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  • Una joven virgen vestida con hábito

    Una joven virgen vestida con hábito

    Después de salir del bachillerato se me presentó la oportunidad de ser profesor de una institución de monjas extranjeras en un pueblo pequeño. Ingresé como docente de las áreas financieras y comerciales, ahí en la institución también estudiaban jóvenes que aspiraban a ser monjas.

    Cierto día entré a la biblioteca para sacar información de la asignatura de sistemas, era un salón lleno de libros y donde se podía esconder por lo cerrado del recinto. Mientras caminaba en busca de la investigación, pude notar que había una joven muy linda que también leía y tomaba nota en su cuaderno. Me acerqué y la saludé y a la vez le pregunté qué clase de investigación estaba haciendo. Lucía un vestido a la rodilla muy lindo y además le quedaba acorde con su cuerpo de muñeca. Comenzábamos por hablar de nuestros orígenes y me contó que era de una ciudad muy cercana y que se preparaba para ser monja, algo que desde muy niña le había gustado, en ese momento tenía 20 años.

    Me reconoció como su profesor y de alguna manera existía un respeto, seguimos charlando y me dijo que había tenido un novio y que habían peleado, que tal vez eso la motivó más a ser monja de la caridad y que pensaba viajar a esos países pobres para hacer un trabajo con las familias más humildes.

    Estaba sentada y tenía cruzada sus piernas y en un momento que cambio de pierna en una forma de descanso pude observar sus calzoncitos blancos muy diminutos en una forma fugaz. También observaba sus tetas mientras departíamos. Le pregunté que si sabía de sistemas e informática y me respondió que muy poco, pero que debía aprender mucho porque lo iba a necesitar y me comprometí a enseñarle en sus ratos libres.

    Pensé que era una buena idea comenzar a enseñarle ahí en la biblioteca y le propuse que nos fuéramos mucho más adentro del salón y aceptó gustosa. Era una mujer de 1.70 de estatura y con medidas perfectas. Llegamos a la mesa y empezamos la clase de informática que después se convirtió en la más linda clase de sexo con desvirgada de cuquita y culito.

    No demoramos mucho en la clase y en forma inteligente deje caer un lápiz por debajo de la mesa y al recogerlo pude mirar bien su conchita por encima de los pantis blancos, ya que tenía sus piernas separadas, tal vez pienso lo hizo a propósito, la verdad es que ahí empezó todo.

    Le acaricié sus manos, la biblioteca ya estaba cerrada y solo ella y yo nos encontrábamos dentro. Le tomé su pelo, bajé mi mano por su esbelta espalda, llegué hasta sus nalgas, por debajo del vestido acaricié su culito y solo se dedicaba a sonreír en forma nerviosa. Con la otra mano introduje mis dedos en su conchita, no tenía vellos, estaba totalmente rasurada y al sentirlos trató de escapar, pero en ese momento la apreté y la besé apasionadamente y respondió a mis impulsos, la besaba y la besaba con más fuerza, ya sentía que mi verga erecta rozaba su conchita y notaba que estaba muy feliz. Procedí a quitarle la escasa ropa que tenía y quedó en el solo brassier y los cuquitos. Se veía muy linda con esa piel muy blanca y bien cuidada.

    Sentía una pena y se llevó sus manos a las teticas y a la conchita. Escuchaba que decía: No puede ser, que estoy haciendo, eso no debe suceder, pero también se notaba los ojos de felicidad de alguien que de pronto había esperado tanto tiempo para sentir mucha felicidad. En la misma mesa donde habíamos trabajado la clase la senté en el borde, solo me baje el cierre de mi pantalón y saque mi verga, le subí las piernas de tal forma que le quedará su chimba abierta, era preciosa, me dijo profesor no me quite la virginidad, estoy estudiando para ser monja, pero también pienso que debo ser una novicia moderna y esto lo espere por mucho tiempo, métame su cosa que la sienta, quiero ser suya y así fue.

    Quería que me lo chupara, pero preferí hacerlo yo primero y con esa concha abierta le bese el clítoris lo cogí en mis labios, le metía la lengua y en un momento sentí que se venía a chorros, gritaba de la emoción y ahí fue cuando le metí mi verga hasta lo más profundo, sentí un leve gemido y algo de sangre corrió por mis interiores, de todas formas eso no fue obstáculo para seguir jugando con su cuca hasta que me vine y deposité toda mi leche en su concha ardiente. Levanté su cara y la bese de nuevo, respiraba muy fuerte y sentía latir su corazón demasiado ansioso. Ya estaba desvirgada y habíamos hecho el amor de una forma intensa.

    Le di la vuelta, mientras me chupaba la verga y se me paraba de nuevo, se tomó lo que quedaba de leche y en forma muy sentimental le acaricié su culito hermoso, sin rastro de haber sido tocado y menos penetrado, juegue un ratito colocándole mi verga en su colita y se la sobaba, luego se la introduje con tanto amor que sentí que se me desprendió el alma y también sentí que ella exploto de amor y a la vez de un leve dolor, ya lo tenía bien adentro y se lo metía y se lo sacaba hasta que me corrí en ese bello culo.

    Nos abrazamos y nos besamos, ella desnuda y yo en camisa. Nos despedimos mientras se vestía y le rogué que me dejará sus cuquitos para recordarla siempre y aceptó y se fue mirándome con ese sentimiento de amor.

    Fue una sola vez, terminé mi trabajo en la institución y hasta hoy no sé qué habrá pasado con esa virgen con vestido de hábito.

    Estoy aquí para cualquier consejo: [email protected].

  • Cazadores de chochos

    Cazadores de chochos

    Cuatro o cinco años atrás…

    En ese entonces tenía un amigo que estudiaba filosofía en la universidad donde yo hacía mi pregrado. Su segundo nombre era José. Nos habíamos conocido en un curso de inglés. Era genial conversar con él. Tenía 23 años, me llevaba uno de diferencia. Ahora debe tener más o menos 28, si no ha muerto; hace tiempo que no sé nada de su vida. Pero cuando nos reuníamos, me contaba mucho sobre su paso como soldado raso en el ejército (había prestado el servicio militar), y antes de irse para allá, me había dicho un día, una novia suya le dio a manera de regado de despedida –hizo un círculo de caracol con el pulgar y el índice- el Chiquito: el botón del culo. Yo nunca había ido al ejército y no tenía tantas experiencias sexuales que contar, como sí él. Hablábamos casi siempre de mujeres, de sus mujeres; o si no, lo hacíamos sobre la filosofía de Pitágoras y de Schelling, sentados en una banca de la U, en la de algún parque, de una plaza, en fin, donde fuera que nos cogiese la tarde.

    Solíamos caminar las calles del centro después de salir de clases. Íbamos primero a una panadería cercana, comíamos pan con gaseosa y enfilábamos hacia el boquetillo de las murallas. Allá nos sentábamos a hablar mierda viendo pasar a los turistas, el flujo de carros en la avenida, el mar bañado por el crepúsculo. A veces cogíamos desde donde empezaban las murallas y rodeábamos el casco histórico hasta llegar al Parque de la Marina; nos dirigíamos al Muelle de los Pegasos; atravesábamos el Camellón de los Mártires; nos deteníamos a mirar los libros de las pequeñas librerías de viejo en el Parque Centenario, y si había uno que otro libro interesante, lo comprábamos y nos sentábamos un rato en la fuente del parque. Luego, nos parábamos y terminábamos el recorrido en la Plaza de la Trinidad.

    En vista de que el centro estaba plagado de turistas, nos dimos a la tarea de buscar relacionarnos con mujeres de otros países. Al poco tiempo nos convertimos en unos cazadores, unos cazadores que aprovechan sus exiguos conocimientos del inglés para conseguir chochos de diversas nacionalidades. Nuestros objetivos principales eran las extranjeras de piel dorada, cabello rubio y ojos cristalinos. No pocas veces teníamos suerte. Normalmente creábamos la situación, localizando a la víctima y fraguando un plan para caerle. O, también, el punto de contacto surgía de la nada: una pregunta, un comentario, cualquier cosa… Y nosotros las parlábamos en ingleñol (una mezcla de inglés y español rústica, pero entendible). Con algunas intercambiábamos números de teléfono, Facebook, y a los pocos días las culeábamos. Hubo otras a las que nos llevamos de arrastre en seguida.

    Recuerdo a una joven europea, pasaba de los 18, de unos 20 años máximo; era danesa o alemana. José y yo habíamos estado viendo ejemplares de libros en el Parque Centenario. Compramos algunos libros ese día. Era temporada de fin de año, casualmente. Para estas fechas el centro se llena más que nunca de turistas. Sin embargo, debido a la pandemia, este año no ha sido igual. Pero entonces había infinidad de turistas que pululaban por doquier. Hacía un sol cálido, puro, resplandeciente de luz ambarina, con brisa, como son los atardeceres decembrinos de mi ciudad. Al salir del parque nos acercamos a un carrito de raspados a comprar dos raspados. Mientras el señor nos los despachaba, llegó la chica.

    José y yo nos miramos como diciendo: «Hey, ve la hermosura que acaba de llegar». Era una nena de rostro alargado, ojos claros y dulces, cuerpo esbelto, piernas estilizadas. Deliciosa, parecida a esa ninfa con una flor amarilla en la oreja que en el cuatro de John William Waterhouse agarra del brazo a Hilas y lo atrae al agua del lago. Sin que la ninfa ni el vendedor de raspados se dieran cuenta, José me alzó las cejas en señal de preguntar que si iba él o yo. Hice un corto movimiento de cabeza hacia él. ¿Yo?, dijo abriendo los ojos. Asentí. Luego, cuando el señor fue a echarle el jarabe al raspado de ella, le preguntó qué sabor quería de los que había. La chica eligió uno cualquiera. Entonces José le mencionó otro sabor con el que podía combinarlo, que así quedaría más sabroso.

    La chica aceptó y pidió que le echaran otro sabor. Entonces, para entrar en confianza, a José se le ocurrió contar el chiste del raspado. Ya ni me acuerdo cuál es. José tenía un chiste para cada ocasión. A veces uno no entiende cómo los chistes malos pueden causar gracia. Pero, se sabe que es la manera en que los refieren la que produce risa. Los chistes de José eran malísimos, lo que daba risa era cómo los contaba. A la chica le hizo gracia el chascarrillo, o cómo lo contó José. Cuando se despedía, después de haber recibido y pagado su raspado, José le preguntó si podíamos acompañarla; a menos que tuviera algo que hacer. Dijo que no, sólo estaba paseando, conociendo la ciudad.

    -¿Los dos? -preguntó.

    -Sí, somos amigos. Me llamo José -dijo él extendiéndole la mano. Ella a su vez le dio la suya, y el nombre.

    -Yo soy C. A. -dije y le extendí la mano también. Sentí la piel de su mano muy suave al tacto y me llegó con más intensidad el olor a bronceador. Repitió su nombre y yo agregué-: Mucho gusto.

    Ella sonrió. Dijo que no había ningún problema en que la acompañásemos.

    Mientras caminábamos nos preguntó cuáles eran los lugares más emblemáticos de la ciudad, sobre todo qué playas le podíamos recomendar. Le comentamos acerca de Playa Blanca, un lugar paradisíaco donde el agua era tan diáfana como la de la película La playa protagonizada por Leo DiCaprio. Ella dijo que esa película le encantaba y haberla visto era uno de los motivos que la habían llevado a viajar. En busca de aventura y placer. Su voz era baja, un poco tímida, y arrastraba la erre al pronunciar palabras que contuviesen dicha letra. Pero se podría decir que hablaba bien el español, y lo entendía perfectamente. Era de Europa y no llevaba mucho tiempo en la ciudad. Le preguntamos por el motivo de haber elegido Colombia para viajar, y ella dijo que quería conocer nuestra cultura; en todo sentido. Cuando dijo <en todo sentido>, los tres nos echamos a reír, pero no le dimos largas al asunto. Habíamos caminado hasta el Parque de La Marina y cruzado la avenida para contemplar el mar, luego fuimos a la Plaza de La Trinidad, ya casi era de noche, y nos sentamos allí, en la banqueta de cemento que bordea la plaza, a seguir conversando. Ella nos preguntó qué hacíamos, a qué nos dedicábamos.

    -Yo estudio Filosofía -dijo José-. Y trabajo medio tiempo en un pequeño hotel de aquí del centro.

    -¿No será el hotel donde me estoy hospedando? -preguntó la extranjera.

    -No creo, te habría visto. ¿Cómo se llama tu hotel? -preguntó José.

    -Tres Banderas.

    -Ah, no, yo trabajo en otro -dijo José-; pero está ubicado cerca del tuyo, por el parque Fernández de Madrid.

    Dirigiéndose a mí, la extranjera preguntó:

    -¿Y tú a qué te dedicas?

    – Estudio Lingüística y literatura.

    -¿También trabajas?

    -Por ahora no.

    -¿Ambos estudian en la misma universidad?

    -Sí -respondí.

    José le preguntó si estaba estudiando y ella dijo que todavía no había ingresado a la universidad. Antes quería viajar, conocer otros países. Había viajado con una amiga y su novio. Llevaban pocos días en Cartagena. Ese día, al parecer, sus amigos habían salido dejándola en el hotel, aunque le dijeron dónde iban a estar. Después se aburrió y decidió salir adonde estaban ellos. Pero se encontró con nosotros.

    -Compremos algo de beber -dijo José-. Unas cervezas. Y le preguntó a la extranjera-: ¿Tú tomas?

    -Sí -dijo ella.

    Yo me ofrecí a buscar las cervezas. Nos las tomábamos entre risa y risa escuchando los chistes malos de José. El chiste de la piña colada, el del burro amarrado, el de las zapatillas converse… Nojoda. Al cabo de varias rondas las risas se convirtieron en carcajadas. El que más se reía era yo; ya estaba bastante prendido. Me reía a gritos, estridentemente, me reía como una vieja bruja. Pero no me importaba. Y a la extranjera tampoco parecía importarle. Al único que le incomodaba era a José, que me decía que bajara el tono, que no actuara como un loco con esa risa esquizofrénica. No había que perder el estilo, la clase.

    -Chica yo tengo una duda -dijo José-. Hace un rato, cuando estábamos en el malecón, tú hablaste de que querías conocer nuestra cultura en todo sentido.

    -Sí -dijo ella.

    -Yo supongo que eso incluye el sexo, las mecánicas amorosas de nuestra cultura.

    -Así es.

    -Mi duda es: ¿ya sabes cómo hacen el amor los de acá?

    -No -dijo la extranjera, y dibujó una sonrisa embriagante en su rostro.

    Mi mirada se fijaba por momentos en las piernas, la cintura y el busto de ella. Su piel, a la tenue luz de los focos de la plaza, irradiaba una pureza de miel. Mi sátiro interior estaba que saltaba como lo haría un tigre hambriento sobre su presa para devorarla.

    -Pues es hora de que lo descubras -le dijo José-. Y por partida doble. ¿Qué dices?

    -¿Cómo? -dijo, ahora riendo, la extranjera.

    -Vamos -dijo José.

    -¿Ya? -preguntó ella.

    – Sí, ya -dijo José.

    -¿Adónde vamos? -preguntó ella.

    -¿Podemos ir adonde te estás hospedando? -le preguntó José.

    -Mi amiga y su novio me acaban de escribir al Whatsapp. Están en el hotel. Preferiría ir con ustedes a otra parte.

    -Bueno vamos al hotel donde yo trabajo -dijo José.

    Fuimos al hotel donde él trabajaba. José y el recepcionista se conocían, a pesar de que trabajaban en horarios distintos. Pedimos una buena habitación para los tres por media hora, y el recepcionista nos dio la llave. Pasamos a la habitación. No era tan lujosa, era más bien modesta, pero se veía pulcra, limpia, con una cama grande y un nochero. La extranjera preguntó dónde quedaba el baño y José la llevó. Oí que se abrió el grifo de la regadera. Me quité el suéter y los zapatos y el pantalón y me tiré en la cama en calzoncillos.

    Esperé. Esperé un rato; se me hizo raro al notar que no salían. De pronto escuché, mezclada con el sonido del agua cayendo en el piso, una leve respiración agitada. Eran como leves gemidos, o chillidos. Ya se la estaba culeando. Me levanté, caminé hacia el baño y los gemidos se hicieron más nítidos. La verga se me puso como un riel de ferrocarril. Tiesa. Cuando me asomé por la puerta abierta del baño vi a José detrás de la extranjera, bajo la regadera, penetrándola por el chiquito. Ella estaba con las manos en la pared y tenía la boca abierta.

    ¡Madre mía!

    De rapidez me quité el pantaloncillo y me metí. Los abracé y comencé a besarle a ella el cuello, los hombros, los pechos. Mis dedos tantearon su coño mojado. Con cuidado le alcé una pierna, me agarré el pene y lo llevé a la boca de su coño. Lo introduje poco a poco a través de los labios mayores, hasta el fondo de la vagina. José y yo formamos un emparedado mientras nos mojábamos penetrando a la bella extranjera. Hasta que terminamos. Salimos del baño, pero aún estábamos excitados, José y yo; tras echar el polvo estábamos con la mondá templada y la chica quiso seguir.

    No acostó juntos en la cama y se puso a masturbarnos mostrándonos el culo. Nos chupó la verga; de la mía pasaba a la de José, chupándolas y masturbándolas. Nosotros le pegábamos nalgadas y ella se ponía como loca chupando. Lop, lop, lop. Después la pusimos en popa, en cuatro patas, José le agarró el pelo y se lo enrolló en la mano mientras se la metía por la boca, yo la cogí por detrás, le eché un salivazo en el botón del culo y se la enterré, se le fue en seguida porque su ano ya estaba dilatado. Le dábamos durísimo.

    A veces me ponía la mano en el abdomen para que disminuyera la agresividad, pero cuando medio aguantaba el ritmo ella misma me agarraba la nalga y me atraía hacia sí, chillando como una ratoncita. De repente sentí una humedad; su ano comenzó a botar una crema espesa; no era mierda sino un flujo blanquísimo que me pintaba la verga morena de blanco. Eso me volvió loco y le arreé salvajemente, lo más rápido que pude. Eyaculé. José todavía no se había venido. En la cama se montó encima de ella y la penetró hasta que olió a cuero quemado.

    Escuchamos el timbre de la puerta. Habíamos excedido la media hora. Tuvimos que alistarnos y salir. Gracias a José no nos cobraron más tiempo del que pedimos.

    Después volvimos a vernos con la extranjera un par de veces.

    Diciembre 2020

  • Chupar pija en la playa

    Chupar pija en la playa

    Yo era joven, alrededor de 18 años y siempre había tenido ganas de estar con un hombre, me pajeaba mucho imaginando el momento.

    Tenía novia y le contaba y hablábamos mucho de mi bisexualidad, a los dos nos calentaba mucho hablar de esas cosas… pero nunca llegamos a hacer nada juntos.

    Una vez de entrando la noche, la dejo en su casa y vuelvo a la mía caminando por la playa… en el camino estaba la zona gay, me encantaba pasar por ahí y mirarlo coger, me daba miedo participar, pero las ganas siempre estaban, se me paraba de solo pasar. En el camino, veo a dos chupándose la pija y me dieron muchas ganas de pedirles para acompañarlos, no me animé. Unos metros más adelante, había un tipo, con muy lindo físico y una sunga verde que le marcaba todo, se me hacía agua la boca… pero no me animé de nuevo. Me senté a unos 10 metros de donde estaba él y me empecé a tocar mirándolo, él me miraba y sabía que todo era él.

    Al pasar los minutos se me sienta al lado un veterano, que me dijo que me estaba mirando de lejos y me quería acompañar, me saca la mano del pantalón y me empieza a hacer la paja, no me aguanté y se la empecé a chupar, la sensación de tenerla dura en la boca me alzaba más todavía, cuando está por acabar me avisa y lo dejo acabarse adentro de mi boca, que rico que fue. Él me la siguió chupando hasta que yo acabé adentro de él. Nunca había disfrutado tanto.

    Más tarde esa noche, mi novia viene a mi casa, porque habíamos quedado… sin contarle nada le bajé la pollería que tenía y le empecé a romper el orto, me gritaba que le dolía pero que no parara, yo no podía parar de pensar en la pija del veterano en mi boca. Esa noche cogimos un montón de veces, y nunca me había alzado tanto con ella, claramente era el viejo que me tenía así.

    Nunca más estuve con un hombre, pero nunca se me fueron las ganas…

  • Eres hermosa

    Eres hermosa

    Cierro los ojos y puedo recordar, tu piel, tersa, exquisita, brilla con la luz de la lámpara que ilumina la pieza del motel, estás en cuatro sobre la cama, pero con tus brazos relajados y tu cara apoyada en la almohada, en ese instante soy tu dueño, soy tu amo y tu entregada totalmente a mí, entregada al placer infinito de lo prohibido, de lo clandestino. 

    Me pongo detrás de ti con mi verga erecta, gruesa e hinchada, te apunto y te la refriego desde tus labios vaginales hasta tu ano, como haciendo una pequeña presión. Eres mía y solo espero el momento para clavártela, acaricio tu culo, lo tienes respingado y firme, te doy una fuerte cachetada en tu culo, me hablas como una niñita, me vuelves loco, dejos de ser racional, me vuelvo salvaje, tomo el tronco del pico y te lo apoyo a la entrada de tu concha, te tomo de las caderas y me cargo con toda mi fuerza, te lo meto de un solo golpe, hasta adentro, te arqueas de placer, haces un gemido animal, tus manos aprietan desesperadamente las sabanas y frazadas, te estoy culeando salvajemente, disfrutas y comienzas a mover el culo al ritmo de cada clavada, eres una diosa, no resisto más… eyaculo largos chorros de leche caliente, lo puedes sentir, te inundo, me vacío completamente en ti, te desvaneces en la cama, quedas casi inconsciente, perdida.

    Te abrazo, fuertemente, acaricio tu pelo por largo rato, te doy un beso y te digo mirándote a los ojos… eres hermosa.

  • Mi mujer llena de leche de nuestro invitado

    Mi mujer llena de leche de nuestro invitado

    Que tal amigos, acá les contaré la última aventura que tuvimos con mi ex mujer antes de la separación, pues fue una experiencia demasiado rica.

    Después de tener nuestro encuentro y mi mujer tenga sexo con un amigo que conocimos en internet, queríamos seguir experimentando, así que un día nos fuimos a la discoteca en los olivos, uno medio escondido, ese día llevo un vestido medio escotado con una falda cortísima que al sentarse se le notaba la vagina recién afeitada, y al llegar nos sentamos al bar, la deje sentada sola, le alce un poco el vestido para dejar ver su rico sexo y me fui al baño.

    Al regresar solo me conto que hubo hombres que le miraron la entrepierna, pero no se animaron en hacerle el habla, así que nos fuimos a sentar a una mesa cuyos asientos eran muebles.

    Entre trago y trago la calentura se fue elevando así que decidí tomarle una foto y subirlo a nuestra cuenta hot de Facebook poniendo que estábamos en la discoteca tal (no recuerdo el nombre) buscando una aventurilla.

    A lo que guarde el celular para seguir tomando, bailando con su respectiva manoseada, y provocando a los que la veían bailar haciéndola agacharse y mostrando su vagina dentro de la obscuridad.

    Al salir de la discoteca me llegaron mensaje de Facebook atrasados pues en la discoteca no había mucha señal al parecer, en la que un señor nos escribió diciendo que estaba en la misma discoteca y quería conocernos, llegaron como 5 mensajes dejando su número, mi esposa y yo estábamos con el trago encima y bien calientes así que decidimos llamarlo a lo que ella llama con voz sensual y le dice, hola nos dejaste mensaje, ¿dónde estabas?, a lo que le contesta si está en la escalera, pero ¿ya salieron de la discoteca? Podríamos vernos si gustas, a lo que mi mujer dijo un rotundo si… nos vemos en el parque de la espalda de mi banco al frente de mega plaza, a lo que respondió si conozco, en 5 minutos llego, estaré con una camioneta negra.

    Caminando tan excitados manoseándonos en el camino llegamos al parque, al mismo sitio donde sería el encuentro, a lo que casi en seguida llego nuestro amigo en la camioneta, baja las ventanas y nos saluda cordialmente y nos invita a subir, ambos subimos a la parte trasera del auto, condujo hacia otro parque más desolado, y se pasó a nuestro asiento, estuvimos conversando de cómo fue la noche en la discoteca, etc. Hasta que me dijo, tu esposa es hermosa, y yo le dije, puedes probarla toda, mi esposa me mira sonríe y de frente fue a besarlo con pasión y calentura tomándolo de la nuca y entrelazando sus lenguas, mientras nuestro invitado comenzó a sobar su pierna, subiendo cada vez más hasta llegar a su vagina peladita comenzando a masturbarla y ella mientras lo besaba con lengua apasionadamente comenzaba a gemir.

    A lo que no aguanto mi esposa y bajo su mano a su pantalón, desabrocho el cierre y saco con facilidad su pene de nuestro amigo, que aún estaba flácido y algo chico, pero ni corta ni perezosa dejo de besarlo y se agacho a chupárselo, succionarlo y lamer todo su glande desde la cabeza hasta comérselo todo, hasta que se puso erecto lo cual comenzó a devorarlo con más ansiedad.

    Nuestro amigo propuso seguir el asunto en la parte trasera de su camioneta, hasta se bajó a acomodarla, pero mi mujer opino mejor ir a un lugar más cómodo.

    Llegamos a un hotel con cochera, en la cual bajamos los 3, yo abrazado con mi mujer entramos al cuarto mientras él se quedaba en recepción pagando el cuarto.

    Al entrar mi mujer ya estaba echada en la cama esperando a su macho, y yo tan excitado esperando que se coman a mi esposa, e eso de frente si remediar palabra se sentó al lado de mi esposa y comenzaron a besarse desenfrenadamente, la echó besándola y subió la falda, para bajar lentamente lamiendo todo su cuerpo para llegar a su vagina y sin titubear, comenzó a lamer todo su jugo pues estaba tan mojada que chorreaba por sus piernas.

    Lamio y seco todo el jugo que tenía mi mujer, se sacó el polo y el pantalón dejándose el bóxer, siguió haciéndole el oral jalándole los labios de la vagina, metiendo su lengua en su huequito y lamiendo y besando de lo más rico y profundo su rica concha.

    La cargo más adentro de la cama, le bajo la parte de arriba del vestido para chupar sus ricos senos con pezones paraditos de la excitación y ya rojos de las chupada y mordida que le daba.

    Mi mujer ya estaba tan excitada que gemía y gemía suavemente hasta que nuestro amigo saco su pene ya erecto por encima del bóxer y se lo penetro sin condón hasta el fondo, en eso mi mujer grito y gimió mucho más fuerte diciendo que rico papi métemelo así que rico.

    Estuvo metiéndosela un rato dándole duro hasta acomodarla en la almohada, levantando sus piernas a los hombros y seguía dándole duro, mi mujer gemía y gemía diciéndole… Cáchame como tu putita que soy, dame duro quiero tu leche, soy tu puta.

    Después de unos minutos, ella se montó en su encima y comenzó a moverse tan alocadamente y fuerte que nunca la había visto así de excitada, yo ya está desnudo masturbándome y tratando de no venirme.

    Después de unos minutos nuestro amigo la puso en 4 bien incurvada como una puta, el agarro de su vestido que estaba aún en su cintura y como cabalgando se la metió hasta el fondo con fuerza, una y otra vez, podía ver sus testículos chocando brutalmente en la puerta de la vagina de mi mujer que ya estaba goteando de líquido y bien abierta.

    En eso me dijo me vengo, y mi mujer también dijo me vengo, dame tu leche, lléname toda y de unos empujones fuertes hundiendo hasta el fondo su pene a mi mujer se vino toda su leche al mismo tiempo que mi mujer gemía y gritaba cada empujón viniéndose al mismo tiempo.

    Al terminar de venirse nuestro amigo, saco su miembro y se fue al baño a ducharse, mi mujer se arre costo abierta de piernas mirando al techo y me dijo, lámeme, lo cual lo hice sin chistar, lamí toda su vagina llena de leche, lo deje totalmente seco tanto afuera como hasta donde me dio mi lengua llegar dentro de su vagina, me tome toda la leche que le dejaron combinado con su jugo que le vino.

    Métemelo y que te venga dentro me dijo mi mujer, lo cual hice y no paso ni un minuto de lo excitado que estaba y me vino también dentro de ella, lo cual después que saque mi miembro volví a lamer toda su concha que de seguro también se convino con la leche de nuestro amigo.

    Después nos fuimos cada uno a nuestras casas y al llegar seguimos teniendo sexo toda la noche acordándonos de lo que acababa de pasar.

    Espero les haya gustado esta historia, en lo que pueda seguiré escribiendo unos cuantos relatos y confesiones más que tengo, mi correo es [email protected], por si desean escribirme, salidos y Feliz año.

  • La familia Polanco Llanera en Nochevieja

    La familia Polanco Llanera en Nochevieja

    La familia Polanco Llanera se comenzaba a preparar para recibir el nuevo año. Susana como matriarca de la familia, había hecho todos los preparativos, comprado los víveres y cocinando durante toda la tarde. Jaime, el cabeza de familia, pasó la tarde adquiriendo los últimos regalos y soportando alguna que otra cola, no importaba, un día es un día.

    Por la dichosa pandemia, las fiestas las pasarían ellos solos junto a sus hijos. Nada de familiares extra, solo ellos cuatro, una pena la verdad, pero disfrutarían igual.

    —¡Mamá! Ya he llegado —soltó Lucas, el primogénito, al entrar por la puerta.

    —Venga hijo, que eres el último, tu hermana y tu padre ya están aquí.

    —Lo siento —el joven entró en la cocina donde su madre se movía de un lado para otro— ¿te ayudo a preparar algo?

    —Ya está casi todo, pero ven aquí.

    Lucas se acercó a los fogones, donde algo olía de maravilla. Acercó la cabeza, comprobando que eran unos chuletones de ternera que se hacían en la sartén y desprendían un aroma inigualable.

    —Que buena pinta… —echó después un vistazo rápido a su madre y añadió— aunque no solo la carne pinta bien…

    La mano rápida del joven se dirigió al gran trasero de su madre agarrándolo con fuerza. La mujer notó cada uno de los dedos hundiéndose en la piel y produciéndola un placer que la hizo apretar los dientes.

    —Luego te doy un regalo —susurró esta mientras el aceite saltaba.

    —¿No me das uno ahora?

    —Bueno…

    Susana tomó al muchacho de la barbilla y con unos labios rojos le plantó un beso de varios segundos. La lengua de ambos se chocó en el interior de sus bocas y por un momento pensaron que allí mismo podrían desatar su pasión.

    —Venga… —pudo decir Susana al apartarse ligeramente— vete a avisar a los demás, en nada cenamos.

    —Estoy un poco cachondo… —Lucas señaló su entrepierna haciendo que su madre divisara un bulto terrible. Como le gustaba ver así a su pequeño.

    —¿Un poco? Venga, tira que no respondo.

    Lucas fue por el pasillo y subió las escaleras al piso superior. Primero fue a su cuarto y se puso un pantalón de pijama para mayor comodidad. También se deshizo de las zapatillas, prefiriendo la comodidad de las pantuflas, que a gusto se sintió al sentir el calor de estas.

    Salió a buscar a su hermana. Pero Sofía no estaba en su habitación, el ordenador estaba encendido, pero ella no se encontraba allí. Decidió buscar a su padre, había oído voces en la habitación contigua, seguro estarían juntos.

    Tocó dos veces al ver la puerta arrimada. Escuchó la voz de su padre dándole permiso para entrar.

    —Papá, dice mamá que ya está la cena.

    Jaime se encontraba en la mesa del ordenador, prácticamente de frente a su hijo que le hablaba desde el umbral de la puerta. Se había protegido con la manta, ya que el frío esos días era considerable y prefería estar caliente.

    —Gracias, hijo, ahora bajo, termino una cosa y estoy.

    —Perfecto, voy a la mesa. ¿Has visto a Sofía?

    —Sí, ha ido al baño. Cuando salga, le digo que baje.

    —Bien, papá, hasta ahora.

    —Hasta ahora, campeón.

    La puerta se cerró y cuando los pasos de Lucas se comenzaron a escuchar por las escaleras, Jaime se echó hacia atrás en la silla y resopló. De pronto, la manta se movió y desde su interior, justo entre las piernas del hombre, la cabeza de Sofía emergía algo acalorada.

    —¿Se ha ido? —Su padre asintió con una sonrisa— me iba a asfixiar…

    —¿Te quieres asfixiar con otra cosa? —preguntó Jaime queriendo seguir donde lo habían dejado.

    —Pensaba en seguir lamiéndotela un poco mientras Lucas te hablaba, pero se hubiera dado cuenta, te mueves demasiado.

    Jaime pasó la mano por el cabello castaño de su hija y con la otra, cogió su miembro erecto y la comenzó a llevar a la boca de la joven. El pene duro como una roca traspasó la barrera de los labios y después, debido al empeño de la muchacha, topó con la garganta.

    —Que rico por dios… este año no sé qué te ha pasado que lo haces de lujo —Jaime apenas podía susurrar de placer.

    —Es que… —retiró el miembro del fondo de su garganta para poder hablar— ahora práctico con mi novio.

    —Eso está muy bien… así… —resopló con ganas, cogiendo el cabello de su hija y llevándola al ritmo que deseaba— me gusta que practiques. Pero que te hagan a ti también cosas ¡eh!, como las que te hago yo.

    El placer se arremolinaba en los genitales del hombre que comenzaba a mover las piernas con frenesí. Sofía succionaba el miembro duro de su padre mientras con una mano masajeaba las calientes pelotas de Jaime. El hombre no lo podía soportar más y apretó la cabeza de su pequeña contra su pene incrustándosela en el fondo de su garganta.

    Sofía abrió la boca todo lo que pudo dejando que aquello la ahogara y llenara a partes iguales. Apretó algo más fuerte los huevos del hombre como bien sabía que le gustaba y entonces escuchó como este se guardaba un grito de placer que no pudo expresar.

    —Me corro…

    Sofía sacó tremendo pene de su interior y lo sacudió con ganas mientras Jaime se aferraba a la silla como si lo estuvieran electrocutando. Al fin el cremoso néctar salió y la joven lo admiró, le encantaba ver salir tremendos chorros blancos que se asemejaban al géiser de un volcán.

    —Mi vida… ¿No querías hoy en la boquita?

    —Papá, en la boca te dejé porque era mi 18 cumpleaños, era algo especial, pero no me va mucho. Además, si no me va a saber rara la cena y mamá se lo ha trabajado.

    —Cierto, cariño, tienes toda la razón… pero bueno, lámemela un poquito más y ya bajamos.

    —Eso no hace falta ni que me lo pidas.

    La chica hizo con gusto lo que le solicitaron y allí se quedaron unos minutos más entre limpieza y relajación, mientras que en la cocina, Lucas llegaba donde su madre.

    —Ahora bajan.

    —Perfecto —Susana se quitó el delantal y sacó una caja de uno de los armarios superiores— ven, cielo. Te quería enseñar una cosa, me apetece hacer más picante la cena.

    Lucas se acercó con mucha curiosidad y ambos se sentaron en la mesa a observar lo que Susana tenía. Según lo vio el muchacho supo que era, un pequeño vibrador en forma de huevo y con un color rosa llamativo, a su madre le encantaban los juguetes.

    —Me he comprado este huevito vibrador, ¿te gusta?

    —Por supuesto que me gusta, y si… —se acercó a su madre y en la oreja le susurró— lo usamos juntos mejor.

    —Esa idea me parece fabulosa —Susana giró el rostro y besó muy lentamente los labios de su hijo— aunque esta noche lo dudo, estaré con tu padre dale que te pego.

    —Una pena, mamá. —Lucas cabizbajo lo asumió con resignación, era lo que había era el segundo plato.

    —Pero mi niño, como has aprobado todo en la universidad, te voy a ceder un honor. —Sorprendido, abrió los ojos— En la cena, ¿Qué tal si te doy esto a ti?

    Le tendió un pequeño mando con varios botones. En el primer instante no supo que era, pero uniendo cabos con rapidez su ágil cerebro le dio la solución, era un control a distancia.

    —Que honor, mamá, muchas gracias. Entonces… ¿Lo puedo usar durante la cena? —Susana asintió— ¿Da igual la potencia?

    —Da igual, Lucas. Un día es un día. —Giró todo su cuerpo, poniendo las piernas a cada lado del joven y después se recostó en el respaldo de la silla— Oye, ya lo he cargado y dicen de poner con un poco de lubricante. Pero paso, prefiero que me ayudes.

    —¿Te paso esta lengua que tanto te gusta?

    —Has dado en el clavo.

    Sin perder un segundo, Lucas se agachó y apartó los muslos de su madre con rudeza, comprobando que bajo el vestido, no había ninguna ropa interior que la cubriera. Miró a su madre de una forma lujuriosa y pícara, Susana siempre tenía este tipo de sorpresas y nunca dejaba de alucinar con ellas.

    La lengua del joven no perdió el tiempo por si su padre y su hermana bajaban. Pasó varias veces por el sexo húmedo de Susana dejando un rastro de saliva que la mujer recibía entre gemidos contenidos.

    —Unos pocos, cariño. No quiero correrme.

    —Mañana, a ver si tenemos un hueco y me como tu corrida —respondió Lucas ansioso.

    —Méteme el juguete… que raro se me hace no pedirte que me metas la polla.

    Ambos sonrieron y el joven introdujo en la vagina mojada el nuevo artilugio de su madre. Después de varias indicaciones, pareció estar colocado a la perfección y una punta rosa emergía al exterior, era lo único que se veía.

    —Toma. Pruébalo.

    Lucas cogió el mando y lo puso al nivel más bajo. Susana no notaba más que un cosquilleo en sus partes, en silencio y con un único movimiento de mano, le hizo subir la potencia para probar el juguete. Cuando llegaron al nivel cinco, ya notó que esa intensidad en unos minutos la llevaría al orgasmo, por lo que mejor parar. Ya conocía el punto de inflexión del nuevo vibrador.

    —Vale, Lucas, ya está. Es todo tuyo, pero no te vuelvas loco, que no quiero acabar tirada en la mesa gritando como una posesa.

    —No prometo nada…

    Ambos rieron con complicidad en el momento que Jaime y Sofía aparecían por la puerta, listos para cenar.

    Sentados comenzaron a disfrutar de la agradable compañía familiar. Hablaron del trabajo, de los estudios, de lo bien que lo pasaban juntos y de lo raro que había sido este año. Aun así, por suerte no habían perdido a ningún familiar y ellos no habían enfermado, eso sí, a Sofía le tocó hacerse una de las pruebas. Le introdujeron el palillo por la nariz hasta casi tocarle el cerebro, una sensación de lo más desagradable. Menos más que luego su padre le quitó el mal sabor de boca metiéndole otra cosa y no precisamente por el orificio nasal.

    El móvil de Jaime vibró en sus pantalones, sacándolo comprobó que el mensaje era de su propia hija que estaba a su izquierda. Tanto su hijo como su querida esposa estaban enfrente, por lo que podía consultar sin problemas el contenido del mensaje. Sabía que aquello no traía nada bueno… o sí, claro… todo es según el punto de vista.

    —Estoy peladita. Un regalo para cuando podamos. —Era el comentario que acompañaba a una foto.

    La instantánea era Sofía, sin ropa y mostrando un sexo totalmente inmaculado. No se divisaba ni un pelo, ni rastro de que allí alguna vez hubiera habido algo de bello. Con dedos ágiles y un pene que volvía al estado erecto, la contestó.

    —Esta noche imposible, tengo unas ganas de probar a tu madre que no te imaginas…

    —Jajaja, eres un salido papá, a ver si mañana podemos. Podríamos no sé… “Ir a buscar algo”.

    —Eres una bruja, cielo. Me encanta.

    Ambos guardaron los móviles y volvieron a la conversación con los demás miembros de la familia. Susana que degustaba unos cuantos langostinos a la par que comentaba a su marido la última que había hecho su hermana, notó algo.

    Una leve vibración entre sus piernas le hizo mirar a su primogénito. Lucas seguía comiendo uno de los aperitivos y con la mirada centrada en Sofía que le hablaba. No daba pistas de que estuviera tramando algo, pero sí que lo hacía. La mano estaba en el bolsillo izquierdo del pijama, de donde sacó el mando y lo movió levemente para que Susana se diera cuenta de que la fiesta comenzaba.

    Otro nuevo golpe dentro de su vagina la hizo acomodarse mejor en la silla, el truhan de su hijo había accionado el nivel cinco de golpe. Le sonrió, pero no la miraba, “menudo pícaro” pensó con lujuria. Su marido le volvió a hablar y la distrajo levemente hasta que de nuevo, en medio de la cena y con los demás a escasos metros, Lucas accionó el nivel seis.

    —¡Ay! —dijo Susana rebotando en la silla— creo que me clavé algo.

    —Que va, mi vida —contestó Jaime con su copa de vino en la mano— eso a la noche.

    —No os pongáis románticos ahora… —añadió Sofía a modo de broma.

    —No, cariño, tu padre y yo, solo en la intimidad.

    —Eso… no es verdad… —Lucas con una sonrisa maliciosa miró a ambos— ¿y la vez que os pillé en el coche?

    —Y hace par de meses os pillé en el jardín —dijo con rapidez Sofía conteniéndose la risa.

    —Sin olvidarnos de la vez que os echaron del cine. ¿Te acuerdas hermanita, que ellos fueron a una película y a nosotros nos mandaron a otra?

    —Claro que me acuerdo.

    Acabaron por explotar en carcajadas a costa de sus padres. Lucas aprovechó el momento y subió otro nivel a su madre que sintió el placer llegarle hasta el cuello y erizarle la piel, ya estaba en el nivel siete.

    —No, hijo, no. Eso es intimidad. El coche es nuestro o sea que estábamos en nuestra propiedad y el jardín más de lo mismo… otra cosa es que nos espíen. —Sofía apenas podía aguantarse la risa y Lucas negaba con la cabeza ante los argumentos de su padre.

    —Tienes razón, cariño, no les hagas caso. La culpa es de los vecinos viciosos que miran.

    Susana levantó la copa hacia su marido y ambos brindaron. Sus miradas rezumaban fuego, siempre habían tenido el ardor sexual de un adolescente y ahora, a pocos años de llegar a la cincuentena, no la iban a perder.

    —Lo del cine… —añadió Susana a sus hijos, mientras uno de ellos le volvía a dar una vibración de nivel siete— no hay pruebas de ello. Por lo que no cuenta.

    —¡Que cara tienes, mamá! —Rebatió con rapidez Sofía— si te pusiste las bragas en el coche.

    Todos rieron con fuerza de nuevo mientras la cena se iba terminando. Lucas no perdió la ocasión y cuando las risas se iban apagando, subió otro nivel y accionó el botón mandando un nuevo cúmulo de placer a su madre.

    Susana se estremeció de tal forma que las piernas le temblaron y tuvo que levantarse como un resorte colocándose de pie delante de la mesa. Aprovechó que todos la miraban y disimulando debido a las “descargas” del pícaro de su hijo, alzó la copa.

    —Vamos, todos de pie. Brindemos por este año. —todos la siguieron. Incluso Lucas dejó a un lado el mando, de momento…— Que el próximo año sea mejor, aunque no es muy difícil. Y sobre todo, que no nos falte el amor de la familia, que es el más importante de todos.

    —¡Amén! —terminó por decir Jaime a modo de broma.

    Todos bebieron, sobre todo Susana que con las vibraciones se había calentado demasiado, aunque el vino tampoco la hacía enfriar. Miró a su hijo, como jugueteaba con el mando dentro del pantalón y más allá, en la parte central, como un pene que conocía de maravilla rugía llamando su atención. Estaba grande, enorme, como a ella le gustaba. Tanto la del hijo como la del padre eran idénticas, “¿el tamaño del pene se hereda?” se había preguntado más de una vez.

    Lástima que su hija no hubiera heredado sus pechos. A Susana le parecían preciosos, eran del tamaño perfecto. Duros y a la vez suaves. Pero su hija siempre había querido tener los voluminosos pechos de su madre. Tan grandes, tan esponjosos, tan perfectos… o eso decían Lucas y Jaime.

    Estaba cada segundo más acalorada, el vibrador de su interior ahora le mantenía un leve ritmo al nivel dos, que no era intenso, pero si constante. No aguantaba seguir así por mucho tiempo, algún que otro sudor frío le recorrió la espalda y su rostro se comenzó a acalorar.

    —¿Qué os parece…? —se cayó en ese momento, Lucas había apagado el vibrador y para ella fue un alivio. Humedeció los labios para hablar con más fluidez— este año fue algo atípico, que si pandemia, que si mascarilla… ya sabéis. He pensado, ¿si hacemos un cambio este año? Os propongo lo siguiente, ¿nos damos los regalos ahora?

    Los cuatro comenzaron a mirarse y ambos jóvenes alzaron los hombros en señal de acuerdo. No les importaba cuando recibirlos, solo eran unas horas de diferencias, el júbilo que tenían cuando eran más pequeños ya se había desvanecido. Jaime asintió mientras se limpiaba la boca por el jugo de la chuleta.

    —Pues si estáis de acuerdo, hecho. Lucas, ven conmigo a la buhardilla y los bajamos todos.

    El joven se levantó disimulando la tremenda erección que nacía entre sus pantalones. Menos mal que al llevar el pijama podía disimular lo que reptaba por su muslo. Siguió por las escaleras a su madre, las subía deprisa como si al final de estas se escondiera algo suculento ¿quizá fuera así?

    Llegaron a su destino. Allí arriba, habían montado una pequeña sala que solían usar para ver películas. Solo contaba con un mueble acoplado al tejado que descendía de manera triangular y aparte de otras mesillas, un sofá grande para disfrutar de la televisión.

    Susana, ni se lo pensó. Simplemente corrió hasta el sofá, se quitó las zapatillas de casa y alzó su vestido. Lucas casi sin llegar a pasar al desván, veía a su madre en el sofá con el trasero elevado y una graciosa punta rosa saliendo del interior de su vagina.

    —Corre hijo, sácame esto por Dios…

    Su voz sonaba agitada, tremendamente excitada. Tenía un calentón digno de sus mejores noches y todo por culpa del dichoso aparato que zumbaba en su interior al accionarse. Lucas con rapidez y sin mucha delicadeza, tiró de la punta rosa y el juguete salió mojado, muy mojado. Lo admiró, como si se tratara de algo bello… y lo era, porque estaba recubierto de fluidos de la madre que tan fuertemente amaba.

    —¿A qué esperas? —dijo Susana apoyando las manos en el sofá y metiendo prisa a su hijo— méteme esa polla que has heredado ¡YA!

    Lucas no esperó, dispuso su pene y sin miramientos, entró dentro de su madre introduciendo cada uno de sus múltiples centímetros. Notó el final del sexo cuando su madre se encorvó y apretó los dientes sintiendo todo lo que había en su interior.

    Elevó algo más el vestido, para poder posar sus manos en la cintura de Susana y empujar con la fuerza que ella deseaba. Como una prensa hidráulica sus dedos se cerraron en torno a la pequeña cintura de su madre y esta sintió el calor de cada uno de ellos.

    —Lucas, dame que no lo aguanto —este obedeció a su madre y con fuerza y rapidez comenzó el coito— así, así. O me acompañabas tú o tu padre, pero creo que te lo has ganado. Me has puesto caliente durante toda la cena.

    —Más bajo, mamá, que te van a oír.

    El pene hacía su trabajo entrando en una dilatada vagina que le recibía con los brazos abiertos. Sus paredes estaban más que acostumbradas a semejante tamaño, si no era su marido, era su hijo quien la penetraba y aquel volumen ya le era conocido. Lucas observó como el gran trasero de su madre se estremecía a cada entrada y como el rosado ano se abría cada vez que su pene horadaba el interior.

    —Susana, como favor personal, me vas a tener que dejar que un día te dé por el culo.

    —¡Ja! Igualito a tu padre. Como me metáis eso, me partís a la mitad, aunque un día tiene que ser el primero y oye…

    Una suculenta idea le surcó la mente mientras el pene de su hijo la hacía temblar con cada sacudida. Recordó el pequeño vibrador que reposaba al lado de la pierna de Lucas y… un pene de tales dimensiones, era una cosa… pero un juguetito, no la importaba.

    —Lucas, rápido, coge el vibrador —este se lo pasó y ella en un momento detuvo el coito— mójalo. —antes de que pudiera decir nada, se lo metió en la boca al joven y lo untó bien de saliva.

    Con el juguete más que lubricado, alcanzó su trasero y comenzó a insertarlo en su interior, haciendo que en menos de 5 segundos sus nalgas lo devoraran.

    —Dame el mando que no me fio de ti —era una broma, aunque sabía que dejando a su hijo, iría a por el máximo nivel de primeras.

    El coito prosiguió con duras entradas mientras el vibrador comenzaba su sonido zumbador en el interior del trasero. El placer era inimaginable, algo que Susana pocas veces alcanzaba, muchas veces no tenía tiempo para disfrutar de preliminares, sin embargo, esta vez con el calentón de la cena, estaba a punto.

    El pene comenzó a entrar con extrema rapidez, golpeando lo más profundo de su cavidad y después saliendo casi en su totalidad para repetir el proceso. Era como le gustaba a Susana y Lucas lo sabía muy bien.

    —Ya acabo, mi vida, ya acabo —susurró ella subiendo al nivel ocho.

    —Joder, me estaba aguantando, también me corro —le respondió su hijo entre dientes.

    —Fabuloso —colocó el vibrador a nivel nueve, por miedo a que el diez llegara a doler.

    —¿Mi leche dentro, mamá?

    —Hoy si mi vida, hoy si… ¡Por dios! Qué suerte con semejantes pollas… otro día dejo que te corres en mis tetas, lo prometo. Pero hoy lléname. ¿Hace cuánto que no te corres?

    —Ya no me dejas masturbarme… —bufó como un animal— estoy ya. Llevo desde… ¡Oh, sí! Desde que me la chupaste o sea que tres días.

    —Bendita sea lo que viene… ya… ¡YA VOY!

    Susana resopló lo más bajo que pudo y sintió como en su interior un cúmulo de sensaciones se agolpaban. Por una parte la vibración del trasero la hacía que las piernas le temblaran y en el interior de su vagina una concentración de placer estaba a punto de estallar. Además no era ella la única que gozaba. Sintió como la tremenda polla se inflaba como loca queriendo descargar su ardiente néctar.

    Ella fue la primera en terminar. Puso en blanco los ojos, apagó el vibrador y con sus uñas se aferró al sofá para no salir volando del placer. Las venas del cuello se le inflamaron hasta casi ahogarla y reprimió un grito que hubiera alterado a todo el barrio. Pensaba que había tocado el cielo, pero solo era la primera parada, fue entonces que recibió el primer manguerazo.

    Lucas entró con todo lo que tenía en el interior de Susana y con sus últimas fuerzas gimió para depositar allí sus fluidos de tres días de acumulación. La agarró con fuerza de la cintura para que no se moviera, aunque la mujer no pensaba ir a ninguna parte. El primer disparo salió potente, tanto que su madre abrió la boca y los ojos sintiendo un nuevo placer. Se enderezó y agarró a su hijo como pudo, haciendo que este le cogiera los grandes pechos y se los amasara con dulzura al tiempo que dejaba más de sus líquidos dentro de ella.

    Volvió a caer al sofá cuando los besos en el cuello del muchacho se comenzaron a pausar y la respiración se ralentizaba convirtiéndose en una más profunda. Sacó de su interior primero el juguete y después el martillo de Lucas, dejando que saliera una cantidad de semen que manchó tanto sus piernas como el sofá.

    —Gracias, mi vida, lo necesitaba —dijo Susana limpiándose sus partes nobles y abanicándose con la mano debido al calentón.

    —Gracias a ti, no sabes cómo me pesaban las pelotas.

    Ambos rieron y limpiaron rápidamente el sofá. Desde el comienzo, solo habían pasado tres minutos, “¡Qué placer más fugaz!” pensaron ambos. Susana le dijo que fuera bajando y que llevase algún regalo, para después subir a por más, ella descansaría un poco, las piernas aún se le estremecían solas.

    —No te preocupes, cargo con todos —dijo con los regalos entre los brazos— ya digo que estás mirando si quedan más.

    —Es que necesito sentarme un minuto, con esto y el que luego me va a dar tu padre, voy a dormir como un bebe.

    Los dos volvieron a reírse y el joven bajó dejando a su madre tranquilizarse en el desván mientras agradecía, a quien sabe, por los buenos amantes que tenía en casa.

    Cuando Lucas llegó a la cocina y vio a su padre y a su hermana tan tranquilos sentados, le pareció que habían estado así todo el rato, esperando a que los otros familiares volvieran a la mesa. Pero para nada había sido como él se imaginaba.

    Según ambos empezaron a subir las escaleras en busca de los regalos, Sofía se había girado hacia su padre para decirle.

    —Papá, me pica mucho… —señalándose la entrepierna— necesito… algo que me rasque.

    —Niña, que bajan ahora, no me da tiempo.

    —Te digo yo que sí —Sofía se separó su pantaloncito corto y mostró esa vulva pelada que Jaime contempló en la foto.

    —¿No llevas braguita? —Jaime se mordió el labio tratando de contener una terrible excitación— Sofía, eres incorregible.

    —¿Y tú qué? Si la tienes dura desde que te pasé la foto.

    Los dos se miraron en una mueca de felicidad y la joven pasó la mano para comprobar sus palabras, su padre la tenía muy dura. La sujetó con fuerza y oteando a la puerta para comprobar que realmente no había nadie, abrió la bragueta del hombre y liberó lo que estaba preso.

    Un pene en su máxima erección salió a la luz y bamboleó en el aire como un mástil en una tormenta. Estaba duro y su prepucio brillaba debido al líquido pre seminal, Sofía negó con la cabeza al ver a su padre con semejante erección, pensando en cómo la podía dejar así.

    Abrió sus piernas poniendo una a cada lado de su progenitor y se apartó el pequeño pantaloncito. Cogió con su pequeña mano de adolescente un pene que no abarcaba y se lo dirigió a su vagina que se humedecía de solo pensar lo que le iban a meter.

    —Uno muy rápido, me corro y ya —dijo Sofía con su padre agarrándola el trasero.

    No hizo falta contestación, el pene entró como un cuchillo caliente en mantequilla. Sofía acostumbrada a tal tamaño comenzó a expulsar fluidos para que patinara de la mejor forma posible. Al de cuatro entradas, cada vez que bajaba esos líquidos pegajosos comenzaron a resonar en la cocina.

    —Como me pones, mi vida. —Jaime sentía un placer inigualable, aunque la cosa mejoraría, porque gracias a la energía de la juventud, de rápido pasó a ser frenético.

    —Antes te has corrido, ahora necesito correrme, siempre me has enseñado que hay que dar y recibir, ¿no?

    —No te lo decía aplicado al sexo… Buf, que rico es esto… pero está bien que me escuches de vez en cuando.

    —Papá, cuando tu polla está de por medio, siempre tienes toda mi atención.

    Jaime sonrió y se excitó a la vez al ver como la cara de su hija se contraía. Estaba muy caliente, demasiado, conocía ese rostro y sabía que iba a estallar.

    —¡Qué rápido! —Se sorprendió Sofía al notar en un minuto que el orgasmo se avecinaba— me gustaría quitarme la camiseta. Que me comieras los pezones sería lo máximo.

    —Mejor que no, cielo. ¿Tan cachonda estas? —La joven asintió con ganas apretando sus labios— me encantaría terminar masturbándote para que me hagas un buen squirting, pero íbamos a manchar toda la cocina.

    —¡Jesús! Estoy a punto, pero que me pasa. Como te gusta que me corra a chorros, eres un guarro.

    —Bueno, yo no soy quien me pide que ponga la cara cuando me corro.

    —Pero… pero… agárrame más fuerte del culo que me corro. Pero solo te doy mi corrida en la ducha, que si no…

    El calentón había sido tan elevado y el sexo tan rápido que la joven estaba a punto, tanto que solo le faltaba el último empujón. Su sexo patinaba con el de su padre que seguía introduciéndose donde nadie más podía llegar. Le encantaba lo grande era y sobre todo cuando se hinchaba a punto de eyacular. Sin embargo esta vez no sería así, iba a terminar y sería el final de la función “pero el bien que se corrió antes” se dijo la chica.

    Por un momento la mano derecha se separó de la nalga de su hija y al momento, volvió a bajar con fuerza propinándole un cachete. Los de arriba podrían haberlo escuchado, de no haber estado centrados en follar en ese mismo momento.

    Fue la gota que colmó el vaso, Sofía abrió la boca sin poder gritar como quería y con rapidez mordió el hombro a su padre.

    —Vamos mi pequeña amazona, córrete como te gusta —soltó en un susurro Jaime al tiempo que notaba esa corrida caer por el tronco de su herramienta.

    Sofía se repuso con rapidez. La juventud era una ventaja, no como su madre que ahora debía sentarse un poco en el sofá mientras su hijo bajaba. La joven se puso de pie, dio un tierno beso a su padre en la mejilla y se limpió como pudo todos los restos.

    Abrió el balcón para que el frío entrase y airease un poco la cocina, estaba segura de que el olor a sexo se impregnaría en su cuerpo, más que el de los langostinos.

    —Oye —los pasos de Lucas por las esclareas ya se escuchaban— no me acordaba de que mamá y tú os lo pasasteis tan bien en un cine.

    —No hay pruebas de eso —respondió Jaime con el pantalón atado y listo para aparentar normalidad.

    —Pues… me ha dado envidia —se acercó a su padre y soplándole en la oreja le susurró— este fin de semana, quiero ir a ver una película, la que sea… ¿Me acompañas?

    —¿Cómo no iba a acompañar a mi princesa?

    Lucas entró por la puerta segundos después y los dos simularon que ninguno de los dos había gozado como dos posesos.

    Al de unos minutos, Susana bajó las escaleras con el rostro de su color habitual y el vestido colocado correctamente, diciendo que no quedaban más regalos.

    Se los repartieron y todo fueron risas y felicidad, sobre todo cuando Jaime regaló un conjunto picarón a su mujer que esta no dudó en decir delante de todos que se probaría esa noche. Los hijos recibieron regalos normales, aunque sin que los hombres se dieran cuenta Susana le dio a su hija uno más. Un pequeño vibrador como el suyo, el cual le venía en una oferta del dos por uno.

    Después de las campanadas, pasaron un rato más de charla hasta que la cama les llamó. Todos se fueron a su cuarto, algunos a descansar y otros… no. Jaime se metió desnudo en la cama mientras Susana iba al baño y se preparaba para la primera noche del año.

    Cogió su nuevo regalo, un conjunto de lo más atrevido, lencería muy fina de color negro, con unas medias a juego y un liguero que hacia perder el norte. Su trasero se colocaba de forma perfecta y que decir de sus senos, tan voluminosos que la perfección se le quedaba corta.

    Abrió la puerta del baño y su marido con una erección monstruosa, le esperaba sediento de sexo.

    —Mi marido precioso —le dio un beso de lo más sensual en el pecho mientras gateaba por la cama— ¿estás listo para esta noche?

    —Siempre estoy listo para lo que me propongas, mi amor.

    —Esta noche estoy especialmente feliz —miró el miembro erecto de su marido y lo rodeó con fuerza entre sus dedos— y siento que hoy me voy a correr como nunca. Me encanta tu polla —pasó sus labios por esta y besó el prepucio— no sé qué podemos hacer hoy. ¿Paja con mis tetas? ¿Un sesenta y nueve? ¿Me como tu corrida? Estoy muy cachonda…

    —Me encanta verte a si, cielo, esta noche pídeme lo que quieras que soy tuyo.

    Susana sumergió la boca en la entrepierna de su marido y trató de comer entero lo que allí le daban, misión imposible. Volvió a meterla hasta su garganta con suma delicadeza cuando dos golpes en la puerta la sacaron de su tarea.

    Jaime dijo adelante sin saber que podía pasar, se habían tapado ligeramente, y tras la puerta la cabeza de Sofía asomó.

    La joven había estado inquieta desde que se había ido a la cama, increíblemente se había quedado con ganas de más y pensar que sus padres tendrían el sexo que ella deseaba, la volvía loca. Con rapidez, se había puesto su mejor lencería, un buen sujetador que las colocaba más grandes de lo que eran y un tanga que apenas era un hilo entre sus durísimas nalgas. No sabía lo que quería hacer, pero si a quien necesitaba. Se vistió con una bata y se encaminó al cuarto de su hermano.

    —Lucas —le dijo al abrir la puerta—, entro un momento.

    —¿Qué quieres? —le preguntó desde la cama.

    —Voy a hacer una pillada a papá y a mamá, ¿te apuntas?

    —¿Quieres pillarles follando? —Asintió en la oscuridad, la idea de pronto no le pareció tan mala, ver a su madre con aquella lencería sería similar a ir al museo— ¿Qué has pensado?

    —Nada original, les podríamos decir de querer dormir con ellos, como cuando teníamos miedo de pequeños y joderles un poco el polvo. También se me ha ocurrido que ellos van a estar desnudos o casi, por lo que no podremos entrar en su cuarto con mucha ropa, es lo justo.

    Lucas entendió por donde podían ir los tiros de su hermanita y salió de la cama solo con su calzoncillo. Se lo bajó, quedando con una pequeña erección que aumentaba pensando en su madre y se colocó la bata. Muchos años viviendo juntos y se conocían a la perfección. Las palabras de la joven hablaban un lenguaje que su hermano creía entender, por lo que recorrieron el pasillo y la chica, tan desvergonzada y valiente como siempre, tocó la puerta.

    —Dime, cielo —le dijo Susana con su perfecta figura.

    —Es que… —hizo señas para que su hermano también entrase en la habitación— Lucas y yo tenemos algo de miedo… la noche está muy oscura y… ¿Podríamos dormir esta noche con vosotros?

    Jaime y Susana se dedicaron una mirada de lo más cómplice y perpleja, sus hijos habían heredado una lujuria que conocían a la perfección. La mujer se apoyó en la cama con su poca ropa y Jaime se sentó contra el cabecero dejando su tremendo pene al descubierto.

    —¿Habéis traído pijama? —la sonrisa y la mirada felina de la mujer contestaba a su propia pregunta.

    Los dos hijos tiraron la bata al suelo en el mismo momento y mostraron como iban. La desnudez de Lucas hacia su cúspide en una erección brutal que señalaba la cama de sus progenitores. Sofía en cambio, aunque con ropa interior, mostraba una belleza digna de una diosa, con unas curvas perfectas y un rostro angelical que nada se le podía comparar.

    Susana bajó de la cama y anduvo hasta sus hijos. Les acarició el rostro y después se giró donde su marido con una sonrisa de fiera salvaje.

    —Creo que les podemos dejar que “duerman” con nosotros.

    —Vamos chicos, donde caben dos caben cuatro.

    Sofía fue la primera en dar el paso y se sentó en la cama mientras su padre la rodeaba con un brazo. Lucas todavía sin saber muy bien dónde meterse, notó la mano de su madre sujetando su pene y tirando de él hacia la cama.

    —Esta noche va a ser muy larga, querido.

    —Voy a necesitar ayuda. ¿Lucas me podrás ayudar a tapar unos cuantos agujeros? —Mirando la erección de su vástago añadió— está claro que eres mi hijo.

    —Espero estar a la altura, papá.

    —Tú me guías ¡eh, mami!, me tienes que enseñar lo que sabes.

    Susana se acercó a su hija y con la misma dulzura con la que le había besado el pene a su marido, besó los labios de Sofía, para después añadirla.

    —Tranquila, mi vida, yo te cuido de estos garrulos. Aunque hoy, me da que les vamos a dar un regalo. Chicos, por ser tan buenos durante este año y… si mi niña quiere, os vamos a regalar por fin nuestros culitos para que se os caiga la baba.

    —¡Sí! —gritó emocionaba Sofía, para después devolverle el beso a su madre.

    —Chico tenemos trabajo —Jaime le golpeó la espalda a su hijo y después se acercó a las mujeres, Lucas le siguió.

    —Esta va a ser una noche memorable —dijo Susana recibiendo los primeros besos—. No hay nada mejor que el sexo y el amor de la familia. ¿Sabéis lo que os digo? —preguntó la mujer con el dedo de su hijo masajeándole el ano, mientras Jaime hacia lo mismo con su hija— FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO.

  • Mi tío borracho

    Mi tío borracho

    Hola mi nombre es Ángel.

    Bueno todo comenzó en una fiesta entre mis tíos, la mayoría de ellos le gusta tomar y uno de ellos es mi tío Armando es un hombre alto y con cuerpo semi atlético que maneja una moto. todo transcurría normal hasta que llegó la hora que cada uno se fuera a dormir y como no había espacio mi tío Armando se fue a dormir a mi cuarto. Yo le dije “échate ahí” le di una sábana, pero guárdame espacio y él se acomodó, se sacó las zapatillas y el polo.

    Me quedé dormido y me levanté a eso de las 3 de la mañana no sé porque, pero gusto tener a mi tío a mi costado así que me acerqué a él y coloqué su brazo por debajo de mi cabeza como si fuera mi almohada y el seguro pensó que dormía con una mujer que me abrazó haciéndome sentir su pene semi erecto. yo solo fingía que estaba dormido cuando siento que mi tío me hace presión con su pene entre mis nalgas y se sentía tan rico así que levanté un poco mi culo como dándole permiso, pero voltee y él seguía durmiendo así que me pegue más y más a él y él me abrazo con fuerza y siento que se despierta y se levanta asustado y me dice “qué haces” a lo que yo le respondo “nada solo abrázame” y como estaba medio borracho me siguió abrazando y yo coloqué mi mano en su paquete y la tenía duro y comencé a menearlo y parece que le gustaba porque su respiración se agitaba así que me volteé y me agaché y comencé a desabrochar su pantalón, lo fui bajando y tenía una tremenda verga gruesa y cabezona lo estaba masturbando y siento presión sobre mi cabeza y solo me dejo llevar y comienzo a chuparla hasta atragantarme era la primera vez que hacía eso.

    Y luego me jala me voltea me baja el pantalón desesperado y me dice quiero follarte y yo solo asentí la cabeza y coloco su pene entre mis nalgas le echo saliva y empujo de una al sentir que entraba me dolía sentía que me partía en dos ya no aguante su pene y me quise sajar y me agarro de la cintura y empujó otra vez y metió la mitad me jalo de la cabeza y me dijo al oído ya sabía que querías mi pene ahora aguanta perra y dio otro empujón hasta que la metió toda espero como 5 minutos a que mi culo que ya estaba abierto se acostumbrará luego comenzó con su va y ven sentía que me rompía todo porque era grande me estuvo follando como 15 minutos de cucharita hasta que siento un líquido caliente en mi culo y supe que termino cuando la saco escuche un plop y me sentí aliviado me abrazó y me dijo ahora si ya duerme feliz me abrazó de cucharita y me dijo que quiere dormir así..

    Si quieres saber qué más pasó sígueme.

  • En la sala de juntas…

    En la sala de juntas…

    Hacía poco tiempo que Xiomara, mi colaboradora en la oficina, se había atrevido a forzar las situaciones para que tuviéramos un pequeño encuentro sexual en nuestras oficinas, casi que en presencia de todos nuestros compañeros de trabajo. La discreción no había sido el patrón a seguir para llegar a tal aventura y tal vez faltó poco para que fuéramos descubiertos. Al final, sin embargo, todo pareció ir bien y nada pasó.

    Después de aquello nuestro vínculo se fortaleció, pero aquella demostración de decisión por parte de ella parecía haber quedado en el pasado. Seguimos trabajando juntos y reuniéndonos para almorzar, como lo habíamos venido haciendo durante un año. Esa rutina, por supuesto, había generado un estrecho vínculo entre los dos y a esas alturas ya no había muchos secretos entre ambos. En la oficina era evidente que había más que una relación entre jefe y empleada y no faltaban las miradas y comentarios pícaros cada vez que nos veían salir juntos. El vínculo se ceñía a lo estrictamente laboral y no había motivo ni evidencia para que se señalara otra cosa.

    El esposo de Xiomara, Carlos, a quien yo conocía, fue despedido de un importante puesto en una importante institución gubernamental y, a partir de ese momento, su matrimonio empezó a desmoronarse. Él había adquirido deudas para solventar sus compromisos y ahora, sin trabajo, la situación económica era insuficiente para sufragar todos los gastos que tenían. No pasó mucho tiempo antes de que tuvieran que entregar su casa al banco, porque no pudieron seguir pagando las cuotas del préstamo y su situación financiera no permitía acordar ningún tipo de refinanciación. Para acabar de completar, Xiomara había intervenido para que uno de sus hermanos apoyara con dinero a Carlos unos meses atrás y reclamaba ahora a su hermana la devolución, porque también estaba necesitado. Y ella, para no quedar mal, estaba respondiendo con su salario, que resultaba aún más insuficiente para cubrir todos los frentes.

    En búsqueda de salidas, Xiomara exploró la posibilidad de que Carlos, a través de un amigo común, viajara a los Estados Unidos y probara suerte allá. La idea empezó a tomar forma y, ambos entusiasmados, empezaron a hacer planes para el futuro. El viajaría primero para tantear el ambiente laboral, establecerse y, conforme se dieran las cosas, dar luz verde para que Xiomara viajara a reunirse con él. En ese contexto, su aventura conmigo, sólo había sido la satisfacción de un capricho y la demostración de que ella, como lo dijo aquel día, hacía lo que se proponía.

    No obstante, aun cuando la posibilidad del viaje estaba en marcha, ellos no dejaban de tener enfrentamientos y su relación se veía muy afectada, principalmente porque las relaciones familiares ante la aparente irresponsabilidad de Carlos para poner la cara y responder por sus compromisos, generaba continuas discusiones y enfrentamientos. Xiomara trataba de defender a su marido, entendiendo que hacía lo que podía y que la suerte no estaba de su parte en ese momento. Fueron pasando los meses, ires y venires, y, por fin, después de conseguir dinero prestado, el viaje de Carlos a los Estados Unidos se hizo realidad. La idea era que él llegara allá y que, con la ayuda de su amigo, empezara a trabajar en lo que fuera para empezar a amortizar los préstamos adquiridos para financiar su viaje. Al parecer ellos estuvieron de acuerdo en eso y había un compromiso para llevarlo a cabo.

    Carlos viajó y, al principio, todo pareció fluirles de la mejor manera. Las conversaciones con Xiomara tenían que ver con lo que él estaba haciendo en el día a día. Le habían conseguido un empleo como valet parking en una zona comercial y las cosas parecían marchar viento en popa. Cualquier posibilidad de coqueteo o insinuación hacia ella, que de mi parte nunca la hubo, podría haberse obstaculizado con el seguimiento que ella permanentemente venía haciendo al desempeño de su marido en el extranjero. Y, en ese estado de expectativa y euforia, porque las cosas estaban saliendo bien, llegó una noticia sorpresiva e inesperada.

    Xiomara fue requerida por parte de un juzgado para responder por una deuda que Carlos, su marido, había contraído poco antes del viaje, sin que ella lo supiera. El 30% de su sueldo fue embargado para responder ante el acreedor y ella, sin recurso alguno de defensa, no tuvo otra opción que resignarse a que así fuera. Eso le casó mucha rabia, tristeza y una profunda decepción. ¿Cómo es que su marido la había engañado y se había aprovechado de su precaria situación para embaucarla en más deudas y compromisos? Ella, simplemente, no lo podía creer. Discutió con él a distancia, para reclamarle, pero por algún motivo aquel logró justificarse y convencerla de que se trataba de una situación pasajera de la cual pronto iban a salir. Y, aún con rabia por lo sucedido, ella le creyó.

    Ella se apoyó en mí para recibir descargar su molestia y recibir consuelo. No podía yo justificar el accionar de su marido, pero sí empoderarla a ella para que hiciera lo pertinente y buscara salidas y posibles soluciones a su situación. Se habló con los jefes para que se modificara su contrato de trabajo, que era temporal en ese momento a uno por término indefinido y que se le asignara en un cargo de mayor remuneración, pero también de mayor responsabilidad. La gerencia no estaba muy convencida de que ella pudiera manejar el puesto, pero entendía que requería apoyo y esa era la única manera para hacerlo.

    Y en desarrollo de todas esas situaciones, tratando de buscar salidas y soluciones, le llega otra noticia inesperada. Carlos le informa que aquella situación le resulta insostenible, que la soledad lo afecta mucho, que la extraña y que ha decidido regresarse a su país. Ella, visiblemente ofuscada, no puede creer que Carlos tenga tan poca voluntad para afrontar dificultades, resistir y, por el contrario, buscar la manera de adaptarse y salir adelante. Y, en ese momento, tomó la decisión de que, si él regresaba, su matrimonio no iba a continuar. No estaba dispuesta a seguir con él; se había desencantado totalmente, además que se sentía utilizada y abusada en su confianza. Ella, tratando de resolver a costa de mucho trabajo y él, portándose como un niño pequeño, quejumbroso y desvalido.

    Esa semana fue difícil. Ella no quería saber nada de su marido, quien, para completar, ahora le pedía a ella apoyo monetario para comprar el tiquete de vuelta y regresar al país. Sin embargo, había, como le dije a ella, opciones para enfrentar este nuevo contratiempo sin que su matrimonio se fuera a ver afectado. Había que entender que Carlos, el menor y único varón en una familia de seis hijos, había sido sobreprotegido y mimado por su mamá y sus hermanas. Y eso, indudablemente, traía consecuencias. Había inmadurez y falta de herramientas para enfrentar la vida, pero se podía corregir, le decía yo. Pero ella, imperturbable, manifestaba que ya no había vuelta atrás.

    Nuestro jefe, queriendo asegurar que no hubiera fallas en el manejo del puesto para el que ella había sido nombrada, me designó a mi como su tutor para que la instruyera y la entrenara en el desempeño del nuevo puesto. Y eso significaba que íbamos a compartir mucho más tiempo del que ya compartíamos y la transición debía hacerse de inmediato. No había mucho tiempo disponible, así que nos tocaba trabajar horas extra para lograr el cometido. Y así lo hicimos. Durante un mes, de forma continua, incluidos sábados y domingos, estuvimos poniéndola al día en todo lo que requería saber para manejar sus nuevas responsabilidades. En nuestro trabajo, fue normal empezar a ver algunas muestras de afecto en reconocimiento a sus rápidos logros y comprensiones; un apretón de manos, una caricia o un tímido beso en la frente o en la mejilla, alentándola a seguir adelante porque lo estaba haciendo bien.

    Un día, sin embargo, la jornada se extendió hasta la noche, y el trabajo demandó horas extra. Habíamos estado muy juiciosos haciendo la tarea, pero llegó un momento en que simplemente nos cansamos y decidimos darnos un respiro. Estábamos trabajando en la sala de juntas, llena la mesa de carpetas, legajadores y papeles, de manera que salimos de allí para tomarnos un café. Teníamos que ir a otro piso donde, la vigilancia tenía una cafetera y podíamos tener acceso a un café. Estuvimos hablando de lo mucho que habíamos progresado y de lo reconfortante que había sido ver cómo ella había manejado su situación con fortaleza y decisión. Quienes trabajaban conmigo ya lo habían visto en ella y me lo habían manifestado, así que simplemente le comenté lo que me había sido confiado. Se mostró muy contenta y animada.

    Al volver a la sala de juntas, para reiniciar nuestra labor, Xiomara me pidió que nos olvidáramos de eso por un rato, se acercó a mí y me besó. No había temor alguno de intrusiones, porque éramos los únicos que estábamos en la oficina a esas horas, 11 pm, las persianas estaban abajo, y ella, para asegurar que nada importunara, apagó las luces. La única luz que llegaba a través de las ventanas, procedía de la iluminación instalada en el exterior del edificio. Aquel beso, tímido e inesperado, pronto subió en intensidad. A los besos siguieron las caricias. Ella guiaba mis manos para que acariciara sus muslos, por debajo de su falda, y yo fui un poco más allá. Además, el escote de su blusa permitía que mi rostro hiciera contacto con sus pechos, protegidos con un diminuto sostén.

    Pensé que aquello no iba a pasar de ahí, pero me equivocaba. Ella empezó a jadear con cada una de mis caricias y eso, indudablemente, invitaba a más. No estaba cómodo allí, como la primera vez, en mi oficina, pero estábamos allí y era una oportunidad. Yo estaba dudoso. Lleve mis dedos a la boca para hacerle a ella la señal de que guardáramos silencio. Aquello, si iba a pasar, tenía que ser en total silencio. Y ella, al verme hacerlo, asintió con la cabeza.

    Ella, en seguida, y sin yo decir una palabra, se sentó en la mesa, frente a mí, colocando sus piernas abiertas, se despojó de su blusa y yo, muy colaborador, desabroché y retiré su brasier, dedicándome entonces a besar sus pechos y lamer delicadamente sus pezones que, en este momento, ya estaban tiesos. Ella guiaba mi cabeza para que siguiera en esa labor y, después de un rato, me empujó para que dirigiera mis besos hacia su sexo. Entonces, hice que se pusiera de pie, desabotoné y retiré su falda, y también sus bragas, quedando tan solo con sus medias y zapatos. Volvió a sentarse en la mesa, frente a mí, con sus piernas abiertas, pero se dejó caer de espaldas, quedando yo sentado, con su sexo en frente de mi rostro. Era evidente lo que quería.

    Empecé a besar su vagina y lamer con delicadeza su clítoris, a la vez que acariciaba sus piernas y sus pechos. Empezó a gemir muy suavemente y yo, lleve una de mis manos a su boca, para hacerle saber que debía quedarse callada mientras yo la atendía. Creo que lo entendió, porque no volví a escuchar nada. La presión de sus manos sobre mi cabeza me daba indicios de la intensidad de las sensaciones que ella experimentaba. Y seguí así largo rato, utilizando también mis dedos dentro de su vagina para estimularle y procurarle más placer. Ella comprimía mi cabeza con sus piernas, empujaba sus caderas contra mi cara y movía incesantemente sus manos sobre mi cabeza.

    Decidí, entonces, hacer algo más. Me levante, me bajé los pantalones, saque mi pene y la penetré. Ella continuaba recostada de espaldas sobre la mesa, con sus piernas descolgando sobre el borde y yo, parado en medio de ella, metiendo y sacando mi verga en su vagina, que estaba calientica y húmeda, apretadita. La sensación era deliciosa. Mientras lo hacía, acariciaba con mis manos sus pechos y ella, manteniendo sus ojos cerrados, gesticulaba con su boca; apretaba sus labios, sonreía, movía su cabeza a lado y lado, y trataba de gemir, en tono bajito, muy pasito.

    Yo seguí empujando mi pene dentro de ella y levanté sus piernas para que mi penetración fuera más profunda. Aquello le gustó, abrió sus ojos para mirarme y sus manos se aferraron a las mías, que mantenían sus muslos levantados. Ella movía sus caderas y la mesa llegó a rechinar por la intensidad de los movimientos que los dos producíamos. Aquellos sonidos nos parecieron excesivos y los dos parecimos detenernos para aminorar el volumen del ruido. Sin embargo, pausadamente y sin dejar de moverme, yo seguí penetrándola rítmicamente. Pasado un tiempo, yo me retiré…

    Ella se incorporó, se sentó sobre la mesa y me pidió que me sentara en la silla, luego de lo cual se acomodó sobre mi en esa posición en insertó mi pene en su vagina. Ahora ella empezó a controlar sus movimientos y yo, observándola, me quedé quieto. Ella, mientras cabalgaba sobre mí, apoyados sus pies en el piso, me besaba. Y yo, con mis manos libres, acariciaba su cuerpo, sus muslos, su silueta, sus nalgas en movimiento y su espalda. Su lengua entraba en mi boca al ritmo de sus embestidas y aquello se sentía bastante bien. Se detenía de tanto en tanto, se quedaba quieta unos instantes, y volvía a arremeter con su cadera. Estábamos bien acoplados.

    Luego, pasado un largo rato, se levantó, se puso de espaldas a mí, recostó su torso sobre la mesa y me ofreció sus nalgas. Yo entendí de inmediato que quería que la penetrara desde atrás y presuroso me dispuse a hacerlo. Su sexo estaba totalmente húmedo y mi pene entró en ella sin dificultad alguna. Empujé con intensidad dentro de ella y subí la velocidad. No sé, en esa posición, el nivel de excitación fue subiendo y sentí que el momento de eyacular había llegado. Traté de contenerme un poco y, mientras me retiraba, le dije… oye, me vine… Ella me dijo, espera, se incorporó de inmediato, se puso de cuclillas y metió mi sexo en su boca.

    Aquello fue demasiado y ya no pude retener más, así que me vine en su boca. A ella no le importó. Se tragó mi semen y chupó y chupo mi sexo, lo cual me produjo mucho, pero mucho placer. Con mis manos retiré su rostro de mi sexo y la levanté para besarla. Y lo hicimos. Nos besamos. Su boca se sintió algo salada y la piel de su rostro olía a sexo. Era algo extraño aquello, dadas las circunstancias, yo semivestido y ella desnuda, pero así y todo nos besamos y nos abrazamos por largo rato. A ella no le importó para nada y se entregó a la experiencia sin reprochar nada.

    Veía mucha entrega en ella y le agradecí por proporcionarme ese momento de emoción. Ella, sonriente, me dijo, es un gana-gana. De esto nos beneficiamos los dos. Me has proporcionado mucha alegría. Y me he sentido plena y muy hembra esta noche. Yo no sabía que responder, porque aquello era inusual. Estábamos en una sala, rodeados de muebles y papeles a montón, nada romántico y un escenario nada propicio para una aventura de este tipo, pero había pasado. Nuevamente habíamos sido presa del deseo y habíamos desfogado nuestra pasión, aun cuando el lugar no fuera el adecuado.

    Ella se vistió y, una vez más, ya vestida, volvimos a besarnos y acariciarnos por otro largo rato. Si aquello hubiera sido un dormitorio, de seguro hubiéramos seguido en nuestro amorío hasta el amanecer, pero había que darle término al asunto y, al fin, después de mucho dudar, encendimos las luces y nos dispusimos a dejar todo aquello en orden, no dejando de sonreír cada vez que nuestras miradas se encontraban mientras arreglábamos todo el desorden. Ella, incluso, trajo líquido desinfectante para limpiar la mesa y ambientador para aromatizar el lugar. No podía quedar evidencia alguna de lo que allí había sucedido.

    No volvimos a coincidir en aquella sala, porque nuestras aventuras se escalaron a otro nivel, pero sé que, tanto ella como yo, tendremos recuerdos recurrentes y placenteros cada vez que pasemos por ahí. No sé si otras parejas habrán tenido aventuras similares en aquella oficina, pero para nosotros dos fue el escenario perfecto. De todo me imaginé en la vida, menos que fuéramos a tener una aventura sexual en una sala juntas. Así es la vida, sorpresiva e inesperada. Yo la acompañé a tomar un taxi y, muy formalmente, nos despedimos aquella noche. Hasta mañana Xiomy. Hasta mañana, que duermas, dijo. No sé si lo podré hacer, contesté sonriendo y le guiñé un ojo. Saludos a Carlos…!!!

  • Loba joven creyó ser más lista que el viejo zorro

    Loba joven creyó ser más lista que el viejo zorro

    Mi vida a principios del confinamiento andaba patas arriba, de baja recuperándome de un accidente de tráfico, con una depresión brutal por estar enamorado de una señora casada que después de años de «relación» y aventura loca no dejaba a su esposo-monedero. Sumado a todos estos baches y llevado por la frustración me refugié en el consumo de cocaína.

    Llevaba un año viviendo con mi hermana ya que vendí mi vivienda al presentarse una oportunidad de oro y así estar más cerca de mis hijos. Aquí estaba a mis 44 años sin encontrar el rumbo en plena pandemia y comprando a un vecino dedicado a la venta de productos ilegales, una bolsita de evasión en el rellano de los trasteros del edificio, cuando en plena negociación salida de la nada apareció la vecina de al lado y nos cazó en toda regla. Quise disimular tontamente pero, ya era tarde y me puse nervioso sin saber bien que hacer, algo bloqueado y mirando como en un torneo de tenis hacia el vendedor y hacia la vecinita en un desesperado bucle. El vendedor bien hábil hizo el intercambio y se esfumó casi sin darme tiempo a reaccionar y yo torpemente me giré pensando en huir de allí, pero la voz de Blanca, la vecinita, me detuvo diciendo…

    Blanca: Eyyy Raihar! Me ayudas con una cosa del trastero, por favor?

    Raihar: Siii claro.

    Rezando mentalmente para que no llegase a más esa pillada, abrí la puerta entornada del trastero y allí estaba ella, sin mascarilla, sonriente con una mirada de loba que acaba de rodear a su presa y se dispone a dar un buen mordisco.

    Blanca: Te he pillado, nunca pensé que eras de esos, tan modosito siempre con tus hijos, siempre tan educado… vaya vaya Raihar que sorpresa.

    Raihar: … mira Blanca, estoy en… (sin poder acabar la frase)

    Blanca: No digas nada, si no voy a juzgarte, solo voy a chantajearte con un par de favores a cambio de mi silencio.

    Raihar: (balbuceó) aaa ver que quieres?

    Blanca: Pues mira, quisiera un IPhone nuevo como el que tú llevas, pero no puedo pedirte eso porque mis padres me preguntarían que de donde lo he sacado, pero sí que me vendría bien 1.500 euros para comprarme ropita este año, que dices?

    Raihar: Trató hecho, pero más te vale no jugármela porque no tienes ni idea de lo cabrón que puedo llegar a ser…

    La mirada se clavó en los ojos de Blanca como un animal acorralado avivado por el veneno que ya corría desde hace tres días por la sangre, casi sin haber dormido y lleno de rabia por la miserable vida que sentía cargar a cuestas, hizo a Blanca bajar un poco su estado altivo.

    Raihar: Y qué más?

    Blanca: Solo eso

    Raihar: Dijiste un par de favores. Que más quieres? (elevando notablemente la fuerza de su voz)

    Blanca: (retrocedió un paso cual loba protegiéndose ante un inminente ataque)… Bueno, para que confíes en mi palabra quiero probar lo que has comprado, es que veras todas mis amigas lo han probado y dicen que es la hostia…

    Raihar vio con rapidez sus siguientes movimientos y una victoria clara.

    Raihar: Claro Blanca, eso está hecho, ahora mismo te hago una filita y verás que subidón. Oye y cuenta con la pasta que encantado té la doy para que lo inviertas en esa ropita que te hace ese cuerpazo espectacular que tienes….

    Mientras, Raihar, se adentraba decidido al trastero, cerrando tras de sí la puerta, echó la llave y cogió las llaves con el llavero de peluche de Blanca. Se las echo dentro del bolsillo trasero de los pantalones cortos de deporte, he hizo un hueco en la estantería donde vaciar una generosa cantidad de producto recién comprado.

    Afanado en su tarea preso del nerviosismo de la situación y del mono por consumir de vez en cuando miraba fijamente a los ojos de Blanca. Ella no dejaba de prestar atención a ese proceso y quizás también nerviosa por todo aquello con ánimo de quitar hierro al asunto comentó.

    Blanca: Llevas mucho tomando coca?

    Raihar: La verdad? Solo un par de años y esporádicamente, pero hace unos meses que me pongo hasta el culo para no pensar.

    Blanca: No pensar en qué?

    Raihar: En la puta mierda de vida que vivo…

    Blanca: Y que se siente?

    Raihar: Ahora lo vas a saber (sonrío pícaramente), te lo aspiras a tope y traga como si tuvieras moquitos…

    Blanca nerviosa no se dio cuenta de la jugada, hipnotizada por aquella línea blanca y pendiente del tubito que le ofrecía el zurró viejo, no observó cómo hábilmente sacaba el móvil del bolsillo con la otra mano e iniciaba una grabación. Ella al agachar la cabeza no era consciente de que Raihar veloz grababa su estreno, ni incluso se dio cuenta mientras se rascaba la nariz de que él sonreía grabando un primer plano con todo detalle.

    Raihar: te tengo perra (dijo en voz baja mirando a través de la pantalla)

    Blanca no reaccionó, se quedó paralizada ante la situación, acababa de comprender que estaba jodida y balbuceó diciendo un temeroso por favor, una y otra vez, por favor, por favor, mi padre me mata si se entera, ya sabes cómo es de estricto… por favor por favor…

    Mil imágenes pasaban a la velocidad de la luz por la mente de Raihar, aquella loba de 1,60, de pechos pequeños, pero pezones que parecían querer rajar la camiseta blanca estrecha con un dibujo de Hello Kitty, con unos pantaloncitos tan cortos que casi dejaban ver un culito rendondo y perfecto de niña de 19 años, esos labios carnosos dignos de ver como mamaban su polla mientras sus ojos celestes no dejaban de mirarlo fijamente.

    De repente, en un abrir y cerrar de ojos, Blanca cambió de jugada. Avanzó hacia mi mirándome sensualmente como loba en celo jugando sus cartas como buena hembra que conoce sus habilidades dijo.

    Blanca: quieres que te la chupe? Si quieres te hago una mamada que no olvidaras. Además desde que el año pasado tu hijo dijo que su papá la tenía muy gorda no dejo de pensar en si es verdad que tienes un buen rabo…

    Al notar como se acercaba a mí y como su mano iba en dirección a mi polla ya morcillona que abultaba cada vez más, reaccioné cual zorro viejo esquivando la jugada, apartándola de mí y acercándome a la estantería me debute un instante, le quite el turulo de la mano y prepare más producto que quedaba en la bolsita y le dije lo siguiente…

    Raihar: A ver, que eres un bombón de mujer, lo eres, que estaría bien esa mamada que propones, pero yo no soy tan retorcido como tú y además que eres muy chica para mi… no se no creo que eso esté bien.

    Blanca: (con un cierto aire de despecho) que que? En tu puta vida vas a probar un pibonazo como yo…

    Mi estrategia iba viento en popa, devolviéndole el turulo le dije, venga prueba esta raya grande que te he hecho tan mayor que eres.

    Blanca sin dar tregua se casco esa fila que le dejó surfeando mentalmente, mientras yo me metía el resto pensando en si mi siguiente movimiento daría el fruto que esperaba… acercándome justo para rozar sus tiestos pezones sobre mi cuerpo le cogí esa pequeña mano y la puse sobre mi polla que ya estaba tomando un buen tamaño y mirándola le dije: Ya te gustaría a ti que te empotrase aquí mismo con este buen pollon….

    Su mano se soltó de la mía de repente, en ese momento creí que había fracasado mi estrategia, pero nada más allá, me metió la mano por dentro del pantalón y agarro mi polla ya caliente y mojada por la excitación para sacarla por fuera. Mordiéndose el labio me miraba fijamente mientras subía y bajaba con una habilidad de perra que me dejó sin palabras por un instante.

    Blanca: Vecinito que ganas tenía de comprobar si era tan gorda y grande, déjame que me la trague hasta el fondo papi…

    Aquellas palabras y esa sensualidad me dejaron sin palabras, caliente como casi nunca lo estuve en mi vida. Blanca se agachó y bajando un poco la piel dejó asomar el capullo ya rojo y brillante por la excitación y sin más se metió solo el principio de mi polla y empezó a mamar con sus labios y pasando la lengua como una experta, haciendo que me gimiera cachondo perdido… me temblaban las piernas un poco del gustazo y de repente se empezó a tragar mi polla ya dura como un martillo hasta casi el fondo y lo combinó con la mamada de capullo con lengua una y otra vez.

    Aquella imagen de esa rubita metiéndose al menos 19 centímetros de polla en la boca me volvió loco, hasta que reaccione mirándola y le dije, quieres polla? Te gusta mi polla perra?

    Blanca se la sacó de la boca y mirándome dijo… siii hijo de puta, quiero que me folles, cabronazo enséñame que sabes hacer con esta tranca… como una bestia, incontrolado, agarré esa carita de niña con mis manos y la subí hasta estar de pie, me agaché y le baje de un tirón sus pantaloncitos haciendo crujir su tanguita, le levanté una pierna y empecé a comer ese dulce coñito, que rico y dulce sabía, con mis labios succionaba su clítoris alternado la lengua hundiéndose en ese jugoso coño juvenil, le metí dos dedos y la pajeaba con ansia, mientras me agarraba del pelo y gemía como una gatita en celó. Noté como en unos pocos instantes se empapaba cada vez más y más hasta que de repente retorciéndose y temblándole las piernas echo un chorro intenso que yo me trague poniéndome aún más cachondo…

    Blanca temblando me decía, follame, follame bien duro papi, hijo de puta empótrame con ese pollon…

    Me levanté como una mala bestia y eché un buen escupitajo de saliva en la mano y me lubriqué bien la polla, llevaba sin verme así el rabo desde los 20 años, estaba en mi segunda juventud, con la polla como hacía 20 años, gorda casi como un vaso de tubo, con las venas hinchadas y bien larga como una estaca de 22 centímetros. La cogí en vilo por el interior de sus piernas y de un estacazo se metí hasta que mis cojones llenos de leche chochaban haciendo tope.

    Había visto esa escena muchas veces, esas pollas empalando teens de 19 años y lo estaba haciendo realidad. Solo acertaba a decirle al oído entre suspiros de aire entrecortado, te gusta así perra? Quieres que te reviente? Y mil cerdadas más a lo que Blanca entre gemidos entrecortados respondía guarradas que me ponían a mil, párteme en dos cabron, ayyy que pollon tienes, métemela no pares, yo bombeaba como un campeón sin parar el ritmo, los dos sudábamos empapados chorreándonos los flujos por todas partes a consecuencia de la drogada que llevábamos en lo alto, y en un momento dado Blanca explotó en orgasmos seguidos que perdí la cuenta.

    Sus corridas temblorosas me sumieron en un estado primitivo y salvaje hasta que mis piernas empezaron a flaquear y nos llevó a los dos al suelo. En ese momento Blanca salió de la cárcel que le propine y empezó una nueva mamada mejor que la de momentos antes, me volvía loco solo paraba un instante de vez en cuando para decirme… quiero leche papi, aquellas palabras hicieron que en la segunda pasada de su lengua por el capullo descargara un chorro de semen y otro y otro mientras se metía más aún al fondo mi polla tragaba más y más incluso se oía como pasaba por su garganta.

    Estuvo así deleitándose con mi polla y la leche un par de minutos hasta dejarme seco y limpio. Me miró y dijo, sabes hacer algo más papi? Sigo con ganas de polla y leche, mientras jugaba con mi capullo enrojecido metiéndolo y sacándolo de sus labios. Mi polla aunque había perdido todas esas venas y algo de dureza me decía que aún podía dar más caña. Le di la vuelta y me levanté levantándola también a ella como una muñeca, le cogí la cabeza y agachándola le metí la polla para que me la mamara hasta el final, dicho y hecho, porque ella solita se la tragaba sin mi ayuda una y otra vez a lo que aproveché para untarme bien de saliva dos dedos que lleve uno a su coño hirviendo el otro por el culito.

    Empecé suavemente a meterle por los dos agujeros y se abrían y lubricaban solos y esto le hacía tragar y tragar más polla y temblando sus piernas ayudaba en la doble penetración. Entonces lo vi claro, le saque la polla de la boca que dejó bien ensalivada, le di la vuelta y con el capullo aún algo blando le apunté en ese agujerito del culo. Un instante de presión y Blanca temblorosa se fue ensartando la polla con una facilidad asombrosa hasta el final, donde giró la cara para mirarme y dijo: Párteme en dos con ese pollon papi, dame tan duro que mañana no me pueda sentar. Esas palabras activaron en mi otra vez el estado salvaje animal, y empecé a follarla sin compasión, al principio mi polla se notaba un poco blanda y no seguía bien las estacadas pero en un minuto se puso ardiendo y dura otra vez al estar en ese culito caliente, pollazo tras pollazo notaba como Blanca lubricaba más y más, gimiendo apenas sin aliento y temblando todo su cuerpo decía así así sigue no pares me corro, y yo eso hice, embestir y embestir salvajemente sin parar mientras ella soltaba chorros de corrida que sentía caer ardiendo sobre mis piernas y pies. Bombee incansablemente ese delicioso culito unos minutos hasta que note que me venía otra vez una corrida bestial dentro de aquel caliente agujero. Poco a poco perdí el ritmo hasta quedarme dentro de ella sin moverme. Pasado un minuto así nos despegamos exhaustos, chorreando y agotados. Ella cogió su falda mientras me decía, vete tú primero para abajo y yo voy después…

    Yo no tenía fuerzas ni para pronunciar palabra, saque las llaves del bolsillo de mi pantalón y tras abrir la puerta se las entregue… al abrir ella me miró y dijo… Ya sabes aquí no pasó nada y borra ese vídeo ya.

    Saque el móvil sin decir nada, le enseñe como eliminaba dicho vídeo y me acerqué a besar sus labios, pero Blanca me miró fijamente y dijo piérdete de aquí ya coño.

    Sin decir nada me marché pensando si volvería a follarme a semejante Loba.

  • Mi compañero de clases de inglés

    Mi compañero de clases de inglés

    Estudiábamos inglés cuando nos conocimos y nos tocó hacer un trabajo juntos. Después le pedí me ayudara ya que yo no entendía y él era un experto, debo confesar que desde que lo vi me gustó y vestía sexy para llamar su atención y así fue, entonces sugerí una clase privada. 

    Él aceptó, pero platicando la cita nos llevó a una clase más interesante pues acabamos en un hotel con jacuzzi. Recuerdo estar un poco nerviosa, pero el beso que me dio me relajó, su lengua traviesa entraba a mi garganta y sus manos jugueteaban en mi cuerpo.

    Desabrochó mi blusa y tomó mis pechos con sus manos y comenzó a chuparlos uno a uno rozando con su barba mis pezones, quité su playera y besé su pecho, nos desnudamos y él pasó su rica lengua por todos lados.

    Él estaba igual de excitado que yo y entonces bajé su pantalón y tallaba con mi mano su verga aun guardada en su ropa interior (por cierto se sentía bastante grande y dura) después de unos excitantes besos saqué su verga y la chupé un rato, eso lo prendió mas y bajó mi pantalón y comenzó a besar mis nalgas y mis piernas, después entramos al jacuzzi y nos bañamos el uno al otro.

    Salimos calientes, excitados y mojados, de ahí entonces nos fuimos a la cama besándonos, me acosté y él con su lengua me recorrió todo y de pronto abrió mis piernas y sentí su calor dentro de mí.

    Me levantó y me puso inclinada, me besó y mordió mis nalgas, luego las golpeo y cuando estaba más húmeda con la punta de su lengua rozó por todos lados y luego me clavó su verga con fuerza.

    Yo no podía dejar de gemir y gritar «que rico! Papi dame más quiero mas de tu verga” y a gritos le pedí me la metiera en mi culo, él se calentó tanto que me la metió a mi culo y fue maravilloso como se sentía entrar y salir hasta venirse adentro de mi.

    Cabe decir que me hizo venir muchas veces y aún recuerdo casi todos los detalles de aquella clase tanto que a veces sigo tomando clases privadas.