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  • Amo mi trabajo

    Amo mi trabajo

    Hola, mi nombre es Jorge y les voy a platicar una gran experiencia que tuve en mi trabajo.

    Soy valuador de construcciones, y cierto día me llaman para hacer un trabajo de valuación en una casa que tienen rentada, después de convenir precio y términos le digo al cliente que necesito ver la casa, normalmente cuando están ocupadas hay que avisar con tiempo a los habitantes, ya que suele ser incómodo. Al parecer no les importo y me citaron en la dirección, llegamos y los dueños llamaron al timbre, y salió una mujer madura, como de 40 años (espero no haber faltado en mi pronóstico), ella al reconocer a sus arrendadores les pregunto que se les ofrecía, ellos le explicaron que yo tenía que entrar a la casa a registrar datos para hacer el avalúo.

    Al notar el clima tenso le comente a la señora, que si gustaba que yo fuera otro día, no había problema, ya que por experiencia sé que a veces encuentra uno cosas que no debe ver en una casa (desorden, suciedad y cosas intimas).

    Ella me miro de una forma que me hizo sentir un poco incómodo (tal vez se enojó pensé), así que le di mi teléfono y le dije, tómese su tiempo y me avisa para venir, le comente, no se llevara mucho tiempo. Les indique a los dueños, que yo volvería cuando ella me lo indicara y les sugerí que nos fuéramos, para destensar la situación.

    Salimos de la casa y conversamos en la calle sobre términos del trabajo, el tiempo de entrega, el costo, etc., estuvimos algunos minutos, nos despedimos y subí a mi auto y a las pocas cuadras sonó mi teléfono, me detuve y conteste, era la habitante de la casa, me dijo que si gustaba podía pasar en ese momento, a lo que respondí que de inmediato.

    Regrese y llame al timbre de nuevo y abrió ella, volví a saludar y me pidió que pasara. Soy un poco distraído así que no advertí a la primera que ella se hizo un cambio de ropa, anteriormente salió con ropa deportiva y tenis, pero ahora, traía un vestido y zapatos de tacón.

    En fin, empecé mi trabajo, le indique que pasaría a todas las habitaciones que elle me permitiera pasar y que tomaría fotografías de todas las habitaciones a lo que me respondió que estaba bien.

    Empezamos por las habitaciones comunes: sala, comedor, cocina y mientras iba registrando todo trataba de hacer platica con ella, me dijo se llamaba Norma, que tenía 42 años (acerté en mi pronóstico), que era casada, pero el marido prácticamente no estaba por su trabajo de ventas por todo el país, que tenía dos hijos que estaban en la escuela, en resumen, estaba sola.

    Mientras me platicaba los sola que se sentía, comencé a mirarla detenidamente, tenía un cuerpo muy bien proporcionado, se notaba su cintura corta, unas amplias caderas, suculentas nalgas, unas increíbles pantorrillas, además de un buen par de tetas.

    Ella continuaba hablando pero yo ya no le ponía atención, me dedicaba a ver su cuerpo y a imaginarme como sería tenerla, de tal manera que se empezó a hacer evidente una gran erección.

    De esta manera llegamos al cuarto de baño, le pregunte si podía pasar a lo que me respondió amablemente que sí, abrí la puerta y lo primero que vi fue una hermosa tanga color azul colgando del gancho de la toalla, voltee a verla tratando de ver qué cara ponía, pero ella no se inmuto, parecía que a propósito la había puesto en ese lugar, mi excitación llego al punto que ya no me importaba verme impertinente, así que saque una foto de la tanga, la tome, la acerque a mi cara para tener su aroma y le dije: se le cayó señora.

    Ella tomo su tanga y me sonrió, preguntando: que más quiere ver?, a lo que respondí: su recamara por favor.

    Entramos a su cuarto y en la pared tenía un espejo tamaño natural, se veía completo su cuerpo por la parte de atrás, ya que estaba de frente a mi, me pregunta: cuantas fotografías debe tomar?, de inmediato le respondí: las que sean necesarias. Muy bien contesto, empiece a sacarlas.

    De inmediato se levantó la falda por la parte de atrás, por el espejo podía ver sus redondas nalgueas en un cachetero negro.

    De inmediato saque mi teléfono y comencé a sacar fotografías del reflejo en el espejo, ella paraba las nalguitas para que se vieran más grandes, después se metió el cachetero entre las nalgas para que quedara solo una tirita muy delgada perdida entre esas masas de carne redonda.

    Siguió con el strip, poco a poco se desabotono la blusa, dejando ver un hermoso brasiere de encaje negro, se desabrochaba por el frente, así que se dio vuelta hacia el espejo y lo desabrocho, liberando un hermoso par de tetas, comenzó a amasárselas, mientras con su boca hacía gestos que advertían que estaba disfrutando el momento. Yo deje presionado el accionador de la cámara, no sé cuántas fotografías llevaba ya, probablemente se podía hacer una película, pero estaba absorto viendo ese maravilloso espectáculo.

    Finalmente se bajó el cachetero negro hasta los tobillos, abriendo las piernas, de frente al espejo, era un espectáculo inigualable, su cuerpo era una delicia, pero el cachetero en sus tobillos parecía como un atrapasueños delicioso, entonces me mira y pregunta: que te parece?, yo apenas pude responder: eres una mujer muy hermosa, el hombre que pueda poseerte es un afortunado. Entonces con una sonrisa pícara me invito: por que no pruebas tu fortuna.

    Me acerque a ella de manera inmediata, mis labios se fueron directo a sus tetas, las chupaba frenético, como si supiera que se fueran a evaporar o desaparecer y quería aprovechar al máximo. Mientras tanto mis manos se fueron directo a sus nalgas, las apretaba, las amasaba, se las separaba para poner mi dedo en su culito y en su rajita, ella jadeaba, mientras me decía al oído, tómame papito.

    De inmediato la tumbe a la cama, ella quedo casi en la orilla, con su cabeza colgando, entonces me acerque a ella, desabrochándome el pantalón y sacando mi verga dura, le tome la nuca para levantar su cabeza y le ofrecí mi verga a comer, ella abrió su boca y comenzó a chupar despacio, yo al tener el control empecé a mover su cabeza hacia adelante y hacia atrás, al ritmo que quería ser chupado.

    Después quería ser yo quien me comiera ese bizcocho, así que me puse entre sus piernas, se las abrí y comencé a lamer su rajita de manera delicada, tratando de hacer que se mojara por completo, subía y bajaba mi lengua por su rajita, al llegar al clítoris me detenía un momento para mover mi lengua de manera circular, mientras ella se estremecía de placer, dejando salir un pequeño gemido. Ya su pepita estaba completamente mojada, mi lengua podía entrar por completo dentro de su vagina, la humedad ya se desbordaba fuera de los labios de su cuquita, así que pensé que era momento de penetrarla. Me puse sus piernas sobre mis muslos, mientras estaba yo de rodillas frente a ella, me hice hacia el adelante, cayendo sobre ella, con mis manos tome sus muñecas, dejándola inmóvil, mientras trataba de dirigir mi verga dentro de ella. Por la mirada en sus ojos pude comprobar que ese acto de dominación le gusto, ya que su mirada cambio de excitada a completamente deseosa.

    La penetre hasta el tallo, y empecé a bombear hacia dentro y hacia afuera, pero sin quitar mis manos de sus muñecas, ella solamente me decía al oído, méteme tu verga papi, métemela toda, dime por favor cosas sucias que me excitan.

    Le dije, eres una puta deliciosa, me gusta coger putas como tú, que se mojan solo de verlas, eres una perra en celo; ella se calentaba más y más, gemía y gritaba: me tienes papito, me vas a hacer venir.

    Así que la solté de las muñecas, me incorpore, le saque mi tronco de su vagina y comencé a restregársela en toda la rajita, de inmediato comenzó a soltar unos chorros deliciosos mientras gritaba, que rico papi, así soltó una gran venida, entonces decidí cambiar de postura, la tome por la cintura y la gire, la hice que se pusiera en 4, levantando su culito y la penetre, ella gozaba con cada metida de tronco, pero me dice: papito, no te gustaría estrenarme el culito?, se de buena fuente que las mujeres maduras son fanáticas del sexo anal, a mi en lo particular me gusta, así que sin decir nada, le saque el miembro de su vagina, metí dos dedos dentro de ella para obtener una buena dotación de jugo y se lo unte en el culito rosado, ya que sé muy bien que una buena penetración anal depende de la lubrican.

    Aproveche la postura de ella y solo subí un poco la mía para poner mi verga en la puerta de su culo, coloque la cabeza en la entrada y comencé a empujar muy despacio, sentía como mi cabeza iba abriéndose camino por su ano, mientras ella ahogaba un gemido de placer, hasta que mis huevos rebotaron en sus nalguitas finalmente soltó un grito de placer mas abierto. Comencé a sacar mi tronco de ella, sin llegar a sacarlo todo y lo hundía de nuevo, cada vez que hacia eso ella soltaba un grito ahogado de placer.

    En eso estaba cuando ella por entre sus piernas extendió una mano, y se la coloco bajo su culito, extendió la palma, para encontrar mis huevos, y empezó a acariciarlos suavemente, con mi recorrido mis huevos pasaban por su palma, y cuando la ensartaba por completo cerraba su mano; era una danza perfecta, pero como todo no puede durar por siempre; así que le dije: señora me va a hacer venir, a lo que ella respondió: destrózame mi culo señor valuador, y se llevó su mano hacia el clítoris y lo comenzó a sobar con rapidez, mientras yo empecé a acelerar las embestidas sobre su culo, aun puedo escuchar el ruido de mis huevos chocando en sus nalgas, un sonido delicioso, en eso escucho como si alguien hubiera abierto el grifo del agua, ella empezó a tener un nuevo orgasmo, mientras me gritaba: lléname de tu leche mi culo papa, déjame toda llena; y ya no pude mas, deje de bombear, la tome de los hombros e hice la estocada final, hasta el fondo, mientras eyaculaba una gran dotación de semen dentro de su culo.

    Gritamos de placer y nos fuimos abandonando poco a poco. Ella cayó sobre su cama y yo encima de ella. Después de tomar un respiro me levante y me comencé a vestir mientras ella me veía desde la cama y me pregunto: va a volver señor valuador?, a lo que le conteste: claro que si, necesitare mas datos, mientras recogía del suelo su cachetero negro, húmedo; se lo mostré y le dije, pero me llevo datos para trabajar en casa. Me sonrió y me fui.

    El mejor trabajo que me ha tocado hacer.

  • Hurgar en las cosas de mamá es mi fetiche

    Hurgar en las cosas de mamá es mi fetiche

    Soy un pibe de 20 años, vivo con mi vieja y padre falleció cuando estaba muy chico, desde entonces siempre hemos sido ella y yo, por algunas situaciones de trabajo hemos tenido que viajar por la costa caribeña americana y eso de alguna forma ha limitado la sociabilidad constante con algún círculo de amigos, ella es una mujer de 42 años, de profesión dentista aunque su pasión por una vida más dinámica la hace dedicarle mucho tiempo al arte, creo que por eso hemos viajado tanto.

    He visto como muchos hombres la cortejan y he ido interpretando sus reacciones, creo que eso me hace despertar tantos pensamientos morbosos. Mantuvo una relación con Phillipe un tipo agradable, al que le gustaba la fiesta y los excesos, mi madre siempre ha consumido hierba, ella me confiesa que lo hace muy poco, pero la verdad es que desde muy joven siempre le ha gustado consumirla, le gusta tomar licor aunque estoy seguro que lo hace poco ya que la resaca siempre es un martirio para ella.

    Recuerdo en muchas ocasiones hurgar en su móvil y leer todos sus chat con muchos hombres, algunos que no tenía la más remota idea de quien chingados podrían ser…

    A lo largo del tiempo he logrado experimentar algunas cosas muy morbosas, entre ellas confieso que me gusta saber que ropa interior selecciona cuando sale con algún hombre, aunque estoy seguro de su bisexualidad ya que ha salido con mujeres, es amante del baile y le encantan las discotecas gay, así que de alguna manera disfruta su vida fiestera, creo que tiene un cuerpo que hace que cualquier braga se le vea muy bien.

    Vivimos en departamento chico, su habitación esta junto a la mía y su habitación es la más grande ahí tiene su pc, pasa mucho tiempo en ella, pocas veces entro a su recamara, tampoco entra a la mía, pasamos más en las áreas comunes del apartamento y por su trabajo pasa muchas horas fuera de casa.

    Actualmente estoy en la universidad y recibo clases en línea, así que paso muchas horas sin salir, me encanta entrar a su habitación y hurgar en sus cosas, ver su lencería, sus bragas, la lencería, woao…

    Toma pastillas para planificar, eso me hace pensar que su vida sexual sigue siendo bastante intensa.

    He tenido acceso a una cajita de madera que tiene un candado del cual siempre he tenido acceso cuando he querido y las cosas que he encontrado, seleccionado y conservado en un disco duro es lo que alimenta el morbo por descubrir sus cosas más personales e íntimas de una mujer que disfruta su sexualidad ampliamente, aunque no perdamos la perspectiva real de esto que les relato…

    Ella es una mujer muy profesional en su día a día, creo que tiene una capacidad majestuosa para disimular su intensa vida privada.

    ¡Continuará!

  • Como inició todo con Ashley, mi alumna de preparatoria

    Como inició todo con Ashley, mi alumna de preparatoria

    Soy maestro de preparatoria en una preparatoria de la ciudad. Trabajo con los que cursan el tercer grado y que están a punto de irse a la universidad.

    En una ocasión un grupo de chicas me invitó a comer pizza en un lugar cercano a la prepa. Asistí con la intención de solo hacer acto de presencia y no rechazar la invitación. Así que llegue al restaurante al norte de la ciudad. Ahí estaba todo el salón bebiendo, bailando y pasando un rato agradable. Cuando llegue, inmediatamente me abordó Ashley, una alumna que siempre se arreglaba mucho, era muy bonita y además agradable. En cuanto me vio se me acercó y me dijo:

    –Hoy si vas a bailar conmigo, verdad?

    –Por supuesto que si Ashley.

    Al acercarse a saludarme con un beso y un abrazo pude percibir el aliento alcohólico que ya traía.

    Le pedí que me permitiera saludar a todos. Yo no bebo alcohol, así que me serví un refresco, después de darle el primer trago ya tenía a Asher pidiéndome que bailáramos, así que accedí y fuimos a lo que habían acondicionado como pista de baile en el jardín. Estuvimos durante un rato bailando mientras platicábamos.

    Ashley bailaba de una manera muy sensual, con movimientos muy cachondos mientras me miraba de una manera poco usual, lo cual me incomodo un poco por estar en un contexto donde tengo que guardar una cierta compostura. Así que le dije que quería beber algo, nos acercamos a la barra y pedí otro refresco.

    Algunas de sus compañeras se acercaron a saludarme y a platicar conmigo. Ashley un poco más ebria -le encantaba beber Smirnoff de Tamarindo con Sprite- hacia bromas de que ella venía conmigo y que se calmaran si me querían hacer algo por que yo tenía pareja esa tarde. Me abrazaba y me decía que yo era su pareja esa tarde. Las amigas hacían bromas diciéndome que ya había ligado. Algunas más atrevidas hacían bromas diciendo que si se iban con nosotros y hacíamos un trío o una orgía donde yo solo fuera el hombre. Yo entraba a la dinámica cuidando mis comentarios. Más tarde alguien propuso que pagaramos la cuenta y fuéramos a un bosque cercano, el Bosque de Tlahuac. Accedimos gustosos y fuimos a ese lugar.

    Cuando ya estaba anocheciendo comenzó a llover. Sin protección alguna el agua caía sobre nosotros, lo que fue usado para jugar y festejar el hecho. Decidí regresarme porque ya estaba completamente empapado, además de que ya era noche y regresar hasta mi casa con lluvia era un tanto peligroso. Así que me despedí de algunos porque una gran mayoría ya estaba perdidos en el bosque fajando, algunos imagino que cogiendo. Asher me pidió que le diera un aventón, así que comenzamos a caminar en el bosque de regreso a donde había dejado estacionado mi coche. Durante el trayecto se soltó nuevamente la lluvia mucho más fuerte, por lo que tuvimos que resguardarnos bajo la entrada de una casa en construcción. En un momento Ashley me dijo que tenía mucho frío y se acercó a mi para que la abrazara, y así lo hice. La abracé mientras ella metió su cara bajo mi cuello. Asher es una mujer hermosa, delgada, con unos senos pequeños pero bien formados que se podían adivinar a través de la ropa, unas piernas largas, delgadas y muy bien torneadas, y un par de nalgas redonditas y paraditas. Ella es muy bonita, cabello negro, una sonrisa encantadora. Sentir sus tetas como las pegaba en mi cuerpo, hizo que la verga se parara.

    –»Hueles muy rico.» Me dijo.

    –¿Te gusta?

    –Si me encanta, hasta me dan ganas de darte una mordida en el cuello.

    –No porque me dejarías una marca y se iba a ver muy mal.

    –Y si no te dejo marca ¿me dejarías morderte?

    –¿Y cómo piensas hacerle para no dejar marca?

    Sin decir nada comenzó a mordisquear mi cuello con sus labios, lo que inmediatamente hizo que la verga se me parara aún más. Ella lo sintió por que inmediatamente bajo su mano y comenzó a sobarla sobre el pantalón.

    –Que tienes aquí?… mmm… que rico paquete.

    Sin decir nada más comenzamos a besarnos. Nuestras lenguas se entrelazaron mientras la acercaba a mi para que sintiera mi fierro parado en su panocha. La jalaba de las nalgas subiéndola y bajándola restregando su pepa en mi chile bien parado. Tomé sus grandes tetas entre mis manos y comencé a darle un rico masaje mientras nos seguíamos besando. Le dije que nos fuéramos de ahí porque alguien que decidiera regresarse nos podría ver. Yo ya iba con la verga escurriendo. Llegamos al coche nos subimos y tomé rumbo a su casa. Al encontrar una vereda, metí el coche ahí donde nadie nos viera. Apagué el coche y comenzamos a fajar nuevamente, comencé a sobarle la panocha sobre el pantalón mojado mientras subí su playera y bajé su brasier para dejar ver un par de melones deliciosos, tal como los había imaginado, con el pezón hinchado por el frío y por la mamada que comencé a darle, ella solo suspiraba.

    –Que rico. Ahhh…

    Le desabroché el pantalón y me detuvo diciéndome que le estaba bajando. No continué ya que no quería incomodarla. Ella desabrochó mi pantalón para dejar salir mi verga que ya estaba sumamente hinchada de la excitación, la cabeza estaba empapada de rica miel.

    –¡qué linda verga tienes! exclamo.

    La tomo con su mano y comenzó a chaqueteármela, subía y bajaba con su mano, mientras con la otra tomaba mis afeitados huevos y los sobaba. Recliné mi asiento para que pudiera hacerlo mejor. Me estaba masturbando muy rico. Yo solo veía su cara clavada en mi verga.

    –Tienes un pito hermoso ¿puedo?

    –Por favor.

    Pasó su lengua por todo el tronco de mi chile, lo que hizo que el cuerpo se me enchinara. Con la punta de su lengua comenzó a sobarme el frenillo, estaba a punto de enloquecer. De pronto la metió a su boca y comenzó a succionarla de una manera colosal, subía y baja apretándola entres sus labios, cuando la sacaba succionaba muy fuerte lo que hacía que sintiera que se me iba el alma. Bajaba a mis huevos y los lamía y succionaba. La volvió a meter en su boca y comenzó a mamar cada vez más rápido y fuerte. No aguanté mucho y me vine en un torrente de mocos dentro de su boca. Ashley no dejo escapar ni una sola gota de mi leche. Los dejo en su boca y se los pasó. Nos dimos un rico beso agradeciéndonos mutuamente ese rico momento. Ya de regreso por la carretera platicamos de lo sucedido.

    –Que rica verga tienes, sabe muy rica; tu leche también es muy rica. Me encantaría sentirla dentro de mi, pero no así como estoy ahora.

    –Tú me dices cuando y yo encantado de metértela.

    –Que te parece mañana saliendo de la escuela? Le digo a mi tía que iré a comer a la casa de Camila y que después iremos al cine, y así tenemos toda la tarde y parte de la noche para estar juntos. ¿Cómo ves?

    –Me parece perfecto.

    La llevé a su casa y antes de bajarse nos dimos un rico beso con lo que sellamos nuestro trato de vernos al otro día.

    Al día siguiente era viernes. Ashley vestía un vestido de una sola pieza color rosa con filos negros, unos zapatos altos de color negro, se veía hermosa. Muchos alumnos no asistieron debido a la fiesta de un día antes. Habíamos acordado vernos en un parque cerca de la escuela para de ahí irnos, ya que si nos íbamos juntos desde la escuela despertaríamos sospechas. Al terminar las clases me enfilé al parque y ahí estaba Ashley esperándome, se subió al auto y me dio un beso en la boca. Fuimos a un restaurante italiano a comer. Ella se tomó un par de copas de vino tinto durante la comida, lo que la desinhibió un poco. Al terminar de comer me dijo:

    –Tengo ganas de un postre. Algo así como de un plátano con mucha crema. ¿Me podrías complacer con ese antojo que tengo?

    –Claro, solo que el plátano te lo tengo que dar en otro lado.

    –Ah si, ¿en dónde?

    –En un lugar donde no nos vean porque se les puede antojar, y si se les antoja les vas a tener que convidar.

    –No, ese plátano lo quiero solo para mi.

    –Ok, entonces vámonos para que te de ese rico postre.

    –Mmmm no solo se me hizo agua la boca, sino que también mi panochita se hizo agua.

    Pagué la cuenta y nos dirigimos a un hotel a las afueras de la ciudad. Durante el camino Ashley me fue sobando la verga sobre mi pantalón. Cuando llegamos ya traía toda mi verga bien parada. Ya dentro de la habitación ella se metió al baño, mientras yo me senté en uno de los sillones. Cuando salió casi me voy de espaldas. Salió del baño sin el vestido solo con un coordinado color rojo. Una tanga de encaje de las que se amarran de las caderas y un brasier transparente que dejaba ver sus hermosas tetas, los zapatos altos hacían que sus ricas nalgas se levantarán más. Camino hacía a mi con pasos muy sensuales.

    –¿Te gusto? Preguntó.

    –Si, estas hermosa.

    Se dio una vuelta para que viera sus nalgas. Tenía unas piernas muy bien torneadas. Se agachó recargándose en los posa brazos del sillón que estaba frente a mi y haciendo a un lado la tanga abrió sus nalgas.

    –Mira mis hoyitos. ¿Quieres ver como se mojan?

    –Me encantaría.

    Se sentó frente a mi y subió una pierna en el descanso del sillón, hizo a un lado la tanga y comenzó a dedearse. Comenzó a sobarse su clítoris con la yema de sus dedos de forma circular y a meter sus dedos dentro de su conchita. El sonido de sus dedos entrando y saliendo era demasiado cachondo. Con sus dedos abrió sus labios para dejarme ver su rica cuevita.

    –Mira como se está empapando.

    Cuando saco sus dedos, un hilo de miel color perla comenzó a escurrir de su panocha, bajando y acariciando su culo. Me saqué la verga que ya estaba bien parada y comencé a chaqueteármela.

    –Mmmmm Mira que rica se te puso la verga. ¿Me la vas a meter toda?

    –¿Quieres que te la meta?

    –Si, quiero sentirla dentro de esta panochita caliente y mojada.

    –¿La quieres toda adentro?

    –Si, quiero que la metas hasta el fondo hasta que tus huevos choquen con mi culo mmm… Ayer en la noche que me dejaste; me bañé y me dí una dedeada muy rica pensando en tu rica verga y lo fabuloso que debe ser sentirla toda dentro de mi.

    –Ahorita la vas a sentir.

    –No te gustaría probar primero el sabor de mi panochita.

    –Si.

    Sacó sus dedos empapados por sus jugos y embarró sus labios y su lengua con ellos.

    –Ven y pruébalos de mis labios.

    Me acerque y nos dimos un rico beso donde compartimos ese sabor acre de sus jugos con nuestras lenguas, lo que hizo que la verga se me parara más. Ashley tomo mi verga y comenzó a chaqueteármela mientras nos seguíamos besando. Se acercó y la metió toda a su boca. Comenzó a darme una rica mamada de verga, la chupaba como desesperada. Mientras yo parado frente a ella quien seguía sentada en el sillón levanté el brasier para meter mis dedos entre sus tetas.

    –Que rica verga, me dejó pendeja ayer. Jamás había mamado una verga así de rica.

    –Mámala chiquita es toda tuya.

    –¿Si? La quiero solo para mi.

    Por momentos la tomaba entre sus labios y la chupaba fuertemente. Con sus dientes le daba ligeras mordidas a la cabeza, para después volverla a meter a su boca y seguir succionándolas fuertemente. Con la punta de su lengua acariciaba el frenillo lo que hacía que sintiera un escalofrío en la espalda. Volvía a poner mi verga en sus tetas restregándola contra sus pezones, con mi chile acariciando esas dos ricas tetas. Por momento bajaba a mamar las tetas que estaba llenas de saliva y de jugos de mi chile, mordía ligeramente sus pezones que ya estaban muy duros, mientras le metía el dedo dentro de su panocha. Saqué mis dedos empapados de sus jugos y se los di para que los probara. Fui bajando y levante sus piernas. Haciendo a un lado su tanga comencé a darle una rica mamada de panocha. Con la punta de mi lengua jugaba con su hinchado clítoris que escurría. Lo tomaba entre mis labios y lo succionaba al mismo tiempo que con la punta de mi lengua le daba masajes de lado a lado.

    –Uy así, así, que rico.

    –Te gusta?

    –Si , no pares, no pares por favor.

    Asher se arqueo y comenzó a temblar mientras su panocha comenzó a escurrir chorros de leche mismos que recibía en mi lengua.

    –Ahhhh que rico nadie me había hecho sentir esto. Me vuelves loca, que rico.

    La levanté y la lleve a la cama dejando su cabeza colgando en el filo, así, ella boca arriba con la cabeza colgando le di a mamar nuevamente mi verga mientras yo me recosté sobre de ella para seguirle mamando su panocha. Así como estaba, Daniela me chupaba los huevos a su antojo. Nos giramos y quedamos en un rico 69 donde comencé a mamarle su culo mientras con mi dedo jugaba con su clítoris, lo que hizo que ella gritara de placer.

    –Uy si, que rico, sigue así, así, así, sigue que me voy a venir de nuevo.

    Era tanta su calentura que ella levantó mis piernas y comenzó a lamerme el culo, lo que hizo que viera estrellitas y me viniera a chorros en su cuello y espalda, al mismo tiempo que gritaba y se viniera como si estuviera orinando. Nos quedamos recostados extasiados. Daniela se limpió mi leche que había caído en su cuello y hombros y lo lamió.

    –Que rica venida, nunca me había venido así. Nadie me había hecho sentir esto. Nadie me había dado una mamada en el culo, que rico, me dijo.

    Yo sentía muy rico. La verga la tenía al máximo, muy hinchada y escurriendo. Sabía que me podía venir en cualquier momento. Ella se levantó y se dirigió a al tocador. Se puso de espaldas hincada sobre el banco del tocador e inclinándose hizo de lado su tanga que aún traía puesta dejándome ver sus dos hoyitos. Mirándome me hacía señas con su dedo para que fuera donde estaba ella. Me acerqué con la verga bien parada y le di una nalgada.

    –Ouch que rico. Dame otra.

    Le di otra nalgada más fuerte con la que Ashley paró más las nalgas.

    Le daba una serie de nalgadas y con mi verga bien parada le sobaba donde la había pegado. Le embarraba mi verga por todas sus nalgas.

    –Métemela papi, métemela por favor, ya no aguanto más.

    Puse la hinchada cabeza de mi verga en la hendidura de su panocha y le di unos brochazos de arriba hacia abajo.

    –Ahhh ya déjamela ir.

    Se hacía para atrás queriéndose ensartar mi verga, pero yo retrocedía impidiéndole que la metiera. Le ponía la puntita y empujaba un poco.

    –Ya no me hagas sufrir.

    –Pídela, pídeme que te meta mi verga, pide ser cogida por mi chile.

    –Por favor, cógeme con esa rica verga.

    Cuando decía eso le dejé ir toda mi verga de un solo golpe hasta adentro. Ella solo reculo y levanto la cabeza.

    –Uy si, que rica verga tienes.

    La tomé de los cabellos jalándola hacía mi y comencé a bombearla fuertemente mientras le metía un dedo en el culo. Escuchaba como nuestros cuerpos chocaban generándose un rico sonido. Su panocha comenzó a escurrir sus jugos empapándome los huevos y mi pelvis. Que hermosa se veía mi verga entrando y saliendo de su rica papaya, mientras esta la llenaba de esos juguitos blancos. El olor que despedía su jugosa panocha era encantador. Del movimiento de mis bombeadas su tetas se movían de atrás hacia delante. Por momentos las tomaba con la mano que tenía libre, ya que con la otra le seguía jalando el cabello y las apretaba para apoyarme y empujar toda mi verga hasta adentro. Por momentos sentía como mi verga pegaba con su matriz.

    –Ay ay ay, así cógeme, así, así, así cógeme.

    Saqué mi verga y la hinque para que la chupara. Ashley estaba poseída, tenía los ojos en blanco chupando mi verga.

    –Vuélvemela a meter por favor.

    La subí a la cama y le levante las piernas para hacerle a un lado la tanga roja que ya estaba empapada de nuestros jugos. Golpee su panocha con mi verga y se la dejé ir de un solo golpe. Ashley solo gritaba cada que recibía mi verga dentro de ella. La tomaba de las caderas y la subía y bajaba mientras tenía mi verga dentro. Subí una pierna sobre el colchón para poder apoyarme mucho mejor y poder meterla hasta el fondo.

    –Huy que rico, eres buenísimo. Ayer que me metía los dedos pensando en ti, me imaginaba que así me cogías sigue, sigue cogiéndome así, métela toda hasta adentro.

    El mete y saca de mi verga en su panocha hacia un ruido muy cachondo de sus jugos y los míos. Podía sentir con perfecta sensibilidad como cerraba sus paredes vaginales y acariciaba el tronco de mi chile.

    Me acosté boca arriba mientras Ashley se montaba en mi para recargar sus labios vaginales en mi verga parada que descansaba en mi abdomen, sobando todo la base de mi parada verga con sus labios. Ella se movía de atrás para adelante rozando su clítoris con mi chile. Sentía como empapaba mi verga con sus jugos que no dejaban de brotarle de su pepa que estaba hirviendo. Paro las nalgas para clavarse mi verga de un solo sentón en esa papaya que seguía pidiendo verga a gritos.

    –Huy que rico, siento que me va a partir en dos. La siento hasta el ombligo.

    Ashley comenzó a mover las caderas de arriba hacia abajo dándose unos ricos sentones en mi hinchada verga como si quisiera acabar con ella.

    –Huy que rico siento tu verga.

    –Siéntela, siente esta verga, ve como me pones, ve como me excitas…

    La tomé de las caderas para ayudarle a subir y bajar empujándola hacía abajo cada que se ensartaba mi chile en su papaya y de ese modo le llegara hasta el fondo. Sentía como sus jugos empapaban hasta mi abdomen, mis ingles, y como sus jugos escurrían por mis huevos hasta mojarme el culo.

    Nos giramos quedando ella abajo, por lo que la tome de los tobillos para abrirla en compas y bombear fuertemente dentro de ella. Cada que la empujaba fuertemente sus tetas se agitaban creando una danza muy rica. Asher apretaba mi verga con sus paredes vaginales lo que me generaba una mayor sensación placentera en mi chile. El ver como su panocha acariciaba mi verga en cada metida y sacada hizo que no aguantara mucho y sacando mi verga de su panocha me vine en sus ricas tetas y boca de Asher.

    –Ahhh que rica esta tu leche, me encanta comerla.

    La leche que quedó en sus tetas Asher la tomo con sus dedos y se la metió a la boca para devorarla. Tomo mi verga y la succiono fuerte para no dejar ninguna gota de mi leche dentro de mi pito. Nos tiramos en la cama exhaustos por tan rico palo. Después de descansar un rato nos metimos a bañar donde continuamos con el cachondeo. Mientras nos enjabonábamos el cuerpo Asher se hincó para mamarme la verga mientras me metía un dedo en el culo, lo que hizo que la verga se me pusiera tiesa de nueva cuenta. Por lo que la puse de pie para recargarla de frente a la pared, levanté sus nalgas y se la deje ir por el culo llenando mi verga de lubricante a base de agua. Cuando le entró la punta Asher reculó y lanzó un grito, por lo que me quedé quieto para que su culo se acostumbrara al grosor de mi chile. Una vez que se acostumbró fue ella misma quien comenzó a hacerse para atrás lentamente comiéndose toda mi verga. Por lo que comencé a moverme de atrás hacia delante lentamente para no lastimarla ya que quería que gozara tanto por el culo como gozaba por la panocha…

    –Huy! que rico, que sensación más deliciosa. Sigue moviéndote así de rico, sígueme cogiendo por el culito.

    –¿Te gusta, te gusta cómo te culeo?

    –Si, me encanta tu vergota en mi culo, dame verga por el culo, ahora si soy toda una putota porque me gusta la verga por la cola.

    Mientas la bombeaba con mi mano sobaba su hinchado clítoris haciendo que Asher se pusiera mucho más caliente.

    –Así, así, culéame así, culéame…

    Comencé a acelerar los movimientos de mete y saca que combinados con la estreches de su culo hicieron que me viniera de nueva cuenta pero ahora dentro del culo de Ashley. Descargue rico chorros de leche en el intestino de Asher quien a partir de ese momento se convirtió en mi novia. Cuando ese día terminamos, ya era de noche, por lo que nos bañamos y llevé a Ashley a su casa.

    A partir de ello surgió un gran amor, pero eso es ya parte de otra historia.

  • Con mi ex esposa en el cine porno

    Con mi ex esposa en el cine porno

    Cuando recién iniciábamos en el mundo de cuckold, teníamos muchas fantasías, y una de ellas fue que mi ex mujer fuera manoseada en un cine porno.

    Acá en lima en esos años había algunos cines porno entre comillas “famosos” y decidimos ir al cine “Le Paris” que se encontraba en el cercado de Lima, lugar donde ya había conocido anteriormente por curiosidad.

    Fuimos decididos a gozar el momento y dejarnos llevar, aunque con un poco de miedo, pero era parte de la adrenalina de hacer algo “prohibido” así que por si acaso, compramos condones y nos fuimos al cine porno.

    Al llegar, pasamos por el frontis de aquel cine esperando que no haya tantas personas pasando por el lugar y nos pueda ver algún conocido, y a la tercera vez que pasamos ya no había nadie, así que entramos rápidamente con plata en mano exacto para pagar la entrada, pagamos y entramos agarrados de la mano a la sala de cine.

    Al entrar nos quedamos parados por un minuto esperando que se ajuste nuestra vista a la obscuridad, después buscamos unos asientos que había al medio disponible, yo me senté al lado izquierdo, al borde del límite de las butacas y ella al lado derecho mío con espacios vacíos a sus lados, para que algún chico se acercara y nos haga la noche excitante, lo cual no tardo mucho.

    Al pasar un minuto se acercó un señor mirándola de pies a cabeza a mi mujer, en esa ocasión llevaba unos leggins con un polo a tiritas, sin brasier ni calzón.

    Entonces aquel señor sin tapujos, se abre el cierre del pantalón y saca aquel enorme pene, que semi erecto comenzó a masturbarse al lado de mi mujer, y ella miraba fijamente y me decía al oído, “amor, se está masturbando”, le pregunte y le gustaba lo que veía y me respondió con un cachondo “SI”.

    El señor al notar que mi mujer no sacaba la mirada de su miembro ya erecto, poco a poco acercaba si mano a la mano de mi mujer que estaba apoyada en él apoya brazo del asiento, al notar eso mi mujer me mira y le digo al oído, “déjate llevar, gózalo” así que en el momento que aquel hombre llego a su mano de mi mujer, comenzó lentamente a llevar su mano a su miembro.

    Nuestros corazones se aceleraban de la excitación y adrenalina, hasta que mi mujer llego a su paquete y sin dudar comenzó a masturbarlo, sobando con su dedo meñique el borde de su glande mientras apretaba fuerte su pene, nuestro amigo no perdió tiempo y también acerco su mano lentamente a la pierna de mi mujer para acariciarla por encima del pantalón y subir lentamente hacia la entrepierna, mi mujer me mira y le digo, “déjate, disfrútalo” échate un poco para que pueda meter su mano con comodidad, lo cual ella hizo obedientemente, se hecho hasta que sus nalgas quedaran al borde del haciendo, abrió las piernas y yo alce su pantalón, nuestro amigo noto el hecho y metió su mano directamente a la vagina de mi mujer que ya estaba totalmente húmedo dela excitación.

    El hombre comenzó a masturbar a mi mujer, pues yo puse mi mano por encima de su mano para notar que hacia dentro del pantalón y sentía como la masturbaba y ella gemía lo más despacio que podía pues estaba tan excitada que no podía aguantar el gemir.

    En eso note que una mano por detrás de mi mujer se acercaba por su cuello y bajo lentamente hasta dentro del polo de tiras que tenía puesto, para llegar a sus pechos y comenzar a sobrarle y pellizcar sus pezones, pues atrás del hombre que masturbaba a mi mujer había otro que aprovechó el momento y se unió al espectáculo.

    Cuando ya pensamos que era el borde de la excitación, sentí otra mano que se asomó por detrás de mi mujer, era otro hombre que bajo por su espalda su mano hasta llegar a su trasero, y sin decir nada metió su mano dentro del pantalón para llegar hasta su huequito de mi mujer comenzando a tratar de meter su dedo al ano de mi ya excitadísima esposa que con tanta excitación solo se dejaba hacer de todo, gemía y disfrutaba el momento al máximo.

    En eso de tanta manoseada que tenía mi mujer me apretó fuerte la mano izquierda y me decía al oído, “me vengo mi amor no aguanto más, me vengo” solo el dije vente todo, déjalo salir, entonces me apretó mucho más, mordió sus labios y gimió lo más despacio que pudo mientras se venía.

    Al terminar su corrida, el señor de al lado le dijo al oído, “¿vamos a otro lado a cachar?, mi esposa inmediatamente volteo a decirme al oído lo que le propuso aquel hombre, solo le pregunte si ella quería, y me dijo que si, así que le dije que le dijera que nos vemos en la esquina, le dio el mensaje y se paró, dejando a todos los demás al aire.

    Salimos agarrados de la mano del cine porno y fuimos a la esquina, nos quedamos parados un momento y llego aquel hombre que recién pudimos ver bien con la luz.

    Era un hombre maso menos alto, algo gordito pero simpático, nos dijo su nombre y nos pidió que lo siguieran que conoce un lugar donde estar cómodos, pero en el transcurso del camino noté que otro hombre nos seguía el paso así que solo voltee y le dije a aquel hombre, mira ese hombre nos está siguiendo, otro día será, y comenzamos a caminar en dirección contraria.

    Pude notar como le recriminaba algo a aquel hombre que nos seguía y después nos dio el alcance pidiendo que fuéramos a otro lado donde nosotros quisiéramos, pero sentí que era peligroso así que simule que anote su número con la promesa de llamarlo otro día, subimos a un taxi y nos fuimos.

    Ya en el taxi notamos que estaba mojado su pantalón en la entrepierna así que entre risas llegamos a nuestra casa e hicimos el amor toda la noche recordando lo ocurrido.

    Espero les haya gustado este relato mi correo es:

    [email protected]

    Hasta pronto.

  • Me llama para darle por el culo

    Me llama para darle por el culo

    T: ¿Qué onda que haces tan madrugada?

    I: A cabo de llegar, andaba de fiesta, ¡no mames ahora si tome como si no hubiese mañana!

    T: ¿En serio? ¡No invitaste!

    I: Pues si quieres vente y la seguimos en mi casa, ¡estoy sola!

    Desde la última vez que la vi habían pasado dos meses, de hecho, ella se hizo novia de un gordito barbón que me caía bien, pero estar con ella era de las oportunidades que siempre buscaba.

    Tomé mi motocicleta y prendí el camino rumbo a la casa de Ivette, quien me esperaba con una minifalda negra, sus tacones rosas y una blusa escotada muy sexy como solo ella sabía ponerse.

    Me recibió con un abrazo, el predominante aliento alcohólico me dejaba ver que ella ya estaba más enfiestada que nada, pero a mí no me importo, yo quería pasar un buen rato con ella.

    Nos fuimos al área de juegos que tiene en su patio, ahí nos sentamos en el sofá de descanso y tomábamos mientras me contaba lo bien que la había pasado, obviamente no dejaba de mirarle sus ricas piernas, y sus tetas, me daban ganas de lanzarme a ella, mi pantalón ya parecía carpa de circo, puso una música y comenzamos a bailar.

    Como es mi costumbre me le acercaba de mas, ella sonreía y se movía muy rico, en eso puso una música muy sensual y comenzó a bailarme mientras yo la miraba atento.

    T: ¡Que rico te mueves!

    I: ¡Te gusta!

    T: Un montón, ¡quítate la ropa!

    I: ¡Jajá, me viste cara de teibolera o que!

    T: ¡Ándale te ves buenísima!

    Tal vez por el alcohol demás, ella sonriendo empezó a quitarse su blusa sensualmente y su falda, no podía más, mi verga estaba por estallar, mientras que ella lentamente se acercaba a mí, dándome la espalda y meneando su cintura de forma espectacular.

    I: ¿te excito?

    T: ¡Sabes que me encantas!

    Le di un par de nalgada y apreté sus ricos muslos, ella se quitó su brasear lentamente arrojándomelo en la cara y se sentó en mí, ¡se movía muy bien mientras mis manos apretaban con fuerza su rico par de tetas! Nos comenzamos a besar mientras ella seguía moviéndose rico, ahora le mordía los pezones en especial ese perforado que tanto me excita.

    T: ¡Chiquita, quiero cogerte!

    I: Sé que a eso viniste, ¡jajá!

    Interrumpí su sensual baile cargándola y llevándola al sofá, ahí la acosté y comencé a disfrutar de su cuerpo, mi lengua recorría de sus pies a sus ojos, no deje ni un solo cm de piel sin probar, le quité su tanga y sin decir más inmediatamente comencé a hacerle un oral.

    I: ¡Uhm!! ¡Me encantas!

    T: Y tú a mi nena, ¡no me importa que tengas novio!

    I: Le dije que viniera y no quiso, ¡que porque no lo dejan salir! tú crees?

    T: ¡Tonto! Teniendo esto para él y no te atiende, ¡para eso estoy yo nena!

    Le metía los dedos con velocidad y le lamía su ano, luego comía su clítoris mientras mis dos dedos estaban dentro de su culo, Ivette estaba encantada con lo que le hacía y yo continuaba gozando mi amiga.

    Me desnude totalmente y ella tomo mi verga con sus pies, lentamente comenzó a sobarme, sus pies me encantan, son hermosos, no soy tan fetichista pero que ella estuviera haciendo eso me ponía más duro.

    Se sentó en el sofá y me jalo del trasero, comenzó a darme una mamada espectacular, ¡luego puso mi verga en medio de sus tetas y me hizo una “rusa” que me tenía viendo estrellas!

    T: ¡Uhm!!! ¡Que rico nena, no pares!

    I: ¡Que rica verga!! ¡Es mía!!!

    T: Sí, ¡es tuya mi amor!

    Le apretaba la nuca y le follaba su deliciosa boca, el sonido que hacia me excitaba muchísimo, esta vez Ivette estaba entregadísima y yo quería salir bien gañón de eso.

    Ella se sentó bien en el sofá y levanto las piernas yo inclinándome un poco se las cargué y empecé a penétrala, era una pose incomoda en especial para mí, pero no quería dejarla sin su dosis de verga.

    Parecía que estaba haciendo ejercicio, mientras ella gemía y disfrutaba de tenerme dentro de ella.

    I: ¡Que rico, uhm!!

    T: ¿Te gusta?

    I: ¡Si, uhm!!

    La puse de pie y le subí una pierna en el sofá y así de patita de ángel comencé a metérsela rápido y fuerte, apretando sus ricas nalgas y besándole su sensual boca.

    Sus miradas me excitaban más, sus arañazos eran un extra que me ponía más duro, le mordía el cuello, no me importaba que quedara marcada, ella era mía, y su novio no era algo que duraría mucho.

    La acosté en el sofá y subí en ella metiéndosela hasta el fondo, apoyándome del brazo del sofá me empujaba con fuerza, Ivette gemía y se quejaba muy rico, nos besábamos muy rico, parecía como si fuera la primera vez que lo hacíamos.

    T: ¡Que excitada estás, corazón que rico!

    I: ¡Si y tú me coges rico!

    T: ¡Que suerte tengo, uhm!!

    I: ¡Ay Tyson!! ¡Mas, dámela toda!

    Me acosté y ella subió a cabalgarme muy rico se movía espectacular, ese día, lucia más rica, no sé cómo si se hubiese hecho algo, pero su cuerpo y su forma de coger eran aún más placenteras que otras ocasiones.

    Sus movimientos me tenían jadeando, sudábamos y disfrutábamos del rico momento, no toleraba ms, ¡estaba por llegar y ella lo sabía así que hizo unos movimientos que me dejaron sin aire y que prácticamente nos hicieron corrernos juntos!

    T: ¡Ivette, uhm!!

    I: ¡Ah!! ¡Que rico!!

    Ivette se alejó toscamente, mi orgasmo aun no pasaba y ella fue nuevamente a lamerme la verga!

    La lamia enterita, limpiaba cada fluido de ella y mío, que rico era tenerla ahí en mi pelvis, lamiéndome la cabeza, mordiéndome los huevos, una mujer de esas pocos tienen el gusto de probar y yo tenía esa suerte.

    T: ¡Que rico, uhm!!!

    I: ¡Me encanta!! ¡Que rica!!

    Ahí estaba como sanguijuela, no se despejaba de mi verga, la mamaba, besaba y lamía como una verdadera ninfómana, poco a poco me puse duro nuevamente, ella al notarla me pido me levantara, ¡se puso en el sofá a cuatro patas y abriéndose sus nalgas me la pidió por el culo!

    Ni lo pensé le di un par de lamidas a su rico ano, que estaba dilatado, escupí un poco y empecé a meterle mi cabeza, ella se movía en círculos, su estrecho culo se abría lentamente, ¡que placer!

    I: Si, uhm, métela, ¡ah!!!

    T: ¡Ivette, que culo!!!

    La metía rápido y fuerte, le daba de nalgadas, me empujaba duro hacia ella, ella mordía el cojín del sofá, se movía en círculos, le dolía, pero gozaba bien rico, yo de igual manera estaba en la gloria, ese culo me estaba haciendo gritar.

    T: ¡Nena, uhm, que rico!

    I: Si, no pares, uhm, ¡no pares!!

    T: ¿De quién eres putita?

    I: ¡Tuya, uhm, soy tuya!!

    T: Si amor, ¡eres mía eres mi puta!!

    I: ¡Agh, que rico!!!

    La embestía estrujándola con fuerza, sus nalgas estaban rojas de las duras nalgadas que el daba, los arañazos en su espalda estaban frescos y se ve que le ardían demasiado, le jalaba el cabello hasta casi dejarla calva, que rico.

    Sus movimientos también se sentían fenomenal, Ivette empezó a correré un nuevo orgasmo le había hecho tener, yo estaba en la gloria, pronto no toleré más y comencé a llenarle su rico culo de semen.

    I: ¡Ay!! ¡Que rico, uhm, que rico!!

    T: Mi amor, ah, toma tu leche, ¡uhm!!

    I: ¡Lléname de ti, agh!!

    T: ¡Tómala nena, uhm!

    Mi orgasmo fue genial, que encima de ella con mi verga goteando y ella escurriendo semen del culo.

    Bebimos unas cervezas más y subimos a su habitación a continuar cogiendo, cogimos hasta casi las 9 de la mañana, mi verga me dolía, pero estaba bien feliz, me había venido muchas veces en Ivette, al final terminamos abrazados y dormimos hasta casi la una de la tarde.

    Espero les haya gustado, aún tengo muchas historias mas que contra, no solo con Ivette, si no con más ricuras que he tenido la oportunidad de comerme.

    Tyson.

  • Hermanita eres mi sexto coñito, otra putita a la que follo

    Hermanita eres mi sexto coñito, otra putita a la que follo

    Aquella tarde de domingo las voces unas más altas que otras resonaban en mi casa entre mi madre y yo cuando empezamos a discutir una vez más por mi novio y eso que me acababa de dejar.

    -Tú también mamá, tú también piensa que soy una puta, que pasa que si yo me acuesto con cinco chicos soy una puta y si mi hermano se acuesta con cinco chicas un machote.

    -De verdad quieres decir eso… en serio.

    -Pues sabes… prefiero ser puta que una reprimida, soy mujer y me gustan los hombres, me gusta el sexo y disfrutar como hacen ellos sin que se les cuestione, si quiero follarme a un chico lo hago o dejo que este me folle, soy mujer, orgullosa de ser lo que soy y no una reprimida como tú.

    Aquella discusión bastante acalorada entre mi madre y yo atrajo al resto de la familia, estábamos en mi cuarto cuando yo le confesaba a mi madre que mi novio me había dejado después de que nos hubiéramos acostado, pensaba que ella comprendería más que nadie por lo que estaba pasando y más cuando sabía lo mucho que yo le quería, pero me sorprendió con aquellas insinuaciones tan machistas que no pude más que echarme a llorar y gritar.

    -Y tú nano, fuera de aquí. –Le gritaba a mi hermano pequeño que nos miraba desde el pasillo.

    -Déjala hijo, está loca y tiene la regla.

    -Perdón… pues si mama estoy con la regla y me duele tanto como lo que tú acabas de decir, que crees que por estar mala estoy como estoy, eso me lo esperaría de papá pero de ti.

    Era cierto que estaba empezando a estar mala y estaba muy molesta, me dolían los riñones y ni las pastillas que me había tomado me calmaban aunque fuera un poquito, pero desde luego su comentario fue el que más me dolió.

    Había pasado más de una semana y seguía molesta, el único que me hacía sonreír era mi hermano Luis, el pequeño de todos, bueno no tan pequeño, acababa de cumplir los 19 años y fue el único que se acercaba a mí para saber cómo estaba e intentar animarme.

    Una tarde sentados los dos en salón viendo una película, salía una chica llamando reprimida a una amiga a lo que mi hermano mirándome muy serio me dijo.

    -Anda mira… como mamá.

    Mirándonos los dos empezamos a reírnos tanto que llorábamos de la risa, yo en el fondo me arrepentía de haberle gritado así a mi madre tanto que ya la había pedido perdón, pero aquello tuvo mucha gracia y esa pequeña palabra nos hizo mucho juego durante las semanas siguientes, más bien a mi hermano Luis que la empezó a utilizar en mi contra.

    Luis era un chico muy inteligente y con muchísimo carisma, la gente por lo general solía hacer lo que quería enseguida, pero si no, no le costaba mucho convencerles y yo no iba a ser diferente, aparte del carisma le acompañaba su físico, un cuerpo bien esculpido, bastante guapo, con unos labios ardientes que todas las chicas desearían besar, castaño oscuro con unos ojos verdes y con una mirada que te derretía.

    Desde hacía ya unos días empezaba a observar como su mirada era diferente, me sentía a veces cohibida estando con él y en más de una ocasión le tuve que decir que parara de mirarme de esa manera, mirándome a los senos, a mi culo, incluso tenía que cruzarme de piernas porque se me quedaba atontado mirando mi sexo en el momento que llevaba alguna prenda ajustada como por ejemplo unos leggins o cuando salía del baño recién duchada me sentía observaba por él, mirándome las piernas, mis hombros todavía húmedos, podía sentir su deseo de quitarme la toalla y dejarme desnuda.

    Es cierto que tras aquella pelea con mi madre me uní más a mi hermano, pero no era menos cierto que sentía que se estaba pasando con sus miradas e insinuaciones salidas de tono, sobre todo aquel día comiendo en la terraza con mis padres y unos amigos suyos, sentados en una mesa alargada, una mesa estrecha que sentándonos el uno frente al otro casi nos tocábamos con las rodillas, ese día acabábamos de salir de la piscina y estábamos en bañador, yo llevaba un bikini rojo con la parte de arriba atada solo en la espalda, con los tirantes por fuera de los hombros.

    Las risas y bromas entre todos eran la tónica de la comida cuando sentí como mi hermano rozaba con sus pies mis piernas, a lo que le conteste alto y claro que no me diera patadas, pero no era esa su intención, sus pies iban subiendo por el interior de mis muslos y le mire enfada pidiéndole que lo dejara.

    Al terminar la comida y cuando todo el mundo se había retirado, mi hermano me cogió del brazo y me dijo que le perdonara, pero que no dejase que mis sentimientos como hermana me reprimieran de hacer algo que estaba seguro de que quería y me recordó lo que le dije a mi madre aquel día, simplemente le mire enfada y me di media vuelta sin decirle nada.

    Los días fueron pasando y Luis seguía buscándome las vueltas, llevara lo que llevara puesto sabía que me estaba desnudando con la mirada, me sentía incómoda y a la vez deseada, era una sensación extraña porque quería enfadarme y sin embargo me gustaba, cierto era que me gustaba el sexo, pero quizás hasta tal punto no… o sí, estaba hecha un lío, tal fue el acoso que por las noches pensaba en mi hermanito, soñaba con él y le veía acercarse a mi besándome, acariciándome y lo peor es que me gustaba, hasta tal punto que una noche desperté con las bragas totalmente mojadas después de soñar como mi hermano me había follado y empezaba a pensar si no tendría razón y me estaba reprimiendo.

    A la mañana siguiente decidí no hacer nada, me convencí de que no me estaba reprimiendo y de que aquel sueño había sido solo un sueño como tantos, me convencí de que aquello estaba mal y de que tenía que pararle los pies, que dejara de jugar conmigo como hacía con los demás.

    Ese día nuevamente tuvimos visita, habían venido mi hermana con mi cuñado a cenar y desde que arreglaron el jardín a mis padres les encarnaba cenar fuera, en aquella mesa de diseño larga, pero estrecha y a pesar de intentar no estar ni junto, ni enfrente de mi hermano al final nos sentamos justo como la vez pasada uno enfrente del otro.

    Mi hermano Luis me miraba fijamente y ya desde un principio empezó a pasar sus pies por debajo de la mesa acariciándome, pero esta vez no dije nada y a pesar de haber tomado la decisión de ignorarle, quería saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar y de esa forma sus pies consiguieron revolotear por mis pantorrillas y por mis muslos sin tener oposición por mi parte, el juego prosiguió y las apuestas se elevaron cuando sus pies desnudos escalaban por mis muslos, llegando un momento que tuve que mirarle muy seria porque se acercaban a mi sexo y con la mirada le desafiaba a ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar delante de toda la familia.

    Los pies de Luis se acercaban cada vez más a mi vulva, los tenía en el interior de mis muslos a escasos centímetros y al igual que yo Luis también me miraba desafiándome, con una sonrisa muy picarona empezó la última etapa, subir por mi muslo hasta posarse vulva y en ese momento di un pequeño respingo, no pensaba que se fuera atrever y sin embargo lo hizo, estaba presionando mi vulva con sus dedos por encima de mi bikini, había que acabar con aquel juego y me cruce de piernas, ninguno de los dos apartaba la mirada del otro, pero mientras que la de Luis era de felicidad y de victoria la mía era de enfado y de derrota.

    Luis no dejaba de intentar excitarme sin saber que ya lo había conseguido, hubo un momento en que Luis mirándome fijamente solamente moviendo los labios me llamo reprimida y yo con la cabeza le decía que no a la vez que le llamaba idiota también con los labios, mi hermano me contesto riéndose y lanzándome un beso, mientras esto pasaba, el resto de la familia no se había dado ni cuenta de la conversación sorda y muecas de burla entre los dos, ya que estaban hablando ensimismados al otro lado de la mesa.

    Nuestro perro corría por el jardín alrededor nuestro buscando las caricias de todos y en ese momento parecía que Luis ya se daba por vencido, no iba a poder conmigo por lo menos ese día, pero tenía claro que volvería a buscarme las cosquillas, estaba segura de que no me iba a dejar en paz y entonces algo me sucedió, como si verlo allí derrotado aunque fuera solo por me hiciera replantearme lo que días antes me había jurado no hacer, la vida era corta y solo se vive una vez y yo quería vivirla, exprimir todo su jugo, viviendo el momento y ese momento preciso me llevaba a mi hermano.

    Mordiéndome el labio y con una mirada lasciva le indicaba a mi hermano que mirase por debajo de la mesa y tirando la servilleta al suelo, mirando hacia mi por debajo del mantel, estaba segura de que podría ver perfectamente cómo me había abierto de piernas y con mis mano izquierda había separado el bikini, dejando mi vulva desnuda, mi hermano se levantó con tanta rapidez que se dio un golpe en la cabeza y aunque parezca mentira nadie se dio cuenta a pesar de que movió la mesa.

    Ya incorporado me miraba sonriendo y volvía a llamarme reprimida, a lo que le contestaba “reprimido tú” le tire ahora yo un beso al aire y fue en esos momentos en que note su pie sobre mi vulva nuevamente, moviéndolo arriba y abajo, sintiendo la humedad de mis labios y sintiendo un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando deslizaba su pie con sus dedos jugueteando y buscando mi clítoris escondido.

    -Hija estás bien, tienes frío.

    -No, no mama, estoy perfecta, estoy más que perfecta.

    La contestación a mi madre tenía doble sentido, ya que mirando y sonriendo a mi hermano se lo decía, a él también, claro que para el siguiente escalofrío no sabía si iba a tener respuesta porque mi hermano encontró con su dedo gordo mi vagina y empezaba a penetrar en ella, sentía como su dedo se introducía un poco dentro de mi saboreando mi excitación sacándolo mojado, tuve que poner mi mano tapándome la cara para que nadie me viera, salvo mi hermano que no perdía la ocasión de verme disfrutar mientras metía su dedo en mi vagina, haciendo resbalas sus dedos por mis labios y en esto un pequeño gemido involuntario salió de mi.

    Si no llega a ser por mi perro que en esos momento se había metido por debajo de la mesa y empezó a lamer el pie de mi hermano y a darme dos lengüetazos en mi sexo no sé cómo podría haber explicado aquel aunque pequeño, pero excitante gemido y ahora todos reían acariciando a nuestro perro llamándole salido a pobre animal.

    Serían las seis de la tarde cuando todos se marcharon, todos no, yo me subía a ducharme y mi hermano se quedó en el salón leyendo un libro y a pesar de intentar algo más al estar solos yo me negué a sabiendas de lo que tenía pensado, una vez duchada me pase por el salón con una toalla enrollada en la cabeza y otra tapándome el cuerpo para que mi hermano me mirara, la intención era dejarle claro que si al final follábamos era yo la que decía si, pero no hizo falta mucho para llamar su atención.

    -¡Luis!

    -Dime pesada

    -¿Puedes venir?

    Sabía que sí, sabía que vendría seguro y que se encontraría con la toalla que enrollaba mi cabeza en el suelo del pasillo, que más adelante en la puerta de mi habitación encontraría la toalla que cubría mi cuerpo y abriendo la puerta me encontraría a mi desnuda encima de la cama, con mi espalda apoyada sobre el cabecero de la cama y con mis piernas abiertas y en ese momento viendo su cara no podía más que sonreír a la vez que me veía tocarme los pechos pellizcando mis pezones.

    De dos zancadas quitándose el bañador y dejándome ver la erección que tenía se subió encima de mi cama, empezando a besar mis pies, metiéndose los dedos en su boca, recorriendo mis piernas con su legua, dándome pequeños mordiscos con sus labios en mis muslos hasta hundir su cabeza entre ellos, secando con su lengua la humedad de mis labios, lamiendo mi clítoris, succionándolo, pequeños temblores en mi cadera cuando sentía su boca sobre mi sexo que mi cabeza se apoyó contra la pared a la vez que serraba los ojos.

    Luis metía su lengua en mi vagina, hundiendo su nariz entre mis labios vaginales, acariciando mi clítoris con sus dedos, mis manos no paraban de apretar mis pechos, pasando de un lado a otro, los primeros gemidos empezaron a pintar la habitación, me estaba cargando de excitación, sentía como su lengua me penetraba, como mi vagina se mojaba cada vez más de flujo, como pequeñas gotas salían de mi vagina indicándole que ya estaba preparada para recibir aquella erección, mis manos sobre su cabeza hundiéndola en mi vagina, los gemidos atrajeron a mi perro que me lamía la cara y tenía que apartarle entre jadeos.

    Quería tener dentro de mi la polla de mi hermano, quería que me follara como lo había hecho en sueños, estaba tan o más mojada que en el sueño, estaba preparada para recibirle y gozar con su polla saliendo y entrando de mi vagina, de mi coño, tirándole del pelo suavemente le iba atrayendo hacia mi, su lengua dejaba un rastro tras de sí al irme lamiendo el cuerpo, rodeando mis pezones sensibles a sus besos, gimiendo y deseando ser follada por aquella polla que ya me daba igual de quien fuera.

    Metiendo sus manos por debajo de mi cuerpo me arrastró hacia abajo, hasta tener mi cabeza en la almohada, sintiendo su polla sobre mi vagina y con un beso metiendo su lengua en mi boca buscando la mía, de un empujón me la metió hasta el fondo, el placer que sentí al tenerla tan dentro de mi hizo que le arañara toda la espalda a la vez que le gritaba con su boca sobre la mía, un grito de placer que asusto a mi perro.

    Con movimiento ahora más lentos y más suaves me iba metiendo su polla, nuestros músculos se unían y fundían a su paso, llenándome, expandiéndome más en cada penetración y en cada penetración más gemidos, más gritos, más placer, Luis me besaba, se apartaba para mirarme, cada vez que cerraba los ojos, metiendo su lengua en mi boca permanentemente abierta jadeando, gimiendo, su polla entrando y saliendo de mi, teniéndome casi inmóvil por el éxtasis, por el placer que estaba sintiendo.

    Luis empezaba a gemir, empezaba a follarme cada vez más rápido, metiéndola más al fondo y yo empezaba a sentirla tan dentro, deslizándose tan suavemente al estar tan mojada que no tarde en mojarla más, un tremendo orgasmo me hizo temblar las piernas unos segundos, Luis seguía metiéndola y cuando me veía gritar descontrolada, temblando, me la dejaba bien metida y luego seguía hasta que nuevamente volvía a temblar, sentí entonces como se empezaba a correr, sacándola de golpe y con un tremendo gemido para terminar de correrse en mi vello sin antes dejarme un buen chorro de su semen dentro de mi.

    Su polla se paseaba por mi tripa, soltando pequeñas gotas de su semen, pintando mi cuerpo como un pincel venido a menos, nos besábamos como si de ello dependiera nuestra vida y me preguntaba una y otra vez que si me había gustado, a lo que le respondía riéndome que había merecido la pena.

    Me incorporé buscando su polla envuelta por mis flujo y por su semen, pasándole la lengua lo empecé a saborear, metiéndomelo en la boca, sintiendo como iba creciendo dentro de mi, subiendo y bajando por todo su tronco lamiendo y limpiándolo, su sabor a mi a ambos y un par de minutos más tarde mi hermano me cogía de la tripa me ponía como a las perritas a cuatro patas y volvía a meter su polla en mi coño mientras me decía.

    -Sabes hermanita, tú eres a la sexta putita que follo, mi sexto coñito.

  • El come coños

    El come coños

    José era un agricultor de sesenta y cinco años, de estatura mediana y no era feo. Ese año no tenía quien le comprara sus veinte pipas de vino y su cosecha había sido muy mala. Lo estaba pasando fatal.

    Un día que estaba José mirando la sección de anuncios de un conocido periódico en la taberna del pueblo, taberna en la que le fiaban, cuando le vino la idea a la cabeza.

    Dos días después salía un nuevo anuncio en ese periódico que decía: «Hombre de sesenta y cinco años, ni feo ni guapo, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado se ofrece para comer el coño a mujeres de todas las edades. Cincuenta euros el orgasmo, incluye comida de tetas y de culo. Me desplazo por toda la provincia»

    El anuncio tenía un número de teléfono.

    Esa tarde estaba José sentado en un viejo sofá mirando la televisión cuando sonó el teléfono, lo cogió y una voz femenina con acento inglés, le dijo:

    -¿Eres el come coños?

    No esperaba que lo llamara así, pero cómo si le llamaba come culos. Le respondió.

    -Para servirte. ¿Desde dónde me hablas?

    -Eso no importa. ¿Atiendes en tu casa?

    -Atiendo.

    José le dio la dirección y una hora más tarde llamaron a la puerta de su casa. Fue a abrir y se llevó una sorpresa descomunal. Se encontró con una mujer de unos treinta años, alta, rubia, de ojos azules, cubierta con un abrigo de visón y con un bolso en la mano derecha, que había llegado en un Jaguar, y que le preguntó:

    -¿Eres el come coños?

    -El mismo que viste y calza, pasa.

    La mujer entró en la casa, echó un vistazo alrededor, y quitando el abrigo, le dijo:

    -A confortable place. (Un lugar confortable.)

    La rubia llevaba puesta una falda negra, una chaqueta del mismo color, una blusa blanca y calzaba unas botas de mosquetero con tremendos tacones. Tenía más pinta de puta que de mujer adinerada. Sentándose en un sofá, cruzo las piernas, se echó hacia atrás y le preguntó:

    -¿No tienes nada de beber, darling?

    José necesitaba el dinero, pero cómo no sabía lo que le llamara, le dijo:

    -Vamos a llevarnos bien. Habla en cristiano. ¿Estamos?

    -De acuerdo. ¿Qué me dices del vino? Tengo la garganta seca y tanta sed que me bebería un galón de un trago. ¿Tienes?

    -Tengo blanco y tinto en la bodega

    -Esa marca no me suena.

    -¿Sabes qué es una pipa?

    -Claro, sirve para fumar.

    José le dijo:

    -Sígueme, rubia.

    -Jennifer, me llamo Jennifer.

    -Yo me llamo José, sígueme.

    Al entrar en la bodega, mirando para las pipas, le dijo José:

    -Esas veinte grandes son las pipas.

    Al ver tanta cantidad de cubas y barriles, Jennifer, exclamó:

    -¡This is paradise!

    José se volvió a mosquear.

    -¡¿Qué es qué?!

    -El paraíso del vino. ¡Y qué bien huele!

    José le preguntó:

    -¿Quieres el vino blanco o tinto?

    -Blanco primero y tinto después.

    -La vas a pillar buena.

    Sobre dos barriles había dos tazas de barro. José cogió una, la llenó de vino tinto y se la dio. Jennifer echó un sorbo, lo saboreó y después se mandó el resto de una sentada, y luego le dijo:

    -Nice -vio la cara de cabreo que le ponía José-. Bueno, es bueno. A ver cómo es el blanco.

    José con voz paternal, le dijo:

    -Te va a hacer daño.

    Cató, tragó, y le preguntó:

    -¿Está a la venta tu vino?

    -Por desgracia, sí.

    -Me lo llevo todo.

    José le dio a la cabeza antes de decir:

    -Te dije que te iba a hacer daño.

    -¿Cuántos litros de vino hay en este sitio?

    -¿Para qué quieres saberlo?

    -¿Cuántos hay? Mi marido y yo tenemos un restaurante en Londres.

    -Veinte pipas a 454 litros por pipa, calcula.

    -A 450 serían 9000. Te doy 4000 Libras esterlinas.

    -¿Y eso cuanto sería?

    -5000 Euros.

    -Pena que estés borracha, coño.

    No le tomó en cuenta lo que había dicho.

    -Al volver a casa te hago un cheque.

    Vamos a dejarnos de negocios e ir al grano. La verdad es que José después de tener el cheque en la mano ya no quería comerle el coño, pero Jennifer viniera a eso y a otras cosas… Después de la tercera taza de vino, junto a la cocina de hierro, se quitó la chaqueta, desabotonó la blusa, se bajó la falda y quedó con las botas de mosquetero y el sujetador, todo de color negro. Se abrió de piernas y le dijo:

    -Desnúdate – se desnudó.- Quiero que seas mi perro.

    José se puso a cuatro patas y fue caminando hasta donde estaba Jennifer.

    -Baja mis bragas.

    Le bajó las bragas tirando con los dientes. Jennifer cogió una ristra de chorizos que colgaba de un cordel y le dio con ella en la espalda:

    -«Plas, plas, plas»

    -¡Perro malo!

    Jennifer se sentó en una banqueta, le metió un mordisco a un chorizo, y con la boca llena, le dijo:

    -Así te voy a comer la polla. Ven.

    José fue a su lado, Jennifer se la cogió y comenzó a ordeñarlo.

    -¡Si te gusta ladra, perro!

    -¡Guau, guau!

    Al ratito le decía:

    -En pie.

    José se levantó con la polla casi tiesa. Jennifer se quitó el sujetador y sus gordas y esponjosas tetas con areolas rosadas y sus gordos pezones quedaron al descubierto.

    -¡Lame mis tetas, perro!

    José lamió cómo un perro al tiempo que Jennifer le meneaba la polla. Se la acabó de poner dura. Después se levantó, se frotó un chorizo en el ojete, y acto seguido le dijo:

    -¡Lame!

    José quiso cogerla por la cintura y le cayeron otras cuatro leches con la ristra de chorizos:

    -«¡Plas, plas, plas!»

    -¡Los perros no tienen manos!

    Le lamió el ojete, cantidad de veces, luego Jennifer se metió la mitad de un chorizo en el culo, lo sacó, le metió un mordisco y después le puso el coño en la boca, un coño que ya estaba mojado. José se lo comió, pero no cómo él quisiera. Jennifer solo le dejaba lamer de abajo a arriba. Poco después se apoyó con las manos a la barra de metal donde se colgaban los paños en la cocina de hierro, se abrió de piernas, y le dijo:

    -A ver qué sabes hacer, perro.

    José ya estaba hasta los cojones de tanto obedecer, le agarró las tetas, le puso la polla en la entrada del coño, y de una estocada se la metió hasta el fondo. Jennifer le dijo:

    -¡Bad dog! (¡Perro malo!)

    Pensando que lo había insultado, se olvidó del negocio que había hecho con ella.

    -¡¿Va qué?! ¡Va que te rompo en culo, inglesa!

    Le apretó los pezones y le dio a romper. A llamarle perro malo, no quiso cabrearlo, pero viendo cómo había reaccionado, le dijo:

    -¡Harder, dog, harder! (¡Más duro, perro, más duro!)

    Lo cabreó aún más de lo que ya estaba.

    -¡Me cagó en todo lo que se menea!

    La sacó del coño y se la metió en el culo de otra estocada. Con una mano le agarró las tetas, dos dedos de la otra mano se metieron en su coño y al rato masturbándola y follándole el culo sintió cómo se corría. Tuvo que agarrarla porque con el tremendo placer que sentía olvidó donde estaba, y si no la sujeta acaba haciendo tetas a la plancha. Corriéndose gemía de tal manera que parecía que se le iba la vida. José volvió a sacar la polla del culo. Los dos dedos fueron remplazados en su coño por la polla, una polla que después de seis o siete entradas gloriosas descargó cómo hacía años que no descargaba.

    Al acabar José no le quiso cobrar por el orgasmo, pero ella cómo era muy pagadora le pagó con otro haciéndole una mamada antes de irse.

    Quique.

  • El chico de la bodega

    El chico de la bodega

    Soy una mujer de 44 años, soltera, de esas que llaman gordibuenas, siempre acostumbro a usar ropa que resalta mis curvas y aunque no me considero una mujer hermosa, tampoco creo ser la más fea.

    Llevo casi 10 años trabajando en una empresa y la verdad es que nunca había sentido que le gustase a algún compañero de trabajo, pero el año pasado entró un chico nuevo, muy guapo, y empecé a notar que era muy amable, siempre que pasaba me saludaba y buscaba siempre que nuestras miradas se cruzarán.

    Ya para mi era habitual su saludo de buenos días al llegar, y de buenas tardes cuando se dirigía a su hora de almuerzo. Un día me lo cruce en la fotocopiadora y el acarició mi brazo, yo sentí un corrientaso que me dejo algo inquieta pero que me gustó. Un día por cosas de trabajo chateamos y al finalizar la conversación me dijo gracias hermosa, yo no sabía como responder entonces solo le envié un emoji.

    Con el pasar de los días yo empecé a notar que ya no buscaba mi mirada, y a veces pasaban varios días sin que nos cruzarnos, eso me puso aún más inquieta, hasta que una día decidí escribirle y preguntarle por qué ya no me saludaba, a lo que él respondió que era yo quien ya no lo saludaba, que por el me saludara siempre de beso, yo reí y le dije que no se podía, entonces el respondió que si yo iba a su lugar de trabajo si me podría dar muchos besos porque siempre estaba solo, y me dijo que fuera a visitarlo, entonces le respondí que si, que iría en horas de la tarde.

    Yo estaba contando las horas, sentía nervios pero a la vez mucha, curiosidad de lo que pudiera pasar. Cuando se llegó la hora me dirigí sigilosamente cuidando no ser vista por nadie, era un jueves y yo llevaba un pantalón ajustado y una blusa escoltada, cuando llegue él sonrió y me abrazo, yo sentí que mis piernas flaquearon, pero poco a poco me iba sintiendo cada vez mejor, me dio un beso en la mejilla y me dijo que si podía besar mis labios, que lo deseaba mucho, yo le dije que si, y nos besamos expresando en cada movimiento lo mucho que nos deseábamos, sus manos acariciaban mi cabello y poco a poco las fue deslizando por mi espalda hasta llegar a mi trasero, lo agarro con firmeza y me dijo que le encantaba, que siempre que me veía tenía pensamientos obscenos, acarició mis pechos y luego los beso, yo me sentía extasiada, hacía mucho tiempo que no me sentía deseada y mucho menos por alguien menor que yo.

    Nos despedimos pero con ese sinsabor de querer que pasara algo más. Me fui a mi puesto de trabajo y enseguida el me escribió preguntándome si había estado bien lo que había pasado, y yo le respondí que si, le dije que si quería mi número de celular para seguir hablando en la noche, pero él me dijo que si tenía Instagram, y yo se lo di.

    Al llegar a casa me escribió y hablamos sobre lo sucedido me dijo que gracias por haberle escrito ese mensaje, que él había dado ya por perdido él que pasara algo conmigo que yo era como una fantasía para él, y cuadramos en que continuaríamos lo que habíamos comenzado.

    A la mañana siguiente busque entre mi ropero una falda que él me había dicho que le gustaba y cuando llego paso por mi puesto y me entregó una chocolatina, yo le giñe un ojo y le dije que ya quería estar con él, y durante todo el día no me podía concentrar pensando en nuestro encuentro secreto.

    A eso de las 5 pm me dijo ven, busque en papel para disimular y me dirigí a su rinconcito, él me dijo ven y te muestro lo que hice, había preparado un lugar entre unos anaqueles donde podíamos ocultarnos y dar rienda suelta a todo lo que nos deseábamos hacer, nos acariciamos, nos besamos y tuvimos sexo desenfrenado, sin hacer ruido solo emitimos gemidos a manera de susurro, para mi fue espectacular, no sé si fue la adrenalina de estar en un lugar prohibido, o el haber estado con un chico al que le doblo la edad y sentir su deseo.

    Espero les guste para seguirles contando que ha pasado después de este encuentro.

  • Extraño a mi suegra (Parte 2)

    Extraño a mi suegra (Parte 2)

    Conduciendo nuevamente camino a mi casa para el segundo masaje prometido a mi suegra, me confiesa que mi suegro de manera ya no le gustaban algunas prácticas sexuales que ella había conocido por él, el único hombre de su vida. Tales como acabar en su boca, garganta profunda, en eso se me ocurre preguntar haciéndome el ingenuo que era garganta profunda, con pudor no accedió a decirme.

    Vestía una blusa que se quitó rápidamente dándome la espalda al igual que un gran sujetador que solo cubría hasta los pezones, pude ver de costado como una teta sobresalía voluptuosa, redonda ligeramente afectada por la brevedad, falda ancha y larga de suave tela

    Se acuesta boca abajo dejando la suave tela de su vestido entre sus glúteos. Me pongo mi pijama delante de ella mostrando mi verga ya a medio camino de ponerse dura.

    Puse mi cámara estratégicamente para registrar todo y no perderme nada de lo que pensaba sería la única vez, decidí hacerlo por la tentación de saborear su cuerpo que no se ve muy a menudo.

    Comienzo a hacer el masaje ya erecto y rápidamente le coloco la verga entre las nalgas y comienzo a presionar masturbándome en su culo. Me dice que la estoy excitando, luego de unos minutos me tiendo a un lado en un arranque de arrepentimiento. Ella estira su brazo y con su mano pequeña comienza a masturbarme, se incorpora, la saca de pijama y se la mente a la boca, la chupaba delicioso combinando besos y frotación con los labios fuera de su boca, subiendo y bajando.

    Le pedí garganta profunda, vi su boca abierta al máximo y meterse poco mas de la mitad de mi verga. Sentí su garganta oponiéndose, no puedo, decía, estaba fuera de práctica y que yo la tenía muy grande. De apoco fue insistiendo casi logrando completar, sentí su garganta cuando entró como si fuera perdiendo su virginidad.

    Le quité toda la ropa le subí las piernas, la puse de perrito, de costado, siempre cuidando el ángulo de la cámara. Con su voz jadeante me pide subirse, la dejo y experimento el gran placer de sus tetas golpeando mi cara de cada lado rítmicamente, maravilloso. Cabalgaba y sus grandes nalgas golpeaban y aplaudían mientras yo le daba de nalgadas.

    Un calor especial en las bolas me indica que se estaba corriendo. Le da pudor y me dice que secaría, le dije tranquila que era rico, a lo que replicó que a mi suegro no le gustaba. Acabe cuanto quiera es rico. Lo hizo al menos 6 o 7 veces montada.

    Me puse de pie en la cama, ella entendiendo bien lo hizo de rodillas y comenzó a chupar. Angulo inmejorable para la cámara.

    Le tome la cabeza hasta que la metí completa, su reacción fue de ahogo pero positiva besando la verga sacarla completa, así es que la metí nuevamente con varias insistencias y veo correr liquido entre sus piernas lo que intenta contener con su mano, genial pensé. Seguí metiéndole como fornicando su cara y ella seguía acabando, maravilloso. Le pedí abrir la boca y sacar la lengua, tirando fuertemente en su nariz y labios y llenando su lengua, velozmente la mete en su boca y succiona con placer hasta la última gota.

    Después del baño se viste, quiero que siga chupando, lo hace por unos minutos y me dice que vaya a dejarla por las sospechas y que después haríamos todo lo que yo quiera. Hasta ahí quedaron mis intenciones de ser la única vez. (100% real)

  • La profesora Melisa y su sombra

    La profesora Melisa y su sombra

    El fin del cuatrimestre estaba llegando a su fin. La profesora Melisa Gimeno estaba contenta de que su sufrimiento terminase al menos por unos meses. No es que no le gustara su trabajo, al contrario, amaba la docencia. Pero su otra mitad, esa otra Melisa, desde hacía años que no la dejaba vivir en paz.

    Eran incontables las pérdidas que había sufrido a causa de su otro yo: Trabajos, parejas, amigas… Cada vez que esa otra Melisa, esa sombra, tomaba el mando, dejaba un desastre a su paso. Pero tras algunos años de terapia y con la ayuda de algunos medicamentos, logró mantenerla en silencio durante casi un año. No obstante, el miedo a quedar encerrada en esa profundidad oscura, siendo sólo una espectadora de su propia vida, mientras esa otra tomaba el control, solo para hacer todo lo que ella jamás haría, la atormentaba día a día,

    Melisa llegó al aula muy acalorada. Como se trataba de una universidad pública, el presupuesto no alcanzaba para instalar equipos de aire acondicionado, por lo que en días tan bochornosos como ese, se veía obligada a usar ciertas prendas que no debían usarse en un salón de altos estudios como ese. En este caso usaba un vestido floreado suelto, por donde se filtraba una brisa que se levantaba cada tanto, y se colaba por entre las aberturas de su prenda para refrescar su cuerpo húmedo.

    En el aula había pocos alumnos, pues sólo asistieron quienes habían rendido el recuperatorio. Los demás ya habían aprobado la materia.

    Todavía le causaba cierta contrariedad pararse frente a la clase. El hecho de que muchos de ellos fueran incluso mayores que ella, la intimidaba. Apenas contaba con veinticinco años y había conseguido el puesto gracias a la ayuda de su severo padre, quien era el jefe de cátedra. Muchas veces se había dicho que jamás terminaría bajo las alas sobreprotectoras de su progenitor. Ahora que era adulta, no tenía por qué depender de él. Sin embargo, sus fracasos en trabajos anteriores la obligaron a tragarse el orgullo y aceptar el puesto de profesora asistente en la cátedra de sociología.

    —Buenas tardes, chicos —saludó. Al inclinarse para apoyar su carpeta en el escritorio, sus bustos se asomaron. Notó la mirada de algunos de los chicos, en especial la de Mateo, un rubiecito delgado de veinte años, quien desde hacía rato la miraba con cara de enamorado, aunque Melisa sospechaba que lo que sentía el muchacho no era precisamente amor—. Bueno, hoy vamos a estar sólo un rato. Les digo las notas y damos por finalizado este cuatrimestre.

    La profesora tomó el listado con las notas. Había aprobado a todos. Algunos no se lo merecían, pero no quería lidiar con exámenes finales, así que regaló un punto extra a más de uno. Además, no era que la materia sociología fuera esencial para futuros licenciados en economía como ellos. Los alumnos se mostraron sumamente contentos cuando supieron que se acababan de sacar de encima a esa materia tediosa.

    Mientras Melisa se quedaba haciendo algunas anotaciones, los chicos iban pasando a su lado y la saludaban. Sin embargo, tres de ellos se quedaron parados frente a ella.

    — Profe, nosotros vamos a ir a tomar unas cervezas para festejar ¿No quiere venir con nosotros?

    El que la había invitado era Carlos, un hombre de treinta años, uno de los mayores del curso. Detrás de él, expectantes, estaban Lautaro, un chico que se peinaba de manera rebuscada y usaba gel, con un cuerpo delgado que sin embargo era musculoso; y su gran admirador, Mateo, que esperaba la respuesta de la profesora con las mejillas sonrosadas.

    — Claro, vamos. Pero no vayamos a los bares que están frente a la universidad, llévenme a un lugar más alejado.

    Mientras se subía al auto de Carlos, quien llevaría a los cuatro, a Melisa la asaltó la duda. ¿Por qué dije que sí? Ciertamente durante un segundo se sintió empujada hacia un abismo infinito, y las palabras que había pronunciado las recordaba apenas como si se tratara de un sueño.

    Pensó que quizás era mejor disculparse y bajarse del auto. La otra Melisa acechaba desde muy cerca, y ella nunca pretendía nada bueno. Sin embargo, se dijo que su sombra estaba muy debilitada. Si realmente pudiese tomar el control como lo hacía antes, no lo hubiese hecho durante un tiempo tan corto. La medicina haría su efecto, como siempre. El hecho de haber perdido el control durante unos segundos, seguramente se debía a que se encontraba paranoica por ser el último día de clases. Estaba obsesionada con que todo saliera bien. Debía mantener la calma. Además, si actuaba de manera tan contradictoria y se arrepentía de ir con sus alumnos, corría el riesgo de que descubrieran que había algo raro en ella.

    Llegaron a un bar que quedaba a dos kilómetros de la universidad. Era un tugurio pequeño y oscuro. Melisa se sintió a gusto al no encontrarse con ningún conocido, pero no creía buena idea que sus tres alumnos pensaran que ella avalaba una reunión tan íntima con ellos.

    — Y cuánto les falta para recibirse… de qué piensan trabajar cuando lo hagan —inquirió Melisa, dejando en claro que los tres, incluso Carlos quien era mayor que ella, eran alumnos y ella su profesora. Les gustara o no, no había una relación de igualdad entre ellos, y eso debían entenderlo.

    Mientras Melisa escuchaba las respuestas de los alumnos, sintió como si una pastilla de clonazepam comenzara a hacer efecto en ella. Se sintió dormirse. Creyó que se desplomaría frente a ellos. Intentó decir algo, pero no pudo articular palabra, y los chicos no parecieron notar nada raro.

    Se despertó, agitada, escuchando una música movida. Creyó que estaría tirada en el suelo, o con la cabeza apoyada en la mesa, mientras los vasos de cerveza, volcados, derramaban el líquido en el piso. Sin embargo, se encontró bailando en medio del bar. Carlos la tomaba de la cintura, y su mano era tan grande que alcanzaba a rozarle el inicio de la nalga. Melisa se apartó de él.

    — Mejor volvamos a la mesa, me agarró sed.

    Así lo hicieron. Mateo parecía molesto por la situación. Probablemente se había puesto celoso, pensó Melisa. Lautaro, en cambio, la miraba con una sonrisa de admiración. ¿Había hecho algún movimiento sensual mientras estaba dormida?

    Decidió que debía salir de ahí cuanto antes. Si había algo peor que quedar de espectadora mientras esa otra Melisa hacía de las suyas, era quedarse dormida sin siquiera saber qué sucedía. Eso pasaba muy de vez en cuando, y la última vez que había sucedido, la otra Melisa le había dicho cosas tan horribles a su mejor amiga Karina, que ya no se volvieron a hablarse.

    Dejó pasar apenas unos minutos. Después de vaciar el vaso de cerveza les diría que gracias por invitarla, pero debía volver a casa. Cuando estuvo a punto de hacerlo, su mente se sumergió en una penumbra absoluta. Al volver en sí, se encontró con el vaso de nuevo lleno. Los tres chicos la observaban, prestando suma atención a lo que estaba diciendo.

    — ¿En qué me había quedado? —preguntó Melisa.

    — Nos estabas hablando de la noche de año nuevo —dijo Mateo, con su rostro ya no sonrosado, sino rojo.

    Melisa también enrojeció. La noche de año nuevo había sido una de las últimas veces en que había perdido el control de su cuerpo. El primero de enero había amanecido en una cama desconocida, con dos vecinos que habían intentado seducirla incontables veces cuando eran más jóvenes. Le había costado mucho convencerlos de que sólo fue una cosa del momento, y que el alcohol había hecho su parte. De ahí que había tomado la decisión de pedir ayuda profesional. ¿Hasta dónde les había contado? A juzgar por las miradas libidinosas, la historia había avanzado mucho. Aquella noche, la otra Melisa la había obligado a hacer cosas que nunca había hecho. El que lo hiciera con dos hombres, sólo era un detalle más. Al día siguiente le costó sentarse, pues su trasero estaba muy adolorido. Y tuvo que ducharse muchas veces hasta que dejó de sentir el olor a semen impregnado en su piel.

    —Creo que esto está haciendo más efecto del que imaginé —dijo Melisa, señalando la cerveza, con una sonrisa forzada—. Eso me pasa por no tomar casi nunca. Un vasito de birra y ya me hace efecto. Me van a disculpar caballeros, pero me voy a tener que retirar— agregó la profesora, ya convencida de que debía huir de ese lugar. El hecho de generar una escena extraña ya no importaba. Lo esencial era escapar antes de que la otra Melisa tomase el control nuevamente.

    — Bueno profe, la llevo —se apresuró a decir Carlos.

    — No hace falta…

    De nuevo la oscuridad. Pero ahora podía ver a la otra Melisa hablando con los chicos. Sentía su propia sonrisa traviesa en los labios, veía cómo Mateo la miraba embelesado y confundido, a la vez que Carlos le hablaba. Finalmente se metieron los cuatro en el auto. Cuando Melisa recuperó el control, se habían internado en la ruta. Al menos en verdad iban en dirección a su casa.

    Carlos manejaba. Por algún motivo los otros dos chicos, Mateo y Lautaro, iban detrás, junto a ella, uno a cada lado. Veinte minutos más y todo terminaría. ¿Cómo evitar que la otra se apodere de nuevo de su voluntad? Melisa nunca supo cómo hacerlo. La otra, la sombra, parecía poder imponerse cuando le apetecía. Tal vez el único motivo por el que no tomaba el control absoluto era porque tenía un tiempo limitado para hacer de las suyas. Quizás esa alma oscura se agotaba con facilidad.

    — Por favor, déjenme en mi casa, no quiero hacer ninguna estupidez —rogó Melisa. Pero enseguida se dio cuenta de que sus palabras no salieron de sus labios, sólo se quedaron en su cabeza.

    Sin darse cuenta, ya había perdido el control de nuevo. Podía escuchar el motor del auto y las bocinas de los otros vehículos; podía percibir el olor a cerveza y a perfume de sus alumnos; podía sentir el viento fresco soplando sobre su piel; pero no podía decir nada, y su cuerpo ya no le respondía. Sus piernas se descruzaron sin que ella lo haya querido hacer.

    Sintió cómo la otra Melisa giraba su rostro y miraba fijamente a Lautaro. Sus labios se acercaron a los del muchacho. Se unieron. La otra Melisa abrió la boca, y la verdadera Melisa sintió la lengua torpe con sabor a menta de su alumno, que masajeaba la suya.

    Mateo se había quedado petrificado viendo la escena, muerto de envidia.

    — ¿Te vas a quedar mirando o vas a hacer algo? — Le dijo la otra Melisa.

    Mateo la tomó de la cintura y la atrajo hacía él. Todo rastro del enamoramiento inmaduro que sentía hasta hacía algunos minutos había desaparecido, para dar paso a la lujuria exacerbada. Estrujó los pechos de la profesora, mientras besaba sus labios con pasión. Melisa sentía cómo, contra su voluntad, sus pechos se hinchaban. Enseguida sintió también la mano de Lautaro metiéndose entre sus piernas. El chico masajeó la vulva por encima de la ropa íntima, mientras el otro ahora le corría la hombrera del vestido y hacía lo propio con el corpiño para empezar a chuparle los pezones. Carlos observaba con deleite desde el espejo retrovisor.

    La otra Melisa no decía nada, y no era mucho lo que debía hacer, sólo dejaba que los chicos hicieran lo que quisieran con el cuerpo de la verdadera Melisa. Lautaro no tardó en correr la bombacha a un lado para meter un dedo en su sexo, el cual encontró increíblemente mojado.

    A la derecha se abría un extenso terreno descampado. Carlos giró y se internó en la oscuridad de ese campo de pasto alto. Melisa, resignada, se dio cuenta de que en cuestión de minutos seria violada por esos tres hombres. Un miedo la asaltó ¿Y si en la universidad se enteraban lo que estaba sucediendo? Si se tratara de un solo alumno, quizá podría contar con su discreción, pero siendo tres… Era imposible que eso quedara ahí. La otra Melisa por fin lograría arruinarla de nuevo. Sólo bastaba con que uno de los tres le contara a algún amigo lo que había pasado, y el chisme se desparramaría como un virus. ¿Y si le sacaban una foto o la grababan mientras estaba de espectadora? La otra Melisa aceptaría gustosa inmortalizar ese encuentro. Su padre jamás la perdonaría. El intachable profesor Gimeno, el sabio, la despreciaría hasta el fin de los tiempos de sólo enterarse de lo que estaba haciendo.

    El auto se detuvo a varios metros de la ruta. Mateo la había despojado del corpiño y Lautaro le sacó la ropa interior. Ahora solo contaba con su vestido. La otra Melisa extendió el cuerpo sobre el asiento trasero. En la oscuridad, sintió el delgado cuerpo de Lautaro acomodándose encima de ella. Abrió las piernas.

    — Por favor no me cojan — se escuchó decir. Pero no fue ella la que habló. Fue la otra Melisa, la sombra, que le hacía una de sus bromas pesadas. A esas alturas no había súplica que valga, y ella lo sabía. Era imposible refrenar a tres hombres ardientes, dos de ellos casi adolescentes con todas las hormonas alborotadas. Su pedido, contrario a su actitud, y más aún, opuesto al movimiento que hacía ahora, abriendo más las piernas, sólo servirían para enloquecer más a los chicos.

    En efecto, Lautaro hizo oídos sordos y la penetró. La otra Melisa gimió como gata en celo, y la verdadera Melisa sintió, desde su oscuridad infinita, el falo largo y tieso que se introducía en su sexo empapado.

    Mateo pareció indeciso, pero a la tercera penetración de su amigo, seguida de los desaforados gemidos, se decidió. Arrimó la verga a los labios de la profesora. Ella, impotente, sintió cómo su mandíbula se abría. El falo corto y grueso entró con timidez; el tronco se frotó con los labios, mientras se introducía lentamente. La lengua de la profesora comenzó a masajear el glande mientras el otro muchacho la penetraba, cada vez con mayor vehemencia. Sintió en su paladar la textura del prepucio. La piel estaba corrida hacia abajo y el glande aparecía totalmente desnudo. En su boca había abundante saliva, por lo que Melisa sintió cómo un hilo de baba caía patéticamente y se estrellaba en el asiento del auto. Mateo gimió debido a los hábiles masajes linguales que le propinaba la otra Melisa.

    — Tragala toda, puta —gruñó el chico, quien ya le había perdido todo el respeto a su preciada profesora.

    Hizo un movimiento pélvico y le metió el sexo por completo en la boca. Melisa sintió un cosquilleo en su mentón y su nariz cuando los abundantes vellos de su alumno hicieron contacto con su cara. También sintió los testículos del muchacho bambolearse mientras la follaba por la boca.

    De repente, un flash.

    El temor de Melisa se había hecho realidad. Carlos, quien se masturbaba en la penumbra, había sacado el celular y le había hecho una foto. La profesora saldría con su vestido corrido y arrugado, recostada sensualmente, mientras dos de sus alumnos la violaban sin darse cuenta.

    Sin embargo a su sombra no podía importarle menos el asunto. Seguía comiéndose a gusto la verga de Mateo, mientras sentía los músculos contraídos de Lautaro en su propio cuerpo. El muchacho comenzó a temblar y no tardó en eyacular sobre los muslos de su profesora. La otra Melisa agarró la bombacha que estaba tirada en el suelo, y con ella se limpió el semen del muchacho.

    Ahora se concentró en Mateo. Agarró el tronco del chico y comenzó a masajearlo frenéticamente. Cerró los ojos, al tiempo que su lengua se concentraba en la cabeza del pene. El líquido preseminal ya salía en abundancia. Mateo profirió un gemido ahogado. La tomó del cabello con violencia y escupió toda la lujuria acumulada en su cara. Fue una eyaculación abundante. El semen tibio se deslizaba por su rostro de piel clara. Melisa sintió cómo aquella viscosidad se metía en su boca, cuando la otra Melisa comenzó a rejuntar todo el semen de su rostro para beber hasta la última gota.

    Los muchachos bajaron del auto e intercambiaron lugares con Carlos. Era su turno. Melisa vio, impotente, cómo su sombra se ponía boca abajo. “¡Por ahí no!”, quiso gritar, pero la otra Melisa ya estaba flexionando las rodillas, ofreciendo el culo a su alumno.

    Carlos lo comprendió a la perfección. No podía esperar menos de una profesora tan guarra que no dudaba en acostarse con tres hombres, y para más escándalo, todos ellos alumnos suyos. Le dio un beso negro con el que saboreó la perfecta y delicada piel. La lengua se frotó con fruición en el anillo de carne que hace de antesala al ano. Lo llenó de saliva. Luego le metió un dedo.

    A Melisa no le dolió. De hecho se sorprendió por la facilidad con que le entraron dos falanges. Sin embargo el sexo de Carlos no se asemejaba a un dedo. Melisa sintió el glande arrimarse, y creyó imposible que eso se hiciera lugar para meterse adentro. Pero Carlos no tenía treinta años en vano. Sabía tener paciencia y cuidado. Empujó apenas. El sexo no entró ni un poco, Melisa apenas sintió su ano dilatarse. Empujó de nuevo, y de nuevo. Su sombra gimió, y Melisa sintió cómo unos milímetros de dureza profanaban su culo.

    Lautaro y Mateo, sentados en los asientos delanteros, habían prendido las linternas de sus celulares para no perderse detalle de la escena. Carlos agarró las nalgas de la profesora, y las estrujó con violencia mientras hacía cortos movimientos pélvicos, y su verga, lentamente, se introducía cada vez más.

    Melisa sintió como si estuviese defecando, sin embargo, si bien era una sensación un tanto dolorosa, le resultaba agradable.

    A esas alturas ya se había rendido. No tenía sentido luchar contra su sombra. Lo mejor era dejar que pase el momento. Sus alumnos harían con su cuerpo lo que quisieran, y su sombra no pondría reparos en ello.

    Melisa escuchaba la respiración agitada de Carlos, y los sonidos de la masturbación frenética de los otros dos.

    De repente la otra Melisa hizo una jugada que jamás había hecho. Devolvió el control de su cuerpo a Melisa. La profesora se encontró ahora con la vista clavada en la ruta, desde donde se veían autos que circulaban, sin imaginar la escena que sucedía dentro de ese vehículo. Carlos le daba sus últimas embestidas. Ella gimió, y esta vez no podía echarle la culpa a su sombra, eran gemidos que salían de sus labios y de su alma. La verga de su alumno escarbando en su trasero la excitaban sobremanera. Melisa comenzó a masturbarse, se masajeaba el clítoris mientras el hombre hacía un esfuerzo por no acabar.

    Finalmente llegó al orgasmo. Un éxtasis desquiciante atravesó su cuerpo como un rayo. La profesora explotó en un grito salvaje con el que exteriorizó el placer que sentía. Carlos todavía estaba adentro suyo, pero viendo que Melisa ya había acabado, se sintió libre. Retiró su verga con cuidado y eyaculó en las carnosas nalgas de la profesora.

    Ella recogió su corpiño y se lo puso. La bombacha, que estaba manchada de semen, la tiró por la ventanilla. Alguien la encontraría y se preguntaría qué historia había detrás de esa prenda blanca de algodón.

    Se acomodó el vestido. Estaba muy agitada.

    — Si les digo que nunca hice esto, quizás no me creerían —dijo.

    — No tenés que explicarnos nada —contestó Carlos, que se acomodaba frente al volante.

    Los otros chicos se sentaron a su lado nuevamente. Melisa se preguntaba si querrían más.

    — ¿Podés borrar la foto por favor?

    — Claro, solo la saqué por puro morbo —dijo Carlos.

    Le mostró cómo eliminaba la foto, pero Melisa sabía que podría estar guardada en la nube.

    Carlos arrancó el auto. Se hizo un silencio unánime. Mateo y Lautaro, ya creyéndose con total impunidad, la manosearon durante todo el trayecto. Sus manos no paraban de meterse por adentro de su vestido.

    Cuando llegaron a su casa, ya estaban al palo de nuevo.

    — ¿Nos invitás un café? —aventuró Mateo.

    — No puedo dejar que nadie me vea entrando con tres alumnos. Papá vive cerca y los vecinos son muy chismosos —dijo Melisa.

    — Entonces podemos ir a otra parte —dijo Lautaro,

    — Déjenme ir, por favor.

    Los chicos, quizás intuyendo el estado bipolar en el que se encontraba la profesora, le abrieron la puerta y la dejaron ir.

    Ella entró a su casa. Se dio una ducha y se acostó, sin poder dormir durante las siguientes horas. Su cabeza especulaba sobre las consecuencias de lo que la había obligado a hacer la otra Melisa. Extrañamente no podía odiarla, jamás pudo hacerlo. Era una criatura solitaria que necesitaba liberarse cada cierto tiempo, y parecía conformarse con eso; como un perro que vivía confinado en el patio trasero de una casa y se ponía contento cuando el dueño lo sacaba a pasear una vez por día.

    Por más que diera mil vueltas sobre el tema, la conclusión siempre era la misma: Era imposible que los tres guardasen el secreto. Alguno iba a abrir la boca. Además, todos conocían a muchos otros estudiantes de la universidad, de los cuales una buena cantidad serían alumnos suyos. ¿Cómo podría pararse frente a la clase sospechando que todos conocerían lo que sucedió esa noche? La profesora Melisa enfiestada con tres alumnos. Vaya imagen que dejaría en esa institución donde su padre tenía una reputación intachable. ¿Y cómo reaccionaría él al entrarse? De sólo pensarlo, le dio escalofríos.

    Vaya puta en la que me convertiste, le dijo a su sombra. No obstante el recuerdo de aquella orgía hizo que se llevara la mano a la entrepierna. ¿Era la otra Melisa la que había movido el brazo? Se preguntó. Pero sabía que no era así. Era ella misma, la profesora, la obediente, la recatada, la que ahora frotaba su clítoris, mientras su sexo manaba abundante fluido al recordar la increíble culeada que le había dado Carlos, y las manos ansiosas de los otros dos, que se metían por todos lados.

    Melisa gimió, y por una vez entendió a la otra Melisa. Entendió su desenfreno, su rabia, su lujuria. Entendió que la felicidad no se encontraba en la autorrepresión, sino en el instinto. Siempre se sintió atraída por la voz gruesa y la mirada potente de Carlos. Siempre se sintió tentada de complacer al mocoso de Mateo. Muchas veces se imaginó siendo poseída y dominada por muchos hombres. La sumisión sexual le liberaba el alma. Melisa se humedeció la mano con la lengua, sintiendo el sabor de sus propios fluidos. Llevó de nuevo la mano a su clítoris. Las piernas se contrajeron; los muslos apretaron la mano; la espalda se arqueó. Se sacudió sobre la cama cuando alcanzó el éxtasis, con un grito orgásmico que sonrojaría a la puta más experta.

    ……………………

    Pasaron cuatro días. Carlos le había enviado varios mensajes, pero no contestó ninguno. Si bien le resultaba tentador un nuevo encuentro, necesitaría de la espontaneidad de la otra Melisa para aceptarlo.

    Además, el miedo seguía acosándola. Estaba segura de que la única manera de convencer a los tres alumnos de que guardase el secreto, era sobornarlos con su propio cuerpo. Sin embargo, ella nunca lo haría por su cuenta.

    Se había levantado tarde, cerca del mediodía. Como eran vacaciones no debía madrugar. Vestía un diminuto short deportivo y una remera musculosa vieja, prendas que usaba de pijama.

    Se sorprendió al ver a su padre en la sala de estar. El miedo la atravesó como una corriente eléctrica. ¿Tan rápido había corrido el rumor? Ni si quiera había clases. ¿Tan resentido estaba Carlos por no responder sus mensajes, que ya había contado lo que sucedió?

    Sin embargo, si bien el rostro de su padre reflejaba un enorme disgusto, no se veía lo horrorizado que debería verse al saber que su hija se había entregado a tres alumnos.

    — ¿De verdad pensaste que no me iba a enterar? —le dijo el profesor Gimeno, jefe de cátedra y eminencia universitaria.

    El hombre estaba sentado, con las piernas muy separadas, como era su costumbre. Tenía algunos kilos de más y era enorme. Una barba candado y el par de ojos azules, lo hacían lo suficientemente atractivo como para poder seducir a mujeres más jóvenes. Aunque su fama de erudito también ayudaban.

    — ¿Qué pasó pa? —preguntó Melisa.

    El profesor Gimeno agarró una carpeta llena de papeles que estaba sobre la mesa ratona.

    — Benitez, siete; Aristimuño, siete; Russo, siete… —leyó su padre— Estos exámenes ni siquiera merecen un cuatro. ¿En qué carajos estabas pensando? —le recriminó. Cuando estaba con ella solía tomarse la libertad de despojarse de su lenguaje culto, y cuando se enojaba, no reparaba en usas palabras vulgares.

    — Papá, yo…

    — ¡Silencio! Vení acá. —le ordenó él.

    Melisa, temblorosa, fue a sentarse al lado de su padre. El profesor Gimeno acarició su cabello. En su gesto se mezclaban el amor y la decepción. Y había algo más. Algo aterrador que Melisa no se animó a definir.

    — Siempre terminás por decepcionarme.

    — No papá, yo…

    — Ahora voy a tener que castigarte. No me gusta hacerlo, pero es lo que hay que hacer con las nenas que se portan mal.

    — Pero papá, ya soy una mujer —Trató de defenderse ella, con la voz temblorosa.

    — Aprobando a todos sólo para no tener que trabajar en febrero… qué vergüenza —dijo el profesor Gimeno—. Y lo peor es que de verdad pensaste que te podías salir con la tuya.

    La agarró del brazo y la trajo hacia él.

    — Papá, me estás lastimando —susurró ella, confundida.

    Él hizo oídos sordos. Ahora apoyó su otra mano en la espalda de Melisa y empujó hacia adelante. Melisa cayó encima de su padre. Su cuerpo quedó sobre el regazo del profesor.

    De repente una fuerte nalgada azotó su glúteo.

    — ¿¡Qué hacés papá!?

    Por toda respuesta el profesor Gimeno le dio otra nalgada.

    — Vas a aprender a comportarte.

    La situación era una locura. ¿De verdad su papá había enloquecido y pensaba que aún era una niña? Por primera vez en su vida deseó que la otra Melisa ocupara su lugar. La situación era demasiado bizarra y vergonzosa. Melisa dedujo, horrorizada, que su mentalidad desequilibrada era hereditaria.

    Pero la cosa apenas había empezado. El profesor Gimeno bajó el short de Melisa, al mismo tiempo que su ropa interior. Su pomposo culo quedó completamente desnudo.

    — ¡Pero papá qué hacés! —exclamó. Pero no había pronunciado las palabras. Sus súplicas habían sido escuchadas. La otra Melisa, la sombra, había tomado su lugar, y ella observaba todo desde un espacio onírico.

    El padre azotó nuevamente sobre el culo desnudo. La otra Melisa, apática y silenciosa, recibía el castigo por ambas. Sin embargo Melisa también sentía el ardor en la nalga.

    El padre le dio otra nalgada, y otra, y otra. Melisa pudo ver cómo la monstruosa verga del profesor Gimeno se endurecía debajo del pantalón. Entonces el profesor, viendo que su hija estaba totalmente resignada a recibir el castigo que merecía, absolutamente inmóvil, con el rostro escondido, decidió aumentar el suplicio de la chica díscola.

    La agarró del cabello, obligándola a levantar la cabeza. Le metió un dedo en la boca y este se impregnó de la saliva de la chica. Acto seguido, apuntó el dedo al pequeño hueco oscuro y lo metió adentro.

    Melisa, desde las sombras, sintió el ardor de su ano al recibir el áspero dedo, que se metió casi por completo de un solo movimiento.

    Por fin empezaba a entender todo. La existencia de la otra Melisa no era casual. Horribles recuerdos reprimidos habían desencadenado la creación de su otro yo, esa sombra que hacía lo que ella no se animaba a hacer, y que ocupaba su lugar en los momentos más difíciles.

    Ahora podía ver todo desde una perspectiva más amplia. La otra Melisa no era su enemiga. Era quien la libraba de trabajos que detestaba, era quien la liberaba de la represión sexual que se autoimponía, era la que le sacaba de encima las malas amistades y los noviazgos tóxicos, era la que recibía los castigos y guardaba los malos recuerdos, sólo para ella.

    Su progenitor sacó el dedo del ano de la joven profesora, y se lo volvió a meter. Sus otros dedos, cerrados en un semipuño, chocaron con violencia contra la nalga.

    ¿Hacía cuánto que pasaba eso? Se preguntaba Melisa, mientras su padre seguía sometiendo a su sombra, quien largaba involuntarios gemidos. La otra Melisa había aparecido hacía ya siete años. Hubo épocas en que tomaba el control muy de seguido, y otras, como el último año, donde apenas aparecía. ¿Qué había pasado hacía siete años? Su mamá había muerto y se había visto obligada a vivir con su controlador padre. A sus dieciocho años Melisa ya era toda una señorita. Sus pechos, pequeños pero erguidos, su piel tersa y suave, sus nalgas pulposas y de una redondez perfecta. El profesor Gimeno se había encontrado no sólo con su hija, sino con una mujer.

    Melisa recordó todas las veces en que él le dijo que ella, su dulce niña, era incluso más bella que su madre cuando tenía su edad. “Sos su versión mejorada” le había dicho una vez. Un asco rabioso se apoderó de ella.

    Ahora el profesor Gimeno se despojaba de su ropa. De su gruesa verga venosa colgaban dos testículos inmensos, que explicaban por qué siempre se sentaba con las piernas exageradamente abiertas.

    Su sombra, esa que hacía unos días había tomado la iniciativa de acostarse con tres alumnos, ahora estaba inmóvil y sumisa, mientras su padre la agarraba de la cintura y la levantaba por el aire con una facilidad pasmosa.

    ¿Había un pacto entre ambas Melisas que ella, la verdadera, no recordaba? ¿Su sombra se hacía cargo de los sucesos más traumáticos y como recompensa se tomaba la libertad de vivir una vida llena de lujuria? ¿O simplemente, ante cualquier tipo de acto sexual, la verdadera Melisa era empujada a las tinieblas?

    El profesor tenía el cuerpo lleno de abundante vello negro. No solo el pecho y la pelvis. El brazo, las piernas, la espalda… todo en él estaba cubierto de un enmarañado vello. El cuerpo de Melisa, en cambio, era blanco, frágil, y pequeño. En cuanto a peso y a contextura física no era ni la mitad de lo que era su padre. Por lo que mientras él la sostenía en el aire, y apuntaba su apabullante miembro al orificio de la vagina de Melisa, parecía un gorila apunto de violar una gacela.

    Los brazos del profesor Gimeno Hicieron un movimiento hacia abajo, atrayendo el cuerpo de la chica hacia su sexo. Las piernas de ella estaban abiertas, sin oponer resistencia alguna. El falo se introdujo en ella, sin miramientos. Melisa sintió la verga de su propio padre hundirse en ella. Era demasiado grande para ella, pero su sexo húmedo se dilató con facilidad, disminuyendo considerablemente el dolor que debería sentir el sexo de una chica tan casta como pretendía ser Melisa.

    El hombre, la bestia, copuló con su hija, cogiéndosela de parado durante largos minutos. Cuando se agotó, la tiró sobre el sofá. Se arrodilló, y saboreó la concha de Melisa. Cuando la lengua se frotó con insistencia en el clítoris, el cuerpo de la chica no tuvo más opción que sentirse excitado. Su alma sentía repugnancia, pero un gemido se escapó de sus labios.

    Entonces Melisa se dio cuenta que ahora era ella la que estaba en el sofá, con la piernas abiertas, y el rostro de su papá hundido entre ellas. Pero no, no era ella sola, ahora estaban las dos, y eran una misma persona después de tantos años. Los recuerdos resucitaron todos juntos, y le dio una terrible jaqueca cuando atravesaron se cabeza a la vez.

    Ahora recordaba aquella primera irrupción nocturna. Su padre creyó que estaba dormida. Le corrió las sábanas a un costado, acarició su cuerpo y se masturbó frente a su cara. Ella no podía tolerar una verdad tan repulsiva, por lo que enterró ese recuerdo, y así nació la otra Melisa, la sombra.

    La segunda, vez, apenas unos días de esa primera violación, el profesor Gimeno no se había podido contener las ganas de hacer algo más que rozar la sueva piel de su hija y masturbarse a unos centímetros. Ahora el profesor, dominado por la lujuria más primitiva, en medio de la madruga, mientras Melisa dormía boca abajo, corrió la tanga de su hija a un costado y la penetró suavemente. Sin embargo, con tremendo instrumento era imposible no despertarla. Melisa, quien casualmente estaba inmersa en un sueño lujurioso, creyó continuar en ese mundo onírico mientras sentía la verga meterse en su cavidad empapada de fluidos. Recién cuando el hombre estuvo a punto de acabar se dio cuenta de la verdad. Sin embargo, ya no era ella, era su sombra la que comenzaba a entender todo. La otra Melisa no se dio vuelta a mirar cuando el profesor Gimeno comenzó a jadear mientras eyaculaba. Quedó boca abajo mientras su padre volvía a su cuarto.

    Al día siguiente Melisa no recordaba nada. El profesor Gimeno, al ver la actitud normal de su hija, se convenció de que aquellas noches eran una especie de tiempo sagrado, donde podía romper las barreras de la moral y las convenciones sociales. Sus encuentros se repitieron una y otra vez. El profesor Gimeno la visitaba, bajo el abrigo de la oscuridad, la poseía, volvía a su cama, al otro día todo era como si nada hubiese pasado, y a la noche volvía a violarla.

    Pero el profesor rompió la regla que él mismo se había inventado en su cabeza. No conforme con adueñarse de sus noches, ahora empezó a poseerla en otras circunstancias. Lo que más lo excitaba era verla llena de miedo.

    En una ocasión, cuando la despidieron de un trabajo de recepcionista en una concesionaria de autos, el profesor Gimeno hirvió de ira. Lo cierto era que la otra Melisa se había encargado de mandar a la mierda a su jefe, pues era un explotador y un acosador. Pero eso él no lo sabía. Había agarrado a Melisa del brazo y la había puesto contra la pared. “Ahora te voy a tener que castigar” le había dicho. La Melisa de veinte años llevaba una pollera de jean y una tanga blanca. Por lo que al profesor no le costó mucho trabajo meter su mano por debajo de la pollera y arrancarle la tanga de un tirón, para luego violarla a su gusto.

    Ahora Melisa, mientras sentía su sexo siendo devorado por la lengua del profesor, la cual parecía una enorme babosa que la llenaba de saliva, se preguntaba por qué su sombra jamás la había protegido de su padre. ¿Acaso él era su punto débil? Había una extraña fidelidad a ese ser siniestro. O tal vez era el miedo, a que la verdadera Melisa se viera obligada a asimilar la realidad y caer, esta vez enserio, en la completa locura.

    El profesor Gimeno se puso de pie. La agarró con violencia del cabello y atrajo a Melisa hacia su verga. Viéndola de cerca parecía aún más grande. La pelvis estaba cubierta por una abundante mata de vello, e incluso en la parte inferior del tronco había algún que otro pelo. Melisa se lo llevó a la boca. Sintió, en lo más profundo de su alma, cómo la otra Melisa lloraba. El doctor Gimeno retiró su miembro, y, para más humillación, empezó a usarlo para darle golpes en el rostro. Era una versión sexualizada de los azotes que recibían los esclavos antaño. Luego volvió a meter la verga en la boca de su hija.

    Entonces Melisa decidió que esa retorcida historia debía llegar a su fin. El profesor Gimeno metía su instrumento más y más adentro. Los testículos colgaban a centímetros del mentón de Melisa. Con una mano, agarró el tronco. El profesor Gimeno, extasiado, veía cómo por primera vez su hija tomaba una actitud activa en la relación.

    Entonces Melisa extendió su otra mano. Usó las yemas de los dedos para acariciar con ternura las bolas peludas. El profesor se estremeció de placer. Luego Melisa cubrió uno de los testículos con su mano. Era tan grande que sus pequeños dedos apenas alcanzaban a rodear tosa su circunferencia. El profesor Gimeno, embriagado de placer, no sospechaba lo que estaba a punto de suceder. Melisa cerró su mano, convirtiéndola casi en un puño. El enorme testículo se había hecho muy pequeño dentro de la mano. Lo sentía blanduzco. El profesor profirió un grito de animal herido, de animal torturado. Melisa temió que su enorme cuerpo cayera sobre ella, pero el académico se desplomó hacia un costado.

    Melisa corrió hacia la cocina, agarró el cuchillo más grande que encontró. Comprobó que el dolor en los testículos era tan terrible como solían decir. El profesor Gimeno aún estaba tirado con las manos entre las piernas. Ahora hacía un esfuerzo descomunal por ponerse de pie, sin poder lograrlo. Parecía un oso que había pisado una trampa en el bosque.

    Melisa se acercó a él. El miedo, la confusión, y la rabia se mezclaron en un gesto repulsivo.

    Melisa, de repente, vio todo rojo. Todo a su alrededor no era más que un gran manto escarlata. En medio de esa ceguera oyó gritos, súplicas, insultos. Sintió cómo, por primera vez, era ella quien penetraba a su padre, una y otra vez. La mano le dolía, y todo su cuerpo temblaba. Luego se desmayó.

    ……………

    Se despertó sintiéndose aún con sueño. Lo que tenía de bueno de estar en ese lugar era que podía dormir cuanto quisiera, o casi. El medicamento que le daban últimamente era muy potente, y la dejaban atontada la mayor parte del día. Estaba bien el hecho de pensar lo justo y necesario, pero a veces quisiera estar lúcida.

    Buscó debajo de su colchón. Ahí estaban las cartas que les enviaban Mateo y Carlos. Las del primero solían ser escuetas, pero cargadas de sentimientos. Las de Carlos, siempre recordando aquel encuentro en el auto, y fantaseando con nuevas experiencias. Todas le servían para sobrellevar de la mejor manera posible su confinamiento. No tenía mucho más que eso. Sus madre había muerto hacía mucho; su padre había sufrido la justicia divina en sus propias manos; sus amigas eran pocas y sus lazos muy débiles. Su última pareja la había traicionado con la que en ese momento era su mejor amiga, Karina, otro recuerdo que había sido sellado por la otra Melisa. Ahora todo le cerraba. Ahora, con sus tortuosos recuerdos, encerrada entre esas cuatro paredes, estaba convencida de que se encontraba mejor que antes, con la verdad oculta en su interior como si fuese un cáncer. Ya no necesitaba a la otra Melisa, porque ahora eran una sola. Su sombra ya no necesitaba esconderse. Quizás algún día, podrían ser libres de nuevo.

    Fin