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  • La fantasía de Edurne

    La fantasía de Edurne

    A sus 40 años recién cumplidos, Edurne es una mujer sexualmente aburrida. A lo largo de los años de casada su vida sexual ha ido cayendo en la rutina hasta ser inexistente. Su marido fue perdiendo interés por ella de manera paulatina hasta no tocarla hace casi un año. Edurne siempre ha sido una mujer muy sexual. Es pasional, ardiente, morbosa y multiorgásmica pero su marido tiene una visión mucho más conservadora del sexo. Incluso se podría decir que es un tema tabú para él. Esto es algo que ha ido generando frustración en la mujer.

    En conversaciones con amigas le han insinuado que Patxi, su marido, es gay. Uno de esos incapaces de aceptarse por su educación católica. Edurne se ríe y defiende la heterosexualidad de su marido. Piensa que todo es fruto de los años de convivencia aunque con el paso de los meses la teoría de sus amigos va calando en ella.

    Su principal queja es que siempre es ella quien tiene que proponer a su marido follar. Él nunca la busca. Es ella la que tiene que lanzarse a excitarlo y a menudo lo único que consigue es una corta erección que no les sirve para consumar. Lo que acaba provocando en Edurne una rara sensación de ridiculez que desemboca en la frustración actual.

    Hace meses que se compró un par de juguetes para satisfacer sus ardores vaginales. Primero adquirió un succionador de clítoris que le proporcionaba rápidos orgasmos clitorianos. Pero pronto necesitó otra cosa.

    Si bien es cierto que la estimulación clitoriana era tan efectiva como satisfactoria, su mente de mujer morbosa sentía necesidad de sentirse ocupada por una polla. De manera que se compró un vibrador de tamaño medio/grande, bastante realista. De color carne, estaba perfectamente detallado. Un glande grueso y unas venas marcadas. Su imaginación volaba cuando jugaba con Alfred (como llegó a bautizarlo). Imaginaba a un tipo rudo que se la follaba sin compasión. En otras ocasiones Alfred era un conocido que se lo hacía con modales exquisitos. Incluso llegó a imaginar que un famoso la sodomizaba. Así consiguió meterse a Alfred por el ano. Fue una experiencia más morbosa que placentera.

    Pero llegó un momento en que también se aburrió de Alfred. La masturbación dejó de ser totalmente efectiva. Sí, llegaba al orgasmo pero no lograba apagar aquel fuego que ella sentía en su interior. La falta de sexo la hacía mostrarse irascible. Discutía con Patxi, reñía a sus dos hijos. Incluso en el trabajo contestaba mal. Se estaba convirtiendo en una malfollada.

    Ella necesitaba sexo. Comerse una polla caliente. Que se la metiesen y le abriesen el coño. Que la pusieran a 4 patas y le pegasen una follada tremenda que la dejase con las piernas temblando.

    En su búsqueda de satisfacción sexual dio con una página de relatos eróticos. Había gran cantidad y no todos resultaban excitantes. Durante una semana estuvo entrando y algunas historias llegaron a provocarle mucha excitación. Hasta que un día dio con un autor diferente. Tenía un relato de infidelidad que hizo que Edurne se mojase antes de llegar al final. La historia era tan sencilla como real y la posibilidad de ser ella la protagonista la hizo masturbarse hasta terminar en un tremendo orgasmo como hacía tiempo no tenía.

    La mujer le envió un correo a la dirección del autor. Para sorpresa de ella, él contestó. A partir de ahí entablaron una conversación que fue subiendo de tono hasta declararse sus mutuas insatisfacciones sexuales. Durante la conversación surgió la posibilidad, medio en broma, de quedar y follar. Primero rieron pero a medida que fluía la conversación la opción del polvo furtivo fue tomando forma. La distancia entre ambos era salvable en menos de una hora en coche. Y así fue como Edurne se planteó la infidelidad con un desconocido como solución a su celibato.

    Una semana de conversaciones después tenían preparadas sus respectivas coartadas para quedar y saciar la excitación que se habían provocado mutuamente con el intercambio de correos.

    Un viernes de febrero pre pandemia, Edurne había pedido el día libre en su trabajo. Después de dejar a los chicos en el cole a las 9, dispondría de 6 horas para estar con el desconocido, Hans. Su marido tenía turno de 12 del mediodía a 8 de la tarde con lo que no habría sospechas por su parte. Y tampoco sabía que había pedido el día libre. A las 9:30 estaba entrando en un pequeño hostal (abierto para tal fin) de su capital de provincia. Hans le había enviado indicaciones de la reserva que había hecho en su nombre.

    Edurne nunca había visto al autor. Solo conocía una vaga descripción sacada de sus propios relatos. Ella sí le había enviado una fotografía. Ahora sentía vértigo de no saber lo que se iba a encontrar. De él le había excitado sus historias pero desconocía por completo su físico. Frente a la puerta de la habitación donde él debía estar, a ella le asaltaron las dudas. No tenía nada claro lo que iba a hacer. Una vida en pareja durante 15 años y dos hijos estaban a punto de saltar por los aires.

    Inmediatamente se tranquilizó. No debía enterarse nadie. Eso solo era sexo. Ningún sentimiento. Un polvo con un extraño después de casi un año sin catar nada. Después de aliviarse cada uno por su lado sin más historias.

    Por fin llamó a la puerta. El hombre le abrió y ella se coló dentro a toda prisa. Él sonrió mientras la mujer lo escrutaba. Era un tipo muy alto, con buen cuerpo y belleza discreta. Se saludaron de manera fría sin saber muy bien como reaccionar. Esto era más complicado de lo que habían imaginado. Hans le pidió que se sentara junto a él en la cama:

    -Si no estás segura y prefieres irte lo dejamos y ya está.

    Aquellas palabras tranquilizaron a Edurne. Se miraron fijamente y acercaron sus labios. Se besaron. Primero despacio. Luego con pasión. Rodaron por la cama comiéndose las bocas. El hombre fue desnudando a la mujer. La quitó el chaleco dejando a la vista dos grandes tetas. Ella se desabrochó su sujetador negro y las liberó.

    Ante el hombre quedaron dos mamas de tamaño considerable, con una gran aureola de marrón muy oscuro, coronadas por un pezón gordo. El hombre se abalanzó sobre sus ellas como hacía demasiado tiempo que no hacía nadie. Edurne gimió de gusto al sentir como el hombre succionaba, lamía y mordía sus tetas.

    La mujer deseaba agarrar un cuerpo masculino. Tener entre sus manos un miembro erecto. Sus manos se apresuraban en desabrochar el pantalón de su amante. Hans se tumbó en la cama, ya totalmente desnudo. Edurne, solo vestida con unos pantalones, recorría el torso de aquel extraño con su boca. Mordía sus pezones, lamía su pecho y descendía buscando la entrepierna donde un hermoso miembro erecto la esperaba.

    Edurne le agarró la polla a Hans. Hacía mucho que no tenía una entre sus manos. Hacía meses que su marido había perdido interés por ella y ahora, aquel desconocido le brindaba la oportunidad de disfrutar de una buena polla. Edurne la agarró con su mano. La sentía dura y muy caliente. Tiró de la piel hacia abajo liberando por completo un glande gordo color rojo intenso. Se veía apetecible y la mujer no dudó en acercar su boca para lamerlo.

    Pasó la lengua por la punta para luego lamer todo el tronco, desde los huevos hasta la punta. El sabor salado le pareció delicioso después de tanto tiempo. Sin dudarlo comenzó a introducírsela en la boca. Abrió bien la boca y se la tragó entera hasta la campanilla. El hombre suspiraba sintiendo la gran mamada que aquella casada insatisfecha se disponía a darle. Por fin Edurne comenzó un movimiento de su cabeza, da arriba abajo, apretando sus labios entorno al tronco, llevando el capullo casi hasta la salida para volver a bajar la cabeza llevándolo hasta el fondo de su garganta.

    Edurne se acompañaba con un movimiento de su mano para pajear al hombre.

    Hans apoyaba una mano en la cabeza de la mujer e introducía la otra dentro del pantalón de la mujer hasta tocar su culo y hurgar con su dedo hasta llegar a la entrada de la vagina. Edurne se humedeció y suspiró profundo, con la polla en la boca, al sentir unos dedos diferentes a los suyos intentando darle placer.

    El autor acarició desde el ano hasta el clítoris, paseando sus dedos por toda la zona. Notando el calor del agujero del culo, la humedad de la vagina, separando los labios vaginales babeantes, hasta llegar al botón palpitante y deseoso de placer. La excitación de Edurne era máxima y no pudo (ni quiso) evitar un maravilloso orgasmo con la polla de Hans en la boca.

    La mujer quedó totalmente relajada, junto a ella el hombre estaba tumbado. Ella se terminó de desnudar. Gateó por el cuerpo de su amante hasta colocarse cobre su cara, ofreciéndole su inundado coño para que se lo comiese. Hans, sabiendo lo que necesitaba su lectora, devoró el sexo de Edurne. Con su lengua comenzó a lamer aquella raja caliente de la que manaba abundante flujo caliente. La mujer miraba hacia abajo deleitándose en la comida que le estaba dando aquel desconocido:

    -Sí, joder, lame como un perro.

    El autor se afanaba en relamer cada rincón de aquel coño insatisfecho. Su lengua recorría cada pliegue de una vagina roja y jugosa de la que manaba flujo caliente. Edurne, se pellizcaba un de sus pezones apoyada con la otra mano en la pared por encima del cabecero de la cama. Sus gemidos eran de verdadero placer tanto tiempo contenido y se debían oír en el resto de la planta de aquel hostal de polvos secretos. Un nuevo orgasmo la llevó a cerrar las piernas entorno a la cabeza de Hans que no dejaba de mover su lengua al clítoris trillado por sus dientes mientras profana el agujero trasero de la mujer con su dedo anular.

    Volvió a caer derrotada por el placer pero ahora el hombre no le dio tregua. La colocó boca arriba y se puso sobre ella. La besó antes de comerle las tetas y dirigió su polla hacia la entrada de la vagina. De un golpe de cadera seco le incrustó la polla en lo más profundo de sus entrañas. La mujer dio un grito:

    -Sí, joder.

    Era la primera vez que la penetraban en casi un año. Sin esperarlo recibió otro pollazo y otro, que la llevaron a un estado de excitación máxima. Con sus piernas rodeo el cuerpo del hombre que se empleaba a fondo en la follada. Literalmente la estaba empotrando contra el colchón. Ella se agarraba a su espalda hasta casi clavarle las uñas:

    -Dame fuerte, cabrón.

    -¿Te gusta, eh, puta?

    -Sí, joder. Reviéntame.

    -Qué perra eres.

    -Quiero ser tu puta…

    El ruido de los dos cuerpos chocando entre sí era la banda sonora de la tremenda follada que estaba recibiendo Edurne después de tanto tiempo. El hombre dio un fuerte puntazo y se la dejó clavada muy adentro. Ella gritaba casi de dolor al sentir la polla del autor tan adentro de su coño:

    -Me lo vas a partir cabronazo.

    Hans salió de ella y la colocó a cuatro patas. Edurne se colocó con la cabeza sobre el colchón ofreciéndole una magnífica visión de sus dos agujeros a aquel desconocido que se la estaba follando a su antojo. Introdujo su mano entre sus piernas y se dispuso a acariciarse el clítoris mientras el hombre, que ya le había vuelto a clavar la polla, se la follaba. Durante 10 minutos el autor estuvo percutiendo con una fuerza, desconocida por ella, contra aquel coño deseoso de carne. La estrechez inicial se había transformado en una deliciosa textura esponjosa. Era un volcán en erupción de lava caliente lo que Edurne le ofrecía entre sus piernas:

    -Me corro, puta, me corro…

    -Échamelo dentro, joder. Quiero tu leche dentro.

    Hans introdujo su dedo pulgar en el ano de aquella mujer casada y se corrió abundantemente en un escandaloso orgasmo común. Ambos cayeron sobre la cama. Estaban exhaustos, sudorosos, agotados pero sobre todo satisfechos.

    Minutos después se despedían de una manera muy fría en la puerta del hostal. Quedaron en seguir hablando mediante correos electrónicos. Cada uno tomó una dirección.

    En el coche de vuelta a casa, Edurne, con una indisimulable sonrisa de placer en sus labios, iba recordando momentos vividos con aquel desconocido en la sesión de sexo prohibido. Luego se acordó de su marido. Hacía tiempo que él no le daba lo que ella necesitaba. Esto no había sido más que una válvula de escape para una relación afectada por una monotonía sexual que amenazaba con romperla.

  • Día de mudanza

    Día de mudanza

    Hoy por fin podía hacer lo que tanto llevaba esperando después de la dura semana, simplemente quería un fin de semana tranquilo, dormir, estar en casa, no hacer nada.

    La aguja del reloj de la grisácea pared acaba de marcar las 12 y aún estaba escondido entre las sábanas, se había despertado por costumbre a las ocho de la mañana un breve repaso a la noticias del día y cuatro mensajes sin leer le habían llevado hasta su página de videos habitual y tras masturbarse viendo un vídeo de un trio donde la falsedad y la silicona bailaba con posturas imposibles acabó de nuevo dormido hasta hace cinco minutos.

    Al final decidió levantarse encendió la cafetera, justo en el momento que el café empezaba a caer dejando ese aroma tan casero impregnado en la cocina comenzó a sonar el teléfono. De una manera perezosa Sergio se dirigió a la habitación cogió el teléfono y vio el nombre de Pablo. Descolgó y la voz de su amigo resonó alegremente a través del altavoz.

    “¡Venga vago deja de tocarte los huevos!”. Ese fue el alegre saludo con el que comenzó la conversación, como costumbre en Pablo fue directo, “Sergio estoy ayudando a mi hija con su piso nuevo, necesito que me eches una mano.”

    La noticia sentó como un jarro de agua fría a sus pretensiones de tranquilidad, pero nunca sabía decir que no, simplemente se limitó a contestar “me preparo y me acerco por tu casa.”.

    En menos de media hora Sergio estaba en el portal con su furgoneta.

    Tras unos instantes se abrió el portal, Pablo salía junto a su hija, hacía tiempo que no la veía, llevaba tres años fuera estudiando la carrera ya no era la niña que él recordaba, lucía un lago pelo moreno, unos ojos grandes y profundos reinaban sobre un rostro redondo y moreno, y todo ello acompasado de una sonrisa bonita.

    Se acercaron a la furgoneta y se montaron rápidamente, la mañana había comenzado gélida, el viento presagia el comienzo de un invierno que comenzaba a dar los primeros coletazos.

    Una vez en el coche Sergio saludó a Ana y a su padre. Tras una breve conversación le comentaron la dirección, la furgoneta de una manera ruidosa comenzó a andar.

    Una vez en la casa los peores presagios de Sergio y las pocas esperanzas de terminar pronto se desvanecieron.

    Un mar de cajas, muebles rotos y demás enseres se esparcían por el pequeño salón.

    La mañana avanzaba el sol comenzaba a calentar la casa atravesando las roñosas cortinas que hace ya unos cuantos años habían perdido el poco glamur que tenían.

    El plan era sencillo, tenían que vaciar la casa, desmontar todos los viejos muebles y quitar todo para que durante la semana los pintores y demás gremios comenzarán la reforma. Sobre el papel fácil, pero largo y tedioso.

    Comenzaron desmontando el armario de la habitación, mientras Pablo y Sergio desmontan, Ana metía en cajas restos de lo que un día fue un hogar.

    A la media hora apareció Marta en casa, dio un beso a su hija y fue a la habitación donde estaban desmontando todo, saludo a la pareja, Sergio la devolvió el saludo con una sonrisa.

    Marta y Pablo llevaban toda la vida juntos, era una mujer de las que no dejan indiferente a nadie, es un torbellino de fuerza y alegría siempre con una sonrisa y dispuesta a ayudar, con una inteligencia fuera de lo habitual. Todo ello siempre le había resultado muy atractivo a Sergio.

    Hoy venís con unas mallas negras y una sudadera gris Adidas.

    Una canción de Bisbal comenzó a sonar en el móvil de Ana, dejo lo que estaba haciendo fue a otra habitación y se puso a hablar, al cabo de cinco minutos regresó a la habitación llorando, todos pararon lo que estaban haciendo para preguntarla que sucedida y entre sollozos dijo que la madre de su mejor amiga había tenido un accidente y estaba muy grave en el hospital. La noticia le afectó mucho y Pablo le dijo si quería que le acompañase al hospital a lo que la joven contestó que sí. Sergio se ofreció a llevarles pero al final cogieron un taxi y así él y Ana podían terminar de desmontar el armario.

    Y así fue que el silencio reinó un poco en casa mientras seguían trabajando.

    Sergio quitaba unos tornillos de un armario y como vio que no podría sujetarlo le pidió a Ana que se subiera a una escalera y lo sujetara mientras él terminaba de quitarlos.

    En un principio no se percató, pero tenía a Ana sujetando el armario y sus nalgas perfectamente marcadas gracias a su malla quedaban a escasos centímetros de su cara. Sergio intentaba no fijarse pero era inevitable, la visión del culo perfecto de la mujer de su mejor amigo ejercía en el la misma fuerza que un escaparate de golosinas en un niño.

    Hizo todo lo posible por alargar aquel trabajo, sus ojos deseosos recorrían la a anatomía de Ana. La redondez de su objeto de deseo acaba en una bonita cintura, la sudadera ancha impedía notar como se definía el resto del cuerpo, pero Sergio se lo conocía bien, debajo de toda esa ropa sabía que se escondían unos pechos sugerentes, ella siempre había tratado de esconderlos, nunca llevaba escote pero aun así se intuía un generoso tamaño.

    Sergio se iba excitando, sus pensamientos no le dejaban tranquilo.

    Ana debió darse cuenta y se le notaba que estaba un poco ruborizada.

    Al final terminaron de desmontar todo.

    La idea era bajarlo todo a la furgoneta y llevarlo a un pabellón en un polígono industrial de la ciudad donde recogían muebles usados.

    Durante el proceso de bajar y cargar Sergio aprovecho en varias ocasiones para rozar el cuerpo de Ana, esto no hacía más que excitarme casa vez más. Debía parar o al final ella se daría cuenta y la situación acabaría de morbosa a incómoda

    Una vez en el coche pusieron rumbo al pabellón, él se sentía totalmente excitado notaba como su pene estaba totalmente duro, por suerte el pantalón era lo suficientemente ancho para que no se notará demasiado.

    Sin saber muy bien porque en un semáforo depósito su mano sobre la pierna de Ana, sus dedos acariciaban sutilmente la parte alta de la rodilla, ella no decía nada, durante unos instantes el subió un poco más la mano hasta que el semáforo se puso en verde.

    Ana no decía nada, un silencio sepulcral y eterno les acompaño hasta el siguiente semáforo, momento que en el que de nuevo volvió a posar su mano en su pierna, está vez sin perder tiempo comenzó a subirla ella no le paraba solo salió de su boca un entrecortado y nervioso «esto no está bien», estas palabras no solo no le detuvieron sino que le dieron valor a subir más la mano, al final los dedos de Sergio presionaban ya la entrepierna de Ana, sus dedos recorrían los labios de Ana, el pantalón era tan fino que podía notar todo el contorno, casi hasta su humedad.

    El semáforo se volvió abrir pero esta vez la mano tras cada leve y rápido cambio de marcha volvía a acariciarla ,ella no hacía ni decía nada pero tampoco le paraba, el casa vez se concedía más licencias hasta que en otro semáforo deslizó la mano por dentro del pantalón y de su ropa interior esto hizo que Ana se estremeciera, su cabeza se ladeó en el reposacabezas y cerró los ojos y noto como la mano de Sergio en ese breve instante entre que el semáforo se abría deslizaba sus dedos en sus húmedos labios se adentraban en ella y subían hasta acariciar su clítoris.

    Al final se reanudó el viaje, llegaron al pabellón ella no bajo del coche y el descargo rápidamente todo, habla comenzado a llover copiosamente era medio día y en el aparcamiento del polígono no había más que un par de coches desperdigados.

    Una vez descargado todo Sergio volvió a arrancar la furgoneta al pico rato, freno bruscamente y se abalanzó sobre el asiento de Ana, ansioso busco si boca y su lengua se adentra bruscamente en la boca de Ana, las dos le gusta se movían pasionalmente en un pasional beso sus manos presionaban sus pechos por encima de la sudadera de Ana. Poco a poco fue reclinando el asiento, hasta dejarlo tumbado totalmente subió sin miramientos la sudadera sin llegar a quitársela lo justo para que ver su sujetador deportivo sus manos le bajaron el sujetador sacando sus pechos por fuera momento en el que el como un animal se deslizó sobre ellos, los comenzó a besar, su lengua los recorría ávidamente, junto los dos y su lengua iba de un pezón al otro, los mordía y metía en su boca, la dureza de esos pezones hacia que el los saboreara se deleitará con ellos.

    Los cristales del furgoneta estaba totalmente empañados, al estar totalmente reclinado el asiento podían pasar a la parte trasera de la misma que estaba desmontada, Sergio la hizo pasar para atrás, la acomodó lo mejor que podía y la miro de una manera perversa y pícara si que a ella le diera tiempo a decir que no la apoyo sobre la parte trasera de su asiento y deslizó una cuerda por sus manos y la ato sutilmente al reposacabezas, esto a ella le sorprendió no lo esperaba, pero estaba tan excitada que se dejó hacer.

    Él le comenzó a quitar los pantalones y la ropa interior, y allí estaba ella con su sudadera subida los pechos desnudos sobre su sujetador y el resto totalmente desnuda atada al asiento del coche del mejor amigo de su marido. Sergio estaba justo enfrente de ella comenzó a besarla, mordía sutilmente sus labios, se deslizaba por su rostro besaba su cuello, sus manos hábiles ya habían separado sus piernas y varios de sus dedos estaban en su interior, poco a poco siguió bajando, se tumbó en el suelo de la furgoneta y deslizó las manos por la parte exterior de sus muslos y fue acomodando su cabeza entre sus piernas.

    No perdió el tiempo y comenzó a besar su clítoris, ella movía su cadera sobre su rostro ayudándole en su tarea, el no solo se detenía en la zona alta de su sexo sino que también sus labios lengua recorrían ansioso su humedecida entrepierna introducía su lengua en ella saboreando y besando cada pliegue de su piel, su lengua no se detuvo ahí y siguió bajando y comenzó a lamer su culito, el noto que esto la gustaba ya que había levantado las caderas facilitando el acceso a su boca a ese rincón de su cuerpo, sus dedos empezaron a presionar su clítoris y dibujar círculos sobre el mientras su lengua seguía recorriendo su culito y adentrándose un poco en él.

    Los movimientos de su mano cada vez eran más rápidos y concisos, ella sobreviva a duras penas a aquel vendaval de sensaciones y placer, su labios se abrían y cerraban compulsivamente, era el comienzo de su fin, aquella lengua sobre su virgen culito le estaba volviendo loca los dedos sobre su clítoris seguían incansables su trabajo, ella solo cerro sus ojos y dejó sumergirse en aquel océano de sensaciones, sus suspiros y gemidos impregnaban la furgoneta hasta que un explosivo final acabo por derretirse sobre la boca de su generoso amante.

    Hacía tiempo que ella no sentía algo tan intenso, su corazón parecía un tambor de guerra marcando el ritmo de un ejército, su respiración agitaba la impedía respirar con normalidad y su entrepierna era incapaz de dejar de temblar, se notaba el aroma que desprendía su cuerpo su inglés estaban totalmente húmedas.

    Pero Sergio no tenía intención de dejarla descanses por mucho tiempo se desabrocho y bajo el pantalón y antes de que ella pudiera decir nada levantó sus caderas y las puso sobre su cintura de un ágil empujón se introdujo en ella, la golpeaba contra el asiento en cada embestida, le miraba fijamente a los ojos de una manera tan intensa que ella sentía que no solo la estaba follando el cuerpo sino también su esencia su interior profundo.

    El cada vez iba más rápido hasta que salió de repente, el notaba que no aguantaría ese ritmo sin correrse y aún no quería.

    Ana estaba de nuevo totalmente entregada a él, se había recuperado del primer golpe y quería más.

    Sergio comenzó a recorrer con su húmedo miento los labios de ella sin llegar a entra solo rozar hasta que la punta de su glande recorría su clítoris, de ahí bajaba de nuevo deslizándose sobre ella, haciéndola temblar la cabeza de su pene parecía que irremediablemente entraría en ella, pero no el ejercía la presión justa para que su pene estaría entre sus labios pero sin llegar a entra y bajaba hasta situarse sobre anteriormente excitado culito, ahí también ejercía la presión necesaria pero sin llegar a entrar y así comenzó el juego del roce sin penetrarla.

    Ella estaba volviéndose loca quería que la follara le daba lo mismo donde pero le quería sentir dentro de su cuerpo pero a la vez ese juego esos roces la estaban volviendo loca y él lo sabía, el notaba como ella intentaba presionar con su cadera cada vez que pasaba su húmedo sexo por las puertas del su paraíso, pero el hábilmente no habría dicha puerta solo la rozaba una y otra vez, el veía como la respiración de Ana ya eran suspiros, veía como de nuevo sus labios volvían a temblar en cada pasada, sabía que estaba cerca que no iba aguantar más y así fue los suspiros de ella se fueron trasformando en gemidos, sus caderas se movían sobre él, notaba como temblaba el sexo de Ana, hasta que justo cuando ella se estaba empezando a correrse se la volvió a meter de golpe y un grito de ella justo con la presión de su palpitante sexo sobre su pene le hizo ver que ella de nuevo llegó a su final.

    Durante un largo tiempo las contracciones de su entrepierna apretaron y acariciaron le aprisionaron dentro de ella, el seguía entrando y saliendo rápidamente y de nuevo se volvió a separar, se levantó y se puso enfrente de su rostro, una boca generosa le recibió, y paso de follarla para comenzar a follar su boca él se agarraba al asiento para hacer más fuerza y poder empujar mejor sobre aquellos deliciosos labios, sus movimientos casa vez eran más bruscos y rápidos, él subió un poco más quería notar esa lengua caliente sobre sus testículos y ella no le defraudó, mientras él se masturbaba ella deslizaba su boca por sus testículos los lamía, los besaba, se los metía en la boca, el notaba que no aguantaba más se hecho un poco para tras y justo en ese momento su semen caliente empezó a salir a borbotes de él cayendo sobre los pechos de Ana cuando el temblaba y antes de que su miembro dejará de gotear el cálido líquido y comenzará a hacerse pequeño ella se lo metió en su boca y termino de saborearle ante los temblores y espasmos de él.

  • Matías se cogió a mi mujer otra vez y recién me entero

    Matías se cogió a mi mujer otra vez y recién me entero

    Antes del domingo aquel en el que el chico de la verdulería se cogió a mi mujer delante de mí, y después que los encontré en la cama, de volvieron a encamar sin decírmelo.

    Este relato es casi narrado en su totalidad por ella, solo que lo cuento yo en su lugar, y en él me confiesa que está preparando al chico para que me haga el culo a mí.

    Habían pasado varios días desde la tarde en la que Matías, el chico de la verdulería se había acostado con mi mujer.

    El pibe no llamaba y a ella le daba cosa ir a comprar algo para verlo y hablar con él, tenía miedo que el muchacho se haya arrepentido de lo que hicieron o que quizás piense que ella era muy mayor para él o tanto no le había gustado y solo se acostó con ella por compromiso.

    Se sentía algo angustiada, realmente le había gustado el pibe y tenía esperanzas en hacerlo a su medida enseñándole todo lo que debía saber para satisfacerla, era joven, lindo, tímido, sumiso, tenía un físico bárbaro, un pene hermoso, y algo muy importante, estaba muy cerca y lo podía tener seguido.

    Eran varias las razones por las que estaba tan interesada, a mí también me convenía, si establecía algo más continuo con este chico pensé que podía dejar de ir a la casa de su amante Daniel, ese hombre no me convencía del todo.

    Finalmente se animó y fue a comprar un par de pavadas para tener una excusa y preguntarle qué pasaba, cuando algo se le mete en la cabeza a mi mujer, nada ni nadie la puede detener, y desde que le di vía libre para encamarse con quien quiera, se transformó casi en una ninfómana, tenía la libido a la máxima potencia.

    Cuando lo vio, se le acercó y le dijo si quería pasar esa tarde por casa, y el chico contestó…

    -¿su marido va a estar?

    -no, te prometo que no va a estar sino querés, pero mirá que no pasa nada, él no tiene problema en que vengas.

    -prefiero que estemos usted y yo solos.

    -bueno, te espero esta tarde, voy a estar solita para vos.

    Y así fue, minutos después de las 13 horas tocó el timbre de casa, ella lo recibió envuelta en un toallón porque se acababa de dar una ducha, le ofreció que se meta un rato en la pileta mientras ella terminaba de prepararse, y él volvió a decile como la primera vez que no tenía short de baño, entonces ella le dijo…

    No importa mi amor, métete desnudo, el paredón que rodea la piscina es alto y no hay edificios en los alrededores, nadie te va a ver más que yo, y ya te vi desnudito.

    El chico se animó y fue al fondo donde estaba la pileta y se quitó la poca ropa que tenía puesta y se metió al agua, unos minutos después Lau se acercó y le pidió a Matías que se siente en el borde con los pies en el agua, ella seguía envuelta en el toallón.

    Se lo quitó y obviamente estaba desnuda, se metió en la pileta, camino en el agua un par de metros hacia donde estaba sentado Mati que estaba en la parte donde se hacía pie, Lau se paró entre las piernas abiertas del chico y empezó a acariciarle los muslos.

    Casi inmediatamente el chico tuvo una fenomenal erección y mi mujer no dudó un segundo en chuparle la pija, en realidad esa era su intención de entrada, comenzó a besarle los huevos, el pibe se echó levemente hacia atrás apoyándose sobre sus codos y la dejó a ella hacer lo que quería.

    Laurita lamió delicadamente esa cabezota divina que la tenía loca, y de a poco se fue metiendo esa hermosura entre los labios, hasta tenerla toda entera en su boca, lo pajeo y se comió toda la verga, se la sacó de la boca y se la volvió a meter varias veces, el chico tenía el orgasmo a punto y ella se dio cuenta por el líquido preseminal que le estaba dejando en la boca.

    Entonces sin dejar de pajearlo suavemente le dijo desde adentro del agua…

    -¿qué querés hacer amor, me das la lechita en la boca y me la trago, o me querés coger?

    Ella pensó que al haber sido la primer mujer con la que estuvo el chico, debería estar bien sano y por eso deseaba tanto tragar su esperma, para su sorpresa el chico le respondió…

    -las dos cosas Señora.

    El hecho de que la trate de usted, la ponía mucho más cachonda, le encantaba eso.

    -ay chiquito ¿vas a poder dos veces en un par de horas? Me volves loca nene.

    Y sin esperar más, se comió prácticamente la poronga de Matías, empezó a masturbarlo al mismo tiempo que succionaba su glande con dulzura hasta que el jovencito anunció que no podía más y que ya acababa, al oírlo mi mujer le pidió…

    -dale mi vida, dámela toda cielito, dame tu lechita bebé, quiero tomármela toda mi amor.

    Entonces empezó a recibir ese líquido blanco y espeso, a medida que iba saliendo, ella se sacaba la pija de la boca y se quedaba mirando como caía, al salir un hilo de semen, se la volvía a poner en la boca y se lo tragaba, la chupaba un poco más y se la quitaba de la boca para ver su esperma caer, y antes de que llegue al piso, la volvía a rodear con sus labios y se lo tragaba todo, así le fue tragando hasta la última gota, cuando vio que no le salía más, retiró la verga de entre los labios, le pasó la lengua y le dio las últimas lamidas para asegurarse que quede bien limpita, y le dijo:

    -mmm mi amor, que rica lechita me diste, me encantó tragármela toda, ¿me la vas a dar en la conchita, no? No me vas a dejar así papi.

    Estaba recaliente, claro ella no había acabado estando con medio cuerpo en el agua y solo preocupada por hacerlo acabar a él y lo que más le importaba, saborear y tragar su semen.

    Él le dijo que si, que la quería coger, pero no ahí en la pile, ella se lo llevó a nuestro cuarto y a nuestra cama.

    Allí él, que estaba aprendiendo rápido cuáles eran las cosas que le gustaban a mi mujer, la hizo acostar con las piernas bien separadas y hundió su boca en la concha re contra empapada de flujo, casi chorreaba de la calentura que tenía, la tomó de las muñecas casi como simulando que la obligaba, si le faltaba algo a ella para volverla loquita del todo era eso, la retuvo fuertemente con sus manos y le pasó lascivamente la lengua por toda la vagina dándole unos lengüetazos fenomenales, ella gritó y se contorneo como un reptil, estaba desesperada recibiendo ese placer en su vagina con sus manos agarradas.

    -Ay por favor mi amor, basta no me hagas acabar así, ohh por Dios quiero tu pija, quiero sentirla adentro mío, mmmm ohh, quiero tu pija amor por favor dámela mi cielo.

    Entonces él le preguntó si quería que use un cordón, ella le contestó…

    -Si voy a ser la única con la que no uses nada, entonces quiero tu leche adentro mío, pero me lo tenés que jurar.

    -Se lo juro señora, con usted sola lo hago, no hay otra mujer para mí.

    -no uses nada amor, pero solo a mí, podes estar con otras mujeres pero cuidándote, sin usar nada solo lo haces conmigo.

    -Si si, no hay otras mujeres.

    Entonces el chico la penetró a pelo, ella moría por hacerlo así, le fascina sentir una pija al natural y no con cualquiera se puede, él la besó en la boca, era extraño porque hasta ahora no la había besado, después le dijo que le daba pudor besarla, cogerla podía pero besarla era como más íntimo parece, pero bueno al fin la besó mientras le daba unos hermosos pijazos y la hizo gritar y acabar como a una yegua mientras Lau le volvía a pedir…

    -Lléname de leche mi vida, dámela toda, oh mmm por favor cogeme papi, dame tu lechita toda toda mi amor, no dejes nada, mi vida ohh soy tuya mi amor, lléname la concha papi.

    Quien puede resistir a una mujer rogando de esa forma que la llenen de leche, el chico se quedó secó acabándole adentro, le dio hasta la última gota.

    Luego Laura más tranquila y fría, le dijo muy en serio que no pretendía que no salga y se acueste con otra mujer o con alguna chica de su edad, pero que si lo iba a hacer con ella sin cuidarse, quería estar segura que no haga lo mismo con otras, por lo menos mientras se la siga cogiendo.

    Suponemos que el pibe lo entendió y que cumplirá su palabra.

    Se quedaron desnudos en la cama un rato más mientras se hacía la hora en la que Mati tenía que volver a su trabajo.

    Lau se estaba volviendo a excitar, se tocó ella misma sus pezones muy delicadamente con las yemas de sus dedos índice y pulgar y le dijo…

    -mírame bebé, mírame las tetas, ¿ves? así me gustaría que me toques.

    Entonces tomó las manos del chico y las llevó a sus pechos, él tomó sus dos timbrecitos erectos y duritos y se los acarició como ella le había enseñado, de inmediato vio como la pija empezaba a levantarse otra vez, (el pibe era un semental, y obvio eso la volvía loca a mi putita) Lau se tocó la concha y ya estaba mojada (siempre lista) con su propio juguito empapó la verga del muchacho acariciándola toda, que ya estaba empalmado, ella tuvo un mínimo instante de lucidez y miró de reojo el reloj despertador que estaba sobre la mesa de noche y se dio cuenta que no había tiempo para un tercer polvo.

    Muy a su pesar, lo frenó y sin dejar de acariciarle esa belleza redura, le dijo…

    -Mi amor, quiero que vengas el domingo cuando salís del trabajo, a la tarde no abren y podrías pasarla en casa conmigo.

    -pero va a estar su marido.

    -mi marido disfruta ver como un hombrecito como vos me coge y me hace gozar.

    -pero yo no quiero que él me vaya a tocar el culo cuando está detrás mío.

    Ella sonrió y dijo…

    -¿ese era tu temor? No, mi amor olvídate, él no te tocaría el culo a vos, al contrario, a él le gustaría que vos se lo toques.

    Puso cara de sorpresa, pero no pareció espantarse por la posibilidad de tocarme el orto.

    -bueno, entonces sí vengo.

    -buenísimo, además a mi me encantaría que el vea como me coges y todas las cosas que le haces a su mujer, no hay placer más grande para los dos, que me vea con las piernas abiertas con otro hombre.

    Y allí vino la pregunta que jamás debe hacer un hombre a una mujer a la que se acaba de coger…

    -¿le gusta como la cojo señora?

    -me encanta mi vida, y me fascina que me trates de usted, me calienta mucho, no dejes de hacerlo bebé, el domingo me voy a tragar tu lechita otra vez para que lo vea mi marido, y ahora vestite y andate que no quiero que llegues tarde y te reten.

    Le dio un apasionado beso en la boca, literalmente se la comió y el chico se vistió con la incomodidad de tener el pene duro y bien parado.

    Ella lo vio y sonrió feliz, sabiendo que muy pronto se lo va a volver a voltear, y esta vez frente a mí, pero eso se los contaré en el próximo relato y con los detalles vistos por mi en persona, algo me dice que habrá una extensa serie de aventuras con Matías.

    Continuará…

    Espero que les haya gustado y pueden dejar un comentario aquí o escribirme a mi correo [email protected].

    Besos a todos mis lectores.

  • Dos cuñadas y una cama

    Dos cuñadas y una cama

    -Es que no hay quien duerma, ronca cómo un condenado.

    -A mí también me despertó. ¿Siempre ronca así de fuerte?

    -No, ronca así después de emborracharse.

    Rita y Rosa eran dos cuñadas veinteañeras. Rita era pelirroja, con el cabello largo, tetas medianas, ojos azules, anchas caderas, cintura normal y buen culo. Rosa era morena, delgada, los ojos marrones, tenía las tetas pequeñas, la cintura fina, caderas normales y culo redondo. En camisón tomaban un vaso de leche en la cocina de la casa de la primera. Rosa le dijo a Rita:

    -Si quieres puedes dormir conmigo.

    -No sería mala idea, así no me ronca al oído.

    Había sido la fiesta del pueblo y Rosa comiera y cenara con su cuñada y su cuñado, ya que su marido se fuera a trabajar a Alemania. Al terminar el vaso de leche se fueron para cama, y allí con los ronquidos de fondo le preguntó Rita:

    -¿Echas mucho de menos a mi hermano?

    -Ni te puedes imaginar cuanto.

    Rita le tocó el coño levemente, y riendo, le dijo:

    -¿No será esta la que lo echa de menos?

    -¡No me toques ahí, Rita, no me toques ahí que me pierdo!

    En broma, le volvió a tocar. Rosa se dio la vuelta y le plantó un beso en la boca a su cuñada.

    -¡Qué haces!

    Rosa, avergonzada, le dijo:

    -Perdona, es que estoy muy necesitada.

    Rita estaba escandalizada.

    -¡¿Lo harías con una mujer?!

    -Ya lo hice de soltera.

    -¡¿Te comió el coño a una mujer?!

    -¡Y qué rico se sentía!

    -¡Qué asco!

    -A mí me gustó.

    -¿Qué te gustó?

    -Sentir su lengua dentro de mi boca, sentirla lamiendo mis tetas, lamiendo mi coño mojado. Me gustó sentir cómo se deslizaba por mi coño y lamía mi clítoris…

    -Eras una pervertida

    -Si crees eso es porque no has vivido.

    Se pusieron espalda con espalda y trataron de dormir. No iban a poder, los ronquidos y los malos pensamientos no las dejaban. Rosa le dijo a su cuñada:

    -Rita.

    -Sí.

    -¿Me dejas que te la coma?

    -Duerme y deja dormir.

    -Tengo ganas de correrme.

    -Haz un dedo.

    -Me correría mejor si al hacerlo te como el coño.

    -No insistas

    -¿Puedo tocarte las tetas?

    -No.

    Rosa se destapó y se quitó las bragas, mojó dos dedos en la boca, abrió en piernas y acarició el clítoris, luego pasó los dedos entre los labios para acto seguido meterlo dentro de la vagina y comenzar a masturbarse. Poco después se quitaba el camisón y quedaba desnuda. Sus pequeñas tetas eran redondas, tenían areolas rosadas y pequeños pezones. Las magreó. Rita se dio la vuelta y vio cómo su cuñada se magreaba las tetas, después vio cómo bajaba una mano, cómo metía dos dedos dentro del coño y cómo los metía y los sacaba. Le volvió a dar la espalda. Sintió la mano izquierda de su cuñada magrear sus tetas. Rita, sin moverse, le dijo:

    -No me toques, guarra.

    -Me gusta que me llames así, llámamelo otra vez.

    -¡¿Te gusta que te llamen guarra?

    -En la intimidad, sí, guarra, cerda, puta, zorra… Me excita que me insulten.

    -Eres una enferma.

    La mano dejó de magrear las tetas y de canto se metió entre las piernas cerradas de Rita, que dijo:

    -Estate quieta, puta.

    -Estás mojada.

    -¿Y qué, zorra?

    Rosa supo que ya la tenía. Su cuñada la insultaba para excitarla. La besó en el cuello, le lamió las orejas y le metió dos dedos en el coño.

    -¡Cómo me estás poniendo! Deja que te la coma.

    -No, y quita la mano de ahí, cerda.

    -Quiero ver cómo te corres.

    Rita se puso boca arriba.

    -¡Te quieres estar quieta, cabrona!

    Rosa dejó de masturbarse, le dio un pico y le magreó las tetas.

    -Para, asquerosa.

    -Déjate.

    La besó con lengua mientras le amasaba las tetas. Rita se estremeció y se le erizaron los pelos de los brazos as sentir la lengua de su cuñada jugar con la suya. Jamás un beso le había resultado tan dulce. El coño se le mojó aún más de lo que ya estaba.

    -¿Tanto me deseas, cochina?

    -Más que a tu hermano.

    -¿Qué me vas a hacer si te dejo?

    Entre beso y beso, le fue diciendo:

    -Comerte las tetas, Comerte el coño… Quiero que nos corramos juntas. ¿Me dejas devorarte?

    -Devora.

    Rosa le levantó el camisón con idea de meterse entre sus piernas para comerle el coño. Rita lo quito y quedó en bragas. Rosa magreó sus tetas medianas con areolas marrones y duros pezones y se comieron las bocas… Después la lengua de Rosa aplasto el pezón derecho para luego lamerlo mientras su mano se metía dentro de sus bragas, le metía dos dedos en el coño empapado y los masturbaba. Después chupó la areola marrón, para volver a besarla antes de repetir la faena en la teta izquierda. Rita gemía escandalosamente, mas esos gemidos los silenciaban los ronquidos para los que pasaban por el camino…

    Poco después le quitaba las bragas y metía dos dedos dentro de su coño. Masturbándose metió su cabeza entre las piernas de su cuñada y lamió su coño encharcado. Su lengua se deslizó desde la parte baja al coño hasta el clítoris. Hizo ese camino varias veces, lentamente y rozando el coño cómo si la punta de la lengua fuese una pluma. Luego, cuando sintió que se iba a correr ella, fue apretándola y apurando cada vez más para que se corrieran juntas. No lo logró, se corrió ella y dejó de lamer. Encogiéndose y temblando, exclamó:

    -¡Diooos!

    Rita le cogió la cabeza y frotando el coño contra su cara y llenándosela de jugos con una inmensa corrida, dijo:

    -¡Me corro!

    Al acabar, sonrientes, se abrazaron y se besaron. Era el comienzo de una intensa relación lésbica que empezara gracias a unos ronquidos.

    Quique.

  • El mejor amigo de mi esposo

    El mejor amigo de mi esposo

    Por mi marido sabía de sus aventuras con otras chicas. Su mejor amigo era un don Juan y se jactaba de ser muy buen amante.

    Tantas aventuras le conocí que comenzó a enterarme la cosquillita de si era tan bueno como decía.

    Empecé a verlo con otros ojos. Empezó a gustarme.

    Lo miraba y me calentaba. Y cada vez que me masturbaba pensaba en él. Cuando venía a casa le miraba su paquete.

    Cuando íbamos a su casa, le sonreía coqueta a ver si se lanzaba. Pero el nada. Ni me miraba.

    Así que me tocaba dar el primer paso si quería comprobar lo rico que era…

    En una reunión, estábamos tomando. Se hacía más noche y la gente poco a poco se fue yendo. Nos quedamos solo mi marido, yo, su mejor amigo y su mujer. Era casa de ellos así que ella se fue a recostar porque se le subió el alcohol.

    Yo me asegure de que mi marido y él también bebieran bastante.

    Bueno. Ella se fue a dormir. Estábamos en el patio y comenzó a refrescar el clima.

    Cómo vivimos cerca, le dije a mi marido que tenía frío. Que si podía ir a casa por un suéter para mí a lo que accedió.

    Nos quedamos solos su amigo y yo en el patio. Estábamos sentados. Me levanté como si fuera ir al baño, en vez de eso me senté sobre él y comencé a besarlo. Él primero se resistió, pero luego cedió.

    Empezó a besar mi cuello y acariciar mis pechos y culo. Yo traía falda así que me levanté un poco y saqué su miembro y lo descubrí un poco. Era grande y gordo y así de una, hice mi panti a un lado y me clave todo su miembro.

    Fue una sensación deliciosa. Gemí y él también. Me quedé quieta. Nos miramos y lo bese. Mientras comencé a subir y bajar en él. Y moverme en círculos.

    Sabía que debía ser rápido pues mi marido no tardaría.

    Mientras el chupo mis pechos, sentía su duro pene en mi. Y como me mojaba cada vez más. Me besaba el cuello y de pronto sentí su respiración más agitada. Sabía que estaba a punto de acabar, pare un poco y de pronto sentí eso electrizante cuando estoy a punto de acabar. Comencé a moverme más duro y el succionó de mi cuello. Y nos dejamos ir.

    Me lleno de su leche por completo. Y yo escurría también de mus jugos de lo rico que sentí. Un orgasmo maravilloso.

    En eso oímos que tocaron la puerta. Me levanté rápido.

    Él se metió su pene y subió el cierre. Y vacío un poco de cerveza sobre él. Sacó su camisa para tapar lo mojado que quedó. Mientras yo me metí al baño él fue a abrir a mi marido. Salí del baño y puse el suéter que muy amable me trajo. Su amigo le dijo que se iría a cambiar ya que se le volteó un vaso encima.

    Cuando salió seguimos platicando, y el de repente me miraba y sonreía.

    Y así comenzó lo que hasta hoy no logramos parar…

    Continuará…

  • Sin querer, me prendió mi hermana

    Sin querer, me prendió mi hermana

    Todo comenzó una noche que envié unas fotos para formar un pdf a su teléfono, con mi teléfono no podía, pero con el de ella sí. Una vez enviadas las fotos me dijo que se estaba quedando sin memoria así que me lo dio para que borrara algunas cosas.

    Yo me metí a la galería a borrar la papelera de reciclaje sin sospechar nada, cuando de repente, vaya sorpresa, ella se tomaba fotos desnuda, semi-desnuda y de forma sexy y después las borraba. Sin embargo el teléfono las guardó en la papelera, en ese momento no supe que pensar, nunca la había imaginado de esa forma y debo admitir que me excitó mucho verla así.

    Desde ese momento he tenido un poco de fantasías con ella, no de penetración, pero si con sus tetas, ya que en esas fotos confirmé que son hermosamente grandes, quiero venirme sobre ellas mientras ella me masturba, pero no es como decirle y tampoco sé si deba decirle.

    Si puedes darme un consejo, sea bueno o malo será escuchado, ayúdame a resolver el dilema.

    En caso de que me anime a hacerlo lo contaré por aquí.

    Nota: ella tiene 19.

  • Ella: El viaje y el calentón

    Ella: El viaje y el calentón

    “Bueno pues con estas refrescantes imágenes nos despedimos. Que pasen unas felices vacaciones.”

    Así despidió el informativo de mediodía y daba comienzo a sus vacaciones. Las primeras que iba a pasar sola después de quince años casada con Pedro. En ese tiempo habían formado la pareja perfecta a los ojos de todos. Él, un conocido arquitecto y ella, una reputada profesional de la información. Pero a finales de año lo habían dejado. Ahora Pedro estaba saliendo con una compañera de trabajo que estaba como un tren. Ella, en cambio, estaba sola. Es más, llevaba más de un año sin “catar” nada.

    La cosa había empezado a torcerse cuando el paso del tiempo había instalado a la pareja en una rutina cómoda. Había desaparecido el ardor pasional a favor del confortable calor de domingos por la tarde en el sofá. Así llegó un momento en que ella se comenzó a aburrir y los planes de vida de cada uno de ellos empezaron a chocar de frente. Mientras ella anhelaba un ritmo de vida algo más rápido, salidas de marcha, viajes improvisados, etc…, él empezaba a buscar algo más rutinario. Se había vuelto más pasivo, más previsible. Ella se sentía joven mientras que él decía aquello que tanto le fastidiaba de “…ya no tenemos edad…”

    Todo esto empezó a provocar un distanciamiento entre ambos. Al principio era un leve malestar, luego continúas discusiones donde cada uno exponía bastante claro sus planes para el modelo de vida que quería. Para terminar en un desinterés del uno por el otro que les llevó a una situación inevitable. O más bien llevó a ella a tomar una decisión muy difícil. Porque fue ella quién decidió que ya no más. Se planteó mil veces si había sido una buena solución. Se sentía fatal, le quería y durante unos meses lo pasó realmente mal. Cuando se metía en la cama solo deseaba que al abrir los ojos hubiera pasado el tiempo suficiente para que se terminase aquel dolor. Y es que le costó mucho superar aquel 24 de diciembre en que todo se acabó.

    Ahora tenía una reserva en un hotel de un pequeño pueblo del sur antes de zarpar en un crucero por las islas griegas con su amiga Eva. El viaje se le había hecho un poco pesado. Primero un AVE hasta Sevilla y luego un coche de alquiler hasta el hotel. Sobre las ocho y media de la tarde llegó y se instaló. Tenía ganas de un baño relajante, pero lo pensó mejor y optó por una ducha rápida y salir a ver los alrededores y la playa. No tenía ganas de encerrarse en una habitación sino salir a pasear y respirar aire puro. Así lo hizo y a las diez de la noche después de haber cenado algo rápido, estaba paseando por la playa. El olor a mar siempre le evocaba agradables recuerdos de su infancia cuando de la mano de su abuelo paseaba por la Barceloneta mientras oía las historias de las distintas travesías que había hecho éste embarcado en distintos barcos mercantes.

    Tras un largo paseo por la magnífica playa de arena fina, con el rumor de las olas rompiendo suavemente en la orilla, se encontraba muy relajada. Se sintió cansada de todo el día y decidió volver. Ante la pequeña puerta de acceso al hotel desde la playa se dio cuenta que no tenía llaves para esa entrada, así que tendría que rodear todo el hotel y entrar por la puerta principal. De repente una voz grave llamó su atención a su espalda:

    -Perdone, ¿es usted huésped? ¿Necesita ayuda? –Ella se giró y se quedó por un momento mirando a su interlocutor.

    -Sí, me he dejado las llaves en recepción y está cerrada la puerta, ¿es usted huésped también? –dijo por fin la mujer.

    -No, yo soy el socorrista de la piscina del hotel.

    -¿Si pudieras abrirme? –dijo Ella inocentemente.

    -No se preocupe que yo le abro… –dicho esto él le sonrió de manera pícara.

    -Gracias. Hasta mañana. -Se despidió la periodista.

    Atravesó la zona de la piscina hasta el bar donde los camareros servían copas a algunos clientes. Luego cruzó el hall de entrada en dirección a la recepción donde el empleado había sustituido al compañero que le dio la entrada. Éste le saludó con una amplia sonrisa al reconocerla antes de darle la llave de la habitación. Ella, correspondió al recepcionista con otra sonrisa y se fue a la habitación pensando en la extraña conversación que había mantenido con el joven de la puerta. Se descalzó y se tumbó en la cama boca arriba. Fue entonces cuando se dio cuenta del doble sentido de la frase del socorrista y de ahí su sonrisa. De repente sintió una extraña sensación entre la ofensa por la insolencia del comentario del joven y el halago al sentirse deseada por éste. DESEO, repitió para sí. Los años de convivencia habían diluido el de Pedro hacia Ella sustituyéndose por algo tan dañino como la seguridad y el confort. Hacía mucho que no se sentía deseada.

    Ella también sonreía ahora y pensaba desde cuando no “la abrían”. Pensó en las últimas veces con Pedro, cuando ya el sexo entre ellos eran aburridas sesiones programadas, siempre de la misma manera, siempre en el mismo lugar y siempre el mismo día y a la misma hora. Ahora, él tenía nueva pareja y los comienzos siempre son prometedores. Comenzó a imaginar como lo harían. ¿Se la estaría chupando? ¿Le estaría él comiendo las tetas o el coño o el culo? Empezó a excitarse y a tocarse. Se quitó la camiseta y el sujetador para acariciarse las tetas. Las tenía, relativamente grandes, preciosas, duras, con una areola perfectamente redonda y rosada con unos prominentes pezones que se erguían hacia arriba cuando se excitaba. Siempre habían tenido mucho éxito sus tetas, sobretodo en la redacción.

    Ahora se pellizcaba los pezones y se los retorcía hasta provocarse un excitante dolor. Se las amasaba como hacía mucho que no lo hacía. Pero necesitaba más, así que se quitó la minifalda y se quedó solo con su tanguita blanco. Se tocó por encima y se notó totalmente húmeda. Metió la mano dentro y tocó su peludo, pero bien triangulado coño. Primero con toda la palma para notar el calor que desprendía su raja. Luego hizo presión y comenzó a subir lentamente la mano introduciéndose levemente su dedo corazón desde el inicio de su vagina hasta tocar su clítoris. Notando el flujo ardiente que manaba de su sexo. Suspiró y sin dejar de amasar sus tetas siguió rozándose aquel botón del coño con pequeños círculos. Empezaba a jadear y su excitación iba en aumento. Su mente empezó a buscar imágenes que le ayudasen a terminar. No lograba poner nada en pie. De repente recordó vagamente al socorrista, pero tampoco le sirvió. Notaba como su coño caliente latía y necesitaba ser penetrado. Miró hacia la televisión y lo tuvo claro. Puso el canal para adultos, se colocó boca arriba con la cabeza apoyada en la almohada y se dispuso a hacerse una paja mientras veía la porno. No tardó en coger el ritmo perdido viendo gritar de placer a la rubia de turno siendo empotrada contra una pared por un negro con una polla descomunal.

    Ella dejó sus pezones que ya estaban duros como piedras y se dedicó en exclusiva a su precioso coño. Con una mano se hacía un dedo mientras que con la otra se metía primero uno luego otro y hasta tres dedos en la vagina y empezaba a moverlos en círculos dentro. Estaba a punto de llegar, no dejaba de mover las piernas notando un escalofrío que recorría sus muslos, jadeaba sin parar se mordía el labio inferior. Aunque se le cerraban los ojos del gusto no perdía la visión de la pantalla. Se propuso aguantar tanto como aquella rubia.

    Con el cambio de secuencia, Ella también decidió cambiar de ritmo. Ahora en la pantalla la rubia estaba a cuatro patas mientras el negro le reventaba el culo con sus veintiocho centímetros. Los gritos y gestos de dolor de la mujer contrastaban con la cara y gemidos de placer del hombre. En la habitación Ella estaba también a cuatro patas con la cabeza en el colchón y mirando a la tele. Esta secuencia trajo a su memoria su fantasía sexual nunca confesada, la sodomía. Introdujo tres dedos de su mano izquierda en su vagina y la parte más cercana a su muñeca sobre su clítoris, de manera que el roce sobre éste era total. A continuación, ensalivó el dedo corazón de su mano derecha y se lo fue introduciendo en su ano. Al principio gimió de dolor ya que era la primera vez que entraba algo por allí. Viendo como la rubia estaba siendo empalada sin compasión deseó ser ella y que aquel negro con aquella impresionante verga la partiese en dos desgarrándole el ano.

    Se metió otro dedo en su ano al tiempo que se estimulaba el clítoris con la otra mano. Comenzó con un continuo movimiento de mete-saca. Ya no pudo más y con un grito que no pudo controlar llegó al orgasmo. Apretó sus piernas en torno a su mano hasta que, faltas de tensión, no pudieron soportar y cayó rendida sobre el colchón. Con los ojos cerrados, sus fluidos manaban de su coño ardiente hasta empapar su mano y las sábanas bajo su cuerpo. En la tele el negro descargaba todo el semen de sus cojones en cara de la rubia que se relamía de gusto. Éste fue el último recuerdo antes de quedarse completamente dormida.

    A la mañana siguiente se despertó desubicada. Era su primer día de vacaciones y aún no se había hecho al horario. Recordó la noche anterior. Se olió la mano y se la lamió. Sabía a flujo vaginal y sonrió recordando la buena paja que se había hecho. Pensó que ese podía ser el comienzo de unas bonitas vacaciones Completamente desnuda pasó al baño. Al sentarse en la taza del váter se dio cuenta que su ano también había disfrutado y ahora estaba resacoso. Se miró al espejo y vio que necesitaba broncearse, incluidas sus hermosas tetas. Pasó su mano por su vello púbico y recordó que la rubia de la película estaba toda rasurada. De repente lo tuvo claro, volvió a salir desnuda del baño y saltó al teléfono de la habitación. Tras hablar con la recepción la pasaron con la sala de estética donde pidió cita. Tenía una hora para ducharse desayunar y pasar a depilarse.

    A las 10,45 estaba sola en la sala. Le atendió una preciosa chica rubia de ojos azules y labios carnosos. Le pareció que era perfecta e incluso lamentó no ser lesbiana porque le habría entrado. La chica le indicó que se pusiera en la camilla boca arriba y que se quitara la parte inferior del bikini. Primero con unas tijeras le recortó el vello para luego aplicarle cera. Posteriormente le pidió que se diera la vuelta para aplicarle la cera sobre el ano. Transcurridos quince minutos estaba lista, se miró al espejo y se vio el coño totalmente rasurado como el de una actriz porno y se gustó. Le pareció que sus labios eran preciosos, se acarició y estaba suave y realmente deseable. La chica le comentó que lo tenía muy bonito:

    -A mi novio le encantan los coños rasurados, pero a mi me gusta mucho más dejarme la tirita rubia sobre los labios. –Comentó de manera inocente la esteticista junto a ella mientras miraban el trabajo en el espejo.

    -Yo siempre me he dejado el triángulo, pero he decidido cambiar a ver que tal me va.

    -Tienes un cuerpo impresionante seguro que triunfas. –Alabó la chica.

    -Gracias guapa.

    El calentón:

    A media mañana decidió salir a tomar el sol en la piscina. Envuelta en un pareo de colores y cubierta por una pamela cruzó hacia la zona ajardinada donde se encontraba la piscina. En su mano el último libro que le había regalado su amiga Eva, Rencor. Tras un par de vistazos alrededor no vio ninguna hamaca libre y cuando se disponía a tirarse sobre una toalla oyó que una voz lejanamente familiar llamaba su atención:

    -Perdone, ¿es usted huésped? ¿necesita ayuda?

    Ella intentó recordar aquella voz, aquella conversación y se giró. Quedó muda mirando a aquella persona:

    -Perdone. ¿no me recuerda? Anoche, en la entrada de la playa, ¡el socorrista! –trataba de identificarse el chico.

    Ella seguía observándolo de arriba abajo. Debía medir sobre 1,90, muy bronceado por tantas horas de sol, corte de pelo muy corto, al uno quizás y moreno. Una cara angulosa de marcados pómulos y hoyuelo en la barbilla. Un pendiente en cada oreja y un piercing en la ceja izquierda. Muy ancho de espaldas y un cuerpo trabajado, pero sin ser el musculado hormonal de gimnasio:

    -¿No se acuerda? ¡el socorrista! –volvió a insistir el chico y se quitó las gafas de pera y cristales de espejos Ray-Ban, mostrando unos impresionantes ojos verdes.

    -Sí, sí claro… el socorrista. –Por fin acertó a decir ella –perdone me he quedado un poco descolocada.

    -¿Le puedo ayudar? –Se ofreció él.

    -Bueno sí. Estoy buscando una hamaca reclinable pero no veo ninguna. –Dijo ella mirando alrededor.

    -No se preocupe que yo le traigo una.

    Mientras el socorrista se alejaba hacia una esquina del jardín donde estaban apilados los asientos, la mujer le miraba por detrás. Vestía un polo blanco que resaltaba aún más su bronceado y un bañador rojo que le marcaba un culo de atleta impresionante. Sus piernas eran grandes y fuertes y las llevaba depiladas. Al llegar justo hasta ella, con la hamaca en vilo, se fijó en que sus brazos eran tan fuertes como sus piernas y no pudo dejar de mirarle sus bien marcados bíceps. Él se dio cuenta que había sido escrutado totalmente y sonrió:

    -¿Te ayudo? Eso debe pesar mucho. –Se ofreció la mujer.

    -No se preocupe. Estoy acostumbrado al esfuerzo. Para eso me pagan. –El chico le guiñó un ojo.

    Le miró fijamente a los ojos y le sonrió. Aunque ella no le echaba más de veinte años le empezaba a gustar este juego del coqueteo:

    -Se te ve muy fuerte, pero eres muy joven para estar tan acostumbrado… al esfuerzo… (Esto último lo dijo haciendo una pausa y en un tono más socarrón). ¿A qué te dedicas?

    -En verano ya ves. Pero he conseguido una beca para el equipo nacional de natación. –Dijo una vez dejó en el suelo la hamaca reclinable de la periodista.

    -Lo de la natación explica el esfuerzo. Pero… en verano… ¿como practicas… el esfuerzo si estás trabajando? –volvió a preguntar ella continuando con el coqueteo y el doble sentido.

    -Ah, pero es que en mis ratos libres tengo otras aficiones. –Contestó el socorrista adoptando una pose de tipo duro con los brazos cruzados, marcando bíceps y la cabeza un tanto ladeada.

    Ella le sonrió y le lanzó una mirada entre el deseo y la lujuria mientras se deleitaba observando el bello cuerpo de nadador de su interlocutor. Susurró:

    -…ya me gustaría a mí saber que aficiones son esas…

    Se tumbó en la hamaca a tomar el sol y mientras él ocupó su silla alta de vigilancia junto a ella. La piscina comenzaba a llenarse de huéspedes del hotel y el socorrista debía prestar más atención a sus obligaciones, aunque de vez en cuando echaba una mirada a la periodista:

    -Si no te pones protección te vas a quemar. –Advirtió él tras ver como la mujer se tumbaba al sol.

    -Ah si. Gracias.

    Ella estaba empezando a sentirse excitada. Sin duda la presencia cercana de él, la conversación, la imagen de su coño recién rasurado. El recuerdo de las escenas de la película porno de la noche que le sirvieron para masturbarse. La lectura del libro. Todo ayudaba a su aumento de temperatura. Se estaba untando el cuerpo en crema protectora, brazos, piernas, abdomen. Lo hacía muy despacio, disfrutando de un auto-magreo que le hacía sentir placer. De repente decidió empezar un nuevo ataque:

    -Disculpa, ¿te importa si hago topless?

    -No, para nada –dijo él –es más me vas a alegrar la vista.

    Ella se desabrochó el sujetador por detrás y lo terminó de sacar por la cabeza. Sus preciosos pechos quedaron al aire. Eran blancos y con unos pezones rosados siempre apuntando hacia arriba. Se untó crema protectora por las tetas, se las cogía con las manos y se las sobaba mientras suspiraba. Miraba lascivamente al socorrista. Él ya no se cortaba en mirárselas:

    -¿Qué te parecen? ¿Te gustan? –preguntó Ella con maldad.

    -Riquísimas. –Contestó él con deseo.

    -Mmmmm… –Suspiró la mujer complacida.

    La mujer dejó escapar un suspiro mientras se tiraba de los pezones hasta provocarse dolor. Cerró los ojos y se tumbó. Sus pezones estaban endurecidos y ella caliente como una perra. Su vagina le ardía y las braguitas de su bikini empezaban a estar mojadas. La sensación del rasurado vaginal incrementaba la sensibilidad lo que hacía que su excitación fuera en aumento.

    Durante todo el rato no pudo pensar en otra cosa que no fuera sexo: ¿como la tendría el socorrista?, ¿follaría bien? Sí, vale tendría solo veinte años y ella cuarenta, pero ese morbo de tirarse a alguien mucho menor le podía. Sí, se podría hacer ese regalo prohibido. Solo quería echar un polvo con aquel niñato. Pero ¿y si él no quería?, al fin y al cabo él la vería como una pureta. Vale, estaba muy buena y era guapa y salía en la tele, pero ¿eso sería suficiente morbo para él? Todo esto rondaba su cabeza lo que hacía que le fuera imposible concentrarse en su libro.

    A la una de la tarde lo había decidido. Le dejaría una nota y esperaría a ver que pasaba. Cogió una de sus tarjetas y escribió por detrás, luego se puso el sujetador, se envolvió en su pareo y se cubrió con su pamela. Se acercó hasta él. Él bajo de la silla alta, ella le dio la tarjeta y se fue contoneando su casi 1,80 de altura hasta el comedor.

    SI QUIERES PRACTICAR ESFUERZO TE ESPERO EN MI HABITACIÓN, ESTARÁ ABIERTA.

    Abajo ponía el número de la habitación. Él se quedó perplejo, mirando como se alejaba la presentadora moviendo un culo realmente espectacular.

    Durante el almuerzo, la periodista, se colocó delante de la televisión del restaurante para seguir los informativos de su cadena. No se podía concentrar, miraba el reloj insistentemente y se preguntaba si no se habría arriesgado demasiado con esa tarjeta. Estaba nerviosa, este comportamiento impulsivo no era propio de ella. Subió a su habitación y decidió darse una ducha. Mientras seguía pensando en sexo. Se había apoderado de ella un apetito sexual inusual y deseaba hacerlo. Deseaba un polvo salvaje, nada de cursilerías, ni amor, ni romanticismo. Quería echar un polvo que la dejara bien satisfecha. Le ardía la vagina, los pezones se le endurecieron. Necesitaba que viniera el socorrista y se la follara sin compasión. No le iba a valer una paja encaso de que no viniera. Volvió a mirar el reloj y vio que faltaban cinco minutos para que saliese de trabajar el socorrista. Decidió dejar la puerta entreabierta y encenderse un cigarro. Tenía su melena aún mojada y estaba cubierta solo por una toalla anudada por encima del pecho. Dio la última calada al cigarro antes de asomarse otra vez por la ventana y vio que ya no estaba en su su silla alta de vigilancia, miró el reloj de su móvil. Pasaban pocos minutos de las dos de la tarde. En ese momento oyó un ruido y la puerta se abrió. Un cosquilleo nervioso que nació en su estómago recorrió todo su cuerpo para acabar en un ardor que sonrojaron sus mejillas.

    Había venido. Cerró la puerta al entrar y empezó a andar despacio. Ella le miró con cara de guarra, se quitó el nudo de la toalla y la dejó caer al suelo. A la vista de él quedó un cuerpo espectacular y perfectamente proporcionado. Su coño recién rasurado la mañana anterior pedía guerra y sus labios gruesos y húmedos deseaban abrazar un buen cacho de carne. Él al verla venir cruzó los brazos por debajo para quitarse el polo blanco por la cabeza, mostrando un torso de nadador olímpico, nada de grasa, totalmente depilado una espectacular tableta de chocolate y unos pectorales cuadrados y nada exagerados. Ese era el yogurín que se iba a cepillar.

    Cuando estuvieron juntos se besaron apasionadamente. La mujer le pasó la mano por detrás de la cabeza y con la otra le agarraba el culo aún con el bañador. El chico le agarraba por la cintura y con la otra agarraba una de sus tetas para luego recorrer todo su cuerpo. Le pasó la mano por el coño, notando como lo tenía inundado. La periodista sintió la rudeza juvenil del socorrista en la violencia con que el grueso dedo de éste hurgaba en su interior. Ella comenzó a descender desde el cuello hasta los pectorales, lo acariciaba con las dos manos. Palpaba su abdomen, delimitaba cada uno de sus abdominales con los dedos, él gemía mientras le agarraba el culo a la periodista con las dos manos. Ella le mordió los pezones sacando un suspiro y una mirada de vicio del socorrista. Tiró de los cordones de su bañador y metió la mano dentro para cogerle la polla. No la tenía grande, era una polla normal, con un capullo rojo y caliente. Empezó a pajearle y le miró a los ojos:

    -Fóllame, cabrón. Méteme la polla por el coño. –Le decía la mujer a la cara.

    -¿Quieres follar? Puta. Llevas toda la mañana calentándome la polla. –Replicó el chico trinchando los dientes.

    -Hoy me siento muy puta. Quiero ser tu puta. Así que fóllame a lo bestia.

    De un tirón le bajó el bañador que cayó hasta el suelo. Él la levantó en vilo por las piernas y la puso contra la pared. Ella se agarró a su cuello y con las piernas le rodeó la cintura. Con la otra mano puso la polla en la entrada de su coño:

    -Dame fuerte. –Le ordenó la presentadora.

    El joven no se hizo esperar, le dio un empujón y se la metió hasta el fondo. La mujer gritó fuerte, hacía casi un año que no se la follaban y casi no se acordaba ya de las sensaciones. Trinchó los dientes sin dejar de mirarlo y esperó el segundo puntazo que fue aún más fuerte:

    -Sííí, dame fuerte. –Ella notaba como su vagina se abría cada vez que era penetrada violentamente por el joven nadador.

    -Toma, ¿te gusta fuerte?

    -Párteme, que hace mucho que no me dan.

    -Uf. Toma, joder. –Él aumentó el ritmo de su golpe de cadera.

    -Joder que fuerza cabrón, me vas a atravesar.

    -Ah, que puta eres. Toma puta, toma. ¿La quieres fuerte?

    -Sí. Joder que polvazo. –La periodista se agarró a su espalda y le dejó marcado con tres de sus uñas.

    -Ayyy. –Se quejó de dolor el chico.

    La llevó en vilo con sus poderosos brazos hasta la cama. Los dos jadeaban. Él le subió las piernas sobre sus hombros y trinchando los dientes se la metió de una embestida llegando hasta el fondo de la vagina:

    -Ay, cabronazo que me vas a partir en dos.

    -¿Eso es lo que quieres? –y volvió a empujar hasta el fondo.

    Estuvo un rato sobre la periodista bombeando. Ella le agarraba el culo, la espalda, la cabeza. Ahora con las piernas rodeaba el cuerpo de su amante:

    -Cómeme las tetas, joder. Vamos cabrón. –La mujer no dejaba de darle órdenes.

    El socorrista obedeció chupándole y succionando cada uno de aquellos maravillosos pezones rosados y puntiagudos:

    -Mmmm… sííí. Sigue… los pezones, muérdeme los pezones, cabrón.

    Él se los trilló con los dientes y tiró de ellos hasta hacer que ella gritase:

    -Ahhhh. Que gustazo… –y le dio un cachetazo en el culo.

    Él le volvió a meter un puntazo muy fuerte y se la dejó dentro unos segundos. Ella volvió a gritar fuerte de placer:

    -Ahhhh. Joder que follada. Pégame, –pidió la periodista con la respiración entrecortada por el esfuerzo –dame una hostia. Vamos. Pégame en la cara.

    -Eres una guarra. Una guarra viciosa. –Decía el socorrista y mordiéndose el labio inferior le abofeteó un par de veces la cara.

    La mujer respondió con otro cachetazo, logró morder uno de aquellos pectorales dejándole la marca. Él le dio la vuelta y la puso la puso a cuatro patas. La agarró por la cintura y se la volvió a meter hasta los huevos. La periodista se notaba el coño totalmente abierto y húmedo. El socorrista le dio un par de palmetazos en su maravilloso culo dejándole los dedos marcados:

    -Así, joder así. Fuerte, más fuerte. –Pedía la mujer excitada.

    -Me voy a correr, puta, me voy a correr. –Le anunciaba el chico.

    -Córrete dentro de mi coño. No te salgas. –Ordenó ella.

    Él le agarró el pelo y tiró hacia atrás mientras seguía penetrándola con fuerza:

    -Me voy, me voy cabrón. Aaahhh, me voy cabrón. -Decía ella que se hacía un dedo mientras el niñato aquel le partía el coño a pollazos.

    -Me corro, aaahhh, toma guarra, todo dentro. Guarra. -Gritó el socorrista.

    Ella apretó su vagina y notó que él descargaba un impresionante chorro de semen dentro de su coño. El orgasmo conjunto fue oído en toda la planta del hotel.

    Los dos cayeron. El chico boca arriba. Aún le duraba la erección y tenía el capullo totalmente rojo y gordo. La mujer boca abajo, rendida por la excitación y el esfuerzo.

    *****

    Se había quedado traspuesta unos minutos y se despertó cuando notó que los restos del polvo se salían de su vagina manchando sus muslos y cayendo a las sábanas. Como pudo se levantó y se fue a limpiar al baño. Tenía agujetas en todo el cuerpo.

    Volvió a la habitación y se encendió un cigarro, luego se sentó frente a la cama donde su joven amante dormitaba boca abajo ahora. Tras darle la última calada al cigarro y expulsar el humo se acercó a la cama y comenzó a besar el duro culo del socorrista, los besos se fueron convirtiendo en pequeños mordiscos. La respiración de él fue siendo más profunda. Ella le clavó las uñas y separó los glúteos para pasarle la lengua por el ano. Él se veía encantado ya que poco a poco fue poniéndose a cuatro patas, así que ella procedió a hacerle una comida de culo mientras le pajeaba con la otra mano.

    Viendo lo excitado que se estaba poniendo, le dio la vuelta:

    -Gírate que te voy a dar una mamada.

    Él se sentó al filo de la cama y la presentadora se arrodilló delante de su polla. Se la agarró con una mano, le escupió en el capullo y le miró con cara de viciosa antes de metérsela en la boca. Despacio comenzó a mover su cabeza arriba y abajo mientras con la mano le pajeaba, él suspiró profundo:

    -Joder, eres una putacomepollas. –La definió el socorrista mientras con las manos en su cabeza le marcaba el ritmo.

    A cada insulto de él, ella se excitaba más. Le estaba comiendo la polla a un niñato de veinte años. Se sentía como una puta. Él le agarró una teta y le ordenó parar:

    -Túmbate en la cama. Quiero que me hagas una cubana.

    La mujer se tumbó y el chico se sentó a horcajadas sobre ella. Puso la polla entre sus tetas y con las manos las juntó. Luego comenzó a moverse de delante a atrás. La respiración de él se aceleró, estaba a punto de correrse. Ella sacaba la lengua tratando de lamer aquel capullo violáceo. Por fin, el chico descargó un largo chorro de semen que cayó sobre la cara y el pelo de ella, quién abrió la boca. Un segundo chorro volvió a salir y fue a dar a su boca y sus dientes. Él la miró exhausto y le cruzó la cara de un bofetón que enrojeció su cara:

    -Puta. Joder que tetas tienes.

    La periodista no se lo esperaba, pero no le molestó en absoluto.

  • La danza del deseo

    La danza del deseo

    Irene se despierta mojada de su sueño como viene repitiéndose las últimas noches. 

    Es una adolescente de diecinueve años realmente adorable. Tiene una melena rubia que desciende hasta su cintura. Sus cejas claras enmarcan unos ojos de un marrón claro que deslumbra a quien los mira, y su boca es sensual como la de una geisha. Mide un metro y cincuenta y cinco centímetros, es delgada y estilizada, con unos pechos pequeños en forma de pera adornados con unos pequeños pezones que apuntan al cielo. Todos ellos atributos de ensueño para ser la mejor bailarina de su curso y para que cualquiera se deleite con tal sólo observarla. Está en cuarto de clásico en el Conservatorio de danza, y sus aptitudes como bailarina siempre han destacado por encima de las de sus compañeras. Con todas esas cualidades podría pavonearse por la calle luciendo una percha envidiable, sin embargo, siempre viste ropas anchas que en ocasiones parecen harapos ocultando su atractivo. Su larga melena siempre la lleva recogida en un moño, tanto cuando baila como cuando no lo hace, y no se entiende ser dueña de un cabello tan hermoso si siempre lo lleva recogido, como tampoco que oculte el contorno de una silueta tan armoniosa como es la suya.

    A pesar de su edad, su trayectoria sexual ha sido provechosa, pero siempre limitada a las masturbaciones y en algunos casos ha recurrido a alguna que otra mamada. Dice que su virginidad la reserva para alguien especial. Sabe quién es, lo que no sabe es como seducir a su don Juan, ni cuál es el método más apropiado. Mientras tanto, van pasando los días y su virginidad sigue intacta y a la espera de que encuentre la fórmula para lograrlo. Por el momento, son los sueños húmedos los que la acompañan cada noche, y cuando despierta se masturba recapitulando y deseando que esos sueños se hagan algún día realidad, aun sabiendo que es una quimera.

    Muchas veces ha estado a punto de insinuársele, pero finalmente nunca ha tenido el valor para hacerlo porque, a pesar de que se llevan muy bien, él tampoco ha mostrado jamás una actitud que pueda llevarle a pensar que está en su misma onda. Él es un hombre de cuarenta y cinco años, atlético y muy bien parecido, es decir, el capricho de cualquier mujer de su edad, sin embargo, que ella sepa, sólo su esposa se beneficia de tan preciado botín.

    Guillermo es el padre de su mejor amiga y no sabe nada de sus retorcidas maquinaciones, de todos modos, Irene tampoco está al tanto de que ha sido en innumerables ocasiones la protagonista de sus pajas y sus sesiones de sexo con su esposa. Si lo supiera las cosas serían más fáciles.

    Guillermo acude siempre a los certámenes para ver a su hija bailar, al tiempo que aprovecha para observar con detalle cada contorno del cuerpo de Irene. En esos momentos es cuando se adivinan sus formas. Guillermo se deleita contemplando su silueta y admirando su armonioso físico. Tan sólo habría que desnudarla para ver el color de la carne, todo lo demás ya está insinuado. Cada una de sus curvas le habla y le dice que salte al escenario, le arranque sus mallas y la posea allí mismo. Una cosa tiene clara y es que esa noche el polvo que le eche a su mujer será en su honor. Para alimentar sus fantasías, la cámara dispara una tras otra, fotos sin descanso con un zoom que se compró para la ocasión. Por su parte, Irene sabe que ha venido a ver a su hija y que de un modo u otro la verá también a ella y lo que hace es bailar para él en secreto. Lo ve entre el público. Está en la primera fila junto a su esposa y le parece que la mira ¿o serán imaginaciones suyas? Le gustaría que después de la gala la poseyera entre bastidores y que la desvirgara de una vez por todas.

    Irene ha quedado con Yolanda a pasar unos días en su casa de campo, no porque le apetezca estar con ella, sino por tener la oportunidad de estar cerca de él.

    Ha cogido para la ocasión el bikini más diminuto y sugerente que tenía y se ha pavoneado con él para que la vea. Sabe que sus miradas se han cruzado varias veces, de eso está completamente segura, y juraría que en alguna de esas miradas había una intencionalidad, pero no puede asegurarlo. También le ha parecido ver que su vista se detenía por un instante en la diminuta braguita que insinuaba su pequeña regata.

    Está tomando el sol junto a Yolanda tumbada boca abajo, mientras Guillermo la observa desde la ventana y se hace una paja dejando volar su imaginación, al mismo tiempo que contempla el delicado cuerpo de Irene. Sus nalgas son perfectas. Lo que daría un escultor por modelarlas o él por acariciarlas. Se imagina sobre ella posando su polla en la regata, a la vez que ella aprieta las nalgas y engarza el rabo en su canal, mientras él se frota sobre ella. Eso es lo que piensa cuando, de repente, como si supiera que la está mirando, eleva el culo en un movimiento sugerente y lo pone en alto para cambiar la postura. Se mantiene así durante unos segundos como si quisiera que se extasiara y se le llenara la vista de él. Guillermo acelera el movimiento de su mano al ver el espectáculo y su polla parece a punto de estallar. Irene se da la vuelta adivinando de alguna forma que la está observando y mientras Guillermo está a punto de terminar su gayola, cierra los ojos ante la inminente corrida y no le importa que su polla estalle desparramando la leche en la pared y en el suelo. Ya lo limpiará luego, piensa. Ahora sólo le queda abandonarse al placer de su fantasía mientras acelera su mano en un frenético movimiento hasta que sus piernas flaquean y su polla escupe hasta el último remanente de leche. Cuando termina vuelve a abrir los ojos y se da cuenta de que ella le ha estado observando. Rápidamente enfunda su polla e intenta esconderse, como si al hacerlo evitara ese bochornoso momento tan comprometedor e ignominioso que ha contemplado Irene.

    Se siente ridículo y avergonzado. Pensará que es un voyeur salido, un asaltacunas, o peor aún, que el padre de su amiga es un pervertido y un degenerado, sin embargo ella sabe ahora que también es el foco de sus fantasías y que por tanto puede que los sentimientos sean compartidos. Sea como fuere, el camino se le ha allanado considerablemente.

    Es la hora de comer y entre los cuatro han puesto los enseres de la mesa. Yolanda e Irene están sentadas una al lado de la otra y Guillermo y su esposa enfrente. Es su esposa quien sirve la comida en los platos mientras habla de forma distendida comentando la actuación de las dos bailarinas. Yolanda interactúa en la charla e Irene lo intenta, pero tiene la cabeza en otras cosas. Guillermo baja la vista. Todavía sigue abochornado por lo que ha pasado y le atormenta saber qué pensará ella de su comportamiento, en cambio un pie parece responder a su pregunta y recorre su pierna para acabar posándose en su entrepierna. Guillermo levanta la vista y la mira sorprendido contemplando una cara traviesa y una lengua que recorre sutilmente, y de forma imperceptible su labio superior. Guillermo empieza a notar como la sangre fluye hasta su polla y en pocos segundos la tiene hinchada y dura. Irene percibe, tanto la hinchazón como la dureza y empieza a frotar el pie sobre la erección.

    Su mujer le comenta algo, pero él parece no haberse enterado de nada y vuelve a insistir.

    —¿Me has oído? —le pregunta.

    —¿Eh? ¿Qué?

    —Que traigas el agua —le repite.

    Guillermo se levanta intentando disimular su erección con las manos. Sólo Irene se da cuenta del detalle y de su cómica forma de ocultarla y sonríe maliciosamente. Cuando regresa a la mesa sus miradas se enfrentan y se convierten en cómplices. Sólo le aparta la mirada unos segundos para echarle otro vistazo al paquete que le quita el sueño.

    Entre frases de plié, relevé y puntas transcurre la comida mientras el pie de Irene intenta masturbarle. Se ha descalzado y siente la dureza de la polla en su planta y en sus dedos. Intenta agarrarla con ellos, pero no tiene libertad de movimientos y le es difícil, no obstante lo frota arriba y abajo, e incluso puede calibrar un tamaño que se le antoja muy prometedor.

    Guillermo apenas ha comido y cuando considera que no es descortés por su parte ausentarse, se disculpa y se levanta excusándose en que necesita descansar, pero Irene sabe lo que pasa y lo que va a hacer. Sólo lamenta no poder ir con él y ser ella la que lo consuele.

    Puede imaginarse la escena. Él está desnudo en la cama masturbándose y pensando en ella. Irene coge su verga y lo reemplaza, primero con movimientos lentos poniéndolo cada vez más caliente, a continuación la mano acelera los meneos y ella ve como se contorsiona y goza con su mano. Guillermo intuye que no es la primera polla que masturba porque se la ve con mucha soltura y sabe lo que hace, pero todo está en su cabeza. La realidad es que Guillermo está corriéndose en ese momento esparciendo su leche en su pecho, lo que no sabe es que Irene también se corre friccionando sus muslos con su pelvis, aderezadas con sus pensamientos. Cierra los ojos por un momento mientras se corre, y un coagulo de flujo mancha su braguita. La escena pasa inadvertida por su amiga y por su madre que siguen dando el tostón con la danza.

    Cuando se recompone del liviano orgasmo, ya se encuentra en mejores condiciones para retomar la charla sobre danza, aunque el tema le es indiferente en esos momentos. Hubiese preferido dirigirse a la habitación y acompañar en su calentón al secuestrador de sus sueños.

    Irene está tumbada en la cama con Yolanda y le pide su teléfono con la excusa de ver una configuración, sin embargo la finalidad no es otra que averiguar el número de su padre en su agenda, y con su treta logra su objetivo. Lo memoriza y lo añade a su lista de contactos.

    La joven revoltosa sabe que estando la esposa y la hija en la casa tiene pocas posibilidades de llevar a cabo ninguna maniobra que le permita una cercanía, y en el caso de que se le presentase sería algo muy fugaz, y las intenciones de Irene son más ambiciosas que una paja rápida. Ella quiere perder su virginidad con su príncipe azul. Quiere que la haga vibrar de placer como en sus sueños más húmedos, pero para eso tiene que esperar, no le queda más remedio. Mientras tanto, las pajas de ambos se suceden una tras otra. Irene apacigua su ardor con la ayuda de sus dedos y Guillermo parece un adolescente con las hormonas revueltas haciéndose pajas por doquier y a cualquier hora del día. También quiere encontrar el momento idóneo para abordarla, pero entiende que allí va a ser imposible.

    En una de sus gayolas, cuando está haciendo uso de sus fantasías, a Guillermo le salta un mensaje en su teléfono. No piensa cogerlo, ya que su prioridad en ese momento es otra, pero vuelve a saltarle otro mensaje y decide hacerlo por si es algo importante. El corazón le da un vuelco cuando lee el primer mensaje: “Te deseo”. Con el mensaje se adjunta una foto de Irene en ropa interior. En el segundo mensaje aparece la frase: “Quiero que me desvirgues” con otra imagen de ella mientras se acaricia. Guillermo le contesta diciéndole que es lo que más desea en este mundo y a continuación le escribe que al día siguiente puede ser un buen día. Le propone ir a su casa y follar hasta desfallecer. Irene le contesta que lo está deseando y ahí acaba la conversación, por lo que Guillermo retoma su paja mirando las fotos de Irene, y en pocos segundos la leche se estrella en el espejo del baño una y otra vez hasta que pierde su propiedad como tal. Seguidamente las piernas le flaquean y el semen se desliza por la superficie hasta caer en la pila. Al mismo tiempo, como si estuviesen sincronizados, Irene alcanza su orgasmo en una sucesión de jadeos imaginándose la polla que dos días antes había sobado con su pie.

    Ha llegado el día de la verdad. El que tantas veces ha invocado en sus sueños una y otra vez. Se da una ducha y se acicala, pero no demasiado. No le gusta. Tan sólo se maquilla en cuanto apenas y realza un poco el contorno de sus ojos. A continuación se coloca unos vaqueros y un suéter ancho en el que apenas se le insinúan los pechos, pero evidenciando unos pezones completamente erectos. Sale de casa y se dirige a la de su amiga en la que tantas veces ha estado. Llama al timbre y no es necesario que pregunte quien es. La puerta se abre y entra decidida para coger el ascensor. Cuando sube, Guillermo la espera impaciente y advierte que lleva el pelo completamente suelto, luciendo su melena rubia y se queda prendido de su belleza. La hace pasar y cierra la puerta con llave. Después acceden al salón y ambos se miran sin encontrar palabras que decirse, si bien, Guillermo piensa que no hace falta hablar. La coge de la cintura y la acerca hacia él dándole un tierno beso que pronto deja de serlo para convertirse en un morreo desenfrenado, a la vez que las cuatro manos se afanan en desnudarse el uno al otro.

    Irene se queda únicamente con sus diminutas braguitas y Guillermo exclama un -“Joder”- fascinado al ver la exquisitez de la seductora visión que tiene delante.

    La vuelve a coger de la cintura y la acerca hacia él fundiéndose de nuevo en otro prolongado y apasionado beso. Sus manos se pasean por la espalda y una de ellas desciende buscando sus curvas.

    —Me gustas mucho —se sincera.

    —Tú a mí también —le responde ella sin un atisbo de timidez.

    Guillermo la hace un poco hacia atrás y admira sus pechos erguidos, los coge y los lame, primero uno, después el otro. Una mano furtiva se desliza hasta su entrepierna, deteniéndose en ella y apretándosela a través de las braguitas, mientras Irene disfruta de sus caricias a la espera de que se las quite, y Guillermo no se hace de esperar. Se deshace de la diminuta prenda. Su vista se detiene en la tira de pelillos que adorna su pubis, deleitándose ante la octava maravilla.

    Su ansiedad le impide ser paciente. Se quita la camisa e Irene puede observar su canon de hombre ideal.

    Guillermo la recuesta en el sofá y se coloca encima de ella y ambos restriegan sus cuerpos desnudos. Las manos de él colisionan con las de ella en su ruta de exploración por ambas fisionomías. Las de Irene aferran su culo y lo aprieta, mientras Guillermo la besa y explora su boca, luego sigue su camino hacia el cuello y el lóbulo de la oreja. Entretanto, otra mano transita por su estómago y circunvala el monte de venus para reptar por la pierna. Su lengua repasa sus pezones, luego desciende por la barriga dando repetidos giros por el ombligo en busca de la humedad de sus pliegues y ella ahoga la respiración cuando la lengua encuentra su humedad. Él le aparta las piernas y degusta por vez primera su sal penetrante. Huele, lame y se embelesa con la ambrosía de la joven. Las manos de Irene cogen su cabeza y la aproxima hacia ella, buscando con los movimientos de pelvis, su lengua. Su amante se aplica en la tarea de devorar la gustosa almeja, a la vez que soba los turgentes pechos. A continuación, baja la mano por la planicie de su abdomen, acariciando cada resquicio de su tersa y suave piel. Ella se incorpora y tumba a su amado en la cama, ensambla su coño en la boca de Guillermo, y del mismo modo, se pone a la altura de su polla para engullirla, acoplándose en un perfecto sesenta y nueve. Sus flujos resbalan directamente en la boca de Guillermo, mientras Irene repasa con su lengua cada centímetro de la polla de su amado, deleitándose y excitándose cada vez más hasta que abraza el anhelante momento en el que su maduro amante la penetre y la rompa por dentro.

    Piensa por un momento que podría estar ovulando y le pregunta si tiene condones, obteniendo una respuesta negativa, pero ella está demasiado excitada para ser sensata, de hecho, hace meses que la sensatez ha desaparecido de su vida, a pesar de ello, le pide que no eyacule en su interior.

    Guillermo la recuesta de nuevo y se coloca encima intentando ser delicado. Ha llegado el momento, piensa Irene, se apodera del miembro para acompañarlo a su abertura y posa el glande en la raja sintiendo el placer de la cercanía de los dos sexos. Guillermo presiona despacio y el glande se hunde en su cavidad y se oye un pequeño gemido de dolor mitigado por las tiernas palabras de su amado en el oído. Poco a poco nota como la polla la va abriendo en canal y piensa que la va a desgarrar, pero no quiere que se detenga, y su humedad ayuda a que desaparezca por completo la verga en su interior. Después inicia un movimiento repetitivo de menos a más y ella empieza a gozar de la cópula. Tanto el ritmo como los jadeos son constantes y cada vez más rápidos. Ella retuerce y contorsiona sus caderas, a la par que siente su hombría como la llena por completo, y en pocos minutos el orgasmo de Irene invade su ser transitando por cada una de sus terminaciones nerviosas, mientras sus jadeos se intensifican. Los espasmos de su coño llevan a Guillermo a no poder contenerse y extrae el miembro de su interior para eyacular sobre ella, al tiempo que el semen golpea su pecho y se estrella en su cuello una y otra vez con virulencia hasta que poco a poco remiten los latigazos y Guillermo se deja caer encima de Irene.

    Ambos amantes están henchidos de gozo. El sueño de Irene se ha materializado e incluso ha sido mejor de lo que esperaba, y sonríe satisfecha. Guillermo le limpia con pañuelos de papel todo el semen que ha desparramado por su bello cuerpo. Después la llena de besos y sus manos inician un recorrido por su anatomía, dibujando sus contornos como tantas veces ha pensado que lo hacía. Las caricias le son devueltas y también ella rememora la de veces que ha sido objeto de sus masturbaciones. La polla de Guillermo empieza a ganar tamaño e Irene se apodera de ella moviéndola lentamente. Al mismo tiempo nota como unos dedos recorren su raja y se adentran hacia las profundidades. Abre la boca y cierra los ojos exhalando un suspiro de gozo. La excitación por parte de los dos vuelve a alcanzar el punto de ebullición y ella se coloca encima para cabalgar sobre él. Le coge la polla, la dirige a su gruta y se sienta lentamente mientras su coño se abre en canal abrazando la polla y absorbiéndola hasta que hace tope. A continuación empieza a saltar sobre el padre de su amiga, e intenta abofetearle la cara con sus pequeñas tetas, aunque sin éxito. Sus manos van y vienen repasando todo su cuerpo. Ella salta alegremente sobre la verga, entretanto Guillermo se agarra a su pequeño y perfecto culo. Le faltan manos para magreárselo. Es un culo duro, sin un vestigio de grasa. Simultáneamente le dedica las palabras más complacientes que pueda escuchar acerca de su trasero.

    Las nalgas son atendidas con gran ímpetu, los pechos son abordados con pasión y su cintura es dibujada con el perfil que van trazando sus manos al descender. Irene se apoya en su torso mientras salta una y otra vez como una amazona sobre un potro desbocado. Después de un cuarto de hora brincando, acelera el ritmo ante la inminencia de otro orgasmo que la alcanza, recibiéndolo con una explosión de placer.

    El clímax la deja extenuada. Se queda quieta encima de él. No puede moverse, pero le gusta notar sus palpitaciones en el interior, aunque ya haya culminado su placer. Él desea continuar e intenta moverse dentro de ella, pero Irene no responde a sus movimientos, lo que hace es descabalgarlo y apoderarse del enhiesto miembro para empezar a masturbarlo, entretanto él la contempla, admirándola como la mujer que es, y mientras le masturba, le dice las frases más ardientes que ninguna otra mujer le ha dicho jamás.

    Irene se desliza hacia abajo y encierra en su boca la cabeza palpitante, logrando en pocos segundos que eyacule dentro de su boca. Pese a ello, no quiere abandonar el falo, de ese modo no desperdicia nada de su esencia. Cuando lo retiene todo, se lo traga y se relame los labios sin que él pierda detalle.

    Irene le dice que ha sido la mejor experiencia de su vida y él no miente cuando le confirma que por parte de él también lo ha sido, pese a su dilatada trayectoria sexual.

    No sólo ha sido la mejor vivencia para ambos, sino que cupido ha atravesado sus corazones con su ponzoña, reforzando un sentimiento inviable, a la par que peligroso.

    Irene está dispuesta a todo con tal de seguir al lado de Guillermo. Si tiene que enfrentarse a sus padres lo hará, si tiene que dar la cara ante su amiga y ante su madre también, y así se lo hace saber a él, sin embargo Guillermo no lo tiene tan claro, pese a que es posible que sus sentimientos sean más sinceros, dada su madurez. Él es consciente de eso, y también sabe que para ella, él es ahora como un juguete nuevo, pero que con el tiempo perderá su interés, dejará de lado, y con toda certeza será sustituido por otro más nuevo.

  • El primo Dani

    El primo Dani

    Justo a las 12 del mediodía, Ana llega a casa de sus padres (donde vive desde que lo dejó con su novio Carlos) desde el gimnasio.  Desde las 10:30 ha estado dando su clase diaria de spinning. Hoy el monitor les ha dado bastante caña. El tipo está bastante bien. Tiene un cuerpo muy trabajado y el verlo vestido con un culotte ajustado que le marcaba un buen paquete y le hacía un culo de escándalo, hace que Ana se excite. Si a eso le une esa cara de malo, con pelo muy corto, barba de tres días y ese tatuaje tribal sobre su hombro, la libido de la mujer se dispara en cada clase. Esto hace que la chica se esfuerce en los ejercicios, como si pudiera así complacer al monitor.

    Ya en su casa, totalmente sudada y mojada en su entrepierna pensaba en meterse en la ducha y masturbarse con el chorro de agua. Entró en casa y la sin nadie. No era extraño que sus padres no estuvieran a esa hora. Corrió por las escaleras hacia la segunda planta.

    Camino de su habitación se iba quitando la camiseta quedándose solamente con un sujetado deportivo negro en su parte de arriba. Justo antes de entrar en la habitación, y sin saber de donde una sombra se abalanzó sobre ella. Una mano le tapaba la boca:

    -No grites y no te pasará nada. Me entiendes.

    Ana pataleaba intentando zafarse de aquel tipo mucho más fuerte que ella. El hombre la tiró sobre su cama boca abajo y colocándose sobre ella, inmovilizándola, llevó sus brazos hacia atrás para maniatarla. Con un su propia camiseta la amordazó:

    -Vamos a ver, niñata, te estoy diciendo que si no haces ninguna tontería no te va a pasar nada.

    Ana se encontraba asustada. Aquel tío, vestido de negro y con un pasamontañas la había asaltado en su propia casa y ahora a saber cuales eran sus intenciones. La dejó tirada sobre su cama durante unos 10 minutos mientras el tío se movía libremente por la casa. Sin duda estaba robando.

    Por fin el tipo apareció por la habitación:

    -Bien niñata, ahora solo me queda despedirme de ti.

    Le quitó la mordaza de la boca:

    -¿Dani? –Preguntó la chica creyendo reconocer al tipo por su voz.

    -Muy bien, primita, has acertado.

    -¿Pero qué coño haces aquí? ¿No estabas en la cárcel?

    -Tú lo has dicho, primita. Estaba… Ya han pasado los 24 meses que me comí yo solito por tu culpa.

    -¿Yo…? ¿Pero qué hice yo…?

    -Venga, déjate de gilipolleces. Sé perfectamente que tú testificaste contra mí. Me reconociste como el que robó aquel coche que se utilizó para robar la sucursal del Santander.

    -¿Yo? Nunca testifiqué.

    El tipo abofeteó a la chica:

    -No me mientas joder. O te crees que soy gilipollas.

    Ana gritó de dolor.

    -Mira niñata, no te puedes imaginar lo que he pasado en el trullo por tu culpa. Y ahora me lo voy a cobrar. Me lo debes. ¿Y quién sabe…? A lo mejor hasta lo disfrutas.

    Dicho esto, y teniendo a su prima maniatada sobre la cama recorrió su cara, primero, y el resto de su cuerpo después con la parte externa de su mano. Ana, gimoteaba mirando fijamente los ojos de su primo a través de aquel pasamontañas que no había evitado su reconocimiento.

    Dani comenzó a lamer la cara de su prima. Desde la barbilla pasando por su mejilla. Luego bajó por su cuello:

    -Estás muy buena primita. Siempre lo has estado.

    Le colocó las manos atadas por encima de su cabeza haciendo que su exposición fuera mayor:

    -¿Qué vas a hacer Dani? Por favor, no cometas ninguna tontería. Yo no hice nada contra ti.

    -Cállate puta –el primo le dio otra bofetada.

    El hombre sacó una navaja y la paseó por el bello rostro de su prima. La mujer sintió el frío de la hoja plateada sobre sus mejillas acaloradas por las bofetadas. Con la punta siguió arañando levemente su cuello hasta llegar a su pecho. Con un ágil movimiento de muñeca el tipo cortó el sujetador deportivo liberando dos preciosas tetas de un tamaño pequeño, con una aureola marrón oscura, coronadas por un pezón gordo y erecto que desafiaba al hombre. Éste sonrió a su prima con lascivia antes de lanzarse sobre las mamas a chuparlas.

    La chica soltó un sonido gutural que no dejaba claro si era de miedo, dolor o placer. La situación, por peligrosa le resultaba muy morbosa. Dani era su primo. Se había pasado dos años en la cárcel acusado de un robo en una sucursal bancaria. Era cierto que ella le reconoció en un robo previo de un coche de un amigo suyo que sirvió para la huida. Esto acabó relacionándolo con los atracadores situándole en el lugar del delito. El tipo había tenido más de un problema con la justicia. Pero nunca había sufrido una condena tan larga.

    Dani, con 34 años, era 8 mayor que ella y siempre lo había visto como un tipo con un tremendo atractivo sexual. Su primo era muy alto, fuerte, tremendamente guapo y ese punto de delincuente juvenil le hacía irresistible para fantasear con él. Y ahora, se encontraba sometida y semi desnuda por él. La sensación de Ana era contradictoria. Objetivamente estaba asustada ante las intenciones de su primo delincuente, pero en lo más profundo de su cerebro se sentía excitada ante lo que era una sesión de sexo no consentido con un delincuente.

    Dani seguía mordiendo los pezones endurecidos de Ana. Los succionaba y los mordía arrancando suspiros y lamentos de su prima. Con la otra mano amasaba la teta que no tenía en la boca:

    -Qué buena has estado siempre putita.

    Mirándola a los ojos, el atracador se incorporó para bajarse los pantalones y sacar una buena polla venosa y erecta:

    -Te la vas a comer, guarra… -Dani acercaba el gordo capullo rojo intenso a la boca de su prima Ana.

    La chica se resistió y giraba la cabeza evitando que el miembro de su primo la tocase. El hombre, cabreado, volvió a abofetear a su prima obligándola a abrir la boca. Con las manos sobre la cabeza, y con su primo sentado sobre su pecho para inmovilizarla, Ana abrió la boca y permitió que la polla de Dan la profanase. Con la lengua lamió el glande y el tronco a medida que éste avanzaba hacia su garganta. El sabor salado y agrio le produjo una excitación inmediata que se tradujo en una humedad en su coño incontenible. Le iba a chupar la polla a su primo.

    Dani suspiraba viendo como su polla se perdía en los preciosos labios de su prima Ana. Con un movimiento de mete saca, le fue follando la boca mientras ella intentaba no ahogarse cuando el capullo topaba con su campanilla. Durante 10 minutos en los que no se dejaron de mirar a los ojos, la chica estuvo mamándole la polla al atracador que gemía de placer:

    -Qué bien lo haces guarra. Ves como al final te va a gustar.

    -Cabrón –pudo defenderse ella en una de las veces que su abusador le dio un respiro.

    La contestación de él fue otra bofetada:

    -Eres una perra chivata y me las vas a pagar hoy.

    -Delincuente de mierda. Yo no fui quien te delató.

    -Cállate perra. Ahora vas a saber lo que pasé en la cárcel, hija de puta.

    Dani se levantó de encima de ella y poniéndose a los pies de la cama agarró las mallas ajustadas de su prima por la cintura y tiró de ellas hacia abajo desnudándola por completo. Enrolladas venían sus braguitas, totalmente mojadas a la altura de su coño. Dani, las llevó hasta la boca de su prima y la obligó a que lamiese sus propios jugos que manchaban la parte interior de la prenda. El hombre se inclinó sobre la entrepierna e inspiró el olor a sudor, sexo y orina que emanaba. Le resultó embriagador:

    -Mmmm…, hueles a perra…

    -Cerdo, cabrón.

    Al oír eso, el hombre se lanzó contra el coño de su prima. Le abrió las piernas con las manos y con su lengua separó los labios vaginales cubiertos por una fina capa de vellos. Notó la raja caliente y húmeda. De un sabor dulzón, el flujo de Ana había inundado su vagina y su primo supo que la chica estaba excitada:

    -¿Ves niñata? Al final estás disfrutando. Y más que lo vas a hacer.

    La chica le miraba, se sentía humillada con las manos atadas por encima de su cabeza y totalmente desnuda ante su violador. Se sentía sucia. Se sentía muy puta. Pero todo eso le producía un extraordinario morbo excitante que la estaba llevando a la locura. Se dejó comer el coño por el delincuente. Simplemente cerró los ojos y dejó que su cuerpo reaccionara a la estimulación del sexo oral.

    Dani estaba encajado entre las piernas de su prima que se abrían exageradamente para dar cabida a su gran cuerpo. Con las manos separaba los suaves vellos púbicos de Ana hasta lograr abrir los labios y poder ver una vagina rosada. La lamió con ansias, paseando la lengua por cada recoveco. Intentando follársela con el apéndice. Succionaba sobre el clítoris mientras metía sus dedos y los movía en círculos provocando que la mujer llegase a un maravilloso y sonoro orgasmo:

    -Así perra, córrete.

    -Ahhh… cabrónnnggrrr…

    El orgasmo hizo que Ana cayese en un estado de relajación casi inconsciente. Sin esperarlo, el delincuente se colocó de rodillas en la cama, la cogió por la cadera, levantándola de la cama lo suficiente para que su polla quedara a la altura de la entrada de su coño. Se la calzó hasta el fondo. Ana gritó. Se sintió empalada por la tremenda polla de Dani. El tipo comenzó a follársela muy rápido. Entre gritos y jadeos de ambos, su primo le levantó las piernas para colocarlas sobre sus hombros y volver a percutir sobre la vagina. Ahora la penetración era mucho más profunda. Ana gritaba y gemía descontroladamente:

    -Toma puta, se ve que te gusta mi polla.

    -Sí, hijo de puta… me gusta…

    -Qué zorra eres… niñata.

    Dani, le mordió las tetas. Abrió la boca y logró meterse la teta de su prima entera. Sus carnosos labios succionaban dejándole un “chupetón” para acabar mordiendo uno de sus pezones. La chica seguía gritando mitad excitación, mitad dolor. La estaba violando su propio primo, un delincuente que había entrado en su casa para robar cubierto con un pasamontañas.

    El hombre paró y la obligó a colocarse a cuatro patas. La volvió a maniatar, ahora con las manos a su espaldas, y se situó tras de ella. Ambos miraban a un espejo en el que se reflejaban. Ella sobre sus rodillas, con las manos a su espalda y su cabeza apoyada en el colchón. Él comenzó a lamerle desde el coño hasta el ano. Ana sintió un calambre recorrer por su columna. La ardiente lengua de su primo recorría sus labios e intentaba introducirse dentro de su arrugado ano de color marrón:

    -¿Te gusta que te coman el culo, putita?

    -Eres un cerdo, hijo de perra…

    El delincuente la acalló dándole una nalgada que le dejó los dedos marcados. Luego escupió sobre el agujero trasero de su prima:

    -Ahora vas a saber lo que pasé en la cárcel por tu culpa, guarra.

    -No por favor, Dani, por el culo no…

    -Sí, perra, por el culo sí.

    -Por favor, que me vas a hacer mucho daño. Llévate lo que quieras. Te digo donde guardan mis padres el dinero pero no me partas el culo.

    -Cállate puta, tu culo es mi mejor botín.

    El hombre colocó su gordo capullo en la entrada trasera de su prima, previamente lubricada con los flujos vaginales, y comenzó a presionar sobre aquel cerrado esfínter. La chica gritaba y suplicaba que no lo hiciera, pero su primo estaba decidido a sodomizarla y desvirgarle el culo. Con mucho trabajo para él y demasiado dolor para ella, el glande acabó profanando el ano de la chica. La estrechez de aquel agujero y el calor que desprendía hacían que Dani suspirase de gusto:

    -Joder, perra, qué estrecho lo tienes. ¿Qué pasa, que el capullo de tu novio no te daba por culo?

    -Para Dani, por favor.

    El hombre dio un golpe de cadera y terminó por calzarle la polla hasta los huevos a su prima. Ella se retorcía mientras el hombre la agarraba de las caderas y comenzaba a moverse de adelante hacia atrás. Se la dejó muy dentro durante casi un minuto mientras el conducto rectal de ella se acostumbraba a aquel intruso, un grueso ariete de carne caliente que la estaba rompiendo en dos.

    Dani comenzó a moverse con una cadencia, cada vez más rápida. Ella dejó de sentir dolor. Pese a sentirse totalmente ocupada y que su ano se había dilatado por encima de sus posibilidades, ahora la sensación era más placentera. Le estaban partiendo el culo por primera vez, y era su primo delincuente.

    Dani aceleró el ritmo de la follada. Se había inclinado sobre su espalda haciendo que su prima se derrumbase y quedase totalmente boca abajo sobre el colchón. El hombre, que la tenía inmovilizada, la agarró por la nuca para terminar de follarle el culo:

    -Toma puta guarra. Chivata hija de puta. Ahora sabes como lo he sufrido en la cárcel, perra.

    -Joder, hijo de puta, que cerdo eres cabrón… Me vas a partir el culo cabrón.

    Dani tensó su cuerpo, y comenzó a bufar junto al oído de su prima que gemía y resoplaba ante el castigo anal que estaba recibiendo:

    -Aaaggrr… Toma puta…

    Con un grito el delincuente se corrió abundantemente en las entrañas de su prima. Ella se había entregado al placer anal y al morbo de la situación que, incomprensiblemente, la excitaba sobre manera.

    Durante los siguientes cinco minutos quedaron en silencio. Cuando Dani comenzó a salir del interior del culo de su prima, su semen, que inundaba los intestinos de ella, salía de un agujero dilatado y palpitante, totalmente enrojecido por la enculada recibida.

    Ana quedó inmóvil en la cama, sintiendo como la lefa de su primo resbalaba desde su interior hasta los muslos mojando la colcha sobre la que se encontraba. Sin darse cuenta, Dani se había largado de la casa. Se había llevado varias piezas de valor y su virginidad anal.

  • Hay cosas que nunca cambian

    Hay cosas que nunca cambian

    Después de cuatro días seguidos de una persistente lluvia, parecía que el domingo el mal tiempo daba una tregua y dejaba paso a un sol radiante. Ricardo pensó que los niños tenían bien merecido salir, distraerse y disfrutar del buen tiempo que se había hecho de rogar durante días. Carmen objetó que tenía exámenes por corregir y quería aprovechar la mañana cuando sus energías estaban frescas, de modo que le exhortó a que se fuera él con los niños mientras ella se quedaba en casa corrigiendo, pero los críos no aceptaron un no por respuesta, y ante la insistencia de unos y otros accedió a regañadientes.

    Como si todo el mundo hubiese decidido salir de casa a la vez esa mañana y no quisiera nadie quedarse sin su porción de sol, las terrazas de las cafeterías estaban a rebosar de gente. Ricardo divisó en esos momentos a tres comensales que abandonaban una mesa en la que cabían ellos cuatro y se apresuró para que no la ocupara nadie. Los niños fueron los primeros en sentarse y coger las cartas para curiosear, después se sentó Carmen y finalmente Ricardo.

    Tuvieron que esperar cinco minutos para que les atendiera un camarero, dada la afluencia de gente.

    Los niños pidieron a voces un helado, a continuación Ricardo se pidió una cerveza para él y una coca cola para Carmen.

    —¿Carmen? —le preguntó el camarero al reconocerla.

    Ella se quedó un instante en blanco sin reconocer al camarero que parecía saber quien era ella.

    —Soy Jordi, ¿no te acuerdas? —le preguntó ignorando al que supuso que era su marido.

    Automáticamente la bruma de sus recuerdos se disipó y recordó al compañero de primero de carrera que le resultó irreconocible en un primer momento. Al parecer los años no habían sido muy benévolos con él, al contrario que con ella.

    Aquel primer año de carrera fue un año de excesos y despropósitos para Carmen en todos los sentidos, y Jordi formó parte de todas esas extralimitaciones. Con él se corrió muchas juergas, sobre todo sexuales. Evocó los polvazos que echaban en el asiento trasero del coche, e incluso rememoró cuando se la follaba salvajemente apoyada en el capó con esa polla que todas, por aquella época querían probar. Su relación con él sólo fue de festejos y jolgorio: beber, fumar porros y fornicar como descosidos. Fue un año de libertinaje, e infructuoso en los estudios, y tras un ultimátum de sus padres decidió centrarse y acabar la carrera de magisterio.

    Al recapitular, Carmen se ruborizó, pero intentó actuar con naturalidad como si aquellos hechos del pasado nunca hubieran existido.

    —Hola Jordi. Cuanto tiempo. No te había reconocido.

    —Ya, no me lo digas, estoy medio calvo, y con veinte kilos de más — bromeó.— Tú estás igual —le manifestó, por no decirle delante de su marido que seguía estando igual de buena que antaño.

    —¿Cuántos años han pasado? ¿Veinte?

    — Sí, más o menos.

    —Bueno, este es mi marido, y estos son mis dos hijos.

    Jordi le estrechó la mano a Ricardo y chocó las palmas con los niños.

    —Bueno, ahora os traigo las bebidas. Me ha alegrado mucho verte.

    —Igualmente Jordi.

    —Ok.

    Cuando se alejó el camarero, Carmen esperó la pregunta de rigor que todo cónyuge hace cuando su pareja se reencuentra con alguien del pasado.

    —¿Quién era ese?

    —Éramos compañeros en primero de facultad.

    —¿Sólo compañeros?

    —Sólo —mintió recordando aquellos momentos, y alguien que hubiese sabido interpretar el lenguaje del cuerpo habría detectado un atisbo de nostalgia en su mirada.

    Cuando Jordi trajo las bebidas y Carmen repasó con una discreta mirada el descuidado cuerpo que ahora lucía su antiguo compañero de clase. Pensó que antaño tan sólo tenía que chasquear los dedos para que una candidata u otra estuviera dispuesta a prestarle sus favores.

    Cuando decidieron marcharse Ricardo pagó la consumición y mientras les ponía los abrigos a los niños, Jordi se despidió de Carmen, le dio dos besos y le susurró al oído lo buena que estaba y, añadió: —¡búscame!

    A Carmen se le abrieron los ojos como platos y comprobó que, a pesar de su aspecto, seguía siendo el mismo caradura y deslenguado de antaño.

    Llegó a casa y no consiguió que Jordi se le fuera de la testa. Aquella etapa de su vida, junto a las locuras de juventud ocuparon sus pensamientos el resto del día, y aquel hombre que ahora parecía una piltrafa humana removió todos y cada uno de los recuerdos clandestinos que hizo en la etapa más borde de su vida, incitándola a la tentación.

    ¿A estas alturas de la vida? -pensó. Si no se le hubiera insinuado, aquella mañana habría sido una más y el hecho de verlo hubiese pasado de largo como una anécdota, pero estaba claro que con su propuesta pretendía embaucarla, intentando retomar un pasado que ya estaba sumido en la memoria.

    Rememoró los polvos más salvajes que había echado en su vida. En aquella época Jordi era bien parecido, delgado, fibroso y además, un animal follando, un potro salvaje con una de las pollas más solicitadas de la facultad. Ahora era la antítesis de aquel adonis de antaño, sólo cabía pensar si conservaba las facultades de tiempos pasados.

    De aquella etapa de su vida, Ricardo apenas conocía nada de su libertina conducta. Solamente sabía que había repetido primero de carrera porque no estudió lo suficiente, y en realidad no era del todo mentira. No es que no estudiara, sino que apenas iba por clase. Las juergas, el alcohol y el sexo eran sus prioridades y Jordi era principalmente quien le recargaba las pilas. Había también otros que también se la follaban, pero era Jordi el que le hacía arañar el suelo con aquellos formidables polvos.

    Tantos recuerdos se acumularon en su entrepierna que se metió en la bañera para masturbarse después de años sin hacerlo. Se acarició los pezones, los pellizcó, los retorció y cerró los ojos gozando y evocando sus hazañas juveniles. Su mano buscó su coño y los dedos índice y corazón se perdieron en él, mientras el pulgar descapuchaba el pequeño nódulo del placer, maltratándolo hasta que tuvo que ahogar un gemido de gozo para que no la oyeran.

    Una vez aplacada su euforia, se puso el pijama, arropó a los niños y se acostó. Se puso a leer, sin centrarse en lo que leía porque volvió a rememorar como Jordi la follaba salvajemente en el Seat Ibiza que tantas anécdotas podría haber contado. Su coño empezó de nuevo a segregar flujos y se dio la vuelta con tintes románticos reclamando las atenciones de Ricardo, aunque en realidad, el romanticismo no era lo que le apetecía en esos momentos, sino que se la follara duro como Jordi lo hacía, en cambio ese rol no iba con su marido. Él era tierno y romántico, todo un sentimental y todo lo contrario a como era su amante de hace veinte años. Pese a eso, tuvo otro orgasmo que le sirvió para liberar endorfinas y conciliar un sueño que se resistía por tantas alusiones al pasado.

    Después de aquel encuentro, las mañanas solían transcurrir con normalidad. Daba sus clases y a las dos ya estaba en casa, hacía la comida, después una pequeña siesta con masturbación incluida y posteriormente recogía a los niños. Ricardo llegaba a casa sobre las siete o las ocho de la tarde y por las noches los calentones acumulados reclamaban las atenciones de su esposo más días de los habituales, aunque intentaba no mostrar una alteración inusual de su rutina, y con ello un comportamiento que fuese excesivamente anómalo.

    El transcurso de los días no apaciguaba su inquietud, sino, todo lo contrario. Continuaba tan agitada como los primeros días. Era como si después de reaparecer Jordi en su vida se hubiera despertado a la bestia que había permanecido dormida durante tanto tiempo, y por ello, necesitaba aplacar ese ardor persistente valiéndose de sus medios para mitigar el alboroto de sus hormonas, independientemente de si hacía el amor con su esposo o no.

    Después de una semana, el desasosiego no la abandonaba ni en el sueño. Pasó de tener una vida sexual satisfactoria con su esposo, a hacer exactamente lo mismo, pero considerarlo ahora como algo insípido e insustancial. Necesitaba más intensidad, pero sobre todo lo que quería era volver a follar con Jordi y que la hiciera gritar de placer como hacía veinte años.

    Nunca le había sido infiel a Ricardo, ni siquiera había tenido esa inquietud anteriormente. Cuando cortó de raíz con todo el vicio y lo que estaba siendo un nocivo e insalubre modo de vida, rompió también con todo lo vinculado a él, tanto actividades, como malas influencias, y se centró básicamente en sus estudios. Después conoció a Ricardo e hicieron planes de futuro, y así continuó hasta ahora.

    Sin embargo las malas adicciones, al parecer nunca llegaban a curarse del todo. Seguía amando a su marido más que a nada, pero las ganas de gritar se habían instalado dentro de ella y no la abandonarían hasta que culminara la aventura (por no llamarlo locura) una última vez. Por tanto, después de un debate interno que duró una semana tenía las ideas un poco más claras.

    Nada más salió del trabajo, se dirigió a casa, se cambió de ropa y se acicaló, después se miró al espejo y se gustó, respiró hondo y salió de casa dirigiendo sus pasos hacia la cafetería sin saber exactamente lo que iba a decir o a hacer y se dejó llevar por la espontaneidad. Cuando llegó, agradeció que no hubiese mucha gente en el local. Jordi estaba en la barra y la reconoció enseguida. Una corta y brillante melena castaña se posaba sobre sus hombros. Iba con unos pantalones vaqueros de cintura baja ajustados que insinuaban el contorno de sus caderas. Un suéter corto mostraba su ombligo en un vientre plano que le daba una apariencia de lo más sexi. El suéter mostraba también un escote sugerente que captaba las miradas masculinas, y por encima, una cazadora de cuero negra abierta remataba su vestimenta y, por supuesto, montada en unos zapatos de tacón alto que estilizaban su figura. Con todo ese arsenal, Jordi la repasó de arriba abajo con una mirada libidinosa que no le pasó inadvertida a Carmen.

    —Hola Jordi —le saludó.

    —Carmen —exclamó en un caluroso saludo—. Cada día estás más buena.

    —Gracias por el piropo Jordi.

    —No es un piropo, joder. Es la verdad. Estás de muerte —le dijo obnubilado sin dejar de mirar su escote.

    —¿Trabajas aquí? —le preguntó Carmen.

    — Bueno, trabajo y soy el dueño. Hace unos meses que cogí el traspaso con otro socio. De momento no me puedo quejar.

    —Me alegro por ti.

    —¿Al final acabaste la carrera? —se interesó Jordi.

    —Sí. Después me puse a trabajar en un colegio y ahí sigo. ¿Y tú acabaste?

    —Qué va. Después de aquel año me puse a currar. Mi padre me dijo que se había acabado vivir del cuento. Que él no iba a seguir pagándome la carrera y me puse a trabajar en una fábrica con la intención de costeármela yo, pero la verdad es que me di cuenta de que estudiar no era lo mío. Poco después me fui de casa. No nos llevábamos demasiado bien. Desde entonces he ido de aquí para allá. He sido un culo de mal asiento, para qué negarlo.

    —¿No te has casado?

    —Sí. Me casé, pero aquello no duró ni un año. Ya me conoces.

    —Sí —afirmó con una sonrisa.

    —¿Y tú qué? Felizmente casada y con dos hijos.

    —Así es.

    —Me alegro por ti, aunque si te soy sincero, por mi experiencia, el matrimonio es una mierda.

    —Ya, pero porque tú siempre has sido un cabra loca.

    —Bueno, tú no eras precisamente Santa Lucía.

    —Eran otros tiempos.

    —Pues echo de menos esos tiempos, ¿tú no?

    —A veces.

    —Después de verte tan formal, no creí que vinieras, aunque tenía la esperanza de que sí.

    —Me ha costado mucho tomar la decisión.

    —Pues me alegro de que la tomaras. Desde que viniste el otro día no he dejado de pensar en ti y en los polvos que echábamos.

    —¡Qué tiempos! ¿No?

    —Ya te digo. ¿Te apetece que te enseñe el local?

    —¿Ahora?

    —Sí.

    —¿Y tu trabajo?

    —Ahora le digo a mi socio que se encargue él. A estas horas no viene mucha gente.

    —¿Y qué dirá tu socio?

    —Nada. Es una tumba —dijo quitándole hierro al asunto.

    Jordi la dejó unos minutos para comunicarle sus intenciones a su socio y después regresó con ella para desaparecer ambos por un pasillo que conducía a los lavabos y a otras estancias privadas a las que los clientes no tenían acceso. Abrió con la llave y encendió la luz, después cerró con pestillo para que no hubiese interrupciones. Había una mesa y varias sillas. En una pared, varios estantes servían de despensa para almacenar víveres, y en el suelo se apilaban cajas con bebidas y otros enseres.

    Carmen estaba caliente, no había dejado de estarlo en toda la semana. Jordi le quitó la chaqueta y contempló el par de tetas que se le insinuaban y que parecían querer escapar del suéter por el escote. Cogió ambas con las manos estrujándolas hasta hacerle daño. Seguidamente le arrancó literalmente el suéter y su mirada impúdica y lujuriosa le obligó a babear ante aquellas dos maracas. Del mismo modo se deshizo del sujetador y sus dedos le retorcieron los pezones como si pretendiese arrancárselos. Carmen empezó a jadear de las bruscas caricias, y su mano fue en busca de la tranca que tanto placer le dio en el pasado, comprobando que seguía en plena forma, pese a que su cautivador atractivo del pasado se hubiera esfumado.

    Jordi la besó sin dejar de magrearle las turgentes tetas. Le mordió el labio inferior hasta hacerle daño, pero fue un morreo breve. Inmediatamente le dio la vuelta con brusquedad y le bajó el pantalón vaquero para encontrarse con un tanga negro de lo más seductor que se adaptaba perfectamente a las dos nalgas que le estaban pidiendo a gritos que las azotara. Se escucharon dos sonoros cachetes que le pusieron las posaderas coloradas. Le bajó la pequeña prenda y Carmen terminó de quitarse los pantalones, quedando completamente desnuda, excepto los tacones para no estar descalza, con lo que mostraba una figura todavía más estilizada.

    Jordi la apoyó bruscamente sobre la mesa mientras contemplaba aquel divino culo dispuesto en bandeja de plata completamente a su disposición. A continuación se abrió la bragueta y extrajo su polla meneándosela ante el culo que tantas veces se folló. Le dio unos azotes en las nalgas con la verga, entretanto Carmen esperaba ansiosa que se la clavara.

    —¡Pídeme que te folle! ¿No es a lo que has venido, Carmen?

    —Sí —respondió anhelante.

    —¡Pídemelo!

    —¡Fóllame! —le rogó.

    —No te oigo.

    —¡Fóllame! —gritó.

    Jordi le paseaba el glande por la raja sin llegar a penetrarla, sólo retrasaba el momento, poniéndola cada vez más caliente.

    —Sigues siendo tan zorra como hace veinte años, aunque ahora vayas de pija refinada. ¿O me equivoco?

    Carmen deseaba que se la metiera de una vez y dejara de parlotear como un loro, y por ello movía el culo en busca de la esquiva polla que se demoraba en entrar.

    —Soy una zorra caliente. ¡Métemela de una vez! —Contesta Carmen.

    —Así me gusta Carmen, que no te cortes. Como antaño, ¿recuerdas? Vamos a recordar viejos tiempos.

    Con un estacazo le hundió la polla por completo en su desconsolado coño, arrancándole un grito con la contundente clavada.

    —Ya la tienes toda dentro, ¿no es lo que querías, zorrona?

    Carmen empezó a gozar con la tranca que arremetía en sus entrañas. Había olvidado la sensación de ser ensartada por él, y del placer que le producía, junto a los contundentes golpes de riñón que su amante le daba.

    —¡Joder Jordi, qué polla!…

    —¿Aún te gusta mi polla?

    —¿Por qué crees que he venido, capullo? ¿Por tu barriga cervecera?

    —Qué puta que eres, Carmen.

    Los jadeos y los gritos se adueñaron de la estancia y Carmen notó que se corría enseguida. Hubiese querido aguantar un poco más y demorar el momento, pero un gran placer la invitó a abandonarse a él y se instaló sus entrañas. No pudo soportarlo y en un rápido movimiento se zafó del falo que le estaba apaleando el coño y se meó, mientras el potente orgasmo la sacudía y el pis escapaba a presión de su vejiga. Cuando remitió el squirting, la polla se le volvió a incrustar y retomó el clímax, gimiendo del mismo modo que lo recordaba antaño.

    —Menuda zorra estás hecha. Me has puesto perdido —se quejó.

    —Tú te lo has buscado por ser tan cabrón.

    —Pensé que te gustaba que lo fuera. ¿Qué te gusta, hacer el amor con tu marido o follar conmigo?

    —Follar contigo —le respondió con total sinceridad.

    —Pobre cabronazo —se compadeció—. Pues follemos.

    Jordi le dio la vuelta y la recostó sobre la mesa, le abrió las piernas y se entregó a la almeja que tantas veces se comió. Las caderas de Carmen se retorcían ante la lengua que la estaba torturando en busca de algo más duro. Dos dedos resbalaron hacia su interior y Carmen exhaló un suspiro de placer que invitó a Jordi a fornicarla con los dedos buscando el punto que sólo él sabía encontrarle.

    —¡Métemela ya! No me tortures.

    —Tienes que pedirlo bien.

    —¡Dame polla cabronazo!

    —Así me gusta. Que te pongas muy puta.

    Jordi se enganchó sus tacones a sus orejas y la volvió a penetrar, y con ello le arrancó un grito de placer

    —¡Fóllame! No pares de follarme que me va a venir enseguida. ¡No pares! —repitió.

    Ahora tenía acceso a su clítoris sin que su verga le diese tregua a su coño. El pulgar le trabajaba el hinchado botón a la vez que su taladro hacía de percutor en su coño, llevándola de nuevo a un segundo orgasmo entre gritos y jadeos, y al remitir quedó exhausta y tirada encima de la mesa.

    —Me has dejado hecha un higo, cabrón.

    —Hecha un higo voy a dejarte cuando acabemos. ¿Crees que ya hemos terminado? —le dijo mostrándole y balanceando su desmesurada erección.

    —¡Toma! ¡Arrodíllate y ora! —le ordenó cogiéndose la polla con la mano.

    —¡Joder Jordi! Qué animal eres. Hay cosas que nunca cambian —dijo Carmen cogiendo el madero en toda su extensión.

    —¡Vamos, mámamela como lo hacías en el Seat Ibiza, cabrona.

    Carmen se aferró al cipote con las dos manos y lo engulló hasta que su boca no dio más de sí. Cuando comprobó el tope se dedicó a la mamada bamboleando la cabeza como un péndulo, entretanto su mano derecha ayudaba con movimientos circulares masturbando la polla que anulaba su voluntad. El primer trallazo le llegó al estómago y retiró rápidamente la cabeza en una arcada. Los siguientes latigazos se estrellaron en su cara y en su pelo.

    —Cabrón —acertó a decir, sin embargo, en una última sacudida, un goterón rezagado se empotró en su ojo dejándola momentáneamente tuerta.

    —Eres un cabrito —se quejó.

    —Sí, pero bien que te gusta.

    Carmen se levantó y fue a su bolso en busca de un pañuelo para limpiarse. Mientras se quitaba de la cara la pringosa sustancia, Jordi la contempló completamente desnuda. La encontraba incluso más atractiva que cuando era joven.

    —¿Qué tal con tu marido?

    —Bien —admitió, aunque en lo sexual él fuese más convencional.

    —¿Te hace feliz en la cama?

    —Sí.

    —¿Y por qué has venido a buscarme?

    —Ha sido una locura, ya lo sé. Me llevó toda la semana decidirme. No sé. Me apetecía revivir esto. Hacer una locura. Me removiste placeres olvidados —le dijo mientras terminaba de limpiarse el ojo.

    —¿Sabe lo que hubo entre nosotros?

    —Ni de coña.

    —Mejor ¿no?

    —Por supuesto.

    —¿Y tampoco sabe que a su mujercita le va la marcha y necesita otros alicientes más desmedidos para contentarse?

    —Pero qué cabrón que eres, Jordi.

    —¿Qué no es verdad? Hay cosas que no cambian.

    —Yo cambié. Dejé todo aquello de lado y gracias a que lo hice acabé la carrera y soy maestra de infantil.

    —Espero que no les enseñes a tus niños tus extravagantes gustos.

    —No cambiarás nunca, ¡joder!

    —Si hubiese cambiado no hubieses gritado como una loca hace un momento —manifestó mientras se tocaba la polla morcillona.

    —En eso tienes razón. Tengo que agradecértelo entonces —mientras se vestía con la intención de marcharse ya.

    —¿Ya te vas?

    —Sí. Ha estado muy bien, la verdad —manifestó mientras se ponía los pantalones.

    —¡Qué rápida! ¿No quieres que te dé por el culo?

    —¡Qué animal que eres!

    —Antes te encantaba un buen relleno de carne en tu culo.

    —Bueno, una también se va haciendo mayor.

    —Quien lo diría —le espetó a la vez que se tocaba la polla mientras la contemplaba.

    —¿Tu marido te da por el culo?

    —¿Y a ti que te importa? —protestó.

    —Apuesto a que no.

    Jordi se acercó a ella, cogió su mano y la puso sobre su polla ya erecta.

    —Déjame encularte. Disfrutemos como antes y luego si quieres te vas. Y si no quieres volver porque no quieres complicarte la vida, me parecerá bien —le dijo mientras sobaba sus tetas a través del sujetador y le repasaba el cuello y el lóbulo de la oreja con su lengua. Todo ello sin que ella soltara la polla como si fuese un asidero al que sujetarse ante la provocadora invitación.

    —Estoy muy cansada —le comunicó sin convencimiento, y ante la poca convicción de sus palabras, Jordi volvió a desabrocharle el pantalón y se lo quitó, la apoyó en la mesa dejándola con el culo a su disposición y la abandonó por un momento para coger un gel lubricante de un cajón.

    —Ya veo que este es tu picadero. Tienes todo lo necesario —le dijo Carmen mientras contemplaba como se embadurnaba la polla con el gel.

    —Nunca se sabe quién puede entrar por la puerta.

    —¡Qué cabrón que eres! —dijo, a la vez que notaba como le metía el tubo del gel en el ano y lo descargaba.

    —Ya lo tienes. Ahora viene la tuneladora —le advirtió con socarronería.

    —Ve con cuidado y no seas animal.

    —¿Cuánto hace que no te follan por el culo? —le preguntó mientras jugaba con el pequeño orificio.

    —Veinte años. El último fuiste tú.

    —¡Joder! Qué desperdicio.

    —¿Tu marido no te ha enculado nunca?

    —No, nunca me lo ha propuesto.

    —¡Joder! Pues pídeselo tú. No seas remilgada.

    —¿Vas a interrogarme o a follarme? Me tienes con el culo en pompa.

    —Qué zorra que eres, Carmen. Ahora verás.

    —Jordi paseó el glande por su ano embadurnado con el gel y Carmen evocó sensaciones placenteras hasta que le hundió la punta en una primera estocada.

    —¡Cabrón! —se quejó Carmen al notar como el intruso se abría paso en su esfínter.

    —¡Coge aire Carmen! Ahora viene lo mejor.

    Seguidamente, con un golpe de riñón su polla avanzó hasta incrustársele la mitad y otro grito se le escapó.

    —Te has vuelto muy quejica —le dijo mientras iniciaba un bombeo lento, pero más continúo dentro de su ano.

    —Eres un cabrito.

    —¿Quieres que te la saque, Carmen?

    —No. está empezando a gustarme —se sinceró a la vez que la verga entraba y salía del pequeño orificio.

    —Qué puta que eres. Pídeme que te folle más fuerte.

    —Sí, más fuerte y más rápido. ¡Métemela toda, cabrón!

    —¿Qué diría tu marido si te viera ahora pidiendo polla?

    —Deja a mi marido en paz y fóllame. Hablas demasiado mientras follas.

    —Así me gusta, que no te cortes y que disfrutes.

    Carmen movía sus caderas queriendo sentir todo el puntal y Jordi arremetía queriendo levantarla del suelo con cada pollazo, mientras los sonidos del chapoteo en su ano, junto a los golpes de cadera y los jadeos se entremezclaban envolviendo la habitación en una sinfonía sexual.

    Carmen deslizó su mano para acariciarse el clítoris, y al mismo tiempo que Jordi la enculaba ella acompasaba alternando gritos y gemidos.

    —Quiero que te corras, zorrona. ¡Mueve tu dedo mientras te enculo!

    Carmen gritaba como nunca con aquel placer olvidado, y a pesar de haberse corrido dos veces, creía estar en disposición de volver a hacerlo una tercera si seguía atizándole el ojete con el mismo ímpetu. Los embates de la polla en su interior presionaban la vejiga y cuando advirtió que el orgasmo asomaba, su dedo aceleró el empuje sobre su clítoris, haciéndole explotar en un potente clímax al que le acompañó otro squirting entre gritos y jadeos que rebotaban en las paredes del local. Instantes después Jordi explosionaba en su esfínter resoplando como un toro en celo hasta que paulatinamente los gritos y jadeos fueron remitiendo y Jordi se dejó caer encima de ella extenuado. Cuando recuperó el resuello se incorporó, y al extraer el tapón del orificio, el líquido manó como un géiser invertido, desparramando el fluido en sus piernas y en el suelo.

    —¡Joder! Casi me revientas el culo.

    —¡Qué va! Eso es que estás desentrenada.

    — Ha sido una pasada, Jordi. Qué gusto me has dado, cabronazo. Hacía años que no me corría tres veces seguidas.

    —Eres una yegua que necesita ser domada con regularidad por una buena polla, y no por un oficinista de tres al cuarto.

    —Bueno, cuando quiera un potro salvaje ya sé donde hallarlo.

    —Por supuesto. Cuando quieras que te den caña ya sabes donde encontrarme.

    —Sí, pero no quiero follar en este cuartucho. La próxima vez lo haremos en tu casa.

    —Hecho.

    —¿Te parece bien una vez a la semana? —le sugirió Carmen.

    —Y si quieres que te de polla todos los días no tienes más que decírmelo. Si fuera tu marido irías todos los días a clase con el coño escocido.

    —¡Animal! —le reprochó golpeándole cariñosamente en el hombro, sin embargo más que una amonestación, era una alabanza. —Bueno, tengo que irme a recoger a los niños.

    —¡Pon cara de mamá buena!

    —¡Qué hijo de puta!

    Cuando estuvieron vestidos Jordi abrió el cerrojo y después la puerta, a continuación le cedió el paso a Carmen y la acompañó hasta la salida. Mientras cruzaban el local, el socio de Jordi no parpadeó hasta que Carmen salió por la puerta pensando en el festín que se acababan de montar esos dos y en lo suertudo que era su socio.