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  • Los placeres de viajar en tren

    Los placeres de viajar en tren

    Era viernes a última hora, comienzo de puente veraniego, y la estación parecía un hervidero de gente ansiosa, maletas y ruido. Yo me disponía a coger el tren, y lo hacía francamente ilusionada. La cercanía de las vacaciones de agosto, por un lado, y el deseo de encontrarme con los míos en el pueblo, familia y amigos que no veía desde Semana Santa, me predisponían a un viaje esperado largamente durante esas tediosas semanas de trabajo en la gran ciudad. A pesar de los ya casi diez años que llevaba viviendo en ella con mi ajustado sueldo de secretaria de administración en una editorial, la verdad es que no había conseguido adaptarme del todo al ritmo y costumbres de la urbe.

    Llevaba, eso sí, una vida relativamente cómoda en mi apartamento de soltera, con mis amistades de fin de semana, mis cursillitos de fotografía, el gimnasio un par de veces a la semana, y dos o tres parejas, que no me habían durado demasiado, durante todos esos años. En cualquier caso, un balance bastante gris para la ansias de comerse el mundo que llevaba aquella joven de 23 años cuando salió del pueblo, una vez que acabó los estudios de psicología en la capital de su provincia.

    Ahora tenía por delante toda una noche en el tren, pero iba contenta por lo ya dicho y porque al día siguiente tenía la despedida de soltera de mi hermana la pequeña. Todo me predisponía a un viaje agradable pensando en la juerga y la posterior tranquilidad del pueblo. Pero no podía imaginar entonces, según entraba con mi maleta en el compartimento del coche-cama que había reservado, cómo de agradable me iba a resultar aquella noche de viaje.

    El caso es que una vez instalada se me acercó el revisor a comprobar el billete y a pedirme un favor. Por lo visto era política de la compañía aprovechar en fechas clave como la de ese día, la capacidad de los trenes al máximo, y por eso me consultaba si estaría dispuesta a compartir mi compartimento con una segunda persona que debía subir al tren en la siguiente parada. Yo, no sé si por timidez, falta de criterio, o por mi buen estado de ánimo, no supe oponerme y acepté su propuesta sin demasiadas pegas.

    Olvidándome del asunto, cuando el tren por fin salió, me tumbé en la cama inferior de las dos y tras leer un poco para coger sueño, apagué la luz y me dispuse a pasar la noche lo mejor posible pensando en el previsible cachondeo de la siguiente noche. Dadas las fechas, me tapé sólo con la sábana y vestida únicamente con unas braguitas blancas de algodón y una camiseta cómoda.

    Al rato, no sé si mucho o poco, y atontada en medio de mi sueño, sí llegué a percibir que alguien entraba y se tomaba su tiempo en colocar sus cosas y acomodarse. Yo, despreocupada por completo, me di media vuelta hacia la pared e intenté volver a dormirme ayudada del suave traqueteo del tren. Sería la una de la madrugada cuando una sensación de calor me desveló. Quizá por la presencia de dos personas en tan estrecho espacio, o bien porque el aire no funcionaba correctamente, el caso es que sentía un ahogo incómodo y decidí levantarme para abrir una rendija en la ventana, hasta entonces bien cerrada.

    La luz de la luna penetraba en la pequeña estancia permitiendo percibir bastante bien las formas y bultos presentes. Y entonces, al darme la vuelta para volver a mi cama, me encontré lo inesperado. Yo había dado ingenuamente por hecho, pensaba que las normas de la compañía ferroviaria así lo indicarían, que mi desconocido acompañante sería otra mujer. Pero no, allí estaba él a la altura de mis ojos, anónimo y misterioso, turista exótico, inmigrante extranjero o simple viajante comercial, pero pude percibir claramente su contundente figura tumbada boca arriba sin taparse, y desnudo por completo.

    La visión me paralizó por unos segundos, y no pude evitar fijarme durante aquellos escasos instantes en cómo resaltaba la forma de su miembro posada lateralmente sobre su vientre. Para nada estaba excitado, pero aun así, me llamó poderosamente la atención la sensación de potencia que transmitía: era un pene relajado de tallo más bien corto, pero francamente gordo que culminaba en una cabeza prominente sobre la rugosa vaina de la que partía. Pude apreciar, incluso en la semipenumbra, que estaba sin circuncidar porque se veía en su extremo la apertura del prepucio que dejaba algo entrever el glande interno. Por debajo dos buenos testículos entre las piernas semiabiertas completaban una lasciva e impúdica imagen de un macho exhibiendo su hombría.

    Aquella visión tan lujuriosa me produjo un estremecimiento inmediato, y tardé un poco en reaccionar antes de agacharme hacia mi cama. Me acosté, pero aquella imagen no desaparecía de mi cabeza; sin querer una excitante sensación se iba apoderando de mí, la presencia cierta de aquel desconocido a un metro escaso de mí, con todo aquel paquete de poderosas razones a la vista, me indujo un estímulo muy agradable en las partes más recónditas de mi imaginación, y dejándome llevar por él me acurruqué de nuevo hacia un lado para intentar dormir.

    No tengo ni idea de cuánto tiempo pasó hasta que un ruido me espabiló de nuevo cuando me encontraba nuevamente dormida. Aunque al principio no supe de qué se trataba, no tardé mucho en darme cuenta, por la sombra que la la leve luz que penetraba desde la ventana proyectaba sobre la pared, de que alguien, a escasos centímetros de mi cama, permanecía de pie en medio del compartimento. Enseguida fui consciente de que aquel extraño visitante no podía ser otro que mi compañero de viaje.

    Pero lo que ya me desveló del todo fue darme cuenta que la sábana que me cubría había sido retirada hasta mis pies, con lo que todo mi cuerpo, incluidas las piernas, permanecían al aire en toda su plenitud. Y subrayo lo de las piernas porque también mi camiseta aparecía recogida sobre mis caderas, y yo misma podía contemplar la blancura de mis braguitas sobre el triángulo de mi pubis. Inmediatamente sentí como un impulso de mi mente que me impelía a taparme, o revolverme sobre mí misma y salir corriendo. Sin embargo, algo como un deseo más fuerte y desconocido, acabó por imponerse y opté por permanecer quieta, simular que dormía y permanecer a la expectativa.

    Consciente era también por mi postura -ya que me encontraba tumbada de costado, cara a la pared izquierda, con la pierna inferior totalmente estirada mientras que la derecha cruzaba por encima ligeramente doblada por la rodilla- que todo mi espléndido culo, sólo protegido por la fina tela de las bragas, permanecía expuesto a los ojos de mi presunto admirador, a la vez que incluso el valle íntimo de la entrepierna seguramente le sería perceptible desde su posición.

    Durante un buen rato en el que aparentemente no pasó nada, me sentí indefensa y paralizada por la incertidumbre, pero según fui haciéndome cargo de la situación, y para mi sorpresa, la inquietud inicial fue dejando sitio en mi mente a una nueva sensación, extraña sensación, que casi diría que nunca antes había experimentado, y que era como de un deseo de obsceno exhibicionismo, lo cual empezaba a proporcionarme una agradable tranquilidad.

    De hecho, siempre había presumido de poseer un buen culo que sabía que atraía la mirada de los hombres y que era la envidia de mis amigas. Más de una vez había llegado a notar como en las aglomeraciones del metro algún aprovechado se permitía rozarlo e incluso tocarlo con más o menos descaro cuando resaltaba respingón bajo mis pantalones ajustados.

    Ni que decir tiene que aquella situación, sabiéndome observada por la mirada seguramente ansiosa de aquel extraño, empezaba a resultarme sugerente, e incluso por un momento llegué a lamentar haberme acostado con las bragas puestas, para así, mejor lucir aquellas curvas mías tan seductoras. No sé si fue por esto mismo que instintivamente quise echar el culo para atrás, moviéndolo ligeramente para que destacara más, y así no sólo provocar un poquito más a mi acompañante, sino también aumentar en un grado mi incipiente excitación.

    Ni yo misma acababa por creerme del todo lo que por mi cabeza pasaba. Probablemente se debía en gran parte a aquella imagen poco antes vista, y que nuevamente se fijaba en mi mente, de aquel pene turbador de mi inocencia, que me sedujo nada más verlo, porque adivinaba en él un falo obsceno, caliente y vicioso, una fantasía que podía hacerse realidad.

    Seguramente él, el hombre que me observaba, se había dado cuenta de mi ensimismamiento por su desnudez cuando la descubrí, y por eso su atrevimiento en hacer lo que hacía ahora.

    Tal es así, que justo en ese momento noté que un dedo se posaba sobre mi pierna por encima de la rodilla derecha. El contacto no pudo ser más ligero en un principio, y así permaneció durante un buen rato sin moverse, como evaluando mi respuesta. Al poco, sin embargo, empezó a trazar círculos y suaves arabescos sobre mi piel, primero muy despacio y cubriendo una pequeña extensión, luego cada vez de forma más atrevida y aventurándose por áreas cada vez más extensas del muslo desnudo, utilizando incluso dos y tres dedos en sus incursiones. Con sus caricias yo notaba que mi piel se erizaba con su contacto y un creciente deseo de ser más y más acariciada se iba apoderando de mí.

    Sus dedos bien pronto aprovecharon toda la suave superficie de muslo que yo generosamente le ofrecía en mi provocativa postura, y así, iban y venían en una leve y continua caricia que yo sentía como una mezcla de agradable y excitante sensación, por una parte, pero también algo de inquietante incertidumbre por saber sus últimos deseos ante mi entregada indefensión.

    Mientras mi mente dudaba aun ligeramente sobre qué hacer, el tiempo jugaba a su favor y acrecentaba su determinación y osadía: podía sentir, de hecho, cómo aquellas cosquilleantes yemas me subían por la pierna, giraban y descendían insinuándose entre los muslos, cada vez más arriba, cada vez más adentro; y yo me estremecía por la sorpresa pero también, lo reconozco, porque me gustaba la sensación de sentirme acariciada por los dedos de aquel hombre que adivinaba desnudo y poseedor de un pene que creía especialmente lujurioso, y que al haberlo contemplado poco antes con aquel grueso tallo que culminaba en el marcado glande, había encendido en mí todos los mecanismos de las fantasías que calientan a una mujer y la hacen desear, la hacen excitarse entre las piernas hasta el punto de no poder renunciar a sentirse ella misma deseada y acariciada.

    Sus dedos en su placentera exploración llegaban ya a toparse con el borde de mis bragas. Podía sentir claramente cómo aquel perverso contacto de sus falanges recorría todo el borde de la tela y me iba dejando sus claras intenciones de traspasar aquella inútil frontera al borde de mi culo. Era un lento y largo paseo de sus dedos el que podía sentir todo a lo largo de la goma de la braga, cómo si quisiera darme tiempo a que me fuera haciendo a la idea de que quería explorarme todo lo que la tela le ocultaba, como si de alguna manera esperara a percibir la mínima señal por mi parte que le indujera a introducirse bajo ella para acariciarme morbosamente mis tersas nalgas por entero.

    No sé si lo pretendía expresamente, supongo que sí, pero estaba consiguiendo con aquella lentitud morbosa de sus insinuantes caricias – sobre todo allí donde las bragas justo me dejaban al descubierto esa pequeña prominencia carnosa en forma de sugerente pliegue que separa el culo del muslo, y que se vuelve tanto más pronunciado según se acerca a la entrepierna-, estaba con ello, decía, estimulándome toda la zona, y comenzaba a despertarme y sensibilizarme las terminaciones nerviosas de la cercana vulva.

    Y, claro, sólo eso me hacía falta para que desinhibiera mis últimos pudores de mujer semidesnuda ante aquel desconocido, para que deseara cada vez con más fuerza su caricia bajo la braga; deseaba sentir ya la relativa aspereza de aquellos dedos de hombre recorriéndome toda la suave y sensible superficie de mi culo, sentir su mano introducirse por completo dentro del elástico para entregarle mi trasero a sus obscenas caricias, dejarme hacer, darle el culo entero para que me lo masajeara a su antojo, todo como un delicioso anticipo de lo que podía ser sentir sus dedos sobre mis otras intimidades.

    Pero parece que mi lascivo masajista no tenía prisa y le gustaba entretenerse en cada uno de sus movimientos. Mientras seguía tentándome con sus dedos por todo el límite superior del muslo, posó su otra mano directamente sobre la plenitud de los glúteos. Yo podía sentir su calor mientras me presionaba suavemente sobre la braga con toda su palma abierta.

    Luego, con la punta de sus dedos, empezó a recorrer longitudinalmente la raja central, todo el surco que separa los montículos, empujando cada vez más y haciendo como si quisiera atravesar la tela y penetrar en el profundo y estrecho desfiladero carnoso. Podía sentir perfectamente cómo la tela cedía y se me iba metiendo la braga dentro del culo bajo la presión de sus dedos.

    La acción coordinada de sus dos manos homenajeándome el pompis y sus alrededores, seguían encendiéndome las ascuas del deseo en la cercana vulva, poco más allá de donde aquellos dedos procaces hurgaban sin descanso.

    En su recorrido exploratorio desde el exterior, por fin, dos de sus dedos empujaron, y levantándome la goma elástica de la braga osaron por introducirse decididamente dentro de ella, y abriéndose en abanico, comenzaron un delicioso vaivén de arriba a abajo por toda la nalga derecha. Su dedo índice, en cada pasada, profundizaba cada vez más, hasta que acercándose al borde de la raja, me extrajo la tela que en ella tenía entretenida con un delicioso movimiento de palanca.

    Su otra mano, la exterior, le dejó campo libre retirándose hacia mi entrepierna, y el dedito en cuestión, ni corto ni perezoso, no dudo un instante en hacerse un sitio entre mis dos glúteos, quedándoseme perfectamente acoplado en toda su longitud entre las acolchadas paredes laterales de ambas nalgas. A partir de ahí el muy pícaro cambió el sentido de su movimiento, de forma que yo podía sentir muy bien cómo cada vez profundizaba más y más en la grieta de mi culo, que lo acogía con sumo gusto.

    Ante su atrevimiento yo ya no podía ocultar más mi creciente excitación. Era perfectamente consciente de que él sabía que me tenía en sus manos, de que sabía que me gustaba lo que me estaba haciendo y que me tenía entregada a su libidinoso juego. De hecho, en ese momento hubiera deseado bajarme las bragas allí mismo por completo para facilitarle el trabajo de meterme mano, y que así, además de contemplar, pudiera tener acceso libre a todas mis aberturas íntimas. Aún con todo, decidí permanecer quieta y dejarle hacer esperando nuevas y deliciosas sorpresas.

    Y, lógicamente, si ya tenía mi culo, a pesar incluso de la braga, totalmente entregado y a su disposición, era la hora de que intentara nuevas caricias, nuevas incursiones por los jardines de mi palacio, dejarle acercarse a su puerta, abrírsela, y dejarle explorar los pasillos y recovecos de mi cueva del placer.

    Yo lo deseaba, y él seguro que lo intuía, porque su otra mano, ahora libre, me la introdujo poco a poco entre las piernas, y siguiendo con sus dedos la comisura que seguramente se me dibujaba sobre la fina tela de la braga, aún en su sitio, pronto localizó más allá del hueco del ano, el empiece de mi otra rajita, que rápidamente centró su interés exploratorio.

    Colocó sus dos dedos centrales justo sobre la grietita y empezó a restregarlos adelante y atrás. Al tiempo, el índice y el meñique iban paralelos acariciando la fina piel de la parte exterior de mis labios sexuales que no llegaban a ser cubiertos del todo por la estrecha tira de algodón blanco, ya que cada vez se me recogía más la tela hacia dentro con el ajetreo, lo que permitía que los dedos, a cada pasada, se acercaran cada vez más a la entrada vaginal.

    Además, entre su perverso juego en el culo y el nuevo masaje vulvar que me estaba proporcionando, yo comenzaba a estar francamente húmeda de mis propios jugos, y la braga, con el roce empapada, resbalaba perfectamente sobre los labios al impulso de sus dedos. Su roce sobre mi chocho me extasiaba de forma tal que mi respiración comenzaba a ser acelerada y casi audible.

    Ya no me quedaba ninguna duda de que mi anónimo y aprovechado manipulador era ya perfectamente consciente de lo que estaba consiguiendo; más aún cuando notaba que el muy cabrón aprovechaba para presionarme con su dedo corazón sobre mi clítoris, ya hinchado de goce, cada vez que en aquel vaivén glorioso llegaba a su extremo superior, lo cual me hacía emitir pequeños suspiros que iban creciendo en intensidad.

    Mi cabeza me daba vueltas e imaginaba que el placer que yo sentía sería seguramente compartido por él al poder masajearme y masturbarme a su antojo. Imaginaba, que con toda seguridad, aquel gordo pene de prominente cabeza estaría ya a estas alturas convertido en una potente polla, dura y enhiesta, apuntando hacia mi culo y a escasos centímetros de él.

    Lo imaginaba allí, detrás de mí, y deseando entrar en acción para pasearse lujurioso por mi húmedo pasillo, empapándose en él antes de introducirse en mí, ansioso por follarme y penetrarme el coño, para poder descargar entre sus sensibles paredes toda su carga de dulce y tibia leche, y me imaginaba a mí misma llena de su semen desbordándose hasta fluir por mis muslos abajo. Y todo ello me trastornaba y multiplicaba el placer que sus dedos me estaban dando.

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  • Me cogí al papá de mi mejor amiga

    Me cogí al papá de mi mejor amiga

    Les quiero contar sobre el día en que me cogió el papá de mi mejor amiga. Se los cuento porque no he podido decírselo a nadie ya que me caería mucho hate.

    El papá de mi amiga, Fernando, es un hombre maduro, pero bien conservado del cual siempre me sentí enamorada. En ese entonces yo tenía 25 años y él 54. Todo comenzó en un cumpleaños de mi amiga que le festejamos en una casa de campo que rentamos nuestro círculo de amigos y su familia. Durante el evento todo había sido normal, Fernando es un caballero y jamás se me había insinuado de alguna manera hasta esa noche.

    Sinceramente yo me veía espectacular, una sabe cuando es así porque roba miradas hasta de otras mujeres. Me había puesto un vestido corto plateado con la espalda descubierta que dejaba ver lo mejor de mi figura y la verdad es que desde un principio ese fue mi plan, verme hermosa porque quería gustarle a Fernando, aunque supiera que era el papá de mi amiga, el esposo de su madre y un deseo imposible.

    La celebración fluyó de maravilla y mi amiga se sentía contenta. Fue una fiesta divertida y los invitados la pasamos muy bien. Ya por la media noche los invitados comenzaron a retirarse a descansar, pero Fernando, su esposa, mi amiga, su novio y dos amigos más nos quedamos platicando un rato hasta que mi amiga se despidió para dormir y fue la señal para que todos hiciéramos lo mismo.

    Ya en un cuarto de la casa, yo me comencé a prepararme para dormir y entré al baño que estaba en la misma habitación. Estaba a punto de quitarme el vestido cuando de repente Fernando abre un poco la puerta y sin asomarse demasiado me pregunta si tenía pasta de dientes que le regalara ya que se le había olvidado y a su esposa también lo que para mí fue bastante atrevido abrir la puerta del baño mientras yo estaba ahí pero no le di mucha importancia y le di la pasta.

    Al recibirla él me miró y los ojos y me dijo que le parecía una hermosa mujer y que le encantaría tener mi edad para enamorarme… yo solo lo miré sin decir nada, aunque mi cuerpo revelaba la excitación que sus palabras provocaron en mí, -gracias, a mí también me hubiera encantado conocerte de otra manera- respondí. Nos quedamos mirando unos segundos y se sentía ese magnetismo de nuestros cuerpos por estar cerca, mis pezones estaban bien parados y su verga se alcanzaba a notar.

    Le pregunté si necesitaba algo más y me dijo -tal vez un besito de las buenas noches- y yo sonreí y se lo di en la mejilla, pero él volteo un poco su cara y alcancé a rozar su boca. Me abrazó y me jaló al cuarto, me dijo al oído que toda la noche se sintió atraído por mí, que no dejaba de pensar en mis pechos y en mi culo y que tenía ganas de estar dentro de mí.

    Yo estaba nerviosa porque sentía que en cualquier momento su esposa o mi amiga podrían entrar, pero él me dijo que le había puesto una pastilla para dormir al trago de su esposa y que estaba profundamente dormida y que mi amiga seguro estaba cogiendo con su novio en su habitación. Me quedé impactada porque sentí que él planeó todo para que las cosas salieran tal cual.

    Traté de resistirme un poco, de pedirle que se fuera que no era correcto, pero él pasó su mano por mis muslos y antes de llegar a mi vagina sintió cómo ya los tenía mojados por la excitación. Poco a poco fue tocando mi puchita con sus dedos de forma muy suave mientras me miraba a los ojos, yo miré su pantalón y ya se notaba más su gran verga que no me había imaginado que pudiera ser así de grande y eso que aún no la tenía en mis manos.

    Me metió los dedos y comenzó a besarme y yo me dejé ir. Sentía sus dedos, su cuerpo, su olor y su presencia varonil consumiendo mi bello cuerpo, me cargó y me llevó a la cama quitándome el vestido poco a poco, yo estaba un poco inmóvil, seguía pensando en lo mal que estaba todo pero al mismo tiempo mi cuerpo me pedía no parar así que dejé que él hiciera todo. Besó mis pechos y con sus manos apretaba mis pezones.

    Me decía que desde hace tiempo había fantaseado conmigo y me tomó la mano para llevarla a su verga y la sintiera ¡¡Dios!! era la cosa más perfecta, larga, gorda, suave, pesada, cabezona y un poco curveada hacia arriba. Le acaricié el pito sintiendo como su piel resbalaba y él la tomó para metérmela. Nos costó un poco de trabajo la penetración porque esa monstruosidad no puede entrar así de fácil, quise gritar, pero él me tapó la boca y me comenzó a dar una verguiza. Yo no podía con tanto placer, tuve un orgasmo al instante y supe que podría tener más.

    Seguimos cogiendo, él se sentó en una silla y me hizo montarlo.

    -¿Quieres ser mi puta? -me preguntó.

    -Sí, sí quiero, hazme tu puta, nada me haría más feliz- le respondí.

    Esa noche le chupé la verga y él me la metió por el culo, tuve muchos orgasmos y él se vino dentro de mi sin preguntar como 5 veces. Antes de amanecer él se fue a su habitación. Mi pucha estaba palpitando por la pitiza que había recibido.

    Desde ese momento Fernando y yo nos vemos de vez en cuando, nuestra relación se volvió clandestina pero constante. Cogemos riquísimo y él me da dinero para que no tenga que trabajar y él pueda disponer de mi tiempo.

    Él sigue con su esposa porque dice que aún la ama y se la quiere seguir cogiendo y que yo soy ese gusto que se puede dar para liberar sus tensiones. La verdad a mí no me importa ser su puta porque puedo seguir conociendo a otros hombres sin presión. Mi amiga y yo nos seguimos viendo, pero ella no se imagina lo que sucede entre su papá y yo.

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  • Un madurito se aprovecha de mí y me destroza el culo sin piedad

    Un madurito se aprovecha de mí y me destroza el culo sin piedad

    Este relato ha sido grabado en audio para que cualquiera lo disfrute, especialmente personas con visibilidad reducida o nula.

    Grabarlo y editarlo supone mucho trabajo, por esto me gustaría conocer tu opinión y si te resulta útil.

    Escúchalo narrado por su autora

    Relato

    Desde que acepté que me he transformado en una adicta al sexo, se está convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza. No me supone un dilema moral, tampoco sexual porque me encanta follar cuanto más mejor. El problema tiene que ver con las oportunidades. Ya no me satisface plenamente hacerlo por la mañana con mi hermano, y repetir con él y mi novio por la noche. Últimamente me sabe a poco porque no consigo que aguanten más de una hora entre los dos, o media con uno o con otro.

    Por esto, varias noches me he escabullido después de estar con ellos, justificando que me sentía extenuada y necesitaba estar sola, relajarme dando un largo paseo por la playa.

    Esta excusa es perfecta porque tengo que ir en coche. Pero no es cierto. El verdadero motivo es llamar a Lucas, quedar con él y desfogarme hasta donde le den las fuerzas y las ganas, que vienen a ser más o menos como los otros.

    A Lucas lo conocí hace tres semanas. Ocurrió en una terraza-bar de Salou, una noche que fui con mi hermano buscando salir de Tarragona, ciudad en la que vivimos. El tipo me gustó porque era muy lanzado, directo al grano, tanto que terminé cediendo a su indecente proposición. El caso es que me daba miedo ir sola con él, con un total desconocido. Por esto propuse a mi hermano Àlex que se hiciera pasar por un cualquiera, un personaje anónimo, con el fin de que se uniera a nosotros y me follaran entre los dos.

    Con Lucas he repetido estas tres ocasiones porque la primera vez me pareció un tipo de fiar. Esto comportaba un cierto riesgo, pero calculado, y felizmente no había motivo para desconfiar.

    No obstante, me preocupa la privacidad. Lucas no sabe que Álex es mi hermano y mejor que siga así. Por esto me veo con Lucas, porque es de otra ciudad, de otro ambiente y las posibilidades de que se entere son ínfimas.

    La última vez que estuve con Lucas, cuando acudí a la cita estaba con sus amigos. Me los presentó y estuvimos todos juntos un rato antes de ir a lo nuestro. La conclusión que saqué sobre ellos es que son buena gente, a pesar de que lanzaron alguna que otra indirecta subida de tono. Esto me dejó con la mosca detrás de la oreja. Sospeché que Lucas les había contado nuestros encuentros, y lo confesó tras ponerle los puntos sobre las íes. No puse el grito en el cielo porque entre hombres es normal que se cuenten sus hazañas, especialmente las que versan sobre conquistas amorosas. Así, entre esto y lo otro, confesó que sus amigos me tienen en un pedestal.

    La última vez que estuve con Lucas, tras follar como conejos en su coche en un descampado, tuvimos una corta pero productiva conversación.

    ―No entiendo a qué te referías en concreto cuando dijiste que tus amigos me tienen en un pedestal ―le dije mientras me vestía.

    Lucas Vaciló un instante y respondió.

    ―Me refería a que les gustas físicamente. También les gusta tu acento ligeramente mexicano. Dicen que es muy simpático. Lo más importante es que les caíste muy bien y fantasean con hacerte lo mismo que yo.

    Quedó cristalino que les gustaría follarme y esto me dio qué pensar. Lo hice largo y tendido esa misma noche, mientras intentaba conciliar el sueño sin lograrlo. Entonces me levanté impaciente y fui al dormitorio de mi hermano. Estaba dormido y no dudé en despertarlo, me urgía tratar el asunto.

    Una vez se hubo desperezado y contaba con toda su atención, le confesé mi adicción al sexo y los encuentros que había tenido con Lucas. También admití que él y mi novio no me satisfacían del todo últimamente, que necesitaba más, motivo por el que buscaba al otro.

    La reacción de mi hermano fue inesperada: admitió que algo sospechaba, pero no creía que fuera para tanto.

    ―En lo que a mí respecta, me gustaría hacerlo contigo durante horas ―confesó―, pero debes tener en cuenta que estás muy buena, que follas de lujo y esto es incompatible con aguantar demasiado.

    Su respuesta era lógica. Al menos, así lo entendí. Tengo 22 años y mi bagaje sexual no es muy amplio. Por esto no tengo elementos de juicio suficientes para saber cuánto es la media de aguante en un hombre. Imagino que varía en función de factores diversos, como el agotamiento y las ganas de seguir una vez se han corrido. Lo que tengo claro es una cosa: ninguno de los tres ha continuado tras eyacular. No creo que sea cuestión de fuerzas, porque los tres son jóvenes y se cuidan físicamente. Además, cuando estoy con dos de ellos, me follan por turnos alternativos y cortos, procurando robarle minutos al tiempo.

    Todo esto comenté con mi hermano, también las ganas que me tenían los amigos de Lucas. Finalmente le lancé una bomba de racimo.

    ―He pensado que podíamos montar una orgía contigo, Lucas y dos de sus amigos ―le dije sin pelos en la lengua―. Confieso que no terminan de gustarme físicamente, pero son buena gente y, total, para follar lo importante es lo que les cuelga y cómo lo usan. Podemos probar y, si sale bien el experimento, tener otra opción de futuro.

    ―Veo que no cuentas para esto con tu novio ―apuntó mi hermano, negando con la cabeza.

    ―Sabes desde el principio que Sergio y yo tenemos una relación abierta ―respondí restando trascendencia―. No hay mayor confirmación que compartirme contigo. Esta relación tan especial se basa también en la sinceridad, en no ocultarnos nuestras aventuras. No obstante, en esto prefiero mantenerlo al margen.

    Mi hermano permaneció en silencio un par de minutos, valorando la situación que le planteaba.

    ―Sabes que no puedo negarte nada ―dijo esbozando una leve sonrisa―. Por mí no hay inconveniente si lo tienes tan claro.

    Su respuesta hizo que diera saltos de alegría sobre la cama. Luego lo abracé fuertemente y terminamos echando un polvo rápido. Tampoco era cuestión de despertar a nuestros padres y que se montara la mundial.

    La tarde siguiente quedé con Lucas a tomar un café. Le propuse la idea y me costó dios y ayuda convencerle de que no se trataba de una broma. Finalmente concreté los dos amigos elegidos, recalcando que los otros no lo supieran a fin de evitar conflictos. Hice hincapié en esta condición, prometiendo que los otros tendrían su oportunidad en otra ocasión si el experimento salía bien. Nos despedimos tras fijar la hora y el lugar: esa misma madrugada a las tres en la terraza-bar donde nos conocimos. Propuse esta hora para tener tiempo suficiente para estar con mi novio y despedirme a una hora razonable.

    Pacté con mi hermano que fuera por su cuenta media hora antes. Yo llegué puntual y allí estaban todos, acomodados en la barra, bebiendo y charlando animadamente. Los observé a cierta distancia durante unos minutos. Lucas y mi hermano parecían relajados, pero los otros, caramba con los otros, parecían adolescentes antes de debutar por primera vez. Esta sensación fue más acentuada cuando estuve con los cuatro.

    El caso es que, apenas me acomodé en un taburete y pedí una copa, Lucas y mi hermano me invitaron a acompañarlos a un solitario rincón.

    ―Lo he comentado con el dueño del local, un tipo de confianza, y nos cede un discreto reservado que suele alquilar para cumpleaños, despedidas de soltero y otros acontecimientos ―dijo Lucas.

    ―Me parece una idea genial siempre que tenga plena privacidad ―exigí y Lucas afirmó con la cabeza―. Pero no veo por qué me apartáis de los otros para decirme esto.

    Lucas y mi hermano intercambiaron miraditas.

    ―El caso es que antes quiere hablar contigo en privado ―dijo Lucas―. No sé para qué. Imagino que quiere asegurarse de que vienes libremente a lo que vienes.

    Pensé que no cabía mayor expresión de libertad que el mero hecho de haber acudido por mi propia cuenta. Aun así, acepté de buena gana.

    Fuimos los tres al extremo de la barra donde el propietario charlaba con dos mujeres. Las despidió apenas llegamos y me lo presentaron. Inmediatamente me tomó de la mano y me invitó a seguirlo. Llegamos a una puerta dentro del local, la abrió y seguimos por un largo pasillo tras cerrarse esta. Al final abrió otra puerta y entramos. Yo estaba muy nerviosa, más de lo que cabría esperar. Me abrumaba tanto recorrido solo para charlar.

    ―Ya me ha contado Lucas lo que pretendéis. ―El tipo fue directo al grano y añadió con tono ceremonial―. No es precisamente el uso que le doy a este reservado, pero, dadas las condiciones, pase por esta vez.

    Yo no entendía nada y mi nerviosismo iba en aumento. Traté de relajarme inspeccionando el lugar, esperando que finalmente llegara al fondo del asunto. La sala era amplia, con un sofá enorme en forma de ele, una mesa de centro, varias butacas y sillas, y un pequeño bar con taburetes amplios y acolchados.

    ―Ve quitándote la ropa que el tiempo apremia. ―La voz del tipo surgió a mi espalda, inesperada, poderosa y decidida.

    Me dejó paralizada. Ni recordaba su nombre debido al nerviosismo. Giré para encararlo y darle una respuesta tajante.

    ―Creo que te equivocas tomándome por una cualquiera ―dije lanzándole una mirada de aplomo.

    El tipo soltó varias carcajadas.

    ―Como no voy a tomarte por tal si pretendes follar con cuatro niñitos ―respondió aguantando la mirada, hizo una breve pausa y continuó con algo que me dejó aún más helada―. El trato es que os dejo esto gratis con la condición de que yo te estrene antes de que vengan ellos.

    ―Yo no sé nada de tratos contigo ―repliqué alzando la voz para que el mensaje le llegara alto y claro―. Al menos, por lo que a mí respecta, yo no he tomado parte.

    ―Sea como tú quieres, princesa, pero mira antes lo que te pierdes ―dijo y vi atónita como se sacaba el rabo del pantalón. Acto seguido se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta mientras se lo guardaba y refunfuñaba―. No hay problema, le digo a Lucas que tú no colaboras y que os podéis ir todos a tomar por culo.

    ―Espera, por favor, no les digas nada ―grité precipitadamente.

    A día de hoy, no sé qué narices se me pasó por la cabeza. Puede que fuese temor a desperdiciar aquello en lo que yo misma me había empeñado porque lo deseaba sobre todas las cosas. O puede que fuera un repentino e inconsciente instinto animal. El caso es que, cuando se dio la vuelta y me miró fijamente, el tipo me pareció incluso atractivo, más grande y fornido respecto a la primera impresión, le calculé 45 años y su verga ahora en su sitio, no se desvanecía de mi pensamiento. Cabe la posibilidad de que el subconsciente me dijera que uno más no importaba. El caso es que comencé a desnudarme como un autómata, lentamente hasta quedar ante sus ojos como vine al mundo.

    ―Ya me dijo Lucas que no tienes límites a la hora de follar y que admites todo ―me dijo con tono suave cuando estuvo a mi lado―. Quiero creer que no exageraba ―añadió al tiempo que acariciaba uno de mis pechos.

    Según mi criterio, los tengo medianos, redondos y firmes, dice mi hermano que como dos medios cocos, pero en este momento los percibía más hinchados.

    ―Lucas tiene la lengua muy larga, estoy descubriendo, pero no mentía ―susurré con los ojos cerrados y gimiendo porque me comía los pezones como un profesional.

    Nuevamente me tomó de la mano y tiró de mí hasta el pequeño bar. Allí juntó dos taburetes y ordenó que me recostara en ellos. Quedé con las piernas colgadas, rozando el suelo apenas con los dedos de los pies. El culo quedó a placer de este modo.

    ―Voy a darte en media hora lo que esos cuatro no serían capaces en toda la noche ―afirmó el fanfarrón―. Hablo de media hora porque tengo un negocio que atender. Si no fuera por esto, yo mismo te jodería hasta que salga el sol. También porque tengo la certeza de que volverás a por más cualquier otro día.

    La seguridad con que hablaba era algo nuevo para mí. No me sonó al típico fanfarrón. Supuse que había vivido mucho mundo debido a su edad. Giré la cabeza y vi cómo se enfundaba un preservativo. Ahora tenía la verga como un ariete y me hice cruces debido a su descomunal tamaño.

    ―Lo que no tengo claro es si te gusta suave o salvaje ―susurró en mi oído, apartando mi cabello y apoyando su cuerpo sobre mi espalda.

    Yo no lo tenía claro. Su trasto apoyado entre mis nalgas prometía problemas.

    ―Hazlo como quieras ―dije con la voz entrecortada―, pero, si piensas darme por el culo, toma un botecito de lubricante que tengo en el bolso.

    Intuí que pretendía esto mismo cuando preguntó si admitía de todo, pero estuve convencida cuando fue a buscar el botecito. Volvió con él, abriendo el taponcito mientras caminaba, vertió un buen chorro en el ano, colocó el cabezón en la entrada y lo restregó para esparcir el producto.

    Yo esperaba aferrada con las manos al segundo taburete y apretando los dientes. Entonces, cuando el glande se abrió camino en las carnes, apreté los puños cuanto pude y solté un grito desgarrador. Casi me destroza el muy cabrón. Él ni se inmutó; por el contrario, siguió penetrando hasta la mitad. Lancé un segundo grito cuando se detuvo y comenzó a moverse dentro de mí. Las primeras enculadas fueron suaves, más o menos soportables, luego fue ganando velocidad a medida que mis gritos se convertían en gemidos placenteros. Llegué a pensar que el ano se adapta a todo, dentro de lo razonable, una vez se acostumbra a recibir por ahí.

    ―Antes lo sospechaba, pero ahora confirmo que eres una cachonda y que te gustan los rabos más que a un tonto una cometa ―afirmó al tiempo que me daba por el culo a base de bien.

    Yo chillaba como una loca, ahora de puro gusto, y gritaba que me diera más.

    ―Vuelvo a repetir que volverás a por más tras esta noche ―dijo entre bramidos―. Y no una vez ni dos, sino muchas más, y todas ellas no querrás marcharte hasta que no puedas más, porque lo de hoy es solo un aperitivo.

    ―Mira que tengo mucho aguante con la debida lubricación ―afirmé con la voz quebrada, tratando de conservar la posición porque sus embestidas bruscas y frecuentes hacían tambalear los taburetes.

    Tras unos diez minutos sodomizándome como un animal, temiendo que las patas de los taburetes se quebraran, sacó la verga, me alzó en vilo con sus poderosos brazos, me hizo girar en el aire, me depositó bocarriba en la mesita y dijo:

    ―Me gusta tu culo. Es lo mejor que he visto en muchos años, pero ahora quiero ver tu carita mientras gimes como una zorra.

    ―No hables tanto y métela otra vez ―supliqué con los ojos empañados, aferrando sus caderas con las manos y tirando de ellas hacia mí―. Métela ya mismo porque estoy que me voy.

    Yo misma estaba sorprendida porque todavía no me había corrido. Seguramente fue debido a los nervios y a que estuve más pendiente de no caer al suelo. Pero ahora, en una posición más cómoda, comencé a retorcerme de gusto apenas dos minutos después de encularme nuevamente. Presentía que iba a ser un orgasmo de campeonato, y le supliqué que me follara el coño, pero negó con la cabeza. A cambio, mientras me enculaba furioso, metió media manaza en el coño y comenzó a agitarla como un poseso. A día de hoy no concibo cómo pude tener un orgasmo tan brutal, el más intenso hasta la fecha. Lo más sorprendente, también una novedad para mí, era el chorro abundante que salía de mi entrepierna y chocaba contra su pecho. Estuvo dándome por el culo un buen rato más. El fruto, otro par de orgasmos brutales.

    ―Ya va siendo hora de terminar ―dijo mirando su reloj de pulsera―. El deber me llama y tampoco quiero que tus amigos esperen demasiado. Esta vez ha sido con condón y voy a correrme en tu boca, pero ven preparada la próxima vez, porque lo haremos a pelo y pienso llenarte este culito que me vuelve loco. Ahora, dejemos esto para cuando suceda, quiero que me la mames mientras otro te da por el culo.

    Esto sí que no me lo esperaba, pero insistió y volvió a colocarme igual que antes en uno de los taburetes. Mientras yo permanecía en esta postura, tomó su teléfono y marcó un número.

    ―Ya podéis venir. Os la tengo a punto de caramelo ―dijo a su interlocutor con voz misteriosa.

    ―Es humillante que me vean así ―protesté tratando de incorporarme, pero él me lo impedía presionándome la espalda contra el asiento con una mano y pugnando por meterme la polla en la boca con la otra.

    ―Es lo mejor para los tímidos, esos que todavía no te han jodido ―argumentó mientras me follaba la boca sin aflojar la presión sobre mi espalda.

    Los otros no tardaron en llegar y me encontraron de aquella manera. Yo no podía verlos, pero intuía su presencia.

    ―Veamos quién es el primero que se la mete por el culo ―gritó el mastodonte―. Que tenga buena picha porque se lo he dejado bien abierto y tiene que sentirla.

    Yo intentaba mirar hacía el costado, quería ver el rostro de mi hermano y leer en su gesto si sabía de esta encerrona. Dejé de hacerlo cuando una verga profundizó en el recto. No me pareció la de mi hermano ni la de Lucas. Debía ser uno de sus amigos. Daba igual: habría de ser tarde o temprano; para esto estaban allí.

    El caso es que me gustaba, y yo correspondía mamando la verga del coloso. En un momento dado, este sujetó firmemente mi cabeza por la coronilla y empezó a llenarme la boca de semen, al tiempo que me la follaba y repetía que tragara con cada descarga. Y lo hice, más por obligación que por gusto. El tipo se comportaba con suma brusquedad y el instinto de tragar me pudo. Cuando sacó la verga de mi boca, tenía el cabezón sonrosado y brillante, el muy cabrón no había desperdiciado una sola gota. Dejé de pensar en esto cuando el otro se dedicó a encularme a base de bien. En esto estaba, gimiendo como una guarra, cuando mi hermano se arrodilló delante de mí.

    ―¿Tú sabías algo de esto? ―le pregunté con la voz tomada, exhausta por lo acontecido, gimiendo cada vez que el otro me la clavaba.

    ―Lo he sabido en el último momento, cuando negociábamos con él ―respondió con cierta congoja en la voz―, pero he preferido que fueras tú quien tomara la decisión. El acuerdo ha sido ese, condicionado en que te dejaría ir si te negabas. Veo que no lo has hecho y esto me quita la losa de encima.

    Zanjamos el asunto cuando el otro amigo puso su picha en mi boca y comencé a chuparla al tiempo que pajeaba la de Lucas a un lado.

    Pasaré de puntillas respecto a lo que ocurrió con los otros. Se portaron bien. Ni más ni menos que cuatro muchachos con las hormonas revolucionadas y ganas de follarme todos los orificios, especialmente los dos nuevos, aquellos que habían fantaseado largo y tendido con hacerme lo que ahora tenían ocasión de cumplir. Lucas había asegurado que sus amigos eran gente sana y de fiar, por esto acordamos que merecía la pena obviar los condones y esto suponía un aliciente extra para todos, sobre todo para mí que los detesto.

    Me centraré en el dueño del local, cuyo inesperado protagonismo habría de escribir nuevas páginas.

    En un momento dado, cuando yo me hallaba tumbada bocarriba en el sofá, con uno de los nuevos follándome el coño y la polla de mi hermano en la boca, Lucas atendió una llamada en su celular.

    ―Es Paco, el dueño del local ―me dijo al oído―. Pregunta que si quieres que vuelva otra vez. Si es que sí, se lo tienes que pedir tú misma consciente de las condiciones que tú ya sabes.

    Alzando la voz, repetí varias veces que volviera.

    Mientras esperaba recibiendo una buena follada por el coño, me hice cruces pensando en cómo podía haber olvidado un nombre tan simple y común. Entonces pensé que le pegaba a su casi gastado acento andaluz.

    Apenas llegó, sin demorarse siquiera un minuto, apartó al que me jodía, me levantó en vilo y me tumbó bocabajo, con las piernas totalmente extendidas. Entonces se desvistió de cintura para abajo, se sentó a horcajadas sobre mis muslos y me la clavó en el ano con dos empujones certeros. Así comenzó a sodomizarme con ganas, al tiempo que repetía una y otra vez que estaba seguro de que querría repetir con él.

    Los otros me observaban perplejos, y yo me afanaba por chupar las pollas de Lucas y mi hermano por turnos, como buenamente podía.

    ―Dentro de un rato vuelvo otra vez ―me dijo Paco al oído y yo asentí con la cabeza, gozando un nuevo orgasmo, el enésimo de la noche, ya había perdido la cuenta.

    Regresó tres veces más, en intervalos de 15 o 20 minutos, y en cada una de ellas me jodió el culo en distintas posiciones y lugares. El tipo parecía insaciable y esto aumentaba mis ansias de soportar a los cinco hasta la extenuación.

    Regresó en una cuarta ocasión, justo cuando Lucas me llenaba la boca de leche. Los otros ya lo habían hecho previamente.

    ―Parece que estás en las últimas ―susurró Paco junto a mi oreja―. Imagino que ya no quieres más.

    ―Por descontado que quiero más, pero solo contigo ―respondí jadeante, apenas sin aliento.

    ―Entonces diles que se vayan, que tú te quedas conmigo ―dijo con un tonito que estremeció todo mi ser―. Tengo para ti algo que te va a sorprender.

    No siempre me gustan las sorpresas, pero sonaba esperanzadora la que Paco prometía y acepté.

    Cuando me despedía de mi hermano, insistió en que marchara con ellos.

    ―No me gusta la idea de que te quedes a solas con él ―dijo con tono paternal.

    ―No tienes por qué preocuparte ―respondí acariciando su mejilla―. No creo que quiera nada que no le haya dado antes.

    Se marchó preocupado, pero confiado en que yo sabía lo que me hacía. Cuan equivocado estaba, porque ni yo tenía claro lo que quería, pero me había propuesto averiguarlo explorando mis límites.

    Paco también se fue, pero con la promesa de regresar en un cuarto de hora, el tiempo justo para que él cerrara el local y yo me asease y refrescara.

    Estaba recostada en el sofá cuando Paco retornó. Había tardado un poco más de lo prometido, pero me daba igual, lo importante es que estaba conmigo.

    ―Intuyo que debe estar resentido ese maravilloso culito que tienes ―dijo comprensivo―. Ha llegado el momento de que te folle por el coño, pero debes permitir que al final, cuando no puedas más, me corra de nuevo, pero esta vez en el culo, no hay nada que me motive más.

    A los otros no se lo permití, ni siquiera a Lucas y mi hermano por no establecer un precedente con los nuevos. No obstante, me motivaba de un modo antinatural que Paco sí lo hiciera.

    La moraleja del cuento es que esta noche descubrí mi verdadero límite, aquel en que quedé plenamente satisfecha por primera vez.

    Paco me estuvo jodiendo el coño hasta eso de las seis y poco de la madrugada, más de tres horas en total, y recibir su leche en el recto me colmó de dicha, justo en el momento en que me corría por tercera vez durante este tiempo extra.

    Nos despedimos sin planes, sin promesas, pero ambos sabíamos que yo regresaría más pronto que tarde. Han pasado dos días y ciertos compromisos me lo han impedido, pero no tengo intención de retrasarlo mucho más.

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  • Mi compañero de la facultad

    Mi compañero de la facultad

    Siempre me gustó estudiar en la biblioteca de mi facultad porque allí encontraba el ambiente propicio para obtener la concentración que necesitaba para estudiar. De otra forma, en el piso de estudiantes que compartía con otros dos chicos estoy seguro de que no aprobaría ni una de las asignaturas que componían la titulación de Derecho que pretendía realizar. Mis dos compañeros, ambos absolutamente heteros, eran muy aficionados a las cartas, a salir de noche y dormir de día; yo prefería, en cambio, dedicarme a mis estudios, principalmente, aunque también salía de vez en cuando.

    El caso es que en la biblioteca, en general, me concentraba, a menos que los chicos más guapos de la facultad se paseasen por delante de mis ojos de aquí para allá, en cuyo caso, los despistes eran continuos. En una de esas ocasiones en que levanté la vista para contemplar al personal, mis ojos se cruzaron con unos negros absolutamente embriagadores, que se quedaron por un momento fijos en los míos.

    Pertenecían a un chico en el que no había reparado antes (me extrañé por ello, porque no solía escapárseme un ejemplar como aquel). De todas formas, la mirada solo duró un par de segundos, y su dueño se sentó unos puestos más allá y se puso a estudiar. Cada cierto tiempo yo le miraba; era un poco más alto que yo (mido 1.75) y también delgado. Pero él nada. Esto me provocó cierta desilusión, creí que aquella mirada había significado algo, pero me temí que hubiera sido una falsa alarma, como tantas.

    Al día siguiente volví a verle por allí, pero en principio no pasó nada. Pero unos días más tarde, cuando el protagonista de mis fantasías eróticas entró a la biblioteca, vino directo hacia mí. El corazón se me puso a mil y al llegar a mi lado me preguntó:

    —Tú eres Mario, ¿verdad?

    Dios, me ha hablado. A ver si la suerte me va a sonreír esta vez…

    —Hola, soy Mario, sí, pero a ti no te conozco, ¿no?

    —No, verás. Supongo que sabes quién es María, una chica de clase a la que dejaste tus apuntes de Derecho Constitucional.

    —Si. El caso es que mucha gente me pide los apuntes, y algunos incluso sacan mejores notas que yo gracias a ellos –respondí yo, dejando ver cierta ironía en mis palabras.

    —Jejeje. Hombre, eso será porque son buenos. María me prestó los suyos para fotocopiar y son buenos. Supongo que no te importa. Y lo espero, francamente, porque quería pedirte que me pasases los temas 5 y 6.

    Así que era eso, solo quería mis apuntes.

    —No hay problema… (supongo que notó cierta decepción en mi cara) mañana te los traigo, si quieres.

    Así lo decidimos, y para devolvérmelos, acordamos que me pasase por su casa, puesto que vivía muy cerca del campus y a mí me quedaba de camino. Me pasé por allí después de clase, al día siguiente, a las 7 y pico de la tarde. Cuando Pablo me abrió la puerta (supe como se llamaba cuando nos despedimos el día anterior)llevaba puesto únicamente un pantalón de deporte corto y una camiseta sin mangas.

    La verdad es que aquel mes de mayo había venido muy caluroso. Fue entonces cuando pude ver aquel impresionante cuerpo: moldeadito, sin pizca de grasa, con unas piernas y unos brazos muy velludos a pesar de los 23 añitos que tenía (igual que yo, aunque en mi caso apenas gastaba unos pelos sueltos en las piernas y casi nada en el pecho). No sé si conseguí disimular del todo mi reacción al verle, porque lo primero que me dijo después de saludarme fue:

    —Hace calor, ¿no? Vaya tiempo tan incómodo para estudiar.

    —Sí, la verdad. Es una de las razones por las que me gusta estudiar en la biblio, el fresquito que hace.

    —A mí me encanta ir por la casa medio desnudo, o desnudo del todo incluso. Me hace sentir libre y muy relajado.

    —Sí, debe ser una sensación agradable, aunque yo no puedo hacerlo porque comparto piso. ¿Tú vives solo?

    Me sentí orgulloso de mí mismo por hacer esa pregunta en ese preciso momento. Aquella conversación me estaba dando algunas pistas, o eso creía yo al menos.

    —Mis padres se compraron este apartamento cuando mi hermano empezó la carrera; él ya se fue y ahora me toca usarlo a mí. y puesto que estoy en mi casa me sacaré la camiseta si no te importa. De hecho, me la puse para abrir la puerta.

    —No hay problema, como dices estás en tu casa, ja, ja, ja.

    ¿Cómo iba a haber problema?. Fue la manera que tuve de poder contemplar aquel espectacular torso en todo su esplendor, con aquella pelambrera negra y espesa. No pude evitar decir:

    —Joer, ¿seguro que tienes 23 años? Tu cuerpo parece de un chico mayor… perdón, no quería llamarte viejo…

    —Ja, ja, ja, no pasa nada. Mi padre y mi abuelo también son muy peludos, así que debe ser genético. Tú, en cambio, pareces mucho más lampiño.

    —Pues sí, y a estas alturas me temo que ya no me saldrá más pelo. Supongo que no me preocupa demasiado, aunque a veces me gustaría sentir la sensación de tener un cuerpo peludo.

    Casi sin que me diera cuenta, cogió mi mano y la acercó a su pecho.

    —Toca —dijo—, así podrás hacerte una mínima idea de lo que se siente.

    ¡Jesús, María y José!… qué sensación tan maravilloso acariciar aquella selva negra guiado por su mano. Al rozar una de sus tetillas, se puso dura de golpe, y Pablo soltó un leve suspiro. A estas alturas, mi pene ya se estaba empezando a levantar, y temía que él lo notase (aunque lo cierto es que no sé si eso importaba viendo como se estaban desarrollando los acontecimientos. En aquel momento los dos sabíamos ya lo que queríamos que ocurriese.

    Entonces Pablo acercó su mano a mi cintura y comenzó a meterla por debajo de mi camiseta. Acarició mi cuerpo y al mismo tiempo fue acercando su cara para darme un casto beso. Se ve que le gustó porque enseguida puso sus labios de nuevo en los míos, sin retirarlos esta vez. Al contrario, abrió mi boca con la suya y nuestras lenguas se encontraron. Fue un beso húmedo, largo, apasionado… nadie me había besado nunca de aquella forma.

    Después Pablo, que parecía llevar la iniciativa, me cogió de la mano y me levantó del sofá en el que estábamos sentados, e hizo que le siguiese al dormitorio. Íbamos de la mano, él delante, y se volvió un par de veces para besarme de nuevo. Yo le apreté pícaramente una de sus apetecibles nalgas, lo que le provocó una cierta alegría.

    Antes de sentarme sobre la cama, me saqué la camiseta, y con un empujoncito suave, Pablo me hizo acostar sobre una bonita colcha de algodón. Se dejó caer suavemente sobre mí para comenzar una ceremonia de besos, lametones y succiones varias. Me besó en la boca, me mordió el cuello, me lamió el pecho, chupó mis pezones y fue bajando lentamente hasta que llegó a mis vaqueros todavía puestos.

    —¿Sigo? —me preguntó.

    —Sí, por favor. Estoy deseando que continúes.

    Desabrochó mi cinturón y, con la ayuda que yo le proporcioné al levantar un poco mis caderas, bajó de una vez pantalones y calzoncillo, provocando que mi polla saltase como un resorte, tal era la erección que alcanzaba en aquel momento. Mis 18 cm quedaron, pues, mirando al techo, y Pablo siguió con su trabajo. Agarró el prepucio con una mano para descubrir mi glande húmedo y rosado, y dio un ligero lametazo. Parece que no se conformó con eso (yo tampoco, desde luego) y de repente se la metió en la boca. Subió y bajó varias veces, rozando su lengua y sus labios con mi verga.

    Casi me corro con semejante placer, pero él, como adivinándolo, me dejó por un momento, y volvió a besarme. Qué gozada sentir su cuerpo velludo encima del mío, sus pelos contra mi pecho lampiño, rozando mis pezones. Cuando conseguí sacarle su pantaloncito descubrí una verga de 20 centímetros descapullada, que pudo, por fin, unirse a la mía. Entonces fui yo quien le volteé para colocarme encima y comenzar a darle el mismo placer que él me había proporcionado previamente. Qué delicia de torso, qué gozo acariciar aquella pelambre, al pasar mi cara por su abdomen…

    Le llegó el turno a su polla, y comencé una lenta mamada que le hizo estremecer.

    A estas alturas, mi culo ya estaba un poco dilatado, gracias, en parte, a los dedos que me había ido introduciendo progresivamente mientras mi amante me hacía enloquecer. Me senté encima de su barriga, de forma que su polla quedó apuntando a mi agujero. Pablo sacó un condón de su mesilla y, colocando su pene a la vista por un momento, logré ponérselo. Volví a pasar mi culo a su posición primitiva y con mi propia mano fui guiando aquel mástil hacia mi hoyo. Delicadamente, pero con decisión, consiguió meterme completos sus veinte centímetros, provocando en mí un quejido mitad dolor mitad placer.

    Yo hice casi todo el trabajo, subiendo y bajando mi cuerpo para facilitar el acto; y cuando previó que se iba a correr, agarró mi verga para masturbarme y lograr que eyaculáramos casi al mismo tiempo; él dentro de mí, yo sobre su pecho y abdomen. Exhausto, me dejé caer sobre él y así, abrazados, permanecimos durante un tiempo. Con un profundo beso pusimos un punto y aparte a nuestra tarde de placer. Luego, juntos en la ducha, todavía hubo oportunidad para sendas mamadas, acompañadas de besos y caricias.

    Me invitó a cenar, y me devolvió los apuntes que le había prestado. Aunque, puesto que soy muy generoso con mis compañeros de clase, le dejé mis apuntes algunas veces más. ¿Cómo no hacerlo, si me lo compensaba de aquella manera?

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  • La nueva vida (dentro) de Elva (1)

    La nueva vida (dentro) de Elva (1)

    Elva ajustó la seda negra sobre su cuerpo, acariciando el suave tejido sobre sus curvas. A sus 51 años, nunca se había sentido tan plena, tan radiante. La separación de Daniel había sido un golpe duro, pero lo había liberado. Ahora respiraba con más intensidad, sentía cada latido de su corazón como un tambor a punto de estallar. Su sensualidad, siempre presente, era ahora una llama ardiente que exigía ser alimentada.

    La fiesta de cumpleaños de Sofía era el escenario perfecto. Elva sabía que la música vibrante, las luces cálidas y el aroma a vino tinto se mezclarían con el deseo que la inundaba. Un deseo tan acumulado que sentía como si sus pechos, voluptuosos y llenos de una tensión casi tangible, pudieran estallar en cualquier momento.

    La fiesta la recibió como una reina. Sofía, con su contagiosa alegría, le dio un beso cálido en la mejilla y la presentó a una cascada de amigos, conocidos y desconocidos. Elva se entregó al torbellino de la noche con una sonrisa pícara que revelaba su intención: divertirse sin ataduras.

    El primer acercamiento fue inesperado, un joven arquitecto llamado Mateo, con ojos azules como el mar y un cuerpo esculpido por años de gimnasio. Sus dedos rozaron su brazo durante una conversación sobre arte y Elva sintió una chispa recorrer su columna vertebral. Un rato después, Mateo la llevó a un rincón del jardín, bajo un árbol cargado de luces blancas que se reflejaban en sus ojos húmedos. Su beso fue profundo, húmedo y urgente. Cuando Mateo le deslizó la mano por el vestido, sus dedos encontraron la suavidad de su muslo mientras la otra mano acariciaba los pequeños pezones que se endurecían bajo su blusa.

    Elva sintió una punzada de placer al sentir cómo una gota de leche materna goteaba sobre su piel y Mateo la lamió con un deleite silencioso. La pasión fue salvaje, arrebatada, y terminó en el césped bajo las estrellas. Mateo, impulsado por la intensidad del momento, se hundió en ella con fuerza, llenando su interior con un torrente caliente que la hizo gemir. Elva sintió cómo los dedos de Mateo acariciaban su clítoris mientras él la movía rítmicamente, entregándole placer hasta el punto de sentir un escalofrío recorrer su cuerpo al llegar al orgasmo.

    La noche apenas comenzaba. Elva se perdió entre los cuerpos, las conversaciones y las risas. Una pareja de amigos le ofreció una copa de champagne en la terraza; dos caballeros la invitaron a bailar al ritmo frenético del jazz. Entre los movimientos sensuales y los susurros cargados de deseo, Elva se encontró abrazada a un hombre musculoso con barba espesa. Miguel, se presentó él mismo, con voz grave como el trueno. Su pasión era lenta, devoradora. Elva se deshizo en sus brazos sintiendo su aliento caliente sobre su piel y la textura áspera de su barba contra sus labios. Los dedos de Miguel encontraron su punto G, haciendo que gemidos escaparán de sus labios.

    El ritmo lento y sensual de la música los envolvió como un manto de terciopelo mientras Miguel la sostenía firmemente contra él y hacía que se sintiera completamente suya. Cuando el placer se volvió insoportable, Miguel corrió hacia adentro de ella, eyaculando con una fuerza que le hizo sentir su cuerpo entero vibrar.

    Las horas pasaban velozmente. Elva no pudo resistirse al encanto de un pintor con ojos verdes profundos, ni a la ternura del amigo de Sofía que le contaba historias sobre sus viajes por el mundo. Cada encuentro era una explosión de sensaciones; cada beso, un descubrimiento nuevo. La noche se teñía de un aroma embriagador a sudor y perfume.

    Un hombre alto y delgado llamado Fernando, con quien había bailado toda la noche, la llevó al baño principal para compartir un beso apasionado que terminó con él enterrando su miembro dentro de ella, mientras sus manos recorrían su espalda y su cadera, sintiendo cómo el placer se extendía por su cuerpo. Elva sintió como sus pechos se llenaban de una nueva oleada de leche materna mientras Fernando se movía rítmicamente, sacudiéndose hasta que con un último gemido eyaculó en lo profundo de ella.

    El amanecer la encontró dormida sobre el sofá, rodeada de ropa ajena y con un leve dolor en su vientre. Los cuerpos dormidos a su alrededor la confirmaban: cinco hombres diferentes habían compartido su noche. Su vientre ligeramente hinchado le recordaba la intensidad de sus placeres. Las gotas de leche materna que aún salpicaban su blusa eran un sello indeleble de una fiesta inolvidable.

    Una sonrisa cálida se dibujó en sus labios, sintiendo un profundo y dulce cansancio recorrer su cuerpo. Elva se sintió libre, llena de vida y con una promesa palpitante: la aventura recién comenzaba. La misma noche, mientras las luces del amanecer atravesaban las persianas de su apartamento, un escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta de que el dolor en su vientre no era solo por la intensidad de las noches.

    Un mes después, Elva se encontró frente al espejo, con un vestido ajustado y una mirada llena de incertidumbre. La prueba de embarazo le había dado una respuesta clara: estaba embarazada. Un nudo de emociones la inundó. Alegría, sorpresa, miedo, deseo… Era un embarazo no deseado, a sus 51 años, sin planificación, pero lleno de posibilidades inesperadas. Mirando su reflejo, Elva sintió una nueva ola de energía recorrer su cuerpo. Su aventura había dado un giro inesperado, una nueva página en la historia de su vida que se prometía apasionante y llena de sorpresas.

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  • Quería un trío, terminó siendo cornudo

    Quería un trío, terminó siendo cornudo

    Esta es la historia de Matías y Valeria. Una joven pareja, él 28 y ella 22 años. Se mudaron a vivir juntos hacía un par de meses, eran activos sexualmente y aunque no era explosivo, cada encuentro cumplía. Al menos para sacarse algunas ganas, nada más.

    En busca de avivar más la llama, Matías propuso un trío. Pero quería que sea una chica más, Valeria y él. Su novia por supuesto se negó, ella estaba dentro de todo conforme con su moderada y para nada excepcional calidad íntima.

    Pero él insistió, hasta el punto de llegar a un “acuerdo” que consistía en que primero tendría un trío con un chico y luego con una chica. La idea tampoco agradó demasiado a Valeria; de vuelta, a ella no le importaba agregar algo a sus encuentros entre sábanas.

    Sin embargo, más por la insistencia de su novio que por convicción, la chica terminó aceptando.

    El primer paso fue crearse un perfil en una app de citas. Como nombre utilizaron sus iniciales (myv) y un par de fotos de ambos, sin que se les vea el rostro; con poca ropa frente a un espejo, juntos.

    Matías era un chico no muy alto, apenas llegaba al 1.70 m; Valeria por su parte medía 1.65. Y eran de esas típicas parejas que cuando ves a ella y lo ves a él, pensas en que el chico debe ser muy gracioso para haberse levantado a una mina como ella. Él no era precisamente feo, pero entre que la estatura no lo ayudaba, era muy flaco y aparte en los pantalones solo guardaba una pistolita que en los mejores días llegaba a los 12 cm; uno diría que era muy afortunado de haberse encontrado a Valeria.

    Ella era todo lo contrario. Su baja estatura la compensaba con un cuerpo tremendo. 85-62-94 de medidas. Rubia, piel clara, ojos verdes y una sonrisa cautivadora. Eso sí, de personalidad reservada. Teniendo todos esos atributos, nunca fue la chica más popular en ningún lado, ni la más extrovertida. Quizás por eso se conformó con el insulso de Matías.

    Tras varios días buscando candidatos para la primera fase, un día apreció uno que llenaba las expectativas.

    En la foto no se lo veía muy bien, pero a Matías le cayó bien cuando hablaron por el chat de la app, luego de hacer “match”. El chico se veía normal, al menos en la única foto que tenía en su perfil. No precisamente con el rostro de un actor de cine, simplemente con cara de buen tipo. Su nombre era Sandro, 31 años y según había contado a Matías, con “ganas de experimentar cosas nuevas”. El pobre Matías no se esperaba lo que se venía.

    Luego de intercambiar números de teléfono, mensajes y la ubicación del departamento donde vivía la pareja; llegó el día.

    Era un sábado por la tarde, más o menos las 17:00 h. Estaba nublado, fresco. El ambiente era ligero, sin mucho ruido.

    Sandro avisó por mensaje a Matías que ya había llegado a la ubicación. Subió al piso 6 y tocó la puerta del departamento 14. El chico abrió y lo dejó pasar. El lugar se veía acogedor, un monoambiente bien iluminado y decorado. Vio a la chica sentada en el sofá, la saludó con un beso en el cachete. Los primeros segundos fueron del más incómodo silencio.

    Sandro estaba parado, al lado de Matías. Valeria sentada en el sofá, los miraba a ambos y la diferencia era notoria: el chico desconocido era muy alto, casi 1.90 m. Se veía robusto, los brazos notoriamente trabajados en el gimnasio al igual que el pecho, la espalda, las piernas; su tez blanca y su cabello castaño encrespado daban un buen contraste.

    Matías fue el encargado de romper el silencio. “Bueno, a ver… Qué les parece si nos vamos conociendo. O si vemos algo en la tele para ir distendiendo”. Sandro y Valeria asintieron. Matías encendió la TV, los tres se sentaron en el sofá y mientras el novio buscaba algo para ver, el tercero observaba el cuerpo de la novia, se acercaba de a poco a ella; que estaba vestida con un top negro, una falda roja y negra a cuadros y botas oscuras. Una tímida mano se posó en el muslo de ella, que permitió el avance, sintiendo que cuanto más rápido ocurría todo mejor. Aún no estaba tan convencida de todo el tema.

    Pasaron los minutos, realmente no fluía la charla, pero había algo; lo que cambió fue que Valeria empezaba a estar más receptiva a las caricias que Sandro le ofrecía, mientras a Matías –el ideólogo de todo–lo empezaba a invadirnos comodidad. Cuando el novio se levantó a buscar un vaso de agua, el tercero tomó a la novia por la parte posterior de la cabeza y la comenzó a besar, ella recibió el beso primero con apatía pero al sentir la pasión que le ponía al acto, se sintió atraída y respondió. Los brazos de ella se entrelazaron detrás de la nuca de él, mientras las manos fuertes del invitado tomaban su cintura con una seguridad que jamás había sentido por parte de su pareja.

    “Bueh, ya vamos comenzando entonces”, dijo Matías algo entusiasmado. Se acercó al sofá y comenzó a besar el cuello de su novia, pero con cierta timidez. Valeria y Sandro se besaban como si fuesen solo ellos dos en el lugar, sin involucrar al novio en la acción más de lo que él mismo se involucró.

    Valeria comenzó a sentir un calor entre sus piernas que hacía rato no sentía, las fuertes manos del hombre con el que no había intercambiado mucho más que un saludo la hacían sentir más deseada que los tímidos besos de quien supuestamente estaba enamorada.

    Sintiéndose culpable, Valeria giró hacia Matías y lo empezó a besar. Pero el beso se sentis frío, sin alma. Mientras tanto, las manos de Sandro manoseaban sus tetas por encima de la ropa, excitándola tanto al punto de hacerla gemir.

    Mientras los besos sin sabor con Matías continuaban, Sandro la despojaba del top y ahora manoseaba sus tetas piel a piel, pinchando sus pezones, apretando y sobando sus redondos y firmes senos, mientras besaba su cuello y nuca con la pasión con la que había besado su boca anteriormente.

    Ya preso del deseo y comenzando a tomar la actitud dominante que marcaría el resto de la acción, Sandro tomó del pelo a Valeria, la levantó y la arrojó a la cama –que estaba solo a unos centímetros del sofá–mientras Matías un poco molesto, se levantaba y los seguía.

    Pero parecía no haber espacio para él en esa cama, aunque sobraba espacio físico. Pero Valeria ya estaba recostada en ella, con Sandro encima besándola y manoseándola, quitándole la falda y la ropa interior, hurgando con sus dedos en su vagina húmeda y apretada. Matías subió a la cama y entendió como mejor forma de ponerse a todo, quitarse la ropa. Si cuerpo escuálido y su miembro flácido y pequeño no tenían lugar en la tormenta de pasión que se desataba frente a él.

    Valeria quitó la camiseta de Sandro y observó si torso, musculoso y amplio. Posó sus manos en su pecho, las pasó por sus hombros. Sintió la firmeza de esa musculatura, mientras observaba con deseo y se mordía el labio inferior. Matías, por su parte, apenas a centímetros; se masturbaba con fuerza intentando tener una erección. Pero no estaba en sintonía y realmente era el mal tercio.

    Peor fue la cosa cuando Valeria bajó los pantalones de Sandro y una gigantesca pija de 25 cm golpeó su rostro. Larga, muy gruesa y venosa.

    Matías vio eso y no pudo evitar acomplejarse, era más del doble de lo que tenía para ofrecer. Si de por sí le estaba costando ponérsela dura, la vergüenza que sentía de si mismo disminuía aún más las chances de lograrlo. Peor fue cuando al ver semejante miembro descomunal, a Valeria le salió del alma una frase que hirió a su novio más de lo que imaginaba. “Uff que pedazo de pija”. Fue un puñal.

    Intentó no sonar tan despectiva con su propio novio, lo quiso animar después.

    –”Gordo, dale, súmate que la vamos a pasar bien.” Dijo, intentando reanimar el ego destrozado del pobre Matías, que aunque lo intentaba ni siquiera podía ponérsela dura.

    Sandro, por su parte, sentía como las manos de Valeria intentaban rodear todo su miembro, sin éxito. El grosor era tremendo y al sostenerla con ambas manos, sobraba demasiada carne.

    –”Hijo de puta, te juro que ni en los videos porno vi algo así.” Decía Valeria mientras lentamente iba pajeando semejante bestia.

    –”Amor… No te jode sí ya empezamos? O sea…”

    La frase se cortó abruptamente porque Sandro introdujo la cabeza de su verga en la boca de Valeria y ni bien sintió esa pija en su boca, ella se olvidó de que su novio estaba ahí, intentando sumarse.

    –”Ey, permiso.” Atinó a decir el invitado al novio, pidiéndole espacio en la cama para recostarse y disfrutar de como Valeria intentaba dar placer a su enorme verga. Matías sin más opción, se levantó y terminó sentándose en el sofá, derrotado. Ya sin intentar lograr una erección y arrepintiéndose de lo que había planeado.

    –”Amor, dale, ponetela dura y vení.” Decía Valeria intentando animarlo, mientras con ambas manos sostenía el enorme miembro de Sandro y lo chupaba con ganas.

    “Ghmmph gkkk gkkk” se escuchaba, mientras la señorita se atragantaba en la enorme poronga del macho que la iba a satisfacer como nunca antes.

    –”Gordo perdón, pero estoy re caliente. Sandro, cogeme por favor. Amor, perdón, sumate cuando puedas que esto es para los dos, ¿te acordas?” Decía Valeria, intentando lograr que su ya devastado novio vuelva del abismo en el que él mismo se había metido.

    Sandro la puso en cuatro, se preparó para penetrarla. Matías rompió el silencio:

    –”Ey flaco, ¿qué haces? Ponete un forro hijo de puta. Y vos, ¿por qué no le decis que se cuide?”. Reclamó a ambos.

    Valeria se acercó a la cómoda a un costado de la cama y sacó uno de los condones que usaba con Matías. Le quitó el envoltorio y procedió a intentar colocárselo a Sandro. Y fue eso, nada más que un intento.

    Logró muy apenas hacer que ingrese la cabeza, Sandro sintió como le apretaba demasiado pero no se quejó. Cuando Valeria intentó desenrollar el forro para cubrir toda la superficie, este se rompió.

    Sandro y Valeria no pudieron evitar reírse, Matías por el contrario no podía creer lo que veía. Era como una pesadilla.

    –”Amor, perdoname pero -dijo y luego levantó el condón destruido para que lo pueda ver- no sé cómo podemos hacer esto, en serio no pensé que…”

    La frase quedó hasta ahí, porque Sandro no quería esperar. La puso en cuatro y antes que nadie reaccione, dijo mirando a Matías:

    –”Loco, jodete. Tu mina quiere pija.” Y procedió a penetrarla

    –”Ayyy hijo de putaaa diosss”. Valeria gritaba mientras se aferraba a las sábanas, cerraba los ojos y empezaba a sentir como la enorme pija de Sandro penetraba su concha húmeda y apretada.

    Matías no podía creer lo que ocurría: el amor de su vida, en su casa y con un tipo que él mismo eligió; se estaba dejando coger sin forro.

    –”Valeria cuantas veces te pedí cogerte a pelo y no me dejabas, hija de puta”.

    –”Ay amor, perdo… Ahhh dios es demasiado grande. Aghhh. Gordo, perdó… Ohhh. Es que es distinto esto, estamos jugand… Ahhh la puta madre”.

    Mientras ella intentaba explicarse con Matías, Sandro no perdía tiempo y la penetró hasta que se la metió hasta el fondo.

    –”Hijo de puta ahhh la puta madre ahhg ay ay ay boludo la siento en el útero carajo”.

    Exclamaba, mientras Sandro aumentaba la fuerza y velocidad de sus embestidas, a medida que las paredes de su vagina iban cediendo.

    Ella en cuatro, recibiendo verga fuerte mientras era nalgueada y estirada del pelo; Matías sentado en el sofá, miraba a ratos con rabia y frustración, luego apartaba la vista. No entendía la mezcla de sentimientos por dentro.

    –”¿Te gusta así, putita? ¿Te gusta que le coja frente al cornudo de tu novio?”. Decía Sandro mientras la hacía suya.

    ‐”AY papi me encanta, cogeme toda”. Respondía ella, entregada.

    “Plaf, plaf, plaf”. El sonido de las embestidas retumbaba en el departamento.

    Matías trataba de ya no mirar, de evitar prestarle atención a la escena. Pero era difícil, estaba ahí al lado. Sentía el impulso de huir pero a la vez no podía. Estaba preso en una pesadilla que parecía no terminar.

    “Ahhgh ahhh ayyy estoy acabando por favor cogeme fuerte”, se escuchaba mientras Sandro la detonaba, con las piernas de ella en sus hombros y él alcanzando aún más profundidad dentro de ella y con más fuerza.

    Valeria ponía los ojos en blanco y arañaba la amplia espalda de su nuevo amantes mientras orgasmos sucesivos la atacaban sin parar. Sus piernas temblaban, toda ella temblaba.

    Tras años fingiendo orgasmos con Matías y teniendo alguno real pero leve de vez en cuando, esto era algo totalmente nuevo.

    –”¿Hijo de puta qué estás haciendo?” Exclamó ella, cuando Sandro metió sus dedos en su vagina y la estimuló por dentro hasta que un chorrazo de fluidos salió de su uretra. Era un squirt. Matías se sorprendió al ser salpicado por semejante chorro, Valeria reía, respiraba agitada y gemía. Sandro observaba orgulloso.

    Hubo una aparente tregua de unos segundos. Se escuchaba la respiración agitada de ambos. Sandro se dirigió a Matías, que miraba un punto fijo en la pared.

    –”Ey mira, ¿hacemos lo siguiente? Ella decide: me la sigo cogiendo y vos la perdonas o seguimos y haces lo que se te cante, qué decis”.

    Valeria los miró a ambos. Su cuerpo aún se sentía como una gelatina luego de tantos orgasmos.

    –”Gordo, prometeme que me vas a perdonar por lo que voy a hacer”. Dijo. Matías ni la miraba.

    –”Amor por favor, en serio te pido que me entiendas”.

    El silencio era su respuesta. Hasta que entonces Valeria dijo:

    –”Matu perdón pero se la voy a pedir por la cola”.

    Sandro se sorprendió, la miró con una sonrisa de deseo. Matías se volvió hacia ella.

    –”¡¿Qué?! Por años te pedí el culo y se lo vas a dar a este que apenas conoces. Sos una desgraciada”.

    –”Amor perdoname, pero estoy demasiado puta, quiero explorar esto. De verdad es más fuerte que yo, vos sabes que yo te amo”.

    Todo esto lo decía mientras se ponía en cuatro, ofreciendo su ano a Sandro, que se untaba la pija con lubricante.

    –”Matías por favor te suplico que me perdones, vos sabes que en mi corazón sos el único, vos sabes que yo te amo, sos el amor de mi vidaahgg dios sí rompeme el culo con esa pija enorme papi”.

    Nuevamente su discurso se interrumpía, esta vez por la enorme verga penetrando su cola.

    Sandro con paciencia iba empujando su verga en el culo de Valeria, mientras ella mordía y apretaba las sábanas. Matías sentado en el sofá solo podía escuchar lo que ocurría tan cerca de él, con tantas ganas de que no fuese real. Pero sí lo era.

    Por instantes, Matías lograba disociarse de la situación, pero los gritos y gemidos de Valeria no se lo permitían.

    –”Gordo me está detonando al ojete, dios mío me lo va descoser”. Decía Valeria, mientras Sandro iba penetrando más y más dentro de ella.

    Pasaron los minutos, Valeria seguía en cuatro. Su ano se había dilatado los suficiente para recibir la verga que entraba y salía de ella, ahora ya con facilidad. La fricción de toda esa carne dura, la textura de las venas; sentía todo en su ano dilatado y al rojo vivo, que dolía pero se sentía bien.

    –”Rompeme el culo, rompemelo todo por favor. Fuerte, fuerte. Mas fuerte. Soy tu puta, Sandro. Cogete a tu puta por el culo”.

    Los gritos de Valeria retumbaban en el lugar. Matías no aguantaba más, comenzó a llorar.

    –”¿Qué pasa cornudito?”. Dijo Sandro, burlón.

    –”Amor, no llores”. Interrumpió Valeria.

    Matías se levantó e intentó hacer que Sandro pare, la propia Valeria lo frenó.

    –”No, amor espera. Por favor ya está, esto ya fue, es un rato y después lo charlamos, te lo compenso”. Decía mientras lo miraba a los ojos. Eso aprovechó Sandro para volver a meterle la pija en el culo.

    Matías vio como las pupilas de Valeria se dilataban, luego se cerraban sus ojos y su boca se abría para expulsar otro grito:

    – “Ayyy por dios sí llename el culo de pija, papi. Rompeme el ojete”.

    No había forma de frenarlos. Matías se sentó a llorar, Valeria estaba tan perdida en el éxtasis del momento que ya no le importó su dolor –si es que alguna vez le importó–.

    Matías escuchó la voz de Valeria dirigiéndose a él luego de unos minutos, pensó que ya había terminado todo, pero no.

    –”Amor, disculpame. En serio te amo. Pero, le voy a pedir la leche, perdón”.

    Se arrodilló, estaba frente a Sandro, toda la escena en frente a Matías sentado en el sofá.

    –”Dame toda la leche, papi. Pintame toda”.

    Estaba tan urgida que con sus manos empezó a pajear a Sandro, le chupaba los huevos. Hasta que finalmente, una potente descarga seminal le cubrió la cara. El semen corría por su rostro como una cascada, llegaba a su mentón y terminaba en sus tetas. Le chupó hasta la última gota.

    –”Tragatela toda”. Ordenó Sandro.

    –”SÍ, papi”. Respondió mientras juntaba toda la leche y se la tragaba.

    –”Está muy rica, papi”. Dijo para finalizar.

    Cuando por fin terminó todo, Valeria y Sandro estaban desnudos en la cama. Al lado, Matías ya vestido se dirigió a ambos:

    –”Por favor, andate de mi casa loco. Y a vos no sé como te voy a mirar a la cara, sos peor que una puta”.

    Dijo, antes de salir del departamento.

    Corrió, huyendo de lo que él mismo propició. Lloró por lo que a quien amaba le hizo. Y se sintió culpable de más tarde masturbarse recordando toda esa pesadilla, porque se sentía culpable de en el fondo haber disfrutado ser un cornudo.

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  • Me gusta de ti

    Me gusta de ti

    Los años que paso sin ti y sin verte, solo son recompensados con tu manera de amarme, tocarme y hacerme sentir completamente abandonada en ti, entregada en cuerpo, alma y voluntad a tus placeres.

    Me gusta como en cada caricia me quitas la fuerza y solo me convierto en tu muñeca, a la que cuidas, a la que besas y desvistes con extrema suavidad como si mi cuerpo fuera de cristal, guardando en cada rincón de mi piel tus huellas tan solo marcando mi alma.

    Como me gusta sentirte atrevido, sin temor a nada y tocándome sin pudor hasta hacerme temblar con el éxtasis que me provocas, dejándome así, totalmente dispuesta a tus antojos, apoderándote de mis sentidos y jugando a conquistar los lugares de mi vida que nadie más ha conquistado.

    Como me gusta verte sobre mí, desbordante de pasión disfrutando al entrar en mi como si nada más en el mundo importara, mientras tu sudor cae como gotas de dulzura en mis senos para dejar nuestras mentes completamente en blanco, concentrados en fundirnos como uno solo, porque solo tú y yo comprendemos que nuestros cuerpos están diseñados para encajar perfectamente sin importar en que maneras.

    O dirigiendo la marcha a mi ritmo, sintiéndome la mujer más deseada mientras cabalgo sobre tus caderas y puedo ver como te regocijas viéndome desde tu perspectiva, tan desnuda y ávida de tu calor. Acaricio tu cabello enredando tus rizos en mis dedos para hacerte mío de la cabeza a los pies, así la vida se me vaya en eternizar en mi mente el más valioso de los momentos para guardarlo en mí.

    Hace tan poco te fuiste de nuevo y sin saber cuando regreses o cuando pueda salir en tu búsqueda, sigo sintiendo como el placer sigue brotando por mis poros, cierro mis ojos y me concentro en volver a vivir el recuerdo latente de tu cuerpo enredado en el mío, hipnotizada de locura, viviendo un orgasmo tras otro en tus manos y en tus labios. Sin pensar en las cosas que nos hacen separarnos y soñando con que algún día podamos estar juntos sin barreras.

    Me encanta sentirte ansioso de tenerme en tu cama, detallando cada uno de mis movimientos y sintiendo el deseo que corre por tu cuerpo y se apodera de tu mente para inventar nuevas maneras de hacerme mujer, porque nadie como tú sabe lo que me gusta, incluso mejor que yo misma, cuando y donde me gusta.

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  • Mis vacaciones laborales (1)

    Mis vacaciones laborales (1)

    Hola a todos. Como habrán leído en mi descripción me llamo Saúl Osorio, tengo 64 años y este será el primer relato que compartiré con ustedes sobre mi vida.

    Lo que voy a contarles ocurrió a mediados del año 93. En esas fechas, en Perú, tenemos vacaciones escolares y algunas oficinas aprovechaban también para tomar descansos familiares. Mi esposa de aquel entonces y yo habíamos planeado viajar a México con nuestros dos hijos. En ese momento yo trabajaba como ingeniero en una empresa muy reconocida en Lima.

    Recuerdo que acababa de comprar los pasajes en la misma oficina cuando recibí una llamada.

    Pamela: Amor, ¿estás ocupado?

    Yo: Un poco… justo compré los boletos para el viaje, ¿por qué?

    Pamela: Me llamó Rodrigo. Dice que no quiere dejar que Claudia viaje con nosotros. Según él, ya tenía planeado pasar estas vacaciones con ella.

    Aclaro aquí algo importante: años atrás, Pamela me confesó que Claudia, nuestra hija, no era hija mía. Era de Rodrigo. Me lo contó porque él quería estar presente en la vida de la niña, aunque en el fondo yo sabía que su intención real siempre había sido otra: estar con Pamela.

    Yo: ¿En serio? ¿Ya le explicaste que esto lo planeamos por los chicos? Para que se distraigan, salgan de la rutina.

    Pamela: ¡Claro que se lo dije! Pero tú sabes cómo es… y las últimas vacaciones las pasó con nosotros. Tal vez debimos avisarle antes.

    Yo: Y ahora, ¿qué hacemos? Entre reembolsos y cambios… Bueno, ya veremos cómo lo arreglamos.

    Pasé el resto de la tarde pensando cómo resolverlo. Y justo, a pocos minutos de terminar mi jornada, apareció en mi oficina el señor Teodoro, mi jefe. Casi todos lo conocíamos como Don Teodoro: un hombre mayor, serio, pero de esos que sabían ganarse el respeto de la oficina.

    Don Teodoro: Saúl, ¿cómo vas, hijo? ¿Te agarro en mal momento?

    Yo: Para nada, don Teodoro. Dígame.

    Don Teodoro: Saulito, me enteré que te vas a México con la familia. ¿Cuándo partes?

    Yo: Sí, en estos días. Toca distraer a la señora.

    Don Teodoro: Muy bien hijo me alegra oír eso, ahora ya que estarás allá, me harás un favor, necesito que te lleves a Julio para que puedan cerrar un trato, no les tomará mucho, es negocio de un día y serás libre.

    Yo: Don Teodoro ya conoce la situación. No puedo…

    Don Teodoro: Lo sé, Saulito, pero en este caso no habrá discusión. Te recompensaré por esto, ¿sí? Julio ya está al tanto de los detalles. Ustedes solo coordinen el viaje.

    Julio era arquitecto. Un tipo con el que tuve varios problemas en el trabajo y que, además, se había metido con mi esposa en más de una ocasión. Sí, más de una. Y don Teodoro lo sabía. Por eso entendí la seriedad del pedido, no podía negarme. Don Teodoro siempre me había respaldado en los peores momentos.

    Así que lo asumí: estas “vacaciones” empezaban a torcerse.

    En casa, encontré a Pamela hablando con Claudia, una niña de 6 años que soltaba lágrimas discretas. Rodrigo ya había marcado territorio. Pamela me dijo que él no quería hablar conmigo; no había manera de arreglarlo.

    Pamela: ¿Ahora qué hacemos? Mejor pidamos el reembolso y algo inventamos aquí.

    Yo: ¿Qué sentido tiene? Claudia se va a ir con Rodrigo. Además, don Teodoro me pidió un favor… vamos a ir con Julio a México.

    Su expresión cambió. Pasó de preocuparse por Claudia a soltar una mirada cargada de miedo. Ella creía que yo solo sabía de “una vez” con Julio – la vez que los confronté-, pero la verdad era que estaba al tanto de más encuentros. Eso era algo que siempre intentó ocultarme.

    Me miró bajando los ojos, midiendo cuánto podía dolerme.

    Pamela: ¿Y Julio… qué dice? ¿Por qué insiste tanto el señor Teodoro en incluirlo? -preguntó con voz medida.

    Le tomé la mano con intención de calmarla.

    Yo: Tranquila -respondí en voz baja-. Es algo del trabajo, después él se regresa; yo voy a estar con él…

    Ja, debió causarle gracia ya que las veces que estuvieron juntos yo estuve ahí cerca.

    Pamela: Bueno si es así… ni modo. Igual las maletas están ya hechas.

    Esa noche la vi pensativa. Como recordando. No era difícil adivinar que, en el fondo, no le disgustaba la idea de tener a Julio cerca en las vacaciones. Y eso me carcomía. La mañana siguiente, mientras desayunábamos solos – los chicos aún dormían -, Pamela soltó la idea:

    Pamela: ¿Y sí dejamos a Rodriguito con tu mamá? Sabes lo mucho que le gusta tenerlo cerca.

    Yo: ¿Por qué lo dejaríamos? Se supone que son vacaciones familiares.

    Pamela: ¿Familiares? Claudia no va a ir, y Rodrigo es muy pequeño, ni recordará nada. Seremos prácticamente tú y yo… mejor lo dejamos con tu mamá.

    Tenía un punto. Llamar a esto “vacaciones familiares” ya sonaba ridículo.

    Yo: Tienes razón… pero no sé si debamos dejarlo con mi madre.

    Pamela: Por favor, Saúl. Ya hicieron las paces. Esto puede ser una señal de confianza otra vez.

    Yo: Bueno… supongo que se comportará estando al cuidado de Rodri.

    La llamé esa tarde. Mi madre aceptó encantada. Así que llevaría al niño antes de ir al aeropuerto.

    Faltaba lo peor: hablar con Julio.

    Julio: ¡Saulito! ¿Cómo estás? ¿A qué se debe la llamada?

    Odiaba lo fresco que era.

    Yo: ¿Cómo? ¿Don Teodoro no te comentó sobre México?

    Julio: Jajaja claro… solo estaba siendo cordial, hombre.

    Yo: Pues te llamo porque me sorprende que no lo hayas hecho tú. Los pasajes los tengo yo, y no hemos coordinado nada.

    Julio: Nah, confiaba en que ibas a llamarme. ¿Cuándo salimos?

    Yo: Tenemos que estar en el aeropuerto a las 4. Te espero en mi casa al mediodía, porque antes dejaré a mi hijo con mi madre.

    Julio: Copiado. Estoy ocupado, Saulito, mañana afinamos.

    Me colgó sin más. Queriendo mostrar siempre esa superioridad. Afortunadamente, solo sería un día.

    La mañana del viaje, Rodrigo llegó por Claudia. Yo alistaba a mi hijo para dejarlo con mi madre. Todo en orden. Mi madre, incluso, tenía nueva pareja; el anterior había sido un payaso, por no decir otra cosa, pero no me quedé mucho tiempo a preguntar.

    Regresé a casa a eso de las 11:30. Julio debía estar llegando. Pero al abrir la puerta, ya estaba ahí. Conversaba con Pamela amenamente. Y al fondo, se escuchaba el agua de la ducha.

    No hice ruido. Escuchaba. De pronto, Julio calló. – Era la misma situación en la que los descubrí por primera vez, aunque en ese entonces lo negué frente a ellos.

    Así que entré como si recién hubiese llegado.

    Yo: Julio, hola. Pensé que te había dicho mediodía…

    Julio: Sí, lo sé – me puso una mano en el hombro, con un contacto que quemaba -. ¿Ya estás listo?

    Con esa sonrisita de siempre, queriendo ponerse por encima.

    Yo: Si… – en ese momento me percaté de la ducha – ¿por qué la ducha está corriendo?

    Pamela: Ah, sí… estaba por bañarme, no tardo.

    ¿De verdad pensaba ducharse tranquila mientras Julio estaba en casa? No podía creerlo.

    Julio no me soltaba la mirada.

    Julio: Vamos a sentarnos. Dejemos que Pame se ponga guapa, tú y yo vemos cómo nos arreglamos… como las otras veces.

    Yo: ¿De qué hablas? El tiempo que estuviste con ella ya se terminó Julio.

    Julio: – sonriendo con cinismo – ¿Qué tiempo, Saúl?… ¿De qué me hablas? – me soltó mirándome fijo, como si disfrutara mi reacción –. Bah, hombre, solo fue una vez.

    Me quedé frío. Pero lo peor vino después.

    Julio: Jajaja, tranquilo, hermano, hablo del viaje. No te pongas tan serio… pero tú sabes cómo pueden arder los recuerdos.

    No me hizo ninguna gracia. Todos me conocen por ser tranquilo, manso… pero estaba a punto de estallar. Y Julio lo notó.

    Julio: Relájate, hombre, es broma. Ya pasó. Ustedes siguen juntos y eso es lo que importa, ¿no?

    Pamela salió apurada del baño. Se quedó callada, claramente queriendo escuchar lo que hablábamos.

    De ahí, directo al aeropuerto. Tensión pura. En el avión, los asientos eran de a tres. Julio se puso en medio, por molestar.

    Reuní valor y dije que a Pamela le gustaba ventana.

    Julio: Ese asiento está libre, hermano.

    Su sonrisa era pequeña, como un juego de provocación contenida. Yo solo gesticulé, molesto.

    Julio: Jajaja, es broma, hombre, ¿qué te pasa? Ven, siéntate aquí.

    El resto del vuelo fue silencio. Nada importante. Excepto por un detalle.

    Pamela: Amor, ¿sabes si donde nos hospedaremos se pueden hacer llamadas internacionales? Quiero estar al tanto de los chicos.

    Ese detalle… lo había olvidado. No tenía reserva hecha. Toda esta situación con Rodrigo y con Julio me tenía la cabeza en otro lado, y mi cara debió delatarme.

    Julio No me digas que no arreglaste dónde quedarnos.

    Yo: No sé dónde te vayas a quedar tú, pero no. Con todo esto, no tuve cabeza.

    Julio: Ay, Saulito… Bueno, yo muevo algo. Déjame llamar a alguien.

    Pamela: Por favor, Julio. Ya vamos a aterrizar. No puedo creer que no se pensara en eso.

    Aunque hablaba con él, me miraba a mí.

    Yo: No, Julio, espera. Yo lo resuelvo al llegar.

    Julio: Dejaste claro que no soy bienvenido, jaja. Pero tranquilo, yo lo arreglo.

    Ya al aterrizar… empecé a buscar hoteles. Algunos tenían solo suites caras, otros solo camas separadas, y la mayoría ya estaban reservados.

    Julio: Buenas noticias. Tengo un amigo que tiene su hotel a 40 minutos de acá.

    Yo: Está lejos, y aún más de donde tenemos la reunión.

    Pamela: ¿Qué opción tenemos ya, Saúl? Por lo menos nos ayudará por una noche.

    No quería aceptar nada que viniera de Julio, pero ¿qué opción tenía?

    Fuimos al hotel. Para ser sincero, era de los más lindos que he visto en México.

    Julio: ¡Sergio, güey! ¿Cómo estás? Jajaja.

    Sergio: ¡Juliooo, compadre! ¿Qué onda, güey? Me dijiste que andabas en aprietos, ¿no?

    Julio: Sí, mi carnal. Te presento a mis amigos, Saúl y Pamela. Pasa que Saúl olvidó reservar habitaciones, pero solo serán unos días, no te preocupes.

    Sergio: No pasa nada, hermano. Tú sabes que aquí tienes tu casa, ¿va?

    Estaba tan avergonzado y cansado… Yo solo quería acostarme. Eran cerca de las diez de la noche, pero parecía que Sergio tenía planes para darnos un recorrido. A Pamela y Julio los animaba la idea, así que no me quedó más que seguir.

    Mientras Julio y yo llevábamos las maletas al lobby, Pamela hablaba con Sergio más adelante. De pronto escuché que alguien gritaba mi nombre

    …: ¡Saúl!

    Volteé y me encontré con un viejo compañero del colegio: Ernesto. Estaba con su esposa, con quién también había estudiado.

    Yo: ¿Ernesto? Caramba, que sorpresa.

    Ernesto: ¿¡Cierto!? Jaja que gusto verte, amigo.

    Bueno, sinceramente no sé qué tan ‘amigo’ era. No éramos cercanos. Tampoco era alguien que me molestara más allá de lo típico: hacer bromas de ‘lorna’ o ‘pavo’, a diferencia de su esposa, Grecia, que, solía estar en ese grupo que me hacía odiar ir a clases.

    Ernesto: Ven, ven. Estoy con Grecia, ¿la recuerdas?

    Sí, claro que me acuerdo…

    Me senté con ellos en una mesa del lobby. Era justo lo que necesitaba. Un momento de descanso. Mientras tanto, Pamela, Julio y Sergio seguían conversando a unos 30 metros.

    Pasaron cinco minutos hasta que Pamela se acercó.

    Yo: Amor, te presento a Ernesto y su esposa Grecia. Fuimos compañeros del colegio.

    Pamela: Mucho gusto, soy Pamela, la esposa de Saúl.

    Ernesto: Igualmente, Pamela, un gusto.

    Pamela: Amor, ¿no vienes? Sergio nos va a mostrar un poco del hotel mientras nos asignan una habitación.

    Yo: ¿Eso era lo que estábamos esperando? ¿A dónde irán?

    Pamela: Solo por el primer piso, no será mucho rato.

    Yo: Bueno, los espero acá entonces. ¿Van a volver, no?

    Pamela: Sí, claro. – Luego, dirigiéndose a Ernesto y Grecia – Fue un gusto.

    Mientras se iba noté que le decía algo a los chicos y se iban los tres.

    No pasó ni un minuto cuando Ernesto me pidió que lo acompañe a comprar cigarros cerca al hotel. Acepté, y le pedí a Grecia que le avisara a Pamela que me espere de regresar antes.

    Fueron apenas diez minutos, pero al volver, Pamela, Julio y Sergio también regresaban por el otro lado del lobby. Venían animados, Pamela en medio de los dos.

    Se detuvieron en recepción, al parecer todavía sin habitación asignada. Yo seguía conversando con Ernesto y Grecia, pero de rato en rato los observaba.

    Una situación me llamó la atención: Sergio, estando detrás de Pamela, la abrazó pasándole un brazo por el cuello mientras reía junto a Julio. De lejos podía parecer un gesto amistoso… pero algo en la naturalidad de Pamela me inquietó. Como si no le molestara que la abrazara así.

    La conversación con Ernesto fluyó; recuerdos del colegio, anécdotas, incluso temas personales que creía superados. Me distraje tanto que cuando levanté la mirada, ya no vi a ninguno de los tres. “Otra pequeña vuelta hasta esperar la habitación”, pensé.

    Pasaron 20, 30 minutos. Seguía sin verlos. Pensé que por fin les habían dado la habitación. Pero… ¿por qué no me avisaron? No sabía ni en qué piso estaban. Me limité a seguir conversando mientras esperaba.

    Unos 15 minutos más tarde vi la cara de Julio bajando por las escaleras.

    Julio: ¡Saúl! Ahí estás… Nos acaban de dar la habitación, vamos.

    Me despedí de Ernesto y Grecia deseándoles lo mejor. Recién ahí me di cuenta de que había pasado casi una hora. No se sintió así, pero aun así no me gustaba nada que justo Julio viniera a buscarme.

    Subimos al piso 5 donde se encontraba nuestra habitación. Al llegar, la sorpresa fue inmediata: Sergio y Pamela estaban sentados en el sofá, viendo televisión. Sobre la mesa de centro, un vino a medio tomar y tres copas.

    Definitivamente, no los habían llevado recién a la habitación.

    Entré y conversamos un momento mientras Pamela sacaba una copa más. Todo parecía bien, aunque notaba cómo Sergio mostraba interés en ella: la miraba con insistencia, le hablaba con una cercanía inusual. Pamela tampoco estaba nada tímida, incluso conmigo ahí presente. Conozco a mi esposa, sé cuándo alguien le atrae. Yo ya estaba cansado por el día, y aquello me incomodaba aún más. Julio, por supuesto, lo notó y me “botó” con la mejor excusa.

    Julio: Es cierto, Saúl, ¿mañana tenemos la reunión verdad?

    Yo: Don Teodoro no me comentó nada de eso, pensé que lo había conversado contigo.

    Julio: Si hombre, es mañana. ¿Hiciste el contrato?

    Yo: No, no sabía que me tocaba hacerlo.

    Julio: ¿Y quién más va a hacerlo? –todos rieron–. Ven, cholo, vamos a hacerlo.

    Ahora no solo tenía que quedarme más tiempo despierto, sino que debía hacer un contrato, casi a medianoche. Nos levantamos, me excusé con Sergio, quien sonreía con sorna ante mi formalidad, y en una mesa cerca de la cocina nos sentamos a trabajar.

    Pasaron unos cinco minutos cuando Julio me preguntó sobre Sergio.

    Yo: Parece bastante alegre, en exceso si me preguntas. Pero aun así buen tipo… me sorprende que sea amigo tuyo.

    Julio: Sí, sí, claro… aunque esos dos ya están tomando de más. Pero a ti no te preocupa, ¿verdad?

    Otra indirecta que me heló. Sospechaba que Julio sabía que yo era consciente de su amorío con Pamela. Me quedé sin respuesta nuevamente.

    Julio: Voy a vigilar por allá, sí. Me lo agradeces luego.

    Así, sin más, me quedé haciendo el contrato solo, mientras ellos tres reían y brindaban. Yo solo quería acabar cuanto antes; estaba exhausto. Pero algo de su conversación me sacó de la concentración.

    Sergio: Y dime, Pamelita… ¿también eres peruana como este compa?

    Pamela: Claro que sí, limeña de nacimiento.

    Sergio: ¡Ah, con razón! Las limeñas tienen esa cosa… ese saborcito distinto. – la miró de arriba abajo, sirviéndole otra copa -.

    Pamela: – sonriendo, bajando la mirada a la copa – ¿Y cómo sabes tú de eso?

    Sergio: Porque se nota. Nomás de verte, cualquiera sabe que eres de las que dan ganas de probar despacito.

    Julio: ¡Jajaja! No te pases, cabrón. – lo dijo riendo, pero sin detenerlo.

    Sergio: ¿Qué? Si tú mismo me dijiste que venías con una amiga guapísima… y no mentiste.

    Pamela: – con tono juguetón – Amigo guapísima, ¿eh? Vaya presentación la tuya, Julio.

    Sergio: – con malicia – Pamelita es muy bella, carita de ángel… aunque de fiera también, quién sabe. – los tres estallaron en risas -.

    ¿Había escuchado bien? Entre el trago y lo bajo que hablaban, me pareció un comentario fuera de lugar para alguien que sabía que era casada.

    Julio: No, pero eso sí es cierto, carnal… lo de “bella”, ojo. Jajaja.

    Con eso confirmé que ya hablaban en doble sentido. Pamela solo reía; no sabía si por cortesía o porque el vino ya le hacía efecto.

    Sergio: Ha tenido el privilegio de haber hecho control de calidad mi carnal, me parece. Jajaja.

    Julio: Bueno… – al notar que lo miraba, se detuvo -. No puedo dar detalles. Jajaja.

    Sergio: ¿Es cierto? – decía sorprendido, mirando a Pamela que estaba de espaldas a mí -.

    Pamela bajó la mirada no respondía, pero algo hizo – un gesto, una sonrisa – … que bastó para que los dos estallaran en carcajadas.

    Pamela: – se echó hacia atrás en el sofá, riendo con nerviosismo cómplice – Ay, Dios mío… ustedes sí que saben cómo hacer sentir incómoda a una mujer.

    Yo alcé la cabeza y Sergio notó mi rostro.

    Sergio ¿Por qué la cara, Saulito? ¿Aún no has tenido el privil…?

    Antes de que terminara la frase, Julio casi gritó:

    Julio: ¡¡¿Cómo vas?!! ¿Ya terminamos?

    Entendía que estaba tomado, pero no era excusa para hablar así de mi esposa, y menos delante mío. No iba a hacer un escándalo por solo una noche que nos íbamos a quedar.

    Yo: Sí, ya es todo… ¿Mi rostro? Solo estoy cansado – respondí, acercándome -. Agradezco tu hospitalidad, Sergio, pero ya nos iremos a descansar.

    En eso Pamela se levanta diciendo que iba al baño.

    Sergio: No te preocupes, Saulito. Eres un peruano de portada con ese léxico. Jajaja. Vaya a descansar si está cansado, mi carnal.

    Julio: Es qué ya es algo tarde de hecho… y todos iremos a descansar mi carnal.

    Julio se me adelantó; sorprendentemente estaba de mi lado en esa.

    Sergio: ¿Pero qué aguafiestas te volviste, Julio? ¿Tú decides por todos ahora, güey?

    Julio: Suficiente por hoy, mi carnal. Ya nos divertiremos como solíamos hacerlo.

    Sergio: – con una sonrisa – Nunca me has fallado. Bueno, bueno, descansen. Yo me voy a mi piso, que está exactamente arriba, por si gustan ir… – lo dijo hacia el pasillo del baño.

    Sin duda la situación era incómoda y confusa. “Mañana aclaramos todo”, pensé. Me fui directo a la habitación a descansar, al fin a descansar. Pamela ya pasaba las maletas a nuestro cuarto, había entrado al baño de nuestro cuarto.

    Yo: ¿Por qué están separadas nuestras maletas?

    Pamela: – algo nerviosa – No lo sé, Sergio acomodó las maletas de los tres… digo, creo que la recepción cambió el orden.

    Yo: ¿Pero no lo hicieron los tres juntos?

    Pamela: Ahm… sí, creo… pero lo deben haber cambiado, pues… no sé. Estoy cansada, vamos a dormir.

    Entonces cobró sentido: Sergio quizá no sabía que Pamela era mi esposa. Nunca lo mencionamos en mi presencia. Tal vez por eso se atrevía a decir esas cosas. No parecía un descarado.

    Ya en cama, aunque soy de sueño profundo, recuerdo que las paredes y el techo no lo eran. Al inicio pensé que era Julio con alguien, pero los gemidos venían del piso de arriba… justo donde Sergio decía quedarse. No sé si era él… pero los gemidos eran tan fuertes que parecían burlarse de mi insomnio. Intenté acercarme a Pamela, pero dormía como un bebé.

    Hasta aquí les dejarles esta primera parte. Si les gustaría saber que pasó después, los leo en los comentarios.

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  • Mi negro maravilloso, el inicio de la locura

    Mi negro maravilloso, el inicio de la locura

    La locura realmente, inició con Márgaro, mi enorme negro poeta. Mi negrote costeño, mi palo, el que me atraviesa toda y me hace como su juguete, mi Márgaro lejano, con quien más o menos una vez al mes me pierdo por tres días de nada más que sexo espléndido y poesía, y mariscos con ron. Solo les diré, además, que tiene 32 años y empezamos en marzo de este año. Y desde entonces me envía poemas hasta que regreso a sus brazos y me parte en dos con su enormísima verga, enormísima pero cuidadosa. Me mueve como rehilete, como muñequita. Me hace sentir como un pluma como un juguete, como su sierva.

    Lo conocí de visita en su ciudad costera, cuando me metí a una lectura de poesía y uno de mis colegas me lo presentó, cuando acabó de leer. Hubo química de inmediato, pero él iba con su esposa, una flaquita guapilla que desde el primer día me vio con malos ojos. Seis meses después coincidimos, la noche en que besé a Alejo por primera vez, mientras Márgaro besaba a su señora y me comía con los ojos cada vez que su chica no lo veía. Tardaría casi tres años en cogerme, pero desde entonces me cogía con la mirada… y yo a él.

    Pero así llegó este año, que casi acaba y varios meses de ya no cogerme al hermoso Mariano… de que él ya no quisiera cogerme porque tenía su noviecita santa, así que tras mucho pensarlo, decidí convertirme en lo que ahora soy y que muchos definirían con una palabra altisonante de cuatro letras, que empieza con P y acaba con UTA. En esa decisión estaba una noche en mi cuarto de hotel, con una botella de wisqui al lado y el Facebook abierto… y yo coqueteando abiertamente con tres chicos: Nathaniel, que no daba su brazo a torcer; Julio, de rostro encantador y ojos seductores; y Enrique, el exuberante y gordito colega; cuando apareció en el Facebook el negro Margarito. Mi Mago.

    Entre el wisqui y el coqueteo con los otros tres, entre la hermosa mujer semidesnuda que miraba en el espejo y mi mano izquierda empapada con mis propios fluidos de esa especie de cibersexo que tenía con Julio (con los otros, puro coqueteo), se lo canté abierto al Mago: “Ay mi Mago —o algo así—, qué ganas de que estuvieras conmigo hoy, que estoy tan solita…” Me contestó que… que en dos semanas estaría en México.

    Esperé esas dos semanas como novia de pueblo, pensando en él todos los días, y lo fui a recoger al aeropuerto. Me puse un vestidito verde esmeralda mínimo, de una pieza, que se bien que está mejor para un burdel que para el aeropuerto, zapato de tacón, un toque levísimo de pintalabios, una braga de hilo dental que ya estaba empapada cuando él llegó y me abrazó como un oso, haciéndome sentir miedo, terror, vacío delicioso en el estómago y aún más ardor en la vagina.

    En mi auto, rumbo a su hotel, deslizó la mano por mis piernas, debajo del vestido: para eso era el vestido. El tacto de sus manos de poeta me erizaban los vellitos de la nuca pero no despegué la vista del frente (su avión aterrizó de madrugada y no había tráfico en el Circuito Interior. No me pregunten qué mentira le conté a Marido para salir de casa a esa hora —con pants: me cambié en el garaje del edificio: el vestido, los tacones y los accesorios estaba en la cajuela) y aguanté hasta llegar a su hotel.

    Temblaba de miedo mientras nos registramos. Temblaba de deseo en el ascensor. Temblaba de impaciencia cuando él entró al baño por una urgencia. Temblaba de todo. Estaba excitadísima, caliente a más no poder, empapada y temerosa: si la verga del Mago era como él, sería —y sí— la más grande que me hubiese entrado nunca, de lejos. Ya él, de por sí, mulato y enorme, era lo más grande que me había metido mano.

    En el momento en que salió del baño, dejé que se deslizara mi vestido y quedé ante sus ojos solo con la tanga y los tacones. Me di la vuelta y me recargué en la ventana abierta, mirando la ciudad. Sentía su mirada en mi espalda desnuda y en mis nalgas, que tantas había mirado cubiertas de ropa, que tanto le gustaban, le gustan, lo sé. Escuché como cambiaba el ritmo de su respiración. Yo lo esperaba. Y me recliné sobre los inmensos tacones, para que admirara aún más ni culo.

    Se acercó, lo sentí acercarse, desnudándose en el camino. Sus manos enormes rodearon mi talle, casi abarcándolo entero; su cuerpo se pegó al mío y sentí la enormidad de su verga en mi trasero, entre mis nalgas. Su lengua jugó en mi nuca y mis hombros, sus manos subieron suavemente hasta apoderarse de mis pezones, que oprimió dulcemente, con el cuidado de sus manazas. Me acarició toda entera, sin que yo me moviera, hasta que no aguanto más y me doy la vuelta para mirar su torso desnudo, espléndido, vestido apenas con una trusa que no ocultaba su enorme pito. Mientras lo miraba, él me bajaba delicadamente la tanga.

    Luego se bajó el suyo y su verga brincó como un resorte, enorme, morada, surcada de venas. Se acercó a mí para seguir tocándome, recorriendo con sus dedos mi vientre, mi cintura, mis nalgas. Yo, temerosa, agarré su verga con ambas manos. Él se lanzó sobre mi boca y al fin, después de tras años de desearnos, nos besamos. Solté su verga, cuya firmeza había calibrado, para agarrarme de sus nalgas mientras nuestras lenguas se fundían en una.

    Aun sobre los tacones, él quedaba muy arriba y sentía su verga en el estómago. Tenía ganas de bajarme a mamársela, a hacerla mía con la lengua y los labios, pero no quería separarme de su boca… y él se me adelantó: sus labios bajaron por mi cara y mi cuello, sacándome totalmente de quicio. Se detuvo en mis pechos y succionó mis pezones, mientras me acariciaba, me acariciaba, me acariciaba. Yo gemía. Se acercó pasando por mi ombligo. Yo abrí las piernas, parada en mis tacones, para permitir que su lengua, larga, húmeda y tibia, jugara en mi sexo y se introdujera en mi vagina.

    Sentía la muerte. Desfallecida recargué mis nalgas sobre el pretil de la ventana, para darle mayor campo de maniobra. Cerré los ojos y lo dejé hacer. Luego, el Mago recorrió a la inversa, con igual parsimonia, el camino de ida, hasta llegar otra vez a mis labios. Yo lo devoré, buscando mi sabor en su boca y rodeando su cuello con mis brazos y su torso con mis piernas, me subí en él. Mi vagina quedó peligrosa, deliciosamente cerca de su verga y nuestras partes empezaron a rozarse como jugando.

    —Métemela, toda, por favor —dije entre susurros.

    —Hazlo tu misma… sírvete —dijo él, sentándose en la orilla de la cama, conmigo atada a él por casi todos lados, menos el que más importaba en ese instante. Le mordí los labios y al escuchar su grito me deslicé en él. Era increíble sentirlo todo, todo, hasta adentro, empalada como cristiano en la antigua Estambul. No soy de orgasmo taaan fácil, pero esa vez, me vine de inmediato nada más recibirlo. Mugí como una vaca, grité como una puta y me agarré a él con piernas, brazos, vagina y labios.

    Me gusta sentirme usada, así que después de obtener, de prolongar la duración de ese luminoso orgasmo, me desenredé toda y me puse en cuatro patas: quería que esa inmensa verga me llegar hasta el estómago. Margarito no se hizo de rogar y me penetró desde atrás, entrando en mí como si me partiera, dilatando al máximo mi vagina, tocando el fondo, quedándose ahí hasta preguntar con voz ardiente:

    —¿Quieres duro, mamita?

    —Dame duro, papi.

    Empezó entonces el mete saca más intenso de mi vida. Me desplomé, descontrolada, sin voluntad, en la cama, y él me oprimió contra ella, entrando y saliendo de mí, mientras yo aullaba como la puta en que me estoy convirtiendo. Ni siquiera me di cuenta cuando se vació en mí (debo decir que previamente nos habíamos enviado por Facebook nuestros respectivos análisis de ETS y que yo tengo ligadas las trompas de Falopio).

    Casi me desmayo de gozo. Lo siguiente que recuerdo es al mago, enorme, acariciándome el rostro y besando la delicada piel de entre mis pechos. Lo siguiente que recuerdo es que la seguía teniendo parada y enorme. Me acosté, sintiéndome una perra insaciable, porque llevaba tres orgasmos, porque había sido suficiente, porque me escocía la vagina, pero frente a ese enormísimo miembro, ese espléndido mulato, quería más, ya que ahí estaba y se podía.

    —Cógeme —le dije, abriéndome de piernas.

    No se hizo de rogar. Me montó. Mi coño estaba tan húmedo, entre mis fluidos y su semen, que su poderoso mástil se deslizaba sin fricción casi. Hacía un ruido de succión, de piedras en el agua, de locura. Yo temblaba debajo de él, sin reaccionar, sin moverme, solo recibiéndolo, gimiendo ahora, sin gritos, solo eso, solo gimiendo cada vez que él se hundía en mí, hasta que se vino por segunda vez… segunda vez de sexta, que se las conté. Al llegar a casa, horas después aún no podía tenerme en pie, mareada, muerta, ahíta. Seis veces. ¿Yo? Yo perdí la cuenta, las bragas y la decencia que me quedaba.

    Afortunadamente vive lejos, porque más de una vez al mes sería demasiado, y porque verdaderamente Marcos se ha convertido en el mejor amante de mi historia: por eso escribo hoy, tras haberme enredado en su miembro y sus besos y sus brazos.

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  • Me tenía engañada

    Me tenía engañada

    Después de seis años de feliz matrimonio, mi marido empezó a decir que yo había cambiado, me había vuelto frígida y no gozaba conmigo, como al principio.

    Yo no me notaba dicho cambio, siempre actuaba igual, llegué a pensar que lo decía para disimular su falta de apetencia hacia mí.

    Insistió tanto que llegué a creérmelo de verdad, siempre he sido muy ingenua, al principio pasó por mi cabeza serle infiel para comprobar si era yo o él, el desmotivado.

    Cuando salía de casa decidida a buscar un hombre, tenía reparos y nunca llegué al final.

    Mi nombre es Merche, veintiséis años, mi físico podríamos decir que es normal por la edad.

    Mi marido Julio, cuatro años mayor, sin rasgos que destacar.

    Empezó a cambiar la situación en una boda, entre otros invitados destacaré un matrimonio sentado delante nuestro, en una mesa para seis personas, ella se llama Claudia de unos cuarenta años, elegante, muy habladora, él, Sebastián le llamaremos Sebas de unos cuarenta y ocho años.

    Durante la comida no paré de hablar con Claudia, coincidimos por lo general en nuestros gustos y nuestra forma de hacer, tanto que al despedirnos, me invitó a tomar café a su casa, una torre ajardinada, situada a las afueras de la ciudad, en una urbanización, económicamente se les veía bien.

    También se habló ligeramente de sexo, mi marido como era su costumbre, aprovechó para sacar a relucir el tema de su insatisfacción sexual, como siempre culpabilizándome a mí.

    Después del café, varios hombres se reunieron en la barra para seguir con sus temas, Julio y Sebe también se sumaron a la tertulia, Claudia y yo continuamos en la mesa, solas, fue entonces cuando ella hizo un intento de sinceridad.

    Claudia: Siempre te habla así tu marido en público, ¿Es verdad que no le motivas?, ¿tenéis algún problema?

    Merche: Sí, desde hace algún tiempo, antes no era así.

    Claudia: ¿Estás convencida de que es por tu culpa?

    Merche: No, yo soy la de siempre, que yo me dé cuenta no he cambiado, y de verdad no sé como hacerlo para motivarle, lo he intentado todo, he comprado libros, revistas, películas porno, debe ser verdad que soy incapaz de motivar a un hombre como dice él.

    Claudia: Has dicho un hombre, no has dicho mi marido, le eres infiel.

    Merche: Lo he pensado, pero no me atrevo, si es que yo soy así, sería otro fracaso.

    Claudia: Pásate esta semana por mi casa, si quieres continuaremos con la conversación, me gustaría ayudarte.

    No sé porqué, salí más animada de la boda, quedamos el martes sobre las cuatro, cuando salga del trabajo.

    La casa era muy bonita de moderna construcción, se veía muy grande lo que justificaba su situación económica.

    Me recibieron los dos, Sebe se disculpó, tenía trabajo en el ordenador y además aquello era cosa de mujeres.

    Entramos en el salón muy espacioso, en una mesita preparado té y café, con alguna galleta y algo de licores.

    Merche: Se están tomando demasiadas molestias.

    Claudia: Vayamos directamente al tema, primero contéstame a una pregunta, ¿de que estas convencida?, ¿eres tú o es él que no funciona?.

    Merche: Yo siempre he sido igual, creo que es él, no sé porque lo va pregonando en lugar de buscar un remedio.

    Claudia: Me dijiste que habías deseado serle infiel para convencerte.

    Merche: Si pero no me atreví, no quiero arriesgar mi matrimonio, si lo descubriera me dejaría, a pesar de todo le quiero, somos conocidos, seria fácil que alguien pudiera verme.

    Claudia: El otro día en la boda, cuando se reunieron nuestros maridos, el mío pinchó un poco al tuyo para sonsacarle, te es un poco infiel, frecuenta los bares de alterne y otros, sus amigos no entienden que con una mujer joven como tú, te es infiel, lo tuyo quizás lo provoque para justificarse delante de ellos de su infidelidad.

    Merche: Si es verdad, es un cabrón, pero todavía no estoy convencida de poder satisfacer a un hombre.

    Claudia: ¿Quieres probarlo?

    Merche: Ya he dicho que si, pero no me atrevo, puedo ser vista.

    Claudia: Puedes hacerlo aquí en mi casa y ahora, nadie lo sabrá, que te parece, mi marido.

    Merche: Señora, me está diciendo que folle con su marido aquí y ahora, ¿lo permitiría?

    Claudia: Merche, somos una pareja liberal, ambos follamos con otros matrimonios, hoy saldrás de dudas, si quieres, a mi marido le encantará, me dijo que le gustabas, está bastante bien dotado, tiene bastante experiencia, tómatelo como una prueba, no una infidelidad.

    En estas su marido entra en el salón, se sentó a mi lado preguntando de que iba la conversación.

    Claudia: Le estaba diciendo a Merche si quería follar contigo.

    Me miró, hice un gesto de conformidad con los hombros, él dijo, “ven conmigo”, sin mediar palabra, se dirigió a su habitación, yo detrás, le seguí como una cordera que llevan al sacrificio, un poco nerviosa estaba, por miedo a no complacerle.

    Mientras el bajaba las persianas, me desnudé, cuando se dio la vuelta, al verme, en lugar de acercarse, se desnudó él junto a la ventana, no hacían falta preámbulos, la tenía totalmente tiesa y dura, nos acercamos lentamente en silencio, llevó mis manos a sus labios para besarlas, al mismo tiempo que repetía, “eres preciosa, tu marido esta tonto perdido”, me abrazó, con leves movimientos de su cuerpo, rozaba el mío.

    Hacía y dejaba hacer, no me atrevía a actuar por miedo a estropearlo, al verme indecisa, me susurró al oído.

    Sebas: Merche, soy todo tuyo, hazme lo que te gustaría que te hiciera a ti.

    Dichas estas palabras, me arrodillé, para saborear aquella polla tan tiesa, muy despacio le pasaba la lengua, quería que no se terminara, se tumbó en la cama, su polla parecía una estaca de dura, continué con la lengua, le tocaba el turno a los testículos, pasaron los dos por mi boca, le puse una almohada debajo de su culo para levantarlo, proseguí con la lengua desde los testículos hasta su agujerito, empecé a lamerlo en sentido de rotación, para acabar con la lengua dentro de su ano, me erguí un momento para coger aire, la postura me había dejado casi sin él, le miré la cara, la tenía de satisfacción.

    Merche: Como va Sebas.

    Sebas: Si con esta mamada que me has hecho, tu marido no se motiva, más vale que se dedique a otra cosa.

    Merche: Gracias, pero esto no es nada, solo es el principio de lo que pienso hacerte.

    Sebe murmuro muy bajito. “Si esto es solo el principio, como será el final, que Dios me pille confesado”.

    Merche: Que dices Sebas.

    Sebas: No nada hablaba solo.

    Dicho esto, le hice lo que literalmente se dice un traje de saliva, no dejé ningún rincón de su cuerpo por lamer, lo puse muy caliente, pero no más de lo que estaba yo.

    Lo cabalgué, sentada encima de su polla, metida hasta el fondo de mi coño, lo montaba como si fuera un purasangre, cuando intuía el final, paraba los movimientos, dejaba que se relajase, para volver a la carga, uno de los momentos de paro, me acerqué para besarle los labios y decirle.

    Merche: Me haces disfrutar mucho Sebas y tú lo haces.

    Sebas: Pero Merche que dices, eres como un volcán en plena erupción que tu marido tenía dormido, tu coño parece un horno de lo caliente que esta, si tuviera que puntuarte tendrías un excelente con matrícula de honor, pero ya hablaremos después, que me tienes reservado ahora.

    Me levanté un poco para sacar su pene de mi coño, lo doble un poco hacia atrás y lo introduje todo en mi ano.

    Sebas: ¡Ho! Merche esto es la traca final, con lo que me gustan a mí los culitos.

    Poco tardó en correrse, no callaba en decirme lo buena que estaba.

    Ya relajados, abrazados, sentados en el sofá.

    Merche: Gracias Sebas.

    Sebas: Las gracias te las doy yo a ti, ha sido muy dulce, ha sido como chupar un caramelo, espero que no sea la última vez

    Merche: Compraré un detalle para tu mujer, una caja de bombones por ejemplo, le estoy muy agradecida.

    Sebas: Si la quieres regalarle una caja de bombones, se de unos que le encantan, tu misma eres como un bomboncito, le gustan las mujeres, tanto como los hombres.

    Dicho esto la llamé por el interfono, rogándole que subiera, todavía estábamos desnudos, nada más entrar, me abalancé sobre ella, besando sus labios, no tuvo ninguna sorpresa, de hecho lo estaba deseando, su marido se acercó, la desnudó sin prisas, tenía un cuerpo bien proporcionado, muy cuidado, nunca antes yo lo había hecho con una mujer, le dije que era la primera, esto la calentó al máximo, nos tumbamos a la cama para gozar de nuestros cuerpos, Sebas se quedó sentado en la butaca, disfrutando del espectáculo.

    No sé el tiempo que duró, pero al terminar teníamos hambre, bajamos a merendar, lo hicimos en la cocina, hablamos de mí, que pensaba hacer en adelante, de alguna forma quería yo cambiar la reputación que me había dado mi marido.

    Claudia hizo una proposición, entre los matrimonios amigos nuestros, había tres que eran liberales, lo tenían en secreto evidentemente, con frecuencia tenían encuentros en su casa para disfrutar del sexo en grupo. Preparó una reunión para el viernes, no recuerdo la excusa que di para llegar de madrugada, veras, dijo Claudia, que sorpresa te llevarás cuando veas quienes son, supongo que no tendrás reparos en follarte a tres amigos de tu marido.

    Merche: Ya no, no sé quiénes son, pero me han entrado deseos de follarlos varias veces delante de sus mujeres, me producirá mucho morbo.

    El viernes estuve pronto, ayudé a Claudia en la preparación de canapés, ponche y demás alimentos y bebidas para la velada, durante el quehacer me comentó los detalles de mi encuentro con ellos.

    Aguardaba detrás de la ventana para verlos llegar, eran sobre las nueve, cuando entraron por el jardín, ¡Joder si son Antonio, Felipe y Manolo!, los tres están muy buenos, que ilusión más grande que sean ellos, lo voy a pasar en grande con los tres a la vez.

    Claudia: Te veo muy contenta.

    Merche: Claro, nos conocemos muy bien, jamás hubiera creído que fueran ellos, me ha dado mucha excitación al verlos, pensar que están aquí para follarme, dentro de poco tendré a los tres encima.

    Claudia: date prisa no te entretengas.

    Claudia los recibió, mientras tomaban un aperitivo les dijo que tenía una sorpresa para ellos, se trataba de una mujer casada, quería estar con tres hombres jóvenes, pero no quería revelar su identidad por motivos obvios, aceptaron los tres al instante.

    Claudia los llevó a un habitación, en el centro una cama grande redonda, alguna butaca, sofá etc., no faltaban los detalles, para darle un aire más sensual, unas docenas de velas rojas repartidas en el perímetro iluminaban tenuemente la estancia, música escogida para la ocasión, unas barritas encendidas le daban un olor muy sensual.

    Antonio: ¡Con esta preparación! ¡uy! ocurrirá aquí algo importante.

    Claudia: mientras os preparáis, es decir, mientas os desnudáis, explicaré las normas que van a regir.

    Ella como he dicho no quiere ser reconocida, si conoce a alguno de vosotros será discreta.

    Llevará puesta una máscara de plumas, de las que trajimos del carnaval de Venecia que tapan media cara, es la única prenda que no le quitareis, a menos que lo diga ella.

    Vino a buscarme, yo estaba vestida para la ocasión, además de la máscara, solo llevaba puesto un sujetador muy pequeño, tanga muy finito, medias negras sujetas a un liguero, zapatos de tacón alto muy fino, todo ello escondido debajo de una túnica negra que me llegaba a los pies.

    El pequeño camino que había, desde la instancia a la habitación se me hizo interminable, mi corazón se aceleraba conforme me acercaba, caminaba despacio, un poco nerviosa, no pensando en que me fallarían los tres, sino quien eran estos tres.

    Entré en la habitación, aquellos tres hombres desnudos, con sus penes medio levantados acabaron de excitarme, me puse delante de ellos a unos dos metros, dejé caer la túnica al suelo, todo fueron exclamaciones de lo buena que estaba, me rodearon y empezaron a tocarme, los muslos, los pechos, el culo, luego me besaron en todo el cuerpo mientras me desnudaban yo les correspondía tocando sus pollas.

    Una ligera presión en mis espaldas, indicaba que debía agacharme, Felipe me la puso en mis labios, los abrí para que entrara en mi boca, les iba chupando y masturbando a la vez hasta que las tuvieron bien tiesas.

    Me tendieron en la cama, uno a uno me fueron follando, se corrieron, descansaron un momento, para conseguir otra erección, se la volví a chupar a todos, les comí el culo, ellos me comían el coño, tuve varios orgasmos, pero uno a uno fueron cayendo, corriéndose por segunda vez pero ahora en mi boca.

    Descansamos un poco, Antonio propuso bajar a comer algo, con el ajetreo le había entrado hambre.

    Manolo tenía muchos deseos de conocerme, pidió que me quitara la máscara para bajar a comer.

    Accedí y me la guite Manolo exclamó gritando.

    Manolo: ¡Joder si es Merche, es la Merche, la mujer de Julio! ya no tengo hambre, no quiero comer, solo quiero follarte, follarte.

    Sin parar de repetir que quería follarme, me tomó en brazos, de dos saltos se colocó al borde de la cama y me tiró en ella, para lanzarse sobre mí, parecía una bestia en celo de la ilusión que le había tenido al ver que era yo la mujer de Julio, los otros dos siguieron el ejemplo, lanzándose también, nuestros cuerpos entrelazados, mezclándose brazos y piernas, las lenguas no paraban de recorrer mi cuerpo otra vez, tres penes totalmente tiesos buscaban cualquiera de mis agujeritos, fue un polvo bestial, Manolo boca arriba fallándome, yo sentada sobre el Antonio me enculaba y a Felipe se la estaba chupando, no paraban de decir, “vaya con la Merche, que sorpresa nos ha dado, si tu marido a esto lo llama ser frígida, no sé qué es lo que busca”.

    Merche: Callaros tontos, no me lo recordéis y folladme, folladme mucho.

    Cuando bajamos, sus penes estaban flácidos, sus mujeres se sorprendieron al verme, estaban, Sebas en el sofá con la mujer de Antonio y la de Felipe que lo estaban pajeando, Claudia y la mujer de Manolo en una butaca besándose y acariciándose.

    A partir de aquel día, he ido follando a cada uno de los amigos de mi marido, pero solo he repetido con las cuatro parejas de este relato con las cuales ha surgido una fuerte amistad.

    RoF

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