobre labios

    Finaliza la película que decidimos mirar antes de dormir, decepcionados con las cabezas en las almohadas nos quejamos mutuamente de la calidad de la misma, en la que se presentan una serie de situaciones con la intensión de ser humorísticas como excusa para inmiscuir a un grupo de hermanas de un convento medieval en variadas escenas pseudo-eróticas. Coincidimos en nuestra opinión sobre no saber si el objetivo de la obra era incitar alguna pasión y, de serlo, sólo funcionaría para una monja porque nosotros necesitábamos algo un poco más… picante.

    Apagas el televisor y en la oscuridad nos disponemos a descansar, el silencio se apodera de la casa señalando que los niños duermen profundamente en su habitación, nos damos nuestro beso de buenas noches y nos abrazamos como de costumbre cuando realizas el siguiente comentario:

    —Quisiera contar con unos días solos en casa, a veces durante la tarde me caliento y…

    Esa oración que dejas colgando con una infinidad de posibilidades, que caen en mi imaginario como si volcaras un cántaro de escenarios hipotéticos que fluyen por mi espina como una corriente que se distribuye por todo mi cuerpo, encendiendo la sensación que las novicias fallaron en alcanzar.

    —¿Cómo es eso de que te calientas a la tarde?

    Cuestiono luego de una prolongada pausa, negándome a que dejes tu declaración inconclusa, mirando en retrospectiva las situaciones del día, busco el instante donde eso había sucedido y soy incapaz de notarlo, me interrogo a mi mismo sobre cuál había sido la circunstancia disparadora de tu sentimiento.

    —¡Vamos, dime que ha sido!

    Insisto con la esperanza que me cuentes que fue lo que te provocó. Tú generas esas sensaciones en mí a diario, varias veces, de la forma que menos te imaginas y saber que las situaciones particulares que te llevan a ese lugar me hace creer de algún modo que el juego no esté tan desparejo como pensaba.

    —No lo sé, no es algo puntual. A veces te veo haciendo tus cosas y pues…

    Me invade esa emoción indescriptible que se manifiesta en la parte posterior de mi cabeza y se dispara hacia las puntas de mis extremidades. Una reacción que sólo tu induces, la cual no puedo discernir si es amor, lujuria o la amalgama entre ambas. Mi deseo de poseerte es tal que podría arrancarte la ropa en este momento. Entretanto lo proceso, vuelves a romper el silencio.

    —Si igual en ese momento no podemos hacer nada. Y al fin y al cabo no sé si hubieras querido

    —Déjame que te confiese una cosa, siempre tengo ganas. Tu simple presencia frente a mi me llena de deseo en cada instante que te veo, siempre quiero satisfacerte. Soy tuyo y te pertenezco.

    Acaricio tu mejilla y te doy un beso nuevamente, esta vez más largo y apasionado, enredo mis dedos en tu cabello y te mantengo pegada a mi. Rozo tu cuello que siempre encontré irresistible y me acomodo dispuesto a cerrar los ojos hasta el amanecer.

    Entonces te arrodillas sobre el colchón, mirándome desde arriba mientras te quitas la camiseta y expones tus pechos. Yo permanezco acostado cara arriba cuando me descubres por completo quitando las sábanas, empujándome de nuevo a esa posición cuando intento incorporarme para luego recorrer mi torso con tus dedos, que como cargados de electricidad se aventuran para quitarme la única prenda que llevaba puesta y exhibir mi sexo a tu disposición. Propicias una suave caricia para consolidar mi rigidez y te apresuras a completar tu desnudez removiendo tus bragas con elegancia. El deseo aumenta en ambos al atestiguar nuestra piel contorneada apenas por unos escurridizos rayos de luz del tenue alumbrado público que se cuelan entre las cortinas.

    Decidida gateas hacia mi rostro y apoyas tus manos en el cabecero, pasas por encima de mí y aprisionas mi cabeza con tus muslos para colocar tu vulva sobre mi rostro. Comienzas a mecer tu pelvis adelante y atrás, haciendo que tus labios se estimulen con los míos, mientras veo desde ese ángulo en contra-picado, el balanceo de tus senos que armoniosamente acompañan tu movimiento provocando una excitación cada vez mayor.

    Uno mi lengua a la acción para aumentar el estímulo en ti y desafiar a tu clítoris en un contra movimiento. Percibes el placer en tu vagina que se dilata y humedece elevando la llama, nuestros corazones palpitan con fuerza, la frecuencia de la respiración se incrementa y la tuya se deja escuchar al mismo tiempo que ahogas la mía dentro de ti. Dejas caer el cabello en tu rostro y arqueas tu espalda en una danza de sensualidad divina y aceleras el ritmo en sincronía, mi exaltación se agudiza cómo un hormigueo en mi miembro que palpita ansiando penetrarte, pero en este momento estás en control e ignoras mi placer para utilizarme como tu juguete, concentrando tu accionar sólo en tu propio placer, pero tu dominación tiene el mismo efecto en mi que mi boca tiene en tu entrepierna.

    Comienzas a jadear y rebotar con más violencia sobre mi cara, embarras en ella un cóctel de flujo y saliva que se escurre por los lados en busca de las sábanas. Siento las leves contracciones espasmódicas que anticipan tu orgasmo hacerse presentes, agitada te mueves con intensidad, percibes las olas estimulantes que se irradian hacia todo tu cuerpo, presionas uno de tus pezones con vigor para disparar tu placer al límite, tus ojos se dan vuelta y te curvas hacia atrás. Saboreo tu ambrosía al fluir hacia mi garganta, sofocado por tu pubis que me aprisiona sin escapatoria.

    Me liberas después de un momento sin aire que percibí demasiado extenso, haciéndote a un lado y dejando los rastros de tu pasión despegándose de mis fauces. Te acurrucas en mi hombro y extiendes tu brazo sobre mi pecho, con tu dulces caricias liberas un suspiro de satisfacción en mi oído, te acurrucas junto a mi y me das tu beso de buenas noches, dejándome al borde del colapso en lo que sería el principio de una nueva noche de desvelo.

  • Mi vecina madura

    Mi vecina madura

    Me describo brevemente, mido 1,85, moreno, de pelo corto, delgado, pero fibrado y me gusta hacer deporte todo lo que mis ocupaciones me permiten. Voy al gimnasio un mínimo de un par de veces a la semana y ocasionalmente hago piscina y salgo a correr.

    Vivo en Venezuela, en una pequeña comunidad de vecinos donde la mayoría nos conocemos. Tenemos una piscina comunitaria, que es donde más vida social hacemos y durante los meses de verano me gusta aprovechar ese pequeño lujo y bajo a bañarme a menudo. Tengo que decir que, desde que llevo viviendo aquí, más de una vecina ha llamado mi atención. Por aquí han pasado mujeres muy atractivas, de todas las edades, algunas de las cuales ya se han mudado y otras siguen viviendo en la comunidad. Con varias de ellas he fantaseado en infinidad de ocasiones.

    A continuación, voy a relatar una experiencia real que tuvo lugar a comienzos del verano de 2019 con mi vecina Alicia. Entonces, ella tenía 46 años. Se divorció hace bastante tiempo y tiene un hijo. Siempre me ha llamado la atención: delgadita cuando era más joven y, con el paso de los años, ha adquirido unas curvas de infarto. Se conserva muy bien. Medirá aproximadamente 1,65, pelo castaño, media melena, aunque suele llevar coleta, bastante resultona de cara a mi parecer, muy femenina, viste a la moda. Físicamente destacaría de ella su pecho, no excesivamente grande, pero muy bien puesto; sus piernas, que son largas, potentes, pero bien torneadas; su piel blanca y tersa, que durante la estación estival adquiere un moreno muy bonito; su vientre delgado y su culo, un gran culo, en el que siempre he pensado que se podría torear. Un cuerpo hecho para el pecado que cualquier hombre desearía.

    Al parecer, desde hace algunos años tiene un novio, llamado Marcos pero, por cuestiones que desconozco, no conviven juntos. Lo sé porque en alguna vez ha venido a la piscina. Él es un tipo de trato agradable, más o menos de su misma edad, moreno y musculado. Recuerdo que una vez, durante un día muy caluroso, estando yo presente, se bañaron los dos en la piscina y pude admirar con envidia la forma que tenía de tocarla, abrazarla, besarla y amasar su cuerpo en el agua, lo que hizo que se me pusieran los dientes largos ante tan tórrido y sensual baño y pensara que, ojalá fuese yo quien estuviese en su lugar, aunque fuese sólo por una vez. Supongo que después de salir del agua ambos se pegarían su merecido festín en casa, ya que el hijo de ella se había ido de vacaciones con unos amigos.

    De siempre he tenido una buena relación con ella; no tanto mi familia, pero supongo que son las típicas fricciones que a veces ocurren entre vecinos, pues luego todo vuelve a su cauce.

    El caso es que, como iba diciendo, un sábado de abril del año pasado decidí que sería buena ocasión para aprovechar la mañana y dar una vuelta con la bici. Mi plan era salir temprano para evitar el calor de las horas centrales del día, estar 2 o tres horas pedaleando y volver a casa a la hora de la comida para, antes de comer, darme un relajante baño en la piscina.

    Serían casi las diez y media cuando bajé al trastero por la bicicleta y el casco. Yo iba vestido para la ocasión, con maillot y culotte, gafas de sol y mi bidón con agua congelada para que me durara fría toda la mañana. Los trasteros en mi comunidad están en una zona más o menos apartada del paso, en una especie de entreplanta, donde la temperatura ambiente es fresca y constante todo el año. Para acceder a ellos, hay que abrir dos puertas.

    Una vez entré al vestíbulo de los trasteros, veo que la luz estaba encendida, por lo que supuse que habría algún vecino organizando su trastero. Me dirigí hacia el mío y a la derecha pude verla a ella, que entraba y salía constantemente del pequeño habitáculo, pues estaba guardando ropa de y sacando la de verano, mientras la apilaba en cajas de cartón en el pasillo.

    Alicia: «Hola, ¿qué tal?»

    Yo: «Pues aquí, voy a aprovechar para salir a dar una vuelta con la bici y así continúo con la operación bikini», dije en tono jocoso.

    Alicia: «¡Pero qué dices, si estás genial! Se nota que estás cuadrado».

    A esa observación supongo que ayudó bastante mi ceñida indumentaria, que me hacían marcar piernas, torso y brazos.

    Yo: «Bueno, no te creas, que me cuesta trabajo mantenerme en forma».

    Alicia: «Ya veo».

    Yo: «A ti en cambio, parece que te basta y te sobra con tu genética».

    No soy de lanzar piropos y menos en frío, pero como había empezado ella, me resultó más fácil ser natural. No lo hice con ganas de provocarla, simplemente dejé que mi espontaneidad hablara por mí.

    Alicia sonrío ligeramente avergonzada. Seguro que no se esperaba que me atreviera a corresponder el piropo. Vestía una camiseta de tirantes blanca, un short beige y unas chanclas. Iba ligeramente despeinada y sin maquillar, pero igualmente me pareció que estaba guapa.

    Antes de que continuara el silencio le pregunté:

    Yo: «¿Qué estás haciendo?»

    Alicia: «Estoy haciendo limpieza en el trastero, que hacía tiempo que no me ponía. Como ves, tengo que tirar muchas cosas. Si no te importa, antes de que te vayas, ¿podrías ayudarme a coger una caja, que está muy alta y no llego?

    Fui hacia su trastero. Estaba todo lleno de cosas y apenas se podía entrar. Como pude, pasé delante de ella y, desde fuera, me señaló la caja que debía bajar. Me puse de puntillas, pero no alcanzaba. Le pregunté si tenía alguna escalera o algo a donde subirme, pero me contestó que no.

    Yo: «se me ocurre una idea para bajar la caja. Si quieres puedo sujetarte mientras la coges».

    Alicia me miró extrañada, pero la verdad es que no había muchas más opciones.

    Alicia: «hombre, la verdad es que estás fuerte y creo que puedes de sobra conmigo, pero a ver si en un mal gesto te vas a hacer daño».

    Yo: «como quieras, pero no veo otra opción».

    En ese momento, ella accedió como pudo al trastero. En el pequeño espacio en el que estábamos, de apenas 3 metros cuadrados, apenas podíamos maniobrar y estábamos muy cerca, a lo que le dije:

    Yo: «venga, me voy a poner justo debajo, para que llegues mejor».

    Alicia: «¿cómo me vas a coger?».

    Yo: «pues con que te coja con los brazos por las piernas y te alce un poco creo que será suficiente».

    Alicia: «vale».

    Se acercó a mí y la noté nerviosa. Estando tan pegados, evitaba cruzar su mirada con la mía. Me agaché un poco para cogerla y:

    Yo: «Auuupa».

    La levanté sin apenas esfuerzo. Al principio, parecía que se podía desequilibrar, pero rápidamente ella se agarró a un mueble y, con las manos, se fue dirigiendo hacia la caja que quería sacar. Mientras tanto, yo me giré, para acompañar sus movimientos. Como la caja pesaba un poco, tardó unos segundos en agarrarla. Segundos que yo disfruté manoseando aquellos muslos apretando mis manos contra ellos, con la excusa de agarrarla para que no se cayera.

    Yo: «¿lo tienes ya?».

    Alicia: «Sí, ya lo tengo, me ha costado porque pesa un poco. Ten cuidado no se te vaya a caer encima».

    Con cuidado la bajé y, una vez apoyó los pies en el suelo, decidió apoyar la caja en el suelo, cansada por el esfuerzo físico realizado. Se agachó y la colocó entre nuestros pies. Al levantarse, pudo observar la erección que me había provocado. Una erección de caballo, como casi nunca había tenido y que, debido al culotte, se me marcaba todavía más.

    Ella no sabía a dónde mirar ni qué decir, sólo acertó a exclamar:

    Alicia: «Diiiooosss»!

    Yo: «¿Qué?»

    Alicia: «Cómo que qué, no te hagas el tonto».

    Ahí fui yo el que no supo qué decir por un instante.

    Alicia: «tengo novio eh».

    Yo: «¿y qué?», le contesté en tono desafiante. «No me digas que no te gusta lo que ves».

    Alicia: «no tiene nada qué ver que me guste, pero…».

    Enseguida noté como su respiración y la mía empezaron a acelerarse.

    Yo: «Pero qué… no estamos haciendo nada malo, además aquí nadie se iba a enterar».

    Ahí noté que empezaba a envalentonarme, que tomaba la iniciativa y el control de la situación, por lo que decidí rodearla con mis brazos y atraerla hacia mí, para que notara el contacto de mi miembro entre sus piernas.

    Alicia: «¿Qué haces? ¡Estás loco!».

    Yo: «¡Sí!», dije mientras la agarraba con mis dos manos del culo y la apretaba aún más contra mí.

    En ese momento, ella inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás y abrió los ojos sobrecogida. Esa era la señal que me indicaba que se iba a dejar llevar y que iba a poder poseerla a mi antojo.

    Del mentón, la acerqué a mí y empecé a saborear sus labios. No quería que fuese algo rápido, quería recrearme en cada detalle de su anatomía y disfrutar el momento al máximo, nunca se sabe cuando la vida te va a obsequiar con algo así.

    Ella correspondía y nuestras lenguas empezaron a bailar sensuales, como si de un tango se tratara.

    Viendo que ya tenía a mi presa donde quería, solté una mano de su culo y, como pude, cerré la puerta del trastero para estar más ‘cómodos’ y para evitar que algún vecino indiscreto nos sorprendiera en plena faena. La luz del mismo era una triste bombilla y apenas iluminaba la estancia con tanto trasto que había, pero era suficiente para deleitar mi vista con su cuerpo.

    Con la puerta cerrada, la agarré de las piernas y ella las entrelazó alrededor de mi cintura. Empecé a deslizar mis labios por su cuello y lamerla todo cuanto pude. Así estuvimos un par de minutos.

    Después, la giré y la puse frente a la puerta. Ella estiró sus brazos hacia arriba, tocando con la punta de los dedos casi el marco. Mientras seguía besándola, desabroché su short. Alicia se quitó con facilidad la camiseta de tirantes. Para mi sorpresa, llevaba un bañador blanco que nunca antes le había visto lucir en la piscina. La parte de abajo era un bikini tanguero que hacía todavía más apetecible e irresistible su culo.

    Yo: «¿Y este bikini?».

    Alicia: «Es nuevo. Pero no lo bajo a la piscina porque me da vergüenza usar el tanga delante de los vecinos. Lo tenía reservado para la playa».

    Yo: «Pues lo vas a estrenar hoy a lo grande conmigo».

    Le di un sonoro azote en cada nalga y volví a ponerla frente a la puerta. Ella soltó dos pequeños gritos que ahogué enseguida tapándole la boca con mi mano derecha. Nos miramos y sonreímos en un gesto de complicidad. Me arrodillé y, mientras bajaba mis manos acariciando por sus costillas, cintura y cadera, empecé a lamer sus nalgas. Poco a poco, iba apartando la tela del tanga e iba introduciendo mi lengua. Se volvía loca. Saboreé tanto cada nalga que había formado una fina película de saliva entorno a su culo, como si fueran unas braguitas a medida.

    Antes de que cayera el tanga al suelo, volví a subir para quitarle el top. Ante mi se alzaron dos tetas preciosas y empecé a devorárselas. Me metí sus pezones en la boca, y los masajeaba con mis labios y mi lengua. Pero el hambre que tenía de comerme aquél cuerpo, que se había ido acumulando durante años, me hizo querer más. Mucho más. Sus pechos tenían el tamaño perfecto para abarcarlos casi enteros con mi boca. Primero uno y luego otro.

    En ese momento, ella quiso corresponderme y quiso agarrarme la verga, pero no se lo permití todavía.

    Yo: «todavía no, guapa. Ya tendrás tiempo. Ahora eres mía. Vas a disfrutar y cuando yo te diga podrás llevártela a la boca».

    Ella no dijo nada y se dejó hacer. Yo sabía que si dejaba que me la chupara en ese momento me correría enseguida.

    En ese momento aproveché para, por un rato, dejar sus tetas y bajar besando su vientre, recreándome en su ombligo. Mientras lo hacía, le quité el tanga. Con el en sus tobillos, bajé y puse mi cara en su monte de venus, sabedor del manjar que me iba a comer. Tenía algo de bello en su sexo, algo que me encantaba, pues era como lo había imaginado. En ese momento, mientras empezaba a comerle el coño, con su espalda apoyada en la puerta, alcé su pierna derecha por encima de mi y apoyó su muslo sobre mi hombro izquierdo. Repetí la operación con su pierna izquierda. Así, estaba totalmente sentada sobre mi mientras me deleitaba pasándole la lengua por los labios mayores, menores y el clítoris, con el que jugaba con mi dedo. Alternativamente, metía otro dedo por su coño. Se volvía loca entre jadeos y gemidos que cada vez eran más evidentes por lo sonoro de los mismos.

    Alicia: «Sigue, no pares, me encanta…».

    Yo: «Ahora viene lo mejor, prepárate».

    En ese momento, con un dedo en su clítoris, metí la lengua en su coño todo lo que pude y empecé a dar vueltas y giro con ella dentro.

    Alicia: «Aaahhh, sigueee por favor».

    Yo: «quiero que te corras en mi boca», dije mientras miraba su reacción y pude comprobar que asentía sin decir nada más, concentrándose en disfrutar de aquello.

    Chupé con frenesí aquella maravilla. En apenas un par de minutos se estaba corriendo en mi cara. Tenía todo el coño empapado y yo aprovechaba para beberme cada gota de aquél néctar de dioses.

    Alicia: «me voy, qué gusto, siii». Tuvo una corrida impresionante que hizo su cuerpo convulsionar. «Quiero chupártela, por favor», añadió.

    Yo: «Todavía no. Ahora voy a cogerte como te mereces».

    Alicia: «sí, cógeme».

    Me quité el maillot como pude, los tirantes del culotte y me dolía de lo empinada que la tenía. Por suerte mi miembro estaba bien lubricado.

    Cuando vio mi mástil, me susurró al oído:

    Alicia: «Menudo tamaño gastas, despacio por favor».

    Yo hice oídos sordos y se la metí de un plumazo y hasta el fondo.

    Alicia: «¡aaahhh cabrón! Te dije que despacio».

    Sé que en realidad lo había disfrutado tanto como yo, pues nuestros fluidos permitían que mi pene se deslizara como una máquina bien engrasada en el interior de su vagina.

    Había llegado mi momento, el que había estado esperando durante mucho tiempo. La agarré bien fuerte del culo y empecé a embestirla contra la puerta como si no hubiera un mañana. Los golpes sobre aquel pedazo de madera eran tremendos, parecía que en cualquier momento la íbamos a tirar abajo. Ella simplemente cruzó sus piernas alrededor de mi cadera y con sus brazos hizo lo propio con mi cuello, dedicándose a besarme intermitentemente entre gemidos y alaridos de placer. Alicia se había vuelto a correr un par de veces más.

    Así estuvimos durante casi diez minutos más. Cuando no pude más (no sé cómo aguanté tanto), empapados en sudor, me corrí y la llené con mi semen. La carga fue abundante. Mantuve mi pene por un par de minutos dentro de su cavidad mientras descansábamos abrazados y ya de pie junto a aquella maltrecha puerta.

    Alicia: «¡te corriste dentro cabrón!».

    Yo: «sí, ¡qué pasa! ¿Te gusta mi leche caliente dentro de ti?».

    Alicia: «Sí, me ha encantado. Nunca me habían cogido así».

    Yo: «Ya lo sé. Se notaba que te hacía falta una verga como la mía».

    Alicia: «No creas que no voy servida con la de Marcos, pero la tuya… uff que vergota cariño».

    Yo: «A mí me tienes mucho más a mano, vecina». Le dije mientras sacaba la verga de su coño, mientras mis fluidos iban saliendo de ella, empapando su pierna y formando un pequeño charco sobre el suelo. A continuación, puse su mano sobre mi pene y empezó a masturbármelo con suavidad y, rápidamente, volvió a levantarse con brío.

    Alicia: «wao, otra vez estás empalmado».

    Yo: «Sí, es que te tenía muchas ganas».

    Alicia: «¿En serio? Nunca me lo había imaginado»

    Yo: «Sí, siempre has sido mi musa».

    Alicia: «¿A que ahora sí me vas a dejar chupártela?»

    Yo: «Exacto preciosa, bájate. Quiero que te la tragues toda».

    En ese momento empezó una felación de ensueño. Con mi verga totalmente erecta en su boca me relajé de pie en la posición donde antes se encontraba ella, con la espalda pegada a la puerta. Bajé la vista y vi como aquella mujer me la comía sin cesar. Como podía, me deleitaba tocándole una teta, apretando un poco sus pezones, que los tenía tiesos. También, asomaba mi mirada al precipicio del contorno que formaba su culo en pompa. Con ese escenario, no tardaría mucho más en volverme a correr.

    Yo: «me corro Alicia».

    En ese momento se la sacó de la boca, se levantó y mientras me seguía masturbando, nos fundimos en un intenso beso. Me corrí al compás del experto movimiento de su mano, que lo frotaba contra su pubis. Una auténtica delicia.

    Desnudos, pisando aquél frío suelo de gres, entre bromas y caricias mutuas, nos quedamos de pie jugando, metiéndonos mano y besándonos por un rato. Estaba totalmente agotado. Esa hembra merecía que me exprimiera al máximo penetrándola. Yo en ese momento no sabía muy bien qué decir, solo disfrutaba el momento y esperaba que ella tomara la iniciativa.

    Alicia: «bueno, ¿qué? ¿Tú no te ibas a montar en bici».

    Yo: «sí, pero que sepas que esto no acaba aquí, que habrá más».

    Alicia: «bueno, ya veremos».

    Yo: «Habrá más y mejor y me suplicarás para que te lo dé, zorrita. Tu cuerpo ahora me pertenece y voy a darte más placer».

    Alicia: «qué creído te lo tienes ahora, con lo tímido que parecías».

    Nos vestimos y nos despedimos. Salí con cuidado de allí para que nadie nos viera, cogí mi bici y salí de los trasteros. Me temblaban las piernas, pero había hecho un sueño realidad. Ella se quedó allí ordenando las cajas.

    Cuando volví del paseo, guardé la bici en el trastero. Subí a casa y me puse el bañador. Cuando bajé a la piscina, allí estaba ella tomando el sol junto al agua. Cerca había otro matrimonio. Disimulando, pasé a su lado y, con voz calmada pero para que me escucharan los otros vecinos, le dije:

    Yo: «¿Has trabajado mucho en el trastero?»

    Alicia: «pues la verdad que no mucho».

    Yo: «no me extraña».

    Alicia se mordió el labio en aquél momento, pensando para adentro que estaba donde yo quería. Creo que el comentario pasó desapercibido para nuestros vecinos, pero aquello no evitó que ella se sonrojara, pensando si habían podido la novedosa complicidad existente entre nosotros.

    Acá les dejo mi correo por si desean escribir: [email protected]

  • La bolilla blanca iba golpeando la fortuna

    La bolilla blanca iba golpeando la fortuna

    La bolilla blanca iba golpeando la fortuna y el croupier al ver que intento acercar una ficha muy a destiempo vuelve a repetir: -no va más!

    Era verano clásicas vacaciones en la costa mar platense, solo que esta vez iba con la familia de mi tía, nuestra familia también tenía departamento y bastante cerca pero, del trabajo pedorro que tenía en ese momento me habilitaban liberarme en marzo, no coincidían ni con la de mis amigos, ni con la de mi novia, supe al pasar que mis tíos iban a Mar del Plata y aproveche la volada ya que me ahorraba pagar el viaje.

    En ese entonces tenía unos 24, 25 años no soy bueno con los números, hace años no veía a mis tíos pero no había problema, de chicos siempre las familias se juntaban y mi tío Roberto era un personaje muy particular que se jugaba un montón de dinero en el casino, a veces ganaba y otras lo fundían y como siempre de eso dependía el humor de las vacaciones marplatenses.

    Llegué a la tarde noche, a la casa de mis tíos que vivían por Palermo y al tocar el timbre me encuentro con mi prima que wow si wow que carajos le paso a mi prima estaba echa una perra pero es que wow o sea cuando no ves a alguien tanto tiempo y de pronto te sale una mujer con musculosa con un pechos tremendos y un culote apretadito y se te tira encima diciéndote lo mucho que te había extrañado, no pasaron ni milésimas de segundos en pasar por mi cabeza un maremoto de pensamientos malévolos de todo tipo que al que mismo tiempo obviamente debía disimular agarrarlos ponerlos en la caja fuerte de pandora cerrarla con cadenas y tirarla en el fondo de mi inconsciente para que no salga ningún mal porque detrás venia mi tío al grito de “cómo estas pendejo??!!! Mejor que me traigas suerte neneee!!!”

    Mi tío tendría unos 55 años era un tipo que sabía de todo y opinaba de todo era el clásico porteño de capital algo agrandado pero buen tipo.

    Al entrar mi tía una mujer muy guapa de unos 45 años que siempre tuvo una lengua muy filosa y nos dejaba con una mueca de wtf cada vez que decía algo preparaba las ultimas cosas y al verme me dio un beso en la mejilla de esos muack exagerados diciéndome nene estas enorme sos todo así me dijo mirándome de arriba abajo riéndose, las chicas de la costa van hacer fila…

    -¿No Marianaaa? -Le decía a mi prima todo con buena onda

    Mariana: Dale mama no lo jodas que lo vas a poner incomodo

    Tía: Dirigiéndose a mi ¿Decime vos tenés novia?

    Le comenté lo del trabajo

    Tía: Ah bueno igual que el boludo del novio de esta turrita ahora que se jodan la vida sigue chicos de vuelta riéndose abrazada a mi tío mira lo que son bombones se los pierden!

    Y así subimos al auto los cuatro y emprendimos el viaje, era ya de noche durante el viaje conversamos un poco de pavadas. Mi prima me dijo me vas a disculpar pero yo voy a dormir y se durmió junto a mi apoyando su cabeza en mi hombro y después termino apoyada en mis muslos, desde mi visión la veía entera y estaba in-far-tan-te tenía un culo esculpido por miguel el Ángel diría Homero… y a lo largo del viaje mi mano que estaba en su cintura tuvo sus momentos de bajar a su cola pero todas cosas muy sutiles, lo cual no impedía que estaba de la calentura que me quería coger a media costa.

    Llegamos por la mañana y había dos habitaciones, una con una cama matrimonial y otra con dos camas de una plaza.

    Nos fuimos a dormir así como estábamos y cuando me despierto era ya la tarde, abro los ojos y la veo a mi tía ordenando, le digo “Buenos días tía”.

    Y no me contesto nada y se dio vuelta y se empezó a desvestir, a lo que quede estúpido mirándola, mirando a los costados algo nervioso a lo que ella responde a mi gesto.

    -Estamos solos bebe de mami…

    Y así de una me deja ver sus tetas unas aureolas y unos pezones que mi cerebro y mi pene trataban de comprender, pero la sangre se fue solo a una cabeza y se me acercaba, si mi tía estaba hermosa la muy perra luego la veo como se saca el short de forma muy sensual debajo tenía una tanguita diminuta, moví las piernas pateándolas para sacar la sabanas con la cual estaba tapado, dejando ver como salía de mi bóxer mi pija toda parada porque si quería que la viera que mi tía viera mi verga, la hermana de mi mama que vea mi verga y le dije:

    -si veni puta!! Tu hermana te da permiso!!

    A lo que respondió con un

    -mmmm siii -subiéndose encima de mí diciéndome- te gusta la hermana de tu mami ¿mi bebe? -Mientras le agarraba del culo apretándolo y le comía las tetas mordiéndole los pezones con los labios, ella me decía- mmmm el sobrino de la tía le va dar verga? -Y agarro mi pija apretándola fuerte mirándome a los ojos me preguntó- se la vas a meter a tu tía degenerado?

    Y le dije:

    -si mami

    Y ella al gemido de “siii ahhh” se la metió en su puta concha y a los gritos y gemidos empezó a cabalgar encima de mi verga venosa, la veía moverse, sus tetas se movían como una perversión perfecta y mientras la cogía dándole embestidas, ella gemía si, “si tu tío se va enojar hijo de putaaaa, como me vas a coger así!!” Y yo le daba más fuerte y más fuerte mientras comía sus tetas ella se movía desenfrenada rápido y luego descendía la velocidad para mirarme nos mirábamos desnudos cogiendo y cogiendo y cogiendo.

  • En el aire (Fragmento 1)

    En el aire (Fragmento 1)

    El programa de radio que conducía Marta se emitía por las tardes de tres a siete. Su fama de no morderse la lengua ya le había causado en más de una ocasión alguna que otra amonestación, sobre todo de las altas esferas. Sus preguntas en materia política eran contundentes y no solía irse por los cerros de Úbeda porque hacía tiempo que había perdido la confianza en los políticos, pues en los veinte años que llevaba ejerciendo en la radio, ninguno la convenció de que estaba equivocada.

    El programa constaba de diversas temáticas: cultura, política, sociedad, literatura, ciencia, ocio, etc. Duraba cuatro horas, pero su franja laboral abarcaba desde la una hasta las ocho de la tarde. La franja horaria iba también en función de las vicisitudes acontecidas durante el día, pero disponía de flexibilidad para estructurar el contenido.

    La entrevista había sido muy tensa y recibió una llamada recriminando su conducta, advirtiéndole que fuese más precavida y que intentara no posicionarse, pero ella tenía claros sus postulados y no quería ceder ni un ápice. Por eso, y por su carisma, era quien era y estaba donde estaba. La gran audiencia con la que contaba el programa era gracias a Marta, y consideraba que, si alguien no estaba de acuerdo en su modo de conducirlo, ella no tenía ningún inconveniente en abandonarlo, en vista de que tenía ofertas tan sustanciosas o más en otras emisoras del mismo calibre.

    La entrevista a un político con el que no empatizaba y del que no lograba respuestas congruentes, y después la amonestación por haberse saltado el guion y ser tan incisiva en el interrogatorio, provocó que el día fuese exasperante y decidió irse a las siete. Sólo tenía ganas de llegar a casa y darse un baño caliente para relajarse, ponerse cómoda y acabar de leer el libro que al día siguiente tenía que comentar con el escritor invitado al programa para su presentación.

    Era hora punta y los pasajeros se agolpaban en la estación a la espera del próximo metro que ya estaba haciendo su entrada en el andén. A empujones consiguió entrar hasta el último de los viajeros, y dentro, como si de una lata de sardinas se tratase, iban ensamblándose todos como en un puzle. La situación era más que agobiante. Entre empellones y codazos, cada cual intentaba encontrar ese hueco inexistente, queriendo, en la medida de lo posible, mantener el espacio vital que toda persona necesita para sentirse cómoda, pero que, dadas las circunstancias, apenas existía, de manera que los roces se hacían inevitables.

    Al poco de iniciar la marcha el metro, Marta notó una respiración muy cerca detrás de ella y eso le causó una incomodidad añadida. Sabía que no era debido al poco espacio existente. Esa cercanía de alguien respirando en su nuca era intencionada, pero decidió no montar un numerito allí dentro y, sobre todo, quería pasar desapercibida. En la próxima estación volverían a moverse, acomodándose de nuevo para ir dejando huecos, de manera que aguantó el tipo. Notó después un ligero roce en su espalda, como una leve caricia, pero no sabía si era producto del vaivén o si realmente el individuo que se hallaba a su espalda estaba tomándose unas libertades que nadie le había otorgado. Segundos después salió de dudas al percibir una ligera, pero manifiesta presión de la hombría del desconocido en sus nalgas. Iba con una falda fina de algodón y por ello, notaba perfectamente la progresiva hinchazón del hombre tanteando el canal, primero poco a poco, como rozando, después, al comprobar que no había ninguna resistencia por su parte, presionó más impunemente, oprimiendo sus nalgas con su virilidad, y con ello percibió como su rigidez iba in crescendo hasta advertir un abultamiento inusual. Marta miraba en todas las direcciones, pero era incapaz de voltearse hacia atrás y verle el rostro para comprobar quien era el que atacaba su retaguardia. Estaba contrariada porque la situación la incomodaba e incluso la violentaba. Aun así, estaba paralizada y se sentía impotente ante el asedio de aquel sinvergüenza, no sabía muy bien por qué. Era un cruce de sentimientos discordantes.

    Fueron sucediéndose las estaciones y la gente iba entrando y saliendo. Su desvergonzado agresor no se inmutaba y permanecía adherido a su trasero como una lapa, restregándole su entrepierna y efectuando un discreto movimiento de vaivén. Marta tampoco hacía nada por intentar buscar otro hueco en el vagón, pues iban formándose algunos en cuanto entraba y salía la gente. Pasaron como seis estaciones y el desconocido no abandonaba su privilegiada ubicación. Marta empezó a transpirar. Nunca antes le había pasado una cosa semejante y se sentía abochornada, ante todo por su pasividad que ni ella misma entendía. Sólo cuando un apremiante cosquilleo espoleó su sexo entendió aquellos calores que no eran demasiado normales para la época.

    La vida sexual de Marta era sobradamente satisfactoria con su esposo. Hacían el amor dos veces por semana, en ocasiones tres, y cualquiera diría que no estaba nada mal para sus cuarenta y siete años y los cuarenta y nueve de su esposo.

    Tampoco nunca había tenido la necesidad de buscar sexo fuera del matrimonio, no le había hecho falta y, a decir verdad, había tenido numerosas ocasiones, aunque siempre las había rechazado. Ella amaba a su marido y la infidelidad no entraba dentro de su esquema de valores.

    Ahora, después de tantos años de matrimonio, sin encontrar una explicación racional a su actitud y, sin pretenderlo, se encontraba cogida a la barra de metal del pasillo del metro para no caerse, y a merced de aquel enigmático individuo que estaba estimulando sus bajos en una situación totalmente surrealista. Sus pezones quisieron perforar su camisa y sus pliegues íntimos se abrieron como los pétalos de una flor en primavera. Estaba a punto de perder la compostura sin entender muy bien por qué. Incluso hizo un movimiento de su trasero, quizás involuntario, como si pretendiese acoplarse o sentir mejor la firmeza de su agresor. Instintivo o no, aquella acción alentó a su acosador a seguir ejerciendo aquel meneo repetitivo.

    Una mujer de su posición sucumbiendo ante la ordinariez de un fulano que intentaba propasarse, acosándola sexualmente. Sin embargo, contrariamente a lo que pudiera pensarse, su respiración se aceleró, sus pulsaciones aumentaron considerablemente alentando la fantasía de que aquel fulano le levantase la falda y la poseyera allí mismo. No quería verle la cara. Se conformaba únicamente con las sensaciones, ya de por sí, notablemente estimulantes. Ni ella misma creía lo que estaba haciendo o, mejor dicho, lo que estaba dejando que le hiciera aquel sinvergüenza. Si alguien la hubiera visto y reconocido hubiese salido en todos los titulares de la mañana. Marta, la famosa y reputada locutora del programa más escuchado de las tardes dejándose manosear por un desconocido en el metro.

    Los apretones de aquel osado individuo eran cada vez más atrevidos, pero nadie parecía percatarse de lo que sucedía, y si alguien lo hizo, ella no se dio cuenta. El hombre no sentía ningún pudor por su actitud, con el riesgo de que alguien reparara en él. Tampoco lo tuvo al inicio, al no contemplar una posible reacción negativa por parte de la que era su víctima.

    Marta advertía la impunidad del hombre presionando su virilidad contra su trasero en un reiterado vaivén cada vez más rápido, como si quisiese acabar allí mismo, entonces, por los altavoces anunciaron la parada de Marta, (muy a su pesar) haciendo que bajara de aquella nube en la que flotaba. Por unos momentos, con la puerta del metro abierta, dudó qué debía hacer. Quizás la sensatez pudo más y se apeó del vagón.

    Se sintió aliviada, pero en el fondo, reconoció que aquel individuo la había excitado enormemente sin ni siquiera haberlo visto. Caminó por el andén para salir de la estación y su curiosidad hizo que volteara la cabeza para ver si la seguía, sabiendo que no había modo de reconocerlo, a no ser que manifestase alguna señal por su parte que lo identificara. Y lo cierto es que no identificó a nadie que se revelase como su posible acosador, con lo cual siguió su camino por el andén hacia la salida, pero antes de subir las escaleras se volteó una vez más para, entonces sí, observar a alguien de una edad indefinida, (entre una franja de treinta y cinco a cuarenta) que le sonreía. Automáticamente se dio la vuelta y la ensoñación de minutos antes se vino abajo diciéndose a sí misma que aquel hombre no le gustaba en absoluto. Era un poco más alto que ella, desaliñado, con una barriga cervecera que no disimulaba, y con la camisa saliéndose de los pantalones. Vestía unos tejanos, en los cuales se evidenciaba su reciente excitación y eso le confirmó que, efectivamente era él. Llevaba unas zapatillas que en sus mejores momentos habrían sido blancas, pero tenían ahora un color neutro indefinido. Sus entradas eran bastante prominentes, anunciando una calva que no se haría de esperar. En definitiva, no le vio el atractivo por ningún sitio y, por un lado, se sintió aliviada, por lo que decidió continuar su camino y olvidar aquel incidente. Pero pensando que ahí acababa aquel episodio, el hombre volvió a invadir su espacio vital y le habló al oído expresándose de una forma muy poco novelera.

    — Creo que estás cachonda, cariño, —le dijo sin tapujos y sin contemplar la evidencia de que estaba tratando con una dama exquisita y con mucha clase.

    Aquello fue demasiado para sus refinados modales. Se puso roja como el cartel de la máquina expendedora de bebidas que anunciaba “fuera de servicio”. No sabía qué hacer. Aquel personaje desaliñado y maleducado la estaba tratando con una grosería desacostumbrada para ella. Por un lado, quería mandarlo a tomar viento, pero ¿qué se había creído? —pensó— ¿que por haber permanecido pasiva en el tren iba a abrirse de piernas así, sin más? Sin embargo, aquel descarado deslenguado tenía claras sus intenciones, y ante la inacción de su víctima, se vino arriba.

    — Voy a entrar en el lavabo de señoras. Dentro de un minuto entras tú. Sólo una cosa, —le dijo acercándose a su oído—. Después tendrás que caminar como un pato durante dos días. Creo que ya sabes de qué hablo…

    El sinvergüenza se dirigió hacia la puerta portando una sonrisa de oreja a oreja y se metió sin ningún pudor en los aseos de mujeres sin tampoco importarle que hubiese alguna otra mujer en los lavabos en ese momento. Marta esperó dos largos minutos a tres metros de la puerta sin saber qué hacer. Todo aquello era como un sueño irreal, pero un sueño en el que si despertaba volvería a la realidad, y Marta no quería volver, ¿para qué negarlo? Pensó en su marido, no sabía si para irse rápidamente de allí o por los remordimientos debido a la gran locura que estaba a punto de cometer. Intentó retener el pensamiento con su esposo para que eso le ayudara a reaccionar y a huir de aquel lugar, pero no podía moverse de allí. Reparó en el riesgo que comportaba tener una aventura en aquellas circunstancias, con la amenaza de poner en peligro su reputación y su familia, si alguien la reconocía. Dentro de su mente había un gran dilema moral y, a pesar de que ese tío no le gustaba nada, logró excitarla en una situación de lo más ordinaria, haciendo que sus más firmes convicciones se tambalearan.

    Sin saber por qué, aquel trato oprobioso, le había alterado las hormonas, algo impensable hacía unas horas, sobre todo, teniendo en cuenta que a las mujeres les gusta que las traten como a reinas, y no era precisamente de esa manera como la estaba atendiendo, pero decidió echar el resto y hacer una locura a sabiendas de que se arrepentiría. Su sentido común le decía que echara a correr y su entrepierna le pedía a gritos que cruzase el umbral de aquella puerta, así que se armó de valor y la abrió. Quizás lo que dijo sobre que luego tendría que caminar dos días como un pato también tuvo algo que ver con su decisión e hizo que la imagen de su esposo se desvaneciera por un momento. Sólo esperaba que no entrase nadie, o al menos, que no los pillasen.

    Había cuatro pilas de lavabos y cuatro puertas con sus respectivas tazas de wáter. Él se asomó y le hizo un gesto para que entrase con él. Era la última de la estancia. Estaba nerviosa, pero entró decidida antes de que otra mujer irrumpiese en el lavabo y la viese. Nada más accedió a la diminuta estancia, el desconocido cerró la puerta detrás de ella y la contempló de arriba abajo complaciéndose de la mujer que tenía a su merced. Le dio un beso en la boca que a Marta le provocó cierta repugnancia. Aquel morreo le sabía a tabaco negro mezclado con brandy, y los pelos de su barba de dos días le pinchaban e irritaban su delicado cutis. El hombre siguió con el beso y descendió las manos aplicándole un magreo en sus nalgas por debajo de la falda.

    — Tienes un culazo divino, —dijo el troglodita, al tiempo que ella retrocedía e intentaba evitar su aliento en la cara mientras le hablaba.

    Marta se mantenía muy bien físicamente. Hacía spinning los lunes, miércoles y viernes de buena mañana, y algunos sábados, o bien domingos, jugaba a pádel formando pareja con su marido contra otras parejas del club. Su genética y, evidentemente, el ejercicio, habían contribuido a mantener una figura que muchas veinteañeras habrían deseado para ellas y aquel hombre se percató desde el primer momento de los excelentes atributos de su víctima.

    Estaba muy nerviosa. Era la primera vez en su vida que se lanzaba al abismo en una aventura con un desconocido, sin saber nada de él, como si fuese a hacer puenting, sabiendo que la cuerda podía romperse en cualquier momento, o quizás no habían calculado bien la longitud de dicha cuerda.

    Ni hizo algo así en su juventud, ni tampoco después. Aunque en el entorno femenino se hablaba asiduamente de echar una cana al aire, la verdad era que a ella nunca le cautivó esa idea. Amaba a su esposo y tenía cubiertas sus necesidades sexuales, por tanto, nunca se había planteado un affaire sexual. Sin embargo, allí estaba ahora, en un hediondo lavabo ante un desconocido que, más bien parecía un hombre de las cavernas y preguntándose qué coño estaba haciendo allí y si aquello merecía la pena.

    — Veo que estás casada, —le dijo al ver el anillo—. Al final no has podido resistirte a ponerle los cuernos a tu marido. Ya veo que te va la marcha.

    — ¡No me hables así! —le reprendió.

    El fulano la cogió de la barbilla haciendo caso omiso a su petición, mientras continuaba hablándole con un lenguaje de lo más vulgar.

    — No me vengas con remilgos, guapa, que se te nota a la legua que te mueres de ganas por un buen rabo, lo que me lleva a pensar que en casa no te atienden debidamente, de lo contrario no estarías aquí, ¿verdad cariño? ¿O me equivoco?

    Marta se arrepintió de haber tomado aquella decisión. Le molestaba que le hablara de aquel modo, de hecho, jamás le consintió a nadie que le faltara al respeto de ninguna de las maneras. Aquel lenguaje tan soez y ofensivo le molestaba, pero de nuevo, sin tener una explicación racional, no quería irse de allí. Estaba excitada y el paso ya estaba dado. Parecía el doctor Jekyll y míster Hyde, totalmente sumida en un torbellino de emociones contradictorias. Al mismo tiempo, las palabras de aquel singular individuo aludiendo a su infidelidad le hicieron pensar en su esposo, y los remordimientos golpearon su cabeza con contundencia. Ahora estaba segura de que aquella decisión no había sido la más acertada, en cualquier caso, la había tomado ella y deseaba mantener al margen a su esposo y, por supuesto, no quería que el hombre de cromañón le reiterase constantemente que le estaba poniendo los cuernos.

    — ¡Siéntate!, —le ordenó.

    Marta permanecía en pie y, al no reaccionar, el hombre presionó sobre sus hombros y la sentó en la pringosa taza del W.C. Dejó su bolso a un lado, intentando que no se manchara, mientras él desabrochaba sus pantalones y plantaba delante de su cara una mole casi en completa erección que escapaba a cualquier mención descrita o imaginada anteriormente. Hacía un instante pretendía dejar al margen a su esposo de aquella insensatez en la que se había aventurado, sin embargo, intentó comparar a ambos y estaba casi segura de que la herramienta de aquel sujeto doblaba en tamaño a la de su amado, si bien, hasta el momento no había tenido queja alguna y la había satisfecho plenamente. El desconocido se la cogió zarandeándola delante de su cara.

    — ¿Te gusta, guapa? ¿Crees que cubre tus expectativas? —le dijo, advirtiendo que le había causado asombro su virilidad y empezó a darle contundentes golpes en la boca y en la cara.

    — ¡Vamos, cómetela! ¡No seas tímida! ¿No era lo que querías? ¡Venga!… que te mueres de ganas.

    El olor le resultó desagradable y dudó si seguir con aquello o no, sin embargo, el desconocido no le dio opción, la cogió de la cabeza por detrás y se la encajó en la boca, provocándole cierta repulsión, por lo que hizo mención de retirarse. Por contra, su amante se lo impidió aferrando su nuca y presionándosela para que fuera engullendo el falo que pretendía abrirse paso hacia su gaznate. Entre muecas de reproche y sonidos guturales de rechazo, logró superar la línea que separaba la repulsión de la complacencia y poco después, su boca y su lengua se acostumbraron al sabor y, como no, al tamaño, consiguiendo cogerle el tranquillo con relativa rapidez. Por su parte, el cavernícola gozaba y gemía soltando toda clase de improperios a los que ella iba acostumbrándose.

    — ¡Déjalo ya o me vas a arrancar la polla, cabrona! ¡Ahora quiero follarte!

    La levantó, la apoyó bruscamente contra la pared, le levantó la falda y le bajó las bragas.

    — ¡Menudo culazo tienes! —le dijo totalmente poseído por el deseo, dándole unos cachetes en las nalgas como si comprobase su firmeza.

    Marta sabía lo que venía a continuación, le pidió que se pusiera un preservativo para penetrarla y el hombre lanzó una carcajada.

    — No tengo condones cariño. Además, no quiero que haya barreras entre nosotros.

    No le dio muchas opciones. Le palpó la raja por detrás para ver su estado, comprobando su humedad.

    — ¡Joder!, estás en celo, cariño. Pero qué casada más golfa.

    Aproximó el miembro a la entrada e inició la penetración.

    Marta sintió como entraba aquel vástago invasor y la abría en canal. La primera sensación fue que la desgarraba. A pesar de su humedad, le costaba entrar, pero tras empujar repetidas veces, penetró por completo, iniciando un martilleo de menos a más.

    El desconocido aumentó el ritmo, jadeando en cada acometida y ella disfrutaba de un sexo completamente nuevo. La cogió de las caderas y arremetió con fuerza contra ella. Sus manazas recorrían su cuerpo y, después de arrancarle el sujetador, sobó sus pechos mientras se balanceaban al ritmo de los embates. Asió su cabello como si fuesen las riendas de una yegua, acercándola con fuertes tirones en cada embestida. Cada vez arremetía con más fiereza y, con la violencia creciente de los embates, lograba levantarla del suelo. La ferocidad con la que el hombre embestía junto a sus indecorosos actos, provocaba que se sintiera muy miserable y sucia, pero, al mismo tiempo, la sensación era repelida por la que le provocaba aquel mazacote entrado y saliendo dentro de su ser. El hombre abandonó el receptáculo y ella notó un gran vacío, aunque no por mucho tiempo. Le dio la vuelta, le levantó la pierna y Marta volvió a sentir como el intruso invadía de nuevo sus entrañas. La boca de su amante buscó la suya y ella experimentó las mismas nauseas de antes por el sabor a tabaco y alcohol que aquel hombre desprendía, sin embargo, el placer que percibía a cambio en su interior, mitigaba los demás sentidos. Sus bocas se fusionaron mientras el individuo seguía en su tarea percutora y Marta, cogida a su cuello, se dejaba hacer, gozando de cada uno de los embates del cavernícola. La lengua de éste buscó el cuello y la oreja recorriendo toda el área e impregnando su desagradable olor sobre la zona.

    Cuando se cansó de la posición, se sentó en la taza mostrando su erección.

    — ¡Siéntate y cabálgame!, —le ordenó.

    La que hasta ese momento había sido una esposa y madre ejemplar, empuñó el manubrio, lo acercó y tanteó en su sexo, después fue bajando poco a poco hasta que se sintió completamente llena. A continuación, empezó a saltar sobre la estaca del extraño al ritmo que ella deseaba y la sensación del miembro incursionando en su canal fue indescriptible. Mientras disfrutaba de la cabalgada, una punzada de culpa le recordó que estaba siendo una adultera y una depravada, pero el placer, que iba in crescendo, terminaba siempre por ensombrecer su mala conciencia. Sea como fuere, ya no había marcha atrás. Hacía un rato que la sensatez había abandonado el lugar, marchándose junto a los pasajeros del metro, pero ella decidió quedarse con la imprudencia y la temeridad de abandonarse a los caprichos lujuriosos de aquel depravado. Ahora era incapaz de razonar y de evaluar las consecuencias de sus actos. El sentimiento de culpa dejó de golpearla gracias al placer que le producía saltar sobre aquel mandril, y se encontraba a las puertas del orgasmo, cuando oyó que se abría la puerta de los lavabos. Aquel hecho hizo que abandonara su burbuja y se detuvo en seco intentando que nadie se percatara de lo que ocurría en aquella última estancia, sin embargo, a su amante pareció no importarle que hubiese entrado alguien.

    — ¡Sigue moviéndote, cariño! —se quejó.

    Marta se había quedado petrificada y ahora era él quien imponía el ritmo, dada su pasividad. Estaba segura de que la mujer que estaba orinando era sabedora de lo que estaba ocurriendo detrás de la última puerta. Oyó el chorro de pis, a continuación, como cerraba la taza y tiraba la cadena, después se lavó las manos y abandonó el lugar, con lo cual, respiró aliviada y retomó la cabalgada, ahora completamente desinhibida. Notó que el orgasmo que había huido regresaba con renovadas fuerzas y gritó como nunca al correrse. Él, sabiendo que le estaba proporcionando un gran placer siguió moviéndose, escuchando sus jadeos que parecían no finalizar. Fueron treinta segundos disfrutando del clímax más salvaje que recordaba en años. No era cierto, no creía recordar ningún orgasmo semejante en su vida. Las piernas ya no respondían a sus órdenes y se quedó sin energía y sin fuerzas para seguir moviéndose en aquella posición, de modo que él la levantó y la sentó en la taza. Se puso de pie frente a ella con los pantalones bajados reclamando su atención.

    — ¡Muy bien, empléate a fondo!, —le ordenó.

    Marta se apoderó del palpitante pilón de carne, lo palpó, lo sopesó y lo acarició, disfrutando de su envergadura. Lo aferró desde la base y lo abrazó con la boca. Lo hacía despacio, acompañando con la mano mientras lo engullía. Volvió a entrar otra mujer en el lavabo y Marta detuvo aquella práctica para hacer el menor ruido posible, pero su amante no estuvo de acuerdo.

    — ¡Vamos, no pares! —le apremió.

    Y siguió en su tarea intentando ser discreta, mientras miraba hacia arriba su cara de placer.

    La mujer salió del baño, también conocedora del trasiego que había tras aquella última puerta. Él pareció querer imponer el ritmo y la cogió por detrás de la nuca, moviendo rítmicamente el miembro dentro de su boca.

    — ¡Así, guapa, sigue, no pares, cabrona!

    Ella abrió todo lo que daba de sí su boca intentando albergar la mole que, en vano, quería abrirse paso hacia su garganta. La presión y el forcejeo le provocaron arcadas, y a punto estuvo de vomitar cuando la punta rozó la campanilla. De repente, su amante extrajo el miembro de su boca y comenzó a moverlo rápidamente sobre su cara. Su cuerpo se contorsionó hacia atrás, sus piernas se doblaron ligeramente y su cara se desencajó anunciando el inminente orgasmo que la pilló desprevenida, dando un grito del sobresalto cuando el líquido se estrelló en su rostro. Nunca había visto nada semejante. Tras esa primera descarga que le bañó completamente la cara y casi le saca un ojo, vino otra, y otra, y otra, y así sucesivamente hasta hacerle pensar a Marta que aquello no acababa nunca, pero gradualmente, las andanadas perdieron intensidad hasta que remitió la desproporcionada corrida, dejando su cuerpo embadurnado de pies a cabeza.

    —Mira como me has puesto. ¿Ahora qué hago yo? —le preguntó haciendo aspavientos con las manos, intentando sacudirse todo aquel pringue y sin saber cómo iba a limpiarse.

    — ¡Empieza por dejármela reluciente, guarra! —le ordenó poniéndosela en la boca de nuevo.

    Marta se sintió contrariada por todo lo que acababa de pasar. Después de la euforia vino la calma y ahora le mortificaba el paso que había dado hacia el vicio y la indecencia. Ya no veía de igual modo aquel trato tan grosero, pero al neandertal parecía importarle poco como podía sentirse después de haber sido una adultera. Lo inquietante no era sólo haber dado el perverso paso, sino haberlo disfrutado tanto.

    El hombre recogió con su miembro el líquido de su precioso rostro y lo depositó en su boca, obligándola a tragárselo ante la reticencia de Marta.

    Hasta ese momento había sido impensable tragarse la sustancia viscosa y amarga. Nunca lo había hecho anteriormente. Le gustaba que su esposo eyaculara en sus pechos, en contadas ocasiones lo hacía en la cara y en la boca, ahora bien, cuando eso ocurría, lo escupía porque le daba aprensión paladear el nauseabundo caldo. Ahora, el cavernícola la estaba obligando a tragarse su simiente y, después de manifestar su repulsa se limpió la cara, los labios y la lengua con papel higiénico. Él la miró mientras se subía los pantalones y guardaba su miembro, sonriendo de satisfacción.

    Marta permanecía sentada en la taza y su desaliñado amante ya estaba a punto de marcharse, pero antes sacó una arrugada tarjeta de su cartera donde aparecía su número de teléfono, la dirección de una página web, junto a los servicios de reparaciones en general.

    — ¡Toma cariño! Cuando necesites que te den caña, llámame. Si tu marido no te atiende debidamente, ya sabes… La próxima vez te romperé el culo… Por cierto, me llamo Oscar, —se presentó dándole la mano y esperando que ella le dijera su nombre.

    — Marta, —dijo sentada en la taza, totalmente desaliñada, sin bragas, con los pechos fuera, y completamente impregnada del espeso líquido.

    — Hasta pronto Marta. Ha sido un placer… Espero que me llames. —Se despidió guiñándole un ojo como si aquello fuese lo más normal del mundo y desapareció dejándola allí sentada, rebosante de esperma, sin saber qué hacer y con una arrugada tarjeta en la mano que metió en su bolso. Se preguntó si tendría por costumbre abordar a mujeres en el metro o aquella era la primera vez.

    Utilizó todo el papel higiénico que había, junto con los otros tres rollos que se hallaban en las otras estancias. Después se lavó con agua el pelo y los restos de su cuerpo. Intentó quitar con ella la suciedad de la falda y la camisa. Finalmente, de un modo u otro, seguía empapada, y con el papel higiénico fue absolutamente imposible secarse.

    Cuando estuvo un poco decente —si es que eso era posible—, abrió la puerta confiando en que nadie se percatase de su aspecto, cosa harto imposible y, sobre todo, rogaba para que nadie la reconociera.

    El morbo y la curiosidad hicieron que una de las mujeres que había irrumpido anteriormente en los aseos esperase afuera para ver quien había tras aquella puerta. Bajó la cabeza para ocultar su rostro y aquella fisgona mujer no dejó de mirarla hasta que se fue del lugar, como también se suponía que habría visto al hombre que salió por la misma puerta y abandonó el lugar antes que ella.

    Mucha gente se fijó en su ropa empapada, pero no sabían a qué era debida aquella humedad. Cuando salió a la calle un bofetón de aire frío le sacudió el cuerpo y temió resfriarse. Se fue todo lo rápido que sus tacones le permitieron hacia casa, confiando en que al entrar pudiese ir directamente al baño sin tener que dar explicaciones incoherentes.

    Su marido todavía no había llegado y su hija era la única que estaba en casa en ese momento y afortunadamente se encontraba en su habitación hablando por teléfono, con lo cual, con un saludo a distancia se metió en el baño y camufló la insólita hazaña.

  • Olor moreno

    Olor moreno

    En ese entonces, yo tenía 26 años y estaba casado. Tú, más joven, trabajabas de sirvienta con mi mamá. A esa edad todas las mujeres son bonitas, pero a algunas se les nota lo putas, como en tu caso. Cuando tenías oportunidad pasabas junto a mí y me pegabas tus lindas nalgas, eso era infaltable al encontrarme en un pasillo estrecho o en la cocina, de pie pegado a la pared y pasabas entre la mesa y yo, aunque hubiese un paso libre del otro lado. Una vez escuché que mi mamá le decía a mi hermana “Ésta anda arrastrando la cobija para ver quién se la pisa”, seguramente porque tu comportamiento era similar con todos.

    Se dio la oportunidad de rentar una casa frente a la de mi mamá, pero antes de mudarme completamente tuve que pintar y empapelar las recámaras. Te pedí ayuda y acudiste.

    Me ayudabas a empapelar mi recámara. Llevábamos media hora de trabajo y tu olor ya estaba saturando la pieza; al aspirar tus deseos se dispararon los míos… Te abracé por detrás, percibiendo en ti satisfacción en lugar de sorpresa. Dejaste la brocha y te volteaste hacia mí —radiante— para besarme. Inmediatamente comencé a desvestirte; tú hiciste lo mismo conmigo. No supimos dónde quedó nuestra ropa. Los besos y caricias llovieron sobre nuestros cuerpos.

    En la ascendencia de nuestra lujuria, de pronto y sin apenas darnos cuenta, nos encontramos disfrutando de la posición numeral que nos obligó a paladear el sexo. Tu boca me aprisionó para que tu lengua jugueteara; tu sabor no me pareció desconocido, mi olfato no me había engañado, y supe entonces qué había provocado mi pasión. Probé tus deseos convertidos en flujo, sustancia que manaba al ritmo en que mi lengua completaba los ciclos de su navegar entre tus labios, subir sobre la cúspide del turgente clítoris y sumergirse en la profundidad de tus húmedas paredes.

    Tú seguías, también, con lengua atareada y ser gozoso, succionando desenfrenadamente mi conciencia. Repentinamente, tuve que apartarme al sentir todo mi ser dentro de tu boca… se oyó el chasquido de un chupetón, te quedaste «de a seis», inmóvil y sorprendida por la manera tan brusca en que me aparté. Me reincorporé; viste mi mueca de gozo y sonreíste. Nos abrazamos y, mientras mi boca te entregaba el sabor del néctar recogido de tu cuerpo, te penetré. Tu fuego se transformó en danza, y un instante antes de que el movimiento de tus caderas lograra hacerme perder de nuevo la razón pude apartarme; pero el frenético abrazo en el que me envolvías hizo rodar nuestros cuerpos permitiendo regar mi semilla sobre el negro de tu suave monte.

    Ciertamente, deseabas que continuara dentro de la calidez cuya entrada guardaban tus piernas pues tomaste mi miembro para dirigirlo hacia el fondo de tu vulva. El tacto te dio cuenta de lo que había pasado. Tu sonrisa creció, exprimiste con fuerza para extraer lo que aún faltaba. Cambiaste la mano hacia tu cuerpo y extendiste el producto de mi satisfacción en la suave piel morena de tu vientre.

    Descansamos un rato. Después buscamos nuestra ropa; la recogimos, pero yo acopié todas las prendas; con amorosa suavidad y lentitud vestí tu cuerpo, besando cada zona morena antes de cubrirla; al concluir acaricié tu cabello y besé tu rostro que continuaba irradiando una feliz sonrisa. El sudor que aún no se evaporaba lo enjugaste con caricias; aspiraste nuestro olor sobre mi pecho, antes de vestirme con gran delicadeza.

    Continuamos empapelando silenciosamente, ya que bastaba un beso, una caricia y tu sonrisa para armonizar las acciones necesarias del trabajo…

    Al día siguiente, antes de poner tapiz a lo que restaba de la casa, apenas preparamos materiales e instrumentos, iniciamos con la sesión de besos, caricias y amor arrebatado. Una vez satisfechos, colocar el papel fue una tarea sumamente fácil y agradable.

    En otra ocasión en que llegué a la casa de mi mamá y ella no estaba me dijiste “Pásele, le conviene…” mostrando una carita de puta arrecha. ¡Claro que pasé! y de inmediato entramos a la acción.

    –¿Quién fue el primero que te cogió? –te pregunté mientras me mamabas la verga.

    –Eso es algo privado –me contestaste después de que se oyó el chasquido del chupete.

    –Dime, pues coges muy bonito.

    –Fue un señor… –contestaste y te volviste a meter la verga en la boca, dando por terminado ese punto.

    Siempre te dejabas manosear y con una sonrisa asentías esperando que continuara más allá.

    Durante más de un año disfrutamos furtivos y rápidos encuentros. Todos ellos inundados por la presencia de tu sonrisa, la cual aún en mi mente sigue radiante.

  • Un día en mi castillo

    Un día en mi castillo

    Estimado lectores y lectoras todos necesitamos un lugar, un castillo donde sentirnos amos y señores, un lugar donde cerrar los ojos, mirar en nuestro interior y finalmente escoger si queremos subir a la atalaya más alta o bajar a la mazmorra. Olvidemos los roles, olvidemos a los dueños y también a las sumisas, ahora de lo que estamos hablando es de descubrir que es lo que necesitamos realmente. Todos sabemos que tenemos algo pendiente, pero no sabemos que es. Solo sabemos que nos quema el alma, tan solo eso. Duele ¿verdad?

    Mi castillo está aquí. Si quieres gritar, yo te haré gritar. Si te asusta el dolor, no sentirás dolor. No es necesario nada que no quieras que suceda porque en mi mente lo importante es saber dónde quieres llegar, no hacerlo. Podrás estar arrodillada sin hacer nada, podrás después irte sin que nadie te lo impida, pero ese acto te demostrará si en realidad quieres entrar al castillo o todo forma parte de una fantasía que te impide dormir por las noches. El único enemigo eres tú misma, aquí nadie corre peligro. Pero eso ya lo sabias.

    No importa si eres joven o mayor, alta o baja, delgada o gorda, morena o rubia. En mi castillo eso no importa, es de noche y no hay antorchas. Cuando entres al castillo todo estará a oscuras, cuando te vayas no habrás visto nada y nadie te habrá visto. Ese es el secreto del castillo. Tu identidad, tu vergüenza y tu cobardía están a salvo. No importa lo que suceda porque tan solo sucederá lo que desees.

    Hace mucho tiempo tú viniste al castillo, desconocía como eres o qué edad tienes, solo sabía tu nombre y a que te dedicabas. Nunca podría reconocerte por la calle. Apenas escuché un susurro de tu voz. Tengo trozos de ti, trozos tan pequeños que nunca podría construir un rompecabezas, aunque fuese el mejor jugador del mundo.

    Supe de ti a través de un comunicado que me enviaste, en el decías que querías abrir las puertas y entrar en mi castillo. Te di mi dirección y te dije que vinieses un día. Así de rápido ha de suceder, sin darte tiempo a pensarlo más. Si me has escrito un correo debo entender que es lo que deseas. No tenemos edad para juegos.

    Ese mismo día y a las doce en punto llamaste a mi puerta, yo te abrí. Todo estaba en penumbra, aunque percibí un agradable olor a perfume. Puse mi mano en tu hombro y te dirigí hacia mi comedor procurando que no tropezases con nada. Yo conozco mi castillo aun en la oscuridad. Olías a rosas y tu estatura era mediana, no sabía más.

    En el comedor me senté en el sofá y te dejé en medio del salón, en penumbra. De pie. Sin más referencia que unas sombras –nosotros mismos- que la tenue luz del ventanal dibujaba contra la pared. Te escuchaba respirar con dificultad. Después un solo susurro.

    -No sé porque diablos estoy haciendo esto –dijiste en voz casi imperceptible.

    Yo conseguí escucharte y descifrar tu angustia. Mis sentidos se agudizan en la oscuridad de mi castillo. Tu anonimato se pierde mínimamente gracias a mis sentidos educados para descubrir por qué diablos estás haciendo eso. Pero, aunque mis sentidos están educados nunca podré resolver el puzle entero. Eso te pone a salvo. En eso consiste el juego.

    Después te diste la vuelta y te fuiste. Cuando escuché la puerta cerrarse yo continuaba sentado en mi sofá, a oscuras. No encendí la luz. No estaba desilusionado, tampoco decepcionado. Sabía lo que te había costado entrar en el castillo y tomar esa decisión ya era más que suficiente. Ahora sabias que eras capaz de entrar.

    Al día siguiente volví a recibir otro mensaje tuyo.

    -«Esta medianoche volveré».

    En efecto, volviste, quizás con diferente ropa, pero con el mismo perfume. Volviste a hacer lo mismo y te volviste a ir. Ni si quiera te toque. Así sucedió durante las siguientes cuatro medianoches. Yo no esperaba más de ti. Sabía que tarde o temprano abrirías la siguiente puerta. Las puertas del castillo son pesadas y difíciles de abrir, lo sé. Son de roble macizo con bisagras de acero forjado, grandes y pesadas. Como toda puerta de castillo que se precie. Traspasarlas es difícil, de ahí su magnificencia, si fuesen livianas todos podrían traspasarlas y nadie valoraría la dificultad de entrar en el castillo. Ni tan solo mis enemigos.

    La cuarta medianoche te arrodillaste y me pediste que te castigase por hacerme perder el tiempo. Lo hice… pero no por hacerme perder el tiempo, tú no me habías hecho perder el tiempo. Te castigué por puro placer, para escuchar tu respiración después de un primer azote en ese culo. Incluso dar un golpe con la mano en el culo a una persona en la oscuridad requiere de cierta técnica o caerías en el patetismo de abofetear el aire. Después rompiste a llorar. He visto cientos de veces esos llantos que ahora estaba escuchando. Imaginé tu rostro anónimo lleno lágrimas. Un llanto que no surge del momento, ni tan solo del dolor. Solo es un resumen de tantas tardes de angustia, noches de insomnio y mediodía repletos de dudas. Nadie te comprende, no puedes hablar con nadie. Llevas demasiados años callándote cuando necesitas gritar. Por eso ahora rompes a llorar.

    Después me bajé los pantalones y metí mi miembro en tu boca. Tú comenzaste a hacer tu trabajo. Sin más. No lo hacías bien pero tampoco mal. No importaba eso ahora, simplemente te estaba ayudando a bajar las escaleras del castillo. Directos a la mazmorra que tenía tu nombre grabado en la puerta. Tu boca se ceñía al contorno de mi pene con dificultad, estabas demasiado nerviosa para conseguir más. No utilizabas la lengua y tus manos estaban posiblemente apoyadas en tus piernas cuando tendrían que estar jugando con mi pene. No importaba. No lo hacía para conseguir placer de ti. Era mucho más que todo eso. Ambos lo sabemos y posiblemente muchos lectores también lo sepan.

    Al cabo de cinco minutos ya estabas desnuda, tirada en el sofá y yo, tu amo, haciendo de ti lo que quería. Tus nalgas rojas de azotes, tus pechos con pequeñas marcas de mis dientes, tu sexo latiendo y húmedo, tu respiración entre cortada y sin poder decir que querías más, tus ojos lo decían todo. Cada vez que el roce de mis dedos pasaba por tu cuero tu piel se ponía de gallina. No quiero penetrarte, solo que fantasees con la idea de tener a tu señor destrozando tus entrañas.

    Al día siguiente no supe de ti, tampoco después. Solo sé que te gusto bajar a los infiernos de mi mano. Pero tú no eras como otras personas a las que hice descender, bajando hasta las mazmorras más sucias y oscuras de su personalidad. Descubriendo aquello que se negaron durante años.

    El castillo sigue aquí, con las mismas y pesadas puertas. Yo sigo detrás. Sé que no volverás, tampoco estoy esperándote. Simplemente espero noticias tuyas, diciéndome que quiere traspasar las puertas del castillo. Y recuerda, mientras tú seas un cachito de cielo en la tierra yo seré el diablo que te acompañará siempre.

    Espero les haya gustado. Dejen valoración y si gustan, un comentario, se acepta.

  • Trío de mi mujer y un matrimonio bien guarro

    Trío de mi mujer y un matrimonio bien guarro

    Como les adelanté en el anterior relato, la siguiente aventura de mi mujer iba a ser, acostarse con una mujer bisexual activa y su marido, yo solo iba a asistir como espectador e iba a oficiar como una especie de sirviente, ya que Laura los invitó a casa y yo tendría que atenderlos y servirles lo que necesiten como buen anfitrión.

    Una noche de viernes fue la pactada y vinieron directo a casa después de haber intercambiado fotos de las chicas desnudas y haberlos visto a ambos por video llamadas.

    Los recibí yo y los hice pasar, las chicas se sentaron a conversar un poco mientras les serví unos tragos para ir entonándose, el tipo hablaba con ellas y yo no encajaba mucho, como no iba a participar era como que estaba de más, pero estaba arreglado que yo iba a ver todo lo que hacían, Lau así se sentía más segura.

    En un momento que salí para buscar más bebidas, Laura y Alejandra estaban comiéndose las bocas era hermoso verlas chuponearse, Óscar que era el marido, se empezó a sacar la ropa y enseguida quedó en pelotas, era un poco gordito, tenía pancita de hombre casado de 60 años, tenía una pija digamos normal 15 o 16 x 3.5 o 4, buena medida para no sufrir, si la sabe usar bien puede dar mucho placer a cualquier mujer.

    La verdad cuando lo vi, lo primero que pensé que era un candidato para que mi mujer entregue la cola si la saben llevar.

    Alejandra que parecía tener experiencia en manejar este tipo de situaciones con mujeres novatas, y Lau lo era en cuestión de estar con otra mujer, mientras se besaban le desprendió el cierre del vestido y la dejó desnuda en segundos, como siempre para estas ocasiones, mi amada mujer no llevaba ropa interior, y rápidamente quedaron sus tetas y conchita a la vista, y dijo…

    -Mira Oscar que tetas hermosas, tiene unos pezones increíbles, son divinos.

    El tipo se paró frente a mí mujer y le pellizcó levemente los timbres duritos, como si se los estuviera probando, mientras Alejandra lamía su cuello y metía la mano entre las piernas de Lau que cerró los ojos y jadeando se dejó manosear, escuche que Ale le pidió que le chupe la pija al marido, mientras la pajeaba y tocaba su clítoris, a Laura se le agitó muchísimo la respiración y empezó a emitir grititos, y gemidos, Óscar le estaba apretando un poquito más fuerte los pezoncitos y le puso la pija pegada a la boca para que se la chupe, Alejandra le dijo al oído ..

    -hacelo nena, quiero ver la pija de mi marido en tu boca, tenés unos labios divinos, como me gusta esta mujer.

    Laurita sacó la lengua y se la lamió como un helado, él se levantó la pija y le mostró los huevos y le dijo que se los bese, cosa que mi mujer hizo sin dudar.

    Enseguida Alejandra se arrodilló en el piso entre las piernas de mi mujer y hundió su boca en los labios vaginales de Lau, Óscar le metió la pija en la boca y le tironeaba las tetas, gritó y casi lloró del placer, la estaban manoseando como yo nunca había visto, no había estado con dos personas juntas nunca (creo) y lo estaba disfrutando a full.

    Alejandra me miró y me mostró dos dedos juntos y me dijo:

    – mirá como se los meto a tu mujer.

    Vi como esos dos dedos se hundían en la conchita de Laura que no dejaba de gemir.

    -Ay por Dios que me están haciendo por favor papi, me vuelven loca.

    Óscar le había sacado la pija de la boca y se había inclinado para tocarle el culo y meterle un dedo, ella ya no sabía de donde ni de quien venía cada manoseo, entonces Alejandra le dijo…

    -Te gusta mami, sos preciosa, nos gustas mucho, te vamos a coger bien rico mamita, vení enséñanos donde está tu cama que te queremos hacer de todo, linda.

    Se pusieron de pie y caminaron hacia el dormitorio, Lau no sabía ni cómo llegar, le faltaba estabilidad, la agarré yo de una mano y la llevé a nuestro cuarto, cayó en la cama casi habiendo perdido la razón, Alejandra le chupo la concha como pocas veces yo vi a una mujer chupársela a otra y Óscar le volvió a meter la pija en la boca , ella se la chupaba pero creo que no sabía ni lo que hacía, estaba entregadísima, no podía razonar de la calentura que tenía, Ale la dio vuelta y le dijo al marido…

    -mira que culo hermoso tiene, está rico para comérselo, me encantaría ver como se lo coges.

    Enseguida le separó las nalgas y le chupo el ano, Lau gritó sin saber quién era el que le metía la lengua en el culito.

    -Ay por favor que me hacen, hijos de puta que placer, me vuelven loca, por favor quiero que me cojan, basta no puedo más por Dios.

    Óscar ni corto ni perezoso, se puso rapidísimo un condón mientras la mujer seguía chupando el orto de mi mujer y no permitía que razone, yo sabía que ella no quería que le hagan la cola, pero no podía intervenir y ponerme en cuida, al fin al cabo no le estaban haciendo daño, solo le iban a echar un polvo en el ojete.

    Entonces Óscar se calzó el forro y se subió encima de mi mujercita y antes de que ella reaccione se la puso, Laura gritó…

    -no por Dios que hacen, la cola no, no seas guacha.

    Le dijo a Alejandra creyendo quizás que era ella con un consolador de cintura que nos había dicho que iba a traer.

    -es mi marido hermosa, te está haciendo la colita, vos pedías a gritos que te coja bebé, gozala amor que es un maestro cogiendo culitos, a mi me hace gozar muchísimo, cuando termine yo te hago la conchita con un aparato que tengo.

    El tipo le pegó una cogida terrible, no le hizo doler, porque como les conté, no tenía una verga grande y además era un maestro, la hizo gozar como loca, de vez en cuando ella se acordaba que yo estaba viendo todo y me miraba sonriendo, unos minutos después Óscar avisó gritando que estaba por acabar, y le pego una cabalgada con fuerza al orto de mi mujer, ella quedó rendida, pero Alejandra quería más.

    Se puso un cinturonga y se la cogió mientras le chupaba las tetas, Laurita empezó a gritar porque todavía no había acabado y estaba que volaba de la calentura, entonces Óscar me dijo

    -Mira como mi mujer se voltea a la tuya, son dos divinas, te felicito, que lindo culo tiene Laura y que linda puta es, no hay nada más hermoso que ver dos putitas cogiendo.

    Después de un buen rato en el que Alejandra le dio duro a mi mujer, faltaba el postre, mientras Laurita recibía esa vergota de plástico en la conchita, Óscar se acomodó cerca muy cerca, le tomó la cabeza con una mano y la guio hasta su pija y le dijo…

    -chupame la pija mami, que te vamos a coger un rato más.

    el tipo en el tiempo que su mujer le daba caña a la mía, se repuso y estaba listo para echarse otro polvo y por supuesto se lo iba a echar a Lau, no iba a querer cogerse a su mujer, así que le metió la pija en la boca y se la hizo chupar otra vez, entonces se le puso redura de nuevo y se acostó a su lado boca para arriba, Alejandra que ya conocía esa rutina, ayudo a Laura a reincorporarse y la hicieron montarse encima de Óscar, la acomodaron a caballito del tipo y despacito le hicieron comer la verga con la vagina, ella gimió de placer y dijo…

    -Ay qué lindo que dulces son, son dos divinos los amo, como me cogen por Dios, no van a parar de cogerme, me van a destruir.

    Alejandra tomándola de las caderas la hacía cabalgar sobre el marido, para que su verga le entre toda, mi mujer estaba sintiendo hasta los huevos de ese hombre y no dejaba de gemir y dar grititos mientras la hacían bajar y subir ininterrumpidamente, el tipo le tenía estirados los pezones, entonces Alejandra empezó a manosearle el agujerito del culo, Lau me miró desesperada como pidiéndome ayuda y sabiendo lo que estaban por hacerle comenzó a gritar que no lo hagan, pero no la escucharon…

    -No por favor nena, ¿qué vas a hacer? por Dios te lo pido, no lo hagas guacha, no seas turra, eso es enorme, que querés de mi te odio te odio.

    Ellos sabían que no era cierto lo que decía, la calentura y saber que la estaban por culear de nuevo, pero ahora con esa poronga plástica que no era precisamente muy chica, le hacían decir todo eso y Alejandra estaba decidida a hacerle la cola y que se coma las dos pijas juntas.

    -Vamos nena, si te morís de ganas de tener tus dos cositas llenas, no hay carne para las dos, pero yo te voy a hacer sentir como si dos tipos te estuviesen cogiendo, si querés te puedo traer un amigo que me coge a veces para que te la de con mi marido.

    Le abrió bien el agujero trasero jugando con sus dedos, y a continuación esa poronga artificial entró lenta pero casi completa en su culito, al sentirse penetrada, mi putita arqueó su espalda como dándole espacio a esa cosa que parecía atravesarla y pegó un grito de dolor y placer, al mismo tiempo que Óscar seguía dándole fuerte desde abajo en su conchita.

    Mi mujer sentía como el tipo le tironeaba los pezones mientras tenía la verga ensartada hasta los huevos y el falo de Ale penetrándola sin piedad, los gritos de placer de mi mujer no los olvidaré en mi vida, al fin se comió una doble penetración anal y vaginal, sé que gozó como una perra y seguramente esto la incentivará para hacerlo con dos hombres, veremos si acepta hacerlo con el amigo de Alejandra o también con el amante Daniel y su amigo, o me va a pedir que le busque dos tipos que la vengan a coger a casa, porque seguro que va a sentirse más segura en casa y conmigo presente.

    Continuará…

    Espero que les haya gustado y pueden dejar un comentario aquí o escribirme a mi correo [email protected].

    Besos a todos mis lectores.

  • Jacqueline: la coqueta y erótica Jacqueline (Parte 5)

    Jacqueline: la coqueta y erótica Jacqueline (Parte 5)

    Cuando comencé este relato describí a Jacqueline como una chica “calienta huevos”, y si han leído las previas cuatro partes, también comparo esas salidas a almorzar con Jacqueline como ir a un club erótico para caballeros.  Lo intenso con esta chica era que ella te lo hacía vivir en un ambiente del cual uno no se espera ese tipo de comportamiento… y eso era el morbo de esta bella y coqueta chica, eso era lo que la motivaba.

    Habían pasado siete meses viviendo intensamente este tipo de experiencia con Jacqueline. Me había permitido verla desnuda, había besado ligeramente sus pezones y su sexo, había también brevemente tocado su sexo y sentir su clítoris, pero todo se reducía a eso, a esos besos intensos donde Jacqueline me insinuaba más que solo eso con su lengua, pero no pasábamos a esa fase de consumar una relación sexual. Y como dije, quizá no la empujaba porque podía desahogar aquellas presiones acumuladas con chicas tan lindas y bellas como la misma Jacqueline. Quizá continuaba con ella, con ese juego sin frustrarme, pues creo que me gustaba la sorpresa y su coquetería.

    A Jacqueline le gustaba provocar, le gustaba dejarte ardiendo los testículos por el deseo y ella continuó con esas visitas sorpresivas a mi oficina que regularmente se daban ya para salir en horas de la tarde, pero no siempre era el mismo día. Me gustaba verla con esos pantalones sueltos y de tela donde se le marcaban los pliegues de su ropa interior y uno podía descubrir si llevaba tangas, bikini, o calzones tipo hípster o cacheteros. Por ese tiempo ya no pedía a recepción audiencia, ella pasaba directamente a la oficina y llegaba a jugar ese juego que creo le causaba grande morbo.

    El juego consistía en que ella me besaba subiéndose por sobre la silla de mi escritorio, era algo incómodo, pero esta chica a esa edad tenía la flexibilidad para acomodarse sobre mí. En este caso me gustaba que llevara vestidos o faldas, pues tenía su sexo a solo una membrana de tela. Nos besamos y yo debería tener mis manos por sobre el brazo de la silla sin intentar de tomarla del trasero. Si ella podía sentir mi erección, interrumpía todo aquel ambiente. Aguantaba los besos en la boca y controlaba mi erección, pero era casi imposible cuando Jacqueline comenzaba a besar mi cuello. Ella me lo anunciaba: -El señor Zena se me está excitando.

    Lo mismo me hacía cuando se sentaba en mis piernas vistiendo todos aquellos atuendos provocativos. La mayoría de sus vestidos era de un muy abierto escote, pues sabía el armamento que tenía. Era hasta donde podía mamar, todo lo que daba el escote pues eran las reglas que Jacqueline ponía. Por esos días siempre quise llegar de nuevo a su sexo, quería sentir esa cueva ardiente y masturbarla, pero solo me dejaba masajear sus bonitas piernas y de vez en cuando masajear su lindo y pronunciado trasero. No insistía mucho, pues también entendía que estaba en mi oficina y aunque tenía llave, tampoco sentía la libertad de traspasar las reglas que Jacqueline había hecho claras: No significa No y si me quedo callada significa Si. Eran sencillas.

    Tampoco Jacqueline intentaba tocarme el sexo con sus manos, se mantenía sintiendo mis erecciones sobre la tela de mis pantalones ya sea chocando y friccionándolo con su conchita o con su hermoso trasero. Lo único que me decía con su voz melosa y coqueta eran frases que hacían subir el volumen de la erección: ¿Es mía esa cosita? O… ¡Algún día me la voy a comer a morir! -No le insistía, ni la empujaba pues para mi era su juego a desesperarme, pero todo cambió cuando conoció a mi secretaria y quien en ese momento no era una amenaza o competencia, pues Karina era conocido por todos que era lesbiana, pero esta chica tenía todo lo que un hombre busca en una mujer, un lindo rostro, hermoso cuerpo, y al igual que Jacqueline, unos pechos como si se los habían mandado hacer y un culo redondo con unas líneas que a cualquiera hacen fantasear. Años después viví con Karina como pareja y he narrado esa experiencia en un relato que titulé: Karina el segundo encule de mi vida.

    Un buen día que habíamos quedado a salir a cenar, durante la cena me llevó una bolsa de regalo, el cual me dijo que descubriera mientras comíamos algunos aperitivos. Al principio pensé que se trataban de ropa interior para mujer, pero luego descubrí que eran tres calzoncillos de diferentes tonos pasteles. Uno era beige, naranja y un azul pálido. Calzoncillos estilo bikini y de una tela parecida al de las pantimedias que usa una mujer. Obviamente no cubrían mucho, eran traslucientes y Jacqueline me dijo de una manera muy sugestiva que deseaba verme esa noche vistiendo uno de esos. Pensé que nos íbamos a ir por allí, estacionándonos por alguna calle oscura o quizá me iba a poner el reto de desvestirme en el mismo restaurante. No sabía que esperar de ella. Tuvimos una cena agradable y sin muchas emociones y luego ella me dijo:

    -¿Quieres pasar a mi condominio?

    -¿Y tu marido?

    -Tony, ya te he dicho que no traigas a nuestras platicas a mi marido… si yo digo algo o te invito a algo, no me lo cuestiones… sé lo que hago. ¿Gustas venir? ¡Mira que nunca he invitado a nadie a venir a mi casa!

    -Está bien. -le contesté.

    Como Jacqueline siempre conducía, nos fuimos directo a su condominio. Era una zona exclusiva de clase media alta de la ciudad y siempre me pasaba el mismo cuestionamiento por la cabeza: -Su marido debe de hacer buen dinero para que se de los lujos y pueda vivir de esta manera. – Descubrí un condominio con una antesala y una sala bastante amplia. Tenía tres habitaciones, dos baños y amplio comedor donde tenía una pequeña cantina. Entré realmente con cierta tensión, pues eso que ella controlaba todo, no me venía de nada confortable, pues un marido celoso en cualquier momento puede sorprender. También descubrí que en aquel lugar que Jacqueline llamaba casa, solo pude ver fotos de su hija, la que ella llamó hermana, su madre y otros familiares. No vi una tan solo foto de Jacqueline con alguien que pudiera ser su marido. No le pregunté nada… desde ese día había quedado más que claro que no debería cuestionar nada en relación con este.

    Me sirvió un coctel y Jacqueline sabía de mis gustos y tenía una botella de Chivas Regal. Nos tomamos una copa más, aunque Jacqueline nunca tomaba este tipo de licor, lo de ella eran los vinos finos y de preferencia eran los oscuros como el merlot. Ese día llevaba puesto un pantalón color café con una blusa de tono pastel rosa. Se miraba juvenil y sensual, pues a través de aquella tela se podía ver esa marca que le ceñía una pequeña tanga. Me dijo que se acomodaría y minutos después salió vistiendo un pantalón corto de esos que te dejan ver los cachetes de sus pronunciadas nalgas. Llevaba una camiseta desmangada y un bustier de color negro que realmente me abrieron el apetito sexual. Había visto esas pierna muchas veces, pero no sé si por la luz o por los tragos me parecieron más apetecible que nunca… unos muslos bien definidos y sensuales que apuntaban a esas curvilíneas de sus nalgas. Me gustaba su perfume y ese olor de su vino en su boca. Ella me hizo una invitación a ponerme cómodo y me propuso que me tomara un baño y me encaminó y en esos pasos me mencionó que me tenía otra sorpresa.

    Obviamente pensé en el sexo, sentía que este día me daría todo lo que por meses atrás hemos venido calentando. Me metí a la tina y comencé a ducharme y había dejado la puerta del baño abierta. Ella llegó de nuevo y vi su silueta por el cristal corrugado que no te deja ver claramente y escuché su voz diciendo: Te traje los calzoncillos que te regalé y aquí tienes una bata… no quiero ver al señor Zena con los mismos típicos pantalones de vestir, ese típico ejecutivo de empresa que siempre eres. – No me fije y pensé que era la bata de baño de su marido, pero minutos después Jacqueline me hizo saber que había mandado a bordar la bata con mi nombre. Solo estaba con la bata con ese típico cinto amarrado a mi cintura y vistiendo un calzoncillo prácticamente transparente el cual solo sostenía mi verga, pues no cubría nada.

    Jacqueline puso algo de música y ella era muy fanática a esos grupos de rock en español de la época: Mana, Los hombres G, Enanitos verdes, etc. Música que aprendí a escuchar con ella y que luego aprendí también a disfrutar. Recuerdo comenzó con sus besos apasionados, esos que con su lengua me insinuaban que trascenderían a más allá que besos. Le gustaba estar sentada de frente sobre mis piernas y esta vez me abrió la bata y me comenzó a besar el cuello y los pectorales: Recuerdo sus cumplidos en sus coquetas palabras: -Sabes Antonio que eres un precioso muñequito… que mujer no le encantaría estar en mi puesto. – Bajó a mis pectorales, creo que era la primera vez que lo hacía. Yo besaba también su cuello y miraba su piel erizarse y ya cuando había salido se había quitado la camiseta desmangada y solo tenía su bustier y mamaba sus tetas a lo que dejaba descubierto. Quise removerlo, pero Jacqueline intervino diciendo: -¡No se me desespere don Antonio, vayamos paso a paso! – No lo entendía, pues llevamos en lo mismo por meses.

    Jacqueline me fue acorralando a un lado a uno de los brazos del sillón donde acomodé mi cabeza, ella siempre arriba sobre mí, bajaba por mi abdomen y besaba mi ombligo. Podía sentir sus tetas al nivel de mi verga y pensé que me daría el primer oral. Nunca me había visto la verga, siempre la había sentido erecta sobre la tela de mis pantalones cuando friccionaba su conchita en ella o en sus nalgas. Esta vez la descubría solo protegida por esas mallas que ella me había regalado y con una erección que ella podía ver plenamente. La vio muy cerca de su rostro cuando tenía su rostro al nivel de mi ombligo y me dijo: ¡Nunca me la imaginé así de grande… se siente grande, pero sí es muy grande!

    Ya tenía toda esa zona húmeda de mi líquido pre seminal y por primera vez Jacqueline la toca sobre mis calzoncillos. Con el índice y dedo de en medio me la toca y le da una especie de masaje mientras la ve erecta y me mira a los ojos de nuevo con esa mirada de la lujuria. Yo me mantengo a la expectativa, pues no sé cómo Jacqueline va a proceder y si nuevamente me dejará con los huevos hinchados. Realmente me desilusionó cuando me dijo: Debo tomar un baño frío, me has provocado una calentura. – Se levantó y se metió a su habitación y realmente me sentía frustrado. Escuché la regadera y mi erección se bajó. Por curiosidad entré a su habitación y curioseé su armario brevemente y su buró principal. No había señales que algún hombre viviera ahí. Me acerqué a la puerta del baño pues Jacqueline la había dejado abierta y vi su silueta desnuda restregándolo con una especie de trapos coloridos. Me sentía tan frustrado que, si hubiese tenido mi coche, me hubiese ido sin despedirme, pero estaba en una zona residencial y ni la dirección tenía para que me recogiera algún taxi. Me vestí y cuando Jacqueline salía con un camisón de dormir semi transparente donde podía ver la tanga que llevaba puesta me dice:

    -¿Qué haces?

    -Pues me visto… ¿Me podrías ir a dejar al estacionamiento de la compañía?

    -¿Estás enojado? ¡Está bien, ahora te llevo!

    Salió con una bata y no nos dijimos mucho. Llegamos al estacionamiento y solo le deseé la buenas noches y dijo algo así con un tono de engreída: ¡Como tu quieras! -La vi salir del estacionamiento en su coche rojo encendido y yo llamé a mi desahogué seguro en ese momento, a la rubia Grace, quien comenzaba a vivir su nueva soltería y siempre estaba dispuesta a una buena faena sexual. Grace cuando me abrazó en ese instinto de mujer notó algo y me preguntó: -Fuiste al club de caballeros verdad… vienes empapado en perfume de mujer. A Grace no le importó aquello, me comenzó a besar y ella misma me desnudó hasta encontrar los calzoncillos transparentes que esa noche me había obsequiado Jacqueline. Ella solo dijo: ¡Mira que bonita sorpresa! – y comenzó a darme tremenda felación. Con Grace fui a relajar la excitación que me provocó Jacqueline esa noche. Ese día determiné que ya no continuaría con su juego e intenté ignorarla, aunque era un tanto imposible, pues conocía mi oficina, sabía cómo encontrarme. Creo que Jacqueline se creía la única coca cola del Zahara. Y pasaron algunos meses.

    Continúa.

  • Odio. Solo un paso

    Odio. Solo un paso

    Odio extrañarte

    Odio tu sonrisa al recibirme

    Odio escuchar tu voz en mis noches de deseo

    Odio sentir tus manos a través de las mías

    Odio oírte gemir al unísono

    Odio saborearte en la imaginación

    Odio tu sublime penetración a través de mis dedos

    Odio imaginar ese clímax galopante montada en ti

    Odio tus bromas

    Pero lo que en realidad odio es saberte firme y entregado a otros labios, a otra voz

    Odio imaginarte estremecer a través de las líneas no escritas por mí

    Te odio tanto que me imagino esperándote con una Sonrisa en los labios, la humedad entre mis piernas y el deseo en la piel… esperando sin esperanza para que ese pequeño paso que separa al odio del amor sea invisible y dejar correr ese río de pasión que nos hace navegar magistralmente moviéndonos al compás del deseo y la imaginación.

    Porque el odio se hizo para quitar el dolor… Odio todo eso que dejaste vertido en mí en cada instante de pertenecernos…