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  • Otra forma de pago

    Otra forma de pago

    Marta recibió la multa en forma de carta certificada.

    “Exceso de velocidad”

    La cantidad era inasumible para alguien que acababa de independizarse y vivía al día.

    -joder, joder -gritó con frustración en la habitación vacía.

    El teléfono de papá era tentador, solo que… no le apetecía llamar a casa para decir que necesitaba pasta, sería como reconocer que no podía valerse por sí misma, sobre todo después de su discurso al dejar el hogar. Además estaba lo de la multa, tendría que mentir, porque la alternativa era disgustar a su madre.

    Por suerte estaba la otra opción.

    -Es lo que tiene vivir en un país para ricos. -exclamó enfurecida mostrando su desaprobación.

    Tenía que pagar o iría a la cárcel.

    Sopesó lo de la otra opción. No era un cheque en blanco, si no que funcionaba más como un carné de puntos. Tenía dos oportunidades al año.

    De repente los nervios se agarraban a su estómago. No era esa sensación incómoda que se arregla soltando aire, eran nervios de verdad. Tenía un plazo de diez días para pagar con dinero o con lo otro.

    “No puedo estar con esta ansiedad ni un día más.”. Pensó mientras miraba la hora en un reloj de pared.

    Todavía faltan dos horas para que cierre.

    Se decidió.

    Una ducha rápida. Ropa interior limpia, vaqueros y camiseta casual. Pensó en las lentillas pero se decantó por las gafas oscuras que hacían juego con el color de la ropa.

    -Una antifaz para que no me conozcan, como al zorro -dijo en voz alta acabando con una risa nerviosa.

    Llegó a la comisaría en diez minutos y entregó el papel de la multa.

    -vengo a pagar. -informó a la recepcionista con voz pastosa.

    Por suerte la mujer que la atendió era una profesional. Su voz mecánica e indiferente, lejos de molestarla por falta de empatía, la tranquilizó un poco.

    -Vaya a la sala que está al fondo de ese pasillo y aguarde a que la llamen.

    La sala tenía sillas y daba a tres puertas. Había gente. La mayoría jóvenes como ella. Dos hombres, tres chicas y una mujer algo más madura.

    Se sentó y nada más hacerlo la llamaron.

    “Pensé que tardarían un rato” se dijo sorprendida.

    Las piernas tardaron un instante de más en reaccionar y encaminarse hacia la puerta.

    -Buenas tardes. -la saludó un agente de unos treinta años.

    El hombre vestía uniforme de policía y tenía puestos unos guantes azules de látex, como los que usan las enfermeras.

    Marta tragó saliva.

    -Bien Marta, según esto la corresponden veinte azotes con el cepillo.

    -Sí, supongo que es eso. -dijo la chica ruborizándose.

    Luego añadió.

    -Las gafas… me las quito. -acompañando sus palabras con la acción.

    El policía le miró a los ojos y ella sostuvo la mirada. Estaba muy nerviosa.

    -¿Primera vez? No se preocupe yo le explico. Bájese los pantalones y la ropa interior hasta las rodillas y túmbese sobre mis piernas.

    -ya… ¿cuando?

    El agente se permitió una sonrisa y respondió sin rodeos.

    -Pues ahora, que hay más culetes que calentar.

    Eso no le sonó muy profesional a Marta, pero tampoco parecía algo denigrante, al fin y al cabo lo que dijo el policía era la puta realidad.

    Armándose de valor y venciendo a la vergüenza. Marta se desabrochó el botón, tiró de la cremallera y asiendo pantalones y bragas a un tiempo con ambas manos, los bajó hasta las rodillas.

    Luego, despacio para no tropezar, dio unos pasitos y dejándose coger el brazo, con la ayuda del agente, acomodó el cuerpo y el culo desnudo sobre los muslos masculinos. La punta de los pies en el suelo y las manos agarrando las patas de la silla.

    -¿Está bien así? -musitó notando como el calor subía a su cara colorada.

    -Sí. Ahora empezaré con los azotes, primero cuatro con la mano para calentar la zona y luego los veinte con el cepillo. Lista.

    “No, no estaba lista. ¿Quién iba a estarlo?”

    El agente no esperó por su respuesta. Masajeó los glúteos de la chica. Dió cuatro rápidas nalgadas y cogió el cepillo.

    -No te muevas.

    Marta se agarró con más fuerza a las patas de la silla e intentó poner el trasero duro. Había comenzado a sudar y bajo la camisa, una gota salada se resbalaba sobre su teta derecha. Durante un instante pensó en si olería bien, se había echado bastante perfume.

    El primer golpe con el cepillo la sacó de sus pensamientos. Aquello escocía.

    El agente apoyó la mano libre en su cintura para evitar que se moviese y la atizó en la otra nalga dejando una señal.

    Los golpes se sucedieron. A mitad de castigo el policía retomó la cuenta en alto convirtiéndola en una cuenta atrás.

    -diez, zas. nueve zas

    Marta notó lágrimas en sus ojos.

    Los cinco últimos azotes los acabó con las piernas medio recogidas, abiertas. Todos los genitales a la vista y todo intento por preservar el pudor olvidado. Su culo ardía y lo peor era que estaba mojada. El pene de aquel tipo se había puesto más gordo bajo sus pantalones y su coño, en continuo rozamiento, no era inmune a la estimulación.

    El último azote fue el más duro.

    Marta tardó unos segundos en incorporarse.

    Se llevó las manos a las nalgas frotándolas, intentando hacer desaparecer el escozor. Luego, consciente de su desnudez, se apresuró a subir bragas y pantalones.

    -Aquí tienes clínex para las lágrimas. -ofreció el agente.

    Marta se secó la cara mientras pensaba.

    “No tendrán aquí un servicio de poner cremita en el trasero”

    Faltó poco para que verbalizara sus pensamientos.

    Miró al agente todavía con el rubor en sus mejillas.

    -Gracias.

    El agente, profesional, la respondió con cortesía.

    Aquella noche Marta pensó en todo lo que había pasado. Ciertamente aquella situación no era agradable y su culo aún le picaba. Pero aquel agente… al terminar había estado tan caliente que no la hubiese importado que aquel tipo se la tirase ahí mismo. Ella contra la pared, el culo rojo protestando al tiempo que su vagina empapada recibía las embestidas de un miembro viril exageradamente grande.

    Estaba boca abajo en la cama. Su mano se coló bajo el pantalón del pijama, sus dedos con ganas de explorar territorio. Se frotó, pensó en el policía, en los azotes que dolían y en su cuerpo. Señales antagónicas, dolor, placer, calor, excitación. Sus dedos se deslizaron bajo las bragas y uno de ellos, juguetón, se introdujo dentro, hurgando.

    La corriente recorrió el cuerpo. Tembló, jadeó, se dejó llevar.

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  • El hijo del vecino

    El hijo del vecino

    -Ahora, Joel. Vía libre -anunció Matty al muchacho que tenía esperando para salir por la puerta.

    Ambos llevaban un tiempo sintiendo el placer de la carne, cosa que agradaba a Matty tras soñar con ello desde hacía tiempo. Se fijó en Joel cuando su nuevo vecino, Gregorio y padre de éste, llegaron al edificio ocupando la estancia de enfrente. Gregorio y Matty tenían la misma edad y, por tanto, Joel era más joven que Matty. Aun así, ambos eran adultos y no tendría que ser problema que, entre ellos dos, existiese cualquier tipo de relación.

    Al principio, Matty se contentaba con pelarse la polla hasta dejarse seco de semen, pensando en los polvos que le echaría al joven muchacho. Una vez se confesó con un amigo suyo de toda la vida, y éste le acuso de loco, que qué hacía a su edad tocándose sexualmente. Matty no entendía el comportamiento de Carlos, dado que, para él, la masturbación era algo natural.

    Al parecer, resulta que tenía edad de caducidad según la que uno tenía. Y es que, el hombre alto y delgado, de largo cabello y barba espesa totalmente cana, y ojos verdes ya contaba con setenta años. Aún con todo, hasta la fecha, aunque no fuera cada día, ni cada semana, no podía quejarse de su vida sexual incluso a su larga edad. Y, si contamos que, gracias al ejercicio que realizaba varios días a la semana, Matty, podría decirse que estaba bastante bueno y levantaba pasiones.

    -Adiós, amor -susurró Joel dándole un rápido beso en los labios a Matty y saliendo a largas zancadas, perdiéndose escaleras abajo.

    Y Matty cerró la puerta observando con cuidado para no ser vistos. Si Joel viviese solo, o fuera de otro lado, ni Matty ni él tendrían que esconder su relación a nadie. De hecho, a Matty no le importaría que todo el mundo supiese que él y Joel son pareja y mantenían relaciones como cualquier otra. Pero, al estar Gregorio de por medio… Si por un casual ambos vecinos no tuviesen buena relación, la cual se podría llamar amistad a estas alturas…

    Gregorio y Matty tenían una más que buena relación. Desde el primer momento ya apuntaban maneras para ser uña y carne, y así lo ha querido el destino. No había día que tuvieran alguna charla larga y tendida, o que fueran de aquí para allá probando lugares donde comer o tomar algo; la bebida favorita de ambos era la cerveza. Y esa buena amistad era la causa de que Matty y Joel tuviesen que esconderse. Gregorio, para empezar, era un homófobo de manual y suerte que Matty es bisexual y, por ende, podía nombrar las veces que follaba con mujeres ganando las jaleadas de Gregorio. No quería pensar lo que le haría a su hijo si se enterase de que era gay, y sería mucho peor para Matty si Gregorio supiese que su mejor amigo era el que le abría el ano con su miembro. Todo acabaría mal, muy mal.

    Por desgracia, aunque no sabe si es cierto, una vecina chismosa, no hacía mucho, lo increpó dejando la duda en el aire. Cuando se lo contó a Joel, éste quiso ser positivo y pensar que fue casualidad. Pero Matty, sabio él, tiene otra opinión y, como se suele decir: piensa mal y acertarás. Desde entonces, aún extreman más la discreción.

    La primera vez juntos fue hace ya varios meses, en pleno verano y sufriendo un calor abrasador. Matty estaba sentado en una silla en el balcón aprovechando que daba la sombra y dejando que una ligera brisa rozara su piel semi desnuda. Cuando llamaron a la puerta y Joel vio el espectáculo que daba el cuerpo de Matty, al chaval se le hizo la boca agua, y el viejo comenzó a empalmarse tras ver las miradas del joven.

    -¿Tienes azúcar?

    -Sí, pasa -afirmó – ¿Cuánto necesitas?

    -Un poco. Me faltan unos diez gramos según la receta del bizcocho.

    -Ahora te la preparo -comunicó Matty dirigiéndose a la cocina.

    Allí cogió un vaso medidor, el azúcar y, cuando tuvo la medida exacta, volvió al recibidor y se la dio a Joel sin quitarle los ojos de encima descaradamente.

    Joel era un bombón. Delgado, piel naturalmente bronceada; cabello castaño aunque algo ralo; ojos azules que resaltaban con su tez, los cuales tenían un puntito blanco en cada lagrimal; y unos labios rosados y jugosos. Cuando Joel rozó la piel de Matty, éste no se lo pensó dos veces y tiró de él llevando sus labios a los del muchacho. Joel no ofreció ninguna resistencia, por el contrario, parecía desear que aquello pasase y se dejaba hacer por el viejo. Éste le metía la lengua y jugaba dentro de la boca del joven, y Joel saboreaba la lengua amarga por el tabaco (según su intuición) poniéndose cachondo perdido.

    Sin ningún miramiento y sin despegar la boca de la del joven, Matty cerró la puerta con mucha fuerza y lo estampó contra esta haciendo presión con su pelvis sobre la de Joel. Éste movía la suya dando a entender que quería sexo caliente. El azúcar, que acabó desparramado por el suelo, terminó en el olvido.

    Separándose por fin, el viejo le arrancó la camiseta de tirantes, que tiró al suelo, lo cogió en volandas y se lo llevó a la cama. Las sábanas bien puestas iban a acabar echas un guiñapo. Lo posó suavemente, incluso con dulzura, y se echó sobre el joven, quién abrió las piernas para que ambos encajarán a la perfección. Y, sí, Matty hacía tiempo que no encontraba un hombre con el que encajar perfectamente cuerpo con cuerpo. Aquello se estaba convirtiendo en una delicia. Matty comenzó a lamer y chupar el cuello de Joel, quién no pudo dejar escapar un gemido ahogado del gusto.

    A casa paso que daba, Matty descubría que todo lo que hacía agradaba al muchacho. Despacio, sin prisas, dejó el cuello para lamer el pecho de Joel. Joel acariciaba la cabeza del viejo con los ojos cerrados. Matty saboreaba los pezones con parsimonia pero succionando con fuerza y presión, logrando más jadeos del joven. Con la misma lentitud, siguió degustando el cuerpo de Joel, pasando la lengua por cada centímetro de piel que podía, hasta besaba con lengua el ombligo, cosa que logró que Joel aún gimiera más fuerte arqueando la espalda e irguiendo el cuerpo hacia adelante.

    Sin despegar los labios del pequeño orificio, Matty acariciaba el miembro del joven sobre la ropa, el cual ya estaba como una piedra. Levantándole ligeramente la pelvis, el viejo le quitó lo que le quedaba de ropa y besó la polla de Joel, la lamió de arriba a abajo, succionó los testículos y, por último, se la introdujo entera en la boca chupando con parsimonia. Cuando terminó minutos más tarde, Matty se irguió y vislumbró a un Joel al que le costaba respirar a causa del placer. Pero no terminó su lento ataque. Haciendo que Joel se sujetase sus piernas, el viejo comenzó a lamer y besar el ano, el cual, poco a poco, dilató mostrando un orificio oscuro y demandante de placer.

    Matty se deshizo del pantalón y el calzoncillo, liberando su excitación ante el muchacho. Joel vislumbró aquel falo relamiéndose, con una gota de saliva regalimando boca abajo.

    -La quieres, eh -masculló Matty.

    Joel no pudo más que asentir.

    El viejo acercó su pelvis al rostro del joven, quién, con la misma delicadeza que Matty, comenzó a acariciar el miembro y los testículos. Con un gemido ahogado, Joel amodorró su boca sobre los huevos succionando y lamiendo, mientras seguía acariciando la polla con ambas manos. Matty observaba al muchacho con pasión. Le agradaba estar haciendo aquello con él. Poco a poco, Joel se fue introduciendo el pene en la boca saboreando cada centímetro y logrando que Matty soltara algún que otro gemido tras sentir la lengua del joven acariciando con presión el glande.

    Así, con tiempo y tesón, ambos se habían olvidado del azúcar y, en el caso de Joel, incluso de qué estaba cocinando un bizcocho. Cuando el joven tenía todo el falo en la boca, usaba su lengua para acariciar todo el tronco y lo que le permitía sobre los testículos.

    -¡Basta! -ordenó el viejo, y Joel cesó de chuparle la polla.

    Sin ningún tipo de miramiento, Matty lo puso bocabajo de forma austera y violenta, y volvió a saborear el ano. Cuando notó en su boca que la dilatación seguía ahí, le besó repetidamente como si de una boca se tratase, sobando y abofeteando las nalgas. Joel no se quejaba de las fuertes cachetadas que sonaban en toda la estancia, por el contrario, gemía más que antes.

    Y más que gimió cuando el viejo entró dentro sin contemplación.

    -¡Au! -gritó, y Matty le puso una mano en la boca para tapársela, ahogando los que le siguieron.

    De la misma manera que con todo lo demás, Matty iba despacio y lento. Dejó que su polla se aclimatara en el orificio anal, sintiendo gran placer. Son cesar los lentos movimientos de su pelvis, abrió el cajón de la mesilla y sacó lubricante y un preservativo; lo abrió, sacó su pene del ano de Joel, se puso en condón, se lubricó tanto su polla como el ano, y regresó a penetrar al muchacho, esta vez ejerciendo más presión y con más rapidez. Joel no podía abrir los ojos del gusto y el dolor que Matty le hacía sentir, y jadeaba deseando no parar. Se amarraba a los brazos de Matty, quien los mantenía firmes sobre el colchón.

    Yendo cada vez más deprisa, Matty observaba el espectáculo que era el cuerpo del joven al que estaba sodomizando a su manera. Joel tenía una espalda estrecha y un culo redondo y respingón. Al viejo se le hacía la boca agua, no solo de ver dicho espectáculo, sino de estar también follándoselo. Si su amigo Carlos supiera lo que estaba haciendo con un chico más de treinta años más joven que él, le daría un ataque. Aquello lo hizo gracia y sonrió dando más fuerte. Joel no paraba de jadear dejándose hacer por el viejo.

    Matty paró para cambiar de postura. Lubricando todo de nuevo, se estiró en el colchón de lado, pegó la espalda del joven a su pecho, le abrió las piernas y lo penetró, está vez dejando atrás la parsimonia y dejándose llevar por la lujuria. Cada embestida era más fuerte que la anterior y lograba que Joel dejase de gemir para cambiarlos por gritos, unos gritos que salían de su garganta justo cuando, la polla del viejo, estaba dentro del todo. Matty se sorprendió cuando se dio cuenta de que Joel se limpiaba lágrimas del rostro.

    -¿Estás llorando? -preguntó Matty divertido- ¿Tanto daño te hace?

    -Sí -jadeó el muchacho-. Pero me encanta, sigue.

    Y Matty obedeció la orden de su conquista.

    Con más fuerza, el viejo se folló a Joel como si fuera lo último que hiciera en su vida. Volvió a la posición inicial, dado que le era más sencillo embestir su culo y, con fuertes… Matty follaba y follaba. Joel no tuvo que ni masturbarse para eyacular, con las fuertes penetraciones del viejo y el roce de las sábanas en su polla, el joven expulsó una cantidad considerable de semen. Matty lo notó y, en lugar de parar, aún fue más rápido. Necesitó tirar de un poco más de lubricante, la entró de nuevo en aquel glorioso agujero que tanto placer le estaba dando, y volvió a la carga. Joel gritaba y gritaba, dividido entre querer parar y no querer al mismo tiempo.

    Aquel hombre sabía lo que se hacía; tanto que en poco tiempo volvió a tener una erección de mil demonios y eyacular una segunda vez. Matty también estaba llegando al clímax. Sin cesar de embestir al muchacho, acabó eyaculando con fuertes aspavientos y audibles gritos de placer. Cuando ya no pudo más, salió de Joel, se echó a su lado, se quitó el preservativo lleno de semen, lo tiró al suelo y se sorprendió cuando notó su rostro húmedo tras pasarse la mano, completamente cansado. Irguió un poco el cuello para levantar la cabeza y vio que todo su cuerpo estaba lleno de sudor, justo igual que el de Joel.

    Joel se puso bocarriba y sonrió cansadamente al viejo. Aquel rostro, ovalado, de tez bronceada de forma natural, aquellos ojos cansados que lo miraban con un brillo especial, y aquella sonrisa dulce, logró que el corazón de Matty diera un bote. Aquel fue el momento en que, el viejo, empezó a sentir amor por aquel muchacho con el que tanto había soñado. El resto, era historia. Una historia llena de pasión envuelta en misterio y peligro de ser descubiertos.

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  • Economista y prosti: Fiesta y nuevo cliente (2)

    Economista y prosti: Fiesta y nuevo cliente (2)

    —Sofía, es que verte así me ha hecho soñar.

    —A veces los sueños simplemente traducen deseos.

    —¡Tengo deseos!

    —¿De verdad? ¿Prometes guardar un secreto?

    —Claro que puedes confiar.

    —No solamente soy profesional en Economía… puedo ser complaciente con quien me desee, pero soy muy muy exigente… muy cara digamos. No te ocultare la verdad.

    —¿Entonces es posible?

    —Si cumplieras ciertas condiciones, sí.

    —¡Cuéntame todo!

    Me senté junto a él, crucé las piernas de tal modo que uno de mis muslos quedaba visible hasta bien arriba. Ahora eran visibles dos tiras de mi liguero.

    Y le conté todo. Cómo surgió mi putismo, como Tommy ha asimilado y gusta de eso, mis aranceles y mi dedicación ilimitada en cada encuentro, y por último, mi aversión al uso de látex, con el consiguiente requerimiento de frecuentes análisis completos.

    —¿Y ese arancel no es negociable?

    —Puedo subirlo si quieres… Y ambos nos reímos y supe que se había rendido.

    —Entonces mañana martes a primera hora estaré haciéndome los análisis. Y supongo por los plazos que me dijiste que el miércoles podremos vernos.

    —Quieres agendar aquí mismo ¿a las 9 o a las 14?

    —Sí, por favor, ya confirmaremos horario, y antes de irme, preciso que me hagas un favor.

    —Con gusto, tú dirás.

    —Quiero verte ya… sin ropa.

    —¿Sin esperar al miércoles?

    —Ya mismo, estoy desesperado.

    —Promete no tocarme, y para incrementar el deseo te irás, sin despedirnos.

    —Prometido.

    Me incorporé, me encanta mostrarme, (aunque desfilar delante de varios me gusta más). Parada frente a él me desprendí el botón del blazer. Eché los brazos hacia atrás y las tetas, erguidas, quedaron al aire. Sacudí el cuerpo y el blazer cayó. Ernesto me miraba embelesado. “Que preciosas tetas” dijo.

    Solté el zipper trasero de la mini, la dejé caer y quedé en tanga, liguero y medias.

    Giré dos veces, lentamente para que me mirara y admirara toda.

    Entonces me quité la tanga (que ocultaba mis pelitos). Landing streep y ranura de mi conchita a la vista.

    —Quiero lamerte. Me dijo.

    —Cumple tu promesa dije, no puedes tocarme.

    Me acerqué a él, me acaricié los pezones, me abrí apenas los labios de la concha y me acaricié los pelitos.

    Giré, y caminé hacia la escalera. Lo oí decir “Tenés un culo admirable y pagaré con gusto los 2500”.

    Subí la escalera, y desde arriba le dije: prometiste irte, pero te has comportado bien.

    Bajé, las tetas re firmes saltaban apenas. Puede sonar narcisista, pero cada vez amo más mis tetas. Son duras, cónicas, los pezones se yerguen duros cuando me excito.

    Le di un beso con los labios cerrados y decidí hacer como que no sentí que me acariciaba una teta.

    —Nos vemos el miércoles si todo está bien.

    —Hasta el miércoles, cielo.

    Claro que todo estaba bien, y para mejorar las cosas, ya el lunes a última hora, me llegó la transferencia acordada. ¡Sensacional! A la noche, un mensaje me dice que “Seguramente ya viste la transferencia, y hoy me hice los análisis, con resultados previstos mañana martes de tarde. Nos vemos el miércoles, a las 3 de la tarde, si puede ser; muero de ganas”.

    Le respondí agradeciendo todo y confirmando para el miércoles a esa hora. Le dije que había olvidado comunicarle que, a veces, Tommy está presente para ver, físicamente o vía web.

    El miércoles, atendí un cliente de mañana, y luego me preparé para recibir a Ernesto en la tarde. Me puse seductora, al menos eso creo, ja ja ja…y al mismo tiempo como hago muchas veces, con un toque de “novia”.

    Tacos bien altos, micro tanga hilo blanca, de raso. Babydoll blanco de gasa transparente , corto a media nalga y con abertura vertical en cada seno de manera que se salga casi la mitad de cada teta. Y por encima de esa lencería, una bata blanca totalmente opaca cerrada por cinturón.

    Al llegar, lo recibí como les he detallado, con un gran beso de lengua al traspasar la puerta de entrada. Temprano en la mañana, me había enviado copia de su certificado de salud.

    —¡Que ganas de verte! Me dijo.

    —¡Yo también! dije. Y le dije algo que es verdad absoluta: ¡Y que nervios! Ya sabes que no eres el primer hombre fuera de mi matrimonio, pero me pongo nerviosa cada vez que voy a intimar por primera vez con alguien. Temo no cumplir con lo que esperan de mí.

    —¡Pero si eres divina! ¡Y simpática!

    —No sé por qué, pero siento las famosas mariposas en el estómago, hasta que gocemos, ¡y a partir de ese momento siempre siento como que estoy con un novio!

    —¡Que divina! Me gusta todo eso.

    Lo había conducido hasta la sala de planta baja donde suelo recibir.

    Le ofrecí café o refrescos…me dijo que prefería beber de mi cáliz… ja ja.

    No me hice desear, de espaldas, desaté mi bata, la dejé caer (eso es algo que siempre hago gusta mucho). Lo oí suspirar y me giré. Cuando vio las tetas emerger por las aberturas frontales del babydoll, prácticamente se arrojó a manoseármelas. Se lo permití unos segundos, y luego lo aparté suavemente, diciéndole: “Ya habrá tiempo”.

    En segundos, le indiqué el camino de la escalera, y aún con mi lencería puesta comencé a subir, haciéndole señas de que me siguiera.

    Soy consciente de que al subir la escalera con el babydoll, el cuerpo se luce mucho más que si subiera totalmente desnuda.

    Llegamos a la suite del piso de arriba, le indiqué el baño por si deseaba refrescarse, y le dije: “Te espero”. Dudé un segundo acerca de si desnudarme o no, pero enseguida me decidí por esperarlo y desnudarme frente a él, o que me desnudara.

    Volvió desnudo, la pija enhiesta, todo su vientre rasurado y también el escroto. Es cierto que no luce abdominales , tiene más de 60, pero la excitación era evidente y en general tiene muy buen aspecto. Buenos huevos, y verga de no menos de unos 17 cm y de grosor más que aceptable.

    Lo miré, erguida, las tetas al frente saliendo por las aberturas del babydoll, comencé a quitarme el babydoll y me dejó hacer, mirándome (extasiado, debo decirlo).

    Seguí por la tanga. Y me recosté al borde de la cama con las piernas cerradas y los pies apoyados en el piso.

    —Quiero esa concha, dijo. Y se acercó, se arrodilló y me abrió las piernas.

    Primero lo atraje sobre mi de manera de besarnos y que su cuerpo quedó tendido sobre mi.

    Acaricié su espalda, le ofrecí mi lengua y saliva, dejé que me acariciara las tetas y me refregará la pija por todo el cuerpo.

    “Ahora sí” le dije, y empujé su cabeza hacia mi entrepierna.

    Se metió entre mis muslos a chuparme la concha de todas las maneras posibles, en cierto momento crucé mis piernas sobre su cuello, como atrayéndolo más hacia mi.

    Fue el momento en que se dedicó a mi clítoris, haciéndome de todo, lo lamió, lo chupó, le dio golpecitos de lengua y me lo acarició con un dedo ensalivado.

    De pronto un dedo entró en mi concha y buscó esa zona rugosa, tan sensible en la parte delantera de la vagina.

    Me puse como loca, gritaba de placer y le pedí que me cogiera de una vez por todas.

    Volvió a ponerse cara a cara y su verga comenzó a buscar mi raja. Mientras nos besábamos, lo guie con una mano y cuando la verga se enfrentó a mi “sonrisa vertical” , comenzó a metérmela.

    Al ser un poquito cabezona, aquello me enloqueció totalmente. Sentí como se iba metiendo en mi cueva, sin apuro y sin pausa. Hasta que nuestros puños se tocaron, la tenía metida a fondo y empezó a moverse, siempre atrapado con mis piernas alrededor de su cuerpo, lo cual facilitaba que me la metiera bien a fondo.

    Disfrutaba cogiéndome y estrujando mis tetas. La lengua se me metía hasta el fondo y su boca me inundaba de saliva.

    Me acabé gritando. Y quedé exhausta esperando el licor de sus huevos. Que por fin llegó. Demoró mucho en llegar al orgasmo lo cual me hizo sospechar de alguna pastilla azul. Pero al acabar compensó la demora con chorros abundantes, pude sentirlo. Y pudo seguir fornicándome un par de minutos más.

    Se dejó caer sobre mí sin sacar la pija. Nos besamos y nos giramos quedando frente a frente y finalmente te se salió de mi.

    Chorreamos sobre las sábanas e instantáneamente me fui a chuparle y limpiarle la pija. “Aún no te la he chupado, quiero probarla”. Y bien que la probé. Más que limpiarla le hice una mamada de unos cinco minutos y luego nos pusimos a conversar acariciándonos (lo cual me gusta casi tanto como cuando me la meten o cuando me acaban).

    Nos mimamos, se dedicó largamente a mis tetas y yo a acariciarle la verga y los huevos mientras conversábamos o nos besábamos.

    Por supuesto le fui contando mi historia de casi ya dos años entregándome, de nuestros proyectos de embarazo con múltiples machos, de como Mary y yo cumplimos un desafío del dueño de una estancia cerca de Piriápolis. Y no pude dejar de mencionar como me hice coger en el Bois de Boulgne y también le conté de cómo Bob me cogió frente a una persona muy muy querida de mi familia y también en presencia de Tommy. Él me preguntó por el desafío en la estancia, dijo que si lo repetimos le gustaría presenciarlo, aún con sobreprecio, me dijo que le gustaba eso de que un familiar me había visto cogiendo (no le dije que era papá, ya lo sabrá en su momento) y se manifestó encantado con la actitud de mi esposo de dejarme libre para entregarme al putismo.

    Y ahí fue que mirando el reloj le dije que seguramente ya estaría por dejar de trabajar.

    —¿Vendrá a vernos?

    —Si lo invitamos viene… estoy segura.

    —Llámalo… ¿Si?

    —¿Le puedo mostrar cómo estamos?

    —Claro que sí.

    Vi que ya era hora de haber dejado la oficina. Lo llamé por video llamada y en altavoz.

    —Hola amor. Dije mientras enfocaba mi mano masturbando el miembro de Ernesto, ya bastante erecto.

    —Mmm. ¿Están en altavoz?

    —Sí.

    —Tom, soy Ernesto. Se me está parando, si llegas rápido podrías ver a tu esposa ganándose su arancel.

    —¡Sé que es muy trabajadora! Llego en minutos.

    Para motivarlo le mostré la sábana mojada de semen, mis tetas que Ernesto manoseaba y cerré la conversación con un nuevo acercamiento a mi mano masturbándolo.

    —Quiero chupártela mientras llega le dije a mi nuevo amigo. Y me puse de pie y luego me arrodillé. Captó la idea y se puso a mi lado, él parado y yo arrodillada.

    Sus huevos colgaban frente a mi boca y no me hice esperar. Estaban afeitados, divinos. Comencé a lamérselos y se los ensalivaba en forma abundante.

    Luego fue el turno de la pija. La curvé un poco hacia abajo y me metí en la boca, mientras la succionaba reiteradamente.

    Obvio no quería que acabara, así que bajé la velocidad de succión y volví a pasar a lamerle y chuparle los huevos. Al mismo tiempo, un dedo ensalivado acariciaba su culo y le fue entrando, lentamente y sin protestas, al contrario, algún gemido sugirió que le gustaba.

    A todo eso, oímos abrirse la puerta de calle. Tommy avisó: “Llegué”. Y lo oímos subir la escalera. Estábamos al costado de la cama, yo arrodillada con la pija, que volví a chupar, hasta la garganta, y Ernesto, parado acariciando mi cara.

    “Hola” dijo Tom…”Hola” dijo Ernesto, y yo me saqué la verga de la boca y dije “Hola amor”.

    “Si te desvestís estarás más cómodo” sugirió Ernesto , y Tommy comenzó a desvestirse mientras Ernesto y yo nos subíamos a la cama.

    Yo ya lo había pensado. Quería que Tommy me viera metėrmela.

    Monté a Ernesto en vaquerita, le di mis tetas a chupar, lo cual hizo un rato y ya Tom, en boxer, nos miraba. Corrí mi cuerpo hacia adelante y le di a chupar mi concha a mi nuevo cliente (Macho N.º 42 desde que comencé con Ricardo, si no me fallan las cuentas). Y luego me corrí hacia el pubis de Ernesto. “Abrime bien” le dije, y abrió mis nalgas.

    Tommy miraba encantado según me contó, pues yo no lo veía. Tomé con una mano la verga de Ernesto y la enfilé a mi concha empapada de la saliva de la reciente chupada y de restos del primer polvo.

    Estaba en posición. Lentamente bajé para que me entrara la cabeza y luego, de un golpe, me dejé caer hasta que me entró hasta los huevos. Y ahí comencé a moverme, a veces lento, a veces frenéticamente.

    “¿Querrá metértela?” Me dijo Ernesto mientras yo subía y bajaba y él me amasaba las tetas. “Amor, ¿me la metes?” Sugerí.

    El boxer voló…Tom subió a la cama y una generosa escupida cayó en mi esfínter.

    “Me va a culear” le dije a Ernesto. “Genial”.

    Sentí como Tom la apoyaba en mi ojito lo sentí afirmarse y entrar. Me incliné hacia adelante. Ya no me movía yo sino ellos alternadamente, por la posición Ernesto se movía poco, y Tom con más soltura.

    Súper excitado, mi amor duró poco, me la sacó, se cambió de lugar y me acabó en la cara.

    “No voy a ser menos” exclamó Ernesto. Y se salió de mí y masturbándose unos segundos, me terminó de llenar la cara de leche.

    “Tendré que ducharme” dije. Si quieres te hacemos la ore ducha, dijo Tom, ya conocedor de mi nueva afición con los más allegados…

    Los esperé ya arrodillada en la ducha, deseosa de esa experiencia aún nueva.

    Y minutos después estábamos afuera, limpios y frescos.

    Pero… vi la pija de Ernesto semi erguida, o mejor dicho, como me gusta decir. “gomosa”.

    —Mmm me parece que alguien aún no está conforme dije, acariciándosela.

    —Es que el deseo era mucho.

    —Si quieren los dejo, dijo mi amor y agregó: — Ya te habrá dicho que te atiende hasta que estés totalmente satisfecho…

    —¡Obvio!

    —¿De verdad puedo otra vez? No te vayas, puedes mirarnos quizás algo más. No sé qué es lo que me pasa, los siento cercanos, casi amigos…

    Mi respuesta fue tirarme a la cama. Señalarle a Tom una silla y decirle a Ernesto: “Querés en cuatro o cucharita”. No dudó: “Las dos”

    Obediente, me puse en cuatro, las piernas abiertas. Y Ernesto se acercó por detrás a lamerme la concha y el culo mientras se pajeaba suave.

    Cuando me tuvo chorreando se arrodilló detrás de mí, y me penetró bien sabroso, pero con sorpresa. No solamente me metió la verga, también un pulgar en mi culo.

    “En el próximo encuentro te voy a culear, dijo”.

    Yo estaba llegando al cielo porque además veía a Tommy masturbarse y sentía los huevos de mi nuevo macho golpeándome.

    Hasta que Ernesto me sacó el dedo del culo y luego la verga.

    Era el cambio de posición.

    Un par de minutos nos besamos y me chupó las tetas. Luego me recosté, se puso detrás de mí, a lo largo y me la metió bien a fondo. Me entraba y salía divino, me acariciaba las tetas y a veces giraba mi cara y nos besábamos de lengua.

    Entre gemidos, dije: —A veces hemos hecho doble vaginal…

    —¿Te entra?

    —Me entra y me gusta…

    —Vení Tom.

    En segundos Tom estaba de frente a mi lado ensalivó y la dirigió con su mano.

    Con mucho cuidado y cariño, me entró.

    Coordinaron los movimientos, entrando y saliendo en vaivén al mismo tiempo. Me besaba, a veces con uno y a veces con otro. A veces uno me amasaba las tetas y a veces el otro. Y de nuevo fue mi amado el primero el acabarme. Y se salió.

    Se paró al lado de la cama a ver cómo Ernesto me seguía cogiendo hasta acabar.

    Mi cuca estaba rosada, feliz puedo decir y chorreaba leche.

    Los limpié a lengua a los dos y tocó ducha nuevamente.

    Y luego de la ducha, una linda conversación acerca de si Ernesto estaba conforme (dijo que extremadamente conforme).

    “¿No te sentiste ofendido con la presencia de Tommy?”. “ En absoluto, me encantó que sea un marido complaciente, que goza de ver coger a su mujer y de compartirla”.

    “La verdad quiero repetir a la brevedad”

    “¡Pero no vayas a entrar en bancarrota!” Risas.

    “Tengo muchos recursos”. Más risas.

    Luego hablamos de la posibilidad de vernos en nuestro campo. Y Tommy mencionó algo que a Ernesto le encantó: la posibilidad de pasar toda una noche conmigo, en Montevideo o en el campo, a lo cual siempre estoy abierta, por supuesto sin costo adicional.

    A su vez Ernesto preguntó si estoy (estamos) abiertos a que se nos presente algún nuevo amigo migo, a lo cual respondimos afirmativamente y con entusiasmo.

    “Eso sí, siempre con análisis y con el arancel de 2500”.

    Y así terminó esa preciosa tarde, con mi nuevo amigo, el N.º 42 de sexo masculino.

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  • Julia, la farmacéutica (6)

    Julia, la farmacéutica (6)

    Es martes y entro en la farmacia enseguida que don Boscos sale a desayunar y a hacer algunos recados. Por suerte no hay ningún cliente y Julia y yo entramos a la sala de al lado.

    -Don carpintero, me alegra verle. Pero me temo que no tiene usted dinero todavía, ¿verdad?

    -No, no, ya le dije que no, Julia. Quizá el viernes…

    -Ya, pero ya sabe que yo no volveré a la farmacia hasta el lunes.

    -Sí, por algo de un servicio muy especial ¿no?

    -Así es. Estaré varios días fuera.

    -¿Sin su familia?

    -Sí, claro. Es… bueno… no sé si contarlo. Quizá usted pensaría que…

    -Julia, hay confianza.

    -Sí, pero… no, no, mejor no se lo digo. Bueno ¿y qué quiere usted de mí si no tiene dinero?

    -Es que ayer me contó lo de esa tarde, su show ante esos hombres. Y que se sorprendió al ver allí a su primo.

    -Bueno, sí, pero no, Raúl es primo de mi esposo. Él se sorprendió más al verme desnuda, solo con el liguero, como una… delante de tantos hombres…

    -Es normal que se sorprendiera, si él no sabía que usted…

    -¡Pues claro que no sabía nada! A ver, él siempre me ha tenido por una esposa y una madre ejemplar. Bueno, es que es lo que soy.

    -Sí, no lo dudo, Julia. Así ¿qué pasó? ¿Usted se fue y ya está?

    -No, no podía irme. Esos siete hombres habían gastado mucho dinero para esa tarde. Y don Boscos nunca me lo iba a perdonar. Usted no sabe cómo es cuando se enfada. Ayer mismo…

    -¿Qué pasó?

    -No, nada, me da cosa contárselo…

    -¿La castigó porque vio que yo estaba aquí?

    -Pues sí, el muy cabrón. Me hizo quedar al cerrar la tienda y él… aunque le dije que no porque aún me dolía el ano por lo del sábado…

    -¿La forzó?

    -Sí, bueno, no exactamente. Me hizo subirme la bata hasta la cintura, él me quitó las braguitas, las “bragas de cerda” dijo cuando vio que estaban muy húmedas, me puso en su regazo y me dio nalgadas. A ver, no es que me hiciera daño, pero sí que era humillante.

    -Entiendo.

    -Lo peor es yo me excité y cuando vio que le mojaba el pantalón con mi flujo, me dijo que “¿Ves cómo eres una guarra y te mereces el castigo?” y que “¡Te voy a romper el culo, cerda!”

    -¡Oh! ¡Pero eso es denunciable!

    -Sí, yo le contesté que por el culo no, que lo tenía escocido, pero él me dijo que con lo puerca que soy, que es por el culo donde más me gusta.

    -¡Él no podía obligarle!

    -Ya, lo sé. Cuando le dije que de ninguna manera y que me iba a ir, él me dijo que “vale, tú misma, pero no hace falta que vuelvas mañana”, que “adiós” y tal. Y claro, yo no puedo perder mi trabajo. Y menos mis cobros tan especiales.

    -Entiendo. Así que…

    -Sí, sí, me quedé y dejé que él… bueno ya sabe…

    -¿Le dio porculo?

    -Sí, y muy salvajemente. Nunca le había visto tan agresivo. Yo sollozaba y le decía que no tan fuerte, pero él todavía me daba más duro. Como es mayor, tardó mucho en correrse dentro de mi ano. Notaba cómo su verga iba creciendo dentro de mí y él no cesaba de bombear mi culo. Y lo peor es que yo, aun con dolor y todo, me corrí varias veces y eso hizo que me dijera que “ves como eres una zorra y te gusta que te enculen” y cosas así. Cuando por fin eyaculó en el fondo de mis entrañas y al cabo de unos minutos sacó su polla de mi ano, hizo que se la limpiara con la boca. Pero es que incluso eso me excitó y me acaricié el clítoris mientras le chupaba el miembro. Me corrí varias veces más en cuclillas y dejé un buen charco en el suelo.

    -Es que usted es una mujer muy caliente.

    -Sí, debo reconocerlo. Él se enfadó al ver que había mojado incluso el suelo y me volvió a insultar, de guarra y cerda hasta cochina y puta, que se avergüenza de tener contratada una farmacéutica tan marrana y tal. No hace falta decir que me hizo fregar el suelo antes de que me pudiera ir. Mi marido estaba muy disgustado cuando llegué tan tarde a casa. Además, es que aún le dura el enfado desde que el sábado no dejé que él… ya sabe.

    -Es normal que su esposo esté enfadado.

    -Sí, y eso que él no sabe nada de que yo… bueno, de mis servicios especiales en la farmacia. En cambio, esta mañana el señor Boscos ha sido muy amable conmigo. No sé quizá tiene algún remordimiento. Bueno, será mejor que se largue, don carpintero, que si viene le ve a usted aquí… no quiero que se vuelva a enfadar. Le da usted rabia.

    -Me voy a ir enseguida, Julia, pero, espere, cuénteme ¿qué pasó en la fiesta, con esos hombres?

    -A sí. Gustavo, el que contrató mis servicios, me vio disgustada y que pedía mi ropa para irme antes de lo acordado. Él se acercó a Raúl y a mí y dijo:

    “Juli, ¿qué le pasa? ¿Es que acaso no se siente usted bien?

    -Sí, la verdad, son ustedes muy amables. Pero es que… él… yo no sabía que…

    -¿Quién? ¿Raulito? Es uno de mis mejores amigos.

    -Ya, pero es que… no, yo… mi esposo… ¿Quién tiene mi ropa? Debo irme.

    -Pero mujer, no, por favor. No haga este feo a mis amigos. Llevamos semanas esperando este día. Además, ya pagamos a don Boscos. Y dudo de que él acepte devolvernos el dinero.

    -Seguro que no. Pero yo no puedo continuar, no, con Raúl aquí no…

    -Espera, prima, a ver… Ya viste que no quise interrumpir el espectáculo. Y es que me gustó lo que vi. ¡Mucho!

    -¡Ay, qué vergüenza! ¡Me voy!

    -Espera, Julita, vamos a hablar un momento, nosotros solos.

    Entramos los dos en una habitación. No ha habido manera de encontrar mi ropa, es que ni mis braguitas, y yo me siento incómoda desnuda ante el primo de mi marido, solo con el liguero y me tapo como puedo con los brazos y las manos.

    -Julita, a ver, de verdad es que nunca pensé que tú, bueno, que… siempre te he visto como una buena esposa, una madre perfecta…

    -¡Es lo que soy! – me cubro como puedo los pechos y el pubis porque él mira fijamente mi cuerpo – ¡Soy una buena madre y esposa!

    -Sí, no lo dudo, mujer. A ver, no sé, si quieres, me voy yo. Pero me sabe mal que no… que no continues con lo previsto. Mis amigos nunca me lo iban a perdonar.

    -No, si… esto… ya terminé.

    -Sabes que no es cierto. A ver, cada uno hemos pagado mucho dinero para disfrutar de este día. Yo no sabía que… bueno… Gustavo nos dijo que le habían hablado de una mujer… una MILF… una mujer casada… que estaba muy buena…

    -¡Yo no estoy tan buena!

    -Oye ¡vaya si estás buena! En eso no puedes engañarme, ¡que nos lo has enseñado todo! Estás buena, buena. ¡Un pivón!

    -Ya no soy una niña ¡Pero si he tenido tres hijos!

    -A los que sabes que quiero mucho, como si fueran míos.

    -Sí, es verdad, lo sé, Raúl.

    -Venga, mujer, no te vayas. Y deja que me quede, por favor.

    -Me da reparo, delante de ti. No, no, me voy. Ya te digo, solo era eso, haceros un estriptís y ya está.

    -Mentira, Julia. A ver, piensa que cada uno hemos pagado casi tres mil euros por esta tarde.

    -¡Oh, tanto dinero!

    -Claro. Gustavo nos dijo que la MILF que vendría no era una prostituta cualquiera, que era una mujer educada, elegante, con estudios.

    -¡Y es lo que soy!

    -Pues claro que sí. Y que era esposa y madre y que nunca había hecho un show así ante tantos hombres, que no era una profesional.

    -Pues claro que no. Yo soy farmacéutica, ya lo sabes, Raül. Yo no hago espectáculos de estos. Es la primera vez.

    -Sí, Julita. Eso nos dijeron. Y que por eso nos salía tan caro. Pero no creo que ninguno se arrepienta de haber pagado tanto. Yo, por lo menos, no.

    -¿De verdad? ¿No te sabe mal haber pagado tres mil euros por verme a mí? ¿No has tenido una decepción al ver que no era una modelo o algo así?

    -¿Pero qué dices? ¡Al contrario! He tenido una agradable sorpresa. Increíble. ¡Es que no me lo puedo ni creer! ¡Mi prima!

    -Ya -me ruborizo.

    -Mira, debo reconocer que… siempre me has gustado, no sé, cómo eres, cómo vistes… ¡Desde que te conocí que me has parecido una mujer con mucha clase y muy atractiva!

    -¡Pero si soy mayor que tú, bastante mayor! ¡Si tu esposa tiene diez años menos que yo!

    -Julita, de verdad, te encuentro una mujer muy deseable. Y ahora que… vaya, así desnuda, que te lo he visto todo, pues aún más. ¡Tienes un cuerpo irresistible! ¡Y tan sexual!

    -Ay, no sé.

    -Eres una mujer muy guapa.

    -Sabes que no es verdad, Raúl.

    -¡Y además veo que eres una mujer muy caliente! Y a la que le gusta exhibirse.

    -No es eso, no. De verdad que yo no…

    -A ver, no lo puedes negar. Todos hemos visto lo excitada que estabas. Que estás.

    -¿Sí? – aún noto mis muslos húmedos de mis jugos-¿Te diste cuenta?

    -¡Vaya si me di cuenta! Con ropa eres guapa, pero así desnuda, eres irresistible. Y tan… tan… desinhibida, tan… ¡erótica!

    -Gracias, Raúl.

    -No, gracias a ti. Va, salgamos a la sala, con mis amigos, y sigue con lo planeado por favor.

    -Pero es que tú… vas a pensar que yo…

    -Voy a pensar que eres una mujer increíble, muy atractiva, que disfruta de su cuerpo muy deseable y deja que otros disfruten admirándolo.

    -Pero mi esposo… tu primo…

    -No le voy a decir nada, de verdad. Confía en mí.

    -Ay, no sé.

    -No te preocupes por eso. Va ¿sí?

    Él toma mis manos y las separa de mi cuerpo. Me mira mis tetas, se relame, baja su mirada hasta mi pubis y entrecierra los ojos y se muerde los labios. Le dejo hacer porque el pobre ha pagado casi tres mil euros. Pero es que además, no sé por qué, pero me gusta que vea mi cuerpo.

    -¡Qué buena estás, prima! ¡Qué suerte tuvieron tus hijos de mamar unos pechos así!

    -Ay, no digas eso, Raúl. – me ruborizo y me excito cuando veo que él se relame.

    -Es la verdad, Julita. ¡Vaya tetas!

    -Venga, vayamos con los demás – un minuto más y creo que le habría dicho que me follara allí mismo.

    Así que salimos a la sala. Todos me aplauden, aliviados, cuando ven que no me voy a ir.

    -Confío en ti, Raúl.

    -De verdad que haces bien, prima.

    -Bueno, amigos, ahora empieza la segunda parte de la fiesta – anuncia Gustavo -Y la estrella es Juli. Por cierto ¿qué os parece la chica?

    Todos contestaron que les encantaba, que estaba muy buena, que les gustaba todo de mí, que tenía un buen polvo, etc. Yo estaba ante ellos, solo con el liguero y tapándome los pechos y el sexo con ambas manos, sabiendo que eso les excitaba tanto como vérmelo todo, todo el rato.

    “Gustavo les recordó que ahora que ya me conocían y “que este bombón nos lo ha enseñado todo de su cuerpo”, ellos debían hacerme los honores y desnudarse delante de mí. Yo, mientras tanto, encontré mi sostén y me lo puse, para estar más cómoda. Pero no hubo manera de encontrar las bragas.

    -Alguno las tendría en el bolsillo, seguro.

    -Pues no anda usted desencaminado, don carpintero. Me senté, con las piernas juntas, solo con el sostén y el liguero, y con voz inocente y expresión ingenua, les dije “Señores, sean ustedes buenos y muéstrenme su cuerpo desnudo. Quiero verlo todo. -eso sí estaba en el guion, pero además es que era verdad, tenía ganas de ver el cuerpo de mis admiradores y, sobre todo, sus pollas -Especialmente… me gustaría ver… bueno, ya saben qué. Yo soy una buena chica, una esposa fiel y ejemplar madre de familia, pero eso no impide que me gusten los hombres y ver sus… mejores cosas”

    “Todos sonrieron. A alguno se le veía nervioso, pero fueron quitándose la ropa. Como me imaginaba, prácticamente todos sus miembros estaban ya empinados y más de uno, tenia el glande húmedo de líquido preseminal. Yo nunca había visto tantas trancas juntas y en mi vida me habría imaginado que estarían erectas por mí, pero así era.

    “Se les veía buenas personas, unos caballeros. Además, Raúl, me guiñaba un ojo y me hacía gestos para darme tranquilidad. Me fijé que mi primo gastaba una buena talla de verga y que la tenía completamente erecta. Vaya, que era verdad que yo le gustaba. Todos me miraban con deseo, nerviosos y excitados. Y eso me ponía a cien. Me sentía muy a gusto. Sí que veía algunas sonrisas y oía bromas que se hacían entre ellos, que si estaba buena, que si seguro que me gustaría que me follaran, que con lo puta que era que querría que me la metiera más de uno… Pero no lo decían con mala intención y es que la verdad, estaban en lo cierto en lo que se decían.

    “Gustavo fue el último que se quitó los calzoncillos y explicó lo que haríamos.

    -Aunque Juli ya se habrá dado cuenta de que todos estamos excitados con ella, seguro que ella desearía que nuestras vergas sigan creciendo aún más ¿verdad?” “Pues sí, mucho más”, dije yo. “Es que me gustan mucho las pollas grandes, gruesas y largas”. Eso sí estaba en las instrucciones, je, je, je. “Pues para que nuestros miembros aumenten de tamaño, la ‘MILF’ se va a sentar ante todos, se abrirá de piernas y… bueno, vais a ver. ¿Juli, crees que conseguirás que nuestras vergas crezcan todavía más?” y yo contesté haciéndome la ingenua “Por supuesto, caballeros, que deseo que vuestras pollas se conviertan en pollones y duros como el mármol”. Todos se rieron y Gustavo me dijo que adelante.

    “Separé mis piernas lentamente y todos se admiraron cuando vieron que al momento mi flujo empezó a humedecer mi chocho. “Chicos”, exclamé “estoy muy caliente y me temo que enseguida me voy a correr ante todos” y sí, me puse un dedo en la vagina y me acaricié el clítoris y, al momento, ya tuve un orgasmo muy placentero que acompañé de suspiros y gemidos. Continué masturbándome ante todos. El señor Boscos me había insistido de que en esa fase debía llegar a lanzar algunos chorros de squirt. Así que fui encadenando orgasmos. En ese momento sí que me sentía muy cerda y exhibicionista, pero no conseguía llegar a una eyaculación vaginal.

    Alguno iba contando mis corridas. Oí que exclamó “¡cuatro!” y todos aplaudieron y me vitorearon. “¡Otro, otro!”. Pedían a coro. Mis mejillas ardían. Mis manos estaban empapadas de mis jugos, así como el sofá. Aunque me hacía sentir una guarra, eso no parecía molestar a mis espectadores, porque sí, sus miembros viriles seguían creciendo, muy empinados y duros. Yo me relamía y me mordía los labios mirando sus pollas, a cuál más apetecible. Mientras me metía casi toda la mano en el coño, les pedí ““¿No me puede ayudar nadie, por favor?” y todos se rieron y se hicieron voluntarios, pero el organizador dijo que no, que me debía ceñir a las instrucciones.

    “Cuando tenía todos los dedos de la mano izquierda en el culo y casi toda la mano derecha en el chichi, entre mis gemidos y suspiros, oí que gritaban “¡Nueve!” y aplaudían al ver que, con las piernas arriba y moviendo las manos frenéticamente dentro de mí, conseguí lanzar varios chorros de squirt.” Cuando mis jadeos terminaron, Gustavo se acercó y me felicitó por mis orgasmos y sobre todo el último. Pidió un aplauso “para la mujer más caliente que jamás he conocido”. Me tomó de la mano y yo me levanté y saludé, aunque mis piernas temblaban. El flujo y el squirt empapaba mis muslos y no sabía si sentir vergüenza u orgullo. Miré a Raúl y vi aliviada que él me hacía un gesto de aprobación y no de reprobación. No pude evitar mirar su miembro y vi con satisfacción que estaba completamente erecto y más grueso y largo todavía.

    Gustavo explico que “Ahora Juli debe descansar así que ella se sentará en el sofá y escogerá a dos de nosotros para… bueno, ahora veréis. Juli, cuando quieras.” Yo me senté, junté las piernas y señalé a un chico que se veía joven, no creo que llegara a los treinta años. Después supe que se llamaba Tadeo. Cuando le vi al principio pensé que quizá yo no le gustaba porque me veía muy mayor. Pero enseguida me había dado cuenta de un buen bulto en su pantalón y eso me hizo ver que estaba equivocada y que me debía encontrar muy atractiva. El chico era bastante guapo y… ay, me da vergüenza decirlo, don carpintero, bueno, va, sí, que su polla era la más deseable.

    Pensé en escoger también a Raúl, siempre le he encontrado un chico muy majo, pero me daba reparo, así que señalé a Gustavo. Él dijo entonces ‘’Como Juli es una MILF con unas tetas muy deseables, como podéis ver, nos sentaremos en su regazo desnudo y ella nos debe amamantar”.

    Así que se sentaron en mis muslos, yo les ofrecí mis pechos y me estuvieron mamando durante un buen rato. Eso me excitaba un montón, así delante de todos. Me daba placer cada sorbo, cada chupetón, cada beso, cada mordisquito… pero conseguí no correrme y aguantar. Aunque yo no los podías tocar, increíblemente la tranca de Tadeo continuó creciendo totalmente vertical. Temí que eyacularan, pero no. Gustavo casi me hacía daño porque chupaba mi pezón con fuerza, en cambio Tadeo era delicado. Me agarraba la teta con la mano y sorbía mi pezón con delicadeza, aunque intensamente. Por un momento pensé que realmente iba a brotar leche de mis tetas, pero no. Al cabo de un rato, yo debía escoger a otros dos y también darles de mamar.

    Elegí al que se veía mayor, un caballero calvo, y a un señor con bigote de unos sesenta y cinco o setenta años. Sus vergas eran bastante normales, más gruesa la de don Cosme, el calvo, y más larga la del señor Rapáez, pero las dos completamente empinadas. Mi sorpresa es que, con un par de chupadas, el señor Rapáez exclamó que “No puedo, ay, no puedo. Oh, perdón, ¡perdón!” y se agarró el miembro y empezó a suspirar y a eyacular en mi barriga sin dejar de sorber mi teta. Don Cosme se levantó y se apartó y Rapáez siguió lanzándome su esperma. Yo, al ver tanto placer y sentir su lefa caliente en mi cuerpo desnudo, tampoco pude evitar correrme y junté mis gemidos a los suyos. Todos aplaudieron mientras Rapáez se separó, siguió gimiendo y escurriendo su polla sobre mis pechos.

    “Bueno, eso no entraba en el guion” – exclamé – ¡pero me ha encantado! ¡Gracias, señor!

    -No, perdona, ay, me da vergüenza. Es que hacía tiempo que no… con ninguna chica. Mira, me sabe mal, luego te voy a dar un dinero por lo que ha pasado.

    -De ninguna manera, señor, no, si me ha gustado, de verdad.

    -Te pido disculpas, hija. De verdad que te voy a pagar por esto.

    -Que no, no tiene importancia. ¡Mire si me ha gustado! – recojo con el dedo algo del semen que tengo en la barriga y en el pecho y lo chupo con cara de placer. La verdad es que estaba rico. Después, alcanzo mis pezones con mis labios y los sorbo.

    -“Todos aplaudieron. Entonces Gustavo dice que… oh, don carpintero ¡se tiene que marchar!

    -¿Cómo? ¿Don Boscos? Pero si aún es pronto.

    -No, no, es Margalida, una clienta.

    -Ah, ya me espero a que la atienda.

    -No, no, ella… viene todos los jueves y… no viene a comprar.

    -¡Ah!

    -¡Hola, Margalida! Tendrás que esperar un poco, porque don Boscos no está y no puedo dejar la farmacia sin atender.

    -Me espero, Julia, no tengo prisa. Y vale la pena esperar. Ya sabes que pedí fiesta en el trabajo, al no estar tu este jueves, pues vengo hoy

    -Sí, sí, este señor ya se iba. ¡Adiós don carpintero!

    -Julia, de acuerdo, me voy. Pero es que querría saber cómo terminó su… servicio tan especial.

    -Ya, no sé, a ver, mire usted de estar por aquí después dl mediodía y…a veces el dueño viene más tarde o se marcha antes, no puedo asegurarle nada.

    -Vale, estaré mirando a ver si él no está y podemos terminar de charlar.

    -Sí, muy bien ¡adiós!

    Lo mejor es que me da dos besos antes de irme. Se nota que le caigo bien. No voy a la carpintería. Estoy muy caliente y me alivio en casa, pensando en lo que me ha contado la farmacéutica. Hace muchos, muchos años que no me hacía tantas pajas. Por la tarde tampoco trabajaré, para estar pendiente de poder ver a Julia. A ver si me entero de por qué va a estar los próximos días sin ir a trabajar.

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  • Intercambio en la ciudad (2)

    Intercambio en la ciudad (2)

    El aire de la tarde era cálido, pero no tanto como los cuerpos que aún ardían tras la orgía en el interior de la casa. Carlos, con una sonrisa pícara dibujada en los labios, bajo las escaleras y se acercó a la puerta corrediza que daba al jardín, donde la piscina brillaba bajo la luz del sol. El agua, tranquila y oscura, reflejaba destellos que bailaban sobre la superficie como promesas de lo que estaba por venir.

    —¿Por qué no llevamos esto afuera? —propuso, con su voz grave y sugerente—. El agua está perfecta, y la tarde… bueno, la tarde es nuestra.

    Mirta, que aún respiraba con cierta agitación tras el último orgasmo, sintió cómo el desafío en sus palabras encendía algo nuevo dentro de ella.

    -No trajimos ropa para la piscina- dijo Mirta

    -No importa- dijo Elena- Vamos a nadar desnudos – Y miró a Pedro, cuyos ojos ya brillaban con anticipación. Su pija ya con una insipiente erección que no hacía más que crecer y crecer. Ya no necesitaban más invitación. Todos procedieron a bajar las escaleras con rumbo a la piscina.

    Con movimientos lentos y deliberados, Mirta se acercó a Pedro, sus pies en contacto sobre el mármol del piso. Las uñas rosa pastel, brillantes bajo la luz del Sol, rozaron el pecho de Pedro mientras deslizaba una mano hacia abajo, acariciando el contorno duro de su pija que ya estaba erecta en su máxima expresión.

    —¿Te gusta la idea, cariño? —susurró, su aliento caliente contra su oído—. Imagínate… el agua fría, nuestros cuerpos resbaladizos… y el riesgo de que alguien nos vea.

    Pedro suspiro, sus manos cerrándose alrededor de su cintura con posesión. Caminaron hasta la piscina juntos de la mano, al llegar ahí….

    —Mi amor… —Su voz era suave, casi un gemido—. Me tienes tan duro que duele.

    Ella no respondió con palabras. En su lugar, dio un paso atrás, justo se posiciono detrás de él , y con un movimiento fluido de su mano, lo comenzó a masturbaba y con la otra se tocaba ella misma.

    Pedro no pudo resistirse más, se giro quedando frente a ella, sus manos hundiéndose en el pelo de Mirta mientras la besaba con ferocidad, sus lenguas enredándose en un baile húmedo y desesperado. Ella gimió contra su boca, sus dedos trabajando rápido en la pija de él, llevándolo al borde del orgasmo. El miembro, grueso y palpitante de Pedro, ya había alcanzado su máxima dureza, listo para ser devorado.

    Pero Mirta tenía otros planes.

    Con una sonrisa malvada, se dio la vuelta y, sin soltar su mirada de Pedro, se sumergió en la piscina. El agua fría la envolvió de inmediato, erizando su piel y haciendo que sus pezones se endurecieran aún más de lo que ya estaban por la excitación de tocar a su pareja. Emergió unos metros más allá, sacudiendo la cabeza para quitarse el agua del rostro, sus labios pintados de un rojo obsceno.

    —Ven por mí —lo desafió, su voz un susurro seductor que se mezclaba con el chapoteo del agua.

    Pedro no lo pensó dos veces. Se zambullo con un movimiento apresurado. Su cuerpo, cubierto de un vello oscuro, brilló bajo la luz del Sol antes de zambullirse tras ella. Cuando emergió, el agua le corría por el pecho, mientras nadaba hacia Mirta con determinación.

    Ella lo recibió con las piernas abiertas, flotando sobre su espalda mientras él la acercaba, sus manos bajo su culo, levantándola justo lo suficiente para que pudiera sentir la cabeza de su pija rozando su entrada. El contraste del agua fría y el calor de sus cuerpos era intoxicante.

    —¿Listo para cogerme aquí, donde cualquiera podría vernos? —preguntó Mirta, sus uñas clavándose en sus hombros mientras lo miraba con ojos llenos de lujuria.

    Pedro no respondió. En su lugar, la empujó suavemente hacia el borde de la piscina, donde ella se aferró con las manos, el culo firme y mojado expuesto hacia él, bajo sus manos y fue a acariciar la vagina de Mirta, descubriendo los labios rosados y brillante de excitación de su sexo.

    —No necesito palabras —susurro al oído de Mirta, alineando su pija con su entrada—. Necesito esto.

    Y entonces la penetró.

    Mirta jadeó, el agua salpicando alrededor de ellos mientras él la empalaba de un solo movimiento, llenándola hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, casi doloroso, pero ella lo quería todo. Se arqueó hacia atrás, ofreciéndose, mientras Pedro empezaba a moverse con un ritmo frenético, sus caderas chocando contra su culo cada vez que se hundía en ella.

    —¡Más fuerte! —suplicó Mirta, su voz ahogada por los gemidos que escapaban de su garganta—. ¡Que me duela mañana, hijo de puta!

    Pedro obedeció. Sus embestidas se volvieron más brutales, el agua chapoteando violentamente a su alrededor, salpicando fuera de la piscina con cada golpe. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con los jadeos de ella y los gruñidos de él. Mirta podía sentir cómo su conchita se apretaba alrededor de su pija con cada embestida, sus paredes internas masajeándolo, arrastrándolo hacia un orgasmo que ya sentía cercano.

    —¡Me voy a correr! —anunció Pedro, su voz tensa, los músculos de sus brazos temblando por el esfuerzo de contenerse.

    —No —ordenó Mirta, aguanta un poco mas – apretando los músculos de su vagina alrededor de él con fuerza—. Dentro. Quiero sentirte adentro, llenándome.

    Eso fue todo lo que necesitó. Con un último empujón profundo, Pedro se enterró en ella y soltó su carga, su semen caliente inundando su vagina mientras un gemido gutural escapaba de sus labios. Mirta sintió cada chorro, cada espasmo de su pija dentro de ella, y eso la llevó al borde. Con un grito ahogado, su propio orgasmo la golpeó, sus músculos contrayéndose alrededor de él mientras las olas de placer la dejaban temblando, el agua de la piscina haciendo que cada sensación fuera aún más intensa.

    Exhaustos, jadeantes, se dejaron caer contra el borde de la piscina, sus cuerpos aún entrelazados. El agua fresca los envolvía, refrescando sus pieles calientes, mientras intentaban recuperar el aliento. Mirta se giró lentamente, enfrentando a Pedro, sus piernas aún temblorosas. Sus ojos brillaban con una mezcla de satisfacción y algo más… algo vulnerable, casi tierno.

    Él no dijo nada al principio. Solo la miró, su mano levantándose para acariciar su mejilla mojada, sus dedos trazando el contorno de sus labios hinchados por los besos y los mordiscos. Luego, inclinándose, sus labios rozaron su oreja, su aliento caliente haciendo que un escalofrío recorriera su espalda.

    —Esto no se queda aquí —susurró, su voz un ronroneo peligroso—. Esto apenas comienza.

    Mirta cerró los ojos, saboreando las palabras, pero también el peso de lo que implicaban. Cuando los abrió de nuevo, su mirada se encontró con la de él y recordó que no estaban solos.

    El agua de la piscina aún se mecía en suaves olas alrededor de los cuerpos entrelazados de Mirta y Pedro, sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el crujido de las hojas movidas por la brisa de la tarde. Los labios de ella seguían hinchados por los besos voraces, y el pecho de él subía y bajaba con un ritmo acelerado. Fue entonces cuando Mirta, con los ojos aún nublados por el placer reciente, notó un movimiento cerca de la piscina. Sobre una de las reposeras de mimbre, parcialmente oculta por la sombra de un árbol, los cuerpos de Elena y Carlos se movían en una coreografía obscena.

    Elena estaba arrodillada entre las piernas abiertas de Carlos, su boca trabajando con una habilidad que hacía que los gemidos de él resonaran en el aire cálido. Sus labios, brillantes por la saliva y el pre-semen, se deslizaban a lo largo del eje grueso de su pija, deteniéndose para lamer la punta hinchada antes de tragársela de nuevo, esta vez más profundo, hasta que su nariz rozaba el vello rizado de su ingle. Carlos tenía una mano enredada en el cabello castaño de Elena, guiando sus movimientos con suaves tirones, mientras la otra apretaba el brazo de la reposera, los nudillos blancos por la tensión. Un hilo de baba escapó de la comisura de los labios de Elena y resbaló por su boca, brillando bajo la luz de la tarde.

    Mirta sintió cómo su propio cuerpo reaccionaba al espectáculo. El calor se acumuló entre sus muslos, ya húmedo por el sexo en el agua. Sus uñas rosas, antes hundidas en la espalda de Pedro, ahora se clavaron en sus propios muslos, como si intentara contener el impulso de tocarse. Pero no pudo resistirse. Con movimientos lentos, casi imperceptibles, deslizó una mano bajo el agua, hacia el centro de su deseo. Sus dedos encontraron los labios de su vagina y los apartaron, exponiendo su clítoris hinchado al roce circular de sus yemas. Un suspiro escapó de sus labios entreabiertos, y Pedro, que seguía con la mirada fija en el espectáculo frente a ellos, notó el cambio en su respiración.

    —Hermoso —murmuró él, la voz ronca—, me vuelve loco que estén haciendo esto aquí mismo.

    Mirta no respondió con palabras. En lugar de eso, separó un poco más las piernas bajo el agua, permitiendo que sus dedos se hundieran entre los pliegues resbaladizos de su vagina. El sonido húmedo de su propia excitación se mezcló con los chasquidos obscenos de la felación de Elena. Carlos gruñó algo incoherente, sus caderas levantándose del cojín de la reposera en un intento por empujar su pija más adentro de esa boca caliente. Pero Elena no se dejó dominar. Se irguió de repente, liberando su presa y se limpió los labios con el dorso de la mano antes de sonreír, directamente hacia Mirta.

    —Te gusta lo que ves, ¿verdad? —preguntó Elena, su voz un ronroneo cargado de promesas. No esperaba respuesta. Con un movimiento fluido, se levantó y, sin demorar mas tiempo, se montó a horcajadas sobre Carlos. Sus muslos, bronceados y tonificados, se apretaron alrededor de sus caderas mientras ella tomaba su pija con una mano y la guiaba hacia su entrada. No hubo prisa, ni pudor. Simplemente se hundió sobre él, tragándose cada centímetro de su verga con un gemido largo y gutural.

    —Estás apretadísima Elena—jadeó Carlos, sus manos agarrando las caderas de Elena con fuerza, los dedos hundiéndose en su carne—. Así, así justamente…

    Elena comenzó a moverse, balanceándose hacia adelante y hacia atrás con un ritmo que hacía rebotar sus pechos libres, los pezones duros como piedras bajo la luz del atardecer. Pero sus ojos nunca dejaron a Mirta. Era como si cada embestida, cada gemido que escapaba de su garganta, estuviera dirigido a ella, una invitación silenciosa pero ineludible. Mirta no pudo apartar la mirada. Sus dedos trabajaban más rápido ahora, frotando su clítoris con movimientos precisos mientras su otra mano se deslizaba hacia arriba, bajo el agua, para pellizcar un pezón erecto.

    —Quiero que se una —dijo Elena de repente, deteniendo sus caderas por un segundo, su voz firme a pesar del jadeo—. Pedro veni, quiero chupársela mientras Carlos me folla el culo.

    La petición colgó en el aire, cruda y directa. Carlos trata de dar una respuesta, pero no puedo, sus ojos oscureciéndose con una lujuria renovada.

    —Dale, putita —murmuró él, dándole un azote en el trasero que resonó como un disparo—. Trae a ese hombre aquí.

    Pedro miro a Mirta esperando su aprobación, ella lo beso apasionadamente y ya no necesitaba más incentivo ni permiso. Salió del agua con un movimiento rápido, el líquido resbalando por su torso mientras se secaba el agua con una toalla y la arrojaba al suelo. Elena no perdió tiempo. Se deslizó de la pija de Carlos con un gemido de protesta y se arrodilló frente a Pedro, sus manos yendo a su pija.

    —Déjame a mí —susurró Elena con una lentitud deliberada comenzó a besarle la pija. El sonido de sus besos casi tan erótico como el gemido ahogado que escapó de los labios de Pedro cuando su pija fue comida por completo por Elena, después se la saco por completo de su boca y Elena admirando la longitud y grosor de la pija de Pedro por unos segundos antes de lamerse los labios—. Dios, qué bonita —murmuró, y luego, sin más preámbulos, se la llevó a la boca nuevamente.

    El calor húmedo de su boca envolvió la punta de su pija, y Pedro soltó un gemido profundo, sus manos yendo instintivamente hacia la cabeza de Elena. Pero ella no le permitió controlar el ritmo. Sus labios se cerraron alrededor del tronco, y comenzó a moverse hacia arriba y hacia abajo con una técnica que hizo que las rodillas de Pedro temblaran. Cada vez que bajaba, su garganta se abría para acomodar más de él, y cada vez que subía, su lengua se enroscaba alrededor del glande sensible.

    Mientras tanto, Carlos no había perdido tiempo. Con Elena en cuatro patas frente a Pedro, su culo redondo y perfecto quedó expuesto, los cachetes separados justo lo suficiente para revelar su ano apretado, aún brillante por los fluidos de su propia concha. Carlos escupió en su mano y se frotó la pija, ya dura de nuevo, antes de posicionarse detrás de ella.

    —Agárrate, putita —advirtió, y entonces empujó.

    Elena gritó alrededor de la pija de Pedro, el sonido vibrando a lo largo de su longitud mientras Carlos se hundía en su ano con un solo movimiento brutal. Sus caderas chocaron contra la cola de Elena, y ella arqueó la espalda, empujando hacia atrás para tomar más de él. El contraste era obsceno: la boca de Elena llena de la pija de Pedro, mientras su culo era estirado sin piedad por Carlos. Los gemidos de ella se volvieron ininteligibles, ahogados por la carne que le obstruía la garganta, pero sus ojos, llenos de lágrimas de placer, seguían fijos en Mirta.

    Mirta no podía apartar la vista. Su propia mano trabajaba frenéticamente entre sus piernas, sus dedos empapados en sus jugos mientras se frotaba el clítoris con movimientos circulares y rápidos. su vagina brillando bajo el atardecer. Se acercó a Pedro por detrás, presionando su cuerpo contra el de él, sus pechos aplastados contra su espalda mientras deslizaba una mano hacia abajo, sobre su abdomen, hasta encontrar la base de su pija, donde los labios de Elena la devoraban.

    —Te gusta, ¿verdad? —susurró Mirta al oído de Pedro, su aliento caliente haciendo que él se estremeciera—. Te gusta que esta puta te chupe mientras su marido se la mete por el culo.

    Pedro gimió, sus manos apretando con más fuerza el cabello de Elena.

    —Sí, amor, sí —jadeó—. Pero me gustaría más si vos también te unieras.

    Mirta sonrió, sus uñas rosas arañando ligeramente la piel de su abdomen antes de subir, hacia sus pezones. Pero no fue allí donde se detuvo. En lugar de eso, se inclinó hacia adelante, acercando su boca al oído de Elena.

    —Chúpasela bien, putita —ordenó, su voz un susurro venenoso—. Porque cuando termine de acabar, quiero sentir tu lengua en mi conchita.

    Elena gimió en respuesta, el sonido vibrando alrededor de la pija de Pedro, y redobló sus esfuerzos, sus mejillas hundiéndose mientras lo profundizaba una y otra vez. Carlos, detrás de ella, no se quedó atrás. Sus embestidas se volvieron más brutales, el sonido húmedo de sus pelotas golpeando contra la vagina de Elena mezclándose con los jadeos y gemidos de todos.

    —Voy a acabar putita —anunció Carlos, su voz un gruñido animal—. Voy a llenarte el culo, puta.

    —Hazlo —jadeó Elena, liberando por un segundo la pija de Pedro para hablar—. Lléname, hijo de puta, quiero sentirla toda adentro.

    Eso fue todo lo que Carlos necesitaba. Con un último empujón, se hundió hasta el fondo, sus caderas temblando mientras su semen caliente inundaba el ano de Elena. Ella gritó, su cuerpo sacudiéndose con el orgasmo que la atravesó, sus músculos internos apretando la pija de Carlos mientras él seguía bombeando, vaciándose dentro de ella.

    Pedro no duró mucho más. Con la boca de Elena trabajando sin descanso y las palabras sucias de Mirta resonando en su mente, sintió cómo el orgasmo lo arrasaba. Agarró la cabeza de Elena con ambas manos, empujando su pija hasta el fondo de su garganta justo cuando el primer chorro de semen brotó de él. Elena lo hizo venirse sobre sus pechos, con sus ojos llorosos pero triunfantes.

    Mirta no pudo contenerse más. El espectáculo, las palabras, el aire cargado de sexo… todo la llevó al borde. Con un grito ahogado, sus dedos se hundieron en su vagina palpitante, frotando su clítoris con una furia desesperada hasta que el orgasmo la golpeó como una ola. Su cuerpo se arqueó, sus uñas rosas arañando la espalda de Pedro mientras las contracciones de su vagina la dejaban sin aliento. El placer la cegó, sus muslos temblando, sus jugos resbalando por sus dedos y mezclándose con el agua de la piscina que aún goteaba de su piel.

    Durante un largo momento, solo hubo jadeos y suspiros, el sonido de cuerpos recuperándose del éxtasis. Luego, Elena se rio, un sonido suave y satisfecho, mientras se limpiaba la comisura de los labios con el dorso de la mano.

    —Dios —dijo, mirando a Mirta con una sonrisa pícara—, eso fue… increíble.

    Mirta, aún temblorosa, asintió, su pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas.

    —Increíble no alcanza para describirlo —respondió, su voz aún temblorosa por el orgasmo.

    Carlos, recostado en la reposera con una sonrisa perezosa, extendió una mano hacia Pedro.

    —Bienvenidos a nuestra casa —dijo, riendo—. Creo que esto se va a convertir en una tradición.

    Pedro, aun recuperándose, asintió, pasando un brazo alrededor de la cintura de Mirta y atrayéndola hacia él. Ella fue sin resistencia, su cuerpo aun vibrando con los ecos del placer.

    —Yo no me opongo —murmuró Mirta, apoyando su cabeza en el hombro de Pedro—. De hecho, insisto.

    Y entre risas cómplices y miradas cargadas de promesas, la noche se extendió ante ellos, llena de posibilidades. El aire olía a sexo, a cloro y a sudor, y ninguno de ellos tenía prisa por que terminara. Porque, después de todo, algunas experiencias no eran solo para una noche. Eran el comienzo de algo mucho más delicioso.

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  • Follada por un hombre que resultó ser mi padre (1)

    Follada por un hombre que resultó ser mi padre (1)

    Crecí sin saber quién era mi papá, y eso fue porque mamá realmente nunca supo quién había sido el tipo que la había embarazado; lo único que me contó fue que, en un viaje que hizo con sus amigas cuando era joven, conoció a un sujeto en un antro, salieron un par días y después no volvió a saber nada de él. Lo único que tenía presente era un tatuaje en una de sus piernas y, semanas después, descubrió que estaba embarazada.

    Mi nombre es Mariana, mido como 1,60, soy flaquita piel blanca, mis senos son pequeños, y mis nalgas son algo grandes.

    Cuando cumplí 22, me entró la curiosidad por saber más de él, así que decidí buscar en aquel lugar. le mentí a mamá diciéndole que me quedaría unos días en la casa de una amiga; Elena, mi mejor amiga, me acompañaría a la ciudad donde mamá dijo que había conocido a ese hombre. Al llegar, lo primero que hicimos fue buscar el lugar y, para nuestra sorpresa, dimos con él bastante rápido; después nos instalamos en el hotel más cercano.

    No sabíamos cómo empezar la búsqueda; solo teníamos claro que, en la noche, iríamos al antro. El lugar era un completo revuelo, así que le preguntamos a un par de meseros si conocían a alguien con el tatuaje que mencionaba mamá, pero nadie nos supo dar razón. Nos sentamos y pedimos un par de bebidas sin alcohol; minutos después, unos sujetos nos mandaron un par de copas a la mesa. Elena, siendo la más extrovertida, invitó a los tipos a sentarse con nosotras sin pensarlo mucho; la intención de ellos era evidente: querían emborracharnos para después llevarnos a la cama y cogernos.

    Aprovechamos que ellos se levantaron por más tragos para escapar del lugar; como solo teníamos una semana, dedicamos un par de días a recorrer la ciudad y comprar algunas cosas. Elena propuso ir a un bar que quedaba un poco más lejos del hotel, y acepté con la condición de que esa noche solo sería para divertirnos; no pensaba seguir preguntando nada sobre ese hombre. Llegamos y nos sentamos en una mesa; momentos después, noté que un hombre no dejaba de mirarnos. Era muy distinto a los del bar anterior. Vestía muy bien, como alguien de dinero o cargo importante.

    De pronto, un mesero se acercó:

    —Señoritas, el señor olivares les manda una botella del mejor champagne —dijo el mesero.

    —Lo sentimos, pero no podemos aceptarlo —respondimos al mismo tiempo.

    Al ver que no aceptamos la botella, minutos después él venia en persona.

    —Mi nombre es Fabián y soy el dueño del antro; no pude evitar enviarles una de nuestras mejores botellas a dos chicas tan hermosas como ustedes.

    —No se hubiera molestado, no hacía falta —le contestamos.

    —¿Me puedo sentar un momento con ustedes? —preguntó.

    Al ver lo atento que era, dejamos que se quedara un rato con nosotras; el tiempo se nos fue volando mientras platicábamos, y cuando ya nos íbamos, él mismo se ofreció a llevarnos. Terminamos aceptando porque ya era demasiado tarde.

    Al bajar del auto, me preguntó si podía invitarme a desayunar al día siguiente. No sé por qué, pero en ese momento le dije que sí; el tipo me daba buena espina y, además, era algo atractivo. Era alto como de 1:80 tal vez, Se notaba que tenía unos cuarenta y tantos, pero eso no me importaba mucho.

    —Te dejo mi número y nos ponemos de acuerdo mañana.

    —Viniste a buscar a tu papá y vas a acabar ligándote a un madurito —dijo Elena, entre risas.

    A la mañana siguiente, él apareció súper puntual para ir a desayunar. Platicamos un buen rato; me contó cosas de su vida y yo obviamente, no le dije la verdadera razón por la que estaba ahí. Solo le mencioné que había venido de vacaciones con mi amiga.

    Cuando me dejó en el hotel, me preguntó si podíamos vernos al día siguiente, pero le dije que no se iba a poder, porque ya mañana nos regresábamos a casa.

    —Bueno, las invito al antro esta noche entonces

    —Déjame hablarlo con mi amiga y te aviso —le respondí.

    —Claro que vamos a ir —dijo Elena—, al fin volamos a mediodía.

    —Bueno, está bien… solo un rato, para no desvelarnos tanto.

    Decidí usar un vestido rosa ajustado al cuerpo, con algo de escote, sin sostén, solo con una pequeña tanga de encaje del mismo color.

    Al verme, Fabián se quedó embobado.

    —Qué hermosa te ves.

    —Ay, no es para tanto —le respondí, algo modesta.

    Al llegar nos acomodó en su mejor mesa. Más tarde llegó un amigo suyo que invitó a Elena a bailar, y ellos se fueron a la pista; nosotros nos quedamos platicando mientras tomábamos un par de copas.

    —lo notaba algo nervioso… y sin rodeos, me dijo Me gustas mucho, Mariana, y me encantaría conocerte más. Lástima que mañana ya te tengas que marchar.

    —Tu también te me haces muy guapo, así que entonces aprovechemos el tiempo que nos queda.

    Como si con mi mirada le hubiera dado permiso, se inclinó hacia mí… y comenzó a besarme, correspondiéndole de igual manera, con sus manos intentaba rozar mis piernas, y yo le dije en voz baja:

    —Este no es un buen lugar.

    —Vamos a mi casa mariana, ahí nadie nos va a interrumpir.

    Me levanté para decirle a Elena que me iba a ir con el; ella solo me guiñó un ojo y dijo que no había problema.

    —Mi amigo puede llevarla más tarde —dijo el.

    Durante el camino no dejaba de mirarme; me desnudaba con su mirada. Llegando a su casa, no llegamos ni a su cuarto; se abalanzó sobre mi recostándome sobre el sofá de su sala. Como pudo bajo mi vestido, quedando mis senos al aire, con su boca los devoraba, me los comía y chupaba, como si fuera un niño con una paleta.

    Sin despegarse de mi cuerpo se fue bajando hasta llegar abajo, alzando mi vestido hasta mi cintura. lograba posar su boca en mi vagina, con su mano hizo a un lado mi tanga, sin preámbulos pasaba su lengua por mis labios vaginales, lamiendo y succionando con una intensidad que hacía temblar todo mi cuerpo. También lo estaba haciendo que pronto llegue a tener mi primer orgasmo, corriéndome en toda su boca.

    Mientras él se desnudaba, yo me terminaba de quitar el vestido y la tanga, con sus manos me giro y me puso en cuatro, antes de que pudiera tomar aire, metió su pene de un solo golpe, sujetándome de mis caderas me penetraba sin pausa alguna. Una embestida tras otra. Solo escuchaba el ruido de sus testículos chocando contra mis nalgas: Rápido y fuerte me hacía gemir y jadear, podía sentir como su pene tocaba el fondo de mi vagina.

    Me jalo hacia el, cargándome con facilidad como si no pesara nada. Entrelace mis piernas alrededor de su cintura, rodeo su cuello con mis brazos aferrándome a él. Avanzamos hacia su habitación sin dejar de penetrarme subía y bajaba lentamente, mientras que sus manos apretaban y sujetaban mis nalgas.

    Besándonos como si fuéramos marido y mujer, me llevó a su cuarto. Sin luz alguna, llegando a su cama me bajó con cuidado, colocándonos en posición de lado recogía mis pies y solo sentía su pecho contra mi espalda. Enroscó su brazo alrededor de mi cintura, llevándome más cerca de él, me penetraba nuevamente ahora era lento y profundo. arqueaba mi cuerpo hacia atrás mientras ahogaba mis gemidos en la almohada.

    Dándome los últimos embates fuertes y profundos, hundiendo su pene hasta el fondo sentí como se endurecía más, comenzando a soltar un chorro espeso y caliente de semen dentro de mí, justo en el momento en que yo llegaba a tener un segundo orgasmo.

    Saco su pene lentamente, lo paso por entre mis nalgas limpiándolo, sentí como el semen empezaba a salir de mi vagina, resbalando por mis muslos.

    Quedando ambos exhaustos, con su respiración agitada.

    —eres realmente increíble, mariana—me dijo mientras besaba mi cuerpo.

    —De igual manera, fue maravilloso para mí también, bueno ahora tomaré una ducha para regresar al hotel.

    —Quédate conmigo esta noche.

    —No puedo, tengo que regresar, espero y entiendas.

    Mientras me duchaba, mis piernas aún temblaban. Fabián me había dado una de las mejores cogidas de mi vida, a tal grado de provocarme dos orgasmos casi seguidos, cosa que nunca había experimentado en mi vida.

    Al salir de la ducha y con la luz del cuarto encendida, vi que Fabián tenía un tatuaje idéntico al que mamá me había mencionado. Mi corazón se aceleró de inmediato; deseaba con todo no estar en lo cierto sobre lo que estaba pensando.

    Mientras él se metía a bañar, busqué entre sus cosas para comprobar mis sospechas; al abrir un cajón, encontré un álbum de fotos. Hojeándolo, apareció una foto de mi madre. ¡Al segundo de verla, mi cuerpo se congeló por completo!

    Volví a dejar todo como estaba, no sin antes tomar aquella foto. Me vestí y, aún estando en shock, salí a la calle; tomé un taxi rumbo al hotel. Durante el camino, me sentía sucia; era aberrante lo que había hecho. Había cogido con mi padre, Y la prueba la tenía en mis manos; con esa foto no había duda de que Fabián era el hombre que estaba buscando.

    Al llegar al hotel, y sin parar de llorar, me maldecía por haber cometido un acto imperdonable. Recordé que no habíamos usado protección, y Fabián se había corrido dentro de mí. Un pensamiento aberrante y monstruoso me invadió, al saber que podía quedar embarazada de mi propio padre. Tendría que tomar la píldora del día siguiente. Era la única forma de asegurarme de que aquello no sucediera. No podía permitir que la posibilidad de un embarazo se convirtiera en realidad.

    Horas después llegó Elena, un poco ebria; me hablo un par de veces, pero yo fingí estar dormida. Tenía que decidir si le contaría sobre lo que me había enterado o si guardaría ese secreto conmigo.

    Al despertar por la mañana, vi que tenía un montón de llamadas y mensajes de Fabián; quería saber qué había pasado y por qué me había ido de su casa sin decir nada.

    —Por cierto, ¿cómo te fue anoche? ¿Si te lo cogiste? —preguntaba Elena.

    —No, no pasó nada, solo me trajo de regreso al hotel.

    —Y ya arréglate, que no quiero perder el vuelo.

    Estando en el lobby, esperando el Uber, fue que en ese momento llegó Fabián. Al mirarme, se le dibujaba una sonrisa en su rostro.

    En cambio, yo ni siquiera podía mirarlo a los ojos; para mí, él solo reflejaba la vergüenza, la culpa y ese asco profundo que sentía en ese momento hacia mí misma.

    Al momento que se acercó y nos saludó, me quedé helada; no sabía si salir huyendo o mejor contarle toda la verdad. Al tenerlo frente a frente, sentí que todo se detuvo; mi corazón se aceleró a mil por hora y supe que en ese momento tendría que tomar una decisión que cambiaría mi vida para siempre.

    Continuará…

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  • Preparando regalos navideños con Mamá Noel

    Preparando regalos navideños con Mamá Noel

    Llega una de mis temporadas favoritas… ¡¡¡La Navidad!!! Todos los elfos y elfas estábamos ilusionados de comenzar a crear, empaquetar y preparar los millones de regalos que va a entregar Papa Noel. Es cierto que los días son agotadores, la maquinaria no para de funcionar, los elfos están estresados de tanto crear, los capataces están hechos una furia y las elfas tratamos de empaquetar lo más rápido posible y de cuidar a los renos… Pero es apasionante este ambiente, en el profundo de nuestro corazón disfrutamos de nuestro trabajo, del labor que hacemos y de la satisfacción cuando llega la noche de navidad.

    Soy tan tonta… aún no me he presentado. Soy Elfina… si, un nombre super original para una elfa, pero eso no quita que mi nombre sea increible. Soy una chica bajita, mido 1,50m, y soy delgada pero no me faltan curvas, digamos que mi cuerpo es la definición de elegancia. Mi pelo es de color blanco, mis ojos azules y mis labios finos. En cuanto a mis pechos, son pequeños pero lindos y mi culo no es muy grande pero tiene una forma divina y más con mis muslos gruesos. Como podeis imaginaros, mi figura es increiblemente atractiva.

    Mis labores diarios no van más allá que la del resto, por la mañana después de desayunar galletas con leche comenzamos con el empaquetado y el traslado de los regalos, yo me ocupo concretamente de los lazos. Después del almuerzo comienza el entrenamiento y cuidado de los renos y antes de la cena recibimos un discurso de Mamá Noel quien nos agradece por todo el labor que realizamos. Sin ella La Gran Fábrica de Papá Noel no funcionaría. Mucha gente solo tiene en cuenta a Papá Noel, pero Mamá Noel también es una figura superimportante en navidad. Es admirable su liderazgo y su cuerpazo… ay que se me escapa el lado lesbiano. Si, me gusta Mamá Noel, me encanta… no, me enamora… estoy delirando de nuevo…

    Todo esto no lo narro solo porque mi pasión sea la escritura y porque estoy orgullosísima de mi trabajo, sino porque… NO, no puedo hacer spoiler, sigamos. En uno de mis turnos rutinarios mientras cuidaba de uno de los renos una elfa alta u esbelta, quien era la secretaria de Mamá Noel, se acercó a mi y me dijo de ir al despacho de Mamá Noel. Yo estaba asustada ¿Hice algo mal? ¿No he cumplido con mis objetivos diarios? ¿seré echada? ¿sabeis lo que pasa con los elfos expulsados? Exacto, yo tampoco y no lo quiero saber. Me puse firme de inmediato y subí a La Torre Noel lo más rápido que pude. Subí en escensor y estaba muy nerviosa, tanto que me temblaban las piernas. El ascensor se abrió, la segunda secretaria de Mamá me miró desde la recepción.

    -Tú debes de ser Elfina -Dijo ella mientras se subía sus gafas para verme mejor-.

    -S-ss… S-si… si so- yo…

    -Que cría… Mamá Noel te está esperando en su despacho, pasa -Dijo amárgamente-.

    Abrí las dos grandes puertas torpemente. Al entrar estas se cerraron automáticamente y vi a Mamá Noel tan cerca como nunca antes. Ella levantó la mirada, yo me quedé congelada…

    -Mam-M-Mamá Noel… ¿Me ha llamado?

    -Pues claro que sí cielo. Venga, siéntate.

    Me senté delante de su escritorio, el cálido perfume que le rodeaba chocó con mi pituitaria haciendo que mi cuerpo se revolviese de placer. Mamá Noel era superatractiva. Su pelo negro recorría todo su cuello tapando su discreto escote. Sus ojos blancos y sus gruesos labios hacían de su rostro digno de un retrato… su gran cuerpo, de 1,75 m, con sus enormes pechos, su cinturita de modelo y su gran culo eran lo que animaba a trabajar a todo el mundo. Por eso ella era tan querida, con su físico y su hermosa voz era difícil que no sedujese a alguien y lo animase a trabajar. Además, su dulzura no tenía límites.

    Muchos elfos la admiraban tanto que se pajeaban pensando en ella, las elfas la respetábamos, pero confieso que muchas veces me he tocado también pensando en ella. Mamá Noel estaba escribiendo y firmando documentos, yo esperé ansiosa a que terminase mientras admiraba su belleza. Cuando acabó, despejó la mesa y comenzó a hacerme preguntas.

    -Elfina, quiero que me seas totalmente sincera ¿vale?

    -Sisisisi Mamá Noel. Yo siempre…

    -Bien, ¿Has tenido sexo con Emma?

    Emma era la cocinera, ella y yo teníamos una relación de amistad pero al ser de las pocas que éramos lesbianas… fue dificil no caer en la tentación. Además, está buenísima. ¿Me van a expulsar por tener relaciones en horario laboral?

    -Si… yo… ella y yo pues si… pero fue solo por la noche…

    -Bueno… hay grabaciones de vosotras en la cocina y… se ve todo -Dijo ella mirándome fíjamente. Estaba acabada-.

    -Yo… Lo siento mucho Mamá Noel, no… no iba a… no quería romper las reglas de verdad, no quiero ser echada, yo…

    -Tranquila querida, nadie va a ser echada.

    -¿De verdad?

    -Siempre que no vuelva a suceder en horario laboral. Emma y tú podeis tener sexo tantas veces que queráis, pero por favor, no en la cocina ¿vale?

    -Sí Mamá Noel. Prometido.

    -Está bien. Ahora, ¿Emma y tú estais en una relación?

    -No… solo somos amigas… bueno, amigas con derecho.

    -Ajá… ¿tú eres lesbiana o bisexual?

    -Yo soy lesbiana Mamá Noel.

    -Vale… bien pues quiero verte frente a La Casa Noel a las 22:00 ¿Entendido cielo?

    -Si Mamá Noel, pero…

    -¿Pero?.

    -No, no… yo… nada de peros, ahí estaré.

    -Así me gusta.

    -¿Ya me voy?

    -Si, encantada de tenerte aquí Elfina.

    -Igualmente… yo… o sea… estoy encantada de verla Mamá Noel.

    Me fui confundida, soprendida, aliviada… tenía una tormenta de emociones y de ideas en mi cabeza. ¿Por qué me quiere ver? Pasé el resto de la jornada trabajando pero perdida en mis pensamientos y en la ilusión de poder haber visto a Mamá Noel tan de cerca, y haberla olido. Cuando la cena acabó fui de inmediato a mi casa de chocolate helado. Me desnudé nada más entrar y comencé a asearme y prepararme lo más rápido que pude para estar lo más presentable posible ante Mamá Noel. No podía fallarla.

    Todo eso mientras el tocadiscos hacía sonar villancicos animados. Me duché, me puse la ropa de invierno de acuerdo con las reglas de uniformidad de la temporada navideña, me eché perfume y al ser las 21:36 fui directa a la Casa Noel. En las calles apenas había gente, todos volvían a sus casas a descansar y a refugiarse del frío y de la noche decorada por hermosas auroras. Llegué a las grandes puertas de La Casa Noel. Antes fe tocar el timbre una de las sirvientas abrió la puerta.

    -Yo… vengo a… me llamó Ma… Mamá Noel pidió que me vi… o sea que viniera…

    -¿Eres Elfina?

    -Si… soy y… yo

    -Pasa por favor y sígueme cariño.

    Seguí a la sirvienta. Ella era igual que alta que Mamá Noel y las secretarias. El lugar era grande, con decorados renacentistas, candelabros y lámparas de araña enormes, mesas llenas de dulces, las paredes decoradas con múltiples retratos y fotografías… tras subir varios pisos de la gran mansión, la sirvienta abrió la puerta del dormitorio, yo pasé y cerró la puerta tras de mi.

    -¿Elfina? -Dijo Mamá Noel desde el baño-.

    -Si… soy yo.

    -Elfina cielo, espérame en la cama.

    Me senté extrañada. La cama era tan alta que tuve que dar un pequeño salto para poder subirme y mis pies quedaron al aire al sentarme. El dormitorio estaba cálido por la chimenea, que era de donde provenía la única luz del cuarto. El ventanal daba vista a toda Ciudad Noel. Las paredes estaban decoradas con retratos de Mamá y Papá Noel, las estanterías estaban llenas de figuras, esculturitas, libros… y en la mesilla había varios dulces navideños y velas rojas y verdes. La estancia era súmamente acogedora.

    El ruido de la madera crujir al quemarse daba mucha paz pero también se escuchaba a Mamá Noel tararear mientras las gotas de su ducha chocaban contra el suelo. Cuando cesó el ruido del baño, ella abrió la puerta y entre el vapor ella salió totalmente desnuda, dirigiéndose directamente a mi.

    -¿Ma… Mam… Mamá No…?

    No me dejó terminar, se abalanzó sobre mi dejándome tirada sobre la cama y comenzó a besarme mientras todo el peso de su cuerpazo caía sobre mi. Sus labios jugueteaban suavemente con los míos, sus suspiros apasionados me calentaban las mejillas, su largo pelo me cubría todo el rostro.

    -Elfina, cariño. ¿Tendrías sexo conmigo? -Dijo ella susurrándome a los oidos mientras aún estaba sobre mí-.

    -Si. Si, por favor si. Haré lo que sea por ti.

    -Que buena chica eres.

    -Pero… ¿Y Papá Noel?

    -Él estará de acuerdo con esto, no te preocupes. Ahora, quiero que te desnudes.

    Ella se levantó y fue a echarse perfume mientras me miraba seductoramente con sus ojos claros decorados con un delineado muy sexy. Yo fui desvistiéndome muy apuradamente, no podía dejar de mirar su hermoso cuerpo iluminado por la cálida luz del fuego de la chimenea. Sus aerolas y su coñ… perdón (ella merece respeto), su vulva eran rosadas. Sus pezones estaban tensos y ligeramente tapados con su larga melena negra. Su presencia me imponía. Me quedé totalmente desnuda e indefensa frente a ella.

    Mamá se acercó a mi y se inclinó ligeramente para besarme suavemente mientras recorría mi cuerpo con sus cálidos uñas rojas. Ella era la que más pasión le ponía a nuestro beso, yo seguía tímida y cofundida pero a la vez muy emocionada por hacer realidad mis sueños eróticos. Ella fue bajando sus besos a mi cuello mientras me masajeaba suavemente el clítoris, el cual ya lo tenía mojado de la excitación. Sus besos me hacían cosquillas y no pude retener mi inocente risa. Mamá fue bajando más, me besó y empapó mis pezones y finalmente, tras pasar por mi vientre y el ombligo, comenzó a lamerme el coño mientras me miraba con su intensa mirada.

    Nunca pensé tener a Mamá Noel arrodillada comiendome la vagina, bueno, en realidad sí pero nunca me imaginé que fuese a pasar. Mis pezones estaban más tensos que nunca, su lengua me excitaba con muchísima facilidad, recorría mis labios y se metía ligeramente en mi vagina masturbándome y haciéndome sentir como nunca antes. No tardé en tener un orgasmo que me dejó loca. Grité y solté un squirt a presión en toda su cara, haciendo que su maquillaje se corriese y que su pelo quedase empapado.

    -Ay no mamá noel yo… yo lo siento mucho yo…

    -No te disculpes cariño, no seas boba.

    Mamá Noel me empujó de nuevo a la cama y se tumbó al lado de mi juntando su cuerpo con el mío.

    -Estamos aquí para divertirnos -Dijo ella mientras me volvía a besar-.

    Mientras nos besábamos ella me agarró la mano para que acariciase su cuerpo, pasé mi mano por sus glúteos apretándolos aún dudosa, acaricié suavemente sus pechos y tras un rato me atreví a pasar mis dedos entre los labios de su vagina. Cuando los rocé Mamá soltó un gemido y con una sonrisa pícara y caliente me rogó que la masturbase mientras abría más sus piernas. Metí mis dedos en su húmeda y caliente vagina y empecé a masturbarla lentamente para sentir cada parte carnosa de su cavidad vaginal.

    Mientras más la masturbaba más me gemía entre besos y caricias suaves en mi cara. Fui aumentando poco a poco el ritmo, estuve un buen rato acurrucada junto a su cálido cuerpazo haciéndola gemir hasta que alcanzó un orgasmo que la hizo expulsar un chorro por su vulva empapando mis dedos y la cama.

    Mamá Noel se puso de nuevo sobre mí y comenzó a comerme las tetas suavemente mientras me miraba con sus ojos plateados, su pelo se caía por todo mi torso y su espalda curvada dejaba ver su hermoso culo. Me dejé llevar y no me resistí a soltar gritos de placer como una loca rogando que “por favor no parase”. Mientras ella seguía amamantándose con mis pezones levantó la mano, hizo unos gestos suaves con sus dedos al aire haciendo que uno de los cajones se abriese. Un dildo salió flotando y se dirigió hacia mi coño mientras dejaba un rastro de chispas mágicas en el aire.

    El juguete, que era de color rojo, que medía fácilmente 18 cm y era de la marca “Regala y Disfruta”, una marca de juguetes sexuales muy famosa del Polo Norte, se introdujo en mi coño hasta el fondo y empezó a vibrar dentro de mi mientras me penetraba. Los ojos de Mamá estaban más brillantes que nunca, ella reía por verme gemir. El dildo mágico aumentó de ritmo y empezó a follarme mientras Mamá Noel me regalaba besos en mi cuello, yo estaba enloquecida, tanto que llegué a un orgasmo que estalló en otro squirt.

    El dildo salió de mi coño y voló hacia la boca de Mamá Noel quien le hizo una mamada con garganta profunda justo en frente de mi. Al terminar ella abrió mi boca y dejó caer sus babas dentro de mi. Luego pasó su lengua por toda mi cara como si yo fuese una presa. Al terminar ella puso su culo sobre mi cara y se agachó hacia mi coño, quedando ambas en un 69. Comencé a lamer su vulva intensamente, como si no hubese comido desde hace años. Su lengua jugueteaba apasionadamente entre mis labios vaginales y sus suspiros me calentaban la inlge. Mientras le comía la vulva ella gritaba de placer y me pedía que no parase.

    Oirla gemir y decirme eso hacía que me sintiese motivada y emocionada al saber que Mamá Noel estaba disfrutando de mi oral, por ello no paré aunque me empezase a cansar la lengua. Su rosada vulva estaba mojadísima, era muy suave, cálida y esponjosa, sus labios se abrían cubriendo parte de mis mejillas mientras metía mi boca para hacer el oral aún más intenso. También comencé a pasar mi lengua por su ano, cosa que al parecer también le gustaba ya que se reía entre gemidos.

    Tras un 69 intenso, húmedo y lleno de gemidos y gritos Mamá comenzó a llegar a un orgasmo, las dos comenzamos a flotar sobre la cama mientras ella gritaba que no parase y después de casi alcanzar el techo ella llegó un orgasmo que la hizo gritar y soltar otro chorro en todo mi rostro. Fui la primera en caer sobre la cama, Mamá cayó lentamente al lado de mi entre risas y suspiros.

    Me acerqué a ella, me puse sobre su cuerpo mientras ella estaba tumbada boca arriba y comencé a besarla mientras la abrazaba. Sus puntiagudos pezones rozaban con los mios, mi pelo se fusionaba con el suyo, nuestras bocas creaban hilitos de babas y fluidos vaginales. Todo era hermoso. Mamá Noel se levantó, encendió unas velas con magia y me miró pícaramente con una sonrisa pintada en su rostro mientras sus ojos volvían a brillar entre su delineado corrido. Hizo un par de gestos con sus manos y pronto comencé a flotar sobre la cama, mientras más subía más me reía por la emoción.

    Cuando alcancé una altura considerable sobre la cama, el mismo dildo de antes se puso sobre mi cara y se metió hasta el fondo de mi boca. Comencé a mamarlo disfrutando cada centímetro del juguete de goma con sabor a vagina. Yo estaba flotando boca arriba y veía a Mamá Noel al revés haciendo más gestos con sus dedos. Las velas comenzaron a flotar también y a rodearme en círculo. El dildo salió de mi boca totalmente empapado y se dirigió directamente a mi vagina comenzando a follarme tan intensamente como antes. Otro dildo apareció, muy similar que el anterior, y al igual que el otro se metió en mi boca para follarme la cara.

    Las velas que estaban sobre mi se inclinaron poco a poco y empezaron a dejar caer cera ardiente sobre mi cuerpo. Cada trozo me quemaba la piel por un momento y se enfriaba endureciéndose la cera sobre mi cuerpo. El dildo de mi boca salió y voló hacia mi culo, el glande de goma se pegó a mi ano y fue metiéndose poco a poco hasta abrirme el culo entero. Ambos dildos follaban mis dos orificios hasta lo más profundo de mi cuerpo al mismo ritmo mientras flotaba sobre la cama y me quemaba por la cera que caía sobre mi figura. No podía parar de gemir por todas las cosas que estaba sintiendo. Bajé poco a poco hasta quedar mi cara a la altura del rostro de Mamá Noel.

    -¿Te está gustando? -Preguntó Mamá, a quien veía al revés-.

    -Me está encantando mamá -Grité ahogada-. No pares por favor.

    Mamá me comenzó a besarme.

    -Quiero que te corras sobre mi ¿Vale cariño?.

    -Sí mamá sí… sí por favor…

    Volví a alcanzar una altura considerable, mi coño estaba orientado al cuerpo de ella y los juguetes comenzaron a taladrarme aún más intensamente. No tardé en alcanzar un orgasmo explosivo que hizo soltar un gran squirt que bañó todo el cuerpo de Mamá Noel. Los juguetes salieron de mis orificios, las velas se acomodaron de nuevo donde estaban antes, yo caí sobre la cama y Mamá Noel se tumbó sobre mi para besarme lentamente mientras acariciaba mi cuerpo manchado por cera.

    Ambas estábamos mojadas por los squirts que habíamos soltado, la cama estaba empapada y húmeda y el suelo estaba encharcado. Tras un largo, cálido y húmedo beso, Mamá Noel gritó hacia la puerta el nombre de “Marisa”. La sirvienta entró en seguida con una fregona, entró tan rápido que no me dio tiempo a taparme.

    -No te cubras cariño, Marisa no muerde.

    -Yo…

    -Vamos a bañarnos anda.

    Mamá me agarró de la mano y me llevó directa al baño, donde la bañera estaba llena de agua caliente. Ella se metió primero, yo después y seguimos besándonos tranquilamente entre el vapor que emanaba del agua.

    -Elfina, has estado increible.

    -Gracias Mamá Noel.

    -Y has hecho varios regalos esta noche.

    -¿A qué te refieres?

    -Hay personas que pidieron squirts, varios juguetes sexuales y agua de lesbiana. Tú eres de las pocas elfas que son lesbianas y la única que sabemos que hace squirt, lo vimos por las cámaras de la cocina mientras tú y Emma teníais sexo.

    -Entonces… ¿Me has usado?.

    -Lo cierto es que… me ha encantado pasar la noche contigo, nunca había tenido un sexo tan increible con nadie.

    -Yo… no sé qué pensar…

    -Piensa que has hecho muy feliz a Mamá Noel y que estoy muy orgullosa de ti cariño.

    Mamá me siguió besando mientras más nos hundíamos en el agua, haciendo que esta se cayese por los bordes.

    -Ahora… necesito otros favores.

    -¿Qué necesitas?

    -Una persona pidió leche materna y otra pidió sexo lésbico.

    -Yo… a mi no me sale leche…

    -Pero a mi sí, ¿Qué te parece amamantarme y cuando sea navidad nos vamos a hacer un trío?

    -Me parece buena idea mamá.

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  • La docente que me enseñó

    La docente que me enseñó

    Prólogo

    Este relato ocurrió cuando contaba con diecinueve años de edad. Por aquel entonces vivía con mis padres, estudiaba en la universidad y necesitaba profesores particulares. Uno de ellos, mi profesora de inglés, me dejó un recuerdo imborrable.

    Dos semanas antes del examen de inglés.

    Mi profesora de inglés, una irlandesa pelirroja que pasaba de los 45, abrió la puerta de su casa.

    Estaba algo pálida y llevaba puesto un holgado pijama azul de cuadros.

    -Sorprendido. -dijo con voz ronca.

    No respondí.

    Nunca la había visto en pijama. Estaba acostumbrado a sus faldas de cuero y camisas de generoso escote. A sus pantalones ajustados y cinturones de gran hebilla. Incluso su calzado, zapatillas de andar por casa, se me hacía extraño.

    Sin embargo su aroma, el perfume que usaba estaba allí, flotando en él ambiente.

    -Tengo la voz algo tomada. -dijo casi hablando para sí misma mientras tomábamos asiento en la cocina.

    Tosió.

    -¿Quieres algo de beber?

    Negué con la cabeza.

    -Ya, entiendo. Para serte sincero me duele la cabeza. El médico me ha prescrito paracetamol pero tengo la tripita… es la molestia más que los gases, pero…

    Paró de hablar y debió ver algo en mi expresión porque sonrió enigmática.

    -Esta es mi habitación. -Reanudo la conversación un tiempo después mientras abría la puerta de un cuarto pequeño. Me acerqué. La cama desecha, cojines rosas por el suelo, papeles de sonarse los mocos arrugados en una papelera de plástico y la ventana abierta, dejando entrar el aire fresco de una tarde gris.

    Se sentó en la cama.

    -¿Necesitas que te ayude en algo? -dije directo, con confianza.

    Sus mejillas, o eso me pareció a mí, se ruborizaron levemente.

    Luego tomó la palabra. Las pastillas no la sentaban bien, volvió a contarme. En la farmacia le habían ofrecido supositorios con paracetamol como principio activo.

    -Ya. -dije sin terminar de procesar la información.

    -Me ayudas a ponérmelos.

    Tragué saliva y asentí con la cabeza. No quería que las palabras denotasen mi nerviosismo. Me sentía capaz de ayudar y de paso… de paso cumplir mi sueño de verle el culo.

    Mi profesora sacó la caja de supositorios del cajón, la abrió y sacó dos “pequeños torpedos” del envoltorio plateado.

    -Aquí tienes y cierra la ventana, que no quiero que se me enfríe el trasero.

    Cerré la ventana mientras ella se tumbaba de lado en la cama dándome la espalda.

    Cogí uno en la mano.

    -Bájate los pantalones del pijama.

    La maestra obedeció y descubrió un culete temblón enfundado en bragas granate que había empezado a perder la lucha contra la gravedad. La raja, generosa, había engullido casi toda la tela de las bragas.

    Dejé la medicina en la mesita. Me senté en el borde de la cama y alargando las manos cogí el elástico de las braguitas y tiré de ellas dejando a la vista un culo completamente desnudo.

    Lo observé durante unos instantes. Dos granitos en la nalga derecha, un lunar en la izquierda. Era, definitivamente, un culo con personalidad propia. Podría estar contemplándolo un buen rato, pero tenía una misión que cumplir.

    -Puedes… puedes separar las nalgas. -dije

    La mujer madura llevó las manos atrás y separó con decisión sus cachetes dejando a la vista el orificio anal. También dobló una pierna llevándola al pecho. Era la posición recomendada para facilitar la inserción del medicamento.

    Tomé el primer supositorio y con paciencia, poco a poco, lo introduje en el agujero junto a parte de mi dedo índice.

    Ella apretó el esfínter instintivamente para retenerlo.

    Unos segundos después repetí la operación con el segundo, mantenimiento mi dedo en el agujero del culo durante unos instantes.

    Aprieta el trasero. -dije innecesariamente mientras observaba como se tensaban los músculos del pompis de aquella mujer.

    Casi inmediatamente, en cuanto saqué el dedo, con prisa, se subió las bragas y cubrió con los pantalones del pijama su desnudez.

    -Listo. -dije mientras ella seguía tumbada de espaldas.

    Un minuto después giró sobre sí misma.

    Tenía las mejillas rojas.

    -Los malditos bastardos se están derritiendo ahí dentro. Gracias.

    -A ti por ser tan valiente . Me voy que se me hace tarde. -dije. Y salí de la habitación para darle privacidad.

    “Quizás necesite tocarse para relajarse o tirarse uno.” Pensé.

    Varias demás antes del examen

    Aquella tarde llegué a casa a eso de las ocho y me fui directo a la habitación.

    Antes de cerrar la puerta, notando que mi madre estaba viendo la tele en el salón, dije en voz alta.

    -¡Voy a estudiar!

    Ya dentro de mi cuarto, encendí la luz del flexo, cogí un cuaderno y comencé a escribir o dibujar palabras y frases en el nuevo idioma.

    Sin embargo el idioma que tenía que aprender para superar la asignatura era el inglés. Se me daba así así y mi padre decidió contratar a una profesora nativa particular.

    Miré el reloj y cerré el cuaderno. La docente estaba a punto de llegar.

    Sí, confieso que tengo un flechazo o “crush” como dirían los angloparlantes. La mujer es más mayor que mi madre y nos llevamos muchos años pero… pero me gusta. Su ropa, la forma de moverse… qué sé yo. Bueno sí, las tetas, que tienen que ser de buen tamaño y el trasero. Pero bueno, quizás es la ropa que hace mucho o el morbo de estar con una “mujer” a solas durante hora y media en mi cuarto.

    Creo que ella sabe que la miro, o lo intuye. Quizás le guste. No sé, soy joven, pero soy un tío y… y sí. De vez en cuando tengo que respirar hondo y relajarme. Menos mal que está la mesa de estudio y mi erección queda oculta… solo imaginar que ve eso…. que vergüenza.

    No sé cuando lo descubrió, pero el caso es que esa tarde, antes de empezar la clase, cerró la puerta del cuarto. La tele estaba alta y no creo que mi madre nos oyese, pero cuando habló entendí perfectamente todas aquellas precauciones.

    -He visto tu cuaderno. ¿qué escribes en chino?

    Por un instante respiré con alivio. Aquella mujer no sabía que mis escritos estaban en japonés, muy probablemente no tenía ni idea de lo que ponía.

    -No soy tonta. No sé japonés, pero se buscar y traducir. -dijo sacando mi cuaderno del cajón y pasando las hojas.

    “Quien se ha creído que es para leer mis cosas..” pensé

    Pero ella pareció adivinar lo que pensaba y leyó.

    -“sensei no Osihiri ga daisuki” -dijo

    Enrojecí.

    Y luego continuó leyendo palabras sueltas en japonés.

    -así que “me gusta mucho el culo de la profe” -tradujo bajando la voz

    -y luego palabritas como tetas, vagina, quiero verte las domingas… ¿es correcta mi traducción?

    Sentí mucha vergüenza, pero lo que más me preocupaba era que hablase con mis padres. No solo por la falta en sí, si no porque decidiesen cortar el grifo o aún peor, echarme de casa.

    Para mi sorpresa la profesora fue comprensiva y decidió añadir picante a las clases de inglés, haciéndome escribir ejemplos de frases que incluían partes del cuerpo de carácter sexual. Créanlo o no aquella mujer era muy buena y con la gracia, no solo aumentó mi motivación, si no que aprendí un montón de gramática.

    -Recuerda. En el examen usa otros nombres, la gramática ya te la sabes.

    Semana a semana mi inglés mejoraba.

    Un día, como premio, la maestra dejó que le tocara las tetas. Eran tiernas.

    -¿quieres ver un pezón? -preguntó en inglés

    -sí, claro.

    Cerré la puerta con pestillo

    Ella descubrió el pecho y yo puede ver, e incluso chupar aquel pezón.

    A la siguiente semana no vino.

    Mis padres me informaron que estaba algo acatarrada y, como no vivía lejos, decidí ir a visitarla.

    Como saben, acabé metiendo supositorios en su culete de ensueño.

    Una semana después del examen de inglés

    No podía creerlo, sobresaliente en inglés. Mis padres me felicitaron y fuimos a comer fuera.

    Por la tarde me encerré en la habitación y llamé a mi profesora.

    -he aprobado. -dije

    -enhorabuena, pero eso no es lo que hablamos. -respondió.

    Saboree el momento antes de replicar.

    -Lo sé. La nota es sobresaliente.

    Cuando colgué tenía el estómago lleno de mariposas. Elegí unos calzoncillos limpios, los mejores que tenía, también pantalones vaqueros. Después me duché, usé la esponja y mucho jabón para lavarme bien el culo y el pene. Con la colonia fui moderado , ya que según me confesó, le gustaba mi olor natural.

    “Si sacas un sobresaliente hacemos el amor” me prometió en su día.

    Ese día había llegado.

    Llegué a su casa y me recibió con ropa cómoda y atractiva. El perfume, como siempre, inundándolo todo.

    Bebimos una copa de vino.

    Ella se acercó a mi sitio y sacando la lengua, metió la punta en mi oreja. Tirité con las cosquillas y mi pene creció bajo los pantalones.

    -Levántate.

    Obedecí.

    Me beso en los labios.

    Abrí la boca y metió su lengua. Sabía a vino y a algo amargo difícil de definir. Algo adictivo. Nos besamos con pasión. La saliva fluía, las lenguas danzaban explorando todo con avidez.

    Puse mis manos en sus nalgas y las apreté como si estuviera dándole un masaje, ella separó su boca y gimió. Luego arrodillándose me desabrochó el botón del pantalón, bajó la cremallera y me desnudó.

    El pene saltó como un resorte. Crecido, palpitante, erecto.

    -menudo mástil. -observó la docente con genuina admiración.

    -¿Vienes preparado?

    Me apresuré y me quité los pantalones y calzoncillos del todo sacándolos por los pies. Del bolsillo de los primeros saqué un preservativo.

    Ella rio.

    -Primero vamos a ponerla bien dura. -dijo metiendo mi miembro en su boca y chupando con avidez.

    Milagrosamente, de alguna manera, evité eyacular ahí mismo.

    Se desnudó del todo.

    La imité.

    Fuimos a su habitación.

    Se tumbó boca arriba. Las piernas abiertas, el coño expuesto sin tapujos.

    Pase mi lengua por esos pliegues empapados. Probé a meter un dedo. Estaba tan mojado que se deslizó sin esfuerzo.

    -Métemela ya. -rogó la mujer madura en medio de la excitación.

    No me hice de rogar e introduje el pene en su vagina hasta el fondo.

    Ella se aferró a la cama, mordió el labio inferior en un gesto sensual y ahogó un grito de placer infinito.

    Logré jugar al mete saca cinco veces hasta eyacular.

    Para entonces ella ya había alcanzado el orgasmo. Su cuerpo temblando de manera deliciosa.

    Han pasado años. Demasiados.

    Mi novia, joven, ha cabalgado junto a mi. Hemos visto las estrellas, hemos alcanzado la felicidad. Sin embargo, de alguna manera, todavía recuerdo aquella primera vez, con mi profesora de inglés. Una madura que me abrió de par en par las puertas de su cuerpo. Mi primer amor. Mi maestra. Thank you.

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  • Le permití exhibirse en mi oficina (1)

    Le permití exhibirse en mi oficina (1)

    Damián (Damy) es un chico algo menor que yo, apenas pasados los veinte años, que gusta de exhibir su cuerpo, tiene con qué, obviamente. Viste ropa ceñida, por lo general camisas y remeras ajustadas al torso, pantalones que resaltan sus piernas bien torneadas, su trasero respingón y un paquete digno de ver (y de tocar, le cuento a mi mujer).

    Suele traer y llevar documentación a mi oficina, cuando charlamos sobre sus gustos, las fotos que sube a IG y admirar su físico, que elogio y toco todas las veces que me atrevo, con su permiso. Palpo sus bíceps, rozo y acaricio sus muslos (se excita con eso, visiblemente aunque ya no se ruboriza), sin dejar de alentar su afán de mostrarse. Lo incito a ejercitarse brevemente en mi propia oficina, a solas.

    Demuestra su estado físico sosteniéndose en bandera sobre mi escritorio y suelo ayudarlo calzando sus nalgas con mis manos para decirle qué firmes se sienten, lo que lo excita también, pues le noto la pija pugnando por abrir el cierre de sus pantalones. Le pregunto si no le tocan el culo en el colectivo cuando viaja y me confiesa que sí, que a veces lo han manoseado y hasta apoyado.

    -Es que tenés un par de glúteos muy tentadores, le dije.

    -¿Te calienta el roce en el colectivo?

    -A veces, reconoce con un dejo de vergüenza.

    -Nos pasa a todos, sobre todo a mi mujer.

    Me pide si se puede mudar a mi oficina porque su jefe lo hostiliza. Llamo a su jefe y éste me agradece que se lo saque de encima porque se la pasa todo el día con el móvil sacándose fotos.

    -Listo, le digo. Andá a buscar tus cosas y usá ese escritorio.

    Me pide permiso para bañarse luego.

    -Sí, claro. ¿Te puedo sacar fotos haciendo la bandera? Son para mandarle a mi mujer (es verdad, ella se pone muy caliente con un pibe como Damy)

    -Obvio.

    -¿Puede ser sin la remera?

    -Claro, mejor.

    Por Dios, el cuerpazo que tiene, pienso, y no puedo reprimir un suspiro.

    Se quita las zapatillas, dándome la espalda. Tomo una rápida foto de su precioso trasero, a escondidas, y se la mando a mi mujer.

    Respuesta de mi mujer: ¡Qué fuerte que está! ¿No tenés más?

    Yo: Dame tiempo.

    -Tengo baño privado. Te podés desvestir acá y dejar la ropa en la silla, si no querés ir a bañarte al vestuario, le digo a Damy.

    -¿Puedo?

    -Sería un placer.

    Se saca los pantalones. Luce un bóxer corto, bien ajustado, Su poronga casi se sale del bóxer que parece pintado sobre sus glúteos.

    -¿Te grabás cuando te duchás?, me atrevo a preguntarle.

    -Sí pero cuando estoy en mi baño.

    -Desde hoy podés considerarlo tuyo, le digo sin atreverme a entrar a la ducha.

    -Es lindo este baño, pero no traje el móvil.

    -Te puedo grabar con el mío, si te parece.

    -Dale.

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  • Mi esposa acepta convertirse en una hotwife

    Mi esposa acepta convertirse en una hotwife

    Después de aquella propuesta a mi esposa, los días transcurrieron y de apoco fui aclarando qué mi propuesta era experimentar un encuentro donde ella estaría con otro hombre y que eso se llamaba cuckolding.

    Donde la relación trataba de que ella viviera y explorar su sexualidad al máximo, y el esposo acompañaba a todas esas aventuras, mientras el disfrutaba observando.

    Hasta que un día me contó que habia estado leyendo sobre el tema y que si estaba seguro de la propuesta que le habia hecho, que si ella accedía era con alguien que ella escogiera y que lo único que le daba miedo era que yo despues la dejara.

    En ese momento sentí una inmensa alegría, porque el amor de mi vida estaba dispuesta a cumplir una fantasía, que hasta ahora era solo una ilusión muy lejana.

    Pero ese día, le juré que nunca la iba a dejar, que ella es la única mujer en mi vida y que como muestra de mi amor, la iba a abrazar y besar con mas fuerza el día que cumpliera mi fantasía.

    Desde ese momento inició la búsqueda de la persona que estaría con ella, que ella lo elegiría y que solo me avisaba cuando lo encontrara, para que yo organizará el encuentro, y que despues no me fuera a arrepentir, porque ella lo iba a disfrutar al máximo.

    Y así inició esta loca aventura y que cambiaría nuestras vidas para siempre.

    Espero les guste y estaré contandoles mucho más.

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