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  • Soy la hembra de mi médico

    Soy la hembra de mi médico

    Me fascina tener sexo con hombres maduros.  Me inicié a los 18 con uno de 50 y desde entonces no he parado. Tengo 21, soy homosexual pasivo-sumiso y muy afeminado, delgadito con un culo respingón y que al igual que mi boca, traga todo cuanto le claven. Desde hace diez días me estoy tirando a un médico de 65 que es todo un semental y lo mejor de todo, me culea a pelo y se viene dentro.

    Aunque soy un chico de lo más normal, se me nota la pluma y mis amaneramientos a la hora de expresarme, voz de nena, gestos de nena y en la cama, una rica nenaza siempre dispuesta y ofrecida. Como digo, he tenido relaciones sexuales con varios hombres, todos ellos de cincuenta para arriba con rabos exquisitos que me obligan a entornar los ojos cuando me la meten. Siempre llevo insertado el plug anal, lo que suele ser para ellos una grata y morbosa sorpresa al momento de ofrecerles mi culito en sacrificio.

    Obviamente nadie conoce de mis aventuras aunque es muy evidente mi condición. El caso es que Jairo, mi actual amante además de mi médico en la Seguridad Social, es muy buen amigo de mi familia. Siempre lo vi como macho y en más de una ocasión, estando en casa fantaseaba con él al punto de encerrarme en el baño para masturbarme pensando en cómo me dejaría coger y todo lo que me dejaría hacer.

    No soy muy asiduo de los hospitales pero esta vez tuve que ir por un esguince que sufrí al caerme. Y ahí estaba Jairo, diciendo mi nombre con esa autoridad irresistible y que me obliga a transpirar hormonas de perra. Al entrar a su consulta me puse toda sensual y me di un sentón para que el plug me estimulara las fibras de maricona en celo. Jairo me preguntó por todos y luego de ver mi historial me preguntó por el esguince. Era en el tobillo. Llevaba un vaquero pitillo y me ordenó quitármelo para ver la zona afectada. Dudé pero me puse en pie y me desnudé haciendo alarde de mi bello culito, pues se lo dejé todo a la vista. Jairo se puso en pie y de reojo noté cómo se recomponía la verga. Mi «clítoris» también dio un respingo y dejé en claro que el celo estaba latente. Me recosté en la camilla y el médico me hizo echarme boca abajo. Mientras me masajeaba el tobillo, mi otro pie le rozó el bulto de su entrepierna y pude notar su dureza. Jairo -lo había conseguido- estaba cachondo y seguro que atendió al corazón del plug en mi ano.

    Como si tal cosa, levanté el culo y fue cuando sus manos me agarraron las cachas en rollo morboso. Al girar mi cabeza, Jairo tenía la verga enorme fuera y su cara era un poema de deseo. Lo vi tan macho y necesitado que pese al ligero dolor del tobillo, di un salto para caer de rodillas ante tan majestuoso aparato reproductor. Jairo tiene dos hijos, uno de ellos muy guapo. Fue hermoso saberme humillada y apreté su capullo entre mis labios para darle lengua y acabar mamando todo el rabo. El hombre resopló al tragarme su longitud y ver cómo la hacía desaparecer hasta mi garganta. Soy de mamada femenina, me fascina echar toda la saliva fuera y lo hice hasta que me babeé entera y empapé su verga desde los huevos. Mientras se la chupaba, Jairo acabó por quitarse la ropa y me ayudó a ponerme en pie. Me quité el slip, me eché de espaldas en la camilla, me abrí de piernas y le mostré el plug. Bajó su cabeza, la metió y con sus dientes retiró el plug. Lo siguiente fue brutal.

    Cuando se levantó me apretó fuerte y sentí el viril instrumento traspasar mi anillo dilatado. Dio un empujón y me la clavó hasta los cojones. Mordí la sábana de la camilla para no gritar. Soy de mucho grito y gemido al hacerme el culo pero estábamos donde estábamos y me aguanté las ganas. Jairo estaba fuera de sí. Sus embestidas me dolían mucho. Y no sé por qué, de pronto me lanzó un escupitajo en toda la boca y una bofetada atróz en la mejilla para decirme de todo, menos guapa. Sus improperios me excitaron y para hacerlo cabrear aún más, relamí su saliva de mis labios y me la tragué. El juego de amarre tardó un buen rato y me acomodó ahora a cuatro patas en el suelo para darme por detrás. Yo estaba mojadita y el estímulo dio paso a que mi clítoris echara toda la leche que tenía acumulada en mis huevos. Jairo me hizo morder el polvo pero fue el preámbulo de una preñada inolvidable. Con susurros de putita le supliqué que me diera su leche. Y lo hizo en lo más profundo de mi ser con una pasión desbordada. Mi organismo absorbió todo su esperma y entre jadeos y gemidos de hembra contraje mi ojete para exprimirlo bien. Al salir de mí, inmediatamente me clavé el plug para que no haya fuga. Jairo sudaba a mares y de rodillas acabé por limpiarle bien la verga con mi boca.

    Mi duda era ahora qué iba a suceder con él, con nosotros. Jairo me despejó de todo al decirme que no quería que aquello quedase en un polvo. Quería seguir viéndome y darme duro, pero ya no ahí. Me dio unas llaves y una dirección en un papel. Eso sí, me aclaró que todo debía ser secreto, que nadie debía enterarse de lo nuestro.

    Antes de despedirnos me morreó rico y yo le pedí que me diese su saliva. Me la dio y yo la bebí encantada. Le dije que esa noche iba a dormir con su semen dentro y le encantó la idea. Me esperaría al día siguiente en aquella dirección. Ahora fui yo quien le comió a besos y toda perra ya para abrir la puerta, me giré y le dije que desde ese instante pasaba a ser mi marido oficial…

    CONTINUARÁ…

  • Tu, yo y la cafetería

    Tu, yo y la cafetería

    Es una tarde fría, típica de invierno, algo de nieve por la calle, amenaza de lluvia y has quedado con una amiga para tomaros un café, llevabas un buen rato esperando en la cafetería y a esas alturas ya estabas algo aburrida.

    Me ves entrar por la puerta, me siento en la mesa enfrente de ti, me pido un café y te observo sin reparos.

    Suena tu móvil, es tu amiga que te avisaba que viene algo atrasada, llegara dentro de una hora más o menos. Piensas en irte y volver luego, pero luego me miras, ves como te observo, y decides que quedarte a esperarla, puede no estar tan mal después de todo.

    Te pides una bebida, te quitas el abrigo que aun llevabas puesto, ver mis ojos clavados en ti te ha dado mucho calor.

    Llevas una falda corta, medias con liguero y una blusa blanca, delgada que trasluce la forma tu sujetador, también blanco, y tus lindos pechos.

    Desde mi mesa la vista no puede ser mejor, alcanzo a ver dónde las medias ya no cubren el muslo, y si mueves las piernas un poco, separándolas, podría ver parte de tu pequeño tanga blanco que ya estaba empezando a humedecerse de la calentura que te ha dado sólo ver que te miro.

    Te traen tu bebida y te pones a jugar con la pajilla en la boca, lentamente te acaricias los labios con ella, tomas un poco de bebida, luego pasas tu lengua por lo punta… Sabes también como calentarme a mí.

    Cuando estaba por levantarme para ir a hablarte, tú te levantas, dejando el abrigo en la mesa y caminas lentamente hacia un pasillo del local, iba a volver a sentarme, pero decidí seguirte, aunque no se aun el porqué.

    Llegas a la puerta del baño, la abres y miras hacia dentro, no ves a nadie, entonces te das media vuelta, tomas mi mano y me arrastras dentro contigo, cierras la puerta con pestillo y me besas.

    Abrí la boca para decir algo, pero no quieres presentaciones, no quieres saber quién soy, solo quieres que te poseas, aquí y ahora. Así que me haces callar poniendo un dedo sobre mis labios mientras te arrodillas para abrir mis pantalones.

    Te tomo de los brazos y te levanto, te doy vuelta de cara a la pared y en un solo movimiento bajo tu tanga y te levanto la falda, acaricio lentamente tus nalgas y te doy un par de palmadas suaves, no sabes lo que me excitan las palmadas en tus nalgas, luego empujo tu cabeza hacia adelante y te penetro desde atrás, meto una de mis manos debajo de tu blusa buscando tus pechos y tú solo puedes gemir de placer. Te encanta ser penetrada desde atrás, me da a mí todo el control de la situación. Mis movimientos son suaves y acompasados, al principio, lentos y luego cada vez más rápidos, tienes que morderte los labios para no gritar de placer. Te tiemblan las piernas y casi no puedes mantenerte de pie de lo bien que se siente, mis manos en tus caderas dirigen el movimiento y cuando siento que ya no puedes, que te vas a caer al suelo de tanto placer, entierro mi miembro totalmente dentro de ti y tenemos un tremendo orgasmo los dos.

    Luego te doy un beso y entras a uno de los váteres a limpiarte, quito el pestillo de la puerta y vuelvo a mi mesa, tú vuelves a la tuya unos minutos después y te encuentras con tu amiga, ya sentada y empezáis a conversar.

    Acabasteis las bebidas y decidisteis ir de compras, pero antes de irte dejas sobre mi mesa en una servilleta con tu nombre y tu teléfono. ¿Esperas que te llame?

    Espero que os haya gustado este mini relato. Os recuerdo que las valoraciones y los comentarios son gratis. Jejeje.

  • Lesbiadas

    Lesbiadas

    Sus lenguas se enroscaron como dos carnosas, rosadas y húmedas serpientes, moviéndose y chupándose con frenesí,  hasta enlazarse de manera que casi vulneraba las leyes físicas.  Al tiempo, sus cabezas basculaban de un lado a otro, buscándose, besándose, lamiéndose y penetrando sus bocas hasta casi atragantarse, cuando las juguetonas puntas rozaron las campanillas. Sus cuerpos, jóvenes, tiernos y plenos de una incontenible energía, se movían al ritmo de la pasión ejecutando una sexual danza entre las arrugadas sábanas. Sus tersas pieles, tensas como la superficie de un tambor que apenas contuviera el magma que bullía en el interior de sus cuerpos, brillaban por el reflejo del sol que se filtraba entre las gastadas cortinas, simulando una constelación de minúsculas gemas adheridas a sus anatomías apetitosas.

    Su ropa se desperdigaba por la habitación: una braga, un tanga, dos sujetadores, medias, calcetines, unos desgastados tejanos, una minifalda… prendas entremezcladas con caótica desidia sobre la alfombra, la mesita de noche barnizada en color caoba y la atestada silla de madera –en la que aguardaban más prendas listas para la plancha, un pequeño y brillante bolso de fiesta, otro más grande para ir a clase, una carpeta y algunos libros– situada en una esquina de la pared contraria a la de la puerta desde la que yo espiaba, agazapado, la excitante ceremonia amatoria de Estíbaliz y Araceli.

    Acurrucado y en silencio, me había apostado en el pasillo, al abrigo de la oscuridad –las sombras reinaban en él a menos que encendieras la solitaria y amarillenta bombilla del techo–, delante de la estrecha abertura de la puerta entreabierta, mal pintada y peor barnizada. No habían cerrado por completo la habitación, como hacían en cada ocasión que follaban, convencidas de que yo estaría en la facultad toda la mañana. Creían disfrutar del piso para ellas solas. Y con eso contaba yo.

    Una vez acabó la clase de primera hora, “Estadística Aplicada” –por dios, qué modorra–, me salté la siguiente soltando una excusa a los colegas e hice tiempo en el bar que hay a un par de manzanas del piso, tomando un café y un pincho de tortilla; estaba excitado como cuando de niño aguardaba para ir al cine o para montar en las barracas que montaban junto a la playa en verano. Calculé la hora a la que mis compañeras de piso se despertarían, ya a media mañana –ambas tenían, aquel curso, las clases por la tarde–, se desperezarían y desayunarían, antes de comenzar con las sesiones de sexo matinal a las que se dedicaban cada día hasta la hora de comer –lo había comprobado en alguna ocasión en que me había quedado en el piso para estudiar: no había forma de concentrarse; si quería trabajar en serio, más me valía largarme a la biblioteca o seguro que no aprobaría aquel curso ni una asignatura.

    En fin, cuando supuse llegado el momento abandoné el bar y me dirigí al edificio donde teníamos alquilado el apartamento, en una de las transversales que cruzaban la antigua ladera frente al campus, atestada de filas de bloques de pisos, todos iguales y cada uno más feo que el siguiente. Una vez subí las escaleras –me abstuve de coger el ascensor pese a vivir en el cuarto, para que no me delatara el ruido–, abrí con todo el sigilo posible la puerta, atento a los sonidos del interior y con una excusa preparada por si Araceli y Estíbaliz aún no estaban metidas en el cuarto y dedicadas a sus placenteros ejercicios mañaneros.

    Era aquel el típico piso de alquiler para estudiantes, parte de un envejecido inmueble construido en pleno desarrollismo, allá por los sesenta o setenta, al que el paso del tiempo había evidenciado todos sus defectos constructivos –mala orientación, desafortunada distribución, frío invernal y calor estival, humedades, muros sin ninguna insonorización–; y, por supuesto, estéticos: puro feísmo. Además, en el piso, dedicado durante años, quizás décadas, a ser alquilado a estudiantes durante el curso académico, sus propietarios no se habían molestado mucho –por no decir nada– en adecentarlo, como delataba su mobiliario, tan antiguo como el propio bloque, e igual de antiestético.

    Cuando oí sus voces, risitas y suspiros, certificando que ambas se hallaban en la habitación de Estíbaliz –era la que tenía la cama más grande–, recorrí el pasillo en silencio, moviéndome como si caminara por un terreno infestado de minas –lo que hizo sentirme algo ridículo– y me aproximé a la puerta para descubrir que acababan de comenzar a enrollarse. Acerté calculando el tiempo. Ahora, sus respectivas manos recorrían sus cuerpos, acariciando con delicada ansiedad aquellas preciosas orografías en movimiento. Un paisaje de interminables curvas, blandas y jugosas, de concavidades y convexidades fusionadas hasta aparentar un solo ente de vibrante sexualidad, en el que no resultaba fácil distinguir dónde comenzaba un cuerpo y acababa el otro.

    Sus dedos, finos y largos los de Estíbaliz, regordetes y de cuidada manicura los de Araceli, recorrían los meandros que formaban hombros, brazos y clavículas, pezones, senos y abdómenes, caderas, muslos y pubis. Lentas y cadenciosas, las manos de una y de la otra descendían la ladera de sus montes de venus, realizando un corto rodeo acariciando ingles, muslos y glúteos, para desembocar en los coños abiertos, mojados y palpitantes. Y todo ello sin separar sus labios, besándose, chupándose y succionándose en un beso interminable, como si quisieran devorarse entre sí: introducirse cada una dentro de la boca de la otra.

    Con la habilidad ganada –sin duda– mediante la práctica tanto de la autoexploración sexual –de numerosas pajas, vaya– como del placer compartido –sus numerosos polvos, entiéndase–, se abrieron la una a la otra sus respectivas vulvas, apartando los henchidos labios mayores para disfrutar –¡oh, maravilla!– de la gloria de sus hendiduras, carnosas y apetecibles. Una a la otra se estimularon los pequeños y erectos botones de sus clítoris, entre gemidos, jadeos y suspiros.

    Mi polla, dura y palpitante, se apretaba punzando el rígido tejido de la bragueta de los tejanos, mientras un tibio sudor mojaba mi frente, adhiriendo los mechones del flequillo a la piel; lo notaba gotear a lo largo de mi espina dorsal hasta el coxis e introducírseme por la raja del culo. Sentía una incontenible necesidad de liberar mi verga de su prisión de tela, abrir la puerta de un golpe, masturbarme compulsivamente delante de ellas y correrme hasta que la última gota de mi leche embadurnara la piel de aquellas dos golfas que me hacían enloquecer a diario; demostrarles el volcánico instinto que lograban desatar en mi interior.

    Pero lo único que hice fue continuar fisgoneando como un patético pervertido el lúbrico espectáculo que escenificaban ante mis ojos.

    Tras largos minutos acariciándose, pellizcándose y sobándose pezones, labios mayores y menores, clítoris y anos, ambas se tumbaron sobre la cama, de lado, cada una con el rostro frente al pubis de la otra, dispuestas a devorarse las entrepiernas. Entre risitas, aproximaron cada una su boca al coño de la otra para juntar labios con labios, besándose, lamiéndose, chupándose y mordiéndose con pasión. Aunque pareciera increíble, mi polla aún logró endurecerse más, hasta el extremo de que la bullente sangre que bombeaba dentro de sus venas y capilares pareciera a punto de hacerla reventar y expandirse como un geiser.

    Estaba ya a un paso de sucumbir a la irrefrenable pulsión que me dominaba y aliviar la presión de la caldera que ardía incandescente dentro de mis testículos, cuando ocurrió. Quizá escuchó mi respiración al otro lado de la puerta; o puede que intuyera algo, un presentimiento, la sensación de sentirse observada, una señal de alarma que atrajera su atención hacia donde yo me encontraba apostado. No lo sé. El caso es que Estíbaliz, con su boca aún hundida en el coño de Araceli y la piel de su cara brillante por la mezcla de saliva y jugos vaginales de su amante, alzó la mirada hacia la abertura de la puerta. El corazón me dio un vuelco, todo mi cuerpo se tensó y el ardoroso frenesí que me recorría venas, músculos y tendones se tornó de súbito en un frío helador. De cien a cero grados en menos de un segundo.

    Como un relámpago, por mi cabeza cruzó la escena que ante ella yo representaría en ese momento: mi rostro desencajado emergiendo entre las sombras del pasillo, enmarcado en el entreabierto vano, con un incandescente brillo en mis dilatadas pupilas que bien podría confundirse con el oscuro destello de una mente perturbada, la de algún tipo de sátiro vicioso o psicopático.

    Nos sostuvimos la mirada un instante que me pareció una eternidad, durante la cual la flecha del tiempo se había detenido en pleno vuelo. Lo perturbador fue que Estíbaliz pareció no alterarse en absoluto –en contraste con mi acelerado corazón, al borde del pánico–, persistiendo con fruición en su cunnilingus mientras continuaba sosteniéndome la mirada, como si de alguna forma me ofrendara aquella excitante representación.

    Después bajó la mirada y siguió concentrada en su maniobra bucal, como si nada hubiese ocurrido. Su gesto había sido tan indescifrable para mi joven y enfebrecida mente, y en tan inusual situación se había comportado con tal naturalidad, sin sobresaltos ni muestra de sorpresa alguna, extrañeza o enfado, que llegué a dudar de que en realidad me hubiese visto apostado tras la puerta. Quizá estaba tan concentrada en su sesión amatoria que no se había percatado de mi presencia.

    Pero no. Me engañaba: el cruce de miradas había sido real y el leve destello de reconocimiento en sus pupilas también. Por mucho que me aferrara a la tonta esperanza, no había duda de que había sido descubierto como un vulgar voyeur. Me di cuenta de que en cuestión de un segundo mi excitación se había disipado, mi libido se había derrumbado como una precaria torre de naipes y la inflexible erección que saturaba mi entrepierna había cedido ante una vergonzosa flacidez. Azorado y tras unos instantes de parálisis, mientras escuchaba continuar la danza de cuerpos temblorosos y anhelantes dentro de la habitación, cual lejano espejismo, me aparté de la puerta y recorrí el pasillo en una especie de estado de shock, hasta desembocar en la cocina.

    Mi cabeza giraba como un carrusel saturado de preguntas y temores. ¿De verdad Estíbaliz me había visto? ¿Por qué no había reaccionado, entonces? ¿Y qué haría una vez la pasión se disipara y tuviera ocasión para reflexionar? ¿Y yo? ¿Qué podría decirle? ¿Cómo explicárselo? ¿Y qué ocurriría después? ¿Cómo continuar compartiendo piso? ¿Debería abandonarlo con el rabo entre las piernas –nunca mejor dicho–, arrastrando el estigma de vulgar mirón? ¡Dios, demasiadas preguntas para una mente postpuber enfebrecida por el sexo!

    Respiré hondo para tratar de calmarme, observando a través de la ventana. Desde luego no eran las mejores vistas: la cocina daba al patio interior del edificio, largo, oscuro y poco más ancho que un tubo de chimenea que entre todos habíamos convertido en un vertedero alternativo; su fondo siempre estaba lleno de restos de comida, peladuras, pieles de plátano y prendas desparejadas –caídas de los tendales y que nunca parecían tener dueño–. La proximidad de las numerosas viviendas que en él se apiñaban –casi se podía tocar con la mano el alfeizar de enfrente– convertía el angosto espacio en una auténtica “radio patio”, ideal para un jugoso marujeo.

    Sumergido en las turbulentas aguas de mis pensamientos oí pasos haciendo crujir el suelo del pasillo. Una punzada de pánico me asaltó: una de las chicas había abandonado la habitación y venía hacia la cocina.

    Basculé entre la parálisis y la hiperactividad, intentando deducir cuál era la mejor estrategia: que me encontrara parado en medio de la cocina con un evidente gesto de culpabilidad en el rostro o atareado en cualquier actividad que me permitiera disimular mi azoramiento y justificar mi presencia en la casa. Me decidí por aproximarme a la cafetera y servirme una taza de los restos del viscoso líquido negruzco que ni siquiera calenté. Cuando la oí entrar simulé que me afanaba por rasgar el plástico de un sobao. Me di la vuelta con la taza en la mano procurando aparentar naturalidad, mientras mi corazón se empeñaba en trotar desbocado.

    Desde el vano me observaba Estíbaliz, apoyado su hombro en el marco y una sonrisa irónica en los labios. Con la melena castaña revuelta, solo llevaba puestas unas bragas color lila que se adherían como un tatuaje a la suave curva de su pubis, delineando la forma de los labios de su vagina, y una camiseta de tirantes que descubría un plano abdomen y el brillo del piercing que lucía su perfecto ombligo. Dentro de la tela, sus pechos basculaban libres de sujetador, permitiendo intuir la forma de sus pezones, aún erectos. En los pies lucía unos altos y alegres calcetines de franjas rojas y negras.

    –Ah, hola –acerté a decir intentando sostener su mirada.

    –Hola, compañero –me contestó manteniendo su sonrisa ladeada.

    Cruzó los brazos sobre su pecho, lo que provocó que sus senos se apretaran uno contra el otro, dibujando un largo y deseable canalillo en el escote.

    –¿No tenías clase hoy?

    –¿Eh? –di un trago al desagradable y frío líquido– Ah, sí. Pero Estadística es un coñazo –improvisé con escaso talento–. Me estaba agobiando, así que me he largado y he vuelto para… desayunar algo.

    Cuanto más hablaba menos creíble me resultaba a mí mismo, y más idiota me sentía. Apenas lograba sostener la mirada de Estíbaliz, pero el brillo de sus ojos sugería que estaba divirtiéndose con mi azoramiento. Además, según soltaba mi balbuceante discurso ella comenzó a aproximarse, despacio, lo cual agravó mi nerviosismo; al tiempo que yo, de manera casi inconsciente, retrocedía al mismo ritmo, hasta que el borde de la encimera contra mis riñones me detuvo.

    Su cuerpo, semidesnudo, quedó a escasos milímetros del mío, casi rozándome, con su mirada clavada en la mía. Yo le sacaba una cabeza larga de altura, pero su palpitante sexualidad femenina dominaba de tal manera la estancia que me sentí pequeño, ridículo, menguante.

    –¿Te ha gustado?

    –¿Cómo? ¿Qué?

    –Lo que has visto antes, en la habitación, mientras nos espiabas. ¿Te ha gustado?

    –¡Ah! Eh. Oh…

    Woody Allen no habría mejorado la colección de tontos balbuceos y tartamudeos que emití. La evidencia de sentirme descubierto, la crudeza y la naturalidad con la que Estíbaliz me lanzó la pregunta, sin atisbo de recriminación, censura u ofensa, el tono concupiscente de su voz y la erótica corporeidad de su anatomía –que yo deseaba desde que la conocí–, todo ello me paralizó. Al tiempo que no podía dejar de disfrutar de la creciente, casi física sensualidad que nos envolvía dentro de aquella avejentada y poco acogedora cocina. Las imágenes, aún frescas, de Estíbaliz follando con Araceli regresaron efervescentes a mi cabeza y un fuerte cosquilleo recorrió mi entrepierna; hube de poner toda mi voluntad para impedir una nueva erección.

    Entonces, con toda naturalidad, pegó su cara a la mía y me besó. Yo, desconcertado, tardé unos instantes en reaccionar, mientras su lengua exploraba el interior de mi boca. Casi necesité pellizcarme para asegurarme de que aquello era real, de que mis deseos no habían logrado apoderarse de mi razón, viviendo aquel espejismo como una realidad virtual muy corpórea: la dulce humedad de sus labios, el delicioso culebreo de su lengua, el calor que desprendía su suave piel…

    Reaccioné al fin, depositando la taza y el intacto sobao sobre la encimera, para poner mis manos sobre su espalda y comenzar, tímidamente, como si aún aguardara una reacción negativa por parte de Estíbaliz, a acariciarla. Ella, respondiendo de una manera mucho más decidida, deslizó las suyas por todo mi cuerpo, abrumándome con sus caricias y despertándome de mi estupor. Recorrí todas sus curvas, ascendí las elevaciones de sus pechos, acaricié las jugosas redondeces de sus glúteos apenas cubiertos para la escasa braguita y palpé su monte de venus sintiendo el rizado vello a través de la tela. Todo ello sin dejar de besarnos con una pasión creciente. ¿De verdad me estaba ocurriendo aquello a mí?

    Como si quisiera disipar mis dudas, Estíbaliz buscó el botón de mi tejano para soltarlo y bajar la cremallera de la bragueta. Su mano derecha se sumergió en el interior de mis boxers y se aferró a mi polla, de nuevo erecta; la extrajo de los pantalones y comenzó a acariciarla, con ritmo creciente, hasta convertir sus movimientos en una masturbación. Desde luego, aquello se sentía muy real.

    Oh, sí, años de práctica me han llevado a perfeccionar mi técnica onanística. Después de todo, ¿quién te conoce mejor que tú mismo? Nadie te hará una paja mejor que tú, pero… Más allá de la técnica, la habilidad, el talento y la práctica, el hecho de que te masturbe una mano ajena, una mano preciosa de una excitante mujer como Estíbaliz; el vértigo de que tu polla se halle a merced de una voluntad ajena, la incertidumbre de sus intenciones, sus deseos, el milagroso hecho de que esa tía esté dispuesta, deseosa incluso, y excitada con la idea de agarrarte la picha, de acariciarla, estrujarla y masajearla hasta lograr que te corras entre sus dedos; ¡ah!, eso le aporta un excitante matiz de calidad que uno mismo no puede lograr.

    Así que, al pajeármela, cuanto más deslizaba la piel del prepucio sobre el capullo, atrás y adelante, cadenciosamente, cuanto más sentía la palma de sus manos y la piel de sus dedos recorriéndome el fuste, henchido y palpitante, más adhería yo mis labios a los suyos, con más fruición lamía el interior de su boca, más enroscaba mi lengua en la suya. Mis manos recorrían frenéticas todo su cuerpo, casi frustradas por no poder abarcar cada recodo, curva y meandro de su anatomía. Me recreé de nuevo con sus nalgas, descubiertas por la tela de la braguita que se había enroscado introduciéndose en la raja, levanté la goma de la prenda e introduje mis dedos debajo, siguiendo la suave y trémula curva del glúteo para sumergirme en el valle y buscar el carnoso anillo del ano. Jugueteé con él, lo acaricié para que se abriera e introduje la yema de mi dedo corazón. Ella respondió besándome con pasión renovada y acelerando su masaje sobre mi polla.

    Yo guie mi otra mano alrededor de su cadera para alcanzar el pubis. Enredé mis dedos entre sus rizos y los introduje en el pliegue de sus ingles, antes de sumergirme en la tierna y palpitante sima de su vagina. Acaricié sus labios mayores, los abrí, recorrí los menores y busqué la capucha del clítoris. Utilizando el abundante jugo que segregaba aquella blanda sima, lo lubriqué para estimular el pequeño botón enraizado en una infinidad de terminaciones nerviosas que vibraban a mi contacto como las tensas cuerdas de una guitarra. Ella gimió complacida, premiándome con los movimientos de su mano alrededor de mi verga, avanzando y retrocediendo el prepucio, siguiendo con sus yemas el altorrelieve de mis venas, la tensa piel del frenillo y las estrías el hinchado glande.

    El semen bullía en mis testículos, deseoso de desbordarse y emerger de la polla como un geiser. Todo mi ser era ya un volcán, magma incandescente a punto de entrar en erupción. Me encontraba a escasos segundos de alcanzar el clímax, de correrme en la mano de Estíbaliz y liberar así el semen dolorosamente acumulado en mis huevos desde que, esta mañana, comenzara a fantasear con mi sesión de voyerismo sin sospechar ni por un momento que culminaría de esta manera. Entonces, un instante antes de la explosión, la inesperada interrupción de una voz detuvo la mano de Estíbaliz y paralizó las mías. Y por segunda vez en aquella mañana, la curva ascendente de mi libido se vio cortada en seco para desplomarse como la gráfica de beneficios de la bolsa un viernes negro.

    –¿Se puede saber qué coño estáis haciendo?

    Miré hacia la puerta de la cocina para encontrarme con la casi desnuda figura de Araceli, quieta y erguida bajo el dintel, con sus largas piernas algo separadas, ambos brazos en jarras sobre sus caderas y gesto fiscalizador en el rostro. La única prenda que vestía era un apretado culote color celeste, que permitía admirar su cuerpo estilizado y atlético, moldeado por el deporte que practicaba a diario en el equipo de voleibol de la universidad. Una anatomía de caderas estrechas, hombros anchos y tetas pequeñas pero erguidas, firmes como piedras que desafiaran la fuerza de la gravedad y culminadas por dos pezones de oscura aureola. Los rasgos de su rostro, hermosos, adquirían sin embargo cierto punto andrógino por el gesto de seriedad, un punto desafiante, que casi siempre los dominaba; enmarcados por una corta melena teñida en su parte inferior por un rojo radiante.

    Todo mi cuerpo se tensó –salvo mi polla, que hizo lo contrario–, aguardando la reacción de Araceli, la cual, lo admito, siempre me había acojonado un poco por su actitud de destroyer y esa mirada cortante como acero que de vez en cuando lanzaba contra el mundo. Más aún imaginando el cuadro que conformábamos ante sus ojos, con mi polla morcillona en la mano de su novia y la mía metida dentro de sus bragas, mientras con la otra le sobaba las tetas. No vi la manera de encajar una excusa del tipo: “esto no es lo que parece”.

    Para mi sorpresa, Estíbaliz no se había alterado lo más mínimo; al contrario, la notaba relajada, casi sonriente, como una niña a la que hubieran sorprendido cometiendo una pequeña travesura sin trascendencia. Por un instante, incluso, creí que se iba a limitar a saludar a su compañera y continuar pajeándome con esa naturalidad suya con la que afrontaba cualquier situación.

    Por el contario, se apartó de mí y caminó hacia Araceli con su particular y sensual sinuosidad, sonriendo al serio rictus de su amante.

    –Te he preguntado qué estáis haciendo.

    –Oh, vamos, cariño, no te pongas así. Solo estábamos jugando.

    –¡Que no me ponga así! –su enfado me hizo dar un respingo– Me dejas sola en la cama diciéndome que tienes que ir al baño, me levanto para ver por qué tardas, te pillo aquí montándotelo con nuestro compañero de piso –lo pronunció casi como un insulto– y todavía tienes el valor de decirme que no me ponga así.

    –Araceli, yo… –balbuceé de nuevo en busca de una excusa.

    No me dejó continuar, callándome con una mirada afilada como una hoja de afeitar.

    Estíbaliz elevó la mano y la posó sobre su mejilla; Araceli hizo ademán de apartar el rostro, pero permitió que le acariciara la piel. Obviando el gesto adusto de su amante, Estíbaliz aproximó su boca y la besó, mientras sus manos se deslizaban por el cuello, los hombros, la cintura y las caderas, para ascender de nuevo a través del abdomen hasta alcanzar los senos. La persistente actitud de disgusto de Araceli quedó desmentida por la evidente erección de sus pezones, los cuales no había sido capaces de resistirse a la habilidad de los dedos de Estíbaliz.

    –Vamos, tontita –le dijo–, sabes que tú eres la única que me gusta. Solo estábamos jugando.

    Araceli respondió haciendo mohines, pero distendió su cuerpo, permitiendo que la mano de Estíbaliz acariciara su pubis hasta posarse sobre el coño, cubierto por la ligera tela del culote. Entonces, Araceli la rodeó con sus largos brazos y se fundieron en un cálido abrazo. Ajenas a mi presencia, se fundieron en una marejada de caricias, sobeteos, besos y mordiscos. La mano de una se metió dentro de la braga de la otra, y viceversa, pajeándose mutuamente, mientras con sus manos libres se magreaban las tetas y se pellizcaban los pezones, entre gemidos y ronroneos. ¡Podría afirmar que cocinaban ante mí un espectacular bollo!

    Gracias a ello, en un instante volví a ponerme como una moto. Mi polla, que aún colgaba fuera de mis pantalones, se puso ipso facto dura y erecta –ventajas de la erupción hormonal a flor de piel de la postadolescencia–, igual que una barra de carne y sangre ansiosa por hallar un orificio donde refugiarse. En aquel momento me habría resultado indiferente que un incendio se hubiese propagado por toda la cocina; ni me habría percatado. Solo tenía ojos para ellas; y oídos; y piel; y sexo… Ansiosas, desbocadas, insaciables, se follaban la una a la otra como si no hubiera un mañana; como si fuera su último y descomunal polvo.

    Tal era la naturalidad y el desparpajo con que se magreaban, ajenas en apariencia a mi ansiosa presencia –esta vez sin necesidad de apostarme tras una puerta entreabierta–, que por un instante imaginé, fabulé, deseé que su desprejuicio fuera, ¡oh dioses!, una invitación a que participara de aquella demostración de libido desatada.

    ¡Al fin!, gritaba una voz en el interior de mi cabeza, ¡un trío! El deseo, el sueño que me había ilusionado y, al tiempo, devorado desde que Estíbaliz y Araceli me aceptaran como compañero de piso. ¿Y quién no lo hubiera hecho? Cuántas veces, tanto en las ocasiones en que las había espiado como en las que solo podía imaginar lo que hacían a puerta cerrada, en cuántas ocasiones había soñado despierto con la idea de que me invitaran a participar en sus interminables maratones sexuales. Evocaba como sus miradas y sus delicadas manos, volátiles como pequeñas y coquetas aves, me atraían hacia ellas como hicieran las sirenas con Ulises, aunque yo no tenían intención alguna, llegado el momento, de atarme a ningún mástil para “salvarme” de ser devorado por ellas.

    Fantaseaba con que me acogían entre sus brazos y permitían que mi temblorosa y emocionada piel rozara con las suyas, cálidas y vibrantes. Mis manos, tímidas y aún dubitativas, se deslizaban por el arco de sus espaldas siguiendo el surco de sus columnas vertebrales hasta desembocar en la profunda hendidura que formaban sus firmes y jugosas nalgas. Exploraba su cálido interior, un estrecho y húmedo valle hasta alcanzar sus granulados anillos, para introducir en ellos las yemas de mis dedos y estimular los estrechos orificios, arrancando de ambas gemidos similares a maullidos de gatas en celo.

    Al tiempo, las manos de ellas se alternaban entre las familiares caricias sobre sus cuerpos íntimamente conocidos en múltiples sesiones amatorias, en sucesivas e interminables folladas, y la exploración de mi paisaje anatómico, novedoso, desconocido para ellas. Recorrían mi torso, mis hombros, mi espalda; se deslizaban sobre mi abdomen, mi rizado pubis, mis estrechos glúteos –tensos como rocas por la excitación–; confluían en mi polla, dura y feliz por la promesa de la catarata de sensaciones y placeres que desencadenarían los jóvenes pero experimentados cuerpos de ambas chicas: con sus curvas, recovecos y orificios, con los dedos de sus manos, de sus pies, con sus labios, sus lenguas, sus dientes… Habría de realizar un sobrehumano esfuerzo de concentración para contener un explosivo e involuntario orgasmo cuando una y la otra se alternaran para pajearme sin piedad.

    A continuación, cual dos sumisas sacerdotisas postrándose ante una lúbrica deidad para presentar sus exvotos, ambas se arrodillaban ante mí.

    Estíbaliz sujetaba mi polla por el fuste, cerrando sus dedos alrededor de mis testículos, para introducirse hábilmente el miembro en su boca, rodeándome de una indescriptible sensación de cálida humedad, como si mi verga hallara al fin su destino ineludible, el anhelado hogar del que no querría salir jamás. Mientras sus labios se deslizaban como un anillo de jugosa carne a lo largo del cipote, Araceli, a mi espalda, posaba sus manos en mis nalgas y las abría con firmeza. Su dedo índice, humedecido por su propia saliva, comenzaba a estimular mi ano, hasta que, alcanzada una dilatación adecuada, se insertaba en mi interior en busca del bulto de mi próstata. La combinación de sensaciones, con la boca de Estíbaliz acariciándome con su saliva mi polla y el largo, delgado y juguetón dedo de Araceli explorando mi esfínter, hacían que me sintiera lo más cerca del cielo que nunca, probablemente, estaría nunca.

    El placer creciente, expansivo y magnético invadía todo mi interior hasta desbordar mi escasa fuerza de voluntad, rendida ante la concupiscencia de aquellas dos diosas del sexo, provocándome una convulsa eyaculación dentro de la boca de Estíbaliz. Oleadas de ondas sísmicas recorrían mi columna cerebral hasta inundar mi extasiado cerebro. Por un instante –equivalente a una fugaz eternidad– creía morir, arrastrado hacia un gozoso éter que estimulaba una infinidad de pulsiones en todas y cada una de mis terminaciones nerviosas.

    Después, una vez culminado el mejor orgasmo de mi –entonces– corta vida, las acompañaba hasta su habitación, la cual, en las últimas semanas, se había convertido en mi particular e inalcanzable nirvana; me tumbaba entre sus desnudos y húmedos cuerpos sobre las revueltas sábanas empapadas con el olor de ambas: una mezcla de sudor, fluidos corporales y delicados perfumes. Allí, durante horas, nos dedicábamos a satisfacer todos nuestros deseos, nuestros caprichos, nuestros más recónditos anhelos…

    Una maravillosa perspectiva, ¿verdad? Imaginaos la escena: los tres formando un bocadillo, un emparedado de carne conmigo entre aquellas deseables anatomías. Estíbaliz se tumbaba de espaldas sobre el colchón para que yo me colocara sobre ella. Abría los muslos para ofrecerme su coño dilatado, empapado y cálido. Yo me pegaba a su pubis, le sujetaba las caderas con ambas manos y, muy despacio, la penetraba, sintiendo como su jugosa cueva acogía mi fuste, hasta que sus labios rozaban mis velludos testículos. Entonces, Araceli cerraba el bocadillo, pegando sus tetas a mis omoplatos y su pubis a mis glúteos, para acompasar el movimiento de sus caderas a mis dulces embestidas contra el coño de su amante.

    Sus manos se deslizaban entre nuestros cuerpos, alternando sus caricias entre mis pectorales y las tetas de Estíbaliz, entre la rugosidad de mis huevos y el sedoso pubis de ella. Después, cuando nuestra follada crecía en ritmo e intensidad, Araceli introducía sus manos entre mis nalgas, exploraba mi ano y masajeaba mis testículos. Con su propia saliva lubricaba mi esfínter, facilitando la penetración con su dedo corazón. A horcajadas sobre mis cuartos traseros, me sodomizaba con su dedo, con la mano cerrada apoyada sobre su propio pubis mientras empujaba con las caderas, como si literalmente me estuviera follando por detrás.

    La estimulación de mi próstata desencadenaba un explosivo orgasmo: un abundante chorro de semen expulsado como un géiser inundaba la vagina de Estíbaliz, al tiempo que mis desbocadas embestidas provocaba el propio orgasmo de ella, ahogando mi grave gemido de placer con su desatado grito. A mi espalda, extasiada por el espectáculo y sin dejar de follar mi culo con su dedo, Araceli se frotaba su empapado coño hasta correrse con un suave y profundo murmullo de satisfacción.

    Agotados nuestros estertores y tumbados sobre las sábanas empapadas, continuábamos nuestra sesión, más relajados, con una sucesión de besos y caricias. Una apacible llanura de placer tras la cual afrontaríamos una nueva escalada, en busca de nuevas cumbres de satisfacción.

    Sí, podría haber sido así. ¡Debería haber sido así! Pero, en vez de ello, Araceli y Estíbaliz, Estíbaliz y Araceli, ellas solas, enroscaron sus cuerpos una contra la otra, ajenas a mi presencia. Como si me hubiesen olvidado por completo. Empujándose, arrastrándose, lamiéndose y sobándose, arañándose y golpeándose, atravesaron a trompicones el pasillo, entre gemidos y risitas, entre palabras de amor y procacidades –“Te quiero; te amo; muérdeme; fóllame…” – hasta alcanzar al fin la habitación. Sin siquiera cerrar la puerta, como si yo fuera el intangible recuerdo de un lejano espectro, se tumbaron sobre la cama para continuar follándose sin descanso.

    Yo, alicaído, derrotado, pero aun sumamente excitado, torturado por los quejidos del sufrido colchón y los gemidos de placer de mis compañeras de piso, me refugié en el baño y me masturbé con una ansiedad casi desesperada, hasta que, a no mucho tardar, mis entrañas explotaron en una incontenible eyaculación que sembró de pastosos chorretones la blanca, mojada y no muy limpia loza del lavabo.

    Mientras aguardaba a que mi respiración se calmara y mi corazón decelerara sus desbocados latidos, observé las densas gotas de semen deslizándose en dirección a la placa metálica que rodeaba el hueco del desagüe, y no pude evitar tomármelo como una metáfora de hacia dónde avanzaba mi vida sentimental.

    ¡Coño! Al final tenía que darle la razón a mi madre: “tienes que buscarte una novia, hijo”.

  • Araceli, del dicho al hecho

    Araceli, del dicho al hecho

    Después de la maravillosa experiencia de que Araceli tomara el control de las situaciones y empezara a ser más libre y sin inhibiciones a mi lado, los mensajes crecían de intensidad, lógico ambos tenemos los videos y/o fotos que nos tomamos, las comentamos, las volvemos a ver yo le mando fotos o videos masturbándome o ella me manda fotos o videos, las cuales ambos disfrutamos sin dejar de lado los gustos individuales, situaciones personales y recuerdos que han ayudado a fortalecer la relación, claro también teníamos fricciones que llevaba días de resolver por alguna de las dos partes o por ambas.

    En ese proceso de crecimiento, yo le comentaba a ella mis fantasías y deseo, tal vez ella pensaba… este tipo ha visto muchas películas… o… que pretensioso o presumido… pero le he venido dejando claro lo que me gusta, lo que quiero y como lo quiero y después de la experiencia del beso negro y de irnos liberando, le solicité que orinara en mi boca.

    Que su reacción fue un silencio, una pausa, no sé si la tome desprevenida ya que tenía que procesar dicho requerimiento, pero fui insistente, no me decía “no”, pero tampoco era un “si”, yo le argumentaba que era muy sencillo que se sentara en mi cara justo en mi boca y listo, pero creo que la simpleza de la situación la desconcertaba más.

    Por fin llegó el momento de volvernos a encontrar un sábado en la mañana, fría, pero soleada, ella para variar se veía hermosa, esos ojos claros, su cabello rubio, su rostro delicado y agradable, con sus pantalones entallados que me encantan y más ir con ella en la calle, ver como la voltean a verle las nalgas, algo que me encanta presumirla.

    Llegamos el hotel que por ese momento habíamos decidido usar como base para nuestro amor, si Araceli aun entraba con nervios yo entro con ansiedad. Ella me pone muy ansioso, así que al cerrar la puerta me la devoro, amo desnudarla, irla viendo cada detalle de su piel, los lunares, dejar al aire sus tetas maravillosas, bajarle el pantalón, recostarla en la cama y pasar mi lengua sobre su conchita, su vello igual de rubio.

    Después ella me empezó a desnudar besándome el pecho, sentir sus manos tibios sobre mí, durante los días previos ella me había invitado a tomar o comer piña, ya que según el mito es que cambia el sabor del semen y quería probarlo de esa manera, algo que hice sin saber si funcionaria o no.

    Empezó a mamar mi verga con una pericia increíble, verla mamándome es maravilloso, me acomode para hacer el 69 y darnos place mutuamente es increíble, creo que todos coincidimos que uno debe de estar absolutamente concentrado ya que si bien tienes que estar enfocado en hacer bien tu parte para dar placer a tu pareja tienes que estar del mismo modo concentrado para sentir y canalizar el placer que estas recibiendo.

    El plus de hacer el 69 con ella es que aprieto más sus enormes nalgas y las abro, solo me hice un poco para atrás para admirar ese sexy lunar en su culo y sin advertencia, dejó salir un chorro caliente de orina sobre mi rostro.

    Lógico me tomó por sorpresa, en ese segundo de asimilar la situación pegué mi boca a su conchita, metí mi lengua y de algún modo trataba de decirle… ¡mas!… no sé si me entendía, pero dejó caer un chorro, el cual me tomé, aun así, volvía a “decir”… ¡más!… cada vez que le decía, apretaba sus nalgas a mi cara. Llegó un punto donde ya no hubo necesidad de “decir” nada, solo la apretaba a mí y dejaba caer esos chorros calientes, amargos, con carácter, tenía a pasar rápido el líquido para que no saliera de mi boca entonces el reto era interesante y más porque ella no dejaba de mamar mi verga, después de muchos chorros termino de vaciar su vejiga y yo, con orgullo, puedo decir que me tome hasta la última gota que emanó de su conchita.

    Después de eso ella ya me tenía en sus manos y estaba a mil, a lo cual la deje así en cuatro y le metí mi verga de un golpe dándole duro, en ese momento el frenesí ya me había superado, ella gemía, sabía perfectamente que cuando metía mi verga en este entra y sale, como apretarme lo cual he agradecido infinitamente, estaba lleno de ella y lo disfrutaba ampliamente, sentir el frio de mi cuerpo entre mi sudor y orina, termine eyaculando en su conchita.

    Ella se tendió en la cama y yo junto a ella abrazándola, dejando mi cabeza en su pecho, la bese la acaricie nos tapamos y le alcance a decir… gracias… mientras ella con los ojos entre cerrados me dijo… ¡eres un puerco!, no se quien está más loco aquí, si tú por lo que me dices o yo por hacerlo. Lo cual vino de la mano con una carcajada de mi parte

    Seguimos recostados, platicando, hicimos el amor un par de veces más y nos preparamos para salir, después de ahí hasta la fecha todo ha ido de subida, hemos ido añadiendo ciertas cosas y lugares que si siguen leyendo estas historias entenderán a que me refiero.

    Por cierto, no eyacule esa vez en su boca por lo que no sabremos si sabía a piña o no mi semen.

  • Sexo con olor y sabor a naranja

    Sexo con olor y sabor a naranja

    No recuerdo cómo llegamos a parar juntos en ese asiento de atrás de la camioneta, pero en aquella ocasión junto a la bella Yammi vivimos unos excitantes minutos de emoción y pasión. Veníamos del final de unas vacaciones que debido a un problema mecánico nos obligó a llegar a medianoche y no por la tarde como estaba planeado, pero debido a esa inconveniencia pasó esa inesperada aventura.

    Íbamos en lo que se conoce en inglés en un vehículo “Station Wagon” el cual tiene tres líneas de asientos, pero el asiento de atrás era de esos que se extienden o se doblan para usarlo para espacio de carga y este último asiento quedaba con vista hacia atrás. En frente iba la madre de Yammi y su hermano mayor, en el de en medio iba mi hermana con la otra hermana de Yami, la sensual Maggi quien era la compañera de estudios en la universidad de mi hermana. Maggi siempre procuró que mi hermana se empatara con su hermano, pero yo sabía de qué él no era de su tipo y era por eso ese viaje, con la finalidad de lograr ese empate, pero los que nos empatamos fue la preciosa Yammi conmigo.

    Yammi ya era una tanto mayor que yo, quizá rondaba los 20 años, pues creo estaba en su último año en la universidad. Aquel día llevaba puesto uno de esos pantalones deportivos de color blanco y sabía que vestía tanga, pues era obvio como se le marcaba. No éramos amigos, muy poco nos frecuentábamos, pero esa semana que compartimos junto a su familia toda una semana nos habíamos conocido un poco más, aunque no teníamos mucha confianza. Y debido a este inconveniente con el vehículo habíamos terminado juntos en el asiento de atrás. Por el frío, llevamos una cobija que compartíamos los dos. Al principio había cierta distancia entre los dos, pero conforme pasaron las horas de viaje, por el cansancio Yammi terminó recostada sobre mi hombro, al punto que en cierto momento nos acomodamos y su cabeza me quedó en el pecho. Hasta ese punto todo iba de lo más normal.

    Al principio pensé que Yammi dormía y cuando me tomó una de las manos y me la puso sobre su pecho, pensé que era algo inconsciente hasta que sentí que ella hizo lo mismo con la otra. Como mis manos no se miraban por la cobija, comencé con cierta desconfianza a frotarle sus pechos y ella no dijo nada. Con los minutos no solo lo hacía por sobre su blusa, se la había subido hasta tener contacto directamente con su piel. Comencé a sobarle los pezones, los cuales se tornaron erectos rápidamente. Se los halaba y sobaba. Ella comenzó a frotar una de mis rodillas con su mano. Poco a poco llegué con una de mis manos a invadir su pubis, el cual sabía estaba depilado pues días antes la había visto en la piscina en un bikini bastante diminuto. Solo me recordaba de esa vista, de unas nalgas redondas y puntiagudas que tiene esta preciosa mujer.

    Cuando llegué a su abertura, su conchita ya estaba mojada. Diría: Super mojada. Comencé lentamente a sobarle el clítoris y Yammi soltaba uno que otro suave gemido. Le metía mis dedos en su conchita y le sobaba el clítoris hasta que hizo una mueca de placer y se corrió intensamente tragándose los gemidos para no exponer lo que hacíamos. Me sequé los dedos en sus pantalones y podía sentir ese olor a su sexo y Yammi para camuflar ese olor había pelado una naranja que llevaba. Obviamente estaba muy excitado y el nivel de adrenalina era demasiado y pensé que solo se quedaría en eso. Nunca esperé que Yammi tomara posición y me bajó el cierre del pantalón, al cual le tuve que asistir para sacarme la verga que estaba muy erecta. Por debajo de la cobija solo sentía la mamada delicada de esta linda chica. Estaba tan excitado que en cinco minutos hizo que me corriera y le dejé ir mi descarga en su preciosa boca. A medida que lo expulsaba ella se lo tragaba y volví a sentir ese olor a sexo. Yammi volvió a exprimir las cascaras de naranja y se quitó ese olor y paladar de su boca comiendo naranja. Así con la verga mojada con la saliva de esta linda mujer me tuve que acomodar y abrochar de nuevo el pantalón. Ella me miraba seriamente sin decir palabra y por el resto del camino se recostó en mi hombro hasta que despertamos al llegar a casa.

    Días después estábamos cogiendo en un motel cerca de su casa, pues habíamos quedado picados de tener sexo. Siempre llegaba con sus diminutas tangas y comenzábamos con esa rutina del sexo oral, pasábamos al vaginal y concluíamos con un anal. Creo que fue Yammi la primera chica que no tuve que rogar para que me diera el culo, ella me lo ofreció con esa sensación de curiosidad y el cual gozaba haciendo. Siempre salíamos de esos moteles adoloridos de una larga faena en las que llegaban a los 7 u 8 polvos. Yammi creo que también fue la primera con la que jugaría con sus juguetes sexuales, la primera que se ponía sabores en la conchita y por alguna razón como una forma de fetichismo, le gustaba que le insertara hielo en su conchita y ano. A veces le insertaba una paleta y le gustaba verme chupar y comer la paleta. También, le gustaba mucho coger mientras tenía algún consolador en su ano. Era de esa manera como lograba los más extensos y satisfactorios orgasmos.

    Siempre pensé que esa experiencia en el vehículo y con toda su familia en él había pasado desapercibida, pero me equivocaba. Maggi un día en son de broma me lo dijo cuando llegó de visita a mi casa:

    -¿Siempre te ves con mi hermana?

    -¿De qué hablas? –le pregunté.

    -Tony, ¿a poco crees que no nos dimos cuenta tu hermana y yo de lo que ustedes hacían atrás en el coche? Ustedes si que tienen su valor par de picaros.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Primera etapa (8)

    Aventuras y desventuras húmedas: Primera etapa (8)

    Después de salir de la piscina y tumbarse un largo rato sin conversar, el astro rey comenzó a esconderse en el horizonte. Entraron cuando un viento frío se comenzó a levantar. Aprovecharon para refrescarse en la ducha y ponerse ropa de estar por casa logrando así mayor comodidad. Coincidieron al mismo tiempo en la cocina, sin decirse nada, como si sus mentes les hubieran mandado una señal para acudir. Se sentó cada uno en una silla y comenzaron a devorar la cena que Sol con tanto mimo les había dejado preparada. Tanto sol por la tarde les había dejado exhaustos.

    Sergio bajó con un pantalón corto y una camiseta de deporte, algo ligero la verdad, aunque Carmen conocedora de su casa, se había anticipado al clima y puso la calefacción para calentar la casa. Ya no había ninguna ventana abierta que ventilase las habitaciones, todas estaban cerradas, aislando a ambos, dentro de aquellos metros cuadrados.

    En la cena, el joven al ver que su tía bajaba con una vestimenta muy similar al día anterior, trató de contener sus impulsos primarios. No quería volver a observar el pequeño escote que tanto le gritaba para captar su atención o mejor dicho, no quería mirar por si era cazado. Ignoraba el motivo, pero veía a su tía más guapa a cada minuto, incluso más sexi… “Con cualquier ropa se ve espléndida. Si fuera con mi pijama como muchas veces hace mi madre… también lo estaría”.

    Al terminar, Carmen se acercó a la mesa del salón y con un mando encendió la televisión y con otro, prendió la chimenea que se encontraba a la izquierda de estos. No hubo ningún comentario, la noche estaba tornándose fría, bastante fría para ser verano. Más que por el calor, el fuego de la chimenea les servía como “lámpara” apagando todas las demás luces y quedándose solamente con el frío resplandor del televisor y el ardiente del fuego.

    A Sergio aquel sofá… aquel fuego… la poca luz… todo le evocaba escenas de películas para adultos. Toda la suma de aquellos factores le equivalía a una única cosa sexo… o eso se imaginaba el joven. “Tranquilízate, eso no va a pasar, tienes que masturbarte y punto, estás demasiado alterado” repetía casi como un mantra sentándose al lado de la mujer.

    —Mañana viene tu madre, ¿En serio no te importa quedarte un tiempo aquí solo? —dijo Carmen comenzado la charla.

    —Claro, no hay problema. Tía, tengo algo que pedirte. Me da vergüenza e igual te suena raro. —Carmen atendía a las palabras del joven esperando que esa petición fuera “extremadamente rara”— mientras este mi madre aquí y si ella se quiere ir antes… si sigues tu sola… —Sergio divagaba. No comprendía por qué le era tan difícil que sus palabras fluyeran era una petición normal. Sin embargo, en el fondo, sabía muy bien que era lo que le pasaba— me gustaría quedarme aquí pasando las vacaciones. Si no es mucha molestia, ya sabes, hasta que llegue el tío, luego me iría a la casa de la abuela.

    —Ya tardabas en elegir lo obvio —su voz no sonaba más fuerte que un susurro, similar a una confidencia— me vas a hacer muchísima compañía, mi vida. Bueno, —cogió un cojín lo colocó en las piernas de Sergio y reposó allí su cabeza con total tranquilidad. Tiró las zapatillas y se tumbó completamente en el sofá— he estado pensando, y quizá sea buena idea escribir, ¿de qué puede ir mi libro?, ¿De mi vida?

    —Puede ser, toda vida es única e interesante. —la cabeza de su tía apoyada en sus muslos le parecía irreal, era una postura inadecuada del todo.

    —No, me refiero solo a esta última parte… incluso quizá desde que nos montamos en el coche. Allí te cuento mi vida, luego nos divertimos, yo cambio de parecer y tú pasas días conmigo, haciéndome ver la realidad. Sería algo casi autobiográfico. En verdad, he dado un cambio sustancial en tan pocos días…

    —¿Y a partir de ahí? —preguntó el joven con ganas de saber.

    —Oye, no puedo ser la única que piensa aquí.

    —Pero si es tu libro, yo solo soy un lector, si te ayudo, tienes que ponerle mi nombre también.

    —¡Serás caradura! —Sergio no pudo evitar sonreír. El tono que usaba Carmen le encantaba, suave y pausado, acorde con el fuego que crepitaba en la chimenea— pues, veamos… podemos hacer que yo, pille a mi marido una conversación o algo. Que ojalá fuera verdad… y ¿tengo un romance con el jardinero?

    —Para nada, eso suena a tópico.

    —¿Un antiguo amigo? —movió las manos con rapidez— Quita, hasta a mí me suena mal… ¿El antiguo amor que encuentro en el pueblo?

    —Podría ser, pero no me encaja, es difícil.

    —Eres muy exigente chico, no te gusta lo “normal” ¿qué quieres algo visceral? ¿Un extraterrestre? ¿Metemos a E.T.? Nadie se lo esperaría es totalmente inesperado. Aunque no me veo besándole, parece una caca con patas.

    Al joven el comentario en cualquier momento le hubiera producido una severa carcajada que su tía hubiera copiado. Sin embargo no sucedió así, porque con la pregunta con la que se quedaron fue con la primera. Por un segundo, ambos se miraron fijamente sin parpadear, los ojos azules de la mujer centellearon por lo que había dicho, lo normal, algo visceral. ¿Qué podría ser lo anormal, lo inesperado? Y si… ¿El protagonista de esa futura novela fuera…? ¿Sergio?

    En menos de un segundo, Carmen elaboraba los puntos de una historia que la atrapaba en su mente. “Viene… me ayuda… me enamora y me… me… fo…”. No pudo terminar la frase, su mente no lo procesaba, es inconcebible… ¿O no?

    Sin embargo, ambos podrían decirlo al unísono, podrían gritar que el joven era el indicado para ese papel. Sergio deseaba que su tía simplemente moviera los labios, pues parece que en sus ojos leía lo que sus labios no permitían decir, rezando a todos los dioses que conoce espera escuchar algo. Pero no sucede.

    La sangre de ambos comenzó a bombear, el corazón latía con una fuerza desmedida haciendo que la sien de Carmen pareciera que fuera a reventar, lo bueno que puede disimularlo. En cambio para Sergio es más complicado, toda la sangre que tiene a disposición su cuerpo, estaba dirigiéndose a un único lugar. Toda su sangre corría tan rápido que sus venas parecían una carrera de fórmula uno, tratando de llegar primero a ese lugar tan sagrado que ahora reposa debajo de la cabeza de su tía.

    Lo inevitable sucedió y el miembro del muchacho se comenzó a desperezar. El exceso de sangre producido por una imaginación voraz, logro comenzar a hacerlo crecer y en un involuntario movimiento este se retorció buscando aumentar de tamaño. Carmen que giró su cabeza para ver la tele y no sentirse tentada de pensar nada malo… lo notó. Era algo imperceptible, un movimiento que de no estar tan centrada en el calor que la comenzaba a invadir, no se hubiera dado cuenta.

    Pensó que podía ser normal y que además… era su culpa. No lo había hecho con aquella intención, solo se colocó con la cabeza en los muslos de Sergio, porque lo solía hacer con su marido. Sin embargo, ahora ¿cómo levantarse?, ¿Y con qué escusa? Si además… ella está muy cómoda.

    No aguantaba lo caliente que estaba su cuerpo, su cara la notaba ardiendo y sentía que sus pómulos le podrían quemar las manos de tocarlos “¿Verá mi rostro con esta poca luz?”. Pero lo peor, no era la vergüenza. Lo peor para Carmen se encontraba debajo de la tela del pijama, justo en las braguitas nuevas que compró hace una semana. Un calor muy olvidado renació, recordando que no es más que el aviso de que algo mayor se avecina. Su entrepierna olvidada desde hace tiempo, la avisaba y la recordaba que estaba muy viva… comenzando a humedecerse.

    —Tenemos que pensarlo muy bien —dijo, aunque en su mente, lo que realmente estaba pensando en voz alta es la moralidad de lo que su sexo estaba tramando. Del libro, prácticamente se olvidó.

    —Me da que tú tienes más imaginación que yo, tienes más experiencia y eres la creadora del libro, darás con esa persona, estoy… seguro.

    Los dos se mantuvieron callados mirando la película que había comenzado sin que se dieran cuenta. Carmen con un calor que solo en su época de juventud recordaba estaba demasiado atorada como para atender a la televisión. Notaba a cada poco que el cojín se mecía muy lentamente, parecido a que alguien con un dedo lo moviera desde abajo, pero para nada era un dedo. No lo soportó, su cabeza iba a explotar. Se contuvo durante diez minutos con “aquello” martilleándole la cabeza, para al final comentar.

    —Creo que voy a ir a cama, el sol me ha matado. —lo más sensato.

    —También voy a subir, aunque me da pena ir a cama. Es el último día en el que estaremos solos, mañana me tendrás que compartir. —Sergio no sabía ni como se atrevió a decir aquello e incluso con la voz medio rota consiguió soltarlo sin trabarse.

    Una risa nerviosa salió de sus bocas. Los dos se levantaron del sofá y como pudo el joven evito que su erección fuera visible, aunque Carmen no trató de mirar, si hubiera querido la habría visto. Subieron por las escaleras y Sergio, como un caballero dejó pasar primero a su tía, aunque nada más lejos de la realidad. Mientras la mujer avanzaba no cesó ni un momento de admirar su cuerpo sin que ella le viera. Las dos nalgas de su tía que subían con un movimiento rítmico casi le hicieron perder el paso.

    Carmen fue la primera que se detuvo en la puerta de Sergio, dándose la vuelta y justo cuando su sobrino se paró a su lado. Esta le propinó un rápido beso en la mejilla para despedirle con un seco hasta mañana. Se sentía un adolescente con el chico de instituto acompañándola a casa.

    Su sobrino que todavía no había atravesó el umbral de la puerta, la seguía con mirada. Pensaba en hacerla una señal, decirla algo o simplemente gritarle que entre al cuarto y rompan esa tensión que les rodea. Pero su cabeza por una vez fue sensata (increíblemente) “eso no está bien” se dijo decepcionado por no tener el valor suficiente.

    Al final del pasillo, Carmen giró la cabeza al llegar a su destino, viendo a su sobrino al fondo. Se detuvo un momento pensando en que al final sucedería, que romperían el velo de la moralidad. Sergio vendría corriendo por el corto pasillo y desataría su fuego allí mismo. Era lo que ambos deseaban, o por lo menos lo que su intuición femenina le decía y esa, no fallaba nunca.

    Sin embargo, antes de darse cuenta su muñeca giraba el pomo y sus pies entraban en su habitación como si el fuego la persiguiera. Su cuerpo había ganado contra su mente, evitando posibles desvaríos.

    Cerró la puerta con tanta rapidez como había entrado y colocó el pestillo, para después apoyar su espalda en la puerta con el corazón y la respiración agitada. No recordaba jamás haber estado así de caliente por nada, ni nadie, “¿las copas, el sol…? Sí, no hay duda, ha sido eso. Tiene que ser eso”.

    Al tiempo que seguía pensando, percibió que su mano había descendido hasta la goma del pijama, “¿Cuándo ha pasado esto?” ni lo supo, ni lo sabrá. Esta fluyó con vida propia sorteando la ropa a su paso, primero haciendo contacto con el bello corto que solía tener bien cuidado y más tarde, con una vulva hinchada y ardiente que… estaba “mojada”.

    Esa fue la palabra que le salió de su mente, pero no era la correcta. La adecuada para tal caso era calada, realmente calada… empapada en flujos. “Me tengo que cambiar las bragas” se dijo mientras sus dedos empezaban unos movimientos circulares, sorprendiéndose de que a pesar de la falta de práctica no habían perdido su toque.

    “Debería parar” pero su mano no la obedeció y seguía aún más rápido. En menos de treinta segundos había traspasado la barrera de no retorno. Aceleró sus ágiles dedos y con la otra mano, sabedora de lo que se avecina, se cubrió la boca tanto como pudo. La noche era cerrada y con la casa en silencio cualquier sonido es audible, no podía gritar.

    Sus ojos se tornaron blancos y su cabeza repentinamente tirada hacia atrás por un latigazo, chocó contra la pared haciendo un ruido seco. Su mano acalló cada uno de los gemidos que trataban huir de su boca, mientras la otra los generaba debido a un frenético movimiento en su clítoris.

    Sintió su calor, sus líquidos, el fuego ardiente de sus adentros sofocándose, al menos por el momento… el orgasmo fue terrible. Las piernas temblaron movidas por como en un terremoto. Le fallaron y su espalda se deslizó por la puerta de madera hasta que su trasero topó con el suelo. Tenía las piernas tan entumecidas que por dos minutos no se pudo levantar. “¿Qué ha sido esto?” se dijo casi sin recordar lo que era el verdadero placer.

    Alzándose con mucha dificultad, tuvo que parar un momento en el vestidor a cambiarse sin mucho acierto. El pantalón había quedado mojado y la braga mejor ni comentarlo. Cayó rendida en la cama con tal cansancio que no pudo hacer otra cosa que dormir. Aunque antes de que el sueño la atrapase, supo con absoluta certeza que el personaje de su libro, el exótico hombre que debía seducirla… era Sergio.

    CONTINUARÁ

    ————————–

    Por fin tenéis en mi perfil mi Twitter donde iré subiendo más información.

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Regalito de Navidad (Parte 2)

    Regalito de Navidad (Parte 2)

    —Muy feliz año nuevo Fer!! Tengo un regalito para vos! 

    Le escribe por mensaje Pinky, enviándole las fotos y el vídeo…

    El muchacho estaba celebrando con amigos el año nuevo. Entre copas y brindis, lee el mensaje y no puede creer lo que estaba viendo.

    Se queda paralizado al ver a esa mujer ofreciendo tremendo espectáculo. Sin hacer mucho espamento se retira a un cuarto separado de la celebración y comienza a ver las fotos. Cada imagen era lo que siempre se imaginó, una mujer fogosa, una hembra en celo mostrando todos sus atributos plasmados en fotos… No lo podía creer… Se da cuenta que ella le muestra la tanga rosa que le había regalado.

    Ve que uno de los archivos es un vídeo, lo abre y se queda extasiado. Pinky le estaba ofreciendo una paja tremenda.

    Enseguida comenzó a tener una erección, su frente sudaba de la situación. Rápidamente se va al baño, y reproduce el vídeo. El muchacho estaba a full. Su pija estaba durísima, podía sentir como latía de la calentura que esas imágenes le estaban poniendo. Desabrocha su pantalón, baja el cierre sacando su pene erecto, duro y con la punta mojada de la excitación. Comienza a hacerse una paja. Toma su pija por el tronco subiendo y bajando su mano una y otra vez. Fernando miraba como en el vídeo Pinky se metía los dedos en su concha y se frotaba el clítoris. El muchacho estaba excitadísimo. Como si estuviera junto a ella, se pajea sin parar, comienza a jadear de placer.

    —aaahhh. —Gime con la respiración entrecortada.

    En el vídeo se ve como Pinky le dedica su concha hermosa…

    —para vos Fer, para vos!! Espero que te guste!!! Ahhh ahhh ahhh!!

    —Cómo me hiciste calentar!! Ahhh ahhh ahhhhh! —Dice Pinky a cámara.

    Fernando no da más, desde su interior le viene las ganas de explotar. Su vientre se contrae y como si le viniera un shock eléctrico, explota y descargar un tremendo chorro de leche.

    —ahhhhh ahhhhh ahhhhh!!! —Gime y acaba.

    Apoyando su pija en el lavabo, los chorros de leche chocan contra la bacha. Mientras ve como Pinky termina acabando en el vídeo. El también acaba violentamente.

    Una explosión de placer, casi se podía decir que arrancaron el año juntos como deseaba el muchacho.

    No era personalmente, pero de alguna manera los dos pudieron disfrutar de un polvito de año nuevo.

    Un nuevo año comenzó, la vuelta a las actividades laborales también.

    En la mañana del primer día, Fernando después de haber visto y recibido semejante mensaje, se dirige al trabajo muy animado. Él quería ver a Pinky. Suponía que entre ellos estaba todo dicho y no había mucho más que decir. Por lo menos el histeriqueo entre ellos no existiría. El horario de la oficina era variado y Fernando entraba más temprano que Pinky.

    El ambiente en la oficina era animado. Las charlas iban y venían de cómo pasaron la celebración de año nuevo. Unos en familia y otros con amigos; se contaban cuánto habían comido, bebido y demás. Era todo un jolgorio y risas.

    Pinky estaba al llegar, el muchacho estaba ansioso. Se abre el ascensor y entra ella saludando a todos.

    Cómo era de esperar, Pinky estaba hermosamente vestida, era verano, se había puesto una remera pequeña ajustada al cuerpo de color rosa, con una inscripción en el pecho con lentejuelas doradas que decía Queen! La inscripción no pasaba desapercibida para nada. Sus buenos pechos hacían relucir el cartel como si fuera un letrero luminoso. De bajo traía puesto una mini falda de jean blanca.

    —Feliz año nuevo para todos!!! —Dice ella al llegar.

    —Felicidades Pinky!! —Contesta alguno.

    —apa!! Bienvenida a la reina!!! —Dice otro al ver la leyenda Queen!!

    —jajajaja —se ríe ella.

    —Feliz año Fer!!! —Dice ella. Mientras lo mira con ojos cómplice.

    El muchacho se acerca y la saluda con un beso en su mejilla, cuando se acerca para saludarla le susurra al oído…

    —Me encantó! —Dice Fernando.

    —Me imaginé que te gustaría, a mí también, pero mantengamos la distancia acá en el trabajo, no me gustaría que esto trascendiera y tengamos alguno de los dos o los dos problemas… —Dice ella.

    —Por supuesto, dice él.

    La mañana continuó sin sobresaltos. En la mente de Fernando tenía sensaciones de alegría y de triunfo por haber logrado su cometido. Al fin estaba más cerca de esa mujer madura que lo estaba volviendo loco de atracción.

    En un momento Pinky lo llama a Fernando para que arregle una planilla. El joven va junto a ella viendo los papeles que le estaba mostrando en el escritorio. Mientras ella le decía…

    —Estas cifras no está del todo bien, chequea este dato, etc. etc. etc. —Le hablaba ella sentada.

    Fernando no podía creer lo que en realidad le estaba mostrando…

    Desde su posición de sentada, ella había abierto las piernas, y al tener una minifalda de jean, se observaba perfectamente la ropa interior que tenía puesta. Y efectivamente era la tanga rosa que le había regalado.

    Para no levantar sospechas de sus compañeros le hablaba de los datos. Con la mano le mostraba un papel que ella había escrito.

    —»A la salida del trabajo nos encontramos en el bar el Timón…»

    Fernando esbozo una sonrisa, mirándola desde arriba asiente con la cabeza y vuelve a observar la bombacha rosa. El muchacho estaba excitadísimo, ansioso, deseaba sentir la piel de esa mujer, su perfume, su aroma, tocarla, acariciarla, disfrutar cada centímetro de su piel. Tenía unas ganas tremendas de probar su concha, juguetear con ella. Poseerla…

    Llegó en momento de la salida y como todos los días, Pinky se toma el transporte puesto por la empresa para el traslado de personal, que la llevaría hasta tomarse el tren subterráneo. En cambio Fernando, tenía vehículo, así que se iría por sus medios.

    Tranquilamente podrían haberse ido juntos, pero ella no quería levantar sospechas.

    Ya en el bar el Timón, Fernando esperaba ansioso la llegada de Pinky.

    A los pocos minutos ella entra al bar, el muchacho le hace una seña con la mano para que lo ubique. Pinky se dirige hacia él, se sienta y con una mirada cómplice esboza una sonrisa.

    —Bueno… Quisiera que hagamos realidad la propuesta, comenzar el año juntos, creo que ya con lo que pasó está todo dicho no? —Dice ella.

    —Sí, claro. Me encantaría, hace mucho que deseo esto. No te imaginas todo lo que me imaginé, pensé y busqué para que esto sea una realidad. —Dice él.

    Toman un refrigerio rápidamente y en el vehículo de Fernando se dirigen a un Hotel Alojamiento escondido en alguna parte de la cuidad.

    Ingresan con el auto y una vez que bajan del mismo, el muchacho la abraza, acerca su rostro a la cara de Pinky y la comienza a besar, primero suavemente, con pequeños picos y luego apoya sus labios en los de ella. Las dos lenguas juguetean apasionadamente sin parar hasta quedar sin respiro. Continúan hacia la conserjería y piden una habitación.

    —Buenas tardes, un turno en una habitación con hidromasaje… —Dice Fernando.

    El conserje le entrega la llave y le indica la habitación número 10.

    El muchacho abre la puerta e ingresan. La habitación era muy linda, tenía una iluminación muy buena, los haz de luces estaban perfectamente ubicados para iluminar todo lo que pudieran hacer y verse en los diferentes espejos. También contaba con un gran hidromasaje y sobre uno de los costados una ducha vidriada.

    Casi sin mediar palabra, Fernando la abraza nuevamente, besándola otra vez pero ahora más apasionadamente. Sus manos acariciaban todo su torso de forma suave pero intensamente. Comenzaba a tener una gran erección. Ella podía percibir y sentir como su bulto crecía.

    Pinky sintió por primera vez el pene de Fernando, aunque no lo había visto aún, podía imaginar que el muchacho tenía una gran pija.

    —mmmm!! Que tenemos acá?? —Le dice ella con una mirada picarona, mientras le amasaba el bulto por arriba del pantalón.

    —Me pones así Pinky!! Te súper deseo! Esto lo deseé hace ya mucho. —Dice Fernando

    —Bueno espera un poquito más… —y lo empuja a la cama.

    —Querés jugar ehh!? —Dice él.

    Ella lo mira parada en el borde de la cama y le dice:

    —Quedate ahí y mirá.

    Pinky comienza a moverse al compás de la música funcional de la habitación, de forma muy sensual.

    Aún con la ropa puesta comienza a frotarse y a tocarse los pechos, sus manos iban y venían por toda su figura. De a poco se va sacando la remera rosa, tirándosela a Fernando que estaba caliente acostado en la cama. Ella, de pie dándole la espalda, estira su mano por su espalda y se desabrocha el sostén.

    Fernando, iba a ver personalmente por primera vez los pechos hermosos de Pinky. Ella se da vuelta y tomándose las tetas con las manos se las ofrece al muchacho.

    —Te gustan? Ahora van a ser tuyas!!! —Dice Pinky.

    —mmm siii, las quiero ya!! —Dice él.

    Fernando se incorpora sentándose en la cama frente a ella que seguía de pie. Los pechos quedaron frente a su rostro, acerca su boca a ellos y comienza a besarlos, a chupetearlos. Los pezones de Pinky eran bien parados del tamaño de una almendra. Fernando jugueteaba con ellos, su lengua subía y bajaba en los pezones respingados. Pinky cierra sus ojos y con la vista hacia el techo, comenzando a dar pequeños gemidos.

    —mmmm así papá. Así Fer!! Qué lindo… —Dice ella.

    Fernando no dejaba de mamar sus tetas mientras Pinky lo tomaba de la nuca. De refilón ella observaba el reflejo de ellos en los espejos excitándola.

    Pinky se separa un poco y comienza a besarlo en la boca, siguiendo por el cuello, con sus manos va desabrochando la camisa, y baja por el torso del muchacho besándolo, lamiendo su piel. La lengua jugueteaba con los pequeños pezones de Fernando. Entre chupadas y mordiscos suaves, el muchacho siente por primera vez lo excitante que podría ser eso. Pinky sigue bajando hasta llegar al pantalón, con las dos manos desabrocha el mismo, le baja el cierre para despojarlo de la prenda rápidamente. Ella comienza a mordisquear la pija de Fer por encima del bóxer. Ya podía vislumbrar que el pene era enorme. El bulto estaba duro como una roca. Pinky seguía mordisqueándolo y tocándolo hasta que baja el calzon y libera el mástil erecto. De un respingón la pija sale apuntando la a la cara a ella.

    —ahhh Feeeer!!! Que enorme pija tenés!!! Me encanta!!! —Dice Pinky

    Lentamente acerca sus labios a la cabeza del pene, que estaba mojado de la calentura que tenía. Ella podía ver cómo le salía una pequeña gota preseminal. Con su lengua saborea la muestra del elixir del muchacho.

    —mmmm, que ricooo!!! Que rico sabor!!! Hoy te voy a exprimir todo Fer!!! —Dice ella.

    De a poco comienza a chupar la pija de Fernando. El falo entraba en la boca de ella, subía y bajaba suavemente, una y otra vez. Con una mano acariciaba los testículos que colgaban. El pene era realmente grande y podía pajearlo sin problema mientras se la chupaba.

    Fernando estaba a mil!! Pinky se la mamaba de maravilla!!!

    —ahhh que bien que me chupas la pija!!! Sos increíble. Qué bien!!! Ahh asiii siii!!! —Exclama él.

    Con la pija bien lubricada, Pinky se la acomoda entre sus pechos y le hace una paja con la tetas. Fernando veía como su pija asomaba entre los pechos una y otra vez.

    —Te gusta así papito? Te gusta así Fer? Seguro te hiciste una paja con las fotos y el vídeo que te mandé!!! Ahora me tenés acá!! Te gusta? Cómo me excita verte gozar!!! —Dice ella.

    Fernando ya quería poseerla estaba muy excitado…

    Pinky se levanta, aún tenía la minifalda puesta, así que se la saca. Se da vuelta para frotarle la pija con su culo hermoso. Subía y bajaba la raya del orto por el pene. Tenía puesta la tanga rosa aún.

    —Ahora estás viendo el regalito puesto!! Te gusta?

    —siii, me encanta!!! —Dice él.

    Mientras Pinky sigue frotándolo con el culo, Fernando con la mano comienza a acariciar la concha por encima de la bombacha rosa. Recordaba y ansiaba sentir el algodón copiando la vulva de Pinky.

    —asiii, Fer asiii sii, que buenos dedos!!! Asiii. —Dice Pinky mientras seguía moviéndose frotándolo con su culo.

    —como me calentás!!!

    Fernando ya sentía el algodón todo mojado, Pinky estaba excitadísima, su concha estaba más que lubricada. El muchacho corre la tanga para uno de los costados, la levanta un poco a ella y acomoda su pene duro en la entrada de la concha. Lentamente la sienta y la pija entra de una manera perfecta.

    —ahhh asiii Fer!! Asiii. Que linda pija!! Asiii siii cogeme cogeme asiii Fer!

    La visión que tenían era tremenda y excitante para los dos. En el borde de la cama Fernando sentado con Pinky encima. Los dos mirándose reflejados en el espejo. Ella con las piernas abiertas cabalgando, mostrando un detalle no menor, la tanga rosa puesta.

    —Que bien que coges Fer! Asiii asiii mmmm.

    Pinky se sentaba con más fuerza, quería tener esa pija íntegramente dentro suyo. En cada embestida, se escuchaba como el cachete de su culo chocaba con la ingle de Fer.

    Plaf, plaf plaf! Como su estuvieran aplaudiendo.

    Con ella encima Fernando se levanta sin dejar de cogerla y la acomoda en cuatro patas sobre la cama.

    —mmmm asiiii Fer asiii. Ahhh

    Agarrándola de la cintura sigue bombeando…

    Luego la acuesta, sacándole finalmente la tanga, acerca su cara a la concha comenzando a chupar esa hermosa vulva.

    —Que rica concha, mmmm!! Te gusta mi lengua? —Dice él.

    —siii… me encanta!!! Es tremendo como me coges, como me chupas. Mmmm asiii!! —Dice ella.

    La lengua de Fernando, subía y bajaba por la vulva. Iba y venía, por momentos se detenía en el clítoris, haciéndola gemir con mucho placer.

    El muchacho cambia de posición y se dispone para un perfecto 69. Los dos se lamían, se chupaban con mucho placer y excitación. Luego de unos minutos de jadeos y gemidos, Pinky tumba a Fernando en la cama queriendo tenerlo dentro de ella otra vez, cruza sus piernas a cada lado de la cintura de él y con su mano toma la pija colocando la cabeza del pene en su concha, empuja suavemente y comienza a cabalgar sobre él.

    —ahhh siii. Cómo me gusta tu pija, bien dura!!! Me encanta. Aaaahhh —Esbozaba Pinky.

    Ella estaba muy caliente, su rostro con los ojos cerrados comienza a gemir más rápidamente en cada cabalgata. Con la boca abierta la respiración se comienza a entrecortar, los gemidos eran cada vez más fuertes.

    —aaaahh asiii siii ah

    Su cuerpo se contornea hacia atrás y con unos espasmos comienza a acabar tremendamente!!!

    Se tira hacia adelante con sus manos apoyada en el torso de Fer y sigue acabando.

    Se tumba sobre él totalmente exhausta. Mientras eso sucede Fernando la abraza, pero sigue dentro de ella continuando con el bombeo. Él también estaba muy caliente y estaba a punto de acabar.

    Gime el muchacho. Sus movimientos son cada vez más violentos, su pija entraba y salía con fuerza.

    Sentía que ya estaba por explotar. De repente contrae el vientre, saca la pija de la concha, se incorpora acercando el pene a la cara de Pinky acabando con tremendos chorros de leche en la boca de ella. Pinky se relamía, ahora sí podía disfrutar de todo el elixir de Fernando.

    —mmmm que rico!!! —Dice ella

    Con una mano toma el pene y lo sigue pajeando hasta sacarle la última gota de leche.

    Los dos terminan cansados, exhaustos pero contentos de haber comenzado finalmente el año dándose mimos, caricias y sexo. Este no sería el final, sino el comienzo de muchos encuentros secretos.

  • Hombre lobo (Parte III): El lobo blanco

    Hombre lobo (Parte III): El lobo blanco

    Roderick cada vez se iba acercando más y sentía el peligro muy cerca, sabía que algo estaba pasando y se quedó parado en la cima de un árbol, prestando atención a lo que sucedía a su alrededor, pero un grito le confirmo lo que sabía.

    Era el grito del muchacho siendo torturado por Yanick.

    Roderick no sabía qué hacer, si ir a enfrentar la situación o tomar a su chico y huir, pero era algo que no iba a suceder, así que se lanzó al suelo y se transformó en el trayecto, otra vez el enorme lobo negro asomaba.

    Caminó unos cuantos pasos y dio un salto largo entrando por el techo de la frágil casa, destruyéndolo y tomando a Yanick por sorpresa, el demonio sin poder reaccionar fue lanzado por los aires, pero se reincorporo y se quedó aleteando sus infernales alas y mirando al lobo desde lo alto sonriendo con sus dientes afilados, había conseguido lo que quería, traer al lobo a casa.

    La batalla comenzó, la casa quedo reducirá a escombros y Daniel yacía debajo de ellos, la pelea era a muerte.

    Las heridas que le hacia el lobo al demonio sanaban rápidamente, la risa de Yanick le causaba más furia a Roderick, la batalla no paraba.

    El hombre lobo tomo distancia y de un salto atrapo a Yanick en el aire, intentando traerlo a tierra, pero la fuerza del demonio era tal, que pudo sostenerlo en el aire, ahora la batalla era ahí, el lobo se sostenía con toda su fuerza mientras hería a Yanick, pero estaban en desventaja.

    Yanick decidió volar en picada, tratando de impactarse sobre la tierra, no le quedó más remedio a Roderick que separarse, y se quedó en la copa de un árbol, en la cual tenía una vista muy clara del lugar, todo estaba destruido, la casa, arboles alrededor cortados a la mitad y fuego, a su mente vino el recuerdo de aquel día cuando perdió todo lo que tenía, pero no estaba dispuesto a que pase otra vez.

    Mientras estaba visualizando todo aquello, Yanick lo atacó por sorpresa arrojándolo al suelo, este se levantó inmediatamente, el demonio solo movió el brazo y de él mágicamente salieron aquellas dagas negras, las cuales el lobo moviéndose rápidamente, esquivo.

    El lobo apresuradamente tomo las cuchillas clavadas de la tierra y una por una con una velocidad impresionante se las devolvió a Yanick, esquivando todas aquellas, menos una que se incrusto en uno de sus brazos.

    El lobo aprovechando la distracción, se posiciono encima de Yanick quien estaba aún en el aire, y de un movimiento bastante fuerte arranco con sus garras el ala derecha de Yanick, quien cayó al suelo, evidentemente furioso.

    Yanick se quedó estático en el suelo fingiendo estar demasiado herido, Roderick se acercaba a él, pensando darle el golpe final antes que se recupere, ya estando a pocos centímetros, el lobo se queda estático, ya sabía lo que estaba pasando, Yanick otra vez lo había dejado inmovilizado y esta vez al parecer no podría hacer nada, en su mente solo estaba Dariel.

    ****

    Por otro lado, Dariel ya había completado su transformación muy rápidamente, estaba acostado tal cual su macho alfa lo había dejado, la cama estaba manchada de sangre, pero él estaba totalmente limpio, su piel rosada, sus facciones se habían acentuado más, ya no se veía delgaducho, su abdomen se había marcado y su tórax se había ensanchando y hasta había crecido un poco en estatura, solo faltaba que despierte.

    ****

    Al mismo tiempo que la pelea se llevaba a cabo, Melissa desde sus aposentos en Gardeno, caminaba de un lado a otro preocupada, por la situación que se estaba viviendo, no podía intervenir en la pelea porque eso sería un suicidio.

    Estaba pensando en cómo ayudar a los hombres, pero la única manera no era prudencial, pues sería entrometerse en la mente de alguien, y eso podría traer graves consecuencias, pero no había opción, esa era la única manera.

    Melissa recito unas palabras y su mente busco a Dariel, estaba en estado inconsciente, podría demorar en despertar, pero Melissa estaba dispuesta a acelerar el proceso.

    ¡DESPIERTA! – dijo Melissa.

    ¿Quién eres? – preguntó Dariel.

    Eso no importa, Roderick te necesita – dijo Melissa

    ¿cómo sabes eso? – preguntó otra vez.

    Ya te dije eso no importa, mira– Respondió Melissa mostrándole a su macho peleando contra Yanick. Si no despiertas pronto, todo estará perdido – termino diciendo la mujer.

    Tras todo esto, Dariel despertó exaltado.

    ¿Habrá sido un sueño? – se preguntó él.

    Se puso de pie y vio todo a su alrededor, todo estaba como lo había dejado antes de su transformación, pero no estaba Roderick, entonces se asomó a la entrada de la cueva, el viento le golpeaba el rostro, el sol se había ocultado por completo y todo estaba obscuro, a excepción de un árbol en llamas que visualizo a lo lejos.

    De pronto una imagen aterradora aparco en su mente, en ella podía ver a Roderick completamente ensangrentado, siendo torturado por Yanick, y todo su alrededor hecho escombros.

    ¿Si no es este?, entonces quien, ¿dime dónde esta? – dijo Yanick tirando a Roderick a un lado.

    ¿Enserio pensaste que era él? – contesto el lobo quien estaba en su forma humana – cada vez el idiota de tu amo los hace más estúpidos – termino diciendo.

    No insultes al amo, insolente – le recalco Yanick furioso y arrojando a Roderick a lo lejos con un solo golpe.

    Una vez visto esto, Dariel se desesperó, su macho estaba en peligro y debía ir a ayudarlo, miró hacia el precipicio y vio la gran distancia a la que se encontraba, sabía que ahora era una nueva criatura, y por ello ya no tenía que sentir miedo, ahora tenía motivos por los cuales luchar.

    Sin pensarlo dos veces, cerró los ojos y se arrojó al vacío, cayendo sobre sus dos pies –fantástico pensó él – comenzó a correr, ahora tenía una velocidad increíble, y no se cansaba, notaba los primeros cambios en su cuerpo.

    Corrió lo más rápido que pudo, ya se estaba acercando, cuando de pronto, una voz irrumpe en su mente.

    Te amo, Dariel, nunca lo olvides, ame conocerte – decía Roderick mentalmente en son de despedida.

    Mientras se acercaba vio en lo alto a Yanick quien tenía suspendido en el aire a Roderick.

    No importa, ya lo buscare y lo matare yo mismo – decía Yanick victorioso mientras sacaba una lanza de su propio cuerpo para matar al hombre.

    Dariel instintivamente, solo pego un gran salto, para colisionar contra Yanick, quien cayo derribado al suelo, liberando de su control a Roderick y cayendo este también.

    Dariel se puso de pie y corrió rápidamente al lado de Roderick.

    Yo también te amo – le dijo.

    Dariel – Dijo Roderick sorprendido – Huye – le terminó por decir.

    No te dejare – respondió firmemente.

    Así que tú eres el susodicho – dijo Yanick de pie en su forma humana.

    Déjanos en paz – dijo Dariel con el brazo de Roderick rodeándolo para que se mantenga en pie.

    Ni estando muertos os dejaremos en paz – dijo Yanick aplicando control otra vez sobre ellos separándolos y suspendiéndolos en el aire.

    Cambio de planes, primero te matare a ti – señalando a Roderick – hare que tu amado sufra, eso le dolerá terriblemente a chico– termino diciendo con un gesto de burla.

    El hombre intentaba luchar, pero por más que podía no lo podía lograr, el poder de Yanick era muy fuerte.

    Te amo.– dijo Roderick mentalmente.

    Yanick saco otra vez aquella lanza y esta vez se estaba acercando lentamente a Roderick.

    Dariel estaba desesperado, estaban a punto de asesinar ante sus ojos, al hombre que amaba, entonces una enorme fuerza de su interior recorrió todo su cuerpo.

    Noooo – escuchó fuertemente Yanick.

    Dariel, había caído al suelo, misteriosamente se había liberado del control de Yanick, pero algo más estaba a punto de suceder.

    De rodillas en la tierra, la piel de la espalda del muchacho se había comenzado a abrir, un pelaje blanco se asomaba, y la piel humana como si de una tela se tratase estaba cayendo, cuando esto acabo, un aullido ensordecedor inundo los oídos de los presentes.

    Se puso de pie, sos ojos azules como el cielo denotaban furia, y un aura azul recorría su cuerpo, un nuevo guerrero había nacido.

    Imposible – gritó Yanick quien bruscamente arrojo a Roderick.

    Dariel rápidamente dio un salto, tomó a Roderick y lo puso a buen recaudo.

    Yanick inmediatamente se transformó e intento controlar al nuevo hombre lobo blanco, pero le era imposible, intentó una y otra vez, pero sus poderes habían fallado, no funcionaban contra él y se preparó para luchar.

    Dariel, dio un salto, alcanzo al demonio en los aires, y lo derribo haciéndole una profunda herida en su pecho agrietado.

    Este de inmediato se reincorporo, y con la lanza que anteriormente había sacado intenta abalanzarse contra el lobo, pero este lo intercepta en el aire lo toma del cuello, y le arranca el brazo con el cual sostenía la lanza.

    Yanick desesperado, intentaba escapar, pero era demasiado tarde, Dariel, lo derroto atravesando su tórax y sacándole el corazón tan negro como una noche tormentosa.

    Arrojo a un costado al demonio, y se dio vuelta para ir por su macho.

    Te ves muy bien – dijo Roderick quien se desmayó en los brazos de Dariel.

    Posterior a eso, lo cargó en su hombro y se lo llevó, dejando atrás el lugar, el bosque prendido en llamas, la casa destrozada, y a los cuerpos de su padre y hermano.

    No obstante, alguien se arrastraba casi sin fuerzas en los escombros de la vieja casa destruida, era Daniel quien aún se encontraba con vida, sin nada de energía se intentó poner de pie, pero fue inútil pues fue a caer cerca del corazón de Yanick que extrañamente todavía estaba latiendo.

    La escena era un tanto tétrico, pues el corazón comenzaba a latir demasiado rápido y el joven producto de su estado no se daba cuenta que tan cerca de su rostro estaba y de un momento a otro, el órgano entro por la boca del chico, quien desesperado sentía como entraba esa cosa en su interior, pasando por su garganta, pero, aun así, sin poder hacer nada.

    ****

    Mientras todo esto sucedía, en Gardeno las Rase se encontraban en estado de angustia.

    Tenemos que protegernos más, ahora que se sabe que hay dos licántropos, todas nosotras también corremos peligro – dijo Melissa con firmeza.

    Zigor también querrá encontrarnos y aniquilarnos para que no haya más descendencia de lobos – dijo Samira reafirmando las palabras de Melissa.

    La guerra otra vez ha comenzado, ahora también vendrán por nosotras, buscaran la manera de entrar a nuestro reino, debemos estar preparados – dijo una mujer que respondía al nombre de Safira.

    Pero sería ponernos en riego a todas y eso no sería prudencial – respondió Melissa.

    Lo que no sería prudencial es dejar que nos maten a todas, porque es un hecho de que cuando nuestros enemigos vengan, nos van a matar a cada una de nosotras – reafirmó Samira.

    Está bien, a partir de hoy será una prioridad estar preparadas para la guerra, tener en mente que en cualquier momento pueden atacarnos – dijo firmemente Melissa.

    Tenemos que contactarnos con esos hombres – afirmó Safira.

    No te preocupes, ellos vendrán hermana – dijo Melissa.

    Por cierto, tenemos que detener el fuego o se extenderá – dijo Safira.

    Ve entonces, tú hazte cargo de eso – le respondió Melissa.

    Safira afirmo y con un movimiento de manos desapareció, para aparecer en medio del fuego que se estaba expandiendo rápidamente.

    Recitó unas palabras y comenzó a llover fuertemente, el fuego se redujo de inmediato y todo estaba mojado, incluso ella, pudiendo protegerse de la lluvia, no lo hizo pues le encantaba estar debajo del agua.

    Inspecciono el lugar, topándose con el cuerpo sin vida de Plutarco – que horrible pensó –, pero se sorprendió al ver al joven Daniel, pues aún estaba con vida, se acercó a él.

    Que tenemos aquí – se dijo ella Eres el hermano de aquel otro muchacho, veamos qué puedo hacer por ti

    Y poniéndole las manos encima pudo sentir algo que la asusto un poco.

    El mal está en tu cuerpo, no puedo dejarte aquí, van a querer reclutarte, te llevare con Melissa- inmediatamente desapareció.

    ***

    Comenzó a llover, será mejor que nos vayamos – dijo Roderick muy débil, mientras Dariel le limpiaba las heridas.

    Ambos estaban desnudos en la orilla del rio.

    ¿Puedes caminar bien? – preguntó Dariel preocupado.

    Apoyándome en ti, si – respondió Roderick.

    Vamos entonces, caminaron unos cuantos minutos, hasta que llegaron al pie de la montaña donde estaba la cueva.

    Sube a mi espalda – le dijo Dariel a Roderick

    No, no quiero molestar – respondió el hombre.

    No seas tonto, sube, no incomodas – respondió el chico.

    Te amo – dijo Roderick y subió a su espalda.

    Una vez hecho esto, el chico se impulsó y dando un gran salto comenzó a subir la montaña, hasta llegar a la cueva.

    Asombroso, nunca imagine poder hacer eso – dijo Dariel emocionado.

    Eso es nada comparado con lo que te falta descubrir aun – dijo Roderick acostándose en la cama llena de sangre.

    ¿Te vas a acostar ahí? – preguntó Dariel.

    No hay otro lugar, además no me incomoda – respondió Roderick muy cansado.

    ¿Hay algo que pueda hacer? – preguntó Dariel.

    Si, ven dame tu mano – dijo Roderick.

    Dariel le extendió el brazo.

    Perdóname por lo que voy hacer – dijo Roderick y le hizo un corte en la muñeca a Dariel, haciendo este un gesto de incomodidad.

    ¿Qué haces? – preguntó extrañado Dariel.

    Esto – respondió Roderick, acercando sus labios de donde brotaba la sangre.

    Inmediatamente el lobo comenzó a beber la sangre del muchacho y este lo miraba extrañado.

    Ni bien la sangre bajo por su garganta, las heridas de Roderick comenzaban a disminuir, comenzaba a recuperarse, y Dariel miraba sorprendido.

    Roderick separo sus labios y la herida en la muñeca del muchacho comenzó a sanar.

    ¿Qué fue lo que paso? – preguntó Dariel

    Recobré energías con tu sangre, asi la recuperación sera más rápida, eso podemos hacer los hombres lobo – dijo Roderick.

    Pero bebe más, para que te recuperes del todo – dijo Dariel estirándole la mano.

    Roderick tomando la mano del chico, se puso de pie, se paró frente a frente.

    Si tomo más de la cuenta, tú te debilitarías, solo tome lo necesario – dijo Roderick.

    Pero quisiera que te recuperes lo más pronto posible – respondió Dariel.

    No te preocupes, con esto estaré bien en uno o dos días – respondió Roderick.

    Te amo – le dijo Dariel y lo beso.

    Yo también te amo – escuchó Dariel en su mente.

    Que paso con mi papá y mi hermano – preguntó Dariel separándose de Roderick.

    Sentémonos – dijo Roderick guiándolo a sentarse a la cama.

    Tu padre murió, Yanick le arranco el corazón, y tu hermano hasta lo último que supe parecía estar con vida, pero muy mal herido, no creo que haya sobrevivido – le dijo Roderick al chico.

    Un sentimiento de tristeza invadió su ser, todo estaba en silencio.

    Yo acepte atenerme a las consecuencias, así que no pasa nada, ahora tu eres mi única familia – dijo Dariel.

    Estaremos juntos para siempre – respondió Roderick y se volvieron a besar.

    Tenemos que movernos de aquí, o nos encontraran, Zigor se la arreglara para hacerlo – dijo Roderick separándose.

    Aun no te recuperas del todo, en tu estado no podemos seguir – respondió Dariel.

    Pero si nos quedamos, pueden pasar muchas cosas – dijo Roderick.

    Al menos esperemos un día – dijo Dariel.

    Está bien – Roderick asintió.

    ***

    Eres un inútil, cómo pudiste fallar – decía Zigor furioso, arrojando a Yanick con fuerza contra la pared.

    Señor, perdóneme, no merecía revivir – dijo tirado en el piso.

    ¿Tú crees que lo hice por ti? – le respondió Zigor con una risa burlona – Lo hice porque tenía que desfogar toda la ira que siento – dijo Zigor acercándose a Yanick.

    Yanick solo dejaba que su amo lo golpeara pues sentía que era lo mínimo que podía hacer por haberle fallado.

    ***

    ¿Cómo te sientes? – preguntó Dariel quien estaba acostado en el pecho de su macho.

    Mucho mejor, solo pequeños dolores – Respondió el hombre.

    Se siente muy raro estar en esta cama, llena de sangre – dijo Dariel.

    Yo ni me percate de eso, será que estoy acostumbrado a lo extremo – respondió Roderick.

    Yo si me siento raro – dijo Dariel mientras con sus dedos jugaba con los vellos del cuerpo de su hombre hasta bajar al vello púbico.

    El pene de Roderick comenzó a erectarse completamente.

    Diablos – dijo Dariel viendo el pene de su macho mientras con su mano lo masajeaba.

    Quiero hacerte el amor otra vez Dariel – le dijo.

    Yo también lo deseo tanto, pero ¿puedes en tu estado? – preguntó el muchacho.

    Estoy bien para hacer eso, pero si no quieres no importa – le dijo Roderick dándole un beso en la frente.

    Si quiero – dijo el muchacho difiriendo su cabeza a los genitales del hombre para mamarla tal cual cachorro de lobo.

    El chico comenzó con los grandes y peludos testículos, los besaba luego se metía cada uno a la boca y jugaba con su lengua, posteriormente subía besando cada centímetro de la hermosa verga de Roderick hasta llegar al glande del cual una gran gota de pre semen salía por la uretra.

    Engullía la verga de su macho con mucho amor cuidando de no hacerle daño con los dientes, bajaba con suavidad hasta el fondo y chocaba su nariz con su pubis, quedándose quieto con el pene incrustado en la garganta y oliendo el aroma a macho de su vello púbico; todo aquello era muy excitante para él.

    Roderick le tocaba le tocaba la cabeza con suavidad, enroscando sus dedos con los cabellos del muchacho disfrutando de la mamada, el chico parecía un cachorrito siendo amamantado por el pene de su hombre.

    El chico chupó hasta que se cansó, y se acostó al costado de Roderick dejando la verga babeada y el vello mojado con saliva, el hombre le dio un profundo beso el muchacho quien correspondió con gusto.

    Gracias por salvarme la vida– le dijo el hombre mirando a los ojos al chico.

    Lo haría una y mil veces, siempre nos cuidaremos mutuamente – respondió el chico.

    ¿Te puedo hacer el amor? – preguntó Roderick.

    Si, pero no tienes que preguntarlo, solo dímelo – respondió Dariel.

    Acto seguido Dariel se volteó dejando su trasero a disposición del macho, este bajaba por toda su espalda con su lengua, hasta llegar a la curva de su preciosa retaguardia, le daba besos muy cariñosos y las abría dejando ver la entrada de su agujero, el cual estaba muy cerrado, le iba a quitar la virginidad por segunda vez.

    Beso el ano de su muchacho, y pasaba su lengua en círculos como un tornillo, el muchacho acostado boca abajo y con el trasero levantado se aferraba a la piel de oveja, totalmente extasiado por el placer que estaba sintiendo.

    Roderick una vez acabado el trabajo de dilatación se acostó en la espalda del chico suspirándole la nuca y besándolo, su pene estaba encajado entre sus nalgas, moviéndose de arriba a hacia abajo, susurrándole al oído cuanto lo amaba y mientras sucedía eso, comenzó a introducir lentamente el pene en el interior del chico.

    Roderick penetraba a Dariel con amor, muy lentamente, centímetro a centímetro el muchacho sentía como perdía la virginidad por segunda vez, dolía un poco, sí, pero valía la pena porque era el hombre que él amaba.

    Se repetían una y otra vez cuanto se amaban mientras ambos se entregaban completamente, los músculos se tensaban y la imagen era demasiado excitante para quien estuviera ahí.

    Quiero verte a los ojos – dijo Roderick sacando la verga y dejando un vacío en el interior de Dariel.

    Cambiaron de posición, Dariel puso los pies sobre los hombros de Roderick quien mientras lo besaba, comenzaba a penetrarlo, lo besaba de una manera muy apasionada, haciendo sentir al chico en la nubes.

    La penetración era magistral, en rico aroma del sudor mezclado con sexo hacia su aparición, gotas de sudor recorrían desde la frente hasta el abdomen de Roderick, llegando hasta el vello púbico, ambos se miraban con extremo cariño.

    ¿Quieres que me venga? – Preguntó Roderick excitado.

    Podría estar horas así, y no me cansaría – contestó el muchacho.

    Roderick detuvo la penetración, y quedó mirando fijamente a Dariel.

    ¿Qué pasó? – le preguntó el muchacho.

    No pudé dejar de pensar, como es que lograste liberarte del control de Yanick – preguntó Roderick con su verga dentro de Dariel.

    Yo tampoco, porque al principio me inmovilizó por completo, pero cuando vi tan cerca tu muerte, sentí una fuerza dentro de mi y simplemente me moví – contestó Dariel mirando a los ojos a Roderick.

    Te das cuenta que esta es una nueva oportunidad para nosotros, debemos luchar para mantenernos juntos siempre, hasta el final – le dijo Roderick

    No se lo que pueda suceder mañana, solo se que te amo y por ese motivo lucharé para tener un futuro a tu lado – contestó Dariel dándole un profundo beso a su macho.

    Después de esa corta conversación, la pareja continuó realizando el acto más puro de dos personas que se aman, se amaron por un largo momento hasta que Roderick metió bien la verga hasta el fondo y pegó los huevos al culo de Dariel y lo inundó de rico esperma, el muchacho también eyaculo ayudado por el enorme placer que le producía su hombre.

    Se separaron y se acostaron mirándose. No que se hubiera sido de mi vida sin ti – dijo Dariel. No digas eso, por el contrario, yo no se que hubiese sido de mi – le respondió Roderick.

    Siempre juntos – dijeron ambos al unísono.

    No sé tu pero necesito darme un baño, y tomar mucha agua – dijo Roderick.

    Haces una carrera – dijo Dariel sentándose encima de Roderick sorpresivamente.

    Es un hecho – dijo Roderick y automáticamente se puso de pie y dejó a un lado a Dariel.

    El muchacho le estiró la mano y la extendió para dársela al hombre, quien la tomó, Dariel lo atrajo y le dio un beso.

    Veamos quién pierde – le dijo jalándolo con fuerza y tirándolo a la cama.

    Acto seguido Dariel se colocó a la entrada de la cueva, giró la cabeza, guiño un ojo y se lanzó al vacío.

    ¡Tramposo! – exclamó divertido y posteriormente se puso de pie y se arrojó al vacío rápidamente también.

    ****

    ¿Por qué lo trajiste Safira? – preguntó Samira muy enojada.

    No lo podía dejar en ese lugar, tu sabes lo que significaba eso – dijo Safira.

    La gran Kuhani, se enfadara mucho – dijo preocupada esta vez Samira.

    Hizo bien en traerlo Samira, dejarlo ahí hubiese sido demasiado riesgoso, Zigor hubiera querido reclamarlo y reclutarlo, si un Yanick es peligroso, lidiar con dos sería mucho más peligro – dijo Melisa después de hacer su aparición en el recibidor, muy calmada.

    Daniel, se retorcía y daba gritos desesperados, de pronto todo se puso en silencio, y una voz hablo a través del chico.

    Su destrucción es inminente, sirvan a mi amo y serán perdonadas, pónganse en su contra y serán aniquiladas – dijo el demonio con una voz fría y seca, que escarapelaba toda la piel.

    Jamás te serviremos, preferimos morir – respondió Melisa.

    Iremos por ustedes y las aniquilaremos-dijo Zigor y río escalofriantemente.

    Melisa con un movimiento de manos, puso a dormir al muchacho.

    Las tres mujeres quedaron en silencio, la preocupación podía sentirse en el ambiente.

    Llévenlo abajo, iré a prepararme – dijo Melisa – Solo hay una forma de ayudarlo – terminó diciendo y desapareció.

    ****

    Muchas gracias por leerme y por seguirme.

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  • Le entregué el control a un extraño

    Le entregué el control a un extraño

    Hubo un momento de mi vida en el que, debido a varios problemas con Alex (no todo era tan maravilloso como en el sexo) decidí dejar de verlo por un tiempo y dedicarme a mí. Pasaron 4 o 5 semanas en que solo vivía para ponerme al día con amigos, visitar a mi familia, viajar y disfrutar de la naturaleza. No tuve sexo y solo me masturbaba brevemente, sin embargo, mientras tomaba una siesta tuve un sueño con mi jefe en donde recreaba una de las noches más memorables en mi oficina y me desperté con mi vulva empapada y muy excitada.

    Abrí el último cajón de mi cómoda y saqué el dildo más grueso y grande que tenía y en mi laptop busqué un vídeo de penetración doble en una página de porno. Adelanté a la parte en dónde dos tipos negros agarran a una chica y sin piedad la penetran hasta dejarla sin aliento y ahí estaba yo, abierta de piernas, con una mano metiendo y sacando mi vibrador hasta más no poder y con la otra frotando mi clítoris mientras gemía al ritmo de la chica de la película.

    A los pocos minutos alcancé el orgasmo más húmedo del mes y mi calentura bajó… o eso pensé. Me senté a ver tv pero seguía con la sensación de que necesitaba tener mi vagina ocupada. Me metí a la ducha para bajar mi calentura pero no funcionó así que, decidida, me arreglé para salir saciar mi ansiedad.

    Mi liso y largo pelo ocultaba el gran escote en la espalda que tenía mi blusa por lo que me hice una cola. No llevaba brasier y mis pechos se ocultaban en un suelto escote. Iba a usar mi pantalón preferido que marca mi culo y hace suspirar cuando se me ocurrió una idea mejor entonces tomé una minifalda de cuero que hacía juego con mis tacos. Tomé una cartera y guardé mi arma secreta por si algo fallaba esta noche. Perfumada y muy sexy, salí a ver que podría deparar esta noche y si cazaba algo.

    Era jueves y había mucha vida nocturna. Entré a un bar y en la barra pedí un trago. Miré para ver si algún chico me llamaba la atención pero realmente no había nada para mí. Tomé mi vaso y caminé en dirección al baño cuando un tipo choca conmigo derramando mi trago.

    -¡Lo siento! No te vi.

    -¡Oh! No me he dado cuenta –dije irónicamente mientras miraba mi escote, pensando en ir más rápido al baño para limpiarme.

    -Déjame ayudarte –me pasó unos pañuelos desechables. Estaba muy afligido y sus facciones me parecieron muy sexy.

    -Gracias. Tranquilo. Estoy bien.

    -Álvaro –dijo mientras tendía su mano.

    -Daniela, un gusto.

    -¿Te puedo invitar a tomar algo? Creo que es lo menos que puedo hacer, al menos que andes con tu pareja y me busque algún problema, aunque creo… valdría la pena.

    -Puedes invitarme a tomar asiento –dije de manera coqueta. Ya me estaba gustando este tipo.

    Llegamos a un lugar más apartado del bar. Comenzamos a conversar y a beber. Lo estaba pasando muy bien. Era muy divertido y captaba mi sarcasmo. Me calientan los hombres inteligentes. La música estaba fuerte por lo que poco a poco se fue acercando más a mí y rozaba levemente mi rodilla o tocaba mi espalda cuando me quería contar algo más íntimo. Recordé mi objetivo de esa noche y comencé a tocar su pierna más veces de lo debido. Pensé que se cohibiría y de ser así, netx! Pero no, comprendió la señal y comenzaba a hablarme al oído para sentir su respiración. Mis miradas eran más intensas y jugaba con mi pelo. Ya sentía como me mojaba.

    -¿Te parece ir a un lugar más íntimo?

    -¿En serio? Lo estoy pasando muy bien aquí, contigo –dije mientras subía mi mano por su pierna hasta llegar a su pene que por cierto, se sentía grande y muy duro.

    -Uff… no lo niego. Pero quizás podríamos pasarlo mejor –intentaba convencerme con su mano subiendo por mi muslo y aprendo mis piernas.

    -Puede ser…. Vamos a comer algo antes de marcharnos. ¿Te parece? –Al mencionar estas palabras, cambió mi actitud y quedó desconcertado.

    Seguí jugando a ese jueguito caliente, mordiendo sus labios sin besarlo y recorriendo mi cuello con mi respiración hasta que llegaron los platos.

    -Voy al baño. Dame 5 minutos.

    Llegué al servicio y saqué de mi cartera mi juguete preferido. Lo encendí y con mucha facilidad lo introduje en mi vagina y… Dios, no saben el placer que sentí. Me acomodé el aparato que con sus 12 centímetros, encajó perfectamente dentro de mí, acomodé el estimulador de clítoris y metí en mi ano el plug que restaba. Volví a mi mesa y le pasé el control de mi juguete. Él no captó para nada de que se trataba, pero solo le dije que tendría el control esta noche.

    -Puedes apretar el botón cuando quieras.

    -Mmm ¿ok?… ¿Puedo hacerlo ahora? ¿De qué se trata? –miraba extrañamente el discreto control negro que tenía en sus manos

    -Vamos, prueba.

    Entonces presionó el único botón que controla las 12 velocidades y la pequeña pantalla mostraba el número 1 y una suave vibración comencé a sentir en mi vagina. No es nada muy especial por lo que él no entendió de que se trataba.

    -No entiendo tu juego –dijo con una sonrisa muy sexy y una mirada confusa.

    -La comida está muy sabrosa.

    -Si me vuelves a mirar así de sexy, no alcanzarás a terminar el plato.

    -Cada vez que creas que te estoy mirando de forma sexy, puedes apretar ese botón –propuse muy caliente porque todo iba según lo que quería pasa esta noche.

    -¿Llegará una notificación a mi celular? Jaja no comprendo nada.

    Según él, volví a fijar mi mirada sensual por lo que presionó el botón y el placer comenzó a incrementar de a poco. Respiré profundo e intenté seguir comiendo. No pasaron más de 3 minutos cuando vuelve a presionar el bendito botón

    -Creo que algo estoy comprendiendo… -dijo con una sonrisa maliciosa

    -Iré por servilletas.

    Y sólo bastó me levantara de la mesa para que presionara el botón más de una vez y mi clítoris comenzara a ser intensamente estimulado por las vibraciones de mi juguete. Vi como gozaba de la situación y me alejé hasta llegar a la anfitriona para pedir papel a la mesa.

    Al regresar, me comenta que mi rostro está rojo y un poco sudado. Le pedí al oído que me mostrara el control. Marcaba el número 5.

    -No creo que sea buena idea… mmm… seguir presionando el botón.

    -¿Segura? A mí me parece que siempre se puede un poco más.

    -Desde el nivel 6, comienza a funcionar el plug… Oh… y creo que eso si lo podemos dejar para un lugar más íntimo, diios.

    ¡Oh! Realmente estaba mojada. Disfrutaba de todo ese juego mientras nos hablábamos suavemente al oído cuando llegó un camarero con lo solicitado.

    -¿Todo bien? –pregunta el chico.

    -¿Quieres responder? –Me dice mientras sube 2 niveles desde el control.

    -¡¡Ohhh!! –un gemido salió desde lo más caliente de mi alma- ¡¡Sí!! Todo de maravilla –dije mientras miraba a Álvaro a sus ojos.

    El joven de marchó y me subí a las piernas de mi improvisada cita. La música fuerte y la penumbra del lugar que escogimos ayudaban sofocar mis gemidos. Mis pezones erectados eran disfrutados por él, quién con mucha precaución tocaba por debajo de mi holgado escote.

    -¿Aún necesitas terminar tu plato? –decía mientras sentía en sus faldas como mi entrepierna completa vibrara al ritmo de su decisión.

    -¡Necesito que me lleves ahora mismo!

    -Ok. Vamos a bajar un poco la intensidad. No te preocupes. Vivo en la calle de al lado.

    Rápidamente pagamos y nos marchamos hasta su departamento. Un vez dentro, desataría toda mi calentura hasta que él me freno.

    -Tranquila. Tenemos toda la noche –dijo mientras soltaba el cinturón de su pantalón de forma… intimidante– Vamos a mi habitación.

    Entramos y me agarró desde la espalda. Todo esto ocurría mientras mi vibrador estaba en el nivel 5. Yo solo quería ser penetrada. Me desvistió de forma lenta y sensual. Se sacó su polera y me pidió que me acostara en la cama.

    -¿Te han amarrado en la cama? –sacó unas esposas.

    -¡Lo que quieras, pero hazlo ya!

    Estaba segura que se podían ver los fluidos de mi vagina caer entre mis piernas. Subió el vibrador hasta el nivel 7. Gemía mientras él me amarraba con total facilidad a su cama.

    -Listo. Vamos por el nivel 12

    -¿¡Qué!? ¡No, espera! Te necesito aquí!!!

    -Y aquí estaré, viendo cómo, amarrada en mi cama, te corres una y otra vez

    Y dicho esto, apretó el botón tantas veces como su fuese a subir más niveles de lo establecido. Comencé a gritar y contorsionar mi cuerpo pues el placer y las descargas que me proporcionaba el vibrador eran realmente grotescas. Álvaro miraba mientras se masturbaba frente a mí. Yo no podía más.

    -¡Diooosss!, ven, Álvaro… ohhh! Ven ahora, te lo ruego.

    Comenzó a succionar mis pezones y metía sus dedos en mi boca mientras mi juguete hacía todo el trabajo en mis zonas más placenteras. Me taladraba mis dos agujeros y generaba una fricción enorme en mi clítoris. No aguanté y estallé en un orgasmo provocado solo por la tecnología.

    -Eso quería ver –dijo mientras sacaba lentamente mi vibrador para comenzar a comer cada parte de mi empapada vulva- ¡Qué delicia! Estás muy mojada.

    Levantaba mi cadera para que pudiera acceder a cada rincón. Presionó un pequeño botón de las esposas y liberó mis piernas. Me volteó y comenzó a comerse mi culo como un desesperado. Su lengua intentaba entrar en mi orificio que, gracias a mi juguete, ya estaba bastante dilatado. Se levantó y metió dos dedos ahí. Mi grito lo excitó aún más por lo que intentó con otro dedo. Con más éxito del que me hubiese gustado, comenzó a gemir.

    -Eres una diosa. Estás deliciosa. Te penetraré muy fuerte, ¿Ok? ¿No vas a gritar mucho? Está mi compañero de cuarto en la pieza de al lado y mucho ha oído ya, ¿no te parece? ¿O quieres que se nos una?

    Estas palabras dichas en mi oído y con gemidos entre medio, me calentaban demasiado, aún más imaginando como la película que vi esa tarde, se podría hacer realidad pero no pude responder pues presionó mi cabeza contra la cama y me penetro analmente sin piedad. Gruñía con cada penetración mientras yo gemía y gemía. Sacó una de las esposas de mis muñecas para darme más comodidad, sin dejar de meter su pene en mi culo. Pude enderezarme más y sentir más placer aún. Tiraba mi pelo, me ahorcaba levemente y mordía mi cuello.

    Era un hombre muy experimentado. Sacó su pene y me volteó con mucha fuerza. Me besó y comenzó a meter sus dedos, sin cuidado, en mi vagina como si quisiera entrar hasta su codo. Yo no podía más y gritaba sin control de mí. Caí en la cama rendida mientras mis fluidos salían a chorros logrando un gran squirt. Agarró mi cabeza y metió su pene en mi boca follándome violentamente sin sacar su mano de mi vulva no más para golpear esa zona y sentir lo encharcada que estaba volviendo a penetrarme hasta partirme con sus dedos. Era sexo realmente duro y lo estaba disfrutando. Abandonó su puesto y me tumbó de lado para penetrar mi vulva mientras yo estimulaba mi clítoris. Entre fuertes nalgadas, besos brutales, ahoracadas, tiradas de pelo y dedos penetrando bruscamente mi culo y sin previo aviso, terminé teniendo el orgasmo más memorable de la temporada. Sus sábanas empapadas de sudor y fluidos. Apenas podía respirar.

    -Uf… No sabes cuánto necesitaba esto.

    -Cuando quieras, puedes pasar por aquí – +hablaba mientras movía su pene lentamente en mi vagina.

    -¿Cómo prefieres terminar? Veo que eres muy creativo…

    -Déjame jugar un poco más contigo. Ya termino.

    Dijo y tomó el aparto que seguía vibrando en nivel 12. Me puso en 4 y metió los 12 centímetros en mi culo sin previo aviso.

    -¡ESA PARTE NO VA AHÍ!

    -Lo se mi amor, pero necesito verte así –dijo agarrando mi mano libre para que no sacara el juguete de mi culo.

    Metía y sacaba ese vibrador de mi orificio. Sentía me moría de placer. Sacó el aparato para ingresarlo inmediatamente en mi vagina y jugar a penetrarme en ambos orificios una y otra vez hasta que puso su duro pene en mi orificio anal sin sacar el vibrador de mi vagina. Grité como pocas veces lo hacía. Comenzó un mete y saca en mi culo que pensé, me iba a desmayar. Estaba siendo doblemente penetrada aunque no por dos negros, como en mi película pero el placer era brutal. Yo seguía gritando cuando intenta levantarme para poder llegar con su mano a mi clítoris y con la otra a mis hinchados pechos. Sus penetraciones me estaban dejando sin aliento hasta que siento como cae con todo su peso sobre mí, mientras mis entrañas se llenaban de su dulce semen.

    Le pedí lamer un poco más su pene así que lo sacó y aun duro, pude saborearlo mientras miraba a sus ojos. Fue una de las relaciones sexuales más intensas que he tenido.

    -Ya puedes apagar ese juguete. No queremos quedarnos sin batería –dije mientras descansaba en su cama.– y también puedes soltarme.

    -Apagaré el juguete. Efectivamente, lo necesitaremos más tarde. Pero no sé si te soltaré. Quizás hay más por hacer y si te espantas, te irás… A propósito, vivo solo. No podrás pedir mucha ayuda…

    Lo que siguió da para otra historia. Realmente nunca pensé de salir a cazar, sería cazada por un maniático del placer y la brutalidad. No acostumbro a ser sometida pero admitir que lo repetiría.

    Espero que hayan disfrutado de mi relato tanto como yo disfruté viviendo cada momento.

    Pueden comentar que les pareció o escribir a mi correo personal [email protected].

    Un beso,

    Ali.

  • Lola, bendito cable

    Lola, bendito cable

    Mi nombre es Juan, tengo 22 años y vivo en Madrid por plaza de la Vicalvarada un barrio muy tranquilo, rodeado de muchos parques y muchas tiendas de alimentación. Me defino como joven tranquilo, me gusta mucho salir a caminar y disfrutar la tranquilidad de las áreas verdes, hacer un poco de ejercicios, la bicicleta y correr por las mañanas.

    Mi vida la llevo con normalidad, de casa al trabajo y por ahí a tomar unas cañitas con los colegas, vivo con mis padres y mi hermana pequeña en el mismo piso.

    En el segundo B, vive Lola la amiga de mi madre, una señora de unos 35 años le calculo yo, ella está separada de su marido, un tipo malgeniado, un poco borde el tío, siempre había movida en su piso, muchas veces llegaba borracho a su piso y pues a buscarle problemas a la parienta. Era imposible no escuchar gritos y cosas ya que vivíamos pared con pared, bueno en cierta forma era normal. Pero cada quien vivía su vida, ya hace unos meses no sé escuchaba nada y pues comentábamos durante alguna comida que habrá pasado con ellos.

    Mi madre ya se había cansado de escuchar y aconsejar a Lola sobre la manera que llevaba su matrimonio. En una ocasión el tipo tocó la puerta de nuestro piso y pues, molesto porque mi madre hablaba con su mujer. Bueno mi madre decidió dejar todo ahí y que vean ellos. Cierto día mi madre nos comentó que el marido de Lola ya se había ido del piso, pues como no les prestábamos mucha atención pues quedó ahí en un simple comentario.

    Antes de todo debo decir que Lola tiene una bonita figura, cabello lacio hasta la cintura, tiene un buen par de tetas, llenita de barriga para mi gusto, un culo formado ya que se mantiene joven aún, de cara alargada y ojos marrones pero muy claros, labios carnosos y nariz pequeña.

    Yo hace mucho tiempo no la veía, esa fue la última imagen que tengo de ella. De rostro es muy simpática pero claro un poco machacada por los problemas y esas cosas de su matrimonio. Un día viernes mi madre me llama al móvil y me dice que va a cenar con Lola y que si yo podría acompañarlas ya que se iban de tiendas y así las podría regresar a casa en mi coche.

    -Bueno mamá vale dime a qué hora y saliendo del trabajo nos encontramos.

    Quedamos a encontrarnos a eso de las 8 p.m. para cenar ya que ellas se iban de tiendas toda la tarde. Llegué al restaurante y como era de esperarse ellas demoraron media hora más en llegar, me pedí una cerveza y pues así pasaba un poco el rato. Me pedí la segunda y ya me estaba entrando el hambre, pues como ya me habían llamado que estaban llegando no podía moverme del sitio.

    Me quedé esperando en el bar y con la mirada puesta en la puerta de entrada, veo que pasa una mujer muy guapa, llevaba puesto un vestido negro con lunares blancos (el vestido) unos zapatos de tacones medianos, medias negras a juego con el vestido, lo que más me llamó la atención era el escote del vestido que dejaba ver unos enormes pechos, llevaba un peinado muy suelto y un maquillaje muy sencillo pero que era perfecto para enmarcar a toda esa mujer.

    Y junto a ella estaba mi madre, no podía creer que aquella mujer fuese Lola, la vecina del 2b me contaron que habían salido de compras toda la tarde y estaban cansadas de tiendas que ya habían comido algo mientras esperaban por unos zapatos que Lola había escogido por catálogo y que estaban llenas, “si quieres pídete algo y te acompañamos” me dijeron. Preferí no hacerlo ya que no estaría a gusto. Yo no dejaba de mirar a Lola de rato en rato, que pechos, que culo cuando la vi de espaldas dirigirse hacia el baño, que cambio que dio la señora.

    Mi madre debía ir a recoger a mi hermana pequeña a casa de mi tía Beatriz y pues eso iba a ser otra espera.

    Lola dijo “yo tomo un taxi y vayan ustedes”.

    Pero la verdad yo estaba un poco cansado y mi madre se dio cuenta de eso.

    Me dijo “Juan llevas a Lola a casa?” (Yo, por supuesto que sí)

    -Bueno si no tienen problemas con eso -dije.

    Así lo hicimos ya que ella pues demoraría un buen rato hablando con mi tía Beatriz y yo mañana trabajaba, así que ella se subió a un taxi y yo me fui con Lola en mi coche. Durante el camino yo no dejaba de mirar de reojo sus piernas y el escote que le marcaba el vestido, pues llegamos al edificio y ayudé con los paquetes que Lola había comprado.

    Que bien le quedaba ese vestido, se adhería muy bien a sus curvas, como dejaba al descubierto los pechos de Lola para luego bordear sus senos y meterse en su abdomen y caer suavemente sobre sus piernas, yo le abrí la puerta del ascensor y deje que pasara ella primero, que sensual ver como caminaba hacia dentro de la cabina y yo con mis manos ocupadas por las compras de Lola, sujetaba la puerta con unos de mis pies, pude ver pasar delante de mí ese culote bien marcado por el vestido, escuchar el sonido de los tacos que llevaba puestos y ya fuera del ascensor ver como ligeramente se inclinaba para poder meter la llave en la chapa y abrir su puerta, me excito mucho.

    La acompañé hasta la puerta de su piso y me invitó a pasar para poder dejar los paquetes en el sofá.

    -Oye Juan, tú no has cenado? -Me dijo Lola- Por qué no te quedas y te preparo algo de comer.

    Le dije que mejor no ya que seguro estaría cansada y desearía bañarse o ponerse algo más ligero y poder probarse lo que había comprado. Pues me dijo, si la verdad si me gustaría cambiarme pero me da penita que te vayas a la cama sin haber probado bocado por nuestra culpa.

    -Bueno -le dije- si no te molesta, acepto.

    Ella entró a su habitación, yo me quedé en el salón esperando y buscando el mando de la tv para ver que pasaban. Al rato salió vestida con una camiseta larga, esas que cubren hasta el culo y un poquito más abajo, no mire si llevaba un short puesto o solo las bragas o si no llevaba nada debajo. Lo que si pude ver claramente era que no llevaba sujetador ya que se le marcaban los pezones. Eso me puso mucho y joder con la erección que ya traía en los pantalones.

    Yo me quedé mirándola por un momento y ella me dijo.

    -Te pasa algo Juan?

    -Eh, no -le dije.

    (Solo quería decirle lo linda que estaba y que me la comería a besos y me la follaría aquí mismo en el salón delante del puto televisor)

    Pero no me salían las palabras. Solo pude decirle lo bien que se veía, que no pensé que tendría un bonito cuerpo y que tonto fue su marido al dejarla. Ella se puso colorada creo no pensaba le dijera eso.

    Que tierno eres Juan, me dijo, no sabes el tiempo que nadie me hace sentir bien, se acercó a donde yo estaba sentado y se inclinó a darme un beso en la mejilla, vi como esos pechos se abalanzaron hacia mí y rebotaron en su polo y a través del reflejo del televisor vi cómo se levanta la parte de atrás de su camiseta y deja ver parte de sus muslos y el canalillo donde termina el culo y empieza la pierna. Logre o creo yo alcance a ver que solo llevaba bragas debajo de la camiseta.

    Me dio un beso y se fue a la cocina a pues preparar algo para mi. Creo intento poner algo en el microondas y no funcionaba. Le pregunté si había algún problema y me dijo que no iba el aparato este, que si le podría echar una revisada al cable, ya que como va detrás de la estantería seguro se habrá doblado o simplemente ya se había estropeado el micro.

    Me metí a la cocina y la vi de rodillas con la cabeza metida dentro de la estantería y si, efectivamente solo llevaba unas bragas, para mi suerte se le había corrido la camiseta pues dejo al descubierto el culote que tenía, vi que sus bragas eran blancas y un lado se le había metido dentro del culo, bendito cable pensé, fue una vista un poco confusa, inquietante, excitante y morbosa ya que no me imaginaba encontrarla en esa posición.

    No me lo podía creer y estaba ahí delante de mí como para levantar esa camiseta larga, bajarle las bragas y penetrarla, pero claro no podía hacer eso.

    -A ver déjame ver qué pasa con el cable -y al mirar el cable estaba muy doblado, como pasó, no lo sé, por lo que no le llegaba corriente al aparato.

    -Mira déjalo así -le dije- me tomo una bebida y me voy a mi piso ya que estarás cansada.

    -Bueno si un poco -me dijo ella- pero me acompañas y nos tomamos unas cervezas en el salón.

    -bueno vale -le dije.

    Saco unas latas del congelador y nos fuimos al salón, nos sentamos uno al lado del otro y yo disimuladamente agarré un cojín y lo puse sobre mis piernas para poder disimular mi erección. Ella se sentó a mi lado con las piernas juntas y sus manos sobre ellas, conversamos un poco del cambio de look que se había hecho, le dije que era muy guapa aún y que cualquier hombre estaría contento a su lado, ella solo me miraba y le pregunté si la incomodaba con mis palabras.

    -No Juan, no es eso, por favor, no lo pienses, me alegra mucho que estés acompañándome.

    Seguimos tomando unas cervezas más y me pregunto si me gustaría que ella se probase unos vaqueros que se había comprado. Intentó pararse, pero seguro a la hora de ponerse de pie se le engancharía el pie en la zapatilla que traía puesta y casi cae encina de mí, intenté sostenerla, pero se recuperó rápido, joder yo tenía las manos listas para agarrarla y tirarla al sofá.

    No sé pudo, echamos a reír y de broma pensamos que era la cerveza que hacía efecto ya. Yo le dije:

    -mejor me voy, sabes, ha sido una noche fuera de lo común y muy recordable.

    Me dispuse a darle un beso de despedida y creo calculé mal el sitio y se lo di cerca de su boca, nos separamos y ya para el segundo beso no fallé y se lo di en los labios, (que podía perder) me separé nuevamente y la cogí de las manos, “discúlpame” le dije, ella me puso un dedo sobre mis labios y me hizo callar.

    Se me acercó y me dio un beso, bueno nos besamos, lentamente acaricié su espalda y me acercaba más a ella para hacerla sentir mi erección, bajé mis manos hacia sus caderas muy tímidamente, no sabía si lo permitiría, no sabía si solo quería que la bese o no se dejaría tocar el culo, bajé las manos e intenté virarla para sentarla sobre el sofá.

    Pero sentí cierta resistencia, no insistí, besaba su cuello y acariciaba suavemente su culo, besaba su boca y tímidamente le metía la lengüita, los besos fueron yendo en más intensidad y mis manos recorrían ya ese cuerpo de arriba hacia abajo, cuando en ese momento stop, todo se paró, ella se separó de mí y dio unos pasos hacia atrás.

    -No, no, no puede ser -pensé, qué pasó, tan bien que íbamos y ahora que pasara, ya me veía en la puerta, hasta luego Juan.

    Me cogió de la mano y me llevó a su habitación, ella entró primero y yo solo alcancé a cerrar la puerta. Ya en este punto nada podía sacarnos de estas 4 paredes. Escuché que sonaba mi móvil, el de ella también timbraba ambos nos mirábamos ya tumbados sobre la cama, besándonos, acariciando nuestros cuerpos y yo metiendo mano por debajo de su camiseta larga, de seguro sabíamos quién nos llamaba con tanta insistencia, pero no importaba, no podíamos parar, nuestros cuerpos solos se frotaban, solos se deseaban y lo único que pedían es ser uno solo.

    No quisimos despegarnos y solo dejamos que la pasión y el deseo de ambos siguiera su camino, creo que hasta escuchamos llamar al timbre, pero no importaba. Ya habría tiempo para buscar alguna mentirilla.