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  • La maestra de español (3)

    La maestra de español (3)

    Hola a todos nuevamente, soy Ángel.

    Si aún no han leído las partes anteriores, les recomiendo hacerlo antes de continuar, porque a partir de ahora la historia irá directa, sin tanto preámbulo.

    Me encontraba caminando hacia mi casa cuando recibí un mensaje de mi papá. Me decía que no estaban en casa, que habían salido a revisar temas de proveedores para el negocio y que los esperara para comer, ya que llevarían la comida.

    Al llegar, me cambié de ropa y la metí a lavar. No quería que quedara algún aroma sospechoso. Me lavé bien los dientes y me puse a jugar en la computadora.

    Quiero decir que, durante los días siguientes, hasta el viernes, no pasó nada especialmente interesante… salvo unos besos de pico con la maestra, como saludo y despedida.

    Ambos cumplimos el pacto: nada más dentro de la escuela.

    El jueves, sin embargo, Yésica me dijo algo que me sacó de onda.

    Yésica:

    —Si quieres, mañana puedes hacer el examen final conmigo. Si lo pasas, ya no necesitas venir a clases.

    Acepté de inmediato. Para ese entonces, ya no sentía nervios al verla. Solo emoción… felicidad por estar con ella.

    Llegué al salón justo a tiempo, como de costumbre. Cerré la puerta a medio camino. Ella me miró y dijo con voz suave:

    Yésica:

    —Hola, cariño.

    Era la primera vez que me llamaba así, y me sorprendió.

    Me acerqué para saludarla con un beso de pico, como ya se estaba volviendo costumbre… pero esta vez fue distinto. Me agarró de la playera, justo del centro del pecho, me miró y dijo con la boca casi cerrada:

    Yésica:

    —Mu-mu.

    (Así, como diciendo “no vayas”).

    Y me jaló con fuerza hacia ella. Me besó.

    Fue un beso largo, lento.

    Ella estaba sentada y yo inclinado hacia ella.

    Ese beso me despertó una especie de electricidad en el cuerpo. Cosquillas, emoción… no sé cómo explicarlo.

    Terminamos y me senté.

    Me dio dos exámenes: uno ya contestado, el otro en blanco.

    Yésica:

    —Te lo doy así por lo que hemos vivido.

    Solo sonreí y comencé a resolverlo. Mientras me apuraba, me dijo que quería irse temprano porque tenía un compromiso con sus hijas.

    Después me soltó algo que me desarmó:

    Yésica:

    —Extraño mucho lo que hicimos aquí hace unos días… quiero volver a tenerte.

    Me apené, pero respondí sin pensarlo:

    Ángel:

    —Yo extraño esos juguitos que salieron de usted.

    Se rio. Y no dijimos nada más.

    A los pocos minutos, terminé el examen, guardé mis cosas, y ella también.

    Ya íbamos de salida cuando se me ocurrió algo. Sin romper el pacto, claro.

    Iba caminando junto a mí, casi llegando a la puerta. La tomé de la cintura con una mano y la jalé hacia mí.

    Ella dio un pequeño grito, como de alegría, pero bajito. La llevé contra la pared, cerca de la puerta, donde calculé que nadie nos vería. Las cortinas estaban arriba y el ángulo nos protegía.

    La rodeé con mis brazos y la besé.

    Fue un beso que comenzó rápido… pero enseguida se volvió lento, suave, íntimo.

    Sentía cómo sus manos acariciaban mi rostro.

    Esta vez no hubo toqueteos, ni caricias sexuales… fue algo más profundo. Más emocional.

    Estábamos tan pegados que podía sentir su corazón latir fuerte. No sé si ella sintió el mío, pero el mío estaba a mil.

    Estuvimos así varios minutos, hasta que, sin decir nada, ambos lo dimos por terminado.

    Nuestras caras seguían muy cerca. Vi esa sonrisa… esa sonrisa que me volvía loco.

    Yésica:

    —En serio, no quiero dejar de verte. Quiero seguir viéndote.

    Salimos del salón juntos. Ya en el pasillo donde solíamos despedirnos, no hubo beso, porque en ese lugar cualquiera podía vernos. Solo cruzamos unas palabras.

    Yésica:

    —Estate preparado.

    Y sin decir más, se fue.

    Esa frase me dejó confundido. No supe si se refería a lo que habíamos hecho… o a lo académico. Pero sonaba a algo más.

    La verdad, el resto del día fue irrelevante… Pero hubo algo que me hizo pensar.

    Hasta ahora, no habíamos llegado a la penetración, y sinceramente no lo vi necesario para demostrar lo que ambos ya sentíamos. Bastaba con cómo nos mirábamos, con la forma en que nos tocábamos. Todo eso hablaba más que mil palabras.

    Esa noche, nuevamente me quedé solo en casa. Estaba jugando Minecraft en un servidor con unos amigos y no me di cuenta de que tenía un mensaje en el celular. Vi la hora: eran aproximadamente las 8 de la noche.

    El mensaje era de la maestra Yésica.

    Yésica: “¿Estás en tu casa?”

    Le respondí:

    Yo: “Sí… ¿por?”

    Casi de inmediato contestó:

    Yésica: “Estoy afuera, ven.”

    Me saqué de onda. No me había avisado que vendría. Me despedí rápido de mis amigos, estábamos en llamada por Discord, y fui a la puerta.

    Mis perros ya estaban alborotados, moviendo la cola con emoción mientras miraban por debajo de la puerta del callejón. Abrí… y ahí estaba ella.

    Me la imaginaba esperando en la calle, pero no, estaba justo frente a la puerta. Me dijo con una sonrisa:

    Yésica: “¡Hola!”

    Yo: “Hola… ¿quieres pasar?”

    Yésica: “¿Puedo? Perdón por caer de sorpresa.”

    Yo: “Sí, sí, claro, pasa.”

    No podía dejar de mirarla. Traía unos leggins deportivos que marcaban sus piernas y su trasero de forma increíble. Unos tenis blancos y una chamarra de esas ajustadas con cierre. Llevaba lentes y el cabello algo despeinado.

    Yésica: “Perdón por las fachas, vengo del gym.”

    Y ahí entendí por qué tenía ese abdomen plano, ese gran trasero.

    Cerré la puerta. Entró y se sentó en el mismo sillón de siempre. Entonces me soltó lo inesperado:

    Yésica: “Ángel… la verdad vine sin avisar porque no te puedo sacar de mi cabeza. Siempre estoy pensando en ti… en cómo me besas, en cómo me tocas. Estos días que no hicimos nada… me masturbé pensando en ti.”

    Me quedé sin palabras. Nadie me había dicho algo así. Mi corazón empezó a latir con fuerza.

    Yo: “Yo también te extraño… extraño tocarte, probarte.”

    No dijo nada. Solo se levantó y se acercó lentamente hacia mí. Me puse nervioso. Me miró y me sonrió, luego se sentó arriba de mí. En un espejo al fondo pude verla de espaldas, esa escena… verla así, montada sobre mí, me prendió como no tienes idea.

    Me tomó la barbilla con una mano, levantó mi rostro y me besó. Esta vez fue diferente: rápido, intenso, como si hubiera estado esperando ese momento con ansias. Traté de seguir su ritmo. Su respiración se agitaba más y más… hasta que se detuvo, dejando nuestros labios apenas separados.

    Yésica: “¿Dónde está tu cuarto?”

    Se lo señalé:

    Yo: “Ese de ahí.”

    Me tomó de la mano y me levantó. Caminamos hasta mi cuarto. Abrió la puerta, entramos y la cerró con seguro. Al principio me pareció innecesario… pero luego entendí que no estaba mal.

    Se quedó viendo mi setup de tres monitores.

    No dijo nada, pero noté cómo lo admiraba. Yo, nervioso, seguía ahí parado sin moverme. Me volvió a tomar de la mano, me llevó hasta la cama y me aventó hacia atrás. Caí sentado. Su mirada… era de deseo, pura lujuria.

    Se subió encima de mí de nuevo y comenzamos a besarnos, otra vez con esa pasión tan intensa. De pronto se detuvo. Comenzó a quitarme la camiseta.

    En ese momento pensé: ¿Esto va a pasar…?

    Volvió a inclinarse y comenzó a besarme el cuello. Fue como una descarga eléctrica. Poco a poco fue bajando… hasta llegar entre mis piernas.

    Yésica se acercó más. Sin decir una palabra, bajó la mirada hacia mi entrepierna. Su respiración se notaba agitada. Sus manos comenzaron a desabrocharme el pantalón con lentitud, como si supiera exactamente lo que estaba por hacer.

    Lo bajó junto con mi ropa interior, y mi erección, dura y palpitante, quedó expuesta frente a ella. Sentí algo extraño… era la primera vez que estaba completamente desnudo frente a una mujer. Me sentí vulnerable, pero también más excitado que nunca.

    Ella me miró fijo, con esa mezcla de deseo y lujuria que pocas veces había visto en alguien. Sin decir nada, comenzó a tocarme.

    Primero, me masturbaba suave, lento… después cambiaba el ritmo, volviéndose más intensa. Sabía lo que hacía. Su experiencia se notaba en cada movimiento. Cerré los ojos, disfrutando cada segundo, pero cuando los abrí, ya estaba agachada.

    Sin previo aviso, se lo metió a la boca. Comenzó a chuparlo lentamente, haciendo que cada centímetro se sintiera como fuego. Luego aceleraba, apretando con los labios, metiéndolo más profundo, hasta el fondo, haciendo esos sonidos húmedos que me volvían loco.

    —Mmm… te sabe igual que antes… —susurró con voz traviesa, apenas separando sus labios de mi miembro antes de volver a chupármelo con más ganas.

    Sentía que iba a explotar, pero justo cuando estuve a punto, se detuvo.

    Desde esa posición, Yésica bajó el cierre de su chamarra, revelando un top ajustado que dejaba ver parte de su abdomen. Se lo quitó con lentitud, dejándome ver sus senos firmes, redondos… justo como los recordaba.

    —Levántate —me dijo suave, con una voz cargada de deseo.

    Obedecí sin decir nada.

    Ella se recostó en la cama y me miró con una sonrisa pícara.

    —Te toca, Ángel.

    Le quité los tenis, después comencé a bajar los leggings. Debajo, solo traía una tanga diminuta, tipo hilo, que apenas cubría algo. No aguanté más y también se la quité. Quería verla completamente desnuda… y ahí estaba, por fin. Frente a mí. Hermosa. Ardiente.

    Me arrodillé entre sus piernas y las abrí con suavidad.

    Bajé la cabeza y empecé a darle sexo oral, guiándome por lo que recordaba que le gustaba. Chupaba y lamía con hambre, enfocándome en su clítoris, succionando con fuerza. Sus gemidos me confirmaban que lo estaba haciendo bien.

    —Aah… sí… Ángel… ahí… justo ahí… —jadeaba.

    Cuando la miré, tenía los ojos cerrados con fuerza. Se tocaba los senos, retorciéndose con cada lamida que le daba.

    —No pares… aahh… sigue así…

    Sus caderas se movían contra mi boca, desesperada por más. Su respiración era cada vez más rápida, los gemidos más profundos.

    —¡Detente! Ángel… por favor… detente… —dijo de pronto, con una voz temblorosa, como al borde del orgasmo, pero queriendo controlarlo.

    —¿Segura? —le pregunté, levantando la vista.

    —Sí… en serio… —me dijo jadeando, mordiéndose el labio—. Solo espera unos segundos… no quiero terminar todavía…

    Me detuve, pero el deseo seguía encendido en los dos.

    Yésica seguía jadeando, con los ojos cerrados y el cuerpo aún vibrando por lo que le había hecho con la boca. Yo estaba frente a ella, temblando ligeramente, con la verga tan erecta que sentía que iba a venirme con solo rozarla.

    Abrió los ojos y me miró. Su expresión cambió: seguía siendo lujuriosa, pero ahora también tenía algo tierno, como si pudiera ver en mí más de lo que yo mismo mostraba.

    Yésica:

    —Ven.

    Extendió los brazos hacia mí. Me subí sobre ella, apoyando las manos a cada lado de su cabeza. Mi respiración era agitada, el corazón me latía como loco. Mi verga apenas rozó su entrada… y ahí me quedé un segundo. Dudando.

    Ella lo notó.

    Yésica:

    —¿Es tu primera vez, verdad?

    Ángel:

    —Sí…

    Sentí que se me notaba en la voz, y por dentro una mezcla de vergüenza y ansiedad. Pero Yésica me acarició la cara con una ternura inesperada.

    Yésica:

    —Está bien… no tienes que saberlo todo. Yo te voy diciendo.

    Tomé mi verga con la mano, algo torpe, y la guié hacia su entrada, húmeda y caliente. Ella movió ligeramente las caderas, ayudándome. Empujé despacio, pero no lograba entrar del todo.

    Yésica:

    —No te apresures. Solo siente mi cuerpo… déjalo entrar despacio.

    Volví a empujar, más lento esta vez. Sentí cómo su interior me abría paso, cálido, húmedo, apretado. Entré poco a poco, jadeando. Cuando ya tenía la mitad adentro, me quedé quieto, abrumado por la sensación.

    Yésica:

    —¿Estás bien?

    Ángel:

    —Sí… solo… no sabía que se sentía así…

    Ella sonrió y me abrazó por el cuello, susurrándome al oído:

    Yésica:

    —Muévete lento… así… sí… ahora empuja un poco más…

    Seguí sus indicaciones. Mis movimientos eran torpes. A veces empujaba con más fuerza de la necesaria, otras me salía un poco y tenía que volver a entrar. Pero ella no se quejaba, al contrario, me guiaba con sus manos sobre mi cintura, ayudándome a encontrar el ritmo.

    Yésica:

    —Eso es… así, Ángel… sí, justo así…

    Poco a poco, mis caderas empezaron a fluir. Ya no pensaba tanto. Solo la sentía. Escuchaba sus gemidos, su respiración, y la forma en que su cuerpo me pedía más.

    Yésica:

    —Estás haciéndolo bien… se siente tan rico… sigue así, no pares…

    Tomé más confianza. La sujeté con firmeza de la cintura y empecé a darle más fondo, sintiendo cómo su interior me apretaba delicioso. Ya no era solo nervios, era puro deseo.

    Mis caderas chocaban contra las suyas, suaves pero constantes. Su piel contra la mía, el sudor empezando a aparecer, el calor entre los dos… todo era perfecto.

    Ángel (pensando):

    No sabía que se sentía así… no solo era placer, era como si cada parte de mí encajara justo ahí, con ella. Su cuerpo lo estaba sintiendo todo, pero el mío también… y más.

    Yésica gemía cada vez más fuerte, sus piernas me rodeaban con fuerza, sus uñas se clavaban suavemente en mi espalda.

    Yésica:

    —Aah… Ángel… se siente tan rico dentro de mí…

    Ángel:

    —No quiero venirme aún…

    Yésica (sonriendo):

    —Tranquilo… ahora quiero probar algo yo.

    Se soltó de mí, respirando agitada. Me besó una última vez en los labios y luego me empujó suavemente hacia atrás.

    Yésica:

    —Siéntate… quiero subir yo.

    Me senté como me pidió, aun jadeando, con mi verga húmeda y brillante apuntando al techo, palpitando con necesidad. Yésica se acomodó sobre mí… pero se giró.

    Puso sus rodillas a los lados de mis piernas, dándome la espalda. Desde ahí, vi cómo su cadera bajaba lentamente… hasta que sentí la punta de mi verga tocarla de nuevo.

    Ángel (pensando):

    Esa vista… su espalda, su cintura, ese culito perfecto bajando sobre mí… nunca había visto algo tan sexy. Estaba dentro otra vez… y aún más profundo.

    Yésica:

    —¿Así te gusta?

    Ángel:

    —Demasiado…

    Ella comenzó a moverse. Primero suave, subiendo y bajando despacio, haciendo que cada centímetro se sintiera con más presión. Luego, sus manos fueron a su propio cuerpo, tocándose los pechos mientras yo no podía dejar de mirar cómo su culo chocaba contra mí.

    Yésica:

    —¿Te gusta ver cómo me lo meto?

    Ángel:

    —Me vuelve loco… no sabía que se podía sentir tan cabrón.

    La sujeté de la cintura con ambas manos, sin apretarla demasiado, solo para sentir cómo se movía. Ella empezó a acelerar el ritmo, gimiendo más fuerte con cada embestida. Mi verga se deslizaba dentro de ella con facilidad, empapada y caliente, pero la presión seguía siendo deliciosa.

    Ángel (pensando):

    No podía creer lo que estaba viviendo. Era como si mi cuerpo apenas estuviera descubriendo el sexo, pero con ella todo se sentía natural… y adictivo.

    Yésica:

    —Ángel… no pares de verme… quiero que te vengas viéndome venirme…

    Yésica seguía montándome de espaldas, su cuerpo bajando con fuerza, sus gemidos mezclándose con los míos. El ritmo era cada vez más rápido, más húmedo, más salvaje.

    Pero de pronto, se detuvo.

    Se levantó de golpe, con la respiración agitada, y giró para quedar de frente a mí. Se acomodó rápido sobre mi verga de nuevo, guiándola con la mano, y bajó sin pensarlo. Soltamos un gemido al unísono.

    Yésica:

    —Quiero verte… quiero venirme así, contigo viéndome…

    El nuevo ángulo era perfecto. Su cuerpo lleno de sudor brillaba a la luz tenue del cuarto. Desde abajo, yo podía ver cómo rebotaban sus tetas cada vez que se movía, y cómo las sostenía con ambas manos mientras me montaba.

    Ángel (pensando):

    Era como verla en cámara lenta… sus pechos rebotando, su abdomen tenso, su rostro entre placer y locura… y yo dentro de ella, sintiéndolo todo. No sabía en qué momento llegué a esto, pero no quería que terminara.

    Ángel:

    —Me voy a venir… Yésica… ya no aguanto…

    Yésica (gimiendo):

    —Sí… suéltalo dentro… quiero sentirte terminar en mí…

    No aguanté más. Con un gemido profundo, me vine con fuerza. Sentí las descargas calientes salir de mí, dentro de ella. Era tanto placer que me estremecí completo. Mis manos se clavaron en sus muslos mientras mi cuerpo temblaba.

    Pero ella no se detuvo.

    Siguió moviéndose unos segundos más, ahora más despacio, con los ojos cerrados y el rostro tenso.

    Yésica:

    —Aahh… sí… ahí… ahí… ya… ¡aah!

    Soltó un gemido más fuerte mientras su cuerpo se estremecía encima de mí. La sentí apretarme por dentro, húmeda, caliente, vibrante. Cayó sobre mi pecho de inmediato, jadeando, sudando… temblando todavía.

    Ángel (pensando):

    No sabía si había durado mucho o poco… solo que fue justo lo necesario. Tal vez fue por las ganas, el deseo acumulado, o todo lo que habíamos reprimido tanto tiempo… pero fue perfecto.

    Ángel:

    —No sé cuánto duré… pero… se sintió como si fuera todo lo que tenía que pasar…

    Yésica (respirando agitada, sonriendo):

    —Lo hiciste bien… muy bien…

    Su cuerpo se apoyaba en el mío, caliente, empapado de sudor, con su pecho rozando el mío. No se despegó. Seguía respirando agitada, gimiendo bajito, como si el orgasmo no se le fuera del cuerpo todavía.

    Ángel (pensando):

    Sentía el calor recorriéndome entero. El pecho me latía con fuerza, los músculos me pesaban. No sabía en qué momento, pero mi cuerpo se aflojó. Y el de ella también.

    Se quedó encima de mí, con la cabeza recargada en mi hombro, su cabello mojado pegándose a mi cuello. Ambos en silencio. Solo respirábamos.

    Y en medio de esa calma… nos quedamos dormidos.

    Quizás no fue mucho el tiempo que nos quedamos dormidos.

    Tal vez solo unos minutos.

    Pero el cansancio se notaba. Sudados, agitados… y en silencio.

    Yésica seguía encima de mí, pero poco a poco se levantó, con el cuerpo aun temblando levemente. No se cubrió ni se apresuró. Solo me miró mientras se acomodaba el cabello hacia atrás.

    Yésica:

    —¿Ese es el baño?

    Ángel:

    —Sí… ahí al fondo. Es pequeño, pero tiene regadera.

    Caminó hasta allá. La vi alejarse completamente desnuda. Justo cuando estaba por cerrar la puerta, se detuvo. La abrió un poco más y asomó la cabeza, con una expresión traviesa y cálida.

    Yésica:

    —¿Quieres venir?

    Tardé dos segundos en reaccionar. Me levanté sin decir nada, todavía desnudo, sintiendo el cuerpo pesado por todo lo que habíamos hecho. Entré al baño con ella. Cerró la puerta.

    El espacio era reducido. El vapor empezaba a llenar el ambiente. El agua ya caía, templada. Nos metimos a la regadera juntos, sin apuros. Yo la dejé pasar primero y luego me coloqué detrás de ella.

    El agua nos recorrió el cuerpo. Su espalda contra mi pecho, sus nalgas rozando apenas mi cintura. Pero no había intención sexual… no ahora.

    Solo estábamos ahí, piel con piel, en silencio. Yo la abrazaba desde atrás. Ella apoyó su cabeza en mi hombro.

    Ángel (pensando):

    No dije nada. No hacía falta. Tenía su cuerpo frente al mío, su respiración calma, el agua cayendo sobre los dos… y por primera vez, no sentía deseo. Sentía paz.

    Mis manos la acariciaban despacio. Su cintura, sus brazos, su vientre.

    Ella se giró lentamente, ahora de frente.

    Me miró sin sonreír, pero con esos ojos que decían demasiado.

    Yésica:

    —No pensé que iba a pasar así…

    Ángel:

    —Yo tampoco.

    Nos quedamos viendo.

    Yo pasé mis dedos por su cara, limpiándole el agua del rostro. Ella hizo lo mismo conmigo. Después apoyó la frente contra la mía. No nos besamos. No lo necesitábamos.

    Estuvimos ahí varios minutos más, bañándonos despacio, en silencio. Lavándonos el uno al otro.

    Y cuando terminamos, nos secamos sin apuro y volvimos a la cama.

    Ya eran las 11 pm.

    No hablamos más. Solo nos acostamos, desnudos, ahora limpios, mirándonos en la oscuridad.

    Y aunque no lo dijimos, ambos sabíamos que algo cambió para siempre.

    Ya estábamos acostados, los dos bajo las cobijas y con la luz apagada. Su cuerpo seguía pegado al mío, cálido, suave, todavía temblando levemente por lo que acabábamos de vivir.

    Después de un momento en silencio, me habló.

    Yésica: —Ángel… el lunes me voy con mis hijas de vacaciones a la playa.

    Ángel: —¿En serio?

    Yésica: —Sí… vuelvo hasta el sábado de la próxima semana.

    Me cayó como un balde de agua fría. Una parte de mí se sintió triste, pero otra… no podía dejar de sonreír por dentro. El simple hecho de que me lo dijera así, como si le doliera irse sin verme, me hizo sentir especial.

    Ángel: —¿Tanto tiempo?

    Yésica: —Sí… y justo esa semana no hay clases, ya sabes, por la recuperación.

    Tenía razón. Esa semana ya no había nada.

    Faltaban dos semanas para la graduación y todo se sentía como un cierre… inevitable.

    Yésica: —Te voy a extrañar. No sabes cuánto.

    Yo: —Yo también… Voy a extrañar tus besos… tus caricias.

    Se quedó callada, solo acercó más su cuerpo al mío y apoyó su cabeza sobre mi pecho. No hizo falta decir más. En ese silencio, entre respiraciones profundas, entendimos que lo que teníamos era intenso… pero tenía un final con fecha. Aunque nos quedaba algo de tiempo, la realidad se empezaba a colar entre los suspiros.

    Yésica:

    —¿A qué hora llegan tus papás?

    Ángel:

    —Como a las dos o tres de la mañana. Los fines de semana cierran tarde, llegan directo a dormir y nunca me despiertan… A esa hora yo ya estoy bien dormido.

    Yésica:

    —Mmm… Justo estaba pensando en eso.

    Ángel:

    —Quédate… Quiero dormir contigo.

    Se volteó lentamente y la abracé por detrás. La clásica cucharita.

    Su cuerpo, cálido y suave, encajaba perfecto con el mío. Respiraba lento, tranquila…

    Y ahí me quedé, sintiéndola cerca, como si el tiempo se detuviera sólo para nosotros dos.

    La verdad aún queda mucho que contar… pasaron más cosas de las que imaginan. Si quieren seguir sabiendo de esta historia, háganmelo saber y les traigo más partes

    Espero que les esté gustando la historia tanto como a mí escribirla… y recordarla.

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  • Mi mujer, mi hija (2 – final)

    Mi mujer, mi hija (2 – final)

    Cuando ella me hablo en un susurro, utilizo las mismas palabras que mi dijo su madre cuando lo hicimos, la primera vez.

    —Despacio por favor. Solo respondí.

    —Me haces el hombre más feliz de la tierra.

    Se la metí despacio, como ella me lo pidió y también porque yo quería gozar al máximo ese momento. Mi pija es normal de largo, si la tengo bastante gruesa, cuando la tuve toda adentro me quede quieto, sentía como la concha de mi hija me succionaba, no había sentido nunca ese movimiento que hacía Vicky sobre la pija.

    —Ya está toda adentro, mi vida, de ahora en más te voy a dar hasta que pueda o hasta cuando vos quieras.

    —¡Cógeme papá! ¡Como deseaba tenerla adentro!

    —Eres hermosa Vicky y tu conchita más, me gustan los labios de tu concha se abren como alas de mariposa, no sé si me gusta más chuparte que cogerte, pero ahora me voy a acabar en tu concha, ¿Puedo hacerlo adentro? Le susurre al oído.

    —Sí, mi amor quiero sentir tu leche.

    —¡Mi nena quiere… ahg! ¡Ahggg!

    Y me vine dentro de ella, mi pija cabeceaba dentro de su concha, sus manos agarraban mis glúteos para que no la sacare ni un centímetro. Me tire en la cama al lado de ella

    —¡Esto fue rápido, Esteban!

    Era la primera vez que me llamaba por mi nombre, me gusto que no me llamara papá, así podía imaginar que no estaba cometiendo ningún pecado, a decir verdad no soy muy católico.

    —Es que estuve imaginando tanto que entraba en tu conchita, que no aguante, te prometo que el próximo voy más lento.

    Me recupere en unos minutos, ella besaba y me pajeaba suavemente, el bicho comenzó a dar muestra de vida.

    —Vicky, quiero cogerte mirando tu culo hermoso, al estilo perrito, ¿quieres?

    Cuando se puso en cuatro, yo me arrodille detrás, agarre la bikini y le seque la conchita me prendí como ternero mamándole los largos labios, use mis manos para separar las nalgas y dejar al descubierto el agujerito de su culo, marrón con pequeñas estrías que parecían que señalaban el centro por donde entrar, primero lo lambí, pegó un pequeño respingo cuando lo hice.

    —Papito, la tuya es muy gorda para mi culito.

    —Tranquila, ahora solo te quiero chupar toda.

    Puse mi lengua en punta y la mande tipo barreno y le chupe el culo, mientras ella gemía de placer y se mojaba su concha con pequeñas acabadas.

    —¿Le gusta a la nena lo que le hace este viejo degenerado?

    —¡Este viejito me está matando de placer!

    Estuve chupando concha y culo un buen rato y fui por el broche de oro. Apunte a su concha y la fui metiendo despacito gozando de ese culo como lo hacía con Susana, su madre. Que hermosa sensación, no sé describirla con palabras, solo aquel que se ha cogido a la mujer que ama en esa posición. Lo sabe.

    Estuve embelesado en esa posición y bombeando, bastante tiempo. Me saco del ensimismamiento el grito de:

    —¡Dale Esteban! ¡Dame papitooo!

    Esos gritos y el gozo que me cogerme por detrás a Vicky, acabe al grito de:

    —¡Toma Vicky, toma mi leche! Más que una acabada, fue una trasfusión, caí rendido sobre la cama. Tenía hambre.

    —tengo hambre, ¿Te comerías unos sanguches? Bueno nena, ha sido demasiado para este viejo me baño, como unos sanguches y la cama. Ella me corrigió:

    —Nos bañamos, comemos y nos venimos a la cama, desde hoy hacemos todo juntos, ¿Sí?

    Así lo hicimos, cuando desperté a la mañana, ya eran las nueve, un poco tarde, llame por el celular a mi socio, para que se hiciera cargo de todo, me tomaba el día libre. Yendo para el comedor sentí el olor a café recién hecho, Vicky estaba de espalda sirviendo el café, me saludo con un:

    —Hola dormilón.

    La tome de la cintura, como lo hacía con su madre, apoyándome en su prominente trasero le di un beso.

    —¡Ohh! ¿El que te dije, está buscando el mañanero?

    —No, no, debemos hablar.

    —Creí que habíamos hablado.

    —Vos dijiste que desde ayer haríamos todo junto, yo asentí, pero hay aclarar varias cosas, porque esto no es un matrimonio, no es concubinato, es algo que la sociedad llama “incesto” y debemos considerar algunas pautas de convivencia y el futuro como pareja.

    —Bueno (dijo, no muy convencida) Hablemos

    —Me voy a tomar el día para almorzar contigo y hablar, ahora me voy a avocar a hacer unos papeles y después vemos.

    Cuando nos sentamos a almorzar, entre risas y miradas cómplices, dimos cuenta de la suculenta comida que preparo Vicky. Ya de sobremesa, con una copa de vino en la mano, comencé diciendo:

    —Mira Vicky, cuando volviste, jamás pensé recibir de tu parte semejante regalo, estoy maravillado, nunca jamás creí hacer lo que estoy haciendo, pero no estoy arrepentido.

    —Papi yo…

    —Déjame seguir, algunas pautas tenemos que fijar y ver otras para el futuro, primero, aquí en casa me podes llamar papá, papito, Esteban, como tú quieras, por mi parte nunca más te voy a llamar hija, por respecto a tu madre. Afuera de casa soy tu papá y como tal debes tratarme en todos los casos. Ahora te pregunto ¿pensaste en que yo tengo 52 años y que pronto seré un viejo? ¿Qué te podes enamorar de un chico de tu edad, que puede pasar la pasión que sientes por mí?

    —Bueno, como llamarte y como me llamaras vos, estoy de acuerdo. En cuanto a lo demás no lo he pensado sinceramente.

    —Quiero decirte, que estaré de acuerdo cuando vos lo digas, hasta aquí llegue, o me enamore de alguien, no busco atarte a mi vejez, quiero que me prometas que si sucede me lo vas a decir.

    —¡Te lo prometo!

    Dormí una siesta, habito que agarre estando solo, a la tarde salimos un rato a tomar algo y cuando volvíamos compramos comida para no cocinar a la noche y un buen vino, ya que anunciaba ser una noche muy especial.

    Cenamos uno frente del otro, con guiños y promesas como cualquier pareja de enamorados. Al terminar fuimos a sentarnos al sillón, encendí la tele, pero no alcance a ver nada, comenzamos a besarnos y manosearnos, así estuvimos un rato, hasta que se levantó y tomo mi mano.

    —Vamos al dormitorio, estaremos más cómodos.

    A orillas de la cama, comenzamos a desnudarnos, estando casi desnuda la gire suavemente, quedamos frente a frente, tomando la iniciativa colgándose de mi cuello me beso apasionada. Desprendió una mano de mi cuello y sentí que bajaba lentamente introduciéndola dentro de mi slip para agarrar mi pija.

    Comencé por acariciar ese bello cuerpo; descubrí con mis manos cada bahía, cada ensenada. Desabroche el sujetador, que aprisionaban las mamas hermosas de pezones morenos. Sus ojos almendrados me miraban apasionados; el deseo brillaba en ellos. Sujete en mis labios un pezón y le pasaba la punta de la lengua; sentía como se erguía inmediatamente, rodaron mis manos por esa llanura morena de su piel hasta llegar al triangulo de su bikini, que guarda el abultado tajo de su concha, lo sentí tibio y mojado en mi mano, cori con mis dedos ese pedazo de tela, tocando los labios de su deseada vagina. Al rozar su sexo tuvo un estremecimiento, que me dio la pauta de lo ansiosa que estaba.

    Nos quitamos la poca ropa que quedaba en nuestros cuerpos; ya desnudos, comencé a besarla con pasión; centímetro a centímetro de piel, fui avanzando, acercándome al premio mayor.

    Me sumergí en las mieles de su conchita, coronada por unos hermosos labios hinchados de excitación, la vista que me daba la posición, era de lo más hermosa. Su excitación quedó expuesta, demostrándomelo con un orgasmo tremendo a los pocos minutos de saborear su fruta exquisita.

    Gemidos y suspiros llenaban la habitación solamente iluminada por reflejo de las farolas de la calle que entraban por la ventana, que me dejaron observar cómo se ponía en cuatro ofreciendo su sexo. Haciendo lo mismo, me ubiqué detrás para conectar los genitales, introduciéndome de a poco. Quería que disfrutáramos y lo estamos haciendo.

    Ya dentro por completo, comenzando el juego, que tanto nos gustaba jugar, disfrutábamos con el pongo y saca; el roce de mi pija en su concha, nos sacaba gemidos cada vez más fuertes. Entre esos gemidos escucho:

    —¡Aaag, sí, sí papito, como te siento!

    Mis testículos golpean su entrepierna con un lento movimiento rítmico, al punto de fusionarnos sincronizadamente en un acto sexual épico. La penetraba lento y cada vez más y más rápido; sentía como sus músculos vaginales apretaban mi miembro para provocarme más placer; aguantaba el semen que pugnaba por salir de mis testículos. Quería aguantar y seguir disfrutando de esta noche tan especial.

    Sé que no debería sentirme así con el cuerpo de mi hija, pero la pasión impuesta por Vicky, me llevaba al paroxismo y quite esos pensamientos de mi cabeza y pase a disfrutar del placer que me daba el culo de mi hija.

    Escuchar esos gemidos que afloraban de su boca y saber que yo era la causa de ellos me incendiaba, sus caderas se mueven en un fuerte vaivén, estiro mi mano para tomar su seno que pendía oscilante, su duro pezón me invitaba a jugar, el inminente orgasmo me hizo salir de su interior, su cara de sorpresa me hizo esbozar una sonrisa, sumerjo la cara entre sus muslos para bucear entre sus labios vaginales con la lengua, saboreando el gusto y aroma del sexo.

    Vicky deja caer la cabeza sobre la almohada, dejando bien y en toda su inmensidad, su vagina expuesta a mi disposición, sus jugos agridulces invadían mis papilas gustativas que recibían oleadas de flujo, busco el clítoris duro, candente y erecto, no necesitó mucho tiempo, su orgasmo fue explosivo. Sin dejar pasar el momento, retomo mi tarea anterior, esta vez con más vehemencia. De un solo golpe me introduzco nuevamente, moviéndome casi con violencia. Nuestros cuerpos chocaban entre sí, haciendo un ruido entre acuoso y de golpeteo. Comenzó a gemir nuevamente, lo que hizo a mi esperma salir presuroso, impactando en el interior de Elsa, quien al sentir su tibieza también detonó su orgasmo.

    Sentí que su líquido inundaba mi pija y corría por mis testículos.

    —¡Papito, te amo! No quiero que esto termine nunca.

    —Yo quiero seguir amándote así, hasta que no pueda más.

    Fin

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  • Obsesión (2)

    Obsesión (2)

    En el almacén, el espacio estrecho los obligó a rozarse, el brazo de Santiago tocaba la cintura de Andrea, sus manos temblaron al mover una caja, sus cuerpos estaban tan cerca que podía sentir el calor de su piel, el aroma de su cabello mojado. Ella se giró, sus senos rozaron su pecho, el recuerdo de aquella noche en el balcón resurgió como un relámpago.

    —Santi, estás todo mojado —dijo, mientras sus dedos rozaban su camisa, la tela pegada revelaba los músculos de su pecho.

    —Tú también —respondió, mientras sus ojos recorrían su cuerpo, aquella blusa transparente que dejaba ver sus senos envueltos en aquel brasier.

    El aire se cargó de una tensión sexual que era casi insoportable, sus respiraciones eran agitadas, el sonido de la lluvia golpeaba el tejado del almacén como un tambor. Santiago, incapaz de contenerse, extendió la mano, sus dedos rozaron tímidamente la curva de sus nalgas, la tela húmeda de los jeans resbaladiza bajo su toque, la carne firme cedía ligeramente. Andrea no se apartó, su cuerpo temblaba, con una mezcla de deseo y duda.

    —Santi, no deberíamos —murmuró, pero su voz era débil, su cuerpo ya estaba inclinándose hacia él, sus nalgas se presionaron contra su mano, invitándolo a explorar.

    —No puedo evitarlo, Andrea —dijo con voz llena de lujuria, sus dedos apretaron una de sus nalgas, sintiendo la redondez perfecta—. Llevo años soñando con tocarte así.

    Ella gimió, sus manos se apoyaron en un estante, sus nalgas se arquearon hacia él. Santiago, con el pene palpitando, se acercó más, su cuerpo presionaba contra el suyo, su mano se deslizaba por la curva de sus nalgas, rozando el borde de la tanga, tentado a bajarle los jeans, a lamerla hasta que gritara su nombre.

    —Santi, Iván… —susurró, pero no se movió, sus nalgas temblaban bajo su toque, sus pechos subían y bajaban con rapidez.

    —Solo déjame tocarte —suplicó, mientras su mano subía por su cintura, rozando la piel húmeda bajo la blusa, sus dedos encontraron el borde del sostén, el encaje empapado, mientras su otra mano seguía acariciando aquellas nalgas, apretándolas con una urgencia que era puro fuego.

    Andrea giró la cabeza, sus labios se posicionaron a centímetros de los suyos, su aliento cálido rozaba su rostro, sus ojos estaban nublados por el deseo.

    —Santi, si cruzamos esta línea… —empezó, pero un trueno la interrumpió, y sus cuerpos se apretaron más en el espacio reducido, el calor de su sexo traspasaba los jeans, su tanga ahora estaba empapada no solo por la lluvia.

    Santiago, al borde de la locura, deslizó su mano bajo la blusa, sus dedos tentaban la piel cremosa de sus pechos, sintiendo el peso de uno de ellos, el pezón se endurecía bajo su palma. Andrea gimió, sus nalgas se presionaban contra su pene, y por un instante, el mundo se redujo a ese almacén, a sus cuerpos empapados, a la promesa de un placer que llevaba nueve años gestándose.

    Andrea, atrapada en un torbellino de deseo y frustración, se giró hacia él, con una lujuria que era casi desesperación.

    —Santi, no puedo más —jadeó, arrojándose a sus brazos, sus cuerpos chocaron con una fuerza que hizo crujir los estantes, sus senos se presionaron contra su pecho.

    Santiago, consumido por el fuego que había ardido en su alma desde 2016, no lo pensó dos veces. Sus manos arrancaron la blusa de Andrea, los botones saltaron al suelo, revelando sus senos gloriosos, grandes, firmes, brillaban con gotas de lluvia. Desgarró el sostén de encaje, aventándolo al suelo, y hundió su rostro entre sus pechos, su lengua lamía con una voracidad salvaje, saboreando la piel cremosa, ligeramente salada por el sudor y la lluvia. Chupó sus pezones, sus dientes la mordían, arrancándole gemidos que se escuchaban en aquel almacén,

    —¡Santi, sí, más! —gritó ella, sus manos se enredaban en su cabello, atrayendo su cabeza hacia sus senos, su cuerpo se arqueaba, sus nalgas temblaban contra un estante.

    —Te he deseado tanto, Andy —gruñó Santiago, con una obsesión que había crecido durante años, mientras lamía sus pechos, estrujándolos con sus manos, sintiendo su peso, su firmeza, sus pezones endurecidos pulsando bajo su lengua.

    La volteó con un movimiento brusco, su espalda quedó frente a él, la curva de su columna era recorrida con gotas de lluvia, sus nalgas eran resaltadas por los jeans empapados. Besó su nuca, su lengua trazó un camino húmedo por su piel, mientras sus manos rodeaban su cintura, subiendo para masajear sus senos, sus dedos ahora jugaban con sus pezones, arrancándole gemidos que eran puro vicio. Su erección, dura, venosa, palpitaba bajo sus pantalones, rozando el culo perfecto de Andrea, sintiendo la tela de los jeans apenas conteniendo esas nalgas que había soñado poseer.

    —Eres mi maldita obsesión —susurró, su voz temblaba, mientras arrimaba su pene a sus nalgas, sintiendo la carne firme ceder bajo la presión.

    Andrea, desquiciada por el deseo, se desabotonó los jeans con dedos torpes, bajándolos junto con su tanga, la tela empapada cayó al suelo, revelando sus nalgas desnudas, su vagina ahora estaba expuesta, con pliegues rosados abiertos, brillando con su humedad, un charco de sus jugos goteaba en el suelo.

    —Tócame, Santi —suplicó, mientras lo ayudaba a quitarse los pantalones, sus manos buscaron su pene, encontrándolo duro, palpitante, el glande expulsaba liquido preseminal.

    Sus dedos envolvieron su verga, masturbándolo con una lentitud deliberada, sus uñas rozaban la piel sensible, arrancándole un gruñido que resonó en el almacén.

    —He escrito historias sobre ti, Andrea —confesó Santiago, besándola con una intensidad que era puro fuego, sus labios devoraban los suyos, sus lenguas se enredaban, la saliva goteaba por sus barbillas—. Cada noche, me masturbo pensando en cogerte, en llenarte, en hacerte mía.

    Andrea gimió, su mano acelerando sobre su pene, sus nalgas temblaban mientras se inclinaba hacia adelante, apoyándose en un estante, sus piernas quedaron abiertas, invitándolo a entrar en su vagina.

    —Hazlo, Santi, cógeme como en tus historias —jadeó, acomodando su pene con su mano, guiándolo hacia su entrada, hacia sus pliegues húmedos y calientes que ya rozaban la punta de su verga.

    Santiago, consumido por años de deseo reprimido, la penetró desde atrás con una embestida profunda, su pene se deslizó dentro de su vagina, el calor de sus paredes lo succionaban, sus pliegues abiertos lo envolvían, sus jugos lo empapaban.

    —¡Dios, Andrea, eres perfecta! —gruñó, sus manos abandonaron sus senos para tomar su cintura, empujándola hacia él, sus nalgas chocaban con sus muslos, el sonido húmedo resonaba como aplausos. Ella colocó sus manos en el estante para no caerse, sus nalgas temblaban con cada embestida, sus gemidos resonando como nunca.

    —¡Santi, cógeme más, no pares!

    Las embestidas eran salvajes, su pene entraba y salía, mientras los jugos de ella escurrían por sus muslos. Santiago la nalgueó con fuerza, el sonido seco se amplificó por las paredes, su piel se enrojecía, marcas rojas aparecían mientras ella gritaba.

    —¡Sí, Santi, nalguéame! Su cuerpo se arqueaba, sus senos rebotaban, sus pezones rozaban el estante, mientras sus dedos se deslizaban a su clítoris, frotándolo con una furia que hacía temblar su cuerpo.

    —Llevo casi toda mi vida soñando con esto —gimió Santiago, mientras sus manos apretaban su cintura, sus embestidas se hicieron más profundas, su verga pulsaba dentro de ella—. Cada historia, cada orgasmo, eras tú, Andrea.

    Ella convulsionó, un chorro cálido de sus jugos empapó el suelo, sus gritos invadieron el lugar.

    —¡Santi, me vengo!

    Su vagina se contrajo alrededor de su pene, succionándolo, mientras él explotaba, chorros calientes de semen, inundaron aquella panocha que tanto había deseado, goteando por sus muslos, sus nalgas temblaban contra él. Se desplomaron contra el estante, sus cuerpos estaban sudorosos, empapados, el almacén quedó lleno del aroma de sus fluidos, de sus respiraciones agitadas, mezclándose con el sonido de la lluvia.

    Andrea, jadeando, giró la cabeza, sus labios rozaron los de él.

    —Quiero que me cojas otra vez, Santi. Como en tus historias.

    Santiago, con el pene aun palpitando, la besó, su lengua saboreó sus labios, con la promesa de más. Pero en el fondo, sabía que este momento, este cruce de la línea, los había cambiado para siempre, y la sombra de Iván, con su mirada posesiva, acechaba en el horizonte.

    —Santi, penétrame otra vez —jadeó, mientras se apartaba, sus nalgas se menearon al caminar hacia el mostrador de la tienda, su vagina con los pliegues rosados abiertos goteaba sus jugos y el semen de Santiago.

    Se subió al mostrador con una gracia felina, este crujió bajo su peso, y con un movimiento deliberado, abrió sus piernas, levantándolas en alto, sus manos sostuvieron sus muslos tonificados, exponiendo su vagina, brillante, húmeda, como una flor en plena floración.

    —Métemela, Santi, cógeme como siempre soñaste —suplicó, sus pechos voluptuosos rebotaron ligeramente, sus pezones seguían endurecidos, brillando con el sudor y las gotas de lluvia que aún perlaban su piel.

    Santiago, con el pene duro, venoso, palpitando con una urgencia dolorosa, se acercó, su respiración era agitada, sus ojos estaban fijos en el espectáculo de su cuerpo.

    —Por esto venía a la tienda todos los días, Andy —confesó, alineando su pene con su entrada, la punta rozaba los pliegues húmedos, antes de penetrarla con una embestida profunda, sus paredes cálidas y apretadas lo succionaron, arrancándole un gemido que resonó en la tienda. —Soñaba con cogerte así, cada maldita noche.

    Ella gimió, sus manos apretaron sus propios muslos, manteniendo sus piernas abiertas, sus nalgas temblaban contra el mostrador con cada embestida.

    —Si vienes en las noches, Santi, esto pasará una y otra vez —susurró, con una promesa lujuriosa, mientras él se inclinaba, su lengua lamía sus senos, chupando sus pezones con una voracidad salvaje, arrancándole gritos que eran puro placer.

    Santiago, perdido en el frenesí, la penetraba con embestidas salvajes, el mostrador crujía, sus jugos escurrían por el borde, goteando el suelo.

    —Eres mi maldita obsesión, Andrea —gruñó, mientras sus manos estrujaban sus tetas, al mismo tiempo ella gritaba, —¡Cógeme más, Santi, hazme tuya por siempre!

    Ella lo empujó suavemente, y señaló una silla en la esquina de la tienda.

    —Siéntate, escritor —ordenó, llena de deseo, mientras él obedecía, su pene aun estaba erecta, palpitando en el aire fresco.

    Andrea se acercó, y se subió sobre él de espaldas, con sus piernas abiertas, sus nalgas redondas temblaban mientras se empalaba en su pene, dándose sentones que hacían resonar la silla. Arqueó su espalda, sus pechos rebotaban, mientras Santiago mallugaba sus senos, sus dedos apretaban la carne firme, sus pezones pulsaban bajo sus palmas.

    —Dios, Andrea, tu culo es perfecto —gimió, sus manos recorrían aquellas maravillosas nalgas, nalgueándolas con fuerza, mientras ella gemía, —¡Más, Santi, márcame!

    Ella se giró, ahora de frente, subió sus pies a la silla, quedando en cuclillas con sus nalgas abiertas, los pliegues rosados de su panocha envolvieron aquella verga mientras se daba sentones con una furia animal.

    —Siento tu verga hasta el estómago —jadeó, sus manos estaban apoyadas en los hombros de él, sus senos rebotaban frente a su rostro, mientras Santiago lamía sus pezones, chupándolos con desesperación.

    Santiago, consumido por la lujuria, deslizó su mano a sus nalgas, acariciándolas, sus dedos rozaron el orificio de su ano. Jugueteó con su dedo índice, presionando lentamente, sintiendo los pliegues arrugados abriéndose a su paso. Andrea gritó, un sonido lleno de dolor mezclado con placer.

    —¡Santi, duele, pero me gusta! —jadeó, su cuerpo temblaba, mientras él metía el dedo con cuidado, sintiendo el calor apretado de su interior, sus nalgas se contraían alrededor de su dedo.

    —Eres mía, Andrea, siempre lo has sido —afirmó, mientras su pene se movía dentro de su vagina, y su dedo trazando círculos en el interior de su ano, mientras ella gritaba, —¡Cógeme, Santi, lléname!

    Sus cuerpos se movían en un ritmo frenético, la silla crujía, sus fluidos goteaban, sus gemidos se escuchan dentro de la tienda, pero eran ocultos al exterior por el sonido de la tormenta. Andrea convulsionó nuevamente, soltando un chorro cálido de orgasmo empapando los testículos de Santiago, escurriendo por sus muslos, mientras él explotaba, chorros de semen llenando su vagina, goteando por sus pliegues, marcando la silla. Se quedaron abrazados, agitados, con sus cuerpos sudorosos pegados, besándose lentamente.

    —Esto no puede parar, Santi, pero debe ser a espaldas de Iván —susurró Andrea, mientras movía en círculos sus nalgas contra los muslos de Santiago.

    —Con tal de cogerte, acepto cualquier cosa —respondió Santiago, mientras sus manos acariciaban aquel manjar de nalgas y sus dedos rozaban el semen que goteaba de su vagina.

    Con el paso de los días, continuaron cogiendo a espaldas de Iván, cada encuentro más intenso, en la trastienda, en el departamento de Santiago, en cualquier rincón donde pudieran desatar su lujuria. Andrea se entregaba a él con una furia que igualaba sus fantasías, mientras Santiago, atrapado en su obsesión, sabía que este secreto, este fuego, los consumiría a ambos, pero no quería detenerse.

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  • Encuentro fugaz en una cervecería

    Encuentro fugaz en una cervecería

    Gloria me llamó al salir de su reunión con el cerdo de su jefe, un hombre con síndrome de Peter Pan sin ninguna clase por mucho traje de Armani que vistiese y que desde que descubrió que éramos lesbianas no dejaba de tirarle los tejos a mi novia y a mí.

    —Hola cariño, espérame en Santa Bárbara, necesito algo bonito y dulce ahora mismo para quitarme esta mala leche de encima, ¿puedes?

    —Si claro, voy para allá en 10 minutos, le dije.

    Venía con un humor de camionero y aunque muchos tópicos de lesbianas sobre las camioneras pudieran aplicarse a otras parejas en nuestro caso no era así, las dos somos muy femeninas, pero nos gusta comer ostras en lugar de lamer plátanos. Como yo la temía cuando estaba de ese humor de perros agarré esa braguita con vibrador y que era manipulada mediante un mando a distancia y que ya me había salvado en otras ocasiones de ese huracán de mujer que tanto me arrebataba.

    Esperaba sentada en la terraza de la cervecería Santa Bárbara cuando le vi acercarse, como el trabajo de Zara le obliga a madrugar mucho no pude saber que llevaba puesto hasta que se acercó a la mesa.

    Llevaba unos leggins negros que marcaban su figura con una blusa cruda muy hippie que le tapaba hasta medio muslo sin que dejase descubrir sus deliciosos senos y unos adornos de cuero a juego que le daban un toque desenfadado muy elegante, su pelo suelto hasta media espalda que era suave como la seda y en el que tanto me gustaba enredar mis dedos cuando nuestros cuerpos se enroscaban uno en el otro; como siempre vestía unos zapatos con un poco de tacón que le marcaban ese culito elevándolo por el que se giraban todos los hombres.

    Ay incautos, si supierais lo bien que me lo hace, jeje, pensé para mis adentros, su 1,70 y 53 kilos le daban una figura envidiable, su pecho no era particularmente grande pero su redondito culete, sus suaves manos y una voz dulce y aterciopelada estoy seguro que hicieron la delicia de los sueños de muchos chicos. A su lado yo era un poquito más baja y pesaba casi lo mismo, pero nuestras tallas no coincidían, mis senos eran grandes comparados con los suyos y mis labios más carnosos, sus labios eran finos pero dulces como la miel.

    Me dio un suave beso en la boca que pasó inadvertido para casi todos menos para un chico moreno de unos 25 años con la carpeta de cierto partido político que tiene por allí su sede y que estaba sentado a mi espalda y con un hola cielo, Gloria se arrojó sobre la silla.

    —Hola cielo, un día de estos voy a salir en el periódico y vas a tener que venir a visitarme a la cárcel de Yeserías.

    —Jaja, pero que antigua eres, pero si esa cárcel ya ni existe, ya será menos. Además, no creo que con lo bonita que eres te dejasen entrar y si te metiesen yo tendría que cometer otro delito pues de ti no me separan ni con agua caliente, que lo sepas, dije toda chuleta.

    —Joder Silvia, si no fuese por ti y por ese pico de oro que te hace parecer un vendedor de lencería en una feria de pueblo ya habría dejado el trabajo, uf, que mala leche me ha puesto el idiota. Que ganas de un abrazo y de mimitos tengo, necesito que me quieras mucho bruja y no que te metas conmigo.

    —Bueeeno, respondí, le puse mis ojos de cordero degollado tan famosos y con los que había conseguido ligármela entra tanta lagarta de Chueca en aquella tarde de jueves del invierno pasado. Toma, te he traído esto, ¿por qué no te lo pones y me dice qué tal te sienta?

    —No te habrás traído tu arma secreta, ¿verdad?, jaja, te adoro mi nena, respondió Gloria agarrando la bolsita roja que contenía la braguita con el vibrador y levantándose para ir al cuarto de baño de la cervecería.

    Mientras Gloria se cambiaba yo apuraba la caña y me comía la tapa con las cuatro gambas que me habían puesto, el olor me trajo remotamente el olor del sexo de Gloria, pero yo estaba tan enamorada que aquello sólo consiguió que tuviese unas ganas locas de rozarme con ella. Apenas tardó unos minutos y se sentó a mi lado acariciando el interior de mi muslo mientras llamaba al camarero.

    —Una caña por favor, mmm, dijo mirándome inmediatamente después a mí.

    Había aprovechado para darle un poco al botón del mando a distancia del vibrador recreándome en la cara de sobresalto de Gloria.

    —Eres muy “mala” cariño, me dijo, así no vas a quitarme el cabreo que lo sepas, dijo ocultado sus preciosos ojos marones entre los mechones de su flequillo.

    Me incorporé para despejarle la cara y mirarme es un profunda mirada y delicadamente le aparté primero el lado izquierdo de su flequillo y después el derecho y pude vislumbrar una pequeña sonrisa y unos labios que me tiraban un beso en el aire.

    El muchacho de mi espalda debía estar en un sueño y se le notaba cada vez más alterado en su asiento, resoplaba como un ñu africano, pero no sé si por ver un león o un par de leonas.

    Las dos nos dimos cuenta, pero ajenas a su posible erección o sus deseos eróticos seguimos con nuestros mimos, cuando llegó el camarero y puso la caña de cerveza Gloria se la bebió de dos tragos y dejando un par de euros de la cuenta en la mesa me dijo.

    —Vente, vamos a ver una cosa que quiero enseñarte, acompáñame.

    Y cogiendo su bolso me agarró la mano enlazando nuestros dedos llevándome al cuarto del baño de la cervecería.

    El cuarto de baño estaba en los bajos del local, con tres reservados y dos lavabos, olía a ese pino que se usa en todos los baños de los bares de todo el mundo que empacha la nariz para evitarte el golpazo de mal olor de los orines y otras aguas, muy bien iluminado y vacío, si, vacío.

    —Ven acá guarrona, quiero que me quites ese juguete tuyo con los dientes y me comas enterita, dijo con una cara de desenfreno Gloria que me calentó.

    Nos metimos en unos de los reservados, el más alejado que sospechábamos era el más discreto y que era muy amplio, me temo que era el de personas de poca movilidad porque tenía barras para agarrarse por todos lados, Gloria empujó con el culo me arrastró hasta ella y su sedienta boca. Gloria tiró apresuradamente del cordoncito que cerraba su escote dejándolo caer hasta su cintura para dejar al aire sus senos morenos, mi boca húmeda se entretenía entre sus labios y su cuello, ávidas de su piel, calentado su moreno torso mientras mis manos acariciaban su espalda y sus duras tetas, sus dedos se perdían entre mis rizos rubios cuando empujó mi cabeza a que bajase más allá de su cuello.

    Sus pezones se endurecieron y tomaron ese color oscuro que los delataba como excitados aumentando el tamaño de su aureola y con mis labios los rodeé llenándolos de cálida saliva, los chupaba como un lactante, quería la esencia de mi novia y tiraba de ellos con la suavidad de los amantes, mis dientes jugaban delicadamente con ellos y sentía como vibraban dentro de mi boca al ritmo de los suspiros de Gloria, apuntando al cielo y duros desafiaban a mi boca y mis manos pues aun siendo pequeños me desafiaban apuntado sus pozones hacia arriba en una invitación a domarlos.

    Mis inquietas manos acariciaban los costados libres de ropa que habían quedado y el calor de su piel me transmitió sus ansias y deseos, no hacían falta palabras, es más, creo que muchas veces entre ellas y yo sobran, nos entendemos con las caricias y las miradas, es nuestro lenguaje secreto, ella sabe donde tocarme y yo sé donde acariciarla para que vuelva loca entre mis manos.

    —Que placer me das amor mío, sigue que me estás llevando al cielo. Así despacito amor, así, me decía en un deseo o mejor dicho en una súplica.

    Sus ojos creo que se cerraron en cuanto entramos en el reservado, ni si quiera se abrieron para cuando llevé mi boca a su ombligo y jugar con mi lengua con su pubis cuando bajaba arrodillada los leggins para dejarle ese dichoso vibrador al aire y que le quité sin contemplaciones para pegar mi boca a su depilado sexo; Gloria era una loca de las depilaciones brasileñas y me lo había contagiado y confieso que lamer ese coñito húmedo casi sin un pelo era delicioso, emanaba deseo, sabía a lujuria y me consumía cada vez que metía mi lengua en él.

    Su color rosa era una golosina para mí, mi lengua jugaba con sus labios apartándolos como si pétalos de las más delicada de las flores se tratase, su olor a mujer inundaba toda mi boca y me daba más ganas de ella, la deseaba con cada átomo de mi piel y ella lo sabía.

    —Si cielo, sigue no pares por favor, ahora no.

    Apoyada Gloria en no sé que sitio pues creo que debía estar levitando me metí entre sus muslos, mi pelo acarició sus pantorrillas y ella lo notó, se abrió más de piernas para dejarme meter mejor mi boca entre sus piernas y empecé a lamer delicadamente, primero de abajo hacia arriba, parándome en su clítoris suavemente.

    Ella puso sus manos de nuevo en mi espalda y cabeza y empujó mi boca hacia ella, como queriendo que me metiese en ella, mi respiración se aceleraba por la falta de espacio que me dejaba y mis propios soplidos calientes buscando aire entraban en contacto con su coñito que cada vez me mojaba más, mi labios jugaban con sus labios vaginales como si fuesen una boca y me lengua mojaba todos los rincones de mi amada, ella se retorcía cada vez más y su respiración se agitaba por instantes.

    Sentía el placer de Gloria en mi piel, en mi boca, en mis manos, como se crispaba con mis lamidas y su muslos comenzaron a cerrarse en torno a mi cabeza como un cepo.

    Su clítoris crecía y tomaba un tamaño que no pasaría desapercibido a un amante entregado y puse mi boca sobre él, apoyé la punta de mi lengua soltándolo y dejándole moverse entre mis labios húmedos, cuando sentí que mis caricias sobre él no le molestaban lamí con un poquito más de pasión, apliqué mi lengua sobre él moviéndose con ritmo como lamiendo un cucurucho de helado, de arriba abajo primero, a los lados después, rodeándolo y con cada caricia Gloria gemía de gusto y cada una le proporcionaba un estímulo distinto.

    La calidez de mi boca empapó todo su coñito y mis labios y lengua eran dos verdaderas armas de tortura en ese instante, retorciéndose Gloria como una serpiente en torno a mi cabeza y torso con sus bonitas y suaves piernas.

    —Me corro amor, me corro, dijo entre dientes y procurando no decirlo a gritos.

    Mis oídos estaban cerrados, tenía todos mis otros sentidos puestos en dar placer a esa maravillosa mujer que las suerte puso en mi vida, una oleada de líquido seminal transparente manó de su coñito mojado por mi lengua mojándome y bañándome de deseo, sus espasmos los silenció como pudo aunque creo que poco importaba en ese instante y durante unos eternos segundos sentí como Gloría se derretía en mi boca, en mis manos.

    Apenas había usado mis manos para dar placer a mi novia me incorporé del suelo para besarla dulcemente, Gloria correspondió a mí beso con otro beso profundo y sentido que inundó mi boca de su abandono a mis caricias, poco a poco, recuperada de su orgasmo me miró a los ojos y con una sonrisa eterna y agradecida me dijo:

    —Te quiero mi pequeña, creo que nadie me comprende mejor que tu, no habrá nadie en la vida que me entienda como tú lo haces y volvió a besarme perdiendo de nuevo sus dedos en mi pelo, creo que entonces comprendí que realmente estaba enamorada hasta los huesos.

    Gloria me llamaba su pequeña, no porque fuese más pequeña que ella, era simplemente porque había nacido un mes después que ella y siempre la restregaba que ella era mucho más vieja que yo, pero en dos mocosas de 28 años, decir vieja es una tontería.

    Debió comprender que teníamos que salir del cuarto de baño y componiendo de nuevo su blusa y subiéndose los leggins pero sin ponerse el tanga, salimos colocándonos como mejor pudimos, mientras nos atusábamos el pelo sentimos en el primero de los tres reservados a una persona masturbándose frenéticamente y sin hacer mucho ruido salimos sonriéndonos , casi riéndonos y al salir me di cuenta que por debajo de la puerta que se asomaban las borlas de unos zapatos castellanos de caballero y pensé si sería en jovencito sentado a mi espalda en la terraza porque al salir ya no estaba.

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  • Un domingo trabajando

    Un domingo trabajando

    Era domingo y me había tocado ir a trabajar por la mañana, un extra inoportuno. A las 3 de la tarde finalizó el trabajo, se marcharon los clientes y me quedé allí solo, como no tenía nada que hacer por la tarde y estaba allí a gusto y con mi llave de la empresa decidí pasar allí la tarde a mi bola tirado en el sofá y escuchando música, meditando, una tarde para mí íntegramente.

    Pero a eso de las 6 empecé a aburrirme y pensé irme a casa cuando tuve una idea muy atrayente: seguir allí pero con alguna buena compañía. Y me vino a la cabeza Ana.

    Ana era una chica que había conocido en una discoteca hacía unas semanas. Morena, bajita, pelo largo y liso, ojos azules, muy delgadita y con tetas bien grandes, vestía pantalones ajustados de vinilo y un corpiño rojo a juego. Toda una vampiresa. Se había arrimado a bailar junto a mí, ofreciéndome su copa. Luego me ofreció sus labios y nos dimos besos y sobeteos en un sofá. Al irnos me había hecho una mamada en un pasillo del metro que dejó a medias porque vino el tren. Y unos días después la había llevado a mi casa y habíamos echado un buen polvo, así que me apetecía horrores que se viniese a mi curro aquella tarde. Marqué su número deseando pillarla libre. Contestó al móvil:

    “Si? Hombre tío, que sorpresa, ¿qué te cuentas?”

    “Que tal Anita, pues nada aquí en mi trabajo, que me ha tocado venir hoy por la mañana y luego me he quedado aquí solo de relax” dije

    “Vaya, que mal currar un domingo ¿no? ¿Pero ya has terminado?” preguntó

    “Sí, hace rato. ¿Oye haces algo esta tarde? Tengo un plan que proponerte” dije con voz insinuante

    “Mmmm vaya, pues no, iba a pasar la tarde en casa aburridísima” contestó con voz de interés

    “Pues mira, ¿por qué no te vienes para acá? estaremos solos, nadie vendrá, ponemos música, tenemos cervezas en la máquina de bebidas y además tengo algo de hachís muy bueno que podemos compartir. Estaremos de muy buen rollo, ¿te hace?” le expliqué

    “Hey claro tío, me hace mucho el plan, me has salvado la tarde. Dime la dirección que me visto en un momento y voy para allá.

    Le di la dirección y la manera de llegar y nos despedimos. “Que de puta madre!!” pensé, “tarde genial”.

    Debido a lo lejos que vivía tardó una hora y pico en llegar, yo esperaba ansioso y daba vueltas por los pasillos de mi trabajo, hasta que sonó el timbre. Salí a abrirla, la hice pasar y nos fuimos a un cuarto muy acogedor con un cómodo sofá, poca luz y equipo de música. Ideal.

    “Bueno, hazte un porrito mientras saco unas cervezas de la maquina ¿vale?” le dije. Ella se puso al lío, y en seguida estábamos tirados en el sofá, fumándonos el canuto que se había currado la mar de bien, con buena música cañera sonando y cervezas en la mano. Situación inmejorable.

    “Que bien que me has llamado tío, menuda tarde de mierda en casa me esperaba. Había pensado en llamarte esta semana”. Que bueno poder estar así en tu curro ¿no? dijo

    “Claro tía, se está genial aquí, y me acordé que hacía semanas que no nos veíamos así que, ¿qué mejor que esto? Tengo las llaves y puedo estar lo que me dé la gana aquí, no viene nadie más hoy” respondí mientras fumaba

    Tras acabar el primer porro vino el segundo, la maestría de Ana en la materia era impresionante, y su rapidez más. Una cerveza, otra, otra… pasado un rato estábamos bien a tono, nos fuimos acercando más y los roces eran continuos por cualquier motivo.

    “Me alegro mucho que hayas venido Ana, no viene nadie a verme nunca ya que esto está muy apartado de todo, que suerte haberte pillado libre” le dije mientras le acariciaba la barbilla sutilmente.

    “Pues ya ha venido hoy alguien a verte, y muy contenta por ello créeme” me dijo mirándome fijo. Llevábamos dos horas ya juntos y llegaba el momento de pasar de prolegómenos. Estábamos muy a tono y ya os apetecía pasar a la acción. Se me acercó y me besó la boca, comenzando un largo e intenso morreo. Se acopló sentada encima de mí y comenzó a mover sus caderas apretándola contra mi paquete. Nos empezamos a calentar mucho con el besuqueo y los movimientos, así que le levanté la camiseta

    para encontrarme con sus poderosas tetas, de grandes pezones. Le quité el sujetador para comérselas, que delicia, eran tan grandes que no me cabían en la boca, así que alternaba una y otra, lamiendo los pezones, apretándolas con las manos, dándoles bocados. Ana daba pequeños gemiditos, le estaba poniendo cachonda mi dedicación a sus tetas, y se movía más fuerte contra mí.

    Apartándose un poco y sin dejar yo de acariciar sus tetas empezó a desatarme el cinturón, desabrochó el pantalón y metiendo la mano en mis boxers acarició mi miembro.

    “Ufff qué duró está esto ¿no? dijo, tenía cara de cachonda, le brillaban los ojos azules que poseía, y sacó mi polla al exterior para comenzar a hacerme una paja lentita. Que gusto empecé a sentir, estaba en la gloria, alargué el brazo para pillar una de las latas de cerveza y le di un trago mientras sentía su fría mano agarrando mi polla y moviéndola arriba y abajo. Me cogió la cerveza y dando otro trago (sin dejar de pajearme) se levantó, dejó la lata en la mesita, me sacó los pantalones y el bóxer y se arrodilló entre mis piernas. Estaba muy sexy con sus vaqueros azules y desnuda de cintura para arriba.

    Agarré sus tetas y ella lamió mi pecho y mi vientre y sin demorarse mucho bajó hasta mi pene, lo metió en la boca y comenzó una buena mamada arriba y abajo.

    “Oh Anita…. que gusto tía” exclamaba yo entre gemidos. Daba lamidas en mi glande muy velozmente dándome un gusto muy intenso, un cosquilleo casi insoportable. Con su mano derecha acariciaba y me apretaba la base y los testículos, de manera que mi pene tomaba unas dimensiones considerables, hinchándose la cabeza en su boca. Que gusto. Ana sabía lo que hacía, la quería poner bien dura y grande para luego metérsela hondo, y vaya si lo estaba logrando.

    Su boca era una cueva de placer para mi polla, ahora ya no daba lamidas sino que la comía y masturbaba con la mano, me estaba haciendo una buena paja con la boca. Sin sacársela se quitó los pantalones y las bragas, que culito tenía.

    El gusto era tan intenso que la paré y la cogí de las axilas, levantándola hacia mí. Besé su boca que tenía el sabor salado de mis flujos preseminales y la eché en el sofá tumbada boca arriba. La admiré un momento.

    “Que cuerpazo tienes Ana, pequeñito, pero tan bien hecho… te lo voy a comer entero” la dije mientras me aproximaba a ella. Se relajó y me abrió sus piernas. Empecé a besar su cuello, bajé por su pecho deteniéndome generosamente en cada una de sus tetas que lamí, besé y acaricié a gusto y un buen rato. Bajé por su vientre trazando un surco con mi lengua, y otro más, lamí su duro y fibroso vientre hasta cansarme, y bajé metiendo la cabeza entre sus muslos. Lamí cada uno de ellos por su cara interna, lamí sus rodillas y gemelos, la volví de lado y lamí sus glúteos, tan suaves y redondos, la volví a poner como antes y mi lengua llegó a su clítoris.

    “Siii cómemelo ya por favor” me suplicó jadeando. Me encantó que me lo pidiera así y lo atrapé con mis labios. Empecé a mover mi boca arriba y abajo, haciendo círculos con su botoncito amoroso entre mis dientes y mi lengua dándole un rápido y duro castigo. Con mis manos abría sus piernas más aun y se lo comía emitiendo gemidos, que deliciose era.

    “Ahhh tío, que gusto sigue así por favor, mmmm” jadeaba ella, volviéndome loco de oírla y haciéndome comérselo más fuerte aun. Sus flujos empapaban mi boca, mi barbilla, estaba muy caliente, tenía que follarla ya. Alargué mi mano hasta el bolsillo de mi pantalón que andaba cerca y saqué un condón, o desenvolví sin dejar de comerla el coño y me lo puse.

    “Métemela ya, sí, o me corro en tu boca” me pidió. “Quieres follar Anita, ¿eh?” le dije haciéndome el duro. “Si, si siii, joder no seas cabrón, fóllame”.

    Que gusto da oír eso la verdad, me eché sobre ella y se la metí de una vez. Empezamos a follar moviéndonos rítmicamente y gimiendo ambos haciendo una deliciosa melodía de placer. Yo se la metía bien hondo y ella se apretaba y restregaba contra mí, era maravilloso. Me apretaba del culo contra ella, yo acariciaba sus caderas, nos besábamos y gemíamos de gusto boca a boca.

    “Déjame ponerme encima de tí por favor, siéntate” dijo de repente. Me encantó la idea, así tendría sus tetas en mi boca para disfrutar más de ellas. Me senté en el sofá y se me puso encima, metiéndosela y follándome fuertemente pegada a mí, yo comía sus tetas, eran una gozada. No quería que terminara, así que dejé de moverme yo dejando que ella me follase cabalgándome a su gusto y yo tranquilamente lamía sus tetas y acariciaba su culo y sus caderas. Tras un rato así ella empezó a gemir más.

    “Ahhh que bueno, me voy a correr ya!!” dijo saltando fuertemente. Yo noté que aún aguantaba, además tenía una idea en mente por lo que dejé que se corriese. Y empezó su orgasmo. Daba saltitos cortos y veloces, restregándose todo lo posible. Yo la miraba maravillado. No ha nada más alucinante que ver a una mujer correrse sobre ti, viendo como gime y grita de placer, como convulsiona y estira su cuerpo, notar el calor de sus flujos en tu miembro, es increíble ver eso, ¡uah!

    Al acabar se apartó y me dijo riendo: “¿tú no te has corrido aún mamón?”

    “No, aún aguantaba y no me ha venido”. Y pensando en mi oscura idea se la conté.

    “¿Por qué no me lo haces con la boca Ana?” le dije con acento semi erótico semi infantil.

    “ja, ja, ja, ¿lo prefieres con la boquita? Claro, lo que más te guste” dijo quitándome el condón.

    “Pero no te arrodilles delante, ponte a mi lado derecho mejor, en posición de a 4. Quiero verte así, me pone más.” le pedí muy viciosamente.

    Así que se acomodó como una gatita a 4 patas a mi derecha y apartando su cabello de la cara para que yo pudiera extasiarme mirando comenzó a darme otra mamada de vicio, chupándola intensamente pues ahora la misión era otra: mi orgasmo.

    “oooh Ana, no sé qué es mejor si lo que siento o lo que veo, que gusto niña” le decía yo gimiendo.

    “Te gusta como te la chupo, ¿eh?” dijo mirándome lascivamente

    “Siii, lo haces increíblemente bien Ana, dame caña dame” y me chupó velozmente la polla, dándome caña con la mano. Se le escapaban gemidos, a mí más.

    “Uaah, me corro Anita, no puedo más” dije yo cuando me temblaba el cuerpo de gusto.

    “Vale vale, venga, dámelo” dijo ella masturbándome rápido. Salió mi primera descarga seminal al aire, con fuerza, manchando su cara. La metió en la boca y siguió mamando para tragarse el resto.

    “Ahhhh dios Ana que caña” gritaba yo mientras mi orgasmo me poseía por completo.

    “Mmmm” gemía ella mientras mamaba fuerte y recibía todo mi semen en su boca, tragando parte y expulsando algo.

    Terminé de correrme y quedé hecho polvo en el sofá, ella riéndose de mi se fue a lavarse al baño. Volvió, nos hicimos otro porrito y nos quedamos dormidos en el sofá de puro relax. Nos despertamos muy de madrugada, casi amaneciendo. Ana tenía que irse y yo que trabajar pocas horas después, ya lunes por la mañana.

    Así que se fue a las 8 y yo me quedé ya pensando en el duro día de curro que me esperaba sin haber casi dormido y empalmando un día con otro.

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  • Desvirgo la colita de una ex novia

    Desvirgo la colita de una ex novia

    Después de mis cortas vacaciones de fin de año me reincorporé al trabajo y jamás imaginé que aquella mañana lluviosa y sofocante a la vez me dejaría el regalo de reencontrarme con Julissa, una muchacha deliciosa.

    Cuando la vi aparecer en mi despacho sin previo aviso me dejó anonadado; sin embargo, no me costó reconocerla. Iba vestida con un entallado traje verde pálido de una sola pieza que dibujaba sus formas a la perfección y dejaba al desnudo sus inolvidables piernas casi hasta la mitad de sus muslos.

    Ambos nos miramos por unos instantes y en silencio supimos que nuestras mentes al unísono retrocedieron juntas en el tiempo hasta llevarnos a aquella tarde de ese sábado en que hicimos el amor apasionadamente sin importarnos nada a pesar de que ambos estábamos conscientes de que quizás jamás nos volveríamos a ver.

    Ella fue quien rompió el silencio diciéndome: “Estas… tal cual te imaginaba”. Al instante corrió a mi lado y rodeando mi cuello con sus delgados brazos me besó sin importarle que mi secretaria nos miraba atónita a pocos pasos.

    Nos quedamos a solas y ambos nos enteramos de cómo nos había tratado la vida en los últimos años. Claro que ella sabía más de mí que yo de ella, pues, lo de mi separación con Angélica se había extendido como reguero de pólvora. July me confesó que ya había terminado su carrera de Medicina y que había decidido regresar a Chiclayo para ejercer su profesión aquí y estar a mi lado. Al parecer su vida sentimental no había sido muy fructífera y por ahora estaba sola.

    Al terminar el día ambos nos habíamos confiado todo cuanto el tiempo lo permitía y al llegar la noche pasamos a recoger sus cosas de un hotel para llevarlas a mi casa en donde insistí debía hospedarse. Entonces comprendí que desde ese momento mi cama volvería tener el calor del cuerpo de una mujer joven, una mujer nueve años menor que mi ex mujer y casi doce años menor que yo.

    Aquella noche era la fiesta de promoción de los niños del sexto grado y yo como director estaba obligado a asistir. Ella aceptó gustosa el acompañarme y la pasamos bailando toda la fiesta en medio de comentarios llenos de morbo de parte de las señoras y de envidia de parte de los señores; quienes demás está decir sabían que aquella noche mis manos recorrerían a aquel juvenil cuerpo que lucía tentador enfundado en ese atractivo vestido negro.

    Llegamos a casa antes de la medianoche y desde que entramos a mi recámara ella se mostró mimosa y sensual, actitud que yo no desaproveché ni un instante.

    La cremallera de su vestido descendió cuando mis dedos recorrían la espalda de Julissa en medio de besos apasionadas y caricias encendidas por parte de ambos. Julissa seguía tan espléndida como lo estuvo la noche en que nos amamos por primera y única vez.

    Su piel se mantenía sedosa, sus pupilas mantenían el brillo y la frescura de su inocencia juvenil, su mirada se posaba en mí enamorada y la mía seguía el camino de mis dedos que dibujaban ya la turgencia de sus pechos sobre el corpiño de encaje que los cubría.

    Pronto sus labios se separaron de los míos para dejar escapar los primeros gemidos que calificaban positivamente los besos y caricias que su piel recibía de mí. Eso me animó a desprenderla del inoportuno corpiño que ya para entonces aprisionaba su pecho y al instante mi mirada se deleitó con la majestuosa belleza de esas dos ricas tetas que lucían deliciosas y a las que sólo pude honrar llenando mi boca con uno de sus pezones marrones mientras que mis dedos jugaban con el otro que ya endurecido se asemejaba a una castaña y que estaba tan sensible que la hacía estremecerse al recibir mis caricias.

    Ella revoloteaba sus dedos entre mi cabello y poco a poco retrocedimos hasta caer sobre la cama que muda y cómplice volvía a cobijarme con una nueva amante. Julissa se mantuvo con los ojos cerrados mientras me desnudaba y antes de irme sobre ella tiré de los lados de su tanga y no me detuve hasta que esta abandono su cuerpo. Así la tuve desnuda y admiré nuevamente sus formas de mujer; igual que años atrás. Claro que esta vez era distinto, pues, ya no era la chica temerosa; sino, la mujer de 25 años que esperaba saciar el hambre de su cuerpo con el fruto que el mío le diera en su primera vez.

    Julissa entonces abrió sus brazos invitándome a ir sobre ella y acomodó sus piernas invitándome a ubicarme justo allí y así ocurrió. Pronto estuvimos entrelazados y nos entregamos en silencio al calor de nuestros besos y al tacto lascivo de nuestras caricias.

    Aquella noche nuestras manos parecían tener vida propia, pues, se posaban justo en el lugar adecuado, en el lugar en donde nuestros cuerpos sentían placer. Mientras nuestra piel jugaba con nuestras emociones mi pene encontró la cavidad de su sexo que húmedo y dilatado lo engulló sin siquiera proponérnoslo y para beneplácito de los dos.

    Al sentir tamaña sensación ambos explotamos en un cúmulo de sensaciones e imprimimos a nuestros sexos un ritmo galopante que aumento nuestro placer a límites insospechados. Julissa abrió los ojos y aunque trató de fijar su mirada en la mía su orgasmo no se lo permitió. Yo debí hacer un gran esfuerzo para no verter en ese mismo instante mi semen dentro suyo y logré controlarme a pesar de que el palpitar de su sexo parecía no querer darle tregua al mío y lo succionaba con desenfreno hasta llevarme a los éxtasis mas elevados de la pasión.

    Mientras esto ocurría mis manos terminaron bajo sus nalgas y acariciaron la tersura de aquella piel con la que se recubría su culito y su placer y el mío se acrecentaron aún mucho más. Siguiendo un impulso me incorporé sin sacar mi verga de su coño y sujetándola por su deliciosa colita y ella de mi cuello la follé puesto de pie y aquello me permitió una penetración más profunda que elevó los niveles de su excitación permitiéndole alcanzar orgasmos repetidos que pusieron a Julissa a mi merced.

    Ya al borde del paroxismo regresé con Julissa a la cama y colocando sus talones sobre mis hombros arremetí con mi polla sobre su encharcado coñito y la hice delirar sacándosela toda y volviendo a metérsela violentamente. Eso la hizo reaccionar y para entonces sólo jadeaba y erizaba sus dedos que parecieron alargarse en ese momento.

    Julissa parecía inconsciente así que la giré sobre la cama y sujetándola de sus caderas eleve su colita hasta dejar su conchita a la altura de mi verga y ataque sin piedad aquel jugoso conejito mientras mis huevos cargados de leche golpeaban despiadadamente su clítoris hasta que ambos estallamos en un incalibrable orgasmo que dejó a su sexo escurriendo y al mío le permitió bañar de semen su labrada espalda y sus moldeadas nalgas.

    Los días transcurrieron en medio de una gran oxigenación a mi vida. La compañía de Julissa me resultó inmejorable, pues, no sólo me brindó una gran placer en la cama; sino, que además me devolvió el status que perdí con la separación de mi esposa ya que ahora mi compañera era una talentosa, joven y guapa médica.

    Nuestros encuentros hasta entonces habían sido muy excitantes, llenos de pasión, a los que llegábamos muertos de deseos el uno por el otro; sin embargo, esa noche, Julissa, me tenía preparada una hermosa sorpresa. Durante el día me había mantenido en el trabajo y ella en el suyo; y, aunque nos encontramos para almorzar la había notado extraña.

    De regreso a casa cenamos y ella casi no habló. Así que decidí sentarme a contestar a mis lectores mientras ella permanecía en nuestra recámara. Yo estaba decidido a conversar con ella y al apagar mi ordenador me encamine hacia ella para a preguntárselo. Pero, al llegar a nuestra recámara no estaba y por un momento temí que hubiese salido; sin embargo, su voz invitándome a bañarme con ella me devolvió la tranquilidad:

    —¡Qué hermosa te ves allí!, desnuda y vestida a la vez.

    —¿A qué te refieres? –me preguntó sonriéndome.

    —A que estando desnuda no veo tu cuerpo porque la espuma lo cubre.

    —Tonto –dijo llamándome a su lado— que locuras se te ocurren.

    —Es cierto –le repliqué mientras terminaba de desnudarme y me sumergía en la espuma que cubría su cuerpo dentro del yacusi.

    —Ven aquí y déjame abrazarte —dijo mientras pegaba mi espalda a sus pechos y yo sentía su pubis en la parte sacra de mi cuerpo.

    —Sabes July, hoy te he sentido extraña ¿Qué te ocurre?

    —Nada, mi amor, cosas mías.

    —Que no las puedes compartir conmigo.

    —Anda tonto, no tiene importancia.

    —Vamos, que ocurre.

    —Está bien… hoy estuve leyendo mi diario y recordaba todo lo que pensaba el día en que estuvimos juntos por primera vez. ¿Lo recuerdas?

    —Claro, como podría olvidarlo.

    —Yo estaba enamorada de ti desde antes que me conocieras.

    —¿En serio?

    Sí, una vez tu llevaste a uno de tus alumnos al Centro de Salud en donde en donde yo acudía —como voluntaria y me gustaste mucho. Se te veía tan caballero tan varonil… que me hice la promesa de no descansar hasta ser tu enamorada. Al comienzo parecía todo muy fácil; pero, poco a poco me di cuenta de que aunque si te gustaba….

    —Sobre todo tus piernas.

    —Sí, sobre todo mis piernas. Tu jamás dejarías de verme como a una mocosa.

    —Pero, es que eras más joven

    —Si pues; pero, a esa edad queremos que nos traten como mujeres… Entonces, no sabía que hacer y todo se complicó mas cuando mi papi llegó con la noticia de que viajábamos a Trujillo. Esa misma noche tomé la decisión de que al día siguiente sería mujer entre tus brazos.

    —Que niña tan terrible –comente mientras la besaba.

    —Ni te creas me moría de nervios; pero, era en ese momento o nunca… recuerdo que me la pasé probándome uno y otro vestido y pensando si te gustaría.

    —¿Y te gustó?

    —La verdad… sí, y mucho. Claro que me dolió y me ardió feísimo; pero, mayor fue el placer cuando por fin supe lo que era tener este rico trolón dentro de mí.

    Ambos nos besamos apasionadamente y empezamos a hacernos el amor dentro del agua. Aquella noche parecía mágica, cada toque de nuestros cuerpos era una descarga eléctrica imposible de describir. Del yacusi pasamos a la cama y a lo largo de una hora nuestros cuerpos se entregaron en una pasión descontrolada llena de amor y de deseo. Julissa era insaciable y daba a mi cuerpo un placer nunca antes sentido. Ambos terminamos exhaustos y sucumbimos abrazados entregándonos al sueño profundo del que uno es presa después de hacer el amor.

    Debieron pasar como dos horas antes de que me despertara sintiendo a mi July comerme la verga. Juro que era una experta. Me la lamía, le besaba, se le restregaba por el rostro y finalmente la engullía y la sacaba de su boca metiendo su lengüita bajo prepucio de mi polla.

    Que rica mamada recibió mi verga aquella noche. Yo debía retribuirle el afecto demostrado; así que la ubique adecuadamente y en un exquisito “69” nos devoramos nuestros sexos sin caer en reparos. Cuando hubieron pasado algunos minutos en los que atendí especialmente al clítoris de mi July, esta me interrumpió resuelta y con marcada excitación me indicó:

    —Prepárame mi culito, prepárame mi culito. Esta noche le enseñarás lo que es tener tu delicioso trolón dentro de él –sus palabras me sorprendieron gratamente y aún incrédulo la interrogué.

    —¿Está sin estrenar? –a lo que ella respondió escondiendo su rubor en una sonrisa.

    —Claro tontito, esta prenda –cogiendo su colita mientras se volteaba bocabajo— es sólo para ti. –ante tamaña confesión, sólo atiné a besar con ardor sus prominentes nalgas y a decirle.

    —Te amo –ella acarició mi rostro y continuó.

    —Pásame mi cartera. –lo hice y de ella sacó un pote de gel anestésico y colocándolo en mis manos me explicó— Esto es para que no sufra mi potito. –luego volvió a meter la mano en su bolso y extrayendo su cámara digital me dijo— y con esta quiero que nos tomes algunas fotos para recordar este momento –yo la besé por un instante y añadí.

    —Eres maravillosa.

    —Lo sé –dijo sonriendo—; pero, hazlo despacito que tu trolón es regruesote y no quiero terminar con un desgarro anal en la sala de emergencias.

    Dicho esto se giró sobre si quedando bocabajo y con su delicioso culito mirando al techo. La visión de aquellas nalguitas blanquitas frente a mi era muy hermosa y no resistí la tentación de darle un par de buenas nalgadas a las que ella respondió con un muy sexy:

    —Ayayauuu… despacito, que me duele

    —Y esto es que recién estamos empezando.

    Ambos reímos y de inmediato apoye mi rostro sobre sus tibias nalguitas y después de sobarme en ellas se las separé ligeramente; mientras mi lengua como una saeta alcanzaba a su diminuto anito para empezar a ensalivarlo cuidadosamente al tiempo que yo saboreaba los últimos instantes de virginidad de aquella hermosa prenda que escondida entre aquellas espléndidas nalgas debía ser el sueño de mas de uno de sus admiradores. Esa noche aquél culito sería mío y aún no lo podía creer.

    Simultáneamente al trabajo que mi lengua hacía sobre su anito, ubique un par de mis dedos entre sus labios vaginales y fui estimulándole su coñito para que se relajara y aflojara sus músculos.

    En cuanto la oí emitir sus primeros gemidos supe que la tenía a punto así que rápidamente la elevé de sus caderas y coloque varios almohadones bajo su vientre de tal manera que su potito quedó bien levantado dejando ligeramente expuesto y a merced de mis manos a su anito y a su coñito; ambos a la altura de mi verga.

    Aquella exposición de las intimidades de mi chica era sumamente excitante. Por supuesto que en muchas otras ocasiones ya la había tenido así; pero, esta vez era diferente, pues, no sólo estaba en cuatro sobre mi cama y con el culo levantado; sino, que esta vez se encontraba nerviosa y ansiosa de estar a punto de que le quitase el virgo de su huequito trasero.

    Imagino que producto del nerviosismo o de la manipulación de mis dedos sobre él, su orificio vaginal parecía latirle; ya que se contraía y se dilata ligeramente abierto. Pensé entonces que aquella reacción era la invitación silenciosa que su coño le hacía a mi verga; así que con mi polla tremendamente hinchada de tanta excitación me enfile en dirección a su hambrienta conchita y con un solo impulso invadí su entibiada y húmeda cavidad hasta que mi bolsa de huevos tocó su cuerpo.

    Ella me recibió con un profundo suspiro con el que denotaba su ansiedad saciada y con un morboso sobresalto que me indicaba que la invasión de mi herramienta había causado el efecto esperado y que esa nenita tan rica estaba disfrutando como las mismas diosas con mi verga adentro. Sin mas espera Julissa tomó la iniciativa y empezó a mecer sus caderas de atrás para adelante provocándonos una follada exquisita en la que su chucha acariciaba mi polla al ritmo de sus contracciones llevándome a las estrellas; sin embargo, no podía perder la perspectiva de mi misión así que olvidando un poco mi propio placer cogí el frasco de gel y vertí parte del contenido en el surco que separaba a sus nalgas.

    El calor de su cuerpo debió aumentar su sensación de frío, pues, al sentir, aquel líquido casi helado un “iiissshhh…”, salió de su boquita; así que tomando las riendas de la faena empecé a embestirle el conejito formando círculos para evitar que su placer decayera y rápidamente mi nenita empezó a jadear. La idea era que la follada de su panchita la distrajera lo suficiente hasta hacerla olvidar de que la iba a encular. Así que cuando la vi nuevamente gozando procedí a abrirle los cachetitos de su culito y empecé a esparcir aquel viscoso gel en torno a su rugoso y virgen anito que escondido entre sus nalguitas esperaba indefenso e inocente por mí y por mi aparato que de seguro le haría gozar.

    De inmediato noté que aquello no iba a hacer nada fácil y comprendí porque Julita se había provisto de un gel anestésico; el ojito de su culo era realmente chiquitito. La unté con mas de aquello y de inmediato mis pulgares comenzaron a masajear aquel diminuto orificio; pasados unos minutos empezó a distenderse y entonces me animé a enterrarle mi índice que inmediatamente fue presionado por su resistente esfínter. July seguía ensartada por mi verga y yo continuaba mi tarea de formar círculos en su anito.

    La tarea me estaba resultando mas ardua de lo esperado; pero, empezaban a presentarse los primeros logros; así que pronto su anito empezó a perder sensibilidad y recibió a dos de mis dedos que empezaron a jugar a entreabrirse con cierta dificultad.

    Continué echándole más gel anestésico y al cabo de un buen rato su colita ya albergaba a tres de mis dedos centrales dentro de sí y aquel anito rebelde empezó a ceder hasta permitir que mis dedos juntos entrasen y saliesen de él. Fue entonces que retiré mi “trolón” (como ella suele llamar a mi falo), de dentro de su concha y ese fue un claro aviso para ella de que la enculada real estaba a punto de empezar. Cuando giró su cabeza me pilló frotando mi glande con gel y con voz nerviosa me detuvo:

    —Espera –y alcanzándome un paño, me ordenó— mojalo con agua tibia y retira el gel de mi potito.

    —Pero, no entiendo –añadí mientras le recibía el paño y lo humedecía con el agua de un termo.

    —Es que quiero sentir el momento en el que tu trolón atraviese el umbral de mi colita por primera vez –sentenció con cierto rubor.

    De inmediato obedecí sus órdenes y retiré cuidadosamente de entre sus nalguitas todo el gel que le había untado; y entonces sentenció:

    —Cómeme la colita, amor, cómeme mi colita… déjamela bien mojadita.

    Así lo hice por algunos minutos y fue luego ella quien me comió la verga a lengüetazos. Terminado este cunnilingus Julisita regresó a su postura anterior y acostada sobre los almohadones quedó con su colita bien levantada y sin mediar palabra cogió con su mano el cachetito de su indefenso culito para dejar a disposición de mi verga ese lindo anito virgen guardado celosamente para mí; mientras estrujaba nerviosamente la almohada con la mano libre. Por mi parte, yo la ayudé con su otra nalguita y entre los dos dejamos libre el camino para que mi polla acabase de una vez por todas con su virginidad anal.

    Cogí mi estaca de carne con la otra mano y con la precisión de un novillero sevillano enfilé contra su anito y di la primera estocada con la que comprobé que el grosor de mis tres dedos distaba del de mi falo; sin embargo, July sabía que esto sería así y aunque lloró por el dolor no me dejo retroceder ni un milímetro ni me permitió colocarle el gel; sino mas bien me animó diciendo.

    —Sigue corazón, no me hagas caso, este es el precio que hay que sufrir para gozar con un trolón como el tuyo. —(aclaro que no es presunción y que sólo parafraseo a mi pareja de esa ocasión).

    Así que continué clavándosela y sentí a medida que avanzaba como mi verga era literalmente estrangulada por el anillo estrecho de su culo. El avance fue lento, cruento; pero, progresivo. Ambos pagamos con dolor el precio de nuestra lujuria; pero, valió la pena, pues, al cabo de unos minutos su culito estrechísimo y caliente albergaba a mi verga en su totalidad; mientras la bolsa de mis huevos descansaba sobre la piel suave, fría y sudorosa de su castigada colita.

    Cuando tenía toda mi verga adentro ella llevó su mano atrás y tocando su potito totalmente lleno de mi venosa carne se echó a reír y la abracé fuertemente y comencé a besar su espalda y a estrujar sus tetas sin siquiera moverme, esperando que su cuerpo se acostumbrase a mi invasor. Pasado ese periodo empecé a follarla con mucha cautela, pues, su culito estaba bastante maltrecho. El ritmo fue en aumento sin llegar a ser bestial; pero, gozamos bien y coincidimos en alcanzar el orgasmo casi simultáneamente.

    Una vez que vacíe toda la leche que su culito me había ordeñado me retiré dejándola descansar.

    Recuerdo que toda esa semana le hice el amor a July por atrás hasta que su culito se acostumbró finalmente al castigo de mi polla.

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  • Con compañeras de universidad en vacaciones

    Con compañeras de universidad en vacaciones

    Por fin el 3 agosto día que partíamos para nuestro destino vacacional. Era mi chalet en Jávea. Mis padres lo habían comprado hacía algunos años, y esa semana no estarían, por lo que tanto Carlos, como Andrés y yo íbamos aprovechar para corrernos allí nuestras juergas.

    Llegamos al chalet a las 11 de la mañana, mis dos amigos estaban alucinados por el chalet, y sobre todo por la piscina del mismo, el primer día trascurrió sin ningún tipo de incidencia, estuvimos de marcha, nos emborrachamos, pero no pasó absolutamente nada.

    Estaba yo durmiendo, cuando sonó mi móvil, que fastidio, pensé. Cuando lo cogí era Marisa, una compañera nuestra de universidad. Yo me quedé bastante sorprendido por la llamada, ella me dijo que si podían venir, a lo cual yo les respondí que por supuesto, que mi chalet era lo suficientemente grande para que vinieran a pasar unos días con nosotros.

    Ante la algarabía de mis compañeros les conté que Marisa, Clara, Lila, y Alicia vendrían a pasar unos días.

    Estuvimos el resto de la mañana hablando de intentar tirarnos a unas y otras. A las 3 de la tarde llegaron, la verdad es que en la universidad estaban buenas, pero en verano y ya algo morenas estaban impresionantes.

    Os las describiré: todas tenían entre 23 y 24 años, Marisa era de 163 cm de altura, era delgada, pelirroja, con pequeñas tetas, pero bien puesta, y un culo que quita el hipo, era muy guapa de cara y sus medidas rondarían los 85-62-98, llevaba puesto un vaquero de campana que marcaba bien su culo, y un top negro que dejaba entrever sus bonitos pero pequeños pechos.

    Clara era un cañón, medía 170 cm era rubia, delgada, un buen par de tetas, y un culo de campeonato, su único defecto era una nariz bastante grande, sus medidas serían 95-60-92 llevaba puesto un pantalón blanco ajustado que marcaba la Y del tanga y una blusa también blanca, era por así decirlo la pija de las cuatro.

    Alicia, era rubia, tenía buenas tetas, y un buen culo, algo caído, pero estaba muy bien, era bastante viciosilla, o por lo menos eso nos parecía a nosotros, medía 165 cm y sus medidas serían 100-70-98, iba con un vaquero negro y una camiseta también negra.

    Por último Lila era rubia, bajita 159 cm, con unas tetas medianas pero bien plantadas y un tatuaje en una de ella que te volvía loco, y un buen culo, sus medidas serían 90-58-92, iba con una camiseta y un vaquero corto que le marcaba bien el culo.

    Les asignamos dos habitaciones ya que las otras tres estábamos cada uno en una, quedamos en media hora irnos a la playa, cuando salieron parecía que se habían puesto de acuerdo, ya que todas iban con el pantaloncillo corto y una camiseta, fuimos andando a una cala que no para lejos de mi chalet, llegamos y extendimos las toallas. Y comenzó el espectáculo, ya que nunca habíamos visto a ninguna en bikini.

    Marisa fue la primer, llevaba un bikini normal de color negro con unos dibujillos en rojo, lo que más llamó nuestra atención fue su enorme culo que luchaba por salir de ese bikini. Luego fue Lila que se quedó con otro bonito bikini de color azul celeste, Alicia que llevaba un bikini negro entero que le apretaban a más no poder sus pechos, y parecía que se escaparían. La última fue Clara que nos deleitó con un grandioso bikini pequeñísimo blanco, pero la sorpresa fue cuando se dio media vuelta y la parte de detrás era tipo tanga. ¡Joder que culo!

    Creo que los tres tuvimos una erección, importante. Ellas se rieron y se burlaban de la cara de tontos que se nos quedaba. Pronto Lila y Alicia se quitaron la parte de arriba y nos mostraron las tetas, las de Lila estaban bien plantadas, pero las de Alicia eran inmensas y también muy bien plantadas, fue una tarde de calentón en la playa.

    Nos duchamos todos al llegar en la ducha del jardín del chalet, posteriormente hicimos la cena y estuvimos charlando hasta tarde.

    Por la mañana todas decidieron ir a Jávea para comprarse unos bikinis, ya que sólo tenían uno. Cuando llegaron se cambiaron y se fueron a la playa con sus anteriores bikinis, Alicia y Clara, junto con Carlos y Andrés.

    Yo me quedé con Lila y Marisa en el chalet, ya que nos encargaríamos de la comida, las chicas dijeron que iban a bañarse a la piscina, yo tardé un rato, cuando salí estaban las dos en el agua, yo extendí mi toalla y me dispuse a bañarme, me tiré de cabeza, en eso ellas salieron y yo casi me ahogo del susto, las dos llevaban un tanga como parte inferior, el de Lila era casi de hilo, era de color hueso, pero el de Marisa que era la Y normal de tanga, era rojo y con ese culazo que tiene casi me desmayo.

    Las dos rápidamente se quitaron la parte de arriba del bikini y sus pechos quedaron al aire. Yo salí del agua como pude y me tendí boca abajo, intentando disimular mi erección. Lila más atrevida me dijo:

    ―Sergio, con esas bermudas tan largas no te vas a poner moreno.

    ―Ya, pero son cómodas, contesté.

    ―Los tíos es que en el fondo tenéis más pudor que nosotras, dijo Lila

    ―No es cuestión de pudor, es por no incomodaros.

    ―¿A nosotras por qué? Contestó Marisa

    ―Mujer, estáis casi desnudas y uno no es de piedra.

    ―Que salido, por eso estas bocabajo. Dijo Lila.

    ―Estoy bocabajo porque estoy más cómodo.

    ―Eso será…. dijo Marisa

    ―Anda úntanos la crema protectora y así haces algo, replicó Lila.

    Yo nervioso, me levanté y pillé la crema, me acerqué a Lila, que se dio la vuelta y me obsequió con una panorámica completa de su culo. Empecé a untarle de crema su espalda, pero los ojos se me iban al culo, cuando terminé por la espalda, le dije que ya estaba.

    ―Anda Sergio, úntame toda, que eres un cortao, total somos amigos ¿no?, contestó Lila

    ―No te preocupes.

    Empecé a masajearle su culo, hasta la misma raja del culo, ya que el tangazo que llevaba era de hilo dental, mi pene ya vivía por si mismo, tenía un empalme casi total, le llegue a ver hasta su ano completamente depilado. Posteriormente seguí por sus piernas y acabé.

    Dije entonces:

    ―Marisa, ¿tú también quieres?

    ―por supuesto, contestó

    Empecé por la espalda, pero el culo de Marisa era más tentador que el de Lila si cabe, y pronto baje hasta sus nalgas y le di un masaje de campeonato. Su ano tenía algún que otro pelillo, pero no por ello era menos apetitoso, mi pene casi salta cuando le pase el dedo por encima. Seguí por sus piernas. En eso, sonó mi móvil, lo cogí y era Alicia diciéndome que les quedaba 1 hora más o menos, con lo que en el fondo decía que había que hacer la comida.

    Marisa se levantó, se puso la parte de arriba del bikini y tapó esos dos gloriosos pezones rositas completamente excitados que tenía, y se fue a la cocina, diciéndonos que ahora nos llamaría para poner la mesa.

    Yo me quede tumbado bocabajo, casi partiéndome la polla contra el césped. Lila me dijo que si me ponía crema, y yo le dije que vale.

    Empezó a untarme la espalda, y fue bajando, la sensación de bienestar era tremenda. Ella fue bajando hasta llegar al borde de mis bermudas, entonces me lo bajo, yo dije:

    ―¿Qué haces?

    ―Pues para que no se te quede el culo blanco, déjate Sergio de falsos pudores.

    Y me siguió extendiendo crema por mi culo, hasta llegar casi a mis huevos, estaba totalmente loco, en eso ella me dijo que me diera la vuelta, me la di, y quitándome del todo la bermuda, quedaron mis 17 cm de carne empinados hacia el cielo, entonces me dijo:

    ―Joder tío, como estas

    ―Ya ves.

    Entonces untó sus manos de crema y empezó a cubrirme el pene, estaba en la gloria, ella bajo la boca y empezó a hacerme una mamada excepcional, se le notaba muy experta, en uno de los sube y baja, se hizo a un lado el tanga, se subió arriba y metió totalmente mi pene hasta el fondo, empezó a moverse y a los 2 minutos me corrí como un cerdo. Ella con cara de satisfacción se bajó, se puso un pareo y la parte de arriba del bikini y se fue a ayudar a Marisa con la comida.

    Llegaron los de la playa y todos comimos, después cada uno en su cuarto dormimos la siesta, esa noche íbamos a irnos de fiesta y teníamos que descansar.

    Yo a la hora de estar en mi cuarto salí y fui a la piscina, y me puse a bañarme. A los 5 minutos apareció Clara, con una camiseta que le venía casi hasta las rodillas. Me preguntó:

    ―¿Tu tampoco puedes dormir?

    ―No la verdad, me apetecía un baño.

    ―A mi también, dijo, lo que pasa es que no me traído la parte de arriba, porque creía que estaba sola.

    ―No te preocupes, yo tampoco la llevo, ja, ja, ja, oye Clara, da igual, somos amigos ¿no? Total, Lila y Alicia ayer en la playa no se cortaron y no pasó nada.

    ―Está bien, total, la carne es carne

    Y dicho eso, se quitó la camiseta y aparecieron dos tetas de ensueño, joder que buena estaba, se agachó para poner la toalla y vi hasta el ano desde la piscina, ya que llevaba un tanga verdaderamente diminuto de color naranja fluorescente. Mi pene volvía a estar en marcha. La verdad es que me apetecía intentar algo, pero Clara era con la que menos roce tenía y me daba corte.

    En eso apareció Andrés y casi se desmaya al ver a Clara con las tetas al aire. Yo haciéndole una mueca a Andrés me despedí y volví a la habitación dejándolos a los dos solos. Entre a la habitación y desde mi ventana, vi como Clara le estaba comiendo la polla a Andrés, la verdad es qui esto me excitó, sin duda habían quedado en la piscina, y algo había sucedido por la mañana. Estando yo pegándome una paja viendo el coño de Clara totalmente depilado y dándole una mamada genial me tocaron la puerta.

    Como pude me puse una toalla liada, abrieron y era Marisa.

    ―¿Molesto? Dijo

    ―No (aunque la verdad estaba pegándome una paja muy a gusto)

    ―Me preguntaba Sergio, si me podrías dar un masaje, es que me duele mucho la espalda y sé que tu aprendiste a dar masajes en un curso.

    Era cierto, meses atrás había aprendido algo, pero la verdad es que no tenía mucha idea.

    ―Bueno, tráete el aceite que está en el baño, vaaa

    ―Vale, ya vuelvo.

    Mientras salió me asome por la ventana y Andrés estaba follándose a Clara dentro de la piscina, que guarro era el cabrón, pensé.

    Entró Marisa que llevaba puesto un vaquero corto y una camiseta. La hice tumbarse en la cama y le dije que se quitara la ropa. Ella obedeció y se quedó con un bonito sujetador de encaje blanco y un tanga del mismo modo. Yo me quede alucinado

    Le desabotoné el sujetador y empecé a masajearle la espalda, pronto llegue a la altura del tanga y sin pedir permiso seguí masajeándola, me explotaba el pene, le dije si se daba la vuelta porque con ese culo mirándome iba a explotar, en eso me reincorporé y cosas del destino, sin querer la toalla se cayó al suelo y quede con el pene empinado al aire, ella empezó a reír, y yo ya se me quitaron los complejos y me lance encima de ella, comencé a mamarle las tetas, que pezones más sabrosos tenía, baje al ombligo y de ahí a su tanga, se lo bajé y apareció ante mi un maravilloso coño, perfectamente recortado y comencé a chupárselo, ella estaba loca, sin pensarlo dos veces, me levanté y la penetre hasta el fondo, era genial, follaba como Dios.

    Cuando estaba a punto de correrme le pedí que se pusiera a cuatro patas, ella obedeció y quedo ante mi el culo de mis sueños. Baje y le chupe su ano, hasta que lo noté dilatado, ella me decía que no se lo hiciera por el culo que lo tenía virgen, pero yo no le hice caso, se la metí poco a poco, al rato de tenerla dentro empecé a menearla y ella ya no tenía dolor era placer, bombee tres minutos más o menos y le eyaculé en todo el culo. Había sido un polvo genial. Quedamos los dos rendidos, ella se vistió y se fue.

    Empezaba a considerar que iba a ser una gran semana, ya que en el segundo día ya había follado con dos de mis amigas.

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  • Su marido la abandonó y yo me la tiré

    Su marido la abandonó y yo me la tiré

    Después de abandonarme María, mi vida cambió radicalmente. La distancia había producido una debacle en nuestra relación que dio como consecuencia que ella no quisiera volver a verme.

    No tenía demasiados amigos, así que empecé a frecuentar chats, me afilié a páginas de contactos.

    Yo vivía en una ciudad pequeña, próxima a Barcelona. Un día apareció en mi vida Ana. Su pelo era negro como el carbón, tenía unas curvas impresionantes, pechos prominentes y un culito que podría hacer las delicias de cualquier hombre.

    Después de varios mails, un día nos decidimos a quedar. Conocía poco de su vida, sólo que su historia era muy parecida a la mía. Su marido la había abandonado hacía dos meses, sin ninguna justificación, sin ninguna excusa, sin ningún motivo aparente, simplemente, un día al volver del trabajo, no se encontraba ni él, ni todas sus cosas.

    Fuimos a tomar una cerveza, y posteriormente a cenar. Su conversación era amena, y su continúa sonrisa, me hacía flotar. Después estuvimos en local de moda de nuestra ciudad, y nos besamos por primera vez. Cuando salimos, le propuse ir a mi casa, a lo que ella se negó, excusándose con el motivo de que seguía enamorada de su marido, aunque este le había abandonado.

    Me dejó esa noche con un calentón importante. Nos vimos aún dos veces más, y siempre me respondía lo mismo, ante lo cual, dejé de insistir en ella. A los pocos días de esta última vez, me telefoneó muy contenta, diciéndome que había tenido noticias de su marido y que este volvería a casa el próximo fin de semana.

    Sabía que mis posibilidades habían terminado, pero como un caballero la animé, le di mi enhorabuena y le comenté que esperaba no perder el contacto con ella, aunque temía que sería así.

    El fin de semana que debería haber vuelto su marido, volví a recibir una llamada suya. Estaba llorando, tremendamente desolada, puesto que al final su esposo no había vuelto con ella. Le dije que si necesitaba algo, me lo dijera, y me respondió que necesitaba un amigo, y hablar.

    Viendo la oportunidad, le expuse que era mejor que nos reuniésemos en mi casa. Allí podríamos hablar tranquilos y prepararía una cena especial para los dos.

    Ella no se encontraba con demasiadas fuerzas para discutir, y supongo que todo lo que yo dijera le pareció bien.

    A las 9.30 de la noche, todo estaba preparado para su visita. Unos entrantes, una suculenta cena, y sobre todo un vino excelente, que amenizara la velada y la hiciese olvidar un poco sus problemas.

    Charlamos un poco, lloró bastante la humillación que sentía por la nueva espantada de su pareja y al final, imagino que por los efluvios del vino, volvía a sonreír como la primera vez que nos vimos.

    Al rato, recogimos un poco la mesa, y preparé unas bebidas en el sofá. La veía un poco pasadilla ya, y muy desinhibida, lo que produjo cierta alegría y bastantes esperanzas.

    A los pocos minutos estaba acariciándole las piernas, luego la cara, le dije que estaba tremendamente guapa, algo que era cierto, y decidí besarla. Ella me respondió efusivamente, echándose encima mío.

    A partir de ahí, todo fue fácil, le desabroché la blusa y le subí el sujetador para poderle besar sus pechos. Lo hice, mientras ella empezaba a excitarse.

    Desabotoné su pantalón, y empecé a acariciar su vello púbico por debajo de la braguita que llevaba puesta. Le propuse ir a la habitación, donde estaríamos más cómodos.

    En ese momento, noté que la situación se podría complicar, puesto que se negó y volvió a salir a relucir el amor que tenía a su marido.

    Para tranquilizarla, le dije que estaríamos mejor tumbados, y que no pasaría nada que ella no quisiera que pasara. Esa frase siempre me dio resultados y esta vez tampoco podía fallarme.

    Ella accedió de mala gana, pero sabía que si llegaba a la cama, sería mía. Allí la desnudé enseguida, e hice yo lo mismo.

    Empecé a acariciar su rajita mientras lamía sus enormes tetas. Los pezones se erizaban fruto de la excitación. Ella no paraba de tocar mi pecho y empezó a chupar mi polla, que ya se encontraba al máximo exponente.

    Pasé mi lengua por su rajita durante varios minutos, hasta que estuvo totalmente mojada. Una vez en esta situación, le metí mi polla dentro de su vagina. Empezó a gritar y a moverse. Me ponía muchísimo verla así, y sobre todo, el sentir que estaba poniendo los cuernos al cabrón de su marido, que tanto me había hecho prorrogar la situación a la que había conseguido llegar ahora. Después de unos minutos, me corrí intensamente dentro de ella.

    Ella aún quería más, y empezó de nuevo a chupármela para que volviera a estar en forma. No le costó trabajo, y enseguida volvió por sus fueros. Volvimos a follar como descosidos, pero esta vez me pidió que me corriera en su boca.

    Saqué mi pene de su coñito y se lo metí entre sus labios. Era una auténtica experta follando y mamando. Pensé que su marido no era consciente de lo que perdía. Volví a correrme de nuevo, pero esta vez, dentro de su boca.

    Cuando terminamos, me dijo que prefería no verme en algún tiempo. Se sentía sucia, según ella, pero a mí me hizo la mejor mamada de mi vida.

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  • Mi mujer por un sofá

    Mi mujer por un sofá

    Acabábamos de conseguir un poco de dinero, y como nos estábamos montando el piso decidimos comprar un sofá, era sábado, llevábamos toda la tarde visitando casas de inmuebles, a Laura le gustó un sofá que hacía rinconera, cuando entramos a preguntar por él, el hombre nos dijo que era de calidad, patas de acero lacado, fácil de lavar, con multitud de colores a elegir y como era de módulos, podíamos pedir la variante que más nos gustara.

    Sin decir precios, mi mujer se decidió por hacer la rinconera de dos por dos metros y en color azul, el hombre que tendría unos treinta y tantos fue a cerrar la puerta antes de hacer las cuentas para que nadie entrara, ya que se había hecho tarde y se le pasaba la hora de cerrar, antes de sentarse pasó una rápida mirada a las piernas de mi mujer, luego comenzó a sacar algunos papeles para calcular el precio.

    Laura era una mujer de piernas atractivas, su cuerpo estaba perfectamente moldeado y sus pechos no eran ni grandes ni pequeños, estaban muy bien puestos y el canalillo que le hacían con el sujetador te daba ganas de meterle los dedos y algo más. Hoy llevaba un vestido corto de tirantes azul claro.

    —Mil doscientos cuarenta y dos euros –dijo el hombre volviendo a mirar las bien contorneadas piernas de mi mujer.

    Laura se dio cuenta de lo que al hombre le llamaba la atención, y sin que se diera cuenta se subió un poco más el vestido mostrando más piel bronceada por el reciente viaje de luna de miel.

    —Podría rebajarme algo –le dije.

    —Te puedo quitar los cuarenta y dos –dijo. Casi se le salieron los ojos al ver la carne de aquella chica de veintiséis años, un poco más y las bragas estarían a la vista.

    —¿De verdad que no puede quitarme nada más?

    —Pero, ¿tú has probado el sofá?, anda venid, sentaos –nos dijo dirigiéndose al sofá y sentándose en él– venid.

    Yo me senté en un lado y Laura entre los dos.

    —No me digas que esto no vale su precio.

    —Si, es comodísimo, pero cuarenta y dos euros es poca rebaja.

    —Es que si bajo más me quedo sin comisión, ¿y que me voy a ganar entonces?

    —¿Te podemos dar algo para que nos quites la comisión?

    El hombre no dijo nada intentando comprender el sentido de la pregunta, mientras mi mujer me susurró al oído una idea que había tenido.

    —¿Te gusta la lencería? –le pregunté, sin esperar respuesta metí mis manos por debajo del vestido de Laura y le quité las bragas— ¿te gustan? –le dije mostrándoselas, el hombre carraspeó y dijo:

    —Son muy bonitas, pero la verdad, no valen mi comisión.

    —Cariño déjame a mí –me dijo Laura.

    Tiró las bragas a la entrepierna del hombre y sin bajarse el vestido se quitó el sujetador —¿y si añadimos otra prenda? –ahora lanzó el sujetador junto a las bragas— ¿nos arreglaras el precio?

    —Mi comisión sigue siendo más alta –dijo testarudo.

    —¿Y por estas? –preguntó bajándose el vestido para enseñar sus preciosidades– puedes tocar.

    El hombre me miró esperando mi aprobación y cuando vio que todo lo que dijera mi mujer lo daba por hecho se lanzó a sus tetas con las dos manos, apretándolas y restregándolas.

    —Por esto veinte euros.

    —Haber si consigo que aumente la rebaja –añadió mi mujer antes de darle un morreo con sus irresistibles labios.

    Cuando el hombre dejó de pegarse el lote con mi mujer, dijo que la rebaja había subido a cuarenta –creo que aun puedo hacer que suba –pensó Laura en voz alta, sus manos desabrocharon el pantalón y sacaron la polla del hombre con gran agilidad, agachándose se introduje el miembro en la boca para succionarlo y lamerlo, el hombre que se había echado hacia atrás, miró hacia la cristalera que daba a la calle, la gente pasaba de vez en cuando, pero como el sofá estaba orientado de espaldas a la entrada nadie podía ver como mi mujer le hacía una mamada descomunal, nunca se la habían chupado de tal manera. Al cabo de un rato Laura se incorporó preguntando:

    —¿Cuánto he conseguido?

    —Todavía no me he corrido, has llegado a ochenta, pero si terminas llegaras a cien.

    —¿Ochenta es bastante?

    El hombre al ver que me pedía opinión se asustó, temía que yo dijera que si, no quería quedarse a medias y encima perder ochenta euros, así que antes de que yo contestara él propuso:

    —¡Espera, espera!, podemos llegar a un trato.

    —¿Cuál?

    —Tu mujer por mi comisión.

    —¿Quieres que estrenemos el sofá tú y yo? –preguntó Laura sonriendo.

    —¿Qué os parece?

    —Es buena idea –dicho esto Laura se quitó el vestido sin levantarse para que nadie la viera, quedando totalmente desnuda a excepción de sus sensuales zapatos de tacón. El hombre se levantó para que ella pudiera acostarse, tumbándose entre sus piernas y con la polla en la mano apunto a la entrada de su máquina de placer, de un empujón se la metió soltando un alarido, Laura lo rodeo con sus brazos y lo atrajo hacia ella para que la besara, las manos de aquel tipo tampoco se estuvieron quietas tocando aquellos maravillosos pechos, el sofá se movía por las arremetidas, pero él estaba en la gloria follándose a aquella diosa.

    —¡Me corro, me corro!

    —Hazlo dentro de mí, como a mí me gusta, lléname con tu leche por dentro.

    —¡Toma puta, toma mi leche!

    —OH si, ya la noto.

    Al cabo de un momento, Laura le preguntó con cariño si había terminado, él le suplicó un segundo polvo, —levántate –le dijo ella, poniéndose a cuatro patas sobre el sofá, Laura se acercó a mí, me sacó la polla y antes de metérsela en la boca le dijo al hombre, —Haz lo que quieras –este se puso detrás de ella acariciando la suave piel de su culo mientras se masajeaba para ponerse apunto, el hecho de ver a mi mujer mamando mi polla lo preparó en un momento, y con facilidad volvió a penetrar a mi mujer.

    Yo cerré los ojos para concentrarme en lo que sentía, pero me venía la imagen del hombre metiéndosela a Laura al oír el chocar de las caderas con las posaderas de mi mujer. Me corrí bastante, ella se lo tragó todo y siguió un poco más para limpiarme, cuando acabó levantó la cabeza agitándola para quitarse el pelo de la cara, luego miró al hombre que todavía seguía penetrándola.

    —Acaba macho mío que yo he acabado cuatro veces con esta última.

    —¡Si, ya, ya, aquí tienes lo que esperas, toma mi leche otra vez!

    Laura agachó la cabeza pegándola al sofá para poner el culo más en pompa mientras decía:

    —Que calentita, córrete más, así, lléname todo lo que puedas, así.

    Y de esta manera conseguimos una buena rebaja, pero aún quedan muchos muebles que comprar y muchos inmuebles que visitar.

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  • El trabajo de mi novia

    El trabajo de mi novia

    —Cariño, ya he conseguido trabajo fijo. Es en el centro de acogida de inmigrantes, y voy a ganar un pastón.

    Yo sabía que Noelia, mi novia, conseguiría un buen trabajo, lo había luchado y era una gran estudiante, orientadora de gente marginada y que necesitaba ayuda, ese trabajo le encantaría. Ella es muy sociable, siempre con una sonrisa en la cara, y muy guapa, es morena, 1,65, y un buen cuerpo, no es para salir en play boy, pero a mí me gusta.

    A mí lo del trabajo me parecía muy buena idea, buen sueldo, cerca de casa; hasta que fui con ella a firmar el contrato.

    —¿Ha habido problemas de acoso sexual a las trabajadoras?

    —Bueno, algunas casos hay, pero bueno hay que saber pararles los pies y amenazándoles que se van a ir a su país, te dejan en paz.

    A mi ya con eso me entró un poco de mal pensamiento, no por mi novia, sino por lo que pudieran hacerle. Esto habría que superarlo porque veía a Noelia muy ilusionada con el trabajo y no podía decirle que no.

    Transcurrieron un par de meses y la cosa iba con total normalidad, salvo que Noelia iba al trabajo demasiado guapa, a lo mejor era imaginaciones mías, pero vestía muy bien y se pintaba la cara. Bueno, las mujeres son muy coquetas, pero ella debería tener cuidado; aquellos negros estaban seguro sedientos de blancas.

    Lo que a mi me dejo ya intranquilo del todo, fue que ella solicitó un turno de noche, quería cobrar un poco más. Yo le dije que se lo pensara pero ella estaba decidida y lo cogió.

    Yo no aguantaba más, no podía estar todas la noches sufriendo hasta que ella viniera, un día decidí seguirle para quedarme tranquilo y saber que ella estaba allí segura. Iba a unos pasos de ella, los suficientes para que no me viera, cuando ella entraba, había unos cuantos de hombres fuera fumando y diciéndole cosas, de ahí no pasaron, ella entraba sin echar cuenta.

    Cuando entré, vi como se dirigía a su despacho, cogió el teléfono y llamó a alguien para que fuera a su despacho. Allí no había nadie, el resto de oficinas estaban vacías, ese día estaba trabajando allí solo ella y el de seguridad de la entrada. Al fondo, la puerta que daba a las habitaciones de los inmigrantes, se abrió y salió un hombre, negro por supuesto, parecía joven, unos 22 o 23 años, alto, con labios gordos y cabeza rapada. Se dirigía al despacho de Noelia.

    Me acojoné, creía que le haría algo a Noelia, pero no fue así, ella parecía estar esperándolo, las cortinas de metal estaban entreabiertas, no veía muy bien, pero la ventana estaba abierta y pude escuchar todo:

    —Bueno Archid, he estado buscando algunos trabajos que te pueden interesar, camarero en un restaurante italiano, recolección de fresas en Huelva, ayudante de camionero para una empresa de transporte.

    —Están bien, ¿dónde se gana más dinero? Dijo ese tal Archid con acento africano

    —Archid, eso lo tengo que mirar, mañana te lo digo, ya te puedes ir.

    —Perdona señorita Noelia, pero me duele un poco la cabeza, no podría darme un pastilla.

    —Espera, vamos a la enfermería, a ver lo que hay.

    Me escondí para que no me vieran, la enfermería estaba enfrente del despacho de Noelia, también tenía las ventanas abiertas aunque la cortina semicerrada pero veía todo lo que pasaba, aunque ya bastante tranquilo iba a marcharme, pero escuché un portazo y un cerrojo echándose, había sido en la enfermería, estaba seguro, así que volví a ver lo que pasaba.

    Vi por la ventana a mi novia un poco asustada y Archid de frente:

    —Señorita Noelia, de hoy no pasa, usted no saldrá de aquí si antes no hace lo que yo quiero, así que no se ponga nerviosa porque puede ser peor, soy más fuerte.

    Quise entrar a ayudar a mi novia estaba en peligro, pero algo me impidió abrir la puerta, sabía que mi novia no corría peligro de vida, pero si sabía que iba a ser acosada, y eso me dio un subidón y una gran excitación, no sé porque me pasó eso, pero me quedé viendo y escuchando.

    Archid se fue de frente a por Noelia y le clavó sus enromes labios en su boca, se podía apreciar que Noelia no quería, estaba sufriendo. El negro, le abría la boca y le metía la lengua, le besaba el cuello, le agarraba las tetas.

    —Archid por favor, déjame ir, no sigas.

    —Ni lo sueñes, llevo dos meses sin probar una mujer.

    El negro seguía sobándole todo el cuerpo, sobre todo el culo y las tetas, mientas su boca hacía estragos por el cuerpo de Noelia. Ella. Ya no se le veía con cara de sufrimiento, más bien como si estuviera dejando pasar el tiempo, e intentar que no le hiciera daño. Archid obligó a Noelia a arrodillarse y a que le quitara los pantalones, el tío no llevaba calzoncillo y joder, vaya tranca que tenía, esa polla no bajaba de los 28 cm, y nos estaba empalmada.

    Con una mirada, Noelia ya supo lo que tenía que hacer, cogió con la mano lo que le cabía de polla y empezó a pajearle; ella no dejaba de mirarla, parecía encantada, sus ojos desorbitadas y la mano cada vez más rápido.

    —Llegó la hora, chúpamela zorra.

    Dicho y hecho, Noelia no puso oposición y empezó a comérsela, joder, solo le cabía el glande en la boca, pero ella se la sacaba y la metía, y le lamía todo el trozo de carne. Llegado este momento, yo estaba muy excitado y no culpaba a Noelia de la cara de excitación que tenía, estaba disfrutando, ya no se asustaba, una mujer no es de piedra.

    Archid, con maneras despectivas, le quitó la falda a Noelia y la tumbó sobre la camilla, la imagen era espectacular, ese negro abriendo de patas a mi novia y apuntando su polla negra hacia el coño de ella. Comenzó a penetrarla, sin prisa pero sin pausa, aquello era muy grande. Noelia, cada milímetro de pollon que entraba gemía, y gemía, gritaba de placer, hasta que entró toda con un último empujón y tuvo un orgasmo que no había tenido en mi vida conmigo.

    Archid comenzó a convertirse en una taladradora, el bombeo de su polla en mi novia era incesante.

    —Ahora muñeca date la vuelta, verás que sorpresa. Noelia estaba en una nube de placer, no sabía ni lo que hacía. Cuando estaba en posición de perrito, vi como el negro escupía al culo de ella, y empezaba a extender su saliva por el ano de Noelia, le iba a dar por el culo, cosa que a mí me lo había negado siempre.

    —No, archid, se bueno por favor, sigue por el coño, por el culo no, me va a doler, aaah. Eso fue todo, el negro no accedió a sus súplicas y la metió, poco a poco pero la metió entera hasta el fondo.

    Noelia, fue poco a poco recobrando el sentido, y percibí que los gritos ya no eran de dolor:

    —Jodeeer, que bueno, jamás me lo imagine así, vaya polla tengo clavada en el culo, sigue así Archid, siiii

    Jamás había visto a Noelia así. El negro seguí en su mundo hasta que no pudo más y soltó un gran alarido de placer, se estaba corriendo dentro del culo, que cabronazo.

    Los dos parecían cansados, estaban uno junto al otro, sonriendo:

    —¿a qué no eres capaz de follarme otra vez, Archid?

    —Que zorra eres, chúpamela un rato y verás que sorpresas te esperan.

    Y otra vez la puta de mi novia empezó a mamársela al negro, yo no aguanté más y me fui, a consolarme yo solito.

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